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Manon Lescaut

Front matter (continued 2)

Antonio de Hoyos y Vinent translation · Edition 3

Habiéndonos invitado una noche Lescaut a cenar, eran cerca de las doce cuando volvimos a casa. Llamé a mi criado, Manon a su doncella; ni el uno ni el otro acudieron. Nos dijeron que desde las ocho de la noche no se les había visto por la casa, pues salieron, haciendo previamente trasladar unos cajones, obedeciendo las órdenes que decían haber recibido de nosotros. Supuse desde luego algo de la realidad; pero no forjé sospecha que no fuése sobrepujada por lo que vi al entrar en mi cuarto. La cerradura de mi secreter había sido saltada y mi dinero y mis ropas habían desaparecido. En los momentos en que meditaba sobre lo sucedido vino a mí Manon, consternada, diciéndome que en su habitación habían hecho el mismo saqueo.

Fué tan cruel el golpe, que sólo merced a un esfuerzo extraordinario de mi razón no me abandoné a los gritos y las lágrimas. El temor de comunicar mi desesperación a Manon hízome tomar aires tranquilos. Díjele, bromeando, que me vengaría sobre algún incauto del hotel de Transilvania. Sin embargo, parecióme tan abatida por la desgracia, que su pena tuvo más fuerza para afligirme que mi fingida alegría había tenido para impedir su excesivo abatimiento. «¡Estamos perdidos!», díjome con lágrimas en los ojos. Traté vanamente de consolarla con mis caricias; mis propias lágrimas traicionaban mi desesperación y mi consternación. En efecto, estábamos tan absolutamente arruinados, que no nos quedaba ni una camisa.

Tomé el partido de enviar a buscar en seguida a Lescaut. Aconsejóme ir sin tardanza a ver al jefe superior de policía y al gran preboste de París. Fuí, pero para mi mal; pues, aparte de que aquel paso, así como los que hice dar a varios oficiales de policía, no sirvieron para nada, di tiempo a Lescaut para hablar con su hermana y sugerirle en mi ausencia una atroz determinación. Hablóla de M. de G... M..., viejo voluptuoso que pagaba pródigamente los placeres, y le hizo ver tales ventajas en ponerse bajo su protección que, turbada como estaba por nuestra desgracia, acabó por aceptar cuanto él tuvo a bien proponerle. Tan honroso trato cerróse antes de mi regreso, y su realización quedó aplazada para el día siguiente, después que Lescaut hubiese prevenido a M. de G... M... Encontré a Lescaut que me aguardaba en mi casa; pero Manon se había acostado y dado orden a su lacayo de decirme que, necesitada como estaba de reposo, me rogaba la dejase sola por aquella noche. Lescaut se separó de mí, no sin ofrecerme unas pistolas, que acepté. Eran ya las cuatro cuando me acosté, y habiendo aun meditado largamente sobre los medios de rehacer mi fortuna, me dormí tan tarde que hasta las once no pude despertarme. Levantéme prestamente para ir a informarme de la salud de Manon y me dijeron había salido una hora antes con su hermano, que vino a recogerla en una carroza de alquiler. Aunque tal salida me pareció sospechosa, violentéme para rechazar mis sospechas. Dejé transcurrir algunas horas, que pasé entregado a la lectura. Por fin, no siendo ya dueño de mi inquietud, púseme a pasear a grandes pasos por nuestras habitaciones. Vi en la de Manon una carta cerrada que estaba sobre su mesa. La abrí con mortal presentimiento. Estaba concebida en estos términos:

«Te juro, amado caballero, que tú eres el ídolo de mi corazón y que no hay sino tú en el mundo a quien pueda amar como te amo... ¿Pero no comprendes, pobre alma mía, que en las circunstancias a que nos vemos reducidos es necia virtud la fidelidad? ¿Crees que sin pan vive la ternura? El hambre me causaría alguna equivocación fatal; cualquier día lanzaría el último suspiro creyendo lanzar uno de amor. Te adoro, ten la seguridad de ello, pero déjame durante algún tiempo ser yo la que se ocupe de rehacer nuestra fortuna. ¡Desgraciado aquél que caiga en mis redes! Trabajo por hacer a mi caballero rico y feliz. Mi hermano te dará noticias mías y te dirá lo mucho que sufro ante la necesidad de abandonarte».

Quedé, tras la lectura de esta carta, sumido en un estado que me será muy difícil describir, pues ignoro aún hoy qué sentimientos me agitaban entonces. Fué una de esas situaciones únicas que no han tenido paridad en otra alguna. No sabe uno explicárselas a los demás porque no pueden tener ni una idea aproximada de ellas, y es muy difícil explicárselas a sí mismo, porque siendo únicas en su clase no se enlazan a nada en nuestra memoria y no pueden ni aun compararse con ningún sentimiento conocido. De todos modos, cualesquiera que fuesen los míos, participaban desde luego del dolor, del despecho, de los celos y de la vergüenza. ¡Feliz de mí si no hubiese sido aún mayor la dosis de amor!

«Me ama, quiero creerlo así; pero ¿no necesitaría ser un monstruo para odiarme? ¿Qué derechos existieron jamás sobre un corazón que no tenga yo sobre el suyo? ¿Qué podría hacer por ella después de todo lo hecho ya? ¡Sin embargo, me abandona y la ingrata se cree a cubierto de mis reproches con decirme que no ha cesado de amarme! Y habla del hambre. ¡Gran Dios, con qué grosería de sentimientos responde a mi delicadeza! ¡No pensaba yo en eso cuando por amor a ella renuncié a mi fortuna y a las dulzuras del hogar paterno; yo que me he privado hasta de lo más preciso para proporcionarle sus menores deseos y sus menores caprichos! Me adora, dice. ¡Si me hubieses adorado, ingrata, no hubieses aceptado los consejos que te daban, no me hubieses abandonado al menos sin decirme adiós! Soy yo quien ha de decir los crueles sentimientos que se experimentan al separarse de las personas a quienes se ama». Mis quejas viéronse interrumpidas por una visita con la que no contaba. La de Lescaut. «¡Verdugo!—le dije echando mano a la espada—; ¿Dónde está Manon? ¿Qué has hecho de ella?». Mi impulso pareció aterrarle. Díjome que si era así como le recibía, justamente cuando venía a darme cuenta del mayor servicio que cabía ofrecerme, iba a retirarse para no volver jamás a poner los pies en mi casa. Corrí a la puerta, que cerré. «No creas—díjele encarándome con él—que vas una vez más a engañarme con fábulas y cuentos. Has de defender tu vida o devolverme a mi Manon.—¡Cuidado que sois vivo de genio! Es justamente la única razón que aquí me trae. Vengo a comunicaros una dicha que no esperáis y por la que tal vez me debáis un poco de agradecimiento».

Quise una explicación inmediata. Contóme entonces que Manon no pudiendo con el miedo a la miseria y sobre todo resignarse de golpe y porrazo a la reducción de nuestro tren, habíale rogado que le presentase a M. de G... M..., que pasaba por ser hombre generoso. Guardóse, claro es, muy bien de decirme que había sido él quien se lo propuso y que había arreglado las cosas antes de decidirla a ello. «La he presentado esta mañana, y el buen caballero se ha mostrado tan satisfecho que por primera providencia la ha invitado a ir a pasar unos días con él en su casa de campo. Yo—prosiguió Lescaut—que he comprendido en seguida de qué utilidad podía ser aquello para vos, le hice saber discretamente que Manon había experimentado en estos últimos tiempos grandes pérdidas en el juego, y de tal modo he sabido exaltar su generosidad que ha empezado por hacerle un donativo de doscientas pistolas. Le he dicho que eso estaba bien por el momento, pero que el porvenir traería a mi hermana grandes gastos, que además se había encargado de la educación de un hermano menor que nos había quedado después de la muerte de nuestros padres, y que si la estimaba como decía, no la dejaría padecer en la persona del pobre niño, que Manon miraba como la mitad de sí misma. Tal narración ha tenido la virtud de enternecerle. Se ha comprometido a alquilar una casa cómoda para ella y para vos, puesto que vos sois ese pobre hermanito huérfano; ha prometido amueblárosla con decoro y pasaros además, todos los meses, cuatrocientas libras que, o yo no sé contar, o hacen cuatro mil ochocientas al año. Ha dado orden a su intendente antes de marchar al campo, de buscar una casa y tenerlo todo dispuesto para su regreso. Entonces veréis a Manon que me ha encargado mil abrazos para vos y deciros que os ama más que nunca».

Sentéme a meditar sobre aquellos curiosos lances que me deparaba la suerte. Hallábame en tal perplejidad que tardé mucho tiempo en contestar a las preguntas con que Lescaut me agobiaba. Fué entonces cuando el honor y la virtud hiciéronme sentir aún las mordeduras del remordimiento y cuando eché una mirada retrospectiva que abarcaba Amiens, la casa paterna y San Sulpicio, todos los lugares, en fin, en que viví inocente y feliz. ¡Qué inmenso abismo separábame de aquellos días dichosos! Ya no los veía sino como lejanas sombras que si bien aun atraían mis deseos y mis nostalgias no tenían ya fuerza para hacer brotar la voluntad. «¿Por qué fatalidad—decíanme—me han hecho de tal modo criminal? El amor es una pasión inocente; ¿cómo se ha tornado para mí en fuente de miserias y desórdenes? ¿Qué me impedía vivir virtuoso y feliz junto a Manon? Mi padre que tan tiernamente me amaba, ¿no hubiese cedido de apremiarle con justas instancias? ¡Ah!, mi padre hubiérala amado él mismo como a una hija querida digna de hacer la dicha de su hijo y ahora sería yo feliz con el amor de Manon, el afecto de mi padre, la estima de las gentes honradas, los bienes de la fortuna y la tranquilidad de la virtud. ¡Cruel contrasentido! ¿Qué infamia vienen a proponerme? ¿Qué abyecciones voy a compartir? ¿Pero, me queda el recurso de vacilar siendo Manon la que lo ha arreglado y perdiéndola yo si no me conformo a ello?». «Señor Lescaut—grité cerrando los ojos como para apartar tan descorazonadoras reflexiones—, si su intención es servirme os doy las gracias; tal vez hubieseis podido tomar por más honrados caminos, pero es cosa hecha, ¿verdad? No pensemos pues sino en aprovechar vuestros esfuerzos y en poner en práctica vuestro proyecto».

Lescaut a quien mi cólera seguida de tan largo silencio había sumido en la inquietud, pareció encantado de verme tomar un partido tan distinto del que temiera. Era todo menos valiente y de ello tuve buenas pruebas a continuación. «Si, sí, ya lo creo—aseguró—, es un verdadero favor el que os he hecho y ya veréis cómo trae más ventajas de las que ahora parece». Pusímosnos de acuerdo sobre la manera de disipar la desconfianza que M. de G... M... pudiese abrigar sobre nuestra pretendida fraternidad viéndome mayor y más viejo de lo que probablemente esperaría. No encontramos sistema mejor que tomar ante el aire inocente y provinciano y hacerle creer que mi deseo era abrazar el estado eclesiástico, para lo cual asistía diariamente al colegio. Resolvimos también que mi indumentaria dejaría mucho que desear la primera vez que me presentase ante él.

Volvió a la ciudad tres o cuatro días después; llevó él mismo a Manon a la casa que su intendente había tenido cuidado de preparar. Hizo prevenir en seguida a Lescaut de su regreso, y habiéndome avisado éste a mí, los dos nos presentamos en la casa. El viejo amante había partido ya.

Pese a la resignación con que me había sometido a su voluntad, no pude reprimir la protesta de mi corazón al verme ante ella. La parecí triste y mustio; la alegría de su presencia no era suficiente para borrar la pena de su infidelidad. Ella, por el contrario, parecía transfigurada por la alegría de verme. Hízome reproches de mi frialdad; no impidió, sin embargo, que los epítetos de pérfida e infiel se escapasen de mis labios, acompañados de otros tantos suspiros.

