← Table of contents
Manon Lescaut

Front matter (continued 3)

Antonio de Hoyos y Vinent translation · Edition 3

He observado en el transcurso de mi vida entera que el cielo escogió siempre, para castigarme con su mano de hierro, los momentos en que mi buena suerte me parecía más firme y duradera. Me creía tan feliz con la amistad de T. y el amor de Manon que hubiese costado mucho trabajo convencerme de que me amagaba un nuevo infortunio. Sin embargo, preparábase uno tan funesto, y que me ha reducido al extremo en que me hallasteis en Passy, y eso pasando por trámites y aventuras tan crueles que os costará trabajo creer mi narración veraz.

Un día que el señor T... cenaba con nosotros, oímos el ruido de una carroza que se detenía a la puerta de la hostería. La curiosidad nos impulsó a querer saber quién era el que llegaba a tales horas. Dijéronnos que era el joven G... M..., es decir, el hijo de nuestro más cruel enemigo, del viejo libertino que me encerrara a mí en San Lázaro y a Manon en el hospital. Su nombre empurpuró mi rostro. «Es el cielo quien le trae—dije a T...—para castigarle de la infamia de su padre. No se escapará sin que hayamos medido nuestras espadas». T... que le conocía y que hasta era uno de sus mejores amigos, esforzóse en hacerme concebir mejores sentimientos para con él. Aseguróme que era un muchacho muy amable y tan poco capaz en haber intervenido en la fea acción de su padre, que yo mismo no hablaría con él un momento sin concederle mi estimación y sin desear la suya. Después de añadir mil cosas más, me pidió mi consentimiento para ir a saludarle y proponerle viniese a ocupar un lugar en nuestra mesa. Previno la objeción del peligro que significaba para Manon descubrir su refugio al hijo de nuestro enemigo, afirmando por su honor y por su fe que cuando nos conociese no tendríamos mejor defensor. Con tales seguridades no opuse ya ningún reparo.

T... nos le trajo, claro que no sin haberse tomado antes unos momentos para informarle de quiénes éramos. Entró con un aire que desde luego nos previno en su favor. Abrazóme cordialmente y nos sentamos todos. Mostró su admiración por Manon, por mí, por cuanto nos pertenecía, y comió con un apetito que hacia honor a nuestra cena.

Cuando alzaron los manteles la conversación se hizo más seria. Bajó los ojos y puso sordina en la voz para hablarnos de los excesos cometidos por su padre con nosotros. Presentónos sus excusas más humildes. «Las abrevio—dijo—para no avivar un recuerdo que me causa rubor». Si sus palabras eran sinceras en un principio, hiciéronse aún mucho más a continuación. Y no había pasado un cuarto de hora sin que me diese cuenta de la impresión que los encantos de Manon causaban sobre él. Sus miradas y sus maneras hacíanse rendidas por momentos. Sin embargo, nada dejó aparecer de tales sentimientos en sus palabras, pero aunque no hubiese estado iluminado por los celos, tenía demasiada experiencia en las cosas de amor para no saber lo que aquello significaba.

Acompañóme parte de la noche y no nos dejó sin haberse felicitado de nuestro conocimiento y haber solicitado de nosotros permiso para renovar de vez en cuando la oferta de sus servicios. Marchó de madrugada con T..., que aceptó un sitio en su carroza.

No sentía, como he dicho ya, ninguna inclinación celosa. Tenía más fe que nunca en los juramentos de Manon. Aquella deliciosa criatura poseía tal ascendiente sobre mi corazón, que no cabía en él ningún pensamiento que no fuése de fe, amor y respeto. En vez de reprocharle el haber gustado al joven G... M... estaba orgulloso del efecto de sus encantos, y hacíame una gloria de ser amado por una criatura que todo el mundo encontraba bella. Ni aun siquiera juzgué pertinente comunicarle mis sospechas. Habíamos empleado algunos días en los cuidados de su vestuario, y, mientras, habíamos discutido si podíamos o no ir al teatro sin peligro de ser reconocidos. T... vino a vernos antes de acabar la semana y le consultamos sobre aquel particular. Comprendió, en seguida, que había que decir que sí para serle agradable a Manon. Resolvimos ir aquella misma noche.

Pero aquella determinación no pudo ejecutarse, pues, habiéndome llamado aparte me dijo sobre poco más o menos: «Estoy en un verdadero compromiso desde la última vez que os vi y mi visita de hoy no es sino una consecuencia de ello. G... M... está enamorado de vuestra querida; me lo ha confesado. Soy su íntimo amigo y estoy dispuesto a todo para servirle; pero también lo soy vuestro. Considero sus intenciones injustas y se las reprocho desde el fondo de mi corazón. Hubiérale guardado el secreto si él, para vencer, no hubiese pensado en emplear sino los procedimientos corrientes, pero está informado del carácter de Manon. Ha sabido, no sé cómo, que gusta de la abundancia y los placeres, y como la fortuna de que disfruta es considerable, ya me ha dicho que piensa tentarla con un magnífico regalo primero, con la oferta de diez mil libras de renta después. En igualdad de condiciones ambos, hubiese tenido grandes escrúpulos en traicionarle, pero la justicia está unida, de vuestra parte, a la amistad, tanto más que habiendo sido la causa imprudente de su pasión, introduciéndole aquí, tengo el deber de remediar el mal que involuntariamente he hecho».

Agradecí a T... aquella prueba realmente considerable de amistad y le devolví su confianza confesándole que el carácter de Manon era tal y como G... M... se lo figuraba, es decir, que no podía soportar el nombre de la pobreza. «Sin embargo—dije—, no siendo cuestión sino de más o menos, no la creo capaz de abandonarme por otro. Estoy en condiciones de no permitir que le falte nada y aun creo que mi fortuna se acrecentará de día en día. Lo único que temo es que G... M... aproveche el conocer nuestro refugio para jugarnos una mala pasada».

T... me aseguró que respecto a eso podía estar tranquilo; que G... M... era capaz de una locura amorosa, pero no de una bajeza, y que si hubiese tenido la cobardía de hacer una, sería él, que me hablaba, el primero en castigarla y en reparar el mal que involuntariamente habría causado. «Os agradezco vuestras intenciones—le repliqué—, pero el mal estaría hecho y el remedio sería muy difícil. Así es que lo más prudente es prevenirle, abandonando Chaillot por otro lugar cualquiera.—Sí—replicó el señor T...—, pero os será difícil hacerlo con la rapidez que sería menester, pues G... M... estará aquí antes de las doce. Me lo dijo ayer, y eso es lo que me ha hecho venir tan temprano para informaros de sus planes. Puede llegar de un momento a otro».

Aviso tan perentorio hízome mirar aquel asunto con atención creciente. Como me parecía imposible evitar la visita de G... M... y no menos imposible impedir que se declarase a Manon, tomé el partido de prevenirle yo mismo sobre los planes de aquel nuevo rival. Pensé que estando enterada de las proposiciones que iban a hacerle y oyéndolas de mí mismo tendría más fuerzas para rechazarlas. Descubrí mi pensamiento a T..., que me dijo que el plan le parecía arriesgadísimo. «Reconozco que sí—le dije—, pero todas las razones que puede haber para tener fe en una querida las tengo para creer en la mía.

ilo1p149
ilo1p149
ilo2p149
ilo2p149

No habría sino la cuantía de las promesas que pudiese deslumbrarla y ya os digo que no conoce el interés. Ama el bienestar, pero me ama a mí también; y tal como están de florecientes nuestros asuntos, creo que me preferiría a mí al hijo del hombre que la metió en el hospital». En una palabra, persistí en mi determinación y habiéndome apartado con Manon, le enteré de todo lo que acababa de saber.

Dióme las gracias por la buena opinión que tenía de ella y me prometió acoger las ofertas de G... M... de forma que no le quedasen deseos de renovarlas. «No—objeté—, no conviene irritarle con un exabrupto, puesto que podría perdernos. Pero bastante sabes tú, pícara—añadí riendo—, la manera de deshacerte de un adorador pegajoso y molesto». Después de permanecer unos momentos soñadora, dijo: «Acaba de ocurrírseme una idea admirable y estoy encantada con ella; G... M... es el hijo del peor de nuestros enemigos. Debemos vengarnos del padre, no en la persona, pero si en la bolsa del hijo. Voy a escucharle, a aceptar los presentes y a reirme de él.—El proyecto es bonito; pero ¿no te acuerdas ya, criatura, que fué el camino que te llevó al hospital?».

Fué inútil que me esforzase en mostrarla los peligros de la empresa; respondióme que tan sólo era cuestión de tomar bien nuestras medidas, y halló respuesta a todas mis objeciones. Dadme el ejemplo de un amante que no haya cedido a todos los caprichos de una querida adorada y os confesaré que hice mal en conformarme. Decidimos, pues, hacer de G... M... nuestra víctima, y por una cruel ironía de la suerte la víctima fuí yo.

Vimos aparecer su carroza a eso de las once. Hizo mil rebuscados cumplidos sobre la libertad que se tomaba al venir a comer con nosotros. No se sorprendió al ver a M. de T..., que le ofreciera la víspera venir también y que se había excusado con algunos asuntos urgentes para no venir en el mismo coche. Aunque no había ni uno solo entre nosotros que no llevase la traición en el corazón, sentámonos a la mesa con aire de cordialidad y amistad; G... M... halló fácilmente manera de declarar sus sentimientos a Manon. No debí parecerle molesto, pues me ausenté exprofeso durante unos minutos.

Noté bien a las claras, a mi regreso, que no le habían descorazonado con un exceso de severidad. Parecía del mejor humor del mundo. Yo, por mi parte, afectaba estarlo también. Reíase interiormente de mi simpleza; yo de la suya. Durante toda la tarde representamos el uno para el otro una divertida escena. Arregléme de manera de procurarle, antes de su partida, una nueva entrevista con Manon, de modo que debió quedar tan satisfecho de mi prudencia como de la buena mesa.

No bien hubo subido a su carroza con M. de T..., Manon corrió a mí con los brazos abiertos, riendo a carcajadas. Repitióme sus discursos y sus proposiciones, sin cambiar palabra. Reducíanse a lo siguiente: la adoraba; quería compartir con ella cuarenta mil libras de renta de que disfrutaba ya, sin contar lo que heredaría cuando muriese su padre. Iba a ser dueña de su fortuna y de su corazón, y como arras de aquellos bienes estaba dispuesto a darle una carroza, un hotel amueblado, una doncella, tres criados y un cocinero.

«He ahí un hijo—dije a Manon—mucho más generoso que su padre. Hablemos de buena fe—añadí—; tales promesas, ¿no os tientan?—¿A mí?—respondió, ajustando a su pensamiento estos versos de Racine:

¿Yo? ¿Me creeréis capaz de tal perfidia? ¡Yo! ¿Podría acaso resistir el semblante odioso que evoca el recuerdo del hospital a mis ojos?

—No—repliqué, continuando por mi parte la parodia:

No; costárame trabajo creer, señora, que el hospital estuviera grabado con un trazo de amor en vuestro corazón.

«Pero no deja de ser un porvenir seductor, un hotel con carroza y tres lacayos, y el amor mismo puede pocas veces hacer así las cosas».

Hízome protestas de que su corazón era mío para siempre y que a nadie amaría jamás sino a mí. «Las promesas que me ha hecho más son aguijón a mi venganza que dardos de amor». Le pregunté si entraba en sus designios aceptar el hotel y la carroza. Respondióme que no quería sino el dinero.

La gran dificultad estaba en obtener lo uno sin lo otro. Decidimos esperar las explicaciones de G... M..., que vendrían en una carta que había prometido escribirle. Recibióla, efectivamente, al día siguiente de mano de un lacayo sin librea que supo hábilmente hallar ocasión para hablarla sin testigos. Díjole que esperase su contestación y vino a traerme la carta a mí. Abrímosla juntos.

