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—Pues si tantos hombres ilustres por su ciencia han estado tanto tiempo dudando, me consuelo de mi ignorancia—dijo Hans.
—Y, sin embargo, sobrino, ¡es tan sencillo ese fenómeno! Como sabes, la superficie de nuestro globo está en gran parte cubierta de agua, la cual, por su fluidez, puede moverse. Ejerciendo la Luna una fuerte atracción sobre nuestro planeta, levanta la masa de las aguas. De éstas, las menos sometidas a la fuerza atractiva de la Luna siguen el movimiento, pero más perezosamente, y las que están en el lado opuesto de la Tierra no experimentan los efectos del fenómeno. Tenemos, pues, dos enormes masas de agua sobre la superficie terrestre, de las cuales una mira a la Luna y la otra ocupa la parte de la Tierra opuesta a la atracción lunar.
—Comprendo, tío; pero las mareas cambian. Ahora suben aquí y dentro de seis horas lo hacen en otra parte del globo.
—Eso depende de la rotación de la Tierra. Girando sobre sí misma en el espacio de veinticuatro horas, expone sucesivamente las varias partes de su superficie a la acción de la Luna, obligando a las aguas a un constante movimiento. Ahora nos encontramos nosotros bajo la influencia directa de la Luna y aquí se amontonan las aguas; pero, al girar la Tierra, estas aguas se alejan de esa influencia, que pasa a ejercerse sobre otras.
—Entonces la Luna mantiene a los mares en una perturbación continua—dijo Cornelio.
—Así es; pero no sólo la atracción de la Luna produce las mareas; pues el Sol también tiene su parte en ellas.
—¿A pesar de lo lejos que está de nosotros?—preguntó Cornelio.
—Sí; pero la atracción del Sol es menos intensa que la de la Luna, a causa, sin duda, de la enorme distancia que de él nos separa. Las mareas provocadas por su acción son menos marcadas. Puede decirse que no hace más que modificar las ocasionadas por la acción de la Luna, aumentando o disminuyendo la intensidad de ellas. La atracción del Sol es dos tercios menos enérgica que la de la Luna.
—¿Ocurre alguna vez que se sumen las dos atracciones?
—Sí, Cornelio, y entonces ocurren las grandes mareas. Si la Luna eleva las aguas tres pies, el Sol y ella juntos las hacen levantarse hasta cuatro.
—¿Y a qué se debe que las mareas sean más fuertes en unos lugares que en otros? Porque he oído decir que en algunos puntos de la Tierra llegan a alturas enormes.
—Es cierto, Cornelio, y se explica por la configuración especial de ciertas costas. En medio del Océano las mareas son siempre iguales, salvo en los casos en que se sumen las atracciones de la Luna y del Sol; pero en las inmediaciones de los continentes se advierten grandes diferencias, señaladamente en ciertos mares y golfos, donde sube hasta siete y ocho brazas el nivel de las aguas en la pleamar. En la bahía de Fundy, que está en la costa de Nueva Escocia, sube hasta doce brazas. Las aguas, atraídas por la Luna, se acumulan en ciertas playas; pero, a causa de la velocidad adquirida, continúan su movimiento ascendente, aun después del paso de la Luna por el meridiano, elevándose más de lo normal.
—La Tierra ejercerá también atracción sobre la Luna; eso ni que decirlo hay, ¿verdad tío?
—Sí, y mucho más poderosa que la de la Luna sobre la Tierra, porque la Tierra es mucho mayor que la Luna. Los movimientos que produciría la Tierra en la masa de la Luna cuando estaba, como se supone que estuvo alguna vez, en estado líquido, tenían que ser enormes.
—¡Capitán!—gritó en aquel instante Van-Horn—. Se oyen crujidos en la carena.
—¡Buena señal!—exclamó Van-Stael levantándose apresuradamente—. Aprovechemos estos momentos en que tenemos buena brisa del Este para desplegar las velas.
Los dos jóvenes, el piloto y el chino treparon por las escalas de cuerda y fueron desplegando las velas.
Los salvajes, al notar aquellas maniobras, presumieron que los blancos se preparaban a abandonar la bahía y acudieron a la playa dando furiosos gritos y blandiendo las armas.
Algunos, más audaces, se arrojaron al agua, mientras los otros saltaban hasta los extremos de la escollera; pero un disparo de la lantaca hizo caer a tres o cuatro, refrenando el ardor de los demás.
—¡Preparad la cuerda del ancla!—gritó el Capitán a Van-Horn y al chino—. ¿Sigue la otra a babor?
—Siempre, señor—contestó el piloto.
—¿Crees que resistirá?
—Confío en ello, Capitán.
—Virando algo, creo que podremos ejercer un poderoso esfuerzo por estribor y poner el barco a flote.
—Ayudaremos a la marea.
En aquel momento se estremeció el junco y pareció que tendía a recobrar su nivel. El Capitán se asomó por la amura de estribor y miró al fondo; pero la marea, que seguía creciendo, había cubierto todo el banco y no se le distinguía.
Los crujidos continuaban, y las velas, ejerciendo su esfuerzo hacia babor, ayudaban poderosamente la acción de la marea.
Oyéronse de pronto, bajo la carena, fuertes crujidos, que iban aumentando en intensidad, y el junco, que el viento empujaba hacia en medio de la bahía, se inclinó más.
—¡Resbalamos por el banco!—gritaron Hans y Cornelio.
—¡Y los salvajes adelantan!—exclamó Horn—. ¡Eh, Lu-Hang, mándales unos cuantos confites a esa cáfila de brutos!
El chino disparó la lantaca sobre los salvajes, que avanzaban amenazadoramente dando saltos por las escolleras, para ponerse a tiro de sus azagayas y bomerangs.
Casi al mismo tiempo, el junco, levantado por la marea, salía de su lecho de arena dando un fuerte bandazo.
—¡Pronto, el ancla!—gritó Van-Stael.
Van-Horn, Cornelio y Hans obedecieron rápidamente y maniobrando con vigor en la palanca sacaron del fondo la pequeña ancla.
Van-Stael subió al castillo y empuñó la caña del timón, mientras sus compañeros disponían el velamen para tomar viento en popa y Lu-Hang lanzaba un último disparo contra los australianos, que daban espantosas voces.
Pocos minutos después el junco, ya boyante por efecto de la pleamar, salía a toda vela de la bahía, dirigiéndose al golfo de Carpentaria.
IX.—EL NAUFRAGIO DURANTE EL HURACÁN
AL ver huir la nave, los salvajes, que contaban que siguiera embarrancada, lanzaron furiosos gritos y se dispersaron por la playa con la esperanza de que los fugitivos se vieran obligados a tocar en tierra. Para aquella gente famélica el trépang no había sido más que un aperitivo. El agradable tufillo que despedían los cuerpos de los chinos puestos a asar en las brasas les excitaba terriblemente el apetito.
Al fin tuvieron que perder sus últimas esperanzas, pues el Hai-Nam, impulsado por el viento que soplaba del Este, filaba rápidamente hacia el amplio golfo de Carpentaria. Las velas, hinchadas casi hasta reventar, lo empujaban hacia el Nordeste, y el Capitán lo dirigía al lejano estrecho de Torres, para entrar en el mar de las Molucas y llegar a la isla de Timor.
A pesar del encallamiento, el junco no parecía tener la menor avería y navegaba gallardamente por las espumosas olas del golfo.
—¡Gritad, gritad, que ya no nos pillaréis!—decía Van-Horn mirando a los salvajes que iban perdiéndose en la distancia—: os desafío a seguirnos basta el estrecho de Torres.
—Veo que ya no te dan miedo, viejo Horn—le dijo Cornelio.
—Ni antes me lo daban tampoco; pero esa canalla puede jactarse de haber hecho una buena presa. ¡Pobres chinos!... A estas horas estarán comiéndose sus cuerpos los caníbales; pero la culpa no ha sido nuestra. Si no se hubieran emborrachado todos estarían a salvo a bordo del junco.
—¿Y lograremos nosotros llegar a la costa de Timor?
—¿Y por qué no, señor Cornelio? Somos cinco solamente; pero las maniobras de nuestras velas no requieren muchos brazos, y, además, atravesado el estrecho de Torres, nada tendremos que temer, porque sólo en ese brazo de mar, sembrado de bancos coralíferos y de bajíos, hay algún peligro.
—¡Quiera Dios que no nos sorprenda alguna tempestad! ¡Mira hacia allá, Horn! ¿No ves las nubes que se elevan a la extremidad del golfo?
—Es verdad, señor Cornelio—dijo el marino arrugando la frente—. Esta noche tendremos viento fuerte; pero el junco parece sólido y está ya probado en varias tempestades.
—No digo lo contrario; pero si al encallar ha quedado algo resentido ... Tú sabes muy bien que la carena de estos barcos no es tan segura como la de los europeos.
—También eso es verdad, señor Cornelio. Todos los juncos chinos, lo mismo los grandes, que llaman ts-as-ch'wan, que los pequeños, o towmang, o que los de solo un palo, o ta-yü-ch'wang, suelen estar mal construídos. Muchos de ellos, a lo que se dice, no pueden afrontar los peligrosos bajíos del mar de la China. Aun se añade que sólo el departamento marítimo de Cantón pierde anualmente sobre diez mil marinos a causa de la mala construcción de los barcos chinos.
—Lo cual no es nada halagüeño para nosotros, tripulantes del Hai-Nam.
—Ya os he dicho que nuestro junco es de los mejores, y que tiene muy buena arboladura y que la maniobra puede hacerse muy fácilmente. Vuestro tío no habría consentido en tomar el mando de una almadía.
—¡Eh, Van-Horn!—gritó en aquel momento el Capitán, que seguía en el timón—. ¿No te parece que el junco está algo tumbado de estribor?
El marino, sorprendido por aquella pregunta, miró al puente y se convenció de que, en efecto, el barco estaba inclinado de estribor, cuando, por la posición de las velas, debiera inclinarse del lado contrario.
—¡Esto es raro!—exclamó—. Si llevásemos carga se diría que estaba mal estibada, pero no hay siquiera una tonelada de lastre.
—¿Y qué me dices, Van-Horn?—preguntó el Capitán.
—No me explico esto, señor Van-Stael—contestó el piloto—. ¡Como no sea que tenga el junco alguna avería!
—Sin embargo, navega bien.
—Perfectamente—dijo Van-Horn.
—Más adelante trataremos de averiguar de qué depende este defecto que no había notado antes. Ponte al timón, Horn.
—¿Qué ruta?—preguntó el marino subiendo al castillo.
—Nornoroeste, derecho a la isla Wessel. ¡Hum! El tiempo se nubla y dentro de pocas horas tendremos mar gruesa.
—También yo lo he advertido, señor Van-Stael. Si el viento aprieta, recogeremos velas.
Los dos lobos de mar no se habían equivocado.
A la extremidad meridional del golfo de Carpentaria se iban amontonando nubes obscuras con los bordes color de naranja, y se extendían por el cielo, amenazando cubrirle hasta los límites del horizonte.
Por aquella dirección soplaban de vez en cuando ráfagas de aire caliente, que procedían, sin duda, de las caldeadas regiones de Australia, tal vez de aquel gran desierto de piedra que ocupa gran parte de ese enorme continente.
El mar comenzaba también a agitarse. Las olas iban tomando un tinte amarillento rojizo y se cubrían de espuma.
A las siete de la tarde, mientras el sol se iba ocultando en el horizonte, comenzaban a oírse hacia el Sur los primeros truenos, y algún que otro relámpago iluminaba aquella masa de vapores. El viento arreció de pronto, silbando entre la arboladura de la nave y levantando las olas, que se precipitaban unas sobre otras con roncos mugidos.
—¡Mala noche!—dijo el Capitán a Cornelio y a Hans, que tenían la vista puesta en las nubes—. Por fortuna, el golfo de Carpentaria es amplio y sólo tiene bancos peligrosos alrededor de las islas de Eduard Pellew. Estamos todavía muy lejos de los escollos y bancos de coral del estrecho de Torres.
—¿Amainamos velas, tío?
—La prudencia lo aconseja. Ayudadme, muchachos, y tú también, Lu-Hang.
Las velas altas, que eran muy grandes, podían hacer que el junco se inclinara a estribor hasta hacerle embarcar agua si el viento arreciaba. Hubo, pues, que recogerlas. El Capitán y Hans se apresuraron a plegar la de trinquete, y Cornelio y el chino la del palo mayor. Esta maniobra se efectuó al punto, a pesar de las sacudidas que daba el junco y de la violencia del viento.
La nave, que estaba muy inclinada por estribor, se enderezó un tanto; pero en seguida volvió a acostarse. Oyóse en esto un ruido sordo en la estiba.
—¿Qué es eso?—preguntó el Capitán, admirado e inquieto—. ¿Habéis oído?