Burlóse primero de mi simplicidad; pero cuando vió mis miradas fijarse en ella laceradas y la tristeza que ponía en aceptar un cambio tan opuesto a mi genio y a mis deseos, fuése sola a su habitación, y como un momento después la siguiera, encontréla deshecha en llanto. Le pregunté la causa. «¡Bien fácil es adivinarla!—respondióme—. ¿Cómo he de vivir si mi presencia os da ese aspecto sombrío y os entristece? No habéis sido para hacerme una caricia en una hora que lleváis aquí y habéis recibido las mías con la dignidad del Gran Turco en su serrallo».—«Escuchadme, Manon—repliquéle, abrazándola—. No puedo ocultaros que tengo el corazón mortalmente afligido. No hablo ahora de la alarma en que vuestra fuga me sumió, ni de la crueldad que supone dejarme sin una palabra de consuelo, después de pasar la noche en un lecho que no era el mío; el encanto de vuestra presencia me haría olvidar mucho más. Pero ¿creéis que puedo pensar, sin que un sollozo se escape de mi garganta y las lágrimas se agolpen a mis ojos—proseguí, vertiendo algunas—, en la triste vida que pretendéis lleve yo en esta casa? Dejemos mis miramientos y mi honor a un lado; no son tan débiles razones las que han de combatir un amor como el mío; pero ese mismo amor, ¿no comprendéis que ha de gemir al verse tan mal recompensado o, mejor dicho, tan cruelmente tratado por una querida dura e ingrata?».

Interrumpióme: «Escuchad, mi caballero; es inútil atormentarme con reproches que me desgarran el corazón cuando vienen de vos. Bien veo lo que os hiere. Esperaba que aceptaríais el proyecto que había discurrido para rehacer nuestra fortuna y era por respeto a vuestra delicadeza que comenzara a ponerlo en ejecución sin consultároslo; pero puesto que no lo aprobáis, renuncio a él». Añadió que tan sólo me pedía un poco de complacencia para acabar el día, que había recibido ya doscientas pistolas de su viejo amante, que además habíale prometido traerle un collar de perlas y algunas otras alhajas, más la pensión anual. «Dejadme tan sólo—imploró—el tiempo de recibir sus presentes. Os juro que no podrá jactarse de lo que ha obtenido de mí, pues yo he ido demorando mi rendición hasta hallarnos de vuelta aquí. Verdad es que me ha besado más de un millón de veces las manos; justo es que pague ese placer y no le costará menos de cinco o seis mil francos, precio proporcionado a sus años y a sus riquezas».

Su determinación me fué mucho más agradable que la esperanza de los cinco o seis mil francos. Tuve ocasión de contestar que mi corazón no había perdido aún todo sentimiento de honor, puesto que palpitaba satisfecho de escapar a aquella infamia. Pero había yo nacido para las alegrías cortas y los dolores largos. La fortuna no me salvaba de un precipicio sino para arrojarme en otro más hondo. Después de haber mostrado a Manon mi júbilo por mil mimos y caricias, díjele que convenía advertir a Lescaut para que nuestras medidas fuesen acordes. Puso él algunos reparos; pero la idea de los cuatro o cinco mil francos contantes y sonantes hiciéronle entrar alegremente en nuestros planes. Quedó acordado que nos reuniríamos todos a comer con M. de G... M..., por dos razones: una, para ofrecerme una escena divertida, haciéndome pasar por un escolar hermano de Manon; la segunda, para impedir que el viejo libertino se propasase con exceso con su querida, usando de un derecho que creería haber adquirido pagándole, tan generosamente, por adelantado. Debíamos retirarnos Lescaut y yo en el momento en que subiese a la habitación donde pensaba pasar la noche. Manon ofreciónos que, en vez de seguirle, se escaparía y vendría a reunirse con nosotros. Lescaut prometió tener una carroza en la puerta. Llegada la hora de la cena, M. de G... M... no se hizo esperar. Lescaut y su hermana estaban en la sala. La primera atención del viejo fué ofrecer a su bella un collar, brazaletes y arracadas de perlas, que valían, por lo menos, mil escudos; en seguida contóla en bellos luises de oro la suma de dos mil cuatrocientas libras, que constituían la mitad de la pensión, no sin sazonar su presente con mil ternuras, muy en el género de la antigua Corte. Manon no pudo negarle algunos besos, que al fin y al cabo eran pago del dinero que le pusiera entre las manos. Yo esperaba tras de la puerta, a que Lescaut me avisase que podía entrar.

Vino a por mí en cuanto Manon hubo guardado el dinero y las alhajas. Llevóme a M. de G... M... y me ordenó hacerle una reverencia. Hícele dos o tres de las más profundas. «Dispénsele, caballero—advirtió Lescaut—; es un chiquillo, novato en lides sociales. Está muy lejos, como veréis, de tener los aires de París, pero esperamos que un poco de costumbre le dará aplomo. Tendréis el honor de ver aquí con frecuencia al señor—continuó, volviéndose a mí—; aprovechad la lección de tan noble modelo».

El viejo amante pareció encantado de verme. Dióme unos golpecitos en la mejilla, diciéndome que era un guapo chico, pero que, por lo mismo, había de andar sobre guardia en París, donde los muchachos resbalaban fácilmente hacia el desbarajuste. Lescaut tranquilizóle, asegurándole que era de natural tan serio que no pensaba sino en hacerme sacerdote y que mi único entretenimiento consistía en construir rosarios. «Encuentro en él cierto parecido con Manon—afirmó el viejo, alzándome la cabeza con la mano.—Caballero, nos tocamos tan de cerca que es natural... así es que quiero a Manon como a mí mismo.—¿Oís?—hizo observar a Lescaut—. Tiene ingenio y es lástima que este muchacho no posea un poco más de mundo.—¡Oh!, caballero—repliqué—. He aprendido ya mucho en nuestras iglesias y creo que los habrá en París más tontos que yo.—¿Lo veis? Es pasmoso su despejo para un chico provinciano».

Toda nuestra conversación fué poco o menos la misma durante la comida. Manon, que era tentada a la risa, estuvo en varias ocasiones a punto de estropearlo todo con sus carcajadas. En cuanto a mí, tuve en el trascurso de la cena ocasión de narrarle su propia historia y aun de predecir la desgracia que le amagaba. Manon y Lescaut estaban yertos durante mi cuento, sobre todo al trazar yo su retrato; pero el amor propio puso una venda en los ojos de la víctima impidiéndole reconocerse, y supe, por mi parte, rematar de tal modo la historia, que él fué el primero en encontrarla jocosa. Como ahora veréis, no ha sido sin motivo que me he extendido con respecto a esta ridícula escena.

Llegó, por fin, la hora de acostarse, y el viejo habló de amor y de impaciencia. Nos retiramos Lescaut y yo. Condujéronle a su cuarto, y Manon, habiendo salido de él con pretexto de una imprescindible necesidad, vino a reunírsenos en la puerta. La carroza, que nos esperaba tres o cuatro casas más allá, avanzó para recogernos y en pocos momentos nos alejamos del barrio.

Aunque, a mis ojos, aquella acción fuése una verdadera canallada, no era ciertamente la peor que debía tener que reprocharme. Más escrúpulos me inspiraba el dinero adquirido en el juego. Pero tan poco disfrutamos del uno como del otro, y plugo al cielo que el más leve de los dos delitos fuése el más severamente castigado.

M. de G... M... no tardó mucho en darse cuenta de que había sido engañado. No sé si hizo desde aquella misma noche gestiones para dar con nuestro paradero; pero lo que sí sé es que tenía demasiado crédito para hacerlas mucho tiempo inútilmente, y que nosotros, por nuestra parte, fuimos lo suficientemente indiscretos para contar con las dimensiones de París y la distancia que había entre nuestro nuevo barrio y el suyo. No sólo supo nuestra habitación, sino también la vida que lleváramos anteriormente en París, los amores de Manon con B..., la mixtificación de que le hiciera víctima, en una palabra, todos los lances escandalosos de nuestra historia. Tomó la resolución de hacernos detener y de tratarnos, más que como a delincuentes, como a aturdidos libertinos. Aún estábamos acostados cuando entró en nuestra habitación un inspector de policía, seguido de una docena de guardias. Por primera providencia incautáronse de nuestro dinero, o, mejor dicho, del de G... M..., y luego, haciéndonos levantar sin demora, nos llevaron a la puerta, donde nos esperaban dos carrozas, en una de las cuales la pobre Manon fué arrebatada, sin razones de ningún género, mientras la otra me conducía a mí a San Lázaro.

Hay que haber pasado por tales sinsabores para poder juzgar de la desesperación en que me dejaron sumido. Mis guardianes tuvieron la crueldad de no permitirme abrazar a Manon, ni decirle ni una palabra de adiós. Por mucho tiempo ignoré lo que había sido de ella. Fué esto una suerte para mí, pues una catástrofe semejante me hubiera hecho perder la razón y tal vez la vida.

Mi pobre amada fué, pues, arrebatada ante mis propios ojos y conducida a un lugar cuyo solo nombre me estremece. ¡Qué horrenda suerte para una criatura tan bella, que hubiese ocupado el primer trono del mundo de tener todos los hombres mis ojos y mi corazón! No la trataban mal, a decir verdad; pero encerráronle en estrecha prisión y condenáronla a realizar todos los días algunos trabajos como condición imprescindible para atender a su alimentación. No supe estos detalles sino algún tiempo después, cuando yo mismo había pasado por rudas penalidades. No habiéndome mis guardianes advertido tampoco el lugar donde tenían orden de conducirme, no lo supe hasta verme en la puerta de San Lázaro. Hubiera preferido en aquel momento la muerte al estado en que me creí próximo a caer. Tenía yo una idea terrible de aquella casa. Mi espanto subió de punto al ver que, una vez allí, mis guardianes registraban mis bolsillos para cerciorarse de que no me quedaba ningún arma ni medio alguno de defensa.

Fuí conducido inmediatamente a presencia del superior, que ya estaba prevenido de mi llegada. Saludóme con gran bondad. «Padre mío, libradme, os lo suplico, de toda humillación. Mil vidas que tuviese perdería antes de pasar por una.—No, no, caballero—respondióme—; vuestra conducta será prudente y quedaremos satisfechos el uno del otro». Rogóme que subiese con él a una de las habitaciones del piso alto y le seguí sin resistencia. Los arqueros nos acompañaron y a una seña del superior se fueron dejándonos solos.

«¿Soy vuestro prisionero?—le dije—Pues bien, padre mío, decidme qué pensáis hacer de mí». Díjome que estaba satisfecho de verme tomar aquel tono sensato, que su deber sería trabajar para inculcarme el amor a la virtud y a la religión, y el mío aprovechar sus enseñanzas, y que por poca buena voluntad que yo pusiese no hallaría sino placer en mi soledad. «¡Oh, padre mío!—suspiré—No conocéis lo único capaz de contentarme en la tierra».—«Lo sé; pero espero que vuestras inclinaciones cambiarán». Su respuesta me hizo comprender que estaba enterado de mis aventuras y quizás de mi nombre también. Pedíle una aclaración y me dijo que, como era natural, le habían informado de todo.

Aquella aclaración fué el más cruel de mis castigos. Empecé a derramar un torrente de lágrimas con todas las señales de la mayor amargura. No podía consolarme de una humillación que iba a hacer de mí la comidilla de todos mis conocimientos y el ludibrio de mi familia. Así pasé ocho días en la aflicción, incapaz de saber nada, ni de ocuparme de nada que no fuése mi oprobio. El mismo recuerdo de Manon nada añadía a mi dolor: todo lo más, entraba como un sentimiento precursor de aquella nueva pena; la pasión dominante en mi alma era la vergüenza y la confusión.

