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La raza

MIGUEL LÓPEZ DE LEGAZPI

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Entre las expediciones hechas en el siglo XVI para el descubrimiento y la conquista de las islas del Poniente, figuran la de Hernando de Magallanes, la de frey García de Loaysa, la de Alvaro de Saavedra Cerón y la de Ruy López de Villalobos.

El objeto determinado de ésta fueron las Filipinas. El de las demás, las Molucas.

La expedición de Villalobos es como el prólogo de la de Legazpi.

* * *

En 1538 y 1539, el emperador Carlos V facultó a don Pedro de Alvarado, adelantado de Guatemala, para el apresto de una flota de cinco navíos, con destino al descubrimiento y la conquista de las islas del Poniente.

Sin embargo, don Antonio de Mendoza, virrey de la Nueva España, envió a Francisco Vázquez con una armada a dichas islas.

Con este motivo surgieron escandalosas diferencias entre Alvarado y el virrey.

Por fin, se concertaron respecto a todo lo que se descubriese, tanto por mar como por tierra, dentro de los límites contenidos en las capitulaciones ajustadas entre ambos a 29 de noviembre de 1540, conviniendo en enviar dos flotas, una a las islas, para ver lo que en ellas había, y otra a la costa de Tierra Firme, hasta dar con el fin y el secreto de ellas, la primera compuesta de tres naves y una galera, con 300 hombres, al mando del caballero Ruy López de Villalobos..., «muy experto y plático en las cosas de la mar», y la segunda, de cinco navíos y una fusta, con 300 hombres, a las órdenes del caballero Juan de Alvarado.

Este convenio mereció la aprobación del monarca en 26 de julio de 1541. Poco después murió don Pedro, y se encargó completamente de la empresa don Antonio de Mendoza, que el 18 de septiembre de 1542 le dió a Villalobos intrucciones para el descubrimiento que se le había conferido.

Formóse la flota con las naves Santiago, San Jorge, San Juan de Letrán y San Antonio, la galeota San Cristóbal y la fusta San Martín. Iban por maestre de campo, Francisco Merino; por capitanes, Bernardo de la Torre, don Alonso Enrique, Matías de Alvarado, Pedro Ortiz de Pineda y Cristóbal Pareja; por oficiales del rey, García de Escalante Alvarado, como factor; Jorge Nieto, como contador; Onofre de Arévalo, como veedor, y Juan de Estrada, como tesorero; por pilotos, Gaspar Rico, de la Santiago; Alvaro Fernández Tarifeño, de la San Jorge; Ginés de Mafra, de la San Juan, y Francisco Ruiz, de la San Antonio. Los oficiales del virrey eran Martín de Islares, factor; Guido de Lavezaris, contador, y Gonzalo Dávalos, tesorero. La tripulación constaba, según unas relaciones, de 370 hombres, y, según otras, de 400. Embarcáronse cuatro religiosos agustinianos: fray Jerónimo de Sanctisteban, prior, que años adelante escribió un relato del viaje; fray Nicolás de Perea, fray Alonso de Alvarado y fray Sebastián de Reina, y cuatro clérigos: el comendador Laso y los padres Martín, Cosme de Torres y Juan Delgado. Acompañaban a Ruy López de Villalobos los caballeros e hidalgos Iñigo Ortiz de Retes, Bernardino de Vargas, Antonio de Bustos y Francisco Alvarado.

La armada salió del puerto de la Navidad el 1.° de noviembre de 1542. El 6 de enero de 1543 encontraron las islas de los Jardines. Cien leguas al oeste de ellas se perdió la galeota San Cristóbal. El 20 avistaron una isla pequeña, a la que se llamó Matalotes. El 2 de febrero arribaron a la de Mindanao, que, por su gran extensión, fué denominada Cesarea Karoli. «La majestad del nombre—dice Escalante de Alvarado—le cuadraba». Costeando hacia el sur la isla de Mazaguá y apartándose de ella, dieron en la de Sarangani. Los indígenas no les llevaban bastimentos. Y se sembró maíz, pero no nació. Los soldados se disgustaban, y hubieran preferido la muerte en la pelea a tener que morir de hambre. La que allí pasaron llegó a los mayores extremos. Desde Cochin, «de la India del rey de Portugal», le decía fray Jerónimo de Santisteban a don Antonio de Mendoza, virrey de la Nueva España, en carta de 22 de enero de 1547: «El hambre no sufría espera...; en fin, comimos cuantos perros y gatos y ratas se pudieron haber, y otras malas savandijas y yerbas no conocidas, que todo fué causa de la muerte a muchos y de grandes enfermedades; en especial, comieron muchos de unas lagartijas grandes; son pardas y relucen mucho; muy pocos son vivos de los que las comieron; comiéronse cangrejos de tierra, que algunos estaban locos un día de los que comían, en especial si comían las tripas».

La San Cristóbal llegó a Sarangani al cabo de cinco meses. Sus navegantes fueron recibidos con inmensa alegría, pues se les creía perdidos. Esta alegría aumentó al oírseles decir que en aquel tiempo habían estado en unas islas ricas en víveres y cuyos moradores rescataban con facilidad.

De tal júbilo provino el que se diera a aquellas islas el nombre de Filipinas, como homenaje al príncipe don Felipe.

«En la isla de Ambón—escribe Santisteban—, viniendo de camino, sacó Dios a Rui-López de Villalobos de ruin mundo... Murió de calenturas y muy cano, después de muy seco de pensar y congojar; murió muy pobre y recebidos todos los Sacramentos: de 370 españoles que salimos de esa Nueva España, llegamos a Malaca 117; quedaron en Maluco 30 o pocos más, y presos entre infieles, 12.»

* * *

Muchos años mediaron entre la expedición de Villalobos y la de Legazpi, por los fracasos de algunas flotas enviadas al estrecho de Magallanes, por los grandes gastos que ocasionaban y por el empeño que hubo en comunicar el Atlántico con el Pacífico por el istmo de Panamá, aprovechando el curso del río Chagres.

En 1558, el rey Don Felipe II le manda a don Luis de Velasco, virrey de Méjico, hacer en la mar del sur navíos para el descubrimiento de las islas del Poniente.

