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La maja desnuda

SEGUNDA PARTE

Reading edition

I

Al llegar la primavera, López de Sosa, el «intrépido sportman», según le llamaba Cotoner, presentábase todas las tardes en el hotel de Renovales.

Fuera de la verja quedaba el automóvil de cuarenta caballos, su última adquisición, de la que hablaba con orgullo; un vehículo enorme, charolado de verde, que avanzaba y retrocedía bajo la mano del chauffeur, mientras el dueño cruzaba el jardín de la casa del pintor.

Renovales le veía entrar en su estudio, vestido de azul, con una gorra de visera brillante sobre los ojos, afectando el aire resuelto de un marino ó de un explorador.

—Buenas tardes, don Mariano. Vengo por las señoras.

Y bajaba Milita envuelta hasta los pies en un gabán gris, cubriendo su cabellera con una gorra blanca, en torno de la cual se arrollaba el largo velo azul. Tras ella aparecía la madre, vestida del mismo modo, pequeña é insignificante al lado de aquella muchacha que parecía abrumarla con su salud y su gallardía.

Renovales elogiaba mucho estos paseos. Josefina se quejaba de las piernas; una repentina debilidad la hacía algunas veces permanecer en un sillón días enteros. Refractaria á todo movimiento, le gustaba correr inmóvil en aquel carruaje que devoraba las distancias, llegando á puntos lejanos de Madrid sin esfuerzo alguno, como si no se hubiera movido de su casa.

—Divertirse mucho—decía el pintor con cierta alegría al quedar solo, completamente solo, sin la inquietud de percibir cerca de él la hostilidad conyugal.—Á usted se las confío, Rafaelito; nada de locuras, ¿eh?

Y Rafaelito esbozaba un gesto de protesta, como escandalizado de que alguien pudiese dudar de su pericia. Con él no había cuidado.

—¿Y usted no viene, don Mariano? Deje usted los pinceles. No vamos más que al Pardo.

El pintor se excusaba; tenía mucho que hacer. Estaba enterado de lo que era aquello y no le placía ir tan aprisa. Le disgustaba tragarse el espacio con los ojos casi cerrados, no viendo apenas la campiña esfumada por la velocidad, entre nubes de polvo y piedra machacada. Prefería contemplar el paisaje tranquilamente, sin prisa, con la calma reflexiva del que estudia. Además era refractario á lo que no fuese de su tiempo; iba para viejo, y estas novedades estupendas no le iban.

—Adiós, papá.

Milita, levantándose el velo, avanzaba sus labios rojos y sensuales, mostrando al sonreir su dentadura nítida. Después de este beso venía el otro, ceremonioso, frío, cambiado con la indiferencia de la costumbre, sin más novedad que la de huir su boca Josefina como si quisiera evitar todo contacto intimo.

Salían los tres, apoyándose la madre en el brazo de Rafaelito, con cierta pereza, como si apenas pudiese arrastrar su flaco cuerpo, y con una palidez que no animaba el más leve arrebol de la circulación de la sangre.

Al quedar solo en su estudio, experimentaba Renovales la alegría de un muchacho en asueto. Trabajaba con mayor ligereza, cantaba á gritos, complaciéndose en escuchar los ecos que despertaba su voz en las sonoras naves. Muchas veces, al entrar Cotoner, le sorprendía entonando con impúdica serenidad alguna de las canciones licenciosas que había aprendido en Roma, y el pintor de los Papas, sonriente como un fauno, le hacía coro, aplaudiendo al final estas picardías de estudio.

Tekli, el húngaro, que algunas tardes les acompañaba, había partido para su país con su copia de Las Meninas, después de llevarse las manos de Renovales varias veces al corazón, con grandes extremos afectuosos, llamándole maestrone. El retrato de la condesa de Alberca ya no estaba en el estudio. Rodeado de un marco coruscante, exhibíase en el salón de la ilustre dama, recibiendo la adoración de su tertulia de admiradores.

Algunas tardes, después que las señoras abandonaban el estudio y se alejaba el sordo rodar del automóvil con grandes mugidos de bocina, el maestro y su amigo hablaban de López de Sosa. Un buen muchacho, algo tonto, pero excelente persona. Este era el juicio de Renovales y su viejo amigo. Estaba orgulloso de sus bigotes, que le daban cierto parecido con el emperador alemán, y al sentarse tenía buen cuidado de exhibir sus manos, poniéndolas en evidencia sobre las rodillas, para que apreciasen todos su vigorosa enormidad, sus salientes venas y sus dedos fuertes, con una ingenua satisfacción de cavador. Su conversación giraba siempre en torno de empresas vigorosas, y ante los dos artistas pavoneábase como si perteneciese á otra raza, hablando de sus hazañas de esgrimidor, de sus triunfos en los asaltos, de los kilos que levantaba sin el más leve esfuerzo, de las sillas que podía saltar sin rozarlas siquiera. Muchas veces interrumpía á los dos pintores cuando elogiaban á los grandes maestros del arte, para comunicarles el último triunfo de cualquier automovilista célebre en la conquista de la disputada copa. Sabía de memoria los nombres de todos los campeones europeos que habían alcanzado el laurel de la inmortalidad, corriendo, saltando, matando pichones, dándose patadas ó manejando hierros.

Renovales le había visto entrar en su estudio una tarde, trémulo de emoción, con los ojos brillantes, mostrándole un telegrama.

—Don Mariano, ya tengo un Mercedes. Me avisan su envío.

El pintor hizo un gesto de ignorancia. ¿Quién era aquel sujeto que llevaba un nombre femenil? Y el elegante Rafaelito sonrió con lástima.

—La mejor marca; Mercedes, superior á Panard; eso todo el mundo lo sabe. Fabricación alemana; unos sesenta mil francos. No habrá otro en Madrid.

—Pues que sea en hora buena.

Y el artista, después de encogerse de hombros, siguió pintando.

López de Sosa era rico. Su padre, un antiguo fabricante de conservas, le había dejado una fortuna que administraba prudentemente, no jugando (eso jamás), no manteniendo queridas (le faltaba tiempo para tales superfluidades), sin otro placer que los sports, que fortalecen el cuerpo. Tenía una cochera para él solo, donde albergaba los carruajes de tiro y los automóviles, mostrándolos á los amigos con una satisfacción de artista. Era su museo. Además, poseía varios troncos de caballos, pues las aficiones modernas no le hacían olvidar sus antiguos gustos, y tomaba tan á pechos sus méritos de automovilista como sus pasadas glorias de cochero. De tarde en tarde, en los días de gran corrida de toros, ó cuando se celebraban en el Hipódromo carreras sensacionales, alcanzaba un triunfo de pescante, guiando seis jacas llenas de borlas y cascabeles, que parecían pregonar con su estrepitosa marcha la gloria y la riqueza de su dueño.

Enorgullecíase de su vida virtuosa, sin una calaverada, sin un amorcillo, dedicada por entero al sport y la ostentación. Sus rentas eran inferiores á los gastos. El numeroso personal de la cuadra-garage, los caballos, la gasolina y los adornos de su persona, devoraban una parte de su capital. Pero López de Sosa manteníase impávido en este principio de ruina, que no pasaba inadvertido para él, muchacho juicioso y excelente administrador en medio de su despilfarro. Era la calaverada de su juventud; ya limitaría sus gastos cuando se casase. Dedicado por las noches á la lectura, no pudiendo dormir tranquilamente si no hojeaba antes sus clásicos (periódicos de sport, catálogos de automóviles, etc.), todos los meses hacía nuevas adquisiciones en el extranjero, girando miles y miles de francos y lamentándose como un hombre serio de la alza de los cambios, de los exorbitantes derechos de aduanas, de la torpeza de estos malos gobiernos, que ponen trabas al adelanto del país. Cada automóvil aumentaba considerablemente su precio al pasar la frontera. ¡Y después de esto aun pedían los políticos progreso y regeneración!...

Había sido educado por los padres de la Compañía en la Universidad de Deusto y tenía su título de abogado. Mas no por esto era devoto. Él era liberal; amaba lo moderno. Nada de fanatismos ni hipocresías. Había dicho adiós para siempre á los buenos padres, así que murió el suyo, que era entusiasta de ellos; pero les conservaba cierto respeto por haber sido sus maestros y reconocía en ellos unos grandes sabios. Pero la vida moderna era otra cosa; él leía con entera libertad; leía mucho, tenía en su casa una biblioteca, compuesta lo menos de un centenar de novelas francesas. Adquiría todos los volúmenes que llegaban de París, con una hembra puesta al fresco en la cubierta, y en cuyo interior, so pretexto de relatar las costumbres griegas, romanas ó egipcias, se encontraban un sinnúmero de buenas mozas en pelota ó efebos al natural, sin otros adornos de civilización que las cintas y gorros que cubrían sus cabezas.

Pedía libertad, mucha libertad; pero los hombres estaban divididos para él en dos castas: las personas decentes y las que no lo son. Entre los primeros figuraban en masa todos los muchachos de la Gran Peña, los viejos del Casino, con algunos de los personajes cuyos nombres figuraban en los periódicos, signo indiscutible de su valer. El resto era la canalla que lo llenaba todo; despreciable y cursi en las calles de las ciudades; repugnante y antipática en los caminos; la que insultaba con toda la grosería de su mala crianza y lanzaba amenazas de muerte cuando un chicuelo venía á colocarse bajo las ruedas del automóvil con la maligna intención de dejarse aplastar, metiendo en un conflicto á una persona decente, ó cuando alguna blusa blanca, haciéndose la sorda á los llamamientos de la bocina, no quería apartarse y se sentía alcanzada... como si un hombre que gana dos pesetas quisiera ser superior á las máquinas que cuestan muchos miles de francos. ¡Qué hacer de un pueblo tan ignorante y ordinario! ¡Y aun hablaban algunos miserables de derechos y revoluciones!...

Cotoner, que cuidaba su trajecillo con inauditas fatigas, manteniéndolo presentable para sus visitas y comilonas, preguntaba á López de Sosa con cierto asombro sobre los progresos de su vestuario.

—¿Cuántas corbatas tiene usted ahora, Rafael?

Unas setecientas: las había contado recientemente. Y avergonzado de no poseer todavía el ansiado millar, hablaba de surtirse en su próximo viaje á Londres, cuando se disputaran la copa los primeros automovilistas británicos. Sus botas las recibía de París, pero las fabricaba un zapatero de Suecia, el mismo que calzaba á Eduardo de Inglaterra; los pantalones los contaba por docenas y nunca se ponía uno más allá de ocho ó diez veces; la ropa blanca pasaba á poder de su ayuda de cámara apenas usada; sus sombreros eran todos londonienses. Se hacía por año ocho levitas, que envejecían muchas veces sin llegar al estreno: las tenía de varios colores, con arreglo á las circunstancias y á las horas en que debía usarlas. Una especial, de largos faldones y un negro mate, sombrío y austero, copiada de las ilustraciones extranjeras que representaban desafíos, era su uniforme de los momentos solemnes, la que vestía cuando algún amigo le buscaba en la Peña para que le asistiese y representase, con su pericia de hombre escrupuloso en asuntos de honor.

Su sastre admiraba su talento, su magistral golpe de vista para escoger las telas y decidir el corte entre los innumerables figurines. Total, que invertía unos cinco mil duros por año en sus trajes, y decía con sencillez á los dos artistas:

—¡Qué menos puede gastar una persona decente para estar presentable!...

López de Sosa visitaba la casa de Renovales como amigo después de haberle pintado éste su retrato. Á pesar de sus automóviles, de sus trajes y de escoger sus relaciones entre las gentes que ostentaban títulos nobiliarios, no conseguía echar raíces en lo que él llamaba gran mundo. Sabía que á sus espaldas le designaban con el apodo de «Bonito en escabeche», aludiendo á las fabricaciones paternas, y que las señoritas que le tenían por amigo rebelábanse ante la idea de casarse con el «Chico de las conservas», que era otro de sus falsos nombres. La amistad de Renovales fué para él un motivo de orgullo.

Había solicitado que hiciese su retrato, pagándolo sin regateo, para que figurase en la Exposición; una manera de distinguirse como cualquiera otra, de introducir su insignificancia entre los hombres de alguna celebridad pintados por el artista. Después intimó con el maestro, hablando en todas partes de su «amigo Renovales» con cierta llaneza, como si fuese un camarada que no podía vivir sin él. Esto le realzaba mucho ante sus conocimientos. Además, sentía una admiración ingenua por el maestro desde una tarde en que algo fatigado por el relato de sus azañas de esgrimidor, abandonó los pinceles, y descolgando unas espadas viejas, tiró con él varios asaltos. ¡Vaya con don Mariano! ¡Y cómo se traía sus cositas aprendidas allá en Roma!...

