SEGUNDA PARTE
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I Si el tiempo lo permite.
El cielo estaba en revolución, ni limpio ni obscuro, por un lado azul y risueño, por otro ceniciento y torvo. Creeríase que en él iban á dar una gran batalla la cerrazón y la serenidad, pues una y otra se miraban desde contrapuestos horizontes, amenazándose y disputándose palmo á palmo el campo azul. El sol, neutral en esta disputa, alumbraba á ratos la tierra, y á ratos se escondía dejándola en glacial penumbra. Sin embargo, el gentío de la Plaza de Toros no temía que descargase el mal tiempo. Era una tarde como la mayor parte de las de Marzo y Abril en el suelo madrileño, arisca y ventosa; pero con más amenazas que malicias, más polvo que agua, amagando mucho y no haciendo nada, antes que á remojar botas atendiendo á levantar faldas y á arrebatar sombreros.
La Plaza estaba llena y triste. Excepto en cortos ratos, toda ella era sombra. Más triste que nunca era entonces la alta armazón de hierro pintado de color de plomo, arquitectura industrial que no se acomoda bien con el carácter desordenado, chillón, embriagador y maleante de la fiesta española. La uniformidad de los trajes que crece de día en día, con perjuicio de la estética, daría al público el aspecto de una congregación de personas sensatas reunidas en patriótico meeting, si no trastornaran el cuadro las voces, que ora son murmullo impaciente, ora roncos bramidos de pasión, ira, deleite, frenesí, hórrida música de aquella ópera sangrienta cuya letra ó drama está en el redondel.
Los pañuelos de crespón van siendo cada vez más raros: con todo, algunas manchas rojas y amarillas mariposeaban aquel día sobre la gran mancha obscura del público, y los abanicos animaban con su constante aleteo las largas filas de hombres y mujeres. Los tendidos de sombra, y especialmente el célebre número 2, centro de muchachos alegres y bulliciosos estudiantes, presentaban un gentío espeso, con alineación apretada como la de los granos de una mazorca. Más claros los de sol, daban cabida á los inquietos grupos de la gente jornalera, á los paletos, á un centenar de gandules cuyas maneras y traje parecen la exageración más grotesca de la caricatura del torero, á infelices artesanos que van á buscar en aquella orgía de impresiones fuertes un descanso á la insulsez metódica del trabajo. La esclarecida sociedad de los mataderos, de las carnicerías, de las fábricas de curtidos, los industriales del Rastro y los mercaderes de la Cebada, hervían allí como potaje en el fuego, y su murmullo, unido al cascado son de un cencerro, daba la impresión de andar por allí un animal que relinchaba coceando. Como el chisporroteo de la fritanga de sangre que está puesta á la lumbre y bulle y apesta, así salía de allí un lenguaje germanesco y nauseabundo. Lanzaba su ronca imprecación la lucha, que insolente y procaz se abría paso entre el gentío, dejando atrás un olor complejo de almizcle y cebolla; y el zafio ganapán á quien Naturaleza dió el empleo de lavar tripas de cerdo, porque no sirve ni servirá para otra cosa, hacía de su mano un caracol, lo ponía en la fiera boca, y por él arrojaba con el vaho del aguardiente un chorretazo de injurias á la Presidencia, donde sin duda estaba algún edil de la capital de España, el Gobernador ó quizás el Presidente del Consejo.
La delantera de gradas ofrecía un espectáculo mejor. Allí había no pocas mantillas blancas prendidas en hermosas cabezas, donde lucían, tan propiamente cual si en ellas hubieran nacido, rosas y camelias, quier blancas como leche, quier como sangre rojas. Las entretenidas, con su aire especial, característico, y que parece un aire de familia, su lujo chillón y su belleza comúnmente provocativa, ocupaban buena porción de la vasta hilera, codeándose aquí y allí con otras hembras de virtud no ya dudosa, sino completamente juzgada. Había caras de peregrina belleza, otras que querían fingirla de impropia manera con aplicaciones de blanquete, carmín y corcho quemado. Honradas familias de la clase media se mostraban también allí, en doméstica fila que empezaba por el padre (comerciante, bolsista incipiente, jefe de negociado, contratista de tocino para los Asilos de Beneficencia, comandante de infantería, magistrado cesante, barítono de zarzuela, agente de exhortos, habilitado de Clases pasivas, notario, profesor de piano, en fin, lo que se quiera hacer de él), y acababa con el más pequeño de los niños, alumno en San Antón, y de trecho en trecho se observaba la figura nacional de la chula rica, guapa hembra, vistosa, generalmente gorda y con cierta hinchazón de matrona romana unida á la desenvoltura de la maja castiza; orgullosa de sus ojos negros y de sus anillos que aprietan la carne enchorizada de sus dedos; esparciendo á un lado y otro miradas altivas; queriendo dar á entender que es muy señora, que tiene mucho dinero, que su prendería de ricos muebles, ó su carnicería ó su casa de préstamos son un segundo Banco Nacional, y que mientras ella viva no pasará necesidades éste ó el otro de aquellos feos circenses que están abajo, ya de verde y oro, ya de amaranto y plata, con los bárbaros trastos en la mano y el corazón ardiendo en heroísmo. Hay en la fofa gordura de estas mujeres y en su aspecto de hartazgo, en su mirada altiva y á veces cínica, mayormente si son tratantes en ganadería humana, un no sé qué de la depravada estampa de Vitelio, Otón ó Heliogábalo; sólo que suelen perder el color al oir el morituri te salutant.
