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La familia de León Roch, Tomos 1 y 2

PRIMERA PARTE (continued 3)

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Sentado en un sillón, á las demostraciones cariñosas de la familia respondía con escasas frases en que la intensidad del afecto compensaba el laconismo, con apretones de manos, con miradas ardientes y amorosas.

Desolada y suspirante, la Marquesa no sabía contener la expresión de su dolor, y sus quejas concluían siempre con proyectos de administrar á su hijo aires puros, aires campesinos, aires de establo, y de llevarle á beber aguas salutíferas. Lo primero que se decidió fué celebrar junta de médicos, convocando á lo más selecto. El enfermo sonreía con expresión de incredulidad, pero sin oponer resistencia á nada, porque el hábito de la obediencia, tan arraigado en él, dábale fuerzas para dejarse zarandear en su agonía.

León no le había visto nunca. Cuando entró á verle, la Marquesa le dijo: «Aquí tienes á tu hermano que no conoces...

—Le conozco,» contestó Luis Gonzaga, dejándose estrechar su mano por la de León.

Y diciéndolo, clavó en él la mirada atenta, penetrante, por tanto tiempo, que la Marquesa, alarmada de aquel largo discurso de asombro mudo, dijo así:

«Ya sabes que es muy bueno.

—Ya, ya sé—repuso Luis mirando á su hermano.—¿Y os marcháis de Madrid?

—¿Cómo quieres que nos vayamos dejándote así?—replicó María, derramando abundantes lágrimas.

—Pero tu esposo no querrá detenerse.

—Nos quedaremos—afirmó León, sentándose en el grupo que rodeaba al joven.—Ni María quiere separarse de su hermano, á quien no ha visto en tanto tiempo, ni yo quiero que se separe.

—Ni tampoco quieres tú separarte de ella—añadió la Marquesa.—Eres un modelo de maridos complacientes y bondadosos... Quizás nos vayamos todos juntos.

—Luis mejorará—dijo León,—y entonces emprenderemos nuestro viaje.»

No sabemos si fué aquel mismo día ó el siguiente cuando León, hallándose á solas con su suegra, presenció uno de los más fuertes accesos de tristeza que en ella había visto, y que se determinaban en suspiros, en lamentos de su desgraciada suerte y en protestas de poner las cosas en un pie conveniente de orden y economía. La excelente señora derramaba copiosas lágrimas, y estrechaba la mano de su yerno prodigándole los nombres más dulces de que se vale el cariño materno.

Atravesaba, según ella, la familia una de las más graves crisis que podrían perturbar á familia alguna. El mal de Luis Gonzaga exigía dispendios inmediatos. La ilustre dama no tenía carácter para tratar á la junta de médicos como trataba á sus acreedores de escalera abajo el Marqués, cuyos despilfarros habían llegado á un extremo escandaloso. Se sentía fatigada, consumida de aquel género de vida aparatosa y de relumbrón en que la sostenía, mal de su grado, el orgullo de su marido y de sus hijos. Se consumía en el tedio de los saraos, y devoraba en silencio las ansias del hambre disimulada y de aquel malestar continuo que hacía de su casa un infierno. ¡Oh! su educación, su clase, sus principios, sus nobles sentimientos pugnaban con la farsa; mas era débil, amaba entrañablemente, aunque sin premio, á los mismos autores de aquel malestar, y no podía desprenderse de los hábitos que se le habían impuesto. Pero estaba decidida á ser enérgica, implacable; á cortar para siempre las malas costumbres introducidas en su casa; á enfrenar al Marqués; á hablar claro, muy claro, á sus hijos; á establecer un orden riguroso, excesivamente, ferozmente riguroso; á vivir de sus recursos propios y naturales renunciando al brillo engañoso y á la competencia ridícula con fortunas saneadas y enteras. Lloraba en silencio y pedía á Dios que apartase de la casa de su hija las calamidades que pesaban sobre el hogar paterno, favor que Dios parecía resuelto á conceder desde que adjudicó á la bienaventurada joven un marido ejemplar, un marido juicioso, un marido modelo, un marido de elección, un marido canonizable, dicho sea con perdón de la Iglesia.

Y no sabemos tampoco si fué aquel día ó el siguiente cuando el Marqués se encerró con León en su despacho, y con acento patético y desembarazado desarrolló ante los ojos de éste el panorama desconsolador de su propia situación, dando en él toques de grandísimo efecto, agrupando sabiamente las sombras, y dibujando con energía la figura más convincente, que era la enfermedad del mejor, del más querido de sus hijos. Este infortunio acercaba la mecha á la casa de Tellería, toda desvencijada y llena de puntales, atestada de oropeles, de colorines, de bambolla inútil... Veíase el insigne cuanto desventurado señor enfrente de un problema terrible, y su decoro de hombre público y su dignidad de padre de familia estaban como reos de muerte á quienes ya se ha subido en el fatal tablado. Lo peor es que no tenía él la culpa, sino la Marquesa, autora indirecta de las filtraciones (gustaba mucho de emplear este término tomado por la Hacienda al arte de la fontanería) que disminuían el caudal de su casa, mostrando el horrible cauce vacío... Él, por su parte, se reconocía también algo culpable, porque había querido sostener una posición exageradamente decorosa, como hombre que se debe á su nombre, á su partido, á su patria; había contado con el éxito de operaciones bien preparadas, y con las posiciones que adquirieran sus hijos. ¡Desengaño, ilusión!... Él, verdaderamente, no se reconocía impecable; él no dejaba de comprender que había sido débil, excesivamente débil ante el desenfrenado lujo implantado en su casa por la Marquesa; él no debía haber autorizado con su presencia las comilonas, los tes, los raouts, los saraos que llenaban de ruido, de murmuración, de equívocos y de humo su casa en determinados días de la semana; él debió resistirse, debió protestar, ¿quién lo duda? pero no protestó; fué cómplice, faltó á los sanos principios conservadores y preventivos que eran norte y fanal de su conducta. Pero estaba decidido á cortar abusos, á reformar radicalmente la Administración, á hacer economías, á sostener el orden doméstico, base de las virtudes privadas y públicas. Y no hablaba ciertamente á su yerno de este desagradable asunto con objeto de pedir su amparo para salir de los compromisos del día, no: esto no era compatible con el decoro del suegro, ni con sus ideas extremadas en materia de dignidad; hablábale sin otra mira ulterior que darle á conocer la abrumadora realidad, para que usando de su prestigio cerca de la familia, tratase de señalar á Milagros el abismo que á sus pies se abría. El pobre Marqués se sacrificaba por todos, no quería nada para sí. La enfermedad de su hijo más querido le afectaba en extremo; no tenía gusto para nada, y se sentía víctima de la fatalidad, de las pésimas condiciones de este país ingobernable, pobre á pesar de la fertilidad del suelo. ¿Cómo hacer frente á las inmensas dificultades de tal situación? ¡Ay! el mismo Marqués necesitaba con toda urgencia tomar baños alcalinos para su reúma, y no podía, no quería emprender el viaje. Su deber le retenía en Madrid al lado de su hijo enfermo; su deber le prohibía gastar en su persona lo que reclamaba la vida amenazada de Luis Gonzaga, un joven sin igual, casi un sacerdote, un santo bajado del cielo... El Marqués conocía los deberes que le imponía su situación, y estaba decidido á cumplirlos. Sí: su hidalguía genuinamente española se lo ordenaba así; pero necesitaba los consejos de un amigo cariñoso y desinteresado; necesitaba que alguien le animase con palabras varoniles y le alentase con ejemplos eficaces; necesitaba de un hombre recto, juicioso, franco, enemigo de farsas, necesitaba, en fin, un apoyo moral, puramente moral...

«Repito que un apoyo moral nada más,» dijo terminando la frase con un suspiro y estrujando entre sus manos la de León.

Si éste fuera capaz de envanecerse con las alabanzas, aun siendo merecidas, se habría hinchado de satisfacción cuando Milagros, dos ó tres días después, le dijo con tono de verdad sincera:

«¡Cuán cierto es, querido hijo, que un buen corazón puede existir debajo de una cabeza vacía de ideas religiosas!»

Y cuando el Marqués le dijo:

«Yo te tenía por el hombre mejor del mundo. Es tan grande tu bondad, que me hará creer en una utopia; ya sabes que yo no creo en utopias; pero ahora... En fin, no puedo expresarte lo que siento al ver el interés que tomas por el decoro de tu familia. Bien conoces tú que en el Diluvio de las pasiones es necesario que la familia se salve. ¡Sí: la sociedad se hunde; pero sobrenadará la familia, el arca!...»

Dicho sea en honor de la verdad, León, más que la salvación de su familia política, comparada, no sin gracejo, por el Marqués con el arca de Noé, había tenido presente la enfermedad del gemelo de su esposa y la pena que ésta sentía al ver la mala disposición de sus padres para las horas aflictivas y los dispendios que tan cerca andaban.

XVII La desbandada.