Pocas personas conocen la fuerza de esos movimientos particulares del corazón. La mayoría de los hombres no son capaces sino de cinco o seis pasiones, en cuyo círculo transcurre su vida, reducidas a ellas todas sus emociones. Quitadles el amor y el odio, el placer y el dolor, la esperanza y el miedo y, no les quedará ya nada. Pero las personas de carácter más noble pueden sentirse angustiadas de mil maneras distintas; diríase que poseen más de cinco sentidos y que pueden experimentar sensaciones que se salen de las normas de la naturaleza. Y como poseen este sentimiento que les eleva del nivel de lo vulgar, no hay nada en el mundo que tengan en más estima. De ahí viene que sufran tan intensamente ante el desprecio y que la vergüenza sea una de sus pasiones más violentas.

Tenía yo esa triste ventaja en San Lázaro. Mi pena pareció tan excesiva al superior, que temiendo las consecuencias ulteriores, creyó deber tratarme con bondad e indulgencia. Visitábame dos o tres veces al día. Hacíame con frecuencia acompañarle para dar un paseo por el jardín y su celo se desbordaba en exhortaciones y advertencias saludables. Yo las escuchaba con mansedumbre y aun le demostraba reconocimiento. De ahí sacó la esperanza de mi conversión.

«Sois de natural tan dócil y amable—díjome un día—que no acierto a comprender los desórdenes de que se os acusa. Dos cosas me asombran: una, cómo con tan buenas cualidades habéis podido entregaros a tales excesos de libertinaje; otra, que admiro aún más cómo recibís con tal conformidad y respeto mis exhortaciones después de varios años de desorden. Si es arrepentimiento, sois un ejemplo palpable de la bondad del cielo; si es bondad natural, tenéis por lo menos un excelente fondo de carácter, que me hace esperar que no necesitaremos teneros aquí mucho tiempo para haceros volver a una vida honrada y regular».

Contentísimo me hallé de saberle tan buena opinión de mí. Decidí afirmarle en ella por una conducta que pudiese satisfacerle por completo, cierto como estaba de que era la manera de abreviar mi cautiverio. Pedíle libros. Sorprendióse de que habiéndome dejado la elección de los que deseaba leer, me decidiese por algunos autores serios. Afecté aplicarme al estudio con el mayor fervor y le di en toda ocasión pruebas del cambio que anhelaba.

Sin embargo, todo aquello era puramente externo. Debo confesarlo para mi vergüenza; desempeñaba en San Lázaro hipócritamente un papel de hipócrita. En vez de estudiar cuando estaba solo no hacía sino lamentar mi destino. Maldecía mi prisión y la tiranía que me tenía en ella. No bien se calmó un tanto la zozobra en que me arrojara la vergüenza primera, volví a caer en los tormentos del amor. La ausencia de Manon, la incertidumbre en que me encontraba respecto a su destino, el temor de no volver a verla nunca, eran los únicos motivos de mis tristes meditaciones. Me la imaginaba en los brazos de G... M..., pues aquella fué mi primera idea, y lejos de creer que le habían dado el mismo trato que a mí, pensaba que me había alejado para poseerla tranquilamente.

Pasé así días y noches que me parecieron interminables. No tenía esperanza sino en el éxito de mi hipocresía. Observaba cuidadosamente el semblante y las palabras del Superior para cerciorarme bien de lo que pensaba de mí y me esforzaba en ganar su confianza considerándole como árbitro de mi destino. Fácil me fué notar que todas sus simpatías estaban conmigo. Llegué a no dudar de sus buenas disposiciones para servirme.

Un día me tomé la libertad de preguntarle si era de él de quien dependía mi libertad. Díjome que no era dueño absoluto, pero que esperaba que gracias a sus indicaciones G... M..., a cuyos ruegos el jefe de Policía habíame encerrado allí, consentiría en devolverme la libertad. «¿Puedo creer—le dije—que dos meses de prisión sufridos le parezcan bastante castigo?». Ofrecióme hablarle si yo lo deseaba. A mi vez le rogué insistentemente que me hiciese aquel favor.

Díjome dos días más tarde que G... M..., no sólo había parecido sensible a los elogios que de mí le hiciera, y por ende dispuesto a dejarme ver de nuevo la luz del sol, sino que le había mostrado deseos de conocerme más particularmente y que se proponía hacerme una visita en mi prisión. Aunque su presencia no me era muy grata, la consideré como un paso hacia la libertad.

Vino efectivamente a San Lázaro. Le encontré de aspecto más serio y menos necio que en casa de Manon. Dirigióme unos discursos llenos de buen sentido sobre mi mala conducta y añadió, con vistas a justificar sus propios desórdenes, que le es permitido a la debilidad de los hombres el proporcionarse algunos placeres que la naturaleza exige, pero que las indelicadezas y las triquiñuelas culpables merecían ser severamente castigadas. Escuchábale yo con un gesto de sumisión de que pareció satisfecho. Ni siquiera me mostré ofendido por algunas burlas sobre mi pretendida fraternidad con Manon y sobre las muchas capillitas que seguramente haría en San Lázaro, puesto que tal placer hallaba en tan piadosa ocupación. Pero escapósele, desgraciadamente para él y para mí, decir que Manon habría hecho también unas cuantas muy lindas en el hospital. Pese al escalofrío que me causó la palabra hospital, aún tuve fuerzas para, dominándome, rogarle con dulzura que se explicase. «Sí—dijo—hace dos meses que cursa prudencia en el hospital general y quiera Dios que la lección le haya aprovechado tanto como a vos la de San Lázaro».

Aunque hubiese sabido que me esperaba una eterna prisión o aún la misma muerte, no hubiera sido dueño de mí ante la espantosa noticia. Arrojéme sobre él con tan furiosa rabia, que en el esfuerzo perdí la mitad de mis fuerzas. Quedáronme, pese a ello, suficientes para cogerle por el cuello y arrojarle al suelo. Iba a estrangularle cuando el ruido de su caída y algunos gritos agudos que apenas le dejaba libertad de lanzar, atrajeron a mi cuarto al superior y a algunos religiosos que le libertaron de mis manos.

Había yo mismo, casi perdido las fuerzas y hasta el aliento. «¡Oh, Dios mío!—clamaba entre suspiros—¡Justicia del cielo! ¿Viviré aún tras semejante infamia?». Quise arrojarme de nuevo sobre el bárbaro que acababa de asestarme aquél golpe. Sujetáronme. Mi desesperación, mis gritos y mis lágrimas, pasaron el límite de lo imaginable. Hice cosas tan raras, que todos los asistentes, que ignoraban la causa, mirábanse con tanto terror como sorpresa.

G... M... mientras tanto ponía orden en su traje, arreglábase la peluca y la corbata y en el despecho de verse tan maltratado ordenó al superior que me vigilase más severamente que nunca y que me aplicase todos los castigos acostumbrados en San Lázaro. «No, señor, no es con personas de la cuna del caballero, con quienes usamos tales procedimientos. Por otra parte, es de tan buen natural que me cuesta trabajo creer que sin razón se haya entregado a tales excesos». Aquellas palabras acabaron de exasperar a G... M..., que salió de allí profiriendo amenazas contra el superior, contra mí y contra cuantos osaran oponerse a su voluntad.

El superior, habiendo dado órdenes a los frailes para que le acompañasen, quedó a solas conmigo. Conjuróme a que le dijese prestamente de qué procedía todo aquel escándalo. «¡Oh, padre mío!—dije llorando como un niño—; imaginaos la más odiosa crueldad, figuraos la barbarie más abominable; eso es lo que G... M... ha tenido la crueldad de hacer. ¡Oh, me ha destrozado el corazón! ¡Jamás me consolaré! Quiero contároslo todo. Sois bueno y tendréis piedad de mí». Narréle abreviada la historia de mi pasión por Manon; la situación floreciente en que nos hallábamos cuando fuimos robados por nuestros criados; las ofertas que G... M... había hecho a mi querida; cómo cerraron el trato y como fué roto. Claro es que presentándole las cosas del modo más ventajoso para nosotros. «He ahí—continué—las fuentes del celo que G... M... siente por mi conversión. Me ha hecho encerrar aquí con el fin de vengarse. Se lo perdono; pero, padre mío, eso no es todo; no se ha contentado con robarme la más cara mitad de mi vida, sino que además la ha hecho encerrar en el hospital; acabo de saberlo de sus mismos labios. ¡En el hospital, padre mío! ¡Oh, cielos, mi adorable amada, la reina de mi corazón en el hospital, como la más infame de las criaturas! ¡Dónde hallar fuerzas para no morir de dolor y de vergüenza!».

El buen padre, al verme en tal estado de aflicción trató de consolarme. Díjome que jamás se figuró mi aventura del modo que acababa de narrársela; que sabía sí, que vivía yo de un modo desordenado, pero que creyó también, que lo que moviera a G... M... a mezclarse en ello, era una vieja amistad con mi familia, lo cual corroboraron sus mismas explicaciones, que lo que acababa de contarle cambiaba mucho las cosas y que no dudaba, que la narración fiel de los hechos, repetida por él al jefe general de Policía, contribuiría a devolverme la libertad. Preguntóme por qué no había pensado yo en avisar a mi familia, puesto que ella nada tenía que ver en mi cautiverio. Dile satisfactoria respuesta haciéndole ver mi temor de causar una pena a mi padre y mi propia vergüenza. Ofrecióme por fin, ir él mismo a ver al jefe general de Policía. «Aunque no sea más—añadió—que para prever algo peor por parte de G... M..., que ha salido asaz malhumorado de aquí y que es persona harto influente».

Aguardé el regreso del padre, con las inquietudes y zozobras de un infeliz que espera su sentencia. Era para mí terrible suplicio figurarme a Manon en el hospital. Aparte de la infamia que pesaba sobre el lugar, ignoraba cómo la tratarían allí, y esto, unido a ciertas particularidades que había oído de aquella mansión de horror, renovaba en todo momento mi angustia. Tan decidido estaba a ayudarla fuése como fuése, que hubiese prendido fuego a San Lázaro si no hubiese visto otro modo de salir de allí.

Púseme a pensar sobre los caminos que me quedaban por seguir si el jefe general de Policía perseveraba en mantenerme prisionero contra mi voluntad. Puse mi ingenio a prueba y recorrí todas las posibilidades. No vi nada que pudiese garantizarme una evasión segura y temí verme aún más vigilado si fracasaba en una tentativa. Pensé qué amigos podían ayudarme, pero, ¿por qué medios hacerles saber mi situación? Por fin creí haber trazado un plan hábil y propúseme madurarlo mejor después que el superior hubiese regresado, si sus gestiones habían sido infructuosas.

No tardó en volver; no vi desde luego en su rostro las señales de júbilo que anuncian por anticipado una buena noticia. «He hablado—díjome—al jefe general de Policía, pero le he hablado demasiado tarde. El señor de G... M... fué al salir de aquí, y de tal modo le previno en contra vuestra que estaba a punto ya de enviarme nuevas órdenes para hacer aún más severa vuestra prisión. «Sin embargo, cuando le he puesto al corriente del verdadero fondo de vuestros asuntos se ablandó, y riéndose un poco de la incontinencia del viejo G... M..., me ha dicho que, de todos modos, habría que dejaros aquí seis meses para darle una satisfacción, tanto más cuanto que la estancia aquí os será provechosa. Me ha encargado que os trate bien y podéis estar seguro de que no tendréis queja de mí».

La explicación del buen superior fué lo bastante larga para darme tiempo de reflexionar, y así llegué a la conclusión de que mostrar excesiva impaciencia por la libertad sería exponerme a echar por tierra todos mis planes. Le aseguré, por el contrario, que, dada la dura necesidad de permanecer allí, era grato consuelo para mí su estimación. Le rogué acto seguido que me concediese una gracia que, no siendo importante para nadie, me serviría a mí de gran consuelo. Limitábase a avisar a un amigo mío, un santo sacerdote que estaba en San Sulpicio, de que me hallaba en San Lázaro y a la vez permitirme recibir su visita. Aquella gracia me fué concedida sin demora.

