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Nazarín

CUARTA PARTE

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I

Guiados por la señá Polonia, dejaron en varias casas muy pobres de Sevilla la Nueva parte de los víveres de la Coreja, y sin detenerse más que lo preciso para este piadoso objeto, continuaron andando, pues a Nazarín no se le cocía el pan hasta no meterse en el foco de la peste.

—No comprendo vuestra repugnancia, hijas mías —les dijo—, pues ya debisteis calcular que no veníamos acá a darnos vida de regalo y ociosidad, sin peligro. Es todo lo contrario: vamos tras el dolor para aplicarle consuelo, y cuando se anda entre dolores, algo se ha de pegar. No corremos en busca de placeres y regocijos, sino en busca de miserias y lástimas. El Señor nos ha deparado una epidemia, en cuyo seno pestífero hemos de zambullirnos, como nadadores intrépidos que se lanzan a las olas para salvar a infelices náufragos. Si perecemos, Dios nos dará nuestro merecido. Si no, algún desdichado sacaremos a la orilla. Hasta la hora presente, Dios ha querido que en nuestra peregrinación no nos salgan más que bienandanzas. No hemos tenido hambre, hemos comido y dormido como príncipes, y nadie nos ha castigado, ni nos ha puesto mala cara. Todo por la buena, todo como si nos acompañara una escolta de ángeles encargados de depararnos cuantos bienes hay en la tierra. Ya comprenderéis que esto no puede continuar así. O el mundo deja de ser lo que es, o hemos de encontrar pronto males gravísimos, contratiempos, calamidades, abstinencias, y crueldades de hombres, secuaces de Satanás.

Esta exhortación bastó para convencer a las dos mujeres, sobre todo a Beatriz, que más fácilmente que la otra se dejaba inflamar del entusiasmo del novel asceta. Como habían tomado una andadura harto presurosa, al caer de la tarde el cansancio les obligó a sentarse en lo alto de un cerro, desde donde se veían dos aldeas, una por levante, otra por poniente, y entre una y otra, campiñas bien labradas, y manchas de verde arboleda. La vista era hermosa, y más aún a tal hora, por el encanto melancólico que presta el crepúsculo vespertino a toda la tierra. De los humildes techos salían los humos de los hogares donde se preparaba la cena; oíase son de esquilas de ganados que a los apriscos se recogían, y las campanas de ambos pueblos tocaban a oraciones. Los humos, las esquilas, la amenidad del valle, las campanadas, la puesta del sol, todo era voces de un lenguaje misterioso que hablaba al alma, sin que esta pudiera saber fijamente lo que le decía. Los tres peregrinos permanecieron un rato mudos ante aquella belleza difundida en términos tan vastos, y Beatriz, que fatigada yacía a los pies de Nazarín, se incorporó para decirle:

—Señor, explíqueme: ¿ese son de las campanas, a esta hora en que no se sabe si es día, o noche, ese son..., explíquemelo..., es alegre o es triste?

—Si he de decirte la verdad, no lo sé. Me pasa lo que a ti: ignoro si es alegre o triste. Y creo que los dos sentimientos, alegría y tristeza, produce en nuestra alma, juntándolos de tal modo que no hay manera de separarlos.

—Yo creo que es triste —afirmó Beatriz.

—Y yo que es alegre... —dijo Ándara—, porque se alegra uno cuando descansa, y a esta hora el día se tumba en la cama de la noche.

—Yo sostengo que triste y alegre —repitió Nazarín—, porque esos sones y esa placidez no hacen más que reflejar el estado de nuestra alma, triste porque ve acabarse un día, y un día menos, es un paso más hacia la muerte; alegre, porque vuelve al hogar con la conciencia satisfecha de haber cumplido los deberes del día, y en el hogar, el alma encuentra otras almas que le son caras; triste, porque la noche lleva en sí una dulce tristeza, la desilusión del día pasado; alegre, porque toda noche es esperanza y seguridad de otro día, del mañana, que ya está tras el oriente acechando para venir.

Las dos mujeres suspiraron y se callaron.

—En esto —prosiguió el árabe manchego— debéis ver una imagen de lo que será el crepúsculo de la muerte. Tras él viene el mañana eterno. La muerte es también alegre y triste: alegre, porque nos libra de las cadenas de la esclavitud vital; triste, porque amamos nuestra carne, como a un compañero fiel, y nos duele separarnos de ella.

Siguieron andando, y más adelante volvieron a descansar, ya cerrada la noche, el cielo sereno, inmensamente limpio y cuajado de innúmeras estrellas.

—Pienso —dijo Beatriz, después de una larga pausa de arrobamiento— que hasta ahora no he visto el cielo, o que ahora lo veo por primera vez, según lo que me gusta mirarlo, y lo que me asombra ver tantísima luz.

—Sí —replicó Nazarín—, es tan bello que siempre parece nuevo, y como acabadito de salir de las manos del Creador.

—¡Qué grande es todo eso! —observó Ándara—. Yo tampoco lo había mirado nunca como ahora... Y diga, padre, ¿todo eso lo hemos de ver de cerca cuando nos muramos y subamos a la Gloria?

—¿Ya estás tú segura de ir a la Gloria? Mucho decir es eso. Allá no hay cerca ni lejos...

—Todo es infinito —dijo Beatriz con suficiencia—. Infinito quiere decir lo que no se acaba por ninguna parte.

—Esto de que una sea infinita —añadió Ándara— es lo que yo no puedo entender.

—Sed buenas, y lo entenderéis. Dos cosas hay en este bajo mundo por donde nos pueda ser comprensible lo infinito: el amor y la muerte. Amad a Dios y al prójimo, acariciad en vuestras almas el sentimiento del tránsito a la otra vida, y lo infinito no os parecerá tan oscuro. Pero estas son enseñanzas muy hondas para vuestros pobres entendimientos, y antes habéis de aprender cosas más comprensibles. Admirad la obra de Dios, y decidme si ante el que ha hecho esa maravilla no es bien que nos humillemos para ofrecerle todos nuestros actos, todas nuestras ideas. Después de mirar un rato para arriba, ved cuán indigna es esta pobre tierra de que deseemos morar en ella. Considerad que antes de que nacierais, todo lo que veis arriba existió por miles de siglos, y que por miles de siglos existirá después que os muráis. Vivimos solo un instante. ¿No es lógico despreciar ese instante, y querer subir a los siglos que no se acaban?

Volvieron a suspirar ellas, y a pensar en todo aquello que el clérigo les refería. La conversación hízose luego más positiva, porque Ándara, reconociendo que el contenido del morral debía ser para otros pobres, no se avenía con dejar de probarlo.

—Para ser buenos, para llegar a lo que vulgarmente llamamos perfección, siendo en realidad un estado relativo —afirmó Nazarín—, debe empezarse por lo más fácil. Antes de atacar los vicios gordos, combatamos los menudos. Dígolo, porque esto de ser tú tan golosa paréceme inclinación no muy difícil de vencer, a poca voluntad que pongas en ello.

—Sí que soy golosa: yo conozco mis flacos. Y la verdad, quisiera saber a qué sabe este comestible, que trasciende a gloria.

—Pues pruébalo, y tú nos contarás a qué sabe, pues esta y yo nos pasaremos muy bien sin catarlo.

La de Móstoles se conformaba con todo lo que fuera abstinencia y edificación, porque su espíritu se iba encendiendo en el místico fuego, con las chispas que el otro lanzaba del rescoldo de su santidad. Habría ella querido llegar al caso absurdo de no comer absolutamente nada; pero como esto era imposible, se resignaba a transigir con la vil materia.

Pidieron hospitalidad en una venta, y cuando allí les oyeron decir que iban a Villamantilla, tuviéronles por locos, pues en el pueblo había muy poca gente a más de los enfermos; el socorro pedido a Madrid no había llegado, y todo era allí desolación, hambre y muerte. En un corral armaron su alcoba, entre gallinas y carneros que se despertaban oyéndoles rezar, y con unas migas que recibieron de limosna cenaron a lo pastoril. Ándara probó de lo de Belmonte sin excederse, y toda la noche, aun después de dormida, estuvo relamiéndose. En cambio, Beatriz no pegó los ojos: sentíase amagada de su mal constitutivo; pero en una forma nueva y para ella desconocida. Consistía la novedad en que sus angustias y el azoramiento precursor del arrechucho eran buenas, quiere decir, que eran angustias en cierto modo placenteras, y un azoramiento gozoso. Ello es que sentía... como una satisfacción de sentirse mal, y el presentimiento de que iba a ocurrirle algo muy lisonjero. La opresión torácica la molestaba un poco; pero compensaban esta molestia los efluvios que corrían por toda su epidermis, vibraciones erráticas que iban a parar al cerebro, donde se convertían en imágenes hermosas, antes soñadas que percibidas. «Es lo de siempre —se decía—; pero no patadas de demonios, sino revuelos de ángeles. ¡Bendito mal si es como un bien, y viene siempre así!». De madrugada tuvo frío, y bien envuelta en su manta se tendió de largo, para descansar más que dormir, y con la conciencia de hallarse despierta, ¡vio cosas! Pero si antes veía cosas malas, ahora las veía buenas, aunque no pudo explicarse lo que era, ni asegurarse de ver lo que veía. ¡Inaudita rareza! Y tenía que reprimirse para vencer el ciego impulso de abalanzarse hacia aquello que viendo estaba. ¿Era Dios, eran los ángeles, el alma de algún santo, o un purísimo espíritu que quería tomar forma sin poder conseguirlo?

Guardose bien de contar a don Nazario, cuando este despertó, lo que le pasaba, porque el día anterior, en una de sus pláticas, le oyó decir que desconfiaba de las visiones, y que había que mirarse mucho antes que dar por efectivas cosas (él había dicho fenómenos) solo existentes en la imaginación y en los nervios de personas de dudosa salud. Y restablecida, después de lavarse cara y manos, de aquel plácido soponcio, se desayunaron los tres con pan y unas pocas nueces, y en marcha tan contentos para el lugar infestado. No eran aún las nueve cuando llegaron, y una soledad lúgubre, una huraña tristeza les salieron al encuentro al poner el pie en la única calle del pueblo, tortuosa y llena de zanjas, charcos inmundos y guijarros cortantes. Las dos o tres personas que hallaron en el trayecto hasta la plaza, les miraban recelosas, y frente a la iglesia, en el portal de un caserón cuarteado que parecía el Ayuntamiento, vieron a un tío muy flaco, que se adelantó a ellos, con esta a arenga de bienvenida:

—Eh, buena gente, si vienen al merodeo, o a limosnear, vuélvanse por el mismo camino, que aquí no hay más que miseria, muerte y desamparo hasta de la misericordia divina. Soy el alcalde, y lo que digo digo. Aquí estamos solos yo y el cura, y un médico que nos han mandado, porque el nuestro se murió, y unos veinte vecinos en junto, sin contar los enfermos y cadáveres de hoy, que todavía no se han podido enterrar. Ya lo saben, y tomen el olivo pronto, que aquí no hay lugar para la vagancia.

Contestó Nazarín que ellos no iban a pedir socorro, sino a llevarlo, y que les designara el señor alcalde los enfermos más desamparados, para asistirlos con todo el esmero y la paciencia que ordena Cristo Nuestro Señor.

—Más urgente que nada —dijo el alcalde— es enterrar siete muertos de ambos sexos que tenemos.

—Ya son nueve —dijo el cura, que de una casa próxima salía—. La tía Casiana ya expiró, y una de las chicas del esquilador está acabando. Yo me voy de prisa y corriendo a tomar un bocado, y vuelvo.

No se hizo de rogar el alcalde para satisfacer los cristianos deseos de Nazarín y comparsa, y pronto entraron los tres en funciones. Pero las dos mujeres, ¡ay!, en presencia de aquellos cuadros de horror, podredumbre y miseria, más espantables de lo que en su pueril entusiasmo ascético imaginaban, flaquearon como niños llevados a un feroz combate y que ven correr la sangre por primera vez. La caridad, cosa nueva en ellas, no les daba energías para tanto, y hubieron de pedirlas al amor propio. Las primera horas fueron de indecisión, de pánico, y rebeldía absoluta del estómago y los nervios. Nazarín tuvo que exhortarlas con elocuente ira de guerrero desesperado que ve perdida la batalla. Al fin, ¡vive Dios!, fueron entrando, entrando en fuego, y a la tarde, ya eran otras, ya pudo la fe triunfar del asco, y la caridad del terror.