Frecuentando el hotel del artista, acabó por sentirse impulsado hacia Milita: vió en ella la mujer deseada para su matrimonio. Á falta de más sonoros títulos, ser yerno de Renovales era algo. Además, el pintor gozaba fama de rico; se hablaba de sus enormes ganancias y aun le quedaban por delante muchos años de trabajo para acrecentar esta fortuna, que había de ser para su hija.

López de Sosa comenzó á hacer la corte á Milita apelando á sus grandes medios; presentándose cada día con distinto traje, llegando todas las tardes, ya en un carruaje de vistoso tiro, ya en uno de sus automóviles. El elegante muchacho conquistó la tolerancia de la madre, lo que no era poco. Un marido así convenía á su hija. ¡Nada de pintores! Y el pobre Soldevilla en vano arboraba las más vistosas corbatas y exhibía escandalosos chalecos; su rival le aplastaba, y lo que era peor, la señora del maestro, que le tenía antes cierto afecto maternal y le tuteaba por haberle conocido casi un niño, acogíale ahora fríamente, como si desease intimidarle en sus pretensiones sobre Milita.

Ésta fluctuaba sonriente y burlona entre ambos adoradores. Lo mismo parecía importarle uno que otro. Desesperaba al pintor, al compañero de su infancia, maltratándole unas veces con sus bromas, atrayéndolo otras con efusivas intimidades, como en la época que jugaban juntos, y al mismo tiempo elogiaba la elegancia de López de Sosa, reía con él y hasta recelaba Soldevilla que se escribían cartas como si ya fuesen novios.

Renovales celebraba la gracia con que su hija llevaba anhelantes é indecisos en torno de ella á los dos muchachos. Era temible; un chico con faldas, más varonil que sus dos adoradores.

—La conozco, Pepe—decía á Cotoner.—Hay que dejarla hacer su voluntad. El día que se decida por uno ó por otro, habrá que casarla en seguida. No es de las que esperan. Si no la casamos pronto y á gusto, es capaz de escaparse con el novio.

El padre justificaba esta impaciencia de Milita. ¡Pobrecilla! ¡Para lo que veía en su casa! La madre siempre enferma, azorándola con sus llantos, sus gritos y sus crisis nerviosas: el padre trabajando en el estudio, y por toda compañía la antipática Miss. Había que dar gracias á López de Sosa porque las sacaba de casa, volviendo Josefina un tanto calmada de estas carreras vertiginosas.

Prefería Renovales á su discípulo. Era casi su hijo, había reñido grandes batallas por darle pensiones y premios. Un tanto disgustadillo le tenía por ciertas menudas infidelidades, pues al verse con cierto nombre, alardeaba de independencia, elogiando á espaldas del maestro todo lo que éste creía vituperable. Pero aun así, le agradaba la idea de que pudiese casarse con su hija. El yerno pintor; los nietos pintores; la sangre de Renovales perpetuándose en una dinastía de artistas que llenase la historia con resplandores gloriosos.

—Pero ¡ay, Pepe! Me temo que la niña se irá con el otro. ¡Al fin, mujer! Las hembras sólo aprecian lo que se ve; la gallardía, la juventud.

Y las palabras del maestro denotaban cierta amargura, como si pensase en algo muy distinto de lo que decía.

Después examinaba los méritos de López de Sosa, como si ya se hubiese introducido en la familia.

—Un buen muchacho, ¿verdad, Pepe?... Algo imbécil para nosotros; incapaz de hablar diez minutos sin que bostecemos; excelente persona... pero no es de nuestra promoción.

Renovales hablaba con cierto desprecio de la juventud vigorosa, sana y con el cerebro virgen de todo cultivo, que acababa de asaltar la vida, invadiéndolo todo. ¡Qué gente! Mucha gimnasia, mucha esgrima, patadas á una pelota enorme, mazazos á caballo, carreras locas en automóvil: desde los reyes al último retoño de burgués, todos se lanzaban á esta vida de goces infantiles, como si la misión del hombre sólo consistiera en endurecer los músculos, sudar é interesarse en las peripecias de un juego. La actividad huía del cerebro, para localizarse en los tentáculos del cuerpo. Eran fuertes, pero la inteligencia permanecía en barbecho; envuelta en una bruma de credulidad infantil. Los nuevos hombres parecían plantarse para siempre en los catorce años; no iban más allá, satisfechos con las voluptuosidades del movimiento y la fuerza. Muchos de aquellos mocetones eran vírgenes ó casi vírgenes, á la edad en que en otros tiempos se estaba de vuelta, con el hastío del amor. Ocupados en correr, sin dirección ni objeto, no tenían tiempo ni calma para pensar en la hembra. El amor iba á declararse en huelga, no pudiendo resistir la competencia de los sports. Los jóvenes vivían aparte, ellos entre ellos, encontrando en el esfuerzo atlético una satisfacción que les dejaba ahitos y sin curiosidad para los demás placeres de la vida. Eran niños grandes, de puños fuertes: podían luchar con un toro y veían con timidez la aproximación de una mujer. Toda la savia de su vida se escapaba en los ejercicios violentos. La inteligencia parecía haberse aglomerado en sus manos, dejando vacío el cráneo. ¿Adonde iba la gente nueva?... Tal vez á formar otra humanidad más sana, más fuerte, sin amor, sin apasionamientos, sin otras aproximaciones que el ciego impulso de la reproducción. Tal vez este culto á la fuerza, esta vida continua de hombres entre hombres, desnudándose en la promiscuidad de los ejercicios, admirando el músculo hinchado y la vigorosidad saliente, se desviara en repugnante aberración, y todo ello parase en resucitar los tiempos clásicos con sus atletas que, habituados al desprecio de la mujer, se envilecían imitando sus pasividades.

—Nosotros éramos de otro modo, ¿eh, Pepe?—decía Renovales guiñando un ojo con expresión maliciosa.—De muchachos cuidábamos menos el cuerpo, pero le dábamos mayores satisfacciones. No éramos tan puros, pero nos preocupaba algo más alto que el automóvil ó la copa de honor: teníamos ideales.

Volvía después á hablar de aquel señorito que pretendía introducirse en su familia, y se burlaba de su mentalidad.

—Si Milita se decide por él, yo no me opongo. Lo que importa en estos casos es entenderse. Él es un buen chico; casi podría ir al matrimonio con flores de azahar. Pero no sé si pasada la impresión de la novedad volverá á entregarse á sus aficiones y la pobre Milita sentirá celos de esos artefactos que le comen una parte de la fortuna.

Algunas tardes, antes de que acabase la luz, Renovales despedía al modelo, si es que lo tenía, y abandonaba los pinceles, saliendo del estudio. Al volver presentábase con sombrero y gabán.

—Pepe, vamos á dar una vuelta.

Cotoner sabía hasta dónde llegaba esta vuelta.

Seguían la verja del Retiro, bajaban la calle de Alcalá, caminando lentamente entre los grupos de paseantes, algunos de los cuales volvíanse á sus espaldas para señalar al maestro. «Ese más alto es Renovales, el pintor.» Á los pocos minutos aceleraba el paso Mariano con nerviosa impaciencia, dejaba de hablar, y Cotoner le seguía con gesto malhumorado, cantando entre dientes. Al llegar á la Cibeles ya sabía el viejo pintor que se aproximaban al término del paseo.

—Hasta mañana, Pepe; me voy por aquí. Tengo que ver á la condesa.

Un día no se limitó á esta concisa despedida. Después de alejarse algunos pasos volvió hacia su compañero, para hablarle con cierta vacilación:

—Oye: si Josefina te pregunta adónde voy, no digas nada... Ya sé que eres discreto, pero ella es de cuidado. Te digo esto para evitarme explicaciones. Las dos no se llevan bien... ¡Cosas de mujeres!

II

Al principio de la primavera, cuando Madrid creía de buena fe haber entrado en la buena estación y los impacientes sacaban á luz sus sombreros veraniegos, volvió inesperadamente el invierno con un retroceso traidor, entenebreciendo el cielo, cubriendo con una sábana de nieve la tierra resquebrajada por el calor solar, los jardines en los que apuntaban las hojas de la vegetación primaveral y se esparcían las primeras flores.

La chimenea volvió á encenderse en el salón de la de Alberca, buscando su calor todos los señores que formaban su tertulia los días en que la «ilustre condesa» se quedaba en casa, no teniendo reunión que presidir ni visitas que hacer.

Renovales, al llegar una tarde, habló con entusiasmo del aspecto que ofrecía la Moncloa cubierta de nieve. Venía de allá; un hermoso espectáculo; el bosque, sumido en el silencio invernal, sorprendido por el blanco sudario, cuando comenzaba á crujir con el primer hervor de la savia. ¡Lástima que la manía fotográfica poblase el bosque de tantos buenos señores, que iban de una parte á otra con sus maquinillas, ensuciando la pureza de la nieve!

La condesa mostró una curiosidad infantil. Quería ver aquello: iría al día siguiente. En vano sus amigos la disuadieron hablando del próximo cambio del tiempo. Al otro día saldría el sol, se derretirían las nieves; esas tormentas inesperadas tenían la inestabilidad caprichosa del clima de Madrid.

—No importa—dijo Concha con tenacidad.—Se me ha metido en la cabeza ir á la Moncloa. Hace años que no la veo. ¡Con esta vida tan ocupada!...

Iría á ver el deshielo por la mañana... Por la mañana no. Se levantaba tarde, y había de recibir á todas aquellas señoras del feminismo que venían á consultarla. Por la tarde: iría después del almuerzo. ¡Lástima que el maestro Renovales trabajase á esa hora y no pudiera acompañarla! ¡Él que sabía ver el paisaje tan admirablemente, con sus ojos de artista, y la había hablado muchas veces de la puesta del sol vista desde el palacete de la Moncloa; un espectáculo casi igual al que se contempla en Roma desde el Pincio á la caída de la tarde!... El pintor sonrió galantemente. Procuraría estar al día siguiente en la Moncloa; ya se encontrarían.

La condesa pareció alarmarse de pronto por esta promesa y lanzó una mirada al doctor Monteverde. Pero sufrió una decepción, en su deseo de verse tachada de ligera é infiel, al notar que aquél permanecía indiferente.

¡Dichoso doctor! ¡Y cómo le odiaba el maestro Renovales! Era un jovenzuelo hermoso y frágil como una figulina de porcelana; un conjunto de bellezas extremadas hasta el punto de dar á su rostro una exageración caricaturesca. El pelo, partido en dos bandós sobre la pálida frente, negro, muy negro y brillante, con reflejos azulados; los ojos, de una suavidad aterciopelada, mostrando en su dilatado corte la mancha carmesí del lacrimal sobre el nítido marfil de las córneas; unos verdaderos ojos de odalisca: los labios rojos, enseñando su color de sangre por entre la celosía del erizado bigote; la tez de una palidez de camelia, y la dentadura con un brillo temblón semejante al del nácar. Concha le miraba con arrobamiento devoto; hablaba con los ojos puestos en él, consultándole con la mirada, lamentando internamente su falta de despotismo, deseando ser su sierva, verse corregida por él en todos los caprichos de su carácter veleidoso.

Renovales lo despreciaba, dudando de su virilidad, haciendo los más atroces comentarios con su rudeza de lenguaje.

Era doctor en Ciencias y esperaba que se declarase vacante una cátedra de Madrid para hacer oposiciones á ella. La condesa de Alberca le tenía bajo su alta protección, hablando con entusiasma de Monteverde á todos los señores graves que ejercían influencia en la vida universitaria. Prorrumpía en los más desaforados elogios del doctor en presencia de Renovales. Era un sabio, y á ella la entusiasmaba que toda su sabiduría no le privase de vestir con refinada elegancia y ser hermoso como un ángel.

—Para dentadura bonita la de Monteverde—decía mirándolo en plena tertulia al través de sus impertinentes.

Otras veces, siguiendo el curso de sus ideas, interrumpía la conversación, sin fijarse en la incoherencia de sus palabras:

—¿Pero han reparado ustedes en las manos del doctor? ¡Más finas que las mías! Parecen manos de dama.

El pintor se indignaba ante estas demostraciones de Concha, que muchas veces eran en presencia de su marido.

