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Nazarín

QUINTA PARTE

Reading edition

I

A la media hora da camino, el anciano mendigo, cansado de su taciturnidad, pegó la hebra con don Nazario.

—Compañero, usted estará hecho a estos viajecitos, ¿eh?

—No señor: es la primera vez...

—Pues yo..., me parece que con este llevo catorce. ¡Si las leguas que tengo en el cuerpo fueran monedas de cinco duros!... Y le diré a usted en confianza: ¿a que no sabe quién tiene la culpa de lo que a mí me pasa? Pues Cánovas... No exagero.

—¡Hombre!

—Lo que usted oye. Porque si don Antonio Cánovas no hubiera dejado el poder el día que lo dejó, a estas horas me tenía usted a mí repuesto en la plaza que me quitaron el 42, por intrigas de los moderados. Sí, señor, mi placita de escribiente con seis mil. Mi ramo era Directas, negociado de Ocultaciones. Pues me fastidió don Antonio con no quedarse un día más: ya estaba extendida la orden para que la firmase Su Majestad... ¡Pero hay tanta intriga....! Como que derribaron al gobierno por evitar mi reposición.

—¡Qué maldad!

—Aquí donde usted me ve, tengo dos hijas, la una casada en Sevilla con uno que está más rico que quiere; la otra casó con mi yerno, naturalmente, mala persona, y el causante de que todo lo mío esté en pleito... Porque la herencia de mi hermano Juan, que murió en América, y que asciende a unos treinta y seis millones, no exagero, no puedo cobrarla hasta el año que viene, y gracias... Como que entre la curia, el consulado de allá y mi yerno, lo enredaron por fastidiarme... ¡Ay, qué punto! En el primer cafetín que le puse me gastó seis mil duros, más bien más que menos. Y él fue quien lo convirtió en casa de juego, de donde vino el que yo estuviera seis meses en la cárcel, hasta que se vio mi inocencia, y... Mire usted si es desgracia: el mismo día que iba a salir de la cárcel, tuve una cuestión con un compañero que quiso estafarme treinta y dos mil reales y pico, y allí me tuvieron otros seis meses, no exagero.

Viendo que Nazarín no se interesaba en su historia, lo tomó por otro lado.

—Oí que es usted sacerdote... ¿Es verdad?

—Sí, señor.

—Hombre... He visto en mis viajes personas muy diversas. Nunca he visto un señor eclesiástico en la conducta.

—Pues ahora lo ve usted. Ya tiene cosas nuevas y raras que añadir a su historia.

—¿Y por qué ha sido ello, padre? ¿Se puede saber? Algún descuidillo. Le veo en compañía de mujeres, y esto me da mala espina. Sepa que todo el que anda mucho entre faldas es hombre perdido. Dígamelo usted a mí, que tuve relaciones con una dama principal, de la más alta aristocracia. ¡Ay, qué líos me armó! Entre ella y una marquesa amiga suya me robaron sobre setenta mil duros, no exagero. Y lo peor fue que me procesaron. ¡Mujeres! No me las nombre si no quiere que pierda los estribos. Por una prima de mi yerno, que es horchatera, y tiene amores con un teniente general, me veo yo ahora en este mal paso, porque me dieron esa niña para que la llevara a unos tíos que tiene en Navalcarnero, y los tíos no la quisieron tomar, si no les aseguraba yo que se les condonarían seis años de contribución, no exagero... Todo proviene de las mujeres, alias el bello sexo, por lo cual, compañero, yo le aconsejo que se quite de ellas y pida perdón al obispo, y no se meta más en sectas protestantes y heréticas... ¿Qué dice usted?

—No he dicho nada, buen hombre. Hable usted todo lo que quiera, y déjeme a mí, que nada puedo decirle, porque de fijo no me entendería.

En tanto, Beatriz preguntaba a la niña su nombre y el de sus padres. Pero la infeliz estaba como idiota y no sabía contestar a nada. Ándara se adelantó, con permiso de los guardias, para distraer un poco a Nazarín con su conversación, y el mendigo anciano se arrimó a Beatriz. En el primer descanso, los criminales que iban atados echaban requiebros a las dos mozas con frase descarada y obscena. Almorzaron todos en el suelo, y Nazarín repartió entre sus compañeros lo que el alcalde le había puesto en el morral. Los guardias, a quienes sorprendía la constante dulzura y sumisión del desdichado sacerdote, le convidaron a echar un trago; mas no quiso aceptar, rogándoles que no lo tomasen a desprecio. Debe decirse que si, al principio, la opinión de los dos militares era poco favorable al misterioso preso que conducían, y le tuvieron por un redomado hipócrita, en el curso del viaje esta creencia se trocaba en dudas acerca de la verdadera condición moral del personaje, pues la humildad de sus respuestas, la paciencia callada con que sufría toda molestia, su bondad, su dulzura los encantaban, y acabaron por pensar que si don Nazario no era santo, lo parecía.

Dura fue la primera jornada, pues por no hacer noche en Villamanta, que infestada seguía, lleváronles de un tirón a Navalcarnero. Los dos criminales iban dados a los demonios, y llegó el caso de que, tumbados en mitad del camino, se negaran a seguir, viéndose obligados los civiles a emplear el acicate de sus amenazas. El anciano se arrastraba difícilmente, echando pestes de su desdentada boca. Nazarín y sus dos compañeras disimulaban su cansancio, y no proferían queja alguna, a pesar de que las dos mujeres alternaban en llevar en brazos a la niña. Llegaron por fin medio muertos, ya muy entrada la noche. La excelente estructura de la cárcel de Navalcarnero permitió a los guardias descansar en la vigilancia, y los presos, después de recibir su rancho, fueron encerrados, los hombres en una parte, las mujeres en otra, pues allí había buen acomodo para esta separación tan conveniente en la generalidad de los casos. Era la primera vez que el peregrino y sus dos compañeras, que ya la partida llamaba burlonamente las discípulas, y también las nazarinas, se separaban, y si penoso fue para ellas el no verle junto a sí, y oírle y platicar de las mutuas adversidades, no fue menor el desconsuelo de él, viéndose obligado a rezar solo. ¡Pero qué remedio había más que conformarse!

Detestable fue la noche para Nazarín, en la oscuridad de aquel encierro entre desalmados malhechores: pues, a más de sus dos compañeros de viaje, había tres que dieron en cantorrear y decir desvergüenzas, como poseídos de un frenesí de grosería. Enteráronse los que allí estaban, por los otros dos (a quienes llamaremos, a falta de filiación, el parricida y el ladrón sacrílego), del carácter sacerdotal de don Nazario, y no tardaron entre unos y otros en construirle a su modo una historia de impostor o aventurero religioso. En alta voz hacían comentarios soeces acerca de las ideas diabólicas que, a juicio de ellos, constituían su doctrina, y en cuanto a las mujeres que llevaba consigo, el uno sostenía que eran monjas escapadas de los conventos, el otro que eran tomadoras de las que en las iglesias alivian los bolsillos de las beatas. Los horrores que en su cara dijeron al buen don Nazarín no son para repetidos. Este le llamaba el Papa de los gitanos, aquel le preguntó si era cierto que llevaba en una botellita polvos venenosos, para echarlos en las fuentes de los pueblos, y producir la viruela. Entre bromas y veras, acusábale otro de robar niños para crucificarlos en los ritos del culto idolátrico que profesaba, y todos, en fin, lo colmaban de indecentes y bestiales injurias. Pero el delirio de aquella estúpida y repugnante bufonada fue que le pidieron que hiciese delante de ellos el simulacro de una misa a estilo infernal, amenazándole con pegarle si al momento no decía el satánico oficio, con arrumacos y latines contrarios y semejantes a los de la misa del Dios verdadero; y mientras el uno se ponía de rodillas con burlescos fingimientos de oración, otro se daba en semejante parte golpes como los que los buenos cristianos se dan en el pecho en señal de contrición, y todos gritaban mea culpa, mea culpa con feroces aullidos.

