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Libros de caballerías

AMADÍS DE GAULA (continued 3)

Reading edition

Agrajes, en nombre de todos, respondió que, si estaban dispuestos a dar la vida en defensa de Oriana cuando no podían contar con la asistencia de Amadís, mucho más lo estarían ahora cuando tienen la alegría de tenerlo por jefe.

En vista de ello, como la flota aparejada estoviese de todo lo necesario al viaje, e la gente apercebida, a la prima noche, mandando Amadís que todos los caminos se tomasen, porque nuevas algunas dellos no fuesen sabidas, entraron todos en la flota, e sin hacer ruido ni bullicio comenzaron a navegar contra aquella parte que los romanos habían de acudir, según el camino que les pertenecía llevar para que en la delantera los hallasen.

CAPÍTULO CUARTO

LA BATALLA NAVAL

De nada sirvieron a Oriana sus desesperadas súplicas y amarguísimo llanto, ni tampoco los buenos consejos de los caballeros que trataban de disuadir al Rey de que casara a su hija por la fuerza. Llegado el plazo que entre los embajadores y el Rey se había convenido, trasladaron a bordo de la flota de los romanos el magnífico ajuar que daban a Oriana sus padres e hicieron embarcar a las doncellas y dueñas que debían acompañarla. Desmayóse Oriana al despedirse de la Reina, y así desmayada, entrególa Lisuarte a Salustanquidio y Brondajel de Roca, que eran los embajadores del Emperador, y fué llevada a bordo en medio de universal duelo, cuitas y clamores.

Illustration from Libros de caballerías Selección

Los romanos, teniendo ya en su poder a Oriana, e a todas sus doncellas metidas en las naves, acordaron de la poner en una cámara que para ella muy ricamente estaba ataviada e puesta allí, e con ella a Mabilia, que sabían ser ésta la doncella del mundo que ella más amaba. Cerraron la puerta con fuertes candados, e dejaron en la nave otras muchas dueñas e doncellas de las de Oriana.

Pues así todo enderezado, dieron las velas al viento, e movieron su vía con gran placer por haber acabado aquello que el Emperador su señor tanto deseaba, e ficieron poner una muy gran seña del Emperador encima del mastel de la nao donde Oriana iba, e todas las otras naves al derredor della, guardándola. E yendo así muy lozanos e alegres, miraron a su diestra e vieron la flota de Amadís, que mucho se les llegaba en la delantera, entrando entre ellos e la tierra donde salir querían, y dividiéndose en tres fuerzas para coger en medio las naves de los que llevaban a Oriana. Dígovos de los romanos, que cuando la flota de lueñe vieron pensaron que alguna gente de paz sería, que por la mar de un cabo a otro pasaban; mas viendo que en tres partes se partían, e que las dos les tomaban la delantera a la parte de la tierra e la otra los seguía, mucho fueron espantados, e luego fué entre ellos hecho gran ruido, diciendo a altas voces:

—Armas, armas, que extraña gente viene.

E luego se armaron muy presto, e pusieron los ballesteros, que muy buenos traían, donde habían de estar, e la otra gente, e Brondajel de Roca con muchos e buenos caballeros de la corte del Emperador estaba en la nave donde Oriana era e donde posieron la seña que ya oístes del Emperador.

A esta sazón se juntaron los unos e otros; grande era allí el ferir de saetas, e piedras, e lanzas de la una e de la otra parte, que no parescía sino que llovía; tan espesas andaban; e Amadís no entendía con los suyos en al sino en juntar su fusta con la de los contrarios, mas no podían; que ellos, aunque muchos más eran, no se osaban llegar, viendo cuán denodadamente eran acometidos; e defendíanse con grandes garfios de hierro e otras armas muchas de diversas guisas. Entonces Tantiles de Sobradisa, mayordomo de la reina Briolanja, que en el castillo estaba, como vió que la voluntad de Amadís no podía haber efecto, mandó traer una áncora muy gruesa e pesada, trabada a una fuerte cadena, e desde el castillo lanzáronla en la nave de los enemigos, e así él como otros muchos que le ayudaban tiraron tan fuerte por ella, que por gran fuerza hicieron juntar las naves una con otra, así que no se podían partir en ninguna manera si la cadena no quebrase. Cuando Amadís esto vió pasó por toda la gente con gran afán, que estaban muy apretados; e por la vía que él entraba iban tras él sus famosos compañeros Angriote e don Bruneo, e como llegó en los delanteros, puso el un pie en el borde de su nave, e saltó en la otra, que nunca los contrarios quitar ni estorbar lo podieron; e como el salto era grande, y él iba con gran furia, cayó de rodillas, e allí le dieron muchos golpes; pero él se levantó, mal su grado de que le herían tan malamente, e puso mano a la su buena espada ardiente, e vió cómo Angriote e don Bruneo habían con él entrado, y herían a los enemigos de muy fuertes e duros golpes, diciendo a grandes voces:

—Gaula, Gaula, que aquí es Amadís —que así gelo rogara él que lo dijesen, si la nave podiesen tomar.

Mabilia, que en la cámara encerrada estaba con Oriana, que oyó el ruido e las voces, e después aquel apellido, tomó a Oriana por los brazos, que más muerta que viva estaba, e díjole:

—Esforzad, señora, que socorrida sois de aquel bienaventurado caballero, vuestro vasallo e leal amigo.

Y ella se levantó en pie, preguntando qué sería aquello; que del llorar estaba desvanecida, que no oía ninguna cosa, e la vista de los ojos casi perdida.

Amadís, entre tanto, vencía a Brondajel de Roca y le exigía que le dijera dónde estaba Oriana, y él le mostró la cámara de los candados, diciendo que allí la fallaría. Amadís se fué apriesa contra allá, e llamó a Angriote e a don Bruneo, e con la gran fuerza que de consuno posieron, derribaron la puerta y entraron dentro, e vieron a Oriana e a Mabilia, e Amadís fué fincar los hinojos ante ella por le besar las manos, más ella lo abrazó, e tomóle por la manga de la loriga, que toda era tinta de sangre de los enemigos.

—¡Ay, Amadís —dijo ella—, lumbre de todas las cuitadas! Agora parecerá vuestra gran bondad en haber socorrido a mí e a estas infantas, que en tanta amargura e tribulación puestas éramos, e por todas las tierras del mundo será sabido y ensalzado vuestro loor.

Amadís quísose partir dellas por ver lo que se facía; mas Oriana le tomó por la mano e dijo:

—Por Dios, señor, no me desamparéis.

—Señora —dijo él—, no temáis; que dentro en esta fusta está Gandales con treinta caballeros que os aguardarán, e yo iré a acorrer a los nuestros, que muy gran batalla han.

Entonces salió Amadís de la cámara, e pasó a una muy fermosa galea, en que estaba Gandalín con hasta cuarenta caballeros de la Ínsola Firme, e mandóla guiar contra aquella parte que oía el apellido de Agrajes, que se combatía con los de la gran nave de Salustanquidio; e cuando él llegó vió que la habían entrado, e la priesa y el ruido era muy grande, que Agrajes e los de su compaña los andaban firiendo e matando muy cruelmente.

Mas desque a Amadís vieron, los romanos saltaban en los bateles, e otros en el agua, e dellos morían, e otros se pasaban a las otras naves que aún no eran perdidas.

Pero no tardaron en serlo, pues poco después no hubo fusta de los romanos en que no estuvieran alzados los pendones de los caballeros de la Ínsola Firme y hechos prisioneros sus tripulantes.