Tras de la delantera, cuatro grandes filas de gente modesta, dominando el género entretenido al género honrado. Mujeres equívocas, personas sencillas, feas, bonitas ó insignificantes llenaban la grada en la región de sombra. En los palcos de arriba había también mantillas blancas, algunas sobre caducas cabezas, otras en lindísimos tipos de juventud y elegancia; claveles llenos de rubor, jazmines salpicados sobre pelo, ojos negros y azules, rosas blancas, pestañas como mariposas, labios rosados, un mirar voluble como el cabeceo de las florecillas agitadas por el viento, sonrisas que enseñaban dientes de marfil, y el imprescindible abaniqueo, lenguaje mudo, charla de mil colores, que es embeleso mareante en las grandes reuniones de gente española, lo mismo en los palcos de un teatro que en los balcones de las calles, cuando hay procesión ó parada, cuando entra un Rey ó sale á relucir una Constitución nueva. Veíanse caras ajadas que á la legua revelaban el empeño de no querer parecerlo; otras fresquísimas que se escondían tras el abanico al empezar la nauseabunda suerte de varas; mucho lujo, una atmósfera de elegancia que se creería emanaba del modo de vestir, del modo de mirar, del modo especial de ser bonita ó de no serlo, y que se extendía á todos los objetos, compañeros ó accesorios de semejante gente, desde la flor hasta el blanquete, desde la guedeja rubia que el aire hacía temblar sobre la sien, hasta el medallón atento á las palpitaciones del seno, y el guante cuyas costuras reventaban con el aplaudir de las manecitas.
En los palcos abundaban los grupos de hombres solos, todos de negro, con los codos en la barandilla, el sombrero encasquetado; nada de resabios manolescos en el vestir, pero sí un lenguaje entre parlamentario y chulesco, do aparecían revueltas, como berzas y flores en una cesta de compra, las frases de discurso, los conceptos agudos y los voquibles que tienen el picor de la cantárida y la sonoridad del escupitajo. Era un lenguaje fútil y escéptico como el de quien no cree ya ni en los toros, y con la puntería de gemelos atisbando arriba y abajo, á la corrida y á las damas, coincidían comentarios brutales sobre algunas de éstas. Virtud y volapiés se confundían en una sola crítica, y llegaban juntamente al oído, como el oro y el cobre entrando juntos por la hendidura de un cepillo. Una misma boca expelía juicios técnicos sobre la brega y casi con las mismas palabras descabellaba á una familia.
Allí había hombres que en los días feriados se ocupan en hacernos leyes, y otros que diariamente nos surten de decretos y reglamentos; aristócratas empobrecidos, plebeyos llenos de dinero, ricos primogénitos de provincia, toreros recogidos, viejos bien conservados, algún extranjero curioso. Pero lo más florido de la juventud adinerada campaba en las localidades de barrera, sitio predilecto del dilettantismo, donde tiene su asiento un ilustre senado de señores cuyos nombres engalanan las páginas de la historia patria, de jóvenes á quienes no falta cultura ni aun talento, de periodistas que suelen mojar su pluma en la sangre abrasada del toro para escribir una especie de prosa, impregnada, como la atmósfera del tendido de sol, de un heterogéneo tufillo de ajos crudos, almizcle y aguardiente.
