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Parisiana, Obras Completas, Vol. V

LIBRO II

Reading edition

Illustration from Parisiana Obras Completas, Vol. V

BAMBINI DE SUFRIMIENTO

Quisiera dedicar estas líneas á los niños italianos del Río de la Plata; pero diré en ellas algunas cosas que sus inocentes espíritus no podrían comprender y que sus frescos corazones no deben saber. A los corazones de sus padres hablaré, á los espíritus de sus padres me dirigiré.

Hace ya mucho frío, á la entrada de este invierno, que se anuncia el más fuerte y cruel, dicen los sabios, que desde hace cincuenta años haya habido. Una noche de éstas, en que el aire sopla, flagelando, por el puente del Louvre, sobre el Sena, que refleja el oro y sangre de las luces amarillas y rojas, fantasmales á través de la neblina, sentí que corría tras de mí una vocecilla tímida: Mosiú, mosiú! ... Se acercó un pequeño punto blanco, que tenía en los brazos otros bultitos blancos. La luz del próximo farol me hizo ver que el bulto era un pobre niño y los bultitos estatuítas y figuras de yeso. Su francés, sus ojos, su cara, su vivacidad, su mercancía, decían de dónde era el infantil vendedor que iba desabrigado, en la bruma y el frío, en busca de unos cuantos céntimos. Era una de tantas víctimas de la trata de niños, más horrible que la trata de mujeres; era uno de esos infelices de los rebaños de exportación en que Italia ha tenido desde antaño triste privilegio.

Ya le habían enseñado á mentir.—Combien?—Si fran. Le di unos sous y le dejé perderse en la noche parisiense.

He visto más; he visto lo que creía que ya no existía sino en los viejos cuadros, en los viejos grabados: he visto en ciertos barrios de París el antiguo pifferraro y el organillo y la mona vestida de colorines, y la linda italianica, ya casi púber, que danza al són del violín y recoge después en un plato las limosnas de los curiosos. Y existen aún, aunque en menor escala que antes, los saboyanitos de los melodramas y de las romanzas. Y el horrible mercado de la prostitución pueril, la importación de niñas, por inicuos proxenetas de ambos sexos, que no temen exhibir su especialidad en pleno bulevar. Pero no trato de este tópico, en que actualmente la Policía se ocupa, y los miembros de la liga—¡quizá inútil!—de la moral urbana. Eso pertenece á la «trata de blancas», denominación que un japonés amigo mío encuentra, con justicia, exclusiva, «pues de mi país y de la China se ha exportado mucha carne amarilla á los Estados Unidos y á otras partes». Me circunscribo, pues, únicamente, á la explotación de niños italianos que aquí se hace, y contra la cual, felizmente, acaba de formarse una asociación que ojalá encuentre apoyo en todas partes en donde se encuentre unun alma italiana, ó que abrigue simpatía por Italia. Por esto, si estas líneas mías lograsen producir algún buen movimiento entre vosotros—¡así fuese el de mis lectores!—quedaría más satisfecho de ellas, que de un bello poema ó una hermosa página literaria.

No hay nada más horrible que la esclavitud de estos bambini; no hay nada más lastimoso que la existencia de martirios que les hacen padecer los hombres viles que les tratan como á bestias productoras. ¿Qué digo? Peor que á los perros. Esta infamia habría continuado sin ser advertida por la generalidad, si el Sr. Paulucci di Calboli, secretario de la Embajada italiana de París, no hubiese llamado la atención en artículos publicados en importantes revistas. A él, pues, y á otros hombres de corazón y buena voluntad, se debe que ahora se trate de favorecer la suerte de esos niños, florida carne itálica, flores de sangre latina que, si escapan de una muerte casi segura, es para caer en poco tiempo en la degradación de todos los vicios y en la posibilidad de todos los crímenes. Después se dice: El asesino Tal, italiano; el asesino Cual, italiano. ¡Es claro!

Los mercaderes de sangre y carne humana van á las pobres aldeas lombardas, á todos los lugares de la Romaña, á todas las provincias del Mediodía, en busca del productivo gibier. Les visten de harapos, los acuestan sobre la paja, como animales, con abrigo insuficiente, y les dan de comer bazofias inmundas compradas por nada, ó simplemente patatas cocidas, ó fritas en grasas innominables, atroces polentas, ó pan solo á veces, duro é incomible. Luego los mandan á vender las estatuítas, y les señalan una cantidad «que irremisiblemente deben traer» por la noche, so pena de recibir azotes y bofetadas. La escena es igual á la que en su novela Sin Familia pinta Héctor Malot. Donde dice musiquitos, poned vendedores, y es lo mismo.

Es en un desván de la calle Lourcine, alrededor de una parrilla en que hierve una olla, cerrada con un candado para que los niños no puedan intentar calmar su hambre. Los musiquitos entran, depositan arpas, violines y flautas. Garofoli, el padrone, los hace ponerse en fila delante de él: «Ahora, á arreglar cuentas, angelitos—dice, y á una seña, un niño se acerca—. Tú me debes un sou de ayer, y me has prometido dármelo hoy: ¿Cuánto me traes?» El niño vacila largo tiempo antes de responder; se pone rojo. «Me falta un sou.» «¡Ah!, te falta un sou, ¿y me lo dices tan tranquilo?» «No es el sou de ayer, es uno para hoy.» «Entonces son dos sous. ¿Sabes que no he visto otro como tú?» «No tengo culpa.» «Dejémonos de tonterías, bien conoces la regla: quítate la blusita: dos golpes por ayer y dos por hoy, y además nada de patatas, por tu audacia. Ricardo, toma el azote ...» Y Ricardo toma su azote de cabo corto, que termina en correas de cuero con gruesos nudos.

Tal es la escena que se desarrolla, más ó menos dura, en París, en innumerables, sórdidos habitáculos, en que los alojan esos comerciantes en figuritas; abominables yeseros, más ruines que los comprachicos, puesto que desfiguran y mutilan también el alma de tantos desventurados italianitos. Y todavía hay excelentes burgueses, rubicundos ciudadanos patriotas, que al verse importunados, cuando toman su ajenjo en una terraza, por uno de esos niños de hermosos ojos, «se sublevan contra esos «extranjeros», que vienen á comerse el pan de los franceses», como dice un periodista.

En un ya viejo keepsake, oloroso al alcanfor del mueble en que ha estado por tantos años, y que habría ilustrado con su delicioso arte la adorable Kate Greeneway, he encontrado las impresiones de una sentimental y culta señora, Mme. Louis Janet, sobre los pobrecitos pifferari. Dice que le interesaban profundamente esos niños y niñas que iban por las calles, no por su arte rudo y su pintoresco atractivo, sino «desde el punto de vista de la humanidad». «Vedlos en cualquier tiempo que haga, recorriendo las calles más frecuentadas, los bulevares ó los grandes paseos de la capital: su rostro hace una mueca, bajo el canto que su boca entona y la miseria traspasa los pliegues de sus escasos vestidos, así como se ve sobre los rasgos ya marchitos, ó casi, por las fatigas de su oficio penoso». ¿No es penoso, en efecto, el cantar á toda hora, cantar siempre, cantar á pesar de todo? ¡Eso hacen esos pequeños desgraciados! Y eso con un aire tan profundamente forzado, con un sentimiento de obediencia tan grande, que se adivina en seguida que en medio de la muchedumbre que les rodea, muchedumbre compuesta de curiosos en apariencia, hay ojos de Argos que velan sobre ellos, y brazos listos para golpearles, «si no desplegan todos sus medios» ó no usan todas las gracias y habilidades de su edad para obtener la ligera ofrenda de los asistentes. En efecto: la mayor parte de esos niños que os parecen abandonados á sí mismos sobre la vía pública, van acompañados de sus padres, que calculan las ganancias del día y preparan las del siguiente. Y cuando digo acompañados debería decir seguidos, pues los padres, en ese caso, afectan no conocerlos. Les siguen de lejos, como indiferentes, se detienen cuando los niños se detienen, y algunas veces hasta dejan caer unos céntimos en el plato de la cantadorcita ó del joven artista, para que esa munificencia sea imitada por el público, que por naturaleza es un poco mouton de Panurge. Hoy, más que á los padres, encontraría Mme. Janet á los empresarios. Empresarios de vendedorcitas, de pifferari, y de deshollinadores de chimenea, los ramoneurs, que también tuvieron su tiempo en las leyendas y en los cuentos. En cuanto á las núbiles cantadorcitas ó modelos, tienen otro fin, en la corrupción cosmopolita y gastada de la vasta capital.

El romanticismo doró la vida de esta mísera infancia esclavizada. Ya es el bonito pifferaro solo, con su sombrero puntiagudo, sus negras pupilas, su sano rostro de niño de país solar, y su indumentaria convencional, sentado sobre una roca del camino, como un pastor, soplando en su flauta; ya es el grupo errante de tez morena, una niña, como de catorce años, toca la pandereta; otra, más pequeña, el violín, y un niño semejante á un San Juan de retablo, tiende su sombrero con ambas manos, en demanda del óbolo de los transeuntes. O ya en el cuadro de Haquette, canta el viejo ciego, y el niño, un amor que sopla convencido, le acompaña en su flauta, ante unos marineros y una vieja que escuchan serios, conmovidos, atentos. Todos esos niños románticos, tienen frescas caras de flores y de frutos, parece que un deus artístico más que otra cosa les animase; cuando más, es una miseria de convención y llena de cierto encanto, la que representan. Se diría que están para aparecer en una escena del Chatelet, ó que posan ante un pintor. ¡Cuán lejos de la realidad! Casi no hay pobrecito de estos que venden yesos que no revele en su rostro, en sus harapos, la negra vida que pasan. Los ojos de Italia brillan en sus ojos, la luz de la divina península; sonríen á veces y ríen, en la inconsciencia de la infancia; pero sus rasgos están atajados, más ó menos, según el tiempo de martirio que lleven; se podría también calcular ese tiempo por lo que dicen sus tristes cuerpos delgados, á través de los andrajos, y á menudo la chispa del sol italiano en sus miradas, se confunde con la llama de la tisis. Los niños menores, los pequeñitos, son los que dan más lástima. Los crecidos, los hombrecitos, los que han pasado, vencedores de la tuberculosis, quizás no reciben ya golpes ... Los hay que dicen en sus gestos y en sus palabras la independencia próxima, la fuga al trabajo libre ó al crimen.

¡Ah!, ¡si la liga que hoy se funda pudiera remediar en alguna manera la perra suerte de estos sin ventura! ¡Si en Italia, en Buenos Aires, en Nueva York, en Chile, en la República Oriental, en todas parte donde los italianos y los amigos de Italia pueden hacer algo, se ayudase á la liga para lograr la libertad de estos niños, para encaminarlos á una vida de trabajo y de energía, para arrancar de la muerte ó del presidio de mañana á estos tiernos seres!

Sería una obra de bien. El Gobierno francés, estoy seguro que ayudaría con leyes y disposiciones oportunas, y el siglo xx quitaría del mundo una enorme infamia del pasado.

