LIBRO III
Reading edition

EN EL “PAÍS LATINO”

Un joven hispano-americano que llegó á París recientemente, lleno de frescas ilusiones y de antiguas lecturas, me pidió que le llevase á conocer el Barrio Latino. Tenía su Murger bien conservado, y la leyenda varleniana y moreesca flotaba en sus imaginaciones. Yo no quise derribar tanta ilusión con palabras, sino que, después de mucho tiempo de no pasar el río, lo pasé con él dos noches, á fin de que por su propia observación se convenciese de lo mucho que dista la realidad de hoy de las pasadas historias ... Historias de ayer no más, pues la primera vez que escribí mis impresiones del Quartier, todavía no existía el ambiente actual, y de esto hace apenas doce años.
De más deciros que mi amigo no encontró ni á Mimí, ni á Schaunard, ni á Colline; en cuanto á Verlaine, le vió en un plafond del restaurant del Panteón, en una apoteosis pictórica, y en dicho restaurant, entre las genuflexiones del sommelier y las conversaciones de clientes elegantes, no se puede comer correctamente á menos de un luis. En la parte baja de la célebre taberna hay un american-bar, donde se sirve toda clase de american-drinks hasta las dos de la mañana.
Tanto en el restaurant como en el bar, mi joven amigo vió unas cuantas damas con trajes costosos, con joyas y con cierta impertinencia muy poco barriolatinesca; al lado de ellas, gentlemen, de los que se pudiera decir que envían á planchar su ropa á Londres, todos ellos muy contentos y muy generosos. Algunos descienden de un automóvil ó de un carruaje de remise, para ir á sentarse á la mesa. Nadie podría pensar que ellas son las antiguas grisetas y ellos los antiguos estudiantes ... Y tú, lejana sombra de Pierre Gringoire, ¿qué estremecimiento sentirías ante esto?
En los otros lugares, Vachette, Souffet, la Lorraine, en menor escala, el mismo espectáculo. Los bachilleres hablan de sport y visten en la mejor sastrería que pueden. Rara es la boina, la casquette estudiantil. Tened por seguro que el que la lleva, ó no es estudiante, ó es de provincias, ó es un original. En cuanto á las camaraderías de antaño entre jóvenes artistas, jóvenes poetas, amadoras de lo abscous y de lo raro, levitas del templo del pobre Lelian, han desaparecido. Un caballero de cabellos grises, serio, grave, decorado con la Legión de Honor, que va al Vachette con alguna frecuencia á leer Le Temps, como un simple senador ó académico, es Jean Moreas. Reynaud, el autor de los Cuernos del Fauno, es alto empleado de Policía. El último poeta joven verdadero y grande que ha hecho ver en estos últimos tiempos su singular figura en esos lugares, antes tan frecuentados por todas las musas, ha sido Paul Fort; y á este mismo ya no se le mira recorrer su caro Boul’Mich.
Un soplo de ultramodernismo y de americanismo del Norte, de yanquismo, ha invadido el sacro recinto que antes protegían el orgulloso Panteón y la venerable Sorbona, la tradición de las escuelas y la poesía del Luxemburgo, el deseo de soñar y la necesidad de sentir. Aquí es de creerse que ya nadie sueña ni siente. Un severo cronista decía hace pocos años: «Au Quartier Latin moderne, on buche, on potasse, on brigue et l’on intrigue. Au lieu des vareuses de jadis, on arbore des complets très anglais et très corrects, les jours de laissez-aller: ta redingote et le «bosselard» á triple colonne lumineuse sont l’ordinaire uniforme de cette jeunesse morose, ponderée, pratique, revant conférence Molé, conseil d’État, mariage riche et la diputation, les vingt-cinq ans sonnés.» Esto se ha agravado últimamente. Ya no hay escándalos; ya no hay las viejas locuras sonoras con las contadas excepciones de los monome y de las procesiones anuales; ya no hay admiraciones ni entusiasmos, y de los pasados dioses apenas quedan Venus y Dionisio, una Venus calculadora y un Dionisio de importación anglosajona.
Ya no existen siquiera los grotescos. Y en cuanto á la bohemia, los tipos que á ella se acogen son término medio entre los estafadores y los rufianes. Adiós alegres fantasistas de otros tiempo; adiós museo de vivientes curiosidades del Barrio. Son un recuerdo el palikaro Chake, Sapeck, Bibi la Purée, que murió el año pasado; Coulet, el bizarro y lamentable recitador; la vieja Casimir, espectro de mujer galante de tiempos en que Víctor Hugo madrigalizaba; el misterioso marqués de Soudin; escultor Gaillepand, y sus pequeños medallones de fabulosa baratura. Por la tarde, á la hora del ponzoñoso ajenjo, las terrazas están llenas de consumidores del más perfecto aspecto burgués, de una burguesía flamante é hiriente, la que discute sobre M. Combes y va á las carreras y velódromos. Sus compañeras se ruborizarían de llevar, como las antecesoras, sombreritos de á cuatro francos. Hay, no obstante, la amiga del estudiante pobre, porque siempre hay estudiantes pobres, y esa no oculta su escasez de indumentaria. Mas uno y otra no se exhiben, no frecuentan esas cervecerías que antes eran accesibles. En el baile estudiantil de Bullier es donde se advierte la diferencia entre los modestos y los derrochadores, los de las flacas pensiones y los mimados de los papás de dinero. Esa modernización de costumbres ha atacado también en sus últimos baluartes á la antigua alegría; al buen humor tradicional que se manifestaba en cafés y lugares de regocijo, y en donde todos los compañeros de estudios, toda la juventud de las escuelas, fraternizaban en joviales coros, risueñas facecias, contagiosos y alucinantes cancanes y chahuts.
Hay un cabaret, á la manera de los de Montmartre, y en donde cantan cancionistas de los cabarets montmartreses; se llama el cabaret des Noctambules. Allí se nota un poco del pasado espíritu, un resto de la desaparecida ecuánime alegría que se sentía como una parte de la atmósfera del Barrio. Mas la ilusión desaparece pronto con la pose de algunos de los artistas, en el fondo más aburguesados que los mismos burgueses á quienes divierten, y con la aparición de los susodichos caballeritos de veinticinco alfileres y sus Mimís que sueñan Doucet, Paquin y Virot. Concluídos los memorables lugares como el cabaret de la Bohème, dirigido por un curioso tipo, Leo Selicore. Acabados, evaporados, los centros en que había verdadero entusiasmo y amor por las cosas del arte y del pensamiento, como la antigua Plume, que reunía en comidas que presidía siempre un maestro, Verlaine, Zola, Lecomte de Lisle, Mallarmé, entre otros á toda la élite de la joven literatura, de donde salieron unos cuantos que hoy son gloria y orgullo de las letras francesas. Los cafés mismos han evolucionado, y no con ventaja. Aquel d’Harcout que era uno de los puntos de reunión de intelectuales, de poetas, de artistas, de estudiantes, se ha convertido hoy en un establecimiento de heteróclita clientela.
¡Oh, y los amores del Quartier! Desventurado el mozo ingenuo que viene directamente de su lejana tierra, y cree que el amor tal como él lo ha soñado, tal como él lo ha creído posible, lo ha de encontrar en una de estas mujercitas, con aire de inocencia, ó con rostro de gracia, morenas, rubias, ligeras, sonrientes, fáciles!...
No podré olvidar el drama de un pobre joven mejicano que después de concluir su carrera de médico, loco de pasión por una de esas, y á causa de no sé qué escena de celos, se pegó un tiro en plena calle, delante de la descorazonada muchacha. La cual el mismo día que enterraron el cadáver, se vistió con la mejor ropa que tenía, y se fué á Ballier por la noche á sacar provecho del sangriento suceso, á hacerse réclame con el faits divers de que se habían ocupado los periódicos. ¡Oh Rodolfo! ¡Oh Mimí! ¡Oh mujer!
Respecto á lo que en otros tiempos animaba los espíritus generosos de los jóvenes de las escuelas, en cuestiones de general interés, ó en asuntos de humanidad y de verdadero patriotismo, aquel soplo que conmovía á París ha también menguado. Ya se vió, no ha mucho tiempo, cómo obraron los que representaban el porvenir y la esperanza de la Francia. Han Ryner decía hace algún tiempo: «El espíritu revolucionario no existe en el Quartier. El estudiante es un arrivista, y, por consiguiente, un ralet del Poder. Hace su aprendizaje de futuro funcionario y se ejercita en los achatamientos. Tuvo antes bruscas y cortas protestas; no revolucionario, ciertamente, sino revoltoso; tarea que comienza á expresar su bisoña necesidad de ruido, y que se detiene en cuanto aparece el gendarme. Ese murmullo simulado, ese refunfuñar hipócrita de colegial que detesta al pion, ya no los tiene siquiera. El pion, hábil, lo ha lanzado sobre otras presas. Los niños son fáciles de conducir con tal que se abandone á su crueldad alguna víctima. Nuestros estudiantes gritan al Gobierno que les permite denostar á sus enemigos. La necesidad animal de movimientos y de gritos que hace creer en la generosidad de jóvenes burgueses y que se ha tomado por espíritu revolucionario está hoy cuerdamente detenida y satisfecha, dirigida por el poder mismo ... Zou, feu de brut! Conspuez Zola! Conspuez!»
Ryner es duro, quizás con demasía, por el momento en que escribió tan acerbo juicio del estudiante actual; mas apartando la violencia y la corrosión de su estilo, nos encontramos con una innegable verdad.
Yo he visto, por otra parte, durante un monome reciente, una escena que podría ser muy graciosa para otros, pero que á mí me causó tristeza. En una terraza de café tomaban tranquilamente su bock un negrito y un mulato, de los que vienen á estudiar á París, y que, una vez coronada su carrera, vuelven á su país haciéndose lenguas de la ciudad-luz. Pues bien: en cuanto el monome, ó la procesión de estudiantes clamorosos, pasó por el café, y unos estudiantes vieron á los morenos, empezaron á gritar: chocolat! chocolat! chocolat!, con el aire de los Lampions. Los de la piel obscura pagaron su bock y se escurrieron. Pero el grito les persiguió: cho-co-lat! Y eso no es generoso que digamos.