Ante tan bestiales irreverencias, que ya no afectaban a su persona sino a la sagrada fe, perdió su bendita serenidad el padre Nazarín, y ardiendo en santa cólera se puso en pie, y con arrogante dignidad increpó a la vil canalla en esta forma:

—¡Desdichados, perdidos, ciegos, insultadme a mí cuanto queráis; pero guardad acatamiento a la majestad del Dios que os ha creado, que os da esa vida, no para que la empleéis en maldecirle y escarnecerle, sino para que realicéis con ella actos de piedad, actos de amor a vuestros semejantes! La putrefacción de vuestras almas, encenagadas en cuantos vicios y maldades desdoran al linaje humano, sale a vuestras bocas en toda esa inmundicia que habláis, y corrompe hasta el ambiente que os rodea. Pero aún tenéis tiempo de enmendaros, que ni aun para los inicuos empedernidos como vosotros están cerrados los caminos del arrepentimiento, ni secas las fuentes del perdón. No os descuidéis, no, que el daño de vuestras almas es grande y profundo. Volved a la verdad, al bien, a la inocencia. Amad a Dios vuestro Padre, y al hombre que es vuestro hermano; no matéis, no blasfeméis, no levantéis falso testimonio, ni seáis impuros de obra ni de palabra. Las injurias que no os atreveríais a decir al prójimo fuerte, no las digáis al prójimo desvalido. Sed humanos, compasivos, aborreced la iniquidad, y evitando la palabra mala, evitaréis la acción vil, y como os libréis de la acción vil, podréis libraros del crimen. Sabed que el que expiró en la cruz, soportó afrentas y dolores, dio su sangre y su vida por redimiros del mal... ¡Y vosotros, ciegos, le arrastrasteis al Pretorio y al Calvario; vosotros coronasteis de espinas su divina frente; vosotros le azotasteis; vosotros le escupisteis; vosotros le clavasteis en el madero afrentoso! Pues ahora, si no reconocéis que le matasteis y que continuamente matándole estáis, y azotándole y escupiéndole; si no os declaráis culpables, y lloráis amargamente vuestras inmensas culpas; si no os acogéis pronto, pronto, a la misericordia infinita, sabed que no hay remisión para vosotros; sabed, malditos, que os aguardan por toda una eternidad las llamas del infierno.

Grandioso y terrible estuvo el bendito Nazarín en su corta oración, dicha con todo el fuego y la severa solemnidad de la elocuencia sagrada. En la cárcel no había más claridad que la de la luna que por altas rejas entraba, iluminándole la cabeza y busto, los cuales, en medio de aquellos pálidos resplandores, adquirían mayor belleza. La primera impresión que el tremendo anatema y el tono y la figura mística del orador produjeron en los criminales, fue de un estupor terrorífico. Quedáronse mudos, atónitos. Pero la intensidad de la impresión no evitó que fuera de las más fugaces, y como el mal tenía tan profunda raíz en sus dañadas almas, pronto se rehicieron y recobraron su perversidad. Oyéronse otra vez los soeces insultos, y uno de los bribones, el que hemos convenido en llamar el Parricida, que era el más bravucón o insolente de todos, se levantó del suelo, y como si orgulloso quisiera sobrepujar con su barbarie la barbarie de los otros bandidos, se llegó a Nazarín, que continuaba en pie, y le dijo:

—Yo soy mesmamente el obispo de pateta, y te voy a confirmar. Toma.

Diciendo «toma» le dio tan fuerte bofetón, que el débil cuerpo de Nazarín rodó por el suelo. Oyose un gemido, articulaciones guturales del infeliz caído y ultrajado, que quizás fueron roncos anhelos de venganza. Era hombre, y el hombre en alguna ocasión había de resurgir en su ser, pues la caridad y la paciencia, aunque profundamente arraigadas en él, no habían absorbido todo el jugo vital de la pasión humana. Tan terrible como breve debió de ser la lucha sostenida en su voluntad entre el hombre y el ángel. Oyose otra vez el gemido, un suspiro arrancado de lo más hondo de las entrañas. La canalla reía. ¿Qué esperaban de Nazarín? ¿Que airado se revolviera contra ellos, y les devolviese, si no golpes, porque no podía contra tantos, injurias y denuestos iguales a los suyos? Por un momento pudo creerse así, al ver que el penitente se incorporaba, alzándose primero sobre las rodillas, bajando la barba hasta el suelo, con el pecho en tierra, como un gato que acecha. Por fin levantó el busto, y volvió a salir el suspiro arrancado, como de un tirón, de las profundidades torácicas.

La respuesta al ultraje fue, y no podía menos de serlo, entre divina y humana.

—Brutos, al oírme decir que os perdono, me tendréis por tan cobarde como vosotros..., ¡y tengo que decíroslo!, ¡amargo cáliz que debo apurar! Por primera vez en mi vida, me cuesta trabajo decir a mis enemigos que les perdono: pero os lo digo, os lo digo sin efusión del alma, porque es mi deber de cristiano decíroslo... Sabed que os perdono, menguados, sabed también que os desprecio, y me creo culpable por no saber separar en mi alma el desprecio del perdón.

II

—Pues por el perdón, toma —le dijo otra vez el Parricida, pegándole, aunque menos fuerte.

—Y por el desprecio, toma.

Y todos, menos uno, cayeron sobre él, y le golpearon, entre risas burlescas, en la cara, en el cráneo, en el pecho y hombros. Más que crueldad y saña, revelaba aquella acometida en conjunto una burla pesada y brutal, de gente zafia, porque los golpes no eran fuertes, aunque sí lo bastante para poblar de cardenales el cuerpo del infeliz sacerdote. Este, luchando en su interior con más bravura que la primera vez, invocando a Dios fervorosamente, llamando a sí todo el vigor de sus ideas, y atizando el fuego de piedad que ardía en su alma, se dejó pegar, y no articuló protesta ni lamento. Cansáronse los otros de su infame juego, y le dejaron tendido, exánime sobre las losas. Nazarín no profería palabra alguna: oíase tan solo su fatigosa respiración. Los criminales callaban también, como si en sus almas se determinara una reacción de seriedad contra las bárbaras y descomedidas burlas. Esa mezcla siniestra de risa y cólera que caracteriza las chanzas brutales, a veces sangrientas, de los criminales empedernidos, suelen tener un rechazo de melancolía negra. En la pausa que se produjo, no se oía más que el ardiente respirar de Nazarín, y los formidables ronquidos del mendigo anciano, que dormía con angélico y profundísimo sueño, ajeno a todas aquellas trifulcas. Soñaba quizás que ponían en sus manos los treinta y seis millones de su hermano de América.