Illustration from Parisiana Obras Completas, Vol. V
Illustration from Parisiana Obras Completas, Vol. V

FRINÉ

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Han pasado los primeros números del programa: anglo-sajones forzudos, atletas de Inglaterra, equilibristas y malabaristas exóticos, tiradores yanquis, cantantes cómicos italianos. El Olympia brilla en el día que lo forman las profusas lámparas eléctricas. Los palcos se enfloran de belleza y lujo. Una gallarda dama argentina descuella entre las hermosuras; y hay gracias inglesas, españolas, rusas, en la muchedumbre cosmopolita. Cancionistas napolitanos lanzan sus canciones de Santa Lucía y Piedigrotta en un extremo del promenoir poblado de cocotas. En los bars laterales, al lado de ocasionales compañías, encendidos britanos se hacen servir whiskies y sodas. De pronto el timbre suena y todo el music-hall se conmueve. Ha pasado el entreacto y va á comenzar el ballet, en que resplandece é impera la Reina de las Cortesanas, la Princesa de las Hetairas. «Friné la griega, ó sea Cleo la parisiense, la perilustre y famosa Cleo de Merode». El telón se ha alzado, y en el silencio que se ha hecho comienza la narración musical que acompaña la mímica de los actores. Es el taller de Praxiteles. El artista está en su labor, mas se desespera de no poder realizarla tal como lo sueña. Desea encarnar á la celeste Venus Afrodita, pero no encuentra el modelo que para él sea digno de representar á la divina persona. Nervioso, rompe lo que ha comenzado á plasmar, y se echa en un lecho de reposo. Llegan sus esclavas con flabeles, á cuyo soplo se duerme. Entonces tiene un sueño. Los faunos y los eros de mármol que pueblan su taller se animan de repente. Él habla á los semidioses y les ruega intercedan con la Emperatriz del Amor para que pueda encontrar el ansiado modelo. Se llevan flores y dádivas votivas al altar de la diosa, y ésta surge, luminosamente desnuda, en tordaut ses cheveux y ofrece al escultor la realización de sus ensueños. Praxiteles despierta.

Un són de flauta. Por la calle pasan unas cuantas citaredas, flautistas, tocadores de sistros y de liras, y en medio de ellas Friné-Cleo,

citarista, dulce hija del Archipoeta rubio,

según la palabra del delicioso Góngora. Y es la primera aparición de la admirable beldad. La ve pasar, por la ventana, en un gracioso y encantador cuadro de la vida antigua. Hácela llamar Praxiteles y ella consiente en ser su modelo. La entrada súbita de un viejo heliastro libidinoso turba la amable escena. La cortesana rechaza las proposiciones del intruso, y queda con Praxiteles, para el arte y para el amor.

Luego es una fiesta en casa de Friné, una maravillosa orgía, llena de perfumes y de música; danzarinas fenicias, mimas griegas, alegres bellezas de Persia, de Egipto y de Asiria, contribuyen al gozo. Y llega disfrazado de príncipe extranjero, el viejo heliastro, seguido de esclavos que conducen cajas de oro y joyas que ofrecen á la hetaira en cambio de sus caricias. Friné se adorna con las nuevas joyas, invita al príncipe á la fiesta—un ocurrente inglés dice tras de mí: The king of the belgiaus!—y Cleo de Merode danza, danza rítmica y mágicamente, de manera tal que su hechizo conquista á la sala entusiasmada. El falso príncipe quiere abrazarla y cae; á pesar de su disfraz se le reconoce, y huye, jurando vengarse. Después en el Areópago, entre la gran muchedumbre pintoresca, al són de las trompetas, ante las sacerdotisas minervinas, sacerdotes, guerreros y jueces, comparece acusada de sacrilegios contra Venus la deleitable Friné. Ella va apoyada en el brazo del escultor, y danza, danza de nuevo, danza suave, rítmica y mágicamente, de manera tal que su hechizo conquista á la sala entusiasmada. El tribunal de heliastros vacila, y entonces, con un bello gesto, Praxiteles arranca el velo que cubre la perfecta forma femenina; Venus aparece en lo alto; la luz inunda el recinto doblemente, haciendo resaltar la incomparable euritmia de esa carne insigne, y la cortesana va libre, en la apoteosis, entre las danzas y músicas, liras, sistros, crótalos, tamboriles, al resplandor de los cascos, de los puñales, de las corazas. Rosa de las rosas, belleza de las bellezas. Es cierto, una gloriosa y magnífica evocación, y los hermanos Isola hacen así un dón de poesía viviente y deslumbrante al abrumado habitante de un París de automóviles y «metropolitanos», cada día más americanizado.

Pero, ¿es en verdad Mlle. Cleo de Merode la maravilla celebrada por la Fama? Cleo de Merode es, en verdad, la maravilla celebrada por la Fama. Yo la he visto en muchas ocasiones, y noto que ahora está un tanto delgada; mas esta señorita célebre es el más lindo poema plástico que anima la vida en este reino de encantos.

Su retrato lo conocéis, como todo el mundo lo conoce; su cuerpo es aquel portento que perpetuó el pulgar de Falguiére en su voluptuosa danza. Entre las bellezas de París, la española Otero se impone, quizás demasiado imperiosamente; su grande y firme anatomía se fija en gestos duros; hay en ella rudeza, violencia; vestida de reina, se piensa en que Teodora no pudo olvidar sus bajos orígenes. La italiana Cavalieri, en cuyo rostro dorado del sol latino brillan penetrantes ojos embrujadores, es también un tanto zahareña. Cleo de Merode es alta, fina, armoniosa; hay un perpetuo ritmo en su grácil figura tanagreana. Nadie como ella posee la seducción de la actitud y el arte del ademán. Sus gestos son siempre llenos de gracia, y parece que siempre hubiese una flauta invisible que guiase sus movimientos, la magia de sus brazos y de su cuello, la cadencia alada de sus pasos. Posee asimismo la ciencia del vestido, el conocimiento del accesorio que realza su hermosura, y sabe expresarse como nadie en el doble y soberano lenguaje de las miradas y de las sonrisas. Finge en insuperables mímicas los más variados sentimientos, y su boca y sus ojos iluminan y acentúan la música de los actos. Mas sobre todo está su sonrisa única.

El más falso de los pudores se adorna de inusitadas apariencias. Esta pagana tiene un rostro de madona de primitivo. Esta sacerdotisa del placer es semejante á una virgen de fra Angélico. Bajo las alas negras de su famosa cabellera botticellesca mira angelicalmente; y siendo el más ilustre instrumento del Católico Demonio, aparece, por la manera de inocencia, por la dulzura del dibujo labial y la casi infantil mirada, como una adorable Nuestra Señora de la Sonrisa.

Illustration from Parisiana Obras Completas, Vol. V

CHEZ HUGO

H
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He ido recientemente á ver el museo Víctor Hugo, y á observar si hay fieles en el templo. Está situado en la casa que habitó el maestro en la plaza des Vosges. Sabido es que el museo—hecho a l’instar de la «casa de Shakespeare», y de las de otros inmortales—ha sido formado gracias á la consideración y al afecto y admiración invariables de M. Paul Meurice, amigo y discípulo de Víctor Hugo. Él ha puesto en su obra todo su entusiasmo, y una minuciosidad que, por algunos lados, no ha dejado de despertar críticas. Por ejemplo: «Muela que Víctor Hugo se sacó en tal fecha.» Yo no he visto, por otra parte, tal muela.

A la entrada, un gran busto del poeta. Desde las escaleras, cuadros que representan escenas de sus dramas, de sus poemas, de sus novelas, de su vida. Desde luego, las numerosas ilustraciones de Rochegrosse, las de Boulanger, J. P. Laurens, etc. Después, fotografías, caricaturas, toda la enorme iconografía hugueana desde los primeros tiempos, desde la niñez hasta el fallecimiento, hasta la admirable cabeza que fotografió Nadar y pintó Bonnat, sobre el lecho mortuorio. Hay vitrinas con objetos usuales, la casaca de académico, la de par de Francia, una casquette, un bastón riquísimo, en cuyo estuche se lee esta dedicatoria: Benito Juárez a l’illustre Victor Hugo.

Se ven medallas, plumas, cartas, autógrafos de hombres históricos dirigidos al poeta. Hay un pedazo «de pan del sitio», y en una caja, cuatro grandes mechones de cabello, que indican toda la duración solar de esa vida.

Cabellos rubios, del seminario de Nobles de Madrid; cabellos del «niño sublime», de París; cabellos más obscuros, del autor de Hernani, del joven y radiante conquistador del Romanticismo; cabellos grises, cabellos del luchador, cabellos de las tempestades de las Cámaras, de las agitaciones políticas, cabellos del «Año terrible», y de «Los castigos»; cabellos blancos, cabellos de plata, cabellos de Guernesey, cabellos del «Arte de ser abuelo», cabellos del anciano glorificado, del papa lírico del mundo, del venerable patriarca del pensamiento, cuya desaparición conmovió la tierra y cuyos despojos fueron velados por París en el más grandioso de los catafalcos, el Arco del Triunfo.

En una pequeña mesa, cuatro tinteros y cuatro plumas: de Lamartine, del viejo Dumas, de George Sand y del dueño de la casa. El cual, como es fama, se complacía en curiosas labores manuales y chinizaba y japonizaba aun antes que los Goncourt. Ahí está una chimenea decorada por él, orientalmente, y muchedumbre de panneaux coloreados y dorados de modo hábil y pintoresco.

Son caprichos de mandarín, visiones chinescas, animales fabulosos, fragmentarias pagodas, inauditos dragones, cómicos personajes del Imperio Celeste, flores raras, juegos decorativos de líneas y de figuras, hecho todo en tablas, uno como pirograbado y policromo, de la más interesante inventiva. Y cuadros y retratos, y más cuadros y más retratos. Sobre todo llama la vista y la meditación la obra pictórica de Hugo.

Habrá un libro muy importante y profundo el día en que un artista pensador escriba el que merecen las concepciones gráficas del altísimo poeta de Francia.

Es en los dibujos, es en el Víctor Hugo pintor en donde se completa la personalidad portentosa del rimador formidable y profético. Solamente en Turner, en Blake, en ciertas cosas de Piranesso, se percibe la cantidad de ensueño y de misterio que en las visiones manifestadas por Hugo en tales páginas de un «romanticismo» eterno y transcendente. Ruinas, fantásticos palacios, orientalizaciones fastuosas y miliunanochescas, construcciones extrañas que son como amontonamientos simbólicos, cielos funestos, claros de luna ilusorios, concreciones de nocturnos espantos, deformaciones de sombras y estallidos blancos de luces, abracadabrantes arquitecturas, resurrecciones del pasado y suposiciones del porvenir, el ensueño, la pesadilla, el horror, lo grotesco y lo arabesco, lo incógnito del arte, está revelado en las realizaciones pictóricas del prodigioso Padre. Y es tan vasta su fachada notredámica verbal y literaria, que no percibe el mundo sin fijarse, los festones y astrágalos que su pluma en recreo se complacía en prodigar, sirviéndose para sus efectos extraños de tintas diversas, del carbón, del café, del café con leche, del pabilo quemado, de todo lo que encontraba á mano la suya, acaparadora y eficaz.

