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Peregrinaciones, Obras Completas Vol. XII

EN PARIS (continued 2)

Reading edition

El segundo, soberbio de grandeza, ser hecatonquero, pensativo gigante lírico que oye la voz de los elementos, creemos que será erigido triunfantemente: excepción. El Balzac, ya conocéis el escándalo que produjera cuando fué exhibido por primera vez. La Patria vencida, o el genio de La guerra no fué aceptada en el concurso a que se presentó. Ignoro cómo en los Estados Unidos fué recibida la estatua del general Lynch; pero en la maquette que he visto, no encuentro ni el genio raro del autor, ni la gracia elegante de un Carrier-Belleuve. Se habla de un monumento a Vicuña, en Chile. No hay aquí de él ni maquette, ni fotografía.

En cuanto al Sarmiento, que ha despertado en Buenos Aires las mismas tempestades que aquí el Balzac, no me es posible deciros nada. Aquí se exponen varias fotografías. Conozco las distintas opiniones de la prensa argentina, los rudos mazazos del Sr. Groussac, los líricos y sutiles comentos de Eduardo Schiaffino y la necesidad de vigilancia policial para librar el monumento de la indignación iconoclasta. No me ha ruborizado esto último; aquí se ha hablado de amenazas semejantes, así sea por boca de humorista.

Los que han visto el Sarmiento, admiran la obra, sobre todo el pedestal, el Apolo. André Veidaux dice de él en un reciente estudio sobre el estatuario: «Pronto va a enviar al Sur de América el bronce del presidente Sarmiento, cuyo pedestal, un altorelieve de Apolo, es una cosa maravillosa de decoración, un prodigio desconcertante de gracia olímpica y de brillante juventud. Espanta de arte este efebo bañado de luz y de belleza...» Opinión francesa. Ved ahora una inglesa, de Arthur Symons, el exquisito escritor y crítico de ultra Mancha: «Pero siempre, en el mármol, en el menor boceto de barro, existe el éxtasis. A menudo es un éxtasis perverso; a veces, como en la radiosa figura que abre de par en par las puertas de las montañas, sobre el pedestal de la estatua del general Sarmiento, es un puro gozo...»

Ernest Lajeneusse, a quien he pedido su juicio sobre el particular, me dice: «No es extraño, querido compañero, lo que ha pasado en su ciudad, Buenos Aires, con el Sarmiento, pues ya en la mía pasó hace ocho años algo análogo, que sin duda habéis olvidado, y que quiero en dos palabras recordaros: En 1892, Rodin ejecutó para una plaza de Nancy, una estatua de Claude Lorrain. La estatua pareció muy mala, y el pedestal pareció peor.

Las discusiones locales de la prensa envenenáronse poco a poco, y tanto defensores como enemigos fueron poco hábiles, exaltando el sentimiento popular hasta conseguir que las masas amenazaran destruir el monumento. El pedestal, sobre todo, desconcertó a mis paisanos. Nadie sabía ver en el carro romano tirado por una cuadriga y conducido por Febo, un símbolo aplicable al genio de nuestro gran pintor de marinas.

Rodin quiso explicar su pensamiento diciendo que aquel carro era la representación de la Luz triunfante. Ahora, ha querido aplicar el mismo Febo, Apolo, a vuestro Sarmiento, quien, según me lo pintáis, fué un gran educador y director de pueblos. Por mi parte, admiro a Rodin, como Clémenceau admira la revolución francesa; en bloc. Admiro en él lo claro y lo obscuro, lo definido y lo indefinido y también lo atormentado y lo que apenas es un signo. No creo que haya otro modo de admirarle.»

Y el poeta Jean Moreas: «Querido poeta, no me interesa mucho ese asunto Rodin. Soy amigo del estatuario, pero no me pasmo de admiración ante su obra. Rodin es un albañil (maçon) genial. Su talento es superior al de todos los otros escultores. Buenos Aires, y cualquier ciudad, debe estar contenta de poseer un monumento firmado por él. Vuestro.—Jean Moreas.»

Viendo el Pensamiento de Rodin, he pensado que más que Apolo, vencedor de las tinieblas, habría quedado como un hermoso símbolo, en el pedestal de la estatua, aquella admirable obra maestra. La cabeza bella de vida interior, que surge del bloque puro, en donde está aún aprisionado el cuerpo que ha de surgir a plena luz, lleno de movimiento y listo para la acción.

Recuerdo también algo que me refiriera en el taller de Víctor del Pol, en Buenos Aires, el nieto del ilustre luchador, Augusto Belín Sarmiento. El grande hombre alguna vez que se hablara de su estatua delante de él—¡oh, él estaba seguro de ella!—exclamó: «¿El mejor monumento que se me podría levantar? Ir a la Cordillera y arrancar un buen pedazo de picacho andino, y traerlo a Buenos Aires y plantarlo en donde quisieran. En la piedra bruta, en la roca viva, grabar Sarmiento; y nada más.»

Y a fe que el gran original tenía razón.

OOM PAUL

Illustration from Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII

Noviembre 27 de 1900.

UIEN ha presenciado estos espectáculos no los podrá nunca olvidar: la llegada del varón provecto semiprimitivo a la tierra de la cultura, y la capital ática loca de atar por el viejo boer boyero, cuya pesada alma hugonota exprimida por la mano de París ha dado su jugo de lágrimas, como la roca aceite en el rudo versículo bíblico. Yo fuí a Marsella a ver arribar el Gelderland en triunfo, y vi a Marsella vibrante como una cigarra, recibir al anciano capitán náufrago que viene a Europa a probar la última esperanza mientras su barco se hunde. La nave de Guillermina entrando al puerto entre barcos empavesados, las salvas del saludo, los gritos y aclamaciones de una multitud en delirio, los vendedores de periódicos, himnos y retratos, la alegría meridional frente al mar azul, las damas en los muelles agitando sus pañuelos y los hombres sus sombreros... todo para un vencido. Cuando apareció la figura del viejo Krüger, noble rostro de león, que en nada se parece a esa cara de gorila canoso que han multiplicado las ilustraciones, un trueno de voces resonó en toda la costa. La sonora e hirviente Cannebière estaba animada de manifestantes; las banderas republicanas se agitaban; Marsella clara y griega, se abría al gozo y al entusiasmo, lírica granada como la de los versos de Roumanille; los marselleses cantaban la Marsellesa; todo era bullicio y ardor ante esa seca alma bátava, nutrida de savia protestante, tan ajena a la gracia y al vuelo franceses, y que debe haber estado más que conmovida, sorprendida ante la recepción de esta gente ruidosa y solar.

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Y era toda la Francia unida para saludar al que viene encarnando una idea, un símbolo: la justicia. Después de la bienvenida de Marsella y la voz del poeta Mistral que envió desde su Provenza palabras conmovidas: «Con mi veneración, con mi admiración profunda saludo al presidente Krüger en Marsella. De pie, a la entrada del nuevo siglo, ese patriarca aldeano representa hoy, representa solo, la dignidad humana en su más alto aspecto. Con los brazos alzados al cielo, él ha sostenido, como Moisés, la esperanza y la fe de su pueblo, contra el invasor insolente. Todos aquellos cuyo corazón palpita a la vieja palabra de justicia, a la vieja palabra de patria, se inclinan delante de Krüger, conductor y profeta del santo pueblo boer.» Felicísima la comparación con Moisés... Díganlo la figura de vejez fuerte, el espíritu de la Biblia que precede a esas tribus combatientes; las familias errantes con sus rebaños en un éxodo desgraciado; pero, sobre todo, el Becerro de Oro que aparece, causa y fin de toda la sangre vertida y de todo el dolor causado, el ídolo de la Chartered, fundido por Cecil Rhodes y visto a través del monocle de Chamberlain.

Después de Marsella, saludó Avignón, luego Lyón, luego Dijón, luego París. ¡Curioso contraste entre el pueblo y el presidente!

La entrevista con Loubet ha sido singular. Es algo como el saludo del que va a morir: el triunfo, no obstante, de la fórmula, el apogeo del protocolo, para resultar en suma de cuentas: «Siento mucho vuestras desventuras, pero estáis condenados a perecer. El mundo civilizado os admira, celebra vuestro valor y lamenta vuestras desgracias; pero no se puede hacer más, y estáis ya entre las quijadas del león». Hay algo en esas consolaciones de última hora y lisonjas en capilla, de los discursos suntuosos al guillotinado por persuasión. «Que os lleve el diablo; pero morís muy bien y el universo os aplaude». Serían de ver los pensares ocultos de Tío Pablo cuando ha entrado al Elíseo entre el brillo de las corazas que hacen los honores reglamentarios a los reyes, las vistosas libreas palatinas, el lujo oficial que se emplea para el cha, o para Jorge, o para Leopoldo, mientras él viene, rústico Néstor, a demandar una limosna de justicia. Y cuando Loubet—très pâle dice un periódico—le dice sus consuelos platónicos, Krüger todavía le habla de Dios, le habla de su fe, de su confianza en la justicia suprema, con palabras simples que en su duro holandés de hierro muestran su espíritu patriarcal alimentado de salmos.