Además de los lugares comunes de ternura amorosa, contenía las promesas de mi rival. No reparaba en gastos. Comprometíase a entregar diez mil francos al tomar posesión del hotel, y además a reparar de tal modo las disminuciones que la susodicha cantidad pudiese padecer que Manon la tuviese siempre delante de sí en dinero contante. En cuanto a la inauguración no la retrasaba con exceso. Sólo pedía de plazo dos días para preparar las cosas y hasta la señalaba el lugar donde el hotel estaría emplazado y la marcaba la hora en que la esperaría si conseguía escaparse de entre mis manos. Era esto último lo único que debía inquietarle, pues respecto a todo lo demás parecía estar completamente tranquilo, pero añadía que, si tenía dificultades para escaparse, él encontraría medio de que su fuga fuése cómoda y fácil.

G... M... era más astuto que su padre y quería tener su presa entre las manos antes de soltar el dinero. Deliberamos sobre la actitud que Manon debía adoptar. Hice aún algunos esfuerzos para quitarle la empresa de la cabeza, haciéndola ver todos los peligros que encerraba. Nada pudo quebrantar su determinación.

Escribió breve respuesta a G... M... para decirle que no hallaría dificultad para ir a París el día señalado y que podía aguardarla con absoluta certeza.

Arreglamos en seguida las líneas de nuestra acción. Yo debía partir inmediatamente para buscar en algún pueblecillo, al otro lado de París, una casa, y llevaría a ella nuestro equipaje. Al día siguiente, que era el de la cita, ella iría temprano a París, y después de recibir los obsequios de G... M... le rogaría insistentemente que la llevase al teatro, cogería consigo todo lo que pudiese llevar de la suma aquella, encargaría del resto a mi lacayo, que deseaba llevarse con ella, pues era el mismo que la salvó del hospital y que nos era ciegamente adicto. Yo me hallaría con un coche en la esquina de la calle San Andrés de los Arcos, y a las siete, dejando al coche en espera, avanzaría en las sombras hasta la puerta de la Comedia. Manon me prometió hallar una excusa para abandonar el palco un momento y, aprovechándole, venir en busca mía. El resto era cosa fácil; en un momento estaríamos en mi coche y en poco tiempo habríamos salido de París por la puerta del barrio de San Antonio, que era nuestro camino más corto para nuestra nueva morada.

Aquel plan, estrafalario y todo, nos pareció muy bien arreglado. Pero había una ciega temeridad en creer que, aun resultando todo a las mil maravillas, hubiésemos podido escapar luego a las consecuencias. Sin embargo, nos expusimos con la confianza más temeraria. Manon fuése con Marcelo; así se llamaba nuestro criado. La vi marchar con pena. Díjela al abrazarla: «Manon, ¿no me engañas? ¿Me serás fiel?». Quejóse tiernamente de mi desconfianza y me renovó todos sus juramentos.

Según su cuenta debía de llegar a París a las tres. Yo partí después de ella y fuí a recluirme para perecer de aburrimiento todo el resto de la tarde al café de Feré, en el puente de San Miguel. Allí permanecí hasta la noche. Salí entonces para tomar un coche e ir a apostarme con él, según habíamos quedado, a la entrada de la calle de San Andrés de los Arcos; después fuí a pie a la puerta del teatro. Sorprendióme no hallar a Marcelo, que debía de estar esperándome. Esperé pacientemente una hora, confundido entre los lacayos, ojo avizor, acechando a todos los transeuntes. En fin, al dar las siete, sin percibir nada que tuviese relación con nuestros planes, tomé un billete de parterre para ir a ver si divisaba a Manon y a G... M... en un palco. Ni uno ni otra estaban allí. Volví a la puerta, donde dejé transcurrir aún un cuarto de hora, lleno de impaciencia y de inquietud. No viendo nada tampoco, fuí a mi coche sin resolverme a tomar un partido u otro. Habiéndome visto mi cochero, vino a mi encuentro para decirme, con aire de misterio, que una linda damisela me esperaba, hacía una hora, en la carroza, que había intentado llamar mi atención con multitud de gestos, que él había visto muy bien, y que sabiendo que había de volver había dicho que no se impacientaría y me aguardaría tranquilamente allí.

Creí en seguida que era Manon. Me acerqué rápidamente y entonces vi un rostro encantador que no era el suyo. Tratábase de una desconocida, que empezó por preguntarme si no era con el caballero Des Grieux con quien tenía el honor de hablar. Díjele que, efectivamente, aquel era mi nombre. «Tengo una carta para vos—díjome—, carta que os instruirá del objeto de mi presencia y de cómo he tenido el honor de conocer vuestro nombre». Roguéle me diese tiempo para leerla en un establecimiento cercano. Quiso acompañarme y aun me aconsejó que pidiese un reservado. «¿De quién procede esta carta?»—le dije, al subir. Pero ella me respondió que ya lo vería al leerla.

Reconocí la letra de Manon. He aquí, poco más o menos, lo que me decía: G... M... le había recibido con una cortesía y una magnificencia que sobrepujaban a toda idea. Le había agobiado de presentes y hecho entrever un porvenir de reina. Me aseguraba, sin embargo, que no me olvidaba en aquella nueva fase de su fortuna, aunque no habiendo podido convencer a G... M... de que la llevase al teatro aquella noche, tenía que dejar para otro día el gusto de verme. Pero que para consolarme de la pena que adivinaba podría causarme la noticia había encontrado manera de enviarme a una de las muchachas más bonitas de París, que sería la portadora de su carta. Firmado: vuestra fiel amante, Manon Lescaut.

Había algo tan cruel y tan insultante para mí en aquella carta que, permaneciendo un rato suspenso entre el dolor y la cólera, propúseme hacer un esfuerzo para olvidar a mi ingrata y pérfida querida. Fijé los ojos en la mujer que tenía ante mí. Era, en extremo, bella, y yo hubiese deseado que lo fuése bastante para hacerme a mi vez perjuro y traidor; pero por desgracia mía no hallé aquellos astutos y tiernos ojos, aquel divino porte y aquel cutis, cuyos matices había combinado amor mismo; en fin, aquel conjunto de perfecciones, que constituían el mágico encanto de mi pérfida amada. «No, no—dije apartando de ella mis miradas—; la traidora, ingrata que os envió bien sabía que os enviaba a una tentativa inútil. Volved y decidle que disfrute de su crimen si puede y que le disfrute sin remordimientos. Renuncio para siempre a ella, y al mismo tiempo renuncio a todas las mujeres, que si en belleza no sabrán igualarla, en perfidia le serán todas semejantes». Estuve entonces a punto de retirarme, sin tratar de saber más de Manon. Los mortales celos, que me desgarraban el corazón, disfrazábanse de una opaca y sombría calma, y tanto más me creía próximo a curarme cuanto que no sentía ninguno de aquellos movimientos de ira que me habían agitado en circunstancias parecidas. ¡Malhaya mi suerte!, tan víctima era de las burlas de mi amor como creía serlo de las de Manon y de las de G... M...

La muchacha que me había traído la carta, al verme dispuesto a salir, preguntóme qué quería que contestase a G... M... y a la dama que se hallaba con él. A esta pregunta, volví a entrar en el cuarto, y por uno de esos rápidos cambios, en que no podrán creer los que jamás sufrieron las fatigas y zozobras del amor, pasé de golpe, desde la tranquilidad en que creía hallarme, al furor más ciego. «Ve—dije—y cuenta al traidor G... M... y a su pérfida querida la desesperación en que su maldita carta me ha arrojado, pero añádeles que poco se reirán de mí, pues con mis propias manos les apuñalaré a los dos». Arrojéme en una silla; mi sombrero y mi bastón rodaron por el suelo, dos ríos de llanto brotaron de mis ojos. Entonces el acceso de furor por que acababa de pasar cambióse en profundo dolor; no hice, durante largo rato, sino llorar, entre suspiros y gemidos. «Acércate, acércate, pobre niña—dije a la joven—, puesto que es a ti a quien envían para consolarme. Dime si sabes algún remedio contra la desesperación, algún calmante contra la rabia, contra el deseo de darte a ti mismo la muerte después de dársela a los traidores, que no merecen el don de la vida. Sí, acércate—continué, al ver que iniciaba algunos pasos tímidos e inciertos para aproximárseme—, ven a secar mis lágrimas, ven a devolver la paz a mi corazón, ven y dime que me amas, para habituarme a la idea de poder ser de otra que de mi traidora. Eres bella, y quizás pueda amarte a mi vez». La pobre muchacha, que apenas tendría dieciséis o diecisiete años, y que parecía más pudorosa e inocente que sus iguales, parecía hallarse profundamente asombrada ante la extraña escena. Acercóse, pese a ello, para hacerme algunas caricias; pero entonces yo la aparté con mis manos. «¿Qué quieres de mí?—dije—. ¡Ah!, ¡eres mujer!, ¡eres de un sexo que odio! La dulzura de tu rostro me amenaza de nuevas traiciones. Vete y déjame solo aquí». Hízome una reverencia, sin osar decirme nada, y me volvió la espalda para salir. La grité que esperase. «Pero dime, al menos, cómo, por qué y con qué objeto te han enviado aquí. ¿Cómo has averiguado mi nombre y el lugar donde podías hallarme?».

Entonces me dijo que conociendo de larga fecha a G... M... éste la había enviado a buscar a las cinco de la tarde, y que habiendo seguido al lacayo, que fué en su busca, había hallado a su amigo en una soberbia casa, donde jugaba al piquet, con una dama muy bella, y que entonces los dos le habían encargado que me entregase la carta que me había dado, después de prevenirla que me encontraría en una carroza en la esquina de la calle de San Andrés. Preguntéle si nada más le habían dicho. Contestó, ruborizándose, que le habían hecho concebir la esperanza de que la conservaría a mi lado para hacerme compañía. «Te han engañado, mi pobre niña, te han engañado. Eres mujer y necesitas un hombre, pero necesitas uno que sea rico y feliz, y no es ciertamente aquí donde puedes hallarlo. Vuelve, vuelve a G... M... Ese tiene cuanto precisa para ser amado de las bellas; tiene hoteles, muebles y trenes que ofrecer. En cuanto a mí, que no tengo sino amor que dar, las mujeres desdeñan mi miseria y hacen juego de mi simplicidad».

Añadí mil cosas tristes o violentas, según que las pasiones, que me agitaban alternativamente, cedían o me arrastraban. Pero, a fuerza de atormentarme, mi delirio disminuyó lo suficiente para dejar sitio a la reflexión. Comparé aquel infortunio a los que había padecido del mismo orden, y saqué, en consecuencia, que en aquella ocasión no había por qué desesperarse más que en las anteriores. Conocía a Manon; ¿por qué, pues, afligirme de aquel modo por una desgracia que debía de prever? ¿Por qué, mejor, no emplear mis fuerzas en buscar remedio? Aun era tiempo. Por lo menos, no debía malgastar mis energías, si no quería hacerme luego el reproche de haber contribuido con mi negligencia a mis propias penas. Púseme, pues, a pensar en los medios que podían abrirme un camino de esperanza.

Tratar de arrancarla por la violencia de las manos de G... M..., era una insensatez inútil, que no ofrecía la menor probabilidad de éxito, pero en cambio parecíame, que si podía procurarme la menor entrevista con ella, ganaría infaliblemente la batalla. ¡Conocía tan bien los puntos sensibles de su corazón! ¡Estaba tan seguro de ser amado por ella! Aquella misma extravagancia de enviarme una mujer bonita para consolarme, estaba seguro que era a ella a quien se le había ocurrido, y era prueba de su compasión por mis sufrimientos.

Resolví poner en juego toda mi maña para conseguir entrevistarme con ella. Entre los varios caminos que fuí examinando, me detuve en el siguiente: T... había mostrado demasiada buena voluntad en mi ayuda para que me fuése dado dudar de su sinceridad y su celo. Prometíme ir a verle inmediatamente y comprometerle a llamar a G... M..., con pretexto de un asunto importante. Sólo necesitaba media hora para hablar a Manon. Mi plan era hacerme introducir en su mismo cuarto, y me parecía cosa fácil en ausencia de G... M...

