SOLTERONAS (continued 3)
Reading edition
La de Ribert y Genoveva me abrazaron con efusión, y las dejé para volver a mi casa.
Al entrar en la cocina para decir una cosa a la buena anciana, me la vi muy afanada delante de la mesa, con la pluma en la mano y la cara congestionada, por los esfuerzos que hacía para escribir una carta.
—Mi pobre Celestina—dije al pasar,—te vas a poner mala.
—No hay cuidado... La señorita no se casa ya, y siendo así... Sé lo que sé, y cumplo mi voto...
—¿Qué voto?
—Eso es cuenta mía... Asunto de conciencia...—respondió misteriosamente Celestina.—He hecho un voto, y puesto que no se casa usted, voy a cumplirlo... No hay más.
Veo que no sacaré nada de esta obstinada y tomo el sabio partido de dejarla cumplir su voto, que no puede ser más que alguna cosa edificante, pues Celestina piensa siempre en todo y por todo, en la edificación del prójimo... ¡Es hermoso!...
22 de noviembre.
Esta mañana nos hemos reído mucho la abuela y yo.
Tenía necesidad la abuela de ver al señor cura a propósito de unos pobres a quienes socorremos, y se fue a casa del padre Tomás. La abuela recibió de su pastor la acogida más alegre que se puede desear. De tan buena gana reía el señor cura, que ya empezaba la abuela a amoscarse ligeramente, cuando aquel sacó una carta de su escritorio y se la dio sin más explicaciones.
Copio textualmente esta obra maestra que la abuela me ha traído como dato para mis estudios sobre las solteronas; pues se trata de una carta de Celestina al cura, la carta que tanta curiosidad me había inspirado. Corrijo las faltas de ortografía, para facilitar su lectura.
Celestina Robert al señor cura de San Aprúnculo.
«Aiglemont 15 de noviembre de 1903.
»Señor cura:
»Ya no se casa nuestra señorita. Como tengo gran confianza en el buen San Pablo, había prometido al gran apóstol dar un paso cerca de usted en el caso de que nuestra señorita no se casara con el señor que ha venido con motivo de las antigüedades de la señora.
»Cumplo mi voto.
»Pienso, señor cura, que Santa Catalina no es una verdadera solterona, puesto que murió joven. Por esto no hay obligación de conservarla como nuestra patrona. Este honor corresponde, sin disputa, al apóstol San Pablo, que permitió a la gente de su tiempo y a la de los tiempos de después, no casar a sus hijas. Aunque se enfade mi pobre señora, que no es de esta opinión.
»El día de Santa Catalina está próximo, señor cura. Para cumplir mi voto pido al señor cura que no se celebre esta santa y que deje la fiesta de las señoritas para San Pablo.
»Su humilde servidora
Celestina Robert.
»Miembro de la orden tercera de San Francisco, cofrade de la Propagación de la fe, de la Santa Infancia, de San José, del Sagrado Corazón, de las ánimas del Purgatorio, de San Antonio, etc., etc...»
Solté una sonora carcajada al leer esta epístola fantástica y también la abuela se rió de buena gana.
—Está decididamente en el aire la manía de escribir—dijo enjugándose los ojos que estaban llenos de lágrimas.—¡En qué siglo vivimos!... Y proponer a San Pablo...
—Es una broma de Francisca—dije a la abuela, en cuanto pude respirar.—La pobre Celestina ha sido sugestionada.
—¿Cómo es eso?—preguntó la abuela incrédula.
Le conté lo que había pasado con Francisca a propósito de San Pablo y el presentimiento que yo tuve de lo que podría hacer la vieja cocinera.
—¿Y qué ha dicho el señor cura?—pregunté.
—Estaba tan divertido por esta petición poco común, que no pensaba en decir su opinión. Mira la carta que me ha dado para Celestina. Léela; no está cerrada.
Agustín Labertal,
»Cura arcipreste de la catedral de Aiglemont,»
»da las gracias a la señorita Celestina Robert por su interesante comunicación, que ha llegado tarde. Por este año no es posible ningún cambio en la reglamentación de las fiestas habituales. El señor Labertal aprovecha la ocasión para recomendaros a las buenas oraciones de la señorita Robert.»
—¡Calla!—dije estupefacta,—el señor cura parece que toma en serio esta comunicación...
—Tiene que usar ciertas consideraciones...
—¡Consideraciones!... ¿Por qué?
—Ofender a una solterona de la intransigencia de Celestina, sería peligroso...
—Sí, comprendo... El señor cura temería legítimas represalias...
—Ciertamente—dijo la abuela con convicción.
—Pobre señor cura, tiene miedo... Teme a los gendarmes de Dios, ¿verdad, abuela?
—¿Qué gendarmes, hija mía?
—Todas las devotas del género de Celestina, son los gendarmes de Dios... A ellas corresponde la vigilancia de la parroquia entera, desde el señor cura hasta el último niño del catecismo... Es seguramente un monopolio.
—Exageras, Magdalena.
—Bien sabe usted lo contrario, abuela... Si el señor cura llega tarde a misa, si se enreda en un oremus si no estaba en el confesionario a la hora exacta, si la señora de Tal ha ido a buscarle a la sacristía, si la señorita Fulana ha tosido en misa, todo es materia de numerosas reflexiones... Pobre señor cura, buena falta le hace tener diplomacia...
—Sí—respondió la abuela contrariada por el sesgo que tomaba la conversación.—La diplomacia ha sido siempre una cosa tan hábil como inteligente.
—Es verdad—dije después de unos momentos de reflexión,—más vale rodear las dificultades que tomarlas por asalto... ¿Sabes, abuela, que no debe de ser agradable ocuparse de tantas fruslerías cuando parece que el alma no debiera ser atraída más que por las grandes cosas?...
—Ve a decir a Celestina que su proyecto no es de una importancia capital, y verás cómo te recibe.
—Pobre Celestina... ¿En qué consiste que el cerebro llega a estrecharse hasta ese punto?
—No creo que el de Celestina haya tenido nunca una amplitud notable...
—Lo admito, en cuanto a Celestina. Pero ¿crees que es una excepción?
—No, hija mía. Ese es uno de los escollos del celibato, pues, en mi concepto, hay más peligro de mezquindad en la mujer que vive sola que en la que tiene marido e hijos. Al contacto de las inteligencias que se mueven alrededor suyo, es más difícil que una mujer se disminuya, intelectualmente hablando: su cerebro, en vez de disminuir, tiene tendencia a ensancharse. Lejos de atrofiarse en la tristeza de la soledad, se expansiona en los goces de la familia... Realmente, habría mucho que hablar respecto de esto...
—¡Oh! abuela—protesté con vehemencia,—no se puede decir que una vida está truncada cuando se tiene la dicha de vivir sin un marido, sin un dueño, y libre de tantas vicisitudes...
—Admitamos que exagero en cuanto a algunas; pero me concederás que muchas solteronas participan de mi opinión. No todas tienen tus ideas y las hay que se resignan difícilmente al celibato.
—Las hay que no se resignan—exclamé riendo al recordar a la Bonnetable y su mal humor.
—Y bien, puesto que somos del mismo parecer, al menos en ciertos casos, es fácil que nos entendamos. Tomemos por ejemplo, si quieres, una soltera que lo es a pesar de sus deseos más sinceros. ¿Crees que será dichosa y apta para ensanchar su horizonte?...
—Qué sé yo...—dije con alguna vacilación.
—Fatalmente tendrá que encerrarse en su concha. En lugar de tener una piedad sincera e ilustrada, sus desilusiones la impulsan a los extremos de la exaltación religiosa. Será una fanática de las pequeñas devociones, de las pequeñas distracciones y de las ocupaciones pequeñas. Pisoteará sin escrúpulo la reputación del prójimo, y se creerá en el camino del infierno si falta a un rosario o a un sermón. Después, si no tiene el corazón bastante noble para entregarse por completo a todos, no pensará más que en sí misma, se replegará en su alma, en su cerebro y en su conciencia. A fuerza de investigar sus propios pensamientos y sus más ínfimos deseos, llegará a inspeccionar al prójimo de un modo igualmente meticuloso. Poco a poco pensará menos en sus defectos que en los de los demás. ¡Ah! Magdalena, una vida truncada es terrible para ella misma y para los otros. La malevolencia sistemática engendra tantas catástrofes...
—Sí—respondí un poco pensativa,—la solterona, tal como tú la pintas, vive en un martirio perpetuo. Todo el calor desocupado de su corazón se transforma y se pierde... Da en hiel lo que hubiera debido prodigar en miel... ¡Pobre solterona!...
—Sí, por lo mismo que compadezco con toda mi alma a esas víctimas de la vida, no querría, hija mía, verte tomar un camino semejante...
—Yo no soy de la madera de esas solteronas... Yo no deseo casarme, sé pensar y no estoy desocupada... No, tranquilízate; si permanezco soltera tendré siempre el alma igual y alegre y seré un ejemplo extraordinario de felicidad en el celibato.
—Quién sabe...—murmuró la abuela pasándose la mano por la frente.—Quién sabe... Dios te preserve de las tempestades del corazón, mi querida nieta... Pero—dijo de pronto para ahuyentar la melancolía,—nos hemos extraviado de Celestina... Cierra la esquela del cura para que yo pueda entregársela, y no hables de esto a la buena mujer. Si sospechase que estamos al corriente de su paso, guardaría rencor al señor cura por esta indiscreción, permitida sin embargo.
—¡Rencor de solterona!—exclamé fingiendo un escalofrío.—¡Qué cosa tan espantosa!...
Esperaba yo ver en Celestina los efectos de una cruel decepción, como vajilla rota, platos echados a perder, gruñidos, empujones... Pero no, Celestina estuvo de buen humor todo el día y hasta le oí cantar a voz en cuello un cántico a la Virgen.
La esperanza permanece en el fondo de su corazón, es cierto. Ha llegado tarde este año, pero el que viene... ¡Pobre Santa Catalina! Ya puede aprovechar lo poco que le queda... ¡Viva San Pablo!...
25 de noviembre.
Hoy gran fiesta para las solteras, jóvenes y viejas.
A primera hora, esta mañana, Celestina, de muy buen humor, se paseaba en su cocina con ardor febril.
—Pero, mujer, te estás cansando—le dije con conmiseración.
—No—exclamó alegremente...—Quiero que el té de la señora sea perfecto. Eso hará rabiar a Mariana, la cocinera de la señorita Bonnetable—añadió con la cara llena de satisfacción.
—¿Por qué ha de rabiar?
—La señorita sabe bien que en el último té de la señorita Bonnetable los pasteles de chocolate estaban quemados.
—¡Ah! y los tuyos...
—Los míos son siempre perfectos—respondió Celestina con vehemencia.—Además—dijo entre dientes,—he prometido dos centavos a San Antonio si sale bien la gran merienda.
Esa gran merienda de que habla Celestina con énfasis, es un simple té que todos los años, el 25 de noviembre, ofrece la abuela a sus amigas y a las mías solteras. De un año a otro Celestina piensa con ardor en la cantidad de novedades que podrá introducir en los pasteles y por toda recompensa no ambiciona más que cumplimientos, lo que, entre paréntesis, no le falta, pues todas conocen su flaco y la adulan.
A las dos y media empezó a oírse la campanilla. Genoveva, Petra, Paulina y Francisca llegaron de las primeras. Siguioles de cerca la señorita Sarcicourt. La Bonnetable, no habiendo podido digerir la «incalificable agresión» de que fue objeto de parte de Francisca y de la mía, se había excusado. Llegaron después la señorita Fontane, encantadora solterona por convicción; la señorita Melanval, presidenta de no sé cuántas asociaciones y ligas, y cuya única ocupación consiste en apuntar en una cartera los nombres de las nuevas adherentes a sus queridas obras; la señora Roubinet, de buena conversación, muy farsante y demasiado ocupada en procurar su efecto personal para pensar mucho en los demás, con lo que va ganando una sólida reputación de benevolencia que nadie piensa en discutir. Faltaron otras dos amigas de la abuela, que estaban resfriadas.
Por disposición de la abuela, que temía las ocurrencias de Francisca y, un poco, las mías, toda la juventud ocupaba el «rincón de las malas cabezas.» Las personas serias rodeaban a la abuela.
Como yo estaba un poco silenciosa, contra mi costumbre, Petra me interpeló de repente:
—Pero di algo, Magdalena; estás en las nubes. Parece que no oyes lo que se dice.
—En efecto—respondí,—estaba distraída mirando al grupo de la abuela.
—¡Ah!—exclamó Petra tan desdeñosa como si se tratara del pobre teniente Cotorrac.—¿Te interesan esas señoritas?
—Mucho. Estaba pensando precisamente que la señorita Fontane debe de ser una solterona por vocación...
—Pienso como tú—exclamó Genoveva.
—Sí, se ve la buena voluntad... Observad qué armoniosa es toda su persona. La mirada, la sonrisa, la voz, el gesto, todo respira el contento.
—¿Y la señorita Roubinet?—prosiguió Genoveva.—¿Creéis que no acusa una satisfacción perfecta?
—Sí—respondí,—pero no es lo mismo. La Roubinet finge la satisfacción de cabeza y la Fontane posee la de corazón.
—¿Y la Melanval, la encuentran ustedes bien armonizada?—preguntó Paulina, que habla poco y escucha mucho.