Y el pueblo de París... El tiempo estaba lluvioso, el bulevar inundado de gentes. Abriéndome paso en un bosque de paraguas llegué a colocarme en buen puesto el día de la llegada del jefe transvaalense. La muchedumbre se apretaba en los alrededores, los cafés no podían contener a los parroquianos. Aquí, allá, cantores ambulantes cantaban versos al père Krüger con música de aires conocidos. Muchachas guapas pasaban con los colores del Transvaal en los corpiños y los del amor de París, en las mejillas. París loco, loco de atar, por el viejo boer boyero, sacaba todos sus brillos a relucir y ponía todas sus cuerdas a vibrar. Y no había sino una confusión de cosas; y todas las opiniones y todos las partidos se juntaban para dar los buenos días de París al recién llegado. Es la primera vez en que nacionalistas y dreyfusards se han unido en idéntica comunión, mientras estaban ya listos los besos de la princesa Matilde para los nietos del patriarca. Y cuando el clamor inmenso y tempestuoso asordó el bulevar y llegó en el coche Oom Paul, la ciudad histérica tuvo un verdadero espasmo. Se alzó el viejo Krüger; pude verle mejor que en Marsella. No es colosal, como se le ha pintado, pero de bueno y fornido cuerpo; amacizado de caza y labores rurales; es el pastor tres veces, pastor de bestias y pastor de pueblos, y pastor también evangélico, metido en su hopalanda negra, clergyman abuelo, que cuando no masca su pipa masca a San Pablo, o al santo rey David. Hay un retrato del Tío que le revela en absoluto leonino, león de África; león quieto ya, que ha sabido saltar y desgarrar a tiempo, león de combate; y al propio tiempo león viejo que sueña en vagos horizontes, león que clava sus anchas pupilas fatigadas en las lejanías de las puestas de sol. Es el retrato en que está a la puerta de su casa de Pretoria entre dos regias fieras de mármol. Y las dos fieras de mármol parece que fuesen copias y representaciones, no de leones libres, sino de animales de Pezón, domados cuadrúpedos carniceros, fieras de feria que se humillan al pistoletazo y al chasquear del látigo y tienen el cuello como cuello de buey, para el yugo. Diez yuntas tenía la carreta que condujera el mismo tío Pablo, diez yuntas de bueyes... A los leones, mejor antes la muerte de un tiro que sufrir finalmente la supresión del monte libre y la cadena impuesta. Venerable león que confía en Dios, Oom Paul debería estar ya convencido de que los sarracenos cuando son más, muelen a palos a los cristianos, y que, en nuestros tiempos por lo menos, hasta ahora. Dios no tiene otra ocupación más interesante que salvar a la reina.

París se ha estremecido, se ha conmovido y ha hecho ver su locura al mundo una vez más. Es la locura noble de las razas generosas, de las ciudades cordiales, de los pueblos gentiles y altivos. París sonríe al pompón y al penacho, y a la flor de lis y al sombrero del Cabito, y al caballo negro y al toupet blanco; pero París sonríe sobre todo, como Atenas, como Roma, a las altas ideas y a las acciones magnas. Darío, será bien recibido en casa de Alejandro. Los pueblos caídos, los héroes todos que combaten por la libertad, los Kosiusckos, los Garibaldis, los rojos John Brown, los negros Maceos, los amarillos Aguinaldos, todos los soldados de todas las naciones que vienen a la ciudad incomparable a pedir ayuda, o simpatía, la encuentran, la han encontrado, copiosa, ardorosa, a veces fanática. Los poetas (¡ah, si Hugo existiese, qué oda; qué carta a la reina Victoria sobre el arbitraje, qué entrevista con Krüger!) los poetas han hecho sus versos modernísimos como los de Stuart Merrill, fofos como los del Coppée de hoy; los dibujantes han esbozado simbólicas alegorías, retratos varios, figuras, paisajes, símbolos aplicables al suceso famoso; los escaparates de los libreros se han cuajado de obras geográficas, etnográficas e históricas referentes al pueblo pastoril y medio bárbaro que ha tenido el valor de oponerse a la conquista inglesa; en el libro de inscripciones simpáticas han dejado su nombre aristócratas y obreros; y han ido a visitar al ídolo del momento los mandarines de la política, los directores de la literatura, militares y jueces, princesas y damitas apasionadas del Aguilucho de Rostand o a quienes el orleanismo acaricia. Solamente los socialistas no se han hecho notar. ¿Por qué?

No hay duda de que Tío Pablo es pintoresco, y que la novelería de la capital, después de la exposición necesitaba algo fuerte para su apetito, un aperitivo tal vez para cosas mayores que quizá están ya en la puerta del siglo que comienza; y en que la innegable antipatía que existe para el inglés, para el país del Belerofonte, para el odioso vecino de enfrente, hallaría oportunidad de encender sus fuegos, sobre todo después del contenido ímpetu de Fachoda. El Tío es pintoresco, no hay duda, con sus anteojos, con su sabia ignorancia, con su Biblia, con su sombrero legendario que ha sustituído con un «ocho-reflejos», y con sus nietas rosadas y nietecitos. Para sus nietas, las mejores flores de los jardines parisienses. Lo merecen estas bellas damas...

* * *

En La Nación he hablado varias veces de Jean Carrère, desde su famosa aventura en los levantamientos barriolatinescos del 93. Este poeta, de la familia de Mistral, todo entusiasmos y todo nobleza, que ha dejado hace tiempo las rimas por el periodismo, y que ha resultado un periodista de primer orden, fué enviado recientemente al Transvaal por Le Matin y ha contado en cartas chispeantes, pintorescas y líricas sus impresiones sudafricanas. Él nos ha pintado, sobre todo, la rara bravura de las mujeres boers, que explican la fiereza especial de esos cazadores de ingleses, de cafres y de búfalos. Elogia sus palabras y sus actos, y agrega con su tono meridional:—«Eh! eh! savez vous que ces Boers ont tout simplement des cœurs et des formules de romains!» Las dos boeras que ya he visto en París, confieso que me han causado gran sorpresa. Con la general creencia pensaba que no había en la república heroica más que espesas Cornelias, o gruesas parideras a la suiza, sólo maternidad. Y rosa y lirio, la Sra. Gutmann me dió a entender con su dulce presencia, que en Pretoria no huelgan los tesoros de madrigales. Allí en el hotel Scribe se han dejado, ella y madama Eloff, admirar y kodakear por la curiosidad parisiense. Bellas como son, con sus ojos pasivos de amorosas y cumplidas hembras, muestran un aspecto de energía que hace adivinar a las esposas de los estancieros rebeldes que con su cartuchera terciada se van en su caballo corredor, de caza o de guerra, a poner la bala donde fijan el ojo, y saben matar y saben morir, hábiles y esforzados jinetes como gauchos, resistentes y testarudos como paraguayos.

Para París el alma de Krüger es extranjera, y el pueblo boer no es sino un pueblo bárbaro. El presidente pastoril no sabe más que lo que le ha enseñado el libro santo de su religión restricta, y cuando llega a Francia por la tercera vez, necesita todavía de intérprete. Se admira como un simple cha del mecanismo de la torre Eiffel, y muestra ante la civilización latina su instinto nórdico, silencioso y taimado. Es el retoño africano y colonial del holandés espeso, ante este sutil y ligero espíritu galo que recorta las ideas con la intención. Está más cerca de los alemanes que de los franceses, es más bebedor de cerveza que de vino. Y ese pueblo suyo es un pueblo de vaqueros, sin artes, sin literatura, sin siquiera un Santos Vega entre sus campesinos, pues no valen nada ante el natural soplo lírico de la pampa las canciones que ha intentado improvisar en tarea periodística y aprovechando la actualidad, más de un afecto al folk-lore; pueblo sin ideales, más que el ordeñar, el cazar, el sembrar, el engendrar y el sacar riquezas de las minas (¡lo cual quizá sea de una superior filosofía!...); pueblo de gentes taciturnas y opacas. No puede en ningún caso—excepto el de la representación de una idea transcendental y absolutamente humana y universal—ser visto como un pueblo simpático y fraterno por este pueblo que tiene sus antecesores en la Hélade y en países y bosques donde los ruiseñores no sabían de coros luteranos.

Lo que se ve es sencillamente al anciano vencido. Si Lear viniera, el rey Enrique le daría su ciudad de París, como en la canción que tanto complacía a Alceste. Y luego, hay el enemigo probable, el enemigo que mañana puede estar en frente; la amenaza de la isla de rapiña que enjauló al vencedor del mundo, y que está allí, al otro lado del canal de la Mancha. Y además, los partidos han aprovechado la venida del anciano luchador, para tomar como una bandera su nombre, como un torreón de victoria su figura, esa figura que han aprovechado tanto los caricaturistas. Y los de la revancha por un lado, y los otros por otro, han agitado sendas palmas al que llega en nombre de la justicia.

París ha recibido como debía a ese vencido. París sabe lo que es la interjección de los idiomas bárbaros, París sabe lo que son botas.

¡Ah, ellos han sido fuertes, los boers, han sido invencibles, pequeños en número, ratón contra gato, gato contra leopardo, azorado caballo salvaje contra ferrados unicornios! Aun más, ellos han sido los superiores. Porque, como dice el gran poeta inglés cuyo nombre no se puede pronunciar: «Los ingleses son fuertes porque cada uno tiene una Biblia; pero los boers son más fuertes porque cada uno tiene una Biblia y una escopeta». Para Krüger la mejor palabra es la de ese admirable shakespearista del lápiz, Olivier Merson; Moriamur. Una cabeza de Cristo. Prepararse a morir, dejarse morir, ante la injusticia, ante la fuerza, ante la soberanía de los piratas, ante los cañones mejor fabricados y ante las codicias mejor dirigidas. Morir, es decir, dejarse comer. El último filósofo es Niestzche; el último poeta Kipling. Solamente que en este caso, a pesar de mis simpatías, no puedo dejar de ver cambiarse la cabeza simbólica y sagrada de Merson, por una cabeza encornada de diamantes, una dorada cabeza de ternero.

Ante la cual Krüger romperá su Biblia.

Illustration from Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII

“LA NUEVA JERUSALÉN”

Illustration from Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII

8 de Enero de 1901.

A primera nieve del año caía sobre París, y yo iba, al amor de su blancura, a lo largo del bulevar du Port-Royal, camino del templo neocristiano de Swedenborg, situado en la rue Thouin. Había visto en el New York Herald que el servicio era público y que se efectuaba el primero y tercer domingo de cada mes. Luego, la casualidad en la forma del pintor de Groux me había puesto en contacto con un singular personaje; artista e iluminado, que pretende nada menos, y sus razones ha de tener, revolucionar la música en el mundo. He nombrado a M. G. Núñez, sobre el cual y su obra rara he de volver en ocasión próxima. M. Núñez, iniciado desde hace largo tiempo en las doctrinas swedenborguianas, que guían hacia lo que se llama la Nueva Jerusalén, hombre culto y ferviente de fe, se ofreció a ser mi compañero en mis místicas investigaciones.

