EL PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO MAGALLANES Y ELCANO
Reading edition
I
Hernando de Magallanes había prestado a Portugal excelentes servicios, y no habiendo recibido del rey Don Manuel todas las distinciones y recompensas que por ellos le eran debidas, renunció a su nacionalidad y se ofreció al emperador Carlos V. También se le ofrecieron, incomodados por análogas postergaciones, Ruy Falero, notable astrónomo lusitano, y Cristóbal de Haro, opulento comerciante, natural de Amberes, que residía, desde hacía varios años, en Lisboa, donde se dedicaba a comerciar en grande escala, por medio de agentes, con los territorios descubiertos por los portugueses en la India oriental.
A Magallanes, muy experto marino y entendido cosmógrafo, le preocupaba el afán de encontrar un estrecho en el mar del sur para pasar al oriente, a las islas tan renombradas de la Especería, por otro camino que el del cabo de Buena Esperanza. Y tenía por indudable que aquellas islas no correspondían a Portugal, sino a España, según la línea de demarcación trazada, decretada y rectificada por el pontífice Alejandro VI para prevenir diferencias y conflictos entre ambas naciones.
Ofreció a la majestad de Carlos V la busca de dicho estrecho y el dominio del país de las especias y solicitó, si no se le quisieran o no se le pudieran proporcionar recursos materiales para la empresa, autorización para acometerla, siendo de su cuenta y de la de sus compañeros los gastos que originara.
Desde que Cristóbal Colón descubrió el Nuevo Mundo venía siendo objeto de los desvelos y las investigaciones de los navegantes, así como de los cuidados del Gobierno español, la busca de un paso para las tierras del gran Cant, y hallado el mar austral por Vasco Núñez de Balboa, se inquirió con diligencia infatigable si aquel mar tendría comunicación natural con el Atlántico, habiendo resultado negativas las exploraciones hechas y derivádose más adelante de su infructuosidad numerosos planes para la confluencia de los dos Océanos o para trasladar del uno al otro las mercancías a través del Istmo.
No podrían menos de interesar a la Corte y al Consejo de Indias tales ofrecimientos, por responder a dos anhelos tan acentuados en aquella época como el de hallar el paso al Oriente y el de traer a España los riquísimos productos de sus regiones.
La indignación del país vecino a consecuencia de estas ofertas y de la benévola acogida que se las había dispensado, llegó al extremo de que don Alvaro de Costa, embajador de Portugal en Madrid, hizo los mayores esfuerzos para desacreditar a Magallanes. «Ahora—le escribía a su soberano—hablé muy serio al rey, presentándole muchos inconvenientes; «cuan feo era recebir hum Rei os vasalos de outro Rei seu amigo a sua vountade, que era cousa que entre caballeiros se nam acostumaba; que no era tiempo de disgustar a V. A., y más en cosa de tan poca importancia y tan incierta, que vasallos tenía para descubrimientos, sin echar mano de los que venían descontentos de V. A., y de quien V. A. no podía menos de tener sospechas». Con tanto desenfado le habló don Alvaro al Emperador, que al enterar aquél al rey don Manuel de los términos y los tonos de la entrevista, emplea estas palabras: «Quedó espantado con lo que le dije». De quien el monarca lusitano no debía preocuparse era de Ruy Falero. «Del bachiller no se haga caso; duerme poco y anda casi fuera de seso».
En cuanto a Magallanes, Faria y Sousa asegura, en su Europa portuguesa, que el obispo de Lamego, don Fernando de Vasconcelos, votó que el rey o le hiciese merced o le hiciese matar, porque era peligrosísimo para el reino lo que intentaba. Según Herrera, andaban entrambos—Magallanes y Falero—«a sombra de tejado, y cuando los tomaba la noche en casa del obispo de Burgos enviaba sus criados que les acompañasen».
La protección de don Juan Rodríguez de Fonseca, y en especial la del emperador, a quien, desde los primeros momentos, le inspiraron simpatía los planes de Hernando y sus colegas, dieron al traste con las maquinaciones fraguadas y las artes invertidas para imposibilitarlos.
¿Traicionó Magallanes a Portugal poniéndose a nuestro servicio? Hay que decidirse, sin vacilaciones, por la negativa. Los desleales a su nación serán los gobernantes que no recompensen debidamente a quienes se desvivan por ella; mas no los ciudadanos que la abandonen por semejantes ingratitudes. Ni Magallanes cometió ninguna injusticia contra su país, porque pertenecían al nuestro las islas Molucas, desde donde los portugueses llevaban las especias a Calicut.
Aniquilados cuantos obstáculos se oponían a la expedición, el César dispuso que a su costa—porque lo que se arriesgaría sería poco, si resultara estéril, e inmensas las honras y ganancias que se obtendrían si se alcanzase el éxito apetecido—, se equipare una flota.
En cumplimiento del imperial mandato, se aprestó una de cinco naves: la Trinidad, de ciento diez toneles; la San Antonio, de ciento veinte; la Concepción, de noventa; la Victoria, de ochenta y cinco, y la Santiago, de sesenta y cinco.
Don Martín Fernández de Navarrete, en su famosa Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV, establece la diferencia entre la capacidad de los toneles y la de las toneladas. Por aquéllos se daban a entender antiguamente los vizcaínos, y por éstas los sevillanos de la carrera de Indias. Las medidas de unos y otras «estaban en la razón de cinco a seis; de modo que diez toneles hacían doce toneladas».
Las naves las adquirió en Cádiz, por orden de Su Majestad, el factor Juan Aranda, e incluídos los bateles y los aparejos de ellas, costaron: la primera, doscientos setenta mil maravedís; la segunda, tres cientos treinta mil; la tercera, doscientos veintiocho mil setecientos cincuenta; la cuarta, trescientos mil, y la quinta, ciento ochenta y siete mil quinientos.
La Trinidad sería la capitana, y su gobierno y el supremo de las demás se adjudicaría a Hernando de Magallanes; la capitanía de la San Antonio, a Juan de Cartagena, veedor de la expedición; la de la Concepción, a Gaspar de Quesada; la de la Victoria, a Luis de Mendoza, y la de la Santiago, a Juan Serrano. Juan Sebastián Elcano iría en la Concepción en calidad de maestre.
En la iglesia de Santa María de la Victoria de Triana, en Sevilla, recibió Magallanes el estandarte real, de manos de Sancho Martínez de Leiva, a quien, como representante del emperador, hizo juramento y pleito homenaje de que en la empresa que se le encomendaba se conduciría como buen vasallo; e idénticos votos le prestaron a Magallanes los capitanes y oficiales de las otras naves.
Ruy Falero, por habérsele quebrantado la salud, se quedaría en España de orden de Su Majestad Imperial. De la enfermedad del renombrado astrónomo se ocupan, con ingenuidad pintoresca, nuestros historiadores de Indias. Gonzalo Fernández de Oviedo dice que «aquel mesmo año el Ruy Falero, como era subtil y muy dado a sus estudios, por ellos o porque Dios así lo permitiese, perdió el seso y estuvo muy loco y falto de raçón y de salud, y Çesar lo mandó curar y tratar bien». Francisco López de Gómara se expresa de este modo: «Era Ruy Falero buen cosmógrafo y humanista... Y enloquesció de pensamiento de no poder cumplir con lo prometido, o como dicen otros, de puro descontento por enojar y deservir a su rey». ¿No perdería la razón obsesionado con la idea de que el embajador de Portugal, en Madrid, don Alvaro de Costa, le hubiera dicho al rey Don Manuel que estaba a punto de perderla y que no hiciera de él aprecio alguno?
