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Peregrinaciones, Obras Completas Vol. XII

DIARIO DE ITALIA (continued 2)

Reading edition

Un aire de veneración flotaba sobre aquel triunfo tranquilo cuando los vivas estallaron—inútiles, insólitos. ¡Nuestro silencio estaba lleno de tantas cosas en aquel instante! De mí diré que viví por un momento en un mundo de recuerdos. Era la infancia de músicas y rosas, la lejana infancia, en que el alma nueva y libre parecía volar ágil como un pájaro de encanto entre los árboles del Paraíso. Eran las viejas campanas de la iglesia llamando a misa; la ropa dominical, sacada de los muebles de alcanfor, la ida a la catedral al claror del alba, la salida en plena luz matutina, la dulzura de la casa pacífica, la buena abuela y sus responsorios, la imagen de la Virgen venida de Roma, el cura que iba a jugar tresillo, y el granado en flor bajo el cual los labios adolescentes supieron lo que era el primer beso de los labios de la prima rubia: porque el primer tiempo de la fe era también el primer tiempo del amor. Y era la semana santa, con sus ceremonias simbólicas, con sus procesiones alegres como fiestas nupciales, con el entierro del Viernes santo, a que las mujeres asistían vestidas de luto, y en que los canónigos me atraían con sus largas caudas violetas; el lignum crucis, llevado en la noche al son de tristes trompetas que rompían la sombra en el silencio del negro firmamento. Y eran aquellos mis años primeros, en la amistad de los jesuítas, en el convento silencioso o en la capilla florida de cirios, en que mi mente juzgaba posibles las palmas de los Gonzagas, los nimbos de los Estanislaos. Entonces se abrieron a la aurora los primeros sueños, entonces se rimaron las primeras estrofas. Y la memoria de los sentidos me despertaba ahora la sensación de las cosas pasadas, ya perdidas en lo largo del tiempo. Visión de lámparas rituales, de velas profusas, de altares decorados en que estaban en su inmovilidad de ídolos los simulacros de las vírgenes y de los santos; colores y pedrerías y oros de casullas, negras siluetas de sacerdotes que se perdían en lo obscuro de las naves, o a lo largo de los complicados corredores del convento; olor de la cera, del incienso, de las flores naturales que se colocaban delante de las imágenes, olor de los hábitos del padre confesor, olor de la cajita de rapé de aquel anciano encorvado, de aquel anciano santo que me colmaba de consejos y de medallas y cuyo nombre de ave inocente le venía tan bien... ¡Pobre padre Tortolini!

Cuando León XIII retornó de San Pedro, otro grupo de los peregrinos debía recibir la bendición; volví a verle otra vez. Estaba más pálido aún si cabe; parecía que hiciese con más dificultad los movimientos de la cabeza y del brazo. Me temo que el doctor Lapponi no consienta dentro de poco la repetición de estas audiencias, de estas idas y venidas a la basílica, ¡Quién sabe si algún día de estos el milagro cesa, el prodigio tiene fin, y esa vida rara, así como un cáliz de Murano, al fino aliento del aire, cruja, se quiebre, se deshaga!

Vuelvo a contemplar sus ojos que brillan en un fuego amable, su sonrisa un poco triste, un poco fatigada, su mano que da todavía una última bendición.

Y se lo llevan, con el mismo ceremonial de la venida. Cascos romanos crestados de oro, suizos con su uniforme rojo, negro y amarillo, alabardas, espadas desnudas, collares, gorgueras, jubones, como en los cuadros, como en las tablas. Rumor de gentes. Silencio. Pasó.

Ah, la Pálida anda rondando por el palacio; la camarde está impaciente por entrar en el Vaticano y hacer que el martillo de plata del cardenal camarlengo toque la frente de Joaquín. Y el anciano siente sus vueltas, su revuelo, el ruido metálico de la hoz, lista como en el fresco de Orcagna. Y repetirá sus propios versos, el tiarado poeta:

Quanto all’orechio mio suona soave Ate, madre Maria ripeter Ave! Ripeter Ave e dirti, o madre pía, E a me dolce e ineffabile armonia. Delizia, casto amor, buona speranza Tale tu sé, ch’ogni desiere avanza. Quanto spirto m’assal maligno e immondo, Quando d’ambascie piú m’opprime il pondo, E l’affano del cor si fa piú crudo, Tu mio conforto, mia difesa e scudo Se a me, tuo figlio, apri il materno seno, Fuggi ogni nube, il ciel si fa sereno. Ma gia morte s’apressa: deh! in quell’ora, Madre, m’aiuta: lene, lene allora Quando l’ultimo di ne disfaville, Con la man chiudi le stanche pupille; E conquiso il demon che intorno rugge, Cupidamente, all’anima che fugge Tu pietosa, o Maria, l’ala distendi; Ratto la leva al cielo, a Dio la rendi.

