LOS MAJOS DE CÁDIZ
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CONSIDERO esta novela, desde el punto de vista técnico, como la menos imperfecta de las que han salido de mi pluma. Quiero decir que, por la intensidad de la fábula, por sus proporciones armoniosas y por el marco original en que la he enclavado, me parece superior a las otras.
¿Cuál es la razón de que no se haya popularizado tanto como alguna de ellas? Quizá se deba a que por encima de todos los tecnicismos en el arte de novelar se encuentran la invención más o menos feliz y el mayor o menor interés que despiertan los caracteres.
Sin embargo, hay otra aún que me parece igualmente aceptable. Las novelas que se publican en el mundo, son leídas casi en totalidad por personas que pertenecen a la que hemos dado en llamar clase media. El mundo aristocrático es muy exiguo comparado con éste y en cuanto a las clases trabajadoras se puede afirmar que en España viven alejadas de la literatura, a lo menos en sus formas elevadas. Ahora bien, lo que interesa realmente a la clase media es la clase media. Son sus amores, sus ambiciones, sus tristezas y alegrías, sus ideales, lo que quiere ver reproducido en el arte, y con ello se recrea. El mundo aristocrático y el plebeyo son para ella tan sólo objeto de curiosidad efímera. El hombre no se siente conmovido, sino por lo que le toca de cerca. Digámoslo en términos crudos, el hombre no se interesa más que por sí mismo.
Por eso Los Majos de Cádiz, que es una novela de plebeyos, no ha logrado excitar el interés de La Alegría del capitán Ribot. Si esta historia de humildes se hubiese contado en forma de romance y los ciegos la vendiesen por las calles a cinco céntimos, quizá fuera grande su aceptación. Pero es porque entonces caería en manos de aquellos que se sienten hermanos de sus héroes.