—Esa es el colmo de la satisfacción—respondió Francisca, absorta hasta entonces en algún pensamiento íntimo, y que pareció que se despertaba de repente.—¡Cómo! tener la presidencia de tantas cosas y poseer el honor de apuntar en su libro de memorias los nombres de tantas personas... es un goce que renace sin cesar... Se está a la cabeza de una sociedad con tan poderoso juego en las manos... Se acabó en Aiglemont el privilegio de la aristocracia—añadió echando a Petra una mirada maliciosa;—ahora es el reinado de la virtud... Por otra parte, sólo al ver el modo que tiene la Melanval de mover las plumas del sombrero, de colocar la cabeza y de hacer reverencias, se comprende su inefable dicha, al lado de la cual no es nada la felicidad paradisíaca...
—La Sarcicourt no participa de esa felicidad—hizo observar Genoveva.—Vean ustedes cómo contrastan sus aires modestos y su palidez con la amable animación de la Fontane y con la alegría de la Roubinet al buscar una frase o una cita.
—Veo que te vuelves burlona, Genoveva—le dije amenazándola con el dedo.
La única respuesta de Santa Genoveva como nosotras la llamamos, fue una fina sonrisa.
—¡Ay!—exclamó de pronto Francisca levantando al techo unos ojos desesperados;—qué fastidioso es pasar la vida con solteronas...
—Veo que sigues con tan poco gusto por ese glorioso estado—dijo Genoveva con compasión.
—Tengo tanto horror al celibato—respondió Francisca,—que me siento con malas disposiciones hacia las solteras... Soy capaz de todas las bajezas por atrapar un marido...
—Yo no—respondió Petra con un movimiento de protesta.—Si deseo casarme, al menos estoy segura de no ir hasta la bajeza. Los Brenay no han cometido jamás malas acciones...
—Tampoco los Dumais—replicó orgullosamente Francisca.—Pero—terminó con filosofía,—alguna vez han de empezar...
—Francisca exagera—se apresuró a decir Genoveva para evitar toda protesta nuestra.—Francisca exagera siempre...
—Nada de eso; no exagero—exclamó Francisca.—Quiero casarme y me casaré—añadió con un fruncimiento de cejas que envejeció de un modo extraño su cara, de ordinario tan animada.
—¿Y tú, Paulina?—pregunté para evitar otra declaración de principios de Francisca.
—Yo—dijo Paulina ligeramente sorprendida por la pregunta,—haré lo que quiera mamá.
—¡Dios mío! qué paloma...—murmuró Francisca con despecho.—Esto se llama un carácter fácil...
—¿Por qué no he de hacer lo que quiera mamá?—replicó Paulina asombrada.—Mamá no puede querer más que mi bien.
—Sí, sí—respondió Francisca muy nerviosa.—Déjate conducir y guiar... No pienses... No hables... No andes... Tu mamá hará todo eso por ti...
—¡Oh! Francisca...
—Y si necesitas sonarte, espera que tu madre te prepare el pañuelo, so mema...
—¡Oh! Francisca...—volvió a decir la pobre Paulina completamente enfadada esta vez.
—Ea, no hables tú ahora como mi madre—exclamó Francisca cada vez más exasperada.—Me fastidias y me irritas...
—¡Vamos, niñas!... ¿Qué pasa?—preguntó la abuela desde el extremo del salón.
—Pasa, señora, que estoy muy enfadada—respondió Francisca.
—Venid un poco con nosotras; nuestro juicio corregirá vuestra exuberancia.
—No, no, voy a decir tonterías... No me llamen ustedes a su lado.
—Sí—respondió mi querida abuela con indulgencia.—Estando prevenidas no nos asustaremos.
—Sí, sí, vengan ustedes, señoritas—insistió la Melanval, la presidenta de las presidentas...—Tengo justamente una nueva obra que presentarles...
—¡Ah!—exclamó Francisca precipitándose de un salto a la silla que le indicaba la abuela a su lado.—Si es una obra para casar a las muchachas en busca de marido, cuente usted conmigo.
Todas nos echamos a reír al instalarnos junto al grupo serio.
—¿Está usted tan descontenta de su suerte?—preguntó la Fontane con su amabilidad habitual.
—Murmurar o quejarse—dijo sentenciosamente la Roubinet,—es oponerse a las leyes universales...
—¿Es usted quien ha inventado eso, señorita?—preguntó Francisca con fingida dulzura volviéndose hacia la oradora.
—No Francisca—respondió la Roubinet con una modestia tan afectada como la dulzura de Francisca.—Esas palabras son de Federico el Grande.
—¡Un prusiano!... ¡Qué horror!... ¿Cómo puede usted citar frases de un enemigo de Francia?—objetó Francisca lo más seria que pudo.
—El genio no tiene patria—respondió la Roubinet convencida.
—Internacionalista y solterona... Es el colmo... ¡Ah!—añadió Francisca cada vez más nerviosa,—no quiero quedarme soltera...
—¿Sueña usted con el acuerdo de dos almas hermanas?—preguntó la Roubinet, que no pensaba en enfadarse por las ocurrencias de Francisca.—Lo comprendo... Encontrar en la vida una alma a nuestro diapasón... ¡Qué ideal!...
—La verdad es que me importa poco el diapasón—respondió Francisca.—Hasta consiento en dar el sí bemol cuando mi alma hermana dé el la natural... Pero, por amor de Dios que me encuentren un marido...
—Pero, Francisca, ¿qué tiene usted? Algo ha debido de ocurrirle, porque no la conozco...
—Sí—respondió francamente Francisca.—Me ha ocurrido, que se presentaba un pretendiente para mí, y mis 2.000 pesos de dote le han puesto en fuga... como de costumbre.
—¿No tenía fortuna?—preguntó la abuela.
—No, señora, ninguna. 500 pesos de sueldo por toda renta.
—Con los intereses de los 2.000 pesos—dijo la Sarcicourt,—pongamos 80 pesos, el total de 580. ¿Espera usted vivir con esa cifra?
—¿Por qué no?—respondió ingenuamente Francisca.
—Es posible vivir con 580 pesos—replicó la abuela,—pero con otra educación que la de usted.
—Eso es lo que ha dicho el pretendiente—confesó con franqueza Francisca.—¿Creerá, usted, señora—añadió,—que ese caballero llegó a querer convencer a papá de que cuando no se tienen más que 2.000 pesos de dote se impone otra educación que la mía?
—¿Si?—dijo la abuela interesada.—¿Y qué respondió el señor Dumais?
—Papá se enfadó al principio, y cuando volvió a casa regañó a mamá diciendo que su debilidad era la causa de este nuevo incidente.
—Pobre señora de Dumais—gimió la Sarcicourt.—Es tan buena...
—Demasiado buena—dijo la abuela entre dientes.—De modo—siguió diciendo más alto,—que no se casa usted, Francisca...
—¡Ay!—respondió la aludida,—mis pretendientes no cesan de correr... Señorita—dijo yendo a arrodillarse delante de la Melanval,—¿no tiene usted una liga por pequeña que sea, que se ocupe de las jóvenes casaderas?... Si no la hay debiera haberla... Sería cien veces más útil—terminó levantándose,—que todas esas ligas que fastidian a todo el mundo...
—¡Francisca!—dijo la abuela con cierto tono de severidad,—va usted a decir tonterías, hija mía.
—Sí, es verdad... Me callo—respondió Francisca con esa gracia irresistible que hace que se le perdonen todas sus imprudencias.
—No comprendo—dijo la Fontane,—el horror que usted manifiesta por el celibato... Eso estaba bien en otro tiempo, pero hoy le aseguro a usted que está bien visto el quedarse soltera.
—No, amiga mía—respondió vivamente la abuela.—Eso es inadmisible.
—Sin embargo—añadió la Fontane reprimiendo una fuerte gana de reír,—estamos aquí cuatro representantes del celibato, sin contar la quinta—dijo echando una mirada a Genoveva,—y no veo lo que tenemos de reprensible.
—Eso depende de los motivos que han ocasionado en cada una el celibato. Los hay que yo admito y otros que no—terminó la abuela, ya descontenta al ver que iba yo a caer en mi tema favorito.
—¿Cuáles son esos motivos admitidos?—suspiró la Sarcicourt,—¿es indiscreto preguntarlo?
—De ningún modo, querida amiga—dijo la abuela, ya en pleno buen humor.—El padre Tomás, explicando este asunto a mi nieta, los enumeró bastante sumariamente. Voy a tratar de recordarlos para complacer a usted, aunque estoy muy cansada.
—No se tome usted esa molestia, señora—interrumpió la Fontane.—Ese asunto le es a usted antipático y voy a tratar de reemplazar a usted. Creo—continuó, mirando a la Sarcicourt,—que una de las primeras razones que impulsan al celibato es la abnegación.
—¡La abnegación!—exclamó la Roubinet con todo el ardor de una persona que nunca ha sabido lo que es eso.—¡Qué poesía en ese motivo!... ¡Qué suavidad!...
—Hay muchos géneros de abnegación—hizo observar Genoveva.
—En efecto, puede una sacrificarse de mil modos—repuso la Fontane muy risueña.
—Se trata de encontrar el bueno—dijo Francisca, que generalmente proclama que la abnegación es un asunto de edad y de temperamento.
—Todos son buenos—respondió la Fontane.—Entre la abnegación de una hija que se consagra a sus padres y la de una hermana que se sacrifica por sus hermanos menores, no sé, en verdad, a cuál dar la preferencia. Aquí son los padres muertos que dejan una familia que criar; allí unos padres pobres o enfermos a quienes hay que atender o cuidar... Se puede una quedar al lado de un hermano soltero para cuidarle la casa... Un hermano que se queda viudo necesita a su hermana para vigilar a los pequeños, dirigir a los mayores y ser una madre para todos... Un hermano sacerdote nos reclama... Una hermana enferma nos absorbe... Y luego, fuera de la familia, se encuentran nobles causas de abnegación...
—Dios mío—interrumpió Francisca,—bastantes hay ya; no añada usted más...
—¡Niña mimada!... Debe usted comprender, Francisca—siguió diciendo la Fontane,—que hay almas que sienten la necesidad de sacrificarse por el prójimo en un marco más ancho que el de la familia. Existen muchas nobles hermanas de la caridad, seglares.
—Sí—respondió Francisca poco convencida,—para las almas hermosas puede tener atractivos todo eso... Para las almas inferiores como la mía, no tiene ninguno.
—Yo creí, Francisca—dijo la abuela con tono de reproche,—que tenía usted corazón.
—Mi corazón se atrofia en el celibato—respondió Francisca sin miramientos.—Siento que me voy volviendo mala...
—Buena solterona—murmuró Petra a la sordina.—Esto promete para el porvenir.
—Entonces, Francisca—dijo la Fontane,—no es usted de aquellas a quienes retiene en la pendiente del matrimonio un sentimiento de pudor virginal...
—Absolutamente—respondió Francisca con la inconsciente franqueza que brilla en todas sus palabras y que le vale tantas críticas.—¿Existen, pues, casos de ese género?...
—Ciertamente. ¡Cuántas almas temen los rozamientos de la vida!...
—Sí—hizo observar la Melanval bajando púdicamente los párpados,—el matrimonio no es un modo de existencia propio de las naturalezas finas y delicadas...
—¡Oh!—protestaron la abuela, Francisca y Petra.
—Yo misma—continuó la presidenta,—me he estremecido siempre de horror al pensar que un caballero hubiera podido besarme...
—Entonces—exclamó Francisca,—no tenía usted más que besarlo la primera, y así...
—¡Francisca!—dijeron todas a coro.—Schoking...
—Francisca razona como una niña caprichosa—respondió la Melanval.—Habrá que cuidar esa imaginación—añadió un poco descontenta.—Si no pone usted remedio se va a destruir cerebro, corazón y alma. Mala pendiente, hija mía; muy mala pendiente...
—¿Qué le voy a hacer?—suspiró Francisca en tono burlón.—Es el efecto en mí del celibato... Hay jóvenes que se vuelven de azúcar, como Genoveva; hay otras que se ponen más agrias que un limón, como yo... No comprendo por qué tienen ustedes todas, trazas de encontrar magnífico ese sentimiento de pureza virginal de que hablan. Eso es bueno para una monja, pero cuando no se siente una llamada hacia Dios...
—Ciertas almas—respondió la Fontane,—prefieren su blancura de armiño a todos los goces de la vida... Ese sentimiento purísimo es infinitamente respetable, tanto como hermoso.
—Y muy raro—dijo la abuela echando a Francisca una mirada terrible para que no dijera alguna nueva tontería.
—Es muy difícil el saberlo exactamente—respondió la Fontane.—La pureza extrema siendo silenciosa, las almas que han huido del matrimonio para sacrificarse a ese deseo virginal, no lo cuentan generalmente. Es un secreto entre ellas y Dios.
—¡Secreto ideal!... ¡Secreto de amor!...—murmuró la Roubinet con la cara satisfecha de un niño que está comiendo dulces.
—En materia de secretos de amor—dijo la Fontane,—hay también afecciones interrumpidas por la muerte, la traición o cualquiera otra causa. Esas afecciones dejan en el corazón de ciertas jóvenes una huella bastante profunda para que no sea posible otro amor... No habiendo podido casarse con el que amaban, esos corazones fieles prefieren vivir, envejecer y morir solos...
—¡Ah!—dijo Francisca estremeciéndose.—Nos deja usted heladas... Si eso es el amor no le quiero.
