Front matter (continued 2)
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—Es por ti, hija mía, exclusivamente por ti. Es preciso que te distraigas y no te encierres en una alcoba de enfermo.
Liette no regateaba nada de esto; era muy feliz. Después de las mortales angustias que acababa de pasar, su corazón se dilataba con esta nueva esperanza:
—¡Dios me conservará mi madre!
—Bien puedes dar las gracias a ese buen don Raúl decía la enferma;—sin él, nunca me hubiera decidido a semejante viaje.
No era necesario recordárselo; demasiado pensaba en ello Julieta. El pensamiento de la criatura se mezclaba involuntariamente al del Creador en sus acciones de gracias.
Así fue que el día en que vieron desembarcar al conde entre los pasajeros que venían de Jersey experimentaron más alegría que sorpresa, hasta tal punto le tenían presente en la memoria.
El joven, por su parte, hizo un gesto de vivo placer en cuanto las vio y dijo acercándose a ellas con la maleta en la mano:
—No esperaba la buena fortuna de encontrar a ustedes al llegar al puerto. Cuento, sin embargo, con que no creerán ustedes que hubiera esperado a mañana para ir a presentarles mis homenajes y a pedir noticias de mi enferma... que veo que son buenas a juzgar por su cara.
—¿Verdad que sí?—dijo vivamente Liette radiante;—mamá está mucho mejor, gracias a Dios.
—Y a usted, querido don Raúl—añadió aturdidamente la viuda;—no nos cansamos de repetirlo.
Raúl no recogió la frase, pero tomó nota de ella con íntima fatuidad.
—Le creíamos a usted en Londres—dijo la joven para cambiar de conversación.
—Allí estaba, en efecto, la semana pasada; pero he hecho un rodeo para visitar esa famosa isla de Jersey que los ingleses consideran como la octava maravilla del mundo por la única razón de que tiene el honor de ser inglesa, y también para comprobar el efecto de mi receta, pues sabe usted, señora de Raynal, que pretendo ser su médico de cabecera.
—Entonces, doctor, la curación le hace a usted honor. Me encuentro perfectamente bien con sus consejos.
—Sin embargo, ¿no es un poco imprudente el venir tan lejos?
—No, tomamos un coche...
—¿Uno de esos horribles armatostes?—dijo el conde haciendo un gesto ante las muestras del género alineadas en la plazuela.—Deben de tener peor movimiento que el barco...
—Usted lo verá acompañándonos a la Villa Blanca, donde le haremos los honores.
—Con mucho gusto, querida señora, en cuanto deje la maleta en el hotel de Francia, donde he tomado una habitación.
—¡Cómo! ¿Piensa usted alojarse en Granville?
—Eso no me impedirá ir con frecuencia a Saint-Pair si ustedes me invitan...
Liette dejó ver una sonrisa de aprobación; le gustaba la delicadeza del joven y la elogiaba. Raúl dejó a las dos señoras en la «Brecha de los Ingleses» y les pidió permiso para ir a mudarse de traje mientras ellas oían la música, prometiendo venir a buscarlas a las cinco para ir a acompañarlas a su casa.
Su ausencia, no muy larga, no fue perdida para él, pues la de Raynal no cesó de prodigarle elogios.
—¡Qué encantador caballero! Tan sencillo, tan amable, tan respetuoso con las señoras... Enteramente como tu pobre padre, hija mía.
Liette no pensaba en interrumpirla, dulcemente mecida por aquellas palabras acompañadas muy bajito por una melodía de Gounod.
A la hora convenida apareció el joven guiando una «Charrette» inglesa tirada por un «poney» muy pacífico, según afirmó Raúl.
—Permítame usted que sea su cochero durante mi corta estancia aquí, querida señora; me comprometo a no volcar.
La buena señora estaba radiante. Volver a Saint-Pair en aquel bonito carruaje y en tan elegante compañía era una de esas satisfacciones de vanidad pueril que halagaban más que nada a su frívola cabeza.
Dio señales de agradecer mucho la atención, y cuando se pararon en la verja dijo al joven:
—Si no tiene usted miedo de una cocina de enferma, le pediré que participe de nuestra comida.
Raúl buscó la autorización de aceptar en la clara mirada de Liette...
—Ya conoce usted los talentos culinarios de Mariana.
El joven aprovechó esta aprobación indirecta, y un instante después estaba instalado debajo de la cubierta de cristales, al lado de la viuda, que le contaba los chismes de la playa, escuchados por él con resignación ejemplar, mientras Liette, improvisándose cocinera, confeccionaba un plato de dulce para las circunstancias.
Fue aquella una velada deliciosa. En aquel marco tan bien hecho para ella, Raúl, sensible como todos los refinados a las delicadezas exteriores más que a las del alma, encontraba un nuevo encanto a la modesta empleada de Correos, cuyas vulgares funciones olvidaba entonces por completo.
Los días siguientes pasaron como un sueño. Candore, como un verdadero paladín, iba todas las mañanas a tomar las órdenes de las señoras para el día.
El tiempo estaba hermoso y había que aprovecharlo. Era la ocasión de hacer expediciones románticas a La Lucerne y a Chanteloup.
¿Cómo rehusar? Estaba hecho el ofrecimiento con tanta amabilidad y la enferma palmoteaba con tan infantil alegría... Liette no lo pensaba siquiera. Por otra parte, era feliz, muy feliz, y se abandonaba a la felicidad sin tratar de analizarla. ¡Había habido tan pocos días floridos en el jardín de su severa juventud!
Íbanse a la ventura, sin más guía que un mapa de Estado Mayor, y caían a veces en una ruidosa fiesta de pueblo o entre los empujones y el polvo de un mercado de ganados.
Raúl hacía mil locuras para hacer aparecer una sonrisa en los labios descoloridos de la madre o merecer una mirada de agradecimiento de la hija.
Y había que ver a los vendedores, verdaderas sanguijuelas normandas que adivinaban una presa fácil, seguirle los pasos, meterle en el bolsillo pitos, rosquillas y golosinas y ponerle delante de las piernas rosados cochinillos y rizados y blancos corderos.
—¡Cómpreme usted algo para su señora!
«¡Su señora!»
Por oír esas dos palabras, que ponían un tinte de rubor en las mejillas de Liette, hubiera el conde despojado todas las tiendas y hecho la fortuna de todos los ganaderos.
De este modo se llevaron triunfalmente de Breal un precioso corderillo, «que acaba de dejar a la oveja, caballero, y que su señora de usted podrá domesticar como un perro faldero.»
—Será un recuerdo de este día, que es el último—dijo Raúl dando un suspiro.
En efecto, se marchaba al día siguiente. ¡Pero cuánto camino recorrido en aquellos días, en sentido propio y figurado! ¡Cuánto camino por las carreteras de Normandía y en el corazón de Liette!
Y es que el amor sincero es comunicativo, y, por primera vez, aquel amante veleidoso estaba sinceramente enamorado.
¿Cómo se había apoderado ese sentimiento profundo y verdadero de aquel estragado que había ido a Saint-Pair con las intenciones menos puras? Raúl era un ser de impulsión más que de razonamiento, esclavo de su imaginación y de sus nervios, tan incapaz de obedecer a fríos cálculos como a la regla austera del deber.
En aquel cuadro de familia, en medio de aquella comodidad mundana que tan bien se armonizaba con su elegancia natural y con su perfecta distinción, nada le recordaba a la modesta empleada y el enamorado estaba bastante entusiasmado para ver en ella la futura condesa de Candore.
Ganada por su parte y sin darse cuenta de ello por la llama penetrante de aquel amor que se estaba incubando hacía mucho tiempo en el fondo de su ser, la tranquila, la prudente y severa Julieta, aturdida y fascinada por una especie de vértigo, se abandonaba inconscientemente a la ola de sensaciones nuevas, tumultuosas y confusas que turbaban vagamente su alma virginal.
A unos cien pasos de la Villa Blanca, se elevaba, o más bien, se hundía, hasta tal punto parecía una topera, una construcción gris aplastada bajo un techo de bálago con una puerta baja y de medio punto y una estrecha ventana guarnecida de dos barrotes en cruz en la que con frecuencia danzaba una pálida luz a la sombra del crepúsculo.
Si algún paseante retrasado se aproximaba por azar, podía ver una humilde capilla a la que se bajaba por tres escalones gastados y desportillados y alumbrada por el resplandor tembloroso de unos cirios casi consumidos, mientras alguna vieja de cabeza vacilante bajo la manta bretona murmuraba una oración.
No había allí estatuas de mármol, ni custodias doradas, ni ricos vidrios ni cuadros raros; solamente las cuatro paredes húmedas y agrietadas, el tragaluz abierto por el que entraban libremente el viento, la lluvia y la nieve o, a veces, un cálido rayo de sol y la imagen argentina de la luna o de la estrella de los marinos; la puerta maciza como la de una cárcel, abierta día y noche en el camino solitario sin temor de que nadie encontrase nada que meter en las alforjas; unos bancos de piedra incrustados en el suelo apisonado y alineados enfrente de un altar de madera carcomida en el que se mostraba una grosera imagen de la Virgen niña, apoyada en la falda de su madre, dos figuras angulosas y tiesas, pero a las que el pintor primitivo, a falta de genio, había dado una suavidad divina. Era la capilla de Santa Ana.
Además de la célebre peregrinación de Santa Ana de Auray, hay así numerosos santuarios sembrados a todos los vientos en aquella tierra de fe cándida, reputaciones de campanario muy reducidas hoy gracias a los billetes de ida y vuelta que permiten a cualquier peregrino ir a contemplar al mismo tiempo el Sagrado Corazón y la torre Eiffel, como lo hace constar melancólicamente el delicioso autor de «Colás, Colasse et Colette».
Sin embargo, la capillita en cuestión tenía aún sus fieles, escasos, pero tenaces; aldeanas viejas apegadas a las antiguas costumbres como a las antiguas modas, y que iban a quemar un cirio por la curación de alguna enfermedad, rudos pescadores que en la tormenta han puesto su confianza hereditaria en la Virgen que acogía los votos de sus padres, y jóvenes prometidos, supersticiosos como todos los enamorados, que van a encender dos cirios juntos cuya llama más o menos viva es el símbolo de su amor.
A Liette le gustaba aquel rincón, poético vestigio del pasado que se armonizaba mejor con sus inocentes prácticas que el cuadro moderno de las iglesias parisienses. Todos los días iba a rezar por su querida enferma y mientras se consumía lentamente el cirio ofrecido por ella, la joven sentía poco a poco amortiguarse su dolor y disiparse sus temores, ahuyentados como por un aletazo del pájaro místico de la esperanza, refugiado en el más pobre tabernáculo.
¡Hace tanta falta creer y esperar cuando se sufre!
Liette se sentía aquella tarde cansada, triste y oprimida; una angustia indefinible se había apoderado de ella y las primeras sombras del crepúsculo, que ensombrecían la capilla helada aumentaban su malestar inexplicable.
Arrodillada en el fondo del santuario vacío, en el que dormitaba la vendedora de cirios, permanecía inmóvil y con el corazón oprimido.
¿Por qué?
Su madre no estaba peor, al contrario, sus fuerzas parecían renacer y la anciana volvía a la vida.
Entonces...
¡Su madre! ¿No era su única preocupación y su único cuidado?
—¡Dios mío, consérvame a mi madre!—repetía, tratando en vano de absorberse en la oración.
Pero esa oración maquinal no le devolvía la calma, ni el reposo ni la paz...
¿Qué tenía?
En la puerta aparecieron dos sombras; eran dos prometidos.
Ambos avanzaron tímidamente, él dando vueltas al sombrero, y ella echando una mirada furtiva a la parisiense. La guardiana, arrancada a su sueño, sonreía con malicia mostrando sus cirios. Los novios eligieron dos del mismo largo, los encendieron juntos gravemente y los colocaron en el altar.
Después, cogidos de la mano, se quedaron silenciosos y recogidos, con los ojos fijos en aquel frágil emblema de su amor.
