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Libros de caballerías

AMADÍS DE GAULA (continued 2)

Reading edition

—En el nombre de Dios —dijo el caballero— agora pasad, e dígovos que no iréis este tercero día sin mí.

Galaor pasó adelante, y el caballero en pos dél. Por el camino toparon con otro caballero, que resultó pariente del que venía siguiendo a don Galaor, a quien dió aquél cuenta de lo que con don Galaor le venía sucediendo, y acordaron irse los dos en su seguimiento. A esta hora era ya cerca de la noche. Galaor entró en una floresta, e con la noche perdió el rastro, e no sabía a cuál parte ir. Estonces comenzó a pedir merced a Dios que lo guiase e anduvo escuchando de un cabo y de otro por unos valles, mas no oía nada. Descansó con unos arrieros parte de la noche y al alba fuése derecho a un otero alto, e desde allí comenzó de mirar la tierra a todas partes. Estonces los dos cohermanos que lo seguían vieron a Galaor, e conociéronlo en el escudo, e fueron contra él; mas ellos, en moviendo, viéronlo decender del otero cuanto su caballo lo podía llevar, y el uno dijo:

—Ya nos vió e fuye; cierto, yo cuido que por alguna mala ventura anda así fuyendo y encubriéndose; vayamos tras él.

Mas don Galaor, que muy lejos de su cuidar estaba, viera ya pasar los caballeros un paso que a la salida de la floresta había, e los cinco pasaban adelante, e los otros cinco después, y en medio dellos iban hombres desarmados, y él cuidó que aquellos eran los que al Rey llevaban, e fué contra ellos tal como aquel que ya su muerte por salvar la vida ajena tenía ofrecido; e seyendo cerca dellos, vió al Rey metido en la cadena, e hobo dél tal pesar, que no dudando la muerte, se dejó correr a los cinco que delante venían e dijo:

—¡Ay, traidores! Por vuestro mal posistes mano en el mejor hombre del mundo.

E los cinco vinieron contra él; mas él hirió al primero por los pechos en guisa que el fierro con un pedazo de la asta le salió a las espaldas, e dió con él muerto en tierra; e los otros le firieron tan fuerte, que el caballo ficieron con él hinojar, y el uno le metió la lanza por entre el pecho y el escudo, e perdiéndola, la tomó Galaor, e fué herir al otro con ella en la cuxa de la pierna, e falsóle el arnés e la pierna, y entró la lanza por el caballo; así que el caballero fué tollido e allí quebró la lanza, e poniendo mano a la espada vió venir todos los otros contra sí, y él se metió entre ellos tan bravo, que no ha hombre que de verlo no se espantase cómo podía sofrir tantos y tales golpes como le daban; y estando en esta gran priesa y peligro, por ser los caballeros muchos, quísole Dios acorrer con los dos cohermanos que lo seguían, que cuando así lo vieron mucho fueron maravillados de tan gran bondad de caballero, e dijo el que en pos dél iba:

—Cierto, sin razón culpábamos aquél de cobarde, e vámosle socorrer en tan gran priesa.

—¿Quién haría al —dijo el otro— sino acorrer al mejor caballero del mundo? Y no creáis que tantos hombres acomete sino por algún gran hecho.

Illustration from Libros de caballerías Selección

Entonces se dejaron ir a gran correr de los caballos, e fuéronlos ferir muy bravamente, como aquellos que eran muy esforzados e sabidores de aquel menester, e dígovos que el primero había nombre Ladasín el Esgremidor y el otro don Guilán el Cuidador. A esta sazón había ya menester Galaor mucho su ayuda; que el yelmo había tajado por muchos lugares e abollado, y el arnés roto por todas partes, y el caballo llagado, que cerca andaba de caer; mas por eso no dejaba él de hacer maravillas e dar tan grandes golpes a los que alcanzaba, que a duro lo osaban atender; e cuidaba que si su caballo no le falleciese, que le no durarían, que a la fin no los matase; mas seyendo llegados los dos cohermanos, como ya oístes, estonces se le paraba a él mejor el pleito; que ellos se combatían tan bien e con tan gran esfuerzo, que él se maravilló mucho; e fué tan grande la priesa que les dió, e los cohermanos en su ayuda, que en poca de hora fueron todos muertos e vencidos.

Cuando esto vió el cohermano de Arcalaus dejóse ir al Rey por lo matar; e como los que con él estaban fuyeran todos, él decendiera del palafrén así con su cadena a la garganta, e tomara un escudo e la espada del caballero que primero murió. El otro le quiso ferir por cima de la cabeza. El Rey alzó el escudo, donde rescibió el golpe, e fué tal, que la espada entró por el brocal bien un palmo, e alcanzó con la punta della al Rey en la cabeza, e cortóle el cuero e la carne fasta el hueso; mas el Rey le dió al caballo en el rostro con la espada tal golpe, que la no pudo sacar, y el caballo enarmonóse e fué caer sobre el caballero. Galaor, que ya estaba a pie, porque el su caballo no se podía mudar, e iba por socorrer al Rey, fué para el caballero por le tajar la cabeza, y el Rey dió voces que le no matase. Los dos cohermanos que fueran tras un caballero que se les iba e lo habían muerto, cuando volvieron e vieron al Rey mucho fueron espantados; que de su prisión no sabían ninguna cosa, e decendieron ahína, e tirados los yelmos, fueron fincar los hinojos ante él, y él los conoció, e levantándolos por las manos, dijo:

—Por Dios, amigos, en buena hora me acorristes.

Don Galaor sacó al primo de Arcalaus de so el caballo, e quitando la cadena al Rey, la puso a él; e tomaron de los caballos de los caballeros muertos e comenzáronse de ir camino de Londres muy alegres, donde también había fracasado totalmente la intriga de Arcalaus, costándole la vida a Barsinan.

Viñeta de adorno
Viñeta de adorno
Ilustración ornamental
Ilustración ornamental

LIBRO SEGUNDO

BELTENEBRÓS

CAPÍTULO PRIMERO

LA ÍNSOLA FIRME

De allí a algún tiempo, regresando Amadís con Agrajes, don Galaor y don Florestán, hijo también del rey Perión de Gaula, de restablecer en el trono del reino de Sobradisa a la hermosa niña Briolanja, que traidoramente había sido desposeída de él por un pariente suyo, hallaron en despoblado una doncella, acompañada de criadas y escuderos, la cual les preguntó adónde era su camino. Amadís le dijo:

—Doncella, a casa del rey Lisuarte imos, e si allá vos place ir, acompañar vos hemos.

—Mucho vos lo agradezco —dijo ella—, mas yo voy a otra parte, e porque vos vi andar así armados como los caballeros que las aventuras demandan, acordé de os atender si querría ir alguno de vosotros a la Ínsola Firme por ver las extrañas cosas e maravillas que hí son, que yo allá voy, e soy fija del gobernador que agora la ínsola tiene.

—¡Oh santa María! —dijo Amadís—; por Dios, muchas veces oí decir de las maravillas de esa ínsola, et por dichoso me ternía de las ver, e hasta agora no se me aparejó.

—Buen señor, no os pese por lo haber tardado —dijo ella—, que otros muchos tovieron ese deseo, e cuando lo pusieron en obras no salieron de allí tan alegres como entraron.

—Verdad decís —dijo él—, según lo que dende he oído; mas decidme: ¿Rodearíamos mucho de nuestro camino si por ende fuésemos?

—Rodearíades dos jornadas —dijo la doncella.

Entonces movieron todos cuatro juntos con la doncella camino de la Ínsola Firme.

El sabio Apolidón, hijo de un rey de Grecia, había vivido allí largos años en la mayor felicidad, con su esposa Grimanesa. Al cabo, siendo él elegido emperador, hubieron de dejar, con gran pena, la ínsola en que tan dichosos habían sido, tan bellos edificios habían hecho y tan grandes riquezas habían acumulado; mas Grimanesa, habiendo gran mancilla que una cosa tan señalada como lo era aquella ínsola, donde tales y tan grandes cosas quedaban, poseída por aquel su grande amigo, el mejor caballero en armas que en el mundo se hallaba, e por ella, que por el semejante sobre todas las de su tiempo su gran hermosura loada era; e junto con esto ser amados de sí mesmos en la mesma perfeción que del amor alcanzar se puede, rogó a Apolidón que antes de su partida dejase allí, por su gran saber, cómo en los venideros tiempos aquel lugar señoreado no fuese sino por persona que así en fortaleza de armas como en lealtad de amores y de sobrada fermosura a ellos entrambos pareciese.

Apolidón le dijo:

—Mi señora, pues que así os place, yo lo haré de guisa que de aquí ningún señor ni señora ser pueda sino aquellos que más señalados en lo que habéis dicho sean.

Entonces hizo un arco a la entrada de una huerta en que árboles de todas naturas había, e otrosí había en ella cuatro cámaras ricas de extraña labor, y era cercada de tal forma, que ninguno a ella podía entrar sino por debajo del arco; encima dél puso una imagen de hombre de cobre, y tenía una trompa en la boca como que quería tañer; e dentro en el un palacio de aquellos puso dos figuras a semejanza suya y de su amiga, tales que vivas parecían, las caras propriamente como las suyas y su estatura, y cabe ellas una piedra jaspe muy clara; e fizo poner un padrón de fierro de cinco codos en alto a un medio trecho de ballesta en un campo grande que ende era, e dijo: “De aquí adelante no pasará ningún hombre ni mujer si hobieren errado a aquellos que primero comenzaron a amar, porque la imagen que vedes tañerá aquella trompa con son tan espantoso a fumo e llamas de fuego, que los fará ser tollidos, e así como muertos serán deste sitio lanzados; pero si tal caballero o dueña o doncella aquí vinieren que sean dignos de acabar esta aventura por la gran lealtad suya, como ya dije, entrarán sin ningún entrévalo, e la imagen hará tan dulce són, que muy sabroso sea de oír a los que lo oyeren; y éstos verán las nuestras imágines, e sus nombres escriptos en el jaspe, que no sepan quién los escribe.” E tomándola por la mano a su amiga, la fizo entrar debajo del arco, e la imagen fizo el dulce són, e mostróle las imágines e sus nombres dellos en el jaspe escriptos. E saliéndose fuera, hobo Grimanesa gana de lo facer probar, e mandó entrar algunas dueñas e doncellas suyas, mas la imagen fizo el espantoso són con gran fumo e llamas de fuego; luego fueron tollidas sin sentido alguno e lanzadas fuera del arco, e los caballeros por el semejante; de que Grimanesa, seyendo cierta sin peligro ser, con mucho placer dellos se reía, gradeciendo mucho a su amado amigo Apolidón aquello que tanto en satisfación de su voluntad había hecho, e luego le dijo:

—Mi señor, pues ¿qué será de aquella rica cámara en que tanto placer y deleite hobimos?

—Agora —dijo él— vamos allá, e veréis lo que hi faré.

Entonces se fueron donde la cámara era, e Apolidón mandó traer dos padrones, uno de piedra e otro de cobre, y el de piedra hizo poner a cinco pasos de la puerta de la cámara, y el de cobre otros cinco más desviado; e dijo a su amiga:

—Agora sabed que en esta cámara no puede hombre ni mujer entrar en ninguna manera ni tiempo fasta que aquí venga tal caballero que de bondad de armas me pase, ni mujer si a vos de hermosura no pasare; pero si tales vinieren que a mí de armas e a vos de hermosura venzan, sin estorbo alguno entrarán.