—¡Qué hermoso es el amor!—murmuró la Roubinet.
—Muy hermoso—replicó la abuela,—pero muy peligroso para cabezas jóvenes.
—No para la mía—objetó Francisca triunfante.
—¿Quién sabe?...—exhaló Genoveva en un aliento apenas perceptible.
—Una de las causas más frecuentes de celibato—dijo la Fontane,—es tener un carácter demasiado independiente.
—Detestable causa—exclamó la abuela dirigiéndome un suspiro.
—No es ese mi caso—afirmó la Sarcicourt, que temía probablemente que se le imputase semejante disposición.—En mi vida he sabido lo que era tener ideas fijas y personales...
—¡Pobre amiga!—respondió Francisca llena de lástima.
—Esa independencia de carácter—continuó la Fontane,—no sólo es un motivo de celibato del lado femenino, sino que asusta también a no pocos jóvenes. ¿Qué vamos a hacer—piensan—de una mujer autoritaria y déspota?...
—Ahogarla—exclamó Francisca pensando en la Bonnetable y en el deseo ya formulado.
—Es un remedio un poquito radical—opinó la Sarcicourt, que no está por las medidas violentas.
—No se emplea casi nunca—respondió la Fontane.—Existe, por otra parte, el contraste de la independiente, y es la joven a quien todo asusta, la que teme las responsabilidades del matrimonio y rehuye la carga de almas que ese estado lleva consigo.
—¡Qué valentía!—exclamó Genoveva riendo.—Eso huele a las Cruzadas, ¿eh, Petra?
Petra se encogió de hombros amablemente sin decir nada.
—El divorcio y la inseguridad en el matrimonio—prosiguió la Fontane,—provocan igualmente la vocación del celibato en algunas muchachas...
—Lo que pasa en el mundo es verdaderamente espantoso... ¡Qué negro abismo!—exclamó la Melanval.
—«Corromper y ser corrompido, ha dicho Tácito, es lo que se llama el siglo»—dijo la Roubinet orgullosa de su frase.
—Por fortuna—observó la Melanval,—tenemos obras para evitar todos esos peligros... Así, la obra de la reforma social...
—No es suficiente—terminó Francisca con un resplandor malicioso en los ojos.—Haría falta una obra de los desengañados, una unión de las separadas, una liga contra los divorcios, una federación de celosas, y qué sé yo cuántas cosas más... ¿Tiene usted una asociación contra el celibato obligatorio?... Pues sería de primera utilidad. Admitirá usted fácilmente que si los motivos enumerados por la señorita Fontane impulsan al celibato, hay otros que le crean... sin impulsar a él...
—Ciertamente—respondió la Fontane con sonrisa burlona.—La insuficiencia del dote cuando se es gastadora, es una de esas causas temibles y temidas.
—Esto es lo que se llama recibir una estocada—articuló Francisca.—Mea culpa... Mea culpa...
—Los pretendientes toman miedo a las mujeres que les llevarían tan graves motivos de alarma.... Además, hay que tener en cuenta las presunciones de las muchachas que se estiman en un alto valor, siendo así que...
—Que no valen gran cosa...—concluyó Petra.—Me reconozco a mi vez... Mea máxima culpa...
—¿Para qué tantas pretensiones?—preguntó la Melanval.
—Es muy sencillo—respondió Petra.—Yo deseo el nombre, la familia, la fortuna, la respetabilidad, las relaciones y un físico agradable.
—¡Mucho es eso!—exclamó la Melanval.
—Tengo veinte mil pesos de dote...
—Es poco—hizo constar la Melanval.—Hagamos un pequeño sacrificio... ¿El nombre?
—Imposible... ¿Un matrimonio desigual?... Horror...
—La familia va con el nombre. ¿La fortuna?...
—Jamás... Se va el dinero de las manos sin echarlo de ver.
—Entonces—replicó la Melanval un poco extrañada—no queda nada que sacrificar, pues la respetabilidad es necesaria. Como no sea el físico...
—Me es indispensable—respondió sencillamente Petra.
—¡Bah! ya irá usted rebajando, hija mía—dijo la abuela con su dulce filosofía.—Y quiera Dios que no sea tarde—suspiró pensando en el teniente Cotorrac.
—Es lo que yo digo algunas voces a mamá—dijo Paulina un poco confusa por no ser de la opinión de su madre.—Mamá, que me quiere mucho, sueña para mí con una situación brillante, y... con diez mil pesos de dote... no sé si...
—¿Si conquistarás esa situación?—acabó Francisca riéndose.—Creo que no, mi pobre Paulina... Rebaja pronto... pronto... Ya quisiera yo tener que rebajar algo—gimió Francisca,—pero no puedo disminuir mis pretensiones a no ser que me case con un gañán, con un marmitón o con un mono vestido, lo que está lejos de ser tentador.
—¡Ah!—suspiró la Sarcicourt;—no estamos ya en los tiempos en que la gente se contentaba con una choza y un corazón...
—¡Dichosa época!—exclamó la Roubinet.—Pero si no tenemos ya esas graciosas costumbres, sepamos acomodarnos, como decía Máximo del Camp, al tiempo en que vivimos; sólo en esto reside el gran arte de la vida.
—La falta de salud—dijo la Fontane, llevando la conversación a su punto de partida,—asusta también a muchos pretendientes. ¿Qué hacer de una mujer enferma?...
—Cuidarla—murmuró Francisca con irónica piedad.—Pero esos hombres son tan detestables enfermeros...
—Es cierto—dijo la abuela,—que se debería vigilar escrupulosamente la salud de la mujer lo mismo que la del hombre en todos los matrimonios, y, en caso de incertidumbre, prohibirles una unión llena de peligros.
—¡Cómo!—exclamó asombrada.—Ahora es la abuela partidaria del celibato... ¡Qué conquista!...
—¿Y dónde me dejan ustedes el amor al estudio y la pasión por las artes?—interumpió la Roubinet.—En nuestra época hay muchas jóvenes que prescinden del matrimonio para seguir esa vía privilegiada.
—¡Bah!—dijo la abuela.—¿Son las jóvenes sabias y las artistas en flor las que renuncian al matrimonio, o es el matrimonio el que no las quiere?
—La estadística se calla en este punto—respondió la Roubinet ligeramente confusa.—Pero he leído con gran satisfacción la vida de ciertas solteronas sabias o artistas—dijo con su énfasis habitual.
—¡Oh!—exclamó Petra.—Creo que sueña usted.
—No, por cierto—insistió la Roubinet.—Así, en literatura...
En este momento entró Celestina con una bandeja cargada de pasteles de perfumes variados, e interrumpió a la Roubinet.
—Suplico a usted que espere un poco—dije a la oradora.—Déjeme servir el té, pues sentiría mucho no oír a usted.
—Vaya usted, vaya, Magdalena—respondió la Roubinet muy halagada por mi petición.
—¡Qué delicioso perfume de flor de azahar!—exclamó Francisca apoderándose de un plato de mostachones para presentárselo a las invitadas.—Es un perfume de circunstancias... Hoy, fiesta de Santa Catalina, todo debe ser flor de azahar.
—¡Oh!—dijo haciendo monadas la Roubinet,—yo prefiero unas gotas de ron en el té... Si me hace usted el favor, Magdalena...
—¡Cuidado!—exclamó Francisca;—el ron es un perfume de coraceros...
—No me importa—aseguró la Roubinet,—mi estómago le recibe muy bien.
—El mío no—dijo dulcemente la Sarcicourt.—El médico me prohíbe los licores fuertes... Una gotita de leche, Magdalena, si usted gusta.
Cada cual tuvo al fin lo que deseaba, y la conversación se volvió a animar.
—¿Cree usted—dijo Genoveva dirigiéndose a la Roubinet,—que las solteronas cuentan en sus filas muchas literatas distinguidas?
—¡Cómo! Genoveva—dijo la Fontane,—¿olvida usted a nuestra ilustre Eugenia de Guerín?...
—No, pensaba en ella, así como en Clarisa Bader y en la Bremer. Pero no conozco muchas más.
—¡Cómo!—exclamó la Roubinet con indignación.—¿No conoce usted a la señorita de Marchef, que compuso un libro titulado «Las mujeres, su pasado, su presente y su porvenir...»? ¿Ni a la señorita Bertin, que hizo un volumen coronado por la Academia Francesa y hasta compuso dos óperas?... Hay además Miss Frances Brown, poetisa; Miss Martineau, la ilustre filósofa de opiniones un poco atrevidas... Miss Cummins, Miss Sedwick, Miss Wetherell, Miss Lothropp, Miss Johnson, americanas cuyas obras habrá usted leído; Miss Pardoc y Miss Kavanagh, novelistas inglesas; las señoritas Poulet y Luisa Stappaerts, poetisas belgas; la señorita Gatti de Gamond, prosista de mérito; las señoritas Fleuriot, Marechal y Monniot, cuyas obras han hecho la dicha de las generaciones nuevas, y no sé cuántas más...
—¡Qué diluvio!—exclamó la abuela.—¡Cómo las solteronas tienen la pluma tan intemperante!... Ya no me extraña que Magdalena...
—¡Abuela!—imploré.
—La pintura—prosiguió la Roubinet poseída de su asunto—cuenta también solteronas de talento. No citaré a usted más que dos de las más ilustres: la gran artista holandesa María Van-Osterroyek, que vivió en el siglo XVII, y nuestra gran francesa Rosa Bonheur...
—¡Qué nombres y qué artistas!... Cuánto celebro ver que las solteronas están tan favorecidas...
—¿Por qué no habían de serlo?—preguntó la Melanval.—Las solteras encierran bastantes mujeres de bien para tener el derecho de enorgullecerse con las mujeres de talento que figuran en sus filas.
—Con más motivo—añadió la abuela,—porque no pueden ustedes citar personas vivas. Nada asegura que no se casarán...
—Sí—dijo la Fontane,—se han visto casos en estos últimos tiempos.
—Hablen ustedes de las mujeres de bien—dijo la Melanval;—será más edificante...
—Ahí tenemos a Celestina—exclamó Francisca dirigiendo una sonría a la anciana criada que entraba en este instante para llevarse las tazas del té y todo lo que nos molestaba. Pero Celestina hizo como que no había oído.
—Las mujeres de bien solteronas son demasiado numerosas—siguió diciendo la Fontane.—Creo que habría que nombrarlas todas para no cometer error. ¿Qué solterona no ha contribuido al bien de la familia o de la sociedad?...
—La señorita Bonnetable—aseguró Francisca.
—Silencio, Francisca,—exclamó la abuela.—El carácter de la señorita Bonnetable no le impide ser muy buena en el fondo.
—Sí, señora—respondió Francisca,—en el último fondo, en el sitio que no se ve ni se oye, es buena y dulce como el azúcar.
—Niña cruel—dijo la abuela encogiéndose de hombros.
—Lo cierto es—siguió diciendo la Melanval,—que la mayor parte de nuestras obras tienen como presidentas o como fundadoras mujeres solteras... Sería imposible hacer una lista...
—No veo la dificultad—dijo Francisca disimulando un bostezo.—No hay más que coger la nomenclatura de los premios de virtud en la Academia; eso no puede servir de base.
—Detestable burlona—murmuró la Melanval contrariada. Y añadió dirigiéndose a la Fontane:—creo que hay que convenir entre nosotras que si todas las mujeres de bien no son solteras, en cambio todas las solteras son mujeres de bien.
—¡Felices ellas!—exclamó Petra.—Ese es un panegírico bien sentido...
—En un día de Santa Catalina era obligatorio,—repuso Francisca.—Y por cierto que han olvidado ustedes el citar a esta pobre santa entre las ilustres solteronas... Tengo una vaga idea de que fue una filósofa distinguida.
—Y una mártir incomparable—añadió la Melanval santiguándose.—¡Buena Santa Catalina!...
—Ora pro nobis—exclamaron a la vez Petra y Francisca que se reían con toda su alma.
—No, no—dijo Francisca dando un salto;—no queremos formar parte de la corporación.
—Y tienen ustedes razón, hijas mías—respondió la abuela siempre llena de indulgencia por las jóvenes deseosas de casarse.—Recen ustedes a San José y será mucho mejor...
—Además—añadió la Roubinet mirando a Francisca con intención,—al rezar a nuestro gran patriarca cuide usted de conservar su gracia y su humor apacible:
Con la sonrisa en los labios Y con la gracia en los ojos La virtud es aún más bella...
—Bonitos versos—dijo la abuela.—¿De quién son?
—De uno de mis autores favoritos—respondió la Roubinet muy contenta por haber hecho efecto.—Son de Laprade.
—¿Laprade?—murmuró Francisca reuniendo sus recuerdos.—Creo haber leído algo de ese buen señor... ¡Qué aburrido era!...
Genoveva y Paulina trataron de hacer callar a Francisca, pero fue inútil felizmente, pues sus palabras se perdieron en el ruido de las despedidas.
—Espera—me dijo Francisca al oído al tiempo de despedirse de la abuela,—voy a dejar con la boca abierta a la Roubinet con mi erudición. Escucha bien.
Y haciendo una graciosa reverencia a la abuela, Francisca declamó con gracia:
Si el tiempo se va, señora, Nosotras también nos vamos...
Una risa general acogió esta nueva broma de Francisca, que había encontrado medio de desnaturalizar el pensamiento del poeta.
