Front matter (continued 3)
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—Tú puedes comprarlo todo, y yo también—declaraba con cándida fatuidad.
Desgraciadamente, hay cosas que no se compran, y ocurría con frecuencia que ante las maravillas gastronómicas que se amontonaban en su mesa, el tío Dick echaba de menos el tiempo en que no tenía más que el olor de sus pasteles... y un excelente apetito.
Educada con esa libertad de las americanas del Norte, que, en ella, lejos de degenerar en desvergüenza, era una tranquila conciencia de su fuerza, Eva se destacaba absolutamente en aquella sociedad cosmopolita en la que las antiguas familias romanas, lánguidas y agotadas, tratan de regenerarse al contacto de los jóvenes bárbaros, como Tiberio en Caprea, con esos baños de sangre impotentes para renovar la de sus venas.
Ridículos esfuerzos de un mundo que no quiere morir, y grotescas ilusiones de un mundo que, nacido de ayer y vacilando aún en los pañales, pretende iluminar el universo en las orillas del Tiber como en la rada de Nueva York.
En estas condiciones las personas se mezclan pero no se confunden; cada cual conserva sus cualidades y sus defectos, sus defectos sobre todo, como esos esposos desconfiados que reclaman los beneficios de la comunidad sin querer soportar sus cargas.
Como esos barrios nuevos edificados apresuradamente para la especulación, y ya derruidos sin la patina del tiempo, la joven colonia americana se agrieta y se hunde como la vieja aristocracia romana, la cual, al menos, se armoniza con las ruinas imponentes del Coliseo y del Capitolio en que descansa, todavía majestuosa, como un César expirante.
Miss Darling se destacaba en aquella sociedad ficticia por una nota muy personal: la sinceridad.
Tal como era, así se mostraba, sin ningún cuidado de la opinión ni del efecto que pudiera producir.
Cuando le gustaba una cosa, lo decía; y tampoco disimulaba lo que le inspiraba desprecio. Tenía lo que más falta en esta sociedad indecisa y flotante a pesar de su aplomo afectado: la solidez.
Solidez en su ingenio, en su corazón y en su juicio, así como en su personilla de buena apostura, que marchaba recta a través de la multitud con ese aplomo tan sencillo y tan natural más dominante que la audacia.
Su desprecio por los homenajes se los atraía más que a nadie y una palabra de aprobación o un gesto benévolo tenían más precio viniendo de ella que los más altos favores de las mujeres de moda.
El día en que, en el curso de una conversación, declaró al señor de Candore que no le gustaban los jóvenes, el diplomático sintió casi fatuidad por sus cincuenta años.
—¿Puedo preguntar a usted la razón de ese ostracismo, que, por desgracia, no se refiere a mí?—preguntó sonriendo.
—Es muy sencillo; para mí, el hombre no vale más que por sus actos. Ahora bien, por la fuerza de las cosas y salvo excepciones, los jóvenes no tienen detrás de sí más que la nada y se apoyan solamente en los méritos paternos, que les han hecho lo poco que son. Su mérito personal, a pesar de su soberbia confianza en este punto, no está todavía más que en el estado de esperanzas, y yo espero que se digne revelarse.
—¡Ah! miss Darling, la juventud es también un mérito que se aprecia mucho, sobre todo cuando está lejos.
—En una mujer, sí, como la belleza; pero en un hombre es cosa superflua. Siempre preferiré a unos cuantos belitres como sus agregados de embajada, príncipes del turf o reyes del cotillón, uno de esos reyes del petróleo de los que se ríen en Francia, pero cuya iniciativa, cuya actividad y cuya inteligencia alimentan millares de existencias, o un general viejo, como el príncipe de San Remo, que ha arriesgado veinte veces la suya.
—Pero es muy feo, señorita.
—Yo le encuentro guapo—declaró la joven con entusiasmo.
—¿Habrá que decírselo?
La joven se echó a reír y dijo con más seriedad:
—La verdad es que la edad no importa en la cuestión. Hay octogenarios sin bagajes, y Mozart y Bonaparte eran ya viejos de gloria a los treinta años.
—¡Ay! señorita, ¿hay que ser Mozart o Bonaparte para encontrar gracia con usted?
—No soy tan ambiciosa; no me gustan las nulidades, y nada más.
Nadie se considera como una nulidad. Candore, en particular, tenía una buena opinión de sí mismo y no retuvo de esta conversación más que la parte halagüeña:
La joven americana no temía la madurez.
Raúl, desde entonces, puso una especie de coquetería en confesar su edad y no discutió ya con el espejo la aparición de una arruga o de una cana.
Con el cigarro en la boca y las riendas sueltas en el cuello del caballo, Raúl se dirigía lentamente a Candore pensando en la fina silueta del joven capitán que había visto en la ventana y que había causado tan linda sonrisa en los labios de miss Darling...
¿Quién podía ser aquel muchacho?
—Un oficial de gran mérito y del más brillante porvenir—había respondido Eva con un entusiasmo nada disimulado y que ensombreció un poco la frente del diplomático.
Sin que pareciese que se daba cuenta de ello, la joven se había extendido largamente al hablar de las circunstancias novelescas de su encuentro en África, donde él había desplegado una admirable sangre fría y un raro valor para sacarla, a ella y a su tío, de las garras de una tribu de tuaregs en que se habían aventurado imprudentemente.
Por muy maravillosa que fuese la historia y graciosa la narradora, no encantó más que medianamente los oídos del oyente.
—¿Cómo se llamaba aquel héroe?
—El capitán Raynal.
—Raynal... Raynal...
El conde buscaba en vano en el fondo de su memoria.
Nunca Liette, bastante discreta, es cierto, ni su madre, bastante prolija sin embargo, le habían hablado de un pariente de ese nombre; creía su familia extinguida.
Guardando para él sus reflexiones, el conde escuchaba con creciente irritación aquel molesto elogio del que la joven miss no le dispensaba. Así fue que vio con una especie de alivio la verja del castillo de Argicourt, donde Eva estaba de temporada en casa de unos amigos comunes.
¡El, que se regocijaba por tal vecindad, sin haber previsto el tal militarcito!...
¿De dónde diablos había salido?
Raynal... El capitán Raynal...
Desde su matrimonio no había sabido nada de Liette...
La correspondencia entre ella y su antigua discípula se había ido acabando poco a poco, pues la una temía preguntar y la otra responder. Pronto la pluma se había caído de los dedos helados de la condesita, y el silencio se había producido.
En sus raras apariciones por Candore, el conde, movido por una especie de respeto involuntario, se había abstenido siempre de pronunciar el nombre de la empleada, a quien, por otra parte, había casi olvidado. Sabía solamente por algunas palabras en el aire recogidas al azar de las conversaciones, que se había negado siempre a dejar su puesto, prefiriendo ascender en él, y Raúl lo había atribuido a un recuerdo halagüeño para su persona.
—Pobre muchacha; estaba loca por mí—pensaba con indulgente fatuidad.
Y no se ocupaba más del asunto.
Hoy, la aparición de aquel buen mozo en la misma ventana de otro tiempo... turbaba sus ideas como una interrogación.
Su nombre, sus facciones, su edad, todo era materia de suposiciones y de hipótesis.
Siendo capitán y estando condecorado, debía de tener veinticinco o treinta años, aunque apenas los representaba.
A primera vista se parecía a Liette, evidentemente, no en el color de los ojos y del cabello ni en el corte de cara, sino en la expresión.
¿Y se llamaba Raynal?
¿Será que?...
El negro demonio de los malos pensamientos rozábale con su ala, y una sonrisa burlona respondía a las cejas fruncidas.
¿Será que?...
Tendría gracia...
¡Ella, que las echaba de virtuosa!
¿Habré yo hecho el tonto?
El conde arrojó el cigarro sin acabar con una cólera mezclada de despecho.
El amor propio, más vivaz que el amor, hacíale sentir su aguijón.
¿Se habría burlado de él?
¿Se le habría impuesto por una falsa dignidad y un pudor afectado, hasta el punto de obligarle a ofrecerle su nombre, siendo acaso indigna de él, y conservando la careta hasta el fin para robarle su estima y su respeto?
El conde iba montando en cólera y toda una antigua levadura de celos retrospectivos fermentaba de repente en el fondo de su ser estragado.
Raúl trataba de reírse.
¡Celoso yo!... ¡Y de una cincuentona!... Vamos allá, querido, tu reloj retrasa...
No, pero no quería ser engañado, y si sus sospechas eran fundadas, entonces...
Entonces, ¿qué?
¿Qué le importaba a él?
¿Iba a insultar a una mujer, él, un noble? ¿Y por qué?
¿A causa de aquel guapo oficial a quien sonreían las muchachas?
—Que no se ponga en mi camino—exclamó blandiendo el látigo con una violencia que hizo encabritarse a su caballo.
—Hola, sobrino... ¿Con quién diablos disputas?
El señor Neris, apoyado en su bastón, apareció en la linde del bosque.
El conde sujetó muy diestramente a su caballo y dijo echando pie a tierra:
—¿Quieres que volvamos juntos, tío?
—Con mucho gusto, amigo mío.
Púsose al brazo las riendas del caballo, penetró con su tío bajo las altas arboledas que rodeaban el castillo y siguió el mismo camino en que la pobre miss Dodson vertió tantas lágrimas veinticinco años antes.
—Veo que eres todavía un brillante jinete.
—Gracias a tus lecciones, tío. Tú fuiste quien me puso la primera vez a caballo.
—¡Ay! parece que te estoy viendo todavía con mi pobre Blanca. ¡Qué lejos está eso, Dios mío! Y después, cuántas penas...
Su blanca cabeza se inclinó sobre el pecho. Raúl se callaba, respetando aquel gran dolor.
—Esta mañana saliste muy temprano—dijo al fin el anciano haciendo un esfuerzo.
—Sí, he estado en Argicourt. Había prometido a miss Darling salir con ella a caballo, pues su tío está lejos de valer lo que el mío en punto a equitación. Hemos dado un buen paseo.
—Siempre es bueno un paseo dado con una mujer guapa...
—¿Te gusta miss Darling?
—Mucho. Es sencilla y natural; toda su persona denota una rectitud, una lealtad y un aplomo que no he encontrado en las demás.
—Me hacen feliz esos elogios, pues si yo me decidiera a llenar el vacío de mi hogar, querría mucho tener tu aprobación.
El octogenario se paró de repente.
—¿Piensas acaso?...
Su voz temblaba.
—¡Dios mío! ¿Por qué disimularlo? Ya sabe usted si he amado tiernamente a la querida criatura que el cielo me arrebató muy pronto...
—Pasemos adelante.
—La he llorado durante veinte años y he llevado lealmente su luto.
—Pasemos, pasemos.
—Pero al fin llega una hora en que no debe uno ya mirar detrás de sí y en que los minutos están contados para llenar nuestros deberes respecto del porvenir como respecto del pasado. Un noble no puede dejar extinguirse el nombre que ha recibido de sus antepasados para transmitírselo a sus descendientes.
—En una palabra, quieres casarte con miss Darling...
—Por la razón que te doy...
—¿La permanencia de la raza? Si esa fuera la única, ¿sería necesario recurrir a un matrimonio aventurado?... En la vida de un hombre de placer como tú... y como yo, por desgracia, hay faltas de la juventud que corresponde reparar a la vejez...
—¿Qué quiere usted decir?
—No tengo derecho para ser severo... Pero si hubieras dejado detrás de ti algún remordimiento...
Llegaban a un claro rodeado de hayas gigantes que el sol acribillaba con sus flechas de oro...
«Acuérdate» decía el astro ardiente con sus lenguas de fuego.
«Acuérdate» repetía el murmullo de los árboles, majestuosos testigos del pasado.
«Acuérdate» arrullaban las tórtolas produciendo su nota melancólica y tierna en el silencio de los grandes bosques.
Pero Raúl no se acordaba...
—No tengo ningún remordimiento, querido tío—respondió con desenvoltura.
Neris hizo un gesto vago.
—Eres muy feliz—dijo sencillamente.
Prodújose un momento de silencio.
—En fin, querido tío, si llegase el caso, ¿no tendría usted ninguna objeción seria contra miss Darling?—preguntó el conde, que no quería abandonar su asunto.