II

Mientras que Nazarín parecía connaturalizado con la fétida atmósfera de las lóbregas estancias, con la espantable catadura de los enfermos, y con la suciedad y miseria que les rodeaba, Ándara y Beatriz no podían hacerse, no, no podían, infelices mujeres, a una ocupación que instantáneamente las elevaba de la vulgaridad al heroísmo. Habían visto, del ideal religioso, tan solo lo bonito y halagüeño; veían ya la parte impregnada de verdad dolorosa. Beatriz lo expresaba en su tosco lenguaje:

—Eso de irse al cielo, muy pronto se dice; ¿pero por dónde y por qué caminos se va?

Ándara llegó a adquirir una actividad estúpida. Se movía como una máquina, y desempeñaba todos aquellos horribles menesteres casi de un modo inconsciente. Sus manos y pies se movían de por sí. Si la hubieran en otro tiempo condenado a tal vida, poniéndola en el dilema de adoptarla o morir, habría preferido mil veces que le retorcieran el pescuezo. Procedía bajo la sugestión del beato Nazarín, como un muñeco dotado de fácil movimiento. Sus sentidos estaban atrofiados. Creía imposible volver a comer.

Beatriz obraba conscientemente, ahogando su natural repugnancia por medio de un trabajo mental de argumentación, sacado de las ideas y frases del maestro. Era por naturaleza más delicada que la otra, de epidermis más fina, de más selecta complexión física y moral, y de gustos relativamente refinados. Pero en cambio de esta desventaja, poseía energías espirituales con que vencer su flaqueza e imponerse aquel durísimo deber. Evocando su fe naciente, la avivaba como se aviva y agranda un débil fuego a fuerza de soplar sobre él; sabía remontarse a una esfera psicológica vedada para la otra, y en sí misma, en su aprobación interior y en el gozo del bien obrar, encontraba consuelos que la otra pedía a su amor propio sin recibirlos en proporción de tan gran sacrificio. Por esta diferencia, al llegar la noche, la de Polvoranca se rindió displicente, aunque sin dar su brazo a torcer; la de Móstoles se rindió gozosa, como soldado herido que no se cura más que del honor.

El árabe manchego sí que no se rendía. Infatigable hasta lo sublime, después de haber estado todo el día revolviendo enfermos, limpiándoles, dándoles medicinas, viendo morir a unos en sus brazos, oyendo los conceptos delirantes de otros, al llegar la noche no apetecía más descanso que enterrar los doce muertos que esperaban sepultura. Así lo propuso al alcalde, diciéndole que con dos hombres que le ayudaran bastaría, y que si no había más que uno, ya se arreglaría con él y con las dos mujeres. Autorizole el representante del pueblo para que se despachase a su gusto, admirado de tanta diligencia y religiosidad, y puso a su disposición el cementerio, como se ofrece a un invitado la sala de billar para que juegue, o el salón de música para que toque.

Ayudado de un viejo taciturno y al parecer idiota, que, según se supo después, era pastor de guarros; ayudado también de Beatriz, que quiso apurar el sacrificio y adiestrarse en tan horrenda como eficaz escuela, Nazarín empezó a sacar muertos de las casas, y los llevaba a cuestas, por no tener angarillas, y los iba dejando sobre la tierra, hasta que estuvieron todos reunidos. La penitente y el pastor cavaban, y el alcalde iba y venía, echando una mano a cualquier dificultad, y encargando que no se hiciera de mogollón, como en las obras municipales, sino todo a conciencia, los cuerpos al fondo y la tierra bien puestecita encima. Ándara se había ido a dormir tres horas, pasadas las cuales, se levantaría para que su compañera se acostase otro tanto tiempo. Esto disponía el jefe, para no agotar las fuerzas de su aguerrida mesnada.

Y concluidos los entierros, el heroico Nazarín, sin tomar más alimento que un poco de pan y agua de lo que le brindó el alcalde, volvió a las pestilentes casas de los enfermos, a cuidarles, a decirles palabras de consuelo si podían oírlas, y a limpiarles y darles de beber. Asistió Ándara desde media noche a tres niñas hermanas, que habían perdido a su madre de la misma enfermedad; don Nazario a una mujerona que deliraba horriblemente, y a un mozalbete del cual decían que era muy guapo, mas ya no se le conocía la hermosura debajo de la máscara horrible que ocultaba su rostro.

Amaneció sobre tanta tristeza, y el nuevo día llevó al ánimo de las dos mujeres un mayor dominio de la situación, y más confianza en sus propias fuerzas. Una y otra creían haber pasado largo tiempo en aquella meritoria campaña; y es que los días crecen en proporción de la cantidad y extensión de vida que en ellos se desarrolla. Ya no les causaban tanto horror las caras monstruosas, ya no temían el contagio, ni sentían tan viva en sus nervios y estómago la protesta contra la podredumbre. El médico hizo justicia al celo piadoso de los tres penitentes, diciendo al alcalde que aquel hombre de facha morisca y sus dos compañeras habían sido para el vecindario de Villamantilla como ángeles bajados del cielo. Antes de medio día, sonaron las campanas de la iglesia en señal de regocijo público; y fue que se supo llegaría pronto el socorro enviado desde Madrid por la Dirección de Beneficencia y Sanidad. ¡A buenas horas! Pero en fin, siempre era de agradecer. Consistía la misericordia oficial en un médico, dos practicantes, un comisionado del ramo, y sin fin de drogas para desinfectar personas y cosas. Al propio tiempo que se enteró Nazarín de la feliz llegada de la comisión sanitaria, supo también que en Villamanta reinaba con igual fuerza la epidemia, y que no se tenía noticia de que el Gobierno mandara allá ningún socorro. Adoptando al instante una resolución práctica, como gran estratégico que sabe dirigir sus fuerzas con la celeridad del rayo al terreno conveniente, tocó a llamada en su reducido ejército; acudieron el ala derecha y el ala izquierda, y el general les dio esta orden del día:

—Al momento en marcha.

—¿A dónde vamos?

—A Villanmanta. Aquí no hacemos falta ya. El otro pueblo está desamparado.

—En marcha. Adelante.

Y antes de las dos, iban a campo traviesa por un sendero que les indicó el pastor de guarros. De los víveres de la Coreja, nada tenían ya, y Ándara no quiso llevar otros de Villamantilla. Las dos mujeres se lavaron en un arroyo, y don Nazario hizo lo mismo a distancia de ellas. Frescos los cuerpos, contentas las almas, prosiguieron andando, sin más contratiempo que el haber tropezado con unos chicos de las familias fugitivas de Villamantilla, alojadas en miserables chozas en lo alto de un cerro. Los angelitos solían matar el aburrimiento de la emigración, apedreando a todo el que pasaba, y aquella tarde fueron víctimas de este inocente sport, o deporte, Nazarín y los suyos. Al general le dieron en la cabeza y al ala derecha en un brazo. El ala izquierda quiso tomar la ofensiva, disparando también contra ellos. Pero el maestro la contuvo diciendo:

—No tires, no tires. No debemos herir ni matar, ni aun en defensa propia. Avivemos el paso, y pongámonos lejos de los disparos de estos inocentes diablillos.

Así se hizo, mas no pudieron llegar de día a Villamanta. Como no llevaban provisiones ni dinero para adquirirlas, Ándara, que iba delante, como a cien pasos, pedía limosna a cuantos encontraba. Pero tales eran la pobreza y desolación del país que nada caía. Tuvieron hambre, verdadera necesidad de echar a sus cuerpos algún alimento. La de Polvoranca se condolía, la de Móstoles disimulaba su inanición, y el de Miguelturra las animaba, asegurándoles que antes de la noche encontrarían sustento en alguna parte. Por fin, en un campo donde trabajaban hombres y mujeres, dando una vuelta a la tierra con el arado, hallaron su remedio, consistente en algunos pedazos de pan, puñados de garbanzos, almortas y algarroba, y además dos piezas de a dos céntimos, con lo cual se creyeron poseedores de una gran riqueza. Acamparon al aire libre, porque Beatriz decía que necesitaban ventilarse bien antes de entrar en otro pueblo infestado. Reuniendo carrasca seca, hicieron candela, cocieron las legumbres, con la añadidura de cardillos, achicorias y verdolagas que Ándara supo escoger en el campo; cenaron con tanta frugalidad como alegría, rezaron, el maestro les dio una explicación de la vida y muerte de san Francisco de Asís y de la fundación de la orden Seráfica, y a dormir se ha dicho. Al romper el día entraron en Villamanta.

¿Qué podrá decirse de aquel inmenso trabajo de seis días, en los cuales Beatriz llegó a sentir en sí una segunda naturaleza, nutrida de la indiferencia de todo peligro, y de un valor sereno y sin jactancia, Ándara una actividad y diligencia que dieron al traste con sus hábitos de pereza? La primera luchaba con el mal, segura de su superioridad y sin alabarse de ello, por rutina de la fe desinteresada y un convencimiento que sostenían las altas temperaturas del alma en ebullición; la segunda por rutina de su amor propio satisfecho y de su pericia bien probada, gustando de alabarse y echar incienso a su egoísmo, como soldado que entra en combate movido de las ambiciones del ascenso. ¿Y de Nazarín qué puede decirse, sino que en aquellos seis días fue un héroe cristiano, y que su resistencia física igualó por arte milagroso a sus increíbles bríos espirituales? Salieron de Villamanta, por la misma razón que habían salido de Villamantilla, o sea la llegada del socorro del Gobierno. Satisfechos de su conducta, inundada la conciencia de una claridad hermosa, la certeza del bien obrar, hicieron verbal reseña de su doble campaña, permitiéndose la inocente vanagloria de recontar los enfermos que cada cual asistiera, los que habían salvado, los cadáveres a que dieron sepultura, con mil y mil episodios patéticos que serían maravilla del mundo si alguien los escribiera. Pero nadie los escribiría ciertamente, y solo en los archivos del cielo constaban aquellas memorables hazañas. Y en cuanto a la jactancia con que las enumeraron y repitieron, Dios perdonaría de fijo el inocente alarde de soberbia, pues es justo que todo héroe tenga su historia, aunque sea contada familiarmente por sí mismo.

Se encaminaron a un pueblo, que no sabemos si era Méntrida o Aldea del Fresno, pues las referencias nazarinistas son algo oscuras en la designación de esta localidad. Solo consta que era lugar ameno, y relativamente rico, rodeado de una fértil campiña. Próximos a él, vieron sobre una eminencia las ruinas de un castillo; las reconocieron, y hallaron en ellas lugar propicio para instalarse por unos días y hacer vida de recogimiento y descanso, pues Nazarín fue el primero que encareció la necesidad de reposo. No, no quería Dios que trabajasen de continuo, pues urgía conservar las fuerzas corporales para nuevas y más terribles campañas. Dispuso, pues, el jefe que se acomodara la partida en las ruinas de la feudal morada, y que allí atenderían a la reparación conveniente de sus agotadas naturalezas. El sitio era en verdad hermosísimo, y desde él se descubría en gran extensión la feraz vega por donde serpea el río Perales, huertas bien cultivadas, y preciosos viñedos. Para llegar arriba, había que franquear empinadísima cuesta; pero una vez en lo alto, ¡qué deliciosa soledad, qué puro ambiente! Creíanse en mayor familiaridad con la naturaleza, en libertad absoluta, y como águilas lo dominaban todo, sin que nadie les dominase. Elegido el lugar de las ruinas donde aposentarse debían, bajaron al pueblo a mendigar, y les fue muy bien el primer día: Beatriz recogió algunos cuartos, Nazarín lechugas, berzas y patatas, y Ándara se procuró dos pucheros y un cántaro para traer agua.

—Esto sí que me gusta —decía—. Señor, ¿por qué no nos quedamos siempre aquí?