—Delicioso—exclamó la Roubinet extasiada.—Yo conozco estos versos, pero no recuerdo el nombre del autor... Venga usted al socorro de mi memoria infiel, Francisca.
—Esos versos son de uno de mis autores favoritos—parodió Francisca.—Son de Ronsard...
—¡De Ronsard!—exclamó la Roubinet sofocada.
—Sí, señorita—terminó Francisca,—rabie usted... Usted no nos ha dado más que Laprade...—Y repitió con una mueca desdeñosa:—Laprade...
Todas exclamaron en coro en medio de las risas que reinaban:
—¡Oh! Francisca...
3 de diciembre.
He pasado una gran parte del día en la Catedral. Hoy era la fiesta de Santa Catalina, fiesta parroquial tan sólo, pero interesante por el gran número de personas a quienes se refiere.
¡Cuántas distracciones tuve en la misa mayor!
Aunque salí de la casa con buenas disposiciones de fervor, mi insoportable imaginación hizo de las suyas. Hasta el Ofertorio todo fue bien, pero en ese momento, curiosa de reflexionar un poco sobre la innumerable cantidad de solteronas que desfilaban delante de mi vista, me extravié completamente.
En seguida clasifiqué a las personas que pasaban en mis tres grandes divisiones:
Solteronas voluntarias.
Solteronas resignadas.
Solteronas recalcitrantes.
Vuelta a casa, continué mis meditaciones y he aquí lo que llegué a poner en claro en conjunto.
La solterona voluntaria, diga lo que quiera el padre Tomás, se distingue a primera vista. Es viva, aunque sea reumática y sobre todo si es nerviosa. Su fisonomía es apacible y animada, su mirada benévola y su sonrisa bondadosa.
La resignada es melancólicamente trivial: mirada apagada, sonrisa triste, modo de andar frío. A diez pasos y aun de más lejos se la conoce de una mirada.
La recalcitrante es... recalcitrante. ¡Qué aspecto de mal genio!... En lugar de la sonrisa amable de la primera y de la dulzura borrosa de la segunda, es enteramente alarmante. Mirada dura, labios secos, modo de andar irritado. En vano se esfuerza la piedad por dar a su fisonomía un aspecto de ternura; se ve el esfuerzo y no se adivina la paz.
Irremediablemente formadas en mi mente las tres grandes divisiones, pasé a las subdivisiones.
Las solteronas voluntarias se reclutan evidentemente entre las que se han dejado guiar en la elección de su existencia por motivos de abnegación, o un sentimiento de pureza virginal, o el recuerdo de una afección muerta, o el amor de la independencia, o ese vago esceptismo que se apodera de tantas jóvenes, o por el temor de las responsabilidades, espantosas en efecto para quien reflexiona.
El amor al estudio y a las artes hace descontentas o satisfechas, según que el celibato proviene de la libre elección o del encadenamiento de las circunstancias. Estas, según sus tendencias personales, se vuelven entonces resignadas, si son de humor acomodaticio, o sublevadas si pertenecen a la categoría de las violentas.
La misma observación respecto de la falta de salud. La solterona se ha sustraído por sí misma al matrimonio o la han sustraído. En la primera suposición, su alma tranquila y estoica impone silencio a su corazón y le da los medios de llegar a las dulzuras del celibato voluntario. En la segunda, se lamenta, se entristece, no piensa más que en su mala salud, envidia la suerte de las jóvenes más favorecidas en este concepto y acaba por dar un ejemplo notable de rebelión en el celibato.
—Sin mi mala salud—murmura,—hubiera podido casarme... A mi mala salud debo, pues, el tener que vivir sola...
—En cuanto a la insuficiencia de dote o a la exageración de pretensiones, que hace que una solterona sería feliz al aceptar a los cuarenta años el partido que ha renunciado a los veinte, no creo engañarme haciendo de esos dos motivos la causa inicial del gran ejército de las recalcitrantes.
Estas recalcitrantes no han renunciado al matrimonio; son los pretendientes los que no han querido presentarse. Por una parte, el dote era tan pequeño y tan desproporcionado con la fortuna, que era imposible que los hombres de buen sentido se arriesgasen a la gran aventura del matrimonio con semejantes jóvenes. Por otra parte, el dote estaba tan poco en relación con las pretensiones emitidas, que había pretendientes que no se atrevían a pedir lo que otros no se dignaban solicitar.
En las pequeñas poblaciones es cosa corriente que la joven de buena familia, sin dote o con uno muy pequeño, participe de la educación y de los placeres de las muchachas ricas: piano torturado, pintura profanada, fútiles trabajos de aguja de los que enseñan a una joven a apasionarse por lo superfino cuando no tiene siquiera lo necesario...
Todos estos tipos de solteronas viven juntas en medio del alegre concierto de burlas imparcialmente distribuidas a todas sin distinción de mérito.
Cuando se quiere designar un carácter susceptible se dice:
—Es una solterona.
Cuando se habla de un espíritu estrecho y vulgar, se exclama con mirada desdeñosa:
—Qué se puede esperar de una solterona...
Si se trata de una devoción mal comprendida, todo el mundo se encoge de hombros y murmura:—Es una verdadera solterona...
Si por casualidad se hace alusión a costumbres rutinarias, al egoísmo o a las conversaciones agridulces, todos repiten:
—Qué propio es de una solterona...
Para pintar un traje extravagante se exclama:
—Vaya una facha de solterona...
Si por ventura recae la conversación sobre la pasión de los gatos, de los perros, de los pájaros o de los cintajos amarillos, brota un grito unánime:
—Gustos de solterona...
En fin, última y suprema ofensa, si se quiere calificar a alguna persona profundamente inútil a la sociedad, todos proclaman:
—Inútil como una solterona...
Véase cómo la solterona se convierte en un objeto antipático cuando debiera ofrecer el más singular de los atractivos, el de un enigma que descifrar.
9 de diciembre.
¡Cuántas mudanzas en lo que constituye una vida de joven soltera!... Ayer todo era tranquilidad absoluta; hoy empiezo de nuevo a subir el calvario de una muchacha casadera... ¡Qué fastidio!... Y pensar que es el padre Tomás a quien debo esta resurrección de las complicaciones.
Esta mañana me previno la abuela que deseaba hacer conmigo algunas visitas por la tarde. A las dos subí a mi cuarto para ponerme el traje de rigor, cuando la abuela me hizo sufrir un examen imprevisto.
—¿Qué vestido te pones?
—El gris, corte de sastre.
—El gris... No, yo preferiría el azul marino con aquella linda pechera que tan bien te sienta. Debajo del abrigo de pieles ligeramente entreabierto, hace muy bien...
—Pero yo no tengo conquistas que hacer, abuela... ¿Cree usted útil que me ponga el traje número uno?...
—Sí... sí... ¿Qué sombrero?...
—El Santos Dumont.
—No, ese no... Ponte más bien el de la pluma amazona que te sienta maravillosamente sobre tu cabello rubio.
—¿Maravillosamente?... Bueno, abuela.
Me vestí muy pensativa... ¿Qué significaban esas precauciones inusitadas?... ¿Qué las idas y venidas de la abuela, que ha salido estos días varias veces de tapadillo?... Verdaderamente todo esto me parecía poco claro y empezaba a temer seriamente un atentado premeditado contra mi libertad, cuando tomé confianza al ver que la abuela se dirigía, y me dirigía por consiguiente, hacia el Colegio Libre.
—En casa del padre Tomás—murmuré para mis adentros,—no hay nada que temer... La feria del matrimonio no tiene allí puesto.
Llamé, pues, con todo el candor de una perfecta quietud y no encontré extraordinario que el cura no estuviese solo. Muy ocupado en hablar de buenas obras con un caballero bastante feo, que parecía un tarro de tabaco, el cura nos acogió, sin embargo, con una alegría muy halagüeña... Evidentemente no había la menor mala intención en aquellos ojos eternamente maliciosos ni en aquella risa tan franca.
La abuela, no queriendo interrumpir la conversación de aquellos señores, se confundió en excusas y suplicó al cura que nos dejase aprovechar sus luces comunes continuando su plática.
El caballero tarro de tabaco nos fue presentado. Se llama Teodoro Baurepois y practica como especialidad la salvación de Francia. Tuvimos el gusto de oír interesantes cosas sobre el socialismo cristiano, los círculos obreros, la protección de los patronos, los retiros y un diluvio de teorías... El caballero habla bien y se expresa con facilidad y hasta con elegancia. El padre Tomás parece que le da gran importancia y le exhibe como una coqueta enseñaría una sortija.
La abuela, por discreción, hizo una visita muy corta. Mi inocencia no sospechó del señor de Baurepois, el cual no me parecía de la madera de que se hacen los maridos.
En casa de la Bonnetable, olvidada ya de su enfado, esperé en vano al señor en honor del cual me había puesto mi traje azul y el sombrero cuya pluma, etc.
En casa de la señora de Ribert, ni sombra de pretendiente.
En casa de la Roubinet, nada más que un diluvio de flores de retórica.
En casa de la Sarcicourt, absolutamente nada...
Me resigné fácilmente a pensar que el pretendiente—porque debía de haberlo—había llegado tarde al tren.
—Otro día será—pensé con alguna angustia ante la idea de volver a empezar las fases de mi atavío de conquista.
La abuela se encargó de desengañarme con una pregunta tan brusca como imprevista.
—¿Qué te parece el señor de Baurepois, Magdalena?
—Muy feo—respondí con indiscutible sinceridad.
—Sí, no es un Adonis, ya lo sé... Pero su corazón... su inteligencia...
—Su corazón, abuela, parece muy vasto a juzgar por la extensión y el número de las obras a que se dedica... Su inteligencia debe de tener las mismas dimensiones... Seguramente es un alma poco vulgar...
—¡Ah! querida—exclamó la abuela besándome con efusión.—Qué dichosa soy al oírte juzgar así al señor Baurepois... Temía que su físico...
—¿Su físico?...—respondí disimulando una sonrisa.
—Sí, temí que te impresionase contra él... Pero el padre Tomás, que es un hombre de gran talento, me había dicho que él conduciría la conversación de manera que quedases conquistada...
—¿Conquistada?... Entonces se conquista ahora a las muchachas con discusiones sociales...
—Las muchachas serias—respondió la abuela ligeramente ofendida,—tienen así ocasión de apreciar a un pretendiente... ¿Qué más quieren?
Solté una carcajada vibrante, prolongada, interminable.
—De modo, abuela, que el señor de Baurepois era un pretendiente...
—Ciertamente—balbuceó la abuela.—¿Por qué no?
—¿Y el padre Tomás ha tratado de encontrar una conversación seductora?
—Seguramente—dijo la abuela, que no comprendía mis preguntas.
—Pues bien, el señor de Baurepois es horrible y su conversación... cargante, como diría Francisca.
—¡Oh! estas muchachas...
—Figúrate una conferencia entre un señor que quiere salvar a Francia y su pobre mujer... Cada uno de sus desengaños recaerá en la desgraciada... Cada meeting fracasado será una ocasión de recriminaciones... Cada speech interrumpido constituirá un motivo de discordia... Y los artículos de los periódicos... Y los ataques personales... Y las perfidias de los amigos políticos... Figúrate el despertar por la mañana: «¡Ah! amiga mía, La Linterna se va a meter conmigo»—«No, amigo mío.»—«Sí sí, siento que voy a recibir alguna cosa desagradable.»—«Pero mi pobre Teodoro, te alarmas sin motivo.»—«Pues si no es La Linterna, será La Acción.»—«Nada de eso, está tranquilo. Además, La Autoridad te defenderá si te atanca.»—«¿Tú crees?»—«La Autoridad está en el caso de administrarme una paliza disimulada... Me defenderá criticándome.»—«Pues bien, amigo, espera para apurarte a que ocurran todas estas cosas.»—«¡Ah! así sois las mujeres, descuidadas, frívolas, egoístas... El padre Tomás me ha engañado sobre tu carácter. No tienes nada de lo que hace falta para un hombre de mi valía.» ¡Ay! abuela, no quiero despertar de esta manera...
La abuela se encogió de hombros.
—¡Qué niñada, Magdalena!... Estás desbarrando... Y yo que esperaba que la belleza moral del señor de Baurepois...
—Permíteme, abuela. No niego la belleza moral del señor de Baurepois... Es hasta probable que si yo conociera a ese señor un poco más, me gustaría bastante para olvidar a la larga las imperfecciones físicas que me ciegan por el momento. Esa belleza moral está demasiado oculta... El salvar a Francia es hermoso, no digo que no, pero, entre nosotras, yo no tengo tanta ambición. Mi alma burguesa estaría más conforme con una dicha más tranquila y menos ilusoria... Un marido que me hiciera feliz es todo lo que yo pediría.
—Y bien, el señor Baurepois...
—Temo que me aburriría mortalmente.
—Trate usted de gustar a una muchacha...—murmuró la abuela con una desesperación que hubiera sido cómica a no ser tan sincera.—Oye—me dijo dejándome para no ceder a la tentación de regañarme,—quiero creer que no es esa tu última palabra. Tengo los informes más perfectos sobre el señor de Baurepois. Como fortuna y como relaciones no encontrarás cosa mejor... Es un hombre serio... Reflexiona.
Y la abuela desapareció sin dejarme decir una palabra.
De modo que estoy lucida... Después del señor Desmaroy, el señor de Baurepois... De Escila a Caribdis... ¡Qué agradable situación la de una joven casadera!...