El primero que rompió con palabras la pausa silenciosa fue Nazarín, que se incorporó con todos los huesos doloridos, y les dijo:

—Ahora, sí. Ahora..., con vuestros nuevos ultrajes, ha querido el Señor que yo recobre mi ser, y aquí me tenéis en toda la plenitud de mi mansedumbre cristiana, sin cólera, sin instintos de odio y venganza. Conmigo habéis sido cobardes; pero en otras ocasiones habréis sido valientes, y hasta héroes, que también hay héroes en el crimen. Ser león no es cosa fácil; pero es más difícil ser cordero, y yo lo soy. Sabed que os perdono de todo corazón, porque así me lo manda Nuestro Padre que está en los cielos; sabed también que ya no os desprecio, porque Nuestro Padre me manda que no os desprecie, sino que os ame. Por hermanos queridos os tengo, y el dolor que siento por vuestras maldades, por el peligro en que os veo de perderos eternamente, es un dolor tan vivo, y de tal modo dolor y amor me encienden el alma, que si yo pudiera, a costa de mi vida, conseguir ahora vuestro arrepentimiento, sufriría gozoso los más horribles martirios, el oprobio y la muerte.

Nuevo silencio, más lúgubre que el anterior, porque los ronquidos del anciano ya no se oían. Pasado un breve rato de aquella expectación solemne, que era como el fermentar de las conciencias removidas, agitándose y revolviéndose sobre sí mismas, salió una voz. Era la del criminal que llamamos el Sacrílego, el único que en los insultos y acometidas al pobre clérigo andante había permanecido mudo y quieto. Habló así, sin moverse del rincón en que yacía tumbado:

—Pues yo digo que esto de afrentar y dar de morradas a un hombre indefenso, no es de caballeros, ¡vaya!, y digo más, digo que no es de personas decentes, y si me pinchan, os declaro que es propio de canallas y granujas. Ea, si a alguno le pica, que se rasque, pues a poner los ajos en su lugar nadie me gana. Lo justo, justo es, y lo que se ve con las razones naturales debe decirse. Conque... ya lo saben, y saben también que mantengo lo que digo, aquí o en donde quiera.

—Cállate, poca lacha —dijo uno del grupo levantisco—, que ya te conocemos. ¡Vaya con la defensa que le sale al Papamoscas!

—Sale porque le da la gana, y a mucha honra —manifestó el otro con sombría calma, levantándose—. Porque aunque malo, siempre defendí al pobre, y nunca le pegué al caído, y cuando he visto a uno con hambre, me he quitado el pan de la boca. La necesidad lleva a un hombre a ser lo que somos; pero el quitar algo de lo ajeno no estorba para la compasión.

—Cállate, fulastre, que no tienes alma más que para ofender a tus amigos —le dijo el Parricida—, y siempre tiras a lo santurrón. Por algo no haces tú más que raterías de iglesia, en lo que no se expone la pelleja, porque las imágenes no dicen nada cuando ven que les quitan la plata, y el Santísimo Copón y la Custodia se dejan coger sin decir «Jesús». Mala pata, desagradecido, ¿qué sería de ti sin nosotros? ¡Y vienes aquí a pintarla de guapo y temerón!... ¡Cállate pronto, si no quieres que...!

—Echa, echa bravatas, ahora que no tenemos armas. Así eres tú siempre. Pero yo quiero verte fuera, en terreno libre, y con manos y cuerpos libres, para decirte que ofender y castigar a un pobre sin defensa, que es bueno y pacífico de su natural y con nadie se mete, no lo hacen más que los cobardes como tú, ¡mal hijo, mal hermano, animal, que no naciste de hombre y mujer!

Fuéronse uno sobre otro con igual furia, y los demás corrieron a separarlos.

—Déjenmele —gritaba el Parricida—, y le arranco de un bocado el corazón.

Y el otro:

—Chillas porque sabes que no te dejan... Siempre que quieras, te saco a paseo todas las entrañas, que ni los cuervos las quieren.

Y plantándose en medio del calabozo con aire arrogante y provocativo, prosiguió así:

—Ea, caballeros, a callar, y oigan lo que les digo. Sepan y entiendan todos que a este buen hombre que está aquí yo le defiendo lo mismo que si fuera mi padre; sepan que entre tantos pillos, desalmados y ladrones, hay un ladrón decente que, como tiene alma de hombre cristiano, se pone de parte de este que calla cuando le insultáis, que aguanta cuando le maltratáis, y que en vez de ofenderos os perdona. Y para que se enteren y rabien, les digo también que este hombre es bueno, y yo por santo le declaro, y aquí estoy yo para responder a todo el que lo ponga en duda. A ver, pillería, ¿hay alguien que me niegue lo que digo? Que salga el que lo niegue, y si salen todos a la vez, aquí estoy.

Con tan enfática entereza hablaba el Sacrílego que los otros no chistaron, y espantados miraban su rostro, que a la claridad de la luna confusamente se distinguía. Algunos, los menos fieros, empezaron a evadir la cuestión con chirigotas. El Parricida, mordiéndose los labios, masticaba palabras soeces y amenazadoras. Echándose en el suelo como un perro indolente, tan solo dijo:

—Alborota, niño, alborota, para que entren los guardias y me echen a mí la culpa, como siempre, y paguemos justos por pecadores.

—Tú eres el que alborota, mala sangre —dijo el Sacrílego paseándose a lo largo, dueño ya del terreno—. Escandalizas porque sabes que los guardias siempre me echan la culpa a mí de todas las camorras... Lo dicho, dicho: este buen hombre es un santo de Dios, y yo lo sostengo delante de toda la canalla del mundo; un santo de Dios, abran las orejas y oigan, un santo de Dios, y el que le toque al pelo de la ropa se verá conmigo aquí y en donde quiera.

Oyeron al fin los civiles el escándalo, y desde la estancia próxima abrieron para imponer silencio.

—Es una broma, guardias —dijo el Parricida—. De ello tiene la culpa el clérigo maldito, que se mete a predicarnos y no nos deja dormir.

—No es verdad —afirmó con resolución el Sacrílego—. El clérigo no es culpado, ni ha hecho lo que este dice. El que predicaba soy yo.

Con cuatro ternos, y la amenaza de predicar con las culatas de los fusiles, calló toda la pillería, y un silencio disciplinario reinó en la prisión. Mucho después de esto, cuando ya el Parricida y consortes dormían con estúpido sueño, pesada sedación de su barbarie, Nazarín se echó donde antes había estado el Sacrílego. Este se le puso al lado, sin hablar con él, como si un respeto supersticioso le atara la lengua. Adivinó esta confusión el sacerdote, y le dijo:

—Dios sabe cuánto te agradezco tu defensa. Pero no quiero que te comprometas por mí.

—Señor, lo hice porque me salió de dentro —replicó el ladrón de iglesias—. No me lo agradezca, que esto nada vale.

—Has sentido compasión de mí, te has indignado por la crueldad con que me trataban. Esto significa que tu alma no está toda viciada, y si quieres aún puedes salvarte.

—Señor —afirmó el otro con aflicción sincera—, yo soy muy malo, y no merezco ni tan siquiera que usted hable conmigo.

—¿Tan malo, tan malo eres?

—Mucho, muchísimo.

—A ver, a ver: ¿cuántos robos has hecho? ¿Habrán sido... cuatrocientos mil?

—No tantos... En sagrado nada más que tres, y uno de ellos de cosa poca, nada..., una vara de san José.

—¿Y muertes? ¿Habrán sido ochenta mil muertes?

—Dos nada más, una por venganza, pues me ofendieron; otra porque me acosaba el hambre. Éramos tres los que...

—Las malas compañías no han traído nunca cosa buena. Y qué, ¿al mirar para atrás y representarte tus delitos, sientes satisfacción de haberlos cometido?

—No, señor.

—¿Los miras con indiferencia?

—Tampoco.

—¿Sientes pena?