EL HIPOGRIFO

Las gentes han estado locas—más que de costumbre—en estos días, con motivo de la nueva empresa automovílica, la carrera París-Madrid. Los periódicos han dedicado largas columnas; los camelots han vendido miles de programas y mapas; los concurrentes á la prueba han sido mucho más numerosos que en otras anteriores; los nombres de Michelin, Mors, Mercedes, Panhard, Renault y demás fabricantes de máquinas veloces andan en todas las bocas. Es el tiempo en que un chauffeur hábil y osado goza de triunfos y aclamaciones que jamás obtendría un Berthelot, un Pasteur, un Anatole France. La locura de la rapidez, que ya creo que ha sido estudiada por los médicos, invade de manera alarmante á la ciudad de los marcheurs jóvenes y viejos. Y las mujeres se mezclan en el asunto. Ayer era una ex cantante de café concert, Bob Walter, la que ocupaba la pluma de los cronistas; hoy es Mme. Du Gast, la dame au masque del proceso resonante y mundano, por quien la mano de cierto noble francés cayó sobre la mejilla de un viejo abogado; Mme. Du Gast, que se va á correr kilómetros, á más de ciento treinta y tantos por hora, en su auto decorado con los colores amarillo y rojo: «vive l’Espagne, ole!» Y una enorme muchedumbre se ha desvelado para ir á ver partir á los corredores, y ha lanzado gritos de entusiasmo que no oyeron los griegos de ligeros pies y los cocheros líricos celebrados por Píndaro. Temeroso delirio colectivo, manicomio suelto ...
Antes de la primera etapa, los muertos han sido siete, entre ellos sportsmen ricos, y los heridos muchos. Fuera de los locos de las máquinas, han sido víctimas pobres gentes encontradas en los caminos y destripadas por la veloz y pesada cucaracha de hierro y caucho. Los aduladores de la industria á outrance dicen que el suceso no vale la pena, que los negocios son los negocios y que «para comer tortillas hay que romper los huevos». Y cuando aquí el Consejo de ministros resolvió suspender la carrera en territorio francés, parece que el joven Alfonso de España hacía todo lo posible en su real empeño para que continuase en la parte española la temeraria competencia. ¿Por qué? Fuera de su capricho y curiosidad de adolescente, porque se habían hecho gastos en la tierra de Wamba para recibir los automóviles, y porque, allá como acá, cierto público estaba fuera de sí de contento. Cierto público; lo que es el pueblo, en algunos lugares, recibió al hipogrifo á pedradas.
Hipogrifo violento Que corriste parejas con el viento, ¿Dónde, rayo sin llamas, Pájaro sin matiz, pez sin escamas Y bruto sin instinto Natural, al confuso laberinto De estas desnudas peñas, Te desbocas, te arrastras y despeñas?
Unos hipogrifos violentos se desbocaron, y otros se despeñaron y se deshicieron contra los árboles.
Y los aficionados y los apasionados esperan en una velocidad aún mayor, lo cual será la coronación inaudita de la industria francesa, pues es en Francia donde esa rama sportiva priva y vence con mayor fuerza y más elementos que en parte alguna; coronación que hará progresar los negocios de tales y cuales fabricantes y de tales y cuales campeones, sobre un campo de rotas crismas y de huesos deshechos. Ya el buen populo, encarnado en Dranem, canta con razón: J’en ai soupé de l’automobile! Y el automóvil ha soupé y continúa manducando pobres diablos de peatones que tienen la mala suerte de encontrar en una calle ó camino real al desbocado armatoste homicida. Trust, record, looping-the-loop, cake-walk ... van con el progreso; con el progreso, que tiende á la posesión del infinito por la supresión del tiempo y del espacio. Todo lo que el adelanto humano crea, todo lo que los inventores inventan, va á ese afán de dioses: suprimir el espacio y el tiempo. En el sport moderno se complica ese afán con la neurosis colectiva. Todo lleva al exceso; exceso de goces, exceso de negocios, fiebre de velocidad. Y el espíritu yanqui, invadiendo el mundo, impone el record. Y el mundo tiene la necesidad de comprender el inglés: trust, record, looping-the-loop, cake-walk.
All right!
¿Es inglés el autor de ese refrán culinario-nietzscheano: para comer tortillas hay que romper los huevos? A mí me parece más bien español, y llamarse don Pero Grullo; ó francés, y llamarse M. de la Palise. Pero la aplicación feroz del proloquio creo que es modernísima y está entre las cosas que habló Zaratustra. Es un filósofo excelente para los que comen, é inquietante para los que son comidos. En el caso del super-chauffeur, no cuenta para nada el desventurado que tiene la perra suerte de ser aplastado por el automóvil. El super-chauffeur es el representante de la energía humana y la omnipotencia de la industria, del capital: ¡ay del que se le presente en su camino! Sucede que él también, el super-chauffeur, se revienta la persona contra un tronco ó contra un barranco. Todo está perfectamente. El patrón necesita que su fábrica triunfe, que la potencia industrial aumente, que Moloch coma su tortilla, y para comer tortillas hay que romper los huevos.
La lógica de ese principio se aplica en asuntos mayores. Buena tortilla fué la que saboreó Moloch cuando la Gran Bretaña aplastó al pequeño Transvaal. Los negocios son los negocios, y los aplicadores de la ley zaratustresca se llaman Cecil Rodhes, se llaman Chamberlain. Época espantosa en verdad, más que ninguna otra de la historia del hombre. El corazón del mundo está enfermo; la vida hace daño; la inquietud universal se manifiesta de mil maneras, peor que en el año 1000. Porque en el año 1000 había siquiera fe y esperanza, y el hombre actual ha asesinado á ambas. Todo se reduce á la victoria del momento, por la fuerza, por la violencia, por la habilidad. La Gloria está amenazada de muerte, como el viejo Honor que agoniza, y el Pudor, y la Caridad. Los degenerados de arriba están en vísperas de ser suplantados por los energúmenos de abajo. Los reyes se van y los pueblos no saben adónde ir. Y el porvenir viene en automóvil, velozmente, desbocadamente, matando, estallando. La medianía socialista cree ver desde hace tiempo en el actual progreso, allá en el Oriente, una aurora. Y es un incendio, á menos que no sea una erupción, un Vesubio ó un Montagne Pelée.
Todo lo que en otro tiempo había sido aprovechado en ventaja de la fraternidad soñada de las razas, en favor de los ideales cristianos, se aplica ahora á la destrucción y á la guerra; la guerra, que soñaba Víctor Hugo desaparecida en los comienzos del siglo xx, adquiere mayores alcances, á pesar de las patrañas diplomáticas y de los idilios pacificadores de retrasados ideólogos. Desde el momento en que el dinero suple hoy los antiguos ideales, la disputa de la tierra y de la riqueza se hace más enconada, y el crack de la moral trae el más absoluto desastre. Jamás el sér humano ha sido menos ángel; jamás ha sido más bestia fiera. Y esto con automóviles, con telégrafo sin hilos, con cinematógrafo, con la omnipotencia de la máquina en la industria y del oro en todo.
Todo eso es irracional. Pero toda la vida, dice Tolstoï, es irracional. Es irracional que el hombre tenga órganos inútiles, y que el caballo tenga un vestigio del quinto dedo; es un gasto inútil de energía. Los gastos inútiles de energía los autoriza el progreso. La utilidad de una carrera loca de automóviles es absolutamente absurda. Eso pasa en el reino del irracional. Un hombre rico, sano, quizás feliz, va, deja sus comodidades, su hogar, su bella mujer, sus hijos, para lanzarse á devorar espacio. Y muere. Muere y mata. Antaño se iba á las cruzadas; y más antes, Jasón iba al ideal.
Hoy el heroísmo tiende á la especulación por un lado y el anonadamiento por otro. Una raza de inquietos, de bovaristas, de neurasténicos, marcha hacia la confusión infinita. Y Moloch engorda con sus tortillas humanas; Moloch, el eterno, el indestructible, el dios apetito y el dios crueldad.
Oh que la vie est quotidienne!, decía Jules Laforgue el montevideano. Laforgue debía haber vivido hasta el siglo xx, pues la época encontraría en su ironía hamletiana y ultramoderna su verdadero poeta. Mas él también murió, aplastado por su tiempo, herido por el mal común.
¡Oh la delicia de la mediocridad! ¡No poder pensar, aislarse en la inconsciencia! ¡Poder entusiasmarse por un biciclista!
Se siente crujir los huesos del cráneo. Me apresuro á poner punto final, pues corre peligro este artículo periodístico de acabar en poema en prosa. Y eso ya sería grave.


IMPRESIONES DE “SALÓN”

Los pintores que persisten en una manera invariable y reconocida, siempre con telas que se asemejan unas á otras, y con temas incambiables, ¿lo hacen por su propia voluntad? Esos pintores no lo hacen por su propia voluntad, antes bien por la imposición de la voluntad de un público que les exige la misma cosa. Y su público les paga, y pues les paga, es justo pintarle la misma cosa para darle gusto. Cuando un voluntarioso se evade, la sorpresa protestante del comprador y de la admiración de casillero, se expresa. He aquí, por ejemplo, al fino y talentoso Raffaelli que deja ahora su París habitual, sus muelles, sus escenas callejeras, y presenta paisajes de Bretaña. Los que ven estos cuadros no están contentos. Esa naturaleza risueña, esos fragmentos de campaña, esa nueva nota, no es perdonada por los que han condenado al artista á parisianismo perpetuo. Renovarse ó morir, dice el artista: la opinión general dice todo lo contrario. A mi entender, Raffaelli ha hecho muy bien en buscar un nuevo campo á sus colores. Sus cualidades personales resaltan en todo caso. Su notación precisa, su dominio de la luz, trate lo que trate, le sostienen en su puesto, el de uno de los primeros maestros del arte francés de nuestros días. Otra sorpresa para los usuales admiradores es que la Bretaña de Raffaelli no se parece en nada á las Bretañas de los bretañistas de profesión ... Aquí todo es claro y grato, florido de sol, y en vano se buscarían las rudezas, brumas y aspectos sombríos de la Armórica.