Tratábase de mi amigo Tiberio; no que esperase de él la libertad, pero quería hacerle servir como instrumento inconsciente y ciego. He aquí, en una palabra, mi plan: quería escribir a Lescaut y encargarle a él y a nuestros comunes amigos del cuidado de libertarme. La primera dificultad estribaba en hacer llegar a él mi carta; tal era la misión de Tiberio. Sin embargo, como no conocía al hermano de mi querida, temía yo que no quisiese encargarse de aquella misión. Mis designios eran encerrar la carta de Lescaut dentro de otra dirigida a un buen hombre a quien conocía, rogándole la llevase a su destino; y como era preciso que yo viese a Lescaut para marchar acordes, quería indicarle la conveniencia de venir a San Lázaro y de pedir que te dejasen verme, tomando el nombre de mi hermano mayor y pretextando haber venido a París noticioso de lo sucedido. Demoraba para nuestra entrevista la adopción de los medios que nos pareciesen más fáciles y seguros. El padre Superior hizo advertir a Tiberio de mis deseos. El fiel amigo habíame perdido de tal modo de vista que ignoraba mis aventuras; sabía, sí, que estaba yo en San Lázaro, y tal vez no lamentase aquella desgracia que creía capaz de traerme al buen camino. Apresuróse a venir.

Nuestra entrevista estuvo llena de amistad. Quiso informarse de mis disposiciones. Abríle sin reservas mi corazón, excepto, claro es, en lo que a mi fuga se refería. «No es, ciertamente, ante vuestros ojos, querido amigo, ante los que quiero mostrarme como no soy. Si habéis creído encontrar un amigo sensato y arrepentido, un libertino convertido por milagro del cielo, en una palabra, un corazón desengañado del amor, y vuelto del maléfico encanto de su Manon, me habéis juzgado demasiado favorablemente. Me encontráis tal y como me dejasteis ha cuatro meses; siempre enamorado y siempre desgraciado por ese fatal amor en el que no me canso de buscar mi dicha».

Me respondió que mi confesión me hacia indigno de disculpa, que se veían muchos pecadores de tal modo embriagados por la falsa felicidad del vicio que llegaban a preferirla a la de la virtud, pero que tenían la excusa de que eran imágenes de dicha aquéllas a las cuales se adherían fuertemente, y que estaban engañados; pero que reconocer, como reconocía yo, que el objeto de mi pasión no servía más que para hacerme culpable y desdichado, y continuar, sin embargo, arrojándome en la desgracia y el crimen, era una contradicción de ideas y de conducta que no hacía honor a mi buen juicio.

«Tiberio—le repliqué—, ¡qué fácil os es vencer cuando nada se opone a vuestras armas! Dejadme razonar, a mi vez. ¿Podéis sostener que lo que llamáis el honor y la virtud esté exceptuado de penas, de contrariedades y de inquietudes? ¿Qué nombre dais a las prisiones, a las cruces, a los suplicios y a las torturas de los tiranos? ¿Diréis, como los místicos, que tales suplicios del cuerpo son un bien para las almas? No osaréis decirlo; es una paradoja insostenible. Esa dicha que de tal modo loais está, pues, mezclada con mil penas, o, para hablar con propiedad, no es sino un tejido de padecimientos, al través de los cuales se entrevé la felicidad. Pues bien, si la fuerza de la imaginación puede hallar placer en tales dolores, porque pueden conducir al término feliz que se espera, ¿por qué tratáis de contradictoria e insensata en mi conducta una disposición semejante? Amo a Manon; aspiro, al través de mil dolores y contrariedades, a ser feliz con ella; el camino porque ando es de espinas, pero la esperanza de llegar a mi fin esparce siempre dulzura: y me creeré bien pagado, por un momento pasado con ella, de las penas y fatigas que sufro por alcanzarle. Todas las cosas ofrecen una gran semejanza, de vuestra parte y de la mía, y si hay diferencia es en favor mío, puesto que el bien que espero es un bien cercano y el otro está lejos; el mío es de la misma naturaleza de las penas, es decir, sensible al cuerpo; el otro es algo desconocido que no existe sino por la fe».

Tiberio pareció espantado de aquel razonamiento. Retrocedió dos pasos diciéndome con aire muy serio que no solamente atacaba, con lo que acababa de decir, al buen sentido, sino que era además un desdichado sofisma de impiedad y de irreligión. «Pues—terminó—ese paralelo entre el término de vuestras penas y el que propone la religión, es una de las ideas más monstruosas y libertinas que pueden darse».

«Confieso que no es justo—repliqué—. Pero, tened cuidado, pues no es sobre él sobre lo que se basa mi razonamiento. Mi intención ha sido explicar lo que considerais como contradicción en la perseverancia de un amor desgraciado. Y creo haber probado que si contradicción existe es tanto para vos como para mí. Sólo desde ese punto de vista he considerado las cosas iguales y desde ese punto de vista, queráis o no, lo son.

»¿Sostenéis que el objeto de la virtud es infinitamente más elevado que el del amor? ¿Quién lo niega? ¿Pero es acaso de eso de lo que se trata? ¿No se trata de las fuerzas que uno y otro puedan prestar para sobrellevar las penas? Juzguemos por los efectos. ¡Cuántos desertores no habrá de la severa virtud y cuán pocos en cambio del dulce amor! ¿Me responderíais, acaso, que los sufrimientos que hay en el ejercicio del bien son evitables, que no existen ya cruces ni tiranos y que son muchas las gentes virtuosas que llevan una vida dulce y tranquila? Os responderé que también hay amores dulces y afortunados y aun llegaré a hacer una salvedad en mi ventaja, y es que el amor, hartas veces mentiroso, no promete por lo menos sino satisfacciones y ventajas, mientras que la religión quiere que se entregue uno a prácticas tristes y mortificantes. No os alarméis—le dije al ver su celo próximo a escandalizarse—. Lo único que quiero es demostraros que no hay peor sistema para curar un corazón del amor que descubrirle dulzuras y prometerle mayores dichas en la virtud. Tal como somos es indudable que nuestra felicidad está en el placer; desafío a cualquiera a demostrarme lo contrario; sentado esto, sólo me resta afirmar que el corazón no necesita grandes razonamientos para llegar a la certeza de que de todos los placeres los más sabrosos son los del amor. Bien pronto se da cuenta de que le engañan cuando le ofrecen más placeres fuera del amor, y este engaño le dispone a desconfiar de las promesas más sólidas.

»Predicadores que intentáis llevarme a la virtud, decidme que es indispensable, necesaria; pero no pretendáis convencerme de que no es severa y penosa. Estableced bien que las dulzuras del amor son pasajeras, que están prohibidas, que serán castigadas con eternas penas y, cosa que tal vez me impresione más que nada, que cuanto más bellas y gratas sean, más generoso será el cielo para recompensar el sacrificio de renunciar a ellas, pero no me neguéis tampoco que tal y como están hechos nuestros corazones, son en este bajo mundo nuestras más perfectas felicidades».

Aquel final de mi discurso devolvió la tranquilidad a Tiberio que me confesó que tenían algo de razonable mis pensamientos. La sola objeción que me opuso fué preguntarme por qué no era fiel a mis principios sacrificando mi amor a la esperanza de aquella renumeración de que tan alta idea me formaba. «¡Oh!, amigo mío—respondí—, es que reconozco mi debilidad y mi miseria. Bien sé que es mi deber poner mis actos al tenor de mis ideas, pero, ¿está en mi mano realizarlo? ¿De qué sobrenaturales auxilios no necesitaría yo para olvidar los encantos de Manon?—Dios me perdone—repuso Tiberio—, creo hallarme ante uno de nuestros jansenistas.—No sé lo que soy—repliqué—, no sé tampoco lo que debiera ser, pero demasiado experimenté la verdad de lo que afirman».

Nuestra conversación tuvo por el pronto la ventaja para mí de avivar la piedad de mi amigo. Comprendió que había más debilidad que malicia en mis desórdenes. Su amistad estuvo en lo sucesivo más dispuesta a prestarme su ayuda, sin la cual hubiese perecido infaliblemente. Sin embargo, guardéme de descubrirle mi intención de escapar de San Lázaro. Roguéle tan sólo se encargase de mi carta. Habíala preparado antes de su llegada y no me faltaron pretextos para justificar mi necesidad de escribirla. Tuvo la honradez de cumplir con exactitud mi encargo, y así, Lescaut recibió mi misiva antes de la noche.

Vino a verme al día siguiente y consiguió sin dificultad pasar por mi hermano. Mi alegría al verle en mi habitación fué extremada. Cerré la puerta con precaución. «No perdamos ni un solo minuto—le dije—. Dadme primero noticias de Manon y dadme después un buen consejo para romper los hierros de mi prisión». Aseguróme que no había visto a su hermana desde la víspera de nuestra detención, y que si había conseguido saber algo de ella y de mí fué sólo a fuerza de indagaciones y cuidados. Y, en fin, que habiéndose presentado dos o tres veces en el hospital, habíanle negado el permiso para comunicar con ella. «¡Desgraciado G... M...!—rugí furioso—¡cuán caro me lo has de pagar!».

—Por lo que a vuestra liberación se refiere, es empresa más difícil de lo que podéis suponer. Hemos pasado gran parte de la noche dos amigos y yo estudiando el edificio y llegamos a la conclusión de que dando vuestros balcones a un patio rodeado de construcciones, costaría mucho trabajo sacaros. Por otra parte, habitáis el tercero y es imposible meter aquí ni cuerdas ni escalas. No veo, pues, ninguna ayuda que pueda venir de fuera. Es pues, en la casa misma donde hay que hallar los recursos.

—No—respondí—; lo he examinado todo, especialmente desde que mi prisión es menos severa gracias a las bondades del superior, la puerta de mi cuarto no se cierra ya con llave y disfruto de libertad para pasearme en las galerías que corresponden a las celdas de los frailes; pero todas las escaleras están obstruidas por fuertes puertas que tienen buen cuidado de mantener cerradas noche y día, de modo que es imposible que la habilidad baste a salvarme.

«Esperad—rectifiqué después de haber meditado sobre una idea que me pareció excelente—; ¿podríais prestarme una pistola?—Muy fácilmente—me contestó—; ¿pero es que queréis matar a alguien?». Aseguréle que me hallaba tan lejos de la idea de matar a nadie, que ni aun era necesario que la pistola estuviese cargada. «Traédmela y no faltéis por la noche a las once frente a esta casa y acompañado de dos o tres de vuestros amigos. Espero poder ir a reunirme con vosotros». Quiso inútilmente otras explicaciones, pero yo le dije que una empresa tal y como la que yo meditaba sólo después del éxito podía parecer razonable. Le rogué abreviase su visita a fin de que le fuése más fácil tener acceso hasta mí al día siguiente. Efectivamente, le dejaron entrar sin oponer más dificultades que la vez primera. Su aspecto era grave y no hay nadie que no le hubiese tomado por un hombre de honor.