Habiéndome devuelto tales resoluciones parte de mi calma, pagué espléndidamente a la joven que aun permanecía conmigo, y para quitarle las ganas de volver a reunirse con quienes la habían enviado, tomé sus señas dejándola entrever que tal vez iría a pasar con ella el resto de la noche. Subí a mi coche e híceme llevar con toda la rapidez posible a casa del señor T... Tuve la suerte de encontrarle, aunque durante el camino me atormentara el temor de su ausencia. Una palabra le puso al corriente de mis penas y del favor que venía a pedirle.

Asombróle de tal modo que G... M... hubiese podido seducir a Manon, que, ignorando la parte que yo mismo había tenido en mi desgracia, ofrecióse espontáneamente reunir a todos sus amigos para emplear sus brazos y sus espadas en libertar a mi querida. Hícele comprender que todo aquel ruido podía sernos perjudicial a ella y a mí. «Guardemos nuestra sangre para el último extremo. Medito un medio menos ruidoso y del que espero igual éxito». Ofrecióse a hacer, sin excepción, cuanto le pidiese. Y habiéndole repetido que tan sólo se trataba de hacer llamar, con pretexto de hablar con él, a G... M..., y hacerle faltar de su casa una hora o dos, salió conmigo para complacerme.

Discutimos sobre el pretexto de que podía valerse para entretenerle tanto tiempo. Aconsejéle empezar por enviarle una carta fechada en un figón, citándole urgentemente para un asunto de tal importancia que no admitía espera. «Espiaré—le dije—el momento de su salida y no me costará trabajo introducirme en la casa, no siendo, como no soy, conocido sino de Manon y de Marcelo, mi criado. En cuanto a vos, podéis decirle que el asunto importante de que deseáis hablarle es un asunto de dinero. Que acabáis de perder no sólo el vuestro, sino mucho más sobre palabra. Necesitará tiempo para procurároslo, y yo tendré el que me hace falta».

M. de T... hizo ce por be todo lo que yo le había encargado. Dejéle en el figón, donde escribió inmediatamente su carta. En cuanto a mí, fuí a colocarme a algunos pasos de la casa de Manon, vi llegar al portador de la misiva, y partir a poco G... M... a pie y seguido de un lacayo. Tras de darle tiempo para salir de la calle, me aproximé a la puerta de la infiel, y pese a mi ira, llamé con el respeto con que lo haría en un templo. Felizmente, fué Marcelo quien vino a abrirme la puerta. Hícele una seña y, aunque nada tenía que temer de los demás criados, le pregunté si podía conducirme al cuarto donde estaba Manon sin ser notado. Dijo que era cosa fácil, con sólo subir con cuidado la escalera principal. «Vamos pronto—le dije—, y trata de impedir que suba nadie mientras yo esté allí». Así llegué sin tropiezo al cuarto de Manon.

Hallábase ella entregada a la lectura. En tal ocasión fué cuando mejor pude admirar el carácter de aquella criatura. En vez de parecer aterrada o asombrada al verme, no dió sino esas ligeras pruebas de sorpresa naturales cuando nos encontramos con una persona que creemos lejos. «¡Ah, sois vos, amor mío!—exclamó viniendo a abrazarme con la ternura habitual—¡Dios mío, qué audaz sois! ¡Quién hubiese podido esperaros hoy en tal lugar!». Me desprendí de sus brazos, y, en vez de corresponder a sus caricias, la rechacé con desdén y retrocedí dos o tres pasos para alejarme de ella. Aquel ademán no dejó de desconcertarla. Permaneció inmóvil y fijó sus ojos en mí, cambiando de color. Tan contento me hallaba en el fondo de volverla a ver que, pese a los numerosos motivos de ira que tenía contra ella, apenas encontraba fuerzas para hacerle reproches. Sin embargo, mi corazón sangraba aún por la cruel ofensa que me había inferido. Llamé en mi auxilio a la memoria para exaltar mi indignación, y traté de encender en mis ojos otros fuegos que no fuesen los del amor. Como permaneciese yo un rato en silencio y Manon reparase en mi agitación, vile temblar al parecer de miedo.

No pude resistir tal espectáculo. «¡Ah, Manon!—dije con tierna queja—¡Infiel, perjura Manon! ¿Por dónde comenzaré mis reproches? Os veo pálida y temblorosa y aun soy tan sensible a vuestros menores sufrimientos, que temo afligiros excesivamente con mis reproches. Pero he de decíroslo Manon, tengo el corazón lacerado por la crueldad de vuestra traición. Esos golpes no se descargan sobre un enamorado si no se ha decidido su muerte. ¡La tercera vez, Manon! ¡Las llevo bien contadas! ¡Imposible olvidarlo! En vos misma está decidir en esta hora suprema, pues mi pobre amor no puede resistir semejante trato. Siento que va a sucumbir y que está próximo a partirse de dolor. ¡No puedo más!—gemí sentándome en una silla—. Apenas si me es dado sostenerme y hablar».

No me contestó; pero, apenas me vió sentado, se arrodilló y, apoyando la cabeza en mis rodillas, ocultó el rostro entre mis manos. Sentí que por un momento las humedecía con su llanto. ¡Dios de Dios, pensad qué turbación no agitaría mi alma! «¡Ah, Manon, Manon!—repuse con un suspiro—Es ya tarde para llorarme cuando me habéis matado primero. Fingís una tristeza que estáis lejos de sentir. El mayor de vuestros males es indudablemente, el de mi presencia, que siempre vino a interrumpir vuestros placeres. Abrid bien los ojos y veréis quién soy. No se llora así por un desdichado a quien se traicionó y abandonó cruelmente». Seguía besando mis manos sin cambiar de postura. «Inconstante Manon—añadí aún—, mujer ingrata y sin fe, ¿a dónde, a dónde están vuestras promesas? Amante versátil y cruel, ¿qué has hecho del amor que me jurabas aún hoy mismo? ¡Justos cielos! ¿puede una infiel burlarse de nosotros así, después de invocaros fervorosamente? ¿Es el perjuro quien obtiene la recompensa? ¿La desesperación y el abandono son para la constancia y la fidelidad?».

Aquellas palabras mías fueron acompañadas de tan amargas reflexiones que, mal de mi grado, dejé escapar algunas lágrimas. Manon lo notó en el cambio de mi voz. Rompió, por fin, el silencio. «Bien se ve—dijo con tristeza—que soy culpable, cuando tal dolor pude causaros; pero que el cielo me castigue si creí serlo o si tal pensamiento me asaltó siquiera».

Aquel discurso me pareció tan desprovisto de sentido común y buena fe que no pude librarme de mi primer impulso de cólera. «¡Horrible disimulo!—exclamé—Veo mejor que nunca que eres una vil y una pérfida. Ahora es cuando conozco tu miserable carácter. Adiós, ruin criatura—dije, poniéndome en pie—, mejor quiero morir mil veces que tener trato alguno contigo. ¡Que el cielo me castigue si te honro con una sola mirada! Quédate con tu nuevo amante; ámale; ódiame a mí; renuncia al honor y al sentido de lo justo; me es igual, de todo me he de reir ya».

De tal modo la espantó la explosión de mi voz que, siempre de rodillas, me miró temblorosa, no osando respirar. Di aún algunos pasos, en dirección a la puerta, sin separar los ojos de ella. Pero hubiese hecho falta ser inhumano para permanecer indiferente ante tantos encantos. Tan lejos me hallaba de poseer esa bárbara fuerza que, pasando de golpe al extremo opuesto, volví hacia ella o, por mejor decir, precipitéme sin reflexionar. La cogí en mis brazos y le di mil tiernos besos; la pedí perdón de mi violencia; confesé que era un bárbaro y que no merecía ser amado de una criatura como ella.

La hice sentar y me arrodillé, a mi vez, rogándole me escuchase así. Luego, todo lo que un amante, sumiso y apasionado, pueda discurrir, de respetuoso y tierno, lo encerré en pocas palabras dándola excusas. Supliquéla, como singular favor, que me perdonase. Dejó caer sus brazos en torno a mi cuello, diciéndome, con dulce acento, que era ella la que necesitaba de perdón, por las penas que involuntariamente me causaba, y que comenzaba a temer, no sin razón, que no me pareciese suficiente lo que en descargo suyo iba a decirme. «¡A mí!—interrumpí—¡Si no os pido justificación ninguna! Apruebo cuanto hicisteis. No soy yo quién para pedir razones de tu conducta. Soy feliz, y me doy por satisfecho si mi Manon no me priva de la ternura de su corazón. Pero—continué—sin necesidad de volver sobre mi estado de espíritu, ¡oh, poderosa Manon, que a capricho creáis mis alegrías y dolores!, humildemente, después de mostrarte mi arrepentimiento, ¿no me será permitido hablaros de mis penas y mis sufrimientos? Quisiera saber de vos misma qué ha de ser de mí hoy, y si pensáis firmar mi sentencia de muerte, pasando la noche con mi rival».

Puso algún tiempo en meditar su respuesta. «Caballero mío—díjome, recuperando su aspecto tranquilo—, si, desde luego, os hubieseis explicado con tal claridad os hubieseis ahorrado no pocos sinsabores y a mí una escena harto penosa. Puesto que vuestro padecimiento sólo viene de vuestros celos, os hubiese curado al momento, ofreciéndoos seguiros inmediatamente, aunque fuése al fin del mundo. Pero he creído que era la carta que os escribí, bajo las miradas inexorables de G... M..., y la muchacha que os enviamos lo que provocaba vuestra indignación. Temí que pudierais mirar mi carta como una burla y a la joven enviada por G... M... como un síntoma de que renunciaba a vos para unirme definitivamente a él. Este pensamiento me ha llenado de consternación, pues por muy inocente que yo fuése, no podía ocultárseme que las apariencias no me eran favorables. Sin embargo, quiero que seáis mi juez después de explicaros la verdad de lo sucedido». Hízome saber entonces todo lo que le había pasado desde que había encontrado a G... M... que la esperaba en el mismo lugar donde ahora nos hallábamos. Habíale recibido, efectivamente, como a la primera princesa del mundo. Habíale enseñado todas las estancias de una limpieza y una riqueza admirables. Entrególe diez mil libras en su gabinete, añadiendo algunas alhajas, entre las que se hallaba el collar y los brazaletes de perlas que ya una vez le diera el padre. Hízole servir, por los nuevos criados que tomó para ella, ordenándoles que de allí en adelante le mirasen como a su dueña y señora; hízole, en fin, ver la carroza y los caballos y todo el resto de sus presentes. Después de lo cual propúsole una partida de juego para esperar la hora de la comida. «Confieso—dijo—que quedé deslumbrada por tanta magnificencia. Pensé que sería una tontería renunciar a tales bienes, contentándonos con llevarnos las diez mil libras y las alhajas; que igual yo que vos habíamos hecho nuestra fortuna y que podíamos vivir agradablemente a expensas de G... M... En vez de proponerle el teatro, decidí sondearle, en lo que a vos se refería, para ver las facilidades que podríamos hallar para la ejecución de mi sistema. Le he encontrado persona muy tratable. Preguntóme qué pensaba de vos y si no me había causado tristeza abandonaros. Contesté que érais tan amable y os habíais comportado siempre de tal modo conmigo que era natural que no pudiese odiaros. Confesó que no carecíais de méritos y que él mismo había sentido vivo impulso de simpatía por vuestra persona. Quiso saber, cómo creía yo, que tomaríais mi marcha, sobre todo cuando supieseis que estaba en sus manos. Contestéle que la fecha de nuestro amor era tan vieja ya, que había tenido tiempo de enfriarse un poco; que al mismo tiempo pasabais por una crujía material, así que tal vez no miraseis mi pérdida, que os libraba de pesado fardo, como gran desgracia. Añadí que no dudando que os conduciríais pacíficamente no había vacilado en deciros que venía a París para ciertos asuntos, que habíais consentido en ello y que habiendo venido vos también no parecíais muy inquieto cuando os dejé. Si le creyese capaz—díjome entonces—de convivir amistosamente conmigo, sería yo el primero en ofrecerle mis servicios y mis atenciones. Contesté que conociéndoos como os conocía no dudaba de que os comportaríais correctamente, sobre todo—añadí—si él podía ayudaros en vuestros asuntos, harto desarreglados desde la riña con vuestra familia. Interrumpióme, para hacer protestas de ofreceros toda la ayuda que de él dependiese, y hasta si queríais embarcaros en un nuevo amor os presentaría a una querida muy linda que había dejado para amarme a mí.