—Sí, señor... A veces, un poquito de pena nada más... Vienen los otros, y pensando todos en cosas malas, la penita se me borra... Pero otras veces la pena es grande..., y esta noche, grandísima.

—Bien. ¿Tienes madre?

—Como si no la tuviera. Mi madre es muy mala. Por robo y muerte de una criatura, hace diez años que está en el presidio de Alcalá.

—¡Anda con Dios! ¿Qué familia tienes?

—Ninguna.

—¿Y te gustaría variar de vida..., no ser criminal, no tener ningún peso sobre tu conciencia?

—Me gustaría..., pero uno no puede... Lo arrastran... Luego, la necesidad...

—No pienses en la necesidad ni hagas caso de ella. Si quieres ser bueno, basta con que digas: quiero serlo. Si abominas de tus pecados, por tremendos que estos sean, Dios te los perdonará.

—¿Está seguro de eso, señor?...

—Segurísimo.

—¿Es de verdad? ¿Y qué tengo que hacer?

—Nada.

—¿Y con nada se salva uno?

—Nada más que con arrepentirse y no volver a pecar.

—No puede ser tan fácil, no puede ser. Y penitencia..., tendré que hacer mucha.

—Nada más que soportar la desgracia, y si la justicia humana te condena, resignarte, y sufrir tu castigo.

—Pero me mandarán a presidio, y en presidio aprende uno cosas peores que las que sabe. Que me dejen libre, y seré bueno.

—En la libertad, lo mismo que en la condena, podrás ser lo que quieras. Ya ves: en la libertad has sido malísimo. ¿Por qué temes serlo en la prisión? Padeciendo se regenera el hombre. Aprende a padecer, y todo te será fácil.

—¿Me enseñará usted?

—Yo no sé qué harán de mí. Si estuvieras conmigo te enseñaría.

—Yo quiero estar con usted, señor.

—Es muy fácil. Piensa en lo que te digo, y estarás conmigo.

—¿Nada más que con pensarlo?

—Nada más. Ya ves qué fácil.

—Pues pensaré.

Cuando esto decían, penetraba por las altas rejas la luz del alba.

III

Y mientras en el departamento de hombres se desarrollaba la tumultuosa escena descrita, en el de mujeres todo era paz y silencio. Estaban solas Ándara y Beatriz con la niña, y las primeras horas las pasaron hablando del mal sesgo que iban tomando las cosas en aquella campaña mendicante; pero ambas se conformaban con la adversidad, y por ningún caso se separarían del hombre bendito que las había tomado por compañeras de su vida meritoria. Hicieron mil conjeturas de lo que pasaría. Lo que a Beatriz mayormente apenaba era tener que pasar por Móstoles, y el bochorno de que la vieran allí entre guardias civiles, como una criminal. Grande era su desprecio de toda vanidad; pero la prueba a que el Señor la sometía resultaba enormísima, y necesitaba de todo su cristiano valor y de toda su fe para salir airosa de ella. Dicho esto rompió a llorar, derramando un río de lágrimas, y la otra procuraba consolarla sin poder conseguirlo.

—Tú estás libre. Y puedes decir a los guardias que no vas a Móstoles, y quedarte, para juntarnos luego.

—No, que esto es cobardía, y contravenir lo que él tantas veces nos ha dicho. ¡Huir de las tribulaciones, nunca! Grande amargura es entrar en mi pueblo; pero mayor sería para mí que don Nazario me dijera: «Beatriz, pronto te cansas de llevar la cruz»; y es seguro que me lo diría. Y más quiero todo lo malo que me pueda pasar en Móstoles, que oírle que me diga eso. Yo acepto la vergüenza que me espera, y que Dios me la tome en cuenta y descargo de mis pecados.

—¡Tus pecados! —dijo Ándara—. Vamos, no desageres. Los míos son más, muchos más. Si yo me pusiera a llorarlos como tú, mis lágrimas serían tantas que podría echarme a nadar en ellas. Tiempo tiene una de llorar. ¡Yo he sido mala, pero qué mala! Mentiras y enredos, no se diga; levantar falsos testimonios, insultar, dar bofetadas y mordiscos...; luego, quitarle a otra el pañuelo, la peseta o algo de más valor...; y, por fin, los pecados de querer a tanto hombre, y del vicio maldito.

—No, Ándara —replicó Beatriz sin tratar de contener su llanto—, por más que tú quieras consolarme así, no puedes. Mis pecados son peores que los tuyos. Yo he sido mala.

—No tanto como yo. Vaya, que no consiento que te quieras hacer peor que yo, Beatriz. Mira que más malas y más perras que yo ha habido pocas, estoy por decir ninguna.

—No, no, he pecado yo más.

—¡Quia! ¡Que te limpies...! Dime: ¿tú has pegado fuego a una casa?

—No; pero eso no es nada.

—¿Pues qué has hecho tú? Bah. Querer al Pinto... ¡Valiente cosa!

—Y más, más... ¡Si una pudiera volver a nacer...!

—Haría lo mismo que ha hecho.

—¡Ah!, lo que es yo, no; yo no lo haría.

—Yo pondría más cuidado, caraifa; pero no respondo... La verdad, ahora me pesa de todas las maldades y truhanerías que hice; pero como hemos de padecer tanto, porque así nos lo dice él, como no tenemos más remedio que aguantar y sufrir las crujías que vengan, yo no lloro, que tiempo habrá de llorar.

—Pues yo sí, yo sí —dijo Beatriz inconsolable—; yo lloro por mis culpas, ¡ay!, la mar de ofensas a Dios y al prójimo. Y pienso que por mucho que llore no es bastante, no es bastante para que tantísima culpa me sea perdonada.

—¿Pues qué ha de hacer Dios más que perdonarte, si de mala que eras te has vuelto buena como los ángeles?... Yo sí tengo que juntar a Roma con Santiago para que me perdone Dios. Mira, Beatriz, en mí la maldad está metida muy adentro: cuando estábamos en el castillo, yo tenía envidia de ti, porque, a mi parecer, él te quería más que a mí. Gran pecado es ser envidiosa, ¿verdad? Pero después que nos prendieron, y cuando vi que tú, libre, venías con nosotros, y querías ser tan prisionera y tan criminal como nosotros, se me quitó aquella mala idea; cree, Beatriz, que ya se me quitó, que te quiero de corazón, y que tus penas las tomaría yo para mí.

—Como yo para mí las tuyas.

—Pero no quiero que llores tanto; que las culpas feas que cometimos, yo más que tú, con estos trabajos y estas afrentas las estamos purgando. Yo no lloro..., porque mi natural es otro que el tuyo. Tú eres blanda, yo soy dura; tú no haces más que querer, querer y querer, y yo digo que bueno será el afligirse y el tragar hieles, cuando él lo dice; pero yo pienso que también debe uno defenderse de tanto pillo.

—No digas tal... El defensor es Dios. Dejar a Dios que defienda.