Estas notas que rememoran en lo moderno la plegaria rimada del más católico y desgraciado de los poetas, y en lo antiguo el fervoroso y armonioso Jacopone da Todi, os harán recordar que el pastor de los corderos de Jesucristo es también árcade en las praderas de Apolo. Nada más hermoso que esos luchadores provectos de Dios o de los pueblos; favorecidos por el numen, en los resplandores de su ocaso, en los años de las tranquilas nieves, guardan el culto de la belleza, la pasión generosa del arte, y conciertan sus números, cultivando las flores perennes, las rosas que no mueren, al amor siempre fecundo y sano de la lira. Me he imaginado encontrar al Padre Santo, en una mañana de las calendas de mayo, rejuvenecido, sonriente siempre, poseído en esos instantes de su deus olímpico, del que le ha hecho manejar vibrantemente las cuerdas de su lírico instrumento, de manera que los pies de sus exámetros han golpeado el sagrado suelo latino, al mismo són y compás con que galopan las cuadrigas magníficas de Horacio. El pontífice me acoge, y, puesto el pegaso a pacer, le digo, poco más o menos, mientras los lirios nos inciensan con sus incensarios y los jazmines llueven sus estrellas de nieve, y los gorriones forman conciliábulos entre las copas de los pinos: Beatísimo padre y querido colega, ¿os repetiré una cosa que sabéis tanto como yo, y que os diría en sabios dáctilos y flamantísimos espondeos, si supiese tanto latín como vos? El cielo es azul, la primavera avanza gentil, con su cortejo florido como en la pintura de Sandro; la tierra palpita, al canto del agua y al fulgor solar; alabemos al Señor. Frate Sole nos envía su saludo, nuestra hermana la rosa su mensaje, nuestra hermana la mujer su sonrisa; alabemos al Señor. Os habéis mezclado a las luchas de los hombres; cuando vuestros rebaños han empezado a topetazos, habéis intervenido con el cayado, y habéis hecho bien. Habéis enviado, como águilas de paz, vuestras encíclicas, a revolar sobre el mundo. Sois divino, habéis sido sacerdotal, sacerdos magnus; sois humano, habéis sido hábil. Para lo uno profundizasteis la teología: para lo otro os ejercitasteis en la diplomacia. Habéis mostrado a los pueblos que estáis con ellos y a los reyes indicado el camino. ¿Acaso ha dicho a vuestro oído, el rumor del porvenir, lo que se acerca; acaso Lumen in cœlo, sabéis lo que anuncian los signos de hoy, para cuando aparezca el sol en su alba roja el día de mañana? Padre Santo, Pedro Froment no dejaba de tener razón. La palabra de conditione opificum ha pasado sobre la cabeza de los de abajo, que muy pocos han sentido su benéfica influencia, bajo la opresión.

Habéis señalado más de una vez el camino probable de la verdad, habéis hecho lo posible por evitar guerras y desconciertos. Habéis tenido que ver con los cancilleres y con los embajadores, con el señor de Bismarck y con el señor de Cánovas, y con el señor Hanotaux y con el señor de Giers. Querido colega, Maron es mejor. ¡Oh pontífice poeta! En vuestra tiara está Marbodio, a vuestra izquierda Minucio, a vuestra derecha Gregorio; y cuando decís la misa hacéis comulgar a las nueve musas, mientras la misma infecundidad florece en blancos ramilletes de cánticos en los coros de la Sixtina. Habitáis el más maravilloso de los palacios; allí al lado de la fe ha tenido siempre su mansión el arte. Gloria sea dada a los papas que se rodearon de pintores, de escultores, de orífices, a los que protegieron y amaron a los poetas y a los que como aquel Eneas Silvio Picolommini y vos mismo, juntaron a la triple corona pontificia la corona de laurel y pusieron en su vaso de oro el agua castalia. Sois filósofo, y volando sobre lo moderno habéis ascendido a la fuente de la Summa; sois teólogo, y en vuestras pastorales dais la esencia de vuestro pensamiento, caldeado por las lenguas de fuego del Santo Espíritu; sois justo, y desde vuestro altísimo trono dais a cada cual lo que es suyo, aun cuando con el César no andéis en las mejores relaciones; sois poeta, y discurriendo y cantando en exámetros latinos y en endecasílabos italianos, habéis alabado a Dios y su potencia y gracia sobre la tierra.

Allí, en vuestro palacio, en la Stanza de la Segnatura, Rafael, a quien llaman el divino, ha pintado cuatro figuras que encierran los puntos cardinales de vuestro espíritu. La Filosofía, grave, sobre las cosas de la tierra, muestra su mirada penetradora y su actitud noble; la Justicia, en la severidad de su significación, es la maestra de la armonía; la Teología sobre su nube, está vestida de caridad, de fe y de esperanza; mas la Poesía parece como que en sí encerrase lo que une lo visible y lo invisible, la virtud del cielo y la belleza de la tierra; y así, cuando vayáis a tocar a las puertas de la eternidad, no dejará ella de acompañaros, y de conduciros, en la ciudad paradisíaca, al jardín en donde suelen recrearse Cecilia y Beatriz, y a donde, de seguro, no entran los que tan solamente fueron justos. Y León XIII sonreía, con una sonrisa más alegre que su habitual sonrisa, y los gorriones y las abejas del jardín me daban la razón. Los chorros de agua se encorvaban en arcos diamantinos, sobre las conchas marmóreas, en las pilas sonoras, reventaban las espumas irisadas; la sacra naturaleza en una vibración invisible pugnaba por manifestar el misterio de su corazón profundo; y al lado de León ví como un coro hermosísimo de Horas que llevaban en las manos flautas y cistros. Y Jesucristo pasaba por los azules aires, como en un carro triunfal, no un Jesucristo de pasión, sino de transfiguración, un divino Musagetes, fuerte y soberbio como el del juicio de Miguel Angel, crinado de oro augusto en su magnificencia. Y volví a decir: Beatísimo padre: la religión y el arte deben ir juntos en el servicio del Eterno Padre. Ved las viñas frescas, tendiendo sus ramos al sol; las ramas de los olivos parecen, al soplo del viento, armónicos metales; bajo los ramajes ríen las niñas; la luz vivaz se esparce sobre el Tíber taciturno. Las naciones aguardan la venida de la inconmovible paz; los hombres quieren por fin, ser redimidos del sufrimiento, y es hora ya de que Dios haga que resuenen juntos nuevos salmos y nuevas arpas.

Y él a mí:—¡Alabemos al Señor!