»Aplaudí su idea—añadió—, para borrar toda sospecha en él, y afirmándome más y más en mi proyecto, no hacía sino pensar en la manera de avisaros de lo que sucedía, por miedo a que os alarmaseis con exceso al verme faltar a vuestra cita. Fué con tal intención con la que le propuse enviaros a vuestra nueva amiga aquella misma noche por tener un pretexto para escribiros. No hubo más remedio que recurrir a aquella astucia, pues no tenía esperanzas de que me dejase sola ni un instante.

»Rió de mi proposición; llamó a su lacayo, y tras de preguntarle si sabría encontrar a su antigua amiga, mandóle de un lado para otro en su busca. Creyó primero que era a Chaillot donde había que ir a buscaros, pero yo le desengañé diciéndole que, al separarnos, os prometí ir al teatro, y si algo me lo impedía o se presentaba alguna dificultad me esperaríais en una carroza en la esquina de la calle de San Andrés, y que, por lo tanto, más valía enviaros allí a vuestra nueva amante, aunque no fuése más que para impedir que os consumieseis de aburrimiento toda la noche. Díjele también que no estaría de más escribiros dos palabras para advertiros de aquel cambio, que os costaría trabajo explicaros si no. Consintió, pero me vi obligada a escribir en su presencia, y claro que me guardé muy bien de explicarme abiertamente en mi carta. He ahí—concluyó Manon—la manera como han sucedido las cosas. No os oculto nada, ni de mí ni de mis intenciones. La joven vino; la hallé bella, y como no dudaba de que mi ausencia os entristecería deseé sinceramente os entretuviera unos momentos, pues la fidelidad que en vos deseo es la del corazón. Me hubiese gustado poder enviaros a Marcelo, pero no tuve ni un momento para explicarle lo que había de deciros». Remató su narración contándome la perplejidad en que la carta del señor T... sumió a G... M... «Dudaba si dejarme o no, y me afirmó que su ausencia no podía durar, y esto es lo que me hace veros con inquietud y lo que me hizo también mostrar sobresaltada tristeza».

Escuché el discurso con paciencia. Hallaba en él infinidad de cosas crueles y mortificantes para mí, pues la intención de su infidelidad estaba tan clara que ni aun había intentado ocultarla. No podía esperar de G... M... que la dejase toda la noche como a una vestal. Era, pues, con él con quien esperaba pasarla. ¡Qué confesión para un amante! Pensé, empero, que yo era en parte culpable de su falta por haberla puesto en antecedentes de la pasión de G... M... y también por mi complacencia y ceguedad al entrar en el plan que ella había concebido. Por otra parte, por uno de esos recodos particulares a mi carácter, sentíame enternecido por la ingenuidad de su confesión y por la manera abierta y buena con que me contaba todos los detalles, aun aquéllos que más debían de ofenderme. «Peca sin malicia—me dije a mí mismo—. Es ligera e imprudente, pero también recta y sincera». Añádase a esto que el amor bastaba por sí solo para cerrarme los ojos sobre todas sus faltas. Hallábame, a decir verdad, demasiado satisfecho con la idea de robársela aquella misma noche a mi rival. Díjele, sin embargo: «Y la noche, ¿con quién la hubieseis pasado?». Aquella pregunta, que formulé tristemente, pareció confundirla. No me contestó sino con evasivas. Tuve lástima de su confusión e interrumpiendo mi discurso dije que naturalmente pensaba que me siguiera inmediatamente, sin demora. «Lo haré—dijo—; pero ¿no aprobáis mi proyecto?—¡Ah!, no basta—dije a mi vez—, ¿no basta que haya aprobado cuanto hicisteis hasta ahora?—Cómo, ¿ni aun siquiera nos llevaremos los diez mil francos? Me los dió y son míos». Aconsejela que lo abandonase todo, y que aprovechásemos el tiempo para alejarnos rápidamente de allí, pues aunque sólo media hora llevaba con ella, comenzaba a temer el regreso de G... M... Sin embargo, tales instancias me hizo para convencerme de que no nos fuésemos con las manos vacías que creí complacerla concediéndole algo, puesto que tanto me había concedido a mí.

Cuando nos preparábamos a marchar oí, con un estremecimiento de terror, llamar con grandes golpes dados en la puerta de la calle. No dudé que era G... M..., y en la turbación que aquella idea puso en mi espíritu, dije a Manon que era hombre muerto si se dejaba ver. Efectivamente, aun no era yo bastante dueño de mí mismo para contenerme a su vista. Marcelo puso fin a mis penas entregándome una carta que acababan de darle para mí. Era de T...

Comunicábame que habiendo ido G... M... a buscar dinero a su casa, aprovechaba el tiempo para comunicarme una idea muy divertida que se le había ocurrido. Que creía que no podía vengarme de mi rival de modo más sabroso que comiéndome su cena y acostándome con mi querida en el lecho que había pensado disfrutar con ella, y que aquello le parecía empresa fácil si podía contar con tres o cuatro hombres que tuviesen bastante valor para detenerle aquella noche y bastante fidelidad a mí para guardarle a la vista hasta la siguiente mañana; que, por lo que a él se refería, prometíame entretenerle aún una hora con razones que tenía pensadas ya.

Enseñé la misiva a Manon y le conté de qué astucia me había valido para llegar hasta ella. Mi invención y la de T... le parecieron admirables. Nos reímos a nuestras anchas unos minutos; pero como la hablase de la última como de una broma, quedé asombrado al ver que le parecía cosa muy digna de pensarse y que aun me la proponía como algo cuya realización le encantaba. En vano fué que la objetase la dificultad de hallar así, sin más ni más, gentes capaces de detener a G... M... y vigilarle luego; díjome que, por lo menos, había que intentarlo, puesto que T... nos garantizaba una hora por lo menos. Y en respuesta a mis demás objeciones limitábase a decirme que yo actuaba de tirano y que no tenía la menor complacencia para con ella. Nada le pareció más divertido que aquel proyecto. «Tendréis su mesa, dormiréis en su lecho y mañana temprano partiréis llevándoos su dinero y su querida, y así estaréis bien vengado del padre y del hijo».

Cedí a sus instancias, pese a los avisos de mi corazón, que parecía presagiarme una catástrofe. Salí con intención de encargar a dos o tres guardias de Corps con quienes Lescaut me había puesto en relación se encargasen del cuidado de detener a G... M... Sólo a uno hallé, pero era hombre resuelto que en cuanto supo de lo que se trataba me garantizó el éxito. Tan sólo me pidió diez pistolas para recompensar a tres soldados de la Guardia, a cuyo frente pensaba ponerse. Roguéle que no perdiese el tiempo. Reuniólos en menos de un cuarto de hora. Esperábales yo en su casa, y cuando todo estuvo dispuesto llevéles yo mismo a la esquina de la calle por donde G... M... había forzosamente de pasar camino de la morada de Manon. Encarguéles que no le hiciesen sufrir malos tratos, pero que le guardasen tan estrechamente hasta las siete de la mañana que yo pudiese descansar en la absoluta seguridad de que no se les escaparía. Díjome que su designio era llevarle a su cuarto y allí obligarle a desnudarse y aun a acostarse, mientras él y sus bravos pasaban la noche jugando y bebiendo.

ilo1p173
ilo1p173
ilo2p173
ilo2p173

Permanecí con ellos hasta que vi venir a G... M..., y entonces me retiré a un sitio oscuro para ser testigo de escena tan extraordinaria. El guardia de corps abordóle pistola en mano para advertirle amablemente que no quería ni su vida ni su bolsa, pero que si oponía resistencia o gritaba veríase en el caso doloroso de saltarle la tapa de los sesos. G... M..., viéndole sostenido por tres soldados y temiendo, sin duda, recibir un tiro si hacía algún gesto, no opuso resistencia. Vi llevárselo como a un cordero.

Volví a casa de Manon, y para quitar toda sospecha en los criados, díjele, delante de ellos, que no debíamos esperar a G... M... para cenar, que asuntos urgentes reteníanle mal de su grado, y que me había encargado viniese a excusarle y a ocupar su sitio, cosa que miraba yo como singular honor, por tratarse de dama tan bella. Supo secundarme hábilmente. Nos sentamos a la mesa. Mientras los lacayos nos servían, conservamos un continente grave. En fin, después de despedirles o autorizarles a que se retirasen, pasamos una de las mejores noches de nuestra vida. Advertí a Marcelo, en secreto, que buscase un coche y le encargase estuviese a las seis en punto de la mañana a la puerta. Fingí abandonar a Manon a media noche, pero en seguida, habiendo vuelto a entrar gracias a la ayuda de Marcelo, dispúseme a ocupar el sitio de G... M... en la cama igual que lo había ocupado en la mesa.

Durante aquel tiempo, nuestro enemigo malo trabajaba laborando por nuestra perdición. Mientras nos entregábamos a los locos arrebatos del placer, la catástrofe estaba suspendida sobre nuestras cabezas. Pero, para mejor comprender las circunstancias de nuestra ruina, hay que explicar las causas.

A G... M... seguíale su lacayo cuando los guardias de corps le detuvieron. El muchacho, aterrado de la aventura de su amo, huyó desandando el camino, y por primera providencia, para tratar de socorrer a su señor, fué a advertir al viejo G... M... de lo que sucedía.

Tales nuevas no podían por menos de alarmarle. Su vivacidad era extremada para sus años. Quiso, para empezar, saber de boca del lacayo todo lo que su hijo había hecho aquella tarde; si se había querellado con alguien, si había intervenido en alguna riña, si había acudido a algún lugar sospechoso. El criado, que creía a su señor en el más espantoso de los peligros, y por ende, mirábase como obligado a todo para salvarlo, descubrió al viejo cuanto sabía de su pasión por Manon, de los gastos hechos por ella, de cómo pasara la tarde en su casa hasta cerca de las nueve que había salido y de la desgracia acaecida al regreso. Fué bastante para hacer sospechar al viejo que el asunto de su hijo era una querella amorosa. Aunque eran las diez y media de la noche, no dudó en ir a casa del jefe superior de Policía. Rogóle diese órdenes apremiantes a todos sus subordinados y tras pedirle una guardia para sí mismo, corrió a la calle donde su hijo había sido detenido. Recorrió todos los lugares en que esperaba encontrarle, y por fin, no hallando trazas de él, hízose llevar a casa de la querida, donde esperaba que tal vez hubiese regresado ya.

Iba a acostarme cuando llegó. Cerrada la puerta del cuarto, no oí llamar a la de la calle. Entró seguido de dos arqueros, y tras informarse inútilmente de lo que había sido de su hijo, sintió deseos de conocer a la querida, para ver de obtener alguna luz en el asunto. Subió a su habitación, acompañado siempre de los arqueros. Íbamos a meternos en la cama, cuando abrió la puerta y con su presencia heló la sangre de nuestras venas. «¡Dios santo, el viejo G...!»—díjele a Manon. Salté para coger mi espada. Desgraciadamente, habíase enredado en mi cinturón. Los arqueros, que vieron mi ademán, se aproximaron para arrebatármela. Un hombre en camisa, es hombre vencido. Me quitaron el arma.