—Nuestra misión no es de sosiego y comodidad —replicó el jefe—, sino de inquietud errabunda y de privaciones. Ahora descansamos; mas luego volveremos a quebrantar nuestros cuerpos.

—Y sabe Dios si nos dejarían estar aquí —indicó Beatriz—. El pobre no tiene casa fija en ninguna parte, y como el caracol, siempre la lleva consigo.

—Pues yo, si me dejaran, labraría un pedacito de esta ladera —dijo Ándara— y plantaría algo de patata, cebolla y coles para el gasto de casa.

—Nosotros —declaró Nazarín— no necesitamos propiedad de tierra, ni de cosa alguna que arraigue en ella, ni de animales domésticos, porque nada debe ser nuestro; y de esta absoluta negación resulta la afirmación de que todo puede venir a nuestras manos por la limosna.

Al tercer día, la de Polvoranca fue al río a lavar unas piezas de ropa, y cuando regresó al castillo, bajó Beatriz por agua, hecho vulgarísimo que no puede pasar sin mención en esta verídica historia, porque de él se derivan otros hechos de indudable importancia y gravedad.

III

Al anochecer, subía la moza por la enriscada pendiente con tal agitación en su alma, y en sus piernas tan grande flojedad, que hubo de quitarse el cántaro de la cabeza, y sentarse en el suelo, para cobrar aliento. ¿Qué le había pasado en la fuente del pueblo, situada entre la espesura de una chopera próxima al río? Pues ocurrió un hecho inesperado, de absoluta insignificancia en la vida total, mas para Beatriz de una gravedad extrema, uno de esos hechos que en la vida individual equivalen a un cataclismo, diluvio, terremoto, o fuego del cielo. ¿Qué era?... Nada, ¡que había visto al Pinto!

El Pinto fue su amor y su tormento, el burlador de su honra, el estímulo de sus esperanzas, el que había despertado en su alma ensueños de ventura, y despechos ardientes. Y cuando ella había conseguido, si no olvidarle, ponerle en segundo término en su pensamiento, cuando con aquel ascetismo y las saludables guerras de la caridad había conseguido curar el mal profundo de su alma, se le presentaba el indino, para quitarle toda su cristiandad, y precipitarla otra vez en los abismos. ¡Maldito Pinto, y maldita la hora en que a ella se le ocurrió bajar a la fuente!

Esto lo pensaba en aquel descanso que se tomó a mitad de la cuesta. Aún creía estarle viendo, en su aparición súbita a dos pasos de la fuente, cuando ya ella volvía con el cántaro lleno en la cabeza. Él la llamó por su nombre, y ella echó mano al cántaro, que tambaleándose, estuvo a punto de caerse. La impresión fue tal que se quedó como muerta en pie, y no podía moverse ni articular palabra.

—Ya sabía que andabas por aquí, mala cría —le había dicho él, las manos metidas en los bolsillos de la chaquetilla o blusa, el aire jaquetón, la voz dura, mezcla extraña de enojo y desprecio—. Ya te vi ayer, ya te vi bajar al pueblo con un prójimo harapiento que parece el moro de los dátiles, y una mujer más fea que Tito... ¿Qué vida haces, loca? ¿Con qué zurrapas andas? Bien te dije que te habías de ver perdida, pidiendo limosna, como una callejera vergonzante o sin vergüenza..., y así ha salido. Ya sé, ya sé, grandísima puerca, que te escapaste de Móstoles, con ese que diz que es apóstol, y que echa los mesmos demonios con la santiguación del misal, y viceversa los vuelve a meter.

—¡Pinto, Pinto, por Dios —había respondido ella recobrando al fin el uso de la palabra—, déjame en paz! Yo concluí contigo y con el mundo. No me hables, sigo mi camino.

—Espérate un poco..., siquiera por la educación, mujer. ¿Semos o no semos personas cabales? Oye: yo siempre te quiero. Descalza y hecha un ánima del purgatorio, como estás, te quiero, Beatriz. La ley es la misma. ¿Sabes lo que te digo? Que no te perdono el alternar con ese fantasma... ¿Quieres volverte conmigo a Móstoles?

—No, de ninguna manera.

—Piénsalo, Beatriz; yo te mando que lo calcules, mujer. Mira que me darías que sentir. Yo, verbigracia, te quiero; pero ya sabes que gasto un genio muy bravo. Es mi ley. He venido a este pueblo con Gregorio Portela y los dos Ortiz a comprar ganado para el matadero de Madrid, y viceversa tenemos que volvernos allá mañana a la noche. En el mesón del tío Lucas, ¿sabes?, te espero mañana en todo el día para estar contigo en particular, y que hablemos de nuestra comenencia... Que vayas, Beatriz.

—No iré; no me esperes.

—Que vayas te digo. Ya sabes que yo, cuando digo lo que digo, lo digo... diciéndolo, quiere decirse, como el que sabe hacer lo que dice.

—No me esperes, Manuel.

—Que vayas... Por la cuenta que te tiene, Beatriz, no seas terca, y arrepara en tu honor, que está tirado como una alpargata vieja por los caminos. Vas y hablamos. ¿No vas? Pues a la noche subo con mis amigos al castillo, donde sé que paráis, y pasamos a cuchillo al apóstol y a la apóstola, y a toda la corte infernal de los abismos celestiales... Ea, con Dios. Sigue tu camino.

Esto fue lo que hablaron y nada más. Muerta de miedo se dirigió la infeliz moza a su salvaje morada, y su temor se aumentaba creyendo sentir tras sí las pisadas de Pinto. No era, no: pero en la oscuridad de la noche creía verle amenazador, bien plantado, eso sí, fiero y despótico, dominándola por el terror como por el deleite la dominara antes. Un poco se serenó en el breve descanso que hizo a mitad de la cuesta; pero apartar no podía de su pensamiento el bárbaro mandato de aquel hombre, ni su imagen imborrable, el cuerpo muy derecho, la ropa ceñida, a estilo torero, la cara hermosa, cetrina y bien afeitada, los ojos que despedían lumbre, junto a la boca un lunar de pelo muy rizado, que parecía un borlón.

Al llegar arriba, la primera idea de Beatriz fue contar al beato Nazarín lo ocurrido. Pero un secreto inexplicable impulso, cuyo origen desconocía, la hizo enmudecer. Comprendiendo que no referir el suceso era una falta, la cohonestó con el aplazamiento, y se dijo: «Cuando cenemos se lo contaré». Pero cenaron, y en el momento de romper a decirlo, sentía como si echaran un candado a su lengua. Era una discreción, una cautela que de las profundidades de su instinto salía, y la infeliz mujer no hallaba en su sinceridad fuerza igual que oponerle.

Y, ¡qué casualidad!, aunque hablar quisiera con el padre Nazarín no podría. Ved aquí por qué. Uno de los ángulos de la torre principal del castillo permanecía en pie, desafiando siglo tras siglo el furor de las tempestades y la injuria del tiempo. Desde lejos parecía un hueso, la mandíbula de un inmenso animal. Componíase de gruesos sillares descarnados, pero bien sujetos uno contra otro, y por un lado formaban lo que de lejos tenía apariencias de encía, al modo de peldaños, por donde no era difícil subir hasta las piedras más altas. En estas había un hueco bastante capaz para acomodarse una persona, y era la mejor atalaya para dominar cielo y tierra. Pues allá trepó Nazarín, y se acostó en las piedras últimas, echando la cabeza para atrás, los pies colgando sobre el abismo, iluminada por la luna, que ya era llena, su escueta figura, la cabeza, manos y pies aparecían como de una cerámica recocha, recortándose sobre el cielo. Nunca se vio más patente el tipo arábigo que en aquella ocasión y postura. Se le tomaría por un santo profeta, que buscando el aislamiento en los altos espacios, a donde no llegaran el ruido y las vanidades del mundo, no se creyera seguro hasta no usurpar sus nidos a las cigüeñas, su espigón a las veletas de las torres. Las dos mozas miraron, y le vieron en aquella eminencia, coronado de las estrellas, orando quizás, o dejando volar sus ideas por las inmensidades del cielo para recoger con ellas la verdad.

Beatriz, en tanto, a la tierra miraba con los ojos del alma más que con los del cuerpo, y mientras su señor se recreaba en la contemplación del firmamento, y en tender sus ideas por él, ocupando no menos espacio que el de las muchedumbres siderales, ella sostenía en su espíritu una lucha horrenda. Diéranle a curar a todos los leprosos de la tierra, y a los enfermos más inmundos, y lo preferiría a la turbación de aquella interna batalla y a las probables consecuencias de ella. Desde el pueblo la llamaba una tentación de poderosa virtud magnética, y algo sentía dentro de sí que la mandaba obedecer el reclamo del Pinto. Contarle todo a don Nazario era lo prudente, lo recto, lo cristiano; pero si se lo contaba no podría ir, y si no se lo contaba y a la cita acudía, ¡adiós gracia, adiós méritos ganados por su alma en aquella vida de penitencia! Pues otra: si no iba, el Pinto cumpliría su terrible amenaza. De modo que el gusto de ir se le acibaraba con la reprobación de su conciencia, y el triunfo de esta, si no iba, sería causa de la muerte de todos. ¿Qué era lo mejor? ¿Ir o no ir? ¡Espantoso dilema! Ni la virtud le valía, pues si sofocaba la pícara tentación que como un rabillo de diablo trazaba ondas de venenoso fuego por todo su ser, si se conservaba buena y honrada, el otro subía, y no dejaba títere con cabeza. Y si bajaba, y se perdía para siempre, ¿con qué cara se volvía a presentar al buen Nazarín y a pedirle que la perdonara? No, no, ¡qué vergüenza! No, no podría volver a verle. Y luego, la infeliz quedaría para siempre sometida al capricho y a las volubilidades de aquel demonio... No, no... Esta idea, este miedo de un porvenir tan vergonzoso como había sido el pasado, la decidió. ¡Gracias a Dios! Sin duda Cristo y la Virgen, a quienes invocó, la oyeron y le inspiraron la buena solución: contar todo a su maestro, y arrostrar las consecuencias de la venganza del Pinto.

Bajó el árabe de su atalaya, fue Beatriz derecha a él con ánimo de revelarle su conflicto, y otra vez sintió el candado en su boca. No dijo nada. Durante la cena, haciendo esfuerzos por vencer su repugnancia de la comida y aparentar serenidad, teníase por la más mala y depravada mujer del mundo. Y mientras rezaban, sentía dificultad para pronunciar las palabras más dulces de la oración dominical. Su mal constitutivo empezó a hacerle guiños en diferentes partes de su cuerpo, y a remover el sedimento dejado en él por los demonios fugitivos... Sintió recónditos instintos de destrozar algo, y luego pánico indecible. Tuvo que actuar sobre sí con toda su voluntad, o la parte de ella disponible, para no saltar, para no salir de estampida aullando como las fieras, o precipitarse por aquellos despeñaderos hasta caer deshecha en el fondo del valle. Felizmente, no llegó a estos extremos, y consiguió encadenar sus nervios, y contener el rebelado mal, invocando, para que la auxiliasen, a la Virgen María y a todos los santos de su devoción. Al acostarse, se sintió más tranquila y con ganitas de llorar.

Como en aquel local anchuroso tenían habitaciones de sobra, o sea multitud de huecos muy abrigados y con independencia, las dos hembras se acostaron en una alcoba, y en otra, separada de la primera por gruesos muros, el benditísimo Nazarín, que no tardó en coger un sueño sosegado. La de Móstoles, en cambio, no podía dormir, y tantas vueltas dio en la cama, y tan angustiosos eran sus ayes, suspiros y exclamaciones de pena, como si a solas hablara, que Ándara hubo de desvelarse también, y la interrogó. Picotearon, y palabra tras palabra, la curiosidad hurgando la confianza, al fin Beatriz contó el caso a su compañera, sin omitir sus horribles dudas y tentaciones.