Le asombraba la calma del hombre de las condecoraciones. ¿Pero aquel señor estaba ciego? Y el conde, con una bondad paternal, decía siempre lo mismo:

—¡Esta Concha! ¡qué franquezas tiene! No haga usted caso, amigo Monteverde. Son cosas de mi mujer, niñadas.

El doctor sonreía, halagado por este ambiente de adoración de que le rodeaba la condesa.

Había escrito un libro sobre el origen natural de los organismos animales, del que hablaba con entusiasmo la hermosa señora. El pintor contemplaba con asombro y envidia el cambio de sus gustos. Nada de música, ni de versos, ni de artes plásticas, que antes eran la preocupación de su inteligencia de pájaro, atraída por todo lo que brilla y suena. Ahora miraba las artes como lindos é insignificantes juguetes que sólo podían divertir la infancia de la humanidad. Los tiempos cambiaban; había que ser serios. Ciencia, mucha ciencia; ella era la protectora, la buena amiga, la consejera de un sabio. Y Renovales encontraba sobre mesas y sillones libros famosos, con la mitad de las hojas sin cortar, manejados febrilmente, abandonados por el tedio y la falta de comprensión, después de una primera acometividad de curiosidad.

Sus tertulianos, casi todos señores viejos, atraídos por la hermosura de la condesa y enamorados de ella sin esperanza, sonreían oyéndola hablar de la ciencia con tanta gravedad. Los que tenían un nombre en la política se admiraban ingenuamente. ¡Cuántas cosas sabía aquella mujer! Muchas las ignoraban ellos. Los otros señores, médicos de fama, catedráticos, gentes de estudio, que hacía tiempo no estudiaban, aprobaban también con cierta complacencia. Para una mujer no estaba del todo mal. Y ella, llevándose los lentes á los ojos de vez en cuando para paladear la belleza de su doctor, hablaba con una lentitud pedantesca del protoplasma, de la reproducción de las células, del canibalismo de los fagocitos, de los monos catarinos, antropoides y pitecoides, de los mamíferos discoplacentarios y del Pithecanthropus, tratando los misterios de la vida con amistosa confianza, repitiendo sus extraños nombres científicos, como si fueran los de personas de la buena sociedad que hubiesen comido con ella la noche anterior.

El lindo Monteverde estaba, según ella, por encima de todos los sabios de fama universal.

Los libros de éstos, con admirarlos tanto el doctor, la daban jaqueca á ella, que inútilmente quería apoderarse del misterio de sus renglones. En cambio había leído un sinnúmero de veces el libro de Monteverde, mágica obra cuya adquisición recomendaba á todas sus amigas, las cuales, en materia de lectura, no iban más allá de las novelas de los periódicos de modas.

—Es un sabio—dijo la condesa una tarde al hablar á solas con Renovales.—Empieza ahora, pero yo le empujaré y llegará á ser un genio. Tiene un talento inmenso. ¡Si usted hubiese leído su libro!... ¿Conoce usted á Darwin? ¿Verdad que no? Pues es más que Darwin; mucho más.

—Lo creo—dijo el pintor.—Ese Monteverde es hermoso como un bebé y Darwin era un tío feo.

La condesa dudó entre ponerse seria ó reir, y acabó por amenazarle con sus impertinentes.

—Calle usted, mala persona. ¡Al fin, pintor! Usted no puede comprender las amistades tiernas, las relaciones puras, la fraternidad basada en el estudio.

¡Con qué dolor reía el maestro de tanta pureza y fraternidad! Él veía claro, y Concha por su parte no era un modelo de prudencia para ocultar sus sentimientos. Monteverde era su amante, como antes lo había sido un músico, durante cierta época en que la condesa no hablaba más que de Beethoven y de Wagner, como si fuesen visitas de su casa; y mucho antes un duquesito, guapo mozo, que daba becerradas por invitación, matando los inocentes bueyes después de saludar con ojos amorosos á la de Alberca, que echaba fuera del palco su busto envuelto en la mantilla blanca y adornado de claveles. Sus amores con el doctor eran casi públicos. No había más que ver el encarnizamiento con que le despedazaban los señores de la tertulia, afirmando que era un necio y su libro un traje de Arlequín, una serie de retazos ajenos, mal hilvanados, con la audacia del ignorante. También á éstos les mordía la envidia, estremecidos en sus amores seniles y silenciosos por el triunfo de aquel jovenzuelo que les arrebataba el ídolo, adorado con una devoción contemplativa que reanimaba su senectud.

Renovales indignábase contra sí mismo. En vano quería vencer á la costumbre que guiaba sus pasos todas las tardes hacia la casa de la condesa.

—Ya no vuelvo más—se decía con rabia al verse en su estudio.—¡Bonito papel haces, Mariano! Sirves de coro con todos esos viejos imbéciles á un dúo de amor... ¡Valiente punto la tal condesa!

Pero al día siguiente volvía, pensando con cierta esperanza en la pretenciosa superioridad de Monteverde, en el aire desdeñoso con que recibía las adoraciones de su amante. Ya se cansaría Concha de esta muñeca con bigotes, volviendo los ojos á él, que era un hombre.

El pintor se daba cuenta de la transformación de su carácter. Era otro y hacía esfuerzos para que no se percatasen en su casa de este cambio. Reconocía mentalmente que estaba enamorado, con la satisfacción del hombre maduro que ve en esto un signo de juventud, el retoñamiento de una segunda vida. Se había sentido impulsado hacia Concha por el deseo de romper el tedio de su existencia, de imitar á los otros, de gustar la acidez de la infidelidad, haciendo una ligera escapada fuera de las murallas severas é imponentes que cerraban el yermo del matrimonio, cada vez más cubierto de zarzas y malezas. La resistencia de ella le exasperaba, aumentando su deseo. No sabía ciertamente qué era lo que sentía; tal vez una atracción material y con ella el enconamiento del amor propio, la amargura de verse rechazado al descender de las alturas de la virtud en las que se había mantenido con orgullo salvaje, creyendo que todos los goces de la tierra le esperaban, deslumbrados por su gloria, y que sólo tendría que extender los brazos para que corrieran á él.

Sentíase humillado por el fracaso; le agitaba sorda rabia al comparar su cabello cano y sus ojos circundados de nacientes arrugas, con aquel niño bonito de la ciencia que parecía enloquecer á la condesa. ¡Ay las mujeres! ¡Sus entusiasmos intelectuales, sus aspavientos de admiración ante la celebridad!... ¡Todo mentira! Sólo adoran el talento bien presentado, en una envoltura juvenil y hermosa...

Á impulsos de su carácter tenaz, Renovales tomó á empeño el vencer esta resistencia. Se acordaba sin remordimiento de la escena con su mujer en la obscuridad del dormitorio; de sus palabras desdeñosas, que le anunciaban el fracaso cerca de la condesa. El desprecio de Josefina era un nuevo espolazo que le hacía seguir en este camino.

Concha le alejaba y le atraía al mismo tiempo. Era indudable que el amor del maestro halagaba su vanidad. Reíase de sus declaraciones apasionadas, tomándolas á broma, contestándolas siempre en el mismo tono. «¡Formalidad, maestro! Eso no le está bien á usted. Usted es un grande hombre: un genio. Deje ese aire de estudiante enamorado para los muchachos.» Pero cuando él, enfurruñado por la fina burla, se juraba mentalmente no volver, ella parecía adivinarlo y se mostraba cariñosa, atrayéndolo con un interés que hacía presagiar al pintor la proximidad de su triunfo.

Si él callaba ofendido, ella era la que hablaba de amor, de pasiones eternas entre seres de gran intelectualidad, basadas en la armonía de los pensamientos; y no cesaba en esta peligrosa plática, hasta que el maestro, con súbita confianza, avanzaba de nuevo, ofreciendo su amor, para verse acogido por aquella sonrisa bondadosa é irónica á la vez, que parecía tratarle como á un niño grande falto de juicio.

Y así vivía el maestro, fluctuando entre la esperanza y la desesperación, tan pronto acogido como rechazado, pero siempre incapaz de desasirse de aquella mujer, como si le oprimiera un maleficio. Buscaba, con astucias de colegial, ocasiones para verse á solas con ella; inventaba pretextos para ir á su casa en horas extraordinarias, cuando no estaban los de la tertulia, y palidecía de coraje al tropezarse con el lindo doctor, y notar en torno de él esa sensación de vacío y malestar que envuelve al importuno en su presentación inesperada.

La vaga esperanza de encontrar á la condesa en la Moncloa, de pasear con ella toda una tarde, libre de aquel círculo de señores insufribles que la rodeaban con su babosa adoración, le tuvo inquieto toda la noche y la mañana siguiente, como si realmente le aguardase una cita de amor. ¿Iría? ¿No sería aquella promesa más que un capricho prontamente olvidado?... Envió una carta á un ex-ministro, al que estaba retratando, para que aquella tarde no viniese al estudio, y después del almuerzo montó en un coche de alquiler, exigiendo al cochero que arrease al caballo, que le llevara volando, como si temiese llegar tarde.

Sabía que aun faltaban horas para que ella acudiese, si es que acudía; pero una impaciencia loca y sin fundamento agitaba al artista. Creía, sin saber por qué, que llegando con anticipación aceleraba la presencia de la condesa.

Echó pie á tierra en la plazoleta, frente al pequeño palacio de la Moncloa. El carruaje se alejó hacia Madrid, cuesta arriba, por una avenida que ocultaba su término tras una bóveda lejana de ramaje seco.

Renovales paseó solo por la plazoleta. Brillaba el sol en un pedazo de cielo azul, limitado por oleajes de nubes. En los lugares adonde no alcanzaban sus rayos, sentíase frío. Corría el agua al pie de los árboles, después de gotear desde sus ramas y escurrirse en hilos por los troncos, con la abundante fluidez del deshielo. El bosque parecía llorar de gozo bajo la caricia del sol, que deshacía los últimos restos de su blanca mortaja.

El majestuoso silencio de la Naturaleza abandonada á su propio poder, rodeaba al artista. Los pinos se movían en largas ráfagas, poblando el espacio de estremecimientos de arpa. La plazoleta permanecía en la sombra glacial de los árboles. Arriba, sobre el frontón del palacete, buscando el sol por encima de las copas de los pinos, revoloteaban en espiral unas cuantas palomas en torno de la vieja asta de bandera y de los bustos clásicos ennegrecidos por la intemperie. Después, cansadas de volar, se abatían sobre los balcones de herraje oxidado, añadiendo un adorno blanco y palpitante, un festón de plumas y susurros al viejo edificio. En medio de la plazoleta, un cisne de mármol, con el cuello violentamente tendido hacia el cielo, lanzaba en el espacio un chorro, cuyo murmullo parecía aumentar la impresión de frío glacial que se sentía en la sombra.

Renovales comenzó á pasear, aplastando en los sitios sombríos la escarcha helada que crujía bajo sus pies. Se asomó al balaustre circular de hierro que cierra una parte de la plazoleta. Por entre la celosía del negro ramaje, en el que comenzaban á apuntar los primeros brotes, vió la cordillera que limita el horizonte: los montes del Guadarrama, fantasmas de la nieve, que se confundían con las masas de nubes. Más acá, los montes del Pardo marcaban sus obscuras cúspides, negras de pinos, y á la izquierda extendían las lomas de la Casa de Campo sus laderas, en las que comenzaba á verdear, con tonos amarillentos, la vegetación primaveral.

Á sus pies esparcíanse los campos de la Moncloa, los jardincillos de arcaica construcción, la arboleda de los Viveros orlando el curso del río. Por los caminos de abajo pasaban coches de lujo, reflejando el sol en su charolada superficie como una borla de fuego. Las praderas, el follaje de los bosques, todo parecía lavado y brillante después de la reciente mojadura. La eterna nota verde de infinitas variaciones, desde el negro al amarillo, sonreía al sentir el contacto del sol tras el refresco de la nieve. Á lo lejos, rasgando el espacio con la enorme sonoridad de las tardes tranquilas, retumbaban continuos disparos de escopeta. Cazaban en la Casa de Campo. Entre las columnatas de los troncos y las verdes sábanas de las praderas, brillaba el agua herida por el sol; trozos de estanque, fragmentos de canal, charcas formadas por el deshielo, como filos temblones y luminosos de espadas gigantescas perdidas en la hierba.

