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BIBLIOTECA CALLEJA EMILIO SALGARI
L O S P E S C A D O R E S DE " T R É P A N G "
VERSIÓN DIRECTA DEL ITALIANO

CASA E D I T O R I A L C A L L E J A M A D R I D 1916
ES PROPIEDAD. DERECHOS RESERVADOS
Imp. de "Alrededor del Mundo". Madrid.
Al Índice
L O S P E S C A D O R E S DE " T R É P A N G "
I.—LA COSTA AUSTRALIANA
A principios de abril de 1850 iba costeando la región occidental de la tierra de Carpentaria, perteneciente al continente de Australia, una de las esbeltas naves chinas llamadas juncos. Tienen estos barcos alta arboladura, con grandes velas de estera, y la proa alta y redondeada. Los dos grandes escobenes para las cadenas de las anclas que llevan a proa, y que por las pinturas que los adornan semejan ojos, dan a esas naves aspecto de monstruos marinos. El junco navegaba despacio y con grandes precauciones.
Treinta hombres de cráneos rapados y largas trenzas en la nuca, piel amarilla, ojos oblicuos, medio desnudos varios de ellos y otros vestidos con anchas túnicas y calzones, también anchos, de tela floreada, estaban alineados en la borda de la nave, con las cuerdas de maniobras entre las manos, dispuestos a orientar las velas a la primera orden.
De pie en el castillo de proa un hombre de alta estatura, facciones enérgicas, piel bronceada y vestido a la europea, examinaba atentamente la costa australiana con un poderoso anteojo. Podría tener unos cuarenta años, y parecía ser el comandante de aquella tripulación de chinos. Detrás de él dos jóvenes de diez y seis y veinte años, respectivamente, de piel blanca como la de los europeos, pero no atezada como la que suele distinguir a la gente de mar, parecían esperar con cierta ansiedad el resultado de la minuciosa observación que estaba practicando el del anteojo.
—¿Ves algo?—le preguntó al poco rato el más joven de ellos.
—No, sobrino—contestó éste—. No se ve ni un ser viviente.
—¿Estamos cerca de la bahía?
—La tenemos seis millas delante de nosotros, Hans.
—¿Estás seguro de no engañarte, tío?
—¿Un hombre de mar como yo equivocarse?... Vine aquí el año último a pescar el trépang, y no he olvidado la bahía.
—¿Y por qué observas tan minuciosamente la costa?
—Porque me va en ello la piel, y, sobre todo, la vuestra, sobrinos míos.
—¿Qué temes?
—Esa es tierra de salvajes, Hans. Ahora seguramente no hay nadie en la playa; pero de un momento a otro puede cubrirse de australianos.
—¿Odian quizás a los hombres blancos?
—No distinguen de razas: blancos, negros, amarillos, rojos o aceitunados, todos son manjares apetecibles para ellos.
—¿Comen hombres esos salvajes?
—Como nosotros comemos gallinas.
—¡Qué brutos!
—Tienen hambre, Hans. Su tierra nada produce; no hay animales en ella, o son escasísimos, y tienen que apencar con todo para comer.
—Pero nosotros somos muchos, tío.
—¡Muchos!...
—Y tenemos fusiles y dos lantacas[1].
—¿Cuentas con los chinos, Hans?... ¡Buena tripulación de conejos!... ¡A los primeros disparos se esconderían en la estiba!
—Es que no veo tan fácil asaltar un barco.
—¿Y cuando tengamos que saltar en tierra para colocar la caldera?
—¿La caldera?
—¡Ah, sí! Olvidaba que vosotros no sabéis aún lo que es la pesca del trépang. Todavía sois marinos de agua dulce.
—¡Tío!...—exclamaron los dos jóvenes en tono de reproche.
—Pero pronto seréis verdaderos marinos ¡qué diablo! No se improvisan en un día los lobos de mar.
—Es cierto.
—¡Eh, Van-Horn! gobierna hacia aquella punta. ¿La ves?—gritó el comandante.
Un viejo marinero, de barba blanca, piel bronceada y curtida por el sol y los vientos de los mares tropicales, y que empuñaba la caña del timón, dijo:
—La veo, Capitán. Aunque tengo sesenta años, aún conservo la vista.
El junco, que seguía costeando lentamente la aguda península que se extiende entre el mar de Coral y el golfo de Carpentaria, y que se prolonga por los bajofondos del estrecho de Torres, puso la proa hacia un promontorio peñascoso, que parecía proteger una profunda ensenada.
Aquella costa, que el comandante seguía examinando con gran atención, parecía desierta. Se prolongaba hacia el Este con profundas escarpaduras y peñas enormes que parecían descansar sobre los escollos coralinos casi a flor de agua. No se descubría vegetación alguna en aquellas playas; pero a lo lejos se veían algunos grupos de los árboles llamados eucaliptos rostrados, verdaderos gigantes vegetales, pues suelen alcanzar hasta ciento cincuenta metros de altura; pero que no dan sombra alguna, porque sus largas hojas obscuras se presentan siempre de canto al sol.
El Capitán no parecía estar muy seguro de la aparente tranquilidad que reinaba en aquellas playas, y de cuando en cuando escuchaba con atención, como si quisiera percibir algún otro rumor que el de las olas al estrellarse en los escollos.
La misma tripulación china parecía inquieta y miraba con desconfianza hacia la costa, como si temiese algún grave peligro.
En pocos minutos el junco, que navegaba ahora con gran velocidad, pues se había levantado un recio brisote del Oeste, dobló la punta peñascosa que el Capitán había indicado, y entró en una gran bahía rodeada de escollos coralíferos, y cuyas márgenes descendían dulcemente hasta el mar.
—¿Es aquí?—preguntaron los dos jóvenes.
—Sí—respondió el Capitán, que en aquel momento tenía puesta toda su atención en el agua de la bahía—. Aquí hay una verdadera fortuna para nosotros y para el armador del junco.
—¿Abunda aquí el trépang?—preguntó el mayor de los dos muchachos.
—Sí, Cornelio: haremos una pesca abundantísima en pocas semanas.
—Estoy impaciente por ver cómo se hace esa pesca.
—Y llegarás tú también a ser un hábil pescador y...
Un grito estridente que venía de la playa le cortó la palabra.
—¡Cooo-mooo-eee!
—¡Mil truenos!—exclamó el Capitán, arrugando la frente—. ¡El instinto no me engañaba!
—¿Es el grito de los trépang?—preguntó Hans.
—Los trépang no gritan.
—¿Es, acaso, algún otro animal?—dijo Cornelio.
—Peor todavía. Es el grito de alarma de los australianos.
—Pues yo no los veo.
—No importa; ellos nos han visto—dijo el Capitán, que se había quedado pensativo.
—¿Y temes que nos ataquen?
—Ahora, no; pero temo por los chinos. Como sepan que hay australianos caníbales en la playa, no querrán desembarcar.
—Capitán Van-Stael, ¿habéis oído?—dijo el viejo marino que había entregado a un chino la caña del timón.
—Sí, viejo mío; pero no renunciaré a la pesca. La bahía está llena de trépang, y no quiero perder una carga que puede valernos veinte mil duros.
En seguida, enderezándose sobre el castillo de proa, gritó:
—¡Abajo las anclas y las velas!
En aquel momento se oyó salir de entre las escolleras de la playa el mismo grito de antes.
—¡Cooo-mooo-eee!
—¡Todavía!—exclamó el Capitán—. ¿Es una amenaza, o estos tunos tratan sólo de asustar a mis hombres?
—Es un grito de llamada, Capitán—dijo el viejo Van-Horn.
—¿Habrá alguna tribu acampada por estos contornos?
—Ya sabéis que en la temporada de la pesca estos salvajes acuden a la costa con la esperanza de proporcionarse carne humana. El año último las tripulaciones de tres juncos fueron devoradas por los salvajes del cabo York.
—Lo sé, Van-Horn. He visto los restos de uno de aquellos juncos en las playas de la isla Edward Pellews; pero nosotros no vamos a tener miedo de los australianos.
—Estad, sin embargo, sobre aviso, Capitán. Ya sabéis que son capaces de cortar las maromas y de romper las cadenas de las anclas para que vayamos a embarrancar en las escolleras.
—Estaremos atentos, Van-Horn. Entre tanto, que carguen las lantacas y suban a cubierta los fusiles para proteger a nuestros pescadores.
En tanto que hablaban, la tripulación china había echado las dos anclas de proa y una pequeña de popa para afirmar mejor el buque, y después procedió a enrollar las velas de los palos mayor y trinquete.
—Apresurémonos—dijo el Capitán a la tripulación—. Si todo marcha bien, dentro de tres semanas habremos completado nuestra carga, y dentro de seis estaremos de vuelta en Lia-King...
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El Hai-Nan, que así se llamaba el junco, había salido un mes antes de Timor, isla de las Molucas, para la pesca del trépang, bajo el mando del Capitán Van-Stael, holandés de Batavia. En otros tiempos Van-Stael, que gozaba fama de valiente hombre de mar, había navegado por su cuenta y en nave propia, dedicándose a la pesca del trépang; pero a los cuarenta años, cuando ya se creía suficientemente rico para acabar su vida entre comodidades en alguna ciudad del Extremo Oriente, tuvo la desgracia de arruinarse.
Una noche tempestuosa su buque naufragó en el mar de Coral, junto a la costa australiana, y de los veinte hombres que componían la tripulación, sólo él y el viejo Van-Horn pudieron salvarse en un madero. No se desanimó por aquella desgracia, aunque fué para él un desastre. Se sentía con fuerzas todavía para rehacer su fortuna; y vuelto a Timor, ofreció sus servicios a un rico negociante de trépang, el chino Lia-King, el cual, sabiendo con qué experto y hábil marino trataba, no dudó en confiarle el mando de uno de sus mejores juncos.
Van-Stael, aunque nunca había tenido gran confianza en aquellos barcos de construcción china, muy poco seguros para los malos tiempos, partió para la costa septentrional de la Australia, y en pocas semanas completó su carga de aquellos coriáceos moluscos, que son tan apreciados en los mercados chinos y malayos.
Aunque en aquella primera campaña de pesca había realizado muy buenas ganancias, al principiar la nueva estación volvió a hacerse a la mar, llevando esta vez consigo a sus dos sobrinos, huérfanos desde hacía varios años, y a los cuales pensaba llevar consigo en todos sus viajes para hacer de ellos dos buenos marinos.
Los dos jóvenes, hijos de un valiente capitán, muerto en las costas de Borneo en un encuentro con los piratas del sultán de Varanni, aceptaron con entusiasmo la proposición de su tío, por más que no ignoraban los peligros de la pesca del trépang, no porque estos moluscos estén dotados de armas defensivas, sino por los parajes en que hay que pescarlos, poblados todos ellos de salvajes antropófagos.
Eran entrambos bien jóvenes, como ya hemos dicho—Hans de diez y seis años y Cornelio de veinte—; pero el capitán Van-Stael podía estar seguro de su valor, porque acostumbrados a andar por las espesas selvas de Timor persiguiendo animales salvajes, y a navegar por los peligrosos mares de las Molucas, eran hombres para todo.
Queda, pues, explicado cómo aquel junco, con tripulación china mandada por europeos, había anclado en aquella profunda bahía de la costa de Carpentaria, donde tanto abundan los trépang.
II.—LOS PESCADORES DE TRÉPANG
NO hay pueblo más extravagante que el chino para comer. Es aficionadísimo a las agallas de pez-perro en salsa encarnada, a los nidos de golondrinas marinas, que tienen una substancia gelatinosa, pero insípida[2], a las lombrices saladas, a los renacuajos, a las ratas saladas, a los perros y, sobre todo, al trépang.
Puede decirse que desde muchos siglos antes de que los navegantes europeos conocieran la existencia de la Australia, iban barcos chinos a las playas septentrionales de ese continente y a las costas de la Nueva Guinea a pescar ese extraño molusco. Impórtasele en enormes cantidades en el Celeste Imperio; pero aún son pequeñas para satisfacer la demanda: tanta es la afición que le tienen los chinos. En ningún banquete chino falta ese manjar, que bien puede calificarse de nacional. Los provechos que rinde su pesca han excitado el espíritu mercantil de los europeos, y se dedican muchos a ella. Así como hay pescadores de arenques, de ballenas y de focas, hay pescadores de trépang, los cuales todos los años, en la estación propicia, llegan desde los puertos más lejanos hasta las aguas del estrecho de Torres, del mar de Coral o del golfo de Carpentaria.
Aunque muchos de esos buques no vuelven más a su país o vuelven con las tripulaciones diezmadas, el negocio se sostiene por lo lucrativo que es. Saben los que lo explotan que los salvajes están dispuestos a aprovechar la primer tempestad para cortar las cuerdas y cadenas de los barcos y hacer que se estrellen en los arrecifes; saben también que si caen en sus manos acaban su vida guisados en salsa verde, y, sin embargo, van allí a pescar, porque los chinos pagan muy caros esos moluscos. Pronto los conoceremos.
Pero volvamos a nuestra nave, cuya tripulación, a pesar del grito de los australianos, que aún resonaba en el espacio como una fúnebre amenaza, se preparaban a la pesca.
