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La Montálvez

Parte I (continued 2)

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De estas partidas, que en ocasiones parecían de bandoleros, había varias, y estaban siempre a matar con la gente joven que hablaba recio y se movía mucho en las inmediaciones; la cual gente, capitaneada por la revoltosa Sagrario, más alborotaba en el salón, cuanto más fuerte protestaban contra el alboroto los tresillistas del gabinete. En otro frontero a él, donde la marquesa permanecía más de continuo, arrellanada en un sillón junto a la chimenea, se reunían los íntimos del marqués, desde luego, y poco a poco los aburridos de las demás secciones, que acudían al calorcillo de los debates que sustentaban los personajes de la política, y a la golosina del chiste, más o menos culto, de algunas damas de mucha correa, y de otros tantos galanes de buena sombra.

Como Nica lo pudiera remediar, no salía de allí; y no por el chiste, precisamente, ni mucho menos por los discursos políticos, sino porque había, en lo que pudiera llamarse núcleo de esa tertulia, algo que tenía su lado pintoresco y su lado interesante para una observadora como ella.

El primero que llegaba siempre a aquel lugar de preferencia, era el señor don Mauricio Ibáñez, hombre de cierta edad, de mucho pelo castaño y sin canas, anchas patillas y poca frente, mucha ceja, labios gruesos, largos dientes y muy blancos, nariz cuadrada y ojos de asombro continuo, buen color, poca estatura, elevado pecho, brazos largos y manos enormes con dedos descomunales. Era banquero muy rico, y parecía querer darlo a entender en su persona cargándola de oro y pedrería, de paños finísimos y de holandas impalpables; y además, caballero gran cruz de Carlos III, y capaz de pesar en oro al ministro que le diera el derecho de poner sobre el escudo de armas que ya usaba en sus tarjetas, siquiera la más modesta de las coronas nobiliarias. Tenía este prurito y el de hablar bien y formalmente de todas las cosas. Había sido dos o tres veces diputado por un distrito de la provincia de Cáceres, de la cual era nativo él. Sin embargo, nunca pudo «romper a hablar» a su gusto, aunque había quedado bastante satisfecho de sus tentativas: dos preguntas breves al ministro de la Gobernación, sobre otros tantos expedientes detenidos en aquel centro, y una presentación a las Cortes de una exposición de varios ganaderos de su distrito, que solicitaban no sé qué franquicias o privilegios para los exportadores de reses cebadas. Llamaba él hablar a su gusto, ser afluente, verboso; «porque—decía—no es la palabra lo que a mí me falta, pues que todas las que oigo en boca de los demás me suenan a conocidas, sino otra cosa en que no puedo dar de pronto. Que se me dice, a lo mejor, pongo por caso, que esto es blanco... y que tal y demás, y que a mí me parece negro; pues con decir esto solo, ya se me acabó la cuerda, y no hallo el modo de seguir por esa ruta, como siguen otros, diciendo que arriba y que abajo... y que tal y demás».

Aun sin el ejemplo que él ponía, se echaba de ver bien pronto que lo que le faltaba al reluciente don Mauricio, eran ideas para construir y exornar sus malogrados discursos.

Para «romper a hablar», se iba inflando poco a poco, como el pavo antes de hacer las gárgaras; y, entonces, el hombre, que ya era «de por sí», corto de cuello, daba en el pecho con la barbilla y en las orejas con los hombros. Era tardo de palabra, y de voz áspera y recia; y mientras las emitía, muy acentuadas y con cierto repicoteo de pronunciación, se tiraba dulcemente de una patilla con los dedos de la mano del mismo lado, apiñados, tiesos y algo temblorosos, como si por allí buscara el chorro de verbosidad, que no salía por ninguna parte, y daba a sus ojos asombradizos una expresión tan rara, que podía dudarse si pedía con ellos misericordia o reclamaba un aplauso.

La primera vez que hablé en casa del marqués, fue tomando punto de no sé qué suceso parlamentario de aquellos días, y se mostró muy indignado con «los meeroodeadooores del campo de la política, peste de los tiempos aztuales..., y tal y demás». Después se fue viendo que llamaba merodeador al lucero del alba, y que sin el apoyo de la otra muletilla, era hombre al suelo en cuanto «rompía a hablar».

Sin embargo de todo lo cual, mareaba a los ministros de Hacienda, y se pintaba solo para sacar buena raja de los más duros de veta; a lo que se debía que el marqués le distinguiera con singularísima estimación, y hasta le admirara; porque es de saberse que el tal marqués, desde que era diputado a Cortes, se había dedicado con afán ansioso a los negocios lucrativos que «le saltaran al paso», y en el señor de Ibáñez tenía un ojeador expertísimo, un consejero de gran competencia, y, en ocasiones, un socio desinteresado.—Lo peor era que los únicos negocios que le salían mal al banquero eran los en que tomaba parte su amigo.

En las tertulias de éste, indefectiblemente llevaba la contraria en todas las peroraciones de don Mauricio, Gonzalo Quiroga, primogénito de los condes de Camposeco. Este mozo tenía un frontispicio poco simpático, y además era gangoso. Se había educado en Inglaterra, y había viajado mucho por Europa, con largas detenciones en París, en Baden-Baden, Monte Carlo y otros sitios no menos famosos de recreo. De todas estas excursiones y paradas había sacado copiosos frutos, como lo acreditaban sus vicios dominantes, sellado alguno de ellos en la cara con hondas cicatrices, y en el cráneo con una calva precoz. Su barba era lacia, y su cuello muy largo, con nuez y costurones; tenía boqueras, los párpados tiernos, y un hombro algo más elevado que el otro. Era alto y flaco y pasaba por elegante, a pesar de todos sus defectos físicos. Lo cierto es que tenía gran desenvoltura y desparpajo para moverse dentro de los desairados arreos de sociedad, y para meter la cuchara en todos los corrillos. Aunque no era tonto, le faltaba mucho para tener un buen entendimiento; pero no conocía la vergüenza; y con esto y con el trato continuo de las gentes de su mundo, tenía lo suficiente para vivir en él como el pez en el agua. Era, en suma, un completo perdido, de buen tono.

Pues con esa alhaja estaba concertado el casamiento de Sagrario. Cálculos de familia, al decir de los bien enterados, desde que los novios eran así de tamañicos. Por lo visto, no tenían prisa para realizar el proyecto; y entre tanto, iban juntos a muchas partes, pero se trataban muy poco, por exceso de confianza entre ambos; así es que, más que novios en vísperas de casarse, parecían un matrimonio desavenido.

La razón de llevar siempre la contraria Gonzalo Quiroga a don Mauricio Ibáñez, no era otra que el gustazo de ver cómo se inflaba y contraía y trasudaba el banquero en cada contradicción, y cómo meeroodeaaba inútilmente en el camino de su pobre retórica, para urdir una réplica con que confundir al importuno a quien ya temía de lumbre, o para salir siquiera medio airoso del atolladero, delante de los contertulios, que habían dado en tomar aquellas engarras como la más divertida de las comedias.

Se había observado que en los apuros de más angustia, o en los arranques de mayor empuje, don Mauricio buscaba con los ojos a Verónica, como las plantas sombrías se alargan hacia el sol que necesitan; y en topando con ella, parecía decirla en el primer caso: «¿Peero ve usted qué teema el de este chico?» Y en el segundo: «Me paarece que ésta no tiene vuueelta. ¿No piensa usted lo miismo?».

A Gonzalo le hacía mucha gracia este resabio de su contrincante; y una noche, mientras se ahogaba el pobre hombre «meeroodeeando» a obscuras en el huero caletre media docena de palabras al acaso, acercose el otro con gran sosiego a Verónica, y, en el tono menos gangoso que pudo, le dijo al oído con mucha formalidad:

—No te alarmes, chica; pero es indudable que ese sujeto tiene planes siniestros contra ti.

Precisamente en una de las pocas ocasiones en que la despreocupada joven no estaba atenta a los discursus del banquero, que la divertían sobremanera. Prefería, por el momento, la conversación de Pepe Guzmán, pájaro de mayor cuenta que su amigo Gonzalo. El tal Guzmán, aunque de segunda rama, era también vástago aristocrático: de la ilustre cepa de los Valdejones. Pasaba ya bastante de los treinta, era de hermosa y distinguida estampa, independiente, libre como el aire, y rico. No abusaba, aparentemente, de ninguna de estas ventajas. Por el contrario, parecía hombre de muy racionales inclinaciones, y bien regido. Había estudiado media carrera de Derecho, algo de Medicina, otro tanto de Mecánica, y hasta desflorado la Teología y los sistemas filosóficos de Kant, de Krausse... y de Santo Tomás; se sabía de memoria a Maquiavelo, a Fr. Luis de Granada, a Shakespeare, a Fourrier, a Santa Teresa y a Cervantes. En todo picaba y nada le satisfacía, fuera de las grandes obras de imaginación. Quizás con la espuela y el freno de la necesidad, hubiera brillado en algo de lo mucho que intentaba conocer por invencible curiosidad, pues talento y discreción tenía para ello; pero le faltaba paciencia, porque le sobraban la libertad y el dinero, y de aquí sus veleidades y aquellas ensaladas científico-filosóficoliterarias de que se atiborraba la cabeza. Viajaba a menudo y gastaba grandes sumas en objetos de arte. Los cuadros buenos le entusiasmaban, pero los bronces de mérito le enloquecían. Tenía el buen gusto de no invertir un ochavo en libros viejos, ni en vargueños apolillados; prefería las obras contemporáneas, si eran buenas, y, lo que es más raro, las leía y las saboreaba. Cosa más rara aún: en igualdad de méritos, estaba por las españolas antes que por las extranjeras, y no incurría jamás en la vulgaridad cursi de decir que no podían vivir en España los hombres cultos. Se referían de él grandes hazañas galantes, y podrían ser ciertas; pero no era su boca quien lo confirmara, ni con un gesto. Finalmente, era hombre de alegre carácter, aunque poco hablador, pero muy al caso, particularmente con las mujeres. Tenía el don de entretenerlas sin apelar al lugar común de la lisonja ni al formulario oficial del «joven travieso, distinguido y elegante». Calificábanle por ello de indomesticable y de frío muchas damas; pero es lo cierto que hasta las más remilgadas se pagaban mucho de sus atenciones... Y no sigo con la lista de sus prendas de carácter, porque, a pesar de tomarlas una a una de los Apuntes que tengo a la vista, va a resultarme un mozo cortado por el sobado patrón del mata-corazones de comedia; y esto que aquí se narra podrá ser malo, pero es la pura verdad.

Digo, pues, que este Pepe Guzmán entretenía aquella noche a Nica Montálvez cuando se acercó a ella su amigo Gonzalo Quiroga con la consabida embajada, y añado, para decirlo pronto, puesto que ha de saberse más tarde o más temprano, que el tal Guzmán era aquel algo que Verónica exceptuaba de los molestos arrullos amorosos que pasaban sobre ella, sin sentirlos, como el viento sobre las rocas; aquel «algo en que detener la imaginación y con que apacentar los deseos, que existía en el ancho círculo de sus relaciones sociales». Y es de saberse también que, a aquellas fechas, aún no se habían cruzado los primeros fuegos de la batalla entre la dama y el galán. Conocíanse mutuamente las intenciones de batallar, exploraba cada cual el terreno de su enemigo, y hasta le provocaba con ingeniosas estratagemas; pero de aquí no pasaba; y, a mi entender, en el misterio de estas precauciones, en el problema de esta actitud recelosa, estribaba el mayor interés de los beligerantes. Ni ella ni él parecían tener prisa para resolver el punto dudoso. Podía ser el caso un pasatiempo; pero desde luego era un pasatiempo entretenidísimo, con la rara virtud de no gastarse con el uso.

