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Las Solteronas

SOLTERONAS (continued 2)

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Pero las dificultades de la vida se acentuaban para las jóvenes casaderas y para los conventos que las servían de refugio. El número de monjas obligadas crecía hasta tal punto, que ciertas casas faltas de recursos tuvieron que recurrir a la bondad real para obtener algunas larguezas. Luis XIV permitió a algunas comunidades aceptar dotes a condición de que se dedicasen a la instrucción profesional de las hijas del pueblo. Pero con esta ocasión se renovaron los antiguos edictos para los conventos ricos con agravación de las penas para los infractores. El Parlamento de París castigó a las religiosas de la Virginidad por haber medido una vocación «más al peso del metal que al del santuario.»

La sociedad meticulosa de la época prefería la desgracia de sus hijas en un claustro, a su dicha relativa en el mundo, en el que no se admitía el celibato. Las conveniencias lo mismo que el espíritu religioso de la época se oponían a este último partido.

Los predicadores tronaban en el púlpito contra el entristecedor espectáculo del celibato involuntario, y uno de ellos llegó a decir que las hijas solteras que se quedan en el mundo son en él objeto de escándalo y un obstáculo a las buenas costumbres.

¿Cómo, después de esto, atreverse a permanecer solterona? Era necesario tomar el camino del claustro, donde nadie pensaba en averiguar el grado de vocación que llevaba a tantas pobres almas.

Los moralistas hablaban también en favor del matrimonio, demostrando, como Montesquieu, que «cuanto más se disminuye el número de los matrimonios que pudieran hacerse, más se corrompe a los que están ya hechos: cuantas menos personas casadas hay, menos fidelidad existe en los matrimonios, como cuando hay más ladrones existen más robos.»

Y como la causa del matrimonio no avanzaba un paso, se decidió dejar resueltamente a un lado a las jóvenes feas y pobres para dar, al menos, a las que no lo eran un puesto más ancho en el mundo. Un sabio casuista, el padre Bonacina, jesuita, declaraba «exenta de pecado a la madre que desee la muerte de sus hijas sino puede casarlas a su gusto a causa de su fealdad o de su pobreza.»

Con el convento para las unas, el matrimonio para las otras y la muerte para las que no entraban en ninguno de los dos estados, pudiérase creer que en adelante no habría ya esas desgraciadas jóvenes cuya vista producía en la conciencia pública el efecto de un remordimiento. Pero la especie no quiso desaparecer. Al fin del siglo XVIII, el moralista Sebastián Mercier declara que «en todas las casas burguesas de París se encuentran cuatro jóvenes casaderas por una casada.»

Dejé la pluma, pensativa, reflexionando que en provincias, a la hora actual, el matrimonio está por lo menos tan abandonado como en tiempo de Sebastián Mercier, cuando la abuela me arrancó bruscamente de mis demasiado sabias meditaciones.

—Un poco de memoria, Magdalena. Olvida que tenemos que ir esta tarde a ver a la señora de Brenay.

—Es verdad—exclamé,—no me acordaba...

—Las solteronas te hacen perder la cabeza, pobre hija mía... Vamos, despáchate. Voy a ponerme el sombrero y te espero en el salón.

En diez minutos hice el milagro de estar compuesta y acicalada. La abuela, satisfecha, se dignó sonreírme con una benevolencia en la que entraba un poco de inocente admiración.

Pasar de repente de la calma absoluta a una intensa tempestad, es siempre desagradable, y esto fue lo que nos sucedió a la abuela y a mí. Dejamos la apacible tranquilidad de nuestro home y nos encontramos en pleno huracán en casa de los Brenay.

El señor de Brenay, que no parece más que raras veces por su salón, estaba paseándose con agitación febril que sacudía con bruscos movimientos sus bigotes largos y retorcidos. La de Brenay, desplomada en una butaca, parecía aniquilada y olvidaba por completo el cuidado de conservar sus maneras aristocráticas. Petra, muy encarnada y como vergonzosa, estaba mordiendo rabiosamente el pañuelo. Era indudable que caíamos en plena escena de familia. La abuela y yo cambiamos rápidamente una mirada de estupor, pero era imposible retroceder.

El salón de los Brenay, siempre tan animado, tan alegre, tan en armonía con los gustos de los dueños de la casa, me pareció ensombrecido por negras nubes cuando tomé posesión de una silla al lado de Petra. El señor de Brenay, hombre muy corrido, creyó que debía, en cuanto se cambiaron los primeros cumplimientos, ponernos al corriente de lo que motivaba semejante perturbación en su interior.

—Esta democracia...—dijo con un desdén exasperado,—esta democracia es audaz en extremo... ¿Creerá usted, señora, que un teniente de infantería... sin apellido... casi sin fortuna... mil doscientos pesos de renta—¿qué es eso?—se atreve a levantar los ojos hasta mi hija?

—Audaz es en efecto—dijo la abuela en tono de broma.—Un gusano de la tierra enamorado de una estrella...

—Precisamente—exclamó Brenay con acento de aprobación.—El teniente Cotorrac...

—¿Es posible—dijo la señora de Brenay confundida,—que con semejante nombre se atreva a pensar en mi hija?...

—¡Ah!—gimió Petra,—estoy avergonzada... Qué apellido para anunciar en un salón... La señora de Cotorrac...

La desesperación de Petra era tan franca, que reprimí valerosamente toda hilaridad. Y tuve mérito, porque la escena era divertida.

—¡Cállate, hija mía, cállate!... Ese ganapán, ese perdido merecería seis meses de castillo por haberse permitido pensar en ti... ¡Si volviera el antiguo régimen!

—Si se nos permitiese solamente hacer que nuestros criados dieran una buena paliza a esos insolentes...—acentuó la señora de Brenay,—no pasarían estas cosas.

—Dios mío—se atrevió a decir la abuela, bastante divertida en el fondo por aquella tragicomedia.—¿Creen ustedes que el crimen no tiene excusa?... Petra es tan linda y tan seductora...

—Mi hija no debe ser linda ni seductora para quien no es de su clase—gruñó el padre.

—Un pobre diablo puede tener ojos—añadió la abuela,—y hasta corazón... Y si ese pobre diablo es un oficial y tiene mil doscientos pesos de renta... la cosa cambia de punto de vista.

—No cambia nada—exclamó Brenay.—¿Es bien nacido?... No... ¿Tiene fortuna?... No... ¡Ah! el lado vergonzoso del negocio es que ese mozo afirma que está loco por mi hija...

—Papá, por Dios, no repitas semejante cosa...

—¿Y qué?—preguntó la abuela.

—Que es un amor inadmisible—respondió Brenay con su voz más mordaz,—que estoy seguro de que hace estremecerse de horror en sus tumbas a todos los Brenay pasados...

—Sin contar los Mauval a que yo pertenezco,—apoyó la de Brenay.

La abuela se esforzó en vano por establecer que la respetabilidad personal, las cualidades del joven, su sinceridad y su lealtad evidente eran dignas de otra acogida. Ni el señor de Brenay ni su mujer quisieron conceder nada, y Petra, herida en su amor propio, no consintió tampoco en deponer su cólera.

Después de un cuarto de hora de una conversación difícil, cuyo asunto era imposible de cambiar, tan violenta era la exasperación reciente, la abuela se levantó con gran satisfacción mía. Yo, que me complazco mucho habitualmente con la compañía de Petra, fui feliz al dejarla. Tales prejuicios de casta, o de pandilla, como diría Francisca, son tan extraordinarios que me producen el efecto de un gran anacronismo.

—¡Bah!—dije a la abuela, que estaba un poco sublevada con lo que acababa de oír;—supongamos que vivimos en el siglo XVIII en lugar de encontrarnos en el XX, y todo será natural...

—Las enseñanzas de la historia son letra muerta para muchos—murmuró la abuela...—Es curioso—añadió,—el ver cuántas personas inteligentes hay entre nosotros a quienes la historia no ha enseñado nada.

—¡Aprender!... Esa es toda la filosofía de la vida, abuela querida... Pides demasiado.

La abuela, sorprendida, me miró atentamente.

—Acaso tengas razón—añadió cuando se dio cuenta de que era yo quien había hablado.—En todo caso, la pobre Petra está en la dolorosa vía del celibato.

—¡Dolorosa!... no, abuela, muy feliz.

Y para ahorrarme un sermón de la abuela, desaparecí prontamente de su horizonte. Abríase ante mí la puerta de mi casa y me metí en ella más que de prisa.

22 de octubre.

Mis investigaciones van tomando cuerpo... Las solteronas se enredan en una madeja inesperada. Estaba yo gimiendo en mi interior por las dificultades de mi tarea, cuando la Providencia, bajo las facciones del padre Tomás, vino a llamar a la puerta de la abuela. El buen cura deseaba averiguar el estado de nuestras cabezas y el de nuestros corazones.

Apenas entró en el salón, iluminado por un lindo rayo de sol, que aureolaban los primeros fuegos del hogar en un dulce resplandor, cuando llegaron también la de Ribert y Genoveva para informarse del resultado de mis lecturas.

La abuela no reanuda sus días de recibir hasta noviembre, pero acoge con gusto a las personas de nuestra intimidad que se presentan. No cierra su puerta desde julio hasta Todos los Santos más que a los indiferentes que, con pretexto de interés, van a casa ajena a informarse del matiz de las ideas y del aspecto de las caras para inventar historias sorprendentes e inverosímiles.

Me puse tan alegre por aquella doble visita que de buena gana hubiera saltado al cuello del cura y al de la señora de Ribert para manifestarles mi satisfacción. Me indemnicé de la imposibilidad absoluta de hacerlo precipitándome a las mejillas de Genoveva que recibieron cada una dos sonoros besos.

La de Ribert es el vivo retrato de su hija o más bien, ésta es la reproducción exacta de lo que ha debido de ser su madre. El cabello gris de la de Ribert, parece ser el sucesor designado de la opulenta cabellera de Genoveva. Sólo ha cambiado el talle, engruesado por la edad, y, sobre todo, ha venido la enfermedad triste e implacable que la mitad del tiempo clava a Genoveva en la cabecera de su madre, sin que la una ni la otra pierdan por eso una sola de sus sonrisas ni un átomo de su apacible amabilidad.

El padre Tomás, conocido y apreciado por el pueblo entero, lo que no es frecuente en Aiglemont, es también íntimo de los Ribert. El cura sacó en seguida la conversación de las solteronas, ayudado por la de Ribert, apasionada por todo lo que se refiere a la evolución femenina. Es, al contrario que la abuela, enemiga del matrimonio y se dice por lo bajo que su marido, muerto hace muchos años, no la hizo precisamente feliz.

—Y bien, ¿cómo van esos estudios?—dijo el cura con una risa sonora que hizo estremecerse hasta las tenazas de la chimenea.

—Están suspendidos, señor cura.

—¿Por qué?

—Porque no encuentro el lazo que debe unir a la solterona involuntaria de otro tiempo con la de hoy. He llegado casi al fin del siglo XVIII y me falta una Princesa Isabel...

—¡Dios mío!—gimió la abuela,—no se concibe semejante obstinación.

—Sí, señora, ciertamente—respondió el cura con bondad.

Y añadió dirigiéndose a mí:

—Si necesita usted absolutamente una princesa, me parece que la Corte de Luis XVI le ofrece una solterona distinguida...

—¡Qué aturdida soy!—dije con convicción.—Es verdad, olvidaba a madama Isabel, la hermana de Luis XVI...

—Sí, madama Isabel, sin hablar de otras ilustres solteronas. En cuanto al lazo que usted reclama entre las solteronas involuntarias y las voluntarias, existe muy claro. ¿Qué hace usted de la Revolución y del Código de Napoleón?...

—Nada absolutamente, señor cura—dejé escapar a pesar mío.—Esas dos cosas no me dicen nada que valga.

—Pues es un error—respondió el cura.—La Revolución y el Código de Napoleón, por el establecimiento de principios nuevos y por la abolición del derecho de primogenitura, han dado a las jóvenes de las clases acomodadas una independencia real para permitirles vivir como les acomoda. De aquí se deduce...

—¿Entonces, señor cura—preguntó la de Ribert muy interesada,—usted cree que la Revolución y el Código entran por mucho en este temor del matrimonio que manifiestan tantas jóvenes modernas...

—Evidentemente... ¿No se nota ese temor precisamente en la burguesía?...

—Sí, es cierto. Sin embargo...

—No hay sin embargo—afirmó el cura con autoridad.—Desde el momento en que se suprimió el derecho de primogenitura y la mujer mayor, no casada, fue admitida a gozar de sus bienes, se ha desarrollado, por la fuerza de las cosas, el gusto por el celibato voluntario. Abra usted el Código...

—No, no—dijimos en coro,—la cosa no es distraída.