—Tiene veinte años y tú has pasado de cincuenta.
—Pero yo también soy como usted, tío mío, estoy construido a cal y canto; es una herencia del abuelo Neris que estoy lejos de despreciar.
—En lo físico, pase aún; pero en lo moral...
—A miss Darling no le gustan los jóvenes; me ha expuesto sus teorías sobre esto...
—Encontrará entonces, acaso, que lo eres demasiado—dijo el anciano con ligera ironía.
—En fin, no es su opinión probable lo que yo quiero conocer, querido tío, sino la tuya—respondió el diplomático con alguna impaciencia.
—Te lo repito, amigo mío; no he encontrado comparable con miss Darling más que una persona.
—¿Y era, si no es indiscreción?...
—Liette Raynal.
Raúl se mordió los labios.
En el estado de ánimo en que se encontraba, aquel nombre sonaba de un modo particularmente desagradable a su oído.
Pero no por eso perdió la ocasión de preguntar con maña:
—¿La institutriz de mi pobre Blanca? Sí, era una persona de mérito—añadió con indiferencia.—¿Qué ha sido de ella?
—Sigue en Candore.
—¿Empleada de Correos?
—Empleada de Correos.
—Por cierto que he creído ver una figura nueva al pasar por delante de la oficina; un militar...
—Es su hijo adoptivo... un pariente... el capitán Raynal.
El conde de Candore hizo sonar la lengua con expresión de duda.
—¿Crees tú en los hijos adoptivos, tío?
El anciano respondió con cierto dejo de severidad:
—Sí, sobrino, como en los hijos abandonados.
Liette estaba en su estrecha oficina viendo, como en el día lejano de su llegada al pueblo, desfilar todo el mundo por delante del ventanillo; pero la curiosidad no era para ella, y, en lugar del irritante malestar de otro tiempo, Liette sentía ahora una dulce satisfacción de orgullo maternal al oír los saludos al joven capitán de los viejos y viejas que le habían conocido niño.
El joven respondía con cordialidad, tratando de conocer en las jóvenes que salían de las vísperas y en los mozos que emprendían partidas de pelota o se iban a tirar al arco a los chicuelos dejados en el pueblo y a quienes se asombraba de encontrar cambiados como él. Y al volver los ojos al modesto interior, lo mismo la fría oficina que el salón de elegancias pasadas de moda, el capitán encontraba con placer infantil todos los muebles y todos los objetos familiares, todo, hasta el pobre Breal, primer compañero de sus juegos, disecado en memoria suya.
Nada había cambiado en aquel cuadro anticuado y envejecido, en el que sólo él no se reconocía cuando el espejo le enviaba la sombra de sus bigotes, justamente encima de su retrato con falda corta y con un tambor a sus pies.
Nada había cambiado, y la misma tía Liette, recta y menuda con su traje sencillo de lana, con su bello perfil de camafeo bajo el cabello apenas encanecido en las sienes y su mirada límpida que reflejaba la serenidad de su alma, la misma tía Liette había envejecido tan poco, que al preguntarle de repente Carlos:
—Tía Liette ¿cuándo vas a pedir tu jubilación?
La empleada respondió prorrumpiendo en una carcajada llena de juventud.
—¿Mi jubilación? Gracias a Dios, amigo mío, estoy todavía fuerte y espero evitar durante algunos años el ser arrinconada.
—Sin duda... Pero es precisamente por eso... Estás joven y activa... No temes los viajes... Y, por otra parte, eres hija y madre de soldado...
—Explícate...
—Oye. Quisiera tenerte más cerca de mí, tía Liette; mi sueldo bastaría para los dos... Quisiera que me siguieses a mis lejanas guarniciones como en otro tiempo a tu padre. Quisiera no tener sólo presente la imagen del hogar que has creado al huérfano, sino ese hogar mismo y la que es su alma. ¿No te gustaría volver a ver aquella tierra de África en que diste los primeros pasos?
Liette sonrió, dulcemente conmovida por esta delicadeza filial.
—Eres bueno y tierno, hijo mío, al pensar en mi soledad más aún que en la tuya; pero a mi edad no se rompen las costumbres de veinticinco años. Me atan a esta pobre aldea muchas cosas de las que no se llevan en la suela de los zapatos. En rigor, pudiera arrastrar conmigo tu cuna como las pobres «reliquias» de mi madre, pero no su tumba; y cuando se baja la cuesta de los cincuenta años los muertos atraen más aún que los vivos.
—Gracias a Dios, tía Liette, como decías hace un momento, estás buena y sana, y yo, que no vivo con mis recuerdos, desearía otra compañía.
—«No es bueno que el hombre esté solo», luego tu deseo es muy legítimo; pero no es una vieja como yo la que debe llenar el vacío de tu casa y de tu corazón... Necesitas una joven y linda compañera y hermosos hijos...
—De los que tú serás abuela.
—Es un papel que me gustará mucho, y quizá entonces pediré mi jubilación para estudiarle con descanso... pero no antes.
El joven se retorció el bigote con expresión distraída y su mirada vaga pareció buscar en el espacio una silueta fugitiva.
La tía Liette le observaba como al descuido.
—¿Está en camino, Carlos?—preguntó maliciosamente.
—No, todavía está en las nubes.
Y con una risa un poco forzada para ocultar su confusión, el joven dio un sonoro beso en la frente de la empleada.
—De modo que no es todavía esta vez cuando te llevo conmigo, tía Liette...
—¡Cómo! mal muchacho, ¿quieres llevarte a mi vecina?
Y el señor Hardoin que entraba le amenazaba alegremente con el dedo.
—Sí, padrino, y a usted también si quiere.
—¡Oh! si no dependiera más que de mí, daría con gusto la vuelta al mundo...
—¿Dejar el despacho? ¿Usted? ¡Imposible! Apuesto a que es el miedo del viaje de novios lo que le ha impedido a usted casarse.
—No se burle usted, mi capitán; no se es siempre soltero por gusto.
Y con un suspiro de los más elocuentes, echó una mirada de reproche a la tía Liette, que se sonreía a medias.
Después recostándose en una butaca y levantándose las gafas por la frente para mirar más a sus anchas las facciones varoniles del joven oficial, dijo:
—Vamos a ver, señor misterioso, ¿tienes la intención de hacerme redactar tu contrato?
—¿Yo? ¡Qué disparate!
—No encontrarías dificultades... No eran las siete de la mañana cuando el tío Griel, un ladino que tiene la costumbre de tratar los negocios al salir de la cama, vino a consultarme sobre la venta de su prado de Ognolles y me insinuó de paso que piensa dar a su hija cien mil francos de dote... y que la chica no detesta a los militares...
—¿La pequeña Irma, que tenía las manos tan rojas y la deplorable costumbre de pisar los moñigos de vaca?
—La pequeña Irma es ahora una joven que vuelve de Santa Clotilde con todos los diplomas y tan hecha a las buenas maneras, que desprecia soberanamente a los aldeanos, empezando por el bueno de su padre.
—Prefiero, entonces, la antigua Irma.
—El recaudador, por su parte, ha venido a tomar conmigo el vino blanco, menos por mi bodega que por su sobrina, cuyos méritos me ha ponderado durante la misa... Tienen que contar...
—Clarita... ¿No la pusieron de largo cuando yo estrené mis primeros calzones?
—Sí, pero los años de campaña se cuentan dobles y ella ha conservado la frescura de su nombre.
—Pongamos que estoy demasiado bronceado para ella, y no hablemos más del asunto.
—Pues no eres poco difícil...
—¿No hay nada más?—preguntó la tía Liette muy divertida.
—Como pasos oficiales, no hay más, y ya es bastante... Pero he recibido otras dos visitas, la una muy simpática... y la otra un poco menos.
—¿Cuáles?
—Eso, joven, es el secreto profesional. Busca y encontrarás. ¿Quién puede quererte bien?
—¿Y mal?—preguntó con inquietud Liette, a quien el notario respondió con una señal imperceptible.
La empleada, impaciente por saber, dijo:
—Oye, Carlos, debías hacer una visita al señor cura para presentarle tus respetos y tu cruz...
—Comprendido... A las órdenes de usted, mi comandante.
Y dando un beso a su madre adoptiva, le dijo al oído:
—Apuesto a que para ti no habrá secreto profesional.
Un instante después atravesaba la plaza con paso diligente e iba a llamar a casa del cura con gran admiración de los muchachos.
Liette, que le había seguido con tierna mirada, se volvió entonces hacia el notario.
—¿Qué hay?—le preguntó sin otro preámbulo.
—En primer lugar, cierto señor Darling, tío y tutor de una riquísima americana, actualmente en el castillo de Argicourt, y que parece querer muy bien a nuestro africano, a quien encontró en el curso de un viaje a Argelia, donde les prestó un señalado servicio...
—Y además...
—Además el conde de Candore, apasionado de la joven miss y a quien los laureles del capitán Raynal impiden dormir.
Liette se puso la mano en la frente cargada de pensamientos.
—¿Le ha preguntado a usted sobre Carlos?
—Sí, indirectamente y con cierta acritud, no se lo disimulo a usted.
—Y usted, ¿qué le respondió?
—Nada o poco más; y se marchó muy contrariado.
—Aquí tiene usted una complicación imprevista, amigo mío. Siento que Carlos esté aquí. Pero no importa; si se trata de su dicha, yo sabré defenderle.
—Le defenderemos—rectificó calurosamente el digno notario.
Cuando Carlos volvió encontró a su madre adoptiva ligeramente preocupada. Una nube fugitiva que se ponía algunas veces en sus tranquilas facciones obscurecía el brillo de sus bellos ojos, tiernamente fijos en él y en los que se leía una vaga alarma.
—Una carta para ti—dijo dándole un sobre blasonado.
El joven la abrió y la leyó rápidamente.
—Es una invitación del señor de Argicourt para un Rally-paper, el sábado.
—¿Vas a ir?
Carlos vaciló un momento.
—No, tía Liette; mi licencia es corta, y quiero dedicártela entera.
—Pero yo no quiero ser egoísta y privarte de los placeres de tu edad.
—¡Qué buena eres!
—No es más sino que te quiero mucho.
Carlos la contempló con enternecimiento.
¡Oh! sí, la tía Liette le amaba... ¡Y él a ella!
A aquella hora la oficina estaba cerrada, y libres de importunos, ambos gozaban de la intimidad del reposo dominical que adormecía al humilde pueblo. Sentado enfrente de ella en el saloncillo ajado y delante del almohadón en que Liette acababa de poner su cesto de labor, Carlos se creía vuelto a la niñez y una sensación de exquisita dulzura penetraba en su ser.
—Siempre te veo el mismo bordado, tía Liette. ¿Haces acaso lo que Penélope?
—No, señor burlón, no es la misma; pero no varío ni el dibujo ni los colores, y de este modo me parece que no envejezco y creo que vas a jugar con los ovillos o a ayudarme a devanar las madejas.
—Y soy todavía muy capaz. Prueba.
—No, ahora eres demasiado alto.
—Puedo bajarme.
Y se puso de rodillas con las manos extendidas.
—¡Loco!—dijo Liette, divertida y feliz, arrojándole un ovillo de lana...
Y mientras buscaba el nudo, le dijo insistiendo afectuosamente:
—¿Irás a Argicourt?
—Conozco muy poco a los dueños.
—¿No ha sido el barón tu camarada?
—Sí, pero en el regimiento se borran las distancias, y, rico o pobre, un oficial vale lo que otro... mientras que hoy el señor de Argicourt vive en sus tierras, rico y casado... con una extranjera según creo...
—Una americana del Norte...
—Que le ha hecho presentar la dimisión... Viven muy en grande según parece...
—Hacen la vida que exige su clase y la fortuna de su mujer.
—Sí, él no tenía más que su nombre.
—Ya es algo—respondió Liette con melancolía.
—¿No te parece, tía Liette, sin hablar mal de nadie, que es un poco humillante para un hombre el debérselo todo a su mujer?