Y cuando la mecha se carbonizaba, cuando la cera corría mal, eran de ver sus frentes sombrías y sus pupilas mojadas. La operación fue larga aunque los cirios eran modestos, pero los novios esperaron paciente y pasivamente siguiendo las etapas de su común destino...
Un chisporroteo... Una llamarada más viva...
El cirio del mozo se apagó el primero.
—Mejor; así no te veré morir—exclamó con una especie de alegría egoísta.
—Mejor; así estaré allí para ayudarte a morir—suspiró dulcemente la novia, cuya cándida abnegación brillaba bajo la cofia blanca.
Y se fueron en la paz de la radiante tarde, cogidos del brazo...
Liette ocultó la cara entre las manos y lloró.
—¡Valor, Liette!
No había dicho aquello la tierna voz paternal, pero sí otra voz también muy tierna.
Raúl estaba a su lado.
¿Había sorprendido aquella escena conmovedora que alteró el corazón de la pobre niña como una repentina revelación? ¿Adivinaba lo que hacía correr sus lágrimas? ¿Leía en sus ojos húmedos el secreto de su emoción?
La joven se levantó sobresaltada para esquivar su mirada y fingió estar distraída en la elección de un cirio, que encendió y puso en el sitio del de la bretona.
Después volvió a su banco y se arrodilló, con la cabeza entre las manos.
Cuando se levantó dejó escapar una exclamación; dos cirios estaban ardiendo juntos, y, como los dos novios de hacía un momento, Raúl, arrodillado al lado suyo, murmuraba a su oído:
—Liette, amo a usted. ¿Me ama usted a mí?
Al encontrarse en la pacífica casa del Correo, sentada en su estrecha oficina junto al ventanillo ante el cual desfilaban las mismas caras familiares, Liette hubiera podido creer que nunca había salido de allí.
La de Raynal, vuelta a caer en su atonía, dormitaba inerte y pasiva recostada en su butaca junto a la ventana abierta. Las comadres la saludaban al pasar con las mismas palabras de conmiseración, y el cartero, poco hablador naturalmente, se llevaba militarmente la mano al quepis y dirigía a la madre y a la hija una mirada de respetuosa simpatía mordiéndose el duro bigote.
Saint-Pair, la Villa Blanca, el mar bretón, la campiña normanda, la Brecha de los Ingleses, la capilla de Santa Ana, ¿era todo eso un sueño, una ilusión, una quimera?
Liette estaba a veces por preguntárselo.
Un balido quejumbroso y una cabeza rizada que se apoyó en su falda, respuesta indirecta a su pregunta, arrancáronle un suspiro involuntario.
—Silencio Breal, vas a despertar a mamá—dijo temerosa.
Lo que despertaba sobre todo el pobre Breal eran los ardientes recuerdos que la joven hubiera querido adormecer para siempre; las locas carreras por el polvoriento camino al galope del fogoso poney, los chasquidos del látigo del cochero improvisado mezclados con los gritos de susto de la de Raynal, los regresos melancólicos en las primeras sombras del crepúsculo que borraban el paisaje y echaban en las olas como un velo de viuda, el estrépito de la feria de Breal, el acento zalamero de la aldeana:
—¡Un corderito para la señora!
Era sobre todo el instante supremo, en el recogimiento de la obscura capilla, cuando conoció la inefable embriaguez de un amor correspondido.
¡Pobre Breal! Mago inconsciente, su voz evocaba aquel pasado inolvidable, y mientras le regañaba un poco, Liette acariciaba maquinalmente sus lanas de nieve como las imágenes engañadoras que pasaban ante sus ojos soñadores.
No había vuelto a ver a Raúl ni a su familia, que se habían marchado antes de su vuelta y estaban ya instalados en la Villa Blanca; pero además de una correspondencia activa y cariñosa con su discípula, había recibido varias cartas del joven conde a pesar de su formal prohibición.
En efecto, Liette no era mujer de abandonarse sin resistencia y sin lucha a una pasión cuyos peligros le mostraba claramente su severa conciencia.
Arrancándose a la emoción deliciosa en que la había sumido la declaración espontánea de Raúl, se había dominado valientemente y, mostrándole el callejón sin salida en que iba a meterse imprudentemente, la habló el lenguaje imperioso de la razón y del deber.
Todo les separaba, nombre, posición y fortuna. La de Candore quería seguramente para su hijo el brillante matrimonio que él tenía derecho a esperar, y corresponder a sus bondades introduciendo la perturbación en su casa era una verdadera falta de delicadeza.
—Olvídeme usted, amigo mío: olvide un momento de locura del que no tardaría usted en arrepentirse. Separémonos sin remordimientos, ya que no sin pesar. Nuestro bello sueño se rompería las alas contra las brutales realidades de la existencia; devolvámosle su vuelo y mirémosle perderse en el espacio entre una sonrisa y una lágrima. Este recuerdo será para mí la florecilla azul cogida juntos y que se secará solitaria en la mejor página del libro de mi vida. Para usted será el perfume fugaz respirado al paso y al que no se mezclará ninguna amargura, y más adelante, cuando seamos viejos, muy viejos, si el malicioso azar nos reúne, tendremos la impresión fugitiva, pero exquisita, de haber sido el uno para el otro menos que nada y más que todo.
Raúl no quería oír nada y le cerraba la boca con sus declaraciones inflamadas y sus calurosas protestas, fraseología sentimental en la que sobresalía y de la que se servía esta vez con una sinceridad más comunicativa que su habilidad ordinaria.
La amaba, y el amor era la razón suprema y el supremo deber. La amaba, y ese amor saldría victorioso de todos los obstáculos, cuya importancia, por otra parte, se exageraba Liette. La amaba, y por la sola potencia de ese amor, se comprometía a convencer a la señora de Candore y a obtener su consentimiento.
—Pruebe usted—murmuró ella vencida.
Raúl se agarró a aquel medio consentimiento arrancado a su cansancio y todo lo que Liette pudo obtener fue un mes de reflexión y la promesa de guardar silencio con una y otra madre y de abstenerse hasta entonces de todo paso y de toda carta... promesa a la que él se apresuró a faltar en cuanto a este último punto.
«Perdóneme usted que infrinja su prohibición, Liette—le escribió al día siguiente de su separación,—pero necesito dar a usted la fe que le falta. Mal me juzga usted si cree que el tiempo puede modificar mis sentimientos y si atribuye la declaración sincera y espontánea de mis labios a un impulso irreflexivo y a una animación pasajera. Si cedí a una tracción irresistible, no fue sin lucha ni combate. Hoy me confieso vencido y ni mi corazón ni mi razón pueden hacerme avergonzar de mi derrota. Pertenecemos a la misma clase; nada nos separa realmente, ni la educación ni los gustos. Reconozco humildemente la superioridad de su mérito de usted, de su carácter y de sus sentimientos, y ya sabe usted que mi misma madre los ha reconocido muchas veces. Así, pues, no podrá menos de aprobar mi elección y acoger a usted como a una hija predilecta, digna hermana de nuestra Blanca que tanto quiere a usted. No sea usted más severa que los míos, Liette; no se niegue a mi dicha, a la suya y a la de la querida enferma a quien he dedicado los sentimientos de un hijo.
«Una palabra de aliento y de confianza para darme el valor que tanto necesito.»
A pesar de esta última súplica, que denotaba una inquietud y una vacilación mal disimuladas bajo la aparente resolución de las primeras líneas, Liette no respondió, firmemente decidida, aunque se rompiese su corazón, a no salir de la reserva que le mandaban imperiosamente su dignidad y su deber.
Raúl volvió a la carga.
«Me encuentro en estos lugares llenos de usted, donde las cosas, menos crueles que su alma, me dan el aliento que usted me niega sin piedad. El mar, con sus olas cambiantes como sus ojos de usted, y de voz grave como la suya, meciendo mi dolor al ritmo de sus ondas me ha dicho «Esperanza». Santa Ana, testigo mudo de nuestros esponsales, parece que me sonríe y que murmura «Confianza». El verde campo, dormido bajo la caricia del sol, el beso de la brisa y la canción de sus nidos, me ha suspirado «Amor». Y todos me han gritado ¡«Anda»!
«¿No me lo repite usted también, Liette?»
Liette permaneció silenciosa.
En el fondo, Raúl no deploraba más que a medias el plazo que se le había impuesto. La verdad era que la presencia de la señora de Candore paralizaba un poco sus veleidades de independencia y no le disgustaba dejar para más adelante una explicación embarazosa, de la que no estaba seguro de salir con los honores de la guerra a pesar de sus fanfarronadas. Así era que veía llegar el fin del mes con menos impaciencia que inquietud.
El plazo había ya expirado.
Aquel día, al acabar de comer, Raúl pidió bruscamente a su madre el favor de una entrevista particular, decidido a quemar sus naves.
Blanca, que contaba con él para una partida monstruo de tennis organizada con una colonia americana compuesta de jugadores de mérito, hizo una linda mueca de despecho.
—Otra vez me das esquinazo... Tu «amabilidad» empieza a pesarte. Ya nos has dejado a mamá y a mí ir solas a Jersey... Y tú te lo has perdido...
—¿Por qué?
—Porque hubieras encontrado a una antigua amiga, que tenía el privilegio de excitar tu elocuencia a falta de tu admiración... miss Dodson, y miss Dodson sin anteojos.
Aunque preveía la alusión, la frente del joven se obscureció con una sombra.
—¡Estás loca, Blanca!—dijo la condesa ligeramente contrariada por esa salida intempestiva.
—No, mamá, te aseguro que he conocido muy bien de lejos a mi antigua institutriz conduciendo un cochecito de niño.
Esta vez Raúl palideció a pesar suyo.
—¡Pobre muchacha!—dijo Neris con interés.—¿Estará reducida al papel de niñera?
La de Candore, que no quitaba los ojos de su hijo, notó su visible turbación y su frente se arrugó con un fruncimiento imperceptible.
—¿Vas a acompañar a Blanca, hermano?
—Ciertamente, querida Hermancia. ¿Vienes, pequeña?
Blanca presentó la frente a su madre y dijo a Raúl amenazándole con el dedo:
—A ti no te doy un beso.
Pero como era incapaz de un enfado prolongado, cambió de parecer al llegar a la puerta y dijo con gracioso aturdimiento lanzándose a abrazarle:
—Ya me desquitaré mañana; te confisco por todo el día.
—Aprobado—respondió Raúl alegremente.
Mientras la joven se echaba a correr para alcanzar a su tío, la condesa se dirigió a la cubierta de cristales seguida por el diplomático, que iba mascullando su exordio.
—¿Tienes que hablarme, Raúl?—dijo la condesa.—¿Qué quieres? Yo también tengo que decirte algo.
—Entonces, tú la primera—respondió cortésmente el joven, interesado en aprovechar el menor plazo, aunque un poco alarmado por el tono de su madre.
—Como quieras.
La condesa se recogió un momento y dijo:
—Es un asunto delicado, extremadamente delicado... del que hubiera deseado no hablar todavía contigo... Pero hay en esto para mí un caso de conciencia... En una palabra, se trata de tu excesiva familiaridad con Blanca...
—¡Blanca! mi hermana...
Raúl que hacía un momento estaba literalmente sobre ascuas, miró a su madre con verdadera estupefacción... ¿Estaba en su juicio?... ¿Sabía él mismo lo que había oído?
—Blanca no es tu hermana—dijo gravemente la noble dama.
—¡Que no es mi hermana!... ¿Qué es entonces?
—Mi sobrina y tu prima.
—Entonces mi tío...
—Es su padre.
Recordando en términos discretos la juventud tempestuosa del señor Neris, la condesa reveló a Raúl el matrimonio escandaloso de su tío con una mujer indigna que le había indispuesto con toda la familia hasta el día en que, solo y abandonado con una hija en la cuna, había venido a suplicar a su hermana que le acogiese en su casa.
—Sin dejar de desaprobar su conducta, cedí a sus súplicas en interés de esa pobre niña y en el tuyo.
—¿En el mío?
—Sin duda. Esta complacencia te aseguraba las bondades de tu tío, muy necesarias para establecerte, dada la exigüidad de tu patrimonio.