Tal vez era el «lado interesante» que, «para una observadora como Verónica, había en las reuniones íntimas de su casa». Del «lado pintoresco» era la principal figura el banquero don Mauricio, con todas sus cosas y con todas sus malas intenciones, en las cuales había leído ella mucho antes de que se las anunciara al oído el gangoso Gonzalo Quiroga. Por cierto que estas intenciones, o «planes siniestros», como decía el novio de Sagrario, la hacían suma gracia también.

Casi tanto como a Leticia, que no perdía ocasión de apuntarla, con la mirada o con un gesto expresivo, cada memorial que el banquero la enviaba con los ojos en sus grandes apuros oratorios. De este celo por los intereses de don Mauricio, murmurábase bastante. Afirmábase que Leticia fomentaba las intenciones del banquero, y que se hallaba dispuesta a barrerle el camino de ellas de cuantos obstáculos estuvieran al alcance de su escoba... Hay que advertir aquí que Leticia, la hermosa, fría e impenetrable Leticia, llevaba ya un año de casada con el general Ponce de Lerma, conde de Peñas Pardas, hombre más que cincuentón, y feo, diputado sempiterno, conspirador incansable de pasillos y antesalas contra todos los ministros de la Guerra, con la santa intención, jamás lograda, de llegar él a serlo una vez siquiera; amigo desleal de todos los Gobiernos; veterano de todas las cuarteladas de treinta años a aquella parte, para ganarse honradamente desde las charreteras de capitán hasta los dos entorchados que tenía; agiotista insaciable; asociado detrás de la cortina, durante la guerra, a otros especuladores que daban tocino podrido a las tropas de África, procurándose así inverosímiles ganancias que fueron ancha y sólida base de su enorme caudal, adquirido después en idénticas y tan honradas especulaciones; y, por último, de valor y capacidad «supuestos», porque jamás tuvo ocasión de acreditarlos en el campo de batalla, ni siquiera en los cuarteles; todo, incluso los ascensos, se lo fueron dando hecho y arregladito los suyos apenas salido él del escondite, en seguida de triunfar la cuartelada. Hasta el título nobiliario se ganó de parecido modo, cuando ya era general, por haber corrido en aquellos desfiladeros, siendo alférez..., delante de una partida carlista, en la primera guerra civil.

Pues con este hombre se había casado Leticia, después de convencerse (en opinión de sus amigas) de que no había en el horno de sus especiales hechizos, fuego bastante para fundir el hielo de Pepe Guzmán, que la distinguió por algún tiempo con sus cultas y amenas «frialdades».

Con estos dos hechos se explicaba la conducta de Leticia con el banquero. Le quería para Verónica, con el piadoso fin de que no tuviera ésta marido más lucido que ella; y se miraba mucho en el capítulo de las zumbas a la interesada, porque, hasta la fecha, era el caso de la generala harto más mordible que el de su amiga.

IX

Así las cosas y andando los días, una noche, en casa de Verónica, tomó a ésta del brazo Sagrario; llevósela a un rinconcito lejos de la gente; y allí, sentadas las dos en sendos sillones de rica tapicería, dijo la vehemente rubia a su amiga, entre mustia y alegre, pero con más carga de lo primero que de lo segundo:

—¡Por fin!...

—Por fin... ¿qué?—preguntole la otra con cara de pascua, al ver lo indefinible de la de su amiga.

—Que se decidió... eso.

—Y ¿cuál es eso?

—¡Jesús, y qué torpe estás hoy de entendederas! ¿Qué ha de ser eso más que... lo de Gonzalo?

—¡Lo de Gonzalo! Y ¿qué le pasa a Gonzalo, hija mía?

—¡Caramba con la chica ésta!... Que me caso con él. ¿Lo entiendes ahora?

—Sí que lo entiendo; pero no es noticia para mí. ¿Cuántos siglos hace que estáis... en eso?

—¡Dale, la muy taimada!... ¿No te he dicho que, por fin, se de-ci-dió ya? ¿Lo quieres más claro?

—¿Quieres decir que os vais a casar en seguida?

—Eso mismo.

—¡Acabaras!

Aquí un ratito de silencio. Cierta inquietud en Sagrario. Miradas investigadoras en su amiga, envueltas en sonrisas maliciosas. Recios, secos e intermitentes charrasqueos del abanico de la novia. Al fin volvió a hablar la primera, y dijo a la segunda, sin borrar de su cara la expresión maliciosa:

—¿Y para contarme esto solo me has traído tan acá y tan a escondidas, cuando podías haberlo publicado a gritos en medio de la tertulia..., y de seguro lo publicarán mañana los periódicos en sus crónicas de salones?

—Para esto solo—respondió Sagrario, sonriendo también—, y para lo que de ello se cae por su propio peso.

—Lo suponía: un poco de comentario; pero como te quedaste tan callada...

—Pensaba yo que a ti te tocaba empezar.

—Claro, ¡como no hay todavía franqueza entre nosotras, y tú eres una joven tan corta de genio!... ¿O es que piensas tomar el papel de casada por lo serio y comienzas ya a hacer provisiones de formalidad?... Lo cierto es que te desconozco esta noche...

—Ya ves tú..., el lance, al fin y al cabo, si no es serio, es nuevo para mí; y al verme tan cerca de él...

—Con franqueza, Sagrario; ese lance ¿te duele o te gusta?

—Ni me gusta ni me duele; le tomo como me le presentan: amasado y cocido. Me dicen «ahora»; pues ahora.

—¿De modo que tú no has contribuido a él... ni con la inclinación?

—Absolutamente, y bien lo sabes tú; ni ¿por qué había de contribuir con eso?, ni, aunque quisiera, ¿cómo podría? Ya ves qué ganga... ¡Gonzalo!

—¿Qué?

—¡Qué estampa de galán! con todos los vicios del catálogo...

—Entonces, ¿por qué le aceptas?

—Y a mí ¿qué más me da? Dicen que las mujeres de nuestra alcurnia deben casarse, a cierta edad, con hombres de determinadas condiciones: la casa Miralta cree que no puede entroncar con otra que la de Camposeco, y ésta juzga que vino al mundo para fundirse con la de Miralta; yo soy lo primogénita de una, y Gonzalo es el único heredero de las grandezas y caudales de la otra; se acuerda entre ambas familias que Gonzalo y yo nos casemos... «para que se cumplan las profecías»: no se admiten consultas, ni protestas, ni reparos, porque, como «ellos» dicen, lo principal es que se haga el matrimonio, «lo demás no importa tres cominos»; a esta idea nos vamos haciendo, y a este papel nos vamos acomodando poco a poco el galán y la dama de esta comedia de la buena sociedad... hasta que llega la hora del desenlace, nos echan la bendición, se baja la cortina... y cada comediante o vivir como Dios le dé a entender. Esto, después de bien mirado, es hasta cómodo. ¿No te parece a ti lo mismo, Nica?

Y Nica dijo que sí, pero sin dejar de sonreírse. En seguida preguntó a su amiga:

Pero ¿no puede ocurrir que la dama de esa comedia tenga, al llegar ese desenlace, el corazón interesado por otro galán de los de la sala?

¡Yo lo creo!..., ¡y a quién se lo preguntas!—respondió Sagrario en un arranque de sinceridad de los suyos.

—Pues, entonces...

—Entonces ¿qué?

—Más claro: tú no amas a Gonzalo

—Naturalmente.

—¿Y no preferirías para marido al hombre a quien amaras?

—Ponlo en presente: a quien amo.

—Lo pongo: a quien amas.

—Corriente... Pues te respondo que quizás no.

—¿Que no?

—Que no... ¿Te asombras? Pues no hay motivo para ello. Yo tengo acá mi teoría sobre el caso; y no es así, al aire y como se quiera, sino fundada en la observación y en el propio sentir. De pronto te parecerá un lugar común de la manoseada sátira contra el matrimonio, porque algo así se ha dicho en esas rutinas desacreditadas; pero es cosecha de mi caletre, créelo. Te la expondré en forma de máxima, como hacemos siempre los sabios para acreditar vulgaridades: «si quieres conservar el amor que sientas por un hombre, con todo lo que de este amor se sigue y se desprende, no te cases con él».

—¡Cáspita!

—Así como suena, hija mía. Parece duro y un si es no es atrevido; pero es la pura verdad. Y si no, tiende un poquito la vista sobre todo lo que conoces en derredor de ti: es un semillero de comprobantes de mi modo de pensar sobre el caso. Otra máxima: «el amor se alimenta de deseos, de privaciones y de contrariedades; dale todo cuanto pida, sin cortapisas y a pasto, y cátale muerto en dos días; y muerto por hartazgo de prosa, que es, de todos los hartazgos, el más abominable.

Sonreíase otra vez la amiga de Sagrario al oír cómo ésta se despachaba, vuelta ya al pleno dominio de su carácter, y replicola:

—Eso dependerá de la calidad del amor... me parece a mí.

—No hay más que una calidad de amor—repuso con ademán resuelto Sagrario—, y el amor tonto, que no reza con nosotras.

—Y suponiendo que tú tengas razón—preguntó Verónica a su amiga, de cuyas palabras parecía estar pendiente, sin duda por la gracia que le hacían—, ¿es lícito eso?

Revolvió aquí un poco en el sillón el lindo cuerpo la interrogada, y, después de vacilar un instante, respondió con gran desparpajo a su amiga:

—Verdaderamente que no me he puesto nunca a mirar el caso por ese lado; pero muy ilícito no debe de ser, cuando tanto se usa.

—¿Qué es lo que tanto se usa, Sagrario?

—¡Caramba!, pues el vivir con el marido y el gozar con el amante... Me parece que cosa más corriente...

Después de estas palabras, fue Verónica quien se quedó un brevísimo rato algo suspensa; en seguida, sin dejar de mirar con marcada fijeza a su amiga, la dijo:

—¿Y qué piensa Gonzalo de esa teoría tuya?... Porque supongo que se lo habrás dado a conocer...

A lo que respondió Sagrario con igual frescura que si el asunto no rezara con ella:

—¡Yo lo creo que lo conoce! Pero ¿qué se le importa a él? ¡Gracias a Dios, no tiene por qué callar! ¿No sé yo la vida que ha hecho, la que hace y la que hará? ¡Ni más ni menos que la mía! ¡Para él estaba! Además, ¿qué pone por su parte en este fregado? Sus lacras, sus deformidades y sus vicios. ¿Puede, en buena justicia, y aunque pudiera, aspirar al pleno y singular dominio y usufructo de esta mi «lozana y exuberante juventud», como dijo de ella nuestro poeta Aljófar en su anteúltimo sahumerio? ¡Oh!, sobre estas materias, ni él ni yo podemos llamarnos nunca a engaño, por muy recio que truene. Estamos los dos bien enterados, bien prevenidos y bien conformes. Y ¡cómo no estarlo! Nuestro casamiento es lo que menos importa aquí, por lo tocante a las inclinaciones y propósitos de cada uno. Nos lo hemos dicho muchas veces, y ayer hicimos un esmerado resumen de todas las anteriores advertencias y prevenciones: «nos casamos por razón de Estado, como si dijéramos; habrá de común entre los dos el hogar, los bienes y el ceremonial que es propio de la jerarquía en que se nos coloca. Fuera de esto, cada cual se atenga a lo suyo, guarde su alma en su almario y haga de su vida lo que mejor le parezca..., por supuesto, respetando siempre las buenas formas y las conveniencias sociales...», porque a esto, bien lo sabes tú, Beronic, no se debe faltar jamás... Conque ya ves.

—¿Y tan conformes los dos?—dijo la otra, mirando a Sagrario con los ojos un poco fruncidos, mientras se abanicaba lentamente y se recostaba contra el respaldo del sillón.