—Pues bien, no le abran. Pero si le abrieran, verían que la mujer soltera es más generosamente tratada que la que se encuentra bajo la potencia del marido. La primera goza de todos sus derechos en cuanto es mayor de edad; la segunda es una eterna menor.

—Pero dije cautivada por la demostración;—entonces usted cree...

—Sin duda, sin duda—replicó el cura.—Es claro que al convertirse la soltera en protegida del Código, el celibato, hasta entonces objeto de aversión, adquiere rápidamente, bajo el imperio de nuevas costumbres, toda la apariencia de una posición escogida.

—Si lo que usted dice es exacto—repuso la abuela olvidando su antipatía por este asunto,—habría que buscar en esa transformación de las leyes el comienzo de otras muchas evoluciones.

—Así lo creo, señora—respondió el cura.—La evolución femenina de que habla todo el mundo, me parece que no tiene otra causa primera. Los cambios de hechos acarrean siempre cambios de ideas, cuando no es el cambio de éstas lo que produce el de los primeros.

—Es curioso, muy curioso—exclamó la de Ribert.—Sin embargo—objetó,—no comprendo bien la importancia extraordinaria que da usted al Código de Napoleón desde el punto de vista femenino.

—Va usted a comprenderlo—respondió el cura, muy contento por la atención de su auditorio.—Por primera vez en la historia de los siglos, la mujer de las clases acomodadas es llamada de soltera a la libre posesión de sus bienes de familia. ¿Cómo quiere usted que tal evolución no traiga consigo otra?

—Es verdad—dijo Genoveva,—todo se enlaza.

—Usted me comprende, señorita Genoveva—dijo el cura con una mirada de aprobación.—La mujer que posee, es naturalmente una mujer que obra y llega a ser por la fuerza de las cosas una personalidad con la que hay que contar.

—¡Qué lejos estamos—exclamé,—de las leyes de Manou, del Génesis y del Corán!... Unas y otras declaraban con una notable unanimidad que la mujer sin marido no era nada y no podía nada...

—Sí—aprobó el cura,—todo está muy cambiado. Las mujeres, que no eran nada en otro tiempo, están a punto de serlo todo, gracias a las solteronas—añadió con malicia.

—¡Todo!—exclamó la abuela.—Las solteronas son entonces, según usted, abominables feministas....

—No, no—respondió el cura divertido por la alarma de la abuela.—Usted exagera... Afirmo sencillamente que la posesión legal de los bienes fomenta en la soltera el desarrollo de su personalidad. Y hay que confesarlo, no se puede creer que el desarrollo de la personalidad en la mujer sea un excelente factor de matrimonio.

—Es verdad—aprobó la de Ribert.—La independencia de bienes provoca la de la voluntad y la de la mente. No querría deducir que la independencia del corazón sigue el mismo movimiento, pues eso traería serias consecuencias. Pero hay una evidente propensión a un individualismo que, como usted dice, está muy lejos del matrimonio.

La abuela no pudo contener una exclamación de horror.

—Sí—dijo el cura pensativo sin ocuparse ya de los suspiros de la abuela,—el individualismo es ahora una especie de contagio. Es la idea fija de muchas jóvenes... ¿Es un bien o un mal?... El porvenir lo dirá. Por el momento, se hace un pedestal a la mujer moderna sin pensar que, acaso, el individualismo llegará a ser sinónimo de egoísmo...

—No, señor cura—respondió Genoveva con energía.—Se puede tener una personalidad bien caracterizada sin caer en el horrible defecto que usted señala.

—He dicho «acaso» y no «ciertamente...» Hay en esto un escollo, un gran escollo. Muchas jóvenes—añadió con tristeza más acentuada, mirándome con fijeza;—muchas jóvenes de las mejores y de las más inteligentes, no sienten ya la necesidad de apoyarse en el brazo de un marido...

—Y bien—dijo alegremente la de Ribert mientras la abuela volvía a suspirar,—tanto mejor... Puesto que se dice que ya no es posible casar a las hijas, dichosas la que no tienen la vocación del matrimonio.

—Sí, lo concedo—dijo el cura.—¿Pero por qué ese estado de alma reina precisamente entre las jóvenes que se casarían más fácilmente? Sí, es bueno en general que las jóvenes no coloquen en el matrimonio su única probabilidad de dicha...

—¡Pobre probabilidad!—interrumpió la de Ribert.

—...Es preciso, sin embargo, no complicar la situación haciendo que se implante demasiado ese miedo del matrimonio.

—Eso es lo que me canso de decir—exclamó la abuela.—Es malo, es espantoso...—acabó en el último grado de la indignación.—¡Ah! señor cura, señor cura... ¿Qué ha hecho usted de Magdalena?

—Caín, ¿qué has hecho de tu hermano?—parodió dulcemente el sacerdote.—Pero señora,—continuó con más vivacidad,—no he hecho nada malo de Magdalena, que yo sepa. Es verdaderamente buena,—añadió con la satisfacción del que se complace en su obra moral, mientras sus buenos ojos se fijaban en mí con una indulgencia enteramente paternal.

—Sí, lo concedo, no es mala—dijo la abuela halagada en su amor maternal.—Pero esa personalidad... ese modo de bastarse a sí misma...

—Ya sé, ya sé—replicó el cura confuso.—Verdaderamente, no había previsto ese peligro.

—¡Un peligro!—exclamó la de Ribert, contenta al ver al cura habérselas con la abuela.—¿Dónde ve usted ese peligro?

—Un peligro desde el punto de vista del matrimonio, se entiende—explicó el sacerdote.—Involuntariamente, al armar a las muchachas para el famoso struggle for life, las armamos contra el matrimonio. En el día en que sienten verdaderamente que son alguien, saben por esto mismo razonar. Ahora bien, el razonamiento mata la ilusión; la ilusión perdida da el golpe de muerte a la confianza; y aniquilada la confianza, ¿dónde quiere usted que se coloque el amor en un corazón femenino?... Pero, en realidad—continuó el buen cura levantando la cabeza con confianza,—Magdalena no ha dicho que renuncia al matrimonio.

—Sí, sí, haga usted el buen apóstol... ¿No ve usted que va por ese camino?

—Todavía no, señora. Magdalena está en el período de la reflexión.

—Admito que reflexione sobre tal o cual pretendiente, señor cura, pero sobre el matrimonio... sobre el matrimonio...

—San Pablo, señora...

—No me hable usted de San Pablo, por amor de Dios—dijo la abuela con agitación.

—Y bien, Magdalena—preguntó la de Ribert para evitar a San Pablo una nueva algarada;—¿qué tiene usted que reprochar al matrimonio, hija mía?

—El marido—respondí con sincera convicción.

—¡El marido!—exclamó la de Ribert riendo, con gran contento de Genoveva, que gozaba deliciosamente de la alegría de su madre.—¡El marido!... Qué gran verdad...

La abuela, consternada, nos miraba a las tres alternativamente con tal expresión de reproche, que el cura tomó el prudente partido de dejarnos para cortar la conversación. La de Ribert y Genoveva se quedaron todavía unos instantes, y cuando vieron tranquila a la abuela, se levantaron con la promesa de vernos muy pronto.

—Estas señoras son muy amables—dijo la abuela en cuanto se marcharon,—pero es lástima que tengan ideas falsas... ¡Qué mal se razona ahora!... En mi tiempo no era así.

—En tu tiempo, abuela—repliqué apoyando dulcemente la cabeza en su hombro,—todo el mundo era perfecto.

—Aduladora—respondió la abuela dándome un beso.—Bien sabes que haces de mí todo lo que quieres...

Y se firmó la paz con otro beso.

¡Ah! si la abuela quisiera ser razonable, qué felices seríamos...

24 de octubre.

Hay personas a quienes la suerte se complace en jugar malas pasadas. Y ese es mi caso...

Creía la paz asegurada enteramente entre la abuela y yo y me preparaba a gozar de nuevos días de serena tranquilidad, cuando esta mañana la abuela me dirigió este discurso:

—Hija mía, puedes hacerme justicia...

—No tengo otra intención, abuela.

—Te dejo perfectamente libre para tomar el pulso a tu vocación futura...

Aquí hice un movimiento de cabeza afirmativo.

—Pero estimo que si esos estudios preliminares van a durar diez años...

—¡Adiós!... Estoy cogida.

—...No habrá ya para ti ninguna probabilidad de matrimonio.

—¿Y la señorita Romanot, que acaba de casarse a los treinta y ocho años?... ¿Y la de Ormont, cuya cuadragésimasexta primavera ha conocido al fin los triunfos del matrimonio?... ¿Dónde me las dejas?

—Son ejemplos que no hay que seguir. Considero sencillamente esas uniones tardías como asociaciones amistosas y no como matrimonios.

—¡Bah! todo lo que se busca hoy es una asociación amistosa.

—¡Otra vez!—exclamó la abuela con alguna impaciencia.—¿Soy yo, a mi edad, quien debe recordarte las ilusiones de la tuya?... Dios mío, qué desabridas y singulares son esas muchachas...

—No es culpa mía. La desilusión y la singularidad están en el aire que se respira.

—Empiezo a creerlo—replicó la abuela descontenta.—Pero como quiero cumplir con mi deber a pesar de todo, quiero verte aceptar dócilmente, al lado de tus estudios sobre las solteronas...

Aquí la abuela se encogió de hombros con expresión de supremo desdén.

—...Un examen atento de las proposiciones de matrimonio que se te puedan hacer...

—Abuela, me habías prometido...

—Te he prometido no influir en tu resolución definitiva, sí, Magdalena. Lo que no he prometido es dejarte echar a perder tu vida como lo estás haciendo.

—Abuela—protesté,—soy tan feliz... No trato más que de estar a tu lado.

—Sí, ya lo sé, mala nieta... Y eso es lo que no comprendo... A los veinticinco años encontrarse dichosa sin el apoyo de un marido, no es natural...

—Además, querida abuela, ¿para qué necesito un marido puesto que te tengo a ti?

—¿Para qué?... ¡Ah! Magdalena...

Y la abuela, suspirando fuertemente, me miró con tierna piedad. No me comprende, es seguro, y yo no la comprendo tampoco.

—He recibido hace un momento—prosiguió la abuela,—una esquela de nuestro notario y amigo el señor Boulmet, que me ruega que le reciba a las dos. No me oculta que su visita tiene por objeto un proyecto de matrimonio...

—¡Oh! no, no—exclamé con espanto.—¡Ah! San José...

—He dicho un proyecto y no un matrimonio... Te dejo absolutamente libre de resolver lo que te acomode, pero quiero...

La abuela puso en esta palabra toda su energía.

—...Quiero que estés presente en la entrevista. A los veinticinco años debe una mujer decidir ella misma su vida... Te prevengo que no toleraré más que te sustraigas a la menor petición de matrimonio como lo has hecho hasta hoy.

—Pero abuela—repliqué victoriosa,—sabes que no estaré libre a las dos. La señora de Dumais y Francisca van a venir a buscarme para ir a paseo, de modo...

—Escribe dos letras a Francisca para excusarte—respondió la abuela con su tranquila firmeza de los grandes días.

Cuando la abuela se expresa así no hay más que obedecer, y así lo hice.

A las dos en punto, el señor Boulmet, tieso y atildado como de costumbre, entró en el salón bajo la poco benévola mirada de Celestina, que sospecha evidentemente algo. Habitualmente encuentro muy bien al señor Boulmet, pero hoy me es sencillamente odioso...

Su cráneo desnudo me parecía el receptáculo de un mundo infinito de malos pensamientos; aquellas dos cositas brillantes que esconde bajo sus anteojos de oro despedían para mí fulgores satánicos, y hasta su bigote gris, de aspecto ordinariamente bondadoso, tomó a mis ojos una significación agresiva. Hízome estremecer su perfecta levita negra abierta sobre una correcta corbata, y el alto cuello en que el señor Boulmet aprisiona las gracias conquistadoras que le quedan, me pareció una alusión directa a la dicha del matrimonio.

El señor Boulmet me conoce demasiado bien para no echar de ver que su visita, o más bien, su objeto, me entusiasmaba poco.

—Ea, Magdalena—me dijo después de los primeros cumplimientos,—no ponga usted esa cara tan triste. Qué diablo, un matrimonio no es un entierro...

—Casi—exclamé dando un suspiro.

—Entonces—preguntó el notario volviéndose hacia la abuela,—¿la conversión no se ha verificado?...

—¡Ay!—murmuró la abuela.

—Es muy singular—siguió diciendo el señor Boulmet.—¿Querrá usted creer, señora, que su nieta de usted no es una excepción y que existe esta antipatía por el matrimonio en una gran parte de mi clientela?... Así como las jóvenes sencillas y sin gran instrucción ni dote parecen entusiasmadas por el matrimonio, las dotadas de talento y fortuna manifiestan respecto de él una frialdad significativa.