A través de los cristales, Raúl seguía con mirada curiosa al padre y a la hija, a quienes veía bajo un nuevo aspecto. ¡Qué ternura, en efecto, en los menores ademanes del anciano, en el largo beso que depositaba en la frente de su hija cuando ésta se iba muy alegre hacia sus compañeras y en la mirada con que le envolvía al desdoblar maquinalmente «Le Temps» del día anterior!
—¿Cómo diablos no lo he sospechado?—dijo el diplomático encogiéndose de hombros, humillado por su poca perspicacia.—Salta a la vista que es su hija.
—Y su única heredera.
El joven se volvió como si le hubiera picado una mosca.
—¿Cómo es eso?
—¡Diablo! su padre le dejará naturalmente toda su fortuna.
—Es muy probable—murmuró el conde mordisqueándose nerviosamente el bigote.
Dio unos paseos en silencio, y dijo parándose delante de su madre:
—¿Y yo, entonces?
—No dudo que, como agradecimiento, mi hermano te dejará...
—Un hueso que roer. ¡Vaya una ganga!
—¡Raúl!
—¡No, verdaderamente, es inicuo!... Se me deja crecer con una esperanza quimérica y comprometer, acaso, mi porvenir, y, de la noche a la mañana, todo se viene abajo como un castillo de naipes y se me deja reducido a una medianía que no es siquiera dorada.
Impotente para devorar su amarga decepción, pisoteaba rabiosamente la estera de China que cubría el suelo.
—Vamos a ver, mamá, debe de haber algún medio...
Por los delgados labios de la condesa se deslizó una imperceptible sonrisa. ¡Qué bien conocía a su hijo y qué bien le había llevado insensiblemente al punto preciso en que le quería!
—¡Un medio!... No veo más que un buen matrimonio, al que tu nombre te da derecho a aspirar. En cuanto a la herencia de tu tío, no hay que pensar en ella, y es posible, por otra parte, que de aquí a entonces Blanca tenga un marido que cuide de sus intereses...
—¿Crees que, en su posición, se casará fácilmente?
—Sí y no, amigo mío; es una muchacha encantadora y bien educada, a la que la madre más exigente será dichosa en tener por hija. Sin embargo, aunque cubierta por mi tutela de un barniz de respetabilidad, ciertas familias... timoratas... tendrían ciertos escrúpulos. Pero, en suma, no le faltarán pretendientes aceptables y más de un noble arruinado, aficionado a la buena vida, querrá dorar su blasón gracias a la generosidad asegurada de su suegro.
—Blanca no consentirá en casarse con el primero que se presente; quiere un marido...
—Que se parezca a ti; lo dice muy alto.
Fue esto dicho negligentemente y sin la menor intención aparente, pero el tiro había dado en el blanco. Raúl aguzó el oído, y dijo tratando de leer en el pensamiento de su madre:
—¿Decididamente, no tienes ninguna idea?
—Dios mío, no, ni sombra de una... Pero acaso la tendré más adelante... Por otra parte, busca por tu lado. ¿No eres diplomático?
Raúl hizo un gesto de mal humor, pero sabía por experiencia que la condesa no entregaba nunca por entero su pensamiento y que él usaría en vano todas las astucias de su diplomacia. Así, pues, dijo levantando el sitio:
—Te doy las gracias por tu confianza y tus consejos, mamá. Pensaré en todo esto.
—Pero tú, hijo mío, ¿no tenías una confidencia que hacerme?
Raúl sufrió un estremecimiento significativo.
¡Liette! La había olvidado. Además la situación no era ya la misma...
Y respondió balbuciendo avergonzado y confuso:
—Nada, mamá, una pequeñez...
Raúl se subió a su cuarto.
Era una gran pieza clara y alegre, con anchas ventanas, una de las cuales daba al mar y la otra al campo. Por un lado el movimiento y el ruido de la playa, el murmullo cadencioso de las olas, las canciones de las lavanderas al depositar la ropa en las rocas, las risotadas de los bañistas y las locas carreras en la marea baja por la inmensa sábana de arena franjeada de plata; y por el otro la calma y el reposo de los campos, las frondosas laderas y el camino solitario en el que raros transeúntes ponían una sombra de vida, mientras que la capilla con sus muros grisáceos, su puerta baja y sus barrotes en cruz, parecía, al contrario, un monumento funerario.
Aunque nada tenía de poeta, era a aquel balcón donde el conde iba a menudo a soñar con su amiga. En el recogimiento de la hora crepuscular, que confunde el paisaje en tintas imprecisas y dulces tan en armonía con las impresiones melancólicas, Raúl evocaba el recuerdo turbador de sus místicos esponsales, como ella en su estrecha oficina.
Pero aquel día no tuvo ni una mirada para aquel cuadro familiar y dejándose caer en una butaca, se abandonó a un verdadero acceso de misantropía agresiva.
Su tío, su prima, su madre misma, pasaron allí un mal cuarto de hora.
¡Oh! ¿De qué no son capaces esos vividores camastrones que olvidan los derechos sagrados de la familia? Y la condesa, tan alarmada por la menor travesura, que protegía aquel escándalo uniendo al padre con la hija en lugar de separarlos y preparando inconscientemente la ruina de su hijo en lugar de defender sus intereses...
—¡Todo el mundo se ha ligado contra mí!—pensaba con rabia reconcentrada.
Muy sincero en sus recriminaciones egoístas, como acostumbrado a considerar como suya la fortuna de Neris, se juzgaba desposeído de unos bienes legítimos y su indignación, bastante cómica, era perfectamente justificada a sus ojos. Poco le faltaba para hacer a la pobre Blanca responsable de aquel despojo.
¡Ella, a quien había tenido la candidez de querer como a una hermana, sin desconfianza, robarle su herencia!
Todavía, si hubiera podido tomarla con alguien... Pero un anciano y una niña... Estaba impotente y desarmado, condenado a devorar su cólera so pena de ser ridículo u odioso.
Caído delante del escritorio, estaba atormentando maquinalmente su cortapapeles de marfil y doblándole como un florete.
¡Clac! En su mano nerviosa, se rompió la hoja de repente con un ruido seco.
Este accidente tan ligero puso el colmo a su irritación... Con un brusco ademán, barrió todo lo que se encontraba delante de él, y portaplumas, lápiz y papeles volaron hasta el centro de la pieza.
Sólo permaneció en la mesa una carta comenzada.
«Liette.»
¿Liette?
¡La había olvidado!
«Voy a hablar a mi madre, le escribía aquella misma mañana; cuando acabe estas líneas será usted mi prometida a mis ojos como a los suyos.
«¿Late su corazón de usted más de prisa en esta hora en que me juego más que la vida y se acuerda un poco del que no piensa más que en usted?
«Suena la campana... Echo la última mirada a la capilla de Santa Ana, donde tiembla un débil resplandor, estrella de esperanza. Si escucha mis ruegos, esta noche iluminaré su santuario hasta dar envidia a su hermana de Auray.»
Raúl leyó fríamente estas ardientes palabras.
—¡Buena tontería iba a hacer!—masculló entre dientes.
En seguida tuvo vergüenza de este grito del corazón, eco fiel de su inconsciente egoísmo, y trató de colorear su defección a sus propios ojos.
Ciertamente, hubiera querido casarse con Liette; ¿pero podía? ¿Era digno y leal asociarla a un porvenir precario después de haber hecho brillar ante ella un espejismo engañador? Habiéndole ofrecido compartir con ella una gran fortuna, ¿podía no llevarle más que una baja medianía? Seguramente, no dudaba que era amado por sí mismo, y acaso la noble joven experimentaría más gozo que tristeza al darle esta prueba de amor y de desinterés; pero él, un caballero, ¿debía aceptar?
Por otra parte, jamás la de Candore, cuyos designios había penetrado, aprobaría semejante locura. Negaría su consentimiento, y el pedírselo no conduciría más que a exponer a la pobre institutriz a alguna afrenta humillante. Lo mejor era callarse, resignarse, obedecer; y aquella hija de soldado fuertemente impregnada de disciplina sería la primera en aconsejárselo.
En el fondo, su resolución estaba ya tomada.
Estaba bastante enamorado para hacer un matrimonio pobre siendo él rico y no debiendo sufrir por ese ligero sacrificio ni en sus costumbres ni en sus gustos refinados; pero afrontar la medianía, ni aun con la mujer amada, era superior a sus fuerzas y a su valor.
—¡Pobre Liette! ¡Qué pena va a tener!—murmuró con cierta fatuidad.
También él sufría... pero no mucho.
Su entusiasmo había caído con sus esperanzas, y la decepción material había matado brutalmente al sentimiento ideal que por un instante le había transportado en sus alas.
Admiraba en sus adentros la presciencia adivinatoria de la condesa, que siempre intervenía en el momento decisivo y que acababa de detenerle en el borde del abismo en que iba a dejarse caer imprudentemente.
—Sin la oportunidad maternal, me metía en un lindo barrizal—pensó con una satisfacción que alivió un poco la amargura de sus pesares.—Decididamente, mi señora madre tiene un olfato maravilloso y haré muy bien en seguir sus consejos más o menos directos.
¿Un buen matrimonio?...
Encendió un cigarro y fue a asomarse a la ventana que daba a la playa.
La partida estaba en su pleno y los «Play», «Ready» que se cruzaban entre los jugadores llegaban a su oído llevados por la brisa marina.
Hasta distinguía el duro acento anglosajón y las notas argentinas de Blanca cuando se reía de alguna jugada torpe.
Aquella chiquilla tenía la culpa de todo...
Buena muchacha en suma, llena de delicadeza y de corazón, lejos de rehusar nada al que ella consideraría siempre como su hermano mayor, sería la primera en decirle:
—Repartámonos la fortuna.
Pero su dignidad no podía consentir...
¿Con qué título?
Un primo no es un hermano ni un marido...
¿Un marido?
Después de todo, él podía llegar a serlo. Si era absolutamente preciso resignarse a un buen matrimonio, y no veía otra salida, ¿por qué no ella mejor que una pécora cualquiera que hiciese sonar demasiado su dinero y que, al menos, le tratase de igual a igual siendo su señor y dueño? Blanca, la pobre, se estimaría muy feliz siendo su humilde servidora.
Porque no había duda, ya le adoraba como hermano. ¿Qué iba a ser ahora?...
Casi siempre una prima adora a su primito...
tarareó entre dos bocanadas de humo.
Su intimidad se había desarrollado particularmente en aquella expedición, en la que absorvido por un pensamiento único, Raúl no estaba dispuesto a coquetear según su costumbre y se limitaba a la sociedad de su hermana. Con ella podía hablar libremente de Liette, y no dejaba de hacerlo. Ella le respondía con toda la inocencia de su alma, no cesaba de elogiar a su institutriz y respondía a los cumplimientos fraternales sobre su personilla:
—En otro tiempo no me encontrabas tan a tu gusto; el reflejo de miss Dodson me era menos favorable...
La joven decía esto alegremente y sin malicia alguna.
Indiferente a los otros jóvenes, mariposones de casinos o estrellas de playa que exhibían sus gracias en las partidas de tennis y empleaban su ingenio en las sabias combinaciones del cotillón. Blanca respondía ingenuamente a las bromas de su hermano que le instaba a elegir un novio.
—No hay ni uno que se parezca a ti...
En ese caso...
¿Por qué no después de todo?
Aquel era evidentemente el plan de la señora de Candore, cuya prudencia maternal había desconocido... Y más todavía el deseo del tío Neris, que encontraría difícilmente mejor partido y no regatearía para asegurar la dicha de su hija.
—Además, se pondrá tan contenta la pobre muchacha...—pensaba con la magnanimidad de un príncipe, retorciéndose el fino bigote.
En la playa, acabada la partida, cambiábanse vigorosos apretones de manos al cumplimentar a los vencedores, que eran Blanca y su pareja, un joven discípulo de Saint-Cyr que había reemplazado a Raúl a última hora. Ambos hablaban y reían con un aplomo de buen gusto, pero que no por eso dejó de atacar los nervios un poco irritables del señor de Candore, el cual arrojó el cigarro medio fumado y bajó rápidamente al encuentro de su prima.