Y luego, he ahí el arcaico lecho en que murió y los dos retratos de los nietos en la cercana chimenea, y el alto escritorio en que trabajaba de pie al levantarse, siempre matinal. Se siente en el ambiente gloria. Los visitantes no son muchos. Uno que otro extranjero. Papás que explican en voz baja á sus hijos la significación de objetos y documentos, algunos obreros, pues es hoy día domingo, y dos artistas, por el aspecto sajones, que toman apuntes en la sala de los dibujos. Al salir del dormitorio veo en una mesa, bajo un cristal, un papel en que el poeta declara que él pertenece á un partido que todavía no estaba formado, pero que formaría el siglo xx, el partido de que nacerían primero los Estados Unidos de Europa y después los Estados Unidos del Mundo. Es una idea que concretan largos párrafos expresados en varias obras, sobre todo en sus páginas sobre «París». No olvidemos que más que el Pensador era el Gran Soñador ... Y á pesar de su orientalismo, no previó al Japón de 1904, y al que seguirá.

Illustration from Parisiana Obras Completas, Vol. V
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PSICOLOGÍA DE LA POSTAL

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Sobre mi mesa de labor, un buen montón de tarjetas postales, de España y de la América Latina. Son envíos para el consabido autógrafo. Esto es usual, y no me hubiera dado tema para estas líneas, si no hubiese entre ellas un retrato de M. Combes ... ¡Una señorita que me manda, para que le escriba yo algo, el retrato de M. Combes! El curioso colmo me hace fijarme en los asuntos de las otras tarjetas, y, á través de ellos, procurar ver la personalidad de mis desconocidas y amables amigas lejanas. Hay en esos cartoncitos ilustrados, las más variadas figuras en que sospechar diversos caracteres y espíritus.

... He aquí una cubana que envía una escena galante, de «fiesta galante», en un paisaje versallés, cerca de los boulingrins y de las diosas de mármol. No hay duda, la señorita que eligió esa tarjeta se complace en Watteau, gusta del siglo de las elegancias, quizás ha leído á M. De Nolhac y á los Goncourt ... Para un baile de trajes, elegiría la cabellera empolvada, el rico faldellín, el prestigioso guardainfante, el recto corsé de pico. De la Argentina, he aquí un envío completamente septentrional. Hay un paisaje de nieve. Enmarcada de hojas de pino, se mira en el centro la floresta despojada, los árboles escuetos en lo rudo del invierno. Solitaria, una cierva se destaca sobre el blanco fondo. Me parece suponer que no es una rubia, nostálgica de las regiones del frío, la que me manda esta tarjeta; antes bien: una bruna y ardorosa meridional que, por el amor del contraste, piensa en los países de las willis, en las baladas nórdicas.

Esta otra envía una escena de campesinos amores. Mas su pasión rural más bien se me asemeja al elegante idilio de un soñado Trianón, de un refinado hameau en donde marquesas pastoras llevan cayados adornados con sedas y flores. Todo esto es también muy equívocamente sentimental, muy siglo xviii.

He aquí un grupo que indicaría preferencias británicas, si no se tratase de una señorita cuyo nombre es absolutamente español: es un grupo de perros. Debe ser la niña amante de los sports, encariñada con tontons y demás animales preferidos por la mundana zoofilia. ¿Le copiaré una frase de Buffon, ó alguna ocurrencia byroniana? Muy maliciosa ó muy inocente la que ha elegido para solicitar un verso, el retrato de una de las más renombradas hetairas de este pecaminoso París ... ¿Sabe ella de quién se trata? ¿Ó demasiado dueña de su inteligencia, osa á todas las sonrisas y se declara tan sólo adoradora de una plástica perfecta? Hay otras que, simplemente y por seguir la moda, mandan la primer postal que tienen á mano: estatua, vista, panorama ó edificio de su ciudad. Una me remite una postal de La Nación: «La Uruguay en el puerto de Buenos Aires, trayendo la expedición sueca.» Tal señorita debe ser seria, reflexiva, entusiasta por las glorias de su patria, y en su hermoso rostro debe reflejarse la llama de los orgullos nacionales. Y soñadora, muy soñadora seguramente la que ha recogido un bello rostro femenino, de rêve, que se perfila sobre la superficie de un mar tranquilo en cuyo horizonte se perciben vagas velas. ¿Será aún, influencia por Quo vadis?... ¿la que ha preferido el retrato de la dulce Mieris en su papel de enamorada de Petronio, y la que envía una escena romana que se diría ilustración de la «famosa» novela?... De buen humor es la que eligió dos rollizas holandesas risueñas, cerca de un molino, y de preferencias trágicas la que se aficionó á una tempestad en el mar, el cielo rojizo, las olas en furia y una barca en peligro. Sentimentales, vanidosas, ambiciosas, caritativas, maternales, sutiles, románticas, sensuales, misteriosas, se revelan otras. Sus gustos dicen sus almas; al menos que, tratándose de mujeres, no digan las significaciones todo lo contrario.

Ésta que eligió una escena de soledad, amará el bullicio de las calles y de los paseos, la alegría convencional de los salones, las exhibiciones del lujo, los triunfos de belleza en aristocráticas justas. Aquella que envía una escena cómica, será quizás grave y triste. La que manda un barco sobre las olas no se habrá embarcado nunca y desdeñará los viajes. La que quiere una estrofa para un Romeo y Julieta, será frívola, ligera y poco fiel en el amor. La que envía un clair de lune alemán, tendrá los más lindos ojos negros y la más sonora risa argentina ... La que escogió una cara de viejecita, tendrá la suya fresca como una corola de rosa, y la que dió su preferencia á un corazón entre la nieve, tendrá el suyo ardiendo en la llama de la más divina de las hogueras.

Pero la que me mandó á M. Combes, me deja completamente estupefacto.

Illustration from Parisiana Obras Completas, Vol. V

LA GLORIA DE TARTARÍN

¿Recordáis el apogeo del ilustre héroe de Alphonse Daudet, del pequeño Quijote, del incomparable personaje que tiene por nombre Tartarín de Tarascón?... Sus aventuras, su vida, su renombre, excitaron grandemente los nervios de sus conciudadanos ... Imaginaos á los habitantes del lugar de la Mancha «de cuyo nombre no quiero acordarme» furiosos contra D. Miguel de Cervantes Saavedra ..., toda proporción guardada. Mal asunto para la piel de Petit-Chose si llega á pasar una temporada en la tierra natal de su héroe preferido. Hubo «fumistas» que en algunos hoteles tarasconeses firmaron en los libros de registro: «A. Daudet». Unos tuvieron que huir ante una tempestad de garrotes; otros tuvieron que arrojar, y pronto, la máscara y declarar su identidad, y alguno pagó en sus espaldas la peligrosa usurpación de gloria ... Daudet no se detuvo nunca entre la amenazadora gente. «No—decían los tarasconeses—, Tartarín no ha existido y Daudet se burla de nosotros ... Zou! Froun de l’air! ¡Que no venga por aquí, porque le saldrá cara la invención de ese falsificado personaje!» Y miraban como una profunda deshonra la caza de las gorras, el estupendo baobab, la aventura del león y aquel sublime camello familiar que merecería una estatua ... Mas el tiempo pasó y la cólera meridional se fué aplacando. Turistas de diferentes puntos de la tierra, cuando oían gritar en la estación: «¡Tarascón, tantos minutos!», descendían é iban al hotel más cercano. Luego salían á recorrer la ciudad y preguntaban por todo lo que tenía relación con Tartarín, por Bravida, por Bezuquet, por el excelente Pascalón ... Luego solicitaban visitar la casa de Tartarín ... ¿No se busca en Florencia el sasso de Dante, en Stradford-on-Avon la casa de Shakespeare, en París la tumba de Napoleón?... Al principio Tarascón protestó ... Pero el turismo deja dinero; y después de todo, los tarasconeses serán ingenuos, sonoros, ruidosos, pero no tontos ... Y meditaron que lo mejor era sacar partido de la que les había hecho Alphonse Daudet. Y de pronto los viajeros empezaron á estar bien informados. Todos los héroes vivían. Pascalón era aquel vecino de la esquina; Bezuquet, el de más allá.

Y no se sabe si alguien importó un verdadero baobab enano que era mostrado con gran contentamiento de la clientela ... Y las propinas llovían. Varios Tartarines auténticos surgieron ... Con fuertes botas y gran sombrero, rugía éste: «¡Tartarín soy yo!» Y otro barrigón y mofletudo, con todo el aire requerido, aseguraba por allá, confidencial: «¡Yo soy Tartarín!» Y la victoria completa había de llegar ... Ella se acerca; Tarascón, como todo pueblo que se respeta, tiene sus tarjetas postales ilustradas, y acaba de lanzar una: La maison de Tartarin. Los manes de Daudet se estremecen de satisfacción. El hombre representativo de un pueblo, de un país, tal vez de una raza, entra en la apoteosis de la gloria verdadera ... ¡La casa de Tartarín! Quien la ha visto, así la describe dignamente:

Elle surgit dans le soleil craquant de cigales, la maison du baobab et des armes empoisonnees: elle montre un air exotique et national, débonnaire et terrible... Le mistral l’assaille et la bombarde, apportant la rumeur d’épiques aventures. Regardez là!... Les ils-de-buf, sous le larmier cherchant au loin l’Afrique, le desert couleur de lion... La porte où tombe une flaque de lumière baille sur l’ombre redoutable du corridor. Prenez garde! il va sortir!

Ya lo veis. Más tarde no habrá discusiones como sobre Homero. Tartarín es definitivamente de Tarascón. Dentro de siglos—si Daudet vive—habrá comentadores que estudiarán esa tarjeta postal. La existencia de Tartarín no se pondrá en duda de ninguna manera. Hay hoy viajeros que recorren la Mancha y hacen el itinerario que siguió en sus salidas el primero de los Caballeros andantes. Si apareciese la bacía que tuvo el honor de ser yelmo de Mambrino, tened por seguro que encontraría comprador. Y Don Quijote es más bien un personaje real que un sér creado por la imaginación del portentoso Manco. Es tan real como el Cid. Con Tartarín, en su esfera, pasará lo propio. Y esa fotografía de su casa es ya el comienzo de una real inmortalidad ... Tendrá más suerte que Guillermo Tell. En Cumas he visitado el antro de la Sibila. En Grecia una isla es un ilustre barco petrificado. Se muestra el Parnaso en donde se recrean las musas, y el Olimpo en donde se juntaban los dioses. El tiempo ayuda con su lente y la fantasía con el suyo. Me prometo un viaje á Tarascón. Y veré si consigo á cualquier precio unas ramitas del legendario baobab. Haré con ellas un buen regalo á cada una de nuestras repúblicas hispano-americanas ...

Illustration from Parisiana Obras Completas, Vol. V

EL CASO DE M. SYVETON

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M. Syveton era un modesto profesor de provincia, nacido para la apacible función de enseñar las Bellas Artes. París le atrajo, y en París se dedicó á la crítica literaria. Todo lo abandonó por una ocupación más importante: salvar la Francia. Aquí, como en todas partes, consagrarse á salvar el país hace llegar pronto. ¿Adónde? A veces, á excelentes situaciones; pero, á veces, al ridículo, y á veces, á la muerte. Entró, pues, el antiguo profesor de liceo en pleno campo de la política. Tenía condiciones. Era simpático á las gentes. Sabía dar fuertes puñetazos. Cuando presentó su candidatura por la circunscripción de que yo soy vecino, se encontró en la calle con el candidato rival. No queriendo gastar sus razones, le apaleó. Era amigo de los políticos elegantes que hace algún tiempo le rompieron el sombrero de un bastonazo á M. Loubet, presidente de la República. Como se ve, era profesor de energía. Su último ruidoso acto fué la bofetada que en plena Cámara dió al general André, anciano de setenta y cinco años y ministro de la Guerra. El cual tiene un hijo que es teniente. Alguien recordó á éste la historia de Mío Cid.

