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Los cursos

Front matter (continued 2)

José A. Luengo translation

BEAUVALLON.—¡Qué ganas de bromear! ¡Con tu hermosura tan fresca...!

LA CHOUTE.—Tienes razón, y, sin embargo, es algo más fuerte que mi voluntad... Temo ser menos linda que ayer... ¡No amo a nadie...! ¡Hasta lamento haber amado a tontitos como tú...! ¡Era cansarse...! ¡Me mustiaba! ¡Ay! Ahora soy más prudente... Me administro y me cuido mejor... Cuando sea rica, dentro de diez o de quince años, me retiraré. Compraré un hermoso castillo en Turena y haré quitar de él todos los espejos.

BEAUVALLON (tierno).—De todas formas, tendrás los ojos de tu amante para mirarte en ellos.

LA CHOUTE.—¡Quita de ahí...! De hoy en adelante no tendré ya enamorado. Temeré deducir de su actitud los progresos de mi decadencia. El viejo hechicero ha envenenado mi dicha; sin embargo, me ha inspirado la desconfianza contra las drogas, los ungüentos, los perfumes y los polvos: contra todo lo que vendo a mis infortunadas clientes.

BEAUVALLON.—Sin embargo, en tu profesión debe de haber algunos minutos divertidos.

LA CHOUTE.—Son raros, ¿comprendes...? A cada consulta solicitada va unido un secreto doloroso, la confesión de una pasión. Por lo general, las mujeres no quieren ser bellas para ellas solas. Casi todas procuran embaucar a un amante más joven que ellas o a un viejo que no ama mas que a las jóvenes. ¡Si oyeras lo que se dice en estos compartimientos!

BEAUVALLON.—¡No deseo otra cosa...!

LA CHOUTE.—¡No puedo violar el secreto profesional...!

BEAUVALLON.—¿Ni siquiera para mí...?

LA CHOUTE.—Ni siquiera para ti. Y, además, ¿no tienes nada urgente que hacer...? ¡Te conozco...! ¡Deben esperarte...!

BEAUVALLON.—¡Que me esperen...! ¡Te lo ruego, La Choute...! ¡Permíteme asistir a una de tus consultas...!

LA CHOUTE (decidiéndose).—Te juro, guapo destrozador de corazones, que será una bonita lección de cosas, de la que saldrás disgustado. En fin, puesto que lo deseas, no puedo negártelo. En este preciso instante llega una cliente. ¡Escóndete en el compartimiento número uno, y, sobre todo, no te muevas...!

Introduce a Beauvallon en uno de los exiguos compartimientos, y corre las cortinillas de entrada. Aparece una dama muy elegante y bastante linda, con un rostro armónico, un poco cansado; es de las que adelgazan con la edad.

LA DAMA.—¿La señora Ninon de Lenclos...?

LA CHOUTE.—¡Yo soy, señora...!

LA DAMA (asombrada).—¡Pero... usted parece muy joven, señora...!

LA CHOUTE (grave).—¿Qué edad cree usted que tengo?

LA DAMA.—¡Bah! ¡Lo más, veinticinco años...!

LA CHOUTE.—¡Muchas gracias...! ¡Tengo cincuenta y cinco!

LA DAMA (estupefacta).—¡Imposible...!

LA CHOUTE (sacando un papel de un cajón).—¡Aquí está mi partida de nacimiento...! Enriqueta Brezaillon, nacida en mil ochocientos sesenta y cuatro.

LA DAMA.—¡Pues se conserva usted admirablemente!

LA CHOUTE.—La mujer que no quiere envejecer, no envejece. Aquí donde usted me ve, tengo una hija de treinta y dos años y un hijo capitán. ¡Mire sus retratos...! (Abre un medallón.) Sin embargo, tengo un vientre aplastado y liso como el de una joven. ¡Si usted lo desea, se lo enseñaré...!

LA DAMA.—¡Es sorprendente...! Dadas estas condiciones, no vacilo en confiarme a los cuidados de una persona tan experta. ¿Y sus cabellos...? ¡Son soberbios...!

LA CHOUTE.—¡Gracias a un tratamiento especial! Estaba amenazada de calvicie completa; un médico—el nuestro—me ha reimplantado, uno a uno, veinticinco mil cabellos.

LA DAMA.—¿Y... los dientes...?

LA CHOUTE.—¡Ni uno es mío...! Es una maravilla de la prótesis. Haga el favor de pasar a este gabinete. Charlaremos. (Introduce a la dama en uno de los compartimientos y corre las cortinillas.) Ahora, ¿qué desea usted de mí...?

LA DAMA (quitándose el velo).—En primer lugar, he aquí mi rostro...

LA CHOUTE (admirativa).—¡Qué hermosa ha debido usted de ser, señora...!

LA DAMA (amargamente).—¡Sí! Fuí muy bella, y entonces me daba lo mismo. ¡No conocía mi riqueza...! Ser bella para su marido es como si una no lo fuera... Cierto que yo me enorgullecía con mi línea y con mi rostro; durante mucho tiempo gusté la envidia de las mujeres. Este placer harta pronto. Pasaron los años y me engañó mi marido. Esto me puso en guardia; pero, en fin de cuentas, no me importaba tres cominos. Hace algunos meses me aficioné de nuevo a la coquetería; amábame uno, y yo también le amaba. Entonces fué cuando descubrí la verdad: no era ya tan bella. Evidentemente, con los trampantojos ordinarios de la toaleta todavía causaba cierto efecto a la luz artificial. De regreso en mi casa, hallábame cara a cara con la verdad. Esto es, por otra parte, lo que me ha impedido hasta ahora engañar a mi marido, porque en amor hay que pagar al contado. ¿Qué pensaría el que me adora si me viera tal como soy...? ¡Huiría de mí, después de una hora de embriaguez, y no le vería más...! ¡Me causa horror pensarlo...! ¡Deme usted un año de juventud...! Mire... ¡Deme usted solamente seis meses...! ¡Tenga yo durante seis meses el rostro y el cuerpo que tuve antiguamente...! ¿Y después, Dios mío...? ¡Después... me resignaré...!

LA CHOUTE.—¡No, señora! No se resignará usted. ¡Y hará bien...! Yo no le concederé un año de juventud, sino diez... ¡Pero le advierto que esto resulta caro...!

LA DAMA.—¡No reparo en dinero!

LA CHOUTE.—Y sepa que ciertos métodos son bastante dolorosos...

LA DAMA.—¡Ah!

LA CHOUTE.—Mire... Para poner tersa la piel, tenemos el tratamiento del doctor Sabio. Consiste en una aplicación de líquido corrosivo, a base de iodo, que consume los tejidos superficiales hasta dejar al descubierto la primitiva piel. Son tres semanas de torturas; pero en seguida encuéntrase usted con una piel de jovencita.

LA DAMA.—¡Está bien! ¡Conformes...! ¿Y para el rostro...?

LA CHOUTE.—¡Déjeme que la mire...! ¡Ah, sí...! Tenemos tres tratamientos. Primeramente, el masaje; éste es bueno, pero no resulta eficaz mas que para un día. Al menor cansancio, las arrugas reaparecen al instante. Tenemos después la pasta de los Nabis; ésta se la aplica usted por la noche con la careta especial. Es una pasta a base de plantas astringentes, que estiran y ponen tersa la piel. Pero hay que aplicársela todos los días. Tenemos, por último, las inyecciones de parafina, que hinchan el rostro; es bastante doloroso: debe usted permanecer durante un mes en un lugar apartado, mientras es absorbida la parafina.

LA DAMA.—¡Pero lo que usted me propone son suplicios chinos...!

LA CHOUTE.—Para estar hermosa hay que sufrir. Además, todo lo que le ofrezco no tiene sino una eficacia pasajera. ¡Sólo hay un tratamiento duradero...! ¡Y éste es... el tratamiento quirúrgico...!

LA DAMA (espantada).—¿Qué...? ¿Quiere usted que recurra al cirujano...?

LA CHOUTE.—¡Es preciso...! Para las arrugas de la frente, el cirujano le hará a usted ahí, bajo los cabellos, a derecha e izquierda, dos incisiones, cortará dos pedazos de piel y coserá; para las arrugas del cuello, le hará otras incisiones detrás de las orejas.

LA DAMA (aterrorizada).—¡Calle..., calle...!

LA CHOUTE.—¿Quiere usted ser amada, señora...? ¡Entonces, sométase a lo inevitable...! ¡De lo contrario, déjese dominar por la vejez...!

LA DAMA.—¡No..., no...! ¡No me abandone usted, señora...! Lo que me inquieta no es solamente el rostro, sino el cuerpo. Quise adelgazar, y mi pecho, demasiado voluminoso, se convirtió...

El resto de la confesión se pierde en el oído complaciente de La Choute; la dama, orgullosa, se muestra desde los pies a la cabeza. No es solamente el pecho el que se le cae. Es el vientre en forma de persiana, son los muslos descarnados, las manos que se manchan de herrumbre y los pies que se deforman. La Choute toma notas, y, cuando ha concluído, manifiesta que todo esto puede repararse.

LA DAMA (despidiéndose, llena de esperanza).—Me enviará usted discretamente todos sus productos, ¿verdad...?

LA CHOUTE.—¡Descuide usted...! ¡Se los llevaré yo misma y le indicaré la manera de usarlos...! La acompañaré también a casa del doctor Bálsamo, nuestro cirujano. ¡Y no tema usted nada...! ¡Fuera de mí, nadie conocerá su secreto...!

La dama torna a ponerse su tupido velo, y se marcha.

LA CHOUTE (soltando a Beauvallon).—¿Qué, amigo mío...? ¿Oíste...?

BEAUVALLON (pálido).—¡Todo...! ¡Es horrible...!

LA CHOUTE (riendo).—¡Bah...! ¿Y a ti qué te importa...?

BEAUVALLON.—¡Desgraciada...! ¡El enamorado de esa dama, el enamorado para quien ella quiere rejuvenecer... soy yo...!

LA CHOUTE.—¡Imposible...!

BEAUVALLON.—¡Y yo estaba loco por esa mujer...! ¡Después de lo que sé, no la veré más...!

LA CHOUTE.—¡Quia, amigo mío...! ¡Déjate de historias...! ¡No vas a quitarme una cliente de treinta mil francos...!

VIII CURSO DE COCINA

El joven Lionel Musot vive en un piso bajo del número 152 de la calle de Copenhague. Es uno de esos reducidos departamentos llamados «cuartos de soltero» porque en ellos no se recibe más que a muchachas. Este joven, descolorido, imberbe y peinado untuosamente, posee la gentileza usual en cualquier otro de su especie; es deplorablemente rubio y delgado; sus ojos, de un azul de porcelana, tienen una expresión desabrida, que equivale a falta de expresión. Muéstrase muy agitado; va desde la alcoba al salón, desde el salón a la cocina, donde todo está preparado para el te, y desde la cocina al recibimiento. Está soberbiamente vestido con un pijama de seda azul, que pondría en peligro las mejores digestiones. Habla consigo mismo, como suele hacerse en las obras del antiguo repertorio.

LIONEL (furioso, en la cocina).—¡El agua hierve...! ¿Haré el te...? Pero si lo hago antes de tiempo resultará muy fuerte y me veré precisado a bebérmelo, en el caso de que ella no viniera... ¡Aborrezco el te fuerte...! Me queda el recurso de no beberlo y de tirarlo sobre la piedra del fregadero. Sí; pero tendré que comerme las pastas. ¡O regalárselas a la portera, a la que odio...! (Dirigiéndose a un público imaginario.) ¡Señoras y caballeros...! Hace dos meses que dedico a una mujer casada de la alta sociedad, a la señora Line Bisou, un culto apasionado; supe ser tan tierno, tan respetuoso y, al mismo tiempo, tan atrevido, que esta Line cedió a mis súplicas, subrayadas con gestos decisivos. ¡Hace un mes que se me entregó en este pisito bajo...! Line no tuvo motivos para quedar descontenta del ensayo, porque me otorgó una cita en este modesto palacio para la semana siguiente. Line no acudió, señoras y caballeros; en honor suyo había perdido una clase de Trigonometría. (Cantando.) «¡No! ¡Esto no es un sacrificio...!», como dicen en el Alcestes, de Gluck. No es un sacrificio, porque sé que en el examen de fin de año me calabacearán y, por tanto, juzgo inútil estropearme las meninges estudiando Trigonometría, en la que no sobresaldré nunca. A la semana siguiente, Line me juró con todas las veras de su alma que sería puntual a la nueva cita. Perdí una clase más; compré pastas; hice un te mediano, ¡lo confieso!, y ella no vino... Tampoco vino a la otra semana. Estamos en el cuarto lunes, y ya verán ustedes cómo brillará siempre por su ausencia. Hace un momento llamaron a la puerta de entrada; corrí, con el corazón trémulo de alegría, y estuve a punto de abrazar al hombre que venía para ver el contador del gas... Dentro de una hora volverán a llamar y recibiré a un chico de telégrafos, que me entregará un despacho, siempre igual: «Imposible acudir tan pronto. Descorazonada. Ven a comer el jueves. Ternezas. Line.» (Campanillazo.) ¡Ah! Llaman a la verja del parque... Probablemente es el chico de telégrafos, que avisa desde fuera...

Se decide por fin a abrir; una dama, con un velo muy tupido, penetra vivamente en el recibimiento.

LINE (porque es ella).—¡Hay que ver, amor mío...! ¡Cuánto tardas en abrir...!

LIONEL (avergonzado).—¡Creí que era el chico de telégrafos...! (Estrechándola contra sus brazos.) ¡Ay, amada mía...! ¡Ay, amada mía...!

LINE.—¡Espera...! ¡En primer lugar, me ahogas...! ¡Y, además, me metes el velo en la boca...! ¡Deja que me quite el sombrero...!

LIONEL.—¡Alivia..., alivia...!

LINE.—¿Lo sabes...? No me quito mas que esto... ¡Tengo mucha prisa...! ¡No puedo dedicarte mas que media hora...!

LIONEL.—¡Eso se dice...!

