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La maja desnuda

PRIMERA PARTE (continued 3)

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Era un antiguo cortesano que cumplía con gran escrupulosidad las obligaciones de grande de España, celoso de su servidumbre cerca de los reyes. Su ambición era llegar á poseer todas las condecoraciones de Europa, y apenas le agraciaban con alguna, se hacía retratar cubierto de bandas y cruces, vistiendo el uniforme de una de las tradicionales Órdenes militares. Su esposa reía al verle pequeño, calvo y solemne, con altas botas, sable rastrero y pecho cubierto de baratijas, apoyando en su corto muslo un casco de blancos plumajes.

Durante la vida de aislamiento y privaciones que arrostraron Renovales y su mujer, los periódicos llevaban hasta la misera casa del artista los ecos de los triunfos de la «bella condesa de Alberca». No había relato de fiesta aristocrática en que no figurase su nombre en primera línea. Además, la llamaban «ilustrada», haciéndose lenguas de su cultura literaria, de la educación clásica que debía á su «ilustre padre», ya difunto. Y con estas noticias públicas, llegaban hasta el artista, en las alas susurrantes de la madrileña murmuración, otras que suponían á la condesa de Alberca consolándose alegremente del error cometido al casarse con un viejo.

En Palacio la habían puesto en entredicho por esta fama. El marido figuraba en las solemnidades regias, pues no todos los días se presentaba ocasión de lucir su cargamento de honorable bisutería; pero ella se quedaba en casa, abominando de estas ceremonias. Renovales la había oído afirmar muchas veces, vestida lujosamente y con valiosas alhajas en las orejas y el pecho, que ella se reía de su mundo, que estaba en el secreto... ¡que era anarquista! Y oyéndola reía, como reían todos los hombres de lo que llamaban las cosas de la de Alberca.

Cuando triunfó Renovales, volviendo como maestro ilustre á aquellos salones, por los que había, pasado en su primera juventud, sintió la atracción de la condesa que, en su calidad de gran dama «intelectual», tenía empeño en rodearse de hombres célebres. Josefina no le acompañó en esta vuelta al mundo. Sentíase enferma; la fatigaba el roce con las mismas gentes y en los mismos sitios; carecía de fuerzas hasta para emprender los viajes que le recomendaban los médicos.

La condesa amarró al pintor á su séquito, mostrándose ofendida cuando dejaba de presentarse en su casa las tardes en que recibía á sus amigos. ¡Qué ingratitud con una admiradora tan ferviente! ¡Tanto que la placía á ella exhibirlo ante sus amigas, como si fuese una joya nueva! «El pintor Renovales: el famoso maestro.»

En una de estas tardes de recepción, el conde abordó al pintor, con su gravedad de personaje abrumado por los honores del mundo.

—Concha desea un retrato hecho por usted, y yo quiero darla gusto en todo. Usted dirá cuándo puede comenzar. Ella teme proponérselo y me ha dado el encargo. Ya sé lo que usted lleva á otros por su trabajo. Píntela usted bien... que quede contenta...

Y al notar cierto movimiento de Renovales, ofendido por esta llaneza del gran señor, añadió, como si le hiciese una nueva merced:

—Si queda usted bien en lo de Concha, me pintará después á mí. Sólo aguardo el Gran Crisantemo del Japón. En Estado me dicen que llegarán los títulos un día de estos.

Renovales comenzó el retrato de la condesa. Se prolongaba la obra por culpa de aquella aturdida, que siempre llegaba tarde con pretexto de sus ocupaciones. Muchos días el artista no daba una sola pincelada: pasaban las horas charlando. Otras veces el maestro escuchaba en silencio, mientras ella, en su incesante verbosidad, burlábase de las amigas y relataba sus defectos secretos, sus costumbres más íntimas, sus amoríos misteriosos, con cierta fruición, como si todas las mujeres fuesen sus enemigos. En mitad de una de estas confidencias deteníase para decir con gesto pudoroso y entonación irónica:

—¡Pero estaré escandalizando á usted, Mariano!... ¡Usted que es un buen marido, un padre de familia, un varón virtuoso!...

Renovales sentía entonces tentaciones de ahogarla. Se burlaba de él; lo consideraba un hombre distinto de los demás, una especie de fraile de la pintura. Deseoso de herirla, de devolverla el golpe, la atajó una vez brutalmente, en mitad de sus despiadadas murmuraciones:

—Pues de usted también hablan, Concha. También dicen... cosas poco gratas para el conde.

Esperaba un estallido de indignación, una protesta, y lo que resonó en el silencio del estudio fué una risa alegre, desenfrenada, que se prolongó largo rato, cortándose varias veces para volver á comenzar. Después se mostró melancólica, con esa tristeza dulce de las mujeres «no comprendidas». Era muy desgraciada, Mariano. Á él se lo podía revelar todo, porque era un buen amigo. Se había casado siendo una niña: una terrible equivocación. En el mundo existía algo más que el deslumbramiento de la fortuna, el esplendor del lujo y aquella corona de conde que había perturbado su cerebro de colegiala.

—Tenemos derecho á un poco de amor; y si no es amor, á un poco de alegría. ¿No lo cree usted, Mariano?

¡Vaya si lo creía!... Y de tal modo lo afirmaba, mirando á Concha con ojos alarmantes, que ésta acabó por reir de su ingenuidad, amenazándole con una mano.

—Cuidado, maestro; que Josefina es mi amiga, y si usted se resbala, se lo cuento todo.