Blanca se disponía a volver a la quinta con las facciones animadas por el ardor del juego, mientras la sangre corría más viva bajo su piel transparente y nacarada. Su belleza, un poco frágil, tenía algo de delicado y conmovedor.
—Te sofocas demasiado—dijo el señor Neris con alarmada solicitud;—vas a coger frío.
Pero ya Raúl traía un chal y cubría con él los hombros de la joven con un matiz de galantería que la condesa, en pie en la escalinata, fue la única en observar.
Por sus delgados labios se deslizó una enigmática sonrisa.
—Vamos—pensó,—la novela ha concluido y comienza el idilio.
Aproximábase el fin de la señora de Raynal, y esta vez nada podía ya retardarle. Después de unas cuantas semanas de respiro y de esperanza, último resplandor de la lámpara próxima a extinguirse, la enfermedad, contenida un instante, llegaba ahora a marchas dobles. Consultas, remedios, cuidados y oraciones, todo fue inútil. La muerte estaba allí, halagüeña y acariciadora para aquella vieja infantil que se abandonaba a ella sin resistencia.
Me siento tan gastada y tan fatigada, hija mía, que es caritativo dejarme al fin reposar. Tú eres una valiente, igual que tu padre, con su carácter de hierro en el que se embota la desgracia, mientras que a nosotras, pobres sensitivas, nos quiebra como el cristal. ¡Ah! vosotros sois los privilegiados de la vida...
—¡Privilegiada! ¡Pobre Liette!
Temblando por aquella existencia que pendía de un hilo y por su amor, acaso más frágil todavía, la joven devoraba sus lágrimas y ocultaba sus angustias a fin de no entristecer aquella agonía...
¿No estaba ella amenazada por un doble duelo? A pesar de las cartas de Raúl, su corazón estaba martirizado por penetrantes aprensiones ¡Blanca amaba!
Amaba con todas las fuerzas de su alma ardiente pero concentrada; amaba con la hermosa confianza y el cándido entusiasmo de los dieciséis años; pero también con la desconfianza involuntaria y la temerosa timidez de un amor tardío; amaba con la energía de una mujer y la debilidad de una niña.
¡Blanca amaba!
¿Y él? Se lo había dicho y se lo repetía sin cesar. Ciertamente, no dudaba de él, pero temía a la condesa. Si su voluntad, fortalecida con sus derechos de madre, se elevaba como una barrera entre los dos y no podían romperla, ¿no tendrían que inclinarse el uno y el otro? Y en su abnegación de mujer amante, pensaba, olvidando su propio sufrimiento.
—¡Pobre Raúl! Al menos él no se quedará solo.
Pero, ¿y ella?
¿Le iba a faltar todo a la vez?
Y con temor supersticioso trataba desesperadamente de retardar el desenlace fatal, como si la vida de la una estuviese ligada al amor del otro y debiesen confundirse sus últimos suspiros.
Aquel día, una tibia tarde de septiembre, la enferma, a pesar de su extremada debilidad, había querido que la llevasen al jardín y lánguidamente echada en su hamaca, estaba evocando, con voz ya lejana, sus recuerdos de la primera juventud, enjambre de mariposas color de rosa que revolotean alrededor de la frente de los moribundos en la hora del último crepúsculo.
—Era un día muy parecido a éste... Nuestro hermoso sol de los Trópicos se velaba triste y huraño... Mi madre, en su hamaca como yo estoy ahora, tiritaba como yo tirito... Estaba yo triste como tú lo estás hoy, hija mía... Hacía ocho días que no teníamos noticias de tu padre... que todavía no se había declarado... Yo tenía el corazón oprimido... tan oprimido, que estalló de repente y me eché sollozando en los brazos de mi madre.
—¡Pobre mamá!
Entonces ella, que lo había adivinado todo, no pronunció más que un nombre:
—¿Raúl?
—No, Jorge—rectificó Liette con sonrisa forzada.
La de Raynal hizo un movimiento de impaciencia.
—En verdad, hija mía, tienes poca confianza en tu madre—dijo en tono de despecho.—¿Quieres esperar a que esté muerta?
—¡Oh! mamá...
—¿Crees que no veo claro? ¿Por qué dejarme marchar en la duda?
—¡Madre mía!...
—Eres una ingrata, una mala hija... Después de lo que he hecho por ti, me niegas este último consuelo... ¿Es esto caritativo?
La anciana se agitaba, presa de una excitación febril y balbucía palabras entrecortadas.
Liette vacilaba...
Ciertamente, muchas veces, en su desesperada angustia, había estado a punto de ceder a la irresistible necesidad de expansión, natural en el que sufre y quiere ser consolado. Y siempre la palabra había expirado en sus labios...
¿Para qué?
¿Para qué introducir la turbación y la alarma en aquella apacible agonía? ¿Para qué confiarle la tímida esperanza que reprobaba su razón? ¿Para qué dar alimento a las quimeras que poblaban la imaginación exagerada de la ardiente criolla, tan llena de castillos en el aire?
A pesar de su ternura y su respeto, Liette conocía demasiado a aquella niña vieja y frívola para pedirle el sostén y el apoyo moral necesario en las horas de desfallecimiento. Su madre atizaría el fuego con mano inconsciente en vez de apagarlo, y Liette, sin fuerza ya para luchar contra ella misma, veía que no podría resistir al contagio del espejismo.
¿No valía más esperar?
Pero ¡ay! ¿esperaría la muerte? ¿Era filial aquella prudente reserva?
Liette cayó de rodillas.
—Perdona, madre querida; quería ahorrarte una decepción probable...
—Pronto, cuéntamelo todo... ¿Te ama?
—Así me lo ha dicho.
—¿Y escrito también? Por eso recibías tantas cartas de Granville...
La anciana se reía maliciosamente, muy orgullosa por su perspicacia.
—¡Oh! dos solamente, y no las he respondido.
—Pues yo sí lo hubiera hecho... En fin, trae...
Trató de leer, pero en vano, y dijo con un gesto de cansancio:
—No veo; lee tú, hija mía.
Liette obedeció, y, con voz sorda pero en la que vibraba una emoción mal contenida, volvió a leer aquellas líneas ardientes y apasionadas, frases huecas cuyo vacío no podía sospechar su alma leal.
La moribunda estaba encantada y escuchaba con sonrisa de triunfo en los labios.
—¡Bien! ¡Muy bien!—decía.—¡Pobre muchacho! ¡Cómo te ama! Sigue, sigue.
Y al acabar la lectura, exclamó:
—¡Querido niño! Muestra un entusiasmo, un ardor, una constancia, a pesar de tu frialdad... Porque, realmente, hija mía, no sabes animarle... ¿No le amas?
—¡Ay! sí...
—¡Entonces!... ¿Cómo puedes permanecer así, plácida e indiferente?... ¿No tienes fe?
—¡Oh! mamá querida...
Asustada por la exaltación de su madre, Liette se esforzaba en vano por calmarla. En aquella pobre cabeza agotada sonaban todos los cascabeles de sus locas quimeras. La anciana divagaba con delicia y hablaba del matrimonio, de la ceremonia, de los trajes...
—¡Con cuánto gusto lo vería!—suspiraba.
Dudar del consentimiento de la condesa era para ella una locura. Si hacía esperar su petición, era que quería venir en persona...
—Estoy segura de que está en camino; lo adivino, lo siento...
...La puerta se abrió... Y la anciana volvió la cabeza estremeciéndose...
Pero no era más que el tío Marcial, que venía a hacer amablemente el servicio de la oficina.
—Una carta para usted, señorita; de Granville.
¡Al fin!
Liette desgarró el sobre con mano temblorosa.
La carta era de Blanca y no contenía más que estas líneas:
«Doy a usted, mi querida amiga, la primera noticia de un secreto que es una pena y también una dicha. Mi madre no es mi madre, y, sin embargo, me ha dicho muy bajito que yo podría aún ser su hija.
«Al perder un hermano encuentro un primo... y, acaso, un novio... un esposo...
«Yo, que amaba ya tanto a Raúl, ¿cómo voy a hacer para amarle más?... ¿Y él, querrá amarme? Usted me ayudará a conseguirlo, ¿verdad?»
Los labios trémulos, los ojos fijos, las mejillas más pálidas que las de la moribunda, Liette permanecía rígida, muda, sin quejas, sin lágrimas...
—Y bien—dijo ansiosamente la madre;—habla, me das miedo.
Ante aquella palidez, ante aquel mutismo, ante la desesperación de aquella pobre mirada, ¿tuvo la anciana la vaga presciencia de la verdad y remordimientos por su imprudencia?
Aquellas facciones infantiles bajo su corona blanca expresaron tal desolación y tal angustia, que Liette olvidó su propio sufrimiento, y cuando la moribunda, con las manos juntas como un niño que pide perdón, balbució tímidamente:
—¡Oh! dime, ¿es el consentimiento de la condesa?
Liette respondió:
—Sí.
Una hora después la de Raynel moría con la sonrisa en los labios, murmurando:
—¡Condesa de Candore!
El letargo del primer dolor nos quita en parte la facultad de sentir los otros, y quizá esos golpes redoblados que caen simultáneamente sobre nuestra cabeza son menos un brutal encarnizamiento de la suerte que una suprema piedad de la Providencia...
En el sopor físico y moral en que la sumió la muerte de su madre, Liette no tuvo lágrimas más que para ella y todos los demás dolores se hundieron en aquella fosa abierta, duro y frío lecho para aquel delicado pájaro exótico. Durante unos días, su mente, absorta por entero por aquel duelo cruel, aunque previsto, no estuvo dominada más que por el recuerdo de la anciana infantil a la que dedicaba una ternura filial y maternal al mismo tiempo. Ante su cuarto vacío, ante su butaca, ante su hamaca, la joven tenía crisis de desesperación, más conmovedoras porque las dominaba valerosamente, y, a pesar de las curiosidades indiscretas y de las lástimas torpes, nadie pudo jactarse de haberla oído quejarse ni visto llorar.
Desdeñando por otra parte las simpatías triviales y los pésames de convención, Liette se apasionaba difícilmente aun ante un cariño sincero, y el mismo señor Hardoin tenía que esforzarse para forzar la puerta de aquella alma cerrada y a la que la última decepción había añadido todavía un cerrojo.
En efecto, en la angustia de su aislamiento y de su abandono iba surgiendo poco a poco de la sombra una imagen borrada un momento por la de la muerte, y Liette trataba en vano de librarse de ella. ¡Ay! así como en otro tiempo no había podido combatir la esperanza quimérica, no podía ahora mandar a su memoria demasiado fiel y que le trazaba sin cesar las ardientes etapas de aquel pasado demasiado corto. Liette repasaba sin descanso las migajas de dicha escapadas de la mano avara del Destino, ya que estaba destinada a no sentarse nunca al festín de los dichosos.
Su carácter leal y firme defendíale las lamentaciones estériles y las vanas recriminaciones. Lejos de achacar culpas a Raúl, hubiérale buscado excusas si él las hubiera necesitado a sus ojos; pero, lejos de vituperarle, le aprobaba. Ni por un instante pensó en luchar ni en invocar los derechos de su ternura. Aun a falta de su orgullo, su profundo agradecimiento por la joven que le abría tan ingenuamente el corazón hubiera bastado para evitarle todo desfallecimiento.
El joven diplomático le escribió una carta desolada poniendo su suerte entre sus manos y terminando por estas líneas de una hábil política:
«¿Qué debo hacer, Liette? Dígamelo usted, pues ya no lo sé yo mismo. Apelan a mi honor, a compromisos de familia, a mi gratitud hacia mi tío, a mi piedad por su hija... Yo no oigo más que la voz de mi razón y mi amor... Necesito un guía que me ilumine. A usted, que es mi razón y mi conciencia la obedeceré ciegamente. ¿Qué debo hacer?»
La joven respondió sencillamente:
«Su deber de usted: casarse con Blanca.»
El amor, tal como lo comprendía aquella hija de soldado, era un sentimiento tan puro como el honor, que sufre todos los sacrificios, pero no una mancha. Como la bandera, el corazón podía ser desgarrado, pero no manchado...