Renovales apenas miró el paisaje; no le decía nada aquella tarde. Otras eran sus preocupaciones. Vió descender por la avenida una berlina elegante y abandonó el mirador para salir á su encuentro. ¡Ella que llegaba!... Pero la berlina pasó junto á él sin detenerse, con lento y majestuoso rodar, y vió al través de sus vidrios una señora vieja, envuelta en pieles, con los ojos hundidos y la boca torcida, moviendo su cabeza, temblorosa de senectud, al compás de la marcha. Se alejó el carruaje hacia la pequeña iglesia inmediata al palacio y el pintor volvió á quedar solo.

¡Ay! No vendría. Comenzaba á decirle el corazón que su espera era inútil.

Unas niñas, con los zapatos rotos y flotantes sobre el cuello sus lacias melenillas dadas de aceite, comenzaron á correr por la plazoleta. Renovales no vió de dónde habían salido. Tal vez eran las hijas del guardián del palacete.

Por la avenida avanzaba un guarda con la escopeta pendiente del hombro y la bocina al costado. Más allá se aproximaba un hombre vestido de negro con aspecto de doméstico, escoltado por dos perros enormes, dos daneses majestuosos, de un gris azulado, que marchaban con cierta dignidad, prudentes y mesurados, pero orgullosos de su estampa, que metía miedo. Carruaje no se veía ninguno. ¡Vive Dios!...

Sentado el maestro en uno de los bancos de piedra, acabó por sacar el pequeño álbum que llevaba siempre con él. Dibujaba las figuras de las niñas en sus correteos alrededor de la fuente. Era un medio para que la espera fuese menos larga. Una tras otra dibujó todas las niñas; después las sorprendió en varios grupos, pero acabaron por desaparecer detrás del palacio, descendiendo hacia el Caño Gordo. Renovales, falto de distracción, abandonó su banco y dió varios paseos, golpeando el suelo ruidosamente. Tenía los pies helados; el frío y la espera le ponían de un humor terrible. Después fué á colocarse en otro banco, cerca del criado vestido de negro, que tenía á los dos perros junto á sus rodillas. Estaban inmóviles sobre sus patas traseras, descansando con la dignidad de personas mayores, mirando con sus ojos grises, de inteligente parpadeo, á aquel señor que los contemplaba atentamente y después movía su lápiz sobre el cuaderno apoyado en una rodilla. El pintor dibujó los dos perros en diversas posturas, entregándose á este trabajo con tal entusiasmo, que llegó á olvidar el motivo que le había llevado allí. ¡Ah, las adorables bestias! Renovales amaba los animales en los que la hermosura va unida á la fuerza. De vivir solo, entregado á sus gustos, hubiera convertido su hotel en una casa de fieras.

Se fué el criado con sus perros y volvió el artista á quedar solo. Pasaron varias parejas con lento paso, en alarmante intimidad, perdiéndose tras el palacio, hacia los jardincillos de abajo. Después un grupo de seminaristas, dejando detrás de ellos, con el revoloteo de las sotanas, ese hedor especial de carne sana, casta y sucia, que es el perfume de los cuarteles y los conventos... ¡Y la condesa sin llegar!

El pintor fué de nuevo á acodarse en el balaustre del mirador. Sólo esperaría media hora más. Declinaba la tarde; el sol aun se mantenía alto, pero de vez en cuando se entenebrecía el paisaje. Las nubes, contenidas en los rediles del horizonte, habían quedado en libertad y rodaban por el campo del cielo tomando fantásticas formas, trotando ávidas en tumultuosa dispersión, como si quisieran tragarse la bola de fuego que resbalaba lenta sobre un pedazo de raso azul.

De pronto Renovales sintió en su espalda algo así como un choque, en el sitio del corazón. Nadie le había tocado; era un aviso de sus nervios, que parecían más excitados, más fieros, desde hacía algún tiempo. Ella estaba cerca, llegaba, tenía la certeza. Y al volverse la vió, muy lejos aún, descendiendo por la avenida, vestida de negro, con una chaqueta de piel, las manos en un pequeño manguito y el velillo sobre los ojos. Su alta y elegante silueta marcábase sobre la tierra amarillenta, al pasar de un tronco á otro. Un carruaje, el suyo, volvíase cuesta arriba para esperarla tal vez en lo alto, junto á la escuela de Agricultura.

Al encontrarse en mitad de la plazoleta, ella le tendió su manecita enguantada, tibia por el encierro del manguito, y los dos se dirigieron conversando hacia el mirador.

—Vengo furiosa... un disgusto de muerte. No pensaba venir; no me acordaba de usted; palabra. Pero al salir de casa del presidente pensé en el maestro. Tenía la seguridad de encontrarle aquí y he venido para que se me quite el mal humor.

Al través del velo vió Renovales sus ojos, que brillaban con cierta hostilidad, su linda boca contraída en las comisuras por un pliegue rabioso.

Hablaba con rapidez, deseosa de echar fuera la cólera que hinchaba su pecho, sin fijarse en lo que la rodeaba, como si se hallase en su salón, donde todo le era familiar.

Había ido á ver al presidente para recomendarle su asunto; un deseo del conde, de cuya realización pendía su felicidad. El pobre Paco (era su marido) soñaba con el Toisón de Oro. Sólo esto le faltaba para coronar la torre de cruces, llaves y bandas que iba elevando en torno de su persona, desde la barriga al cuello, no dejando un milímetro de su tronco sin este revestimiento glorioso. ¡El Toisón de Oro y luego morir!... ¿Por qué no habían de dar gusto á Paco, un hombre tan bueno, incapaz de hacer daño á una mosca? ¿Qué les costaba concederle este juguete, haciéndole feliz?...

—Ya no hay amigos, Mariano—decía la condesa con amargura.—Ese presidente es un tonto que olvida á sus antiguas amistades al verse jefe del gobierno. ¡Yo, que le he conocido suspirando cerca de mí como un tenor de zarzuela, haciéndome el amor (sí, á usted se lo digo) y queriendo matarse al ver que le despreciaba por cursi y por tonto!... Esta tarde, lo de siempre; mucho cogerme la mano, mucho de poner los ojos en blanco, «querida Concha», «hermosa Concha» y otras frases de merengue: lo mismo que cuando canta en el Congreso como un canario viejo. Total, que no puede ser lo del Toisón; que él lo siente mucho, pero en Palacio no quieren.

Y la condesa, como si viese por vez primera el lugar en que estaba, dirigió sus ojos iracundos á las obscuras lomas de la Casa de Campo, donde seguían sonando disparos.

—¡Después dicen si una piensa de este modo ó del otro! Yo soy anarquista, ¿me oye usted, Mariano? Cada vez me siento más revolucionaria. No se ría usted, que no es cosa de broma. El pobre Paco, que es un cordero de Dios, se asusta al oirme. «Mujer, piensa en lo que somos. Debemos estar bien con la casa grande.» Pero yo me sublevo; conozco el personal: un atajo de indecentes. ¿Por qué no ha de tener mi Paco el Toisón, si el pobrecito lo necesita? Crea usted, maestro, que me da rabia este país tan cobarde y tan mansurrón. Debía repetirse aquí el 93 de Francia. Si yo fuese sola, sin todas esas zarandajas del nombre y la posición, haría hoy algo sonado. Echaría una bomba... Una bomba, no; cogería un revólver y...

—¡Fuego!—dijo el pintor con voz enérgica al mismo tiempo que rompía á reir.

Concha se hizo atrás con un gesto de enfado.

—Nada de bromas, maestro. ¡Mire usted que me voy! ¡Mire usted que le pego!... Esto es más serio de lo que usted cree. ¡Para bromitas está la tarde!

Pero desmintiendo con su carácter variable la gravedad que pretendía dar á sus palabras, la condesa sonrió levemente, como si le acariciase un buen recuerdo.

—No todo han sido fracasos—dijo tras una larga pausa.—Yo no me voy con las manos vacías. El presidente, que no me quiere tener por enemiga, me ha ofrecido una compensación, ya que lo del borrego es imposible. Un acta de diputado en la primera elección parcial que se anuncie.

Los ojos de Renovales abriéronse con asombro.

—¿Y para qué quiere usted eso, criatura? ¿Á quién va á dársela?

—¡Á quién!—remedó Concha con grotesca expresión de asombro.—¡Á quién! ¡Á quién ha de ser, grandísimo tonto!... No va á ser á usted, que no entiende de esto ni de nada, aparte de sus pinceles... Es para Monteverde, para el doctor, que hará grandes cosas.

La carcajada sonora del artista retumbó en el silencio de la plazoleta.

—¡Darwin diputado de la mayoría! ¡Darwin diciendo sí y no!...

Y tras estas exclamaciones continuó sus risotadas de cómico asombro.

—Ríase usted, feo; abra más esa bocaza; mueva sus barbas de apóstol. ¡Qué gracioso está usted! ¿Y qué tiene eso de particular?... Pero no se ría usted más. ¡Mire usted que me pone nerviosa! ¡Mire usted que me voy si continúa así!...

Quedaron silenciosos largo rato. La condesa no tardó en olvidar sus preocupaciones con la movilidad y la ligereza que obtenía toda impresión en su cerebro de pájaro. Miró en torno de ella con ojos desdeñosos, deseando mortificar al pintor. ¿Y era aquello lo que tanto entusiasmaba á Renovales? ¿No había más?...

Lentamente comenzaron su paseo, descendiendo á los viejos jardines escalonados detrás del palacio. Bajaron entre pendientes cubiertas de musgo, por suaves declives rayados del negro pedernal de los peldaños.

El silencio era profundo. Susurraba el agua del deshielo al caer de los troncos, formando arroyuelos que serpenteaban cuesta abajo, casi invisibles bajo la hierba. En algunas umbrías aun quedaban, como vedijas de blanca lana, montones de nieve, resistiéndose á la general licuefacción. Sonaba el chillido estridente de los pájaros, como el arañazo de un diamante sobre el cristal. En el borde de las escalinatas, los basamentos de piedra roída y negruzca recordaban las invisibles estatuas y los jarrones que habían sostenido. Los pequeños jardines, recortados en formas geométricas, extendían en cada meseta las grecas obscuras de su tapiz de follaje. En las plazoletas cantaba el agua, chorreando en estanques de oxidadas barandillas, ó desplomándose en el triple plato de altas fuentes que animaban la soledad con su interminable lamento. El agua por todas partes: en el aire, en el suelo, susurrante, glacial, aumentando la fría impresión de aquel paisaje, en el que el sol parecía una pincelada roja sin calor.

Pasaron bajo arcos de verdura, entre árboles enormes y moribundos, cubiertos hasta el tope por los serpenteantes anillos de hiedra, rozando los troncos seculares, chapados por la humedad con costras verdosas y amarillas. Los senderos estaban limitados á un lado por las cuestas, en cuya cumbre sonaba un invisible cencerreo, viéndose aparecer de vez en cuando, sobre el fondo azul del espacio, la maciza silueta de una vaca de lento andar. Al lado opuesto, una barandilla rústica de troncos pintados de blanco cerraba el sendero, y tras ella, en lo hondo, extendíanse los obscuros parterres con su melancólica soledad y sus chorros que lloraban día y noche en un ambiente de vejez y abandono. Las zarzas de apretado tejido, esparcíanse de árbol en árbol por las laderas. Los esbeltos cipreses, los pinos rectos y gallardos, de finísimo tronco, formaban una espesa columnata, un enrejado que filtraba la luz del sol, una luz de apoteosis, falsa, teatral, rayando el suelo de fajas de oro y barras de sombra.

El pintor elogiaba con entusiasmo estos lugares. Era el único rincón para artistas que podía hallarse en Madrid. Allí había trabajado el gran don Francisco. Parecía que, tras una revuelta del sendero, iban á tropezarse con Goya, sentado junto al caballete, frunciendo el ceño malhumorado ante alguna duquesa gentil que le servía de modelo.

Los trajes modernos parecían desentonar en este fondo. Renovales declaraba de rigor, para tal paisaje, una casaca brillante, peluca empolvada, medias de seda y marchar junto á una falda escurrida, con el talle bajo los pechos.

La condesa sonrió escuchando al pintor. Miraba en torno de ella con gran curiosidad: no estaba mal aquel paseo: creía verlo por primera vez él. ¡Muy bonito! pero ella no era mujer de campo.

El mejor paisaje para su gusto eran las sedas de un salón, y en cuanto á árboles, le gustaban más los de las decoraciones del teatro Real con acompañamiento de música.