Renovales irritábase contra este pensamiento de pájaro, siempre inquieto, saltador y caprichoso, que tan pronto se posaba junto á él comunicándole el calor de la intimidad, como volaba lejos azorándole con sus aleteos burlones.

Algunas veces presentábase agresiva, molestando al artista desde sus primeras palabras, como acababa de ocurrir en esta tarde.

Permanecieron largo rato silenciosos; pintando él con aire distraído, contemplando ella la marcha del pincel, hundida en un sillón, en la dulce calma de la inmovilidad.

Pero la de Alberca era incapaz de permanecer mucho tiempo callada. Poco á poco se enfrascó en su charla habitual, sin hacer caso del mutismo del pintor, hablando por la necesidad de animar con sus palabras y sus risas el conventual silencio del estudio.

El pintor le oyó el relato de sus trabajos como presidenta de la «Liga Feminista», de las grandes cosas que se proponía hacer en la santa empresa de la emancipación de su sexo. Y de paso, arrastrada por su afán de ridiculizar á todas las mujeres, burlábase donosamente de sus colaboradoras en la grande obra: literatas desconocidas, maestras amargadas por su fealdad, pintoras de flores y palomas; una turba de pobres mujeres con sombreros extravagantes y faldas que parecían colgadas de una percha; bohemia femenil, rebelde y rabiosa contra su suerte, que se enorgullecía de tenerla por directora y á cada dos palabras la soltaban todas ellas un tratamiento sonoro de «condesa» para halagarse á sí mismas con el honor de esta amistad. Á la de Alberca la divertía mucho su séquito de admiradoras; reía de sus intransigencias y propósitos.

—Sí; ya sé lo que es eso—dijo Renovales rompiendo su largo mutismo.—Quieren ustedes anularnos; reinar sobre el hombre, al que odian.

La condesa recordaba entre risas el feminismo feroz de algunas de sus acólitas. Como las más de ellas eran feas, abominaban de la hermosura femenil como un signo de debilidad. Querían la mujer del porvenir sin caderas, sin pechos, lisa, huesuda, musculosa, apta para todos los trabajos de fuerza, libre de la esclavitud del amor y de la reproducción. ¡Guerra á la grasa femenil!...

—¡Qué horror! ¿No le parece á usted, Mariano?—continuaba ella.—¡La mujer, lisa y escueta por delante y por detrás, con el pelo cortado y las manos duras, en competencia con el hombre para toda clase de luchas! ¡Y á esto llaman emancipación!... Buenos son ustedes: á los pocos días de vernos en esa facha, nos dirigirían á bofetadas.

No; ella no era de éstas. Deseaba el triunfo de la mujer, pero aumentando aún más sus encantos y seducciones. Si las quitaban la hermosura, ¿qué quedaría de ellas? La quería igual al hombre en inteligencia, pero superior á él por la magia de su belleza.

—Yo no aborrezco al hombre, Mariano. Yo soy muy mujer, y me gusta... ¿por qué he de negarlo?

—Lo sé, Concha; lo sé—dijo el pintor con aviesa intención.

—¿Qué ha de saber usted? Mentiras, murmuraciones que se ensañan en mí, porque no soy hipócrita ni tengo á todas horas un gesto grave.

Y arrastrada por ese deseo de ser compadecidas que sienten las mujeres de fama problemática, habló una vez más de su triste situación. Al conde ya lo conocía Renovales: un buen señor algo maniático, que sólo pensaba en sus baratijas honoríficas. La rodeaba de atenciones, velaba por su bienestar, pero no era nada para ella. Faltábale lo más importante: el corazón... el amor.

Hablaba elevando los ojos, con un anhelo de idealidad que hubiese hecho sonreir á otro que no fuese Renovales.

—En esta situación—decía con voz lenta y la mirada perdida,—no es extraño que una mujer busque la felicidad donde la encuentre. Pero yo soy muy desgraciada, Mariano; yo no sé lo que es amor; yo no he amado nunca.

¡Ay! Ella hubiese sido dichosa uniéndose á un hombre superior. Ser la compañera de un gran artista, de un sabio, habría hecho su felicidad. Los hombres que la rodeaban en los salones eran más jóvenes, más fuertes que el pobre conde, pero mentalmente aún valían menos que él. No era ninguna virtud, lo reconocía; con un amigo como el pintor no osaba mentir. Había tenido sus distracciones, sus caprichos, como muchas que pasaban por virtudes inexpugnables; pero de estas faltas salía siempre con una impresión de desencanto y disgusto. Sabía que el amor era una realidad para otras, pero ella no lograba encontrarlo.

Renovales había cesado de pintar. Ya no entraba por el ventanal la luz del sol. Los vidrios tenían una opacidad de tono violáceo. El crepúsculo invadía el estudio, y en su penumbra brillaban tenuamente, como chispas mortecinas, aquí una punta de marco, más allá el oro viejo de un estandarte bordado; en los rincones el pomo de una espada, el nácar de una vitrina.

Sentóse el pintor cerca de la condesa, sumiéndose en aquella atmósfera de perfumes que la rodeaba como un nimbo de acre voluptuosidad.

Él también era desgraciado. Lo declaraba sinceramente, creyendo de buena fe en la melancólica desesperación de la dama. Faltaba algo en su vida; se hallaba solo en el mundo. Y como viese en el rostro de Concha un gesto de asombro, se golpeó el pecho enérgicamente.