Amadís, que dello mucho placer hobo, envió decir a los suyos que juntasen sus galeas con la que él había tomado, donde estaba Oriana, y que allí habría consejo de lo que ficiesen. Entrados dentro, desarmaron las cabezas e las manos, e laváronse de la sangre e sudor, e eran allí juntos todos los más honrados caballeros de aquella compaña, los cuales a un cabo de la nao se apartaron por fablar qué consejo tomarían, e Oriana llamó a Amadís a un cabo del estrado, e muy paso le dijo:

—Mi verdadero amigo, yo vos ruego e mando por aquel verdadero amor que me tenéis, que agora más que nunca se guarde el secreto de nuestros amores, e no fabléis comigo apartadamente, sino ante todos, e lo que vos ploguiere decirme secreto fabladlo con Mabilia, e punad cómo de aquí nos llevéis a la Ínsola Firme, porque estando en logar seguro, Dios proveerá en mis cosas, como Él sabe que tengo la justicia.

—Señora —dijo Amadís—, yo no vivo sino en esperanza de vos servir, e si ésta me faltase, faltarme-ía la vida, e como lo mandáis se fará; y en esta ida de la Ínsola bien será que con Mabilia lo enviéis a decir a estos caballeros, porque parezca que más de vuestra gana e voluntad que de la mía procede.

—Así lo faré —dijo ella—, e bien me parece; agora vos id —dijo— a aquellos caballeros.

Amadís así lo fizo, e fablaron en lo que adelante se debe facer. Mas como eran muchos, los acuerdos eran diversos; que a los unos parecía que debían llevar a Oriana a la Ínsola Firme, otros a Gaula e otros a Escocia, a la tierra de Agrajes, así que no se acordaban.

En esto llegó la infanta Mabilia, e cuatro doncellas con ella. Todos la recibieron muy bien e la posieron entre sí, y ella les dijo:

—Señores, Oriana vos ruega, por vuestras bondades e por el amor que en este socorro le habéis mostrado, que la llevéis a la Ínsola Firme, que allí quiere estar fasta que sea en el amor de su padre e madre; e ruégaos, señores, que a tan buen comienzo deis el cabo, mirando su gran fortuna e fuerza que se le face, e fagáis por ella lo que por las otras doncellas facer soléis, que no son de tan alta guisa.

—Mi buena señora —dijo don Cuadragante, uno de los más ilustres caballeros de la Ínsola— el bueno e muy esforzado de Amadís e todos los caballeros que en su socorro hemos sido estamos de voluntad de le servir fasta la muerte, así con nuestras personas como con las de nuestros parientes e amigos, que mucho pueden e muchos serán, e todos seremos juntos en su defensa contra su padre e contra el Emperador de Roma, si a la razón e justicia no se allegaren con ella.

Todos aquellos caballeros tovieron por bien aquello que don Cuadragante respondió, e con mucho esfuerzo otorgaron que desta demanda nunca serían partidos fasta que Oriana en su libertad e señoríos restituída fuese, siendo cierta y segura de los haber, si ella más que su padre e madre la vida poseyese. La infanta Mabilia se despidió dellos y se fué a Oriana, e por ella sabida la respuesta y recaudo que de su mensaje le traía, fué muy consolada, creyendo que la permisión del Justo Juez lo guiaría de forma que la fin fuese la que ella deseaba.

Viñeta de adorno
Viñeta de adorno
Ilustración ornamental
Ilustración ornamental

LIBRO CUARTO

LA GUERRA POR ORIANA

CAPÍTULO PRIMERO

LOS TRES EJÉRCITOS

Según lo había dispuesto Oriana, hicieron rumbo a la Ínsola Firme, donde al cabo de varios días, sin contratiempo alguno, llegaron. Desembarcaron a Oriana y sus damas con las muestras de respeto debidas a su alcurnia y desgracia, e instaláronlas en una magnífica torre rodeada de una hermosa huerta amurallada, donde nadie podía entrar sin licencia de la princesa.

Reunidos después en consejo los caballeros, acordaron enviar una embajada al rey Lisuarte para hacerle saber cómo su hija Oriana se encontraba, sana y salva, en la Ínsola Firme, cuyos caballeros estaban dispuestos a entregarla a su padre, siempre que éste les prometiera que la trataría con justicia, no casándola sino con quien fuera su voluntad.

Fué con la embajada don Cuadragante y otro de los principales caballeros de la Ínsola; pero al mismo tiempo, por si no había lugar a avenencia con el rey Lisuarte, envió Amadís emisarios a todos los reyes y grandes señores amigos suyos y que habían sido favorecidos por él, para que sin tardar le enviaran fuerzas armadas, por si la Ínsola llegaba a ser atacada.

Illustration from Libros de caballerías Selección

Mientras tanto los embajadores de Amadís llegaban a la capital de la Gran Bretaña, en cuya corte reinaba honda tristeza desde la partida de Oriana, y, como era de temer, no lograron restablecer la armonía con Lisuarte, sino que éste les anunció la guerra más despiadada.

Partidos los de Amadís, el Rey envió embajadores al Emperador de Roma haciéndole saber lo ocurrido, y cómo se disponía a castigar con todo rigor tamaña afrenta. El Emperador, lleno de furia, respondió que con todo su poderío asistiría a la guerra, pues más era suya que no de Lisuarte la ofensa.

De todo iba teniendo noticia Arcalaus el Encantador, que no había perecido cuando Perión y sus hijos le habían incendiado el castillo, y no bien lo supo, fué a verse con el rey Arábigo, a quien ya otra vez había armado contra Lisuarte sin otro resultado para él que una gran derrota, y lo convenció de que preparara sus huestes para tenerlas ocultas en una sierra próxima a la Ínsola Firme, y después de la lucha de las fuerzas de Lisuarte y Amadís unas con otras, caer sobre vencedores y vencidos, para, de un solo golpe, apoderarse de la Ínsola Firme y del reino de la Gran Bretaña. De lo mismo trató con el señor de Sansueña, con el Rey de la Profunda Ínsola y otros enemigos de Lisuarte, y todos fueron conformes en juntar sus armas con las de Arcalaus y el rey Arábigo.

Llegada la guerra, disponía Amadís de la siguiente gente:

El buen rey Perión trajo, de los suyos e de sus amigos, tres mil caballeros; el rey Tafinor de Bohemia, además de mandar a Grasandor, el príncipe heredero, envió con el conde Galtines mill e quinientos caballeros; Tantiles, mayordomo de la reina Briolanja, trajo mill e docientos caballeros; Branfil, hermano de don Bruneo, trajo seiscientos caballeros; Landín, sobrino de don Cuadragante, trajo de Irlanda seiscientos caballeros; el rey Ladasán de España envió a su hijo don Brián de Monjaste dos mill caballeros; don Gandales trajo, del rey Languines de Escocia, padre de Agrajes, mill e quinientos caballeros; la gente del emperador de Constantinopla, que trajo Gastiles, su sobrino, fueron ocho mill caballeros. Por cierto podéis creer que en memoria de hombres no era que gente tan escogida y tanta como aquella fuese en ninguna sazón junta en ayuda de ningún príncipe, como esta lo fué.

