Parte II (continued 2)
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Conociolo bien pronto doña Ramona, y enderezó a la otra estas palabras, acompañadas de dos saetazos por encima de sus anteojos:
—Yo no estorbo aquí, señora; téngalo usted entendido. Entre mi marido y yo, como no hay pecados, tampoco hay secretos. Somos un alma en dos cuerpos, por la gracia de Dios.
—Mil enhorabuenas—respondió la marquesa entre burlona y picada—por esa felicidad; pero crea usted que no era la cosa para tanto. Verá usted cómo, aunque pecadora, me atrevo a confesar aquí el motivo de mi visita, y sin escándalo de nadie.
Don Santiago estaba en ascuas con las crudezas de su mujer, y no sabía cómo disculparlas sin provocar otras más incisivas. Al mismo tiempo, la marquesa, desde que conocía a la Esfinge, ardía en curiosidad de saber de dónde procedían las intimidades de Guzmán con aquella singular familia; pues estaba segura de que a su amigo le sobraba siempre el dinero, y no podían ser necesidades de esta clase los motivos del conocimiento. Hizo en el acto, y como introducción a su particular negocio, la pregunta a don Santiago, y le respondió éste, alegrándose en el alma de que se distrajera por allí el otro tiroteo:
—¡Ah!, el Condesito, como yo le llamo..., porque aunque el conde es su tío, mucho más merece serlo él, hasta por la estampa: ¡guapo mozo! Pues la estimación con que nos honra el señor de Guzmán viene de lejos: nada menos que de su padre con mi principal y tío de mi señora, al cual hizo muchos y muy grandes favores en los tiempos en que comenzaba a vivir por su propia cuenta. Un hermano de nuestro tío había sido muchos años empleado en la casa de los señores de Guzmán..., y de aquí nació lo otro. No era ingrato el favorecido; sabía, además, hacer buen uso de los favores; y con todo ello, la estima del favorecedor llegó hasta una buena amistad, como entre iguales: vea usted, señora marquesa, ¡como entre iguales! Y esta buena amistad del padre la continuó el hijo, don José Celestino Guzmán, el actual Condesito. Como se quedó huérfano siendo un muchacho, y llegó a ser mozo independiente y libre con un caudalazo atroz, se aconsejaba muy a menudo de mi principal para la colocación de sobrantes y otros asuntos por este orden. Andaba yo muy cerca de ellos en esos casos; y como los dos me estimaban en más de lo que yo valía, obligábanme de vez en cuando a meter mi cuchara en la conversación. Tuve la suerte de acertar casi siempre; y ya lo mismo le daba a don Pepito Guzmán encontrarse en la droguería con el principal que con el dependiente, cuando de higos a brevas iba por allá con los motivos de costumbre. Retirose nuestro tío, y se murió bien pronto, y continué yo mereciendo todas las atenciones y hasta la amistad que él había merecido del señor de Guzmán. Muy de tarde en tarde nos vemos, porque son muy distintos los mundos por donde andamos, y él es ya hombre que no necesita para nada los consejos de nadie, y aun puede dárselos sobre todas las cosas a medio Madrid; pero nos honra con una buena amistad, que nosotros le pagamos como se debe. Anteayer me pasó una esquelita diciéndome que usted quizá me necesitaría para tratar de un asunto de intereses conmigo, y que procurara servirla lo mejor que pudiera y como si se tratara de él mismo. ¡Figúrese usted, señora marquesa, si aunque no sea más que por este solo motivo y sin contar lo que usted por sí propia se merece, estaré yo dispuesto a servirla en cuanto esté al alcance de mis posibles!
—¡Gracias mil, señor de Núñez—respondió en seguida la señorona, visiblemente complacida con el candoroso ofrecimiento de aquel pobre hombre, y acaso, acaso, y quizá más, con la espontánea recomendación de su amigo—. Y ahora, sin nuevas digresiones que nos distraigan y le roben a usted el tiempo y a su excelente señora la paciencia, allá va la historia en pocas palabras: Ha habido en mi familia un gran caudal; pero cuando llegó a mis manos ya no lo era tanto. Despilfarros y vicisitudes lo quisieron así. Poseo, sin embargo, lo suficiente para vivir con holgura en la esfera en que he nacido y me han educado; pero no tengo la virtud del ahorro ni otras virtudes que acrecientan los caudales. Antes, soy un poco abierta de mano, y no peco de previsora. Con estos defectos, no es de extrañar que algunas veces resulten desproporciones entre las salidas y los ingresos, como dicen ustedes los hombres de negocios. En estos casos, hay que resignarse al contratiempo o conjurarle de cualquier modo, si la necesidad lo exige. A mí me lo ha exigido varias veces, y siempre me han costado muy caros los conjuros; porque, según me afirman, no debí hacerlos nunca por intermediarios. Me he convencido de que esto es verdad, y estoy resuelta a cambiar de sistema, recorriendo esos trámites por mí misma cuando sean de necesidad. Por si llegaran a serlo de un momento a otro..., y antes de pasar más adelante, quiero advertirle a usted que le doy todos estos pormenores para anticiparme a sus deseos y evitarle el trabajo de inquirirlos, y porque sería una inocentada el empeño de esconderlos cuando no resulta desdoro en confesarlos.
El ex droguero escuchaba con la boca abierta a la hermosa y elegante dama, cuyos donaires y gracejo le tenían cautivo; mientras, la Esfinge la miraba de reojo y a hurtadillas, por no tener a mano lanzón de mayor fuerza para pasarla de parte a parte. La marquesa se enteraba de todo y se deleitaba grandemente con ello. Sin dar tiempo a que don Santiago apuntara las corteses rectificaciones que ya la sagaz interlocutora le había leído entre los labios, continuó así, tras una breve pausa:
—Por si llegara ese caso, repito, de un momento a otro, deseo y necesito saber, señor don Santiago, qué condiciones impone usted para un anticipo a las personas de reconocida responsabilidad, como yo; responsabilidad, se entiende, en inmuebles, como ustedes dicen también, y de cuya existencia, libre y desempeñada, se puede certificar cuando sea necesario.
Lanzó entonces la Esfinge una mirada de acero a su marido (que ya contaba con ella), como diciéndole: «Mucho ojo con esta víbora»; y respondió el buen hombre, después de prepararse mucho con algún carraspeo y tres cambios de postura en el sillón:
—Mire usted, señora marquesa: en primer lugar, yo no soy un prestamista... por oficio, ¿me entiende usted?... Corriente. Tengo un piquillo suelto que dedico a descuentos lícitos, quiero decir, sin explotar ahogos ni conflictos de nadie..., servicio por servicio, ni más ni menos. Que ocurre entretanto algo de lo que usted desea: me entero de la calidad del apuro; resulta honrado, puedo sacar de él a la persona; y a la buena de Dios y como entre caballeros, «toma lo que apeteces, y venga el resguardo», con las cláusulas que se establezcan y por un interés que no pasará del seis aunque me ahorquen. Que llega el vencimiento y no hay con qué recoger el testimonio de la deuda. ¿Hay razones que lo justifiquen? ¿El apuro es honrado también? Pues, señor, no he de llevar al pobre hombre a la cárcel, ni le he de malvender la hacienda para cobrarme. O hay buena fe, o no la hay. ¿La hay? Se da una prórroga de dos, de tres meses... o más, si se necesita. El hombre respira, y yo no me ahogo; él se beneficia, y yo no me perjudico. ¿No fuera pecado mortal obrar de otro modo? Pues, señor, lo que yo digo: si el dinero no ha de servir más que para irle amontonando, o para sacar la entraña a mi vecino, vaya a la porra ese metal, que nunca debe ser metralla para nadie. ¿Se va usted enterando, señora marquesa?
Aquí era la marquesa la cautivada, porque cautiva la tenía la noblota ingenuidad del hombrecillo. Juraría entonces que aquella era la primera vez que veía de cerca un corazón de oro. ¡Y en qué cuerpo le hallaba, y de qué retórica se servía!
—¡Siga usted, siga usted!—le dijo la marquesa radiente de curiosidad, y bien sabe Dios que sin pizca de interés por lo que personalmente le alcanzaba en el desusado prospecto de aquel singularísimo prestamista.
—En segundo lugar—continuó don Santiago—, yo no puedo establecer esas condiciones generales por que usted me pregunta, porque, como ya he tenido el honor de manifestarla, el capital que dedico a las operaciones de préstamos es de poca importancia, al paso que son incalculables las atenciones que necesitaría cubrir si no las limitara al tenor de los casos. De modo que según sea lo que se solicita y quien lo solicita, así lo doy o lo niego; y si lo doy, con arreglo a las bases que se establecen entonces de común acuerdo, y según las circunstancias, pero del seis no se pasa nunca, como también he tenido el honor de indicar antes; y esta es la única condición que puede estipularse de antemano.
Por lo demás, y si sólo se mirara el beneficio material, a sacar el redaño al prójimo, crea usted, señora marquesa, que no habría tenaza mejor que el oficio de prestamista sin entrañas. Me he convencido de ello con la experiencia de estas vecindades suyas. ¡Es un espanto lo que sabría usted si contaran estas cuatro paredes la mitad de lo que han visto y oído! Porque aquí se han llorado lástimas de todos los colores, y se han descubierto fregados que tumban de espaldas. ¡Y siempre por el lujo, por el juego y por todos los vicios más abominables! ¡Qué agonías tan congojosas y tan complicadas, y qué pasar por todo las infelices gentes, si yo hubiera sido capaz de aceptarlo por el ansia de recoger onzas de oro mañana, sembrando ochavos morunos de presente! Porque eso hace la usura con los desdichados que se ahogan en apuros. De algunos de ellos me he condolido; y por evitar que otros los robaran, casi me he dejado robar yo a ojos vistas. Pero a los más les he enviado enhoramala, porque no merecían caer en manos de un hombre de bien. Y ¡qué porte el suyo! ¡Qué caballeros tan de punta en blanco!... ¡Y qué señoronas de primer lustre! Y saldrán a la calle con un palmo de hocico y atropellando a la gente menuda, cuando ellos merecían un grillete, y ellas la Galera de Alcalá... Yo sé todas estas cosas al pormenor, porque la misma resistencia mía a servirlos los forzaba a exponer sus miserias sin disfraces, para moverme mejor. ¡A buena parte venían!
En la marquesa se notaban, durante esta parte del relato del buen Núñez, las mismas señales de curiosidad que durante la anterior, pero no tantas de complacencia; y quizás tenía algún parentesco con las causas de esta diferencia, el motivo que la obligó a interrumpir al relatante, aunque muy afable y risueña, en la siguiente forma:
—De manera que si no me precede a mí la recomendación de nuestro amigo el señor Guzmán, Dios sabe a qué presidio destina usted mis pretensiones, después de oír lo que con tanta franqueza le he declarado hace un instante.
Atarugose un poco don Santiago con la observación de la marquesa, y miró hacia su mujer, la cual le socorrió con una ojeada que quería significar: «¡Ahí le duele a la bribona!... ¡Duro en ella!» Por fortuna, no era tan áspero de veta el uno como la otra, y esto libró allí a la elegante dama de que la pusieran entre los dos para pelar. Lejos de ello, don Santiago, temiendo haberse corrido demasiado allá en sus palabras, y reparando por primera vez en que había, aunque remota, alguna semejanza entre los casos maldecidos por él y el caso de la marquesa, se apresuró a responder:
—Nada hay en el relato de usted, mi distinguida y respetable señora, que merezca esa pena tan dura. Gastar en ocasiones un poco más de lo que se puede, no es una virtud, ciertamente; pero tampoco un horror de esos horrores de que yo hablaba. Las cosas en su punto. Conviene distinguir, y es de justicia que se distinga. La recomendación del señor de Guzmán nos ha abreviado el camino, sin duda alguna; pero le aseguro a usted que sin ella hubiéramos llegado también al punto a donde desea llegar la señora marquesa, y le aguarda para recibir sus órdenes este su inútil servidor.