—Semejante disposición huele a feminismo—dijo la abuela pensando todavía en la conversación del cura con la de Ribert.

—¡El feminismo!... ¡El feminismo en Aiglemont!—exclamó con horror el Señor Boulmet.—Me deja usted estupefacto, señora... Después de todo—añadió volviendo a tomar su aspecto profesional,—tengo tan poco tiempo para ocuparme en semejante cuestión, que me dispensará usted si me declaro incompetente.

—Sí, lo comprendo—respondió la abuela.—Pero dígame usted, entre nosotros, ¿qué piensa usted de estas jóvenes de hoy?

—Que son muy viejas para su edad.

—¡Gracias a Dios que encuentro alguien de mi opinión!—exclamó la abuela triunfante.

—Sí, confieso que estas cuestiones nuevas me confunden un poco y trastornan también mi estudio... Tenemos menos contratos de matrimonio y, sobre todo, menos buenos contratos... Es muy deplorable... Sé que habitamos en un clima templado y que éstos son especiales para las solteras...

—¿Por qué?—pregunté interesada por mis queridas solteronas.

—Porque la acción del clima influye en el desarrollo de la vida de familia y en el temperamento personal.

—¿Cómo?—pregunté con emoción y sorpresa.

—Porque las ideas más serias... una naturaleza más fría... y una gran dificultad para los cuidados materiales son las causas de esta propensión al celibato.

—¡Gran Dios! hacia los polos eso debe de ser un ideal...

—No—respondió el notario sonriendo por mi ardor.—En los países muy fríos las dificultades de la vida son tales y los rigores del clima tan implacables, que la gente se casa con entusiasmo por motivos opuestos a los que hacen de los meridionales celosos partidarios del matrimonio. Allí se necesitan los unos a los otros, y la existencia de una solterona...

—Sería un escándalo—añadió la abuela contenta al ver que había en la tierra numerosas personas sensatas.—Pero—continuó,—no nos extraviemos... Magdalena me ha prometido escuchar cuerdamente la proposición que nos hace usted el honor de trasmitirnos. Cuento con su razón y con sus sentimientos para hacerle comprender que tiene algo mucho mejor que hacer que permanecer solterona...

—Evidentemente—exclamó el señor Boulmet.—Una joven tan bonita, tan inteligente, tan instruida... Una mujer superior...

—Señor Boulmet—dije en tono de súplica, ofendida por unos cumplimientos que tomaba por una burla.

—Con tan hermoso dote—prosiguió nuestro notario,—sería una lástima... Su boda de usted sería para mí la ocasión de uno de mis mejores contratos.

Después sacó una cartera, cogió unos papeles y siguió diciendo:

—Vean ustedes la proposición que vengo a comunicarles. Mi colega de Plany en Val me escribe que está encargado por uno de sus clientes de encontrar una joven de buena familia, de 22 a 26 años, bonita, seria, bien educada y perfecta dueña de su casa, que tenga tanto en dote como en esperanzas...

—¡Oh!—exclamé con indignación.

—¿Qué hay?—me preguntó el notario muy tranquilo.—Acaso la palabra esperanzas... Es el término corriente.

—Sí—respondí mientras sentía en el corazón un agudo dolor,—es el término para hablar de la muerte de las personas queridas... La esperanza, palabra de alegría y de dicha, se convierte en ciertas circunstancias en sinónima de tristeza y de luto...

Boulmet hizo el gesto vago de un hombre que no puede cambiar nada de las cosas y siguió su relato sin que la abuela hubiese manifestado la menor emoción.

—Decíamos que debe tener, tanto en dote como en esperanzas de cuarenta a sesenta mil pesos; Magdalena me ha parecido que estaba indicada. Los 28.600 pesos que tiene de sus padres y los 20.000 que usted le dejará, la ponen en una bonita situación. Sé que para la mayor parte de nuestros modernos «Arribistas» no será mucho, pero como el joven en cuestión se contenta, todo está bien. Así, pues...

—¿Y el joven?—preguntó la abuela.

—¡Ah! es verdad; olvidaba hablar del joven... Pues bien; ese caballero me parece perfecto. Hasta ahora ignoro su nombre y sólo sé que es un industrial del norte del departamento. Linda fábrica de familia, grandes esperanzas, 31 años, bien parecido, buena salud, bien educado, principios religiosos...

—Perfectamente—exclamó la abuela,—queremos ante todo principios religiosos...

—Tiene actualmente 40.000 pesos de capital y gana un año con otro de cuatro a cinco mil pesos.

—Soberbio—exclamó la abuela encantada.—¡Oh! querido amigo, qué agradecimiento...

—Tiene un automóvil, caballos, coches...

—¡Dios mío! qué hermosa vida puedes hacer... Veamos, responde algo, Magdalena.

—Estoy escuchando y espero...

—¿Qué?

—Saber algo del joven.

—¡Cómo! ¿no sabe usted bastante?—dijo el notario sorprendido.—¿Qué más quiere usted saber?...

—¿Cómo es ese caballero?...

—¡Ah! es muy justo—dijo el notario tomando de su cartera otro sobre.—Vea usted su fotografía...

Y dándosela a la abuela, esperó el resultado del examen.

—No es feo...—exclamó la abuela acercándose y retirándose la fotografía a los ojos para ver sus diversas expresiones.—Me gusta esta expresión enérgica, esos ojos francamente abiertos, esta boca medio sonriente... Tiene hermosos cabellos... y buen bigote... Sí, no es feo... Mira, Magdalena.

No eché más que una ojeada a la fotografía, que representaba, en efecto, un buen mozo. Para mí importa tan poco el físico en la cuestión del matrimonio, que no me fijé gran cosa en las facciones de aquel señor que me ofrecían como pudieran ofrecerme otra cosa.

—Ha comprendido usted mal, caballero—dije al notario devolviéndole su fotografía.—Preguntaba cómo era moralmente ese caballero, el señor X... hasta más amplia información.

—No tiene ningún vicio—afirmó redondamente el notario.—Si fuese jugador, mujeriego o borracho, mi colega de Plany no me lo recomendaría tan eficazmente.

—Seguramente—apoyó la abuela muy satisfecha.

—¿Constituye, pues, una cualidad el no ser jugador, mujeriego, ni borracho?—pregunté.

—No, no, no digo eso; pero, en fin, así se tiene la seguridad de que no hay tacha.

—¿Tiene corazón?—pregunté sencillamente.

—¿Corazón?—dijo el notario sorprendido.—Creo que sí; todo el mundo posee en el pecho una víscera de ese nombre.

—¿Se le conocen sentimientos generosos?...

—Diablo, diablo... Eso no lo sé; lo supongo...

—¿Ha sido bueno con su familia?... ¿Es humano con sus obreros? ¿Se ocupa de ellos?...

—¿Cómo diantre quiere usted que yo lo sepa?

—¿Le gusta la música?... ¿Se interesa por la literatura?... ¿Sabe hablar?... ¿Es de los que tienen en la boca más que historias de caza o chismes de política?...

—¡Demonio!—exclamó el digno notario.—Esto no es una proposición de matrimonio; es un examen...

—Sí—respondí sonriendo;—es un examen. El matrimonio es cosa bastante seria para que desee no casarme solamente con una cara y una fábrica. Al lado de los hechos exteriores hay muchas cosas pequeñas que revelan a un hombre. Esas cosas pequeñas son las que yo quisiera conocer...

—Precisamente estoy encargado de solicitar el favor de una entrevista y...

—¡Oh! todavía no—respondí con espanto.—No estoy decidida a tomar en consideración este proyecto, pues no puedo admitir la posibilidad de confiar mi vida a un desconocido.

—Ya le conocerás y le amarás—dijo la abuela con fuego.

—No, abuela, no te hagas ilusiones—objeté moviendo la cabeza.—Entre algunas de mi generación y la generalidad de la tuya hay un mundo de distancia... Vosotras os casabais a ciegas y el amor venía después o no venía. Yo quiero saber con quién me caso. Quisiera conocer a ese elegido, escogerle entre todos y, sobre todo—añadí más bajo,—quisiera amarle antes de casarme, pues después... tendría miedo de que no ocurriera tal cosa...

—¡Dios mío! qué niñería en una cabeza de veinticinco años...—gimió la abuela.—¿Comprende usted, amigo, el estado de alma de estas jóvenes instruidas y razonadoras?

—Puede ser—dijo el notario ligeramente pensativo.—Magdalena tiene alguna razón.

—¿Verdad, caballero?—dije con confianza.—La abuela encuentra extraño que yo no manifieste gran simpatía por el matrimonio... Le aseguro a usted que preferiría mil veces permanecer soltera...

—Es sabido—respondió la abuela en tono seco poniéndose las manos en los oídos para no oír el resto.

—...Antes que hacer una boda como las que veo todos los días... No quiero arreglar un negocio, sino asegurar mi dicha.

—Bueno, pero, una entrevista...—propuso el notario.

—Sí—dije con amargura;—una entrevista en la que los dos estaremos tiesos y falsos iluminará enormemente mi juicio...

—En fin, di adónde vas a parar—exclamó la abuela violenta.—El uso quiere que las cosas se hagan así...

—El uso sí, abuela—respondí dulcemente,—pero la prudencia...

—¡La prudencia!... ¡Eres tú la que habla de prudencia!... No sabes lo que dices... En fin—dijo al señor Boulmet,—dejemos a esta razonadora reflexionar hasta el primero de noviembre. Hasta entonces, usted será tan bueno que tomará los informes complementarios, pues espero que Magdalena consentirá, por darme gusto, en aceptar esta entrevista... Sería una locura el rehusar tal situación...

—Sí—confirmé políticamente al notario,—la situación es tentadora, pero el hombre...

—¡Bah!—respondió bruscamente el notario levantándose para despedirse.—La situación vale lo que vale el hombre...

—Es cierto—confirmó la abuela con seguridad.—Ese caballero me es muy simpático.

—A mí no—respondí por lo bajo, mientras la abuela daba unos pasos para acompañar al notario llenándole de testimonios de agradecimiento.

En cuanto desapareció, la abuela se me acercó bruscamente.

—Y bien Magdalena—dijo con ternura,—reflexiona, te lo suplico... Piensa que puedes darme una gran alegría...

Apoyada en la abuela, que me tenía abrazada y bien apretada contra ella, prometí todo lo que ella quiso... Tengo, pues, seis días para descubrir si quiero o no ver al señor X...

¡Ah! llévese el diablo al señor X... y al notario con él... San José ha escuchado demasiado bien a la abuela...

28 de octubre.

La abuela afecta una expresión de absoluta seguridad. Celestina, que sospecha alguna cosa, me mira con lástima, y esta mañana llegó a decirme mientras la abuela estaba en misa:

—No tenga usted miedo, señorita; San Pablo va a sacarla del mal paso.

—¿Qué quieres decir?

—No estoy ciega—respondió mi vieja Celestina, y su cara tomó una expresión de astucia tan intensa, que tomé el partido de reír sin pedir otra explicación.

Estoy muy contrariada, y Celestina lo ve muy bien. Paso los días y las noches en las más serias reflexiones y no llego a decidir si quiero o no ver al señorito X...

Para complacer a la abuela, me siento muy capaz de decir sí, y aceptar la entrevista.

Para complacerme a mí misma, me siento igualmente capaz de gritar no, y no aceptar nada.

Cambio de opinión cada cinco minutos, lo que no es para llegar a una solución.

Los estudios que he hecho en estos últimos tiempos sobre las solteronas, unidos a la intervención del padre Tomás, me ilustran asombrosamente. Hasta ahora no lograba comprender por qué me era tan indiferente el matrimonio y, al ver el espanto de la abuela, llegaba a creerme un ser desequilibrado. Ahora estoy tranquila. Veo muy bien que esta indiferencia que yo tomaba por una cosa anormal y alarmante no es más que el resultado de la educación que he recibido y el fruto de una evolución que todo el mundo echa de ver.

No sé si esto es feminismo; pero, en todo caso, mis reivindicaciones son modestas. Quisiera solamente que la sociedad cambiase la manera de casar a las jóvenes y la hiciese más conforme con la educación que recibimos. Si se nos educa con cuidado, si se trata de aumentar el número de nuestras cualidades y de disminuir el de nuestros defectos, si se nos da una educación cuidada y una instrucción extensa, si se nos inicia en el culto de la belleza en todas sus formas, si, sobre todo, se nos forma una voluntad y un juicio personales, ¿es para arrojarnos sin más miramientos en los brazos del primer individuo que pasa?...

Evidentemente, hay en esto una flagrante contradicción.

