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Los cursos

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José A. Luengo translation

En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto. (nota del transcriptor)

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cubierta del libro
cubierta del libro

CALPE LOS HUMORISTAS Volúmenes publicados.

JORGE COURTELINE.—Boubouroche. Traducida del francés por N. González Ruiz.

Los señores chupatintas. Tr. por N. González Ruiz.

ARNOLD BENNET.—Enterrado en vida. Traducida del inglés por Vicente Vera.

El "matador" de Cinco-Villas. Tr. por C. Rivas Cherif.

La viuda del balcón. Tr. por C. Rivas Cherif.

JULIO CAMBA.—La rana viajera.

HENRY SIDNOR HARRISON.—Queed, el doctorcillo. Tr. del inglés por Juan de Castro.

EUGENIO HELTAI.—"Family Hotel" y Mi segunda mujer. Tr. del húngaro por A. Révész.

Manuel VII y su época. (Continuación de "Family Hotel".) Tr. por A. Révész.

A. CHEJOV.—Historia de una anguila, y otras historias. Tr. del ruso por Saturnino Ximénez.

RAMON GOMEZ DE LA SERNA.—Disparates.

ESTEBAN SZOMACHAZY.—El dramaturgo misterioso. Tr. del húngaro por A. Révész.

RENE BENJAMÍN.—Gaspar. Tr. del francés por Manuel Azaña.

P. VEBER.—Los cursos. Tr. del francés por M. Luengo.

En prensa.

ARNOLD BENNET.—Hilda Lesways. Tr. del inglés por Eugenio Xammar.

RENE BENJAMIN.—El mayor Pipe y su padre. Traducida del francés por N. González Ruiz.

PAWLOWSKY.—Viaje al pais de la cuarta dimensión. Tr. del francés por R. Sánchez Ocaña.

ANDRÉS MAUROIS.—Los silencios del coronel Bramble. Tr. del francés por J. J. Llovet.

COLECCIÓN CONTEMPORANEA Primeras obras que aparecen en esta serie.

CHARLES MAURRAS.—Anthinea. Traducida del francés por Enrique de Mesa.

MAURICIO BARRES.—La colina inspirada. Traducida del francés por Fernando García Vela.

Amori et dolori sacrum. Traducida por Luis Bello.

El viaje de Esparta. Tr. por J. Ortega y Gasset.

Los desarraigados. Tr. por B. G. de Candamo.

TOMAS HARDY.—Lejos de la loca multitud. Tr. del inglés por F. Climent Terrer.

La mano de Ethelberta. Tr. por F. Villaverde.

La Bien Amada. Traducida por F. Climent Terrer.

LOS CURSOS

ES PROPIEDAD COPYRIGHT BY CALPE, MADRID, 1921

Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA

PEDRO VEBER

LOS CURSOS

LA TRADUCCION DEL FRANCES HA SIDO HECHA POR JOSE A. LUENGO

LOS HUMORISTAS CALPE

"Tipográfica Renovación" (C. A.), Larra, 6 y 8.—MADRID

I CURSO DE LITERATURA

En el Liceo Montespan, el despacho de la directora no es severo de aspecto. El limonero del mobiliario, las colgaduras azul de Francia, la luz que cae de una vidriera un poco alta, todo da al decorado la apariencia de un salón de lujo en un paquebote. La directora—la señora Jozielle—bordea los treinta y cinco años. Aunque famosa por su virtud, que atacaron en vano diez ministros de Instrucción pública, veinte diputados, treinta consejeros municipales y un número incalculable de funcionarios, la señora Jozielle puede pasar por una belleza provocativa; no tiene lentes; luce un vestido azul miosotis; este vestido representa un programa completo, porque es suelto y, por consiguiente, permite adivinarlo todo y no olvidar nada. La directora lo toma todo en serio, hasta las cosas serias; en este momento repasa una carta, cuyos términos no son muy de su agrado. El timbre del teléfono, instalado junto al tintero, tintinea. La directora coge el auricular y, como se hace cuando se telefona, mira vagamente al plinto que hay frente a ella.

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Al habla! ¡Sí...! ¿La señora Labron? ¿Quién es...? ¡Ah..., sí...! ¿La señora que me ha escrito? No pude leer la firma de la carta. ¡Acompáñela hasta aquí...! ¡Sí! Tiene solicitada una visita...

Un silencio. La señora directora cuelga de nuevo; levántase a medias para examinar su fisonomía en el lejano espejo que forma parte del plinto. Da unos toquecitos a sus hermosos cabellos rojizos y torna a sentarse; toma un libro de cuentas, que aparenta estudiar con un cuidado afanoso. Llaman; un tiempo, y luego la señora Jozielle dice con acento de fastidio:

—¡Adelante...!

Una criada sin edad abre la puerta y anuncia:

—¡La señora Labron!

Antes de que la señora directora haya tenido tiempo de manifestar su opinión, otra señora de cierta edad se precipita en la estancia como un tanque; es la señora Labron, que anuncia la cuarentena tan verídicamente como si tuviera la fiebre amarilla a su lado. Es también roja, pero la alheña tiene alguna culpa de ello; está vestida con un traje de color de ciruela y tocada con un sombrero verde obscuro; comprende confusamente que esto no se armoniza con las colgaduras de la estancia. Por esta causa adopta el partido de mostrarse agresiva.

LA SEÑORA LABRON.—Señora directora: soy una madre indignada, que acude...

LA SEÑORA JOZIELLE (tranquila, levantándose e indicándole una silla junto a su mesa).—¿Quiere usted hacerme el favor de sentarse, señora?

LA SEÑORA LABRON.—¡Muchas gracias! (Se sienta.) Señora: soy una madre indignada, que...

LA SEÑORA JOZIELLE (muy afable).—¡Usted dispense...! Es usted la señora Labron, ¿verdad?...

LA SEÑORA LABRON (ya menos dueña de sí misma).—¡Sí, señora! Soy una madre, que...

LA SEÑORA JOZIELLE (completamente amable).—Usted es la mamá de Pepita Labron, que está, con las mayores, en primera. Aun sin saber quién es usted la hubiese reconocido, porque su encantadora niña es un vivo retrato de usted. Parecen ustedes dos hermanas...

LA SEÑORA LABRON (casi sosegada).—¡Es usted muy amable! Señora directora: es una mamá inquieta, que espera de usted...

LA SEÑORA JOZIELLE.—Señora: en mí encontrará usted una amiga, más vieja, ¡ay!, que usted; una amiga que sabrá seguramente calmar su inquietud. En su carta, que recibí hace un instante, se queja usted de nuestro eminente profesor de Historia literaria, señor Chabregy...

LA SEÑORA LABRON (nuevamente encolerizada).—¡Es un miserable...! ¡Ha abusado indignamente de mi pobre hija...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Me pasma usted! El señor Chabregy es un sabio austero...

LA SEÑORA LABRON (furiosa).—¡Hay que decirlo! ¡Ha besado a mi hija...!

LA SEÑORA JOZIELLE (estupefacta).—¡Oh...! ¿Y dónde...?

LA SEÑORA LABRON.—¡En la boca, señora, en la boca...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Usted perdone! Quiero decirle que en qué lugar ha sido ello.

LA SEÑORA LABRON.—¡La ha besado en el locutorio, señora...! ¡Y en la boca, señora...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—Estoy llena de confusión. Es la primera vez que ocurre una cosa parecida en el Liceo Montespan... ¡Y el señor Chabregy...! ¡Oh! ¿Quién le contó este incidente...?

LA SEÑORA LABRON.—¡La misma Pepita! Entró en casa, me cogió aparte y me dijo: «Madre mía: amo al señor Chabregy. Me ha besado en la boca. ¡Quiero casarme con él...!» ¿Se convence usted ahora?

LA SEÑORA JOZIELLE (muy disgustada).—¡Evidentemente, puesto que la víctima ha denunciado a su seductor...! Además, he hecho interrogar a Pepita por la señora Rouvert, mi subdirectora, y ella ha confesado, ruborizándose, lo que usted acaba de decirme...

LA SEÑORA LABRON.—¡Ah! ¿Lo ve usted...? ¡Qué sátiro...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡No nos precipitemos...! Primeramente hay que instruir el proceso, saber cómo ha ocurrido la cosa, las circunstancias que concurrieron...

LA SEÑORA LABRON.—¡Las circunstancias...! Ha besado a mi hija en la boca... ¡Eso es todo...!

LA SEÑORA JOZIELLE (irritada).—¡Ya lo sé...! En fin, puede que se trate de un movimiento involuntario...

LA SEÑORA LABRON.—¿Involuntario...? ¡Por Dios, señora...! ¿La besaron a usted alguna vez de este modo...?

LA SEÑORA JOZIELLE (digna).—¿Qué duda cabe...? ¡Estoy divorciada, señora...!

LA SEÑORA LABRON.—¡Ah! ¡Enhorabuena...! Pues bien; usted no ignora cómo se conduce un hombre cuando se entrega a estas demostraciones... ¡Principia por la boca...!

LA SEÑORA JOZIELLE (soñadora).—¡Es lo general...!

LA SEÑORA LABRON.—¿Y adónde va a parar...?

LA SEÑORA JOZIELLE.—Quo non descendam?, habría dicho Foucquet. Pero nos alejamos del asunto... Usted tiene derecho a una reparación, señora. ¿Qué exige usted...? Yo puedo despedir al señor Chabregy... Piense usted en las consecuencias; el Consejo de disciplina se enterará del asunto. Este excelente profesor veráse obligado a abandonar la Universidad. ¡Es destrozar su porvenir! ¡Piense, señora, que apagará usted una lumbrera de la Ciencia...!

LA SEÑORA LABRON.—¿De veras...?

LA SEÑORA JOZIELLE.—Además, no podremos ahogar el escándalo. Su querida Pepita resultará comprometida. ¿Y tiene usted derecho a estropear el porvenir de su hija...?

LA SEÑORA LABRON (perpleja).—¡Es verdad...! Entonces no veo mas que una solución... Puesto que ese monstruo con rostro humano se ha hecho amar por mi hija..., ¡que se case con ella...!

LA SEÑORA JOZIELLE (estupefacta).—¡Cómo...! ¿Consentiría usted en entregar su hija a...?

LA SEÑORA LABRON.—¡No hay más remedio! Siga usted mi razonamiento: una rapaza que ha sido besada de esta manera se transforma y ya no tiene ideas normales acerca de la existencia... Mire: cuando yo era una jovencita, el señor Labron me besó la boca en un baile blanco... ¡Recuerdo el efecto que esto me causó...! ¡Hubo que casarme a escape...! Mi hija es mi hija... ¿Me entiende usted...?

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡La entiendo...! ¡Pero hay un obstáculo...! (Vacilando.) ¡Creo que el señor Chabregy es casado...!

LA SEÑORA LABRON (dando un brinco).—¡Casado...! ¡Y se atreve a besar a las jóvenes...! ¿Está usted segura de que es casado...?

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Claro! El me ha presentado a una señora bastante fea como si fuera la señora Chabregy...

LA SEÑORA LABRON.—¡Quia, señora, quia...! Mi hija me ha dicho que era soltero... ¡Y ella ha debido tomar sus informes...! ¡El le ha presentado a usted a su querida...! ¡Yo pagaré lo que haga falta...! ¡O se casa, o daré el escándalo...! ¡Es mi resolución definitiva...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Está bien, señora...! Voy a interrogar al señor Chabregy y a darle a conocer las condiciones de usted. Haga el favor de retirarse y vuelva dentro de una hora.

La señora Labron se marcha. A los pocos segundos entra en el despacho directorial el profesor literario: es un hombrón rubiazo, miope, rasurado, inverosímilmente flaco y ya un poco calvo; no sabe dónde poner las manos ni los pies; flota como una deuda en una chaqueta lamentable; diríase que fué criado en un telescopio. Parece aburrido más de cuanto pudiera expresarse.

CHABREGY.—¿Me ha mandado usted llamar, señora directora...?

La señora Jozielle contempla al seductor con una estupefacción poco aduladora, con aire de decirse que las jóvenes tienen un gusto deplorable. Luego indica una banqueta, donde Chabregy se sienta tímidamente; ruido de rótulas mal engrasadas.

LA SEÑORA JOZIELLE (muy en directora).—Tenemos que hablar, señor profesor...

CHABREGY (suplicante).—¡No siga usted, señora directora...! ¿Va usted a hablarme del «asunto Pepita»...?

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Ah...! ¿Confiesa usted...?

CHABREGY (enérgico).—¡Yo no confieso nada...! ¡Soy víctima de una maquinación horrible...! ¡Le juro, señora, que soy un hombre amigo de cumplir con mi deber..., que soy un profesor irreprochable...! Y permítame que se lo confiese con orgullo: a pesar de tener treinta y cinco años, me he conservado virgen...

LA SEÑORA JOZIELLE (incrédula).—¿De veras...?

CHABREGY.—No hay en ello mérito alguno; el estudio me absorbe y no me deja tiempo para dedicarme a la francachela. Además, y esto ya lo debió notar usted, ¡no soy hermoso...!

LA SEÑORA JOZIELLE (vaga).—¡Dios mío...! ¡Los hay más feos que usted...!

CHABREGY (firme).—¡No, señora...! ¡Yo tengo la fealdad profesional, y por eso me eligió usted...! Usted se dijo: «¡Con este, por lo menos, puedo estar bien tranquila...! ¡No inspirará malas ideas a sus discípulas...!» ¡Confieso que esta opinión me ufanó...!

LA SEÑORA JOZIELLE (ya interesada).—¡Le aseguro, señor Chabregy, que usted exagera su fealdad...!

CHABREGY.—¡No...! ¡Soy tan feo como Littré...! ¡Y juzgábame al abrigo de las vanas pasiones humanas...! ¡Me engañaba...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Caramba...! ¿Es verdad que ha besado usted a una joven en la boca...? ¿Sí o no...?

CHABREGY (confuso).—¡Sí, señora directora...! ¡Y puedo añadir que no me ha causado placer alguno...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¿De veras...? ¡Tiene usted el gusto muy difícil, amigo mío...! La señorita Labron es una muchacha muy linda. ¡Es hasta bella...!

CHABREGY.—¡Oh! ¡No exagera usted...! Es una diosa joven, conformes; es tan alta como yo, aunque mejor proporcionada y de buenas carnes. Su rostro tiene la nobleza de las medallas antiguas. ¡Me inspiran horror estas mujeres...!

LA SEÑORA JOZIELLE (aturdida).—¡Entonces no me explico lo sucedido...!

CHABREGY.—Va usted a verlo; es sencillísimo: me rogó usted que diera a las discípulas mayorcitas un curso de historia literaria; dispusimos de común acuerdo el tema de mis lecciones: «La influencia de la mujer en la literatura y en las costumbres del siglo XVII».

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Confieso mi imprudencia...! ¡No conviene hablar de las mujeres a las jóvenes...!

CHABREGY.—¿Y de qué quiere usted que se les hable...? ¿De los hombres...? ¡Eso sería todavía peor...!

LA SEÑORA JOZIELLE (melancólica).—¡Tiene usted razón...! ¡Continúe...!

CHABREGY.—Hasta entonces yo no había dado clase mas que a las medianas, a las back fish, que aun no tienen sexo, si me atrevo a expresarme así. Estas apenas me intimidaban; pero al entrar en la clase de las mayores sentíme súbitamente desorientado, como si penetrara en un país desconocido, habitado por seres inquietantes; había allí, en esta clase, un extraño perfume, formado por mil perfumes; un aroma que se me subía a la cabeza. Yo perdía la conciencia de mi personalidad y me convertía en un individuo distinto; yo, que soy modesto y más bien insignificante, experimentaba un deseo de brillar, de decir cosas espirituales y sutiles, ¡de hacerme valer, en fin...! ¡Qué vergüenza...!

LA SEÑORA JOZIELLE (protestando).—¡No hay por qué avergonzarse de esto...! Sus cursos han sido muy estimados.

CHABREGY (severo).—¡No lo fueron tanto como debieran...! A pesar mío, me había convertido en un comicucho. ¡Buscaba los efectos...! ¡Yo no era ya un profesor, sino un conferenciante...! Las muchachas sentían tentaciones de aplaudirme, y yo—¡no se lo ocultaré, señora!—experimentaba un placer infame ante este solo pensamiento. Cuando salía de mi clase estaba como embriagado con una deliciosa embriaguez. ¡Cómo me despreciaba en seguida, Dios mío...! Muchas veces estuve a punto de correr aquí para rogarle que me librara de esta tarea, de la que era indigno. Fuí cobarde y continué. Soy el mal sacerdote de la religión académica. ¡Eso es, señora...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¿Y cómo concibió usted el proyecto de seducir a la joven Pepita?

CHABREGY (cambiando de tono).—¡Cómo...! ¡Ni por pienso...! ¡Es un absurdo...! ¿Seducir a alguien...? ¿Yo...? ¡Usted no me ha visto bien...! ¡No...! ¡El castigo cayó sobre mí cuando menos lo esperaba...! Por culpable que fuese, yo había conservado cierta conciencia profesional. Quería que mis lecciones fuesen, no solamente agradables, sino también útiles. Para estar seguro de que me comprendían bien, yo, como todos los pedagogos, había escogido a la más estúpida de la clase, es decir, a la señorita Labron. Yo me decía: «¡Si esta lo entiende, las demás lo entenderán mejor!», y, mientras hablaba, mirábala para seguir en su semblante el trabajo de su lenta inteligencia. ¡Y si su semblante se iluminaba, me sentía satisfecho...! ¡Puesto que esta simplota se enteraba, las demás debían de haberse enterado también...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Desgraciado...! ¡La pobre muchacha creyó que usted le dedicaba una atención particular...! Al principio sintióse adulada, y luego, agradecida. La señorita Labron se dijo: «¡Habla por mí...!» Interpretó esto como una discreta declaración, y como esta niña es novelesca, enamoróse de usted... ¿Y usted no comprendió nada...?

CHABREGY.—Sí, señora; pero ¡demasiado tarde...! Figúrese usted que después de la última lección la señorita me dijo en voz baja: «¡Caballero! Tengo que preguntarle una cosa a solas. Le espero en el locutorio...» ¡Yo no desconfiaba ni pizca...! Ocurre con mucha frecuencia que una discípula le pida a uno aclaraciones; no puede rehusarse este benévolo repaso. Me presento, pues, en el locutorio; apenas hube entrado en él, la señorita Pepita se precipita contra la puerta, la cierra, se vuelve hacia mí y me dice: «¡Lo sé todo, caballero...!» «¿Qué sabe usted, señorita...?» «Sé que usted me ama y no se atreve a decírmelo...» «¡Qué...!», exclamé yo. «Pues bien; ¡yo también le amo...!» Señora: si un rayo hubiera caído a mis pies, no me hubiese quedado más aterrorizado...

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Bah! ¡Ya se hubiera usted aterrorizado algo más...! ¡Pero continúe...!

CHABREGY.—No había tenido tiempo de salir de mi asombro, cuando esta joven me saltó al cuello y me besó en la boca... Luego huyó después de haberme encerrado en el locutorio... ¡Tuve que salir por la ventana...! ¡A esto se reduce toda mi novela de amor...! Juro que he dicho la verdad. ¡Júzgueme usted...!

LA SEÑORA JOZIELLE (soñadora).—¡Es usted sincero...! ¡Estas chiquillas tienen a veces unas ocurrencias locas...! Pero me asombra que usted..., un hombre casado...

CHABREGY.—¡Yo...! ¡Yo no soy casado...!

LA SEÑORA JOZIELLE (severa).—¿De modo, caballero, que la señora Chabregy que usted me presentó era su querida...?

CHABREGY.—¡No...! ¡Es mi madre...!

LA SEÑORA JOZIELLE (alegre).—¡Oh! ¡Entonces es otra cosa...! ¡Usted puede casarse con su víctima...!

CHABREGY (estupefacto).—¿Quiere usted que me case...?

LA SEÑORA JOZIELLE (sin rodeos).—¡No discuta usted...! Se trata de una joven exquisita, que le ama y que tiene doscientos mil francos de dote... ¡Los padres exigen que usted repare su falta...!

CHABREGY (afligido).—¡Pero si yo no quiero casarme...! ¡Yo no quiero casarme...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Oh! ¡No discuta usted...! ¡No tiene derecho a elegir...! ¡O se casa o, de lo contrario, vendrá el Consejo de disciplina y la expulsión...!

CHABREGY.—¡Es usted cruel...! ¡Yo no amo a esa chiquilla...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Peor para usted...! ¡No quiero que haya escándalos en mi Liceo...! ¡Se casará usted...! ¡Se lo exijo...!

CHABREGY (lamentable).—¡Puesto que no queda otro remedio...! ¡Haré lo que usted quiera...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Gracias a Dios...! Voy a dar una buena respuesta a esa joven madre...

CHABREGY.—¡Désela usted...! Pero, si quiere conocer mi opinión, he aquí un matrimonio que no será dichoso... (Saluda y se va.)

II CURSO DE DECLAMACION

La señorita Jessy Loudon se ha metido en la avenida Frochot; busca un pabellón, que le ha indicado la portera; llega ante uno de hermoso aspecto cuya puerta de entrada adórnase con una placa de cobre que tiene estas palabras: ANTHIME TALMA, CURSO DE DICCIÓN. Llama; una criadita de repertorio abre la puerta e introduce a la visitante en un amplio estudio adornado con grabados antiguos. En el fondo, una especie de escenario; a la derecha, un diván, tumba de la virtud de las mujeres; a la izquierda, una mesita de te, sin te, y unas sillas. (Mise en scène de la Comedia Francesa.) La señorita Jessy se sienta junto a la mesita de te. Es una joven morena, estilo Otero, de buenas carnes y bellamente ataviada con un vestido que, bastante corto según nuestro gusto, muestra un arranque de piernas espléndidas y descubre un nacimiento de pecho impresionante. ¡Un nacimiento es siempre bendito! Mientras la criadita se retira, Jessy contempla los grabados antiguos, que recuerdan a los grandes artistas, orgullo de nuestro Teatro: Lekain, Potier, los Lepeintre—el joven y el mayor—, Beauvallet, la señorita Mars, la señorita George—esta cocinera heroica—, Rachel, Desclée, el famoso Grassot—inventor de un ponche—, Arnal y Vernet, en sus papeles más célebres. Las obras desaparecieron; pero la efigie de los actores permanece. Jessy contempla a estos antepasados, mientras pasa su mano, distraída, por una banda de perlas, que vale cien mil francos. ¡Hermoso número...! Entra el maestro; es Anthime Talma, el comediante más notable de nuestra tercera República. Pertenece a esa fuerte raza de cómicos que, no habiendo podido triunfar en escena, abrazaron el estado de profesor y prosperaron en él enseñando las reglas de un arte que ellos no supieron aplicar nunca. Talma es un eterno galán joven, que tiene cuarenta y cinco años y representa cincuenta. Cabeza pelada, con las arrugas de la vejez a lo largo de la nariz; frente genial de imbécil y ojos apagados; porte exquisitamente correcto.

TALMA (saludando).—¡Señorita! ¿A quién tengo el gusto...?

JESSY (levantándose).—Soy la señorita Jessy Loudon; me envía a usted la señorita Marjorie Daw, su discípula...

TALMA.—¡La señorita Daw es más que una discípula...! ¡Es una emanación de mi genio...! ¡Hágame el favor de sentarse, señorita Loudon...! ¡Y explíqueme lo que la trae por aquí...! ¡Estoy a su disposición...!

Juega con un monóculo que le servía antiguamente en sus papeles de galán joven.

JESSY.—Se trata, maestro, de pedir a usted unas lecciones y...

TALMA (interrumpiéndola con un noble ademán).—¡Un instante...! ¿Tiene usted vocación, hija mía...?

JESSY (turbada).—¡No lo sé...! ¡A usted le toca decírmelo...!

TALMA.—Somete usted mi conciencia a una dura prueba. ¡Sepa usted que yo tengo el respeto de mi arte...! Antes de alcanzar la celebridad conocí horas dolorosas. ¡Llegué hasta a dudar de mi porvenir...! ¡Pasé por pruebas de incertidumbre, donde otros hubieran zozobrado...! Preguntábame yo mismo si poseía lo que hace al artista, si tenía derecho a imponerme a la admiración de las multitudes... ¿Ha sentido usted, señorita, estas angustias...?

JESSY (sincera).—¡No, maestro...!

TALMA.—¡Pues la envidio...! Usted ignora los atroces dolores que templan al artista. Yo, aquí donde usted me ve, estuve a punto de sucumbir a ellos. ¡Un poco más, y hubiera renunciado al teatro para entrar en la Compañía de Suez...! ¡La suerte quiso que fracasara en el examen! ¡Torné al arte sublime del comediante! Dios me había indicado mi camino y lo escuché. Entré en el Conservatorio.

JESSY.—¡Qué suerte tuvo usted...!

TALMA (ofendido).—No fué suerte, como usted dice. Me había impuesto al Jurado. Ellos no me habían comprendido, sino soportado; yo llevaba a esa vieja casona un espíritu nuevo, una ardiente sensibilidad, que maravillaron a mis profesores. Obtuve el primer premio de Comedia y de Tragedia; los subvencionados se asustaron; no se atrevieron a soltarme en el repertorio. Yo dominaba el teatro desde muy alto; por esta causa me consagré al sacerdocio. Yo, señorita, no soy un simple profesor, sino un sacerdote... Llevo cincuenta francos por lección; pero enseño, con los preceptos del arte, el respeto al arte. Mi divisa es «Todo por el arte puro». Añado que se me pagan por adelantado cuatro lecciones; pero esto es a título de señal. ¡Si usted no tiene condiciones, rechazaré con horror sus doscientos francos...!

JESSY (tímida).—¡No se trata de dinero, maestro...! ¡Estoy dispuesta a pagar cien francos por lección...!

TALMA (suavizado).—Estos sentimientos la honran, señora. No tendrá usted por qué arrepentirse. Permítame que la mire...! Tiene usted un buen físico. ¿Qué edad...?

JESSY (moneando).—¡Dios mío...! Podría mentir a usted y decirle la edad que aparento: veintiún años. En realidad, tengo veinticuatro.

TALMA.—¡Sí! ¡Total, veintiocho...! Si usted se presenta en el Conservatorio, pondremos en la hoja de admisión diez y nueve años. No proteste; se trata de una antigua costumbre administrativa.

JESSY.—¡Pero protestará mi partida de nacimiento...!

TALMA.—¡Qué cosas tiene usted...! ¡Si todas las partidas de nacimiento de las actrices protestaran, no sería posible entenderse...! Están pintadas, por espíritu de cuerpo. Y para una cómica constituye hasta una ventaja el pasar por el Conservatorio, porque se rejuvenece en él cinco, ocho y aun diez años.

JESSY (alegre).—¡Caramba...! ¡No había pensado en esto...!

TALMA.—No es posible pensar en todo. La comedia es una fuente de juventud. ¿Se llama usted Jessy Loudon?

JESSY (ingenua).—Ese es mi nombre de guerra... de guerra contra los hombres... Yo me llamo verdaderamente Josefina Branchu.

TALMA.—En lo sucesivo, hija mía, se llamará usted Rachel Mars.

JESSY (confusa).—El nombre no es, por lo visto, moco de pavo.

TALMA.—Para una artista, el nombre es la cuarta parte del éxito. Ya sabe que me intereso mucho por usted. Adivino que posee usted dotes naturales. Usted ha sido arrastrada al teatro por una de esas vocaciones irresistibles...

JESSY.—¡Quia! ¡No! ¡De ninguna manera...! A mí no me gusta el teatro... ¡No me agrada mas que el cinematógrafo...!

TALMA (sofocado).—¡Qué blasfemia...!

JESSY.—Hasta puedo confesarle a usted que el teatro me disgustaba cuando era muchacha honrada... ¡Hace ya mucho tiempo...!

TALMA (curioso).—¡Ah! ¿De manera que usted no es ya...? (Se acerca.)

JESSY.—¡Claro que no lo soy...! ¡Comprenderá usted que salgo ya sin mi nodriza...! ¡Y que no he ganado estas perlas cosiendo a máquina...!

TALMA.—¡Lo adivino! Usted es hija de un consejero de Estado arruinado por las especulaciones.

JESSY.—Yo soy hija de mis obras, de mis obras vivas. Mamá tiene un cuarto amueblado en Montparnasse...

TALMA (molesto).—¡Chist...! ¡Chist...! ¡Nada de escándalos...! ¿Eh?

JESSY.—¡Oh! ¡Mamá es muy correcta...! ¡Nunca se llevó mal con las buenas costumbres...! Yo también era correctísima. Poseo todos mis certificados y hubiera podido ser institutriz, como Blanquita... ¿Sabe usted a qué Blanquita me refiero...?

TALMA.—A la heroína del señor Brieux. Le aconsejo a usted la escena del acto tercero.

JESSY.—Ya es demasiado tarde. Entré en las Galerías Wilson, donde alcancé un gran éxito como maniquí. Exhibía durante el día hermosos vestidos. Y le advierto que soy una plástica estupenda. ¡Puede usted creerlo...!

TALMA.—¡Lo creo...! (Se sigue acercando.)

JESSY.—Era muy dichosa; pero no lo sabía, y por eso me juzgaba muy desdichada. Presentóse un buen negocio: el señor Sautriot, el confeccionador al por mayor, un hombre por el estilo de usted, un poco gastado, pero muy cortés. Ofrecióme una buena posición.

TALMA (descorazonado).—¡Ah, miserable...!

JESSY.—¿El...? ¡Es la flor y nata de los hombres...! Me dió a escape todo lo que quería, y además me daba de propina lo que no quería. Me entrega dinero en forma de renta vitalicia.

TALMA (sin comprenderla).—Procura hacerse perdonar su edad...

JESSY (impaciente).—¡No me entiende usted...! Al hablar así quiero decir que me asegura mi porvenir. No es viejo. Apenas tiene cuarenta años. ¡Es más joven que usted...!

TALMA (vejado).—¡Usted dispense! ¡Yo tengo...!

JESSY.—Usted tiene cuarenta y cinco años. He comprobado su edad en la lista de los premiados del Conservatorio. Ahora bien; con arreglo a su teoría, esto equivale a...

TALMA (evasivo).—¡Dejemos eso a un lado...!

JESSY.—¡Como usted guste...! Entonces se produjo en mi vida un fenómeno inverso: creíame dichosa, puesto que lo tenía todo, y en realidad era muy desdichada. ¡Me aburría con un aburrimiento de más de cien francos por hora...! Siguióse a esto que el señor Sautriot se aburrió viendo que yo me aburría. Me compró un aparato fotográfico perfeccionado, útiles de pirograbado, una caja de colores, las últimas novelas y los juegos de sociedad. ¡Todo en vano...! Me pagó vestidos para distraerme. Me ofreció lecciones de piano. ¡Todo me fastidiaba...! Una noche, al desnudarme delante de él, exclamó: «¡Qué piernas tan bonitas tienes, querida mía...!»

TALMA (ofuscado).—¡Por Dios, señorita...!

JESSY.—¡Dispénseme usted, maestro...! El exclamó: «¡Qué piernas tan bonitas tienes...! Con unas piernas semejantes, ¿no se te ocurrió nunca hacerte del teatro...?»

TALMA.—¿Y usted se negó...?

JESSY.—¡Ni soñarlo...! Sentí que la vocación se adueñaba de mí, que iba a tener al fin algo que me interesara en la vida, que Dios me señalaba el camino que había de seguir... ¡Dios me había concedido unas piernas lindas...! Era para que se las enseñara a todos los amigos del señor Sautriot y para que el señor Sautriot se enorgulleciera de ello. De esta manera satisfacía mi deseo de actividad y la vanagloria del señor Sautriot. Mi amigo se hubiera desconsolado si yo lo hubiese engañado con un aviador, o con cualquier otro objeto de primera necesidad. Pero sentíase ufano de que lo engañase con el público.

TALMA.—¡Exactísimo...! Ha definido usted la seducción que las mujeres de teatro ejercen sobre sus amantes ricos.

JESSY.—Sautriot mostróse encantado. Fué a recomendarme a la señora Grattemimi, directora de las Locuras Medianas. ¡Esto debió costarle mucho...!

TALMA.—¿Supone usted que esa dama le pediría dinero...?

JESSY.—¡Déjeme continuar...! Esto debió costarle mucho trabajo, porque a él no le gustaba relacionarse con la gente de teatro. Es un negociante apacible y un hombre casado, que no tiene gran interés en encanallarse... Hizo que me contrataran; fuí a ver con él a la directora, una verdadera mujer de mundo, en toda la extensión de la palabra. Nos recibió muy amablemente y me dijo: «Usted, amiguita, hará una Gran Coqueta. ¡Lo veo desde la primera ojeada...!» En seguida me rogó muy discretamente que le enseñara mis piernas y me firmó un contrato; en la primera revista, que está en ensayo, debo representar a la hija de Jefté, al Pudor y a la Verdad. He visto los trajes, que son preciosos. Si los reuniera usted pedazo por pedazo, no conseguiría hacer con ellos un vestido de mujer honrada.

TALMA.—¿Y acepta usted esto...?

JESSY.—¡No se disguste usted...! Tendré que aceptar cosas peores. Después de todo, las mujeres honradas se desnudan de día y yo me desnudaré de noche. Unicamente nos diferenciará la diversidad de público. Yo no amo a nadie; por esta causa estoy resuelta a acostarme con todo el mundo. No aportaré vicio alguno con la ejecución de este programa. Me acostaré con los autores, con los principales intérpretes, con el administrador, con el apuntador, con los tramoyistas y hasta con el amante de la señora directora; me acostaré con el comanditario, con el vendedor de programas, con el consejero municipal del barrio, con el diputado del distrito y, si es preciso, con el ministro. Me acostaré, en fin, con el más alto magistrado del Estado, si éste tiene tiempo y deseos de hacerlo. Cuando una mujer abraza una carrera, conviene que abrace también a todos los que pueden facilitarle el acceso a la misma. Esto no me impedirá que entre en la Comedia Francesa, si se me antoja. ¡Por el contrario...! ¡Me ayudará a conseguirlo...!

TALMA (indignado).—¡Está usted hiriendo mis convicciones, señora...!

JESSY.—¡Sus convicciones...! ¡Se las compro...! Mire: tome cien sueldos y devuélvame cinco francos... ¿Cree todavía en la nobleza del arte, usted que nunca tuvo mas que sinsabores? ¿Cree usted en el talento y en el genio? Si yo tuviera la nariz ladeada o la pierna torcida, cambiaría la faz del mundo, al menos para el señor Sautriot, y yo no figuraría en la compañía de la señora Grattemimi.

TALMA.—Está usted pisoteando mis ideas más queridas. Sin embargo, siento en usted una personalidad rebelde. Quiero convertirla a la religión del arte puro. (Se acerca.)

JESSY.—¡Demasiado veo adónde va usted a parar...! Cuando un hombre me habla de arte, acaba siempre por...

TALMA.—¿Qué se figura usted...? Quiero que usted se eleve hasta estas cumbres desde las que se contemplan las ideas generales y donde no se experimenta ningún sentimiento ruin. Para interpretar a los genios, a Corneille, a Molière, a Racine, hay que hacerse un alma semejante a la suya; hay que pasar su corazón por el autoclave del sufrimiento; hay que caminar con pies desnudos por los senderos cubiertos con las espinas de la envidia y con las ortigas de la maledicencia.

JESSY.—¡Qué ocurrencias tan graciosas las suyas...! ¡No tengo los pies hechos a eso...!

TALMA (cogiéndole una mano).—¡Yo la ayudaré, hija mía...!

JESSY.—Pero ¿está usted muy seguro de que hay que comprender a Corneille para interpretar el papel del Pudor en las Locuras Medianas?

TALMA.—¡Sí...!

Este principia distraídamente a entretenerse.

JESSY.—¿Acaso Gandouille tutea a Racine...?

TALMA.—¿Quién es ese Gandouille...?

JESSY.—El cómico que ha perpetrado la revista en que yo trabajo y que hace todas las porquerías que estrena la señora Grattemimi.

TALMA (ajeno a todo esto).—¡No lo sé...! ¡Es posible...! ¡Todo es posible...!

JESSY.—Y usted, que se codea con Molière, ¿qué está buscando en este momento por los alrededores de mis ligas...? Sin duda, esto es lo que usted llama un sendero de espinas...

TALMA.—¡Le suplico, querida mía...!

JESSY.—¡Comprendido...! Es el oficio que entra, como suele decirse... ¡Bah...! ¡Yo soy una buena muchacha...!

Se dirige hacia el diván y se quita el corsé.

—¡Ea...! Vamos a elevar nuestra alma...

Talma no se lo hace repetir. Adivínase la continuación. Al cabo de unos cuantos minutos, Jessy se levanta tan tranquila como si acabara de cumplir una pequeña formalidad administrativa. Se pone su capa y se da unos pocos polvos en la nariz y en las mejillas, en tanto que el querido maestro restablece la buena disposición de su peinado. Breve silencio. Jessy se toca nuevamente con su sombrero; luego, algo turbada, registra en su bolso y saca dos billetes de cien francos, que alarga a su profesor.

TALMA (rechazando los billetes).—¿Por qué me ofrece usted este dinero...?

JESSY.—¡Caramba...! ¡Es el precio del abono... para la lección...!

TALMA (digno).—¿Por quién me toma usted...? ¡Soy un caballero, señora...! Después de lo ocurrido entre nosotros yo no puedo recibir la menor cantidad de usted...

JESSY (asombrada y encantada).—¡Bueno...!

TALMA.—¡Por lo menos, hoy...! ¡Ya me pagará a fin de mes...! ¡La señora Talma le pasará el recibo...!

III CURSO DE EURITMIA

La señora Bouzine ha llevado a su hija única, Lea, al curso de Euritmia dirigido por la célebre Terpsy, profesora de bellas actitudes. El curso Terpsy está situado en esa región montañosa que ya no es precisamente París y que tampoco es todavía Montmartre; calle Blanca; un amplio estudio, situado en el séptimo piso; no hay ascensor. La señora Bouzine, que es morena, bastante gruesa, de rasgos acentuados y de aspecto imponente, jadea al subir la escalera. Lea la sigue más alegremente; es una muchachita de diez y ocho años, morena, como su madre; anuncia predisposición para la obesidad. Por ahora no es más que rechoncha, pequeñita, de buenas carnes y con unas pantorrillas que los señores se vuelven a contemplar cuando va por la calle. Lea se parece desagradablemente a su madre. Llegan por fin al último piso, ante una puerta detrás de la cual déjase oír una vaga música; la señora Bouzine recobra el aliento, y luego llama. Una criada, bastante sucia, introduce a las visitantes en un saloncito poco amueblado y cuyo moderno estilo disimula mal la pobreza.

LA CRIADA.—¡Tengan la bondad de esperar, señoras...! Pronto llegará el entreacto. ¡La señorita Terpsy no tardará...! (Vase.)

LEA.—Oye, mamá... ¿Por qué no nos marchamos...? ¡Volveríamos otro día...!

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Tienes ganas de broma...? ¡Yo no he subido siete pisos para nada...! Además, hay que obedecer los consejos de tu tío. «Esta pequeña engorda demasiado... ¡Necesita hacer ejercicio...!» ¿Quieres engordar...? ¿Sí o no...?

LEA.—¡Me da lo mismo...!

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Estás en tu juicio...? ¿Y cuando no puedas casarte...? ¡Buena la habrás hecho!

LEA.—¡Bah! ¡Es que todavía puedo...!

LA SEÑORA BOUZINE.—Yo también decía eso... ¡Y ya ves a lo que he venido a parar...!

LEA (riendo).—¡Ay, mamá...! ¿Es que vas a seguir también el curso Terpsy...?

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Por qué no...? Algunas más gruesas que yo lo siguen. ¡Ahí tienes a la señora Gimblon...! ¡Era más recia que yo, y ha adelgazado diez kilos...!

LEA (riendo).—¡Y a consecuencia de esto, hasta se le ha desviado un riñón...! ¡Yo no quiero tener un riñón fuera de su lugar...!

LA SEÑORA BOUZINE (severa).—¡Lo que está fuera de lugar, hija mía, son tus observaciones...!

Detiénese la música entre bastidores. Aparece la señorita Terpsy. Es una mujer alta, de cuarenta años, con rasgos un poco cansados, pero muy regulares. Está vestida con una especie de peplo grisáceo, que cubre un traje de malla de color de carne; piernas y brazos desnudos, pies calzados con sandalias entrelazadas; el peinado rojo de la señorita Terpsy está sujeto con bandeletas de oro. Adivínase un cuerpo espléndido, sobre el cual el peplo forma pliegues de una perfecta armonía.

TERPSY (indicando unas sillas).—¡Tengan la bondad de sentarse, señoras...!

Ella se adjudica un sillón de forma griega; actitud de Tanagra. Las visitantes están maravilladas.

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Es usted la señora Terpsy? Yo soy amiga de la señora Gimblon.

TERPSY (inmóvil).—¡Ah...! ¡Ya...! ¡De mi Diez-kilos...!

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Qué dice usted...?

TERPSY.—¡Le quité diez kilos en un mes...!

LA SEÑORA BOUZINE.—¡Ya me lo contó...! ¡Ahora ya puede agacharse!

TERPSY.—¡Esto no es mas que el principio...! La estoy retrasando un poco a causa de los senos...[1].

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Qué designios...?

TERPSY.—¡Hablo del pecho...! Cuando se adelgaza demasiado de prisa, el pecho cae... ¡Y no conviene...!

LEA (curiosa).—¿De manera que los senos de la señora Gimblon...?

TERPSY.—¡Marchan muy bien, gracias a Dios...! Pero... ¿cómo decirlo...? ¡Sentían vértigos...! ¡Dejábanse caer en... la tentación...! Yo dije a la señora Gimblon: «Hay que someterse al masaje, y cuando ellos no tengan ya vacilaciones volverá usted y la dedicaré a la pírrica...»

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Y qué es eso...?

TERPSY.—La danza guerrera... Usted desconoce todavía mi enseñanza: la danza clásica en todas sus manifestaciones. ¡No hay ejercicio mejor...! ¡Desde luego aquí no aprenderá usted el tango...!

LEA (vivamente).—¡Oh...! ¿El tango...? ¡Ya lo sé...!

TERPSY.—¡Peor para usted...! Es la única danza que hace engordar. ¡Principalmente las piernas y el bajo-vientre!

LA SEÑORA BOUZINE (severa).—¡No bailarás más el tango, Lea...!

TERPSY (interesada).—¡Ah...! ¿Es esta joven la que necesita mis consejos...?

LA SEÑORA BOUZINE.—¡Claro...! ¿Qué pensaba usted...?

TERPSY (contemplándola).—¡Oh...! ¡Gentil...! ¡Bien proporcionada...! ¡Rostro interesante...! Sin embargo, ¡ya era tiempo...!

LA SEÑORA BOUZINE.—¡Lo mismo pensó su tío...! ¡Su tío es médico...!

TERPSY.—¡Estos señores nos envían muchas clientes...!

LA SEÑORA BOUZINE.—Además, mi cuñado se pasará por aquí al caer la tarde... ¡Siente curiosidad por conocer el método de usted...!

TERPSY.—¡Yo no tengo nada oculto para los señores de la Facultad...! ¡Ah...! ¡Le recuerdo el precio de la lección...! ¡Es de tres mil francos mensuales, a lección por día...!

LA SEÑORA BOUZINE (inclinando la cabeza).—¡Ya me lo habían indicado...!

TERPSY.—Yo les facilito el traje y el peplo: son cuarenta luises.

LEA (irónica).—¡Habría que ser verdugo de su cuerpo para privarse de ello...!

TERPSY (muy amable).—Pero si su señor cuerpo no quiere nada de esto, no hay por qué disgustar a los demás... ¡Yo no corro detrás de las lecciones...!

LA SEÑORA BOUZINE (alargándole discretamente un sobre).—¡Dispense a mi hija...! ¡Es un poco burlona...! Ahí van los dos primeros meses.

TERPSY (arrojando el sobre al fondo de un cajón).—¡Gracias...! (Firma un recibo en pergamino, que parece un diploma.) Voy a exponerle mi sistema a grandes rasgos. ¡Aquí tenemos, por ejemplo, a su hija, que es bastante linda...! Sin embargo, se sostiene mal, es de aspecto vulgar y se mueve con dificultad. ¡No tiene un solo ademán que sea gracioso...!

LEA (sonriente).—¡Encantador...! ¡Siga usted echándome flores, mientras las haya en su jardín...!

TERPSY.—Yo, hija mía, le digo a usted la verdad... Usted no sabe sentarse ni levantarse; usted no sabe acostarse... ¡Usted no sabe andar...! ¡Usted no sabe inclinarse...! Procure usted designar un objeto; este jarrón... Y diga: «¡He aquí un jarrón...!»

LEA (obedeciendo).—¡He aquí un jarrón... que no me gusta...!

TERPSY.—¿Lo está usted viendo...? ¡Es lo que yo decía...! ¡Hace usted un ademán torpe, un ademán vulgar...! Parece que está usted disparando una pistola con su índice... ¡Eso carece de gracia...!

LEA.—¡Yo me sirvo de mi índice como puedo...!

TERPSY.—¡Qué error...! ¡Es una cosa muy villana enseñar un dedo...! ¡Míreme...! ¡Yo contemplo el jarrón...! Luego curvo mi brazo, como para la ofrenda de mi deseo, y tiendo mis manos como si fueran una flor... (Actitud.)

LA SEÑORA BOUZINE (entusiasmada).—¡Bravo...!

LEA (vejada).—¡Evidentemente, es bonito...! Pero ¡si hay que ir de ofrenda siempre que se quiera un vaso...!

TERPSY (severa).—¡Es necesario...! ¡Atienda...! ¡Apuesto a que usted no sabe coger un paraguas caído...! (Toma el paraguas de la señora Bouzine y lo tira al suelo.) ¡Hala...! (Deteniendo a la señora Bouzine, que va a agacharse.) ¡Deje usted a su hija...! ¡Haga usted el favor de cogerlo, señorita Lea...!

LEA (doblándose en dos y cogiendo el paraguas).—¡No es nada difícil...!

TERPSY (indignada).—¡Quieta...! ¡Suéltelo usted, desventurada...! Y míreme; me acerco; voy, no «sobre» el objeto, sino «al lado» del objeto; doblo la rodilla derecha y pliego la izquierda; inclino mi cuerpo a la derecha y, con brazo alado, cojo el objeto como la lanza de un héroe difunto...

LA SEÑORA BOUZINE (en el colmo de la dicha).—¡Ah, qué hermoso...! ¡Bravo, señora Terpsy...! ¡Bravo...! (A su hija.) ¿Te acordarás...? (Lea hace una mueca.)

TERPSY.—Se enfada usted conmigo, señorita... Sin embargo, usted adquirirá poco a poco la costumbre de poner cierta armonía en sus menores ademanes... ¡Bajará usted del coche como una princesa baja de una carroza...! ¡Comerá usted tan noblemente, que su yantar no será la satisfacción, sino la idealización de una necesidad...! ¡Hasta sus más bajas funciones se revestirán de belleza...!

LEA (interesada).—¿Tiene usted también una actitud para esto...?

TERPSY.—¡Para todo, señorita...! Mi enseñanza no hace mas que expresar con ademanes los sentimientos sugeridos por la música: de esta suerte, yo la acostumbro a usted a guardar en el oído ciertas frases líricas; éstas acompañarán su vida en lo sucesivo. Principio por los sentimientos sencillos: la alegría (danza báquica), la tristeza (el treno), el ensueño (Beethoven), la voluptuosidad (erótica), la cólera (pírrica), etcétera. Una orquesta, oculta detrás de un biombo, toca los trozos de los mejores maestros, mientras que usted realiza cortejos tomados de jarrones etruscos, de bajorrelieves, de medallones y de reconstituciones cuidadosamente clasificadas. Así preparamos una juventud digna de este país...

LEA.—¿Una juventud...? ¿Con la señora Gimblon, que tiene ya la cuarentena...? ¡Hasta le llaman «la Fiebre amarilla»...!

TERPSY (digna).—¡La señora Gimblon torna a sus treinta años, demasiado mal cuidados...! ¡Es ya «canéfora», que quiere decir portadora de canastillo...! Dentro de poco será promovida a «hierofante»... Vamos a pasar a la sala de los oficios; antes ¿quiere usted decirme el nombre del doctor amigo de la familia que debe venir a buscarlas...?

LA SEÑORA BOUZINE.—Es mi hermano, el profesor Tassouin.

TERPSY (sobrecogida).—¿Gilberto Tassouin...?

LA SEÑORA BOUZINE.—¡El mismo! ¿Le conoce usted...?

TERPSY.—¡De nombre...! Por aquí, señoras...

Dice algunas palabras en voz baja a la criada; luego entran en el estudio: las damas, en peplo y traje de mallas, toman el te con unas amigas más vestidas. A la entrada de Terpsy se levantan.

TERPSY.—¡Señoras...! ¡Al altar...!

Todas suben a un pequeño tablado.

TERPSY (manda).—¡Los tirsos...! ¡Interpretemos las Bacantes...! ¡Según el dibujo número 315, copa del museo de Pompeya...! (A la orquesta.) ¡El agitato de la suite en mi...!

Y de súbito, golpeando a un Baco imaginario, las jóvenes se precipitan. Terpsy, con los crótalos en las manos, rima la danza, cuyos pasos son cada vez más rápidos; todo esto acaba en un furioso torbellino. La señora Bouzine y su hija están estupefactas y piensan:

—«¡Imposible...! ¡Nos encontramos entre los dingos...!»

TERPSY (a Lea).—¿Qué le parece a usted, hija mía...?

LEA.—¡Oh! ¡Cuando yo refiera esto a mis compañeras de pensión van a sudar de firme...! ¡Me explico que se pierda grasa con este ejercicio...!

TERPSY.—¡Espere...! Tenemos el treno para descansar. (A sus discípulas.) ¡Señoras...! ¡El peplo..., los velos negros..., las palmas...! ¡Usted llevará la urna, señorita Punas...! Dibujo 215, según el vaso fúnebre del Louvre... (A la orquesta.) ¡La marcha Sulla morte d'un héroe...!

Las damas forman una procesión detrás de la señorita Punas; avanzan con lento paso, dando muestras del más profundo dolor.

LA SEÑORA BOUZINE (encantada).—¡Mira, Lea...! ¡Qué hermoso...!

LEA (burlona).—¡Sí...! ¡Aquí estamos más contentas que ahí enfrente...!

Y la jornada continúa de esta manera. A cosa de las seis, el profesor Gilberto Tassouin, antiguo buen mozo, muy grave, se presenta; asiste al final de la sesión sin decir una palabra. La señora Bouzine está inquieta.

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Qué te parece, Gilberto...?

LEA.—¿Verdad, tío, que no se trata de una cosa ordinaria...?

GILBERTO (grave).—¡Tú no comprendes nada de esto, hija mía...! ¡Es muy notable...!

LEA (asombrada).—¿Qué dices...? ¿Tú también, maestro, te prendas de esto...?

GILBERTO.—Hay en ello una revelación: la Kineterapia aplicada a la Estética. Nunca podría aconsejarte bastante cuán necesario es para ti que sigas este curso... Por otra parte, voy a quedarme un instante con la señora Terpsy; deseo interrogarla acerca de los resultados obtenidos. (A la señora Bouzine.) Iré a buscaros esta noche.

Las dos mujeres se marchan. El profesor entra en el saloncito, donde Terpsy se le une, apenas ida su última discípula.

GILBERTO (ceremonioso).—Señora: ¡dispense usted mi curiosidad...!

TERPSY (saltándole al cuello).—¡Quita de ahí...! ¿A qué viene eso de señora...? ¿No me besas ya, Gilberto mío...?

GILBERTO (turbado por este beso).—Ignoraba si debía...

TERPSY.—¡Es cierto...! ¡Me abandonaste cochinamente hace veinte años...! ¡Pero tuve tiempo de perdonarte...! ¡Te di los mejores años de mi juventud, bandido...! ¡Y no lo siento...! ¡Quia...! ¡Cuánto me alegra que hayas venido...!

GILBERTO.—¡Oh! ¡Me sentía atraído por la curiosidad! ¡Que me lleve el diantre si sospechaba que la célebre Terpsy era Melania Boujotte, a la que yo había dejado de modista en Montmartre...!

TERPSY.—Pues, querido mío, algo de culpa tienes tú de que yo me haya convertido en Terpsy... Es una cosa que te debo, además de la pérdida de mis ilusiones.

GILBERTO.—¡Imposible...!

TERPSY.—Vas a ver cómo se encadena todo. Cuando me dejaste plantada con el pretexto de que te impedía estudiar, estuve a punto de matarme... ¡Sí, alma mía...! Yo, tu «alegría de vivir», como tú me llamabas, quise envenenarme; claro está que no pude hacerlo. No tenía ganas de trabajar, y entonces me lancé a la vida alegre... Todas las noches iba al baile Vestris y allí danzaba para aturdirme... ¡Y nunca regresaba sola...!

GILBERTO (disgustado).—¿Siempre con el fin de aturdirte...?

TERPSY.—¡Ahí tiene usted a los hombres...! Se preocupan de nuestra fidelidad aun después que ellos fueron los causantes de nuestra caída... Un día, o, mejor dicho, una mañana, había venido conmigo un viejo cómico, que tuvo antaño talento, un tal La Tharillière...

GILBERTO.—¡Sí...! ¡Lo recuerdo...!

TERPSY.—Como no tenía ganas de... reír, nos pusimos a charlar. Escuchóme bonitamente y luego me dijo: «Tú, hija mía, no serás nunca mas que una pobrecilla fracasada, una triste horizontal. De esta manera no lograrás atrapar jamás al multimillonario. Sin embargo, hace poco te veía bailar: tienes en las piernas una cosa que no es vulgar; estás muy bien formada. ¡Y con esto ya se puede hacer algo...!» Me explicó su plan: fundar un curso de danza para snobs. «¡Oh...! ¡Nada de fox-trot ni de matchichas argentinas...! ¡Esto está gastado y archiconcluído! ¡No! ¡Ha de ser algo medicinal y neosimbolista a la vez...!» ¡Entonces fundamos el curso de Belleza aplicada...! ¡La Tharillière subvino a los primeros gastos, y hasta se casó conmigo... ¡Sí; yo soy la señora La Tharillière...! ¡Ah...! ¡Cómo recuerdo aquellos principios en un cuartito pequeñín de Clignancourt! ¡Teníamos tres discípulos y un ciego que tocaba el piano...! Poco a poco fué aumentando la clientela: cubanas, chilenas y norteamericanas, que acudían por casualidad y por... algo más... ¡No frunzas el ceño...! ¡Es necesario comer...! ¡Ya estábamos lanzados...! Nos habíamos mudado aquí, contratado una orquesta y hecho repartir prospectos... ¡En esto se le ocurre a mi marido dejarme viuda...!

GILBERTO (interesado).—¡Ah...! ¿Eres viuda...?

TERPSY.—¡Desde hace cinco años...! ¡Apechugué yo sola con el negocio...! Y te aseguro que, si tengo buenas piernas, tampoco tengo mala cabeza... ¿Sabes cuánto gano ahora por año...? ¡Doscientos mil francos...!

GILBERTO (amargado).—¡Menos gano yo y soy médico de los hospitales...!

TERPSY (riendo).—¡Caramba! ¡Tú no puedes recibir a los enfermos mas que de uno en uno, y yo los recibo a montones...! Tengo diez por la mañana y veinticinco por la tarde. Voy a ampliar el negocio y a tomar un hotel... ¡Y te aseguro que haré una propaganda monstruosa!

GILBERTO.—Y... ¿cómo aprendiste los preceptos de tu arte...?

TERPSY.—¿Yo...? ¡Yo no aprendí nada...! Entre La Tharillière y yo inventamos todo esto. Compramos cuatro grabados antiguos, y ¡cuánto nos divertimos confeccionando las danzas arcaicas...! ¡Pobre viejo...!

GILBERTO (conmovido).—¡Melania mía...! (Le coge la mano.) Estoy turbadísimo... Te encuentro más bella que nunca..., más mujer..., más...

TERPSY (retirando su mano).—¡Sí...! ¡Tus ojos se nublan...! ¡Ya sé lo que significa esto...! ¡Nada..., nada...! ¡Aquello se acabó...!

GILBERTO.—Entonces, ¿me echas...?

TERPSY.—¡Quia...! Estoy encantada de tenerte y te guardo conmigo. ¡Te hago un contrato...!

GILBERTO (asombrado).—¿Eh...?

TERPSY.—Precisamente estaba buscando un médico..., un médico de fama..., para que figurara en mi establecimiento... ¡Necesito un nombre conocido! ¡Tú no puedes negármelo...! Te daré un sueldo de cuatro mil francos mensuales... ¡Esto te entretendrá una media hora por día...! Y yo pongo en mis prospectos: «Dirección médica: Profesor Gilberto Tassouin». ¡Esto es importante...! ¿Quieres...?

GILBERTO.—Acepto; pero por nada, ¿me entiendes? Por nada...

TERPSY (resignada).—¡Comprendido...! «Por nada» quiere decir «por mí», ¿no es eso...? En fin, si ese es tu gusto... ¡Removeremos las cenizas...!

GILBERTO.—¡Querida mía...! (Va a ceñirle la cintura.)

TERPSY.—¡Un momento...! ¡Voy a avisar a la orquesta...! (En el acústico.) ¡Toquen ustedes el Concerto de Schumann...! (Volviendo.) Ahora..., ¡a tu disposición...!

IV CURSO DE NATACION

La señora Grelou entra en el establecimiento del doctor Sinclar; enseña su tarjeta de abono y permanece algunos minutos en una cabina; esta mujer es todavía deseable, aunque disimula sus cuarenta y cinco primaveras. Las piernas de la señora Grelou son famosas por su contorno. Unicamente el rostro acusa cierto cansancio, por haber estado expuesto durante un cuarto de siglo a la admiración de los hombres y al menosprecio de las mujeres. Los ojos, azules, muy tiernos, tienen lo que llaman los poetas «pata de gallo». Sus cabellos, que eran naturalmente rubios, siguen siendo rubios, aunque menos naturalmente. Su epidermis no tiene ya el brillo de hace diez años y va adquiriendo un matiz harinoso. En una palabra, la señora Grelou es una antigua rubia; sin embargo, su línea es siempre elegante y su porte bastante juvenil. Esta dama ha venido a la piscina Sinclar (baño mixto, para uso de los parisienses y de las parisienses de la mejor sociedad) sin la menor intención de bañarse. Sería imprudente para ella arriesgar una zambullida en público; hase puesto como pretexto un traje de baño azul obscuro, un gorrito lorenés de satén impermeabilizado y unas sandalias gris perla; un peinador de baño, salpicado de dibujitos amarillos y azules, completa su atavío de bañista jubilada. Llega hasta la piscina.

Es un estanque cuadrado, bastante amplio, rodeado de una columnata dórica. En el agua, cuatro o cinco personas de uno u otro sexo retozan bajo la vigilancia de cuatro maestros nadadores, que están pensando en otra cosa; al pie de la columnata hay una profusión de mesitas de te, rodeadas de bañistas, con trajes de baño y con peinadores, que se han guardado muy bien de remojarse. La señora Grelou es detenida, al pasar, por cuatro náyades, entre los treinta y cinco y los cincuenta años, que toman el te.

LA SEÑORA CELAMINA.—¡Hola, Simona...! ¡Ven aquí...!

LA SEÑORA GRELOU.—¡Dentro de un ratito, querida mía...! ¡Aun no he tomado mi baño...!

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Tiene usted tiempo...! ¡Una taza de te no la hará daño...!

LA SEÑORA LABONNETTE.—¿Quiere usted un sorbito de oporto...?

EL VIZCONDE GEDEÓN (levantándose).—¡Siéntese usted aquí, señora...!

LA SEÑORA GRELOU (pasando entre ellos).—¡No...! ¡Resueltamente, no...! ¡Tengo que mojarme un poco...! (Se aleja.)

EL VIZCONDE GEDEÓN (tornando a sentarse).—¡No cabe duda...! ¡Esta mujer está todavía bastante buena...!

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Cierto...! ¡Nadie diría que tiene cuarenta y ocho años...!

LA SEÑORA LABONNETTE.—¡No hay que ser mala lengua...! ¡No pasa de los cuarenta...!

LA SEÑORA GENTISEL.—¿Lo dice usted de veras...? ¡Pero si tiene una hija de veinticinco años...!

EL VIZCONDE.—Y un hijo, que está en el asilo de Ancianos del Vesinet. Es el más pequeño.

LA SEÑORA CELAMINA.—¡Es usted absurdo, Gedeón...! ¡Para usted son viejas todas las mujeres que no se le rindieron...!

EL VIZCONDE.—¡Evidente! Tengo veinticinco años. Me quedan, pues, todavía diez años para no pasar de esa edad. Y me aprovecho de ello para vengarme de las damas que no me quisieron...

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Y Simona no le quiso...!

EL VIZCONDE.—Lo confieso. Me gustaba mucho y se lo insinué. Adoro a las mujeres de esta edad, a las mujeres de las que se dice que «se defienden»; pero a las que nadie ataca ya. Ella me contestó que era honrada.

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Lo era para usted...!

EL VIZCONDE.—Eso pensé yo. Y no tardé en descubrir que era honrada para todo el mundo menos para Raúl de Saint-Crazy.

LA SEÑORA CELAMINA (interesada).—¡Caramba...! ¿Está usted seguro...?

EL VIZCONDE.—Voy a revelarle a usted un secreto, mi querida señora: «¡Ha muerto Napoleón...!»

LA SEÑORA CELAMINA (disgustada).—¡Es un rumor que se hace correr por ahí...!

EL VIZCONDE.—¿Que ha muerto Napoleón...?

LA SEÑORA CELAMINA.—¡No! Que la señora Grelou y el pequeño Crazy...

LA SEÑORA LABONNETTE.—¡Ah! Permítame usted que proteste... No se habla de otra cosa desde hace mucho tiempo... Esta buena Simona no viene aquí mas que para vigilar al hermoso Raúl.

LA SEÑORA GENTISEL.—¡El hermoso Raúl no se priva de nada...! Ayer me lo encontré en el auto de la señorita Fraicherose, la bailarina. ¡Iba en él como en su casa...!

LA SEÑORA CELAMINA.—¿De qué vive el pobre Raúl?

EL VIZCONDE.—No se sabe... Vive. ¡Ya es bastante para los tiempos que corremos...!

LA SEÑORA LABONNETTE.—Su padre se arruinó por las mujeres.

EL VIZCONDE.—Y el hijo sigue aumentando las trampas del padre.

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Usted, Gedeón, es peor que la peste...! Contamina todas las reputaciones...

EL VIZCONDE.—¡No me defiendo...! ¡Me molesta el tal Raúl...! Parece una de esas muñecas de escaparate que se visten de oficial para Año Nuevo. Es dulce, insolente, feroz y, además, delicioso. Ha poseído a todas las mujeres que yo deseaba.

LA SEÑORA LABONNETTE.—¿El qué...? ¿A la señorita Fraicherose también...?

EL VIZCONDE.—¡A la señorita Fraicherose también...! Después de todo, la señorita Fraicherose tampoco está ya en la flor de su juventud.

LA SEÑORA CELAMINA (riendo).—¡Claro...! ¡Se resistió a usted...!

EL VIZCONDE.—¡Desde luego...! Por eso la envejezco... ¡Además... es una cualquier cosa! Vive a costa del hermoso Raúl y, de propina, le hace pasar por un chulo indecente... ¡Es delicioso...!

LA SEÑORA GENTISEL.—¿Está aquí esa Fraicherose...?

EL VIZCONDE.—Sí. Al otro lado del abrevadero... Es aquella muchacha alta, delgada y morena que acaba de salir del agua. ¡Porque ella se baña...! Puede resistir la prueba del agua, que fortalece sus carnes, en vez de poner de manifiesto, como en algunas, las injurias del tiempo.

LA SEÑORA GENTISEL (furiosa).—¡Yo también me baño...!

EL VIZCONDE.—¡Por Dios, señora...! ¡Yo no me refería a usted...! Sin embargo, consiento en perder todos mis derechos a la corona de Portugal si la señora Grelou desciende a la piscina... ¡Mírela...! Se detiene junto a las mesas... Poco a poco se llega hasta Raúl, que charla con la señorita Fraicherose y le paga el te... ¡Porque Raúl paga...! ¡Usted es testigo de que paga...!

En efecto; el señor de Saint-Crazy recibe a la señorita Fraicherose a su salida de la piscina. Le ha alargado el peinador recio para que se enjugue y la ha secado tiernamente. Luego le ha puesto el peinador de gala, y los dos se han ido a tomar el te debajo de la columnata.

RAÚL (muy conmovido).—¡Querida mía...! ¡Hermosa mía...! ¡Al fin te tengo un instante...!

FRAICHEROSE.—¡Ay, amor mío...! ¡Qué cosa tan hermosa es ésta...! El agua fría... como una serpiente.

RAÚL.—¿Y la reacción...?

FRAICHEROSE.—¡Excelente...! ¡La Reacción Francesa...! Siento calor por dentro y frío por fuera... ¡Mira...! ¡Tienta...! (Ella le alarga su brazo desnudo.)

RAÚL (palpando).—Sí...! ¡Ten cuidado...! ¡Nos espían...!

FRAICHEROSE.—¿Qué dices...? Supongo que no te avergonzarás de mí...

RAÚL (protestando).—Pero ¿qué estás hablando ahí...? Soy prudente por ti, a causa de Blucher...

FRAICHEROSE.—¿A causa de mi amante...? ¡Bah! ¡Ya sabe a qué atenerse...! Todas las mañanas recibe varios anónimos. ¡Y figúrate si estará enterado...! Además le he confesado que tú eras el amado de mi corazón...

RAÚL.—¡Ah...! ¿Y qué te ha contestado...?

FRAICHEROSE.—Cosas muy bien dichas: «Podías haber elegido a alguno peor, querida mía...» ¿Eh...? ¡Es muy chic...! ¡Es Luis XV puro...!

RAÚL.—¡Es muy mortificante para mí... y para ti...!

FRAICHEROSE.—¡Bah! ¡Qué bobo eres...! ¡Este hombre será tu amigo íntimo antes de ocho días...!

RAÚL (amargamente).—¡Sí...! ¡Cuando nos hospedemos en la misma posada, bajo la misma muestra...!

FRAICHEROSE.—¿Bajo qué muestra...?

RAÚL.—«¡A los cornudos complacientes...! ¡Se admiten huéspedes a pie y a caballo...!»

FRAICHEROSE.—¡Bah! ¡Esas son frases...! ¡Todo el mundo es cornudo...! ¡Mi padre lo era y el Emperador también...! ¡Oh...! ¡El te con mandarina es una delicia...! (Bebe.)

RAÚL (sin transición).—¿Te acompaño...?

FRAICHEROSE (indiferente).—No, amor mío; esta noche, no. ¡Viene Blucher...!

RAÚL (devorado por los celos).—¡Falso...! ¡Blucher no va...! ¡Está en Versalles...!

FRAICHEROSE.—Yo, vida mía, no puedo evitar que sufras; no hago nada para que padezcas... Eres el amado de mi corazón, ¿y no te basta...? En tu oficio no se sufre, porque se sufre todo...

RAÚL (constreñido).—¡Estás un poco fuerte...!

FRAICHEROSE.—Soy sincera, chico; al pan, pan, y al vino, vino. Yo no siento una pasión loca por ti; pero tampoco me desagradas. Sin embargo, no quiero que me tengas por muy tuya... Me habías prometido la sortija que vimos el otro día en la calle de la Paz... ¿Te acuerdas...?

RAÚL (inquieto).—¿Cuál...? ¡Hemos visto tantas sortijas en la calle de la Paz...!

FRAICHEROSE (insistiendo).—¡Ya lo creo...! Fué el día en que nos amamos tanto, a primera hora de la tarde... Hacía mucho calor... Hasta recalcaste esta frase: «¿Cómo podría yo saber por qué has suspirado, querida mía...?»

RAÚL (riendo).—¡Acaso me referiría a nuestro futuro hijo...!

FRAICHEROSE.—¡Picaronazo...! ¡Cómo cambias de conversación...! Esto no es obstáculo para que yo te recuerde que una hora después, en la calle de la Paz, delante de la tienda de Saste, el joyero, te señalé una sortija, diciéndote: «¡Si quieres saber por qué suspiraba, regálamela...!»

RAÚL (sobresaltado).—¡Atiza...! ¡Diez mil francos...!

FRAICHEROSE (tranquila).—¡Caramba! ¡Cómo recobras la memoria...!

RAÚL (descorazonado).—¡Es que... Rosette... es que no tengo los diez mil francos...!

FRAICHEROSE.—¡Bah! ¡Si te paras en detalles, no acabaremos nunca...! Si tú no me das el brillante esta noche, otro me lo dará mañana. Seguiremos siendo buenos amigos, y nada más. Y dejarás de ser el amado de mi corazón.

RAÚL (en el colmo de la desesperación).—¡Quinientos luises...! ¿Dónde encontraré yo una cantidad semejante...?

FRAICHEROSE (digna).—¡Déjalo...! ¡Te lo ruego...! ¡Me horrorizan las cuestiones de dinero en el amor...! ¡Yo también tengo mi dignidad...! Te espero hasta las ocho y luego saldré...

RAÚL.—¿Adonde irás...?

FRAICHEROSE.—A ver al Nuncio de Su Santidad, que me ha dado una cita para confesarme. Después de esto, amor mío, me volveré a vestir y regresaré a casa. Aviso a los aficionados.

Se levanta y se marcha con la altivez de una reina.

RAÚL (solo).—¡Qué estúpido...! ¡Y decir que estoy chiflado por esta potranca...!

Se levanta y va hacia su cabina rumiando los más amargos pensamientos. Tropieza con la señora Grelou, que lo detiene. Está muy conmovida. El dolor la ha envejecido diez años.

LA SEÑORA GRELOU (avanza con el semblante risueño; pero su voz está velada por los sollozos).—¡Hola, señor de Saint-Crazy...! ¡Qué sorpresa...!

RAÚL (aburrido).—¡Encantado de haberla encontrado, señora...!

LA SEÑORA GRELOU.—Salgo del baño. ¿Quiere usted ayudarme a reaccionar...?

RAÚL.—¡Con mucho gusto...!

LA SEÑORA GRELOU (en voz baja).—¿Por qué no fuiste ayer, Raúl...?

RAÚL.—¡Tuve que hacer...!

LA SEÑORA GRELOU.—Te esperé durante tres horas. ¡Oh...! ¡Qué malo eres...! ¡Qué malo...!

RAÚL (en voz baja).—¡Por favor...! Ten cuidado... Nos están mirando... ¡Sonríe, mujer, sonríe...!

LA SEÑORA GRELOU.—¡No puedo más...! ¡Te estuve acechando allí, a tu lado, mientras flirteabas con aquella zorra...!

RAÚL.—¡Yo...! ¡Flirtear yo con Fraicherose...! ¡Con la amiga de mi amigo Blucher...! ¿Por quién me tomas tú...?

LA SEÑORA GRELOU.—¡Te la comías con los ojos...! Y yo no quiero, ¿lo oyes...? No quiero...

RAÚL.—Apretemos el paso, porque de lo contrario la gente verá que estamos de cuestión...

LA SEÑORA GRELOU.—¡Es atroz...! ¡Cuánto me haces sufrir...! ¡Ya no me amas...! ¡Confiésamelo...! ¡Es más leal...!

RAÚL (cansado).—¡Por lo que más quieras...! No. ¡Que llores en público! Será un escándalo...

LA SEÑORA GRELOU (con las mejillas chorreando).—¡No...! ¡No...! ¡No lloro...!

RAÚL.—¡Pero si tienes los ojos arrasados de agua...! ¡Tiene gracia...! ¡Vamos a ser la irrisión de Europa...!

LA SEÑORA GRELOU (dominándose).—¡Tranquilízate...! Seré razonable. Mira cómo se borran mis lágrimas sin que nadie se dé cuenta... ¡Anda...! ¡Se luce la señora Gentisel, que nos acecha...!

LA SEÑORA GENTISEL (al pasar).—¡Hola, Simona...! ¡Te cojo con tu flirteo...!

LA SEÑORA GRELOU (riendo).—¡Mi flirteo Saint-Crazy...! ¡Estoy trabajando para casarlo...!

LA SEÑORA GENTISEL.—¡A buena hora...! ¿Te bañaste ya...?

LA SEÑORA GRELOU.—¡Sí...! El agua estaba deliciosa... ¡Hasta luego...!

La señora Gentisel se aleja.

RAÚL.—Una más que va a chismorrear.

LA SEÑORA GRELOU.—Me da lo mismo. ¿Por qué no viniste ayer...?

RAÚL.—Tuve disgustos... disgustos de importancia.

LA SEÑORA GRELOU.—¿Y... qué disgustos...?

RAÚL.—¡Bah! No te interesa... ¡Disgustos de familia...!

LA SEÑORA GRELOU.—¿Tu hermano...?

RAÚL.—Sí. Mi hermano, que ha jugado y que ha contraído una deuda de veinte mil francos. Necesito encontrarlos antes de esta noche o, de lo contrario, está perdido.

LA SEÑORA GRELOU (sorprendida).—¡Dios mío...!

RAÚL (mintiendo con aplomo).—Ahora figúrate cómo habré removido el cielo y la tierra desde ayer; logré reunir diez mil francos... ¡Es todo lo que pude hacer...!

LA SEÑORA GRELOU (con reproche).—¿Y no te acordaste de mí...?

RAÚL (altivo).—¡Me estás ofendiendo, Simona...!

LA SEÑORA GRELOU (ardiente).—¡Amor mío...! ¡Ya sabes de sobra que, si fuera preciso, robaría para evitarte un disgusto...! ¿Amas a tu hermano...? ¿Deseas salvarlo...?

RAÚL (avergonzado).—¡Sí!

LA SEÑORA GRELOU.—¡Pues bien! ¡Tendrás tus diez mil francos...! ¡No te preocupes...! ¡Los tendrás mañana por la mañana...!

RAÚL.—¡Es que los necesitaba... antes de esta noche...!

LA SEÑORA GRELOU.—Desde el momento en que respondes por tu hermano, esperarán... ¡Los tendrás mañana sin falta...!

RAÚL (digno).—Te los devolveré en cuanto mi hermano haya cobrado sus rentas.

LA SEÑORA GRELOU (dichosa).—¡Bueno...! Oye... Vamos a vestirnos... Saldrás antes que yo, y yo iré a buscarte a nuestra casa... a nuestro nidito...

RAÚL.—¡Vida mía...! Siento a la vez vergüenza y...

LA SEÑORA GRELOU.—¡Alivia...! ¡No perdamos el tiempo...!

Ella corre hacia su cabina, en tanto que Raúl piensa que va a empeñar su amor en el Monte de Piedad.

Pasadas dos horas, mientras Raúl, algo sofocado, corre a casa de la señorita Fraicherose para anunciarle que tendrá la sortija al día siguiente por la mañana, debido sólo a que «las joyerías estaban cerradas», la señora Grelou regresa a su domicilio. Esta dama encuéntrase alegre y satisfecha: primeramente, porque ha gozado de dos horas de pasión, las más hermosas de su vida; Raúl ha estado a la altura de las circunstancias. Además, piensa que ha salvado al hermano de su amante, el cual, por otra parte—¿es necesario decirlo?—no tiene hermano alguno.

La señora Grelou va corriendo en busca de su marido, que lee El Tiempo en el salón. El esposo—un hombrecillo insignificante—levántase en cuanto la ve.

EL SEÑOR GRELOU.—¡Mujercita mía...! ¡Tú...! ¡Gracias a Dios...!

LA SEÑORA GRELOU (cándida).—¿Me he retrasado...?

EL SEÑOR GRELOU.—Acaban de dar las ocho y media. No puedes imaginarte lo que sufro cuando vuelves después de las ocho. ¡Se me ocurren unas ideas...!

LA SEÑORA GRELOU (digna).—¿Irías a sentir celos...?

EL SEÑOR GRELOU.—¡De ninguna manera...! Pero sufro, ¿sabes...? ¡Y es atroz...!

LA SEÑORA GRELOU (sincera).—¡Todo el mundo sufre...!

EL SEÑOR GRELOU.—¿Tienes algún disgusto...?

LA SEÑORA GRELOU.—Sí... No quería confesártelo: tengo que pagar una cuenta de doce mil francos...

EL SEÑOR GRELOU (aterrorizado).—¡Caramba...!

LA SEÑORA GRELOU (vivamente).—Sin embargo, por ahora tendré bastante con diez mil francos...

EL SEÑOR GRELOU.—No te preocupes, encanto mío. Te los llevaré esta noche a tu alcoba... ¿Vamos a comer...?

LA SEÑORA GRELOU.—¡Sí...! ¡Siento un hambre...! ¡Figúrate...! ¡He ido a tomar un baño a la piscina Sinclar...! ¡El agua estaba deliciosa...!

El resto de la charla se pierde en el comedor.

V CURSO DE IDIOMAS

El señor César Juque es un joven agradable, de veintidós años, muy rubio para su edad; está vestido con una chaqueta de antes de la guerra; él ha crecido desde hace cinco años, mientras que la chaqueta se encogía. Adivínase lo que significa esto. El señor César Juque tiene unos ojos de un azul agrisado; su semblante acicalado y velloso tranquiliza a las familias. El señor César Juque, pequeñito y un tanto afeminado, no es demasiado ridículo; un joven cándido no se presta jamás a la risa. El señor César Juque va a casa de la señorita Givendolen Lorys, llamada Chadd no se sabe por qué. Esta persona ocupa un hotel muy pequeño, junto a las fortificaciones: una caricatura de casa de tres pisos; diríase que es un telescopio amueblado por Martine; una vivienda paradójica. César, que lleva una cartera de ministro, como si fuera un pedicuro, llama a la puerta de esta casa. Una criada gruesa, con aspecto de madre, o, si a ustedes les parece mejor, una madre con aspecto de criada gruesa, sale a abrir.

LA MADRE-CRIADA (insolente).—Si viene usted a pedir limosna, puede volverse. La señora socorre solamente a las Hermanitas... (Pretende cerrar la puerta.)

CÉSAR (sonriendo).—¡No soy un pobre...! Soy el profesor enviado por la Casa Marvitz.

LA MADRE-CRIADA (recelosa).—¿De veras...? ¿No dice usted esto para penetrar en la casa y sablear a la señora?

CÉSAR.—Aquí está la carta del Instituto Marvitz, que me acredita cerca de la señora Lorys. (Le entrega un sobre.)

LA MADRE-CRIADA (leyendo la carta).—¡Atiza...! ¡Chadd desea tomar lecciones de inglés...! Pero ¿quiere usted decirme si esto es tener sentido común...? ¡No me indicó nada...!

CÉSAR (un poco seco).—Hizo mal. Pero tengo los minutos contados. Si la señora Lorys no recibe, me vuelvo. Las lecciones se pagan por adelantado.

LA MADRE-CRIADA (repentinamente fina).—¡Entre, señor profesor, entre...! (Se deshace en cumplidos.) Siéntese en este cofre de madera. ¡Voy corriendo a avisar a mi hija...!

Desaparece. César se encuentra en una antesala, muy alta de techo, muy estrecha y amueblada con el mencionado cofre de madera y con una percha. En el fondo se abre una escalera monumental; en esta mansión inverosímil, las habitaciones son minúsculas, pero la escalera es inmensa; capricho del arquitecto. Al cabo de un minuto, una voz grita: «¡Señor profesor...! ¿Quiere usted subir hasta el estudio...? Son tres pisos.» César sube los tres pisos, a razón de treinta escalones cada uno. Ya en lo alto, es recibido por una mujercita con kimono morado y sembrado de grandes ibis; es la señorita Chadd, que, según se dice, danza en los music-halls, pero que principalmente desempeña otras profesiones menos confesables; pertenece a la «gente alegre» y se gana la vida desayunando, comiendo y bailando el tango en diversos establecimientos de la capital. Figura también en los fumaderos de opio, aunque no haya absorbido nunca una bocanada de este brebaje. Es fea; tiene la boca demasiado grande, la nariz bastante puntiaguda y los ojos grises y muy pequeños; pero no parece tonta, y su carilla viciosa de pilluela, muy avispada, promete mucho. Para los hombres, prometer vale más que cumplir lo prometido.

CHADD (introduciendo al visitante en un estudio tan pequeño que no podría pintar en él más que miniaturas).—¡Entre usted en la sala de estudio, señor profesor...!

CÉSAR (al ver una mesita).—Aquí está lo que necesitamos. (Se sienta.)

CHADD (mirándole con estupefacción).—¿De veras...? ¿Es usted profesor de idiomas...?

CÉSAR (molesto).—¡Sí, señora...! ¿No le inspiro confianza...?

CHADD (riendo).—¡Ni pizca...! ¡Es usted un chiquillo...! Tiene usted veinte años, ¿verdad...?

CÉSAR.—¡Cumpliré veintidós cuando maduren los albaricoques! Hablo cinco idiomas: el inglés, el ruso, el español, el italiano y hasta el francés.

CHADD (compadecida).—¡Pobrecito...! ¿Y no se cansó aprendiendo todo eso...? ¡Usted ganaría una fortuna como portero de hotel...!

CÉSAR (cortés).—¡Desde luego...! Pero prefiero ser profesor; me pagan menos, pero me consideran más. ¡Aunque su señora criada me haya tomado por un sablista...!

CHADD.—¡A mamá le pasa siempre lo mismo...! ¡Quiero que le presente sus excusas...! ¡Voy a llamarla...!

CÉSAR (vivamente).—Es inútil. Tengo alguna prisa. La lección que le he de dar será de una hora. ¿Conoce usted el método Marvitz?

CHADD.—¡No! ¡Yo quiero aprender inglés y nada más...!

CÉSAR.—Pues bien; el método consiste en hablar inmediatamente la lengua. A partir de este instante, no le hablaré ya mas que en inglés, indicándole los objetos. Usted repetirá las palabras a medida que yo las vaya diciendo.

CHADD.—¡Como usted quiera! ¡Tiene gracia...!

CÉSAR (indicándole una silla).—«¡Chair...!»

CHADD (repitiendo).—«¡Chair!» ¡En francés, esto quiere decir otra cosa muy distinta y resulta más bonito...! ¡En fin!...

CÉSAR (indicándole la mesa).—«¡Table!»[2]

CHADD (riendo).—¡Eres bonita...! ¡Y hueles bien...! ¡Y esto significa una mesa...! ¡Qué lengua tan hermosa es la lengua inglesa...!

CÉSAR (oliendo una rosa).—«¡Good smell...!»

CHADD (furiosa).—¿Cómo...? ¿Que esto tiene gusto a suela? ¿Una rosa...? ¡Eso es demasiado fuerte...! ¡Usted está de buen humor!

CÉSAR (interrumpiéndose).—«Good smell» significa «buen olor». ¡Si usted me ataja a cada paso, no acabaremos nunca...!

CHADD.—Tiene usted razón; pero me parece que estamos perdiendo el tiempo. Yo, amigo mío, no tengo empeño en aprender la lengua inglesa, sino solamente en conocer unas treinta frases de inglés que me son necesarias. Por esta causa no gaste usted su tiempo hablándome de la silla, de la mesa, de la suela y de un montón de cosas sin importancia.

CÉSAR (resignado).—¡Como usted guste, señora...! ¿Qué es lo que desea...?

CHADD.—Va usted a explicárselo todo. Mi profesión es la de artista, la de bailarina; pero esto no es mas que la fachada. En realidad, yo soy una... «mujer alegre». ¿Hay algún mal en ello...?

CÉSAR.—¡Santo Dios...! ¡Yo, personalmente, no veo que haya ningún inconveniente...!

CHADD.—Tengo una buena clientela en el ejército inglés y entre los norteamericanos. Pero estos tipos no hablan francés. ¡Esto es muy molesto...! Para entrar en materia, es muy sencillo: basta una pantomima; pero cuando se trata de fijar las condiciones, ya es muy distinto. Por ejemplo: yo no sé cómo se dice «un regalito»...

CÉSAR.—«A little gift».

CHADD.—¡Bueno! Póngame eso por escrito, con la pronunciación...

CÉSAR (abre su cartera, saca una hoja de papel y escribe).—¡Ahí lo tiene...!

CHADD (que ha leído por encima del hombro).—¡Muy bien! Siga usted escribiendo: «Me gustas mucho», «Necesito veinticinco luises para mi costurera», «Tengo gana de ese sombrero tan bonito», «Querría un hermoso diamante para el día de mi santo», «Tengo sentimientos religiosos»... ¡Esto es muy importante...! «Soy de buena familia», «No sea usted brutal», «Hoy es imposible; pero dentro de tres días seré suya», «Esta noche tengo mucho apetito»... Y luego: «Siento mucha sed»... Y después: «Págueme el coche»... A continuación: «¡Qué bien sabes besar...!» «¡Cochinillo mío...!» «¡Nunca me quisieron así...!»

CÉSAR (escribiendo).—¿Podrá usted acordarse de todo esto...?

CHADD.—¡Ya lo verá usted...! ¡Cuando yo me propongo alguna cosa...! Además, me ensayaré con usted... ¡Nos veremos muchas veces...!

CÉSAR.—Tiene usted pagadas por adelantado veinte lecciones.

CHADD.—¿Ha ido usted con frecuencia a casa de señoras solas...?

CÉSAR.—¡Muy a menudo...! ¡Por lo general, suelen hacerme las mismas preguntas que usted!

CHADD.—¡Claro! ¡Hay que comprenderlo...! Una mujer que habla inglés se hace en seguida con un grupito de amigos, que se la recomiendan unos a otros... ¡Ah! ¡Se me olvidaba...! «¡Ponte a tu gusto!»...

CÉSAR (asombrado).—¿Qué dice usted...?

CHADD.—¡Es una frase esencial...!

CÉSAR.—¡Ah...! ¡Bueno...! (Torna a escribir.)

CHADD.—«¡Acuérdate de la criada!»... Y además: «Vuelve a verme»... Y póngame también los días de la semana y las horas....

CÉSAR.—¡Aguarde un momento...! (Silencio. Trabaja.) Tome usted...

CHADD.—¡Oh! ¡Ya está...! ¡Va a ser un exitazo...! ¡Me da lo mismo! ¡Cómo van a rabiar mis compañeras cuando me oigan hablar inglés...! ¿Va usted muchas veces al «Rey Dagoberto»?

CÉSAR.—¿Al establecimiento de baile? ¡No...!

CHADD.—Si quiere usted ir, le regalaré las entradas.

CÉSAR.—¡Es usted muy amable...! Pero no estoy libre por las noches.

CHADD.—¿Trabaja usted?

CÉSAR.—En efecto, trabajo para mí...

CHADD.—¿Tiene usted quizá una amiguita...! Le regalaré las entradas para ella.

CÉSAR.—¡Muchas gracias! ¡No tengo amiguita...!

CHADD (interesada).—¡Qué muchacho tan arreglado...!

CÉSAR (riendo).—Voy a parecerle algo ridículo... ¡No tengo amiguita porque no pensé nunca en ello...!

CHADD.—¡Apuesto a que es usted novio...!

CÉSAR.—¡Tampoco...!

CHADD.—¡Bah! ¡Aunque lo fuera usted, no había de confesármelo...!

CÉSAR.—¿Por qué...? Un novio no es ridículo. Lo ridículo es un marido, o un amante engañado...

CHADD.—¡Yo he conocido a muchos novios y nunca se atrevían a decírmelo...!

CÉSAR.—Le aseguro que carezco de medios para casarme o para tener una amiguita.

CHADD.—Entonces... ¿qué hace usted...?

CÉSAR (avergonzado).—Trabajo.

CHADD (insistiendo).—¡Bueno...! ¡El trabajo es muy bonito; pero hay momentos en que no reemplaza a una linda epidermis fresca, a unos labios, a... ¡Bueno! Va usted a ser la causa de que diga más de cuatro tonterías... Cuenta usted veintidós años... Sabe usted decir «te amo» en cinco idiomas. ¡Y no se lo dice usted a nadie...!

CÉSAR.—No tengo a nadie que me escuche.

CHADD.—¿Buscó usted...?

CÉSAR.—No he tenido tiempo... Además, yo no me contentaría con la primera que se presentara...

CHADD (burlona).—¿Tiene usted el gusto difícil?

CÉSAR.—Sé de sobra que no tengo derecho a ser así. Soy un jovenzuelo sin importancia. Como hermoso, dejo bastante que desear.

CHADD.—Verdad que no es usted bonito. Pero tampoco es usted feo. Es usted pasadero.

CÉSAR (ingenuo).—¿De veras...?

CHADD.—Hay hombres mucho más desagradables que usted y que causan grandes pasiones.

CÉSAR.—¡Tienen suerte...!

CHADD.—¡Vamos a ver...! ¡Usted me interesa...! ¡Es preciso que le encuentre una mujer...!

CÉSAR.—Nos alejamos un poco de la lección.

CHADD.—¡Bah! ¡La lección...! ¡Nos quedan todavía diez y nueve...!

CÉSAR.—En este momento yo soy el discípulo y no el profesor.

CHADD.—¡Nunca me he divertido tanto...! ¡Un mocoso que despabilar! ¡Si lo llego a saber, pago cuarenta lecciones...!

CÉSAR (molesto).—¡Usted dispense, señora...! Yo no he dado derecho a suponer...

CHADD.—¡Siéntese otra vez...! ¡Tengo todavía derecho a treinta minutos de su presencia...! Ya le miro...

CÉSAR (hablando en inglés).—«Table»... «Chair»... (Indica estos objetos.)

CHADD (preocupada).—¡Sí... sí...! ¡Déjelo para después...!

CÉSAR.—«What a fair foot»... (Indica el pie de Chadd.)

CHADD (furiosa).—¿Qué...?

CÉSAR.—Esto quiere decir en inglés: «¡Qué pie tan encantador...!»

CHADD.—¡No había caído...! ¡Tiene gracia esta lengua...! Todos los piropos parecen insultos... Yo había comprendido «¡Vete a hacer...!»

CÉSAR (confuso).—¡Jamás, señora, me hubiera permitido tal cosa...!

CHADD.—No me escriba usted esta frase... Y, además, dejemos ya el inglés... He reflexionado. El número que a usted le conviene es Juanita Pris, una rubia alta y lánguida, que baila conmigo en el «Rey Dagoberto».

CÉSAR.—Querría conocer más detalles.

CHADD (levantándose y yendo en busca de unas fotografías).—¡Aquí está...! Mírela vestida de incroyable, de rata de hotel y de Thais... ¿Verdad que está muy bien formada...?

CÉSAR (frío).—Si quiere que le dé mi opinión, me parece algo imbécil...

CHADD (riendo).—¡Y lo es...! Entre nosotras se le llama «la Crema». Sin embargo, no le gusta el dinero...

CÉSAR.—¡Y a mí tampoco...! Pero no me gusta la imbecilidad...

CHADD.—Yo creo que a ella no le gusta la inteligencia. Pasemos a otra cosa. (Sacando otra fotografía.) ¡Mire...! Es Julia Tubal... Esta no es imbécil... Aquí está completamente desnuda. Trabaja de modelo con los artistas.

CÉSAR.—¡En efecto, no parece mala...! Los senos son un poco grandes... las manos demasiado fuertes... y el rostro vulgar...

CHADD.—¡Tiene usted un golpe de vista...! Julia carece de educación y habla como una rabanera. ¡Se hartaría usted de ella en seguida...! (Tomando otra fotografía.) Esta es mi mejor amiga: Gladys Leal. Tiene un corazón de oro; unos ojos como no los hay de hermosos en la tierra; casi ningún pecho, y ¡unas pantorrillas tan espirituales...!

CÉSAR.—¡Es muy delgada...!

CHADD.—Tiene usted razón. Es delgada... bastante delgada... ¡Y, además, es muy exigente...! ¡Ya lo demostró con bastantes hombres...! Y, al tratarse de un jovencito como usted, en seguida iba usted a enfurruñarse...!

CÉSAR.—¿No tiene usted otra cosa...?

Un largo silencio; Chadd mira a César y éste mira a Chadd con aire de ruego admirativo. Chadd baja los ojos, suspira y luego se decide.

CHADD (tierna).—¡Sí! ¡Qué tonta soy...! ¡Aquí estoy yo...!

César se precipita sobre Chadd y le da una lección que la Casa Marvitz no había previsto. Pasada una hora, Chadd despierta:

—Oye, amor mío... ¡Para la próxima lección vendrás más tempranito!

Por la noche, en el Colbert's Bar, el joven barón Latripe charla con su parásito Gemblin, saboreando un cock-tail rosa.

LATRIPE.—Sí, amigo mío. He conquistado a la pequeña Chadd, y de balde.

GEMBLIN.—¡Tú bromeas...!

LATRIPE.—Se trata de un truco digno de mí... Me encontré a un bohemio al que había conocido en el barrio Latino, un tipo asombroso y sabihondo, que se había visto reducido a contratarse en la Casa Marvitz para vivir. Me refirió que iba a dar lecciones de inglés a la pequeña Chadd. Yo le solté doscientos francos por ocupar su puesto... Representé mi papel a la perfección... ¡Y Chadd se dejó coger en la trampa...! ¡Qué hora pasé, amigo mío...! Ella no la tuvo igual para nadie. ¡Y pensar que yo le había hecho ofrecer, por mediación de la tía Cognal, cincuenta luises...! ¡Y que Chadd los había rechazado...! Ahora me falta todavía dar a Chadd, ¡tan tierna y tan enamorada!, diez y nueve lecciones.

GEMBLIN.—Supongo que las aprovecharás todas...

LATRIPE.—¡Jamás...! No volverá a verme. He avisado a César. ¡Figúrate cómo lo van a recibir...! ¡Ya ves! Se trata de un individuo que no sale de la cervecería, calvo prematuro y bastante puerco... ¡Imagínate la escena...!

GEMBLIN (soñador).—¡Sí...! Sin embargo, para ser chic, deberías continuar desempeñando tu oficio...

LATRIPE.—Diez y nueve lecciones como la de hace poco...! ¡Quia! ¡No, amigo mío...! ¡Me dejaría allí los huesos...! ¡No volveré a las andadas...! Compréndeme: he logrado de esta criatura lo que jamás concedió a nadie. La he poseído por sorpresa. ¡Conformes! Si yo insistiera, no tendría delicadeza. Además, Chadd comprendería quizá mi treta, y esto lo echaría todo a perder.

Pasemos a otro orden de ejercicios...

VI CURSO DE «BRIDGE»

El señor Ernesto Lucien sale de su alcoba y entra en su despacho. Como vive de una renta vitalicia de cincuenta mil francos, legados por un padre que ha reconocido así las bondades de la madre sin reconocer al hijo, el señor Ernesto Lucien no necesita trabajar en su despacho. Se acerca a los veinticuatro años y, aunque haya tenido muy pocos principios, siente la necesidad de aspirar a un fin. Es un mozo arreglado, muy elegante, y bastante agradable de aspecto; parece un joven diplomático, y, en efecto, es no sé qué cosa en el ministerio de Negocios extranjeros. Esto no le ocupa mucho tiempo. Apenas entrado en su despacho, comprueba que un servido de café de antiguo Rouen ha desaparecido. Se encoleriza y llama. Al cabo de algunos minutos aparece un ayuda de cámara, con tipo de viejo golfo, cano, delgado, calvo, con la nariz demasiado larga, con la boca desdentada y con pinta de borracho empedernido.

ERNESTO (severo).—¡Chupin...! ¿Dónde está mi antiguo Rouen...?

CHUPIN (que se ha esforzado por quedarse junto a la puerta).—¿Qué estás diciendo...?

ERNESTO.—En primer lugar, te prohibo que me tutees...

CHUPIN (pronto a llorar).—... ¡Soy tu hermano de leche...! ¡Yo te eduqué... cuando murió tu pobre padre...!

ERNESTO (excitado).—¡Sí..., sí...! ¡Ya conozco tu historia...!

CHUPIN (vertiendo lágrimas).—El pobre hombre me dijo: «Chupin: eres hermano de leche de mi hijo. ¡No puedo reconocerlo...! ¡No tiene padre...! ¡Tú no lo abandonarás nunca...! ¡Júramelo...!» ¡Y se lo juré...!

ERNESTO (furioso).—¡Basta...! ¡Hace veinte años que te soporto...! ¿Dónde está mi antiguo Rouen...?

CHUPIN (enjugándose las lágrimas con la manga).—¡No lo sé...!

ERNESTO.—¿Lo has roto...?

CHUPIN.—¡Se cayó él solo! (Cándido.) Anoche debiste venir borracho...

ERNESTO (en el colmo de la cólera).—¡Desdichado...! ¡Tú eres quien debió volver borracho esta mañana...!

CHUPIN.—¡Se necesita valor para decir tal cosa...! ¡Yo, que no bebo más que agua...! ¡Son calumnias que se propalan por ahí...!

ERNESTO.—¡Tú has roto mi antiguo Rouen...! ¡Borrachón! ¡Pellejo de vino! ¡Un servicio de café que había heredado de mi pobre padre...!

CHUPIN.—¡A mí también me heredaste de tu pobre padre...!

ERNESTO.—¡Un rico regalo que me hizo...! ¡Hala...! ¡Has colmado ya mi paciencia...! ¡Vete...!

CHUPIN.—¡Está bien...! ¡Volveré cuando estés de mejor humor...!

ERNESTO.—¡No...! ¡No volverás más...! ¡Te echo...!

CHUPIN (sonriendo).—¡Me parece que he oído mal...! ¿Me plantas en la calle...?

ERNESTO.—¡Sí...! Ve a recoger todo lo tuyo... Te ajustaré la cuenta en seguida y no te veré más.

CHUPIN (digno y vacilante).—¡Ernesto...! ¡Oye una cosa...!

ERNESTO.—¡No oigo nada...! ¡Déjame en paz...!

CHUPIN (furioso).—¡Está bien...! ¡Te pesará...! (Sale dando traspiés.)

ERNESTO (súbitamente tranquilo en cuanto se ve solo).—¡Uf...! Ya estoy libre de ese viejo borracho... ¡Mi hermano de leche...! ¡Y su madre me crió con biberón...! (Llaman a lo lejos.) ¡Ah! Es el señor Froment, mi profesor de bridge. (A la puerta.) ¡Entre, señor Froment...!

Aparece el señor Froment, un viejecillo seco como un esparto, con cabeza de gorrión disecado y con cabellos de un blanco amarillento sobre una calvicie excesiva. El profesor de bridge está afeitado; pero tiene chic natural, que revela al antiguo hombre de mundo caído en la miseria.

EL SEÑOR FROMENT (muy cortés).—¿Goza usted de buena salud, mi querido discípulo?

ERNESTO (yendo a buscar una mesita de juego y un necessaire de bridge).—¡Vamos marchando...! ¿Y usted, querido maestro?

EL SEÑOR FROMENT (sentándose).—¡Se lucha...! ¡Es tan dura la vida!

ERNESTO (colocándose al otro lado de la mesa).—Sin embargo, el oficio de usted es bastante agradable...

EL SEÑOR FROMENT.—¡Desde luego! Además, era el único para el cual podía servir yo... Y, después de todo, esto me recuerda el tiempo en que yo cartoneaba para satisfacción mía.

ERNESTO.—¿Ha sido usted jugador...?

EL SEÑOR FROMENT.—¡Ay! He perdido tres fortunas: he devorado en el Círculo, además de mis bienes, la herencia de dos tíos...

ERNESTO.—¡Caramba...! ¡No está mal...! ¿Y de qué Círculo era usted?

EL SEÑOR FROMENT (sencillo).—¡Del Jockey!

ERNESTO (asombrado).—¿Eh? ¡De manera que usted, señor Froment, era del Jockey...?

EL SEÑOR FROMENT (vacilante).—¡Es que... Froment no es mi nombre patronímico...!

ERNESTO.—¿Qué me cuenta usted...?

EL SEÑOR FROMENT (solemne).—¡Yo me llamo Melchor de Honnemoy de Esketua, último duque de este nombre...!

ERNESTO (estupefacto).—¿Usted era duque...?

EL SEÑOR FROMENT.—¡Y lo sigo siendo! Los de Esketua son los representantes más antiguos de la magnífica nobleza vasca, que se cubrió de gloria al lado de los bearneses, a los que, por otra parte, detestaba. Sin embargo, comprenderá usted que para dar lecciones de bridge y de poker tuve que mandar a paseo el ducado.

ERNESTO.—¿De manera que usted se arruinó en el juego?

EL SEÑOR FROMENT.—¡Ay, mi querido discípulo...! ¡Las mujeres ayudaron al azar...! Puedo decirlo con orgullo: jamás di un beso sin haberlo pagado antes. Sin embargo, el amor me resultó menos costoso que el juego. Un jugador no es sensual ni enamoradizo. Dejaría a la mujer más amada por una partida de baccarat. Conocí a las criaturas más hermosas de mi tiempo y no me dejaron ningún recuerdo tierno o cruel. Por el contrario, repaso todavía en mi debilitada memoria los gloriosos episodios de las partidas en que me arruiné, y encuentro en ello un deleite que no acertaría a expresarle... En mil novecientos uno, al principio del bridge, jugamos en el Jockey la célebre partida que hizo época: mil francos por punto. Tenía por compañeros al vizconde Goutte, al marqués Fridolin y a Toumeh-Bajá. Este heroico combate duró tres días con tres noches, durante los cuales nos sostuvimos con sandwiches y con champaña. Yo me hubiera sostenido cuatro días; el vizconde Goutte fué el primero en caer rendido por el sueño. El y yo perdíamos cerca de un millón. Creo que es la partida más fuerte que se ha jugado al bridge; todavía no teníamos la aucción ni el pirata. Comprenderá usted que yo había quemado mis naves; liquidé mi cuadra de carreras.

ERNESTO.—¡Ah! ¿Luego usted era propietario...?

EL SEÑOR FROMENT.—¡Sí! Y, cosa curiosa, ganaba en las carreras. Sin embargo, me empeñaba en forzar la suerte con los naipes... ¡Pretendía violentarla...! ¡Mal medio...! Caí, poco a poco, en el subsuelo de la necesidad, en lo más hondo de la pobreza. Había vendido granjas y castillos, villas, palacios, mis cuadros, mi despacho de grabados, mis Tanagras del siglo XVIII—la mejor época para las Tanagras falsas—y mis medallas; toda la paciente herencia de mis antepasados, que eran peritísimos y que tenían almas de chamarileros, desapareció en algunos meses. Encontréme en mitad del arroyo, sin un céntimo. Tenía cincuenta y cuatro años; solamente me quedaba ya por vender mi nombre.

ERNESTO.—¡Y usted era demasiado altivo para consentir semejante cosa...!

EL SEÑOR FROMENT.—¡No!... En el extremo en que me encontraba, ya no se tiene altivez. Lo que pasaba era que yo tenía una reputación de jugador empedernido. Las damas, que me hubieran comprado mi título en otras circunstancias, apartábanse horrorizadas del jugador perdidoso e impenitente que yo era. Ofrecíanseme pensiones vitalicias a condición de que, una vez efectuado el matrimonio, me fuera a enterrar en provincias. ¡Esto equivalía a morir sin gloria...! Perdí muy buenas ocasiones, y no lo deploro. No tengo nada; pero sigo siendo dueño de mí mismo. Y manejo los naipes como antaño; pero ganando con ello, en vez de perder. (Tornando a su lección.) Dispénseme, mi querido discípulo, esta digresión; olvídese de mi cháchara y trabajemos. Quedamos la última vez en el «sintriunfos». Es una declaración que se impone en dos casos: cuando se tiene mucho juego o cuando no se tiene ninguno.

ERNESTO (parándose).—¡No me entero ya del juego, señor duque...! Estoy pensando en otra cosa... Lo que usted me ha referido me ha causado una gran turbación...

EL SEÑOR FROMENT.—¡Sin embargo, caballero, mi biografía no puede ser más banal...!

ERNESTO.—Usted me ha hecho sus confidencias. ¡Váyase una cortesía por otra...! Yo también voy a franquearme con usted. Hoy no jugaremos más. Me dirijo al hombre de mundo.

EL SEÑOR FROMENT (recogiendo los naipes).—Le escucho.

ERNESTO.—Caballero: si yo quiero aprender el bridge no es por afición a los naipes. Los aborrezco. Pero he observado que un joven de mi edad, dotado de cierta ambición, debe saber el bridge, si quiere hacer buen papel en el mundo. Las gentes más dispares guardan tesoros de amabilidad para un buen «cuarto en el bridge». De esta manera conocí al señor Leplu-Raboin.

EL SEÑOR FROMENT.—¿Al gran almacenista de hierros?

ERNESTO.—¡Al mismo! Me lo encontré en Vichy. Nos hospedábamos en el mismo hotel. El estaba allí con su hija, la señorita Lysiane.

EL SEÑOR FROMENT.—¡Una muchacha encantadora!