El joven esperó la respuesta con un poco de ansiedad. Era tanta su deferencia por el juicio de aquella guía segura e impecable, que una palabra de su boca le parecía una sentencia sin apelación. Así fue que sintió una especie de alivio cuando ella le respondió con indulgencia:
—¿Por qué? Cuando no hay cálculo en ninguna de las dos partes, el corazón no conoce las balanzas. El que ama verdaderamente se da sin contar, y para las almas bien nacidas, el que da es todavía más obligado que el que recibe.
—Todo el mundo no lo juzga así...
—Todo el mundo no es perfecto y juzga con frecuencia a los demás según él mismo. Para mí es rebajarse el suponer gratuitamente una bajeza.
—Puede uno fiarse de ti en materia de honor, tía Liette. Sin embargo, yo preferiría una mujer que tuviese menos que yo.
—Es un escrúpulo honroso, pero un poco pueril, y la cuenta sería difícil de establecer. ¿En cuánto estimas tu cruz?
Carlos se calló, vencido y contento.
La madeja estaba devanada, pero el joven permanecía a los pies de su madre adoptiva, apoyado en su butaca como cuando siendo pequeño, venía a que le hiciera mimos. Liette, tiernamente maternal, jugaba distraídamente con los dorados del uniforme.
—Decididamente, ¿irás a Argicourt? ¿Te da miedo la linda castellana?
—No, no es eso, tía Liette; pero, francamente, me sería desagradable el ir a una casa donde tú no estás invitada...
—Tienes todas las delicadezas, hijo mío; pero yo no soy tu madre...
—Eres más todavía...
—No es lo mismo. Sólo la maternidad crea un lazo indisoluble y sagrado; el nuestro se puede desatar por mutuo consentimiento, sin indiferencia por mi parte ni ingratitud por la tuya.
—Jamás, tía Liette, y me das mucha pena al iniciar solamente tal idea.
—No es esa mi intención, pero pudieran presentarse unas circunstancias en las que no debiéramos ser obstáculo el uno para el otro... un matrimonio, por ejemplo. Recuerda que eres libre, como yo también lo soy.
—¡En seguida! Yo no te permitiría casarte sin mi consentimiento, aunque fuera con mi querido padrino...
—Entonces, soy más generosa que tú, y, llegado el caso, no llevarías una suegra en tu equipo.
—Pues yo te declaro que no me casaría jamás con una mujer que no te venerase como a su madre.
En este instante pasaron por la calle dos sombrillas en el fondo de una carretela, como un relámpago azul y rosa.
Un momento después se abrió la puerta y apareció en el umbral una graciosa aparición haciendo el saludo militar.
—¡Buenos días, mi capitán!
—¡Miss Darling!—exclamó vivamente el joven levantándose de un salto.
—¡La señora de Argicourt!—dijo la tía Liette dirigiéndose a la segunda visitante.
—Que pide a usted perdón por venir a sorprenderla de este modo; pero esta aturdida de Eva, mi más querida amiga, tenía empeño en serle a usted presentada.
—Mucho—apoyó claramente la aludida;—me han dicho muchas veces que me parecía a la tía Liette, e ignoraba si esto era un cumplimiento... Veo que lo es.
Y poniendo en este homenaje un respeto profundo que corregía su tono atrevido, la joven se inclinó delante de Liette conquistada y encantada.
—Puesto que está hecho el conocimiento por este lado, permítame usted que le presente a mi vez el capitán Raynal, señora baronesa—dijo la empleada dirigiendo una amable sonrisa a la linda niña.
—Sin habernos encontrado todavía, somos antiguos amigos, capitán—dijo la baronesa sentándose donde él le indicaba;—mi marido me ha hablado con frecuencia de usted como de uno de sus mejores amigos, y miss Darling ha apoyado aún sus elogios.
—Naturalmente, no puedo hablar mal de mi salvador. ¿No le ha contado a usted el caso, tía Liette?
—No valía la pena.
—Es usted muy modesto... Eso prueba que aprecia usted menos que yo la existencia, que yo tengo la debilidad de querer conservar... Figúrese usted, señorita, que mi tío y yo estábamos cautivos de una tribu de tuaregs... ¿Conoce usted a esa gente?... mucho color local... pero de relaciones poco sociables... Afortunadamente, el capitán, de vuelta de una expedición al Sur, supo por sus emisarios nuestra triste posición, y, sin importarle nuestra nacionalidad, lo que fue enteramente amable, consiguió librarnos con un puñado de bravos y nos ofreció una hospitalidad... francesa en su blockhaus. Pero, ¡ay! en la Argelia como en América, los blockhaus están hechos para ser bloqueados, y, al día siguiente, cayó sobre nosotros una nube de tuaregs como los saltamontes del desierto, ejecutando en nuestro honor un brillante tiroteo. Seguíamos estando prisioneros, aunque en mejor compañía.
—¡Oh! lo que es eso... Mi destacamento estaba compuesto de demonios casi tan negros como los que nos asediaban. Figúrate aquello, tía Liette.
—Nada de eso. Usted los calumnia; eran buenos muchachos y no sabían qué hacer para complacerme.
—Es que la presencia de usted los metamorfoseaba...
—No como Circe entonces.
—En una palabra, me encontraba en la situación novelesca, pero poco envidiable de las heroínas de Cooper, quitando la peladura... Y lo peor era que las provisiones eran limitadas y nosotros aumentábamos el número de bocas... A todo esto, el tío Dick, que se queja siempre de no tener apetito, lo tenía feroz en aquellos momentos. Así fue que para evitar el ser expulsados como bocas inútiles, nos ofrecimos a hacer fuego para cooperar a la defensa. Y aquí tiene usted cómo he servido a las órdenes del capitán Raynal y merecido ser comparada con la tía Liette, lo que me halaga mucho, hoy sobre todo.
—¡Y si hubieras visto qué valentía y qué buen humor, tía Liette! Los socorros se hacían esperar, y la desanimación, hermana del fastidio, hubiera acaso hecho estragos en mis hombres. Pero miss Darling les vertía su alegría como champagne, y organizaba conciertos y representaciones...
—¿Recuerda usted al tío Dick ensayando el «Yankee Doodle» en la corneta?
—¡Y qué hermana de la caridad consolando a los moribundos, curando a los heridos!... Cuando yo mismo estuve fuera de combate...
—¡No me lo habías dicho!
—¡Bah! un arañazo... Su influencia mantuvo mejor la disciplina entre aquellos hombres groseros y violentos mejor que las reprimendas de los oficiales, y remontó tan bien su moral, que cuando llegó la columna libertadora, los pobres diablos, que tenían el vientre vacío hacía veinticuatro horas, estaban aprendiendo... la bamboula bajo su alta dirección.
—¡Bah! se hace lo que se puede. Pagué mi escote de ese modo.
—También pagó usted en moneda de plomo. ¡Los moritos que dejó usted caer!...
—La verdad es que podrías alistarte en los rifles-women, Eva. ¡Cómo debes de despreciar nuestras cacerías de papelitos!
—Al contrario; prefiero esa caza a cualquiera otra. El defenderse está bien; pero matar sin necesidad... y sin riesgos... Sobre todo a inofensivas perdices... ¡Pobres animalitos!
Fue esto dicho sencillamente y sin falsa sensibilidad, de tal modo que Liette, tan sencilla y tan natural, quedó enamorada de aquella naturaleza tan igual a la suya.
Carlos leyó en sus ojos esa muda aprobación y sintió una viva alegría.
—¡Qué amable ha sido usted viniendo a vernos!—dijo a la joven con un impulso irresistible.
—Tenía mucho deseo de conocer a su tía de usted.
—¿Se la figuraba usted así?
—No mucho. Como dijo no sé qué personaje de comedia, «una tía es generalmente una mujer de edad», y la de usted ni siquiera gasta anteojos...
—¡Oh! no tardaré en gastarlos, miss Darling; mis ojos se van—protestó alegremente Liette, que, mientras hablaba con la condesa de Argicourt, había oído las últimas palabras de aquel aparte.
—Pero no los oídos—observó maliciosamente la joven americana.—La verdad es que me representaba a «la tía Liette» como una viejecita arrugada y canosa de cincuenta años lo menos.
—Los cumplo el domingo; hasta entonces ya me hará usted crédito.
Todos se rieron, y aquellas señoras se levantaron para despedirse.
—¿Decididamente no quiere usted ser de los nuestros?—preguntó la castellana con mucha amabilidad a Liette.
—Imposible, señora; pero agradezco a usted mucho su amable invitación.
—En todo caso, contamos con usted, capitán; a mi marido le encantará recordar con usted los buenos tiempos, como él llama a aquellos en que estaba soltero.
—Muy amable para ti, mi pobre Jenny.
—Tiene cuidado de añadir que echa de menos, no el celibato, sino el uniforme...
—Eso lo comprendo. ¿Por qué le has hecho presentar la dimisión?
—¿Querías que fuese siguiéndole de guarnición en guarnición?
—¡Vaya una desgracia! «Para tomar mujer no se reniega de la madre», decía Napoleón; se puede muy bien ser buen marido y buen soldado. ¿Verdad, tía Liette? ¡Anda! ahora llamo a usted también yo tía Liette... Dispénseme usted, señorita, y permítame darle un beso sin embargo...
Una graciosa sonrisa bajo la sombrilla rosa; un saludo militar bajo la sombrilla blanca, y el carruaje desaparece en una nube de polvo.
Carlos vuelve al saloncillo, y le parece obscuro, vacío y frío.
Y, sin embargo, la tía Liette sigue allí, en su butaca.
Las circunstancias poco ordinarias en que Carlos y Eva se habían conocido en África, eran de esas que crean en una semana una intimidad de veinte años.
Ya, hacía algún tiempo, habían balsado juntos en un baile del gobernador; pero en el mundo oficial y en la trivialidad de las frases de salón, «se habían cruzado sin verse», según el refrán melancólico, secreto de tantos destinos fracasados.
Por el contrario, en el estrecho Blockhaus que podía ser su tumba, en el roce diario de la vida común, que hace resquebrajarse tan pronto el barniz mundano que oculta tantas macas y a veces tan preciosas cualidades, habían aprendido a conocerse, a estimarse... y quizá no se habían quedado en eso.
Diga lo que quiera Augier, las desdichas, más que la prosperidad, son la piedra de toque del verdadero mérito. El peligro y la angustia compartidos pueden más que las conveniencias sociales y ponen a cada uno en su lugar.
La rica americana y el joven oficial no podían menos de ganar en ese contacto con las duras realidades de la existencia. Ni el uno ni el otro habían seguramente conservado una impresión desfavorable de su primer encuentro, pero era una impresión vaga, fugitiva, efímera, la duración de un vals; mientras que en aquellas horas de angustia suprema, cada una de las cuales podía ser la última, sus almas no temían mostrarse al desnudo.
Carlos había podido admirar la valentía, la sangre fría y la sonriente resignación de aquella niña mimada de la suerte y de la fortuna, amenazada a los veinte años de dar un eterno adiós a todos los goces que le estaban prometidos.
Ella, por su parte, había podido apreciar el carácter caballeresco, la pronta decisión y la viril energía de aquel joven jefe encerrado en aquel precario abrigo con un puñado de forajidos, en quienes hacía vibrar las cuerdas dormidas del patriotismo, del heroísmo y del honor por la fuerza del ejemplo.
Lo que no era siempre fácil.
Un tal Ragasse, una de las malas cabezas del destacamento, hongo venenoso del lodo parisiense, de aspecto burlón, acento provocador y lenguaje de barrios bajos, acribillado de castigos hasta no saber qué hacer de ellos, y, por esto mismo, de una profunda indiferencia respecto del particular, causaba la desesperación de sus superiores y les producía serias inquietudes por su perniciosa influencia sobre sus camaradas. Fatuo y presuntuoso además, el tunante no ocultaba su grosera admiración por miss Darling, a la que asestaba miradas lánguidas, dignas de un tenor de Belleville, y el capitán había tenido que amenazarle más de una vez con el cepo.
Ragasse, pues, le había consagrado un odio astuto que no esperaba más que la ocasión de estallar...
Una noche, pasando por delante del dormitorio, Carlos le oyó pronunciar claramente estas palabras:
—El capitán las echa de guapo para deslumbrar a la chiquilla; pero es para mí; y si quiere andarse en chanzas le corto el pescuezo en menos que canta un gallo.
Una oleada de cólera le subió al cerebro, y el joven oficial abrió de repente la puerta...