—Me fastidia el campo, maestro. Me pone triste. La Naturaleza, si la dejan sola y entregada á sí misma, es muy ordinaria.

Entraron en una plazoleta ocupada por un estanque á ras de tierra, con pilastras que revelaban la antigua existencia de una barandilla. El agua, engrosada por la filtración de las nieves, desbordábase fuera del marco de piedra, extendiéndose en delgada sábana, para rodar cuesta abajo. La condesa se detuvo, temiendo mojarse los pies. El pintor abrió la marcha, apoyando sus plantas en los sitios menos húmedos, tomándola una mano para guiarla, y ella le siguió, riendo de este obstáculo y recogiéndose las faldas.

Al continuar su camino por otro sendero, Renovales conservó agarrada aquella manecita suave, percibiendo su dulce calor al través del guante. Ella la abandonaba, como si no se diese cuenta de este contacto, pero con una lejana expresión de malicia en sus labios y sus ojos. El maestro parecía indeciso, con cierto embarazo, como si no supiese cómo empezar.

—¿Siempre igual?—preguntó con voz débil.—¿No hay un poco de caridad?

La condesa prorrumpió en una carcajada sonora.

—Ya salió; me lo esperaba; por eso me resistía á venir. En el carruaje me he dicho varias veces: «Hija mía, haces mal en ir á la Moncloa; te vas á aburrir; te espera la declaración número mil.»

Luego adoptó un tono de cómica indignación.

—Pero maestro, ¿es que no puede hablarse con usted de otra cosa? ¿Es que las mujeres estamos condenadas á no poder tratar á un hombre sin que se crea obligado á lanzarnos una declaración?

Renovales protestó. Podía decir esto á cualquier otro, á él no, pues estaba enamorado. Lo juraba; se lo diría de rodillas para que lo creyese; ¡enamorado como un loco! Pero ella le remedaba grotescamente, llevándose una mano al pecho y riendo de un modo cruel.

—Sí; conozco la canción; es inútil que la repita; me la sé de memoria. «Un volcán en el pecho... imposible vivir... Si no me amas me mato...» Lo mismo dicen todos; no he visto una falta mayor de originalidad... Maestro, ¡por Dios! no se ponga usted cursi. ¡Un hombre como usted diciendo esas cosas!...

Renovales quedó aturdido por este remedo burlón. Pero Concha, como si se apiadara de él, se apresuró á añadir en tono cariñoso:

—¿Qué necesidad tiene usted de enamorarme? ¿Se imagina usted que le apreciaré menos si prescinde de esa obligación que creen tener todos los hombres que me rodean?... Yo le quiero á usted, maestro; necesito verle; sentiría mucho que riñésemos. Le quiero como á un amigo; el mejor de todos, el primero. Le quiero porque es usted bueno; un niño grandote; un bebé barbudo que no sabe ni pizca así del mundo, pero tiene mucho talento, ¡mucho!... Tenía ganas de que nos viésemos á solas un buen rato para hablarle con toda libertad, para decirle esto. Le quiero como no quiero á nadie. Siento al lado de usted una confianza como ninguno me la inspira. Buenos amigos; hermanos, si usted quiere... ¡Pero no ponga usted esa carátula triste! ¡Alégrese un poco! ¡Suelte esa carcajada que me alegra el alma, ilustre maestro!

Pero el maestro permanecía hosco, mirando al suelo, enredando con cierta furia los dedos de su diestra en la maraña de sus barbas.

—Todo eso son mentiras, Concha—dijo rudamente.—La verdad es que usted está enamorada; que la tiene loca ese trasto de Monteverde.

La condesa sonrió como si la halagase la brusquedad de estas palabras.

—Pues bien; sí, Mariano. Nos queremos; yo creo amarle como no he amado á ningún hombre. Á nadie se lo he dicho: usted es el primero que lo oye de mí, porque es usted mi amigo, porque con usted no sé lo que me pasa, que se lo digo todo. Nos queremos; mejor dicho, soy yo la que le quiere mucho más que él á mí. Hay en mi amor algo de agradecimiento. Yo no me forjo ilusiones, Mariano. ¡Treinta y seis años! Sólo á usted me atrevo á confesar la edad. Todavía estoy presentable; me defiendo bien; pero él es mucho más joven. Unos años más, y casi podría ser su madre...

Calló un momento, como asustada por esta diferencia de edad entre su amante y ella, pero luego añadió con repentina confianza:

—Él también me quiere, lo reconozco. Soy para él la consejera, la inspiradora; dice que conmigo se siente con nuevas fuerzas para el trabajo; que será un grande hombre, gracias á mí. Pero yo le quiero más, mucho más; hay una desigualdad en nuestro cariño casi tan grande como en nuestras edades.

—¿Y por qué no me ama usted á mí?—dijo el maestro con voz lacrimosa.—Yo la adoro; se trocarían los papeles. Sería yo quien la rodease de una idolatría eterna, y usted se dejaría adorar, se dejaría acariciar como un ídolo, viéndome con la frente junto á sus pies.

Concha rió de nuevo, remedando grotescamente la voz sorda, el ademán apasionado y los ojos vehementes del artista.

—«¿Y por qué no me ama usted?...» ¡Maestro, no sea usted niño! Esas cosas no se preguntan; en el amor no se manda. No le quiero como usted desea, porque no puede ser. Conténtese con ser el primero de mis amigos. Sepa que me permito con usted confianzas que tal vez no tengo con Monteverde. Sí; le digo á usted cosas que nunca le diré á él...

—¡Pero lo otro!—exclamó el pintor con rabia.—Lo que yo necesito; su cuerpo, del que siento hambre; su hermosura; el verdadero amor...

—Maestro, conténgase—dijo ella con afectada pudibundez.—¡Que le conozco! ¡Que va usted á soltar esas indecencias que se le ocurren siempre que desnuda con los ojos á una mujer!... ¡Que me voy por no oirle!...

Luego añadió con una gravedad maternal, como si quisiera corregir al vehemente maestro:

—Yo soy menos loca de lo que creen. Pienso prudentemente en las consecuencias de mis actos... Mariano, mírese usted bien, fíjese en lo que le rodea. Una mujer; una hija que el mejor día se le casa; la perspectiva próxima de ser abuelo. ¡Y aun piensa usted en locuras! Yo no podría acceder á lo que usted me propone, aunque le amase... ¡Qué horror! ¡Engañar á Josefina, mi amiga del colegio! La pobrecita, tan dulce, tan buena... siempre enferma. No, Mariano; nunca. Sólo se pueden arrostrar esos compromisos cuando el hombre es libre. Yo no me sentiría con fuerzas para amarle á usted. Amigos, nada más que amigos...

—Pues no lo seremos—exclamó Renovales con impetuosidad.—Me alejaré para siempre de su casa; no la veré á usted más; haré lo imposible por olvidarla. Es un suplicio insufrible. Viviré más tranquilo no viéndola.

—No se irá usted—dijo Concha dulcemente, con la seguridad de su fuerza.—Se quedará á mi lado como siempre, si es que me quiere, y yo tendré en usted el mejor de los amigos... No sea usted criatura, maestro; verá usted como nuestra amistad es algo dulce que no comprende ahora. Tendré para usted lo que no conocen los demás: intimidad, confianza.

Y al decir esto ponía en el brazo del pintor una de sus manecitas, se apoyaba con cierto abandono, fijando en sus ojos unas pupilas en las que lucía algo enigmático y misterioso.

El sonido de una bocina llegó hasta ellos: un rumor de velocidad rasgaba el aire con sordo voltear de ruedas. Pasó por abajo un automóvil á toda marcha, siguiendo la carretera. Renovales intentó reconocer á los muñequillos que montaban este vehículo, empequeñecido como un juguete por la distancia. Tal vez fuese López de Sosa el que guiaba y su mujer y su hija aquellas dos figurillas, envueltas en velos, que ocupaban los asientos.

La posibilidad de que Josefina pasase por el fondo del paisaje sin verle, sin advertir que él estaba allí, olvidado de todo, enamorado y suplicante, le paralizó, con la emoción del remordimiento.

Permanecieron mucho rato inmóviles, silenciosos, apoyados en la baranda de troncos, mirando al través de la columnata de árboles el sol brillante, de un rojo de cereza, que descendía inflamando el horizonte con resplandores de incendio. Las nubes plomizas, viéndolo próximo á morir, le acometían con traidora voracidad.

Concha contemplaba la puesta del sol con el interés que ofrece un espectáculo visto muy de tarde en tarde.

—Mire usted, maestro, aquella nube enorme. ¡Qué negra! Parece un dragón... No; es un hipopótamo; fíjese en sus patas redondas como torres. ¡Cómo trota! Se va á comer el sol. ¡Que se lo come!... ¡Ya se lo tragó!

Se ensombrecía el paisaje. El sol había desaparecido en el interior de aquel monstruo que llenaba el horizonte. Su lomo ondulado erizábase de plata, y como si no pudiera contener el ardoroso astro, estallaba su vientre, dejando caer una lluvia de pálidos rayos. Después, abrasado por esta digestión, desvanecíase en humo, rasgábase en negras vedijas, y otra vez aparecía el rojo disco, bañando de oro cielos y tierra, poblando de inquietos peces de fuego el agua de los estanques.

Renovales, apoyado en la baranda, con un codo junto á la condesa, aspiraba el perfume de ésta, sintiendo el cálido contacto y las durezas salientes de un lado de su cuerpo.

—Volvamos, maestro—dijo ella con cierta inquietud.—Siento frío... Además, con un acompañante como usted, es imposible permanecer tranquila.

Y apresuraba el paso, adivinando con su experiencia de los hombres el peligro de permanecer en la soledad al lado de Renovales. Presagiaba en su rostro pálido y emocionado una próxima audacia, el avance brutal é impetuoso.

En la plazoleta del Caño Gordo se cruzaron con una pareja que descendía lentamente, muy pegados los dos, no atreviéndose á enlazar sus brazos todavía, pero dispuestos á cogerse del talle apenas desaparecieran en el próximo sendero. El joven llevaba la capa bajo el brazo, con la arrogancia de un galán de comedia antigua; ella, pequeñita y pálida, sin otra belleza que la de la juventud, se arrebujaba en un pobre mantón y caminaba con los ojos cándidos puestos en los de su compañero.

—Algún estudiante con su modista—dijo Renovales al dejarlos á su espalda.—Éstos son más felices que nosotros, Concha: su paseo será más dulce.

—Nos hacemos viejos, maestro—dijo ella con una entonación de falsa tristeza, excluyéndose de la vejez, cargando todo el peso de la edad sobre su acompañante.

Renovales se revolvió con los últimos ardores de su protesta.

—¿Y por qué no he de ser yo tan feliz como ese chico? ¿No tengo derecho á ello?... Concha, usted no sabe quien soy; usted lo olvida, acostumbrada como está á tratarme como un chiquillo. Soy Renovales el pintor, el célebre maestro: me conocen en todo el mundo.

Y hablaba de su gloria con brutal inmodestia, irritado cada vez más por la frialdad de aquella mujer; exhibiendo su renombre como un manto de luz, que debía cegar á las hembras haciéndolas caer á sus pies. ¿Y un hombre como él tenía que verse pospuesto por aquel doctorcillo ridículo?...

La condesa sonreía con expresión de lástima. Sus ojos mostraban también cierta conmiseración. ¡Tonto! ¡Niño! ¡Qué simplezas tenían los hombres de talento!

—Sí; usted es grande, maestro. Por eso me enorgullezco con su amistad. Hasta reconozco que me da cierta importancia... Le quiero; siento por usted admiración.

—Admiración no, Concha: ¡amor!... ¡Ser uno de otro!... Amor completo...

Ella seguía riendo.

—¡Ay, hijo! ¡Amor!...

Sus ojos parecían hablarle irónicamente. No conocía á las mujeres. El amor no distingue de talentos; es un ignorante y por eso se vanagloria de su ceguera. Sólo percibe el aroma de la juventud, de la vida en flor.

—Seremos amigos, Mariano: amigos nada más. Usted se acostumbrará encontrando dulce nuestro afecto... No sea usted material; parece imposible que sea usted un artista. Idealismo, maestro; mucho idealismo.

Y siguió hablándole desde lo alto de su conmiseración, hasta que se separaron cerca del sitio donde la esperaba el coche.

—Amigos, Mariano. Nada más que amigos... pero de veras.

