EL MEXICO DE ALARCON
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EL MEXICO DE ALARCON
Hacia 1581 nació—en la ciudad de México—Don Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza. Por su padre, Pedro Ruiz de Alarcón, descendía de una noble familia de Cuenca, y por su madre, doña Leonor de Mendoza, estaba emparentado con lo más ilustre de España. Su abuelo materno, Hernando de Mendoza, se había establecido en la Nueva España, tal vez buscando la protección del primer virrey, el benemérito Don Antonio de Mendoza, que era su pariente. A la nobleza de su nombre en España, unía la familia el título de ser una de las más antiguas de la colonia. Don Pedro, el padre del poeta, figura como minero del Real de Taxco, población del actual Estado de Guerrero, al Sur de la ciudad de México, que los viejos libros describen como famosa por sus ricos metales, y "siempre apreciable por la benignidad de su temperamento, por lo sereno y apacible de su cielo, por la bondad de sus aguas"[1]. Decaída de su antiguo esplendor hacia fines del siglo XVIII, conserva todavía hermosos templos y casas señoriales que se destacan sobre el paisaje de líneas puras y el dibujo fino de la serranía[2]. Los conquistadores habían acudido a Taxco atraídos por la fama de que sus minas pagaban al emperador Moctezuma el vasallaje en ladrillos de oro.
La ciudad de México,—en cuya Universidad comienza Alarcón sus estudios por 1592,—fundada según las líneas de la villa española, tenía ya, a fines del siglo XVI, un carácter propio, impuesto por las condiciones sociales en que se desarrolló la Conquista. La raza triunfante vivía de la raza postrada, y todo criollo, por el hecho mismo de serlo, estaba acostumbrado a portarse como señor. Pronto la sociedad cobra un tinte de reposada aristocracia, que contrasta vivamente con el ímpetu aventurero del español recién venido. Mientras las Indias son para el peninsular algo como un revuelto paraíso de lucro y de placer, el nativo de ellas las tiene por tierra de natural nobleza.
Don Juan heredaba, pues, con su nombre, las preocupaciones de una nobleza añeja y legitima, y el orgullo delicado del criollo español bien quisto, pariente y amigo de virreyes. Siempre le había de envanecer este timbre, y más tarde, había de atraerle las burlas de los desenfrenados ingenios de Madrid. Por toda su obra se nota el rastro que dejó en su espíritu el trato de la sociedad colonial y el recuerdo de su vida aristocrática.
Para los tiempos de Alarcón—y aun medio siglo antes, cuando la describe Francisco Cervantes de Salazar en sus Diálogos latinos—ya tenía la ciudad de México ese aspecto monumental que, en continuada tradición, había de hacer de ella la más hermosa ciudad del Nuevo Mundo. Más tarde, como todos los mexicanos saben, Alejandro de Humboldt la llamaría la ciudad de los palacios[3]. A través de su comba lente de poeta, Bernardo de Valbuena nos la hace ver en 1603 revestida de extraordinaria belleza.
La Universidad de México fué fundada a mediados del siglo XVI, con todos los privilegios y pompas de la salmantina; y ampliando poco a poco su plan, llegó a ser una buena copia da su modelo. En tiempos de Alarcón, conquistada la parte mejor de la tierra, la carrera de las letras comenzaba a ser más deseable que las de las armas para los hijos de buena familia que aspiraban a los cargos del Estado.
De España habían ido a servir a la nueva Universidad varones tan doctos como el mismo Cervantes de Salazar, el jurista Bartolomé Frías de Albornoz, celebrado por el Brocense, y el filósofo aristotélico Fray Alonso de la Veracruz, grande amigo de Fray Luis de León. Y ya las amplias posibilidades de la vida mexicana habían atraído a poetas y literatos como Gutierre de Cetina, Juan de la Cueva, Eugenio Salazar de Alarcón, sin contar la multitud de cronistas que acudían a relatar las que entonces se llamaban "hazañas de la Iglesia". Poco después, durante la juventud de Alarcón, fueron a México Luis de Belmonte, Diego Mejía, Mateo Alemán. Y buen testimonio de la cultura propia de México dan los poetas como Francisco de Terrazas y Antonio de Saavedra Guzmán. Beristáin, en su Bibliografía (1816-21), cita más de cien literatos sólo en el siglo XVI, y Fernán González de Eslava, en uno de sus Coloquios espirituales (1610) hace decir a Doña Murmuración desenfadadamente que "hay más poetas que estiércol". González de Eslava—no se sabe si de extracción española—es ya un poeta de educación mexicana, como asimismo lo fué Bernardo de Valbuena.
La imprenta, cuya actividad comenzara desde 1539, había ya tenido tiempo de hacer cerca de doscientas publicaciones para fines del siglo[4] .
El teatro, finalmente, inaugurado por los misioneros para objetos de catequismo, se desarrolló de tal manera, que ya por 1597 tenía edificio propio en la casa de comedias de don Francisco de León. Poco después, al decir de Valbuena, hubo "fiesta y comedias nuevas cada día"[5].
Así pues, cuando don Juan Ruiz de Alarcón—acabados en aquella Universidad los estudios de Artes y casi todos los de Cánones,—se embarcó para la vieja España en 1600, con ánimo de continuar su carrera en la famosa Salamanca, había ya vivido en un ambiente de sello inconfundible y propio los veinte primeros años de la vida, que es cuando se labran para siempre los rasgos de toda psicología normal.
ALFONSO REYES
(Prólogo a la edición Calleja de Páginas escogidas de Alarcón, Madrid, 1918).