Aterrados por esta aparición, los soldados agrupados alrededor del orador hicieron un vago movimiento de retroceso; solamente aquél, con expresión burlona y actitud provocadora, sostuvo sin pestañear la mirada de su jefe...
¿Qué hacer?
Nada tenía influencia en aquellas cabezas de hierro.
Castigarle, hubiera sido arriesgar algún motín, y nada más.
Pero la debilidad hubiera producido un efecto todavía más deplorable.
Si creían meterle miedo, la insolencia de aquellos miserables no tendría ya límites.
Esta vacilación no duró más que un relámpago.
—Un hombre de buena voluntad para una misión peligrosa—dijo Carlos muy tranquilo.
Todos dieron un paso adelante.
—¡Ragasse!—gritó el capitán en tono breve.
—Presente.
—Sígame usted.
Su resolución estaba tomada. Había que impresionar la moral de aquellos seres degradados, pero susceptibles de ideas generosas. Espíritus y cuerpos indomables, era preciso hablar a sus corazones.
Ragasse, sin darse prisa, bajó contoneándose con las manos en los bolsillos.
—Si estaba detrás de la puerta—dijo con malicia,—no le disgustará desembarazarse de mí...
Y escuchó con expresión provocadora sus instrucciones.
Tratábase de ir a recoger cartuchos, que empezaban a faltar, de los muertos del día, no recogidos aún por los árabes.
—Está bien; allá voy. ¿Dónde está el saco?
Y se lo echó a la espalda, diciendo:
—Esto me recuerda cuando iba a robar alcachofas a la llanura de Saint-Denis...
El capitán hizo formar el círculo.
—Si el soldado Ragasse vuelve sano y salvo, todos sus castigos serán levantados; si muere, su nombre será citado en la orden del día.
—¡Bueno!—murmuró el soldado,—esa orden del día le gustará a él más que a mí.
—Si yo no vuelvo, el teniente Donnet tomará el mando—añadió Carlos.
Ragasse se detuvo sorprendido.
—¡Mi capitán!... ¿Viene usted también?
—¿Por qué no?—respondió Carlos sencillamente fijando en él su clara mirada.
Y pasando el primero, salió por la poterna sin volver la cabeza.
El otro le siguió como un perro.
Si le había oído, era valiente lo que hacía el capitán...
¡Salir tranquilamente así, delante de su fusil!... No tenía más que apretar el gatillo... No había nadie... Nada que temer... Los árabes tenían buena espalda.
Verdaderamente era tentar al diablo... El golpe era fácil... demasiado fácil...
Pero no, no tan fácil como parecía... Aunque hubiera querido, su mano crispada no hubiera obedecido a su voluntad impotente.
En vano trataba de avivar su rencor y de mascullar sus malas voluntades; no podía herir a aquel hombre a quien odiaba, pero que se fiaba así de su lealtad...
Y humillado y furioso decía con rabia:
—¡No puedo!...
De repente tropezó en un cadáver; habían llegado al sitio del combate.
—Llene usted el saco—dijo el oficial.
En la sombra opaca su fina silueta se destacaba más sombría todavía; inmóvil y sondando el horizonte tenebroso, no se ocupaba siquiera de su compañero, que se daba prisa para acabar su lúgubre tarea...
De pronto, un relámpago desgarró la obscuridad.
Ragasse dio un salto.
—¡Mi capitán! ¿No está usted herido?
—No, tiene que volver a empezar—respondió Carlos tranquilamente.
Sonó otra detonación tan cerca del soldado, que éste balbució aterrado:
—Mi capitán, le juro a usted que no he sido yo.
—¡Naturalmente!... ¿Se ha acabado?
—Sí, mi capitán.
—Entonces, en retirada; de prisa.
Dieron unos cuantos pasos.
Hacia la izquierda sonó otra detonación.
Carlos cayó al suelo.
Ragasse se había detenido.
—¿Ha pescado usted algo, mi capitán?—preguntó ansioso mientras se elevaba del campamento un sordo rumor y unas sombras se agitaban en la sombra como arenas movibles.
—Una bala en la pantorrilla. Huye, muchacho; me han hecho mi negocio sin que tú hayas intervenido.
—¡Oh! mi capitán... mi capitán...
Sofocado y anheloso, el pobre diablo hubiera querido echarse a los pies de su jefe, pero no era aquel el momento, y, sin más tardanzas ni protestas ociosas, le cogió en sus vigorosos brazos y se le llevó corriendo hasta el Blockhaus, al que llegó jadeando y no sin sufrir una descarga general.
Carlos estaba salvado.
Ragasse domado.
Y cuando Eva, hermana de la caridad improvisada, estaba curando al uno y felicitando al otro, el capitán dijo con bondad:
—Es más fácil ser un héroe que un asesino, ¿verdad, Ragasse?
Desde entonces no tuvo auxiliar más adicto, ni miss Darling perro más fiel.
Era que también en ella realizaba la adversidad su obra saludable; la joven aprendía a considerar como hombres a aquellos desgraciados, escoria de la sociedad, pero en los que brillaba aún la chispa divina debajo de las cenizas.
Tan compasiva y dulce como valiente, tenía para todos la piedad que consuela y la palabra que levanta, tal como el «Eloa» del poeta cuya radiante caridad no se detiene en las puertas del infierno.
Por eso tenían todos por ella una admiración que sólo podía compararse con su respeto. El día en que fueron libertados y tuvieron que separarse, todos lloraban, y ni el perdón general de los castigos concedido a su petición, ni las liberales promesas del tío Dick, ni la distribución de vino, de tabaco y dólares lograron consolarlos.
Entonces, viendo su pena, la joven miss tuvo una delicada inspiración.
—Si fuese yo una reina de otros tiempos, querría condecorar a todos mis bravos defensores... No soy más que una hija de la libre América, pero os pido que llevéis sus colores en memoria mía.
Y con encantadora amabilidad, empezando por el último soldado y acabando por el capitán, les distribuyó la cinta azul sembrada de estrellas, un poco ajada, que adornaba su traje.
A consecuencia de aquella acción, el capitán Raynal fue propuesto para la cinta roja... Pero él no pudo olvidar la cinta azul.
La tía Liette no había vuelto a preguntar a Carlos si iría a Argicourt.
Pero, el sábado por la mañana encontró al despertarse su mejor uniforme cuidadosamente cepillado, sus botas bien embetunadas y la camisa más fina preparada al pie de la cama, como por el asistente más meticuloso.
Y el joven se quedó encantado.
¡Querida tía Liette!
Su tía había sido muy amable ahorrándole las preguntas ociosas y explicaciones inútiles sobre su cambio de parecer, justificado por el amable paso de aquellas señoras y por la doble invitación que salvaba las inconveniencias.
Ante aquella muestra de deferencia para su madre adoptiva, no podía ya Carlos ser más realista que el rey ni había ninguna razón para hacer el salvaje.
Mientras silbaba una marcha militar, se puso a vestirse con una especie de compunción, meditando sobre una arruga del dormán como si se tratase de un asunto de importancia, contrariado por una gota de agua que alteraba el lustre inmaculado de las botas y afilando dos veces la navaja de afeitar para más seguridad.
—¿Está contento mi coronel?—decíale su tía.
Liette pasaba largamente la inspección y se detenía en los menores detalles, muy orgullosa de aquel guapo oficial que era su hijo de elección.
—Hoy, que no necesitas atenerte a la ordenanza, quiero hacerte un regalo—le dijo.
De la cómoda estilo Imperio en que dormían las reliquias del pasado, sacó un estuche con las iniciales G. R. que contenía una cruz minúscula que era una verdadera joya artística.
Este fue el regalo de novio de mi pobre madre a mi querido papá, que acababa de ser condecorado. Era para mí un recuerdo doblemente precioso, y espero que será para ti un amuleto que te dará la felicidad.
Mientras ella le prendía la cruz al uniforme, Carlos, conmovido por aquel pensamiento delicado que le unía más estrechamente aún a su familia de adopción, atrajo hacia la suya aquella querida cara.
—¡Oh! tía Liette, ¿cómo agradeceré jamás lo que has hecho por mí?...
—Siendo feliz, hijo mío—respondió Liette con una sonrisa tiernamente maternal.
Sí, era feliz, lo era más de lo que él mismo hubiera podido decir mientras el break que había ido a buscarle, a él y a otros convidados, rodaba hacia Argicourt.
En primer lugar, adoraba el Rally-paper, una cacería tan divertida, en la que la caza no da distracciones. Además el barón era un excelente camarada, sencillo, cordial y de una amabilidad perfecta. Su mujer era perfecta y él pasaría un día delicioso.
¿Un día?
Digamos el día, el solo, el único día, el día incomparable, casi tan raro como la flor que brota cada cien años, cuyo perfume no se respira dos veces; el día en que el cielo parece azul, aunque se esté en otoño, y en que la naturaleza parece una fiesta aunque los bosques estén de luto; el día en que, cualquiera que sea la decoración, rico salón, modesta boardilla, alegre primavera, triste invierno, la comedia, siempre la misma, es siempre nueva desde hace cinco mil años, puesto que es el amor el director de escena; el día siempre corto que pasa como una hora y las horas como minutos; el día en que dos corazones, fundidos en uno solo no dejan escapar más que una palabra de pesar, la última:
—¡Ya!...
¡Ya! Tal era el suspiro ahogado que oprimía el pecho de los dos jinetes que volvían lentamente a la cacería en las primeras sombras del crepúsculo, que no es ya el día y no es todavía la noche, en que el sol se apaga y las estrellas no se encienden todavía, en que pasa un escalofrío helado por los seres y las cosas como el adiós de lo que se va para no volver; en la vaga melancolía de esa estación indecisa que no es ya el verano y no es todavía el invierno; en la que, por una suprema coquetería, el aire se hace más tibio y los últimos rayos del sol más acariciadores; en que la tierra pone sobre su desnudez una alfombra de tonos bermejos como una inmensa piel de león; en las últimas hojas de oro pálido o de cobre rojo parecen desprenderse de las ramas como alas de gigantes mariposas; en que los árboles tienen perfumes más acres; en que la menor florecilla toma aspecto de reina desterrada, en que el viento que sopla entre las ramas parece el último murmullo de los nidos.
Y los dos paseaban perdidos en los bosques.
¡Ay! no, no perdidos, y era lástima. ¡Qué hermosura, un paseo sin fin por alguna selva virgen del Nuevo Mundo, cuyo recogimiento misterioso no fuese turbado por la irritante llamada de la trompa!... Aun conteniendo los caballos, como hubieran querido contener el instante fugitivo, tenían necesidad de dirigirse hacia la cacería... Los dos jóvenes no participaban del entusiasmo de Alfredo de Vigny:
Me gusta el son de la trompa en el fondo de los bosques.
Con las riendas sueltas, la cabeza inclinada y la mirada pensativa, ambos se callaban escuchando en el fondo de sí mismos el eco encantador de las palabras ya dichas y viendo pasar ante sus ojos medio cerrados los menores incidentes de aquel día inolvidable pronto a rodar al abismo del pasado.
Primero, la llegada: en el vasto patio de honor atestado de cazadores y cazadoras y en el que las casacas rojas y verdes se mezclaban con los trajes femeninos más o menos chillones, entre la confusión de los grandes carruajes, el relincho de los caballos y el jurar de los picadores, la joven se le había aparecido como una castellana de los antiguos tiempos, bajando lentamente la escalinata, con una amazona muy sobria recogida en el brazo derecho y la fusta en la otra mano; y todo lo demás se había borrado para él, que ya no vio a nadie más que a la mujer amada. ¿Cómo respondió a la acogida calurosa de Gastón de Argicourt, a la amabilidad de su mujer, a los apretones de manos de unos cuantos camaradas, al saludo ceremonioso del señor de Candore, al cordial cumplimiento del viejo general Estry y al vigoroso «shake-hand» del tío Dick?... Carlos no sabía absolutamente nada. Deslumbrado y fascinado, no veía a nadie más que a ella ni oía más que su dulce voz, que le saludaba con un gracioso: «¡Buenos días, mi capitán!»
¡Dios mío! ¡Qué bonita la había encontrado!