Liette aprobaba sin desfallecer el casamiento de Raúl y se hubiera avergonzado de una traición.
Ciertas palabras indiscretas del señor Hardoin le habían confirmado la situación de Blanca y los proyectos arraigados desde hacía mucho tiempo en la mente calculadora de la condesa.
—No hay gran señora para su notario—decía Hardoin con su maliciosa bondad.—A pesar de su afectado desinterés, la hija del viejo Neris sabe contar tan bien como su difunto padre. Hace mucho tiempo había yo visto su juego y sabía que su hijo no resistiría seriamente a sus razones... contantes y sonantes.
—¡Oh! señor Hardoin, toda acción puede tener un móvil noble y generoso. ¿Por qué atribuirla con preferencia a un motivo bajo y vil?
—Porque así hay menos probabilidades de engañarse, pobre amiga mía... Además, según es el hombre se deben juzgar sus actos.
—¿No quiere usted al señor de Candore?
—¿Raúl? Es un buen muchacho; tiene ingenio... y un poco de corazón, no mucho...
—¡Oh!
—Incapaz de dejarse entusiasmar más de lo que dan de sí las riendas... Y su madre es un buen cochero.
—Le calumnia usted.
—No, amiga mía, le excuso.
—El respeto filial es un deber...
—Pero hay también otros...
—¿Más sagrados?
—Quizá... Cuando una joven honrada y crédula ha puesto toda su confianza en la palabra leal de un hombre, es mi parecer que no puede faltar a ella sin cometer una mala acción...
El flemático notario se había animado y hablaba con un calor que rayaba en indignación.
Liette le escuchaba muy grave y llena de aflicción y de sorpresa. ¿Cómo había el notario adivinado su secreto? ¿Cómo olvidaba la reserva y la delicadeza de su carácter y de su profesión hasta hacer aquella alusión ofensiva?...
La joven, pues, le respondió fijando en él su clara mirada:
—Podría fingir que no le comprendía a usted, caballero, y si no se tratase más que de mí le respondería, ante su interés oficioso e inexplicable, que no se fuerza mi confianza... Pero no puedo dejar pasar una acusación mal fundada contra una persona a quien estimo y a quien amo.
El notario levantó los brazos al cielo con una estupefacción demasiado vehemente para ser fingida.
—¡Usted ama al señor de Candore! ¡Usted! ¡Usted!
—Le amaba como él a mí, más que a mi vida, pero menos que a mi honor, y, lejos de sustraerse a sus juramentos, que yo por otra parte no había ratificado, vea usted la carta que me escribió la víspera de sus esponsales. Lea usted, se lo ruego.
Aturdido, el notario obedeció maquinalmente.
—¡Bah!—dijo,—la conocía a usted bien, y no tengo que preguntar a usted qué respuesta le dio. No es usted de las que hubieran hecho valer derechos imaginarios...
—No tenía ninguno, y, por otra parte, los de la familia hubieran sido antes... Además, mi querida Blanca...
Su voz se quebrantó.
—¡Le ama tanto la pobre niña!... ¡Hubiera sido tan desgraciada!... ¡Y está tan poco acostumbrada a sufrir!
—Mientras que usted...
—Yo tengo la costumbre—respondió Liette con su hermosa sonrisa de resignación.—¡Ah! si Dios hubiera querido siquiera dejarme a mi madre! Pero no tengo ni un niño a quien amar...
El notario dobló metódicamente las gafas, las puso en el estuche y dijo, después de haber tosido para aclararse la voz:
—Señorita, tengo que protestar ante todo contra la interpretación errónea de unas palabras en el aire, que no se referían a usted ni al señor de Candore... Si hubiera sospechado ni remotamente la simpatía con que usted se digna honrarle, me hubiera cortado la lengua antes que expresar la menor apreciación desfavorable. Hágame usted el favor de hacerme la justicia de creerlo. Usted no es de las que queman lo que han adorado. Olvide usted, se lo ruego, una torpeza involuntaria que deploro sinceramente. Pero lo que no puedo deplorar es la noble confianza que se ha servido usted manifestarme y que realza todavía mi respeto y mi admiración hacia usted. Es usted valiente entre las valientes y estoy orgulloso de tener alguna parte en su amistad, que le suplico me conserve preciosamente. Si esa amistad llegase a ser un día bastante grande y la soledad pesase a usted demasiado, recuerde, señorita, que mi despacho es su vecino más próximo y que nunca hará usted a su dueño más feliz que dignándose entrar en él... y no salir más. Esto es todo lo que tenía que decir a usted. Conste. De hoy en adelante esperaré su buen deseo.
Vuelto a su casa después de esta declaración un poco original, el digno notario se sentó muy pensativo en su escritorio.
—¡También ella!—murmuró con un poco de despecho.—Una inteligencia tan superior dejarse coger por las vulgaridades de ese belitre... ¿Qué tiene ese hombre de particular?
Como una irónica respuesta, el espejo de la chimenea le envió la imagen de su cráneo calvo y de sus patillas canosas, y el notario exclamó con cómico furor encogiéndose de hombros:
—Pardiez, lo que tiene son veinte años menos. ¡Oh! la juventud, la juventud...
Ahogando un gran suspiro, cogió de la taquilla una carta de sello británico y la leyó moviendo la cabeza.
—¡Pobre muchacha!—exclamó. Esto le quitaría sus ilusiones, pero habría que compadecerla más. Las ilusiones son los crisantemos de la vida.
Y después de este pensamiento, muy poético para ser de un notario, cogió un pliego de papel con el timbre del despacho y empezó a escribir tranquilamente:
«Señorita: la ley francesa no reconoce en ningún caso...»
La campana, echada a vuelo, producía toda su cascada voz de abuela al esfuerzo vigoroso del campanero, estimulado por el aliciente de la propina extraordinaria que debía valerle su celo. Los repiques sucedían a los repiques; el viejo campanario, estaba como aturdido y alterado y los vidrios antiguos, ninguno de los cuales estaba intacto, temblaban en su marco de plomo.
Habíase puesto el cura su más hermosa casulla y su ancha faz rubicunda estaba radiante por la ternura combinada de la ceremonia que estaba celebrando y del banquete que habría de presidir en el castillo. Los sochantres, con sus caras coloradotas, salmodiaban a voz en cuello, sin temor de que se les secara la garganta, pues sabían que habrían de refrescársela después copiosamente. Los monacillos, cuyas sotanas rojas demasiado cortas dejaban ver unos pantalones demasiado largos, mostraban una compunción poco ordinaria y se abstenían de meterse el dedo en la nariz, de sonarse con las mangas, de hacer burla por detrás del oficiante y otras habilidades por el estilo. Hipnotizados por la lluvia de monedas de plata que preveían, tenían una actitud grave y recogida, no faltaban a una genuflexión y presentaban las vinajeras o transportaban los Evangelios con una solemnidad digna de otro marco.
Todos trataban de excederse a sí mismos. La modesta iglesia de paredes blanqueadas y llenas de una lepra de vejez mal disimulada por unos cuantos cuadros de colores violentos que hacían pensar en el verso de Coppée:
Si fuese así, con todo, el Paraíso...
se había adornado de limpieza, ese lujo del pobre, y estaba tan bien barrida y desempolvada que las pacíficas arañas que dormitaban de tiempo inmemorial en todos los nichos y en todos los rincones, bajo el velo de la Virgen como en la corona de espinas y hasta en la barba del Crucificado, habían sido desposeídas de sus telas, arrebatadas como por un huracán, y andaban melancólicas y errantes en busca de nueva instalación.
El organista empleaba pies y manos en sacar sonidos melodiosos de su viejo y rechinante armonium, y el suizo, con su uniforme de gran gala, contemplaba con admiración el altar de madera tallada en el que resplandecían todas las luces y que desaparecía bajo las plantas y las flores raras surtidas por las estufas de Candore.
La boda de Blanca y de su primo se verificaba, sin embargo, en una intimidad buscada exprofeso. El alejamiento de aquel lugar extraviado, y el rigor de la estación (era el mes de diciembre), había permitido a la condesa dar al acto el carácter discreto que convenía a la situación delicada de la novia. Los cuatro testigos y unos cuantos allegados formaban todo el cortejo nupcial y, para ocultar el vacío de aquella fiesta un poco triste, de la que el mismo sol estaba ausente, Neris había invitado a todos los aldeanos al banquete, después del cual los jóvenes casados debían salir para Italia.
Esta feliz idea, que cuadraba muy bien con los gustos de la castellana, había hecho a la de Candore muy popular.
—¡No es tan orgullosa como se dice!—exclamaban las comadres, encantadas de ser admitidas en el castillo.
—Al menos hace vivir al país—declaraban los comerciantes, entusiasmados por la ganga.
—Resucita las antiguas costumbres—decían los viejos en tono de aprobación.
Por otra parte, hacía mucho tiempo que Blanca había ganado todos los corazones, y aunque su repentina metamorfosis hacía murmurar un poco, las frases eran menos malévolas de lo que puede esperarse generalmente de nuestra pobre naturaleza humana.
—¡Bah! Yo había sospechado algo sólo por ver la manera que tenía don Héctor de comérsela con los ojos. Nadie mira de ese modo a su sobrina.
—Con todo, es chistoso eso de casarse casi con su hermana...
—Pero la verdad es que ese matrimonio arregla muchas cosas. Así no se desparramará la fortuna.
Y todos concluían:
—La verdad es que son una buena pareja y bien proporcionada.
¡Bien proporcionada!... ¿Acaso en lo físico? La frágil delicadeza de la joven hubiera necesitado una protección más varonil, un brazo más robusto, un apoyo más firme que el de aquel lindo joven un poco enfermizo. ¡Y qué contraste en lo moral, entre aquel gastado, aquel escéptico ávido y lascivo bajo su corrección altanera, y el corazoncito ingenuo, tierno y confiado que se entregaba a él tan cándidamente!
Nada más que en la dulce mirada de admiración y de gratitud que dirigía a su señor y dueño mientras él se retorcía el bigote escuchando con aparente deferencia la interminable arenga del cura, se veía el don absoluto y gozoso de su persona, de su vida y de su alma.
La de Candore, en el colmo de la dicha, disimulaba su satisfacción bajo una impasibilidad convencional.
Neris, con la cara oculta entre las manos, formulaba una ardiente oración por su hija.
El notario Hardoin contemplaba a la asistencia a través de sus gafas protectoras. ¿Cuál de aquellos dichosos hubiera podido soportar impunemente el agudo análisis de su vista sutil y penetrante? ¿Cuál de aquellas felicidades era bastante firme para eso?
¡Ay! Ni siquiera la de aquella pobre niña recién casada, a quien el porvenir reservaba sin duda tan crueles desilusiones.
Liette no estaba allí.
Hacía meses que estaba subiendo sin vacilar al doloroso Calvario confidente del amor fresco y puro de su linda discípula, de sus temores y de sus esperanzas, a ella era a quien Blanca pedía sin cesar apoyo y consejo.
—¿Debo hacer esto? ¿Le gustará tal cosa a Raúl? ¿Cree usted que me encontrará bonita así?
Y con estoico heroísmo, Liette encontraba un áspero goce en adornar a su inocente y amada rival con las flores de su triste experiencia, y tan bien dominaba su cara, que ni un desfallecimiento había revelado la secreta angustia de su alma.
Raúl mismo se había dejado engañar, y al verla tan resignada, tan valerosa y tan tranquila, había experimentado un alivio mezclado de despecho...
¡Se consolaba, según él, muy fácilmente!
Solamente Hardoin leía en aquella frente impenetrable, y aunque nunca se permitía la menor alusión a las penosas confidencias sorprendidas a pesar suyo, su deferente simpatía y su respeto caballeresco eran un bálsamo precioso para aquella alma dolorida.
La víspera de la boda, entró como vecino en la pequeña oficina en que la joven se esforzaba por absorberse en sus cuentas, ante las cuales flotaba obstinadamente un velo de desposada.
Tuvo que admirar los trajes y las alhajas, y esto no fue nada todavía al lado de la ceremonia del día siguiente, a la que no se atrevía a sustraerse.