Para aceptar un matrimonio de este género era necesario que nos preparase a él una educación especial, la de otro tiempo. Entonces se formaban generalmente «tipos flácidos,» como dice el presidente Roosevelt, de esos tipos propios para recibir cualquiera impresión. En cuanto se les presentaba un marido, las jóvenes de ese tipo le aceptaban con los ojos cerrados. El mundo, las conveniencias, la familia y la razón querían ese matrimonio, y era imposible resistir a tales argumentos.

Ahora se ha hecho una revolución.

Si hay todavía jóvenes del tipo «flácido,» las hay que han aprendido a bastarse a sí mismas y, por consecuencia, a pasarse sin el apoyo de un marido.

Esas jóvenes, lejos de ser figurantes, según la graciosa expresión del padre Tomás, se sienten capaces de ocupar en su hogar una categoría equivalente a la de su futuro marido. Sin pensar en destronarle y conservándole las señales exteriores del respeto conyugal más completo, quieren ser amigas, consejeras, confidentes, y no simples criadas solamente admitidas al honor de remendar los calcetines del señor o de presidir al buen orden de las comidas.

Los seres modernos que nos hemos vuelto, las personalidades perfectamente vivientes que se mueven en nosotras, no pueden ir con entusiasmo al matrimonio tal como le comprenden las costumbres provincianas estrechas y desconfiadas, malévolas, celosas y tiránicas.

Sería, pues, preciso tener la facultad de recibir en nuestra casa al joven con quien pudiéramos casarnos y llegar así por el conocimiento al amor. Pero esto está terminantemente prohibido. Recibir jóvenes en una casa donde hay muchachas sin hermanos, sería exponerse a perder la buena reputación y atraerse toda clase de molestias mezcladas con las más estúpidas observaciones.

Mi asunto, pues, es claro.

Si quiero complacer a la abuela, no tengo más recurso que el flechazo. Ver a un caballero, vislumbrarle tan sólo, y enamorarme de él; esto es lo que necesito...

¡Si yo pudiera sentir y razonar como Francisca y Petra no tendría dificultades!... Pero nunca, jamás podré ver un salvador en un marido.

¿Qué hacer?... ¿Negarme a la entrevista?... La verdad es que me dan buenas ganas...

31 de octubre.

Mucho la mujer varía, Loco quien de ella se fía...

La sabiduría de las naciones habla en este momento por mi boca, sin que mi propia sabiduría la contradiga... Al contrario.

Encuentro tonto el ir así en contra de todo lo que siento; y sin embargo, por complacer a la abuela, primero, y por otro motivo después, acepto la entrevista... Me encojo de hombros por adelantado, pero lo hecho hecho está. Resignémonos a la aventura...

Esta mañana, en la Catedral, mientras esperaba mi vez para confesarme y estaba meditando sobre los proyectos de la abuela, preguntándome si debía confiarme o no a mi confesor, fui distraída de mis pensamientos por un murmullo molesto. Volví discretamente la cabeza para darme cuenta de lo que pasaba, y vi con terror que me había colocado justamente delante de las dos peores lenguas de Aiglemont, dos solteronas, naturalmente. Confieso que mi amor a las solteras se alía muy bien con un justo conocimiento de los defectos de algunas de ellas. Entre muchos ángeles hay algunas víboras. Estaban éstas aguzando sus aguijones a costa del señor cura, del vicario de semana, de cierta capilla mal arreglada, etc.

No presté al principio gran atención a lo que se decía tan cerca de mí y me contenté con experimentar una fuerte distracción representándome la fisonomía feliz de mis dos charlatanas. Sus ojos chispeaban ciertamente de malicia bajo los párpados devotamente bajos y la sonrisa de sus delgados labios debía de ser agria. No pude menos de volverme ligeramente para contemplar el delicioso cuadro que mis falsas santas ofrecían a las miradas del prójimo... Tan ocupadas estaban con sus chismes y tan expertas eran en disimularlos, que no vieron mi movimiento y pude impregnar los ojos a mi gusto en su exquisita hipocresía. Sus palabras me llegaban ahora distintamente:

—¿Quién se confiesa tan largamente?

—La de Bormel.

—Mucho tiene que decir... Mire usted... agita los pies... No parece que está muy a sus anchas...

—Lo creo... Si confiesa la mitad de lo que tiene de qué acusarse, tendrá para toda la mañana.

—¡Es posible!... Es verdad entonces lo que se dice...

—Vaya si es verdad.

—¿Está usted segura de que el capitán Clarmont?...

—Está todo el día metido en su casa...

Púseme en seguida de rodillas para no oír la continuación de la historia, que prometía ser picante aunque poco a propósito para castos oídos. Traté de reanudar el curso de pensamientos más serios, pero me fue imposible... Apenas me había vuelto a sentar el murmullo llegó a mí más fuerte.

Es el cuarto sombrero desde el mes de junio.

—¿De veras?

—Como usted lo oye, querida... Tiene una rosa, otro negro y otro encarnado... El que usted ve es el encarnado... Es indigno de una joven...

Alcé los ojos para contemplar a mi vez el famoso sombrero indigno, y me vi en la sombra de la capilla el perfil de Francisca Dumais debajo del sombrero incriminado. ¡Pobre Francisca! Era de ella de quien hablaban...

—Con dos mil pesos de dote es vergonzoso ponerse tan maja—siguió diciendo una de las solteronas en un devoto susurro.

—Sí—respondió la otra,—así es como se llega insensiblemente a la perdición... Esa chica de los Dumais tiene la simiente de las malas personas.

Hice un esfuerzo para no oír más y hasta tosí con furor. Las habladoras siguieron impertérritas.

—¿Qué le pasa a la chica de Gardier?... Hace un ruido... Es casi indecente...

—Es que se da importancia—respondió la otra por lo bajo...—Piense usted, querida, que el señor Boulmet, el notario, se está ocupando de casarla...

—¿Hace mucho tiempo?

—Me han dicho que estuvo en casa de la señora Sermet, la abuela de esta chica, el sábado último... Entró a las dos y salió a las tres y trece... Ya comprende usted...

—¡Digo!... la buena señora estará muy contenta porque se va a desembarazar de su nieta.

—Lo creo... parece que la muchacha le da una guerra... Tiene un carácter infernal y no hace más que lo que se le antoja...

—No me extraña, porque está muy mal educada.

—Como todas las jóvenes de ahora. ¿Querrá usted creer, amiga mía, que esa chica no quiere casarse?

—¿Es posible?... No me gustan nada tales ideas... ¿Y es seria esta farsante?

—No lo creo.

—Ya decía yo... Habrá probablemente algún oficial bajo cuerda...

Estaba yo tan indignada que me quedé incapaz de todo esfuerzo de voluntad.

¡Cómo!... Yo doy guerra a la abuela, tengo un carácter infernal y, por añadidura, no soy seria... La cosa era fuerte.

Detrás de mí seguía el susurro, pero con pausas. Bien necesitaban tomar aliento... Al cabo de unos instantes las dos buenas almas echaron de ver probablemente que no estaban nada edificantes o se les acabó el asunto de la conversación.

—Querida—dijo una de ellas,—me está usted distrayendo.

—Es verdad—confesó la otra,—y voy a rezar humildemente un diez del rosario para pedir perdón a Dios.

Se puso de rodillas y sentí pasar por mis cabellos su aliento de víbora. Yo también me arrodillé para evitarlo. Estaba furiosa.

En la calma de la capilla apenas iluminada por el resplandor rojizo que entraba por los vidrios, me sentía irritada y nerviosa. Quería rezar y no podía... En vez de formular actos de contrición no hacía más que repetir:

—Estúpidas, perversas, ridículas... ¡Estas solteronas!...

Mi imaginación excitada no tenía en cuenta el sitio en que estaba; y en la sombra del altar, apenas visible entre los fieles, me parecía ver levantarse la silueta de la abuela que me gritaba:

—Ahí tienes lo que tú serás si te obstinas en tus ideas de celibato...

¡Oh! no, no es así. A Dios gracias, no todas las solteronas tienen la devoción llena de hiel ni son tan falsas y mordaces. Si hay entre ellas frutas podridas, no lo están todas, por fortuna, y las hay sanas y agradables de saborear en las relaciones cotidianas... Los pensamientos se agolpaban en mi pobre cerebro y me hacían sufrir. Me preguntaba lo que valen a los ojos de Dios las oraciones de esas malas almas... ¿Las escucha?... ¿Las perdona cuando por toda reparación pasan unas cuentas del rosario creyendo que eso basta para expiar una calumnia o una maledicencia?...

Empezaba a sentirme muy severa para todas esas faltas y sus autoras, cuando me llegó la vez de confesarme.

Las buenas palabras del cura me repusieron tan pronto como las otras me habían desequilibrado. Encontré por milagro mi serenidad habitual y perdoné por completo a mis detractoras.

En cuanto entré en casa corrí al cuarto de la abuela y le dije que estaba decidida a hacer lo que ella deseaba. Le di la segunda edición de la conversación de mis charlatanas esperando un gran acceso de indignación, pero no hubo nada de eso. La abuela sonrió con perfecta tranquilidad.

—¿Tienes la pretensión, Magdalena, de reformar las cabezas y las lenguas?

—De ningún modo, abuela.

—Entonces, hija mía, ¿qué te importa?

—Me subleva oír hablar mal de todo el mundo... y en la iglesia sobre todo.

—Dios está en todas partes—respondió la abuela,—y ofenderle aquí o allá siempre es ofenderle.

Después, cambiando de conversación, la abuela, muy alegre, me anunció que corría a casa del notario para darle la buena noticia y pedirle algunos informes complementarios.

Durante todo el día la abuela mostró una actividad febril y estuvo yendo y viniendo de la casa del padre Tomás a la del notario y viceversa. Aquello era el cuento de nunca acabar. Era tal su gozo, que no se fijó en las cosas que más le chocaban habitualmente. No hizo ninguna observación a propósito de la chimenea, en la que se veía una capa de polvo que databa de la víspera, y soportó heroicamente el pescado quemado que Celestina nos sirvió para castigarnos, por tener secretos para ella.

Parece que el padre Tomás está encantado por la felicidad de la abuela, aunque no comprende muy bien las causas de mi repentino cambio de parecer.

—Después de todo—dijo,—una entrevista no compromete a nada...

Como soy absolutamente de su parecer, empiezo a recobrar la libre posesión de mí misma, que me faltaba esta mañana.

Está convenido que el señor Desmaroy, así se llama el pretendiente, vendrá el sábado próximo. Después de mil conferencias y reflexiones, la abuela se ha decidido por una simple entrevista en casa. Con el pretexto de ver las antigüedades—el tapiz del comedor, por ejemplo, y no a mí,—el notario nos traerá a su protegido. Es la manera más práctica de evitar los comentarios de los habladores, siempre en acecho. El tapiz de la abuela pasa a los ojos de todos por una maravilla, que los amigos de nuestros amigos están en la obligación de venir a admirar. Así todo será natural para Celestina, y nos evitará una crisis de indignación de su parte, que no dejaría de ocurrir si ella supiera...

Ya la alegría de la abuela le parece sospechosa, y esta tarde, en la mesa, cuando pasó a mi lado para servir el postre, le oí murmurar sotto voce:

—Todos estos misterios huelen a casorio...

Hice como que no comprendía. ¿Para qué?

La imaginación de la abuela tiene alas y anticipa grandemente los acontecimientos. Ya le parece que me está viendo en el altar, al que está convenido que debe conducirme nuestro primo el comandante Harmel. Yo creí que aquí se detendrían los arreglos futuros, pero nada de eso. Al darme, hace un momento, el beso de la noche, la abuela me ha preguntado muy seria si me gusta más el terciopelo o el raso...

—¿Para qué, abuela?

—Para tu traje, hija mía, para tu traje de boda.

—¡Mi traje de boda!—exclamé con estupor.—Dios mío, todavía no estamos en ese caso.

Ante la cara de contrariedad de la abuela, contuve la risa, pronta a escaparse. La abuela, seguramente no puede imaginar que yo pueda desagradar al señor Desmaroy, y no se le pasa tampoco por la cabeza que yo pueda renunciar a un partido tan soberbio.

—¡Cuarenta mil pesos de capital!... Cuatro o cinco mil de beneficios!... Es el yerno soñado... Positivamente, si yo lo hubiera encargado a mi gusto, no sería de otro modo... ¡Y sentimientos religiosos!... ¡Qué suerte tienes, Magdalena!...

Magdalena no dice nada, pero piensa. Todo lo que dice la abuela está muy bien. La situación es hermosa, no lo niego, y hasta me gusta mucho... Pero el marido... ¿Me gustará el marido?...

2 de noviembre.

Día de duelo y de tristeza...

La vida está hoy como suspendida, y todos olvidan los cuidados cotidianos para no pensar más que en sus queridos muertos, segados por la inexorable fatalidad y acostados en la tumba donde duermen su último sueño.