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Cuando llegamos a la iglesita no había en ella ninguna alma. El aspecto del lugar me pareció el de una capilla protestante cualquiera. Sobre un fondo azulado se destaca la cátedra. El recinto, apenas si dará cabida a más de doscientas personas. Hay una galería alta, a graderías. En ella está el armonium para cantar los himnos. A los lados de la cátedra, dos ramas de pino, ignoro el por qué—en dos macetas.

Poco a poco fueron llegando los fieles. Tipos de viejas viudas, jóvenes pálidas, un anciano de aspecto militar, y algunos gentlemen de apariencias mundanas, quizá curiosos, o periodistas como yo. Por fin, después de largo esperar, apareció el pastor, un hombre de cierta edad, manera de empleado de gobierno o de profesor de lenguas, o antiguo tenedor de libros; pero con ojos de visionario y rostro moldeado de fe. Nos levantamos para rezar la oración del comienzo, el Padrenuestro, con una frase agregada. Después de: «Mas líbranos, Señor, de todo mal», hay que decir: «Porque tuyos son el reino, el poder y la gloria.»

El pastor abre una Biblia y comienza a comentar el Génesis.

Es una exégesis absolutamente voluntaria, como cierta doctrina etimológica. Las palabras adquieren los sentidos más caprichosos, y es una sorpresa el ver salir de donde menos pensáis una porción de cosas que os producen irresistible estupefacción. Este es, por otra parte, el sistema del maestro sueco cuya iniciación en los divinos misterios empezó con estas palabras, un tanto confianzudas, que le dirigiera un ángel: ¡No comas tanto!

Concluído el comento de la Biblia, el pastor hace una seña, y el armónium ataca un himno cristiano que los asistentes corean con más o menos afinación. Yo dirijo la vista alrededor. ¡Somos muy pocos! y, prudentemente, expongo a mi acompañante mis temores de un escaso éxito neohierosolimitano. Pero él, bravo varón de fe, me contesta en español que pudo ser oído de toda la asistencia. «¡No importa! Con menos gente empezó su iglesia Nuestro Señor Jesucristo!» El pastor vuelve a hablar y expone, en un largo discurso, doctrinas, propósitos y esperanzas. Dice cosas curiosas y originales, entre ellas la exposición de lo siguiente; «La primera iglesia de Cristo ha concluído. Empieza la nueva. Aquí no triunfaremos. Europa está cerrada y gastada para nosotros. (¡Ya lo decía yo!) Y ¿sabéis por qué el cristianismo católico o protestante no ha podido ser propagado en Asia y en África? Porque Dios ha dispuesto que esos numerosos millones de hombres sean catequizados por la Nueva Jerusalén. El mundo negro y el mundo amarillo, la China, el Japón, la India, el África toda, son para nosotros.» Después otro himno, otra oración, y, con los brazos extendidos, el pastor nos bendice. ¿Quién sabe cuándo y dónde el espíritu sopla? Yo recibo la bendición con toda seriedad y fervor. Y, mientras las gentes se van, me dirijo a abordar al sacerdotal funcionario. M. Núñez me presenta como un adepto. Quiero, con timidez, explicar que no soy propiamente eso; pero ya el pastor me ha colmado de estimulantes palabras; y, al saber que soy de Buenos Aires, creo ver en sus ojos esta admonición: «Ve, y enseña a todas las gentes». Buenos Aires, qué conquista para la nueva iglesia! Al saber que soy periodista, me conduce al piso alto de la casa vecina, unida a la iglesia, en donde vive Mme. Humann, la sacerdotisa swadenborguiana, la cual ha de darme todos los detalles que necesite. Mme. Humann, fuerte norteamericana, todavía agradable y bastante simpática, me da, complaciente unas cuantas noticias, en su francés marcado de vigoroso acento anglosajón. Me habla de los progresos de su religión, y de la guerra que hacen a la Nueva Jerusalén los católicos y sobre todo los jesuítas. Pero esta religión vencerá por fin. Es la verdad y la viuda Swendeborg, teólogo para yanquis, ha expuesto el ideal supremo. La señora expone la «plataforma» espiritual admirablemente, y habla de la vida eterna como de una compañía de seguros. Por otra parte, ella es sincera, y ha gastado muchos miles de dólares en la empresa mística, limited, como todas las religiones de los Estados Unidos. Me muestra la biblioteca, en donde compro unos libros, y parto de nuevo, bajo la nieve.

Al día siguiente, recibí del amable pastor la carta siguiente:

«Señor:—Ayer me habéis pedido que os diese una ligera idea sobre el estado actual de la Nueva Jerusalén, o Verderada Religión Cristiana en Francia.

»Respondo a vuestro deseo y os envío estas líneas bien incompletas en verdad, para tratar un asunto tan vasto, pero que considero como una simiente que esparciréis en un medio nuevo para nosotros, con la esperanza de verla fructificar, y mostrar a vuestros lectores que todo no es sino ruina y obscuridad sobre nuestra tierra.

»Leemos en Mateo XXIV 3: «Dinos cuando eso será, y cuál será el signo de tu Advenimiento y de la consumación del siglo?»

»Véase también en Marcos XIII.—Lucas XXI 7 y también en los Actos de los Apóstoles.

»En esa frase del Señor estaba significado su segundo Advenimiento al fin de la primera Iglesia Cristiana, fin que hoy es llegado.

»La Nueva Iglesia es la Iglesia del Segundo Advenimiento de Nuestro Señor, y tal como existe hoy en Francia y en Paris en particular, no es aun sino como un niño recién llegado a la primera edad.

»Su centro principal está situado como sabéis, 12 rue Thouin en donde posee un templo y una biblioteca.

»El templo fué construído en 1883, por M. y Madame Humann que dedicaron a ello una parte de su fortuna, y cuya vida ha sido enteramente consagrada a perfeccionar bajo los auspicios de Dios una obra tan loable.

»M. Humann está en el otro Mundo desde hace cuatro años poco más o menos y Mme. la viuda Humann continúa el trabajo de su marido con el desinterés más absoluto.

»El culto se hace por un pastor, a las tres, el primero y tercer domingo de cada mes, según los principios más puros de la Nueva Jerusalén y todas las enseñanzas deseables se dan a cualquier persona que llega en busca de la verdad.

»Nuestros principios están fundados sobre el amor de Dios y el amor del prójimo; la libertad más grande es nuestra base, pues nada puede crecer ni desarrollarse sin la libertad.

»Nuestro número va en aumento cada año, y no hay que fijarse en la presencia de los fieles en el templo para hacer una apreciación cualquiera sobre nosotros, pues muchos otros miembros que los que asisten, conocen nuestras doctrinas, sin necesidad de estar presentes entre nosotros.

»No somos ni una secta del protestantismo, ni una rama cualquiera del catolicismo: somos una viña nueva plantada por el Señor para regenerar el mundo y conducirle a su Dios.

»Para todo espíritu exento de prevenciones en contra de nosotros, es de toda evidencia que tiempos nuevos son llegados y que solamente una religión nueva debe esclarecer el mundo.

»Estamos actualmente como en la misma época del nacimiento de Jesucristo Nuestro Señor. Una estrella brilla en el cielo, estrella más brillante que la primera, y que en su marcha debe arrastrar a la humanidad entera con ella.

»He aquí, señor, en pocas palabras, los detalles que yo puedo daros para La nación, dejándoos el cuidado de tratarlos con sinceridad, sin parti pris, contra nosotros.

»Soy, señor, vuestro afectísimo.—F. Hussenet, pastor de la Nueva Jerusalén.»

No, señor pastor, no tengo ninguna prevención contra vosotros. ¡Al contrario! Me sois altamente simpáticos, con vuestras creencias, en medio de un mundo sin fe, con vuestro altruismo, o mejor con vuestra caridad, en medio de un mundo sin amor. Y el profeta anunciador no puede ser más grato a los ojos de quien admire la potencia de la voluntad y la gracia de la fantasía. Solamente a esta religión le miro la cara un poco hugonota y el espíritu un poco mahometano, así sea nada más la concepción demasiado naturalista del paraíso, en donde, exceptuando la poligamía, podremos, los que merezcamos, gustar todos los deleites de las Mil y una noches.

Swedenborg, una especie de Flammarión con genio, de Julio Verne místico, de Wells teólogo e iluminado, atrae las imaginaciones, aminorando quizás un tanto el vuelo celeste, los detalles de una existencia demasiado práctica para los espíritus puros, sujetos a la alimentación, por ejemplo, como en la tierra, y al matrimonio sin divorcio. Bien es verdad que todo pasa en el mejor de los mundos y en un ambiente y bajo una ley absolutamente angélicas. Swedenborg conversaba con los ángeles, conoció en vida, el cielo, que, como el infierno, tiene la forma humana; visitó Júpiter, Marte y Mercurio, cuyos maravillosos países describió, así como M. Sardou ha dibujado después sus arquitecturas, guiado por los espíritus. Se comprende que un hombre como Kant no le haya dedicado más de una dura sonrisa.

Leída la obra de Swedenborg se admira el prodigioso talento e ingenio de este varón, cuya sinceridad es innegable y fué sostenida hasta las últimas palabras de su muerte.

El pastor antecesor de M. Hussenet, que se llamaba M. Decembre, decía a Jules Bois en una visita que este escritor le hizo: «Swedenborg es un hecho excepcional, y, por mi parte, estoy lejos de admitir toda su doctrina de visionario. No veo, según mis luces, sino los sueños o las pesadillas de un genio; no admito así, con el profeta, que «los africanos piensan de una manera más espiritual que los otros pueblos y que los ángeles tienen un sexo.»

La libre interpretación de la Biblia tiene sus inconvenientes que ya previenen los santos padres, y una fe que se basa en absoluto en la razón, es decir, un contrasentido, no creo yo que tenga esperanzas de triunfo, ni entre los chinos, ni entre los negros.