—Acepto de todo corazón la excusa, señor Núñez—respondió la dama con una sonrisa que confirmaba la sinceridad de lo que decía—, hasta como modelo de excusas corteses y delicadas...
La Esfinge cortó aquí los cumplidos con el espadón de su palabra de hierro, y lanzó a su marido otra ojeada con la que le pedía estrecha cuenta de aquellas sus debilidades. La marquesa se dio por entendida con un movimiento de cabeza dirigido a la mujer, tan lleno de donaire como de mala intención, y dijo, volviéndose hacia don Santiago, que estaba en ascuas con las genialidades de aquélla:
—¿Me permite usted que concretemos un poco más el punto de mis pretensiones para que nos entendamos mejor?
—Repito a la señora marquesa que estoy enteramente a sus órdenes.
—Figúrese usted que yo necesitara dentro de ocho días..., mañana..., hoy mismo, una cantidad determinada...
—¿Cuánto? Porque, como he tenido el honor de advertir hace un momento a la señora marquesa...
—Por lo mismo que no lo he olvidado, iba a fijar la cantidad cuanto usted me ha interrumpido. Pongámosla en números redondos: tres mil duros.
—Puedo con ellos, y los tendría usted.
—¿Garantías?
—La firma de la señora marquesa, y nada más, con el plazo que desee y el interés que ella marque, si le parece mucho el seis por ciento.
—¿Y si me viera yo precisada, más adelante, a acudir a usted con idéntico motivo que hoy?
—En ese caso, señora marquesa, sucedería, sobre poco más o menos, lo mismo que está sucediendo ahora.
—¿Y si continuaran mis visitas a esta casa por no cesar los motivos?
—Ya sabe la señora marquesa que, sin la enfermedad que me impide salir de aquí, la hubiera ahorrado yo la molestia de visitarme.
—Muchas gracias, señor Núñez; pero es igual para mi ejemplo que yo le visite a usted, o que usted me visite a mí.
—Concedido.
—¿Y bien?
—En castellano claro y por derecho, señora marquesa, pues creo haber penetrado la intención de usted al hacerme esas preguntas: yo no la he de malvender a usted jamás sus propiedades: en primer lugar, porque no la considero capaz de abusar de mi buena fe hasta el punto de arrastrarme a aquel extremo, y después, porque, aunque lo fuera, tampoco lo conseguiría.
—¿Por qué?
—Porque abusando, abusando... En fin, señora marquesa, ya he tenido el honor de manifestar a usted hasta dónde me interesan las necesidades del prójimo, y desde dónde comienzan a parecerme abominables, y cuál es mi modo de proceder en cada uno de los casos.
—Pues bien, señor Núñez—dijo entonces la dama con inequívoca lealtad—, he querido estirar el ejemplo hasta este límite, porque en eso mismo con que otra dama, por un falso pundonor, se ofendería, hallo yo un goce que jamás he saboreado.
—No me lo explico.
—Ni es fácil, porque entre ustedes, quiero decir, entre las gentes de su condición de usted, lo que yo he encontrado aquí no es un hallazgo.
—Si usted se explicara más, señora marquesa...
—No hay para qué, señor don Santiago. Yo me entiendo bien, y esto sobra para mí. Para usted, bástele la seguridad de que no he de encomendar a la justicia el trabajo de liquidar las cuentas entre ambos. Podré ser gastadora, pero no desagradecida.
La Esfinge la miró entonces con ojos de curiosidad. Parecía sentir temores de hallar algo bueno en aquella mujer. De pronto la preguntó:
—¿Ha perdido usted algún hijo?
Como si estas palabras fueran un rayo que la marquesa hubiera visto sobre la cabeza de Luz, contestó estremeciéndose toda:
—¡Ni Dios lo permita!
—Parece que duele ahí—repuso la Esfinge, bajando otra vez la mirada a su calceta—, y sólo con el supuesto. ¿Cómo será el dolor cuando los hijos se mueran de veras!
—¿Le ha sentido usted, a lo que veo?—se atrevió a decir la marquesa, medio aturdida bajo el peso de aquel inesperado incidente promovido por tan extraño ser.
—Nueve veces, señora—respondió tétrica, sepulcralmente, la Esfinge—; nueve... ¡nueve mil puñaladas! Para las últimas, no había en el corazón un sitio sin una herida ensangrentada.
Ya no le parecía a la marquesa tan fea ni tan extraña aquella mujer. La carga de tales y de tantos dolores lo justificaba todo a sus ojos. Volviolos de pronto a don Santiago, sin atreverse a hacer a ninguno de los dos un a pregunta que se le escapaba de los labios; y como si la hubiera leído allí, dijo el pobre hombre:
—Nos queda un hijo solo... Eso sí: vale, por bueno y por gallardo, los nueve que le han precedido, por mucho que éstos valieran; pero por lo mismo que es solo y vale tanto, ¡qué miedos tan horribles de perderle!
—O de que se pierda, ¿no es verdad?—añadió aquí la marquesa, con un vigor de acento y de mirada que sorprendieron a la Esfinge misma.
—¿Cuántos tiene usted?—la preguntó ésta.
—También uno solo... Una hija.
—Pues no eche usted en olvido—continuó la mujer sombría—que el honor de las hijas depende del buen ejemplo de las madres.
Don Santiago acudió rápidamente a suavizar el efecto que esta nueva aspereza de su terrible mujer pudiera haber causado (y causádole había muy hondo) en la marquesa, dando otro giro al diálogo.
—Pero aún es usted muy joven—expuso con la mejor de las intenciones y el más desastroso de los éxitos.
—Después de haberse casi solemnizado un contrato entre los dos, no debía usted ignorar que... soy viuda.
Esto tuvo que responder la dama, con iguales repugnancias que si descubriera con ello toda la urdimbre de aquel tejido de enormidades que se llamó su casamiento, con sus cenagosos y consiguientes antecedentes.
—¡Bestia de mí!—exclamó el sencillo burgalés, dándose con las dos manos en la frente—. ¡Pues no me había olvidado?... Perdone usted, señora marquesa, esta distracción, que, bien mirada, no es de extrañar. En oyendo hablar de hijos, ya está todo en mi cabeza patas arriba.
«¡Viuda y con ese pelaje y la vida que trae!...», dijo en sus adentros la Esfinge (que no había caído tampoco en lo olvidado por su marido, y no estaba tan obligada como él a recordarlo), y enviando el dicho a la marquesa en una mirada fulminante.
La marquesa había perdido el tino ya. No salía de un bochorno sin verse presa de otro mayor. Pensaba haber dado de improviso en la charca de sus pesadillas, y que aquel empecatado matrimonio se deleitaba en zambullirla en lo más hediondo de ella. Y era de admirar que el caso, con tanto como le dolía, no la indignaba contra nadie. ¿Por qué echar la culpa a quien no la tenía? La culpa estaba en ella, en ella sola, y el peso de esa culpa era lo que la turbaba y remordía. En aquel instante hubiera trocado su belleza, su juventud, sus galas y los encantos de su mundo, por la fealdad y la tristeza y la soledad de la Esfinge, si con todo esto le daba también el sosiego de su conciencia. Porque era una triste gracia que una señorona como ella lo pudiera todo, menos hablar de cosas tan triviales delante de un matrimonio de drogueros, sin caérsele la cara de vergüenza.
Por salir cuanto antes de esta mortificación, se levantó rápidamente de su asiento, y dijo con aire de querer echar el asunto hacia otra parte:
—Es harto triste esta materia, que a ustedes les trae muy amargos recuerdos y a mí muy negros temores. Dejémoslo aquí, si les parece; y pues que no me sobra el tiempo tampoco, tenga el señor don Santiago la bondad de decirme en qué quedamos de nuestro negocio.
—Pues en lo dicho, señora marquesa, si usted no dispone otras bases más a su gusto.
—Yo acepto cuantas usted estime por buenas y equitativas.
—Pues el día en que usted necesite el dinero, me pasa una esquelita por persona de su confianza, diciendo cuánto y por qué tiempo; le envío yo la suma en efectivo con el documento para que tenga usted la bondad de firmarle; me le devuelve después... y santas pascuas. No necesita usted incomodarse.
—Es usted un hombre incomparable, señor don Santiago; y yo nunca pagaré bastante a nuestro amigo el señor Guzmán el favor de habérmele dado a conocer.
—No haga la señora marquesa, a fuerza de elogios, que tenga yo que echarlos a mala parte. Estoy acostumbrado a mucho menos.
—Pues no le dan a usted lo que merece; y le juro que no le digo más que lo que siento. Deme ahora su mano por despedida... Gracias. Y perdone si se la oprimo tan de veras, porque nunca se ha creído tan honrada la de esta su buena amiga.
En seguida, y mientras quedaba el droguero como fascinado, con los ojos muy abiertos y la mano en el aire, volviose hacia la Esfinge; la hizo una elegante reverencia; y, sin acabar de enderezar el talle, salió por donde había entrado, acompañada de unos cuantos campanillazos que se oyeron, en virtud de otros tantos tirones que dio a un cordón la Esfinge desde su asiento, para que abrieran la puerta de la escalera; de un sin fin de excusas del complaciente Núñez, y de estas pocas palabras entre dientes, con que la droguera contestó al saludo.
—...serrrvir a usted.
En cuanto se quedaron solos don Santiago y su mujer, se levantó ésta y abrió las vidrieras del balcón.
—¿Qué haces, alma de Dios?—preguntola el pobre hombre, a quien asustaban entonces los aires colados.
—Purificar esto. ¿No hueles la peste?
—Tienes grandes virtudes, Ramona—la dijo su marido cubriendo la rodilla enferma con el faldón del gabán—; pero en ciertas debilidades, eres incorregible... y tremenda.
VI
* * * * * * * * * * *
Resabios de mis buenos tiempos de doncella pudorosa; algo que queda todavía en el fondo, entre las cenizas. Pues no pensaba yo que fuera tanto como para brotar al primer choque. Y ello es poco, pero molesto cuando aparece. Ya se irá apagando también..., porque señales de lo contrario no deben de ser. ¡A buen tiempo!... Sin embargo, no me resignaría a que ese pobre hombre me apuntara en su libro verde con suficientes motivos. ¡Vea usted cómo puede haber un grano de arena que cierre el paso a una mujer que nunca se ha detenido delante de una montaña!... Es raro eso... Pero ¡qué criatura aquélla! Yo he visto algo semejante en el teatro saliendo por escotillón, envuelto en un sudario... Un espectro. Eso es ella, con su misma lividez y con la misma voz y el mismo miedo que infunde. Y ¡qué ojos los suyos! Me parecía que con la mirada me iba sacando todas las ignominias de mi vida para arrojármelas al rostro entre maldiciones. Y el caso es que este temor me tenía sobresaltada. De este ser no me habló Pepe Guzmán. Y será capaz de decirme, cuando yo se le mencione a él, que es un saco de virtudes; y acaso tenga razón... ¿Cómo habrán podido amalgamarse dos naturalezas tan opuestas entre sí, como la del espectro y la de su marido, para formar un matrimonio ejemplar?... Porque yo vi señales de que aquél lo es. Otro caso raro... para mí, que no sé leer más que en un libro... Lo que no ofrece duda es que hasta en las personas que se creen más despreocupadas hay un fondo sensible que llega a lo romántico... Yo lo había observado en el público que se convierte en fiera en la plaza de toros, y se enternece en el teatro con las dulcedumbres de una comedia ejemplar. Hoy lo he experimentado en mi propia. A poco más que me apuren, me confieso de todas mis culpas delante de don Santiago Núñez, y arrojo mis arreos mundano! a los pies de su mujer... Y ahora casi me asombro de aquella flaqueza. ¡Qué contrastes tan raros!... ¿Cuándo estará en lo suyo la pícara condición humana? Porque tampoco tiene duda que somos masa dispuesta para todo; y hasta el espectro debe de ser de la misma opinión, cuando me dijo que «el honor de las hijas depende del buen ejemplo de las madres». Me parece que fue esto lo que me dijo. Lo recuerdo bien, porque me dolió muy adentro... Otro caso raro: somos del mismo parecer el espectro y yo en lo tocante a la educación de los hijos; nos espantan igualmente los temores de sus extravíos, y usamos procederes diametralmente opuestos en el modo de vivir. Sin embargo, me parece que aquí la lógica está con ella más que conmigo... y Dios también... Pero ¿no se ha convenido en que somos «barro frágil», y en que a la edad y a las circunstancias (¡pícaras circunstancias!) hay que darles lo que les pertenece, y dispensarlas por lo que se llevan de más? Pues he ahí mi caso. Yo vivo como vivo y soy lo que soy, porque no puedo ni debo vivir ni ser de otra manera. Por este lado me arrastran las «circunstancias» y las inclinaciones, obra de ellas; y por este lado me dejo arrastrar... hasta donde me lleven. Nada de ello impide que yo reconozca las ventajas que tienen otros caminos sobre este camino mío: bien a la vista está que no cabe punto de comparación entre una madre como yo y otra madre de esas que pueden hablar delante de un matrimonio honrado, sin sonrojarse, de los secretos de su hogar, y ofrecerse a sus propias hijas por modelo de conducta. Yo no puedo hacer nada de esto, y bien sabe Dios las angustias que me ha costado hoy en casa del espectro, y las que me cuesta en la mía a cada hora, desde que vino mi hija a ella..., pero ¿qué remedio tiene? El barro y las circunstancias lo piden así... y adelante con la vida hasta que no se pueda con ella. Por fortuna, o por desgracia, no voy sola por estos derroteros.»
Así discurría, sobre poco más o menos, la marquesa de Montálvez dos horas después de salir de casa de don Santiago Núñez, mientras se desnudaba... para vestirse otra vez con mejores galas, antes de sentarse a la mesa, porque aquella noche le correspondía el turno en el Real, cuya temporada había de concluir pronto; con lo que se declara que había empezado ya la primavera, húmeda y desapacible, por más señas.
Apunto este detalle, porque sólo aguardaba la marquesa a que el tiempo sentara para emprender el viaje a Francia con su hija. Todo lo tenía dispuesto y preparado ya para marchar a cualquier hora, y Luz esperaba el recado en su colegio. No debía volver a casa ya sino para entrar por una puerta y salir por otra, como suele decirse.
La marquesa había elegido esa estación del año, porque se prestaba mejor que otra a sus intentos.
No había motivo racional ya para dejar a Luz en Madrid un verano entero, ni su madre podía resignarse a pasarle en la calle del Barquillo, ni tampoco a viajar con el estorbo peligroso de su hija; y como a ésta lo mismo le importaba entrar en el nuevo colegio con la primavera que con el otoño, la marquesa había preferido la primavera, de la cual pensaba hacer algo como prólogo de su excursión de verano; excursión planeada hasta la nimiedad, durante el invierno, con Leticia y con Sagrario, que habían de representar grandes papeles en ella.
Y llegó el día esperado; y la marquesa recogió su tesoro del escondite de Madrid, y le trasladó al otro escondite que le tenía preparado en Francia. Y al guardián de allí, casi los mismos encarecimientos y advertencias que al guardián de acá. No era ya prudente ni posible sostener a Luz en completa ignorancia de su categoría social; pero, en cambio, convenía redoblar el empeño para que desconociera los usos y más salientes costumbres de la clase. Que se habituara a considerarlos sometidos a las reglas generales de la ordinaria vida social; y de este modo, cuando no pudiera evitarse que los conociera, por sí misma, sería obra fácil convencerla de que todo lo malo que la sorprendía por inesperado, era excepción de la regla; y con esto bastaba, por de pronto. Las demás advertencias, ya lo he dicho, como en Madrid: pocas retóricas, buena moral, escogidas amistades, «el Dios de los pobres» y un buen equilibrio entre la salud del cuerpo y la del alma. Otra variante que se me olvidaba: no fue tan penosa la despedida de la madre en Francia como lo había sido en Madrid, después de encerrar a su hija. Cuatro años de separación la habían ido acostumbrando a vivir lejos de ella con sosiego.
Cumplido este importante negocio, a París con la doncella, con la de marras. Un mes pasó allí. ¿Qué hizo? Contra su costumbre, está poco explícita la marquesa en este pasaje de sus Apuntes: acaso porque la materia no daba de sí para cosa mejor; quizás por todo lo contrario. De todas maneras, es de extrañar este laconismo de nuestra heroína, que sabe entretener la pluma en asuntos bien insignificantes, y no se muerde la lengua cuando tiene que declarar faltas enormes. Pero en materia de escrúpulos, ¡hay tantas rarezas incomprensibles!
Quien pudiera sacarnos de la duda era su doncella; pero ni la conozco, ni existe, que yo sepa, la historia de su vida y milagros.
Lo único que hace saber terminantemente la marquesa, es que al acabarse mayo llegó Sagrario a París, según lo convenido entre ambas; que pasaron juntas quince días en aquella capital, «bien disfrutados» (textual), y que se fueron después a Viena para reunirse con Leticia, según lo convenido también.
Y vean ustedes otra prueba que yo creo tener de que lo de París no sería cosa mayor, por lo mismo que se lo callaba la marquesa, en la despreocupación con que da cuenta, aunque no minuciosa, de todas las restantes aventuras de su viaje desde que se reunieron las tres amigas en la capital de Austria. Allí se pertrecharon, como quien dice, de nuevos alientos y propósitos, y de allí salieron para hacer una verdadera razzia por todo lo más cogolludo de la Europa elegante, unas veces juntas, otras separadas, según «las circunstancias y las necesidades»; pero siempre en cabal inteligencia, como divisiones aguerridas y bien disciplinadas de un mismo ejército. ¿Por qué fue Viena el punto de partida, y no París, verbigracia? ¿Por qué se reunieron las tres aventureras en aquella ciudad austriaca y no en esta francesa? La marquesa culpa de esta singularidad, que no la desagradó, a la caprichosa y siempre impenetrable Leticia.
El hecho es que de allí salieron, como pudieron haber salido de otro punto cualquiera, y que nunca como entonces pudo decirse con mayores visos de verdad, que por donde iban no dejaban títere con cabeza. Y yo creo que esto debe entenderse, siquiera en la mayor parte de las ocasiones, en el mejor de los sentidos; quiero decir, en él menos candente de cuantos quepan en la malicia del lector. Porque, según parece, hubo grandes estragos donde no son de temer los de cierto género. Los machuchos cancilleres, los estirados diplomáticos, los ministros desposeídos, los grandes agitadores expatriados, todo lo más alto, en fin, y lo más serio de las notabilidades europeas que abrevaba en lo selecto de las aguas de nuestro continente, sintió, en más o en menos, el influjo diabólico del paso de los tres astros errantes; y es sabido que si no volvieron a Madrid con una reata de celebridades de tal calibre por tiro de su carro triunfal, fue porque no se les puso en el moño la ocurrencia.
De la índole de estos estragos deduzco yo que sólo se trataba, por las causantes, de una ostentación o alarde de travesura, nada increíble en tres mujeres hermosas, sin el freno del escrúpulo y en lo mejor de la vida.
En Ems, ya muy avanzado el verano, se halló la marquesa con Pepe Guzmán. No le gustó el hallazgo cosa maldita.
—A mi paso por Francia—la dijo sin preámbulos—he visto a Luz.
—¡La has visto?—exclamó la marquesa sin poder disimular la impresión desagradable que éste súbito recuerdo de su hija la produjo en la conciencia.
—La he visto, sí. ¡Qué hermosa, qué angelical está!... Me preguntó si sabía por dónde andabas; si estarías ya en Madrid; si te vería pronto yo...
—Y tú ¿qué la respondiste?
—Yo la respondí..., no lo recuerdo exactamente, porque estaba oyendo desde allí el ruido de tus ligerezas imperdonables, y temía que Luz le oyera también...
—¿Es cierto que le has oído?
—¿Pues de qué le conocería, si no?
—¡Qué temeridades, Dios mío! ¿Por qué hará una estas cosas!—exclamó entonces la dama sinceramente espantada de su propia labor. De pronto se trocó su espanto en ira, y lanzó a la faz de su amigo estas frases:
—¡Y pensar que yo no había nacido para eso!, ¡que estoy en ello porque a ello me han arrastrado contra mi voluntad, y que la única persona que me pide cuentas de mi caída sea la que más fuerte me empujó para caer!
—¿Eso es un cargo para mí?
—Es un cargo para ti, porque no puede ser otra cosa cada grito que me arranca esta herida hecha por tu mano, y que no acaba nunca de cicatrizarse.
—¡Ay de ti y de tu hija inocente el día en que esa herida no te duela!
—¿Qué quieres decirme, consejero de Satanás?
—Que no cabe avenencia entre tus inquietudes de madre cariñosa y tus... locuras de mujer mundana; y que tienes que decidirte pronto por lo mejor, en la inteligencia de que ambas cosas dentro de ti no han de tardar en producir el mismo fruto que si te decidieras por lo más malo.
—¿Qué fruto?
—El que más temes, Nica.... y el que acaso mereces por castigo.
—¡Por castigo!... ¡Y me lo dices con una frescura como si tú no le merecieras más ejemplar todavía!
—¿Quién sabe si le estoy sufriendo ya!
—¡Tú!
—¿Crees posible que suceda lo que temo sin que resultemos castigados los dos?
—¡Siempre egoísta!... Vete, déjame en paz, y que suceda lo que Dios quiera.
—Esto significa que te espanta la verdad, y me alegro de ello.
—Di que me repugna en tus labios, y estarás en lo justo.
—Pero, al fin, siempre será verdad, y conviene que la reconozcas de vez en cuando.
*
Y este fue el único tropiezo que halló la marquesa de Montálvez aquel verano en el ancho, florido y dilatado campo de sus travesuras y regocijos de buen tono.
En París se separó de sus dos amigas; hizo una visita a Luz en su refugio, y gran acopio en ella de excelentes propósitos de enmienda, que se le entibiaron mucho con los aires del amino hacia su casa; y entró en Madrid, en septiembre, tan tranquila y sosegada como si no hubiera roto un plato durante el verano ni en todos los días de su vida.