Cuidárades que es mi padre de Lain Calvo subsesor ...

M. Syveton fué acusado, y el día anterior al de su comparición ante la justicia fué encontrado muerto. Se culpó á la chimenea, al óxido de carbono, como en la desgracia Zola. Coppée, Daudet, Boni de Castellane gritaron: «¡Le han asesinado!» Los otros dijeron: «¡Suicidio político!» No pocos: «Ni asesinato ni suicidio; la casualidad, la fatal casualidad.» Era justo pensar: de todas maneras, el que quiera dedicarse á la política en Francia tendrá que suprimir la calefacción en su casa ...

Si D. Francisco de Quevedo y Villegas hubiese estado á la sazón en París, de seguro que habría murmurado una de sus más célebres y picantes letrillas:

Cuentan de un corregidor Nada bobo, Que siempre que al buen señor Acusaban muerte ó robo, Atajaba al escribano Que leía la querella, Diciéndole: «Al grano, al grano: ¿Quién es ella?»

Y el caballero del hábito de Santiago no hubiera sido acertado en el caso presente. Un odor di femina impregna ya toda esa dura tragedia. M. Syveton ha muerto por una mujer. Estamos en el imperio de la mujer ... Tras toda cosa, hasta en los asuntos políticos, se oye el frou-frou de una falda femenina.

Tended la vista hasta ayer no más. Por una mujer murió Gambetta, por una mujer se suicidó Boulanger, por una mujer sucumbió amorosamente el presidente Félix Faure, por una mujer se ha matado M. Syveton ... El caso de M. Syveton no deja de tener su literatura: es el de Fedra al revés.

Le ciel mit dans mon sein une flamme funeste,

hubiera podido exclamar el desgraciado. Y antes de desaparecer:

J’ai voulu devant vous exposant mes remords, Par un chemin plus lent descendre chez les morts. J’ai pris, j’ai fait couler dans mes brûlantes veines Un poison que Médèe apporta dans Athènes. Déjà jusqu’á mon cur le venin parvenu Dans ce cur expirant jette un froid inconnu: Déjà je ne vois plus qu’á travers un nuage Et le ciel et l’époux que ma présence outrage: Et la mort, á mes yeux dérobant la clarté, Rend au jour qu’ils souillaient toute sa pureté.

M. Syveton ha desaparecido, pues, como un personaje de las tragedias que antes él explicaba. Su gesto ha sido clásico, y lejos del creído asesinato francmasónico á lo Consejo de los Diez. El público de los diarios, si ha perdido por un lado, ha ganado por otro ... Del supuesto complot político se desprende hoy un fuerte relente de alcoba. Se ha publicado el retrato de Mme. Menard, hija de Mme. Syveton, la «Hipólita» del caso, y París ha visto un bellísimo rostro de mujer más ... Viene á la memoria la agresiva é insultante fórmula que el pesado Mark Twain arrojara á la alta sociedad francesa por una inocente broma de Bourget: Liberté, Egalité, Fraternité, Adultère! ...

Illustration from Parisiana Obras Completas, Vol. V

JARDINES DE FRANCIA

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En mis paseos intelectuales—promenades littéraires, diría Rémy de Gourmont—he encontrado, ó me ha parecido encontrar, no lo sé, una apacible y elegante villa que alegran gracias de jardín, visiones de parque. He penetrado á respirar el olor de las frescas arboledas. He hallado esbeltos plátanos, como los que invitan á soñar, allá en Versalles; hayas frondosas, laureles rosa. Con su idioma de susurros y de gestos lentos me han contado la poesía de sus estaciones. A veces, de lo alto de una verde copa ha dado su testimonio la voz de un pájaro. He visto mármoles, aquí, allá; grupos, estatuas, bustos. Y una fuente verleniana, que en las noches de luna lanza su chorro de cristal «esbelto entre los mármoles» ... Como en felices tiempos románticos, he encontrado en un tronco de árbol un nombre grabado ... La primavera debe haberle aromado muchas veces, tras la inútil frialdad de los inviernos, pues se siente en el ambiente el imperio de la juventud, el triunfo de la vida. Noto los bustos: el uno es de Lamartine, el otro de Víctor Hugo, el otro de Verlaine ... En un pequeño lago cercano se hace presente la curva armoniosa de un cuello de cisne, blanco y sincero—que apenas parece haber visto pasar de lejos á Mallarmé ... El viento, que suavemente vuela, trae ecos lejanos; ecos de mar, de montaña, de landas. Todos los oros del otoño se sospechan en tal dorado simulacro; y á pesar de un vago deseo de ensueño que se siente por todas partes, se manifiesta la reminiscencia de una imperativa influencia solar. De la villa oigo brotar un canto de mujer. El canto es melodioso, ardiente, profundo. Me detengo cerca de decorativos boulingrins, macizos de rosas de Francia, plantíos de violeta de Francia, admirables lirios de Francia.

Al lado, cerca de términos y á la entrada de glorietas, vi guijarros marinos y de esos sonoros caracoles que pintaban los pintores de antaño, como trompetas de tritones. Tomé uno de ellos y lo acerqué á mi oído. Se oía—curioso—, primero como el ruido del Océano, mas después como ruido de aguas de gran río ... Esto me recuerda algo de «por allá», me dije yo ... Anduve, anduve entre los árboles. Unos tenían nidos en las ramas. Otros formaban arcadas como ojivas de catedrales de ensueño; otros me recordaban paisajes de viñeta—¿de dónde?—, y otros me invitaban á descansar bajo su amable sombra. Iba á salir ya por la puerta del jardín, cuando volví á oir la voz femenina que, acompañada suavemente por un piano, llegaba hasta mí. Entonces tomé otro rumbo. Me detuve delante de un fresco laurel y admiré lo bien cuidado que estaba. Corté una hoja, la masqué, y supe una vez más que era amarga.

Luego seguí, caminando, caminando, hasta que me detuvo la visión de un ombú ... «¿Un ombú?—me dije—. ¿En París un ombú?» Yo había creído hasta entonces que el ombú era, como la mandrágora de la leyenda, fabuloso ... Que no se encontraba sino en los versos de tales poetas argentinos, y que su figura era ilusoria ... Mas el ombú estaba allí. Y estaba bien conservado, bien cuidado.

Sus ramas decían toda la inmensa pampa y su corazón de árbol aparecía en su ademán vegetal, como traducción del corazón expirante y ya extraño del gaucho ... «¿Qué es esto—me dije—, en un parque francés, en un jardín parisiense de París?»

Me sacó de mi sorpresa el dueño de la villa, el propietario del chalet, que vino hacia mí con la mayor afabilidad. En un español que no ocultaba el acento francés, me dijo: «Me llamo José María Cantilo, y me parece que es usted medio paisano mío ... Está usted en su casa. Soy un argentino, jardinero de Francia ... ¡Mire qué rosas! ¡Mire qué claveles! ¿Quiere usted champaña? ¿Quiere usted mate?» Opté por el mate. No le encontré gusto muy criollo ... El mate era de plata y la bombilla de oro. Y, tal vez porque ya voy perdiendo la costumbre, me quemé los labios ... Mas me supo delicioso—como cosa nuestra—, como el café de José María de Heredia ...

Illustration from Parisiana Obras Completas, Vol. V
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PEQUEÑA AVENTURA DE UNA PRINCESA DE FRANCIA

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La reina de los Algarves, que es al mismo tiempo princesa francesa, y una de las soberanas más hermosas del mundo, ha hecho al París republicano la gracia de su presencia con la presencia de su gracia. París, naturalmente, le ha encantado, y mientras su marido, el obeso sportsman campechano se iba de caza con el modesto Nemrod que hoy rige los destinos de este país, la gallarda Amelia hacía compras en las famosas casas de elegancia que hay en la rue de la Paix. Mas aconteció que el protocolo tuvo que exigir la presencia de ambos soberanos en un banquete oficial, en el Elysée. Es claro que todo se hizo como lo quiso el protocolo, pues es éste el más ceremonioso tirano que impera en cortes y palacios gubernamentales. Y á este propósito citaré una frase atribuída á la señora del jefe de la República. Se trataba de no sé qué detalle, y ella interrumpió, con la mejor convencida intención: «Pues en otras «cortes», esto se hace así, y así.» El lapsus es muy natural en esta vieja monarquía de gorro frigio ...

Mas tornando á la aventura de la reina, diré que estuvo ella en el banquete, por indicación protocolar, entre M. Falliéres, presidente del Senado, y M. Loubet, presidente de la República. Un cronista señala que la reina estuvo toute gracieuse et heureuse de se retrouver en France, y que pendant tout le temps du diner, chacun put remarquer sa bonne grace, son entrain et sa joie. ¿Qué podría decir la reina de Portugal á los amables anfitriones al despedirse, sino que estaba «particularmente encantada de las horas que acababa de pasar en el Elysée»?

Mas dos princesas de Francia velaban por la historia, por la tradición y por el brillo de la perdida corona ... Esas princesas eran las dos hermanas de su majestad portuguesa. Un telegrama llegó, reprendiendo á la graciosa Amelia. El telegrama estaba escrito en términos de reprobación y casi vehementes. Se reprochaba á la reina haber aceptado ir al Elysée, y haberse sentado á la mesa del jefe de un Estado que antes desterrara á su padre y á su hermano. Ese telegrama, más que un resentimiento, era casi una indignación.

Mas se agrega que la reina de los portugueses, sin decir nada, se contentó con mostrar el telegrama á Don Carlos. Y que «su buen humor no se alteró de ninguna manera, y después, como antes, continuó siempre risueña ...» En la sonrisa le acompañaría su real esposo, y ambos demostrarían así que, conforme con la sabiduría de las naciones, los portugueses están siempre contentos.

El reproche de las princesas es semejante al que dirigiera á su hijo Don Jaime, Don Carlos de Borbón.

Mas ¿quién viene á recordar cosas de antaño, atrocidades de la Historia, locuras demagógicas, ó terriblezas republicanas, cuando la Marsellesa se ha tocado en los palacios de los zares de Rusia, y, si no me equivoco, hasta en el recinto del augusto Vaticano?

Illustration from Parisiana Obras Completas, Vol. V
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VIAJES PRESIDENCIALES

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Tocándole el turno á España, hizo, pues, su maleta, el más sencillo y amable buen hombre de todos los presidentes, y tomó el camino del país de las más lindas sonrisas y de los más halagadores «castillos»: el camino de España. Inmediata y naturalmente, como sucedió con Rusia, como sucedió con Inglaterra, como sucedió con Italia, como sucederá ... tal vez ... con ... Alemania ... (¿por qué no, ¡qué diablos!, si estamos en una época de prodigios?) España se ha puesto aquí de moda; es decir, se ha puesto más de moda, porque ésta comenzó con la visita de Alfonso á los parisienses. Esta moda, como todas las demás, es pasajera. Dura lo que un capricho de París.