Al alejarse Concha, anduvo Renovales en la penumbra del crepúsculo, hasta salir de la Moncloa, gesticulando y cerrando los puños. Viéndose solo volvía á renacer su cólera é insultaba mentalmente á la condesa, libre ya de la supeditación amorosa que sufría en su presencia. ¡Cómo se divertía con él! ¡Cómo reirían sus enemigos al verle sometido y sin voluntad, en manos de aquella mujer que había sido de tantos! El orgullo le hacía insistir en su deseo de conquistarla, fuese como fuese, aun á costa de humillaciones y brutalidades. Era un empeño de honor hacerla suya, aunque sólo fuese por una vez, y luego vengarse repeliéndola, arrojándola á sus plantas, diciendo con gesto de soberano: «Esto hago yo con los que se me resisten.»

Pero luego se dió cuenta de su debilidad. Siempre sería vencido por aquella hembra que le miraba fríamente, que era incapaz de perder su calma y le consideraba como un ser inferior. El desaliento le hizo pensar en su casa, en la enferma, en los deberes que le ligaban á ella, y sintió la amarga voluptuosidad del que se sacrifica, cargando con su cruz.

Estaba decidido. Huiría de aquella mujer. No la vería más.

III

Y no la vió; no la vió en dos días. Pero al tercero llegó á sus manos una cartita azul, de sobre prolongado, saturada de un fuerte perfume que tenia la virtud de estremecerle.

La condesa se quejaba de su ausencia con cariñosos lamentos. Necesitaba verle, tenía que decirle muchas cosas. Una verdadera carta de amor, que el artista se apresuró á ocultar, temiendo que su lectura hiciera suponer lo que no era cierto aún.

Renovales se mostró indignado.

—Iré á verla—se dijo, paseando por el estudio;—pero será para decirla cuatro frescas, para acabar de una vez. Si cree que va á jugar conmigo, se equivoca; no sabe que yo, cuando quiero, soy de piedra.

¡Pobre maestro! Mientras en un extremo de su pensamiento formulaba sus fieros propósitos de hombre de piedra, en el otro, una voz dulce cantaba con el arrullo de la ilusión:

—Ve pronto; aprovecha el tiempo. Tal vez se ha arrepentido. Te espera: va á ser tuya.

Y el artista corrió ansioso á casa de la condesa. Nada. Se quejó de su ausencia con una tristeza mimosa. ¡Ella que le quería tanto!... Necesitaba verle; no podía permanecer tranquila creyendo que le guardaba enojo por lo de la otra tarde. Y pasaron cerca de dos horas en el gabinete que la servia de despacho, hasta que al caer la tarde comenzaron á llegar los graves amigos de la condesa, su tertulia de mudos adoradores, presentándose el último Monteverde, con la calma del que no teme peligro alguno.

El pintor salió de aquella casa sin otra novedad que dos besos en una mano de la condesa. La caricia protocolaria, y nada más. Cada vez que intentaba ir más allá, remontándose á lo largo del brazo, la hermosa señora le contenía con un gesto imperioso.

—¡Que me enfado, maestro, y no le recibo más á solas!... ¡Que falta usted á lo convenido!

Renovales protestaba. Nada habían convenido, pero Concha lograba calmarle instantáneamente preguntando por Milita, haciendo elogios de su hermosura, pidiendo noticias de la pobre Josefina, tan buena, tan simpática, interesándose por su salud y anunciando una próxima visita. Y el maestro quedaba cohibido, atormentado por el remordimiento, no atreviéndose á nuevos avances, hasta que se desvanecía la penosa impresión.

Volvió Renovales á casa de la condesa, como siempre. Sentía la necesidad de verla; se había acostumbrado á los vehementes elogios que aquella boca hacía de sus méritos de artista.

Algunas veces despertaba su carácter impetuoso de otros tiempos, y sentía el deseo de desprenderse de esta cadena vergonzosa. Aquella mujer le tenía como embrujado: llamábale para nada; parecía gozarse con hacerle sufrir; le necesitaba como un juguete. Con un cinismo tranquilo hablaba de Monteverde y de sus amores, lo mismo que si el doctor fuese su esposo. Necesitaba confiar á alguien los incidentes de su vida oculta, con esa franqueza imperiosa que arrastra los delincuentes á la confesión. Poco á poco iniciaba al maestro en sus secretos pasionales, relatando sin rubor los incidentes más íntimos de aquellos encuentros, que muchas veces eran en la propia casa. Abusaban de la ceguera del conde, el cual parecía como atontado por su fracaso del Toisón: gozaban un deleite malsano con la zozobra de ser sorprendidos.

—Á usted se lo digo todo, Mariano. No sé lo que me ocurre con usted. Le quiero como á un hermano. Un hermano, no... más bien, una amiga; una amiga de confianza.

Al verse solo Renovales abominaba de la franqueza de Concha. Era lo que la gente creía; muy simpática, muy bonita, pero sin ningún escrúpulo moral. En cuanto á él, insultábase en el bizarro lenguaje de sus tiempos de bohemio, comparándose con todos los animales cornudos que podía recordar.

—No vuelvo más. Es una vergüenza. ¡Bonito papel estás haciendo, maestro!

Pero apenas se mantenía ausente dos días, presentábase Mary, la doncella francesa de la de Alberca, con la cartita perfumada, ó llegaba ésta por el correo interior, destacándose subversiva, escandalosa, entre los otros sobres de la correspondencia del maestro.

—¡Esa mujer!—exclamaba Renovales apresurándose á ocultar el llamativo billete.—¡Qué falta de prudencia!... El mejor día va á fijarse Josefina en estas cartitas.

Cotoner, en su ciega admiración al ídolo que consideraba irresistible, imaginábase á la de Alberca loca de amor tras el maestro, y movía la cabeza tristemente.

—Esto acabará mal, Mariano. Debes romper con esa señora. ¡La paz del hogar! Te esperan muchos disgustos.

Las cartas siempre eran iguales. Interminables lamentaciones por sus cortas ausencias. «Cher maître, no he podido dormir esta noche pensando en usted...» y acababa firmando «su admiradora y buena amiga Coquillerosse», un nombre de guerra que había adoptado para su correspondencia con el artista.

Le escribía desordenadamente, á horas extrañas, siguiendo los impulsos de su imaginación y sus nervios en perpetua anormalidad. Unas veces fechaba sus cartas á las tres de la madrugada: no podía dormir, saltaba del lecho, y para entretener su insomnio llenaba cuatro pliegos de su menuda letra, dirigidos al buen amigo, con una facilidad de pluma desesperante, hablándole del conde, de lo que decían sus amigas, comunicándole las últimas murmuraciones que circulaban contra los de «la casa grande», lamentándose de las frialdades de su doctor. En otras ocasiones eran cuatro lineas lacónicas, desesperadas; un llamamiento angustioso. «Venga usted en seguida, querido Mariano. Un asunto urgentísimo.»

Y el maestro, abandonando sus trabajos, corría á primera hora á casa de la condesa, recibiéndole ésta en la cama, en su dormitorio cargado de perfumes, donde no había entrado en muchos años el hombre de las condecoraciones.

Llegaba ansioso el pintor, inquieto por la posibilidad de terribles acontecimientos, y Concha, agitándose entre las bordadas sábanas, recogiéndose los dorados mechones que se escapaban de las blondas de su gorra, hablaba y hablaba con la incoherencia de un canto de pájaro, como si el silencio nocturno produjese en ella una indigestión de palabras. Se le habían ocurrido grandes ideas: había pensado durante el sueño una teoría científica completamente original, que haría las delicias de Monteverde. Y gravemente se la explicaba al maestro, el cual movía su cabeza sin entender una palabra, pensando que era un dolor ver una boca tan hermosa empleada en soltar tantas necedades.

Otras veces le hablaba del discurso que estaba preparando para cierto festival de la Asociación Feminista, la obra magna de su presidencia: y sacando de entre las sábanas sus brazos ebúrneos, con una tranquilidad que trastornaba á Renovales, cogía de la vecina mesa unos pliegos garrapateados con lápiz, pidiendo al buen amigo que le dijese quién era el pintor más grande del mundo, pues había dejado un claro para llenarlo con este nombre.

Después de una hora de charla incesante, mientras el artista la devoraba en silencio con los ojos, llegaba por fin al asunto urgente, al llamamiento desesperado que había hecho abandonar sus trabajos al maestro. Eran siempre motivos de vida ó muerte; compromisos, en los que iba su honor. Unas veces que pintase cualquier cosita en el abanico de una señora extranjera deseosa de llevarse de España algo del gran maestro. Se lo había pedido la interesada en una soirée diplomática la noche antes, por conocer su amistad con Renovales. En otras ocasiones le llamaba para pedirle una manchita, un apunte, cualquier cosa de las que rodaban por los rincones de su estudio, para una tómbola benéfica de la Asociación á beneficio de las pobres que habían perdido su virtud, y á las cuales la condesa y sus amigas mostraban empeño en redimir.

—No ponga usted esa cara, maestro; no sea usted tacaño. Son los inconvenientes de la amistad. Todos creen que yo tengo gran poder sobre el ilustre artista, y me piden, y me ponen en cien compromisos... No le conocen; no saben lo perverso, lo rebelde que es usted, ¡mala persona!

Y se dejaba besar la mano sonriendo con cierta lástima. Pero al sentir el cálido contacto de su boca y el cosquilleo de su barba en la blanca carnosidad del brazo, se agitaba, defendiéndose entre risas y estremecimientos.

—Déjeme usted, Mariano. ¡Que grito! ¡Que llamo á Mary! Ya no le recibo más en mi dormitorio. Es usted indigno de confianza... ¡Quietecito, maestro, ó se lo cuento todo á Josefina!

Algunas veces, al acudir Renovales alarmado por sus llamamientos, la encontraba pálida, con círculos amoratados en los ojos, como si hubiese pasado la noche llorando. Al ver al maestro volvían á saltar sus lágrimas. Eran disgustos de amor, honda pena por la frialdad de Monteverde. Pasaba días enteros sin verla; rehuía los encuentros con ella. ¡Ay, los sabios! Hasta había llegado á decirla que las mujeres son un estorbo para los estudios serios. ¡Y ella loca por él, sumisa como una sierva, aguantando las genialidades del señor, adorándole con ese apasionamiento fogoso de la mujer que es más vieja que su amante y se da cuenta de su inferioridad!

—¡Ay, Renovales! No se enamore usted nunca; es un infierno. No sabe usted la felicidad que goza no conociendo estas cosas.

Pero el maestro, insensible á sus lágrimas, enfurecido por estas confidencias, paseaba gesticulando, lo mismo que si estuviera en su estudio, y hablaba á la condesa con brutal confianza, como á una hembra que ha revelado todos sus secretos y debilidades. ¡Tapones! ¿Y qué le importaba á él todo eso? ¿Para oir tales cosas le había llamado?... Ella se lamentaba con suspiros infantiles desde el fondo de su lecho. Estaba sola en el mundo; era muy desgraciada. No tenía más amigo que el maestro; era su padre, su hermano; ¿á quién si no á él iba á relatar sus penas? Y animándose con el silencio del pintor, el cual acababa por conmoverse ante sus lágrimas, cobraba audacia y formulaba sus deseos. Debía ver á Monteverde, soltarle un buen sermón, hablarle al alma para que fuese bueno y no la hiciese sufrir. Él le respetaba mucho; era uno de sus más grandes admiradores: tenía ella la certeza de que bastarían cuatro palabras del maestro para que volviese como un cordero. Debía hacerle ver que no estaba sola; que tenía quien la defendiese; que nadie podía burlarse de ella impunemente.

Pero antes de que terminase sus ruegos, andaba el pintor en torno del lecho, los brazos en alto, echando ternos con la vehemencia de su exaltación.

—¡Tapones! ¡Esto me faltaba! El mejor día me pedirá usted que le cepille las botas. ¿Pero está usted loca, criatura? ¿Qué se ha figurado usted? Para... sufridos ya tiene usted bastante con el conde. Déjeme tranquilo.

Pero ella se arrebujaba en la cama llorando con ruidoso desconsuelo. ¡Ya no quedaban amigos! El maestro era como los otros: en no plegarse á sus deseos se acababa la amistad. Todo palabras, juramentos, y después, ni el más pequeño sacrificio.

Se incorporaba de pronto, mostrando entre las blondas misteriosas blancuras, ceñuda, irritada, con una frialdad de reina ofendida. Ya le había conocido; se había engañado contando con él. Y como Renovales, confuso por este enfado, intentase excusarse, ella le atajaba con arrogancia.