Tristísimo fué el pronóstico de los médicos. Sin embargo, indicaron que el desenlace funesto estaba aún lejano, con lo cual hubo esperanzas y algún sosiego en la casa. Tan consolador es el tiempo que está por venir como el que ha pasado, y las desgracias aplazadas, así como las transcurridas, se pierden en ese indeterminado horizonte detrás del cual está el ancho hemisferio del olvido. En la familia de Tellería empezó á renacer la calma, y cada individuo de ella fué recobrando poco á poco su habitual carácter. Gustavo era diputado y pasaba todo el día en el Congreso. La Marquesa, sin dar completamente tregua á la pena real que la dominaba, había recobrado aquella dulce expresión de conformidad con el mundo terrestre, mezclada siempre de cierto pietismo quejumbroso, de lo cual resultaba una especie de resignación á gozar. Las cosas fútiles la ocupaban largas horas. Una mañana encontróla León muy indecisa enfrente de una elección de sombreros de verano, traídos de la tienda. Había allí todas las variedades creadas cada mes por la inventiva francesa. Veíanse nidos de pájaro adornados de espigas y escarabajos, esportillas hendidas con golpes de musgo, platos de paja con florecillas silvestres, casquetes abollados, pleitas informes con picos de candil, cubiletes con alas de chambergo y pechugas de colibrí, solideos rodeados de gasas, en fin, todas las formas extravagantes, atrevidas ó ridículas con que la fantasía delirante de los artistas de modas emboba á las mujeres y arruína á los hombres. La Marquesa los miró todos, agraciando á cada cual con una observación picante y discreta, como mujer de refinadísimo gusto. Se puso algunos, los probó ante el espejo moviendo su cabeza para buscar mejor los efectos de línea y de color, y al fin los devolvió todos á la caja, diciendo:

«No compro nada... Todavía es posible que vayamos á Francia... Allí compraré, como otros años, todo lo que necesite, y lo introduciré... lo introduciré... Yo me sé entender con la Aduana. Sí: es posible que vayamos... ¿Pero no sabes, León...?»

Este había presenciado con su mujer y con Luis Gonzaga la inspección de sombreros, dando su parecer cuando se le pedía. La conversación pasó de la moda al contrabando. Los dos gemelos estaban mudos y tristes, mayormente Luis, que fijaba sus ojos con insistencia en la jardinería inmediata al balcón, llena de gomelos, algún rododendro y hermosas azaleas cubiertas de flores rosadas.

«¿No sabes, León?—prosiguió Milagros.—Ese mala cabeza de Leopoldo se nos marcha esta tarde. Va á Biarritz con esos chicos, con sus amigotes. No he podido contenerle... le he demostrado que quedándonos aquí todos por acompañar á Luis, él también debe quedarse. Dice que necesita los baños de mar, y no le falta razón... Aprovecha la marcha del Duque de Cerinola y del Conde del Garellano, que tienen coche-salón.»

Un criado, á quien se preguntó por Polito, dijo que el señorito Leopoldo había dicho que almorzaba fuera; que del palacio de sus amigos partiría para la estación, sin volver á la casa de sus padres. Su equipaje estaba ya hecho y las maletas cerradas.

Tan singular manera de despedirse, demostrando á las claras el cariño filial y fraternal de aquel benemérito mancebo, afligió un tanto á la Marquesa, que, en medio de sus desvaríos, no carecía de afectos ni de conciencia. Leopoldo era, según ella, un chico detestablemente educado, aunque no por culpa de su madre, un calaverilla empedernido, insensible á todo dulce afecto, y que por montar un caballo prestado, ó guiar un coche ajeno, ó viajar en el vagón del amigo, ó estrechar la mano de Higadillos, ó poner á una carta unos cuantos duros, era capaz de volver la espalda á su familia en los momentos de mayor conflicto.

El Marqués, que acababa de presentarse vistiendo elegantísimo traje claro de verano, recibió la noticia con escepticismo mundanal, que parece en ciertas bocas la fórmula más pura del buen gusto.

«Es natural—dijo,—que los muchachos se diviertan... Después viene la edad madura, los achaques, las graves preocupaciones de una posición social consagrada á la vida pública, el reúma... por ejemplo, aquí estoy yo, que á todo trance necesito un poco de carena... y no puedo menos de tomarla. El médico se ha puesto furioso cuando le dije que no podía salir este verano... «¿Cómo se entiende, señor Marqués?... Un jefe de familia no debe descuidar su salud. Le condeno á usted á baños. ¡Sentencia inapelable!» En resumen, queridos, he resuelto marcharme mañana.»

La estupefacción de la Marquesa parecía despecho y enojo. ¡Todos libres y ella esclava, amarrada al nefando potro del veraneo en Madrid, á ese potro no tan ignominioso por lo molesto como por lo cursi!

«Nuestro querido Luis—añadió D. Agustín acariciando la barba de su hijo,—mejora de día en día. No hay cuidado por él. Le conviene el reposo. Un verano en Madrid, al lado de su madre... Con cuánto gusto os acompañaría; pero estoy fatal. Varios amigos me han comprometido á tomar con ellos el tren de mañana.»

Al decir esto se había quedado solo con León, porque Milagros con sus dos mellizos pasó al comedor.

«Yo no hago aquí falta—prosiguió el Marqués, paseando en compañía de su hijo por la hermosa sala adornada de los mil preciosos cachivaches de exportación francesa en tapicería, cerámica y mueblaje que han venido á llenar en las casas aristocráticas el vacío de las verdaderas obras de arte, arrancadas de su esfera natural por las quiebras y llevadas á los museos por el dilettantismo del Estado,—yo no hago falta aquí. Ya debes suponer que no me voy tranquilo. Por cierto que me enfada la ligereza de mis hijos, huyendo á la desbandada de la casa paterna, cuando la pobre Milagros necesita de su compañía para sobrellevar la enfermedad de Luis... porque Luis está grave, no nos hagamos ilusiones. Yo creo que tirará; puede ser que rebase este otoño; pero el invierno... de todos modos, los chicos han hecho mal, muy mal. Leopoldo se va esta tarde y Gustavo mañana. No lo hubiera creído en Gustavo; pero ya se ve... está enamorado, perdidamente enamorado. La Marquesa de San Salomó parte mañana para Arcachón, París y el Havre. Gustavo sale también para el extranjero, y ya sabemos que las cartas se le han de dirigir sucesivamente á Arcachón, París y el Havre. Bonito viaje, ¿no es verdad? La Marquesa de San Salomó es linda y elegante; mi hijo tiene grandes atractivos... pero ¡quién sabe si será verdad lo que dicen! yo no lo creo. No hay duda que la oratoria ardiente de Gustavo, sus defensas briosas del catolicismo, hicieron estragos en las tertulias elegantes. Desde muy temprano era de ver la tribuna llena de preciosas cabezas, adornadas de los más lindos sombreros, y allí se oía un murmullo delicioso de disputas y alabanzas. Porque eso sí: tenéis que confesar que la mujer es entre nosotros salvaguardia de las venerandas creencias de nuestros padres. ¿Queréis hacer la transformación de las conciencias, señores ateos? pues empezad por suprimir esa encantadora mitad del linaje humano... La verdad es que Gustavo habla maravillosamente: sus palabras de fuego conmueven la Cámara y alborotan las tribunas. Luego ha escogido un tema tan simpático, tan elocuente de por sí, un tema que habla al sentimiento, al alma, á la fe, á lo que hay de más sagrado, de más divino en nuestra alma, y que se conforma admirablemente con la hidalguía castellana. El Marqués de Fúcar me dijo guiñando el ojo: «Tellería, este chico sabe el camino...» Yo también lo digo: Gustavo sabe á dónde va... y por dónde se va. Reúne tantas buenas cualidades, que es, como me decía en la tribuna del Senado D. Cayetano Polentinos, «un verdadero archivo de esperanzas.» Talento, buena figura, ese ardor parlamentario... No obstante, me hubiera gustado ver en él un poco más de apego á la familia... ¡Que emigre yo, tan necesitado de reposo y salud... pero Gustavo...! Comprendo la atracción invencible de una mujer como la San Salomó... Ya, ya vamos. (Se había presentado un lacayo, diciendo que el almuerzo se enfriaba.) ¿Tienes ganas de almorzar, León? A tí también te sentaría levantar el vuelo.»

Al día siguiente León despedía en la estación del Norte al Marqués y á Gustavo, que iban en el mismo tren, pero en coche distinto, en compañía distinta, aunque ambos con billete de favor, debido á la amistad de los consejeros de Administración.

«No he podido prescindir de este viaje—le dijo Gustavo, tomándole del brazo y llevándole á dar un paseo por la parte del andén donde había menos gente. Si algo ocurriese en casa, me pones inmediatamente un parte telegráfico... ¿Ves? ahí está ya esa mujer: me lo figuré desde que ví á papá preparando su viaje: ¿la ves?

—¿Quién?

—La Paca... la Paquira... esa.»

Entre la compacta muchedumbre sobre la cual parecían sobrenadar cantidad de sombrerillos empenachados de rústicas flores contrahechas, de plumajes sutiles y de velos verdosos y azules como jirones de nubes que empañaban las caras, León vió una muchacha de gracioso rostro y elegante figura, que disputaba con el vigilante por dos asientos de berlina.

«Allá está papá con dos de sus amigos que salen también... Y yo pregunto: ¿á dónde conduce esta absurda ligereza de un hombre que debía considerar su edad, sus deberes, el estado de nuestra casa, su posición social?... El afán de ser siempre joven mata á la sociedad presente... Si tú no sales, acompaña á mamá y á Luis todo lo que puedas. Mamá está muy afectada: esta desgracia ha sido para ella como un aviso del Cielo, como una advertencia para que deje de ver en la vida una sucesión perpetua de goces. ¿Será provechosa la lección? Me temo que no. Su corazón es bueno; pero su carácter está lleno de debilidad. Me indigna el ver cómo la enternece el pillete de Leopoldo para sacarle dinero. Mamá es así: todo el que pide para divertirse la encuentra propicia... Pero el tren se va... Papá no ha entrado en el departamento donde va la Paca; pero está en el inmediato con sus amigos. Al menos, que evite el escándalo... Yo me entro en este salón. Nos hemos reunido varios amigos del Marqués de San Salomó, que ha tenido la bondad de invitarme. Adiós: que me escribas, que me pongas un parte si ocurre algo. Arcachón, Hotel Brisset... Más tarde en París, poste restante.»

XVIII El asceta.