Para la Bretaña negra, entristecida y ruda, ahí está monsieur Cottet, que cada año presenta una página de su obra bretona, con las asperezas de color, el realismo, y quizás una vaga preocupación de primitivismo, que le distinguen. La de ahora, Femmes de Plogaitel, aunque inferior á la «Noche de San Juan», está llena de vida; en un paisaje regional, cinco figuras bien estudiadas, expresan el alma de la composición.
Al lado de Collet, Simón manifiesta la tristeza tradicional y la devoción dolorosa de la raza con sus Bretons a la messe. Ambos pintores son de los que toman el arte en su verdadera transcendencia, y procuran realizar su concepción de lo bello pictórico, según sus maneras de pensar, sin sujeción á los caprichos de la crítica y de la moda.
He aquí uno de los envíos que atrae más curiosos: Cherubin de Mozart, de M. Jacques Blanche. Es un cuadro gracioso y literario, tan literario como que el Querubín de Mozart es la Berenicie de Maurice Barres, cuyo retrato está al lado, para dar testimonio.
Muy inglés, muy aristocrático, muy barresiano, el cuadro de M. Blanche tiene por qué atraer, además de su preciosísimo pictórico, á la muchedumbre elegante. El retrato del predicador de la cultura del yo, muy significativo y bien interpretado, es un buen dato iconográfico para los futuros historiadores del egotismo á fines del siglo xix y del nacionalismo á fines del xx.
Seguiré señalando los clous. Ahí está el ultraselecto Boldini, con dos retratos que son dos bouquets impregnados de parisina, el de la princesa de Hohenlohe y el de Mme. L ... En ambos la gama blanca predomina, estallando en uno de ellos un ramillete de rosas que adorna el busto fino y erguido.
Las figuras se dirían torturadas de elegancia; el dibujo afina los rasgos hasta la fuga; el torbellino del color se junta á la exasperación nerviosa, y cada tipo de mujer hace pensar en admirables y supergalantes receptáculos de placer moderno, de agudas sensaciones, de seducción serpentina y de «más allá de la decadencia». Agregad á la exagerada ligereza parisiense la más punzante y cálida intención italiana, y no es esta pintura de Boldini, pintura de virtuoso, ejecución de prestidigitador de la paleta, bueno para cantado en las rimas rebuscadas y raras de un Montesquieu-Fezensac, quien, por otra parte, creo que le ha cantado ya: Boldini, Paganini, dirá después Jean Lorrain.
Y he aquí otro «clavo»: M. Jean Lorrain por de la Gángara. Es una obra de arte de artificialidad; es un retrato compuesto á la manera de los retratos literarios de ese famoso cultivador de literatura fuera de natural. Todos los desequilibrios del snobismo, todos los viciosos por moda, todos los falsos Phocas, todos los simuladores del pseudotalento, todas las viejas arpías del casino y todos los estetas rezagados del tiempo de Dorian Gray, se quedarán largo rato ante la imagen del novelista del Vicio Errante. Es una maravilla de pose. Es el no más allá de la vanidad literaturesca, el acabóse de la presunción en la rareza ... Es un buen documento.
Del gran Whistler, maestro que ha influído grandemente en la pintura de su tiempo, y cuya pérdida reciente ha sido justamente lamentada en todos los círculos intelectuales del mundo, hay varios cuadros. Aun revuela, encantando con su fulgor póstumo en este ambiente, la psique misteriosa del alto artista, el caprichoso, sutil y vago papillon. Lo principal es un retrato de dama, plata y rosa, hecho con la suprema distinción y la maestría reconocida en quien pudo reunir la mayor sobriedad y discreción á la más potente fantasía y dón de ensueño.
Otro clou son las telas expuestas por el español Anglada. ¡Bravo y simpático artista! Suelo encontrarle por el lado de Montmartre, con sus ojos penetrantes y su grandísima barba negra, serio, pensativo. ¡Quién diría al verle, que estuviese poseído de la locura del color, así como el gran Hokusai—y no es poca la comparación—estaba poseído por la locura del dibujo! Anglada ha presentado varias telas, en que aquella locura se agita, clama, se publica. Mas en esa cosa inusitada y de una increíble audacia, hay una estupenda sabiduría de paleta. Yo no sé, si como otros que se creen emancipados de todo, este revolucionario no sabe dibujar; se creería esto al ver las esqueléticas piernas de alguna de sus parisienses nocturnas, y tales ó cuales rasgos de un qué-se-me-da-á-mí asombroso; mas la riqueza de sus tubos, la destreza y luminosidad de sus pinceles son tales, que desde luego hay que afirmar que uno se encuentra ante las genialidades de un artista de excepción, de un carácter lleno de dotes singulares y de brío. C’est en héros effarouché, como yo me he detenido delante de esos delirios de fuegos de colores, de esas visiones semifantásticas, semimacabras ... Y, sin embargo, ¡eso existe, puesto que él lo ve! Mas esto no piensa la mayoría de los visitantes que, al pasar ante Verlinsaut, la «Gitana de las granadas» y las otras creaciones fosforescentes, nocturnas, ó detonantes, unos se encogen de hombros, otros ríen, decididamente convencidos de que eso es muy divertido, y otros se enojan, arrugan el entrecejo, protestan en voz alta: C’est honteux!... C’est affreux!... C’est fou!... C’est horrible!
Quizás Anglada modere un tanto su agitador y alucinante whim, y, aprovechando lo que de admirable y de encantador hay en su talento y en su procedimiento, brinde á los amantes de las hermosas creaciones pictóricas, nuevas sinfonías, dulcificadas con un poco de razón y otro poco de mesura. Por lo demás, ¿quién, aun entre los más escandalizados, podrá negar que se está en presencia de un maravilloso colorista, de un dominador del iris, de un vencedor de la luz?
En donde se quedan por largo rato los artistas, los conocedores de lo bello discreto, de lo bello amable, de lo bello ensoñador, los adoradores de la poesía pintada, es ante los cuadros de Santiago Rusiñol. Poesía de los «jardines de España», poesía de los arrayanes y de los cipreses; poesía de los solitarios y viejos y melancólicos rincones llenos de la nobleza desvanecida de antiguas edades; poesía de los almendros en flor en el campo verde cerca del mar azul, en las luminosas Baleares; patio de los naranjos, con las notas de oro, en el obscuro ramaje; blancas barcas; melancolía del valle en la ternura de la tarde, y la maravilla solar anotada en pautas delicadas. Baste decir que en las telas de este poeta, hay el mismo charme profundo y aristocrático que en sus prosas poémicas.
La Princesa Matilde, de Bernard, detiene á los curiosos del alto mundo y á los amigos de la pintura brillante y graciosa, y otro retrato de este artista hay que afirma una vez más sus victorias de color y sus excelencias de plasticidad y vivacidad.
Las evocaciones brumosas de Carrière reciben, como es de costumbre, en cada envío, los ditirambos de los unos y los dicterios de los otros. Es un artista, fuera de discusiones de técnica, cuya manera personal, comprensiva y honda, traspasa los límites de la simple pintura. Hay más filosofía y más poesía de la que el curioso visitante se imagina en cada una de las obras de ese excelente.
Mucho ha llamado la atención de todos el retrato de lord Ribblesdale, por Sargent. Es, en efecto, una de las pocas obras maestras que hay en la innumerable copia de telas que existe en el Grand-Palais. Tiene todas las buenas condiciones que han hecho triunfar, sobre todo, como retratista, al autor de la Carmencita del Luxembourg: color, dibujo, expresión, carácter, alma. Le han criticado algunos el que la estatura del tipo retratado tenga una cabeza más de lo natural, y esta crítica me parece sobradamente injusta. Desde luego no hay sino un recurso para aumentar la significación, para ayudar al sentido característico; y después, ese recurso ha sido empleado por muchos maestros de la Pintura y especialistas del retrato, en todas las épocas. Watteau tiene de esos personajes alargados intencionalmente; y el soberano Van Dyck ha dejado muchos en su galería de nobles personajes. Más de una cabeza hay, por cierto, en la estatura del conde de Carlisle, cuadro que es propiedad del vizconde Cobham; en el del vizconde de Grandisson, propiedad de Jacob Herzog, de Viena; en el de la marquesa Adorno-Brignole-Sale, propiedad del duque de Abercon, en Londres; en los retratos de lord George Digby y del duque de Bedford, propiedad del conde de Spencer, en Althorp; en el de los jóvenes lores Jhon y Bernard Stuart, que tiene en Cobham Hall el conde de Darnley. No es, pues, tan gran pecado el cometido por Sargent al caracterizar según tan ilustres tradiciones á su aristócrata retratado, y si peca, peca en magnífica y gloriosa compañía.
De los consagrados oficiales, el presidente de este Salón, Carolus Durán, tiene tres telas que nada agregan á su fama. Un retrato de la señora Gould, marquesa de Castellane, muy bien trabajado, muy bien decorado, muy bien sentado, muy para el mundo en que la dama vive; otro retrato de los niños del conde y condesa de Castellane, nietos del archimillonario yanqui, y que revelan futuros sportsmen y un Vieil Espagnol marchand d’éponges, figura muy estudiada y bien asida. Solamente ese viejo español parece una figura de gheto, ese viejo español es un judío viejo. Sería fácil corregir: «Viejo judío español» ...