El 10 de agosto de 1519 salió la flota de Sevilla, y el 20 de septiembre partió de Sanlúcar de Barrameda, dirigiéndose a las islas Canarias o Afortunadas. Estuvo allí proveyéndose de carne, agua y leña, y el 2 de octubre salió del puerto de Montaña Roja, de la isla de Tenerife, con rumbo al sudoeste; pero el 3 del mismo mes, hallándose en 27° de latitud norte, cambió de itinerario. Juan de Cartagena manifestó su disconformidad con aquella variación de ruta.
Quince días después llegó la armada al paralelo de Sierra Leona. Una noche, hallándose en la costa de Guinea, Cartagena, desde su nave, saludó a Magallanes diciéndole: «Dios os salve, señor capitán e maestre, e buena compañía.» Magallanes le respondió que era llamándole capitán general como tenía que saludarle.
Estando la mar calmosa, el general hizo venir a su navío a los capitanes y pilotos de los demás, y habiéndose promovido muy viva discusión sobre la manera de hacer los saludos, requirió a Cartagena a que se le diera preso; el requerido solicitó, inútilmente, la ayuda de ciertos jefes, que tenía por incondicionales amigos suyos, para prender a Magallanes, y este amarró por los pies, en un cepo, a Cartagena, y si consintió en confiárselo a Luis de Mendoza, fué a condición de que se lo había de entregar cuando se lo reclamara. El cargo que el apresado marino había venido desempeñando se le otorgó al contador Antonio de Coca.
Prosiguiendo el viaje, el 13 de diciembre arribaron a un puerto que fué llamado de Santa Lucía, donde traficaron con los naturales del país. En el Diario o derrotero del viaje de Magallanes, desde el cabo de San Agustín, en el Brasil, hasta el regreso a España de la nao Victoria, escrito por Francisco Albo, se consignan noticias de aquellos indígenas, de las producciones allí más copiosas y de los cambalaches que hicieron los expedicionarios: «Hay buena gente y mucha, y van desnudos, y tratan con anzuelos y espejos y cascabeles por cosas de comer, y hay mucho brasil.»
Magallanes relevó de la jefatura de la San Antonio al contador Coca, la encomendó a Alvaro de Mezquita, sobresaliente de la Trinidad, y el 27 de diciembre reanudó la exploración de la costa.
Hacia mediados de enero de 1520, principiaron a reconocer con minuciosidad el interior del río de la Plata, durando el reconocimiento hasta el 7 de febrero. En el cabo de San Agustín se vió conturbada la flota por un violentísimo temporal. Allí se le acercaron en canoas muchos indígenas. Uno de ellos, vestido con una piel de cabra, entró con asombrosa desenvoltura en la nave de Magallanes. Este le regaló una camisa de lienzo y una camiseta de paño encarnado. El 13 de febrero se encontraron cerca de unos «bajos donde la Victoria dió muchas tocadas», y el 27 en una bahía en la que faltaba toda clase de provisiones. En una isleta próxima a ella cogieron ocho lobos marinos y varios patos.
Magallanes reclamó a Luis de Mendoza la entrega de Juan de Cartagena, y encargó su custodia a Gaspar de Quesada.
El 31 de marzo llegaron al puerto de San Julián.
Al día siguiente, domingo de Ramos, el capitán general llamó a los jefes y pilotos de los otros navíos para que fueran al suyo a oír misa y a comer, y todos acudieron al llamamiento, menos Juan de Cartagena, por hallarse preso, y Gaspar de Quesada, por estarle ordenada su guarda.
El país era muy frío y estéril; los mantenimientos iban escaseando, y Magallanes prescribió la economía en las raciones para que fuesen más duraderas. Por todas estas causas, los expedicionarios, muy descontentos, le pidieron que regresara a España, pero se apresuró a contestarles que él había de cumplir la misión que le había confiado el emperador, y que, en todo caso, preferiría la muerte a un retorno que tenía por ignominioso.
Maximiliano Transilvano, secretario de Carlos V, en su magnífica Relación, dirigida al cardenal Salpurgense, obispo de Cartagena, de cómo, por quién y en qué tiempo fueron descubiertas y halladas las islas Molucas, donde es el propio nascimiento de la especería, las cuales caen en la conquista y marcación de la corona de España, refiere algunas de las razones dadas por Magallanes a los alborotados tripulantes en contra de la vuelta de la armada a nuestra patria: «El capitán Magallanes... les respondió contradiciendo a sus ruegos e diciendo que él llevaba en escripto, por mandamiento del Emperador, el curso y viaje que habían de hacer, y que en manera del mundo él no podía exceder de aquello» «e que considerasen qué alabanza ni gloria les podría ser dada a ellos, pues que allí donde estaban no había distancia de más de 24 a 25° de aquella parte del trópico de Capicornio, que era 4 ó 5° más metidos al austro que los portuguese», «que tuviesen por cierto que tanto mayor gloria y mayores galardones, premios y mercedes recibirían cuanto con mayores trabajos descubriesen y hallasen para el Emperador, que los había enviado a aquel nuevo y incógnito mundo, lleno de riquezas, de especería y de oro».
En la noche del mismo domingo de Ramos, 1.° de abril de 1520, Gaspar de Quesada y Juan de Cartagena pasaron, con treinta hombres armados, desde la Concepción a la San Antonio pidiendo que se les entregase Alvaro de Mezquita, y se les ayudara contra Magallanes, para obligarle a cambiar de conducta y de propósitos, y diciendo que ya se habían hecho dueños de la Trinidad y de la Victoria. Juan de Elorriaga, maestre de la San Antonio, habló en defensa de Mezquita, y Quesada llamó loco al maestre y le dió cuatro puñaladas en un brazo. Preso Mezquita, se trasladó Cartagena a la Concepción. Quesada permaneció en la San Antonio, y así quedaron los revolucionados por amos de estas naves.
Cartagena y Quesada pusieron en conocimiento de Magallanes lo que habían hecho, y le requirieron para que se aviniese a cumplir la que ellos estimaban que era la voluntad del emperador, asegurándole que, de acatarla, le aumentarían las consideraciones, respetos y reverencias que le habían guardado hasta entonces. Instóles el capitán general a que pasasen a su nave, donde les escucharía y verían de resolver lo que procediera; pero eludieron la invitación de Magallanes, quien, por medio del alguacil Gonzalo Gómez de Espinosa, envió una carta a Luis de Mendoza excitándole a que fuese a la Trinidad, y como al leerla se sonriera maliciosamente, Espinosa le dió una puñalada en la garganta, y un marinero acabó de quitarle la vida de una cuchillada en la cabeza. Poco después entraron en la Victoria quince hombres armados, a las órdenes de Duarte Barbosa, cuñado de Magallanes, sin que nadie se les resistiese. Al otro día, 2 de abril, arremetió la Trinidad contra la San Antonio, disparándola varios tiros, y cayeron en poder del almirante Gaspar de Quesada y Antonio de Coca. También hizo prender en la Concepción a Juan de Cartagena.
El día 3 mandó descuartizar el cadáver de Mendoza, y el día 7 fué muerto y descuartizado Quesada, cuyo criado Luis de Molino tuvo que hacerle pedazos, para él librarse de sucumbir en la horca. A Juan de Cartagena y a un clérigo llamado Pedro Sánchez de la Reina, que había contribuído a la rebelión, los quedó desterrados por allí, dejándoles, para que se alimentaran unos cuantos días, taleguillas de bizcocho y botellas de vino. A cuarenta individuos más hubiera ordenado ajusticiar, de no haber tenido en cuenta que, haciéndolo así, no le quedaba la gente indispensable para los menesteres de la flota.