Tampoco a ella le había parecido mal su brillante uniforme, realzado aún por la resplandeciente crucecita, y cuando se encabritó su caballo, un animal resabiado que el señor de Candore le aconsejaba caritativamente que no montase, el joven había sabido dominarle sin aparente esfuerzo.
—Se le debía llamar Ragasse—dijo la joven al ver al caballo domado obedeciendo dócilmente al jinete.
—¿Por qué?—preguntó el conde.
—Por nada. Un episodio de nuestras campañas. ¿Se acuerda usted, capitán?
¡Si se acordaba!
No hay nada tan desagradable para un tercero, y para un tercero un poco celoso, como la evocación de un pasado en que él no ha tomado parte... y Raúl se quedó muy ofendido... Estábalo también al verse abandonado por otro, y cuando Eva, con su inconsciente crueldad de mujer, le dijo amablemente: «Hoy, señor de Candore, su discípula de usted le devuelve su libertad,» el conde, a pesar de su perfecta corrección, no pudo menos de responder con un dejo de amargura:
—¡Plaza a los jóvenes, entonces!... Este caballero asciende por elección.
—No, por antigüedad; es un amigo más antiguo que usted—respondió la joven con vivacidad, aunque corrigiendo con una sonrisa lo que esta respuesta tenía de desagradable...
...¡Después la cacería! La embriaguez de galopar juntos al son de la trompa que estallaba como una música triunfal, en medio de un torbellino de jinetes, cortejo improvisado de su felicidad. ¡Ah! qué poco se cuidan los dos imprudentes, del despecho y de la cólera que dejan detrás... Tampoco se ocupaban de la mirada celosa que les seguía a través del espacio ni de los negros pensamientos que señalaban más las ligeras arrugas de la frente del diplomático, mientras el tío Dick, poco seguro en su caballo, una plácida yegua digna de un obispo, iba a pegarse a él esperando sin duda que le prestase un poco de su aplomo. ¡El buen tío Dick! ¡Cómo hubiera querido Raúl verle en el fondo de un barranco!...
...Después, embriaguez mayor todavía, la entrada en la espesura para encontrar la buena pista; el gozo de encontrarse solo con ella.
La hubiera seguido así hasta el fin del mundo.
Y, sin embargo, todo le decía que debía huir de la peligrosa sirena...
Su razón le gritaba:
«¡Detente!... no vayas más lejos. El espíritu es fuerte, pero la carne es débil. Vuelve sobre tus pasos si no quieres dejar pedazos de tu corazón entre las malezas de los bosques.»
Su orgullo le gritaba:
«¡Detente! Principios, honor, deber, todo lo pisotearías. Es rica, y tú pobre; te debe la vida y no debes abusar de ello. Vuelve sobre tus pasos, si no quieres dejar un poco de tu dignidad entre las piedras del camino.»
Pero su alma cantaba los versos de Musset:
Yo amo sin esperanza mas no sin felicidad la veo y es ya bastante.
Y esa felicidad fugitiva y efímera, de la que no se llevaría más que el recuerdo embalsamado, a sus lejanas guarniciones, ¿debía sacrificarla a un vano escrúpulo?... ¿Qué mal hacía gozando de aquella querida presencia como se respira una flor, sin cogerla ni tocarla?
Después de una galopada bastante larga, la joven se volvió como si sintiese la ardiente caricia de aquella mirada fija en ella y dijo riendo, quizá para ocultar su confusión:
—Creo que nos hemos perdido.
—En efecto...
—¿Desea usted mucho encontrar el camino?
—Haremos lo que usted quiera.
—Pues, entonces, no quiero. ¿Para qué echar a perder el paseo buscando papelitos como el pequeño Pucet sus guijarros?... Y él tenía aún una razón, puesto que al fin del camino estaba la casa de su padre.
El capitán pensaba enteramente como ella, y, quemando lo que había adorado, declaró con desenvoltura que el Rally-paper era grotesco y ridículo...
—Es perfecto—dijo la joven,—para aquellos a quienes divierte. Yo prefiero gozar pacíficamente del encanto de los bosques y de la conversación, mejor que registrar las matas como si estuviese oculto en ellas algún hurón.
También era esta la opinión del capitán.
—Su tía de usted me ha gustado mucho, pero mucho—declaró la joven americana con esa espontaneidad que tan bien le sentaba.—¿Es hermana de su madre de usted?
—No, miss Darling, es sólo mi prima muy lejana. Ese nombre de tía Liette es una ingeniosa delicadeza suya para engañar mi aislamiento de huérfano y crear entre nosotros un lazo ficticio más poderoso que muchos lazos naturales. Quiero a la tía Liette tanto como si fuera mi madre.
—Y bien se ve que ella le quiere a usted como a un hijo. Son ustedes los dos muy felices. Yo también me quedé huérfana muy pequeñita, pero no he tenido segunda madre. Mi tío es excelente y me quiere mucho, pero es un hombre. Para él, mi dicha consiste en no rehusarme nada, en satisfacer todos mis caprichos y en prevenir mis menores deseos... Nada más, y es poco...
—¡Cómo! ¿Ni una parienta?
—Sí, parientes... pobres. Sabe usted, capitán, que es uno de los inconvenientes de la riqueza el ver siempre el gusano roedor que ataca a los más hermosos frutos. ¡Es tan raro el encontrar un cariño desinteresado! Usted no ha dudado jamás de un beso de su tía...
—Y con razón; se lo debo todo...
—En mí, cada caricia un poco tierna ha ido siempre precedida de una petición de dinero, una deuda que pagar, una joven que dotar, un sobrino que establecer... «Hija mía, debías decir a tu tío...» ¡Oh! ya conocía la fórmula... Por eso mi corazón de niña, ávido de entregarse, se moría de asco; no he querido ya alrededor de mí más que mercenarios declarados, con los cuales, al menos, no me llevaba chasco. ¡Es triste!
—Sí, en eso está el escollo—murmuró el joven oficial.—Lo que atrae a los unos ahuyenta a los otros.
—¿Por qué?
—¿No ha pensado usted nunca en eso, miss Darling? Porque esa duda cruel que envenena su vida de usted, sería más cruel todavía para los que creyeran leerla en sus ojos amándola sinceramente.
—Es verdad, no es fácil obligar a un alma orgullosa. Esto me recuerda una de las más bellas escenas de Schiller, cuando don Carlos, siendo niño, quiere en vano obtener la amistad de Posa, niño como él, y choca con el frío respeto que es debido «al hijo del rey», hasta el día en que, para vencer su orgullo, se denuncia en su lugar como autor de cierto atentado contra la dignidad de Felipe, y recibe el castigo servil destinado al que resulta al fin su amigo.
—Sí, la escena es hermosa; pero el marqués de Posa, ese modelo de generosidad, me resulta un poco disminuido aceptando tan fácilmente la abnegación caballeresca del príncipe.
—Es usted muy severo. El sacrificio es a veces menos penoso que el agradecimiento.
—Habla usted como la tía Liette.
—Mejor. Quisiera parecerme a ella en todo.
—«Abnegación, tu nombre es mujer». Pero yo, que no soy más que un hombre, tengo la quisquillosa susceptibilidad de mi sexo...
—¿No pediría usted entonces la mano de una heredera?—preguntó la joven valientemente.
El capitán bajó los ojos para huir de la clara mirada fija en la suya, y respondió con acento ahogado, pero firme:
—No, señorita.
Hubo un instante de silencio.
Eva azotaba nerviosamente con la fusta las hojas secas que quedaban todavía en las ramas muertas... Carlos se mordía el bigote oprimido por la conciencia de la palabra irreparable arrancada a su conciencia.
¿Quién sabía?
Acaso le amaba ya un poco, a él, que la amaba tan apasionadamente... Acaso su brutal franqueza había helado la florecilla azul de un áspero frío de invierno. Acaso, al ahogar la declaración que asomaba a sus labios, había sacrificado a un exceso de orgullo la dicha de Eva como su propia dicha... Y las hojas caídas no reverdecen más...
La trompa hizo oír a lo lejos su queja melancólica como un débil suspiro... De repente atravesó la calle y se deslizó entre las patas de los caballos un grueso reptil de larga cola y los dos caballos, asustados, hicieron una huida. Carlos permaneció firme en la silla, pero Eva fue arrancada violentamente de la suya y cayó al suelo, felizmente algodonado de musgo. Su grito de pavor fue ahogado por el de su compañero. Más rápido que el pensamiento, el joven, se tiró del caballo y levantó en sus robustos brazos a la linda desmayada.
—¡Eva! ¡Mi querida Eva!—exclamó transportado por irresistible entusiasmo.
¿Había Eva perdido completamente el conocimiento? ¿Vibró en su oído aquella llamada apasionada? ¿Vio a través de sus párpados cerrados aquella cara alterada e inclinada ansiosamente sobre la suya? ¿Adivinó la angustia de aquel corazón poseído por ella y que quería en vano defenderse?
Un fugitivo rubor coloreó sus mejillas y una sonrisa pareció dibujarse en sus labios.
Después de todo era acaso un purpurino rayo de sol que jugueteaba entre las ramas...
Vuelta en sí, la joven declaró valientemente que quería continuar el paseo, pero en el momento de montar a caballo vio una cosa que relucía en la hierba pisada.
Era la crucecita regalo de la tía Liette.
—No me lo hubiera perdonado nunca, y con razón—exclamó la joven miss cuando Carlos le explicó el origen de la cruz.—Espere usted que se la prenda sólidamente.
Y con sus dedos un poco temblorosos prendió la alhaja de esponsales en el uniforme de Carlos, como lo hizo sin duda la pobre criolla cincuenta años antes.
¡Ahora podían ya sonar las trompas!
Era inútil preguntar a Carlos si estaba contento de aquel día. Su dicha rebosaba como el champagne en una copa llena, y brillaba en el timbre de su voz, en el crujido de sus botas y en la antigua casa, poniendo la alegría en todos los muros y una sonrisa en los seres y en las cosas. El mismo Breal le seguía con sus ojos de vidrio con tanta complacencia, que el joven estaba tentado por interpelarle directamente como en los tiempos en que siendo pequeño le tomaba por confidente de sus sueños infantiles.
¡Era dichoso!
¿Por qué?, hubiera preguntado la fría razón.
¿Se habían modificado sus ideas en el curso de aquel paseo sentimental? ¿Ponía ya a un lado sus prejuicios? ¿Había pasado la barrera de los vanos escrúpulos? ¿Se iba a declarar pretendiente de aquella manita demasiado llena de oro?
No, seguramente.
Entonces... ¡Bah! ¿Qué importaba? ¡Qué tonta es la señora Razón congelada en sus principios e incapaz de comprender... lo incomprensible!
No, nada había cambiado en sus proyectos para el porvenir. Eva se volvería a América y él a alguna guarnición lejana. Probablemente no se verían más; él envejecería solitario como la tía Liette: ella se casaría con algún brillante noble o con algún rey del país de los dólares... No era esta una agradable perspectiva, y, sin embargo, era feliz.
«El corazón tiene razones que la razón no conoce.»
—¡La amo!—murmuraba Carlos muy bajito.
Y el eco le respondía más bajo todavía:
—¡También te ama ella!
El que no encuentre estas razones suficientes es que no ha tenido nunca veinte años.
Poseído por la embriaguez de la hora presente, Carlos no miraba más allá ni pensaba más que en el momento en que debía reunirse de nuevo con su amada. El señor de Candore había invitado colectivamente a todos los cazadores presentes en Argicourt a una gran batida en sus bosques en la semana siguiente. Y el joven oficial no esperaba más que la invitación particular fijando el día definitivo, cuando la tía Liette le dijo después de una ligera vacilación:
—¿Deseas mucho ir a esa cacería?
¿Si lo deseaba? ¡Oh! sí...
Carlos la miró muy sorprendido.
—No te ocultaré, tía Liette, que debo encontrar allí muy buenos camaradas...
—¿Y si yo te pidiera que me la sacrificases como querías sacrificarme la otra?...
—No podría rehusártelo, pero lo sentiría mucho más.
—¿Por qué? Apenas conoces al señor de Candore.
—No es solamente por él, pero sus bosques son, según se dice, muy abundantes en caza y a mí me gusta mucho esta diversión.