Cuando me vi en posesión del instrumento de mi libertad no dudé ya del éxito de mi empresa. Era extraño y arriesgado; pero ¿de qué no sería yo capaz con los motivos que me animaban? Había yo observado, desde que me era permitido salir de mi cuarto y pasearme por las galerías, que todas las noches el portero entregaba todas las llaves al superior, y que momentos después reinaba profundo silencio, que denunciaba a las claras que todo el mundo dormía en la casa. Podía yo, sin obstáculo, ir por una galería de comunicación, desde mi cuarto al de aquel padre. Mi idea era quitarle las llaves, asustándole con la pistola si oponía resistencia a dármelas, y ya con ellas abrirme paso. Esperé con impaciencia. El portero vino a la hora de siempre, es decir, un poco después de las nueve. Dejé pasar aún una hora para asegurarme de que todos, frailes y criados, estaban dormidos. Salí al fin con mi pistola y una vela encendida. Llamé suavemente a la puerta del superior, procurando meter el menor ruido posible. Oyóme a la segunda vez, y creyendo, sin duda, que se trataba de algún religioso que se había puesto enfermo, vino a abrir. Tuvo, sin embargo, antes de franquear la entrada, la precaución de preguntar quién era y qué querían de él. No tuve, pues, más remedio que dar mi nombre, pero lo hice con tono quejumbroso para darle a entender que me hallaba enfermo. «¡Ah!, sois vos, querido hijo... ¿Qué es lo que os trae a tales horas?». Entré en la habitación y ya allí le declaré sin ambages que me era imposible seguir más tiempo en San Lázaro; que la noche me parecía propicia para marcharse de allí y que esperaba de su amabilidad me diese las llaves o me abriese él mismo.

Aquella explicación debió sorprenderle. Permaneció un rato contemplándome, sin darme explicaciones; como no podía perder el tiempo, tomé nuevamente la palabra para decirle que estaba muy agradecido a sus bondades, pero que siendo la libertad el mejor de los bienes, sobre todo para mí, a quien privaban de ella injustamente, estaba decidido a procurármela aquella noche, fuése como fuése, y añadí que para que no se molestase en elevar la voz llevaba en mi cinturón una razón convincente. «¡Una pistola! ¿Cómo?, ¿queréis arrebatarme la vida en pago a las bondades que he tenido con vos?—¡Dios me libre!—respondíle—Tenéis demasiado talento para ponerme en ese trance, pero quiero ser libre, y mi resolución es tan firme que si mi plan se desbarata por vuestra culpa os hago responsable de ello.—Pero hijo mío—protestó lleno de miedo y palideciendo—, ¿qué os he hecho?, ¿por qué razón deseáis mi muerte?—No, no—repliqué impacientándome—; no quiero vuestra muerte, pero si queréis vivir abridme la puerta y seré vuestro mejor amigo». Vi las llaves sobre su mesa, las cogí y le rogué me siguiese, encareciéndole la necesidad de no hacer ruido.

Hubo a la fuerza de obedecerme. A medida que avanzábamos y que franqueaba las puertas me repetía con un suspiro: «¡Ah, hijo mío, hijo mío! ¡Jamás lo hubiera creído!—¡Cuidado con el ruido!—limitábame a responder». Por fin llegamos a la gran puerta que daba a la calle. Creíame ya libre, y permanecía detrás del fraile, con la pistola en una mano, la vela en la otra.

Mientras él se apresuraba a abrir, un criado, que dormía en una habitación vecina, al oir el ruido de los cerrojos asomó la cabeza a la puerta. El buen padre le creyó capaz de detenerme, y le ordenó, con harta imprudencia, que interviniese. Tratábase de un fornido bribón, que se arrojó sobre mí sin vacilar. No me anduve en ambajes y le disparé un tiro en pleno pecho. «He aquí de lo que sois culpable, padre mío—díjele a mi guía—. Pero que esto no os impida seguir—añadí, empujándole hacia la última puerta». No se atrevió a resistir. Salí sin novedad, y a cuatro pasos de allí hallé a Lescaut con dos amigos, según me habían prometido.

Nos alejamos. Lescaut me dijo que había creído oir un tiro. «Es culpa vuestra—respondí—; ¿por qué me trajisteis la pistola cargada?». Sin embargo, le di las gracias por aquella precaución, sin la cual hubiese tenido San Lázaro para rato. Fuimos a acabar la noche a una taberna, donde me indemnicé de la mala mesa que padecía hacía tres meses. No tenía, sin embargo, humor para gozar de nada; sufría pensando en Manon. «Hay que salvarla—dije a mis tres amigos—. No he deseado la libertad más que con tal fin. Os pido la ayuda de vuestra maña; por lo que a mí atañe estoy dispuesto a jugarme la vida en tal empresa». Lescaut, que no carecía ni de talento ni de prudencia, nos hizo notar que había que ir con mucha prudencia; que mi salida de San Lázaro y la desgracia involuntaria, causada al huir, harían ruido; que el Jefe Superior de Policía me haría buscar, y tenía las manos largas, y, en fin, que si no quería exponerme a algo peor que San Lázaro, convenía que permaneciese oculto unos días para dar tiempo a que el primer fuego de mis enemigos se extinguiese.

Su consejo era prudente, pero hubiérase precisado serlo yo también para seguirlo. Tanta lentitud y precaución compaginaban mal con mi pasión. A todo lo más que llegué fué a prometerle que el siguiente día lo pasaría durmiendo. Encerróme en su cuarto, donde permanecí hasta la noche.

Empleé gran parte del tiempo en hacer proyectos y en inventar expedientes para librar a Manon. Hallábame convencido de que su prisión era aún más severa que lo había sido la mía. No se trataba de emplear la fuerza ni la violencia, sino la habilidad. Tan poco claras mostrabanme las cosas que decidí tomarme algún tiempo para enterarme de la marcha interna del hospital.

No bien con la noche recobré la libertad, rogué a Lescaut que me acompañase. Enhebramos conversación con uno de los porteros, que me pareció hombre de buen juicio. Fingíme extranjero, que había oído hablar con elogio del establecimiento y del orden que reinaba allí. Interroguéle sobre los menores detalles y de unas cosas en otras fuimos a parar a los administradores, cuyos nombres y cualidades díjele deseaba saber. Sus respuestas a tales indagatorias hicieron brotar en mi cerebro una idea que me pareció bien, desde luego, y que no tardé en poner por obra. Preguntéle, como cosa que era absolutamente precisa para mis planes, si aquellos señores tenían hijos. Contestóme que por lo que a la mayor parte se refería no podía contestarme, pero que de uno, T..., que era de los principales, sí estaba seguro que tenía un hijo, en edad de matrimoniar, y que había venido ya varias veces con su padre al hospital. Aquella certeza me bastó.

Abrevié nuestra conversación y expuse a Lescaut, al volver a su casa, el plan que me había trazado. «Supongo—díjele—que T... hijo, rico, y de buena familia como es, debe de sentir inclinación por los placeres como todos los jóvenes de su edad. No le creo capaz de ser enemigo de las mujeres, ni ridículo hasta el punto de negar su ayuda para una empresa de amor. Tengo el proyecto de interesarle en la libertad de Manon. Si es un caballero y tiene sentimientos nobles nos concederá su auxilio por generosidad. Si no es capaz de hacerlo por este motivo, hará de todos modos algo por una muchacha amable, aunque no sea más que con la esperanza de tener parte en sus favores. No quiero retrasar mi visita más allá de mañana. Me siento tan consolado por este proyecto que me parece cosa de buen agüero».

Lescaut convino en que mis ideas no carecían de sentido. Pasé la noche menos triste.

A la mañana siguiente me vestí lo más decentemente que pude dada mi indigencia y me hice conducir en coche a casa de T... Mostróse extrañado al recibir la visita de un desconocido. Auguré bien de su cara y de su cortesía. Me expliqué francamente con él, y para ayudar a su buen natural habléle de mi pasión y de los méritos de mi querida como de cosas que no podían tener igual sino entre sí. Díjome que aunque no había visto nunca a Manon por lo menos había oído hablar de ella si era, como creía, la que fué querida del viejo G... M... No dudé que le habrían puesto en antecedentes sobre mi participación en aquella aventura y para ganar más su voluntad fingiendo una confianza absoluta, le conté detalladamente todo lo que nos sucediera a Manon y a mí. «Ya veis, señor—continué—, el interés de mi vida y el de mi corazón están en vuestras manos. La una no me es ciertamente más preciosa que el otro. No tengo secretos para vos porque sé de vuestra generosidad y porque la paridad de edades me deja la esperanza de que alguna habrá entre nuestras inclinaciones».

Pareció muy sensible a mi prueba de franqueza y de candor. Su respuesta fué la de un hombre que tiene mundo y buenos sentimientos, cosa que no siempre da el mundo y en cambio hace perder con frecuencia. Me dijo que miraba mi visita como algo grato, mi amistad como una de las adquisiciones más valiosas, y que trataría de merecerla por el celo que pondría en servirme. No me ofrecía devolverme a Manon, según él, porque no gozaba de crédito para ello, pero que me ofrecía verla y hacer todo lo que en él estuviera para devolverla a mis brazos. Más satisfecho quedé de aquella falta de fe en su poder que si me hubiese ofrecido una plena y absoluta seguridad de dar satisfacción a todos mis anhelos. Encontré en la moderación de sus promesas una franqueza que me encantó. En una palabra, prometímelo todo de sus buenos oficios. La sola promesa de procurarme una entrevista con Manon me hubiese hecho realizar cualquier cosa por él. Expreséle algo de tales sentimientos de modo que vió que tampoco yo era un malnacido. Nos abrazamos y quedamos amigos sin otras razones que la bondad de nuestros corazones y esa noble disposición que hace que un hombre leal y generoso profese amistad a otro que lo es también. Llevó las pruebas de su estima más lejos aún, pues conociendo mis aventuras, no ignorando mi salida de San Lázaro y juzgando que no debía hallarme sobrado de medios puso su bolsa a mi disposición. No acepté, pero le dije: «Es demasiado. Ahora bien, si con tanta bondad y amistad me hacéis volver a ver a mi adorada Manon, soy vuestro de por vida; si me devolvéis del todo a esa amada criatura no creeré pagaros derramando por vos hasta la última gota de mi sangre».

Nos separamos después de convenir hora y sitio en que debíamos encontrarnos; por su parte llevó la complacencia hasta no retrasarlo más allá de aquella misma tarde.

Le esperé en un café donde vino a reunirse conmigo a eso de las cuatro y, ya juntos, emprendimos el camino del hospital. Me temblaban las piernas al atravesar los grandes patios. «¡Poder del amor—decía yo—, volveré a ver al ídolo de mi corazón, al objeto de tantas lágrimas e inquietudes! ¡Cielos, dadme fuerzas para vivir hasta llegar a ella y disponed luego de mi fortuna y de mi vida! No tengo otra gracia que pediros».

El señor T... habló con algunos porteros y empleados que se apresuraron a ofrecerle cuanto estuviese en su mano. Hízose mostrar el lugar de la prisión de Manon y nos llevaron hasta él mostrándonos una llave de aterradora magnitud que servía para abrir su puerta. Le pregunté al lacayo encargado de guiarnos, que era el que le había servido, cómo había pasado la infeliz el tiempo de su encierro. Díjonos que era de dulzura angelical; que jamás había recibido de ella una mala palabra; que no había cesado de llorar las seis primeras semanas de su reclusión; pero que desde hacía algún tiempo parecía tomar su desgracia con más calma y que se ocupaba en coser de la mañana a la noche, excepción hecha de algunos ratos que dedicaba a la lectura. Le pregunté también si al menos había estado atendida con limpieza, y me contestó que de lo preciso no había carecido.

Nos acercamos a su puerta. Mi corazón latía con violencia. Dije a M. de T... «Entrad solo y prevenidla de mi visita, pues temo que mi súbita presencia la afecte demasiado». La puerta nos fué franqueada. Permanecí en la galería. No obstante me enteraba de su conversación. Díjole que iba a llevarle algún consuelo; que era uno de mis amigos y que se interesaba mucho por nuestra dicha. Preguntóle ella con gran viveza que si podría enterarla de lo que había sido de mí. Prometióle llevarme a sus plantas todo lo enamorado y fiel que ella podía desear. «¿Cuándo?—interrogó—Hoy mismo—dijo él—. No tardará. Si lo deseáis, en este mismo momento comparecerá ante vuestros ojos». Comprendió que yo me hallaba tras de la puerta y corrió allí precipitadamente en el momento en que al sentirla venir entraba yo. Nos abrazamos con esa efusión de ternura que una ausencia de tres meses hace tan dulce para los verdaderos amantes. Nuestros suspiros, nuestras entrecortadas exclamaciones, mil nombres de amor repetidos languidamente por uno y otro, constituyeron durante un cuarto de hora una escena que llegó a emocionar a T... «Os envidio—dijo, mientras nos hacía sentar—. No hay suerte, por gloriosa que sea, a la que no prefiriese yo una querida tan bella y apasionada.—También desdeño yo todos los imperios del mundo—le respondí—para asegurarme la dicha de ser amado por ella.