Monsieur Loubet es allá en Madrid festejado con toda la cordialidad de que es capaz la gente española. Desde luego se encontrarán con más de una sorpresa, él y sus acompañantes. Y con más de una desilusión.

Porque todos sabemos que las Españas que se usan en París son fantásticas y divertidas. París no quiere entender otra cosa. Españalós, batiñolós, cigaretos, carrambá. No hay más. Ó, sí, hay más: el petit air de guitare, la estudiantina, la «navaca», que aun persiste en la liga de las duquesas celosas y lujuriosas. De Dumas acá, de Gautier, ¡qué digo!, de Mme. Aulnoy acá, no ha variado nada. Allá viven, desde luego, el Cid, Don Juan, Hernani y Carmen. Los alguaciles recorren las calles por las noches, mientras los enamorados, al son de una mandolina, dan su «serenado». De Literatura, en París conocen, los que conocen, á Cervantes mal traducido, á Gómez Carrillo, y las versiones que de Galdós y Blasco Ibáñez han hecho ciertos aficionados. No hablo de los fosilófilos de la Revue Hispanique y de uno que otro hispanizante, más ó menos ruso ó rumano, que suelen ocuparse en las revistas de letras castellanas. La existencia palatina y social de la tierra de Don Alfonso XIII no es tampoco muy sabida en estas latitudes, con ser la infanta Eulalia una parisiense de más de la marca y con haber una colonia española de dinero y títulos bastante numerosa. Verdad es que toda esa gente, en cuanto está en París, quiere pasar por francesa, y de lo que menos tratan y lo que menos les interesa es dar á conocer los progresos y el estado actual de su país. En una revista mundana, la más aristocrática sin duda alguna, se ha publicado en estos días un artículo que contiene las más curiosas referencias sobre la cour et le monde a Madrid. Allí aparece una marquesa de Kajra que causaría el asombro de Kasabal; la difunta condesa de Sástago aparece viva y llamada de Satayo; y la de Superunda es Luperunda. Hay datos como este: La cuisine et moins recherchée que la notre, et la reine Marie Christine a fait sensation, et on le lui á repreché, par les diner de la cour, confiés a un cuisinier vienneis. Se diría que se está en tiempos como aquellos en que, según la citada Mme. Aulnoy, los gentileshombres vivían d’oignous, de pois et d’autres utiles denrées.

Como el viaje de M. Loubet coincide con las representaciones en la Comedie Française, del Don Quichotte, de Richepin, la actualidad no puede ser más oportuna. Todos los turistas de estas felices regiones que han partido para la tierra quijotesca, no dejarán de buscar por allá las mil y una imaginaciones que tienen formadas en sus cerebros fáciles al castillo en España.

Claro se ve. Comienzan á llegar las primeras informaciones de los periodistas que han ido á presenciar las fiestas de la visita presidencial. Uno se asombra de que el rey, al abrazar al presidente francés, le haya dado «golpecitos repetidos, con los dedos abiertos, á la moda del país». Otro da á entender que los rubios no existen en la tierra castellana, repitiendo el concepto de un viajero de última hora, M. Larroumet: «hombres y mujeres tienen el color bronceado, los cabellos de ébano, los rasgos regulares, el cuerpo esbelto, las extremidades de una gran figura. Todos son bellos, de una belleza sin frescura, con perfiles netos, finos y secos. Los ojos brillan ... Los cabellos son de un negro azulado ...» «Como el ala del cuervo», les hubiera dicho Pérez Escrich ...

Hay que advertir que la idea que priva sobre la belleza española, ó, mejor dicho, sobre la belleza andaluza, es Carolina Otero, que no es andaluza sino gallega. Luego, hay en la flotante colonia española unas cuantas capas y sombreros cordobeses, unos cuantos «toreadores» trashumantes que ayudan con su presencia, hechos y gestos, á fijar más en estos espíritus singulares, la idea de lo pintoresco español.

Yo no habría quitado una sola ilusión á los turistas parisienses, sobre todo á los periodistas que han ido á la corte de España con motivo del viaje del presidente de la República francesa. Habría hecho más: habría aumentado el color local, puesto que el color local es lo que primero van buscando. Cierto es que ya en «el Escurial» se dió cuenta de que había aparecido una estudiantina con el traje nacional que daba una serenade á M. Loubet. Mas yo habría traído de Granada á Chorro-e-jumo, el famoso modelo de Fortuny, con su carnavalesca indumentaria; y bajo su dirección, habría hecho evolucionar en fantásticos fandangos un policrómico batallón de gitanos y gitanas. Habría hecho en Toledo dar verdaderas serenades, con verdaderas mandolinas, á la luz de la luna, en las callejuelas estrechas. Y habría buscado á una ó dos condesas de buen humor, que en ocasión oportuna, ante el encantado turista parisiense, hubiese sacado de la liga, que ceñiría una pierna digna de una maja de Goya, su larga navaca, una gran navaca, de esas de no sé cuántos muelles, que hacen al abrirse un ruido ciertamente inquietante.

Mas las sorpresas allá han sido muchas. Se encuentran desencantados con que Madrid es una capital invadida por la uniformidad prosaica de todas las capitales modernas. Los tranvías eléctricos van por la población, cuyos edificios son semejantes á las construcciones de otras partes, salvo uno que otro que conserva el estilo nacional, ó tal reliquia como la ilustre fábrica que sirvió de prisión á Francisco I.

¿En dónde está lo que Nodier contaba? ¿En dónde las majas goyescas y las diligencias que atacaban y desvalijaban los caballerosos bandoleros? Para colmo, no se encuentran, ¡ay!, ni los mendigos, los famosos mendigos españoles, de que habla el más reciente voyage en Espagne, porque una disposición del alcalde de Madrid los ha barrido últimamente de las calles de la villa.

Naturalmente, les han cambiado la España soñada; y lo peor es que á nadie se le ocurrirá invitarlos á comer en casa de Botín un cochinillo al horno, en cacharros que tienen solera, y demostrarles que comen el plato de Quevedo y beben en el vaso de Cervantes.

No me habría faltado á mí bacía que enseñar como el yelmo de Mambrino, ni esqueleto de caballo viejo que presentar como restos de Rocinante ... Y todo el mundo se habría despedido contento.

Se encontrarán en cambio con que en el alto mundo se vive una vida mitad en inglés, mitad en francés, como en París, y que snobs y snobinettes son los mismos á un lado y otro de los Pirineos. Y en el teatro verán las mismas cosas que en Francia: traducciones, traslaciones ó imitaciones de asuntos franceses. En las letras, imperando, es natural, como en todas partes, lo francés, la influencia francesa. Los trajes de Paquin y los sombreros de la rue de la Paix sustituyendo á los adornos castizos y á la olvidada y desdeñada mantilla de las antiguas bellezas. Encontrarán el sereno, pero no les cantará la hora ni les dirá qué tiempo hace; mas el guardia de la esquina, los que en La verbena de la Paloma van á dar la vuelta á la manzana, les chapurrearán el francés é irán á donner le tour á la pomme, como dice un ocurrente caricaturista de la ciudad del oso y del madroño.

Mas en verdad, lo que sí hallarán, tanto M. Loubet como su comitiva y los turistas, son unos excelentes hidalgos que hablan con sinceridad y que sienten con entusiasmo. Los paseantes verán una buena capital sin las grandezas y lujos de este maravilloso París, pero sin apaches ni batallas nocturnas, gracias á la mohosa, vieja, pero utilísima institución del sereno. Hallarán buenas gentes, sin la famosa morgue castillane, que reciben al extranjero con la más franca cordialidad y se gastan con él lo que tienen y lo que no tienen. Y, sobre todo, verán y admitirán «las más lindas sonrisas del mundo», como dice un corresponsal del Fígaro, en esos rostros incomparables de las mujeres españolas, incendiados de miradas prodigiosas, rostros de Concepciones de Murillo y de ángeles de Goya. Admirarán esa hermosura natural, esa gracia autóctona. No dejarán de notar que no es poca la importación del parisienismo, y que en la alta clase y en la burguesía rica hay mucho del faubourg y del boulevard ... Mas las hijas del pueblo, las gatitas verdaderas de Madrid, les ofrecerán ejemplares de raza, flores de belleza propia. Celebro que el Blanco y Negro haya tenido la buena ocurrencia de dar una fiesta á los periodistas franceses, con mucho de guitarra, y «venga de ahí», y tangos y seguidillas y gitanas. ¿Ha habido gitanas? Si no las ha habido es un pecado. Debe haberlas habido, y de las de más negros ojos y más salada palabra, de las que dicen la buenaventura y ríen y roban ... Así, los queridos confrères vendrán contando que no se les ha robado la plata ... Que han visto algo de lo que contaba Nodier ... Y la célebre dame au masque, la sonora Mme. Du Gast, podrá saber y contar algo más sobre espagnolós y cigaretós.

Illustration from Parisiana Obras Completas, Vol. V
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EN CASA DE MINERVA

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Cada año el Instituto—esto es, las cinco Academias que lo componen—celebra una sesión, muy concurrida y solemne, en que los sabios y los artistas, juntos, confraternizan ante la mirada respetuosa ó ante las sonrisas de un público ya admirativo, ya escéptico.

Naturalmente, á esa sesión no faltan, no dejan de llevar las damas sus atavíos elegantes y sus gracias. Ir á esa sesión, como á cualquier solemnidad académica, es una cosa distinguida. No se pierde tampoco el tiempo. Por lo general, los oradores ó lectores son escritores, artistas y sabios que entretienen amablemente al auditorio, que saben lo que dicen y que lo dicen bien, en esta lengua francesa en que es tan difícil aburrir ó decir una tontería. Por muy áridos que los asuntos sean, puede decirse que nuestras «latas» españolas, nuestros «solos» argentinos, son muy raros y casi imposibles en ese recinto. Así, las lecturas hechas por Edouard Detaille, Sénart, De Foville, Edmond Perrier y Jules Lemaitre encantaron á la concurrencia. El uno es un pintor, el otro un arqueólogo, el otro un estadista, el otro un hombre de ciencia y el otro un hombre de letras, y todos cinco fueron oportunos, claros, amenos. Había en esa asamblea de viejos un innegable verdor, como el de las palmas de sus uniformes de inmortales. Esos viejos representan la gloria y el prestigio consagrados de Francia; esas barbas blancas honran al pensamiento humano, y el más modesto de esos trabajadores de la idea es un bienhechor de la comunidad.

Con justicia M. Detaille, al fin de su discurso, recordó las expresivas frases de Renan: «El Instituto es una de las creaciones más gloriosas de la Revolución, una cosa completamente propia de la Francia. Muchos países tienen academias que pueden rivalizar con las nuestras por la ilustración del personal que las compone y por la importancia de sus trabajos. La Francia solamente tiene el Instituto, donde todos los esfuerzos del espíritu humano están como ligados en haz: en donde el poeta, el historiador, el filósofo, el matemático, el físico y el astrónomo, el escultor, el músico y el pintor pueden llamarse fraternalmente compañeros.»