Observó León que Luis Gonzaga estaba en la casa paterna fuera de su centro. Aquella figura rígida y macilenta, enfundada en negro sayal con faja del mismo color que amenguaba su mezquina cintura, la cabeza descubierta, el semblante inclinado, la vista clavada en el suelo, la tez glutinosa, el cuello flaco y vacilante, cual si no pudiera resistir el peso de la cabeza; las manos largas, amarillas, transparentes como haces filamentosos y sin más fuerza que la necesaria para cruzarse orando, discurría como una sombra maldecida por las salas revestidas del abigarrado papel ó de las chillonas tapicerías. Era una mancha obscura y triste caída sobre el mueblaje de colorines y oro, sobre los exóticos objetos de estilo japonés, cuyas aisladas figuras de pesadilla parecían armonizar con la persona del escuálido colegial.

Se le veía errante, agitado como un pájaro prisionero que busca salida, y cuando sus ojos recorrían la varia colección de muebles y objetos bonitos, era para escoger la silla más incómoda y sentarse en ella. Buscaba los rincones obscuros para nido de sus meditaciones. A veces los criados, al arreglar una pieza, encontraban aquel negro cuerpo fajado, y ante él detenían el plumero, pronunciando glacial fórmula de respeto. Entonces Luis huía de allí para buscar otra choza en aquella Tebaida de papel pintado y estampas profanas, de seda y cretona, de damasco y palo-santo. El pobre anacoreta moribundo, al correr de un rincón á otro espoleado por su febril misticismo, tropezaba con un piano, con un biombo chinesco, con un velador que sostenía redoma de peces, con un blando sofá vestido de hilo gris, ó con una desnuda Venus de bronce. Él no comprendía que se vistiese á los muebles y se desnudase á las estatuas.

Mirábanle los criados con indiferencia, quizás porque él no les dirigía nunca la palabra, ni les pedía nada; tanta era su humildad. Resistía el hambre y la sed hasta un extremo incalculable, y no conocía las molestias, porque las trocaba en placeres su alma codiciosa de mortificación. Un lacayín con pechera estrellada de botones, la carilla alegre y vivaracha, la cabeza trasquilada, los pies ágiles y las manos rojas y llenas de verrugas, era el único que le prestaba algunos servicios, aun á despecho del mismo joven. Este solía hacerle preguntas:

«¿Cómo te llamas?

—Felipe Centeno.

—¿De dónde eres?

—De Socartes.»

Pero no hablaban largo. El anacoreta bajaba los ojos y el lacayito se alejaba. Los demás servidores de aquella casa tenían todos una expresión displicente y avinagrada, como hombres que contra su voluntad hacen penitencia, viéndose condenados á pobreza absoluta en medio del lujo y de la pompa. La Marquesa y María acompañaban largas horas á Luis, procurando reanimarle con triviales palabras.

«Yo no temo la muerte—les decía él sinceramente.—Por el contrario, la deseo con todo el ardor de mi alma, como un cautivo sano desea la libertad. Vosotros no me comprendéis porque estáis apegados al mundo, porque no vivís la vida interior, porque no habéis roto, como yo, todos los lazos de la tierra.»

Acogía la Marquesa con suspiros estas seráficas declaraciones, que producían tristeza y admiración, por considerar cuán lejos se hallaba ella de tales alturas. Su reclusión y el calor daban á la señora melancolía y aburrimiento. Una noche, cuando León se retiraba á su casa, dijo á su mujer:

«Sólo por dignidad, ó mejor dicho, por miedo al qué dirán, no ha seguido tu mamá á los demás en esta deserción infame. ¡En qué horrible mundo vivimos! Pues que todos se van ó se quieren ir, nosotros nos quedaremos. Tu hermano está muy grave; puede resistir todo el verano, y puede acabarse cuando menos se piense.»

Al día siguiente, el médico dijo que la casa de Tellería, situada en un barrio populoso, sombrío y mal ventilado, era lugar muy impropio para el enfermo. Se acordó trasladarle al hotel de León, situado en los bordes de la villa, bañado de aires saludables, y protegido por plácido silencio. El enfermo no opuso resistencia, como no la oponía á cosa alguna, y fué trasladado á la morada de su hermana. Le instalaron en el piso bajo para evitarle subir escaleras, dándole por alcoba una pieza inmediata al despacho de León, y por sala para residir constantemente el despacho mismo, vasto, claro, alegre. Ninguna de estas ventajas llamó su atención, porque lo mismo era para él un real palacio que la mazmorra más obscura. El primer día diéronle fuertísimas congojas, y tan continuadas, que madre é hija se alarmaron mucho; mas él, luego que fué serenándose, sonreía con afabilidad y dulzura, diciéndoles:

«¿Por qué os asustáis? ¿Por qué lloráis? Yo no me asusto, ni lloro, sino que estoy alegre, más alegre cuanto más acerbo es mi padecer. De veras os digo que al considerarme tan cerca de la muerte, contengo mi alegría, no sea que el gozo de verme libre de esta hedionda vestidura carnal despierte alguna vanidad en mi alma, ú otro sentimiento desagradable á los ojos del Señor. Si me envanezco demasiado de morir, queridas de mi alma, puede que Dios me castigue, condenándome á vivir algún tiempo más.»

Con León hablaba poco, casi nada, pues siempre que éste á preguntarle iba por su salud ó á acompañarle, hallábale entregado á sus prolijas devociones, cuyo plan no alteró jamás, ni aun en los días de mayor gravedad. Le llevaban de comer lo más escogido y lo más propio para su estómago; pero él tomaba siempre lo peor.

«No como esto—decía,—porque me gusta.»

Rogábanle que tomase tal ó cual cosa de gran provecho para su salud; pero siempre á ello se negaba.

«Puesto que tu gusto es no tomarlo—le decía su hermana con admirable lógica,—mortifícate tomándolo.»

Entonces sonreía y lo tomaba. Iban á visitarle algunos sacerdotes principalmente franceses, de esos de melena ahuecada y gracioso sombrero de tres candiles, corteses, finos, mundanos, limpios, y platicaban acerca de la casa de Puyóo. Rara vez se veía allí á los graves curas españoles, que cuando son buenos, son los clérigos más clérigos, digámoslo así, de la cristiandad, verdaderos ministros de Dios por la seriedad real, la mansedumbre sin afectación y la sana sabiduría. Luis Gonzaga gustaba de la tertulia, pero más de la soledad; en aquélla mostraba su agudo juicio, no exento de sal y gracejo; su piedad profunda, que era la admiración de todos, y su dicción tiernamente apasionada. Todas las mañanas le llevaban en coche y con grandes precauciones á la iglesia, de donde venía tarde. Al regresar meditaba á solas y de rodillas; no tomaba alimento sino cuando ya no podía sostener su cuerpo extenuado, y en mitad de la sobria comida solían sobrevenirle las congojas, que parecían rematar su cansada vida en un suspiro.

No permitía que nadie le ayudase á vestirse y desnudarse, ni que le acompañaran de noche. María hizo notar á su esposo que algunas mañanas estaba el lecho intacto, señal de que había dormido en el suelo. Los blandos sillones y sofás que las industrias suntuarias han puesto hoy al alcance de todas las fortunas, no conocían el contacto de sus huesos. Sentábase ordinariamente en una banqueta de rejilla sin respaldo, y allí pasaba horas y horas rígido, sudoroso. Cuando su cuerpo no podía tenerse derecho, arrimaba la banqueta á la pared y apoyaba la fatigada espalda, echando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos y cruzando las manos. Parecía un reo á quien acababan de dar garrote. No hablaba nunca de sus hermanos, ni de su padre ausente. La persona á quien mostraba más apego y algo de confianza era María. A León ni siquiera le miraba.

Frecuentemente era mortificado por escrúpulos, que solía manifestar. Si por espacio de un cuarto de hora estaba su pensamiento ausente de las meditaciones sobre la muerte, al caer en la cuenta de su distracción sentía inquietudes y un vivo enojo contra sí mismo. Quería imitar en todo, ó al menos en lo posible, al glorioso niño de quien tomó el nombre, aquella alma angelical y purísima que voló del mundo á los veintitrés años, abrasada por el fuego de la pasión mística, y que mutiló en su pensamiento y en su sentir todo lo que no fuera el ardiente prurito de salvarse.

Como el santo niño jesuita, Luis Tellería padecía horriblemente de la cabeza; repetíanle en la casa de Madrid las tremendas jaquecas que en Puyóo le daban con frecuencia, abrasándole el cerebro y conmoviendo su máquina toda, cual si convertidos en molde sus sesos, cayese en ellos un metal derretido. Durante estos ratos de espantosa mortificación, su alma, replegada en sí misma, gozaba con el martirio; los dolores físicos eran recibidos allá dentro con un júbilo delirante que tenía su vanidad y su sibaritismo. No exhalaba una queja, y cuando sentía revolverse dentro de su cráneo las serpientes de fuego, su boca se contraía para sonreir. Al San Luis de marras mandóle el Prelado que no pensase tanto para evitar un mal tan penoso. A éste le decían lo mismo, y gozoso de parecerse al santo, contestaba: «Mándanme que no piense tanto para que no me duela la cabeza, y más me duele de hacer esfuerzos para no pensar nada.»

El médico le ordenaba diariamente calmantes y otras medicinas. Las tomaba por fórmula, cuando á ello le apremiaba su madre con ruegos y sollozos. La medicina que á él le gustaba era una correa erizada de picos de hierro que constantemente llevaba enroscada en su cintura, no más ancha que la de una niña de doce años. Su hermana se acercaba de noche á su cuarto andando de puntillas para no ser observada, y en vez de hallarle descansando, le veía de hinojos ante el crucifijo que le habían puesto junto á la cama.

En la casa de Puyóo había hombres muy buenos, otros muy sabios, algunos listos y traviesos, y todos se hacían lenguas de la virtud de Luis y de aquel santo odio de sí mismo, que parece, á pesar de todas las declamaciones, forma un tanto anticuada de la edificación. Sin embargo, la misma tendencia de la devoción moderna á reconciliarse con el buen comer y el mejor dormir, hacía más admirables las abstinencias y el voluntario martirio del hijo del Marqués. Su fama era grande en toda la Compañía: se hablaba de él en Roma.

Vivía en estado de taciturna tranquilidad, y á pesar del gran cariño que tenía á sus padres, había logrado, á fuerza de horribles luchas con su memoria, no pensar en ellos, para que cosa ninguna le pudiera apartar de la presencia continua de Dios, fin perpetuo de sus ansias y martirios. Al par que su santidad, descollaba su ingenio en el estudio, siendo tan agudo y peregrino, que en poco tiempo dominó la filosofía y la teología y supo defender conclusiones con tanto despejo, que los ergotistas más hábiles se quedaron pasmados. Pero esto mismo fué ocasión de gran desasosiego para su alma, porque el verse elogiado mortificaba su humildad, hasta que, temeroso de que su amor propio se despertara con las alabanzas, se fingió torpe. Su anhelo era que en la cátedra se le considerase como el último de los escolares. Sólo ante el riguroso mandato del Superior renunció á hacer escrúpulos de sus talentos.

A los superiores obedecía, y observaba las reglas con prolijidad extremada: llegó á dominar de tal modo sus sentidos, que al fin parecía no poseerlos, y su oído torpe y sus ojos siempre fijos en el suelo, no se enteraban de nada. Pasaban las personas á su lado sin que las viera. Había hecho voto de no mirar jamás á la cara á ninguna mujer, como no fueran su madre y su hermana, y lo cumplía con todo rigor. Con tal sistema, su alma debía ser de una pureza ejemplar, casi casi como la pureza del sér que no ha nacido.

Cuando los médicos anunciaron la terrible enfermedad, aseguró sentir inmenso gozo, y se alegró tanto con la idea de padecer mucho y morir padeciendo, que hizo escrúpulo de aquel contento, y preguntó al Padre director si habría pecado en regocijarse tanto con la certeza de morir, y si esto sería un artificio de la vanidad. Tranquilizado sobre punto tan difícil, observaba su mal y aumentábalo á escondidas de los superiores con privaciones y una guerra oculta declarada á toda medicina. La resolución de enviarle á su casa, cuando la muerte parecía segura, le afligió al principio; pero después tuvo una idea, un plan, y se dejó conducir á Madrid y enjaular en los lujosos aposentos que le parecían la proyección externa de su propio mal, horrible, demoniaco, nauseabundo.

Y no obstante, él, contraviniendo las leyes naturales, cuidaba su enfermedad como se cuida una flor para que crezca; alimentaba aquella bestia inmunda que se lo comía, y gozaba al sentir chupado y mascullado su miserable cuerpo, que no era para él más que un estorbo. Solía decir: «El mundo no es más que un fétido callejón, donde la sociedad se agita con delirio carnavalesco. Estamos condenados á pasarlo vestidos con la repugnante máscara de nuestro cuerpo. Bienaventurados los que lo pasan pronto y pueden arrojar al fin la máscara para presentarse limpios ante Dios.»

Este era el varón angelical, ésta el alma inflamada, loca, en que todo era fe y desprecio del mundo, de tal modo, que ella sola bastara á dar á nuestro siglo lo que aún le falta, un santo, si el siglo no pareciese dispuesto á romper la turquesa de las canonizaciones. Verdad que á Luis le faltaba el milagro; ¿pero quién sabe si había hecho alguno y lo callaba siguiendo su santa costumbre de escrupulizar su amor propio?

Alguien dijo que aquella santidad no era más que un papel bien representado; pero esto carecía de fundamento. Más cerca de lo cierto andaba quien dijo que la santidad, como la caballería, tiene sus quijotes. En Luis todo era buena fe. Si engañaba á alguien, era á sí mismo. No puede negársele grandeza y heroísmo. Ninguno de los muchachos seminaristas que en todo tiempo han tratado de imitar á San Luis Gonzaga (porque esto ha sido una verdadera monomanía entre la juventud clerical), adelantó á Tellería en el esmero de la copia. Pero no se puede imitar lo inimitable; ¿y de qué vale un remedo puntual de las acciones y de las palabras, descuidando quizás la asimilación de lo esencial?

Alguien dirá que este joven es una figura de otros tiempos. Pues no es de otros, sino de éstos. Mas para verla es preciso ir á buscarla donde está, pues no es un tipo de la Puerta del Sol. El siglo XIX, el siglo enciclopédico por excelencia, tiene de esto, como tiene de todo. ¡Monstruosa síntesis de los tiempos, no se sabe á dónde irá á parar barajando con sus propias invenciones y prodigios nuevos las reliquias y curiosidades que ha conservado de aquel atrás remoto!

XIX La Marquesa se va á la música.

La casa de León estaba al Nordeste de la villa, mirando por un lado al Madrid flamante, poblado de casas alegres y de frescos jardines; por el otro á las vastas soledades polvorientas. La capital de España tiene límites marcados por el lápiz de sus arquitectos; no se disuelve en el campo, ni tiene la zona mitad agrícola mitad urbana, que nos lleva insensiblemente del bullicio de una ciudad al sosiego de las aldeas. El apelmazado caserío termina en seco, bruscamente, y ninguna casa se atreve á separarse ni á ir sola más allá por miedo al sol, al frío y á los ladrones. Nos ha parecido á veces el reposo de una gran caravana que al caer de la tarde ha de levantarse y partir sin volver los ojos para ver el sitio que ocupó.

Desde la parte oriental del hotel se veía aquel triste paisaje de lomas manchegas, en invierno ligeramente teñidas de un verde vergonzante; en verano amarillas, pardas, cenicientas, rasguñadas por arados que no aran, barridas por vientos que se revuelcan en las sinuosidades del terreno levantando polvo y arrojándoselo á la cara unos á otros. Algo rompe la regularidad desesperante: aquí hay un tejar donde se ven masas de ladrillo que humean; allá una casa solitaria y aburrida, que si algo demuestra es el asombro de hallarse donde se halla. Al amparo del tejar vense chozas de adobes y esteras, obras arquitectónicas de que se reirían las golondrinas, los topos y los castores, y al amparo de estas guaridas de puntapié los especuladores de la basura analizan la recolección de la mañana, hurgando en los montones de trapos, barreduras, papeles, restos mil de lo que diariamente le sobra á una gran ciudad. No lejos de allí juegan algunos chicos medio desnudos, cuyos cuerpos morenos y curtidos se confunden con el terruño. Parece que acaban de salir de una grieta, y que por ella se han de volver á escurrir, graciosos, blasfemantes, malcriados, revelando en su inocencia desvergonzada al ángel y al gitano en una misma pieza todavía.

Por allí vagan, después de hociquear en los montones arriba citados, perros leprosos que no desdeñan una pantorrilla si se les ofrece, gallinas flacas que por Abril ó Mayo pasean sus manadas de pollos y les enseñan los primeros rudimentos del modus vivendi. A trechos se halla alguno que otro charco de agua verde, donde el cielo se mira estupefacto de verse de color de cieno, y las negras caravanas de hormigas cruzan el terreno en todas direcciones, llevándose á rastras lo que merodean en algún campo mal sembrado. Por las mañanas óyese en estas soledades manchegas un cencerreo delicioso: son los rebaños de ovejas que van de Vallehermoso al Abroñigal, y vuelven al caer de la tarde salpicando con notas melancólicas el dulce silencio del crepúsculo. También pasan precipitadas y saltonas las cabras y las meditabundas burras de leche, que al despuntar el sol llaman con su áspera esquila á la puerta del tísico.

Este paisaje, seco, huraño, esquivo, con cierto ceño adusto de encrucijada de asesinatos, con no sé qué displicente aspecto de cementerio abandonado; paisaje que en vez de llamar detiene, y con su mirar glacial y amarillo suspende el paso del viajero é infunde cierto pavor dantesco en el corazón, es cosa muy distinta cuando llega la noche y, calmado el viento, se difunde un sosiego misterioso por toda la esfera y se levanta el indescriptible monumento de los cielos poblados de estrellas. Es tan alta aquí la bóveda azul, que el pensamiento y la mirada llegan como jadeantes hasta ella. No se puede mirar sin contener la respiración ese firmamento sin igual que se posa sobre esta gran estepa de Castilla, como la vida espiritual surgiendo sobre la aridez del ascetismo. Hay tierras que tienen su paisaje en las lindas praderas y en los bosques y ríos, graciosamente sombreados por un cielo algodonáceo. Madrid tiene su paisaje arriba, en los inmensos espacios empedrados de mundos. Desde la casa de León veíase al anochecer la faja luminosa que deja el sol en el horizonte; la hermosa sencillez y unidad del suelo, que trae al pensamiento los lugares de Oriente donde han pasado los hechos grandes de la Historia; más tarde la sucesiva aparición de los soles remotos, como si cada cual fuera á tomar su sitio y se encendiesen poco á poco; la inmensa redondez aparente del cielo, en cuya curva parece que algunas estrellas suben animosas y otras bajan cansadas; la extraordinaria vibración de aquéllas que crecen y menguan temblando; la atención profunda de las mayores que con un rayo solo de su mirada abarcan toda la inmensidad; la graciosa indecisión de éstas, la adusta serenidad de otras que fulguran ceñudas; la grandiosa pereza de la vía láctea tendida sin fin, y abajo las masas planas de la tierra sin accidentes, sin ruido, sin alturas, sin árboles, sin agua, imagen yacente de la humanidad que dormida ó muerta sueña en la obscuridad de su cerebro con los infinitos esplendores de arriba.

«María, dame tu mano; quiero salir al jardín para ver el cielo,» decía Luis Gonzaga á su hermana.