El swedenborguismo, o la Nueva Jerusalén, rama de las mil que le han salido al cristianismo, sobre todo en el fecundo terreno de los Estados Unidos, fué introducido en Francia por el año de 1837.

M. Le Boys de Guays inició un culto público en Saint-Amand en 1837, y un cura católico, el abate Ledru, predicó primeramente las flamantes doctrinas en Chartres. En París comenzó el culto en casa de M. Broussais, y luego M. Humann, abogado construyó el templo con el apoyo de su mujer.

Hay aquí mismo otro centro de reunión, disidente, en donde se hacen evocaciones, y cosas un tanto diabólicas según los verdaderos fieles.

El número de iglesias en EE. UU., e Inglaterra es crecido según se dice. En Italia, en no sé qué ciudad, hay un pequeño centro, y en la América del Sur, creo que solamente en el Brasil existe la propaganda bajo la dirección del Sr. Lafayatte. Vagamente sospecho que se me ha querido convertir en el Jonás de la República Argentina. Pongo, con modestia, mi dimisión, y dejo el puesto para otro que lo quiera tomar.

Illustration from Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII

PURIFICACIONES DE LA PIEDAD

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Diciembre 8 de 1900.

AY un cuento de Tolstoï en que se habla de un perro muerto encontrado en una calle. Los transeúntes se detienen y cada cual hace su observación ante los restos del pobre animal. Uno dice, que era un perro sarnoso y que está muy bien que haya reventado; otro supone, que haya tenido rabia y que ha sido útil y justo matarlo a palos; otro dice que esa inmundicia es horrible; otro, que apesta; otro, que esa cosa odiosa e infecta debe llevarse pronto al muladar. Ante ese pellejo hinchado y hediondo, se alza de pronto una voz que exclama: «Sus dientes son más blancos que las más finas perlas». Entonces se pensó: Este no debe ser otro que Jesús de Nazareth, porque sólo él podría encontrar en esa fétida carroña algo que alabar. En efecto, era esa la voz de la suprema Piedad.

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Un hombre acaba de morir, un verdadero y grande poeta, que pasó los últimos años de su existencia, cortada de repente, en el dolor, en la afrenta, y que ha querido irse del mundo al estar a las puertas de la miseria. Este hombre, este poeta, dotado de maravillosos dones de arte, ha tenido en su corta vida sobre la tierra los mayores triunfos que un artista pueda desear, y las más horribles desgracias que un espíritu puede resistir. Inglaterra y los Estados Unidos le vieron victorioso, ganando enormes cantidades con sus escritos y piezas teatrales; la fashion fué suya durante un tiempo; el renombre y la posición de que hoy disfruta Rudyard Kipling son tan solo comparables a la posición y al renombre que aquél tuvo en todo el english speaking world; las damas llevaban en sus trajes sus colores preferidos, los jóvenes poetas seguían sus prosas y sus versos; la aristocracia se encantaba con su presencia en los más elegantes salones; en Londres salía a dar una conferencia, en un teatro, con un cigarrillo encendido, y eso se encontraba de un gusto supremo; y en París comía en casa de la princesa de Polignac y eran sus amigos Anatole France, Marcel Schwob, y otros admiradores de su literatura.

Era, pues, ese poeta, dueño de la camisa del hombre feliz. Salud completa, mucha fama, y el porvenir en el bolsillo.

Pero no se puede jugar con las palabras y menos con los actos. Los arranques, las paradojas, son como puñales de juglar. Muy brillantes, muy asombrosos en manos del que los maneja, pero tienen punta y filos que pueden herir y dar la muerte. El desventurado Wilde cayó desde muy alto por haber querido abusar de la sonrisa. La proclamación y alabanza de cosas tenidas por infames, el brummelismo exagerado, el querer a toda costa épater les bourgeois—¡y qué bourgeois, los de la incomparable Albión!—el tomar las ideas primordiales como asunto comediable, el salirse del mundo en que se vive rozando ásperamente a ese mismo mundo que no perdonará ni la ofensa ni la burla, el confundir la nobleza del arte con la parada caprichosa, a pesar de un inmenso talento, a pesar de un temperamento exquisito, a pesar de todas las ventajas de su buena suerte, le hizo bajar hasta la vergüenza, hasta la cárcel, hasta la miseria, hasta la muerte. Y él no comprendió sino muy tarde que los dones sagrados de lo invisible son depósitos que hay que saber guardar, fortunas que hay que saber emplear, altas misiones que hay que saber cumplir.

Luego vino el escándalo de un proceso célebre, que empezó con muchas risas y acabó con mucho crujir de dientes, en un suplicio inquisitorial que no hacía por cierto honor al sistema penitenciario inglés, y que conmovió a todos los hombres de buen corazón y principalmente a los artistas.

¡Y luego vino algo peor! La cobardía de sus amigos y colegas, que olvidando toda piedad, se alejaron en absoluto de él, como de un leproso, no le llevaron ningún consuelo a sus negras horas de prisión, de horrible prisión, a donde tan solamente le veían en días excepcionales su mujer, sus hijos y uno o dos compañeros caritativos. ¿En dónde estaban los que le pedían dinero prestado, los que se regodeaban en su yate Clair de lune, los que juraban por él en los días de éxitos y de rentas fabulosas, los que aplaudían sus excentricidades, sus boutades, sus disparates y sus locuras?

Se esfumaron, ante lo que llama Byron—otra víctima—con exceso de expresión: the degraded and hypocritical mas wich leavens the present english generation.

Este mártir de su propia excentricidad y de la honorable Inglaterra, aprendió duramente en el hard labour que la vida es seria, que la pose es peligrosa, que la literatura, por más que se suene, no puede separarse de la vida; que los tiempos cambian, que Grecia antigua no es la Gran Bretaña moderna, que las psicopatías se tratan en las clínicas; que las deformidades, que las cosas monstruosas, deben huir de la luz, deben tener el pudor del sol; y que a la sociedad, mientras no venga una revolución de todos los diablos que la destruya o que la dé vuelta como un guante, hay que tenerle, ya que no respeto, siquiera temor; porque si no la sociedad sacude; pone la mano al cuello, aprieta, ahoga, aplasta. El burgués, a quien queréis épater, tiene rudezas espantosas y refinamientos crueles de venganza. Desdeñando el consejo de la cábala, ese triste Wilde jugó al fantasma y llegó a serlo; y el cigarrillo perfumado que tenía en su labios las noches de conferencia, era ya el precursor de la estricnina que llevara a su boca en la postrera desesperación, cuando murió, el arbitrer elegantiarum, como un perro. Como un perro murió. Como un perro muerto estaba en su cuarto de soledad, su miserable cadáver. En verdad sus versos y sus cuentos tienen el valor de las más finas perlas.

Cuando salió de la prisión, estaba en la mayor pobreza. Desde su condena, las librerías habían quitado de las vitrinas sus volúmenes, y los directores de teatro borraron de sus carteles el nombre del autor de A woman of no importance y de Lady Windermare’s fan. En Francia se conocía The portrait of Dorian Gray, cuya traducción publicó Savine, y Sarah Bernhardt iba a representar la Salomé de cabellos azules. Cuando para aminorar los sufrimientos del castigado, un grupo de artistas y escritores franceses dirigió un memorial a su graciosa majestad, el número de consecuentes estaba ya demasiado restricto. Cuando salió de la prisión y vino a vivir a Francia con un nombre balzaciano—Sébastien Melmoth—apenas se relacionaba con uno que otro espíritu generoso; entre los que no le volvieron la espalda, hay que señalar al noble poeta Moreas, a Ernesto Lajeneusse. El Mercure publicó una traducción de la maravillosa Balada que escribiera en la cárcel, y en la cual puede adivinarse ya su próxima conversión al catolicismo. Ya en París, no publicó nada; y no se sabe si al morir deja algo inédito. Cuando sus hijos sean mayores de edad, será su principal obligación presentar al mundo dignamente la obra de su padre desgraciado e infamado. Junto a las purificaciones de la muerte están las purificaciones de la Piedad.

Una tarde, en el bar Calisaya del bulevar de los Italianos, estábamos reunidos unos cuantos escritores y hombres de prensa, entre los cuales Henry de Brouchard, el vizconde de Croze y Ernesto Lajeunesse, cuando llegó a sentarse al lado de este mi distinguido amigo un hombre de aspecto abacial, un poco obeso, con aire de perfecta distinción y cuyo acento revelaba en seguida su origen inglés. En la conversación su habilidad de decidor se marcaba de singular manera. Siempre trataba asuntos altos, ideas puras, cuestiones de belleza. Su vocabulario era pintoresco; fino y sutil. Parecía mentira que aquel gentleman absolutamente correcto fuese el predilecto de la Ignominia y el revenant de un infierno carcelario.

Su obra es de un mérito artístico eminente.

En el libro de Dorian Gray se ve la influencia del A rebours de Huysmans. Era la época de exasperación estética que en Londres tuviese tanta repercusión, cuando el pobre Wilde era quien imponía su elegancia y su extravagancia en la capital del cant y le vió Picadilly pasearse con un girasol en la mano. Patience, la opereta de Sullivan, ponía en berlina la novación ruidosa, y el Lady Windermare’s fan se daban en los teatros ingleses por cientos de noches. En el Dorian Gray enfermizo, desgraciadamente, está ya la prisión y el inevitable suicidio. Mas su cerebración, es para sibaritas de ideología, según puede verse en este juicio del augusto Mallarmé que publicó el autor de Almas y cerebros: «J’achéve le livre, un des seuls qui puissent émouvoir, vu que d’une rêverie essentielle et de parfums d’âme les plus étrangers et compliqués, est fait son ouvrage: redevenir poignant à travers l’inouï raffinement d’intellect, et humain en une pareille perverse atmosphère de beauté est un miracle que vous accomplissez, selon quel emploi de tous les arts de l’écrivain! C’est le portrait qui a été cause de tout. Ce tableau en pied, inquiétant, d’un Dorian Gray hantera, mais écrit, étant livre lui-même.»