ERNESTO.—¡No! Es bonita y fea al mismo tiempo. ¡Eso es...! Me gusta por esto. El señor Leplu no me había prestado ninguna atención hasta la noche en que se encontró a dos amigos. Estos caballeros pensaron establecer un bridge diario. ¡Les hacía falta un cuarto compañero...! Entonces el señor Leplu se mostró muy amable y me dirigió la palabra; al cabo de cinco minutos ya éramos amigos; me preguntó: «¿Sabe usted jugar al bridge?» Contesté afirmativamente. Nos sentamos a la mesa. Cometí falta tras falta y perdí cinco luises. ¡Espérese...! Al día siguiente jugué también. Cometí falta tras falta; pero gané doscientos francos.

EL SEÑOR FROMENT.—¡Dios protege la inocencia...!

ERNESTO.—¡Me da lo mismo! Yo había podido trabar conocimiento con la señorita Lysiane; durante el día permanecía al lado de la hija y pagaba este gusto acompañando al padre en el juego por la noche. Yo jugaba siempre muy mal; lo cual le disgustaba cuando era mi compañero y le colmaba de alegría cuando era mi adversario. A pesar de todo, sin duda mirando por la belleza del deporte, me dió la dirección de usted y me aconsejó que tomara lecciones.

EL SEÑOR FROMENT.—¡El señor Leplu ha sido discípulo mío...!

ERNESTO.—¡Se ve a cien leguas! Me ganó cinco mil francos durante el veraneo. Pero yo le había ganado la hija. En cuanto él estuvo aquí de vuelta, fuí a pedirle la mano de la señorita Lysiane.

EL SEÑOR FROMENT.—¿Y se la concedería...?

ERNESTO.—Al principio mostróse encantado: su hija lo había presentido; tengo una fortuna muy saneada; no soy tonto, ni muy villano; no tengo pasiones; no bebo, y he procurado cuidadosamente evitar los amoríos duraderos.

EL SEÑOR FROMENT.—¡Vaya! ¡El yerno soñado...! ¡Si yo tuviera una hija, se la concedería...!

ERNESTO.—¡Es usted muy amable!... Tocaba ya al logro de mis deseos, cuando el señor Leplu quiso enterarse de mi situación social. Yo tuve que confesarle que era hijo natural, no reconocido.

EL SEÑOR FROMENT.—¡Ah..., ah...!

ERNESTO.—¡Usted también dice «¡Ah..., ah...!» Lysiane estaba al corriente de este detalle y me había manifestado que carecía de importancia. Mi futuro suegro no tenía la manga tan ancha; cuando ayer tuve que confesarle la irregularidad de mi nacimiento, se contristó. «¡Qué gran contrariedad, amigo mío...! Nosotros pertenecemos a una familia burguesa último refugio de los más arcaicos principios. Aunque hubiera sido usted el hijo de un Durand o de un Dupont cualquiera, le habríamos aceptado. Pero no puedo dar mi hija única al hijo no reconocido de un desconocido. Lo lamento, porque me agradaba usted. ¡Caramba...! ¿No podría usted dar por ahí con un padre legítimo? No debe ser difícil de encontrar, si se busca bien.» En esto estaba esta mañana, planeando múltiples combinaciones, cuando vino usted y me refirió su historia.

EL SEÑOR FROMENT.—¡No veo la relación...!

ERNESTO.—¡Sí...! ¡Va usted a verla...! Usted, señor duque, no tiene un céntimo; usted vive vegetando. ¡Yo me brindo a salvarle, por lo menos provisionalmente...! ¡Su nombre es soberbio...! ¡Véndamelo...!

EL SEÑOR FROMENT.—¡Usted tiene ganas de broma!

ERNESTO.—¿Por qué...? ¡Si yo no tengo padre, usted está sin hijo! No le propongo un negocio deshonroso; le pido solamente que me reconozca como hijo suyo. Y yo le ofrezco cien mil francos en dinero contante y sonante, además de una renta vitalicia de seis mil francos. ¡Piénselo...!

EL SEÑOR FROMENT.—¡No! ¡No quiero pensarlo...!

ERNESTO.—¿No quiere usted...?

EL SEÑOR FROMENT.—Lo acepto. Entierro al pobre viejo Froment, que da lecciones de bridge para vivir, y torno a ser el hidalgo de siempre. (Se yergue y adquiere en seguida una dignidad inesperada.) ¿Qué debo hacer, querido hijo...?

ERNESTO.—Vuelva en seguida, a las dos... Iremos juntos a casa de mi notario para redactar nuestros acuerdos. Luego nos trasladaremos a la alcaldía del décimo distrito, donde me reconocerá usted. Por la noche, en fin, le presentaré a la familia de mi novia...

Mientras habla, Ernesto acompaña al señor Froment hasta la puerta, donde se despide de él. En este momento, Chupin irrumpe en el despacho, aun más borracho que antes.

ERNESTO (furioso).—¿Todavía estás aquí, borrachón...? ¿No te había plantado en la calle...?

CHUPIN.—¡Es posible! ¡Pero vuelvo...! Y, además, mira cómo me tratas... ¡Ya no soy tu ayuda de cámara...!

ERNESTO.—Entonces, ¿qué eres...?

CHUPIN.—¡Soy tu padre...!

ERNESTO (viendo las estrellas).—¿Qué...?

CHUPIN.—¡Sí...! Cuando me fuí de aquí, cogí a dos compañeros míos, el tabernero de la esquina y un chauffeur de taxi, y los tres nos hemos ido a reconocerte a la alcaldía del décimo distrito. ¡Aquí tienes la copia de tu partida de nacimiento...! ¡Está en regla...! ¡Ahora debes respetarme...!

ERNESTO (aplanado).—¡Canallas...!

VII CURSO DE BELLEZA

La señora Lenclos posee un Instituto de Belleza en una tiendecita muy blanca situada en un entresuelo de la calle de Galileo. Un amplio escaparate y una puerta exigua. En el escaparate, unos bustos de damas, hechos en cera, ofrecen un espectáculo horripilante; porque las damas están divididas en dos partes; la parte de la derecha muestra la vejez con todo su horror: arrugas, bolsas bajo los párpados, pellejos flotantes en la barbilla, tendones en el cuello, amarillez de la epidermis, cabellos blancos y pelos en la nariz y en las orejas. ¡Es la mujer antes del tratamiento de la Lenclos...! La parte izquierda es fresca, juvenil y apetitosa... ¡Nada de bolsas, sino cabellos de un rubio veneciano...! ¡Labios arqueados...! ¡Mejillas carnosas...! Sin embargo, estas cabezas causan la impresión de pertenecer a las malas pagadoras, que no saldaron el precio convenido de antemano y a las que dejaron a la mitad de su rejuvenecimiento. La anaquelería se compone de una profusión de tarritos, de frasquitos, de útiles y objetos extraños, de caretas de caucho, de brochas, de instrumentos de masaje, de vibradores eléctricos, de espátulas, etc., etc. La tienda está dividida en seis departamentos. Una dama de aspecto muy juvenil está en el mostrador y comprueba las sumas de su libro Mayor.

Entra un joven de unos veintidós años, vestido con esa elegancia, un poco oropelesca, de los cómicos que hacen el papel de Perdican en el Conservatorio. Dirígese rectamente al mostrador. Es el señor Beauvallon, primer premio de Comedia.

BEAUVALLON.—¡Buenos días, La Choute!

LA CHOUTE (alzando los ojos).—¿Eres tú, Beauvallon...? ¿Qué te trae por aquí...?

BEAUVALLON (estrechándole la mano).—Te vi esta mañana en el «Metro», y me dije: «¡Atiza! ¿Qué busca La Choute por estos sitios?» Te seguí a lo lejos y te vi entrar en esta tienda. Como tenía prisa, no me acerqué a ti... Cumplí ya con mi obligación—unas lecciones en este barrio—, y al regreso he entrado para darte los buenos días.

LA CHOUTE (disgustada).—¡Eres muy atento...! Pero, ya que me has visto, vete...

BEAUVALLON.—¡Qué desabrida eres...! ¡Así recibes a tu antiguo compañero, a tu interlocutor en «La Caja Fauré»...!

LA CHOUTE.—¡No tengo tiempo de charlar, amigo mío...! ¡Vuelve más tarde, a las seis, cuando esté cerrada la tienda...!

BEAUVALLON.—¡Jamás...! Primeramente, cualquiera sabe dónde estaré yo a las seis...! Tú, La Choute, no te portaste bien... Cuando abandonaste el Conservatorio, en el pasado año, no nos dijiste tu dirección. Te busqué por todas partes, ¿lo sabes...?

LA CHOUTE (divertida).—¿Es posible...?

BEAUVALLON.—¡De veras! Sentía alguna ternura por ti. Habíamos dormido juntos, y esto siempre crea ciertos lazos...

LA CHOUTE.—¡Oh! ¡Lo que es tú...! ¡Duermes con todo el mundo...!

BEAUVALLON.—¡Es verdad...! Pero a ti estuve a punto de amarte...! ¡Nada de guasa...! ¡Cuando desapareciste sentí algo parecido a un disgusto...! En primer lugar, tú eras más linda y más joven que las otras... Tenías solamente veintitrés años...

LA CHOUTE.—¡Veintidós...!

BEAUVALLON.—Poseías los cabellos rubios más hermosos del mundo...

LA CHOUTE.—Y los sigo poseyendo...

Ella le tiende la cabeza, coronada por una soberbia cabellera de un rubio ceniciento.

BEAUVALLON.—¿Y tus dientes...?

LA CHOUTE (sonriendo).—¡Completos...! ¡Puedes comprobarlo...!

BEAUVALLON.—¡Ah, picarona...! ¡Estás todavía más bonita que el invierno pasado...! ¡Y con tu físico, con tu inteligencia y con tu hermosura tuviste valor para abandonar el teatro...!

LA CHOUTE.—¡Sí...! ¡Lo tuve...! ¿Qué quieres...? ¡Comprendía claramente que en él no llegaría a ser nada...! No me gustaba el oficio, ni los compañeros; no se puede tomar mas que dos partidos: trabajar o prostituirse. A mí no me gusta trabajar y soy demasiado burguesa para dedicarme a cortesana. ¡Por eso me he lanzado al comercio...!

BEAUVALLON.—¡Y has entrado en casa de la Ninon de Lenclos...!

LA CHOUTE.—¡Mejor todavía...! ¡La señora de Lenclos soy yo...!

BEAUVALLON (estupefacto).—¡Qué! ¡Tú bromeas...!

LA CHOUTE.—¡Cuando yo te lo digo...! ¡Pero procura callártelo, porque me arruinarías...!

BEAUVALLON.—¡Vaya una historia...!

LA CHOUTE.—¡Es un cuento de hadas, amigo mío! Aquí, donde tú me ves, estoy en camino de hacer fortuna, por haberme encontrado hace seis meses a un viejo y canallesco nigromante, a un tipo astuto, a un hombre extraordinario... ¡al profesor Bálsamo...!

BEAUVALLON.—¡Calla...! ¡Yo conozco ese nombre...!

LA CHOUTE.—¡No es profesor, y su verdadero nombre es el de Bouzigue...! ¡No puedes imaginarte un viejo macaco semejante...! Si me dijeran que había estado preso, no me asombraría. ¡Ha hecho de todo...! Pues verás: volvía yo de Saint-Germain, adonde había ido para ver a mi tía Josette; subo a un coche del ferrocarril, donde se encontraba ya un señor anciano, bien portado, que tira su cigarro en cuanto me sintió. Esto me adula—¿lo comprendes?—y le digo: «¡Oh, caballero...! Puede usted fumar... ¡No me molesta...!» Iníciase la conversación. Al cabo de cinco minutos le había referido mi vida.

BEAUVALLON.—¡Es una justicia que hay que hacerte...! ¡Tú cuentas tu historia a todo el mundo...!

LA CHOUTE.—Escuchóme él con interés, y después me dijo: «¡Está usted perdiendo el tiempo, hija mía! Lo más que logrará usted será un primer accésit en el Conservatorio. ¿Y a qué le conducirá esto...? A representar el papel de Blanquita en provincias. Hará usted también el de Margarita de Borgoña en Provenza y el de Mireya en el Languedoc. Ganará usted veinte luises por mes y los favores soberanos de los consejeros municipales, propuestos en Bellas Artes. Yo no le pido que sea mi querida. Le ofrezco dos mil francos mensuales, y hacemos un contrato por cinco años. Trátase de un oficio fácil, honrado y horro de fatiga. Siete horas de presencia por día y mucha consideración. Usted se limitará a explotar la estupidez de las mujeres, hermanas suyas...» ¡Y me explicó su plan! ¡Era maravilloso...! Tratábase de fundar un Instituto de Belleza, una tienda, en la que se vendería un montón de productos a base de nada, destinados a revocar las juventudes aniquiladas. Acepté el trato; en ocho días, el viejo alquiló una tienda—ésta—, instaló el almacén y principió una propaganda de todos los diablos. Habrás visto en todos los periódicos unos carteles enormes anunciando que Ninon de Lenclos rejuvenecía a todas las viejas. Todo esto costó cerca de cien mil francos, hoy reembolsados ya. ¡Ay, mi pobre Beauvallon...! Nosotros, comiquillos, que nos pintamos por la noche para complacer al cochino público, no somos mas que unos niños comparados con las damas del gran mundo, que se rehacen una belleza y una juventud en beneficio de sus galanes. No tienes una idea del número de criaturas que pasan diariamente por aquí, y a las que vendo, por diez francos, unos tarros de pomada que a nosotros nos cuestan cincuenta céntimos, comprendido el envase. ¡El temor de envejecer...! ¡Esto es terrible para las mujeres que no saben hacerse viejas...! ¡Bah...! ¡No hay sacerdote que haya oído las confesiones que yo escucho a diario en uno de estos compartimientos! Todas lanzan este grito de angustia: «¡Prolóngueme..., devuélvame mi rostro de hace diez años...! ¡Ayúdeme a ser amada...! Mi corazón ha permanecido joven; pero mi cuerpo se aniquila. ¡Dicen que posee usted secretos maravillosos...! ¡Véndamelos...! ¡Pagaré todo lo que sea preciso...» Y yo vendo esperanzas e ilusiones en frascos, en cajitas y en barras. ¡Se lo llevan como pan bendito...!

BEAUVALLON.—¿Y obtienes buenos resultados...?

LA CHOUTE.—¡Desde luego...! Durante algunos días borro las arrugas, revoco las fachadas y fabrico juventudes. Después, la edad recobra sus derechos; la cliente vuelve. ¡Qué demonio! Yo no puedo luchar mucho contra el tiempo. Llega siempre un momento en que las viejas son viejas. Cuanto más se esfuerzan ellas por rejuvenecerse, más envejecen. ¡Si supieras, Beauvallon, las miserias de que soy confidente...! Hay mujeres cuyo cuerpo permanece joven y apetitoso, y de las que solamente se ve el rostro, que ya está feo. He aquí la injusticia de la suerte: el cuerpo y el semblante no se ponen de acuerdo para agostarse. El uno precede siempre al otro en la decrepitud. ¡Te aseguro que mi oficio no tiene nada de alegre...! Desde hace poco comprendo que en el mundo no hay mas que un solo bien: la juventud. ¡Tengo solamente veintitrés años, y ya me asusta el año próximo!

Notes in this chapter

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