—Sí—dijo Cornelio, poniendo atención—. He oído un ruido extraño. ¿Habrá alguien en la estiba? ¿Tal vez algunos salvajes escondidos?
—No es posible. Los hubiéramos visto cuando sacamos el lastre.
A poco se golpeó la frente y palideció.
—¡Gran Dios!—murmuró.
—¿Qué tienes, tío?—le preguntaron Hans y Cornelio.
—¡Van-Horn!—gritó el Capitán, en lugar de responder—. ¿Te parece que el junco conserva el mismo nivel?
—¿Qué queréis decir, señor?—preguntó el marino.
—Te pregunto si te parece que conserva, siempre el mismo desplazamiento.
Van-Horn se inclinó por el coronamiento del castillo y miró hacia abajo. Un grito se le escapó.
—¡Capitán!—exclamó—. ¡Nos vamos hundiendo lentamente! La popa se ha sumergido en poco tiempo más de tres pies. El agua ha cubierto el timón y llega a la orla inferior del cuadro.
—¡Hans, Cornelio, Lu-Hang, a la estiba!—gritó el Capitán—. ¡Sobre nosotros pesa una triste fatalidad!
Todos bajaron a la estiba con el corazón angustiado y las frentes bañadas en frío sudor.
Escapados a los dientes de los antropófagos, y cuando ya se creían en salvo, veían que les amenazaba el peligro de ser tragados por los abismos del golfo de Carpentaria, precisamente cuando comenzaba una tempestad espantosa.
Al llegar al pie de la escala se detuvieron. Van-Stael, que iba delante de todos, había metido un pie en agua.
—¡Luz!—dijo.
Lu-Hang, que iba el último, subió a cubierta, entró en la cámara de popa y volvió con una linterna encendida.
—¡La bodega está inundada!—exclamaron Hans y Cornelio, poniéndose pálidos.
En efecto; la estiba del junco estaba llena de agua, la cual unas veces se inclinaba a babor y otras a estribor, con sordos y pavorosos mugidos, rompiéndose su obscura masa contra los puntales y contra los pies de los palos mayor y trinquete. ¿Cómo había entrado aquella agua? ¿Se había abierto una vía por la mala construcción del buque o durante el tiempo que estuvo encallado?
Van-Stael, pálido por la emoción, con la frente arrugada, dirigía por todas partes miradas de desesperación, tratando en vano de descubrir la avería.
—Y bien, tío—dijo Cornelio—; ¿podremos todavía salvar el barco?
—¡Imposible!—respondió Van-Stael, haciendo un gesto de rabia—. ¡Es demasiado tarde!
—Tenemos una bomba a bordo.
—¡Pero si tenemos lo menos doscientos barriles de agua en la bodega!
—Si se pudiera tapar el boquete...
—Y ¿dónde está? ¿Por qué no nos habremos dado cuenta antes de este desastre?
—Podemos buscarlo. Hasta ahora no hay más que tres pies de agua, y...
—¡Silencio!
El Capitán se había inclinado hacia el agua, aguzando el oído. Hacia popa se oía un sordo murmullo, que parecía producido por una corriente de agua.
—¡Aquí está!—dijo—. Baja, Lu-Hang.
El pescador se sumergió y se dirigió hacia popa, después de haberse desembarazado de la hen-pu (larga blusa de amplias mangas) y del ken-ku (especie de calzones cortos que usan los pescadores y que forman un doble pliegue sobre el vientre).
—Hacia allí—le dijo Van-Stael, indicándole el sitio donde sospechaba que estaba el boquete.
Se vió al pescador caminar por debajo del agua, llevando fuera la mano con que sostenía la linterna. Pocos minutos después salió, y dijo:
—Capitán, alguien ha hecho traición.
—¿Qué quieres decir?
—Que alguien ha abierto una cala en el barco.
—¿Alguien?
—Sí, Capitán. Mis manos han tropezado con un hacha, clavada aún en la madera.
—Y ¿quién puede haber sido ese criminal?
—El salvaje, señor.
—¡Ah, miserable!—gritó Van-Stael—. Sí; ahora comprendo: aquel infame, después de haber roto las cadenas de las anclas, abrió esta vía para impedirnos huir. ¿Y es muy ancha?
—Las olas deben haberla agrandado, porque tiene como pie y medio.
—¡Estamos, pues, perdidos! Nuestra bomba no basta para desalojar el agua que entra.
Subió a cubierta. La noche había cerrado y el golfo de Carpentaria ofrecía un espectáculo horroroso.
Altas olas, con las crestas cubiertas de blanca espuma, iban hacia el Sur con terribles mugidos, rompiéndose impetuosamente contra los costados del junco.
El viento, cada vez más fuerte, silbaba por entre la arboladura, que crujía fatídicamente. Las velas se agitaban en todas direcciones como trapos puestos a secar. El barco no podía mantenerse en equilibrio, porque el viento no tenía dirección fija, y allá a lo lejos, en las costas de la tierra de Arnheim y de la de Torres tronaba y relampagueaba sin cesar.
A veces las olas, saltando por encima de las bordas, inundaban la cubierta. El agua corría por toda ella y salía con fragor de catarata por los canalones de babor y estribor.
El viejo Horn, aunque estaba solo sobre cubierta, afrontaba el huracán con serenidad admirable. Erguido sobre el castillo, con el cabello y la larga barba sacudidos por el viento y las manos en la caña del timón, guiaba valientemente el buque.
—Van-Horn—le dijo el Capitán acercándose—; el junco se hunde bajo nuestros pies. El salvaje, antes de irse, abrió un boquete en la obra viva y el agua tiene inundada la bodega.
—¡Ah, pillo! Y ¿qué pensáis hacer, señor? Si estuviéramos cerca de la costa podríamos intentar alcanzarla, llevando el junco hacia los arrecifes.
—La tierra de Torres está a cien millas de nosotros y el junco se sumergirá dentro de una hora.
—¿No habrá tiempo para construír una balsa?
—¿Con este oleaje? Aunque el tiempo nos sobrara, nos sería imposible construírla.
—¿Queréis que recurramos a la chalupa? ¿Resistirá a la tempestad?
—Con ayuda de Dios, esperemos vencer en esta terrible prueba.
—¡Infame salvaje!
—Las exclamaciones son inútiles, Horn. Es preciso hacer algo antes de que la nave se hunda.
—No olvidéis las armas si abandonamos el junco.
—Será lo primero que embarque. ¡Cornelio, Hans, Lu-Hang, seguidme!
X.—E L H U R A C Á N
UN triste destino pesaba sobre los desgraciados pescadores de trépang.
Después de haber perdido la tripulación, asesinada por los antropófagos de la costa australiana; después de haber visto destruír los depósitos de olutarias, que representaban para ellos y para el armador de Timor una verdadera fortuna, y de escapar milagrosamente de las manos de aquellos feroces salvajes, se encontraban en inminente peligro de hundirse para siempre en el mar.
Si hubieran tenido buen tiempo, como en los días precedentes, habría sido mucho menor su inquietud, a pesar de hallarse en las cercanías de regiones peligrosísimas, tanto por los escollos y los bancos submarinos de que están sembrados sus mares, como por los pueblos salvajes y caníbales que moran en sus tierras.
Pero aventurarse por aquel revuelto golfo en una simple chalupa era cosa de espantar al más valiente. ¿Resistiría aquel barquichuelo, que sólo tenía catorce pies de eslora y que apenas desplazaba ocho toneladas, los tremendos embates del mar y la furia de los vientos? ¿Verían el sol del día siguiente?
Tales eran las inquietudes que atormentaban al Capitán y a Van-Horn, más prácticos que los otros en cosas de mar. Con todo, no perdían el ánimo, y para no asustar a sus jóvenes compañeros, trataban de parecer tranquilos y confiados.
El junco estaba perdido, y se hacía absolutamente preciso abandonarlo cuanto antes. El agua seguía entrando y ya casi llenaba la bodega, viéndose que el buque se hundía como si fuera de plomo. Las olas le pasaban ya por encima y entraban hasta en la cámara de popa, donde Van-Stael, Cornelio y Hans tenían sus literas, y en el departamento de proa, destinado antes a la tripulación china.
Los cuatro holandeses y Lu-Hang hacían a toda prisa los preparativos para el abandono del buque.
Tenían ya en la cubierta los fusiles, algunas hachas, municiones, víveres para una semana, un gran barril lleno de agua, remos, una vela, un palo para sostenerla y algunas mantas.
—¡A embarcar!—ordenó el Capitán.
En pocos minutos todos aquellos objetos fueron colocados en la chalupa, asegurados con cuerdas, y los víveres, las armas y las municiones envueltos en una gruesa tela impermeable.
—Ahora botémosla al mar con la grúa de popa—dijo el Capitán.
—¿No la estrellarán las olas contra la nave?—preguntó Van-Horn.
—Lu-Hang y Cornelio bajarán en ella y tratarán de mantenerla separada del buque. ¡Ayudadme, amigos!
Reunieron sus fuerzas y arrastraron la chalupa hasta la popa, atando después a las anillas las cadenas de la grúa.
—¡A la chalupa!—gritó Horn.
El joven chino y Cornelio embarcaron, y la chalupa fué botada al mar, dejando correr las cadenas por sus garruchas. Apenas tocó el agua, una ola la levantó; pero, afortunadamente, en vez de estrellarla contra el junco, se la llevó hacia afuera, hasta donde lo permitían las amarras.
—¿Resiste?—preguntó Van-Stael.
—Se mantiene a maravilla sobre las olas—respondió Cornelio.
—¿Hace agua?
—Hasta ahora, no.
—Baja, Hans.
El joven se agarró a una cuerda, y, manteniéndose perfectamente sujeto para no ser arrastrado por las olas, llegó hasta la chalupa, ayudándole su hermano a embarcarse. Van-Horn le siguió ágilmente, a pesar de su edad, y, por último, el Capitán entró también en la pequeña embarcación.
—¡Soltadla!—ordenó Van-Stael.
La chalupa, libre ya después de sueltas las amarras, fué arrastrada por una ola gigantesca.
Ya era tiempo. El junco, lleno de agua, casi hasta la segunda cubierta, se hundía con rapidez, arrastrado a los abismos del mar por el enorme peso que llevaba dentro.
Aún se levantaba con fatiga sobre las olas; pero aquéllas eran las últimas señales de vida que daba. Pronto el agua de la estiba llegó al puente, mientras que la del mar, que le entraba a torrentes por la parte de afuera, parecía impaciente por devorar su presa.
Por algunos instantes, y a la lívida luz de un relámpago, se dejó ver todavía la proa del junco sobre la superficie de las aguas; pero pronto desapareció la nave entera entre las olas, formando un remolino espantoso.
Sus palos oscilaron un momento entre las espumas, y luego desaparecieron también en la vorágine.
—¡Pobre nave!—exclamó conmovido el Capitán—. ¡Quién sabe si pronto te seguiremos!...
Entre tanto, la chalupa se alejaba con rapidez del lugar del naufragio, llevada por las olas, que se dirigían a la extremidad meridional de aquel inmenso golfo.
Van-Horn se había sentado en el puesto del timonel y Cornelio y Hans, ayudados por el muchacho pescador, habían izado el palo y desplegado la vela.
—¿Adónde nos dirigimos, señor?—preguntó el piloto al Capitán.
—Tratemos de llegar a la costa australiana, que es la más próxima. No me atrevo, en medio de este temporal, a intentar ahora la travesía del golfo ni a dirigirme hacia las islas de Eduard Pellew, Wellesley o Groote. Más tarde procuraremos ganar las playas septentrionales de la tierra de Arnheim. ¡Atención a la vela, muchachos; y tú, Horn, cuidado con los golpes de mar!
—Perded cuidado, señor Stael.
La situación de los náufragos de la Hai-Nam era peligrosísima. Podía decirse que su existencia pendía de un hilo, que podía romperse de un momento a otro.
El temporal se desencadenaba entonces con furor increíble. A la primera noche de tinieblas había sucedido otra de fuego. Los relámpagos se sucedían casi sin interrupción, iluminando las masas de nubes que se amontonaban confusamente y corrían hacia el estrecho de Torres.
Retumbaban sin cesar los truenos entre los silbidos del viento y los mugidos de las olas.
La chalupa, verdadera cáscara de nuez, perdida en aquel golfo, más vasto que algunos mares, sufría espantosas sacudidas. Ora llegaba hasta la espumante cresta de una ola gigantesca, donde se sostenía por un milagro de equilibrio, parecida a un pájaro marino; ora caía con rapidez vertiginosa en abismos insondables, verdaderas simas negras y sin fondo, que a cada momento amenazaban tragársela, pero de donde salía como una flecha para volver a montar en la cresta de otra ola.
Parecía un juguete en manos de gigantes; pero resistía maravillosamente. Con su pequeña vela saltaba con agilidad de ola en ola, como si fuera un barco insumergible, y subía y bajaba por las montañas de agua, intrépida y ágil como una gaviota.