Entre tanto el rey Lisuarte estaba en el real cerca de Vindilisora; el Emperador de Roma era llegado al puerto con gran flota, e toda la gente salía de la mar, e asentaban su real cerca del rey Lisuarte; y asimesmo era venido Gasquilán, rey de Suesa, y el rey Cildadán era ya allá pasado. El Emperador quisiera que luego fuera la partida; mas el Rey, que mejor que él sabía lo que necesario era e con quién había la cuestión, detúvola fasta el tiempo convenible; que bien vía que en aquella batalla estaba todo su hecho. Así estovieron en aquel real bien ocho días, allegando la gente que de cada día venía al Rey, e fallaron que eran por todos estos que se siguen: el Emperador trajo diez mil de caballo, el rey Lisuarte seis mil e quinientos, Gasquilán, rey de Suesa, ochocientos; el rey Cildadán, docientos.

Pues todo aderezado, mandó el Emperador a los reyes que el real moviesen, e la gente fuese detenida en aquella gran vega por donde habían de caminar; e así se hizo, que puestos todos en sus batallas, el Emperador fizo de su gente tres faces e rogó al rey Lisuarte que toviese por bien que él llevase la delantera, e así se fizo; aunque él más quisiera llevarla a su cargo, porque no tenía en mucho aquella gente, e había miedo que del desconcierto dellos les podría venir algún gran revés; pero otorgólo por le dar aquella honra.

El rey Lisuarte fizo de sus gentes dos haces; fecho esto, movieron por el campo tras el fardaje, que iba a asentar real con los aposentadores. ¿Quién os podría decir los caballos y armas tan ricas e tan lucidas e de tantas maneras como allí iban? Por cierto muy gran trabajo sería en lo contar.

Dice la historia que el rey Perión, como fuese un caballero muy cuerdo y de gran esfuerzo, tenía siempre personas en tales partes de quien supiese lo que sus enemigos hacían, de los cuales luego fué avisado cómo la gente venía ya contra ellos, y en qué ordenanza. Pues sabido esto, luego otro día de mañana se levantó e mandó llamar todos los capitanes e caballeros de gran linaje, e díjogelo, e como su parecer era que el real se levantase, e la gente junta en aquellos prados, se ficiese repartimiento de las haces, porque todos sopiesen a qué capitán e seña habían de acudir; e que hecho esto, moviesen contra sus enemigos con gran esfuerzo e mucha esperanza de los vencer con la justa demanda que llevaban. Todos lo tovieron por bien, e con mucha afición le rogaron que así por su dignidad real e gran esfuerzo e discreción tomase a su cargo de los regir e gobernar en aquella jornada, e que todos le serían obedientes.

Pues mandándolo poner en obra, concertadas las haces, movieron todos en sus ordenanzas por aquel campo, tocando muchas trompetas e otros muchos instrumentos de guerra; Oriana e las reinas, e las infantas e dueñas e doncellas estábanlos mirando, e rogaban a Dios de corazón les ayudase, e si su voluntad fuese los pusiese en paz.

Arcalaus el Encantador, así como supo que las gentes eran venidas al rey Lisuarte e Amadís, envió con mucha priesa a un caballero su pariente, e mandóle que no holgase día ni noche hasta lo hacer saber a todos los reyes e caballeros que tenían concertado con él atacar a Lisuarte y Amadís, e les diese mucha priesa en su venida; y él quedó en sus castillos, llamando a sus amigos e llegando la más gente que podía. El rey Arábigo y los otros luego sin más tardar fueron todos juntos e serían por todos hasta doce mil caballeros; e concertaron toda su flota, que fué asaz grande y de buena gente. E con mucho placer e tiempo enderezado fueron por su mar adelante, e a los ocho días aportaron en la Gran Bretaña a la parte donde Arcalaus tenía un castillo muy fuerte, puerto de mar. Arcalaus tenía ya consigo seiscientos caballeros muy buenos.

Cuando aquella flota allí aportó no vos podría decir el gran placer que los unos con los otros hobieron; e sabido por las espías de Arcalaus cómo ya las gentes del rey Lisuarte y de Amadís iban unas contra otras y el camino que llevaban, luego a ellos movieron con toda su compaña por una traviesa con las mayores guardas que poner pudieron, con acuerdo de se poner en tal parte donde estoviesen seguros, e saliesen cuando fuese sazón a dar en sus enemigos.

CAPÍTULO SEGUNDO

EL PRIMER DÍA DE LUCHA

Avanzaron los ejércitos del Emperador y del rey Lisuarte hacia la Ínsola Firme, hasta que supieron por sus espías que venían contra ellos las fuerzas del rey Perión, y ambas huestes se detuvieron una frente a otra, que no había en medio más espacio de media legua de un campo grande e llano.

Así estando estas huestes como oís, llegó Gandalín, escudero de Amadís, e tomóle por aquel campo, donde ninguno oír les pudiese, e díjole:

—Señor, os suplico que antes de comenzar la batalla me hagáis merced de darme la orden de caballería.

Por nada del mundo querría Amadís separarse de su escudero, así que cuando esto le oyó fué tan turbado, que por una pieza no pudo hablar, e díjole:

—¡Oh mi verdadero amigo y hermano, que tan grave es a mí complir lo que pides! Por cierto no en menos grado lo siento que si mi corazón de mis carnes se apartase; e si con algún camino de razón apartar lo podiese, con todas mis fuerzas lo haría; mas tu petición veo ser tan justa, que en ninguna guisa se puede negar; e siguiendo más la obligación en que te soy que la voluntad de mi querer, yo me determino que así como lo pides se faga.

Gandalín hincó los hinojos por le besar las manos; mas Amadís lo alzó e lo tovo abrazado, veniéndole las lágrimas a los ojos con el mucho amor que le tenía, que ya tenía en sí figurada la gran soledad e tristeza en que se vería no le teniendo consigo, e díjole:

—Bien será que veles armado en la capilla de la tienda del Rey mi padre, e otro día cabalga en tu caballo así armado, e cuando quisiéremos romper contra nuestros enemigos, el Rey te hará caballero; que ya sabes que en todo el mundo no se podría fallar mejor hombre, ni de quien más honra recibas en este auto.

Gandalín le dijo:

—Señor, todo cuanto decís es verdad, e a duro hallaría hombre otro tal caballero como el Rey; pero yo no seré caballero sino de vuestra mano.

—Pues que así quieres —dijo Amadís— así sea, e faz lo que te digo.

A cabo de tres días que los reales se asentaron, el emperador Patín se aquejaba mucho porque la batalla se diese; Amadís e Agrajes e don Cuadragante e todos los otros caballeros asimesmo aquejaban mucho al rey Perión que la batalla se diese e que Dios fuese juez de la verdad. Pues el Rey no lo quería menos que todos, mas habíalo detenido hasta que las cosas estoviesen en disposición cual convenía, e luego mandaron apregonar que todos al alba del día oyesen misa e se armasen, e cada gente acudiese a su capitán, porque la batalla se daría luego, e asimesmo se fizo por los contrarios, que luego lo supieron.

Pues venida el alba, las trompetas sonaron, e tan claros se oían los unos a los otros como si juntos estoviesen. La gente se comenzó a armar e a ensillar sus caballos e por las tiendas a oír misas e cabalgar todos e se ir para sus señas.

Pues a esta hora llegó Gandalín armado de armas blancas, como convenía a caballero novel, e se fué donde su señor Amadís estaba. Cuando Amadís le vió así venir salió de la batalla a él, e tomóle consigo, e fuése donde el rey Perión, su padre, estaba, e por el camino le fué aconsejando como debía conducirse en aquel primer combate en que iba a tomar parte. Así llegaron donde el rey Perión estaba, e Amadís le dijo:

—Señor, Gandalín quiere ser caballero, e mucho me pluguiera que lo fuera de vuestra mano; pero pues a él place de lo ser de la mía, vengo a os suplicar que de vuestra mano haya la espada, porque cuando le fuere menester haya memoria desta grande honra que recibe y de quién gela da.