—Nada, cantas claro, y que don Nazarín lo sepa todo —dijo Ándara—. ¡Pues mira que si el bruto de Pinto sube aquí y nos mata! Capaz es. ¿Y quién habrá de defendernos, si somos unos pobretes que no valemos nada en el mundo? Nuestro santo lo dirá... Con este, no hay cuidado. Verás cómo saca de su cabeza alguna cencia para que, sin hacer tú maldades, los tres salvemos la pelleja.

Charlando estuvieron hasta la madrugada, en que rendidas del cansancio, quedáronse dormidas. Cuando despertaron, ya hacía más de una hora que Nazarín se había encaramado en su atalaya para ver salir el sol.

Ándara dijo a su compañera:

—Llámale, y cuando baje se lo cuentas.

Entonces Beatriz, inundada de un gozo inefable, reconoció que había caído de su boca el candado que la impidiera revelar al maestro su desdicha; sintió libres las palabras, antes esclavas de un mal pensamiento, y no queriendo esperar a que Nazarín bajara, le llamó con grandes voces:

—Señor, señor, baje, que tengo que hablarle.

—Allá voy —respondió el clérigo, saltando por los sillares—; pero no tengas prisa, mujer, que tiempo hay. Ya sé para qué me quieres.

—¿Cómo lo sabe si aún no lo he dicho?

—No importa. Ea, ya me tienes aquí. Conque ¿decías que...? Hija, gracias a Dios que hablas. A ti te pasó algo ayer.

—Pero, señor, ¿cómo lo sabe? —preguntó Beatriz asombrada.

—Yo me entiendo.

—¿Acaso lo adivinó? ¿Usted sabe lo que no ha visto, lo que no le han dicho?

—A veces, sí... Según quien sea la persona a quien le pasa lo que no veo.

—¿Pero de veras, adivina...?

—Esto no es adivinar..., es... saber...

IV

—¿Oyó usted anoche, desde su dormitorio, lo que hablamos Ándara y yo?

—No, mujer. Desde mis aposentos no puede oírse nada. Además, dormí profundamente. Es que... Anoche, cuando rezábamos, noté que te equivocabas, que te distraías, tú que jamás te distraes ni te equivocas. Luego observé en tus miradas un cierto temor... Comprendí que en el pueblo, al bajar por agua, habías tenido un mal encuentro. Hablaba tu cara casi tan claramente como lo habría hecho tu boca. Y después..., bien lo dice tu rostro..., hubo temporal fuerte en tu alma, rayos y truenos. Estas borrascas o luchas de las pasiones no se pueden disimular: sus estragos son patentes, como en la naturaleza los destrozos causados por un huracán. Has luchado... Satanás te tocó en el corazón con su dedo tiznado del hollín de los infiernos, y después te lo pasó por toda tu pobre humanidad. Los ángeles quisieron defenderte. Tú no les dabas todo el terreno que necesitaban para la batalla. Dudaste, dudaste mucho antes de decidir a quién darías el terreno, y por fin...

Beatriz rompió a llorar amargamente.

—Llora, llora hasta que te vuelvas toda agua, que esa es la señal de que los ángeles ganaron la batalla. Por hoy estás triunfante. Dispón bien tu alma para que otra vez no vuelvas a verte en tales apreturas. El mal te tenderá nuevas redes. Fortalécete para no caer en ellas.

Poco más necesitó decir la dolorida para poner en conocimiento de Nazarín la historia de su encuentro con el Pinto, y el conflicto moral que fue su consecuencia. Entre lágrimas y suspiros lo fue contando todo, y agregó que su conciencia le daba ya las seguridades de no volver a pecar ni aun con el pensamiento; que las horribles dudas no volverían a trastornarla, ni el demonio a ponerle encima mano ni dedo. Ándara no podía dejar de meter su cucharada en aquello, como en todo, y oficiosamente dijo:

—Pues ya que esta escapó de tan feas tentaciones, escapemos nosotros del cuchillo de ese maldito, que tan cierto como me llamo Ana, lo es que el Pinto viene acá esta noche con sus matarifes, y a los tres nos degüella.

—Sí, sí —añadió Beatriz—. La fuga nos salva. Podemos bajarnos muy quedito por esta otra parte del cerro, que está cubierta de carrascas, y nadie nos ve. Luego nos escabullimos por aquel monte, y cuando llegue la noche ya estaremos a tres o cuatro leguas de distancia, y que venga a buscarnos ese pillo.

—Y que lo hará como lo dice. ¡Buen punto está ese y los que vienen con él! Vámonos, señor.

—Señor, vámonos sin tardanza.

—¡Huir..., huir! ¿Pero sois tontas, o habéis perdido el juicio? —dijo Nazarín sereno y sonriente, después que las dejó desahogar su miedo—. ¡Huir nosotros, huir yo! ¿Y de quién? Huyen los criminales, no los inocentes. Huyen los ladrones, no los que carecen de toda propiedad, y entregan cuanto poseen a quien lo necesite. ¿Y por qué esa fuga? ¡Porque un hombre soberbio y despechado ha dicho que viene a matarnos! Que venga en buen hora. Bien sé que, por nuestra humildísima condición, la justicia humana no se cuidaría mucho de ampararnos. Pero la divina, la eterna Justicia que así se manifiesta arriba como abajo, lo mismo en los hechos culminantes que en los hechos menudos, ¿había de dejarnos indefensos? Poca fe tenéis en la Justicia, poca fe en la protección tutelar de Dios omnipotente, cuando así tembláis porque un villano nos amenace. ¿No sabéis que los débiles son los fuertes, como los pobres de solemnidad son los verdaderos ricos? No, hijas mías, no está bien en nosotros la fuga, ni hemos de entregar las fortalezas de nuestras conciencias, que siempre han de ser invencibles, y para esto forzoso es que no temamos ni las persecuciones, ni los ultrajes, ni los martirios, ni la muerte misma. Venga, pues, el tiranuelo que pretende degollarnos. ¿No hay más que inmolar a gente indefensa y que no hace mal a nadie? De veras os digo, hijas mías, que si conforme viene ese desdichado por instigación de Satanás, viniera el propio Satanás en persona seguido de toda la patulea de los diablos más malos y feroces, yo no lo tendría miedo ni me movería de este sitio. No tembléis, y aquí esperaremos esta noche a esos señores sicarios, que vienen de parte de Herodes a reproducir en nuestro siglo la degollación de los inocentes.

—Pero no sería malo —manifestó Ándara, cuyo amor propio y guerreros instintos se enardecían con las palabras del maestro— que nos preparáramos y nos surtiéramos de armas. ¡Peregrinos, a defenderse! Yo, aunque sea con el cuchillo de pelar las patatas, algo he de hacer, para que vean esos granujas que no se deja una descabezar tan fácilmente.

—Yo no tengo más que mis tijeras, que ni cortan ni pinchan —dijo Beatriz.

Y Nazarín, sonriendo, agregó:

—Ni tijeras ni puñales, ni escopetas certeras ni cañones terroríficos necesitamos, pues tenemos mejores y más eficaces armas para todos cuantos enemigos pueda desatar el infierno contra nosotros. Estad, pues, tranquilas, y no dejéis vuestros quehaceres habituales en todo el día. Si hay que bajar por agua, que vaya Ándara, y tú, Beatriz, te quedas aquí. Haced como si nada ocurriera, ni nada temierais, y que vuestros corazones estén alegres como vuestras conciencias sosegadas.

Ambas se tranquilizaron con estas palabras, y a Beatriz se le disipó el neurosismo que desde la tarde anterior le amagara. Después del desayuno ocupáronse en diversos menesteres: la una remendaba la ropa, la otra preparaba los pucheros para la comida, o recogía leña en el monte cercano. Por la tarde bajó Ándara, estuvo en la iglesia, recorrió todo el pueblo pidiendo limosna, y no le fue mal. En una casa le dieron pan duro en abundancia, y en otra un huevo, y en diversas partes cuartos y hortalizas. Después fue a llenar su cántaro a la fuente, y se volvió a su castillo cuando empezaba a cerrar la noche. Ningún mal encuentro tuvo, y una sola de las personas que hablaron con ella le dijo algo que la inquietó. ¿Qué persona era esta? Ahora lo sabremos.

Las dos veces que ella y Beatriz habían estado en la iglesia con Nazarín, vieron en ella al más feo, deforme y ridículo enano que es posible imaginar. Era también mendigo, y en la calle le encontraban, siempre que ejercían la mendicidad. Entraba y salía el tal en las casas ricas y pobres, como Pedro por la suya, y en todas era objeto de chacota y befa. Le arrojaban los mendrugos de pan para verlos rebotar en su cabeza enorme; le daban los andrajos más grotescos para que en el acto se los pusiera; le hacían comer mil cosas inmundas a cambio de dinero o cigarros, y los chicos del pueblo tenían con él un Carnaval continuo. Iba el pobre a la iglesia para descansar de aquel ajetreo fatigoso de su popularidad, y allí se estaba a las horas de misa o de rosario, arrimado a un banco, o al pie de la pila de agua bendita. La primera impresión que producía el verle era la de una cabeza que andaba por sí, moviendo dos piececillos debajo de la barba. Por los costados de un capisayo verde que gastaba, semejante a las fundas que cubren las jaulas de machos de perdiz, salían dos bracitos de una pequeñez increíble. En cambio, la cabeza era más voluminosa de lo regular, feísima, con una trompa por nariz, dos alpargatas por orejas, unos pelos lacios en bigote y barba, y ojuelos de ratón que miraban el uno para el otro, porque bizcaban horriblemente. Su voz era como la de un niño, el habla bárbara y maliciosa. Le llamaban Ujo, palabra que no se sabe si era nombre o apellido, o las dos cosas juntas.

Los que entraban en la iglesia, sin tener noticia de aquella lastimosa equivocación de la naturaleza, quedábanse aterrados, viendo avanzar a tres cuartas del suelo una cabeza de gigante, y creían que era algún demonio escapado del retablo de las Ánimas benditas. Tal creyó Beatriz al verle por primera voz, y sus gritos alarmaron a la media docena de beatas que en el templo había. Ándara se echó a reír, enzarzándose con él en chicoleos. Desde entonces quedaron amigos, y siempre que se veían, se saludaban:

—¿Cómo va?...

—No tan bien como tú... Y la familia, ¿buena?

Parecía que no; pero era un buen hombre, mejor dicho, un buen enano o un buen monstruo, el pobre Ujo. Como que una tarde dio a Beatriz dos naranjas, fruta rara en aquel país, y a la otra tres fresas, y un puñado de guisantes de lo mucho que él sacaba dejándose embromar de todo el mundo. Y les dijo que si estuvieran por allí en tiempo de la uva, él les daría cuantos racimos quisieran. Inútil es decir que Ujo conocía uno por uno a todos los habitantes del pueblo, y a cuantos lo frecuentaban en días de mercado, pues era como parte integrante del pueblo mismo, como la veleta de la torre, o el escudo del Ayuntamiento, o el mascarón del caño de la fuente. No hay función sin tarasca, ni aldea sin Ujo. Pues aquella tarde, después de saludar a Ándara en la iglesia, sostuvo con ella el siguiente diálogo:

—¿Y tu compañera?

—Allá quedó.

—¡Qué guapa es, caraifa!... Y diz que favorece... Oye, caraifa, que miréis lo que hacéis, vos los del castillo, y lo mejor que haríais era dirvos de aquí, que en el pueblo hay unos matarifes, caraifa, que vos conocen, y diz que tú, la fea, como diz, fuiste allá mesmamente pública, y quillotra, la guapa, tuvo lo que tuvo con Manolito, el sobrino de la Vinagre, que es de acá, y a él le apellidan el Pinto. Y diz que tú y ella, y quillotro, ese que paice un público moro, vos ajuntáis para la ratería... No, si ya sé que es mentira; pero lo diz, y el cuento es que de esta que traéis no saldrá cosa buena, caraifa... Yo que tú, me quedaba; y que se jueran ellos, quillotros... Hazlo, Ándara; yo te estimo... Aquí que no nos oyen, te diré que te estimo, Ándara... El otro día, cuando te di el huevo, ¿te acuerdas? iba a decirte: «Ándara, te estimo»; pero no me atreví, caraifa. ¿Quies otro huevo? ¿Quies unos pocos de chicharrones?...