Entre los que se libraron de morir, figura Juan Sebastián Elcano, que fué uno de los requeridos por Cartagena y por Mendoza para compeler a Magallanes, de paz o a la fuerza, a la observancia de los que ellos decían que eran los mandatos reales. Elcano nos informa de su participación en estas lastimosísimas y memorables tragedias. Intervino personalmente en la detención de Alvaro de Mezquita, y en el envío a Magallanes de un escribano y un alguacil para pedirle que tomara consejo con sus oficiales en todo lo que hubiera de hacerse. Según Elcano, el almirante mandó prender a Luis de Mendoza por estimar que era el que aconsejaba estos requerimientos y alborotos, y asegura que Magallanes le dió doce ducados al alguacil Espinosa por haber apuñalado al capitán de la Victoria. Acerca de los orígenes de tan fieros antagonismos, Juan Sebastián los atribuye al desprecio que el almirante hacía de los poderes de Juan de Cartagena, a quien no trataba como a persona conjunta suya, contraviniendo las disposiciones del emperador, porque Cartagena iba en la armada en sustitución de Ruy Falero, y con las preeminencias de que éste hubiera gozado de no haber tenido que quedarse aquí para curarse de su vesania. Ante los señores de la casa de la Contratación, en Sevilla, había expresado Magallanes, en 1519, antes de salir de España, su conformidad con lo resuelto por Su Majestad respecto a las atribuciones de Cartagena: «En cuanto a lo que su Alteza manda... quel dicho comendador Ruy Falero se haya de quedar, quél, por servir a su Alteza, ha por bien y le place quel dicho comendador Ruy Falero se quede, e vaya en su lugar el señor Juan de Cartagena como su conjunta persona, así como su Alteza lo mandó».
Las discrepancias entre ambos capitanes por la igualdad o desigualdad de sus poderes habían surgido, yendo la flota por la costa de Guinea, con ocasión de haber castigado Cartagena, sin contar con Magallanes, a un maestro, por sodomita. Los descubridores y conquistadores españoles de América fueron siempre rigurosos e inflexibles con los invertidos y acostumbraban a echárselos a los perros.
Al decir de Elcano, influyeron en las diferencias entre Cartagena y Magallanes y en sus cruentas derivaciones los deseos de éste de complacer a su cuñado Duarte Barbosa y a su sobrino Alvaro de Mezquita, que aspiraban a suplantar a Cartagena, a Quesada y a Mendoza en las capitanías de sus buques.
En el puerto de San Julián, el almirante encargó a Juan Serrano que reconociera, hasta cierta distancia, la costa, por si hallaba estrecho, y que se volviera si, recorridas las leguas que le determinó, no lo encontrase. No se logró dar con el anhelado paso. En cambio, la Santiago naufragó a tres leguas del río de Santa Cruz, si bien se salvó la tripulación, excepto un negro, esclavo del capitán de la nave.
Magallanes hizo a Serrano jefe de la Concepción, y continuó en dicho puerto. A los dos meses de estar allí se presentaron seis naturales del país, a quienes el general dió de comer abundantísimamente en la Trinidad, dejándolos marchar luego que se hartaron. Nuestros primitivos historiadores de Indias refieren interesantes noticias de aquellos individuos gigantescos: «Hablan de papo, comen conforme al cuerpo y temple de tierra, visten mal para vivir en tanto frío, atan para adentro lo suyo, tíñense los cabellos de blanco, por mejor color, si ya no fuesen canas, alcohólanse los ojos, píntanse de amarillo la cara, señalando un corazón en cada mejilla; van, finalmente, tales que no parecen hombres.»
Magallanes nombró capitán de la San Antonio a Alvaro de Mezquita, y de la Victoria a Duarte Barbosa, y el 24 de agosto salió del puerto de San Julián. El 21 de octubre descubrió una bahía muy ancha y dispuso que la reconocieran, por si era estrecho, la Concepción y la San Antonio. El las aguardaría, a la entrada, con la Victoria y la Trinidad. Tres días navegaron Serrano y Mezquita sin poder hallarle el fin. Nuevamente la reconoció la San Antonio; pero tampoco se lo pudo hallar. Sin embargo, era el estrecho que se buscaba.
El general, examinados los víveres—que los había para tres meses—, resolvió continuar las exploraciones. Trató de oponerse Esteban Gómez, portugués, piloto de la San Antonio, diciendo que, «pues se había hallado el estrecho para pasar a los Malucos, se volviesen a Castilla para llevar otra armada, porque habría gran golfo que pasar, y si les tomasen algunos días de calmas o tormentas, perecerían todos»; a lo que respondió Magallanes «que, aunque supiese comer los cueros de las vacas con que las entenas iban forradas, había de pasar adelante y descubrir lo que había prometido al Emperador».
Llevaba andadas la flota cincuenta leguas de estrecho, y el almirante ordenó que la San Antonio reconociera cierto brazo de mar que había entre unas sierras, y que a los tres días volviese. Mas no volvió. Esteban Gómez y el escribano Jerónimo Guerra, aprovechando la ocasión, decidieron regresar a España. Quiso evitarlo Alvaro de Mezquita, y le dió una estocada al piloto; pero éste le dió otra al capitán y consiguió apresarlo. Mandada por el escribano, retornó la San Antonio a España y llegó a Sevilla, al puerto de las Muelas, el 6 de mayo de 1522. Al salir de Sanlúcar la flota, Magallanes y Gómez iban en íntima relación, y aquél llevaba a éste de piloto de la Trinidad. Las disparidades y antipatías que luego hubo entre ambos provinieron del fracaso de Gómez en sus aspiraciones a la capitanía de la San Antonio, concedida a Mezquita.
El general, convencido, al esperar en vano a esta nave, de que se habría ido a pique, o se habría vuelto a España, siguió explorando el estrecho con la Trinidad, la Victoria y la Concepción, habiéndolo atravesado del todo el 27 de noviembre de 1520. Tenía de boca a boca unas cien leguas, navegaron por él veinte días, y a su salida se hallaron con un mar en el que no les sobrevino ninguna tempestad; por lo que Magallanes lo denominó Pacífico.
Por el tranquilo Océano pasó la armada el 18 de diciembre, entre la isla de Juan Fernández y la costa de Chile. «La navegación—dice Antonio de Herrera—, ya era muy penosa por falta de víveres: comían por onzas, bebían agua hedionda y guisaban el arroz con agua salada». El 24 de enero hallaron la isla de San Pablo, y el 1.° de febrero, otra, que recibió el nombre de la isla de los Tiburones, por los muchos que había en ella. También denominaron Desventuradas a las dos, por no haber encontrado mantenimiento alguno con que atenuar las angustias del hambre.
El 1.° de marzo llegó la flota a las Marianas, que fueron llamadas islas de las velas latinas e islas de los ladrones. El 16 fondearon en la de Celuán, del archipiélago filipino. El cacique de Mazaguá, con quien se entendieron por medio de un esclavo de Magallanes, natural de Malaca, les regaló cuatro puercos, tres cabras y arroz, y les comunicó que a veinte leguas de allí había un gran rey, pariente suyo, que les daría cuanto quisieran. El señor de Mazaguá y algunos indios les acompañaron hasta la isla de Cebú y la villa del mismo nombre, donde residía tan poderoso monarca, que hizo inmediatamente proposiciones de paz a Magallanes, de tanto mejor gana aceptadas, cuanto que no tardaron en seguirlas inmensas cantidades de víveres, con los que los expedicionarios reformaron notablemente, en pocos días, sus quebrantadísimos organismos. ¡Puercos, cabras, arroz, cocos, mijos, diversidad de frutas! Les parecía mentira a los famélicos navegantes tanta abundancia, y dispararon la artillería en demostración de contento.
Los alborozados nautas construyeron, con las velas de los buques y con ramas de árboles, un altar, donde se dijo misa, a la que asistieron el rey de Cebú y muchísimos súbditos suyos. A continuación de la misa, a Magallanes y a otras personas de la flota se les obsequió con una comida, en la que abundaron las aves asadas, el pan frito, que los indios llamaban sagú, y el vino de palmas.