7 Octubre de 1900.

El Pincio, un paseo que se enrolla en una colina. Desde una plataforma de la altura, se divisa el panorama romano. Cúpulas por todas partes, aunque no me animo a contar las trescientas que vieron los ojos de aquel admirable y exuberante Castelar. El paseo no está concurrido en esta sazón. El veraneo ha alejado a la sociedad capitolina. Se ve uno que otro carruaje, pocos paseantes a pie, y, en los bancos, los clientes que en todas partes tienen los lugares umbrosos, los parques y las alamedas: el solitario que lee, el que medita, la dama vestida de negro, con la niña melancólica y, en ciertos recodos, al cariño de los árboles, grupos infantiles que ríen y juegan. Pero aquí no falta, además, el joven seminarista, la pareja de estudiantes religiosos, la venerable figura de un viejo sacerdote, o, dentro de su carruaje, la silueta de un eminentísimo. Asimismo, no dejaréis de ver una que otra especie de amable dama que, precariamente, busca adoradores, tan lejana de la triunfante amorosa de París, como de su antecesora la cortesana de Roma. Siempre en Italia encontraréis el lujo de los mármoles. Aquí veis la piedra ilustre, desde los bajos relieves de la entrada, por la escalera monumental, hasta la serie larga de bustos terminales que pueblan las arboledas. Estos parajes están como impregnados de perfumes de amor, de lecturas de breviario, cribados de conversaciones mundanas. Y allí, a un lado, en uno de los paredones, un lugar hay en que la muerte atrae. Es en el paredón de los suicidas, el punto elegido por los desesperados para borrar la mala pesadilla de sus vidas, el refugio de los pobres de fe o presidiarios de la suerte. París tiene el Sena, Londres el Támesis, Madrid el Viaducto, Roma el paredón del Pincio.

A un lado del Pincio se halla villa Borghese. A ambos lugares se entra por la piazza del Popolo. Al Pincio por la escalera monumental; a la villa por una amplia puerta en donde un empleado municipal cobra el precio del paso. Desde la entrada se nota lo vasto y bello de ese parque armonioso, lleno de sitios encantados y deliciosas umbrías y rincones de amor. Cipreses, encinas, pinos, se alzan, evocadores, en el vasto convento de árboles. Columnas desvencijadas, invadidas de hiedra, ilustradas de arcaicas inscripciones, templetes y fuentes de un prestigio antiguo deleitan con su gracia clásica. Se pasa por una construcción de estilo egipcio, para llegar, entre simulacros paganos, flores y hojas que mueve la más dulce brisa de los cielos, a un precioso lago, compuesto con gusto lírico, en donde una loggia central a que se accede por un puentecillo, se alza sobre el agua esmeraldina y transparente en que se solazan silenciosos cisnes y evolucionan cardúmenes de truchas rosadas. A la orilla del lago, copiando un trozo en que se alzan tallos de flores acuáticas, veo a un viejo pintor. Sobre una roja anémona que crece cerca del banco en que me he sentado, trabajan dos abejas, y se me antoja que una ha salido del jardín de Horacio y otra se ha posado en la barba del Bembo. En frente, se abre una maravillosa perspectiva hacia los suburbios romanos. Desde ese magnífico mirador la vista descubre valles y colinas y pintorescos perfiles, en una lejanía de las que gustaba el mágico Leonardo para fondo de sus cuadros. El sol va bajando como en una suavidad de adormecimiento, la luz se agota lentamente en un interminable suspiro de crepúsculo. Las estatuas, los peristilos, adquieren un misterioso resplandor de oro y violeta. Y cuando dejo con pesar ese paraíso, al pasar por una senda nueva, veo un luminoso revoloteo de faisanes. Siento en mi espíritu de poeta el saludo amable de la tierra, la generosidad de la naturaleza. Los pinos, de una elegancia gentilicia, elevan al firmamento sus espesos y obscuros parasoles, en un gesto de oferta; los cipreses prolongan la languidez de sus inclinaciones, las encinas centenarias ostentan la misma nobleza que en los poemas y en los cuadros. Revive en un minuto un mundo pasado, un mundo heráldico, cardenalicio, real, imperial, papal, un mundo de valor, de cultura, de fuertes virtudes y de nobles vicios, un mundo de púrpura, de mármol, de acero y de oro; un mundo que allí mismo, en el museo de la villa, eterniza las glorias de una edad de belleza, de lucha y de vida. Y me da verdaderamente pesadumbre y fastidio tener que ir luego a saludar personas, a comunicar con tantas gentes que me son extrañas, a entrar de nuevo en la abominación de mis contemporáneos... En la Piazza del Popolo compro un periódico.

No hay duda de que, a pesar de todo, Italia no perderá nunca su lado novelesco. En un solo número de diario leo tres informaciones que ocupan largos espacios. Se trata primero de La gesta del brigante Musolino. El título no más es ya un hallazgo. Existe, pues, mientras estoy en Roma y veo las oficinas de una compañía de seguros yanqui en el primer piso de un palacio histórico, mientras Gabriel D’Annunzio pasa de los aristócratas a los socialistas, mientras la basílica de San Pedro se alumbra con luz eléctrica, existe, pues, en Italia todavía un verdadero bandido, que vive en un verdadero bosque en donde le dan caza con fusiles de precisión, y que tiene todavía el buen gusto de llamarse con un nombre que habría complacido a D. Miguel de Cervantes: existe el brigante Musolino. Como en las pasadas épocas, le buscan afanosamente compañías de carabinieri y él se les escurre como una murena. Aparece en un punto y otro, adopta disfraces diversos, es el terror de las comarcas por donde pasa, y, como en otros casos, ofrece a la muchedumbre rasgos simpáticos. Corolario: Juan Moreira, Fra Diávolo y el mauser, pueden coexistir.

El otro caso curioso es el siguiente, que tampoco es nuevo, pero que también cae en el mélo y en el folletín: Un hombre acaba de ser puesto en libertad por las autoridades de una provincia de Italia, después de haber estado en presidio, inocentemente, treinta y tantos años. No se dice qué indemnización se dará al infeliz, pero el suceso interesa a todas las imaginaciones y ocupa todas las lenguas que no escatiman comentarios. Y el otro sucedido es todo lo contrario al anterior. Después de treinta años de olvido, se ha descubierto a dos asesinos, marido y mujer, que, para realizar sus deseos de unión, dieron muerte, envenenándoles lentamente, al marido de ella y al padre de él. Los detalles del proceso tienen a Roma en el «se continuará» de una novela del Sr. Gorón.