Entonces Amadís tomó una espada que le traía Durín, hermano de la doncella de Denamarca, a quien había mandado que le aguardase, e dióla al Rey, y él hizo caballero a Gandalín, besándole e poniéndole la espuela diestra, y el Rey le ciñió la espada, e así se cumplió su caballería por la mano de los dos mejores caballeros que nunca armas trajeron.

Yendo las batallas, no andovieron mucho que vieron a sus enemigos contra ellos venir, e cuando fueron cerca los unos de los otros, Amadís conoció que la seña del emperador de Roma traía la delantera, e hobo muy gran placer porque con aquellos fuesen los primeros golpes, que como quiera que al rey Lisuarte desamase, siempre tenía en la memoria haber sido en su corte, y de las grandes honras que dél había rescebido; e sobre todo, lo que más temía e dubdaba, ser padre de su señora, a quien él tanto temor tenía de dar enojo; y en su corazón llevaba puesto, si hacerlo pudiese sin mucho peligro suyo, de se apartar de donde el rey Lisuarte andoviese.

Rompieron después las batallas unas contra otras, al son de las trompetas y añafiles y cuando se juntaron, el ruido e las voces fué tan grande que se no oían unos a otros, e allí veríades caballos sin señores, e los caballeros, dellos muertos y dellos feridos, e pasaban sobre ellos los que podían. Amadís tomó consigo a Gandalín, e con gran saña, viendo que los romanos tan bien se defendían, entró lo más recio que pudo por el un costado de la haz, e aquellos que le seguían, e dió tan grandes golpes del espada, que no había hombre que lo viese que mucho no fuese espantado; e mucho más lo fueron aquellos que le esperaban, que tan gran miedo les puso, que ninguno le osaba atender, antes se metían entre los otros, como hace el ganado cuando de los lobos son acometidos. Don Cuadragante e los otros caballeros que por la otra parte se combatían apretaron tanto los contrarios, que si no fuera porque llegó la segunda haz en su socorro, todos fueran destrozados e vencidos; mas como éste llegó, todos fueron reparados e cobraron gran esfuerzo, e por su llegada cayeron a tierra de los caballos más de mill de los unos e de los otros.

El Emperador llegó en su gran caballo e como era grande de cuerpo, y venía delante de los suyos, paresció tan bien a todos los que lo veían, que era maravilla, y metió mano a la espada e comenzó a decir a grandes voces:

—Roma, Roma; a ellos, mis caballeros; no vos escape ninguno.

E luego se metió por la priesa, dando muy grandes e fuertes golpes a todos los que delante sí hallaba, a guisa de buen caballero.

Mas con todo, eran tales las cosas extrañas que Amadís facía e los caballeros que dejaba por el suelo por do quiera que iba, que el romano fué tan espantado, que no podía creer que fuese sino algún diablo que allí era venido para los destruír, y a grandes voces decía:

—A éste, a éste herid y matad; que éste es el que nos destruye sin ninguna piedad.

Merced a las hazañas de Amadís y sus compañeros, los romanos, aunque eran tantos, acabaron por llevar la peor parte, e iban de vencida cuando, al ponerse el sol, fueron separados los contendientes.

Aquella noche pasaron con grandes guardas e curaron de los feridos, e los otros descansaron del gran trabajo que habían pasado. Venida la mañana, como había sido concertada tregua de un día, fueron muchos a buscar a sus parientes, e otros a sus señores. E allí viérades los llantos tan grandes de ambas las partes, que de oírlo pone gran dolor, cuanto más de lo ver. Todos los vivos llevaron al real del Emperador, e los muertos fueron soterrados, de manera que el campo quedó desembargado. Así pasaron aquel día enderezando sus armas e curando de sus caballos.

CAPÍTULO TERCERO

EL FIN DE LA BATALLA

No menos brava que la del primer día fué la lucha que se armó, acabada la tregua. Los guerreros de ambos bandos se acometieron con tanta furia que todos fueron mezclados unos con otros, de manera que no podían haber concierto ni aguardar ninguno a su capitán. Mas andaban tan envueltos e tan juntos, que se no podían herir ni aun con las espadas; e trabábanse a brazos, y derribábanse de los caballos, e más eran los que murieron de los pies dellos que de las feridas que se daban. El estruendo y el roido era tan grande, así de las voces como del reteñir de las armas, que todos aquellos valles de la montaña facían reteñir, que no parescían sino que todo el mundo era allí asonado; e por cierto así lo podéis creer, que no el mundo, mas todo lo más de la cristiandad e la flor della estaba allí, donde tanto daño en ella se recibió aquel día que por muchos y largos tiempos no se pudo reparar.

Pues estando la cosa en tan gran revuelta y peligro, sobrevino de la parte del rey Lisuarte el Emperador con más de tres mil caballeros, y cargó sobre el rey Perión, que muy a punto estuvo de perderse. Así estando en esta priesa como oídes, llegó aquel muy esforzado caballero Amadís, que traía en su mano la su buena espada tinta de sangre hasta el puño, y como vió tanta gente sobre su padre, y sobre los suyos vió estar al Emperador delante combatiéndose, como cosa que ya por vencida tenía, puso las espuelas a su caballo, y metióse tan recio y tan denodado por la gente, que fué maravilla de lo ver.

Amadís, como llevaba los ojos puestos en el Emperador, e más en el corazón de lo matar si podiese, metióse con muy gran rabia por le ferir; e como quiera que de todas partes grandes golpes le diesen por gelo defender, nunca tanto pudieron facer los contrarios, que le estorbasen de se juntar con él; e como a él llegó, alzó la espada e hirióle de toda su fuerza, e dióle tan gran golpe por encima del yelmo, que le desapoderó de toda su fuerza, y le hizo caer el espada de la mano; e como Amadís vió que iba a caer del caballo, dióle muy prestamente otro golpe por cima del hombro, que le cortó todas las armas e la carne fasta el hueso, de manera que todo aquel cuarto con el brazo le quedó colgado, e cayó del caballo tal, que dende a poco fué muerto.

Flaquearon entonces los romanos, hasta el punto de que sólo las fuerzas del rey Lisuarte sostenían en realidad la lucha con sus enemigos. Estando la batalla en tal estado como oís, Amadís vió cómo la parte del rey Lisuarte iba perdida sin ningún remedio, y que si la cosa pasase más adelante, que no sería en su mano de lo poder salvar, ni aquellos grandes amigos suyos que con él estaban; y sobre todo, le vino a la memoria ser éste padre de su señora Oriana, aquella que sobre todas las cosas del mundo amaba e temía, e las grandes honras que él e su linaje los tiempos pasados habían dél recebido, las cuales se debían anteponer a los enojos, y que toda cosa que en tal caso se ficiese sería gran gloria para él, contándose más a sobrada virtud que a poco esfuerzo. E vió que muchos de los romanos llevaban a su señor faciendo gran duelo y que la gente se esparcía. Y porque venía la noche, acordó de probar si podría servir a su señora en cosa tan señalada; y fuése cuanto pudo por entre ambas las batallas, a gran afán, porque la gente era mucha e la priesa grande; que los de su parte, como conoscían la ventaja, apretaban a sus enemigos con gran esfuerzo, y en los otros ya cuasi no había defensa, sino por el rey Lisuarte y el rey Cildadán e los otros señalados caballeros; y llegó al rey Perión, su padre, e díjole:

—Señor, la noche viene; que a poca de hora no nos podríamos conocer unos a otros, e si más durase la contienda sería gran peligro, según la muchedumbre de la gente, que así podríamos matar a los amigos como a los enemigos y ellos a nosotros; paréceme que sería bien apartar la gente; que, según el daño que nuestros enemigos han recebido, bien creo que mañana no nos osarán atender.