Aunque turbado por aquel espectáculo, G... M... no tardó en reconocernos. «¿Es ilusión de mis sentidos? ¿no tengo realmente ante mí al caballero Des Grieux y a Manon Lescaut?». Tan ciego me hallaba, por la ira, que ni aun le contesté. Pareció dar vueltas a algunos pensamientos en su cabeza y, como si súbitamente se inflamase de ira, gritó dirigiéndose a mí. «¡Ah, infortunado! ¡Estoy seguro de que has asesinado a mi hijo!». Aquella injuria me exasperó. «¡Viejo traidor!—respondí con orgullo—; ¡si hubiese querido matar a alguien, hubiese sido a ti!—Sujetadle bien—dijo a los arqueros—. Es preciso que me dé noticias de mi hijo. Le haré ahorcar mañana si no me dice inmediatamente dónde se halla.—¡Me harás ahorcar!—repliqué—Es a tus iguales a quienes hay que mandar a la horca. Sabe que soy de sangre más noble y pura que la tuya. Sí—añadí—, sé que ha sido de tu hijo, y si sigues agotando mi paciencia, le haré estrangular antes de que sea de día y tú correrás igual suerte que él».

Fué imprudencia mía decirle que sabía dónde estaba su hijo, pero el exceso mismo de mi cólera, me hizo cometer esa torpeza. Llamó inmediatamente a otros cinco o seis arqueros que aguardaban a la puerta y les encargó se asegurasen de toda la servidumbre de la casa. «¡Ah, señor caballero!—díjome con tono burlón—¡Con que sabéis a dónde está mi hijo y le haréis estrangular! Contad con que a mi vez sabré poner buen orden a las cosas». Comprendí entonces la torpeza que había cometido.

Acercóse a Manon que lloraba sentada en el lecho. Díjole algunas irónicas galanterías sobre el imperio que ejercía sobre el padre y sobre el hijo y del buen uso que de él hacía. Aquel vetusto monstruo de incontinencia quiso tomarse algunas familiaridades con ella. «¡Guárdate de tocarla!—grité—¡No habría nada, por sagrado que fuése, capaz de librarte de mis manos». Salió dejando en el cuarto tres arqueros con el encargo de hacernos vestir rápidamente.

No sé cuáles eran entonces sus designios respecto a nosotros. Quizás nos hubiese dejado en libertad si le hubiésemos dicho dónde se hallaba su hijo. Pensé, mientras me vestía, si no sería aquél el mejor partido. Pero si se hallaba en tales disposiciones al dejar nuestro cuarto, volvió con otras muy distintas. Había ido a interrogar a los criados de Manon, que habían sido detenidos por los arqueros. Nada pudo sacar de los que G... M... había puesto a su servicio; pero, cuando supo que Marcelo nos había servido antes a nosotros, decidió hacerle hablar intimidándole con amenazas.

Era un muchacho fiel, pero sencillo y tosco. El recuerdo de lo que había hecho en el hospital para libertar a Manon, junto al terror que G... M... le inspiraba, causaron tal impresión sobre su alma simple, que creyó que le iban a llevar al potro o a la rueda. Prometió decir todo lo que sabía si le perdonaban la vida. G... M... comprendió, por tales palabras, que había en nuestros asuntos algo más serio y más criminal de lo que hasta entonces se figurara. Ofreció a Marcelo, no sólo la vida, sino una recompensa si lo confesaba todo.

El desdichado le contó una parte de nuestros proyectos, aquélla de que no nos habíamos recatado para hablar delante de él, puesto que en ella había de intervenir forzosamente. Cierto que ignoraba los cambios que habíamos introducido en París, pero le habíamos informado al salir de Chaillot del proyecto y del papel que en él debía representar. Contó que nuestra intención era engañar a su hijo; que Manon iba a recibir o había recibido ya diez mil francos, que según nuestros planes no debían volver nunca ya a manos de los herederos de la casa G... M...

Después de hacer aquel descubrimiento el viejo subió presto a nuestro cuarto. Entró en el gabinete donde le fué fácil encontrar la suma y las alhajas. Volvió a nosotros, el rostro arrebatado de ira, y enseñándonos lo que dió en llamar nuestra rapiña nos abrumó a injurias. Mostró a Manon el collar de perlas y los braceletes. «¿Los reconocéis?—díjole con sonrisa burlona—No es la primera vez que los tenéis en vuestro poder. ¡Los mismos, a fe mía! ¡Se ve que eran de vuestro agrado, buena moza!... Ya no me cabe duda.—¡Pobres criaturas—añadió—; son encantadoras a decir verdad las dos! ¡Lástima que sean un poco canallas!».

Mi corazón ardía de rabia ante aquel afrentoso discurso. Hubiese dado por ser libre... ¡Justo cielo!, ¿qué no hubiese yo dado por ser libre un momento? En fin, violentéme para decirle con una parsimonia que no era sino refinamiento de furor: «Acabemos, señor, con sus injuriosas burlas. ¿De qué se trata? ¿Qué pretende hacer de nosotros?—Se trata, señor caballero—díjome calmosamente—, de ir al Chatelet. Mañana será de día y veremos más claro en el asunto, y espero que entonces me dirá por fin dónde está mi hijo».

Comprendí, sin necesidad de grandes reflexiones, que era cosa de terribles consecuencias para nosotros vernos encerrados en el Chatelet. Preví, con un escalofrío, todas las derivaciones. Pese a mi orgullo dime cuenta de que había que inclinarse al peso de la adversa fortuna y tratar de obtener algo por el halago de mi más cruel enemigo. Roguéle con acento de sinceridad leal que me prestase un momento de atención. «Me hago justicia a mí mismo—le dije—. Confieso que los pocos años me han hecho cometer grandes faltas y que habéis sido lo suficientemente perjudicado por ellas para tener el derecho de quejaros; pero conocéis también la fuerza del amor y debéis saber lo que padece un infortunado a quien arrebatan lo que más ama; debéis comprender y perdonar que haya buscado una pequeña venganza o por lo menos creerme bastante castigado con la afrenta que acabo de sufrir. No hace falta ni prisión ni suplicios para hacerme confesar dónde se halla vuestro hijo. Está en lugar seguro. Mi intención no fué ni deshacerme de él ni ofenderos. Estoy pronto a deciros el lugar donde pasa la noche si nos concedéis en cambio la libertad».

El viejo tigre, en vez de sentirse ablandado por mi ruego, volvióme la espalda riéndose de mí. Dejó escapar tan sólo algunas palabras para mostrarme que conocía nuestros propósitos hasta en su origen. Por lo que a su hijo se refería dijo que se bastaba para encontrarle puesto que no le había asesinado. «Conducidles al pequeño Chatelet—ordenó a los arqueros—, y cuidad que no se escapen, pues el caballero es un lince y se ha escapado ya de San Lázaro».

Salió dejándome en el estado que podéis suponer. «¡Oh, cielos!—clamaba con desesperación—¡Acepto gustoso todos los castigos que queráis enviar sobre mí, pero que un malvado pueda hacerme víctima de tales tiranías es lo que más me desespera!». Los arqueros nos rogaron que no les hiciésemos esperar más. Tenían una carroza a la puerta. Ofrecí mi mano a Manon para bajar. «Ven, reina amada—díjele—, ven a aceptar el rigor injusto de la suerte. Tal vez quiera el cielo que algún día seamos más felices».

Partimos en la misma carroza. Arrojóse en mis brazos. No le había oído ni una sola palabra desde la llegada de G... M..., pero al hallarse sola conmigo díjome mil ternezas acusándose de ser la causa de mi desgracia. Aseguré que jamás me quejaría de mi suerte mientras ella no cesase de amarme. «No soy yo a quien debes de compadecer—continué—. Algunos meses de encierro no me espantan y desde luego prefiero el Chatelet a San Lázaro. Pero, es por ti, alma mía, por quien tiembla mi corazón. ¡Qué destino para criatura tan bella! ¡Cielos! ¿Cómo tratáis así a la más acabada de vuestras obras? ¿Por qué no nacimos con cualidades acordes a nuestra miseria? Hemos recibido ingenio, gusto, sentimiento... ¡Qué triste el uso que de ellos hacemos mientras tantas almas bajas y dignas de esa suerte gozan de los dones y favores de la fortuna!».

Tales reflexiones dejáronme transido de dolor. Pero nada significaban si había de compararlas con las que miraban a lo porvenir, pues si he de decir verdad estremecíame de miedo por Manon. Había estado ya en el hospital, y aunque hubiese salido, no ignoraba yo lo peligrosas, por sus consecuencias, que eran ciertas recaídas en aquel lugar. Hubiese querido participarle mis temores pero temí alarmarle con exceso. Temblaba por ella sin osar comunicarle mis zozobras y abrazábale con tiernos suspiros para por lo menos asegurarle de mi amor, que era el único sentimiento que osaba expresarle. «Manon—díjele—, háblame con franqueza; ¿me amáis siempre?». Contestóme que le mortificaba el que pudiese dudarlo. «Pues bien, ya no dudo y afrontaré a todos nuestros enemigos con esa fe. Emplearé todo mi esfuerzo en salir del Chatelet y mi sangre no servirá de nada si no empleo hasta la última gota en sacaros de allí en cuanto yo me vea libre».

Llegamos a la prisión. Nos pusieron en lugar aparte a cada uno. Aquel golpe me fué menos cruel por haberlo previsto de antemano. Me recomendó Manon al portero haciéndole saber que yo era persona distinguida y ofreciéndole una recompensa. Abracé a mi amada antes de separarme de ella. La conjuré a no afligirse con exceso y a no temer nada mientras estuviese yo en el mundo. No careciendo yo de dinero díle algo a ella y pagué al portero un mes de pensión adelantado para ambos.

Mi dinero dió resultados óptimos. Pusiéronme en un cuarto limpio y bien arreglado y me aseguraron que Manon tenía uno igual.

Ocupéme en seguida de los medios de apresurar mi libertad. No había nada de realmente criminal en nuestra aventura, y aun suponiendo que el intento de robo se probase, gracias a la declaración de Marcelo, no ignoraba yo que las intenciones no podían castigarse. Decidí escribir en seguida a mi padre para rogarle viniese a París en persona. Causábame menos vergüenza, como ya he dicho, estar en el Chatelet que en San Lázaro. Esto sin contar que, aunque conservaba todo mi respeto por la autoridad paterna, la edad y la experiencia habían disminuido mucho mi timidez. Escribíle, pues, y en el Chatelet no pusieron inconveniente a la salida de mi carta. Era, sin embargo, una molestia que hubiese podido ahorrarme de saber que mi padre llegaba a París al siguiente día.

Había recibido la carta que le escribiera ocho días antes. Tuvo una gran alegría; pero por mucho que mi conversión halagase su deseo no creyó poder confiar del todo en mis promesas. Tomó así el partido de venir en persona a asegurarse de mi conversión y trazar su línea creada al tenor de la sinceridad de mi arrepentimiento. Llegó al día siguiente de mi prisión.

Su primera visita fué a Tiberio, a quien indicábale yo que debía dirigir la respuesta a mi carta. No pudo saber de él ni mi domicilio ni mi estado presente. Tan sólo supo mis principales aventuras desde que me escapé de San Sulpicio. Tiberio le habló con elogio de las buenas disposiciones que viera en mí en su última visita. Añadió que me creía libre de Manon, pero que así y todo, causábale sorpresa que le tuviese sin noticias desde hacía ocho días. Mi padre no se dejó engañar. Comprendió que había algo que escapaba a la penetración de Tiberio en aquel silencio de que se quejaba, y tanta maña dióse en seguir mi rastro que a los dos días de su llegada supo que me hallaba en el Chatelet.

Antes de recibir su visita, que me encontraba muy lejos de creer inminente, recibí la del Jefe Superior de Policía, o, mejor dicho, para llamar las cosas por su nombre, sufrí un interrogatorio. Hízome algunos reproches, pero he de confesar que no se mostró ni severo ni desagradable. Me dijo que me compadecía por mi mala conducta; que había mostrado gran falta de tacto al hacerme enemigo de un señor como G... M...; que había que reconocer que en mi asunto había más imprudencia que malicia, pero que no por eso dejaba de ser la segunda vez que me veía sometido a los fallos de un Tribunal y que hubiese sido de esperar que me volviese más formal después de dos o tres meses de lecciones en San Lázaro.