8 Octubre.

Roma veduta, fede perduta, dice el proloquio. Según el color del cristal con que se mire Roma. En los días en que el pontífice se ha presentado ante el inmenso concurso de peregrinos que le ha aclamado en San Pedro, he visto correr por todo aquel recinto magnificente un verdadero y hondo estremecimiento de fe. Eran los corazones simples, las muchedumbres que venían de lejanas regiones o de las más apartadas provincias italianas, conmovidas ante la aparición del papa blanco, en quien, milagrosamente, veían la persistencia de una vida increíble, el representante de Dios sobre la tierra, el que ata y desata, portero del palacio celeste. Espectáculo interesante era por cierto las distintas manifestaciones del entusiasmo religioso en ese mundo de gentes conmovidas. Unos pálidos, silenciosos, como llenos de un santo terror; otros murmurando oraciones; otros ruidosos, congestionados, agitando pañuelos, moviendo los brazos, alzándose sobre las puntas de los pies. No puedo menos que recordar una escena impagable y sugerente. Un alto mocetón de la peregrinación alemana, sobre un banco, en medio del mar humano que surcaba en su silla gestatoria León XIII, comenzó, dominando todos los ruidos, a emitir con la voz de un ronco cuerno, con la fuerza de un pulmón de bronce, repetidos y acompasados hoch! hoch! hoch! Y una vieja italiana que estaba cerca, se volvió, furiosa, fulminándole con los ojos y deseándole un mal accidente.—«Ah! la bruta bestia!» Y aquel súbito y afilado apóstrofe deslió la devoción circunstante en carcajadas.

Se cree aún, hay aún muchas almas que tienen esperanza y fe. A pesar de los escándalos religiosos; a pesar de la política pontificia; a pesar de lo que se dice del dinero de San Pedro; a pesar de los libros-catapultas contra la curia romana, en que no todo es pasión o fantasía; a pesar de la democracia igualitaria y de la plaga de las nociones científicas y filosóficas, se cree todavía, hay espíritus que creen. Reduciré mi pensar a la fórmula criolla de un mi amigo: «¡Esto, me dice, es como lo que pasa entre nosotros, en nuestras repúblicas americanas: la constitución, muy buena, la administración, muy mala!»

Rueda el carruaje por la antigua vía Apía, cuyo pavimento de piedras anchas resuena bajo los cascos. Queda atrás la Porta Capena, en donde los aduaneros espían lo que se llama en España el matute. A lo largo de la regina viarum otros cuantos vehículos se dirigen hacia las catacumbas de San Calixto. Tabernas y hosterías suburbanas llaman, en rótulos de una caligrafía primitiva o infantil, a gustar el vino célebre de los Castillos Romanos. Pasado el paraje por donde hoy hacen estremecerse la tierra de Appio Claudio las locomotoras del ferrocarril que va a Civitavecchía, llego ante la iglesita del Quo Vadis, cuya inscripción me parece de pronto—perdonadme mi ingenuidad—la réclame de una casa editora para la notable, compacta y demasiado resonante novela del polaco Sienkiewicz.

Al llegar a las Catacumbas, una escena curiosa y desagradable me hizo detener. Nada más repulsivo y ridículo para mí, que los boticarios ateos, los rentistas que han leído a Lachattre y los concienzudos frailófagos que recitan el apócrifo Hugo de Jesucristo en el Vaticano. Hay sujetos de esos que desearían ver al papa pidiendo limosna, al clero descalzo y con una cruz a cuestas, alimentándose y abrigándose con lo que el Señor da a las raposas y a los lirios del campo.

Juzgan a todo sacerdote un bandido, y al pontífice, capitán de la gran cuadrilla. El mal gusto de estas viejas facecias ha tiempo que está flagrantemente reconocido. Pues bien, a la entrada de las Catacumbas he asistido al repugnante espectáculo de un cambalache sagrado. Frailes odiosos vendían cirios como macarrones, frascos de específicos, medallas y recuerdos santos, con la misma avidez y las mismas maneras que el más sórdido y brutal almacenista. Descendí, en compañía de unos peregrinos franceses, por el dédalo obscuro. El guía recitó su cien veces repetida lección, delante de los peces simbólicos, delante de la tumba de Santa Cecilia. Los muros ennegrecidos por el humo de las antorchas y rayados de inscripciones, en las capillas y pasadizos; la estrechez del lugar, lo mecánico del viaje a través de esa cueva de «viejos topos» y la confusión en el rebaño indocto y cornacqueado por su reverencia, me dejaron una desilusión inmensa. ¡Me quedo con Fabiola! Y luego, por todas partes, como en todos los lugares dignos de la veneración de la historia o del arte, la pata del ciudadano particular que deja su huella en la seguridad de ser reconocido cuarenta siglos más tarde. Leí, entre mil nombres: Pierre Durand. ¡Pierre Durand! En la torre inclinada de Pisa había encontrado: Pedro Pérez. Oh, Señor Dios, tu sabiduría es infinita.

12 Octubre de 1900.

Al partir de la ciudad inmortal, al son ronco del tren, hago un inventario de recuerdos. Desde luego, es una tarde pasada en el Foro y en el Coliseo, la revelación de la piedra, el «pan» de Ruskin, ruina, columna rota, lápida, estatua, inscripción. Todas vuestras lecturas despertarán en vuestra memoria, ante esos amontonamientos de basas, pavimentos, muros en que perduran los mosaicos. No podréis menos que sentir la presencia del espíritu de Cicerón—la «ardiente elocuencia» dice Byron—en ese foro en que resonaron tan magníficas arengas, y el ambiente vibró al clamor sabino. Se alzan aún, sosteniendo sus rajados arquitrabes, las columnas del templo de Saturno. Y en las rostra creeríase el aire agitado de gestos, sonante de cláusulas rotundas, lo propio que más allá, en donde se levantaba el templo de la Concordia. Fué allí donde Porcio Catón opuso la ruda y fuerte palabra suya a los argumentos ordenados de Cayo César sobre la conjuración de Catilina. Cetego, Lentulo, Estrabilio, Gabinio, Cepario, pagaron con su vida, la apretada cuerda al cuello, su culpabilidad.