El Rey, que gran pesar en su corazón tenía en ver morir tanta gente sin culpa ninguna, díjole:

—Hijo, fágase como te parece, así por eso que dices como porque más gente no muera; que aquel Señor que todas las cosas sabe, bien ve que esto más se deja por su servicio que por otra ninguna causa; que en nuestra mano está toda su destruición, según son vencidos.

Entonces el rey Perión e don Cuadragante por una parte, e Amadís e Galtines por la otra, comenzaron a apartar la gente, e hiciéronlo con poca premia, que ya la noche los partía. El rey Lisuarte, que estaba en esperanza ninguna de poder cobrar lo perdido y determinado de morir antes que ser vencido, cuando vió que aquellos caballeros apartaban la gente mucho fué maravillado, e bien creyó que no sin algún gran misterio aquello se facía, y estovo quedo hasta ver qué dello podría redundar. E como el rey Cildadán vió lo que los contrarios hacían, dijo al Rey:

—Paréceme que aquella gente no os seguirá, e honra nos facen; y pues que así es, recojamos la nuestra, e vamos a descansar, que tiempo es.

Así se partió esta batalla como oídes; e las gentes apartadas e tornadas a sus reales, pusieron treguas por dos días, porque los muertos eran muchos, e acordóse que seguramente cada una de las partes pudiese llevar los suyos. El trabajo que pasaron en los soterrar e los llantos que por ellos ficieron, será excusado decirlo.

El rey Lisuarte, después de rendidos los debidos honores al cadáver del Emperador, estaba sumido en las más hondas vacilaciones, que bien advertía que con las fuerzas que le restaban no podría sostener una tercera batalla sin ser vencido en ella.

Con todo, porque no sufriera su honra, juntó a sus aliados y les manifestó que estaba dispuesto a morir en la pelea, pero nunca a solicitar paces. Todos le aseguraron que querían correr su misma suerte y se prepararon para continuar la guerra cuando fueran las treguas pasadas.

CAPÍTULO CUARTO

LAS GESTIONES DE PAZ

Entre tanto, un anciano ermitaño que moraba en aquella comarca, llamado Nasciano, y que gozaba de gran fama y prestigio entre todos los contendientes por su santidad y virtudes, tenía gran pesar en su corazón de que así se destrozara la flor de la caballería de tantos reinos, y como sabía el secreto de los amores de Oriana y Amadís, que muchas veces se había confesado con él la Princesa, se encaminó a la Ínsola Firme para rogar a Oriana que le permitiera revelar al rey Lisuarte lo que mediaba entre ella y Amadís, confiando en que sólo con aquello quedaría ya la guerra acabada.

Habló con Oriana al tiempo que los caballeros luchaban con mayor furia, y la Princesa, acongojadísima, no sólo le permitió que comunicara a su padre aquel secreto, sino que le suplicó que hiciera cuanto le fuera posible para que cesara tan espantosa guerra, en la que, venciera quien venciera, Amadís a Lisuarte o Lisuarte a Amadís, siempre había de salir destrozado el corazón de la Princesa.

Durante las treguas, consiguió el santo ermitaño llegar a la tienda de Lisuarte. Habló a solas con el Rey, refirióle los amores de Oriana, y en nombre de Dios le suplicó, postrándose a sus pies, que diera fin a la tremenda lucha con unas alegres bodas.

El Rey estuvo largo rato meditando, y aparte de la seguridad de ser vencido en la guerra, dada la escasez de las fuerzas que le quedaban, pensó que, muerto el Emperador, con nadie podría casar a Oriana mejor que con Amadís, cuyo altísimo valer nadie tanto como él conocía, y así le respondió al ermitaño que, siempre que su honra quedara a salvo, estaba muy dispuesto a concertar paces y a que se celebrara aquel enlace.

Muy contento, trasladóse entonces el santo hombre al campo de Amadís, habló en secreto con éste y encontró que también él estaba deseoso de terminar la guerra por no verse en el caso de derrotar al padre de su señora. Oído esto, refirióle el ermitaño cómo, por mandado de la Princesa, había revelado al rey Lisuarte los amores de ésta con Amadís y cómo el Rey se manifestaba conforme con el matrimonio.

Amadís, cuando esto oyó, el corazón y las carnes le temblaban con la gran alegría que hobo, e dijo al ermitaño:

—.Mi buen señor, si el rey Lisuarte dese propósito está y por su hijo me quiere, yo lo tomaré por señor e padre para le servir en todo lo que su honra sea.

El ermitaño y Amadís comunicaron al rey Perión todo cuanto ocurría, quien, no menos inclinado a la paz, de acuerdo con sus principales aliados nombró dos representantes suyos, que, con los del rey Lisuarte, discutieran y acordaran las condiciones del término de la guerra, y antes de otra cosa, una y otra parte dispusieron levantar los reales y que se retirara una jornada atrás cada uno de los ejércitos, yendo a la Ínsola Firme los de Amadís, y a la villa de Luvaina los de Lisuarte. De este modo, la mañana venida, las trompas fueron sonadas por los reales, e alzadas las tiendas; y con mucho placer de los unos y de los otros movieron los reales, cada uno donde debía ir.

Ya vos habemos contado cómo el rey Arábigo e Barsinan, señor de Sansueña, e Arcalaus el Encantador e sus compañas estaban metidos en lo más bravo y más fuerte de la montaña, aguardando el aviso de las escuchas que continuamente muy secreto sobre los reales tenían; las cuales vieron muy bien las batallas pasadas, y dieron cuenta de ellas al rey Arábigo, cuyo pensamiento fué de esperar a lo postrimero; que bien cuidaba que al cabo la una parte había de ser vencida, e mucho placer tomaba consigo porque de la primera no se mostraba el vencimiento, que durando la porfía, más se acrecentaba el daño; que a la fin quedarían tales, que con poco trabajo y menos peligro despacharía a los que quedasen, e quedaría señor de toda la tierra sin haber en ella quien gelo contradijese.

Pues así estando, con mucho placer e alegría, vinieron las escuchas, e dijéronle cómo las gentes habían alzado los reales, e armados se volvían por los caminos que habían allí venido, que no podían pensar qué cosa fuese. Oído esto por el rey Arábigo, luego pensó que sobre alguna avenencia se podrían partir. Acordó de antes acometer al rey Lisuarte que a Amadís; pero dijo que no sería bien acometerlos fasta la noche, porque los tomarían más descuidados e a su salvo, e mandó espías que acechasen sus pasos.

El rey Lisuarte, que iba por su camino, fué avisado de algunos de la comarca cómo habían visto gente de caballo ir encobiertos por encima de los cerros de aquella sierra. El Rey pensó que no se podría partir de aquella gente, si a su parte acostasen, sin gran batalla, la cual por entonces temía, por ver su gente tan maltrecha de las batallas pasadas, y no facía sino andar su camino con harta priesa, porque la afruenta, si viniese, le tomase cerca de aquella su villa de Luvaina, que facía cuenta que, aunque bien cercada no estoviese, que mejor en ella que en el campo se podría reparar; así que, en poca de hora se alejó gran pieza de la montaña.

Avisadas por sus espías las fuerzas del rey Arábigo iban tras él esperando la ocasión conveniente para el ataque.