VII
Desde aquí comienza un período que fue el más escabroso, si no el más largo, de los varios que tuvo la vida mundana de la marquesa de Montálvez. Según ella misma lo declara, tan escabroso fue, que él solo la daría para un libro entero, si se propusiera referir tan enorme catálogo de cosas. Pero da por sentado que el público madrileño conoce las más salientes de ellas y presume las restantes; y a esto se atiene para considerar ocioso un trabajo más desleído, porque valor y resolución la sobran para echar a la calle todas esas barreduras de su conciencia.
Yo podría suplir las omisiones, porque me es bien conocida la materia; pero esta conducta no sería galante ni acertada, por contravenir a aquel prudente acuerdo y caer en el peligro, que también teme la marquesa, de que resulte plato de estímulos insanos lo que debe resultar muy otra cosa. Aténgome, pues, al texto de los Apuntes, confirmación exactísima de los rumores de la fama, y aun eso sólo he de darlo en extracto para llegar cuanto antes a la narración de otros sucesos harto más dignos de la atención de los lectores.
Se cansó muy pronto de las fiestas caras y ruidosas que daba en su casa. En su temple de jamona fresca, con su aprovechada experiencia, su buen gusto y claro ingenio, necesitaba algo de más jugo, de más substancia que aquella insípida y continua exposición de mujeres frívolas y de hombres mentecatos, cargados de perifollos; fiestas en las que, tras de costarla un sentido, todos se divertían menos ella. En fin, que echó la gente a la calle y dio por terminadas las reuniones de fausto en sus salones.
Para llevar a cabo sus nuevos planes, eligió lo que había de aprovechable entre lo arrojado de su casa y lo que conocía de lo de fuera; después autorizó a los escogidos para que escogieran a su vez, sin pararse en pelillos de linaje: podían espigar en varios campos, en todos los que se dieran ingenios bien educados, desde la presidencia del Consejo de ministros, hasta el humilde rincón de la obscura gacetilla. Que no se reparara en edades ni en estampas: viejos y mozos, altos y bajos; todo servía, con tal de no carecer de ingenio ni de desparpajo; tupé, que dicen otros. Para todos habría que hacer allí.
De mujeres (éstas eran de elección suya exclusivamente), pocas y malas; quiero decir, de buen pico y mejores tragaderas.
Y así se fue haciendo.
Cuando le anunciaban un presentado, preguntaba ella al presentante:
—¿Vale?
Respondíanla que sí.
—Pues que venga.
Y valer, en aquellas ocasiones, significaba ser cualquier cosa, menos hombre indigestamente grave, corto de genio, feo sin gracia, ignorante sin osadía, galán ruboroso..., y así por el estilo; porque allí, hasta el saber macizo y serio había de derramarse en dosis muy concentradas y con mucha sal y pimienta: todo menos la pesadez y la petulancia. Y valiendo, todo era lícito con tal de estar bien hecho; la grosería en las formas estaba igualmente proscrita. En el pensamiento, no tanto.
Dicen los que lo conocieron, que aquello tuvo que oír... y que ver; y lo llamo aquello, porque no sé qué nombre darlo. La marquesa, por llamarlo de algún modo, lo llamaba tés íntimos; pero es lo cierto que aunque todas las noches del invierno, ya muy cerca de la madrugada, había ese té en su casa, aquello no tenía horas fijas ni aspectos determinados, y chisporroteaba de mil modos: entre pocos, entre muchos, en tertulia plena, con media docena de ellos convidados a comer, o con otros tantos al humor de la chimenea a cualquier hora de la tarde. Más que té, era al modo de sierpe de muchas cabezas que alcanzaba con la punta de la cola a muchas cosas y a muchas partes..., hasta las casas de Leticia y de Sagrario. Porque estas dos criaturas de tan buen estómago, en cuanto lo cataron en la de la marquesa pidieron el turno correspondiente; y no era cosa de que las desairaran aquellos hombres tan corteses y campechanos de suyo.
Como en estas reuniones de imponderable confianza se vivía en perpetuo comercio de malas intenciones, de malicias y de travesuras de lenguaje, el natural ingenio de la marquesa adquirió gran desarrollo, y su bien acreditado humorismo se empapó en nuevos y más picantes jugos. Llegó a tener frases felices y a pintarse sola para crucificar en una semblanza a un prójimo desventurado, o para hacer en otro marca indeleble con un dicho que repetía después todo Madrid. De aquella fábrica salieron tantos y tantos que aún continúan siendo famosos entre las gentes encogolladas, vagabundos de levita y estudiantes desaplicados.
Por entonces comenzó a llamársela la Montálvez, llaneza que acreditaba su bien adquirida popularidad, como en otro tiempo la había acreditado, entre la juventud de rechupete, otra llaneza, algo más fina y culta: Nica Montálvez. Lo cierto es que Madrid se llenó de cosas de la Montálvez, y que hasta las que rodaban por tertulias y cafés sin madre conocida, se le atribuían a ella. Privilegio de las popularidades bien fundadas.
Su casa, por las gentes que la frecuentaban, llegó a ser registro exacto de los secretos pecaminosos, hazañas y picardías de todo Madrid: allí se conocía la clave de los misterios, chicos y grandes, de la política fullera, y el hilo de muchas marañas inexplicables de la Hacienda pública; había palancas para remover obstáculos que las gentes legas conceptuaban irremovibles, y el don de muchos prodigios de fortuna en todas las carreras del Estado, que dejan atónito y confuso al vulgo sencillote.
Los maldicientes que se creían mejor informados, referían de las tres Gracias verdaderas enormidades en los corrillos del público voraz. Las tres Gracias, y por añadidura en conserva, eran las tres viudas verdes: en una palabra, la Montálvez y sus dos amigas Leticia y Sagrario. De cada una de ellas se contaban anécdotas que ardían; caprichos libidinosos que traían su filiación de la Roma corrompida de los Césares.
No niega fundamento la Montálvez a estos rumores, pero se sacude violentamente de ciertos hechos; y quiere que conste que todos los comprobables de aquel calibre pertenecen a Leticia y a Sagrario. La misma salvedad hace con respecto a los dichos. De éstos, unos eran referentes a personas y otros a cosas; unos, al modo de dictámenes; otros, al de motes y semblanzas; los había cruelmente ingeniosos, y los había también indecentes. Se atribuye gran parte de los primeros; pero rechaza hasta con asco la propiedad de los segundos.
Y la creo, no solamente por el valor con que se acusa de otras cosas bien graves, sino porque había en su naturaleza un componente pudoroso que la impedía ser grosera: y hasta como pecadora, lo fue sin el aguijón del apetito; y por eso quiere que se la tache por lujo de pecar, pero no por lujosa en el pecado. Lo primero no edifica, seguramente; pero tampoco degrada ni corrompe tanto como lo segundo.
Por ese lado se explica también que, entre las tres cómplices de estas fechorías, fuera ella la que se cansó primero, o, mejor dicho, la única que se cansó; porque las otras dos no se cansaron pizca: al contrario, deshecha la mancomunidad que sostenía a las tres en cierto orden de equilibrio, cayeron Sagrario y Leticia, por su propio peso, despeñadas hasta lo más hondo, aunque cada cual a su manera: Sagrario fue siempre la mujer de los caprichos estrepitosos; Leticia el modelo de las caprichosas solapadas y de las amigas temibles. Se la atribuían hasta perfidias de tan mala casta, que rayaban en crueldades. Serían o no serían ciertas: la marquesa cree que sí, porque tuvo grandes y especiales motivos para no dudarlo.
Como tampoco duda, antes confirma terminantemente, lo que ya sabíamos por Manolo Casa-Vieja: que era muy avara; pero, según la marquesa, avara de la peor especie: tenía el vicio del trapicheo, y media docena de comadres negociando de su cuenta, por las casas de vecindad, sus vestidos de desecho y hasta los trastos de la cocina. En este bajo comercio era tramposa y desleal; y se desvivía y aguzaba el ingenio por el gusto de robar media peseta a una chula en un dije de similor. Creíase que eran muy mal adquiridas muchas cosas de mérito que se admiraban en su casa, particularmente obras de arte; y maravillaba el lujo de raterías que se daba por empleado para apoderarse de ellas. ¡Y esta mujer tenía un caudal enorme y era espléndida en sus gastos! Hay muchas almas de alquimia que tienen roñas así.
Volviendo a la marquesa, digo que ese azaroso tramo de su vida pecadora duró seis años.
Guzmán, que era por entonces un señor bastante gordo y entrecano, pero siempre de gran ver, iba poco, muy poco, por la casa de su amiga; y cuando iba, era para reprenderla.
—Te empeñas en que te oiga—la dijo más de una vez—, y al fin te oirá. Y aunque no llegue a oírte, por el rastro que va dejando aquí la vida que haces, tendrá que conocerla.
—Es el último estruendo de ella—respondía la pecadora sonriendo—. No lo dudes: estoy preparándome para ser juiciosa.
De tarde en cuando desaparecía por una temporadita para visitar a Luz. Dos veces la trajo a Madrid durante aquellos seis años, pero por muy pocos días; y entonces fue su casa un modelo de sosiego y de buen orden. Se la presentaba a sus amigas menos temibles, y la llevaba consigo a algunos sitios de recreo.
Entre la primera y la segunda venida a España dio Luz un estirón que sorprendió mucho a su madre. La encontró hecha una mozuela que se salía de sus angostos hábitos de colegiala. Se lo hicieron notar también sus amigas de Madrid; y la dijeron que era un pecado mortal no vestirla ya «de señorita» y no sacarla del encierro donde no parecía bien.
La marquesa comprendía demasiado que sus amigos tenían razón; pero ella las tenía también muy respetables para echar por otros caminos diferentes; y por eso llevó a Luz a Francia otra vez, donde nunca había estado como verdadera colegiala.
Desde este viaje es cuando apareció la Montálvez notablemente transformada.
Con disculpas bien buscadas, fue disolviendo sus tés íntimos y sus tertulias verdes, y escatimando su asistencia a las de sus amigas. No por ello se hizo huraña ni melancólica; pero si muy escogida en las personas para el trato continuo, y muy sobria en los recreos de puertas afuera.
Rebasaba ya bastante de los cuarenta años: había dado de repente el bajón de que no se libra bicho viviente, por mucho que se emperejile y se defienda; y a este fracaso se atribuyó la retirada, creyendo que la Montálvez se apresuraba a dejar el mundo antes que el mundo la dejara a ella.
No era cierta la suposición ni bien fundado el motivo. A la marquesa le quedaba todavía un otoño muy agradable que explotar, si hubiera querido apurar las cosechas hasta la vendimia inclusive. Contaba aún con muchos, con muchísimos golosos; porque más varios que las estaciones de la vida son los gustos de los hombres viciosos y desarreglados. Dijéranlo, si no, sus compañeras de glorias y fatigas mundanas, Sagrario y Leticia: más invernizas y deshojadas que ella iban poniéndose, miradas a buena luz, y aún triunfaban y lucían y se consideraban a lo mejor del camino, soñando, porque volvían la espalda al invierno que las espantaba, que corrían hacia la primavera.
No se fundaba, pues, la resolución de la Montálvez en aquel fracaso de su belleza, aun que coincidió con él.