—Sí, que defienda. Pero Dios le ha dado a una manos, le ha dado a una boca. ¿Y para qué sirve la boca sino para decirle cuatro frescas al que no confiese que nuestro Nazarín es un santo? ¿Para qué tenemos las manos si con ellas no metemos en cintura a los que le maltratan? ¡Ah!, Beatriz, yo soy muy guerrera; es mi natural de nacimiento. Créelo porque yo te lo digo: la verdad con sangre entra, y para que todos crean en la bondad de él y lo confiesen por santo bendito, hay que dar algunos palos. Vengan trabajos y miserias; bueno. Pero la injusticia, y oír que dicen lo que es falso, a mí me pone como una leona. Y no es que una no sepa ser mártira, como la más pintada, cuando llegue el caso; pero ¿no es un dolor ver que llevan preso, entre asesinos, al que no ha hecho más delincuencia que consolar al pobre, curar al enfermo, y ser en todo un ángel de Dios y un serafín de la Virgen? Pues yo te juro, que si él me dejara, había de hacer alguna muy gorda, y con poquita ayuda que yo tuviera, le pondría en libertad, y metería debajo de un zapato a guardias, jueces y carceleros, y a él le sacaría en volandas, diciendo: «Aquí está, el que sabe la verdad de esta vida y la otra, el que no pecó nunca y tiene cuerpo y alma limpios como la patena, el santo nuestro y de todo el mundo cristiano y por cristianar».

—¡Oh!, adorarle, sí; pero eso que dices de meternos en guerra, Ándara, eso no puede ser. ¿Qué valemos nosotras? Y aunque valiéramos. Ya sabes lo que reza el mandamiento: «no matar». Y no se debe matar ni a los enemigos, ni hacer daño a ninguna criatura de Dios, ni aun a las más criminales.

—Por mí, por mi defensa, yo no levanto el gallo. Ya me pueden matar a pedradas y degollarme viva: no chisto. ¡Pero por él, que es tan bueno...! Créelo, porque yo te lo digo. La gente no entiende la verdad si no hay alguien que sacuda de firme a los que tienen romas las entendederas.

—Matar, no.

—Pues que no maten ellos...

—Ándara, no seas loca.

—Beatriz, ser tú muy santa; déjame a mí, que maneras de salvarse muchas tiene que haber. Dime tú: ¿hay demonios, o no hay demonios?... Quiere decirse, ¿gente mala, que persigue a los buenos, y hace todas las cosas injustas y feas que se ven en este jorobado mundo? Pues cierra contra los demonios... Hay quien los ataca con bendiciones... No me opongo a que las echen los que pueden echarlas; pero para acabar con la maldad y limpiar el mundo de ella, si bendiciones por un lado, la espada y el fuego por otro. Créeme a mí: si no hubiese gente guerrera, muy guerrera, los demonios se cogerían todo el mundo. Dime: ¿San Miguel no es ángel? Pues allá le tienes con espada. ¿Y san Pablo no es santo? Pues con espada lo pintan en las esculturas. ¿Y san Fernando y otros que andan por los retablos? A lo militar van... Pues déjame a mí; yo me entiendo.

—Ándara, me asustas.

—Beatriz, tú tienes culpas, yo también. Cada una las lava como sabe y como puede, según su natural... Tú, con lágrimas; yo..., ¡qué sé yo!

Cuando esto decían, se asomó a las altas rejas la claridad del alba.

IV

En cuanto se juntaron mujeres y hombres, ya de día claro, para proseguir el triste viaje, Beatriz y su compañera corrieron a ver a Nazarín, y a informarse de cómo había pasado la noche. No hay que decir la amargura hondísima que les causó ver en su venerable faz señales de golpes, magulladuras horrorosas en brazos y piernas, y en todo él un triste decaimiento. La de Móstoles se puso lívida, y en su turbación no acertó a preguntarle quién había sido el autor de tan monstruosa barbarie. La de Polvoranca se retorcía los brazos cual si tuviera ligaduras y quisiese romperlas; apretaba los puños y rechinaba los dientes. La caravana se puso en marcha en el mismo orden que el día anterior, solo que Nazarín llevaba de la mano a la niña, y a Beatriz a su lado, y Ándara iba delante con el viejo. Este la informó de lo ocurrido la noche anterior en el departamento de hombres.

—Del principio de la cuestión no pude enterarme, porque estaba durmiendo. Cuando desperté a los gritos de aquellos brutos, vi que caían sobre el pobre sacerdote y le daban muchísimos golpes..., no exagero. Todos le pegaron menos uno, el cual salió después a la defensa de Nazarín, y se impuso a la canalla. De los dos criminales que van a retaguardia atados codo con codo, el de la derecha, el procesado por parricidio, fue quien maltrató a tu maestro, y quien le llenó de ultrajes; el de la izquierda, procesado por robar candeleros y vinajeras de las parroquias, tomó el partido del débil contra los fuertes. Se hizo después amigo del sacerdote, y este le dijo muchas cosas de religión para que se arrepintiera.

Con estas noticias, Ándara les examinó y diferenció perfectamente, fijándose en uno y otro: mala traza los dos; el malo, de cara lívida, barbas erizadas, recia musculatura, gordura enfermiza y paso perezoso; el bueno, enjuto de carnes, fisonomía melancólica, ceja corrida y barbas ralas, la mirada en el suelo, el paso decidido.

Andando, contó Nazarín el caso a Beatriz, sin darle importancia. No sentía más sino que, al recibir el primer golpe, en poco estuvo que se revolviera colérico y agresivo contra la canalla; mas tanto forcejeó sobre sí, que la bestia de la ira quedó pronto sofocada, y triunfante el espíritu cristiano. Pero entre las ocurrencias de aquella noche, ninguna tan lisonjera y grata como la bravura con que uno de los facinerosos había salido a su defensa.

—No fue el guapo que por fatuidad de valentía provoca a sus compañeros; fue más bien el pecador, a quien Dios toca en el corazón. Y después hablamos, y vi con gozo que se le clareaba el alma, y que en ella lucían los resplandores del arrepentimiento. ¡Benditos golpes que recibí, benditos ultrajes, si por ellos consigo que ese hombre sea nuestro!

Hablaron luego de la vergüenza que ella sentía de entrar en Móstoles, y de la conformidad con que la aceptaba como expiación de sus culpas. Nazarín la exhortó al desprecio de la opinión, sin lo cual nada adelantarían en aquella vida, y añadió que no había por qué ponerse a imaginar los sucesos futuros, fingiéndolos en nuestra mente favorables o adversos, porque nunca sabemos, ni aun aplicando las reglas de la lógica, lo que pasará en las horas venideras. Caminamos por la vida palpando en las tinieblas, como ciegos, y solo Dios sabe lo que nos sucederá mañana. De lo que resulta que, comúnmente, cuando pensamos ir hacia lo malo, nos sorprende el encuentro de lo bueno, y al revés. Adelante, y cúmplase mañana, como hoy, la voluntad del que todo lo gobierna.

Con estas palabras, se sintió Beatriz muy fortalecida, y ya no temió tanto la entrada en su pueblo natal. Ándara se les unió, para separarse de ellos después de charlar un poco de las fatigas del camino, y tan pronto se aproximaba a los delanteros, como a los de retaguardia. Observó que los dos criminales atados uno con otro no se hablaban, como el día anterior, ni distraían el aburrimiento del viaje con chirigotas o cantares. Caminando un ratito junto al de la izquierda, le habló, pues los guardias toleraban la conversación entre sueltos y atados, acto de caridad que en muchos casos no perjudica al buen servicio.

—Tú —le dijo—, ¿vas cansadito? Si los guardias me amarraran a mí en tu lugar, yo iría con gusto, porque tú fueras libre. Todo te lo mereces, valiente, por haberle cortado el resuello a ese trasto que va contigo. Dios te lo premiará. Arrepiéntete de corazón, y tu arrepentimiento lo mirará el Señor como si toda la plata que le robaste se la restituyeras con oro encima.