Contento de tenérmelas que haber con un juez razonable, expliquéme con él de un modo tan sensato y respetuoso que pareció satisfecho en extremo de mis respuestas. Díjome que no debía de entregarme a la desesperación, pues estaba dispuesto a servirme por simpatía a mi nacimiento y a mi juventud. Me tomé la libertad de recomendarle a Manon, y recomendársela loando su dulzura y buen natural. Rióse para decirme que no la había visto aún, pero que le habían hablado de ella como de una persona harto peligrosa. Aquellas palabras exaltaron de tal modo mi ternura por ella que prorrumpí en mil razones inflamadas de pasión en defensa de mi pobre amada, y aun no pude contener mis lágrimas. Ordenó que me llevasen nuevamente a mi habitación. «¡Amor, amor!—murmuró el grave magistrado al verme salir—, ¿no te reconciliarás nunca con la prudencia?».

Hallábame rumiando mis ideas de siempre y meditando sobre la conversación que acababa de tener con el Jefe Superior de Policía cuando sentí abrir la puerta de mi celda: era mi padre. Aunque debía estar preparado para la visita, que esperaba algunos días más tarde, impresionóme de tal modo que me hubiese precipitado en cualquier abismo que se hubiese abierto ante mis pies para rehuir su vista. Abracéle con señales inequívocas de mi turbación. Sentóse, sin que ni él ni yo hubiésemos abierto aún la boca.

Como permaneciese en pie, descubierto y con los ojos bajos, díjome gravemente: «Sentaos, caballero, sentaos. Gracias al ruido escandaloso de vuestros libertinajes y de vuestras indelicadezas, he hallado el lugar en que morábais. Es la triste ventaja de tales méritos el no poder permanecer ocultos. Vais a la celebridad por un camino infalible. Espero que la meta será pronto la Greve y que disfrutaréis de la gloria de veros expuesto a la pública admiración».

No contesté nada. Continuó: «¡Qué desdicha para un padre, después de haber luchado por un hijo y no haber regateado medios para hacer de él un hombre honrado, hallarse con que no es sino canalla que les deshonra! Se consuela uno de una pérdida de fortuna; el tiempo la borra y la pena disminuye. Pero ¿qué remedio contra un mal que aumenta de día en día, como sucede con los desórdenes del hijo vicioso que pierde todo sentimiento de honor. ¿No dices nada, desdichado?—añadió—¡Ved qué aire contrahecho de modestia, qué hipócrita humildad! ¿No se le creería acaso, al verle así, un hombre honrado, digno de su raza?».

Aunque comprendía merecer una parte de sus ultrajes parecíame que los llevaba demasiado lejos. Creíme con derecho a hacerme oir.

«Os aseguro, señor, que la humildad con que me presento ante vos no es fingida; es la actitud natural en un hijo que siente infinito respeto por su padre, mucho más cuando se muestra irritado con él. No pretendo tampoco pasar por el hombre más sensato y ecuánime. Reconozco que merezco vuestros reproches, pero os conjuro a que en ellos pongáis un poco más de bondad y a que no me tratéis como al más perverso de los hombres. No merezco tales epítetos. Es el amor, bien lo sabéis, el causante de todas mis faltas. ¡Fatal pasión! ¿No conocéis su fuerza? ¿Vuestra sangre, que es manantial de la mía, no sintió jamás sus ardores? El amor me hizo con exceso tierno, apasionado, fiel, quizás complaciente con exceso a los deseos de una querida encantadora. He ahí mis crímenes. ¿Veis ahí alguno que os deshonre? Veamos, padre querido—continué con ternura—, un poco de piedad para un hijo, lleno siempre de respeto y de afecto por vos, y que no ha renunciado, como creéis, al honor y al deber, y que es mil veces más de compadecer de lo que podríais pensar». Vertí algunas lágrimas como acompañamiento de tales palabras.

Un corazón paterno es la obra maestra de la Naturaleza; reina en él, por así decirlo, y ella misma maneja todos sus resortes. El mío, que unía a su calidad de padre el ser un hombre de talento y de gusto natural, sintióse tan impresionado del giro que había dado yo a mis disculpas que no fué dueño de ocultarme el cambio habido en su espíritu. «¡Ven, pobre caballero, ven a abrazarme! Me das lástima». Le abracé. Me estrechó contra su pecho de un modo que denunciaba a las claras lo que sucedía en su corazón. «Pero ¿de qué medio nos valdremos—dijo—para sacarte de aquí? Explícame todos tus asuntos, sin disfrazar la verdad».

Como no había nada en realidad, mirando bien al fondo de mi conducta, que pudiese deshonrarme, sobre todo si se le comparaba con otros jóvenes de mi clase y de mi tiempo, y que, en el siglo en que corremos, no son miradas como vergüenzas, ni una querida guapa, ni el arte para forzar la mano a la fortuna en el juego, hice a mi padre una confesión sincera de la vida que había llevado. A cada falta que confesaba, tenía buen cuidado de añadir ejemplos célebres que disminuyesen su fealdad.

«Cierto que vivía con una querida, sin hallarme ligado a ellos por vínculos matrimoniales, pero el duque de... sostiene dos a la vista de todo París; y el señor de... tiene, hace diez años una, a la que guarda una fidelidad que no ha guardado nunca a su esposa legítima. Las dos terceras partes de las gentes honradas en Francia, consideran como una honra tener una. Cierto también, que usé de algunas supercherías en el juego, pero el marqués de... y el conde de... no tienen otras rentas; el príncipe de... y el duque de... capitanean una pandilla de caballeros de la misma orden». Por lo que se refiere a nuestros designios, respecto de la bolsa de G... M... hubiese podido probar con igual facilidad que no me faltaban precedentes, pero me quedaba aún demasiado sentimiento del honor, para no condenarme a mí mismo en compañía de cuantos en tal sentido pudiera proponerme por ejemplo, de modo que rogué a mi padre me perdonase aquella debilidad en gracia a las dos grandes pasiones que me la inspirase; la venganza y el amor.

Interrogóme sobre si conocía algún medio de apresurar mi libertad y de forma que evitase el escándalo. Participéle los sentimientos favorables a mí, mostrados por el jefe superior de Policía. «Si alguna dificultad hay—expúsele—vendrá de G... M..., así que creo no estaría de más le viéseis». Me lo prometió así.

No me atreví a suplicarle intercediese por Manon. No fué falta de audacia, sino más bien efecto del miedo que me hacía temer irritarle y de resultas sugerirle algún plan funesto para ella y para mí. Aún está por saber para mí si ese temor no ha sido la causa de los mayores infortunios, impidiéndome explorar las disposiciones de mi padre e intentar sugerirle ideas de simpatía y compasión por mi infortunada querida. Tal vez hubiese excitado su piedad; tal vez le hubiese puesto en guardia contra las impresiones desfavorables que iba a recibir del viejo G... M... ¿Qué sé yo? Mi fatal destino hubiese sido quizás más fuerte que todos mis esfuerzos, pero a lo menos no hubiese tenido sino a ella y la crueldad de mis enemigos a quienes acusar de mis desgracias.

Después de dejarme mi padre, fuése a hacer una visita a G... M... Encontróle con su hijo, a quien el guardia de corps había honradamente devuelto su libertad. Jamás he sabido detalles de su conversación, pero no me ha sido difícil adivinarlos al juzgar sus mortales efectos. Fueron juntos, quiero decir, claro es, los dos padres, a casa del jefe superior de Policía, del que solicitaron dos favores; uno hacerme salir en seguida del Chatelet, el otro encerrar a Manon por todo el resto de sus días o enviarla a América. Empezábase por aquel entonces a embarcar multitud de gentes sin ley ni fuero para el Mississipi. El jefe de Policía dióles palabra de hacer partir a Manon en el primer barco.

El señor G... M... y mi padre vinieron juntos a traerme la buena nueva de mi libertad. G... M... hízome un cumplido sobre el pasado y habiéndome felicitado por la dicha de tener tal padre, exhortóme a seguir en lo futuro su ejemplo. Mi padre ordenóme le presentase mis excusas por la pretendida falta cometida con su familia y darle además las gracias por haber interpuesto sus buenos oficios para devolverme la libertad.

Salimos juntos sin haber pronunciado ni una palabra que se refiriese a mi querida. Ni aun osé hablar de ella a los carceleros en su presencia. ¡Inútiles hubiesen sido por otra parte mis recomendaciones! La orden cruel había llegado al mismo tiempo que la de mi libertad. Aquella desdichada fué llevada una hora más tarde al hospital, para incorporarse a otras infortunadas criaturas condenadas a compartir su suerte.

Habiéndome mi padre obligado a acompañarle a la casa donde moraba, eran casi las seis cuando conseguí, escabuyéndome a sus miradas, volver al Chatelet. Pensaba enviar algunos refrescos a Manon y recomendársela al portero, pues no creía me permitiesen verla. Tampoco había tenido aún tiempo de pensar en los medios de libertarla.

Pregunté por el conserje. Había quedado satisfecho de mi generosidad y cortesía, así es que mostró gusto en servirme. Hablóme de la suerte de Manon como de una desgracia que lamentaba por que sabía me causaría pena. No comprendí aquel lenguaje. Hablamos pues algunos momentos sin entendernos. Al fin, notando que necesitaba una explicación, me la dió tal y como ya tuve el honor de deciros y aún siento horror a repetir.

Jamás apoplejía causó efecto más rápido y terrible. Caí con palpitaciones de corazón tan dolorosas, que perdí el conocimiento y pude creerme libertado de la carga de la vida para siempre. Aún quedábame algo de aquella impresión cuando recobré el conocimiento. Volví los ojos a todas partes y aun me palpé para convencerme de si me quedaba algo de la desdichada condición de ser viviente. Verdad es que, de seguir tan sólo el natural instinto que nos hace desear libertarnos de nuestras penas, nada podía parecerme más dulce que la muerte en aquella hora de angustia y consternación. La misma religión no podía amenazarme después del tránsito con nada más atroz que las crueles convulsiones que me atormentaban. La muerte, sin embargo, sólo a mí hubiese sido útil; Manon necesitaba de mi esfuerzo todo y juré emplearlo en su servicio sin vacilaciones.

El portero prestóme toda la asistencia que hubiese podido esperar del mejor de mis amigos. Recibí sus servicios con vivísima gratitud. «¡Dios mío, os veo compadecido de mis penas! Todo el mundo me abandona. Mi mismo padre cuéntase entre mis perseguidores más crueles. Nadie tiene piedad de mí. Vos sólo, en la mansión de la crueldad y la barbarie, tenéis lástima del más miserable de los hombres».

Aconsejóme no salir a la calle hasta haberme repuesto un tanto del estado de turbación en que me hallaba. «¡Dejad, dejad!—respondíle saliendo sin hacer caso—Os volveré a ver antes de lo que creéis. Preparadme el más lúgubre de vuestros calabozos. Voy a hacer méritos para ser dueño de él».

Efectivamente, mis primeras resoluciones llegaban nada menos que a deshacerme de los dos G... M... y del jefe superior de Policía y caer acto seguido a mano armada sobre el hospital con cuantos pudiese interesar en mi pleito. Mi mismo padre, con serlo, apenas si escapaba de la venganza que conceptuaba justa, pues el portero no me había ocultado que él y G... M... habían sido los autores de mi infortunio.

Pero cuando hube dado unos pasos por la calle y el aire fresco calmado un poco mis nervios y mi irritación, mi furor dejó sitio poco a poco a sentimientos más razonables. La muerte de nuestros enemigos no hubiese servido de nada a Manon y en cambio me hubiese quitado toda manera de ayudarle. Ensamblé todas mis fuerzas y todos mis pensamientos para trabajar por la liberación de Manon, dejando el resto para después del éxito de aquella empresa.