La abuela no hace ninguna alusión al señor Desmaroy, y yo sigo su ejemplo, contenta por escapar, durante algunas horas, al pensamiento mortificante del cambio que se prepara.

¡Qué miserables son todas estas fruslerías miradas a la luz de la muerte!... Hay que vivir, sin duda, y es preciso elegir el género de vida que se prefiere; pero, pasada aquí o allí, ¿qué importa la vida?... Lo esencial es evitar el más pequeño mal y realizar todo el bien posible.

La única cosa cierta en esta pobre vida es la implacable ley de la muerte. Sé que moriré, mientras ignoro si seré o no dichosa en la vida que elija. Si me caso, preciso será, tarde o temprano, dejar a mi marido; si tengo hijos, también a ellos tendré que darles un eterno adiós... Multiplicar las afecciones es multiplicar las probabilidades de dolor... ¿Para qué buscar causas de sufrimiento?...

¡Ay!... ¿Qué responder a esto?

Me gusta, en el día de los muertos, una atmósfera gris y obscura, un cielo cubierto y bajo en armonía con la tristeza de los corazones. En aquella mañana el sol brillaba y el azul del cielo, apenas velado por unas nubecillas, se ensombrecía de pálidos tintes bajo la mordedura de los primeros fríos. Lo mismo en el infinito del horizonte que en un círculo más reducido, todo revestía una especie de aspecto alegre que adornaba de poesía a aquella fiesta melancólica de los muertos.

En el camino, atestado de hojas amarillas, desarrollaba sus largos anillos la procesión lenta y recogida. Los niños de las escuelas, olvidados de la tristeza ambiente, cantaban el De Profundis, y se sonreían los unos a los otros; en seguida los coristas, muy graves también, con sus sobrepellices blancas, entonaban el miserere. A lo lejos sonaban por todas partes las campanas, y su fúnebre clamor ponía una nota sorda en aquellas voces humanas, entonando el canto de los Muertos... En el cementerio todos se acercaban a las tumbas amadas, en las que una profusión de crisantemos, en brillantes haces, arrojaban sobre los difuntos todas las quimeras y las ilusiones de los vivos... De repente, todo quedó en silencio, y llegaron a nosotras las estrofas del Libera, desgarradoras y monótonas. El velo de la abuela, aquel velo eterno, se enlutó más todavía bajo el peso de las penas sin cesar renacientes. Las horas de agonía, implacables y torturadoras volvieron a empezar... Bajo el aliento de nuestras ardientes oraciones, los muertos amados volvieron a vivir ante nuestros ojos durante un segundo, para caer una vez más sin vida en el fondo de sus tumbas, cerradas para siempre... Sentimos que estaban bien muertos aquellos a quien llevábamos el fiel tributo del recuerdo... En dulce y plañidera cadencia cayeron entonces sobre ellos las oraciones finales que entonaba la voz del que presidía la procesión; diose la bendición, se restableció el silencio... y cada cual, alejándose del campo del reposo, fue a coger de nuevo el fardo de la vida, pensando en los que ya no existen...

5 de noviembre.

La abuela ha reanudado sus días de recepción hoy, primer jueves de noviembre.

Muy de mañana he tenido una larga conversación con la abuela, a propósito del señor Desmaroy, y aproveché sus buenas disposiciones, causadas por mi docilidad para sus proyectos, para formular algunos deseos, el primero de los cuales era continuar mis estudios sobre las solteronas.

La abuela se encogió de hombros, como de costumbre, al oír ese nombre aborrecido, pero, a pesar de su antipatía, me permitió hacer lo que quisiera. Todos estos preliminares no tenían otro objeto que obtener que la abuela me llamase al salón si se presentaban hoy algunas solteronas, pues quería hacer mis estudios del natural.

Generalmente a la abuela le gusta recibir sola, y no me llama más que cuando viene con su madre alguna de mis amigas. Dice, como razón de ese ostracismo, que sus recepciones serían mortalmente fastidiosas para una cabeza como la mía, siendo así que el elemento ligero falta en ellas por completo. Es poco halagüeño para mí...

Las íntimas de la abuela son personas de edad madura. Muchas solteronas y no pocas señoras ancianas, son asiduas a sus jueves. Los caballeros son escasos, por el contrario, y la juventud no se muestra más que para mí. Mis amigas y yo formamos en el salón un grupo especial llamado el «rincón de las malas cabezas,» según una frase de cierta amiga de la abuela. Aquel rincón querido está formado por un ancho biombo japonés, entre cuyos repliegues se esconden las banquetas destinadas a la juventud, mientras inmensas palmeras proyectan su sombra fantástica sobre nuestro asilo. Cuando las señoras quieren librarse de nuestra importuna presencia, la abuela me hace una señal y me voy dócilmente a nuestro refugio, llevándome a mis amigas encantadas. Dicho sea entre nosotros, no es siempre divertido oír hablar del sermón del día antes, del de mañana, de la actitud del señor cura, de las congregaciones, del Gobierno, de tal señora que espera un nuevo hijo, de una desgraciada, cuyo marido es borracho, de una tal que es gastadora, de la doncella de la de fulano que tiene mala conducta, etc., etc.

Estamos lejos de aquellos salones en que se hablaba y de los que mi imaginación deslumbrada ha conservado un literario recuerdo.

El salón en que se conversa, es la excepción en Provincias; el en que se chismorrea, es enteramente la regla general... En casa de la abuela se conversa un poco... a veces; se chismorrea siempre... Con dulzura, seguramente, sin maldad y con una notoria benevolencia, pero, en fin, se chismorrea.

Hasta ahora estaba yo casi excluida de esas reuniones, sin gran sentimiento mío, lo confieso. Hoy han cambiado mis ideas. Con mis pretensiones al estudio de mis semejantes, mis alas se desarrollan y se ensanchan y pido conocer el mundo, la vida, las solteronas... y qué sé yo cuántas cosas... En una palabra, la abuela está un poco asustada al ver tal actividad intelectual.

—Espero, Magdalena, que no te vas a volver una cerebral—gime aterrada.

Esa palabra en la boca de la abuela, es sinónimo de desequilibrada, pero yo no me ofendo. Un cumplimiento más de los que tienen poco de halagüeños... ¡Bah! no hay más que acorazarse...

La primera visita de esta tarde ha sido el padre Tomás. Estaba yo terminando de arreglar las flores en los inmensos jarrones de los ángulos, y echando una ojeada a los almohadones para convencerme de que estaban bien colocados, cuando el cura me sorprendió, en el momento en que me disponía a subir a mi cuarto a esperar que la abuela tuviese a bien llamarme. El padre Tomás penetró en el salón con tan prodigiosa vivacidad, que tropezó en una mesita en la que la abuela expone—pues es una verdadera exposición,—preciosas miniaturas antiguas. La mesa retembló en sus patas vacilantes, los caballetes se estremecieron bajo su gracioso peso de cuadritos y retratos, y el cura se quedó tan confundido que sus gafas temblaron en la rebelde nariz.

—¡Cómo, Magdalena! vaya un modo de abandonar a las solteronas—me dijo en cuanto se calmó un poco la emoción de una entrada tan bien combinada y no bien se hubo sentado en la silla que le indicó la abuela.—Esto es una traición.

—No, señor cura—respondí alegremente.—Continúo mis estudios, con permiso de la abuela.

—¿Y el señor Desmaroy, le autoriza a usted igualmente?—preguntó el cura con tono bastante irónico.

—Se lo ruego a usted, señor cura, dejemos al señor Desmaroy en paz por ahora, y hasta pasado mañana—imploré más con la mirada que con la palabra.—Hoy me propongo aumentar mi ciencia del celibato y cuento con usted para ayudarme, ya que ha venido.

—Muy bien—dijo el cura, comprendiendo que no había cambiado tanto de ideas como él creía, lo que me valió una dulce sonrisa, pues el cura detesta a las veletas.—¿Qué desea usted saber de éste su humilde servidor?—prosiguió, con mirada maliciosa.

—¿Me van ustedes a condenar a otra conversación sobre las solteronas?—preguntó la abuela descontenta.—Creo, señor cura, que es usted tan insoportable como mi nieta...

—¿Cree usted?—preguntó el cura con una de esas buenas sonrisas de que él tiene el secreto.—Y yo que me hacía ilusiones...

La abuela movió la cabeza con expresión de duda, lo que puso el colmo a la alegría del cura, pues es éste tan feliz como un rey cuando puede contrariar a la abuela.

—Y bien, Magdalena, ¿en qué está usted?—me dijo por fin, cuando recobró el aliento.

—Me detiene la dificultad de distinguir las solteronas voluntarias de las involuntarias...

—¿Cómo es eso?

—En las jóvenes reconozco muy bien las diferentes categorías. Así, por ejemplo, veo sin microscopio que si Francisca y Petra, sin contar otras amigas en el mismo caso, no llegan a casarse, serán ciertamente solteronas involuntarias, recalcitrantes del celibato. Es igualmente visible a simple vista que si Genoveva y yo no nos casamos, pasamos inmediatamente a la categoría de solteronas voluntarias. Lo que es menos claro es lo que pasa con las solteronas llegadas.

—¿Llegadas a qué?—preguntó el cura abriendo los ojos interrogadores detrás de las gafas.

—Llegadas al pleno esplendor del celibato, a la completa y profunda posesión de su yo personal.

—¡Vaya! si empiezan ustedes con eso del «yo personal»—protestó la abuela,—van a decir, ciertamente, muchas tonterías... Estamos perdidos.

—No tanto como usted cree—respondió vivamente el cura.—Si he comprendido bien—continuó dirigiéndose a mí,—querría usted saber cómo se distingue una solterona voluntaria de una forzosa, cuando ambas son de cierta edad...

—Eso es, señor cura, enteramente eso.

—Entonces—replicó el cura sonriendo a medias,—se tiene ya la murmuración del pueblo como base de información...

—¡Oh!—protesté vivamente, un poco conmovida por semejante frase.

—No deja usted de saber—prosiguió con acento burlón más marcado,—que la señorita X, que tiene sesenta años, tenía una vocación pronunciada por el matrimonio; que la señorita Y, de cinco años más que ella, tuvo un amor desgraciado segado en flor; que la señorita Z, de unas cuantas primaveras menos, asustó a sus pretendientes por su mal carácter; que ésta no tenía dote; que aquélla tenía demasiadas pretensiones, etc., etc.

—Sí, señor cura, se pueden, en efecto, conocer las hablillas; pero sé por mí misma lo que valen los chismes de una población pequeña, para darles ninguna fe. Eso es la fábula, y yo querría la historia.

—Veo—respondió el cura riéndose,—que no ha olvidado usted la conversación que sorprendió en la víspera de cierta fiesta...

Yo también me reí, pues sabía que la abuela le había contado de cabo a rabo mi escena de la Catedral.

—Comprendo ese rencor—continuó el cura.

—He perdonado, señor cura.

—Muy bien; digamos entonces su memoria. El consejo de referirse a las hablillas corrientes ha sido una broma; nada más falso, con frecuencia, ni más malo siempre. Hay, por otra parte, un medio muy sencillo de formular el distingo que usted busca. Cuando, por ejemplo, ve usted en el mundo una madre de familia cuidadosa de sus deberes, celosa de su dignidad, buena esposa, buena madre, y adicta de una manera absoluta a aquel cuyo nombre lleva, ¿qué piensa usted?

—Que está dentro de su vocación, señor cura.

—Tiene usted razón.

—¡Bonitas cosas dicen ustedes!—exclamó la abuela con repentina energía...—¿Qué cree usted entonces de esas malas cabezas que hacen la desgracia de su matrimonio?... ¿Que no están dentro de su vocación?... Entonces, esa vocación... Señor cura, me hace usted ruborizarme...

—No hay por qué, señora—respondió el cura con un dejo de impaciencia.—Esas malas cabezas, están, sin duda, en su vocación. No se han engañado más que en la línea general que convenía tomar, puesto que estaban hechas para el matrimonio; lo que les ha faltado es el marido que les convenía. Hay mala cabeza con un marido que podía ser una mujer perfecta con otro. Hace usted más el proceso del matrimonio moderno que el del matrimonio en sí mismo, ¿sabe usted, señora?

—Cómo me espanta ese matrimonio en que ninguno de los dos se conoce—murmuré estremeciéndome...

—No hablemos de matrimonios—exclamó el cura.—Estamos en el celibato, hablemos de él... No tenemos más que transportar a las solteronas las cualidades de bondad que admiramos en la mujer casada, para darnos cuenta si está o no en su vocación.

—Eso es muy fuerte—protestó la abuela indignada.—¿Hay, pues, ahora una vocación del celibato?...