—Tan conformes—repitió la novia.

—¡No es poca fortuna!—añadió su amiga sin cambiar de postura—; sobre todo, para ti.

—Y para él ¿por qué no?

—Porque como en Gonzalo no hay grandes prendas que admirar, ni bellezas que apetecer, se comprende sin dificultad que tú te avengas sin gran esfuerzo a ese convenio; pero que él se resigne a no ser dueño y señor absoluto de una mujer tan hermosa como tú, siendo esta mujer la suya propia, me parece una abnegación... inverosímil.

Aquí se sonrió Sagrario, contó con los ojos y con el pulgar y el índice de su mano izquierda las varillas de su abanico abierto; y sin cesar en este entretenimiento ni mirar derechamente a su interlocutora, la replicó con acento de indiferencia:

—Después de todo, ¿qué más le da?

—¡Pues me gusta!...

—Lo dicho, Nica—añadió Sagrario animándose un poco más—; y si te parece mucho así, pongamos casi, casi.

—No lo entiendo, hija—respondió Verónica con visibles muestras de curiosidad, y otras tantas de sus intenciones de tirar de la desjuiciada lengua de Sagrario—. Si no lo pones más claro, como si callaras.

Volvió la rubia a contar el varillaje de su abanico; cerrole de pronto con estrépito; incorporose de un salto; rodeó con sus brazos el cuello de su miga, y la dijo al oído un secreto.

—¡Pobrecillo!—exclamó la otra, en cuanto Sagrario volvió a sentarse, abriendo el abanico con las dos manos y poniéndose también a contar el varillaje con los ojos un tantico cobardes.

—Como lo oyes—dijo la otra algo lisonjeada con el éxito de su confidencia.

—Y tú ¿de qué lo sabes?—preguntó Verónica atreviéndose poco a poco.

—De que me lo ha confirmado él con la mayor desvergüenza.

—¡Confirmado! ¿Luego ya lo sabías?

—Por Leticia, a quien se lo dijeron amigos íntimos de Gonzalo.

Volvió a contar las varillas de su abanico Verónica; calló también Sagrario, mirando el paisaje del suyo; y dijo a poco rato la primera, acaso por mudar de conversación, quizás porque realmente deseaba ver a su amiga apurar la materia a que se referían sus palabras:

—Volvamos un momento al caso aquel de tu teoría sobre...

—¡Hola!... ¿Si te habrá caído en gracia?

—Se me ocurre un reparo que ponerte.

—¿Acaso nacido de lo que acabamos de tratar?

—Precisamente de ello..., pero de su casta es.

—Pues venga el reparo.

—Si el matrimonio es la mortaja del amor, como has venido a decirme en substancia, y han dicho antes que tú muchos calaveras que se han casado en seguida, ¿por qué te casas en la forma que lo haces?

Quedose un poco suspensa la interpelada, como si no entendiera bien el alcance de la pregunta, y dijo a la interrogante:

—Si concretaras el caso un poquito más...

—Concrétole—repuso la otra; y añadió—: si lo que interesa es conservar el amor que sientes, por hoy, y este amor es de más hondas raíces que el de ayer... y el de anteayer, porque no tienen cuenta los que te he conocido...

—Gracias.

—Es justicia.

—Como te parezca... Adelante.

—Si lo que te interesa, digo, es conservar ese amor con todos sus encantos, ¿por qué te casas sin maldita la necesidad? Conságrate a él con vida y alma...

—¿Soltera?

—Soltera.

—¡Bah! Entonces no me has entendido; porque ése es precisamente el amor tonto que yo exceptué; y el amor de que yo trato, es amor de más substancia, de más... en fin, que no es amor para doncellas.

Pareciole demasiado crudo el concepto a Verónica, a juzgar por la cara que puso, y dijo, con miedo de escuchar algo peor:

—De manera que, para complemento de la teoría, es también de necesidad algo de matrimonio.

—Indispensable, Nica. ¡Como que es... la patente de corso!

—¡Jesús, qué chica ésta!—exclamó Verónica, verdaderamente asombrada.

—¿Ahora te desayunas—la preguntó Sagrario con desenvuelta frescura—, y con remilgos de beata te me vienes? Pues ¿qué ha hecho Leticia, entre otros cien ejemplos que pudiera citarte, sino buscar la patente esa, o aceptarla con gusto, por lo menos?

—Leticia no dice esas cosas...

—No; pero las hace. ¡Te aseguro, y bien lo sabes tú, que se aprovecha de la patente como el corsario de más hígados!

Vuelta Verónica a lo suyo y siguiendo en cuanto podía el tono de su amiga, atreviese a replicarla:

—Se me ocurre otro reparo que hacer, no a tu teoría precisamente, sino al modo que has tenido de ponerla en práctica: la patente que adquieras en tu matrimonio, de nada ha de servirte.

—¿Por qué?

—Si es cierto lo que me has contado al oído...

—Te dije que casi, casi: recuérdalo...; y entre ello, por poco que sea, y el extremo que tú pensabas, cabe perfectamente la gran vida que puede darse una mujer de tan buen gusto como yo.

—¿Y con esas teorías, y con esos... hígados—dijo Verónica levantándose y dando a su amiga unos golpecitos en cada mejilla con el abanico cerrado—, te me andabas con melindres al comenzar a hablarme de tu casamiento, como una colegialilla ruborosa?

—Pues, créeme—respondió Sagrario, levantándose también—: así y todo, me costaba empezar. Pero necesitaba este desahoguillo en vísperas de trance tan nuevo. Aunque una está tranquila de conciencia, gusta recibir los alientos de tan buenas amigas como tú.

—¡Valiente pieza estás!—respondió ésta riéndosele muy cerquita de la cara.

—Pues te voy a pagar el piropo con un gran consejo—repuso Sagrario, deteniendo a su amiga, que ya había echado a andar—: no te cases con Pepe Guzmán, aunque, por milagro de Dios, lo pretenda él; pero si don Mauricio el Solemne, pide tu mano, acéptale.

X

Aquella noche durmió Verónica bastante mal, porque le dio mucho en que entretenerse el recuerdo de su conversación con Sagrario. Aunque ésta la tenía acostumbrada a sus genialidades, que no eran siempre de color de rosa, jamás había oído de sus labios palabras tan crudas ni pensamientos tan atrevidos. Y no era el escándalo de estas sinceridades lo que la mortificaba al acordarse de ellas, pues estaba curada de ciertos espantos y había en su naturaleza, relativamente fría, y si no fría, serena y bien equilibrada, aguante para mucho más; sino la coincidencia inesperada del fruto de sus largas y minuciosas investigaciones por el organismo, digámoslo así, del medio ambiente en que respiraba y se movía, con las teorías expuestas por Sagrario. Una cosa es el juicio callado que formamos por el esfuerzo único de la propia observación, y otra muy distinta ese mismo juicio cuando le vemos confirmado a voces por los demás. Sin ser un verdadero hallazgo entonces, parécenos de doblada consistencia; y esto le presta cierto color de novedad.

Después de andar divagando por estos espacios con las alas de su imaginación, de amiga en amiga, de conocida en conocida, pesando y midiendo los actos y las palabras, la vida y milagros de cada una de ellas, y cuando vio que sí, entre tantas, eran muy contadas las que tenían el desparpajo de Sagrario para descubrir los repliegues de la conciencia y los escondrijos del corazón, eran todavía menos las que no cabían en los moldes trazados por la desenvuelta rubia, pensó en el consejo que ésta le había dado por despedida. ¡Demonio con el consejo! Cierto que no podía darse otro más acomodado a la manera de pensar de la consejera, y, sobre todo, por lo tocante a don Mauricio el Solemne, como ésta le llamaba; pero ¿a qué traer a colación a Pepe Guzmán? ¿Qué había visto en él Sagrario para aconsejarla a ella que no le aceptara por marido «aunque, por milagro de Dios, lo pretendiera»? Por supuesto que esta condicional la usó Sagrario teniendo en cuenta la fama de incasable que gozaba el aludido, no porque la considerara a ella indigna de aquel otro heroísmo de este Guzmán. ¿Cómo había de saber, la muy curiosa y entrometida, lo que ignoraba sobre el caso la misma interesada? Al fin y a la postre, ¿qué había pasado entre Pepe Guzmán y ella? Nada en substancia. Que, por entonces, era Verónica la que merecía las preferencias corteses del incombustible caballero; que hablaban a menudo; que la conversación de él le parecía muy amena y entretenida a ella, y que, según ella podía juzgar, no le desagradaba la suya al otro; que de esta mancomunidad de complacencias, había ido naciendo como cierto propósito de variar de tema en las conversaciones, y de meter la sonda de la curiosidad en las espesuras del alma y en las profundidades del pensamiento; que se andaba tiempo hacía en preparativos de ello, más o menos ingeniosos, y que todo esto y mucho más podía hacerse entre un hombre tan desapasionado como Guzmán, y una mujer tan despreocupada como ella, sin que el amor interviniera para nada en el juego... ¡Amor! Guzmán, según fama, era incapaz de sentirle por ninguna mujer. Era así su naturaleza. En cuanto a ella, Verónica, ¿en qué había de fundarle? Reconocía que era hermoso de cuerpo, noble de alma, y culto y rico de inteligencia; que levantaba muchos codos por encima de los galantes frívolos, de los mozos simples y de los viejos verdes que más abundaban a su alrededor; que sentía una lícita y honda complacencia en verse objeto de sus codiciadas atenciones; que le ola con gusto y que se apartaba de él con cierta pena; que después de cada entrevista le duraba su recuerdo largas horas; que se preparaba para la inmediata con mayores precauciones que las de costumbre en parecidos casos, y, por último, que haría cualquier sacrificio por vencerle en el duelo medio empeñado entre ambos, es decir, por arrancarle el secreto de sus intenciones, la primera gota..., vamos, la señal de que el hielo se fundía al calor del... interés que ella le inspiraba; pero ¿no puede sentirse y desearse e intentarse todo esto sin amor? ¿No bastaba el móvil de la curiosidad para que lo sintiera, lo deseara y lo intentara una mujer como ella? ¡Oh!, el amor presenta síntomas bien diferentes de éstos; se nota en algo más profundo y más sensible que la memoria y el discurso; se siente en lo más vivo del corazón, y el de ella no era, hasta la fecha, más que una víscera que funcionaba con la inalterable regularidad de un cronómetro.

Discurriendo por esta senda, llegó a topar con el sueño, que la venció tras breve lucha; tan breve, que con serlo mucho más el nombre de Pepe, se le quedó éste a la hermosa entre los húmedos labios, por falta de tiempo para acabar de pronunciarle; de manera que del acto aquel, medio inconsciente, más que palabra vino a resultar un beso...

Pero volvamos ahora a Sagrario. Su casamiento no tardó en celebrarse más que el tiempo puramente indispensable para los preparativos de él, hechos por la posta a fuerza de oro. ¡Y qué preparativos, Santo Dios! En los periódicos elegantes no cabían las listas de tantas y tantas ropas, de tantas alhajas, de tantos muebles, de tantos caprichos de arte, comprado esto, regalado lo otro, tanto en París, cuanto en Viena; aquello, de Florencia; de Londres, lo de más allá; de Bruselas, los encajes; del mismísimo Japón y del propio Sevres, las porcelanas; de Bohemia, la cristalería de color; de puro rocío cuajado, la de mesa; lo que costaba el traje de novia, blanco como los ampos de la nieve; lo que podría comprarse, para avío de dos docenas de familias mal acomodadas, con lo que valían las joyas y el trousseau que regalaba el novio, sin contar con otro tan lucido que acababa de recibir «la hermosa prometida», como regalo de sus padres... Todo lo fisgoneaban, todo lo sabían y todo lo conocían por adentro y por afuera, por arriba y por abajo, los diligentes revisteros, y de todo escribían sin tregua ni descanso, sin calo ni medida, mojando la áurea pluma en «ámbar desleído» y sahumando el papel con nubes olorosas de mirra y algalia del Oriente. Así trascendía ello, que mareaba. Del «lecho nupcial», tesoro inapreciable de maderas, bronces, lienzos, sedas, y brocados, y del simbólico boudoir, obra de hadas, que no de mortales, ¡Cristo mío, qué cosas se escribieron!... En fin, hasta para los carruajes ingleses, y para los caballos que habían de arrastrarlos, y para los levitones peludos de los cocheros que habían de conducirlos, hubo jarabe en las plumas, y sahumerios en los incensarios de aquellos ingenios de guardarropía.