E puso unas letras en el padrón de cobre que decían: “De aquí pasarán los caballeros en que gran bondad de armas hobiere; cada uno según su valor, así pasarán adelante.” E puso otras letras en el padrón de piedra que decían: “De aquí no pasará sino el caballero que de bondad de armas a Apolidón pasará.” Y encima de la puerta de la cámara puso unas letras que decían: “Aquel que me pasare de bondad entrará en la rica cámara y será señor desta ínsola; e así llegarán las dueñas e doncellas; así que, ninguna entrará dentro si a vos de hermosura no pasare.” E hizo con su sabidoría tal encantamento, que con doce pasos al derredor ninguno a la cámara llegar podía, ni tenía otra entrada sino por la vía de los padrones que habéis oído, e mandó que en aquella ínsola hobiese un gobernador que la rigiese e cogiese las rentas della, y fuesen guardadas para aquel caballero que ventura hobiese de entrar en la cámara e fuese señor de la ínsola; e mandó que los que falleciesen en lo del arco de los amadores que sin les hacer honra los echasen fuera, e a los que lo acabasen los sirviesen; e dijo más, que los caballeros que la cámara probasen e no podiesen entrar al padrón de cobre, que dejasen allí las armas, e los que algo del padrón pasasen, que no les tomasen sino las espadas, e los que al padrón de mármol llegasen que no les tomasen sino los escudos; e si tales viniesen que deste padrón pasasen e no podiesen entrar, que les tomasen las espuelas; e a las doncellas e dueñas que no les tomasen cosa, salvo que diciendo sus nombres los pusiesen en la puerta del castillo, señalando a do cada una había llegado, e dijo:

—Cuando esta isla hobiere señor se desfará el encantamento para los caballeros, que libremente podrán pasar por los padrones y entrar en la cámara; pero no lo será para las mujeres fasta que venga aquella que por su gran hermosura la aventura acabará, e albergare dentro en la rica cámara con el caballero que el señorío habrá ganado.

Esto así hecho, Apolidón e Grimanesa, dejando a tal recaudo la Ínsola Firme como oído habéis, en sus naos partieron dende e pasaron en Grecia, donde fueron emperadores e hobieron hijos que en el imperio después de sus días sucedieron.

CAPÍTULO SEGUNDO

EL ARCO DE LOS LEALES AMADORES

Volvamos ahora a Amadís y sus acompañantes que con la doncella y el gobernador, que había salido a recibirlos, se fueron al castillo por donde toda la ínsola se mandaba, que no era sino aquella entrada, que sería una echadura de arco de tierra firme, todo lo al estaba de la mar rodeado, aunque en la ínsola había siete leguas en largo e cinco en ancho; e por aquello que era ínsola, e por lo poco que de tierra firme tenía, llamáronla Ínsola Firme.

Pues allí llegados, entrando por la puerta, vieron un gran palacio las puertas abiertas e muchos escudos en él, puestos en tres maneras, que bien ciento dellos estaban acostados a unos poyos, e sobre ellos algunos estaban más altos, y en otro poyo sobre los diez estaban dos, y el uno dellos estaba más alto que el otro más de la meitad. Amadís preguntó que por qué los pusieron así, e dijéronle que así era la bondad de cada uno cuyos los escudos eran, que en la cámara defendida quisieron entrar; e los que no llegaron al padrón de cobre estaban los escudos en tierra y los diez que llegaron al padrón estaban más altos, y de aquellos dos el más bajo pasó por el padrón de cobre, mas no pudo llegar al otro; y el que estaba más alzado llegó al padrón de mármol, que no pasó más adelante.

Desque Amadís vió los escudos mucho dudó aquella aventura, pues que tales caballeros no la acabaron. E salieron del palacio e fueron al arco de los leales amadores, y llegando al sitio que la entrada defendía, Agrajes, que estaba muy enamorado de una gentil doncella llamada Olinda, se llegó al mármol, y decendiendo de su caballo e encomendándose a Dios, dijo:

—Amor, si vos he sido leal, membradvos de mí.

E pasó el marco, y llegando so el arco, la imagen que encima estaba comenzó un són tan dulce, que Agrajes y todos los que lo oían sentían gran deleite; y llegó al palacio donde las imágines de Apolidón y de Grimanesa estaban, que no les pareció sino propiamente vivas; e miró el jaspe e vió allí dos nombres escriptos, y el suyo.

Entrando Agrajes, como oís, so el arco de los leales amadores, Amadís dió su caballo e sus armas a su escudero Gandalín, e fuése adelante lo más presto que él pudo sin temor ninguno, como aquel que sentía no haber errado a su señora, no solamente por obra, mas por el pensamiento; e como fué so el arco, la imagen comenzó a facer un són mucho más diferenciado en dulzura que a los otros hacía, e por la boca de la trompa lanzaba flores muy fermosas, que gran olor daban, e caían en el campo muy espesas; así que nunca a caballero que allí entrase fué lo semejante hecho, e pasó donde eran las imágines de Apolidón e Grimanesa, e con mucha afición las estovo mirando, paresciéndole muy hermosas e tan frescas como si vivas fuesen.

Don Galaor e Florestán, que de fuera los atendían, viendo que tardaban, acordaron de ir a ver la cámara defendida, y, llegados a ella, don Florestán, encomendándose a Dios, e poniendo su escudo delante, e la espada en la mano, fué adelante, y entrando en lo defendido, sintióse herir de todas partes con lanzas y espadas de tan grandes golpes e tan espesos, que le semejaba que ningún hombre lo podría sofrir; mas como él era fuerte e valiente de corazón, no quedaba de ir adelante firiendo con su espada a una e a otra parte, e parescíale en la mano que fería hombres armados, y que la espada no cortaba; así pasó el padrón de cobre y llegó fasta el de mármol, e allí cayó, e no pudo ir más adelante, tan desapoderado de toda su fuerza, que no tenía más sentido que si muerto fuese; e luego fué lanzado fuera del sitio, como lo facían a los otros. Don Galaor, que así lo vió, hobo dél mucho pesar, pero también él quiso probar la cámara defendida; tomó sus armas, y encomendándose a Dios, fuése contra la puerta de la cámara, e luego le firieron de todas partes de muy duros e grandes golpes, e con gran cuita llegó al padrón de mármol e abrazóse con él, y detóvose un poco; mas cuanto un paso dió adelante fué tan cargado de golpes, que no lo pudiendo sofrir, cayó en tierra, así como don Florestán, con tanto desacuerdo, que no sabía si era muerto ni si vivo; e luego fué lanzado fuera, así como los otros.

Amadís e Agrajes, que gran pieza habían andado por la huerta, tornáronse a las imágines, e vieron allí en el jaspe su nombre escripto, que decía: “Este es Amadís de Gaula, el leal enamorado, fijo del rey Perión de Gaula.” E así estando leyendo las letras con gran placer, llegó al marco el enano dando voces, e dijo:

—Señor Amadís, acorred, que vuestros hermanos son muertos.

E como esto oyó, salió de allí presto, e Agrajes tras él, y preguntando al enano qué era lo que decía, dijo:

—Señor, probáronse vuestros hermanos en la cámara e no la acabaron, y quedaron tales como muertos.

Agrajes, como era de gran corazón, al mayor paso que pudo se fué con su espada en la mano contra la cámara, firiendo a una e a otra parte; mas no bastó su fuerza de sofrir los golpes que le dieron, e cayó entre el padrón de cobre y el de mármol, e atordido como los otros, lo llevaron fuera.

Amadís comenzó a maldecir la venida que allí ficieran, e díjole a don Galaor, que ya cuasi en su acuerdo estaba:

—Hermano, no puedo excusar mi cuerpo de lo no poner en el peligro que los vuestros.

Galaor lo quisiera detener, mas él tomó presto sus armas e fuése adelante, rogando a Dios que le ayudase; e cuando llegó al lugar defendido paró un poco e dijo:

—¡Oh mi señora Oriana! De vos me viene a mí todo el esfuerzo e ardimiento; membradvos, señora, de mí a esta sazón, en que tanto vuestra sabrosa membranza me es menester.

E luego pasó adelante, e sintióse ferir de todas partes duramente, y llegó al padrón de mármol, e pasando dél, parecióle que todos los del mundo eran a lo ferir, e oía gran ruido de voces como si el mundo se fundiese, e decían:

—Si este caballero tornáis, no hay agora en el mundo otro que aquí entrar pueda.

Pero él con aquella cuita no dejaba de ir adelante, cayendo a las veces de manos, e otras de rodillas; e la espada, con que muchos golpes diera, había perdido de la mano, e andaba colgada de una correa, que no la podía cobrar; así llegó a la puerta de la cámara e vió una mano que le tomó por la suya e lo metió dentro, e oyó una voz que dijo:

—Bien venga el caballero que pasando de bondad a aquel que este encantamento fizo, que en su tiempo par no tovo, será de aquí señor.

Aquella mano le pareció grande e dura, como de hombre viejo, y en el brazo tenía vestida una manga de jamete verde, e como dentro en la cámara fué, soltóle la mano, que no la vió más, y él quedó descansado e cobrado en toda su fuerza, e quitándose el escudo del cuello y el yelmo de la cabeza, metió la espada en la vaina, e gradeció a su señora Oriana aquella honra que por su causa ganara.

Illustration from Libros de caballerías Selección

A esta sazón todos los del castillo, que las voces oyeran de cómo le otorgaban el señorío, y le vieron dentro, comenzaron a decir en alta voz:

—Señor, vemos complido, a Dios loor, lo que tanto deseado teníamos.

Los hermanos, que más acordados eran e vieron cómo Amadís acabara lo que todos habían faltado, fueron alegres por el gran amor que le tenían; e como estaban se mandaron llevar a la cámara, y el gobernador con todos los suyos llegaron a Amadís e por señor le besaron las manos. Cuando vieron las cosas extrañas que dentro de la cámara había de labores e riquezas, fueron espantados de lo ver; mas no era nada con un apartamiento que allí se facía donde Apolidón e su amiga albergaban; que este era de tal forma, que no solamente ninguno podría alcanzar a facerlo, mas ni entender cómo facerse podría; y era de tal forma, que estando dentro, podían ver claramente lo que de fuera se ficiese, e los de fuera por ninguna guisa no verían nada de los de dentro. Allí estovieron todos una gran pieza con gran placer los caballeros, porque en su linaje hobiese tal caballero que pasase de bondad a todos los del mundo presentes e cien años a zaga; los de la Ínsola por haber cobrado tal señor, con quien esperaban ser bienaventurados. Isanjo, el gobernador, dijo a Amadís:

—Señor, bien será que comáis e descanséis, e mañana serán aquí todos los hombres buenos de la tierra e vos harán homenaje, recibiéndovos por señor.

Con esto se salieron, y entrados en un gran palacio, comieron de aquello que aderezado estaba; e folgando aquel día, luego el siguiente vinieron allí asonados todos los más de la ínsola con grandes juegos e alegrías; quedando ellos por sus vasallos, tomaron a Amadís por su señor con aquellas seguridades que en aquel tiempo e tierra se acostumbraban.