La nave estaba fuertemente anclada, como ya hemos dicho. Había puesto la proa mirando a la boca de la bahía, dispuesta, en caso de peligro, a abandonar aquellos parajes. El capitán Van-Stael había hecho botar al agua una gran chalupa, y se había embarcado en ella en compañía del viejo Van-Horn, de Hans y de Cornelio.
Inclinado hacia el mar, se había puesto a observar el agua con gran atención, explorando el fondo de la bahía, que se distinguía perfectamente.
—Tenemos siete brazas de agua—les dijo con aire satisfecho—. Nuestros pescadores no tendrán que fatigarse mucho.
—Pero ¿dónde está el trépang?—preguntó Hans.
—El fondo está lleno de ellos. ¿No ves nada entre la arena y las algas?
—Me parece distinguir unos rollos que se mueven.
—Pues esos son las olutarias, o, si te parece mejor, los trépang que pescaremos.
—Y son de los mejores, Capitán—dijo Van-Horn—. Mire usted los bankolungan, más al fondo los kikisan, los talifan, y más allá se perciben los murrang.
—Que los chinos pagan muy caros, viejo mío—dijo el Capitán—. Hay aquí una verdadera fortuna que pescar.
—¿Nos dirás, al fin, lo que son esas olutarias?—preguntó Hans.
—Sí, muchacho—respondió el Capitán—. Anda, Van-Horn, haz que bajen los pescadores.
Diez chinos medio desnudos, que llevaban al cinto largos cuchillos ligeramente curvados para defenderse, en caso de necesidad, de los peces-perros, que abundan en aquellas aguas y que son tan aficionados a la carne humana como los antropófagos de la costa septentrional de la Australia, bajaron a la chalupa a una orden del viejo marinero, llevando en la mano izquierda una especie de red capaz de contener muchas olutarias.
—¡Ea! ¡Manos a la obra sin perder tiempo!—dijo el Capitán después de haber examinado la entrada de la bahía para convencerse de que no había peces-perros en ella.
Los diez pescadores, escogidos entre los mejores nadadores y buzos de la tripulación, se echaron a una al agua.
Los dos jóvenes, inclinados al borde de la chalupa, seguían con gran curiosidad las maniobras de los valientes pescadores. El agua de la bahía, tranquila y transparente como un cristal, les permitía distinguir perfectamente a aquellos hombres, que procedían con gran rapidez cogiendo moluscos, que iban echando en la red.
Bien pronto uno de ellos, pasado medio minuto, salió a la superficie con la red llena hasta rebosar, la cual entregó al viejo Van-Horn, que la vació en el fondo de la chalupa. Aquella primera redada consistía en diez olutarias.
—¿Qué moluscos son éstos?—preguntaron Hans y Cornelio, que se habían agachado para observar mejor.
—Los trépang—dijo el Capitán—; y de los mejores, muchachos.
—Parecen cilindros rugosos—dijo Cornelio.
—Sí; pero con tentáculos—añadió Hans.
El Capitán tomó en la mano uno de aquellos moluscos y se lo enseñó a sus sobrinos. Este extraño habitante del mar parecía, en efecto, un cilindro, provisto, en una de sus extremidades, de un círculo de tentáculos plumosos; pero carecía de cabeza y de ojos, y su boca era una especie de agujero.
Tenía doce o quince pulgadas de largo, y su piel, que parecía muy resistente, mostraba a lo largo del cuerpo cavidades muy singulares, pues tan pronto se dejaban ver como se ocultaban.
—Es una olutaria bankolungan—dijo el Capitán—. Es una especie muy apreciada, y que los chinos pagan bastante cara.
—Y ¿cuál es la conformación de esos moluscos? No les veo ni cabezas ni ojos.
—No tienen cabeza ni ojos, Cornelio. Tampoco tienen oído ni olfato, pues les faltan los órganos de esos sentidos. Su cuerpo es un verdadero saco, envuelto en músculos muy fuertes, duros y resistentes, y parece no tener otra función que la de comer o, mejor dicho, devorar.
Viven en grandes familias en el fondo de aguas claras y tranquilas, y se arrastran como serpientes, apoyándose en las esponjas que suelen rodear sus cuerpos, y se nutren de algas marinas y de otros moluscos. Suelen tragarse hasta las arenas, piedrecillas y trozos de coral.
—¡Qué estómagos!—exclamó Hans—. Deben tener un aparato digestivo poderosísimo.
—Su estómago es un tubo que les ocupa todo el cuerpo de punta a punta. En uno de los extremos de ese tubo tienen la boca. Por ella les entra el alimento, el cual recorre todo el tubo interior, y sale por el extremo opuesto sin detenerse.
—Y esos tentáculos que les rodean la boca ¿de qué les sirven?
—Para agarrar las algas, piedras y demás objetos que se comen.
—Me parece que a éste le faltan algunos.
—Es verdad, Hans. Los peces atacan a las olutarias y suelen comérseles los tentáculos si no consiguen retirarlos a tiempo; pero aun en ese caso no pierden para siempre los tentáculos, pues se les reproducen al cabo de cierto tiempo. Toma ahora esta bankolungan, que aún vive, y apriétala un poco entre tus manos.
El joven hizo lo que su tío le indicaba, y vió contraerse el molusco hasta reducirse a una especie de bola y lanzar primero un chorro de agua y después una materia obscura, que se le extendió por los bordes de la boca.
—Son los intestinos del molusco—dijo el Capitán anticipándose a contestar a la pregunta que iba a hacerle su sobrino—. Su contracción muscular es tan fuerte, que le hace expeler las vísceras.
—Si yo arrojase ahora al agua esta olutaria, ¿podría vivir?
—Sí; y viviría aunque le arrancaras los intestinos, pues no tardarían en reproducírsele.
—¡Qué animal tan extraño!—exclamaron los dos jóvenes en el colmo de la sorpresa.
—Pues esto es más extraño todavía—dijo el Capitán recogiendo otra olutaria, de cuya boca salía un pececillo de pocos centímetros de largo, vivo todavía.
—¿Tal vez un pez que no ha podido digerir?—preguntó Cornelio.
—No; es el compañero de la olutaria—respondió el Capitán.
—No te comprendo.
—Me explicaré mejor. Estos pececillos, no se sabe aún por qué motivo, viven en el vientre de estos moluscos. Les entran por la boca y se les pasean por dentro como si estuvieran en su casa.
—¿Y la olutaria los tolera?
—Desde luego que sí, pues con su poderosa contracción muscular podría expelerlos fácilmente, y, por el contrario, los deja en paz, como si la visita le fuera agradable.
—¡Es maravilloso!—exclamó Hans—. Y ahora dime, querido tío: ¿son tan excelentes como dicen los chinos estos moluscos?
—Tienen un sabor parecido a los calamares; pero son muy duros, y para comerlos se necesitan muy buenos dientes, porque son elásticos como la goma. A los chinos, malayos y cochinchinos les gustan muchísimo; pero nosotros los europeos preferimos otros pescados más finos y sabrosos.
—¿Y se paga caro el trépang?
—Carísimo, Cornelio. La calidad mejor se paga en los mercados chinos de veinte a treinta y cinco pesos el pikul[3]. Los hay de calidad inferior, que se pagan entre seis y diez pesos.
—Debe de ser muy buen negocio para los pescadores.
—No siempre, Hans, porque las olutarias, lo mismo que las ballenas, van ya escaseando. En estas islas, que antes eran riquísimas en moluscos, hay ya muchos menos, por la incesante pesca que de ellos se hace. Es una verdadera guerra de exterminio, especialmente por parte de los barcos europeos y americanos.
Hasta hace algunos años las islas Likana eran célebres por la abundancia del trépang en sus aguas; pero desde que un capitán americano pescó durante el año 1845 doscientos sesenta y cinco pikules, y el capitán Muyne casi otro tanto en 1847, las olutarias desaparecieron de aquellas playas.
Y basta por ahora, sobrinos míos. Hagamos disponer la otra chalupa, y vamos a colocar las calderas.
—¿Las calderas?—exclamó Cornelio—. ¿Qué intentas hacer?
—Son necesarias para la preparación del trépang.
—¿Y los salvajes?—preguntó Hans—. ¿Nos dejarán tranquilos?
—¿No has oído hace poco un grito?
—Supongo que no se atreverán a acercarse. Al menos así lo espero por ahora. Saben que los hombres blancos poseen armas de fuego, y les tienen miedo. ¡Eh, Van-Horn! Haz que boten al agua la segunda chalupa.
El viejo marinero, que había vuelto a bordo del junco, se apresuró a obedecer. La embarcación, que estaba guindada de los pescantes de popa, fué botada al mar y la ocuparon diez chinos armados de fusiles.
—Ahora las calderas y el combustible—ordenó Van-Horn, que también se había embarcado en ella.
Dos pailas de metal, de un metro de diámetro y de treinta y cinco a cuarenta centímetros de profundidad, grandes espumaderas, unos cuantos arpones y gran cantidad de leña fueron embarcados en la chalupa.
—¿Está cargada la lantaca?—preguntó el Capitán.
—De metralla—respondió el viejo—. Si a los salvajes les entran deseos de molestarnos, los saludaremos con una buena rociada.
—¡Vamos, muchachos!—dijo Van-Stael a sus sobrinos.
Embarcaron todos en la otra chalupa, los chinos empuñaron los remos y se dirigieron a tierra.
En pocos minutos llegaron a la playa, sorteando las peligrosas escolleras que rodean la costa, contra las cuales se rompe el oleaje con roncos mugidos, produciendo gran resaca.
—¡Alto!—dijo Van-Stael antes de que la chalupa tocase en la orilla.
Se subió al banco de proa y miró detenidamente hacia la playa, erizada de rocas enormes, que se alzaban en forma de anfiteatro. A pesar del grito que habían oído poco antes, no se veía ninguna criatura humana ni se percibía rumor alguno sospechoso. Solamente una bandada de cacatúas, espléndidas aves de plumas purpúreas y blancas que ostentan en la cabeza un penacho inclinado hacia atrás, revoloteaban entre las ramas de un pequeño black-wood (árbol de madera negra) que crecía desmedradamente entre la arena.
—¿Hay novedad?—preguntó Van-Horn.
—Ninguna, viejo mío. Desembarquemos.
La chalupa se acercó a la playa hasta tocar en la arena.
El Capitán, los dos jóvenes y el marinero desembarcaron armados de sendos fusiles, y tras de ellos los chinos conduciendo a tierra la leña, las pailas, los arpones y las espumaderas.
A corta distancia de la orilla Van-Stael indicó dos pequeñas construcciones circulares formadas por pedruscos y que podían servir muy bien de hogares.
—Los salvajes las han respetado—dijo.
—¿Qué es eso?—preguntó Hans.
—Los hornillos que construímos el año pasado. ¡Al trabajo, muchachos! La otra chalupa va a llegar.
Los chinos cargaron de combustible las hornillas, les prendieron fuego y después colocaron encima las dos calderas, llenándolas de agua de mar.
La segunda chalupa, tripulada por los pescadores, llegó en aquel momento. La pesca había sido verdaderamente milagrosa, pues la embarcación venía tan cargada, que apenas sobresalía del agua.
Después de atracarla a la playa, los veinte chinos se pusieron a descargarla. En menos de una hora aquellos pescadores habían recogido cerca de cinco quintales de olutarias, pero no todas de una sola especie.
Entre ellas se veían las preciadas bankolungan, de once a quince pulgadas de largas, con el dorso obscuro, el vientre blanco y una costra calcárea en ambos costados, cubiertos, además, de verrugas.
Esta clase se pesca ordinariamente en los bordes interiores de los bancos de coral, a menos de braza y media de profundidad.
Había también muchas kichisan, de treinta centímetros de longitud, forma ovalada y piel negra recubierta de verrugas; talifan, de la misma longitud poco más o menos que las anteriores, de color rojo tostado, con una fila de espinas rojas en el dorso. Son las más tiernas, y por ello exigen cuidados especiales para prepararlas.
No faltaban tampoco las nunang, que son las más pequeñas de todas, sin verrugas ni espinas, lisas y con toda la piel negra, pero que son las más codiciadas, pagándose en los mercados chinos hasta a treinta y cinco pesos el pikul. Había también otras de calidad inferior, como los zapatos, los lowlovan, los balatliman, los botan y los hangenan, que se venden a seis pesos el pikul.
Todas aquellas olutarias estaban vivas aún, y desahogaban su impotente cólera arrojando chorrillos de agua a los marineros, los cuales, sin hacer el menor caso, las amontonaron junto a los dos hornillos.
El Capitán observaba atentamente el hervor del agua en las calderas.
Se requiere larga práctica y rara habilidad para preparar el trépang, porque basta un punto más o menos de hervor para echarlo a perder.
El exceso de calor cubre de vejigas a las olutarias y las vuelve porosas como esponjas, y, por el contrario, la falta de calor suficiente les hace perder la consistencia, y entonces se pudren e inutilizan en pocas horas.
—¡Echad!—exclamó al cabo de un rato Van-Stael.