Ocurrió entonces que el santo ermitaño tuvo que enviar con un recado para Lisuarte a dos donceles de Amadís, los cuales, llegados al real, encontraron que ya eran las fuerzas partidas para Luvaina. Siguieron sus huellas, y de allí a poco vieron cómo bajaban de la montaña y seguían al rey Lisuarte los temibles ejércitos del rey Arábigo.

Volvieron riendas y, galopando toda la noche, llegaron al alba a la tienda de Amadís, a quien despertaron haciéndole saber lo que ocurría. Este acordó con su padre ir con todas sus fuerzas en socorro del Rey de la Gran Bretaña; pero por ganar tiempo, Amadís partió delante llevando consigo a don Cuadragante, e a don Florestán, su hermano, e Angriote de Estravaus e Gandalín y cuatro mil caballeros, e al maestro Elisabat, que así en esta jornada como en las batallas pasadas hizo cosas maravillosas de su oficio, dando la vida a muchos de los que haber no la podieran sino por Dios y por él. Con esta compaña tomó el camino, y el Rey su padre e todos los otros en sus batallas ordenadas tras él.

CAPÍTULO QUINTO

LA DERROTA DE ARCALAUS

Siempre seguidos por las huestes del rey Arábigo, Lisuarte y los suyos anduvieron todo el día y toda la noche y al rayar el alba estaban ante los muros de Luvaina. El rey de la Gran Bretaña quería meterse en la ciudad, sin dar batalla, para reparar allí algún tanto sus armas, que todos las traían hechas pedazos, y dar descanso a hombres y a caballos, que ya no podían consigo de fatiga.

Mas los de Arcalaus los acometieron fieramente, antes de que pudieran ganar las puertas de la villa, y trabóse una muy dura batalla en la que las fuerzas de Lisuarte, peleando a la desesperada, se batieron con mucho mayor brío del que de su cansancio se podría esperar. Con todo, tales eran los ímpetus del contrario, que el propio rey de la Gran Bretaña, a quien le mataron el caballo y cayó en medio de los enemigos, habría sido muerto o hecho prisionero si no hubieran acudido temeraria y heroicamente a cubrir su cuerpo los mejores de sus caballeros. De este modo, al cabo de muchas horas de pelea y con grandes pérdidas, logró Lisuarte hacer entrar el resto de su gente por la puerta de Luvaina, siendo el propio Rey uno de los últimos que consintió en acogerse a tal defensa.

Los muros de la villa eran bajos y débiles y no podían oponer larga resistencia. Sin embargo, el Rey, una vez dentro, después de haber hecho que comieran sus fatigadas tropas de lo que los de la villa pudieron darles, las repartió por las murallas, guarneciendo especialmente los puntos más flacos, a lo que también acudió cuanta gente útil en la villa habitaba. Pero como ya era pasada la mayor parte del día, los del rey Arábigo acordaron cercar por aquella noche los muros de Luvaina, aplazando para la mañana siguiente el asaltarlos.

Por mucho que se apresuró Amadís con los que le acompañaban, no pudo evitar, con gran desesperación suya, que la noche les sorprendiera lejos aún de Luvaina. Moderaron el paso y los fuegos del real del rey Arábigo, que descubrieron desde lejos, sirviéronles para no errar camino, tanto que descubrieron ante sí la villa como a una legua de distancia, cuando comenzaba a romper el alba. Pues el día venido, el rey Arábigo y todos aquellos caballeros se aparejaron para el combate con muy gran esfuerzo e placer; e como armados fueron, llegaron todos al muro e a los portillos de la cerca; mas el rey Lisuarte con los suyos se los defendía muy bravamente; mas al cabo, como la gente era mucha y esforzada con la próspera fortuna, e los del Rey pocos, y los más dellos heridos y desmayados, non podieron tanto resistir ni defender que los contrarios no los entrasen por fuerza con muy grande alarido; así que el ruido era muy grande por las calles, por las cuales el Rey e los suyos se defendían reciamente, y desde las ventanas les ayudaban las mujeres e mozos, e otros que no eran para más afruenta de aquella. La revuelta de las cuchilladas e lanzadas y pedradas era tan grande y el sonido de las voces, que no había persona que lo viese que mucho no fuese espantada.

Los de Lisuarte se defendían con la mayor bravura, mas todo no valía nada: que tanta gente cargaba por todas partes sobre ellos y les tomaban las espaldas, que si Dios por su misericordia no socorriera con la venida de Amadís, no tardaran media hora de ser todos muertos y presos, según las feridas tenían e las armas todas fechas pedazos; mas a esta hora llegó Amadís e sus compañeros con aquella gente que ya oístes; que después que el día vino aguijó cuanto pudo, porque ante que se apercibiesen los podiesen tomar. E como llegó a la villa e vió la gente dentro, e otros algunos que andaban de fuera, dió luego e tornó al derredor, e firieron e mataron cuantos pudieron alcanzar, y él por una puerta e don Cuadragante por la otra entraron con la gente, diciendo a grandes voces:

—Gaula, Gaula; Irlanda, Irlanda.

E como fallaban las gentes desmandadas e sin recelo, mataron muchos, e otros se les encerraron en las casas.

Los delanteros que peleaban oyeron las voces y el gran roido que con los suyos andaban, e los apellidos; luego pensaron que el rey Lisuarte era socorrido, e desmayaron mucho, que no sabían qué facer, si pelear con los que tenían delante o ir socorrer los otros. El rey Lisuarte, como aquello oyó, e vió que sus contrarios aflojaban, cobró razón e comenzó a esforzar los suyos, e dieron en ellos tan bravamente, que los llevaron hasta dar en los que venían huyendo de Amadís e de los suyos, así que no tovieron otro medio sino poner espaldas con espaldas y defenderse. El rey Arábigo e Arcalaus, como vieron la cosa perdida, metiéronse en una casa; que no tovieron esfuerzo para morir en la calle, mas luego fueron tomados y presos. Amadís daba tan duros golpes, que ya no hallaba quien lo esperase, y cuando vió que ya estaban deshechos los enemigos, pues tampoco don Cuadragante se había descuidado en su negocio, dijo a Gandalín:

—Ve, di a don Cuadragante que yo me salgo de la villa, y que pues esto es despachado, que será bien que nos vamos sin ver al rey Lisuarte.

E luego fué por la calle hasta que llegó a la puerta de la villa por donde había entrado, e fizo cabalgar la gente que con él iba, e él cabalgó en su caballo. El rey Lisuarte, como tan presto vió el socorro de su vida e sus enemigos muertos e destrozados, estaba de tal manera que no sabía qué decir, e llamó a don Guilán, que cabe sí tenía, e díjole:

—Don Guilán, ¿qué será esto, o quién son éstos que tanto bien han hecho?

—Señor —dijo él—, ¿quién puede ser sino quien suele? No es otro sino Amadís de Gaula, que bien oístes cómo nombraban su apellido, e bien será, Señor, que le deis las gracias que merece.

Entonces el Rey dijo:

—Pues id vos adelante, e si él fuere, deteneldo, que por vos bien lo hará, e yo luego seré con vos.

Estonces fué por la calle, e cuando don Guilán llegó a la puerta de la villa, luego supo que era Amadís, e ya había cabalgado e se iba con su gente, que no quiso esperar a don Cuadragante porque lo no detoviese, e don Guilán le dió voces que tornase, que estaba allí el Rey.