CAPÍTULO TERCERO

LOS CELOS DE ORIANA

Ardián el enano, que, como todos, ignoraba por completo los amores de su señor con Oriana, habíale dicho a la princesa, al tiempo de partir para Sobradisa, que Amadís iba a aquel reino con objeto de casarse con la hermosa niña Briolanja, luego de reponerla en el trono. Oriana, oídas estas palabras, a pesar de las advertencias de Mabilia y de la Doncella de Denamarca, sus consejeras, no pudo menos de escribir la siguiente carta:

CARTA QUE LA SEÑORA ORIANA ENVÍA A SU AMANTE AMADÍS

“Mi rabiosa queja, acompañada de sobrada razón, da lugar a que la flaca mano declare lo que el triste corazón encobrir no puede contra vos el falso y desleal caballero Amadís de Gaula; pues ya es conoscida la deslealtad e poca firmeza que contra mí, la más desdichada y menguada de ventura sobre todas las del mundo, habéis mostrado, mudando vuestro querer de mí, que sobre todas las cosas vos amaba, poniéndole en aquella que, según su edad, para la amar ni conoscer su discreción basta; e pues otra venganza mi sojuzgado corazón tomar no puede, quiero todo el sobrado y mal empleado amor que en vos tenía apartarlo. ¡Oh qué mal empleé e sojuzgué mi corazón, que en pago de mis sospiros e pasiones, burlada y desechada fuese! E pues este engaño es ya manifiesto, no parezcáis ante mí ni en parte donde yo sea; porque sed cierto que el muy encendido amor que vos había es tornado, por vuestro merescimiento, en muy rabiosa e cruel saña; e con vuestra quebrantada fe e sabios engaños id a engañar otra cativa mujer como yo, que así me vencí de vuestras engañosas palabras, de las cuales ninguna salva ni excusa serán recebidas; antes, sin vos ver, plañiré con mis lágrimas mi desastrada ventura e con ellas daré fin a mi vida, acabando mi triste planto.”

Acabada la carta, cerróla con sello de Amadís muy conocido, e puso en el sobrescrito: “Yo soy la doncella ferida de punta de espada por el corazón, e vos sois el que me feristes.” E fablando en gran secreto con un doncel que Durín se llamaba, hermano de la doncella de Denamarca, le mandó que no holgase fasta que hallara a Amadís, e aquella carta le diese.

El Doncel, siguiendo los pasos de Amadís, llegó a la Ínsola Firme cuando el caballero tomaba posesión de ella de la gloriosa manera que sabéis, y fué testigo de cómo todos sus moradores le rendían vasallaje. Después procuró verse a solas con el nuevo señor de la isla y le entregó lo que para él traía.

Amadís tomó la carta, e aunque su corazón grande alegría sintiese con ella, temiendo que Durín nada de su secreto sabía, encubrió lo más que pudo; y la tristeza no pudo facer, que habiendo leído las fuertes e temerosas palabras que en ella venían, no bastó el esfuerzo ni el juicio que claramente no mostrase ser llegado a la cruel muerte, con tantas lágrimas, con tantos sospiros, que no parecía sino ser hecho pedazos su corazón, quedando tan desmayado e fuera de sentido, como si el ánima ya de las carnes partida fuera. Durín, que mucho sin sospecha desto estaba, cuando aquello vió, llorando muy fuertemente maldecía a sí e a su ventura e a la muerte porque antes que allí llegase no le había sobrevenido.

Amadís, no podiendo estar en pie, sentóse en la yerba que allí estaba, e tomó la carta que se le había de las manos caído, e cuando vió el sobrescripto, su cuita fué tan sin medida, que por una pieza estuvo amorrecido, de que Durín fué muy espantado; mas seyendo ya él recordado, dijo con gran dolor:

—Señor Dios, ¿por qué vos plugo de me dar muerte sin merescimiento?

E después dijo:

—¡Ay lealtad, qué mal galardón dais a aquel que vos nunca faltó! Fecistes a mi señora que me falleciese, sabiendo vos que antes mil veces por la muerte pasaría que pasar su mandado.

E tornando a tomar la carta, dijo:

—Vos sois la causa de la mi dolorosa fin, e porque más cedo me sobrevenga iréis comigo.

E metióla en su seno e dijo a Durín:

—¿Mandáronte otra cosa que me dijeses?

—No —dijo él.

—Pues llevarás mi mandado —dijo Amadís.

—No, señor —dijo él—; que me defendieron que lo no llevase.

—E Mabilia e tu hermana ¿no te dijeron algo que me dijeses?

—No supieron —dijo Durín— de mi venida; que mi señora me mandó que dellas la encobriese.

—¡Ay, santa María, valme! —dijo Amadís—; agora veo que la mi desventura es sin remedio.

Entonces dijo a Durín que llamase a Gandalín e Isanjo, el gobernador, e como él vino díjole:

—Quiero que como leal caballero me prometades que fasta mañana, después que mis hermanos oyeren misa, no diréis ninguna cosa de cuanto agora veréis.

Él así lo prometió, e otra tal fianza tomó de aquellos dos escuderos; luego mandó a Isanjo que le ficiese tener secretamente abierta la puerta del castillo, e Gandalín que sacase sus armas e caballo fuera sin que persona lo sintiese.

A escondidas de todos salió con Isanjo y sus hijos del castillo. Amadís iba sospirando e gimiendo con tanta angustia e dolor, que los que lo veían eran puestos en dolor en así lo ver; e demandando las armas, se armó, e volviéndose a Gandalín, le tomó entre sus brazos llorando fuertemente; e así lo tuvo una pieza sin que hablar le pudiese, e díjole:

—Mi buen amigo Gandalín, yo e tú fuimos en uno e a una leche criados, e nuestra vida siempre fué de consuno, e yo nunca fuí en afán ni en peligro en que tú no hobieses parte; e tu padre me sacó de la mar tan pequeña cosa como desa noche nacido; e criáronme como buen padre e madre a fijo mucho amado; e tú, mi leal amigo, nunca pensastes sino en me servir; e yo, esperando que Dios me daría alguna honra con que algo de tu merescimiento satisfacer podiese, hame venido esta tan gran desaventura, que por más cruel que la propia muerte la tengo, donde conviene que nos partamos, e yo no tengo qué te dejar sino solamente esta ínsola; e mando a Isanjo e a todos los otros, por el homenaje que me tienen fecho, que tanto que de mi muerte sepan te tomen por señor; e como quiera que este señorío tuyo sea, mando que lo gocen tu padre e madre en sus días, e después a ti libre quede.

Gandalín le dijo:

—Señor, nunca vos cuita hobistes en que de vos yo fuese partido, ni agora lo seré por ninguna cosa; e si vos morierdes, yo no quiero vivir; que después de la vuestra muerte nunca Dios me dé honra ni señorío.

—Cállate, por Dios —dijo Amadís—; no digas tal locura ni me fagas pesar, pues lo nunca feciste, e cúmplase lo que yo quiero.

Despidióse entonces de todos, abrazándoles y diciéndoles:

—A Dios vos encomiendo; que nunca pienso de jamás os ver.

E defendiéndoles que en ninguna manera fuesen en pos dél, puso las espuelas a su caballo sin se le acordar de tomar el yelmo ni escudo ni lanza, e metióse muy presto por la espesa montaña, no a otra parte sino adonde el caballo lo quería llevar, e así anduvo hasta más de la media noche sin sentido ninguno, hasta que el caballo topó en un arroyuelo de agua que de una fuente salía, e con la sed se fué por él arriba hasta que llegó a beber en ella; e dando las ramas de los árboles a Amadís en el rostro, recordó en su sentido, e miró a una e otra parte, mas no vió sino espesas matas, e hobo gran placer, creyendo que muy apartado y escondido estaba; e tanto que su caballo bebió apeóse dél, e atándole a un árbol, se asentó en la yerba verde para facer su duelo; mas tanto había llorado, que la cabeza tenía desvanecida; así que se adormeció.

CAPÍTULO CUARTO

EL ERMITAÑO

Vagó Amadís, sin tomar alimento ni descanso, por lo más escondido de aquellas montañas, hasta que, de allí a dos días, al caer la tarde, entró en una gran vega que al pie de una montaña estaba, y en ella había dos árboles altos, que estaban sobre una fuente, e fué allá por dar agua a su caballo, que todo aquel día andoviera sin fallar agua; e cuando a la fuente llegó vió un hombre de orden, la cabeza e barbas blancas, e daba beber a un asno, y vestía un hábito muy pobre de lana de cabras. Amadís le saludó, e preguntóle si era de misa; el hombre bueno le dijo que bien había cuarenta años que lo era.

—A Dios merced —dijo Amadís—; agora vos ruego que folguéis aquí esta noche por el amor de Dios, e oírme heis de penitencia, que mucho lo he menester.

—En el nombre de Dios —dijo el buen hombre.

Amadís se apeó e puso las armas en tierra, y desensilló el caballo y dejólo pacer por la yerba, y él desarmóse e fincó los hinojos ante el buen hombre, e comenzóle a besar los pies. El hombre bueno lo tomó por la mano, e alzándolo, lo fizo sentar cabe sí, e vió cómo era el más hermoso caballero que en su vida visto había, pero vióle descolorido, e las faces e los pechos bañados en lágrimas que derramaba, e hobo dél duelo e dijo:

—Decid todos los pecados que se os acordaren.

Amadís así lo fizo, diciéndole toda su facienda, que nada faltó.

El hombre bueno le dijo:

—Según vuestro entendimiento y el linaje tan alto donde venís, no os debríades matar ni perder por ninguna cosa que vos aviniese, cuanto más por fecho de mujeres; e vos consejo que no paréis en tal cosa mientes e vos quitéis de tal locura, que lo fagáis por amor de Dios, a quien no place de tales cosas.

—Buen señor —dijo Amadís—, yo soy llegado a tal punto, que no puedo vivir sino muy poco, e ruégoos por aquel Señor poderoso, cuya fe vos mantenéis, que vos plega de me llevar con vos este poco de tiempo que durare, e habré con vos consejo de mi alma; pues que ya las armas ni el caballo no me facen menester, dejarlo he aquí, e iré con vos de pie, faciendo aquella penitencia que me mandardes.

Y el hombre bueno comenzó de llorar con gran pesar que dél había; así que las lágrimas le caían por las barbas, que eran largas y blancas, e díjole:

—Mi fijo señor; yo moro en un lugar muy esquivo e trabajoso de vivir, que es una ermita metida en la mar bien siete leguas, en una peña muy alta, y es tan estrecha la peña, que ningún navío a ella se puede llegar sino es en el tiempo del verano; e allí moro yo ha treinta años, e quien allí morare conviénele que deje los vicios e placeres del mundo, e mi mantenimiento es de limosnas que los de la tierra me dan.

—Todo eso —dijo Amadís— es a mi grado, e a mí place de pasar con vos tal vida, esta poca que queda, e ruégovos por amor de Dios que me lo otorguéis.

El hombre bueno gelo otorgó, mucho contra su voluntad, e Amadís le dijo:

—Agora me mandad, padre, lo que faga; que en todo vos seré obediente.

El hombre bueno le dió la bendición, e luego dijo vísperas, e sacando de una alforja pan y pescado, dijo a Amadís que comiese; mas él no lo hacía, aunque pasaran ya tres días que no comiera; él dijo:

—Vos habéis de estar a mi obediencia, e mándoos que comáis; si no, vuestra alma sería en gran peligro si así moriésedes.

Entonces comió, pero muy poco; que no podía de sí partir aquella grande angustia en que estaba; e cuando fué hora de dormir el buen hombre se echó sobre su manto e Amadís a sus pies, que en todo lo más de la noche no hizo, con la gran cuita, sino revolverse e dar grandes sospiros; e ya cansado y vencido del sueño, adormecióse.

