← Table of contents
Parábolas

EL LEÓN Y LA LÁGRIMA

Reading edition

El phytónico Astiages, proscrito por tiranos cuya ruina predijo, vivía, ciego y caduco, en la soledad de unas montañas riscosas. Le acompañaban y valían, una hija, dulce y hermosa criatura, y un león, adicto con fidelidad salvaje al viejo mago, desde que éste, hallándole pasado de una saeta en el desierto, le puso el bálsamo en la herida.

De la hija del mago decía la fama una singularidad que era sobrenatural privilegio: contaban que en lo hondo de sus ojos serenos, si se les miraba de cerca, en la sombra de la noche, veíase, en puntual aunque abreviado reflejo, el firmamento estrellado, y aún cierta luz, ulterior al firmamento visible, que era lo más misterioso y sorprendente de ver.

Ciaxar, sátrapa persa, que removía en el tedio de la saciedad las pavesas de su corazón estragado, ardió en deseos de hacer suya a esta mujer, que en el misterio de sus ojos llevaba la gloria de la noche. Todas las tardes, acompañada de su león, iba la doncella en busca de agua a una fuente, que celaba el corazón bravío de un monte. Ciaxar hizo emboscarse allí soldados suyos, y para el león, fué un sabio nigromante con ellos, que prometió dominarle con su hechizo. Aquella tarde el león se adelantó, como siempre, a explorar la orilla breñosa, y no bien hubo asomado la cabeza entre las zarzas, recibió en ella emponzoñada aspersión, que le postró al punto sumido en un letárgico sueño. Cuando, ignorante y confiada, llegó su dulce amiga, precipitándose los raptores a apresarla, buscó ella con espanto a su león, se abrazó trémula al cuerpo inane de la fiera, y al reparar en que yacía sin aliento, dejó caer sobre el león una lágrima, una sola, que se perdió, como el diamante que cayese dentro de pérsica alcatifa, en la espesura de la melena antes soberbia, ahora rendida y lánguida.

Ya apoderados los esclavos de la hermosura que codiciaba su señor, el nigromante decidió llevarle por su parte otra presea. Aproximándose con hierático gesto al león dormido, tendió hacia él las manos imponentes mientras decía un breve conjuro, y el león, sin cambiar una línea en forma ni actitud, trocóse al punto en león de mármol; tal, que era una estatua de realidad y perfección pasmosas. Cortaron bajo la estatua un trozo de tierra, que, convertida en mármol también, sirvió al león de zócalo o peana, y con tiro de bueyes llevaron al animal petrificado al palacio del señor.

Cuando apartó éste su atención de la cautiva, admiró al león y quiso que se le pusiera, como símbolo, enfrente de su lecho. León que duerme, potestad que reposa. Desde alta basa, bajo el bruñido entablamento, quitando preeminencias a los unicornios de pórfido que recogían, a ambos lados del lecho, las alas en espeso pabellón de púrpura, el león, en actitud de sueño, dominó la estancia suntuosa.

Pero en lo interno de esa estatua leonina algo lento e inaudito pasaba... Y es que, en el instante del hechizo, a tiempo de cuajarse en mármol la melena del león, la lágrima que dentro de ella había se congeló y endureció con ella y quedó trocada en dardo diamantino y agudo. La lágrima entrañada en el mármol fué como gota de un fuego inextinguible dentro de durísimo hielo; fué como imantada flecha cuyo norte estuviese en el petrificado pecho del león. La lágrima gravitaba al pecho, pero venciendo a su paso resistencia tan dura, que cada día avanzaba un espacio no mayor que uno de los corpúsculos de polvo que hace desprenderse, del mármol en trabajo, el golpe del martillo. No importa: bajo la quietud e impasibilidad de la piedra, en silencioso ambiente o entre los ecos de la orgía, cuando las dichas y cuando las penas del señor, la lágrima buscaba el pecho.

¿Cuánto tiempo pasó antes que con su lenta punzada atravesase la melena, hendiera la cerviz sumisa, penetrase a través del espacioso tórax y llegase a su centro, partiendo su corazón endurecido?

Nadie puede saberlo... Era alta noche. Hondísimo silencio en la estancia. Sólo la vaga luz que alimentaba el aceite de una copa de bronce. Bajo la púrpura, el señor, decrépito, dormía. De pronto hubo un rumor como de levísimo choque: duro latido pareció mover, al mismo tiempo, el pecho del león y propagarse en un sacudimiento extraño por su cuerpo. Y cual si resucitara, todo él revistióse en un instante de un cálido y subido tinte de oro: en el fondo de sus ojos abiertos apuntó roja luz, y la mustia melena comenzó a enrularse como mar en donde el viento hace ondas. Con empuje que fué al principio desperezo, después movimiento voluntario, luego esfuerzo iracundo, el león arrancó del zócalo los tendidos jarretes, que hicieron sangre, manchando la blancura del mármol, y se puso de pie. Quedó un momento en estupor; la ondulante melena encrespóse de un golpe; rasgó los aires el rugido, como una recia tela que se rompe entre dos manos de Hércules... Y cuando tras un salto de coloso las crispadas garras se hundieron en el lecho macizado de pluma, quien estuviera allí sólo hubiera visto bajo de ellas una sombra anegada en un charco de sangre miserable, y hubiera visto después los unicornios de pórfido, las colgaduras, los tapices, los vidrios de colores, los entablamentos de cedro, los lampadarios y trípodes de bronce, que rodaban, en espantosa confusión, por la estancia, y el león, rugiente, que revolvía el furor de su destrozo entre ellos, mientras la lágrima, asomando fuera de su corazón, como acerada punta, le teñía el pecho de sangre.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings