← Table of contents
Novelas Cortas

W.F. GIESE, A.M. (continued 2)

Reading edition

—¡Pero mí sí querer! ¡Matar tú a mí, por Dios!...

—¿Quieres que yo te mate?

—¡Sí..., sí..., hombre bueno! ¡Sufrir mucho!

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

25 Volvíme a los soldados, y les dije con tono de voz que hubiera conmovido a una piedra:

—¡Españoles, compatriotas, hermanos! Otro[61-3] español, que ama tanto como el que más[61-4] a nuestra patria, es quien os suplica. —¡Dejadme solo con este hombre!

30 —¡No digo que es afrancesado!—exclamó uno de ellos.

—¡Arriero del diablo! (dijo el otro): ¡cuidado con lo que me dices![61-5] ¡Mira que te rompo la crisma![61-6]

—¡Militar de los demonios! (contesté con la misma fuerza.) Yo no temo a la muerte.[61-7]—¡Sois dos infames sin corazón!(p62) ¡Sois dos hombres fuertes y armados, contra un moribundo inerme!... ¡Sois unos cobardes!—Dadme uno de esos fusiles, y pelearé con vosotros hasta mataros o morir...; pero dejad a este pobre enfermo, que no puede defenderse.—¡Ay! 05 (continué, viendo que uno de aquellos tigres se ruborizaba): si, como yo, tuvieseis hijos; si pensarais que tal vez mañana se verán en la tierra de este infeliz, en la misma situación que él, solos, moribundos, lejos de sus padres; si reflexionarais en[62-1] que este polaco no sabe siquiera lo que hace en España; en que 10 será un quinto[62-2] robado a su familia para servir a la ambición de un Rey..., ¡qué diablo![62-3] vosotros le perdonaríais....— ¡Si; porque vosotros sois hombres antes que españoles, y este polaco es un hombre, un hermano vuestro!—¿Qué ganará España con la muerte de un tercianario? ¡Batíos[62-4] hasta morir con 15 todos los granaderos de Napoleón; pero que sea[62-5] en el campo de batalla! Y perdonad al débil; ¡sed generosos con el vencido; sed cristianos, no seáis[62-6] verdugos!

—¡Basta de letanías![62-7]—dijo el que siempre había llevado la iniciativa de la crueldad, el que hacía andar a Iwa a fuerza 20 de bayonetazos, el que quería comprar un empleo al precio de su cadáver.

—Compañero, ¿qué hacemos?[62-8]—preguntó el otro, medio conmovido con mis palabras.

—¡Es muy sencillo! (repuso el primero.) ¡Mira!

25 Y sin darme tiempo, no digo de evitar, sino de prever sus movimientos, descerrajó un tiro sobre el corazón del polaco.

Iwa me miró con ternura, no sé si antes o después de morir.

Aquella mirada me prometió el cielo, donde acaso estaba ya el mártir.

30 En seguida los soldados me dieron una paliza con las baquetas de los fusiles.

El que había matado al extranjero, le cortó una oreja, que guardó en el bolsillo.

¡Era la credencial del empleo que deseaba! (p63) Después desnudó a Iwa, y le robó ... hasta cierto medallón (con un retrato de mujer o de santa) que llevaba al cuello.

Entonces se alejaron hacia Almería.

Yo enterré a Iwa en este barranco..., ahí..., donde 05 está V. sentado..., y me volví a Gérgal, porque conocí que estaba malo.[63-1]

Y, con efecto, aquel lance me costó una terrible enfermedad, que me puso a las puertas de la muerte.

—Y ¿no volvió V. a ver a aquellos soldados? ¿No sabe V. 10 cómo se llamaban?

—No, señor; pero, por las señas que me dió más tarde la viejecita que cuidó al polaco, supe[63-2] que uno de los dos españoles tenía el apodo de Risas, y que aquél era justamente el que había matado y robado al pobre extranjero.

15 En esto nos alcanzó la galera: el viejo y yo subimos al camino; nos apretamos la mano, y nos despedimos muy contentos el uno del otro.— ¡Habíamos llorado juntos!

III

Tres noches después tomábamos café varios amigos en el precioso casino de Almería.

20 Cerca de nosotros, y alrededor de otra mesa, se hallaban dos viejos, militares retirados, Comandante el uno y Coronel el otro, según dijo alguno que los conocía.

A pesar nuestro, oíamos su conversación, pues hablaban tan alto como suelen los que han mandado mucho.

25 De pronto hirió mis oídos y llamó mi atención esta frase del Coronel:

—El pobre Risas....

—¡Risas!—exclamé para mí.

Y me puse a escuchar de intento.

30 —El pobre Risas ... (decía el Coronel) fué hecho prisionero por los franceses cuando tomaron a Málaga, y, de depósito (p64) en depósito, fué a parar nada menos que a Suecia,[64-1] donde yo estaba también cautivo, como todos los que no pudimos escaparnos con el Marqués de la Romana.[64-2]—Allí lo conocí, porque intimó con Juan, mi asistente de toda la vida, o de toda mi 05 carrera; y cuando Napoleón tuvo la crueldad de llevar a Rusia, formando parte de su Grande Ejército, a todos los españoles que estábamos prisioneros en su poder, tomé de ordenanza a Risas.[64-3] Entonces me enteré de que tenía un miedo cerval[64-4] a los polacos, o un terror supersticioso a Polonia,[64-5] pues no hacía 10 más que preguntarnos a Juan y a mi «si tendríamos que pasar por aquella tierra para ir a Rusia,» estremeciéndose a la idea de que tal[64-6] llegase a acontecer.—Indudablemente, a aquel hombre, cuya cabeza no estaba muy firme por lo mucho que había abusado de las bebidas espirituosas,[64-7] pero que en lo 15 demás era un buen soldado y un mediano cocinero, le había ocurrido algo grave con algún polaco, ora[64-8] en la guerra de España,[64-9] ora en su larga peregrinación por otras naciones.—Llegados a Varsovia,[64-10] donde nos detuvimos algunos días, Risas se puso gravemente enfermo, de fiebre cerebral, por resultas 20 del terror pánico que le había acometido desde que entramos en tierra polonesa; y yo, que le tenía ya cierto cariño, no quise dejarlo allí solo cuando recibimos la orden de marcha, sino que conseguí de mis Jefes que Juan se quedase en Varsovia cuidándolo, sin perjuicio de que,[64-11]] resuelta aquella crisis de un modo 25 o de otro, saliese luego en mi busca con algún convoy de equipajes y víveres, de los muchos que seguirían a la nube de gente en que mi regimiento figuraba a vanguardia.—¡Cuál fué, pues, mi sorpresa cuando, el mismo día que nos pusimos en camino, y a las pocas horas de haber echado a andar,[64-12] se 30 me presentó mi antiguo asistente lleno de terror, y me dijo lo que acababa de suceder con el pobre Risas!—¡Dígole a V. que el caso es de lo más singular[64-13] y estupendo que haya ocurrido nunca!—Óigame, y verá si hay motivo para que yo no haya olvidado esta historia en cuarenta y dos años.—Juan(p65) había buscado un buen alojamiento para cuidar a Risas, en casa de cierta labradora viuda, con tres hijas casaderas, que desde que llegamos a Varsovia los españoles no había dejado de preguntarnos a varios, por medio de intérpretes franceses, 05 si sabíamos algo de un hijo suyo llamado Iwa, que vino a la guerra de España en 1808, y de quien hacía tres años no tenía noticia alguna, cosa que no pasaba a las demás familias que se hallaban en idéntico caso.—Como Juan era tan zalamero, halló modo de consolar y esperanzar a aquella triste madre, y 10 de aquí[65-1] el que, en recompensa, ella se brindara[65-2] a cuidar a Risas al verlo caer en su presencia atacado de una fiebre cerebral...—Llegados a casa de la buena mujer, y cuando ésta ayudaba a desnudar al enfermo, Juan la vió palidecer de pronto 15 y apoderarse convulsivamente de cierto medallón de plata, con una efigie o retrato en miniatura, que Risas llevaba siempre al pecho, bajo la ropa, a modo de talismán o conjuro contra los polacos, por creer[65-3] que representaba a una Virgen o Santa de aquel país.—¡Iwa! ¡Iwa!—gritó después la viuda de un 20 modo horrible, sacudiendo al enfermo, que nada entendía, aletargado como estaba por la fiebre.—En esto acudieron las hijas; y, enteradas del caso, cogieron el medallón, lo pusieron al lado del rostro de su madre, llamando por medio de señas la atención de Juan para que viese, como vió, que la tal efigie[65-4] 25 no era más que el retrato de aquella mujer, y, encarándose entonces con él, visto que su compatriota no podía responderles, comenzaron a interrogarle mil cosas con palabras ininteligibles, bien que con gestos y ademanes que revelaban claramente la más siniestra furia.—Juan se encogió de hombros, dando a entender por señas que él no sabía nada de la procedencia de 30 aquel retrato, ni conocía a Risas más que de muy poco tiempo....—Elnoble semblante de mi honradísimo asistente debió de probar[65-5] a aquellas cuatro leonas encolerizadas que el pobre no era culpable....—¡Además, él no llevaba el medallón!—Pero el otro ... ¡al otro, al pobre Risas, lo mataron a(p66) golpes y lo hicieron pedazos con las uñas!—Es cuanto sé[66-1] con relación a este drama, pues nunca he podido averiguar por qué tenía Risas aquel retrato.

—Permítame V. que se lo cuente yo....—dije sin poder 05 contenerme.

Y acercándome a la mesa del Coronel y del Comandante, después de ser presentado a ellos por mis amigos, les referí a todos la espantosa narración del minero.

Luego que concluí, el Comandante, hombre de más de 10 setenta años, exclamó con la fe sencilla de un militar antiguo, con el arranque de un buen español y con toda la autoridad de sus canas:

—¡Vive Dios, señores, que[66-2] en todo eso hay algo más que una casualidad!

Almería, 1854.

(p67)

EL LIBRO TALONARIO

[67-1]

HISTORIETA RURAL

I

La acción comienza en Rota.—Rota es la menor de aquellas encantadoras poblaciones hermanas que forman el amplio semicírculo de la bahia de Cádiz;[67-2] pero, con ser la menor,[67-3] no ha faltado quien ponga los ojos en ella.—El Duque de Osuna, a 05 título de Duque de Arcos,[67-4] la ostenta entre las perlas de su corona hace muchísimo tiempo, y tiene allí su correspondiente castillo señorial, que yo pudiera describir piedra por piedra....

Mas no se trata aquí de castillos, ni de duques, sino de los célebres campos que rodean a Rota y de un humildísimo hortelano, 10 a quien llamaremos el tío Buscabeatas,[67-5] aunque no era éste su verdadero nombre, según parece.

Los campos de Rota (particularmente las huertas) son tan productivos que, además de tributarle al Duque de Osuna muchos miles de fanegas de grano y de abastecer de vino a 15 toda la población (poco amante del agua potable y malísimamente dotada de ella), surten de frutas y legumbres a Cádiz, y muchas veces a Huelva,[67-6] y en ocasiones a la misma Sevilla,[67-7] sobre todo en los ramos de tomates y calabazas, cuya excelente calidad, suma abundancia y consiguiente baratura exceden 20 a toda ponderación;—por lo que[67-8] en Andalucía la Baja[67-9] se da a los roteños[67-10] el dictado de calabaceros y de tomateros, [67-11] que ellos aceptan con noble orgullo.

Y, a la verdad, motivo tienen para enorgullecerse de semejantes motes; pues es el caso que aquella tierra de Rota que 25 tanto produce (me refiero a la de las huertas); aquella tierra(p68) que da para el consumo y para la exportación; aquella tierra que rinde tres o cuatro cosechas al año, ni es tal tierra,[68-1] ni Cristo que lo fundó,[68-2] sino arena pura y limpia, expelida sin cesar por el turbulento Océano, arrebatada por los furiosos vientos del 05 Oeste y esparcida sobre toda la comarca roteña, como las lluvias de ceniza que caen en las inmediaciones del Vesubio.[68-3]

Pero la ingratitud de la Naturaleza está allí más que compensada por la constante laboriosidad del hombre.—Yo no conozco, ni creo que haya en el mundo, labrador que trabaje 10 tanto como el roteño.—Ni[68-4] un leve hilo de agua dulce fluye por aquellos melancólicos campos.... ¿Qué importa? ¡El calabacero los ha acribillado materialmente de pozos, de donde saca, ora[68-5] a pulso, ora por medio de norias, el precioso humor que sirve de sangre a los vegetales!—La arena carece de 15 fecundos principios, del asimilable humus[68-6].... ¿Qué importa? ¡El tomatero pasa la mitad de su vida buscando y allegando sustancias que puedan servir de abono, y convirtiendo en estiércol hasta las algas del mar!—Ya poseedor de ambos preciosos elementos, el hijo de Rota va estercolando 20 pacientemente, no su heredad entera (pues le faltarla abono para tanto), sino redondeles de terreno del vuelo de un plato chico,[68-7] y en cada uno de estos redondeles estercolados siembra un grano de simiente de tomate o una pepita de calabaza, que riega luego a mano con un jarro muy diminuto, como quien da 25 de beber a un niño.

Desde entonces hasta la recolección cuida diariamente una por una las plantas que nacen en aquellos redondeles, tratándolas con un mimo y un esmero sólo comparables a la solicitud con que las solteronas cuidan sus macetas. Un día le añade a tal mata[68-8] 30 un puñadillo de estiércol; otro le echa una chorreadita de agua; ora las limpia a todas de orugas y demás insectos dañinos; ora cura a las enfermas, entablilla a las fracturadas, y pone parapetos de caña y hojas secas a las que no pueden resistir los rayos del sol o están demasiado expuestas a los(p69) vientos del mar; ora, en fin, cuenta los tallos, las hojas, las flores o los frutos de las más adelantadas y precoces, y les habla, las acaricia, las besa, las bendice y hasta les pone expresivos nombres para distinguirlas e individualizarlas en su 05 imaginación.—Sin exagerar: es ya un proverbio (y yo lo he oído repetir muchas veces en Rota) que el hortelano de aquel país toca por lo menos cuarenta veces con su propia mano a cada mata de tomates que nace en su huerta.—Y así se explica que los hortelanos viejos de aquella localidad lleguen a quedarse 10 encorvados, hasta tal punto que casi se dan[69-1] con las rodillas en la barba[69-2]....

¡Es la postura en que han pasado toda su noble y meritoria vida!

II

Pues bien: el tío Buscabeatas pertenecía al gremio de estos 15 hortelanos.

Ya principiaba a encorvarse en la época del suceso que voy a referir: y era que[69-3] ya tenía sesenta años ... y llevaba[69-4] cuarenta de labrar una huerta lindante con la playa de la Costilla.

20 Aquel año había criado allí unas estupendas calabazas, tamañas[69-5] como bolas decorativas de pretil de puente monumental, y que ya principiaban a ponerse por dentro y por fuera de color de naranja, lo cual quería decir que había mediado el mes de Junio. Conocíalas perfectamente el tío Buscabeatas por la forma, por su grado de madurez y hasta de nombre, 25 sobre todo a los cuarenta ejemplares más gordos y lucidos, que ya estaban diciendo guisadme, y pasábase[69-6] los días mirándolos con ternura y exclamando melancólicamente:

—¡Pronto tendremos que separarnos!

Al fin, una tarde se resolvió al sacrificio; y señalando a los 30 mejores frutos de aquellas amadísimas cucurbitáceas que tantos afanes le habían costado, pronunció la terrible sentencia. (p70) —Mañana (dijo) cortaré estas cuarenta, y las llevaré al mercado de Cádiz.—¡Feliz quien se las coma![70-1]

Y se marchó a su casa con paso lento, y pasó la noche con las angustias del padre que va a casar una hija al día siguiente.

05 —¡Lástima[70-2] de mis calabazas!—suspiraba a veces sin poder conciliar el sueño.—Pero luego reflexionaba, y concluía por decir:—Y ¿qué he de hacer,[70-3] sino salir de ellas?[70-4] ¡Para eso las he criado!—Lo menos van a valerme quince duros....

Gradúese, pues, cuánto sería[70-5] su asombro, cuánta su furia y 10 cuál su desesperación, cuando, al ir a la mañana siguiente a la huerta, halló que, durante la noche, le habían robado las cuarenta calabazas....—Para ahorrarme de razones,[70-6] diré que, como el judío de Shakespeare, llegó al más sublime paroxismo trágico, repitiendo frenéticamente aquellas terribles palabras 15 de Shylock, en que tan admirable dicen que estaba el actor Kemble:[70-7]

—¡Oh! ¡Si te encuentro![70-8] ¡Si te encuentro!

Púsose luego el tío Buscabeatas a recapacitar fríamente, y comprendió que sus amadas prendas no podían estar en Rota, 20 donde sería imposible ponerlas a la venta sin riesgo de que él las reconociese, y donde, por otra parte,[70-9] las calabazas tienen muy bajo precio.

—¡Como si lo viera, están en Cádiz! (dedujo de sus cavilaciones.) El infame, pícaro, ladrón, debió de robármelas[70-10] 25 anoche a las nueve o las diez y se escaparía con ellas a las doce en el barco de la carga[70-11].... ¡Yo saldré para Cádiz hoy por la mañana en el barco de la hora,[70-12] y maravilla será que no atrape al ratero y recupere a las hijas de mi trabajo!

Así diciendo, permaneció todavía cosa de veinte minutos en 30 el lugar de la catástrofe, como acariciando las mutiladas calabaceras, o contando las calabazas que faltaban, o extendiendo una especie de fe de livores[70-13] para algún proceso que pensara incoar hasta que, a eso de las ocho, partió con dirección al muelle.

Ya estaba dispuesto para hacerse a la vela[70-14] el barco(p71) de la hora, humilde falucho que sale todas las mañanas para Cádiz a las nueve en punto, conduciendo pasajeros, así como el barco de la carga sale todas las noches á las doce, conduciendo frutas y legumbres....

05 Llámase barco de la hora el primero, porque en este espacio de tiempo, y hasta en cuarenta minutos algunos días, si el viento es de popa, cruza las tres leguas que median entre la antigua villa del Duque de Arcos y la antigua ciudad de Hércules[71-1]....

III

Eran, pues, las diez y media de la mañana cuando aquel día 10 se paraba el tío Buscabeatas delante de un puesto de verduras del mercado de Cádiz, y le decía a un aburrido polizonte que iba con él:

—¡Estas son mis calabazas!—¡Prenda V. a ese hombre!

Y señalaba al revendedor.

15 —¡Prenderme a mí! (contestó el revendedor, lleno de sorpresa y de cólera.)—Estas calabazas son mías; yo las he comprado....

—Eso podrá V. contárselo al Alcalde—repuso el tío Buscabeatas.

20 —¡Que no![71-2]

—¡Que sí!

—¡Tío ladrón![71-3]

—¡Tío tunante!

—¡Hablen Vds. con más educación,[71-4] so indecentes![71-5] ¡Los 25 hombres no deben faltarse[71-6] de esa manera!—dijo con mucha calma el polizonte, dando un puñetazo[71-7] en el pecho a cada interlocutor.

En esto ya había acudido alguna gente, no tardando en presentarse también allí el Regidor encargado de la policía de los 30 mercados públicos, o sea[71-8] el Juez de abastos, que es su verdadero nombre. (p72) Resignó[72-1] la jurisdicción el polizonte en Su Señoría, y enterada esta digna autoridad de todo lo que pasaba, preguntó al revendedor con majestuoso acento:

—¿A quién[72-2] le ha comprado V. esas calabazas?

05 —Al tío Fulano,[72-3] vecino [72-4] de Rota....—respondió el interrogado.

—¡Ése había de ser! (gritó el tío Buscabeatas.) ¡Muy abonado[72-5] es para el caso! ¡Cuando su huerta, que es muy mala, le produce poco, se mete a robar en la del vecino!

10 —Pero, admitida la hipótesis de que a V. le han robado anoche cuarenta calabazas (siguió interrogando el Regidor, volviéndose al viejo hortelano), ¿quién le asegura a V. que éstas, y no otras, son las suyas?

15 —¡Toma! (replicó el tío Buscabeatas.) ¡Porque las conozco como V. conocerá a sus hijas, si las tiene!—¿No ve V. que las he criado?—Mire V.: ésta se llama rebolonda;[72-6] ésta, cachigordeta;[72-7] ésta, barrigona;[72-8] ésta, coloradilla; [72-9] ésta Manuela..., porque se parecía mucho a mi hija la menor....

20 Y el pobre viejo se echó a llorar amarguísimamente.

—Todo eso está muy bien ... (repuso el Juez de abastos); pero la ley no se contenta con que usted reconozca sus calabazas. Es menester que la autoridad se convenza al mismo tiempo 25 de la preexistencia de la cosa, y que V. la identifique con pruebas fehacientes....—Señores, no hay que sonreírse....—¡Yo soy abogado!

¡Pues verá V. qué pronto le pruebo yo a todo el mundo, sin moverme de aquí, que esas calabazas se han criado en mi huerta!—dijo el tío Buscabeatas, no sin grande asombro de 30 los circunstantes.

Y soltando en el suelo un lío que llevaba en la mano, agachóse, arrodillándose hasta sentarse sobre los pies, y se puso a desatar tranquilamente las anudadas puntas del pañuelo que lo envolvía. (p73) La admiración del Concejal, del revendedor y del corro subió de punto.[73-1]

—¿Qué va a sacar de ahí?—se preguntaban todos.

Al mismo tiempo llegó un nuevo curioso a ver qué ocurría 05 en aquel grupo, y habiéndole divisado el revendedor, exclamó:

—¡Me alegro de que llegue V., tío Fulano! Este hombre dice que las calabazas que me vendió usted anoche, y que están aquí oyendo la conversación, son robadas....—Conteste 10 V....

El recién llegado[73-2] se puso más amarillo que la cera, y trató de irse; pero los circunstantes se lo[73-3] impidieron materialmente, [73-4] y el mismo[73-5] Regidor le mandó quedarse.

En cuanto al tío Buscabeatas, ya se había encarado con el 15 presunto ladrón, diciéndole:

—¡Ahora verá V. lo que es bueno!

El tío Fulano recobró su sangre fría, y expuso:

—Usted es quien ha de ver[73-6] lo que habla; porque si no prueba, y no podrá probar, su denuncia, lo llevaré a la cárcel 20 por calumniador.—Estas calabazas eran mías; yo las he criado, como todas las que he traído este año a Cádiz, en mi huerta del Egido,[73-7] y nadie podrá probarme lo contrario.

—¡Ahora verá V.!—repitió el tío Buscabeatas acabando de desatar el pañuelo y tirando de él.[73-8]

25 Y entonces se desparramaron por el suelo una multitud de trozos de tallo de calabacera, todavía verdes y chorreando jugo, mientras que el viejo hortelano, sentado sobre sus piernas y muerto de risa, dirigía el siguiente discurso al Concejal y a los curiosos:

—Caballeros: ¿no han pagado Vds. nunca contribución? Y ¿no han visto aquel libraco[73-9] verde que tiene el recaudador, de donde va cortando recibos, dejando allí pegado un tocón o pezuelo,[73-10] para que luego pueda comprobarse si tal o cual[73-11] recibo es falso o no lo es? (p74) —Lo que V. dice se llama el libro talonario—observó gravemente el Regidor.

—Pues eso es lo que yo traigo aqui: el libro talonario de mi huerta, o sea[74-1] los cabos a que estaban unidas estas calabazas 05 antes de que me las robasen.—Y, si no, miren Vds.—Este cabo era de esta calabaza.... Nadie puede dudarlo....

—Este otro..., ya lo están Vds. viendo..., era de esta otra.—Este más ancho..., debe de ser de aquélla.... ¡Justamente!—Y éste es de ésta.... Ése es de ésa.... 10 Ésta es de aquél....

Y en tanto que[74-2] así decía, iba adaptando un cabo o pedúnculo a la excavación que había quedado en cada calabaza al ser arrancada, y los espectadores[74-3] veían con asombro que, efectivamente, la base irregular y caprichosa de los pedúnculos convenía 15 del modo más exacto con la figura blanquecina y leve concavidad que presentaban las que pudiéramos llamar cicatrices de las calabazas.

Pusiéronse, pues, en cuclillas los circunstantes, inclusos 20 los polizontes y el mismo Concejal,[74-4] y comenzaron a ayudarle al tío Buscabeatas en aquella singular comprobación, diciendo todos a un mismo tiempo con pueril regocijo:

—¡Nada! ¡Nada! ¡Es indudable! ¡Miren Vds.!—Éste es de aquí.... Ése es de ahí.... Aquélla es de 25 éste.... Ésta es de aquél....

Y las carcajadas de los grandes se unían a los silbidos de los chicos, a las imprecaciones de las mujeres, a las lágrimas de triunfo y alegría del viejo hortelano y a los empellones que los guindillas daban ya al convicto ladrón, como impacientes por 30 llevárselo[74-5] a la cárcel.

Excusado es decir que los guindillas tuvieron este gusto; que el tío Fulano vióse obligado desde luego a devolver al revendedor los quince duros que de él había percibido; que el revendedor se los entregó en el acto al tío Buscabeatas,(p75) y que éste se marchó a Rota sumamente contento, bien que fuese diciendo[75-1] por el camino:

—¡Qué hermosas estaban en el mercado! ¡He debido traerme[75-2] a Manuela, para comérmela[75-3] esta noche y guardar 05 las pepitas!

Noviembre de 1877.

(p76)

MOROS Y CRISTIANOS (CUENTO)

I

La antes famosa y ya poco nombrada villa de Aldeire forma parte del marquesado del Cenet, o como si dijéramos, del respaldo de la Alpujarra,[76-1] hacia Levante,[76-2] y está medio colgada, medio escondida, en un escalón o barranco de la formidable 05 mole central de Sierra Nevada, a cinco o seis mil pies sobre el nivel del mar y seis o siete mil por debajo de las eternas nieves del Mulhacen.

Aldeire, dicho sea con perdón de su señor cura, es un pueblo morisco. Que fué moro, lo dicen claramente su nombre, su 10 situación y su estructura; y que no ha llegado aún a ser enteramente cristiano, aunque figure en la España reconquistada y tenga su iglesita católica y sus cofradías de la Virgen, de Jesús y de no pocos santos y santas, lo demuestran el carácter y costumbres de sus moradores, las pasiones terribles cuanto quiméricas 15 que los unen o separan en perpetuos bandos, y los lúgubres ojos negros, pálida tez y escaso hablar y reír de mujeres, hombres y niños....

Porque bueno será recordar, para que ni dicho señor cura ni nadie[76-3] ponga en cuarentena[76-4] la solidez de este razonamiento, 20 que los moriscos del marquesado del Cenet no fueron expulsados en totalidad como los de la Alpujarra, sino que muchos de ellos lograron quedarse allí agazapados y escondidos gracias a la prudencia o cobardía con que desoyeron el temerario y heroico grito de su malhadado príncipe Aben-Humeya;[76-5] de donde 25 yo deduzco que el tío Juan Gómez (a)[76-6] Hormiga,(p77) alcalde constitucional de Aldeire en el año de gracia de 1821, podía muy bien ser nieto de algún Mustafá, Mahommed o cosa por el estilo.

Cuéntase, pues, que el tal Juan[77-1] Gómez, hombre a la sazón de más de media centuria, rústico muy avisado aunque no entendía 05 de letra,[77-2] y codicioso y trabajador con fruto, como lo acreditaba, no solamente su apodo, sino también su mucha hacienda, por él adquirida a fuerza de buenas o malas artes, y representada en las mejores suertes de tierra de aquella jurisdicción, tomó a censo enfitéutico[77-3] del caudal de Propios,[77-4] y casi de 10 balde, mediante algunas gallinas no ponedoras que regaló al secretario del Ayuntamiento, unos secanos situados a las inmediaciones de la villa, en medio de los cuales veíanse los restos y escombros de un antiguo castillejo,[77-5] morabito o atalaya árabe, cuyo nombre era todavía La Torre del Moro.

15 Excusado es decir que el tío Hormiga no se detuvo ni un instante a pensar en qué moro sería aquél, ni en la índole o pristino objeto de la arruinada construcción; lo único que vió desde luego más claro que el agua fué que con tantas desmoronadas piedras, y con las que él desmoronara, podía hacer allí un hermoso 20 y muy seguro corral para sus ganados; por lo que[77-6] desde el día siguiente, y como recreo muy propio de quien tan económico era, dedicó las tardes a derribar por sí mismo, y a sus solas,[77-7] lo que en pie quedaba del vetusto edificio arábigo.

—¡Te vas a reventar!—le decía su mujer, al verlo llegar 25 por la noche lleno de polvo y de sudor, y con la barra de hierro oculta bajo la capa....

—¡Al contrario!—respondía él.—Este ejercicio me conviene para no podrirme como nuestros hijos los estudiantes, que según me ha dicho el estanquero, estaban la otra noche en el 30 teatro de Granada y tenían un color de manteca que daba asco[77-8] mirarlos....

—¡Pobres! ¡De tanto estudiar! Pero a ti debía de darte vergüenza de trabajar como un peón siendo el más rico del pueblo, alcalde por añadidura. (p78) —Por eso voy solo.... ¡A ver!... Acércame esa ensalada....

—Sin embargo, convendría que te ayudase alguien. ¡Vas a echar un siglo[78-1] en derribar la Torre, y hasta quizá no sepas 05 componértelas[78-2] para volcarla toda!...

—¡No digas simplezas, Torcuata! Cuando se trate de construir la tapia del corral pagaré jornales, y hasta llevaré un maestro alarife....—¡Pero derribar sabe cualquiera! ¡Y es tan divertido[78-3] destruir!... ¡Vaya!... ¡quita la mesa y 10 acostémonos!...

—Eso lo dices porque eres hombre. ¡A mí me da miedo y lástima todo lo que es deshacer![78-4]

—¡Debilidades de vieja! ¡Si supieras tú cuántas cosas hay que deshacer[78-5] en este mundo!

15 —¡Calla, francmasón![78-6] ¡En mal hora te han elegido alcalde! ¡Verás cómo, el día que vuelvan a mandar los realistas, te ahorca el Rey absoluto!

—¡Eso ... lo veremos! ¡Santurrona! ¡Beata! ¡Lechuza! ¡Vaya!: apaga esa luz, y no te santigües más..., 20 que tengo[78-7] mucho sueño.

Y así continuaban los diálogos hasta que se dormía uno de los dos consortes.

II

Una tarde regresó de su faena el tío Hormiga, muy preocupado y caviloso, y más temprano que de costumbre.

25 Su mujer aguardó a que despachase a los mozos de labor para preguntarle qué tenía, y él respondió enseñándole un tubo de plomo con tapadera por el estilo del cañuto[78-8] de un licenciado del ejército; sacó de allí, y desarrolló cuidadosamente, un amarillento pergamino escrito en caracteres muy enrevesados, y 30 dijo con imponente seriedad:

—Yo no sé leer, ni tan siquiera[78-9] en castellano, que es la(p79) lengua más clara del mundo; pero el diablo me lleve si esta escritura no es de moros.

—¿Es decir, que la has encontrado en la Torre?

—No lo digo sólo por eso, sino porque estos garrapatos no 05 se parecen a ninguno de los que he visto hacer a gente cristiana.

La mujer de Juan Gómez miró y olió el pergamino, y exclamó con una seguridad tan cómica como gratuita:

—¡De moros es!

Pasado un rato, añadió melancólicamente.

10 —Aunque también me estorba a mí lo negro,[79-1] juraría que tenemos en las manos la licencia absoluta[79-2] de algún soldado de Mahoma,[79-3] que ya estará en los profundos infiernos.

—¿Lo dices por el cañuto de plomo?

—Por el cañuto lo digo.

15 —Pues te equivocas de medio a medio,[79-4] amiga Torcuata; porque ni los moros entraban en quintas,[79-5] según me ha dicho varias veces nuestro hijo Agustín, ni esto es una licencia absoluta. Esto es ... un....

El tío Hormiga miró en torno suyo,[79-6] bajó la voz y dijo con 20 entera fe:

—¡Estas son las señas de un tesoro!

—¡Tienes razón!—respondió la mujer, súbitamente inflamada por la misma creencia.—¿Y lo has encontrado ya? ¿Es muy grande? ¿Lo has vuelto a tapar bien? ¿Son monedas de 25 plata, o de oro? ¿Crees tú que pasarán todavía? ¡Qué felicidad para nuestros hijos! ¡Cómo van a gastar y a triunfar en Granada[79-7] y en Madrid! ¡Yo quiero ver eso! Vamos allá.... Esta noche hace luna....

—¡Mujer de Dios! ¡Sosiégate! ¿Cómo quieres que haya 30 topado ya con el tesoro guiándome por estas señas, si yo no sé leer en moro ni en cristiano?

—¡Es verdad! Pues, mira.... Haz una cosa: en cuanto Dios eche sus luces,[79-8] apareja un buen mulo; pasa la sierra por el puerto[79-9] de la Ragua, que dicen está bueno, y llégate a(p80) Ugíjar,[80-1] a casa de nuestro compadre[80-2] D. Matías Quesada, el cual sabes entiende de todo[80-3].... El te pondrá en claro ese papel y te dará buenos consejos, como siempre.

—¡Mis dineros me cuestan todos sus consejos a pesar de 05 nuestro compadrazgo!... Pero, en fin, lo mismo había pensado yo. Mañana iré a Ugíjar, y a la noche estaré aquí de vuelta; pues todo será apretar un poco a la caballería[80-4]....

—Pero ¡cuidado[80-5] que le expliques bien las cosas!...

10 —Poco tengo que explicarle. El cañuto estaba escondido en un hueco o nicho revestido de azulejos como los de Valencia,[80-6] formado en el espesor de una pared. He derribado todo aquel lienzo, y nada más de particular he hallado. Debajo de lo ya destruido comienza la obra de sillería de los cimientos, cuyas enormes piedras, de más de vara en cuadro,[80-7] no removerán 15 fácilmente dos ni tres personas de puños tan buenos como los míos. Por consiguiente, es necesario saber de una manera fija en qué punto estaba escondido el tesoro, so pena[80-8] de tener que arrancar con ayuda de vecinos todos los cimientos de la Torre....

20 —¡Nada! ¡Nada! ¡A Ugíjar en cuanto amanezca! Ofrécele a nuestro compadre una parte..., no muy larga, de lo que hallemos, y, cuando sepamos dónde hay que excavar,[80-9] yo misma te ayudaré a arrancar piedras de sillería. ¡Hijos de mi alma! Todo para ellos! Por lo que a mí toca, sólo siento 25 si habrá algo que sea pecado en esto que hablamos en voz baja.

—¿Qué pecado puede haber, grandísima tonta?

—No sé explicártelo.... Pero los tesoros me habían parecido siempre cosa del demonio, o de duendes.... Además, 30 ¡tomaste a censo aquel terreno por tan poco rédito al año!... ¡Todo el pueblo dice hubo trampa[80-10] en el tal negocio!

—¡Eso es cuenta del secretario y de los concejales! Ellos me hicieron la escritura.

—Por otro lado, tengo entendido[80-11] que de los tesoros hay que dar parte al Rey.... (p81) —Eso es cuando no se hallan en terreno propio, como éste mío....

—¡Propio! ¡Propio!... ¡A saber[81-1] de quién sería esa torre que te ha vendido el Ayuntamiento!

05 —¡Toma! ¡Del Moro!

—¡A saber quién sería ese Moro!... Por de pronto,[81-2] Juan, las monedas que el Moro escondiera en su casa, serían suyas o de sus herederos; no tuyas, ni mías....

—¡Estás diciendo disparates! ¡Por esa cuenta, no debía 10 yo ser alcalde de Aldeire, sino el que lo era el año pasado cuando se pronunció Riego![81-3] ¡Por esa cuenta, habría que mandar[81-4] todos los años a África, a los descendientes de los moros, las rentas que produjesen las vegas de Granada, de Guadix[81-5] y de centenares de pueblos!...

15 —¡Puede que[81-6] tengas razón!... En fin, ve a Ugíjar, y el compadre te aconsejará lo mejor en todo.

III

Ugíjar dista de Aldeire cosa de cuatro leguas de muy mal camino. No serían,[81-7] sin embargo, las nueve de la siguiente mañana 20 cuando el tío Juan Gómez, vestido con su calzón corto de punto azul y sus bordadas botas blancas de los días de fiesta, hallábase ya en el despacho de D. Matías de Quesada, hombre de mucha edad y mucha salud, doctor en ambos Derechos[81-8] y autor de la mayor parte de los entuertos contra la justicia que 25 se hacían por entonces en aquella tierra. Había sido toda su vida lo que se llama un abogado picapleitos, y estaba riquísimo y muy bien relacionado en Granada y Madrid.

Oído que hubo[81-9] la historia de su digno compadre, y después de examinar atentamente el pergamino, díjole que, en su opinión, nada de aquello olía a tesoro: que el nicho en que 30 halló el tubo debió de ser[81-10] un babuchero,[81-11] y que el escrito le parecía una especie de oración que los moros suelen(p82) leer todos los viernes[82-1] por la mañana.... Pero que, sin embargo, no siéndole a él completamente conocida la lengua árabe, remitiría el documento a Madrid a un condiscípulo suyo que estaba empleado en la Comisaría de los Santos Lugares,[82-2] a fin de que 05 lo enviara a Jerusalén, donde lo traducirían al castellano; por todo lo cual sería conveniente mandarle al madrileño un par de onzas de oro,[82-3] en letra,[82-4] para una jícara de chocolate.

Mucho lo pensó el tío Juan Gómez antes de pagar un chocolate tan caro (que resultaba a diez mil doscientos cuarenta 10 reales la libra); pero tenía tal seguridad en lo del tesoro[82-5] (y a fe que[82-6] no se equivocaba según después veremos), que sacó de la faja ocho monedillas de a cuatro[82-7] duros y se las entregó al abogado, quien las pesó una por una antes de guardárselas[82-8] en 15 el bolsillo; con lo que el tío Hormiga tomó la vuelta de Aldeire decidido a seguir excavando en la Torre del Moro, mientras tanto que[82-9] enviaban el pergamino a Tierra Santa y volvía de allá traducido; diligencias en que, según el letrado, se tardaría cosa de año y medio.

IV

No bien había vuelto la espalda el tío Juan, cuando su compadre 20 y asesor cogió la pluma y escribió la siguiente carta comenzando por el sobre:

«SR. D. BONIFACIO TUDELA Y GONZALEZ,[82-10] Maestro de capilla[82-11] de la Santa Iglesia Catedral de CEUTA.[82-12]

«Mi querido sobrino político:[82-13]

25 «Solamente a un hombre de tu religiosidad confiaría yo el importantísimo secreto contenido en el documento adjunto. Dígolo porque indudablemente están escritas en él las señas de un tesoro, de que te daré alguna parte si llego a descubrirlo con tu ayuda. Para ello es necesario que busques un moro 30 que te traduzca ese pergamino, y que me mandes la traducción(p83) en carta certificada,[83-1] sin enterar a nadie del asunto, como no sea[83-2] a tu mujer, que me consta es persona reservada.

«Perdona que no te haya escrito en tantos años; pero bien conoces mis muchos quehaceres. Tu tía sigue rezando por ti 05 todas las noches al tiempo de acostarse. Que estés mejor[83-3] del dolor de estómago[83-4] que padecías en 1806, y sabes que te quiere tu tío político,

«MATÍAS DE QUESADA. «UGÍJAR, 15 de ENERO, 1821.

10 «POSDATA.—Expresiones a Pepa, y dime, si habéis tenido hijos.»

Escrita la precedente carta,[83-5] el insigne jurisconsulto pasó a la cocina, donde su mujer estaba haciendo calceta y cuidando el puchero, y díjole las siguientes expresiones en tono muy áspero 15 y desabrido, después de echarle en la falda las ocho monedas de a cuatro duros que ya conocemos:

—Encarnación,[83-6] ahí tienes: compra más trigo, que va a subir en los meses mayores,[83-7] y procura que lo midan bien. Hazme de almorzar mientras yo voy a echar al correo esta carta para 20 Sevilla preguntando los precios de la cebada. ¡Que el huevo esté bien frito y el chocolate claro! ¡No tengamos la de todos los días![83-8]

La mujer del abogado no respondió palabra, y siguió haciendo calceta como un autómata.

V

25 Dos semanas después, un hermosísimo día de Enero, como sólo los hay en el Norte de África y en el Sur de Europa, tomaba el sol en la azotea de su casa de dos pisos el maestro de capilla de la catedral de Ceuta con la tranquilidad de quien ha tocado el órgano en misa mayor y se ha comido 30 luego una libra de boquerones, otra de carne y otra de pan, con su correspondiente dosis de vino de Tarifa.[83-9] (p84) El buen músico, gordo como un cebón y colorado como una remolacha, digería penosamente, paseando su turbia mirada de apoplético por el magnífico panorama del Mediterráneo, y del Estrecho de Gibraltar, del maldecido Peñón[84-1] que le da nombre, 05 de las cercanas cumbres de Anghera y Benzú[84-2] y de las remotas nieves del Pequeño Atlas, cuando sintió acelerados pasos en la escalera y la argentina voz de su mujer, que gritaba gozosamente:

—¡Bonifacio! ¡Bonifacio! ¡Carta de Ugíjar! ¡Carta de tu tío! ¡Y vaya si es gorda![84-4]

10 —¡Hombre![84-5]—respondió el maestro de capilla, girando como una esfera o globo terráqueo sobre el punto de su redonda individualidad, que descansaba en el asiento.—¿Qué santo se habrá empeñado para que mi tío se acuerde de mí? ¡Quince años hace que resido en esta tierra usurpada a Mahoma, 15 y cata aquí[84-6] la primera vez que me escribe aquel abencerraje,[84-7] sin embargo de haberle yo escrito cien veces a él! ¡Sin duda me necesita para algo!

Y, dicho esto,[84-8] abrió la epístola (procurando que no la leyese la Pepa de la posdata), y apareció, crujiente y tratando de 20 arrollarse por sí propio,[84-9] el amarillento pergamino.

—¿Qué nos envía?—preguntó entonces la mujer, gaditana[84-10] y rubia por más señas,[84-11] y muy agraciada y valiente a pesar de sus cuarenta agostos.

—¡Pepita, no seas tan curiosa!... Yo te lo diré, si debo 25 decírtelo, luego que me entere. ¡Mil veces te he advertido que respetes mis cartas!...

—¡Advertencia propia de un libertino como tú! En fin, ¡despacha! y veamos si yo puedo saber qué papelote[84-12] te manda tu tío. ¡Parece un billete de Banco del otro mundo!

30 En tanto que[84-13] su mujer decía aquellas cosas y otras, el músico leyó la carta, y maravillóse hasta el extremo de ponerse de pie sin esfuerzo alguno.

Tenía, sin embargo, tal hábito de disimular, que acertó a decir muy naturalmente: (p85) —¡Qué tontería! ¡Sin duda está ya chocheando aquel mal hombre! ¿Querrás creer que me remite esta hoja de una Biblia en hebreo, para que yo busque algún judío que la compre imaginándose el muy bobo que darán por ella un dineral? 05 Al mismo tiempo...—añadió para cambiar la conversación y guardándose[85-1] en la faltriquera la carta y el pergamino:—al propio tiempo ... me pregunta con mucho interés si tenemos hijos.

—¡Él no los tiene!...—observó vivamente Pepita.—¡Sin 10 duda piensa dejarnos por herederos!

—¡ Más fácil es que al muy avaro se le haya ocurrido heredarnos a nosotros!... Pero ¡calla!: están dando las once, y yo tengo que afinar el órgano para las vísperas de esta tarde.... Me voy. Oye, prenda: que la comida esté dispuesta a 15 la una, y que no se te olvide[85-2] echar dos buenas patatas en el puchero. ¡Que si tenemos hijos[85-3]!... ¡Vergüenza me da de haber de contestarle que no!

—¡Escucha! ¡Espera! ¡Oye!—contestó como un rayo la parte contraria....

20 —¡Ya! ¡Ya!

—¡Anda, zambombo, tonel, desagradecido![85-4] ¿Quién te habrá amado a ti en el mundo como esta necia, que, con ese barrigón y todo, te considera el hombre más hermoso que Dios ha criado?

25 —¿Sí? ¿Me has dicho hermoso? ¡Pues mira, Pepa—respondió el artista, pensando seguramente en el pergamino árabe;—si mi tío llega a dejarme por heredero, o yo me hago rico de cualquier otro modo, te juro llevarte a vivir a la plaza de San Antonio de la ciudad de Cádiz, y comprarte más 30 joyas que tiene la Virgen de las Angustias[85-5] de Granada! Conque hasta luego, pichona.

Y tirando un pellizco[85-6] en la barba a la que de antemano tenía ya el hoyo en ella, cogió el sombrero y tomó el camino...,(p86) no de la catedral, sino de las callejuelas en que suelen vivir las familias moras avecindadas en aquella plaza fuerte.[86-1]

VI

En la más angosta de dichas callejuelas, y a la puerta de una muy pobre, pero muy blanqueada casucha, estaba sentado 05 en el suelo, o más bien sobre sus talones, fumando en pipa de barro secado al sol, un moro de treinta y cinco a cuarenta años, revendedor de huevos y gallinas, que le traían a las puertas de Ceuta los campesinos independientes de Sierra-Bullones y Sierra-Bermeja, y que él despachaba, a domicilio o en el mercado, 10 con una ganancia de ciento por ciento. Vestía chilava[86-2] de lana blanca y jaique[86-3] de lana negra, y llamábase entre los españoles Manos-gordas, y entre los marroquíes Admet-ben-Carime-el-Abdoun.

Tan luego como el moro vió al maestro de capilla levantóse 15 y salió a su encuentro, haciéndole grandes zalemas; y, cuando estuvieron ya juntos, díjole cautelosamente:

—¿Querer[86-4] morita? Yo traer mañana cosa meleja; de doce años....

—Mi mujer no quiere más criadas moras....—respondió 20 el músico con inusitada dignidad.

Manos-gordas se echó a reír.

—Además ...—prosiguió D. Bonifacio—tus endiabladas moritas son muy sucias.

—Lavar....—respondió el moro, poniéndose en cruz[86-5] y 25 ladeando la cabeza.

—¡Te digo que no quiero moritas!—prosiguió D. Bonifacio.—Lo que necesito hoy es que tú, que sabes tanto y que por tanto saber eres intérprete de la plaza, me traduzcas al español este documento.

30 Manos-gordas cogió el pergamino, y a la primera ojeada murmuró: (p87) —Estar moro....

—¡Ya lo creo que es árabe! Pero quiero saber qué dice, y, si no me engañas, te haré un buen regalo ... cuando se realice el negocio que confio a tu lealtad.

05 A todo esto, Admet-ben-Carime había pasado ya la vista por todo el pergamino y puéstose muy pálido.

—¿Ves que se trata de un gran tesoro?—medio afirmó, medio interrogó el maestro de capilla.

—Creer que sí—tartamudeó el mahometano.

10 —¿Cómo creer? ¡Tu misma turbación lo dice!

—Perdona....—replicó Manos-gordas sudando a mares.[87-1] —Haber aquí palabras de árabe moderno, y yo entender. Haber otras de árabe antiguo o literario, y yo no entender.

—¿Qué dicen las palabras que entiendes?

15 —Decir oro, decir perlas, decir maldición de Alah[87-2].... Pero yo no entender sentido, explicaciones ni señas. Necesitar ver al derwich de Anghera, que estar sabio, y él traducir todo. Llevarme yo pergamino hoy, y traer pergamino mañana, y no engañar ni robar al señor Tudela. ¡Moro jurar!

20 Así diciendo, cruzó las manos, se las llevó a la boca[87-3] y las besó fervorosamente.

Reflexionó D. Bonifacio: conoció que para descifrar aquel documento tendría que fiarse de algún moro, y que ninguno le era tan conocido ni tan afecto como Manos-gordas, y accedió 25 a dejarle el manuscrito, bien que bajo reiterados juramentos de que al día siguiente estaría de vuelta de Anghera con la traducción, y jurándole él, por su parte, que le entregaría lo menos[87-4] cien duros cuando fuese descubierto el tesoro.

Despidiéronse el musulmán y el cristiano, y éste se dirigió, 30 no a su casa ni a la catedral, sino a la oficina de un amigo, donde escribió la siguiente carta:

«SR. D. MATÍAS DE QUESADA Y SÁNCHEZ[88-1](p88) «Alpujarra, UGÍJAR.

«Mi queridísimo tío:

«Gracias a Dios que hemos tenido noticias de usted y de tía 05 Encarnación, y que éstas son tan buenas como Josefa y yo deseábamos. Nosotros, querido tío, aunque más jóvenes que ustedes, estamos muy achacosos y cargados de diez hijos, que pronto se quedarán huérfanos y pidiendo limosna.

«Se burló de usted quien le dijera que el pergamino que me 10 ha enviado contenía las señas de un tesoro. He hecho traducirlo por persona muy competente, y ha resultado ser una sarta de blasfemias contra Nuestro Señor Jesucristo, la Santísima Virgen y los santos de la Corte celestial, escritas en versos árabes por un perro morisco del marquesado del Cenet durante la rebelión de Aben-Humeya.[88-2] En vista de semejante sacrilegio, 15 y por consejo del señor Penitenciario,[88-3] acabo de quemar tan impío testimonio de la perversidad mahometana.

«Memorias a mi tía: recíbanlas ustedes de Josefa, y mande algún socorro a su sobrino, que está en los huesos[88-4] por resultas 20 del pícaro dolor de estómago.

«BONIFACIO. «CEUTA, 29 de Enero de 1821.»

VII

Al mismo tiempo que el maestro de capilla escribía la precedente carta y la echaba al correo, Admet-ben-Carime-el-Abdoun 25 reunía en un envoltorio no muy grande todo su hato y ajuar, reducidos a tres jaiques viejos, dos mantas de pelo de cabra, un mortero para hacer alcuzcuz,[88-5] un candil[88-6] de hierro y una olla de cobre llena de pesetas (que desenterró de un rincón del patinillo de su casa); cargó con todo ello a su única mujer, esclava, 30 odalisca o lo que fuera, más fea que una mala noticia(p89) dicha de pronto[89-1] y más sucia que la conciencia de su marido, y salióse de Ceuta, diciendo al oficial de guardia de la puerta que da al campo moro que se iban a Fez[89-2] a mudar de aires por consejo de un veterinario. Y como quiera que esta sea la hora,[89-3] 05 después de sesenta años y algunos meses de ausencia, que no se haya vuelto a saber de Manos-gordas ni en Ceuta, ni en sus cercanías, dicho se está[89-4] que D. Bonifacio Tudela y González no tuvo el gusto de recibir de sus manos la traducción del pergamino, ni al día siguiente, ni al otro, ni en toda su vida, que por 10 cierto debió de ser muy corta, puesto que de informes dignos de crédito aparece que su adorada Pepita se casó en Marbella en terceras nupcias con un tambor mayor asturiano, a quien hizo padre de cuatro hijos como cuatro soles, y era otra vez viuda a la muerte del Rey absoluto,[89-5] fecha en que ganó por oposición en 15 Málaga el destino de matrona aduanera.