Los chinos arrojaron los moluscos en las calderas. Por algunos instantes se les vió agitarse y contraerse desesperadamente; después quedaron inertes en el fondo del agua, que hervía a borbotones.
El Capitán, entre tanto, no apartaba la vista del reloj que había sacado, y que tenía en la mano.
—Ocho minutos—dijo—; el trépang está a punto.
Los chinos extrajeron los moluscos de las pailas con las espumaderas y los fueron echando sobre una lona que habían tendido cerca de las fornallas.
Hans y Cornelio contemplaban atentamente todas aquellas maniobras.
—La cochura está a punto—repitió el Capitán—. Los moluscos tienen el aspecto de la goma elástica y su piel azulea, señales ambas de que están en condiciones de conservarse perfectamente.
—Me han dicho que también hay el procedimiento de secarlos al sol—dijo Cornelio—. ¿Es cierto eso, tío?
—Sí, muchacho, y añadiré que los conservados así se pagan más caros; pero es operación demasiado larga, pues requiere veinte días, y nosotros no disponemos de tanto tiempo. También se les seca al fuego, operación más breve que la de secarlos al sol, pues sólo exige cuatro días; pero esta playa en que estamos....
—¡Cooo-mooo-eee!
Este grito extraño, que ya habían oído antes, salió de pronto de entre las rocas, interrumpiendo la frase del Capitán.
Casi al mismo tiempo se oyó exclamar a Van-Horn:
—¡Eh, monazo del demonio: en cuanto hagas el menor movimiento, te aso! ¡Palabra de marinero!
III.—LA PINTURA DE GUERRA D E L S A L V A J E
UN negro horrible, que despedía un fuerte olor a amoníaco, se había presentado de pronto, saliendo de detrás de una escollera que se prolongaba hacia la orilla septentrional de la bahía.
Era de poco más que mediana estatura; pero tan extraordinariamente enjuto, que se le podían contar las costillas. Tenía el vientre colgante, y las piernas, completamente desprovistas de carne, parecían dos bastones forrados de cuero.
Tenía cara más de mono que de hombre; la cabeza, aplastada; la frente, comprimida; la nariz, chata; las mandíbulas, abultadas; las orejas, largas; los ojos, pequeños y de brillo extraño, y la boca, tan grande, que le llegaba casi desde una oreja a la otra.
Su piel era de un color negro sucio y estaba toda cubierta de raras pinturas y tatuajes de muy diversos colores.
Aquel verdadero espantajo se quitó de encima la piel de kanguro que le cubría las espaldas y parte de la lanuda cabeza, y empuñando con cómico ademán una especie de venablo, con la punta de hueso y adornado de un penacho de plumas, se adelantó hacia los pescadores, deteniéndose a diez pasos de ellos.
—¿Qué quiere este animal de antropófago?—dijeron Hans y Cornelio, mientras los chinos se iban retirando prudentemente hacia las chalupas.
—Querrá ordenarnos que nos vayamos—dijo el Capitán—. Estos salvajes tienen la pretensión de que ningún extranjero venga a pescar a sus costas; pero este horrible y ridículo ejemplar de la raza australiana se engaña si cree que vamos a obedecerle.
—Yo me encargo de mandarlo a su tribu de un puntapié—dijo el viejo marino—. No me asusta el chuzo que lleva en la mano, capitán Stael.
—Veamos antes, señor salvaje—dijo el Capitán, avanzando hacia él—, qué es lo que pretendes.
El australiano, que se mantenía inmóvil empuñando su chuzo, al ver al Capitán acercarse, se golpeó con la mano izquierda el vientre, que resonó como un tambor.
—Pide de comer—dijo Van-Stael—. No somos fondistas, señor salvaje; pero si estás en ayunas, puedes comerte esta olutaria.
Tomó una de la especie llamada zapatos, y se la arrojó al australiano, que la pilló al vuelo, llevándosela ávidamente a la boca.
—¡Qué apetito!—exclamó Hans.
—No hay que maravillarse, sobrino mío. Estos salvajes del continente australiano están toda la vida luchando con el hambre, y pasan por larguísimos ayunos.
—Pero ¿no se producen en Australia frutales?
—Sólo árboles de goma. Y te advierto que, cultivadas, todas las plantas de Europa dan aquí fabulosas cosechas; sólo que estos salvajes desprecian la agricultura y sólo viven de la caza.
—¿Y abundan los cuadrúpedos y las aves?
—Son muy escasos. Aquí sólo se encuentran focas, kanguros, algunos casoares, más pequeños que los africanos, y bandadas de ciertos perros salvajes, llamados dingos, que son muy difíciles de cazar. Es verdad que el indígena de Australia no es exigente, y se alimenta de asquerosos reptiles; pero aun éstos escasean y no alcanzan para todos. Añade a esto que son imprevisores, y que jamás piensan en el mañana. Si cae en sus manos un kanguro o un casoar, se apresuran a asarlo, y lo devoran, sin dejar más que los huesos, no preocupándose de si tendrán para comer al siguiente día.
—¿Comen, pues, mucho?
—Ahí tienes un ejemplo—dijo el Capitán—. La olutaria ha desaparecido en seis bocados dentro de ese vientre que parece no tener fondo.
En efecto, el salvaje había ya devorado el zapatos que el Capitán le había arrojado; pero no parecía satisfecho. Al ver el montón de moluscos, y animado por el primer regalo, se arrojó encima, arramblando con todas las olutarias que pudo; pero Van-Horn, que no lo perdía de vista, lo agarró por una pierna y tiró de él, diciéndole:
—¡Quieto, monazo! ¡Suelta eso o te estrangulo!
El australiano, al verse defraudado en sus propósitos, se puso en pie, con ademán amenazador.
—Pero ¡qué mamarracho eres!—le dijo el marinero riendo.
—¡Ten cuidado, Van-Horn!—dijo el Capitán—. Estos salvajes son traidores.
—Le romperé el chuzo en las espaldas, señor Van-Stael.
Iba a lanzarse sobre el australiano para desarmarle; pero éste saltó hacia atrás, diciendo en un lenguaje mixto de inglés y de malayo:
—¡Quieto, hombre blanco! Esta es la tierra de los hijos de Mooo-tooo-omj[4].
—¡Y yo te digo que si no te vas, te echo a puntapiés, antropófago!—dijo el marinero, levantando el fusil—. ¿Me has comprendido?
El australiano, que no debía ignorar el efecto de las armas de fuego, retrocedió precipitadamente, y, plantando con resolución el chuzo en la arena, dijo:
—Pronto nos volveremos a ver.
Después, dando un gran salto, se alejó a toda prisa, desapareciendo detrás de las rocas que rodeaban la bahía.
-¡Que te devoren los perros salvajes!—le gritó Van-Horn.
—¿Volverá?—preguntó Cornelio.
—Es probable—respondió el Capitán, que se había quedado pensativo—. Ese salvaje procurará jugarnos alguna mala pasada; pero estaremos sobre aviso, y al primer indicio de peligro nos refugiaremos en el junco.
—¿Habrá alguna tribu por estos contornos?
—Creo que esta costa es demasiado estéril para alimentar a una tribu entera; pero en el interior de la península, los salvajes no deben faltar.
—¿Son valientes?
—Cuando los espolea el hambre, sí. Han exterminado y devorado las tripulaciones de algunos barcos. Hay que vigilar mucho y no dejar que ninguno se acerque sin nuestro permiso.
Los chinos, tranquilizados, emprendieron otra vez la faena de preparar el trépang, mientras los pescadores salieron otra vez en busca de olutarias. Las dos fornallas, cargadas de leña, lanzaban al aire grandes llamaradas, y el agua de las dos pailas hervía sin cesar. Los moluscos, conforme iban cociéndose, eran echados en la lona, la cual estaba protegida por un toldo, para impedir que el sol echara a perder la pesca.
Hans y Cornelio, armados de fusiles, registraban las rocas, para convencerse de que no había por allí ningún otro salvaje, y disparaban sin cesar contra las bandadas de cacatúas blancas, rojas o de color de rosa pálido, matando muchas de ellas. El Capitán, entre tanto, examinaba los bajíos de la bahía, para asegurarse mejor de la cantidad y calidad de las olutarias.
Habían pasado dos horas, durante las cuales aportaron los pescadores dos cargas más de moluscos, esta vez de la especie más codiciada, cuando el salvaje de antes volvió a presentarse.
Venía solo, como la vez anterior, pero horriblemente transformado. Se le hubiera creído un esqueleto animado de vida, pues se había pintado con tierra amarilla, una especie de ocre, sin duda, las costillas y los huesos.
No iba armado; pero en la mano, pendiente de un bastón, llevaba un trozo de corteza de árbol, de un color y forma particular.
Los chinos, al ver aquel extraño emblema, palidecieron, murmurando:
—¡El wai-waiga!
—¡Ah, tunante!—exclamó Van-Horn—. ¿Otra vez vuelves?... ¡Eres audaz, monazo!
—Y se presenta a nosotros con la pintura—dijo el Capitán.
—Y con la corteza del wai-waiga—añadió el marinero—. Es una verdadera declaración de guerra, señor Van-Stael.
—Pero ¿qué significa esa lúgubre pintura?—preguntó Cornelio.
—Es su atavío de guerra—respondió el Capitán.
—¿Y ese trozo de corteza de árbol?
—Una declaración de hostilidad. Es una corteza de wai-waiga, o sea de un árbol venenoso, llamado por ellos árbol mortal.
—¿Y ese pillo se atreve a presentarse solo? ¡Ah, tío; voy a agarrarlo de una oreja y a llevarle a bordo del junco!
El joven iba a poner en práctica su amenaza; pero el Capitán le detuvo.
—Déjame a mí, Cornelio—le dijo—. De seguro no está solo, y detrás de esas rocas puede esconderse una tribu. Tú, Van-Horn, reúne a los chinos junto a las chalupas, y vosotros, sobrinos, a la lantaca.
Mientras la tripulación se retiraba precipitadamente hacia la playa, para estar pronta a embarcarse, el Capitán, con el fusil cargado en la mano, se acercó al salvaje, que le miraba insolentemente, como si estuviera seguro de sí propio.
—¿Qué quieres?—le preguntó, empleando el mismo lenguaje de que el antropófago se había antes servido.
—Que los hombres blancos dejen la costa que pertenece a los hijos de Mooo-tooo-omj—respondió el australiano.
—Nosotros no matamos ni tus kanguros, ni tus casoares, ni tus warrangas (perros salvajes)—dijo Van-Stael—. El trépang ni tú ni tus compatriotas sabéis pescarlo, y además el mar no te pertenece.
—Entonces la tribu de los Wawamas te dará batalla.
—Y ¿eres tú quien lo dice?
—Yo, jefe de la tribu de los Moo-wiamos.
—¡Pues, toma, canalla!
Van-Stael, de una guantada, que resonó como un latigazo, arrojó al suelo al antropófago. Después, agarrándole fuertemente por los brazos, le arrastró hacia las chalupas.
—Ata a este hombre y llévale a bordo del junco—dijo, dirigiéndose a Van-Horn—. Lo tendremos prisionero hasta que acabe la pesca, y así le impediremos noticiar a su tribu que nos ha declarado la guerra.
—Lo ataré con quince metros de cuerda muy fuerte—dijo el marinero—. Veremos si es capaz de escaparse de la cala.
Contrariamente a sus instintos, el antropófago no opuso la menor resistencia; pero sus pequeños ojos negros lanzaban extraños relámpagos. Se dejó atar sin pronunciar una sílaba y transportar a bordo del junco por los chinos, que volvieron a la pesca del trépang.
—Y ¿no nos traerá esto complicaciones, tío?—preguntó Hans.
—Es probable que sus súbditos le busquen, pues se trata de un jefe; pero tal vez ignoran que nosotros estamos aquí, y pueden llevar sus indagaciones por otro lado—respondió el Capitán—. Además, no permaneceremos mucho tiempo en esta bahía si la pesca sigue siendo tan abundante.
—¿Conoces algún otro sitio abundante en olutarias?
—En las islas de Eduard Pellew hay muchas, y más tarde pasaremos por ellas para completar el cargamento.
—Y, por otra parte—arguyó Cornelio—, si los salvajes vienen a molestarnos, nos defenderemos.
—¡Bien, muchacho!—le dijo, sonriendo, el Capitán—. Eres un hombre valiente.
—Y yo no me quedaré atrás, y pelearé a tu lado—dijo Hans, empinándose para parecer más alto.
—Ya sé que eres un hombrecito que no conoce el miedo—respondió Van-Stael—. Un día seréis dos valientes y hábiles marinos. Ahora, sobrinos, prosigamos nuestra faena. Es preciso atender cuidadosamente a la preparación del trépang, o estos indolentes chinos nos lo echarían a perder.
La chalupa de los pescadores volvía otra vez a la orilla, cargada de moluscos.
En aquella bahía, que era muy abundante en algas y en peces, había tal profusión de olutarias, que los pescadores apenas tenían más que hacer que bajarse para recogerlas, pues casi todas las especies viven a pocos pies de profundidad.
Aquella primera jornada fué tan feliz, que de seguro había producido más de 500 pesos, suma considerable habido en cuenta el poco trabajo invertido en ganarlos.
