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La familia de León Roch, Tomos 1 y 2

PRIMERA PARTE (continued 2)

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«Tengo una idea—le dijo clavando en él su misteriosa mirada verde, que tenía entonces, con los reflejos de esmeralda y oro, dulzura extraordinaria, sin duda porque sus ojos volvían de ver á Dios;—tengo una idea que me enorgullece, León.»

León aguardó un poco, por no dejar interrumpido el párrafo, y después oyó á su mujer.

«Voy á manifestarte mi idea—añadió ella.—Yo, mujer débil, inferior á tí en muchas cosas, y principalmente en saber y experiencia, lograré un triunfo que jamás alcanzará tu orgullosa superioridad.»

León le tomó su mano y se la besó tres veces, diciéndole:

«Yo no soy superior á nadie, y menos á tí.

—Sí lo eres: esto aumenta mi gozo y me empeña más en mi empresa... Tú, con tu juicio, que crees tan fuerte, aspiras á cambiar mi carácter. Yo, con mi amor, que es más grande que todos los juicios, aspiro á conquistar el juicio tuyo, haciéndote á mi imagen y semejanza. ¡Qué batalla y qué victoria tan grande!

—¿Cómo lograrás eso?—dijo León rodeando con el brazo la cintura de su mujer.

—No sé si intentarlo poco á poco... ¡ó así!»

Al decir así, María arrebató violentamente el libro de las manos de su esposo y lo arrojó á la chimenea, que ardía con viva llama.

«¡María!» gritó León aturdido y desconcertado, alargando la mano para salvar al pobre hereje.

Ella le estrechó en sus brazos impidiéndole todo movimiento; le besó en la frente, y después volvió al reclinatorio, donde se puso á rezar de nuevo.

¿Qué decía el libro? ¿Qué decía el rezo?

IX La Marquesa de Tellería.

Los Marqueses de Tellería vivían en el principal de su casa. León Roch, atento á que entre la vivienda de sus suegros y la suya hubiese la mayor extensión posible de superficie terráquea, había alquilado una hermosa casa en lo más apartado de la zona del Este. Allí le encontraremos dos años después de su boda.

«Buenos, días, León... ¿Estás solo? ¿Y Mariquilla?... ¡Ah! estará en misa: yo pensaba ir también; pero ya es tarde... Alcanzaré la de once en San Prudencio... ¿Qué tienes?... estás pálido. ¿Habéis reñido?... Pero me sentaré... Dime, ¿cuánto te han costado esas estatuas? Son hermosísimas. Tienes una linda colección de bronces... Pero dime, ¿todavía vas á meter más libros en este despacho? Esto es la biblioteca de Alejandría. ¡Oh! ¡no es como tú toda la juventud de estos tiempos!... ¡Qué chicos los de hoy! Yo no sé qué será del mundo cuando lleguen á la edad madura esa multitud de jóvenes viciosos, ociosos y enfermos que hoy son el adorno principal de esta sociedad... Pues todavía hay un mal mucho peor. Pase que los muchachos sean casquivanos y sin substancia... pero los viejos son más viciosos, más frívolos, más disipadores, más holgazanes que los chicos... He llegado al asunto delicadísimo de que quiero hablarte, querido hijo. Siéntate y atiéndeme un poco.»

Azotó la Marquesa con su hermosa mano el brazo de la butaca más próxima, y sentado en ella León, dispúsose á oir á su madre política. Era ésta una dama de gentil porte, bruscamente desmejorada después de una larguísima juventud, por repentinas dolencias que se habían presentado cual acreedores, tanto más implacables cuanto más rezagados. Y no obstante, aún la hermosura de la dama prevalecía resplandeciendo débilmente en su cara, y descendía hacia el horizonte entre las caliginosas brumas de un blanquete no siempre aplicado con comedimiento y habilidad. Aquella puesta de sol no era de las más espléndidas. Su cuerpo airoso y antaño lleno de majestad, se inclinaba ya como presintiendo su bajada á las frías honduras del sepulcro, si bien el férreo costillaje del corsé mantenía en aparente firmeza y redondez aquella desplomada arquitectura. Sus ojos, negros y hermosos, eran lo menos muerto de aquel conjunto moribundo, y á veces se abrillantaban con gracia y embeleso, semejando á un rasgo de inspiración en medio de la oda académica compuesta de imágenes arcáicas y manoseadas. Su cabello, que del negro andaluz había pasado al rubio veneciano, pasaba ora del rubio de Venecia á un plateado indeciso y pulverulento.

Su tez, áspera ya y sin lisura, desaparecía bajo una especie de vello artificial en que se confundían sutiles alquimias olorosas, dispuestas para engañar al espectador, bien así como en los teatros el pintado lienzo imita la verdura de los bosques y aun la diafanidad y pureza del cielo. Pero aquel efecto, conseguido hasta cierto punto en las acecinadas mejillas de la señora en decadencia, perdíase á veces, porque la comprada blancura del rostro hacía que amarilleasen un poco los dientes, todavía enteros, bonitos, iguales. Su sonrisa, toda gracia y desdén, los mostraba á cada rato, por hábito antiguo que bien pronto habría de modificarse, si aquel lindo teclado doble comenzaba á desorganizarse como un ejército que cree haber peleado bastante. Vestía gallardamente y con elegancia. Su habla era abundante, con pretensiones, no siempre inútiles, de añadir tal cual frase ingeniosa al aluvión de palabras insubstanciales que forma el fondo de la conversación corriente entre personas sin médula.

«Ya escucho, señora,—dijo León.

—No me gustan rodeos—añadió la Marquesa.—Además, María te habrá hablado de esto. Tu padre político es un perdido.

—Creo que exagera usted un poco. El Marqués gusta de divertirse... es gusto muy general entre las personas que no tienen nada que hacer.

—No, no, no le defiendas. La conducta de Agustín es indefendible... ¡A su edad!... Lo extraño es que en sus mejores tiempos ha sido un hombre recogido, prudente, callado y metido en casa. Créelo: me repugna ver al Marqués hecho un viejo verde. Y no es otra cosa; aquí le tienes pintado en dos palabras: un viejo verde. Hace dos años, casi desde que te casaste con mi hija, mi querido esposo empezó á frecuentar el Círculo de los muchachos; tropezó con algunos mozalbetes que le enloquecieron, cambió de lenguaje, de modo de vestir, trasnochó, jugó... ¿Pero tú no notas que hasta parece rejuvenecido? ¿No te hace reir, confiésalo con franqueza, su empeño de parecer pollo? Le verás siempre en las cuadrillas de muchachuelos que mariposean por Madrid... De veras es cómico... Siempre le tienes de flor en el ojal... Esta mañana le he dicho algunas verdades un poco duras. Yo no sé cómo se las compondrá él con su sastre, porque es un gasto de ropa que abruma... Aquí en la confianza de la familia, se puede decir todo, León. Mi buen marido gasta lo que no tiene ni puede tener en toda su vida. Nunca fué ordenado, pero tampoco disipador; jamás escribió un número en un pedazo de papel, pero tampoco se dejó arrastrar por el afán de un lujo imposible... ¿Y quién es la víctima de esto? Yo, yo, que habiéndome sacrificado siempre, debo sacrificarme también ahora, cuando mi salud está quebrantada y necesito sosiego, descanso, paz. ¡Ay! ¡cuánto envidio á la que reina en esta casa! ¡Con cuánto gusto aceptaría un rincón en ella, aunque fuera el más humilde!... Es un tormento mi vida. Agustín gasta lo que no tiene; Gustavo es formal y bueno, pero muy poco apegado á sus padres; Leopoldo no es ni será nunca nada, por su ineptitud y esos hábitos de ociosidad y disipación adquiridos á pesar de mis esfuerzos para evitarlo. Y gracias que el Señor, al paso que me da tales pruebas de sus rigores, me las da por otro lado clarísimas de su misericordia... ¡Qué orgullo tan grande para una madre tener dos hijos como Luis Gonzaga y María, aquél tan profundamente apegado á su carrera eclesiástica que será, según me dicen los Padres, un verdadero santo; ésta casada contigo, feliz contigo, ofreciendo contigo un modelo de matrimonios pacíficos y en completa armonía! ¡Lástima que no tengáis hijos!»

Al llegar aquí, la Marquesa, dejándose llevar de su sentimiento, dió libertad á algunas lágrimas que no llegaron á rodar por sus mejillas: tan prontamente las atajó secándolas con su pañuelo. Después siguió exponiendo las penas que afligían su corazón de esposa y de madre. Según dijo, había padecido mucho por el carácter ligero del Marqués y la condición díscola ó superficial de Gustavo y Leopoldo; había consumido su juventud y lo mejor de su vida en esfuerzos heróicos para evitar el hundimiento de la casa de Tellería; había sacrificado para este fin importantísima parte de su dote, que no era un grano de anís; pero reservaba lo mejor, sí, y lo reservaría aunque los chicoleos juveniles del Marqués y los extravíos de sus hijos llegasen al último extremo. Ella no podía exponerse á una vejez de miseria humillante, ni á vivir de la limosna de su hija, casada con un hombre rico: sus hábitos, sus principios, su dignidad, no le permitían sacrificar tampoco lo mejor de su dote al hombre imprudente que había esparcido por las mesas verdes de los casinos y por los cuartos de las bailarinas el patrimonio de Tellería... ¡Y si ella lo dijese todo, si ella revelase lo más negro...!

«Sí, lo revelaré... á tí se te puede decir todo—añadió mirando á su yerno con cierto éxtasis.—No sólo tienes el deber, sino el derecho de conocer las debilidades de tus padres... Me han dicho que el Marqués está enredado con... la habrás visto, habrás oído hablar de ella... esa que llaman la Paca ó la Paquira... no vale nada, pero es graciosa y elegante. Le comió al Duque de Florunda lo poco que le quedaba... Figúrate tú ese mamarracho de Agustín, que casi está con un pie en el sepulcro... Esto más que ira da compasión, ¿no es verdad?»

León meditaba.

«¿En qué piensas, hijo?

—En que la virtud cardinal del matrimonio es la paciencia.

—Eso quiere decir que sufra y aguante... ¡Pero si mi vida ha sido un puro martirio!... Yo seguiría resistiendo si los despilfarros y las locuras de Agustín no me trajeran compromisos graves que tocan al buen nombre de nuestra casa. Estoy apuradísima... ¿qué crees? ¡Oh! Siento mucho decirte que no puedo darte los sesenta mil reales que me prestaste y que yo debía devolverte este mes como convinimos.

—No importa—dijo León deseando cortar delicadamente aquel asunto.—No se ocupe usted de eso.

—Es que no sólo no puedo darte aquellos tres mil duros, sino que me hacen falta otros tres mil.

—Tampoco importa: los tendrá usted.

—¡Otros tres mil! Esto es horrible. ¡Cómo abuso de tu bondad!... Será la última vez, porque estoy decidida á montar la casa con un régimen muy estrecho... Yo te doy garantías con mi casa de Corrales de Arriba.

—No es preciso garantía... Repito...

—¡Gracias, gracias!... ¡Eres tan buen hijo!... ¡te quiero tanto!... ¿Cómo te pagaré?...—dijo la Marquesa visiblemente trastornada por una emoción verdadera.—No creas: también tú tienes que agradecerme. Me ocupo de tí, de tu bien, y algunas veces me apresuro á quitar de en medio alguna nubecilla que pueda dar sombra á tu felicidad. Anoche reñí con tu mujer.

—¿Con María?

—Con María, sí: también ella tiene sus defectos, aunque defectos que, según dicen, no son otra cosa que exageración de las virtudes. Ya sabes que es muy religiosa, excesivamente religiosa. Hace tiempo comprendí que por este motivo de la religión habría en vuestro hogar algunos disgustillos.»

León dió un suspiro.

«Algunos—indicó;—pero no graves.

—Vamos, no vengas á quitar importancia á vuestras desazones—dijo la Marquesa, contrariada de que León suavizase lo que á ella le convenía endurecer.—La pobre muchacha te quiere ciegamente; su amor está sobre todo; pero le atormenta mucho tu fama de ateo. Ya sabes que los pensamientos de mi hija son indóciles é indomesticables como las fieras del desierto.»

León hizo con la cabeza un triste signo que indicaba una respuesta afirmativa más triste aún.

«Pase que no vea con gusto tu irreligiosidad... Eso es natural... Nos han enseñado una fe, y en ella debemos vivir y morir. Pero que llore y se desespere porque no vas todos los días á la iglesia como ella, ni confiesas cada mes, ni gastas tu dinero en bobadas... vamos, esto es ridículo. ¡Cuánto le he predicado anoche!... ¿qué crees?... me enfadé, le reñí, golpeé en su cabeza dura como se golpea en un yunque, y al fin...

—¿Y al fin?...

—La convencí, sí, la convencí de que no se puede exigir á los hombres ciertas prácticas, que si en nosotras están bien, en ellos serían ridículas, ferozmente ridículas. Buen trote llevan los hombres del día para que se les quiera meter en las iglesias. Yo digo una cosa: María empleando su tiempo en devociones, y tú gastándolo en tus estudios, podéis ser muy felices. ¿A qué entrar en honduras? ¿Acaso tú le impides que rece todo lo que quiera? Los hombres de hoy tienen sus ideas, y no es posible luchar con ellos. Nadie hay más religiosa que yo; pero no quiero meterme en cosas que no entiendo. Las mujeres no somos sabias: creemos y creemos y creemos. Un matrimonio que se desavenga por esto, me parece el colmo de la tontería... ¿Pero no sabes su pretensión? Aspira nada menos que á convertirte, á hacerte aborrecer tus ideas y adorar las suyas... Vamos, no pude tener la risa cuando le oí esto. ¿Sabes qué dice? Que su mayor gozo sería quemarte todos los libros que tienes aquí... ¡Qué lástima! ¡unas encuadernaciones tan bonitas!... Buen cuidado me daría á mí de que mi esposo no me imitara en mis devociones, con tal de que me amase mucho y no amase á ninguna más que á mí... ¡Celos de los libros! jamás. Eso es de mujeres tontas. No puedes figurarte con qué fuerza le hablé: le dije que tú eras el hombre mejor de la tierra... Ella convenía en esto; pero... nunca le faltaban peros. Le dije que vales más que ella, infinitamente más que ella; que eso del ateísmo es un fantasma; que aunque se habla de ateos, no hay tales ateos, así como se hablaba antes de las brujas á pesar de no existir tales brujas. Le dije que no pensara en esa sandez de convertirte, y que lo mejor que podía hacer para tener paz perpetua en su casa, era aflojar un poco en su monomanía, ¿no te parece?... Quizás le convenga mudar de confesor, ¿no te parece?... En esto debe imitarme. Yo soy muy religiosa; cumplo fielmente todos los preceptos; contribuyo al culto con lo que puedo; pero nada más. ¿No crees que mi hija deba imitarme?»

León no contestó nada. Estaba taciturno y abstraído. Bruscamente echó de sí una idea lúgubre, como quien espanta un abejón que zumba, y mirando á su suegra, le dijo:

«Hoy mandaré á usted los sesenta mil reales.

—¡Ah! ¿te ocupabas de eso?—repuso la Marquesa, cuyo semblante parecía que con la irradiación del gozo se ponía fosforescente.—Bueno: mándalo, te daré el recibo... ¡Pero cómo me estoy aquí charla que charla! Con tu buena compañía me olvido de que tengo prisa, mucha prisa, muchísima. ¡Las once!... ¡Voy á perder la misa!...»

Levantóse apresuradamente y dió la mano á su yerno.

«El Padre Paoletti predica hoy... Adiós... Corro á San Prudencio. ¿Qué quieres para tu mujer? Le diré que venga pronto á casa, que estás muy solo. Abur, abur.»

X El Marqués.

Era de cuerpo pequeño, rostro fino y afeminado, al cual daba por cálculo, trocado al fin en costumbre, una gravedad pegadiza, semejante á un cosmético que empleara diariamente metiendo el dedo en los botes de su tocador de viejo florido. Ojos, nariz y boca eran en él, como los de su hija, de una corrección admirable; mas lo que en ella cautivaba, en él hacía reir, y lo serio se mudaba en cómico, porque nada es tan horriblemente bufón como la fisonomía de una mujer hermosa colgada como de espetera en las facciones de un viejo mezquino.

Su vestir correctísimo y elegante, sus ademanes desembarazados, su cortesía refinada y desabrida, que encubría una falta absoluta de benevolencia, de caridad, de ingenio, adornaban su persona, brillando como la encuadernación lujosa de un libro sin ideas. No era un hombre perverso, no era capaz de maldad declarada, ni de bien: era un compuesto insípido de debilidad y disipación, corrompido más por contacto que por malicia propia; uno de tantos; un individuo que difícilmente podría diferenciarse de otro de su misma jerarquía, porque la falta de caracteres, salvas notabilísimas excepciones, ha hecho de ciertas clases altas, como de las bajas, una colectividad que no podrá calificarse bien hasta que los progresos del neologismo no permitan decir las masas aristocráticas.

Y aquel sér vacío y sin luz tenía palabras abundantes no exentas de expresión, y manejaba á maravilla todos los lugares comunes de la prensa y de la tribuna, sin añadirles nada, pero tampoco sin quitarles nada. Era, pues, un propagandista diligente de ese tesoro de frases hechas, que para muchas personas es compendio y cifra de la sabiduría. Era de los que constantemente desean que haya mucha administración y poca política; estaba convencido de que este país es ingobernable; deseaba que se conservasen las venerandas creencias de nuestros antepasados, para que volviéramos á ser asombro de propios y extraños; creía firmemente que aquí no puede haber nada bueno; que éste es un país perdido, á pesar de la fertilidad del suelo; y al mismo tiempo sostenía con rutinaria devoción los dogmas inquebrantables de la hidalguía castellana, de la religiosidad nunca desmentida del pueblo español, de la tendencia materialista del siglo, etc. Tenía además grandísimo horror á las utopias, y para él todo lo que no entendía era una utopia. A la pandereta de su verbosidad no le faltaba, como se ve, ninguna sonaja.

«¡Siempre aquí, siempre en este bendito despacho, que parece la celda de un prior por sus buenas luces y su tamaño, y habitación de un príncipe por las obras de arte que contiene!... siempre aquí, querido León. No se te ve en ninguna parte. ¿Y María? Anoche estuvo en casa; no faltaron las lágrimas de siempre. Va á que su mamá la consuele, y Milagros y ella cuchichean... Yo creo que entre las dos te ponen como ropa de Pascua. Allí no se piensa más que en los abonos de los teatros y en los Triduos de San Prudencio. Después de misa se reúnen todas á hablar de modas... ¿Estás enfermo? Te encuentro pálido; ¿que tienes?

—¿Yo?—dijo León mirando á su suegro como quien despierta de un sueño y se ve delante de un desconocido...—¿Decía usted...?

—Que si estás malo. Tienes muy mala cara. Anoche se habló de tí en casa de Fúcar... Por cierto que nunca he visto al Marqués de tan mal humor. Desde que Pepa se casó con Cimarra, el pobre D. Pedro no hace más que tragar hiel... ¡Pobre Pepa! Se cuentan de Federico horribles bribonadas... ¡Y qué niña tan bonita tiene Pepa! ¿La has visto? ¿No vas por allá?... Tienes buenos cigarros, á fe mía...»

El humo de los dos habanos se juntaba subiendo al techo. Por un instante reinó profundo silencio en la hermosa pieza. Oíase tan sólo el efervescente rumor del chorro de la manga de riego con que el jardinero refrescaba los macizos del jardín. En habitaciones lejanas cantaban algunos pájaros aprisionados, cuyo charlar parecía una disputa de todas las notas musicales, discutiendo sobre el mejor modo de formar una sinfonía en un cerebro wagneriano. En el despacho, un gran atlas geológico, abierto sobre ancho atril casi tan grande como un facistol, mostraba en franjas de colores las edades del mundo. En la mesa veíanse flores abiertas en canal, mostrando sus ovarios misteriosos; insectos rotos en estado de autopsia; ejemplares conchylológicos aserrados por la mitad, revelando el secreto de sus graciosas bóvedas esmaltadas de rosa y nácar; láminas representando huevos en distintos grados de incubación; modelo del ojo humano en cartón y del tamaño de un coco; y en medio de tales baratijas resplandecía el lente de un microscopio, reflejando un rayo de sol y enviándolo cual mirada curiosa sobre la cabeza del Marqués, que, por lo desnuda de cabello, convidaba al estudio de la craneoscopia.

«¿Te dedicas también á la Historia Natural?—dijo éste con expresión de tolerancia.—Esa parece ser la ciencia del día, la ciencia del materialismo. ¡Bonito servicio estáis haciendo al género humano, arrancándole sus venerandas creencias, para darle un cambio... ¿qué?... la famosa hipótesis de que somos primos hermanos de los monos del Retiro!»

Rióse con pueril carcajada de su propia ocurrencia, y después echó una ojeada sobre los estantes de libros.

«¿Sabes—dijo súbitamente,—que soy ponente de la Comisión que ha de dar informe sobre la Ley de vagos?

—Darán ustedes un informe brillante.

—¡Oh! es cuestión delicada—añadió el Marqués, echándose atrás en la mecedora, de modo que se quedó mirando al cielo y con los pies en el aire;—es la cuestión madre. Yo le he dicho varias veces al Presidente del Consejo: «Mientras no tengamos una buena Ley de vagos, no hay que pensar en una buena política.» Hay que ir al fondo de las cosas, á las causas fundamentales, ¿no te parece? De la multitud de holgazanes y gentes de mal vivir, cesantes hambrientos y pillastres que aguardan las revueltas públicas para hacer su agosto, proviene el malestar en que vivimos. Bárreme toda esa inmundicia y te respondo del orden social.

—Muy bien pensado—dijo León.—Barrer, barrer es lo que importa.

—¡Ah! lo malo es que no puedo dedicar á la Comisión todo el tiempo que deseara. Estoy muy ocupado. Y á propósito, querido León, tengo que hablarte de un negocio.»

Había llegado al punto que era objeto de su visita; pero abordándolo con grandísimo interés, que hacía palpitar su corazón, lo disimulaba expertamente. No podían faltar á aquel hombre enteco emociones íntimas y donosura cortesana para velarlas.

«Ya sabes que soy consejero de Administración del Banco de Agricultores. Es una empresa grande, patriótica. Hemos de levantar el crédito territorial del abismo en que yace.»

Esta y otras frases de suelto financiero andaban por la boca del Marqués de Tellería como Pedro por su casa. Dijo después varias cosas jamás oídas, á saber: que España es esencialmente agrícola; que la riqueza agrícola no puede desarrollarse por falta de capitales; que los capitales existen... ¿pues no han de existir?... pero que es preciso reunirlos, encauzarlos, distribuirlos convenientemente para que fertilicen... para que beneficien... para que fecunden... El Marqués no pudo acabar la frase, que por ser de su invención y no del repertorio, se le atascó. El Banco de Agricultores estaba íntimamente ligado á la gran compañía inglesa Spanish Phosphate Limited, destinada á hacer una transformación en nuestro país... Era una idea estupenda. ¡Capitales, abonos! He aquí los dos polos del eje sobre que ha de girar la regeneración agrícola del país. (Esta también era frase de prospecto.) El Marqués concluyó la arenga diciendo con aparente indiferencia:

«¿Qué te parece? ¿Colocarás parte de tus capitales en nuestras acciones?

—Necesito mi capital para vivir,—dijo León con fingida inocencia.

—¡Hombre!...»

León le dijo algo tan crudo sobre ciertas sociedades, que el Marqués perdió de súbito aquel colorete enfermizo que teñía sus mejillas y parte de su nariz, un no sé qué purpúreo como zumo de moras, que eclipsándose ó apareciendo en su cara, expresaba los distintos afectos de su alma. Después de una pausa, durante la cual empeñóse en dar á las guías de su bigote blanquinegro el aspecto terrorífico de las astas de un toro, se levantó y se puso á observar los objetos de Historia Natural. «Bien: no hay más que hablar de este asunto,» murmuró.

Siguió observando, revolviendo, tocando aquí y allí, cogiendo algunos objetos para acercarlos á sus ojos, y adaptando después uno de éstos al ocular del microscopio, para decir con el singular orgullo de sí misma que caracteriza á la ignorancia:

«Pues yo no veo nada... Yo no sirvo para esto... Gracias... que te aproveche tu microscopio. Dime, ¿y con esto ven ustedes el alma?... ¡Ya! como no la ven, sostienen que no existe.»

Y antes que su yerno le diese contestación, fuese á él, parósele delante, le miró un buen rato, y moviendo la cabeza, le dijo:

«Estoy pensando que á mi pobre hija no le falta razón para quejarse... No es esto decir que no seas un bendito, León; pero vamos á cuentas. Ella tiene sus creencias; tú tienes las tuyas; mejor dicho, no tienes ninguna. Tu falta de religiosidad y tu desdén por las venerandas creencias del pueblo español la ofenden, la lastiman, la afligen sobremanera. Querido—añadió poniéndole la mano en la frente con apariencias de cariño,—recuerda que el pueblo español es eminentemente religioso. Pues qué, León, ¿estamos aquí en Alemania, país de las locas utopias?»

León dijo algo.

«No, no, no basta que la dejes en libertad—replicóle Tellería con viveza.—Es preciso que tú hagas algo. Tienes una fama de ateo que espanta. Yo... te soy franco: más querría perder mi posición y mi nombre en el mundo, que tener esa fama de ateísmo que tú mismo te has ganado. Comprendo las angustias de María: ella es religiosa; parece que, nacidos de un mismo vientre su hermano y ella, nacieron para ser santos... ¡Y concluirá por tenerte horror, y te aborrecerá, y no querrá vivir contigo...! Y si así sucede, tuya será la culpa por haberte significado demasiado en tus obras. Hombre, el que más y el que menos todos tenemos nuestra levadurilla de herejía... es decir, yo no tengo nada, yo soy ortodoxo hasta la médula; á mí no me vengan con filosofismos... Lo que hay es que todos, aun siendo creyentes, cumplimos mal, nos descuidamos; pero somos prudentes, tenemos tacto, guardamos las apariencias... consideramos que vivimos en un pueblo eminentemente religioso... recordamos que las clases populares necesitan de nuestro ejemplo para no extraviarse. Aquí no estamos en Alemania. ¡Oh! te juro que aborrezco las utopias. El pueblo español tendrá muchos defectos, pero jamás ultrajará lo que ha sido causa de su gloria y del respeto que infundió á propios y extraños. Por encima de nuestras miserias descollará siempre la hidalguía castellana, para...»

El noble señor no pudo concluir su frase, porque León le interrumpió hablándole con viveza y energía. Oyóse durante largo rato la voz de uno y otro, y allá en la pieza lejana donde cantaban los pájaros, María y su hermano Leopoldo suspendieron su conversación para prestar oído al rumor parlamentario que del despacho venía.

«Estos malditos pájaros no dejan oir una palabra—dijo el mancebo.—¿Oyes, María? Papá y tu señor disputan. ¡Qué ganas de perder el tiempo!»

María puso atención después de decir á los pájaros con acento de enojo: «Callad, tontos.»

Poco después un brusco movimiento de la cortina dió paso á los bigotes corniformes del Marqués, á su cara, en la cual la gravedad se hermanaba con el humorismo, como si en ella quisiera poner Naturaleza un ejemplo vivo del eterno y capital dualismo del arte.

«Ya lo sabes—dijo con voz agridulce, entre serio y festivo.—Yo soy un hipócrita, un vividor... Tu caro esposo me lo ha dicho con buenas palabras... Un vividor, un hipócrita... sí, eso ha querido decir.»

Y dió un beso á su hija.

«Positivamente—añadió,—la cabeza de León está un tanto perturbada... ¡Lástima grande, porque es un guapo chico!... Estos malditos pájaros no dejan hablar.

—Callad, tontos.»

¡Con cuánto ardor toman ellos parte en las disputas de los hombres! Entre los conceptos de la conversación acalorada ó apacible, arrojan sus notas para ahogar las disputas humanas en una lluvia de alegría.

Mucho se habló después; pero las avecillas no dejaban oir. El lector tendrá paciencia para esperar á que callen los pájaros.

XI Leopoldo.

Una mañana trabajaba León Roch en su despacho, cuando fué bruscamente interrumpido. Alzó del papel los ojos, y fijándolos en el gran espejo que delante de él estaba sobre la chimenea, vió una figura enjuta y macilenta, una mueca de calavera, en la cual la descomposición subterránea perdonara un poco de piel; dos ojos saltones con cierta viveza morbosa como la de los delirantes; un cuello delgado y violáceo, cuya piel, llena de costurones, parecía recientemente remendada; una nariz picuda y violácea también, de fina estampa; pero que por su agudeza iba tomando aspecto de pico y daba al rostro cierta fisonomía completamente ornitológica; una rala sembradura de pelos azafranados que rodeaban el largo óvalo de la cara en angosta faja, semejando el pañuelo que se pone á algunos muertos para que no se les caiga la mandíbula inferior; una frente estrecha y granulosa, en la cual había trazado el sombrero amoratada raya, semejante á un surco de sangre; una cabeza chata, en la cual los cabellos bermejos se partían en dos graciosas alas; una cara, en fin, que era, si así es permitido decirlo, la descomposición ó la transfiguración de una cara hermosa, ó mejor dicho, la caricatura de una raza entera; y también vió dos manos metidas en bolsillos, y dos pies de mujer, cuyas puntas apenas asomaban bajo las enaguas que en forma de pantalones cubrían sus delgadas piernas; un cuerpo sin curvas, sin formas, sin donaire, como armadura hecha para la ropa; un traje de mañana rayado de arriba abajo; una corbata graciosamente anudada; un bastón que salía vertical de uno de los bolsillos, y una pomposa flor clavada sobre el pecho como el mango de un puñal cuando se acaba de consumar el asesinato. Y cuando esto vió, León dijo bondadosamente: «¡Ah! Polito, siéntate. ¿Qué traes por aquí?»

Dejóse caer el joven en una butaca y estiró las piernas con muestras de cansancio. Habló. Su voz, que se esperaba fuese aguda y adamada, era ronca y carraspeante, una al modo de tos ó gargarismo hablado, como esas voces que en la más baja escala social se forman en el pregón público y se endurecen con el frío de la mañana y el aguardiente de la noche. Después de hablar un momento, calló para echarse en la boca un objeto medicinal.

«No puedo abandonar la brea ni un instante...—dijo gruñendo.—Desde que la abandono, me ahogo... ¿Qué te haces, León? Siempre leyendo. Envidio tu vida tranquila... No, gracias: hoy no puedo fumar. Me lo ha prohibido el médico... es preciso ver si combato los ataques epilépticos... Ahora me encuentro bien. ¿Sabes que voy á Sevilla? Los muchachos se han animado, y no puedo quedarme aquí. Vamos cuatro amigos: Manolo Grandezas, el Conde-Duque, Higadillos y yo. Higadillos tiene que torear los tres días de feria... ¿Por qué no te animas? A María le gustará mucho ver la feria.

—Si ella quiere ir, estoy dispuesto á llevarla.

—Ella no quiere ir, ese es el caso—añadió el de la ronca voz.—Y á propósito, mio caro Leone, por ahí dice la gente que sois muy desgraciados, que no congeniáis ni poco ni mucho, que tu descreimiento es un martirio para mi pobre hermana. Yo me río, León; me río de esas cosas... «Pero si es el hombre mejor del mundo, si es un caballero como hay pocos,» les digo... Aquí de mis elogios. ¡Cascarones! ya sabes que yo no digo sino lo que pienso... Anoche dijeron las de Rosafría que no comprendían, ¡mira tú qué sandez!... que no comprendían cómo mi hermana se casó contigo. «Pero señores, sean ustedes razonables, consideren ustedes...» Nada, nada... que eres de los de cáscara amarga, pero muy amarga. A una señora que tú conoces, y yo y todos... no te digo quién es... le oí decir estas mismas palabras: «Antes quisiera ver muerta á mi hija que casada con un hombre así...» No faltó quien te defendiera, aun en el bello sexo... «¡Ah! es hombre de grandísimo mérito...» La señora decía que no con su boca, con su mano, con su abanico... «Hay cosas que no pueden ser, decía, que no pueden ser...» Por último, querido León, yo no me atreví á defenderte... Lo que te aconsejo ¡cascarones! es que no pongas los pies en ciertas casas: te expondrías quizás á recibir un gran desaire por todo lo alto, ó á que te planten un par de palitos cuarteando. La de Borellano te llama la bestia negra... Sin embargo, dice que eres simpático. Pepe Fontán dijo una cosa muy chusca á propósito de la inquina que te tiene la de Borellano. «Nada: todo eso es despecho, porque de todos los hombres que conoce, León es el único que no le hace el amor.» Ya sabes que ha tenido un amante por año... Por eso dice Cimarra que no puede ocultar su edad... ¡Pobre Federico! Cuentan que ha reñido con su mujer y con su suegro... Parece que falsificó unas letras... Nada, que me le mandan á la Habana... ¿Pero qué hora es? ¡Las once! ¡Y tu mujer no viene de misa! Te concedo que son demasiadas misas. ¡Ah! ya sé: ella y mamá estarán de tertulia con el padre Paoletti, un italiano berrendo en negro, retinto... ¡Casca!... Si yo fuera casado... pero no: yo no seré cornúpeto, passez moi le mot... ¡Oh! si lo fuera, mi mujer haría mi gusto y nada más. María es buena; pero cuando se la pone una cosa en el testuz... No creas, yo también le he dicho mis verdades por su impertinencia... Compañero, es horrible eso de tener una mujer que constantemente nos esté cantando el estribillo: hombre, confiesa; hombre, comulga; hombre, ve á misa... ¡Cascarones! Es para pegarse un tiro... Puesto que le das libertad, ella debiera ser prudente. Por tu parte haces mal en tomar tan á pechos lo que vale tan poco... Mira tú, yo dejaría á mi mujer que oyese cuatrocientas veintisiete misas al día, y que tomara varas con todos los confesores. Poniéndole tasa en eso de gastarme mi dinero en Manifiestos, le llevaría el genio. ¡Bah! siempre que ella me hablara de cosas santas, yo le diría: «Sí, hija mía, todo lo que quieras. Eso, y lo otro, y lo de más allá.» En fin, que no reñiríamos nunca por un dogma más ó menos; y al mismo tiempo, querido León, yo me divertiría todo lo posible. Comparito, eso de irse al infierno sin pasar antes buena vida, es lo más tonto del mundo. Aburrirse aquí entre libros, y luego condenarse allá... porque tú te condenarás y yo también, León... allá iremos todos.»

Y soltó una risa tan estrepitosa como su aliento asmático se lo permitía. Después se levantó, y poniendo ambas manos sobre la mesa, cual si su cuerpo no pudiese mantenerse derecho sin ayuda de puntales, habló así:

«¿Sabes, querido, que me vas á prestar otros cuatro mil reales?»

León abrió una gaveta. Sonreía no sabemos por qué; pero consta que de todos los individuos de su familia política, aquél era, por lo inofensivo, el que le inspiraba más lástima, siendo esto tal vez la causa de que á veces le abriese su bolsa con paciencia y hasta con gusto, por no contrariar á un sér excesivamente miserable y desvalido. O quizás plagiaba León el sistema benéfico del vicario de Wakefield, que siempre que quería sacudirse á algún pariente importuno, le prestaba dinero, ropa, ó un caballo de poco valor, «y jamás, dice, se dió el caso de que volviera á mi casa para devolvérmelo.»

«Gracias, querido beau frère—dijo el mancebo, no ocultando la alegría que en la raza humana acompaña siempre á la adquisición de dinero.—Te lo devolveré el mes que entra con lo demás... No de una vez; te advierto que no podré dártelo junto... á plazos sí... ¡Es horrible! Si hubiera tres Semanas Santas en el año, todos los españoles tendríamos que pedir limosna... ¡Casca, casca!... ¡Vaya con los petitorios! La otra noche las de Rosafría me comprometieron á dar mil reales para el Papa... Ya ves... Si el mundo estuviera arreglado, el Papa debía darnos á nosotros... ¡Eh! ¡So tunante! ¡Lady Bull!... ¡Eh, venga usted aquí!»

Estas palabras iban dirigidas á una alimaña rastrera y obscura que había entrado en el despacho con el joven; pero que hasta entonces se había mantenido en una actitud de circunspección respetuosa. Era una perrita de la horrible raza King Charles, que tenía el color de ratón, la redondez del puerco-espín, un hocico de mono entre abigarradas lanas, y una panza de sapo mal sostenida por cuatro patas pequeñas. Al fin de la conversación, su cascabelillo, hasta entonces mudo, empezó á sonar, indicando grandes travesuras, y Polito la descubrió entre unos libros arrinconados en el suelo.

«¡Venga usted aquí, aquí pronto!»

La tomó en brazos. Entonces se sintió ruido de coches y el acompasado pisoteo de uno de estos caballos españoles que parecen corceles de estatua ecuestre, trotando eternamente sin salir de su pedestal.

«¡Ah! Ya están aquí—dijo Leopoldo.—Higadillos á caballo y el Conde-Duque en su break... Les dije que pasaran por aquí á recogerme. Vamos á ver el apartado... Allá voy.»

Desde su asiento vió León el coche detenido junto á la reja, y el torero á caballo, un grosero mocetón de piernas ceñidas y cintura fajada, de cuerpo culebreante no falto de belleza escultórica, rematado por zafia cabeza española de color de tabaco y el sombrero ancho. El caballo piafaba, y el Conde-Duque contenía los de su break, fogosos animales mestizos de sangre bearnesa y andaluza.

Poco tardó Polito en subir al coche con Lady Bull, y la festiva comparsa se puso en marcha calle abajo, presidida por Higadillos y alegrada por los cascabeles del tiro á la calesera. León miró con curiosidad aquel fragmento pequeño, pero expresivo, de la iconografía contemporánea de España.

XII Gustavo.

Le miró, y una sonrisa afable, señal inequívoca de complacencia por la visita, iluminó su semblante triste. Después, las miradas de uno y otro (pues se hallaban próximos á la ventana) se recrearon en la frescura aromática del jardín, sobre cuyo verdor pasaba el chorro de la manga de riego como un plumero de agua que limpia el polvo, ahuyentando los pájaros, deteniendo á las mariposillas, ahogando á los insectos, acariciando á las plantas. Hábilmente dirigida por el jardinero, penetraba en la espesura de los setos de evónimus, se desmenuzaba para formar polvaredas líquidas en las cuales jugaba fugaz arco iris. El jardín era nuevo, de esos que se traen de casa del horticultor como los muebles de casa del tapicero, formando un todo completo, y se plantan con método, con su selva en miniatura, sus praderas, sus vergeles, sus peñascos bordados por la hiedra, sus canastillos llenos de minutisa y de convulvuláceas. Cada conífera estaba en su sitio, y había corrillos simétricos en los cuales algunas filas de petunias aparentan estar de rodillas adorando la majestad de una araucaria imbricata, ó la altiva insolencia de un drago que todo es púas. Diríase que todo acababa de ser desembalado, cual si más bien fuese hechura de la industria que de la Naturaleza; pero era bonito, fresco, alegre, y no se podía concebir cosa más apropiada para separar la calle, que es de todos, de la casa, que es de uno solo.

Después que contemplaron un rato el jardín, sentáronse á tomar café.

—Antes que se me olvide—dijo Gustavo,—quiero reprenderte una virtud que por lo mal practicada es dañosa: me refiero á tus liberalidades, que indudablemente perjudican á tí que las haces y á mi hermano que las disfruta. Sé que otra vez has dado dinero á Polito, y esto me disgusta, porque mi hermano es un vicioso de la peor casta que existe... Aquí en el seno de la confianza, puedo decir todo lo que siento y juzgar con rectitud á los individuos de mi familia. Si su conducta me produce vergüenza, prefiero que me abrase el rostro á que me queme la sangre.»

El que así hablaba era un joven formal y un poco severo, parecido á sus hermanos y á su padre, pero menos hermoso que María y muy distante de la extenuación irrisoria de Leopoldo. Su rostro, quizás demasiado duro, indicaba un carácter entero, rara cosa en tal familia, convicciones arraigadas y una digna estimación de sí mismo. Era grave en el discurso, cortés en el trato, huyendo al parecer tanto de la arrogancia como de la llaneza, y manteniéndose en un medio de frialdad cultísima que algunos tenían por estudiada. Honrado y puntualísimo caballero en las relaciones comunes de la vida, poseía de añadidura instrucción no escasa y brillante talento. Ni alto ni bajo, ni grueso ni delgado, vestido de obscuro, la mirada serena detrás de sus lentes, exento de vicios incluso el de fumar, parco en sus gastos, implacable con el desorden, Gustavo, hijo primogénito del Marqués de Tellería, era, según el común sentir, lo mejor de la casa, la honra de la clase en que naciera y una esperanza para la patria. Inútil es decir que era abogado. Su hermano Leopoldo lo era también, como casi todos los jóvenes españoles; pero si éste no sabía ya qué forma tiene un libro, Gustavo estudiaba más cada día y aun defendía pleitos al amor del bufete de uno de los primeros jurisconsultos de Madrid. Había seguido la carrera genuinamente nacional y aventurera por excelencia, y saliendo de la Universidad sin ser nada, hallábase en camino de serlo todo. Debe añadirse que era orador elocuentísimo.

«A tí, querido León—añadió,—puedo confesarte que tengo horas de amarga tristeza por la conducta de alguna persona de mi familia, de todas ellas, mejor dicho, exceptuando á ese ángel que es tu mujer y al otro ángel quizás más perfecto que vive lejos de nosotros. ¿No es horrible ver á mi hermano corroído por el vicio, encenagado en la frivolidad corruptora que envilece á tantos individuos, no diré de nuestra clase porque no es exclusiva de ella esta ignominia, sino de todas las clases? Empeñándose en hacer un papel superior á nuestros medios de fortuna, el ejemplo de otros le arrastra á una disipación absurda. Pero esos otros son ricos, y mi hermano no. Yo me indigno al ver á Leopoldo guiando coches y montando caballos que cuestan más de lo que él puede poseer en un año... Además, si su ignorancia me aflige, su holgazanería me desespera. ¡Oh! tienes razón en lo que me has dicho alguna vez. Es muy exacta tu observación de que así como la plebe tiene su aristocracia, la nobleza tiene su populacho... Pero, en fin, no hablemos más de esto que me entristece. Queda demostrado que no debes alentar el libertinaje de Polito.»

León dijo algo, y Gustavo le contestó así:

«Sí: creo que mis padres tienen la culpa. Nuestra educación ha sido muy descuidada. Es tontería disimular que mi madre... gran trabajo me cuesta esta confesión... no ha sabido apartarse y apartarnos á tiempo del torbellino de la sociedad sedienta de goces; ha vivido más fuera de su casa que dentro. Hoy mismo... ¿por qué he de ocultarte lo que sabes tan bien como yo? hoy mismo, cuando nuestra fortuna ha mermado tanto, y según creo, lo poco que resta será bien pronto de los acreedores, ¿no es monstruoso que mi madre sostenga su casa en un pie de lujo que no nos corresponde?... ¡Infame vanidad!... Cuando veo los saraos dispendiosos de mi casa, lo que en vanas apariencias se gasta allí donde escasean tantas cosas, tantas... que son necesarias; cuando veo la escandalosa variación de vestidos de mi madre, su asistencia casi diaria á los teatros, su afán de competir con quien tiene mucho más dinero que nosotros; cuando veo esto, León, siento impulsos de renunciar al porvenir que he soñado en mi patria, y correr á buscar un pedazo de pan en país extranjero.»

León le interrumpió para hacer una observación, á lo que Gustavo contestó así:

«Yo de buena gana me iría; pero... qué quieres... no se puede abandonar el porvenir que ya está á medio conquistar; no se decide uno á abandonar el terreno ganado á fuerza de estudio. Además, por lo mismo que preveo grandes desastres en mi familia, creo que debo estar presente en el momento del naufragio... Conformémonos con esta vida odiosa y triste... Tú no conoces ciertas interioridades vergonzosas, León; tú no sabes lo que es vivir en una casa donde todo se debe, desde las alfombras hasta el pan de cada día, ni conoces los escalofríos producidos por la campanilla del terror, anunciando perpetuamente á los industriales afligidos ó furibundos que van á reclamar su dinero; ni tienes idea de las farsas que se ven obligadas á representar cada día personas cuyo nombre solo parece debiera ser emblema de respeto y formalidad; ni conocerás nunca esa agonía profunda en que se ven personas decentísimas por carecer en un momento crítico de cantidades que no quitarían el sueño á un jornalero.

»Tú que tienes fortuna y modestia, la cual es como segunda fortuna que beneficia á la primera, no conoces las ansias de este vivir en plena comedia entre el humo de la vanidad y sobre las ascuas de la escasez. Tranquilo y dichoso, sin otra pasión que la del estudio, libre de los aguijonazos de la ambición que quitan el sueño, y de los tropiezos y reveses que amargan la vida, pareces el niño mimado de la Providencia; aquí, en esta casa no sitiada por acreedores, ni asaltada por las visitas, en la dulce compañía de tu mujer querida, que es un ángel... ¡Pobre María!»

Después de una pausa, durante la cual el sesudo joven parecía leer alguna cosa en la frente de su cuñado, dijo con amargura:

«¡Y sin embargo, León, no has sabido hacerla feliz!»

Palabras vivas, una observación seca y tonante como un disparo, y, por último, una afirmación categórica, provocaron la siguiente respuesta:

«Tu primer deber es evitar el escándalo y no dar al mundo el espectáculo de una unión descompuesta y perturbada por la disensión religiosa. Ya que tienes la desgracia de no creer, debiste ocultar á tu esposa esa llaga de la conciencia; debiste abstenerte de publicar ciertos escritos científicos. De todos modos es malo el ateísmo; pero cuando carece de pudor, cuando no se disimula á sí propio, es más repugnante. Toda deformidad debe ser velada, y las de la conciencia más, para no ofender á la moral pública... No esperes que sea indulgente contigo en esta cuestión; ya conoces mi carácter, ya sabes que no puedo ocultar lo que siento. Yo te estimo, reconozco tus buenas cualidades, tu bondad relativa, tu moralidad pasiva, pues no merecen otro nombre las perfecciones y méritos de los que viven fuera de la verdad revelada; confieso que eres mejor que algunos que se tienen por creyentes; que posees las virtudes frías y correctas de la filosofía pagana, y que cumples ciertos preceptos por la razón sencilla de que es cómodo ser bueno, y porque el cumplimiento de los deberes externos siempre trae ventajas al individuo; sé que obedeces á tu helada moral filosófica como obedece el buen contribuyente y ciudadano los reglamentos de policía y de higiene; te declaro de los mejores en esta baraúnda de hombres corrompidos; te tengo aprecio y aun cariño; te admiro por tu talento; pero á pesar de todo, óyelo bien: si yo... si yo, León (al decir esto se levantó alzando el brazo en actitud harto apostólica), hubiera tenido en mi mano la mano de María, no te la habría dado jamás, ¿lo entiendes? ¡no te la habría dado jamás!»

Habló entonces León con más calor, y Gustavo le dijo:

«¡Oh! Yo detesto también la hipocresía. No admito más que dos caminos: ó ser católico ó no serlo. En nuestra fe sacratísima no caben distingos ni acomodos. Yo soy católico, y como tal procedo en toda mi vida; yo no tengo el dogma en mi boca y el ateísmo en mis actos; yo, despreciando los juicios de la frivolidad, oigo misa, confieso, comulgo, practico el ayuno. Me glorío de recibir los ultrajes de la canalla desvergonzada que aparenta dirigir la opinión, y á su cinismo opongo yo mi valor, y á su chismografía volteriana los principios santos y la autoridad de la Iglesia. Estas ideas, este rigor de mi vida llena de dignidad, yo los llevaré á la vida pública cuando entre en ella... porque entraré impulsado por una secreta vocación de soldado y de mártir, y por la mano de Dios que no quiere quedar sin defensa en esta arena sangrienta de las pasiones humanas. Si hay hombres perversos que han desenjaulado á las fieras del descreimiento y del racionalismo, Dios arrojará á sus domadores en medio de ellas. Al hombre que te manifiesta estas ideas con tanto tesón, no le pidas indulgencia para las disensiones de tu casa, ni le exijas que participe del criterio acomodaticio, según el cual mi hermana y tú tendríais igual culpa de vuestra desgracia. No, mil veces no. Ella no tiene culpa ninguna, ¡tú la tienes toda, tú toda! La verdad no puede transigir con el error. En este caso, tú has de sucumbir y ella ha de permanecer siempre levantada y triunfante.»

A esto, León le hubiera contestado algo; pero deseando poner á un lado aquel desagradable tema, llevó el curso de la conversación á otro que era de mucho gusto para el joven. Este abandonó el tono apocalíptico para hablar así:

«Es verdad: los votos de tus arrendatarios de Cullera me han salvado. Ya tengo por seguro el triunfo... Aquí, en confianza, yo he deseado mucho ir á las Cortes... comprendo que es mi camino, mi carrera. Cuando se tienen principios fijos y el inquebrantable propósito de sostenerlos á todo trance, la vida pública es honrosa. El tiempo en que vivimos convida á la lucha, ¿no es verdad?... porque cuando los caracteres han desaparecido anegados en una riada de corrupción, ¿no es ventajoso y lucido mostrar carácter y que se diga: «ese es un hombre?» Cuando la lógica humana y la verdad ultrajada piden que haya azotes, ¿no es hermoso y brillante tomar el látigo? La civilización cristiana es como un hermoso bosque. La religión lo ha formado en siglos; la filosofía aspira á destruirlo en días. Es preciso cortarle las manos á esa brutal leñadora. La civilización cristiana no puede perecer en manos de unos cuantos ideólogos auxiliados por una gavilla de perdidos que, por no tomarse el trabajo de tener conciencia, han suprimido á Dios.»

Enarboló la mano flexible y pesada, blandiéndola como la palmeta de un maestro de escuela, y en pie, dispuesto á partir, dijo:

«Amigo, casi hermano, te profeso sincero cariño; pero en tocando al punto negro, cuidado, mucho cuidado. Si la llaga de tu casa se agrava, ponte en guardia... Me verás al lado de la víctima, al lado de mi pobre hermana... Adiós.»

Se fué. Viéndole salir, León sintió que un secreto pavor llenaba su alma, dejándole por algún tiempo imposibilitado de pensar nada claro.

XIII El último retrato.

El hombre á quien hemos visto en la soledad de su gabinete, turbada rara vez en el espacio de algunos meses por las escenas descritas, no consagraba todo su tiempo al estudio. Engranado en la máquina social por las afecciones, por el matrimonio, por la ciencia misma, no podía ser uno de esos sabios telarañosos que los poemas nos presentan pegados á los libros y á las retortas, y tan ignorantes del mundo real como de los misterios científicos. León Roch se presentaba en todas partes, vestía bien, y aun se confundía á los ojos de muchos con las medianías del vulgo bien vestido y correcto que constituye una de las porciones más grandes, aunque menos pintorescas, de la familia social. No se eximía de la insulsez metódica que informa la vida de los ricos en esta capital, y así se le veía con su mujer en el paseo de carruajes, cuyo encanto consiste en reunirse todos á hora fija y dar unas cuantas vueltas en orden de parada, coche tras coche, paso á paso, en perezosa y militar fila, de modo que las señoras reclinadas en el asiento posterior del landó, sienten en su cara el resuello de los caballos del coche que va detrás, y aun ha habido solípedo que intentara comerse, creyéndolas vivas, las flores del sombrero de la dama que va en el carruaje delantero. También iba al teatro con su mujer, observando la deliciosa disciplina de los abonos á turno, que tiene la ventaja de administrar el aburrimiento ó el regocijo á plazos marcados, sin contar para nada con el estado del espíritu. Daba de comer á pocas personas en un solo día de la semana, habiendo disputado y ganado á su mujer la elección de comensales, que eran de lo mejor entre lo poquito bueno que tenemos en discreción y formalidad. Para elegir no se acordó de categorías de escuela, y sólo obedeció á las simpatías personales. De modo que su yantar semanal (horrible frase) y sus noches, como pudiéramos decir, reunían hombres listos, católicos remachados, políticos de la más pura doctrina epicúrea, aristócratas de la edición incunable, otros de las flamantes, y hombres de escasa importancia social, pero que la aparentaban por su cualidad de crónicas vivas ó por la seducción de su trato, en gran manera distinguido. También iban jóvenes de la pléyade universitaria, brillantes en el profesorado y en las ardientes disputas cuyo estruendo se oye por todas partes. Reinaba en estas reuniones armonía completa, pues nada reconcilia tanto como el buen comer, la presencia de elegantes damas, y la obligación de no olvidar un momento las leyes de la cortesía. Aunque algunos quizás se despreciaban cordialmente, había en la casa cierta atmósfera de estima general; y una conversación discreta, tolerante, instructiva y amena, producto feliz de aquel conjunto de opiniones diversas, engañaba las horas. Se hablaba de artes, de letras, de costumbres, de política; se murmuraba también un poco; en algún pequeño grupo, hacían crónica personal algo escandalosa; y en otro se hablaba de las cuestiones más hondas, de religión, por ejemplo, que es un tema planteado en todas partes donde quiera que hay tres ó cuatro hombres, y que tiene el don de interesar más que otra cosa alguna. Este tema, constantemente tratado en las familias, en los corrillos de estudiantes, en las más altas cátedras, en los confesonarios, en los palacios, en las cabañas, entre amigos, entre enemigos, con la palabra casi siempre, con el cañón algunas veces, en todos los idiomas humanos, en los duelos de los partidos, con el lenguaje de la frivolidad, con el de la razón, á escondidas y á las claras, con tinta, con saliva, y también con sangre, es como un hondo murmullo que llena los aires de región á región y que jamás tiene pausa ni silencio. Basta tener un poco de oído para percibir este incesante y angustioso soliloquio del siglo.

Rasgos físicos de León Roch eran lo moreno del color, lo expresivo de la mirada, la negrura de la barba y cabello; su rasgo moral era la rectitud y el propósito firme de no mentir jamás. La mayor parte de las personas hallaban encanto indefinible en su modo de mirar; pero de su rectitud no podía juzgarse tan fácilmente, porque la conciencia no se ve. El ponerle ó no en el número de los buenos, dependía del criterio con que se le mirase. Teníanle algunos por persona excelente; otros por un mal sujeto. Si á la vista era su cuerpo airoso y seductora su presencia, alguien dijo de él: «Por fuera es buen mozo, pero por dentro es un jorobado.»

No tenía la gazmoñería racionalista (pues también hay gazmoñería racionalista), que consiste en escandalizarse con exceso de la credulidad de algunas personas y en ridiculizar su fervor: por el contrario, León miraba con respeto á algunos creyentes, y á otros casi con envidia. No tenía tampoco el afán de la conquista, ni quería convertir á nadie; y si el estudio le había dado grandes regocijos, también le producía horas de amargura y desaliento. No creía su estado perfecto, sino, por el contrario, harto imperfecto; por lo cual no gustaba de embarcar gente en las islas frondosas de la fe para llevarlas á las solitarias estepas de la duda.

Dióse primero á las ciencias naturales, hallando en su investigación los más puros goces. Después, la filosofía le trajo un mareo insoportable, y al fin volvió á los estudios experimentales, que era donde se encontraba con pie firme y en país conocido. La historia le divertía tan sólo; la fisiología le encantaba. También cultivó la astronomía, favorecido por su dominio de las matemáticas. Solía decir: «La historia nos hace enanos, la fisiología nos pone en nuestro tamaño natural, y la astronomía nos engrandece.»

Había en su alma cierta aridez, ocasionada por el escaso empleo de la imaginación en su niñez y en sus estudios. Se había criado en una trastienda, y allí corrió desabrida su edad primera al lado de su madre, mujer tosca y sin delicadeza, que sentía poco y carecía de luces. Trabajaba mucho, pero no sabía leer; tenía la vanidad de que su hijo era muy precoz, y la creencia de que llegaría á ser obispo, general ó ministro. Muerta su madre, pasó una temporada en Valencia en la casa de un tío paterno, plebeyo enriquecido con la cerámica, y que decía: «Todo el saber es aire. Más útil es á la humanidad el hombre que hace un ladrillo que el que escribiera todos los libros que se conocen.» Después vino para León una juventud sin calaveradas, sin aventuras, sin conatos de poeta dramático, sin proyectos de raptos y duelos, sin lágrimas, sin melancolías, sin vacilaciones en la elección de carrera, con pocos ensueños. Le metieron en un laberinto de matemáticas, diciéndole: «Sal si puedes.» Es verdad que salió; pero luego le arrojaron en un mar de guijarros, donde había que luchar con esos oleajes petrificados, testimonio palpable de las agitaciones plutónicas y neptunianas que han esculpido nuestro globo; le metieron de cabeza en las entrañas del planeta, abiertas por la inducción ó representadas en los museos por las colecciones, y le dijeron: «Toda esta grava, que parece arrancada del arrecife de un camino, es un libro maravilloso: cada chinita es una letra. Es preciso que lo leas todo.» Vió las aguas haciendo ruido antes de que hubiera orejas, y arco iris antes de que hubiera ojos; vió la heráldica del mundo expresada en las figuras de bivalvos, de crustáceos y de ofidios que dejaron su forma impresa como el sello auténtico de las dinastías que desean hacer constar su reinado; vió plantas nacidas antes de que hubiera dientes y muelas que mascaron antes de que hubiera hombres, y al hombre mismo, huésped tardío de la creación, llegando cuando los bosques se habían resignado á ser almacenes de carbón, y cuando no había mares definitivos, y los ríos estaban nivelando hermosas llanadas, y cuando aún bufaban mil volcanes ingentes, arquitectos infatigables que daban el último golpe de cincel á la crestería de nuestras bellas montañas. Vió esto y otras muchas cosas que vienen detrás.

Más tarde, cuando terminada su carrera se vió rico, es decir, cuando comprendió que no sería esclavo de la ciencia, sino por el contrario, dueño de ella, cultivó un poco la imaginación. Bien conocía que jamás sería artista; pero tomó en su mano el fino estilete con que es representada una de las musas. Sus manos, que tan bien sopesaban la palanca de Arquímedes, eran toscas para instrumento tan delicado. «Está visto—decía,—que siempre seré un bruto.»

Había logrado escribir medianamente, con más claridad que elegancia; hablaba en público muy mal, atrozmente mal; pero en la conversación privada solía expresarse con elocuencia, siempre que el tema fuese alto. Había adquirido la costumbre de emplear gallardas figuras por la inclinación de la ciencia moderna á lisonjear en vez de espantar el sentido de la muchedumbre, y porque las formas parabólicas han sido siempre muy del gusto de los entendimientos superiores. Es el eterno homenaje tributado por la ciencia al arte, y al que éste debe corresponder alumbrándose en su glorioso camino con la inextinguible luz de la verdad.

Aquel hombre tan preocupado de si esta piedra era más ó menos siluriana que aquélla, y de si otra cristalizaba en romboedros ó en prismas, se encariñó desde su temprana juventud con un ideal para la vida, y era éste una existencia sosegada, virtuosa, formada del amor y del estudio, las dos alas del espíritu, como en su jerga figurada decía. Pasada la época de los afanes escolásticos, soñaba con buscar y encontrar aquel ideal en un matrimonio bien realizado, del cual nacería una familia. Esta familia soñada, la gran familia ideal, la placentera reunión de todos los suyos, ocupaba su pensamiento. ¡Cosa extraordinariamente bella y consoladora! Unirse con una mujer adorada, amante y sumisa, de clara inteligencia y corazón donde nunca se agotaran las bondades; ver después unos seres pequeñitos que irían saliendo, y haciendo gracias pedirían piando el pan de la educación; desarrollar en ellos con derechura el sér moral y el físico; vivir por ellos y atender á las necesidades de aquel grupo encantador, en cuyo centro la esposa y la madre parecería la imagen de la Providencia derramando sus dones, ora fecunda, ora maestra, ya cubriendo al desnudo, ya dando alimento al desfallecido, guiando el primer paso del vacilante, conteniendo el ardor del intrépido... ¡Oh! para esto valía la pena de vivir; para lo que esto no fuera, no. Luego venían á su imaginación los encantos de la vida del rico ilustrado, que puede gustar los placeres del trabajo sin ser esclavo de él... una vida deliciosa, consagrada por mitad al estudio, por mitad á los cuidados de la familia, dividiéndola asimismo entre la ciudad y el campo, pues de este modo es más grata la Naturaleza y más grata la sociedad; vida ni muy apartada ni muy pública, en un dulce retiro sin esquivez, lejos del bullicio, mas no inaccesible á los amigos discretos... Sí: era preciso realizar esto, y realizarlo pronto, antes que se pasase la vida en un rodar incesante y vertiginoso; era menester hallar pronto la que había de ser base de aquella felicidad soñada, pero posible. La elección no era fácil: debía ser prudente, seria, estudiada; pero ¿acaso no estaba él en las mejores condiciones para hacerla bien?... Sí: la haría bien, porque era un sabio, tenía mucho talento, mucha serenidad, espíritu de crítica, grandes hábitos de análisis... Y sin embargo...

XIV Marido y mujer.

«Y sin embargo... me equivoqué.»

Esto decía para sí una noche en presencia de su mujer, solo con ella, en el silencio de la casa tranquila, abandonada ya por los tertulios, tibia aún por el calor de la reunión, en aquella hora en que el pensamiento cae en vagas meditaciones precursoras del sueño, después de representarse los hechos del día que hace poco eran escenas y figuras reales, y que pronto serían pesadillas.

Frente á él, dispuesta ya á acostarse, estaba la incomparable figura de la Minerva ateniense, cuyos ojos verdes, por aberración artística inconcebible, se fijaban en uno de esos vulgares libros de rezo, llenos de lugares comunes, oraciones enrevesadas y gongorinas, sutilezas hueras, páginas donde no hay piedad, ni estilo, ni espiritualismo, ni sencillez evangélica, sino un repique general de palabras. ¿Pero qué importa? Dejando que su mente se perdiera con somnolencia en semejante fárrago, María estaba soberanamente hermosa.

León había dejado caer de sus manos el periódico de la noche, otro repique general de timbres rotos, de cascabeles chillones y de ásperos cencerros, y contemplaba á su mujer, cavilando en la espantosa burla que había hecho él de su destino. Él, que había pasado su juventud conteniendo la imaginación, habíale soltado un día las riendas sin darse cuenta de ello, y se dejó arrastrar por una ilusión impropia de hombre tan serio. ¿Cómo pudo dejar de prever que entre su esposa y él no existiría jamás comunidad de ideas, ni ese dulce parentesco del espíritu que descubren hasta los tontos? ¿Cómo se dejó llevar de la fascinación ejercida por una hermosura sorprendente? ¿Cómo no vió la pared de hielo, enorme, dura, altísima, que se levantaría eternamente entre los dos? ¿Cómo no penetró aquel entendimiento rebelde, aquel criterio inflexible, aquella estrechez de juicio, aquella falta de sentimiento expansivo, generoso, mal compensada por una exaltación áspera ó mimosa? ¿Cómo no adivinó aquella sequedad y desabrimiento de su hogar, vacío de tantas cosas dulces y cariñosas, y en particular de la más cariñosa y dulce de todas, la confianza?

En un momento de profunda tristeza y desaliento, llevó su mano del corazón á la frente y asentó sobre ésta la palma crispada, como echando una maldición á su sabiduría. María no advirtió aquel movimiento y siguió con los ojos fijos en el libro.

«Me enamoré como un estúpido—pensó él volviendo á mirarla.—¿Y cómo no, si es tan hermosa?...»

Recordó después sus infructuosas tentativas para formar el carácter de María. En la primera época del matrimonio, María amaba á su marido con más ardor que ternura. Bien pronto, sin dejar de amarle del mismo modo, empezó á ver en él un sér extraviado y vitando en el orden intelectual. León le había dado libertad para practicar el culto; y ella la usó con moderación al principio. Pero á medida que León trataba de influir en el carácter de ella, no para arrancarle su fe, como algunos mal intencionados dijeron entonces, sino por el deseo de establecer entre ambos la mayor armonía posible, abusaba ella de la libertad concedida á sus devociones, y éstas llegaron á ser tantas que ocuparon pronto la mitad de su tiempo y casi todo su espíritu. No se crea por esto que renunció á las vanidades del mundo, pues gozaba de ellas, aunque sobria y moderadamente. Iba al teatro, con excepción del tiempo de Cuaresma, vestía muy bien, frecuentaba los paseos de moda, y dedicaba parte del verano á los esparcimientos y expediciones propias de la estación. De su persona cuidaba muchísimo, porque gustaba de agradar á su marido; de su casa poco, de su esposo nada, y el resto del tiempo lo consagraba al trabajo intelectual y práctico que le exigían varias congregaciones piadosas y las juntas benéficas á cuyo seno había sido llevada por sus amigas ó por su madre. Militaba en la encantadora cuadrilla de la devoción elegante.

«¿Pero no soy yo el rebelde?—decía León con desaliento.—¿De qué la acuso? ¿De que tiene fe? Si yo la tuviera, seríamos felices. ¿Por qué no la tengo?»

Hubo un tercer período, durante el cual el amor de María permanecía inalterable, siempre más vehemente que tierno, y tan poco espiritual como al principio. En dicho período, revolviéndose María contra su esposo con arrebatos de querer humano y de piedad mística, sentimientos que, lejos de excluirse, parece que se complementaban en ella, quiso atraerle al camino de la devoción elegante, perfumado con inciensos, alumbrado con cirios, embellecido con flores, amenizado con bonitos sermones y acompañado de hermosas damas. La aspiración de María era ser piadosa sin perder al hombre que tan vivamente había realizado la ilusión de su fantasía. Llevarle á la iglesia era su afanoso empeño.

«Déjame solo—le decía León agobiado de pena.—Vete y ruega á Dios por mí.

—Sin tí me falta la mitad de mi vida, y parece que no soy nada buena, como deseo serlo.»

Luego se abalanzaba hacia él, le estrechaba en sus brazos, y reclinando su frente sobre el pecho del hombre aburrido, decía con gemido perezoso: «¡Te quiero tanto!...»

La resistencia de León á tomar parte en las prácticas piadosas estableció al fin aquella desavenencia, ó mejor dicho, completo divorcio moral en que les hallamos á los dos años de su matrimonio. Ni se comunicaban un pensamiento, ni se consultaban una idea ó plan, ni partían entre los dos una alegría ó un pesar, que es el comercio natural de las almas, ni se entristecían juntamente, ni mutuamente se alegraban, ni siquiera reñían. Eran como esas estrellas que á la vista están juntas y en realidad á muchos millones de leguas una de otra. Fácil era á los amigos conocer que León sufría en silencio un gran dolor.

«Se empeña—decían,—en que su mujer sea racionalista, y esto es tan ridículo como un hombre beato.

—Eso digo yo—añadía otro.—El creer ó no es cuestión de sexo.

—Es que está enamorado de su mujer.»

Esto último era exacto en el sentido de que León vivía fascinado aún por la hermosura cada día más sorprendente de María Egipciaca, hermosura que ella, sin dar tregua á la devoción, sabía realzar con el lujo, con la elegancia del vestir y el delicadísimo cuidado de su persona.

De María podía decirse lo mismo que de León, en lo relativo al enamoramiento: ella también no cambiara por cosa alguna el hombre que le habían dado la sociedad y la Iglesia. En cuanto á él, llenaba el vacío de su alma con aquella pasión temporal encendida por una pasmosa belleza. No le era indiferente, antes bien le vanagloriaba el beati possidentes con que la multitud obsequia al dueño de una mujer fiel y hermosa; y la idea de que María pudiese pertenecer á otro hombre, siquiera en intención ó pensamiento, le enfurecía. En resumen: eran dos seres divorciados por la idea en la esfera de los sentimientos puros y unidos por la hermosura en el campo turbulento de la fisiología. Sobre esto reflexionaba León en aquella hora de la noche. Ultimamente hizo esta observación amarguísima:

«El mundo está gobernado por palabras, no por ideas. Véase aquí como el matrimonio puede también llegar á ser un concubinato.»

«¿Has concluído?—dijo á su esposa, viéndola que dejaba el libro para rezar un momento en silencio y con los ojos cerrados.

—¿Has acabado tú el periódico?... Déjamelo, quiero ver una cosa. La Duquesa de Ojos del Guadiana no quiso costear sola la función de mañana... A ver si se anuncia en la sección de cultos.»

León leyó en voz alta toda la sección de cultos.

«¿Sermón del Padre Barrios?...—interrumpió María demostrando admiración.—Si le hemos mandado retirar porque está asmático y no se le puede oir... ¡Qué abuso! San Prudencio va tomando fama de ser el refugio de los malos predicadores, y allí van los descreídos á reirse de la tartamudez del capellán y del acento italiano del Padre Paoletti. Todo consiste en que hay personas que parece que dirigen las funciones y no dirigen nada. Pero no faltará quien ponga orden en aquella casa. No, no sueltes el periódico: lee los espectáculos, ¿Qué ópera nos dan mañana?

—La misma—dijo León arrojando de sí el papel, y deteniendo por el brazo á su mujer que se levantaba.—Aguarda, tengo que hablarte.

—Y de cosas serias, según parece—manifestó sonriéndose María.—¿Estás enojado? ¡Ah! ya sé... me vas á reñir. Sí, sí—añadió arrojándose en un sofá próximo á la butaca en que estaba sentado él.—Me riñes porque he gastado mucho dinero este mes.

—No.

—Reconozco que he sido algo pródiga; pero con la economía de otro mes te indemnizaré... Sí, queridito: he gastado más de la cuenta. ¿A ver?... Los tres vestidos, diez y siete mil; el triduo, cuatro mil; la novena que me correspondió, diez mil... La tapicería nueva de mi alcoba... de eso has tenido tú la culpa por burlarte de los angelitos blancos jugando con espigas azules... Además, tengo que poner los regalos á los actores, por no haber querido cobrar nada en la función de Beneficiencia... tres relojes, dos petacas, dos alfileres... Además... Mañana sacaré la cuenta.

—No es eso, te digo que no es eso. Puedes gastarme todo lo que quieras, puedes arruinarme, instituyendo herederos de mi fortuna á modistas, curas y cómicos. De otra cosa más grave que tus gastos quiero hablarte, María: quiero preguntarte si no es tiempo ya de que cese la aridez y la tristeza de este matrimonio nuestro; si no es tiempo ya de que reconozcas que tu atención excesiva á los asuntos de iglesia es como una especie de infidelidad, y que para dar tanto á las devociones, forzosamente has de quitar algo á nuestra casa y á mí.

—Ya te he dicho—repuso María seriamente,—que de mis devociones buenas ó malas daré cuenta á Dios, no á tí, que no las entiendes. Haz por entenderlas, ten fe y hablaremos.

—¡Ten fe!... De eso sí que no entiendes tú. Yo no la tengo, no puedo tenerla según tu idea. Además, tu conducta y tu modo especial de cumplir los deberes religiosos, me la arrancarían, si la tuviese como tú deseas. Te lo diré de una vez. No veo en tus actos ni en tu febril afán por las cosas santas ninguno de los preciosos atributos de la esposa cristiana. Mi casa me parece una fonda, y mi mujer un sueño hermoso, una imagen tan seductora como fría. Te juro que ni esto es matrimonio, ni eres tú mi mujer, ni yo soy tu marido.

—¿Y quién es aquí el culpable sino tú?—replicó la dama con brío;—¿quién sino tú? Si no hay armonía, si no hay confianza, ¿á qué se debe sino á tu descreimiento, á tu ateísmo, á tu separación de la Santa Iglesia? Yo estoy firme en el terreno del matrimonio; tú eres el que está fuera. Te llamo, te aguardo con los brazos abiertos, y no quieres venir, menguado.»

Y los abrió; pero León no tuvo ni siquiera á idea de arrojarse en ellos.

«Y yo iría, sí, iría con el corazón lleno da gozo, si encontrara en tí á la verdadera mujer creyente para quien la piedad es la forma más pura del amor; yo iría respetando y admirando tu fe, y aun deseando participar de ella; pero así tal cual eres, no quiero, no quiero ir.

—Pues entonces, loco, mil veces loco, ¿qué quieres? ¡Ah! ¿Quieres que yo reniegue de Dios y de su Iglesia, que me haga racionalista como tú; que lea en tus perversos libros llenos de mentiras; que crea en eso de los monos, en eso de la materia, en eso de la Naturaleza-Dios, en eso de la Nada-Dios, en esas tus herejías horribles? Felizmente, he podido salvarme de caer en tales abismos. Soy piadosa, creo todo lo que debo creer y practico el culto con asiduidad, con prolijidad, porque es el medio mejor para sostener viva la fe y no dar entrada en el entendimiento á ninguna falsa doctrina. ¡Que frecuento demasiado la iglesia! ¡Que cumplo muy á menudo los preceptos más santos!... ¡Que celebro funciones espléndidas!... ¡Que oigo todos los días la palabra de Dios!... ¡Que rezo de noche y de día!... Esta es la cantinela, ¿no es verdad? Ya sé que paso por beata. Pues bien: todo tiene su razón en el mundo. ¿Crees tú que yo me abrazaría tan fuertemente á la cruz si no estuviera casada contigo, es decir, con un ateo, si no estuviera, como estoy, en peligro de ser contaminada de tu doctrina por el trato diario contigo y por el mucho amor que te tengo? No: si tú no fueras tan poco, yo no sería tanto. Si tú fueras católico sincero, aunque descuidado en tus deberes, yo no sería beata: cumpliría los preceptos esenciales y nada más. Ten presente una cosa, León: imagínate dos navegantes que cruzan en una pequeña barca un mar tempestuoso. Si los dos remaran con igual fuerza, llegarían sin dificultad á la orilla; pero he aquí que el uno suelta el remo y se tiende. ¿No es indispensable que el otro redoble sus fuerzas hasta morir? Fíjate bien, querido mío: uno solo rema y han de salvarse los dos.

—Esa figura no es de tu invención—dijo el esposo, que sabía muy bien hasta dónde alcanzaba el ingenio retórico de su mujer.—¿De quién es?

—Si es mía ó no, no te importa—replicó María, con desabrimiento y menosprecio.—Lo principal es que contiene una verdad innegable. ¿Quieres que vaya á aprender la verdad en tus monísimos libros?

—No, no pretendo eso—dijo León, lleno de pesadumbre.—Pero por torpe que yo sea, por extraviado que me supongas, ¿lo seré tanto que no merezca de tí el favor de que aceptes una idea mía, una sola, siquiera una vez, sino que siempre has de ir á buscar tus ideas fuera y lejos de mí?

—De tí acepto tu afecto, que creo sincero; tu respeto á mis creencias siempre que sea verdad; tu apoyo material; ¡pero tus ideas, tus consejos...!»

Dijo esto María con tal rigor de expresión y tal brillo de desdén en sus deslumbradores ojos gatunos, que León sintió el frío de una espada en su corazón oprimido.

«¡Nada mío!—murmuró, dejando caer sus miradas al suelo como quien desea morir.

—Nada que venga de tu razón soberbia y extraviada; nada que pueda contaminarme de tu filosofía diabólica,» añadió María, hundiendo su espada hasta la empuñadura. Después de una pausa, León, exhalando un suspiro tan grande como su paciencia, la miró pálido y alterado.

«¿Quién te ha dicho eso?—le preguntó.

—Eso no te importa—replicó María, palideciendo también, mas sin perder su valor.—Ya te he dicho que como sincera católica no me creo obligada á dar cuenta á un ateo de los secretos de mi conciencia religiosa, en lo que se refiere á mis prácticas de piedad. Sabe que te soy fiel; que ni con hecho, ni con intención, ni con pensamiento he faltado al juramento que junto al altar te hice. Basta: con esto acaba mi sinceridad de esposa; es toda la confianza que puedes esperar de mí. Aquella parte de la conciencia que pertenece á Dios, no pretendas explorarla: es un reino sagrado en el que te está prohibido entrar... No me hagas la necia pregunta «¿quién te ha dicho eso?» porque no tienes derecho á recibir contestación.

—Ni la necesito—dijo él.—No tuve jamás la idea de alarmarme porque mi mujer se acercase al confesonario una ó dos ó tres veces al año para decir sus pecados y pedir perdón de ellos conforme á su creencia; pero esto tiene su corruptela, y la corruptela de esto consiste en llevar la dirección espiritual por tortuosos caminos, con cátedra diaria, consultas asiduas y constante secreteo, sostenido de una parte por los escrúpulos de la candidez y de otra por la curiosidad imprudente de quien no tiene familia.

—No, tonto—dijo María irónicamente:—mejor será que yo busque reglas y buenas ideas para mi conciencia en la dirección espiritual de tus tertulias ateas... Por cierto que ya causa enfado la ligereza con que algunos de tus amigos hablan aquí de asuntos religiosos. Te he dicho hace tiempo que nuestras reuniones me iban pareciendo una ostentación escandalosa de malos principios, y al fin llegará un día en que me resista resueltamente á presentarme en ellas. No niego que sean muy respetables algunos de los que vienen á casa; pero otros no lo son: conozco las ideas de algunos.

—¿Quién te las ha dicho?—preguntó León vivamente.

—No sé... Lo que digo es que me he cansado de ser complaciente, de disimular mi disgusto en presencia de hombres que han escrito ciertas cosas, de otros que las han dicho públicamente, de otros, en fin, que no las han dicho ni las han escrito... pero yo sé que las piensan, yo lo sé.

—Mucho sabes tú... Veo que ya se ha fulminado la sentencia contra nuestras tertulias. Detrás de esa sentencia vendrán otras.»

Y por una aberración natural del dolor que suele quebrarse en su curso sombrío, estallando é iluminándose con el brillo engañoso de un júbilo apócrifo, León rompió á reir.

«Pues sí: tus tertulias son muy cargantes—dijo María algo turbada.—Son muy perjudiciales, porque entre una frase política, otra de música, otra sobre inventos y alguna sobre historia, ello es que nuestro salón es una cátedra de ateísmo.

—Sería una cátedra de buenas costumbres si se bailara y se murmurara. En mi salón no se hablado nunca de ateísmo ni cosa que lo valga. ¡Reposa en paz, oh conciencia pura, conciencia infantil! ¡Feliz criatura, que piensas cumplir tus deberes con la práctica externa llevada hasta el desenfreno y adorando con fervor supersticioso las palabras, la forma, el objeto, la rutina, mientras tu alma sola, fría, inactiva, sin dolores ni alegrías, sin lucha y sin victoria, se adormece en sí misma en medio de ese murmullo de sermones, de toques de órgano y del roce de vestidos de seda que entran y salen!... ¡Te crees perfecta, y ni aun tienes el mérito de la vacilación contenida, de la duda sofocada, de la tentación vencida, del placer sacrificado! ¡Qué fácil y cómoda santidad la de estos tiempos!... Antes el lanzarse á la devoción significaba renuncia pronta y radical de todos los goces, abdicación completa de la personalidad, odio á las glorias vanas del mundo, desprecio de la riqueza, del lujo, de las comodidades, para quedarse en los puros huesos y espiritualizarse y poder pensar mejor en las cosas del Cielo; significaba el vivir absolutamente la vida del espíritu hasta el delirio, hasta la embriaguez, y el rico envidiaba al pobre, el sano pedía á Dios que le enfermase, y el limpio quería cubrirse de asquerosas llagas. Esto era una aberración si se quiere, mas era grande, sublime, porque la abnegación y la humildad son las virtudes que menos se desvirtúan por la exageración; esto era como un suicidio, el único suicidio disculpable, el delirio, la enfermedad del sacrificio; pero ahora...»

León dirigió á su mujer una mirada abrumadora de elocuencia y desdén.

«Pero ahora... las reglas de la beatitud exigen óbolos abundantes, eso sí; exigen asistencia metódica á los templos, ceremonias ostentosas; pero se trata á las personas según su rango: al pobre como pobre, al rico como rico, es decir, permitiéndole que lo sea, siempre que no niegue su ayuda á ciertos intereses. Sí: las devotas de hoy asisten al culto, se mortifican en cómodas sillas-reclinatorios, rezan sobre cojines y limpian con sus colas el polvo de las iglesias. No se les pide más que la mañana; y las noches son libres para bailar, ir al teatro, cubrirse de piedras y de raso, asistir á las tertulias y banquetes de los ricos, aunque sean judíos ó protestantes, ostentarse en los paseos, acicalar y perfeccionar con el arte su belleza para perder á los hombres... ¿pero qué importa? Satanás se ha vuelto tonto... ha transigido, está viejo ya, y no sabe lo que hace.

—¡Qué groseras burlas!—dijo María algo confusa.—Según tú, yo estoy en pecado mortal porque visto bien, voy al teatro... Parece que hablas de lo que no entiendes. Estos ateos son la gente más tonta del mundo.»

No estaba enojada: prueba de ello es que con un movimiento cariñoso pasó la mano por la barba de su marido.

«¿Creerás que me has confundido con tu charla, queridito?... Pues has de saber que si me visto bien y voy al teatro, y alguna vez al baile, es porque tengo permiso para ello, es porque puedo hacerlo sin desmentir mi piedad. Quien sabe más que tú de tales cosas me ha tranquilizado sobre este punto, haciéndome ver que como mujer casada no puedo romper los lazos que me unen á la sociedad...

—Sí: esa, esa es la consigna, yo lo sé...—dijo León riendo.—Divertíos todo lo que queráis, con tal que...

—Tus reticencias son blasfemias... Calla, idiota... ¡Si te convencerás al fin de que no sabes más que sandeces!

—¿Sandeces?—dijo León sonriendo y tomando entre sus dedos la barbilla de su mujer, que era un prodigio de redondez y gracia.

—¡Cómo me voy á reir de tí, cuando al fin, con la eficacia de mis oraciones, de mi fe, de mi piedad, consiga del Señor...! ¿Te ríes? Pues no te rías. Otros ejemplos más extraños se han visto. Sé algunos casos que si te los contara te pasmarían.

—Pues no me los cuentes,—dijo León moviendo á un lado y otro la cara hechicera de su mujer, cogida siempre por la barbilla.

—Sí: hay casos que parecen increíbles, casos de hombres malvados que se han convertido... y tú no eres malvado...

—¿Todavía no he sido declarado malvado...? Descuide usted, señora, que todo se andará. Gracias por la buena opinión que allá se tiene de mí... todavía.»

María se abalanzó á él, y estrechando con vigor su cabeza, le besó en la frente.

«Tú vendrás al lado mío—le dijo,—y serás católico ferviente, como yo, y me acompañarás en mis dulcísimas prácticas religiosas...

—¿Yo?

—Sí, tú. Tú vendrás á mí. ¡Qué feliz seré entonces!... ¡Te quiero tanto!...»

¡Y qué hermosa estaba, qué hermosa! León sentía sobre sí el efecto irresistible de belleza tan acabada en rostro y figura, de aquellos ojos en que algo se veía semejante á la inmensidad turbada y resplandeciente del mar, cuando se mira el fondo para descubrir un objeto perdido. Separóse de él María, y en pie delante de un espejo, alzó las manos para soltarse el cabello. Las guedejas negras cayeron sobre sus hombros, que no podían compararse propiamente al frío mármol, sino á la más hermosa carne humana, pues también hay carne de Paros; á eso que el misticismo llama barro y ha servido al divino Artífice para tallar ciertas estatuas mortales que parece no necesitan de un alma para tener vida y hermosura.

«¡Qué linda!—exclamó Roch, hundido en su sillón como un estúpido,—¡Cada vez más linda!»

Después de culebrear en derredor del espejo, María entró en su alcoba. León puso su cabeza entre las manos y estuvo meditando largo rato. Tenía fiebre. Después se levantó airado consigo mismo ó contra alguien.

«¡Necio de mí!—exclamó con su voz más íntima.—Una esposa cristiana quería yo, no una odalisca mojigata.»

XV Un convenio como los que la diplomacia llama «modus vivendi.»

Pasó un rato. De pronto, María lanzó un grito agudo, desgarrador. León fué corriendo á la alcoba y vió á su mujer incorporada en el lecho, con los brazos tendidos, los ojos extraviados.

«León, León—dijo con espanto.—¿Eres tú? ¿dónde estás? ¡Ah! ya te veo... Abrázame... ¡Qué horrible pesadilla!»

León procuró tranquilizarla, y no tardó la dama en sosegarse con la apreciación de la realidad, medicina de los desvaríos de la imaginación.

«¡Qué sueño!... Figúrate... soñé que te habías muerto y que desde lo más hondo de un hoyo negro me estabas mirando, mirando, y tenías una cara...! Después aquello pasó... Estabas vivo; querías á otra... Yo no quiero que quieras á otra.»

Encadenó con sus brazos el cuello de su marido. «¿Qué hora es?—preguntó.

—Tarde. Duerme otra vez, que ya no tendrás más pesadillas.

—Y tú, ¿no duermes?

—No tengo sueño.

—Entonces vas á velar toda la noche. ¿Qué haces? ¿Lees?

—Medito.

—¿Piensas en aquello que hablamos?

—En aquello y en tí.

—Eso, eso: piensa mucho en las verdades que te dije, y así te irás preparando sin saberlo... Me parece que oigo campanas tocando á fuego.»

Los dos escuchaban. Oíanse ladridos de perros, que en aquella zona de Madrid, donde por cada casa hay diez solares vacíos y solitarios, suelen reunirse para buscar despojos de cocina en los vertederos. Oíase asimismo el lejano chirrido de las ruedas del último tranvía, y también el ritmo metálico, tenue, seguro, invariable del reloj de León en el bolsillo de su chaleco. Todo se oía menos campanas.

«No es todavía hora de tocar á misa—dijo él.—Duérmete.

—No tengo sueño, no quiero dormir—replicó María echando atrás su cabeza.—Me parece que he de volver á verte en el fondo del hoyo, mirándome. Tú te reirás de esto. ¡Qué sandez! ¡Mirar y ver después de la muerte quien cree y afirma que con la vida se acaba todo!

—¿Te he dicho yo eso alguna vez?—manifestó León con enfado.

—No me has dicho eso; pero yo sé que eso es lo que tú piensas; yo lo sé.

—¿Por qué? ¿Por dónde lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?

—Yo lo sé; yo sé lo que tienen en el fondo de su cabeza ciertos filósofos; lo sé todo; y tú eres de esos. Yo no leo tus obras porque no las entiendo; pero quien las entiende las ha leído.»

Apartóse León de su mujer vivamente afectado. Dió algunos pasos para salir de la alcoba; pero retrocediendo bruscamente, volvió al lado de María, le tomó una mano, y con voz severa le dijo:

«María, voy á pronunciar la última palabra, la última... He tenido en este momento una idea que me parece salvadora; idea que si es aceptada y practicada por ambos, nos sacará de este infierno.»

Sobrecogida de emoción y respeto al ver la gravedad con que su esposo hablaba, María no supo decir nada.

«En dos palabras te expondré mi idea... ¡Proyecto feliz!... no sé cómo no me había ocurrido antes... Es lo siguiente: yo me comprometo á sacrificarte mis estudios y mis tertulias, te sacrifico la noble amistad de los libros y de los amigos. Mi biblioteca se tapiará como la de D. Quijote, y en nuestra casa no se volverá á oir ni siquiera un concepto sospechoso, ni una observación mundana y ligera sobre las cosas más graves del espíritu, ni se hablará de ciencias ni de historia; en una palabra, no se hablará de nada.

—¡Qué felicidad!—dijo María incorporándose para besar las manos de su marido.—¿Es cierto que me lo prometes y me cumplirás lo que me prometes?

—Te lo juro por lo más sagrado. Pero no cantes victoria antes de tiempo. Ya comprenderás que no se hacen concesiones de esta clase sino á cambio de otras. Ya te he dicho mi parte; ahora falta la tuya. Yo te sacrifico lo que llamas estúpidamente mi ateísmo, cuando es cosa muy distinta; sacrifícame tú ahora lo que llamas tu piedad, muy problemática por cierto. Para que nos entendamos, has de renunciar á las devociones diarias é interminables, á confesar todas las semanas con un mismo Padre, á poner todo tu espíritu en los accidentes teatrales del culto. Irás á misa los domingos y fiestas, y confesarás una vez al año, sin previa elección de sacerdote.

—¡Oh! es mucho, es mucho—dijo María, moviendo sobre la almohada su linda cabeza cual si á sí misma se compadeciera por la deplorable mezquindad á que sus piedades quedaban reducidas.

—¡Mucho, te parece mucho, tonta! Bueno: aumentaré mi parte. Te concedo más: te concedo que si reduces tus visitas á la iglesia, iré á ella contigo.

—¡Irás conmigo!—exclamó María saltando bruscamente en el lecho como un pez recién sacado del agua.—¿Es verdad lo que dices?... Tú me engañas.

—Iré, sí; iré... los domingos.

—¿Nada más que los domingos?

—Nada más.

—¿Y confesarás una vez siquiera cada año, como yo?

—Eso...—murmuró León.

—¿Vas á decir que no?

—Eso no... ¡Oh! tú pides demasiado de una vez. Mi sacrificio es inmenso, mientras el tuyo es insignificante. Te desprendes de lo superfluo, quedándote con lo justo y razonable; te arrancas las feas tocas de mojigata para mostrarte con toda la belleza de mujer cristiana. Esto no es sacrificio: el mío sí que es grande, doloroso, pues poniendo á tus pies mis estudios y mis amigos, te pongo delante lo mejor de mi vida para que lo pisotees.

—Pero no es bastante, no—dijo María con abandono.—¿Qué te importa dejar de leer, si piensas, piensas, y pensarás siempre lo mismo? Me acompañarás á la iglesia por fórmula; entrará tu cuerpo, y tu alma se quedaré en la puerta; y cuando veas alzada la Hostia sagrada en las manos del sacerdote, soltarás dentro de tí una carcajada diabólica, si no es que estás pensando en los insectillos que ves en el microscopio, y que son, según tú, la causa del sentir y el pensar en nuestra divina alma.

—No me hacen efecto tus burlas... Conozco el origen de esos juicios ridículos. Yo te prometo una asistencia respetuosa y una atención sincera... ¡Ah! me olvidaba de otra particularidad. También has de sacrificarme... bien lo merezco... la residencia en Madrid. Nos iremos á vivir á otra parte. Elige tú.

—Mucho pides... ¡qué abuso!—exclamó la dama con entonación de un niño mimoso.—¿Y qué me das tú? Una farsa de catolicismo, una máscara de fe puesta sobre tu cara de incrédulo. No, León, no puedo aceptar.

—No hay salvación para mí,» exclamó León golpeando su cabeza con ambas manos.

Transcurrido un instante de agitación muda, miró fríamente á su mujer, y con solemne acento le dijo:

«María, nuestra separación es inevitable. Yo no puedo vivir así. Dentro de unos días todo se arreglará definitivamente. Tú te quedarás en esta casa ó irás á vivir con tus padres, según quieras; yo me marcharé al extranjero para no volver jamás, jamás.»

Se levantó. La dama piadosa á la moda le tomó las manos, y estrechándolas contra su seno, rompió á llorar.

«¡Separarnos!—murmuró sollozando.—Tú estás tonto... ¡Ingrato!»

María Egipciaca sentía por su marido un afecto semejante al que él sentía por ella. Podría existir un abismo, un divorcio absoluto entre sus almas; pero ¡separarse!... ¡dejar de ser marido y mujer!...

«Mi resolución es irrevocable,—afirmó con entereza León.

—Acepto, acepto todo lo que quieras.»

Y más tarde, después de algunas horas de sueño, volvió á oirse el grito de espanto y la explicación de la pesadilla.

«¡Qué horrible visión! Ahora me he visto á mí misma muerta, y mirándote desde el fondo del hoyo negro y profundo... Estabas abrazando á otra, besando á otra... ¿Pero es ya de día? Ahora sí que suenan campanas.»

En efecto: oíanse chillonas y discordes las esquilas colgadas en las torres de esa multitud de barracas enyesadas que en Madrid llevan el nombre de iglesias, dando testimonio así de la religiosidad de este pueblo.

«Llaman á las primeras misas—pensó María.—Me muero de sueño... ¡á dormir!... Dan las ocho y siguen tocando, siguen llamándome... No, no puedo ir; he dado mi palabra... ¡Jesús, las nueve! Perdón, perdón, campanitas de mi alma: no puedo ir hasta el domingo.»

XVI De Crematística.

Vinieron los días de la dispersión de las gentes. Hostigado por el calor, Madrid era un hormigueo de impaciencias buscando dinero. El oro subía como cuando hay guerra, y menudeaban en la Bolsa las pequeñas operaciones, lo mismo que si hubiera aumento de negocios. No pocas familias apretaban el dogal atado á su cuello por las dilapidaciones del pasado invierno; y otras, no teniendo ni siquiera dogal, se consolaban encareciendo las ventajas y encantos del verano de Madrid, que supera, con sus paseos y embelesadoras noches, al verano triste y eremítico de los pueblos circunvecinos. Veranear en Pinto ó Getafe es como invernar en el Escudo ó en Pajares.

Los Tellerías eran de esos que por nada se quedan. También ellos se iban, contra todo fuero y razón de la aritmética, y dando al traste con toda ley económica. Pero obligada á estirar hasta lo imposible la primavera, la Marquesa decía que el tiempo era aún tolerable, que en el Norte llovía mucho y hacía frío. No teniendo motivos para prorrogar su viaje, sino antes bien, razones poderosas para acelerarlo, León fijó día en la primera semana de Julio. Pero la víspera de la fecha marcada, un suceso trastornó los planes de todos. Ya sabían los hijos del Marqués que su hermano Luis Gonzaga estaba enfermo. Gustavo y León sabían algo más: sabían que le devoraba un mal muy terrible, perseguidor y verdugo de la juventud contemporánea; mal que se aviene con las naturalezas débiles ó extenuadas por las pasiones y el estudio. Como según los informes de los Padres de Puyóo, la enfermedad de Luis hallábase en grado incipiente, no habían dicho nada á la Marquesa, esperando que ésta sabría la verdad por sí misma al hacer la visita acostumbrada al establecimiento durante la temporada de verano. Pero inopinadamente cayó sobre la casa como un rayo de la ira celeste, un aviso del Rector anunciando que Luis Gonzaga había entrado de súbito en un período alarmante, y que... «deseando el joven ver á su familia, saldría al siguiente día para Madrid en el tren expreso.»

Absortos y afligidos quedaron todos, y más aún cuando al otro día vieron entrar al infeliz joven, que tan claro mostraba en su persona el sello de la traidora dolencia, parecido á un espectro con sotana. Su cara ofrecía, á pesar de estar ya como agostada por el frío beso de la muerte, gran semejanza con el rostro hermoso y vivífico de María. Ya se sabe que eran gemelos y que se parecían todo lo que puede parecerse un hombre á una mujer, sólo que la joven, con su aparente lozanía, aventajó siempre en vigor y en representación física á su hermano, harto afeminado desde la infancia.

Barbilampiño y endeble, se le creería nacido para el sacerdocio y para la contemplación de las cosas espirituales. Sus ojos, que por lo verdes y expresivos eran como espejos en que se reflejaba la propia mirada de María Egipciaca, estaban rodeados ya de un cerco obscuro. Durante su niñez y juventud había vivido siempre abrasado por una fiebre constitucional, con la cual iba tirando como si fuera un estado fisiológico. Ahora, cuando la solución se aproximaba, su fiebre era un rescoldo interior que le consumía. La holgada sotana negra y floja marcaba, al sentarse y al andar, los duros ángulos del esqueleto: su voz parecía el eco de quien está hablando en algún rincón invisible y profundo, donde las corrientes de aire suspenden, entrecortan y apagan el sonido, haciéndolo oscilar como el chorrillo de una gotera.

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