Sí, solo. Adivinaba lo que ella iba á decirle. Tenía á su mujer, tenía á su hija... De Milita no quería hablar: la adoraba; era su alegría. Al sentirse cansado del trabajo, experimentaba una sensación de dulce reposo pasando sus brazos en torno de su cuello. Pero él aun era joven para contentarse con estas alegrías del amor paternal. Deseaba algo más, y no podía encontrarlo en la compañera de su vida, siempre enferma, con los nervios en perpetua crisis. Además, no le comprendía; no le comprendería nunca: era una carga que abrumaba su talento.

Su unión sólo estaba basada en la amistad, en la gratitud por las penalidades que habían soportado juntos. También él había sufrido un engaño tomando por amor lo que sólo era un impulso de la afinidad juvenil. Él necesitaba una verdadera pasión; vivir en contacto con un alma gemela de la suya; amar á una mujer superior que le comprendiese y le animase en sus audacias, que supiera sacrificar sus preocupaciones burguesas á las exigencias del arte.

Hablaba con vehemencia, fijos sus ojos en los de Concha, que brillaban al recibir de frente la luz del ventanal.

Pero Renovales se vió cortado por una risa irónica, cruel, al mismo tiempo que la condesa echaba atrás su sillón como huyendo del artista, que lentamente se inclinaba hacia ella.

—¡Que se resbala usted, Mariano! ¡Que le veo venir! Un poco más, y me suelta usted su declaración... ¡Señor, qué hombres! Es imposible hablar con ellos como una buena amiga, concederles cierta confianza sin que al momento hablen de amor. Si le dejo á usted, antes de un minuto me dice que soy su ideal... que me adora.

Renovales, que se había apartado de ella recobrando su severidad, sintióse herido por esta risa burlona, y dijo con voz queda:

—¿Y si fuese cierto?... ¿Y si yo la amase?...

Volvió á sonar la risa de la condesa, pero forzada, falsa, con un tono que parecía arañar el pecho del artista.

—¡Lo que yo esperaba! ¡La consabida declaración! Con esta va la tercera que me hacen hoy. ¿Pero es que no se puede hablar con un hombre más que de amor?...

Puesta ya de pie, buscaba con la vista el sombrero, no recordando el lugar donde lo había dejado.

—Me voy, cher maître. Es peligroso quedarse aquí. Procuraré venir más pronto y que no nos sorprenda el crepúsculo. Es la hora traidora: el momento de las grandes tonterías.

El pintor se opuso á su marcha. Aun no había llegado su coche; podía esperar unos instantes más. La prometió permanecer tranquilo; no hablarla, ya que esto la disgustaba.

La condesa se quedó, pero no quiso sentarse en el sillón. Dió algunos pasos por el estudio y acabó por abrir la tapa de un armónium colocado cerca del ventanal.

—Vamos á hacer un poco de música; esto nos tranquilizará. Usted, Mariano, quietecito en su silla y sin acercarse. Á ver si es usted buen chico...

Posáronse sus dedos en el teclado, movieron sus pies los pedales y el Largo religioso, de Haendel, grave, místico, soñador, se extendió dulcemente por el estudio. La melodía esparcíase por la nave, envuelta ya en la penumbra; filtrábase entre los tapices, prolongando su alado susurro por los otros dos estudios, como si fuese el canto de un órgano tocado por invisibles manos, en una catedral desierta, á la hora misteriosa del anochecer.

Concha sentíase conmovida, con femenil sentimentalismo, con la superficial y caprichosa sensibilidad que le hacía ser considerada, por sus amigos, como una gran artista. La música la enternecía; hacía esfuerzos para que no saltasen lágrimas sus ojos, sin saber por qué.

De pronto cesó de tocar y volvió la cabeza con inquietud. El pintor estaba detrás de ella; creyó sentir en su nuca el soplo de su respiración. Quiso protestar, colocarle á distancia con una de sus risas crueles, pero no pudo.

—Mariano—murmuró,—á su asiento: á ser buen muchacho y obediente. ¡Mire usted que me enfado!

Pero permaneció inmóvil, después de haber dado media vuelta en su taburete, quedando de frente al ventanal, apoyando un codo en el teclado.

Estuvieron mucho tiempo silenciosos; ella en esta posición; él de pie, contemplando su rostro, que no era ya más que una mancha blanca en la creciente penumbra.

La vidriera destacábase ahora con una opacidad azulada. Las ramas del jardín cortábanla como tortuosos y movibles trazos de tinta. En la profunda calma del estudio sonaban los crujidos de los muebles; esa respiración de la madera, del polvo y los objetos en el silencio y la sombra.

Los dos parecían cautivados por el misterio de la hora, como si la muerte del día anestesiase su pensamiento. Sentíanse mecidos en un ensueño vago y dulce.

Ella tuvo un estremecimiento de voluptuosidad.

—Mariano, aléjese usted—dijo con voz lenta, como si le costase un gran esfuerzo.—Esto es muy bonito... parece que me encuentro en un baño... un gran baño que me penetra hasta el alma. Pero esto no está bien. Encienda usted, maestro. ¡Luz, luz! Esto no es correcto.

Mariano no la escuchaba. Se había inclinado sobre ella, cogiéndola una mano, fría, insensible, como si no se diese cuenta de la presión de la suya. Después, en un arranque súbito la besó, y faltó poco para que la mordiese.

La condesa pareció despertar y se irguió altiva, ofendida.

—Es una niñería, Mariano. Es un abuso.

Pero en seguida rió, con su risa cruel, como si sintiera lástima ante la confusión que mostraba Renovales viendo su enfado.