—Puede ser—dijo el cura sonriendo. ¿Qué es la vocación sino la atracción que sentimos por una vida especial?... ¿Podemos negar que ciertas almas tienen una simpatía particular por el celibato?

—Pero eso es abominable—exclamó la abuela con espanto.

—No, no tanto como usted supone—respondió el cura un tanto malicioso.—Lo que estoy exponiendo en este momento son las ideas nuevas. Ahora bien, estando casi admitida la vocación al celibato, se puede decir de un modo general que toda solterona agria, malévola y malhumorada es una solterona involuntaria. No le ha faltado más que el matrimonio para hacer de ella una mujer encantadora, puesto que a priori, toda mujer debe ser encantadora...

—Sin embargo, señor cura—repliqué sin recoger la alusión a mí contenida en las últimas palabras,—esa mujer ha podido atravesar pruebas que hayan transformado su carácter...

—No creo que tales causas puedan producir ese efecto. La desgracia eleva a las almas hermosas y no abate más que a los caracteres débiles. Conozco solteronas para quienes la vida ha sido muy dura, y son mujeres casi perfectas. Así, cuando encuentro a una de esas solteronas buena, servicial, contenta con su suerte, benévola en sus juicios y caritativa en palabras y en obras, pienso siempre con satisfacción: He aquí un alma en su vía... Qué rica naturaleza...

—Pero entonces—interrumpí prorrumpiendo en una carcajada muy poco reverente,—si lo que usted dice es exacto, como lo moral influye en lo físico, no hay más que mirar a las solteronas para distinguir la voluntaria de la que no lo es... Una fisonomía animada, una mirada de bondad, una sonrisa satisfecha y una conversación amable, deben ser la característica de la soltera por vocación...

—No tan de prisa—exclamó el cura.—¿Qué hace usted de la enfermedad, que cambia la animación en tristeza, sobre todo en las nerviosas?... ¿Qué de la sordera que ensombrece la mirada y le da una expresión inquieta?... No hay que ser tan categórico. El buen fruto se distingue del averiado por las palabras y los actos. Además, entre las solteras voluntarias y las que no lo son, hay que colocar a las resignadas.

—¡Ah!—dije interesada,—¿en qué se puede reconocer a éstas; en el color de sus cintas, en la flor de sus sombreros, en la armonía de su traje?...

—No—respondió el cura, divertido por mi interés.—Se las conoce... ¿cómo diré yo?... en su resignación, qué diablo... Son blandas, grisáceas, dulces y borrosas. Son más bien cuadros despintados que mujeres de edad...

—Sí, comprendo, señor cura—dije conteniendo la risa,—son las «Flácidas» de la corporación...

Un ruido de pasos, una puerta que se abre, y nuestra conversación queda interrumpida. Celestina, con su voz especial de los jueves—se anuncia todavía en casa de la abuela,—anunció:

—La señorita Sarcicourt.

El cura me echó una mirada rápida que significaba: «Va usted a estudiar en lo vivo.»

Aprovechando las efusiones a que se entregaban la abuela y la señorita Sarcicourt, el padre Tomás se retiró, con gran desesperación de aquellas señoras, que querían retenerle.

—¡Oh! señor cura, soy yo quien le echa... Qué lástima...—murmuraba la señorita Sarcicourt haciendo monadas.

—Nada de eso, nada de eso—respondía el cura, que no entendía de finuras...—Me voy porque me voy... Buenas tardes... Adiós, señoras.

Acompañé al cura hasta la puerta, y sus últimas palabras fueron:

—Sobre todo, no falte usted a la caridad...

Cuando volví al salón, la conversación era ya animada. La de Sarcicourt estaba dando a la abuela una receta exquisita para hacer el pudign con fresas. Volví a ocupar mi puesto, sin intervenir en la tal receta, y me divertí en observar a la señorita Sarcicourt, como si no la hubiera visto nunca.

Unos sesenta años. Alta, flaca, después de haber sido delgada, la señorita Sarcicourt carece de proporciones en lo alto de su larga silueta. Tiene una cabeza de pájaro en un cuello de jirafa. Su cabeza está siempre cubierta con un vasto sombrero de plumas desmayadas, que se agitan en cadencia a cada una de las palabras que pronuncia. La fisonomía de la buena mujer es más bien simpática, sus frases son bastante benévolas y sus recetas culinarias, en las que sobresale, son exquisitas. Los ojos azules, que fueron hermosos, según asegura la abuela, y la sonrisa, que debió de ser encantadora, son, por el momento, los primeros muy tiernos y la segunda profundamente melancólica. Se ve el alma no comprendida a la que ha faltado el alma hermana para ser dichosa... ¡Pobre señorita Sarcicourt!...

La clasifico inmediatamente y la clavo con un alfiler en mi colección: «Resignada en toda la línea. Inútil profundizar. Alma grisácea, dulce, borrosa, cuadro despintado...»

Iba, sin embargo, a escuchar la conversación comenzada para comprobar mi impresión con todo conocimiento de causa, cuando Celestina introdujo nuevas visitantes:

—La señorita Bonnetable.

—La señora y la señorita Dumais.

De un salto estuve en los brazos de Francisca y le expliqué en dos palabras mi estudio del natural y mi deseo de no tomar posesión aquella tarde del rincón de las malas cabezas. Francisca me echa una mirada de pesar, lanzando un suspiro hacia nuestro querido biombo, y un gesto hacia la señorita Bonnetable. Mi amiga se inclina con su gracia habitual ante la abuela, que la besa en la frente, y va a sentarse a mi lado después de haber yo saludado a las recién llegadas y preguntado por Pomme, la gata favorita de la señorita Bonnetable, y por Loustic, su perro.

La Bonnetable no se parece en nada a la Sarcicourt, de la que es casi contemporánea. Pequeña y corta, la primera parece un tambor mayor con las piernas cortadas, pues goza de una estatura desmesuradamente larga, con relación a los miembros inferiores. En pie es una enana; sentada parece inmensa. Su voz, retumbante, hace eco en todos los departamentos que tienen la suerte de recibirla; habla alto y firme y no admite que se discuta con ella. Sus palabras adquieren así una importancia capital, y todos la escuchan con respeto. Pero si cuando habla sabe tomar aspecto de maza, cuando se calla es todavía más aterradora; su silencio es de plomo.

—¿Qué hay de nuevo, señoras?—preguntó en cuanto estuvo sentada.—Supongo que sabrán ustedes que la doncella de la Courtin deja a su ama...

—¿De veras?—exclamó la señorita Sarcicourt.

—Es un desagradable acontecimiento para esa buena señora de Courtin...

—¡Buena!... ¡Buena!...—replicó la Bonnetable, ya a la defensiva.—Si lo que se dice es verdad, la de Courtin no tiene nada de buena...

—Me asombra usted—exclamó la de Dumais.

—Figúrense ustedes, señoras...

—La señora y la señorita Aimont—anunció Celestina en este momento.

Corrí a recibir a Paulina, una de mis buenas amigas, y la coloqué al lado de Francisca, después de haberme inclinado delante de la de Aimont, que me respondió con un vigoroso shake-hand.

Muy amable y jovial la señora de Aimont. No tiene más que un sueño: casar a su hija... Pero Paulina tiene 10.000 pesos de dote y cree que con esa suma puede conquistar un yerno en una posición fantásticamente hermosa. Lo que la de Brenay y Petra sueñan en aristocracia o en dinero, la de Aimont lo desea en posición. No tiene más que estas palabras en la boca:

—Mi hija se casará con una posición.

Si se la incita un poco, se la obliga a precisar:

—Mi hija no se casará más que con un forastero. En Aiglemont no hay posiciones...

Todos aquí compadecen a esta pobre muchacha destinada a casarse con un forastero. Es cosa corriente, como un proverbio, que no hay en Aiglemont ninguna situación digna de la señorita Aimont, y la interesada, que es de mi edad, no es pedida con frecuencia en matrimonio. Los que pudieran arriesgarse no se atreven, y los que serían aceptados no se presentan.

Paulina sufre con invariable buen humor los inconvenientes de tener una madre demasiado ambiciosa y acepta por adelantado la famosa posición venidera. A todo lo que dice su madre, responde dócilmente:

—Sí, mamá.

Su bonita y agradable cara no refleja más que sentimientos amables y plácidos. Sin ser preciosa, no es fea, y hasta se parece bastante a un bombón pequeñito, rosado y apetitoso. Lo que le da sobre todo ese aspecto es la falta de expresión de su mirada. Sus ojos grises están invariablemente tranquilos y como fijos en el blanco lechoso que los rodea. Francisca, que tiene para cada cual su frase picante, exclamó un día dirigiéndose a Paulina:

—Lo que tú tienes no son ojos, sino linternas sordas...

La frase ha hecho fortuna y es corriente, cuando se habla de Paulina, el decir, para distinguirla de su prima del mismo nombre, «la de las linternas sordas.» Su madre lo sabe y es la primera en reírse.

—Linternas de 10.000 pesos—exclamó.—No está tan mal. ¡Cuántas cosas se pueden alumbrar con ellas!...

Se reanudó la conversación en cuanto se dieron noticias de la salud de todas, y se supo al fin que la de Courtin pesaba el pan a su doncella, le medía el vino y no dejaba a su disposición ni el más pequeño terrón de azúcar.

—Si esa muchacha se hubiera puesto mala en la noche, decía la Bonnetable en tono trágico, no hubiera tenido azúcar para hacerse una infusión...

Era lamentable, en efecto.

En resumen, después de diversas peripecias en las que el vino se mezclaba con el azúcar y el pan, la doncella se había despedido.

Debió hacerlo antes...

—¿No hay ningún matrimonio en el horizonte?—preguntó la de Aimont queriendo llevar la conversación a su asunto favorito.

—Ni uno—respondió la Bonnetable en tono contundente.

—Sin embargo—insinuó la Sarcicourt,—¿no se habla del matrimonio de la señorita de Brenay con el capitán Bellortet?

—¡Qué disparate!—exclamó la Bonnetable.—La chica de Brenay no puede encontrar un marido serio...

—¡Víbora!—murmuró Francisca entre dientes.

—¡Oh!—protestó la abuela,—Petra es amiga de mi nieta y es encantadora.

—Y muy distinguida—confirmó la de Aimont.

—Enteramente como es debido—afirmó la de Dumais.—¡Ah! si Francisca se le pareciese...—terminó dando un suspiro.

—La señorita de Brenay puede ser encantadora, no digo que no—dijo categóricamente la Bonnetable,—pero es gastadora hasta el extremo... Y después, esa pretensión a millones cuando se tiene un dote modesto...

—No es tan modesto un dote de 20.000 pesos—exclamó la de Aimont pronta a indignarse.

—Es modesto para la señorita de Brenay que quiere hacer una vida de 10.000—afirmó la Bonnetable con bastante razón esta vez.—No se comprenden semejantes exigencias... Su cocinera dijo una vez a la mía...

—Si escucha usted los chismes de las criadas—dijo la abuela,—no oirá nada serio...

—No los escucho, los oigo—respondió la Bonnetable ofendida por la observación de la abuela, lo que no es lo mismo—afirmó con un tono de superioridad aplastante...—Esos chismes, como usted los llama, enseñan por lo menos a conocer a las personas de que se habla...

—Como no sirvan precisamente para lo contrario—rectificó la abuela descontenta.

—En todo caso—añadió la Bonnetable más y más ofendida por la oposición de la abuela,—la de Brenay es ridícula y su hija también...

—¡Oh!—protestaron las señoras en coro.

—Eso se llama ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio—dijo Francisca a media voz.

—Sí, son ridículas, lo mantengo—replicó la Bonnetable, dispuesta esta vez a dar la cabeza, si era preciso, para sostener su opinión.—Hase visto querer casarse con un hombre que tenga millones y un nombre histórico cuando se tiene 20.000 pesos y un nombre que no tiene nada de eso...

—Los Brenay son de buena familia—dijo la de Aimont.

—No digo que no en cuanto a la honradez—se dignó responder la Bonnetable.—Pero en cuanto a su partícula—acentuó con perfecto desprecio,—es una broma. Los Brenay son burgueses de partícula usurpada y no pertenecen en modo alguno a la aristocracia... Yo soy de tan buena familia como ellos, y jamás he tenido tales pretensiones... en los tiempos en que las tenía—añadió la amable vieja.

—Menos mal—dejó escapar Francisca por lo bajo.

—¿Usted ha tenido pretensiones?—preguntó alegremente la de Aimont tratando de evitar la tempestad que amenazaba.—Yo creí que estaba usted libre de tales debilidades...

—No...—dijo haciendo monadas la Bonnetable con voz que ella se esforzaba por hacer aflautada;—he pagado mi tributo a la juventud como todo el mundo... He sido muy solicitada.