Van-Stael no podía estar más satisfecho. Si la campaña seguía como había comenzado, en pocas semanas podía dejar aquellas peligrosas playas, llevándose un cargamento casi completo.
No pudiéndose transportar los moluscos a bordo, pues tenían que estar algún tiempo al aire libre para que se secaran antes de amontonarlos en el sollado, se armaron tiendas en la playa para refugio de los hombres de guardia.
Los chinos, que temían una irrupción de compatriotas del prisionero, se resistían al principio, prefiriendo dormir en el junco, donde estaban seguros; pero el Capitán hizo que desembarcaran las dos lantacas, y les prometió además que los acompañarían él mismo, uno de sus sobrinos y el viejo Van-Horn, con lo cual les persuadió a quedarse.
Van-Stael y el marinero, que no estaban muy tranquilos, pues sabían que los australianos aguardan a la noche para atacar, hicieron fortificar el campamento con una cerca de piedras y fragmentos de coral, y dispusieron que el junco se acercara a la playa para poder embarcarse en caso de peligro.
Aquellas precauciones resultaron, por fortuna, inútiles. La primera noche que pasaron en las playas del continente australiano transcurrió en calma, a pesar de las amenazas del antropófago.
Sólo los lúgubres aullidos de los dingos turbaron el silencio que reinaba en el campamento.
IV.—LOS AUSTRALIANOS
HABÍAN pasado cinco días. Ningún suceso extraordinario había venido a turbar los trabajos de la tripulación del junco; la pesca seguía siendo abundante, y parecía que aquella bahía, desconocida de los otros pescadores, era inagotable, pues los moluscos seguían siendo abundantísimos, a pesar de la persecución de que eran objeto.
Las dos fornallas no habían parado de trabajar un solo momento, y verdaderas toneladas de olutarias habían pasado ya por las calderas. Estaban repletas de pesca todas las tiendas, y hasta cerca de las escolleras se alzaban enormes montones, prontos a ser cargados.
Para nada los habían molestados los salvajes hasta entonces, ni habían dado siquiera señales de vida.
El Capitán y los dos jóvenes, para tranquilizar más a los chinos, que no acababan de perder el miedo, habían explorado un largo trecho de la costa, sin descubrir a ningún australiano. Van-Horn se internó unas cuantas leguas en la península, en una excursión que hizo, y sólo halló bandadas de cacatúas y de papagayos o huellas de algún que otro kanguro o casoar.
Sin duda, el jefe de la tribu de los Warrames había tratado de asustarles con una baladronada. Era posible que la tribu sólo existiera en su imaginación o, por lo menos, que estuviera muy lejos.
Así lo suponían el Capitán y sus compañeros, por más que el prisionero, que seguía en la estiba atado fuertemente de pies y manos, se obstinase en hacer creer lo contrario, amenazándoles con que sus súbditos exterminarían a toda la tripulación.
La sexta noche, cuando ya todos estaban seguros de no ser importunados, ocurrió un suceso inesperado, que les inquietó sobremanera.
Mientras los pescadores descansaban tranquilamente en las tiendas, los hombres de guardia, que velaban alrededor de las fornallas, distinguieron, hacia las tres de la mañana, una luz en una altura, como a tres millas de la costa.
No estaba fija ni presentaba constantemente igual aspecto, sino que cambiaba de posición y de dimensiones, ora agrandándose desmesuradamente, ora achicándose hasta desaparecer casi.
Alarmáronse los chinos, que desde cinco días antes estaban intranquilos, temiéndose un asalto. Todos se pusieron al momento en pie, y hubo unos cuantos que se apresuraron a acercarse a las chalupas, que estaban atadas en la playa.
El Capitán y Cornelio, que dormían en una tienda, mientras Hans y Van-Horn se habían quedado en el junco, fueron bien pronto advertidos del hecho.
—¿Se tratará de una señal?—preguntó el joven.
—Me lo temo, Cornelio—respondió el Capitán, que miraba con atención aquel fuego.
—¿Dirigida a quién?
—Sin duda a alguna tribu.
—Y ¿no será a nuestro prisionero? Ellos tal vez ignoran que está en nuestras manos.
—Tu idea no me parece infundada.
—¿Se dispondrán a atacarnos?
—¡Quién sabe! ¿Oyes tú algo?
—No, tío.
—¿Tienes miedo?
—¿Miedo?... ¡No, tío!...
—Toma el fusil, y vamos a ver.
—¿Vas a ir hasta allí?
—No; pero quiero explorar los contornos para asegurarme de que no hay nadie y tranquilizar a nuestros chinos. Si estos cobardes se amedrentan nos estropearán nuestro negocio de la pesca.
—¿Y Van-Horn?
—Se quedará aquí con Hans, para evitar que los chinos huyan.
—Vamos, tío; mi fusil está cargado.
Van-Stael mandó avisar al viejo Van-Horn lo que ocurría y luego se encaminó a las rocas que circundaban la bahía, seguido del joven, que no daba las menores muestras de miedo.
Habíase puesto la luna hacía algunas horas, y la noche estaba obscurísima; pero el misterioso fuego, que seguía brillando en la altura, bastaba para guiarles, sin temor de extraviarse.
Avanzando cautelosamente para no caer en alguna emboscada, el Capitán y Cornelio llegaron bien pronto al pie de las primeras rocas, y las escalaron con no poco trabajo, por ser muy escarpadas. Echaron una ojeada desde la cima a la vertiente opuesta. Extendíase ante ellos un pequeño llano ligeramente ondulado, con algunos grupos de árboles esparcidos acá y allá. Como a dos millas hacia el Este comenzaba otra vez a levantarse el terreno, formando como un semicírculo en torno del llano.
Seguía viéndose el fuego en la cima más alta. En aquel momento era extenso y muy vivo, pareciendo que lo producían árboles o malezas ardiendo.
—¿Ves algo?—preguntó el Capitán al joven.
—Me parece distinguir hombres moviéndose ante aquella cortina de llamas—respondió Cornelio.
—Yo también percibo sombras obscuras que se mueven.
—¿Serán salvajes o monos?
—En Australia no hay monos, y además estos animales no saben encender fuego. ¿Oyes algo?
—Los gritos de los warrangal solamente.
—¿Intentarán acaso asustarnos estos salvajes?—dijo Van-Stael—. ¡Pues buen chasco se llevan si piensan que vamos a marcharnos de aquí antes de acabar la campaña de la pesca! Porque si nos atacan estoy decidido a hacerles frente.
—¿Qué hacemos ahora, tío?
—Seguir adelante. Es preciso demostrarles a estos caníbales que no les tenemos miedo.
—Estoy dispuesto a seguirte.
—Te advierto que tal vez tengamos que disparar los fusiles.
—Ya sabes que soy buen tirador.
—Lo sé; eres el más hábil de todos nosotros. ¡Vamos, querido sobrino!
Bajaron por la pendiente opuesta a la que habían subido. Cornelio, más ágil y diestro que el Capitán, iba delante, buscando los pasos más fáciles a través de las peñas y saltando de una en otra sin vacilar.
Cuando hubieron llegado al llano se detuvieron, mirando atentamente en torno suyo; pero no vieron nada sospechoso. Extendíase allí un lagunato, cuyas orillas estaban cubiertas de mulghe, césped fortísimo que suele alcanzar hasta quince pies de altura, y de marras, o madres de las lianas, como también se las llama por su desmesurado tamaño.
—No sigas, Cornelio—dijo el Capitán—. Entre estas plantas pueden esconderse salvajes.
—Pero harían algún ruido, y yo no oigo nada, tío.
—Es que me parece haber visto moverse aquel lys real.
—¿Qué es eso?
—Hablo de aquella planta que se eleva a unos veinticinco pies de altura.
Cornelio miró en la dirección indicada, y a los primeros resplandores del alba descubrió, a treinta pasos de un grupo de mulghe, una alta vara, terminada en una flor de espléndido aterciopelado, que debía de tener por lo menos un metro de diámetro.
Aunque no soplaba la menor ráfaga de aire, aquella flor oscilaba como si alguien la moviera o acabara de moverla.
—Es verdad, tío—le dijo, armando rápidamente el fusil—. Algún salvaje ha pasado por allí.
—Es muy probable que nos espíen, Cornelio.
—Iré a registrar los mulghe.
—¿Estás loco, sobrino mío? ¿Quieres que te claven una azagaya en el pecho o que te aplasten el cráneo con el bomerang?
—¿Qué es eso del bomerang?
—Es un proyectil que no falla nunca cuando es un australiano el que lo maneja. Consiste en una estaca ligeramente curvada, que se lanza a brazo y que va volteando por el aire. Los australianos la manejan con singular destreza y no dejan de atinar nunca a bastantes pasos de distancia. Quizás tengamos ocasión de conocer esa arma arrojadiza... Pero... ¡Calla!... ¡Esto sí que es raro!
—¿Qué ves?
—Mira hacia aquel matorral.
—Ya lo veo.
—¿Lo había antes?
—La verdad, no he puesto la bastante atención para poder asegurar nada; pero, tienes razón, creo que no lo había.
—Pues yo estoy seguro de que en el lugar que ahora ocupa no había antes absolutamente nada.
—Y ¿es posible que en pocos instantes haya crecido esa hierba? Nunca podré creerlo.
—Pues te repito que antes no había nada en ese terreno.
—¿Nos ocultará alguna desagradable sorpresa?
—Mucho me lo temo, Cornelio.
El matorral de que hablaban estaba formado por veinte o treinta matojos puestos en fila, y distaba menos de cien pasos de ellos.
—Pues yo, tío, voy pronto a aclarar ese misterio.
Y avanzando con el fusil amartillado hacia el matorral, observó con asombro que iba retrocediendo, de manera que lo tenía siempre a igual distancia delante de sí. ¿Era un engaño de la vista o aquellas plantas estaban dotadas de movimiento?
El joven, en el colmo de la sorpresa, apretó el paso; pero la distancia no disminuía, sino que más bien aumentaba.
—¡Tío!—exclamó—. ¡Estas matas huyen!
—Lo veo—respondió el Capitán, que le había seguido y que tampoco podía ocultar su sorpresa.
—¿Conoces tú plantas que anden?
—No las conozco.
—Ni yo tampoco, ni tengo noticia de que los naturalistas hayan encontrado plantas con patas.
—Y ¿qué deduces de eso?
Iba el Capitán a responder, cuando dos bultos se levantaron bruscamente a pocos pasos de aquellas plantas y emprendieron rápida carrera hacia la llanura; pero a saltos, como si fueran ranas gigantescas.
—¡Una pareja de kanguros!—exclamó Cornelio.
Apuntó rápidamente a los dos animales, que se alejaban velocísimamente; pero Van-Stael le bajó el brazo, diciéndole:
—Deja tranquilos a los kanguros, que tienes necesidad de tus balas para otros enemigos más temibles.
—¿Qué quieres decir?
—Que los australianos están delante de nosotros.
—¿Dónde? Yo no los veo.
—Detrás de las matas que andan.
—¡Oh!
—Sí, Cornelio. Esos tunos, para alejarnos de nuestro campamento, o tal vez para que caigamos en una emboscada, han arrancado esas plantas y las tienen en las manos con una habilidad sorprendente. No es un recurso nuevo para esta gente, ahora que me acuerdo.
—¿Será verdaderamente así, tío?
—Sí, muchacho, y si fuera de día podrías convencerte.
—¡Canallas!
—Pero nosotros no seremos tan tontos que les sigamos hasta aquella altura. Apostaría cualquier cosa a que en aquel bosque de eucaliptos está escondida la tribu entera, dispuesta a echársenos encima.
—¿Sabrán que tenemos prisionero a su jefe?
—Desde luego lo sospechan. Con que, vamos, Cornelio; envía una bala a esos hierbajos.
El joven, que era un valiente tirador y que quería demostrar a su tío que no tenía miedo de los salvajes, no se dejó repetir la orden. Apuntó rápidamente e hizo fuego.
El montón de hierba más cercano cayó en tierra, pues el proyectil había hecho blanco. Al mismo tiempo cayeron los otros matojos; pero quedaron en pie los quince indígenas que los sostenían. Trataron de acercárseles con sus hachas de piedra en la mano y dando saltos como monos; pero Van-Stael no les dejó tiempo para que llegaran hasta ellos.
Una lluvia de balines cayó sobre aquel grupo de hombres. No hacía falta más para ponerles en fuga. Todos huyeron a la desesperada en dirección al bosque, dando alaridos.
—¿Me equivocaba?—preguntó el Capitán.
—No, tío—dijo Cornelio.
—Espero que esta lección les bastará por ahora.
—¿Y después? ¿Crees que volverán?
—Sobre esto tengo mis dudas. Me inclino a creer que una de estas noches los tendremos encima, Cornelio. Conozco a los australianos y sé que son testarudos; pero nos encontrarán dispuestos a recibirlos, y no nos dejaremos sorprender. Volvamos, valiente muchacho. Van-Horn y Hans estarán intranquilos.