La moza no le dejó concluir, y escapó a la calle. ¡Vaya que decirle aquellas cosas en la iglesia! ¡Maldito nano! Pero si las noticias de la malquerencia del Pinto y de la opinión de ladrones que en el pueblo tenían, la llenaba de inquietud y zozobra, la declaración que le espetó Ujo en lugar sagrado, delante del Señor Santísimo y de las imágenes benditas, la movió a risa. ¡Vaya con el renacuajo indecente, hombre empezado, y persona sin concluir! ¡Ni que fuera ella una monstrua como él! ¡Que la estimaba!, ja, ja... ¡Vaya con el feo, jediondo!

Cuesta arriba, hacia el castillo, se olvidó de la grotesca declaración para no pensar más que en el peligro; pero en aquellas frescas y despejadas alturas, la vista grata de sus compañeros despejó su ánimo del miedo, y acordándose de la cara que ponía Ujo cuando se declaraba, no podía tener la risa. Contó que le había salido un novio en la santísima iglesia, y al decir que era el nano, don Nazario y Beatriz rieron también, y con estas cosas pasaron agradablemente el tiempo hasta la hora del rezo y la cena, que fue divertida porque nadie se quería comer el huevo, y en vista de las tres negativas, acordaron rifarlo. Así se hizo, y le tocó a Beatriz, que tampoco por designación de la suerte admitía la preferencia, y al fin el maestro resolvió el problema, partiéndolo en tres pedazos, o porciones iguales.

Avanzaba la noche, y la luna iluminaba espléndidamente los altos cielos. Subió el moro a su atalaya, desde donde miraba más que al firmamento, a la tierra, y lo mismo hacían las dos mozas, asomadas a un resto de saetera, temerosas y vigilantes. Desde lo alto del descarnado paredón que semejaba una mandíbula, Nazarín trataba de quitarles el miedo con palabras alegres y hasta jocosas. Ave mística, recorría los espacios de lo ideal, sin olvidar la realidad, ni el cuidado de sus polluelos. En los flancos del monte, silencio profundísimo reinaba, turbado a ratos por gemidos del viento acariciando los carcomidos muros, o por el revuelo de alimañas nocturnas que en la maleza, o entre las rocas del cimiento vivían.

Aunque el jefe de la comunidad penitente conservaba su ánimo sereno, resolvió que velaran los tres toda la noche, para que no tuvieran que despertarles los carniceros. Nada ocurrió hasta las doce, hora en que creyeron sentir ruido de gente en la base del monte, ladrar de perros... Sí, alguien subía. Pero los que fuesen estaban aún muy lejos. Después cesó el ruido como si se retiraran, y a la media hora sonaba más fuerte, bien determinado ya, como conversación de tres o cuatro personas que empezaban a franquear la cuesta.

Don Nazario bajó de su torreón para observar de más cerca, y a poco de estar los tres en acecho, notaron que no se veía bien el valle. Se levantaba una nieblecilla que poco a poco se iba espesando, y nada de lo de abajo pudo distinguirse, porque la claridad de la luna formaba, al difundirse en la niebla, una opacidad lechosa. Las voces se oían más cerca.

En menos de un cuarto de hora, la neblina creció en intensidad y extensión, subiendo hasta envolver en su vago cendal como un tercio del cerro. Las voces se alejaban. Media hora más, y la evaporación cubría la mitad de la eminencia. La cúspide quedaba libre, y los que estaban en ella, creíanse en un inmenso bajel flotando en un mar de algodón. Las voces se perdieron.

V

Ordenándoles que se acostaran, Nazarín se quedó en vela, y estuvo en oración hasta el amanecer, de cuya belleza no pudo disfrutar por causa de la neblina. A las ocho, aún aparecía el valle cubierto del manto vaporoso, y cuando Ándara y Beatriz salieron de sus gazaperas, alabaron a Dios por aquel bendito socorro enviado tan a tiempo para salvarles, porque indudablemente los infames asesinos quisieron subir, y la oscuridad blanca les cerró el camino. Recomendoles Nazarín que no empleasen contra nadie, ni aun contra sus mayores enemigos, calificativos de odio; lo primero que les enseñaba era el perdón de las ofensas, el amor de los que nos hacen mal, y la extinción de todo sentimiento rencoroso en los corazones. El Pinto y compinches serían malos o no. Esto, ¿quién lo sabía? Allá se entendieran con el Juez Supremo. Ellas no debían juzgarles, no debían pronunciar contra ellos palabra injuriosa, ni aun en el caso de verles blandiendo el cuchillo para matarlas.

—Y por último, hijas mías, paréceme que prolongamos demasiado esta holganza que la fatiga nos impuso. Mañana hemos de seguir nuestra peregrinación, y hoy, último día que pasaremos en esta fondal vivienda, saldremos a recorrer toda la orilla izquierda del río hasta aquellas aldeas que desde aquí se divisan.

A poco de decir esto, oyeron una voz que subía, entonando alegre cantar. Miraron y no veían a nadie; pero las dos mozas conocieron aquella voz, aunque no recordaban a quién pertenecía. Por fin, entre unos matojos distinguieron una cabeza carnavalesca, que ascendía por la montaba.

—¡Si es Ujo, mi novio! —exclamó Ándara riendo—. Aquí viene el chiquitín del mundo... Ujo, prenda, nano mío, caraifa. ¿Dónde te has dejado el cuerpecico? No vemos más que tu cabeza.

Cuando llegó arriba, no podía respirar el pobre monstruo. Doblando las piernas, asentó sobre ellas su casi invisible cuerpo, y sobre este irguió la cabezota. Como no tenía cuello, su barba casi tocaba las tetillas. Traía gorra de soldado, y la funda verde de jaula de perdiz. Sentado abultaba poco menos que en pie.

—¿Quieres comer algo, Ujito gracioso? —le dijo la moza—. ¿Qué traes por acá?

—Na más que el aquel de decirte que te estimo, caraifa.

—Y yo a ti más, coquito, caracol de la casa. ¿Te has cansado? ¿Quieres pan?

—No; traigo. Y pa ti este, que es de flor y huevo... Toma. Hola, señá Beatriz; tío Zarín, Dios les guarde... Pues vengo a decirvos que vos vaigáis... Anoche salieron pa subir acá el Pinto y quillotros; pero por mor de la neblija se golvieron. No vedían, caraifa. Hoy se han dido con el vacuno..., mucha res, caraifa. Al toque de la primera misa, se jueron... Pero no penséis que estéis seguros, caraifa. Anda el run de que hay latrocinio... ¡Mentira! Yo te estimo, Ándara... Pero desapartaos de la Guardia civila, pues diz que diz que si vos coge, vos lleva como relincuentes públicos y criminales, caraifa.

Nazarín le respondió que ellos no eran delincuentes, y que si la Guardia por tales los tomaba, pronto se desengañaría, por lo cual ni escapaban, ni dejarían de permanecer donde no estorbasen a nadie. El nano, sin prestar gran atención a esta negativa, tiró a Ándara de la falda para llevarla aparte, y le dijo:

—Se vaiga el moro con la mora, y quédate tú, fea, que a ti por fea no te cogen, y yo te estimo... ¿No sabes que te estimo, Ándara? ¿Qué diz? ¿Que más feo yo? Caraifa, por eso. Tú fea, tú pública, yo te estimo... Es la primera vez que estimo..., y eso dende que te vi, caraifa.

Las risotadas de la moza atrajeron a los otros, y el pobre Ujo, corrido, no hacía más que decir:

—Dirvos, dirvos de aquí, y si no, veráislo... Latrocinio, Guardia civila...

—El nanito me estima. Dejarlo que lo diga... Es mi novio, ¿verdad? Pues claro que me quedaré contigo, con mi galápago de mi alma, con mi coquito. Di otra vez que me estimas. A una le gusta...

—Sí, te estimo —repitió Ujo rechinando los dientes, al notar que Beatriz le miraba burlona—. Manque rabien, te estimo, caraifa.

Y echó a correr. Ándara le despedía con fuertes voces, y él enfurruñado y dándose golpes en el cráneo bajó, más bien parecía que rodaba, sin mirar a los tres habitantes del castillo. Los cuales una hora después descendían por la parte opuesta al pueblo, y se encaminaban por la margen izquierda del Perales, aguas abajo. Pasaron por donde este se junta con el Alberche, y a poca distancia de la confluencia vieron a unos labradores que estaban cavando viñas. Nazarín les propuso ayudarles, por una limosnica, y si nada les daban, trabajarían lo mismo, siempre que lo consintiesen. Los labradores, que parecían gente acomodada y buena, entregaron a Nazarín una azada, a Beatriz otra, y a la de Polvoranca un mazo para desterronar. Uno de ellos cogió del suelo su escopeta, y a los pocos tiros que disparó en un matorro cercano, cobró tres conejos, de los cuales ofreció uno a los penitentes.

—Señor —le dijo Nazarín—, esta viña le dará a usted un buen agosto.

Una de las mujeres trabó conversación con Beatriz, en un rato de descanso, y le preguntó si Nazarín era su marido, y como respondiese que no, y que ninguna de las dos era casada, se hizo muchas cruces en la cara y pechos. Luego quiso averiguar si eran gitanos, o de esos que andan por los pueblos componiendo sartenes... ¿Eran ellos los que el año anterior estuvieron allí con un oso encadenado por la ternilla, y un mico que disparaba la pistola? Tampoco; pues entonces, ¿qué demonches eran? ¿Pertenecían a la cristiandad, o a alguna seta idólatra? Respondió Beatriz que por cristianos a machamartillo se tenían, y que no podía decir más. Otra de las mujeres, muy adusta, receló que los desconocidos vagabundos hicieran mal de ojo a una niña encanijada y dormilona que en brazos llevaba. Hubo entre todos ellos secreteo, y al fin, el de la escopeta llamó a Nazarín para decirle:

—Buen hombre, tenga esta perra y el gazapo, y lárguense de aquí, que la Ufrasia se malicia que le embrujan la niña.

Sin oponer observación alguna a esta cruel despedida, se retiraron callados y humildes.

—Soportemos la humillación en silencio, hijas mías, y consolémonos mirando a nuestras conciencias.

Más allá encontraron, a otros hombres limpiando una charca o poceta, que servía de abrevadero, y que el último temporal había llenado de fango, raíces y materias arrastradas de próximos albañales. Brindose Nazarín a trabajar, y su oferta fue aceptada. Mandáronle meterse hasta la rodilla en la charca negra, y Ándara hizo lo mismo, recogiéndose las enaguas hasta media pierna. Con cubos que el uno daba al otro y este a un tercero, fueron vaciando aquel fétido betún mezclado de sustancias en putrefacción, y los otros ayudaban con palas. Beatriz saltó dando chillidos, al sentir que una culebra de a vara se le liaba en un pie. Felizmente no era venenosa. Hubo risas, jarana, cazaron el ofidio, y por fin el abrevadero quedó agotado en hora y media, y los penitentes recibieron perra grande y chica por su penoso trabajo.

Fueron al río a lavarse las piernas de aquella inmundicia, y cuando regresaban ya limpios a coger el camino, viéronse sorprendidos por dos hombres de muy mala traza, caras famélicas y amarillas, las ropas hechas girones, que salieron de un espeso matorral, y con voces descompuestas les dieron el alto. Sin más explicaciones, uno de ellos, mostrando descomunal navaja, les intimó a que dejasen allí cuanto llevaban, ya fuese moneda, alhaja, o cosa de comer. El otro, que debía de ser un terrible humorista, les dijo que ellos eran una pareja de la Guardia civil disfrazada, y que tenían encargo del Gobierno de detener a cuantos ladrones encontrasen, quitándoles los objetos robados. La valerosa Ándara quiso protestar; pero Nazarín dispuso entregar todo, pan, perras, gazapo, y los malditos les hicieron además un registro minucioso, por virtud del cual, Beatriz se quedó sin tijeras y la otra sin peine. Y no paró aquí la broma. Después de retirarse, a una orden imperiosa de los bandidos, estos se permitieron la estúpida diversión de apedrearlos, infiriéndole a Nazarín una ligera herida en el cráneo, de la cual echó no poca sangre. Hubieron de volver al río, donde las dos mozas le lavaron la cabeza, vendándosela después con dos pañuelos, uno blanco, y encima el grande de cuadros que Beatriz solía llevar a la cabeza. Con aquel turbante, nada le faltaba al fervoroso asceta para completar su arábiga figura. Beatriz se puso la gorra de él, y ¡hala para el castillo!