Cuadro decorativo y de efecto, Deuil, por M. Agache, cuya explosión de color se advierte desde que se entra á la sala en que está. M. Dinet, con notables cualidades plásticas, trata un asunto miliunanochesco, las Filles de Djeun’s se jouant dans l’eau; la demasiada realidad que se nota en esta página de fantasía reduce las visiones de cuento á agradables casos teratológicos. No se puede menos que celebrar, una vez más, las marinas de Mesdag, quien siente hondamente el mar, en calma ó en tempestad, fosco ó amable. Es el maestro de quien ha dicho con razón Romualdo Paulini: Mesdag non ci rivela que quello che vede; ripetendo lo stesso motivo egli e riuscito ad ottenere in tutta sincera potenza la trasparenza di quelle acque sconvolte che veramente non sono paragonabili a nostri mari, pur quando sieno agitati dalle tempeste. D’altra parte egli non ha solo dipinto il mare influriato; ma l’ha ritratto negli aspetti piú vaghi del tramonto calmo e dell’alba d’oro; ma di preferenza lo ama tragico e sconvolto. Aquí hay ahora una marina de esas borrascosas en que se siente el viento y el respiro del agua ensombrecida.
El Louis XVI et Parméntier dans la plaine des Sablons de M. Gervex es una página que ganaría en su reducción, y semejante á las odas de antaño á la invención de la vacuna, ó á la gloria de los cereales; la Mamme qui se peigne, de Tournés, recuerda una tela de nuestro amigo Schiaffino; las Bruleuses d’herbes, de M. Perret, hacen ver que este pintor ha visto demasiado á Millet.
L’homme Dieu, de M. Delville, hace el efecto de una agrandada é iluminada estampa de Gustave Doré. Un interior de Caro-Delvaille, que ha comprado el Estado, es muy celebrado por la fineza del dibujo, y la suavidad de tonos y el ambiente en que «viven» las cinco figuras que animan la escena.
No habían de faltar, como las Bretañas, las Venecias, entre las cuales una de M. Smith y otra de M. Le Gout-Gérard. De un gusto voluntariamente arcaico el plafón de M. Anquetin, no seduce, á pesar de su colorido fastuoso. L’Etreinte, de M. La Touche, y el Nocturne, de M. Szekely, representan un mismo asunto, en diferente medio y con distinto procedimiento tratado. Allá es el abrazo de amor en pleno lujo, aquí es el abrazo de amor, el beso de dos pobres, en plena pobreza, bajo el cielo de la noche, en un puente, mientras, á lo lejos, se ve el resplandor de las iluminaciones de la ciudad. Es un poco du Jean Rictus.
La falange de los imitadores, como todos los años, es crecida. Los que hacen Puvis y los que hacen Bouguereau, los que hacen J. P. Laurens y hasta los que hacen Carrière. Estos, sobre todo, son abominables. No hay que nombrarlos siquiera.
Entre los desnudos, atrae uno de M. Caro-Delvaille, Eté; una mujer tendida en su lecho, rosada sobre las blancuras de las ropas, y ante una mesa llena de flores y de frutas. Por el tipo de la dama—la cual es demasiado espesa para Estío—al cuadro convenía mejor haberle llamado Otoño; un otoño italiano, como podría testificarlo la botella de Chianti que aparece en primer término.
Nada tiene de pintura de moda, ni habla de la última estética el cuadro de M. Herter, Les heureux. Eclécticamente declaro que, como otras cosas complicadas y bellas, esto, natural y bello, me encanta. Me encanta, porque da la completa ilusión de la vida, de la carne, de la respiración, de la buena y sana animalidad humana. Así como hay estatuarios que son pintores, este pintor es estatuario; sus dos figuras se animan y salen fuera de la tela, dando la impresión á maravilla. Confieso que prefiero este arte al de algunos exagerados puntillistas, ó más bien confettistas, que hay aquí al lado, y cuyas obras no convencen á la admiración ni al aplauso.
Llama la atención por su asunto exótico y raro, por sus cualidades de pintoresco y de color, y por la observación de detalle, el cuadro de M. Richon-Brunet, L’éxode. El pintor, á quien debe ser familiar la campaña chilena, expresa una tribu de araucanos en viaje. Podría tal vez tachársele cierta teatralidad de las figuras, mas la obra es de mérito indiscutible.
Como animalista, se distingue M. Cauvelaert; como suntuoso y elegante, Mr. Bunay, que une á cierto prestigio antiguo un excelente modernismo; como colorista y realista en sus retratos, M. Paulsen.
Un vivaz y plausible cuadro de Willette, que habría celebrado Hugo, es Gavroche en la barricada. El macabro Enterrement du carnaval á Barcelone, de Graner Arrufi, es una nota española que no vale, por cierto lo que la de Larroque-Echevarría, Le chanteur populaire, en la que ambiente, estudio de tipos y composición, revelan un gran talento que sigue las mejores tradiciones artísticas de su país, sin dejar de ser personal.
Le Sidaner, el de la pintura maeterlinkiana, deja hoy sus interiores, sus canales, sus jardines tristes, y nos da un trozo de París. Se reconoce en seguida, por su sabido procedimiento de vaguedad y de bruma, su melancolía inevitable en todo tema que trate, su misterioso vapor de las cosas.
Siempre había que celebrar á M. Aman Jean, cuando presenta tan deliciosas figuras femeninas, como las dos que son el alma de su cuadro la Confidence. Hay en este panneau decorativo ciertas deficiencias de dibujo; pero el poema triunfa por su suavidad musical, por la elegancia entristecida, por la distinción melancólica de esa escena íntima, por la gracia lánguida y discreta de esa pintura á la sordina.
Hay buena cantidad de desnudos, unos antiestéticos, otros perversos y sin mira artística propiamente dicha, otros demasiado académicos, y otros abominablemente manchados por el ultraimpresionismo, como los de M. Denis, que, por otra parte, tiene muchísimo mérito y talento.
En los desnudos, el que más atrae por la audacia de un detalle que no se nota á la simple vista, es el de M. Georges Bertrand, Foas Vitae, fragmento de un cuadro, composición dedicada á la Beauté. M. G. Bertrand es un pagano, un plástico, un fuerte colorista, y un comprensivo del amor sin el pecado.
Hay un inmenso cuadro, la Bretagne mystique, que representa una procesión de marinos; es un vasto paisaje de mucha labor y estudio, que servirá para decorar la escalera del museo de Nantes.
En la Fille des faunes, M. La Touche sirve un gran plato carnal pimentado, con desdoro de la antigüedad, que no halla qué hacer en un ambiente extraño á las concepciones primitivas.
M. Jean Beraud representa La nuit en una mujer bella, envuelta en un manto de singular manera, y en un fondo crepuscular. Diríase la fotografía iluminada de una chilena.
Y hay más y más cuadros, grandes y chicos, que sería imposible señalar.
Et tout le reste est ... peinture.
En la Escultura hay poca cosa que se pueda aplaudir sin reservas. Gracias á Rodin y á Constantin Meunier se sale de lo común y bonito. Se ve mucha cosa de vitrina, tentativas de policromía. M. Dejean se empeña en dejar para el futuro tanagras modernísimas, muñequitas de París, no sin talento parisiense. Mme. de Frumerie tiene una agrupación de trabajos de finura, flexibilidad y gracia. M. Froment-Meurice, que lleva un nombre de bastante peso, no ha encontrado asunto mejor que una patada de burra: Anesse ruan ... El Mommsen de Lobach es una buena testa, y la Sphinx, de Glicensteim, una simbólica y bella creación en piedra de Bardello, digna de todo elogio. Este mismo escultor, que reside en Italia, expone un busto de D’Annunzio y otro de una hermana del poeta, á menos que no sea hija suya. Hay también notable un busto de vieja, del poeta artista meridional Valére Bérnard, gloria de Marsella.
Mas todo eso está dominado por la central y monumental figura del Pensador de Rodin. Es una osadía, dicen algunos, el llamar así una obra, existiendo Il Penseroso.
No es creíble que Rodin, que tiene un talento genial, se presente candidato á la inmortalidad con el objeto de desbancar á Miguel Angel. Hay su bizarría, hasta cierto punto plausible, en interpretar el mismo tema miguelangelesco de la tumba de los Médicis, á su manera, que, por otra parte, tiene algo del formidable Buonarrotti; pero los más entusiastas reconocerán que ni el Pensador vale Il Penseroso, con ser una obra excelente de estatuaria, ni Rodin pesa aún en la balanza del mundo y del arte eterno lo que el coloso italiano.
Alabanzas son dadas á la nueva figura del poema de bronce que Constantin Meunier hace tiempo viene plasmando á la gloria y al sufrimiento del trabajo, representado en los tristes obreros de las minas, cuyos aspectos de fatal resignación, de pesadumbre en lucha con la dura Naturaleza, con la áspera materia, ha interpretado en máscaras de un trágico que llega á lo sublime en lo humano. Meunier es belga. Es el hermano de Rodin. La fama comienza á acariciarle, y no ha tenido, como el francés, que luchar con la muchedumbre au front de taureau.
Un escritor que piensa alto y dice vibrante, exclama: «Un enervamiento enfermizo agita el pulgar de los modeladores; quieren gustar, y para las decadencias ese deseo no se realiza sin prostituir la forma. Se desprende de la producción contemporánea sin sensualidad exagerada, ó bien el artista se complace en una imitación sin crítica y casi maquinal. Esos son los efectos de un individualismo anárquico y los frutos de una enseñanza negativa que obliga al discípulo á sacar todo de sí mismo, aun lo que no contiene en sí.»
Á Meunier y Rodin no alcanza el anatema. Ellos sacan de su mina personal su propio oro, su propio bronce, sin olvidar las lecciones de los maravillosos antecesores, de los gloriosos pasados maestros que son el orgullo de las artes humanas.
Mas es innegable que el sentido del arte noble se pierde, que nuestra época, á pesar de los que viven á sus anchas y predican las excelencias de su mediocridad, no es una época artística; que otras ideas han cambiado los ideales de belleza de las generaciones, y que el utilitarismo, el mammonismo, por un lado, y el socialismo y el clericalismo por otro, han dado mucho y están para dar por completo á todos los diablos, sentimiento aristocrático de lo bello, entusiasmo por la superioridad del genio, admiración sincera, y el orgullo divino de las alas.