Amadís, como lo oyó, hobo gran empacho, que conoció muy bien aquel que lo llamaba, a quien él preciaba mucho e lo amaba; e vió al Rey cabe él estar, e volvió, e cuando fué más cerca miró al Rey, e tenía todas las armas despedazadas y llenas de sangre de sus feridas, e hobo gran piedad de así lo ver; que aunque su discordia tan crecida fuese, siempre tenía en la memoria ser éste el más cuerdo, más honrado e más esforzado Rey que en el mundo hobiese: e como fué más cerca descabalgó del caballo, e fué para él, e fincó los hinojos e quísole besar las manos, mas él no las quiso dar, antes lo abrazó con muy buen talante e lo alzó suso, lo tomó por la mano e díjole:

—Señor, bien será, si a vos ploguiere, que demos orden de descansar e folgar, que bien nos hace menester. Amadís le dijo:

Illustration from Libros de caballerías Selección

—Señor, sea la vuestra merced de nos dar licencia porque nos podamos con tiempo tornar yo y estos caballeros al rey Perión, mi señor, que con toda la otra gente viene.

—Por cierto esa licencia no vos daré yo; que aunque en virtud ni esfuerzo ninguno os pueda vencer, en esto quiero que seáis de mí vencido, y que aquí esperemos al Rey vuestro padre; que no es razón que tan brevemente nos partamos sobre cosa tan señalada como agora pasó.

—Así se haga como lo mandáis —dijo Amadís.

Entonces mandaron a la gente que descabalgasen e pusiesen los caballos por aquel campo, e buscasen algo de comer.

Poco después vieron venir las batallas de la gente que el rey Perión traía, que venían a más andar. El rey Lisuarte demandó un caballo e dijo al rey Cildadán que tomase otro y que irían a rescebir al rey Perión.

Amadís le dijo:

—Señor, por mejor habría, si por bien lo tovierdes, que descanséis y curen de vuestras feridas, que el Rey mi señor no dejará de venir su camino hasta vos ver.

El Rey le dijo que en todo caso quería ir. Entonces cabalgó en un caballo, y el rey Cildadán e Amadís en los suyos, e fueron contra donde el rey Perión venía. Amadís mandó a Durín que pasase adelante dellos e hiciese saber a su padre la ida del rey Lisuarte. Así fueron, como oídes, e muchos de aquellos caballeros con ellos, e Durín andovo más y llegó al Rey e díjole el mandado de Amadís; y él tomó consigo a varios caballeros e llegó al rey Lisuarte, e como se vieron, salieron entrambos adelante el uno al otro, e abrazáronse con buen talante, e cuando el rey Perión le vió así llagado e mal parado, e las armas despedazadas, díjole:

—Paréceme, buen señor, que no partistes del real tan mal trecho como agora vos veo, aunque allá vuestras armas no estovieron en las fundas, ni vuestra persona a la sombra de las tiendas.

—Mi señor —dijo el rey Lisuarte—, así tove por bien que me viésedes, porque sepáis qué tal estaba a la hora que Amadís y estos caballeros me socorrieron.

Entonces le contó todo lo más de la gran afruenta en que había estado. El rey Perión hobo muy gran placer en saber lo que sus fijos habían fecho con la buena ventura e honra tan grande que dello se les seguía, e dijo:

—Muchas gracias doy a Dios porque así se paró el pleito, e porque vos, mi señor, seáis servido e ayudado de mis fijos y de mi linaje; que, ciertamente, como quiera que las cosas hayan pasado entre nosotros, siempre fué y es mi deseo que os acaten e obedezcan como a señor e a padre.

CAPÍTULO SEXTO

LAS BODAS

En cuanto Lisuarte sanó de las heridas en aquella ocasión recibidas, reuniéronse en la Ínsola Firme las familias de todos aquellos reyes, con gran cortejo de damas y caballeros, para celebrar no sólo las bodas de Oriana y Amadís, sino las de don Galaor con la hermosa reina de Sobradisa, Briolanja; las del nuevo emperador de Roma con Leonoreta, hija segunda del rey Lisuarte; las de Agrajes, Melicia, Mabilia, y en general de gran número de caballeros y doncellas de los que habían vivido en torno a Oriana y Amadís, entre los cuales había repartido éste, poco antes de aquel día, los grandes estados ganados en la última guerra, sin reservar otra cosa para sí que el señorío de la Ínsola Firme, que, como bien sabemos, de antes poseía. También Urganda la Desconocida habíase presentado inopinadamente, en una sierpe de fuego, para ser testigo de las bodas de su caballero favorito.

Venido el día señalado, todos los novios se juntaron en la posada de Amadís, y se vistieron de tan ricos y preciados paños como su gran estado en tal auto demandaba, e asimesmo lo ficieron las novias; e los reyes e grandes señores los tomaron consigo, e cabalgando en sus palafrenes, muy ricamente guarnidos, se fueron a la huerta, donde fallaron las reinas e novias asimesmo en sus palafrenes; pues así salieron todos juntos a la iglesia, donde por el santo hombre Nasciano la misa aparejada estaba. Pasado el auto de los matrimonios e casamientos con las solemnidades que la santa Iglesia manda, Amadís se llegó al rey Lisuarte e díjole:

—Señor, quiero demandaros un don que os no será grave de lo dar.

—Yo lo otorgo —dijo el Rey.

—Pues, señor, mandad a Oriana que antes que sea hora de comer pruebe el Arco encantado de los Leales Amadores, e la Cámara Defendida, que hasta aquí, con su gran tristeza, nunca con ella acabar se pudo, por mucho que ha sido por nosotros suplicada y rogada; que yo fío tanto en su lealtad y en su gran beldad, que allí donde ha más de cien años que nunca mujer, por extremada que de las otras fuese, pudo entrar, entrará ella sin ningún detenimiento; porque yo vi a Grimanesa en tanta perfición como si viva fuese, donde está hecha por gran arte con su marido Apolidón; e su gran fermosura no iguala con la de Oriana; e en aquella cámara tan defendida a todas se hará fiesta de nuestras bodas.

Y el Rey le dijo:

—Buen hijo señor: liviano es a mí complir lo que pedís, mas he recelo que con ello pongamos alguna turbación en esta fiesta, porque muchas veces contece, e todas las más, la grande afición de la voluntad engañar los ojos, que juzgan lo contrario de lo que es; e así podría acaescer a vos con mi hija Oriana.

—No tengáis cuidado deso —dijo Amadís—, que mi corazón me dice que así como lo digo se complirá.

—Pues así os place, así sea —dijo el Rey.

Entonces se fué a su hija, que entre las reinas e las otras novias estaba, e díjole:

—Mi hija, vuestro marido me demandó un don, e no se puede complir sino por vos; quiero que mi palabra hagáis verdadera.

Ella fincó los hinojos delante dél y besóle las manos, e dijo:

—Señor, a Dios plega que por alguna manera venga causa con que os pueda servir, e mandad lo que os ploguiere, que así se fará si por mí complir se puede.

El Rey la levantó e la besó en el rostro, e dijo:

—Hija, pues conviene que antes de comer sea por vos probado el Arco de los Leales Amadores e la Cámara Defendida; que esto es lo que vuestro marido me pide.