No era prudente seguir explorando aquella llanura, en la cual podían exponerse a caer en alguna emboscada. Ya sabían que los australianos los habían descubierto, y que debían estar muy sobre aviso para no ser sorprendidos.
Seguros de que no les seguirían, al menos por el momento, pues los indígenas del Continente sólo acostumbran atacar de noche, volvieron a escalar las rocas y bajaron después al campamento.
Con gran sorpresa vieron que los trabajos no habían empezado aún, por más que ya el sol había salido. Los pescadores se habían retirado hacia las chalupas y discutían acaloradamente. Los preparadores del trépang aún no habían encendido las fornallas y sostenían viva discusión con el viejo marinero, el cual de vez en cuando daba alguna que otra puñada en la rapada cabeza a los hombres amarillos.
—¿Qué pasa aquí?—preguntó Van-Stael desde lejos, arrugando el ceño.
—¿Habrán asaltado los indígenas el campamento?—dijo Cornelio.
—No puede ser: habríamos oído los tiros.
Acercáronse rápidamente y se dirigieron al grupo que formaban los preparadores, los cuales parecían estar en rebeldía contra Van-Horn y Hans.
—¿Qué significa este tumulto?—gritó Van-Stael, deteniéndose entre la turba furibunda—. ¿Por qué no se trabaja?
—Porque no quieren seguir aquí más tiempo, Capitán—dijo Van-Horn—. Dicen que no están dispuestos a dejarse comer por los australianos en beneficio nuestro y del armador y consignatario del junco.
—¿Os subleváis, pues, por miedo?
—Queremos irnos de aquí, Capitán—dijo un chino que llevaba una trenza de un metro de larga—. Queremos abandonar esta costa, en la cual los salvajes abundan tanto como las peonías en nuestros jardines.
—Y yo deseo llevar mis huesos a mi patria, antes de que los dejen limpios de carne estos salvajes—dijo otro.
—Sí; todos queremos marcharnos de aquí—añadieron los demás.
—Y yo—dijo Van-Stael, irguiéndose y mostrando sus manos callosas—estoy sintiendo ganas de ataros a los quince por las trenzas y abandonaros en la bahía, ¡Pillos!... ¡Ah! ¿Tenéis miedo, conejos del Celeste Imperio?... ¡Mil truenos!... Yo no os he contratado para que deis un viaje de placer alrededor del mundo, señores míos... ¡Van-Horn, sujeta a este cobarde que dice que quiere abandonar esta costa, y mételo en la barra por tres días!... ¡Y vosotros al trabajo, o, palabra de marino, os hago sentir lo que pesan mis manos!... ¡Yo me entenderé con los salvajes! ¡Vosotros, a vuestra obligación, y vivo!
V.—EL ASALTO NOCTURNO
VAN-STAEL era un marino valiente y un hombre de gran energía, y la tripulación no lo ignoraba. Profundo conocedor de los hombres de raza amarilla, sabía que la más pequeña debilidad de su parte podría serle funesta, comprometiendo el éxito de la empresa que tan felizmente habían comenzado.
Su actitud resuelta produjo excelente efecto en la tripulación, turbulenta por naturaleza, pero también muy cobarde. Los pescadores fueron los primeros en ponerse al trabajo, imitándoles los preparadores, los cuales encendieron las fornallas; pero ni unos ni otros trabajaban con la diligencia de los días precedentes.
El miedo los tenía cohibidos, y a no ser por la persuasión en que estaban de no ser Van-Stael hombre que pasara por movimiento mal hecho, no habrían tardado en refugiarse en el junco, abandonando el trépang que se oreaba bajo los toldos.
A pesar de la activa vigilancia del Capitán, del Piloto y de los dos jóvenes, cambiaban entre ellos rápidas palabras, señalando la altura donde habían visto brillar el fuego misterioso, y echaban ojeadas temerosas a las peñas que rodeaban la bahía, como si temieran ver aparecer de improviso a los salvajes.
Tampoco estaban muy tranquilos el Capitán y sus compañeros. Presentían algo grave. Temían que los salvajes estuvieran preparando algún furioso asalto nocturno. Aunque nada sospechoso se viera ni se oyera en la llanura, había muchos indicios de que los salvajes tramaban algún plan.
Hacia el Mediodía habían visto muchas bandadas de aves salir volando de los bosques de eucaliptos y dirigirse hacia el Norte. Eran papagayos del tamaño de tórtolas, con las plumas amarillas, verdes y azules, pertenecientes a la especie de los trichoglosses; chiorias-alba, especie de palomas algo mayores que las nuestras y con el plumaje blanquecino; milvus, de plumas rizadas, blancas y negras; cacatúas y palomas magníficas, del tamaño de faisanes y con las plumas del pecho azules, con reflejos metálicos, y las del dorso verdes obscuras, con reflejos dorados.
Si estos pájaros abandonaban aquellos bosques en tan gran número debía de ser por algún grave motivo. La presencia de unos cuantos salvajes no habría bastado para espantarlos.
Más tarde, el Capitán y Cornelio, que se habían encaramado en lo alto de una roca para observar la llanura, vieron salir de aquellos bosques muchos warangales huyendo hacia el Sur.
Los perros salvajes, llamados dingos, se parecen más a las zorras que a los lobos. Son fuertes y fieros, y cuando están reunidos no le temen al hombre. Si huían era, sin duda, porque no se tenían allí por seguros.
A la caída de la tarde, algunos casoares, grandes aves que tienen, a veces, hasta cinco pies de alto y cuyas alas están reducidas a una especie de muñones, que no les permite volar, huyeron a todo correr por la llanura.
—Querido Cornelio—dijo el Capitán bastante inquieto—, creo que se nos prepara una mala noche.
—¿Temes un asalto?
—Sí, hijo mío.
—Somos cuarenta, tío querido.
—Por lo que se ve, sigues contando con los chinos. A los primeros disparos huirán a las chalupas, y nos dejarán solos.
—Es que tenemos dos lantacas a bordo, y podríamos desembarcarlas.
—Es verdad; pero no bastarán para rechazar a esa canalla.
—¿Temes que sean muchos?
—En las costas meridionales de Australia quedan pocos indígenas, porque los colonos ingleses han ido acabando poco a poco con todos ellos; pero aquí en las septentrionales los hay todavía en gran número, y podríamos tener que vérnoslas con cuatrocientos o quinientos hombres.
—Un verdadero ejército para nosotros, que ni siquiera podemos contar con los chinos. La cosa se pone seria, tío.
—Sí, Cornelio.
—Refugiémonos en el junco. Me han dicho que los salvajes australianos no tienen canoas.
—Es verdad; pero ¿y nuestro trépang? Si se dan cuenta de que hemos abandonado la playa, saquearán el campamento, y en pocas horas perderemos el trabajo de siete días, y con él muchos miles de pesos, pues ya tenemos recogida una verdadera fortuna en moluscos.
—Y ¿no podríamos embarcarlo?
—Es demasiado pronto, y se echaría a perder.
—Pues estamos en una cruel disyuntiva, tío. ¿Crees que los chinos dormirán en tierra? Yo tengo mis dudas.
—Les obligaré a ello, aunque tenga que emplear la fuerza. Si los salvajes nos ven en gran número, podrán detenerse; pero si sólo se encuentran con nosotros cuatro, no dudarán en asaltar el campamento. Bajemos, Cornelio.
Había cerrado la noche, una noche obscura como boca de lobo, pues la luna se había ya puesto y el cielo estaba cubierto de grandes nubarrones, que un viento cálido empujaba hacia el golfo de Carpentaria.
Los chinos habían ya suspendido el trabajo, y después de cenar se habían agrupado en la playa, discutiendo animadamente con el Piloto y con Hans. No querían pasar la noche en tierra, y todos estaban resueltos a retirarse a bordo del junco.
Cuando el Capitán y Cornelio llegaron al campamento habían ya botado al agua las chalupas y estaban embarcándose en ellas, a pesar de las amenazas de Van-Horn.
La llegada de Van-Stael los contuvo.
—¿Dónde vais?—les preguntó el Capitán amartillando resueltamente el fusil.
—A bordo—dijeron algunos.
—¡A bordo, hato de haraganes! ¿Vais a abandonar el trépang? ¡Desembarcad, o al primero que toque un remo lo mato como a un perro! Aquí nos quedamos nosotros, y aquí os quedaréis vosotros también.
—Es que los salvajes nos amenazan, señor—dijo un cabo de pescadores.
—También amenazan a mi trépang, y no me da la gana de perderlo—respondió Van-Stael—. ¡A tierra, os repito!...
—Defended vos vuestro trépang—dijo una voz.
—¡Eh, tunante; ven aquí a repetir esas palabras, si te atreves, o deja al menos que yo te vea la cara!—dijo el Capitán, perdiendo la paciencia.
Ninguno respondió; pero tampoco ninguno hizo el menor ademán para saltar en tierra.
—¡Ah! ¿Os rebeláis?—exclamó el Capitán—. ¡Van-Horn, Cornelio, Hans, desembarcad las lantacas, y si estos hombres intentan alejarse, haced fuego contra las chalupas!
El Piloto y los dos hermanos no se hicieron repetir la orden. Se agarraron a los bordes de las chalupas y con dos vigorosos empujones las embarrancaron en la playa, sacando a tierra las dos lantacas.
Los chinos, que tenían más miedo al Capitán que a los salvajes, bajaron a tierra, aunque murmurando.
Van-Stael, para animarles un poco, hizo destapar un barrilito de sam-sciú, especie de aguardiente de arroz fermentado que se fabrica en China, y lo distribuyó abundantemente entre todos. Si sabía hacerse temer de aquella gente, sabía también hacerse querer.
—¡Animo!—les dijo—. No somos tan pocos que nos vayamos a dejar comer de un bocado por los australianos, y ni las armas, ni la pólvora, ni las balas nos faltan. Mostremos a estos brutos cómo se defienden los hombres de mar.
Estas animosas palabras produjeron poco efecto en la tripulación china, que, en vez de acampar junto a las fornallas y los toldos, se quedó en la playa, para poderse embarcar más fácilmente. Decididamente, los holandeses no debían contar para nada con aquellos hombres, más dispuestos a huir que a ayudarlos.
Van-Stael tenía que resignarse; pero no dejó de tomar sus medidas para defenderse de los antropófagos.
Hizo colocar las dos lantacas en la playa, de manera que batieran los dos pasos abiertos entre las rocas de la costa y por las cuales podían desembocar los indígenas. Después mandó traer a tierra un centenar de botellas vacías, que hizo reducir a cascos, los cuales esparció alrededor de los toldos de trépang. Aquellas puntas agudas y cortantes eran un serio obstáculo para los pies desnudos de los antropófagos.
Terminados aquellos preparativos, esperó tranquilamente la acometida del enemigo, haciendo él la primera guardia en compañía de Hans y de seis chinos, escogidos entre los mejores. Van-Horn y Cornelio debían relevarle a media noche.
Esta era obscura y muy a propósito para un asalto. Los silbidos del viento, al pasar por entre las peñas, y el ruido del oleaje al batir en las escolleras, bastaban para impedir que pudiera sentirse la aproximación de un ejército de salvajes.
Van-Stael y Hans estaban muy apercibidos y no apartaban la vista de las peñas. De vez en cuando, mientras los chinos, más espantados que nunca, permanecían amontonados junto a las tiendas, llegaban hasta los depósitos de trépang, temerosos de que los indígenas los estuvieran saqueando, o reconocían la playa para asegurarse de que las anclas del junco seguían sólidamente agarradas a los fondos.
Ningún indígena se veía por allí, ni la menor sombra humana se dejaba ver por las escolleras ni por las rocas que rodeaban la bahía. Sin duda los antropófagos no se atrevían aún a dar el asalto.
A media noche, Van-Horn y Cornelio, que sólo habían dormido con un ojo, como suele decirse, entraron a hacer la segunda guardia con diez chinos.
—¿Nada de nuevo, tío?—preguntó Cornelio al Capitán.
—Hasta ahora no; pero no os descuidéis, pues temo que la noche no pase sin alarmas.
Entró en la tienda con Hans, que se caía de sueño, y el piloto y Cornelio se sentaron junto al fuego con los fusiles entre las rodillas.
Media hora llevarían velando cuando oyeron a corta distancia lúgubres aullidos.
—Los warangales—dijo Van-Horn, levantándose—. ¿Cómo se atreven a llegar tanto aquí esos perros salvajes? ¿Qué os parece, señor Cornelio?
—Algún perro hambriento—respondió el joven.
—¡Hum! No me parece eso.
—Pues ¿qué creéis que sea?
—Tal vez una señal.
—Pues a mí me han parecido esos aullidos naturales.
—¿Veis algo?
—No.
En aquel instante se oyó de nuevo el aullido, pero más cercano.
—No es un warangal, señor Cornelio—dijo Van-Horn, palideciendo—. Esto es una señal; no me equivoco.
—¿Se acercarán los salvajes?—preguntó el joven, levantándose con rapidez.
—¡Silencio!
—¿Habéis oído algo?
—Mirad allí, junto a las hornillas. ¿Veis algo?
—Sí, descubro una sombra negra. La noche está obscura; pero la veo moverse.