A la otra mañana pusiéronse en camino, el ermitaño en su asno y Amadís en su caballo, porque el religioso así se lo mandó. El hombre bueno lo iba mirando, como era tan hermoso y de tan buen talle, e la gran cuita en que estaba, e dijo:

—Yo vos quiero poner un nombre que será conforme a vuestra persona e angustia en que sois puesto; que vos sois mancebo e muy fermoso; e vuestra vida está en grande amargura y en tinieblas; quiero que hayáis nombre Beltenebrós.

Amadís plugo de aquel nombre, e tovo al buen hombre por entendido en gele haber con tan gran razón puesto, e por este nombre fué él llamado en cuanto con él vivió, y después gran tiempo; que no menos que por el de Amadís fué loado, según las grandes cosas que hizo, como adelante se dirá.

Pues fablando en esto y en otras cosas, llegaron a la mar siendo noche cerrada, e fallaron hí una barca en que habían de pasar al hombre bueno a su ermita, y Beltenebrós dió su caballo a los marineros, y ellos le dieron un pelote e un tabardo de gruesa lana parda, y entraron en la barca e fuéronse contra la peña; y Beltenebrós preguntó al buen hombre cómo llamaban aquella su morada, y él cómo había nombre.

—La morada —dijo él— es llamada la Peña Pobre, porque allí no puede morar ninguno sino en gran pobreza, e mi nombre es Andalod, e fuí clérigo asaz entendido, e pasé mi mancebía en muchas vanidades; mas después acordé de me retraer a este logar tan solo, donde ya pasan de treinta años que nunca dél salí sino agora, que vine a un enterramiento de una mi hermana.

Mucho se pagaba Beltenebrós de la soledad y esquiveza de aquel lugar, y en pensar de allí morir recebía algún descanso; así fueron navegando en su barca fasta que a la peña llegaron.

Así como oís fué encerrado Amadís, con nombre de Beltenebrós, en aquella Peña Pobre, metida siete leguas en la mar, desamparando el mundo e la honra e aquellas armas con que en tan grande alteza puesto era, consumiendo sus días en lágrimas y en continuos lloros, no habiendo memoria de sus hazañas.

¿Quién podría pintar ahora la desesperación de Oriana cuando supo por su mensajero cómo había pasado Amadís bajo el Arco de los Leales Amadores y conoció lo infundado de sus celos? ¿Quién sabría decir la fuerza de su dolor al describirle Durín el extremado duelo que después de leída la carta de su señora el caballero había hecho y cómo se había marchado solo por las selvas con rumbo incierto, cercano a la muerte?

A punto de perecer estuvo también, con tales nuevas, la enamorada princesa; no encontraban consuelo para ella sus amigas y confidentes. Acordóse por fin que la Doncella de Denamarca partiera en busca de Amadís, con una carta en que su señora le pedía perdón con muy humildes palabras y le suplicaba que fuera a verla en secreto al castillo de Miraflores, bella posesión de campo, a dos leguas de Londres, que el rey Lisuarte había regalado a su hija Oriana y donde ésta solía pasar algunas temporadas, con sus damas e doncellas.

Los caballeros de la familia de Amadís también salieron a recorrer el mundo en busca de su famoso pariente, pero iban pasando los meses y por ninguna parte se encontraban huellas del desaparecido caballero. Era ya como si hubiera muerto.

CAPÍTULO QUINTO

LA PEÑA POBRE

La Doncella de Denamarca visitó varios países donde ninguna noticia pudieron darle de Amadís. Regresaba a la Gran Bretaña, muy triste y dolorida, pensando que si no aparecía Amadís era segura la muerte de su señora, cuando fué sorprendida por una gran tormenta y andando por la mar sin gobernalle, sin concierto alguno, perdido de todo punto el tino de los mareantes, no teniendo fiucia alguna en sus vidas, en la fin una mañana al punto del alba, al pie de la Peña Pobre, donde Beltenebrós era, arribaron; la cual fué luego conocida de los de la nave, que algunos dellos sabían ser allí Andalod, el santo ermitaño que en la ermita suso su vida hacía; lo cual dijeron a la Doncella de Denamarca; y ella, como salida de tal peligro, tornada así de muerte a vida, mandó que suso a la peña la subiesen; porque oyendo misa de aquel hombre bueno, pudiese a la Virgen María dar gracias de aquella merced que su glorioso Fijo les había hecho.

Illustration from Libros de caballerías Selección

A esta sazón Beltenebrós estaba tan enfermo y era ya su salud tan allegada al cabo, que no esperaba vivir quince días; e del mucho llorar, junto con la su gran flaqueza, tenía el rostro muy descarnado e negro, mucho más que si de gran dolencia agraviado fuera; así que, no había persona que conocerlo podiese.

Durante la misa volvió el rostro para donde estaban los navegantes e mirándolos, conoció luego a la Doncella e a Durín, e la alteración fué tan grande, que no podiendo estar en los pies, cayó en el suelo como si muerto fuese. Cuando el ermitaño esto vió pensó que ya estaba en el postrimero punto de su vida, e dijo:

—¡Oh Señor poderoso! ¿Por qué no has querido haber piedad deste que tanto en tu servicio podiera facer?

E las lágrimas le caían en mucha cantidad por las blancas barbas, e dijo:

—Buena doncella, faced a esos hombres que me ayuden a llevar este hombre a su cámara, que entiendo que éste será el postrimero beneficio que facer se le puede.

Entonces Enil e Durín, con el ermitaño, lo llevaron a la casa donde albergaba, e le posieron en una cámara asaz pobre, que por ninguno dellos nunca fué conocido; pues la doncella oyó la misa, e queriéndose ir a comer en tierra, que de la mar muy enojada andaba, acaso preguntó al ermitaño qué hombre era aquel que de tan gran dolencia agraviado era. El hombre bueno le dijo:

—Es un caballero que aquí face penitencia.

—Quiérole ver —dijo la doncella—, pues me decís que es caballero e de las cosas que en la nave trayo le dejaré con que algo pueda ser reparado.

—Faceldo —dijo el buen hombre—; pero entiendo que su muerte, a que tanto llegado es, vos quitará dese cuidado.

La doncella entró sola en la cámara donde Beltenebrós estaba; el cual, pensando qué ficiese, no se sabía determinar; que si se le ficiese conocer, pasaba el mandamiento de su señora, e si no, si aquella que era todo el reparo de su vida de allí se fuese, no le quedaba esperanza ninguna. En la fin, creyendo que muy más duro para él sería enojar a su señora que padecer la muerte, acordó de se le no facer conocer en ninguna manera.

Pues la doncella, llegada cerca de la cama, dijo:

—Buen hombre, del ermitaño he sabido que sois caballero, e porque las doncellas a todos los más caballeros somos muy más obligadas por los grandes peligros que en nuestra defensa se ponen, acordé de os ver e dejar aquí del bastimiento de la nao todo lo que para vuestra salud en ella se fallare.

Él no respondió ninguna cosa; antes estaba con grandes sollozos e gemidos llorando. Así que la doncella pensó que el alma de las carnes se le partía, de que hobo gran piedad; e porque en la cámara poca luz había, abrió una lumbrera que cerrada estaba, e llegóse a la cama por ver si era muerto, e comenzóle a mirar, y él a ella, todavía llorando e sollozando, e así estuvo por una pieza que la doncella nunca lo conoció, porque su pensamiento bien descuidado era de fallar en tal parte aquel que buscaba; mas viéndole en el rostro un golpe que ella muy bien conocía fízola recordar en lo que ante ninguna sospecha tenía, e claramente conoció ser aquel Amadís, e dijo:

—¡Ay, santa María, val! ¿Qué es esto que veo? ¡Ay, señor, vos sois aquel por quien mucho afán he tomado!

E cayó de bruzas sobre el lecho, e fincando los hinojos, le besó las manos muchas veces, e díjole:

—Señor, aquí es menester piedad e perdón contra aquella que vos erró; que si por su mala sospecha vos ha puesto injustamente en tal estrecho, ella con mucha causa e razón padece la vida más amarga que la propia muerte.

Beltenebrós la tomó entre sus brazos e juntóla consigo, sin ninguna cosa le poder fablar; ella dándole la carta, le dijo:

—Esta vos envía vuestra señora, e por mí vos face saber que si vos sois aquel Amadís que ser solía, a quien ella tanto ama, que poniendo en olvido lo pasado, luego seáis con ella en el su castillo de Miraflores, donde con mucho vicio serán emendados los dolores e angustias que el sobrado amor que vos tiene han causado.

Él tomó la carta, e después de leída, su alegría fué tan sobrada, que, así como con la pasada tristeza, con ella desmayado fué, cayendo las lágrimas por sus mejillas sin las sentir.

Embarcados en la nave de la Doncella se trasladaron a la Gran Bretaña, sin que nadie de a bordo hubiera sospechado quién pudiera ser aquel Beltenebrós. Después de reponer su salud durante algún tiempo en un lugar retirado, el caballero adquirió armas y caballo, tomó un escudero y fué a visitar a su señora en su castillo de Miraflores, dejando sembrado su camino de las más gloriosas hazañas, que llevaban por todas partes la fama del nuevo caballero Beltenebrós, tanto que todo el mundo decía que, desaparecido Amadís, no había en el orbe quien pudiera igualarse con él.

Guardó rigurosamente el incógnito hasta que en una descomunal batalla que tuvo Lisuarte con el rey Cildadán de Irlanda, al ver que flaqueaban los ingleses, Beltenebrós, que venía realizando magníficos hechos de armas, se metió por medio de todos gritando:

—¡Gaula, Gaula, que yo soy Amadís!

Y con su esfuerzo libertó al rey Lisuarte, que ya había caído en poder de los enemigos.

CAPÍTULO SEXTO

EL CASTILLO DE ARCALAUS

Con ello creció hasta el extremo la fama e influencia de Amadís en la corte del rey Lisuarte, el cual nada hacía ya sino por mediación de su heroico caballero. Mas entre tanto la envidia no estaba queda y algunas caballeros de edad, que veían extinguido su influjo, supieron hacer de modo que el rey llegara a creer que Amadís proyectaba traidoramente apoderarse del reino para él y los suyos.

Entonces Lisuarte mostró públicamente su desprecio a Amadís, el cual, aunque muy dolorido de separarse de Oriana, oído el consejo que ésta le dió diciéndole que su honor era antes que todo, retiróse a la Ínsola Firme, con un cortejo como de rey, formado por todos los caballeros de su familia y gran número de amigos, con lo que apenas le quedaron caballeros de valía, en su corte, al rey Lisuarte.

Poco después, suscitados por Arcalaus el Encantador, que no perdonaba ocasión de mover guerra al rey de la Gran Bretaña, tomaron contra él las armas seis poderosos reyes dirigidos por el rey Arábigo. Nunca se había visto Lisuarte en peligro semejante y era más que probable que no pudiera resistir a enemigos tan fuertes, privado del apoyo de los caballeros de Amadís.

A tal sazón, estaba éste en Gaula con Perión, su padre, y su hermano don Florestán. Amadís había prometido a su dama que nunca haría armas contra el rey Lisuarte y estaba muy triste por no poder tomar parte en aquella guerra descomunal. Tratando de ello, llegaron a acordar el padre y los dos hijos, que aunque eran muchas las ofensas que del rey de la Gran Bretaña habían recibido, irían secretamente y disfrazados a prestarle auxilio. Fueron así, en efecto, con armas que les envió Urganda la Desconocida, cuyos escudos estaban adornados con sierpes de oro. Y la armadura de Amadís había un yelmo dorado. Pasaron a la Gran Bretaña, llegaron al campo de batalla; con el esfuerzo de sus brazos decidieron ésta en favor de Lisuarte cuando el rey la tenía ya perdida, y antes de que el socorrido monarca pudiera buscar a sus favorecedores, supieron ocultarse en un bosque, protegidos por el manto de la noche.

Algunos días folgaron en aquella floresta el rey Perión e sus fijos, y yendo en busca de la nave que había de volverlos a Gaula, fallaron cabe una fuente una doncella, que a su palafrén a beber daba, vestida ricamente, y encima una capa de escarlata, que con hebillas e ojales de oro se abrochaba, y dos escuderos y dos doncellas con ella, que le traían falcones e canes, con que cazaba; e como ella los vió, conociólos luego en las armas de las sierpes, e fué, faciendo grande alegría, contra ellos; e como llegó, saluólos con mucha homildad, faciendo señas que era muda. Ellos la saluaron, y parecióles muy fermosa, e hobieron mancilla que fuese muda. Ella se llegaba al del yelmo dorado, e abrazábalo y queríale besar las manos; e cuando así una pieza estovo, convidábalos por señas que fuesen aquella noche sus huéspedes en un su castillo, mas ellos no le entendían. Ella fizo seña a sus escuderos que gelo declarasen, e así lo ficieron. Ellos, viendo aquella buena voluntad y que era ya muy tarde, fuéronse con ella a salva fe, y no andovieron mucho, que llegaron a un fermoso castillo, teniendo a la doncella por muy rica, pues que dél era señora; y entrando en él, fallaron gentes que los recibieron homildosamente, y otras dueñas y doncellas, que todas acataban a la muda como a señora; luego les tomaron los caballos, e subieron a ellos a una rica cámara, que sería veinte codos en alto de la tierra, e faciéndolos desarmar, les trajeron ricos mantos que cobriesen; y desque hobieron hablado con la muda y con las otras doncellas, trajéronles de cenar e fueron muy bien servidos, y ellas se fueron a sus aposentamientos; mas no tardó mucho que luego volvieron con muchas candelas e instrumentos acordados para les dar placer, e cuando fué tiempo de dormir dejáronlos e fuéronse. En aquella cámara había tres camas muy ricas, que la doncella muda mandara hacer, e posiéronles sus armas cabe cada cama. Ellos se acostaron e dormieron asosegadamente, como aquellos que trabajados e fatigados andaban, e aunque sus espíritus reposaban, no lo hacían sus vidas, según en el peligroso lazo en que metidos eran, que con mucha causa se puede comparar a las cosas deste mundo; que sabed que aquella cámara era fecha por una muy engañosa arte, que toda ella se sostenía sobre un estello de fierro hecho como husillo de lagar, cerrado en otro de madera que en medio de la cámara estaba, e podíase abajar e alzar por debajo, trayendo una palanca de hierro al derredor; que la cámara no llegaba a pared ninguna; así que, cuando a la mañana despertaron, falláronse en hondón otros veinte codos que en alto estaban cuando en ella entraron.

Los tres caballeros, cuando fueron despiertos e no vieron señal ninguna de claridad, y sentían cómo la gente del castillo sobre ellos andaba, mucho se maravillaron, y levantáronse de los lechos, e buscando a tiento la puerta y las finiestras, falláronlas; pero metiendo las manos por ellas, topaban en el muro del castillo; así que luego conocieron que eran traídos a engaño. Estando con gran pesar de se ver en tal peligro, pareció suso a una finiestra de la cámara un caballero grande y membrudo, y el rostro había medroso, y en la barba e cabeza más cabellos blancos que negros, y vestía paños de duelo, e dijo a una voz alta:

—¿Quién yace allá dentro, que mal seáis albergados? Que, según el gran pesar que me habéis fecho, así fallaréis la mesura y merced, que serán muy crueles e amargas muertes, e aun con esto no seré vengado, según lo que de vos recebí en la batalla del falso rey Lisuarte. Sabed que yo soy Arcalaus el Encantador; si me nunca vistes, agora me conoced; que nunca ninguno me hizo pesar que dél no me vengase, si no es de uno solo, que aun yo cuido tener donde vos estáis.

E la doncella que cabe él estaba dijo:

—Buen tío, aquel mancebo que allí está es el que traía el yelmo dorado.

Y tendió la mano contra Amadís. Cuando ellos esto vieron, que aquel era Arcalaus, fueron en gran pavor de muerte, e por extraña cosa tovieron ver fablar a la doncella muda que los allí trajera.

Arcalaus les dijo:

—Caballeros, yo vos haré ante mí tajar las cabezas, y enviarlas he al rey Arábigo, en alguna emienda de lo que le deservistes.

E tiróse de la finiestra, e mandóla cerrar, e quedó la cámara tan escura, que no se veían unos a otros.

Así como oís pasaron aquel día sin comer e sin beber, y desque Arcalaus cenó e pasó ya parte de la noche, vínose a la finiestra donde ellos estaban, con dos hachas encendidas, e la sobrina, e mandóla abrir, e dijo:

—Vos, caballeros que allá yacéis, cuido que comeríades, si toviésedes qué.

—De grado —dijo don Florestán—, si nos lo mandásedes dar.

Él dijo:

—Si en voluntad lo tengo, Dios me la quite; pero porque del todo no quedéis desconsolados, en emienda de la comida os quiero decir unas nuevas. Sabed cómo agora, después que fué noche, vinieron a la puerta del castillo dos escuderos e un enano, que preguntaban por los caballeros de las armas de las sierpes, e mandélos prender y echar en una prisión que ende debajo tenéis. Destos sabré mañana quién sois, o los haré cortar miembro a miembro.

Sabed que esto que Arcalaus les dijo era así verdad; que los de la galea, viendo que tardaban y tenían el tiempo enderezado para navegar, acordaron que los buscasen Gandalín y el Enano e Orfeo, el repostero del Rey, e a éstos tenían en la prisión, como es dicho. Mucho les pesó al Rey e a sus hijos destas nuevas, porque muy peligrosas eran. Dinarda dijo:

—Tío, sostenedles la vida, porque con ella mayor pena sostengan.

—Pues que así os parece, sobrina —dijo él—, yo lo faré.

E díjoles entonces:

—Caballeros, decidme en vuestra fe cuál vos aqueja más, la hambre o la sed.

—Pues que hemos de decir verdad —dijeron ellos—, aunque el comer era más conveniente primero, la sed nos aqueja mucho.

Entonces dijo Arcalaus a una doncella:

—Sobrina, echadles una empanada de tocino, porque no digan que no acorro a su menester.

Y fuése de allí, e todos los otros.

Aquella doncella vió a Amadís tan apuesto, e sabiendo las grandes caballerías que en la batalla hiciera, era mucho movida a piedad dél e de los otros; e luego puso en un cesto un barril de agua e otro de vino e la empanada, e colgándolo por una cuerda, gelo dió, diciendo:

—Tomad esto y tenedme poridad; que si yo puedo, no lo pasaréis mal.

Amadís gelo gradeció mucho, y ella se fué. Con aquello cenaron, e acostáronse en sus camas, e mandaron a sus escuderos, que allí con ellos estaban, que toviesen las armas en tal parte donde las fallasen; que si de hambre no morían, de otra manera ellos venderían bien sus vidas.

Gandalín e Orfeo y el Enano fueron metidos en la prisión que era deyuso de aquel sobrado donde sus señores estaban, e hallaron hi una dueña e dos caballeros; el uno, que era su marido e ya de días, y el otro su fijo, asaz mancebo; e había un año que allí estaban, e fablando unos con otros, dijo Gandalín cómo viniendo en busca de los tres caballeros de las armas de las sierpes, los habían prendido.

—¡Santa María! —dijo el caballero—; sabed que esos que decís fueron en este castillo muy bien recebidos, y estando dormiendo entraron aquí cuatro hombres, e trayendo a derredor esta palanca de hierro que aquí veis, bajaron con ella este sobrado; así que, han recebido gran traición.

Gandalín, que muy avisado era, entendió luego que su señor e los otros estaban allí, y el peligro grande de muerte en que estaban, e dijo:

—Pues que así es, trabajemos nos de lo subir suso; si no, ellos ni nosotros nunca saldremos de aquí; e creed que si ellos se salvan, que nosotros seremos libres.

Entonces el caballero e su fijo de una parte, e Gandalín e Orfeo de la otra, comenezaron a rodear la palanca; así que, el sobrado comenzó luego a subir, y el rey Perión, que no dormía sosegado, más con cuita de sus fijos que de sí, sintiólo luego y despertólos, e díjoles:

—¿Veis cómo el sobrado se alza, no sé por cuál razón?

Amadís dijo:

—Sea por cualquiera, que morir como caballeros o como ladrones gran diferencia es.

E luego saltaron de los lechos, e ficieron a sus escuderos que los armasen, y esperaron qué sería aquello; mas el sobrado fué alzado, a gran afán de los que lo sobían, tanto como era menester; y el rey Perión e sus fijos, que a la puerta estaban, vieron por entre las tablas la claridad, e conocieron que por allí habían entrado; e trabaron della todos tres tan fuerte, que la derribaron e salieron al muro, donde eran los veladores, con tan gran coraje e braveza, que maravilla era, e comenzaron a matar e derribar del muro cuanto fallaban, e decir:

—¡Gaula, Gaula; que nuestro es el castillo!

Arcalaus, que le oyó, fué muy espantado, e cuidando que traición era de alguno de los suyos, que allí había traído sus enemigos, fuyó desnudo a una torre e subió consigo el escalera, que andadiza era; e no se temía de los presos, que aquellos a buen recaudo, a su parecer, estaban; e asomándose a una finiestra, vió a los de las armas de las sierpes andar por el castillo a gran priesa, e aunque los conoció, no osó salir ni bajar a ellos; mas daba voces, diciendo a los suyos que les no temiesen, que no eran más de tres hombres. Algunos de los suyos, que abajo posaban, comenzáronse a armar; mas los tres caballeros, que ya el muro habían de los veladores delibrado, bajaron luego a ellos, que los oyeron, y en poca de hora los pararon tales, así muertos como heridos, que ninguno pareció ante ellos.

Los que estaban en la cárcel, que oyeron lo que se hacía, dieron voces que los acorriesen. Amadís conoció la voz de su enano, que éste y la dueña habían más temor; e fueron luego para los sacar, e así lo ficieron, que a gran fuerza quebrantaron las armellas e abrieron la puerta, por donde salieron, e buscando por las casas bajas que al corral salían, hallaron los caballos suyos e de sus señores e otros de Arcalaus, que dieron al caballero e a su hijo, e un palafrén de la sobrina para la dueña, e sacáronlos todos fuera del castillo, e cuando fueron a caballo mandó el Rey poner fuego a las casas que dentro eran, e comenzó a arder tan bravamente, que todo parecía una llama; el fuego era grande, que daba en la torre.

Entonces se fueron por el camino que allí vinieran a la galea, e subiendo una sierra, vieron las grandes llamas del castillo e las voces de la gente, de manera que hobieron placer; así andovieron fasta ser en el monte alto. Entonces esclareció el día, e vieron ayuso en la ribera la su galea, e fueron para allá, entraron dentro, y alzando las velas hicieron rumbo a Gaula.