Nada le contrató el ladrón, que agobiado iba cual si llevara sobre sí un invisible peso. Después, la traviesa mujer se pasó al otro lado, junto al criminal parricida, y con mucho secreto le iba diciendo estas palabras:

—Quisiera ser culebra, una culebrona muy grande y con mucho veneno, para enroscarme en ti y ahogarte, y mandarte a los infiernos, grandísimo traidor, cobarde.

—Guardias —gritó el bandido sin fiereza, más bien con plañidera entonación—, que esta señora me está fartando.

—Yo no soy señora.

—Pues esta pública... Yo no farto a nadie..., y ella me dice que es culebra y que quié abrazarse conmigo... No estamos para fiestas ni abrazos, compañera. Desapártese, y deje a un hombre que no pué ver mujeres a su lado, ni escritas.

Los guardias la mandaron ir hacia adelante, y a poco descansó la partida en una venta. Puestos de nuevo en marcha, antes de anochecido vieron las torres y chapiteles del gran pueblo de Móstoles, y ya cerca de él, salieron a recibirles algunos vecinos y gran enjambre de chicuelos, porque se había corrido la voz de que iba preso con la Beatriz el moro manchego de los milagros. Faltaban como unos doscientos metros para llegar a las primeras casas, cuando se aparecieron tres hombres que hablaron a los guardias, rogándoles que se detuvieran un instante para hablar dos palabritas. Desde que los vio venir, les conoció Beatriz: uno de ellos era el Pinto; el otro, su hermano Blas, y el tercero, un tío de ella. Necesitó la pobre mujer de todas las energías de su espíritu para no caerse muerta de vergüenza. No traían los tales otro objeto que enterarse de si la llevaban presa, y al saber que iba en tal compañía por su gusto, se asombraron, y a todo trance querían apartarla de la conducta y llevársela con ellos, para evitarle el bochorno de entrar en el pueblo en una cuerda de asesinos, ladrones y apóstoles. Y su asombro subió de punto cuando oyeron decir a Beatriz con animoso acento que por nada del mundo se separaría de sus compañeros en la desgracia, y que con ellos iría hasta el fin de la jornada, sin temor a los sufrimientos, ni a la cárcel, ni al patíbulo. La cólera de los tres mostolenses no puede describirse, y es de creer que la hubieran desahogado en golpes y bofetadas sobre la moza, si la presencia de los guardias no les contuviera.

—¡Infame, ruin pécora! —le dijo el Pinto lívido de coraje—. Ya me maliciaba yo que acabarías en pública, salteadora, por los caminos. Pero no pensé que llegarías a deshonrarte tanto... ¡Quítate allá, putrefacción del mundo! Ni sé cómo te miro. ¡Lo veo y no lo creo!... Tú, hecha un pingo indecente, corriendo detrás de ese estafermo, de ese charlatán asqueroso, sacamantecas, que va engañando a la gente de pueblo en pueblo con embustes, brujerías y mil gatuperios majometanos.

—Pinto —le contestó Beatriz gravemente, haciendo de tripas corazón, el pañuelo de la cabeza muy echado hacia adelante, para dar sombra a la cara, la mano envuelta en una de las puntas y delante de la boca—. Pinto, apártate y déjame seguir, que yo no me meto contigo, ni quiero nada contigo... Si paso vergüenza, que la pase: no es cuenta tuya. ¿A qué sales a encontrarme, si tú eres para mí como lo que ya no existe, como lo que es muerto y sepultado? Vete, y no me hables.

—¡Tunanta!...

Los guardias cortaron la cuestión, dando orden de seguir. Pero el Pinto, furioso, insistía en sus bárbaros insultos:

—¡Bribona, agradece que tu cuerpo villano va escoltado por estos caballeros, que si no, ahora mismo te dejaba en el sitio, y a ese pillo le cortaba las orejas!

Allí se quedaron los tres hombres furiosos, tocando el cielo con las manos, y la conducta de presos desfiló por la calle principal de Móstoles, hostigada de la curiosa muchedumbre que verlos quería, especialmente a Beatriz. Esta, con supremo tesón, sin arrogancia, sin flaqueza, como quien apura un cáliz muy amargo, pero en cuya amargura cree firmemente hallar la salud, arrostró el doloroso tránsito, y creyó entrar en la Gloria cuando entraba en la cárcel.

V

Malísimo alojamiento tenían los infelices presos en Móstoles (o en donde fuese, que también esta localidad no está bien determinada en las crónicas nazaristas), pues la llamada cárcel no merecía tal nombre más que por el horror inherente a todo local dedicado al encierro de criminales. Era una vetusta casa a la malicia, agregada al Ayuntamiento, y que por el frente daba a la calle, por detrás a un corral lleno de escombros, maderas viejas, y ortigas viciosas. Si la higiene y el decoro de la ley no existían allí, la seguridad de los presos era un mito, como decía la exposición de la Junta penitenciaria, pidiendo al Gobierno fondos para construir cárcel de nueva planta. La vieja, que no sabemos si existe aún, había adquirido fama por la escandalosa frecuencia con que de ella se evadían los criminales, sin necesidad de hacer escalos difíciles y peligrosos, ni de abrir subterráneos conductos. Comúnmente se escapaban por el techo, que era de una fragilidad e inconsistencia maravillosas, pues cualquiera rompía las podridas vigas, y quitaba y ponía tejas donde le daba la gana.

Desde que lo metieron en aquel infame tugurio, sintió Nazarín un frío intensísimo, como si el local fuese una nevera o helado Purgatorio, y con el frío le acometió un horroroso quebrantamiento de huesos, como si se los partieran con un hacha para hacer astillas con que encender la lumbre. Tumbose en el suelo, arropándose en su capote, y a poco ardía en calor insoportable. En aquel Purgatorio, del hielo brotaban llamas. «Esto es calentura —se dijo—, una calentura tremenda. Pero ya pasará». Nadie se acercó a preguntarle si estaba enfermo; trajéronle un plato de latón con rancho, que no quiso probar.

A Beatriz la hicieron salir por la sencilla razón de que no era presa, y naturalmente, no tenía derecho a ocupar un espacio en el local correspondiente a los perseguidos de la justicia. Por más que rogó y gimió la infeliz para que lo permitieran estar allí, pintándose como criminal voluntaria y procesada por ministerio de sí misma, nada pudo conseguir. A la pena de abandonar a sus compañeros se agregaba el temor de salir por las calles mostolenses, donde seguramente encontraría caras conocidas. Solo a una persona deseaba ver, su hermana, y esta, según le dijo una vecina con quien habló a la entrada de la cárcel, se había ido a Madrid dos días antes con la niña, restablecida ya completamente. «¡Qué cosas más raras me pasan a mí! —decía—. Los criminales odian la prisión y solo desean la libertad. Yo detesto la libertad, no quiero salir a la calle, y todo mi gusto es estar presa». Por fin, el secretario del Ayuntamiento, que allí mismo vivía, se compadeció de ella, y en su casa le dio hospitalidad, con lo que se cumplieron a medias los deseos de la exaltada penitente.

Mucha pena causó a don Nazario el no ver a su lado a Beatriz; pero se consoló sabiendo que pernoctaba en el edificio próximo, y que continuarían juntos hasta el término de su viacrucis. Entrada la noche, se sentía muy mal el buen ermitaño andante, y de un modo tan pavoroso gravitaba sobre su alma la impresión de soledad y desamparo, que poco le faltó para echarse a llorar como un niño. Creyérase que súbitamente se le agotaba la energía, y que un desmayo femenil era el término desairado de sus cristianas aventuras. Pidió al Señor asistencia para soportar las amarguras que aún le faltaban, y las maravillosas energías resurgieron en su alma, pero acompañadas de un terrible aumento de la fiebre. Ándara se acercó a él para darle agua, que por dos o tres veces le había pedido, y hablaron breve rato con extraña confusión y desacuerdo en lo que uno y otro decían. O él no sabía explicarse, o ella no podía, en las réplicas, ajustar su pensamiento al del infeliz asceta.

