LIBRO CUARTO LA MUERTE DEL REY
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I. LAS PRIMERAS NOTICIAS
A medida que pasaba el tiempo, la situación política se iba haciendo más obscura. Los amigos de Aviraneta afirmaban que las revueltas no se harían esperar. Por otra parte, los realistas daban como seguro que el día de San José sería el del trueno gordo para la degollación de liberales, masones y cristinos. En las Vistillas y Puerta de Moros y en el barrio de Lavapiés los paisanos aclamaban a Carlos V.
Todos los días aparecían pasquines, la mayoría mal escritos, que acababan con vivas a Don Carlos o a Isabel, y con un «¡Mueran los masones!», o un «¡Abajo los flaires!»
Los voluntarios realistas estaban ya como licenciados, y no se les permitía salir a la calle de uniforme. Zea Bermúdez, el jefe del Gobierno, quería dominar la situación, y pensó en quitar las armas a los cristinos, de quienes se decía que se preparaban militarmente, y en desarmar a los voluntarios realistas.
El proyecto era excelente, pero de difícil realización. Todos los días había palos en las calles. Los realistas, cuando atacaban a los cristinos, decían que habían gritado: «¡Viva la Constitución!», y los liberales, cuando zurraban a los realistas, que habían prorrumpido en vivas a Carlos V.
Se dijo que iba a haber una gran conmoción popular, y que la señal la daría la ascensión de un globo. Estas señales con globos se relacionaban, no se sabe por qué, con el carbonarismo.
Unos días después de la jura de la princesa, al pasar por la Puerta del Sol el padre Chamizo, se encontró con Aviraneta, que marchaba en compañía de algunos amigos.
Había en la plaza gente mal encarada, armados con garrotes y bastones.
—¡Viva la reina!—gritaban los cristinos.
—¡Viva!—vociferaban todos.
—¡Mueran los carlistas! ¡Mueran los frailes!
—Nos están ustedes dando un trágala—le dijo Chamizo a Aviraneta.
—Esto va de broma.
Lo cierto fué que no pasó nada de particular.
El mes de septiembre se agravó la enfermedad del rey y se temió por instantes por su vida. El 29 del mismo mes declararon los médicos de cámara que su estado era muy grave.
Tenía Aviraneta en Palacio un amigo que le daba noticias del curso de la enfermedad del monarca. Era éste Fidalgo, hermano de dos camaristas de la reina, llamadas Blanca y Estrella, que tenían relaciones con dos oficiales, el capitán Messina y el teniente Pierrard.
Aviraneta recibió una mañana el aviso de Fidalgo, diciéndole que el rey estaba en la agonía.
—Voy a casa de los amigos a darles la noticia—le dijo a Chamizo, y le preguntó después—: ¿Usted conoce al capitán Nogueras?
—Sí.
—Pues vaya usted a su casa, a la calle de Toledo, esquina a la de las Maldonadas, y dígale lo que ocurre. A él le interesa mucho, por estar esperando el destino...
El padre Venancio fué a la calle de Toledo, y entró en casa de Nogueras. Le recibió su patrona, la señora Nieves, una pobre mujer, que le dijo que el capitán, su pupilo, llevaba una vida muy mala. Estaba enredado con una prendera de la calle de los Estudios, a la que llamaban Concha la Lagarta, una mujer más mala que un dolor, según ella.
Cuando don Venancio dijo a la señora Nieves que despertara al capitán para darle una noticia, ella se opuso; alegó que su pupilo se había acostado por la mañana; pero cuando le aseguró que era noticia importante, de la que dependía su destino, entró en la alcoba a llamar a Nogueras.
Salió Nogueras en mangas de camisa y en chanclas. Era el capitán un hombrecito flaco y cetrino, con la nariz picuda y unos anteojos muy gruesos. Aviraneta lo había definido diciendo: «Nogueras es un cínife, una chinche, un piojo, sabio y burocrático».
El ex claustrado contó al capitán lo que pasaba, y se fué después a casa a trabajar en sus traducciones.
Por la tarde, estaba Chamizo en el balcón tomando el fresco, cuando apareció Aviraneta en la calle.
—Mientras usted está aquí tranquilamente—le dijo—, el pueblo arde de un extremo a otro. Baje usted.
Bajó Chamizo a la calle y preguntó:
—¿Qué ha pasado?
—El rey ha muerto a las cinco de la tarde. A las cinco y diez minutos tenía yo la noticia en la sombrerería de Aspiroz. Los amigos andan de observación. Por ahora los realistas están achicados y encogidos. ¿Quiere usted que vayamos por ahí a tomar el pulso al pueblo?
—Vamos.
A las seis, la noticia de la muerte del rey era general. La gente andaba por las calles sorprendida y perpleja, reuniéndose en grupos, hablando y haciendo cábalas; todo el mundo creía que iba a ocurrir algo, aunque no se figuraban qué.
Pasaron el ex fraile y el conspirador por Lorenzini y la Fontana, y después por los cafés de la calle de Alcalá, el de la Estrella, el de Los Dos Amigos y el Café Nuevo. En éste se hablaba a gritos contra el rey muerto.
II. LA TABERNA DE LA BIBIANA
Aviraneta y Chamizo fueron a cenar a una casa de comidas de la calle de las Tres Cruces, la casa de la Bibiana. Estaban allí reunidos Nogueras, del Brío, Gamundi y algunos otros jóvenes de la Isabelina, casi todos militares indefinidos y bullangueros.
Entre ellos se destacaba un hombre de más de cuarenta años, que parecía hecho de alambre, seco como la yesca, negro, amojamado, con los ojos brillantes y los movimientos violentos. Era uno de los pocos carbonarios de la Sociedad Isabelina. A su lado estaba un periodista hambrón, melenudo, barbudo, vestido con una vieja levita de miliciano.
Toda la caterva liberal entró en un cuarto grande que comunicaba con la cocina. Dos quinqués de petróleo iluminaban este comedor, que tenía una mesa larga de pino y un armario con botellas. Gamundi y del Brío se fueron, y volvieron al poco rato con dos muchachas, la Pinta y la Cascarrabias, con las que estaban amancebados y a las que habían llevado a comer.
Eran dos manolas, las dos a cuál más desvergonzadas en el hablar. Vestían mantilla con cenefa de terciopelo, peineta grande, pañuelo de color al pecho, y guardapiés. La Pinta era rubia, y la Cascarrabias, morena, medio gitana.
Del Brío hacía buena pareja con su manola, porque era un jaque andaluz, presumido y fanfarrón; pero Gamundi ya no estaba tan bien en este ambiente.
Gamundi era el hijo de un guerrillero de Mina y había vivido, en su juventud, en Inglaterra. Era de pequeña estatura, rubio y un poco zambo, con un gran bigote dorado y patillas cortas. Aviraneta le llamaba el Zambete.
—¡Hola, Zambete!—le decía.
—¡Hola, Vinagrete!—le contestaba él en broma.
Tenía Gamundi los ojos azules, llorosos, con el blanco con rayas rojas; la nariz, grande, llena de venas moradas, y la cara, inyectada. Era un borracho inveterado, hombre bueno, valiente y atrevido.
Con las mujeres tenía una galantería inofensiva y aparatosa. El culto de Baco le había hecho olvidar otros cultos paganos. La Cascarrabias, su querida, le insultaba constantemente.
—¡Desaborío! ¡Arrastrao! ¡Escarríao!—le decía.
Gamundi oía esto como quien oye llover.
Se habló en la cena de mujeres y de juego y se bromeó con las manolas.