Quedábame poco dinero y aquello era una de las bases por donde había que empezar. No veía sino tres personas de quienes pudiese esperarlo; M. de T..., mi padre o Tiberio. Había pocas probabilidades de obtener algo de los dos últimos y avergonzábame de cansar al otro con mis abusos. Pero no es ciertamente en las horas de desesperación cuando se guardan las consideraciones. Fuíme inmediatamente al seminario de San Sulpicio sin preocuparme de si sería reconocido o no. Hice llamar a Tiberio. Sus primeras palabras diéronme a entender que ignoraba aún mis últimas aventuras. Aquello me hizo cambiar en mi plan, que era emocionarle, compadecerle con mi infortunio. Habléle de la alegría que había tenido al ver a mi padre y roguéle me prestase algún dinero para pagar mis deudas antes de abandonar París. Ofrecióme su bolsa para coger lo que quisiese. Cogí quinientos francos de seiscientos que había en ella y le ofrecí un recibo. Pero era demasiado delicado para aceptarlo.

Volví a casa de M. de T... Con él no guardé reserva de nada. Hícele la exposición de mis desgracias y de mis penas. Sabía ya hasta los menores detalles por la precaución que tuvo de seguir la aventura del joven G... M... hasta su fin. Escuchóme, sin embargo, y pareció compadecerme mucho. Cuando le pedí consejo sobre el modo de salvar a Manon díjome que veía tan poca luz de esperanza en ello que de no hacer el cielo un milagro había que renunciar a toda ilusión; que había ido por el hospital intencionadamente después de encerrada ella allí y que ni aun él pudo obtener permiso para verla; que las órdenes del Jefe Superior de Policía eran muy rigurosas, y que para colmo de desdicha la banda de infelices con quienes estaba condenada a partir debían de hacerlo el siguiente día.

Tan consternado me hallaba con sus palabras que hubiese podido estar hablando durante una hora sin que se me hubiese ocurrido interrumpirle. Me dijo que no había ido a verme al Chatelet para conservar más libertad de movimientos no mostrando amistad por mí; que en las horas que llevaba en libertad había tenido la pena de ignorar dónde me hallaba y que había deseado ardientemente verme para darme el único consejo de que creía podía venir algún bien para Manon, pero que se trataba de un consejo peligroso en el cual me rogaba ocultase siempre que él había tenido parte, y era elegir algunos valientes que tuviesen bastante audacia para atacar a los guardas encargados de escoltar a Manon en cuanto hubiesen salido de París con ella. No esperó que le hablase de mi indigencia. «Ahí tenéis cien pistolas—díjome ofreciéndome una bolsa—que pueden seros de alguna utilidad. Me las devolveréis cuando vuestros asuntos estén en orden». Añadió que si el cuidado de su reputación se lo hubiese permitido él mismo me hubiese ofrecido la ayuda de su brazo y de su espada.

Aquella generosidad me emocionó hasta el llanto. Empleé en testimoniarle mi gratitud toda la vivacidad que mi aflicción me dejaba aún. Pregunté si no se podía esperar nada por el camino de las súplicas del Jefe Superior de Policía. Díjome que ya había pensado en ello pero que le parecía inútil, pues una gracia de aquella naturaleza no podía pedirse sin una razón y que no veía qué razón podía aducirse para interesar a tan alto y severo personaje, y que si algo podía esperarse en tal sentido era interesando a G... M... y a mi padre en nuestro favor y haciendo que ellos mismos implorasen del Jefe Superior de Policía la revocación de su sentencia. Ofrecióme hacer todos los esfuerzos imaginables para ganar a nuestra causa al joven G... M..., aunque creía hallarle un poco frío con él, tal vez por algunas sospechas concebidas a su cuenta en nuestro asunto. Aconsejóme no omitir por mi parte esfuerzo para tratar de ganar la voluntad paterna.

No era ni mucho menos empresa fácil para mí y no sólo por la dificultad natural de realizarla, sino por otra razón que me hacía temer mostrarme ante él. Habíame escapado de nuestro alojamiento, faltando a sus órdenes, decidido a no volver más desde que supe el triste destino de Manon. Temía no me detuviese contra mi voluntad y aun no me obligase a seguirle a provincias. Mi hermano mayor había empleado en otros tiempos aquel método. Sin embargo, encontré un medio de verme con él sin peligro: citarlo en un sitio público y hacerme anunciar a él con un nombre supuesto. Tomé aquel partido; T... fuése a ver a G... M... y yo por mi parte al Luxemburgo, desde donde envié a avisar a mi padre que un caballero que era su servidor le aguardaba. Temí tuviese algún reparo en venir, pues la noche se aproximaba, pero poco después vile llegar seguido de un lacayo. Roguéle tomásemos por un paseo solitario en que pudiésemos hablar a solas. Dimos lo menos cien pasos sin despegar los labios. Supongo comprendería que tantos preparativos no se habían hecho sin un motivo de importancia. Esperaba, pues, mi discurso: yo meditaba.

Por fin hablé. «Señor—díjele temblando—, sois un buen padre. Me habéis colmado de bienes y me habéis perdonado un número infinito de faltas. El cielo me es testigo de que tengo por vos los sentimientos filiales más tiernos y respetuosos. Pero me parece que vuestra severidad... —¡Mi severidad!...—contestó mi padre, que debía de hallar que hablaba yo con excesiva calma para la medida de su impaciencia—. ¡Ah, señor!—repliqué—, paréceme si que vuestra severidad es excesiva en el trato que habéis infligido a la desdichada Manon. Habéis escuchado a G... M... Su odio os la ha representado con los más negros colores. Os habéis hecho de ella una idea odiosa. Sin embargo, es la más dulce y amable criatura que se vió jamás. ¡Pluguiera al cielo que hubieseis deseado verla un momento! Estoy seguro que os habría parecido tan encantadora como a mí. Hubieseis tomado su defensa; hubieseis detestado las negras astucias de G... M...; hubieseis tenido compasión de nosotros. Estoy cierto de que vuestro corazón no es insensible y os hubieseis dejado enternecer».

Interrumpióme al ver que el fuego con que hablaba no me permitía acabar. Quiso saber a dónde iba a parar con mi inflamado discurso. «¡A imploraros la gracia de mi vida, que no podré conservar ni un día más si Manon parte para América!—No, no—díjome con tono severo—. Prefiero verte muerto que sin honra y sin decoro. —¡No sigáis adelante!—dije, cogiéndole por el brazo—¡Arrancadme esta vida odiosa e insoportable, pues en el estado de desesperación en que me arrojáis la muerte será un favor para mí! ¡Es regalo digno de la mano de un padre!—No te daría sino lo que mereces—replicó—. Conozco a muchos padres que no hubiesen esperado tanto tiempo para ser tus verdugos, pues mi bondad excesiva es lo que te ha perdido».

Arrojéme a sus plantas: «¡Ah, si aún os queda un poco de amor por mí—clamé, abrazándome a sus rodillas—no os mostréis duro e implacable ante mis lágrimas. Pensad que soy vuestro hijo... Acordaos de mi madre, a quien amabais tiernamente. ¿Hubieseis sufrido que la arrancasen de vuestros brazos? No, la hubieseis defendido hasta la muerte. ¿Es que los demás no tenemos también corazón? ¿Puede serse implacable después de haber gozado una vez de las dulzuras del amor?—¡No me hables más de tu madre!—replicóme con irritado acento—. Su recuerdo no sirve sino para atizar mi indignación. Tus desórdenes la matarían de pena si hubiese vivido bastante para verlos. Acabemos ya esta entrevista que me importuna y no me hará cambiar de resolución. Me vuelvo a casa y te ordeno que me sigas».

El tono duro y seco con que me intimó aquella orden me hizo comprender que su corazón era inflexible. Alejéme algunos pasos con el temor que se le ocurriese la idea de detenerme por su propia mano. «No aumentéis mi desesperación—díjele—forzándome a desobedeceros. Es imposible que vaya con vos. No lo es menos que viva después de la dureza con que me habéis tratado. Os doy mi eterno adiós. Mi muerte, de la que tendréis pronto noticia, hará tal vez más paternales vuestros sentimientos para conmigo». Como volviese la espalda para abandonarle, gritó colérico: «¿Te niegas a venir conmigo? Ve, corre a tu perdición. ¡Adiós, hijo ingrato y rebelde! —¡Adiós!—díjele con ciego arrebato—¡Adiós, padre cruel y desnaturalizado!».

Salí en seguida del Luxemburgo. Anduve por las calles como un loco hasta dar en casa del señor T... Alzaba, mientras iba caminando, las manos al cielo para invocar todas las potencias celestiales. «¡Oh, cielos!—repetía—, ¿seréis siempre implacable para los míseros mortales? ¡Sólo de vos puedo esperar ayuda!».

T... no había vuelto aún a su casa, pero regresó después de estarle esperando unos momentos. Su gestión no había dado mejor resultado que la mía, y así me lo dijo con abatido rostro. El joven G... M..., aunque menos irritado que su padre contra mí y contra Manon, no había querido tomar sobre sí el impetrar piedad para ella. Habíase excusado, alegando el temor que a él mismo inspiraba aquel viejo vengativo que habíase enfurecido ya una vez, reprochándole sus proyectos amorosos por lo que a Manon atañía.

No me quedaba, pues, más camino que el de la violencia, tal y como T... me había trazado el plan; a él reduje todas mis esperanzas. «Son bien endebles—díjele—; pero la más dulce y grata para mí es la de perecer en la empresa». Dejéle, rogándole me auxiliase con sus votos, y ya no pensé sino en asociarme unos camaradas a quienes contagiar mi valor y resolución.

Al primero que se me ocurrió recurrir fué al guardia de corps que me había servido ya para detener a G... M... También proyectaba ir a pasar la noche a su casa, no habiendo tenido ánimos para procurarme alojamiento. Le hallé solo. Mostró gran alegría al verme, pues me creía en el Chatelet. Ofrecióme sus servicios; le expliqué los que podía prestarme. Tenía bastante buen sentido para apreciar todas las dificultades, pero también bastante generosidad para correr los riesgos.

Pasamos una parte de la noche en madurar mi proyecto. Hablóme de los tres soldados de la guardia de que se valiera en la última ocasión como de tres valientes. T... habíame informado con exactitud del número de los arqueros que debían guardar a Manon en el camino; no eran más que seis. Cinco hombres valientes y resueltos serían bastante para sembrar el pánico entre aquellos miserables, incapaces de defenderse decorosamente si pueden librarse de los riesgos del combate con una cobardía.

Como no carecía de dinero, el guardia de corps aconsejóme no escatimar nada para asegurar el éxito de nuestro ataque. «Necesitamos—dijo—caballos, pistolas y un mosquete cada uno. Yo me encargo de hacer mañana los preparativos. Hacen falta también tres trajes de paisano para los soldados, que, claro es, no osarán mostrarse en una aventura así con los uniformes del regimiento». Puse en sus manos las cien pistolas que me diera T... y que fueron gastadas al siguiente día hasta el último céntimo. Los tres soldados desfilaron ante mí; les animé con promesas y para ilusionarles más di a cada uno diez pistolas.

Llegado el día en que la empresa había de tener lugar envié uno al hospital desde por la mañana temprano, para cerciorarse por sus propios ojos de la partida de los arqueros con su presa.

Aunque no había tomado tal precaución sino por un exceso de inquietud y previsión, resultó que era absolutamente precisa. Había confiado en algunas indicaciones erróneas que me habían dado sobre el camino que debían seguir y creía que era en la Rochelle donde la lamentable caravana iba a embarcar. Hubiese malgastado mis esfuerzos de esperar en el camino de Orleans. Fuí informado por el soldado de guardia que era de Havre-de-Grâce de donde partiría el barco para América.