Tras esto, que duró muchos días y fue el pasto sabroso de todas las mujeres y de todos los hombres frívolos de la corte, llegó la hora suprema; y vuelta a empezar los pobres chicos con nuevos catálogos de indumentaria, de piropos inverosímiles y de sensiblerías y finezas cursis: que si la novia así o del otro modo; que si pálida, que si pensativa; que si, con sus cabellos rubios y sus atavíos blancos, parecía una joya de oro entre copos de nieve; que si el Patriarca, que si los padrinos, que si las amigas, que si quince duques, y veinte marqueses, y treinta condes, y no sé cuántos destitulados, de comitiva; y si la fila de coches llegaba desde tal a cual parte, y si hubo entre ellos uno de palacio con las correspondientes damas; y quien, en el momento crítico, «vertió lágrimas furtivas»; quien se desmayó, o quien parecía arrobada en el más dulce de los éxtasis... ¡Hasta del novio se dijo que era «un varón, honra, prez y esperanza de su preclaro linaje»!

Después, el espléndido banquete en los estupendos comedores de la casa de la «hermosa desposada»; y aquello fue la de vámonos. De lo que allí hubo, con ser tanto lo que se dijo, fue mucho más lo que se devoró. Aljófar, el tierno poeta de los salones, que de eso vivía y de otras fechorías semejantes, enronquecido de cantar la hermosura y las pomposidades de la novia en los periódicos elegantes, con un hartazgo para ocho días y bien atiborrado de Champagne, sin soltar la copa de la zurda desenvainó un soneto con la diestra; Y conmovido y mojando la pestaña antes de leerle, acometió de nuevo «a la hechicera reina de la fiesta» (con todas estas asonancias), y la puso hecha un tapiz chinesco, con grandes aplausos del ilustre concurso, que le reputaba por el más grande de los poetas coetáneos, y con arroyos del «llanto» que sabía verter el propio vate a cada estrofa, el cual llanto apagaba con tragos del espumoso néctar: casi como el pegotón aquel de marras,

«Llorando sin cesar lo que sorbía, Y sorbiendo a la vez lo que lloraba».

Por conclusión de estos y otros lances que no caben en papeles, los preparativos del viaje de los novios; las despedidas, el lagrimeo, los síncopes; lances todos ellos que habían de ser tema para el rudo trabajo de tres días de los complacidos y galantes revisteros, y de un epitalamio inconmensurable del mimado poeta, obra de empuje y substancia, como concebida entre los horrores de la digestión de lo del banquete, digestión de boa constrictor, por la duración y la dosis, ya que no por la calidad de la metralla engullida.

Y con tanto charlar estos gacetilleros y poetas, no dijeron una palabra de don Mauricio el Solemne, sino para citar su nombre entre los más «conspicuos» concurrentes; nada de sus ahogos al meeroodeear materiales para un brindis, al primer taponazo del Champagne; nada de sus moribundas miradas a la «picante beldad, ilusión consoladora de los espléndidos marqueses de Montálvez»; nada de ciertas finezas metafóricas que el deslumbrante banquero logró deslizar al oído de la elegante dama, como tímido recuerdo de sus anteriores memoriales.

Nada pescaron tampoco aquellos linces de pluma, del ingenioso y breve diálogo sostenido entre Pepe Guzmán y su predilecta amiga, formando la más gallarda y distinguida pareja que podía imaginarse; en el cual diálogo se parafraseó, con toda la discreción y gracia posibles, y no sacado a plaza por la interlocutora, sino por el sagaz interlocutor, el tema aquel que Sagrario confió al oído de su amiga; y se insinuaron, quizá en virtud del calor y motivo de la fiesta, las primeras estocadas del consabido duelo pendiente entre estos dos expertos espadachines de la intriga galante.

Tampoco tuvo en la prensa todo el éxito que mereció la casi augusta solemnidad con que el buen marqués de Montálvez desempeñó su papel en la fiesta, particularmente durante el breve rato que conversó aparte con el presidente del Consejo de Ministros, y cuando, después de estrecharle reverentemente la mano le dijo algunas palabras al oído el Capitán general de Madrid, vestido de gran uniforme. ¡Oh, qué actitudes y qué mímica las suyas en aquellas dos singularísimas ocasiones! ¡Qué bofetón más sonoro para «los hombres de Gobierno» que todavía le regateaban la credencial de senador! ¿Dónde hallarían ellos para ese cargo otro viejo más distinguido, más serio, más limpio, más planchado, más opulento, ni más adaptable por su tipo al grave ceremonial del «alto Cuerpo Colegislador»?

En fin, por callarse cosas importantes los cronistas de la solemnidad, ni siquiera mencionaron al general Ponce de Lerma, hombre grosero, que, en menos de dos horas, riñó tres veces con el ministro de la Guerra, y dio de puntapiés a un lacayo en un vestíbulo, porque al pasar, cargado de despojos de la mesa, le manchó el frac con una salsa amarilla, mientras su mujer (la del general) departía, en animado e interesante diálogo, con el subsecretario de Gobernación, gran mozo, candidato a ministro para la primera crisis, soltero y de gran prestigio entre las damas elegantes. Era como la sombra de Leticia, desde que Pepe Guzmán se había decidido a ser la de Verónica...

Cierto que todas estas cosas mejor eran para calladas que para dichas..., casi tanto como las otras que se dijeron y se cantaron en prosa y en verso; pero los oficios, o ejercerlos a conciencia, o no ejercerlos... En virtud de lo cual hago yo aquí punto redondo, antes que al impaciente lector le parezca larga esta digresión, que nada quita ni pone al interés de la presente historia.

XI

A todo esto, el invierno se había acabado; los salones se cerraban; las tertulias se deshacían; en el Real había terminado su temporada la compañía de celebridades italianas, cuyos gorgoritos había pagado la gente rica con sumas increíbles, y las que querían aparentar que también lo eran, con el fondo del baúl, las rebañaduras de la despensa y con algo más sagrado que no se recobra jamás una vez que se ha vendido; y «el mundo elegante», sin salones, sin tertulias y sin Real, dispersábase errabundo y como desorientado, a tomar el sol, como los simples mortales, por las encrucijadas del Retiro y los amplios arrecifes del Prado y de la Fuente Castellana; paréntesis de hastío en la alegre vida de las gentonas pudientes, que sólo había de durar el tiempo preciso para que el calorcillo primaveral templara el ambiente serrano y se bebiera las charcas del camino por donde habían de ir desfilando aquéllas en busca de sus costosas, pero entonadas, residencias de verano.

La familia que más lo necesitaba, al decir de ella misma; la que saldría la primera de todas de Madrid, era la de nuestro amigo el marqués de Montálvez. Lo de la marquesa se iba agravando por momentos, hasta el punto de poner en mucha alarma a su marido y a su hija. Había serias discrepancias entre los doctores más sonados de Madrid sobre si aquellos dolores lentos, profundos y angustiosos, eran simplemente neurálgicos o reumáticos, o acusaban la presencia de un cáncer inextirpable, por lo cual era de suma urgencia que la enferma saliera a tomar estas aguas, aquellos aires y los gases de más allá; y como lo uno estaba en el Pirineo francés, y lo otro en Suiza, y en Alemania y en los confines del mundo lo restante, y, además, era de rigor una detenida consulta con las celebridades médicas de París, la expedición resultaba larga, doblemente por las precauciones y comodidades que exigía el estado lamentable de la marquesa, cuyo médico de cabecera, un hombrecillo ya viejo y de gran experiencia, que la quería mucho, porque casi la había visto nacer, la aconsejaba que tuviera juicio, pues ya estaba en edad de ello; que se quedara quietecita en su casa, limpiándola antes de ruidos y de bambolla; que se acostara tempranito y se levantara tarde; que se curara de la maña inocente de disimular sus vanidades con exigencias de la necesidad, y que no tentara a Dios metiéndose en aventuras como la que iba a acometer, porque ese era precisamente el camino más breve que podía elegir para irse por la posta al otro mundo. ¡Como si callara! Se trazó el itinerario, se dispuso y se comenzó el arreglo de la impedimenta, ¡que ya tenía que ver!, y hasta se fijó día para la salida de Madrid.

Algunos antes llamó el marqués a su despacho a Simón, el hombre de su confianza, su administrador general e intendente. Dos palabras sobre este personaje:

Era manchego, y estaba al servicio del marqués desde algunos años antes que éste se casara. Empezó de groom, con su chaquetilla listada de menudos y apretados botones, sus botas de montar y su gorra de librea. Después fue lacayo, y luego criado exclusivamente; más tarde, ayuda de cámara, y, por último, administrador de lo de adentro y de lo de afuera; porque era listo como una pimienta, previsor y complaciente hasta lo increíble, y en breve tiempo aprendió lo que no sabía para el delicado cargo que le iba a confiar el marqués. Llegó a pintar la letra y a sacar en el aire las cuentas más complicadas. Si bien lo hacía en la administración de los mermados bienes del marqués soltero, mejor lo hizo con ellos y los puntales del marqués recién casado, y muchísimo mejor con el diluvio de caudales que inundó la casa a la muerte del ex contratista de carreteras y suministros. Era mozo que se crecía con los obstáculos. El marqués le admiraba y se dormía en la confianza que tenía en él, y hasta la marquesa le distinguía con inusitados testimonios de su aprecio. Tanto, que cuando el administrador insinuó sus deseos de casarse con la doncella más mimadita de la casa, no solamente lo aplaudió aquella señora, sino que dotó rumbosamente a la novia y fue su madrina de casamiento. El marqués no estimaba tanto al espabilado Simón por su destreza en el desempeño del cargo que ejercía, como por el talento singular que mostraba para oírle y atenderle, para pescarle los detalles más finos de sus peroraciones a destajo, y hasta para moverle a extenderlas y elevarlas. Como que llegó a tomarle como piedra de toque de la ley de su elocuencia, ensayando con él, bajo el disfraz de motivos de tres al cuarto, por salvar las convenientes distancias jerárquicas, entonaciones, actitudes y arranques que pensaba ostentar, en toda su verdadera aplicación y pompa, en el teatro de sus hazañas políticas.

En la ocasión en que aparece en el despacho del marqués, aún no había cumplido el medio siglo. Era delgado, de mediana estatura, de ojos pequeños y alegres, ligeramente moreno, de cara larga y algo afilada, no mucha frente, y corto y espeso el pelo gris de su cabeza. Vestía un traje obscuro, muy modesto y muy limpio, y tenía toda la barba afeitada. Nada más insignificante que aquel hombre, a la simple vista: parecía un mozo de café. A la sazón, iban sus negocios particulares en próspera fortuna. Su mujer era una hormiguita, que traficaba en todo lo imaginable; y él, con los sueldos ahorrados, otros gajes lícitos de su empleo, y el óbolo de su hacendosa compañera, podía destinar un capitalito modesto a préstamos sin usura, pero bien garantidos. Y así iba tirando el pobre y adquiriendo una finquita hoy, y mañana unas acciones del Banco de España «por una casualidad», y al otro día una hipoteca «de lance». Nada, que había que quererle y admirarle, en cuanto se le oía hablar de estas cosas que le pasaban a él.