La ausencia de representantes del arte hispano-americano en ambos Salones de este año es notoria y lamentable. Nunca ha habido menos. En el de la Société Nationale des Beaux Arts, hubo uno sólo. En el de los Artistes Français, entre pintores y escultores, suman nueve. C’est maigre. En cambio, la falange de norteamericanos crece cada vez más. Porque sucede esta inaudita cosa que nunca me cansaré de repetir, nosotros, los que nos regodeamos de latinidad y de la Loba y de la herencia griega, nos preocupamos malhadadamente de nuestros artistas; y los yanquis, los de Porcópolis, los prácticos, los trausters, los bárbaros, protegen, ayudan prácticamente á sus artistas. Así puede verse que van logrando en el terreno estético lo que se han propuesto: tienen pintores y escultores, ma foi, que nosotros no tenemos, salvo excepciones contadísimas.
El artista hispano-americano que viene á París, viene siempre con una lamentable pensión de su Gobierno, pues son muy raros, extraordinariamente raros, los púgiles, los luchadores de fuertes hombros y bravos puños, que vengan á bregar en pleno París, contando únicamente con sus propias fuerzas, con su solo cerebro.
Los pensionados de los gobiernos suelen no ser los más talentosos de su tierra, y cuando vuelven no llevan adelantada gran cosa. Y los de talento verdadero viven mala y trabajosamente con el escaso sueldo que casi se les va en modelos y en las modestas cremerías del barrio Latino. Y acontece que, cuando menos piensa un joven de esos, con su porvenir casi asegurado, con su labor de estudio al terminar, se ve abandonado por la luminosa ocurrencia de un Gobierno que no cree de gran importancia el progreso artístico de su país. De esos hay quienes se quedan aquí, en una triste struggle-for-life, dándose á labores industriales, vendiendo su producción á la diabla, cuando logran que se la compren, y destrozados de desesperanza ante la imposibilidad de domar la suerte y de conquistar el halago de París, que es la gloria del mundo. Otros ... ¿Recordáis que hace algunos años, entre los pintores hispano-americanos de cuyas obras me ocupé, había uno de quien publicó La Nación el retrato, el cual pintor expuso en el Salón en que yo os informaba, una cabeza de Cristo? Tenía el apellido del Libertador, se llamaba Domingo Bolívar. Estaba en París, lleno de desencanto y de tristeza, á pesar de su buen humor y de su buen talento. Aquella cabeza de Cristo fué lo último que expuso en París. Él no creía ya ni en París ni en Cristo ... Se fué á los Estados Unidos, en donde contaba con excelentes relaciones. Había hecho el retrato del general Lower, que fué gobernador de Cuba, y el de otros personajes. Yo le di una carta para el Sr. García Mérou, quien lo acogió noble y cariñosamente. Mas, Bolívar iba enfermo de París, en donde, pobreza y desilusión le mordieron el alma. Y en Nueva York, hace poco, hizo el gran viaje ... con cianuro de potasio.
Y como ese vencido, muchos otros, pensionados por gobiernos de nuestras repúblicas. Los dichosos son los pensionados por los norteamericanos. No por el Gobierno, sino por los Mecenas anglosajones, que hay muchos. Ya en otra ocasión he nombrado á Mrs. Phoebe A. Hearst, la millonaria madre del propietario y director del New York Journal. Esta dama, que tiene varios pensionados de su país en Europa, envió por su buena gracia á París á un artista mejicano, Alfredo Ramos Martínez, sin más condiciones que estudiar y producir. Lo sostuvo cinco años. Y luego, la yanqui, le dijo: «Le voy á quitar la pensión. Ya usted está hecho; ya ha sido aceptado en los Salones y vende sus cuadros. Ahora, no se mueva de París. Luche. Venza. Complétese usted.» Y el artista se quedó, luchó. Y hasta entonces, sólo hasta entonces, el Gobierno de su país, gracias á la iniciativa del ilustre Justo Sierra, le decretó una pensión. ¿Qué rico de Centro, ó de Sur-América, tendría el bello gesto de la millonaria de los Estados Unidos?
Con gusto me expresaré un poco sobre el trabajo y la persona de Ramos Martínez, como lo he hecho con el admirable y fuerte argentino Irurtia. Ramos es un laborioso, y un apasionado del color. Es de los que más honran al escaso grupo hispano-americano parisiense. Ha sido aceptado en el Salón desde hace tres años, y ha tenido muy grandes distinciones de parte de la Sociedad de Acuarelistas. Pues la acuarela es su particularidad, y á ella le debe notables victorias. Vignal, que es autoridad, lo celebra y aplaude.
Es un amable carácter, un buen corazón, un excelente muchacho. Ha sufrido. Sus confesiones pueden servir á los que siguen el camino que él ha recorrido. «Cuando tuve que vivir en París—me decía una vez—, cuando me quedé sin pensión, me sostenía la esperanza de verme algún día con elementos para desarrollar lo que desde hace tanto tiempo persigo; y esta sola idea me dió fuerzas para no desmayar ante las pruebas tan rudas por que pasé. Inmediatamente me puse á trabajar en una fábrica de bibelots artísticos. Desde ese día, ¡qué horizonte tan distinto me rodeaba! Ganaba apenas para vivir. Era un simple obrero, obligado á seguir las ideas de cualquiera. Del patrón. Mas, ese dolor me templó; me produjo una gran indiferencia por el instante y una gran esperanza en el porvenir. Y no pudo ser más: abandoné aquella tarea sin saber adonde ir. Fué peor. Caí en manos de judíos abominables, para quienes trabajé, de día y de noche, quedando toda la utilidad para ellos. Hice ilustraciones para ciertas casas, y fué lo mismo. Ya desesperado, me fuí á Londres, llevando conmigo mi cartera de acuarelas. Desde ese día mi vida cambió. Me las aceptaron todas en el Círculo de Acuarelistas, y á los pocos días adquiría una el duque de Devonshire. En efecto: Londres fué más propicia á ese respecto con el artista hispano-americano. Recientemente, se le ha propuesto hacer una exposición particular de sus acuarelas en el Carlton».
Este joven artista es un ejemplo de lo que la constancia y el tesón ayudan al natural talento. Ramos es de los que triunfan apoyados en su sinceridad ó impulsados por su pasión artística ¡Cuántas veces hemos recorrido juntos el Louvre ó el Luxembourg conversando de las hermosas obras de los maestros, de la belleza eterna! O en el taller del argentino García, hombre de ensueño y de impresión, pintor de secretos luminosos, á quien he de consagrar, á su vez, una página dilatada; ó en el estudio del poderoso é intelectual Irurtia, á quien Charles Morice ha dedicado tan hondas ideas, tan gallardos juicios. Ramos admira á Vinci. El gran Leonardo, más que Miguel Angel, le hace ver la humanidad; su Gioconda es la madre, la esposa, la querida, la hembra completa, según el estado de ánimo en que el espectador se encuentra. Lucrecia Crivelli, para él, es sér de adoración; nada habla como los ojos de esa mujer, que son todo un poema de encanto. En la sola frente hay un divino enigma; en las solas manos están todo el misterio y hechizo femeninos. «Gioconda es todo—me decía el artista—.» Ama á Rembrandt, á Velázquez, «un dios pintando». Querría ver á Velázquez interpretando á Vinci. Se entusiasma con Botticelli, exquisito y refinadamente sentimental. En lo moderno ve que Millet sólo podría decirlo todo; lo colocaría al lado de Leonardo, en los tronos del Arte. «Su campesino» no es el vulgar que vegeta; es el sér noble y bueno, penetrado de la grandeza que respira. En su «Primavera» ¿quién no siente la alegría? Aquel verde nuevo que se ve nacer, los troncos podados en que revienta la savia; uno que otro surco se adivina que hacen pensar en el que los cavó. La Naturaleza es todo allí; los pájaros, las flores que cubren los surcos, y como complemento un cielo tempestuoso en donde se ve la gracia del iris. A lo lejos, bajo un árbol, un campesino reposa á la sombra. ¡Es la primavera! ¿Y Carrière? ¿Y Corot? ¿Y Turner? ¿Y Whistler? Son sus dioses también. Y saluda á Sicly, á Claude Monet con sus armonías de sol, y al brumoso Le Lidauer y sus poemas versalleses. Contrariando ciertas opiniones mías, concluía: «En definitiva, esta época dejará su huella como las anteriores. Vivimos con electricidad, con vapor, todo al minuto, al segundo. El poeta, el pintor, el escultor, haciendo con sinceridad, resultarán siempre grandes.» Es un plausible eclecticismo y una virtud de entusiasmo que me complazco en alabar. Ramos es la fantasía, pero también el buen sentido.
Mas, ¿en dónde están los artistas argentinos, en los dos Salones de este año? No encuentro más que dos nombres, y eso que son de semifranceses, Mme. Dampt, la esposa del célebre escultor, que expone en la Société Nationale des Beaux Arts un retrato de Mlle. Péan, de elegante factura, de expresión, casi diría de estilo; y el Sr. Artigue, de quien me he ocupado ya en otras ocasiones, y que ha enviado á la Société des Artistes Français un cuadro lleno del sentimiento de la Naturaleza, y que denota un gran paso en su labor artística: Sur la falaise.
El escultor Irurtia no pudo concluir á tiempo un nuevo envío que de seguro habría tenido igual éxito que las «Pecadoras», tan celebradas por la crítica parisiense.
Don Alberto Lynch, del Perú, en la Société des Artistes Français, tiene un cuadro interesante; un panneau decorativo cuyo asunto está tomado de un verso de Virgilio: «Collados del Taigeto, hollados en cadencia por las vírgenes de Esparta.»
El uruguayo Sr. Samarán presenta dos telas meritorias, una de ellas Hommage au Maître, y la otra, en donde la intención se junta á lo bien reussi, titulada N’entend? pas ... toute á Rostand.
Un discípulo de Bounat, D. Roberto Lewis, cónsul de la república de Panamá, expone dos retratos, de una ejecución cuidada, y con excelente expresión, sobre todo el de Madame L. L ...