Todo el resto de una conversación tan ardientemente deseada no podía dejar de ser infinitamente tierno. La pobre Manon me contó sus aventuras y yo le narré las mías. Lloramos amargamente al aludir al estado en que ella se hallaba y al que acababa yo de escapar; T... nos consoló renovando sus promesas de trabajar fervorosamente para poner fin a nuestras miserias. Aconsejónos que abreviásemos aquella primera entrevista para que le fuera fácil proporcionarnos otras. Le costó no poco trabajo hacernos seguir su consejo. Sobre todo Manon, no se resolvía a dejarme partir. Reteníame por las manos y por las ropas; hízome volver a sentar un centenar de veces. «¡Ah, en qué lugar me dejáis! ¡Quién puede asegurarme que volveré a veros!»; M. de T... la prometió que vendría a verla con frecuencia, trayéndome consigo. «En cuanto al lugar—dijo con galantería—no debe llamarse ya el hospital; es Versalles mismo desde que encierra la persona que merece el imperio de todos los corazones».

Al salir mostréme liberal con el lacayo que la servía, para animarle a poner celo en sus servicios. Aquel muchacho tenía el alma menos dura y ruin que sus iguales. Había sido testigo de nuestra entrevista. Aquel espectáculo le había emocionado. Un luis de oro que le entregué acabó de hacérmele incondicional. Llevóme aparte cuando bajamos a los patios: «Señor, si queréis tomarme a vuestro servicio o darme una recompensa que me indemnice del empleo que perdería aquí, creo que no me sería difícil devolver la libertad a la señorita Manon».

Agucé el oído ante aquella proposición, y aunque no tenía nada de nada hícele promesas que sobrepujaban con mucho su deseo. Contaba con que siempre sería factible recompensar a un hombre de aquel temple. «Puedes estar persuadido, amigo mío, que no hay nada que no esté dispuesto a hacer por ti y que tu fortuna está tan segura como la mía». Quise saber de qué medios pensaba valerse. «Sencillamente, abrirle por la noche la puerta de su celda y acompañarla hasta la de la calle, donde es preciso que vos la esperéis pronto a recibirla». Le pregunté si no había peligro en que fuése reconocida al atravesar las galerías y los patios. Confesóme que algún peligro habría, pero que era preciso arriesgar algo.

Aunque estaba encantado de verle tan resuelto, llamé a T... para comunicarle el proyecto y la única razón que podía hacerme dudar. Halló más inconvenientes que yo. Convino en que, efectivamente, podía escaparse así. «Pero si la reconocen—continuó—y si la detienen en su fuga, será quizás su pérdida para siempre. Por otra parte, tendríais que abandonar París inmediatamente, pues nunca estaríais bastante bien escondidos para las pesquisas que se harían en su busca. Redoblaríanse en este caso, tanto por vos como por ella. Un hombre escapa fácilmente si está solo; pero le es casi imposible permanecer en el incógnito teniendo al lado una mujer bonita».

Por muy prudente que me pareciese el razonamiento, no tuvo poder en mi espíritu sobre la esperanza tan próxima de devolver la libertad a Manon. Díjeselo así a T..., rogándole perdonase al amor un poco de imprudencia y de temeridad. Díjele que mi intención era, efectivamente, abandonar París para instalarme en algún pueblo próximo, como hiciera ya en otra ocasión. Convinimos con el criado en no retrasar la empresa sino hasta el día siguiente, y para hacerlo todo lo seguro que estuviese en nuestra mano decidimos traer un traje de hombre para facilitar nuestra salida. No era cosa fácil hacerlo entrar, pero la imaginación me dió medios para ello. Rogué tan sólo a T... que se vistiese dos chupas ligeras, una sobre otra, pues del resto me encargaba yo.

Volvimos por la mañana al hospital. Llevaba yo para Manon ropa blanca, medias, etc., y por encima de mi jubón un sobretodo que no dejaba ver demasiado lo abultado de mis bolsillos. Sólo permanecimos un momento en su cuarto. Nada faltaba sino el calzón que, desgraciadamente, había olvidado.

El olvido de aquella prenda imprescindible nos hubiese hecho ciertamente reir si el apuro en que nos ponía hubiese sido menos serio. Hallábame desesperado de que semejante bagatela pudiese hacernos fracasar. Al fin, tomé un partido extremo, que fué salir yo sin él. Dejé el mío a Manon. Mi sobretodo era largo y con ayuda de unos alfileres quedé en estado de pasar decorosamente por la puerta.

El resto del día me pareció de una lentitud insoportable. En fin, llegada la noche, fuimos a instalarnos en una carroza, un poco más abajo de la puerta del hospital. No pasó mucho tiempo sin que viésemos aparecer a Manon con su guía. La portezuela estaba abierta y ambos subieron en un momento. Recibí a mi amada en mis brazos; temblaba como una hoja. El cochero preguntó que dónde había de conducirnos. «Condúcenos al fin del mundo—grité—; llévame donde no haya fuerzas capaces de separarme nunca de Manon».

Aquel arrebato, que no fuí dueño de contener, estuvo a punto de traerme fatales consecuencias. El cochero recapituló sobre mis palabras y al darle después las señas de la calle donde quería ir, díjome que temía no fuése yo a meterle en un mal negocio; que no se le ocultaba que aquel adolescente a quien llamaba Manon era una mujer que raptaba del hospital y que no estaba de humor de perderse por amor a mí.

Los escrúpulos de aquel bergante no eran sino deseos de hacerse pagar el coche más caro. Estábamos demasiado cerca del hospital para no pasar por todo. «Cállate—le dije—. Hay un luis de oro para ti». Después de aquello me hubiese ayudado, incluso a quemar el hospital.

Llegamos a la casa en que vivía Lescaut. Como era tarde, T... nos abandonó a medio camino, prometiéndonos vernos al día siguiente. Sólo el lacayo quedó con nosotros.

Estrechaba yo a Manon con tal afán entre mis brazos, que los dos apenas ocupábamos un solo sitio en la carroza. Lloraba ella de alegría y sentía yo sus lágrimas mojarme el rostro.

Pero cuando hubo que apearse para entrar en casa de Lescaut, tuve con el cochero una nueva cuestión, cuyas consecuencias fueron funestas. Me arrepentí de haberle ofrecido un luis, no sólo porque el regalo era excesivo, sino por una razón mucho más importante, la imposibilidad de pagarle. Hice llamar a Lescaut. Bajó de su habitación para reunírsenos en la puerta. Díjele al oído cuál era nuestro apuro. Como era de genio brusco y no estaba acostumbrado a guardar consideraciones a los cocheros, lo tomó a broma. «¡Un luis de oro!—gritó—¡Veinte palos a ese rufián!». Fué inútil que le repitiera que iba a perdernos. Arrebatóme mi bastón con ademanes de maltratar al cochero. Éste, que había quizás caído ya alguna vez bajo las manos de un guardia de corps o de un mosquetero, huyó, gritándome que me había burlado de él, pero que ya se las pagaría. Pedíle, inútilmente, que se detuviese. Su fuga me causó gran inquietud, pues no dudé que advertiría al Comisario. «Me perdéis—dije a Lescaut—. Es preciso alejarnos de vuestra casa, donde no estaremos seguros por el momento». Di el brazo a Manon y salimos precipitadamente de la calle peligrosa. Lescaut nos acompañó.

Es algo realmente admirable el modo cómo la providencia encadena los acontecimientos. Apenas habíamos caminado cinco o seis minutos un hombre reconoció a Lescaut. Buscábale, sin duda, en los alrededores de su casa con el fatal propósito que realizó. «Es Lescaut—dijo, disparándole un tiro a quemarropa—: esta noche irá a cenar con los ángeles». Escapó inmediatamente mientras Lescaut caía sin dar señales de vida. Apremié a Manon para que huyésemos, pues nuestros auxilios a un cadáver eran inútiles, y en cambio temía que nos detuviese la ronda, que no podía tardar en venir. Enfilé con ella y el lacayo el primer callejón que cruzaba; estaba tan cansada que me costaba trabajo sostenerla; vi un coche de alquiler en la esquina. Subimos, pero cuando el cochero me preguntó dónde tenía que llevarnos me vi cohibido para contestarle. No tenía ni asilo en que me creyese en salvo ni amigo a quien recurrir; y para colmo veíame sin dinero, pues no tenía en el bolsillo arriba de media pistola. El miedo y la fatiga habían vencido de tal modo a Manon que estaba a medias desvanecida sobre mi hombro. Tenía, por otra parte, el pensamiento obsesionado con la muerte de Lescaut y no estaba tampoco tranquilo respecto a la ronda. ¿Qué partido tomar? Me acordé felizmente de la posada de Chaillot, donde pasé unos días con Manon cuando fuimos a instalarnos al pueblo. Pensé que allí no sólo estaría en seguridad, sino que podría vivir algún tiempo sin que me apremiasen para el pago. «Llévanos a Chaillot»—dije al cochero. Negóse a ir allí tan tarde como no le pagase una pistola; otro motivo de apuro. En fin, convenimos en que le daría seis francos, que era, por otra parte, cuanto quedaba en mi bolsa.

Mientras nos encaminábamos al lugar de nuestro destino traté de consolar a Manon, aunque en el fondo reinaba profundo desconsuelo en mi espíritu. Hubiérame dado la muerte si no hubiese tenido en mis brazos el solo bien que me ataba a la vida. Era aquél el único pensamiento que me sostenía. «Es mía, la tengo por fin y me ama. Diga lo que quiera Tiberio no es un fantasma de dicha. Vería yo hundirse el universo sin que me importase. ¿Por qué? Porque ninguna otra cosa me interesa ya». Aquel sentimiento era sincero; sin embargo, mientras despreciaba todos los bienes del mundo comprendía que me sería necesaria una ínfima parte de ellos para que mi desprecio por el resto pudiese ser aún mayor. El amor es más poderoso que la abundancia, que todos los tesoros de la riqueza, pero necesita de su ayuda y nada hay más terrible para un amante delicado que verse arrastrado por aquel punto vulnerable a las cosas más miserables y groseras de la vida.

Eran las once cuando llegamos a Chaillot. Fuimos recibidos en la posada como personas de absoluta confianza. No se sorprendieron de ver a Manon en traje de hombre porque están habituados en París y en sus alrededores a que las mujeres se presenten en las más diversas trazas. Hice que le sirviesen con igual prontitud que si nadase en la opulencia. Manon ignoraba mi penuria. Guardéme de decirle nada, decidido, como estaba, a volver al siguiente día a París para buscar cualquier clase de remedio a mi antipática enfermedad.

Parecióme, mientras cenaba, pálida y delgada. No me había percibido en el hospital, porque el cuarto donde estaba era de los peor alumbrados. Pregúntele si no era aquello efecto del miedo pasado al ver caer a su hermano. Aseguróme que aunque muy afectada por aquella desgracia su palidez provenía de haber estado tres meses ausente de mí. «¿Me quieres mucho?—la interrogué—. Mil veces más de cuanto pudiera decirte—replicóme—. ¿No me abandonarás ya nunca?—añadí—No, nunca»—replicó ella—. Aquella afirmación fué corroborada por tantos juramentos y caricias que, efectivamente, parecióme imposible que pudiera olvidarlos. Siempre he creído que fué sincera. ¿Qué razón podría haber tenido para fingir hasta aquel punto? Pero si sincera era aun era más tornadiza o, por mejor decir, ella misma no era dueña de su albedrío cuando hallábase ante mujeres que, valiendo mucho menos que ella, vivían en la abundancia, mientras se veía en la miseria. Hallábame en vísperas de topar con la prueba más clara y evidente de cuantas hasta entonces tuviera, prueba que dió lugar a la más extraña aventura de que fué víctima jamás un hombre de mi nacimiento y mi fortuna.