Finalizaba Julio y el calor era sofocante. En el jardín había puesto León un sillón de mimbres para que el enfermo gozara del bello aspecto de la noche hasta la hora en que empezaba á soplar el viento del Guadarrama. Los cuatro formaban grupo. El enfermo apenas hablaba delante de León; pero cuando éste se iba, hablaba con ardor y elocuencia de la belleza del cielo, del gozo que experimentaba con su próxima muerte y de la bondad de Dios. En Julio había tenido la enfermedad no pocas alternativas: hubo días en que se creyó que Luis se acababa; pero después vinieron otros y aun semanas enteras de tan visible mejoría, que la Marquesa llegó á tener alguna esperanza. Los médicos, sin embargo, no permitían que la familia se forjara ilusiones, y decían á León: «Si no hay milagro de Dios, se va para el caer de la hoja.»

Aquella noche (nos referimos á la noche en que dijo las palabras escritas más arriba) parecía mejorado, y sus facciones tomaban tinte extraño de animación y alegría, correspondiendo á esto una verbosidad más rápida y ardiente que de costumbre, excepto cuando León se acercaba. Hallándose todos en el jardín, detúvose un coche en la verja y oyéronse las voces de la Marquesa de Rioponce y su hija que venían á buscar á la de Tellería para llevarla á los Jardines del Retiro. Más de una vez recibiera Milagros la misma invitación; pero se había excusado de aceptar fundándose en la enfermedad de su hijo.

Verdaderamente no tenía gusto para nada. ¿Cómo podía disfrutar de placer alguno ante el triste espectáculo que en su casa quedaba?... ¡Oh! Sus amigas la perdonarían; sus amigas no insistirían en llevarla á fiestas, y comprenderían que no debía ni podía ir... Había hecho el sacrificio de quedarse en este horno por estar al lado de su hijo... había hecho el sacrificio de trasladarse á la casa de León que era un destierro, un verdadero destierro... Su corazón de madre no vacilaba ante ningún sacrificio... ¡Pero ir á espectáculos, presentarse en los Jardines cuando todo el mundo sabía que el pobre Luis seguía padeciendo!... Verdad es que estaba mejor, mucho mejor; no había más que verle la cara; pero á pesar de esta mejoría, ella, la infeliz, la atribulada madre, no podía pensar en diversiones ni en música... Y no es que su pobre espíritu no necesitase algún esparcimiento... Bien conocía ella que sí lo necesitaba; ¿y qué solaz más puro que un poco de buena música?... pero no podía decidirse, no. Hallábase encadenada por su tristeza, y encariñada con ella en tal manera, que no se podía desligar de sus fatales brazos, y padeciendo como padecía, la misma pena la sujetaba con fuerte lazo á la persona de su querido enfermito.

A estas razones, la de Rioponce contestaba con otras; que el pensamiento humano y el lenguaje suministran infinito caudal de razones para todos los casos de la vida. Era evidente, como la luz del día, que Luis Gonzaga estaba mejor, ¿qué mejor? fuera de peligro... Lo anunciaban su faz animada, sus ojos llenos de serenidad, el desembarazo con que por el jardín paseaba, y el tono festivo de su voz pronunciando á menudo palabras alegres... ¡Oh! Sin género de duda la Marquesa podía salir, podía ir al Retiro; ¿por qué no? ¿No debía ella mirar también por su salud? ¿Era acaso prudente dejarse dominar por una tristeza infundada? Los mismos altos deberes que estaba cumpliendo heróicamente junto á su hijo, exigían de ella el cuidado de su propia salud para poder continuar en su gloriosa faena de solicitud y de cariño. Dios no exigía tampoco una abnegación extremada, anti-higiénica, y gustaba de que en la corona de espinas del sacrificio se introdujera de vez en cuando alguna florecilla. Este razonar habilidoso y la querencia del festejo que hacía palpitar su corazón matritense, decidieron á la pobre Milagros. Pero los inconvenientes surgían á cada instante. Además de que no tenía gana, absolutamente ninguna gana de ir, érale preciso vestirse, para lo cual tendría que ir á su casa.

¡Qué tontería! ¡Si estaba bien, perfectamente bien, así! No necesitaba más. Tenía el singular don de estar siempre bien, y aquella noche, fuerza era confesarlo, se había puesto elegantísima, cual si su corazón presagiara un fausto suceso. Por último, los ruegos de su hijo la decidieron, bien á pesar suyo.

«Iré nada más que por darte gusto, hijo mío,» dijo con mucho cariño.

Luis arrancó dos rosas del rosal más cercano y se las dió á su madre para que se las pusiera en el seno.

«Ya sé que te gusta esta clase de adorno, que es el más sencillo,—le dijo sonriendo.

—No voy más que por no desairar á Rosa,—añadió la madre,—y por complacerte á tí. Yo soy de tu escuela, querido hijo: obediencia y hacer alguna vez lo que no nos agrada. Adiós.

—Adiós, mamá.»

Poco después, el coche de la de Rioponce se alejaba arrastrando á la Marquesa hacia aquel resplandor de luces de gas que iluminaba la neblina formada por el polvo de los paseos y las evaporaciones caniculares.

XX Un drama viejo, viejísimo.

«Mi querida María, ¿estamos solos?—dijo Luis estrechando contra su pecho las manos de su hermana.

—No—replicó ella con desasosiego, mirando una sombra obscura que avanzaba del otro lado del jardín:—allá está... Viene.»

Después de observar un rato, añadió:

«Pero se ha vuelto; se pasea... Parece que no se atreve á acercarse... parece que te tiene miedo, Luis, y si no miedo, respeto... Su conciencia no podrá estar serena delante de tí.

—No seas tonta... ¡respeto á mí!... ¡á mí que soy una miserable criatura!... Además, los hombres como tu marido no respetan nada ni á nadie. En su interior hará burla de nosotros.

—Eso sí que no—dijo María con firmeza.—Yo te aseguro que no se burla de nosotros. León es bueno, y si creyera, si creyera, ¡Dios mío!... ¿Ves? Ahora parece que vuelve otra vez; pero se retira.

—Está triste—dijo Luis, observando la sombra que allá lejos vagaba lentamente como alma en pena.—Parece que una gran desgracia le abruma, y sin embargo, tiene salud, es rico, posee todos los bienes del mundo. Mírame á mí, enfermo, muriéndome, desligado de todo, pobre y olvidado, y sin embargo, estoy alegre; mi alma siente esta noche una calma dulce y un placer... no sé como decirlo: es como si una mano suave y blanda la levantara en los aires.»

Después, acercando el rostro al de su hermana y mirándola á los ojos, le dijo:

«Hermana querida, yo me voy á morir.

—Por Dios, no digas eso, hermano. Si estás mejor, si te curarás...

—No me gusta oir en tu boca los necios consuelos propios de los médicos y de los que carecen de verdadero espíritu cristiano. Yo me muero y estoy alegre de morirme. Esta mañana, cuando oí misa, parecióme que una voz celeste me anunciaba mi próximo fin. Desde entonces nació en mi alma este júbilo que ahora siento. Todos mis pensamientos hoy han sido de gozo y felicitación por el bien que anhelo. He entonado un Te Deum y me he alegrado tanto, tanto, que al fin he temido que este excesivo contento escondiese algo de amor propio y ofendiese á Dios.

—No te morirás, no te morirás,—dijo María, acariciándole la cabeza.

—Tu alma, contaminada del mundo, no comprende la deliciosa vida del morir. Entiendes las palabras en ese sentido estúpido que les da el Diccionario y la conversación de los pecadores. Regocíjate por mi muerte, mujer, regocíjate como yo, y así aprenderás á desear la tuya. ¡Ay, hermana mía! Un solo sentimiento empaña mi alegría, un solo interés mundano me ata todavía á mi horrible envoltura. ¿Sabes cuál es? Acerca más tu asiento al mío: no puedo alzar la voz.»

Los dos sillones de mimbre se tocaron.

«Me aflige el considerar que tu preciosa alma, gemela de la mía, como tu cuerpo, se quedará aquí en peligro de ser contaminada, más contaminada de lo que ya está... Esta idea me perturba en mi última hora, y aunque espero alcanzar mucho del Señor pidiéndole por tí, no estoy tranquilo.

—¡Yo contaminarme!... ¿de qué? tú no conoces bien mi carácter, ni el heroísmo y constancia con que defiendo mi fe, mi pobre fe pequeñita y humilde que no es más que un reflejo de la tuya, grande y brillante como el sol. No temas por mí. Ya te dije que no hay peligro; ya te expliqué bien que amándole como le amo, me mantengo siempre á una distancia infranqueable. Él ha querido salvar este abismo. Yo lo he querido también y lo he deseado; pero después de lo que tú me has dicho, comprendo que es imposible sin un milagro de Dios.