Intentions—que fué un gran éxito para Tauchnitz—es un drageoir aux épices y una complicación de deliciosas paradojas. La erudición elegante y alusiva no es menos que la habilidad verbal y el juego de pensamientos. Hay que ver ese Decay of lying en que se hace el más sutil elogio de la mentira, o Pen, pensil and Poison, o cualquiera de los diálogos que componen el volumen y en los cuales Alcibiades le corta a cada instante la cola a su perro.

A mi entender lo preferible en la obra de ese poeta maldito, de ese admirable infeliz, son sus poemas, poemas en verso y poemas en prosa, en los cuales la estética inglesa cuenta muy ricas joyas. Os aseguro que el Cristo que suele aparecer en ellos, sin nombre—¡Él!—es de una visible y pacífica divinidad, y en su presencia no tendríais sino que reconocer la blancura margarítica de los dientes del perro muerto...

Y de la carroña fétida, cuando venga la primavera de Dios, en la purificación de la Tierra, nacerá, como dicen los versos del condenado en vida, «la rosa blanca, más blanca, y la rosa roja, más roja.»

Y el alma, purificada por la Piedad, se verá libre de la Ignominia.

NOEL PARISIENSE

Illustration from Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII

Diciembre 26 de 1900.

ID la overtura:

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La morcilla estupenda para entrar al horno; los faisanes de oro y las langostas de coral y los pescados de plata aguardando su principal momento; la nieve sin caer aún, aunque el frío va en creciente; Noël a las puertas, en los bulevares, en la plaza de la Concordia, en la de la República, en la de la Bastilla, etc.; las barracas que hacen de la vasta ciudad una difundida feria momentánea; el Louvre, Dufayel, el Bon Marché, el Printemps, todos los almacenes fabulosos, caros a la honorable burguesía, invadidos profusamente por papá, mamá y el niño; en las chimeneas crepitando la leña y el carbón; los zorros, las martas cebellinas acariciando los cuellos de las mujeres: el flirt y la lujuria, con su cómplice el frío; en las calles asaltos y asesinatos con más furia y habilidad que nunca; la Comedia Francesa lista para dar de nuevo los tres golpes; un incógnito hombre descuartizado, un nuevo Farbos que pone a la policía de París, en esta como en varias cosas, inferior a la de Buenos Aires; y a Krüger, ya, que se lo coma un gato!

Los niños de París esperaron ayer a su Krüger, cuyo parecimiento con el émulo del anglosajón Santa Claus, el bizarro Ponchon lo ha encontrado en uno de esos versos periodísticos que suele extraer de sus más preciados crus. Los niños de París... Cabalmente en estos días vuelve a ponerse de actualidad el asunto de la despoblación de nuestro muy amado país de Francia. Dadas las estadísticas, parece que la cantidad de nacimientos disminuye, lo que la traería por resultado ser esta soberbia república la nación que menos juguetes recibe de la mochila inagotable del buen hombre Noël. Pierre Louys ha proclamado una vez más su libertad de amor y Octave Mirbeau ha encontrado una ocasión nueva para clavar todo un buen carcaj de sus más duras y aguzadas ironías.

La verdad es que se ven pocos niños en París. Puedo asegurar con toda seriedad, que durante el tiempo que llevo de vecino de esta gloriosa villa, no he encontrado aún una señora, una mujer, que parezca... ¿cómo diré? que esté... ¿cuál palabra emplear? que se encuentre en el estado—digámoslo con cierta elegancia—en el estado de la divina Gravida del divino Rafael. Está demás que los moralistas redacten sesudas homilías y que los estadistas señalen el daño. Demasiado ha dicho y explicado en un libro célebre que conocen los suscriptores de La Nación, Emile Zola.

Otra cosa. Los pocos niños que se encuentran en los jardines, que van a respirar el oxígeno de los paseos y parques, no tienen, por lo general, aspecto de niños. Son hombrecitos y mujercitas.

Es raro encontrar la faz de rosas del fresco niño inglés, o la vivacidad sana de nuestros muchachos. Hay en la mayor parte un prematuro desgaste; se ve de manifiesto en muchos el lote doloroso de las tristes herencias. En el parque Monceaux, cerca del bonito monumento de Maupassant, recuerdo la impresión que me causó un día una chiquilla de ocho a diez años que se paseaba con su gouvernante. ¡Dios mío! la de una verdadera cocotita, bajo su gran sombrero de lujo, preciosa, coqueta, ya sabia en seducciones. Arte diabólica es, dije, torciendo el mostacho...

Pero estas son cosas en que puede ocuparse larga y sabiamente M. Bergeret. Yo sé que en Francia, que en París mismo, hay hogares llenos de sonrisas, familias en que el árbol tradicional ha encontrado bajo sus ramas muchas sanas y bellas faces infantiles, muchos bracitos sonrosados que recibieron con gran contentamiento la muñeca, el tambor y el sable.

El juguete, como todas las cosas, ha sufrido en el tiempo las modificaciones del progreso, y la mejor lección sobre este objeto ha sido la curiosa y numerosa exposición que fué uno de los atractivos de la feria mundial del año que se va. Allí se veían desde las muñecas arcaicas y primitivas hasta las más modernas y graciosas invenciones que deleitan a los pequeños. Mas la imaginación de los fabricantes es inagotable, y, fuera de la fantasía, el juguete tiene también su reino en la actualidad; refleja las opiniones, los gustos, los sucesos del día. El país de la Puppenfee tan conocido del europeo Noël y de Santa Claus, no puede quejarse del daño de la despoblación. Las tribus de muñecas se perpetúan y multiplican, las familias de bebés de todas las clases sociales aumentan cada año. He visitado una juguetería y no he podido sino recordar el delicioso cuento del malogrado y singular Albert Samain. Hay una almita en cada una de esas figuras; y, si no la hay, es el caso de creer en la preocupación oriental con los pintores de la persona humana: el día del Juicio, esos diminutos sujetos que tienen un «carácter», irán a pedir a sus respectivos creadores una alma, para presentarse ante el Padre Eterno.

Es algo como un mundo de opio y de pesadilla, o de dulce y gracioso ensueño; un mundo de Simbad el Marino, o un mundo como el del entierro de Watteau de los Goncourt—dos sabios niños que tuvieron muy lindos juguetes—o el mundo animado y parlante del Guignol. Hay allí gentes simpáticas y gentes odiosas, buenas y malas gentes, y caminos por donde se va a un pequeñito Molino Rojo, y caminos que llevan al reino de los cielos. No sabía qué hacer entre tan raros paisajes, complicadas cosas, extrañas figuras. Y todo se resuelve en la memoria como en una gran caja en que todas esas cosas fueran echadas a la diabla. Veo los sempiternos bebés, sencillos, modestos, de los que sabría manejar y amaría mejor en sus ambiciones cualquier pequeña Coseta, o lujosos, pomposos, con sombreros como los que lleva la virtuosa Srta. de Pougy, o mi niña del parque Monceaux; y el bebé Mignon, como hecho de azúcar, que cierra los ojos, con su trajecillo de satin y encajes; y el Jumeau, con su camisa Pompadour; y los insultantes, con trajes «firmados», con joyas, con gemas, muñequitas de princesas—; con una sola de ellas comerían varios días y tendrían con que calentarse los extrabajadores de la Exposición que andan matando gente, matando de frío y hambre, por la banlieue. Claro es que en el mundo de esa féerie no faltan ni Pierrot, ni Arlequín, ni Colombina, y que ví a Pulchinela en ciertas maromas: también le ví a caballo vestido de sedas y oros. No me dejaron de turbar, como en la isla del Doctor Moreau de ese extraño y fuerte Wells, los animales que hacen cosas humanas; el gato zapatero, a pesar de que hace ya bastantes años, ¡hélas! que conozco al Gato Calzado; el conejo que patina, el cordero biciclista, y un pescado pescador, que estaba, ¡oh, amigo fraternal que gustas tanto de estas cosas! pescando como nuestro Simón el bobito, en el propio balde de mamá Leonor. Repito que la confusión era grande y mi espíritu quería hacer amistades por todas partes. Concertadme estas medidas: cerca de la torre de Babel un batallón de infantería marchaba en dirección a una pesca de ranas, mientras un cimbalero se oponía al paso de un triciclo, y un gato passe-boules maullaba delante de un fonógrafo. A un lado un fuerte de madera continuaba un lago de estaño, y junto a varios oficiales rojos, un clown montado sobre un cerdo hacía la nique a un juego de caballitos y a una batería de cocina con que Shakespeare haría cocinar a Grano de Mostaza. El director, por ejemplo, de la Revista Colorada, fâché tout rouge, creería que yo trato de un poema decadente...

Todos los objetos domésticos, con todos los utensilios de los oficios, y aparatos de química y de física, y el automóvil, naturalmente, y anzuelos y boleros, y entre todo eso la Actualidad, con el imposible de evitar tío Pablo, le père Krüger, que no sé lo que hace cerca de unos chinos armados de flechas, en vez de ir a ponerse al lado de un batallón de boers, allá lejos, junto a los bebés y que está en peligro de que se lo coman unos enormes ratones.

¡Ah! los bebés vivos, que se comían con los ojos, ellos sí, a los ratones, a los Oom Paul, las camitas, los utensilios, los fuertes, todo, todo el mundo de aquella soñación palpable! Rubios o morenos, sanos y rosados, o enfermizos, iban con sus mamás, al parecer, algunos, con sus papás otros, con sus ayas los más. Unos movían las manos, sonriendo, riendo, como el cimbalero que estaba junto al triciclo; otros graves, consideraban con afectuosa devoción, y todos ellos no hallaban, no hallaban qué elegir! En un cupé forrado de rosa, se fueron un tío Pablo, un pescado pescador, varios sables y fusiles y varios bebés Pompadour. En otro cupé forrado de lila se llevaron dos lindas conquistadorzuelas, cuatro muñecas como infantas reales, y dos hermosos muchachos bellos como los «hijos de Eduardo», prendieron a varios chinos, se apoderaron de un fuerte, y agregando a esto un mail con sus caballos y un arsenal de guerra, se fueron, metiéndolo todo en su gran carruaje que se fué haciendo resonar el pavimento de la inmensa avenida ardiente de luces que hacían el día.