M. Detaille, el célebre autor de tanto célebre cuadro militar, fué quien pronunció el discurso de apertura, como miembro de la Academia de Bellas Artes y presidente en ejercicio del Instituto. Comenzó recordando que hace un siglo justo el Instituto pasó á ocupar el actual local, el palacio Mazarin, dejando el palacio del Louvre, en que antes tuviera asiento. Eso se debió á Napoleón. A este propósito el benemérito artista no deja de hacer brillar, como en sus telas, uno que otro resplandor de batalla, uno que otro relámpago de sable. Luego, hablará de asuntos más caseros, digamos así, y lamentará á los colegas recientemente desaparecidos. Ya es Guillaume, académico de la francesa y de la de Bellas Artes, «noble figura que encarna á la vez la delicadeza del artista y del hombre de letras. Profundamente erudito, nadie sabía hablar como él de cosas de Arte con tanta autoridad y sabia experiencia». El duque d’Audiffrei-Pasquier, «que hizo su educación política bajo la égida de su tío el canciller Pasquier, cuyas tradiciones recogió en tiempo de los Guizot, de los Villemain y de los Montalembert», José María de Heredia, «que desaparece dejando tras sí un rastro luminoso, como esos meteoros que pasan en el firmamento. Su obra, materialmente, ocupa poco lugar, y si es ligera, es para remontarse bien alto en el espacio, como un cohete de oro que estalla orgullosamente. Sus admirables sonetos están en todas las memorias. Él veía noble, veía grande, y ninguno ha encontrado imágenes más espléndidas y más precisas para traducir las soberbias visiones que concebía su cerebro de poeta artista».

Ya es M. Wallon, «cuyas obras sobre la esclavitud en la antigüedad, sus historias de Juana de Arco y de San Luis, sus trabajos sobre el tribunal revolucionario, obras de una erudición abundante y precisa, han consagrado su reputación de historiador». Y el sabio Oppert, que, extranjero, al naturalizarse aportó á Francia «los frutos de una erudición profunda». Luego, Potier, ingeniero, dotado de una prodigiosa actividad unida á una erudición legendaria; y Bicha, el decano de la Facultad de Ciencias de Nancy, y el alemán Richtofen; y Barrias, arrebatado «en plena fuerza y en pleno trabajo», y otros escultores, Thomas y Dubois; los pintores Henner y Bouguereau, Henner, «ese hijo de la vieja Alsacia, que había guardado el culto enternecido de la tierra natal, se aplicaba á envolver la forma pura, á la manera de Corneggio y de Prudhon, en esa misteriosa visión, como si sus ojos hubiesen guardado el recuerdo de las brumas argentadas de sus valles de Alsacia». Y Bouguereau, que, «seguro de sí mismo, supo imponer sus convicciones artísticas y hacer compartir su fe», y «cuya probidad de vida fué igual á la probidad de su talento». Y los recuerdos de duelo continúan con el grupo de ilustres nombres extranjeros, el grabador Biot, Constantin Meunier, Massarani, Racconi, Waterhouse, y el gran teutón Adolfo Menzel, cuyo elogio era interesante oir de un pintor como Detaille: «Su obra es considerable, pero hay una que sobresale entre las demás: es la reconstitución de la vida de Federico el Grande y de su época, que ha evocado con una precisión y un talento que hacen de él uno de los pintores más notables al mismo tiempo que un verdadero historiador.» Después es el financista Germain, el estadista Juglar, y Olivecrona, y Hüffer, Perin y Hennequin. La muerte ha segado en un año, como se ve, muchas testas gloriosas.

Mas con justicia, M. Detaille concluyó su discurso con las palabras de Renan que he citado al comienzo de esta carta.

La lectura de M. Sénart, delegado de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras, trató sobre «un nuevo campo de exploración arqueológica», el Turquestán chino. Recordó á los bravos iniciadores y proseguidores de valiosos trabajos, como el príncipe Henry de Orleans, víctima de sus exploraciones, Bouvalot, De Grenard, Dutrenil de Rhins. Y al sueco Sven Hedin, que ha realizado viajes verdaderamente extraordinarios. «El Turquestán—dice M. Sénart—ha sido una gran vía de la política, del comercio, de la religión. Es por allí que, desde 130 antes de nuestra Era, el famoso Changkieu fué á entablar, á la ventura, negociaciones con los ocupantes de la lejana Bactriana; y por allí, doscientos años más tarde, el general Pantchao se lanzaba á imponer á esas regiones la soberanía china.» Como veis, esos asuntos son un poco lejanos y abstrusos ...; mas el sabio ha sabido interesar á su auditorio, sobre todo cuando ha hablado de ciertos hallazgos en que la arqueología se interesa y se complace.

Otro sabio de otra especie fué más curiosamente escuchado, sobre todo por los oyentes femeninos. Me refiero á monsieur Edmond Perrier, delegado de la Academia de Ciencias. Trató sobre La parure, sobre los adornos, y su amenidad fué muy gustada y aplaudida, su amenidad enseñadora. Mirad qué amable sabio es el que comienza su disertación con estas palabras: «Al ver sucederse á los rayos de un sol de estío, ó bajo las girándulas de una sala de baile, los acariciantes colores de los trajes de fiesta, matizados hasta lo infinito y combinados según los geniales y armoniosos caprichos de la imaginación femenina, se podría creer que el adorno ha sido la invención exclusiva de las hijas de Eva. Por ellas, todo lo que hay en el mundo de luminoso y de brillante está evocado alrededor de nosotros, se mezcla cotidianamente á nuestra existencia, y viene hasta abajo esta austera cúpula á iluminar nuestras sesiones académicas con un brillo que la suntuosidad de nuestras palmas verdes sería insuficiente para darle». El galante sabio busca el adorno en la Naturaleza, en los aires, en la tierra, en la profundidad de los mares; y de su rebusca resulta que, contrariamente á lo que pasa entre los humanos, el sexo que se adorna, que se hermosea, que coquetea, digamos, entre los animales, es el sexo masculino.

Y es un desfile de maravillosos peces, de milagrosos insectos, de prestigiosos pájaros, adornados por la pródiga Naturaleza, Paquin de los pavos reales, Lalique de los colibríes, proveedora incomparable de sedas, joyas, tintes y matices de encanto. De todo el estudio, lleno de citas y de datos, resulta la chocante demostración de que en el reino animal, el macho constituye ... el bello sexo.

Hay sus consuelos. «El cuadro que acabamos de trazar—dice en una parte de su discurso—, de las brillantes facultades del sexo masculino no se aplica sino á las clases superiores del reino animal; tiene su contraparte en las clases inferiores. Ya en las colmenas de abejas, los numerosos príncipes consortes, incapaces de todo trabajo, son muertos por las obreras desde que se acerca el invierno.» Y así empieza la narración de las desventuras del macho, entre una larga variedad de seres inferiores. Una cosa va por otra.

Las frases finales son saludadas con un general aplauso: «Felicitémonos, simplemente, de que las cosas se hayan arreglado de manera que en medio de los cataclismos suscitados por la inconsciente, involuntaria é irresistible actividad de los hombres, permanezca infrangible, por su esencia misma, y á pesar de lo que puedan de ella pensar ciertas almas, la dulce y serena figura de las que, desde nuestra primera sonrisa hasta nuestra última herida, están cerca de nosotros para amar, prever, consolar y curar.» Y esa sí que constituye una deliciosa superioridad femenina.

El discurso de M. De Foville, no por tocar un tema árido para la generalidad, dejó de ser escuchado con mucha atención y gusto. Su profession de foi d’un statisticien, es una pieza escrita con esprit al par que con profundidad y transcendencia de ideas. La estadística, ciencia de numerar y de datos, apareció expuesta por este sonriente sabio, tan atrayente como valiosa. La estadística ha tenido en su contra las ocurrencias fáciles de autores cómicos. ¡No importa! «Nosotros—dice M. De Foville—somos los primeros en reir de las bromas, hoy clásicas, cuyos iniciadores fueron los Louis Reybau, los Labiche, los Gondinet.» En el Congreso de Londres todo el mundo se rió cuando lord Onslaw recordó algunas de esas facecias en un brindis. «Es el gran mérito de la estadística—dice De Foville—, tal como nosotros la comprendemos, decir la verdad, no querer decir más que la verdad, cuando alrededor de ella, voces que intentan parecerse á la suya hacen impunemente de la mentira un hábito y aun una industria.» Detenidas consideraciones hizo el eminente académico, que fueron recibidas con las muestras del mayor aprecio por un público que, si no se deleitaba con el tema, gozaba con la galanura sabrosa del discurso. El Sr. Alberto B. Martínez habría aplaudido con todo entusiasmo, en unión de la selecta concurrencia, á su respetable colega.

La Literatura estuvo bien representada por Jules Lemaitre. Este escritor, cuyo talento ha estado por largo tiempo navegando en los mares de la política, en donde se ha llenado de lamas, conchas, brumas y pesadeces, se diría que ha entrado en el dique y ha limpiado sus fondos. Su discurso sobre los libros viejos es una página que recuerda sus antiguas páginas de pensador sagaz y crítico avisado. Corto fué—y este es un mérito más—y aplaudidísimo por los concurrentes, que ven en M. Lemaitre como una especie de hijo pródigo de la Academia, que retorna á sus viejas tareas, floridas de ideas finas y de elegancias verbales. Quiera que persevere en tal resolución la dueña de la casa, la patrona de la Cúpula, la sabia Minerva.

Illustration from Parisiana Obras Completas, Vol. V

LAS MIL NOCHES Y UNA NOCHE

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Hermosa y gloriosa tarea la que acaba de concluir el Dr. J. C. Mardrus: la traducción completa de El libro de las mil noches y una noche, hecha literalmente del texto árabe, dón inapreciable que no podemos suficientemente agradecer los occidentales. El último volumen dejará en las almas soñadoras una inevitable nostalgia. Un espíritu tan raro como sutil ha lanzado ya esta queja: «Las mil noches y una noche son toda la epopeya amorosa del globo desde su formación hasta nuestros días. El globo es un huevo que incuban á turno el amor y la noche. ¿La humanidad no será más que el accidente del ensueño? Con tal que el amor y la noche nos abaniquen con sus alas, la tierra continuará, me atrevo á creerlo, girando bien. Mas he aquí que llega la mañana ... ¡ay! ¡ay!, el Oriente se emblanquece ... ¡el Oriente se hace viejo! ¿Quién mecerá nuestro sueño de gentes del Norte?»

Sí. Rachilde tiene razón. Necesitamos, para acercarnos siquiera á la ilusión de la felicidad, de la delicia nocturna y del encanto amoroso. Y ese es el ambiente de esas historias mágicas que el sabio europeo ha ido á sacar de sus secretos refugios de Oriente.

El Dr. Mardrus es un arabista de nota, diga lo que diga cierto emir amigo de Claretie, que ha encontrado algunas inexactitudes en esta versión, que uno siente tan llena de hechizos. Trabajador de conciencia, él explicó desde el principio la magnitud de su empresa. Antes que él, nadie había hecho en francés una traducción completamente exacta, literal, por el temor de la desnudez de la expresión arábiga, que hiere, más que nuestros pudores de Occidente, el universal puritanismo de las literaturas cristianas. En inglés existían las versiones fieles, hoy rarísimas, de Payne y de Burton; pero esas fueron tiradas para suscriptores limitados, y quedaron, por decir así, secretas. Mardrus conoce una segunda edición de Burton, pero es expurgada. El erudito traductor francés señala los orígenes de sus fuentes. La base de Las mil noches y una noche (es así como debe decirse) está en una antología persa, el Hazar Afsanah.