Cuando esto fué oído de toda aquella gente, a muchas plogo de ver que la prueba se ficiese e a otras puso gran turbación. Pues así como estaban, salieron de la iglesia, e cabalgando, llegaron al marco donde allí adelante a ninguno ni a ninguna era dada licencia de entrar, si dinos para ello no fuesen. Pues allí llegados, Melicia e Olinda, la mujer de Agrajes, dijeron a sus esposos que también querían ellas probar aquella aventura, de lo cual gran alegría en los corazones dellos vino, por ver la gran lealtad en que se atrevían. Allí descabalgaron todos e acordaron que entrasen delante Melicia e Olinda; e así se fizo, que la una tras la otra pasaron el marco, e sin ningún entrévalo fueron so el arco y entraron en la casa donde Apolidón e Grimanesa estaban; e la trompa, que la imagen encima del arco tenía, tañió muy dulcemente; así que todos fueron muy consolados de tal són, que nunca otro tal vieran, sino aquellos que ya lo habían visto e probado. Oriana llegó al marco e volvió el rostro contra Amadís e paróse muy colorada; e tornó luego a entrar, y en llegando a la mitad del sitio, la imagen comenzó el dulce són; e como llegó so el arco, lanzó por la boca de la trompa tantas flores e rosas en tanta abundancia, que todo el campo fué cubierto dellas; y el són fué tan dulce e tan diferenciado del que por las otras se fizo, que todos sintieron en sí tan gran deleite, que en tanto que durara tovieron por bueno de no partirse de allí; mas como pasó el arco, cesó luego el són. Oriana falló a Olinda e a Melicia, que estaban mirando aquellas figuras e sus nombres, que en el jaspe hallaron escritos; e como la vieron, fueron con mucho placer contra ella, e tomáronla entre sí por las manos e volviéronse a las imágines; e Oriana miraba con gran afición a Grimanesa, e bien veía claramente que ninguna de aquéllas, ni de las que fuera estaban, no era tan fermosa como ella; e mucho dudó en la prueba de la Cámara, que para haber de entrar en ella la había de sobrar en fermosura; e por su voluntad dejárase de la probar, que de lo del Arco nunca en sí puso duda; que bien sabía el secreto enteramente de su corazón, cómo nunca fuera otorgado de amar sino a su amigo Amadís.

Así estovieron una pieza, y estovieran más, sino por ser el día tal que las esperaba; e acordaron de salirse así todas tres juntas como estaban, tan contentas e tan lozanas, que a los que las atendían e miraban les paresció que habían gran pieza acrecentado en sus hermosuras, e bien cuidaron que cualquiera de ellas era bastante para acabar la aventura de la Cámara. Sus tres maridos, Amadís e Agrajes e don Bruneo, que aquella aventura habían acabado, como ya el segundo libro desta historia vos lo ha contado, fueron contra ellas, lo cual ninguno de los que allí estaban podieran hacer; e como a ellas llegaron, la trompa comenzó el son e a echar las flores, que les daban sobre las cabezas, e abrazáronlas e besáronlas, e así todos seis se salieron. Esto hecho, acordaron de ir a la prueba de la Cámara, mas algunas había que gran recelo llevaban de lo no poder acabar. Pues llegando al sitio que en la sala del castillo estaba, primero se acercó Olinda la mesurada, trayéndola Agrajes por la mano, que le daba gran esfuerzo, aunque no con mucha esperanza que en sí toviese, que el gran amor ni afición dél a ella no le quitaba el conocimiento de ver que no igualaba a la fermosura de Grimanesa; pero bien pensó que llegaría con las más delanteras; y llegando al sitio, dejóla de la mano, y ella entró e fuése derechamente al padrón de cobre, e de allí pasó al de mármol, que nada sintió; mas, como quiso pasar, la resistencia fué tan dura, que por mucho que porfió no pudo más de una pasada pasar más adelante, e luego fué echada fuera, tan desacordada, que no tenía sentido.

Melicia entró con gentil continencia e lozano corazón, que así era ella muy lozana e muy fermosa, e pasó por los padrones ambos, tanto, que cuidaron todos que entraría en la cámara; e Oriana, que así lo pensó, fué toda demudada de pesar; mas llegando un paso más que Olinda, luego fué tollida e sacada sin ninguna piedad, como la otra, tan desacordada como si muerta fuese, que así como más adelante entraban, mucho más la pena les era dada a cada una en su grado, e así se hacía a los caballeros antes que Amadís lo acabase. Las rabias que don Bruneo por ello hacía a muchos movían a piedad; mas a los que sabían el poco peligro que de allí redundaba, reíanse mucho de lo ver. Esto así fecho, llevó Amadís a Oriana, en quien toda la fermosura del mundo ayuntada era, y llegó al sitio con pasos muy sosegados y rostro muy honesto, e santiguóse e encomendóse a Dios, y entró adelante, e sin que nada sintiese pasó los padrones, e cuando a una pasada de la cámara llegó sintió muchas manos que la pujaban e tornaban atrás, tanto, que tres veces la volvieron hasta cerca del padrón de mármol; mas ella no hacía sino con las sus muy fermosas manos desviarlos a un cabo e a otro, e parecíale que tomaba brazos e manos; e así con mucha porfía e gran corazón, e sobre todo su gran fermosura, que muy más extremada era que la de Grimanesa, como dicho es, llegó a la puerta de la cámara muy cansada, e trabó de uno de los umbrales; entonces salió aquel brazo e mano que a Amadís tomó, e tomó a ella por la una mano, e oyó más de veinte voces que muy dulcemente cantando dijeron:

—Bien venga la noble señora, que por su gran beldad ha vencido la fermosura de Grimanesa, e hará compaña al caballero que, por ser más valiente y esforzado en armas que aquel Apolidón, que en su tiempo par no tuvo, ganó el señorío desta ínsola, y de su generación será señoreada grandes tiempos con otros grandes señoríos que desde ella ganarán.

Entonces el brazo e la mano tiró, y entró Oriana en la cámara, donde se halló tan alegre como si del mundo fuera señora, e no tanto por su fermosura como porque, seyendo su amigo Amadís señor de aquella ínsola, sin empacho alguno le podía facer compaña en aquella fermosa cámara, quitando la esperanza desde allí adelante de se venir a probar ninguna, por fermosa que fuese. Isanjo, el caballero gobernador de aquella ínsola, dijo entonces:

—Señores, los encantamentos desta ínsola a este punto son todos deshechos, sin ninguno quedar; que así fué establecido por aquel que aquí los dejó; que no quiso que más durasen de cuanto se hallase señor e señora que estas aventuras acabasen, como estos señores lo han fecho; e sin embargo alguno, pueden allí entrar todas las mujeres, así como lo facen los hombres después que por Amadís acabada fué.

Entonces entraron los reyes e reinas, e todos los otros caballeros, e dueñas e doncellas cuantas allí estaban, e vieron la más rica e más sabrosa morada que nunca fué vista, e todas abrazaron a Oriana, como si por luengo tiempo no la hobieran visto; era tanto el placer e alegría de todos, que no tenían memoria de comer, ni de otra alguna cosa, sino de mirar aquella cámara tan extraña. Amadís mandó que luego fuesen en aquella gran cámara traídas las mesas, e así se fizo; e finalmente, los novios e novias, e los reyes e los que allí cupieron, folgaron e comieron en la cámara, donde de muchos e diversos manjares, e frutas de muchas maneras, e vinos, fueron muy bien servidos.

Pasadas estas grandes fiestas de las bodas que en la Ínsola Firme se ficieron, el Emperador demandó licencia a Amadís, porque, si le ploguiese, quería con su mujer tornarse a su tierra; todos los otros reyes e señores aderezaron para se ir también, y quedó en la Ínsola Firme Amadís con su señora Oriana al mayor vicio e placer que nunca caballero estovo, de lo cual no quisiera él ser apartado porque del mundo le ficiesen señor.

A Dios sean dadas gracias. Acábanse aquí los cuatro libros del esforzado e muy virtuoso caballero Amadís de Gaula.

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