El Capitán, con la cuerda de la vela en las manos, la cabeza descubierta, los cabellos al viento, y pálido, pero resuelto, desafiaba con serenidad a la muerte, que le amenazaba por todas partes, y daba con voz segura las voces de mando. Van-Horn, con la caña del timón en la mano, la barba revuelta y los ojos muy abiertos, miraba sin pestañear las olas y trataba de evitarlas para que no los tomaran de través; Hans, Cornelio y el chino, pálidos y aterrados, se ocupaban en achicar el agua que entraba por las bordas de la chalupa.
Van-Stael de vez en cuando los animaba con una palabra o con un gesto, y les preguntaba:
—¿Tenéis miedo?
—No—respondían invariablemente Hans y Cornelio; pero su voz era poco segura.
La chalupa, entre tanto, avanzaba con extraordinaria rapidez. Llevada por el viento y las olas, iba acercándose a la costa australiana, que ya no debía de estar muy lejos.
Si no ocurría alguna catástrofe antes de llegar a ella, y ya comenzaban a tener esperanzas de que no ocurriera, los náufragos del junco podían considerarse en salvo, pues en las costas de la tierra de Torres desembocan buen número de ríos, los cuales, a su vez, forman pequeñas bahías.
Por desgracia, Van-Horn no podía mantener la ruta hacia el Este a causa del oleaje, que, por venir del Sur, empujaba de costado a la chalupa. Tenía que dirigir la proa al Nordeste y otras veces al Norte, alargando así el camino en muchas leguas. Además, el tiempo no tendía a calmarse, sino que más bien empeoraba, poniendo a dura prueba el valor de aquellos desgraciados. El viento seguía soplando con ímpetu irresistible, empujando ante sí verdaderas masas de agua. Debía de tener, por lo menos, una velocidad de veintidós metros por segundo, que es de las mayores que suele alcanzar. El mar, embravecido, rugía furiosamente con tonos imposibles de describir, y empujaba hacia el Norte verdaderas montañas de agua.
A las dos de la mañana estuvo a punto de zozobrar la chalupa. Cogida entre dos olas, fué lanzada al aire a bastante altura y cayó en un abismo, cuyas líquidas paredes se cerraron en seguida.
¡Fué un momento terrible! Todos, al verse caer en aquella profunda sima, se dieron por muertos, considerando imposible volver a salir de ella.
Cornelio y Hans lanzaron un grito de terror, dándose por muertos; pero una tercera ola empujó al barquichuelo, que pudo subir a flote y seguir adelante, aunque lleno de agua. A las tres, otra ola, que embistió de costado a la chalupa, estuvo a punto de volcarla; pero Van-Horn, que no abandonaba la caña del timón, la salvó con una brusca virada, mientras el Capitán, sin perder un momento la calma, aflojaba rápidamente la cuerda de la vela.
Casi en el mismo instante Cornelio, que estaba a proa, señalaba una costa.
La había visto a la luz de un relámpago; pero la obscuridad volvió a caer sobre aquel mar proceloso, ocultándola a las miradas del Capitán.
—¿Estás seguro de no haberte equivocado, Cornelio?
—No, tío; la he visto perfectamente.
—¿A proa?
—Hacia el Nordeste.
—¿Lejana?
—Unas tres millas.
—Es la costa de la tierra de Torres. Procuremos no chocar con alguna escollera, Horn.
—Pondré cuanto esté en mi mano por evitarlo.
—¿Podremos llegar a tierra, tío? Tengo miedo—dijo Cornelio.
—Has demostrado demasiado valor para tu edad, pobre muchacho; pero esta es la última prueba. Si estamos cerca de la costa, espero que podamos llegar a ella. ¿La ves, Cornelio?
—No; pero me parece sentir el ruido de la resaca.
—¿Habrá escollos por aquí? Navegamos por un golfo poco conocido y que abunda en escollos coralíferos.
Entregó la cuerda de la vela al joven pescador chino y, a pesar de las sacudidas furiosas que sufría la chalupa, se acercó a Cornelio. Miró ante sí; pero sólo vió olas monstruosas. Aguzando el oído, percibió distintamente ciertos ruidos bien diferentes a los que producen las olas en medio del mar.
—Sí—dijo—. Estamos cerca de tierra o de un escollo. Esperemos un relámpago.
No tuvo que esperar mucho. A poco un brillante relámpago rasgaba las nubes, iluminando el golfo hasta los extremos límites del horizonte.
Una orden precisa y terminante salió de los labios del Capitán:
—¡Escollera ante nosotros! ¡Orza la barra, Van-Horn!
El viejo piloto, sin perder un instante, volvió la barra a babor, y la chalupa huyó hacia el Norte, mientras el chino dejaba correr toda la cuerda de la vela.
Al resplandor de aquel relámpago Van-Stael y Cornelio habían visto una escollera como a quinientos pasos de la chalupa. Un momento de retardo o una falsa maniobra y la embarcación se habría estrellado en aquellas peñas.
—Nos hemos salvado por milagro—dijo el Capitán—. ¿Tendremos que luchar hasta el alba entre estas olas, que parecen ansiosas por tragarnos? ¿Podremos resistir hasta entonces?
—¡Tío!—exclamó Hans—. ¡Mira hacia allá!
—¿Qué ves?
—Un resplandor muy vivo. ¿No lo percibes tú?
—¿Un resplandor? ¿Tal vez el fanal de algún buque?
—No; más bien parece un incendio.
Todos volvieron la vista en la dirección indicada por el joven, y descubrieron a gran distancia una luz extraña que se destacaba en las tinieblas.
No parecía que la produjera un incendio, como el joven había supuesto; pero tampoco era fácil adivinar su verdadera causa. Parecía como una niebla luminosa con reflejos dorados y plateados. Por debajo de ella se veían moverse unos cuerpos extraños, que parecían de plata fundida, veteados de un verde pálido y con estrías de púrpura.
—¿Qué ocurre allí?—preguntaron Hans y Cornelio.
—Se diría que el mar llamea—dijo Van-Horn, que se había levantado, aunque sin abandonar el timón.
—¿Ocurrirá algún fenómeno desconocido de nosotros?—preguntó el Capitán.
—O que esté ardiendo alguna selva cerca de la costa—opinó Cornelio.
—Se verían llamas—objetó el Capitán—. Además, con este viento impetuoso las chispas se elevarían a gran altura, y ahí no las hay.
—¿Será acaso alguna erupción volcánica?
—No hay ningún volcán en estas costas, Cornelio.
—Además—dijo Van-Horn—, se vería la luz a cierta altura, y esa que vemos está a flor de agua.
—Como que parece que se trata de ondas luminosas—dijo el Capitán, después de observar con mayor atención—. Mira, Horn, cómo se mueven, se levantan, bajan y corren.
—Son olas que se rompen, Capitán.
—¿Contra una costa?
—No estoy seguro.
—Pero ¿qué es lo que produce tan intenso resplandor?
—Pronto lo sabremos, Capitán. El mar nos lleva hacia allá.
La chalupa, en efecto, se dirigía hacia la luz misteriosa, que se extendía de Norte a Sur en un espacio amplísimo. Sufría esa luz grandes oscilaciones y movimientos: unas veces parecía alzarse, otras bajarse; destacábanse a veces de ella múltiples puntas o crestas, y se rodeaba de una niebla brillante que vibraba con violencia. Surcaban aquella luz ciertas líneas o vetas brillantísimas que parecían de oro o de fuego, las cuales tan pronto se encendían como se apagaban y que cambiaban de lugar corriéndose de un lado para otro.
De pronto exclamó el Capitán:
—¡Costa allí!
—¿Detrás de aquel fuego?—preguntó Cornelio.
—No es un fuego; es una espléndida fosforescencia marina. Allá distingo las olas luminosas rompiéndose en las escolleras y lanzando al aire su espuma fosforescente. ¡Atención, Van-Horn! ¡Ten firme la caña del timón!
XI.—U N A I S L A D E C O R A L
UNO de los más espléndidos fenómenos que se admiran en los océanos es, sin duda, la fosforescencia marina, cuya intensidad depende de los climas y de la mayor o menor cantidad de zoófitos que haya en las aguas.
Como puede comprenderse, sólo es visible de noche, cuando las aguas se ponen tan negras que parecen de alquitrán, y su esplendidez es mayor en las noches sin luna y muy cubiertas de nubes.
Entonces se ven salir extraños resplandores de los abismos del mar: puntos luminosos, rayas de fuego y círculos resplandecientes. Van, vienen, se mueven, se agrupan formando raros dibujos; unas veces son resplandores de un rosa pálido, otras de un azul muy vivo, otras rojos o amarillentos. Poco a poco cubren el mar; las luces se funden, las aguas se impregnan de ellas, y entonces parece que en las profundidades del mar brilla esplendorosa una luna o una lámpara eléctrica de incalculable fuerza.
¿Cuáles son los agentes productores de esa luz? Moluscos gelatinosos, sin consistencia, de forma de extravagantes sombrillas, provistos de cierta cola más extraña aún y de tentáculos lisos o plumeados cubiertos de ventosas, como animales marinos que llevaran linternas encendidas.
Algunos de aquellos moluscos se llaman anémonas, otros pelagias, y los peces fosforescentes scopelus, ergysopeletas, chanliodas, etc., etc.
Una fosforescencia más maravillosa aún es la producida por los nottiluche, pequeñísimos moluscos, invisibles por lo común, y que tienen la forma de un círculo alargado por uno de sus polos, con un apéndice movible provisto de una membrana resistente. Suben a la superficie por millones de millones y saturan las aguas.
No se sabe todavía si estos pequeñísimos organismos son de naturaleza animal o vegetal; sólo se sabe que su fosforescencia es debida a una substancia particular que recubre su cuerpo y que parece resplandecer al contraerse.
Sea como quiera, es sorprendente el espectáculo que con tales organismos ofrece el océano. La superficie brilla como salpicada de partículas de plata o como si entre las aguas corrieran metales fundidos: hierro, oro o plata y azufre ardiendo.
Arrojado al mar un objeto cualquiera, se le ve como despedir brillantes chispas, y si un buque navega por esas aguas, a proa, a popa, a babor y a estribor se le ve relampaguear y como adornarse de espléndidas orlas de lucecillas azules, rojas y verdes, lanzando por la popa como un penacho de fuego que prolonga sus encendidas plumas hasta larga distancia.
El fenómeno es todavía más admirable cuando el mar está agitado. Entonces son las olas las que parecen luminosas, como si no fuesen de agua, sino de fósforo líquido.
Esas luces parecen adquirir intensidad con el movimiento de las aguas: suben, bajan y se mezclan unas con otras, confusamente, formando movibles líneas de oro y plata, que se prolongan hasta las crestas de espuma, que también se hacen luminosas. Al chocar esas olas contra una costa o una escollera parece que la tierra o los escollos se incendian y de ellos se levanta una especie de niebla llameante que produce un efecto verdaderamente maravilloso.
Tal era el fenómeno que tanto había sorprendido a los náufragos del junco.
La distancia había impedido a Van-Stael darse cuenta desde el principio de lo que se trataba; pero al acercarse la chalupa a aquellos parajes lo comprendió perfectamente.
Las olas fosforescentes, rompiéndose con indecible furia contra la costa, lanzaban al aire sus espumas y salpicaduras, impregnadas de aquellos microscópicos organismos, y las cuales, mantenidas por el viento en suspenso en el aire durante algún tiempo, tomaban aspecto de niebla luminosa.
—¡Qué admirable fosforescencia!—dijo Cornelio—. ¡No he visto en mi vida cosa más hermosa!
—Y con esta tempestad resulta doblemente soberbia—dijo el Capitán—. Demos gracias a este fenómeno, que nos ha hecho descubrir a tiempo la costa australiana. Lu-Hang, disponte a arriar la vela.
—¿Esperáis encontrar un refugio en la costa, señor Van-Stael?—le preguntó el piloto.
—Lo espero; pero no estoy seguro. No sé adónde nos ha traído el temporal.
—Fuera del golfo, de seguro que no.
—¡Dios no lo permita! Antes que encontrarme en el estrecho de Torres con este tiempo, preferiría verme delante de una escollera.
—Pues delante de una escollera creo que nos encontramos, señor Stael—dijo Van-Horn, que se había levantado de pronto.
—¿No es la costa australiana la que estamos viendo?
—No; es una larga línea de escollos.
—¿No te equivocas, Horn?—preguntó el Capitán con ansiedad.
—No; los he visto al resplandor de un relámpago, mientras hablabais con el señor Cornelio.
—¿Tendremos que virar en redondo y emprender otra vez la lucha con la tempestad?
—No, Capitán. Aquí encontraremos un refugio mejor que el que pudiera ofrecernos una bahía en la costa australiana. Si no me equivoco, he visto un atol, y hasta árboles.