En 9 de febrero de 1561 el virrey le da cuenta al monarca de ocuparse en el apresto de la Armada y le recomienda para dirigirla a Miguel López de Legazpi, natural de Zumárraga, provincia de Guipúzcoa, que llevaba veintinueve años en la Nueva España, donde había sido, con general estimación, alcalde ordinario y escribano mayor de Cabildo. «Estaban sus bríos prontos para cualquier empresa, por haber sido hombre de gran valor y esfuerzo, y aun vivían en la blanca nieve de sus venerables canas las centellas de su ardiente juventud, acompañadas de la prudencia y madurez de sus años.»

Don Luis de Velasco fué facultado para ordenar la expedición como mejor le pareciese.

Se retrasó el apresto de las naves hasta el extremo de mediar una carta apremiante del rey, fechada a 13 de febrero de 1563, a la que contestó Velasco el 25 de febrero de 1564, presentando sus excusas y anunciando la salida de la flota para el mes de mayo. No pudo cumplir la oferta, y volvió a disculparse en 15 de junio.

Muerto Velasco a fines de julio, la Audiencia, que en tales casos asumía la autoridad y el Gobierno, ultimó los preparativos del viaje, y en pliego cerrado le entregó a Legazpi una extensa y muy detallada instrucción.

El 20 de noviembre de 1564 los expedicionarios salieron del puerto de la Navidad con dos galeones grandes y dos pataches pequeños.

La nave capitana se llamaba San Pedro, de quinientas toneladas. En ella iban: como maestre, Martín de Ibarra, natural de Bilbao, «con los más lucidos soldados y más expertos marineros», y como pilotos, Esteban Rodríguez, natural de Huelva, y el francés Pierres Plin; por factor, Andrés de Mirandola; por alguacil mayor, Andrés de Ribera; por escribano mayor, Hernando Riquelme, de Sevilla; por capitán de artillería, Juan Maldonado del Berrocal, de Burgos; por alférez mayor, Andrés de Herrera, mejicano; por sargento mayor, Luis de la Haya, de Valladolid, y por capitán de infantería, Martín de Goiti, de Bilbao, con su compañía y la de Legazpi. También se embarcaron en la San Pedro, Felipe de Salcedo, nieto del general e hijo de doña Teresa de Legazpi y de don Pedro Salcedo, y los religiosos agustinos fray Andrés de Urdaneta, fray Martín de Rada y fray Andrés de Aguirre.

En la almiranta, denominada San Pablo, de cuatrocientas toneladas, fueron: como jefe, el maestre de campo Mateo del Sanz, de Ciudad Real; por piloto mayor, Juan Martínez Fortín; por acompañado, Diego Martín, de Triana; por maestre, Juan María, genovés; por tesorero, Guido de Lavezaris, y por contador, Andrés de Cauchela. En esta nave iban dos padres de la Orden de San Agustín, fray Diego de Herrera y fray Pedro de Gamboa.

En el patache San Juan, de cien toneladas, fué por capitán Juan de la Isla; por piloto, su hermano Rodrigo de Espinosa, y por maestre, Julián Felipe, de Triana.

El San Lucas, de cuarenta toneladas, lo mandaba el capitán don Alonso de Arellano, yendo por piloto Lope Martín, mulato, natural de Ayamonte, y por maestre, Nicolao, habilísimo marinero, de nacionalidad griega.

Intérprete de la Armada era un indio llamado Jorge, que sabía muy bien la lengua malaya. Este indio fué convertido al catolicismo, en Tidor, por los religiosos de la flota de Ruy López de Villalobos, y pasó a la Nueva España con el soldado Pedro Pacheco, natural de Ciudad Rodrigo, que había formado parte de aquella expedición desdichadísima.

Durante cinco días corrió la de Legazpi al suroeste, y el 25 de noviembre el general mandó reunir en su nave a los religiosos, capitanes y oficiales, al alférez, al sargento, al alguacil mayor y a los pilotos, y le presentó, por ante el escribano Hernández Riquelme, instrucción que traía, cerrada y sellada, de la Nueva España, y que se le había ordenado no abrir hasta haber navegado cien leguas, en la que se disponía que el viaje se hiciese con rumbo a las islas Filipinas y a las inmediatas a ellas.

En cuanto a la derrota, había habido disconformidad de pareceres entre fray Andrés de Urdaneta y el capitán Juan Pablo de Carrión, que, enemistado con el padre, no quiso ir en la Armada.

Urdaneta había ido, en 1525, en la de García de Loaysa, a las Molucas, donde sirvió durante ocho años, como soldado, como capitán y en oficios de la real Hacienda. En 1536 le dió cuenta a Carlos V de los sucesos de aquella expedición. Después, hasta 1552, desempeñó en Nueva España, por nombramiento y encargo del virrey don Antonio de Mendoza, importantes comisiones relativas a asuntos de guerra y de paz. En 1553 ingresó en la Orden de San Agustín. El virrey don Luis de Velasco se valió de él para negocios interesantísimos. Felipe II, por cédula expedida en Valladolid a 24 de septiembre de 1559, dispuso que Urdaneta fuera, con dos religiosos más, a las islas del Poniente, en la flota de Legazpi; y fray Andrés le contestó al monarca, en carta fechada en Méjico a 23 de mayo de 1560, que, aunque estaba falto de salud, había padecido muchos trabajos desde su mocedad y necesitaba reposo en lo que le quedara de vida, se disponía, por veneración a la majestad real y a la fe católica, a las molestias de la nueva jornada.

El soberano quería que la flota fuese en busca de las islas Filipinas, sin entrar en las Molucas, para no infringir las capitulaciones hechas con el rey de Portugal, y Urdaneta opinaba que estas islas no solamente caían dentro de los términos de lo del empeño, sino que la extremidad de ellas por la parte de Levante estaba comprendida en el meridiano de las Molucas; por lo cual debía enviarse dos galeones y un patache a descubrir por aguas del Poniente de Méjico, «arando la mar», hasta los límites de lo correspondiente a los portugueses. No hallaba reparo en que se llegase a las Filipinas para rescatar a los españoles que allí hubiera cautivos, de los que en 1525 fueron en la armada de Loaysa; de la enviada en 1527, por el marqués del Valle; de un navío, también de Hernan Cortés, que, yendo del Perú a la Nueva España, fué a dar, combatido por vientos contrarios, en aquel archipiélago, y de la expedida en 1542 por don Antonio de Mendoza. Pero no se debía hacer otras contrataciones que la compra de algunas cosas merecedoras de verse como muestras y la de los bastimentos precisos para el viaje.

El septiembre de 1564 el capitán Juan Pablo de Carrión, nombrado almirante de la flota de Legazpi, le escribe al rey que las Filipinas las ha descubierto, antes que nadie, en 1521, Magallanes, y que «son Islas que los Portugueses nunca han visto y están muy a trasmano de su navegación, ni an tenido noticias dellas, sino aya sido por alguna figura o carta de marear nuestra». Y arremetiendo contra Urdaneta y contra Legazpi añade: «... el padre fray Andrés ha dicho resueltamente que no se embarcará si el Armada va adonde yo digo; y como el que va por general, ques Miguel López de Legaspe, es de su nación y tierra y íntimo amigo, quiérele complacer en todo, y como el dicho general no tiene nenguna esperencia en estas cosas, ni entiende nenguna cosa de navegación, por no lo aver usado, no sabe destenguir lo uno de lo otro, y en todo se abraza a la voluntad del padre.»

En la controversia entre Urdaneta y Carrión sobre si la armada debía ir o no a las Filipinas, aparentemente venció fray Andrés, porque, al salir los buques del Puerto de la Navidad, se dijo que irían a las Molucas; pero, en realidad, el victorioso fué el capitán, con arreglo a cuyos dictámenes redactó la Audiencia de Méjico y le entregó a Legazpi la orden secreta, según la cual pondría las proas hacia el archipiélago filipino, cuando los navíos llevaran recorridas cien leguas desde la Nueva España: «Haréis vuestra navegación en demanda y descubrimiento de las Islas del Poniente hacia los Malucos, sin que por vía ni manera alguna entréis en las Islas de los dichos Malucos, porque no se contravenga el asiento que Su Magestad tiene tomado con el Serenísimo Rey de Portugal, sino en otras islas que están comarcanas a ellas, como las Filipinas y otras que están fuera del dicho asiento y dentro de la demarcación de S. M...»

Se resolvió el pugilato armonizando el que se cumpliera la voluntad del Monarca y el no prescindir del utilísimo concurso de fray Andrés, quien, de haberse aclarado desde el primer momento el camino que había de seguirse, se hubiera quedado en tierra.

Los religiosos se lamentaron del contenido de la instrucción y de que habían sido engañados; pero, en virtud de los preceptos superiores y de las reflexiones de Legazpi, se conformaron con la novedad, y habiéndose discutido sobre cuál sería la mejor ruta para las islas Filipinas, se decidió navegar al oeste, cuarta del sudoeste, y al llegar a una altura de 9° dirigirse al oeste en busca de las islas de los Reyes y las de los Corales; de éstas irían a las de los Arrecifes y Matalotes, y desde allí, al archipiélago de San Lázaro.

El 30 de noviembre, el patache San Lucas, que iba delante de la capitana, desapareció, sin que en mucho tiempo se volviera a saber de él. Esta embarcación, buscando o con la excusa de que buscaba a la flota en la isla de Mindanao, en las de Magallanes y en otras, regresó a Nueva España y llegó al puerto de Navidad el 9 de agosto de 1565.

Siguieron navegando días y días sin que los pilotos pudieran ponerse de acuerdo respecto a las leguas que llevasen recorridas. En la madrugada del 18 de enero de 1565 creyeron estar cerca de tierra, por haberlo dado a entender el buque almirante con un disparo de artillería; mas, habiéndose convencido de que se trataba de una ilusión, continuaron la marcha. Cuando efectivamente vieron tierra fué el día 9. Era una isla pequeña, abundante en palmas de coco y en árboles. Bajaron a examinarla fray Andrés de Urdaneta, Felipe de Salcedo, Mateo del Sanz y el capitán del San Juan. Al volver a las naves, refirieron que se habían encontrado con un indio y una india viejos, que debían ser marido y mujer; una india joven, que debía ser hija del matrimonio, y una pequeñuela, que sería hija de la india moza; que no entendieron el idioma de aquellos naturales; que les obsequiaron con cuentas de vidrio y otras bagatelas, y que ellos se mostraron muy pesarosos al retornar los visitantes a la playa. Otras noticias les dieron a los demás expedicionarios: había allí muchas frutas, pescados, gallinas, patatas y millo. En cuanto a los habitantes, el indio era de buena conformación y las mujeres eran guapas. Todos llevaban el cabello suelto y largo. Tenían canoas muy lindas, anzuelos de cordeles y de hueso; carecían de utensilios de barro y no usaban armas de ninguna clase.

Tan pintoresco territorio recibió el nombre de isla de los Barbudos.

Poniendo las proas al noroeste, llegó la flota el 22 de enero a unas islas que, según los pilotos, formaban parte del archipiélago filipino, y, según el padre Urdaneta, eran las de los Ladrones. Numerosos isleños, en cincuenta canoas, que llamaban paraos y estaban hechas de palma, rodearon a la armada y prorrumpieron en grandes voces, con las que parecían invitar a los nuestros a que fueran a sus poblaciones, donde les darían de comer hasta que se hartasen. La costa estaba cuajada de palmares de coco, y entre los palmares había viviendas. Al anochecer encendieron los indios infinidad de hogueras. Antes de que los castellanos desembarcaran, Legazpi, dando pruebas de ser un habilísimo diplomático, ordenó que nadie se atreviese a hacerles daño a los indígenas, ni a quitarles nada, ni a tocar en sus sementeras y labranzas, ni a cortar palmas ni otros árboles, y que los rescates pudieran hacerlos únicamente los oficiales del rey. Esta orden malhumoró a los soldados. El día 23 los isleños trajeron cocos secos y verdes, cañas dulces, plátanos, arroz, batatas y otros artículos, trocándolos por naipes, cascabeles, cuentas de vidrio y trozos de orillo; pero, desconfiadísimos, se negaron a entrar en las naves. En las sucesivas contrataciones exigieron, para el pago de sus mercancías, primero hierro y, después, clavos, por haber comprendido cuán útiles habían de serles para sus canoas. Tenía razón el padre Urdaneta: aquéllas eran las islas de los Ladrones. Se pedía, sobre todo, arroz a cambio de clavos grandes, y los indios, con una sagacidad y una desaprensión indescriptibles, llevaban fardos, en cuya parte superior había una capa de arroz como de dos dedos, siendo arena todo lo demás, y otras veces metían en los fardos piedras y hierbas para aumentarles el peso y hacer los cambalaches más ventajosamente. Se les compró gran cantidad de barriles de aceite de coco, y se vió que la mayor parte contenían agua con uno o dos dedos de aceite. Con frecuencia cometían otros engaños, como el de acercarse algo a uno de los buques, esperar a que se les echasen los clavos, y luego, sin entregar las mercancías, salir huyendo hacia los otros buques para repetir idénticas operaciones.