El capitán general había regalado al rey de Cebú una gorra de grana, un traje de seda morada y amarilla y algunos objetos de vidrio, y a un sobrino suyo, que era el heredero de la corona, una taza de vidrio, un paño de Holanda y una gorra; pero lo que más afirmó la amistad entre aquellos soberanos y Magallanes fué el haber curado éste a un nieto del rey que se encontraba enfermo, sin poderse mover hacía más de dos años. Con este motivo recibieron el bautismo la real familia y más de ochocientos indios, habiéndose puesto al monarca, cuyo nombre era Hamabar, el de Carlos; a la reina, el de Juana; al príncipe heredero, el de Fernando, y a una princesa, el de Catalina.
Hamabar envió mensajeros a los reyes de varias islas próximas para que vinieran a reconocerse vasallos del emperador Carlos V. Algunos vinieron, al efecto, a Cebú, pero Cilapulapo, señor de la isla de Maután, respondió altivamente que no podía ni quería obedecer a quien le era desconocido, y que no estaba dispuesto a recibir órdenes de Hamabar; mas que, para que no se le tuviera por inhumano, se complacía en enviarles a los extranjeros unas cabras y unos puercos que habían mandado a pedirle.
Magallanes se dispuso a hacerle la guerra a Cilapulapo para obligarle a aceptar por las armas lo que rechazaba por diplomáticas negociaciones. Hamabar procuró disuadirle de lo temerario de la determinación, diciéndole que el señor de Maután era poderosísimo. Tampoco aprobó Juan Serrano los belicosos proyectos del almirante. Insistiendo éste en ellos, el rey de Cebú le ofreció su ayuda, pero le respondió que con sus castellanos tenía de sobra para vencer y castigar a Cilapulapo, y que a lo sumo le aceptaba mil indios para que le sirvieran de guías y para que presenciaran el escarmiento que había de infligirle.
Con sesenta hombres, en tres bateles, y mil cebutines, en treinta barcas, se dirigió a Maután. Cilapulapo salió a recibirles con tres mil combatientes. El general mandó disparar la artillería creyendo que con ello bastaba para amedrentar, derrotar y poner en fuga a los contrarios. Pronto comprendió que serían inútiles sus esfuerzos contra aquellos indios, que oyeron los disparos con serenidad maravillosa. Y se hubiera vuelto atrás si tales pensamientos cupieran en ánimos tan heroicos como el del insigne portugués.
Los mautanenses acabaron con unos cuantos cebutines y con ocho españoles e hirieron a más de veinte, a casi todos ellos con flechas envenenadas. A Magallanes le dieron un cañazo en el rostro, varios golpes con lanzas y piedras y un saetazo venenoso, y estando ya en el suelo, una lanzada que lo atravesó de parte a parte.
Los nuestros procuraron recobrar su cadáver, pero los mautanenses se negaron a dárselo y aun a vendérselo, queriendo conservarlo como recuerdo de la victoria que habían alcanzado y para advertencia de quienes se propasaran a molestarles.
Así murió el gran Hernando de Magallanes, el 27 de abril de 1521, a los cuarenta y dos años de edad, habiendo tenido la satisfacción de encontrar el estrecho que le había prometido a Carlos V, mas no la de haber llegado a las islas de las especias.
* * *
Magallanes, al ofrecerse al emperador, era ya un experimentado marino y un cosmógrafo inteligentísimo. En la concepción de sus ideas relativas al estrecho, en la claridad de ellas y en la seguridad que tuvo siempre de que había de encontrarlo, parece ser que influyó Martín Behaim, discípulo de Regiomontano y miembro que fué de una junta que Don Juan II de Portugal mandó formar para construír un astrolabio, calcular las tablas de la declinación solar y enseñar a los marinos, como dice el historiador lusitano Barros, una maneira de navegar per altura de sol.
En Venecia, en Amberes y en Viena se dedicó Behaim al comercio de pañería; luego vivió veinte años en Lisboa y en la isla de Fayal, habiendo viajado con Diego Cam por las costas del Africa y traído a Europa la malagueta, especia muy buscada que competía con la pimienta. Fué caballero de la Orden de Cristo. En 1492 terminó, hallándose accidentalmente en Nuremberg, en casa de su primo el senador Miguel Behaim, un globo, que deseaba dedicar «a su cara patria antes de partir para el lugar donde tiene su casa, a 700 millas de Alemania», o sea a la isla de Fayal, donde vivía con su mujer Juana de Macedo y con su suegro el caballero Hürter.
En este globo, concluído por Martín Behaim en Nuremberg, fué donde Magallanes debió ver pintado el estrecho cuyo descubrimiento prometió a Carlos V.
Antonio Pigafeta Vicentino, lombardo, que fué en la armada, compuso un Diario de ella y se contó entre los poquísimos que regresaron a España, escribe a este respeto: «El 21 de octubre de 1520 encontramos un estrecho, al cual dimos el nombre de las once mil vírgenes. Sin el saber de nuestro capitán, no se hubiera podido desembocar este estrecho, porque todos creímos que estaba cerrado; pero nuestro capitán se había informado de que debía pasar por un estrecho singularmente oculto, habiéndolo visto en una carta conservada en los archivos del rey de Portugal, y dibujada por un cosmógrafo excelente, Martín de Bohemia».
González Fernández de Oviedo pone en duda, y mejor pudiera decirse que niega, las afirmaciones de Pigafeta, «pues nunca se vido ni oyó scripta ni pintada tal auctoridad, ni hombre chripstiano supo que avía tal estrecho... Pero, o que Magallanes por su buen espíritu, o por aviso de Martín de Bohemia, se atreviesse y determinarse a tal empresa, yo le tengo por hombre de mucho loor».
Entre las aseveraciones de Pigafeta y las dudas o negaciones de Oviedo, será por las de aquél por las que habrá que resolverse, no sólo por haber ido en la expedición, sino por su amistad con Magallanes. El Diario lo entregó al emperador y se ha perdido. Envió copias al pontífice Clemente VII y al gran maestre de Rodas Felipe Villiers de Lisle Adam. El conocido es un extracto de estas copias, existente en la biblioteca ambrosiana de Milán y se publicó en París en 1800.
Antonio de Herrera, que fué el historiador que tuvo a su disposición más documentos acerca de éste y de otros múltiples asuntos, reconoce la influencia de Martín Behaim en el descubrimiento magallánico. El célebre autor de la Historia de las Indias Occidentales asegura que, al presentarse Magallanes por primera vez en Valladolid al obispo de Burgos Juan Rodríguez de Fonseca, le enseñó un globo, en el que estaba indicado el itinerario que proyectaba seguir, pero dejando en blanco el lugar correspondiente al estrecho, por temor a que pudiera encomendársele a otra persona el encargo de descubrirlo, y añade Hererra que, cuando el cardenal Jiménez de Cisneros y monseñor de Xebres apretaban con objeciones al ilustre navegante, les contestó que estaba seguro de encontrarlo por haberlo visto «en una carta marina de Martín de Bohemia..., cosmógrafo de gran reputación».
Fuera o no fuera así, hay que tener a Magallanes por hombre de mucho loor.
II
Muerto Magallanes, fueron elegidos, para general de la flota, Duarte Barbosa, y para capitán de la Victoria, otro portugués, Luis Alfonso.