Y basta del sirviente; no vayamos a pecar de descortesía con su aristocrático señor, que nos espera en su despacho. El despacho del marqués era regularmente amplio, severamente vestido, severamente puesto y severamente alumbrado por la dulce y severa luz del Norte. Maderas de raíz de nogal con filetes negros, y cuero cordobés con grandes clavos de níkel; armarios llenos de libros regularmente grandes, lujosa y severamente encuadernados; cortinones de color de café con rica y severa pasamanería; alfombra persa de severos colores; coronas de marqués en cada paño y en cada mueble; algunos cuadros al óleo, de tan severo gusto, que costaba trabajo descifrar el asunto de ellos debajo de la pátina que los obscurecía..., y así sucesivamente. Entre tanto, ni una hilacha por los suelos, ni un mueble fuera de su sitio, ni un papel ni un cachivache desarreglado encima de la mesa-ministro, detrás de la cual se arrellanaba el marqués en un sillón de una severidad de líneas intachable.

Verdaderamente valía mucho más la urna que el santo. Bien mirado, en ropas menores, digámoslo así, el marqués estaba ya hecho una ruina. Sin los retoques y aparatosos arreos con que se presentaba en público; envuelto el cuerpo en holgada bata de cachemira; cubierta la amplísima calva con un gorro griego; descuidados los blancos mechones de pelo lacio que sobresalían por debajo del gorro y por encima de las orejas; sin afeitar todavía, y mal tapadas las arrugas del pescuezo por el cuello escotado de su camisa de dormir, ¡cuán diferente era aquel marqués del marqués del salón de Conferencias del Congreso, y de sus propios salones de recibir, y de todos los salones de la aristocrática comunión a que pertenecía! Digo en cuanto a su físico; porque en lo tocante a lo demás, el hombre averiado y caduco del rincón doméstico, era el mismo personaje ostentoso de la vía pública y de los grandes salones. Refiérome a la prosopopeya y a la solemnidad.

Bien sabido se lo tenía el avisado Simón, y por eso le hizo la misma reverencia al entrar en su despacho y verle solo allí, que si le hallara acompañado del Presidente de las Cortes.

Dejole el marqués que se doblara cuanto podía dar de sí su elástico y bien educado espinazo, y le dijo, cuando le vio casi derecho y tan cerca como lo permitía el debido respeto:

—Necesito, Simón, para dentro de cuatro días, diez mil duros disponibles en poder de mi banquero de París.

—Con permiso de Vuecencia—respondió el apoderado, mansa y respetuosamente—, no es el plazo tan desahogado como convendría para una cantidad de esa consideración.

—En plazos más cortos has sabido facilitarme sumas mayores—le replicó el marqués, en tono suave, pero con visos de exigente.

—Es la pura verdad, señor—observó Simón, entendiendo bien el acento de su amo—, que he tenido esa honra muchas veces; y por lo mismo, me he creído obligado a hacer a Vuecencia, con el respeto debido, esa ligera indicación... Porque, si Vuecencia me lo permite, me atreveré a manifestarle que ciertos caminos, cuanto más se pisan y se frecuentan, más intransitables se ponen.

—Todo lo que tú quieras, Simón, todo lo que tú quieras; pero no se trata ahora de esas cosas, sino de hacer lo que té he dicho en el plazo que te he marcado.

—Vuecencia será servido en ese mandato como en todos lo que se digne manifestarme; pero creo, salvo el mejor parecer de Vuecencia, que es de alguna necesidad poner en su conocimiento las dificultades que hay que vencer para dar ahora cumplimiento a los deseos naturalísimos de Vuecencia.

—No veo esa necesidad, Simón. ¿Dónde está ella? O se puede, o no se puede: has dicho que sí... Pues huelgan los comentarios.

—Pero, con permiso de Vuecencia, supongo yo que esas dificultades que hoy pueden vencerse, a costa de grandes esfuerzos, en un caso idéntico sean invencibles mañana.

—¿Y qué?

—Que en un extremo así, convendría estar al tanto de ciertos antecedentes, para no extrañar...

—¡Para no extrañar!...

—Para no atribuir a falta de celo en el administrador (pongo por caso, con el respeto debido) lo que es obra de... vamos, de la marcha natural..., supongamos, de la cosa misma.

—Pues no te entiendo, Simón.

—Recordará Vuecencia que en varias ocasiones he solicitado el honor de que me permitiera explicarle, manifestarle..., vamos, ponerle a la vista el estado verdadero... de las cosas, como quien dice.

—Cierto. ¿Y qué?

—Que Vuecencia ha tenido siempre la bondad de desatender mis ruegos.

—En lo que te he dado, Simón, la mayor prueba que puedo darte de mi absoluta confianza en la administración de mis caudales.

—Precisamente, señor, del deseo de corresponder dignamente a la inmerecida honra que me dispensa Vuecencia en esa prueba, nace el empeño de enterarle...

—¡De enterarme!... ¿Y de qué, buen Simón? ¿De que no van mis negocios en próspera fortuna? ¿De que este cortijo, y la otra casa, y tales acciones no valen lo que valían, porque los arrendamientos, y el inquilinato, y el estado general de los negocios, y el aspecto alarmante de la política así lo disponen?... ¿No es esto? ¿Ves cómo yo penetro con una sola mirada hasta el interior de las cosas, y vivo en perfecto conocimiento de ellas, sin que nadie se tome, el trabajo de pesarlas y de medirlas delante de mí? ¿Y qué le vamos a hacer si el cuadro no es tan risueño como tú y yo deseáramos? Pues paciencia, Simón, paciencia, y aguardemos días mejores, que ya vendrán. Felizmente, mi caudal no es de apariencia: es sólido y es abundante, a Dios gracias, y da para todo; quiero decir, para aguardar los vivificantes calores del estío, bien a cubierto de los mortíferos hielos invernales.

—Si no he comprendido mal el símil de Vuecencia, ese es precisamente el punto en que tengo la desgracia de discrepar de su sabio parecer.

—¿A ver cómo?

—Vuecencia sabe que sus caudales no son los que eran algunos años hace; que han disminuido..., que...

—Adelante, Simón.

—Pero desconoce el detalle, el estado en que se encuentra lo que queda de ellos; porque, si se me permite manifestarlo, los gastos de la casa y las quiebras habidas en ciertos negocios no han guardado la debida proporción con la merma de los haberes. El hacer dinero en ciertas ocasiones, cuesta más caro que en lo ordinario; y esta carestía se aumenta según que las necesidades se van haciendo más visibles y más frecuentes..., porque bien sabe Vuecencia que la usura es desconfiada, y hay que satisfacerla, y..., vamos, que abusa más de lo que debiera. Así sucede que va Vuecencia a tapar un agujero, y para taparle se forma otro; y tapa éste, y resulta otro más grande; y, tapa aquí y destapa allá, piérdese algo el buen tino, y al menor descuido salta una criba entera, que, créalo Vuecencia, no es la mejor capa para esperar un hombre, abrigado con ella, los calores del verano; sobre todo, si dan en apretar mucho, como aquí sucede, los fríos del invierno.

—No basta la buena intención que a ti te guía, mi fiel Simón, para fallar, con el acierto debido, pleitos de determinada naturaleza...

—Es la pura verdad, señor; pero cuando los números hablan... Si donde hay veinte disponibles se gastan cuarenta, resulta una falta de otros veinte.

—Si no te conociera, pensaría que llevabas tu atrevimiento hasta el extremo de intentar ponerme a ración...

—¡Señor!...

—¡No te sobresaltes, que ya hice la merecida salvedad; pero no insistas en ese tema, porque las necesidades domésticas y sociales de una familia tan conspicua como la mía, y las de un hombre como yo, no pueden sujetarse al régimen admitido para el común de las gentes, ni al criterio de un sencillo y honrado administrador como tú!...

—Las palabras y los deseos de Vuecencia—dijo aquí el aludido, plegándose casi en dos mitades iguales—son órdenes y enseñanzas para este su humilde servidor; pero como, por lo mismo, le debo toda la verdad de lo poco que se me alcanza, quisiera advertir a Vuecencia, con el debido respeto, que no me refería tanto a lo que pudiera llamarse gastos de representación de esta ilustre familia, cuyo necesario esplendor eso y mucho más reclama, cuanto a otros independientes de ellos, y que no son los que menos agujeros han abierto en la criba a que tuve el honor de referirme antes.

—¿A qué otros gastos te refieres?

—A los grandes desembolsos que le han costado a Vuecencia los negocios que ha emprendido en compañía de don Mauricio Ibáñez...

—¡Bah!..., gajes del oficio, Simón: hay que estar a las duras y a las maduras.

—Cierto; pero a Vuecencia siempre le han tocado las duras.

—También a él...

—Pero ese es su oficio; aquí cae y allí se levanta: de eso vive; al paso que Vuecencia...

—¿Otro consejito, Simón?

—¡Dios me libre de la tentación de cometer ese nuevo pecado! Sólo que pensaba yo que en ese punto, bien cabía, sin ofensa de los respetos que debo, una indicación...

—Y ¿cuál es?

—Que sería más de sentir que el dinero perdido por Vuecencia, como socio del banquero en determinados casos, el que pudiera perder en la misma compañía, de muy distinta manera.

—¿Qué quieres decirme, Simón?

—Que estoy muy bien enterado de que en el señor don Mauricio no es oro todo lo que reluce.

—¿Estás en tu juicio? ¡El banquero de más crédito de todos los banqueros de España! ¡El hombre que abarca los negocios más vastos y complicados; que manda en el Ministerio de Hacienda como en su propia casa!

—Pues ese que manda en el Ministerio de Hacienda (¡y así va ella!) no tiene los asuntos tan limpios y desembarazados como creen las gentes y deseara él.

—¿Cómo puede ser eso?...

—Será, con permiso de Vuecencia, porque el diablo reclame lo suyo, o por otra causa; pero ello es. Y cómo el que se ahoga se agarra a lo primero que alcanza con las manos, y Vuecencia tiene poca práctica para esos fregados, porque ha nacido para cosas más altas y más nobles..., cumplo con un deber, hasta de conciencia, dándole respetuosamente este aviso.

—Tú has pisado hoy malas yerbas, Simón... Ya hablaremos oportunamente de esas y otras cosas, con la necesaria tranquilidad. Ahora cumple el encargo que te he dado, y nada más. Cabalmente me hallas hoy en la peor de las condiciones para ocuparme en negocios que me obliguen a fatigar la cabeza con discursos ni con preocupaciones.

—¿Se encuentra mal Vuecencia?

—No muy bien: he sentido un fuerte desvanecimiento al levantarme... y anoche había sentido otro al acostarme.

—Debilidades del estómago...

—Eso creo yo... Pero resérvalo, de todos modos. No he querido decir nada a la marquesa, por no alarmarla. ¡Ah, los frutos del ambiente de esa condenada casa de locos ambiciosos e intrigantes! ¿Qué han de sacar de ella los hombres desinteresados y conciliadores como yo, sino grandes desencantos y trastornos cerebrales? ¡No sabes con qué ansia aguardo el momento de salir a respirar aires libres y más sanos, fuera de la atmósfera candente en que nos abrasamos aquí los desdichados a quienes el patriotismo obliga a encadenar hasta sus afectos más íntimos al presidio de los negocios del Estado!... Tienes mi permiso para retirarte, Simón... ¡Ah!, se me olvidaba..., y vaya la noticia por lo que has de gozarte en ella, no porque yo le dé la menor importancia, ni deje de considerar el suceso como un tardío acto de desagravio, por parte del desagradecido Gobierno: lo de mi senaduría es cosa acordada, al fin.