Viñeta de adorno
Viñeta de adorno
Ilustración ornamental
Ilustración ornamental

LIBRO TERCERO

EL CABALLERO DE LA VERDE ESPADA

CAPÍTULO PRIMERO

LA MUERTE DEL ENDRIAGO

Durante los años siguientes, Amadís, que por su enojo con el rey Lisuarte no podía volver a la corte de la Gran Bretaña y estaba privado de ver a su amada Oriana, con el nombre del Caballero de la Verde Espada —por una que a gran honra suya había ganado— anduvo por Alemania, Bohemia y Romania, corriendo siempre los más bravos peligros y realizando descomunales hazañas, tanto que por todas aquellas tierras no había caballero más famoso que el de la Verde Espada.

Ganó entonces la amistad de un sabio médico, el maestro Elisabat, que desde entonces lo acompañó siempre en sus viajes y más de una vez salvó su vida y las de sus amigos con sus profundos conocimientos en el arte de curar heridas.

Illustration from Libros de caballerías Selección

Embarcóse para pasar a la corte del Emperador de Constantinopla, y yendo por la mar navegando con muy buen viento, súbitamente tornando al contrario, como muchas veces acaece, fué la mar tan embravecida, tan fuera de compás, que ni la fuerza de la fusta, que grande era, ni la sabiduría de los mareantes no pudieron tanto resistir, que muchas veces en peligro de ser anegada no fuese; las lluvias eran tan espesas e los vientos tan apoderados y el cielo tan escuro, que en gran desesperación estaban de ser las vidas remediadas. Así andovieron ocho días, sin saber ni atinar a cuál parte de la mar andoviesen, sin que la tormenta un punto ni momento cesase; en cabo de los cuales, con la gran fuerza de los vientos, una noche, antes que amaneciese, la fusta a la tierra llegada fué tan reciamente, que por ninguna guisa la podían despegar; esto dió gran consuelo a todos, como si de muerte a la vida tornados fueran; mas después reconociendo los marineros en la parte que estaban, sabiendo ser allí la ínsola que del Diablo se llamaba, donde una bestia fiera toda la había despoblado, en dobladas angustias y dolores sus ánimos fueron, teniéndolo en muy mayor grado de peligro que el que en la mar esperaban.

Los marineros, llenos de espanto, agotaban en vano sus fuerzas luchando por apartar de allí a la nave, y el maestro Elisabat, en tanto, describíale a Amadís cómo era la espantable criatura, hija de horrendo pecado, que señoreaba la isla. Tenía el cuerpo y el rostro cubierto de pelo, y encima había conchas, sobrepuestas unas sobre otras, tan fuertes, que ninguna arma las podía pasar, e las piernas e pies eran muy gruesos y recios, y encima de los hombros había alas tan grandes, que fasta los pies le cobrían, e no de péñolas, mas de un cuero negro como la pez, luciente, velloso, tan fuerte, que ninguna arma las podía empecer, con las cuales se cobría como lo ficiese un hombre con un escudo; y debajo dellas le salían brazos muy fuertes, así como de león, todos cobiertos de conchas más menudas que las del cuerpo, e las manos había de hechura de águila, con cinco dedos, e las uñas tan fuertes e tan grandes, que en el mundo non podía ser cosa tan fuerte que entre ellas entrase, que luego no fuese desfecha. Dientes tenía dos en cada una de las quijadas, tan fuertes y tan largos, que de la boca un codo le salían, e los ojos grandes y redondos, muy bermejos, como brasas; así que, de muy lueñe, siendo de noche, eran vistos, e todas las gentes huían dél. Saltaba e corría tan ligiero, que no había venado que por pies se le podiese escapar; comía y bebía pocas veces, e algunos tiempos ningunas, que no sentía en ello pena ninguna; toda su holganza era matar hombres e las otras animalías vivas, e cuando fallaba leones e osos, que algo se le defendían, tornaba muy sañudo, y echaba por sus narices un humo tan espantable, que semejaba llamas de fuego, e daba unas voces roncas, espantosas de oír; así que todas las cosas vivas huían ant’él como ante la muerte; olía tan mal, que no había cosa que no emponzoñase. Era tan espantoso cuando sacudía las conchas unas con otras, e facía crujir los dientes e las alas, que no parecía sino que la tierra facía estremecer.

—Tal es esta animalía, Endriago llamado, como os digo —dijo el maestro Elisabat—. Esto es lo que yo sé desta mala y endiablada bestia.

El Caballero de la Verde Espada dijo:

—Maestro, grandes cosas me habéis dicho, e mucho sofre Dios nuestro Señor a aquellos que le desirven; pero, al fin, si se no enmiendan, dales pena tan crecida como ha sido su maldad; e agora os ruego, maestro, que digáis de mañana misa, porque yo quiero ver a esta ínsola, e si Él me aderezare, tornarla a su santo servicio.

Aquella noche pasaron con gran espanto, así de la mar, que muy brava era, como del miedo que del Endriago tenían, pensando que saldría a ellos de un castillo que allí cerca tenía, donde muchas veces albergaba; y el alba del día venida, el maestro cantó misa, y el Caballero de la Verde Espada la oyó con mucha homildad, rogando a Dios le ayudase en aquel peligro que por su servicio se quería poner; e si su voluntad era que su muerte allí fuese venida, Él por la su piedad le hobiese merced al alma. E luego se armó e fizo sacar su caballo en tierra, e Gandalín con él, e dijo a los de la nao:

—Amigos, yo buscaré esta bestia por estas montañas, e si della escapo, tocará la bocina Gandalín y tornarme he a vosotros; e si no, haced lo que mejor vierdes.

Cuando esto oyeron ellos, fueron muy espantados, más que de ante eran; porque aun allí dentro en la mar todos sus ánimos no bastaban para sofrir el miedo del Endriago, e por más afrenta y peligro que la braveza grande de la mar le tenían.

Entonces se partió el Caballero de la Verde Espada dellos, quedando todos llorando, y él iba con aquel esfuerzo y semblante que su bravo corazón le otorgaba, et Gandalín en pos dél, llorando fuertemente, creyendo que los días de su señor con la fin de aquel día la habrían ellos. El Caballero volvió a él, e díjole riendo:

—Mi buen hermano, no tengas tan poca esperanza en la misericordia de Dios ni en la vista de mi señora Oriana, que así te desesperes; que no solamente tengo delante mí la su sabrosa membranza, más su propria persona, e mis ojos la veen, y me está diciendo que la defienda yo desta bestia mala. Pues ¿qué piensas tú, mi verdadero amigo, que debo yo hacer? ¿No sabes que en la su vida e muerte está la mía? ¿Consejarme has tú que la deje matar y que ante mis ojos muera? No plega a Dios que tal pensases; e si tú no la vees, yo la veo, que delante mí está, pues si su sola membranza me hizo pasar a mí gran honra las cosas que tú sabes, ¿qué tanto más debe poder su propia presencia?

E diciendo esto, crescióle tanto el esfuerzo, que muy tarde se le facía en no fallar el Endriago; y entrando en un valle de brava montaña y peñas de muchas concavidades, dijo:

—Da voces, Gandalín, porque por ellas podrá ser que el Endriago a nosotros acudirá; et ruégote mucho que si aquí moriere, procures de llevar a mi señora Oriana aquello que es suyo enteramente, que será mi corazón; e dile que gelo envío por no dar cuenta ante Dios de cómo lo ajeno llevaba comigo.

Cuando Gandalín esto oyó, no solamente dió voces, mas mesando sus cabellos, llorando, dió grandes gritos, deseando su muerte antes que ver la de aquel su señor, que tanto amaba, et no tardó mucho que vieron salir de entre las peñas el Endriago muy más bravo e fuerte que lo nunca fué. Venía tan sañudo, echando por la boca humo mezclado con llamas de fuego, e firiendo los dientes unos con otros, faciendo gran espuma e faciendo crujir las conchas e las alas tan fuertemente, que gran espanto era de lo ver. Así hobo el Caballero de la Verde Espada, especialmente oyendo los silbos e las espantosas voces roncas que daba; e como quiera que por palabra gelo señalaran, en comparación de la vista era tanto como nada; e cuando el Endriago los vió comenzó a dar grandes saltos e voces, como aquel que mucho tiempo pasara sin que hombre ninguno viera, e luego se vino contra ellos. Cuando los caballos del de la Verde Espada y de Gandalín lo vieron, comenzaron a fuir tan espantados, que apenas los podían tener, dando muy grandes bufidos. E cuando el de la Verde Espada vió que a caballo a él no se podía llegar, descendió muy presto e dijo a Gandalín:

—Hermano, tente afuera en ese caballo, porque ambos no nos perdamos, et mira la ventura que Dios me querrá dar contra este diablo tan espantable, e ruégale que por la su piedad me guíe cómo le quite yo de aquí, y sea esta tierra tornada al su servicio; e si aquí tengo de morir, que me haya merced del ánima, y en lo otro faz como te dije.

Gandalín no le podo responder; tan reciamente lloraba, porque su muerte veía tan cierta, si Dios milagrosamente no lo escapase. El Caballero de la Verde Espada tomó su lanza e cubrióse de su escudo como hombre que ya la muerte tenía tragada, perdido todo su pavor, e lo más que podo se fué contra el Endriago así a pie como estaba. El diablo, como lo vido, vino luego para él, y echó un fuego por la boca con un humo tan negro, que apenas se podían ver el uno al otro, y el de la Verde Espada se metió por el fumo adelante, y llegando cerca dél, le encontró con la lanza por muy gran dicha en el un ojo, así que gelo quebró; y el Endriago echó las uñas en la lanza e tomóla con la boca e hízola pedazos, quedando el fierro con un poco del asta metido por la lengua e por las agallas; que tan recio vino, que él mesmo se metió por ella; e dió un salto por lo tomar, mas con el desatiento del ojo quebrado no pudo, e porque el caballero se guardó con gran esfuerzo e viveza de corazón, así como aquel que se vía en la misma muerte, et puso mano a la su muy buena espada, e fué a él que estaba como desatentado, así del ojo como de la mucha sangre que de la boca le salía, e con los grandes resoplidos y resollidos que daba, todo lo más de ella se le entraba por la garganta, de manera que cuasi el aliento le quitara, e no podía cerrar la boca ni morder con ella; y llegó a él por el un costado, e dióle tan gran golpe por cima del concás, que le no pareció sino que diera en una peña dura, e ninguna cosa le cortó.

Como el Endriago le vido tan cerca de sí, pensóle de tomar entre sus uñas, e no le alcanzó sino en el escudo, e levógelo tan recio que le fizo dar de manos en tierra; y en tanto que el diablo lo despedazó todo con sus muy fuertes e duras uñas, hobo el Caballero de la Verde Espada logar de levantarse, e como sin escudo se vió, e la espada no cortaba ninguna cosa, bien entendió que su fecho no era nada, si Dios no le enderezase a que el otro ojo le pudiese quebrar; que por otra ninguna parte no aprovechaba nada trabajar de lo ferir, e con saña, pospuesto todo temor, fuése para el Endriago, que muy fallecido e flaco estaba de la mucha sangre que perdía del ojo quebrado; e como las cosas pasadas de su propria servidumbre se caen y perecen, e ya enojado nuestro Señor que el enemigo malo hobiese tenido tanto poder y fecho tanto mal en aquellos que, aunque pecadores, en su santa fe católica creían, quiso darle el esfuerzo e gracia especial, que sin ella ninguno fuera poderoso de acometer ni osar esperar tan gran peligro, a este caballero, para que sobre toda orden de natura diese fin a aquel que a muchos lo había dado; y pensando acertarle en el otro ojo con la espada, quísole Dios guiar a que gela metió por una de las ventanas de las narices, que muy anchas las tenía, e con la gran fuerza que puso e la que el Endriago traía, el espada caló tanto, que le llegó a los sesos; mas el Endriago, como le vido tan cerca, abrazóse con él, e con las sus muy fuertes e agudas uñas rompióle todas las armas de las espaldas e la carne e los huesos fasta las entrañas; e como él estaba ahogado de la mucha sangre que bebía, e con el golpe de la espada que a los sesos le pasó, e sobre todo, la sentencia que de Dios sobre él era dada, e no se podía revocar, no se podiendo ya tener, abrió los brazos e cayó a la una parte como muerto sin ningún sentido. El caballero, como así lo vió, tiró por la espada y metiógela por la boca cuanto más pudo, tantas veces, que lo acabó de matar; pero quiero que sepáis que antes que el alma le saliese, salió de su boca el diablo e fué por el aire con muy gran tronido; así que los que estaban en la nave lo oyeron como si cabe ellos fuera, de lo cual hobieron gran espanto.