—Queda usted absuelto, maestro. Un beso en la mano no significa nada. Es un gesto protocolario... Son muchos los que me la besan.

Y esta indiferencia fué un amargo castigo para el artista, que consideraba su beso como una toma de posesión.

La condesa siguió buscando en la obscuridad, repitiendo con vocecilla irritada:

—¡Luz, haga usted luz! ¿Pero dónde está la llave?

Se hizo la luz sin que Mariano se moviese, sin que ella encontrase el tan buscado resorte. Brillaron en lo alto del estudio tres focos eléctricos y sus coronas de agujas blancas sacaron de la sombra los marcos dorados, los brillantes tapices, las armas relucientes, los muebles vistosos, las pinturas de vivos colores.

Los dos parpadearon, cegados por el repentino resplandor.

—Buenas noches—dijo del lado de la puerta una voz melosa.

—¡Josefina!...

La condesa corrió hacia ella, abrazándola con gran efusión, besando sus mejillas rojizas y descarnadas.

—¡Qué á obscuras estabais!—prosiguió Josefina con una sonrisa que conocía bien Renovales.

Concha la aturdió con el chaparrón de su palabrería. El ilustre maestro se había negado á encender; le gustaba el crepúsculo; ¡cosas de artista! Habían hablado mucho de su querida Josefina, mientras ella aguardaba la llegada del coche. Y decía esto besando á la mujercita, separándose un poco para contemplarla más á su gusto, repitiendo con vehemencia:

—¡Pero qué guapa estás hoy! Te encuentro mejor que hace tres días.

Josefina no cesaba de sonreir. Muchas gracias... El coche esperaba á la puerta. Se lo había dicho el criado cuando ella bajaba atraída por el eco lejano del armónium.

La condesa mostró prisa por irse. Recordaba de pronto un sinnúmero de cosas que debía hacer; enumeraba las personas que la aguardaban en su casa. Josefina la ayudó á colocarse el sombrero y el velo, y todavía, á través de éste, la dió la condesa varios besos de despedida.

—Adiós, ma chere. Adiós, mignone. ¿Te acuerdas del colegio? ¡Ay, cuán felices éramos allí!... Adiós, maître.

Todavía se detuvo en la puerta para besar una vez más á Josefina.

Y como final, antes de desaparecer, exclamó en un tono quejumbroso de víctima que desea ser compadecida:

—Te envidio, cherie. Tú, al menos, eres feliz: has encontrado un marido que te adora... Maestro, cuídela usted mucho: mímela para que se ponga buena y guapa... Cuídela usted, ó reñiremos.

VI

Renovales acabó de leer en la cama, según su costumbre los periódicos de la noche, y antes de apagar la luz miró á su mujer.

Estaba despierta. Sobre los embozos de la cama vió sus ojos desmesuradamente abiertos, fijos en él con una tenacidad hostil, y los rabitos de su pobre cabellera, que se escapaban lacios y tristes por entre las blondas de la gorra de noche.

—¿No duermes?—preguntó el pintor con una entonación cariñosa, en la que había algo de inquietud.

—No.

Y tras este monosílabo duro, dió una vuelta en la cama, volviéndole la espalda.

Quedó Renovales en la obscuridad, con los ojos abiertos, algo inquieto por el temor que le inspiraba aquel cuerpo, oculto bajo la misma sábana, tendido á corta distancia de él y que evitaba todo roce, achicándose con manifiesta repulsión.

¡Pobrecilla! El bueno de Renovales sentíase atenaceado por un doloroso remordimiento. Su conciencia era una bestia feroz que se había despertado iracunda é implacable, destrozándolo con las dentelladas del desprecio. No significaban gran cosa los sucesos de aquella tarde: un momento de abandono, una debilidad. Seguramente que la condesa ya no se acordaba de ello, y él, por su parte, tenía el propósito de no reincidir.

¡Bonita situación para un padre de familia, para un hombre que había ya pasado su juventud, comprometerse en empresas amorosas, ponerse melancólico á la hora del crepúsculo, besando una mano blanca, con posturas de trovador apasionado! ¡Vive Dios! ¡Cómo se hubieran reído los amigos al verle en esta actitud!... Había que limpiarse de este romanticismo que le dominaba en ciertos momentos. Cada hombre debía seguir su destino, aceptando la vida tal como se presentaba. Él había nacido para virtuoso; debía conformarse con la relativa paz de su vida doméstica; aceptar sus escasas dulzuras como una compensación de los tormentos morales que le hacía sufrir la enfermedad de su compañera. Se contentaría con las fiestas de su pensamiento; con aquellos atracones ilusorios de belleza que se daba en los banquetes servidos por su imaginación. Mantendría su carne en una fidelidad matrimonial que equivalía á perpetua privación. ¡Pobre Josefina! Su remordimiento, por un instante de debilidad que él consideraba como un crimen, impulsábale á aproximarse á su compañera de lecho, cual si buscase en su calor y su contacto un mudo perdón.

El cuerpo, ardoroso por una lenta fiebre, se alejó al sentir su roce; se apelotonó, como esos moluscos tímidos que se achican y ocultan al más leve tocamiento... Estaba despierta. No se oía su respiración; parecía muerta en la profunda obscuridad, pero el marido adivinaba sus ojos abiertos, su ceño contraído, y sentía el pavor del que presiente un peligro en el misterio de la sombra.