—¿Quiere usted ó no quiero? Á la una... á las dos...

Sí; haría lo que ella quisiera; veíase tan bajo, que ya no le importaba rodar un poco más. Sermonearía al doctor, echándole en cara su torpeza al despreciar tanta felicidad. (Esto lo decía él con toda su alma, poniendo en su voz temblores de envidia.) ¿Qué más deseaba su hermosa déspota? Podía pedir sin miedo. Si era necesario, retaría al conde á singular combate con todas sus condecoraciones y lo mataría para que ella quedase libre y pudiera juntarse con el doctorcillo.

—¡Guasón!—exclamaba Concha, sonriente por su triunfo.—Es usted simpático como nadie, pero muy malo. Acérquese usted, mala persona.

Y levantando con la manecita un mechón de su cabellera de sauce, le besó en la frente, riendo del estremecimiento que su caricia despertaba en el pintor. Éste sintió que le temblaban las piernas; después, sus brazos intentaron estrechar aquel cuerpo tibio, perfumado, que parecía escurrirse dentro de sus finas envolturas.

—¡Que ha sido en la frente!—gritó Concha en son de protesta.—¡Caricia de hermanos, Mariano! ¡Quieto!... ¡Que me hace daño!... ¡Que llamo!

Y llamó, reconociendo de pronto su debilidad, viéndose próxima á caer vencida bajo el apretón loco y dominador. Sonó el estremecimiento eléctrico en las profundidades tortuosas de pasillos y gabinetes y se abrió la puerta, entrando Mary vestida de negro, con alto delantal y rizado gorro, discreta y silenciosa. Su carita pálida y sonriente estaba acostumbrada á verlo todo, á adivinarlo todo, sin que se reflejase en ella la más leve impresión.

La condesa tendió su mano á Renovales con afectuosa tranquilidad, como si la entrada de la doncella interrumpiese su despedida. Lamentaba que se marchase tan pronto: á la noche le vería en el Real.

Cuando el pintor aspiró el viento de la calle y se codeó con la gente, creyó despertar de una pesadilla. Tenía asco de sí mismo. «Te luces, maestro.» Su debilidad, que le hacía plegarse á todas las exigencias de la condesa, su vil aceptación á servir de intermediario entre ella y el amante, le daban ahora náuseas. Pero aun sentía en la frente el roce del beso; aun percibía aquel ambiente del dormitorio cargado de la nocturna transpiración de carne perfumada. El optimismo se apoderó de su pensamiento. No marchaba mal el asunto; aquel camino, aunque desagradable, le llevaría á la realización de su deseo.

Muchas noches Renovales iba al teatro Real, por obedecer á Concha, que deseaba verle, y pasaba actos enteros en el fondo de su palco, conversando con ella. Milita reía de este cambio en las costumbres de su padre, que se acostaba temprano en otros tiempos, para trabajar de buena mañana. Era ella la que, encargada de las cosas de la casa, por la eterna enfermedad de mamá, ayudaba al maestro á ponerse el frac, y además le peinaba, arreglándole el lazo de la corbata entre mimos y risas.

—Papaíto, te desconozco: estás hecho un calaverón. ¿Cuándo me llevas contigo?...

Él se excusaba gravemente. Eran deberes de la profesión; á los artistas les conviene hacer vida de sociedad. En cuanto á llevarla con él... otro día. Por ahora necesitaba ir solo; tenía que hablar con mucha gente en el teatro.

Otra modificación se verificó en él, provocando los regocijados comentarios de Milita. Papá se rejuvenecía.

Cada semana sus cabellos perdían en longitud, bajo irreverentes tijeretazos: su barba disminuía, hasta el punto de no quedar más que una ligera vegetación de aquel bosque enmarañado que le daba un aspecto feroz. No quería confundirse por su aspecto con los demás; debía conservar un poco de su exterior de artista, para que la gente no pasase junto al gran Renovales sin conocerle; pero procuraba, dentro de este deseo, aproximarse y mezclarse con la juventud bien vestida y elegante que rodeaba á la condesa.

Esta transformación tampoco pasó inadvertida para otros. Los alumnos de Bellas Artes se lo mostraban con el dedo desde el paraíso del Real, ó se detenían en las aceras al verle por la noche, con el brillante tubo de seda coronando la tonsurada melena y exhibiendo entre el abierto gabán el nítido peto de su uniforme de fiesta. La cándida admiración de los muchachos se imaginaba al gran maestro tronando ante un caballete, salvaje, feroz, intratable como Miguel Angel en el encierro de su estudio. Por esto, al verle bajo tan distinto aspecto, le seguían sus ojos con expresión de envidia. «¡Cómo se divierte el maestro!» Y se imaginaban á las grandes damas disputándoselo, creyendo de buena fe que ninguna podía resistir á un hombre que pintaba tan bien.

Los enemigos, los artistas consagrados que marchaban tras él, rugían en sus conversaciones. «¡Farsante, egoísta! No estaba satisfecho de ganar tanto dinero, y ahora hacía el gomoso entre la aristocracia, para coger más retratos, para sacar á su firma todo lo que pudiese.»

Cotoner, que se quedaba algunas noches en el hotel para hacer compañía á las señoras, le veía partir con triste sonrisa, moviendo la cabeza. «Mal: su Mariano se había casado demasiado pronto. Lo que no había hecho en su juventud, por la fiebre del trabajo y la gloria, lo hacía ahora, próximo á la vejez.» En muchas partes reían ya de él, adivinando su pasión por la de Alberca, aquel amor sin resultados prácticos, que le hacían convivir con ella y Monteverde, tomando aires de mediador bondadoso, de padre tolerante y bueno. El ilustre maestro, al despojarse de su carátula feroz, era un pobre hombre, del que se hablaba con lástima: le comparaban con Hércules, vestido de mujer é hilando á los pies de la bella seductora.

Había contraído con Monteverde una estrecha amistad, en fuerza de tropezarlo cerca de la condesa. Ya no le parecía tonto y antipático. Encontraba en él algo de su amante, y le era grata por esto su compañía. Experimentaba esa atracción plácida y sin celos que inspira á ciertos hombres el marido de su amante. Sentábanse juntos en los teatros, paseaban en amigable conversación, y el doctor iba muchas tardes al estudio del artista. Desconcertaban con esta intimidad á las gentes, que ya no sabían con certeza quién era el amo de la de Alberca y quién el aspirante, llegando á creer que por un mutuo acuerdo y turno pacífico, vivían los tres en el mejor de los mundos.

Monteverde admiraba al maestro, y éste, por sus años y la superioridad de su renombre, tomaba sobre él una autoridad paternal. Le reñía cuando la condesa se mostraba quejosa de él.

—¡Las mujeres!—decía el doctor con gesto de cansancio.—Usted no sabe lo que son, maestro; sólo sirven de estorbo, para obstruirle á uno su carrera. Usted ha triunfado porque no se dejó dominar por ellas, porque nadie le conoció nunca una querida, porque es usted un hombre admirable, un varón fuerte.

Y el pobre varón fuerte contemplaba fijamente á Monteverde, dudando si se burlaba. Sentía tentaciones de aporrearlo, viéndole despreciar lo mismo que ansiaba él con vehemente deseo.

Concha tenia con el maestro mayores intimidades. Le confesaba lo que nunca se había atrevido á decir al doctor.

—Á usted se lo digo todo, Marianito. No puedo vivir sin verle. ¿Sabe usted lo que pienso? Que el doctor es algo así como mi marido y usted es el amante de corazón... No se altere usted... no se mueva, ó llamo. He dicho de corazón. Le quiero á usted demasiado para pensar en esas groserías que usted desea.

Algunas veces Renovales la encontraba excitada, nerviosa, hablando con voz ronca, moviendo los finos dedos como si quisiera arañar al aire. Eran los días terribles que alteraban toda la casa. Mary corría, con su paso silencioso, de salón en salón, perseguida por el repiqueteo de los timbres; el conde se escurría hacia la calle como un colegial medroso. Concha se aburría, sentíase cansada de todo, abominaba de su existencia. Al presentarse el pintor, le faltaba poco para arrojarse en sus brazos:

—Sáqueme usted de aquí, Marianito; me aburro, me muero. Esta vida es para matarse. ¡Mi marido!... ese no se cuenta. ¡Mis amigas!... unas necias que me despellejan apenas las dejo. ¡El doctor!... un insubstancial, una veleta loca. Todos esos señores de mi tertulia, unos imbéciles. ¡Maestro, téngame lástima! Lléveme lejos de aquí. Usted debe conocer otro mundo; los artistas lo saben todo...

¡Ay, si ella no estuviera tan vista y al maestro no lo conociese todo Madrid! En su nerviosa excitación formulaba los más locos proyectos. Deseaba salir de noche del brazo de Renovales, ella con mantón y pañuelo á la cabeza, él con capa y sombrero gacho. Sería su chulo; ella imitaría el garbo y el taconeo de las mujeres de la calle, y marcharían juntitos, como dos palomos de la noche, á los sitios más malos; y beberían, armarían camorra, él la defendería como un valiente, é irían á pasar la noche en la prevención.

El pintor mostrábase escandalizado. ¡Qué locura! Pero ella insistía en sus deseos.

—Ríase usted, maestro; abra esa bocaza... feísimo. ¿Qué tiene de particular lo que digo? Usted, con todos sus pelos y chambergos de artista, es un burgués, un alma tranquila incapaz de nada original para distraerse.

Al acordarse de aquella pareja que habían visto una tarde en la Moncloa, mostrábase melancólica y sentimental. También le parecía bonito «hacer la griseta»; pasear del brazo del maestro, como si fuesen una modistilla y un empleadillo; acabar la excursión en un merendero; y él la mecería en el verde columpio, mientras ella gritaba de placer, subiendo y bajando, con las faldas arremolinadas en torno de sus pies... Esto no era ningún disparate, maestro. ¡Placer más sencillo... más bucólico!...

¡Lástima que los dos fuesen tan conocidos! Pero lo que sí harían, cuando menos, era disfrazarse una mañana y correr los barrios bajos; ir al Rastro, como una pareja recién unida que desea poner casa: el socio y la socia. En aquella parte de Madrid no los conocería nadie. ¿Conformes, maestro?...

Y el maestro lo aprobaba todo. Pero al día siguiente Concha le recibía con cierta turbación, mordiéndose los labios, hasta que por fin prorrumpía en carcajadas, recordando los disparates que le había propuesto.

—¡Cómo se reiría usted de mí!... Hay días en que estoy loca.

Renovales no ocultaba su asentimiento. Sí; estaba algo loca. Pero esta locura, que le hacía sufrir alternativas de esperanza y desesperación, atraíale más, con sus alegres disparates y sus pasajeros enfados, que aquella otra que le perseguía en su casa, lenta, implacable, silenciosa, apartándose de él con invencible repugnancia, pero siguiéndole á todos lados, con ojos de malsana luz siempre lagrimeantes, que tomaban la agudeza hostil del acero apenas iniciaba, por compasión ó remordimiento, la más leve intimidad.

¡Oh, la pesada é insufrible comedia! Ante su hija y los amigos tenían que hablarse, y él, apartando la mirada para no tropezar con sus ojos, colmábala de atenciones, la reñía dulcemente por su rebeldía á los consejos de los médicos. Al principio hablaban éstos de neurastenia: ahora era la diabetes la que aumentaba la debilidad de la enferma. El maestro lamentábase de la pasiva resistencia que oponía á todos los métodos curativos. Los seguía durante algunos días, para despreciarlos después con impasible obstinación. Ella estaba mejor que creían. Lo que ella tenía no lo curaban los médicos.

Por la noche, al penetrar en el dormitorio, un silencio de muerte caía sobre ellos; una muralla de plomo parecía elevarse entre sus cuerpos. Ya no tenían que mentir; se miraban frente á frente, con muda hostilidad. Su vida nocturna era un tormento; pero ninguno de los dos osaba modificar su existencia. Sus cuerpos no podían abandonar la cama común; encontraban en ella el molde de los años. La rutina de su voluntad les sujetaba á esta habitación y á su mobiliario, con el recuerdo de los tiempos felices de la juventud.