—Y yo veo otras sombras bajar por las rocas.
—Es verdad. Ahora veremos.
Cornelio salió del espacio iluminado por el fuego, se echó a tierra y apuntó. Iba ya a disparar, cuando entre los hornillos estallaron gritos agudos, a los que respondieron otros, cerca de los depósitos de trépang. No eran gritos de guerra o de triunfo, sino alaridos dolorosos.
—¡Ah!—exclamó Van-Horn—. Los vidrios de las botellas destrozan los pies de los caníbales. ¡Fuego contra ellos!
Se dirigió hacia la lantaca, que tenía cerca, y después de apuntarla hacia las sombras que se movían, la disparó, cubriéndolas de una lluvia de metralla. Al cañonazo siguieron otros siete u ocho disparos de los chinos de guardia.
Los gritos, de dolor se trocaron en tremendo vocerío. Una masa enorme de cuerpos humanos se precipitaba por las rocas con velocidad vertiginosa: eran ciento, doscientos, cuatrocientos; porque parecía que no acababan nunca.
Van-Stael, Hans y los chinos, despertados por el vocerío y los disparos, se pusieron en pie; pero mientras los dos primeros se dirigían hacia los depósitos de trépang, para evitar que fueran saqueados, los chinos huían en tropel hacia la playa para embarcarse en las chalupas.
—¡Adelante, muchachos!—había gritado el Capitán; pero sólo siete u ocho hombres le siguieron.
Eran un puñado de hombres contra un ejército; pero no cabían vacilaciones en aquellos momentos.
El Capitán y los suyos avanzaron descargando los fusiles contra las espesas filas de los asaltantes, mientras el piloto, que se había quedado solo, disparaba la lantaca, sembrando la muerte con una granizada de hierro y de plomo.
De pronto, los antropófagos se detuvieron en su formidable asalto. Los que llegaron primero a los depósitos de trépang, al pisar con los pies desnudos sobre los vidrios, se echaron atrás, dando alaridos. Algunos, que cayeron entre los pedazos de botellas, que les cortaban las carnes, se retorcían desesperadamente, regando el terreno de sangre. Los otros, espantados y no sabiendo de qué peligro se trataba, se detuvieron también vacilantes, hasta que, al fin, optaron por volver las espaldas y huir hacia las peñas.
Una doble descarga de las lantacas y los fusiles apresuró su retirada, y en breve desaparecieron todos por la vertiente opuesta.
—¡Bravo, valientes muchachos!—gritó Van-Stael—. Es una lección que no olvidarán en mucho tiempo. ¡A los depósitos de trépang, amigos míos! Veo algunos indígenas moverse por allí.
Se lanzó hacia las tiendas, entre las cuales se revolcaban algunos australianos en las últimas convulsiones de la agonía; y cuando estuvo cerca dió un grito de furor.
—¡Oh!... ¡Miserables!
—¿Qué pasa, tío?—preguntaron Hans y Cornelio, que habían acudido a la exclamación de Van-Stael.
—¡Que estamos arruinados, hijos míos!
—¿Han saqueado los depósitos?
—Peor que eso. Nos han imposibilitado para pescar más, pues han robado las calderas, y no tenemos otras.
—¡Las calderas!—exclamó Cornelio.
—Sí, sobrino—dijo el Capitán con voz ronca—. ¿Cómo vamos a preparar en adelante el trépang? La estación de pesca apenas ha comenzado y no tenemos aún más que la décima parte de la carga.
—¡Sigámosles, tío!—exclamó Cornelio.
—¿A quiénes? ¿A los ladrones?
—Y ¿por qué no? ¿Vais a volver a Timor con esas pocas olutarias, mientras podemos pescar diez veces más?
—Yo opino lo mismo—dijo Hans—. Aprovechemos los momentos para seguirlos.
—Pero ¿querrán venir con nosotros los chinos?
—No, señor—dijo Van-Horn, acercándose—. Esos cobardes se han embarcado y se resistirán a volver a tierra.
—¡Canallas!—exclamó el Capitán con ira—. ¡Ahora todo se ha perdido!
—Y ¿qué pueden hacer los australianos con nuestras calderas? Estoy seguro, Capitán, de que las han abandonado en la llanura, para no cargar con un peso inútil, que les estorbaría en su fuga.
—Tal vez tengas razón, mi viejo Horn. Vaya, no perdamos tiempo; y si los salvajes están todavía a tiro de fusil, tratemos de aligerar su retirada. Al ser asaltados, quizá abandonen las calderas. ¡Andando; a escalar las rocas!
VI.—LA ORGÍA DE LA TRIPULACIÓN
ERA inútil pensar en seguir pescando mientras no volvieran a su poder las pailas para la preparación del trépang. Cierto es que hubieran podido secar al sol los moluscos; pero esta operación requería mucho tiempo, y no podían disponer de él a causa de la hostilidad constante de los salvajes.
Como había observado el piloto, no era probable que los australianos hubieran transportado muy lejos las pailas, tanto por su peso, relativamente grande, como por su ninguna utilidad para ellos. No podían, con todo, los pescadores perder el tiempo; porque si los fugitivos llegaban a los bosques de eucaliptos sin abandonar su presa, no les quedaba otro recurso al Capitán y los suyos que levar anclas y desplegar las velas, abandonando aquella bahía tan rica en olutarias.
Van-Stael se lanzó a todo correr por una de las gargantas de las rocas, seguido del piloto, de Cornelio y de Hans. Aunque aquel paso era áspero y difícil, lo atravesaron en pocos minutos y bajaron a la llanura.
La obscuridad era tan completa, que no podían distinguir los grupos de caníbales, aunque oían muy bien su salvaje clamoreo, alejándose hacia el Este, en dirección de la colina y el bosque.
—No están a más de una milla de aquí—dijo el Capitán, después de escuchar con atención un rato.
—Tratan de llegar al bosque—dijo Cornelio.
—¿Está lejos?—preguntó Van-Horn.
—Seis o siete millas.
—Hay que darse prisa, Capitán. Ya sabéis que los australianos son buenos andarines.
—También nosotros tenemos buenas piernas. Si logramos ponernos a tiro, les haremos fuego. ¡Adelante, y con cuidado para no caer en emboscadas!
—Y para ver si han abandonado las calderas—añadió Van-Horn.
Siguieron a buen paso, inclinándose hacia el Este; pero los australianos no se dormían tampoco en su marcha, pues la delantera que les llevaban no menguaba un ápice, a juzgar por el rumor de sus voces.
El Capitán, que no estaba tan ágil como los dos jóvenes, maldecía de la ligereza de los salvajes, y Van-Horn seguía a duras penas la marcha, resoplando como una foca.
De pronto, cuando llevaban andadas cerca de dos millas, el viejo piloto tropezó en un cuerpo duro, que despidió un sonido metálico.
El encontrón había sido tan brusco, que estuvo a punto de caerse; pero se repuso al momento, y exclamó:
—¡No me había equivocado!
—¿Qué has encontrado, viejo?—le preguntó el Capitán.
—Ya os decía yo que no tardarían estos caníbales en desembarazarse de un peso inútil. Me ha faltado poco para romperme la cabeza contra una de nuestras calderas.
—¡Qué suerte! ¿Estará la otra por estos alrededores?
—Nada extraño sería. Los mismos motivos que han tenido para abandonar ésta tienen que inducirlos a soltar la otra.
—¡Silencio!—dijo Cornelio.
—¿Qué hay?
—No oigo más los gritos de los salvajes, tío.
—¿Habrán ya llegado al bosque?
—¿Habrán advertido que los seguimos?
—Preferiría que volviéramos a la playa, ahora que tenemos una caldera. Podríamos muy bien pasarnos sin la otra.
—¡Oh, oh!—exclamó Van-Horn—. ¡A tierra todo el mundo!
Oíase en el aire un extraño ruido que se acercaba rápidamente. Los cuatro holandeses se dejaron caer al suelo, aunque Hans y Cornelio ignoraban el peligro que les amenazaba.
Poco después, a pocos pasos de ellos, oyeron un ligero golpe, como si un cuerpo duro hubiera tocado contra el suelo. Después volvieron a oír un ruido semejante; pero esta vez alejándose.
—Es un bomerang—dijo Van-Stael—. Esos tunos se han dado cuenta de que los seguimos.
—¿Es uno de esos palos ligeramente curvados, de que me hablaste?—preguntó Cornelio.
—Sí, y hubiera podido rompernos la cabeza a cualquiera de nosotros.
—Me parece que ha vuelto atrás después de tocar al suelo.
—Ha vuelto a la mano del hombre que lo lanzó.
—¿El bomerang?
—Sí, Cornelio. El bomerang, que es sencillamente un palo de unos tres pies de largo, algo redondo en uno de sus extremos, es un arma sorprendente; pero que sólo los australianos saben manejar. Lo lanzan hacia adelante, y después de dar en el punto a que lo dirigen, vuelve a sus manos, describiendo en el aire una curva parecida a una parábola. Si tiene ese hecho su razón en la forma especial del bomerang, o en la manera de arrojarlo, o en ambas cosas a la vez, no se sabe a ciencia cierta.
—¿Estará muy lejos el salvaje que lo ha lanzado?
—A cincuenta o sesenta pasos. ¿Distingues algo?
—Está tan obscuro, que no se ve a un hombre a quince pasos de distancia.
—Batámonos en retirada, Capitán—aconsejó Van-Horn—. Si se enteran de que no somos más que cuatro, se nos echarán encima. No hay tiempo que perder, porque dentro de media hora empezará a clarear.
—Y ¿qué hacemos con la paila?
—La llevaremos entre nosotros dos. Vuestros sobrinos, que son muy buenos tiradores, se encargarán de tener a raya a los salvajes.
—Tienes razón, viejo mío. Si el alba nos sorprende lejos del campamento, estos tunos se nos echarán encima y tendremos que abandonar la caldera. ¡Hans, Cornelio!: os confiamos nuestra defensa.
—El primero que se acerque demasiado es hombre muerto—dijo Cornelio—. Mis balas van adonde yo las mando.
—Apresuraos, tío—dijo Hans—. Creo percibir sombras negras moviéndose a lo lejos.
—Partamos, Van-Horn.
Cargaron entre los dos con la caldera, que pesaba cerca de un quintal, y se pusieron en marcha, aligerando lo posible el paso, mientras los dos jóvenes, con los fusiles dispuestos, no perdían de vista a los salvajes, los cuales avanzaban en dispersión para presentar menos blanco a los tiros enemigos.
Ya no podía caber duda alguna. Advertidos de que los seguían, se detuvieron, preparándose a un nuevo asalto, pero con gran prudencia, pues ignoraban la fuerza de sus enemigos. De cuando en cuando, algún bomerang sonaba en el aire y volvía a las manos del que lo había arrojado; pero la obscuridad protegía a los cuatro holandeses, los cuales apresuraban su retirada para no ser descubiertos.
No podía tardar en ser de día, y si los australianos llegaban a verlos era segura su acometida, que sólo cuatro hombres, aun armados de fusiles y resueltos a defenderse, no eran bastantes para resistir.
—¡Adelante!—repetía Van-Stael, que trataba de adelantar camino—. Pronto llegaremos al campamento, y, una vez allí, podremos refugiarnos en el junco.
El peso de la caldera les impedía caminar con rapidez; por otra parte, el terreno, pedregoso y cubierto de malezas, les obligaba a dar rodeos, haciéndoles perder un tiempo precioso.
Estaban ya a mil quinientos pasos de la cadena de peñas que limitaban la bahía, cuando los australianos, que hasta entonces los habían seguido andando a gatas, se pusieron en pie. ¿Se habían ya dado cuenta del exiguo número de sus enemigos y se decidían a asaltarlos?
—¡Hans! ¡Cornelio!—exclamó Van-Stael—. ¡Estad muy prevenidos!
Dos tiros de fusil le respondieron. Los dos valientes jóvenes habían comenzado el fuego, y sus balas debieron de hacer blanco, porque a los disparos siguieron rabiosos alaridos y gritos de dolor.
—¡Huíd!—gritó Van-Stael.
—Aún no, tío—dijo Cornelio—. Tira al centro de las filas, Hans, y no desperdicies las balas.
—Están sólo a cien pasos, y los veo muy bien, Cornelio.
—¡Fuego, pues!
Un momento después resonaron otros dos disparos. Los alaridos de los australianos les hicieron ver que también habían acertado en su puntería, poniendo a dos enemigos más fuera de combate.
Los dos jóvenes retrocedieron precipitadamente, cargando los fusiles, y llegaron adonde estaban el Capitán y el piloto, los cuales no habían abandonado la caldera.
—¿Estáis heridos?—les preguntó Van-Stael.
—No, a Dios gracias—respondieron.
—Poneos fuera del alcance de los bomerang. ¿Está lejos la bahía?
—Estamos ya muy cerca; pero empieza a clarear. Las estrellas brillan ya muy poco—dijo Hans.
—¡Un último esfuerzo, Van-Horn!
—Soy de hierro, Capitán.
—¡Helos ahí!—exclamó Cornelio—. ¡A mí, Hans!