Habiendo el rey de Cebú, después del triunfo de Cilapulapo, invitado a los expedicionarios a un banquete en que los agasajaría lo mejor que pudiera y les entregaría una joya para la Majestad cesárea, Duarte Barbosa se apresuró a responder que acudirían muy placenteros al convite. Juan Serrano no fué del mismo parecer, considerando que estaba fresca la derrota que les había causado el señor de Maután; que era peligroso, en tales circunstancias, abandonar la nave por irse a divertir; que, si tanto interés tenía el rey de Cebú en darles un regalo para el emperador, no debía tener inconveniente en subir a bordo a entregarlo. Insistió Barbosa en su resolución, puso en duda el valor de Serrano y éste, para demostrarle que nada le asustaba, fué el primero en dirigirse al banquete.
A la sombra de unas palmeras iba sirviéndoseles la comida. La satisfacción no les dejaba margen para pensar que pudieran ser traicionados. De súbito, cayó sobre ellos un crecido número de cebutines, que a todos les quitaron la vida, menos a Juan Serrano, a quien, por el momento, se la conservaron, por si les servía, como ellos intentaban, de pretexto para quitársela a los que se habían quedado a la mira de las embarcaciones.
Los indios arrojaron al mar los cadáveres de sus víctimas, y a Serrano le llevaron arrastrando, desnudo y maniatado, hasta la playa, obligándole a suplicar a voces a la gente de las naves que le rescataran y a decirles que el rescate consistiría en que dieran por su libertad dos cañones.
Los afligidos nautas, aunque enfermos y débiles casi todos, estuvieron a punto de desembarcar, no para entregarles a tan falsos amigos las piezas de artillería que deseaban, sino para combatirles, vengar el asesinato de los compañeros y libertar por la fuerza a Serrano; pero se dieron cuenta de su situación y de la imposibilidad de vencer a tantísimos adversarios; comprendieron que lo que éstos se proponían con la estratagema del rescate era prenderlos y matarlos como a los demás, y, dominados por la prudencia, levantaron anclas y se marcharon de aquella tierra, dejando al capitán de la Concepción en poder de los indios.
¿Sería Hamabar amigo de nuestros navegantes por creerlos invencibles, y brotarían en él sentimientos de deslealtad al ver que Cilapulapo los había derrotado? Quizá influyeran estas pérfidas consideraciones en el ánimo del rey de Cebú. Lo más verosímil es que le decidiera a pasar de la amistad al engaño y al crimen el esclavo de Magallanes. Herido dicho esclavo en una pierna en la batalla en que pereció su señor, se acostó durante largo rato fingiendo que la herida era grave. Barbosa le mandó que se levantara, le llamó perro y le dijo que no se hiciese la ilusión de que la muerte de su amo había de significar para él la libertad, a cuyas reprensiones ninguna objeción opuso y se levantó; mas, queriendo cobrarse de ellas y a la vez quedar libre, le habló a Hamabar en contra de los expedicionarios, asegurándole que eran unos codiciosos y unos crueles; que la palabra de amigos que le habían dado era insincera, y que lo que buscaban era someter y maltratar, con su ayuda, a los mautanenses para hacer otro tanto con los cebutines y con los de las islas próximas. Hamabar creyó cuanto quiso contarle, y concibió y se propuso llevar inmediatamente a la práctica, puesto de acuerdo con los reyes circunvecinos, la idea del sanguinario convite.
Los historiadores disienten en cuanto a que el esclavo de Magallanes fuera el causante de la matanza. Lo afirman Pigafeta, Maximiliano Transilvano, Oviedo y Gomara. Para Herrera, el crimen se cometió «a instancia de los otros cuatro reyes, que le habían amenazado (al de Cebú) que si no mataba a los castellanos y le tomaba las naves destruirían su tierra y le matarían». Barros, en sus Décadas, lo atribuye a que «los reyes enemigos convinieron en hacer paz entre sí con tal que el rey de Cebú trabajase por matar» a los de las naves. Ahora bien; Juan Sebastián Elcano declara que huyeron de aquella isla porque les mataron veintitrés hombres por una traición que hizo un esclavo de Magallanes... «e que la causa porque el esclavo hizo la traición fué porque Duarte Barbosa le llamó perro».
Entre las víctimas se contaron Duarte Barbosa, Juan Serrano y Luis Alfonso. A Serrano lo asesinaron cuando se volvieron a la ciudad los indios que le habían llevado a la playa para hacer con él la comedia de que ofrecían su rescate a los que se habían quedado en los buques.
El 1.° de mayo partieron de Cebú la Trinidad, la Concepción y la Victoria, y habiendo navegado diez leguas llegaron a la isla de Bohol, donde, por ser el personal que les quedaba muy escaso para los servicios de toda la flota, resolvieron quemar la Concepción, que era la más vieja de las tres naves.
Nombraron general a Juan Caraballo y capitán de la Victoria a Gonzalo Gómez de Espinosa, y desde Bohol se dirigieron a Quepindo, isla de la costa de Mindanao. Por no encontrar allí arroz, que era lo que más necesitaban, fueron a la de Paraguá, y en el pueblo de Saocao, habitado por moros, y en otro habitado por cafres, se hicieron con arroz, gallinas, puercos y cabras, a cambio de tijeras, cuchillos, lienzos, cuentas de vidrio y otros artículos por el estilo.
Desde Paraguá se encaminó la expedición a Borneo.
El 9 de junio se les acercaron tres fustas, cuyas proas eran doradas y de figura de cabezas de sierpes. En una de las fustas venía, con acompañamiento de estruendosas músicas, un anciano, secretario de Siripada, rey de la isla. El importante personaje y algunos mozos entraron en la capitana, abrazaron a Caraballo y le preguntaron quiénes eran, de dónde venían y qué buscaban. El les contestó que eran súbditos del emperador Carlos V y que el objeto de sus viajes era trocar sus mercancías por las de aquellos países. Y les dió, para el soberano de Borneo, una camisa de terciopelo carmesí y una silla guarnecida de terciopelo azul.
Siripada le mandó a decir al general que le estimaría le enviase dos hombres, pues tenía mucho interés en conocerlos, y Caraballo le envió ocho, uno de ellos Gonzalo Gómez de Espinosa.
Salieron a recibirles 3.000 guerreros vestidos con trajes de seda, armados de arcos, flechas, cerbatanas y alfanjes y provistos de corazas de conchas de tortuga.
Los ocho de la flota llevaban para el rey una ropa de terciopelo verde, una gorra de grana, cinco varas de paño colorado, una copa de vidrio, una escribanía y cinco manos de papel, y para la reina, una copa de vidrio llena de agujas, tres varas de paño amarillo, y otros obsequios. Al día siguiente estuvieron en Palacio, cuya riqueza les admiró y avergonzó. A Siripada, que los vió desde una reja, le dijeron que querían paz, pan y contratación. El monarca se mostró maravillado de la larga navegación que habían hecho y ordenó que fueran atendidos y servidos cumplidamente.
Los visitantes, que habían pasado hambres muy dolorosas, comieron y bebieron hasta no querer más. Les dieron al mediodía doce platos, y para postre, variedad de frutas, y por la noche, treinta platos lo menos y otros tantos vasitos de vino de arroz. Hubo en estos banquetes carne asada, capones y otras aves, muy buena pesca y pasteles.
Lo que sobre todo les agradó a los convidados fueron las noticias que allí les suministraron de la situación y la distancia de las Molucas.
Transcurridos algunos días, cinco individuos de la flota fueron a la ciudad a comprar brea, y contra lo que pudiera esperarse a continuación de tantos festines, no se los dejó volver, por lo que el resto de nuestra gente combatió y apresó una canoa, en la que iba un hijo del rey de Luzón con cinco mujeres, un niño de dos meses y cinco hombres. El general los puso en libertad mediante rehenes para que el príncipe luzonés procurase hasta lograrla la devolución de los castellanos.
No fueron reintegrados mas que dos, y como habían huído de la Victoria otros dos, fueron cinco las bajas sufridas en Borneo por los expedicionarios.