Estaba en el circo Sacristán, arrogante bestia de Aleas, berrendo en negro, bien armado, de muchos pies, querencioso. Al clamor olímpico que acogió la fiereza de su primera embestida al caballo, unióse bien pronto un susurro de descontento, y todas las miradas ¡cosa inaudita! se apartaron del redondel, por cuya arena ensangrentada un espectro de caballo paseaba sus tripas, como la cometa sin aire pasea su rabo antes de caer en la tierra... Siguió adelante la suerte, y las gotas seguían cayendo; pero al fin, cuando Higadillos, vestido de grana y oro, los trastos en la acerada mano, brindaba delante de la Presidencia, vióse un movimiento general, una gran agitación del público. Levantábase la gente; aquí gritaban, allá gruñían, y en los tendidos oscilaban las cabezas y se entrecruzaban los brazos y zancajeaban las piernas. ¡Paso, paso, dispersión general! Horrible trueno retumbó en los aires, y al mismo tiempo, cual si se abriera una catarata en las negras nubes suspendidas sobre la Plaza, empezó á caer agua, ¡pero qué agua!... una lluvia gorda, torrencial, formidable, que azotaba con tremendos latigazos.
Espantoso fué el desorden, y la ira y el buen humor lanzaron de consuno imprecaciones y agudezas. En los tendidos, el más fuerte se abría paso á codazos, y el más ligero saltaba sobre el obeso, y la mujer pedía auxilio, y el chico berreaba, y la cabeza de la chula parecía esponja, y la gorra del hombre cabeza de tritón. Abriéronse aquí y allí algunos paraguas que chocaban unos contra otros, enganchándose con sus uñas de murciélago.
En el redondel, los toreros mojados seguían lidiando, y el animal, acobardado y huído, no estaba de humor de bromas. El agua quería lavar y no dejar huella de la sangre. Los caballos moribundos aspiraban con anhelo el aire húmedo que refrescaba su agonía. Era imposible seguir la corrida: llovían banderillas de agua; apenas se veía de un lado á otro de la Plaza. Sonó de pronto el cencerro de los pacíficos cabestros, y Sacristán, siguiéndoles, se fué al corral.
El público, huyendo del agua como se huye de un incendio, se aglomeró en los pasillos, que no podían contenerlo, á pesar del gran desahogo del monumental circo. Las escaleras estaban obstruídas. Como nadie se atrevía á salir mientras la lluvia no cediera, la enorme crujía circular era un gran barril de sardinas mojadas. No cabía ni una cabeza más. Las mujeres sacudían sus mantones, y los hombres maldecían á las nubes, y otros pedían su dinero. ¡Qué gritos, qué risas, qué agudezas, qué patadas, qué sacudir de sombreros chorreando agua, qué de estornudos y escalofríos!
Algunos jóvenes abonados á barrera trataban de abrirse calle á codazo limpio para ganar la escalera y subir á los palcos.
«Vamos arriba—decía uno de ellos.—Creo que está León. Nos cederá su coche, y que se vaya con el Ministro.
—Y si él no está nos iremos en el coche de la de Fúcar... Pero, señores, hagan el favor... Anda, Polito, ¿por qué te quedas atrás?
—¡Cascarones! aguarda... ¿no ves que me ahogo? Si estoy como una sopa... Déjame que tome una pastilla de brea... ¡Qué plancha! ¡qué corrida!»
A duras penas, molestando á muchos y oyendo quejas, lograron subir á los palcos. También arriba era grande el jaleo, porque como la dirección oblicua de la lluvia inundaba la mitad de los palcos de la Plaza, la gente de éstos buscaba abrigo en el corredor.
«Allí está León. ¡Eh! ¡León!—dijo Polito acercándose á un grupo donde había diputados y algún ministro.—¿Nos cedes tu coche?
—Sí... tomadlo... no me hace falta.
—¡Bravísimo! ¡chúpate esa! ya tenemos coche... abur.»
Y entre los hombres se veían señoras en parejas, en grupos, en bandadas, que esperaban el buen tiempo para tornar á sus carretelas. Allí todo era buen humor, risotadas, observaciones agudas, porque semejante público, si asiste con gozo á las corridas, no se enoja por una suspensión que tanto contraría á los de abajo. Lo imprevisto les seduce más que lo anunciado, y siempre harto de goces, anhela los cambios bruscos y las situaciones raras. Además, la lluvia no es cosa insoportable para quien tiene coche.
«¡Cómo estará esa pobre gente de los tendidos!—dijo una dama que en compañía de otra y de un señor mayor salía de su palco.—Tienen razón al pedir que se les devuelva el dinero. Han pagado asiento para ver la corrida y no para mojarse. Sin embargo, como es función de Beneficencia...»
Detuviéronse luego las dos damas para contestar á los saludos de tanta y tanta gente conocida.