—Como habrá usted notado—le dijo de pronto Gamundi, confidencialmente, al padre Chamizo—, yo soy hombre sin ningún talento.
—No, no.
—Sí, no tengo ningún talento. Corazón, sí; aquí hay un corazón firme, capaz de sacrificarme por un amigo. No me pida usted más. No pretenda usted que haga cuentas o que sepa declinar: Musa musae. Eso, no. Está en contra de mis aptitudes.
Al concluír la cena, Gamundi se levantó, y, tomando una actitud gallarda, dijo, con un arranque sentimental y oratorio, que para él no había mas que dos religiones: la de la patria y la de la mujer.
—Olvidas la botella—le dijo uno.
—No la olvido—gritó Gamundi, agarrando una por el cuello y llenando el vaso—. ¡Escuadrones! ¡Adelante! ¡Viva España! ¿Quién ha dicho retroceder? Que lo fusilen por la espalda. No... No hay cuartel para los realistas. Sangre y exterminio. No debe quedar una botella, no debe quedar un realista.
—Has hablado bien—dijo Nogueras, el piojo sabio—, pero estás borracho.
—Por eso he hablado bien. Bueno, cantemos el Himno de Riego. Me rebosa el liberalismo.
¡Soldados, la patria nos llama a la lid!
—¡Gamundi, a callar!—gritó Aviraneta.
Aviraneta tenía sobre aquellos militares gran ascendiente. Gamundi hizo un gesto de resignación cómica, apretando con los dedos un labio contra otro, como si quisiera impedir que se le despegaran.
Aviraneta y Nogueras dijeron lo que había que hacer al día siguiente. Chamizo se levantó para marcharse.
Aquellos endiablados calaveras siguieron bebiendo y haciendo ruido. El periodista trajo una guitarra y se puso a cantar. Los demás llevaban el compás dando palmadas y golpeando con el puño en la mesa.
—Arza ahí... ¡Olé!
Del Brío se levantó e invitó a bailar el fandango a la Cascarrabias. Lo hicieron los dos muy bien, y como del Brío era, sin duda, maestro se subió a la mesa y bailó un zapateado al compás de las palmadas y de los golpes con el puño. Mientrastanto, Gamundi dormía un momento con la barba apoyada en una botella y con los ojos abiertos.
Salieron de la casa de la Bibiana a eso de las ocho de la noche y fueron hacia la Puerta del Sol.
—¿Quiere usted venir, don Venancio?—dijo Aviraneta.
—¿Adónde?
—A una reunión liberal que vamos a tener aquí en una casa de la calle del Arenal.
—Yo tengo que ir a trabajar.
—¡Bah!, por un día.
—Iría si yo fuera liberal, pero no lo soy.
—Bueno; como usted quiera.
En esto se les acercó un sujeto de unos cincuenta años, que Aviraneta presentó al ex claustrado. Era don Martín Puigdullés, coronel de carabineros, llegado de la emigración, una mala cabeza, que el Gobierno perseguía para llevarlo a un presidio de Africa.
El señor Puigdullés iba con una mujer de mantón bastante zarrapastrosa.
—¿Qué hay de nuevo, Aviraneta?—preguntó Puigdullés.
—Ya sabe usted: la muerte del rey.
—¿Va usted a la reunión?
—Sí. ¿Cómo sabe usted que hay reunión?
—La idea ha partido de nuestro grupo del café de la Fontana. Estábamos Gallardo, Fuente Herrero y yo con otros patriotas, cuando a Gallardo se le ha ocurrido el proyecto. Se le ha avisado a todo el mundo; se ha enviada recado a los Carrascos, y éstos han contestado que están conformes, y que la reunión se verificará en una casa de la calle del Arenal, cerca del palacio de Oñate.
—¿Usted va ir, Puigdullés?
—No, porque me prenderían en seguida. Hay que sujetar a los cristinos. Tenga usted mucho cuidado con ellos, Aviraneta. ¡Adiós, señores!
—¡Adiós!
Entraron Aviraneta y su acompañante en la sombrerería de Aspiroz. La noche parecía presentarse tranquila. Seguían los grupos estacionados en la Puerta del Sol.
En esto pasó Gallardo con un amigo y se detuvo. Dijo que los absolutistas se hallaban tan inquietos como los liberales con la muerte del rey, y que se veía que nadie tenía nada preparado.
Salieron de la sombrerería en dirección a la calle del Arenal y se cruzaron con Calvo de Rozas, y luego, con Donoso Cortés y sus amigos, que iban a la reunión.
—¿Decididamente, usted no viene?—dijo Aviraneta al ex fraile.
—Decididamente, no voy.
III. LA REUNIÓN LIBERAL
Mansilla y Tilly estaban citados a las ocho y media de la noche en la Puerta del Sol, delante de la sombrerería de Aspiroz.
Aviraneta se despidió de Chamizo y se unió con sus compañeros del Triángulo, y los tres juntos tomaron la dirección de la calle del Arenal.
Entraron en la casa inmediata a la del conde de Oñate; subieron una escalera no muy ancha hasta el piso principal, y pasaron a una sala donde había reunidas de cuarenta a cincuenta personas en varios grupos. Era un salón grande y vacío con balcones, y unos ventanales cuadrados encima de ellos.
Iba entrando poco a poco más gente. Llegaron a congregarse hasta unos cien individuos de todas castas y pelajes; los había elegantísimos, currutacos con aire de figurín, y tipos mal vestidos, abandonados y sucios.
Tilly y Mansilla conocieron a Donoso Cortés, a los dos Carrascos, a Cambronero, al médico Torrecilla, a Valero y Arteta, a Martínez Montaos. Por su parte, Aviraneta encontró allí a media Isabelina; estaban Gallardo, Calvo de Rozas, Fuente Herrero, Calvo Mateo, Beraza, y una porción de militares de graduación, oficiales de la Guardia Real y jóvenes lechuguinos de bigote y perilla.
Aviraneta se acercó disimuladamente a Tilly.
—Amigo Uno. ¿El cónclave, qué tal va?
—Bien, muy bien. Vamos trampeando.
—Y los cucos (cristinos), ¿por qué no empiezan?
—Parece que hay cierta decepción entre ellos.
—Pues, ¿por qué?
—Hay aquí más jóvenes ilusos (isabelinos) que cucos (cristinos).
—¿Y eso les asusta?
—Dicen que está aquí Romero Alpuente, hombre peligroso, y que lo va a echar todo a perder.
—¡Romero Alpuente! Si es un mastuerzo.
—Pues los nuestros lo tienen por un hombre terrible.
—En cambio, entre los jóvenes ilusos (isabelinos) se dice que esta reunión se hace por iniciativa del Pastor (Zea Bermúdez).
—No lo creo.
—Eso aseguraba Calvo de Rozas.
—Me parece una fantasía, amigo Tres.
Pues los nuestros están alarmados. Me han dicho que Flórez Estrada, Palafox y Olavarría van a pasar la noche en claro, y que el peligro para los ilusos (liberales) es inminente.
—¡Bah!
—Sin embargo. Conviene decir que estamos en peligro.
—Eso es otra cosa. Se dirá—murmuró Tilly.
—Sabe usted que me están invitando para que hable en nombre de los jóvenes ilusos (isabelinos).
—¿Y usted, qué va a hacer?
—No sé. A usted, ¿qué le parece?
—¡Hombre!, eso tiene que depender de la fuerza de que disponga. ¿Tiene usted fuerza y gente alrededor y puede hablar de una manera clara y terminante? Hable usted. ¿No tiene usted confianza? No diga usted nada.
