LA ESTATUA DE CESÁREA
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¿Qué misteriosa generación es ésta del personaje épico, novelesco o dramático? ¿Qué divina virtud obra para este acto de creación—el más calificable de tal entre todos los actos de los hombres—que consiste en dar al mundo una criatura imaginaria inmortal: D. Quijote o D. Juan, Otelo o Hamlet; en arrancar de las entrañas del alma propia otra alma, no reflejo de ella, sino autónoma y distinta; hecha de la tela de los sueños, y con todo, dotada de espíritu más brioso, de vida más intensa y pertinaz que los mismos héroes de la historia; individual y una, no con la unidad artificial de la abstracción, sino con la lógica viviente de la naturaleza; persona e idea a la vez; alma que, en la sucesión de los tiempos, obsesionará como un numen al pintor, para que interprete y fije su encarnación corpórea; al músico para que destile su más íntima esencia; al pensador, para que alumbre y analice sus reconditeces, alma capaz de imponerse a la imitación de las que realmente viven en el mundo, de modo que, después de tener vida ideal, maravillosamente tejida de palabras, adquiera real ser y cuerpo tangible, modelando según su imagen la personalidad de hombres de carne y hueso, y siendo como el típico ejemplar en que tienen puesta la mirada generaciones enteras? ¿Qué portentoso secreto es éste de la imaginación, que crea, que arrebata al cielo, como el titán filántropo, la chispa con que se anima a los hombres?...
Cómo habría sido el semblante de Jesús, de que no había imagen conocida, desvelaba a un eremita del Sceto en tiempos de los primeros ermitaños. Unos imaginaban al Redentor en cuerpo hermoso, transparente, forma de su espíritu. Otros, por el contrario, le atribuían, con la fealdad del cuerpo, la intención de alentar el menosprecio de los hombres, por cuanto cae bajo del sentir material. De tradición sabía el eremita que en Cesárea, ciudad del Antilíbano, cerca de donde el Jordán toma sus fuentes, uno de los enfermos a quienes volvió el Maestro, con la salud del cuerpo, la del alma, había consagrado a perpetuar su imagen una estatua de mármol. Era aquélla de que luego habló en su “Historia Eclesiástica” el obispo Eusebio. Hondo impulso de amor sublimaba la curiosidad del eremita, y fué en él vocación irresistible y ardiente de piedad determinarse a ir en peregrinación hasta la estatua de Cesárea. Duras fatigas padeció, sin que decayera su ánimo, desde su salida del desierto. Llegó a Cesárea, preguntó, y le mostraron los trozados muros que quedaban de una casa en abandono, y junto a esos muros, plantas silvestres que tejían brava y extendida maraña. Aquí en la esquividad de la maleza, debía encontrar la imagen de su Dios, si es que ella duraba todavía: poco había preocupado a Cesárea la imagen de un dios más.
Nunca con tal pavor penetra un niño en la nocturna sombra del bosque, cual se internó el eremita entre las plantas; sólo que este pavor tenía dulzuras de deliquio. Se halló de pronto ante un pedestal de piedra. Alzó los ojos... La estatua estaba allí, pero ya no guardaba vestigios de su fisonomía. Donde el cincel había esculpido los rasgos del semblante, quedaba apenas una superficie rasa, como la cara de los Hermes arcaicos, obscura y vil profanación del tiempo. El cansancio, que había cedido a la esperanza, se apoderó, con la decepción, del eremita, que cayó sumergido en hondo sueño, junto al ruinoso pedestal. Inmenso anhelo se exhaló, durante el sueño de su alma, y difundiéndose por el ámbito del mundo, convocó a las partículas de piedra que habían sido de la estatua, para que, juntándose de nuevo, recompusieran la máscara divina. Ellas vinieron, alzadas del polvo de la tierra, surgidas del fondo de las aguas, suspensas en las ondas del aire... En breve nube, comparable a la que forma el aliento del caballo después de la