—No milagro, sino un acto especial de su misericordia... y este acto debes esperarlo. Pídeselo á Dios constantemente, y al mismo tiempo no desatiendas ni un día, ni un instante, la obra querida de tu salvación. Conságrate á salvarte, María; haz de tu vida terrenal un escabel puro y simple para tu subida á los cielos; cultiva la vida interior, refuérzate con una devoción perenne, ármate de paciencia y corónate de sacrificios, porque tu situación es mala, careces de libertad, te hallas unida, por fatal error de tu juventud, á un hombre que hará esfuerzos colosales por apartarte de la única senda que lleva á la gloria eterna... De modo, hermana queridísima, que tu trabajo ha de ser doble, tus afanes inmensos, sudarás sangre, beberás hiel, sufrirás esos desgarradores martirios internos que hacen más daño que el fuego de una hoguera... ¡Pobre hermanita de mi alma!... ¡Ay! cuando los Padres me mandaron á Madrid, tuve gran pena y dije: «¿A qué me mandan á ese lugar de pestilencia? ¿Por qué no me dejan morir en paz aquí?...» Ya me resignaba á obedecer, cuando un pensamiento súbito me iluminó y pensé así: «De seguro el Señor me envía por ese camino con algún objeto piadoso.» El objeto lo ví pronto... el objeto era que esta voz, pronta á callar para siempre perdiendo el son vano del mundo, dijera algunas palabras importantes á una alma bella y candorosa que el Señor tiene por suya. Bien sabe Dios que eres tú lo que más amo en la tierra; nos criamos juntos, y nuestras inclinaciones, como nuestras caras, se parecían; á los dos nos gustaba la vida espiritual, y en la edad en que todos los niños juegan, nosotros quisimos ser martirizados. Nuestra vida en aquel adusto pueblo de Ávila echó el cimiento en que luego cada cual debía edificar su piedad. Mi vocación sacerdotal preservóme al instante del contagio del mundo. Tú caíste, tú te alejaste de la senda de luz y te metiste en la obscuridad, y en la obscuridad, cuando los ojos de tu alma estaban ciegos, te casaste... ¡Y con quién! ¡No vitupero el matrimonio, que es santo también, sino tu elección! Pero los grandes gérmenes de tu alma fructificarán á pesar de todo; sí, fructificarán, hermana mía... Yo, por especial favor de Dios, he venido á morir en tus brazos; he sido mandado para que me veas y me oigas...

—¡Bendígate Dios mil veces!—exclamó María Egipciaca con efusión.—Yo creí que allá en tu santo retiro no sabías nada de lo que aquí pasaba; yo creí que ignorabas las ideas de mi marido...

—Allá lo sabemos todo. Yo conocía sus obras, sus ideas, su carácter, y tenía noticia de su exterior amable y de sus cualidades relativamente buenas... Sabía los vicios que devoran á nuestra desgraciada familia, vicios de los cuales tú y yo no debemos hacer un secreto. Nuestro pobre padre no vive como un prócer cristiano; nuestra mamá pone atención desmedida en las vanidades del mundo; Leopoldo es un joven disoluto, enfangado en la corrupción; y Gustavo, aunque defiende con brío la causa de Dios, hácelo con cierta ostentación mundana y más bien por orgullo que por el celo religioso. Los cuatro han olvidado que la hermosura, la gloria humana, las riquezas, los honores, el aplauso no sirven al fin para otra cosa que para los gusanos que todo se lo comen, y que cuantos afanes se pasen por lo que no sea el provecho del alma, son en beneficio de los mismos feos gusanos... Sólo tú te me apareces con algún carácter de santidad y virtud que descuella entre esta podredumbre; pero aun tú, con ser tan superior á los demás, no estás exenta de gran mal y expuesta también á perder tu alma...»

Al decir esto se le extinguieron súbitamente las palabras en la garganta, como si una mano invisible le hubiera agarrotado.

«Me ahogo—murmuró con sordo gruñido, echando la cabeza atrás.—No puedo...»

Apenas podía respirar, y su cuerpo se contrajo con dolorosas ansias.

«León, León,—gritó María llena de susto.

—No es nada... no llames—dijo con mucho trabajo Luis, empezando á recobrar el uso de sus gastados pulmones.—Creí que había llegado el momento... No tardará. Dame tu mano; no te separes de mí.»

Acercóse León.

«No es nada—le dijo su cuñado.—No hay que asustarse... Creí que me moría; pero no es hora, no; aún tengo algo que decir.»

Los tres guardaron profundo silencio.

«Este sitio no es bueno—dijo León.—Ha estado toda la tarde abrasado por el sol, y parece un horno. ¿Quieres que te pongamos al lado del Naciente, donde está un poco más fresco?

—¡Oh! Sí... es la parte mejor, porque no se siente el bullicio de la calle, ni ese vaho de ciudad populosa que aturde.»

Levantóse y anduvo algunos pasos apoyado en su hermana, mientras León transportaba los dos sillones; pero antes de llegar, el enfermo se encontró súbitamente sin fuerzas; y apoyado en el brazo de María, vacilaba como un ebrio.

«¡León, León, por Dios, ven!»

Sostenido entre los dos, el pobre joven ocupó su asiento en el costado oriental del jardín, y podía contemplar desde allí gran extensión de cielo estrellado, dominando la estepa.

«Esto me recuerda—dijo el colegial poeta recobrando su respiración,—nuestro querido páramo de Ávila, aquella imagen admirable del destino del hombre, aquellas noches sublimes formadas de un suelo desierto y de un cielo fulgurante, como si quisiera representarnos un árbol misterioso del cual no se ven sino las raíces y las flores... lo mismo que aquí, ¿ves? Las raíces abajo, las flores arriba; las penas acá, allá las corolas eternamente abiertas, exhalando el aroma de la dicha sin fin.»

Calló. Oíase tan sólo su respiración fatigosa. Miraba al cielo, cual si estuviera contando las estrellas como hacía en su niñez. María parecía rezar en silencio. León tomó el pulso á su cuñado, le tentó la frente, observóle después largo rato.

«Estoy bien,» dijo Luis sin mirarle.

Poco después León se alejaba. Sus pasos hacían sonar la arena del jardín con ese rumorcillo campesino que á veces supera á la más bella música. Cuando la rápida disminución del ruido indicó que el dueño de la casa había doblado el ángulo del jardín, Luis llamó á su hermana.

«María,—murmuró sin mover la cabeza.

—¿Qué?

—Pronto, muy pronto, hermana mía, atravesará mi alma por entre esos ejércitos de estrellas que parecen estar allí para aclamar á las almas que pasan triunfantes... ¡Oh! ¡qué puro y celestial gozo siento en mi espíritu!... ¡Si yo pudiera comunicarte este gozo, si yo pudiera hacerte comprender cuán hermoso es arrojar este fardo insoportable y volar solo, libre, hacia esa inmensidad iluminada para las eternas fiestas de los justos; volar solo, libre, sin arrojar siquiera una mirada sobre este muladar del mundo! ¿Ves esa maravillosa arquitectura de luces? Si son tan bellas éstas, que ni siquiera merecen compararse al polvo que huellan los bienaventurados más arriba, ¿cómo serán las que coronan á María Inmaculada, allá dentro, en lo más alto, en lo más hondo, allí donde nuestra mirada no puede llegar?

—Por Dios, hermano querido—dijo María con afán,—no hables mucho, sosiégate... estás excitado...

—Hermana, yo te hablo como el prisionero que aguarda el instante de su liberación, y tú me respondes con el lenguaje vulgar, estúpido, de los médicos... Desgraciada ilusa, ¿qué me importa á mí la salud del cuerpo? La vida del pobre insecto que pasa y se posa en nuestra cara para picarnos, me importa más que la mía. ¿Y cómo quieres que haga caso de esos inútiles cuidados tuyos, cuando sé que mañana...? sí, hermana querida: mañana, después de oir la santa misa y de recibir al Señor, daré mi adiós á la tierra... Estoy seguro de ello, me lo dice la misma voz que tantos anuncios certeros me ha hecho en mi vida de meditaciones, y... no lo dudes... es una visión... un anuncio divino... Mañana, mañana.»

María estaba absorta, espantada. El rostro de su hermano era como el de un cadáver que recobrase milagrosamente la mirada y la voz.

«Oye de tal modo mis palabras—le dijo Luis tomando sus manos,—que suenen en tus oídos mientras existas. Son las últimas exhortaciones de tu hermano moribundo y feliz, y si no tienen autoridad por mi persona, tiénenla por mi muerte, porque en todo moribundo hay algo de profeta. María, reconozco que hasta aquí has hecho algo para salvar tu alma: reconozco que has entrado en el buen camino, practicando, además de las devociones que á todos obligan, otras particulares, consagradas á la Santísima Virgen y á los santos; pero eso no basta, hermana mía; eso no es nada, mientras continúes consagrando parte de tu atención á las vanidades y engaños del mundo. Esas devociones que ahora se estilan y que permiten frecuentar los teatros y tertulias, vestirse con insultante lujo, pasear siempre en coche, fomentar la superchería y presunción, son verdaderas comedias de piedad. Reforma completamente tu vida: fuera mundo, fuera galas, fuera pompas, fuera lujoso vestir, fuera refinamientos de comodidades, fuera coches, fuera elegancia y anhelo de parecer bien.»

Al decir esto, hacía con la derecha mano el gesto de arrojar las cosas que nombraba.

«Desea parecer mal—añadió con febril elocuencia el arrebatado santo y poeta;—desea que se burlen de tí; desea hasta ser calumniada; desea que te llamen ridícula, insociable; desea el olvido, el desprecio de todo el género humano. No quieras nada de aquí, para tener todo lo de allá... Juntos nacimos: así como en el vientre de nuestra madre estuvieron unidos nuestros cuerpos, estén unidas nuestras almas en la vida inmortal. Seamos gemelos de la eternidad, hermana querida. ¿Quieres serlo, quieres estar eternamente unida á mí delante de Dios, quieres que nuestros méritos se confundan en uno y que de las alabanzas cantadas por tu boca y la mía no resulte más que un solo himno?

—Sí, sí,» exclamó sollozando María.

Arrojóse en brazos de su hermano, que abrasado por la fiebre parecía delirar. También el cerebro de la mujer ardía, encendido al choque de aquel cometa flamígero que pasaba por ella en lo más crítico de su vida.

«Sí, sí—añadió regando de ardientes lágrimas el pecho del enfermo:—quiero volar unida á tí eternamente, ser tu hermana gemela, y salvarme como tú, y tener el mismo grado de bienaventuranza que tú tengas.