Perdido entre un dédalo de excavaciones, llegué hasta donde unos trabajadores procedían a desenterrar los más recientes hallazgos. Y es una impresión singular la que se experimenta, al ver brotar de la tierra amontonada por las centurias, los signos aun vivos y reveladores de una civilización, de una época que estamos hechos a considerar casi legendaria. Delante de mí, con sus barras de hierro, los cavadores apartan las grandes piedras. Con mucho cuidado se quita la tierra de las paredes; y de repente van apareciendo, sobre el antiguo estuco, decoraciones grecas, figuras graciosas. Y fué grande mi emoción, os lo juro, cuando, de un óvalo, en el rincón de una sala, no sé de qué edificio recién descubierto, vi salir hecha, con modo arcaico y extraño, una como cabeza de Cristo.

Cuando se tiende la vista en derredor, los templos de Faustino y Antonino, y el de Roma y Venus que Adriano levantaron, y la basílica de Constantino, evocan los grandes hechos antiguos. Allí, en el Palatino, refugio de la gloriosa Loba, sobre la altura, aun se contemplan las arcadas y muros del palacio de los Césares, en donde mosaicos y frescos guardan memoria de las pompas imperiales. Y no lejos, los baños de Livia, el palacio de los Flavios y lo que aun queda de la mansión en donde exprimió la soberbia y el placer Calígula.

El sol caía a ondas claras del cielo puro. Jamás el cielo se presenta más hermoso que cuando la mirada va a su inmensidad azul entre un grupo de columnas o sobre los ruinosos capiteles.

He sentido un ansia de vuelo espiritual cuando, al pasar del Foro al Palacio de los Césares, he visto el firmamento recortado por el vasto arco de Tito, que elevaron el senado y el pueblo en recuerdo de la destrucción hierosolimitana. En el fondo celeste, en el marco de piedra, parecía como si palpitase un enjambre de ideas. Y erré de un lugar a otro. Del altar de las vestales, cerca del cual permanecen las estatuas de las paganas vírgenes, a la Meta Sudans, en donde apagaron su sed tantos gladiadores.

Por allí habitaba el cordobés Séneca, y desde su casa oía en las próximas termas, según cuenta a su amigo Lucilio Junior, «el ruido que hace el frotador, a un jugador de pelota que lleva la cuenta de los puntos, a un cantante que encuentra su voz más encantadora en el baño, los gritos de un pastelero, los de un carnicero, los de un ropavejero, de un herrero, y los de ese que cerca de la Meta Sudans prueba sus trompetas y sus flautas y muge más que toca.» Y en la vía de los triunfadores una onda de imágenes asalta la fantasía. Y es un ruido de carros, un resonar de trompas y de clarines, un agitar de palmas; son los bueyes coronados de rosas; las túnicas blancas de las vestales, los estandartes, los haces, las águilas; es la muchedumbre aglomerada y el coro inmenso de las aclamaciones; son las estolas, las togas, las diademas, los ornamentos de los sacerdotes y las literas de las cortesanas; son los viejos versos de Virgilio y la reciente lectura de Boissier, o las sombras de los Goncourt que van a observar cómo en los agujeros del arco de Septimio Severo hacen su nido las golondrinas.

Cerca del templo de Cástor y Pólux, oí una voz como en discurso o arenga. Un gran grupo de gentes, unas sentadas sobre las piedras, otras de pie, se presentó a mi vista. Acerquéme llevado de la curiosidad.

Había damas, hombres, niños. Todos oían en s¡lencio y religiosidad a un clérigo joven, de fácil palabra, que, por lo poco que pude entender, daba a sus oyentes, en pleno aire, una lección de historia y arqueología. Era la peregrinación alemana, y no pude menos ante ese espectáculo de cultura, de recordar el nombre ilustre del germano a quien deben la erudición romanista y la sabiduría clásica moderna un extraordinario luminar: Teodoro Mommsen.

En el coliseo rememoré el apunte de los Goncourt: «Como una ronda de danza, de pronto violentamente interrumpida y con una parte de los bailadores caída de espaldas—todo un lado del Coliseo caído en tierra». Colosal, ciclópeo, enorme, lugar de leones y de emperadores. Y es la imaginación del antiguo espectáculo circense, que no tiene hoy nada comparable sino las corridas de toros en los cosos actuales. En verdad—como ante el Acueducto, la Cloaca Máxima, las Termas—ante estas ruinas viene la usual frase: obra de romanos. Los yanquis quieren para sí en nuestra época la aplicación del decir, por su tendencia a realizar «lo más grande del mundo». Y leo en un artículo sobre la próxima exposición de Búffalo, en donde se construirá un enorme estadio. «El estadio ofrecerá a los adictos al sport la arena más espaciosa y espléndida que se ha construído hasta ahora en los Estados Unidos. El Carnaval Atlético que se efectuará durante la gran exposición, será el más notable en la historia del sport en los Estados Unidos, pues cuéntase con la cooperación de los mejores promotores de juegos, contiendas y partidas atléticas en el país. Por lo tanto, las personas que visitaren la exposición panamericana tendrán ocasión de ver contiendas entre los atletas más célebres del mundo, que se esforzarán en ganar premios dignos de los mayores hechos de resistencia, fuerza y habilidad. El Coliseo de Roma, construído el siglo I de la era cristiana, dícese que podía contener 80.000 personas. El estadio panamericano tendrá 129 pies más de largo y no será sino 10 pies más angosto que el histórico anfiteatro de Roma; pero su arena será más grande y habrá asientos para 25.000 personas. Se consigue lo colosal, Colosseum. Mas la sonrisa no vacila entre estos matchs de feria al amparo de la democracia igualitaria, y aquellas formidables funciones en que la magnificencia cesárea regaba con sangre la tierra en que se alzaría el árbol simbólico de Cristo. Dicen que hay turistas que se pagan el espectáculo de una iluminación con antorchas y románticos que van en las noches de luna a recordar a Eudoro y Cimodocea.

Lo primero es un exceso de Bædeker, lo segundo excesivamente anacrónico. El Coliseo sorprende y asombra en pleno día, bañado de sol; así os abruma la inmensa armazón de piedra, las arcadas derruídas, los muros rajados de siglos, horadados de años, labrados del paso incesante de las horas y mutilado el cuerpo vasto y soberbio por bárbaros y barberines.