Hubo narradores diversos que, tomando los asuntos originales, fantasearon á su placer. Se mezclaron cuentos persas y leyendas de otras naciones. «El mundo musulmán entero, de Damasco al Cairo y de Bagdad á Marruecos, se reflejaba, en fin, en el espejo de Las mil noches y una noche.» Una mezcla de dialectos, de modismos distintos, que se hallan en los manuscritos hechos en diferentes épocas, impide el señalar una fecha fija al libro maravilloso en que parece que toda la fantasía de los países de Oriente colaborara. Mas de recientes estudios se desprende que pertenecen al siglo x estos cuentos que se hallan en todos los textos: 10. Historia del rey Schahriar y de su hermano el rey Shahzaman; 20. Historia del mercader con el Efrit; 30. Historia del pescador con el Efrit; 40. Historia del cargador con las jóvenes; 50. Historia de la mujer cortada, de las tres manzanas y del Negro Rihan; 60. Historia del visir Nureddin; 70. Historia del sastre, del jorobado; 80. Historia de Nar Al Din y Anis Al-Djalis; 90. Historia de Ghamin-ben-Ayub; 100. Historia de Ali-ben-Bakkar y Shams-Al-Nahar; 110. Historia de Kamar-Al-Zaman; 120. Historia del caballo de ébano; 130. Historia de Djulnar, hijo del mar. La historia de Kamar-Al Zaman II y la de Mearuf se colocan en el siglo xvi; la mayoría de los cuentos, entre los siglos x y xvi, y la historia de Simbad el Marino y la del rey Djiliad serían anteriores á todas. Conforme con la nota colocada á la cabeza de la edición Mardrus (que inició la Revue Blanche y ha terminado Fasquelle), las ediciones críticas que existen de los textos originales de las Alf Lailah Oua Lailah son siete: La edición (inacabada) del cheikn El Yemeni, dos volúmenes; Calcuta, 1814-1818. La edición Habitch, doce volúmenes; Breslau, 1825-1843. La edición Mac Noghten, cuatro volúmenes; Calcuta, 1830-1842. La edición de Boulack, dos volúmenes; El Cairo, 1835. Las ediciones del Ezbekieh, de El Cairo. La edición, cortada, corregida, dislocada, de los jesuítas, en cuatro volúmenes, Beyruth, y la edición, en cuatro volúmenes, de Bombay. El Dr. Mardrus prefirió la de Boulack, y se ayudó con la edición de Mac Noghten, y principalmente con los diferentes manuscritos arábigos.

No tengo noticia de ninguna traducción literal alemana, ni italiana, ni española. Las mil y una noches que conocemos en español son traducidas de la traducción francesa de Galland, «ejemplo curioso de la deformación que puede sufrir un texto, pasando por el cerebro de un letradoen el siglo de Luis XIV; la adaptación de Galland, hecha para la Corte, fué sistemáticamente emasculada de todo atrevimiento y filtrada de toda la sal primera. Aun como adaptación es incompleta, pues contiene apenas la cuarta parte de los cuentos. Antes de Mardrus, los cuentos que forman las otras tres cuartas partes no se han conocido en Francia, ó, diciéndolo mejor, las ha ignorado el mundo».

Para traducir una obra de poesía es necesario un poeta. Y para traducir esta obra de poesía, sin parangón, era preciso un poeta sabio en cosas de Oriente como el doctor Mardrus, que ha vivido la vida oriental en los mismos lugares en que nacieron, en abolidas y prestigiosas imaginaciones, estos cuentos extraordinarios.

Que el traductor es un poeta insigne, lo demostrará la perla de la introducción, cuatro palabras armoniosas que no dejaré de dejar aquí para regalo de mis lectores: «—Yo ofrezco—dice—todas desnudas, vírgenes, intactas, ingenuas, para mis delicias y el placer de mis amigos, estas noches árabes, vividas, soñadas y traducidas, sobre la tierra natal y sobre el agua». Ellas me fueron dulces durante los vagares de las largas travesías, bajo el cielo de lo lejos. Por eso las doy. Ingenuas son, y sonrientes, y llenas de ingenuidad, al igual de la musulmana Schaharazada, su suculenta madre, que las parió en el misterio, fermentando con inquietud en el seno de un príncipe sublime—lúbrico y feroz—bajo el ojo enternecido de Alá clemente y misericordioso. Desde su venida fueron delicadamente acariciados por las manos de la lustral Doniazada, su tía, que grabó sus nombres sobre hojas de oro coloreadas de húmedas pedrerías, y las cuidó bajo el terciopelo de sus pupilas hasta la adolescencia pura, para esparcirlas, voluptuosas y libres, sobre el mundo oriental, eternizado de su sonrisa. Yo las juzgo y las doy tales, en su frescor de carne y de roca. Pues ... un método sólo existe, honrado y lógico, de traducción: «la literalidad», impersonal, apenas atenuado por el rápido parpadeo y el saborear largamente ... Ella produce, sugestiva, la más grande potencia literaria. Ella hace el placer evocatorio. Recrea indicando. Es la más segura garantía de la verdad. Ella se hunde, firme, en su desnudez de piedra. Huele el aroma primitivo y lo cristaliza. Devana y deslíe ... Fija. Cierto, si la literalidad encadena al espíritu divagante y lo doma, ella contiene la infernal facilidad de la pluma. No me quejaré de ello.

Pues, ¿dónde encontrar en un traductor el genio simple, anónimo y libre de la niaise nanie de son nom? Mas por las dificultades del terruño original, tan duras para el profesional en théme, ellas no sabrían, en los dedos del enamorado del oriental parlar, concentrarse en más espira que las precisas al gozo de desatarlas. En cuanto á la acogida ... El Occidente amanerado, empalidecido en el ahogadero de las convenciones verbales, fingía azoramiento á la audición del franco lenguaje cuchicheante y simple y sonoro de toda la risa, de esas brunas muchachas sanas, nativas de las tiendas abolidas.

Así, pues ... Ellas no ven en eso malicia, las huríes. Y los pueblos primitivos—dice el sabio—llaman las cosas por su nombre, y no encuentran casi condenable lo que es natural, ni licenciosa la expresión de lo natural. (Entiendo por pueblos primitivos los que aun no tienen ninguna tara en la carne ó en el espíritu, y nacidos al mundo bajo la sonrisa de la belleza ...) Desde luego es totalmente ignorado de la literatura árabe ese producto odioso de la vejez espiritual: la intención pornográfica. Los árabes ven toda cosa bajo el aspecto hilarante. Su sentido erótico no lleva más que á la alegría. Y ellos ríen con todas ganas de lo que al puritano parecería escandaloso. Cualquiera que, artista, ha vagado y conocido los viajes y cultivado amorosamente bancos agujereados de los adorables cafés populares en las verdaderas ciudades musulmanas y árabes, el viejo Cairo de las calles llenas de sombra y tan frescas, los suks de Damasco, Sana del Yemen, Mascata ó Bagdad; que ha dormido sobre la estera inmaculada del beduíno de Palmira; partido el pan y probado la sal fraternalmente, en la gloria del desierto, con Ibn-Rachid suntuoso, ese tipo neto del árabe auténtico; saboreado todo lo exquisito de una conversación de simplicidad antigua con el puro descendiente del profeta, el cherif Hussein ben Alí-ben Aun, emir de la Meca Santa, ha podido notar la expresión de las fisonomías pintorescas reunidas. Único, un sentimiento domina toda la asistencia: una hilaridad loca. Ella flamea en sacudidas vitales á cada salida libre del heroico narrador público gesticulante, animando sobre todo y saltando entre los espectadores complacidos ... Y la embriaguez os ase, suscitada por las palabras, por los sonidos, por el perfume ó la afrodisia del aire, por el subolor discreto del haschich, dón último de Alá!... Y se es navegante aéreo en la noche ... Alá no se aplaude, ese gesto bárbaro, inarmónico y feroz, ese vestigio innegable de las razas caribes ancestrales danzando alrededor del poste de colores, y del cual la Europa ha hecho el símbolo del horrible goce burgués amontonado bajo el gas, es esencialmente desconocido. El árabe—á una música, notas de cañas y de flautas, á una queja de «katun» ó de «ud», á un ritmo de «darabuka» profundo, á un canto de muezin, ó de almea, á un cuento coloreado, á un poema de aliteraciones en cascadas, á un olor sutil de jazmín, á una danza de flor ó vuelo «buka» profundo, á un canto de muezin, ó de perla de una sólida cortesana undosa de ojos estrellados—responde, á la sordina ó con toda la voz, por un Ah ah!... largo, sabio, modulado, extático, arquitectural. Es que el árabe es un intuitivo, pero afinado y exquisito. Ama la línea pura y la adivina, irrealizada. Pero ... él estrecha, sin palabras, infinitamente.

Y ahora, yo puedo prometer, sin temor de mentir, que el telón no se alzará sino sobre la más asombrosa, la más complicada y la más espléndida visión que haya jamás encendido, sobre la nieve del papel, el frágil útil del relator.

Tal es el prólogo que abre las misteriosas y talismánicas puertas de esos reinos de soñaciones tan humanas y tan divinas. El doctor Mardrus no anuncia en vano. Entre las más prestigiosas y extrañas decoraciones comienzan á desarrollarse las más inverosímiles y magníficas escenas. Emergen de la narración los más variados relentes; se oyen los más inauditos ruidos; se ven las más desmesuradas visiones. Florece libre la alegría de una humanidad sin complicaciones, sana y fresca en su prístina naturaleza.

El pan se llama pan, el vino vino, y la función de amor como en el decálogo de Moisés. Nada hay contrahecho; no existe allí ni el pecado de nuestras teologías, ni la vergüenza de nuestros culpables pudores, ni la malicia de nuestra perversidad de civilizados. Hay sí una superior cultura que impone la justicia y la bondad en las almas. Y lo desconocido se muestra naturalmente, y lo prodigioso es usual, y el ensueño entra en la vida y la vida en el ensueño, como era justo que fuese. Bien se explica el querer de Stendhal, que deseaba «olvidar dos cosas: Don Quijote y Las mil y una noches, para cada año experimentar al releerlas una voluptuosidad nueva».

De mí diré que libro alguno ha libertado á mi espíritu de las fatigas de la existencia común, de los dolores cotidianos, como este libro de perlas y pedrerías, de magias y hechizos, de realidades tan inasibles y de imaginaciones tan reales. Su aroma es sedativo, sus efluvios benignos, su gozo refrescante y reconfortante. Como cualquier modificador del pensamiento, brinda el dón evasivo de los paraísos artificiales sin el inconveniente de las ponzoñas, de los alcoholes y de los alcaloides. Leer ciertos cuentos es como entrar á una piscina de tibia agua de rosas. Y en todos se complacen los cinco sentidos, y los demás que apenas sospechamos.