Ya se sabe que no estaba formada del peor de los barros posibles; que no entraba el vicio como verdadera necesidad en su naturaleza, y que, aunque la divertía ser viciosa, no la llenaba. Desde que nació su hija, luchaban en ella dos pasiones que se aborrecían como el perro y el gato, una buena y otra mala: la de madre escrupulosa y amante, y la de mujer de mundo, alegre y despreocupada. Mientras la hija estuvo en edad de vivir escondida, la madre pudo entregarse de lleno a sus placeres mundanos; pero llegada la hora de traer a Luz a su lado, tenía que decidirse por el gato o por el perro; y esa hora llegó, y la madre escrupulosa triunfó sin lucha de la mujer liviana. Cierto que Luz estuvo en el escondrijo dos años más de lo justo; cierto que el momento de decidirse la madre ocurrió en aquella crisis de su edad y después de un hartazgo de desórdenes que bien pudiera tomarse por el hartazgo de Marta; cierto es igualmente que en estas coincidencias hay base sobrada, tomando las cosas en su primer aspecto, para la suposición de las gentes; pero es la pura verdad también lo que yo afirmo con el testimonio de la marquesa misma, y a esta opinión hay que atenerse.
Puede haber quien pregunte: «Y si el momento de decidirse hubiera ocurrido cuando tenía la marquesa seis años menos, ¿por cuál de las dos pasiones se habría decidido?»
Paréceme la pregunta un exceso de curiosidad y un lujo de mala fe; pero conste que yo me inclino a lo más favorable para aquella dama, cuyo desmedido amor a su hija daba para ello y otro tanto más.
Volviendo a lo que importa y dejándonos de escarbar tan adentro, porque, si a eso fuéramos, sabe Dios qué cosas se hallarían en el alma de muchos que creen tenerla como los ampos de la nieve, digo que la transformación de la marquesa después de llevar a Francia por última vez a su hija fue tan de veras, que no se contentó con deshacer sus tertulias y despejar la casa de gentes nocivas a la buena moral, sino que, en cuanto la puso en orden, se consagró a orearla y a limpiarla de todo rastro de impurezas. Hasta de sus propios resabios trataba de sacudirse, se le figuraba que de sus fechorías más recientes le quedaban algunos en el estilo, y temía que por aquellas espumas se descubrieran, las pasadas tempestades. ¡Mujer más singular!
Estos preparativos duraron cerca de dos años, y aun con este paréntesis no se creía bastante alejada de sus últimas locuras para no temer que, cuando menos lo pensara, se le prendiera alguna en el vestido.
Durante este tiempo hizo una visita a Luz. ¡Cómo iba completándose aquella criatura! ¡Con qué amor iba la naturaleza formando a la mujer sobre la armadura de la niña!
A Guzmán le gustaba mucho ver a la marquesa tan afanada en aquel esmero de policía doméstica.
—¿Te parece bastante?—solía preguntarle ella.
—Todavía no—respondíala él.
Y en eso estaban.
Un día, después de hacerle ella la misma pregunta, se quedó Guzmán pensando mucho la respuesta.
—Voy sospechando—le dijo la marquesa—que nunca te ha de parecer esta casa bastante purificada.
—¿Por qué?
—Porque eres hombre de buen olfato; y mientras estés tú en ella, siempre has de hallar tufo de peste. Es el único que anda ya por aquí... en cuanto tú vienes.
Sonriose Guzmán y respondió, poniéndose el sombrero para marcharse:
—Puede que tengas razón... Vete, vete cuanto antes por ella.
Y muy pocos días después salió de Madrid la marquesa para traer de Francia a su hija.
VIII
Luz tenía diez y ocho años cuando su madre se decidió a sacarla para siempre de su escondrijo. A ésta le remordía algo la conciencia, por parecerle demasiado larga la prisión; a la prisionera le daba lo mismo irse que quedarse, si es que no prefería aquella vida de invernadero en que se había desarrollado, a las intemperies de un mundo que desconocía.
Grandes fueron los temores y sobresaltos de la marquesa, como ya se dijo, cuando por primera vez tomó en sus brazos a su hija; pero fueron mucho más grandes al trasponer las puertas de su encierro con ella, ya mujer, y mujer que parecía modelada en la mente de un escultor enamorado. Tan singular era su belleza. De niña la conocimos recibiendo las caricias de Guzmán; y también sabe el lector, bajo la fe de nuestra palabra, que tres años después todo había crecido en ella con prodigioso equilibrio: lo físico y lo moral, las perfecciones del cuerpo y las del alma. Pues a los diez y ocho era eso mismo, en las debidas proporciones.
Vida de invernadero hemos llamado a la suya, y es la verdad en casi todo el rigor de la frase: como lo es también que marquesa, atenta sólo a lograr determinados fines, acertó sin proponérselo, dando a aquella excepcional naturaleza el único medio en que podía desenvolverse sin deformarse. No a todas las plantas conviene el cultivo al aire libre y a cielo abierto. En lo humano, era Luz una de estas plantas. No es de extrañar que al salir de su estufa sintiera la impresión de otro ambiente más frío, y que esta impresión no le fuera agradable.
Hay que decir algo sobre la realidad envuelta en estos simbolismos de jardinería, para que el lector no extravíe su juicio sobre el carácter que debe conocer a fondo entre la hojarasca de las imágenes. Hablábamos del mundo al cual iba Luz a salir de pronto y por primera vez, y casi aseguraba yo que esta salida no era muy de su gusto, o, cuando menos, que no la necesitaba...—Y, entre paréntesis, quiero que valga este ejemplo, que es el que hallo más a mano, por otros cien que pudieran citarse para pintar el modo de ser de la hija de la marquesa de Montálvez en la ocasión de que se trata.—Por razones que se conocen, la habían dicho cómo era el mundo que a ella le convenía imaginar, no el que en realidad le estaba destinado: un mundo que no era bueno, aunque no tan malo como el que le ocultaban; pero, al cabo, era un mundo práctico, con sus hombres y sus mujeres, y sus cuestas abajo y sus cuestas arriba; el mismo que ella veía por los resquicios de su encierro, y en las historias que aprendía para instruirse, y en los pocos libros de imaginación que se le daban para entretenerse. Y todo esto sería verdad, pero le gustaba muy poco; no porque adoleciera de sensiblerías románticas, sino por razones bien opuestas: por obra de aquel equilibrio prodigioso que existía entre todos los elementos que la constituían, de cuerpo y de alma.
En aquel conjunto todo era paz, armonía y sosiego, y cabía el sentimiento de todo; pero no la pasión por nada sin el concurso de un agente perturbador que rompiera el equilibrio; el cual agente había de venir de afuera, porque dentro no había lugar para él. En otra criatura formada de distinto barro, el cultivo artificial o de invernadero, como hemos llamado al de Luz, hubiera producido contrarios efectos, porque en lo común de la naturaleza humana, las veladuras sobre los ojos son alicientes de los deseos y despertadores de la curiosidad; pero en una pasta tan dúctil y placentera como la de aquella niña, el artificio de su educación moral contribuyó grandemente a la perfección casi mecánica de la mujer; mecánica en cuanto a la estructura, digámoslo así, a la trabazón de las piezas componentes de su ser moral, no en cuanto a las funciones del conjunto, que éstas ya dependían de la pasta fundamental, del temple nobilísimo del alma, obra de un Artífice más alto.
Quiero decir, antes que nos extraviemos entre sutiles metafísicas, que aún me parecen más inextricables que los laberintos de la botánica, que Luz, con su equilibrio de agentes íntimos, no era un reló que andaba bien, ni una soñadora que bebía vinagre y suspiraba por «el reposo de la tumba», sino una mujer de carne y hueso, con muy pocas ambiciones y muy apaciguados deseos; porque había en los ojos de su imaginación unas lentes que le presentaban los objetos exteriores con un colorido sumamente dulce y a una luz suave y tranquila, como la de un crepúsculo de otoño. Habituada a este modo de ver, no es de extrañar que la repugnaran los colores vivos y todo linaje de desentonos y de aberraciones, lo mismo en el orden físico que en el orden moral. Y así era lo cierto. Esto no impedía que Luz estuviera dispuesta a tomar lo que la dieran; pero, autorizada para elegir, muy pocas veces se decidiría al gusto de las mujeres de su edad.
Apurando el ejemplo que tenemos entre manos, he de añadir que esto del mundo del que tanto se la hablaba y que ella hubiera adivinado aunque nada le hubieran dicho, porque la humana naturaleza es una parlanchina que todo lo descubre, y, más o menos recio, habla a la imaginación, aunque se la pongan candados en la lengua y se la confine a las soledades de un desierto; que esto del mundo, repito, la dio bastante que pensar desde que traspuso las fronteras de la niñez y entró con paso más firme y con doblados alientos de vida y con mayores fuerzas de visión, en los términos de la juventud.
¿De qué la servía, si no todo, la mayor parte del mundo que iba columbrando, y además le descubrían en libros y en advertencias de palabra?... De maldita de Dios la cosa para las especiales ambiciones que la dominaban y las cortas necesidades que sentía. Sí a ella la hubieran dicho: «Forma uno a tu gusto y para tu exclusivo recreo, donde vivas en cuanto salgas de aquí», ¡qué cosa tan distinta de lo que le esperaba hubiera construido!
Por de pronto, nada de multitudes humanas, ni de ruidos incómodos, ni de hacinamientos de casas formando calles sombrías y angostas; nada de ceremoniales mentirosos para cultivar amistades que no se necesitan entre personas que no se pueden ver; ni de espectáculos públicos, en los cuales se exhiben las gentes embanastadas de medio abajo, y en ringleras, como muñecos de escaparate; nada de sonrisas forzadas, ni de saludos maquinales, ni de corsés muy apretados; nada, en fin, de ese cúmulo de esclavitudes y de molestias en que viven las gentes «bien educadas», cuando se dice de ellas que hacen una vida regalona. Luz se hubiera contentado con muchísimo menos: con un pedacito del mundo, precisamente de la parte de él más desdeñada de las gentes mundanas; algo así como cuadro de primavera campestre: praderas rozagantes, copudos robles, matas de rosales, senderos blandos y retorcidos entre los árboles y los rosales y las praderas; un sol cernido a través de las espesuras; fuertes contrastes de luz y sombra; rumor de brisas en el follaje y de aguas fugitivas entre márgenes de madreselvas y laureles bravíos; pájaros cantadores, y en lo alto, pero no lejos del río, sobre una base de roca blanquecina medio envuelta entre carrascas, hiedras y escaramujos, una casita, no como la choza rústica y grosera de los idilios, no tanto: podía ser un chalet muy cómodo y muy lindo, hasta con su salita de estudio y un buen piano en ella, y un terradillo desde el cual se descubriera una gran parte del panorama y se entrara en tentaciones de recorrer lo que no se veía...
La segunda vez que se asomó Luz con los ojos de su imaginación a esta azotea (porque este cuadro primaveral no fue obra de un acaso ni contemplado un día solamente), descubrió, ¡extraño suceso!, al alcance perfecto de su vista, junto a un árbol de los más próximos al río, una figura que ella no había puesto allí. Se atrevía a jurarlo. Era la de un hombre en lo más verde y lozano de la juventud: gallardo de cuerpo y hermoso de cara; poco bigote todavía, pero muy negro, como los ojos y como el pelo, suelto y abundante; muy bien ataviado, pero no compuesto.