Con que busquemos nosotros a Manos-gordas, y sepamos qué fué de él y del interesante pergamino.

VIII

Admet-ben-Carime-el-Abdoun respiró alegremente, y aun hizo alguna zapateta,[89-6] sin que por eso se le cayesen las mal aseguradas 20 zapatillas, tan luego como se vió fuera de los redoblados muros de la plaza española y con toda el África[89-7] delante de sí....

Porque África, para un verdadero africano como Manos-gordas, es la tierra de la libertad absoluta; de una libertad anterior 25 y superior a todas las Constituciones e instituciones humanas; de una libertad parecida a la de los conejos no caseros y demás animales de monte, valle o arenal.

África, quiero decir, es la Jauja[89-8] de los malhechores, el seguro de la impunidad, el campo neutral de los hombres y de las fieras, 30 protegido por el calor y la extensión de los desiertos. En(p90) cuanto a los sultanes, reyes y beyes que presumen imperar en aquella parte del mundo, y a las autoridades y mílites que los representan, puede decirse que vienen a ser, para tales vasallos, lo que el cazador para las liebres o para los corzos: un mal encuentro 05 posible, que muy pocos tienen en la vida, y en el cual muere uno o no muere: si muere, tal día hizo un año;[90-1] y si no muere, con poner mucha tierra por medio[90-2] no hay que pensar[90-3] más en el asunto. Sirva esta digresión de advertencia a quien la necesitare, y prosigamos nosotros nuestra relación.

10 —¡Toma aquí,[90-4] Zama!—dijo el moro a su cansada esposa, como si hablase con una acémila.

Y, en lugar de dirigirse al Oeste, o sea hacia el Boquete de Anghera, en busca del sabio santón, según había dicho a D. Bonifacio, tomó hacia el Sur, por un barranquillo tapado de malezas 15 y árboles silvestres, que muy luego le llevó al camino de Tetuán,[90-5] o bien a la borrosa vereda que, siguiendo las ondulaciones de puntas y playas, conduce a Cabo-Negro por el valle del Tarajar, por el de los Castillejos, por Monte-Negrón y por las lagunas de Río-Azmir, nombres que todo español bien nacido 20 leerá hoy con amor y veneración, y que entonces no se habían oído pronunciar todavía en España ni en el resto del mundo civilizado.

Llegado que hubieron[90-6] ben-Carime[90-7] y Zama al vallecillo del Tarajar, diéronse un punto de descanso a la orilla del arroyuelo 25 de agua potable que lo atraviesa, procedente de las alturas de Sierra-Bullones; y en aquella tan segura y áspera soledad, que parecía recién salida[90-8] de manos del Criador y no estrenada todavía por el hombre; a la vista de un mar solitario, únicamente surcado, tal o cual[90-9] noche de luna, por cárabos de piratas o buques oficiales de Europa encargados de perseguirlos, 30 la mora se puso a lavarse y peinarse, y el moro sacó el manuscrito y volvió a leerlo con tanta emoción como la primera vez.

Decía así el pergamino árabe: (p91) «La bendición de Alah sea con los hombres buenos que lean estas letras.

«No hay más gloria que la de Alah, de quien Mahoma fué y es, en el corazón de los creyentes, profeta y enviado.

05 «Los hombres que roban la casa del que está en la guerra o en el destierro viven bajo la maldición de Alah y de Mahoma, y mueren roídos de escarabajos y cucarachas.

«¡Bendito sea, pues, Alah, que crió estos y otros bichos para que se coman[91-1] a los hombres malos!

10 «Yo soy el caid Hassan-ben-Jussef, siervo de Alah, aunque malamente he sido llamado D. Rodrigo de Acuña por los sucesores de los perros cristianos que, haciéndoles fuerza y violando solemnes capitulaciones, bautizaron con una escoba, a guisa de hisopo, a mis infortunados ascendientes y a otros muchos islamitas 15 de estos reinos.

«Yo soy capitán bajo el estandarte del que, desde la muerte de Aben-Humeya,[91-2] titúlase legítimamente rey de los andaluces, Muley-Abdalá-Mahamud-Aben-Aboó, el cual, si no está ya sentado en el trono de Granada, es por la traición y cobardía con 20 que los moros valencianos han faltado a sus compromisos y juramentos, dejando de alzarse al mismo tiempo que los moros granadinos contra el tirano común; pero de Alah recibirán el pago, y, si somos vencidos nosotros, vencidos serán también ellos y expulsados a la postre de España, sin el mérito de haber luchado hasta última hora en el campo del honor y en defensa 25 de la justicia; y, si somos vencedores, les cortaremos el pescuezo y echaremos sus cabezas a los marranos.

«Yo soy, en fin, el dueño de esta Torre y de toda la tierra que hay a su alrededor, hasta llegar por Occidente al barranco 30 del Zorro y por Oriente al de los Espárragos, el cual debe tal nombre a los muchos y muy exquisitos que cultivó allí mi abuelo Sidi-Jussef-ben-Jussuf.

«La cosa no anda bien. Desde que el mal nacido D. Juan de Austria[91-3] (confúndalo Alah) vino a combatir contra os(p92) creyentes, prevemos que por ahora vamos a ser derrotados, sin perjuicio de que,[92-1] andando los años[92-2] o las centurias, otro Príncipe de la sangre del Profeta venga a recobrar el trono de Granada, que ha pertenecido setecientos[92-3] años a los moros, y volverá a 05 pertenecerles[92-4] cuando Alah quiera, con el mismo título con que lo poseyeron antes vándalos y godos, y antes los romanos, y antes aquellos otros africanos que se llamaban los cartagineses:[92-5] ¡con el título de la conquista! Pero conozco, vuelvo a decir, que por la presente[92-6] la cosa anda mal, y que muy pronto tendré 10 que trasladarme a Marruecos con mis cuarenta y tres hijos, suponiendo que[92-7] los austriacos no me cojan en la primera batalla y me cuelguen de un alcornoque, como yo los colgaría a todos ellos si pudiera.

«Pues bien: al salir de esta Torre para emprender la última 15 y decisiva campaña dejo escondidos aquí, en sitio a que no podrá llegar nadie sin topar primero con el presente manuscrito, todo mi oro, toda mi plata, todas mis perlas; el tesoro de mi familia; la hacienda de mis padres, mía y de mis herederos; el caudal de que soy dueño y señor por ley divina y humana, como 20 es del ave la pluma que cría, o como son del niño los dientes que echa con trabajo, o como son de cada mortal los malos humores de cáncer o de lepra que hereda de sus padres.

«¡Detente, por tanto, oh tú, moro, cristiano o judío que, habiéndote puesto a derribar esta mi casa, has llegado a descubrir 25 y leer los renglones que estoy escribiendo! ¡Detente, y respeta el arca de tu prójimo![92-8] ¡No pongas la mano en su caudal! ¡No te apoderes de lo ajeno! Aquí no hay nada del fisco, nada de dominio público, nada del Estado. El oro de las minas podrá pertenecer a quien lo descubra, y una parte de 30 él al Rey del territorio. Pero el oro fundido y acuñado, el dinero, la moneda, es de su dueño, y nada más que[92-9] de su dueño. ¡No me robes, pues, mal hombre! ¡No robes a mis descendientes, que ya vendrán, el día que esté escrito,[92-10] a recoger su herencia! Y si es que buenamente, por casualidad, encuentras(p93) mi tesoro, te aconsejo que publiques edictos, llamando y notificando el caso a los causa-habientes de Hassan-ben-Jussef; que no es de hombres honestos[93-1] guardarse los hallazgos cuando estos hallazgos tienen propietario conocido.

05 «Si así no lo hicieres, ¡maldito seas,[93-2] con la maldición de Alah y con la mía! ¡Y pártate un rayo! ¡Y quiera Dios que cada una de mis monedas se vuelva en tus manos un escorpión, y cada perla un alacrán! ¡Y que mueran de lepra tus hijos, con los dedos podridos y deshechos, para que no tengan ni tan siquiera[93-3] 10 el placer de rascarse! ¡Y que tu hija la mayor se escape de tu casa con un judío! ¡Y que a ti te metan un palo por el cuerpo, y te saquen asi a la vergüenza, teniéndote en alto hasta que, con el peso de tu cuerpo, el palo salga por encima de la coronilla y quedes patiabierto en el suelo, como 15 indecente rana atravesada por un asador!

«Ya lo sabes, y sépanlo todos, y bendito sea Alah, que es Alah.

«Torre de Zoraya, en Aldeire del Cenet, a 15 días del mes de Saphar del año de la egira[93-4] 968.

20 «HASSAN-BEN-JUSSEF.»

IX

Manos-gordas quedó profundamente preocupado con la nueva lectura de este documento, no por las máximas morales y por las espantosas maldiciones que contenía, pues el pícaro había perdido la fe en Alah y en Mahoma de resultas de[93-5] su frecuente 25 trato con los cristianos y judíos de Tetuán y Ceuta, que, naturalmente, se reían del Corán,[93-6] sino por creer que su cara, su acento y algún otro signo musulmán de su persona le impedían trasladarse a España, donde se vería expuesto a muerte segura tan luego como cualquier cristiano o cristiana descubriese en él 30 a un enemigo de la Virgen María. (p94) Además, ¿qué apoyo (a juicio de Manos-gordas) podría hallar en las leyes ni en las autoridades de España un extranjero, un mahometano, un semi-salvaje, para adquirir la Torre de Zoraya, para hacer excavaciones en ella, para entrar en posesión 05 del tesoro o para no perderlo inmediatamente con la vida?

—¡No hay remedio!—díjose por remate de largas reflexiones.—¡Tengo que confiarme al renegado ben-Munuza! Él es español, y su compaña[94-1] me librará de todo peligro en aquella tierra. Pero como no existe bajo la capa del cielo un hombre 10 de peor alma que el tal renegado, no me estará de más[94-2] tomar algunas precauciones.

Y en virtud de esta cavilación sacó del bolsillo avíos de escribir, redactó una carta, púsole el sobre, pególo con un poco de pan mascado, y echóse a reír de una manera diabólica.

15 En seguida fijó los ojos en su mujer, que continuaba haciendo la policía de todo un año a costa de la limpieza física y ... moral del malaventurado arroyuelo, y, llamándola por medio de un silbido, dignóse hablarle de este modo:

—Cara de higo chumbo, siéntate a mi lado y óyeme.... 20 Luego[94-3] acabarás de lavarte, que bien lo necesitas, y puede que[94-4] entonces te juzgue merecedora de algo mejor que la paliza diaria con que te demuestro mi cariño. Por de pronto,[94-5] sinvergüenzona,[94-6] déjate de monadas y entérate bien de lo que voy a decirte.

25 La mora, que, lavada y peinada, resultaba más joven y artística, aunque no menos fea que antes, se relamió como una gata, clavó en Manos-gordas los dos carbunclos que le servían de ojos, y díjole, mostrando sus blanquísimos y anchos dientes, que nada tenían de humanos:

30 —Habla, mi señor; que tu esclava sólo desea servirte.

Manos-gordas continuó:

—Si desde este momento en adelante llega a ocurrirme alguna desgracia, o desaparezco del mundo sin haberme despedido de ti, o, habiéndome despedido, no tienes noticias mías en seis(p95) semanas, procura volver a entrar en Ceuta y echa esta carta al correo. ¿Te has enterado bien, cara de mona?

Zama rompió a llorar, y exclamó:

—¡Admet! ¿Piensas dejarme?

05 —¡No rebuznes, mujer!—contestó el moro.—¿Quién habla ahora de eso? ¡Demasiado sabes que me gustas y que me sirves! Pero de lo que[95-1] ahora se trata es de que te hayas enterado bien de mi encargo....

—¡Trae!—dijo la mora, apoderándose de la carta, abriéndose 10 el justillo y colocándola entre él y su gordo y pardo seno, al lado del corazón.—Si algo malo llega a sucederte, esta carta caerá en el correo de Ceuta, aunque después caiga yo en la sepultura.

Aben-Carime sonrió humanamente al oír aquellas palabras, y 15 dignóse mirar a su mujer como a una persona.

X

Mucho y muy regaladamente debió de dormir aquella noche el matrimonio agareno[95-2] entre los matorrales del camino, pues no serían menos de las nueve de la siguiente mañana cuando llegó al pie de Cabo-Negro.

20 Hay allí un aduar de pastores y labriegos árabes, llamado «Medik», compuesto de algunas chozas, de un morabito o ermita mahometana, y de un pozo de agua potable, con su brocal de piedra y su acetre de cobre, como los que figuran en algunas escenas bíblicas.