Estos salen de allí el 5 de agosto, y el 15 cae en su poder una canoa, en la que había 30.000 cocos. Luego están treinta y siete días reparando los buques.
Antes de hacerse a la mar destituyen al capitán mayor, y, por unanimidad, eligen para substituírle a Gonzalo Gómez de Espinosa, y por capitán de la Victoria, a Juan Sebastián Elcano. La remoción de Caraballo obedeció a las antipatías que se había conquistado, pues no se sujetaba a las cédulas reales ni atendía los consejos de nadie, reconociendo como única ley su capricho.
Tras una navegación muy rica en incidentes y trabajos, llegó la pequeña armada el 8 de noviembre a una de las islas Molucas, a la de Tidor, cuyo rey fué el día 9 a darles la bienvenida a nuestros compatriotas. «Ahora se cumplen—les dijo—dos años que yo conocí por el curso de las estrellas que vosotros érades enviados de un gran rey a buscar esta nuestra tierra, por la cual cosa vuestra venida me ha seydo más cara e graçiosa, pues que por las estrellas tanto tiempo antes me fué anunçiada. E çabiendo que no acaesçe jamás alguna cosa destas sin que primero no sea de la voluntad de los dioses o de las estrellas ordenado, no seré tal con vosotros que quiera contrastar la voluntad de los cielos, sino, con buen ánimo y voluntad, de aquí adelante, dexando aparte el nombre real, pensaré que soy como un gobernador de aquesta isla en nombre de vuestro rey.»
Almanzor, que así se llamaba aquel monarca, iba descalzo, y su indumentaria consistía en una camisa labrada de oro, un pañuelo blanco ceñido hasta el suelo y un velo de seda en forma de mitra. Al entrar en la capitanía se tapó las narices para evitar, como musulmán que era, el olor del tocino. Los castellanos le regalaron una silla de terciopelo carmesí, una ropa de terciopelo amarillo, un sayón de tela falsa de oro, cuatro varas de escarlata, un pedazo de damasco, otro de lienzo, un paño de manos labrado de seda y oro, dos copas y seis sartales de vidrio, tres espejos, doce cuchillos, seis tijeras y seis peines.
Almanzor les autorizó para matar a quienes les molestasen, y hombre de curiosidad voracísima, examinó el estandarte imperial, un retrato de Carlos V, la moneda y un peso.
Muy pronto se cambiaron entre él y Gonzalo Gómez de Espinosa juramentos de paz y contratación. Aquel sería amigo de España y le facilitaría especias por paños, lienzos y sedas.
En diciembre reconocieron la soberanía del emperador, Corala, señor de Terrenate, Luzuf, rey de Gilolo, y los de Maquián y Bachián. Eran muy afamados por su lujuria y por su prole. Corala tenía cuatrocientas mujeres «gentiles en ley y en persona» y cien jorobadas para que las sirvieran de pajes. De Luzuf se cuenta que era padre de seiscientos hijos. Veintiséis tenía Almanzor, y doscientas mujeres. «En cenando—dice Gomara—mandaba ir a la cama a la que quería... Era celosísimo, o lo hacía por mor de los españoles, que luego miran y sospiran, y hacen del enamorado.»
El rey de Tidor les encareció a los castellanos que le suplicasen de su parte a Carlos V el envío de muchas fuerzas, para vengarse del cacique de Burú, que había muerto a su padre y arrojado su cadáver al mar, y para que enseñasen a los tidoreses nuestra religión y nuestras costumbres, y les dió para el emperador papagayos rojos y blancos, miel y varios indios.
Tidor, Terrenate, Maquián, Bachían y otras islas abundaban en clavo, nuez moscada, canela y jengibre. El cinamomo o árbol de la canela se parece al granado; el del clavo, al laurel por la hoja, y al olivo por la corteza; el de las nueces moscadas al nogal español, y la hierba del jengibre a la del azafrán.
Había en las Molucas unas aves llamadas manucodiatas. Francisco López de Gomara, en la primera parte de su Hispania Victrix, las describe así: «Son de mucho menor carne que cuerpo muestran; tienen las piernas largas un palmo; la cabeza chica; más luengo el pico; la pluma de color lindísimo; no tienen alas. Jamás tocan en tierra, sino muertas, y nunca se corrompen ni pudren. No saben dónde crían, ni qué comen, y algunos piensan que anidan en paraíso. Los españoles las traen por plumajes, y los malucos, contra heridas y asechanzas». Análoga descripción de estas aves hace Antonio de Herrera; pero todas no debían ser lo mismo. Don Martín Fernández de Navarrete vió, en 1831, dos manucodiatas traídas de Manila y originarias de Terrenate, que tenían alas.
Habiéndose despedido los nuestros de Almanzor y disponiéndose para la vuelta a España, observaron que la Trinidad hacía agua de tal modo que les sería imposible navegar con aquel buque sin antes someterlo a importantísimas reparaciones. Ocho días estuvieron trabajando en arreglarlo, y como no lo podían conseguir lo menos en tres meses, acordaron que la Victoria regresara por el cabo de Buena Esperanza, y que la Trinidad, una vez carenada, marchase a Panamá y descargase las mercancías, que serían transportadas desde el Pacífico al Atlántico.
El 21 de diciembre de 1521, la Victoria, mandada por Juan Sebastián Elcano, salió de Tidor con sesenta hombres, entre ellos trece indios, y fué a Mare, donde se proveyó de leña, y después a Latalata, Lumutola y otras islas. A mediados de enero de 1522 llegaron a la de Mahía, abundante en pimienta larga y redonda. Desde Mahía arribaron a la de Timor, pobladísima y rica en oro, jengibre y sándalo. Allí riñeron algunos de los nuestros, y se escaparon Martín de Ayamonte, grumete, y Bartolomé de Saldaña, paje que había sido de Luis de Mendoza. Los demás, luego de haberse provisto de sándalo blanco y canela, emprendieron la marcha con dirección al cabo de Buena Esperanza.
El 18 de marzo divisaron una isla muy alta, que parecía no tener habitantes ni arbolado. Desde ella—la de Amsterdan—, continúan hacia dicho cabo, a cincuenta y siete leguas del cual creen hallarse el 7 de mayo. El 9 se aproximan a la costa, y el 10 buscan, en vano, un punto donde poder adquirir subsistencias. Iban enfermos casi todos los navegantes. Hubo quienes opinaron que debían irse a Mozambique, respondiendo otros que preferían morir a retrasar la vuelta a España. El 16 sufrió el buque considerables desperfectos, y el 18, a pocas leguas del cabo de Buena Esperanza, le obligaron a retroceder la furia del viento y de las corrientes.
Del 7 al 8 de junio cortan la equinoccial.
El 1.° de junio se hallan a doce leguas de Cabo Verde, y el 9 llegan a la isla de Santiago. «Surgimos—dice Albo en su Diario—en el puerto de Río Grande, y nos recibieron muy bien, y nos dieron mantenimientos cuantos quisimos, y este día fué miércoles, y este día tienen ellos por jueves, y así creo que nosotros íbamos errados en un día».
Pedro Mártir de Angleria habla irónicamente del día perdido, que tuvo inquietos por mucho tiempo a los compañeros de Elcano, al darse cuenta, con espanto, según Herrera, de que en el viaje alrededor del mundo habían celebrado las Pascuas en lunes y comido carne en viernes. Pigafeta, en su Primo viaggio intorno al globo, nos informa de su sorpresa ante la pérdida de dicho día, porque ni uno sólo había dejado de apuntar durante la navegación. «Posteriormente advertimos—añade el cosmógrafo lombardo—, que no había ningún error y que viajando siempre a occidente y siguiendo el camino del sol, al volver al mismo sitio debíamos haber ganado veinticuatro horas». A juicio de Gomara «trascordáronse o no contaron el bisiesto».