—Reciba Vuecencia por anticipado la más humilde, pero la más cordial de las felicitaciones.

—Esas, para la patria, Simón, que tan necesitada está de reparaciones de esa índole, aunque te suene el reparo a vanagloria. De todas suertes, gracias por la cariñosa enhorabuena... y Dios te guarde.

XII

En ningún capítulo de los Apuntes que me sirven de guía en este relato hay mayores despilfarros inútiles de tiempo y de imaginación, que en el que la redactora da cuenta del viaje proyectado algunos renglones más atrás. Es, en su mayor parte, un verdadero artículo de Revista, escrito, por una observadora tan impresionable como inexperta, a través de sus debilidades de sexo y de sus preocupaciones demasiado subjetivas. Échase de ver desde luego en tan prolija tarea, que en las últimas entrevistas de Verónica con Pepe Guzmán, el empeñado duelo no pasó de un nuevo cambio de estocadas, como si cada combatiente pusiera mayor ahínco en defenderse que en herir, desde que por primera vez cruzaron los aceros en la boda de Sagrario. Pesa, mide y compara, con escrupulosidad de alquimista, cada gesto y cada frase del receloso galán; asómale la impaciencia a cada momento en los puntos de su pluma; traslúcesele el desasosiego a cada instante; danle motivo todo lugar y cualquier suceso para recordar al invulnerable y discurrir sobre estas cosas, y aun protesta de que en tan invencible y tenaz empeño no entra para nada el interés amoroso; que todo es obra de la curiosidad, tan vehemente y disculpable en las mujeres en casos tales, y que su corazón continúa siendo víscera simplemente, sin un latido ni una sensación de más ni de menos que lo regular y ordinario. Podrá ser aprensión mía; pero es la verdad que leyendo estas largas disertaciones, se me vienen a la memoria los niños que se tapan los ojos para no ser vistos.

La primera etapa de los expedicionarios fue París, según costumbre, y la estancia allí, la más larga de todas las del viaje. Consultó la enferma con las eminencias del «arte de curar», y ninguna de ellas dejó de prometerla un pronto y radical alivio... ni de aconsejar a su familia que la volvieran cuanto antes a su casa, porque quietud, sosiego y «auras domésticas», era lo que principalmente requería la incurable enfermedad de aquella señora... En fin, lo que la había aconsejado en Madrid su médico de cabecera. Pero declara ya su hija terminantemente que su madre no viajaba con la esperanza de curarse, sino con el propósito de divertirse así; y añade que este reparo se opuso al dictamen, tan bien expuesto y mejor cobrado, de las eminencias; que éstas le aceptaron por suyo reverentemente, y que se le ofrecieron a la marquesa bien diluido en un risueño plan de correrías por los balnearios y sitios de recreo más elegantes y aristocráticos de Europa (igual a lo acordado por las eminencias de Madrid después de haber conocido los deseos de la enferma), y que se determinó que fuera Interlacken, donde nunca había estado, la segunda etapa de la recreativa expedición. Verónica hubiera preferido otro rumbo: Vichy, por ejemplo; y no porque Pepe Guzmán se hubiera despedido para aquellas aguas, que tomaba todos los años para curar ciertos desarreglos de su estómago, puesto que la había dado su palabra de encontrarse con ella «donde menos lo pensara», sino porque... «cada cual tiene sus gustos».

Pero si dejó de ver en el Pirineo francés a su amigo tan estimado, en el corazón de la Suiza se halló con otro que no valía menos, según la fama, si se pesaban ambos en oro. Porque allí estaba don Mauricio el Solemne, una semana hacía, a curarse sus achaques nerviosos con aquellas duchas de hielo derretido. Este pretexto alegó, al menos, para explicar al marqués su estancia inesperada allí: inesperada, porque de todo había hablado a su ilustre amigo al despedirse de él en Madrid, menos de que padeciera tales achaques, ni de que intentara curarlos de aquel modo ni en aquel sitio. Cierto que no estaba el banquero en el pleno goce de su natural imperturbabilidad cuando estas cosas decía, como no lo había estado cuando se halló de improviso en el mismo hotel que habitaba, con la presencia de sus egregios amigos; que a este mismo «fenooómeeno» se agarró él como prueba de la existencia de la enfermedad, y que afirmó que la había cogido repentinamente una noche, muy pocas antes, en lo alto de la calle de Alcalá, hablando, desabrigado, con el ministro de Hacienda. Pero tan mal le iba con el tratamiento aquel, en mal hora aconsejado por su médico de cabecera, que tenía resuelta su marcha a París en el mismo día, no obstante el nuevo y poderoso atraaztivo que tenían para él aquellos lugares «desde que los honraban tan excelentes y tan inolvidables amigos». Esto de «inolvidables» se lo espetó a Verónica en un memorial de mirada triste, con el correspondiente tirón de patilla; el cual memorial fue contestado con una sonrisa... de las de Verónica, la cual sonrisa debió sentarle al recurrente como si le afeitaran en seco.

Y como lo dijo lo hizo, Salió en posta de Interlacken aquel mismo día, sin aguardar a sentarse a la mesa; y detrás de él y con el mismo rumbo, una dama solitaria, de gran porte y «cierta traza», que había llegado con el banquero mismo, y comía a su lado, y a su lado habitaba en el hotel; es decir, tabique en medio.

—¡Y pensará el simplón que no le he sorprendido el contrabando!—díjose, muy aparte, el marqués, cuando se enteró de todos estos tejemanejes—. ¡A mí con esas disculpas de colegial! ¡Al que ha sido cocinero antes que fraile! ¡Semejante majaderote! ¡Como si tuviera el lance nada de particular, o nos interesara a nosotros cosa alguna!

Y no se habló más de este suceso en la familia del marqués, ni había para qué tampoco.

Escaseaba mucho todavía la gente de lustre en aquel sitio; y con esto y con no sentarle bien el clima a la marquesa, condújosela a otro más de su gusto. Y no digo a cuál, porque si fuera a seguirla paso a paso en el camino de aquellos sus antojos de rica vanidosa, incurriría yo en el mismo defecto que he tachado en el correspondiente capítulo de los Apuntes.

Mas por grandes que sean mis propósitos de reducirme todo lo posible en mi tarea, no he de omitir la mención siquiera de lo que más halagaba y seducía los apetitos del marqués durante su peregrinación por tantos y tan culminantes lugares: las celebridades políticas de todos los Estados europeos, que veraneaban dispersas, y con las cuales se topaba acá y allá, con sus respectivos cortejos de admiradores y de parásitos; los estadistas de segunda categoría, harto más ceremoniosos y teatrales que los de primera: los unos haciendo vida aparte y dejándose sentir, como el sol, desde muy lejos, o entre nubes; los otros, invadiéndolo todo con su pompa de relumbrón, presidiendo las mesas, los bailes, las jiras y hasta las salas de duchas o de inhalaciones... o la ruleta; pero los otros y los unos asediados por legiones de babiecas y por el espionaje de los reporters, para apuntar lo que dicen, lo que piensan, lo que comen, si se bañan, si se ríen, si meditan, si se enfadan, o si tosen o estornudan, y estamparlo como noticias de sensación en los periódicos de mayor renombre, con las más peregrinas conjeturas sobre el influjo del suceso en la política internacional. Y a los casinos llegaban estos y otros cien periódicos más de todas las naciones, y en todos ellos danzaban las noticias y las conjeturas, con otras semejantes y nuevos comentarios de propia cosecha, anunciando entrevistas, desentrañando frases, prediciendo resultados y dejando muy tirante la curiosidad de los lectores con la promesa de nuevos acontecimientos para el día siguiente.

Y el marqués devoraba estos periódicos, y contemplaba en éxtasis a aquellos hombres que tanto les daban que decir; y se comparaba con ellos, y no se vela más bajo, ni menos ostentoso, ni menos solemne, ni menos «honorable»: ninguno tomaba tan en serio como él eso de «los organismos políticos», «las energías de la patria», «el sentimiento público», «la alteza y respetabilidad de los cuerpos colegisladores» y otras cosas tales; ninguno le ganaba en desinterés, ni en celo, ni en instinto político, y pocos, muy pocos, llegarían a aventajarle en el modo y manera de utilizar con honra propia y decoro del sistema «la tribuna del Parlamento». Esto era «obvio, de toda notoriedad e inconcuso», y, sin embargo, su nombre no aparecía jamás entre aquellos otros, tan traídos y tan llevados, ni había un papanatas que le siguiera, ni un mal periodista que le preguntara su parecer sobre la política del Czar y las últimas circulares de nuestro ministro de Estado. Citábasele alguna vez entre los bañistas más distinguidos, recién llegados; cortejaban a su hija algunos insípidos gomosos, porque era guapa y afamada de rica, y pare usted de contar. Pero ¿qué diablos valía todo esto para un hombre de su estirpe, de sus nobles ambiciones y..., sí, señor, de su significación e importancia, por donde quiera que se le considerase? Caprichos, veleidades de la fortuna, del «hado» quizás..., porque el marqués estaba persuadido de que a los «hombres públicos» los forman las circunstancias, un momento de la vida, un «choque fortuito», de la piedra contra el acero, que hacía brotar la luz de repente. Así entendía el «hado» el buen marqués.

Entre tanto, lejos de desalentarse en su empresa, cada día buscaba con mayor empeño ese instante, ese fortuito choque, y no perdía ocasión de arrimarse a los privilegiados para hombrearse con ellos y meter la cuchara en sus conversaciones. Y así pasaba el tiempo en las etapas de su viaje, y aun en todos sus viajes de veraneo, si no satisfecho de los resultados obtenidos, porque el choque no se verificaba ni la luz se producía, consolado, al menos, con la ilusión de que las gentes, viéndole tan bien acompañado, le tomarían por lo que no era, es decir, por lo que deseaba ser.

Corriendo los días y rodando los expedicionarios, tan pronto en un puerto de mar como en una estación de secano, arrastrándose más que caminando la marquesa, a quien apenas bastaba una semana de reposo por cada hora de jornada, ninguno de los tres recogía el fruto sazonado de sus ilusiones: el padre, por lo que se ha visto; la madre, por lo que fácilmente se adivina, por enormes que sean las dosis de vanidad y de tonta presunción de que la supongamos henchida, y la hija, porque a medida que el tiempo pasaba sin que se cumpliera la promesa que en Madrid había hecho Pepe Guzmán de encontrarse con ella «donde menos lo pensara», crecían sus impaciencias «por el natural e insignificante deseo de salirse con la suya»; y la suya era que no se encontraría en parte alguna de su expedición veraniega con Pepe Guzmán; y no encontrándose con él, estaba autorizada para decirle, en broma, por supuesto, en cuanto le viera en Madrid: «¡valiente palabra es la palabra de usted!» Y con esta sola preocupación, se pagaba bien poco de todo lo que hallaba al paso; de preparar el éxito de sus exhibiciones en playas, alamedas y espectáculos, y mucho menos del tributo ofrecido a su belleza por la turba de tenorios contrahechos que a eso van a los «centros elegantes», y aun por otros admiradores de más seso y mejor arte.

En Baden-Baden halló el rastro de su amiga Sagrario, que andaba recorriendo el mundo en su viaje de novia. Había dejado allí fama de hermosa, de elegante, y, sobre todo, de desenvuelta. Se hablaba mucho, muchísimo, de sus hechicerías, entre los hombres, y de su «provocativo sans façon», entre las mujeres. Cuando tenía el sitio hecho un volcán de intrigas, de deseos, de cálculos y de murmuraciones, desapareció repentinamente con su marido, porque éste, que no salía de la ruleta, perdió en una noche cuarenta mil duros, sobre otros veinte mil que tenía perdidos ya; y no se había casado ella con Gonzalo Quiroga para eso, sino para cosa muy diferente. Esto se decía y se propalaba por aquellos ámbitos henchidos de la fragancia de todas las pasiones, buenas y malas, pero muy elegantes, y de nada se asombró la recién llegada madrileña, porque lo uno lo consideraba verosímil y hasta necesario, y de lo otro sabía que era la pura verdad.