25 El aduar se hallaba completamente solo en aquel momento. Todos sus habitantes habían salido ya con el ganado o con los aperos de labor a los vecinos montes y cañadas.

—Espérame aquí ...—dijo Manos-gordas a su mujer.—Yo voy á buscar a ben-Munuza, que debe de hallarse al otro 30 lado de aquel cerro arando los pobres secanos que allí posee.

—¡Ben-Munuza!—exclamó Zama con terror.—¡El renegado de quien me has dicho....(p96)

—Descuida....—interrumpió Manos-gordas.— ¡Hoy puedo yo más que él! Dentro de un par de horas estaré de vuelta, y verás cómo se viene[96-1] detrás de mí con la humildad de un perro. Esta es su choza.... Aguárdanos en ella, y haznos 05 una buena ración de alcuzcuz[96-2] con el maíz y la manteca que hallarás a mano. ¡Ya sabes que me gusta muy recocido![96-3] ¡Ah! Se me olvidaba.... Si ves que anochece y no he bajado, sube tú; y si no me hallas en la otra ladera del cerro o me hallas cadáver, vuélvete a Ceuta y echa la carta al correo.... 10 Otra advertencia: suponiendo que sea mi cadáver lo que encuentres, regístrame, a ver[96-4] si ben-Munuza me ha robado o no este pergamino.... Si me lo ha robado, vuélvete de Ceuta a Tetuán, y denuncia a las autoridades el asesinato y el robo. ¡No tengo más que decirte! Adiós.

15 La mora se quedó llorando a lágrima viva, y Manos-gordas tomó la senda que llevaba a la cumbre del inmediato cerro.

XI

Pasada la cumbre, no tardó en descubrir en la cañada próxima a un corpulento moro vestido de blanco, el cual araba patriarcalmente la negruzca tierra con auxilio de una hermosa 20 yunta de bueyes. Parecía aquel hombre la estatua de la Paz tallada en mármol. Y, sin embargo, era el triste y temido renegado ben-Munuza, cuya historia os causará espanto cuando la conozcáis.

Contentaos por lo pronto con saber que tendría cuarenta años, 25 y que era rudo, fuerte, ágil y de muy lúgubre fisonomía, bien que sus ojos fuesen azules como el cielo y rubias sus barbas como aquel sol de África que había dorado a fuego[96-5] la primitiva blancura europea de su semblante.

—¡Buenos días, Manos-gordas!—gritó en castellano el antiguo 30 español, tan luego como divisó al marroquí.

Y su voz expresó la alegría melancólica propia del extranjero que halla ocasión de hablar la lengua patria. (p97) —¡Buenos días, Juan Falgueira!—respondió sarcásticamente ben-Carime.

El renegado tembló de pies a cabeza al oír semejante saludo, y sacó del arado la reja de hierro como para defender su vida.

05 —¿Qué nombre acabas de pronunciar?—añadió luego, avanzando hacia Manos-gordas.

Éste lo aguardaba riéndose, y le respondió en árabe, con un valor de que nadie le hubiera creído capaz:

—He pronunciado ... tu verdadero nombre: el nombre 10 que llevabas en España cuando eras cristiano, y que yo conozco desde que estuve en Orán[97-1] hace tres años....

—¿En Orán?

—¡En Orán, sí, señor!... ¿Qué tiene eso de extraordinario? De allí habías venido tú a Marruecos,[97-2] y allí fuí yo a comprar 15 gallinas. Allí pregunté tu historia, dando tus señas, y allí me la contaron varios españoles. Supe,[97-3] por tanto, que eras gallego, que te llamabas Juan Falgueira, y que te habías escapado de la Cárcel Alta de Granada, donde estabas ya en capilla para ir a la horca por resultas de[97-4] haber robado y dado 20 muerte, hace quince años, a unos señores a quienes servías en clase de mulero.... ¿Dudarás ahora de que te conozco perfectamente?

—Dime, alma mía ...—respondió el renegado con voz sorda y mirando a su alrededor—¿y has contado eso a algún 25 marroquí? ¿Lo sabe alguien más que tú en esta condenada tierra? Porque es el caso que yo quiero vivir en paz, sin que nadie ni nada me recuerde aquella mala hora, que harto he purgado. Soy pobre; no tengo familia, ni patria, ni lengua, ni el Dios que me crió. Vivo entre enemigos, sin más capital 30 que estos bueyes y que esos secanos, comprados a fuerza de[97-5] diez años de sudores.... Por consiguiente, haces muy mal en venir a decirme....

—¡Espera!—respondióle muy alarmado Manos-gordas—No me eches esas miradas de lobo, que vengo a hacerte un(p98) gran favor, y no a ofenderte por mero capricho. ¡A nadie he contado tu desgraciada historia! ¿Para qué? ¡Todo secreto puede ser un tesoro, y quien lo cuenta se queda sin él! Hay, empero, ocasiones en que se hacen cambios de secretos sumamente 05 útiles. Por ejemplo: yo te voy a contar un importante secreto mío, que te servirá como de fianza del tuyo, y que nos obligará a ser amigos toda la vida....

—Te oigo. Concluye....—respondió calmosamente el renegado.

10 Aben-Carime leyóle entonces el pergamino árabe, que Juan Falgueira oyó sin pestañear y como enojado; visto lo cual[98-1] por el moro, y a fin de acabar de atraerse su confianza, le reveló también que había robado aquel documento a un cristiano de Ceuta....

15 El español se sonrió ligeramente al pensar en el mucho miedo que debía de tenerle el mercader de huevos y de gallinas cuando le contaba sin necesidad aquel robo, y, animado el pobre Manos-gordas con la sonrisa de ben-Munuza, entró al fin en el fondo del asunto, hablando de la siguiente 20 manera:

—Supongo que te has hecho cargo[98-2] de la importancia de este documento y de la razón por qué te lo he leído. Yo no sé dónde está la Torre de Zoraya, ni Aldeire, ni el Cenet: yo no sabría ir a España, ni caminar por ella; y, además, allí me 25 matarían por no ser cristiano, o, cuando menos,[98-3] me robarían el tesoro antes o después de descubierto.[98-4] Por todas estas razones necesito que me acompañe un español fiel y leal, de cuya vida sea yo dueño y a quien pueda hacer ahorcar con media palabra; un español, en fin, como tú, Juan Falgueira, que, 30 después de todo, nada adelantaste con robar ni matar, pues trabajas aquí como un asno, cuando con los millones que voy a proporcionarte podrás irte a América, a Francia, a la India, y gozar, y triunfar, y subir tal vez hasta rey.[98-5] ¿Qué te parece mi proyecto?[98-6] (p99) —Que está bien hilado, como obra de un moro....—respondió ben-Munuza, de cuyas recias manos, cruzadas sobre la rabadilla, pendía, balanceándose, la barra de hierro a la manera de la cola de un tigre.

05 Manos-gordas se sonrió ufanamente, creyendo aceptada su proposición.

—Sin embargo....—añadió después el sombrío gallego.—Tú no has caído en una cuenta[99-1]....

—¿En cuál?—preguntó cómicamente ben-Carime, alzando 10 mucho la cara y no mirando a parte alguna, como quien se dispone a oír sandeces y majaderías.

—¡Tú no has caído en que yo sería tonto de capirote[99-2] si me marchase contigo a España a ponerte en posesión de ... medio tesoro, contando con que tú me pondrías a mí en posesión 15 del otro medio! Lo digo porque no tendrías más que pronunciar media palabra el día que llegásemos a Aldeire y te creyeses libre de peligros, para zafarte de mi compañía y de darme la mitad de las halladas riquezas.... ¡En verdad que no eres tan listo como te figuras, sino un pobre hombre, digno 20 de lástima, que te has metido en un callejón sin salida al descubrirme las señas de ese gran tesoro y decirme al mismo tiempo que conoces mi historia, y que, si yo fuera contigo a España, serías dueño absoluto de mi vida!... Pues ¿para qué te necesito yo a ti? ¿Qué falta me hace tu ayuda para ir a apoderarme 25 del tesoro entero? ¿Ni[99-3] qué falta me haces en el mundo? ¿Quién eres tú, desde el momento en que me has leído ese pergamino, desde el momento en que puedo quitártelo?

—¿Qué dices?—gritó Manos-gordas, sintiendo de pronto circular por todos sus huesos el frío de la muerte.

30 —No digo nada.... ¡Toma!—respondió Juan Falgueira, asestando un terrible golpe con la barra de hierro sobre la cabeza de ben-Carime, el cual rodó en tierra, echando sangre por ojos, narices y boca, y sin poder articular palabra....

El desgraciado estaba muerto.

XII(p100)

Tres o cuatro semanas después de la muerte de Manos-gordas, el veintitantos[100-1] de Febrero de 1821, nevaba si había que nevar[100-2] en la villa de Aldeire y en toda la elegantísima sierra andaluza,[100-3] a que la propia nieve da vida y nombre.

05 Era domingo de Carnaval, y la campana de la iglesia llamaba por cuarta vez a misa, con su voz delgada y pura como la de un niño, a los ateridos cristianos de aquella feligresía demasiado próxima al cielo, los cuales no se resignaban fácilmente, en día tan crudo y desapacible, a dejar la cama o a separarse de los 10 tizones, alegando acaso, como pretexto, que «los días de Carnestolendas no se debe rendir culto a Dios, sino al diablo.»

Algo semejante decía por lo menos el tío Juan Gómez a su piadosa mujer, la seña[100-4] Torcuata, defendiéndose, en el rincón del fuego, de los argumentos con que nuestra amiga le rogaba 15 que no bebiera más aguardiente ni comiese más roscos, sino que la acompañase a misa, a fuer de buen cristiano, sin miedo alguno a las críticas del maestro de escuela y demás electores liberales; y muy enredada estaba la disputa cuando cata aquí[100-5] que entró en la cocina el tío Jenaro, mayoral de los pastores 20 de su merced, y dijo, quitándose el sombrero y rascándose la cabeza, todo de un solo golpe:[100-6]

—¡Buenos días nos dé Dios, señor Juan y señá Torcuata! Ya se harán ustedes cargo[100-7] de que algo habrá sucedido por allá arriba para que yo baje por aquí con tan mal tiempo, no 25 tocándome oír misa este domingo. ¿Cómo va de salud?

—¡Vaya! ¡vaya! ¡no espero más!—exclamó la mujer del alcalde, cruzándose la mantilla[100-8] con violencia.—¡Estaría de Dios[100-9] que hoy echases la misa en el puchero![100-10] ¡Ya tienes ahí conversación y copas para todo el día, sobre si[100-11] las 30 cabras están preñadas o sobre si los borregos han echado cuernos! (p101) ¡Te condenarás, Juan; te condenarás si no haces pronto las paces con la Iglesia dejando la maldita alcaldía!

Marchado que se hubo[101-1] la seña Torcuata, el Alcalde alargó un rosco y una copa al mayoral, y le dijo:

05 —¡Simplezas de mujeres, tío Jenaro! Arrímese usted a la lumbre y hable. ¿Qué ocurre por allá arriba?

—¡Pues nada! que ayer tarde el cabrero Francisco vió que un hombre, vestido a la malagueña, con pantalón largo y chaquetilla de lienzo, y liado en una manta de muestra,[101-2] se había 10 metido en el corral nuevo por la parte que todavía no tiene tapia, y rondaba la Torre del Moro, estudiándola y midiéndola come si fuese un maestro de obras.[101-3] Preguntóle Francisco qué significaba aquello, y el forastero le interrogó a su vez quién era el dueño de la Torre; y como Francisco le dijese que nada menos 15 que el Alcalde del pueblo, repuso que él hablaría a la noche con su merced y le explicaría sus planes. Llegó presto la noche, y el hombre hizo como que se marchaba,[101-4] con lo que el cabrero se encerró en su choza, que, como sabe usted, dista poco de allí. Dos horas después de obscurecer enteramente notó el 20 mismo Francisco que en la Torre sonaban ruidos muy raros y se veía luz, lo cual le llenó de tal miedo que ni tan siquiera[101-5] se atrevió a ir a mi choza a avisarme; cosa que hizo en cuanto fué de día,[101-6] refiriéndome el lance de ayer tarde, y advirtiéndome que los tales ruidos[101-7] habían durado toda la noche. 25 Como yo soy viejo, y he servido al Rey, y me asusto de pocas cosas, me plantifiqué en seguida en la Torre del Moro acompañado de Francisco, que iba temblando, y encontramos al forastero liado en su manta y durmiendo en un cuartucho[101-8] del piso bajo, que tiene todavía su bóveda de hormigón. Desperté al 30 sospechoso personaje, y le reconvine por haber pasado la noche en la casa ajena sin la voluntad de su dueño; a lo que me respondió que aquello no era casa, sino un montón de escombros, donde bien podía haberse albergado un pobre caminante en noche de nieves, y que estaba dispuesto a presentarse a(p102) usted y a explicarle quién era y todas sus operaciones y pensamientos. Le he hecho, pues, venir conmigo, y en la puerta del corral aguarda, acompañado del cabrero, a que usted le dé licencia para entrar....

