LXVIII UN AUTO DE FE
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«Más allá: ¡santo Dios! Aquí yace la Inquisición... murió de vejez.»
Mariano José de Larra.
Aunque durante los tristes años de la reacción absolutista, ó sea desde 1814 al 20 y desde el 1823 al 32, se celebraron en algunos puntos de España, como Murcia, Valencia y Logroño, autos públicos por las Juntas de la Fe, sin que estuviera establecido de derecho el tribunal de la Inquisición, Sevilla tuvo la suerte de no presenciar estos tristes espectáculos, si bien fué teatro de otros no menos lamentables, llevados á cabo por las pasiones políticas, tan excitadas en aquellos tiempos.
La última víctima sacrificada por el Santo Oficio en la capital de Andalucía fué una mujer ciega llamada Dolores López, conocida por la Beata Dolores, de quien ya hemos hablado, que fué ahorcada y reducido su cuerpo á cenizas en el lugar del Quemadero, situado en el extenso prado de San Sebastián.
Desde esta fecha no tenemos noticias de que el tribunal de la Inquisición de Sevilla celebrase otro auto público de fe hasta el verificado en la tarde del 20 de Junio de 1803, que fué el último de los que en nuestra ciudad se presenciaron, y que, á decir verdad, distó mucho de encerrar toda la importancia que solían tener los que se efectuaron en los siglos XVI y XVII.
Aunque hemos tenido ocasión de ver algunos papeles relativos al suceso objeto de estas líneas, no nos extenderemos en el asunto gran cosa; limitándonos á extractar las noticias recogidas por nosotros, que puede ampliarlas el lector, si gusta, repasando el Diario manuscrito de González de León y las obras impresas de algunos otros.
El tribunal de la Inquisición estaba á principios de siglo establecido, como todos saben, en un espacioso y antiguo edificio situado en la Alameda de Hércules, edificio que hasta la expulsión de los jesuítas había servido de colegio á los discípulos de Ignacio de Loyola, y que casi fué destruído por una explosión el memorable día de S. Antonio del año 1823, día terrible en los fastos de nuestra moderna historia.
En el auto que vamos á describir figuraba un reo vecino de esta ciudad, si bien no hemos podido averiguar su nombre, pues los autores consultados no lo citan, y en el manuscrito de González de León están como borradas las letras que formaban los apellidos de la persona castigada. Sólo sabemos que el tal sujeto era hombre de mediana posición, dependiente de rentas, de estado viudo, y nacido en la isla de León (hoy de San Fernando).
Era acusado este individuo de haber negado en público y con gran calor los dogmas de la Religión católica, y de haber cometido actos inmorales y bárbaros con tres jóvenes y agraciadas hermanas y con su propia hija.
Hacía ya tiempo que el reo de tan repugnantes delitos se encontraba preso en la Inquisición, y en el citado día 10 de Junio celebróse por fin el auto público, al que concurrió una inmensa muchedumbre.
Los inquisidores D. Francisco Rodríguez Caraza, D. Ramón Vicente y Monzón y D. Joaquín Mururi y Eluarte formaban el tribunal, que se situó sobre amplio tablado cubierto de alfombras y severos adornos, dispuesto para el caso en la plaza de San Francisco, con gran acompañamiento de familiares, alguaciles y soldados, asistiendo también á aquel acto el Cabildo de la ciudad, presidido por el Conde de Fuente-Blanca; el regente de la Audiencia y decano de sus oidores D. Francisco Bruna; los jefes de distintas corporaciones, y gran número de invitados, que tomaron asiento en larga fila de bancos colocados paralelos á la fachada de las Casas Capitulares, llevando todos los individuos trajes de gala, y luciendo las insignias con que estaban honrados.
Ya dispuesto todo, comenzó á la una del día la ceremonia con toda la gravedad del caso, y después de largos preliminares, dió principio la misa en el altar preparado al efecto, y dicha por el presbítero D. Justo Ballesteros.
«Llegado que fué el Introito—escribe un testigo ocular—se empezó á leer la causa por el secretario del secreto D. Diego Pérez Téllez; y acabada que fué de leer la dicha causa, siguió la misa hasta su conclusión. El reo fué condenado á tres años de presidio en África, forzosos, y á tres años de penitencia en el mismo para enseñarle la doctrina cristiana.»
La crecida multitud que se apiñaba en la plaza de San Francisco no quiso perder un detalle del largo espectáculo, y permaneció quieta en aquel lugar hasta bien entrada la tarde, hora en que se dió por terminado, con gran satisfacción de muchos de los que por obligación habían asistido.
Al bajar el reo del tablado, un grupo de hombres que estaban cerca le dirigieron algunas palabras insultantes, á las cuales contestaron otros grupos que ocupaban la plaza y que por sus dichos demostraron no ser muy afectos al acto que acababa de celebrarse. Este incidente dió motivo á alguna confusión, que no tardó en sofocarse, sin que tuviera más consecuencias.
Rodeado de alguaciles y familiares, fué de nuevo el delincuente á la prisión, saliendo de ella al poco tiempo para cumplir la condena que se le había impuesto, condena en verdad que era harto benigna comparada con las que en otros tiempos imponía el Santo Oficio.
Ese fué el último auto público de fe que se celebró en Sevilla, según los datos que hemos podido reunir, y que tenemos por muy autorizados.