A las diez, los cristinos iniciadores de la reunión, después de muchos cabildeos, dieron como comenzado el acto. Se trajo un velador con dos candelabros al medio de la sala, y se sentaron, presidiendo la mesa Cambronero y Donoso Cortés, los dos muy guapos, muy currutacos y peripuestos, y don Rufino García Carrasco, que era un tipo más vulgar, grueso, pesado, de barba negra, uno de esos extremeños, como dice Quevedo, cerrados de barba y de mollera.
La gente del público, los que pudieron cogieron sillas para sentarse, y quedaron de pie unas treinta o cuarenta personas.
Entonces el abogado Cambronero tomó la palabra y explicó el objeto de aquella reunión. Vino a decir de una manera florida que era necesario apoyar al Gobierno, a la Reina gobernadora y a la inocente Isabel, y que todos los reunidos allá debían colaborar a tan santo fin. Hablaron después dos abogados diciendo, poco más o menos, lo mismo; habló Gallardo, con su acento extremeño y su intención mordaz; luego, los Carrascos, y, por último, Donoso Cortés, de una manera pomposa.
Aviraneta estaba muy inquieto.
—¿Qué le pasa a usted?—le dijo Mansilla.
—Esto es estúpido—exclamó—. Están divagando de una manera ridícula sin aclarar la cuestión principal.
—Hable usted—le dijo Calvo de Rozas.
—Creo que no debe usted hablar—le advirtió Mansilla—; está usted exaltado y se va a comprometer.
Otros individuos de la gente de mal pelaje invitaron a Aviraneta a que hablase. El se levantó y gritó:
—¡Pido la palabra!
—Tiene la palabra el señor... el señor Aviraneta—dijo Carrasco.
Hubo un movimiento de extrañeza en el público. ¿Quién es? ¿Qué apellido ha dicho?—se preguntaron unos a otros.
Aviraneta avanzó hasta el centro del salón con un rictus amargo en la boca, y comenzó a hablar de una manera seca, áspera y cortante.
Aquella voz agria, aquella mirada siniestra, aquel tipo de pajarraco produjeron cierta expectación.
Era un Robespierre, pero un Robespierre ya viejo, sin éxito, sin dogmatismo, sin la fofa utopía de Rousseau en la cabeza. Era un Robespierre sin sostén social, sin partidarios, amargado, ácido, después de haber recorrido el mundo y haber conocido la miseria y la inquietud en todas sus formas. Era un Robespierre de España, de un país pobre, áspero, desabrido, frío y sin efusión social. El furor lógico del sombrío Maximiliano lo reemplazaba Aviraneta con la rabia, con el despecho, con la cólera y, sobre todo, con el desprecio por los hombres.
«—La situación ha cambiado en veinticuatro horas, desde la muerte del rey—dijo Aviraneta con voz sorda—. Liberales y realistas hemos venido defendiendo durante largo tiempo al presidente Zea Bermúdez. La razón era clara; ni ellos ni nosotros estábamos preparados para la lucha, y la vida del rey suponía para todos principalmente una tregua. Ha muerto Fernando VII; la tregua ya no existe, y mañana los carlistas se lanzarán al campo. Para nosotros la presidencia de Zea Bermúdez no tiene objeto hoy, no nos defiende de los avances del carlismo, que se organiza precipitadamente; no sirve de garantía para nuestras aspiraciones liberales. Todo lo que sean dilaciones, todo lo que no sea idear un plan y realizarlo, no sólo es perder tiempo, es retroceder. En este instante nuestros enemigos no cuentan con fuerzas preparadas, pero contarán mañana con ellas y serán grandes, terribles, las suficientes para tener en jaque al Gobierno. Creo, señores, que hoy lo prudente y lo práctico es asaltar el Poder, dominar la situación incierta en que nos encontramos, proclamar una Constitución liberal y apoderarse de las trincheras, para defenderse del carlismo, que es un enemigo formidable. Este es mi plan: cambio de gobierno inmediato y dictadura liberal. Enfrente de nosotros hoy no hay nadie. Si nos decidimos y vamos todos, la empresa me parece fácil. Si se acepta este plan, expondré mi proyecto en detalles, que se podrán discutir; si no se acepta, como considero que la inacción en estos momentos es una torpeza y un crimen de lesa patria, si no se acepta, me retiraré. He dicho».
Al terminar Aviraneta su discurso hubo algunos aplausos y algunos silbidos.
—¿Quién es este hombre?—se preguntaban unos a otros—. ¿Qué modo de hablar es ese? ¿Cómo se atreve? ¡Es un anarquista! ¡Es un carbonario!
Para tranquilizar el cotarro se levantó don Rufino Carrasco, y dijo atropelladamente y sin arte:
«—Señores: No me parecen estos momentos los más propios ni los más favorables para tratar de una cuestión tan peligrosa como la que ha suscitado el orador que me ha precedido en el uso de la palabra. Imponer a una reina viuda resoluciones violentas cuando aun no se ha enfriado el cadáver de su regio consorte, es cruel e inhumano, y más cuando se trata de una reina todo bondad como la excelsa Cristina, que, postrada como se halla en el lecho del dolor, desde él ha manifestado al marqués de Miraflores que su mayor anhelo es procurar la felicidad de España. La tregua se impone, señores, ante el cadáver del rey».
Aviraneta se levantó como movido por un resorte, y avanzando en el salón dijo con voz agria y cortante:
«—Si el rey que acaba de morir no hubiera sido uno de los personajes más abominables de la historia contemporánea, si hubiera tenido algo siquiera de hombre, todos los españoles estaríamos ahora en un momento de dolor; pero el rey que ha muerto era sencillamente un miserable, un hombre cruel y sanguinario que llenó de horcas España, donde mandó colgar a los que le defendieron con su sangre. No hablemos de tregua producida por el dolor. Sería una farsa. Interiormente todos estamos satisfechos pensando que el enemigo común ha muerto y que su cadáver hiede. No hablemos de sentimiento; lo más que se nos puede pedir es olvido, y que nos perdonen las sombras augustas de Lacy, de Riego, del Empecinado y de otros mártires. No hablemos de ayer, pensemos en mañana».
La contestación de Aviraneta produjo una terrible marejada de gritos, protestas y aplausos en la sala.
En vista de ello, Cambronero volvió a levantarse y echó un discurso habilísimo para poner a todos de acuerdo.
El participaba de los mismos sentimientos que su querido, que su particular amigo el señor Aviraneta, a quien tenía por un patriota ferviente y un liberal de corazón; pero creía que no todas las ocasiones eran propicias para un movimiento radical; él admiraba la adhesión del señor García Carrasco por la excelsa Cristina...
Así, con una serie de equilibrios y de sin embargo..., si bien es cierto..., continuó su discurso Cambronero. No se habló más de la cuestión. Se acordó escribir y publicar una hoja apócrifa, simulando ser una Gaceta de una junta carlista, en la que se daba como efectuado el levantamiento del partido, enumerando hechos falsos en apoyo de la invención.
Gallardo, Oliver y otros dos la redactaron, la consultaron y se aprobó. Se terminó la sesión a las doce y media y todo el mundo fué saliendo del salón de una manera tumultuosa, discutiendo y gritando.
IV. LOS MILITARES
Al salir a la calle formaron un grupo Calvo de Rozas, Aviraneta, Tilly, Mansilla, el capitán Del Brío, Gamboa, Gamundi, que había dormido sus libaciones de casa de la Bibiana, y otros oficiales vestidos de paisano.