El joven se embrollaba más y más.
—En fin, tía Liette, me sería muy penoso el no ir, confesó francamente.
Por las tranquilas facciones de la solterona se deslizó la sombra de una duda.
—Entonces, me es doblemente penoso el insistir, hijo mío, pero te lo ruego, no vayas a esa cacería—dijo con dulce firmeza.
Impresionado por su acento, el joven experimentó una vaga inquietud. ¿Había su tía adivinado su secreto? ¿Desaprobaba su conducta?
—¿Tienes algo que reprocharme, tía Liette?—balbució confuso.
Liette hizo un gesto de orgullo.
—¿A ti? No, hijo mío; mis razones son enteramente personales. No me las preguntes... por el momento.
Asombrado, Carlos se inclinó discretamente.
—Está bien, tía Liette, no aceptaré la invitación—dijo ahogando un suspiro.
El joven no debía tener este disgusto...
¿Fue olvido voluntario o involuntario? Ello fue que la invitación no llegó...
—Mejor, así no tendrás necesidad de excusarte—dijo la oficinista tranquilamente timbrando la serie de tarjetas de invitación destinadas a las personas de los alrededores.
Pero Carlos no lo veía lo mismo, y se tiraba del bigote, presa de una sorda irritación.
Aquello era más que una falta de política por parte de una persona tan correcta; se veía una intención ofensiva. ¿Por qué?
El conde no le había sido muy antipático a primera vista. Con el desprecio inconsciente de la juventud por la edad madura, Carlos no había podido ver un rival en aquel cincuentón bien conservado... Pero ahora, pensando mejor en el asunto, recordaba pequeños detalles que habían pasado inadvertidos: su frialdad intencionada, su hostilidad transparente, su despecho mal disimulado... y se preguntaba si esta omisión más o menos premeditada sería un desquite...
Lo peor era que no podía enfadarse sin ponerse en ridículo. No se puede provocar a un caballero para obligarle a que nos invite. Había que tascar el freno en silencio mientras el hábil diplomático ocupaba al lado de Eva el sitio reconquistado. El joven, a su vez, sufría el duro escozor de los celos y seguía con mirada de envidia a los convidados más felices que iban a Candore en carruajes variados.
¡Qué triste día! ¡Qué lúgubre y largo al lado del anterior, tan corto y tan radiante y que no tenía continuación! ¡Todo se había acabado!
Su licencia expiraba dentro de ocho días. Una visita de cumplimiento a Argicourt, donde tendría acaso la suerte de un encuentro fortuito, de una entrevista rápida, de una despedida trivial, y nada más. ¡Era poco! ¡Ah! tía Liette, tía Liette...
No la acusaba, seguramente; debía de tener buenas razones... De otro modo, ¿le hubiera causado semejante pena con mala intención?
Porque Carlos había tenido mucha pena, y ella también de rechazo, pero ella se callaba sabiendo por experiencia que la mano más delicada es siempre torpe al tocar ciertas heridas... Y las horas pasaban lentamente; el crepúsculo desplegaba su velo gris por los campos y ya comenzaba el desfile del regreso. Delante del Correo detúvose un coche y apareció en el umbral el anciano general Estry.
—No molestarse—dijo con su franqueza militar,—es la visita de un amigo que pasa. Quiero felicitar a su tía de usted por el valiente soldado que nos ha dado. Felicito a usted sinceramente, señorita, he conocido mucho a su padre de usted, y su sobrino no ha degenerado. ¡Haría falta que hubiera muchas mujeres como usted y muchos hombres como él...
Marchose el general, y la madre y el hijo no habían vuelto de su sorpresa cuando se abrió de nuevo la puerta. Eran dos antiguos camaradas de Saint-Cyr de guarnición en Noyon.
—Dispénsenos usted, señorita, pero queríamos absolutamente presentar a usted nuestros respetos y estrechar la mano del capitán antes de su partida. Sabe que no tiene más que amigos en el ejército y que puede contar con nosotros en todas las ocasiones...
Ni el uno ni los otros hicieron la menor alusión a la ausencia de Carlos a la cita dada. Y continuó el desfile...
Cordiales apretones de manos, protestas de estima, señales de respeto, nada faltó, y el corazón de los que eran objeto de estas manifestaciones llegó a oprimirse vagamente. ¿Qué había pasado? ¿Por qué esas muestras de simpatía que parecían cumplimientos de pésame? ¿Quién se les había muerto? ¿Qué desgracia les castigaba?
Un gran ruido de cascabeles, y un break se detiene en la puerta. Los señores de Argicourt entran a su vez seguidos de Eva, que abraza valientemente a la tía Liette.
—Señorita—dice la joven castellana, mientras su marido estrecha una vez más la mano de Carlos,—tendríamos mucho gusto en ver a ustedes en Argicourt antes de que se vaya el capitán. Estaremos en toda intimidad; una comida de familia. No nos rehusarán ustedes este favor, que nos honrará mucho, y ustedes elegirán día...
Decididamente, había algo...
Cuando se marcharon, el joven oficial se puso el abrigo con ademán nervioso y cogió el sombrero.
—¿Adónde vas?—le preguntó la tía Liette asustada.
—A dar una vuelta antes de comer; me ahogo aquí.
Carlos salió y se alejó a grandes pasos. Quería saber... El sabría...
Al llegar a Candore, la primera mirada de Eva fue para buscar al capitán. Raúl lo echó de ver, y sintió un sordo resentimiento, pero se contuvo gracias a ese dominio de sí mismo que da la costumbre del mundo, y siguió mostrando la exquisita cortesía que hacía de él un perfecto caballero cuando quería tomarse ese trabajo. Neris, por su parte, acogió a la joven americana con una amabilidad meritoria dados los proyectos matrimoniales de su sobrino, y estaba hablando amistosamente con ella de los recuerdos comunes traídos de la Ciudad Eterna cuando este último fue a interrumpirlos dando la señal de la marcha.
Por segunda vez, Eva echó una mirada circular a la multitud de los cazadores, equipados y armados en razón inversa de su habilidad cinegética, pues los más temibles para la caza no eran los que tenían mejor escopeta ni más profundo morral; pero ella no hizo ninguna profunda reflexión. Carlos se reuniría con ellos, sin duda, en la Cruz del Pequeño, donde debía empezar la batida.
Solamente, en lugar de seguir a pie con Jenny y unos cuantos intrépidos, declaró que prefería el coche, con gran contrariedad del diplomático.
—No tengo verdaderamente suerte con usted, miss Darling—dijo con involuntaria acritud.—¡Yo que esperaba hacerle a usted tirar la primera pieza!
—No lo sienta usted, porque no la acertaría.
—Pero, en fin, ¿es que le desagrada a usted mi compañía?
—Nada de eso, pero prefiero la del señor Neris—respondió con una sonrisa al anciano, que se quedó encantado;—esta vez no dirá usted: «¡Plaza a los jóvenes!»
—Ahí lo tienes, sobrino, no eres bastante viejo—observó el octogenario con un dejo de malicia.
El conde se encogió de hombros.
—Al menos aboga por mí—le dijo al oído.
Lo que era quizá mucho pedir.
Además de Eva y el señor Neris, la carretela contenía también al notario Hardoin y al tío Dick.
—Un terceto de inválidos respirando un capullo de rosa—dijo galantemente el anciano Héctor.
—Hable usted por sí mismo—respondió en tono de protesta el notario.—Yo mato aún con limpieza una liebre cuando se me antoja, y pienso festejar mis bodas de oro con mi despacho cuando la señorita Raynal festeje las de plata con la oficina de Correos.
Al oír este nombre, un fugitivo rubor coloreó la graciosa cara de Eva.
—Tiene usted una encantadora vecina—dijo con convicción.
—¿A quién se lo cuenta usted, señorita?—exclamó alegremente el señor Neris.—Hace veinte años que este pobre señor Hardoin es fiel a su despacho por no renunciar a esa preciosa vecindad, esperando que el mejor día la señorita Raynal se equivoque de puerta y se meta en su casa para no salir más. Hasta se dice que tiene encima de la mesa un contrato enteramente redactado en el que sólo falta una firma...
—Ríase usted, señor Neris. No había más que una mujer para hacerme abjurar el celibato, y esa se ha quedado soltera...
—Su sobrino es enteramente... wery-well—dijo el tío Dick.
—Son dignos el uno del otro—afirmó gravemente el señor Hardoin.—Hubiera deseado tener a la una por mujer y al otro por hijo.
—Muy exigente es usted, querido; yo me contentaría con tenerle por sobrino—suspiró el tío de Raúl.
Eva estaba radiante; sus ojos brillantes y su color animado expresaban el placer que le causaba la conversación. Así fue que cuando el conde volvió a la carga renovando sus instancias para hacerla decidirse a hacer compañía a la juventud, la joven rehusó con viveza y le envió bastante bruscamente a sus ojeadores, que ya estaban haciendo ruido.
¡Qué diablo! No sólo hay éxitos en la carrera diplomática y un solo pantalón rojo vence a veces, nada más que con mostrarse, a las sabias combinaciones de todos los Talleyrand del mundo.
Es probable que si la joven miss hubiera vislumbrado el dormán del capitán al través de las ramas hubiera encontrado de pronto menos atractivos a la sociedad de los tres inválidos, pero las instancias del diplomático no tenían el mismo poder. En amor como en la guerra, los más elocuentes no son los más habladores, y Eva hubiera respondido de buena gana como Inés:
Horacio con dos palabras lo hablara mejor que vos...
Y falta saber si esas dos palabras eran necesarias...
La cacería estaba acabada. De vez en cuando algún tiro aislado como último eco del tiroteo del día; alguna liebre que saltaba por el llano; alguna perdiz asustada que rastreaba el surco.
Carlos no había parecido...
—¿Por qué?—se preguntaba Eva muy triste.
¿Sería que su huraño orgullo podía más que su tímido amor? ¿Sería que aquel valiente tenía miedo de ella y de sí mismo, y, sin fuerza para afrontar una nueva entrevista, empleaba su valor en la fuga?
Porque Carlos la amaba, estaba segura.
Si la duda trataba de insinuarse en su corazón, Eva no tenía más que cerrar los ojos para volver a ver a aquel varonil semblante ansiosamente inclinado hacia ella y para oír el eco todavía vibrante de aquel apasionado: «¡Eva, mi querida Eva!» que hacía estremecerse deliciosamente todo su ser.
¿Era, pues, su voluntad más fuerte que su amor?
Y la joven miss hacía una linda mueca que indicaba un ligero despecho. Por una vez, ella, que tanto apreciaba a los fuertes, hubiera preferido un poco de debilidad... Ya el sentimiento que turbaba su alma quitábale el aplomo, y ella tan valiente, no se atrevía a preguntar. Pero el tío Dick acercó tranquilamente el fuego a la pólvora.
—¿Cómo será que no hemos visto al capitán? ¿Se habrá acabado su licencia?
—No, señor Darling—respondió el notario con acento distraído,—pero no estaba invitado que yo sepa...
—¡Cómo!—protestó vivamente Eva;—fue una invitación colectiva y yo fui testigo.
—Entonces no ha sido reiterada.
—¿Está usted seguro, señor Hardoin?
—Segurísimo, señorita.
La cara de la joven se iluminó con una llama. Aquella flagrante falta de educación, cuyo secreto motivo adivinaba, le hizo el efecto de una injuria personal a la que se propuso responder duramente.
Al volver al castillo, donde había preparado un lunch Raúl ofreció el brazo a su «perversa amiga», que lo aceptó con una espontaneidad de buen agüero y se dejó conducir al puesto de honor. Pero apenas el conde, muy entusiasmado, hubo dicho unas cuantas galanterías triviales, la joven le disparó a quemarropa y en voz tan clara que todo el mundo lo oyó:
—A propósito, el capitán Raynal no ha recibido invitación, ¿sabe usted?
Desconcertado por aquel ataque imprevisto, el conde balbució algunas palabras vagas.
—Quería advertírselo a usted—prosiguió Eva agresiva,—por si es un olvido... lamentable...
—Sí y no, señorita—respondió Raúl picado en lo vivo por aquella visible ironía. Siento infinito haber privado a usted de un acompañante a quien parece apreciar mucho...
—Mucho...