Renovales también permaneció inmóvil, evitando un nuevo encuentro con este cuerpo que le repelía mudamente. La firmeza de su arrepentimiento le proporcionaba cierto consuelo. Jamás volvería á olvidarse de su mujer, de su hija, de su respetabilidad de hombre grave.

Desecharía para siempre estos anhelos de juventud, esta audacia, esta hambre de gozar todas las dulzuras de la vida. Su suerte estaba echada; seguiría siendo el de siempre. Pintaría retratos y todo lo que le encomendasen; daría gusto al público, ganaría más dinero; procuraría amoldar su arte á las exigencias celosas de su mujer para que viviese tranquila; se burlaría de ese fantasma de la ambición humana que llaman gloria. ¡La gloria! ¡Una lotería sin más probabilidades de suerte que los gustos de las gentes que aun estaban por nacer! ¿Quién conocía las aficiones artísticas del porvenir? Tal vez apreciase como bueno lo que él producía ahora á disgusto; tal vez reiría con desprecio de lo que él deseaba pintar. Lo único importante era vivir tranquilo, los más años que pudiese, rodeado de dulce paz. Su hija se casaría. Tal vez fuese su marido el amado discípulo, aquel Soldevilla, tan modosito, tan cortés, que andaba loco tras la revoltosa Milita. Y si no era éste, sería López de Sosa, un mentecato enamorado de sus automóviles, que gustaba más á Josefina que el discípulo, por no haber incurrido en el pecado de mostrar talento y dedicarse á la pintura. Tendría nietos, le blanquearía la barba, ofrecería la majestad de un Padre Eterno, y Josefina, cuidada por él, reanimada por un ambiente de cariño, llegaría también á la vejez, libre de sus nervios, equilibrada por la insensibilidad de los años, que anula los desarreglos del sexo.

El pintor sentíase halagado por este cuadro de felicidad patriarcal. Se iría del mundo sin haber mordido los mejores frutos que ofrece la vida, pero con la paz de un alma que tampoco conoce las grandes vehemencias pasionales.

Mecido por estas ilusiones, el artista fué sumiéndose en el sueño. Veía en la sombra la imagen de su tranquila ancianidad, con arrugas sonrosadas y cabellera de plata: á su lado una viejecita vivaracha, sana y graciosa, peinada con bandós de brillante nieve, y en torno de ellos un corro de niños, muchos niños, unos urgándose las narices, otros revolcándose en el suelo, con la panza al aire, como gatitos revoltosos; los mayores, lápiz en mano, haciendo la caricatura de la valetudinaria pareja, y todos gritando á coro con un llamamiento de ternura: «¡Abuelitos ricos! ¡Abuelitos monos!...»

En su imaginación adormecida se esfumaba y borraba este cuadro. Ya no veía las figuras, pero el grito cariñoso seguía sonando en sus oídos cada vez más lejano.

Después volvía á crecer y se aproximaba lentamente, pero era una queja, un lamento tembloroso, un alarido como el de la bestia que siente en la garganta el cuchillo del sacrificador.

El artista, aterrado por este gemido, creyó que un animal obscuro, un monstruo de la noche, se agitaba junto á él, rozándolo con sus antenas, empujándole con las huesosas puntas de sus articulaciones.

Despertóse, y turbio aún su cerebro por las nieblas del sueño, lo primero que sintió fué un estremecimiento de miedo y sorpresa, extendiéndose de su nuca á sus pies. El monstruo invisible estaba junto á él, moribundo, pataleante, hiriéndole con las angulosidades de su cuerpo. El alarido rasgaba la obscuridad con estertor agónico.

Renovales, á impulsos del miedo, despertó por completo. Aquel lamento era de Josefina. Su mujer rodaba en la cama, rugiendo al beber penosamente el aire.

Crujió la llave de la luz y el resplandor blanco y crudo de la lámpara mostró á la mujercita, en el desorden de su crisis nerviosa: los flacos miembros contraídos dolorosamente; los ojos desmesuradamente abiertos, mates y con un estrabismo de agonía; la boca llorosa, goteando por sus comisuras una espumilla de rabia.

El marido, aturdido por este despertar, intentó cogerla en sus brazos, oprimirla dulcemente, como si su calor pudiese devolverla la calma.

—Déja... me—rugió ella con voz entrecortada.—Suelta... Te aborrezco...

Y era ella la que, pidiendo que la soltase, se aferraba á él, clavando los dedos en su cuello, como si quisiera extrangularle. Renovales, insensible á este apretón, que no hacía gran mella en su cuello atlético, murmuraba con triste bondad:

—¡Aprieta!... No temas hacerme daño. ¡Desahógate!

Sus manos, cansadas de oprimir inútilmente aquella carne musculosa, abandonaron su presa con cierto desaliento. Aun duró un buen rato la crisis, pero sobrevino el llanto, quedando la mujer anonadada, inerte, sin otras manifestaciones de vida que el estertor de su pecho y el incesante gotear del doble hilo lacrimoso.

Renovales había saltado de la cama, yendo por la habitación, en su grotesco atavío de dormir, buscando por todos lados, sin saber lo que buscaba, murmurando palabras cariñosas para tranquilizar á su esposa.

Ésta interrumpía sus gemidos, pugnando por introducir cada sílaba á través del estertor. Hablaba con la cabeza oculta entre los brazos. El pintor se detuvo á oirla, asombrado de las palabras soeces que se deslizaban de los labios de su Josefina, como si el pesar, al remover su alma, sacase á flote las groserías é impurezas oídas en la calle y depositadas en el fondo de su memoria.