Corrimos a la Puerta de San Honorato, cuidando de ir por distintos caminos. Nos reunimos en los límites del barrio. No tardamos en ver venir los seis guardias y los dos míseros coches que tropezasteis en Passy hace dos años. Aquel espectáculo estuvo a punto de quitarme las fuerzas y hasta el conocimiento. «¡Oh, fortuna!—gemí—¡Cruel fortuna! ¡Dame la muerte o la victoria!».

Nos consultamos un momento sobre la manera de llevar a cabo el ataque; los arqueros no iban arriba de cuatrocientos pasos delante de nosotros y podíamos cortarles el paso con sólo cruzar un pequeño campo al que bordeaba el camino real. Los guardias de corps fueron de opinión de hacerlo así, para caer de improviso sobre ellos, sembrando el pánico en sus filas. Aprobé su idea y fuí el primero en picar espuelas al caballo. Pero la fortuna mostróse sorda a mis ruegos.

Los arqueros, viendo a cinco caballeros galopar hacia ellos, no dudaron fuése con intención de atacarles. Pusiéronse a la defensiva, preparando sus bayonetas y sus fusiles con aire de resolución.

Aquello que no tuvo otra consecuencia que exasperar nuestra furia en el guardia de corps y en mí, robó de golpe y porrazo el valor de nuestros pusilánimes compañeros. Paráronse como de común acuerdo y habiendo cambiado algunas palabras entre sí, volvieron grupas y a todo galopar de sus caballos dirigiéronse hacia París.

«¡Dios mío! ¿qué hacer ahora?—díjome el guardia de corps que parecía tan anonadado como yo ante aquella infame deserción—No somos sino dos». Habíame quedado mudo de furor y de asombro. Detúveme dudando si mi primera venganza no debía de emplearla en la persecución y castigo de los cobardes que así me abandonaban. Mirábales huir y volvía al mismo tiempo mis ojos a los arqueros. Si me hubiese sido posible partirme en dos, hubiese caído a la vez sobre los dos objetos de mi odio.

El guardia de corps, que dióse cuenta de mi incertidumbre por mis miradas de espanto, rogóme prestase oídos a sus consejos. «No siendo sino dos, sería locura atacar a seis hombres que están tan bien armados como nosotros y que parecen esperarnos a pie firme. Hay que volver a París y escoger mejor a nuestros hombres y mañana alcanzarlos. Los arqueros no podrán hacer grandes jornadas con esos pesados carromatos y no nos costará gran trabajo».

Medité un momento sobre aquel partido pero, no viendo por todas partes sino motivos de desesperación, tomé una resolución verdaderamente extrema, y fué, después de dar las gracias a mi compañero por sus servicios, despedirme de él, y luego, en vez de atacar a los arqueros, acercarme sumiso a ellos y rogarles me permitiesen incorporarme a su caravana para acompañar a Manon hasta Havre-de-Grâce y pasar luego con ella al otro lado del mar. «Todo el mundo me persigue o me traiciona—díjele al guardia de corps—, nada puedo esperar de nadie, no aguardo nada de la fortuna, ni menos auxilio de los hombres. Mis males han llegado a la meta, no me queda sino someterme. Así, que cierro los ojos a la esperanza. Pluga al cielo recompensar vuestra generosidad. Adiós. Voy a ayudar a mi mala suerte a consumar mi ruina corriendo a ella voluntariamente». Inútilmente hizo esfuerzos para convencerme que debía de volver a París. Roguéle que me dejase a merced de mi destino y que se fuése él, pues temía que los arqueros siguiesen creyendo en una intención de ataque por nuestra parte.

Fuí hacia ellos con paso lento y tal consternación en el semblante, que no pudieron creer en una intención de ataque. Sin embargo, permanecían a la defensiva. «Tranquilizaos señores—díjeles abordándoles—, no os traigo la guerra; vengo tan sólo a pediros gracia». Roguéles siguiesen su camino sin desconfianza y expliquéles, mientras caminábamos, el favor que esperaba de ellos.

Consultáronse sobre cómo debían recibir aquella confesión. El jefe del destacamento tomó la palabra en nombre de los demás. Respondióme que las ordenes que tenía para vigilar a sus cautivas eran de rigor extremo; que, sin embargo, parecíales tan simpático y buena persona, que él y sus compañeros faltarían un algo a su deber, pero que, como comprendería aquel sacrificio había de costarme algo. Quedábanme quince pistolas y no tuve inconveniente en decirles lo que constituía mi capital. «Pues bien, seremos generosos; no os costará sino un escudo por hora hablar con la mujer que queráis; es el precio corriente en París».

No les había hablado de Manon, en particular, porque no entraba en mis planes que conociesen mi pasión. Imagináronse primero que no era sino una fantasía muchachil la que me hacía buscar una distracción con aquellas criaturas. Pero, cuando creyeron notar que estaba enamorado, aumentaron de tal modo el tributo, que al salir de Nantes, donde dormimos el día que llegamos a París, mi bolsa estaba exhausta.

¡Para qué deciros cuál fué el triste motivo de mi conversación con Manon durante el camino, ni la impresión que su vista causó sobre mí cuando hube obtenido de los guardias la libertad de acercarme al carricoche! ¡Ah! las palabras no son capaces, sino de dar a medias idea de lo que sucedía en nuestro corazón. Pero imaginaos a mi infortunada amiga sujeta por una cadena que le rodeaba la cintura, sentada sobre un haz de paja, la cabeza apoyada en la pared del vehículo y el rostro pálido y humedecido por las lágrimas que brotaban de sus ojos a pesar de tener los párpados cerrados. Ni aun había tenido la curiosidad de abrirlos al oir el ruido que hacían sus guardianes ante el temor de ser atacados. Su ropa estaba sucia y en desorden, sus manos delicadas expuestas a las crueles caricias del frío, aquel rostro capaz de convertir al universo a la idolatría, parecía devastado y presa de un abatimiento sin límites.

Ocupaba todo mi tiempo en observarla mientras caminaba a caballo al lado del carricoche. Tan poco en mis cabales me hallaba, que estuve a punto de caer varias veces. Mis suspiros y mis constantes exclamaciones me valieron algunas miradas de ella. Entonces me reconoció y pude observar que su primer impulso había sido arrojarse del coche para venir a mí, pero retenida por la cadena, volvió a caer en la primitiva actitud.

Rogué a los arqueros que por compasión se detuviesen un momento; cedieron por avaricia. Dejé mi caballo para sentarme a su lado. Estaba tan debilitada y vencida que permaneció largo rato sin poder hablar ni mover las manos. Durante aquel tiempo humedecílas con mis lágrimas, e incapaz de hablar yo mismo, permanecimos así, largo rato, en la más triste situación que es dado imaginar. No menos triste fueron nuestras razones cuando hubimos recobrado el uso de la palabra. Manon habló poco; diríase que el dolor y la vergüenza habían alterado los resortes de su voz, que era débil y temblorosa. Dióme las gracias por no haberle olvidado y también por la alegría que la proporcionaba—díjome suspirando—, verme una vez aún para poder darme un postrer adiós. Pero cuando le aseguré que no había en el mundo fuerzas capaces de separarme de ella y que estaba dispuesto a seguirla al fin del universo para cuidarla y servirla, para amarla y para ligar mi destino a su miseria, la pobre criatura entregóse a tan intensas y dolorosas emociones que llegué a temer por su vida ante el fuerte sacudimiento experimentado. Todos los movimientos que agitaban su alma parecían reflejarse en sus ojos. Teníalos clavados en mí. A veces abría la boca sin tener fuerzas para concluir de pronunciar las palabras que iba a decir. Algunas se le escapaban, sin embargo. Eran de admiración por mi amor, de protesta contra su exceso, de duda ante la posibilidad de haberme inspirado una pasión tan perfecta y de súplica para que renunciase al proyecto de seguirle, y buscar lejos de ella una felicidad digna de mí que, decía, no podía darme.

Pese a la crueldad de mi suerte, hallaba mi dicha en sus miradas y en la seguridad de mi amor. Había perdido, es verdad, todo lo que el resto de los hombres estiman, pero tenía el corazón de Manon, que era lo que yo más estimaba. Vivir en Europa o en América... ¿qué me importaba, si era feliz y si vivía con ella? ¿No es acaso el universo entero patria común para dos seres que se aman? ¿No encuentran el uno en el otro padre, madre, amante, amigos, riquezas y felicidad?

Si algo me inquietaba era la idea de ver a Manon expuesta a las privaciones de la indigencia. Figurábame ya en su compañía en un país inculto y poblado por salvajes. «Seguro estoy—decíame a mí mismo—que no los habrá tan salvajes y crueles como mi padre. A lo menos nos dejarán en paz. Si las descripciones que de ellos se hacen son exactas, viven según las leyes de la Naturaleza, no conocen ni las fatales leyes de la avaricia que dominan a G... M..., ni las fantásticas preocupaciones del honor que hacen de mi padre un enemigo. No molestarán, pues, a dos amantes a quienes verán vivir con igual sencillez que ellos». Por aquel lado estaba tranquilo.

Pero no me hacía ilusiones por lo que a la parte material de la vida se refería. Había experimentado con harta frecuencia que existen necesidades imprescindibles para una criatura delicada como Manon, acostumbrada a una vida cómoda y regalada. Estaba desesperado de haber malgastado inútilmente mi dinero y de que el poco que aun me quedaba amenazase acabárseme por la bribonería de los arcabuceros. Pensaba que con una modesta suma hubiera podido, no sólo defenderme contra la miseria una temporada en América, donde el dinero escasea, sino emprender alguna empresa duradera.

Aquel pensamiento engendró el de escribir a Tiberio, a quien siempre encontré propicio a prestarme la noble ayuda de su amistad. Escribíle desde la primera villa por donde pasamos. No le daba otra razón sino el gran apuro en que me veía en Havre-de-Grâce, donde le confesaba había ido acompañando a Manon. Le pedía cien pistolas. «Hacedlas llegar a mi mano—decíale—por el jefe de las postas. Ya veis que es la última vez que os importuno; pero viéndome forzado a abandonar a mi infortunada amante no puedo dejarla ir al destierro sin alguna ayuda que mitigue su situación».

Los arcabuceros hiciéronse tan intratables, cuando pudieron juzgar de la violencia de mi pasión, y agobiáronme con tales exigencias, que pronto me vi reducido a la última miseria. El amor, de otra parte, no me permitía administrar mi bolsa. Pasaba todo el tiempo junto a Manon, y no era ya por horas sino por días enteros como había que medirme el tiempo. En fin, agotado mi tesoro, me vi a la merced de aquellos seis miserables que me trataban con insoportable grosería. Testigo fuisteis en Passy. Vuestro encuentro fué un feliz respiro que me acordó la Fortuna. Vuestra piedad ante mi infortunio, la sola recomendación para vuestro corazón generoso. Vuestro donativo me permitió llegar al Havre, pues los arqueros guardaron más fe a su promesa de la que les creía capaces.

Llegamos. Fuí al correo. Tiberio no había tenido aún tiempo de contestarme. Me informé con exactitud del día en que podría recibir su carta. Resultó que no podía llegar sino dos días después, y por una burla cruel de mi destino, que el barco en que nos íbamos salía por la mañana el mismo día en que debía de llegar el dinero. No puedo pintaros mi desesperación. «¡Cómo—clamé lleno de angustia—aun en la desgracia misma he de distinguirme por el exceso de mi mal!». Manon me contestó: «¡Bah! ¿Merece vida tan miserable nuestros trabajos por conservarla? Muramos en el Havre, mi amado caballero: ¡Que la muerte acabe de un golpe con nuestras miserias! ¿Debemos ir a buscarla a una tierra ignorada, donde deben esperarnos dolores sin cuento, puesto que de ella han querido hacer un castigo para mí? ¡Muramos!—repitió—. O por mejor decir, ve a buscar la dicha en los brazos de otra amada menos infortunada que yo.—No, no—respondíle—, es para mí una dicha ser desdichado con vos».

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings