LIBRO QUINTO INTRIGAS Y OBSCURIDADES
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I. EL COMADRÓN TEÓSOFO
Solía pasar Chamizo largas temporadas sin ver a Aviraneta. No andaba con él, porque no quería comprometerse. Don Eugenio le enviaba alguna que otra vez un libro, una botella de vino, o algo de comer, con una carta burlona. También intentó darle dos o tres bromas pesadas.
Una tarde, después de comer, estaba el ex fraile leyendo en su cuarto, cuando entró la patrona, doña Puri, y le dijo:
—Don Venancio.
—¿Qué pasa?
—Que aquí está el señor Bordoncillo, con su secretario.
—No le conozco a ese señor; dígale usted que no estoy.
—Dice que trae una carta de un amigo de usted y que le tiene que hablar de cosas importantes.
—Bueno; pues que pase.
El señor Bordoncillo era un hombre bajito, de unos cincuenta años, melenudo, de bigote y perilla grises, con los ojos un poco bizcos y muy brillantes, el cráneo estrecho y piriforme, la boca sin dientes. Vestía perfectamente andrajoso, unos pantalones llenos de flecos, un chaleco lleno de grasa y un gabán negro lleno de caspa; usaba cuello de camisa grande y mugriento, corbata roja, unas botas destrozadas y un sombrero de copa como un tubo. El secretario era por el estilo de él, pero aún más raído y un tanto jorobado.
El señor Bordoncillo entró en el cuarto de Chamizo, seguido de su secretario. Se sentó en el único sillón con la mayor familiaridad, y se desembozó la bufanda, dejando en el ambiente un olor fuerte a tabaco.
—Lea usted—dijo al ex fraile, y le alargó una carta.
Era ésta de Aviraneta, y decía así:
«Mi querido amigo don Venancio: El dador de la adjunta es el señor Bordoncillo, profesor de obstetricia y de ciencias ocultas. El señor Bordoncillo es hombre eximio, de gran profundidad de ideas, y con el cual yo, por mi incultura, no puedo alternar debidamente. Usted, con sus conocimientos filosóficos e históricos, sabrá comprender a este hombre ilustre, hoy perseguido por enemigos poderosos, y elevarse a la altura de sus lucubraciones. Muy suyo,
Aviraneta.»
Al principio no comprendió el ex fraile que la cosa era broma; pero al poco tiempo de hablar con el señor Bordoncillo vió que se trataba de un iluso, de un chiflado.
—¿Ha leído usted la carta?—le preguntó el hombre mirándole atentamente.
—Sí.
—¿Y qué me contesta usted?
—Nada. ¿Qué quiere usted que le conteste? ¿Por qué dice el señor Aviraneta que es usted profesor de obstetricia?
—Porque lo soy.
—¡Ah! Usted se dedica a asistir a partos.
—Sí, señor; tengo esa noble profesión, que algunos intentan ridiculizar llamándonos comadrones, parteros y otras palabras igualmente absurdas. Mi secretario González es herbolario.
—¿Y trabaja usted?
—Poco, muy poco; pero dejemos esa cuestión. No es como profesor de obstetricia que vengo a visitarle a usted, ni a ofrecerle mis servicios.
—¡Oh! Lo supongo, lo supongo—dijo Chamizo.
El señor Bordoncillo le advirtió que sabía que el ex fraile había abandonado los antros de la superstición, por lo cual le felicitaba; después se acercó a él y le dijo con gran misterio:
—Soy un perseguido. Vea usted cómo me tienen—y abrió el chaleco y le mostró que no llevaba camisa.
—¿Qué le pasa a usted?
—Es muy largo de contar; otro día en que esté en mejor situación de ánimo se lo contaré. Hay poderes, señor mío, que quieren arrebatarme la libertad, arrebatarme el albedrío para hacerme contra mi voluntad consejero de la Corona. Que lo diga mi secretario.
—Es cierto, es cierto—murmuró el secretario.
—¡Pero hombre, eso no es tan malo!—le dijo Chamizo.
—No me entiende usted—dijo Bordoncillo—. ¿Y mi obra? ¿Cómo yo acabo mi obra, si me secuestran, si me monopolizan?
—¿Y qué obra quiere usted hacer? ¿Algún trabajo de obstetricia?
—Un tratado de obstetricia del mundo.
—¿Y cree usted que no tendría usted algún poco de tiempo...?
—Necesito toda la vida, caballero, y aun no basta. Quieren distraerme. Quieren impedirme trabajar. Vivo mal, señor mío. Vivo mal. Estoy a la merced de un Tubal Caín.
—¿Quién es Tubal Caín?—preguntó Chamizo asombrado.
—Es un herrero de la Ronda de Atocha, que es masón y que me desprecia. ¡A mí! ¡Un Tubal Caín! ¡Qué vergüenza para el mundo! Su mujer, a la que yo llamo la ciudadana Minerva, me hace el puchero, un puchero miserable; lo que usted oye; y su criado, a quien yo llamo Ierófilo, me saca la lengua cuando me ve... Así vivo yo. ¡Qué ironía! Me están asesinando. González, mi secretario, lo sabe.
El secretario movió la cabeza gravemente, y cerró los ojos en señal de asentimiento.
—Me han hecho quemar más de diez libras de papel—siguió diciendo el comadrón teósofo.
—¡Diez libras de papel!
—Sí; diez libras de papel escrito por mí. ¡Por mí! Una gnosis, una mística y mi gran obra sobre los Adelfos y los Filadelfos.
—¿Y por qué ha quemado usted eso?
—Para no producir más víctimas. Ya ha habido bastantes. Más de una docena de hombres han muerto por esa cuestión.
El señor González volvió a cerrar los ojos gravemente y a hacer un signo de afirmación.
—¿Tan importante es?—preguntó Chamizo.
—¡Importante! Es la síntesis de toda la filosofía espiritualista. Los descubrimientos de los templarios, de los alumbrados, de los filaletas, de los masones, de los martinistas, de los teofilántropos, de los Rosa-Cruz, de los caballeros Kadosch, todas estas ramas de las ciencias ocultas se condensan en mi sistema filosófico-religioso-social-antropológico-obstétrico. ¿Y qué necesito para desarrollarlo? Papel y un poco de comida y una persona segura que rechace los ofrecimientos de los monarcas que quieran captarme. Nada más. Usted puede ser esta persona. Usted puede asociarse a mi gloria. El señor Aviraneta me ha dicho que usted me cedería su casa. Este cuarto está bien. González podría vivir ahí. Parece que tiene usted algunos libros. ¡Uf!—dijo con desdén—. ¡Literatura latina! ¡Paganismo, paganismo!
Chamizo le dijo que el señor Aviraneta se había equivocado al referirse a él, que no era capaz de rechazar los ofrecimientos del monarca porque estaba comprometido con la reina.
—No me diga usted más, todo lo comprendo—dijo el señor Bordoncillo con una risa sardónica—. Está usted también vendido al Becerro de Oro. No me diga usted más, todo lo comprendo; pero para que vea usted quién soy, vea usted y tiemble.
Y el señor Bordoncillo sacó un cartel de cartón de debajo del abrigo, con unas letras que decían
V G M C K,
y se lo colgó en el cuello. Luego sacó una cinta de tres colores, azul, amarillo y verde, y se la puso en el pecho.
—Ya me comprende usted—dijo tocando la cinta con el índice, adornado por una uña con ribete perfectamente negro—; azul el cielo, amarillo el sol, verde la tierra—luego el comadrón teósofo se llevó la mano a la garganta e hizo—: ¡Aj..., aj...!—como si se le hubiera metido una espina y no pudiera sacarla.
—Sí, sí; supongo que le comprendo a usted, pero yo nada puedo hacer por usted—repitió Chamizo.
—¿Nada?
—Nada.
—¡Oh Jacobo Boeme! ¡Oh Cagliostro! ¡Oh Swedenborg! ¡Oh Martínez Pascualis! ¡Oh Saint-Martin, el filósofo desconocido! ¡Ved cómo tratan al filósofo mayor de todos los tiempos! González, usted será testigo de esta ofensa.
—¡Hombre! Yo no creo que le he ofendido a usted en nada—exclamó Chamizo.
—No me ha ofendido este falso hermano. ¿Cómo me va a ofender él a mí? ¡El a mí! Imposible. ¡A mí, iniciado en los misterios de Eleusis, en los misterios de Isis! No, González, no me puede ofender un Chamizo. No, González. Un Chamizo no me puede ofender. Yo soy caballero de la Orden de la Apocalipsis, gran maestre de la del Diamante, venerable de los Invisibles, caballero del León y de la Serpiente. Yo pertenezco al rito de los Perfectos iniciados de Egipto, a la Sociedad Alpha y Omega, a la Orden de la Medusa y de Melusina, a los caballeros de la Pura Verdad y de la Manzana Verde. Yo soy del rito sofisiano, del Escorpión Azul, del Cocodrilo Rosa, de la Serpiente Blanca; soy de los adoradores de Mitra, de los caballeros de Astarté, de los Magos de la torre astronómica de Babilonia, de los elegidos de Hiram y de la desembocadura del Nilo. ¿Y me pregunta si me ha ofendido, González? No. González, no. La gente vulgar no me puede ofender.
—Está bien. Me está usted molestando con sus tonterías. ¡Váyase usted!
—¿Me echa?
—Sí: váyase usted.
—Yo soy un sublime perfecto—exclamó el comadrón, irguiéndose sobre las puntas de los pies.
—A mí me parece usted un perfecto majadero. ¡A la calle!
—¿A la calle? ¡Me dice a mí a la calle, González!
—Sí; le digo a usted, a la calle.
—Me vengaré, González. Me vengaré—gritó el señor Bordoncillo—. Blandiré la gleba y la palanca. Yo tomaré el compás y administraré justicia. ¡Tiemble usted, señor Chamizo! ¡Tiemble usted! Tengo en mis manos las fuerzas ocultas de la Naturaleza...
Mientras el señor Bordoncillo seguía diciendo fantasías, Chamizo les fué llevando a él y a su secretario por el corredor de la casa de doña Puri hasta la puerta de la escalera; abrió y les echó fuera.
Cuando Chamizo le vió por primera vez a Aviraneta, le dijo que no le mandara gente como el comadrón-teósofo, porque alborotaba toda la casa y le desacreditaba.
—¡Pero, hombre, un personaje tan pintoresco! Yo creí que le divertiría a usted.
Aviraneta se rió mucho cuando le contó lo ocurrido y prometió no enviarle ningún otro personaje por el estilo.
II. LAS PASIONES HIERVEN
El verano de 1833 fué de grandes agitaciones y jaleos populares. Aviraneta, según dijo, estuvo perseguido por la policía; don Bartolomé José Gallardo y sus amigos anduvieron también escondidos; se gritó muchas veces «¡Abajo el Ministerio!»; se repartieron palos entre carlistas y cristinos y comenzaron las noticias de las sublevaciones a favor de Don Carlos, dirigidas por el Cura Merino, el Locho, don Santos Ladrón y otros mil. Toda España ardía de un costado a otro.
En otoño del mismo año los madrileños presenciaron el desarme de los voluntarios realistas en la plaza de la Leña, en donde se lucieron el coronel Bassa y el capitán Narváez. El que, según la voz popular, tomó parte en el desarme de los voluntarios fué Luis Candelas, el ladrón, poco antes escapado de la cárcel de Segovia. Candelas iba sustituyendo a José María, el Tempranillo, en la curiosidad y en la admiración de la gente del pueblo desde que el bandido andaluz se había acogido a indulto.
Aviraneta conocía a Candelas y un día se lo mostró a Chamizo en la calle.
Don Eugenio debió de hacer por entonces alguna maniobra con la policía de Zea, porque comenzó de nuevo a mostrarse en público. Había vuelto a su casa de la calle del Lobo y nadie se metía con él. Chamizo seguía con sus traducciones y otros trabajos.
A mediados de noviembre la marejada política aumentó; todos los días había tiros, palos, gritos de «¡Viva la Constitución!» «¡Muera Zea!» «¡Mueran los frailes!»
Los carlistas decían que el triunfo lo consideraban como seguro, que todos los aristócratas, los empleados de Palacio y los alabarderos eran suyos; que Luis Felipe iba a reconocer a Don Carlos; en fin, cantaban victoria. Los liberales aseguraban que de un día a otro se proclamaría la Constitución de 1812; que lord Villiers, el nuevo embajador de Inglaterra, partidario acérrimo de los liberales, sostenía al Gobierno, y que, en breve, podrían entrar en España Mina, Méndez Vigo, don Francisco Valdés, Mendizábal...
Había detalles cómicos. En las tabernas de los Barrios Bajos se hablaba de que el fantasma de Fernando VII aparecía en El Escorial en paños menores, y todo el mundo tomaba la noticia a chacota y servía la farsa para denigrar al difunto rey.
El Café Nuevo, de la calle de Alcalá, era un hervidero; solía estar aquello al rojo blanco.
Un día de a mediados de noviembre, Gallardo convidó a Chamizo a comer a la fonda de Perona, en agradecimiento de haberle encontrado el ex fraile un volumen raro que hacía tiempo andaba buscando el bibliófilo. Al entrar en la fonda se encontraron allí a Paquito Gamboa, al capitán Nogueras y a Aviraneta, que comían en compañía de un joven desconocido.
—¡Hola, Viborilla; no, Aviranetilla!—le dijo Gallardo.
—¡Hola, Gallardete!—le contestó Aviraneta—, ¿qué tal va esa bilis de bibliófilo?
—Bien. Y ese veneno de intrigante, ¿cómo marcha?
—Así, así.
Aviraneta y Gallardo se dedicaban con frecuencia a insultarse y a morderse. Gallardo recurría en sus sátiras a la erudición; pero era un recurso que no siempre daba resultado, porque con frecuencia sus alusiones no se entendían.
Después de comer se acercaron Gallardo y Chamizo a la mesa de Aviraneta y tomaron café juntos. Gallardo habló prodigando los fuegos artificiales de su conversación.
El joven desconocido que estaba con ellos era un hombre de unos veinticinco años, chato, de barba negra y con un aire extraño y decidido.
Desde que se acercaron Gallardo y Chamizo el joven no habló, y poco después se levantó y se marchó, dando la mano a los militares y a Aviraneta y haciendo a Gallardo y a Chamizo una ligera inclinación de cabeza.
—¿Quién es?—preguntó Gallardo.
—Es un fraile.
—¡Bah!
—Como lo oye usted. Es un fraile liberal que ha venido a vernos de parte de nuestros amigos isabelinos de Barcelona.
—Y, ¿cómo se fía usted de los frailes?—preguntó el bibliófilo.
—Amigo don Bartolo. Esto me demuestra que no ha sido usted mas que un conspirador de camama—dijo Aviraneta.
—¡Aviranetilla! ¡Aviranetilla! ¡Qué malo es este condenado! ¿Por qué dice usted eso?
—Porque si hubiera usted conspirado de verdad, sabría usted que no hay elementos mejores para la conspiración que los frailes. En la guerra de la Independencia casi todos los movimientos los prepararon los frailes; antes de la revolución de Cabezas de San Juan, uno de los agentes liberales más activos fué un fraile carmelita, el padre Mata, que había estado en Londres con Mina y recorrió todas las ciudades de España donde había logias montado en un caballo normando; la restauración de mil ochocientos veintitrés la hicieron los frailes; en Méjico he conspirado con su ayuda y aquí sigo viendo que todavía es la gente de más arrestos.
—Bien, yo no me fiaría de ellos. Este mismo tiene un aire solapado y una mirada falsa.
—El fraile, como todo, tiene su especialidad—replicó Aviraneta con sorna—; yo no le confiaría a éste una mujer guapa, ni una viuda, no; pero para una conspiración esta gente es irremplazable.
—Sí, sí; fíese usted.
El bibliófilo hablaba así, principalmente, por despecho, por ver que el fraile no había prestado oídos a su charla.
En esto entraron en la fonda unos cuantos jóvenes escritores que iban capitaneados por Espronceda y por Larra. Llegaron hablando alto. Un periodista calvo, barbudo, que malgastaba su ingenio acre en charlar en los cafés, saludó a Aviraneta y a Gallardo.
—¿Hay cuchipanda romántica?—le dijo con sorna Gallardo.
—Sí; pensamos comer, en vez de cabeza de cerdo, cabeza de clásico.
III. UNA PROPOSICIÓN DE PAQUITO GAMBOA
Salieron de la fonda y Paquito Gamboa acompañó a Chamizo hasta su casa.
Al llegar al portal le dijo:
—¿Le puedo considerar a usted como aliado, amigo don Venancio?
—¿Aliado? Según para qué.
—Para una empresa política.
—Hombre, ya sabe usted que yo no soy político.
—No importa. Yo le explicaré a usted el asunto. Si acepta, entra en la combinación, y si no, me da usted palabra de guardar el secreto por lo menos durante un mes.
—Está dada, y si quiere usted, durante un año. Subamos a mi cuarto y hablaremos con libertad.
Subieron a la habitación del ex claustrado, que estaba llena de libros viejos, de estampas y de papeles.
—Cómo se nota aquí al sabio don Venancio—dijo Gamboa.
—¡Bah! Ríase usted. El sabio no necesita de tanto papel. Esto es un vicio.
Chamizo desocupó el sillón, lleno de libros, para que se sentara Gamboa, y él se sentó en la cama.
—¿Usted no ha oído hablar de una intriga palaciega, de la cual es el centro el infante don Francisco?—preguntó Gamboa.
—No.
—Pues varios caballeros y damas de Palacio han tenido la idea de asociar a la infanta Luisa Carlota y a su marido don Francisco a la regencia de España.
—¿Y para qué? ¿Con qué objeto?—preguntó Chamizo.
—El motivo principal es que la reina está enamorada de Muñoz.
—Eso se dice.
—Se dice y es verdad. Para este caso se ha pensado en una regencia triple. La cosa no tiene nada de absurda.
—No, no.
—La infanta Luisa Carlota y su marido, que saben por Celia y por mí la influencia que va teniendo Aviraneta entre la juventud, van a llamarlo un día de estos para hablar con él.
—¿Pero Aviraneta tiene verdadera influencia?—preguntó Chamizo.
—Sí; sí la tiene. Ahora está proyectando una sociedad de partidarios de Isabel II, no sé en qué forma. Yo quisiera que usted intentase convencer a don Eugenio de que la solución de la triple regencia, la reina con los dos infantes, no es tan ilógica como a primera vista parece.
—Bueno, probaré.
—Lo tendremos en cuenta. Vaya usted mañana a comer con nosotros a casa de Celia. Puede usted ir allí cuando quiera. Es necesario que nos unamos las personas discretas. Yo hablaré al infante don Francisco a ver si puede darle a usted un empleo.
Dejándole halagado por esta dulce esperanza, se marchó Gamboa. Al día siguiente, Chamizo fué a comer a casa de Celia, y ella le conquistó y le hizo prometer que seguiría sus consejos, con lo cual no le iría mal.
IV. EL CONDE DE TORENO EN EL CALLEJÓN DEL GATO
Unos días después de la muerte del rey, el padre Mansilla apareció en la Casa del Jardín a visitar a su amigo Tilly.
—Se ha presentado en mi casa un médico, el doctor Torrecilla, con una pretensión bastante rara—le dijo.
—¿Cuál es?
—Este señor es conocido de doña Celia y quiere saber dónde vive Aviraneta, para hablar con él.
—¿Y cómo se ha dirigido a usted?
—Por doña Celia. Este Torrecilla me ha dicho que hay una persona importante, que ha venido del extranjero, que quiere conferenciar con Aviraneta. ¿Usted sabe dónde vive don Eugenio?
—No; pero lo averiguaré en seguida.
—¿Usted se encarga entonces de la gestión?
—Sí; yo me encargaré, sin ningún inconveniente.
Tilly fué a buscar al capitán Nogueras y averiguó que Aviraneta estaba viviendo en una casa de huéspedes de la calle de Segovia. Inmediatamente fué a ver al doctor Torrecilla a su casa.
—Me han avisado que usted quiere ver a Aviraneta—le dijo—. Como Aviraneta está hoy perseguido, si usted quiere decirme de qué se trata...
—Se va a perder tiempo—interrumpió el doctor Torrecilla—. Soy amigo de Eugenio, estoy al tanto de sus trabajos y tengo un encargo urgente para él.
—¿No quiere usted que le diga concretamente de qué se trata?
—Sí; vale más que se lo diga usted, porque si no vamos a tardar mucho tiempo en idas y venidas. Se trata de que el conde de Toreno está en Madrid. Yo le he visitado porque está enfermo de tercianas. El conde quiere ver a Aviraneta y hablar con él.
—Bueno, yo se lo diré. ¿Adónde le tengo que traer la contestación; aquí, a su casa?
—Mire usted, yo, por mi profesión, no tengo tiempo disponible. El conde está en una humilde casa de huéspedes del callejón del Gato, número 6, piso segundo; sé hace llamar por su nombre y su primer apellido, José Queipo. Si Aviraneta quiere ir a verle, que vaya; si pone algún inconveniente, usted se presenta al conde y le dice: «Vengo de parte del doctor Torrecilla con este recado de Aviraneta». ¿Estamos?
—Muy bien.
Fué Tilly a la calle de Segovia y se lo encontró a Aviraneta en un quinto piso haciendo listas de afiliados a la Isabelina, de Madrid y de provincias. Le contó lo que había pasado y cómo Toreno quería tener una entrevista con él.
—¿Usted va a ser el encargado de la negociación, querido Uno?
—Sí.
—Pues dígale usted al conde que yo, particularmente, no puedo pactar con él, porque estoy ligado con otras seis personas que forman el Directorio Isabelino. Pregúntele a Toreno si me autoriza para que cite su nombre a nuestra Junta, y mándeme usted en seguida la contestación. En caso afirmativo, vaya usted a la librería de viejo de la calle de la Paz, y al chiquillo de la librería le dice usted: «Vete a casa de don Eugenio y dile que sí». En caso negativo, nada.
—Está bien, amigo Tres.
Fué Tilly al callejón del Gato y entró en un portal obscuro y húmedo. Subió por una escalera sombría y llamó en el piso segundo. Preguntó por el señor Queipo y le pasaron a un gabinete pequeño, que tenía en el fondo una alcoba con puertas con cortinillas. Tilly pensó que desde allí le estaban observando. Efectivamente, se abrieron aquellas puertas y aparecieron el conde de Toreno, el doctor Torrecilla y un amigo de los dos, don Mariano Valero Arteta.
El conde era un hombre más bien feo que guapo, abotagado, rojizo. Tenía una mirada brillante y audaz; vestía con mucho atildamiento, como un completo dandy, y hablaba un castellano en el que se traslucía el asturiano y al acostumbrado a vivir en Francia.
—Este señor—dijo el doctor Torrecilla al conde—es el que ha quedado encargado de avistarse con Aviraneta.
—¿Qué le ha dicho a usted?—preguntó el conde con viveza.
—Me ha indicado—dijo Tilly—que él no puede hacer nada solo y que quiere saber si usted le da autorización para comunicar sus ofrecimientos al Directorio Isabelino.
—Bien; no tengo inconveniente en que exponga mis ofrecimientos a los demás miembros de su Sociedad, pero sin compromiso para ellos de ninguna clase; hubiera deseado tener una conferencia con alguno de los jefes isabelinos.
—Se lo diré a Aviraneta—indicó Tilly.
—Mi objeto en esta conferencia se reducía a ofrecer mis servicios a la asociación, al paso que podría ilustrarles con los antecedentes que he adquirido en París relativos a la marcha absolutista que piensa seguir el Ministerio Zea.
Don Mariano Valero instó a Tilly para que dijese a Aviraneta que el conde de Toreno estaba animado de los mejores sentimientos y resuelto a arrostrar toda clase de peligros, a fin de lograr que se dotase al país de una Constitución lo más liberal posible.
Al marcharse Tilly, el conde de Toreno preguntó con gran interés a Valero por él.
—¿Quién es este joven?—le dijo.
—No le conozco apenas—contestó Valero.
—¡Qué tipo más distinguido! Este hombre hará carrera.
Tilly salió del callejón del Gato, fué a la calle de la Paz, a la librería de viejo del señor Martín, y le dijo a Bartolillo:
—Vete a casa de don Eugenio y dile que sí.
Unos días después Aviraneta contó a Tilly el resultado de la negociación, que fué negativo.
Aviraneta congregó a sus consejeros, y, al parecer, todos estuvieron contentos en rechazar a Toreno.
Olavarría aseguró que el conde venía de París arruinado por negocios bursátiles y que no traía otro plan que el de buscar un asidero cualquiera.
—Si fuera hombre de fiar—parece que dijo—, él con los elementos con que contamos haría la revolución; pero corremos el peligro de servirle de escabel para alcanzar el ministerio, y que cuando no nos necesite nos pegue un puntapié. Toreno es hombre astuto y nos dominará.
Romero Alpuente afirmó que si se aceptaban los ofrecimientos del conde, él se retiraría de la Junta. Según él, Toreno venía a España, como enviado de Luis Felipe, a embrollar la política española, pues el monarca francés había perdido con Fernando VII el mejor aliado con que contaba, y temía que se realizase en España una revolución radical que hiciese renacer el fuego de las cenizas del republicanismo francés, que acababa por entonces de sofocar en su país.
Flórez Estrada se expresó de idéntica manera. Aviraneta fué el único que dijo que creía que no era prudente rechazar los ofrecimientos de un hombre de tanta importancia. Aviraneta escribió a Torrecilla dándole la negativa. Toreno no la echó en saco roto, y guardó gran rencor a Aviraneta.
El mismo día Toreno salía desterrado para Asturias por orden de Zea Bermúdez.
V. LAS RAZONES DE LA TRIPLE REGENCIA
El padre Mansilla subía en sus relaciones e iba escalando la alta sociedad. El confesonario le servía de mucho. No descuidaba tampoco la oratoria. Había adoptado en sus sermones una manera insinuante, casuística, que le daba gran éxito.
Casi todos los días Mansilla tenía largas conferencias con Tilly, y presentaba a su amigo en las casas más importantes, sobre todo en aquellas que tomaban un matiz liberal.
Una mañana les mandó aviso Aviraneta de que por la tarde iría a visitarles a la Casa del Jardín.
Mansilla y Tilly le recibieron amablemente, y constituyeron en broma el primer Triángulo del Centro.
—¿Qué hay, Tres?—dijo Tilly.
—Vengo a ver si me sacan ustedes de una duda, ustedes que frecuentan la alta sociedad.
—Vamos a ver...
—Creo que les dije hace tiempo que un tal Maestre nos trajo para la Isabelina unas listas de los comprometidos en un movimiento liberal anterior.
—Sí.
—Pues bien; por estas listas venimos a ponernos en relación en Cataluña con un fraile, el padre Puch o Puig, a quien le conocen por el nombre del Dominico de Vich. El tal dominico, según parece, goza de gran prestigio, y ha organizado un Directorio Isabelino rapidísimamente en Barcelona. Tiene ya cinco o seis mil hombres afiliados.
—¿Tantos?
—Sí; eso dice. El Directorio barcelonés se muestra lleno de impaciencia, y quiere que se apresure el levantamiento liberal. Ha escrito ya varias comunicaciones, y ayer se recibió una carta cifrada del Directorio, en la que se nos dice que tardamos mucho en Madrid en organizar nuestros trabajos, y que ellos se han puesto al habla con un miembro de la familia real, con un Borbón que se compromete a marchar al frente de los revolucionarios y acabar con los manejos carlistas. Añade el escrito que en el primer correo sale un comisionado del Directorio de Barcelona a ponerse al habla con nosotros. Yo me he quedado asombrado pensando qué persona real puede ser... He leído la carta a los demás y se han quedado en ayunas, como yo.
—¿Nadie ha sospechado nada?—preguntó Tilly sonriendo.
—Nadie. ¿Es que usted sabe algo?
—Sí; creo que Dos también lo sabe. ¿Verdad?
---Sí, también—dijo Mansilla.
—¿Y quién es ese personaje que va a aliarse con los revolucionarios?
—El infante don Francisco.
—¿Está usted seguro?
—Segurísimo.
—¿Pero no es un hombre negado?
—¿Hombre, eso qué importa? Carlos III fué un buen rey, y era un tonto.
-¿Y qué pretende don Francisco?
—Ser el regente. Muchos cristinos lo saben ya, comenzando por Zea Bermúdez, que sospecha la intención.
—Me deja usted asombrado. ¡Qué malos informes tenemos! Es la desdicha de España, de que no se puede hacer nada mas que con carcamales. Si yo hubiera podido hacer solo la Isabelina hubiese hecho otra cosa con gente joven...
—Hemos hecho el Triángulo del Centro—dijo Tilly—, y esto marchará.
—El número Uno y Dos van a dejar pronto atrás al número Tres—replicó Aviraneta.
—Pero no le abandonaremos—replicó Mansilla.
—¿Y a ustedes qué les parece que debía hacer la Isabelina con relación al infante don Francisco?
—Yo, como usted, me pondría de acuerdo con el infante—dijo Tilly.
—Creo lo mismo—agregó Mansilla.
—No va a ser posible—replicó Aviraneta—. Mis gentes no aceptan. Les parecerá un contubernio, y desde el momento que encuentren una palabreja de estas no saldrán de ahí. No discurren. Romero Alpuente dirá unas cuantas frases a estilo de Robespierre, y se acabó...
—Yo intentaría convencerles. Si no se puede, entablaría relaciones subterráneas.
—Lo averiguarán.
—No; usted es bastante inteligente para dorarles la píldora.
—¡Hum! ¡Qué sé yo!
—Ya sabe usted lo que decía madame Pompadour.
—No sé lo que decía.
—Que todo el secreto de la política consiste en mentir a tiempo.
—Es que el ambiente es tan pequeño...
—Pues yo me inclino hacia ese lado—dijo Tilly—. El conde de Parcent, que hace de cabeza de ese partido, trata de atraerme a su bando, y yo me dejo conquistar. Creo que no vulnero con eso mi pacto con el Triángulo del Centro.
—De ningún modo—repuso Aviraneta—; está usted en su derecho. ¿Y usted, Mansilla?
—Mi política es ser amigo personal de esos señores y no ser partidario de ninguno.
—Muy bien—murmuró Aviraneta—. ¿Si se enteran ustedes de algo me lo dirán en seguida?
—Sí. No tenga usted cuidado.
—Yo les comunicaré lo que acuerden los míos.
Dos días después volvió Aviraneta a la Casa del Jardín y se encontró solo con Tilly.
—¿Sabe usted algo?—preguntó Aviraneta.
—Que son ellos. Parcent tiene relaciones con los isabelinos de Barcelona. Su secretario, un capitán, De los Ríos, anda reclutando gente.
—¿Qué pretenden?
—La pretensión es muy sencilla, y hasta lógica. Quieren constituír una Regencia Triple con María Cristina, la infanta Luisa Carlota y don Francisco.
—Pero, ¿con qué objeto? ¿Por qué motivo?
—Hombre, motivos hay muchos; pero el principal es que la Reina Cristina está enamorada hasta las cachas de Muñoz. Ya no es una reina ni una señora distinguida, es una mujer desatada, una hembra en celo.
—Yo creí que era un devaneo propio de esta familia de Borbón, que es un tanto rijosa.
—¡Ca! Es una cosa seria... Es el amor de una mujer de treinta años, napolitana y ardiente, que ha estado casada con un hombre viejo, impotente y gotoso.
—Como subraya usted, amigo Uno.
—Si la cosa va como parece, todo hace creer que el descrédito de María Cristina va a ser enorme. ¡El hijo del estanquero de Tarancón y de la tía Eusebia en la alcoba de la reina! La cosa es fuerte. Para impedir el descrédito se ha pensado en esta solución de la Regencia Triple, y si Cristina se enmuñozase de tal manera que perdiera todo el prestigio personal, entonces se intentaría sustituírla completamente en la Regencia por la infanta Luisa Carlota.
—Todo esto que me dice usted es nuevo para mí—dijo Aviraneta—. ¿Usted cree de verdad en los amores de Cristina?
—Sí, sí; es un hecho. Pregúnteselo usted a Fidalgo. Todas las camaristas lo saben. El otro día le vieron a Muñoz con un brillante gordo en la pechera; era de los que usaba Fernando VII.
—¿Y esto empezó antes o después de la muerte del marido?
—Yo creo que antes. Ahí han andado en el lío la modista Teresita Valcárcel, la querida de Ronchi, y otra muchacha camarista, Mari-Juana, que está enredada con Colasito Franco, que es un guardia de Corps, amigo de Muñoz. La reina ha andado rondándole a Muñoz.
—Hemos vuelto a los tiempos de María Luisa.
—Sí; nos gobernarán, como entonces, una reina italiana y un guardia de Corps. Veremos a ver qué sale de eso.
—Usted, Tilly, no suelte el hilo de la intriga. Estamos en un momento muy interesante.
—No tenga usted cuidado.
VI. LOS INFANTES
Seis o siete días después estaba el padre Chamizo en casa de doña Celia, cuando se presentó un palaciego amigo de don Narciso Ruiz de Herrera, un tal García Alonso, y dijo:
—Ahora acabo de dejar a Eugenio Aviraneta, después de llevarle a Palacio a presencia de los infantes.
—¿Qué ha pasado?
—Pues siguiendo las instrucciones de Sus Altezas me avisté con el capitán Nogueras y le dije que necesitaba verme con Aviraneta. Puso el capitán algunos obstáculos, pero, por último, me dijo que le encontraría en su misma casa, a las tres de la tarde. Volví a esta hora, le expliqué de qué se trataba; me pidió un plazo de veinticuatro horas para consultarlo con sus amigos, y hoy he estado de nuevo en casa de Nogueras y en una berlina particular he llevado a don Eugenio a Palacio.
—¿Y qué ha ocurrido allí?
—Nada de extraordinario. Aviraneta y yo hemos sido introducidos en el saloncito pequeño dorado. Doña Carlota y don Francisco estaban arrimados a la chimenea, en donde ardía una hermosa llama. Después de la correspondiente presentación y frases de rúbrica, el infante, con su aire sencillo y franco, le preguntó:
—¿Conque tú eres Aviraneta?
---Para servir a Su Alteza.
---Tienes una fama de conspirador terrible.
—Son habladurías de por ahí.
—Ya sé que trabajas mucho en favor de mi sobrina Isabel.
—Hago lo que puedo, como súbdito que soy de Su Majestad.
—¿Tienes muchos compañeros que te ayuden?
—Bastantes.
—Son gentes decididas, según me han dicho.
—Sí. Es gente de corazón.
Aquí se mezcló la infanta con su aire enérgico y decidido.
—¿Cuántos sois en Madrid? ¿Más de mil?
—Más de mil... Pronto llegaremos a cinco mil.
—¿Trabajáis también en Barcelona?
—En Barcelona y en otras ciudades de España.
—¿Por qué trabajáis y para quién?
—Trabajamos para asegurar la libertad en España y a favor de la Reina Isabel.
—¿Y de nadie más?
—De nadie más. De la Reina abajo, por nadie.
—Me habían informado mal. ¿Estáis satisfechos de Zea Bermúdez?
—No, señora; lo tenemos por un absolutista.
—Sabrás—dijo la infanta—que en Cataluña se está formando un partido numeroso contra Zea para derribarlo del Poder y establecer una Regencia que gobierne la monarquía durante la menor edad de mi sobrina Isabel. ¿Tus amigos de Barcelona piensan secundar este plan?
—Señora: mis amigos de Barcelona se han organizado y preparado para desbaratar las intrigas carlistas. No creo que entre ellos haya nadie que intente trabajar en favor de una Regencia.
—Pues, no lo dudes—replicó la infanta con viveza—; tus amigos serán acaso los primeros en proclamarla.
Después hablaron en voz baja y no llegó hasta mí su conversación. Luego oí de nuevo que decía la infanta:
—Nosotros desearíamos que pasases a Barcelona y con tu influencia activaras los planes y deseos de aquellas gentes, y que la cosa se hiciese sin mucho ruido ni efusión de sangre.
—Doy a Vuestra Alteza las gracias—contestó Aviraneta—por la confianza que tiene en mí; pero debo manifestarle que estoy unido con otras personas y que tengo que consultar con ellas.
—Nos despedimos de los infantes—concluyó diciendo García Alonso—, bajamos a la plaza de Oriente, tomamos la berlina y le dejé a Aviraneta en la Puerta del Sol.
—¿Y eso ha sido todo?
—Eso ha sido todo.
Esta relación dió a Chamizo, a doña Celia y a Gamboa una porción de datos desconocidos. Aviraneta había formado una Sociedad con más de cinco mil asociados en Madrid y con ramificaciones en provincias. Había varios directores y él.
Se hicieron comentarios acerca de la actitud de Aviraneta, temiendo que éste y sus amigos intentasen acercarse a María Cristina para instruírla del insidioso plan de Regencia preconizado por los infantes, plan que a la Reina, probablemente, no podría hacer mucha gracia.
A los tres o cuatro días, Paquito Gamboa dijo a Chamizo que ya se había aclarado el misterio de la Sociedad de Aviraneta. Se llamaba la Confederación de los Isabelinos o Isabelina, y tenía un Directorio formado por Calvo de Rozas, Palafox, Flórez Estrada, Romero Alpuente, Beraza, Juan Olavarría y Aviraneta. Cada uno era jefe de una sección especial. La organización militar no se conocía bien. Se sabía que la fuerza estaba dirigida por el general Palafox y tenía sus legiones y sus centurias. A juzgar por la forma de estar constituída, la Isabelina era una Sociedad carbonaria.
—La cosa es más seria de lo que parece—dijo Gamboa—. El Gobierno sabe la existencia de la Sociedad y la teme. Dos individuos de la Isabelina han ido esta mañana a visitar al ministro don Javier de Burgos, a pactar con él, pero no se han podido poner de acuerdo.
Unos días después, el mismo Gamboa dijo al ex claustrado que le habían dicho que la Isabelina tenía un Comité de acción misterioso que se llamaba la Junta del Triple Sello, formado por un masón, un comunero y un carbonario. Esta Junta era la encargada de las obras secretas, de los asesinatos y de las ejecuciones.
VII. LOS HILOS DE LA INTRIGA
Unas semanas después estaba Aviraneta en su piso alto de la calle de Segovia, en compañía del capitán Nogueras, cuando se presentó un caballero de unos treinta años, muy bien portado.
Llamó y preguntó a la patrona:
—¿Don Eugenio de Aviraneta?
—No sé si estará. ¿A quién tengo que anunciarle?
—Diga usted al señor Aviraneta que hay aquí una persona que quiere hablarle de parte de un dominico de Vich.
—¿De un fraile?
—Sí.
—Don Eugenio no es muy amigo de frailes—murmuró la patrona para sus adentros—, ni yo tampoco.
Dió el recado a Aviraneta y éste exclamó:
—Que pase en seguida ese caballero.
Recorrió un largo pasillo el enviado de Barcelona y entró en un cuarto en donde estaban Aviraneta y Nogueras. Era un cuarto grande, blanqueado, con una estufa de hierro al rojo. Tenía las puertas y las contraventanas de cuarterones, y un balcón tan alto sobre la calle de Segovia, que el asomarse a él daba el vértigo.
El reciénvenido saludó a Aviraneta y a Nogueras con una inclinación de cabeza.
—Vengo de Barcelona—dijo—con una contraseña del Dominico de Vich.
—Siéntese usted—le indicó Aviraneta.
El hombre vió la puerta que había quedado abierta, la cerró él mismo y se sentó en seguida.
—¿Supongo que estamos en una casa de confianza?—preguntó.
—De entera confianza. Este caballero es el capitán Nogueras, amigo mío y afiliado a la Isabelina.
—Yo me llamo Salvador, y traigo esta contraseña del padre Puig, que debe corresponder con la otra mitad que ha debido remitirle y que componen las dos una tarjeta.
Nogueras fué al fichero y sacó de allí un trozo de cartulina cortado de una manera caprichosa, que se confrontó con el que traía Salvador. Venían bien.
Era el enviado de Barcelona un hombre pálido, de bigote negro, fino, vestido de obscuro, con unas maneras frías, humildes e insinuantes, y un aire reservado y misterioso. Se le hubiera tomado a primera vista por un enfermo; pero observándolo mejor se veía que no lo estaba. Tenía una palidez de hombre que no ve el sol; era un tipo de obscuridad, de covachuela, de iglesia o de convento. Su sonrisa le desenmascaraba; era una sonrisa cínica, de un hombre débil, servil y bajo.
—Puede usted hablar, señor Salvador—indicó Aviraneta al enviado.