—¿Está abierto el atol?
—Sí; he descubierto un canal abierto a través de los corales. Esperemos un relámpago, Capitán.
—¿Es un puerto eso que se llama atol?—preguntaron Hans y Cornelio.
—Y de los más seguros—respondió el Capitán—. Si es, en efecto, un atol, veréis qué construcciones son capaces de hacer los corales.
—¡Mirad!—gritó Van-Horn.
Un relámpago iluminó el tempestuoso golfo y la línea de escollos en que se estrellaban las olas.
—¿Habéis visto?—preguntó el piloto.
—Sí—dijo el Capitán, respirando satisfecho—. En medio de la escollera he visto el atol rodeado de árboles y he visto también el canal. Gobierna tú siempre derecho con la proa al Este.
—¿Resistirá la chalupa la resaca?
—No habiéndose ido a pique entre estas tremendas olas, saldrá también victoriosa de la resaca. Cornelio, mira bien, no sea que haya escolleras delante del atol.
—Las ondas luminosas nos las harán ver, tío.
La chalupa, impulsada por el viento y las olas que corrían hacia los arrecifes, se acercaba con rapidez al atol, que se veía perfectamente a los resplandores de la niebla luminosa. Pronto se halló en medio de aquella prodigiosa fosforescencia. Brillaban las olas como si se compusieran de partículas de plata y azufre fundido, y salpicaban a los náufragos de aquellos microscópicos moluscos, que seguían reluciendo aun fuera del agua.
La chalupa dejaba marcada su ruta por una estela luminosa, que brillaba en las tinieblas de la noche como la cola de un espléndido cometa.
El Capitán y Cornelio, asomados al mar por la banda de proa, mientras que Hans y el chino atendían a la vela, examinaban con atención las aguas para no chocar contra cualquier escollera que subiese hasta la superficie y que indudablemente habría destrozado a la débil embarcación.
Tenían el atol como a un cable de distancia delante de ellos. Era como un islote redondo, de un cuarto de milla de bojeo, con un lago en medio, también redondo, formando así un como anillo de unos cien pies de ancho, cubierto de árboles, con una angosta abertura hacia el Sudoeste.
Nada más hermoso que el aspecto de aquel atol, con el lago central de aguas fosforescentes rodeado de un cinturón, que la vegetación de que estaba cubierto hacía parecer de esmeraldas.
Al Norte y al Sur se destacaban dos líneas de escolleras, prolongándose muchas millas en la misma dirección.
La mar estaba agitadísima en torno de aquel islote y de las escolleras. Las olas se estrellaban furiosas en tales obstáculos con fragor tremendo, reventando en espumas, alejándose y volviendo furiosamente a la carga.
—¡Atención al paso, Van-Horn!—gritó el Capitán, que se había puesto pálido.
—¿Hay escolleras delante?—preguntó el piloto con la voz ligeramente alterada.
—No.
—Confiemos en que se podrá pasar.
La chalupa, levantada por una ola monstruosa, fué lanzada hacia el canal. Desapareció un momento entre las espumas, y poco después pudo vérsela levantada sobre la cresta de una ola, que la empujaba hacia adelante.
—¡Gobierna derecho, Horn!—gritó el Capitán.
Habían ya entrado en el canal del atol. Lo atravesaron con la rapidez de una bala y entraron en el pequeño mar interior del islote.
—¡Abajo la vela!—ordenó Van-Stael.
Hans y el chino la dejaron caer, mientras Van-Horn orzaba la barra, dirigiendo la chalupa hacia la orilla interior del atol. ¡Qué tranquilidad en aquel lago, abrigado de las olas por la corona de escollos, o, mejor dicho, por aquel círculo de rocas coralíferas en que se estrellaban las olas del mar exterior! Mientras fuera se revolvían furiosamente las aguas agitadas por la tempestad, en aquel lago reinaba la más absoluta calma. Su superficie estaba tranquila y era bruñida y lisa como la de un espejo metálico. Apenas la chalupa hizo moverse la superficie de sus aguas, despidieron éstas resplandores fosforescentes.
—Pero ¿dónde estamos?—preguntaron Hans y Cornelio.
—En un puerto seguro, desde el cual podemos desafiar a los más tremendos huracanes—respondió el Capitán.
—¿Y qué isla es ésta?
—¿Quién sabe? Yo mismo ignoro dónde nos encontramos, y por ahora no me preocupa el saberlo.
—¡Pero es maravillosa, tío!—exclamó Cornelio—. Jamás he visto una isla semejante.
—Pues en el océano Pacífico hay muchas parecidas, perfectamente circulares; pero no todas tienen un canal o paso al interior como ésta.
—¿Y tienen también su pequeño lago en medio?
—También, Cornelio.
—Son verdaderos anillos de rocas.
—De rocas, no, de coral; pues las islas de esta forma especial son obra de pólipos.
—Ya sé que los pólipos coralíferos del océano Pacífico levantan desde el fondo del mar escolleras e islotes; pero no comprendo cómo pueden dar a esos islotes esta forma redonda y formar un lago o mar interior en su centro.
—La explicación es fácil, Cornelio. En el océano Pacífico hay muchos volcanes apagados y sumergidos desde tiempos remotísimos, separados de los nuestros por millones de millones de años.
Algunos de estos volcanes llegan con sus cimas casi hasta la misma superficie del mar. Los pólipos coralíferos ocupan esa cima y comienzan su construcción, elevándola gradualmente.
Como tú sabes, los volcanes tienen un cráter más o menos circular y en su interior están huecos. Los pólipos, construyendo sólo en los bordes, conservan la forma circular y edifican estas preciosas islas, a las que se da el nombre de atoles.
Algunos cráteres suelen tener en sus bordes determinada cortadura, y no pudiendo los pólipos coralíferos soportar presiones demasiado grandes, construyen solamente allí donde pueden vivir, dejando libre la cortadura. Esta es la razón de que algunos atoles, como éste en que estamos, tengan un canal.
—¿Son resistentes las construcciones de los pólipos?
—Más que las rocas de pórfido, de granito o de cuarzo. ¡Es un fenómeno maravilloso, increíble, Cornelio! Estos seres, infinitamente pequeños, débiles, gelatinosos, levantan barreras que las tempestades no pueden destruír. Se apoderan de los átomos de carbonato de cal que hay en las aguas y los transforman en materiales de construcción, con los cuales forman rocas indestructibles.
¡Qué labor tan admirable la de estas miríadas de arquitectos, trabajando constantemente, de día, de noche, por años, por siglos, por centenares de siglos, sin cansarse jamás!
—¿Son muchas las islas construídas por estos maravillosos zoófitos?
—Se calcula que la superficie de todas juntas asciende aproximadamente a dos mil quinientas leguas cuadradas.
—No son muchas, tío. Yo creía que casi todas las islas del océano Pacífico eran coralíferas.
—Hubo un tiempo en que así se creía; pero hoy se ha comprobado que los zoófitos constructores sólo pueden vivir a pequeñas profundidades. Antes se suponía que se reunían en lugares muy profundos y allí comenzaban sus construcciones, elevándolas gradualmente hasta la superficie del mar; pero hoy se sabe que los cimientos de sus obras no pueden estar a más de ocho o diez brazas debajo de la superficie del agua.
—¿No es, pues, cierto lo que afirman algunos?
—¿Qué afirman?
—Que los zoófitos, continuando sus construcciones, podrían reunir un día todas las islas diseminadas por el océano Pacífico.
—Eso es un desatino, Cornelio; pues, como te he dicho, los zoófitos comienzan a construír en la cima de los montes o volcanes submarinos.
—Debe de haber muchísimos montes y volcanes bajo las aguas del océano Pacífico.
—Es cierto, Cornelio, y por eso abundan tanto allí las construcciones coralíferas.
Y basta ya de preguntas, curioso. Aprovechemos la tranquilidad que reina en este atol y tratemos de dormir algunas horas. Tenemos necesidad de descanso.
XII.—EL ESTRECHO DE TORRES
LA tempestad no cesó en toda aquella noche. Un viento terrible que soplaba del Sur, caliente como si saliera de un inmenso horno encendido o como si atravesara por un desierto de fuego, corrió constantemente sobre el golfo de Carpentaria, retorciendo, como si fueran débiles cañas, los árboles que crecían alrededor del islote coralífero.
El trueno no cesó un solo instante y las olas batieron toda la noche furiosamente las escolleras, rompiéndose en ellas con fragor tremendo.
Los náufragos del junco, que no tenían ya nada que temer del furor de los elementos, durmieron plácidamente en su chalupa, cubiertos por un gran encerado y por la vela, que los protegían de las salpicaduras de las olas.
No despertaron hasta después de las nueve de la mañana, precisamente cuando comenzaba a calmarse.
Las nubes huían hacia el Norte, en dirección del estrecho de Torres y de Nueva Guinea o Papuasia, impulsadas por las últimas ráfagas, y un sol espléndido brillaba hacia la costa australiana, dorando las olas del golfo de Carpentaria, que aún seguían agitadas.
Entre las palmas de coco que crecían en la isla, bandadas de papagayos verdes y rojos, de loros de plumas amarillentas y cuellos negros y de pequeños pardalotes grises y dorados revoloteaban, cantando alegremente, como saludando al sol, mientras algunos bernicla jubata, feos volátiles de cuello largo y delgado, plumaje blanco y negro y patas palmípedas, buscaban cangrejos y pececillos.
—Tío—exclamó Hans, que había desembarcado en la isla—; te invito a almorzar.
—¿Has descubierto algún cuadrúpedo? Creo que no, porque aquí no se ven más que pájaros.
—Y cocos que nos darán una bebida excelente.
—Que probaremos, Hans. Toma un hacha, viejo Horn, y vamos a proveernos de cocos.
—Hay pocos, señor Stael—dijo el piloto—. ¿Habrán venido los australianos a llevárselos?
—No; se los habrán comido los cangrejos ladrones. Aquí estoy viendo uno de esos cocos, que, por la manera de estar horadado, se comprende que lo ha sido por uno de esos crustáceos, que hacen sus madrigueras en la arena.
—¿Es que hay cangrejos que comen cocos?—preguntó Hans.
—Sí, hijo mío, y que se los comen con mucho gusto, porque son muy glotones. Son cangrejos enormes, armados de fortísimas presas. Trepan por los troncos de las palmas y hacen caer los cocos al suelo.
—Pero ¿cómo se las componen para romper la cáscara de los cocos, siendo tan dura que hace resistencia hasta al hacha?
—Introduciendo una de sus tenazas por uno de los tres ojos que hay en la cáscara y haciéndola voltear como un berbiquí.
—¿Se comen esos cangrejos?
—Son exquisitos, y sentiría no encontrar uno para que nos diéramos el gran festín. Mira bien por las ramas de los árboles, porque esos cangrejos tienen la costumbre, durante el día, de dormir entre las hojas suspendidos de sus bocas o tenazas.
—Abriré bien los ojos, tío.
Sus pesquisas no dieron resultado favorable, porque ningún cangrejo ladrón había en la isla. En cambio, recogieron diez o doce cocos y los partieron a hachazos.
Como no estaban todavía maduros, sólo pudieron sacar de ellos el jugo, que es un agua fresca y azucarada, y un poco de la pulpa blanquísima de que está la cámara revestida por la parte interior. Cornelio y Hans cazaron una docena de papagayos y una bernicla jubata del tamaño de un pavo, a la cual sorprendieron en la orilla interna del atol.
No sólo no les faltó, pues, qué comer, sino que hasta se regalaron con la carne asada de esas aves, que es un manjar sabroso y delicado.
Después de mediodía el Capitán dió la orden de marcha.
La tempestad había cesado y el mar se iba calmando poco a poco y no ofrecía ya peligro.
Quedarse en aquel islote desierto y sin agua dulce, situado en un golfo tan poco frecuentado por los barcos, no era prudente. Urgíales llegar al estrecho de Torres y a la Nueva Guinea para acercarse al mar de las Molucas antes de que se les agotaran los víveres o volviera el tiempo a estropearse.
Desplegada la vela, atravesaron el canal y salieron al mar, poniendo proa al Nornoroeste, para mantenerse alejados de aquellos grupos de islas que se extienden por el estrecho de Torres y que están pobladas de caníbales.
El viento que soplaba al Sudeste, favorecía la marcha de la chalupa, la cual se deslizaba por las aguas del golfo con una velocidad media de cinco a seis millas por hora.
En ninguna dirección se veía barco alguno, ni isla, ni islote. Sólo el atol y sus escolleras, extendiéndose unos tres cuartos de milla de Norte a Sur, sobresalían de las aguas. En cambio, abundaban los peces. Muchos veleros, llamados así por una aleta natatoria que llevan en el lomo y que sacan fuera del agua para que les sirva de vela, pasaban hacia el Nornoroeste, mostrando de cuando en cuando su cuerno óseo, arma formidable de que se sirven con bastante frecuencia. Se parecen al pez-espada, pero su cuerno no es aplanado, sino redondo. Son peces muy grandes, habiéndolos que pasan de doce pies. No vacilan en arremeter con la ballena y con el pez-perro, y a veces se atreven con los barcos.
Veíanse también muchas morenas, peces que en aquellas latitudes son de gran tamaño; medusas, extraños moluscos semejantes a bolsas vueltas hacia abajo y provistas de tentáculos. Algunas de esas medusas son enormes. Cornelio vió una que debía de pesar como cincuenta libras.
—Nunca he visto medusa tan grande: parece un gran paraguas—dijo.
—Pues aún las hay mayores—dijo el Capitán—, y que brillan por la noche como si llevaran en la bolsa una lámpara eléctrica.
—¿Son gelatinosas esas medusas?—preguntó Hans.
—Tan extremadamente gelatinosas son, que no pueden conservarse. En el agua parecen tener alguna consistencia; pero en la mano se reducen a una finísima membrana incolora. Una medusa que pese una arroba en el agua se reduce a unas dos onzas fuera de ese elemento.
—¿Y dices, tío, que las hay más grandes aún?—preguntó Cornelio.
—¡Colosales! Hace cuarenta años, en las presas de Bombay, el flujo arrojó a la playa una medusa que pesaba dos toneladas, y que era tan fosforescente, que en un principio se la creyó un trozo de algún cometa.
Se dice que su resplandor era tal que, aun después de muerta, iluminó durante muchas noches la playa hasta gran distancia.
—Si era tan gigantesca, sus tentáculos serían larguísimos.
—Cada uno de ellos tenía quince brazas de largo.
Mientras charlaban, la chalupa, dirigida por el viejo piloto, que no abandonaba la caña del timón, seguía avanzando por el golfo de Carpentaria, dirigiéndose constantemente al Nornoroeste. El viento la empujaba velozmente; pero los deseos de llegar a los primeros islotes del estrecho de Torres o de ver las playas australianas, que sentían vivamente los náufragos, habían hasta entonces resultado fallidos: no se veía sombra siquiera de tierra todo en redondo del horizonte.
No habiendo podido salvar los instrumentos náuticos, carecían de medios de determinar el lugar en que se encontraban; pero orientándose con una pequeña brújula que llevaban consigo, estaban seguros de que saldrían del golfo y alcanzarían, más tarde o más temprano, el mar de las Molucas.
El día transcurrió sin que sucediera nada extraordinario. Ningún barco habían visto en el horizonte, ni tampoco señales de tierra.
Al llegar la noche se iluminó el mar, como la precedente.
Una espléndida fosforescencia brillaba bajo las olas, producida entonces por las nottiluche miliari, en opinión del Capitán.
Estos infusorios son pequeñísimos; tienen forma de hojas algo redondeadas, con un pequeño apéndice, y despiden extraordinario brillo. Una botella de agua saturada de estos animálculos brilla y da luz suficiente para poder leer un libro a un metro de distancia.
Aunque ya no les cogía de nuevas, Hans y Cornelio admiraban aquel espectáculo sorprendente y sumergían las manos en el agua para sacarlas cubiertas de puntos luminosos.
A media noche la fosforescencia desapareció y la mar quedó negra y obscura, como si fuera de alquitrán.
A las dos, mientras el Capitán y el chino relevaban a Van-Horn, a Hans y a Cornelio, descubrieron hacia el Oeste, pero a gran distancia, un punto luminoso que parecía brillar a flor de agua.
—¿Será el fanal de algún buque?—preguntó Hans.
—Me parece demasiado bajo—dijo el Capitán, que observaba atentamente.
—¿O alguna isla?
—¿Será la barca de un salvaje?
—No; parece que la luz está fija, viejo mío.
—¿Habremos pasado ya el golfo de Carpentaria?
—No me sorprendería. En estas treinta y seis horas hemos avanzado mucho, especialmente durante la borrasca.
—Entonces ese punto luminoso puede ser el fanal de algún buque. Ya sabéis que algunos, para no bojear la Australia, se aventuran a través de los escollos y arrecifes del estrecho de Torres.
—Lo sé, Horn; pero te repito que no es un fanal; de eso estoy seguro. ¡Calle! Veo otro punto luminoso más al Norte y que parece ir al encuentro del primero.
—Entonces son barcas de salvajes.
—Me lo temo.
—Mal encuentro, capitán. Si al alba nos descubren nos darán caza.
—¿Serán australianos?—preguntó Cornelio.
—Los australianos no son marinos ni tienen barcos—dijo el Capitán—. Los isleños del estrecho de Torres, y en particular los papúes, tienen muchas embarcaciones y bien pertrechadas. Con ellas emprenden largos viajes.
—¿Sin brújula?
—Es un objeto desconocido para ellos; pero saben dirigirse sin ella y no se extravían. ¿Se guían por las estrellas o por el sol, o tienen un instinto maravilloso como las aves? Se ignora.
—¿Son malos los isleños del Estrecho?
—Pérfidos, Cornelio, y muy valientes.
—¿Hasta los papúes?
—Hay algunas tribus que ya no son salvajes, por su frecuente trato con nuestros compatriotas, que visitan el puerto de Deorj para adquirir conchas de tortuga, trépang, aves del paraíso, nidos de golondrinas, etcétera; pero los demás no tienen buena fama y algunos del interior son antropófagos.
—No ha mejorado, pues, nuestra situación.
—Tenemos nuestros fusiles y sabremos defendernos. Id a descansar, y no temáis. No perderé de vista esas dos luces.
El piloto y el joven se tendieron en el fondo de la chalupa, bajo una lona, y el capitán se sentó a popa, junto a la caña del timón, mientras el chino se apoyaba en el palo de la vela.
Las dos luces seguían brillando en el obscuro horizonte, siempre lejanas, por más que la chalupa adelantaba bastante. Parecía que ellas se dirigían también al Norte, siguiendo a los náufragos.
El capitán comenzaba a estar inquieto. Sentía por instinto que debían de ser barcas tripuladas por peligrosos isleños.
Seguíalas atentamente con la mirada, para ver si se acercaban, temiendo un inesperado abordaje, y había obligado al chino a preparar las armas para estar dispuesto a la defensa; pero la distancia no disminuía, sino que más bien parecía aumentar poco a poco, pues las luces iban siendo menos perceptibles.
Hacia las tres, una de ellas desapareció; pero la otra seguía brillando y parecía acercarse.
—¿Oyes algo?—dijo el Capitán al chino.
—No, señor; pero el fanal parece que quiere pasarnos por popa.
—Es cierto, muchacho. ¡Ah, si no estuviera tan obscuro!... Pero quizá sea mejor para nosotros, pues esa luz no debe ser la del fanal de un buque.
A las cuatro, el punto luminoso, que había cambiado de ruta, pasó, en efecto, a popa de la chalupa, pero a distancia de siete millas lo menos, y con dirección al Este.
Media hora después salió el Sol y por el Norte se descubrieron lejanas y altas montañas. Por el Este se veían muchas islas y grupos de escolleras.
El Capitán se levantó de un salto.
—¡El estrecho de Torres!—exclamó—. ¡Horn, Cornelio, Hans... todo el mundo en pie! ¡Hemos atravesado el golfo de Carpentaria!
XIII.—LOS PIRATAS DE LA PAPUASIA
EL estrecho de Torres, que separa la gran isla de Nueva Guinea o Papuasia de la región extrema septentrional del continente australiano llamada Tierra de Torres o de Carpentaria, es uno de los pasos más peligrosos y difíciles que existen.
Fué descubierto en Agosto de 1606 por Luis de Torres, segundo comandante de la expedición de Pedro Fernández de Quirós; pero quedó casi olvidado muchos años por los graves obstáculos que presentaba y aún hoy mismo es muy poco frecuentado, a pesar de las magníficas cartas topográficas debidas a los cuidados del Gobierno inglés y de la colonia australiana.
Tiene treinta y cuatro leguas de extensión; pero ¡cuántas fatigas cuesta su travesía! Es una sucesión continua de bajíos, que cambian constantemente de posición a causa de las corrientes. Una selva de escolleras madrepóricas que los zoófitos extienden cada vez más y que van gradualmente subiendo hasta la superficie del agua, y un caos de islotes y de islas que hacen dificilísima la navegación, hasta a los barcos de más pequeño calado: tal es el Estrecho. Además, los habitantes de aquella tierra tienen pésima fama. Asaltan los barcos que se pierden en aquellos bajíos y escolleras y devoran a sus tripulantes. Aún se recuerdan los casos de los barcos Chesterfield y Hormnzier, ocurridos en 1793.
Todas o casi todas aquellas islas son pequeñas, pero están muy pobladas. Forman el archipiélago llamado del Príncipe de Gales, cuya isla mayor es la de Murray.
Los habitantes son belicosos y proceden, a lo que se cree, de cruzamientos de papúes y polinesios. Son, en general, negros, de estatura alta y bien conformados, con la frente despejada, la nariz regular y el cabello lanudo, que se tiñen de rojo. Se adornan el cuello con medias lunas de nácar y figurillas de hueso, y las orejas con conchas de tortuga.
Son buenos y audaces marinos, como los papúes de la costa y los polinesios, y usan piraguas de veinte pies de largo con velas de hojas entretejidas, con las cuales piratean por el Estrecho, asaltando a las tribus ribereñas de la costa australiana y de Nueva Guinea.
Al oir gritar al Capitán ¡el estrecho de Torres!, Cornelio y Hans se pusieron en pie.
—¿Ya?—exclamó Cornelio—; pero ¿dónde está la costa de Australia?
—Veo allí, a nuestra izquierda, una especie de niebla—dijo Van-Stael—: debe de ser la tierra de Carpentaria.
—¿Y esas montañas que tenemos ahí delante?
—Pertenecen a la Nueva Guinea.
—¿Tiene montes altos esa gran isla?
—Altísimos, Cornelio, y cubiertos de nieve la mayor parte del año. Se dice que tienen picos de 18.000 y más pies de altura.
—¿Estamos muy lejos de esa isla?
—Tal vez a cuarenta millas.
—¿Llegaremos a ella?
—Las costas meridionales son peligrosas, Cornelio, y sus habitantes, casi todos piratas. Trataremos más bien de llegar a las islas Arrú, que se encuentran a la entrada del mar de las Molucas, y donde espero encontrar pescadores holandeses de trépang.
—¡Eh! ¡Eh!—exclamó en aquel instante Van-Horn.—Mientras nosotros nos descuidamos charlando, un ave de rapiña, o mejor dicho dos, tratan de darnos caza.
—¿Qué quieres decir, viejo Horn?—preguntó el Capitán.
—Que dentro de poco nos veremos obligados a disparar los fusiles, si antes no hallamos un refugio. ¿No veis a popa dos piraguas que hacen una maniobra sospechosa, señor Van-Stael?
El Capitán miró hacia el Sur, e hizo un ademán de disgusto.
—¡Ya sé lo que eran los fanales que vimos anoche!—exclamó—. En efecto, se trata de aves de rapiña de las más peligrosas.
A siete u ocho millas al Sur se veían, no dos aves de rapiña, sino dos embarcaciones, que navegaban de conserva siguiendo la misma ruta que la chalupa.
No costaba mucho trabajo reconocerlas como dos piraguas de isleños, pues son bien distintas de las nuestras.
Consisten en troncos de árboles ahuecados de unos cuarenta pies de largo, con cubiertas provistas de barandas de bambú.
Las que veían nuestros náufragos llevaban grandes velas triangulares de filamentos vegetales entretejidos, e iban tripuladas por muchos hombres negros medio desnudos, que se distinguían sobre los puentes.
—Son papúes, si no me engaño—dijo el Capitán—. Mala vecindad, amigos míos.
—¿Se trata de piratas?—preguntó Van-Horn.
—Lo temo, viejo mío; y hasta parece que tratan de alcanzarnos.
—¿Son muchos?—preguntó Cornelio.
—Cuarenta, por lo menos—respondió el Capitán.
—¿Usan armas de fuego los papúes?
—Armas de fuego, no; pero sí flechas envenenadas con jugo del upas, y que lanzan muy diestramente con la cerbatana. También usan lanzas y ciertas hachas pesadas, que llaman parangs, con las cuales, de un solo golpe decapitan a una persona.
—No hay, pues, que jugar con esos salvajes.
—Al contrario; hay que temerles, Cornelio, y haremos bien en huir.
—Pero ¿adónde? Nos alcanzarán, señor Van-Stael—dijo el piloto—. Con esas grandes velas tienen que correr más que nosotros.
—Nos dirigiremos a la costa.
—¿A las islas del Estrecho?
—¿Estás loco, viejo lobo? Los habitantes de ellas son peores que los papúes, y nos matarían en seguida.
—¿Entonces a Nueva Guinea?