—Me parece —dijo Ándara— que ha entrado la mala. Hasta ahora todo iba por la buena. Nos daban de comer, nos querían, nos obsequiaban, hacíamos nuestras miajas de milagro en Móstoles, y en Villamanta nos portábamos como los santos de Dios. La gente contenta, y bailándonos el agua. Pero ya empiezan a salir los malos números; que esto de lo que a una le pasa un día y otro, viene a ser como la lotería pública.

—Cállate, habladora, casquivana —le dijo Nazarín, que fatigado del largo camino y del picor del sol, se sentó a la sombra de unas encinas—. No confundas las divinas disposiciones con la lotería, que es el acaso ciego. Si el Señor nos manda calamidades, Él sabrá por qué. No salga de nuestros labios la más leve queja, ni dudemos un solo instante de la misericordia de Nuestro Padre que está en los cielos.

Sentose Beatriz junto a él, y la de Polvoranca se puso a buscar por el suelo bellotas. Callaban los tres sombríos y tristes. No se oía más que el zumbido de las moscas del campo entre las encinas. Ándara se alejaba y volvía. La de Móstoles rompió el silencio diciendo a su maestro:

—Señor, me asalta una idea, una idea...

—¿Presentimiento?

—Eso... Pienso que lo vamos a pasar muy mal, que padeceremos.

—También lo pienso yo.

—Si Dios lo quiere, sea.

—Padeceremos, sí, yo más que vosotras.

—¿Nosotras no? Pues eso no estaría bien. No, nosotras lo mismo, y si a mano viene, más.

—No, dejadme a mí que padezca lo más.

—¿Y es de veras que lo piensa? ¿Lo adivina?

—Adivinar no. El Señor me lo dice en mi interior. Conozco su voz. Tan cierto es, Beatriz, que padeceremos mucho, como que ahora es de día.

Nuevo silencio. Ándara se alejaba inclinándose, y recogía bellotas en su falda.

VI

Observando al buen Nazarín, taciturno y caviloso él, que siempre las animaba con el ejemplo de su serena actitud y aun con joviales palabras, Beatriz sintió que en su alma se encendía súbitamente como una hoguera de cariño hacia el santo que las dirigía y las guiaba. Otras veces sintiera el mismo fuego, mas nunca tan intenso como en aquella ocasión. Después, observándose hasta lo más profundo, creyó que no debía comparar aquel estado del alma al voraz incendio que abrasa y destruye, sino a un raudal de agua que milagrosamente brota de una peña y todo lo inunda. Era un río lo que por su alma corría, y saliéndosele a la boca, se derramaba fuera en estas palabras:

—Señor, cuando venga ese padecer tan grande, sepa usted que quiero quererle con todo el amor que cabe en el alma, y con toda la pureza con que se quiere a los ángeles. Y si tomando yo para mí el padecer, a usted se lo quitara, lo tomaría, aunque fuera lo más horrible que se pudiera imaginar.

—Hija mía, me quieres como a un maestro que sabe un poquito más que tú, y que te enseña lo que no sabes. Yo te quiero a ti, os quiero a las dos, como el pastor a las ovejas, y si os perdéis os buscaré.

—Prométame, señor —añadió Beatriz en el colmo de su exaltación—, querernos siempre lo mismo, y júreme que, pase lo que pase, no habremos de separarnos nunca.

—Yo no juro, y aunque jurara, ¿cómo había de hacerlo asegurándote lo que pretendes? Por mi voluntad juntos estaremos; pero, ¿y si los hombres nos separan?

—¿Y qué tienen que ver los hombres con nosotros?

—¡Ah! Ellos mandan, ellos gobiernan en todo este reino que está por bajo de las almas. Hace poco vinieron dos pecadores y nos robaron. Otros pueden venir que por la violencia nos separen.

—Eso no será, Ándara y yo no lo consentiríamos.

—No contáis con vuestra debilidad, con vuestro miedo.

—¡Miedo nosotras! Señor, no diga tal.

—Además, vuestro deber es la obediencia, el respeto a todo el mundo, y la conformidad con los designios de Dios.

Acercose Ándara para enseñar las bellotas, y volvió a retirarse. Pasado un breve rato, determinose bruscamente en Beatriz una laxitud intensa. Era como la sedación de aquel espasmo de piadoso amor. Se le cerraban los párpados.

—Señor —dijo a Nazarín—, como anoche no dormimos, tengo sueño.

—Pues duérmete ahora, que es muy fácil que esta noche tampoco duermas.

Con una sencillez y una inocencia propiamente idílicas, Beatriz dejó gravitar su cabeza sobre el hombro de Nazarín, y se quedó dormidita, como un niño en el seno de su madre. El ermitaño andante seguía cabizbajo. Pensando al fin que era hora de regresar al castillo, buscó con los ojos a la otra moza, y la vio sentada, como a treinta pasos, de espaldas a él, caída la cabeza sobre el pecho:

—Ándara, ¿qué te pasa?

La moza no contestó.

—¿Pero qué te pasa, hija? Ven acá. ¿Qué haces? ¿Llorar?

Levantose Ándara y despacio acudió a él, llevándose a los ojos el borde de la falda en que guardaba las bellotas recogidas del suelo.

—Ven acá... ¿Qué tienes...?

—Nada, señor.

—No; algo tienes tú. ¿Se te ha ocurrido algún mal pensamiento? ¿O es que tu corazón te anuncia desventuras? Dímelo a mí.

—No es eso... —respondió al fin la moza, que no hallaba las palabras propias para expresar su pensamiento—. Es que... Una tiene su amor propio..., vamos..., su aquel de vanidá..., y no le gusta a una... Vamos, lo diré redondo y claro: que usted quiere a Beatriz más que a mí.

—¡Jesús!... ¿Y es eso lo que...?

—Pues no es justo, porque las dos le queremos lo mismo.

—Y yo también a vosotras por igual. ¿Pero de dónde sacas tú que yo...?

—Que a Beatriz le dice usted siempre las cosas más bonitas, y a mí nada... Es que soy muy burra, y ella sabe..., tiene gramática... Por eso, es para ella todito el mimo, y a mí: «Ándara, ¿tú que sabes? No blasfemes...». Ya, ya sé que a mí no me estima nadie más que Ujo...

—Pues ahora no has dicho blasfemia, sino un gran desatino. ¡Querer yo a la una más que a la otra! Si hay diferencia en el modo de tratarlas, diferencia fundada en el natural de cada una, no la hay en el cariño que les tengo. Tonta, ven acá, y si tienes sueño, porque anoche no dormiste, arrímate a mí por este otro lado, y echa también un sueñecico.

—No, que es tarde —dijo Ándara, disipada ya su displicencia—. Si nos descuidamos, no llegaremos de día.

—De día es ya imposible. Gracias que lleguemos a las nueve... Y esta noche, buena cena: bellotas al natural.

—Aquellos sinvergüenzas nos limpiaron de veras. ¡Ah, si yo les cojo...!

—No injuries, no amenaces... Ea, ya esta se despierta. Vámonos. En marcha.

Antes de las nueve, subían fatigados hacia el castillo, y arriba se tendieron a la fresca. Ninguna molestia les había de ocasionar aquella noche el hacer la cena, porque no tenían más provisiones que las bellotas, las cuales fueron servidas inmediatamente, y devoradas con la salsa de la necesidad más que del apetito. Y cuando empezaban a dar gracias a Dios por la frugal colación que les había deparado, oyeron ruido de voces hacia la base del monte, en la vecindad del pueblo. ¿Qué sería? Y no eran dos ni tres los que hablaban, sino mucha, mucha gente. Asomose Ándara a la saetera y, ¡Virgen Santísima!, no solo oyó el ruido más tumultuoso, sino que vio un resplandor como de hoguera que subía, subía también con las voces.

—Viene gente —dijo a sus compañeros, poseída de pánico—. Y traen hachos, o teas encendidas... Oigan el murmullo...

—Vienen a prendernos —balbució Beatriz, a quien se comunicaba el terror de su compañera.

—¿A prendernos? ¿Por qué? En fin, pronto lo sabremos —dijo don Nazario—. Sigamos rezando, que lo que fuere sonará.

Él rezaba, porque su enérgica voluntad a todo sentimiento se sobreponía; pero ellas, azoradas, inquietas, temblorosas, no hacían más que correr de aquí para allá, y tan pronto pensaban huir como gritar pidiendo socorro... ¿Pero a quién, a quién? El cielo no tenía trazas aquella noche de querer defenderlos, ocultándolos con una gasa de niebla.

Y el tumulto subía, con el siniestro resplandor de los hachos. Ya se oían las voces más claras, y risas y chacota; ya se entendían algunas palabras. Venían hombres, mujeres y chiquillos, y estos eran los que alumbraban con manojos de escajo seco, dándose y quitándose la lumbre, con algazara de noche de san Juan.

—¿Pero qué? —murmuró Nazarín sin levantarse del suelo—. ¿Contra estas tres pobres criaturas manda la autoridad un ejército?

Al llegar arriba la alborotada muchedumbre, las dos mujeres vieron la pareja de Guardia civil. Ya no quedaba duda.

—Vienen por nosotros.

—Pues aquí estamos.

—Señores guardias —dijo Ándara—, ¿vienen en busca nuestra?

—A ti, y al moro Muza —replicó uno que debía de ser el alcalde, riendo, como si la libertad o prisión de gente tan humilde fuera cosa de broma.

—¿En dónde está ese morito, que quiero verlo? —vociferó un tío muy zafio, y muy gordo, destacándose del primer grupo.

—Si el que buscan soy yo —dijo Nazarín todavía en el suelo—, aquí me tienen.

—Eh, buen amigo —dijo otro muy flaco—; mal aposentado está su reverencia morisca en este castillo. Véngase a la cárcel.

Y diciéndolo le dio un fuerte puntapié.

—¡So cobarde! —gritó Ándara, inflamada en súbita cólera y saltando hacia él como un tigre—, so canalla, ¿no ve que es humilde y se deja coger?

Y con el cuchillo de pelar patatas le asestó tan tremendo golpe, que si el arma tuviera filo y punta, lo pasara mal aquel gaznápiro. Así y todo, le rasgó la manga de la blusa, y del brazo le sacó una tira de pellejo. Abalanzose la multitud rugiente sobre la brava moza, que fue defendida por la Guardia civil. Pero con tan nerviosa furia forcejeaba, que tuvieron que atarla. En esto sintió que le tiraban de la falda, y vio la cabeza andante de Ujo, que se escabullía por entre las piernas de los civiles.

—Esto vos pasa, por no hacer lo que diz, caraifa. Pero te estimo, verás que te estimo.

—Quítate allá, jediondo —replicó Ándara, y le escupió en la cara.

Nazarín se había levantado, y con la mayor serenidad les dijo:

—¿A qué tanto ruido por prender a tres personas indefensas? Llévennos a donde gusten. ¡Ay, mujer, qué mal has hecho! Para que Dios te perdone, pídele perdón a este señor a quien has herido.

—¡Perdón de caraifa!

Ciega de ira, ardiendo en sanguinario frenesí, no sabía lo que hacía.

En marcha todo el mundo. Delante iba Ándara atada, rugiendo y llevándose las manos a la boca para morder la cuerda; detrás el maestro y Beatriz sueltos, rodeados de gente curiosa, impertinente y cruel. Los civiles apartaban a la multitud. El hombre gordo, que iba junto a Nazarín, se permitió decirle:

—¿Conque príncipe moro..., príncipe moro desterrado...? ¡Y se trae todo su serrallo, concho!

El alcalde, que iba por el otro lado, junto a Beatriz, echose a reír groseramente, corrigiendo la frase de su amigo:

—Tan moro es este como mi abuelo. Y a esta sultana la conozco yo de Móstoles.