Pues como el Endriago fué muerto, el Caballero se quitó afuera, e yéndose para Gandalín, que ya contra él venía, no se pudo tener, e cayó amortecido cabe un arroyo de agua que por allí pasaba. Gandalín, como llegó y le vió tan espantables heridas, cuidó que era muerto, y dejándose caer del caballo, comenzó a dar muy grandes voces, mesándose. Mas después cabalgó muy presto en su caballo, e subiéndose en un otero, tocó la bocina lo más recio que pudo, en señal que el Endriago era muerto. Ardian el enano oyólo, e dió muy grandes voces al maestro Elisabat que acorriese a su señor, que el Endriago era muerto. Y él, como estaba apercebido, cabalgó con todo el aparejo que menester era, e fué lo más presto que podo por el derecho que el enano le señaló; e no andovo mucho que vió a Gandalín encima del otero, el cual, como el maestro vió, vino corriendo contra él e dijo:

—¡Ay, señor!; por Dios e por merced acorred a mi señor, que mucho es menester; que el Endriago es muerto.

El maestro, cuando esto oyó, hobo gran placer con aquellas buenas nuevas que Gandalín decía, no sabiendo el daño del Caballero, e aguijó cuanto más podo, e Gandalín le guiaba, fasta que llegaron donde el Caballero de la Verde Espada estaba, e halláronlo muy desacordado, sin ningún sentido.

El maestro Elisabat quitó luego su manto, e tendiólo en el suelo, e tomáronlo él e Gandalín, e puniéndolo encima, le desarmaron lo más quedo que podieron; e cuando el maestro le vió las llagas, aunque él era uno de los mejores del mundo de aquel menester, e había visto muchas e grandes heridas, mucho fué espantado y desafuciado de su vida; mas como aquel que lo amaba y tenía por el mejor caballero del mundo, pensó de poner todo su trabajo por le guarecer, e catándole las heridas, vió que todo el daño estaba en la carne e en los huesos, y que no le tocara en las entrañas. Tomó mayor esperanza de lo sanar, e concertóle los huesos e las costillas, e cosióle la carne, e púsole tales melecinas, e ligóle tan bien todo el cuerpo al derredor, que le fizo restañar la sangre y el aliento que por allí salía, e luego le vino al Caballero mayor acuerdo y esfuerzo, de guisa que podo hablar, e abriendo los ojos, dijo:

—¡Oh Señor Dios todopoderoso, que por tu gran piedad quesiste venir en el mundo e tomaste carne humana en la Virgen María, pídote, Señor, como uno de los más pecadores, que hayas merced de mi ánima, que el cuerpo condenado es a la tierra!

Con grandes cuidados, lleváronlo a un castillo desmantelado que en la isla había, donde, gracias a la ciencia del maestro Elisabat, recobró la salud en no mucho tiempo.

CAPÍTULO SEGUNDO

LAS CORONAS DE LA INFANTA

Aún estaba enfermo Amadís en la Isla del Diablo, cuando el maestro Elisabat escribió al Emperador de Constantinopla, cuya era la Isla, diciéndole cómo el Caballero de la Verde Espada había muerto el Endriago y librado a la isla de su terrible morador. El Emperador y toda su corte fueron asombrados de que semejante hazaña hubiera podido ser acometida por caballero alguno y el Emperador mandó a un sobrino suyo, llamado Gastiles, que con grande acompañamiento fuera a la Isla del Diablo y trajera a la Corte a aquel heroico Caballero.

Cumplió Gastiles lo que había mandado, y así, cuando el Caballero de la Verde Espada pudo embarcarse, curado ya de sus heridas, hicieron rumbo a Constantinopla, donde en poco espacio de tiempo fueron aportados debajo de los palacios del Emperador. La gente salió a las finiestras por ver el Caballero de la Verde Espada, que lo mucho deseaban ver; y el Emperador les mandó llevar unas bestias en que cabalgasen.

A la hora estaba ya el Caballero de la Verde Espada mucho más mejorado en su salud y hermosura, vestido de unos muy hermosos e ricos paños.

Pues salidos de la mar, cabalgando en aquellos ricos e ataviados palafrenes que les trajeran, se fueron al Emperador, que ya contra ellos venía, muy acompañado de grandes hombres e muy ricamente ataviados. E apartándose todos, llegó el Caballero de la Verde Espada e quísose apear para le besar las manos; mas el Emperador cuando esto vió no gelo consintió, antes se fué para él e lo tovo abrazado, mostrándole muy gran amor, que así lo tenía con él, e dijo:

—Por Dios, Caballero de la Verde Espada, mi buen amigo, como quiera que Dios me haya fecho tan grande hombre y venga del linaje de aquellos que este señorío tan grande tovieron, más merecéis vos la honra que la yo merezco; que vos la ganastes por vuestro gran esfuerzo, pasando tan grandes peligros cual nunca otro pasó, e yo tengo la que me vino dormiendo e sin merecimiento mío.

El Caballero del Enano le dijo:

—Señor, a las cosas que tienen medida puede hombre satisfacer; pero no a esta, que por su gran virtud en tanto loor me ha puesto; e por esto, señor, quedará para que esta mi persona hasta la muerte le sirva en aquellas cosas que me mandare.

Y así fablando se tornó el Emperador con él a sus palacios, y el de la Verde Espada iba mirando aquella gran ciudad, e las cosas extrañas e maravillosas que en ella vía, e tantas gentes que lo salían a ver, e daba en su corazón con grande homildad muchas gracias a Dios porque en tal logar le guiara donde tanta honra del mayor hombre de los cristianos recebía; e todo cuanto en las otras partes viera le parecía nada en comparación de aquello; pero mucho más maravillado fué cuando entró en el gran palacio, que allí le pareció ser junta toda la riqueza del mundo. Había allí un aposentamiento donde el Emperador mandaba aposentar los grandes señores que a él venían, que era el más hermoso e deleitoso que en el mundo se podía hallar, así de ricas casas como de fuentes de agua e árboles muy extraños. E allí mandó quedar al Caballero de la Verde Espada e al maestro Elisabat, que lo curase, e a Gastiles que le ficiese compañía; y dejándolo reposar, se fué con sus hombres buenos donde él posaba. Toda la gente de la ciudad, que viera al Caballero de la Verde Espada, fablaban mucho en su gran hermosura, e mucho más en el grande esfuerzo suyo, que era mayor que de caballero otro ninguno; e si él se había maravillado de ver tal ciudad como aquella e tanto número de gente, mucho más lo eran ellos en lo ver a él solo; así que de todos era loado e honrado más que lo nunca fué rey ni grande ni caballero que allí de tierras extrañas viniesen.

Otro día de mañana levantóse el Caballero de la Verde Espada, e vistióse de sus paños lozanos e hermosos, según él vestir los solía, y Gastiles con él, y el maestro Elisabat, e fueron todos de consuno juntos a oír misa con el Emperador a su capilla, donde los atendía, e luego se fueron a ver a la Emperatriz; pero antes que a ella llegasen fallaron en comedio muchas dueñas e doncellas muy ricamente ataviadas de ricos paños, que les facían logar por do pasasen e buen recebimiento. La casa era tan rica e tan bien guarnida, que si la rica cámara defendida de la Ínsola Firme no, otra tal nunca el Caballero de la Verde Espada viera, e los ojos le cansaban de mirar tantas mujeres e tan hermosas, e las cosas extrañas que vía, e llegando a la Emperatriz, que en su estrado estaba, fincó los hinojos ante ella con mucha humildad e dijo:

—Señora, mucho gradezco a Dios en me traer donde viese a vos e a vuestra grande alteza, y el valor que sobre las otras señoras tiene que en el mundo son, e la vuestra casa acompañada e ornada de tantas dueñas e doncellas de tan gran guisa. A Él le plega, por la su merced, de me llegar a tiempo que algo destas grandes mercedes le pueda servir.

La Emperatriz le tomó por las manos e díjole que no estoviese así de hinojos, e fízole sentar cerca de sí, y estovo con él fablando una gran pieza en aquellas cosas que tan alta señora con caballero extraño que no conocía debía hablar; y él respondiendo con tanto tiento e tanta gracia, que la Emperatriz, que muy cuerda era e lo miraba, decía entre sí que no podía ser su esfuerzo tan grande que a su mesura e discreción sobrepujar podiese.

El Emperador estaba a esta sazón en su silla sentado, hablando e riendo con las dueñas e doncellas. E díjoles en voz alta, que todas lo oyeron:

—Honradas dueñas e doncellas, vedes aquí el Caballero de la Verde Espada, vuestro leal sirviente; honralde e amalde, que así lo hace él a todas vosotras cuantas sois en el mundo; que poniéndose a muy grandes peligros por vos hacer alcanzar derecho, muchas veces es llegado al punto de la muerte, según que dél he oído a aquellos que sus grandes cosas saben.

El Emperador hizo levantar dos infantas, que eran hijas del rey de Hungría, e díjoles:

—Id por mi hija Leonorina, e no vengan con ella sino vos ambas.

Ellas así lo ficieron, e a poco rato vinieron con ella, trayéndola entre sí por los brazos, e como quiera que ella viniese muy bien guarnida, todo parecía nada ante lo natural de su gran fermosura, que no había hombre en el mundo que la viese que se no maravillase e no alegrase en la mirar. Ella era niña, que no pasaba de nueve años, e llegando donde su madre la Emperatriz estaba, besóle las manos con homil reverencia, e sentóse en el estrado más bajo que ella estaba. El Caballero de la Verde Espada la miraba muy de grado, maravillándose mucho de su gran fermosura, que le parecía ser más fermosa de las que él visto había por las partes donde andado había, e membróse aquella hora de la muy fermosa Oriana, su señora, que más que a sí amaba, e del tiempo en que la él comenzó a amar, que sería de aquella edad, e de cómo el amor que entonces con ella posiera siempre había crescido, e no menguado. Tanto fué encendido en esta membranza, que, como fuera de sentido, le vinieron las lágrimas a los ojos; así que todos le vieron llorar, que por su gran bondad todos en él paraban mientes; mas él, tornando en sí, habiendo gran vergüenza, alimpió los ojos e fizo buen semblante. Mas el Emperador, que más cerca estaba, que así lo vió llorar, creyó que lo no haría sin algún gran misterio. Gastiles, que cabe él estaba, dijo:

—¿Qué será, que tal hombre como este en tal parte así llorase?