—¡La tía... tal! (Y aquí soltaba la palabra clásica, con naturalidad, como si toda su vida hubiese hablado así.) ¡La sinvergüenza! La...

Y seguía lanzando un rosario de interjecciones que escandalizaban al marido, por salir de aquella boca.

—¿Pero de quién hablas? ¿Qué persona es esa?

Ella, como si sólo aguardase estas preguntas, se incorporó en la cama, púsose de rodillas, mostrando su triste osamenta, mirándole fijamente, moviendo sobre el frágil cuello su cabeza, en torno de la cual se arremolinaban los cortos y lacios mechones de la cabellera.

—¿De quién ha de ser? De la de Alberca... ¡De ese grandísimo plumero! ¡Hazte de nuevas! ¡Tú no sabes nada! ¡Pobrecito!

Renovales esperaba esto, pero al oirlo, tomó una actitud arrogante, fortalecido por sus propósitos de enmienda y por la certeza de que decía verdad. Se llevó la mano al corazón en actitud teatral, echando atrás su melena, sin reparar en lo grotesco de su figura, que se reflejaba en los espejos del dormitorio.

—Josefina, te juro por lo más que amo en el mundo, que no es cierto lo que supones. Nada tengo que ver con Concha. ¡Por nuestra hija te lo juro!

La mujercita se irritó aún más.

—No jures, no mientas... no nombres á mi hija. ¡Embustero! ¡Hipócrita! Todos sois iguales.

¿La creía una tonta? Estaba enterada de cuanto ocurría en torno de ella. Él era un libertino, un mal esposo: lo había conocido á los pocos meses de matrimonio; un bohemio sin otra educación que las perversas tertulias de los de su clase. Y la otra era cualquier cosa; lo peorcito de Madrid: por algo se reían en todas partes del conde... Mariano y Concha se entendían; tal para cual; se burlaban de ella en su propia casa, á obscuras en el estudio.

—Es tu querida—decía con fría cólera.—Vamos, hombre, confiésalo; repite todas esas desvergüenzas del derecho al amor y el derecho á la alegría de que hablas con tus amigotes en el estudio; esas infamias hipócritas para justificar el desprecio á la familia, al matrimonio... á todo. Ten el valor de tus actos.

Pero Renovales, aturdido por esta palabrería feroz, que caía sobre él como una lluvia de latigazos, sólo sabía repetir, con la mano en el corazón y el gesto noblemente resignado del que sufre una injusticia:

—Soy inocente. Te lo juro. No hay nada de lo que supones.

Y pasando al otro lado de la cama, intentaba coger de nuevo entre sus brazos á Josefina, creyendo calmarla, ahora que parecía menos furiosa y el llanto cortaba sus airadas palabras.

Trabajo inútil. El frágil cuerpo escurríase entre sus manos, repeliéndolas con una sensación de horror y repugnancia.

—Déjame; no me toques. Me das asco.

Se engañaba su marido si creía que ella era enemiga de Concha. ¡Bah! Conocía bien á las mujeres. Hasta aceptaba (ya que tan tenaz era en sus juramentos de inocencia) que no existía nada entre los dos. Pero sería por ella, que estaba harta de adoradores, y á impulsos de una antigua amistad no quería amargar la existencia de Josefina. Era Concha la que había resistido y no él.

—Te conozco. Ya sabes que adivino tus pensamientos, que leo en tu frente. Eres fiel por cobardía, por falta de ocasión. Pero el pensamiento lo llevas cargado de obscenidades; tu interior me da asco.

Y antes de que pudiese protestar, su mujer le atacaba nuevamente, soltando de una vez todas las observaciones que había hecho, pesando sus actos y palabras con la sutileza de una imaginación enferma.

Echábale en cara la expresión de arrobamiento de sus ojos cuando veía á las damas hermosas colocarse ante su caballete para ser retratadas; los elogios á la garganta de una, á los hombros de otra: la unción casi religiosa con que examinaba las fotografías y los grabados representando beldades desnudas, pintadas por otros artistas, á los que él pretendía seguir en sus impulsos de libertinaje.

—¡Si yo te dejase! ¡Si yo desapareciese!... Tu estudio sería un burdel; no podría entrar en él una persona decente; siempre tendrías al fresco alguna mujer, copiando sus vergüenzas.

Y en el temblor de su voz irritada revelábase la ira, la amarga decepción de presenciar á todas horas este culto de la belleza, este elogio continuo á la hermosura, sin fijarse en que ella estaba presente, envejecida antes de tiempo, enferma, con la fealdad de la miseria física, y que cada uno de estos entusiasmos la hería como un reproche, marcando un abismo entre su triste condición y el ideal que llenaba la mente de su esposo.

—¿Crees que no sé lo que piensas?... Me río de tu fidelidad. ¡Mentira! ¡Hipocresía! Así como te haces viejo, te domina un deseo rabioso. Si pudieses, si tuvieras valor, correrías tras esas bestias de hermosas carnes que tanto elogias... Eres un ordinario. No hay en ti más que grosería y materialidad. ¡La forma! ¡La carne! ¿Y á esto llaman artista?... Mejor hubiera sido casarme con un zapatero, con uno de esos hombres buenos y simples que los domingos van con su pobre mujercita á comer en los merenderos y la adoran no conociendo á otra.