—Pues bien—dijo Luis entre secas toses.—Tenme siempre en tu memoria. Yo me voy, pero te queda mi espíritu, te quedan mis palabras. Óyeme bien: tu esposo, corrompido por sus ideas filosóficas y por la negación de Dios, será siempre un obstáculo terrible á tu santidad. Debes vencer este obstáculo sin faltar á los deberes que te ha impuesto el sacramento. ¡Oh! no es posible imaginar situación más difícil. Pero creo poder señalarte el verdadero camino. Entre él y tú no puede haber jamás sino la unión exterior, y vuestras almas estarán separadas por los abismos que hay entre el creer y el no creer. Amor verdadero de esposos no puede existir entre vosotros. Pero tu piedad te impide al mismo tiempo aborrecerle. Ámale, pues, con esa estimación general que merece el perjuro, según la ley de Cristo. Obedécele en todo lo que no contraríe tus hábitos de piedad. Reconociéndole dueño y señor en todo, no permitas que tu conciencia católica sea esclava de su arbitrariedad atea. No le faltes al respeto, no le injuries, y ruega á Dios por él todos los días, á todas horas, con fervor contrito, sin olvidar á nuestros padres, á nuestros hermanos, que también merecen intercedamos por ellos... El Señor no te ha concedido hijos. ¿No ves en esto una maldición echada sobre tu matrimonio? Es una maldición, sí, y al mismo tiempo, con respecto á tí, un favor especial, porque haciéndote estéril, el Señor te demuestra bien claro que te quiere para sí, te demuestra su deseo de que á él te consagres y le honres. Estos dos pobres gemelos tienen mucho que agradecer á la misericordia de Dios.

—Mucho que agradecer—afirmó María dejándose arrastrar por el torbellino;—pero tú eres un santo, yo una pecadora.

—Tú serás como yo y más que yo, porque padecerás, lucharás, y tu triunfo será por esto más meritorio... No teniendo hijos, puedes consagrarte por completo al cultivo de la vida interior. Rompiendo absolutamente con el mundo, nada puedes temer, y la absoluta disconformidad en ideas que hay entre tí y tu esposo, te da la completa libertad interior. Si en cosas de la vida quiere ser tu tirano, sé su esclava; pero si en cosas del alma quiere dominarte, oye sus palabras como oirías el ruido de la lluvia. Si te castiga de obra, sufre en silencio; si te abofetea, pon la otra mejilla; pero si con palabras insidiosas ó con cariños diabólicos quisiera introducir en tu mente alguna idea herética, cierra tus oídos, huye de él en espíritu. Aceptando la esclavitud que te imponga, hazte libre en espíritu. Si no te permite ir á la iglesia, no vayas: suple con meditaciones constantes y oraciones solitarias muy fervorosas la falta de culto en la iglesia. Si te permite ir á ella, ve lo más que puedas, y aspira al estado de perfección que te permita recibir la Eucaristía todos los días. Si él no solicita tu compañía, no solicites tú la suya. Si él aspira á estar en todas tus acciones, haz que esté siempre yo presente en tus pensamientos. Interésate por su salvación, pero no olvides ni un instante la tuya. No le exhortes con palabras á convertirse, porque se irritará más su ateísmo, y porque los mejores argumentos serán tus virtudes y tu humildad. Por ningún caso consientas en tomar parte en saraos dentro ni fuera de tu casa, ni tengas amistades de ninguna especie. Ya que no puedes convertir tu hogar en un santo asilo, no consientas en él el menor escándalo. Una orgía ó tertulia de hombres irreligiosos te autorizará para huir de tu casa. Y si algún día Dios quisiese tocar el corazón de tu infelicísimo esposo é iluminar su inteligencia; si ese hombre confesase la religión verdadera, entonces le propondrás la separación de cuerpo, para que yendo cada cual á una casa conventual de su sexo, consagren separadamente el resto de esta vida mortal á alcanzar la eterna.

—¡Oh! hermano mío—exclamó María con exaltación,—no puedo creer sino que Dios mismo habla por tu boca.»

Luis estrechó en sus brazos la preciosa cabeza de su hermana. Después estiró el flaco cuello, y gimiendo con horrible ansia de aire, parecía que toda la vida se paraba en él. Sus ojos se revolvieron en las órbitas, cerrándose después como si los deslumbrara un resplandor insoportable. De su pecho salía un soplo ronco y seco.

«León, León,» gritó María llena de pavor.

Pero todo estaba en silencio; no se sentían pasos.

«León, León... Eso no es nada,» añadió la hermana, acercando su rostro al del colegial poeta y procurando reanimarle con palabras.

Después volvió á llamar á su marido. Pero éste no se hallaba en el jardín. No se sentían voces de criados, ni otro rumor que el de la calle, donde jugaban los niños de la vecindad, y algunos ladridos de perros vagabundos que andaban por los tejares. Ni el más leve soplo de aire movía las hojas de los árboles: todo estaba quieto, con no sé qué expresión de ansiedad pavorosa. Hasta las estrellas le parecieron á María atentas y sin fulguración, cual ojos llenos de espanto. Revolvió sus miradas en derredor, y tuvo miedo al verse tan sola con su hermano, que al parecer se moría. Volvió á llamar, y al fin sintió los pasos de su marido que tranquilamente llegaba.

XXI Batiéndose con el ángel.

El hombre á quien hemos visto casi siempre sombrío y mudo en presencia de los acontecimientos y de las personas, desempeñando, con el fastidio del actor cansado, un papel pasivo hasta ahora; este hombre, que no nos ha revelado aún sino parte muy poco considerable de sus pensamientos, hallábase aquella noche más metido en sí que de costumbre. Luego que llevó el sillón del enfermo á la banda de Oriente, dió la vuelta en derredor de la casa. Oyó cuchicheo de criados en la verja, y risa de fregonas y doncellas que, sentadas tomando el fresco de la calle, recibían las galanterías de los cocheros del hotel vecino. Incomodábale aquel rumor, y siguió adelante por la calle tortuosa trazada en el césped. Sentado en un banco del costado Norte, con los ojos vueltos al cielo, permaneció largo rato, el codo en el respaldo, la nuca en la palma de la mano, el cuerpo extendido con pereza y abandono.

Era astrónomo. Buscaba algo que le distrajera de aquel dolor continuo que no dejaba respiro á su alma. ¿Qué mejor descanso que mirar al inmutable cielo, símbolo majestuoso de nuestro superior destino? El espíritu entristecido lánzase á la inmensidad de aquel mar sin orillas como á su patria natural, y goza recorriendo las incomprensibles distancias y mirando cara á cara los espantosos tamaños.

Enfrente y arriba, fija, sola, quieta, en apariencia no muy grande, presidiendo como en un trono el decurso eterno de las demás estrellas, vió León á la Polar, primera letra del libro del firmamento. Las dos Osas le hacen la corte: la pequeña rodando junto á ella, la mayor arrastrando su magnífica cola en grandioso círculo. Casiopea, Cefeo, el Dragón, la enorme Cruz del Cisne, atrajeron sucesivamente su mirada, y por último Vega, estrella hermosa, con centelleo melancólico y elocuente. Es tan linda que nos dan ganas de cogerla, y la cogeríamos si tuviéramos un brazo un millón trescientas treinta veces más grande que el brazo que necesitaríamos para encender nuestro cigarro en el Sol. Más hacia Occidente vió el lindo corrillo de estrellas de la Corona Boreal, que parecen darse la mano para danzar en círculo, persiguiendo siempre al hermoso Arcturus, uno de los soles más bellos y más grandes, que fulgura sereno, claro y como sonriente, con vanidad de su propia belleza. Era tarde, y mientras Arcturus declinaba hacia el Ocaso, aparecía por la derecha el Cuadrado de Pegaso, seguido de la infeliz Andrómeda que se alarga hasta tocar á Perseo; apareció éste con la cabeza de Medusa en su mano, y después la Cabra sola en un ángulo del Cochero, sin compañía ninguna, enojada, brillando con rayos que parecen saetas, mirándonos con entrecejo resplandeciente desde la distancia de ciento setenta billones de leguas. Su atención terrorífica emplea setenta y dos años de camino para llegar hasta nosotros. No lejos de allí vió el gracioso ramillete formado por las llorosas Pléyades, que parecen huir de los cuernos del rojo Aldebarán... León Roch calculaba por la hora el tiempo que tardaría en aparecer el soberbio Orión, la maravilla más grande de los cielos, seguido de Sirio, ante cuya magnificencia palidece toda hermosura sidérea; después recorrió la región zodiacal buscando la coqueta Antares, con hermosa cabeza y garras de Escorpión; se detuvo luego á determinar los sitios de las nebulosas más notables; esparció la vista por la Vía Láctea, donde tiende sus alas el Aguila y abre sus brazos la Cruz del Cisne; por un rato se anonadó ante tanta belleza, considerando lo difícil que es para los ojos profanos el considerarla como una polvareda de soles, y por fin... se cansó de mirar al cielo. Reclamado en el fondo de su alma por cuidados de la tierra, y por una inquietud ó presentimiento inexplicables, levantóse del asiento y penetró en la casa.

Pasó de una pieza á otra, y al entrar en el comedor obscuro oyó cuchicheo de voces. Eran las de su mujer y su cuñado que hablaban en el jardín, á dos pasos de la ventana del comedor. Sentóse en una silla. Algunas palabras pronunciadas entre tos y tos llegaban á él, como el silabear quejumbroso y suspirón de María cuando rezaba de retahila. Acercándose un poco á la ventana, oyó más claramente. No era de su agrado aquella suerte de espionaje; pero una fuerza semejante á la querencia lúgubre del crimen le detuvo allí un rato. Sus aterrados ojos miraban el grupo del jardín, y su rostro palidecía como el de un reo que oye su sentencia. La misma fuerza de su enojo le alejó al cabo, llevándole á vagar por la planta baja de la casa, discurriendo por las habitaciones, cuyas puertas y ventanas estaban abiertas á causa del calor. Su figura pasaba reflejándose de un espejo á otro, y se creería que éstos jugaban con ella arrojándosela y recogiéndola. Asustáronse al sentirle pasar los pájaros que estaban dormidos, y las cortinas se movieron ceremoniosamente como á la entrada de un gran señor. Al fin dió con su cuerpo en el despacho que ahora servía de gabinete al pobre enfermo, y se arrojó en una butaca, dando descanso á su cabeza en las palmas de las manos. A ratos oíase un murmullo, como si hablara consigo mismo; á veces un apóstrofe cual si con otro hablara. Después se oyó una risilla de desprecio, de burla, ó más bien de ira, que la ira cuando es muy reconcentrada suele tener erupciones humorísticas, y últimamente determinóse en él un fenómeno cerebral bastante común en los momentos en que la ira y el dolor se encuentran actuando á sus anchas sobre el individuo, á solas, en parajes semiobscuros y silenciosos.