—¡Qué guasa!—exclamó Francisca empujándome con el codo.

—Y muy adulada... Si no he hecho un brillante matrimonio ha sido porque no he querido.

—Embustera—dijo Francisca a la sordina, mientras yo me mordía los labios para no reír.

—¡Ah!—gimió la de Dumais,—nuestras pobres hijas no podrán decir otro tanto...

—Lo diremos de todos modos, mamá. A cuarenta años de distancia se dicen siempre esas cosas aunque sean inexactas—exclamó Francisca sin poder contener su maldita lengua.

El silencio, un terrible silencio de plomo se extendió como por encanto por el salón. La Bonnetable tomó la actitud de una persona gravemente ultrajada y la de Dumais, aplastada en su butaca, no tuvo siquiera el recurso de decir como de costumbre:

—¡Oh! Francisca...

—Sí—siguió diciendo la de Aimont, tratando de salvar la situación,—es indiscutible que el matrimonio es difícil para nuestras hijas. ¡Hay tan pocas buenas posiciones!... Es imposible casarlas con un empleadillo de 600 u 800 pesos de sueldo. ¿Verdad, Paulina?

—Sí, mamá.

—Sin embargo—se atrevió a decir la Sarcicourt con una apariencia de valor,—esos son los sueldos ordinarios de los jóvenes. Solamente más adelante...

—Queremos un marido que haya llegado. ¿Verdad, Paulina?

—Sí, mamá.

—En la industria y en el alto comercio se encuentran muy buenas posiciones—dijo la de Aimont, que no quería que se creyese la verdad, es decir, que dejaría a Paulina casarse con un vejestorio con tal de que hubiese llegado.

—El alto comercio y la industria—respondió victoriosamente la Bonnetable,—tienen otras pretensiones que las que usted puede atribuirles. ¿Qué son 10.000 pesos para un industrial o un comerciante tales como usted los concibe?... Una gota de agua.

—¿Y 2.000 pesos—preguntó Francisca con un candor inimitable,—qué serán entonces?... Serán la quinta parte de una gota... Una miseria.

—Sí, señorita—respondió la Bonnetable lanzando a la pobre Francisca unos ojos furibundos,—2.000 pesos de dote son la miseria... Por otra parte—siguió diciendo la dulce solterona,—haría falta una fortuna para corregir los desastres de la educación moderna. Las jóvenes actuales están muy mal educadas—terminó con una intención que no se ocultó a nadie.

—¿Están mucho peor educadas que las de otro tiempo?—preguntó Francisca en tono de exquisita urbanidad.

—¡Oh! Francisca...—murmuró la de Dumais pálida de espanto.

—Ciertamente—respondió la Bonnetable aniquilándola con la mirada.—En mis tiempos las jóvenes no preguntaban jamás a las personas mayores y esperaban modestamente que se les dirigiese la palabra.

—Debía de ser muy fastidioso—dijo Francisca con la modestia de una sólida convicción.

—En aquellos tiempos—siguió diciendo la Bonnetable más severa que nunca,—las jóvenes no pensaban más que en la corrección de su actitud.

—Qué mujeres tan distinguidas debían de ser...—suspiró Francisca con una expresión ingenua que velaba la impertinencia de sus palabras.

La de Dumais parecía literalmente sobre ascuas, la abuela fruncía la nariz y la de Aimont contenía una enorme gana de reír, mientras que la de Sarcicourt y Paulina echaban a su alrededor miradas de ciervas moribundas. Hacer frente a la intrépida señorita Bonnetable... Qué audacia...

Seguramente, ésta no es del tipo resignado... En su humor agresivo y autoritario, adivinaba yo una rabiosa recalcitrante. ¿Pero cómo cerciorarme?

Sin adivinar el precipicio que se abría ante mis pasos, me lancé inocentemente en la pelea preguntando a la Bonnetable si estaba satisfecha de haber permanecido soltera.

¡Dios mío, qué éxito!...

Fue aquello un estupor tan general en todo el salón, que comprendí instantáneamente que había metido los pies en el plato. Preciso era retirarlos...

La abuela vino por fortuna en mi socorro y reanudó la conversación como pudo para mantenerla en alturas inofensivas. Y sin la señorita Bonnetable, que respiraba con ruido como para tragar una píldora enorme, se hubiera creído que no había pasado nada extraordinario.

Al fin la situación se mejoró por completo en cuanto la inefable señorita Bonnetable se dignó levantarse para despedirse. Dio un adiós bastante seco a la abuela, nos volvió la espalda a Francisca y a mí y apenas estuvo política con las otras personas que allí estaban.

—¡Uf!—murmuró Francisca en cuanto se cerró la puerta después de dar salida a la dulce señorita Bonnetable.—¡Qué solterona!

Solamente entonces supe que la Bonnetable no se ha consolado todavía de su situación de solterona, debida a su carácter irascible y desagradable. «En los tiempos en que tenía pretensiones,» según su expresión, se dice que puso en fuga a cinco pretendientes; los cinco habían estado muy enamorados del dote, que era bueno, pero nunca pudieron resignarse a casarse con la mujer. Hasta se cuenta que uno de ellos ofreció a su futuro suegro tomar el dote sin la mujer. A lo que el señor Bonnetable contestó:

—¡Por vida del demonio! ¡Cómo le comprendo a usted, amigo mío!...

—¿Y yo?—respondió Francisca.—En lugar de ese pretendiente hubiera hecho duplicar el dote y tomado la mujer para ahogarla. Hubiera sido un servicio a la humanidad.

—¡Oh! Francisca...—protestó su madre angustiada.—No hables así...

La risa que se apoderó de todo el mundo acabó de restablecer el perfecto equilibrio de la conversación. Cuando todos se marcharon la abuela me regañó por mi indiscreta curiosidad y por las reflexiones de Francisca.

—Las faltas son personales—hice observar a la abuela.—Bastante tengo con mi tontería sin echar sobre mis hombros las de Francisca.

Pues, señor, he aquí un feliz estudio del natural...

A pocas torpezas de este género, estoy segura de ser despellejada viva antes de mucho tiempo... La abuela, que no quiere mi muerte, me ha impuesto que en adelante haga mis investigaciones con más discreción, y hasta ha añadido a modo de peroración:

—Ese género de torpezas, Magdalena, son señal de una educación detestable.

¡Qué humillación!...

7 de noviembre.

El gran día ha pasado...

Se acabó la entrevista y desapareció el miedo... Deo gratias.

En cuanto me desperté esta mañana me sentí la cabeza pesada, oprimido el corazón y contraído el estómago. Traté en vano de recobrar mi calma habitual... El pensamiento de pasar a mi vez por las exigencias de la feria del matrimonio me tenía un poco embobada.

—Señorita, he aquí un marido que le conviene a usted—zumbaba a mi oído no sé qué voz discordante del dominio de la pesadilla.—Véale usted... Examínele... este hombre es perfecto...

—Caballero...—me figuré que otras voces murmuraban en el mismo momento al señor Desmaroy,—acuda usted pronto a Aiglemont... En esa peña viven en buena armonía el dote y la mujer que le esperan... Tome usted a peso el primero y sea indulgente con la segunda... ¿Qué importa ésta si aquél le agrada?...

—Estos son—pensé,—los preliminares del matrimonio... del santo matrimonio cristiano... ¿Dónde está usted, monseñor Dupanloup?...

Resuelta, a pesar de estas terribles reflexiones, a afrontar las necesidades de mi no menos terrible situación de joven casadera, me presté de buen grado a los preliminares de ese comienzo de acuerdo entre dos almas... ¡Dos almas!... ¡Qué ironía!...

Un lindo cuerpo de seda azul pálido, moldeaba mi talle; y mi cabello, más cuidadosamente ondulado que de ordinario, realzaba mi modesta fisonomía. Una ojeada al espejo me dijo lo que yo sabía, es decir, que con menos de mis 28.600 pesos tendría aún alguna probabilidad de gustar a un pretendiente que no fuese ciego.

Concedido esto a la imparcialidad, me encontré sobre las armas a las dos menos cuarto. En seguida bajé al salón donde encontré a la abuela muy agitada.

—Y bien, Magdalena, ¿te late el corazón?—preguntó la abuela con emoción.

—No, querida abuela, mi corazón está muy tranquilo... El cerebro es otra cosa... Tengo un horrible dolor de cabeza.

—Muy tonta vas a estar, mi pobre Magdalena. Al diablo se le ocurre tener dolor de cabeza en un momento semejante...

—Poco importa, abuela, puesto que no soy ni coja, ni torcida, ni manca, ni muda, ni sorda, y tengo 28.600 pesos de dote... Con esta cifra supongo que no se exige tener ingenio. Por 28.600 pesos tiene una mujer todos los derechos posibles a la tontería.

—¡Siempre tus ideas!... ¡Qué extraña eres!... En fin, explica de una vez lo que quieres...

—¿Lo que quiero?... no hago más que repetirlo, abuela. Desearía, sencillamente, elegir yo misma mi marido... si debo casarme. Quisiera que se me permitiese ver seres masculinos de carne y hueso y aprender a conocerlos de otro modo que de oídas. Mi satisfacción sería completa si un día sintiese en el corazón el estremecimiento preludio del amor y pudiera decirte designándote al que lo hubiera provocado: ese es mi marido, con ese me casaré, no porque tiene el bigote rubio o los ojos de tal color, una fábrica o una fortuna, sino porque me gusta bastante para seguirle para siempre en el dolor como en la alegría...

—¡Qué demencia!—exclamó la abuela consternada.—Esas son ilusiones románticas... La vida no es una novela...

—¿Por qué no?... ¿Qué inconveniente verías en que la vida de dos en el matrimonio fuese una deliciosa novela?... Debe ser una de esas novelas cuya lectura puede permitir una madre a su hija... con tal de que esté bien escrita, entendámonos... Me gusta cuidar el estilo...

—Locuras—balbució la abuela.

Un campanillazo, un ademán de la abuela para asegurarse de que su peinado está como es debido, un dolor más fuerte en mi cabeza, y entró en el salón mi destino bajo la forma del señor Boulmet acompañado del señor Desmaroy.

Boulmet estaba radiante y, con una gracia antigua, solemnizada por cuarenta años de notariado, nos presentó al señor Desmaroy como un ferviente aficionado a antigüedades, lo que trajo a los labios de todos una leve sonrisa...

Desmaroy, muy en su papel, no parecía cortado para un hombre en su caso, y se resignó con visible buen humor a ver todas las antigüedades posibles, incluso mi persona.

Aproveché el interés que manifestaba el visitante, suspendido de los labios de la abuela, que le explicaba la procedencia de una consola, la historia de un cuadro o la leyenda de una miniatura, para observar en detalle a mi pretendiente.

Era visible que se esforzaba por conquistar a la abuela por una atención respetuosa y delicada a todas sus palabras. Un buen punto por esto...

Ni bajo ni alto, ni gordo ni delgado, Desmaroy tiene unas señas personales que corresponden a no pocos ciudadanos franceses... Es de los que se dice: frente regular, nariz regular, etc... Sólo su mirada autoritaria y su barbilla testaruda ofrecen algo bastante característico.

Desmaroy no es ciertamente un cualquiera y hasta estoy dispuesta a creer que posee cualidades eminentes. Los ojos y la sonrisa son francos, pero la voz, voluntariamente dulcificada, tiene a veces singulares inflexiones. Es cortante y punzante. Además, ese diablo de barbilla... esa mirada... huelo el dueño, el hombre seguro de su fuerza y que quiere imponérsela a todos... Es verdaderamente guapo; y, sin embargo, tengo la intuición de la antipatía de nuestros defectos, así como creo en la probable simpatía de nuestras cualidades. Su autoritarismo da miedo a mi independencia. Si me decido a tomar un marido, no quiero darme un dueño.

Poco a poco, el señor Desmaroy olvida su dulzura convencional. Su mirada es la de un comisario cuando inspecciona las cosas que le enseña Boulmet, el cual, correcto en extremo, se mata por presentar a su cliente todas las antigüedades de la abuela.

—Esto, señor mío, es del siglo XIII... Esto del XIV... Tal cosa data del reinado de Luis XIV... Tal otra es del más puro Enrique II...

Y el señor Desmaroy mira, toma a peso, aprecia y estima.

Ni una sola vez habla del valor artístico del objeto designado... No... vale tanto o cuánto. Su admiración no empieza hasta los 100 pesos; hasta esa cifra hace un gesto desdeñoso.

Es halagüeño para mí... Si soy pesada en la misma balanza, qué ideal...

Al llegar al inmenso tapiz de Beauvais, del comedor, el señor Desmaroy deja escapar un grito del corazón:

—Qué error dejar dormir tanto dinero... Cuánto dinero improductivo... Si este tapiz fuese mío, qué pronto le vendería...