16 de diciembre.
La abuela acepta difícilmente mi negativa respecto del señor de Baurepois, dice que me porto como un chorlito y lamenta mi deplorable obstinación.
El padre Tomás, aunque más conciliador, confiesa que le ha sorprendido desagradablemente lo que él llama el fracaso de mi inteligencia y de mi razón.
—Rehusar un joven ocupado en cuestiones tan elevadas... Y yo, que creía que su conversación había encantado a usted...
—Me interesó, señor cura, lo que no es lo mismo. El interés está lejos del encanto...
Por la gesticulación del cura se ve que no comprende mi estado de alma y que no se da cuenta tampoco de la psicología de un corazón de muchacha.
La de Ribert y Genoveva son más indulgentes conmigo. Sin dejar de apoyar a la abuela ponderándome las ventajas de una unión con el señor de Baurepois, una de las fuerzas del partido militante conservador, han depuesto las armas las primeras.
—No ha llegado la hora de Magdalena, ha dicho la de Ribert a Genoveva. Cuando esa hora suene, discutirá menos... Su convicción se formará sola y ella misma reclamará el derecho de casarse con el que le haya gustado.
—¡Oh! señora—respondí con cierta melancolía,—renuncio a conocer jamás esa hora... Jamás podré acostumbrarme a ese modo de casarse...
—Pero, Magdalena—dijo la buena Genoveva,—todo el mundo se casa así en nuestra sociedad.
—Sí—respondí suspirando,—el matrimonio de inclinación es considerado como un suceso raro y muy peligroso. Todos predican las peores calamidades a los que se dejan llevar al matrimonio por un cariño apasionado. Lo que no obsta para que yo encuentre odioso casarse en las condiciones ordinarias...
Estaba yo tan nerviosa por las interminables discusiones que había tenido que sostener con la abuela en los últimos días, que me eché a llorar. Genoveva me abrazó.
—¡Oh! no llores, Magdalena... Qué niña eres... Nadie te obliga a casarte... Sé razonable...
Razonable... Que si quieres... Cada vez lloraba más... La de Ribert parecía consternada y Genoveva, para consolarme, acabó por llorar también.
—No llore usted así, Magdalena, hija mía... Su abuela de usted no piensa obligarla al matrimonio.
—No, señora—respondí entre dos sollozos,—pero todas ustedes me encuentran poco razonable y novelesca porque no puedo decidirme a casarme con un hombre a quien no conozco. Es ese juicio lo que me hace daño, mucho daño en el corazón...
—¡Bah! tontuela, nadie juzga a usted así—me dijo con bondad la de Ribert.—No llore usted más, no sea niña...
—Tranquilízate—añadió Genoveva enjugándose los ojos, muy encarnados.—Te lo ruego; me das pena...
Al fin logré dominarme y me decidí a guardarme el pañuelo en el bolsillo.
—Vamos, ¿se acabó la pena?—me preguntó amablemente la de Ribert dándome un beso.
—Así lo espero—dije mientras se me saltaban otra vez las lágrimas por el tono de la pregunta y por el beso maternal de la buena señora.
En cuanto me tranquilicé un poco, expliqué a aquellas señoras que había algo en mí que se negaba absolutamente al matrimonio con un desconocido.
—Sí—exclamé,—no puedo, no podré nunca decidirme...
—Pues bien—respondió la de Ribert, que comprendió que no era el momento de insistir,—espere usted, la cosa no corre prisa... Si Dios quiere que usted se case, él sabrá enviarle el marido que la convenga.
—Sí, sí—añadió Genoveva.—Hablemos de las solteronas... Eso distraerá a Magdalena.
Pronto recobró mi alegría su vivacidad habitual. Al contar mis últimas impresiones sobre mi asunto favorito, hablé del deseo de saber lo que piensan los hombres que no se casan.
—¿Para qué?—preguntó la de Ribert un poco asombrada.
—Para comprender sus motivos de celibato. Puesto que hay solteronas recalcitrantes que lo son a pesar suyo, tendría curiosidad de saber los motivos que alegan esos caballeros para despreciarlas de ese modo.
—La falta de dote y las pretensiones de las jóvenes casaderas son motivos suficientes—dijo Genoveva.—No veo qué más puedes desear para informarte...
—Sí—repliqué—hay además otra cosa. No me harás creer que el egoísmo está bastante extendido en la tierra para que no haya otros motivos serios que expliquen ese abandono del matrimonio... Además—añadí bajando los ojos a la chimenea, que ostentaba un hermoso fuego,—no pueden ustedes figurarse qué curiosa estoy por saber si hay entre los hombres algunos que piensen como yo... Debo de poseer un alma hermana que se asuste de casarse con una desconocida.
—¿Y quisieras conocer a esa alma hermana?—preguntó con curiosidad Genoveva sonriendo.
—Puede ser—dije sintiendo que me ponía colorada.—Quisiera al menos saber si existe...
—Vean ustedes esta joven razonable que quisiera hacer un estudio del natural—exclamó la de Ribert sonriendo...—Después de todo—añadió después de una corta vacilación,—¿por qué no?...
—¡Cómo!—exclamó Genoveva.—¿Qué diría la de Sermet?
—Sí, comprendo, hija mía, pero no se trata de Magdalena... ¿Por qué no he de hacer yo lo que no puede hacer ella? Yo tengo ya la edad de la razón.
—¡Oh! señora—exclamé con ardor arrojándome en sus brazos.—¡Qué buena es usted!...
—No, no tan buena... Sabe usted que hace mucho tiempo que me ocupo en cuestiones femeninas... Me gusta tener datos precisos. Algunas veces, esto entre nosotras, he escrito a un periódico para obtener informes... Ese periódico se llama «Preguntas y Respuestas». Inserta las preguntas que se le envían, y entre sus lectores o lectoras, hay siempre personas de buena voluntad que dan una respuesta cualquiera... ¿Quiere usted que trate de tener lo que desea en su lugar?...
—Sí, pero ¿cómo?—dije interesada.
—No es difícil poner un anuncio pidiendo las noticias que deseamos. Los que quisieran dar respuesta dirigirían sus misivas al periódico, y éste me las transmitiría bajo sobre con iniciales.
—¡Oh! sí—respondí llena de entusiasmo.—Haga usted eso por mí, señora... Genoveva, corramos a pedir permiso a la abuela...
—No, ve tú sola—dijo Genoveva riendo de mi entusiasmo.—Tu abuela se va a enfadar y no me atrevo a ser yo la que haga semejante petición.
—Anda Genoveva, te lo suplico—dije abrazándola.—La abuela te lo concederá todo... Sabe que eres tan buena y razonable...
—¿Qué hago?—preguntó Genoveva a su madre.—¿Debo arriesgarme?
—Sí—respondió la de Ribert.—Bien puedes hacer eso por Magdalena.
El tiempo de echarse una falda, de ponerse los guantes y el sombrero, y Genoveva estuvo pronta a acompañarme a casa de la abuela, que se quedó sorprendida de nuestra entrada repentina. Costole mil trabajos ponerse al corriente de lo que queríamos y empezó por llenarse de indignación en cuanto supo poco más o menos de lo que se trataba. Se calmó un poco al oír las dulces razones de Genoveva y acabó por enviarnos al padre Tomás, sin cuya opinión no podía pasarse en semejante caso.
—La cosa se sale tanto de las conveniencias...—murmuró la pobre abuela consternada.—En verdad, no sé si estáis locas o si soy yo la que no está en el movimiento de ideas moderno... ¡En qué siglo vivimos!...
Genoveva nos acompañó a casa del padre Tomás, que, felizmente para nosotras, tiene la indignación menos fácil que la abuela. El cura escuchó con atención las explicaciones de Genoveva, la cual se abstuvo, sin embargo, de hablar de mi deseo de encontrar un alma hermana. Un poco sorprendido al principio, movió largo tiempo la cabeza antes de responder... Era seguro que vacilaba.
—¡Dios mío!—dijo por fin,—si fuese Magdalena la que pusiera ese anuncio, diría que era imposible de todo punto...
—Así lo comprende mamá—hizo observar Genoveva.
—Pero la señora de Ribert, a quien todo el mundo conoce como mujer seria, inteligente y ocupada en trabajos intelectuales, puede perfectamente hacer lo que le plazca. No veo ninguna razón para negar la autorización solicitada.
—Entonces, señor cura, suplico a usted dos letras para la abuela... Sería capaz de no creernos...
—Esperen ustedes—dijo el cura lleno de condescendencia.
Cogió una tarjeta y escribió debajo:
«¿Por qué impedir el vuelo de un pajarillo? Hay más grandeza verdadera en lanzarse por encima de lo convencional que en permanecer obstinadamente atado a lo vulgar...
»Todos mis respetos.»
—Gracias, señor cura, gracias de todo corazón—exclamé con un intenso acento de triunfo.
—Calma, calma...—dijo el cura.—Si su cerebro de usted se pone en ebullición, retiro el permiso...
Una dulce sonrisa de Genoveva le tranquilizó. Y nos fuimos rápidamente a casa. Celestina tuvo mil trabajos para seguirnos a nuestro paso.
—Abuela—dije con expresión vencedora dándole la carta del cura,—aquí tienes la respuesta que esperabas.
La abuela se sujetó las gafas con cuidado, cogió la tarjeta, la leyó, la releyó, la meditó y dijo finalmente encogiéndose de hombros:
—El cura descarrila... y vosotras también.
—¡Oh! abuela—dije horriblemente alarmada,—¿niegas el permiso?
—No... haz lo que quieras. Francamente, no puedo hacerme a estas costumbres nuevas... Escribir a un periódico... Poner un anuncio... ¡Y qué anuncio!...
—Gracias, abuela, gracias de todos modos—exclamé con transporte.
—No hay de qué—respondió la abuela.—Pasa por el mundo entero una especie de viento de locura... No me habléis más de todo esto—concluyó volviéndonos la espalda.
La de Ribert, que esperaba una oposición obstinada de la abuela, se quedó sorprendida de nuestro éxito.
—Bueno—dijo alegremente,—aprovechemos el permiso y ocupémonos del anuncio. Aquí tenéis el que he redactado durante vuestra ausencia.
«Persona seria que hace estudios sobre las solteronas, desea conocer los motivos que alejan a los hombres del matrimonio. Respuesta a las iniciales A. B. C. Oficinas del periódico.»
—¿Qué pensáis de esto?
—¡Perfecto!—exclamé saltando de alegría.—Pronto, un sobre... ¡Oh! señora, qué agradecimiento... Qué feliz soy...
—Espere usted, Magdalena—dijo la pobre señora de Ribert, aturdida por mi turbulencia.—Espere usted; hacen falta aún mil cosas. Qué niña...
Por fin salió la carta... Volví a casa, donde encontré a la abuela casi repuesta de su exceso de indignación, y ya me encuentro alegre como... me falta término de comparación.
Cuánto quisiera tener rápidamente una respuesta.
22 de diciembre.
¡Nada!... No hay respuesta... Qué largo es esto...
Hoy, el día en que recibe la señora de Brenay, hemos ido a verla. También ha ido Francisca y su madre, Paulina y la señora de Aimont. Se habló mucho del baile blanco que da la señora de Geraumont con motivo de los esponsales de su hija, que se casa con un riquísimo banquero. Los Geraumont son unos opulentos molineros retirados de los negocios y no tienen la suerte de agradar a lo que se llama «la alta sociedad,» que les pone mala cara.
—¿Vas a ese baile, Magdalena?—me preguntó Petra.
—Magdalena no sale más que en la intimidad—respondió la abuela.—Una huérfana no está en su lugar en reuniones muy numerosas.
—Pero es un baile blanco—observó la de Brenay.
—Sí, lo sé; pero es todavía demasiado mundano para Magdalena. ¿Y usted ha aceptado?—preguntó la abuela a la de Brenay.
—Los Geraumont no son de nuestra sociedad—respondió la de Brenay desdeñosa.
—¡Ah!—respondió sencillamente la abuela, que, a pesar de ser aiglemontesa, no admite tan sutiles distinciones.—¿Y usted, señora?—preguntó a la de Aimont.
—No me halaga el exponerme a bailar con los proveedores—respondió ésta.—Es un baile de comerciantes, de modo que...
—Pues nosotros aceptamos—dijo Francisca antes de que se lo preguntaran.—Siempre encontraremos algunos amigos para hacer banda aparte, y será divertido...
—Y, sobre todo, muy fino para la dueña de la casa—murmuró la abuela a la sordina.
—Me hace usted reflexionar—dijo la de Aimont.—Si estuviera segura de encontrar en casa de esa gente personas conocidas, puede que aceptase por Paulina... Hay tan pocas distracciones en Aiglemont...
La abuela logró apenas contener una sonrisa que yo adiviné en su mirada casi maliciosa. Demasiado inteligente para apreciar mucho esas estrecheces tan en boga en Aiglemont, la abuela cambió la conversación, que amenazaba ser funesta para los pobres Geraumont.
—¿No hay ningún matrimonio en el horizonte?—preguntó sabiendo que así complacía a todas aquellas señoras.—La chica de Geraumont no es, sin embargo, la única joven casadera...
