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Páginas sevillanas

LXI EL SEÑOR DEL GRAN PODER

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«Talento, relaciones, actividad, valor, astucia, voluntad inflexible, perseverancia, odio sin piedad y orgullo sin transacciones, hacían al señor Bruna uno de esos hombres... que en último resultado saben sepultarse entre las ruinas por aplastar á sus enemigos.»

Velázquez y Sánchez.

Con este nombre era conocido en Sevilla, desde mediados del pasado siglo, entre la gente burlona y maleante el Excmo. Sr. D. Francisco Bruna y Ahumada, persona de rancia nobleza, alta posición, buen capital, y protector decidido de las bellas artes.

Fué Bruna caballero de la orden de Calatrava, Regente de la Audiencia en trece ocasiones, Oidor de la misma desde la edad de veinticinco años, Decano desde 1767, Consejero de Estado, Administrador de los regios Alcázares y Patrimonio de la Corona y Director de la Escuela de Nobles Artes, desempeñando todos estos cargos de manera que demostró en ellos las altas cualidades que poseía.

La influencia y prestigio que entre lo más escogido de la sociedad gozaba Bruna, y algunos rasgos de su carácter un tanto original y orgulloso, dieron motivo á que le llamasen El Señor del Gran Poder.

Entre los hombres que más han contribuído al mejoramiento moral y material de nuestra población figura Bruna en lugar preferente, pues á su iniciativa se debieron no pocos adelantos y progresos hasta entonces desconocidos.

Sus aficiones artísticas le llevaron á emprender muchos trabajos de consideración, haciendo que se restauraran antiguos monumentos y sacando del imperdonable olvido en que yacían sepultados no pocos objetos arqueológicos, que quizá se hubieran perdido para siempre.

La casa de Bruna, situada en el número 29 de la calle de la Muela, estaba convertida en un museo de preciosidades históricas, de joyas de arte y de libros y manuscritos notabilísimos.

D. Leandro de Moratín, en sus Apuntes de viaje, escribe lo siguiente, que da una idea de las riquezas que había reunido Bruna: «Dudo que haya en España otro particular que posea una librería y un gabinete de curiosidades más numeroso. Ediciones raras, entre ellas una de los Oficios de Cicerón, 1466, en Maguncia, imitando la letra manuscrita; y dice al fin que aquel libro no se escribió con pluma, sinó por medio de otro arte mucho más bello... Cuatro comedias de Lope de Rueda y varios coloquios. Manuscritos raros. Ocho mil monedas, entre ellas muchas góticas de oro... Curiosidades naturales de España y América. Una moneda del príncipe don Carlos, hijo de Felipe II, y una sala toda llena de muebles y pinturas chinescas, etc.»

El erudito viajero D. Antonio Pons elogia también mucho las riquezas que en su domicilio en el Alcázar había reunido Bruna, y en el mismo sentido se expresan Croix, Sempere y Guarinos, González de León y otros.

Á la iniciativa de Bruna, unido al Conde del Águila, se debieron las importantes excavaciones llevadas á cabo en las eras de Santiponce en 1782, y las cuales dieron por resultado que, entre otras preciosidades, se descubriese un pavimento de mosaico y algunas estatuas de Nerón, Trajano, Minerva, Adriano y Julio Bruto, que yacían sepultadas bajo aquellos terrenos donde existió Itálica.

Fué D. Francisco de Bruna hombre de carácter enérgico, aunque pocas veces descortés, altivo con los superiores, de costumbres pacíficas, de vida arreglada y sumamente laboriosa, pues atendía con el mayor cuidado los infinitos cargos y comisiones de interés que á diario le eran encomendados.

Ceán Bermúdez, Pons, Zeballos, Matute y otros varones ilustres de su tiempo recibieron señaladísimos favores de Bruna, quien también les ayudó bastante en las obras que legaron á la posteridad.

Bruna era natural de Granada, donde había nacido en 1719; desde muy joven se dedicó al estudio de leyes, y, merced á causas que no se saben con certeza, pudo alcanzar la omnímoda influencia que ejercía en toda la provincia de Sevilla.

La figura del grave Oidor era popularísima en la capital de Andalucía; pero las clases inferiores no lo miraban con buenos ojos, y en más de una ocasión sostuvieron con él rudos pugilatos para humillar la soberbia que tenía.

Por los años en que el bandido Diego Corriente era el terror de los campos de Sevilla, púsose por indicación del Regente á precio su cabeza en diez mil reales, que serían entregados á la persona que presentase al ladrón vivo ó muerto.

Corriente tuvo la osadía de visitar una noche á Bruna en su despacho, y encontrándole solo, le amenazó con dos pistolas si no le daba los dos mil escudos. Amedrentado el Regente, se apresuró á soltar el dinero; y cuando, repuesto de su asombro, reclamó auxilio, ya el bandido había logrado escaparse y se encontraba á gran distancia.

Este mismo famoso ladrón encontró cierta tarde en el campo á Bruna, que venía solo en un coche, de regreso de una hacienda de su propiedad; acercóse á él, y con las más corteses razones le invitó á que le abrochase varios botones de los borceguíes que entonces se gastaban, para humillarlo: no hubo más remedio que obedecer la petición de Diego Corriente; pero desde aquel día Bruna juró que capturaría al bandido, gastando considerables sumas en pagar espías y gentes que lo batieran, pudiendo al fin verse libre de aquel enemigo. Se dice que Corriente fué indultado por el Rey de la pena capital: pero sabedor de ello Bruna, mandó al camino un hombre de confianza que entretuviera con cualquier pretexto al correo que traía el indulto, el cual llegó á Sevilla la noche del 30 de Mayo de 1781, algunas horas después que el bandido había dejado de existir.

Cuando la fiebre amarilla de 1800, ocurrió á Bruna un suceso que prueba su altivo carácter, y que por ser escasamente conocido vamos á relatarlo.

«Habíanse dado algunos casos en un pueblo inmediato á Sevilla, y establecióse aquí el cordón sanitario, el cual detuvo á Bruna, que quería entrar en la ciudad sin ir antes al lazareto como todos iban. Con este motivo—dice el autor de quien tomamos la noticia—trabóse una polémica entre Bruna y la Junta de Sanidad, triunfando ésta y obligando á cumplir las leyes al viejo Oidor, que, mal de su agrado, y con no poca contrariedad, permaneció algunos días en el lazareto.» El pueblo, que conocía demasiado la soberbia y el orgullo de Bruna, cuando supo el caso cantó para mortificarle coplas alusivas, una de las cuales decía:

«El Señor del Gran Poder se ha vuelto de la Humildad; este milagro lo ha hecho la Junta de Sanidad.»

D. Francisco de Bruna y Ahumada falleció en la mañana del 27 de Abril de 1807, víctima de una pulmonía, celebrándose con gran pompa sus exequias en la parroquia del Sagrario, á la que asistieron cuantas personas importantes había en Sevilla.

En el salón de sesiones de la Academia de Bellas Artes se conserva hoy un excelente retrato de Bruna, y para perpetuar su nombre se dió éste á la antigua calle de Papeleros.

Hace algunos años el señor Andérica hizo activas gestiones para que en la fachada de la Audiencia se colocara una lápida en memoria del Señor del Gran Poder, cosa que no pudo conseguir.

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