—Hija mía, échate a dormir, y descansa.

—Señor, no me llame más. No duerma. Rece en voz alta para que haiga ruido.

—Ándara, ¿qué hora será?

—Señor, si tiene frío, paséese por la cárcel. Yo quiero que se acaben pronto nuestras penas. Me alegro que no esté Beatriz, que no es guerrera, y todo lo quiere arreglar con lágrimas y suspiros.

—Oye tú, ¿duermen todos? ¿En dónde estamos? ¿Hemos llegado a Madrid?

—Estamos aquí. Soy muy guerrera. No duerma, señor...

Y se alejó de súbito, como sombra que se desvanece, o luz que se apaga. Desde que fueron pronunciadas las cláusulas incoherentes de este diálogo, sintiose molestado el clérigo por una tremenda duda: «¿Lo que veía y oía era la realidad, o una proyección externa de los delirios de su fiebre ardentísima? Lo verdadero, ¿dónde estaba? ¿Dentro o fuera de su pensamiento? ¿Los sentidos percibían las cosas, o las creaban?». Doloroso era su esfuerzo mental por resolver esta duda, y ya pedía medios de conocimiento a la lógica vulgar, ya los buscaba por la vía de la observación. ¡Pero si ni aun la observación era posible en aquella vaga penumbra, que desleía los contornos de cosas y personas, y todo lo hacía fantástico! Vio la cárcel como una anchurosa cueva, tan baja de techo que no podía estar en pie dentro de ella sin encorvarse un hombre de regular estatura. En la bóveda, dos o tres claraboyas, que a veces eran veinte o treinta, daban paso a la débil luz, que no se sabía si era de velado sol o de luna. Enfilada con la primera cuadra, vio otra más pequeña, que a ratos se iluminaba con claridad rojiza de una linterna o candil. En el suelo yacían los presos envueltos en esteras o mantas, como fardos de tejidos, o seras de carbón. Hacia el fondo de la segunda cuadra, vio a Ándara, que por momentos despedía de su cabeza un resplandor extraño, cual si su cabellera suelta y erizada se compusiese de lívidos rayos de luz eléctrica. Departía con el Sacrílego, gesticulando con tal violencia y confusión, que con los brazos de él expresaba ella su voluntad, y con los de ella él. El ladrón de iglesias se alargaba hasta esconder en el techo la mitad de su cuerpo; reaparecía como un volatinero con la cabeza para abajo.

En la apreciación del tiempo, la mente y los sentidos de Nazarín llegaban a mayor confusión y desvarío; después de creer que pasaban largas horas sin ver nada, creyó que en breves momentos Ándara se acercaba a él, y le levantaba y le volvía a dejar en el suelo, diciéndole infinidad de conceptos, que si se escribieran ocuparían todas las páginas de un mediano libro. «¡Esto no puede ser real —se decía—, no puede ser! ¡Pero si lo estoy viendo, si lo toco y lo oigo y lo percibo claramente!». Por fin, la peregrina le cogió por la muñeca, y, tirando de él fuertemente, le llevó a la segunda cuadra. De esto sí que no podía dudar, porque le dolía la mano de los tirones que con nerviosa fuerza le daba la valerosa hija de Polvoranca. Y el Sacrílego le cogía en brazos para meterle por un boquete abierto en la techumbre, y arrojarlo fuera como un fardo introducido por audaces matuteros.

No, no podía ser real la voz de Ándara que le dijo: «Padre, nos escapamos por arriba, porque por abajo no se puede». Ni tampoco la voz del Sacrílego que decía: «El señor por delante... Salte del tejado al corral».

Pero si de todo tenía duda el buen jefe de los nazaristas, no la tuvo, no podía tenerla de esta resolución suya, claramente expresada: «Yo no huyo; un hombre como yo no huye. Huid vosotros, si os sentís cobardes, y dejadme solo». Tampoco podía dudar de que luchó contra fuerzas superiores para defenderse de aquel loco empeño de echarle al tejado como una pelota. El ladrón de iglesias le puso en el suelo, y allí se quedó como cuerpo exánime, perdidas todas sus facultades, menos el sentido de la vista, en una nebulosa de espanto, enojo y horror de la libertad. No quería libertad, no la quería para sí ni para los suyos. De la primera cuadra vino, andando como los borrachos, una de las seras de carbón, que pronto tomó figura humana, y todas los apariencias personales del Parricida. Con prontitud gatuna, trocándose fácilmente de pesado fardo en animal ligero, hubo de saltar de un brinco al boquete abierto en el tejado, y desapareció.

Pudo entonces Nazarín con gran esfuerzo articular algunas palabras, y apartando de su hombro a la mujerona, que pesaba sobre él como un sillar de berroqueña, murmuró:

—El que quiera salir, que salga... El que huya no será jamás en mi compañía.

Ándara, que tenía la cara contra el suelo, refregándose boca y nariz en las sucias baldosas, se incorporó para decir entre gemidos:

—Pues yo me quedo.

El Sacrílego, que había subido al tejado como en persecución de su compañero, volvió muy fosco apretando los puños:

—Libertad, no... —le dijo Ándara con voz sofocada, como de quien se ahoga—. No quiere..., no, libertad.

Nazarín oyó claramente la voz del Sacrílego, que repetía:

—No libertad. Yo me quedo.

Debieron de cogerle en brazos entre los dos, porque el buen peregrino se sintió llevado por los aires como una pluma, y en la turbación que le agobiaba, quitándole sentido y palabra, la conciencia de su mal era lo único que subsistía, manifestándose en esta afirmación:

—Tengo un tifus horroroso.

VI

Despertó con las ideas aún más embrolladas y oscuras, dudando si lo que veía era real o ficción de su mente. Le sacaban de la cárcel, llevábanle tirando de él por una soga que le ataron al cuello. El camino era áspero, todo malezas y guijarros cortantes. Los pies del peregrino sangraban, y a cada instante tropezaba y caía, levantándose con gran esfuerzo suyo, y despiadados tirones de los que llevaban la cuerda. Delante, vio a Beatriz transfigurada. Su vulgar belleza era ya celeste hermosura, que en ninguna hermosura de la tierra hallaría su semejante, y un cerco de luz purísima rodeaba su rostro. Blancas como la leche eran sus manos, blancos sus pies, que andaban sobre las piedras como sobre nubes, y su vestidura resplandecía con suaves tintas de aurora.