Beatriz y don Nazario no contestaban..., ni mirar siquiera. Por la cuesta abajo, siguió la chacota y el escándalo. Más parecía aquello bullanga de Carnaval, que prendimiento de malhechores. Como se apagaron los hachos, tropezaban mujeres y chiquillos, caían y se levantaban, y la cabeza de Ujo fue rodando en una de las vueltas. Risotadas, cantos, dicharachos, todo era señal de fiesta para un pueblo en que las ocasiones de divertimiento eran muy raras. Conceptuaban algunos el caso como una broma, y habrían deseado que llegaran todos los días moros descarriados que prender o cazar. La entrada en el pueblo fue lo mejor de la función, porque todo el vecindario salió a las puertas de las casas a ver a los misteriosos delincuentes reclamados por el juez de Madrid. Volvieron los chicos a encender los escajos o aliagas secas, y el humazo asfixiaba. Ándara, extenuada de fatiga, cesó al fin en su vana protesta. Los otros dos presos aceptaban con silenciosa resignación su desgracia.

Llamaban cárcel a una cuadra con rejas, en la parte baja del Ayuntamiento. Se entraba por un patio. Despejó la Guardia civil la puerta, y los presos fueron llevados a una sala, donde desataron a Ándara. El alcalde, a quien la desmedida importuna afición a las bromas no privaba de sentimientos humanitarios, les dijo que se les prepararía de cenar, y llevando a Nazarín a una estancia próxima, no menos destartalada y mísera que el aposento destinado a la custodia de presos, sostuvo con él el diálogo que a continuación puntualmente se transcribe.

VII

—Siéntese usted. Tengo que hacerle algunas preguntas.

—Me siento. Usted dirá.

—Pues delante de todo ese gentío, no he querido avergonzarle. Le tienen a usted por moro. ¡Cosas del pueblo sin ilustración! Y ello es que lo parece, con esa cara propiamente africana, esa barba en pico, y ese turbante. Pero yo sé que no es usted moro, sino cristiano, al menos de nombre. Y hay más: no lo pensara si no lo dijera el oficio mandándome detenerle: es usted sacerdote.

—Sí señor, y me llamo Nazario Zaharín, para servir a Dios y a usted.

—Por consiguiente, declara usted ser el don Nazario Zaharín que reclama el juez de la Inclusa. ¿Y aquella feona es la que llaman Ándara?

—La que ha venido atada. La otra se llama Beatriz, y es natural de Móstoles.

—¡A quién se lo cuenta! Si la conozco. El Pinto es primo mío.

—¿Qué más?

—¿Le parece poco? Pero venga acá, y hablemos ahora como amigos —dijo el alcalde, quitándose el ancho pavero y poniéndolo sobre la mesa, en la cual un farol alumbraba por igual la cara regocijada y reluciente del uno, y la mustia y ascética del otro—. ¿Le parece a usted que está bien que un señor eclesiástico ande en estos trotes..., descalzo por los caminos, acompañado de dos mujeronas..., vamos, de Beatriz no digo..., ¿pero la otra?... ¡Por Dios, señor cura de mi alma! Allá, supongo que su abogado le defenderá por loco, porque por cuerdo no hay cristiano que le defienda, ni ley que no le condene.

—Creo estar en mi sano juicio —contestó serenamente Nazarín.

—Eso se verá. Yo creo que no. ¡Claro; usted cómo ha de conocer que está loco! ¡Pero, por Dios, padre Zaharín, echarse a una vida de vagabundo, con ese par de pencos!... Y no lo digo por la religión mismamente; que todos, el que más y el que menos, si decimos que creemos, es por el buen parecer, y por el respeto a lo establecido... Dígolo por su propia conveniencia, y por el miramiento de la sociedad, en estos tiempos de ilustración. ¡Un sacerdote andar así!... ¡Pues no le acusan de nada en gracia de Dios! Que ocultó en su casa a esa zarandaina, cuando dio de puñaladas a otra pública como ella, que después entre los dos pegaron fuego a un edificio, o finca urbana particular... Y por fin de fiesta se echan a los caminos, usted de apóstol y ella de apóstola, y se dedican a embaucar a la gente, curando enfermos con salutaciones de agua potable, resucitando difuntos fingidos, y echando sermones contra los que tenemos algunos posibles... ¡Ay, ay, señor sacerdote, y sostiene que no está loco! Dígame: ¿cuántos milagros ha hecho por esta jurisdicción? Oí que usted amansó al león de los leones, el señor de la Coreja... Tenga confianza conmigo, que yo no he de hacerle ningún mal, ni he de vender sus secretos. Cuénteme, y no repare en que soy alcalde y usted un mero procesado. De esa puerta para adentro no hay más que dos sujetos de buena sombra: un alcalde muy campechano y muy francote, y un curita correntón que va a contar ahora mismo sus aventuras apostólicas y mahometanas..., pero con franqueza... Espérese: mandaré que nos traigan unas copas.

—No, no se moleste —dijo Nazarín, deteniendo el movimiento del alcalde—. Oiga mi respuesta, que será breve. Lo primero, señor mío, yo no bebo vino.

—¡Caramba! ¿Ni siquiera una gaseosa? Vea por qué le toman por moro.

—Lo segundo, soy inocente de los delitos que me imputan. Así lo diré al señor juez, y si no me cree, Dios sabe mi inocencia, y eso me basta. Tercero: yo no soy apóstol, ni predico a nadie; tan solo enseño la doctrina cristiana, la más elemental y sencilla, a quien quiere aprenderla. La enseño con la palabra y con el ejemplo. Todo lo que digo, lo hago, y no veo en ello mérito alguno. Si por esto me han confundido con los criminales, no me importa. Mi conciencia no me acusa de ningún delito. Yo no he resucitado muertos, ni curado enfermos: ni soy médico, ni hago milagros, porque el Señor, a quien adoro y sirvo, no me ha dado poder para ello. Con esto concluyo, señor mío, y no teniendo más que decir, haga usted de mí lo que quiera, y cuantas tribulaciones y vergüenzas caigan sobre mí, las acepto resignado y tranquilo, sin miedo y también sin jactancia, que nadie verá en mí ni la soberbia del pecador ni la vanagloria del que se cree perfecto.

Un sí es no es confuso y cortado se quedó el buen alcalde con estas razones, sin duda porque esperaba ver salir al clérigo por el registro de una cínica franqueza, o, en otros términos, que bailase al son que él le tocaba. Pero no bailaba, no. Y una de dos: o era don Nazario el pillo más ingenioso y solapado que había echado Dios al mundo, como prueba de su fecundidad creadora, o era..., ¿pero quién demonios sabía lo que era, ni cómo se había de discernir la certeza o falsedad de aquellas graves palabras, dichas con tanta sencillez y dignidad?

—Bueno, señor, bueno —dijo el alcalde chancero, comprendiendo que con tal hombre de nada valían las chirigotas—. Pues con tanta conciencia y tanto rigorismo, lo va usted a pasar mal. Véngase a razones, y haga caso de mí, que soy hombre muy práctico, y aunque me esté mal el decirlo, con sus miajas de ilustración; hombre algo corto de latines, pero muy largo de entendederas. Aquí donde usted me ve, yo empecé a estudiar para cura; pero no me petaba la Iglesia, por ser yo más inclinado a lo que se ve con los ojos y se toca con las manos, quiero decir, que lo positivo, o sea la ilustración, es mi fuerte. ¿Y cómo he de creer yo que un hombre de sentido en nuestros tiempos prácticos, esencialmente prácticos, o si se quiere de tanta ilustración, puede tomar en serio eso de enseñar con el ejemplo todo lo que dice la doctrina? ¡Si no puede ser, hombre, si no puede ser, y el que lo intente, o es loco, o acabará por ser víctima..., sí, señor, víctima de...!

No sabía concluir la frase. Nazarín no quería discusiones, y le contestó con seca urbanidad:

—Yo creo lo contrario. Tan puede ser, que es.

—Pero venga usted acá —prosiguió el alcalde, que comprendía o adivinaba el poder dialéctico de su contrario, y quiso batirse en regla apelando a los argumentos que recordaba de sus vanas y superficiales lecturas—. ¿Cómo me va usted a convencer de que eso es posible?... A mí, que vivo en este siglo XIX, el siglo del vapor, del teléfono eléctrico y de la imprenta, ¡esa palanca...! de las libertades públicas y particulares, en este siglo del progreso, ¡esa corriente...! en este siglo en que la ilustración nos ha emancipado de todo el fanatismo de la antigüedad. Pues eso que usted dice y hace, ¿qué es más que fanatismo? Yo no critico la religión en sí, ni me opongo a que admitamos la Santísima Trinidad, aunque ni los primeros matemáticos la comprenden; yo respeto las creencias de nuestros mayores, la misa, las procesiones, los bautizos y entierros con honras, etcétera... Voy más allá, le concedo a usted que haiga..., quiero decir, que haya almas del Purgatorio, y que tengamos clero episcopal y cardenalicio, por de contado parroquial también... Y si usted me apura, paso por las bulas..., vaya..., paso también porque tiene que haber un más allá, y porque todo lo que sea hablar de eso se diga en latín... Pero no me saque usted de ahí, de la consideración que debemos a lo que fue. Yo respeto la religión, respeto mayormente a la Virgen, y aun le rezo cuando se me ponen malos los niños... Pero déjeme usted con mi tira y afloja, y no me pida que yo crea cosas que están bien para mujeres, pero que no debemos creerlas los hombres... No, eso no. No me toque usted esa tecla. Yo no creo que se puede llevar a la práctica todo lo que dijo y predicó el gran reformador de la sociedad, ¡ese genio...!, yo no le rebajo, no, ¡ese extraordinario ser...! Y para sostener que no se puede, razono así: «El fin del hombre es vivir. No se vive sin comer. No se come sin trabajar. Y en este siglo ilustrado, ¿a qué tiene que mirar el hombre? A la industria, a la agricultura, a la administración, al comercio. He aquí el problema. Dar salida a nuestros caldos, nivelar los presupuestos públicos y particulares..., que haya la mar de fábricas..., vías de comunicación..., casinos para obreros..., barrios obreros..., ilustración, escuelas, beneficencia pública y particular... ¿Y dónde me deja usted la higiene, la urbanización, y otras grandes conquistas? Pues nada de eso tendrá usted con el misticismo, que es lo que usted practica; no tendrá más que hambre, miseria pública y particular... ¡Lo mismo que los conventos de frailes y monjas! El siglo XIX ha dicho: “No quiero conventos ni seminarios, sino tratados de comercio. No quiero ermitaños, sino grandes economistas, No quiero sermones, sino ferrocarriles de vía estrecha. No quiero santos padres, sino abonos químicos”. ¡Ah, señor mío, el día que tengamos una universidad en cada población ilustrada, un banco agrícola en cada calle, y una máquina eléctrica para hacer de comer en la cocina de cada casa, ah, ese día no podrá existir el misticismo! Y yo me permito creer..., es idea mía..., que si Nuestro Señor Jesucristo viviera, había de pensar lo mismo que pienso yo, y sería el primero en echar su bendición a los adelantos, y diría: “Este es mi siglo, no aquel...; mi siglo este, aquel no”».

Dijo, y con su pañuelo de hierbas se limpió el sudor de la frente; que no le había costado poco trabajo echar de sí, con dolores partúricos, aquella larga y erudita oración, con la cual pensaba dejar tamañito al desdichado asceta. Este le miró con lástima; pero como la cortesía y sus hábitos de humildad le vedaban contestarle con el desprecio que a su juicio merecía, se limitó a decirle:

—Señor mío, usted habla un lenguaje que no entiendo. El que hablo yo, tampoco es para usted comprensible, al menos ahora. Callémonos.

No era de este discreto parecer el alcalde, a quien supo muy mal que sus bien pensados y medidos argumentos no hicieran ningún efecto en aquel testarudo, socarrón o lo que fuese, y creyó que atacándole con otras armas le sacaría de sus casillas. Era un galápago, a quien había que poner fuego en la concha para obligarle a sacar la cabeza. Pues fuego en él, es decir, la broma insolente, la befa y el escarnio.