—Sí, Horn; y trataremos de no perder tiempo. Me parece que las piraguas nos ganan a andar, y si no nos apresuramos, dentro de dos horas las tendremos encima.
—¿Qué debemos hacer?—preguntaron Hans y Cornelio.
—Desplegar más la vela que tenemos, y añadir otras dos que arreglaremos con el encerado y que armaremos en sendos remos a popa y a proa: ¡Al trabajo, muchachos!
El chino, Hans y Cornelio ayudados por el viejo piloto, pusieron manos a la tarea. Como habían tenido la precaución de llevar cuerdas en la chalupa, les fué fácil sujetar firmemente a proa y a popa los dos remos, amarrándolos a las banquetas; partieron otro remo por la mitad para utilizar los trozos como vergas, y con la tela encerada y una manta hicieron las velas, atándolas por las puntas inferiores a las bordas de la chalupa.
Soplaba del Sur un viento fresco, que empujaba la chalupa. Los salvajes, que advirtieron la maniobra de sus tripulantes, lanzaron rabiosos gritos que se oyeron, aunque aún lejanos, y a poco desplegaron dos pequeñas velas triangulares más, ayudándose también con los remos.
—¡Ya lo decía yo! ¡Esa canalla quiere abordarnos!—exclamó Van-Horn al advertir esa maniobra.
—Tal vez lleguemos a la costa de Nueva Guinea antes de que nos alcancen—dijo el Capitán—. Si el viento no cede, dentro de cuatro horas llegaremos a tierra.
—Pero perderemos la chalupa—dijo Cornelio.
—Encontraremos quizá algún río, querido sobrino, y remontaremos la corriente.
—Harán lo mismo los piratas.
—Pero, escondidos nosotros en los bosques, nos será fácil ahuyentarlos.
—¿Y no encontraremos en tierra tribus hostiles?
—La Nueva Guinea es grande, Cornelio, y no está muy poblada. No es probable que tropecemos con enemigos. ¿Se nos acercan, Horn?
—Creo que no—respondió el piloto, que no perdía de vista las piraguas—. Corren mucho; pero no nos ganan terreno por ahora.
—¡Vosotros atended a las velas, y dejadme a mí el cuidado de dirigir la chalupa!
Los papúes, que ansiaban alcanzar a los fugitivos para hacerlos prisioneros o quizá para matarlos en el acto, hacían desesperados esfuerzos por adelantar camino. Remaban furiosamente para ayudar a las velas, levantando salpicaduras de espumas, pero no se acercaban sino muy lentamente, pues la chalupa corría a razón de ocho o quizá de nueve millas por hora.
De vez en cuando se oían sus gritos, que el viento llevaba hasta la chalupa, y que parecían intimaciones para que los náufragos se detuviesen; mas éstos no hacían caso de tales amenazas.
Las montañas de la gran isla iban haciéndose más perceptibles por momentos, y la costa empezaba a delinearse confusamente hacia el Norte, corriendo de Este a Oeste.
A las nueve de la mañana la chalupa sólo distaba veinticinco millas de tierra; pero el viento, que hasta entonces se había mantenido fresco, comenzaba a ceder.
El Capitán y Van-Horn se iban inquietando, porque si el viento faltaba no podrían regatear con las piraguas, que llevaban tripulaciones mucho más numerosas y acostumbradas a las maniobras del remo.
Una piragua se había adelantado, y sólo distaba ya cuatro millas. La otra, no tan buena velera, por lo visto, se quedó rezagada; pero sin abandonar la caza.
Sin duda aquellos astutos salvajes se habían dado cuenta de las intenciones de los náufragos, y querían a todo trance impedirles llegar a la playa de la gran isla.
—¡Ah!—exclamó el Capitán—. Si hubiéramos podido conservar la lantaca, no se acercarían seguramente esos pillos; pero ya que no la tenemos, nos defenderemos con los fusiles.
A las diez, la costa estaba aún a doce o trece millas y el viento seguía aflojando. Se veían ya los árboles de la ribera y hacia el Este se distinguía una bahía espaciosa, que podía ser muy bien la boca de algún río.
La primera piragua estaba ya muy cerca y seguía ganando terreno, impulsada por veinte remeros vigorosos. Se la distinguía ya muy bien a simple vista. Aunque construída por salvajes, era una excelente embarcación. Consistía en dos canoas apareadas, de unos treinta y cinco pies de eslora, construídas de sendos troncos de árbol ahuecados.
Iba armada a proa de una especie de espolón de madera pacientemente esculpido, y la popa era altísima, y de forma como de escala. Las dos canoas apareadas que constituían, como se ha dicho, la embarcación, estaban trabadas entre sí por una especie de pasarela cubierta de un colgadizo de hojas sostenido por una ligera armadura.
A proa y a popa se alzaban sendos palos, formado cada uno de ellos por tres bambúes unidos en lo alto y separados en la base; pero sin antenas, vergas ni cordaje, que no necesitaban, por lo demás; porque las velas de los barcos papúes no se despliegan de alto a bajo, sino al contrario; y para ejecutar esta maniobra basta una cuerda en la punta del palo.
Las velas consistían en nervios de hojas entretejidas con filamentos del árbol del sagú y eran cuadrilongas, de veinte pies de largo por siete de ancho, aunque también suele haberlas triangulares. Cuando no hay viento van arrolladas al pie de los palos; cuando lo hay, las izan hasta la mitad, o hasta lo alto, según sea más o menos recio.
Un largo remo que sirve de timón y un balancín, compuesto de una ancha tabla que pasa de babor a estribor y que, sobresaliendo mucho de los costados del barco, tiene sus extremos provistos de sendos flotadores que descansan en el agua, completan los menesteres de estos pequeños veleros.
En el puente de la piragua más cercana se distinguían varios hombres ocupados en las maniobras de las dos velas, y muchos otros aplicados a los remos.
De cuando en cuando se oía una voz que gritaba: ¡miro! ¡miro!; pero el Capitán se guardaba muy bien de darle crédito. Aquellas palabras que significaban ¡paz! ¡paz! sonaban mal en boca de aquellos salvajes, que parecían dispuestos a caer sobre la chalupa con las armas en la mano.
En vez de detenerse, el Capitán, Cornelio, Horn y el chino habían empuñado los remos y los manejaban furiosamente. Hans estaba en la barra del timón.
A las once estaban los náufragos a sólo tres millas de la costa de Nueva Guinea; pero tenían la primera piragua media milla detrás de ellos y la segunda poco más de una.
—¡Veo un río!—exclamó Hans.
—¿Cerca?—preguntó el Capitán, que no podía verlo por estar de espaldas a la costa.
—Sí, tío; ahí enfrente de nosotros.
—Lleva hacia él la chalupa. ¿Es ancho?
—Tendrá algo más de un cable.
—Lo remontaremos y desembarcaremos en los bosques.
—¡Duro con los remos, amigos!: los papúes han advertido nuestras intenciones.
—Tío—dijo Cornelio—; los tenemos ya encima, y podríamos disparar sobre ellos.
—Todavía no; espérate: ¡Avante!
La chalupa volaba, hendiendo impetuosamente las aguas; pero el velero de los papúes le ganaba ventaja.
Por fortuna, la costa estaba ya muy cercana. Se distinguían perfectamente las palmas de coco, las cañas de azúcar, las sensitivas gigantes y hasta los arbustos. La tierra toda hasta la misma orilla del mar estaba cubierta de espesísimos bosques.
La chalupa, pasando sobre un banco de arena, entró en la desembocadura del río, y fué a atracar a una isla o más bien un islote, cubierto de un espeso bosque de palúdicos, llamados así porque son plantas que producen las fiebres.
Los náufragos soltaron los remos y echaron mano de los fusiles, mientras la primera piragua daba una virada para evitar el banco de arena.
XIV.—L A N U E V A G U I N E A
AUNQUE la Nueva Guinea o Papuasia es la isla más grande del mundo[5], una de las más espléndidas y también de las más feraces y productivas, es de las regiones menos conocidas, por extraño que parezca. Hasta hoy mismo se tienen muy imperfectas noticias sobre sus costas y poquísimas sobre sus regiones interiores.
Sólo dos viajeros italianos, Rienzi en 1826 y últimamente De Albertis, exploraron una parte de las costas y algunos ríos de la Nueva Guinea, no obstante la hostilidad de sus naturales.
Esta isla fué, sin embargo, una de las primeramente descubiertas, pues el portugués Abreu llegó a ella en 1511. Luis de Torres, que la visitó en 1606, le puso el nombre que lleva, según unos, por caer frente por frente de la Guinea africana, y según otros por el parecido de los negros naturales de ella con los negros de la dicha comarca de África.
Otros muchos navegantes la visitaron en los siglos posteriores, pero todos se limitaron, como hemos dicho, a tocar en algún punto de sus costas.
Los holandeses establecieron una colonia en la costa occidental en 1822; pero la abandonaron siete años después, sin dejar de traficar con aquellos isleños, y en 1858 mandaron una nueva expedición en el vapor Etna, y ocuparon algunos puntos de la costa.
Es ésa, como ya se ha dicho, la isla más vasta del mundo, considerando a la Australia como continente. Tiene 400 leguas de largo y 138 de ancho, y 38.000 leguas cuadradas de superficie.
Hay en sus costas extensas bahías, donde podrían guarecerse flotas enteras, algunas de las cuales son muy frecuentadas por los holandeses, los malayos y los chinos.
El interior de la Isla es poco conocido; pero se sabe que hay en ella grandes cordilleras, altísimas algunas. Sobre los ríos hay pocas noticias. El Durga, que desagua cerca del promontorio de Volk, se asegura que es de los más grandes. Otros muchos van a desembocar en la costa septentrional y en la meridional. En la occidental desagua uno que debe de ser caudalosísimo, porque muchos navegantes han observado que no lejos de la punta oriental de la bahía de Geelvine, las aguas del mar son dulces a muchas leguas de la costa.
El interior está cubierto de bosques inmensos. Las especies de árboles, muchos de ellos de maderas preciosas, se cuentan por miles.
La nuez moscada, el árbol del alcanfor, el teck, cuya madera tanto se aprecia en la construcción naval; el cedro gigantesco, los árboles del pan, del sagú, de la canela y mil otros, crecen allí sin cultivo. En aquellas inmensas selvas, pobladas por las aves más espléndidas de la creación, viven también salvajes cruelísimos y sanguinarios, enemigos de los extranjeros.
Algunos de los ribereños de la isla comercian con los europeos, vendiéndoles el trépang, que abunda en aquellas playas, las finas especierías, las maravillosas aves del paraíso, tan estimadas por sus plumas, o la plata y el oro que extraen en gran cantidad de sus montañas; pero en el interior habitan las naciones de los alfuras, los arfakis y otras montaraces y belicosas, que son feroces caníbales, y en las playas abundan los piratas, dedicados principalmente a la trata de esclavos, y a los cuales temen muchísimo los habitantes de las regiones marítimas.
Van-Stael, que conocía la Nueva Guinea y a sus habitantes, por haber traficado en otro tiempo con los indígenas de Dari y haber pescado trépang en algunas bahías, conocía también a los piratas papúes y no ignoraba su ferocidad; así que apenas se hubo ocultado la chalupa detrás del islote, organizó la defensa para impedir a sus perseguidores la entrada en el río.
—¡Pronto!; tomad las armas y embosquémonos entre estos palúdicos—dijo a sus compañeros—. Guardaos sobre todo de las flechas, porque hombre herido es hombre muerto.
—Las municiones abundan y todos somos buenos tiradores—dijo el piloto—. No se atreverán a entrar en el río.
—Además—observó Cornelio—, hay tan poco fondo, que les será imposible pasar a esas embarcaciones.
—Pero son capaces de desembarcar y de seguirnos por los bosques—dijo el Capitán—. ¿Se les ve?
—Sí—dijo Hans, que se había abierto paso entre aquellas plantas, de las cuales se desprendían emanaciones pestilentes.
—¿Qué hacen?
—Tratan de entrar en el río.
—Veamos.
Van-Stael atravesó la espesura, y al llegar al extremo del islote se inclinó hacia adelante, cuidando de no descubrirse.
La piragua había dado vuelta al banco de arena y avanzaba con precaución por la orilla derecha, tratando de evitar los bajíos.
Algunos hombres sondeaban el agua con los remos, mientras otros trataban de descubrir a los náufragos, escondidos en las malezas del islote.
Se les oía hablar y se les veía moverse sobre cubierta.
Aquellos salvajes eran todos altos y membrudos, y a primera vista parecían negros africanos; pero mirados despacio se advertía que su piel era de un tinte aceitunado y sus facciones más finas que las de aquéllos; pues tenían narices regulares y no achatadas, labios delgados, bocas pequeñas y rostros ovalados. Su pelo era espesísimo y abundante, lanoso, y lo llevaban arrollado en un zoquete de madera teñido de encarnado.