Los australianos se acercaban a la carrera, dando gritos y blandiendo sus azagayas de puntas de hueso y sus hachas de piedra verde, sujetas a los mangos con goma xantorrea, que es solidísima.
A los primeros albores pudo distinguírseles fácilmente. Eran como trescientos o cuatrocientos; todos de mediana estatura y miembros débiles, cabezas lanudas y pechos cubiertos de tatuajes. Adornábanse con collares de dientes de animales y llevaban por toda vestimenta pieles de kanguro sobre los hombros. Iban pintados imitando esqueletos, como el jefe de la tribu que estaba preso a bordo del junco.
Guiábanlos tres jefes, fáciles de reconocer por las plumas de cacatúa con que se adornaban la cabeza y por las colas de perro salvaje que llevaban a la cintura.
Tampoco faltaban entre ellos algunos malgara docks, sacerdotes y médicos a un tiempo, que tanto curan heridas o enfermedades como celebran matrimonios.
Aquella turba feroz y hambrienta se disponía a arrojarse sobre los cuatro blancos, con cuyos cuerpos contaba para darse un banquete; pero el temor los tenía vacilantes.
Cornelio y Hans, parapetados tras de unos pedruscos, hacían fuego sin cesar, procurando herir a los jefes y a los sacerdotes, mientras su tío y el piloto se alejaban corriendo para llegar pronto a las peñas, de las cuales distaban ya muy poco. Tenían esperanza de llegar pronto a la orilla del mar si los dos valientes jóvenes conseguían retardar el asalto algunos minutos.
Los australianos, que temían que se les escapara su presa, no cejaban, a pesar de los incesantes disparos de Hans y de Cornelio.
Adelantábanse, aunque lentamente, blandiendo las azagayas, las hachas y los bomerang, vociferando como locos y prorrumpiendo en aullidos feroces cada vez que uno de ellos caía a tierra, muerto o herido por un disparo.
Los dos heroicos jóvenes seguían resistiendo, para dar tiempo a su tío y al piloto de llegar a la costa. Peleaban como soldados veteranos, cargando y descargando sus fusiles sin cesar un punto.
Cuando se vieron dentro del alcance del bomerang fueron retrocediendo paso a paso hasta ponerse a unos seiscientos de la costa, donde se apostaron tras de unas peñas.
—Que apuntes bien, Hans—dijo Cornelio—. El tío y Horn están ya cerca de las rocas, y si podemos retardar el avance de los salvajes unos cuantos minutos, la caldera estará a salvo. ¡Guárdate de los palos volantes y de las hachas!
—No temas, Cornelio; mis balas no se pierden.
—¡Fuego!
Otros dos salvajes, que se distinguían por sus desaforados gritos y que iban delante de los demás, animándolos, cayeron a unos cuatrocientos pasos de nuestros jóvenes. La muerte de aquellos dos hombres, uno de los cuales era brujo o sacerdote, pareció excitar la furia de los salvajes.
Abandonando toda precaución, avanzaron como un torrente impetuoso, dando gritos horribles y arrojando sus azagayas, sus hachas y sus bomerang.
No era ya posible detenerlos: para ello hubiera sido preciso un cañón cargado de metralla. Cornelio y Hans descargaron una vez más sus fusiles, y después huyeron, confiando su salvación a sus piernas.
El Capitán y Van-Horn habían ya llegado a las primeras rocas y las escalaban, empujando la caldera delante de ellos.
—¡Pronto, muchachos!—gritó Van-Stael, al ver a sus sobrinos seguidos por los caníbales.
—No temáis, tío—le contestó Cornelio—; tenemos buenas piernas.
Entre tanto los salvajes, aunque corrían a la desesperada, sin dejar de lanzar sus armas, no lograban alcanzar a los dos jóvenes, que corrían como ciervos.
En pocos momentos llegaron a las rocas y las escalaron sin detenerse.
Iban a volverse para disparar otra vez, cuando vieron al Capitán abandonar la caldera.
—¿Estás herido, tío?—le preguntó Cornelio, corriendo hacia él.
—¡No! ¿Oyes?... ¡Escucha tú también, Van-Horn!
Todos aguzaron los oídos. Mientras por el lado de tierra seguían oyéndose los gritos salvajes de los australianos, hacia la bahía percibíanse risotadas, cantos y gritos proferidos por voces roncas, como de borrachos.
—¡Gran Dios!—exclamó Van-Horn—. ¿Qué han hecho nuestros chinos?
—¿Se habrán vuelto locos de miedo?—dijo Cornelio.
—¡No! ¡Me temo que todos estén borrachos!—murmuró el Capitán, poniéndose pálido—. En mi camarote había cinco barriles de sciam-sciú. ¡Corramos pronto, amigos, o habrá una horrible matanza!
Abandonaron la caldera, que rodó hasta la llanura chocando de roca en roca, y con el corazón oprimido por la angustia y la frente bañada en frío sudor, atravesaron la última línea de rocas y bajaron hacia la playa.
VII.—LOS DEVORADORES D E C A R N E H U M A N A
EL Capitán no se había equivocado: en el campamento reinaba el desorden más espantoso.
La tripulación china, que los había abandonado vilmente en el momento en que iban a emprender la persecución de los salvajes para recobrar las calderas, no estaba a bordo del junco. Todos habían desembarcado, y estaban dispersos entre las tiendas, los depósitos de trépang y las hornillas; ¡pero en qué estado!
Aquellos miserables, en vez de prepararse para hacer frente a los australianos en el caso probable de que volvieran a presentarse, se habían aprovechado de la ausencia de los blancos para saquear la despensa del buque y el camarote del comandante.
Olvidando la más elemental prudencia, todos habían desembarcado, abandonando el junco, con peligro de que el viento o las corrientes lo arrojaran contra la costa, y se entregaron a una desenfrenada orgía.
Después de romper los barriles de carne salada y de comerse las conservas, cuyas cajas se veían esparcidas por el suelo, embistieron con el sciam-sciú del Capitán y se emborracharon por completo.
Unos yacían amontonados; otros seguían bebiendo y cantando con voces roncas y destempladas; los había en estado de verdadero delirio, que se peleaban como fieras, dándose furiosos puñetazos en las peladas cabezas, mientras que otros, que no habían perdido del todo los sentidos, se entregaban al juego en medio de atronador vocerío. El jefe de los pescadores y el contramaestre, agarrados del brazo, bailaban en torno de los barriles, declamando versos chinos.
Ninguno de aquellos beodos se acordaba de los salvajes, ni mucho menos del Capitán y sus compañeros, a quienes daban ya por muertos y asados. Van-Stael, arrebatado de furor, se lanzó en medio de aquella patulea de borrachos, gritando:
—¡Miserables! ¿Qué habéis hecho?
El jefe de los pescadores se le puso delante, vacilando sobre sus altos zuecos de planta de fieltro, diciendo:
—¡Hola! ¡Os creía muerto, Capitán!
—¡Os habéis emborrachado, canallas!—le dijo Van-Stael, amenazándole con el puño.
—¡Sí, sí!—añadió el chino, tartamudeando—. ¡Bebed... el sciam-sciú es... excelente!... Aún... queda... Lo juro...
—Pero, ¡desgraciado!; ¿no oyes los gritos de los salvajes?
—¡Los salvajes!... ¡Ah, sí!... Bebamos sciam-sciú. ¡Bebamos!
—Te van a comer, ¡estúpido!... ¡A bordo! ¡A bordo! ¡Miserables!
El chino balanceó estúpidamente la cabeza y comenzó otra vez su baile alrededor de los barriles, acompañándose con cánticos. Van-Horn lo echó a rodar de un tremendo puntapié.
Entre tanto, Hans y Cornelio se habían precipitado hacia los otros para obligarles a huir en las chalupas; pero aquellos desgraciados ni atendían a razones ni llegaban a comprender el tremendo peligro en que estaban. Uno solo, menos ebrio que los demás, se apresuró a ganar una de las chalupas; pero los demás siguieron jugando, bebiendo, cantando o durmiendo.
—Tío—dijo Cornelio—; están todos borrachos perdidos y no es posible hacerles entrar en razón.
—¡Oh, miserables—exclamó el Capitán, empujando con rabia al maestro y al cabo de pescadores hacia las barcas—. ¡Esto era cuanto me faltaba! ¡Pronto, Van-Horn, Hans, Cornelio: coged a estos bribones y echadlos en las chalupas!
—¿Tendremos tiempo para eso? Oigo ya muy cerca los gritos de los australianos—dijo el piloto.
—Tratemos de salvar a los más que podamos. ¡Pronto, amigos! No perdamos los minutos, que son preciosos.
Lanzáronse los cuatro en medio de aquella turba de borrachos, que no querían atender a razones, y a puñetazos y puntapiés condujeron a diez o doce a la playa, y fueron arrojándolos uno a uno en la chalupa más cercana. Varios de ellos, testarudos, como todos los borrachos, se resistían a embarcarse, tratando de acercarse a los barriles para beber un último sorbo.
Los cuatro holandeses iban ya a traer a las chalupas a los demás chinos, cuando los salvajes, que desembocaban ya por las dos gargantas, entraron en el campamento con ímpetu irresistible.
—¡Huíd!—gritaron Van-Stael, Van-Horn y los dos jóvenes, echando mano de las armas.
Los chinos, al oír el clamoreo de los caníbales y al ver caer sobre ellos una lluvia de azagayas y bomerangs, comprendieron, al fin, el peligro que les amenazaba, y al punto se les disiparon los vapores de la borrachera. Por desgracia, era ya demasiado tarde para que pudieran embarcarse en las chalupas.
Los salvajes los rodearon al momento. El Capitán y sus compañeros habían tenido tiempo de huir hacia la playa, desde donde rompieron el fuego contra los indígenas, apuntando especialmente a los jefes y a los brujos.
¡Vanos esfuerzos! Los salvajes, a pesar de los estragos que las balas hacían en ellos, no retrocedían. Los chinos no caían sin defenderse, luchando desesperadamente a puñetazos y puntapiés y golpeando a los caníbales con las espumaderas, los arpones, los cuchillos y hasta con troncos encendidos que sacaban de las fornallas. Trataban a toda costa de llegar a la playa y ganar las chalupas, donde les esperaban el Capitán y sus compañeros.
Muchos antropófagos yacían en tierra, muertos o gravemente heridos; pero los chinos tenían pocas esperanzas de escapar, y no pocos de ellos habían sido muertos.
Dos veces había disparado Van-Horn las lantacas, aun a riesgo de herir o matar a algunos chinos, y dos veces también intentó Van-Stael abrirse paso por entre los caníbales para socorrer a aquellos desgraciados; pero todo fué inútil.
Al contrario, un centenar de aquellos salvajes intentaron acabar con los blancos y los chinos que presenciaban aquel furioso combate, y se dirigieron tumultuosamente a la playa.
No había que perder un momento. Para los tripulantes que se habían quedado en tierra no había ya salvación posible y los más de ellos habían ya perecido. No era prudente exponer a igual suerte a los que se habían salvado.
—¡A mí, Horn!—gritó el Capitán—. ¡A mí, Cornelio, Hans! ¡Salvemos a los hombres que están en las chalupas!
Manejando los fusiles como mazas, se arrojaron sobre los salvajes, matando a unos cuantos de ellos y logrando contenerlos por algunos instantes; pero los salvajes volvían a arremeter, animándose con gritos feroces.
—¡Huíd!—gritó el Capitán a los chinos de una de las chalupas, que parecían estar medio aturdidos.
En seguida se embarcó en la otra, seguido de Horn, Hans, Cornelio y un joven pescador, que había logrado abrirse paso hasta ellos a arponazos.
Empuñaron los remos y se alejaron a toda prisa, protegidos por los disparos de los dos jóvenes. Los chinos de la otra chalupa trataron de seguirlos; pero los salvajes lograron agarrarla por una de las bandas antes de que se alejara de la orilla y la volcaron con todos los desgraciados que conducía.
—¡A la lantaca, Horn!—dijo el Capitán con acento desesperado—. ¡Apunta bien!
Soltó Horn el remo; cargó rápidamente el cañoncito y regó la playa con una rociada de balines. Siete u ocho antropófagos cayeron; pero los otros se arrojaron al agua, y agarrando a los chinos por las trenzas y por los pies, los sacaron a tierra.
Por algunos instantes se oyeron los desesperados gritos de los amarillos, que a poco fueron sofocados por el espantoso vocerío de los salvajes.
Van-Stael, loco de dolor y de ira, quería volver a tierra para entablar una lucha suprema y morir o vencer; pero Van-Horn, Hans y Cornelio impelieron vigorosamente la chalupa hacia el junco.
Todo se había ya perdido, pues la tripulación había sido aniquilada.
Habría sido, pues, una verdadera locura y un sacrificio inútil entablar combate con enemigo tan numeroso.
—¡Dejadme ir a tierra!—exclamaba el pobre Capitán, mesándose el cabello—. ¡Dejad que vaya a vengar a mi tripulación!
—¿Para haceros matar, señor?—respondía el viejo piloto—. No; hemos hecho todo lo posible por salvarlos, y no debéis seguir exponiendo vuestra vida ni la de vuestros sobrinos.