—Aviraneta—dijo Gamboa—, ¿quiere usted venir al café de Levante, de la Puerta del Sol? Unos cuantos amigos tenemos que hablarle.
—Vamos todos.
—Pero no así; en grupo llamaremos la atención.
Calvo de Rozas se despidió de Aviraneta diciéndole:
—No se comprometa usted a nada.
—No tenga usted cuidado.
Tilly, Aviraneta y Gamundi entraron en el café de Levante, ya vacío y sin público; llegaron Gamboa, Del Brío y otros jóvenes oficiales vestidos de paisano. Hubo apretones de manos y signos masónicos de reconocimiento. Se sentaron todos y Gamboa dijo a uno de estos oficiales:
—Habla tú.
El indicado era un muchacho apellidado Urbina, hijo del marqués de Aravaca, teniente de Artillería.
—Señor Aviraneta—dijo Urbina—. Nos ha parecido muy bien el discurso de usted en la reunión y estamos identificados con sus ideas. Contamos con muchos oficiales de los mismos sentimientos que nosotros; tenemos de nuestra parte a los sargentos y soldados del regimiento de la Guardia Real. Denos usted su plan revolucionario y lo realizamos mañana mismo. Prendemos a Zea Bermúdez y a todo el Ministerio; si es indispensable los fusilamos y damos un cambio completo a España.
—¿Qué garantías necesitarían ustedes?—preguntó Aviraneta.
—Por de pronto la lista completa del nuevo Gobierno que asuma la responsabilidad del movimiento.
—Eso tengo que consultarlo.
—Consúltelo usted con sus amigos cuanto antes.
—Lo haré así.
—Cuándo nos dará usted la contestación—preguntó Urbina.
—Mañana al mediodía.
—¿En dónde?
—En el café de Venecia.
—Está bien.
Se habló poco, porque iban a cerrar el café. Salieron todos a la acera de la Puerta del Sol, donde siguieron charlando. Dos o tres se despidieron y se fueron. El grupo seguía en la acera cuando Gamundi y otro joven volvieron corriendo hacia el café.
—¿Qué pasa?—les preguntó Aviraneta.
—Que hemos encontrado a Nebot, el agente de policía de la Isabelina, a la entrada de la calle del Arenal. Nos ha dicho que hace una hora ha pasado Zea Bermúdez a Palacio en coche y que debe volver dentro de poco. ¿No le parece a usted una magnífica ocasión para echarle el guante?
—Sí. Magnífica.
Se le dijo a Urbina y a los demás lo que pasaba, y les pareció la ocasión de perlas.
—¡Hala!—exclamó Aviraneta—. ¿Cuántos somos, nueve? Vamos cuatro por aquella acera y cuatro por ésta; nos pondremos enfrente de la casa donde hemos estado. Uno que vaya ahora mismo y que se ponga delante de la plaza de Celenque. Vaya usted, Gamundi. En el momento que pase el coche grita usted: ¡Sereno!
—Muy bien.
Y Gamundi desapareció embozado en la capa.
—Los que tengan bastón que se planten en medio y peguen a los caballos hasta parar el coche—exclamó Aviraneta—. ¿Hay algo que decir?
—Nada.
—Entonces, en marcha.
Fueron los dos grupos hacia la calle del Arenal.
Al llegar a la esquina oyeron el ruido de un coche que venía de prisa por la calle Mayor. Aviraneta y Tilly volvieron hacia él corriendo. El cochero, al ver que se acercaban dos hombres, azotó los caballos y el coche pasó como una exhalación.
—Ha cambiado de camino.
Zea Bermúdez se les escapaba.
Se avisó a los dos grupos y la gente se marchó cada cual a su casa.
V. EN LA BUÑOLERÍA
Estaba lloviznando; Aviraneta y Tilly fueron por la calle de Esparteros a cobijarse a los portales de Provincia, y de aquí, a los arcos de la Plaza Mayor.
Aviraneta hablaba a gusto con Tilly.
Se entendían los dos perfectamente. Dieron una vuelta por la plaza, que estaba a obscuras. En un extremo de la plaza, en la esquina de la calle de Ciudad Rodrigo, había una buñolería abierta.
—¿Quiere usted que entremos aquí?—preguntó Aviraneta.
Entraron. Era el local un sitio negro, lleno de una muchedumbre mal encarada y andrajosa. En un rincón había una cocina ahumada con un zócalo de azulejos blancos, y dentro de la chimenea, dos grandes calderos, donde el buñolero, un hombre rubio, gordo, con una elástica que debía ser blanca, pero que era negra, aparecía sudoroso entre resplandores de llamas friendo churros y buñuelos. Un olor acre de aceite frito irritaba la garganta.
Aviraneta y Tilly se sentaron a una mesa y pidieron chocolate con buñuelos.
—¿Qué le ha parecido a usted todo esto?—preguntó Aviraneta.
—Todavía no tengo opinión. Lo mismo puede ser el exabrupto de usted un acierto que un desacierto. Si usted consigue que su gente acepte la colaboración de estos jóvenes oficiales...
—No lo conseguiré.
—Entonces se ha comprometido usted inútilmente.
—Es lo que yo supongo también. ¿Y qué efecto ha hecho mi discurso?
—Un efecto tremendo de sorpresa. Todo el mundo preguntaba: «¿Quién es ese hombre?» Y algunos palaciegos dijeron que debía usted ser un carbonario y que a gente así no se debía permitir la entrada en sitios donde se reúnen personas discretas.
—¿Así que he pasado por un insensato?
—Por un completo insensato.
—¿Y para usted?
—Hombre, yo ya sabe usted que creo que la fortuna es donna y que hay que violentarla. Muchas veces un loco o un iluso van mucho más lejos que el primero de los maquiavélicos.
Era esta cuestión suscitada por Tilly, la única que en aquel momento podía distraer a Aviraneta de sus preocupaciones, y se enzarzaron los dos en una larga discusión.
Tilly había llegado a pensar que el maquiavelismo era ilusorio.
—El maquiavelismo falla, porque tampoco es lo práctico—dijo—. Es lo práctico en teoría, y nada más.
—No, no, amigo Uno.
—Maquiavelo engaña, parece un genio de la práctica y es más bien un teórico de la práctica. Yo creo que el arte de conspirar, el arte de crear pueblos y de sublevarlos no tiene reglas, como no las tiene el arte de esculpir, ni el de escribir, ni el de pintar.
—Sin embargo...
—No lo creo. Sobre el impulso, sobre la intuición, no se pueden dar reglas como sobre la manera de hacer relojes. En política se necesita el genio, la ocasión, el momento, y una porción de condiciones más que no están en la mano del hombre.
Aviraneta no estaba conforme y presentaba argumentos.
Esta mecánica de la política les apasionaba a los dos, y discutieron a César, a Catilina, a Carlos V, a Catalina de Médicis, a Robespierre, a Napoleón y a Talleyrand.
Estaban enfrascados en su conversación cuando se les acercó un desharrapado completamente borracho.
—¡Salud, señores!—les dijo con una voz aguardentosa—. Veo que son ustedes gente de labia que no se avergüenzan de reunirse con los pobres.
—Ni con los ricos tampoco—le contestó burlonamente Aviraneta.
—Así me gusta a mí la gente. ¡Terne!—exclamó el borracho—. Porque aquí lo que hace falta, sabe usted, es que mismamente haiga hombres... eso... y no andarse con andróminas ni con tiquis miquis... ¿Es verdad o no es verdad, tú, Manco?
—¡Sí, es verdad! Como la Biblia—exclamó un ciudadano tan astroso como el primero, a quien le faltaba una mano.
—Vamos, que aquí hace falta resolución... para que usted me comprenda..., y yo lo digo esto aquí, en este cafetín, o buñolería, o cáfila, o como se le quiera llamar..., y lo diré en las Cortes..., y en Francia también si se tercia..., y a este respectiva me tendrán siempre a su lado los buenos... que si no no le encontrarán al hijo de la señora Petra en su tienda de la calle del Bastero..., pero si hay resolución...
—Que no la habrá...—dijo el Manco con sorna.
—Tú cállate, Manco, que estoy hablando yo, y porque me hayas convidao a un soldao de Pavía en la taberna de aquí al lao no tienes derecho a interrumpirme... porque yo digo y sostengo que si hay resolución... pues lo hay tóo... Constitución... y Cámaras... y ¡viva la angélica! Porque, ¿qué se necesita en España?
—Muchas cosas creo que se necesitan—dijo Tilly indiferente.
El hijo de la señora Petra movió la cabeza con violencia de un lado a otro, como si hubiera oído la mayor estupidez del mundo.
—No, señor..., no, señor—dijo—. Veo que usted no comprende mismamente el sentido, o la alegoría, que voy exponiendo...; aquí lo que se necesita ¿me entiende usted?, es que haiga resolución... que haiga resolución.
—Bien, hombre, bien. Ya se lo hemos oído a usted muchas veces—dijo Tilly—. Resolución, ¿para qué?
—Toma, ¡para qué! Resolución para tóo.
Tilly volvió al borracho la espalda y el hombre se fué vacilando a sentarse a su banco.
—¡Qué extraña pedantería la de esta gente!—exclamó Tilly.
—Sí, quieren ser sabios; pero hay que reconocer que el consejo del hijo de la señora Petra de la calle del Bastero parece una indicación del Destino—exclamó Aviraneta—. ¡Resolución! ¡Resolución! No estaría mal que la hubiera.
Tilly sacó el reloj. Eran las cuatro de la mañana.
—Voy a ver a mi gente—dijo Aviraneta—. ¿Usted qué va a hacer?
—Yo me voy a dormir. Si su gente aprueba el movimiento, avíseme usted.
—Si se acepta le avisaré a usted; pero no tengo esperanza.
Aviraneta y Tilly se estrecharon la mano, y el uno marchó hacia la Montaña del Príncipe Pío y el otro hacia casa de Calvo de Rozas.
VI. VACILACIONES
Aviraneta, al salir de la buñolería, fué a casa de Calvo de Rozas y le explicó lo que le habían propuesto Urbina y los oficiales jóvenes. No dijo nada de la intentona de la noche.
—Eso es muy grave—exclamó Calvo de Rozas alarmado—. Eso es muy serio. Hay que celebrar junta en seguida.
Calvo de Rozas y Aviraneta examinaron y discutieron la proposición. Aviraneta quería convencer a su compañero. Calvo estaba indeciso. Aviraneta expuso varios proyectos para apoderarse de Madrid; se consultó el plano de la villa, la lista de los legionarios afiliados a la Isabelina, el anuario militar, para ver qué jefes podrían ser amigos y cuáles enemigos declarados.
Podían contar con mil quinientos hombres armados, a más de los militares que siguiesen a Urbina y a los otros oficiales.
Aviraneta trabajaba en tener de su parte a Calvo de Rozas, porque con Romero Alpuente, Flórez Estrada y Olavarría no contaba gran cosa; tampoco esperaba nada de Palafox.
Calvo de Rozas no se convenció, y no quiso salir de su estribillo de que había que reunir la Junta.
—Vamos a perder mucho tiempo—dijo Aviraneta.
—No; Romero Alpuente, Flórez Estrada y Olavarría hoy duermen aquí en mi casa. A las ocho se les llamará.
—Bueno. Entonces voy a dormir un rato en este sofá—dijo Aviraneta.
—Sí; duerma usted si puede.
Aviraneta dejó el sombrero de copa en el suelo, se quitó las botas, se envolvió en la capa, y a los cinco minutos estaba profundamente dormido. El león o el gato que había en él escondió las garras, y la vulpeja soñó nuevas aventuras.
Calvo de Rozas se pasó las horas de la madrugada paseando delante de Aviraneta y contemplándole asombrado.
—¡Qué hombre!—murmuraba—. ¡Qué tranquilidad!
A las ocho se llamó a Romero Alpuente, a Flórez Estrada y a Olavarría. Romero y Flórez se presentaron de bata con sus gorros blancos de dormir, los dos tosiendo, con la nariz húmeda.
Se le despertó a Aviraneta, que se encontró con los dos viejos y se echó a reír.
—Creí que estaba soñando—dijo, y añadió para adentro—: con gente así no se puede hacer nada.
Se habló de la reunión de la noche anterior, y se puso a discusión el ofrecimiento de los militares.
—Yo creo que la cosa es muy factible—dijo Aviraneta—y que tiene todas las garantías de éxito que puede ofrecer un plan de esta clase. La Guardia Real quiere tomar la iniciativa. Nosotros, con nuestros mil quinientos hombres de las centurias dominamos Madrid. Entre los cristinos hay gente que nos secunda.
Expuesto el proyecto por Aviraneta, Olavarría lo apoyó. El había presenciado la revolución de Bruselas en 1830, y, según dijo, allí se contaba con menos elementos que en Madrid en aquel momento. Calvo de Rozas afirmó que consideraba viable el plan; Flórez Estrada y Romero Alpuente se alarmaron.
—La cosa es gravísima—decía éste con su aire de buitre viejo, paseándose por el cuarto con su bata y su gorro de dormir—; gravísima.
—¡Eso no se puede intentar sin consultar con Palafox!—exclamó varias veces Flórez Estrada.
Después de una larga discusión, se acordó que Calvo de Rozas y Flórez Estrada fueran a consultar con Palafox.
Almorzaron todos allí en la casa, y, después de almorzar, Calvo y Flórez Estrada tomaron una berlina, puesta a disposición de los conspiradores por un rico bilbaíno muy liberal que se llamaba también Olavarría y que era pariente lejano del que figuraba en la Isabelina.
—Yo estaré aquí hasta la una—dijo Aviraneta a los comisionados—. A la una iré al café de Venecia para no hacer esperar a Urbina y a sus amigos. Allí me envían ustedes la contestación, si no la pueden traer antes aquí.
—Bueno. Está bien.
Se metieron en el coche Calvo de Rozas y Flórez Estrada, y a la media hora volvieron con Palafox y con Beraza, el masón.
Palafox, que era hombre sin ningún talento, a quien gustaba darse aires de gran político, echó un pequeño discurso.
«—Señores—dijo—: Mis dignos colegas los señores Calvo de Rozas y Flórez Estrada me han comunicado la proposición que hicieron ayer algunos militares a un miembro de nuestra Sociedad. Entiendo, señores, que el dar oídos a esa proposición constituye una gran imprudencia y una gran torpeza. Primeramente, al alterar el orden, se creería que trabajábamos por los carlistas y nuestras cabezas rodarían en el patíbulo; después produciríamos una reacción en el Gobierno, precisamente en este momento en que se intenta hacer avanzar las instituciones políticas españolas. En resumen, señores, yo no me presto de ninguna manera y por ningún concepto a tomar parte en esta sedición, y si se acuerda en el Directorio el hacerla, el intentarla, que no se cuente conmigo para nada».
Flórez Estrada y Romero Alpuente se adhirieron en seguida al parecer del duque de Zaragoza, y los demás se callaron sin hacer observaciones.
El duque, triunfante, se volvió de nuevo a su casa.
Olavarría y Aviraneta fueron juntos a la Puerta del Sol.
—¿Qué le han parecido a usted las razones de Palafox?—preguntó Olavarría.
—Fatales—contestó Aviraneta—. Es un tonto complicado con un palaciego. Pensar de antemano en las consecuencias de un movimiento, como si ya hubiera fracasado, es una majadería.
—Con esta gente no vamos a ningún lado.
—Revoluciones con generales de salón y con señores con gorro de dormir, imposible—contestó Aviraneta—. Bueno, me voy a ver a esos militares.
—¡Adiós, Aviraneta!
—¡Adiós!
Aviraneta entró en el café de Venecia, que se encontraba lleno de gente y de humo; había dos mesas ocupadas por militares jóvenes, y en un rincón estaba Tilly. La cuestión de Aviraneta no era la única que se debatía, pues había otra que apasionaba más a un grupo de oficiales jóvenes, y era un desafío concertado entre Gamundi y el teniente Pierrard con un sargento y un alférez de los voluntarios realistas.
El desafío se iba a verificar al mediodía en los altos del Observatorio, en el antiguo Cerrillo de San Blas.
En otras mesas se jugaba al dominó con un gran estrépito, y de la sala de billar llegaba el ruido del choque de las bolas.
Aviraneta se sentó en el grupo en que se encontraban Urbina y sus amigos, y contó rápidamente lo que había ocurrido en casa de Calvo de Rozas y lo que había dicho Palafox.
—Es un disparate—saltó Urbina—. Pierden la mejor ocasión.
—Es verdad—replicó el teniente Pierrard, que se levantó con sus padrinos para ir a batirse—. Ahora era el momento de dar el golpe revolucionario y de restablecer la libertad para siempre.
—Yo lo creo también así—aseguró Aviraneta—. Pero no tengo medios.
—Sea usted el jefe—exclamó Urbina—. Le seguiremos.
—Hasta la muerte—gritó Gamundi.
Otros militares se agruparon alrededor de la mesa para ofrecerse.
—Muchas gracias, señores—replicó Aviraneta—, pero yo no tengo prestigio para eso. Nuestras fuerzas organizadas están a las órdenes del general Palafox. ¿Me seguirían a mí, si yo intentara suplantar al general? Es muy dudoso.
—De todas maneras, usted cuenta con nosotros. Hable usted, vea usted. Si hay alguna posibilidad, haremos lo que sea de nuestra parte.
—Sí: cuente usted con nosotros, con todos.
Los militares estrecharon la mano de Aviraneta y se fueron. Don Eugenio se sentó en la misma mesa de Tilly y le explicó lo que había ocurrido.
—¡Qué ocasión más admirable se pierde!—exclamó Tilly—. No se debía dejar escapar.
—¡Qué quiere usted! La negativa de Palafox nos imposibilita para todo.
—¿Por qué no habla usted a los comandantes de las centurias?
—¡Si no sé dónde están! ¿No ve usted que hemos dado la dirección militar a Palafox? Hoy Palafox ha pensado en una movilización cuyo plan sólo él lo tiene.
—¡Qué lástima!—volvió a murmurar Tilly.
—Amigo, ¿qué quiere usted? Este culto por el prestigio, por la tradición, nos mata. Yo he organizado las fuerzas de la Isabelina y cuando he terminado la organización he tenido que entregar esta fuerza en manos de Palafox, que no hará mas que tonterías o algo práctico para su interés personal. Vamos a almorzar. Le convido a usted a la fonda de Genies... Luego haremos todas las gestiones que se puedan.
Almorzaron Tilly y Aviraneta y tomaron un coche. Fueron a ver a Nogueras, pero no estaba. No encontraron a ninguno de los comandantes de las centurias. Unicamente vieron a unos cuantos isabelinos en el Café Nuevo.
—¿Dónde está la gente nuestra?—les preguntó Aviraneta.
—Unos están en los cafés. A otros los ha mandado el general Palafox a los claustros de la Soledad, del Buen Suceso, de la Victoria y a la Aduana. Están a la expectativa por si estalla un movimiento realista para que se preparen inmediatamente. Los demás se encuentran en las casas con las armas en la mano dispuestos a echarse a la calle.
—¿En qué caso?
—En el caso de que los carlistas se pronuncien por Don Carlos.
—¿Ve usted?—dijo Aviraneta a Tilly—. No hay manera de disponer de la gente. ¡Si yo llego a ser el dueño de las centurias en el día de hoy!
—¿Y sus carbonarios?—preguntó Tilly.
—¡Son tan pocos! Y estarán probablemente en la calle. Vamos a casa de un amigo, chispero del barrio de Maravillas. Quizá haya alguno allí.
Fueron al taller del Majo. Estaban de tertulia Cobianchi, el joyero; Antonio Farigola, un antiguo oficial; Ramón Adán, y Román, el Terrible, el hijo del señor Martín el librero. Todos estos eran republicanos exaltados y consideraban como jefe al abogado González Brabo, a quien tenían por un Dantón. Uno de ellos había propuesto el deshacerse de Zea Bermúdez y de los absolutistas enviándoles cartas explosivas, como la que se le envió años antes al general Eguía y le dejó manco.
Aviraneta explicó la situación y los carbonarios parecieron no darle gran importancia. Ya una revolución liberal no les interesaba; querían la República, por lo menos.
—¿Ve usted?—dijo Aviraneta a Tilly al salir del taller del Majo—. Con estos no se puede hacer nada.
Volvieron a la Puerta del Sol, se acercaron a la sombrerería de Aspiroz y se encontraron a Olavarría y al masón Beraza, el del aire frailuno.
—De la torpeza de hoy nos hemos de arrepentir—exclamó Olavarría—. La gente está decidida. Ese Palafox es un imbécil.
Pasaron varios grupos por la calle. Aviraneta no conocía a ninguno de los que iban en ellos.
—¿Quiénes son?—preguntó al sombrerero.
—Son los cristinos, que deben tener una organización militar, porque de cuando en cuando aparecen coroneles y militares de uniforme que hablan con ellos. Estos cristinos—añadió—están muy levantiscos y dicen que si Zea no ata a los carlistas corto, derribarán a Zea.
Parecía que Madrid entero se decidía por la Reina Cristina. Aviraneta y Tilly se metieron entre la gente y oyeron sus conversaciones.
—¡Qué tontería han hecho sus amigos!—exclamó Tilly—. Con esta agitación de la masa, un regimiento y los mil quinientos isabelinos, la cosa estaba hecha.
Aviraneta hizo un ademán resignado. En esto, en la Puerta del Sol, se encontraron a Gamundi.
—¿Qué han hecho ustedes?—le preguntó Aviraneta.
—Gran día—dijo el militar—. Pierrard y yo hemos dado dos hermosas estocadas en el Cerrillo de San Blas. Gran día. Primero, duelo; ahora, gresca, y a la noche, orgía. Esa es la vida. Ahora viene nuestra gente hacia aquí después de dejar las armas en casa.
Efectivamente, comenzaron a llegar por la calle de Alcalá, la de la Montera, la de Carretas y la Carrera de San Jerónimo, grupos de jóvenes, la mayoría bien vestidos, muchos, de levita y sombrero de copa.
«¡Viva la Reina!» «¡Viva Isabel II!», se oía a cada paso, y alguno que otro grito de: «¡Abajo el Ministerio!» Entre la gente se señalaba con el dedo a Espronceda, a Larra, a Patricio de la Escosura y algunos otros escritores que se lucían en medio de la multitud.
Tilly y Aviraneta iban a despedirse, cuando un chico se les acercó corriendo. Era el de la librería de la calle de la Paz.
—¡Don Eugenio!
—¡Hola, Bartolillo!—exclamó Aviraneta—. ¿Qué ocurre?
—De parte del capitán Nogueras que se escape usted y no vaya usted a su casa.
—¿Pues?
—Porque la policía le anda buscando.
—Bueno. Toma este sombrero de copa—dijo Aviraneta, quitándoselo de la cabeza y dándoselo al chico—. Guárdalo en la tienda.
Al mismo tiempo sacó una gorrita pequeña y se la encasquetó.
—¿Quiere usted venir a mi rincón?—preguntó Tilly.
—No, no; gracias. Tengo otro sitio más próximo. ¡Vaya, adiós, amigo Uno! Dentro de poco pasaré por allí.
—¡Adiós, compañero Tres!
Y los amigos se separaron.
VII. LA CENA EN CASA DE CELIA
Una semana después de la muerte del rey, Chamizo se encontró a Paquito Gamboa, que le convidó a cenar a casa de su tío.
Le citó en el café del Príncipe, a las ocho de la noche. Estaba esperando el ex fraile, cuando se presentaron Gamboa y Aviraneta.
—¿Qué hace usted?—le preguntó Chamizo a don Eugenio, porque hacía días que no le veía.
—Ya no vivo con mi hermana.
—¿No? ¿Por qué?
—He tenido que largarme de allá, porque la policía de Zea Bermúdez ha empezado a molestarme.
—¿Y dónde vive usted ahora?
—Estoy con una familia amiga. Ya le diré el sistema que tengo para comunicarme con la gente, porque apenas salgo a la calle.
Estuvieron un rato en el café, y fueron después a una casa grande de la calle de Trujillos, en el barrio de las Descalzas, donde vivía doña Celia.
Don Narciso y Celia se habían instalado en Madrid con verdadero lujo. De su estancia en el extranjero habían traído hábitos de confort, apenas conocidos en la corte mas que por gente muy rica.
En la casa había varios salones alfombrados, con tapices, con muebles muy suntuosos y con algunas obras de arte.
Pasaron Chamizo, Aviraneta y Gamboa a un saloncito, donde estaba Celia con sus invitados, y tras de un rato de charla entraron en el comedor.
Eran quince o veinte los reunidos.
El anfitrión, don Narciso Ruiz de Herrera; su mujer, doña Celia; Paquito Gamboa, la marquesa de Albalate, Aviraneta, Fidalgo, con su hermana Estrella; el coronel Rivero, Nogueras, un napolitano llamado Ronchi, director de Loterías; el secretario del embajador de Inglaterra, lord Williers; Tilly, el cura Mansilla, el padre Chamizo, el capitán Messina, el capitán Del Brío y el teniente Gamundi.
El comedor presentaba un hermoso aspecto. Se hallaba iluminado con una gran araña de cristal y por dos candelabros, llenos de bujías, colocados sobre la mesa. Celia estaba elegantísima, con un traje verde pálido, que hacía destacarse su cabeza fina, adornada con una cabellera de un rubio obscuro; la marquesa de Albalate iba de blanco, y Estrella Fidalgo, que era una mujercita redondita y muy viva, en jeune fille en rose. Los hombres vestían de frac, excepto los militares, que iban de uniforme, y Mansilla, que llevaba sotana.
El anfitrión, pálido, demacrado, con el pelo entrecano, los ojos negros, vivos, el bigote lleno de cosmético, parecía una rata. Gamboa miraba disimuladamente a Celia, y ésta hablaba con el coronel Rivero y con Tilly; el capitán Messina piropeó a Estrella; Aviraneta y Ronchi obsequiaron a la marquesa de Albalate; el padre Chamizo charló con Gamundi, y Mansilla, con el secretario de lord Williers y con dos militares.
Todos eran del bando cristino. La cena fué espléndida y muy bien servida. Felicitaron a la dueña de la casa y se habló por los codos. De sobremesa, don Narciso contó una historia melodramática de los carbonarios de Roma, en la que había intervenido, con muchos detalles; Aviraneta estuvo amenísimo y chispeante; Messina explicó su evasión de la Ciudadela de Barcelona, y el napolitano Ronchi habló de su vida y de sus aventuras en Argel y Marruecos, en su lengua chapurrada, con mucha gracia.
Ronchi era un hombre grueso, moreno, con la cara redonda y unos pelos negros de punta sobre la frente. Tenía algo de polichinela, y una gesticulación tan cómica, que hacía reír aunque hablara en serio.
El caballero Ronchi dijo que no creía en la Medicina, a la que consideraba como un empirismo sin base; pero en cambio consideraba la craneoscopia del doctor Gall como una ciencia.
—El viejo refrán de «Dime con quién andas y te diré quién eres», yo lo sustituyo de esta manera craneoscópica: «Enséñame tu cabeza y te diré quién eres.»
El padre Chamizo y el cura Mansilla negaron la certeza de esta máxima, y Ronchi gritó:
—Pruebas, pruebas. ¿Quién de ustedes quiere que le examine la cabeza? A las damas no les hago el ofrecimiento. Sería un poco duro para mi encontrarles la prominencia del amor físico o de la infidelidad, y denunciarlo ante el público.
—Vamos a ver—dijo Gamboa—. Ahí va mi cabeza.
Ronchi palpó la cabeza del oficial y dijo:
—Prominencia del cerebelo, grande...; hay sentido del amor y de la reproducción; el órgano del afecto y de la amistad, bien desarrollado; el del valor y el orgullo, también... Esta no es una cabeza filosófica..., pero hay sentido artístico.
—Está bien—dijeron todos.
Gamboa se rió, porque Ronchi le conocía y obraba sobre seguro.
—A ver Aviraneta. Aviraneta debe tener una cabeza curiosa para un frenólogo—indicó Gamboa.
—¡Aviraneta! ¡Aviraneta!—dijeron todos.
—Vaya, señores, no hay que impacientarse—repuso don Eugenio, y se acercó a Ronchi.
Ronchi le saludó y le cogió la cabeza entre las dos manos.
—Señores—dijo el napolitano—. Esta es una cabeza.
Todo el mundo se echó a reír.
—No hay que reírse—replicó él con un ademán de charlatán que habla en la plaza pública—. Yo ruego al respetable público que la examine con detención. ¿Qué vemos en este cráneo, señores? Primero, mirad este abombamiento de las sienes. ¿Qué significa este signo? Este signo significa, señores, el valor, el valor personal, que está acusadísimo en este cráneo. Ahora, reparad en esta prominencia que hay encima de la oreja. Este signo es el signo de la crueldad y de la inclinación sanguinaria. Este caballero que posee este cráneo es un hombre cruel y sanguinario. Ahora ved el abultamiento que hay delante del oído: es la señal de la astucia y de la malicia; observad lo alta que es la cabeza: indicio de firmeza de carácter, y lo señalada que está la línea del orgullo. En lo demás, vulgar, completamente vulgar; el sentido del amor, de la amistad y del afecto, sin relieve; el sentido poético y religioso, nulo. Esta no es una cabeza filosófica, no es una cabeza artística, este es un condottiere... En fin, caballero—concluyó diciendo el napolitano inclinándose de una manera ceremoniosa y bufonesca ante Aviraneta—, craneoscópicamente es usted un hombre peligroso.
Aviraneta correspondió a la reverencia y dijo:
—Eso dice también Zea Bermúdez, pero yo no lo creo.
Se miraron unos a otros riendo de la alusión política de Aviraneta, que se sabía que estaba perseguido.
Se abandonó la craneoscopia, que a algunos no hacía gracia, sin duda porque la encontraban derivaciones antirreligiosas, y se habló de cuestiones del momento.
—¿Saben ustedes el epitafio que se ha hecho a Fernando VII?—preguntó el cura Mansilla.
—No.
—Pues oíganlo ustedes. Es breve y compendioso:
Murió el rey, y lo enterraron. —¿De qué mal? De apoplejía. —¿Resucitará algún día diciendo que le engañaron? —Eso no; que le sacaron las tripas y el corazón. ¡Si esa bella operación la hubieran ejecutado antes de ser coronado, más valiera a la nación!
Este epitafio, recitado por un eclesiástico, se aplaudió estrepitosamente y escandalizó a Chamizo. Días antes, una cosa así hubiera hecho temblar a todo el mundo.
Acababan de recitar estos versos, cuando entraron en el comedor de casa de doña Celia dos oficiales jóvenes, Ramón Narváez, vestido de paisano, y Fernandito Muñoz, con uniforme de guardia de Corps.
La señora de la casa estuvo muy amable con los dos, sobre todo con el segundo. Pasaron todos a un saloncito a fumar y a charlar, y a la una de la noche se fueron los invitados a la calle.
Hacía una noche soberbia y fueron juntos hablando Aviraneta, Gamboa, Tilly, el capitán Del Brío y Chamizo.
—¿Saben ustedes lo de Fernandito Muñoz?—preguntó Gamboa.
—No. ¿Qué pasa?
—Que la reina está loca por él.
Del Brío soltó una blasfemia.
—¡Qué zuerte!—exclamó con su acento andaluz—. Eze llega a general.
—Si no llega a rey—repuso Tilly.
—Y aquí, en confianza. ¿Qué clase de mujer es María Cristina? ¿Ustedes la conocen de cerca?—preguntó Aviraneta.
—Yo he hablado una vez con ella—dijo Tilly.
—¿Y qué le ha parecido a usted?
—Pues es una mujer guapetona; pero no tiene ninguna majestad. Habla de una manera afectada, pensando mucho lo que dice, y parece que está representando un papel.
—A mí me ha parecido una mujer basta, ordinaria—aseguró Gamboa con cierta saña—, una tía de estas a las que les gustan los hombres guapos.
—Una mujer caliente de corazón—agregó Tilly.
—Sí, es el tipo de la italiana gorda, fondona, un poco abandonada, que se pasaría la mayor parte de la vida en la mesa y en la cama.
—¿Pero al menos es inteligente?—preguntó Aviraneta.
—Poca cosa.
—¿Y liberal?
—Nada, absolutamente nada. Es liberal por fuerza.
—Pues sí que es un encanto nuestra excelsa Cristina—dijo Aviraneta.
—A nosotros los liberales nos conviene pintarla como una mujer ideal—dijo Tilly—; si no lo es, peor para ella.
—¿Y su hermana Luisa Carlota?
—Yo creo que es por el estilo—contestó Tilly—, quizá más enérgica, más ambiciosa.
—¿Y el infante don Francisco?
—Eze ez un calsonasos—dijo Del Brío.
—No lo creo yo así—replicó Gamboa—; a mí me parece que no es tan tonto como dicen, y creo, además, que es un liberal de verdad.
Se pasó revista a los comensales de la cena.
—¿Zerá sierto que el coronel Rivero tiene un proseso por azezinato?—preguntó Del Brío.
—No estoy enterado—contestó Gamboa—. Ya sé que ha tenido una causa, pero creí que era algo militar.
—¿No conocen ustedes la historia?—preguntó Aviraneta—. ¿No? Pues la cosa pasó en Cádiz, en mil ochocientos treinta y uno. Rivero estaba allí de comandante y tenía todo el regimiento comprometido para sublevarse con Torrijos. Los conspiradores se reunían en la logia. El día señalado, al anochecer, va Rivero a la logia y se encuentra con varios oficiales comprometidos, que le dicen que se ha presentado allí el brigadier don Antonio del Hierro y Oliver, con su ayudante, y que va a volver por la noche. Rivero y sus amigos parlamentan y preparan una emboscada, y a la mañana siguiente aparece en la calle el brigadier muerto de cuatro tiros, y a pocos pasos de él, un zapatero de la vecindad también muerto. La justicia toma el asunto con frialdad y la mujer de Hierro, que era una mujer de pelo en pecho, jura denunciar a los conspiradores enemigos de su marido, arma un zafarrancho en el cuartel, hace que prendan a cinco o seis, y, mientrastanto, un sargento comprometido se escapa con la doncella del brigadier, con la caja del regimiento y con una maleta de documentos comprometedores.
—¿Y no lo pescaron?—preguntó uno.
—¡Ca! Ahora está en París hecho un personaje, de empresario de teatros, camino de tener millones.
—¡Qué zuerte!—volvió a decir Del Brío.
—¿Y de Narváez?¿Qué se sabe?—preguntó Aviraneta—. Estaba pendiente de purificación.
—Lo han nombrado capitán del regimiento de la Princesa, del cuarto de línea—dijo Gamboa.
—Es un hombre de porvenir—exclamó Aviraneta—, tiene mucha fibra y es un liberal entusiasta.
—No quiero nada con él—repuso Del Brío.
—¿Pues?
—Ez un bárbaro zin formaz de ninguna claze. Eztaba yo de guarnisión en Granada y zolíamos ir a jugar a un casino muchos oficialez y algunoz paizanos, entre elloz uno de los jefes de los realiztaz. Una noche llevaba yo la banca y eztaba Narváez a mi lado. Yo perdía ciento veinte duroz, y Narváez, aproximadamente, otroz tantos. En ezto entra el jefe de los realiztaz de la siudad, se acerca, zaca una bolsa verde llena y la pone en la meza. Narváez coge la bolsa verde, la tira al aire y dice: «Donde eztoy yo no apuntan los realistas». Zalimoz de ella a palos. Ya ven ustedes. ¡Qué tendrá que ver el juego con la política! Eze Narváez ez un salvaje.
Pasando revista a los demás comensales se habló del napolitano Ronchi.
Tilly conocía su historia.
—La vida de ese tipo es una novela—dijo—. Es un lazzaroni de Nápoles, hijo de un prendero, creo que judío. Salió de su tierra y fué a Argel de quincallero. Aquí se transformó en charlatán y llegó a ser el médico de Cámara y del harén de Su Majestad Argelina. El bey parece que una vez le quiso empalar porque rompió un diente a su sultana favorita. De Argel marchó a Tánger, siempre de médico, y vino a Madrid, hace ocho o nueve años, donde puso una tienda de cambio. Quién le metió en Palacio no se sabe; el caso es que Ronchi acompañó a la princesa de Nápoles, novia del infante don Sebastián, a Madrid, y desde esta época tiene una influencia cada vez mayor con la Reina Cristina. Dicen que ha conseguido suplantar en su confianza al barón Antonini, encargado de Negocios del Reino de Nápoles. Ronchi protege a una modista, Teresita Valcárcel, fina como los corales, que entra todos los días en Palacio. Entre ellos y Muñoz están mandando en la Reina Cristina en el momento actual.
Aviraneta, a quien interesaba, sin duda, muchísimo todo esto, hizo más preguntas a Tilly. Gamboa escuchaba la relación con marcado disgusto.
Llegaron a la Puerta del Sol. Para Chamizo era tarde, y se fué a casa pensando en la sociedad abigarrada y extraña que aparecía en Madrid.