Yo también tuve mi muñeca, que me costó diez francos—mi asiento de loge—una muñeca viviente y divina, toda ardiente, o dulce, o trágica, con una cabellera de balada del norte, piernas maravillosas, boca mágica y muda, pues ni siquiera dice papá y mamá, la más encantadora muñeca que hay hoy en París, desde los días de la Exposición, la que ha entusiasmado al viejo Ibsen, la rosa de la mímica, la sin igual Carlota Wiehe. Como Sada Yacco, cuyo idioma exótico no entraba para nada en la comprensión de sus admiradores parisienses, esta mujer genial es sencillamente deliciosa. El talento mímico de la extranjera es tan grande, que Severin, el primer mimo de Francia, dice... que no vale nada. Ya Sarah Bernhardt había llamado a Sada Yacco una guenon, y la pobre oriental, que no sabe de estas parisianerías, se echó a llorar desolada. La Wiehe no llora, al contrario, ríe, como la marquesa Eulalia que quizá hayáis oído nombrar. Y el público está hechizado: y el teatrito en que trabaja la mima, que es grande como un palco de la Ópera, está siempre lleno, y hay críticos que le han dicho francamente que se quede. El juego artístico de esta especial mujer es la fascinación misma. Sin una sola palabra, el gesto y el movimiento fisonómicos dicen todo el argumento; en el poema plástico, el ritmo del ademán, revela una infinita potencia en ese arte de excepción. Y lo que más maravilla es cómo resulta de todo ese conjunto de detalles silenciosos, de esa armonía suma en que los ojos y la boca llevan las dos principales voces sin sonido, y de la felinidad de los hombros y brazos, y de todo el giro y discurso del cuerpo, el aparecimiento lento o subitáneo de sensualidad, malignidad, gracia punzante o aterciopelada, dulcísima o amarga lujuria, caricia, zarpazo gatuno, e inconsciencia absoluta de su obra terrible y adorable—, la que según el Eclesiastes, que debe haber sabido mucho de estos asuntos, es más amarga que la muerte. Para los que no me perdonen este exceso de erudición: la mujer. Al mirar mover las mandíbulas y mostrar su finos dientes a la Wiehe, creía yo oir un ruido de fresas masticadas, como si estuviese gustando corazones. ¡Los que se habrá comido la rubia y rosada gatita del norte!

Al salir del teatro, París se sentó a la mesa. Y la brama y la riqueza y la lujuria y el dolor y la alegría y la muerte, también se sentaron con él.

Illustration from Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII

MAIS QUELQU’UN TROUBLA LA FÊTE

Illustration from Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII

2 de Agosto de 1900.

AURENT Tahilade, el del «bello gesto», a quien debo muchas atenciones, tuvo la amabilidad, el otro día, de invitarme a una fiesta anarquista.

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Estaba anunciada una conferencia suya, varios números de poesías y canciones y la representación de una pieza de Octave Mirbeau: L’Epidémie. El autor haría de actor; Mirbeau representaría el papel de maire, en su acto. No podía faltar a tan excelente programa, y fuí puntual, a la hora señalada, en la Casa del Pueblo.

Esto es allá, por Montmartre, en el Montmartre que trabaja, en el de los obreros, lejos de infectos Cyranos y embrutecedoras Abbayes de Thélème. El teatro, lugar de reuniones y conferencias, está situado al extremo de un callejón, y el aspecto de la entrada, no es ciertamente decorativo. Se ve que es la casa del pueblo, y que el pueblo es pobre. En lo interior había ya bastante gente, y a poco, todo el recinto estaba lleno. El calor era de asar. En los palcos, o especies de palcos, había algunas levitas, algunas señoras elegantes. Estaba Natanson, el de la Revue Blanche, Faure, otros más. En los bancos de madera, obreros con sus familias, viejos trabajadores de barbas blancas, jóvenes de rostros enérgicos y decisivos, caras vulgares, caras hermosas, aspectos de combatientes y también faces de atormentadores y de bandidos. En las paredes se leen inscripciones conmemorativas, nombres de mártires de la causa. Noté con cierta sorpresa que estas gentes de la anarquía francesa se habían puesto camisa limpia—los que la tenían—; otros, con un pañuelo al cuello, se arreglaban. En tal ambiente, la democracia no «olía mal». La insignia roja estaba en todas las solapas y en los corpiños de las mujeres. Se conversaba, y no con grandes gestos ni a grandes gritos. Todo el mundo tenía educación, tenía buenas maneras. Había jovencitos cuya politesse era notable. Se creería que en el momento dado exclamarían con toda corrección: ¿Una bomba de dinamita, s. v. p.? Pero también había formidables compadres cabelludos que iban de un lado a otro, con aire de fieras. Por fin se alzó el telón, cuando el concurso comenzaba a dar muestra de impaciencia. Y en aquel escenario feo, remendado de tablas fueron saliendo por orden los recitadores y cancionistas. Unos con voz escasa, otros sonoros y tronantes, dijeron la desventura de los caídos, las negruras ásperas del hambre, la prostitución, el militarismo corrompido, el peso abrumador del capital, y la esperanza en un día de terribles represalias, la venganza del oprimido. A medida que los versos se recitaban o que se detallaban las canciones, brotaban de los grupos de oyentes, bravos, interrupciones, afirmaciones, o protestas, cuando el concepto no era del todo igual a la opinión propia. Apareció la Carriere Xanroff, de la Ópera, y un profundo silencio esperó su canto ¡La Ópera! ¿Cuántos de esos oyentes habrían estado en la Ópera, siquiera en un día público? La Ópera es para los ricos. Y la Carriere-Xanroff les llevaba su aristocrática presencia, su voz singular, su arte refinado. Ella ponía también su óbolo lírico en el plato de los proletarios. Era conmovedor el espectáculo de los rojos enemigos de la sociedad, encadenados por el prodigio de la melodía. Estaban encantados; pero sacaban de pronto la zarpa; para aplaudir, entre la ovación final, después de un fragmento de Julieta y Romeo de Gounod, creo, se gritaba: ¡Vive l’anarchie! ¡Vive la Commune! Luego apareció una soberbia muchachona a recitar versos revolucionarios. Tendría unos quince años, pero estaba desarrollada y bien dotada como la Libertad de Chenier. Morena, magnífica máscara y magnífico cuerpo, con un poco de conservatorio, pudiera arrostrar la tragedia. Con gran entusiasmo se la escucha, y al final se la recompensa con un grueso ramo de flores rojas. Y después de la recitación de la joven musa de Montmartre, ya está Laurent Tailhade, delante de la mesa, con sus papeles y su vaso de agua.

Ya conocéis la fama y la obra de este combatiente, un tiempo lírico rimador de amorosas liturgias y después implacable sagitario de ridículos vicios y vulgaridades sociales. Es el terrible argonauta de las Cólguidas burguesas, el explorador del país del Muffle, el autor de la célebre frase sobre el «bello gesto» anarquista y a quien una bomba hizo perder un ojo a raíz de tan comentado arranque. Tailhade comenzó su lectura entre el unánime saludo de su público. No es orador, pero su voz clara escandía y lanzaba las palabras de manera que a nadie se escapaba un solo detalle. En su discurso con un estilo amargo, hiriente y de una crueldad elegante que le ha valido tantos duelos y rencores, infligió, a propósito de la pieza de Mirbeau, muy duros castigos verbales a las torpezas nacionalistas, a las odiosas pasiones de círculos y partidos mezquinos, al antisemitismo irreflexivo y a la pacatería patriótica. (¡Vive Zola! interrumpió una voz.) Atacó la mala magistratura al lado de la pésima política, y concluyó hablando del generoso y fuerte talento de Mirbeau, cuya obra habríamos de celebrar dentro de pocos momentos.

Mi gozo en un pozo. La obrita de Mirbeau L’Epidémie, debe ser indudablemente admirable leída, pues no son de discutirse la habilidad y la maestría estilísticas de este propagador de ideas. Bastaría para demostrarlo el Jardín de los suplicios, con su frontispicio que contiene una de las páginas más terriblemente «humanas» que jamás se hayan escrito.

Mas la representación, con actores ocasionales, entre ellos el mismo Mirbeau, fué de muy relativo mérito. El público aplaudía porque era la pieza de Mirbeau y porque Mirbeau estaba en las tablas. L’Epidémie es más bien un diálogo que una pieza teatral; en ella no hay más que una sucesión de frases contra la burguesía y sobre todo contra la autoridad. Se demuestra, como en una lección sobre objetos, que el pueblo, el pobre pueblo, es la constante víctima de las clases favorecidas de la fortuna, lo cual no es propiamente una novedad. El maire, los consejeros municipales, son caricaturados corrosivamente, sin escatimar lo bufo. Es lástima que talento como el de Mirbeau sea esta vez justiciero tan solamente por un lado. El pueblo parece siempre bueno, impecable. Lucilio el satírico hacía tabla rasa de todo, y al señalar las tachas de las personas consulares, no le impedía ver hacia abajo y mostrar los defectos del pueblo.

Primores populi arripuit, populumque tributim.

El telón bajó al son de la Carmañola. Hubo uno que otro grito, pero el todo mundo se levantó en orden. Los ancianos de las grandes barbas, los muchachos, las muchachas, todos cantaban, como poseídos de un mismo soplo:

Vive le son, Vive le son Du canon!...

y en todos los ojos vi un relámpago, que venía de un cielo de tempestad. Y a la luz de ese relámpago vi la convicción. Vi espíritus decididos a todo, resueltos a todo: hasta el martirio, y el mismo fuego brotaba del rostro de la joven hermosa y de la cara del tipo lombrosiano. Así todos los sinceros, todos los fanáticos, cristianos o mahometanos, católicos o anarquistas. Todavía en la calle, por el aire llegaban a mis oídos vagos ecos:

Dansons la carmagnole, Viv’le son...