Renovales caía en el profundo sueño del hombre sano, fatigado por el trabajo. Sus últimos pensamientos eran para la condesa. La veía en esa penumbra brumosa que cubre la entrada de lo inconsciente; dormíase pensando en lo que podría decirla al otro día, soñaba conforme á su deseo, viéndola de pie sobre un pedestal, con toda la majestad de su desnudez, venciendo al mármol de las estatuas más famosas con la vida de su carne. Al despertar de pronto y extender sus brazos, tropezaba con el cuerpo de la compañera, pequeño, rígido, ardiente por el fuego de la calentura ó glacial con un frío de muerte. Adivinaba su insomnio. Pasaba la noche sin cerrar los ojos, pero no se movía, como si todo su vigor se concentrase en algo que contemplaba con fijeza hipnótica en la obscuridad. Parecía un cadáver. Era el obstáculo, el lastre de plomo, el fantasma que aterraba á la otra cuando en ciertos instantes de vacilación se inclinaba hacia él, próxima á caer... Y el terrible deseo, el pensamiento monstruoso, asomaba otra vez su horrorosa fealdad, anunciando que no había muerto, que sólo se había ocultado en la madriguera cerebral para surgir más cruel, más insolente.

—¿Por qué no?—argüía el despiadado demonio, esparciendo en su imaginación el polvillo de oro de las ilusiones.

Amor, gloria, alegría, una existencia nueva de artista; el rejuvenecimiento del doctor Fausto; todo podía esperarlo si la muerte piadosa venía á ayudarle, cortando la cadena que le emparejaba con la tristeza y la enfermedad.

Pero inmediatamente surgía la protesta del horror. Aunque vivía como un incrédulo, conservaba un alma religiosa, que en los momentos difíciles de su existencia le impulsaba á aclamarse á todos los poderes sobrehumanos y maravillosos, como si éstos tuvieran el deber ineludible de acudir en su auxilio. «Señor, quitadme este horrible pensamiento. Alejad la mala tentación. Que no muera; que viva, aunque yo perezca.»

Y al día siguiente, con la agitación del remordimiento, iba en busca de ciertos médicos, amigos suyos, para consultarles minuciosamente. Ponía en movimiento la casa, organizando la curación con arreglo á un vasto plan, distribuyendo las medicinas por horas. Después, tranquilo ya, volvía á su trabajo, á sus preocupaciones de artista, á sus anhelos de hombre, sin acordarse de sus propósitos, creyendo salvada definitivamente la vida de su mujer.

Ésta se presentó en su estudio una tarde después del almuerzo, y el pintor, al verla, sintió cierta inquietud. Hacía mucho tiempo que Josefina no entraba allí á las horas en que él trabajaba.

No quiso sentarse; se detuvo junto al caballete, hablando, sin mirar á su marido, con voz lenta y humilde. Á Renovales le daba miedo esta sencillez.

—Mariano, vengo á hablarte de la niña.

Quería casarla. Algún día había de ser, y cuanto antes mejor. Ella moriría pronto y deseaba salir del mundo con la tranquilidad de ver á su hija bien colocada.

Renovales creyó del caso protestar ruidosamente, con toda la vehemencia del que no está muy seguro de lo que dice. ¡Tapones! ¡Morirse! ¿Y por qué había de morir? ¡Ahora que estaba mejor que nunca! Lo único que le faltaba era atender las indicaciones de los médicos.

—Moriré pronto—repitió fríamente.—Moriré y tú quedarás tranquilo. Bien lo sabes.

El pintor quiso protestar con mayores aspavientos de indignación, pero sus ojos se encontraron con la mirada fría de su mujer. Entonces se limitó á levantar los hombros con ademán resignado. No quería discutir; necesitaba conservarse tranquilo. Tenía que pintar; había de salir, como todas las tardes, para asuntos importantísimos.

—Está bien; continúa. Milita se casa, ¿y con quién?...

Por el deseo de mantener su autoridad, de mostrar cierta iniciativa y por su antiguo afecto al discípulo, se apresuró á hablar de éste. ¿Era Soldevilla el candidato? Un buen muchacho y de porvenir. Adoraba á Milita; había que ver la tristeza del pobrecillo cuando ésta le trataba mal. Haría un excelente marido.

Josefina cortó esta charla del esposo con voz fría y tajante:

—No quiero pintores para mi hija; bien lo sabes. Bastante hay con lo de su madre.

Milita se casaría con López de Sosa. Era cosa aceptada por ella. El muchacho la había hablado, y seguro de su aprobación, dirigiría su demanda al padre.

—¿Pero ella le quiere? ¿Tú crees, Josefina, que estas cosas pueden arreglarse á tu gusto?

—Si le quiere; está conforme y desea casarse. Además, es hija tuya; lo mismo aceptaría al otro. Lo que ella desea es libertad, verse lejos de su madre, no vivir en la tristeza de mis enfermedades... Ella no lo dice, no sabe siquiera que lo piensa, pero yo lo adivino.

Y como si al hablar de su hija no pudiera mantener la frialdad que tenía con el marido, se llevó una mano á los ojos, recogiendo las silenciosas lágrimas.

Renovales apeló á la brusquedad para salir del paso. Todo eran locuras, invenciones de su cabeza enferma. Debía pensar en curarse y no en otra cosa. ¡Á qué estas lágrimas! ¿Quería casar á su hija con aquel señorito de los automóviles? Pues á ello. ¿No quería? Pues que la chica se quedase en casa.

Ella mandaba; nadie la ponía obstáculos. ¡Que se celebrara la boda cuanto antes! Él era un cero y no había por qué consultarle. Pero tranquilidad, ¡tapones!... Tenía que trabajar; tenía que salir. Y cuando vió que Josefina abandonaba el estudio para llorar libremente en otro sitio, dió un bafido de satisfacción, contento de salir tán bien librado de esta escena difícil.

Le parecía bien López de Sosa. ¡Excelente muchacho!... Y lo mismo cualquier otro. Él no disponía de tiempo para fijarse en tales cosas. Sus preocupaciones eran distintas.

Aceptó al futuro yerno, y muchas noches se quedó en casa para dar cierto aire patriarcal á las veladas de familia. Milita y su prometido hablaban en un extremo del salón. Cotoner, en plena beatitud digestiva, se esforzaba por arrancar con sus palabras una pálida sonrisa á la señora del maestro, que permanecía en un rincón, trémula de frío. Renovales, en traje de casa, leía los periódicos, acariciado por ese ambiente dulce de hogar tranquilo. ¡Si le viese la condesa!...

Una noche sonó en el salón el nombre de la de Alberca. Repasaba Milita de memoria, con avidez juvenil, la lista de las amigas de la casa, grandes señoras que no dejarían pasar su próximo matrimonio sin un regalo magnifico.

—Concha no viene—dijo la joven.—Hace mucho tiempo que no la vemos por aquí.

Hubo un silencio penoso, como si el nombre de la condesa enfriase la atmósfera. Cotoner canturreó entre dientes, fingiéndose distraído: López de Sosa buscó un cuaderno de música sobre el piano, hablando de él para desviar la conversación. También éste parecía enterado.

—No viene porque no debe venir—dijo Josefina desde su rincón.—Ya procura tu padre verla todos los días para que no nos olvide.

Renovales levantó la cabeza con expresión de protesta, como si le despertasen de un plácido sueño. Los ojos de Josefina estaban fijos en él, pero sin cólera, burlones y crueles. Reflejaban el mismo desprecio con que le había herido en aquella noche triste. Ya no dijo más, pero el maestro leía en aquellos ojos:

«Es inútil, buen hombre. Estás loco por ella, la sigues, pero ella es para otros. La conozco bien... Todo lo sé. ¡Ay! ¡Cómo ríen las gentes de ti! ¡Cómo me río yo!... ¡Cómo te desprecio!»

IV

Á principios del verano se verificó la boda de la hija de Renovales con el elegante López de Sosa. Los periódicos publicaron columnas enteras hablando de este acontecimiento, por el cual, según la expresión de ciertos cronistas, «se unía la gloria y el esplendor del arte con el prestigio de la aristocracia y la fortuna». Nadie se acordaba ya del apodo de Bonito en escabeche.

El maestro Renovales hizo bien las cosas. No tenía más que una hija y deseaba casarla con regio aparato; que Madrid y España entera se enterasen de este suceso, cayendo sobre Milita un rayo de la gloria conquistada por su padre.

La lista de los regalos fué grande. Todas las amistades del maestro, elegantes damas, próceres de la política, artistas famosos y hasta personas reales, figuraron en ella con su correspondiente obsequio. Había para llenar una tienda. Los dos estudios de honor quedaron convertidos en galerías de bazar, con interminables mesas cargadas de objetos; una exposición de telas y dijes, visitada por todas las amigas de Milita, aun las más lejanas y olvidadas, que venían á felicitarla con palidez de envidia.

La condesa de Alberca envió también un regalo, enorme, estrepitoso, como si no quisiera pasar inadvertida entre los amigos de la casa. El doctor Monteverde estaba representado por un objeto modesto, aunque jamás había visto á los novios ni le ligaba á la familia otra relación que su amistad con el maestro.

La boda se celebró en el hotel, habilitando para capilla uno de sus estudios. Cotoner corrió con todo lo referente á la ceremonia, muy satisfecho de demostrar su influencia cerca de los personajes de la Iglesia.

Renovales se preocupó del aliño del altar, queriendo que se notase, hasta en los menores detalles, la mano de un artista. Sobre un fondo de antiguos tapices colocó un viejo tríptico, una cruz medioeval, todos los objetos de culto que llenaban su estudio como adornos decorativos, y limpios de polvo y telarañas iban á recobrar por unos instantes su importancia religiosa.

Las flores invadieron con su ola multicolor el hotel del ilustre maestro. Las quería Renovales en todas partes; las había pedido á Valencia y á Murcia, sin reparar en la cantidad; se extendían por los marcos de las puertas y las líneas de las cornisas: se amontonaban formando gigantescos ramos en las mesas y los rincones. Hasta se balanceaban en paganas guirnaldas de una á otra columna de la fachada, excitando la curiosidad de los transeuntes aglomerados al otro lado de la verja; mujeres de mantón, muchachos con grandes cestas á la cabeza, que permanecían embobados por la novedad, esperando que ocurriese en aquella casa algo extraordinario, siguiendo las idas y venidas de los criados que entraban atriles de música y un par de contrabajos ocultos en fundas charoladas.

De buena mañana andaba Renovales de un lado á otro, con dos bandas sobre la pechera y una constelación de astros dorados y centelleantes, cubriendo todo un lado de su frac. Cotoner también se había puesto las insignias de sus varias órdenes pontificias. El maestro se contemplaba con cierta satisfacción en todos los espejos, admirando igualmente á su amigo. Había que ponerse guapos; una fiesta como esta ya no la verían más. Hacía preguntas incesantemente á su compañero, para convencerse de que nada faltaba en los preparativos. El maestro Pedraza, gran amigo de Renovales, dirigía la orquesta. Se habían reunido todos los músicos mejores de Madrid, profesores del Real en su mayoría. El coro era bueno, pero como voces notables sólo había podido echar mano de los artistas que residían fijamente en la capital. La época no era la mejor; los teatros estaban cerrados...

Cotoner seguía exponiendo sus trabajos. Á las diez en punto llegaría el Nuncio, monseñor Orlandi, gran amigo de él; un barbián, todavía joven, al que había conocido en Roma de prelado doméstico. Bastaron cuatro palabras de Cotoner para que se dignase concederle el honor de casar á los chicos. Los amigos son para las ocasiones. Y el pintor de los papas, satisfecho de salir de su insignificancia, iba de salón en salón, disponiéndolo todo, seguido del maestro, que aprobaba sus órdenes.

En un estudio los músicos y las mesas para el lunch. Las otras naves para los invitados. ¿Faltaba algo?... Los dos artistas contemplaban el altar, con sus tapices de apagados colores y sus candelabros, cruces y relicarios, de un oro mate y viejo que parecía tragarse la luz sin devolverla. Nada faltaba. Telas antiguas y guirnaldas de flores cubrían las paredes, ocultando los estudios de color del maestro, ciertos cuadros sin acabar, obras profanas que no podían tolerarse en el ambiente discreto y entonado de aquella nave convertida en capilla. El suelo estaba cubierto en parte por alfombras vistosas, persas y morunas. Frente al altar dos reclinatorios, y tras ellos, para los invitados de más importancia, todos los asientos lujosos del estudio: sillones blancos del siglo XVIII, con escenas pastoriles bordadas, tijeras griegas, sitiales de roble tallado, asientos venecianos, sillas sombrías de interminable respaldo; una bizarra confusión de almacén de antigüedades.

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