Sucesos hartos más graves la aguardaban en Spá. Por de pronto, se encontró allí con amigos de su mayor intimidad; como que eran Leticia, su marido y el subsecretario de Gobernación; y ya se supondrá que no cuento este hallazgo entre los sucesos graves a que me he referido, aunque alguna gravedad revestía la altivez del continente de la primera, frente a la actitud algo airada y como rencorosa del tercero; pero más grave fue una estocada que este funcionario español atizó, en la madrugada del día siguiente, a un príncipe ruso bruñido a la francesa, que campaba en el sitio por su riqueza, por su boato y hasta por su estampa original y castiza. Tampoco fue lo grave la estocada porque pusiera en riesgo de muerte al príncipe ruso, pues no llegó tan adentro «la acerada punta», sino por el ruido que hizo y lo que dio que hablar a las gentes, y que temer a la impávida Leticia, y que hacer a la misma Verónica para ayudar a su amiga a convencer al subsecretario de que ciertos sucesos, aunque se vean con los ojos y se palpen con las manos, no son lo que aparentan, sino quimeras de la imaginación ofuscada.

Pero lo más original y lo verdaderamente grave del suceso, mirado a cierta distancia, fue que el general Ponce, es decir, el marido de Leticia, apadrinó al subsecretario en su duelo con el ruso; en honor de la verdad, no porque llevara el apadrinado su frescura al extremo de solicitar del otro un favor tan señalado, sino porque el arisco veterano, al saber de qué se trataba, por rumores llegados hasta él, «como amigo, como soldado y como español», no quiso que nadie se anticipara a prestar ese servicio a su ilustre compatriota. No hay para qué advertir que este detalle sonó en la colonia elegante y desocupada mucho más recio que la estocada y los motivos de ella. En cuanto al general, cumplido su deber de amistad, de soldado y de español, y altamente satisfecho de su conducta, se volvió a sus reales, es decir, a pasarse todo el día y parte de la noche con un periodista madrileño, desollando al ministro de la Guerra y proporcionando la metralla con que el primero le fusilaba, un día sí y otro no, desde las columnas de su periódico. Ni más vela, ni en otra cosa pensaba, ni de otros jugos se nutría la fibra de su naturaleza.

Pensó Verónica, como lo hubiera pensado cualquier otra mujer de honrado temple, que después de aquel ruidoso acontecimiento su amiga abandonaría a Spá con cualquier pretexto; pero no la conocía bastante, con creer conocerla muy a fondo. En el de Leticia existían alientos para resistir aquel empuje y mucho más.

—Mi fuga—dijo a su amiga, hablando con ella de estas cosas—sería la confirmación de los rumores. Otra mujer en mi caso, aun pensando esto mismo que yo pienso, huiría por no atreverse a quedárse; pero a mí no me espanta la fiera, y ya verás cómo la domino.

Y nunca se la había visto en público tan serena, tan elegante, tan hermosa, ni tan envidiada, como se la vio después del «grave suceso», ni se había mostrado delante de la gente tan expresiva ni tan afable con el subsecretario de Gobernación, ni tan atenta y cortés con el príncipe ruso, que, por cierto, no tardó tres días en largarse de allí.

No tuvo Verónica motivos para dolerse de la resolución tomada por su amiga, pues su compañía y su serenidad la sirvieron de mucho en el verdaderamente «grave suceso» que aconteció en breve, seguido de otro tan grave como él. Y fue que hallándose departiendo el marqués y el general, momentos antes de sentarse a la mesa, y paseándose a lo largo del salón contiguo al comedor, y estando la porfía en lo más candente, es decir, sosteniendo el segundo que todas las desventuras de España procedían de la incapacidad y de los desaciertos del ministro de la Guerra y de todos sus antecesores, y templando el primero sus crudezas con reposadas y campanudas reflexiones sobre el necesario «concurso de las fuerzas vitales del país» y «el engranaje de la máquina gubernamental», de pronto le faltó la palabra precisa; valiose de otra menos propia y muy mal pronunciada; esparciese sobre el sonrosado color de su rostro un tinte lívido; lanzó un áspero quejido por su boca, que se torcía por momentos, y reviré los ojos; y a no haberle recibido el general entre sus brazos, hubiera dado el pobre marqués con su oronda humanidad en el santo suelo.

Lo que allí sucedería después, no hay para qué referirlo. Conducido a su habitación y puesta en movimiento media casa, sometiósele al tratamiento que la ciencia tiene menos desacreditado para esos lances, y se esperó el resultado de él y el de la primera consulta que celebró un rebaño de doctores que fueron acudiendo alrededor del paciente, los más de ellos sin que nadie los llamara. Tras una hora de encierro en el cuarto inmediato al del enfermo, a quien rodeaban su familia gemebunda y cuantos españoles hubo en las inmediaciones, fueron apareciendo uno a uno los doctores, en larga y solemne procesión; cediéronles los profanos el sitio en derredor del lecho; tomó la palabra el menos joven y más estirado de los médicos; dijo que estaban perfectamente de acuerdo todos los profesores allí reunidos, lo mismo sobre el pronóstico que sobre el diagnóstico de la enfermedad que aquejaba al señor marqués; que aprobaban lo que hasta entonces habían dispuesto los dignísimos compañeros que se les habían anticipado en el honor de prestar los primeros auxilios al ilustre paciente; que volverían a reunirse dentro de dos horas, y que buen ánimo, entre tanto, para conllevar la inevitable pesadumbre por lo ocurrido...; con lo cual, y una ceremoniosa inflexión de cuello y de espinazo, salió de la estancia seguido de sus comprofesores, lo mismo que habían entrado, uno a uno y con la respectiva inflexión de cuello y de espinazo, graves, muy graves todos, y a cual más atildado y taciturno.

Afortunadamente, lo del marqués no fue tanto como parecía. Rehízose un poco su naturaleza a las pocas horas; al amanecer conoció a su familia y a sus amigos; articuló algunas palabras; movió los miembros, antes paralizados, y al mediodía del siguiente pronosticó el senado de doctores, en su tercera consulta, que, sin una complicación inesperada, el ilustre enfermo entraría muy pronto en una franca y satisfactoria convalecencia.

Ya las nubes de la tristeza se rasgaban y difundían hasta transparentarse en aquella mansión, poco antes de lágrimas y sobresaltos, cuando la marquesa, que se había quedado en la cama aquel día para restaurar un poco las fuerzas de su trastornada máquina, puestas en los límites de la extenuación con los recientes sustos y el anterior ajetreo de su larga peregrinación, sintió de pronto tales espasmos, convulsiones y desfallecimientos, que pensó que su vida terminaba en aquel trance, y lo mismo pensaron su atribulada hija y las gentes que con ella acudieron a socorrerla. Por consiguiente, nuevos apresuramientos, nueva irrupción de doctores, nuevas consultas y nueva serie de larguísimas horas de angustias y sobresaltos para la pobre joven, que, en aquella apuradísima situación en que se veía, se juró a sí propia emprender la vuelta a Madrid por el camino más corto, tan luego como los enfermos se hallaran en condiciones de ponerse en viaje, si Dios no había decretado que le hicieran al otro mundo sin salir de la cama.

Pero también se resolvió en el mejor de los sentidos la crisis alarmante de la marquesa; sólo que, al paso que el restablecimiento de su marido llevaba trazas de ser completo y sin dejar el menor rastro de la enfermedad vencida, el de ella caminaba paso a paso, y mal seguros, con muchos tropezones y algunas caídas. Al fin, llovía sobre mojado, y en cada nuevo embate de la enfermedad se llevaba ésta mayor tajada entre las uñas.

Durante la convalecencia de los dos enfermos, Leticia y Verónica, como si quisieran resarcirse de los afanes y tristezas que habían sufrido juntas como dos hermanas, mejor que como dos amigas, hablaron mucho, de muchísimas cosas: de todo menos del príncipe ruso y de su duelo con el subsecretario de Gobernación, y de Pepe Guzmán, que no asomaba por ningún sendero a cumplir la palabra empeñada con Verónica. Entre tanto, el tal subsecretario, el general y el periodista español, no se apartaban un punto del marqués, que ya estaba en voz nuevamente y comenzaba a hacer pinitos parlamentarios. Estaba muy satisfecho del interés que se habían tomado por su salud el canciller de acá, el embajador de allá, un ministro del kedive de Egipto y cien eminencias más que veraneaban por allí. Esto le confortaba y le reconstituía.

Y hablando, hablando Leticia y su amiga, sacó la primera a relucir a don Mauricio el Solemne.

—Poco antes de llegar tú—dijo a Verónica—, se presentó aquí de improviso; se encontró con nosotros al día siguiente; y como si le hubiera contrariado el encuentro, aquella misma tarde salió para París.

—¿Solo?—preguntó sonriendo Verónica.

—Solo—respondió sonriendo también su amiga—. Porque por más que se afirmó entre los maldicientes lo contrario, yo creo que nada tenía que ver con él una dama muy aparatosa, de cierto pelaje, que le siguió muy de cerca al marcharse, lo mismo que le había seguido al llegar.

—¿Alta y rubia?—volvió a preguntar Verónica, recordando quizás las señas de la de Interlacken.

—Morena y baja—respondió Leticia.

—¡Qué voracidad de hombre!—pensó la otra sin pedir ni dar más explicaciones.

Con los equipajes hechos, los convalecientes medio embanastados; en fin, casi con el pie en el estribo ya para volver a Madrid los tres expedicionarios de nuestra historia, dijo Leticia a su amiga al despedirse de ella:

—Sé que el banquero don Mauricio bebe los vientos por ti... ¿No te gusta que te lo diga?... Lo siento, y perdona; pero escucha. Es un tipo, bien a la vista está; pero tiene prendas que no puede ni debe desconocer una mujer como tú. Por tanto, como buena amiga y porque te quiero mucho, te aconsejo que si pide tu mano, no se la niegues.

—Gracias—respondió la aconsejada, pagando con un beso en cada mejilla de la consejera otros dos que ésta le había estampado en las suyas, con las últimas palabras del consejo, como si hubiera querido pintárselas allí para que no las olvidara.

¡También Leticia! ¿Era aquello una burla o una pesadilla? El mismo consejo que Sagrario, menos en lo referente a Pepe Guzmán. ¿Por qué esta omisión? ¿Fue por ignorancia o por malicia? ¡Ah!, ¡de qué buena gana la hubiera hecho ella entonces, y aun antes de entonces, por curiosidad, se entiende, nada más que por curiosidad, una pregunta! «Vamos, Leticia, con toda franqueza..., como si te confesaras conmigo, ¿hasta qué punto llegaron tus amistades con él?...» Porque era mucho lo que, de algún tiempo a aquella parte, la mortificaba esta sencilla curiosidad.

XIII

La marquesa llegó a Madrid hecha una lástima; pero el marqués, como si nada le hubiera pasado. Algo claudicaba del lado derecho, reparándole bien, y se le torcía la boca al sonreírse, y un tanto desmemoriado se encontraba en lo tocante a fechas y nombres propios; pero este levísimo rastro de su pasado accidente se borraría muy pronto, como se habían ido borrando otras huellas, harto más hondas, del propio mal.

