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LA FE

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ERA lógico que esta novela produjese escándalo. El título mismo predispone a ello. Luego, un sacerdote que duda de las verdades de la religión. Cierto había motivo para escandalizarse y no han dejado de hacerlo algunas almas timoratas, más timoratas que instruídas.

Si lo estuviesen suficientemente sabrían que es de hombres el dudar, no de bestias. Y si hubieran leído las admirables cartas de San Francisco de Sales podrían comprobar que a su juicio “pocos marchan con más rapidez en el camino de la perfección que aquellos a los que la duda combate.”

Verdad que existen almas privilegiadas para las cuales la duda es imposible. Han entrado en el cielo y nada ni nadie puede arrancarlas de él. Admirémoslas y envidiémoslas. Pero no menospreciemos a las que luchan y sangran para que sus puertas se les abran.

Compláceme el saber que mi novela ha dado consuelo a otras personas, y que gracias a ella han logrado el sosiego de su alma. Esto no obstante, repito aquí lo que he dicho en el prefacio de la última edición: “Si la única autoridad que yo acato en esta materia juzgase que hay en la presente obra algo que necesite corrección, corregido y borrado queda desde ahora mismo, pues yo no pretendo dar a este ni a ningún otro de mis escritos, más alcance que el que pueda ajustarse con las doctrinas de la Iglesia Católica, a las cuales me glorío de vivir sometido.”

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