A pesar de su ánimo, se le acababan las fuerzas. Su energía, en una tensión exagerada desde hacia tantos días, semanas y meses, amenazaba con quebrantarse en el momento decisivo. Estaba en una de esas horas de angustia física y moral en las que el alma y el cuerpo se derrumban vencidos y claman desesperadamente en las tinieblas en que se agitan, como el Cristo en el huerto de las Olivas: «¡Señor, aparta de mí este cáliz!»
En este estado de desmayo fue como la encontró el digno notario.
—Perdóneme usted que la moleste, querida amiga—dijo juzgando de una ojeada la situación,—pero la culpa la tiene un sueño, un estúpido sueño... He soñado que se había usted torcido un pie o que le había pasado algo que le impedía atravesar la plaza... Sería un contratiempo lamentable, pero nadie está obligado a lo imposible... Debe usted de reírse de mi credulidad... Perdónemela usted... Si soy tan indiscreto es con buena intención... Voy ahora al castillo, y en el caso de que tuviera usted que darme alguna comisión... nadie duda de la palabra de un notario...
Liette le dirigió su hermosa mirada húmeda y agradecida.
—¡Qué bueno es usted, señor Hardoin! Cree usted que puedo dispensarme...
—Creo, querida niña, que la valentía no es la temeridad... Arrojarse al fuego para salvar a un semejante es muy hermoso... Pero exponerse sin utilidad no tiene nada de razonable. No somos salamandras, qué diablo...
—Gracias. Me daba vergüenza mi debilidad, pero verdaderamente dudaba de mi valor...
—¡Yo no! Pero sufrir por nada, por gusto, no me parece necesario. Está dicho, se ha torcido usted un pie...
—¡Bah! bastará una simple rozadura.
—Bien; así no tendrá usted necesidad de médico; nada más que una compresa y un bastón... Permítame usted que le ofrezca el mío; no es elegante, pero es sólido, como su dueño.
En el mismo sillón en que había agonizado su madre, Liette estaba sudando la lenta agonía de su amor.
Con la ardiente cabeza pegada a los cristales helados, contemplaba con vista turbada aquella triste decoración de invierno: los tilos desnudos, de torcidas ramas y espolvoreados de escarcha, la fuente helada, cuyo delgado chorro, congelado como una estalactita, no dejaba ya oír su murmullo cristalino, la plazuela alfombrada de nieve en la que unos pajarillos hambrientos ponían pequeñas manchas negras, como los cuervos de pesado vuelo en la inmensidad blanca de los cielos.
¡Qué diferencia con su primer despertar en Candore!
Todo entonces parecía sonreírla; los rayos del sol, el perfume de las flores, el canto de los pájaros, y su alma dilatada se abría a la esperanza.
Habían pasado menos de dos años, y en su corazón, como ante sus ojos, el sol se había apagado, las flores se habían marchitado, las canciones se habían callado y la esperanza había muerto.
La campana, sin embargo, sonaba echada a vuelo, pero cada alegre vibración repercutía en sus oídos como un toque fúnebre y el resplandor de los cirios detrás de los vidrios de colores hacíale pensar en unos funerales, los funerales de su amor....
En vano ahuyentaba esas imágenes importunas, que volvían como una mosca a posarse en su frente. En vano quería evadirse de su propia tristeza para participar de la alegría de la querida niña cuya dicha era su obra. En vano se esforzaba por olvidar sus velos de luto por aquel velo de desposada vislumbrado hacía un momento en la portezuela del coche, en el que se agitaba una manita blanca. En vano forzaba a sus labios a rezar por aquellos dos seres queridos que en adelante no serían más que uno para ella...
¡Trabajo inútil!
Su pensamiento rebelde se esquivaba de aquel cruel cuadro, y por una de esas perversiones de la imaginación que en las crisis violentas se agita como un muelle roto, seguía viendo sin cesar la capilla de Santa Ana y los dos novios delante del altar erizado de puntas de hierro y de fuego, doloroso emblema del Destino, donde se consumía lentamente la «cera de los desposorios.»
¡Aquellos serían más dichosos!
Ninguna hiel, ninguna amargura se mezclaban con su enorme pena; cada cual había cumplido con su deber noble y estoicamente, y si el amor había perdido en ello, la estimación había ganado.
Este era su orgullo y su consuelo; podía mirar sin temor el retrato del altivo soldado del que era hija. Su clara mirada le respondía:
—Está bien.
—Buenos días, señorita; solamente nosotros estamos en nuestro puesto—dijo el tío Marcial volcando su saco en la mesa y designando con franca risa la multitud de comadres y muchachos que, no habiendo podido encontrar sitio en la iglesia, esperaban la salida de la novia.—La señorita Beaudoin se habrá alegrado de su accidente de usted, pues la habría reemplazado de mala gana... La verdad es que nuestra señorita Blanca está tan linda que da gusto verla...
—Si lo desea usted, no se prive de ir a verla, Marcial, mientras yo timbro el correo...
—¿No quiere usted que la ayude?
—Es inútil; acérqueme usted nada más la mesa... ¡Ajajá! Ya tengo todo lo que necesito. Cuando usted vuelva las cartas estarán clasificadas... De todos modos, las tres cuartas partes irán ciertamente al castillo.
—Entonces me dejo convencer, señorita. He visto a esa recién casada tan alta como esto, y rezaré con gusto un pater por ella, si me acuerdo.
—Rece usted dos, Marcial; uno por usted y otro por mí.
—Convenido, señorita; haré el encargo militarmente.
Y llevándose la mano al quepis, se marchó con ese paso cadencioso de los antiguos soldados y la espalda encorvada como si llevase todavía la mochila.
Liette le vio atravesar la plazuela, pasar por los grupos y entrar en la iglesia.
Entonces, dando un suspiro, apartó la vista de aquel edificio medio derruido en el cual se estaba representando el último acto del drama íntimo de su vida, y se puso valerosamente a la tarea.
«Señores de Candore.»
«Señora doña Blanca de Candore.»
Estos nombres se presentaban sin cesar ante sus ojos quemados por la fiebre. Desde la víspera aquello era un diluvio de telegramas de felicitaciones, prospectos de proveedores, papeles con escudos nobiliarios, sellos franceses y extranjeros.
Estaba Liette haciendo metódicamente su clasificación, cuando el timbre la llamó de nuevo al aparato Morse...
Era un nuevo telegrama para el castillo.
«Señorita doña Blanca de Candore.»
¡Este estaba doblemente atrasado de noticias!
Maquinalmente tradujo palabra por palabra las señales cabalísticas marcadas en el rollo de papel, y las transcribió en el libro:
«Señorita... el hombre... con quien... va usted a... casarse... es mi... esposo... ante la ley... inglesa...»
La pluma se detuvo en los dedos temblorosos de la empleada.
¡Imposible! No podía ser esa la traducción...
«Y el... padre de mi... hijo que... muy pronto... no tendrá tampoco... madre...
Juana Dodson...»
Las sílabas implacables se desarrollaban ante sus ojos turbados con su movimiento automático y continuo.
Pero no, se engañaba.
Con un violento esfuerzo, trató de dominarse, de recobrar su sangre fría, y consultando el alfabeto, deletreó letra por letra:
«Señorita, el hombre con quien va usted a casarse es mi esposo ante la ley inglesa y el padre de mi hijo, que muy pronto no tendrá tampoco madre. Juana Dodson...»
¡Había leído bien!
Esta vez la pluma se cayó al suelo.
¿Era verdad? ¿Era posible?
Pero no; se trataba de una calumnia infame, de una de esas calumnias ante las cuales no retroceden ciertos seres viles y maléficos que no se cuidan del honor de un hombre ni del reposo de una mujer.
Sin embargo, ese nombre... «Juana Dodson»... era el de la institutriz a quien ella había reemplazado en el castillo, y quizá...
¡No! No podía, no quería creerlo...
Suponiendo que el telegrama fuese realmente de miss Dodson, ¿no podía ser una venganza de mujer despechada y celosa?... Raúl había podido ser amable, demasiado amable, coquetear con ella, turbar la imaginación de la pobre muchacha y hacerle acariciar una loca esperanza... De esto a admitir aquella monstruosa acusación...
Con todo, los términos eran precisos y formales...
Volvió a leer el texto del telegrama, fechado en Jersey... ¡Jersey!
Liette creyó estar viéndole desembarcar del vapor en el puerto de Granville...
¡Dejaba entonces una mujer y un hijo en la otra orilla!
Y como una espesa niebla que se disipa de repente ante las brillantes flechas del astro del día, una luz cruda, brutal y deslumbradora cegó sus pobres ojos que ella tapaba en vano para no ver...
Los detalles se precisaban con una claridad implacable. La correspondencia con el pretexto del tío Neris, los viajes repetidos a Inglaterra, a Jersey, y la equivocación del digno notario, cuya alusión, hoy transparente, no se dirigía a ella... todo lo descifraba con una lucidez desesperante y aquella trama de odiosas mentiras se desgarraba en lamentables jirones...
¡Todo había acabado!
Aquella indigna traición barría, como una irresistible tormenta, todas sus queridas reliquias del pasado y convertía la llama en cenizas...
¡Todo había acabado!
Y como el sacerdote permanece confundido ante el sacrificio de la iglesia devastada y del tabernáculo violado, Liette se quedó anonadada viendo a su ídolo, a su dios, arrancado brutalmente del altar que ella le había levantado en su corazón.
Con la mejilla apoyada en la crispada mano la mirada dura, la frente fruncida y la boca contraída con una sonrisa amarga, la joven meditaba y sus hermosas facciones estaban fijas en una implacable expresión de desprecio y de odio.
Como los más puros metales, las almas más nobles tienen sus escorias, que suben en hirviente espuma al fuego de la cólera.
En aquel momento, la altiva e impecable criatura experimentaba una acre voluptuosidad al pensar en los estragos irreparables que iba a causar aquel papel azul en el que su mano trémula escribía sin vacilación ni remordimientos las líneas acusadoras, como un líquido corrosivo en el blanco traje de desposada.
No sólo excusaba aquel delirio de venganza, extravío de un espíritu ulcerado, de una madre enloquecida hasta la desesperación, sino que lo aprobaba y lo comprendía, y se regocijaba por ser su ciego instrumento.
Otra había hecho la tarea que repugnaba a su natural lealtad; no tenía más que lavarse las manos.
Ciertamente, la delación era un arma vil, pero mucho menos que la conducta de aquel noble felón, que engañaba a tres mujeres a la vez y robaba a la una su honor, a la otra su estima y a la otra su fortuna.
¿Por qué aquel telegrama revelador no había llegado el día antes? ¿Por qué venía cuando el «sí» fatal había sido pronunciado? ¿Por qué era ya tarde para desatar esos lazos malditos? ¿Para qué romper el corazón de una niña ignorante y crédula?
¿Y qué?
Era la vida brutal, la ley del destino sorda e inexorable, y la venganza no está obligada a más equidad que esa justicia ciega cuya espada de dos filos hiere casi siempre al inocente con el culpable.
¿Qué le iba a hacer ella?
¿Salvar al uno para salvar a la otra?
¡Engaño!
¡Piedad ridícula de los débiles que causa la audacia implacable de los fuertes!
Liette se acorazaba contra todo enternecimiento y se encerraba en una impasibilidad feroz.
Blanca sufriría sin duda.
¿No sufría también ella en su amor, en su orgullo, en todas las fibras de su ser, con un sufrimiento comparable al que hubiera experimentado viendo al altivo soldado que era su padre condenado a la degradación militar?
¿Y aquella desgraciada abandonada, sola al lado de la cuna de su hijo y que había debido pasar por mil torturas antes de trazar aquel testamento de odio? Aquella sufría hasta la desesperación, hasta la locura, hasta el suicidio acaso, como mujer y como madre.
¡Dios mío! El que causaba tales dolores, tales faltas, tales crímenes, ¿no era más indigno de perdón que el peor criminal?
Por otra parte, ¿qué le importaba a ella todo esto?
Nada tenía que ver con tal asunto.
Si había caso de conciencia, era para la que había trazado aquellas líneas, no para ella.