LINE.—¿Cómo «eso se dice»...? No sueltes tonterías, querido mío. Tengo que estar de regreso en mi casa a las siete y media, y son las cinco. ¡Y debo pasar por casa de mi cuñada para preparar la coartada...!

LIONEL (furioso).—¡Quisiera que tu cuñada estuviera casada con un mono y maldigo su posteridad hasta la sexta generación!

LINE (que se ha quitado el sombrero y la capa).—Mi cuñada no tiene hijos. Dime... ¿Qué te parece mi vestido...?

LIONEL.—¡Es muy bonito...! ¡Y me parecerá todavía más bonito cuando te lo hayas quitado...! (Se lanza sobre el corpiño y lo desabrocha.)

LINE.—¡No...! ¡No...! ¡Nada de tonterías...! Se abrocha por detrás, y luego cuesta mucho tiempo ponérselo otra vez... (Lionel no escucha nada y le quita el corpiño como quien despelleja una anguila.) ¡Oh...! ¡Qué bobo eres...! ¡Ahora tengo que quitarme el vestido...! ¡Aguarda un momentito...! ¡Dame primero el te...!

LIONEL.—¿Tienes mucho interés en tomarlo...?

LINE.—No puedo pasarme sin el te. ¡Ni siquiera durante la guerra carecí nunca de te!

LIONEL (desapareciendo en la cocina).—¡Eres una mujer muy metódica!

LINE (dirigiéndose a los bastidores).—Hazlo bien, ¿eh...? Una cucharada para la tetera y una cucharada para cada persona.

LIONEL (en lo hondo de la cocina).—¡Ya lo sé...! ¡Atiza...! ¡Se ha salido el agua y se ha apagado el gas...!

LINE.—¡Alivia...! ¡Me muero de sed...!

LIONEL.—¡Ya está...! (Reapareciendo con una bandeja.) ¡La señora está servida...!

LINE (sentándose).—¡Dios mío! ¡Cómo me divierte tomar el te así... desnuda...! ¡Son las alegrías del adulterio...! ¡Un terrón de azúcar nada más...! ¡A ver las pastas...! ¡Ah! ¡Hay golosinas de las que a mí me gustan...! ¡Y tartas alsacianas...! ¡Eres una delicia...! No me despeines...!

LIONEL.—¡Bebe ligera...! ¡Si tú tienes sed, yo tengo hambre!

LINE.—Espera un minuto, ¡qué diablo...! ¡Cada cosa en su tiempo...! ¿No me preguntas por qué estoy este día en tu casa...?

LIONEL.—¡No...! Lo importante es que estés en ella...! ¡Haz el favor de beber...!

LINE.—Primero tengo que contarte... ¡Figúrate que mi marido está celoso...!

LIONEL.—¡Me da lo mismo...! ¡Lo mataré...!

LINE.—¡No lo matarás...! No está celoso de ti. Por el contrario, te quiere mucho y dice: «¡El pequeño Lionel es muy agradable, está muy bien educado y no hace la corte a las mujeres casadas...!»

LIONEL (molesto).—Me cree un calabacín, ¿no es eso...?

LINE.—¡A ver si le vas a guardar rencor por eso...! Sospecha del mayor Wetherley, un norteamericano que me trae frita, y está convencido de que este yanqui tiene suerte con las mujeres. Por esta causa, monín, he estado un mes sin poderte cumplir mi palabra. Mi marido me acompañaba a todas partes, hasta a las tiendas, a pesar de que los maridos las aborrecen. El mayor regresó ya a América; pero mi querido esposo le había tomado el gusto a mi compañía y no había manera de librarse de él...

LIONEL.—¡Ya lo he notado...!

LINE.—Parecía que lo hacía a propósito. Siempre que tenía que venir a verte e invocaba todos los pretextos, Exposición de pintura, conciertos de música moderna y obras de caridad, me decía: «¡Voy contigo...!» ¡Y, como comprenderás, no podía traerlo aquí...!

LIONEL (sombrío).—¡Lo habría matado...!

LINE.—¡Habrías hecho mal...! ¡Ya no se estila eso...! Entonces, ayer tuve una inspiración genial... La comida era detestable... Y, ¡ya ves!, fué preciso despedir a mi cocinera Gertrudis...

LIONEL.—Es lástima. ¡Se comía tan bien en tu casa...!

LINE.—Pues en lo sucesivo, amor mío, comerás muy mal. Gertrudis me robaba como un mercachifle, sin disimularlo siquiera; la he sustituído, porque he encontrado a una maritornes de Caen que nos envenena con sus inmundas bazofias. Ayer mismo, Gustavo se puso loco de cólera. «¿De manera que en esta casa no se puede comer como es debido...? Nos dejas envenenar... No hay más remedio que recurrir al restaurante...» etcétera, etcétera. Yo cogí la ocasión por el cabello y le dije: «Tienes mucha razón, amigo mío. Pero la sustituta de Gertrudis está llena de buena voluntad, y si tomamos otra sería tan ignorante o tal vez menos dispuesta que ésta. Conservemos y enseñemos a esta idiota que tenemos. Yo me encargo de convertirla en una cocinera modelo. Pero para ello es preciso que la lleve al curso de Cocina.» Mi esposo reflexionó y pensó: «¡Puedo dejarla bajo la vigilancia de su cocinera! ¡Mi honor está seguro...!» Y me permitió salir con ella. ¡Aquí, donde me ves, vengo del curso de Cocina...!

LIONEL (estupefacto).—¡Pobrecilla querida mía...! ¿Te has impuesto este suplicio...?

LINE.—No es un suplicio. Es, por el contrario, una cosa muy divertida. Figúrate una gran cocina, instalada en un piso bajo de la calle de La Boetie... Unos hornos soberbios; delante de ellos, una amplia mesa con legumbres preparadas, cacerolas, manteca, etcétera. Delante de la mesa, unas sillas, donde están instaladas unas señoras con sus cocineras; hay allí también jóvenes estudiosos con las manos sucias. Entre la mesa y el horno, un gran sacerdote, cubierto con una tortada blanca y rodeado de sus vicarios, tocados igualmente con tortadas. Es el maestro un afamado cocinero... ¡Y hay que ver lo grave y serio que se pone...! ¡No bromea...! ¡Oficia...! A la apertura del curso, hizo su entrada seguido de sus ayudantes; saludó, y, sin decir una sola palabra, comprobó el calor del horno; luego volvióse hacia nosotros y, apoyando las manos en la tribuna, es decir, sobre la mesa, principió: «Señoras y señores: hoy vamos a estudiar «el pollo a la Trevoux». Este plato fué descubierto por el famoso Birochon, en mil setecientos ochenta y dos; esta lumbrera de la Cocina francesa estuvo al servicio del duque de Brunswick...»

LIONEL (que piensa en otra cosa).—¡Es curioso...! Pero, Line, nosotros tenemos que preocuparnos de algo distinto...

LINE.—¡Un instante...! Hasta que acabe mi pastel... ¡Qué impaciente eres....! ¡Por ti fuí yo allá...!

LIONEL (suplicante).—¡Line, por lo que más quieras...! ¡Que se va el tiempo...!

LINE.—No tienes idea de lo que se necesita para fabricar el pollo a la Trevoux... ¡Un montón de cosas...! Coges un pollo, le quitas los huesos...

LIONEL (decidiéndose).—¡Tú eres mi pollito...! ¡Yo no te quitaré los huesos...!

La coge en brazos y se la lleva a viva fuerza. ¡Sigamos! (Después de todo, esto no le importa a nadie mas que a ellos.) Al cabo de un tiempo incierto, Line despierta. También Lionel sale de su embotamiento.

LINE (estirándose).—¡Ay, querido mío...!

LIONEL.—¡Gatita mía...! ¡Mi comadreja...! ¡Mi conejito...!

LINE.—¡Calla...! ¡Yo conozco eso...! ¡Eso es de La Fontaine...!

LIONEL.—Sí; el fabulista halló todos los bonitos nombres de amor que se toman prestados de los animales...

LINE.—¡Oye...! Me parece que es ya «el oporto menos cinco».

LIONEL (saltando al suelo y poniéndose el pijama).—¡El oporto de la señora se ha adelantado...! (Corre a un velador y trae dos vasos y una botella.)

LINE.—¡Muy poco...! ¡Medio vaso...! Prefiero tomar cuatro medios vasos a tomar uno lleno. ¡Dios mío, que hambre tengo...!

LIONEL.—¡Todavía quedan pastelillos...!

LINE.—¡Gracias...! ¡Hazte cargo...! Este curso de Cocina me había dejado vacía. Porque todavía no te he contado cómo se fabrica el pollo a la Trevoux... ¡Es delicioso...! Según te iba diciendo, coges tu pollo y le quitas los huesos... ¡Haz el favor de tener las manos quietas...!

LIONEL.—¿Y qué más...?

LINE.—Lo recoses después de haberlo rellenado con un picadillo de tocino de pecho, en pedacitos, con menudillos, setas, trufas, unos trozos de naranja, una pizca de perejil y la carne machacada de dos pajarillos. Haces cocer tu pollo, en un hornillo económico, suavemente.

LIONEL.—¡Y después te lo comes...!

LINE.—¡Todavía no...! ¡El pollo no es nada...! ¡La salsa es todo...!

LIONEL.—¡Lo sospechaba...!

LINE.—Antes has hecho un buen caldo de pollo.

LIONEL.—¿Con otro pollo...?

LINE.—¡Naturalmente...! Das éste a la cocina; no has guardado de él mas que los menudillos para aumentar el relleno del pollo número uno. El maestro nos ha recomendado mucho que pongamos toda nuestra atención en este caldo... ¡Y ahora resulta que ya no me acuerdo...! ¡Qué coraje...! ¡Quería prepararte este plato para el jueves...!

LIONEL.—¡Es verdad...! ¡El jueves como con tu marido!

LINE.—¡Bah! No pongas esa cara tan seria. ¡No te van a envenenar...! Y, además, me divertirá saborear contigo un plato del que hemos hablado en circunstancias tan particulares... Espero que mi cocinera recordará la manera de hacer la salsa.

LIONEL.—Yo también lo espero. ¡Tu famoso plato va a resultar incomestible...!

LINE.—Te chuparás los dedos y pensarás: «Mi querida estaba en camisa. ¡Cuánto nos habíamos amado...! ¡Y este severo señor no sospecha nada...!»

LIONEL.—¡Eres sádica...!

LINE.—Vamos a ver... ¡Ya deben ser cerca de las siete...! Tengo que vestirme... ¡Vuelve para acá el reloj de viaje...!

LIONEL (obedeciendo y enseñándole la esfera del mencionado reloj).—Mira...

LINE (brincando).—¿Qué? ¡Son las ocho menos diez...! ¡Y no estoy vestida...! ¿Y qué voy yo a decir, Dios mío...?

Se lanza sobre su cinturón, se sujeta las medias y se pone sus zapatitos murmurando injurias dirigidas contra las personas egoístas, que pierden la noción del tiempo.

LIONEL (compasivo).—¿Qué quieres que le haga...? ¡Era tan dichoso...!

LINE.—¡No digas una sola palabra...! ¡Te mordería...! ¡Me siento furiosa...! ¡Y habrás adelantado mucho...! ¡Mi marido será víctima otra vez de una crisis de celos, no me dejará ya salir sola y yo no podré explicarte el pollo a la Machin!

LIONEL (contrito).—¡Line...! ¡Lineta mía...!

LINE.—Tu Lineta está que echa espuma... Dame el corpiño y procura abrochármelo ligero... ¿lo oyes?

LIONEL (muy humilde).—¡Ya..., ya está...!

LINE (peinándose).—¡Ea! Ya no tengo aspecto de mujer adúltera, ¿verdad?

LIONEL.—¡No mucho...! ¡Unicamente los ojos...!

LINE.—¡Los ojos no tienen importancia...! ¡Con tal de que encuentre un taxi...! ¡Oh, San Antonio de Padua...! ¡Tú, que lo encuentras todo, encuéntrame también un taxi...!

LIONEL.—¡Se lo diré a la portera...!

LINE.—¡No..., no...! ¡No hay tiempo...! ¡Hasta el lunes, querido mío...! Estudiaremos la «codorniz sobre el canapé».

IX CURSO DE DECORADO

La señora Lucy Mers ha venido en limosina con su amiga y directora de riqueza, la condesa Rabat, a visitar la instalación modelo de la señora Maschine, en la calle de Castiglione. Hace cuatro años, la señora Lucy estaba encargada de la sección de niños en las Galerías Roosevelt. Allí fue distinguida por el señor Hipólito Mers, que acababa de ganar muchos millones fabricando vaca en conserva con atún a la marinera. La señora Lucy comprendió en seguida los deberes que le imponía su condición de esposa legítima de un notable comerciante, y se procuró la competencia de la condesa Rabat, que no está en la primera juventud; pero que se arruinó a fuerza de proteger las letras y las artes y de subvencionar a los artistas. En el vestíbulo, la condesa da las últimas instrucciones a su discípula.

LA CONDESA.—Usted, querida mía, desea amueblar su palacio; hubiera podido llevarla a casa de algún afamado tapicero, que le habría proporcionado un decorado cualquiera; usted hubiera tenido ese interior banal que se ve en casa de todos los nuevos ricos. Yo he preferido traerla a casa de la señora Maschine.

LUCY.—¿Quién es ésta...? ¿Una tapicera...?

LA CONDESA.—¡Quia! ¡No...! Es una mujer de la mejor sociedad. Es la viuda del célebre barón ruso Maschine, que fué muerto en Petrogrado cuando la primera revolución. El barón, que había sido locamente rico, habíase arruinado, en parte, por satisfacer los gustos dispensiosos de su esposa; cuando murió, mi amiga Maschine descubrió súbitamente su pobreza. Como era muy linda...

LUCY (acabando la frase).—¿Se dedicó a la vida alegre...?

LA CONDESA.—¡Se equivoca usted! ¡Era una mujer honrada en toda la extensión de la palabra...! Tomó un amante; pero, al mismo tiempo, tomó un oficio que no lo parecía. Como era muy artista, hízose de improviso profesora de decorado práctico. Va usted a serle presentada, porque le he pedido una cita y nos espera. ¡Ya verá usted...! ¡Es una mujer exquisita...! ¿Subimos...?

Las damas toman el ascensor, que las lleva hasta el primer piso. La condesa llama; se abre una puerta; un lacayo muy correcto introduce a estas damas en un salón y poco después aparece la señora Maschine. Es una mujer joven, alta, delgada y de una belleza soberana; luce un vestido de interior muy modesto, pero de una elegancia discreta. Presentaciones.

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Encantada de conocerla, señora...! La señora condesa Rabat me ha dicho que deseaba usted consultarme...

LUCY.—Sí, señora. Se trata de esto: yo soy... es decir era... (Decidiéndose.) Mire... Prefiero decírselo todo en seguida, porque usted acabaría por comprenderlo, si es que ya no lo sabe. ¡Soy una nueva rica...!

LA SEÑORA MASCHINE (sonriente).—¡No hay ningún mal en ello, señora...! ¡Hasta hay cierto buen tono en confesarlo...!

LUCY.—Es usted muy amable; me siento más a gusto para hablarle. No voy a decirle que el dinero me desagrada. ¡No! Pero el dinero no es todo para mí. Quiero ser feliz antes que nada. No le ocultaré que hace poco tiempo era una señorita de almacén y no pensaba que algún día sería una dama del gran mundo como usted y como la condesa: vendía trajecitos para muchachos. Cierto día pasa a mi sección un caballero alto, bastante joven, buen mozo, moreno, como los que se ven en los cinemas. Pónese a regatear un «marinero» de setenta y dos francos con noventa y cinco céntimos. Al instante vi que no venía por el «marinero», sino por la que lo vendía. ¡Me miraba, me miraba...! ¡Bueno...! Cogió su «marinero» y se marchó. Al día siguiente volvió y me compró otro «marinero». Charlamos; era muy amable; le confieso que me gustaba mucho. ¡He aquí que, a los tres días, vuelve y me compra el tercer «marinero»! Esto principia a inquietarme. Me muestro más reservada y él no se desanima. Todos los días, a la misma hora, se presentaba y me compraba el mismo trajecito. Al cabo de tres semanas concluí por decirle: «¿Qué piensa usted hacer con todos estos «marineros»?» Entonces él me miró con una expresión que no olvidaré nunca: «¡Es para vestir a nuestros hijos, señorita...!»

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Como declaración, resulta bastante original...!

LUCY.—¡Va usted a ver...! ¡Es un cuento de hadas...! ¡Figúrese lo sorprendida que me quedaría...! El mostróse muy chic y no me propuso nada vergonzoso. Me dijo que me amaba y que había resuelto casarse conmigo. «¿Quiere usted ser mi mujer...?» Yo no sabía qué contestarle; arrugaba mi vigésimoquinto «marinero»; al fin, recobré la sangre fría. «¡Según y cómo!», le dije. «¿Tiene usted algún oficio...?» «No se preocupe; tengo una profesión bastante lucrativa. ¡Lo importante es que yo no le desagrade!» Me dejé caer sobre una silla, me puse a sollozar y me enjugaba los ojos con el «marinero». Aquella misma noche, el señor Mers venía a buscarme a la salida del almacén con su auto, me llevaba a nuestra casa y pedía mi mano a papá, que estuvo a punto de caer enfermo por la impresión. ¡Ya ve usted...! ¡Un yerno que tenía quince millones! ¡El pobre papá no volvía de su asombro...!

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Esto no ocurre mas que en el cinema...!

LUCY.—Nos casamos a escape y desde entonces vivo en un sueño. Tengo todo lo que quiero. Cuando salimos juntos, no me atrevo a mirar a las tiendas. ¡Me lo compraría todo...!

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Tranquilícese..,! Esto no durará mucho...

LUCY.—¡Al contrario...! Quiero que dure... ¡Y no por los regalos...! Es que cuando se puede tener todo ya no se desea nada. Deseo que me ame porque yo le haré agradable la vida. Y, para que se sienta satisfecho en su casa, es preciso que tenga una casa satisfactoria. Hemos comprado un pequeño palacio en la calle de la Faisanderie, y me ha confiado el cuidado de arreglarlo. Si lo logro, se quedará encantado. Haga todo lo posible por que yo lo consiga; esto depende de usted. Soy muy ignorante; pero no tengo nada de tonta, y con algunos consejos saldré bien de este asunto.

LA SEÑORA MASCHINE.—No lo dudo. Voy a darle la primera lección... La habitación más importante...

LUCY (aturdida).—¿Es la alcoba...?

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Eso es...! Voy a enseñarle una. ¡Sígame...! (Conduce a las damas a una habitación muy clara.) ¡Aquí está! Usted ha elegido la habitación mejor situada, aquella donde entre el sol de la mañana. Una cortina muy sencilla, sin ramajes ni chinerías, de un tono neutro.

LUCY.—¿Y por qué sin ramajes...!

LA SEÑORA MASCHINE.—Porque éstos llegan a ser una obsesión. Siempre siente una la tentación de contarlos. Para un hombre de negocios no conviene nada que fije su atención. Su marido debe dejarse imponer el reposo. Sobre todo, nada de armario de luna, ni de muebles altos. Esto abruma. Tampoco habrá en ella cuadros; grabados muy pálidos y muy dulces, que no se destaquen demasiado. El espejo de la chimenea debe ser pequeño y embutido en un marco de madera apenas ornamentada. Prescinda usted del reflector suspenso del techo; nada entristece tanto una habitación como la luz que cae desde lo alto. Además, esto suprime toda intimidad. No debe haber más que brazos fijos en la chimenea y lámparas, cuyo brillo será tamizado por gasas para que no hagan daño a la vista. La alfombra será muy recia y de un matiz uniforme. Arrojará usted de allí los divanes y las chaises longues, donde se sienten tentaciones de echarse, en tanto que el lecho espera. Y llegamos a la cama; aquí ha de poner usted toda su atención. Nada de cama de cobre, ¿verdad...? Se parece a un instrumento de suplicio dorado y resplandeciente. No caiga en el exceso contrario; aborrezco los grandes monumentos de encajes, adornados con doseles del siglo XVIII, que se llenan de polvo y atraen los mosquitos. Resulta pretencioso y se siente una ahogada entre ello. Parece que usted representa «El sueño de la desposada», y esto tiene algún sabor pueblerino. Necesita una bonita cama baja, muy preciosamente esculpida, con el tablero de los pies sobrepasando apenas el colchón, y con el de la cabecera sobrepasando apenas las almohadas; es indispensable una lamparilla encima de la cabeza; ella le permitirá entrever el espectáculo de su alegría. Si el señor quiere leer, tendrá una luz sobre la mesita colocada a su lado...

LUCY.—¡Oh! ¡No lee, porque yo no le dejo tiempo para ello...!

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Muy bien! Sin embargo, conviene prevenirlo todo. Tendrá usted también su lucecita encima de la mesa; si el señor lee, usted aparentará igualmente que lee, y él no leerá ya. Pasemos al sommier; elíjalo un poco duro, de fabricación inglesa. A un marido joven deben repugnarle los lechos demasiado blandos, que adormecen el deseo. Pero ponga todo su cuidado en el colchón, que encargará usted muy recio: así se forma un hoyo y, a pesar suyo, a despecho de los disgustillos pasajeros, los cuerpos se reúnen en sueños y se perdonan. Le enseño este pequeño truco; es infalible, y prepara un despertar conciliador.

LUCY.—¡No está mal...!

LA SEÑORA MASCHINE.—Una recomendación: procure no amueblar ninguna habitación con arreglo a un estilo determinado. ¡Esto ya no se lleva...! Conserve una general armonía. El estilo de nuestra época encierra todos los estilos, todas las características de las épocas precedentes y todos los exotismos, y, sin embargo, le desafío a que lo formule. En él se mezcla y se armoniza todo; tiene usted estilo Luis XVI y estilo Directorio, que no se espantan de verse juntos. Todo esto, unido, acaba por formar cierto estilo Clemenceau... Ahora vamos a visitar el comedor... ¡Vengan ustedes...!

(Van al comedor.)

LUCY.—¿Qué...? Pero ¿se come ahí dentro...? ¡Si parece un tocador...!

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Y lo es...! ¿A qué obedece esa estúpida costumbre que nos obliga a ocupar una habitación solamente con las comidas...? Consagra usted una hora al desayuno y otra a la comida... ¿Y necesita usted una mesa especial para esto...? ¿Tiene usted unos aparadores para poner de manifiesto en ellos la plata de familia...? ¡Puf...! Estas son costumbres de advenedizos. ¡Que la plata no se vea demasiado en el servicio de usted...! ¡Que no se emplee mas que en la presentación de los platos calientes...! La plata es un metal vulgar. La plata sobredorada es un metal bastardo, que no tiene el valor de su opinión. El oro es el emblema de la estupidez triunfante. Forme usted su vajilla con porcelanas raras y con fayenzas curiosas.

LUCY.—¡Pero yo no veo mesa alguna en este comedor...!

LA SEÑORA MASCHINE.—Las mesas están en la repostería; se traen en el último momento; son tres o cuatro mesas especiales, que los criados ponen y quitan cuando se van los señores... Detrás de estos tableros se ocultan los estantes de una biblioteca, y detrás de estos otros encontrará usted toda clase de juegos. En la sociedad de usted, la gente tiene afición a jugar. En algunos minutos, mientras sus invitados saborean el café en el salón, esta estancia se convierte en sala de juego y en fumadero. Se imponen, pues, unos altos cimacios de nogal claro, decoración de madera, en que los muebles y los divanes se armonicen con la pared. Alumbrado mediante enchufes situados junto al suelo. Tenga usted brazos de mucha luz sobre su mesa; ponga en ella un centro muy bajo, que no haga penosa la conversación. En los rincones mandará usted colocar unos fanales de cristal sujetos en aros de madera. Nada de sirvientes; las viandas llegan desde la repostería, lo mismo que los platos. No tolere usted que se imponga a sus convidados el aderezo de los manjares, ni el ruido de la vajilla. Que los criados de usted no confíen al oído de sus huéspedes la genealogía ni la partida de nacimiento de los vinos preciosos que ellos les sirvan. Esta antigua costumbre constituye un desafío para las apreciaciones de los buenos catadores que usted reciba.

LUCY.—¡Comprendido...! ¿Adónde vamos ahora...?

LA SEÑORA MASCHINE.—Al salón. Esta es la habitación menos interesante, porque usted no vive en ella. Aquí puede colocar los cuadros de los maestros y los bibelots. Convendrá que se procure usted una colección de cualquier cosa: una colección de campanillas antiguas, o unas vitrinas llenas de sajonias auténticas. Estas cosas son motivos de conversación. Pondrá usted un gran espejo encima de la chimenea: éste permite a las personas notables que se miren al hablar, y a las damas, que vean cómo están los pliegues de sus vestidos, sus semblantes y sus peinados. Muchas sillitas bajas, esparcidas acá y allá, sin orden aparente; varias mesitas. En uno de los rincones, la mise en scène necesaria; un pequeño bureau, en el que pensarán que escribe usted. En el rincón opuesto, un piano, donde el compositor parásito le tocará algo de Schumann, «¡que él interpreta como nadie en el mundo!».

LUCY (tímida).—¡Yo pensaba en recepciones alegres, en tes-tango...!

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Está usted un poco retrasada en cuestión de modas...! Ya no se piensa en bailar; cuando alguien tiene mucho empeño en hacerlo, se va a retozar a cualquier establecimiento de baile. Los tes-tango disgustan a los maridos y turban la paz de un hogar. Por otra parte, usted no utilizará el salón mas que para pasar por él. De esta manera podrá lucir en él todos los tapices de la Savonnerie y todos los Beauvais. Antiguamente, esta habitación tenía una razón de ser, en el tiempo en que la conversación era un deporte. Ahora no se habla mas que en la mesa y en seguida se juega. El ingenio de salón desapareció con la señora Aubernon de Nerville y con la señora de Loynes. Ya no subsiste mas que el ingenio del círculo y el del café. No se tiene tiempo de chismorrear; los periódicos han matado el arte de la maledicencia elegante. El salón no es mas que el paso de una comida a una mesa de poker, del apetito a la digestión. ¡Qué siglo tan triste...!

LUCY.—Le queda por enseñarme una habitación: el tocador.

LA SEÑORA MASCHINE.—Lo dejaba para lo último. (Nuevo viaje; entran en una amplia sala, muy alegre.) ¡Aquí está el santuario! ¡El lugar donde pasará usted la mitad del día...! En cuanto despierte, correrá usted a retocar su belleza. Pasemos por alto el baño y no nos fijemos en los aparatos para la ducha; esto ya se lo venderán. Sin embargo, observe que el baño, muy hondo, está enterrado hasta la mitad en el suelo. Puede usted sentarse en él; una sillita está instalada en uno de sus extremos. Aquí tenemos el robusto tubo para la ducha escocesa. Aquí está el gran espejo de tres lunas, que le dirá la verdad. Allá se encuentra el diván para descanso, donde se lee los periódicos mientras se saborea el chocolate reparador. Más lejos hay un pequeño bureau, su verdadero bureau, donde usted escribirá las cartas para las amigas íntimas y ajustará sus cuentas. Aquí está, por último, la coiffeuse; no necesito describir a usted los perfeccionamientos aportados a ésta por la Casa X... Ahora bien; lo que debe absorber toda la solicitud de usted es el calientabaños...

LUCY.—¿Por qué?

LA SEÑORA MASCHINE.—Porque es un instrumento caprichoso y variable. No calienta, o calienta demasiado; no se enciende, o provoca incendios. Estalla en el momento en que se le cree dominado. Le hace a una mil jugarretas. Es un perpetuo motivo de inquietud. Un mal calientabaños acaba por agriar a usted el carácter, volviéndola irritable y quisquillosa. La hace esclava de los fumistas, unos señores poco cómodos, que le deteriorarán el tocador en cuanto tengan que efectuar la menor reparación. La vida resultaría demasiado dulce si no fuera por esta calamidad del calientabaños.

LUCY.—¿Y si recurriera a la calefacción central...?

LA SEÑORA MASCHINE.—No tendría nunca agua caliente a la hora que la deseara. ¡Créame usted...! No hay más remedio que aguantarse. Tanto más, cuanto que aquí habrá de pasar usted sus horas de soledad. Cuando su marido desayune fuera, aquí desayunará usted. Aquí meditará y reflexionará usted; aquí recibirá usted a sus mejores amigas. Lo más claro de su existencia transcurrirá en esta sala; en ella reconquistará usted al marido vacilante...

LUCY.—Espero que el señor Mers no vacilará nunca...

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Quién sabe...! Acuérdese usted de mi consejo: cuide mucho el tocador. (Un silencio.) Ahora, señoras, ya sólo me falta enseñarles el recibimiento.

LUCY.—¿La antesala...?

(Nuevo viaje.

LA SEÑORA MASCHINE.—¡No! ¡Nada de antesala...! ¿Para qué sirve...? ¿Qué significa este aposentillo amueblado con una percha y con un arcón de madera...? ¡No! Prepare una buena entrada al visitante; que éste no se sienta desconcertado por la decoración hostil; que pueda esperar, arrellanado en un sillón, en medio de un ambiente simpático, el minuto de audiencia que usted le concederá; que salga usted a su encuentro, si es preciso, hasta el vestíbulo, el cual resultará así un disimulado recibimiento. Ponga usted aquí la mentira inicial de su vida mundana. Sea esta habitación encantadora e íntima...! Entrase así a pie llano en la cordialidad de usted. El proveedor, el visitante, el pordiosero, todos se juzgarán bien recibidos, y de esta manera muchos de los indiferentes a quienes usted atienda se convertirán en amigos suyos.

LUCY.—Si usted me lo permite, señora, le compro todo el mobiliario.

LA SEÑORA MASCHINE.—Rechazo su proposición; en primer lugar, porque este mobiliario no es exactamente el que le conviene y, además, porque ya está vendido.

LUCY (desolada).—Entonces, ¿me abandona usted...?

LA SEÑORA MASCHINE.—Déjeme continuar: mañana iré a visitar su palacio. No se preocupe usted de la instalación; yo me encargo de ella. Le costará doscientos mil francos a precio alzado; pero dentro de veinte días estará usted en su verdadero hogar, que será todavía más cordial que éste.

LUCY.—Una última pregunta. ¿Qué tal es el hogar de usted, que se dedica a adornar los hogares del prójimo...?

LA SEÑORA MASCHINE.—¿Mi hogar...? Yo vivo en un hotel.

X CURSO DE MEDICINA

La señorita Sita Volanges, siguiendo las exhortaciones de su amiga íntima Vera Shrestenieff, se ha alistado bajo la bandera de las «Hijas de Galia», Sociedad para la educación de las enfermeras benévolas; las Hijas de Galia se cubrieron de gloria durante la guerra: instalaron ciento cuarenta hospitales en el frente; desafiaron los bombardeos; veinte enfermeras de la Sociedad fueron muertas; ciento cincuenta resultaron heridas; la Casa fué mencionada muchas veces en la orden del día. Damas muy distinguidas organizaron sanatorios bajo la égida de la «H. D. G.», y ganaron la cruz de guerra. Los cursos para enfermeras benévolas se dan siempre en el amplio hotel cedido por la señora condesa de los Charmes, en la calle Spontini. Allí está instalado un hospital escolar, donde los peludos son cuidados y mimados. En la sala principal, que antes fuera salón, los últimos enfermos acaban su convalecencia. Es una amplia sala encristalada, completamente blanca, llena de blancos lechos y flanqueada de mesas. Unas comedidas jóvenes, vestidas de blanco, juegan a los naipes y al dominó con los gloriosos heridos. Es una escena íntima y muy conmovedora, señoreada por una abrumadora impresión de aburrimiento. Se ha notado que el aburrimiento era un remedio infalible para los convalecientes. Las señoritas Sita y Vera atraviesan con viveza la ciudad doliente y se presentan en un saloncito lleno de jóvenes y viejas damas, que esperan la apertura del curso. Están vestidas de enfermeras.

VERA.—Permítanme ustedes, señoras, que les presente a mi amiga la señorita Volanges, la cual acaba de alistarse bajo nuestra bandera... Haga el favor, mi generala, de tomar a mi ahijada bajo su protección.

LA GENERALA (una comadre gruesa y canosa; pero de modales autoritarios).—¡Ah...! ¿Una nueva recluta...? ¡Muy bien...! ¡Es usted muy joven y muy linda, señorita...! ¡Y, además, bastante rubia...! ¡En fin...! ¿A qué se dedica su padre...?

SITA (tímida).—Mi padre es director de las Forjas de Commentry-Yapamieux.

LA GENERALA (ya más amable).—¿Un metalúrgico...? ¡Bueno...! ¿Tiene usted vocación...?

SITA.—Creo que sí. Querría consagrar mi vida a cuidar los sufrimientos, a inclinarme sobre los dolores.

LA GENERALA.—¡Sí...! Además, para una mujer nunca resulta desagradable ver sufrir a los hombres. Y es más agradable todavía consolarlos.

SITA.—Siento dentro de mí algo como un apostolado...

LA GENERALA.—¡Ya lo veremos en la curación...! Pero no en seguida; antes hay que seguir los cursos...

SITA.—Yo tengo ya algunas nociones de Medicina.

LA GENERALA.—Esto puede ser ya mucho, o puede ser poco. Nosotras debemos atenernos al lado práctico y no procurar jugar a los médicos, como lo hacen las bachilleras que rodean a la señora marquesa de la Escalinata del Patio de Guardias.

SITA.—¿Quién es esa dama?

LA GENERALA.—Una vieja pava blasonada, amiga de la condesa de los Charmes, a la que han nombrado presidenta, mientras que la condesa, que ha prestado su palacio, y yo, que he obtenido el apoyo del Gobierno militar, no somos mas que vicepresidentas... ¡Y pensar que sin mí no hubiéramos tenido un solo herido...!

SITA.—¿De veras...?

LA GENERALA.—¡A ver...! Las «Damas de Aquitania», la Sociedad rival, se las habían compuesto para acaparar todos los heridos graves de París y todos los cirujanos famosos... ¡Figúrese usted cómo se burlarían de nosotras...! Yo me las arreglé de tal modo, que al fin decidieron enviar a nuestro hospital modelo una parte de los heridos, que las imbéciles de enfrente pretendían acaparar. Le juro que no fué cosa fácil. ¡Maldita sea...! ¡Qué batalla...! Menos mal que acabamos ganándola por nuestra propia autoridad. Sin embargo, la querida marquesa se atribuyó todo el mérito de la victoria y se hizo nombrar presidenta.

SITA.—¡Parece que usted no la quiere mucho...!

LA GENERALA.—La detesto, y ella me paga en la misma moneda. Por esta causa, le advierto que no se deje engatusar por ella. Yo soy muy cabal en mis amistades y estimo con razón que las que no están conmigo están contra mí...

SITA (ingenua).—¿Es que hay dos partidos...?

LA GENERALA.—Hay hasta tres, si se cuenta el de la señora de los Charmes. ¡Pero esto no tiene importancia...! La buena condesa cedió su palacio y no se le pide más.

VERA (acercándose).—Generala: la llaman en el economato...

LA GENERALA.—¡Atiza...! ¡Alguna equivocación de la encargada...! ¿Lo está usted viendo...? ¡No se puede hacer nada sin mí...! (Ella desaparece, moviendo las caderas.)

VERA.—He tomado este pretexto para alejarla de aquí. Mientras se entretiene, le presentaré a la patrona mayor, la señora marquesa de la Escalinata del Patio de Guardias.

SITA.—¡Yo no sé si debo...!

VERA.—Hija mía: en nuestro sacerdocio, lo mismo que en los otros, hay que estar bien con todo el mundo; de lo contrario, aunque ponga usted en ello toda su buena voluntad, no llegará a ser nada... ¡Ah...! ¡Aquí llega nuestra querida presidenta...!

Entra una especie de jamelgo de coche fúnebre, un larguirucho esqueleto apocalíptico, de una delgadez inverosímil. Es la señora marquesa-presidenta. Mucha nobleza y condescendencia. Esta dama, sin edad y sin belleza, de ojillos negros y penetrantes, lanza sobre todos los humanos una mirada impregnada de desprecio y de compasión. Vera le presenta a Sita.

LA MARQUESA.—¡Ah...! ¡Perfectamente...! ¡La señorita Volanges...! Su padre hizo un donativo importante a nuestra Obra, y yo le di las gracias con una carta personal. Los grandes industriales han comprendido que debían ayudar a las víctimas de esta guerra, que sirvió para favorecerlos. ¿Viene usted a unirse a nuestras abnegadas hijas...? ¡Muchas gracias...! Entonces voy a indicarle el camino que deberá seguir. No se atenga usted demasiado a la parte práctica; nosotras formamos aquí mujeres capaces de suplir a los médicos cuando éstos se encuentran lejos. Deberá usted trabajar y seguir nuestros cursos con asiduidad. Las damas que escucharon mis consejos serían capaces de sufrir el examen del internado. La generala le dirá a usted que sus funciones son las de una muchacha de sala. Esta pobre criatura se equivoca; si se la hubiera hecho caso, nuestra Casa no existiría ya. Yo soy quien reclutó los cirujanos y los profesores más famosos. Si tenemos en nuestra Casa las más nobles lumbreras de la Ciencia, es gracias a mí. Ayer me di la maña suficiente para engatusar al renombrado práctico Moumel, que desea dejar a las «Damas de Aquitania» para operar en nuestro santuario; me prometió, además, explicar un curso de Rinoplastia y de Estomatología dos veces a la semana. ¿Sabe usted lo que son estas dos ciencias...?

SITA.—¿No tienen por objeto restaurar los semblantes de los heridos en el rostro...?

LA MARQUESA.—¡Eso es...! Veo que tiene usted ya conocimientos quirúrgicos. Siento que no nos hayan enviado heridos del rostro; como siempre, la generala se ha conducido tan torpemente, que nos vemos privados de tan interesantes heridos. El curso del profesor Moumel será, sin embargo, muy cautivador, aunque sólo sea teórico. Las aplicaciones de la ciencia quirúrgica no se pierden nunca; si usted no se aprovecha inmediatamente de estas lecciones, puesto que ya terminó la guerra, podrá utilizar su beneficio cuando llegue el próximo conflicto europeo.

SITA (aterrorizada).—¡Por Dios, señora...! ¿Piensa usted que una nueva catástrofe...?

LA MARQUESA.—Yo veo claro y ya tengo descontada una nueva conflagración mundial. Para nosotras, lo mismo que para los militares, la guerra es una ocasión de sacrificio y de actividad. ¡Dios me libre de desearla! La creo fatal y quiero preparar un equipo de mujeres superiores, que suplirán a los hombres de ciencia. ¡Ah! Le advierto que no quiero enfermeras demasiado elegantes. ¡Nada de rojo en los labios, ni de pintura, ni de vestidos de carnaval, ni de perfumes...!

SITA (disgustada).—Señora presidenta: yo no tenía esa intención...

LA MARQUESA.—¡Sí..., sí...! Todas dicen eso. Y pasados quince días me las encuentro emperifolladas, cubiertas de joyas y apestando a esencias. Estas costumbres son capaces de desacreditar a un hospital modelo. Una advertencia más: aquí soy yo quien lo dirige todo, y usted no tiene que recibir órdenes de nadie mas que de mí. No haga caso de lo que pudiera decirle esa generala; está medio loca. Me agrada usted, y quiero convertirla en algo de provecho; pero acuérdese de que las que no están conmigo están contra mí...

SITA (perpleja).—¡Muy bien, señora presidenta...!

LA MARQUESA.—Es usted inteligente y triunfará... ¡Hasta ahora, hija mía...!

Alarga a Sita un manojo de huesos y se marcha.

VERA.—¡Vamos! ¿Qué le parece a usted...?

SITA.—¡No sé qué pensar...! Yo no sospechaba que en la consagración al sacrificio tomara tanta parte la diplomacia. Si sigo a la generala, la marquesa me guardará rencor, y si sigo a la marquesa, la generala me fastidiará todo lo que pueda.

VERA.—Lo mismo sucede en todas las Obras. Estas damas se sienten animadas de la mejor intención cuando se agrupan. Y en cuanto se trata de repartirse los grados, la autoridad, las direcciones y, por consiguiente, las recompensas probables, todo el mundo se pone a reñir. Esto no impide que la máquina marche casi bien. ¡He aquí la belleza de las instituciones francesas...! Son indisciplinadas, están corroídas por luchas internas y, sin embargo, funcionan porque, a pesar de todo, las alimenta la abnegación. ¿Me espera usted aquí...? Vendré a buscarla en cuanto el profesor se encuentre entre nosotras.

Vera se aleja. Sita, sola, se sienta en un rincón y mira en torno suyo. No conoce a nadie; una enfermera pasa y ve a esta joven, que parece estar en cuarentena. Como es una persona caritativa, se acerca y dirige la palabra a Sita.

LA ENFERMERA.—¿Espera usted a alguien, señorita...?

SITA.—¡Sí...! Es decir... ¡no...! Vine con la señorita Vera.

LA ENFERMERA.—¡Ah...! ¡Comprendido...! ¡Usted es la nueva...!

SITA.—¡En efecto...! Y debo tener un aire muy torpe, ¿verdad?

LA ENFERMERA.—Es la primera impresión que se experimenta. Luego se acostumbra una...

SITA (por decir alguna cosa).—Estas damas son muy agradables...

LA ENFERMERA.—¡Bah...! ¡Cuando las conozca usted...! Se han puesto una cofia para chismorrear más a gusto.

SITA.—¿Hay aquí chismes?

LA ENFERMERA.—¡Desdichada...! ¡Está usted en Villachismosa...!

SITA.—¡Es horrible...!

LA ENFERMERA.—¡No, hija mía...! Cuando haya cuidado usted a algunos heridos se iniciará en el flirteo, que acerca al enfermo a su ángel de la guarda. Todas estas viejas hadas, la generala de las enfermeras y la marquesa de las parlanchinas, no saben lo que es cuidar hombres. Una les ofrece higiene y la otra les brinda operaciones. ¡Bonito tratamiento...! Los desgraciados que vienen del frente, convalecientes o moribundos, no quieren mas que una cosa: alegría. ¡Que una cabeza graciosa se incline sobre su dolor y que tengan el calmante supremo: el amor...!

SITA.—¿El amor para los moribundos...?

LA ENFERMERA.—¿Qué duda cabe...? Si yo fuera la dueña, querría que todos los heridos viviesen en un sueño espléndido. ¡Que las enfermeras, sin excepción, fuesen lindas y cariñosas...! No prohibiría ni el tango ni el flirteo. Ponga usted aparte los atacados de altas fiebres. Los demás tienen un padecimiento terrible: el aburrimiento. Devuelva usted al convaleciente el placer de vivir, el amor; esto vale más que las partidas de piquet o de malilla a pública subasta o que la lectura de la última novela salida a luz. Querría que todas las enfermeras fueran enamoradas, criaturas lindamente adornadas y vestidas por los grandes modistos...

SITA.—Hay también un músculo que se llama el gran sartorio...[3].

LA ENFERMERA.—¡Es usted ya demasiado sabia, señorita...! Los infortunados que usted cuidará no tienen necesidad de su ciencia; reclaman solamente su gracia. ¡Amelos! ¡Proporcione a los que sufren la ilusión de una tierna novela! ¡No sienta usted ninguna curiosidad fisiológica...! Procure curar solamente su parte moral. Hay que distraer a estos niños grandes con pasioncillas. Cuando el pensionista se levanta, usted, sublime comedianta, le hará una reverencia. De todas formas, lo habrá salvado de la desesperación y del tedio; habrá suscitado usted en él la voluntad de vivir, que es el auxiliar más eficaz del médico. Le advierto que estos resucitados son luego muy embarazosos... ¡No importa...! Volvieron a ser hombres, y, por consiguiente, hay ya medios para hacerles entrar en razón. Hija mía: yo soy en esta Casa la última entre las últimas; pero tengo lo que falta a todas estas damas: sentido común... ¡Le enseñarán el espica del brazo y el galeno de la cabeza...!

SITA.—¡Los conozco...! Son vendajes.

LA ENFERMERA.—¡Está usted muy enterada para su edad...! ¡No importa...! Lave las escudillas, desinfecte el instrumental, dé vueltas a las vendas según está ordenado; pero no olvide usted que es mujer y que su ternura es la que cura todos los males. Un herido que se enamora de su enfermera adopta en seguida la resolución de sanar; es dócil, se presta a todas las operaciones, no recrimina y piensa, mientras se le cura: «¡Es por ella...!» Sea usted coqueta y dulce. ¡Sea elegante...! ¡Perfúmese...! ¡Es necesario...! ¡Esto forma parte de sus deberes...!

SITA.—¡No es así, señora, como se me presentaban mis funciones de enfermera...!

LA ENFERMERA.—¡Mal hecho...! Mire usted la decoración en que ha de ejercitar sus facultades: es un palacio, que abrigó las fiestas más hermosas de antes de la guerra. Su decoración fué pensada para gentes dichosas. El marido partió para la guerra en los primeros días de la movilización; abandonó este interior, que todos los artistas habían exornado para deleite de los ojos; la mujer quiso que este hogar fuera el de todos los héroes que se habían sacrificado por la salud de la patria. Se habló y se bromeó a costa de los que habían sacrificado su casa. A pesar de todo, los desdichados que vivieron aquí sus horas de sufrimiento conocieron la alegría de una acogida cordial y suntuosa. No ponga usted su atención en las mezquinas rivalidades de estas damas, que no supieron concebir toda la feminidad de su misión. Ya resulta hermoso que se consagren a esto; perdóneles la pobreza de sus ambiciones si el herido ha de beneficiarse con ello.

SITA.—Sin embargo, desde que estoy aquí no vi aún esa desinteresada abnegación, cuya grandeza ensalza usted. Oí a la generala glorificarse a costa de la marquesa; oí a la marquesa expresarse sin miramiento alguno en todo lo concerniente a la generala.

LA ENFERMERA.—¡Simple divergencia de métodos y de autoridades...! Tranquilícese... Como cada una de estas damas quiere afirmar su supremacía sobre la otra, los enfermos están mejor cuidados.

SITA.—Es usted muy indulgente. Adivino que seremos amigas.

LA ENFERMERA.—¡No se haga ilusiones...!

SITA.—¡Quia...! Mi corazón no me engaña nunca. Usted tiene una filosofía práctica y una visión clara de la vida. ¡Pero querría preguntarle algo más...!

LA ENFERMERA.—¡Pregunte...!

SITA.—Hay una persona que me parece representar en este asunto el papel de víctima; se trata de la buena condesa de los Charmes...

LA ENFERMERA.—¿Por qué...?

SITA.—Ella cedió su palacio, ella corre con los gastos de la empresa y, sin embargo, nadie le hace caso. La marquesa y la generala parecen tratarla como algo sin importancia; estas matronas se atribuyen todo el éxito de la empresa. A ellas irán a parar los honores y las cruces. ¿Qué le parece...?

LA ENFERMERA (turbada).—Me es muy difícil contestarle...

SITA.—¿Por qué...?

LA ENFERMERA.—Porque conozco a la condesa de los Charmes, que es mi amiga íntima. A ella le agradaría mucho saber que una persona en el mundo se cuidó de su existencia; pero le contestaría a usted que no le agrada que la compadezcan y que cumplió con su deber por nada, por el placer que el cumplirlo le producía... Espero que volveremos a vernos, señorita, porque le repito que me es usted muy simpática... ¡Adiós...! El famoso profesor Moumel ha llegado y va a principiar su curso...

Estrecha la mano de Sita y se va.

VERA (corriendo).—¡Hala... hala... Sita...! El profesor Moumel ocupa ya la cátedra. ¡Como no alivie usted, no encontraremos buen sitio...!

SITA (levantándose).—¡Vamos...! ¡Dígame...! ¿Quién es aquella enfermera que zarandean allí, y con la que estuve hablando mucho tiempo...?

VERA.—¿Aquella morenilla...? ¡Oh...! ¡Es la condesa de los Charmes...! (Desdeñosa.) ¡Valiente mujer...!

XI CURSO DE PINTURA

En la academia Velázquez, la señorita Lorenza White es la discípula preferida del maestro Joaquín Pont-Dugard, miembro del Instituto y profesor de pintura para señoras. Esta joven es inverosímilmente rubia, con entonación de oro pálido; es delgada de aspecto, pero muy robusta. Una cabeza de madonna prerrafaelista, con ojos de un azul verdoso, muy inquietante; habla el francés con un acento inglés apenas perceptible. Llega la primera a clase y se instala ante su lienzo. El modelo está ya allí: es un mozo fornido, completamente desnudo; pero que lleva, por decencia, unos minúsculos calzoncillos rojizos.

EL MODELO.—¡Señorita White...! Llega usted antes de la hora...

LORENZA.—Pienso darme una buena sesión de trabajo. Quiero acabar mi estudio.

EL MODELO.—Si usted lo desea, adoptaré la pose.

LORENZA.—¡No! Espere a las demás señoritas. Se molestarían si se empezara sin ellas.

EL MODELO.—¡Oh! ¡No tienen prisa...! ¡Con tal de que las vean en el «Metro» con la caja de colores ya están contentas...! (Desdeñoso.) Esto es jugar a ser artistas..., esto es gana de perder el tiempo. Entre todas ellas, usted es la única formal.

LORENZA (ufana).—¡Es usted muy amable, Cornu...! Yo quiero llegar...

EL MODELO.—¡Usted llegará...! Posee la obstinación, que es una cualidad muy hermosa. Además, tiene usted dinero. ¡Y esto ayuda siempre...!

LORENZA.—¿Quién le ha dicho que tengo dinero...?

EL MODELO.—He oído que el patrón decía al señor Joaquín Pont-Dugard: «Querido maestro: atienda mucho a la señorita White. Es la hija de White-Petrole. Conviene que obtenga este año una mención en los Artistas franceses.» Y Joaquín le respondió: «¡No se preocupe usted...! ¡La tendrá...!» Y agregó: «Es muy rica, ¿verdad?» A lo cual le contestó el patrón: «¡Ya lo creo! ¡Es más rica que Berta Morizot...!»

LORENZA.—¡Caramba! ¡Qué bien enterados están estos señores...!

EL MODELO.—¡Bah! Son unos vivos que saben lo que se traen entre manos. Usted lleva aquí poco tiempo. Aguarde algo más y le tenderán la red de la lección particular.

LORENZA.—¿Qué lección...?

EL MODELO.—¡Verá usted...! El buen Joaquín es presidente del Jurado en el salón de Artistas. Le aconsejará que acuda a la Exposición; usted irá a trabajar a su casa, a razón de cien francos diarios; mediante lo cual él le retocará el pandero.

LORENZA.—¿El pandero...?

EL MODELO.—¡Quiero decir el cuadro...! En el año próximo, si desea usted una medalla, tendrá que encargar su retrato al maestro; esto sólo cuesta veinte mil francos. Pero os pintará de pie delante del caballete. Ha hecho ya unos veinte del mismo modo. Así logró tener su hotelito en Auteuil. ¡Y pensar que Monticelli vendía sus cuadros a diez francos cada uno en las terrazas de los cafés de Marsella...! ¡Qué lástima...!

LORENZA.—¡Sí...! ¡Da grima...! Sin embargo, yo tengo la intención de imponerme como artista. Y la señorita Cassatt, que era rica, trabajó como si fuera pobre. ¡Pongamos mano a la obra...!

EL MODELO (subiéndose a la mesa).—¡Muy bien, señorita White! ¡Y no se deje usted engatusar por estos tíos sinvergüenzas! (Adopta la pose y se apoya noblemente en el mango de una escoba.) ¿Estoy bien?

LORENZA.—¡Sí!

Trabaja con encarnizamiento; poco a poco van llegando las demás señoritas con sus cajas de colores. Llega la señorita Elsa Metra, apodada «¡Esperémosle!», muchacha desabrida y bastante clorótica. Luego llega la señorita Inés Perrée, hija única de la Casa Perrée, de pastas al por mayor; es una morenita muy inquieta, más bonita que fea. Viene después la señorita Raquel Caen-Duseigneur, hija del famoso anticuario—una Juno—; la señorita Teresa Kiry, elegíaca y pensativa, y, por último, la morralla de las discípulas, Juana Aymar, Julieta Capulet, las hermanas Agata y Sofía Fruche, etc. La sala se llena pronto de piar de pajarillos y de risas aflautadas. La señorita White es la única que trabaja.

ELSA.—¡Naturalmente...! ¡Lorenza está ya acabando...!

INÉS.—¡Lo hubiera apostado...! ¡Tiene horas suplementarias...!

RAQUEL.—Ella nos da el ejemplo. ¡Buenos días, White...!

LORENZA (cortés).—¡Muy buenos, amigas mías...! ¡A ver si me dejáis en paz...! Estoy a punto de sorprender el secreto del «modelado fino».

TERESA.—¿Te divierte pintar así?

LORENZA.—¡Mucho...! ¡No hago mas que pensar en el modelo desde por la mañana hasta la noche!

INÉS.—¿Qué te parece, Cornu...? ¡Vaya satisfacción para ti...!

RAQUEL.—¡Me siento holgazana, hijas mías...! (Se despereza.)

JULIETA.—¿Estuviste también de juerguecita...?

RAQUEL.—¡Estuve bailando con los norteamericanos hasta las dos de la madrugada...! No sé dónde tengo las piernas... ¡Y este endiablado estudio apenas está empezado...!

ELSA.—¡A mí me da miedo pensar que tengo que cubrir de color este lienzo...! Lo único que me interesa de todo esto son los calzoncillos, porque es lo más fácil de hacer. Lo demás tiene muchos músculos. Prefiero las mujeres, porque tienen menos músculos.

JUANA.—Pues yo prefiero los hombres; cuando se ha dado con el quid de los músculos todo marcha como una seda.

ÁGATA (a Juana).—¿Quién te ha hecho este vestido, chica...? ¿Armal y Martian...?

JUANA.—¡No! Tengo una modistilla que trabaja muy bien y que me copia los modelos de las Casas más importantes. Dentro de un rato iré a verla, para que me pruebe unas cosillas, y te llevaré conmigo. ¡Atiza...! ¿No está allí Luciana...?

RAQUEL.—No... ¡Ya no vendrá...! Está prometida, y su maridito no quiere que en lo sucesivo vea a ningún hombre desnudo.

SOFÍA.—¡Bah! Después de todo, no tenía ni pizca de talento. ¿Con quién se casa...?

RAQUEL.—Con un pintor llamado Gedeón Lourmail; un señor que expone en los Independientes mujeres azules y hombres verdes...

TODAS (indignadas).—¡Oh!

TERESA.—Por nada del mundo querría casarme con un artista. Busco un médico.

ELSA.—¡Ay! ¡Qué mal haces...! ¡Los médicos son muy pillastres...!

TERESA.—Tomaré mis precauciones; tengo una amiga que se casó con un gran ginecólogo. Le prohibe que ausculte a las clientes ni siquiera la piel, y asiste a todas las consultas escondida detrás de un tapiz que representa a Alejandro victorioso. Cada vez que su marido va más allá de lo conveniente, Alejandro se agita.

JUANA (dándose polvos).—¡Dios mío! ¡Qué estúpido ser celosa...! ¿Verdad, Raquel...?

RAQUEL.—Más estúpido todavía es casarse. ¡A menos que se presente una buena proporción...!

TERESA.—¡El maestro Joaquín, por ejemplo...!

RAQUEL.—¿Qué quieres decir con eso...?

TERESA.—¡Nada! ¡Oh! ¡Nada...! ¡Había corrido el rumor de tus esponsales con él...!

RAQUEL.—¡Es una calumnia infame...! El señor Pont-Dugard me ha cortejado, como lo ha hecho con todas... ¡Así lo exige su profesión...! Pero tú sabes de sobra que no está libre... Tiene un compromiso...

ÁGATA.—¡Bah! ¿Quién es...?

INÉS.—Una princesa italiana que fué raptada por él. ¡Lo sabe todo el mundo...! Se trata de una patricia muy bella que lo alimentó cuando él estaba en la miseria.

ÁGATA.—¡Ay! ¡Estás demoliendo a mi ídolo...!

INÉS.—¿Por qué...? Todos los grandes hombres fueron lanzados por mujeres... La princesa Lappioni se ha consagrado a la gloria de nuestro querido maestro; vive en un hotel inmediato al suyo, y hay en él una puerta de comunicación con una escalerilla secreta...

TERESA.—«La escalera de sus vicios.»

JULIETA (corriendo).—¡Hala..., hala...! ¡A trabajar...! ¡Acaba de llegar Joaquín...!

Todas estas señoritas vuelan hacia sus caballetes: se han puesto las blusas y aparentan absorberse en su arte. Joaquín entra; es un hombre de cincuenta años, extremadamente chic y muy atildado. Tiene manos de prelado, rostro banal de artista mundano, hermosos ojos negros, nariz aguileña, bigotes finos y barba en punta, demasiado negra. Luce una severa levita con la gran roseta de comendador. El que la crítica ha llamado «El maestro de la rosa» afecta una gran nobleza de actitudes. Cuando habla, siéntese uno conquistado al instante. ¡Tan dulce y cantarina es su voz...! A la entrada del gran jefe todas las discípulas abandonan su tarea y permanecen de pie.

JOAQUÍN.—Dispénsenme ustedes, señoritas, que me haya retrasado; pero me han entretenido en el Elíseo, donde yo desayunaba con la delegación del Instituto.

RAQUEL.—Maestro: no me he acordado de decir a mis compañeras que recibía usted esta mañana, de manos del presidente, la corbata de comendador.

Viva emoción.

JOAQUÍN (modesto).—No concedamos a estos vagos honores sino la poca importancia que merecen. ¡Sólo el Arte debe ser objeto de nuestras ambiciones, señoritas...! ¡El es el que da una significación, un valor a la existencia...! ¡Trabajemos sin descanso, señoritas...! El trabajo nos proporciona alegrías puras, junto a las cuales la riqueza y las condecoraciones no son mas que fruslerías.

EL MODELO (entre dientes).—¡Farsante...!

JOAQUÍN.—¡Y ahora voy a ver sus estudios! (Todas tornan a su tarea. Joaquín principia por el lienzo de Raquel.) ¡Delicioso...! ¡Ah! ¡Delicioso...! ¡Todavía un poco compendioso, pero vigorosamente indicado...! ¡Acuse el contorno...! «El dibujo es la probidad del Arte», dijo Ingres... ¡Caramba...! ¡Usa usted un perfume exquisito...!

RAQUEL.—Es «Ola en el alma», de la Casa Liedon.

JOAQUÍN.—Adoro los perfumes, porque viven con vida propia; se identifican con las mujeres y traducen su secreto pensamiento. ¡Un perfume es una confesión!

RAQUEL (enrojeciendo).—¡Maestro...!

JOAQUÍN (satisfecho de su conquista).—¡Continúe, hija mía, continúe...! ¡Su estudio se presenta bien! (Pasa a la vecina, a Inés, que ha pintarrajeado una imagen informe, una composición para salvajes.) No se moleste, señorita... (Estudiando su lienzo.) ¡Delicioso! ¡Oh! ¡Deliciosísimo...! ¡Y muy personal...! ¡Sacrifica usted a los falsos dioses de la nueva escuela!

INÉS (convencida).—Resulta feo, ¿verdad?

JOAQUÍN (protestando).—¡Yo no he dicho eso...! ¡Está lleno de promesas...! Pero precise más el dibujo... ¡Acuse los contornos...! ¡Dé relieve a los músculos...! ¡Haga carne que sea sonrosada...! Aficiónese al color de rosa, que es el color de la alegría... Tiene usted un bonito griñón... Es de encaje, ¿verdad...?

INÉS (conmovida).—Sí, mi querido maestro.

JOAQUÍN.—¡Ah, los encajes...! ¡Qué poemas de paciencia y de reflexión...! Se piensa en las mujeres que gastaron años enteros en producir estas maravillas, ornato de la belleza de usted... ¡Le sienta estupendamente...!

INÉS.—¡Es usted demasiado bueno, maestro...!

JOAQUÍN (cogiendo un pincel).—¡Con su permiso...! Voy a disminuir este muslo... ¡Qué buenos muslos tiene este mozo...! ¡Ajajá...! Para darle carácter, dibuja usted el esternocleidomastoideo... ¡Qué soberbio músculo...! Trabaje, hija mía. ¡Va usted por buen camino...! (Se acerca a otra discípula, a Julieta.) ¡Delicioso...! ¡Oh! ¡Completamente delicioso...! Hace usted progresos... Pero no acusa bastante el contorno...! No caiga usted en la tentación de pintar el fondo con las raspaduras de la paleta... ¡Enternézcase sobre la carne...! ¡No ve usted bastante el tono rosado...! Etc., etc...

De esta manera, el maestro ha dado la vuelta al estudio rectificando los lienzos de todas las señoritas y repartiéndoles cumplidos, como se ofrecen bombones a los niños de las escuelas primarias. Todas están encantadas.

JOAQUÍN (llega al lado de Lorenza).—¡Señorita White...! ¡Mi discípula preferida...!

LORENZA (muy tranquila).—¡Maestro...! ¡Reciba usted mis saludos...!

JOAQUÍN (mirando el estudio).—¡Delicioso! ¡Oh...! ¡Qué delicioso...! ¡Ha hecho usted progresos considerables...!

LORENZA (fría).—Pero no acuso bastante los contornos, ¿verdad?

JOAQUÍN (turbado).—¡En efecto...!

LORENZA.—¡Ni acuso bastante los músculos...! ¡Ay! ¡Conozco mis defectos...!

JOAQUÍN (recobrándose).—¡No! ¡Al revés! ¡Tiene usted tendencia a acusarlos...! ¡Esta no es pintura de mujer...! ¡Hay que atenuar un poco más...!

LORENZA (asombrada).—¡Ah! ¡Yo creía que había que abordar abiertamente el desnudo...!

JOAQUÍN.—Endulce usted su temperamento, porque de lo contrario caerá en el impresionismo.

LORENZA.—¿Es un crimen?

JOAQUÍN.—¡Por lo menos, es una torpeza...! Se lo advierto: tiene usted muy buenas condiciones... Hasta le permitiré que acuda este año a la Exposición del Salón.

LORENZA.—¿Cree usted, maestro, que estoy bastante segura de mí misma?

JOAQUÍN.—Yo estoy seguro de usted y le garantizo que será admitida. Tengo un asunto para usted: un lavadero con unas aldeanas, desnudas hasta la cintura, golpeando la ropa.

LORENZA (amargamente).—¡Qué novedad...!

JOAQUÍN.—Es un asunto eterno. Vendrá usted a hacer esto a mi casa. Mañana me traerá el esbozo. ¿Se lo figura usted así...? Carnes rosadas al aire libre; vestidos rosados; alrededor, matorrales rosados, y encima, la luz rosada del crepúsculo.

LORENZA.—Yo he visto lavanderas en Bretaña; eran viejas, sucias, feas y espléndidas; lavaban en pleno sol y estaban amarillas y terrosas. Componían un horrible poema de miseria y de espanto.

JOAQUÍN.—Señorita: es preciso que el pintor magnifique la Naturaleza y la haga agradable. ¡Esta es nuestra razón de ser...! (Mirándola.) ¡Está usted muy linda, señorita White...! ¡Me gustaría hacer su retrato...!

LORENZA.—¡Qué honor para mí, maestro...!

JOAQUÍN.—Querría dejar una imagen inmortal de usted... ¡Mire...! ¡La pintaría tal como está ahora... delante de su principiado lienzo...!

LORENZA (burlona).—¡Esto no se ha hecho nunca!

JOAQUÍN (ingenuo).—¿Verdad que no...? ¡Qué buena idea...! Dígaselo a su padre, y si tengo algunos días libres, siento que, inspirado por su radiante belleza, haré uno de mis más hermosos retratos. Y tampoco resultaría mal que los dos expusiéramos juntos nuestros cuadros... La crítica hablaría de ellos y yo alcanzaría en seguida una mención para usted.

LORENZA.—¡Me colma usted de favores...!

JOAQUÍN.—Me siento atraído hacia usted por una simpatía de artista. Quiero revelárselo a usted misma. Venga a mi casa después de clase. ¡Charlaremos de todo esto...! (Levantándose.) ¡A los pies de ustedes, señoritas...!

Echa a andar, coge su sombrero y se retira, siempre digno y solemne. El trabajo prosigue. De súbito entra Lafripe, una especie de bohemio sin edad, hirsuto, canoso y con la ropa llena de manchas.

LAFRIPE.—¡Ustedes dispensen, señoritas! (Todas se vuelven.) ¿No ha venido todavía el maestro?

RAQUEL (secamente).—Acaba de marcharse, caballero.

LAFRIPE.—¡Maldita sea...! ¡Buena la he hecho! ¡Me va a echar una bronca...!

LORENZA.—¿Qué desea usted decirle? Voy a verlo dentro de un rato.

LAFRIPE.—Yo soy quien le pone sus esbozos en cuadrícula. ¡Hay que vivir...! Me había citado aquí; pero me he entretenido jugando a la malilla... ¡Hola, Cornu...!

LORENZA.—¡Si puedo servirle en algo...!

LAFRIPE.—¡Es usted muy atenta, señorita...! Acepto su ofrecimiento; le dirá usted que estuve a ver a una vieja parienta enferma y que me retrasé por eso. El no creerá una sola palabra; pero, por tratarse de usted, aparentará creerla...

LORENZA.—¿Piensa usted que tengo tanto crédito para con él...?

LAFRIPE.—¡Claro...! Usted es su discípula predilecta. (Acercándose.) ¡Caramba! ¡No está mal del todo este dibujo...!

LORENZA (encantada).—¿De veras?

LAFRIPE.—En serio. Se nota todavía en él cierta inexperiencia, pero no carece de solidez... Además, es de «pintor». Tiene usted buenas cualidades... ¡Qué lástima...!

LORENZA.—¿Por qué «¡qué lástima...!»?

LAFRIPE.—Porque lo perderá todo. ¿Es usted robusta y violenta? Pues Joaquín la sumergirá en sus tonos rosados. ¿Dibuja usted con el pincel como los verdaderos, como los puros...? Pues él le hará «acusar» el contorno. ¿Ama usted su arte? Pues él la obligará a caer en el oficio: las «Lavanderas» almibaradas y las «Pastoras» de confitería. Y, para concluir, el retrato a la inglesa: la dama tocada con un amplio sombrero, al pie de un olmo y con flores en las manos... ¡Ah! ¡Buen pintamonas está el tal Joaquín...! ¡Cuántos talentos hizo abortar...! ¡Qué viejo tan miserable...! Usted... usted misma tiene entusiasmo e impetuosidad... El color fluye de sus dedos... Y ¿qué está usted buscando en esa caja...?

LORENZA.—Procuro aprender la técnica.

LAFRIPE.—¡Está buena la técnica de Joaquín...! Váyase usted a su casa; pinte tres manzanas en una compotera, o el carrete de su portera. Trabaje desde la mañana a la noche; dibuje y malgaste el color; pero hágalo, sobre todo, sin maestro. Entréguese usted en cuerpo y alma a su labor; reviente de exaltación, de duda, de despecho, y no pida consejos a nadie. Antes de nada huya de esta escuela como de la peste. Y de aquí a diez años tal vez sea usted una gran pintora.

LORENZA.—Seguiré sus indicaciones, caballero. Sin embargo, yo no puedo trabajar sola. ¿Podría usted darme lecciones...? Se las pagaría bien.

LAFRIPE (frío).—¡Muchas gracias...! ¡Soy un fracasado...! Retoco los lienzos del patrón, juego a la malilla y bebo bocks mientras describo los cuadros que no haré nunca. ¡Y me conformo con esto...! ¡Que usted lo pase bien, señorita...! (Se marcha, vehemente y sucio.)

XII CURSO DE MORAL

El sargento Cirilo Bauquet llega a París; su primer cuidado es visitar a la señora Leonie Marchesse, una persona muy amable, que lo eligió como ahijado y que durante cuatro años de guerra lo colmó de regalos y de golosinas y le escribió cartas deliciosas, muy bien compuestas, a las cuales respondió él con páginas muy elocuentes; durante la lucha le describía los duros combates, y después del armisticio le hizo la crónica de la ocupación. Leonie le contestaba diciéndole todo lo que pasaba en la capital, la descripción de las fiestas de la victoria, el relato de una sesión parlamentaria a la que había asistido, etc., etc. Cirilo sacó la conclusión de que la señora Leonie desempeñaba el cargo de ama de gobierno en casa de la señora baronesa de Boel, en la calle de Richelieu. El sargento Bauquet es un joven de fisonomía agradable. Luce sobre el pecho una colección de gloriosas insignias: la placa de piloto aviador, a la derecha; la cinta de la cruz de guerra, la de la medalla militar, la de los heridos, la condecoración norteamericana, etc.; lleva, por último, la forrajera roja. Llega al número 206 de la calle de Richelieu: es una casa que parece habitada por comerciantes; pregunta al portero: «¿Hace el favor de decirme dónde vive la señora baronesa de Boel?» El portero le mira de un modo extraño: «En el primero, pasado el entresuelo; hay una placa.» En efecto; en el primero de la derecha, una puerta se adorna con una gran placa de cobre, cubierta en sus cuatro picos de arabescos multicolores; en el centro se lee esta sola palabra: Boel. Por lo visto, la baronesa se dedica al comercio. Cirilo llama; repique lejano. Una criadita, con cara de parisiense, abre.

CIRILO.—¿Vive aquí la señora baronesa de Boel?

LA SIRVIENTA.—Sí, señor.

CIRILO.—¿Podría hablar con la señorita Leonie Marchesse? (Le entrega su tarjeta.)

LA SIRVIENTA.—No sé si estará levantada ya.

CIRILO (asombrado).—¿A las tres de la tarde?

LA SIRVIENTA.—Las damas estas se acostaron muy tarde. De todas maneras, pasaré a ver... ¿Quiere esperar el señor en el salón?

La sirvienta introduce a Cirilo en una amplia estancia, parecida a un salón de médico; ni siquiera falta en ella la obligatoria mesa de incrustaciones. Moblaje estrafalario, comprado pieza por pieza en el Hotel de Ventas. Es de una impersonalidad burguesa, que no permite adivinar el estado civil de la señora Boel ni el género de comercio a que se dedica. Debe de ser una mujer de negocios, una dama picapleitos. Al cabo de un cuarto de hora aparece la señora Leonie Marchesse. Es una mujer alta, de hermosa presencia y de agradable fisonomía, con unos admirables ojos, de un encanto muy sugestivo; luce un vestido negro muy sencillo, pero muy elegante; alarga a Cirilo una mano bien cuidada.

LEONIE.—¡Dispense, mi querido ahijado, que le haya hecho esperar...! Estaba acabando de arreglarme... ¿Por qué no me anunció usted su llegada en la última carta...? ¡Habría ido a aguardarle a la estación...!

CIRILO.—Ha sido un viaje imprevisto. Vengo para preparar mi desmovilización.

LEONIE.—¡Oh! ¡Es una lástima...! ¡Le sentaba tan bien el uniforme...!

CIRILO.—¡Bastante lo llevé ya...!

LEONIE.—¿No quiere usted hacer carrera en el ejército...? ¡Me parece mal...! Un hombre joven y bien formado, como usted, tiene un hermoso porvenir en la carrera militar. ¡Pero siéntese usted...!

CIRILO.—¡Muchas gracias...! ¡Temería molestarla...!

LEONIE.—¡Oh! No tengo nada que hacer hasta las ocho. Si usted quiere, saldremos juntos a recorrer París.

CIRILO.—Prefiero permanecer al lado de mi querida madrina, que ha sido tan buena para mí y a la que yo deseaba tanto conocer. Sus cartas me sostuvieron durante las horas penosas. Tengo que felicitarla. ¡Escribe usted como madame Sevigné...!

LEONIE (orgulloso).—¡Oh! Tengo mis títulos académicos, aunque maldito si me sirven de algo.

CIRILO.—Una mujer no debe sentir nunca ser instruida, cuando es bonita.

LEONIE.—¡Indudablemente...! ¡Pero es preferible que sea bonita...!

LA SIRVIENTA (entrando sin llamar).—¡Leo..! La señora pregunta si podrás salir de paseo a las seis.

LEONIE.—¡Bah! ¡Ya ves que tengo aquí a mi ahijado...! Que mande a Carmen, o a Irma.

LA SIRVIENTA.—¡Es que el general quiere que seas tú...!

LEONIE.—¡Pues contéstale que he salido y déjanos en paz...!

Este breve coloquio sume a Cirilo en una estupefacción inquieta. La sirvienta sale.

CIRILO.—¿Tiene usted mucho trabajo?

LEONIE.—Ahora hay algo menos que hacer, a causa de la marcha de los norteamericanos. Dentro de poco no nos quedará mas que la clientela ordinaria...

CIRILO.—¡Ah...! ¿Se dedica usted a los negocios?

LEONIE.—¿A qué negocios...?

CIRILO.—Yo creía... Acabo de ver en la puerta una placa comercial...

LEONIE (retorciéndose de risa).—¡Ah...! ¡Es verdad...! ¡No te dije lo que hacía...!

CIRILO (asombrado por este tuteo repentino).—¡En efecto...! ¡Y temí ser indiscreto si le pedía algunos detalles...!

LEONIE.—Y como tú no me los pedías, yo no te los di. Además, me disgustaba que supieras lo que hacía... ¿Qué habrías pensado de tu madrina si ésta te hubiera escrito: «Estoy empleada en casa de la señora Boel, una amable mujer que recibe desde las ocho de la noche hasta las tres de la madrugada a los caballeros que buscan un alma hermana metidita en carnes...?» Habrías dicho para tus adentros: «¡Es una perdida...!» Y no me hubieras contestado más. Esto me habría apesadumbrado, porque te llegué a tomar cariño. Aquí, en la casa, mis compañeras me gastaban bromas: «¡Ya está Leo escribiendo a su galán...!» «¡No le habléis...! ¡Es sagrado...!» ¡Y tenían razón! Te escribía todas las noches, después del yantar, y si me hubiesen molestado, me habría vuelto loca de rabia...

CIRILO (turbado).—No tengo por qué censurarla, señora. Por el contrario, le debo un gran reconocimiento. Esperaba sus cartas todas las mañanas con una impaciencia de la que no puede usted tener idea. ¡Eran tan compasivas y tan conmovidas...! Se las leía a mis compañeros de trinchera y luego a mis camaradas de ocupación en Maguncia. Todo el mundo me envidiaba; los amigos que partían con permiso me pedían la dirección de usted con el pretexto de traerle noticias mías. ¡Y yo no quería dárselas...!

LEONIE.—¿Tenías celos?

CIRILO.—¡No...! Pero los soldados que pasaron en las primeras líneas los meses más rudos conservaron la rudeza de su precaria existencia. No saben hablar a las mujeres, y alguno hubiera podido agraviarla...

LEONIE.—¡Bah! ¡Figúrate tú...! ¡Precisamente en mi oficio...!

CIRILO.—Desconocía su oficio, como usted dice. Suponía que usted era el ama de gobierno de una señora anciana... su lectora...

LEONIE (soñadora).—Por esto y nada más que por esto hubiera querido esperarte en la estación y llevarte conmigo por ahí. ¿Te avergüenzas de mí...?

CIRILO (sincero).—¡Oh! No tengo derecho a juzgarla. ¡Ya ve usted...! Yo no había pensado siquiera en buscar madrina...

LEONIE (asombrada).—¿Es posible...? Entonces el anuncio de la Vida Parisiense...

CIRILO.—Era una broma que mis compañeros me habían gastado sin que yo lo supiera. Cuando usted me escribió, su carta me pareció tan bonita, que contesté. De esta manera comenzó nuestra correspondencia. Yo la estimulé; advertía en usted una criatura delicada y maltratada por la vida. Nos comprendimos.

LEONIE.—¡Oh! ¡Te aseguro que te había comprendido...! ¡Eras tan atento y tan dulce...! Cuando tenía algún pesar, me consolabas con las palabras necesarias. Será una estupidez, pero llegué a enamorarme de ti... ¿No te disgusta que te lo confiese...?

CIRILO (confuso).—¡Sin duda está usted de buen humor...!

LEONIE.—¡Hablo muy en serio...! Tú no eres como los demás; tú tienes carácter. Cuando una persona es un grosero, no escribe cosas tan bellas. Por esta causa, yo había trazado mis proyectos para el porvenir: «En cuanto vuelva, saldré a su encuentro. Nos juntaremos; nos iremos a provincias, a su lindo país de Gascogne, donde estaré bien escondida. Me encargaré del cuidado de su casa. Le ayudaré; seré su abnegada compañera, su esclava, y le amaré tanto que acabará por ser dichoso...» Todas las noches me dormía pensando en ti y rezaba también por ti... ¡Porque sabrás que tengo sentimientos religiosos...!

CIRILO (conmovido).—¿De manera que pensaba usted en mí de este modo...?

LEONIE.—¡Sí...! No lo tomes a broma. Estoy segura de haberte preservado de algunos peligros.

CIRILO.—¡Qué extraño...!

LEONIE.—¡Ah...! ¡Comprendido...! Eres como todos los compañeros... ¡No tienes fe...!

CIRILO.—¡Al contrario...! ¡Tengo mucha...!

LEONIE (interrumpiéndole).—¡Más vale así...! ¡Te aseguro que no miento...! Es inútil decirte que no he sido muy feliz. Estaba de maestra de instrucción primaria en un pueblecillo del centro. Conocí al hijo del alcalde. ¡Tenía que suceder así! En un pueblecillo de provincias se aburre una. Pasa un buen mozo, bien puesto, que se dedica a perseguirnos. ¡Y se acaba por ceder...! Luego, el seductor os deja plantada con dos niños que se parieron en secreto y que se confiaron a una nodriza... Entonces ya no se sabe a qué santo encomendarse... No basta el sueldo... Y hay que hacerse prostituta, aunque no se tengan ganas de ello...

CIRILO (cogiéndole las manos).—¡Pobrecita mía...!

LEONIE.—Afortunadamente, di con la señora Boel, que se portó muy bien conmigo. A esta casa vienen solamente personas distinguidas, que no tienen maneras brutales y que pagan convenientemente. ¡Qué diantre...! ¡Son como parroquianos...! La casa está habitada por familias burguesas. Ninguno de los inquilinos sospecha que haya aquí una casa de citas. Jamás se da un escándalo; las mujeres no se extralimitan en nada; nunca hemos tenido disgustos con la Policía. Pero me estoy charla que charla y no me acuerdo de que hablemos de ti.

CIRILO.—¡Bah! ¡Yo no soy interesante...!

LEONIE.—¿Por qué...? Vas a ser desmovilizado y debes preocuparte del porvenir...

CIRILO.—Volveré en seguida a mi antigua profesión...

LEONIE.—¡Tan joven y ya tienes una profesión...!

CIRILO.—¡Sí...!

LEONIE.—¿Y a qué te dedicabas cuando eras paisano...? ¡Nada... nada...! ¡Tienes que contestarme...! Yo te he referido toda mi vida y tú debes ser también franco conmigo... De lo contrario, me imaginaré que tienes un oficio del que te avergüenzas...

CIRILO (confuso).—No es ésta precisamente la razón que me impide confesárselo a usted...

LEONIE.—A pesar de mi profesión, yo, hijo mío, soy una buena muchacha... ¡Es que no tienes confianza con tu madrina...!

CIRILO (vacilante).—¡Va usted a tomar a mal que no se lo haya avisado antes...! He sido un cobarde. Yo pensé: «¡Si me descubro, no me escribirá con tanta franqueza...!» Además, hubiera usted dejado de enviarme las golosinas y los obsequios, que yo repartía entre mis compañeros. ¡Fuí muy culpable y ahora sufro el castigo de mi disimulo...!

LEONIE (impaciente).—¡Acabarás por desesperarme! ¿Qué ocultas en tu existencia...? ¿Acuñas moneda falsa...? ¿Te dedicas a la trata de blancas...? ¿Eres diputado...? ¡Contéstame...!

CIRILO.—¡Soy cura...!

LEONIE (estupefacta).—¿Eh...? ¿Que tú... que usted es sacerdote...?

CIRILO.—Antes de la guerra estaba de cura ecónomo en Saint-Sacernien-Haute-Garonne. Senté plaza para mientras durase la guerra, como mis compañeros. ¡Veinticuatro meses disfrazado! Luego me hirieron en Bouchavesnes; después entré en aviación. ¡Y aquí estoy...! No me guarde usted rencor por esta tardía confesión, puesto que usted misma la ha provocado. Yo hubiera querido salir de esta casa dejando a usted ignorante de mi condición. La veo consternada y pronta a llorar...

LEONIE.—No me faltan motivos para ello... Ahora va usted a detestarme...

CIRILO.—Soy tan amigo de usted como antes. En cualquier tiempo, nuestra misión fué toda de indulgencia. Pero la guerra ha venido a confirmarla; cuando se vió lo que yo he visto, siéntese uno incapaz de severidad, si no es para consigo mismo. Aunque hubiera sabido quién era usted, no habría dejado de venir.

LEONIE.—¡Es usted demasiado bueno, caballero...! Me consuela lo mejor que puede. Si yo lo hubiera sabido, jamás me hubiera atrevido a escribirle...

CIRILO.—Lo importante para la nobleza de nuestros actos es la intención, no la persona. Yo he conservado sus queridas cartas y las releeré cuando dude de la bondad de los humanos. No me avergüenza la ternura que contienen; usted ha puesto en ellas lo mejor de su corazón. Y si no ve usted inconveniente en ello, le ruego que continúe esta correspondencia.

LEONIE.—¡Cómo...! ¡Ya, en lo sucesivo, es imposible...!

CIRILO (sonriente).—¿Por qué no se atreverá usted a dirigirse a un ministro de la religión, mientras que, en cambio, charlaba libremente con el «peludo» Bauquet? ¡Pues es una tontería, mi querida amiga...! Allá lejos, como ayer, cumpliré con mi obligación y necesitaré de alguien que me dé ánimos. Además, ¿qué sería de usted si no tuviera ya la ayuda moral que mis pobres cartas le proporcionaban...?

LEONIE.—¡Yo pensaba escribir a un hombre, caballero...! Me había forjado ciertas ideas...

CIRILO (sonriente).—¿Acaso el sacerdote no es un hombre...? Ninguno, entre mis hermanos, se atrevería a censurarme en este instante. Tengo una deuda de agradecimiento para con usted, y quiero saldarla. Pude apreciarla en todo su valor, mi querida amiga; un alma como la suya no está completamente perdida. Usted puede redimirse de sus faltas, si hay falta en ello.

LEONIE (vaga).—¡Cierto...! ¡Pero ya no me las pagarán...!

CIRILO.—Usted puede ganarse la vida en otro oficio más... ¿cómo decirlo...? más catalogado... Es usted inteligente e instruída; le recuerdo sus propias palabras: usted pensaba convertirse en la esposa de un desmovilizado...

LEONIE.—¡En la suya...!

CIRILO.—Yo le encontraré una colocación decente lejos de París. Allí, si usted lo desea, podrá aislarse del pasado y olvidar lo que ha sufrido. Se convertirá de nuevo en un ser libre.

LEONIE.—Todo eso es muy bonito, pero irrealizable. Si usted hubiera sido un ahijado como todos los demás, hubiéramos podido entendernos. Usted hubiese encontrado en mí una criada sumisa y pronta a embellecerle todos los minutos de la vida. Hay que renunciar a ello; vuelvo a caer en mi miseria...