Reducíase su vestido a una blusa o camisa llamada por ellos tridako, fabricada con las fibras de una corteza de árbol; pero la falta de trajes la suplían con la sobra de adornos: collares de dientes de puerco y chacal, o de escamas de tortuga, y brazaletes de conchas y espinas de pescado.
Uno solo de ellos—el Korana o jefe sin duda—llevaba una especie de sotana de tela roja.
Iban todos armados de lanzas y de los pesados y groseros cuchillos llamados parangs, y algunos llevaban cerbatanas de bambú, destinadas a disparar flechas impregnadas del jugo extremadamente venenoso del upas.
La piragua se acercaba al islote, navegando a lo largo de la playa occidental, pero con gran trabajo, pues no había agua suficiente, aunque estaba subiendo la marea.
Detúvose bruscamente la piragua. Al parecer había encallado, pues se vió a los piratas correr de proa a popa, observar la corriente, y lanzar después furiosos gritos.
—Han encallado—dijo el Capitán.
—Pero la marea está subiendo y quizás logren ponerse a flote dentro de un rato—observó Van-Horn.
—¿Rompemos el fuego?—preguntó Cornelio—. Si saben que llevamos armas, quizás desistan de atacarnos.
—No es mala idea, Cornelio; pero sin que nos hostilicen no debemos tirarles. Hasta ahora nada nos han hecho.
—¿Y si nos aprovecháramos de esta tregua forzada para huir?—dijo Horn—. Si nos estamos aquí, no tardará en llegar la tripulación de la segunda piragua.
—¿Y adónde irá este río?—preguntó Cornelio.
—De eso sé lo mismo que tú—respondió el Capitán—. Subiremos por él hasta encontrar un sitio bueno para acampar, y cuando los piratas se marchen, nos embarcaremos otra vez y seguiremos nuestro viaje.
—Señor Van-Stael; ya está ahí la segunda piragua—avisó Van-Horn.
El piloto no se había equivocado. La segunda piragua, que se había quedado rezagada, acababa de llegar a la desembocadura del río y trataba de unirse a la otra, que seguía encallada.
Aquel refuerzo podía ser fatal para los náufragos, pues aumentaba considerablemente el número de los piratas. Aunque los europeos tenían en su chalupa abundantes municiones, no era prudente empeñar una lucha contra cincuenta o sesenta salvajes provistos de flechas envenenadas.
—Huyamos—dijo el Capitán—. Ya que el camino está libre, remontemos el río.
Volvieron donde estaba la chalupa y se embarcaron, poniendo las armas a su alcance para estar prontos a hacer fuego.
Manteniéndose ocultos detrás de la isla, cuyas plantas eran suficientes para cubrirles, comenzaron a remontar el río remando en silencio, ayudados por la marea, que subía, empujando hacia atrás las aguas dulces.
Los piratas, ocupados en desencallar la piragua, no habían advertido nada, a lo que parecía, pues no se les oía gritar.
—¡Qué sorpresa van a llevarse cuando no nos encuentren en el islote!—dijo Cornelio.
—Nos buscarán; de eso estoy seguro—dijo el Capitán—. Esos tunos no renunciarán tan fácilmente a su presa; pero, si nos buscan, nos hallarán dispuestos a defendernos y no nos dejaremos sorprender.
—¿Habrá pueblecillos en las márgenes de este río?
—No lo sé; y hasta ignoro cómo se llama esta corriente de agua. Procederemos, no obstante, con prudencia, y si vemos una aldea nos esconderemos en los bosques.
—Me parece que el río hace allí una vuelta—dijo Van-Horn.
—Mejor para nosotros. Escaparemos más fácilmente a la vista de los piratas. Avante, y no perdáis de vista las orillas.
El río conservaba siempre su anchura de ciento sesenta o doscientos pies, pero no era profundo y estaba sembrado de islotes de arena, que los náufragos tenían que ir rodeando.
Las dos orillas estaban cubiertas de árboles enormes, y tan cercanos los unos a los otros que hacían casi imposible el paso. Se veían gigantescos tecks, cuyos robustos troncos tenían setenta pies de altura y sostenían madejas de bejucos y de nefentes; mangostanos, parecidos a nuestros olmos, pero cargados de frutas gruesas como naranjas, con la carne violeta obscura y delicadísima al paladar; soberbios árboles del pan, cuyas frutas tienen una pulpa grisácea, que asada se parece en el sabor a las batatas; magníficos arenghes sacaríferas, especie de palmas con largas hojas plumadas, de las cuales se saca una especie de crin vegetal, que se emplea en la fabricación de ciertas vistosas telas, y cuyo tronco da por incisión un jugo dulce, que si se le hierve se reduce a azúcar; árboles de coco, muy cargados de fruta, y muchísimos gambirs, plantas que dan un líquido especial empleado con éxito para fijar los colores en las sedas y tisúes de lujo. También abundaban allí los casuarines, o árboles de la goma, y los bambúes, que formaban extensos bosques.
Entre aquellos árboles revoloteaban bandadas de espléndidas aves; papagayos del tamaño de faisanes, con los picos amarillos; otros, de plumaje rojo y negro y largas colas amarillas, pertenecientes a la especie de los charmasira papúa; promerops superbi, gruesos como pichones, y con el plumaje negro, tan fino que parece de terciopelo, y la cola larga y ancha adornada de un extraño penacho rizado; cicinnuros regii, del tamaño de mirlos, y las plumas de los colores más hermosos que pueden imaginarse. Al volar por los aires, reflejando al sol sus tonos rubios, esmeraldas y oro y plata brillantísimos, parecen flores animadas o mariposas gigantescas.
Si abundaban las plantas y los árboles, faltaban, en cambio, absolutamente los hombres. No se descubría rastro siquiera de ellos en aquellas orillas. ¿Se hallaban los náufragos en una costa desierta? Si era así, el hecho no les inquietaba, sino al contrario; pues de los hombres con que hubieran podido tropezarse por aquellos lugares, más tenían que temer que esperar.
A las dos, y a cerca de tres millas de la desembocadura, el Capitán hizo que acercaran la chalupa a la orilla más cercana para dar algún descanso a los remeros y para comer algo, pues estaban completamente en ayunas.
No se atrevieron, sin embargo, a encender fuego por no llamar la atención de los salvajes que pudiera haber en aquellos espesos bosques, y se contentaron con comer galletas y sardinas ahumadas, a las que agregaron varios durions, frutas exquisitas, grandes como la cabeza de un hombre y erizadas de espinas muy agudas por fuera, pero que encierran una pulpa blanca delicada y de sabor exquisito, superior al de la piña y el mango; pero que tiene un olorcillo a madera quemada que desagrada mucho a los no acostumbrados a él.
A las cuatro, como no vieran nada sospechoso en las orillas del río, y queriendo interponer buen trecho entre ellos y los piratas, que de seguro los seguirían, continuaron remontando el río, que conservaba la misma anchura que hasta allí.
Su carrera no duró mucho, pues a las seis, hora en que comenzaba a oscurecer en el bosque y a bajar rápidamente la marea, encalló la chalupa en un banco de arena que había casi en medio del río.
XV.—EL ASALTO DE L O S C O C O D R I L O S
CUANTOS esfuerzos hicieron para poner a flote la embarcación fueron inútiles. La baja marea los había dejado en medio de aquel banco, que parecía ser muy extenso.
Como no querían abandonar la chalupa, que podía caer en manos de los piratas, y sin ella no podrían seguir su viaje al mar de las Molucas, y considerándose bastante alejados de la desembocadura del río y, por lo tanto, de sus enemigos, decidieron dormir allí hasta que subiera la marea. Tenían también en cuenta la necesidad que pudieran tener de la chalupa como lugar de refugio si eran atacados por los papúes, caso de que los hubiera en aquellos bosques.
La chalupa les brindaba también manera de ponerse fuera del alcance de las serpientes, que abundan en la isla, y aun de los tigres, que tampoco escasean en ella, y señaladamente en las costas.
—Nuestra prisión no durará mucho—dijo el Capitán a Cornelio y a Hans, que le interrogaban—. En cuanto suba la marea nos pondremos a flote y nos acercaremos a cualquiera de las orillas, antes de bajar por el río.
—¿Temes, tío—dijo Cornelio—, que los piratas nos tengan mucho tiempo bloqueados?
—Cuando se convenzan de que hemos huído al interior, espero que se vayan.
—¿Y si no se van?
—Alguna vez se han de ir, y todo se reduce a esperar a que se marchen. Tenemos víveres para dos semanas y abundancia de frutas, plantas y caza; pues de todo ello hay en la isla.
—Debíamos intentar alejarlos a tiros.
—¿Para atraernos otros enemigos? ¿Quién nos dice que esa gente no tenga compatriotas en estas costas? Dejemos que se cansen, Cornelio, y verás cómo acabamos por podernos ir tranquilamente. Comamos ahora algo, y descansemos. ¿A quién le toca el primer cuarto de guardia?
—A mí—dijo el joven—. Podéis dormir tranquilos: ningún pirata se acercará sin mi permiso.
—Te hará compañía Horn. Ven más cuatro ojos que dos.
—Los míos todavía son buenos—dijo el viejo piloto.—Vamos, señor Cornelio; vos a proa y yo a popa.
Terminada la frugal cena, el Capitán, el pescador y Hans se tendieron en el fondo de la chalupa, en espera de sus respectivos turnos de guardia, mientras el piloto y Cornelio se sentaban, el uno a proa, para vigilar el río, aguas arriba, y el otro a popa, para no dejarse sorprender por los piratas que tenían que venir por la parte del mar. En el bosque reinaba el silencio; sólo se sentían los zumbidos de los insectos y el ligero crujir de las ramas de los árboles, suavemente agitadas por un vientecillo que venía del mar. En el río, sólo se oía el murmullo del agua batiendo en los bancos y en las orillas.
De vez en cuando, a través del espeso follaje se veían brillar acá y allá puntos luminosos, que tan pronto se dejaban ver como se ocultaban en la espesura; pero ni Cornelio ni el viejo Horn se inquietaban, pues sabían que aquellas lucecillas procedían de ciertas luciérnagas de la especie llamada lampiris, muy comunes en todas las islas de la Malasia, a las cuales las elegantes del país encierran en pomitos de vidrio para adornarse con ellas el pelo, clavándolas en alfileres de plata.
Había ya pasado una hora sin que ocurriera nada extraordinario, cuando Cornelio creyó ver una masa oscura que atravesaba rápidamente el río describiendo una curva por el aire. Se había destacado de un árbol situado en la orilla derecha, y desapareció bajo los bosques de la opuesta.
—Van-Horn, ¿has visto?—preguntó, echando mano precipitadamente del fusil.
—Nada he visto ni oído, señor Cornelio—contestó el piloto.
—Ha pasado ante mi vista una cosa negra, que no he podido distinguir bien.
—Tal vez un ave.
—No, Horn; era muy grande, y no tenía forma de ave.
—¿Qué queréis que sea entonces?
—No lo sé. ¿Sería un proyectil disparado por los papúes?
—Sólo usan flechas y lanzas, señor Cornelio.
—Lo sé; pero... ¡Mira!
Una masa negra, otra, sin duda, se había destacado de un árbol de la orilla derecha, y había pasado a través del río con extrañas ondulaciones produciendo una leve corriente de aire, y desapareciendo entre las plantas de la orilla izquierda.
—¿Lo has visto, Horn?—preguntó Cornelio.
—Sí; y sé lo que es.
—¿Un proyectil?
—No, señor Cornelio. Uno de esos volátiles que los malayos llaman Kubug, nosotros, gatos o zorras voladoras, y los naturalistas, galeopithecus, si no me equivoco.
—¿Qué clase de animales son?
—Parecen monos, más bien que gatos; tienen unos dos pies de altura, la cabeza pequeña, semejante a la de los chacales, el pelo rojo oscuro, y ejecutan vuelos hasta de doscientos pies. Hay otros de una especie parecida y de larga cola, pero que vuelan menos.
—¿Y cómo hacen para volar?
—Batiendo las alas.
—¿Monos con alas? Tú sueñas, Horn.
—No, señor Cornelio. No diré que sus alas sean iguales a las de los pájaros, eso no. Consisten en una especie de membrana que les sale de las patas anteriores, se junta con las posteriores y se prolonga hasta la cola. Al mover las patas, mueven al mismo tiempo las alas, y vuelan, pero de cada vuelo sólo pueden atravesar unos doscientos pies o poco más, como os he dicho.
—¿Y sólo se crían en esta isla?
—Yo he visto muchos en el puerto de Dori y en los bosques de la c.
—¡Silencio!
—¿Otra vez?
—Sí; pero ahora no se trata de monos voladores.