Ella no era más que un instrumento pasivo, un autómata sin corazón, sin nervios y sin entrañas, que dejaba pasar el telegrama venenoso, producto de nuestra civilización, como en la edad media la justicia del Rey.
Ese era su derecho, más aún, su deber.
Todo la obligaba a ello, su juramento, el honor, la disciplina.
Si la venganza salía ganando, mejor...
Sordos murmullos y gritos confusos:
—¡Ahí están! ¡Ahí están!
Las comadres se empujan; los muchachos se derriban; los unos se encaraman en los bancos; los otros trepan a los árboles; los carruajes se adelantan al paso, majestuosamente; ábrese de par en par la puerta principal y los recién casados aparecen en el umbral, ella resplandeciente de dicha en la blanca nube que la aureola, y él un poco molesto por aquellas miradas curiosas. Empújala suavemente hacia la carretela acolchada de seda blanca y florida con bolas de nieve en armonía con la decoración de invierno, verdadera antecámara de enamorados. Pero ella le pide algo con deliciosa timidez; él hace un gesto de contrariedad y parece protestar, pero ella insiste amablemente; él se resigna, no sin mal humor, da al cochero una breve orden y se mete a su vez en el coche, que describe una parábola y va a pararse delante del Correo.
Y antes de que Liette pudiera darse cuenta de lo que pasaba, la recién casada estaba en sus brazos, en su corazón.
—Querida, querida amiga... ¡Cuánto la he echado a usted de menos! En el más hermoso día de mi vida... Porque, no hay que decírselo pero le adoro...
Liette besa lentamente los hermosos ojos, tan confiados, tan dulces, tan poco hechos para las lágrimas; envuelve en una caricia maternal a la joven acurrucada en su seno como un tímido pajarillo y su mirada, severa por primera vez, se fija en el conde, mudo y cortado ante aquel gracioso espectáculo.
—¡Amela usted mucho al menos!—dice con un acento cuya amargura él solo comprende.
Raúl se inclina, halagado en su íntima fatuidad masculina por lo que él toma por un sentimiento de despecho involuntario que se descubre a través de la indiferencia afectada que mortificaba a su amor propio.
—No lo dude usted, señorita—declara en tono malicioso.
Se han marchado, y se dirigen ahora hacia el castillo.
El tío Marcial muestra a su vez su bigote gris y dice alegremente:
—La consigna está cumplida, señorita, y he llenado la medida; tres pater en vez de dos, porque, ha de saber usted que había sus lagunas... De este modo Dios estará satisfecho y no regateará su ración de felicidad a tan linda criatura.
Mientras charla contra su costumbre, ha abierto la caja y está poniendo en orden las cartas preparadas.
—¡Calla! Hay todavía un telegrama. Voy a llamar al muchacho.
Liette extiende vivamente la mano y dice:
—Es inútil; este telegrama es para mí.
Liette está sola.
Ha faltado al deber profesional, al juramento, al honor y a la disciplina...
¡Es culpable, muy culpable!
Y, sin embargo, su frente no se baja ante la mirada del soldado sin miedo y sin tacha, del que nunca como entonces se ha sentido hija.
Cuando Hardoin volvió por la noche al despacho, se quedó muy sorprendido al encontrar en él a su joven vecina que le estaba esperando.
—¿Es usted, amiga mía?—exclamó haciéndola pasar con una deferencia llena de simpatía.—¿Se encuentra usted mejor?
—Me encuentro muy bien, querido señor Hardoin—respondió Liette en tono firme.—Estoy ya curada, y vengo a consultar a usted para un documento...
—¿Es algún contrato de matrimonio?—insinuó el notario tímidamente.
—No, señor Hardoin, es un proyecto de adopción.
Un año después estaba la joven empleada delante del aparato Morse, que tan rudamente le había martirizado el corazón, y transcribía sin palidecer un telegrama de Roma, donde era entonces Raúl secretario de la embajada, dirigido al señor Neris, retenido en Candore por un ataque de gota.
«Mi querido tío: eres abuelo de una hermosa niña.»
Liette echó una mirada de amor a un niño blanco y sonrosado que se revolcaba en la alfombra, y dijo con acento profundo:
—Yo también tengo un hijo.
Carlos abrió la ventana y paseó su mirada un poco turbada por los lugares en que se había desarrollado su infancia.
A sus pies estaba la plazuela rectangular en que se habían ensayado sus pasos vacilantes y donde había conocido las grandes desesperaciones de los pequeñuelos como la de un globo retenido por una alta rama, un barco de papel naufragado en las profundidades de la transparente fuente pública, en la que él sumergía en vano su bracito demasiado corto; y los grandes triunfos de la misma época, como la captura de un insecto de alas doradas, de un nido cazado en lo alto de un tilo con gran detrimento de los calzones, o de un lagarto imprudente que había ido a calentarse al sol junto al brocal del pozo y que él llevaba a casa con expresión conquistadora.
¡Primeras penas! ¡Primeras embriagueces!
Todo eso cabe en esta estrecha plazuela, grande como un Sahara para los ojos infantiles apenas abiertos hacia el mundo.
En el fondo, la iglesia, a la que iba gravemente todos los domingos, tan pequeño, que desaparecía por completo detrás del alto respaldo del banco rústico... Unos años hacen sobresalir los rizos rubios... después el cuello a la marinera... luego el uniforme de colegial... Unos años más, se ve el plumero tricolor del alumno de Saint-Cyr; y por último los brillantes colores del traje oriental del oficial de África...
A la derecha, la muestra hereditaria del notario Hardoin, tercero de ese nombre...
¡Lo que él había jugado en el polvoriento despacho con los dependientes encaramados en sus altos asientos! Y qué risa la suya cuando el principal abría de repente la puerta de la oficina para regañar a los culpables y se detenía desarmado ante su ahijado instalado majestuosamente en su propio sillón...
Y las locas carreras por la huerta, cuyas más hermosas frutas le pertenecían, y por el bosque umbrío, selva virgen para su joven imaginación que aumentaba todas las cosas y daba al minúsculo estanque las proporciones del lago Ontario.
Y las excursiones en el carricoche con el viejo notario y su pacífico caballo, cuyas riendas se le permitía tener algunas veces. ¡Qué gloria la de atravesar así las aldeas de los alrededores y entrar solemnemente en alguna gran granja, donde le agasajaban como a su padrino!
A la izquierda la bandera de la Gendarmería, esa bandera hacia la que volaban sus primeros sueños y sus primeras aspiraciones y que él unía en sus recuerdos juveniles al retrato del soldado que iluminaba la humilde oficina con un reflejo de heroísmo.
¡Oh! vivir como el uno... Morir por la otra...
Cada piedra de la calle, cada poste, cada puerta, cada ventana conservaban un poco de su vida, como los campos verdes y dorados y los frondosos bosques detrás de los cuales el castillo señoril levantaba al sol sus torres cubiertas de pizarra.
En aquella decoración familiar, vacía aún a aquella hora matutina, surgían una a una las sombras conocidas que poblaban aquel pasado tan próximo.
Primero, su padrino, el señor Hardoin, con sus anteojos de oro, sus patillas canosas y su grueso bastón de puño de marfil.
Después el cura, panzudo y asmático, que le daba golpecitos en los carrillos al salir del catecismo y le felicitaba por sus progresos.
Luego la señorita Beaudoin, que las echaba de fina y le reprendía por las más pequeñas cosas; y para acostumbrarle a las buenas maneras sacaba de su ridículo algún bombón acidulado como ella y se lo presentaba con las puntas de los dedos como si mandara ponerse de manos a un perrillo faldero.
Y el tío Marcial, con su perilla blanca y su manga vacía, que inspiraba tanta curiosidad al pequeño, que un día se atrevió a preguntarle dónde estaba su brazo, y se ganó esta bella respuesta:
—¿Mi brazo? ¡Aquí le tienes!
Y el veterano mostraba su cruz de honor con tal orgullo, que realmente no parecía digno de compasión.
Y los carreteros de cutis curtido, que restañaban alegremente el látigo al pasar por la ventana baja en la que la silla alta del niño Carlos reemplazaba al gran sillón de la de Raynal.
Y los aldeanos que volvían de los campos, agobiados bajo el peso del haz de hierbas, de leña o de espigas, levantaban la espalda encorvada para sonreírle.
Porque todos habían sido buenos con aquel extranjero caído sin saber cómo en ese rincón de la Picardía, y el joven tenía que hacer un esfuerzo de memoria para encontrar una cara altanera y fría vislumbrada a veces en la iglesia y detrás de los cristales del coche, la anciana condesa de Candore.
Sí, conservaba de todos un recuerdo tierno y agradecido y para todos aquellos amigos de su infancia era la sonrisa de la cara varonil que se asomaba a la misma ventana en que, veinte años antes, una graciosa fisonomía femenina sonreía al Porvenir, como él al Pasado.
Para todos la sonrisa, pero para una sola una lágrima, perla rara de los corazones viriles, empañaba el brillo de sus ojos de acero, mientras el joven murmuraba con religioso fervor:
—¡Mi tía Liette!
Carlos Raynal, huérfano desde la cuna, no recordaba más parientes que aquella tía Liette que le había recogido antes de que su boquita sonrosada hubiese balbucido el nombre de «mamá» cuya dulzura no debía jamás saborear.
No sabía de su familia sino que su madre era inglesa y su padre primo lejano del comandante; y la tía Liette los reemplazaba tan bien a los dos, que no hubiera dependido más que de ella el borrarlos completamente.
Pero su exquisita delicadeza le prohibía ese inconsciente egoísmo, y si no le hablaba de su padre, al que, según ella, no había conocido, en cambio entretenía piadosamente la memoria de su madre en el corazón del huérfano.
Cuando el niño había sido bueno, Liette le sentaba en su falda delante del pesado escritorio Imperio, y sacaba de un cajón una fotografía medio borrada que, con una trenza rubia de reflejos de sol, componía el relicario materno.
Carlos besaba el rizo de oro igual a los suyos, y contemplaba gravemente las facciones finas y delicadas de la que él llamaba su «mamaíta» con un dejo de protección varonil que se desarrollaba con la edad, como si adivinase en ella un ser débil y tímido a quien consolar y defender.
Su madre no había debido de ser feliz; se adivinaba en su mirada turbia, en su lánguida sonrisa, y el joven sufría por no haber sido ya grande para sostener sus pasos, apartar las piedras de su camino y secar sus lágrimas a fuerza de caricias.
Tenía por ella la respetuosa compasión y la tierna solicitud tributo de los hijos amantes que pagan las deudas de sus padres, desquite de las madres contra las esposas abandonadas, que hace brotar una rosa tardía en su corona de espinas.
La madre adoptiva alimentaba ella misma ese culto filial. ¿Cómo podía estar celosa? ¿Podía envidiar, teniendo ella la mejor parte, los pensamientos que se deslizaban de su altar florido hasta la tumba solitaria, pobre contribución de un alma en la que ella reinaba sin rival?
¡La tía Liette!
Esto lo decía y lo contenía todo, abnegación infinita de un lado, agradecimiento infinito del otro.
¡La tía Liette!
Al decir estas tres palabras, profundas como una oración, Carlos veía surgir en el alba melancólica del regreso la querida imagen luminosa y serena que iluminaba todo su pasado y todo su porvenir.
Era una cara joven, tranquila y sonriente bajo sus gruesos rizos negros, que acechaba su primer despertar, sus primeras palabras y sus primeros juegos.
Era la atenta educadora que le hacía balbucir sus primeros pater, deletrear las primeras sílabas, trazar los primeros palotes. La que dirigió el desarrollo de esa inteligencia en capullo, planta frágil y preciosa entre todas, cuyas ramas inclina ella, como tutora vigilante, hacia la Belleza, hacia el Bien, hacia la Verdad.
¡Oh! qué hermosos paseos por el campo de adornos cambiantes, pero tan bello bajo su manto de nieve como con su traje de esmeralda, donde ella le revela el Creador en la creación, la eterna potencia en la eterna bondad, la majestad divina en la inmensidad de los cielos como en el más pequeño agujerillo, en el roble gigante como en la hierbecilla, en el buey de paso pesado que hiende lentamente el surco como en la mariposa de ligero vuelo que se pierde en el espacio...