Como sabíale de aquel natural, apresuréme al día siguiente a ir a París. La muerte de su hermano, y la necesidad de procurarnos ropas para ella y para mí eran cosas tan naturales que no necesité pretexto ninguno. Salí de la posada con el designio, según dije a Manon y al hostelero, de tomar una carroza de alquiler; pero en realidad aquello no era sino una fanfarronada. La necesidad me obligaba a caminar a pie e hícelo rápidamente hasta Cours-la-Reine, donde tenía intenciones de detenerme. Bien necesitaba de unos momentos de soledad y descanso para ordenar mis pensamientos y prever lo que iba a hacer en París.

Sentéme sobre la hierba. Pronto me engolfé en un mar de razonamientos y reflexiones que, poco a poco, redujéronse a tres únicos capítulos. Necesitaba un socorro inmediato para hacer frente a una serie de necesidades inmediatas; tenía que abrirme un camino que fuése una esperanza de vida para lo futuro; y, esto no era lo menos importante, tenía que tomar informes y precauciones para la futura seguridad de Manon y mía. Después de haberme extendido en proyectos y combinaciones sobre aquellos tres puntos creí aún deber aplazar los dos últimos. No estábamos mal ocultos en un cuarto de Chaillot, y en cuanto a las necesidades futuras sería hora de pensar en ellas cuando estuviésemos a cubierto de las presentes.

Tratábase, por lo pronto, de llenar mi bolsa; T. habíame ofrecido generosamente la suya, pero causábame repugnancia extrema ser yo quien volviera sobre el asunto. ¡Qué vergüenza, ir a exponer mi miseria a un extraño y rogarle me ayudase con su dinero! No hay sino las almas ruines a quienes la natural bajeza impida ver la indignidad o las almas cristianas que por un exceso de humildad que les hace superiores a esa vergüenza no se sientan humilladas y la acepten sin lucha. No era yo ni un hombre ruin ni un buen cristiano, y hubiese dado la mitad de mi sangre por evitar aquel bochorno. «Tiberio, el buen Tiberio, ¿me negará aquello que buenamente pueda darme? No; se sentirá compadecido de mi miseria, pero en cambio me abrumará con su moral. Tendré que aguantar sus peroratas, sus consejos, sus exhortaciones, y me hará pagar tan cara su ayuda que daría una parte de mi sangre por evitarme esa escena que me dejaría lleno de turbación y de remordimientos. ¡Bueno!—replicábame a mí mismo—, he de renunciar a toda esperanza puesto que no me quedan otros caminos, y antes que tomar por ellos derramaría gustoso la mitad de mi sangre, es decir, toda mi sangre antes que aceptar ambos. Sí, mi sangre toda—añadí, después de un momento de reflexión—, sí, daríala toda mejor que humillarme a miserias y bajezas. ¿Pero qué tiene mi sangre que ver en todo esto? Se trata de la vida de Manon, de su amor y de su fidelidad. ¿Qué puedo equiparar a ella? Nada hasta ahora. Ella es para mí la gloria, la dicha y la fortuna. Hay muchas cosas, sin duda, que daría la vida por obtener o por evitar; pero estimar algo, más que a mi vida, no significa estimarlo tanto como a Manon». No tardé mucho tiempo, después de tal razonamiento, en decidirme. Continúe mi camino decidido a ir primero a ver a Tiberio, luego a T...

Al entrar en París hallé un coche de alquiler, y aunque no tenía con qué pagarlo, contando con los recursos que iba a solicitar de unos y otros lo tomé. Híceme conducir al Luxemburgo, desde donde envíe a decir a Tiberio que estaba esperándole. Satisfizo mi impaciencia su prontitud en acudir. Le expuse la situación apurada en que me veía. Me preguntó si las cien pistolas que le había devuelto me bastarían, y sin oponer la menor dificultad fué en el mismo momento a buscarlas con esa sencillez y esa alegría en dar que son patrimonio del amor y de la amistad verdadera. Aunque no abrigaba la menor duda sobre el éxito de mi empresa, sorprendióme haberle obtenido a tan poco precio; es decir, sin tener que aguantar una homilía sobre mi impenitencia. Pero me equivocaba al creer escapar tan fácilmente; al acabar de entregarme dinero me rogó que diese una vuelta con él por la avenida del jardín. No le había hablado de Manon y por ende ignoraba que estuviese en libertad; así que su disertación no recayó sino sobre mi temeraria fuga de San Lázaro y sobre sus temores de que en vez de aprovechar la lección de cordura recibida, perseverase en mis desórdenes. Díjome que habiendo ido a visitarme a San Lázaro, al día siguiente de mi evasión, había quedado estupefacto al enterarse de la manera como había salido; que había hablado de ello con el superior, y halló que el buen religioso, aunque no se había repuesto de su espanto, había tenido, sin embargo, la generosidad de ocultar al jefe superior de Policía los detalles de mi marcha y de evitar que la muerte del portero fuése conocida fuera de allí y así de aquel lado no tenía, pues, nada que temer. Pero, añadió, que si aún quedaba en mí el menor vestigio de prudencia, aprovecharía el desenlace venturoso que daba el cielo a mis asuntos; que comenzaría por escribir a mi padre y ponerme a bien con él, y que si por una vez quería seguir sus consejos, me daría el de marcharme de París y refugiarme en el seno de mi familia.

Escuché su discurso hasta el fin. Contenía multitud de cosas satisfactorias. En primer lugar me encantó saber que por parte de San Lázaro no había nada que temer. Las calles de París volvían a ser campo libre para mí. En segundo, me alegré de que Tiberio no tuviese idea de la liberación de Manon y de su vuelta conmigo. Hasta noté que ponía cuidado en no hablarme de ella creyendo sin duda que ocupaba menos lugar en mi corazón, puesto que tan tranquilo parecía en lo que se refería a ella. Resolví, si no volver a mi casa, por lo menos escribir a mi padre, como me lo aconsejaba y atestiguarle que estaba dispuesto a volver al camino del deber, que era el de su deseo. Mi esperanza era decidirle a que me enviase dinero con el pretexto de hacer mis ejercicios en la academia, pues era muy difícil convencerle de mis disposiciones para abrazar de nuevo la carrera eclesiástica, sin contar con que no me parecía desagradable ni imposible lo que le prometía. Tenía, por el contrario, deseos vehementes de dedicarme a algo honesto y razonable, siempre que fuése compatible con mi amor. Acariciaba el plan de vivir con mi querida y al mismo tiempo hacer mis oposiciones. Eran cosas asaz compatibles. Estaba tan satisfecho con tales ideas, que prometí a Tiberio enviar el mismo día una carta a mi padre. Entré, efectivamente, después de dejarle, en un escritorio público y le escribí en forma tan tierna y sumisa que al releer la carta me lisonjeé de obtener algo del corazón paterno.

Aunque ya estaba en condiciones de tomar y pagar un coche, después de despedirme de Tiberio me fuí orgullosamente a pie, encontrando un placer en el ejercicio de mi libertad, que mi amigo me había asegurado no peligraba ya. Sin embargo, vínome súbitamente a la imaginación la idea de que sus seguridades no atañían sino a San Lázaro y que tenía, fuera de eso, el asunto del hospital, sin contar con la muerte de Lescaut en la que me veía mezclado a lo menos como testigo. Aquella idea me asustó de tal modo que me retiré a la primera avenida que me pareció discreto refugio e hice llamar una carroza. Fuí en derechura a casa de T..., que se rió de mis temores. Yo mismo me reí de ellos al saber que nada tenía que temer del lado del hospital, ni del de Lescaut. Díjome que ante la idea de que creyesen en su complicidad al conocer la fuga de Manon, había ido aquella mañana al hospital y había preguntado por ella como si no estuviese enterado de nada. Que tan lejos estaban de creernos culpables que le habían contado la fuga como noticia fantástica, asombrándose de que una mujer tan bonita como Manon hubiese tomado el partido de huir con un lacayo. Él, por su parte, limitóse a responder fríamente que no le sorprendía, pues creía a la gente capaz de todo a cambio de la libertad. Continuó contándome que había ido a casa de Lescaut con la esperanza de encontrarme allí con mi deliciosa querida, y que el dueño de la casa, un alquilador de carrozas, le había asegurado no habernos visto ni a ella ni a mí, pero añadió que no le extrañaba, pues si era de Lescaut en busca de quien íbamos, habríamos sin duda sabido que acababan de matarlo poco más o menos a la misma hora. Unas dos horas antes, un guardia de corps, amigo de Lescaut había venido a verle y le había propuesto jugar. Lescaut, había ganado con tal rapidez, que el otro se había encontrado con cien escudos menos, todo su capital, en una hora.

Aquel desgraciado había suplicado a Lescaut que le prestase cincuenta escudos, o sea la mitad de la suma que acababa de perder, y sobre ciertas dificultades nacidas de la ocasión habíanse querellado con extremada violencia. Lescaut se había negado a salir espada en mano a la calle, y entonces el otro había jurado romperle la cabeza donde lo hallase, cosa que había realizado aquella misma noche; T... tuvo la generosidad de añadir que había pasado horas de inquietud pensando en nosotros y volvió a ofrecerme sus servicios. Rogóme al mismo tiempo que le diese hospitalidad, pues pensaba ir a comer con nosotros.

Como sólo me quedaba adquirir ropas para Manon, díjele podíamos salir inmediatamente si llevaba su complacencia hasta acompañarme a algunas tiendas. No sé si creyó que le hacía esta proposición para espolear su generosidad, o si fué por simple impulso de su alma magnánima, pero es el caso que conforme con marchar a aquella misma hora llevóme a los comercios que proveían su casa. Allí me hizo elegir telas de precios mucho más elevados que los que yo me proponía pagar, y, cuando intentaba hacerlo, prohibió a los comerciantes recibir moneda alguna mía. Llevó a cabo aquella amabilidad con tan buena maña que creí poder aceptar sin desdoro. En fin, tomamos juntos el camino de Chaillot, donde llegué con menos inquietud que había partido.

Habiendo empleado el caballero Des Grieux más de una hora en su narración le rogué tomase algún descanso y nos acompañase a la mesa. Nuestra atención le demostró que le habíamos escuchado con gusto. Asegurónos que hallaríamos cosas aún más interesantes en la continuación de su historia; y cuando hubimos acabado de cenar continuó en estos términos:

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SEGUNDA PARTE

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Mi presencia y las amabilidades de T... disiparon todo lo que aún quedaba de tristeza en el espíritu de Manon. «Olvidemos, alma mía—le dije al llegar—, nuestros pasados terrores y volvamos a empezar a vivir más felices que nunca. Después de todo, el amor es buen amo; la fortuna no guardará seguramente para nosotros tantas penas como alegrías nos proporciona». Nuestra cena fué una verdadera fiesta. Era yo más dichoso y me hallaba más orgulloso con mi Manon y mis cien pistolas que el más rico hacendista de París con sus amontonados tesoros; hay que contar las riquezas en razón de la facilidad que ofrecen para dar satisfacción a los deseos, y yo no tenía ni uno solo que no estuviese realizado ya. El porvenir mismo no me asustaba. Hallábame casi seguro de que mi padre no pondría grandes dificultades para darme lo suficiente con que vivir decorosamente en París, pues habiendo cumplido los veinte años, tenía ya derecho a exigir la parte de bienes que en la herencia de mi madre me correspondía. No oculté a Manon que el fondo de nuestra fortuna eran sólo cien pistolas. Era lo suficiente para esperar mayores bienes, que vendrían, bien fuése por mis derechos hereditarios, bien por artes del juego.