Aguzaron los oídos y escucharon atentamente, conteniendo la respiración. Por la parte alta del río percibieron un ruido como el que hace al caer un cuerpo pesado en el agua. Miraron en aquella dirección; pero la sombra que proyectaba el bosque era tan espesa, que no pudieron descubrir nada.
—¿Has oído, Horn?
—Sí, señor Cornelio—contestó el marino, con cierta inquietud.
—Alguien se ha tirado al río.
—Eso temo.
—¿Algún pirata, quizá?
—Los piratas tienen que venir de la parte del mar.
—Es verdad; pero pueden haber desembarcado, para caer de espaldas y de frente sobre nosotros.
Van-Horn no respondió; pero movió la cabeza con aire de duda.
—¿Qué hacemos?—dijo Cornelio después de algunos instantes de silencio.
—Por ahora, vigilar las aguas. Si es un hombre, tendrá que subir al banco de arena para llegar hasta nosotros, y se descubrirá, pues por aquí no hay agua.
—Es verdad... ¡Calle! ¡Otra zambullida!
—Y otra más lejana.
—¿Estaremos rodeados?
—¡Oh!—gritó el marino—; ¡mirad allí!
Cornelio miró en la dirección que le señalaba, y vió a flor de agua masas negruzcas que se acercaban lentamente al banco de arena.
—¿Canoas?—preguntó levantándose.
—O cocodrilos—respondió el piloto.
—¿Los hay aquí?
—En todos los ríos.
—¿Querrán acometernos? Por fortuna, estamos en la chalupa.
—Pero encallados en medio de un banco, señor Cornelio, y en la absoluta imposibilidad de huir hacia las orillas. Si llegan aquí, no les será difícil entrar en la chalupa y aun destrozarla con sus formidables coletazos.
—Despertemos a mi tío.
—Y a todos. Nos aguarda un mal cuarto de hora.
Despertaron al Capitán y a sus compañeros y les dijeron lo que ocurría.
—La cosa puede ser muy grave—dijo Van-Stael—. Los cocodrilos de los ríos de Nueva Guinea son feroces y no temen al hombre. ¿Empieza a subir la marea?
—Desde hace un cuarto de hora—respondió Van-Horn.
—Es necesario defendernos hasta que estemos a flote.
—¿Y no oirán los piratas los tiros?
—Sin duda, Horn; y subirán en seguida río arriba; pero no vamos a dejar que nos devoren los cocodrilos por miedo a los piratas. Apenas podamos movernos, o, mejor dicho, apenas pueda moverse la embarcación, nos refugiaremos en los bosques y allí estaremos seguros. ¡Atención! ¡Ahí están los cocodrilos! Procurad darles en el cuello, si queréis que nos veamos libres de sus tremendas mandíbulas.
Los cocodrilos llegaban, en efecto; pero no eran dos o tres, sino una verdadera banda; treinta, cuarenta o quizá más. ¿Cómo se habían reunido allí tantos saurios, cuando los náufragos no habían visto ni uno siquiera durante el día? ¿Venían de alguna gran charca o de algún lago que hubiera cerca del río? Ambas cosas eran probables.
Aquellos espantosos anfibios, advertidos de la presencia de una buena presa, llegaban por todas partes rodeando la chalupa.
A la luz de los astros se veían sus enormes mandíbulas erizadas de largos dientes, que se entrechocaban con un ruido semejante al que produce un cajón al caer sobre cubierta.
Daban terribles coletazos en el agua que producían verdadero oleaje. Sonaban sus colas al dar unas contra otras con ruido como el que harían huesos durísimos entrechocándose.
Cuando tuvieron rodeado el banco, se detuvieron como si quisieran asegurarse de la clase de enemigo con quien tenían que habérselas. Después uno de ellos, el más atrevido, y el mayor sin duda, pues tenía más de treinta pies de largo, dió un coletazo en tierra, subió al banco, que la marea iba ya cubriendo, y avanzó resueltamente hacia la chalupa.
—¡Es horrible!—exclamó Hans, temblando.
—¡Valor, muchachos!—dijo el Capitán, que no perdía su calma—. Este es mío.
El saurio no estaba más que a seis pasos, y de un coletazo podía echarse encima de la chalupa.
Van-Stael apuntó a las abiertas mandíbulas del monstruo, e hizo fuego.
El cocodrilo, herido de muerte por la bala que le debió de atravesar de la garganta a la cola, se encabritó como un caballo, agitando su enorme cola, y después cayó revolcándose y levantando salpicaduras de fango.
Los otros, lejos de asustarse por la detonación, que para ellos debía de ser cosa nueva y desusada, pues que los papúes no usan armas de fuego, ni tampoco por la muerte de su compañero, saltaron al banco dirigiéndose hacia la chalupa.
—¡Valor!—volvió a exclamar el Capitán, cargando precipitadamente el fusil.
El asalto fué tremendo. Aquellos formidables saurios, creyendo que hasta la chalupa era una presa propia para tragársela, se atropellaban unos a otros para llegar primero. Sus hálitos, calientes y fétidos, llegaban hasta los desgraciados náufragos.
Estos, aunque aterrorizados, no perdieron la calma. Descargadas las armas contra los más cercanos, echaron mano de las hachas, de los arpones y hasta de los remos, y se defendieron con valor sobrehumano, golpeándolos furiosamente en los cráneos y en las mandíbulas, hasta romperles los dientes o herirles las gargantas.
Por fortuna, la chalupa era alta de bordas, y los cocodrilos no podían entrar a saquear el interior; pero trataban de volcarla a coletazos, tan violentos, que habrían acabado por desguazarla.
Aquella encarnizada defensa, aquellas detonaciones, aquellos fogonazos, aquellos gritos, parecieron desconcertar a los asaltantes, los cuales se decidieron a retroceder hacia las orillas del banco, pero sin abandonarlo.
Cinco de ellos yacían en la arena, y otros tres, heridos de gravedad, tal vez mortalmente, se agitaban con violentas convulsiones.
Los náufragos comenzaron otra vez el fuego, para obligar a los saurios a volverse al río; pero los terribles anfibios parecían dispuestos a renovar su acometida.
—No perdáis golpe—decía el Capitán—. Si podemos resistir siquiera diez minutos, la chalupa dejará el banco.
—Ya está todo él cubierto de agua—dijo Cornelio—. La marea sube rápidamente.
—Pero estos cocodrilos no se deciden a irse—repuso Van-Horn—. ¡Aquí viene otro!
—¡Duro con él, muchachos!—gritó el Capitán.
Dos disparos sonaron casi a un tiempo. El cocodrilo dió un salto que lo hizo caer al borde del banco, de donde rodó al río desapareciendo bajo el agua.
Los otros, que parecían indecisos, retrocedieron; pero en seguida volvieron a acometer atropellándose los unos a los otros para acabar más pronto con aquellos hombres. Ya iban a llegar a la chalupa, cuando ésta, que desde hacía algunos instantes estaba dando tumbos sacudida por la marea, se puso a flote deslizándose a través del banco.
—¡Libres!—gritó Cornelio.
—¡A los remos, Horn!—exclamó el Capitán, descargando su fusil en medio de la banda de cocodrilos.
El piloto, el chino y Hans se pusieron a remar desesperadamente dirigiendo la chalupa hacia la orilla izquierda, mientras Cornelio y el Capitán, por medio de frecuentes disparos, mantenían lejos a los saurios, los cuales no parecían ya muy dispuestos a seguir atacando.
En pocos instantes la chalupa atravesó el río y atracó en la orilla, en medio de un enorme matorral de plantas acuáticas.
Iban a desembarcar, cuando por la parte baja del río oyeron voces humanas y batir de remos.
—¿Quién se acerca?—preguntó el Capitán.
—Los piratas, sin duda—respondió Van-Horn—. Han oído nuestros disparos y vienen a atacarnos.
—¡Después de los cocodrilos los piratas!—exclamó Cornelio—. ¡Qué dichoso país y qué hermosa noche!
—¡Callad!—dijo el Capitán.
Se inclinó hacia el agua y escuchó.
—Sí—dijo, después de algunos instantes—. Deben de ser los piratas que vienen río arriba. He oído el batir de muchos remos.
—¿Suben con las piraguas?
—Sí; deben de haberlas separado para hacerlas más ligeras, quitándoles el puente y el cobertizo. Escondamos la chalupa y huyamos a los bosques.
XVI.—LA CABAÑA AÉREA
NO había un momento que perder. Los piratas, atraídos por el ruido de los disparos, se habían puesto rápidamente en campaña, para tratar de hacer prisioneros a los náufragos antes de que cayesen en manos de otros. Creían, sin duda, que habían sido atacados por indígenas y venían decididos a disputarles la propiedad sobre aquellos hombres y sobre la chalupa.
Los náufragos, que oían las voces de los que se acercaban y hasta el batir de los remos en el agua, llevaron a tierra la chalupa y la cubrieron con un montón de ramas y de hojas, para no perderla y verse privados de los víveres y mantas que no podían llevarse consigo. Para mayor precaución cargaron con todas las municiones, no queriendo dejarlas en la barca, que, aunque bien escondida, corría el peligro de ser descubierta y saqueada.
—¡A tierra!—exclamó el Capitán.
Por el recodo del río había aparecido una piragua tripulada por muchos hombres, y detrás se veía ya la proa de otra. Los náufragos no podían ya dudar un instante; y se apresuraron a internarse en la selva alejándose del río.
La selva era espesísima y reinaba tal oscuridad en ella que apenas podían distinguirse los troncos de los árboles; pero Cornelio que conocía muy bien los bosques de Timor, por los cuales había andado a menudo, se puso a la cabeza de los expedicionarios y los guió hacia el Oeste.
Había allí árboles innumerables, de infinidad de especies: unos altos, rectos, enormes, que desplegaban su ramaje a doscientos y más pies del suelo; otros, más bajos, nudosos, curvados a derecha o izquierda, y otros, en fin, delgados y raquíticos de tronco, pero de follaje gigantesco, compuesto de hojas de lo menos veinte pies de largo por tres o cuatro de ancho. Bejucos larguísimos y plantas trepadoras se enredaban por todas partes y corrían de un tronco a otro, formando redes inextricables bastantes para detener a elefantes en su marcha, apresándolos entre sus mallas.
Brotaban del suelo monstruosas raíces que serpenteaban acá y allá, como reptiles apocalípticos, haciendo muy difícil el paso en medio de aquella oscuridad. Cornelio avanzaba con muchísimo tiento para no tropezar con cualquiera de aquellos infinitos obstáculos, y sobre todo para no pisar a alguna serpiente pitón, de las innumerables que hay en las selvas de Malasia y Nueva Guinea, y que tienen veinticinco y hasta treinta pies de largas, y están dotadas de tan prodigiosa fuerza, que ahogan a un buey entre sus anillos.
Hacía una hora que caminaban, alejándose siempre del río para hacer perder sus huellas a los piratas, cuando de repente fueron a dar en un pequeño escampado rodeado de árboles.
Vió Cornelio, con gran sorpresa, alzarse casi en medio de aquel espacio descubierto, una masa negra, enorme, que parecía suspendida en el aire, a catorce o dieciséis pies del suelo.
—¡Tío!—exclamó.
—¿Qué has descubierto?—preguntó Van-Stael, saliendo del bosque.
—¡Mira!
—Es una casa de papúes—dijo el Capitán.—¡Mal encuentro, si está habitada!
—¿Una habitación?
—Sí, Cornelio. Los papúes para no dejarse sorprender por sus enemigos o por las fieras, construyen sus cabañas sobre altas estacas.
—Pero esa es inmensa.
—Suelen habitar muchas familias en cada una de esas casas aéreas. Son construcciones curiosas.
—¿Estará habitada?—preguntó Van-Horn.
—Pronto lo sabremos. Por la noche los inquilinos levantan los bambúes con entalles o muescas que les sirven de escaleras para subir. Si a esta cabaña le faltan esas escalas, es que está habitada.
—Si lo estuviera, los papúes habrían oído nuestros disparos y no estarían durmiendo ciertamente—observó Hans.
—Tienes razón—dijo el Capitán—. ¡Qué suerte si estuviera vacía!
—¿La ocuparemos?—preguntó Cornelio.
—Sin perder tiempo. Desde lo alto podremos defendernos de los piratas, en el caso de que vengan a asaltarnos.
—¿Y no se caerá esa choza? Tengo poca fe en la solidez de su construcción.
—Esos edificios son muy resistentes, Cornelio, y desafían a los elementos. Los bambúes en que descansan y de que están construídos son fuertísimos, como sabes, a pesar de su ligereza. Seguidme, amigos, pero sin hacer ruido.
Los náufragos se adelantaron hacia la choza procurando ocultarse entre las yerbas y las plantas trepadoras que había esparcidas por aquella pequeña llanura, y se detuvieron al pie de los horcones del edificio, el cual era de enormes dimensiones. Aquella casa aérea, levantada treinta pies sobre el suelo, estaba admirablemente construída.