05 —¡Que entre!—respondió el tío Hormiga, levantándose muy alterado por habérsele ocurrido, desde las primeras palabras del mayoral, que todo aquello tenía bastante que ver con el célebre tesoro, a cuyo hallazgo por sus solos esfuerzos había renunciado su merced hacía una semana, después de arrancar 10 antes inútilmente muchas y muy pesadas piedras de sillería.

XIII

Tenemos ya cara a cara y solos al tío Juan Gómez y al forastero.

—¿Cómo se llama usted?—interrogó el primero al segundo con todo el imperio de un Alcalde de monterilla[102-1] y sin invitarle 15 a que se sentara.

—Llámome Jaime Olot—respondió el hombre misterioso.

—¡Su habla de usted no me parece de esta tierra!...—¿Es usted inglés?

—Soy catalán.[102-2]

20 —¡Hombre! ¡Catalán!... Me parece bien. Y ... ¿qué le trae a usted por aquí? Sobre todo, ¿qué diablos de medidas tomaba usted ayer en mi Torre?

—Le diré a usted. Yo soy minero de oficio, y he venido a buscar trabajo a esta tierra, famosa por sus minas de cobre y 25 plata. Ayer tarde, al pasar por la Torre del Moro, vi que con las piedras de ella extraídas estaban construyendo una tapia, y que aun sería necesario derribar o arrancar otras muchas para terminar el cercado.... Yo me pinto solo[102-3] en esto de demoler, ya sea dando barrenos, ya por medio de mis propios 30 puños, pues tengo más fuerza que un buey, y ocurrióseme la idea de tomar a mi cargo, por contrata, la total destrucción de(p103) la Torre y el arranque de sus cimientos, suponiendo que llegase a entenderme con el propietario.

El tío Hormiga guiñó sus ojillos grises, y respondió con mucha sorna:

05 —Pues, señor; no me conviene la contrata.

—Es que[103-1] haré todo ese trabajo por muy poco precio, casi de balde....

—¡Ahora me conviene mucho menos!

El llamado Jaime Olot paró mientes[103-2] en la soflama del tío 10 Juan Gómez, y miróle a fondo como para adivinar el sentido de aquella rara contestación; pero, no logrando leer nada en la fisonomía zorruna de su merced, parecióle oportuno añadir con fingida naturalidad:

—Tampoco dejaría de agradarme[103-3] recomponer parte de 15 aquel antiguo edificio y vivir en él cultivando el terreno que destina usted a corral de ganado. ¡Le compro a usted, pues, la Torre del Moro y el secano que la circunda!

—No me conviene vender—respondió el tío Hormiga.

—¡Es que le pagaré a usted el doble de lo que aquello 20 valga!—observó enfáticamente el que se decía catalán.

—¡Por esa razón me conviene menos!—repitió el andaluz con tan insultante socarronería, que su interlocutor dió un paso atrás, como quien conoce que pisa terreno falso.

Reflexionó, pues, un momento, pasado el cual alzó la cabeza 25 con entera resolución, echó los brazos a la espalda[103-4] y dijo, riéndose cínicamente:

—¡Luego sabe usted que en aquel terreno hay un tesoro!

El tío Juan Gómez se agachó, sentado como estaba; y, mirando al catalán de abajo arriba, exclamó donosísimamente:

30 —¡Lo que me choca es que lo sepa usted!

—¡Pues mucho más le chocaría si le dijese que soy yo el único que lo sabe de cierto!

—¿Es decir que conoce usted el punto fijo en que se halla sepultado el tesoro? (p104) —Conozco el punto fijo, y no tardaría veinticuatro horas en desenterrar tanta riqueza como allí duerme a la sombra....

—Según eso, ¿tiene usted cierto documento?...

—Sí, señor; tengo un pergamino del tiempo de los moros, 05 de media vara en cuadro..., en que todo eso se explica....

—Dígame usted; ¿y ese pergamino?...

—No lo llevo sobre mi persona, ni hay para qué, supuesto que me lo sé[104-1] de memoria al pie de la letra[104-2] en español y en 10 árabe.... ¡Oh! ¡no soy yo tan bobo que me entregue nunca con armas y bagajes! Así es que antes de presentarme en estas tierras escondí el pergamino ... donde nadie más que yo podrá dar con él.

—¡Pues entonces no hay más que hablar! Señor Jaime 15 Olot, entendámonos como dos buenos amigos ...—exclamó el Alcalde, echando al forastero una copa de aguardiente.

—¡Entendámonos!—repitió el forastero, sentándose sin más permiso y bebiéndose la copa en toda regla.

—Dígame usted—continuó el tío Hormiga,—y dígamelo 20 sin mentir, para que yo me acostumbre a creer en su formalidad....

—Vaya usted preguntando, que yo me callaré cuando me convenga ocultar alguna cosa.

—¿Viene usted de Madrid?

25 —No, señor. Hace veinticinco años que estuve en la corte por primera y última vez.

—¿Viene usted de Tierra Santa?

—No, señor. No me da por ahí.[104-3]

—¿Conoce usted a un abogado de Ugíjar llamado D. Matías 30 de Quesada?

—No, señor; yo detesto a los abogados y a toda la gente de pluma.

—Pues, entonces, ¿cómo ha llegado a poder de usted ese pergamino? (p105) Jaime Olot guardó silencio.

—¡Eso me gusta! ¡veo que no quiere usted mentir!—exclamó el Alcalde.—Pero también es cierto que D. Matías de Quesada me engañó como a un chino,[105-1] robándome dos onzas 05 de oro, y vendiendo luego aquel documento a alguna persona de Melilla[105-2] o de Ceuta.... ¡Por cierto que, aunque usted no es moro, tiene facha de haber estado por allá!

—¡No se fatigue usted ni pierda el tiempo! Yo le sacaré a usted de dudas. Ese abogado debió de enviar el manuscrito 10 a un español de Ceuta, al cual se lo robó hace tres semanas el moro que me lo ha traspasado a mí....

—¡Toma! ¡ya caigo! Se lo enviaría a un sobrino que tiene de músico[105-3] en aquella catedral..., a un tal Bonifacio de Tudela....

15 —Puede ser.

—¡Pícaro D. Matías! ¡Estafar de ese modo a su compadre![105-4] ¡Pero véase cómo la casualidad ha vuelto a traer el pergamino a mis manos!...

—Dirá usted a las mías...—observó el forastero.

20 —¡A las nuestras!—replicó el Alcalde, echando más aguardiente.—¡Pues, señor! ¡somos millonarios! Partiremos el tesoro mitad por mitad, dado que[105-5] ni usted puede excavar en aquel terreno sin mi licencia, ni yo puedo hallar el tesoro sin auxilio del pergamino que ha llegado a ser de 25 usted. Es decir, que la suerte nos ha hecho hermanos. ¡Desde hoy vivirá usted en mi casa! ¡Vaya otra copa! Y, en seguidita que almorcemos,[105-6] daremos principio a las excavaciones....

Por aquí iba la conferencia cuando la señá Torcuata volvió 30 de misa. Su marido le refirió todo lo que pasaba y le hizo la presentación del señor Jaime Olot. La buena mujer oyó con tanto miedo como alegría la noticia de que el tesoro estaba a punto de parecer; santiguóse repetidas veces al enterarse de la traición y vileza de su compadre D. Matías de Quesada, y miró(p106) con susto al forastero, cuya fisonomía le hizo presentir grandes infortunios.

Sabedora, en fin, de que tenía que dar de almorzar a aquel hombre, entró en la despensa a sacar de lo más precioso y 05 reservado que contenía, o sea lomo en adobo y longaniza de la reciente matanza, no sin decirse mientras destapaba las respectivas orzas:

—¡Tiempo es de que parezca el tesoro; pues, entre si parece o no parece,[106-1] nos lleva de coste los treinta y dos duros 10 de la famosa jícara de chocolate, la antigua amistad del compadre D. Matías, estas hermosas tajadas, que tan ricas habrían estado con pimientos y tomates en el mes de Agosto, y el tener de huésped a un forastero de tan mala cara. ¡Malditos sean los tesoros, y las minas, y los diablos, y todo lo que está debajo 15 de tierra, menos el agua y los fieles difuntos!

XIV

Pensando estaba así la señá Torcuata, y ya se dirigía a las hornillas con una sartén en cada mano, cuando se oyeron sonar en la calle gritos y silbidos de viejas y chicuelos, y voces de gente más formal que decía:

20 —¡Señor Alcalde! ¡Abra usted la puerta! ¡La Justicia de la ciudad está entrando en el pueblo con mucha tropa!

Jaime Olot se puso más amarillo que la cera al oír aquellas palabras, y dijo, cruzando las manos:

—¡Escóndame usted, señor Alcalde! ¡De lo contrario,[106-2] no 25 tendremos tesoro! ¡La justicia viene en mi busca!

—¿En busca de usted? ¿Por qué razón? ¿Es usted algún criminal?

—¡Bien lo decía yo!—gritó la tía Torcuata.—¡De esa cara triste no podía venir nada bueno! ¡Todo esto es cosa 30 de Lucifer! (p107) —¡Pronto! ¡pronto!—añadió el forastero.—¡Sáqueme usted por la puerta del corral!

—¡Bien! Pero déme usted antes las señas del tesoro....—expuso el tío Hormiga.

05 —Señor Alcalde....—seguían diciendo los que llamaban a la puerta. —¡Abra usted! ¡El pueblo está cercado! ¡Parece que buscan a ese hombre que habla con usted hace una hora!...

—¡Abrid al Juzgado de primera instancia![107-1]—gritó por 10 último una voz imperiosa, acompañada de fuertes golpes dados a la puerta.

—¡No hay remedio!—dijo el Alcalde, yendo a abrir, mientras que el forastero se encaminaba por la otra puerta en busca del corral.

15 Pero el mayoral y el cabrero, advertidos de todo, le cerraron el paso, y entre ellos y los soldados, que ya penetraban también por aquella puerta, lo cogieron y ataron sin contratiempo alguno, aunque aquel diablo de hombre desplegó en la lucha las fuerzas y la agilidad de un tigre.

20 El alguacil del Juzgado, a cuyas órdenes iban un escribano y veinte soldados de infantería, contaba entre tanto al despavorido Alcalde las causas y fundamentos de aquella prisión tan aparatosa.

—Ese hombre—decía—con quien usted estaba encerrado 25 ... no sé por qué, hablando de ... no sé qué asunto, es el célebre gallego Juan Falgueira, que degolló y robó hace quince años a unos señores, de quienes era mulero, en cierta casería de la vega de Granada, y que se escapó de la capilla la víspera de la ejecución vestido con el hábito del fraile que lo auxiliaba, 30 a quien dejó allí medio estrangulado. El mismísimo Rey (q.D.g.[107-2] recibió hace quince días una carta de Ceuta, firmada por un moro llamado Manos-gordas, en que le decía que Juan Falgueira, después de haber residido largo tiempo en(p108) Orán y otros puntos de África, iba a embarcarse para España, y que sería fácil echarle mano[108-1] en Aldeire del Cenet, pensaba comprar una torre de moros y dedicarse a la minería.... Al propio tiempo el Cónsul español en Tetuán escribía a 05 nuestro Gobierno participándole que una mora llamada Zama se le había presentado quejándose de que el renegado español ben-Munuza, antes Juan Falgueira, acababa de embarcarse para España después de asesinar al moro Manos-gordas, marido de la querellante, y de haberle robado cierto precioso pergamino.... 10 Por todo ello, y muy principalmente por el atentado contra el fraile en la capilla, S.M. el Rey ha recomendado con particular encarecimiento a la Chancillería[108-2] de Granada la captura del tal facineroso y su inmediata ejecución en aquella misma capital.

15 Imagínese el que leyere el espanto y asombro de todos los que oyeron esta relación, así como la angustia del tío Hormiga, a quien no podía caber ya duda de que el pergamino estaba en poder de aquel hombre ¡sentenciado a muerte!

Atrevióse, pues, el codicioso Alcalde, aun a riesgo de comprometerse 20 más de lo que ya estaba, a llamar a un lado a Juan Falgueira y a hablarle al oído, bien que anunciando antes al concurso que iba a ver si lograba que confesase a Dios y a los hombres sus delitos. Pero lo que hablaron en realidad ambos socios fué lo siguiente:

25 —¡Compadre![108-3]—dijo el tío Hormiga.—¡Ni la Caridad[108-4] lo salva[108-5] a usted! Pero ya conoce que será lástima que ese pergamino se pierda.... ¡Dígame dónde lo ha escondido!