¿Debía Luz borrar aquella figura del cuadro, solamente por no ser obra suya? Fueran cuales fuesen su procedencia y su destino, el detalle inesperado componía muy bien donde estaba; y componiendo bien, no debía borrarse. Además, aquellos fondos, aunque bellos, eran demasiado para una mujer sola. Podía llegar a sentirse allí hasta el miedo, porque la soledad es imponente, por hermosa que sea; y aunque no se llegue al miedo, las impresiones recibidas en la contemplación de lo bello no se completan si no son comunicadas con alguien; y hasta se daba el caso entonces de que aquel mancebo, por la expresión de su mirada intensa, la dulzura de su sonrisa y lo varonil de su persona, parecía la encarnación del sentimiento, de la bondad y de la fortaleza; como que metida ya Luz de plano en estas fantasías hasta se le antojó (salvando la irreverencia que creía cometer en la comparación) que el tal mancebo podía pasar, donde estaba, por algo así como arcángel guardador del misterioso paraíso. ¡Si compondría bien la figurita en el punto del cuadro en que había aparecido «de repente»!
A la tercera vez que se asomó Luz a la azotea, también vio al mancebo en el mismo sitio; pero ya no se contentaba, para dar entretenimiento a sus miradas, con el lujo de la naturaleza que le envolvía; también la miraba a ella, a Luz, y aun con mejores ojos que a las bellezas inanimadas del paraíso; y como el mancebo era, en opinión de Luz, «el sentimiento de la bondad y la fortaleza», y hasta «el arcángel guardador» de todo aquello, que ya era «de los dos», Luz bajó del terrado, sin miedo y sin escrúpulos, y el mancebo la salió al encuentro; y ella apoyó su brazo en el brazo que le presentó él, y se fueron juntos por el sendero adelante; y mientras andaban así, a Luz le parecía más radiante la del sol y que eran más olorosas las flores y más blandos los senderos; los ruidos más armoniosos, el ambiente más saludable y los pajarillos más alegres. Después, en la soledad de su casita, todo lo hallaba más cómodo y risueño; y al poner sus manos sobre el teclado del piano, le arrancaba del fondo notas de una vibración como jamás había arrancado de aquellas fibras de acero.
Pues bien: algo así, con este cuadro primaveral por base, podía ser la vida de una mujer como Luz, si la dijeran: «Escoge un mundo a tu gusto para ti sola, o para los dos a lo sumo». No pediría ella otra cosa. Y, sin embargo, se guardaría muy bien de descubrir estos deseos en medio de las realidades de su vida, porque estaba cierta de que habían de ser calificados de locura.
Pero, locura o no, soñó largo tiempo con el cuadro, no sé, ni ella lo supo, si despierta o dormida; y de tanto soñar con él, llegó a salir del colegio con grandes dudas de si aquellos fondos de la naturaleza y aquel mancebo guardador del paraíso de sus sueños, que tan conocidos le eran ya, los había visto ella en alguna parte.
No sé si el lector habrá comprendido bien todo cuanto llevo dicho, o si yo no habré sabido explicarme, para llegar a conocer el fondo del carácter de Luz; pero seguro estoy de que, por muy mal que me haya salido la tarea, se puede sacar de ella todo lo que se necesita para convenir conmigo en que la marquesa de Montálvez no tenía motivos para alarmarse al presentar en el mundo a su hija, hecha una mujer, por el lado de sus pensamientos y naturales inclinaciones. Y no se alarmaba por lo tocante a este lado. Pero por el otro, es decir, por el de su belleza, ¿cómo evitar los riesgos que temía? ¿Qué más daba que ella se fuera sola hacia el cenagal, o que el cenagal la buscara a ella, si lo importante era que el uno y la otra se pusieran en contacto inmediato? Pensar en recluirla de nuevo, teníalo hasta por inhumano, además de ridículo. Era de necesidad, no solamente «echarla al mundo», sino también lucirla en él. Y en este caso, ¿cómo impedir que aquella gentileza de Venus púdica, o mejor dicho, aquella realizada idealidad de virgen cristiana, atrajera sobre sí todas las voracidades de los hombres descorazonados y todos los venenos de las mujeres envidiosas, y que fuera esta lepra inficionando poco a poco a la inocente? ¿Cómo evitar, cuando menos, que con el continuado roce con tantas y tan diversas intenciones se destruyera el artificio y quedaran de manifiesto a los ojos de Luz las negras realidades que la marquesa le escondía hasta dentro de su misma casa?
Los temores de la madre no podían ser más fundados; pero había que cerrar los ojos y seguir adelante. Y adelante fue.
Luz hizo su entrada en el mundo con la serenidad de quien nada teme en una región que no le interesa. Todo cuanto iba viendo le parecía natural y corriente, porque cuando allí lo ponían, allí debería de estar. Tomaba las cosas en el valor que a sus ojos tenían, y a ese precio las pagaba; y como le sobraba en discreción mucho más de lo que le faltaba en experiencia, siempre salía muy airosa en estos tratos de su forzado comercio con las frivolidades mundanas.
A más de por hermosa en el grado especial en que lo era, por la historia que tenía, fue su aparición en los salones mucho más notada que otras semejantes: la mordieron las envidiosas con la saña de las grandes ocasiones; la compadecieron a gritos las pecadoras en secreto; los hombres la tuvieron quince días sobre el tapete en sus debates naturalistas, y los revisteros de salones soltaron toda la trompetería más sonora de sus órganos, en honra y gloria de la recién llegada al único mundo en que, según ellos, se podía vivir debajo de la luna. Aljófar, que todavía cantaba porque aún tenía estómago insaciable que se lo exigía, entonó en letras de molde una silva de media vara, en que hubo más juegos de luz que en un «cuadro disolvente». Ni de las murmuraciones a escondidas ni de las alabanzas en público, tuvo noticias Luz; porque las primeras no se oían, y cuidó mucho su madre de ocultar las segundas con el sabio propósito de que desconociera su hija, mientras esto fuera posible, aquella mala costumbre de poner a las gentes en ridículo queriendo hacerlas un favor.
Tomando por pretexto las pocas aficiones de la novicia a los estruendos mundanos, la marquesa se guardaba muy bien de empujarla hacia ellos; antes, la mantenía discretamente en sus inclinaciones al sosiego, y hasta las explotaba en cuanto la convenía para sus fines particulares.
Por ejemplo: Luz seguía fuera del colegio las prácticas cristianas a que se había acostumbrado en él. Iba a la iglesia a menudo y tenía sus rezos en casa. Pues a todos estos actos piadosos la acompañaba su madre. Algo la mordían sus amigas, y con gran donaire se sacudía ella de las zumbas; pero seguía yendo a la iglesia y rezando con su hija, muy a su placer.
Con todo esto y lo que ya se ha dicho en el capítulo precedente sobre oreos y desinfecciones, que continuaban en la necesaria medida, la casa de la marquesa, sin dejar ésta de ser la dama de distinguido y ameno trato, no era conocida ya. Aquellos profanados interiores de la Montálvez habían adquirido el honrado aspecto de un hogar de familia.
Algo retrasadas andaban estas medidas de regeneración; pero nunca es demasiado tarde para abrir a Dios la puerta de casa, después de haber barrido de ella al demonio.
Guzmán, que era ya Excelentísimo señor don José Celestino, senador del reino, columna del partido conservador, consejero de Estado, embajador probable, ministro posible y todo lo que quisiera, si lo quería con gran empeño, pasaba la pena negra desde que Luz había llegado a Madrid. Temblaba por ella, y a su lado se hubiera puesto para ampararla de día y de noche contra los peligros en que veía el tesoro de candor que se encerraba en aquel estuche primoroso; pero no alcanzaban sus derechos a donde llegaban sus impulsos. Era harto sabida en Madrid la leyenda de la semejanza, con todos sus antecedentes, y hubiera sido una profanación inicua someter aquel ángel a nuevas comparaciones y nuevos comentarios del público mordaz. Por eso se creía más obligado a alejarse de ella cuanto mayores eran sus deseos de acercarse. La admiraba y la protegía a prudente distancia; pero esta prudencia se parecía demasiado en sus tramites al desvío de un extraño, y él no podía conformarse con tan poco.
Ya sabemos que había vuelto a frecuentar la casa de la marquesa desde que se andaba en ella a escobazos con el diablo. En una de sus visitas, estando ya la desterrada joven en Madrid, halló a su amiga muy alarmada. Luz sabía desde muy niña que su madre era viuda, y de quién lo era y desde cuándo; pero en lo que jamás había dado, dio en las primeras conversaciones que tuvo con su madre, recién llegadas las dos de Francia: en pedirla noticias y pormenores íntimos de «su padre». ¡Figúrese el lector en qué aprietos no se vería la aristocrática viuda de don Mauricio Ibáñez para salir limpia y sin manchar a nadie, de aquel nuevo lodazal en que la arrojaba de pronto el natural deseo de su hija! Salió bastante mejor que hubiera salido otra pecadora con menos ingenio y serenidad que ella; pero salió muy dolorida y alarmada.
Refirió el caso a Guzmán, muy en voz baja y después de registrar hasta los rincones, temiendo que la oyeran, y también culpó a su amigo de este nuevo fruto de su vida de iniquidades y contubernios.
—No es ya hora—la dijo Guzmán—de liquidar esas cuentas tan envejecidas. Tomemos el caso como una advertencia más del celo que se necesita aquí para que no descubra Luz lo que jamás debe serle conocido, y eso nos baste, que no es poco en gracia de Dios. El bien de tu hija debe ser el móvil de todos tus actos y pensamientos. Yo te ayudaré con los míos, en cuanto me sea posible y lícito, a la distancia a que me hallo de vosotras. Olvido absoluto de todo lo demás..., hasta en sueños, si dable nos fuera; y desde este instante no se pronuncie una sola palabra entre nosotros que no pueda ser oída de Luz sin asombro de su ignorancia y de su inocencia; porque fuera caso peregrino que lo que tratas de ocultarla entre las desenvolturas de las gentes extrañas, se lo descubrieran en su propio hogar tus mismas imprudencias.
A la marquesa le pareció muy cuerdo el dictamen de Guzmán, y desde aquel día se acabó entre ambos el tratamiento llano de sus intimidades; quedó proscrita toda alusión a lo pasado, y no fue en la casa de Luz ni fuera de ella el antiguo amante de la hermosa Nica Montálvez, más que un amigo muy afectuoso y atento de la ajamonada viuda del arruinado banquero don Mauricio Ibáñez.
IX
La marquesa había dicho a su médico que probablemente necesitaría tomar, durante el verano que se acercaba, algunas aguas sulfurosas y quizás también algunos baños de mar; pero «caserito todo ello, y a lo pobre». Quería dar a entender que en puntos de poco ruido aristocrático y en España. En seguida expuso las razones en que se fundaba para creer de necesidad lo que decía (fundamentos que bien pudieran haber sido inventados por ella). El amable doctor, después de escucharla atentamente, la respondió muy risueño que estaba enteramente conforme con su parecer. Entonces añadió la marquesa que ella sabía de una provincia española donde se hallaban ambos remedios, y a muy corta distancia el uno del otro.
—Pues a esa provincia—repuso el complaciente médico—. Tome usted muy poco de lo sulfuroso y cuanto pueda resistir de lo del mar; y si Luz no tiene miedo a las olas, que se columpie en ellas también siempre que le dé la gana, pues hasta en naturalezas tan saludables como la suya sientan esos tónicos a maravilla.
Y por estas razones, con alguna más que ella conocería, y que bien pueden sospecharse sabiendo su nuevo modo de pensar sobre las vanidades de su mundo, se hallaba la marquesa de Montálvez con su hija, en el rigor de aquel verano, tomando los baños de mar en una de las playas más hermosas, aunque no la más nombrada, de la Península.