Renovales comenzaba á sentirse irritado por este ataque, que ya no se basaba en sus actos, sino en su pensamiento. Aquello era peor que el Santo Oficio. Le había espiado á todas horas; siempre atenta y observadora, recogía sus menores palabras y gestos; penetraba en su pensamiento, haciendo materia de celos sus preocupaciones y sus entusiasmos.

—Calla, Josefina... Eso es indigno. No podré pensar, no podré producir... Me espías y persigues hasta en mi arte.

Ella levantaba los hombros con desprecio. ¡Su arte! Se burlaba de él.

Y volvía á insultar á la pintura, arrepintiéndose de haber unido su suerte á la de un artista. Los hombres como él no debían casarse con mujeres decentes, con las que se llaman mujeres de su casa. Su destino era permanecer solos, ó agregarse á hembras sin escrúpulo, enamoradas de su cuerpo, capaces de exhibirlo en medio de la calle, con el orgullo de su desnudez.

—Yo te he querido, ¿sabes?—decía fríamente.—Te he querido, pero ya no te quiero. ¿Para qué? Sé que aunque me lo jures de rodillas, nunca me serás fiel. Estarás cosido á mis faldas y tu pensamiento irá lejos, muy lejos, acariciando esas vergüenzas que adoras. Tienes un serrallo en la cabeza. Creo vivir sola contigo, y al mirarte, la casa se puebla de mujeres, que me rodean, que lo llenan todo y se burlan de mí; todas hermosas, como bestias del demonio; todas desnudas, como tentaciones... Déjame, Mariano; no te acerques. No quiero verte. Apaga la luz.

Y viendo que el artista no obedecía su mandato, ella misma dió vuelta á la llave, oyéndose en la obscuridad el chasquido de sus huesos al arrebujarse en las ropas del lecho.

Renovales quedó en densa sombra, y á tientas buscó la cama, acostándose también. Ya no suplicaba; permanecía mudo, irritado. Habíase desvanecido la tierna compasión que le hacía soportar las agresivas nerviosidades de su mujer. ¿Qué más quería de él?... ¿Hasta donde iba á llegar?... Llevaba una vida de asceta, conteniendo sus apasionamientos de hombre sano, guardando por costumbre y por respeto una casta fidelidad, buscando un alivio en los fogosos extravíos de su imaginación... ¡y aun esto era un crimen! Con la agudeza de su pensamiento de enferma, penetraba ella en él, adivinando sus ideas, siguiendo su curso, rasgando el velo de misterio tras el cual ocultaba aquellos banquetes de ilusiones, en los que entretenía sus horas de soledad. ¡Hasta á su cerebro llegaba esta persecución! No podían sufrirse con paciencia los celos de aquella mujer, amargada por la pérdida de su frescura juvenil.

Ella reanudaba su llanto en la obscuridad. Gemía convulsivamente, agitando las ropas con el estertor de su pecho.

La cólera hacía insensible y duro al marido.

—¡Gime, pobrecita!—pensaba con cierta fruición.—Llora hasta deshacerte; no seré yo quien te diga una palabra.

Josefina, cansada de su mutismo, intercalaba palabras entre los lamentos. ¡Se burlaban de ella! ¡Vivía en perpetuo ridículo!... Los amigos que escuchaban al ilustre maestro, las señoras que visitaban su estudio, ¡cómo reirían al oirle sus arrebatados elogios á la belleza ante su mujer enferma y arruinada! ¿Qué era ella en aquella casa, panteón espantoso, nido de tristezas? Una pobre ama de llaves que cuidaba del bienestar del artista. Y el señor creía cumplir todos los deberes no manteniendo una querida, saliendo poco de casa, pero maltratándola con sus palabras, que la hacían objeto de ludibrio. ¡Si viviese su madre!... ¡Si sus hermanos no fuesen unos egoístas, que rodaban por el mundo, de embajada en embajada, contentos de la vida, dejando sin contestación sus cartas llenas de quejas y teniéndola por loca, al ver que se lamentaba de poseer un esposo ilustre y de ser rica!

Renovales, en la obscuridad, se llevaba las manos á la frente con gesto de desesperación, enfurecido por el sonsonete de tanta injusticia.

—¡Su madre!—pensaba.—Bien está la insufrible señora para siempre en su agujero. ¡Sus hermanos! Unos sinvergüenzas que siempre que pueden me piden algo... ¡Señor! ¡Paciencia para sufrir á esta mujer; resignación y calma para conservar mi frialdad, para que no olvide que soy un hombre!

La despreciaba en su pensamiento para mantener de este modo su impasibilidad. ¡Bah! ¡Una mujer... una enferma! Todos en el mundo arrastran su cruz, y la suya era Josefina.

Pero ésta, como si adivinase los pensamientos de su compañero de lecho, cesó de llorar y le habló con voz lenta, en la que temblaba una ironía cruel:

—De la de Alberca no esperes nada—dijo de pronto con femenil incoherencia.—Te advierto que tiene los adoradores por docenas: juventud y elegancia, que para las mujeres es algo más que el talento.

—¿Y á mi qué?—rugió en la obscuridad la voz de Renovales, con una explosión de cólera.

—Te lo digo para que no te forjes ilusiones... Maestro, va usted á sufrir un fracaso. Estás muy viejo, buen hombre; los años pasan... Tan viejo y tan feo que, si te hubiese conocido así, no sería tu mujer á pesar de toda tu gloria.

Después de este golpe, satisfecha y tranquila, cesó de llorar y pareció dormirse.