Al salir del vasto anfiteatro, pasó como un gran insecto ante mi vista, un hombre en una bicicleta.

Y fué luego un amanecer en las cercanías de Roma, cerca de los lugares encantados que dieron a Poussin sus magníficos paisajes. El Tíber iba despacioso entre colinas y frescas campiñas. Apenas comenzaba la luz a insinuarse en el lado oriental y el horizonte se teñía de un dulce violeta y a trechos, un baño de perla suavizaba una tenue irrupción de oro. Y colinas y campiñas se iban poco a poco iluminando en un aumento progresivo de resplandor. Salía de la tierra como un vaho de vida. No era el envenenado respirar de los pantanos pontinos, sino un aliento sano y vivificante. Al vuelo sutil de una brisa impregnada del perfume del campo, temblaban los céspedes ambarinos y las hojas de las anémonas silvestres, y una fina flor áurea que enciende su estrella de fuego a la orilla del río. Y en una barca, al amor de la corriente, seguimos, con un amigo soñador, un rumbo sobre las aguas en que se desleían los tintes del cielo. Un solitario pescador arreglaba una red. De los caseríos cercanos llegaba el agudo canto del gallo. Y de pronto fué una fiesta solar en el firmamento romano.

El sol había roto las brumas matinales, y surgía, en su imperial pompa, entre peñascos candentes, bajo bóvedas de rubíes vivos. El agua se tiñó de sangre y se encendió de la oriental llamarada. La naturaleza parecía iniciar un canto sin palabras, o con palabras íntimas que iban al espíritu sin formularse, en la armonía de las cosas, en la comunión de las ideas humanas con las ideas eternas que emergen en enjambre misterioso de la misteriosa mente del mundo.

En la ribera tiberina nos hacía señas el dueño de la rústica hostería. Ya el humo del fogón brotaba por la chimenea, y las truchas recién cogidas hacían chillar el aceite de las ricas olivas en la sartén caliente. Y una joven fresca, que hacía recordar a la sierva de Horacio, nos recibía con la más matinal de sus sonrisas, mientras ponía el mantel del desayuno, bajo una parra cargada de racimos de uvas claras que invitaban a hacer la experiencia del sátiro mallarmeano: chupar el jugo, soplar en el pellejo vacío, y a través de la cápsula transparente, mirar el sol!

Y fué un día luminoso, en la plaza del Capitolio; ya ante la larga escalera de la iglesia de Ara Cœli, o delante del palacio Cafarelli, entre las estatuas de Cástor y Pólux, o junto a la jaula de la loba viva que encarna el símbolo original de la ciudad de Rómulo. He recordado, al contemplar la estatua de Marco Aurelio, la superstición tradicional; he visto si el simulacro se va dorando más, y si llegará de nuevo a ser todo áureo, y así la fin del mundo llegará con el de la villa ya no eterna sino perecedera como toda obra del hombre...

Así llegaron los primeros pobladores de Roma, allí se sembró la primer semilla que formaría el bosque inmenso que propaga por la tierra la estirpe latina.

Tendidos como representaciones fluviales, negros de tiempo, los dos ríos de mármol de la fuente del palazzo Senatorio, el Tíber y el Nilo, oyen continuamente el canto del cristal del agua que en la ancha pila forma velos diamantinos y sonoros encajes, y encima, la Roma triunfante de Covi—que Miguel Angel quisiera sustituir por un colosal Júpiter—preside, augusta y secular. Y una paloma que se posa en un árbol cercano, verde en la dulce estación, me recuerda que en este mismo punto, un día de gloria, la cabeza del Petrarca fué coronada con el laurel que tan sólo consiguen el Arte y la divina Poesía.

Entre Roma y Nápoles, Noviembre 1900.

Rueda que rueda, con ruido de herramientas que se entrechocan y un resuello penoso, el tren sigue: un largo infierno que anda. El Gibelino lo hubiera hecho rodar por las planicies de sombra de su Infierno; así lo piensa aquella inquietante María Barskitcheff, en sus cartas. Si Capua no estuviera en esta vez al fin del viaje, abriendo su maravilloso semicírculo de colinas con cruzamientos de villas al borde del mar pensativo... Capua es por ahora Nápoles, con los primeros azules y rosas delicados de los inviernos meridionales.

Los últimos recuerdos de Roma que insisten, con la insinuación ya discreta y melancólica de la distancia y de lo recientemente pasado, son los de la capilla Sixtina. Es preciso ver la capilla Sixtina; pero es un desacato verla sin los propios ojos, sin los personales ojos del artista que ponen una mirada más en los colores de las telas y en las alburas de los mármoles, fatigados del secular mariposeo de tantas pupilas. Porque en esos sancta sanctorum del arte, se ven dos cosas: la chef d’œuvre y los ojos que la han visto: las miradas que han dejado en ellas algo de su esencia diáfana y misteriosa. La capilla Sixtina está llena de esas miradas, satisfechas o escépticas, o irónicas, o estáticas, o incoloras. Desde luego la vieja mirada de los maestros que, realizada la obra, hallaron que era buena; y las miradas de los papas, de los papas gentiles o ascetas; y la escrutadora mirada de los amigos del artista, y después, cuando la muerte hubo serenado todos los juicios, pulido todas las asperezas, humanizado todas las controversias, uniformado todos los cultos y consagrado todos los sufragios, las miradas de los intelectuales que pasan. Todavía se disciernen en el delirante misticismo de la transfiguración, por ejemplo, las miradas llenas de análisis tranquilo de Taine, tan distintas de las miradas de los espectadores de ayer, ayunas de razonamientos y de distinciones morales, poco o nada introspectivas simplificadas de nuevo, al sol del Renacimiento, por la majestad sencilla de la línea antigua... Porque los ojos han hecho un inmenso y triste camino de complicación y de complexidad desde el Renacimiento hasta estos días de esteticismo y de connotaciones múltiples. Ya no hay un cerebro bastante puro y amplio que vea con la mirada de un Leonardo. Han desaparecido en el juicio las perspectivas vastas, los lineamientos tranquilos: nuestros ojos están tristes y nuestras miradas están enfermas; y aun parece que los inmortales cuadros y los mármoles eternos, sienten que ya no sabemos mirarlos. Quién sabe. ¿Por qué no ha de haber en el alma inefable de un capolavoro, el melancólico despecho de no ser bien mirados? ¿Por qué el espíritu nobilísimo de las cosas bellas no ha de encogerse de angustia ante el enfermizo reflejo de las miradas de hoy? ¿Quién se atrevería a negar que esta tristeza no modifica al aspecto mismo, la fisonomía, la expresión de la obra de arte? ¿Quién podría afirmar que el Moisés de Miguel Angel, es hoy el mismo que hace doscientos años, que antes aún, cuando el maestro que esculpía las tablas de la ley soñando en el haz de rayos de Zeus, golpeaba con su martillo el mármol vital, ordenándole el movimiento y la acción?