carrera, se acumulaban ante el eremita y flotaban con vago y desmayado ritmo. Luego, las partecillas fueron más y parecieron la nube de tierra que levanta del camino el carro que pasa. Pero nada nacía de ellas que prometiese la imagen por la que su evocador había deseado reunirlas. Él, sin embargo, las consideraba con emoción profunda, sólo porque alguna vez habían compuesto la imagen adorable. Fuego de amor derretía la substancia de su corazón; todo era amor, mientras contemplaba el eremita; inmenso amor que se desbordaba de sus ojos. Tembló una lágrima en ellos. Y entonces, al través de la lágrima, la mirada, que era rayo de amor, fué como fuego que hace llama, y a su contacto la nube de leves partecillas se estremeció, como si toda se incendiase de amor. Su agitación incierta cobró brío; acorde impulso distribuyó, cual si los moviera un soplo sabio, los átomos de piedra; formaron éstos líneas y contornos; y como el mundo de la nébula, surgió, del seno de la nube, la imagen. Amor era la norma que, en la estatua, había concertado a aquellos átomos de piedra, en la expresión del semblante de que componían simulacro; este semblante en la realidad, como en la estatua, había sido pura forma sensible del amor. Y penetrados ahora de la misma alma por la mirada de amor que los sujetaba a su hechizo, el orden renació entre ellos, y, con el orden, la divina apariencia. Dulce premio de la contemplación conmovida, la veneró el soñador, en éxtasis que no duró más que un instante. Despertó. La mutilada estatua mostraba su faz, llana e informe; pero el eremita no miró ya para ella, porque en lo hondo de su alma, allí donde lo que el recuerdo estampa es indeleble, llevaba—más patente que como quedó en el cendal de la Verónica—la imagen, milagro de su amor.
Éste es el proceso en la invención del artista; ésta la “misteriosa generación” de lo bello, de que habló el Sócrates platónico: una belleza entrevista, que enciende amor, deseo de tenerla, anhelo de fijarla; una, congregación de infinitas partes, menudas y dispersas, que el magnetismo del amor atrae, y la perseverancia del amor apura; y por fin, un inspirado acto de amor, que estrecha en abrazo ardorosísimo esos mil distintos elementos, y del acuerdo y animación que entre ellos pone, saca la apetecida imagen, limpia y luciente, rica de color y de vida.
Allá, en lo hondo del alma de cada uno, duermen las tendidas aguas de la memoria. Sólo un rayo de luz cae sobre esas aguas sombrías; sólo en mínima parte aparecen a la claridad de la conciencia; pero su capacidad es insondable, e indefinida su aptitud de revelar lo que más íntimo guardan. Cuanto ha pasado una vez por los sentidos, cuanto ha brotado de operación interior, cuanto ha tenido ser en la mente, deja por bajo de ella un rastro de su paso, capaz de revivir otra vez, y convertirse en representación actual y luminosa. No ya lo que la conciencia alumbró claramente cuando su presentación primera; no ya lo que labró hondo surco en la atención o la sensibilidad; sino aun lo vislumbrado, lo apenas advertido, lo semi-ignorado, lo visto al pasar, lo que en un punto mismo es y se disipa, desciende a aquel abismo de la memoria latente, y yace en esa profundidad jamás colmada. De esta manera, líneas, colores, sonidos, armonías, palabras, ideas, emociones, duermen en el inmenso depósito, comparable al caos donde está en potencia una creación y guardan su turno para resurgir, ya como recuerdo concreto, ya como imagen no referida a lo pasado, si logran el favor de un pensamiento que tienda hasta ellos el hilo de una asociación eficaz, y los levante al círculo de lo consciente. Cuanto más vario y copioso sea ese íntimo museo en el alma del artista, cuanto más se le acrezca por la experiencia, y se le haga accesible y dócil a las artes evocadoras de la asociación, tanto más fácil será la inventiva del artista, y más fecunda.