De ninguna manera recomendaré la lectura de la versión Mardrus más que á hombres de letras, á hombres de estudio, á hombres. A no tratarse de juiciosas y tranquilas damas amacizadas de literaturas, ninguna de nuestras señoras está preparada para obra tal, que indudablemente les causaría escándalo. El desnudo oriental es todavía más natural que el desnudo clásico griego. En cuanto á las señoritas, claro está que no pueden leerla. Baste con decir que la moral de las señoritas mahometanas es muy otra que la que se enseña en Sagrados Corazones y demás colegios en que reina la doctrina de Cristo.

¡Feliz quien pueda con naturalidad y sencillez, sin ironía ni maldad, pasearse por tan floridos y perfumados jardines de delicias! ¡Dichoso el que pueda impregnarse como de un ungüento fino de la poesía de los poetas de Allá Lejos! Sentirían que por un momento caen de las alas de su alma los hierros seculares que una angustia de siglos ha mantenido en ellas. Y se sentirá, como dice la bella expresión del doctor Mardrus, nuevo Simbad que nos trae historias milagrosas de los países de las maravillas, se sentirá «navegante aéreo en la noche»....

Illustration from Parisiana Obras Completas, Vol. V

PARÍS Y EL ZAR

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Era una gran alegría nacional; la Francia estaba de fiesta. El cañón había tronado gloriosamente en las revistas navales. Los marineros de los barcos de Rusia eran abrazados y besados en las calles por una muchedumbre entusiasta y clamorosa. El autócrata heredero de Pedro el Grande, hacía, como su fuerte abuelo, una visita á París. París se puso su mejor tocado, se embanderó, se coronó de luces, cantó en populares músicas salutaciones al poderoso recién venido y á su hermosa compañera la emperatriz Alix. Todas las gentes manifestaban un contentamiento singular. Se gritaba: Vive l’empereur! Vive la Russie!, á todo pulmón y con toda el alma. Era un delirio de regocijo, una satisfacción intensísima demostrada de diversas maneras; la Prensa celebraba el fausto suceso; las ilustraciones se llenaban de retratos de los huéspedes ilustres. La nobleza exultaba, la burguesía se desleía, el bajo pueblo no cabía en sí. Estaba en la capital francesa el monarca ilustre del país aliado, el potente imperio moscovita. Funciones de gala, bailes, evocaciones históricas, versos áulicos, festivales pomposos, todo hubo en honor de los huéspedes. Nicolás era el ídolo de París.

... Hoy se grita en reuniones y meetings: «¡Abajo el tirano de Rusia!» Con pocas excepciones, todos los periódicos, dando al olvido la alianza, abominan el régimen cesáreo de Petersburgo y tratan al emperador de asesino. Jaurés, el acomodaticio con los reyes de Italia, aprovecha para volver á sus cargas socialistas. Los caricaturistas se muestran feroces con el Romanoff, que se encuentra, no por cierto cómodamente, entre la espada y la pared. Aquí está Nicolás con su corona imperial y su manto de armiño manchado de sangre, con una leyenda en que se le llama «zar asesino», y en que M. Loubet le dice: «Nicolás, tú eres un tonto. Cuando se quiere despedazar al pueblo, es preciso primero proclamar la República.» En otra parte se ve un zar militar, siempre ensangrentado, con un rostro negro y lívido, de criminal condenado, y estos versos de Víctor Hugo en letras de sangre:

Peuple russe tremblant et morne, tu chemines, Serfat á Saint-Petersbourg, ou forcat dans les mines. Le pôle est pour ton maître un cachot vaste et noir; Russie et Siberie, oh czar! tyran! vampire! Ce son les deux moitiés de ton funeste empire: L’une est l’oppression, l’autre le désespoir!

Lo rudo de los dibujos se compadece con lo áspero de las leyendas.

Vese al emperador con el heredero en los brazos y custodiado por un esbirro armado de knut:

«—¿No es cierto que la sangre rusa es hermosa, hijo mío ...? Y no hay que ir á Manchuria para verla correr.» Por una ventana se mira el montón de cadáveres de los obreros fusilados ...

Un caricaturista ruso residente en París, Watteroff, representa á la zarina y al zar en momentos de entrar en el lecho. Ella parece una Juana de Arco coronada, por la armadura que lleva, y él un acorazado Ubu, armado de látigo.

«—Tú quieres—dice la emperatriz—acostarte con la coraza de Pedro el Grande.» Y el emperador: «Sí, soy prudente ... Recuerdo la historia de Alejandro ... de Serbia.»

Los artistas se complacen en pintar á los cosacos con la intención que ponían los pintores de antaño en los rostros de los sayones, en los calvarios y descendimientos. Todas son caras feroces, miradas crueles. Todos son gestos rudos y rictus bestiales de brutos sin entrañas. Y en los rostros de los obreros, de las víctimas populares, la desolación, el miedo, el espanto. En los kioskos de los bulevares, desde lejos veis manchas rojas en fondo blanco: es nieve y sangre; son las publicaciones de actualidad, la reproducción de las matanzas de San Petersburgo. En una estampa el pope Sergio grita: «¡Yo muero, pero la libertad va á nacer!» Y el pope Gapón le contesta: «Sí, tú mueres por el Dios de la libertad y por la Patria. Pero vosotros, soldados, no tenéis ya emperador puesto que habéis tirado contra su imagen, y no tenéis Dios, puesto que tiráis contra vuestros hermanos.» En otra, el zar aparece ocupado en lavar su corona sangrienta; en otra ofrece al águila bicéfala que se ve como enferma y canija, ó reformas ó carne de cañón ... «Después de Hull ... San Petersburgo», esto es: después de cañonear barcas indefensas de pescadores, la carnicería de la Perspectiva Newski y de las plazas y paseos de la capital eslava. Se dibuja un Nicolás indeciso, un Nicolás cruel y un Nicolás atemorizado. Vestido de blanco, en el palacio de Invierno, oye á un chambelán dorado que le anuncia la llegada de una delegación de obreros, y le responde: «¡Fusílenlos! ¡Me voy al Zarkoe Selo!» Y en Zarkoe Selo contesta á otro chambelán que le anuncia una delegación de estudiantes: «¡Fusílenlos! ¡Me voy á Peterhof!» Y en Peterhof se le anuncia una delegación nueva: «¡Fusílenlos!... Pero, ¿adónde podré ir ahora ...?» Un coronel feroz como un ogro, dice á sus soldados ante unos niños que suben temerosos á un árbol: «¡Fusílenme todo eso! Esos son los descontentos del porvenir.» Luego, será de nuevo el zar como ahogado entre vapores de sangre, y un pueblo aullante alrededor de él. Una visión de Steinlen es fantástica y macabra: el pequeño emperador entre dos gruesos generales, sobre una blanca estepa; en el horizonte, una siniestra águila de sombra, un cetro y una corona que caen; y todo eso dentro de un círculo dantesco de desesperados, de víctimas, un retorcimiento de miembros, clamorosos hombres, mujeres, niños, ancianos, los sacrificados por el cesarismo, por la impasible oligarquía, por la voluntad de una nobleza inflexible y los mil brazos férreos del poder absoluto.

Y la Prensa comenta noticias como ésta: El emperador conserva la misma calma absoluta que tuvo en el momento en que le dieron cuenta de que 92.000 hombres habían sido muertos y heridos en el Chaho. «¡Noble corazón!» Otros piensan que si la revolución rusa triunfase no ganaría mucho el pueblo mismo. Los bravos ciudadanos franceses, dicen, creen que la revolución francesa se ha realizado el 14 de Julio de 1789, entre el amanecer y el ponerse el sol. Mas ella ha durado diez años.

La revolución rusa ocupará el mismo espacio de tiempo. Los intelectuales desencadenan el movimiento; no serán ellos los que lo conducirán. Cien millones de paisanos iletrados, supersticiosos, salvajes, no se portarán como los franceses del siglo xviii: apenas si están al mismo nivel que los Jacques del siglo xiv. Su insurrección será, pues, una jacquerie. De ese caos surgirá algún genio bárbaro, Atila-Napoleón, que limpiará la Europa. Amén. Entretanto, los estudiantes y los obreros de las ciudades entran en la lucha con un noble entusiasmo. Quieren echar abajo á los Romanoff. Van á morir por la libertad, por la igualdad, por la justicia, por el progreso, así como murieron nuestros padres. Y dentro de cien años, la república triunfará á las orillas del Neva, tal como la conocemos aquí. En lugar del zar, tiranuelos demagogos exigirán del pueblo homenaje y sumisión ciega. Los espías dispondrán del honor y de la libertad de cada ciudadano. Los cosacos sablearán á los huelguistas en nombre de la fraternidad. En lugar de enviar á los descontentos á la fortaleza de San Pedro y San Pablo, se les suicidará—se alude al asunto Syveton—en su propia casa. La corrupción insolente de los grandes duques dará lugar á la orgía crapulosa de los tribunos. Las Ev-la-Tomate y los Peaux-de-Requin, socialistas, danzarán el chahut en el Palacio de Invierno.

Los barones de Bessoulet, los vidames de Pressensé, sus infantes, sus rufianes, sus France y sus bonnes á tout faire compondrán el Santo Sínodo.

Pobiedonostseff se llamará Combes; Trepoff se llamará Lepine ó Levy, y White se llamará Rouvier. El Populo azotado, ametrallado, burlado, se arrodillará delante de los iconos de San Tolstoï y San Gorki, aullando: «¡Viva la social!» ¡Radiante porvenir! Así se expresan los pesimistas de la oposición; mas hay que confesar que entre tanto pronóstico poco halagador y un si es no es injusto, se encuentra más de un grano de experiencia nacional y de verdad pura.

Lo que hay que notar, y ese es el principal asunto de este artículo, es el cambio completo que ha ocurrido en el espíritu de este pueblo nervioso y ultraimpresionable. Al zar aclamado y cantado de ayer ha sucedido el zar abominado y maldecido de ahora, á pesar de la alianza, á pesar de los muchos intereses que unen á ambas naciones.

De poco sirve que una ú otra pluma intente demostrar la imposibilidad en que se encuentra el soberano ruso de obrar de otra manera como lo hace, apretado como está entre las imposiciones de una nobleza que no transige y las demandas y protestas de un pueblo ya viciado en ideas de progreso y de libertad por los directores intelectuales como Gorki y demás compañeros. Al débil Nicolás se le cargan en cuenta los alardes de fuerza de sus militares y las durezas de su Policía. Y cuando ha venido la noticia de que los nihilistas ó algún ignorado anarquista había hecho saber al zar por un anónimo que estaba condenado á muerte, puede decirse que la noticia no fué recibida por las gentes con desagrado ... Las muchedumbres tienen un alma femenina.

Por Gorki se han hecho públicas demostraciones en el elemento socialista. Se recogieron firmas de literatos, de artistas, de pensadores, para pedir al Gobierno ruso su libertad, como si más bien semejante petición no fuera contraproducente, dadas la calidad política y las ideas revolucionarias de la mayoría de los firmantes.

«¡Qué amigos tienes, Benito!», diría su majestad moscovita para su manto imperial.

En resumen, París actualmente, si el monarca aliado viniese á hacerle otra visita, no sería con muestras de regocijo y con palmas y rosas con lo que le recibiría.

Cabalmente hace pocos días, en la plaza de la República, ha estallado una bomba.

LIBRO I
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