Al patache San Juan le desclavaron un pedazo de un hierro del timón, procuraron arrancar los clavos del costado de las naves y a todas les quitaron las boyas. Un indio le arrebató a un soldado un arcabuz que llevaba al hombro. Otro indio le pegó a otro soldado con una vara en el pecho, y aunque no se lo lastimó, porque llevaba cota, le produjo en una mano una herida, de la que murió inmediatamente. «Todo lo cual hacían sin vergüenza ninguna, porque de cosa no la tienen».

Legazpi salió a tierra y, en nombre de Su Majestad, tomó, con gran aparato, posesión de esta isla, que era la de Goam, nombrada Guan en el derrotero del piloto mayor Esteban Rodríguez, y Boan en el de Pierres Plin. Aunque se había propuesto conducirse con aquellos isleños de la manera más afable, se vió obligado a disponer que los castigaran. Parte de nuestra gente bajó a tierra a cargar de agua dulce, y los indios fingieron recibirles de paz. Cuando llegó el momento de recogerse a los navíos, se quedó rezagado, durmiendo entre unos palmares, un muchacho, que era grumete, sin que los españoles le echasen al pronto de menos. Al darse cuenta de que faltaba, fueron a buscarle, mas le encontraron hecho pedazos. Los isleños le habían atado de pies y manos, le habían producido más de treinta heridas, traspasándole el cuerpo con lanzas, le habían desollado la cara, le habían metido por la boca un palo, que le salía por el colodrillo, y le habían apedreado.

El maestre de campo Mateo del Sanz les quemó algunas canoas y casas, hirió a varios indios, mató a otros y prendió a cuatro. A tres se les ahorcó en el mismo sitio en que había perecido el grumete. A uno que había quedado ileso, el maestre le trajo a la nave «a ruego de los religiosos» «diciendo que sería más servicio de Dios nuestro Señor y de su Majestad llevarle a la Nueva España que no ahorcarle, e ansí se llevó a la Capitana.»

Legazpi, los religiosos, los capitanes y los oficiales conferenciaron sobre si convendría poblar en Goam y despachar un navío a la Nueva España. Así lo propuso el padre prior, respondió el general que era necesario dar cumplimiento a las órdenes que tenía de seguir hasta las islas Filipinas y las colindantes, y, sin más discusión, el 3 de febrero emprendieron la marcha.

El 13 arribó la armada a una bahía muy amplia, rodeada de islas pequeñas y de una grande. Se encargó al maestre de campo, al padre prior y al capitán Martín de Goiti que vieran si había población, río o puerto, y si encontraban indios. Unos cuantos vieron, que se negaron a esperarles.

El 20 comparecieron algunos naturales, significaron que la isla grande se llamaba «Zubú», y dijeron nombres de pueblos y caciques del territorio. El general les dió cuentas de vidrio, bonetes de grana, cuchillos, etc., y les pidió que de su parte les suplicaran a los principales que fueran a verle, porque les quería hablar y hacerse amigos suyos.

Vinieron, en efecto, en canoas, unos caciques, que en prueba de amistad querían sangrarse con el general, y entraron en la capitana, donde fueron muy bien recibidos.

Allí era incomprensible otro lenguaje que el de las señas. Legazpi se las hizo de que deseaba contratar con ellos y obtener su amistad en nombre del rey de Castilla. De lo que mostraron gran satisfacción. Y venían con frecuencia a los navios y convidaban a los expedicionarios con vino de palmas. Se les propuso que vendieran en grandes cantidades puercos y gallinas, y se los pagarían muy bien, y quedaron en hacerlo así, pero no llevaron mas que un gallo, un huevo y un cochino. Pronto se vió que no querían venderle nada a nuestra gente, sino entretenerla, y, sobre todo, aprovecharse de las baratijas—para ellos de mucho valor—que se les daban gratuitamente siempre que iban a los buques.

Se encargó a Juan de la Isla y a dos religiosos que reconocieran si había puerto, y hallaron dos bahías. En una salieron indios a la ribera dándole señas al capitán de que querían sangrarse con él para entablar amistades. Francisco Gómez, gentil hombre de Legazpi, sin consentimiento del capitán Isla y contra el parecer de los religiosos, saltó a tierra para sangrarse con uno de los caciques. Cuando estaban en la ceremonia surgió del monte un indio, y acercándose a Gómez por entre los que se hallaban con él, le dió tan terrible lanzada que murió al poco rato.

El 21 arribaron, en la costa de la isla grande, a una bahía que denominaron San Pedro, y el 22 vino a la nave del maestre un isleño, que dijo ser principal y llamarse Urrao. Se sangró con Mateo del Sanz, y le enteró de que Tandaya, gran cacique, de quien era sobrino, residía a no mucha distancia de allí. A Urrao y a otros dos principales, uno de ellos llamado Balaniga, les obsequió el general y les pidió una canoa para enviarle a decir a Tandaya que Su Majestad «le quería por amigo, y le quería mucho». Un indio que sabía algunos términos castellanos se ofreció a llevarle a Tandaya la carta, y quedó en volver al día siguiente para que se la dieran. A Urrao y a los otros dos caciques les rogó el maestre que le vendiesen arroz, gallinas y puercos, y quedaron en llevarlos; pero no volvieron. Tampoco volvió el que se había ofrecido a entregarle el mensaje de Legazpi al gran cacique.

El 22 dispuso el general que Martín de Goiti buscase el río de Tandaya, por si tenía buen puerto, y que procurase ver al poderoso señor y darle cuenta de las intenciones de los españoles.

Mientrastanto, Legazpi procedió a tomar posesión de la isla, y, terminado el acto, se aproximó, en compañía de los religiosos y del maestre de campo, al pueblo de Caniungo, donde les esperaron multitud de indios en disposición amenazadora. Dos disparos de arcabuz fueron bastantes para amedrentarles y hacerles huír.

A los diez días volvió Martín de Goiti, refiriendo que lo más notable que había encontrado en sus exploraciones había sido la ciudad de Cabalián, cuyos habitantes usaban joyas de oro y tenían muchos puercos y gallinas.

El 5 de marzo salió la armada para aquella población, cuyo cacique, Maletec, tenía un hijo, llamado Camutrián, que se sangró con el alférez mayor, no habiendo ido Maletec en persona a sangrarse con Legazpi por ser muy viejo y estar ciego.