Y el tren rueda aún con su desesperante machacar de herramientas, y mis reminiscencias le siguen jadeantes por el camino. Vuelvo a escuchar las ambiguas voces de los castrados, complemento extraño de todo lo visto y sentido en el milagroso santuario. Paréceme como que todos los frescos, todos los zócalos, las bíblicas figuras de los muros laterales que cuentan las peregrinaciones mosaicas, y los más tremendos episodios bíblicos; las grandes figuras sedentes del profeta y de la sibila; los nueve grandes cuadros que reproducen en la bóveda la creación del mundo; Dios, las pitonisas, los profetas, los santos de la nueva ley; todo eso, cantaba en la voz blanca y singular, que esta era su propia voz, su lengua propia, el verbo misterioso que los papas habíanles dado para que se manifestasen a la emoción de los pueblos que van en romerías a contemplarlos. ¡Miguel Angel y su juicio!... Todo heroísmo de arte lleva a una hipersensibilidad atormentadora. Acaso el arte no es una gran tranquilidad, sino una gran angustia. Toda la literatura está ahí para comprobarlo: El infierno sale al paso a los grandes espíritus, llámense Homero, Virgilo, Dante, Milton o Swedenborg, llámense Buonarroti o Rops...

Sandro Botticelli; he ahí, la heredad del exquisito y raro, y no se divaga por cierto el ánima de ese estremecimiento de angustia íntima que trae consigo el deletrear todas las aristocracias de ese pincel. Porque Botticelli no es de los que serenan; es quizá de aquellos cinco (que en Taine son cuatro: Dante, Shakespeare, Beethoven y Miguel Angel) que parecen de una raza aparte. Tiene un supremo privilegio, el que Víctor Hugo halló siglos después en Baudelaire; ha creado un estremecimiento nuevo, con una noción nueva de la expresión, que antes de él no está condensada en parte alguna, sino difundida en las legiones de maestros prerafaelitas, expresión de belleza convencional, o de fealdad resuelta para algunos; pero de real belleza y armonía innegables para muchos que llevan en el larario de sus emociones ese coin maladif de que hablaba Goncourt. Como ellos este hombre tiene una fisonomía y un sello de poderoso individualismo; es solitario como ellos; tiene como ellos la obra sin analogías, sin más que las lógicas analogías que ensartan en un mismo hilo resplandeciente todas las demostraciones de un mismo arte, a través de las épocas. ¡Cómo ansío llegar a Florencia para apacentar mis admiraciones en el foco principal de las obras de Sandro! ¡Porque él tiene ahí, en la ciudad dantesca, su reino, con el seráfico Fra Angélico, aprisionador de éxtasis! Sin embargo, para hablar de la Sixtina es preciso hablar de Botticelli, a condición de haber rezado antes a Miguel Angel, esa alma de Dios caído ante la que rezó Taine. El Juicio Final; sí, aquello no convierte mis apostasías ni enfervorece mi fe; el protestante del cuento vuelto ortodoxo por obra y gracia del Juicio Final, es de una conmovedora ingenuidad; por el camino de ese cuadro se va mejor a Atenas que a Jerusalén; esas dos o trescientas figuras que ensayan actitudes, no sugieren el miserere mei, sino el himno a Phoibos Apollon: se está más cerca del nevado Olimpo, que del trágico Josafat; más cerca de la gloria del músculo, que del aleteo medroso de la plegaria. Es un gran escultor el que pinta, esculturalmente (¿no hay acaso muchos pintores que esculpen cuadros? Para no citar más que un talento moderno, ahí está Leonardo Bistolfi, con sus monumentales bajo relieves fúnebres y su Dolor confortado por la memoria.) Ha buscado Miguel Angel el agrupamiento de las figuras curándose poco de las radiaciones sobrenaturales del cielo de los justos y de las rojas bocanadas de hornaza del infierno de los réprobos: quiere, ante todo, quiere grandiosamente la expresión inmortal del cuerpo humano, la nobleza clásica del gesto; está cerca de Jove y ha visto el fruncimiento de sus cejas y los hinchados músculos de su diestra que blande la centella... Los tiernos colores, los dulces o imperiosos matices, las perspectivas que ayudan al vuelo de la imaginación moderna, el azul en que está sentado el Padre, el rosa de las auroras de la resurrección, las policromías de los pinceles en las manos que han mezclado colores, pero que no han labrado granitos... eso no está aquí, no lo busquéis aquí; aquí está el relieve poderoso, aquí está su plástica: el color que queréis está ahí en frente, mirad... El tren acrece su estrueado bajo los cristales de una estación: el mar y los verjeles se besan: ¡Nápoles! Hemos llegado a Nápoles. La Sixtina se pierde en un desvanecimiento de ensueño.

Nápoles.

¡Nápoles! El Vesubio es todavía una pira digna de los funerales de Patroclo. ¿Estamos por ventura en la era cristiana?