Ramos Martínez, el mejicano, tiene obras en ambos salones, cosa contraria al reglamento; pero el hecho está subsanado con que uno de los envíos, el del Salón de los Artistes Français, está firmado por un amigo suyo. Ramos ha logrado en ambos Salones la cimaise y unas flores preciosas en el Salón de Beaux Arts están colocadas al lado de uno de los clous, el retrato de lord Ribersdale por Sergent.
José Vera León, venezolano, expone un retrato muy bien realizado en la sección de dibujo de los Artistes Français.
Chilenos han venido sólo dos, Marcial Plaza Ferrand y Valenzuela Llanos. Este es un discípulo de su compatriota Pedro Lira y de Jean Paul Laurens. Ha expuesto en tres Salones parisienses. Es un paisajista de valer; se ve que se inspira en D’Haspignie, aunque procura dar su nota personal, expresar su manera de sentir la Naturaleza, el ambiente, el alma del campo, siendo, con todo, contrario al impresionismo. En su país se le ha hecho justicia, y obtuvo el premio de honor en el Salón de Santiago del año pasado.
Marcial Plaza Ferrand fué también discípulo de Lira, en la Academia de Santiago. Ha obtenido varios primeros premios en concursos de dibujo y pintura del desnudo. En el Salón de su país logró una tercera medalla en 1896, una segunda en 1897, y primera en 1898. Asimismo fué premiado en el certamen Edwards. Ha estudiado en París, bajo la dirección de Jean Paul Laurens. Expone por primera vez en la Société des Artistes Français, en donde le han admitido dos obras que figuran sur la cimaise. Las dos telas, Parure y Louisette, revelan un adorador de la «arcilla ideal», un feminista, en el sentido artístico de la palabra, como lo fué uno de los maestros que él admira, y al cual sigue á veces, con amor y éxito, Chaplin. En ambos cuadros expuestos hay esa suave disolución de rosas que caracteriza las encarnaciones del galante y elegante maestro francés, uno de los más bizarros cultivadores de la gracia voluptuosa.
En cuanto á la Escultura, sólo hay dos nombres hispano-americanos, ambos de Méjico: Enrique Guerra y Fidencio Nava. Ambos son talentosos y fervientes de amor á la plástica belleza.
Con tal que haya un ímpetu personal, una conciencia de la senda que se sigue y una sincera pasión de lo Bello, no importan al criterio sereno los procedimientos ó las maneras. Además se es roca ó flor, catedral ó logia, cóndor ó ruiseñor. Se posee la fuerza, ó se posee la gracia, cuando no es el genio que tiene las dos. La montaña de Miguel Angel no impide las amables y deleitosas colinas de Canova. Lo bello clásico no excluye lo bello romántico, lo bello parnasiano, lo bello realista, lo bello simbolista ó decadente. El no admitir más que una fórmula, ó un genio, ó una clase de lo bello, indica irremediable limitación.
Yo confieso que la vía porque va el escultor Enrique Guerra es una vía florida, grata, hermosa.
Él no comulga con fe absoluta en el templo rodiniano, no ama la violencia y las osadías á veces poco comprensibles del autor del Balzac y del Pensador. Él va hacia bosques más hospitalarios que las intrincadas selvas del discutido y genial Dante moderno del bronce y del mármol. Si hiciese rodinismo sin sentirlo, caería en ridículo. Expresa lo que siente, como su ingenio lo indica, como su alma lo ve, como su cerebro lo sueña.
En los Artistes Français hay una concepción muy feliz de Enrique Guerra, una interpretación de suave encanto, de una adorable figura bíblica que perfuma aún el mundo con el poema de su ardoroso idilio y con su nombre: es la Sulamita, amada de Salomón, el poeta. Guerra se sintió inspirado después de leer la traducción del Cantar de los Cantares, hecha por Renan, y de la prosa marmórea y armoniosa en que se vierte el antiguo filtro de la sensualidad hebrea, brotó la blanca estatua que ha valido á su autor un franco éxito. Je dors, mais mon cur veille ... C’est la voix de mon bien-aimé: Il frappe: uvre moi, dit-il, ma soeur, mon amie, ma colombe, mon inmaculée, car ma tête est toute couverte de rosée; les boucles de mes cheveux sont toutes trempées de l’humidité de la nuit.—J’ai retiré ma tunique; comment veux-tu que je la remette? J’ai lavé mes pieds; comment les salirais-je? Mon bien aimé alors á éntendu sa main sur la fenêtre et mon sein en a frémi. Je me lève pour ouvrir á mon bien-aimé; ma main á touché la myrche; mes doigts se sont collés á la myrche liquide qui couvrait la poignée du verrou. J’ouvre á mon bien-aimé; mais mon bien-aimé avait disparu, il avait fui. Le son de sa voix m’avait fait perdre la raison. Je sors, je le cherche et ne le trouve pas; je l’apelle, il ne me repond pas. Les gardes qui font la ronde dans la ville me recontrent; ils me frappent, me meurtrissent; les gardiens de la muraille m’enlevent mon manteau. Je vous en prie, filles de Jerusalem, si vous trouvez mon amant, de lui dire que je meurs d’amour. De ese canto encantador lleno de leche y miel y vino y olor de manzanas y de rosas no recuerdo que ningún escultor, antes que Enrique Guerra, haya extraído un tema para una estatua. La amada oye la voz del amado y medio se despierta; su magnífica desnudez es una deleitosa armonía del eterno canto de la carne primaveral. Mas la obra del artista mejicano no tiene únicamente el valor de reminiscencia bíblica ó encarnación de un tipo literario; guarda su simbolismo, eterno y moderno, cuya expresión inician las figuras que vagamente surgen del fondo, y que suscitan, simplemente, el arte. El que tenga orejas, que oiga.
De Fidencio Nava diré que es otro que sigue nobles tradiciones. Me parece que sus maestros admirados y seguidos son los grandes del Renacimiento italiano, sin que esto le impida seguir tendencias modernas. Ha progresado mucho, porque su inteligencia vivaz va acompañada de constante estudio y laboriosidad. Nervioso, con mucha chispa intuitiva, Nava es también un adorador fogoso de su arte y del Arte. Poco á poco va ascendiendo; pero su ascensión la hace á paso seguro y firme. Presenta en esta ocasión—en otra seré más largo sobre su obra—un busto de Mlle. Barral, hija del célebre sabio, que ha agradado generalmente por la vida que hay en él y por el carácter y plasticidad. Fuera de los elogios de autoridades, le ha valido este busto un buen triunfo, y es que un comité formado para la erección de un monumento á Barral le haya encargado la ejecución del importante trabajo. Este monumento, que se elevará en el cementerio de Montparnasse, dará á su autor, no lo dudo, una victoria parisiense. Una figurita llena de gracia que se hará popular por Barbedienne, es la Petite boudeuse. Así demuestra Nava la flexibilidad de su talento, su facilidad de interpretación y expresión de la figura humana, su modo sereno de pensar y su manera feliz de sonreir.


DUELOS CÍNICOS

Día domingo. Visita al Père-Lachaise cínico. Es allá, en Asniéres, en la isla de los Perros, junto al puente de Clichy-Asniéres. Puede ir uno por el ferrocarril, saliendo de la Gare Saint-Lazare. Yo preferí el tranvía Madeleine-Asniéres-Geunevilliers, que pasa por la puerta del cementerio.
¡Un cementerio para perros, para gatos, para pájaros!—y la parte anarquista que hay dentro de mi sér se sublevaba.
¡Cómo! ¡mientras hay tanta persona estimable que se muere de hambre, al pie de la letra; mientras en tanta casa del vasto París se siente la obra espantosa de la miseria, hay dinero que los ricos emplean en levantar monumentos á sus amigos, en una extensión de solidaridad harto censurable!
La representación de lo más asqueroso, de lo más miserable, de lo más infectamente horrible, ha sido siempre un perro muerto. Tan solamente en el cuento de Tolstoï, Jesucristo encuentra que los dientes de la inmunda carroña son comparables á las más finas perlas.
Aquí ascienden los animales á categoría personal. El muladar se transforma en jardín, y la memoria del amigo de cuatro patas se perpetúa en bronce ó piedra. De esto á la latría no hay más que un paso.
El tranvía se detiene en el puente. «Allí es», me dice el conductor, un tanto burlón. Desciendo y llamo á la entrada de un precioso y florido lugar, adornado de una graciosa fachada y de una verja de hierro. Una niña rubia me abre la puerta, y una gran perra me saluda con la cola mientras pago los cincuenta céntimos de entrada. No hay un solo visitante en esa fresca hora de la mañana. Al frente se alza un respetable monumento. Es el del perro Barry. El artista ha presentado en lo alto, al Gran San Bernardo; en el centro del mausoleo, un perro lleva á un niño sobre su lomo: abajo se lee: Il sauva la vie á 40 personnes ... Il fut tué par la 41éme! La historia es triste, en verdad. El pobre animal salía á buscar caminantes perdidos entre la nieve. Cuarenta veces condujo gentes salvas al monasterio. Una vez—la cuarenta y una—encontró á un hombre, bajo la tempestad, casi helado; quiso sacarlo de la nieve, pero aquél creyó, en lo obscuro de la noche, que la pobre bestia era una fiera; tuvo fuerzas para sacar su revólver y herirla. Herido y todo, el perro fué al convento, y guió á varios frailes al lugar en que se hallaba el viajero. Éste se salvó, pero Barry murió pocas horas después.
Camino entre flores y pequeñas tumbas. Una buena cantidad de huesos caninos yacen allí, adornados como despojos de seres queridos. Sé que ha habido quienes han intentado poner cruces, ó símbolos religiosos; el reglamento, cuerdo, ha prohibido tales manifestaciones. Hay tumbitas graciosas, cuidadas; las hay lujosas, artísticas; las hay simples, elocuentes; las hay ridículas, con sus inscripciones extraordinarias y ultrasentimentales. Citaré varias:
«Cora».—A notre fidèle petite chienne, dont le bon petit cur battit pour ses maîtres. Elle passa toute sa courte vie parmi eux. Ils l’aimaient trop et na pouront jamáis l’oublier.
Entre verjas, rodeadas de margaritas, de gencianas, de botones de oro, se ven lápidas, ó minúsculas perreras de mármol, ó de cal y canto.