En este momento entraron otros visitantes en el salón, con tal estrépito, que la conversación se suspendió. Grande fue la sorpresa general al ver que eran el padre Tomás y la Melanval que se anonadaban mutuamente de testimonios de finura y se negaban a pasar el uno delante del otro. Por fin encontraron el secreto de ponerse de acuerdo precipitándose los dos a un tiempo a la puerta, lo que produjo un ruido espantoso y provocó una risa enorme en el interior del salón.
En cuanto se restableció la calma, siguió la conversación con toda su vivacidad.
—Señor cura—dijo la de Brenay,—háganos usted saber lo que piensa del desgraciado estado de cosas que íbamos a hacer constar una vez más; la dificultad de casar a las jóvenes que tienen un dote mediano...
—Y a las que le tiene pequeño—añadió la de Dumais con una convicción de las más sinceras.
—Lo cierto es—prosiguió la de Aimont,—que en nuestra población, como en otras muchas, hay muchas jóvenes cuyos padres viven en buena posición... Esas jóvenes no tienen ni más ni menos atractivos que los que tenían sus madres a su edad, y, sin embargo, no encuentran marido...
—Sí—convino el padre Tomás.—Ya he tenido una larga conversación sobre esto con la señora de Sermet y Magdalena. Nada se opone a que la continuemos... Las condiciones de la vida moderna aumentan considerablemente las probabilidades que tiene una muchacha para no casarse—dijo mirándonos una tras otra a todas las jóvenes presentes.—Los hechos están ahí, innegables, casi palpables...
—Destruya usted esos hechos, señor cura, destrúyalos usted—interrumpió Francisca con su petulancia habitual.—Es horrible condenarnos con hechos... y con hechos palpables...
—¿Y qué quiere usted que yo le haga?—objetó el cura.—En primer lugar, nacen indiscutiblemente más mujeres que hombres, al menos en Francia... Después la muerte se lleva más pronto a los hombres que a las mujeres, lo que hace el elogio de ustedes, señoras—observó graciosamente el cura,—porque prueba la pureza de su vida. El hombre paga sus locuras o sus debilidades... En tercer lugar, la aspereza creciente de la famosa lucha por la vida exalta los sentimientos egoístas en el hombre. «Tengo bastante para mí—se dice,—pero no para tres o cuatro, si tengo hijos...» Esta tendencia, por otra parte, no es reciente; Michelet hablaba de ella en su libro sobre la mujer.
—Y bien, ¿por qué no educar a las jóvenes con arreglo a este nuevo estado de cosas?—exclamó la Melanval.
—Es verdad—respondió el cura.—Últimamente he leído un artículo de Marcel Prevost...
—¡Oh!—balbució la Melanval con espanto.—Usted lee a Marcel Prevost...
—¡Los canónigos leen, pues, a Marcel Prevost!—murmuró Francisca con una apariencia de ingenuidad que no engañó a nadie.
—Los canónigos... no lo sé. En cuanto a los profesores, su deber es ponerse al corriente de todo lo que puede ser útil al cumplimiento de su misión y...
—Señor cura—dijo en tono lastimero la de Dumais,—perdone usted a Francisca.
—No hay nada en todo esto que necesite perdón. Francisca me hacía una pregunta y yo respondo... Los profesores están hechos para responder—añadió el cura con una buena sonrisa.—Decíamos, pues—dijo reanudando el hilo de sus ideas,—que Marcel Prevost se ocupaba en la cuestión del celibato y va hasta aconsejar que se eduque a las muchachas para ese estado. El escritor dirige a las jóvenes un discurso, muy bien hecho a fe mía, en el que les dice poco más o menos:
«Soñad con un marido, unos hijos y un hogar; es legítimo. Tratad de ser unas muchachas casaderas tan cumplidas, que el dejaros por cuenta atestigüe una inverosímil ceguera. Pero concebid paralelamente otro porvenir además del matrimonio para el caso de que no os caséis a pesar de todo... Sobre todo, no vayáis a meteros en la cabeza que vuestra vida quedará truncada si no habéis encontrado esposo. Hay algo que el celibato no perjudicará ni disminuirá, y es vuestra propia personalidad, o, más sencillamente, las probabilidades de gozar honradamente de la vida que os ofrecen vuestro corazón, vuestra inteligencia y hasta vuestras facultades físicas, desarrolladas con cuidado. El celibato no es, en suma, más que una desgracia negativa, la falta de una añadidura. Guardaos de jugar todo vuestro destino a un suceso que no depende de vosotras. Antes de ser esposas, antes de ser casaderas, sois personas; el perfeccionamiento de esa persona depende sólo de vosotras.»
—¡Bravo por Marcel Prevost!—exclamé con entusiasmo.—Todo eso es justamente lo que yo pienso... ¡Y qué bien dicho está!...
—Ya tenemos a Marcel Prevost elevado a la altura de un padre de la Iglesia—dijo la abuela descontenta de sus teorías.—¡Si nos vamos a preocupar de la opinión de los literatos modernos!...
—Querida señora—respondió el cura, otra vez en discordancia con su antigua amiga,—esa opinión tiene su valor... Mientras los novelistas tengan la especialidad de pintar las ideas de una época, habrá que tener en cuenta lo que ellos indican y...
—¿Son acaso las ideas de nuestra época lo que ese señor ha expuesto en el discurso que acaba usted de leernos?... ¡Ah! señor cura, jamás, jamás—respondió la abuela en un acceso de violenta indignación.—¿Qué madre tendría semejante lenguaje?
—Una madre prudente y lista—dijo el cura muy bajo.—Pero, en realidad, señora ¿se cree usted de esta época?... Usted, abuela, ¿comprende todos los pensamientos de su nieta?
—Verdaderamente no—repuso la abuela confusa.—Todo lo que oigo ahora es tan contrario a lo que se decía y se pensaba en mi juventud, que no puedo acostumbrarme... Esta Magdalena me trastorna.
—¿Yo?—balbucí sorprendida.—Diga usted más bien Marcel Prevost... En cuanto a mí, te engañas seguramente, abuela.
—No, no, sé lo que me digo... Ya estás entusiasmada por las teorías de ese caballero... ¡Ah! qué jóvenes las actuales...
—¡Ay!—gimió la de Dumais a modo de aprobación.
—¿Por qué educar a las jóvenes como se hace ahora?—dijo la abuela con más energía.—En mi tiempo éramos más prácticos y no educábamos a las jóvenes más que para esposas ni les inculcábamos cualidades o talentos más que para el matrimonio... Aquel era mejor tiempo.
—De eso habría mucho que hablar—respondió el cura moviendo la cabeza.—En la dichosa época de que usted habla, los prejuicios eran tales, que los padres no se atrevían a desarrollar en sus hijas una de las más puras pasiones de un gran corazón, el amor a la belleza... Entonces existían muchas mujeres para las cuales la cultura de la inteligencia y la generosidad del alma eran causas incesantes de lucha y de discordia con sus maridos...
—¿Y cree usted que se han acabado esos tiempos?—preguntó la de Aimont en tono de burla.—¿Los señores maridos se han vuelto tan perfectos que pueden apreciar la idealidad en sus mujeres?...
—Eso—dijo el cura confuso,—depende de las mujeres y... de los maridos.
—Sí—añadió la de Brenay,—sin contar que el intelectualismo exagerado de que padecemos no es muy apreciado por esos pobres maridos... ¿Qué se hace con una intelectual?—terminó con una sonrisa llena de malicia.
—Esa es una objeción pueril—respondió el cura.—Nunca el corazón de las mujeres encontrará mejor sostén ni un alimento más poderoso que el estudio de la Naturaleza. ¿Verdad, Magdalena?
—Predica usted a una convertida—dijo la abuela.—Magdalena piensa como usted... Usted es para ella la ley de los profetas... Sin embargo, admitiendo que tenga usted razón, ¿todas esas bellas cosas mejorarán la situación de las solteronas?... Esa es la cuestión.
—Por lo menos les harán soportar una situación que muchas de ellas no han creado ni deseado—respondió el cura,—pues en esta clase de cosas las costumbres pueden mucho... En Inglaterra una mujer no está obligada a tomar un nombre que no es el suyo para ser respetada. Los ingleses llegan hasta a encontrar muy práctica esa multiplicación de las solteronas...
—No me extraña—dijo Francisca,—los ingleses razonan siempre en contra del sentido común.
—No tanto, no tanto—murmuró el cura.—En estos tiempos está cada cual tan absorbido por sus intereses que no tiene tiempo más que para pensar en sí mismo. Ahora bien, las solteronas, que no tienen nada que hacer, están destinadas a pensar en los demás.
—¡Es delicioso!—exclamó Francisca con convicción.
—Es hermoso—dijo la abuela levantándose para despedirse.—Pero, sin embargo, ¿es esa la dicha?...
El cura contempló durante unos segundos la silueta de la abuela plantada delante de él como una verdadera interrogación.
—¿La dicha?—respondió.—La dicha se encuentra allí donde está el deber.
—¡Ay!—exclamó Francisca,—esa es la dicha a precios reducidos.
—Yo hubiera preferido otros deberes—replicó la abuela moviendo la cabeza con melancolía.
—Sí, ya sé... Pero el deber cambia con la época en que se vive.
—Puede ser—respondió la abuela.—La generación actual es eléctrica hasta en el deber... Tiene usted razón, señor cura, yo no soy de este siglo...
El saludo de la abuela se resintió de la tristeza de su última frase y careció, casi, de la tradicional reverencia. Las mías indicaron mi serenidad habitual. Yo estoy siempre contenta cuando se habla de las solteronas.
¡Cuánto voy a tener que escribir esta noche!...
Ya acabé... Qué suerte...
29 de diciembre.
Empiezan a llegar las respuestas... Soy feliz como el pez en el agua. Mi dicha está, sin embargo, un poco empañada por el aspecto frío de la abuela, cada vez más disgustada por las ideas de su nieta; así es que no me atrevo a hablar de este asunto espinoso y mi alegría es silenciosa.
La de Ribert, que es la bondad misma, ha venido con Genoveva para darme lectura de los primeros envíos. Hasta ahora no sirven para ilustrar mucho la situación: egoísmo, filosofía, mal humor y recriminaciones, esto es lo que nos dan las cuatro primeras muestras. La de Ribert asegura que esto es ya un éxito enorme que nos promete para los días siguientes cartas de un interés palpitante. Como yo no pido más que palpitar, espero...
«Bernardo Monastiel a una persona seria. »Apreciable persona seria:
»Soy hombre y soltero.
»Confieso francamente que el matrimonio me tentaba bastante y hasta iba a sacrificar en su altar, cuando el Destino misericordioso me inundó de luz colocando ante mis ojos dos inocentes frases llenas de consecuencias.
»Una de ellas estaba concebida de este modo:
»Serás demasiado feliz si no tienes mujer.
»Ya me sonreía el ser feliz; ¿cómo resistir a serlo demasiado?
»La otra, con su laconismo, acabó lo que la primera había empezado:
»No hay nada tan hermoso ni tan bueno como el celibato.
»Menandro y Horacio son los únicos culpables... Sólo a ellos, señora, debe usted dirigir sus reproches... si los hay.
»Reciba usted, apreciable persona seria, el homenaje de todo mi respeto.
Bernardo Monastiel.»
—Esto es hablar para no decir nada—dije a Genoveva, devolviéndole la carta.
—No—replicó la de Ribert,—es el lenguaje de un amable egoísta... La belleza y la bondad del celibato son la eterna canción de los que rehuyen las cargas de una familia. Se pueden encontrar mejores razones...
—Empiezo la otra—exclamó Genoveva.—No nos detengamos en el egoísmo.
«X. Y. Z. a la señora... »Señora:
»La pregunta que usted hace me hiere en lo vivo y me obliga a confesar una situación deplorable, en la que nos hallamos muchos jóvenes de mi edad, sin atrevernos a quejarnos.
»Nadie desea casarse más que yo. Desgraciadamente, no tengo fortuna. Siendo reducidos mis recursos, me es tan imposible encontrar una mujer rica, como casarme con una pobre.
»Homenajes respetuosos.
»X. Y. Z.»
—¡Pobre mozo!—exclamé.—¿Cree usted que ese motivo es verdadero?
—Vaya si lo creo—respondió la de Ribert;—ese muchacho es absolutamente sincero. Ya conoce usted las pretensiones de las mujeres ricas, que jamás se casan con jóvenes pobres o sin gran porvenir... ¿Cómo casarse con muchachas sin fortuna, cuando la bolsa está mal provista?... Eso sería, como dice el proverbio, casar el hambre con la gana de comer.
—Es muy triste para los jóvenes—dije con compasión.—¿Cómo remediarlo?
—Es difícil—respondió la de Ribert. Hay en esto todo un problema de economía social que hace retroceder a las inteligencias más juiciosas.
—Retrocedamos, entonces, sin vergüenza—dijo Genoveva.—Propongo que las muchachas ricas se conformen con maridos sin fortuna, a fin de restablecer el equilibrio, puesto en peligro por la acumulación de riquezas en las mismas manos...
—¡Miren la socialista!—exclamé riéndome.—Esta Genoveva tiene teorías aventuradas. Si la oyese la abuela...
—¡Bah!—dijo Genoveva con serenidad.—Mi socialismo no hace daño a nadie, y estoy segura de que tu abuela lo aprobaría.
—En teoría, puede ser que sí. Pero en la práctica, puedes estar segura de que no sería lo mismo. Jamás me dejará la abuela casarme con un joven sin fortuna...