—¡Compadre!—respondió el gallego.—Con ese pergamino, o sea[108-6] con el tesoro que representa, pienso yo negociar 30 mi indulto. Proporcióneme usted la Real gracia, y le entregaré el documento; pero, por lo pronto,[108-7] se lo ofreceré a los jueces para que declaren que mi crimen ha prescrito[108-8] en estos quince años de expatriación.... (p109) —¡Compadre!—replicó el tío Hormiga—es usted un sabio, y celebraré que le salgan bien todos sus planes. Pero, si fracasan, ¡por Dios le pido que no se lleve a la tumba un secreto que no aprovechará a nadie!

05 —¡Vaya si me lo llevaré![109-1]—contestó Juan Falgueira —¡De algún modo me he de vengar[109-2] del mundo!

—¡Vamos andando![109-3]—gritó en esto el alguacil, poniendo término a aquella curiosa conferencia.

Y, cargado que fué de grillos y esposas el condenado a 10 muerte, salieron con él los curiales y los soldados en dirección a la ciudad de Guadix, de donde habían de conducirlo a la de Granada.

—¡El demonio! ¡El demonio!—seguía diciendo la mujer del tío Juan Gómez una hora después, al colocar de nuevo el 15 lomo y la longaniza en sus respectivas orzas.—¡Malditos sean todos los tesoros habidos y por haber![109-4]

XV

Excusado es decir que ni el tío Hormiga halló medio de negociar el indulto de Juan Falgueira, ni los jueces se rebajaron a oír seriamente los ofrecimientos que éste les hizo de un 20 tesoro porque sobreseyesen su causa, ni el terrible gallego accedió a revelar el paradero del pergamino ni el sitio del tesoro al impertérrito Alcalde de Aldeire, quien, con tal pretensión, tuvo todavía estómago para ir a visitarlo a la capilla en la Cárcel Alta de Granada.

25 Ahorcaron, pues, a Juan Falgueira el Viernes de Dolores[109-5] en el paseo del Triunfo, y regresado que hubo[109-6] a Aldeire el tío Hormiga el Domingo de Ramos,[109-7] cayó enfermo con calentura tifoidea, agravándose de tal modo en pocos días que el Miércoles Santo[109-8] se confesó e hizo testamento, y expiró el Sábado 30 de Gloria[109-9] por la mañana. (p110) Pero antes de morir mandó poner una carta[110-1] a D. Matías de Quesada, reconviniéndole por su traición y latrocinio (que habían dado lugar a que tres hombres perdiesen la vida) y perdonándole 05cristianamente, a condición de que devolviese a la seña Torcuata los treinta y dos duros de la jícara de chocolate.

Llegó esta formidable carta a Ugíjar al mismo tiempo que la noticia de la muerte del tío Juan Gómez; todo lo cual afectó por tal extremo al viejo abogado que no volvió a echar más luz,[110-2] y murió de allí a poco, no sin escribir a última hora una 10 terrible epístola, llena de insultos y maldiciones, a su sobrino el maestro de la capilla de la catedral de Ceuta, acusándole de haberle engañado y robado, y de ser causa de su muerte.

De la lectura de tan justificada y tremenda acusación dicen que se originó la apoplejía fulminante que llevó al sepulcro a 15 D. Bonifacio.

Por manera que[110-3] solamente los barruntos de la existencia de un tesoro fueron causa de cinco muertes y de otras desventuras, quedando a la postre las cosas tan ignoradas y ocultas como estaban al principio, puesto que la señá Torcuata, única persona 20 que ya sabía en el mundo la historia del fatal pergamino, guardóse muy bien de volver a mentarlo en toda su vida, por juzgar que todo aquello había sido obra del diablo y consecuencia necesaria del trato de su marido con los enemigos del Altar y del Trono.

25 Preguntará el lector: ¿cómo es que nosotros, sabedores de que el tesoro está allí escondido, no hemos ido a desenterrarlo y apoderarnos de él? Y a esto le responderemos que la curiosísima historia del hallazgo y empleo de aquellas riquezas, con posterioridad a[110-4] la muerte de la señá Torcuata, nos es también 30 perfectamente conocida, y que tal vez la refiramos, andando el tiempo,[110-5] si llega a nuestra noticia que el público tiene interés en leerla.

VALDEMORO, 6 de Julio de 1881.

(p111)

EL AÑO EN SPITZBERG[111-1]

I

Estoy viendo desaparecer hacia el Mediodía el buque ballenero que me deja abandonado en esta isla desierta, sobre la arena de una playa sin nombre.

¡Heme aquí solo; solo en un ámbito de mil leguas!

05 Yo amaba a una mujer.... El demonio de los celos me mordió el corazón, y he matado a mi rival en desafio.... ¡Era un príncipe!...

Y el Gobierno ruso me ha condenado a pasar aquí un año...; es decir, me ha condenado a muerte.

10 ¡Ah! ¿Por qué no me entregó al hacha[111-2] del verdugo? ¿Por qué hacerme expirar de frío, de hambre, de tristeza, de desesperación, o disputando mi cuerpo al terrible oso blanco, si mi delito no era más que uno?

¡Spitzberg!... ¡Estoy en el terrible archipiélago que 15 ninguna raza ha podido habitar! ¡Me hallo a los 77 grados latitud Norte, a doscientas sesenta leguas del Polo!

Creo haber oído decir a mis asesinos que esta isla es la del Nordeste, la más meridional del horroroso grupo, la más templada de todas.... ¡Cruel compasión..., que prolongará 20 algunas horas mi agonía!

Ignoro en cuál de estos témpanos de hielo eterno tiene la Rusia una colonia para la peletería y la pesca de la ballena; pero lo que sí sé[111-3] es que los colonos emigrarían[111-4](p112) a la Laponia a fines de Agosto,[112-1] hace dos meses, y no volverán hasta la primavera...; ¡dentro de doscientos cuarenta días!

¡Estoy, pues, solo, sin hogar, sin amparo, sin víveres, sin consuelos!

05 ¡Morir! He aquí mi inevitable y próxima suerte.

Hoy es 17 de Octubre.... El frío avanza por el Norte.... Dentro de pocos días me helaré sin remedio.

Entretanto me alimentaré con la caza. ¡Siquiera[112-2] esos crueles me han dejado una escopeta ... «por si quería[112-3] suicidarme 10 de este modo»! Mataré rengíferos, chuparé hielo y me procuraré un abrigo entre esas rocas. El inglés Parry[112-4] habitó cabañas de nieve en el Norte de América a los 73 grados.

¡Ah! Sí...; ¡pero yo estoy cuatro grados más cerca del Polo, y no tengo fuego para calentarme!

15 ¡Morir! ¡Morir! ¡He aquí mi infalible destino!

II

Han transcurrido seis días.

Una ráfaga de esperanza brilla ante mis ojos....

Me he procurado fuego como Robinsón,[112-5] rozando dos pedazos de cedro.

20 Ayer encontré en el centro de inmensa roca una profunda cavidad muy reservada del frío.

Todos los días mato cinco o seis rengíferos, los despedazo y conservo la carne entre los témpanos de hielo.

Así se conservará incorrupta hasta el año que viene.

25 También hago provisión de combustibles. No tengo hacha; pero el frío me sirve de leñador. Todas las noches crujen algunos árboles y saltan hechos astillas por el rigor de la helada, y yo traslado a mi gruta cada mañana miles de estos fragmentos, que alimentarán mi hogar hasta que me muera.

30 Voy, pues, a entablar una insensata lucha con el invierno.(p113) ¡Porque deseo vivir y volver al lado de los hombres! ¡Porque la soledad me ha vuelto cobarde!... ¡Porque adoro la vida!...

III

El frío es ya irresistible....

05 Ha llegado el momento de encerrarme en las entrañas de esa peña; de incrustarme en su centro como un marisco en su concha.

Antes de sepultarme en la que acaso será efectivamente mi tumba; antes de vestirme esa mortaja de piedra, quiero despedirme 10 del mundo, de la Naturaleza, de la luz, de la vida....

Camina el sol tan poco elevado en el horizonte, que desde que sale hasta que se pone no hace más que recorrer su ocaso[113-1] como luminoso fantasma que da vueltas alrededor de su sepulcro.

15 Sus rayos pálidos y horizontales reverberan tristemente sobre el mar.

Las aguas empiezan a rizarse.... Pronto quedarán encadenadas por el hielo.

La bóveda celeste ostenta un azul cárdeno y sombrío, que la 20 hace aparecer como más distante de la Tierra.

El soplo del aquilón quema y marchita las tristes flores que osaron desplegar aquí sus encantos, y ata con lazos de cristal el curso de los torrentes.... ¡Helos ya mudos, inmóviles, petrificados en sus enérgicas actitudes, como trágicos héroes esculpidos[113-2] 25 en mármol!...

Reina un silencio sepulcral, un silencio absoluto. No se oye ni canto de ave, ni rumor de corriente, ni suspiro de brisa, ni columpio de planta....

¡Ni movimiento ni ruido!... ¡Nada! El mutismo del 30 no ser: he aquí todo. La eternidad y lo infinito deben de parecerse a estas monótonas soledades, a estos páramos de inacción y muerte. (p114) El calor de mi sangre, los latidos de mi corazón, el soplo de mi aliento, el eco de mis pasos, son los únicos síntomas de vida que ofrece la Naturaleza. Me creo, pues, solo en un mundo cadáver, en un planeta posterior a su Apocalipsis;[114-1] en la Tierra 05 misma, pasado el Juicio final....

Hoy tiene el día diez y seis minutos.

Mañana no saldrá el sol.

Mañana me ocultaré yo por seis meses; él por tres.

¡Oh, sol! ¿ Volveremos a vernos?

10 ¡Qué frío tan espantoso!... La humedad del aire se convierte en agujas de hielo que punzan mi semblante.

Mi aliento me rodea de una especie de niebla que no puede elevarse a la condensada atmósfera.

15 El humo de mi escopeta se dilata también horizontalmente.

Ayer toqué el gatillo sin mis gruesos guantes, y mis dedos quedaron tan fuertemente unidos al acero que, para separarlos, hube de dejarme allí la piel.

La sábana blanca que se extiende indefinidamente alrededor 20 de mí, y las irradiaciones de la luz en ella, hanme producido en la vista una terrible inflamación....

Pronto vendrá el escorbuto....

¡Oh! ¡Qué espantosa es esta lucha de mi vida con la muerte de todo lo creado!

IV

25 En efecto: ayer apareció el sol; no por el Oriente, sino por el Sur. Trazó en lontananza un ligero semicírculo, y se hundió al cabo de un cuarto de hora.

Hoy es el 7 de Noviembre, el tremendo día del Spitzberg, el último en que ve el sol.... (p115) Son las once y media de la mañana.

Hace tres horas que un esplendoroso crepúsculo luce en el remotísimo confín de los cielos.

Mas el sol no aparece....

05 ¡Ah!... ¡Sí!... ¡Helo pálido y entristecido, pugnando por asomar su frente!...

Pero el disco no se eleva....

El limbo solamente pasa rozando por el límite del cielo y de las olas....

10 ¡Un momento más, y ha desaparecido!

¡Adiós para siempre, padre de la luz, corona de los cielos, alma del mundo!

¡Adiós, mi último amigo! ¡Adiós, y vuelve!

V

¿Cuánto tiempo ha transcurrido?

15 No lo sé.

Mi reloj anduvo una semana: el frío lo paró después, o, mejor dicho, lo mató.

El frío lo mata todo.[115-1]

Ignoro, pues, qué día es hoy.

20 Pero ¿qué significa la palabra hoy?

El hoy no existe para mí.

Mi vida carece de horas.

Lo pasado, lo presente y el porvenir forman horrible grupo en mi imaginación.

25 Un momento continuo: tal es el tiempo dentro de este sepulcro.

Si los muertos pensaran en el panteón, padecerían lo que yo padezco.

Los siglos caminan más de prisa que aquí los instantes.

30 Un invierno en Spitzberg da una idea de la eternidad en el infierno. (p116) ¡Y qué abismo sin fondo el de mi tenaz meditación!

Mis ideas, indefinidamente desbordadas, explayadas, extendidas por el páramo de mi no ser,[116-1] concluirán por escapárseme..., y no me volveré loco.

05 Vivo náufrago y sin tabla en un océano de negaciones. Paréceme un sueño la idea de que existe el mundo. Dudo hasta de mi propia existencia. Mi desesperación es más cruel que la de los ateos: ellos niegan el porvenir; yo niego lo presente. Yo no he perdido la esperanza, sino la realidad.

VI

10 ¡Qué lejos estoy de los hombres! ¡Qué olvidado sobre la tierra! Hacia cualquier parte que dirijo el pensamiento, disto de la humanidad centenares de leguas.

Mil quinientas millas al Occidente se halla la Groenlandia,[116-2] continente de hielo que enlaza dos mundos....

15 Al Norte ... ¡no hay más que el Polo!

El Océano Atlántico se dilata por el Sur.... Allá está el continente europeo, con su perdurable primavera.... Luego el África, ¡la patria del sol!... Después las zonas antárticas, gozando ahora de los favores del estío....

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings