A RUBENCITO
Reading edition
I
Puesto que crees en Dios, hijo mío, retiene lo que hay en la profunda voluntad de infinito, que el dolor o el amor nos explica en el grito, que en el suspiro espera o que en el llanto viene. No aguardes que el inmenso clarín de oro truene; a las nupcias del cielo con mis versos te invito, no oigas a la faunesa que te lanza su grito, ni al fauno extraordinario que su siringa suene. Pero marcha, hijo mío, con tu flauta y tu lira adonde Dios te llame y tu flauta te lleve, lo que el Amor te dé y la Vida te inspira. Haz tus versos de noche, haz tus versos de nieve; tú tienes el poder de la lengua y la lira con el dáctilo dúctil y con la danza leve...
II
Vive, vibra, fuerte y suave, todo conciencia y corazón; te aconsejo ser un león, pero con tus alas de ave. De tal modo que sin reproche y lleno de tu poesía, tengas tu estrella blanca al día y constelaciones de noche. Y que por mente y corazón, encuentres al amanecer la estrella de Lucifer, otra estrella del corazón. Y que pues la suerte convida a vivir, tengas por vivir la voluntad de existir con la belleza de la vida. Y pues que tienes una estrella que te ha encontrado la virtud de perpetuar tu juventud, toda grande y toda bella, y sabes quererte y conservarte, ten fragancia y ten conciencia, y oye el secreto de la ciencia que tiene la virtud del Arte...
III
Puesto que tú me dices que eres mi hijo, ¡hijo mío!, y tienes fe en mis lirios y confianza en mis rosas, voy a confiarte ideas, voy a decirte cosas, y amarás grandemente a tu Rubén Darío. Tú comprendes mis versos e interpretas mis prosas, y las aguas que corren en mi profundo río, y, así, cuando te hable de las Musas hermosas séme profundamente y eternamente mío. Algo de la ilusión, algo del pensamiento, algo del corazón, algo del sentimiento, de las cosas que son, de las cosas que siento, lo que he visto en la tierra, lo que oí en el mar, lo que puedo ofrecer, lo que brinde mi aliento y lo que en mi palabra te pueda yo ofrendar.

Y salpicando con las espumas del mar