—Pero por otra parte, lo confieso, le agradezco una reserva muy indicada en él.
—¿Por qué? Explíquese usted, si gusta.
—Hay cosas imposibles de explicar a una señorita.
Hubo un instante de silencio molesto.
El señor Hardoin jugaba con el cuchillo, con una enigmática sonrisa en los labios.
—Dispense usted, querido conde—dijo gravemente el señor de Argicourt,—pero usted ha encontrado al capitán Raynal en mi casa y soy solidario de todos mis huéspedes. ¿Sabe usted alguna historia respecto de él?
—No quiera Dios, mi querido amigo—protestó vivamente Raúl, que sentía ya su torpeza;—creo que es un oficial de mérito, del que no tengo nada que decir... Pero no es sólo...
—Creía haber encontrado con frecuencia a la señorita Raynal en casa de su madre de usted, señor conde—dijo tranquilamente el notario.
—Y yo siento tener que recordarte que esa persona, por la que profeso la más alta estima, ha sido la compañera y la amiga de tu mujer, mi pobre hija—añadió Neris con severidad.
El conde se mordió los labios. Su celoso rencor le había llevado demasiado lejos.
—Tienes razón, tío, no he debido olvidarlo—dijo esperando cortar así el debate.
Pero Eva no le permitió esquivarse por esta hábil maniobra.
—Perdone usted—dijo extendiendo su fina mano como para cortarle la retirada;—si no comprendo mal, es a la señorita Raynal a la que se refieren sus insinuaciones... No diré a usted que eso no es digno de un noble, ni siquiera de un caballero... Pero, ¿no la ha mirado usted nunca?
—Dispense usted, señorita, pero la cuestión se extravía a un terreno muy delicado al que no puedo seguirla.
—Entonces era preciso no haberme precedido en él.
La respuesta fue clara y ceñida como un latigazo, y la joven y valiente miss que así defendía a su sexo fue saludada con un murmullo de discreta aprobación.
El conde se inclinó un poco pálido.
—He hecho mal, lo confieso—dijo no sin nobleza;—he pronunciado palabras inconvenientes, falta imperdonable en un viejo diplomático, y pido a usted que me dispense, señorita, dándole gracias por la lección... que no aceptaría de nadie más—añadió con altanería.
Quedaba terminado el incidente; pero no por eso dejó de reinar cierto malestar hasta que se marcharon los convidados. Al despedirse del conde, el notario Hardoin le dijo con bondad:
—Si tiene usted curiosidad de conocer la verdad sobre el capitán Raynal, señor conde, tómese el trabajo de ir el domingo a mi despacho; necesito justamente un testigo para un acta de adopción.
Cuando el señor Hardoin, que había acechado la salida del joven, aprovechó su ausencia para poner a su vecina al corriente de los hechos del día, Liette se quedó un instante pensativa y una sombra alteró la serenidad de su frente.
—Esto es lo que yo temía—murmuró.
—Aseguro a usted, querida amiga, que aquello fue para usted la ocasión de un verdadero triunfo. No hubo ni una nota discordante.
—¡Ay! sí, una sola, y lo deploro por él y por Carlos.
—Permítame usted que no me asocie a su pena en cuanto al primero. La impunidad de ciertos culpables me subleva, y es pan bendito cuando ellos mismos recogen varas para azotarse.
—Pero Carlos...
—¿Qué? ¿No contaba usted con aprovechar su presencia para decirle la verdad y regularizar su situación?
—Sin duda, pero no preveía tales complicaciones...
—Vamos a ver, mi prudente amiga, un poco de calma; no perdamos la cabeza sin ton ni son. El señor de Candore ha estado... torpe, por no decir más; ya ve usted si soy indulgente. Si se ha puesto en el caso de avergonzarse delante de usted y delante de Carlos, peor para él; será un castigo merecido.
—No es eso sólo, aunque sea en extremo penoso; pero temo...
—¿Qué?
—Todo. Carlos está celoso...
—¿Del conde? Yo hubiera creído lo contrario, y con razón... Miss Darling manifiesta tan claramente su preferencia, que no hay necesidad de ser gran psicólogo para leer en su corazón...
—¡Y él! Carlos no piensa más que en ella; por esto quisiera evitar a toda costa un escándalo lamentable... Sin esa funesta rivalidad, ¿quién sabe? El conde no está absolutamente desprovisto de buenos sentimientos... Es libre, rico...
—¿En qué piensa usted, querida amiga?
—En la felicidad de Carlos.
—¡Usted, que no quería compartir sus derechos con nadie, ni siquiera conmigo!...
—¿Y no había en eso un poco de egoísmo? Hay que querer a los hijos por ellos, no por uno mismo. Si él tuviese una fortuna, un nombre...
—Pronto tendrá legalmente el de usted, y es demasiado ahijado mío para no preferirlo a cualquiera otro. En cuanto a la fortuna... no creo faltar al secreto profesional confiando a usted que hay alguien que se interesa por él... y le asegura en su testamento una honrosa medianía... sin perjudicar a nadie... Esa es la ventaja de ser soltero.
Liette, enternecida, le estrechó silenciosamente la mano.
—¡Bah! nada de emoción—dijo el notario con expresión de mal humor;—eso me quitaría el apetito y acaso perturbara al muchacho, que probablemente no sospecha nada y va a venir a comer según costumbre.
Sin embargo, él tampoco estaba muy tranquilo, y cuando vio al fin a su ahijado, ahogó un suspiro de alivio.
Carlos estaba tranquilo, casi risueño.
—¿Tú quoque, padrino?—exclamó con alegría un poco forzada.—Todo el pueblo se había dado cita en nuestra humilde casa, y usted sólo faltaba. La verdad es que le estaba a usted esperando con una delegación de los bomberos. ¿No es usted su capitán honorario?
—Sí, búrlate, mal muchacho. No se hará jamás bastante público homenaje a la que tienes el honor de pertenecer...
—Ciertamente—respondió Carlos con voz un poco alterada.
Mientras Hardoin, muy verboso, se metía en una larga digresión sobre un proyecto de fiesta del «Mérito modesto», generalmente desconocido, Liette seguía con mirada inquieta al joven, que iba y venía en el comedor como si no pudiera estarse quieto.
—¿No me había usted dicho que iba el domingo a Argicourt, padrino?—preguntó de repente, cortando un período que ni siquiera había oído.
—¿A Argicourt?... ¡Ah! sí, perfectamente. Un arriendo que renovar.
—Si usted no tiene inconveniente, aprovecharé su coche para hacer la visita de despedida al castillo.
—Concedido, ahijado; si eres bueno, tú guiarás a la Gris.
Carlos se rió al recordar aquel tiempo ya lejano, y durante toda la comida se complació en recordar los hechos de su primera infancia con una animación un poco fingida en la que se descubría un poco de melancolía.
Cuando por la noche acababa de meterse en la cama, llamaron suavemente a su puerta. Era la tía Liette con su candelero en la mano...
—Esta noche no me has dado un beso, hijo mío—dijo medio en broma, medio regañando;—sabes que cuando eras pequeño, eso era mala señal; alguna tontería o alguna pena que ocultarme. No querías mirarme de frente porque decías que leía en tus ojos...
Y apoyándose en la almohada, preguntó en tono risueño, desmentido por su acento angustiado:
—¿Tontería o pena, hijo mío?
—Ni lo uno ni lo otro, tía Liette—respondió Carlos en un relámpago de orgullo.
Liette no insistió, y después de rozar su mejilla con un beso maternal, se retiró sin decir una palabra. Pero la bujía temblaba en su mano y las gotas de cera caían a su paso, pesadas y cálidas como lágrimas.
La Gris, con su apacible trote, llevaba por el camino brumoso al anciano y al joven igualmente preocupados... Para engañarse mutuamente hablaban de cosas indiferentes con animación ficticia, pero sus pensamientos estaban en otra parte. Carlos se representaba la escena del día anterior, cuyo relato le había sido fácil obtener de algunos vecinos labradores, y subíanle al rostro vapores de cólera. A cada paso tiraba de las riendas nerviosamente, con gran escándalo de la buena yegua, acostumbrada a más consideraciones.
—Trae muchacho—decía entonces el notario,—los militares tenéis la mano dura.
¡Dura! nunca lo sería bastante para castigar al que se había atrevido a tocar a la tía Liette. Rivalidad, celos, todo estaba olvidado y arrebatado por el viento del ultraje hecho a su madre adoptiva, sacrilegio al lado del cual parecía todo mezquino y pueril a su culto filial. En aquel momento era hijo, nada más que hijo, y si de vez en cuando una blanca silueta que flotaba ante sus ojos endulzaba un poco su brillo metálico, era que le agradecía el haber ocupado tan bien su lugar.
El notario iba pensando en esa justicia inmanente, para la cual no hay prescripción y que obliga, un día u otro, al deudor insolvente a remover las cenizas del pasado en que debe encontrar el pagaré en descubierto.
—El invierno va a ser crudo este año—decía el uno.
La cosecha de remolacha no va a ser mala—decía el otro.
Y la conversación, de la que estaba ausente el pensamiento, continuaba indiferente y vacía, mientras Liette, en su casa, cumplía su misión maquinal, con el corazón oprimido por dolorosa angustia. ¿Sabía algo Carlos?
La madre adoptiva analizaba sus menores palabras y sus menores gestos... Carlos parecía tranquilo y contento... Pero evitaba el mirarla... Además, ¿por qué iba a Argicourt?... La visita de cumplimiento por su próxima partida y, sobre todo, la presencia de Eva, bastaban para explicar... Evidentemente, no había para qué alarmarse...
Y con mano temblorosa, comenzaba una carta para desgarrarla en seguida.
Si Carlos no sospechaba nada, un paso prematuro podía ser contraproducente. Más valía no precipitar nada y dejar hacer al señor Hardoin. Pero, ¿y si sabía algo? ¿Y si él tomaba la delantera mientras ellos andaban en esas dilaciones? ¿Y si daba un escándalo, provocaba un encuentro y ella lo sabía demasiado tarde? ¡Dios mío!
Estremecida por este pensamiento, Liette tomaba la pluma y escribía:
«Señor conde.»
Después se detenía de nuevo indecisa y turbada. ¿Qué hacer?
Estaba dando vueltas en la mente por centésima vez a esta cuestión, cuando se paró a la puerta una «charrette» inglesa y Eva apareció en el umbral conmovida y agitada. La joven, sin más preámbulos, se echó en los brazos de la anciana admirada.
—¡Oh! tía Liette, tía Liette...
Y rompió a sollozar... Aquel era el peligro previsto y temido; la hija del comandante encontró toda su energía para hacerle frente.
—Vamos a ver, hija mía, ¿qué hay?—preguntó con su dulce firmeza.
—¡Va a batirse!
La joven, tímida, no se atrevía a pronunciar su nombre; pero no había necesidad.
—¡Oh! los presentimientos de las madres...
—¿Está usted segura? ¿Quién se lo ha dicho a usted? ¿Cuándo? ¿Cómo?
—Va usted a oír, tía Liette... ¿Me permite usted que la llame así?... Eso me tranquiliza... Tengo el corazón tan oprimido...
—Sí, querida hija mía; vamos, tranquilícese usted y hable pronto.
—Hoy ha venido a despedirse, pero estaba muy cambiado, muy distraído, muy preocupado... apenas me miraba...
—¡Oh! eso es grave, hija mía—dijo la tía Liette sonriendo a pesar de su tristeza.
—¿Verdad que sí?—respondió cándidamente la joven miss.—Así fue, que cuando el señor de Argicourt fue a acompañarle, los seguí con disimulo y me puse a escuchar... Sé que hice mal, tía Liette...
Liette le estrechó la mano, como para animarla.
—Entonces, le oí rogar a su antiguo compañero que le sirviese de padrino en un lance de honor... a propósito de unas palabras... que usted ignora sin duda, tía Liette...
La anciana movió la cabeza.
No, no ignoraba nada, ni el ataque ni la defensa, y una presión significativa de sus temblorosos dedos dijo su tierno agradecimiento hacia su valiente campeón.
—En una palabra, el señor de Argicourt y el señor de Estry deben de estar en este momento en casa del señor de Candore para pedirle una satisfacción.