«¡Qué chasco!... ¡Qué corrida!... Es delicioso... ¿Y usted se va? ¿Pues qué, se ha mojado usted?... Piden que les devuelvan el dinero... ¡Cuánto se habrá alegrado Higadillos, que estaba muerto de miedo!... Parece que ya afloja... Pero la Plaza está inundada... Yo me voy...»
La dama que quería irse tocó ligeramente el brazo de un caballero que estaba en el grupo de los hombres de pro, mucho banquero, mucho diputado, algún ministro.
«¿Vienes á comer?
—Iré—replicó León.—¿Pero ya?... He quemado mis naves... me he quedado sin coche.
—Ven con nosotras—dijo la dama tomando el brazo que le ofrecía León.—Yo no tengo paciencia para esperar más.
—Llueve mucho... Será preciso esperar á la puerta, y el turno de los coches será largo.
—No importa. Vámonos.»
La otra dama les seguía, tomando el brazo del galán viejo.
«Yo te hacía en Suertebella. Como me dijiste que no venías hasta la semana que entra...
—He venido esta tarde, porque me escribió papá anunciándome su llegada con un banquero francés, y es preciso disponer algunas cosas en la casa.
—Cuando te ví en el palco pensé ir á saludarte y á preguntarte si has tenido noticias de Federico.
—¿Yo?—dijo la dama con sorpresa y disgusto.—A mí no me escribe ni puede escribirme. Por sus primos sé que pensaba salir de Cuba para ir... qué sé yo á dónde... ¡Oh! no irá á buena parte.
—Y tu niña, ¿cómo está?
—No he querido traerla... la he dejado allá... ¡alma mía! no anda bien, hace días que está delicadilla... ¿Cuándo vas á verla? ¡Cuánto deseo volverme allá! No puedo estar separada de ella... No estaría yo aquí hoy si papá no me hubiera hecho este encargo fastidioso. Vamos á tener en casa una especie de asamblea de banqueros... Ya sabes tú... es para eso del empréstito nacional. D. Joaquín Onésimo te lo explicará... pero más vale que no le digas nada (aquí bajó la voz para que no la oyese el galán viejo que dando el brazo á la otra dama, les seguía de cerca), más vale que no le digas nada, porque nos mareará hablando de la Deuda pública, de la materia imponible y de la amortización de bonos. Ese hombre es un Diluvio administrativo. Papá me ha encargado que le obsequie mucho. Esta noche comeremos los cuatro solos... casi en familia. No quiero ruido. Acostumbrada á vivir en Suertebella con mi hija, la sociedad me fastidia y me pone mala.»
Con gran trabajo abriéronse camino las dos parejas. La multitud mojada que espera la conclusión del llover, no gusta de abrir paso á los afortunados que van en busca de su coche.
«Permitan, señores... ¿Hace usted el favor?...»
Cada súplica de éstas les permitía avanzar unos cuantos pasos. Una vez en el ancho atrio mudéjar de la Plaza, respiraron como el que concluye un largo y molesto viaje. Allí muchas personas impacientes veían el gotear incesante de los ladrillos del alero y alargaban la mano para ver si disminuía el temporal. Unos se arriesgaban con paraguas, otros corrían á los ómnibus. Los coches de lujo aguardaban á sus amos. El de Pepa tomó á las dos señoras y á los dos caballeros, y rodó salpicando barro por la ancha calzada que empalma con la carretera de Aragón. Poco después entraba en el jardín del palacio de Fúcar y en seguida en el vestíbulo cubierto. Era un gran recinto con columnas de escayola y dos enormes candelabros vestidos con fundas, que más que candelabros parecían frailes cartujos. Dejando á un lado la gran escalera de honor, larga y obscura, los señores entraron en las magníficas habitaciones del piso bajo, que eran las destinadas á la vida. Lo alto, es decir, lo más ventilado, lo más alegre, lo más claro, lo más suntuoso y rico, pertenecía al público de las grandes recepciones. Así lo manda la vanidad, gobernadora de la higiene.
II Memorias.—Tristezas.
Aquella noche sólo se sentaron á la mesa, como Pepa dijo, cuatro personas. Gozosa de verse entre amigos, que además de ser buenos eran pocos, la hija del millonario demostró graciosa y discretamente su alegría durante el curso de la comida. Más tarde las dos parejas pasaron á las salas hermosas de aquella parte del palacio donde tenían su asiento las reuniones de confianza. Allí había juntado Pepa á las raras maravillas de arte mil cachivaches de exportación francesa, aliando lo magnífico con lo bonito y lo bello con lo nuevo, tan bien dispuesto todo para mover á sorpresa ó á gozo, que no lo presentara mejor el mismo palacio del capricho. La tertulia en cuarteto se prolongó hasta la hora en que la Condesa de Vera se despidió para irse al Teatro Real, á donde quiso acompañarla D. Joaquín Onésimo. Los otros dos se quedaron solos.