—Pasemos al número tres—dijo la de Ribert.—Es una linda muestra de los productos modernos, con una ligera tintura de bellas letras.
«Un perfecto egoísta a la Esfinge del Periódico de las preguntas y respuestas:
»Oh, Esfinge, que se oculta bajo la modesta apelación de «persona seria,» siento que es usted mujer joven y bonita...»
—Cuando se quiere mostrar ingenio—interrumpió la de Ribert,—se engaña uno algunas veces...
«Porque es usted esas tres cosas, respondo a su pregunta.
»No soy más que un vulgar egoísta, que, saturado de bellas letras, dice con Anaxándrides:
»Voy a casarme.—Tanto peor.—¡Cómo tanto peor!—Sí, es abrir tu hogar a todos los males: Si eres pobre y tomas mujer rica, serás esclavo hasta la muerte; si la mujer no tiene nada, serás más desgraciado, porque en lugar de un estómago, tendrás que alimentar dos...»
»Quisiera besar a usted la mano, amable Esfinge, pero no puedo...
Un perfecto egoísta.»
—El matrimonio pobre—dije riéndome,—es el efecto terrible. No había yo reflexionado en la cruel necesidad de alimentar dos estómagos, en lugar de uno...
—¿Dos?...—terminó Genoveva;—di más bien tres... cuatro... cinco... seis...
—¿Por qué no doce... o dieciocho?...
—Como en el Canadá—hizo observar la de Ribert.—Pero en el Canadá produciría vergüenza escribir semejante carta. Allí se considera una familia numerosa como una bendición divina. Mientras que aquí es...
—Una maldición—terminé, un poco pensativa.—Cómo huele esta carta a decadencia... El retoño de una raza fuerte, no escribiría una carta semejante.
—El espíritu caballeresco, Magdalena, está muy enfermo—respondió la de Ribert.—En ninguna de estas cartas se encuentra la más pequeña huella de él.
Cogí las cartas esparcidas en la mesa, y las recorrí con los ojos durante unos segundos.
—En suma—dije a modo de conclusión,—es el yo, siempre el yo lo que domina... Ninguna otra razón... ¿Piensan así todos los hombres, señora?
—Todos no, Magdalena, pero sí muchos. Note usted, hija mía, cómo se desprende de todas estas cartas el cuidado del bienestar personal... ¡Pobres mujeres!...
—Sí—suspiré.—Y pensar que van tan alegremente al matrimonio con individuos de ese género...
—Van muy alegres, es verdad... ¿Pero siguen estándolo?...—murmuró la de Ribert con inconsciente tristeza.
—Dios mío—exclamé para cortar las meditaciones de la de Ribert, que parecían dolorosas;—qué contenta estoy de aprender a conocer a los señores hombres... Nuestra averiguación me va a abrir horizontes enteramente nuevos. Con tal de que todas las cartas no se parezcan a éstas... Quisiera encontrar mi alma hermana.
—¿Y qué harás cuando la hayas descubierto?
—Nada—aseguré con toda convicción.—Lo quiero por amor al arte, y sólo para convencerme de que no soy un objeto descabalado en la gran feria del matrimonio.
—¿Sólo para eso?—repitió la de Ribert mirándome con atención.—¿Está usted segura de su imaginación y de su corazón, Magdalena?...
—No comprendo—exclamé estupefacta.
La de Ribert me besó con efusión por toda respuesta. Decididamente, cada vez comprendo menos...
1.º de enero 1904.
El mes de enero ha hecho su aparición esta mañana. La abuela está desolada.
—Piensa, hija mía—me dijo, cuando fui a cumplimentarla por el año nuevo,—piensa que tendrás 26 años en septiembre próximo... Es horrible.
—¿Por qué?... ¿tendré que matarme para no llegar a esta época nefasta?... Confieso que quiero conservar la cabeza y...
—No digas tonterías, Magdalena, ya me comprendes.... Tener 26 años y no estar casada, es humillante.
—Pues yo no siento semejante humillación.
—Tú no sientes nada, como todo el mundo... Pregunta a Francisca, a Petra y a Paulina, y a tantas otras, lo que pensarían si se encontrasen en una situación tan ridícula.
—¡Bah! se lo preguntaré cuando lo estén, porque llegarán como yo, querida abuela.
—No será por su culpa—respondió la abuela, dando un gran suspiro.—¡Ah! Magdalena, si tú quisieras...
Magdalena se hizo la sorda y ofreció a su abuela un almohadón bordado como recuerdo del día de año nuevo. Recibí, en cambio, un gran cuello de encaje de Venecia, del que tenía yo mucha gana, y que excedía mucho de los recursos de mi modesta pensión. La abuela, que es inflexible en la economía, me asigna 100 pesos al año para vestirme y para mis gastos personales. Con ningún pretexto puedo gastar más. Pero, por fortuna mía, están ahí el día de año nuevo y el de mi santo para corregir los rigores de mi presupuesto. Y la abuela es tan buena con su nieta...
Al salir de misa, las de Ribert me llevaron a su casa, para darme lectura de dos nuevas epístolas. En cuanto estuvimos instaladas en su saloncillo, Genoveva me puso en la mano las cartas en cuestión, y después, quitándome prestamente la corbata, me puso al cuello un delicioso lazo, obra maestra de sus primorosos dedos.
—Es mi aguinaldo—me dijo, abrazándome con todo su corazón.—Te deseo un buen año y... un alma hermana...
Sin recoger la broma, puse en las manos de Genoveva mi recuerdo de año nuevo, que era un velillo de butaca, pintado a mano. Genoveva pareció contenta de mi trabajo, y fui dichosa al ver su placer.
—¿Y las cartas?—dijo la de Ribert.—Pensemos en las cosas serias...
Iba a abrir una cuando se presentó Francisca.
—Estoy haciendo visitas—nos dijo al entrar,—a todas las personas queridas, para desearles un buen año.
Genoveva recibió sonriendo su entusiasta abrazo, cambiaron las dos sus regalitos, y nos pusimos a hablar al lado del claro fuego de los leños monumentales en uso en Aiglemont.
—¿Vamos a leer estas cartas a Francisca?—exclamó de pronto aturdidamente.
—«Las cartas a Francisca»—dijo la de Ribert, frunciendo las cejas,—son la propiedad de uno de nuestros novelistas...
—Sí, señora, pero yo no hablo de Marcel Prevost, sino de las cartas, de las famosas cartas...
—¡Niña charlatana! exclamó la de Ribert, cuyo fruncimiento de cejas comprendí entonces. No quería, evidentemente, que Francisca estuviese al corriente de nuestras averiguaciones, y yo había hablado como una tonta.
Viendo que no había modo de retroceder, la de Ribert explicó a Francisca el estudio que estaba haciendo sobre el celibato, pero se abstuvo de hacerme intervenir en el asunto. Francisca se quedó entusiasmada.
—¡Qué gusto, saber lo que piensan esos bribones de hombres, cuando no las echan de gran corazón!... ¡Cuánto me alegro de que me admita usted a conocer las lucubraciones de esos caballeros!...
—Y con más motivo—dijo la de Ribert,—puesto que encuentro que las dos cartas de que se trata, le convienen a usted bastante...
—¡Qué suerte!—dijo Francisca interesada.—¿Hay, pues, personas que me aprecian?... Esto me hará encontrar una novedad después de mi querida mamá.
—Genoveva, léenos esas cartas—dijo la de Ribert a su hija.—Francisca va en seguida a saber a qué atenerse...
—¡Qué!—exclamó Francisca;—si se trata de una reprimenda, me tapo los oídos; para esa ingrata tarea, basta con mi madre...
Pero era curiosa, y abrió las orejas cuanto pudo, a fin de no perder sílaba de una lectura tan poco común.
—Qué asombrados se quedarían los aiglemonteses si tuvieran noticias de una correspondencia escandalosa como ésta...—dijo, todavía, antes de callarse definitivamente.
—Se trata de un secreto entre nosotras—hizo observar la de Ribert,—y cuento con la discreción de usted, Francisca.
—A fe de hombre honrado—respondió la aludida,—lo prometo.
—Y la incorregible niña mimada se repantigó cómodamente en un sillón para escuchar mejor. Francisca asegura que su moral no está a gusto más que cuando su físico no sufre ninguna molestia.
«Pedro Marcelier, Registrador de la Propiedad en Santa Rosa, a una persona desconocida. »Caballero o señora:
»Empiezo por presentarme.
»Soy soltero, partidario del matrimonio, veintisiete años, 560 pesos de sueldo y una posición honrosa cuando me jubile; familia considerada y apreciables probabilidades de fortuna por herencia.
»En lo físico, se me encuentra, generalmente, bien, sobre todo mis tías, que son tan indulgentes.
»En lo moral, no me conozco ninguna deformidad, pero esta vez, soy yo el indulgente... signo característico de mi buen temperamento: busco una mujer, y no un dote...»
—Eso es lo que me hace falta—exclamó Francisca.—Buen muchacho...
—Silencio—dijo Genoveva.—Continúo...
«El sutil talento de usted, señora o caballero, percibirá en seguida la diferencia enorme, inconmensurable, que me separa de los demás solteros, y su corazón preverá un éxito fácil.
»Error grave, señora. (Creo decididamente que es usted mujer.)
»Hago a usted juez de la situación.
»Hará unos tres meses, una de esas excelentes tías de que he tenido el honor de hablar, me hizo insinuaciones a propósito de un proyecto de matrimonio.
»—Desgraciadamente—me dijo,—la muchacha no tiene otro dote más que sus veinte primaveras, sus bellos ojos y sus muchas habilidades...
»—Es mucho, tía.
»—¿Cómo mucho?
»—Sí, soy joven, me gusta el trabajo, y en vez de un matrimonio rico, me contentaré con un matrimonio feliz.
»—Bravo muchacho—respondió mi tía, dándome un abrazo.»
—¡Diablo!—exclamó Francisca,—yo haría otro tanto... Ese Pedro es un corazón de oro...
«Mi tía corrió a casa de su amiga, madre de la joven, e hizo triunfalmente su proposición: pero, en lugar del éxito esperado, la respuesta fue rotundamente negativa. Le dijeron que era yo muy joven y no bastante rico. Aquella muchacha de tantas perfecciones, no quería casarse más que con un caballero llegado a la fortuna y... a la edad de los ataques reumáticos. Evidentemente, no era yo su ideal.
»Mi tía se quedó consternada.
»Para consolarme de aquel fracaso, quiso probarme que no todas las jóvenes pensaban del mismo modo, y yo la creí de buen grado.
»Pocos días después me anunció el descubrimiento de la mujer soñada, que era una linda joven, también sin fortuna, hija de una prima de la amiga de una amiga suya. Yo dejé correr las cosas.
»Con 560 pesos y los 240 de renta que me producirían los 8.000 que mis padres me constituyen como dote, lo que me da 800 pesos, no tengo la pretensión de hacer una vida brillante, pero puedo bien dar a mi hogar un aspecto honroso si mi mujer posee las cualidades serias que convienen a una joven sin fortuna. Ahora bien: he aquí cómo trataban de establecer nuestro presupuesto la señora X... y su hija:
»—¿Qué pensión piensa usted señalar a mi hija para vestirse?—me preguntó mi futura suegra.
»—La que ella quiera—respondí galantemente.
»—Muy bien—continuó la señora X,—Susana no es exigente. Ya sabe usted que se hace ella misma casi todos los trajes, y que no manda hacer más que los de ceremonia. Una pensión pequeña, bastará. ¿Qué diría usted de 80 pesos?
»—Concedido—respondí, dando gracias a la Providencia por haberme dado una suegra tan razonable.
»¡Ay! la hora del desengaño llegó rápidamente.
»Ante mis ojos espantados desfilaron cifras amenazadoras:
»200 pesos para los gastos de una criada. Susana había sido demasiado bien educada, para hacer ella misma los quehaceres de la casa.
»40 pesos para las comidas que tendríamos que devolver. A Susana le gustaba la sociedad.
»20 pesos para accesorios de pintura, bordado, música, etc. Susana tenía tantas habilidades...
»80 pesos para veranear. A Susana le gustaban los viajes.
»20 pesos para las buenas obras. Susana daba su óbolo a todo el que se lo pedía.
»En una palabra, llegamos rápidamente a un total de 440 pesos, y mis recursos se elevan a 800.
»—¿Ha calculado usted, señora—dije con algún embarazo,—que hemos gastado ya 440 pesos, y que no quedan más que 360 para la casa, la comida, mis gastos personales, calefacción, alumbrado, lavandera, seguro, médico, boticario, etcétera, etc.? Y si nuestra casa se poblase, si hubiera una cuna... o varias...
»—¡Dios mío! es verdad—exclamó mi futura suegra.—¿Qué hacemos?
»¿Qué hacemos?...
»Yo encontré la respuesta en seguida; no me casé, y no trataré de hacerlo, mientras la categoría de las muchachas casaderas no se transforme.
»Puesto que desea usted conocer los motivos que alejan a los jóvenes del matrimonio, puede poner entre los más frecuentes, el que me atrevo a exponerle. La educación superficial y brillante de que sufren las jóvenes sin fortuna, y pertenecientes a cierta sociedad, es ciertamente una causa de celibato forzoso para ellas.
»Si con 800 pesos no puedo yo nivelar un presupuesto, qué dirán los que están reducidos a vivir con 400 ó 600 pesos...