—No se incomode, padre, que si lo lleva por lo serio no he dicho nada. Soy un ignorante, que no he leído más que las cosas de mi siglo, y no estoy fuerte en teologías. ¿Que es usted santo? Pues yo soy el primero que me quito el sombrero, y le llevo en procesión, si es preciso, arrimando un hombro a las andas. Verá cómo le adora el pueblo; y usted, a buena cuenta, háganos un par de milagros, de los gordos, ¿eh?; multiplíquenos las tinajas, y tráiganos el puente nuevo que está proyectado, y el ferrocarril del oeste, que es nuestro desiderátum... Y a más de esto, aquí tiene sin fin de jorobados que enderezar, ciegos a quienes dar vista, y cojos que están deseando que usted les mande correr, amén de los difuntos del cementerio, que en cuantico que usted les llame, saldrán todos a dar un paseo por el pueblo, y a ver los adelantos que a mí se me deben... ¡Vaya con el Jesucristo nuevo..., género arreglado! ¡Arderá el siglo cuando se entere de que andamos predicando la segunda salvación del mundo! «Redenciones públicas y particulares. Precios económicos». Verdad que ahora le metemos en la cárcel. Camarada, hay que padecer. Pero no le crucificarán: de eso está libre. No se componga, padre, que ahora no se estila ese género de patíbulo, propio del oscurantismo; ni entrará en Madrid montado en burra, sino con la parejita de la Guardia civil; ni le recibirán con palmos, como no sea de narices. ¿Y qué religión de pateta es la que nos trae? Calculo que es la mahometana..., por eso se ha traído un par de moras..., claro, para predicar con el ejemplo...

Como Nazarín no le hacía ningún caso, ni se irritaba, ni dio a entender que tales bromas le afectasen poco ni mucho, volvió a desconcertarse el bueno del alcaldillo, y adoptando nueva actitud y tonos de familiaridad socarrona, le dio palmadas en el hombro diciéndole:

—Vaya, hombre, no se amilane. Hay que llevar estas cosas con paciencia. Amiguito, esto de echarse a predicar, sobre todo cuando no se da trigo, tiene sus quiebras. Pero no apurarse; que con meterle en una casa de locos, cumple la justicia, y ni azotes le darán, que esto ya no se estila. «Sacrificios higiénicos, es decir, sin azotes... Pasión y muerte, con chocolate de Astorga...», ja, ja... En fin, mientras esté en esta culta localidad, le trataremos bien, porque una cosa es la ley y otra la ilustración. Y si por lo que le dije se picó, échelo a broma, que a mí me gusta darlas... Soy, como ha visto, de muy buena sombra... Lo que no quita que me compadezca de su desgracia. Dejo a un lado la vara, y aquí no somos el alcalde y el preso, sino dos amigos muy guasones, un par de peines de muchas púas, ¿eh?... Y entre paréntesis, podía el hombre haber escogido moritas de mejor pelo. La Beatriz, pase. ¡Pero la otra...! ¿De dónde sacó esa merluza?... En fin, usted querrá que la demos de cenar.

Solo a esta última frase contestó Nazarín:

—Yo no tengo gana, señor alcalde. Pero esas pobres mujeres creo que tomarán algún alimento.

VIII

En tanto, en la cárcel propiamente dicha, las dos mujeres, los dos guardias civiles y algunas otras personas que se habían colado, entre ellas el gran Ujo, hablaban familiarmente. Beatriz, desde que entraron, llegose a uno de los guardias, alto, buen mozo, de agradable fisonomía militar, y tocándole el brazo le dijo:

—Oye tú, ¿eres el preferente Mondéjar?

—Para servirte, Beatriz.

—¿Me has conocido?

—¡Pues no!

—Yo dudaba, y decía para entre mí: «Juraría que este es el preferente Cirilo Mondéjar, que estuvo en Móstoles».

—Yo te conocí; pero no quise decirte nada. Me dio pena verte entre esa gente. Y para que lo sepas, contigo no va nada, y tú estás en la cárcel porque quieres. La orden de prisión es para él y la otra. A ti te hemos traído por estar allá. En fin, el alcalde te dirá si te vas o te quedas.

—Diga el alcalde lo que quiera, yo sigo con mis compañeros.

—¿Por tránsitos?

—Por lo que sea, y si ellos entran en la cárcel, yo también. Y si van a la Audiencia, yo con ellos. Y si hay patíbulo, que nos ahorquen a los tres.

—Beatriz, tú estás loca. Te dejaremos en Móstoles con tu hermana.

—He dicho que voy a donde don Nazario vaya, y que por nada del mundo le abandono en su desgracia. Si yo pudiera, ¿sabes tú lo que haría? Pues tomar para mí todas las penalidades que le esperan, las injurias que han de decirle, y los malos tratos y castigos que ha de recibir... ¡Pero qué distraída estoy, Cirilo! No te había preguntado por Demetria, tu mujer.

—Está buena.

—¡Mucho quiero yo a Demetria! Y dime, ¿cuántos niños tienes ya?

—Uno..., y otro que pronto ha de venir...

—Dios te los conserve... Serás feliz, ¿verdad?

—No hay queja.

—Pues mira, no ofendas a Dios, que podría castigarte.

—¿A mí? ¿Por que?

—Por perseguir a los buenos, y esto de los buenos no lo digo por mí.

—Lo dices por el preso. Nosotros, los guardias, nada tenemos que ver. Eso el juez.

—El juez, y el alcalde y los guardias, todos sois unos. No tienen conciencia, ni saben lo que es virtud... Y no lo digo por ti, Cirilo, que eres buen cristiano. No perseguirás al escogido de Dios, ni consentirás que los infames le martiricen.

—Beatriz, ¿estás loca, o qué te pasa?

—Cirilo, el loco eres tú, si consientes que tu alma se pierda por ponerte del lado de los malos contra los buenos. Piensa en tu mujer, en tus hijitos, y hazte cuenta de que para que el Señor te los conserve, es preciso que tú defiendas la causa del Señor.

—¿Cómo?

Beatriz bajó la voz, pues aunque los demás presentes rodeaban a Ándara, charlando y riendo al otro extremo de la prisión, temía que la oyesen.

—Pues muy sencillo. Cuando nos lleves presos, te harás el tonto y nos escaparemos.

—Sí, y a lo tonto, os dejaré secos de un tiro. Beatriz, no digas disparates. ¿Sabes tú lo que es la Ordenanza? ¿Conoces el Reglamento de la Benemérita? ¡Y a buena parte vienes con esas bromas! Yo no falto a mi deber por nada de este mundo, y antes que deshonrar mi uniforme, consentiría en perderlo todo, la mujer y los hijos. Pone uno su honra en esto, y no es uno, Beatriz, es el Cuerpo... ¡Qué más quisiera uno que tener lástima! Pues no busques en toda la Fuerza un solo número que la tenga, digo lástima, para cosas del servicio, porque no lo hallarás. El Cuerpo no sabe lo que es compasión, y cuando el alma, que es la Ley, le manda prender, prende, y si le manila fusilar, fusila.

Dijo esto con tan gallarda convicción y sinceridad el buen preferente, y tan claro revelaban sus ojos, su ademán, su acento, el culto fervoroso de la orden de caballería que profesaba, que la moza inclinó su cabeza suspirando, y le dijo:

—Tienes razón, no sé lo que digo. Cirilo, no me hagas caso. Cada uno a su religión.

Los curiosos abandonaron el rincón donde estaba Ándara, y se corrieron al lado de Beatriz y el preferente. Junto a la otra no quedó más que Ujo, que en pie alzaba poco más que la cintura de su amiga sentada.

—A lo que diba —le dijo cuando se vio solo con ella—. Mal te portéis conmigo, caraifa... Yo pensé que eras más fina, caraifa... Pero manque de fina no ties un pelo, y me has escupitado mismamente en la cara, yo diz que te estimo... Manque me escupites otra vez, te lo diz.

—¿Que yo te escupí? —replicó Ándara jovial, repuesta ya del espasmo de furia—. Sería sin pensarlo, chiquitín del pueblo, mi coquito, mi nanito gracioso. Es que yo soy así: cuando quiero decir que estimo, escupo.

—¿Quies más? Pues cuando le pegaites la cuchillada a Lucas, el del mesón..., te volvites guapa. Yo miraite, y no te conocéi, caraifa. Porque tú seis fea, Ándara, y por fea y horrorosa te estimo yo, caraifa, y me peleo con la Verba divina por defendeite, recaraifa.

—¡Viva mi renacuajo, mi caracol cabezudito! ¿Has dicho que el tío ese a quien le tiré con el cuchillo es el mesonero?

—El tío Lucas.

—Me dijiste el otro día que vivías en el mesón.

—Pero mudeime ayer, porque una mula me arrimó una coz. Ahora vivo en cas del tío Juan el herrero.

—¡Oh, y qué bien estará mi caracolito en casa del herrero! Pues mira, caraifa: ¿tú dices que me estimas?

—Con alma.

—Pues para que yo te lo crea, vas a traerme de tu casa, de la casa del herrero..., lo que yo te diga.

—¿Qué?

—Mucho jierro. Yo quiero jierro... Tú arréglatelas como puedas. Allí habrá de todo. Me traerás clavos... No, clavos no... Sí, sí; un par de clavos grandes, y también un cuchillo bueno; pero que corte, ¿sabes? Y una lima..., pero que coma... Te lo traes todo bien guardadito, aquí debajo de tu sayal, y...

Callaron, porque entró Nazarín acompañado del alcalde, y este, echándoselas de hombre benévolo y humanitario, cualidades que no excluían la dominante de la buena sombra, les dijo:

—Ahora, estas madamas van a cenar alguna cosita. Conste que la cena es de mi bolsillo, porque en el presupuesto no lo hay. Y usted, reverendo señor Nazarín, ya que no come, dé un poco de descanso a sus huesos... Señores guardias, el preso nos da su palabra de no intentar escaparse. ¿Verdad, señor profeta? Y ustedes, señoras discípulas, mucho ojo. A bien que tenemos aquí una cárcel que no nos la merecemos, con unas rejas que ya las quisiera el Abanico de Madrid. Total, que como no haya una chispa de milagro, de aquí no salen. Conque... los que han venido a curiosear, están de más. Despéjenme la cárcel. Ujo, largo de aquí.

Despejaron, y solo permanecieron allí, además de los desgraciados penitentes, el alcalde y el juez municipal, tratando de la conducta de presos, que era forzoso aplazar un día para esperar a otros vagabundos y criminales recogidos en la Villa del Prado y en Cadalso. Trajo después el alguacil la cena, que Ándara y Beatriz apenas probaron, el alcalde les dio las buenas noches, los guardias y el alguacil cerraron con ruidoso voltear de llaves y corrimiento de cerrojos, y los tres infelices presos pasaron la primera mitad de la noche rezando, y la otra mitad durmiendo sobre las baldosas. El día siguiente les trajo el consuelo de que muchas personas del pueblo se interesaron por su triste situación, ofreciéndoles comida y ropas que no fueron aceptadas. Ujo se ingeniaba para trepar a la reja del patio como una araña, y departía con las dos mozas. Por la noche llegaron los otros presos que debían ir también a Madrid, a saber: un mendigo viejo, acompañado de una niña, cuya procedencia era objeto de las investigaciones de la justicia, y dos hombres de muy mala facha, en quienes Nazarín reconoció al punto a los vagabundos que les robaron la tarde aquella que precedió a la noche de la captura. Ambos se habían escapado de la cárcel de Madrid, en cuya Audiencia les seguían causa, al uno por parricidio, al otro por robo sacrílego. A los cuatro les enchiqueraron en el mismo estrecho local, donde apenas podían revolverse, por lo cual todos deseaban que les sacaran al aire y diera principio la conducta. Por penosa que esta fuera, nunca lo sería tanto como la aglomeración de cuerpos nada limpios en un oscuro, reducido y malsano aposento.

A la siguiente mañana, tempranito, despachada la documentación, se dispuso la marcha. Presentose el alcalde a despedir a Nazarín, diciéndole con su habitual sorna:

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