Quisieron los expedicionarios comprar víveres, y los indios prometieron traérselos, pero faltaron reiteradamente a su palabra, y el general, los capitanes, los oficiales y otras personas de cuenta resolvieron, haciendo de la necesidad ley, adquirirlos por la fuerza, aunque evitando causarles daño a los indígenas y pagándoles lo que les tomasen.

Los naturales del país huyeron al ver en tierra a los españoles, y con la precipitación de la huída dejaron abandonados algunos puercos y cierta cantidad de batatas. También se les tomaron unas cuantas gallinas. Muchísimas otras escaparon volando como perdices.

Se hizo inventario de estas adquisiciones, se apartó la cantidad de margaritas, cuentas de vidrio, bonetes de grana, cuchillos, etc., que se consideró necesaria para abonar su valor, y se le entregó a Camutrián, que estaba en una de nuestras naves, para que él hiciera llegar aquellos objetos a los dueños de los bastimentos, de tal modo, que cada cual cobrase en proporción a los que hubiera perdido.

Por Camutrián se averiguó que no lejos de allí estaba Mazaguá, y habiéndole suplicado el general que le enseñase el camino, el hijo de Maletec se ofreció a ir con él a dicha isla acompañado de tres indios.

El 9 de marzo salió la flota de Cabalián para Mazaguá, y el 10 fueron comisionados el prior y el maestre de campo para que hicieran por ver al cacique y le regalaran, a fin de atraérselo, una chamarra de terciopelo y un capote de grana; mas, no habiendo encontrado, en la parte donde pensaban que estaría la residencia del señor, casas ni indios, acordó el general trasladarse a la isla de Caninguinín, que estaba próxima.

Antes se les dió suelta a Camutrián y a los otros tres indios, y a fin de que se marcharan contentos, les quedase agradable recuerdo de los españoles y recibieran y trataran bien a otros que pudieran pasar por su tierra, se les vistió a dos de ellos de bonete, chamarra y zaragüelles de paño verde, y a los otros dos, de iguales prendas, de lienzo, y se les dió para el regreso carne de cerdo y pan para tres días y una botija de agua.

El 11 de marzo arribó la armada a Caninguinín, no habiendo encontrado en ella nada que les interesase. Canela es lo que más deseaban haber hallado y adquirido en aquella isla.

Sus naturales se negaban a escuchar a los españoles. Legazpi consultó con los religiosos, los capitanes, los oficiales y las demás personas de la armada sobre qué partido tomar, y, de común acuerdo, resolvieron pasar a Butuán, por ser país de mucho comercio y porque encontrarían quien entendiese la lengua malaya.

Reconociendo Martín de Goiti, en un batel, la costa de la isla de Bohol, halló un parao de grandes dimensiones, cargado de arroz y de otros bastimentos. En cuanto los indios vieron el batel, se arrojaron al mar, dejando abandonada la canoa. Los españoles se apoderaron de ella, y el general mandó hacer inventario de su contenido, para pagar su valor a quien resultara ser su dueño. En el mismo día, el maestre de campo prendió a siete u ocho indios de los que se escaparon del parao, por uno de los cuales se averiguó que aquella embarcación y sus mercancías eran procedentes de Cebú.

La contrariedad de los vientos impedía que la armada arribase a Butuán, y se acordó que fuese allí el patache, y que en tanto se hiciesen en la capitana algunos reparos que le eran necesarios, para enviarla a descubrir la vuelta a la Nueva España. Procurarían comprar la mayor cantidad que pudiesen de oro, canela, cera, especias y drogas, y hacer amistad con el cacique de la isla, a quien le comunicarían, de parte de los expedicionarios, que, si se lo consintiera, tendrían mucho gusto en ir a su tierra, para establecer en ella factorías y contrataciones en nombre del rey de España. Como intérprete de la lengua malaya iba con la gente del patache un tal Jerónimo Pacheco. Si en Butuán no encontraban canela, recorrerían hacia el mediodía la costa de Mindanao, hasta llegar a la provincia de Cavite.

Cuando el general se ocupaba en el despacho del San Juan, vino a la nave capitana el maestre de campo y dijo que la almiranta, distante media legua, había visto en la mar un junco grande y enviado un batel en su reconocimiento. Los tripulantes del junco acometieron a los españoles trabándose entre unos y otros encarnizada pelea. En ella nos hirieron veinte hombres; pero la canoa tuvo que rendirse ante los argumentos de los arcabuces. Esta embarcación tenía árbol mayor, trinquete y mesana, y era casi tan grande como el San Lucas. Los que en ella venían eran moros.

Un testigo presencial del combate elogia el valor de los adversarios, diciendo que determinaron morir, que pelearon como desesperados, hasta que les mataron el capitán, y que hicieron enorme gasto de municiones de hierro.

En el parao apresado venían seis o siete hombres, uno de ellos factor del rey de Borneo, quien manifestó que las mercancías que llevaban eran de su señor, y que el junco pertenecía a un portugués, llamado Antón Maletis. Legazpi le preguntó cómo no habían acudido al llamamiento de los españoles. La contestación que aquellos seis o siete hombres le dieron fué verdaderamente notable: «... respondieron que, como no los conoscían ni entendían, y vieron que eran extrangeros, les pareció que estaban obligados a la defensa de sus personas y haciendas, y que en defensa desto, por cualquiera cosa que hubiesen hecho, no tenían culpa ninguna; que, si los conoscieran, que justo fuera y ellos vinieran, pero que, no los conosciendo, ni sabiendo quién eran, ni qué los querían, habían procurado defenderse».

Se les puso en libertad y se les devolvió el parao con cuanto en él había venido. Asombrados de tanta liberalidad, pidieron una carta para el rey de Borneo, a quien irían a darle cuenta de proceder tan humanitario.

De estos moros se informó el general acerca de las mercaderías en que traficaban, de dónde las traían, de su calidad, de sus precios de compra y de venta, y de la religión, costumbres, producciones y otras particularidades de aquellas islas.

En Borneo adquirían hierro y estaño, mantas pintadas de la India, porcelanas, campanas de cobre, sartenes, cazuelas de hierro templado, hierros para lanzas, cuchillos, cera, mantas blancas, etc. Todos estos artículos los vendían por oro, por clavos y por unos caracoles que en Siam se cotizaban como dinero.

De los moros aprehendidos, el piloto del parao era el más inteligente y experimentado y el que tenía más y mejores noticias de las Filipinas, de las Molucas, de Borneo, de Malaca, de Java, de la India y de la China. Por él se supo que los rescates que llevaba la armada eran de difícil salida en las Filipinas, y en cambio la tendrían muy buena en Borneo; que en Butuán había mucha contratación; que allí estaban dos juncos de Luzón adquiriendo oro, canela y esclavos; que Luzón estaba al norte de Borneo; que los de Borneo no entraban en Butuán por haber habido entre unos y otros sangrientas colisiones, y que los de Bohol no querían contratar con los de las naves, porque hacía dos años, muchos castellanos de los residentes en las Molucas les habían hecho, so capa de amistad y seguridad, muertes y robos a todo pasto y les habían cogido muchísimos prisioneros, que vendieron como esclavos, y que desde entonces les tenían miedo a los de Castilla.

Legazpi les hizo saber que los autores de semejantes desafueros no eran españoles, sino portugueses, gente de otra tierra y súbditos de otro monarca que los nuestros; a lo que los moros repusieron que ellos sabían que era así, pero que los indios no los diferenciaban y creían que todos eran unos.

El general quedó maravillado de la astucia empleada por los lusitanos, no tanto para hacerles daño a los isleños como para hacérselo a los españoles cuando allí llegaron, porque habían de encontrarse con el odio de los naturales del país.

Para contrarrestar estos inconvenientes, mandó a llamar a varios caciques, y vino a la capitana uno, llamado Cicatuna, que fué recibido muy amistosamente. Este cacique se sangró con Legazpi, sacándose ambos, de los pechos, dos gotas de sangre, revolviéndolas con vino en una taza de plata y bebiéndose cada cual la mitad de la peregrina mezcla. Después de la sangría se convidó a Cicatuna con conservas y vino de Castilla, que le resultó agradable. Los postres consistieron en un discurso del capitán generel, enterando al cacique de que el rey de España era el mayor y más poderoso príncipe de la Cristiandad, de que en su nombre iban los de la armada a contratar, a cuyo efecto llevaban valiosos rescates, y de que él, el gobernador, trataría a Cicatuna como a un hermano; por todo lo cual le suplicaba que influyera para que los isleños viniesen a contratar con los de la flota y les vendiesen arroz, puercos, gallinas y cabras, que les serían pagados a buen precio.

La respuesta del cacique fué satisfactoria, en cuanto a que los indios perderían el temor, una vez que él y el general se habían sangrado y hecho amigos; pero que, por lo que respectaba a mantenimientos, en muy poco le podrían servir, porque aquel año era mucha el hambre que se padecía en la isla a causa de la falta de lluvias.

Otro día vino la nave capitana con varios moros de Borneo, un principal indio, llamado Cigala, de más categoría que Cicatuna. Quería sangrarse con el gobernador; le regaló un lechón y le dió por excusa de no haber venido a verle antes el haber estado forastero. Legazpi accedió a la sangría y obsequió a Cigala con un pedazo de mantel, un espejo, una bacinica, tijeras, cuchillos, margaritas y cuentas, y porque tenía cuatro hijas, le entregó una docena de sartas de vidrio y otra docena de cascabeles para cada una.

A los quince días de haber partido el San Juan para Butuán, regresó adonde se encontraba el resto de la flota. Los del patache habían visto al rey de la isla y a un hermano suyo, los cuales no habían querido entrar en el San Juan por tenerles miedo a los moros.

Legazpi promovió consulta sobre si se debía poblar en alguna de aquellas islas, y se convino en hacer población en Cabalián, por abundar allí el arroz, los puercos y las batatas, y porque sería fácil el abastecimiento de los que se volvieran a la Nueva España; pero la resolución definitiva fué poblar en Cebú, por ser la tierra más fértil y rica de cuantas hasta entonces habían visto en aquellos países.

Los españoles fueron a Cebú, y Legazpi envió emisarios a Tupa, rey de la isla, para que viniese a verle. Este requerimiento fué contestado con promesas que no se cumplían; antes, por el contrario, los indios les amenazaron a los de la flota, y hubo que hacerles la guerra.

Reconociendo las casas de los fugitivos, se encontró, en una de las más pobres, un Niño Jesús flamenco, con su camisita de volante y su sombrero de velludo. El general experimentó tal alegría y tal emoción con este hallazgo, que, tomando al Cristo en las manos, le besó los pies, y alzando los ojos al cielo dijo: «Señor, Poderoso eres para castigar las ofensas en esta isla cometidas contra tu Majestad, y para fundar en ella tu casa e Iglesia Santa, donde tu Gloriosísimo nombre sea alabado y ensalzado; suplícote me alumbres y encamines de manera que todo lo que acá hiciéremos sea a honra y gloria tuya, y ensalzamiento de tu Santa Fe católica».

El 8 de mayo se trazó y midió el terreno sobre que había de construírse un fuerte en el puerto de Cebú, y el necesario para una villa, a la que se puso el nombre de San Miguel.

* * *

El 1.° de junio de 1565, la nave San Pedro, al mando de Felipe de Salcedo, emprendió el regreso a la Nueva España, trayendo por pilotos a Esteban Rodríguez y Rodrigo de Espinosa, y arribó al Puerto de la Navidad el 1.° de octubre del mismo año.

El 18 de septiembre, Salcedo había requerido a Rodríguez, a Espinosa y al contramaestre Francisco de Astigarribia, que también echaba punto y carteaba, a que tanteasen el camino que habían andado desde el puerto de Cebú hasta la tierra que vieron aquel día. La distancia recorrida había sido, según Rodríguez, de 1740 leguas, y, según Espinosa, de 1650. Este último resultado dieron los cálculos y apuntaciones de Astigarribia.

De todo lo cual levantó acta el escribano de la San Pedro, Asensio de Aguirre.

Le interesaban a Salcedo la comisión y la consignación notarial de los pareceres de los pilotos, acerca de lo navegado, para que «se entendiese el dicho camino más verificadamente», y «para que mejor relación se pudiese hacer a Su Majestad».

Este viaje fué muy penoso. No pocos tripulantes enfermaron durante él, y algunos murieron. El piloto Espinosa falleció el 27 de septiembre. Fray Andrés de Urdaneta apenas pudo dormir, por tener que gobernar la nave, y padeció muchísimo.

Inmensa alegría produjo en Méjico el retorno de los supervivientes. Al volver allí el capitán del San Lucas aseguró que se había ido a pique el resto de la armada de Legazpi.