La abuela disimula su asombro con una sonrisa que lo mismo significa adhesión que reprobación. De prisa va el caballero... «Si fuese mío...» ¡Oh! hablar de vender el tapiz de Beauvais...

La mirada del señor Desmaroy se cruza con la mía. Nuestras dos voluntades cruzan el hierro. La suya, un poco arrepentida de la reflexión que se le ha escapado; la mía bastante desdeñosa por la indiscreción cometida.

Evidentemente mi antipatía se precisa.

Desmaroy sostiene sus ideas y yo las mías, nos miramos otra vez, no como amigos sino como luchadores.

Leo en sus ojos:

—Esta muchacha es demasiado absoluta... Qué cabeza... Yo la meteré en cintura... Una mujer está hecha para obedecer.

Bajo los ojos y mis párpados ocultan una respuesta acerba e irritada...

—No, no me meterá usted en cintura, porque jamás seré su mujer...

Desde este momento mi cerebro se despeja, póngome alegre y sonriente, la preocupación desaparece y me encuentro libre... ¡Dichosa sensación!... Ya no hay pretendiente, ni estudio, ni cuidado, ni veo en el señor Desmaroy más que un aficionado a antigüedades...

Mi buena querida abuela está encantada viendo aquel cambio repentino y la visita se acaba con todas las apariencias de un acuerdo cordial. Adivino que el señor Desmaroy me encuentra muy a su gusto y salta a la vista que Boulmet está orgulloso de su cliente; la abuela se enorgullece ostensiblemente con una nieta tan linda.

—Estas tablas—le dice,—son modernas; están pintadas por mi nieta... Este almohadón bordado ha sido copiado por mi nieta de un modelo antiguo...

No faltó más sino que la abuela me hiciese ponerme al piano para tocar una pieza o cantar una romancita...

Por fin se termina la sesión. Todo el mundo está satisfecho y yo también... Decididamente, la feria del matrimonio tiene de bueno que enseña a estar contento de uno mismo y de los demás. Esto último es mucho más raro que lo primero. La abuela no cesa de elogiar al pretendiente.

—¿Y el tapiz, abuela?...

—¿Qué tapiz?... ¡Ah! sí, la venta... Razonamiento de hombre de negocios, hija mía... Piensa como un hombre serio.

Pido ocho días de reflexión. Es imposible decir hoy a la abuela:

—Los defectos de ese caballero son antipáticos a los míos; no le quiero.

La buena señora me creería loca y se pondría enferma de pena. En ocho días todo se arregla. El tiempo es un hábil auxiliar...

Mientras tanto respiro a mis anchas y me siento libre de un peso enorme... ¡Qué bien voy a dormir esta noche!...

15 de noviembre.

Hacía bien en contar con mi buena estrella para sacarme del mal paso. Todo se ha arreglado con una sencillez asombrosa.

Una aventura no muy lejana ocurrida al señor Desmaroy y descubierta por el padre Tomás, encargado por la abuela de comprobar los informes del notario, ha puesto fuego a la pólvora y apresurado el no final. La abuela ha suspirado un poco por la forma al pronunciarle categóricamente, pero su negativa ha sido espontánea porque no podía prescindir de la cosa... Boulmet se ha mostrado menos fácil.

—Pardiez—exclamó,—puesto que la novela en cuestión se terminó ocho días antes de las negociaciones, ¿qué más quieren ustedes?...

—Nada de novelas—repliqué.

—¡Nada de novelas!—repitió el señor Boulmet en el colmo de la estupefacción.—¿Dónde encontrará usted un hombre de treinta años que no haya tenido su novela?... ¿Su novela?... Sus novelas, su colección de novelas...

—De acuerdo—replicó la abuela, contrariada por encontrar una tacha en su pájaro raro.—Pero si desgraciadamente es imposible ignorar que existen esas novelas, se puede exigir al menos que la última no se haya terminado hace tan poco tiempo... y, sobre todo, que no haya lugar a temer que la última hoja de esa novela no se haya vuelto tan definitivamente como se quiere asegurar...

—Señora—respondió Boulmet,—el señor Desmaroy es un hombre de honor.

—¿Qué tiene que ver el honor de un hombre con esta especie de cosas?... ¿Ignora usted, acaso, que hay hombres que se jactan de pagar sus deudas y no temen faltar a sus juramentos? El honor humano es poca garantía cuando se trata de la fe conyugal.

—El señor Desmaroy tiene principios religiosos, de modo que...

—¿Le han protegido los principios religiosos?

—Acaso le han sostenido y preservado mucho tiempo... Y después, qué diablo—añadió nuestro notario falto de argumentos,—los principios religiosos salvan el edificio, pero no impiden las grietas... en ciertas naturalezas.

—Y bien—dijo la abuela,—nosotras no queremos grietas, está decidido.

He vuelto, pues, a ser una joven como las demás... ¡Qué suerte!

La de Ribert y Genoveva, a quienes había puesto al corriente de las peripecias de los últimos días, me aprobaron completamente cuando fui a contarles el desenlace de nuestros proyectos de matrimonio.

—Magdalena—me dijo la de Ribert con una melancolía que no es en ella habitual—desconfíe usted de las locuras pasadas en un futuro marido... Estas locuras vuelven a empezar muchas veces.

Es lo que yo pensaba. Me ha satisfecho, sin embargo, oírselo repetir a una mujer que ha tenido ciertamente algo de ese género que reprochar a su marido. Aunque se suponga lo contrario, la experiencia de los demás nos aprovecha siempre un poco.

Con la de Ribert he reanudado mis averiguaciones relativas a las solteronas. Le he contado nuestro pique con la Bonnetable y mi desencanto a propósito de las solteronas desde que las estudio al natural. En primer lugar, la maldad de algunas de ellas, mis dos malas lenguas de la Catedral; después el matiz grisáceo y desteñido de las pobres solteronas resignadas con su estado, en lugar de estar alegres; en fin, la omnipotencia notable de las recalcitrantes del celibato que dejan caer sobre todo el mundo, en general, y sobre cada cual, en particular, el peso de su descontento perpetuo.

—Hará usted mal de juzgar por el carácter de la excepción el carácter de la masa—me respondió la de Ribert.—¿Cree usted de buena fe que las solteronas tienen el monopolio de la maldad en la charla, y que sólo una de ellas puede presentar el carácter de la Bonnetable?...

—No—respondí convencida por el razonamiento.—Tiene usted razón. El amor a los chismes no es solamente un defecto de solterona, sino la pasión de todas las mujeres desocupadas y frívolas. En cuanto al carácter de la Bonnetable, debe ciertamente de encontrarse en mujeres casadas.

—Conozco algunas, por mi parte, que no dejan nada que desear en cuanto al órgano, al gesto y a la manía del mando. Esas hacen marchar su casa con la punta del dedo, y no están contentas más que de ellas mismas y de su progenitura. Todo lo que no toca inmediatamente al círculo reducido de su familia, es implacablemente criticado, denigrado y pisoteado...—dijo Genoveva.

—Eso no es raro—repuso la de Ribert, sonriendo.—Hasta hay mujeres que se dicen bien educadas que llegan a decir palabrotas... Pero no hablemos de esas monstruosas excepciones. El matrimonio es un gran sacramento, es verdad, pero sería pueril reconocerle la facultad de dar a las que le reciben inteligencia, dulzura y virtud. Existen las agriadas del matrimonio, como las agriadas del celibato. Y así como no se dice que todas las casadas son desagradables, porque lo son algunas, se debe tener la misma circunspección respecto de las solteras.

—Es verdad—respondí.—Pero el mundo no hace esas distinciones y condena a las solteronas en conjunto. La abuela, de acuerdo con el mundo, no las quiere nada, aunque tenga una profunda amistad con algunas de ellas... La abuela estaría enteramente desolada si yo me quedase soltera.

—Comprendo que la buena señora desee establecer a usted, pero en fin, ¿qué reprocha al celibato? Confieso que no veo bien el por qué de su animosidad, aunque me dé cuenta del de su preferencia.

—Afirma que el celibato es una situación anormal, antinatural y... ¿qué se yo?

—Sí, la mujer debe casarse, tener hijos... eso es conocido... ¿Y qué más?

—Según ella, la mayor parte de las solteronas son egoístas.

—¿Y los premios Montyon?...—objetó Genoveva.—Esos premios son de solteras y no para las egoístas...

—La abuela dice también que las solteras tienen la devoción estrecha, meticulosa y hecha de menudas prácticas, más que de profunda piedad; que son charlatanas y envidiosas; que tienen ideas mezquinas y atrasadas, y, en fin, que poseen todos los defectillos imaginables, entendiendo por defectillos todo lo que achica un carácter, todo lo que apaga un alma...

—Sí, pero el conjunto de esos defectos constituye una tacha enteramente femenina y no es sólo aplicable a las solteronas... No creía yo que la señora de Sermet tenía respecto a ellas esa opinión tan poco fundada...

—Sí, señora—respondí,—y eso es lo que me ha hecho empezar mis investigaciones. Me sentía tan poca vocación por el matrimonio y tanta por el celibato, que he querido darme cuenta de lo que se podía reprochar a esas pobres criticadas.

—¿Y has encontrado algo?—preguntó Genoveva con interés.

—No mucho... Veo, sobre todo, muchos prejuicios e ideas hechas que pasan de generación en generación como un gabán viejo que cada cual adapta a su talla y a su gusto.

—Creo—dijo Genoveva,—que lo que más ha contribuido a dar un aspecto ridículo a la solterona, es la inconsecuencia de algunas de ellas—las recalcitrantes del celibato, como tú las llamas,—que tienen la mala costumbre de gritar sus penas al primero que se presenta, y de ir de puerta en puerta pidiendo un marido.

—¡De puerta en puerta!—murmuré sorprendida...

—Pregunta a mamá—interrumpió Genoveva.

—Genoveva tiene razón, Magdalena. Conozco personalmente solteras, contemporáneas mías, cuya juventud se ha pasado en repetir a todas sus relaciones: «Cáseme usted... Por Dios, encuéntreme usted un marido... No se olvide usted de mí.» Esto se repite al principio con compasión, después con un dejo de burla y luego con un desdén acentuado. Y se deduce ligeramente que todas las solteronas se encuentran en este caso ridículo y no forman en su conjunto más que una gran colección de «dejadas por cuenta.»

—Es injusto—exclamé con emoción.

—No, Magdalena—respondió sencillamente la de Ribert.—Supongamos que Francisca, Petra y Paulina no se casen. ¿Qué pensará usted?

—Que no han encontrado el pretendiente de sus sueños—respondí sin reflexionar.

—Ya lo ve usted... Usted misma, una amiga, participa de la opinión general. Si no encuentran el pretendiente de sus sueños, es evidentemente porque éste no es tal pretendiente... Convengamos en que hay aquí un «dejado por cuenta» evidente.

—Acaso mis amigas tienen pretensiones por encima de su situación de fortuna y...

—Sí, lo concedo, y de eso tiene la culpa la educación moderna; pero, en suma, sus amigas de usted serían «dejadas por cuenta» puesto que los pretendientes que ellas aceptarían no las quieren...

—Pero—entonces balbucí confundida,—las solteronas han hecho ellas mismas su reputación...

—En mucha parte, sí—afirmó la de Ribert.—Las solteras forzosas han gritado tanto sus desilusiones, que el mundo, generalmente poco benévolo, ha creído que todas las solteras estaban en el mismo caso.

—¡Vírgenes y mártires!—exclamó muy contrariada por esta nueva concepción.—¡Es completo!

La de Ribert y Genoveva se echaron a reír. Mi consternación les divertía.

—Y bien, ese maravilloso estado, ¿te tienta todavía?—preguntó Genoveva con los ojos brillantes de malicia.

—Sí—respondí con alguna vacilación.—Pero me fastidia, sin embargo, pensar que las solteronas tienen un lado un tanto ridículo... ¡Qué idea, reclamar un marido con tanta insistencia y tan poca discrección!... ¡Bah!—exclamé con más firmeza,—me siento, con todo, una aptitud sublime para esa vocación tan desacreditada... Sin embargo, por complacer a mi abuela, consiento en poner toda mi buena voluntad al servicio del matrimonio. Mi amor a las solteronas no me impedirá, probablemente, volver a empezar dentro de poco la ceremonia de los últimos días con otro caballero.

—¿No te ha curado el señor Desmaroy de esa buena voluntad?—preguntó Genoveva sonriendo.

—No, ese señor ha respondido simplemente a la pregunta que yo había hecho al señor Boulmet. «¿Tiene corazón?» Ha resultado que tenía más del necesario, y no ha habido más.

—Sí—dijo la de Ribert muy animada,—y además no le gustaba a usted...

—Absolutamente nada—exclamé con una seguridad inmutable.

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