Cierto día, una percepción o representación dichosa suscita en el alma dotada del sentimiento de hermosura la idea original, la primitiva célula, vago y levísimo esbozo de un personaje imaginario. Un acto de ilusa insensatez o vano arrojo, presenciado de paso por un pueblo; o la fugitiva visión de algún hidalgo escuálido, que lee un libro de caballerías junto al estante de sus armas; o bien una anécdota leída sobre la singular monomanía de un loco; o, simplemente, un rasgo recordado en las soledades de la cárcel, del Amadís o el Esplandián, son la chispa por la que comienza a iluminarse, en la mente de Miguel de Cervantes, la portentosa figuración de su héroe. Esta primera idea enamora al alma del artista; y del amor, que es padre del deseo, nace el de completarla y realizarla. Acicateada por el deseo de amor, la idea se sumerge y abisma en aquel inmenso depósito de los recuerdos, y como quien remueve el lecho de dormido estanque para traer a la superficie lo del fondo, hace que surja de allí hirviente remolino de imágenes. Todo lo que tiene alguna afinidad con la idea, y es propio para enriquecerla y nutrirla, y formar cuerpo con ella, y levantar su relieve, y reforzar su color, y determinar su espíritu, todo despierta y obedece al poderoso conjuro. Mil recuerdos del tesoro de observación consciente e inconsciente que en su azarosa existencia ha acopiado, mil noticias de su ciencia del mundo acuden al pensamiento de Cervantes, para reunirse a aquel esbozo que de su héroe concibió, y añadirle algún toque de verdad y de vida. Estos recuerdos, estas representaciones, son las partículas de piedra que, de los ámbitos del mundo, concurren a reconstruir el semblante de la estatua, para el contemplador que permanecía ante ella en mudo anhelo. Lucha acaso el alma del artista en este momento de la concepción; lucha acaso y se angustia, en su impaciencia de evocar todos los elementos que le interesan y hacen falta, como ardía en ansia y pena de amor la contemplación del eremita. No le basta buscar en lo ya acumulado, en el mundo de sus recuerdos, sino que, mientras le inquieta aquel germen precioso que lleva en las entrañas, tiene los ojos muy abiertos a la realidad, para cosechar en ella nuevos rasgos de expresión y carácter, y embeberse en vivos reflejos de hermosura, al modo como la madre antigua se rodeaba, cercana al parto, de formas perfectas. Ni le basta tampoco recordar y observar, sino que ha menester meditar sobre lo recordado y observado, de suerte que la inconexa pluralidad de sus imágenes se traduzca en síntesis armónica. Pero la meditación que dirige y ordena, el orden que la meditación es apta para instituir en la obra de la fantasía, no son suficientes aún. Nunca pasaría este orden de orden lógico, de disposición artificiosamente calculada, si, magnificando el acierto con que lo compone el raciocinio, no perseverase la inconsciente fuerza de amor, que, como cálido y plasmante soplo, circula por entre las relaciones y junturas que establece la mente. Y nunca arribaría a vivir el personaje imaginario, nunca su imagen se movería con la vida personal y enérgica que emula la de los más netos caracteres que veamos en la realidad, si el amor del artista, llegado a su más alto punto, al éxtasis en que culmina, inspirado y victorioso, abrazando de un rapto los elementos que ya ha puesto en acuerdo, compenetrándolos y traspasándolos, como por el “golpe intuitivo” de que hablaban los Plotinos y Jámblicos en la iluminación de lo divino, no suscitase finalmente la visión una, simultánea, completa, de la criatura soñada; la alucinación que la pone a pleno sol de la conciencia del artista, y después de la cual, ya no es menester sino la voluntad que ejecute y la mano que obedezca. Cuando la llama de amor, desbordando de los ojos que esperan la suspirada forma, ha prendido en la nube fluctuante donde se la busca, la imagen es, de definitiva manera y con vida inmortal. La virtud plástica de la concepción depende de la eficacia de este último acto, instantáneo e insubstituible, en el que los que le antecedieron hallan su recompensa y su fruto.
Todo es presidido por una misma fuerza, en la actividad creadora de la imaginación: el primer deseo que excita a la realización de lo hermoso; la convocatoria enérgica y tenaz que allega los elementos con que ha de componérselo; el rapto inspirado que lo vivifica, y aun la obstinación y perseverancia de la voluntad, que consuma y deja la obra en su punto. Todo ello es presidido por una sola fuerza: aquella misma que, llamándose afinidad, genera las formas armoniosas de los cristales, las estrellas y exágonos en que cuaja la nieve; y llamándose atracción, rige la sublime concordia de los mundos; y llamándose amor de los sentidos, reproduce la proporción y belleza de los seres vivientes; y llamándose amor desinteresado e ideal, florece en la divina hermosura de las cosas del arte.