»Mientras las muchachas pobres sean la reproducción exacta, en cualidades, defectos y gustos, de las ricas, que no se extrañen de que éstas sean preferidas.
»Someto mi caso y mis reflexiones a su alto juicio, y ruego a usted que se sirva aceptar mis homenajes.
»Pedro Marcelier.»
—¿Qué decís de esto, hijas mías?—preguntó la de Ribert.
—Es muy interesante—respondí pensativa. Iba a añadir:—«Y muy verdad,»—pero me contuvo el pensar que aquella carta aludía directamente a Francisca. No se podía hacer más claramente el proceso de su caso particular, y el de las jóvenes educadas como ella. Genoveva se abstuvo de hacer ninguna observación, por el mismo motivo. Francisca observó el embarazo general, y con su vivacidad de siempre, se apresuró a quitar al asunto todo carácter personal.
—¡Vaya un cargante!—exclamó.—Qué manía de hacer sumas y restas... Solamente en el registro se puede tener un gusto tan pronunciado por el cálculo y sus complicaciones...
—Siempre es útil saber contar—dijo dulcemente Genoveva.
—Sí, lo concedo—respondió Francisca en tono de condescendencia.—Pero ese señor, en vez de volver la espalda en seguida, pudo decir claramente lo que pensaba a la madre de la joven. Pudieron entenderse, economizar, borrar uno de los gastos...
—¿Cuál hubiera usted borrado, Francisca?—preguntó la de Ribert con una sonrisa ligeramente burlona.
—¿Yo?... Ni uno, señora,—respondió Francisca muy convencida.—Todo eso es estrictamente necesario...
—Sí—dijo la de Ribert,—un gasto a que se está acostumbrado, se convierte, en efecto, en una necesidad. El período que precede al matrimonio es generalmente una amable suspensión de todas las facultades prácticas, y se tira el dinero por las ventanas... Es, con frecuencia, una fiebre de las más malignas, de la que las jóvenes se resisten durante algún tiempo... Y se acostumbra uno pronto a no calcular...
—¡Qué exageración!—exclamó Francisca.
—No, no exagero. Después de los esplendores de unos esponsales dichosos, vienen los faustos de la boda, completados por los gastos del viaje obligatorio... Los jóvenes que poseen pocos bienes, hacen las cosas tan regiamente como aquellos cuya fortuna está sólidamente establecida... Hace falta voluntad y energía para resistir a la corriente de los placeres y arreglar los gastos de tal modo, que se salve el equilibrio del presupuesto, conservando las apariencias de una vida acomodada... ¿Cree usted que las jóvenes modernas ven bien ese grave aspecto del matrimonio?...
—La verdad es que no lo sé—dijo Francisca.—Por mi parte prefiero confesar en seguida que no entiendo nada de todo eso.
—Ya ve usted—respondió sencillamente la de Ribert,—que el señor Marcelier tenía razón.
—¿Y la otra carta?—preguntó Francisca, queriendo cambiar de conversación.
Genoveva puso en la mesa la carta que acababa de leer, y cogió la reclamada por Francisca.
—Te prevengo—dijo riendo,—que esta carta no te va a gustar mucho más. Escucha.
«Juan Dormal al abonado X. Y. Z.
»Nadie era más partidario que yo del matrimonio. Soñaba yo con amor y con agua fresca, cuando las muchachas se encargaron de administrarme dicha agua fresca en forma de duchas desilusionantes.
»Tres intentos de matrimonio a cual más desgraciado, me han desanimado para mucho tiempo, y he abandonado la idea de casarme.
»Permítame usted que le cuente estos ensayos lo más sucintamente posible, a fin de contribuir así modestamente a sus interesantes estudios.
»Hace unos seis meses, mi madre me presentó en una casa donde debía encontrar una señorita llena de cualidades y limpia de todo defecto. Encontré, en efecto, una encantadora joven, de una elegancia perfecta, amable, graciosa, alegre, y, en una palabra, enteramente seductora. Antes de inflamarme por esta maravilla, el último resplandor de buen sentido, me hizo averiguar los gustos de la que mi madre llamaba ya en el fondo de su corazón «mi deliciosa hija.»
»No soy un lobo, ni tengo nada de salvaje, pero tampoco tengo los gustos de un mundano decidido. Confieso que mi ideal sería un hogar apacible y dichoso, y que encontraría muy desagradable que mi mujer estuviese siempre rodeada de una multitud de adoradores.
»Ahora, bien, en pocas horas supe que Gilberta M... era una coqueta empedernida, muy experta en audaces amoríos... Se citaba el número de sus adoradores, casi igual al de sus trajes... Se me dijo que aquella joven tan perfecta, era tan desagradable en el interior de su casa, como encantadora fuera... Supe que era incapaz de coger una aguja, pero que, en cambio, sobresalía en el piano, en el tennis y en el croquet, que nadie montaba en bicicleta como ella y que no tenía rival en la gabota...
»Como sujeto de amoríos encontré a Gilberta ideal, pero como esposa... diablo, aquello dejaba que desear. Abandoné, pues, el proyecto de mi madre, y declaré francamente que no me casaría más que con una joven seriamente educada... Se casa uno para estar tranquilo, después de todo.
»Mi segundo ensayo fue lamentable, en otro concepto. Di con una joven profundamente seria, pero una verdadera mujer mecánica. Sofía D... se había impuesto cinco horas diarias de estudio de piano, dos de pintura, una de canto y dos de paseo higiénico: total, diez horas de ocupaciones sagradas que nada ni nadie tenía derecho a distraer... Condiciones sine qua non del matrimonio; había que tomarla así o dejarla... Yo la dejé con mucho gusto... ¡Cinco horas de piano!... ¡Cabeza hacía falta!...
»—Búscame—dije a mi madre,—una buena camarada, ni muy mundana ni muy seria; una joven de buena familia, sin demasiadas habilidades... Una hija de la Naturaleza...
»Esta perla estaba esta vez en un castillo de la Edad Media, muy pintoresco, a fe mía... Fui a él en la estación de la caza, y sufrí desengaño tras desengaño...
»Micaela S..., buena muchacha, fraternal como un diablo, camarada con exceso; tenía una conversación que indicaba demasiado que era, realmente, una hija de la Naturaleza...
»No podía decir tres palabras sin añadir una patochada y soltar una desvergüenza digna de un carretero. No pude hacerme a aquella fantástica educación, y llegué al colmo del asombro cuando le oí llamar a su padre: «Mi viejo Teófilo» y a su madre: «La buena Isabel.» Cerré la maleta, y volví a tomar el tren.
»He aquí el relato muy abreviado de mis tentativas matrimoniales, la más desagradable de las cuales, fue la de la camarada.
»Una camarada es la mujer a quien se prohíbe tener ese encanto femenino que nos cautiva; es la loca que firma riendo un contrato de igualdad, que es para ella un engaño... La camarada es la mujer que renuncia a las consideraciones que da la ternura, a los miramientos que da el respeto y a los matices que da el amor... La camarada es la mujer ante la cual se puede hacer todo, es la mujer con la que nadie debe casarse...
»Rogando a usted que me dispense tan larga misiva, suplícole que acepte la expresión de mis respetos.
»Juan Dormal, »Capitán de Artillería.»
Cuando Genoveva terminó la lectura, nos quedamos todas en silencio. Francisca mordisqueaba la punta del pañuelo y columpiaba un pie puesto sobre el otro. Yo me reía en mis adentros de su evidente disgusto. Ella, que tiene por principio que la camarada es la mujer del porvenir, no podía evidentemente conformarse con este nuevo concepto de la camarada, y esto le hacía perder su buen humor acostumbrado.
—Este señor razona muy bien... ¿Qué os parece?—preguntó la de Ribert, echando una mirada a Francisca.
—Ese señor es un imbécil—dijo levantándose bruscamente.
—No te enfades, Francisca—exclamé, echándome a reír...—No te he oído nunca decir las palabrotas de que habla el señor Dormal... No se trata de ti.
—Sí, sí, sabes bien que todas esas frases sobre la camarada me dan en pleno estómago. ¡Ah! el muy idiota...
—¿Tu estómago?...
—No, ese capitán del diablo.
—Vamos, Francisca, tranquilícese usted—dijo la de Ribert.—Si hubiera previsto que estas cartas iban a contrariar a usted tanto, no se las hubiera leído.
—No lo sienta usted, señora—respondió Francisca con una vivacidad enteramente elástica,—soy yo quien lo ha pedido... Pero ese señor ridículo que afirma que no se casa nadie con la mujer camarada, se engaña... Yo me casaré—añadió con una expresión repentinamente endurecida,—diga lo que quiera ese señor y sus admiradores...
Estas fueron las últimas palabras de la fantástica Francisca, que dijo que nos dejaba porque tenía que terminar sus visitas de primero de año. En cuanto se marchó, me levanté para despedirme de aquellas señoras, pero la de Ribert me detuvo.
—Esta Francisca es alarmante, muy alarmante... Su gana de casarse le turba el entendimiento—dijo moviendo la cabeza con expresión meditabunda.
—¡Bah!—respondió Genoveva siempre indulgente.—Es esa una crisis por la que pasan muchas jóvenes... Ya pasará; te lo aseguro.
—Pero es una crisis peligrosa—observó la de Ribert;—su corazón y su cabeza se atrofian visiblemente... No se fíe usted, Magdalena... No debía usted decírselo todo a Francisca como lo hace.
—Siento en el alma haber iniciado a Francisca en nuestras averiguaciones, puesto que esto contraría a usted—respondí un poco confusa.—Me he arrepentido en seguida de mi indiscreción, y...
—Sí, hubiera preferido no ponerla al corriente de lo que hacemos—murmuró la de Ribert un poco ensombrecida.—Pero a lo hecho, pecho—añadió con su sonrisa habitual.—Esa Francisca desea demasiado casarse y ese deseo es chocante en una señorita...
—¡Bah! váyase por las que no lo desean bastante—dijo Genoveva.—Hay en esto un buen sistema de compensaciones...
La de Ribert no respondió, pero su cara expresaba una penosa ansiedad.
—Magdalena—dijo dirigiéndose a mí,—disminuya usted un poco sus relaciones con Francisca... Casi me dan ganas de hablar de esto con la señora de Sermet...
Genoveva y yo le suplicamos que no lo hiciese. Francisca es buena en el fondo, muy amable y muy divertida. No comprendo que se sea tan severa con ella. La de Ribert es un poco dura...
Por la tarde han venido a vernos todas nuestras amigas, con gran satisfacción de Celestina, orgullosa de ver tanta gente.
—Hay aquí más visitas que en casa del alcalde—decía.
Francisca ha estado a punto de tener otro pique con la Bonnetable, a la que se obstina en contrariar en todo; pero la abuela lo ha evitado dos veces, cortando la palabra a la incorregible niña mimada. La Roubinet, como de costumbre, ha dicho lindas frases sobre el primero de enero, y cuando deseó amablemente un marido a las solteras presentes, la virtuosa Melanval no dejó de exclamar:
—Con el permiso de Dios, por supuesto...
A lo que Francisca, nerviosa, por su comienzo de escaramuza con la Bonnetable, respondió por lo bajo:
—O del diablo, me importa poco...
La Bonnetable, al oírlo, dio tal salto, que su silla produjo un horrible gemido y dio ocasión a la abuela para variar de conversación hablando de la poca solidez de los muebles modernos.
Mientras tanto, Petra y Paulina hablaron mucho de la próxima fiesta del general. Parece que el regimiento se ha aumentado con un nuevo capitán, el Barón de Erinois, viudo y padre de cinco hijos, pero poseedor de 12.000 pesos de renta. La de Brenay está tratando de pescar en sus redes a este incomparable capitalista, mientras la ingeniosa madre de Paulina ha descubierto en Martimprey, el pueblo de al lado, un joven industrial cuya posición es tan tentadora, que la de Aimont ha inaugurado su plan de campaña haciendo la corte al cura del pueblo, que tiene una gran influencia con el joven en cuestión...
Dios las bendiga... Como en el día de año nuevo se cambian los votos más estrafalarios, nada se opone a que desee a estas señoras un pronto éxito.
8 de enero.
Estaba hace ocho días deleitándome en el análisis de las cartas recibidas y encontrando que los hombres tienen a veces buenas razones para no casarse, cuando esta mañana recibí con gran satisfacción esta esquela de Genoveva:
«Querida amiga:
»El alma hermana no es un mito, pues ha dado señales de vida. Adjuntas esas señales, con muchos besos de tu
»Genoveva.»
Abro la carta y descubro con encanto el milagroso hallazgo... El alma hermana está en mis manos, al menos por la expresión de sus pensamientos... ¡Qué dichosa soy!...
«Señora:
«Agradezco infinito al periódico que me procure el honor de escribir a usted sobre un asunto que tanto me interesa.
»Soy soltero y estaría bastante resuelto a casarme, si tuviese la suerte de encontrar una mujer que me gustase a mí y no a la servicial persona que quiera mediar para probarme que tal joven me conviene muchísimo. Tengo horror a los intermediarios en esta especie de cosas y votaría con gran placer una ley que castigase a las personas cuya especialidad consiste en hacer la felicidad de los demás.
»A mi edad—30 años el mes próximo,—se sabe bien lo que se quiere y lo que no se quiere. Puedo juzgar por mí mismo, y como mi fortuna me permite no mirar a la de la mujer con quien me case, no me molesta ningún prejuicio...»