La chalupa, después de atravesar la bahía, llegó hasta el junco, que había sido abandonado por la tripulación en masa. Subieron al puente, izaron la chalupa para impedir que los salvajes se apoderasen de ella y colocaron la lantaca en el castillo, cargándola de metralla.
—Señor—dijo Van-Horn, acercándose al Capitán, que dirigía miradas feroces sobre los salvajes, esparcidos por la playa—. Creo que nada tenemos ya que hacer en esta bahía.
—¿Qué quieres decir, Horn?
—Que lo mejor sería desplegar velas y hacernos a la mar, antes de que los salvajes encuentren el medio de intentar el abordaje del junco.
—¿Y pretendes que abandone a los chinos?
—No habrán dejado uno vivo, señor. Mirad: encienden grandes hogueras en la playa.
—Es que no debemos dejarles que se los coman tranquilamente, Horn. Tenemos aún una lantaca y nuestros fusiles.
—Y los salvajes se parapetarán detrás de las rocas, poniéndose así a cubierto de nuestras balas.
—¿Y crees tú que los chinos hayan muerto todos? ¿Habrá alguno vivo?
—Se le oiría gritar o lo veríamos. Los caníbales están todos en la playa y en medio de ellos no veo más que muertos.
—Es verdad—murmuró Van-Stael con amargura—. Los han matado a todos y me han inutilizado todo el trépang. ¡Qué pérdida, Van-Horn!
—Nosotros no tenemos la culpa de que se hayan emborrachado nuestros marineros, señor. Si no se hubieran aprovechado de nuestra ausencia para abandonarse a sus instintos rapaces, todos estarían vivos y a bordo de este buque.
—Es verdad. Nosotros lo hubiéramos intentado todo por salvarles. Pero ¿qué dirá nuestro armador al vernos regresar sin olutarias y sin tripulación?
—Peor caso es el de muchos otros pescadores, que perdieron los buques y la vida.
—Es cierto, Van-Horn.
—Partamos, señor. Sólo somos cinco y los antropófagos son, por lo menos, cuatrocientos. Si nos abordan estamos perdidos.
—Bueno, pues levemos anclas y a desplegar velas, Van-Horn. No quiero que mis sobrinos caigan en poder de esos salvajes.
—Señor Hans, señor Cornelio, y tú, Lu-Hang—dijo el piloto dirigiéndose a los jóvenes y al pescador—, ayudadme.
—Levemos el ancla de popa—dijo el Capitán—. El viento sopla del Este, y pondremos la proa hacia la salida de la bahía.
Van-Horn subió al castillo para examinar antes la posición del ancla; pero a poco se le vió palidecer y hacer un gesto de furor.
—¡Capitán!—exclamó con voz descompuesta.
—¿Qué ocurre?—preguntó Van-Stael.
—La cadena está cortada y el ancla perdida.
—¿Cortada? ¡Imposible! Era muy gruesa y además bastante sólida.
—¡También ha desaparecido la de proa!—gritó Cornelio, que había subido también al castillo.
Van-Stael se asomó a la proa y vió que, en efecto, estaba también rota la cadena de la segunda ancla. Sólo había un pedazo de ella pendiente del escobén. El último anillo parecía haber sido roto a hachazos.
Van-Stael se acercó al joven pescador chino y sacudiéndole vigorosamente le dijo apretando los dientes:
—¡Canalla! ¿Qué habéis hecho durante nuestra ausencia? ¿No os bastaba con saquear la despensa de los víveres y la de mi camarote, sino que aun queríais que naufragara el buque?
—No, señor—respondió el chino—. Ninguno de nosotros ha cortado la cadena. Lo juro por Buddha y Confucio.
—¿Estás seguro, Lu-Hang?
—Sí, Capitán. Yo estaba en el puente cuando mis compatriotas tuvieron la desdichada idea de embriagarse con vuestro sciam-sciú, y no vi a ninguno romper las cadenas.
—¿Y quién supones entonces que pueda haber sido?
—No lo sé, señor.
A poco el Capitán se dió un golpe en la frente y lanzó un grito.
—¡Van-Horn!—exclamó.
—¡Señor!
—¿Dónde está el salvaje que hicimos prisionero?
—Debe de estar aún en la cala.
—¡Vamos a ver!
Bajaron a la cámara de proa y pasaron después a la estiba; pero el salvaje no estaba ya allí. En el sitio que había ocupado se veían algunos trozos de cuerda deshilachados, como si hubieran sido roídos por unos dientes fuertes.
—¡Ahora lo comprendo!—exclamó Van-Stael—. El muy pillo, aprovechando la orgía de los chinos, cortó las cuerdas con los dientes y rompió las cadenas a hachazos para que el junco embarrancase en las escolleras de la bahía!
—¿Y por qué no se mueve el barco si no está anclado? El reflujo ha debido llevarle fuera de la bahía.
—Tengo miedo de comprender tus palabras, Van-Horn.
—¿Las comprendéis?
—Sí; estamos embarrancados.
—Tengo ese temor, Capitán.
—Subamos, Van-Horn.
Abandonaron la estiba y subieron a cubierta, asomándose por la amura de babor. Sólo entonces advirtieron que la nave estaba ligeramente inclinada y que su carena se apoyaba a estribor sobre un banco de arena cubierto por media braza de agua.
—Estamos embarrancados—dijo el Capitán, secándose el frío sudor que le bañaba la frente—. ¿Baja la marea?
—Sí, Capitán.
—¿Qué hora es?
—Las once.
—Dentro de cuatro horas será la pleamar. Esperemos con confianza que nos ponga a flote.
—¿Y si no llega la marea a desencallarnos?
—Tenemos la chalupa y nos encomendaremos a Dios y a las olas.
VIII.—EL GOLFO DE CARPENTARIA
ENTRE tanto, los australianos seguían en la playa. No contentos con haber matado a la tripulación china ni con haberse apoderado de los depósitos de trépang, que debían proporcionarles abundantes comilonas, parecían querer apoderarse también de los últimos supervivientes y del junco, creyéndolo cargado de víveres, y, sobre todo, de licores.
Se agitaban vociferando alrededor de las escolleras; medían con sus azagayas la profundidad del agua, esperando encontrar bancos que llegaran hasta el junco, y disparaban sus bomerangs sin resultado alguno, porque aquellos proyectiles no llegaban a su destino, a causa de la distancia, que era de unos dos cables.
Sin embargo, no parecían dispuestos a alejarse, y seguían dando desaforados gritos y blandiendo sus armas en son de amenaza.
Hans y Cornelio no estaban inactivos, y de vez en cuando disparaban contra los más audaces, y sus balas no se perdían, pues a cada disparo veían caer en la playa a un salvaje para no levantarse más. La lantaca se hacía oír también de rato en rato, y la metralla destrozaba las flacas espaldas o los vientres abultados de aquellos salvajes.
—Dejadles que griten a su gusto—dijo el Capitán—. Por ahora no se atreverán a atacarnos. Ocupémonos, pues, en poner el junco a flote, sobrinos míos.
—¿Qué debemos hacer, tío?—preguntaron los dos incansables jóvenes.
—Ante todo, echaremos un ancla a popa para impedir que una ola empuje al junco hacia la playa. Esto no ocurrirá, porque estamos demasiado bien encallados; pero nunca están demás las precauciones.
—Tenemos todavía un ancla—dijo Van-Horn—. Será suficiente para sujetar el barco.
—Luego desplegaremos velas para estar dispuestos a dejar esta bahía apenas estemos a flote.
—Se puede aligerar la nave, Capitán—dijo el piloto—. Tenemos en la estiba más de veinte barriles de agua y quince toneladas de lastre.
—Lo echaremos todo al agua. Que uno de nosotros vigile en el puente, al lado de la lantaca, para que no nos sorprendan los feroces antropófagos.
—Dejaremos a Lu-Hang—dijo Cornelio.
—¿A ése?—exclamó el Capitán arrugando el entrecejo.
—Podéis fiaros de mí, señor—dijo el pescador cayendo de rodillas—. No soy un traidor, os lo juro, y os serviré fielmente.
—Te creo. Está bien; colócate junto a la lantaca y si los australianos se arrojan al agua haz fuego contra ellos.
—Gracias, Capitán—respondió el chino—. Me haré matar si fuera preciso; pero ninguno de esos malditos negros se acercará al junco.
—Pues vete a tu puesto, y en cuanto a nosotros, pongamos manos a la obra.
Los cuatro bajaron a la estiba y fueron trasladando los barriles al pie de la escotilla para subirlos después a la cubierta.
Habían separado apenas tres, cuando advirtieron que todo el lastre estaba mojado.
—¡Calle!—exclamó el Capitán—. ¿Qué quiere decir esto? ¿Se ha roto algún barril o hace agua el junco?
—Todos los barriles están en perfecto estado, señor—dijo Van-Horn.
—¿Se habrá abierto una vía de agua?
—Imposible, Capitán. No hemos tocado contra ninguna roca y el junco fué muy bien carenado al emprender el viaje.
—Es cierto; pero tú sabes que las naves chinas no suelen estar muy bien construídas.
—Tal vez se trate de una simple filtración—dijo Van-Horn—. Tenemos bomba a bordo y luego la haremos funcionar.
—Subid y echad la cuerda—dijo el Capitán a Cornelio y Hans.
Los dos hermanos echaron desde cubierta a la estiba dos gruesas maromas suspendidas de una garrucha. El primer barril fué izado y arrojado al agua, y la misma operación continuaron haciendo con los demás barriles y con la arena del lastre.
Mientras los cuatro holandeses efectuaban tan penosa maniobra, el chino vigilaba con atención. Era el más joven de los pescadores que embarcaron en el junco, pues sólo tenía diez y ocho o diez y nueve años; pero era uno de los más hábiles y nadaba como un pez.
Nacido en Boccatigris, islote próximo a la boca del río Li-Kiang o "de las Perlas", en cuyas orillas está la ciudad de Cantón, se había embarcado muy joven, y hacía ya tres años que estaba a las órdenes del capitán Van-Stael, el cual supo bien pronto apreciar sus méritos.
Era un perfecto ejemplar de la raza mongólica. Aunque de estatura mediana, era vigoroso. Tenía la piel amarilla, los pómulos salientes, los ojos oblicuos y los labios algo pronunciados. Llevaba la cabeza rapada y adornada con la larga trenza que usan todos los súbditos del Imperio Celeste.
Colocado junto a la lantaca, medio oculto el rostro bajo un monumental sombrero de bambú entretejido, que tenía la forma de un hongo, espiaba los movimientos de los caníbales, dispuesto a derramar sobre ellos una lluvia de metralla.
Al parecer, aquellos salvajes habían abandonado por el momento la idea de apoderarse del junco, en vista de la inutilidad de sus tentativas para atravesar el ancho espacio de agua que los separaba de la playa.
Habían perdido casi todos sus bomerangs, los cuales no volvían a sus manos por no encontrar un buen punto de apoyo en el agua. Emprendiéronla entonces con los depósitos de trépang, devorando las olutarias con bestial avidez.
Al pie de las peñas ardían grandes hogueras, señal evidente de que estaban preparando el festín de carne humana.
A las dos de la tarde todos los barriles de agua y el lastre de arena habían sido arrojados al mar, aligerando al buque de un peso de cerca de cuarenta toneladas. El mismo Capitán, para acelerar una operación que tanto podía contribuír a poner a flote el junco cuando subiera la marea, había trabajado con sus propias manos para efectuarla; después se dedicó, en unión del viejo piloto, a trasladar a la banda de babor los víveres, los baúles y todos los objetos pesados para aligerar la banda de estribor, que se apoyaba en el banco.
Cornelio y Hans habían vuelto a la cubierta y reconocían desde allí el banco de arena, que la subida de la marea iba ocultando por momentos bajo mayor cantidad de agua.
—¿Crees que lograremos ponernos a flote?—preguntó Hans a Cornelio.
—Lo espero—respondió éste—, porque según el tío, no será una pleamar ordinaria la que tendremos.
—¿El agua sube en esta costa más que en otras?
—Sí, Hans, porque esta región está bajo la influencia directa de la Luna.
—Es verdad—dijo el Capitán, que había vuelto a subir a cubierta—. A las cuatro y media tendremos una pleamar excepcional.
—¿Todas las pleamares no son, pues, iguales, tío?
—No, Hans.
—¿Son las mareas efecto de las corrientes marinas o de qué?
—Las produce la Luna, y algo también el Sol, por la atracción que ejercen sobre las aguas.
—No entiendo ese fenómeno, tío. Esto de bajar y subir cada seis horas el nivel del mar es para mí un misterio.
—Lo creo, pues durante muchos siglos no se supo explicar ese hecho. Algunos astrónomos y hombres de ciencia muy antiguos como Cleomedes, Plinio y Plutarco, sospecharon que era debido a la influencia de la Luna; pero no lo aseguraban de un modo terminante. Hasta Galileo y el ilustre Kepler andaban todavía en dudas. Newton fué el primero que demostró la posibilidad de que ese fenómeno fuera debido a la atracción de la Luna. Después de él el astrónomo Laplace ha dejado la cuestión completamente resuelta.