Se encontraba muy bien allí. La concurrencia era abundante, pero no de primer lustre. Precisamente lo que la marquesa quería. Gentes de buen pelaje: de tierra adentro las más, pero sin llegar a Madrid. Como no había etiquetas, aunque si mucha presunción, entre los bañistas, la marquesa vivía entre ellos con la mayor holgura, casi en traje doméstico; y no suprimía el casi, porque no se tomara su desaliño a desdén de gran señora. El aire de la playa, el rumor de las olas, la inquietud de la mar, el abrupto perfil de la costa, las puestas del sol entre celajes de fuego y sumergiéndose el astro y apagando su luz poco a poco en lo último de aquellas aguas sin fin... Cien veces lo había tenido delante de los ojos en otras playas de Europa, y no lo había visto hasta entonces. ¡Qué saludable y qué hermoso le parecía!
Creían hacerla un gran favor aquellos corteses bañistas cuando la invitaban a las fiestas con que entretenían los ocios de la temporada; y no podían imaginarse hasta qué extremo la molestaban poniéndola en el deber de aceptarlo todo. ¡Fiestas a ella, que venía huyendo de las que le habían envejecido el espíritu a lo mejor de la vida!
Pero no se trataba de ella sola: se trataba de Luz, a quien indirecta, pero principalmente, iban enderezadas las invitaciones, y era muy justo no desairarlas, así por la buena intención de los invitantes, como por lo inofensivo de lo brindado. Podía la hermosa novicia hasta saturarse de ello sin temor de daño alguno.
Lo peor era que Luz no lo apetecía mucho más que su madre. Habían hecho que lo tomara casi en aborrecimiento las intemperancias galantes de aquellos donceles que la miraban, que la seguían y que la requebraban implacables, y de aquellas damas que buscaban su trato incesantemente para alabarla cuando hablaban con ella, para ponerla defectos las más, en cuanto se alejaban un poco, y para imitarla todas, al fin, hasta en el modo de andar.
Pero lo que su madre le decía: «estás aquí, y en la edad de divertirte, y tienes hasta que hacer que te diviertes con lo que aquí se divierten los demás». Y Luz lo aceptaba todo con el mejor de los deseos, y en todas partes aparentaba divertirse mucho, aunque en realidad se divirtiera muy pocas veces. Sin embargo, tampoco se aburría; y quiero que conste este dato para que no se confunda con el melindre indigesto lo que era hasta abnegación de una naturaleza sobria y delicada de gustos.
La marquesa, por vecindades en la mesa redonda del hotel en que se hospedaba, había trabado amistad con una señora de buen aire, la cual señora tenía dos hijas muy guapas: la una y las otras eran, además, muy discretas y muy distinguidas de porte. Tampoco eran de Madrid—condición muy del gusto de la marquesa—; pero sin ser de Madrid se puede ser guapo, y hasta listo y elegante. El caso es que si las dos señoras simpatizaron entre sí, las chicas de la una se entendieron con Luz y Luz con ellas, como si toda la vida hubieran andado juntas y en paz. En muy pocos días llegó a haber entre ambas familias toda la intimidad que cabe en los tratos de esta especie. La marquesa, particularmente, estaba como niño con zapatos nuevos con la amistad de aquella señora, que era afable sin fingimientos, y buena sin doblez. Nunca se había visto en otra la gran dama; y este sencillo y honrado placer se le debía a la mujer de un magistrado cesante. ¡Y ella se había pasado la vida pagándolos a precios exorbitantes en las grandes cúspides sociales, sin adquirir uno solo que no la dejara rastros de amargura y de remordimientos!
Luz y sus dos amigas paseaban juntas muy a menudo, juntas se bañaban y juntas asistían a bailes, jiras y conciertos. Las del magistrado habían visto y aprendido más cosas de la vida que ella, y la entretenían mucho con sus relatos de sucesos (limpios, se entiende) recogidos siguiendo a su padre de la Ceca a la Meca, por azares de su destino. Luz, en cambio, nada por el estilo podía contarlas; porque hasta de su mundo, al cual era recién llegada, sabía mucho menos que ellas, aunque sólo le conocían de oídas.
Y hablando, hablando, llegaron las confianzas al último límite, y resultó que la mayor de las dos hermanas estaba ya para casarse, y muy enamorada. Él era un joven muy guapo, recién graduado de doctor en Medicina; rubio, con toda la barba, pero muy recortada, lo mismo que el pelo; muy alegre por carácter, y muy cariñoso: a ella la quería atrozmente. A la hora menos pensada se presentaría por allí: se lo tenía prometido. En la última carta, que era de Madrid, la anunciaba una gran sorpresa. Debía de ser su llegada. Ya tenían puesta la casita, muy mona, en la mejor de las calles de la ciudad. Él era buen músico y algo pintor, y ella tocaba regularmente el piano. Habían comprado uno nuevo, vertical: como mueble, muy elegante.
Luz oía todas estas cosas con gran atención, y no negaba que el novio de su amiga fuera muy guapo, con su barba rubia y su pelo recortado; pero a ella le gustaban más los hombres de pelo negro y abundante y con bigote solo, y no largo ni muy espeso. Bien estaría la casita de los novios; pero no tanto cómo el chalet que ella tenía en lo alto de «su mundo»; y en cuanto al piano, por superior que fuera, ¿a que no sonaba tan bien como el suyo, cuando se ponía a tocarle después de dar un paseo por las tortuosas veredas de su paraíso, con «el arcángel» que se le custodiaba?
Por supuesto que Luz no decía nada de esto a sus amigas, ¡quién se lo mandara!, pero lo iba pensando y hasta lo creía. ¿Y qué mal había en ello?
Aquella noche había baile en el gran salón que uno de los hoteles tenía destinado a esa clase de fiestas. Las tres amigas, seguidas a corta distancia de las dos madres, se dirigían a él, algo más peripuestas de lo que habían pensado por la mañana, porque a última hora se supo que acababa de llegar un gran contingente de bañistas de buen humor, que no faltarían al baile. No era bastante motivo este para emperejilarse más las mujeres que asistían a otros tales muy bien vestidas; pero la idea nació de la novia del doctor de barba rubia; y hay motivos para creer que tomó por pretexto la asistencia de gente desconocida al salón, para presentarse en él bien engalanada, sospechando que su novio le había de dar allí la anunciada sorpresa. Por lo mismo que ya no bailaba más que con él, quería, si sus sospechas se realizaban, hacerle en aquella ocasión los honores en toda regla.
Y fue verdad que hubo gente nueva en el baile, y bastante, y de muy buen porte; y también se confirmaron las sospechas de la hija mayor del magistrado cesante: allí se le apareció de golpe su novio, tal como ella le había descrito, con la barba y el pelo rubios y recortados, alegre y cariñoso, a juzgar por las muestras del momento. Comenzaron en seguida las presentaciones y los mutuos cumplimientos; tocose luego a bailar, y con este motivo la novia se colgó del brazo que el novio la ofrecía y, se largaron juntitos por el salón adelante.
Luz (que se excusaba de bailar siempre que podía) estaba sentada entonces, y desde su asiento seguía con la mirada a los novios, asociando, sin poderlo remediar, a algunos pormenores de aquel suceso otros detalles semejantes de sus imaginaciones paradisiacas. En aquel encuentro y en aquel paseo, ¿no había un extraordinario parecido con los encuentros que ella tenía y con los paseos que se daba bien a menudo en las arboledas de su retiro? Cierto que los fondos eran muy distintos entre sí; pero las figuras... También en las figuras, en las de ellos, encontraba grandes diferencias. Este era rubio y poco esbelto, al paso que el otro...
Y al llegar aquí la candorosa Luz con sus comparaciones mentales, se quedó abismada en el mayor de los asombros... junto a la puerta de entrada al salón, en el mismo sitio donde ella tenía puesta la mirada, casi rozándose con el novio de su amiga, que pasaba por allí en aquel momento, acababa de aparecer... el otro, el mancebo de sus imaginaciones; la figura de su cuadro, con su gallardía de continente; con su pelo negro, suelto y abundante; sus rasgados ojos tan negros como el pelo y el sedoso bigote; su boca risueña y su mirar dulce y profundo. ¿De dónde venía? ¿A qué iba allí?... No cabía duda: venía de su paraíso... y en busca de ella. ¿De qué otra parte podía venir, ni qué otra cosa, sino a ella, podía buscar en el salón con aquel modo de mirar tan suyo?... Ya la había encontrado. ¡La misma sonrisa de allá; la misma expresión de ansias bien satisfechas, en los ojos; el mismo andar que cuando iba hacia la roca blanquecina medio envuelta entre carrascas, hiedras y escaramujos! Si Luz hubiera estado entonces sola en su azotea, habría bajado de ella en seguida para salirle al encuentro; pero no estaba sola, ni en la azotea, y esperó a que llegara él.
Y llegó, y la invitó a bailar; y Luz, sin dudar un solo instante, se levantó de su asiento, enlazó su brazo con el brazo que le ofrecía el mancebo, y se fue con él por el salón adelante... ¡Lo mismo que cuando se iban por los tortuosos y blandos senderos de su mundo!
No bailaron..., ¡qué habían de bailar?
Lo que Luz no recordaba bien era el timbre de la voz de su acompañante de allá; pero en cuanto oyó hablar al otro de carne y hueso, exclamó para sí con nuevo asombro: «¡El mismo!»
Este otro la dijo que había ido a buscarla allí, porque una corazonada le había declarado que allí la encontraría. Luz no se atrevió a preguntarle dónde se habían conocido los dos, ni qué era lo que le movía a buscarla con tanto empeño; y él la enardeció todavía más los deseos, declarando que la conocía mucho, ¡muchísimo! Jurara que de toda la vida, aunque la había visto muy pocas veces, y sólo sabía de ella que se llamaba Luz.
¡Y Luz, en cambio, con haberle tratado tanto, ignoraba todavía cómo se llamaba él!... Se atrevió a preguntárselo.
—Me llamo Ángel—respondió el mozo.
¡Ángel! Por arcángel le había tomado ella muchas veces al contemplarle en su imaginado paraíso guardándole las puertas. ¿Qué venía a suponer esa leve discrepancia de jerarquías? Siempre resultaba el mismo «guardián».
Pero ¿dónde la había conocido? Eso es lo que ella quería saber para acabar de orientarse en aquel laberinto de coincidencias tan de su agrado. Y al fin lo supo también. Ángel la había visto con admiración desde lejos, entre otros que también la admiraban. Por lo que les oyó decir, averiguó que se llamaba Luz, nada más que Luz. ¿Y no era eso bastante? No volvió a verla en el mundo de la realidad, por más que la buscó; pero se forjó él otro mundo a su capricho, en el cual la veía a todas horas; porque aquel mundo era para los dos solos, Y viéndola allí y admirándola sin cesar, le parecía que volaba el tiempo que había de correr hasta que la encontrara de veras; porque este encuentro había de ocurrir necesariamente. Lo creía con ciega fe. Dios no infunde en el corazón humano sentimientos tan dulces, tan puros y tan hondos como los que había infundido en el suyo, para que se conviertan en semillas de negros y dolorosos desencantos. Por eso se habían realizado allí sus esperanzas de encontrarla. El sitio era lo de menos, porque en alguno de la tierra había de ser. Como creía llevar los pensamientos en los ojos, y entre estos pensamientos estaba hecha a vivir la Luz de sus ilusiones, no se asombró de que la Luz de la realidad los leyera en las miradas con que la buscaba por el salón, ni de que no temiera acercarse a ellos para vivir también un rato entre tan buenos amigos. Esta era la verdad; y si no se la decía, ¿para qué había ido él allí?