Después estuve en una fiesta socialista. Me acompañaba un joven argentino, poeta y escritor de talento, el Sr. Ugarte. Fué en el Théâtre Civique, cerca de la Plaza de la República. La función era también privada, por invitaciones. Había conferencia de Jaurés, recitaciones de Sylvain, de la Comédie Française, canciones por los mejores cancioneros de Montmartre, y, sobre todo, plato de resistencia, la pieza de Marsollau, prohibida en l’Oeuvre: Mais quelqu’un troubla la fête. Un lindo teatro el teatro Cívico, extenso, bien acondicionado. Estaba también lleno de compañeros y compañeras; pero aquí abundaban las levitas, los couplets elegantes, las caras finas de las mujeres. En el fondo, es la misma cosa. Allá se trataba del derecho al pan; aquí del derecho a la trufa. Allá se llega hasta la propaganda por la acción, aquí se leen muchos libros y se hacen diputados. Mas en uno y otro lugar existe la convicción de que la máquina está descompuesta. «Hay que componerla», dicen aquí. Y allá dicen: «Hay que romperla».

He allí al sonoro Privas, rey de los cancioneros, con su melena, su facha completamente «artista», sentado al piano y lanzando couplets que hacen levantar el vuelo a las bandadas de aplausos. Luego Yon Lug, cuyo nombre parece el de un mandarín y cuyo aspecto es el de un apóstol del arroyo. Simpático cancionero, que los montmartreses conocen, familiarmente, allá en su cabaret famoso, de Quat-Z’arts. Con su gran voz de sochantre, y con notas de canto llano, dice las glorias de la calle:

Ave Pavé...

y la gran voz brota sobre la selva negra de la barba y bajo la copiosa montaña de la cabellera.

Se le aplaude y parte haciendo reverencias entre las olas de sus inmensos pantalones. Y llega Jehan Rictus, con su cara cristiana y su figura toda que han comparado a una lágrima. El lírico argótico, el poeta que escribe en lunfardo parisiense, el favorito de los cocheros, de las prostitutas, de los miserables, casi no puede dar principio a su dicción, pues de las altas galerías le gritan unos que recite una cosa y otros otra, y se armó así una de todos los diablos, hasta que Rictus se hizo oir: «Sí, diré primero el Revenant, y luego la Complainte.» Todos quedaron así satisfechos. El Revenant es Jesucristo. Este cancionero originalísimo hace comparecer la divina figura, y en sus versos, los labios de los caídos, de los perdidos, hallan manera de saludarle con bajas palabras que ascienden por su sencillez sentimental hasta la categoría de vocablos de laudes y de letanías. En el fondo de Le Revenant hay una profunda oración al Doctor de la dulzura. Hubo aplausos, y no hubo gritos. Parecería que aquellas gentes meditasen por un momento.

Después fué la célebre Complainte des petits déménagements parisiens. Y todo el mundo a reir, a aplaudir, a gritar,

Badadang boum! Badadang d’zing! Janvier, Avril, Juillet, Octobre, Quoi c’est que c’chambarde dans Paris De Montmertre à l’av’nu’du Maine Et d’Lénilmuche à Montsouris?

Y la serie de versos que burla burlando dejan al paso los más terribles vitriolos. Rictus dice sus estrofas con una voz triste, el cuerpo inmóvil, los brazos caídos, y la boca contraída por un marcado rictus, que quizá le haya dado su nombre de guerra.

Badadang boum! Badadang d’zing!

Al fin llegó Jaurés. «El primer orador de Francia», me previene mi vecino. El primer orador de Francia me parece por de pronto un obrero; y cuando empieza a hablar, un campesino. «Citoyennes et citoyens!...» La vocecita no promete nada y el gesto zurdo desanima. Pero no; no pasan muchos minutos sin que el orador haya cambiado por completo. Es un obrero el que habla, pero un gran forjador, un vigoroso herrero de la palabra. El discurso brota sin detenciones. No hay una idea que no salte limpia y clara, bien martillada, bien lanzada. Trata de la misión social del teatro. Es sencillo y es admirable. Lee una página de Diderot, comenta, explica, saluda al precursor. Señala el momento en que el pueblo empieza a aparecer en los escenarios como persona que obra. Alaba a Hauptmann. Analiza el teatro individualista. Se inclina ante la venerable y fiera figura de Ibsen. Y ese hombre que al principio os parecía de aspecto vulgar, se convierte en un soberbio órgano de pensamientos. ¡Cuán lejos las músicas españolas; cuán lejos nuestra oratoria de retores! Cuando habla Jaurés, sus ademanes son de quien siente la idea viva y asible. A veces parece que forja, a veces que amasa, a veces que siembra, en un largo gesto.

Su público le aplaude repetidas veces. Cuando concluye, los vivas resuenan. Todo el mundo de pie, canta el himno internacional de fraternidad. Un consejero municipal, en el centro de la sala, dice las estrofas, y el gran coro, cierto, levanta el espíritu. Allá arriba alguien inicia el Ça ira, gran parte del público le acompaña. Otro comienza la Carmagnole:

Vive le son, Vive le son, Du canon!

—«¡No!» grita uno de la platea. «Nada de cañones; ¡muera el cañón, muera la guerra!» y otro le replica:—«¡No! ¡Viva el son del cañón, puesto que necesitamos también de los cañones para demoler al enemigo!»

Se alza el telón, para la pieza de Marsolleau. Teatro simbolista. Como en la de Mirbeau, un largo diálogo, sin intriga, sin complicación. Un comedor lujoso; una mesa a la cual se sientan un general, un obispo, un diputado, un juez, un pequeño propietario, una dama del alto mundo y una cortesana. Todo lo principal de la «máquina» social, como veis. Comen, ríen, se divierten. De pronto alguien llega a interrumpir la fiesta. Es un campesino. Tiene hambre. Su llegada es de un pésimo efecto; ese rústico no huele a piel de España ni a rosas de Alejandría. Tiene hambre y quiere comer lo que ellos comen. Se le obliga a irse. Él protesta. El general quiere echarle y él se subleva contra el general; pero se interpone el obispo... y el campesino se inclina, y se va, ante las promesas de consuelo ideal y de vida eterna. La fiesta continúa, más viva, más alegre aún. El diálogo, en versos muy bellos, es obra de un pensador y de un artista. Hay mil detalles que admirar. Alguien interrumpe la fiesta otra vez. Es el mismo campesino, pero ya vestido de blusa. Es el obrero. Va por su parte, quiere tomar asiento en el banquete de todos esos favorecidos, de todos esos grandes. «Vengo por mi parte» dice.—«¿De qué?»—«¡De todo!» Se le quiere arrojar, pero él se encabrita como un bravo caballo. El obispo intercede. Él no le hace caso al obispo. «Ya no, dice, ya no creo. Tus palabras no me hacen ya ningún efecto. Tus promesas me importan poco. Quiero comer, quiero gozar de mi parte de dicha en este mundo.»

Y cuando va a apropiarse por la fuerza de los mejores vinos y manjares, el diputado interviene.—«¡Cómo! No debes hacer eso. Para representar tus intereses estoy yo, el elegido del pueblo. Yo te defiendo en las cámaras, soy quien vela por tus intereses y por tu engrandecimiento. Confía en mí.»—«¡Pero es que tengo hambre!»—«¡Mañana comerás!» Y el obrero, dudoso, se va rezongando entre dientes.

La fiesta continúa. Se cierran las puertas para que nadie pueda llegar a turbar la alegría de los dueños sociales. El champaña, los besos, las risas, iluminan de gozo el habitáculo de los felices. Para celebrar la belleza, el amor, la cortesana va a desnudarse y a ofrecer el maravilloso espectáculo del poema divino de su carne. Mas de pronto, entre las risas, entre las detonaciones del champaña, se ve por los vidrios de un balcón, un relámpago, y otro, y otro, y se oye el ruido de un gran viento y un gran trueno. Y a la luz del relámpago, la cortesana da un grito, porque ha visto aparecer tras los vidrios una cara pálida, horrible, demacrada, la cara de la Miseria, la cara del Hambre. Es de un efecto terrible esta simbólica escena.

Como nadie ha visto la visión de la cortesana, la alegría continúa, y la visión se repite.

Y la fiesta llega a su colmo, cuando, de pronto, un relámpago más vivo se ve, un trueno más rudo truena, las arañas caen, las luces se apagan, las paredes tiemblan, el pavor se pinta en todos los rostros. Y las puertas de la sala ceden a un fuerte empuje, y se abren dando paso a un desconocido, a un hombre con el rostro cubierto que con una voz que pone espanto clama:

—¡Mais quelqu’un trubla la fête!

* * *

La tragedia de Monza ha causado honda impresión en Francia.

* * *

El cha de Persia partirá dentro de pocos días a su estados.

Illustration from Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII

REFLEXIONES DE AÑO NUEVO PARISIENSE

Illustration from Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII

1.º de Enero de 1901.

L salir del teatro (la Noche Buena) París se sentó a la mesa. Y la Brama y la Lujuria y la Riqueza y el Dolor y la Alegría y la Muerte también se sentaron con él». Al llegar el año nuevo, cuando el mundo vuelve la vista al siglo que pasó, hay alguien que hace notar su presencia de todas maneras, mientras París no hace sino quitarse su traje de color de rosa para ponerse otro color de amaranto: la Miseria.

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Peor que la miseria de los melodramas, esta es, cierta, horrible y dantesca en su realidad. Y no hay mayor contraste que el de esta riqueza y placer insolentes, y ese frío negro en que tanto pobre muere y tanto crimen se comete, de manera que, las bombas que de cuando en cuando suenan, en el trágico y aislado sport de algunos pobres locos, vienen a resultar ridículas e inexplicables. Esto no se acabará sino con un enorme movimiento, con aquel movimiento que presentía Enrique Heine, «ante el cual la revolución francesa será un dulce idilio», si mal no recuerdo.