CIRILO.—¿Por qué no intenta usted siquiera un esfuerzo...?

LEONIE.—Le repito que no resulta práctico. Ejerzo una profesión que no es de las más regocijadas; hay en ella momentos desagradables... ¡Pero no sirvo mas que para esto...! La costumbre nos hace indiferentes a todas las náuseas... Sea como fuere, tengo el pan seguro para mí y para mis hijos. Usted me ha ofrecido buenos consejos, que, por desgracia, llegaron un poco tarde.

CIRILO.—¡Nunca es demasiado tarde...! La Magdalena... Santa María Egipcíaca...

LEONIE.—¡Siempre mencionan a éstas...! Son el orgullo de la corporación. Tuvieron suerte, y nada más. En nuestro oficio, para ser perdonadas, hay que hacer antes fortuna. Después se compra un castillo y se vuelve una decente.

CIRILO.—¡Usted leyó eso en las novelas...!

LEONIE.—¡De ningún modo...! Conozco a señoras respetables que principiaron como yo, pero que supieron administrarse y ahorraron dinero. Se casaron y entraron en el buen camino.

CIRILO.—No pierdo la esperanza de hacer que usted entre también en él; pero por medios más sencillos. (Levantándose.) ¡Ea! Ya es tarde y tengo que hacer un montón de cosas... Mi querida madrina: cuando no lleve este uniforme me será muy difícil visitarla. Además, abandonaré raras veces mi puesto. Prométame que me escribirá, que me permitirá continuar por carta la obra de su rehabilitación...

LEONIE (triste).—¡Se lo prometo, caballero...! No me servirá de mucho... En fin, podemos probar a ver... Lo acompañaré hasta la puerta...

Leonie lleva a Cirilo hasta el recibimiento; apenas cerrada la puerta, aparece la sirvienta.

LEONIE.—¿Qué quieres...?

LA SIRVIENTA.—Es lo de siempre... El general, que está colgado del teléfono... Pregunta por cuarta vez si volviste a casa... El pobrecito pierde la paciencia. ¿Qué se contesta...?

LEONIE.—¡Que ya voy...! ¡Maldito rufián...!

LA SIRVIENTA.—¿Se marchó tu ahijado...? ¿Y sin tomar nada...?

LEONIE.—¡No! ¡Figúrate...! ¡Es una aventura extraordinaria! ¿Conoces la historia de Thais?

LA SIRVIENTA.—¡He leído algo de eso...! ¿No es un cura de antaño, que va a casa de una muchacha alegre para convertirla...?

LEONIE.—¡Justo...! Pues bien, amiga mía; acaba de sucederme lo mismo...

LA SIRVIENTA.—Entonces... ¿te metes en un convento...?

LEONIE.—¡Por ahora no! Voy a ver al general... ¡A escape...! ¡Mi sombrero...!

XIII CURSO DE AMOR

La señorita Dora Lazique está prometida; debe casarse con el hijo de la firma Lardant-Edward (coches automóviles). Ama mucho a su próximo compañero de existencia. Agreguemos que carece de fortuna y que, por consiguiente, su matrimonio es un matrimonio de amor. Reconócese un matrimonio de amor en que el novio aporta la fortuna y adopta el régimen de la comunidad: a esto se reduce el heroísmo del paladín moderno; puede arrepentirse de su gallardía más tarde, a la hora del divorcio. La señorita Dora acaba de saber por un anónimo que su prometido conserva un hilo atado a la pata; es decir, que este joven no ha liquidado su pasado. En esto, lo mismo que en otras debilidades, parécese a muchos jovencillos del Tercer Estado, que no tienen valor para romper y conservan a sus queridas hasta más allá del matrimonio; de suerte que el adulterio es concomitante de los esponsales, y continúa después de los primeros meses del enlace. Habría que formular cosas definitivas referentes a este problema, pero no tenemos tiempo. Ahora bien; la señorita Dora, al recibir el anónimo, no se ha espantado ni ha intentado torturar a su prometido exigiéndole que se lo confiese todo. Ha releído la carta sin firma: «Su prometido tiene una querida, que vive en la calle Molitor, número 26, y que se gana la vida dando lecciones de arte industrial; se llama Julia Duval. Trátase de una buena muchacha, víctima de un impostor. Si usted tuviese vergüenza...»; etc. Dora piensa que la vergüenza parece el nombre de una piel; no ha perdido la serenidad un solo instante; decide presentarse en la calle Molitor y ver a la señorita que fué la buena amiga de su futuro. Parte, pues, acompañada de su aya, a la que pone de centinela delante del 26 de la calle Molitor. Luego sube a casa de la señorita Duval, que vive en un sexto piso; llama, y sale a abrirle una señora anciana.

DORA.—¿La señorita Duval...?

LA SEÑORA.—¡Aquí es...! ¿Viene usted a propósito de las lecciones...?

DORA.—Estoy de paso en París y querría adquirir algunas nociones de pirograbado. (Alargándole una tarjeta.) Soy la señora Stowe, de Chicago.

LA SEÑORA.—Voy a avisar a mi hija.

Sale y deja a la señorita Dora en este recibimiento, que adornan unas acuarelas pobremente enmarcadas y unos grabados extraños. Al cabo de algunos minutos, otra señora, menos vieja de aspecto, abre la puerta de un saloncito-estudio de apariencia muy divertida, porque se adivina que la dueña de la casa ha fabricado por sí misma todo el decorado: maderas quemadas, cueros estampados, estaños repujados, gredas adornadas y muebles de madera blanca pintados; encima de la chimenea, y en un marco espléndido, sonríe la fotografía del que fué dueño de la casa. Está pidiendo a gritos que lo abofeteen. ¡Tan satisfecho de sí mismo aparece!... La señora anuncia a una mujer con un rostro que debió ser lindo, y al que una tristeza ya lejana otorga una nobleza especial. Es Julia Duval.

JULIA.—Es usted la señora Stowe, ¿verdad?

DORA (con un acento americano bien imitado, pero que no engaña a nadie).—¡La misma! Vengo con motivo del pirograbado y del cuero.

JULIA (muy tranquila).—Estoy a sus órdenes. ¿Qué género de objetos desea usted estudiar más especialmente?

DORA (guiada por cierta presciencia).—¡Dios mío...! Los objetos de ornamentación corriente... Los que convienen a un hogar burgués...

JULIA.—¡Comprendido...! Usted tiene un marido que se interesa por las artes aplicadas y que desearía convertirla en una artesana...

DORA.—¡No! Estoy aquí sin que lo sepa. Querría darle una sorpresa, ¿me entiende?

JULIA (que ya sabe a qué atenerse).—¡Sí! Se trata de una de esas gestiones que una no se atreve a confesar a su prometido, y todavía menos a su esposo, aunque éste sea tan americano como usted y como yo.

DORA (ingenua).—¡Justo! Usted es la persona indicada para guiarme.

JULIA.—¿De veras? ¿Ha visto usted obras mías...?

DORA.—¡Naturalmente...! ¡En el Salón...!

JULIA.—Pues tiene usted muy buena vista, porque debo confesarle que no he acudido a ninguna Exposición.

DORA.—¡Qué aturdida soy...! Yo he visto trabajos de usted en otra parte... En casa de Chose..., o de Machin...

JULIA (complaciente).—¡Apuesto a que ha sido en la calle de San Honorato...!

DORA.—¡Eso es! ¡Qué cosa tan bonita, Dios mío...!

JULIA.—Gracias por sus plácemes; los adoro cuando son sinceros.

DORA.—¡Además había oído hablar de usted...!

JULIA.—¡Ah! ¿Quiere decirme a quién...?

DORA.—A una amiga que desea permanecer desconocida.

JULIA (burlona).—¡Lo adivino! Una amiga anónima, ¿verdad?

DORA.—¡Algo parecido!

JULIA.—Dará usted las gracias a su amiga, puesto que me proporciona una discípula tan agradable...

DORA.—En cuanto al precio...

JULIA (interrumpiéndola).—Ya hablaremos de esto más adelante. Siéntese en ese sillón, porque tenemos que decirnos muchas cosas.

DORA.—¿Usted qué sabe?

JULIA.—Hace poco tenía yo un presentimiento. Y pensaba: «Hay una señora Stowe, de Chicago, que vendrá a verme una de estas tardes para pedirme algunas lecciones. Se mostrará muy confusa, a causa de su gestión, que es un poco atrevida, y apenas llegada aquí tendrá grandes deseos de marcharse. ¡Son tan tímidas las americanas...!»

DORA (valerosa).—Se equivoca usted. No me marcharé si no me echa a la calle.

JULIA.—Me guardaré muy bien de portarme así con una persona que acude a mí con tanta cortesía. A mi edad, y en mi posición, debe una dedicarse a formar buenas discípulas, ¿verdad...?

DORA.—Eso depende de las intenciones de usted.

JULIA.—¡Oh! Voy a retirarme de los negocios después de no haber hecho fortuna. Ya no valgo para nada. Por lo tanto, le cederé muy gustosamente mis secretos. ¿Desea usted adornar la casa de su marido...? No conozco al señor Stowe; pero... (Ojeada a la fotografía.) conozco a bastantes individuos que se le parecen; tomaremos, pues, un nombre general: el del señor Stowe. ¡Además, todos los nombres se parecen...!

DORA.—Tratemos sólo del señor Stowe.

JULIA.—Es más cómodo. Vamos a ver... El señor Stowe, ¿es su marido desde hace muy pocos días...? ¿Es un buen mozo, todavía joven, de unos treinta y cinco años...?

DORA.—Así es, poco más o menos.

JULIA.—¿Y usted no sabe aún nada acerca de su carácter ni de sus gustos...?

DORA.—¡Dios mío...!

JULIA.—¡Dejemos en paz a Dios...! ¿Usted tiene empeño en ser feliz con un ciudadano al que ha aceptado a ojos cerrados...? Nada más sencillo, si usted acierta a conducirse bien. En primer lugar, ¿lo ama usted?

DORA.—¡Oh! ¡Ya lo creo...! ¡Estoy segura de ello...!

JULIA.—El, por su parte, debe amarla. Sin duda, para casarse con usted, ha sacrificado algunos afectos que estimaba en mucho.

DORA.—Lo ignoraba hasta hace poco.

JULIA.—¡Bueno! Desde luego hay que contar con que es un hombre formado para la vida del hogar. No se trata de un bohemio. Necesita sus comidas a una hora fija y sus... diversiones están previstas de antemano. Usted es bastante joven para él y acaso toma el matrimonio como una liberación de la vida de familia. El, en cambio, entra un poco más en ella. ¡Mucho cuidado! De aquí provienen las primeras discrepancias. Las primeras horas de toda unión son las más difíciles. Si en ellas sobreviene el choque, ¡se acabó!... No caiga usted en el exceso contrario y no sea una fregatriz. Con una poca costumbre, llegará usted a discernir los días en que hay que ser una compañera de fiesta y aquellos en que hay que resignarse a no ser mas que una esposa. Apuesto a que el señor Stowe es uno de estos egoístas risueños que quieren que todo el mundo sea feliz en el momento en que ellos están satisfechos de la vida, y que no toleran que nadie esté alegre si ellos están tristes. No son unos indiferentes; pero consideran al mundo con relación a su querida persona. Amanse ellos en usted, si me es lícito hablar así, y la aman a usted al través de ellos. ¡Se ha pretendido erróneamente que el amor era el egoísmo de dos personas...!

DORA.—¡Me tranquiliza usted...!

JULIA.—Los hombres no son santos; pero tienen una excusa, y es que las mujeres apenas valen más que ellos. Si se encuentran algunas mejores, entre todas, no hay que alabarlas demasiado; la bondad es para ellas un deporte o una costumbre. ¡Prosigamos...! Que la acogida de usted sea siempre risueña, como el vestido será siempre objeto de sus cuidados. Un joven autor ha consagrado una comedia a las mujeres que no se preocupan de sí mismas. En ellas les ha hecho saludables advertencias.

DORA.—No tema usted nada. Tengo una serie de deshabillés muy notables.

JULIA.—Todo no se reduce a los deshabillés. Usted debe estar siempre en plena representación delante de su marido; ha de interpretarle continuamente la comedia del descuido; en este momento es usted joven, todo marcha bien y las menores cosas le resultarán fáciles; dentro de diez años habrá perdido usted ya su brillo y ganado otros atractivos. Yo así lo espero. Sin embargo, tendrá usted que estar sobre aviso, y esta diplomacia no se improvisa. El tiempo en que la mujer está segura de sí misma dura muy poco; el tiempo en que está segura de su marido dura todavía menos. Hay que prever el minuto en que el compañero es amenazado por el demonio de la saciedad.

DORA (desconsolada).—¿Supone usted que mi marido se cansará de mí?

JULIA (amargamente).—¿No se cansó de su querida? Porque supongo que el señor Stowe habrá tenido una querida antes de su matrimonio.

DORA.—Yo también lo supongo.

JULIA.—¿Y piensa usted que esta mujer, que no hacía con él su primer experimento, y que acaso lo amaba, no habrá recurrido a todo para atraérselo y conservarlo...?

DORA.—Y, en opinión de usted, ¿por qué no lo consiguió...?

JULIA.—Porque el hombre más enamorado siente la necesidad de comprometer su dicha, aunque no sea mas que para convencerse a sí mismo de que es libre; una mujer alegre conserva raramente a su amigo, o, si usted lo prefiere, a su amante, más de siete años.

DORA.—¿Qué diferencia establece usted entre el amante y el amigo?

JULIA.—Para nosotras, el amigo es el amante legítimo, es lo que representa en nuestra clase al esposo, al caballero de confianza. Después de todo, los mejores maridos para ustedes se fabrican con nuestros amigos.

DORA.—¡Comprendido! ¡Ustedes son, como quien dice, una escuela de aplicación...!

JULIA.—¡Ay, sí...! Y no ignoramos que formamos discípulos para bien de las mujeres honradas, que nos detestan. Nuestra única venganza consiste en pensar que con el tiempo nos casaremos con los maridos divorciados de nuestras rivales.

Notes in this chapter

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