Cuando, al poco tiempo, fray Andrés vino a Castilla por encargo de la Audiencia, se encontró a la Corte, que estaba a la sazón en Valladolid, a Alonso de Avellano, que tenía muy adelantadas y con grandes probabilidades de buen éxito sus gestiones para que le premiaran por haber sido el primero en descubrir las islas Filipinas, y en haber hecho el viaje de vuelta al punto de partida; pero fué preso por haberle dado cuenta Urdaneta al rey de su deslealtad y codicia. Luego se le envió a la Nueva España para que se le trasladara a Manila y se le pusiera a la disposición de Legazpi. Por influencias interpuestas en su favor permaneció en Méjico hasta la muerte del general, pasando después a Manila con cartas de recomendación, que le fueron ineficaces para ser menos escarnecido por su conducta.

* * *

Tupas y todos los naturales de Cebú reconocieron el señorío del rey de Castilla.

Los españoles les ayudarían a los cebutines a defenderse de sus enemigos, y lo mismo harían los de Cebú con nuestros compatriotas cuando lo necesitaran. Al indio que cometiese alguna falta contra algún español, los caciques le traerían preso ante Legazpi para que le mandara castigar. El español que le hiciese daño o agravio a algún indio sería castigado por el gobernador. Cuando los españoles les compraran a los indios bastimentos, se los habían de pagar a como valieran, y les darían a precios moderados los rescates y géneros de España. Los indios no podrían ir a contratar al real ni a la población de los españoles con armas ofensivas ni defensivas.

En demostración de obediencia, Tupas, su hijo Pisunán, Catipán, Batumán, Maquiong y otros señores se arrodillaron ante Legazpi y le besaron la mano.

El general les obsequió con ropas, rescates y cuentas. A Tupas le dió, además, dos camisas, un espejo dorado y dos sartas de margaritas. «Quedaron ellos muy contentos viéndose tan bien vestidos de aquellos que entendían auían venido a desnudarles.»

Un acontecimiento extraordinario fué el haberse convertido al catolicismo Tupas, persona la de más autoridad e influencia, no únicamente en Cebú, sino sobre los señores de las otras islas. Ninguno le igualaba en capacidad intelectual ni en habilidad política. Siempre había rechazado la conversión, por creer que la permanencia de los españoles en sus dominios era muy problemática, por no tener con ellos a sus mujeres. Le bautizó fray Diego de Herrera, fué su padrino Miguel López de Legazpi y se le puso por nombre Felipe. Se celebró la ceremonia el 31 de mayo de 1568. Poco después fué bautizado su hijo, mozo de veinticinco años, habiendo sido su padrino Juan de Salcedo. Se le llamó Carlos, en recuerdo del príncipe don Carlos, hijo de Felipe II. Aquel día se bautizaron otros notables de la isla de Cebú y de las inmediatas.

* * *

Una de las acciones de Legazpi que mejor ponen de relieve su talento y su valor es su victoria sobre los portugueses de las Molucas. El virrey de la India había encomendado al capitán Gonzalo Pereira el apresto de una armada para echar de Cebú y del archipiélago filipino a los españoles. El general se apercibió a la defensa. Habiendo trascurrido bastante tiempo sin que la flota lusitana apareciera por ninguna parte, se imaginó que el virrey habría cambiado de propósito; pero cuando Legazpi se encontraba más falto de víveres, y con sus gentes repartidas por las provincias circunvecinas haciendo sus ordinarias contrataciones, surgió en el puerto de Cebú, el 17 de septiembre de 1568, una vela que, por ser latina, reconoció inmediatamente que pertenecía a los portugueses.

El maestre de campo salió a reconocerla y se encontró con que era una galeota de Portugal, procedente de las Molucas, en la que venía Antonio Rombo de Acosta, acompañado de Gonzalo Pereira y de cuatro gentiles hombres. Según le dijo Rombo al maestre, deseaba ver al general, para tratar con él de asuntos muy importantes al servicio de la religión y al de los reyes de Portugal y Castilla.

Toda la armada, que pronto arribó al puerto, constaba de diez navíos, con setecientos hombres de armas, sin contar una chusma infinita de molucanos y malabares.

Legazpi y Gonzalo Pereira celebraron una conferencia, en la que el portugués se lamentó de que los españoles hubiesen ido a tierras que estaban incluídas en la demarcación del rey de Portugal. El gobernador le contestó que siempre había tenido por indudable hallarse en tierras correspondientes a la demarcación de Castilla.

Los conferenciantes no se avinieron y hubo necesidad de que apelasen a las armas. Después de numerosas refriegas, en que los lusitanos llevaron la peor parte, Gonzalo Pereira, en vista de la Pascua de Navidad, resolvió volverse a las Molucas, y antes le envió a Legazpi, como aguinaldo, dos ricas alfombras de Persia, una colcha, una rodela hermosísima, y algunas porcelanas de la China. El general, por no ser menos, le obsequió con diez varas de carmesí, diez de damasco, cuatro cojines de terciopelo carmesí con guarniciones de oro, y un albornoz muy rico, con rapacejos, botones y alamares de oro.

* * *

Legazpi resolvió intervenir personalmente en la conquista de la isla de Luzón y se dirigió a ella con 280 hombres. Los habitantes de Cavite le recibieron de paz. Un moro principal, llamado Dumandul, vino a la armada a visitar al generalísimo. Este le interrogó sobre el estado de los ánimos en Manila, respondiéndole Dumandul que Raxa, el viejo, anhelaba la paz, pero que su sobrino Raxa Solimán, el mozo, no debía ser de la misma opinión desde su alianza con Lacandola, reyezuelo de Tondo, con quien los de Manila habían estado siempre en relaciones hostiles.

Al ver los moros a Legazpi en el río de aquella población, la prendieron fuego y se encaminaron a Tondo. El general encargó al maestre de campo les dijese a los moros que apagaran el fuego, y que no se alborotaran, porque los españoles no les iban a hacer ningún daño.

Vinieron Raxa el viejo y Lacandola, en dos canoas, a saludar a Legazpi, y humildemente se le postraron, asegurándole que querían paz y amistad con él. El gobernador les contestó que, para que los tuviese por amigos, era indispensable que se reconocieran y declararan vasallos del rey de Castilla, que le había enviado allí para enseñarles la religión verdadera.

El viejo Raxa fué el primero que en Manila recibió el bautismo.