En Río Grande, como la Victoria hacía mucha agua y eran muy pocos los marineros que quedaban, los navegantes acuerdan comprar negros para darle a la bomba y pagarlos con clavo, puesto que carecían de moneda. Así lo hacen, sin dificultades, el día 13. Para adquirir arroz, el 14 envían un batel, que vuelve a las pocas horas. Nuevamente lo envían por más arroz, y no vuelve, aunque lo esperan hasta el día 15. Los del buque se aproximan al puerto, para enterarse de lo ocurrido. Una barca les insta a que se rindan. Nuestra gente reclama el batel y los individuos que en él han ido. Los de la barca replican que se lo comunicarán a los señores de la isla. Mientras van a comunicárselo, la Victoria levanta anclas y deja abandonados en la isla de Santiago el batel y doce hombres, para librarse el resto, ya escasísimo, de los expedicionarios, de que también los prenda el gobernador de Cabo Verde. Los portugueses tenían prohibido, bajo duras penas, a los extranjeros comerciar con especiaría.
Los doce apresados fueron Martín Méndez, contador de la nave, Pedro Tolosa, despensero; Ricarte de Normandía, carpintero; Roldán de Argote, lombardero; Juan Martín y Simón de Burgos, sobresalientes; Felipe de Rodas, Gómez Hernández y Socacio Alonso, marineros; Pedro Chindurza, grumete; Vasquito Gallego, paje, y maestre Pedro, que había ido como lombardero en la Concepción con Gaspar de Mendoza. Desde Cabo Verde se los llevó a la carcel de Lisboa, de donde los mandó sacar al poco tiempo el rey Don Juan II.
El 15 de agosto pasó Elcano entre las islas del Fayal y de Flores; el 4 de septiembre divisó el cabo de San Vicente, y el 6 llegó a Sanlúcar de Barrameda, a los tres años menos catorce días de haber salido de aquel puerto y al año y cuatro meses desde que partieron de Tidor. Por la cuenta de Juan Sebastián, habían navegado catorce mil leguas, y por la de Pigafeta, catorce mil cuatrocientas sesenta.
«Fué el camino que esta nao hizo la mayor y más nueva cosa que, desde que Dios crió el primer hombre y compuso el mundo hasta nuestro tiempo, se ha visto, y no se ha oydo ni escripto cosa más de notar».
El 10 de septiembre se procedió a la descarga de la Victoria, que traía trescientos ochenta y un costales de clavo, cuyo peso ascendió a quinientos veinticuatro quintales y veintiuna libras y media. En cajas, sacos y costalillos vinieron muestras de otras especias, como canela y nuez moscada. Varias partidas de clavo, pertenecientes a los oficiales y marineros, pesaron veintiocho quintales, una arroba y diez libras. La canela pesó tres libras y media, y veintiocho un palo de sándalo. Por cédula expedida en Valladolid el 10 de octubre, se mandó a los oficiales de Sevilla que guardasen las muestras de droguerías y especierías traídas por Elcano. Y a los siete días se dió una nueva cédula para que fueran entregados a Cristóbal de Haro, factor de la Casa de la Contratación, cuantos artículos y objetos correspondientes a la Corona hubieran venido en el buque.
De los doscientos treinta y siete individuos que fueron en 1519 en la Armada, he aquí los nombres de los diez y ocho que regresaron a España en 1522: Juan Sebastián Elcano, capitán; Francisco Albo, piloto; Miguel Rodas, maestre; Juan de Acurio, contramaestre; Martín de Indícibus, marino; Hernando de Bustamante, barbero; Aires, condestable; Antón Hernández Colmenero, Diego Gallego, Nicolás de Nápoles, Miguel Sánchez de Rodas, Francisco Rodríguez de Huelva, marineros; Juan de Arratia, Juan de Santander y Vasco Gómez Gallego, grumetes; Juan de Zubileta, paje, y Antonio Lombardo, sobresaliente.
De «hombre intrépido, cuyo nombre no debe ser olvidado, y a quien ni la antigüedad ni la Edad Media pueden oponer rival alguno», califica Antonio de Herrera a Juan Sebastián Elcano. A parecida calificación son acreedores los diez y siete que con él volvieron en la Victoria.
De los trece indios que habían sacado de las Molucas para enseñárselos al emperador, tan sólo uno desembarcó aquí vivo. Los demás fallecieron en la travesía.
Los viejos historiadores de estos extraordinarios sucesos tuvieron plena conciencia de la grandeza y la importancia de la expedición. No puede haber quién no las reconozca; mas la lectura de estas hazañas nunca podrá causar entusiasmos tan hondos y vivos como los experimentados por quienes tuvieron la suerte de oír relatarlas a los hombres que las realizaron.
Maximiliano Transilvano, secretario de Carlos V, habló, apenas regresada la Victoria, a España, con su ínclito capitán y con su gente, y a base de estas conversaciones escribió la narración que dirigiera al obispo de Cartagena. «Procuré, con mucha diligencia, de saber y me informar de la verdad de todo ello, ansí del capitán de la nao que ahora volvió como de los otros compañeros que en su compañía vinieron».
Gonzalo Fernández de Oviedo trató al jefe de la gloriosísima nave, y así lo hace constar en el libro XX, capítulo III, de su Historia Natural y General de las Indias: «Juan Sebastián del Cano... volvió con la nao Victoria a España, al cual yo hablé y comuniqué mucho, en la corte de César, el año mill e quinientos y veynte y cuatro».
Los panegíricos de Oviedo, Gomara y Herrera y los de los historiadores modernos a la nave de Juan Sebastián y a sus heroicos navegantes repiten o amplifican este bellísimo elogio que Transilvano hizo de ellos: «Son, por cierto, estos diez y ocho marineros, que con esta nao aportaron a Sevilla, más dignos de ser puestos en inmortal memoria que aquellos argonautas que con Jasón navegaron y fueron a Colchides, de quien los antiguos poetas hacen tanta celebridad. E mucha más digna cosa es, por cierto, que esta nuestra nao sea colocada y ensalzada entre las estrellas que la en que navegó aquel griego, pues que aquella navegó desde Grecia solamente por el mar del Ponto, y ésta partiendo de Sevilla contra el mediodía y dando allí vuelta contra el occidente y pasando por deyuso deste nuestro hemisferio, penetró hasta las partes orientales, desde las cuales, tomando contra el occidente, dando la vuelta con diversas reflexiones a todo el globo e orbe de la tierra e agua, volvió a Sevilla, de donde primero había partido».
* * *
La Trinidad, ya recompuesta, salió de Tidor el 6 de abril de 1522, con cincuenta individuos y nuevecientos quintales de clavo, y llegó, tras una navegación de cuarenta leguas, a la isla de Morotay, donde los expedicionarios fueron muy bien recibidos e hicieron transacciones.
Yendo hacia el norte, arriban a una de las islas Marianas, en la que la nave sufre grandes destrozos y se mueren varios tripulantes de mal de lombrices.
A últimos de agosto surgen en la isla de Mao, próxima a la parte septentrional de las de los Ladrones, y distantes trescientas leguas de las Molucas.
Encontrándose en la costa de Zamafo, supieron, por la gente de un barco, que a los quince días de haber salido de Tidor la Trinidad, habían llegado a Terrenate portugueses, mandados por Antonio de Brito, y habían construído una fortaleza.
Gonzalo Gómez de Espinosa envió en aquel barco al escribano Bartolomé Sánchez, con una carta para Brito, comunicándole que la Trinidad estaba a punto de perderse, y muchos de la dotación iban enfermos, y suplicándole auxilios con los que poder retornar a Tidor. El escribano no volvió. Como se temió en un principio, y se confirmó más adelante, le habían detenido.