—Yo no se lo preguntaría —dijo el Emperador—, mas creo que fuerza de amor gelo hizo hacer.

—Pues, señor, si lo saber queréis, no hay quien lo sepa sino el maestro Elisabat, en quien mucho se fía, e fabla mucho con él apartadamente.

Entonces lo mandó llamar, e hízolo sentar ante sí, e le dijo:

—Maestro, quiero que me digáis una verdad, si la sabéis. ¿Por qué lloró agora el Caballero de la Verde Espada? Decídmelo, que de lo ver estoy espantado; que si alguna necesidad tiene en que haya menester mi ayuda, yo gela haré tan entera de que él será bien contento.

Cuando esto oyó el maestro, dijo:

—Señor, eso no lo sabría decir, porque es el hombre del mundo que mejor encobre aquello que él quiere que sabido no sea; pero yo le veo llorar e cuidar tan fieramente, que no parece en él haber sentido alguno, e sospira con tan gran ansia como si el corazón en el cuerpo se le quebrase. E ciertamente, señor, en cuanto yo cuido, es gran fuerza de amor que le atormenta, teniendo soledad de aquella que ama; que si otra dolencia fuese, ante a mí que a otro ninguno soy cierto que se descobriría.

—Ciertamente —dijo el Emperador—, así lo cuido yo como lo decís, e si él ama a alguna mujer, a Dios ploguiese que acertase ser en mi señorío, que tanto haber y estado le daría yo, que no hay rey ni príncipe que no hobiese placer de me dar su hija para él.

Queriendo descubrir aquel secreto, el Emperador llamó a la fermosa Leonorina, su hija, e a las dos infantas que la aguardaban, e habló con ellas una gran pieza muy afincadamente, mas por ninguno era oído nada de lo que les decía. E Leonorina, habiendo él ya acabado su habla, besóle las manos, e fuése con las infantas a su cámara, y él quedó hablando con sus hombres buenos.

Poco después volvió a entrar en el palacio aquella fermosa Leonorina con el su gesto resplandeciente, que todas las fermosuras desataba, e las infantas con ella. Y ella traía en su cabeza una muy rica corona, e otra muy más rica en las manos, e fuése derechamente al Caballero de la Verde Espada, e díjole:

—Señor Caballero de la Verde Espada, yo nunca fuí llegada a tiempo que pida don sino a mi padre, e agora quiérolo pedir a vos; decidme qué faréis.

Y él fincó los hinojos ante ella e dijo:

—Mi buena señora, ¿quién sería aquel de tan poco conocimiento, que dejase de facer vuestro mandado, podiéndolo complir? E mucho loco sería yo si vuestra voluntad no ficiese; e agora, mi señora, demandad lo que más vos agradare, que hasta la muerte será cumplido.

—Mucho me fecistes alegre —dijo ella— e mucho os lo agradezco, e quiérovos pedir tres dones.

E tirándose la fermosa corona de la cabeza, dijo:

—Este sea el uno: que deis esta corona a la más fermosa doncella que vos sabéis, e saludándola de mi parte, le digáis que me envíe su mandado por carta o mensajero, y que le envío yo esta corona, que son las donas que en esta tierra tenemos, aunque no la conozco.

E luego tomó la otra corona, en que había muchas perlas e piedras de muy gran valor, especialmente tres, que alumbraban toda una cámara, por escura que estoviese; e dándola al Caballero, dijo:

—Esta daréis a la más fermosa dueña que vos sabéis, e decilde que gela envío yo por haber su conocencia, y que le ruego yo mucho que se me haga conocer por su mandado; este es el otro don, e antes que el tercero os demande, quiero saber qué haréis de las coronas.

—Lo que yo haré —dijo el Caballero— será complir luego el primer don e quitarme dél.

Entonces tomó la primera corona, e poniéndola en la cabeza della, dijo:

—Yo pongo esta corona en la cabeza de la más fermosa doncella que yo agora sé; e si hobiere alguno que lo contrario dijere, yo se lo faré conocer por armas.

E todos hobieron mucho placer de lo que él fizo, e Leonorina no menos, aunque con vergüenza estaba de se ver loar, e decían que con derecho se había quitado del don.

El Caballero volvióse a Leonorina e dijo:

—Mi señora, ¿queréisme demandar el otro don?

—Sí —dijo ella—, e pídovos me digáis la razón por qué llorastes; ¿quién es aquella que ha tan gran señorío sobre vos e sobre vuestro corazón?

Al caballero se le mudó la color y buen semblante en que antes era; así que todos conocieron que era turbado de aquella demanda, e dijo:

—Señora, si a vos ploguiere, dejad esta demanda, e demandad otra que sea más vuestro servicio.

Y ella dijo:

—Esto es lo que yo demando, e más no quiero.

Él abajó la cabeza, y estovo una pieza dudando; así que muy grave parecía a todos haberlo él de decir; e no tardó mucho que, alzando la cabeza con semblante alegre, miró a Leonorina, que delante dél estaba, e dijo:

—Mi señora, pues por al no me puedo quitar de mi promesa, digo que cuando aquí primero entrastes e os miré, acordóme de la edad y del tiempo en que agora sois, e vínome al corazón una remembranza de otro tal tiempo en que ya fuí, muy bueno e sabroso; tal, que habiéndole ya pasado, me hizo llorar como vistes.

Y ella dijo:

—Pues agora me decid quién es aquella por quien se manda vuestro corazón.

—La vuestra gran mesura —dijo él—, que a ninguno falleció, es contra mí; esto hace mi gran desdicha; e pues que más no puedo, conviene que contra mi placer lo diga. Sabed, señora, que aquella que yo más amo es la misma a quien vos enviáis la corona, que al mi cuidar es la más fermosa dueña de cuantas yo vi, e aun creo que de cuantas en el mundo hay; e por Dios, señora, no queráis de mí saber más, pues que soy quito de mi promesa.

—Quito sois —dijo el Emperador—; mas por tal guisa que no sabemos más que ante.

—Pues a mi parecer —dijo él— que dije tanto cual nunca por mi boca salió jamás, y esto causó el deseo que yo tengo de servir a esta hermosa señora.

—Así Dios me salve —dijo el Emperador—, mucho debéis ser guardado e cerrado en vuestros amores, pues esto tenéis en algo en lo haber descobierto; e pues que mi fija fué la causa dello, menester es que vos demande perdón.

—Este yerro —dijo él— han hecho otros muchos, e nunca tanto sopieron de mí; así que, aunque dellos fuese yo quejoso, lo suyo desta tan fermosa señora tengo en merced; porque siendo ella tan alta e tan señalada en el mundo, quiso con tanto cuidado saber las cosas de un caballero andante como yo lo soy; mas a vos, señor, no perdonaré yo tan ligero, que según la luenga y secreta habla con ella antes hobistes, bien parece que no por su voluntad, mas por la vuestra, lo hizo.

El Emperador se rió mucho e dijo:

—En todo os fizo Dios acabado; sabed que así es como lo decís; por ende yo quiero corregir lo suyo e lo mío.

El de la Verde Espada fincó los hinojos por le besar las manos, mas él no quiso, e dijo:

—Señor, esta emienda recibo yo para la tomar cuando por ventura más sin cuidado della estovierdes.

—Eso no podrá ser —dijo el Emperador—; que vuestra memoria nunca de mí fallecerá ni la emienda de la mía cuando la quisierdes.

Breves días permaneció en la Corte del Emperador de Constantinopla, siempre obsequiado con miríficas fiestas, al cabo de las cuales, a pesar de los grandes esfuerzos del Emperador para que el Caballero de la Verde Espada quedara a su servicio, tomó el camino de su anhelada patria.

CAPÍTULO TERCERO

LAS CUITAS DE ORIANA

Entre tanto había muerto el Emperador de Roma y había llegado a ocupar el trono su hermano el Patín que, desde que había visitado la corte de Lisuarte, vivía enamorado de la sin par Oriana. No bien vió ceñidas sus sienes con la corona imperial, cuando envió al Rey de la Gran Bretaña una muy lucida embajada para pedirle la mano de su hija.

Lisuarte, a quien mucho convenía aquel enlace, no quería, sin embargo, forzar abiertamente la voluntad de Oriana y por todos los medios trataba de inclinarla a que aceptara tan ventajoso matrimonio. Mas la princesa, que con todas sus fuerzas se oponía a él, no cesaba de pedir a don Galaor y a los otros caballeros principales de la Corte que convencieran a su padre para que no la hiciera casar contra su voluntad. Solicitó también en secreto la protección de los caballeros de la Ínsola Firme, los cuales, por boca de don Florestán, le hicieron saber que, siendo su deber amparar doncellas desamparadas, emplearían toda la fuerza de su brazo en evitar que ni su padre ni nadie la atropellara.

Pero el Rey no se rendía a reflexiones ni ruegos, y cada vez más aferrado a su idea, acabó por declarar que Oriana sería entregada por la fuerza a los embajadores del Patín, si no se avenía a ir con ellos voluntariamente.

Navegando con rumbo a sus estados, supo Amadís, inflamado en ira, las nuevas del casamiento que querían imponerle a Oriana, y aceleró cuanto le fué posible el regreso.

¡Cómo pintar la alegría de sus caballeros cuando al cabo de siete años de ausencia volvieron a verlo entre ellos en los palacios de la Ínsola Firme! Sentóse a comer con sus queridos compañeros, y habiendo todos con gran placer comido, e levantados los manteles, Amadís les rogó que ninguno de su logar se moviese, que les quería fablar, y ellos lo ficieron así. Viendo, pues, Amadís sosegados a aquellos caballeros que a las mesas estaban, atendiendo lo que él diría, fablóles en esta guisa:

—Después que me no vistes, mis buenos señores, muchas tierras extrañas he andado e grandes aventuras han pasado por mí, que largas serían de contar; pero las que más me ocuparon, e las que mayores peligros me atrajeron fué socorrer dueñas e doncellas en muchos tuertos e agravios que les hacían; porque así como éstas nascieron para obedecer con flacos ánimos, e las más fuertes armas suyas sean lágrimas e sospiros, así los de fuertes corazones extremadamente entre las otras cosas las suyas deben tomar, amparándolas, defendiéndolas de aquellos que con poca virtud las maltratan e deshonran, como los griegos e los romanos en los tiempos antiguos lo ficieron, pasando las mares, destruyendo las tierras, venciendo batallas, matando reyes e de sus reinos los echando, solamente por satisfacer las fuerzas e injurias a ellas fechas, por donde tanta fama e gloria dellos en sus historias ha quedado y quedará en cuanto el mundo durare. Pues veniendo al caso, yo he sabido después que a esta tierra vine el gran tuerto que el rey Lisuarte a su hija Oriana facer quiere, que siendo ella la legítima sucesora de sus reinos, él, contra todo derecho, desechándola dellos, al Emperador de Roma por mujer la envía, y según me dicen, mucho contra la voluntad de todos sus naturales, e más della, que con grandes llantos, grandes querellas, a Dios e al mundo reclamando, de tan gran fuerza se querella. Pues si es verdad que este rey Lisuarte, sin temor de Dios ni de las gentes, tal crueza hace, dígovos que en fuerte punto acá nacimos si por nosotros remediada no fuese, pues que dejándola pasar, se pasaban e ponían en olvido los peligros e trabajos que por ganar honra e prez fasta aquí tomado habemos. Agora diga cada uno, si vos ploguiere, su parescer; que el mío ya vos he manifestado.

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