Se ha hecho mucho por aminorar la miseria, desde los buenos tiempos del excelente rey Childeberto hasta las actuales donaciones de banqueros ricos y quêtes de damas de la aristocracia.

Pero todo es poco en el hoyo obscuro de donde sale tanto clamor y olor de muerte. Y además, el buen Dios parece que no estuviese completamente satisfecho con las manifestaciones de la caridad elegante. Tal aparentó demostrarlo con el bazar fúnebremente célebre que concluyó donde hoy se levanta una capilla gracias a la generosidad de una distinguida norteamericana que llama la atención con su marido en un sonoro y comentado litigio: la condesa Boni de Castellane.

El gobierno por su parte, tiende su protección al pueblo lleno de apetito. Y si ya en su tiempo Carlomagno, emperador de la barba florida, había ordenado que se consagrase a los pobres exclusivamente la cuarta parte de los bienes eclesiásticos, hasta la administración de M. Loubet se ha adelantado bastante.

La prensa tiene sus limosneros, Hugues le Roux es uno de ellos, y es sabido que Santa Severine es la limosnera mayor.

Al mismo tiempo que la policía conduce a la cárcel a innumerables rateros de carbón, combate la mendicidad y emprende saludables râfles contra la prostitución callejera y la rufianería profesional. Cada día se llenan las comisarías de pobres mujeres de los más humildes y bajos medios, y de indescriptibles marlous. Chez Maxim’s se continúa en los alegres juegos. El Americaine, el Grand Café, todos los lugares semejantes continúan con su vaga clientela. La infeliz gigolette de los barrios bajos está irremisiblemente condenada. La Sra. Otero es una artista: la Srta. de Pougy es una artista y una autora; la Srta. Marion de Lorme es una propietaria. Sus amigos, frecuentadores de medios elegantes, de círculos y casinos, señores X, I y Z, son conocidos de todo el mundo por su miseria moral, por su desvergüenza y su aditamento ictiológico. La señora Otero arruinará a varias familias, las Srtas. de Pougy y de Lorme llevarán a la locura y al delito a más de un joven de buena familia. El caballero X jugará a la mala, y el caballero Z hará ostentación del poco honesto origen de sus lujos y derroches. La gigolette se prostituye por necesidad... Hace mucho frío...

—«Diga usted, me dice un pintor tremendo, y hombre tan tremendo como el pintor—, Henry de Groux, el autor del Cristo de los Ultrajes:—Diga usted que la Francia está podrida, que al final del siglo ha hecho ya tabla rasa de todo. Finis latinorum. ¡Abyecta muerte!»

Un paralelo iconográfico que tengo ante mis ojos me da más de un pensamiento; un paralelo entre la Francia en los comienzos del siglo actual.

Bonaparte; primer cónsul, en su caballo de dibujo convencional, con su corvo sable, y en el fondo, las tiendas de campaña; y M. Emile Loubet, fotografía género Nos contemporaines chez soi en espera de Mollard o de Crozier, caros al protocolo. No se ha adelantado tanto. Carnot, de rostro simpáticamente enérgico, de ojos que revelan grandes propósitos, «organizando la victoria», y André el ministro de la guerra que hoy provoca por sus disposiciones un movimiento de antipatía en la aliada Rusia. No se ha adelantado lo bastante. Fouché y Lépine en la policía, Luciano Bonaparte y Waldeck-Rousseau en el ministerio del interior. No se ha adelantado gran cosa. El cabriolé ágil y gracioso que asombra al sencillo populo y el automóvil de última hornada capaz de recorrer todo París en un segundo y de reventar a todos los Cahen d’Anvers de la tierra. Se ha adelantado muchísimo. La vieja y pintoresca diligencia, «de las largas diligencias» de Mallarmé, y la locomotora coupe-vent. No se puede negar: se ha adelantado. Talleyrand en el ministerio de relaciones exteriores, y Delcassé. No, no se ha adelantado mucho... A la cabeza del ejército Berthier y Brugere: no se ha adelantado maldita la cosa! La ópera de la plaza Louvois seca y pelada, y la empingorotada ópera de Garnier, abominada por Huyssmans. Es un adelanto. El bulevar de los Italianos antiguo, sin circulación y sin edificación, y el de hoy con el Pabellón de Hanover modernizado y su movimiento y su vida. Adelanto. Si en muchas cosas se ha adelantado, en muchas cosas el siglo XX puede salir victorioso de la comparación. Pero en otras. ¡Dios santo! En los reinos del pensamiento no estamos muy seguros del triunfo. El siglo pasado empezó bajo el soplo de la Enciclopedia. El siglo pasado empezó con ideales, con miras, con decisiones; el siglo pasado comenzó con una fuerza de que se carece hoy: el entusiasmo. ¿En qué vientre de madre irá a aparecer el año entrante la preñez que dé al mundo un nuevo Víctor Hugo?

Como Atenas, como Roma, París cumple su misión de centro de la luz. Pero, actualmente, ¿es París, en verdad, el centro de toda sabiduría y de toda iniciación? Hombres de ciencia extranjeros dicen que no, y muchos artistas son de opinión igual; pero la consagración no puede negarse que la da París, sobre todo, en arte. Y para eso vienen D’Annunzio de Italia, Sienkiewicz de Polonia, la Wiehe de Dinamarca, la Guerrero de España y Sada Yacco del Japón.

Lo que en París se alza al comenzar el siglo xx es el aparato de la decadencia. El endiosamiento de la mujer como máquina de goces carnales, y—alguien lo ha dicho con más duras palabras—el endiosamiento del histrión, en todas las formas y bajo todas sus faces. Es el caso de Juvenal: quod non dant proceres, dabit histrio. Hay muchos franceses ilustres, muchos franceses nobles, muchos franceses honrados que meditan silenciosos, luchan con bravura o lamentan la catástrofe moral. Pero las ideas de honor, las viejas ideas de generosidad, de grandeza, de virtud han pasado, o se toman como un pretexto para joviales ejercicios. Escritores osados como Mirbeau, como Rachilde y Pierre Louys, declaran en los pe riódicos el adulterio como un uso esencialmente parisiense. La antigua familia cruje y se desmorona. Los sentimientos sociales se bastardean y desaparecen. Los extranjeros que en los comienzos y aun a mediados del siglo pasado venían a París, encontraban hospitalidad, amabilidad, algún desinterés. El poeta Guido tenía derecho de venir a querer hacerse matar en una barricada. Bilbao el chileno encontraba en Lamennais, en Michelet, en Comte, maestros sinceros, bondadosos y abiertos. Garibaldi podía ofrecer su espada. Hoy reina la pose y la farsa en todo. Apenas la ciencia se refugia en los silenciosos laboratorios, en las cátedras y gabinetes de señalados y estudiosos varones. La mujer es una decoración y un sexo. El estudiante extranjero no encuentra el apoyo de otros días, y desde luego le está cortado el ejercicio de su profesión. Los norteamericanos han metido sus cuñas a golpe de mazos de oro. La enfermedad del dinero ha invadido hasta el corazón de la Francia y sobre todo de París. El patrioterismo, el nacionalismo, ha sucedido al antiguo patriotismo, y las nobles simpatías de antaño con la Grecia de la independencia, no son las mismas que las demostradas con el pobre viejo Krüger y los héroes rústicos del África del Sur.

Las ideas de justicia se vieron patentes en la vergonzosa cuestión Dreyfus. Pero por todas partes veréis el imperio de la fórmula y la contradicción entre la palabra y el hecho. Es esta más que los Estados Unidos, a ese respecto, la tierra de los contrastes, the land of contrastes, de Muirhead.

La literatura, ha caído en una absoluta y única finalidad, el asunto sexual. La concepción del amor que aun existe entre nosotros, es aquí absurda. Más que nunca, el amor se ha reducido a un simple acto animal. La despoblación, la infecundidad, se han hecho notar de enorme manera, y es en vano que hombres sanos y de buena voluntad como Zola hayan querido contener el desmoronamiento haciendo resaltar el avance del peligro.

Mutuamente se han reflejado las literaturas y las costumbres. En todos lugares existen vicios de todas clases, desventuras conyugales; pero lo terrible en París es que es la norma. Las conclusiones de los libros novelescos, las revelaciones de los procesos que todos los días se hacen públicos, los incidentes y desenlaces de las piezas teatrales, hacen que el ambiente esté completamente saturado de tales doctrinas, y que un modo de juzgar las cosas como los excelentes sentimentales de comienzos del siglo pasado, sería considerado arriéré y a la papá. En los diarios, en el momento en que escribo, se gasta tinta y tiempo escribiendo artículos a causa de que el hijo mayor del cómico Guitry, de diez y seis años, tiene queridas de trece, con el consentimiento maternal, según las cartas del marido. Pues bien, lo malo no es tan sólo el hecho, sino la indiferencia que todo acaecimiento de esa clase causa en el sentido moral del público, que, cuando más, encuentra eso très rigolo. Los moralistas ocasionales publican sendas opiniones, se ríe un poco, y se prosigue en la corriente continua que gira en este abismo de gozo, de belleza y de locura. París da la sensación de una ciudad que estuviese soñando, y que se mirase en sueños, o la de una ciudad loca de una locura universal y colectiva; loco el gobierno, las cámaras, los jueces, las gentes todas, y entre toda esta locura la mujer, en el apogeo de su poderío, en la fatalidad de su misión, revelando más que en ninguna otra época algo de su misterio extraordinario. El intérprete gráfico de tal misterio ha sido indudablemente Rops, y sus terribles aguas fuertes secretas son el más serio comentario y el más moralizador espectáculo.

Como hago muy poca vida social, tengo todavía el mal gusto de creer en Dios, un Dios que no está en San Sulpicio ni en la Magdalena, y creo que ciertos sucedidos, como lo del Bazar de Caridad y la singular muerte de Félix Faure, son vagas señas que hacen los guardatrenes invisibles a esta locomotora que va con una presión de todos los diablos a estrellarse en no sé qué paredón de la historia y a caer en no sé qué abismo de la eternidad.

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