Raxa Solimán visitó a Legazpi manifestándole que quería la paz con los castellanos, rendirle obediencia a su rey y ser adoctrinado en el catolicismo. En esta visita le acompañaron a Solimán su tío y el reyezuelo de Tondo, y los tres le besaron la mano al general, quien les pidió que mandasen hacer una casa para él, otra y una iglesia para los agustinos, y ciento cincuenta casas más para el resto de los españoles que había en la isla y concluír un fuerte que estaba en construcción, porque pensaba fundar la capital de las Filipinas, la residencia y corte de su gobierno espiritual y temporal. Aunque prometieron hacerlo, no lo cumplieron del todo, teniendo nuestros compatriotas que dar fin a las obras de fortificación.

Hechas las paces con Raxa el viejo, Raxa Solimán y Lacandola, con frecuencia venían a Manila indios de los territorios circunvecinos. Unos les ofrecían su amistad a los castellanos; pero otros, viendo que estos eran muy pocos, se burlaban de los que se les habían sometido y no dejaban de vociferar que, si aquellos fueran a sus localidades, les quedarían escarmentados. Tales burlas, desplantes y excitaciones influyeron en los de Manila, hasta el punto de decidirles a dar por nulos los compromisos adquiridos y a empuñar las armas contra nuestra gente.

Los menos dos mil guerreros de Macabebe, de Agenoy y de otros pueblos se reunieron en Tondo, capitaneados por un moro de gran valentía, y convinieron con Lacandola la manera de principiar la lucha contra los españoles.

Al enterarse Legazpi de que estaban allí, supuso que desearían la paz y que habrían ido a solicitar la mediación de aquel reyezuelo. Habiéndoles llamado, y transcurridos varios días sin que acudieran al llamamiento, el general envió a Tondo tres comisarios, uno como intérprete, para garantizarles que, sin temor, podrían ir a Manila, y para que Lacandola contribuyera a desvanecer los recelos que pudieran impedírselo.

El cacique, muy ladino, les manifestó a los de Macabebe que si querían, correspondiendo a la invitación, ir a ver al gobernador, él tendría mucho placer en acompañarles.

Entonces el capitán moro contestó, indignadísimo, que ni él ni su gente querían presentarse ante el Basar (así le llamaban a Legazpi), «ni tener su amistad ni sus Castillas». «El sol me parta por medio el cuerpo—añadió—y caiga yo en desgracia de mis mujeres, para que me aborrezcan, si fuere en algún tiempo amigo de los Castillas».

Hechos estos votos se arrojó a la calle desde la ventana de la habitación en que se encontraba, y, marchando hacia su caracoa, les dijo a los emisarios que pusieran en conocimiento del general que le esperaba para combatirle.

El maestre de campo salió en busca del arrogante musulmán, que no tardó en morir de un arcabuzazo que le dió uno de nuestros soldados. Los contrarios se desbandaron. El maestre les tomó diez caracoas con la gente que iba en ellas. Más de trescientos moros murieron en el combate. Entre los prisioneros había un hijo y dos sobrinos de Lacandola, y aunque era, por tanto, indudable, que éste había estado en inteligencias con los de Macabebe, Legazpi los puso en libertad, por si, mostrándose piadoso, lograba traerles definitivamente a pacíficos términos.

Teniendo en cuenta la magnitud de la isla de Luzón, sus provincias, sus poblaciones y sus comodidades, el general resolvió levantar una ciudad en el sitio en que radicaba Manila. El 24 de junio de 1571 principió la fundación de la metrópoli política y espiritual de las islas Filipinas y de las que se rindieran a la corona de España.

Determinados los límites de la nueva urbe, nombró dos alcaldes ordinarios, dos regidores, un alguacil mayor, un escribano mayor de Cabildo y dos escribanos de número.

Señaló el sitio para plaza pública, repartió los solares para conventos de San Agustín y para iglesia, encomendó al consejo la designación de los que habían de repartirse entre los vecinos, y ordenó que Manila fuese denominada capital de la provincia de la Nueva Castilla.

Este nombre fué confirmado por Felipe II en Cédula de 21 de junio de 1574, en la que otorgó a Manila los títulos de insigne y siempre leal. Por otra Cédula le concedió escudo de armas, consistente en castillo de plata en campo rojo, y un medio delfín y león, con una espada en la mano.

* * *

El 20 de agosto de 1572 Legazpi tuvo una grandísima desazón por haber cometido una falta muy grave uno de sus soldados. Este disgusto se le aumentó con tener que negar a una de las personas principales de su campo un favor, a cuya concesión se había opuesto en varias ocasiones.

Aquel día, y a consecuencia de varios incidentes, sintió un intenso dolor en el corazón. Algo se le alivió con remedios que le aplicaron. A la hora de cenar bebió un poco de agua y se le agudizó el dolor. Entonces le recetaron una purga, y habiéndose levantado de la cama cuando iba a hacerle los primeros efectos, falleció repentinamente. Hubo quienes le echaron la culpa de la inesperada desgracia al médico que le había asistido.

El factor, el maestre, los capitanes y los oficiales del rey, sabedores de tan triste noticia, se personaron a las dos de la madrugada con los demás españoles que había en Manila en el domicilio del difunto gobernador. En un escritorio le encontraron dos provisiones de la Audiencia de Méjico, en las que se determinaba quién había de sucederle en su cargo cuando muriera. Para ese caso se llamaba por capitán general, en primer término, a Mateo del Sanz, y en segundo término, al vizcaíno Guido de Lavezaris, tesorero de la Hacienda Real; y como el maestre había pasado a mejor vida, se confirió la investidura a Lavezaris, hombre viejo, discreto y de buenas intenciones.

El nuevo gobernador ordenó al factor que, sin pérdida de tiempo, buscase a Raxa Solimán, a Lacandola y a los demás caciques para agasajarlos y porque recelaba intentasen alguna alteración.

Al día siguiente, 21 de agosto, se le enterró a Legazpi, con militar y magnífica solemnidad, en el convento de San Agustín, en una capilla del presbiterio, habiéndose colocado sobre su sepulcro un estandarte y una bandera.

En las honras fúnebres que se le tributaron predicó el padre fray Martín de Rada, quien, como dice fray Gaspar de San Agustín, en su Conquista de Filipinas, «trató de las virtudes y excelencias de este famoso capitán, digno de ser alabado y puesto con los mayores que ha conocido el mundo por su valor, piedad y prudencia».

Su hijo, Melchor López de Legazpi, le hizo en Méjico muy suntuosos funerales, en los que predicó fray Melchor de los Reyes, de la Orden agustiniana.

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