LIBRO SEGUNDO.
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CAPITULO I.
DE LOS ERRORES QUE OCASIONAN los sentidos.
[1] La razon humana, como hemos dicho, y conviene tenerlo presente, averigua las cosas de dos maneras, ó por la fuerza de razonar, ó por los sentidos. Del primer modo alcanza los primeros principios, y verdades que hemos llamado razon, ó luz natural. Del segundo descubre la naturaleza, y propiedades de los objetos sensibles y corporeos. Y aunque sea verdad que las puras intelecciones, y raciocinios no se excitan en el alma sino por las nociones sensibles que antes tiene de los objetos, no obstante distinguimos estas dos clases para señalar los errores que se mezclan en estos diversos modos de percibir las cosas, y empezamos á explicar los que tocan á los sentidos, porque son las primeras sendas por donde camina el alma ácia el conocimiento de la verdad. Aquí conviene advertir, que aunque el error como falsedad está siempre en el juicio que afirma, ó niega una cosa de otra, suele tomar el motivo y ocasion de la falta y poca exâctitud de las nociones de las demas potencias; y es preciso purificar á estas para que por ellas no yerre el juicio. Así que llamamos error al presente qualquiera defecto de las nociones mentales, que pueda dar ocasion á la potencia de juzgar para engañarse, y recibir lo falso en lugar de lo verdadero.
[2] Dicen algunos, que los sentidos nos engañan con facilidad, y dicen bien. Dicen otros, que el principal criterio; esto es, el principal camino por donde se llega á la verdad, son los sentidos, y tambien tienen razon. Consiste esto en que los sentidos son fieles en representar las cosas segun se les presentan, y así no engañan; pero juzgando precipitadamente por el informe de ellos, caemos facilmente en el error. Por esta razon ha de ponerse el cuidado posible en asegurarse de las cosas que se ofrecen á los sentidos, pues por ellos, si se hace debido uso de sus operaciones, se alcanzan muchas, y muy importantes verdades. ¿Quién podrá negar que muchos descubrimientos útiles se deben á la experiencia? ¿Y que la verdad que sabemos por experiencia nos ilustra el entendimiento? Quanto bueno tienen y enseñan la Física, Medicina y Ciencias Físico-Matemáticas, debe su intrínseco valor á la experiencia. Tengo, pues, por suma necedad negar aquello que consta por racional experiencia; y quando veo que algunos lo hacen, no puedo atribuirlo sino á que no distinguen la experiencia de los experimentos. El experimento es el hecho que observamos con los sentidos, y se pinta en la imaginacion: en el exámen de este puede haber engaño. La experiencia es el conocimiento racional que tenemos de una cosa por repetidos experimentos. De aquí se sigue, que con dos, ó tres experimentos no siempre hay experiencia: es menester á veces hacer muchos, repetirlos en distintas ocasiones y lugares, combinarlos, y asegurarse de los sucesos, y despues de todas estas averiguaciones se logra aquel conocimiento que llamamos experiencia. Esta si es racional es certísima, porque si es racional se funda en experimentos hechos con toda exâctitud. Si el hombre está asegurado de la verdad por racional y bien fundada experiencia, puede reirse con mucha satisfaccion de los Sofistas, que con gran desembarazo dicen: Niego la experiencia: no me hace fuerza la experiencia. Va un hombre por una senda poco trillada á un lugar. La primera vez pierde el camino divirtiéndose ya á esta parte, ya á la otra, mas al fin llega al sitio que busca. Ofrécese volver segunda vez, y no bien asegurado va temeroso, tal vez vuelve á dexar el camino y se desvia. Pero repitiendo distintas veces su viage se hace dueño del camino; de suerte, que si se ofrece puede ir con los ojos vendados, ó en una noche obscura. Si á este le saliera al encuentro un Sofista, y le dixera que adónde iba, y, respondiendo que á tal Lugar, instase el Sofista: No puede Vmd. llegar á él en manera ninguna, porque me han dicho y asegurado grandes hombres, que ese Lugar es inaccesible, y la razon lo dicta, porque no hay senda, y porque hay pasos insuperables; quizá el otro con sosiego le respondería: Pues yo he llegado varias veces al Lugar que busco, y tengo certidumbre que se engañan esos Señores que á Vmd. le han informado, y mas, que esto lo sé por experiencia. Aquí el Sofista dice: Yo niego esa experiencia; mas el otro asegurado por la repeticion de los hechos, no puede menos de reirse como reía Diógenes quando estaba paseándose, para rechazar á Zenon que decia, que no habia movimiento.
[3] De lo dicho se deducen dos cosas certísimas, y es necesario observarlas para no caer en el error. La primera es, que el que quiera asegurarse de la verdad por la experiencia, ha de cuidar mucho en hacer los experimentos con exâctitud, y con las debidas precauciones para que no se engañe. La segunda es, que los hombres que alegan á su favor la experiencia, no han de ser creidos hasta que conste que en el exercicio de los experimentos pusieron el cuidado que es necesario para no engañarse. ¡O! dicen algunos, Fulano es gran Médico, porque tiene ya muchos años de práctica. No hay que dudar, que si la experiencia de muchos años en la Medicina es racional, y fundada en buenos experimentos, hará un gran Médico, porque Hippócrates no lo fué sino por la larga y racional experiencia; pero en esto se detienen pocos, y llaman experiencia el visitar mucho tiempo á los enfermos, como si fuese lo mismo hacer experimentos y observaciones, que hacerlas bien. El mismo juicio ha de hacerse de aquellos, que toda su vida han vivido en perpetuo ocio sin cultivar la razon, ni aplicarse á los estudios, y no obstante por solos sus años y por sola su experiencia quieren forzar á todos á seguir su dictamen. En contradiciéndoles, luego se enfurecen, y gritando dicen: Yo tengo mucha experiencia de esto, Vmd. es mozo, y ha visto poco. Estos por lo ordinario son hombres de cortísimas luces, y la multitud de sucesos los ofusca, no los alumbra; y si caen una vez en el error, son incorregibles[a].
[Nota a: Vel quia nihil rectum, nisi quod placuit sibi, ducunt; Vel quia turpe putant parere minoribus; & quae Imberbes didicere, senes perdenda fateri. Hor. Epist. lib. 2. ep. I. v. 83.]
[4] Suponiendo, pues, que algunas veces nos engañamos por los sentidos, y que haciendo buen uso de ellos alcanzamos la verdad, explicaré esto con un poco mas de extension para que todos queden enterados cómo han de portarse en este asunto. No hay ninguno, que, si hace un poco de reflexîon, no pueda conocer por sí mismo, que alguna vez se ha engañado con la vista. Si un hombre está en un navio quieto, y desde él mira á otra nave que se mueve, luego le parece que se mueve tambien la suya, y se lo hiciera creer la vista si no le desengañára la razon. Todos los dias vemos al Sol y á la Luna de una magnitud, sin duda mucho menor de lo que son en realidad, y aun en el Orizonte, esto es, quando salen, nos parecen mayores que en el Meridiano, y no es así, porque son de invariable grandeza. Mirémos una torre que está á la otra parte de un monte de modo que de esta no veamos sino el remate, y nos parecerá que está pegada al mismo monte, despues mirando la misma torre desde la cumbre del monte nos parecerá muy apartada. He conocido y tratado á un hombre que veía los objetos al reves, y cada dia sucede que á los que padecen vahidos les parecen moverse los cuerpos que están quietos. Si hacemos dar vueltas en derredor á una brasa encendida, nos parece que siempre ilumina todo aquel espacio, y en la realidad la luz no está mas que en un punto del círculo que describe la brasa.
[5] Del mismo modo nos engañan los otros sentidos. Si cruzamos el índice y el dedo mediano, y con los dos movemos sobre una mesa una bolita de cera á la redonda, nos parecerán dos las bolas, y entonces nos engaña el tacto. Al enfermo parece amarga la bebida que es dulce para el sano, así nos engañamos por el gusto. Del mismo modo á uno parece picante una cosa, y á otro salada; á veces un mismo manjar es sabrosísimo para uno, y desabrido, y tal vez áspero para otro. Esto es tan comun, que no hay necesidad de detenerme en probarlo, y puede verse tratado muy largamente en Sexto Empírico. Lo que toca especialmente á la Lógica es advertir, que el error que se comete por los sentidos está en el juicio, que suele comunmente acompañar á las percepciones de ellos. Para comprehender esto mejor, se ha de saber, que desde que nace el hombre hasta que empieza á exercitar la razon, no le ocupan otros objetos que los sensibles. Hácese con la continuacion á percibirlos de manera, que no exâmina en toda aquella edad lo que le sucede quando percibe semejantes objetos, ni está dispuesto su entendimiento para hacer este exámen. Síguese de esto, que cree y juzga de las cosas segun le parecen quando se le presentan á los sentidos, y no segun son en sí, y por eso despues son los hombres tan porfiados en mantener aquello que entonces juzgaron[a], porque aquella edad es blanda, y las cosas que se imprimen en ella suelen durar á veces toda la vida[b].
[Nota a: Et natura tenacissimi sumus eorum, quae rudibus annis percepimus, ut sapor quo nova imbuos durat … & haec ipsa magis pertinaciter haerent quae deteriora sunt. Quintilian. Instit. Orator. lib. 1. cap. 1.]
[Nota b: Quo semel est imbuta recens, servabit odorem. Testa diu. Horat. Epist. lib. 1. ep. 2. vers. 69.]
[6] Débese tambien advertir, que los sentidos de suyo son fieles; es decir, representan, ú ofrecen las cosas como á ellos se presentan, y conforme las reciben; y si el juicio no errara, no nos engañaran jamas semejantes percepciones. Para entender esto se ha de saber, que los sentidos solo nos informan de las cosas segun la proporcion, ó improporcion (algunos lo llaman relacion) que estas tienen con nuestro cuerpo, y no segun son ellas en sí mismas, porque el Criador los ha concedido para la conservacion del cuerpo, y no para alcanzar el fondo de las cosas; y si se hace un poco de reflexîon, qualquiera conocerá, que la vista no ve otro que los colores de los objetos, mas no la substancia de ellos. El oido percibe el sonido, que no es esencial á los objetos sonoros; el tacto distingue lo frio, caliente, duro, blando, áspero, igual, ó desigual de las cosas, y no el verdadero ser de ellas; porque para nuestra conservacion basta esto, y no es necesario lo demas. Por medio de todas estas afecciones de los objetos externos aplicados á nuestros sentidos, podemos bastantemente percibir lo que sea util, ó dañoso, proporcionado, ó improporcionado respecto de nosotros. Mas para mostrarlo mejor, figurémonos que Dios hubiese hecho al mundo no mas que de la grandeza de una naranja, y que hubiera colocado en él á los hombres tan pequeños, que tuviesen con aquel mundo la misma proporcion que hoy tenemos con este que habitamos; en tal caso es cierto, que el mundo que aquellos hombres habitarian les pareceria tan grande como nos parece á nosotros el nuestro, y lo sería si se considerase segun la proporcion que tenia con ellos, pero no en la realidad. Aunque estas pruebas hypotéticas no son de gran valor, usamos de esta para manifestar nuestro sentir en este asunto.
[7] De todo lo dicho se deducen las reglas generales, que han de servir para evitar los errores que los sentidos ocasionan. Será bien, pues, reflexîonar sobre el juicio que en la niñez hicieron los hombres quando percibian las cosas sensibles, para corregirle con la razon. Demas de esto será conveniente asegurarse de las cosas por muchos sentidos á un tiempo; así aunque al tacto parezcan dos las bolitas de cera, la vista muestra que no es mas de una; y aunque parezca á la vista torcido el palo que está dentro del agua, el tacto manifiesta la equivocacion de la vista. Tambien se ha de observar si los órganos de los sentidos están sanos, ó enfermos para juzgar de las cosas rectamente, y esta consideracion es de suma importancia, porque en la enfermedad suele mudarse todo el orden de las percepciones. Así el que padece tericia ve todas las cosas amarillas, las ve dando giros el que padece vahidos; y á este modo se trastorna el orden regular de las percepciones en las enfermedades, de lo que pudiera alegar muchos exemplos. Esto acontece, porque en la enfermedad se muda el orden natural del cuerpo, y como las percepciones del alma corresponden á ciertas, y determinadas impresiones, por eso entonces á la impresion desordenada corresponde desordenada percepcion. Esto confirma, que los sentidos de suyo son fieles[a], porque siempre ofrecen la impresion correspondiente á la disposicion de los objetos que la causan, y de las partes que la exercitan; pero al juicio toca distinguir, y conocer si son, ó no regladas semejantes representaciones. El medio por donde suelen propagarse los objetos sensibles ha de observarse tambien para no errar, porque suele hacer variar notablemente las percepciones. El ayre sereno nos hace ver los objetos de un modo, y el nebuloso de otro. Del mismo modo altera el ayre las varias impresiones del sonido. Para asegurarse, pues, es necesario exâminar la cosa en distintos tiempos, y en diferentes estados, consultar juntamente otros sentidos[b], y llamar á su socorro el juicio de otros hombres sobre el mismo asunto, porque la verdad es simple, y los caminos ácia el error son muchos, y quando se habrá andado por todos ellos, y no se habrá encontrado embarazo, estará el entendimiento dispuesto para alcanzarla.
[Nota a: Ordiamur igitur à sensibus, quorum ita clara judicia, & certa sunt, ut si optio naturae nostrae detur, & ob ea Deus aliquis requirat, contentane sit suis integris, incorruptisque sensibus, an postulet melius aliquid non videam quid quaerat amplius. Neque verò hoc loco spectandum est, dum de remo inflexo, aut de collo columbae respondeam, non enim is sum, qui quidquid videtur tale dicam esse, quale videatur. Cic. Q. Ac. lib. 2. c. 20.]
[Nota b: Meo autem judicio ita est maxima in sensibus veritas si & sani sint, & valentes, & omnia removentur quae obstant, & impediunt, &c. Cicero Quaest. Acad. lib. 2. cap. 21.]
[8] Todo esto es menester que adviertan los que hacen experimentos, y profesan las ciencias naturales, si no quieren ser engañados en aquello mismo que observan. Ultimamente se ha de advertir, que la equivocacion en las voces ha de quitarse quando se explican las cosas que percibimos por los sentidos, porque ordinariamente con una misma voz significamos á la percepcion del objeto, y al juicio que la acompaña, siendo cierta la primera, y muchas veces errado el segundo. Por exemplo: ve Ticio desde lejos un perro, pero no divisa sino un bulto que tiene la forma exterior de un lobo, y si es tímido luego dice: Allá veo un lobo. Con estas palabras confunde la sensacion con el juicio: la sensacion es cierta, y el juicio es falso; porque es cierto que se le presenta un objeto que tiene quatro pies, y demas partes que forman la figura del lobo. Si Ticio dixera: Yo veo una cosa que tiene quatro pies, y que se parece á un lobo, mas no puedo afirmarlo, diría lo que realmente percibe; pero como sin otro exámen que aquella primera percepcion luego afirma, que lo que ve es lobo, por eso yerra, y si la pasion del miedo se junta, yerra con mayor tenacidad. Si la voz veo significara solamente la representacion que Ticio tiene del objeto, no hubiera error; pero con ella ordinariamente se junta la afirmacion de que aquello que percibe es un tal objeto, en lo qual está el engaño, y este en la explicacion nace de la equivocacion de las voces. El motivo de esta equivocacion, que es comunísima, procede de que los hombres han puesto á las voces un nombre para significar cosas distintas: si estas suelen ir juntas, con dificultad percibe el entendimiento la separacion; y como el juicio que acompaña á semejantes percepciones esté siempre junto con ellas, y desde la niñez nos hagamos á juntarlo, por eso los significamos con una voz, aunque sean en realidad cosas distintas. Tambien se ha de advertir, que los hombres no han inventado voces bastantes para significar todas las percepciones que tenemos por los sentidos, de lo que nacen muchas equivocaciones y errores. El que padece melancolía tiene dentro de sí muchas percepciones que no hay nombres para explicarlas, y á veces por esto no puede hacer creer á los demas lo que padece. Porque para que con una voz comprehendan los hombres una misma cosa, es menester que tengan todos una misma nocion de ella, ó corresponda en todos un mismo significado, pues de otra manera quando el uno nombrará una cosa con una voz, el otro entenderá diferente. Los melancólicos, é hipocondríacos sienten algunos males que los afligen, y para explicarlos se aprovechan de las voces opresion, desmayo, y otras semejantes, que hacen formar á los oyentes distinto conocimiento del que los enfermos pretenden manifestar. En efecto á un hombre que jamas hubiera tenido dolor, sería muy dificultoso hacerle comprehender que otro lo padecia, aunque se lo explicase con aquella voz, porque le faltaba la nocion del significado: al modo que sería imposible hacer entender á un ciego lo que es verde, azul, ó amarillo, porque oiría estas voces, mas no las entenderia por no tener noticia de sus objetos. De esto nacen no solo muchos errores, que pertenecen á los sentidos, sino infinitas disputas, que mueven gran ruido, y son fáciles de entender si se explican con claridad las voces. De todo lo dicho concluyo, que los sentidos de suyo son fieles, porque siempre representan las cosas segun las impresiones que estas hacen en el cuerpo: que sus impresiones son respectivas; esto es, solo muestran la proporcion, ó improporcion que los objetos tienen con nosotros; y que los errores que cometemos por medio de ellos consisten en el juicio que solemos juntar á la percepcion de las cosas.
CAPITULO II.
Continúase la explicacion de los errores de los sentidos.
[9] Aquel juicio que solemos juntar con las sensaciones sin advertirlo, nos hace caer en muchísimos errores. Los quales distribuiré para mayor claridad en tres clases; es á saber, en los que pertenecen á lo moral, á lo físico, y al trato civil, y me valdré de algunos exemplos por hacer mas comprehensible tan importante asunto. Los errores pertenecientes á lo moral son los que principalmente han de evitarse, porque de lo contrario pueden seguirse graves daños; los he manifestado en la Filosofía Moral, por lo que propondré solo los mas principales, como que de ellos nacen otros muchos, cuyo descubrimiento pertenece á la Lógica. Atendiendo, pues, al uso que los hombres comunmente hacen de los sentidos y de la razon, puede decirse con verdad, que son mas sensibles que racionales; esto es, se gobiernan mas de ordinario por las apariencias de los sentidos, que por el fundamento de la razon. Esto nace de que aquellas cosas que se perciben por los sentidos hacen mucha impresion, y suelen los hombres inclinarse á ellas; de modo, que no piensan sino en las cosas sensibles. De esto procede, que tienen por bienes verdaderos á los que no son sino aparentes y tal vez falsos; y siendo objetos de los sentidos, los buscan y aman. Si los hombres reflectaran un poco sobre lo que les sucede en la eleccion de estos falsos bienes, no cayeran tan facilmente en los engaños que los precipitan.
[10] Para entender esto con mayor facilidad se ha de presuponer, que todos los hombres tienen natural, é innata inclinacion, ó apetito de su felicidad, y de su bien. La voluntad llevada de este apetito solo ama á lo bueno; es decir, solo ama las cosas que mira como buenas, y como que pueden contribuir á su felicidad. Pero como es potencia ciega y libre, no se determina á amar las cosas particulares, si no la ilustre antes el entendimiento. Es preciso, pues, que el entendimiento presente una cosa como buena, para que la ame y apetezca la voluntad. Nuestros errores nacen de que el entendimiento, no bien informado de las cosas, las mira como buenas, siendo realmente malas. Muchas veces tiene el entendimiento por buenas á las cosas malas por ignorancia y falta de advertencia, por cuyo motivo será bien trabajar en apartar la ignorancia que fomenta muchos errores; pero las mas veces el entendimiento tiene por buenas á las cosas malas, por gobernarse por las apariencias de los sentidos. Para entender esto se ha de presuponer tambien, que la verdadera felicidad y el verdadero bien del hombre es Dios; y teniendo apetito de su bien y de su felicidad, tiene tambien apetito de poseer á Dios. Quando Adan estaba en el Paraíso antes del pecado, tenia conocimiento claro de esta felicidad, y de este bien; de suerte, que con él descansaba, y tenia toda suerte de contento y alegria. Entonces todos los apetitos obedecían á la razon, y esta al soberano orden que habia establecido el Criador entre las criaturas racionales.
[11] Despues del pecado empezaron á dominar la ignorancia, la malicia, y la concupiscencia. De suerte, que aunque el hombre lavado con el agua del sacrosanto Bautismo reciba la gracia, y se le borre la mancha del pecado original, queda no obstante la pena de aquel pecado, y está poseído de la concupiscencia. Por esta se allega el hombre á los objetos mundanos y sensibles, y se aparta de Dios, porque el conocimiento de su verdadera felicidad por el pecado le tiene obscurecido, y el de las cosas sensibles muy vivo, y vehemente; de aquí es, que va tras de estas, y se aleja de aquella. Con la nocion que tiene el hombre de su felicidad, suele tambien juntar la de la excelencia, de la grandeza, y demas cosas que pueden causarle contento. Si estas prerrogativas las buscara el hombre en Dios; esto es, pensase solo conseguirlas gozando de Dios, pensaba bien, porque no puede tener verdadera grandeza, excelencia, y contento de otra manera; pero al contrario, dexando á Dios, busca la grandeza, y contento en las cosas sensibles y mundanas. Reparen y mediten los hombres, que por mucha grandeza, excelencia, y contento que logren en esta vida, nunca quedará saciado el apetito de su felicidad; y la experiencia nos lo hace ver cada dia en los ricos, y poderosos, que nunca estan contentos, ni satisfechos, porque aquella felicidad, sosiego y contento, que pueden llenar el natural apetito del hombre, solo puede hallarlos en Dios, que es su verdadero bien, y su verdadera felicidad. Lo que sucede en esto es, que la voluntad apetece este bien verdadero, y esta felicidad, inclinándose naturalmente ácia el bien; pero engañado el entendimiento, y llevado de la concupiscencia, le ofrece otros bienes solo aparentes, y á veces falsos, que tal vez la apartan de aquel mismo bien verdadero.
[12] Para mas clara inteligencia de estas cosas conviene saber, que los objetos que se presentan á los sentidos, solo causan en el alma aquellas impresiones, que son necesarias para la conservacion del cuerpo; de modo, que el dolor advierte al alma el daño que el cuerpo padece, y el placer muestra su buena constitucion. Por esto solemos tener por males los dolores y por bienes los gustos y deleytes. Aquí se ha de advertir, que por dolor se entiende qualquiera molestia, que indica al alma no hallarse sano el cuerpo, con lo que no solo se comprehende aquel sentimiento que propiamente llamamos dolor, sino tambien la congoja, opresion, desmayo, y otras semejantes molestias, que muestran y significan algun desorden en la fábrica del cuerpo humano. Tambien se ha de saber, que aquella sensacion, que llamamos gusto y deleyte sensibles, se sigue solo en el alma quando las impresiones de las cosas se hacen de un modo cierto y determinado; así vemos que los manjares ocasionan gusto en el sano, y desabrimiento en el enfermo, porque las impresiones se hacen de un modo en la salud, y de otro en la enfermedad. Siendo esto así, ¿cómo ha de tener el hombre por bien verdadero á una cosa que las mas veces le causa daño? ¿Que en lugar de ocasionar el gusto, causa desabrimiento? ¿Que lejos de conservarle, muchas veces le destruye? ¿Que en lugar de producir un contento durable y sólido, solo ocasiona un gusto transitorio y aparente? ¿Que en vez de apartar los males que pueden hacerle infelíz, los atrae, los lleva, y casi siempre los acompaña?
[13] Considérense los luxuriosos, y se hallarán llenos de perturbacion, su ánimo inquieto, la salud perdida, la hacienda gastada, siempre rodeados de penas, sobresaltos, y temores por solo un deleyte pasagero y engañoso. Póngase la consideracion en los que tanto celebran los banquetes, las bebidas y los regalos, y se verán perder la salud del cuerpo con lo mismo que la pretenden conservar. Véanse en fin todos aquellos que van de gusto en gusto, de placer en placer, y nada mas buscan que embelesar sus sentidos, y hallarán como nunca queda satisfecho su deseo, porque apenas logran una diversion, quando los fastidia y van á buscar otra, y así pasan su vida sin hallar complemento á sus apetitos. Todos estos son muy sensibles y poco racionales, pues si consultaran la razon, hallarian que los sentidos no les ofrecen verdaderos bienes, antes por el contrario los acarrean muchos males.
[14] Entenderáse esto mejor, considerando que la felicidad de los hombres puede considerarse en dos maneras. En el primer modo es el mismo Dios, y por eso no puede lograrse en esta miserable carrera del mundo. La otra felicidad es la que pueden los hombres conseguir en esta vida, y puede llamarse imperfecta y secundaria. Los Filósofos antiguos excitaron muchas dudas sobre el constitutivo de la felicidad del hombre en este mundo, y omitiéndolas ahora por no conducir á nuestro asunto, ha de sentarse como cosa cierta, que ni aun en este mundo puede ser felíz el que se aparta de Dios, y por eso tengo por cierta la doctrina de los Estoicos Christianos, que ponen la felicidad de los hombres en el exercicio de las virtudes christianas. De este modo se comprehende, que será felíz en algun modo en este mundo el que hiciere las cosas conformes al orden que Dios ha establecido, y con mira á sus santas leyes, y con la observancia de los divinos preceptos. Así podrá qualquiera usar de las cosas sensibles, con tal que el uso de ellas sea conformándose con las leyes divinas, y humanas; no porque aquellas cosas sean el bien á que únicamente deben aspirar los hombres, sino porque conducen á mantener la vida, la fama, y otros bienes, que logra el hombre en esta mortal carrera ácia la eternidad. Por eso los objetos sensibles solo son bienes relativos á la felicidad humana, porque pueden hacer al hombre felíz en este mundo, con tal que use de ellos segun la razon, y segun el fin á que se dirigen.
[15] Pero son muy pocos los que consideran estas cosas, y son muchos los que llevados de la concupiscencia, y engañados por la ignorancia, juntan á las cosas sensibles la nocion de su felicidad, y con el apetito que tienen de esta, se dirigen ácia aquellas. Los pobres apetecen las riquezas y demas aparatos magníficos que ven en los ricos, y es porque se engañan juntando la nocion de las riquezas con la de su felicidad. Todos apetecen naturalmente la vida y la salud; y pareciéndole al que está enfermizo que el sano es felíz, apetece la felicidad de este, y alguna vez se engaña, porque aun con la salud está lleno de otras miserias, que tal vez son de mayor peso que la enfermedad. Todos apetecen el contento, y aborrecen el dolor, y la molestia: de aquí se sigue, que el pobre quando ve á los ricos y poderosos andar en coche, comer regaladamente y no trabajar, le parece que en aquello consiste toda la felicidad, y la apetece con gran ansia, y la suspira; pero si supiera debaxo de tanta pompa, y de tanto número de criados y grandeza, qué ánimo se esconde tan inquieto y lleno de molestias, le tendria, no por felíz, sino por el mas miserable del mundo[a]. S. JUAN CHRISÓSTOMO[b] hace una hermosa comparacion, contrapesando las felicidades de los pobres con las de los ricos; y tengo por cierto, que si aquellos que tienen lo preciso para sostener la vida y cubrirse de las injurias del tiempo, saben hacer uso de la razon, no solo no embidiarán á los ricos y poderosos, sino que les tendrán lástima. Por eso llama VIRGILIO[c] felices á los Labradores, si estos saben conocer los bienes que poseen. Y yo llamo afortunados á aquellos que viven en la soledad apartados de estos engañosos aparatos de los sentidos[d]; y mucho mas felices á los que viviendo en la soledad, ponen su dicha en el exercicio de la virtud y contemplacion de las cosas divinas. Los que así viven gustosos, es cierto que logran un contento y satisfaccion de ánimo infinitamente mas estimable que los tesoros de Midas, y los triunfos de Cesar.
[Nota a: Fortuna magna, magna domino est servitus. Publ. Mim. sent. 229.]
[Nota b: S. Chrysostom. homil. 55. sup. Matth. tom. 7.]
[Nota c: O fortunatos nimium, sua si bona norint, Agricolas, quibus ipsa, procul discordibus armis, Fundit humo facilem victum justissima tellus.
Virgil. Georgic. lib. 2. vers. 477.]
[Nota d: Beatus ille, qui procul negotiis, Ut prisca gens mortalium, Paterna rura bobus exercet suis, Solutus omni foenore.
Horat. Epod. lib. ode 2.]
[16] Síguese de todo lo dicho, que los sentidos solo ofrecen falsos bienes, ó aparentes, y por consiguiente que es necedad ir los hombres dotados de razon buscando continuamente los engañosos atractivos de la concupiscencia. Síguese tambien, que solo ha de fiarse el hombre de lo que le ofrecen los sentidos para la conservacion de su cuerpo, y el uso de los objetos sensibles ha de ser conforme á la razon y á las leyes divinas y humanas. Por esto será convenientísimo no juzgar prontamente de lo que los sentidos presentan, porque en esto se expondrán los hombres á infinitos engaños. Será bien suspender el juicio, ó dudar en semejantes representaciones, para exâminar con la razon fortalecida de una buena moral el uso, que nos conviene hacer de los bienes que nos ofrecen.
[17] En las cosas físicas es grande el imperio de los sentidos, y en la misma proporcion lo es tambien el número de errores que ocasionan. Cree el comun de los hombres, que las qualidades sensibles, como el frio, calor, humedad, sequedad, color, y otras semejantes, estan solo en los objetos, y se engañan porque parte estan en ellos, y parte en el sentido. Este error viene á los hombres desde la niñez, y por eso es tan difícil de desarraigar. Quando somos niños y nos acercamos á la lumbre, sentimos calor. En aquella edad no suspendemos jamas el juicio, antes por el contrario, juzgamos de las cosas como nos parecen y no como son, porque entonces somos sensibles, y no racionales; esto es, solo exercitamos la potencia de sentir, y no la de razonar. Así que no distinguimos el calor radical; esto es, la raiz del calor que se halla en el objeto sensible de la percepcion, del que está en nosotros, y ambas cosas son necesarias para el calor. Lo mismo ha de entenderse de las demas qualidades propuestas.
[18] Otro error ocasionan los sentidos muy general en las cosas pertenecientes á la Física. Suelen los nombres colocar baxo una misma especie las cosas que tienen entre sí semejanza, ó sea en el color, ó en el gusto, y por esto se gobiernan para atribuirlas unas mismas qualidades. De esta forma han errado los Botánicos, que atribuyen unas mismas virtudes á las plantas que se parecen, ó á las que tienen semejanza en el sabor y otras afecciones sensibles, sin contar con la relacion precisa que han de tener con el cuerpo humano, y la idiosincrasia, que acompaña á cada una de ellas. Tambien se engañan los Médicos en la semejanza de los símptomas, ó accidentes que acompañan á las enfermedades. Quéjase una muger de un dolor que la aflige con gran molestia en la boca del estómago, y al mismo tiempo vomita cóleras verdes. Llega el Médico, que solo se gobierna por la semejanza exterior de las cosas, y luego juzga que es dolor cólico, y aplicándole los remedios específicos de esta enfermedad, no solo no la cura, sino que la empeora. Si hace uso de la razon, y no se fía de las primeras apariencias de los sentidos, juzgará que el dolor y el vómito nacen de afecto histérico, y con pocos remedios facilmente le dará la salud. Son infinitos los males internos, que por defuera se presentan á nuestros sentidos con señales semejantes, y es menester un juicio atinado para distinguirlos, notando atentamente los efectos y signos necesarios, que inseparablemente van con cada una de las dolencias; pero no hay que esperar que los conozcan los Médicos vulgares, que solo se gobiernan por los sentidos, y no consultan la razon.
[19] De la misma suerte se engañaría el que en el parhelio, esto es, quando aparecen á la vista tres Soles, como sucede algunas veces, y los he visto yo, creyese que en la realidad eran tres los Soles, aunque los ojos los manifiestan enteramente semejantes. Otro modo de errar por los sentidos es negar todo lo que no se ve con los ojos. El humo, aunque el fuego esté oculto, le manifiesta. Las golondrinas con su venida en la Primavera y retirada en Otoño muestran una causa oculta á nuestros sentidos, que las mueve á estas mutaciones. La materia eterea, esto es, sutilísima, é imperceptible por nuestros ojos, esparcida por todo el Universo y causa de los principales fenómenos de él, se descubre por efectos necesarios y signos inseparables de su presencia y eficacia, como lo he declarado en varios escritos mios. Los Gentiles á esta materia eterea la dieron atributos de divinidad; pero así en esto, como en otras muchas cosas erraron torpemente por faltarles la Religion verdadera. Los vapores y exhalaciones de los cuerpos no los vemos; y son ciertos, porque nos constan por sus admirables efectos, que observamos con otros sentidos, y alcanzamos con la razon[a]. Lo que hemos dicho, explicando los signos y las demonstraciones, junto con lo que aquí acabamos de proponer acerca de los engaños de los sentidos, puede hacer mas cautos á los Físicos, Anatómicos, Botánicos, Naturalistas, para no llenar de tantas falsedades, y vanas observaciones sus escritos, y no dar por inventos las cosas, que, ó no exîsten, ó no son nuevas.
[Nota a: Debe encargarse á todos la atenta letura del Boyle en su tratado: De mirabili vi effluviorum.]
[20] Pero en ninguna cosa se engañan mas los hombres, haciendo mal uso de los sentidos, que en el trato civil; y todos los errores que en él se cometen, solo nacen de que se fían demasiadamente de las apariencias sensibles. Casi todos siguen las cosas que se imprimen mas en la mente; y como las cosas sensibles hagan esto porque tocan á los hombres mas vivamente, por eso facilmente dexan llevarse de sus impresiones. Pero el hombre sabio, enterado de los engaños que ocasionan las imágenes de los sentidos, percibe como los demas los objetos que se le presentan, y juzga, no segun las apariencias, sino segun la razon. Si yo pudiera imprimir esta máxîma en el comun de los hombres, sé ciertamente que serían mas racionales, y menos sensibles. Para conocer esto, haré ver algunos errores freqüentes en el comercio civil, y este conocimiento podrá servir para evitar muchos otros, siendo imposible proponerlos todos.
[21] Es freqüentísimo juzgar los hombres de las cosas por las apariencias que se presentan á los sentidos, sin exâminar la realidad de las mismas cosas, y por eso es tambien freqüentísimo engañarse. Bello rostro tiene Ariston, dice uno, la cara es de hombre de bien: ¡qué agasajo tiene! es cierto que tiene policía, y habla con modo, y trata con cortesía á toda el mundo. ¡O! es Ariston muy buen hombre. Este juicio de que Ariston es hombre de bien porque tiene buen rostro, porque habla con modo, &c. suele ser falsísimo, y muchas veces con estas circunstancias se halla un ladron insigne. La razon dicta, que para afirmar seguramente que Ariston es hombre bueno, sepamos que es virtuoso, porque, como hemos dicho, no puede serlo de otra forma. Pues si todas aquellas apariencias externas se compadecen tanto con la virtud como con el vicio, ¿por qué ha de gobernarse el hombre por ellas para afirmarlo? Del mismo modo yerran los que juzgan lo contrario. Cleóbulo, dice otro, va con hábitos largos, el cuello torcido, sombrero grande, con gran compostura, y despues se ha averiguado que era hipócrita, y por tal le han castigado. No hay que creer, pues, á estos que andan con semejante trage, y figura. Este último juicio es erradísimo, ya porque de un exemplar, que se ha presentado á los sentidos, no se ha de juzgar de todos, como hemos visto, hablando de las inducciones: ya tambien, porque si Cleóbulo con aquel hábito exterior de virtud era hipócrita, no lo son otros; antes debe ser regular acompañar á la verdadera virtud aquella modesta compostura.
[22] Por otro camino yerran tambien muchísimos. Oyen á un Predicador, que habla con frases compuestas y adornadas: sus voces son exquisitas, sus cláusulas tienen cadencia, su ayre en el decir es primoroso, sus movimientos muy prontos, y sin otro exámen dicen: ¡O! este es un Predicador sin segundo. Este juicio es de los mas comunes, y mas errados que oigo en el trato civil. Con todas aquellas prendas no tiene el Predicador otra habilidad, que la de embelesar á necios, porque todas no hacen mas que hinchar la fantasía, y halagar los sentidos con bellas apariencias. Tan acertado es aquel juicio, como el que hiciera un hombre si viese á una mona con manillas, perlas, afeytes, y otros adornos externos, y la tuviera por hermosa. La regla fixa[a] que qualquiera hombre cuerdo ha de tener para distinguir estas vanas apariencias de la realidad de las cosas, es considerar la solidez de las máxîmas que el Predicador propone, y ver si en ellas resplandece lo verdadero y lo bueno, y si hay orden, y conexîon entre las pruebas del asunto, y si estas son eficaces para hacer que el auditorio convencido, se mueva á amar lo bueno que se propone, y seguir la verdad que se persuade; pero en oyendo á un Predicador que empieza con antitesis freqüentes, con vanos preámbulos, con frases muy estudiadas, y con cadencias poéticas, será bien desconfiar un poco, porque es cosa comunísima que semejantes artificios anden juntos, no con verdades sólidas, sino con fruslerías y puerilidades. En efecto estas artes son para encantar los sentidos con la armonía de aquella música con que el Orador canta mejor que predica, y no hemos de dexarnos llevar de sombras, sino de realidades.
[Nota a: Nos autem, qui rerum magis quam verborum amatores, utilia potius quam plausibilia sectamur, non id quaerimus, ut in nobis inania saeculorum, ornamenta, sed ut salubria rerum emolumenta laudentur. Salvian. de Judic. & Provid. Dei in Prooemio, pág. 28. Bibl. Vet. PP. tom. 8.]
[23] Cada vez que veo esto entre los Christianos, me lastimo de la falta de Lógica de muchos oyentes, porque si estos supieran despreciar como merecen tales adornos, tal vez no los usarian los Predicadores. Y es cierto que no los necesitan los que predican la palabra de Dios, porque esta por sí es eficacísima, y propuesta con claridad y dulzura, halla facil acogida en el corazon humano, donde están estampadas las señales de la luz del rostro del Señor. Las máxîmas del Evangelio de Jesu-Christo llevan consigo tanta claridad y resplandor, que no necesitan para ser estimadas de vanos adornos, y mucho menos de las superfluidades con que á veces las vemos vestidas; y es cosa comunísima que los que predican valiéndose de semejantes artificios hagan muy poco fruto, porque los hombres son muy sensibles, y escuchan con mayor gusto los atractivos de los sentidos, que el peso de la razon; y si debaxo de aquellos aparatos hay algunas verdades sólidas, no las considera el entendimiento, porque le ofusca la aparente dulzura de los sentidos[a].
[Nota a: Ne à me quaeras pueriles declamationes, sententiarum flosculos, verborum lenocinia, & per fines capitulorum singulorum acuta quaedam, breviterque conclusa quae plausus, & clamores excitant audientium. Sanct. Hieron. ad Nepotian. Epist. 52. p. 256. t. 1. edic. de Verona de 1734.]
[24] No es esto decir que se hayan de trabajar todas las Oraciones sin ningun adorno, porque no sigo el dictamen de los que dicen, que la eloqüencia es naturaleza, y no arte. El P. FEYJOÓ estampó esta máxîma en el segundo tomo de sus Cartas, y me parece que solo se halla en el título de la Carta, y no en el cuerpo de ella; porque lo que el P. Feyjoó prueba es, que sin arte hay quien es eloqüente, y que por mas arte que haya, nunca puede ser uno eloqüente sin la naturaleza, esto es, si no tiene un gran fondo de natural eloqüencia. Esto es verdad, y es falso el título, porque en él se da á entender, que el estudio de la Retórica para nada sirve, y así lo afirma este Escritor famoso. Ya QUINTILIANO[a] trató de propósito este asunto; y habiendo rechazado á los que tenian la Retórica por inutil, afirma que sin el arte, ninguno puede ser Orador consumado, aunque sea tambien necesaria para esto la naturaleza; y siendo así que este Escritor es el mas entendido, y mas cumplido en esta materia, es de extrañar que el P. Feyjoó no le viese antes de estampar tantas extravagancias, como puso en la citada Carta. Con mejores fundamentos admitió, y probó la necesidad del arte el P.FR. LUIS DE GRANADA en su Retórica Christiana. Volviendo á nuestro asunto de la predicacion, es cierto que algunos modernos pretenden se debe desterrar de los púlpitos la Retórica[b]. La mayor parte de los eruditos no aprueban tan universal dictamen, y quantas invectivas emplearon los antiguos y modernos contra este Arte, fué solo por desterrar el abuso que se observa en algunos, que únicamente se aprovechan de él para hacerse habladores hinchados. S. AGUSTIN[c], y muchísimos Escritores que han exâminado bien esta materia, juzgan, que en algunas ocasiones es utilísimo el Arte de la eloqüencia, si se sabe hacer de él buen uso. Como quiera que sea, sin introducirme en semejante qüestion, me parece que no puede ser acertado el dictamen del P. M. Feyjoó, porque debiera haber antes estudiado de propósito la Retórica; haber visto el uso artificioso con que se han aprovechado loablemente de ella los Griegos, y Latinos; haber mirado de intento, no la Retórica pueril que suele enseñarse á los muchachos, sino aquel arte racional de animar los pensamientos, de mover los afectos, de excitar las pasiones, y de hacer mas clara la verdad, lo qual no lo ha hecho, segun él mismo confiesa[d]; pues ¿cómo ha de ser justo el dictamen sobre una materia no estudiada?
[Nota a: Sin ex pari coeant (habla de la naturaleza, y del arte) in mediocribus quidem utrisque majus adhuc naturae credam esse momentum, consummatos autem plus doctrinae debere quam naturae putabo, sicut terrae nullam fertilitatem habenti nihil optimus agricola profuerit, è terra uberi utile aliquid etiam nullo colente nascetur. At in solo foecundo plus cultor, quam ipsa per se bonitas soli efficiet. Quintil. Instit. orat. lib. II. cap. 19.]
[Nota b: V.P. Lami Ordin. S. Bened. in libr. de Cognit. sui ipsius, & alii apud Dupin de Verit. págin. 315.]
[Nota c: S. Augustin. lib. 4. de Doctr. Christ. cap. 2. num. 3. 6. 8.]
[Nota d: P. M. Feyjoó Cart. erud. tom. 2. pag. 55. num 23.]
[25] Digo, pues, que pueden trabajarse las oraciones con estudio, y á veces es necesario valerse del arte para hacerlas perfectas; porque el fin principal del Orador es persuadir, y para esto algunas veces es menester excitar los afectos, y animar las pasiones de los oyentes, lo qual con el arte se hace maravillosamente. Demas de esto hay algunas verdades que son intolerables á los hombres, y el Orador ha de hacerlas suaves y acomodarlas á ser bien recibidas; por lo que en algunas ocasiones es bien hacer un poco deleytable la Oracion; porque la verdad que parecería inadmitible por sí sola, es bien recibida por lo dulce y agradable que la acompaña[a], que; al fin, bueno es usar de algun arte para hacer comprehender á los hombres la verdad, quando se considera que no ha dé lograrse esto de otra manera. Pero siempre ha de llevar el Orador la mira de poner el fundamento de su oracion en las verdades ciertas, en las máxîmas sólidas, y en introducir en los oyentes el amor á lo bueno y á la virtud, y solo para hacer ver claramente estas cosas le será lícito usar de adornos; pero nunca será bien colocar todo el trabajo en hablar mucho, y decir nada. Si el P. Feyjoó dixera, que él arte ha de ser en las oraciones muy disimulado, y tanto, que se confunda con la naturaleza; que la fuerza de la eloqüencia verdadera ha de consistir en el vigor de las máxîmas y en lo sólido de las sentencias, y no en la pompa de las palabras, sin negar que para persuadirlas ayude mucho el arte, hubiera dicho una verdad admitida de todos los Sabios.
[Nota a: Nom veluti pueris absinthia tetra medentes Cum dare conantur, prius oras pocula circum Contingunt mellis dulci, flavoque liquore; Sic ego nunc, quoniam haec ratio plerumque videtur Tristior esse quibus non est tractata, retroque Vulgus abhorret ab hac: volui tibi suaviloquenti Carmine Pierio rationem exponere nostram. Lucret. de Rer. natur. lib. 4. verso II.]
[26] ¡O! dirá alguno, que eso es rigor de los Críticos, porque no hay Sermon donde no se propongan muchos textos de la Sagrada Escritura, y estos contienen grandes verdades. Es así; pero tambien es certísimo que los mas de aquellos textos no los entiende el Pueblo en el modo que suelen proponerse, y me consta esto por experiencia; y si se comprehende lo que contienen, nada persuaden por la mala aplicacion, porque el entendimiento humano es de tal naturaleza, que busca el orden y conexîon entre sus nociones, porque en esto consiste la fuerza de raciocinar; y como no suele hallar esta conexîon muchísimas veces entre los lugares de la Escritura que se explican, y el asunto á que se traen, por eso no queda convencido. En medio de la decadencia grande de la legítima predicacion, que experimentamos, y de que nos dolemos, sirve de consuelo el ver, que algunos Prelados Eclesiásticos de gran zelo y singular doctrina han publicado en nuestros dias dos Pastorales, para reformar cada uno en su respectiva Diócesis los abusos del Púlpito, y reformar la oratoria christiana; y cierto que la necesidad que de ello hay, es muy grande, porque vemos hoy cumplido lo que se dice en la vida del V. Juan de Avila, llamado Apostol de Andalucía; es á saber, que una de las mayores persecuciones de la Iglesia es la de los malos Predicadores[a]. Estamos esperanzados, que al exemplo de estos dos Prelados, los demas procurarán enmendar la predicacion, y reducirla al punto que pide el espíritu de la Santa Iglesia.
[Nota a: Muñoz cap. 6. pag. 9.]
[27] ¡Válgame Dios, dice Ariston, qué primoroso, y sabido es Adonis! Tiene una hora de conversacion, y en toda ella habla chistes y cosas agudas, que es un pasmo; ¡qué equivocos usa! Naturalmente habla en verso, y con suma facilidad deleyta. Vanísimo es el juicio que hace Ariston de su Adonis, y es porque no tiene Lógica, ni trabaja en exercitar la razon; porque eso mismo que tanto alaba, hace intolerable á los sabios la conversacion de su Adonis. Qualquiera puede notar, que estos tales ordinariamente se escuchan, y hablan tan afectadamente, que toda su agudeza, y toda su poesía no es mas que una vanísima afectacion, y se conoce facilmente atendiendo, que en todo un año, despues de haber tenido todos los dias una hora de semejantes conversaciones, en todo el año, digo, no ha dicho una sola verdad nueva, ni nada que hayan tenido los concurrentes que aprender; lo que ha dicho son cosas vulgarísimas con frases pomposas, que es lo mismo que si hubiera engastado en plata un pedazo de corcho. No obstante á Ariston le gusta este su Adonis, porque le hincha los sentidos, y le alhaga con algun deleyte superficial. Si Ariston estudia la buena Lógica, sabrá que nada ha de satisfacer al entendimiento, sino lo sólido y lo útil, y estas cosas no se hallan sino en lo verdadero y en lo bueno[a]. Por esta razon han de despreciarse tantas poesías, que cada dia nos vienen á las manos, y nada mas hay en ellas que la cadencia; y solo las pueden aprobar los hombres que tienen el entendimiento en los oidos. Los que se contentan con las apariencias sensibles, celebran mucho algunos poemas, que ni tienen substancia, ni tienen solidez, ni contienen mas que pensamientos superficiales, y en fin que son mas frios que el mismo yelo. No obstante se aplauden, y se celebran como venidos del Cielo; y estos vanos aplausos nos acarrean despues una lluvia de Poetas que nos oprimen, y la poesía se hace estudio de moda; de suerte, que es tenido por grande hombre un vanísimo Poeta. Por esto son tan comunes las malas poesías, y tan abundantes, que tan facil es tropezar con los malos Poetas, como con langostas: vicio que ya reprehendió con agudeza el ingenioso D. FRANCISCO DE QUEVEDO, y no hay esperanza de que se corrija si no se estudia muy de propósito la verdadera Lógica, y se hacen los hombres á no fiarse de las apariencias de los sentidos, y á consultar siempre la razon.
[Nota a: Non qui multa, sed qui utilia novit, sapiens est. Stob. serm. 3. t. 1. p. 35.]
[28] Entre las apariencias de los sentidos ninguna es mas engañosa que la que lleva el caracter de bello, y de hermoso, Todavía no estan conformes los Filósofos en difinir en qué consiste lo que llamamos hermosura y belleza, así en las cosas animadas, como inanimadas. Yo pienso, que lo que llamamos hermosura en las cosas sensibles es cierto orden y proporcion que tienen entre sí las partes que las componen. Este orden es relativo á nuestros sentidos, porque á unos parece hermoso lo que á otros feo: y tanta variedad como se encuentra en estas cosas, nace de la impresion diversa que un mismo objeto ocasiona en distintos hombres, y del diferente modo con que excita los sentidos en cada uno. Sucede, pues, en esto lo mismo que en todas las otras percepciones de los sentidos, que solo nos ofrecen las cosas con proporcion á nuestro cuerpo; y así se ve, que si se muda con el tiempo, ó de otro qualquier modo el orden de partes en el objeto, ó en los órganos de los sentidos, se pierde, ó se muda la hermosura.
[29] Síguese de esto, que la hermosura de estas cosas sensibles es una apariencia, que solo puede arrastrar á los hombres que dexan llevarse de las exterioridades que se ofrecen á los sentidos sin exercitar la razon. El ver, pues, cómo inconsideradamente buscan muchos estas apariencias, y van con inquietudes continuas ácia estos vanísimos atractivos de los sentidos, hace ver el poco uso que hacen los hombres de la razon, y lo poco que reflectan para distinguir lo aparente de lo verdadero. La verdad tiene una hermosura, que puede satisfacer al entendimiento; la bondad lleva consigo una belleza capaz de atraer á la voluntad. Si yo dixera, que el entendimiento recibe un gran contento quando descubre la verdad[a], y que la voluntad le recibe tambien quando ama lo bueno, diría una cosa certísima, y digna de que la escuchasen y meditasen seriamente todos los hombres; pero son tan sensibles por lo comun, que les parecerá esto digno solo de contarlo á los habitadores de los espacios imaginarios.
[Nota a: Indagatio ipsa rerum tum maximarum, tum etiam occultissimarum habet oblectationem. Si verò aliquid occurret, quod verisimile videatur, humanissima completur animus voluptate. Cicer. Quaest. Acad. l. 2. c. 118.]
[30] Los hombres, que solo hacen uso de sus sentidos, miran este orden de la hermosura, y siguen los desordenados afectos que ocasiona. ¡Qué voz tiene Lucinda tan suave! ¡qué ayre tan magestuoso! ¡Es una maravilla como canta, como anda, como habla! Todo es un encanto. Y es verdad que es un encanto para los que se paran solamente en las apariencias sensibles. Ni hay que dudar, que el tono de la voz, el ayre del semblante, la risa natural, el trato amable, y á veces las lagrimillas de las mugeres, son un dulce veneno que ocasiona mil estragos en los poco advertidos, que no conocen que aquellas cosas en sí mismas son de muy poco valor, y solo son estimables quando van acompañadas de la virtud y de la razon. Para conocer mejor la vanidad de estas apariencias, se puede considerar la hermosura, y belleza de las cosas como un orden físico, ó como orden moral. En el primer modo admira la hermosura á los sabios, porque consideran en ella un orden de partes maravillosamente fabricado por el Criador, y porque se descubre aquel número, peso, y medida con que ha hecho todas las cosas materiales y sensibles. La consideracion de lo hermoso, y de lo bello en este sentido es inocente, y tal vez loable, porque excita el conocimiento de la divina Omnipotencia. Con orden moral se consideran estas cosas como pertenecientes á las costumbres, ó como objetos de las acciones morales de los hombres. En este modo no puede el hombre, ni debe amar, ni abrazar semejantes objetos, sino conformándose con la Ley divina, y con sus sacrosantos Mandamientos y preceptos; y esto es lo que dicta la razon, porque con ella alcanzamos, que de todas las cosas sensibles no podemos debidamente hacer otro uso, que atendiendo al fin que el Criador se ha propuesto, y con respecto ácia la eterna felicidad de los hombres.
[31] En el amor á lo bello sensible erramos tambien de otra manera. Quando se nos presenta un objeto hermoso á la vista, no solo tenemos la percepcion que viene de los sentidos, sino que juntamos á esta percepcion la nocion del bien, y la voluntad es llevada á amarle. Pero, como ya hemos dicho, todas las apariencias, y objetos de los sentidos no ofrecen sino falsos bienes, ó aparentes, y ácia ellos nos arrastran la concupiscencia, y el desorden de los apetitos. El hombre que usa de la razon no hace caso de estos aparentes bienes, y dexa de juntar la nocion del bien con semejantes objetos; antes algunas veces junta la nocion del mal, la de lo aparente, la de lo engañoso, la de lo falso, y de este modo aparta de la voluntad el amor desordenado de las cosas bellas sensibles.
[32] Esta facilidad de detenerse los hombres en las cosas sensibles nace, como ya hemos dicho, de que estas dexan en el cuerpo impresiones que duran mucho, y con dificultad se borran; y como el alma corresponde con ciertas representaciones, de ahí procede que le hagan mayor fuerza las cosas que entran por los sentidos, que las que por sí misma alcanza. Este es el motivo de muchísimos errores, y en especial de que hacemos mucho caso de lo que tenemos presente, y despreciamos lo venidero. Todos los Christianos, y todo hombre que hace uso de la razon conoce la eternidad, y sabe que no somos criados para este mundo, sino para el Cielo; no obstante estamos tan atados con aquel, que muy pocas veces pensamos en este, y es porque el mundo le tenemos presente, y obra continuamente sobre nuestros sentidos, y la eternidad la miramos de lejos; ó, lo que es lo mismo, conocemos este mundo por los sentidos, y al Cielo con la razon.
[33] Todas estas consideraciones tiran á fortalecer la razon contra las apariencias de los sentidos, y á avisar á los hombres, que sus sentidos son tal vez su mayor enemigo, que no deben facilmente dexarse llevar de sus representaciones, y que no juzguen precipitadamente por solo su informe sin consultar la razon. Hanse de mirar como instrumentos dados por el Criador para la conservacion del cuerpo humano; y se ha de advertir, que siendo los únicos medios por donde el alma empieza á alcanzar las cosas, son tambien el principal origen de sus errores, y de sus males. Si pudiéramos lograr que los Materialistas, y Deistas de estos tiempos se parasen á contemplar estas verdades, que son muy ciertas y muy claras, acaso volverían en sí, y dexarían su torpe halucinacion, pues no conocen que toda su vida son como los niños, que nunca piensan mas que en lo que tienen presente, porque son solo sensibles, y no exercitan la razon, ni son capaces de la buena Lógica.
CAPITULO III.
De los errores que ocasiona la imaginacion.
[34] No es posible comprehender en corto volumen los errores que ocasiona la imaginacion; pero propondré los mas notables, y facilmente podrá el que fuese atento conocer de quántas maneras nos engañamos por las representaciones de esta potencia. Hase de tener presente lo que ya hemos mostrado que nosotros formamos imágenes de todas las cosas que percibimos, no solo de las sensibles, sino tambien de las espirituales; y si las considerásemos atentamente, hallaríamos dentro de nosotros un mundo espiritual mucho mayor que este que habitamos, y reducido á cortísimo espacio: es decir, hallaríamos en nosotros mismos las imágenes que corresponden á los objetos que componen este mundo visible, y á los espirituales, é incorporeos que no son de su esfera, y lo que es mas todas reducidas á cortísimos límites. Considerémos quantos objetos se presentan á nuestros sentidos en el discurso de una larga vida, y hallarémos que las imágenes de todos se hallan en la mente. Considerémos tambien de quántas maneras combinamos, ó separamos tantos objetos, y las imágenes que tenemos de estas combinaciones. Pensemos despues quántas veces percibimos las cosas espirituales, de quántas maneras abstrahemos la naturaleza de las cosas, y en fin la muchedumbre copiosa de intelecciones que hacemos en el uso de las ciencias abstractas, y hallarémos que todas las contiene el alma, y de todas quedan vestigios, que con la memoria se renuevan. Si meditamos un poco sobre esto, podrémos decir, que este es un Reyno, ó mundo interior reducido á pequeño espacio, pero capaz de contener mayor número de cosas que el mundo material que habitamos; y si levantamos debidamente la consideracion, habrémos de reconocer la infinita sabiduría que ha fabricado tan maravillosa obra, y confesar que no puede un mundo material tan extendido contenerse en la materia reducida á un espacio infinitamente pequeño, como es el que encierra tantas nociones; por donde es preciso reconocer un Ser espiritual, cuya esfera es por su indivisibilidad único receptáculo de tantos conocimientos. Esto con alguna mas extension lo he manifestado contra los Materialistas en mi Discurso sobre el Mechânismo.
[35] La impresion de los objetos sensibles hace variar las imaginaciones. Si la fantasía es capaz de recibir muchas imágenes, hace una imaginacion fecunda; si recibe las imágenes, y se hacen permanentes, será la imaginacion fuerte; si con facilidad recibe las representaciones, es la imaginacion blanda; si una vez recibidas con tenacidad las retiene, es vehemente; si facilmente las recibe, y con la misma facilidad se borran, es torpe; si con dificultad se imprimen, y tenazmente se retienen, es violenta; y á este modo pueden ser infinitas las combinaciones que nacen de la diversidad de pintarse las imágenes en la fantasía. Lo que principalmente se ha de notar es, que toda suerte de imaginacion nos puede ocasionar el error, porque puede engañar al juicio; de modo, que si bien lo consideramos, no hay error en la imaginacion, sino en el juicio, á la manera que sucede con las percepciones de los sentidos. Débese, pues, poner el cuidado posible en gobernar bien el juicio, y en no dexarse llevar de las apariencias de la imaginacion. Aprovechará mucho para conseguir esto el conocimiento de que las pasiones casi siempre acompañan á la imaginacion, como ya hemos explicado antes.
[36] Con estas advertencias será facil descubrir muchos errores que ocasiona la imaginacion, y manifestar el modo de evitarlos; y para disponerlos con orden los distribuirémos en los que pertenecen á la Religion, y al trato civil donde comprehenderémos los que atrasan los progresos de las Artes y Ciencias. Gran parte de las heregías que en todos los tiempos han infestado la Iglesia, han nacido de imaginaciones fuertes, y fecundas. Pongamos en la antigüedad á MONTANO, que imagina vivamente, que el Espíritu Santo ha dado á él sus dones, y no á los Apóstoles, imprimiéndose profundamente en su imaginacion esta especie y otras semejantes, las quales hallando la razon flaca, y el juicio poco sólido, los pervirtieron, ocasionando graves errores. Fuéle facil á Montano hacer creer como verdaderos los falsos entusiasmos de su imaginacion á Prisca y Maxímilla, que por el sexo, y falta de instruccion, lograban una imaginacion fuerte, y la razon flaca. Tuvo Tertuliano la imaginacion muy fuerte y vehemente, y no la acompañaba un juicio de los mas sólidos; y recibiendo en su fantasía los errores de Prisca, no supo enmendarlos. Pero en Tertuliano no era solo fuerte la imaginacion, sino vehemente, pues se le imprimian tan fuertemente las cosas, que arrastraban al juicio, y por la vehemencia las persuadia facilmente á los demas. No obstante esto, es preciso confesar, que su Apología por la Religion es ciertamente obra util y de juicio, aunque resplandecen mucho en ella las fuerzas de la imaginacion vehemente; pero acabó de mostrarlas en el libro de Pallio, donde emplea la eficacia mayor, y toda la vehemencia que es decible en persuadir cosas inútiles, y de ningun momento.
[37] Algunos colocan á Séneca entre los Escritores de imaginacion fuerte y de poco juicio[a]. No puede negarse, que Séneca tuvo la imaginacion fuertísima, y muy vehemente. Conócese en que igual eficacia emplea en las cosas improbables, que en las ciertas, lo que es propio de los que tienen imaginacion indómita. Su descripcion del Sabio, no solamente es vana, sino ridícula; y como era su imaginacion fecunda, la hermoseó con tanta variedad de pensamientos y sentencias, que ha embelesado á muchísimos lectores, ó tan imaginativos como él era, ó de grande imaginacion y pequeño juicio. No obstante se ha de advertir, que no fué Séneca de los Autores menos juiciosos, aunque creo que fué mayor su imaginacion que el juicio. Fué Estoico, ó quiso parecerlo, y se hallan en sus escritos sentencias, y máxîmas admirables para animar á seguir la virtud. Esto obligó á S. Gerónimo á contarle entre los Escritores Eclesiásticos, y á tener por verdaderas las cartas de S. Pablo á Séneca; mas los Críticos modernos no dudan que son apócrifas. Como quiera que sea, tuvo Séneca eficacia loable en persuadir el camino de la virtud, como el único medio para conseguir la felicidad humana; y ojalá que sus sentencias tuvieran mayor trabazon, que así serían mas estimables: de suerte, que ya en lo antiguo por esta falta fué llamado justamente el estilo de Séneca arena sin cal. He visto muchos libros modernos que tratan, ó de máxîmas morales, ó políticas, y justamente puede atribuírseles la misma censura; y quizá su lectura fuera mas provechosa, si el entendimiento hallara conexîon entre las verdades que contienen.
[Nota a: Mallebranche Recherche de la verité, tom. 1. part. 3. chap. 4.]
[38] En nuestros tiempos tenemos hartos ejemplares de los errores que ocasiona la imaginacion vehemente, y fuerte quando está acompañada de poco juicio. Tanto número de Sectarios, como vemos en nuestros dias, tienen corrompida la imaginacion, y pasa el contagio á corromper el juicio. Imaginan una cosa, y esta hace tan hondas impresiones, que excita continuamente pasiones desmedidas. El juicio entonces dexa libremente llevarse de la fuerza de aquellas imaginaciones, y las tiene por verdaderas, y así ocasionan el error. MR. JURIEU, LUTHERO, ZUINGLIO, y otros Hereges se imaginaban mil desórdenes en la Iglesia Católica, y, el juicio asentia á que realmente los habia, estando solo en su imaginacion. En estos acompañaba á sus depravadas imaginaciones alguna pasion, porque como ya diximos, y conviene siempre tenerlo presente, siempre que el alma percibe algun objeto, y tiene la imagen que se pinta en la fantasía, suele excitarse alguna pasion, ó de esperanza si puede lograrse el objeto, y se considera útil, ó del miedo si se considera dañoso y cercano, y así de otras mil maneras. En las expresiones, pues, de semejantes hereges se manifiesta, que á su descompuesta imaginacion acompañaban pasiones desenfrenadas, ya de odio ácia la Iglesia, ya de esperanza de ser por ese camino memorables y afamados, ya el deseo inmoderado de la singularidad, y en fin un amor propio extremado que los hacia parecer á ellos mismos únicos en razonar, y los solos en conocer, y distinguir lo verdadero de lo falso. La fuerza de tan vehementes imaginaciones junta con el desorden de pasiones tan extravagantes, arrastraban al juicio, y los hacia caer en feísimos errores.
[39] No se ha acabado la raza de estos Escritores, que por la depravada imaginacion, y pasiones vehementes que la acompañan, publican enormes extravagancias. MR. DE AROVET (llamóse despues Voltaire, y así le nombrarémos) da hoy un evidente testimonio de esto. He visto de espacio sus principales escritos en la famosa edicion del año 1757, que se supone correcta por su Autor, y algunas obrillas junto con el Diccionario Filosófico posteriores á esta edicion. Son dignos de verse los Escritores Franceses que le han impugnado, porque algunos lo han hecho con grandísimo acierto. Como yo veo que se celebra la sabiduría que no tiene este Poeta, que desprecia la Religion Christiana, que alaba los vicios mas abominables, protege el materialismo, desautoriza lo mas sagrado, así Secular como Eclesiástico, y que habla de todo, como si todo lo supiese: diré sin reparo lo que á mí puede tocarme, que es el defecto de lógica, que generalmente reyna en sus obras, para que se miren, como lo merecen, casi siempre opuestas á la razon. Quien quiera que haya leido á Mr. Voltaire conocerá un hombre de imaginacion grande, vehemente, fecunda: de un ingenio vivo, despejado, agudo, pronto: de una letura vaga de libros modernos, limitada, y muy superficial de los antiguos originales: una instruccion vasta de las cosas presentes, sin ahondar en las Ciencias, ni en sus principios, ni fundamentos: en conclusion un talento que los Franceses llaman bel sprit. Si á estas calidades añadiese un juicio sólido, una instruccion maciza profunda, una erudicion original, y un estudio continuo bien fundado de las Artes y Ciencias, ciertamente se podria llamar no bel sprit, sino bon sprit, habiendo mucha diferencia entre estos dos atributos.
[40] Si como á las bellas representaciones de su fantasía, y combinaciones vastas de su ingenio han acompañado siempre las pasiones de desafecto á la Religion Christiana, de deseo de gloria y de singularidad, de independencia, de satisfaccion propia, y otras de este jaez, hubiera tenido inclinacion á la piedad, subordinacion á los sabios, desconfianza de sí mismo, mas deseos de ser util que aplaudido, mas contenido, menos licencioso, menos propension á las apariencias atractivas de lo sensible, y, por decirlo de una vez, menos amor propio, hubiera podido ser util al género humano, empleando en su favor los talentos. Si en lugar de un estilo florido correspondiente á su imaginacion, lleno de expresiones chocantes y agudas, de sales penetrantes y malignas, de un ayre y tono libre y desenvuelto, hubiera usado (á lo menos en la prosa) de un lenguage propio, expresivo, moderado, y tal que conociesen todos que tiraba á enseñar y no á ofender, sería mas aceptable entre los que prefieren lo sólido á lo brillante, gobernándose por el juicio, no por la imaginacion. Muéstrase defensor de la humanidad, pero al hombre para mantenerle solo le procura lo que le destruye. Mírale por la parte de lo sensible, y por este lado le levanta, dándole licencia para quanto le sugiere el apetito y el gusto: no le mira por la parte de la razon, ni del juicio, y por eso se abstiene de darle buenas máxîmas. En los grandes hombres solo nota las faltas, calla las virtudes, y si las nombra las envuelve en sátiras; y siendo así que mientras haya hombres ha de haber vicios y defectos, asido de estos pinta al género humano de peor condicion que las bestias, gobernándose por lo que vulgarmente es, sin enseñarle lo que debe ser. En todas sus obras no hay un discurso filosófico seguido. En la historia no se citan monumentos que hagan fé. Si BALUZIO, LAUNOI, Y VALESIO, sus paysanos, sacasen la cabeza, y viesen lo que este Historiador asegura siempre sobre su palabra, y ageno de documentos, se admirarían que hubiese celebradores de tales escritos. Habla de todas las cosas sin estudio fundado de ellas, y está á la vista, que rara vez trae pruebas de lo que afirma. El Diccionario Filosófico suyo, donde todo se dice al ayre sin probarse nada, es un testimonio calificado de esto, pues en él ha reducido á compendio toda la impiedad, y cúmulo de errores esparcidos en los demas libros. El Parlamento de París le ha mandado quemar por mano del Verdugo. De la Araucana de Alonso de Ercilla, despues de una alabanza de un solo pasage, habla de lo demas con gran desprecio. ¿Qué dirán nuestros Críticos que á Ercilla le llaman Lucano Español? ¿Trae algunas pruebas para este desprecio? Nada menos. Sobre su palabra va todo, como acostumbra.
[41] Por el estudio de la Historia Eclesiástica mas limada se echa de ver, que quantas blasfemias, y sátiras trae contra la Religion Christiana, son antiguos errores combatidos de los Padres, y olvidados de los fieles. JULIANO el Apóstata, CELSO el Filósofo, FILOSTRATO, y otros impugnadores antiguos de la Religion de Jesu-Christo, junto con los desvaríos de los Filósofos Gentiles le hacen el gasto: con añadir las sátiras; invectivas, chistes satíricos de los incrédulos modernos, en lo que está bien instruido, tiene materiales para constituirse enemigo de la verdad, y de la buena Lógica. ¿Qué capacidad, ni talento es menester para renovar errores viejos, vistiéndolos con nuevos adornos de estilo, agudeza y ayre agradable á los oidos incautos, para que sean bien admitidos? Si las máxîmas de Voltaire se publicasen desnudas de adornos, y viniesen, como solemos decir, á cara descubierta, dudo que hubiese hombre sensato que las adoptase; mas viniendo vestidas con quanto puede halagar los sentidos y hinchar la imaginacion, no es de extrañar se hayan impresionado en el entendimiento de los que son mas sensibles que racionales.
[42] Ya que nuestros jóvenes no puedan leer facilmente las impugnaciones sólidas, que los Franceses han hecho á Voltaire, á lo menos conviene que vean la que en lengua Castellana se ha publicado con el título: Oráculo de los nuevos Filósofos, donde hallarán por menor descubiertos y rechazados sus errores. Lo que yo puedo asegurar es, que en un libro suyo intitulado Cacomonade comete un plagío enorme, copiando á la letra del célebre ASTRUC quanto allí pone sobre el mal gálico, y solo añade Voltaire lo que no se puede referir sin faltar á la modestia. Sobre NEWTON no hace mas que extractar la Óptica de este Ingles, añadiendo algunas voluntariedades suyas, como se ve á cada paso en lo que atribuye á los antiguos, en el desprecio que hace de los Griegos, y en lo que celebra, segun su pasion sin consultar los originales, en algunos modernos. Dicen que Voltaire es buen Poeta; lo que yo aseguro es, que ni es Lógico, ni verdadero Filósofo.
[43] Por otro camino yerran otros, y los precipita su imaginacion. Como todos sentimos, é imaginamos las cosas en la niñez, y entonces no razonamos, hacemos un hábito de imaginar de tal suerte, que despues quando exercitamos la razon nos vemos obligados á imaginar los objetos sobre que razonamos, y no podemos percibir la cosa si no formamos imagen sensible de ella en la imaginacion. Esta es la razon por que con solo el estudio teórico hacemos pocos progresos en las Ciencias prácticas, porque la sola teórica no ofrece nociones tan sensibles de las cosas como la práctica, que las vuelve mas perceptibles; sucede por esto, que algunos niegan todo aquello que no pueden imaginar. CALVINO nunca pudo comprehender con su imaginacion, que el Cuerpo de Jesu-Christo pudiera estar en la Eucaristía y en el Cielo á un mismo tiempo, porque la imaginacion no puede percibir á un cuerpo en dos lugares distintos á un tiempo; de aquí concluyó, que la presencia del Cuerpo de Jesu-Christo en la Eucaristía no era real y verdadera, sino mística. Erró torpemente este Heresiarca, así en esto, como en muchas otras cosas, por la fuerza de su imaginacion, y por dar á la imaginativa mayor extension de lo que le corresponde. No puede la imaginacion concebir á un cuerpo en dos lugares distintos á un mismo tiempo, porque el entendimiento entonces junta la representacion de aquel cuerpo con la del lugar; y como las imágenes de los lugares son distintas, hace distintas las del cuerpo, ó no sabe hacer á esta una sola. En este asunto erró tambien JUAN CLERICO[a], y muchos Lógicos entre los modernos. Pero para desengañarse no es menester mas que ver lo que toca á la imaginacion y ver lo que pertenece á la razon. Esta dicta, que Dios puede infinitamente mas de lo que podemos los hombres imaginar, y que por consiguiente aunque la imaginacion no comprehenda una cosa, debemos creerla si la Fe divina la enseña. Estos sectarios admiten por ciertas muchas cosas, que no puede alcanzar su imaginacion. La eternidad no la podemos imaginar, y la tenemos por cierta. Tampoco podemos imaginar al infinito, y no obstante le tenemos por exîstente. ¿Por qué, pues, se ha de dar tanto valor á la imaginacion en unas cosas, y no en otras? Yo creo que es, porque estos tales de puro imaginar no hacen otro exercicio que el de esta potencia, y á ella temerariamente sujetan la razon, el juicio, y aun el soberano, é infalible dictamen de la Iglesia.
[Nota a: Cleric. Pneumatol. cap. 8. sect. 3.]
[44] Pasemos ahora á otros errores que ocasiona la imaginacion, y son muy freqüentes, aunque por lo comun no tan peligrosos. Lusinda tiene la fantasía blanda y dispuesta á recibir varias representaciones con viveza, y á retenerlas: dedícase á leer libros de piedad y devoción, ó empieza á meditar y pensar en las cosas divinas. Con la meditacion y la letura se va llenando de imágines la fantasía de Lusinda, de suerte, que apenas se excitan en su imaginativa otras representaciones, que las que ha impreso la continua letura y meditacion. En este estado se le excita la pasion, ó el deseo de lograr lo que lee, ó sabe haber logrado otras personas piadosas, es á saber, hablar con Dios; y continuando Lusinda en meditar las mismas cosas, la pasion va creciendo al paso que crecen las imágenes que hay en la imaginativa. La fuerza y continuacion en imaginar calientan la fantasía, y juntando las representaciones antes separadas, la vehemente pasion empieza á dominar al juicio, y luego piensa Lusinda que ve á Dios en esta, ó la otra forma, que le habla en esta, ó la otra manera, que le representa su pasion y muerte, y otras mil cosas que le vienen á la fantasía; de suerte, que como su imaginacion es capaz de recibir muchas imágenes, y el juicio no sabe ya entenderlas, facilmente las cree en el modo mismo que las imagina. Entonces dice Lusinda, que son revelaciones divinas lo que no es mas que entusiasmo de su imaginacion blanda y acalorada. Y si encuentra con un Director, que tenga la misma blandura en la fantasía, y no tiene aquella prudente sagacidad que se requiere para estas cosas, facilmente tiene por revelaciones todo lo que Lusinda cuenta, y las estampa despues en los libros como venidas del Cielo.
[45] Bien se yo que hay en la realidad revelaciones especiales, ó privadas, y que Dios habla á los varones santos, y les comunica algunas cosas para su utilidad y consuelo; pero sé tambien que es muy dificultoso distinguir las verdaderas de las falsas, y que es muy facil que la fantasía vehemente y acalorada haga parecer verdaderas revelaciones las que solo son apariencias de la imaginacion. El diablo suele transformarse á veces en Angel de luz, y para engañar á las criaturas se aprovecha de esta flaqueza de la fantasía en que tiene especial influencia. Por esto la Iglesia Católica procede con gran cautela en el exámen de semejantes revelaciones, y á su exemplo suelen exâminarlas con mucho cuidado los varones santos y juiciosos, que no quieren ser engañados. En efecto Priscila, y Maxîmila tuvieron por revelaciones divinas los errores del Herege Montano, y creian que les hablaba el Espíritu Santo, y les fué facil comunicar el contagio de su depravada fantasía á un varon tan ilustre como Tertuliano, porque hallaron en él una imaginacion fecunda, y superior al juicio. En nuestros tiempos tenemos otros exemplares recientes de muchos Hereges, que quieren hacer pasar los delirios de su imaginacion por revelaciones especiales, y harto se han gloriado de esto Lutero, y Mr. Jurieu, pero con risa y desprecio de todos los sabios.
[46] Hay otras mugeres que hablan de revelaciones especiales, y su error está en la fantasía, aunque se hace de otra manera. Gelarda, muger sumamente devota y piadosa, está enferma de afecto histérico, y no lo conoce. Es este un mal que de ordinario gasta la imaginativa, porque tiene su asiento en aquellos nervios, que extendidos hasta el diafragma y el celebro, sirven para propagar las impresiones de los objetos externos. Introdúcese poco á poco en el celebro de Gelarda aquella enfermedad, que se llama melancolía, y suele acompañar al afecto histérico. Desordenadas ya las partes sobredichas, que influyen poderosamente en la imaginativa, se descompone el orden de las impresiones en que continuamente exercita Gelarda la fantasía, por donde es muy natural que en la enfermedad se le exciten las imágenes de cosas devotas, al modo de uno que delira, pues habla de las mismas cosas que en la salud mas pensaba, bien que desordenadamente por el vicio de su celebro. Ocupada ya Gelarda de la melancolía, empieza á delirar, y dice que ve á Jesu-Christo en el Huerto sudando sangre, ú vé á la Virgen Santísima, que se le aparece en su gloriosa Asuncion, y le dice estas, ú las otras cosas; y si la fantasía está muy caliente, tal vez dice que le da coplas y redondillas para que las cante. Si la enfermedad no es muy fuerte, queda en este estado el delirio de Gelarda, y no es conocido sino de aquellos que en estas cosas saben la fuerza de la fantasía, y no se dexan engañar. Un caso muy semejante á este me ha sucedido, y conocí el delirio, y lo previne, y con el tiempo se acabó de confirmar evidentemente mi pensamiento. LUIS ANTONIO MURATORI[a] cuenta que en Milan habia una Religiosa, que decia que cada noche hablaba familiarmente con Jesu-Christo, y así lo creía la mayor parte de aquel gran pueblo. El Arzobispo, que era entonces Federico Borromeo, varon de gran juicio y singular discernimiento, quiso asegurarse por sí mismo, y dixo á la Religiosa, que se hallaba con una alhaja muy estimable y de gran valor, pero que para saber lo que debia hacer de ella lo preguntase á Jesu-Christo, y con eso sabria que no podia errar. Tuvo la Religiosa sus imaginadas habladurías, y dió de respuesta, que vendiese la alhaja y la repartiese entre los pobres. El caso fué, que la alhaja de que hablaba el Arzobispo era su alma, y si Jesu-Christo hubiera hablado con la Monja, no le hubiera dicho que la diese á los pobres. Otra Religiosa decia, que Dios todos los dias la subia hasta el Sol, y la hacia ver la hermosura de aquel Planeta. Preguntóla el mismo Prelado quán grande era aquel Astro, y respondió que como un Cesto. Conoció claramente este insigne Varon, que no eran otra cosa semejantes revelaciones, que entusiasmos de imaginaciones valientes, y pervertidas. Para que esto no cause dificultad, no hay mas que considerar la viveza con que la imaginativa representa una cosa en los sueños. No parece sino que la tenemos presente, y que en la realidad nos sucede lo que soñamos. Entonces no obra el juicio ni la razon, y por eso no corregimos lo que se nos presenta. Sucede, pues, en la vigilia, que la imaginacion representa algunas cosas con la misma fuerza y tal vez mayor que en los sueños: sucede tambien que el juicio no corrige á la fantasía, ó porque es pequeño, ó por estar impedido de alguna enfermedad, y así ocasiona la imaginacion mil errores.
[Nota a: Philosoph. Moral, cap. 6.]
[47] No pretendo con esto introducir la terquedad y obstinacion en no creer estas cosas que pertenecen á revelaciones especiales, como hacen algunos: intento solo descubrir la verdad, y deseo que se hagan los hombres á exercitar la razon; y siempre tendré por prudencia desconfiar de las relaciones de muchas personas devotas concernientes á este asunto; y exâminarlas con toda la diligencia posible para evitar el error; porque algunas de estas revelaciones, ó mejor imaginaciones, son á la verdad inocentes, esto es, no incluyen cosa opuesta á los sagrados dogmas, ni disciplina de la Iglesia; pero hay otras llenas de peligro, y no fuera difícil mostrarlas en algunos libros donde se hallan impresas. Por esta razon quisiera yo que algunos de los que trabajan vidas de personas Venerables por su santidad y virtud, tuviesen mejor gusto, y las escribiesen con mejor Lógica. Alabo el zelo de semejantes Escritores, pero no el juicio. El escribir la vida de una persona virtuosa es instituto muy loable, porque es ofrecer á los lectores un exemplo de virtud para imitarle y aspirar á la misma perfeccion. Pero he visto muchos libros, que no muestran el fondo de virtud de sus héroes, ni manifiestan el modo con que exercitaban la humildad, la paciencia, la caridad, la mortificacion, la honestidad, y demas virtudes, antes se trata esto de paso; y muy de propósito se ponderan las revelaciones inmensas, las apariciones sinnúmero, que tuvo la persona Venerable; y casi se intenta probar la gran santidad de un Varon por el copioso número de revelaciones, y no por la prueba real y verdadera de sus eminentes virtudes. Lo peor es, que despues de haber llenado un libro de revelaciones, no se halla en todo él ni una sola prueba, de si fueron, ó no verdaderas, y es, porque los Escritores no lo dudan. Ya se queja de estos descuidos Benedicto XIV. en su Obra de la Canonizacion de los Bienaventurados, donde de propósito trata este mismo asunto. Y pocos dias hace que se publicó el tratado de Revelaciones del famoso Crítico Eusebio Amort, merecedor de que le lean los que han de exâminar semejantes revelaciones, porque se trata este asunto con buena Lógica y justa Crítica.
[48] Podráse decir contra esto, que algunas personas santas y virtuosas dicen de sí mismas haber tenido visiones y apariciones, por donde es forzoso, ó creerlas, ó tener á tales personas por no veraces. Es así que hay muchas visiones y apariciones de Varones santos; y al mismo tiempo es cierto que hay muchas apócrifas, ó fingidas por otros que se las atribuyen con ánimo deliberado de captar al Pueblo. Harto comunes son en los libros los exemplos de entrambas. De las fingidas no hay necesidad de hablar, sino, en sabiendo que lo son, desecharlas. De las personas venerables por su virtud y santidad se ha de creer, que dicen lo que sienten con veracidad; pero aun de este modo han de ser exâminadas sus visiones, porque cabe que sin faltar á la verdad, las apariciones no sean aceptables. A dos clases se han de reducir las visiones y apariciones: unas son sensibles, quando las cosas que no existen, pero existieron, ó han de exîstir, se presentan á los sentidos como actuales: otras son mentales, quando la imaginacion tiene tan vivas las imágenes y representaciones de los objetos que fueron, ó han de ser, pero no son, que el entendimiento los mira como presentes. Las primeras nunca suceden sin un verdadero milagro; y aunque es cierto que Dios hace milagros, pero tambien lo es que no son tantos como el vulgo literario presume: de manera que siendo preciso exâminar la operacion milagrosa con mucha diligencia para asegurarnos, el mismo cuidado se ha de poner en averiguar las apariciones sensibles antes de creerlas. Las mentales unas son naturales, como se ve en los melancólicos muy imaginativos, á quienes se ofrecen las cosas pasadas y futuras, como presentes, con una viveza extraordinaria: en los maniacos y frenéticos, que por la enfermedad dicen que ven los muertos, y mil cosas que no hay, y lo aseguran, y gritan si se les contradice: en los sueños, donde cada dia hay motivo de experimentarlo: otras son sobrenaturales, como las que se conoce claramente que no caben en la esfera de la naturaleza.
[49] El modo de distinguirlas se toma de lo que representan y las circunstancias que las acompañan. Si la persona, aunque sea virtuosa, es crédula, de imaginacion fuerte, muy melancólica, enferma, ya sea de todo el cuerpo, ya de la cabeza, pensativa, metida en sí, y nos dice que ha tenido visiones y apariciones, es menester suspender el juicio hasta exâminarlas, porque tales personas naturalmente son visionarias: si lo que dicen de su vision es inverosimil, extravagante, erroneo, de ningun momento, y contradictorio, se han de tener por naturales, de acaloramiento de la cabeza, y falsas: si la doctrina que encierran es opuesta á los dogmas, ó disciplina de la Iglesia, ó en ellas se encierra interes, daño del próximo, ú qualesquiera fines particulares distintos de la gloria de Dios, y instruccion de los Fieles, se han de mirar como entusiasmos de una fantasía inflamada. Las sobrenaturales se conocen por caractéres opuestos á los sobredichos, y de ellas hay exemplos en las divinas Letras, que han de recibirse con toda sumision. Lo cierto es que en Roma, donde se exâminan estas cosas con gran exâctitud y juicio, de millares de visiones de las personas virtuosas apenas se aprueba una, y á veces se reprueban todas. Esta materia, ademas de los Autores citados, la ha tratado con solidez el ABAD LANGLET; y antes que todos los propuestos ha abierto el camino con admirables advertencias para no desviarse nuestro insigne Español el P. JUAN DE AVILA en su Audifilia[a].
[Nota a: Capítulo 50, 51, y 52. tom. 3. pág. 279, y sig.]
[50] Para no caer, pues, en errores en este asunto, será bien exercitarse en distinguir lo que es propio de la imaginacion, y lo que toca al juicio. Se ha de saber, que la imaginacion no hace otra cosa, que representar al vivo las imágenes de los objetos; pero al juicio toca hallar la verdad de las cosas que ofrece la fantasía; y como desde niños nos hacemos á imaginar mas que juzgar, será bien exercitar continuamente la razon, y sobre todo saber dudar quando convenga, y no juntar con precipitada facilidad el juicio con la imaginacion. Si se trata de conocer lo que sucede en otra persona, ademas de lo dicho será conveniente exâminar si la gobierna alguna secreta pasion, y muchas veces se hallará, que el deseo que tiene una muger de parecer santa, ó el apetito de fama de virtuosa, ó la ambicion y deseo de mandar, ó tal vez el despecho por no venirle las cosas como desea, han corrompido su fantasía; y de aquí nace que juzgue por revelaciones sus delirios. Acaso la malicia es el mobil de estas fingidas apariciones: tal vez alguna oculta enfermedad, que no es conocida, porque no se manifiesta por defuera, ó la ignorancia, que es general fomento de estas creencias. En fin la razon dicta, que quando se ofrecen semejantes revelaciones, empiecen los hombres sabios á exâminarlas dudando, averiguando las pasiones, la eficacia de la imaginacion, la verosimilitud, y la conformidad que tienen con los dogmas y disciplina de la Iglesia, y poniendo en obra todas las reglas de la buena crítica.
CAPITULO IV.
Continúase la explicacion de los errores que la imaginacion ocasiona.
[51] Hemos propuesto en el capítulo antecedente algunos errores que ocasiona la imaginacion en asuntos de Religion y de piedad; en este manifestarémos los que principalmente ocasiona en el trato civil, y en el exercicio de las Artes y Ciencias, y para hacerlos mas comprehensibles, los dividirémos en varias clases, segun las varias influencias que suele tener en ellos la fantasía.
[52] En primer lugar suelen ocasionar el error las imaginaciones pequeñas: entiendo por pequeñas imaginaciones las que se llenan y satisfacen de cosas de ningun momento, y suelen hacer que el juicio las tenga por grandes, y se ocupe en ellas. Esto suele observarse en los niños y mugeres, y por eso las vemos casi siempre ocupadas en cosas pequeñísimas, mirándolas como grandes, y dignas de su aplicacion. La moda, la cortesía, el adorno, y la conversacion de estas mismas cosas es el atractivo de su juicio, como en los niños los juegos, las bagatelas, y las diversiones. De ordinario las imaginaciones pequeñas son blandas, esto es, son dispuestas á recibir facilmente las representaciones: son asimismo acompañadas de afectos de dulzura y de gusto; y siendo poco, ó nada instruido el juicio de los niños y de las mugeres, se ocupa todo de los objetos de la fantasía. En vista de esto se ha de procurar, ya con la enseñanza, ya con el exemplo, el instruir temprano la juventud en máxîmas fundamentales de la razon, formando su juicio segun permite su capacidad. De este modo se ha visto un niño que á la edad de siete años ha defendido públicamente las principales Ciencias con acierto[a], y mugeres que han excedido á los hombres en el juicio. Muchos exemplos pueden verse de uno, y otro en los Autores, en especial en Plutarco[b], y entre los modernos en Mr. Baillet[c].
[Nota a: Murator. Filosof. Moral. capit. 10.]
[Nota b: Plutarc. de Clar. Mulier.]
[Nota c: Baillet. Jugemens de Savans, t. 5.]
[53] No faltan hombres afeminados de imaginacion bien pequeña. Algunos usan mas adornos que las mugeres, otros continuamente exâltan cosas de poco momento: unos exâgeran las cosas de ninguna importancia; otros se hacen entremetidos, dando á entender que son grandes hombres, y solo lo son en frioleras. Cleóbulo se altera de lo que no debe, se admira de bagatelas, y no sabe hablar de otra cosa que de su dolor de cabeza, de lo que ha trabajado, de lo cansado que se halla, y en esto emplea toda una tarde, y tal vez todo el dia. Evaristo se halla en una conversacion, y no hace otra cosa que ponderar la desigualdad del tiempo, las niñerías de sus hijos y sus gracias: y despues, por hacer demostracion de su saber, se pone á hablar de los vestidos de los Macedonios, del orden de batalla de las Amazonas; y si se le ocurre, no omite tal qual lugar de Quinto Curcio. Este vicio es el que llaman los Modernos pedantería, que consiste en entretenerse solo el entendimiento en cosas de ninguna substancia, mas propias de niños que de adultos, proporcionadas á la pequeñez de su fantasía, y objetos dignos de su corto juicio. Estos tales no suelen hacer otro daño con estos errores, que causar enfado á todo el mundo, y en especial á los hombres que hacen uso de la razon.
[54] Si la pedantería quedase solo en las conversaciones, fuera tolerable; el caso es que se halla en infinitos libros de todas facultades, y sus Autores nos hacen perder el tiempo y el dinero en inútiles niñerías. MENKENIO desprecia con donayre algunos Gramáticos que disputaron mucho tiempo sobre sola una voz[a], y cerca de nuestros tiempos hemos visto empeñados dos hombres famosos en averiguar si ha de escribirse Virgilio, ó Vergilio. ¿Y qué cosa mas comun y mas inútil, que exâminar aquello que despues de averiguado para nada aprovecha? Todo el año emplea ARISTON en averiguar si Ciceron estudiaba sentado, ó paseando, si los vestidos que usaba eran varios, ó uniformes. CLEÓBULO, está afanado para saber qué figura tenian las hebillas de los Romanos, y hace un tomo entero para probar que no usaban espuelas, y trata con mucha extension de los anillos, de los juegos, y otros divertimientos de aquellos tiempos, con tanta satisfaccion, que tiene por ignorantes, é irracionales á los que no emplean, como él, todo el tiempo en inútiles averiguaciones. PEDRO BURMANO, BENTLEIO, y otros semejantes son dignos de estimacion por el trabajo con que nos dan buenas ediciones de Autores Latinos, y por el zelo con que promueven las letras humanas; pero no son de alabar los cuidados que en sus notas ponen, deteniéndose lo mas del tiempo en corregir la palabra del Autor original, gobernados por sus propias reglas, y en impugnar á otros, porque no lo han hecho, sin cuidar de las sentencias, que es el punto principal en que se debieran detener. Han llegado á tal punto estos Correctores (dice MENKENIO), que con verdad se puede decir ahora lo que en otro tiempo se dixo de los exemplares, de Homero; es á saber, que se han de tener por mejores y mas correctos los Autores que no se han corregido.[b].
[Nota a: Menken. Charlat. Eruditor. pag. 155.]
[Nota b: Cbarlataner, pag. 164.]
[55] Alguna vez puede esto ser un poco útil; pero si se considera el estrépito con que algunos han tratado estas materias, bien se podrán comparar á la mosca, que andando sobre la rueda de un carro, decia: ¡Quánto polvo levanto! Otros emplean gruesos volúmenes en explicar una sola voz de algun Escritor antiguo. Yo siempre he tenido por hombres de imaginacion pequeña á los que se detienen en una palabrilla, en un acento, en si se ha de entender esta voz en este, ú en otro significado: aunque esto importe poco, y sin llegar á conocer lo útil de las cosas, solo se contentan de lo superficial. Parécense estos á los cazadores, que no llegando á saber cazar las aves y bestias útiles para el mantenimiento del hombre, se emplean en cazar ratones, ó tal vez se hacen cazadores de moscas. Lo mismo debe decirse de aquellos que se tienen por grandes hombres, porque saben hacer un verso, ó una redondilla. ¡O! Narciso es mozo de grandes esperanzas, porque hace un Epigrama, y forma versos que es una maravilla. Exâminando bien las cosas, se halla que Narciso es hombre de pequeña imaginacion y de poco juicio, porque sabe hacer versos que nada mas tienen que el sonido, el metro, y la cadencia, cosas propias de la imaginacion; pero no incluyen sentencias graves, ni instructivas, en que resplandezca el juicio. ¿De qué puede servir hacer versos con letras forzadas, y anagramas obscurísimos, sino de atraer aquellos que admiran todo lo que no entienden, y celebran lo que no alcanzan[a]? Bien pueden estos compararse á los niños, á quien el color del oropel hace creer que es oro lo que es plomo, y tal vez madera podrida.