De muy distinto modo lo veía su hija, que, aun sin lo advertido por los doctores de Spá, tenía en su buen entendimiento la luz necesaria para no engañarse; y con esto, y con la evidencia de que el estado de su madre era gravísimo, también; con las tristes deducciones que le resultaban de estas innegables premisas; la relativa soledad en que se encontraba en Madrid, a donde los apuntados sucesos la habían obligado a volver antes de lo calculado, y, por consiguiente, hallándose todavía rodando fuera de la patria todos los amigos de «su mundo»; la negrura de los espacios a que la condujeron sus cavilaciones pertinaces, y, ¿por qué negarlo?, hasta la ausencia del único hombre de fuste que en aquel caso pudiera ser para ella un prudente consejero, y cuanto en este hilo de su discurso fue ensartando la mano de Satanás, porque otra más honrada no podía complacerse en hacer un rosario tan largo y de tan fríos desalientos, llegó a apoderarse de la infeliz una verdadera melancolía; siendo muy de notar que antes se le aumentaba que se le disminuía con los cálculos risueños y los propósitos mundanos, que eran los temas exclusivos de la conversación de los convalecientes con ella. La cual tiene abnegación bastante para declarar sin rebozo en este pasaje de sus Apuntes, que intervenía muy poco o nada su corazón de hija en la manifestación de aquel fenómeno. No la impresionaban las ilusiones de sus padres por el contraste que formaban con su certeza de que era muy breve el espacio que las separaba de la sepultura de los ilusos, puesto que no era el dolor de perderlos lo que sentía en sus temores de quedarse huérfana a la hora menos pensada. El fenómeno era producto de un trastorno nervioso, de un estado histérico, sometido al influjo de un orden de sentimientos muy distintos: los enumerados ya, y un recelo pavoroso de lo desconocido. Su afecto de hija no profundizaba más que lo que da de sí el hábito de vivir en comunidad, no muy íntima, con otras personas. Muy poco y bien triste le parece esto a ella misma; pero tranquiliza su conciencia con la cuerda reflexión de que lo extraño hubiera sido lo contrario, con una educación como la que había recibido y unos ejemplos como los que le habían dado en su propia casa.

Veamos qué cálculos y propósitos eran los que preocupaban a los marqueses en los momentos en que todo el tiempo de que disponían debiera parecerles corto para liquidar sus largas cuentas con Dios. Los de la marquesa se enderezaban a dar a sus salones, en el próximo invierno, el último barniz de que carecían para brillar entre los más esplendorosos de la corte: quería construir un elegante teatro doméstico, en el cual las damas y los galanes más distinguidos de la aristocracia representasen lo selecto del repertorio... francés, en lengua francesa por de contado. Esto era el colmo, por entonces, y aun creo que lo es por ahora, del rumbo y de la distinción de los salones del buen tono madrileño. El intento, si se realizaba, costaría un sentido; pero ¿qué tenía que ver ella con ese prosaico y vulgar detalle? ¿No era rica? ¿No daban sus caudales para todo? ¿No era el intento noble y, amén de noble, impuesto por la ley inexorable... «de las cosas»? Pues habría teatro doméstico, y lindo y elegante, como el mejor de su especie; y para lograrlo así y lo más pronto posible, conferenciaba a menudo con el mismo arquitecto que le había trazado y dirigido las obras de su casa, y con su hija para la formación, digámoslo así, de la troupe aristocrática que había de debutar en él, a más tardar en la próxima noche de Año Nuevo. Y bien sabido se tenían Verónica y su padre que los intentos de la marquesa no podían traducirse en broma jamás. Siempre fueron órdenes sus lacónicas frases, y leyes inapelables sus deseos. Esto, en buena salud; ¡qué no sucedería cuando las molestias de la enfermedad la obligaban a ser más antojadiza y exigente?

En cuanto a los planes de su marido, casi está por demás advertir que no salían del trillado campo de sus anhelos senatoriales. Cierto que le constaba con toda evidencia que su senaduría era una de las de la hornada que de un momento a otro lanzaría el Gobierno a los estantes de la Gaceta; y sobre este importante preliminar, por tantos años perseguido, nada tenía ya que temer; pero no se trataba de eso, sino de algo que debía seguir inmediatamente al acontecimiento, como el estampido a la expansión de la pólvora inflamada en un arma de fuego. ¿Cómo le celebraría él, cuándo y en dónde? ¿A qué y con quiénes le obligaba esa distinción, que no por ser justa y merecida y aun algo tardía, dejaba de haber sido piedra de toque de muchas y buenas amistades... y de asombrosos temples de paciencia?

Esto le preocupaba, y a este tema se redujeron sus conversaciones familiares por muchos días. Al fin resolvió, sin que nadie se le opusiera, que daría un banquete de circunstancias en su propia casa, tan pronto como los ausentes personajes volvieran a Madrid y entrara en sus ordinarios quicios la vida política y social de la corte; y que en ese banquete pronunciaría él un discurso, en el cual «quedara bien definida su significación al lado del Gobierno de Su Majestad», y puesta bien de relieve, con la autoridad de su ejemplo y la elocuencia de su palabra, «la necesidad de robustecer el prestigio de los poderes públicos con el concurso de todas las fuerzas vivas de todos los hombres independientes y desapasionados del país, tan trabajado y maltrecho por obra de todo linaje de mezquinas intrigas y de pasiones bastardas».

Tal había de ser el tema de su acto político; y en desenvolverle, pulirle y entonarle debidamente, creyendo como artículo de fe que había de tener «inmenso alcance y altísima resonancia», se pasaba el buen marqués las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, como el otro loco (y perdone su ilustre y bien acreditada fama la comparación) con los libros de caballerías.

Es de advertir, asimismo, que el banquete, no sólo había de celebrarse en su propia casa, sino también disponerse y servirse con elementos y accesorios de la casa misma; condición sabiamente acordada por el marqués, que, contando con que no faltarían los obligados sahumerios de la prensa al menú y al aparato de la mesa, no quería ceder a un fondista, aunque se llamara Lhardy, ni ese rayo de esplendor que también cabía en el nimbo de su cabeza casi augusta.

Ello es que pasando días y semanas; estando perjeñado el discurso y a medio digerir; puestos en ejecución los planes de la marquesa y los planos de su arquitecto, y por los suelos algunos tabiques de la casa; en Madrid casi todos los encopetados touristas veraniegos; cada hombre político en su sitio; Verónica no tan aburrida ni nerviosa como a su llegada; Pepe Guzmán bien perdonado de su falta, en virtud de razones bien expuestas y mejor recibidas; la marquesa incapacitada de moverse de un sillón en cuanto la sacaban, con trabajos, de su lecho, y el marqués con su credencial de senador entre las manos, llegó el mes de octubre, y con él la ebullición de la vida madrileña, quiero decir, la de la gente de dinero y lustre en los campos colindantes de los placeres y de la política; y llegando el mes de octubre, que era el que esperaba el marqués con grandes ansias, dio por bien digerido su discurso, y consagró todo el muy escaso que le quedaba sano a disponer el programa de la fiesta.

Dejemos por cosa innecesaria la historia de este parto laborioso, y pasemos de un salto, que el lector dará con gusto, por lo que le abrevia el camino, a los linderos del comedor de nuestro personaje, desde donde podemos contemplar, sin ser vistos, el cuadro resultante de tantas, tan profundas y tan conmovedoras cavilaciones, con lo demás que se siguió como fin y remate de la fiesta.

Como el banquete era político, aunque de otro modo le calificara el marqués por pura modestia, no se dio asiento en él a las señoras. Pasaban de cincuenta los comensales del otro sexo, rigorosamente vestidos de sociedad, lo mismo que los criados que les servían los manjares y los vinos, y figuraban entre los primeros las tres cuartas partes de los ministros, incluso el presidente; los de ambos «cuerpos colegisladores»; varios diputados de empuje, con grupito; la flor y nata de los ancianos del senado; el Capitán general y el Gobernador civil de Madrid..., y así sucesivamente; porque una cosa es que todos estos y otros personajes estimaran al anfitrión en lo que verdaderamente valía, y otra muy diferente los rumbosos festivales que sabía disponer en su casa para prestigio de ella y regalo de sus amigos. Como de los más estimados, inútil es advertir que no se quedaron sin cubierto aquella noche ni Pepe Guzmán ni el banquero don Mauricio.

Al tratar la prensa periódica al día siguiente de este suceso, grandes cosas dijo de la magnificencia del cuadro, tal como aparecía en conjunto a la vista del recién llegado observador, y grandes despilfarros de incienso dedicó al buen gusto y a la riqueza de la ilustre familia; pero preciso es confesar que por aquella vez, si los «órganos de la opinión pública» pecaron de entrometidos y de aduladores, en manera alguna de inexactos, como no fuera por quedarse cortos en sus reseñas y ponderaciones. Fue aquel, en efecto, un alarde felicísimo de saber hacer esas cosas por todo lo alto. Era el comedor lo que se llama «un ascua de oro»; expresiva metáfora en que cabe cuanto el lector pueda imaginarse en profusión de luces sobre lámparas y candelabros de ricos y variados metales, vajillas estupendas, cristalería de inverosímil nitidez y ligereza, vasos de porcelanas valiosísimas cargados de raras flores; en fin, lo mejor entre lo más caro del profuso acopio de que se dio cuenta en otro lugar de este relato, y lo adquirido después a peso de oro, destacándose sobre fondos obscuros, salpicados de brillantes toques metálicos, e interrumpidos en cada puerta por los desmayados paños de las pesadas y ricas colgaduras.

Bien poseído estaba el marqués de la suntuosidad del aparato escénico, así como de la intachable corrección con que iban sirviéndose a sus comensales los prodigios de su cocinero y los tesoros de su bodega; y por estarlo tanto, andaba más atento a inquirir si ese mismo sentimiento se traslucía en los gestos de sus comensales o en las palabras sueltas del incesante rumor que henchía la estancia, que a responder atinadamente a las frases con que algún colateral, creyendo acertar mejor así, intentaba llevar su atención al asunto ocasional del banquete.

Desde muy temprano había sentido él síntomas premonitorios de estas emociones. Inusitadas desconfianzas en su servidumbre, recelos injustificables hasta de la habilidad de su envidiado cocinero, le traían sin punto de reposo de un lado para otro y de acá para allá; mortificaba a su familia con consultas impertinentes y con advertencias pueriles, y aturdía a su ayuda de cámara pidiéndole prendas de vestir que tenía a la vista o entre las manos. Jamás había incurrido en estas vulgaridades de tendero rico el señor marqués, ni su familia le había visto tan polilla ni tan desmañado. A ratos se encerraba en su despacho y ensayaba a toda voz desde el sillón de su mesa, con la salvadera en la mano, los párrafos culminantes de su discurso. Le salía tal cual; pero le costaba mucho trabajo estamparle bien en la memoria. A la hora de vestirse, la emoción crecía, la memoria se le embrollaba más, y los nervios, vibrantes y desconcertados, no le permitían ejecutar obra alguna con acierto, ni cortar lo más sencillo por donde señalaba. Pero ¿qué había de sucederle con el trajín de tantas horas y las preocupaciones de tantos días, que le habían puesto la cabeza como una zambomba en ejercicio?

¡Cosa rara!: fueron menores sus desconciertos y más llevaderas sus impresiones, en las proximidades del momento crítico, del instante que más le deslumbraba a él cuando le consideraba desde lejos; y en cuanto se sentó a la mesa del festín, era ya dueño absoluto de sus nervios, de su memoria y de toda su ordinaria y olímpica serenidad. Algo de esto pasa con todo linaje de peligros: parecen más imponentes cuando se piensa en ellos, que cuando se arrostran. El hecho es que el señor marqués, aunque muy débil de fuerzas físicas, entró en la batalla con ánimo sereno y marcial talante.

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