En el puerto de Benacorora, Simón Abreo, Duarte Raga y los capitanes Gaspar Gallo y García Manrique se presentaron a Gómez de Espinosa y le entregaron la respuesta de Brito, en la que le decía que le facilitaba el personal y los auxilios que le había pedido. Sin embargo, no tardaron en apoderarse de los mapas, astrolabios, cuadrantes y derroteros de la nave, y en mandar en ella hasta el puerto de Talangomí, situado entre Terrenate y Tidor.
Espinosa protestó contra las violencias de que él y los suyos eran objeto por parte de los lusitanos, en un país que correspondía a Carlos V; a lo que le contestaron que obraban de conformidad con las instrucciones de su rey. Y despreciando las protestas, pidieron el estandarte imperial y procedieron a la descarga del buque. Al exigir Espinosa testimonio de lo que contenía, se le amenazó con que, de insistir en reclamarlo, se lo habían de dar colgándole de una antena.
Cuando la Trinidad salió de Tidor, habían quedado allí, con la hacienda del César, Juan Campos, Alonso Genovés y Diego Arias, y ahora Espinosa los encontró en Terrenate, con hierros, en la fortaleza de los lusitanos, que les habían quitado las mercancías que destinaban para las contrataciones.
Ventiuno eran los hombres de este navio al volver a Terrenate. Todos fueron presos. A los cuatro meses, Brito les consintió pasar a la India, exceptuando, por serle necesarios, al carpintero maestre Antonio y al calafateador Antonio Besanabal.
A los demás los envió a Banda, isla abundantísima en nuez moscada. De Banda fueron conducidos a Java y a la ciudad de Agrazué, habitada por treinta mil moros y muy comercial. Desde aquella animadísima urbe los llevaron a Malaca, punto de confluencia de los buques de los territorios cercanos al estrecho de Meca y los de los reinos del Peguí, Chazamán, Cambaya y Bengala.
En Malaca murieron cuatro españoles, y se quedó el grumete de la Trinidad, Antonio Moreno, esclavo de una hermana de Jorge de Alburquerque, capitán de la isla.
El resto de nuestros compatriotas llegó, al cabo de una marcha de cuatrocientas leguas, a Ceilán y a Coohín, donde permanecieron diez meses sin lograr autorización para volver a España; por lo que el marinero León Pancaldo y el maestre Bautista Poncero se escaparon en una nave, que los llevó a Mozambique. Habiendo sido presos, Poncero murió, y Pancaldo se escapó otra vez y pudo arribar a Lisboa. Allí la encerraron en el limonero, como llamaban a la cárcel.
Vasco de Gama, nombrado por entonces virrey de la India, tampoco dió licencia a nuestra gente para embarcarse, y si don Enrique de Meneses, gobernador de Goa y sucesor de Gama, llegó a concedérsela a Espinosa, al lombardero maestre Hans y al marinero Ginés de Mafra, fué al enterarse de que el Rey de Portugal se había casado con una hermana de Carlos V.
En Lisboa, maestre Hans murió en el limonero, y Gonzalo Gómez y Ginés de Mafra estuvieron en la prisión cerca de siete meses.
De los cincuenta individuos que en la Trinidad habían partido de Tidor para Panamá, solamente cuatro volvieron a España.
* * *
En 1525 se envió a las Molucas otra expedición, al mando de fray García de Loaysa, natural de Ciudad Real, guerrero sabio y experimentado y comendador de la Orden militar de Rodas.
Componíase la flota de seis naves y un galeón. La Santa María de la Victoria la gobernaría Loaysa; la Sancti Spíritus, Juan Sebastián Elcano; la Anunciada, Pedro de Vera; la San Gabriel, Rodrigo de Acuña; la Santa María del Parral, Jorge Manrique; la San Lesmes, Francisco de Hoces, y el galeón, llamado Santiago, el capitán Santiago de Guevara.
Salieron de La Coruña el 24 de julio.
A la entrada del estrecho de Magallanes, en el cabo de las Once mil vírgenes, naufragó la Sancti Spíritus, ahogándose nueve hombres y salvándose los demás a costa de grandes esfuerzos.
El 30 de julio de 1526, en las inmediaciones del cabo Pescado, falleció Loaysa, con «mucha tristesa y dolor en los que en aquella nave capitana iban». «Así como fué muerto y con sendos Paternósters y Avemarías por su ánima, que cada uno de los presentes dixo, echado su cuerpo en la mar», abrieron una real orden, en la que se determinaba la sucesión y elección en el mando del general, capitanes y oficiales designados primeramente.
En ese documento, expedido en Toledo a 3 de mayo de 1525, se prescribía: «Y porque podría ser, lo que Dios no quiera, que el dicho capitán general e capitanes e oficiales nuestros, que van en la dicha armada, fallecieren así a la ida como allá y en la vuelta, mando que, en... muriendo o quedando el dicho comendador Loysa en la dicha tierra..., venga por capitán general de la dicha armada Juan Sebastián del Cano, capitán de la segunda nave...»
Así se hizo; pero Juan Sebastián estaba muy enfermo, y el 4 de agosto de 1526 «le llevó Dios, y le hiçieron las mismas obsequias y le dieron la misma sepoltura que se le dió al comendador y le echaron en essa mar.»
* * *
De la extensión y brillantez del imperio de Carlos V, labradas en grandísima parte por nuestros descubridores y conquistadores en América y Oceanía, se han descrito magníficos cuadros en aquella época y en la moderna.
Célebre es por su majestuosidad el de Macaulay en las primeras páginas de su ensayo sobre la Guerra de Sucesión, y muy estimable el de Martín H. Hume, en su Historia del pueblo español; pero es a Gonzalo Fernández de Oviedo a quien se le deben las expresiones más entusiásticas acerca de la obra realizada por aquellos hombres que ensancharon los dominios de España, los del mundo conocido entonces y los de la civilización universal.
Aunque graves autores han ensalzado desde tiempos antiguos a nuestra nación por sus ingenios, su valor y su esfuerzo, nada tan merecedor de loa como las hazañas de los españoles en las Indias, ya en el ejercicio de las armas en tierra, ya en el Océano, con excesivos e innumerables trabajos, sin temor al cansancio ni a los peligros, con no pocas hambres y enfermedades y muy frecuentemente con absoluto desinterés. Ellos encontraron otro hemisferio no menos amplio que Europa, Asia y Africa. Alejandro Magno y sus soldados no dejaron de ver el polo ártico ni cuando más se alejaron de su país. En el antártico ondeó la bandera de Castilla en más reinos y estados que cuantos tuvieron debajo de su cetro cada uno de todos los príncipes habidos desde el principio del mundo hasta Carlos V. Los asirios, los sicionios, los macedonios, los persas, los corintios, los atenienses, los tebanos, los partos, los egipcios, los cartagineses, los romanos y otros señoríos estaban comprendidos en el polo ártico. Los del emperador se extendían por ambos hemisferios, no pudiendo equipararse con tantas proezas y adquisiciones las fabulosas novelas de Jasón y Medea con su vellocino de oro.
Tales son, en resumen, las alabanzas tributadas al Imperio de Carlos V y a quienes maravillosamente lo dilataron, por Fernández de Oviedo, que las corona con estas palabras: «Callen los pregoneros de Theseo aquel laberinto y su Minotauro, pues que, sabida la verdad, essas metháporas, reduçidas a historia çierta, son unas burlas y niñerías si se cotejan y traen a comparación de lo que en estas nuestras Indias se ha visto y se ve cada día en nuestro tiempo, y lo han visto mis ojos y otros muchos a quien en esta edad ni en las venideras no podrán en verdad contradeçir envidiosos, enemigos de tan valerosa y experimentada naçión y tan jubilada en virtudes».