Lo mismo opinaba Luz. ¿De qué había de hablarla a ella aquel hombre sino de esas cosas y en aquellos términos?... Pero ¿cómo sería el mundo que él también se había forjado a su capricho? Casi se atrevía a jurar que era muy semejante a su paraíso. La duda la impacientaba bastante, y se decidió a salir de ella preguntándolo.
—Ese mundo—respondió el mancebo—se concibe mejor que se pinta, como todo lo que se siente por anhelos del alma. Desde luego no es un mundo de cal y canto como el que han ido construyendo los hombres para nido de sus vanidades dispendiosas y malsanas; es un compuesto de primores de la naturaleza en su más dulce reposo: auras de Mayo, rosas, follaje, pájaros..., ¡qué sé yo!, y, sobre todo ello, y para alumbrarlo, vivificarlo y embellecerlo, la Luz de mis ilusiones, del hada de aquellos encantados jardines.
—¡Los conozco!—exclamó aquí la joven sin poderse contener; y añadió a la pintura, a grandes rasgos, de los jardines del otro, algunos detalles de los del suyo.
—¡Eso mismo!—dijo el pintor idealista; y en el acto preguntó a Luz que de qué los conocía; y Luz tuvo que responder que también ella había vivido mucho tiempo en un mundo de aquella traza.
—¿Sola?—la interrogó entonces el confidente, con fogosa vehemencia.
Y a esta pregunta no pudo responder Luz de pronto, porque le dejó sin ánimos para ello una sensación que hubiera creído de miedo, a no parecerle tan agradable.
—Sola..., sola no—llegó a decir, bajando los hermosos ojos y con las mejillas muy sonrosadas—: con él.
Y de aquí no pasó ya la pobre chica. Verdad es que el otro no porfió mucho para que pasara, respetando aquellas pudorosas resistencias que lo impedían.
Ni ¿para qué pasar? ¿No era preferible la elocuente actitud de la interrogada, a la más terminante de las frases?
Luz, siguiendo la conversación y no hallando en su memoria un motivo real y verdadero de donde derivar el enlace lógico de tantas y tan singulares coincidencias, convino con su amigo, al volver éste sobre lo ya tratado, en que cuando Dios infundía ciertos sentimientos en un corazón, bien podía infundirlos iguales en otro, si entraba en sus designios que ambos corazones se encontraran, por apartados que estuvieran, para formar uno solo...
No podía darse mayor conformidad de pensamientos entre Luz y su amigo, ni realidad más parecida a la hermosa ilusión forjada en dos cerebros juveniles. ¿A qué pedir más por entonces?
Lo peor era que las gentes se regían allí, en el salón del baile, por leyes muy distintas de las del mundo ideal de los dos enamorados; y era ya preciso que ella volviera a sentarse y que se separaran, después.
Y se separaron, tan pronto como Luz se sentó donde antes había estado sentada, entre su madre y su amiga sin novio. La que le tenía continuaba paseando todavía con él.
Con serle tan conocido a Luz cuanto la rodeaba, todo le parecía nuevo, por más hermoso: hasta el piano le sonaba mejor. ¡Lo mismo que le sucedía en la casita de la azotea después de pasear con él por las veredas blandas y retorcidas de su edén!
Ángel, después de dejarla sentada, había desaparecido del salón. La marquesa, que no le había perdido de vista un solo momento, deseaba saber quién era; y ni se lo pudieron decir sus amigas ni la misma Luz, a quienes se lo preguntó. Luz sólo sabía que era él, y esto no debía respondérselo a su madre; la cual, por lo mismo que lo había sospechado por lo que había visto y lo que estaba observando en el arrobamiento y turbación de su hija, tenía mayor empeño en saber algo más; y repitió la pregunta al novio de la hija de su amiga cuando pasó cerca de ella.
Según este declarante, el sujeto en cuestión era madrileño, muy rico, abogado por lujo, y se llamaba Ángel, Ángel Sánchez, o Pérez, o López..., un apellido así, de los más llanos y corrientes. Sabía esto porque habían venido juntos desde Madrid, por casualidad. Parecíale un joven sumamente despejado y discreto..., y no sabía otra cosa de él, ni buena ni mala.
X
Ángel desapareció del salón del baile aquella noche, pero no de la playa. Al otro día se dejó ver instalado en el mismo hotel en que vivía la marquesa. Habló con Luz en el comedor y en el jardín, y dondequiera que le fue posible y le pareció lícito, y Luz se le presentó a su madre a título de amigo suyo, como «el mejor de sus amigos». Así le calificó.
Se necesitaba tener los ojos muy poco avezados a estudiar fisonomías, escasa luz detrás de ellos, menos mundo y demasiada carga de malicias, para recibir mal a un presentado de aquel corte; y como a la marquesa le sobraban mundo, luces, experiencia, buen gusto y hasta motivos especiales, «el mejor amigo» de su hija fue recibido por ella muy cortés y cariñosamente.
A los pocos días Ángel era también «el mejor amigo de la casa», y el compañero inseparable de Luz y sus amigas en corrillos, fiestas y paseos. No podían pasar las cosas de otro modo con un carácter como el del «guardián del paraíso» de Luz.
«Era un conjunto—escribe la marquesa—de enterezas y formalidades de hombre, de sinceridades de niño y de entusiasmos de artista, envuelto en un cendal de los más nobles y honrados pensamientos; pensamientos que se le leían, aunque callara, como si su cerebro fuera urna de transparente y limpio cristal. Era imposible no franquear todas las puertas de la casa a un huésped como aquél, que llevaba todo su caudal de sentimientos y de ideas a la vista y sin cerrojos.»
Ya conocía la madre el génesis novelesco de la amistad de su hija con él, y había hecho suma gracia a sus malicias de mujer de larga historia; y le conocía porque Luz, que se había arriesgado a declararla lo más, no tenía para qué ocultarla lo menos. Por cierto que se vio la pobre en grandes apuros para pasar con el idilio entre las sonrisas cáusticas de su madre, siguiendo el fantástico camino por donde habían llegado las cosas al punto en que se hallaban.
Pero, idilio o no, el desenlace era un hecho positivo y de una realidad bien simpática para la marquesa, hasta aquellos momentos. En adelante ya vería, según fuera descubriéndose lo mucho que aún ignoraba. Luz le había presentado el mancebo con su nombre y apellido; pero como éste le había sonado poco a fuerza de parecerle vulgar, ya se había olvidado de él, hasta por costumbre de llamar al presentado por su nombre de pila, que tan bien le cuadraba. Y esto era muy poco saber todavía.
Las amigas de Luz y el novio de la mayor, desde la noche del baile se bebían los vientos olfateando noticias del aparecido en el salón, por supuesto que con la mejor de las intenciones; pero nada averiguaban de fundamento, aunque por la playa corrían ya las versiones más estupendas y contradictorias acerca de la procedencia y vicisitudes del novio de Luz; que por esto solo, es decir, por ser el novio de la bañista más hermosa y más visible de cuantas por allí se exhibían, tenía el triste privilegio de atraer sobre sí todos los rigores de la curiosidad desocupada.
Entretanto, él y ella habían ido trocando poco a poco las tintas ideales de sus alegorías, y buscando la comunicación de sus mutuos sentimientos por otros carriles más humanos, aunque menos pintorescos; se amaban a la manera de los mortales del mundo sublunar que se aman de veras, sin afirmarlo a cada instante, pero sin vacilaciones ni recelos, ni ansiedades locas ni exigencias ridículas. Luz hallaba menos cargado de poesía este cuadro de la realidad que el otro de su fantasía; pero, en cambio, le parecía más substancioso, y por ello no se lamentaba del trueque. Verdad es que Ángel sabía mantenerla en tan buena conformidad pintándola a menudo, y para lo porvenir, hasta panoramas enteros, que no por desenvolverse en el prosaico mundo «de cal y canto», dejaban de ser llamativos para la venturosa pareja que había de habitar en ellos.
Cuando la marquesa comenzaba a echar de menos los pormenores que Luz no podía darla sobre la procedencia del «mejor amigo» de ambas, se anticipó el interesado mismo, en una ocasión bien elegida, cuando vino muy a pelo, a sacarla de su apuro, relatándola con noble, sencilla y hasta elegante ingenuidad, su filiación entera y verdadera.
Esto ocurrió una tarde, en la intimidad de una conversación habida en el mirador del gabinete de la marquesa entre ésta, su hija y el relatante, al blando rumor de las ondas que venían a morir, deshaciéndose en ancha faja de espumas, sobre la playa inmediata. He aquí la substancia de su relato:
Ángel era el menor de varios hermanos suyos, a quienes no llegó a conocer, porque murieron siendo muy niños. El temor de que también él se muriera, fue causa de que le guardaran sus padres como oro en paño. Cualquier otro en su lugar se hubiera perdido con lo que se hizo con él por el afán de conservarle. A él le salvó su naturaleza, francamente refractaria a vivir bajo fanales. Nunca fue niño mimoso ni asombradizo, aunque sí muy avaro del calor del hogar y de la familia. No llegó a perdulario, ni con cien leguas; pero rompió muchos zapatos jugando en las plazuelas con otros camaradas; se descalabró bastantes veces, y no volvía a casa, de retorno de la escuela o del paseo, con la ropa más limpia ni más entera que la de cualquier otro muchacho de buenas agallas. Lo que nunca hizo fue negar en casa lo que había hecho en la calle, ni quejarse contra nada ni contra nadie por sucesos de que él solo tenía la culpa. Esta sinceridad le valió nuevas largas de quien tenía derecho para atarle corto; pero él no las quiso, es decir, no usó de ellas, porque le bastaba con las que ya tenía para expansión necesaria de las fuerzas de su temperamento. Cumplió bastante bien con sus deberes escolares. No descolló gran cosa entre sus condiscípulos de primeras y segundas letras, pero tampoco fue de los últimos. Se creía muy en su puesto estando donde estaba, y por eso jamás tuvo celos de los que le precedían, ni miró con desdén a los que iban detrás.
Cuando llegó el momento de elegir una carrera, hubo grandes porfías en su casa. Todo parecía poco para él, y él, entretanto, tenía bien limitadas las ambiciones sobre este particular; no sólo porque era cosa convenida que no necesitaba la carrera para vivir a expensas de ella, sino porque no quería echar sobre su cabeza mayor carga de la que pudiera sufrir con desahogo. Fue siempre un enigma indescifrable para él la convenida claridad de las matemáticas. Excusado era enderezarle por este camino. Aun suponiendo que hubiera sido capaz (que no lo fue) de penetrar los alambicados y abstrusos conceptos de la metafísica, reputaba por perfectamente inútil en la práctica de la vida toda esa jerga filosófica que ha tenido siglos enteros en perpetua disputa a la mitad del mundo sabio, sin que haya quedado más fruto positivo y tangible de tan larga y encarnizada batalla que un rimero de infolios en latín, que van royendo poco a poco los ratones y las polillas. No tenía estómago bastante fuerte ni entrañas del temple necesario para médico, amén de que, como carrera de lujo, la de Medicina le parecía la menos a propósito de todas las carreras. Y así, por este sistema de exclusión, llegó a demostrar a su padre que él no podía ser otra cosa que jurisconsulto, la carrera en que caben todos, los grandes y los pequeños, los listos y los tontos, y los que se buscan el título como puerta para salir a todos los campos de las humanas ambiciones, que no eran pocas a la fecha.