—¡Oh! Dios mío.
—Y he tenido miedo, yo, tía Liette, que no soy sin embargo, una mujerzuela y comprendo muy bien que un oficial... En su lugar, hubiera hecho lo que él... Dios protegerá el buen derecho, ¿verdad? Pero por mucho que me repito todo esto, tengo miedo, tía Liette, y he venido a usted, que es tan fuerte y tan poderosa, a pedirle un poco de su fuerza y de su valor... Y es que le amo, tía Liette... No debía decir a usted esto... pero nunca he tenido madre...
Y ocultó la cara, que se enrojecía bajo las lágrimas como una rosa bajo el rocío, en el seno de la anciana enternecida por esta ingenua declaración.
—Tranquilícese usted, hija mía; ese duelo no puede verificarse y no se verificará...
—¿Quién podrá impedirlo?
—Yo—respondió tranquilamente la tía Liette.
El despacho presentaba una animación inusitada. Los ruidosos dependientes charlaban a más y mejor a pesar de las llamadas al orden del principal, un poco distraído él también de su importante tarea. Desde aquella mañana el notario tenía la cara de los grandes días y no hacía más que abrir la puerta de su despacho para dar órdenes. Y todo se volvían idas y venidas del despacho al Correo, por fortuna próximo, como decía el aprendiz, que de otro modo hubiera estado cocido en obra. Después había empezado el desfile. Primero el señor Darling y su sobrina, que habían tenido una larga conferencia con el notario. Después había sido introducido el capitán Raynal y ahora estaban esperando al señor de Candore.
¿Qué significaba todo aquello?
Un contrato de matrimonio, evidentemente.
¿Pero con quién?
¿Con el oficial o con el diplomático?
—Su corazón se columpia entre los dos—exclamó el aprendiz acechando desde la ventana la llegada del conde.
—¡Silencio!—mandó de nuevo el principal.
—Usted, que es un hombre de peso, ¿cuál es su opinión?
—Mi opinión es que no la tengo, querido Candore. Evidentemente, un simple oficial de fortuna no debía pesar en la balanza al lado de un personaje de la importancia del señor de Candore, noble, rico e influyente.
—Un poco farsante—dijo el incorregible empleado.
—Pero el corazón de las mujeres es un abismo insondable—dijo el primer dependiente con aire doctoral,—Josefina prefirió Bonaparte a Barras.
—Y no anduvo descaminada.
—¡Silencio! Ahí está Barras.
Entraba el conde, frío y altanero según su costumbre.
El principal se levantó con deferencia para introducirle en el despacho del notario, a quien encontró solo con gran asombro suyo.
—¿Dónde diablos se han metido los otros?
—Puede que en algún armario—dijo el joven Candore, que había estado en París y se jactaba de conocer las piezas de Hennequín.
Pero se calló porque la señorita Raynal entraba a su vez en el despacho.
—El señor Hardoin está ocupado, señorita.
—Lo sé, me está esperando...
La puerta se había abierto, y el notario dejaba paso a Liette, con gran asombro de los pasantes.
—Amigos míos, esto huele a quinto acto—exclamó el supuesto «boulevardier».
El conde no había acudido a la cita del notario sin una secreta aprensión. Un poco molesto ya por la querella que se había buscado con su inexcusable intemperancia de lenguaje, y en la que veía que no era el suyo el mejor papel, estaba de un humor execrable y arrugaba nerviosamente la esquela tan lacónica como urgente llevada al castillo.
—¿Qué diablos puede quererme?—murmuraba entre dientes.
—Lo mejor es ir a verlo—dijo sencillamente su tío.—Hardoin es demasiado formal para molestarte sin motivo serio.
—¿No te figuras tú lo que es?
—Es posible—respondió gravemente el anciano.
Raúl se le quedó mirando con cierta alarma. Cuando se es heredero, las menores palabras tienen su importancia, sobre todo si se trata de notario. Raúl se daba cuenta de que el señor de Neris no tenía por qué elogiarle, ni como sobrino ni como yerno; sus veleidades matrimoniales habían hecho quizá rebosar el vaso. Al llegar a la cita iba mascullando estas ideas, pero al ver a la empleada de Correos cambió de repente de pensamiento.
¿Habría tenido noticias del encuentro proyectado?
¿Era aquello un lazo?
¿Iba a sufrir súplicas y reproches?
¿Le preparaba alguna escena de melodrama aquel imbécil de Hardoin?
No le faltaba más que ese ridículo.
Presa de una viva irritación, saludó con tiesura y se puso a la defensiva.
—Señor conde—comenzó el notario en tono ceremonioso,—he rogado a usted que pasara por mi despacho para una comunicación urgente de parte de esta señorita.
Raúl le interrumpió con mucha sequedad:
—Basta, señor Hardoin, sé de lo que se trata.
—No creo.
—Y me va usted a permitir que le diga que su papel en este negocio me parece un poco inoportuno. No es propio de un notario desfacer entuertos y representar a Don Quijote...
Y dio un paso hacia la puerta.
El notario extendió la mano con autoridad.
—Perdóneme usted, señor conde, pero no creo tener que aprender los deberes que ya ejercía con honor cuando usted estaba en la cuna.
—Sí—dijo el conde un poco dulcificado;—sé que es usted un antiguo amigo; pero hay cuestiones que no son de su competencia. Si se tratase de un acta notarial, en hora buena.
—No se trata de otra cosa—declaró Hardoin sencillamente.
Raúl se detuvo desconcertado. Ya no comprendía.
—He aquí los hechos—expuso metódicamente el notario.—La señorita Raynal aquí presente, recogió, hace cerca de veinticinco años, a un niño huérfano de madre y abandonado por su padre. Esta señorita le prestó su nombre, pero hoy quiere dárselo legalmente y ha creído, por consejo mío, que debía consultar con usted previamente.
—¿Conmigo?—exclamó el diplomático estupefacto y en tono de protesta.—¿A título de qué?
—A título de padre—respondió fríamente el notario.
Raúl paseó sus ojos extraviados del semblante impasible del uno a la bella y triste cara de la otra.
—Esto es una locura, dijo.
El digno notario desdobló un papel amarillento con el sello de Inglaterra.
—Aquí tiene usted la partida de nacimiento de Raúl Carlos, nacido del matrimonio que contrajeron irregularmente en Inglaterra miss Juana Dodson y el conde Raúl de Candore.
—Y vea usted el telegrama dirigido a la señorita Blanca de Candore en el día de su boda, y que me acuso de haber interceptado para evitarle un dolor inútil—añadió sencillamente la empleada.
El conde leyó maquinalmente:
«Señorita, el hombre con quien se va usted a casar es mi esposo ante la ley inglesa y el padre de mi hijo, que pronto no tendrá ya madre. Juana Dodson.»
...Aquella era la venganza de Liette.
Había ahorrado lágrimas a Blanca; y a Raúl el escándalo, a costa de una falta profesional, duro sacrificio para aquella hija de soldado, esclava de la disciplina.
Había salvado a la madre de la desesperación y a su hijo del abandono; gracias a ella, la pobre abandonada se había extinguido suavemente, sin odio y en la paz del perdón, encomendando su alma a Dios y su hijo a Liette, y durmiéndose confiando en los dos...
Su confianza no debía ser defraudada. Sin vacilación ni desfallecimiento, Liette había recogido esa pesada herencia; había reemplazado al padre desertor, había abierto al huérfano sin familia su puerta, sus brazos y su corazón; había hecho de él un hombre, y ya que no la vida, le había dado su alma.
Y había hecho eso sencillamente, sin cuidarse de las falsas interpretaciones ni de los comentarios injuriosos que pudiera provocar su conducta, y era tal la fuerza de aquella apacible virtud y de aquella incomparable dignidad, que en el círculo estrecho y malévolo de las comadres de provincia, ni una palabra, ni una insinuación la habían rozado. ¡Había sido preciso que fuese Raúl!... El... ¡Oh!.
Aterrado por aquella revelación repentina que hacía vibrar las fibras embotadas de su corazón ya seco, el noble, tan frío, tan correcto de ordinario, cedió a la influencia generosa del momento con el impulso de la primera juventud y confesó sus faltas, sus penas, sus remordimientos, acusándose con una vehemencia en que entraba un poco de fatuidad de haber hecho dos desgraciadas: Juana y Liette.
Bajo las cocas argentinas de la solterona se deslizó una débil sonrisa.
—Tranquilícese usted, señor conde, al menos en cuanto a la última—dijo con sencillez.—He amado mucho, apasionadamente, puedo confesarlo a mi edad... Pero el hombre a quien he amado no es usted. Era un príncipe encantado, creado completamente por mi imaginación de colegiala retrasada que pide demasiado a la vida, porque la ignora... Yo no tenía, sin embargo, esta excusa... Hoy, dispuesta a bajar la otra vertiente, me detengo un instante en la cima de la colina y no siento en mí ni cólera, ni amargura, ni pena, pues entre las piedras y las malezas he encontrado algo mejor que la florecita azul con que sueñan las jóvenes, he encontrado el reflejo de cielo que Dios pone en la mirada de los niños... Creo que había nacido para eso; no puedo guardar a usted rencor por haberme dado un sobrino que ha realizado todas sus promesas de usted y cumplido todas mis esperanzas. Las cualidades imaginarias de que yo dotaba a mi héroe, él las tiene realmente, y le debo tantos goces que casi tengo que estarle a usted agradecida.
—Debemos estárnoslo el uno al otro—dijo el conde profundamente conmovido,—por lo que ha hecho usted y por lo que quería hacer aún. Pero es a mí a quien corresponde ofrecer a usted y a él la única reparación posible. Ha redactado usted un acta de adopción, señor Hardoin; no tiene usted más que cambiar una palabra. Yo dejaré a mi hijo mi nombre y mi fortuna.
Esta vez fue Liette quien palideció. Había, sin duda, deseado ardientemente esta solución justa y natural en interés de su hijo adoptivo, y sin embargo... En el dolor atroz y profundo que le retorció el corazón e hizo brotar las lágrimas en sus ojos comprendió la feroz sublevación que se apodera de las madres a quienes se arranca su hijo. El notario, sin responder, abrió la puerta de la derecha.
—Ya ha oído usted, capitán; usted es quien debe decidir...
Al ver a aquel guapo y altivo oficial que era su hijo, el conde experimentó una sensación desconocida, un irresistible impulso de orgullo paternal. Dio un paso adelante con los brazos abiertos, pero Carlos se inclinó, muy pálido, y dijo con voz ahogada:
—Caballero, no puedo ya pedir a usted reparación ni quiero aceptar ninguna. Mi madre ha muerto; procuraré olvidar el nombre de su verdugo, lo que quiere decir que no puedo llevarle. Y, con una especie de violencia, atrajo hacia su pecho a la tía Liette desfallecida.
—Tú, que me lo has dado todo, dame también tu nombre; ten la seguridad de que no seré ingrato.
El señor de Candore sintió que le subía a la cara una oleada de sangre; pero la conciencia de su culpa pudo más que su orgullo herido.
—He merecido esto, y no puedo quejarme ni vituperar a usted, caballero... Pero a usted me dirijo, señorita; abogue por mi causa, que es también la suya... Conozco sus esperanzas, y puedo ayudarle a realizarlas... No me niegue usted esta satisfacción, la única que conviene a mi edad.
—¡Es verdad!—dijo Liette turbada;—reflexiona; hijo mío... ¡La amas tanto!
Carlos cerró los ojos para huir de la visión tentadora.
—No—respondió con energía,—no quiero la dicha a ese precio...
—Y yo no quiero llamarme la señora de Candore, sino la señora de Raynal...
La puerta de la izquierda se había abierto a su vez, y Eva se adelantaba valientemente hacia el joven admirado.
—Me ha declarado usted—le dijo,—que no pediría jamás la mano de una heredera, capitán; soy yo quien pide la de usted...
Y mientras Carlos, loco de amor, se atrevía apenas a estrechar aquella manita adorable, que se entregaba espontáneamente a él, Eva rodeó con el otro brazo el cuello de la solterona enternecida y dijo cariñosamente:
—Usted quería adoptar un hijo, tía Liette; adopte dos... Tiene usted el corazón bastante ancho para ello.
FIN