A las demás personas que le acompañaban no las veía. Oía sus voces, ya compasivas, ya rugientes de odio y crueldad; pero los cuerpos se perdían en una atmósfera caliginosa, espesa y sofocante, formada de suspiros de angustia y de sudores de agonía... De súbito, un sol ardiente la disipó, y pudo ver Nazarín que hacia él venía un grupo de gente malvada, hombres a pie, hombres a caballo, blandiendo espadas, y disparando armas de fuego. Tras el primer grupo, aparecieron otros, y otros, hasta formar un ejército grande y terrible. El polvo que levantaban las pisadas de hombres y brutos oscurecía el sol. Los que conducían al preso se pasaron al bando enemigo, pues enemiga era toda aquella tropa, y venía contra él, contra el santo, contra el penitente, contra el oscuro mendigo, con furor sanguinario, ávida de destruirle y aniquilarle. Lo acometieron con salvaje furor, y lo más extraño fue que, habiendo descargado sobre su mísero cuerpo miles de golpes, tajos y cuchilladas, no lograban matarle. Y aunque él no se defendía ni con un arañazo infantil, la furia de tanta y tan aguerrida gente no podía prevalecer contra él. Pasaron por encima de su cuerpo miles de corceles, ruedas de carros bélicos, y aquel gran tumulto, que habría bastado a destruir y hacer polvo a una población entera de penitentes y ermitaños andantes o sedentarios, no le partió un cabello al bendito Nazarín, ni le hizo perder una gota de sangre. Furiosos le acuchillaban, aumentando a cada instante, pues del horizonte tempestuoso venían hordas y más hordas de aquella bárbara y asoladora humanidad.

Y no terminaba la feroz guerra, pues mientras mayor era la resistencia de él y su inmunidad milagrosa contra los fieros golpes, con mayor estrépito cerraba contra él la universal canalla. ¿Podría esta al fin destruir al santo, al humilde, al inocente? No, mil veces no. Cuando Nazarín empezó a temer que la muchedumbre de sus contrarios lograría, si no matarle, reducirle a prisión, vio que de la parte de Oriente venía Ándara, transfigurada en la más hermosa y brava mujer guerrera que es posible imaginar. Vestida de armadura resplandeciente, en la cabeza un casco como el de san Miguel, ornado de rayos de sol por plumas, caballera en un corcel blanco, cuyas patadas sonaban como el trueno, cuyas crines al viento parecían un chubasco asolador, y que en su carrera se llevaba medio mundo por delante como huracán desatado, la terrible amazona cayó en medio de la caterva, y con su espada de fuego hendía y destrozaba las masas de hombres. Hermosísima estaba la hembra varonil en aquel combate, peleando sin más ayuda que la del Sacrílego, el cual, también transfigurado en mancebo militar y divino, la seguía, machacando con su maza, y destruyendo de cada golpe millares de enemigos. En corto tiempo dieron cuenta de las huestes antinazaristas, y la guerrera celestial, radiante de coraje, de inspiración bélica, gritaba: «Atrás, muchedumbre vil, ejército del mal, de la envidia y del egoísmo. Seréis deshechos y aniquilados, si en mi señor no reconocéis el santo, la única vía, la única verdad, la única vida. Atrás, digo, que yo puedo más, y os convierto en polvo y sangre cenagosa, y en despojos que servirán para fecundar las nuevas tierras... En ellas, el que debe reinar, reinará, caraifa».

Diciéndolo, su espada y la maza del otro campeón limpiaban la tierra de aquella plaga inmunda, y Nazarín empezó a caminar por entre charcos de sangre y picadillo de carne y huesos que en gran extensión cubrían el suelo. La angélica Beatriz miraba desde una torre celestial el campo de muerte y castigo, y con divino acento imploraba el perdón de los malos.

VII

Acabose la visión, y todo volvió a los términos de nebulosa y triste realidad. El áspero camino fue nuevamente lo que antes era, y los que acompañaban al mártir Nazarín recobraron su forma y vestimenta, los guardias eran guardias, y Ándara y Beatriz mujeres vulgarísimas, la una batalladora, la otra pacífica, con sus pañuelos a la cabeza. Llegó un momento en que el venerable peregrino, ni aun acumulando toda su energía, pudo dar un paso. De su frente brotaba sudor angustioso; le dolía el cráneo como si en él le clavaran un hacha, y en su hombro derecho sentía un peso irresistible. Las piernas se le doblaban, y sus pies magullados iban dejando pedazos de piel sobre las piedras del camino. Ándara y Beatriz lo alzaron en sus brazos. ¡Qué descanso, qué alivio sentirse en el aire, como pluma balanceada del viento! Pero al poco trecho las dos mujeres se cansaron de llevarle, y el ladrón sacrílego, que era forzudo y resistente, le cogió en brazos como un niño, diciendo que no solo le llevaría hasta Madrid, sino hasta el fin del mundo si necesario fuese. Los guardias se compadecían de él, y creyendo consolarle le decían:

—No tenga cuidado, padre, que allá le absolverán por loco. Los dos tercios de los procesados que pasan por nuestras manos, por locos se escapan del castigo, si es que castigo merecen. Y presuponiendo que sea usted un santo, no por santo le han de soltar, sino por loco; que ahora priva mucho la razón de la sinrazón, o sea que la locura es quien hace a los muy sabios y a los muy ignorantes, a los que sobresalen por arriba y por abajo.

Vio después Nazarín que entraban por una empinada calle, y la gente curiosa se detenía para verle pasar en brazos del Sacrílego, llevando al lado a sus dos compañeras de penitencia, y detrás a los demás infelices recogidos en los caminos por la Guardia civil. Dudaba entonces, como antes, si eran realidad o ficción de su desquiciada mente las cosas y personas que en el doloroso trayecto veía. Al extremo de la calle, vio que se alzaba una cruz grandísima, y si por un momento el gozo de ser clavado en ella inundó su alma, pronto volvió sobre sí, diciéndose: «No merezco, Señor, no merezco la honra excelsa de ser sacrificado en vuestra cruz. No quiero ese género de suplicio, en que el cadalso es un altar, y la agonía se confunde con la apoteosis. Soy el último de los siervos de Dios, y quiero morir olvidado y oscuro, sin que me rodeen las muchedumbres, ni la fama corone mi martirio. Quiero que nadie me vea perecer, que no se hable de mí, ni me miren, ni me compadezcan. Fuera de mí toda vanidad. Fuera de mí la vanagloria del mártir. Si he de ser sacrificado, hágase en la mayor oscuridad y silencio. Que mis verdugos no sean perseguidos ni execrados, que solo me asista Dios, y Él me reciba, sin que el mundo trompetee mi muerte, ni en papeles sea pregonada, ni la canten poetas, ni se haga de ello un ruidoso acontecimiento para escándalo de unos y regocijo de otros. Que me arrojen a un muladar y me dejen morir, o me maten sin bullicio, y me entierren como a una pobre bestia».

Dicho esto, vio desaparecer la cruz, y la calle y el gentío, y pasado un tiempo que no pudo apreciar, se sintió enteramente solo. ¿Dónde estaba? Fue como si recobrara el conocimiento después de un profundo sopor. Por más que miraba en torno suyo, no pudo hacerse cargo de cuál era la parte del universo donde se encontraba. ¿Era una región de la vida transitoria, o de la perdurable? Pensó que había muerto; pensó también que aún vivía. Un ardiente anhelo de decir misa y de ponerse en comunicación con la Suprema Verdad lo llenó toda el alma, y lo mismo fue sentirlo que verse revestido delante del altar, un altar purísimo, que no parecía tocado de manos de hombres. Celebró con inmensa piedad, y cuando tomaba en sus manos la hostia, el divino Jesús lo dijo:

—Hijo mío, aún vives. Estás en mi santo hospital, padeciendo por mí. Tus compañeros, las dos perdidas y el ladrón que siguen tu enseñanza, están en la cárcel. No puedes celebrar, no puedo estar contigo en cuerpo y sangre, y esta misa es figuración insana de tu mente. Descansa, que bien te lo mereces.

»Algo has hecho por mí. No estés descontento. Yo sé que has de hacer mucho más.

Santander. San Quintín. — Mayo de 1895.

FIN DE LA NOVELA

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