Con los ojos cerrados (y esto es lo más extraño), creyó ver la propia habitación en que estaba, y se sintió á sí mismo precisamente allí donde en efecto se hallaba. Y vió enfrente una figura japonesa, negra, rígida, recortada, destacándose sobre el fondo de colores inundados de luz. El cuerpo mezquino se mantenía sentado y tieso cual si de sí mismo fuera inquisidor, y el rostro gelatinoso, cadavérico, contraído todo por el hábito de hacer continuamente los visajes del escrúpulo y de la aflicción mística, elevaba al techo los ojos de esmeralda ó los paseaba con indiferencia estúpida por las paredes pobladas de acuarelas, mapas y estampas, y por el suelo cubierto de fino junco.

León había caído en la somnolencia dolorosa á que llega después de los primeros paroxismos una pena profundísima que, no pudiendo salir á la superficie, corre muy honda por los cauces del alma. Alguien más estaba allí. ¿Quiénes eran los que sentados en derredor formaban como un cónclave terrible? Eran Arcturus, Aldebarán, Vega, la Cabra, Orión, la coqueta Antares y el soberano Sirio. En su delirio vió León que él mismo se levantaba arrebatado de coraje y violencia; que corría derecho hacia el delgado maniquí negro; que sin intimación lo asía en sus brazos, gritando: «¡Insecto, has venido á robarme mi última esperanza! ¡Muere, pues!...»

Y el insecto acogotado le dirigía una mirada de indefinible dolor gimiendo entre los duros brazos, y su débil armazón se quebraba, crujiendo como una cáscara de nuez que se rompe. «¿Quién te ha llamado á gobernar el hogar ajeno?—le decía León ciego de ira y haciéndolo astillas.—¿Quién te autoriza á quitarme lo que me pertenece?... ¿Quién eres tú?... ¿De dónde has venido con tu horrible orgullo disfrazado de virtud?... ¿De qué te vale el desollarte vivo si no tienes verdadero espíritu de caridad?...» Y el pobre insecto espiraba con contracciones dolorosas, cerraba los ojos para siempre, y parecía que sus ajados labios decían: «muero.» León, poseído de una cólera delirante, le apretaba más, y la víctima menguaba entre sus brazos: ya no era más que un negro manojo de zancas secas, de manos estrujadas y un caparazón roto como el juguete de papel en manos de un niño... Pero de pronto las estrellas prorrumpen en espantosa risa, y huyen buscando cada cual su sitio en el Cielo, el desbaratado cuerpecillo se deshace de los brazos asesinos, se transfigura, se engrandece, se torna de humilde en poderoso, de mezquino en fuerte; vésele alzarse y elevar la frente rodeada de luz, extender de su cuerpo negro alas esplendorosas, alzar del suelo los pies blancos y desnudos sin un grano de polvo de la tierra, y levantar el brazo formidable y musculoso, cuya mano empuña una espada de fuego.

León echa mano al cinto. También él tiene su espada de fuego, y la saca blandiéndola en el aire con amenazadora presteza.

«¿Menguado, crees que te temo?

—¡Atrás, impío!»

Y entre los dos, iluminado su bello rostro por el resplandor de las espadas, apareció María, mundanamente bella, mal veladas sus gracias voluptuosas, los ojos encendidos de amor, la boca fruncida por un mohín de mojigatería.

«¡Colegial, déjamela! ¿no ves que es mía, no ves que la amo?

—¡Atrás, impío!»

«¡Oh! ¡qué necia estupidez!» exclamó León pasándose la mano por su frente cubierta de sudor frío y desechando la obsesión terrible.

Claramente oyó entonces la voz de su mujer que le llamaba. Aquel León, León, sonaba en su cerebro como una campana tocando á rebato. Levantóse, y lentamente, sin precipitación, con una parsimonia cruel y en cierto modo vengativa, se dirigió al jardín.

XXII Vencido por el ángel.

«No, no es nada—murmuró Luis Gonzaga, cuando vió cerca al marido de su hermana—Una congoja algo más fuerte que las demás. Mañana...»

León le miró sin tocarle, á dos pasos de distancia, mudo, sombrío, y acordándose de su pasada obsesión, tuvo miedo de sus sentimientos.

«No—dijo para sí:—no es más que antipatía, que se ahogará en lástima, porque este desgraciado se muere.»

Luis tomó la mano de su hermana, y con voz débil, incorrecta, desigual, entre solemne y festiva á causa del súbito calenturón fulminante que le devoraba, le dijo:

«El mayor peligro á que estarás expuesta, será que te propondrán transacciones, acomodamientos... Prevente contra este lazo de la impiedad, que es una trampa cubierta de rosas, hija mía. No: entre el creer y el no creer no hay arreglo posible. ¿Concibes tú reconciliación entre el salvarse y el perderse para siempre? No hay término medio entre lo temporal y lo eterno. Huye de los arreglos, no cedas ni un ápice de tu firme y glorioso terreno. No se puede ser religioso á medias. El que deja de serlo por completo, ya no lo es. Nuestro Señor ha querido que esta obra admirable sea tal, que el que de ella quitase la más mínima parte, al punto queda fuera de ella... Cuida de evitar la pérfida trampa... Es el tema predilecto del siglo, y ha lanzado más almas al infierno que la misma impiedad... Acuérdate de mí, piensa en mí, tenme presente, no olvides que he venido á salvarte, á llamarte al camino de la verdad y á morir en tus brazos para que mi memoria sea más duradera. Dios nos envió juntos al mundo, y juntos nos quiere ver alabándole al pie de su trono de gloria. María, María...

—Sosiégate, hermano, sosiégate,» dijo María aterrada y llena de angustia.

Luis abrió los ojos con viveza, y mirando á León dijo con desvarío:

«Me parece que aquí hay alguien. María, ¿no es un hombre lo que veo?

—Es León, es mi marido... Llamemos al instante al médico... ¿no te parece, León?... Los criados, ¿dónde están?...»

María corrió á llamar; pero su hermano la detuvo, asiéndole fuertemente el brazo.

«No me dejes solo...—murmuró.—Has dicho que tu marido... Dios mío, Dios mío, ¿qué idea es ésta que me turba?... ¿Es escrúpulo pueril, como tantos que me han mortificado, ó movimiento de la conciencia? Dime tú, ¿qué es?... ¿Está aquí León?»

Marido y mujer callaron.

«¡Qué idea!... ¿Le habré ofendido? No: he dado á mi hermana los consejos que me dictaba mi piedad. Dios ha hablado dentro de mí. Dios, Dios... Es escrúpulo; pero aun los escrúpulos deben atenderse. ¡Ah! ¿está aquí el buen Paoletti?»

Sus ojos extraviados se fijaban en aquel momento en León.

«Padre Paoletti, ¿habré ofendido á mi cuñado?»

Después, como si hubiera oído una respuesta, añadió:

«Es verdad, no puedo haberle ofendido; y por si le ofendí, mañana le llamaré á mi lecho de muerte y le pediré perdón. Al mismo tiempo repetiré á María las advertencias.

—Llevémosle adentro,—dijo León.

—Llamemos á los criados,» murmuró María balbuciente.

El enfermo apartó los brazos de su hermana cuando se dirigían á acariciarle, y con voz muy torpe dijo:

«Dejadme aquí... Siéntate á mi lado.»

María se sentó. Sus cabezas casi se tocaban.

«Mañana, mañana, cuando haya recibido al Señor en mi humilde morada, le entregaré mi alma... ¡Pero qué frío hace! Está nevando, ¿no es verdad?»

Revolvió una mirada atónita por todo el espacio.

«No brillan las estrellas—murmuró con un ronquido.—¡Obscura noche, precursora del día claro y grande! Mañana, hermana, mañana pediré á todos perdón y me dormiré en el seno del Señor... Si vieras qué bien me encuentro ahora... qué dulce reposo siento... Pero me da pena... temo que esta mejoría alargue mi vida... Yo no quiero salud, yo no quiero estar mejor, yo no quiero sino dolores, ansiedad, ahogarme, estremecerme y morir... Este bienestar que ahora... siento...»

Su cabeza se fué inclinando lentamente del lado de su hermana, hasta que cayó sobre el hombro de ésta, como si le rompieran las vértebras del cuello. Cerró los ojos, de sus labios salió leve suspiro, y se murió como un pájaro que se duerme.

«Se fué,» dijo León examinándole.

María abrazó á su hermano y sostuvo el cuerpo que pesadamente se inclinaba hacia la tierra, y cuando los criados, acudiendo á las dolorosas voces del ama, trasladaron al muerto á su lecho, María le besó ardientemente inclinando su cabeza sobre el cuerpo rígido. León, no convencido aún del fallecimiento, acudió á tocarle las sienes, el pulso, á intentar la prueba del espejo. Incorporóse María enérgicamente, y rechazando á su marido con el nervioso gesto, con los ojos llenos de terror y de lágrimas, con la voz apasionada y furibunda, exclamó:

«¡Malvado! ¡No le toques, no le toques!»

Madrid, Mayo-Junio 1878.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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