1886—«Teto»—1901.—Pendant 15 années tu as couché á mes côtés, en me prodigeant ton affectueuse amitié. Ainsi quels bons souvenirs! Mais quels regrets!
Más adelante:
«Chérie».—Elle fit l’admiration de tous par son intelligence, sa bonté et son bon petit cur. Sa maîtresse l’aimai trop; Elle ne pouvait vivre!
¡Qué historia, qué detalles de vida no contiene la inscripción siguiente!:
1886—«Bob»—1901.—Ta vie ne fut que souffrances. La mienne fut parsemée. Nous las confondîmes esperant les adoucir; mais la cruanté des hommes sut mettre un terme á ce bonheur passager.
Otra, en versos lamartinianos:
1884—«Brillant»—1889 Oh! vieux, dernier ami que mon pas réjouisse, Leche mas yeux mouillés, mets ton cur près du mien, Et seul pour nous aimer, aimons-nous, pauvre chien!
Y esta otra:
A ma bonne «Kiss» chérie.—26 Sbre. 1900. Malgré tout! Bonne Kissoute blanche. Gaîté, sûre, mêlant ta voix claire à ma vie N’enfermais-tu fidèle, et me léchant la main, Sous ta forme de chien, tout le cur d’une amie?
Una, muy modesta, rodeada de conchas y hierbas:
A «Ivan», notre bon chien, aimant et fidèle. 12 Juin 1901.
Hay un recuerdo de pintor. Junto á la tumba humilde, una tablita con la imagen del perro pachón, á quien se da cita en la inmortalidad:
Au revoir dans l’infini, mon Philos.
Un inglés:
«Ruby Smith».—His litte Pet.—December 22nd 1901. «Beloved Alec».—My faithful companion for 11 years.—June 9th 1901.
Encuentro la fotografía de un perrito de aguas sobre un caballo:
1888.—A «Nenette».—1900.—Ma petite Nenette chérie. De notre séparation la doleur est inmense. Et je veux des fleurs chaque fois qu’à toi je pense.
Y una familia de japoneses: «Osaka—Tokio y Daimio», en un mismo sepulcro, de lujo, cerca de Athos, enterrado bajo una fina placa de porcelana.
Hay varias tumbas con citas de prosa y versos célebres sobre las virtudes de los animales, y una estrofa original en la tumba de dos perros de Mme. Tola Dorian, suegra de Jorge Hugo, el nieto del gran poeta:
«Sapho» et «Djérid» Amis de Tola Dorian Si ton âme, Sapho, n’accompagne la mienne Oh cher et noble ami, aux ignorés séjours. Je ne veux pas du ciel! Je veux, quoi qu’il advienne, M’endormir comme toi, sans reveil pour.
El departamento de los gatos es más pequeño que el de los perros; pero en varios sepulcros de micifuces hay quejas plañideras y citas de Baudelaire, que, como se sabe, era un gran amigo de los gatos. Y la sección de los pajaritos es más chica todavía, aunque cuenta con curiosas minúsculas tumbas, como las del jilguero Gazouillis, de quien cuenta la leyenda que Paul y Jeanne lo encontraron al salir de la escuela, y que era ciego, porque para que cantase mejor le habían sacado los ojos sus primeros dueños.
Veamos bien las cosas. La parte anarquista que hay en mí se ablanda si ahondo los motivos de tan inútiles derroches de sentimentalismo y de francos. No soy un fanático en la lealtad perruna, porque he visto prácticamente que ella no es tan fundamental como se cree. El perro es interesado y sinvergüenza; el gato es vanidoso y maligno. Pero Voltaire y Byron tenían razón: el estimable rey de la creación no es mejor que los otros animales. Antes que Byron, alguien había escrito: «Mientras más conozco á las gentes amo más á los perros.» Y Hugo, que descubrió en ellos el sudor en la lengua y la sonrisa en la cola: «El perro es la virtud, que, no pudiendo hacerse hombre, se hace bestia.» Me explico el hombre triste, solitario, hosco á golpes de la vida, desconfiado de sus semejantes, en esta inmensa selva de lobos bípedos en que vivimos y que llamamos mundo. Desengañado, herido, burlado por la amistad, desgarrado por el amor, desdeñado por la consecuencia, encuentra en un perro el silencio afecto, la caricia de los ojos, la cuasi palabra del ladrido inteligente, el salto que equivale á un apretón de manos. Y en sus horas amargas mira al compañero cuadrúpedo como que quiere participar de su dolor, como que le quiere consolar, como que busca la manera de hacerse entender y como que comprende las palabras y las miradas.
Es un amigo, es una cosa en que poner el cariño que no halla colocación por la maldad, por la falsía, por la ferocidad humana. Y ese hombre quiere á su perro con el querer que pondría en un sér inteligente, y con el egoísmo de quien se siente querido, así sea por esa ínfima alma instintiva que apenas puede formular su volición en la prisión misteriosa de su naturaleza. Él es su compañero de paseo y su ayuda de caza. En el reposo de su soledad se echa á sus pies. En él hay una vaga comprensión de justicia, como en el perro de Benvenuto ó el de Montargio. Su bondad ó su maldad serán como las de su amo. El perro del bandido será bandido, como el perro del ciego es limosnero, como el perro del artista es soñador. La heroicidad no es ajena á su instinto. Moustachu tiene aquí su estatua, como Cuatrorremos, el bombero, es recordado en Santiago de Chile.
Perros y gatos domésticos, pájaros como el loro del Corazón simple, de Flaubert, pasan, benéficos, en un ambiente de sentimiento, en la estéril soledad de las viejas solteronas sin familia. ¡Pobres viejas solas! El animal querido es para ellas todo su amor; en él ponen las ternuras que no encontraron correspondencia ó que la suerte no pudo premiar con la realización de un ardiente deseo. No hay marido, no hay hijos, no hay más compañía que la de venales sirvientes, y si la pobreza es mucha, la soledad reina. Entonces el gato sigue por las habitaciones á la anciana; el perro se hace presente; come al mismo tiempo el escaso puchero y duerme á veces en el mismo lecho. Es una ayuda, es un espíritu, es un corazón que palpita al lado, y en ocasiones ha sido el salvador de la vida. Mueren esos animales; el desconsuelo es tan grande como si muriese una persona amada. Hay quien los entierra en el jardín de su casa, y los llora y los recuerda por toda la vida. Se creó el cementerio de animales, y allí van, con más ó menos pompa, Bob, Turc, Sultán, León, Stop, Mistigris, Miau, Bijou, Fifí, Lilí, Tití, y demás apelativos onomatopéyicos.
Desde la extraña necrópolis se ven las aguas del Sena, á un paso. Arboles frondosos dan sombra, y el perfume de las flores abundantes hace grato el aire. Al salir me llamó la atención un monumento sobre el cual se alza una corona heráldica. Es el de una perra de la princesa Cerchiara Pignatelli. La dedicatoria explica una vida de sufrimiento, mitigada por la compañía del fiel animal, y ve uno cómo se juntan en los mismos simples afectos, las sensibles porteras y las aristocráticas damas. Las penas son las mismas. El dolor de la vida tiene las mismas llaves que la muerte, y abre todas las puertas. No lejos, un gran pavo real de bronce se levanta sobre artísticas rocas revestidas de variadas flores.
La misma niña y la misma perra me despiden en la puerta. Sé que la perra es conocida de todo el pueblo, y que es inteligente y ha realizado varias proezas. No hace mucho tiempo, Spera—ese es su nombre—intentó una buena acción, con un su semejante, pero no tuvo éxito. Alguien ató á un perrillo una piedra en el cuello y lo echó al Sena. El animalito logró sostenerse por un momento en unas ramas de la orilla. Spera lo vió y se puso á ladrar desesperadamente. Llegaron los guardianes del cementerio, y con ayuda de una caña, quisieron sacar al pobre animal que se ahogaba. Fué imposible, pues el peso de la piedra lo arrastró al fondo.
A falta de un biefteack de despedida que ofrecerle, pasé á Spera la mano por el lomo. Y volví á París.


LA RAZA DE CHAM

Mientras en espantosas catástrofes los amarillos se imponen, en farsas sangrientas los negros se hacen notar. Parece que un mal diablo estuviese azuzando las razas unas contra otras. Así, pues, de Haití llegan á Francia malas nuevas. La macacada está furiosa; los pocos blancos que hay en la isla ven con temor la agitación de los naturales. Saben que una insurrección de color es terrible para los europeos. En el negro, danzante, tristón, jovial, pintoresco, carnavalesco, surge, con el fuego de la cólera y el movimiento de la revuelta en antepasado antropopíteco, el caníbal de Africa, la fiera obscura de las selvas calientes.
Ya hay experiencia sobre ese punto. Las agitaciones haitianas coinciden con las amenazas que un doctor negro hace á la raza caucásica, desde una de las principales revistas de París. Ese doctor negro es de los negros de los Estados Unidos, los más osados, los más audaces que puedan existir sobre la superficie de la tierra. De ellos nos decía no hace mucho tiempo un atinado escritor argentino, el Dr. Damián Lan: «Y no he visto, ya que de audacias le hablo, nada más atrevido, más decididamente atrevido, que el negro americano. ¡Ah, los negros!... son el terror de los turistas extranjeros y la sombra nefasta de sus compatriotas blancos».
«La negrada es todo un problema social en los Estados Unidos; esto, todos los sabemos. Pero, estando aquí, se comprende mejor cómo es posible que todo este inmenso pueblo se conmueva en masa cuando los diarios lanzan á todos vientos la noticia de que el presidente Roosevelt ha invitado á su mesa á un negro, por ejemplo, ó que el ministro tal se ha paseado por las calles de Washington codeándose con un mulato». Estos seres de color obscuro, tan buenos y humildes entre nosotros, constituyen aquí una familia de nueve millones de individuos perversos y despechados contra el blanco, que les ha tratado siempre con rigor y que por eso ha provocado en ellos un odio profundo que se va sucediendo de generación en generación como legado hereditario. El negro aquí no es el ente medroso y pusilánime que conocemos, no; demuestra al blanco el más decidido desprecio, lo mira siempre fisgándose de él, se ensaña con él cuando puede hacerlo víctima de alguna perversidad, y goza entonces con su desgracia. Sabe que sus derechos ante la ley son los mismos de la otra raza, y se afana á todo trance por poner esta igualdad de manifiesto. ¿Qué mucho, entonces, que en la práctica la ley Lynch subsista aquí todavía?