Se necesitaría embridar la imaginación aventurera con dura brida para creerlo. La mañana arde mansamente en un impecable azul. He subido a las alturas que corona el puente de San Telmo, punto clásico para las perspectivas, a fin de ver y vencer antes de abismarme en ese mundo ruidoso que gira y ríe a mis pies. Y en verdad os digo que estamos bajo el imperio de los Augustos. Nada recuerda aquí el madero del Nazareno, nada su religión de angustia: este sol que en pleno otoño tuesta las rosas de Pœstum, las cuales dos veces florecen en el año, es el mismo sol jovial que doraba la frente de Séneca. La bahía de Nápoles, suavemente encorvada y palpitante como una seda azul sobre un inmenso regazo, canta aún el cum placidum ventis staret mare, en su perpetuo idilio con los islotes de Sirenusa, coros de las rubias oceanidas. El azul del cielo, el histórico azul de ese cielo inmortal, se burla con su flamante brillo, de los veinte siglos que han pasado desde que en la dulzura piadosa del Pausílipo se acostaba para dormir su sueño eterno, el dulce mantuano gorjeador de églogas. A su derecha la isla de Capri da a las ondas reflejos de aventurina estriada de oro vivo y se aduerme en la misma ociosidad que le valió el mote de Augusto.

A la izquierda, desde capo del monte hasta el cono poblado de mitos del Vesubio, las montañas de voluptuosas o ásperas ondulaciones engastan sus moles en el zafiro inconmensurable. Enfrente, Castellamare y Sorrento; ¡Sorrento! cuya sangre divina no corre ya por las venas del mundo para letificarlos, como corre ahora ese

Insípido brebaje de cebada

anatematizado por Menéndez Pelayo, Sorrento, cuyo vino luminoso inspira la Jerusalén libertada.

Y un poeta me dijo:

—Una peregrinación se impone aún, después del beso placentero que la mirada envía a todo ese paisaje pintado por los afables dioses: vamos a rezar un exámetro a la tumba de Virgilio, situada sobre la vertiente de la gruta del Pausílipo y después a seguir respirando paganismo en la hirviente ciudad: paganismo desde luego en el Museo borbónico que encierra toda la resurrección pompeyana: vasos, ánforas, lacrimatorios, tinteros, estiletes, lámparas, candelabros, buclineos speculums en cuya agua muerta parecen aún flotar, como extraños lotos, los rostros de las patricias que en ella se contemplaron; paganismo en las vías resonantes de una muchedumbre que parece hiperestesiada por la vida, que la absorbe a enormes tragos, que tiene a Dionisio en los labios y a San Jenaro en el corazón, invirtiendo frecuentemente los nombres. He aquí a la bien amada de Lúculo, de Mario, de Pompeyo y de Plinio que la reconocerían en su tocado y en su risa... He aquí a la reina de las divinas galeras, atareada como para recibir los marfiles de Cartago. He aquí a la novia de César, coronada de mirtos. Jove Capitolino extiende aún hasta este refugio de delicias la piedad de su sombra; los dioses resucitan diariamente al surgir como una discreta apoteosis la aurora sobre la mansedumbre especular del golfo. Se comprende aquí la resistencia al cristianismo, la taimada protesta del meridional epicúreo y jovial a una ley de tristeza y de mortificación: Un Dios nuevo, ¿â quoi bon? si los viejos no han dejado de ser buenos. ¿Vale este doliente hombre coronado de espinas por aquellos radiantes silenos coronados de parra? ¿Qué papel puede desempeñar la Providencia cristiana en un pueblo que mendiga el azar? ¿A qué pensar en las delicias de una gloria cuyo precio es la oblación y d martirio, cuando llegan hasta nosotros los alientos aromatizados de Misena, de Cumas, de Baya Caras a Nerón, de Prócida y de Ischia? ¿Por ventura ese cielo que promete el crucificado será más azul que el ciclo del Mediodía? ¿Las delicias de ese empireo nuevo igualarán al beso que al incendiarse las púrpuras de la tarde pone el pescador en la boca de la pálida pescadora? ¿Los ángeles tienen acaso los inmensos ojos luminosos de estas mujeres doctoras del amor? ¡La tortura, el martirio! ¿para qué si la vida está llena de sol, si huelen tan bien las flores de los naranjos y el obscuro vino tiene aún el secreto de las risas de los dioses? Y Cristo tendió mucho tiempo sus brazos hacia esta otra Jerusalén del placer y quiso ampararla bajo sus alas como la gallina a sus polluelos, pero la Jerusalén del placer era esquiva y levantisca. Vanamente se extendieron esos brazos mucho tiempo, y al fin la bacante cayó en ellos. Pero siguió su danza loca y su loca risa; cambió sólo la letra de la tarantela, se juraba por Cristo, pero se seguía jurando per Baco, y la superstición reemplazaba a las pitonisas y la sangre hirviente de San Jenaro a la hirviente espuma de la Sibila de Cumas.

Esto que pasaba en el reinado de Constantino el Grande lo propio que en el reinado de Nerón, pasa aún bajo el poder de Víctor Manuel III. La impenitente grita y ríe en mi rededor como en las saturnales: nada ha cambiado, la cruz abre estérilmente sus brazos sobre la perenne apostasía de las vidas: Cephas no ha podido asentar sus sillares al borde del Golfo que vió las sirenas; y los Olímpicos llamean y detonan como dueños absolutos sobre la conflagración perpetua del Vesubio.

Nápoles está por Zeus contra el Cristo.

Illustration from Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII

INDICE

Páginas.

EN PARÍS

En París11

El viejo París27

En el Gran Palacio33

La casa de Italia41

Los anglosajones51

Rodín69

Oom Paul85

La nueva Jerusalén95

Purificaciones de la piedad105

Noel parisiense113

Mais quelqu’un troubla la fête121

Reflexiones del Año Nuevo parisiense133

DIARIO DE ITALIA

Turín143

Génova161

Pisa169

Roma195

Acabóse de imprimir este libro en Madrid, en la TIPOGRAFÍA YAGÜES el día xxix de Julio del año mcmxviii
Acabóse de imprimir este libro en Madrid, en la TIPOGRAFÍA YAGÜES el día xxix de Julio del año mcmxviii
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