Después de Dios en su obra, viene el hombre en la suya; después de las maravillas de la Naturaleza, vienen las del Ingenio.
Por la noche, a la luz de la lámpara, bajaba un amigo de las tablas de la biblioteca y tomaba parte en su conversación.
Era el viejo Corneille, padre de los heroicos, o el dulce Racine, poeta de las ternuras, o Hugo con su «Leyenda de los Siglos» o Lamartine con sus «Armonías», cantores alados que transportaban el alma del niño a las puras regiones del Ideal.
Con los graves historiadores, Michelet, Guizot, Thiers, se remontaba hacia el pasado, se interrogaba a los antiguos, se sentía latir el corazón de Francia y se comprendía que, según la bella expresión de Renan, «la patria» es el recuerdo de las grandes cosas que unos cuantos hombres han hecho juntos.
Con frecuencia, el señor Hardoin traía el tributo de su rara erudición y de su juicio seguro a esas graves conversaciones y maduraba aquel joven cerebro al contacto generador del de los antiguos maestros.
Latinista distinguido, fanático de Horacio y de Virgilio, el notario se encargó de las «Humanidades», con gran contento de la tía Liette, que pudo así conservar más tiempo a su pupilo.
Las primeras lecciones del hogar familiar envuelven el alma del niño de un dulce calor, la penetran y la fecundan.
Pero más que las lecciones, produce sus frutos el ejemplo e imprime en aquella blanca cera una huella indeleble.
Aquella vida digna, sencilla y leal, sin miedo y sin tacha, como la espada paterna colgada en la pared y que era su rígido símbolo, debía envolver al huérfano en su irradiación e infundir en su sangre los gérmenes de viriles virtudes, más poderosos que el atavismo...
A ese parecido moral se añadió poco a poco una especie de parecido físico, nacido de la comunión constante, que se nota a veces en los esposos viejos, parecido, no de facciones, sino de expresión, de mirada, de acento, de mil detalles que son, en suma, la fisonomía del alma.
Bajo el cabello rubio del joven, reinaba la misma frente voluntariosa que bajo las cocas todavía negras de la solterona; sus ojos de acero tenían la misma tranquila energía que se reflejaba en los del comandante y en los de su hija; sus gestos, su sonrisa, su voz, toda su persona, en fin, era, como su carácter, la emanación de aquella vida varonil y tierna que había hecho de él un hombre en la hermosa y alta acepción de la palabra.
El joven, pues, la adoraba y encontraba para ella atenciones exquisitas, frases cariñosas y refinamientos delicados de los que indican la sensibilidad de los fuertes, flor rara, oculta en él como en ella y cuyo discreto y penetrante perfume respiraban ellos solos.
La adoraba, y refería a ella todos sus actos, sus pensamientos, sus esfuerzos, sus ambiciones, sus sueños, sus éxitos escolares, su gloria militar, sus primeros premios y sus primeros galones. Al día siguiente de haber sido citado en la orden del día, escribió a Liette:
«Estaba tan orgulloso que oía latir «tu» corazón.»
¡Qué alegría, el día anterior, llegando de improviso a la estrecha oficina, levantar en sus robustos brazos a la tía querida que frisaba ya en los cincuenta años y cuyas sienes estaban adornadas por algunos hilos de plata, y oprimirla contra su pecho, en el que brillaba la cruz de los bravos!...
—¿Eh? tía Liette, las dos forman un par—exclamó gozoso señalando a la del comandante.
¡Qué triunfo dar con ella la vuelta a la plazuela, cordialmente saludados por todo el mundo; pasear su sencillo traje negro con tanto orgullo como sus galones de oro; sentir su brazo estremecerse sobre el suyo y envolverla en esa tierna mirada de los hijos que hace fundirse el corazón de las madres!...
¡Querida tía Liette!
Ninguna imagen la borraría jamás.
De repente desembocó en la plaza debajo de la ventana, una elegante amazona seguida de un jinete de bello aspecto, a pesar de las arrugas que indicaban en él las mordeduras de la edad y de la vida.
La amazona vio al joven en el balcón, descubrió los blancos dientes en una sonrisa y respondió amablemente con una señal del látigo al profundo saludo, devuelto por su compañero con una tiesura enteramente británica.
—¿Quién es esa joven, amigo mío?—preguntó la tía Liette, a quien Carlos no había oído entrar.
—Miss Darling, de la que creo que te he hablado en una carta y a quien no esperaba encontrar aquí...
—¡Ah!
—¿Conoces al personaje que la acompaña?—preguntó Carlos a su vez, para ocultar su embarazo.
Y Liette respondió sencillamente:
—Es el conde Raúl de Candore.
La familia de Candore no se componía ya más que de Raúl y de su tío...
Después de dos años de matrimonio que no le habían dado toda la dicha soñada, Dios había tenido piedad de la joven condesa y la había llamado a él antes de que perdiera sus últimas ilusiones, en las que pudo todavía envolverse para morir, como en aquel traje blanco apenas amarillento con que la enterraron cubierta de flores.
Débil y delicada como ella, la nieta, a quien la enlutada nodriza paseaba por el Corso bajo la vigilancia de la abuela, había vegetado algún tiempo y pasado a fuerza de cuidados y de precauciones las peligrosas etapas de la primera infancia para naufragar en el alba de la primera juventud, y con su virginal atavío de la primera comunión, la llevaron al lado de su madre, a la sombra de aquella vieja iglesia de Candore, adonde nunca había ido en vida.
La anciana condesa, apegada a aquella niña con la pasión de las abuelas que no siempre han sido madres tiernas, apenas la sobrevivió; y el señor Neris, padre y abuelo igualmente desgraciado, sacudió el polvo de los zapatos en el umbral de la Ciudad Eterna, volvió la espalda a ese sol mentiroso, prometedor de vida que no había podido caldear sus miembros helados, y volvió a meterse en su agujero como un animal herido para terminar su existencia donde Blanca había empezado la suya y delante de la tumba donde reposaría un día a su lado.
Durante este tiempo, Raúl se consolaba de sus duelos con sus éxitos diplomáticos y de otra clase en la sociedad romana. Arrastrado por el torbellino mundano, no iba casi nunca a Candore, con el pretexto de que los recuerdos del pasado eran demasiado dolorosos para él; y el anciano, aunque sabiendo a qué atenerse sobre el grado de sensibilidad de aquel a quien un instante había llamado su hijo, fingía tener esta razón por buena y válida. Acaso en el fondo prefería estar solo para llorar a sus queridas desaparecidas.
Así no se mezclaban lágrimas hipócritas a sus lágrimas sinceras y el conde podía gozar a sus anchas de su libertad y hacer la gran vida sin que su suegro encontrase nada que decir ni pensase en cercenarle el crédito anchamente abierto en casa del notario Hardoin.
El señor Neris vivía solo en el vasto castillo desierto arrastrando su pena por los lugares en que su hija había vivido y crecido ante su mirada paternal y donde a cada paso encontraba sus huellas, en la arena de los paseos por donde se paseaban juntos, corriendo ella delante de él con su aro o apoyada zalameramente en su brazo; en la verde alfombra de las praderas en que la niña retozaba cuando no era más que una pequeñuela, y donde, ya grandecita, cogía para él grandes ramos campestres que le llevaba llena de alegría; en la sala de estudio y en la mesa de trabajo cargada de libros y papeles, donde la traviesa niña se burlaba de los defectos de la institutriz, joven o vieja, guiñando el ojo al indulgente tío, cómplice de sus malicias.
Y con mano temblorosa hojeaba los manuales usados, desde el modesto abecedario hasta los imponentes tratados de geometría y álgebra; los cuadernos de escritura, de cálculo y de análisis con que se ejercitaban poco a poco sus dedos, su ingenio y su corazón, y en los que se encontraban dibujos fantásticos y observaciones imprevistas, de esas que indican el buen o mal humor de los escolares, como en los presos las paredes de la cárcel, o pensamientos cándidos de este género:
—¡Si mi tío pudiera ser mi institutriz!—grito del corazón acompañado de un pintarrajo que representaba al buen tío con los anteojos de miss Dodson...
Después venía esta nota un poco más seria:
—«Desde hoy ya no tengo institutriz, sino una amiga,» fechada en el día de la entrada de Liette en el castillo.
El señor Neris había conservado una tierna gratitud hacia la que su hija había amado tan tiernamente.
Cuando iba al cementerio o a la iglesia se detenía siempre en el Correo para informarse respetuosamente de la salud de la empleada y presentarle sus cumplimientos con esa exquisita cortesía de ciertos ancianos que pone tanta gracia en sus cabellos blancos.
Mostraba hacia ella una admiración caballeresca y un interés paternal que se traducían en atenciones delicadas para los que ella quería, como ramos de flores para adornar la modesta tumba de la de Raynal iguales a los del suntuoso mausoleo de la condesa de Candore, y cestas de frutas para Carlos, que comía a boca llena los aterciopelados melocotones de las estufas del castillo.
¡Discretos homenajes que invocaban inconscientemente el pasado!
Pero para Liette no tenía ya rencor y habíase hecho en su alma la paz. Las arrugas que por un momento habían alterado su límpida superficie al soplo de la cólera y de la indignación, se habían borrado sin dejar trazas a la primera sonrisa del niño.
Liette era madre, nada más que madre, y era bastante.
—¡Ay!—suspiraba el pobre notario, que había alimentado mucho tiempo otra esperanza, mi ahijado no sospecha el perjuicio que me ha hecho.
Pero, lejos de guardarle rencor, el excelente hombre le daba el cariño que su madre adoptiva no quería.
A todo esto, pasaba el tiempo, Raúl se iba envejeciendo, los éxitos se hacían raros y no era ya el eterno galán joven que mandaba en jefe en el carnaval mundano.
Ciertos síntomas insignificantes anunciábanle ya su próxima decadencia.
Las muchachas no interrumpían ya su charla al entrar él para dirigirle miradas de admiración; en cambio las madres le consultaban a menudo sobre sus jóvenes subordinados en busca de novia rica; le trataban como hombre serio, y el mismo embajador le llamaba a la mesa de juego diciéndole: «Venga usted, mi querido Candore; esto es propio de nuestra edad», aunque Su Excelencia no había pasado de los cuarenta...
Pero era uno de esos hombres que son ya maduros a los veinte años, y Raúl, que se creía más joven, no tomó la frase por un cumplimiento.
En fin, una noche, creyó oír a la marquesa de Luchessi pronunciar detrás del abanico el epíteto de «Viejo verde».
Evidentemente aquello no podía referirse a él (lo repetía muy alto para convencerse de ello), pero no había dejado de causarle una impresión tan desagradable como una ducha helada.
¿Iba él a representar el papel del tío Neris o tendría que resignarse a desistir de todo?...
Penosa alternativa para aquel incorregible vividor, mariposa de noche que prefería al aire puro de los bosques la atmósfera asfixiante de los salones, que volaba de flor en flor y se complacía en las intrigas femeninas como una vieja coqueta, pero sin renunciar a jugar su partida ni resignarse a pasar a la reserva.
Según la linda frase de María Leckzinsca, «Un cochero viejo gusta siempre de oír restañar el látigo.»
Pero a Raúl le gustaba más tenerlo por el mango...
Durante aquel período de desanimación y cansancio fue cuando conoció a miss Darling en la embajada de Inglaterra.
Era sobrina de un riquísimo americano, Ricardo Darling, que había empezado por correr con los pies descalzos por las calles nacientes de Chicago vendiendo a los albañiles unos pasteles cuyo aroma era su principal alimento; y diga lo que quiera don César de Bazán, «El olor del festín...» es poca comida para un estómago de diez años.
¿Cómo el pastelero se había elevado a una fortuna comparable con la de Menzikoff? Fue aquel un milagro de energía, de actividad y de audacia de los que son moneda corriente en el Nuevo Mundo.
Hoy, el tío Dick poseía una parte de la ciudad monstruo que había crecido con él y no por eso estaba orgulloso. Su único placer era no rehusar nada a su sobrina ni a su estómago.