Así fué que durante las primeras semanas sólo pensé en disfrutar de mi situación; mi idea del honor, mezclada con cierto sentimiento de miedo, hacíame aplazar de día en día la renovación de mis tratos con los socios del hotel Transilvania, y limitéme a jugar en círculos menos desacreditados, donde, además, los favores de la fortuna me libraron de poner en práctica habilidades pecaminosas. Iba a jugar a la ciudad y volvía a cenar a Chaillot, acompañado muy frecuentemente de T..., cuya amistad por nosotros crecía de día en día. Manon supo hallar recursos para combatir el tedio. Intimó en la vecindad misma con algunas muchachas a quien el buen tiempo y los encantos de la estación habían traído por allí. El paseo y las menudas labores propias de su sexo constituían, alternativamente, su ocupación. Una partida de juego, a que ellas habían señalado límites, servía para hacer frente a los gastos del coche. Iban a tomar un poco aire al bosque de Bolonia, y por las tardes, a mi regreso, hallaba a Manon más bella, más apasionada y más contenta que nunca.

Sin embargo, algunas nubes parecieron encapotar el horizonte de mi dicha; pero fueron prestamente barridas por completo, y el genio alocado de Manon hizo tan cómico el desenlace, que aún encuentro melancólica dulzura en un recuerdo que evoca su ternura y la gracia pícara de su ingenio.

El solo criado que constituía nuestra servidumbre llevóme un día aparte para decirme, con mucho apuro, que tenía un secreto de gran importancia que comunicarme. Excitéle a hablar sin rebozo ni temor, y después de muchos ambages y circunloquios díjome que un señor extranjero parecía haberse enamorado de la señorita Manon. La sangre se me agolpó al corazón. «¿Y ella?», interrumpíle con más brusquedad de la que convenía para seguir enterándome. Mi violencia le asustó. Respondió, con aire de inquietud, que su perspicacia no había ido tan lejos, pero que como hacía varios días venía observando que el extranjero iba todos los días al bosque de Bolonia, y que descendiendo de su carroza, se engolfaba solo por las avenidas, y pareciendo acechar la ocasión de encontrarse con Manon, había concebido la idea de trabar amistad con sus servidores para averiguar su nombre; que le consideraban como a un príncipe italiano, y que sospechaban ellos también se trataba de una aventura galante. Añadió, tembloroso, que no había podido proporcionarse otras luces, porque el príncipe, saliendo del bosque en aquel momento, habíase aproximado a él y le había preguntado su nombre. Después de lo cual, como adivinando que se hallaba al servicio de Manon, habíale felicitado por pertenecer a la criatura más encantadora del mundo.

Esperé impaciente el final de su narración, pero tan sólo añadió ya algunas tímidas excusas, que atribuí a mis imprudentes muestras de agitación. Roguéle me diera más detalles; pero se excusó diciendo que nada más sabía, y que habiendo tenido lugar todo aquello la víspera misma, no hubo tiempo para volverse a entrevistar con la servidumbre del príncipe. Le tranquilicé, no solamente con mis elogios, sino con una justa recompensa, y le encarecí, sin mostrar la menor desconfianza de Manon, vigilase todos los pasos del desconocido.

En el fondo, sus temores me dejaron dudas crueles. Podían haberle hecho suprimir una parte de la verdad. Sin embargo, tras algunas reflexiones, volví sobre mis alarmas, hasta el punto de sentir haber dado aquellas señales de flaqueza. No tenía derecho a mirar como un delito de Manon el que los demás la amasen. Lo más probable era que ignorase su conquista; ¿cuál iba a ser su existencia si mi corazón se abría con tanta facilidad a la duda? Volví a París al siguiente día, sin haber tomado otra resolución que la de acrecentar mi capital, acelerando las ganancias, gracias a un juego más fuerte, para ponerme en estado de salir de Chaillot, al primer motivo de inquietud.

Ninguna noticia atentatoria a mi tranquilidad tuve aquella noche. El extranjero había reaparecido en el bosque de Bolonia por la tarde, y aprovechando lo sucedido la anterior, habíase encarado con mi confidente y habíale hablado de su amor, pero en términos que no denunciaban ninguna complicidad con Manon. Habíale pedido mil detalles. Por último, intentó atraerle a su servicio con considerables promesas, y al fin, sacando una carta que llevaba preparada, habíale ofrecido inútilmente algunos luises de oro por entregársela a su ama.

Dos días transcurrieron sin ningún nuevo incidente. El tercero fué más tempestuoso. Supe al volver de París, bastante tarde, que Manon, durante su paseo, se había separado un momento de sus compañeras, y que el extranjero, que la seguía a poca distancia, habíase acercado a ella a una señal que le había hecho, y habíale entregado una carta, que ella recibió con transportes de júbilo. No tuvo tiempo de mostrarlo más que besando con transporte la misiva, porque casi inmediatamente se había ido. Pero durante el resto del día pareció presa de alegría extraordinaria, y, aun después de volver a casa, aquella alegría no pareció haberla abandonado. «¿Estás bien cierto—dije tristemente a mi lacayo—de que tus ojos no te han engañado?». Tomó al cielo por testigo de su buena fe.

No sé hasta dónde me hubiesen llevado los martirios de mi corazón, si Manon, que me había oído entrar, no hubiese venido a mí, mostrando su impaciencia y exhalando amargas quejas sobre mi tardanza. No esperó mi respuesta para agobiarme a caricias, y cuando se halló a solas conmigo hízome vivos reproches por la costumbre que iba tomando de regresar tan tarde. Como mi silencio diese lugar a ello, continuó diciéndome que hacía ya tres semanas que no había pasado un día entero con ella; que no podía resistir tan largas ausencias; que, por lo menos, exigía de mi un día de vez en cuando, y que al siguiente quería tenerme a su lado desde la mañana a la noche.

«Estaré, no lo dudéis»—respondí con brusquedad. No mostró gran atención a mi pena, y en el impulso de su alegría, que efectivamente parecióme de vivacidad extraordinaria, hízome divertidas pinturas de cómo había pasado el día. «¡Extraña criatura!—díjeme—, ¿qué esperar de este preludio?». Los detalles de nuestra primera separación acudieron a mi memoria. Sin embargo, ahora creía ver en la vivacidad de sus trasportes y en sus caricias un no sé qué de sincero que estaba de acuerdo con las apariencias.

No me fué difícil echar la culpa de mi pena, que me era imposible disimular durante nuestra colación, a una pérdida considerable que había tenido en el juego aquella tarde. Miraba como una gran suerte que la idea de no faltar yo de Chaillot al día siguiente hubiese partido de ella. Siempre era ganar tiempo para mis deliberaciones. Mi presencia allí alejaba todo temor para el día siguiente, y si no observaba nada que me hiciese plantear la cuestión, estaba decidido a trasladar dos días más tarde mi residencia a la ciudad, a un barrio donde nada tuviese que temer de los príncipes. Aquel arreglo hízome pasar la noche más tranquilo, pero no me quitó la amargura de tener que temer una nueva infidelidad.

Al despertarnos Manon me previno que aunque íbamos a pasar el día en nuestra habitación no por eso quería que tuviese el aspecto descuidado y que ella misma iba a arreglar mis cabellos. Teníalos yo harto bellos y aquella era diversión que se había ofrecido en varias ocasiones. Pero en aquélla puso más cuidado que había puesto en ninguna otra. Para darle gusto hube de sentarme ante su tocador y dejarla probar todas las combinaciones que se le antojaron. En el curso de su labor hacíame muchas veces volverme a ella, y apoyando las manos en mis hombros mirábame con ávida curiosidad; en seguida, tras mostrarme su satisfacción con un beso, me hacía colocar en situación para reanudar ella su faena.

Aquel juego nos entretuvo hasta la hora de la comida. Su diversión, y el gusto que tomaba en ella, me habían parecido tan naturales, y su alegría denunciaba tan poco la falsedad temida, que no pudiendo conciliar tales pruebas de amor con tan negra traición, estuve a punto, en varias ocasiones, de abrirle mi pecho, descargándole de un peso que se me hacía insoportable. Pero a cada momento concebía de nuevo la esperanza de que la confidencia vendría de ella y miraba de antemano, como un triunfo, aquella confianza.

Volvimos a su gabinete. Púsose nuevamente a acomodar mi cabellera cuando vinieron a avisarle que el príncipe de... deseaba verla. Aquel nombre me exasperó hasta la violencia. «¿Qué significa esto?—grité, rechazándola—¿Quién? ¿Qué príncipe?». No contestó a mis preguntas. «Hágale subir»—ordenó, glacial, al criado. Luego, volviéndose a mí: «Mi amado, a ti, a quien adoro, te pido un momento, de complacencia, uno tan sólo; te amaré mil veces más, te quedaré agradecida toda mi vida».

La indignación y la sorpresa trababan mi lengua. Ella, mientras, repetía sus súplicas, y yo buscaba inútilmente palabras de desdén con que rechazarlas. Pero, al sentir abrir la puerta de la antesala, cogió mis cabellos, que flotaban sobre mi espalda, con la otra mano cogió un espejo, y empleando todas sus fuerzas llevóme de tal guisa hasta la puerta del gabinete, y abriéndola con la rodilla ofreció a los ojos del recién llegado, a quien el ruido parecía haber petrificado en medio de la estancia, un espectáculo que debió asombrarle. Vi un hombre vestido con lujo, pero de bastante mala traza.

Aun en la turbación en que le sumía la escena no dejó de inclinarse en profunda reverencia. Manon no le dió tiempo a abrir la boca. Presentaba el espejo. «Vea, señor, miraos bien y hacedme justicia. Me pedís amor. He aquí el hombre a quien amo y a quien he jurado amar toda mi vida. Estableced vos mismo la comparación. Si creéis poder disputarle mi corazón decidme en qué os fundáis, pues a fuer de vuestra muy humilde servidora he de deciros que a mis ojos todos los príncipes de Italia no valen uno de los cabellos que tengo en mi mano».

Mientras duró aquel absurdo discurso, que por las trazas tenía meditado de antemano, hacía yo desesperados esfuerzos para libertarme, y compadeciéndome de aquel hombre sentíame dispuesto a reparar el ultraje con mis atenciones. Pero habiéndose repuesto con bastante facilidad, su respuesta, que me pareció un tanto grosera, quitóme mis buenas disposiciones. «Señorita, señorita—dijo con forzada sonrisa—, abro los ojos y os encuentro en verdad menos novicia de lo que creía».

Retiróse inmediatamente, sin tener ni una mirada para ella, y rumiando en voz baja, que las mujeres de Francia allá se iban con las de Italia. Nada me obligaba, en tal ocasión, a hacerle mejorar sus ideas sobre el bello sexo.

Manon abandonó mis cabellos, y arrojándose en una butaca llenó el cuarto con el estrépito de sus carcajadas. No ocultaré que me había llegado al alma aquel sacrificio que sólo podía imputar al amor. Sin embargo, la broma me pareció excesiva e hícela un reproche por ella. Contóme que mi rival, después de obsesionarla con su persecución unos días, y dejarla adivinar con muecas y guiños su amor, habíase decidido a declararse abiertamente, acompañando su declaración con sus nombres y títulos en una carta que le había hecho remitir por el cochero que les conducía a ella y sus compañeras; que aparte de las palabras de amor la prometía cuantiosos presentes. Según decía había vuelto a Chaillot con el designio de contarme aquella aventura, pero habiendo creído que podíamos hallar en ella un motivo de diversión no había podido resistir a su deseo. Entonces había concedido al príncipe italiano la libertad de visitarla en su propia casa y habíase divertido en hacerme entrar en sus planes sin ponerme en antecedentes de ellos. No le dije que hubiese sabido nada por otros conductos y la embriaguez del amor triunfante me hizo aprobarlo todo.

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