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Los favores del mundo

ALARCON EL CORCOVADO

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ALARCON EL CORCOVADO

Entre las fisonomías literarias españolas que el tiempo y la investigación erudita han ido aclarando y definiendo, pocas más afortunadas que la de Don Juan Ruiz de Alarcón. De una parte, ha contribuído a ello su relativa sobriedad en el producir. Sólo veintitantas comedias tenemos de su mano. Ante la inagotable vena de otros contemporáneos suyos, de Tirso, por ejemplo, para no hablar de Lope, a quien nadie quizá leyó nunca por entero, esta continencia de Alarcón es ya, por sí sola, harto característica. De otra parte, el hecho de haber nacido en el mundo colonial le ha valido a Alarcón buen número de aficionados y devotos en las nuevas generaciones de aquellos países, que hoy entran con marcha segura en los nuevos métodos históricoliterarios, ganosas de escudriñar cuanto haya de grande y de bello en su pasado próximo. Después del trabajo respetable de Don Luis Fernández Guerra, ya anticuado, y de las aportaciones de Pérez Pastor y Rodríguez Marín,—sin contar algunas sugestiones de Menéndez y Pelayo, felicísimas y muy luminosas, con estar hechas de pasada,—los estudios alarconianos han tomado nuevo impulso en América, merced a las rebuscas eruditas de Don Nicolás Rangel, y sobre todo a la honda labor de Don Pedro Henríquez Ureña. Ahora en Madrid salen simultáneamente dos volúmenes de Alarcón, uno con dos comedias, en la colección de Clásicos castellanos, y otro de Páginas escogidas, en la Biblioteca Calleja, ambos por diligencia de Don Alfonso Reyes, que los ha ilustrado con importante labor crítica en prólogos y anotaciones.

Resumen estos libros todo lo hecho hasta aquí en el estudio de Alarcón, tanto en investigaciones documentales como en interpretación estética; hay, además, en ellos cuanto podría esperarse, conocidas la seriedad y cultura del literato que los ha dado a la imprenta. La ciencia literaria, la seguridad del gusto, la novedad expositiva, tan rica en alusiones y puntos de vista, con que los papeles críticos que avaloran la fidelidad de los textos están trazados, son dignos de incondicional encomio. A estos libros tendrá que acudir en adelante todo el que se interese por el autor de La verdad sospechosa.

Podemos ver aquí cómo es Alarcón. Las burlas de que fué objeto por parte de sus contemporáneos han llegado hasta nosotros, más todavía que sus comedias, casi nunca representadas en tiempos recientes. Son éstas, al lado de las de Lope, ruidosas, gallardas, empenachadas, o de la insinuante agudeza de las de Tirso, modelos de reposo y de discreción; en ellas la razón se impone y la fantasía se somete. Acaso la poesía también: es raro, en Alarcón, el transporte lírico, tan frecuente en los dramáticos de su tiempo. Las escasas obras no teatrales que de él nos quedan son versos de circunstancias, sin mérito alguno. Es el hombre de teatro, sin cariño por las demás formas literarias; y aun sus comedias parece que las consideró como virtuosos efectos de la necesidad, para entretener la espera de los cargos que pretendía. Logrados sus anhelos, casi se aparta del teatro. Desde 1626 ya es persona importante: relator interino primero, propietario después, en el Consejo de Indias. Cuando publica sus comedias, en 1628 y en 1634, la vida literaria es cosa pasada para él.

Los epigramas que le dispararon sus émulos, reunidos en antología, pueden caracterizar el Parnaso de los comienzos del siglo XVII. Con La que adelante y atrás—gémina concha te viste, se retrata en vocabulario e inversión Don Luis de Góngora. ¿Quién sino Quevedo podría decir: Don Talegas—por una y por otra parte? Tantas alusiones a su desdichada figura, aunque él procurase pararlas con alfilerazos y donaires, habían de amargarle la vida. Hasta en sus finos modales y atildada cortesía encontraban reparo los ingenios de la corte; les parecerían—y en eso la corte no ha tenido tiempo de variar en tres siglos—marca segura de inferioridad provinciana.

El pobre corcovado, zaherido a todas horas y en todas partes, repetiría más de una vez, para sus adentros, aquella redondilla que escribió en Las paredes oyen:

En el hombre no has de ver la hermosura o gentileza: su hermosura es la nobleza; su gentileza, el saber.

De noble y bien nacido blasonó siempre Alarcón; el tono moderado y severo de moralista, que le señala y distingue entre todos los dramáticos de su época, casa muy bien con tales aspiraciones, desesperadamente abrazadas, a la falta de otros ideales, que huían de su figurilla contrahecha. Esa redondilla, que si fuera de Lope se nos había de antojar afectada y pegadiza, en Alarcón asume plena virtud representativa y vale por una confesión.

ENRIQUE DÍEZ-CANEDO

(Divagaciones literarias, Madrid, 1922).

LOS FAVORES DEL MUNDO

Comedia en tres actos.

PERSONAS:

GARCI-RUIZ DE ALARCON.

DON JUAN DE LUNA.

EL PRINCIPE DON ENRIQUE.

DON DIEGO, viejo, tío de Anarda.

EL CONDE MAURICIO.

LEONARDO, su criado.

HERNANDO, gracioso.

GERARDO, paje del Príncipe.

ANARDA, dama.

JULIA, dama.

INÉS, criada de Anarda.

BUITRAGO, escudero.

DOS PAJES.

[CRIADOS.]

[La escena es en Madrid.]

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