—El Dominico de Vich—dijo éste—, es hombre que, como ustedes, ha organizado los elementos avanzados de Cataluña. El Dominico se puso en relación con nosotros, los Europeos Reformados, que constituímos una Venta carbonaria en Barcelona, e hizo que nos asociáramos con él.
—¿Tiene mucho prestigio, al parecer?
—Sí, mucho; tiene el prestigio del hábito y el de haber sido un guerrillero de la guerra de la Independencia.
—¿Ha sido guerrillero?
—Sí.
—¿Y son ustedes muchos afiliados en la Isabelina de Barcelona?
—Muchos. De gente influyente, casi todos los liberales, empezando por el general Llauder. Tenemos tres o cuatro mil hombres en la capital preparados, armados, y otros tantos o más en la provincia.
—Han ido ustedes pronto.
—E iremos lejos, porque nosotros los carbonarios no tenemos el propósito de contentarnos con esta idea ñoña del Gobierno de Isabel II. Iremos a la República.
—Si les sigue alguien. Es querer marchar muy de prisa—replicó Aviraneta.
—Allí se hacen las cosas más de prisa que aquí. Ahora ocurre que el Directorio que preside el Dominico, y que se ha puesto en relación con ustedes, ha tenido ofertas de otro grupo liberal de Madrid.
—¿De otro grupo liberal de Madrid? No es posible—exclamó Aviraneta.
—No hay otro grupo Isabelino mas que el nuestro—afirmó Nogueras.
—Hay otro—replicó Salvador—, y está dirigido por el conde de Parcent.
—¡Bah! Eso no es nada—repuso Aviraneta.
—No, no, no tan de prisa, caballero. Ese grupo cuenta ya con mucha fuerza; tiene en sus filas una porción de militares jóvenes de la Guardia Real y Guardias de Corps, tiene muchos palaciegos y aristócratas, y está, además, patrocinado por la infanta Luisa Carlota y por el infante don Francisco.
—¿Y qué objeto tiene ese grupo? ¿Qué se propone?—dijo Aviraneta fingiendo ignorarlo.
—Este grupo aspira a derribar del Poder a Zea Bermúdez y a instaurar una Regencia Triple formada por María Cristina, la infanta Luisa Carlota y el infante don Francisco de Paula. El Dominico de Vich ha oído las proposiciones de este nuevo grupo, y por ahora no ha decidido nada. El Dominico quiere tener una entrevista con usted para que le oriente en la política de Madrid, y, sobre todo, quiere ponerse de acuerdo con ustedes en esta cuestión grave de la Regencia.
—Yo, la verdad—dijo Aviraneta—, no veo la utilidad de modificar la Regencia. Esta nueva idea me parece perturbadora.
—A mí me parece lo mismo—aseguró Nogueras.
—Pero, aun así, la consultaremos con el Directorio—añadió Aviraneta.
—Es posible que la idea no sea oportuna—replicó Salvador—; como teníamos la duda, por eso me han enviado a mí aquí. El Dominico lo que quiere saber es si el ofrecimiento de esta gente palaciega que sigue al infante don Francisco y al conde de Parcent es aprovechable, o no.
—Es muy lógica la actitud de ustedes—exclamó Aviraneta—. Yo no la reprocho. Espero que nos pondremos en todo de acuerdo.
—Yo lo dudo—repuso Salvador.
—¿Por qué?—preguntó Aviraneta.
—Aquí la cuestión principal—dijo Salvador—es que ustedes parece que están dispuestos a esperar, y en Barcelona no se puede esperar. Los patriotas de allí acosan al Directorio y están dispuestos a elegir nuevos jefes y a abandonar a los antiguos si éstos no dan la voz de marcha y derriban al momento a Zea Bermúdez.
—Eso también quisiéramos hacerlo nosotros lo más rápidamente posible—replicó Aviraneta—. La cuestión es poder.
—Naturalmente—dijo Nogueras.
—Bien; pero allí hay una inquietud cada vez mayor. El Dominico quiere calmar a la gente dándole la esperanza de que, aguardando lo necesario, el movimiento será secundado en las demás capitales; pero la gente se cansa de esta espera.
—Esa es una cuestión irresoluble—murmuró Aviraneta—, en estos asuntos, el impaciente no tiene más remedio que dejarlo.
—Yo creo, señor Aviraneta—dijo Salvador—, que lo mejor sería que usted mismo fuera a Barcelona para ver si puede tranquilizar aquella agitación y aconsejar calma a los impacientes explicándoles lo que pasa aquí.
—Yo consultaré con el Directorio y veré qué resuelven.
—También quisiéramos que se viera usted con el general Llauder, en Barcelona, y, a cambio de la protección de aquí de Madrid, le arrancara la promesa de tener dominados a los carlistas. Llauder, como sabe usted, es voluble; allí le llaman el Meteoro.
—Consultaré eso también con el Directorio.
Hablaron después de cosas indiferentes, y Salvador se marchó de casa.
—¿Qué le ha parecido a usted este ciudadano?—preguntó Nogueras.
—No me gusta este tipo. Esa palidez, esos labios delgados.
—¡Eso qué importa!
—A mí me parece un hombre vil, serpentino, que sería peligroso si fuera inteligente y valiente; pero creo que no es ni una cosa ni otra.
A Aviraneta le quedó la impresión de que Salvador era un hombre enigmático, lleno de duplicidad y de misterio.
Aviraneta no había estado en Barcelona, no conocía a los políticos catalanes, no podía contrastar la manera de ser y la actitud del enviado con otras conocidas.
La proposición de Salvador y el asunto de la Regencia Triple alborotó al Directorio Isabelino. Nadie quería la colaboración de la infanta Luisa Carlota, ni la de su marido. A ella se la tenía por una italiana ambiciosa e intrigante; a él, por un tonto. Respecto a la cuestión de enviar un delegado a Barcelona, se aceptó la proposición y se dispuso que fuera Aviraneta.