El maestro permaneció inmóvil, tendido de espaldas, con la cabeza apoyada en los brazos y los ojos muy abiertos, viendo poblarse la obscuridad de puntos rojos, que se ensanchaban en incesante rotación, formando anillos inflamados y flotantes. La cólera había sacudido sus nervios; la puñalada final no le dejaba dormir. Sentíase inquieto, desvelado por este cruel desgarrón en su amor propio. Creía tener en su cama, á corta distancia de él, á su mayor enemigo. Odiaba este cuerpecillo ruin que casi podía tocar con un ligero movimiento, como si encerrase la bilis de todos los adversarios con los que había chocado en su vida.

¡Viejo! ¡Despreciable! ¡Inferior á aquellos señoritos que pululaban en torno de la de Alberca; él, un hombre conocido por toda Europa y en cuya presencia palidecían emocionadas, mirándole con ojos de adoración, todas las señoritas que pintan abanicos y acuarelas de pájaros y flores!...

—Ya te lo diré más adelante, pobre mujer—pensaba, mientras una risa feroz deslizábase invisible en la sombra.—Ya verás si la gloria es algo y si me encuentran tan viejo como tú crees.

Con una alegría de adolescente recordaba la escena del crepúsculo, el beso en la mano de la condesa, su dulce abandono, aquella mezcla de resistencia y de agrado que le abría el camino para ir más adelante. Saboreaba estos recuerdos con la fruición de la venganza.

Después, su cuerpo, al moverse, tropezó con el de Josefina, que parecía dormir, y experimentó cierta repulsión, como si rozase un animal hostil.

Era su enemigo: había torcido y desorientado su vida de artista y entristecía su vida de hombre. Creíase ahora capaz de haber producido las obras más asombrosas, de no conocer á aquella mujercita que gravitaba sobre él con aplastante pesadumbre. Su censura muda, la fiscalización de sus ojos, aquella moralidad estrecha y mezquina de señorita bien educada, cerrábanle el paso, haciéndole salir de su camino. Sus cóleras, sus crisis nerviosas le desorientaban, achicándolo, robándole fuerzas para el trabajo. ¿Y siempre habría de vivir así?... Pensó con horror en los largos años que aun quedaban delante de él; en el camino que le ofrecía la vida, monótono, polvoriento, de agria cuesta, sin una sombra, sin un descanso, marchando trabajosamente, falto de entusiasmos y bríos, tirando de la cadena del deber, á cuyo extremo se arrastraba el enemigo, siempre quejumbroso, siempre injusto, con la egoísta crueldad del enfermo, espiándolo con ojos inquisitoriales á las horas en que se repliega el pensamiento, á las horas en que surge el sueño, violando su descuido, forzando su inmovilidad, robándole sus ideas más intimas para después pasárselas ante los ojos con insolencia de ladrón triunfante. ¡Y esto había de ser toda su vida!... ¡Cristo! No; mejor era morir.

Entonces surgió en las negruras de su cerebro, como una chispa azul, de lúgubre fulgor, un pensamiento, un deseo, que hizo correr por su cuerpo el escalofrío de la estupefacción y la sorpresa:

—¡Si se muriese!...

¿Por qué no?... Siempre enferma, siempre triste, parecía obscurecer su pensamiento con las alas de su alma, unas alas de cuervo, de tétrica agitación. Él tenia derecho á la libertad, á romper la cadena, porque era el más fuerte. Había pasado la vida deseando la gloria, y la gloria era un engaño si no proporcionaba más que el frío respeto de las gentes, si no podía cambiarse por algo más positivo. Aun le quedaban muchos años de existencia intensa; aun podía regodearse con un atracón colosal de placeres; aun podía vivir como ciertos artistas que él admiraba, ebrios de dulzuras mundanales, trabajando en loca libertad.

—¡Ay! ¡Si se muriese!...

Recordaba ciertos libros que había leído, en los cuales otros personajes imaginarios deseaban también la muerte ajena para satisfacer con más amplitud sus apetitos y pasiones.

De pronto creyó despertar, salir de un mal sueño, arrancarse con honda emoción de una pesadilla aterradora. ¡Pobre Josefina!... Le horrorizaba su pensamiento: sentía el fúnebre deseo abrasar su conciencia, como un hierro ardiente que levanta chirridos con su contacto. No era ternura lo que le hacía volver hacia su compañera, eso no; la guardaba rencor. Pero pensaba en sus años de sacrificio; en las privaciones que había sufrido al seguirle en su lucha con la miseria, sin una queja, sin una protesta, en los dolores de su maternidad, en el sustento que había dado á su hija, aquella Milita que parecía haber robado todo el vigor de su cuerpo y tal vez era causa de su decadencia. ¡Qué horror, desear su muerte!... ¡Que viviera! Él lo sufriría todo con la paciencia del deber. ¿Morir ella? Nunca; antes deseaba morir él.

Pero en vano pugnó el artista por olvidar su pensamiento. El deseo atroz, monstruoso, una vez despertado, se resistía, negándose á retroceder, á ocultarse, á morir en las tortuosidades cerebrales de donde había surgido. En vano se arrepentía de esta perversidad y se avergonzaba de su idea feroz, queriendo aplastarla para siempre. Parecía que dentro de él había surgido una segunda persona, rebelde á sus mandatos, ajena á su conciencia, insensible y dura á los escrúpulos compasivos, y esta personalidad, este dominio, seguía cantando en su oreja con acento alegre, como si le prometiese todas las voluptuosidades de la vida:

—¡Si se muriese!... ¿eh, maestro?... ¡Si se muriese!...

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