He reproducido esos párrafos de la correspondencia del doctor Lan, porque ellos son un apoyo á la sabia opinión de M. Remy de Gourmont sobre los negros y su actitud en la América anglo-sajona. En las especies humanas hay diferencias casi infranqueables. «Si lo son sexualmente—dice—no lo son socialmente. He aquí que Mr. Roosevelt pretende imponer á los blancos la supremacía, aunque local, aunque momentánea, de hombres de color, aunque distinguidos. Se trata de algún preceptor, de algún juez de paz». Eso parece nada y es enorme. Hay pastores negros, hay curas negros, los hay chinos: ¿qué hugonote francés, cuál de nuestros paisanos católicos iría á confiarse, sin risa, ó sin asco, á ese ministro, verdadero, sin embargo, de su religión? La especie domina la religión. Sin duda la religión es un vínculo, y un chino cristiano ha adquirido algunas nociones que le acercan á un civilizado occidental. Pero eso es bastante flojo. Los negros de Mr. Roosevelt pueden ser excelentes wesleyanos, perfectos baptistas, metodistas deliciosos; el sajón, el latino, ó el celta los rechazan unánimemente, y su rechazo es bello, pues está conforme con las voluntades de la naturaleza. El patriotismo del suelo es excelente; hay que defender su casa contra los ladrones, eso es elemental. El patriotismo de la especie, ó, si se prefiere la palabra literaria, el patriotismo de la raza, ha llegado á ser tan necesario como el patriotismo del suelo. Veo la cuestión negra, hoy particular á los Estados Unidos, agrandarse desmesuradamente. Mañana se planteará en el mundo entero, bajo un color ú otro. Los americanos, protestando contra los sentimientos demasiado bíblicos de Mr. Roosevelt, sirven á la causa de la civilización, absolutamente ligada á la preeminencia de la raza blanca; pero si ellos quisieran obedecerle, y aceptar funcionarios negros, y casarse con negras, y procrear una bella raza de mestizos, si consintiesen en degenerar, en fin, harían un gran servicio á la Europa. El país del juez Lynch es demasiado vigoroso para consentir en tales humillaciones, y el noble patriotismo de la especie es demasiado potente. Vale más linchar negros que elevar estatuas á los Schoelchers. Claro es que el sentimentalismo cristiano se opone á esas crueldades que la ciencia enseña. El escritor negro de que he hablado—un mentado Tobías—, en su largo trabajo en pro de su raza no puede manifestarse más altivo, alguien diría más insolente. Como tiene sus letras y sus ciencias, se alza contra los amos armado de ellas y proclama, no la igualdad, sino la superioridad de los negros sobre los blancos. La superioridad intelectual y la superioridad física. «Tenemos—dice—mucha más imaginación.» Y señala como síntoma de decadencia los dientes cariados y las cabezas calvas de muchos anglo-sajones, ante las bien provistas mandíbulas y las tupidas pasas de los libertos de ébano.
Estamos lejos del excelente Domingo de Robinson, del famoso tío Tom, de los gratos esclavos de las familias de la Colonia. Felizmente, el negro, en su especie, no tiene las condiciones de la raza amarilla, y no es fácil, al menos por ahora, que la preponderancia de las razas de color que augura el convencido Tobías, se realice, para ruina y mengua de la civilización occidental, es decir, blanca.
Entre otras cosas consoladoras, acabo de leer este resumen de una sabia Memoria del doctor Roxo, brasileño, sobre las perturbaciones mentales de los negros en el Brasil: «Después de haber estudiado en todos sus pormenores las perturbaciones mentales en los negros, resulta que es un hecho probado que la raza negra es inferior: en la evolución natural es retardataria, y mientras el cerebro de los negros no entre en un período de actividad creciente, será una utopía la nivelación de las razas. Cada cual tiene un grillete que le retiene por los pies: es la tara hereditaria. Y ésta es pesadísima en los negros.»
El romanticismo lo hermoseó todo, hasta los negros. Hugo crea á Bug-Jargal y Lamartine sublimiza á Toussaint-Louverture. El pobre Bezain no alcanzó ya el vaudeville y la revista de fin de año. En realidad, apenas el heroísmo es el que salva al pobre hijo de Cam del ridículo que trae como fatal herencia desde el materno vientre. Necesitan para brillar, el resplandor de la pólvora ó la grandeza del suplicio, para poder resplandecer en la historia Falucho, Antonio Maceo. La Humanidad no ha podido aún ver el genio negro. El talento mismo es en ellos escaso, fuera de ciertas especiales disciplinas, á las cuales se adaptan su agilidad y su dón de imitación. Mr. Tobías señala como un gran triunfo el éxito de una compañía de cómicos de color, Walker y Williams. Hay una cantante que se llama la Patti negra. Hay algunos violinistas y creo que algunos pintores. Según Tobías, abundan los escritores en los Estados Unidos. En la América española no han faltado. Plácido es célebre en Cuba, y Candelario Obeso, en Colombia. Haití cuenta con varios rimadores y cuentistas. Mas, colectivamente, todo eso, en unas partes como en otras, acaba y se resume en la bámbula, en el tamborito, en el toumblack, en la mozamala, en el candombe. Juan Montalvo tenía siempre la preocupación del «negro malcriado». Se refería á los de su tierra. Si llega á sufrir las impertinencias osadas de los de Norte-América, rabia y relampaguea mayormente. Habituados á una secular obediencia, á una tradicional pasividad, la libertad vuelve á los negros locos de vanidad y de crueldad.
Su imaginación—tienen imaginación, dígalo el prodigioso mulato Dumas—les hace concebir una fantástica vida de jolgorios y alegrías, antes tan solamente permitidos á los aborrecidos blancos ... La vanidad, que les es característica—no hay vanidad como la del piel-obscura—, les induce á imitar los gestos y maneras del caballero blanco, del antiguo patrón. El ministrel se pavonea. Su teoría, su sueño, su meta, es la igualdad. Pero que no tenga la más simple representación, la autoridad más pequeña, el honor más mínimo, porque entonces se convierte en el peor tirano. Nada por eso más horroroso y sangriento que las represalias negras en el Norte, y que la política negra, y las insurrecciones negras, en ese todavía misterioso Haití, en donde aun impera el recuerdo de Biassan el feroz, del vampírico Dessalines, y del mismo Toussaint, que, á pesar de la poetización lamartiniana, decía á sus gentes, después de la comunión: Zoté coné bon Gin; ce li mi fe zoté voer. Blan touyé li touyé blan yo toute, lo cual en romance quiere decir: «Ya conocéis al buen Dios. Es el que os hago ver. Los blancos le mataron. ¡Matad vosotros á todos los blancos!» Y en seguida tenía la osadía de escribir á Napoleón: «Al primero de los blancos el primero de los negros», cosa que hacía arrugar el entrecejo al duro emperador.
Hablando de las crueldades de los haitianos dice un escritor: «Se buscaría en vano en la historia de los pueblos una manifestación igual de ferocidad. Las vísperas sicilianas y la San Bartolomé fueron juegos de niños comparados con la masacre de Santo Domingo, que saludó la aurora de la república haitiana. Las tradiciones locales abundan en recuerdos espantosos. Colonos, marqueses y condes que llevaban los más hermosos nombres de Francia,—Richelieu, Gallifert, Breteuil—fueron picados vivos, milímetro por milímetro, bajo el cuchillo de los negros, refinados en su salvajismo. Otros fueron decapitados, con un acompañamiento de circunstancias atroces. Los verdugos dejaban las armas de acero, que cortaban bien, y aserraban las carnes y tendones con fragmentos de viejos aros de barril. Y se cree que los blanc-français que perecieron, hombres, mujeres, niños, fueron en número como de veinticinco mil.»
Tienen razón, pues, los blancos residentes en la república semicimarrona de temer por sus vidas. Y los hijos de la civilización europea deben poner oído atento á estas palabras con que el citado D. E. Tobías concluyó el estudio que llamó mi atención y del cual os he señalado algunos puntos: «El problema del siglo xx será el de las relaciones por establecer entre la raza blanca y la raza de color en el mundo. Creo que razas de color triunfarán sobre las razas blancas».
«En la categoría de las razas de color coloco á los africanos, los indios, los chinos, los japoneses y los habitantes de la Oceanía. Tengo la firme creencia de que esa victoria de las razas de color será cierta, y me baso sobre todo en el hecho de que las razas de color aumentan numéricamente, mientras que las razas blancas disminuyen. Y es el número el que dirá la última palabra.»
Ya se encargarán en el país de las bandas y de las estrellas de enseñar á Tobías cómo hablaba Zaratustra.
Mas ¿cómo hablaba Jesucristo?...


ÍNDICE
Páginas.
Libro I.
Figuras reales 9
Pascua 17
París y el rey Eduardo 27
París y el rey Víctor Manuel 35
La Brimade 47
Idilio en falso 55
El cetro del Chiffon 61
Cosas de Shakespeare 69
Reyes y cartas postales 77
Joli Paris 85
Divagaciones sobre el crimen 93
Libro II.
Bambini de sufrimiento 103
Friné 111
Chez Hugo 115
Psicología de la postal 119
La gloria de Tartarín 123
El caso de M. Syveton 127
Jardines de Francia 131
Pequeña aventura de una princesa de Francia 135
Viajes presidenciales 139
En casa de Minerva 145
Las Mil noches y una noche 153
París y el Zar 161
Libro III.
En el «País latino» 169
El hipogrifo 175
Impresiones de «Salón» 181
Duelos cínicos 203
La raza Cham 211