Sentados en un diván rojo al pie de un cuadrito de género, que representaba inmundo muladar poblado de borricos y sucios gitanos (la moda ensalza hoy grandemente y compra á peso de oro esta casta de pinturas), no lejos de un tibor japonés, que tenía por escabel pesada trípode de cabezas de elefante y por corona las hojas peludas de una begonia, estaban Pepa y León Roch, ella muy comunicativa, él cabizbajo y mudo.
«Lo que yo había previsto sucedió—decía Pepa:—Federico, lejos de enmendarse en la Habana, fué de mal en peor. Bien se lo decía yo á papá. Si aquí le comprometió en negocios disparatados y de mala fe, allá, donde parece que la distancia hace peores á los hombres... Me da vergüenza decirlo: no me puedo acostumbrar á la idea de que el autor de ciertas fechorías sea mi marido. En la Habana le fué preciso esconderse y huir, porque los corresponsales de mi padre quisieron meterle en la cárcel... Cuando pienso que una locura ó necedad mía, una ceguera inexplicable, una cosa que no tiene nombre ha traído á mi casa tanta ignominia... Todas las malas mañas de mi marido se derivan del infame, del maldito hábito del juego... pero ¿quién podría luchar con aquello que está en su sangre, en lo más profundo de su alma?... ¡Ay!—añadió después de una pausa, llevándose la mano á los ojos;—te aseguro que he pasado horas de angustia horrible y me he visto en grandes conflictos, porque tenía que ocultar á papá ciertas cosas, y al mismo tiempo me precisaba contar con él para salir de las situaciones apremiantes en que Federico me ponía cuando sus pérdidas eran atroces... En fin, se ha padecido, se ha padecido bastante, señor de Roch. No creo que los corazones sean de fibra y carne y sangre, como dicen los médicos; creo que son de granito y bronce y que jamás pueden romperse, puesto que el mío no se ha roto. Tantas lágrimas han salido de aquí—volvió á llevar la mano á sus ojos chiquitos,—que pienso no tener más para cuando vuelva á ser desgraciada... ¿No se habían de acabar las rarezas y los antojos mimosos de aquellos tiempos? La realidad amansa... vivir es aprender... ¡Dios mío, qué cara me has hecho pagar la formalidad!... Se ha padecido, se ha sufrido mucho, León. Este palacio tan alegre para los demás, está lleno para mí de tristeza. No hay en él un objeto que no tenga en sí, como estampado, un gemido mío. No hay un sitio en que no pueda decir: «aquí lloré tal día; aquí pensé morirme de dolor.» Y si fuera á contarte todo... ¡Ah! no acabaría nunca.»
Pepa indicó con lentas ondulaciones de su mano derecha la inmensidad de cosas que podría contar á su amigo, si quisiera ser indiscreta.
«Pues cuéntamelo todo. ¿No sé ya lo más negro, no sé lo verdaderamente incomprensible, que fué tu casamiento con ese bergante de Cimarra? Que tú, enferma de la imaginación y dañada de atrofia moral, aun siendo buena, cayeras en ese error inmenso, se comprende; pero que consintiera en ello tu padre... Verdad es que cuando subió al poder el partido verdinegro y me hicieron á Federico gobernador de provincia, mi hombre se corrigió y parecía regenerado. Era todo lo que se llama un hombre de importancia. Luego ocupó un alto puesto en el Ministerio de Hacienda... Nadie conocía á Federico en aquel funcionario riguroso, puntual, casi catoniano. Era tal su afán de parecer hombre sesudo y de peso, que hacía reir. Yo creo que tu padre se dejó alucinar por aquella máscara... Además, el amigo Fúcar tendría negocios en Hacienda por aquellos días... Oí hablar de un empréstito sobre la sal, de la incautación de salinas... En fin, Pepa, la verdadera incautada fuiste tú, cayendo en poder de ese bandido. Tus desgracias sucesivas no me sorprendieron. ¡Cuánto te compadecí! Cuando tú te casaste yo era feliz todavía. Después... En resumen, yo conozco lo peor de tu triste historia. Si algo ignoro, no tengas reparo en contármelo.»
Pepa se echó á reir. Dirigiéndose luego á su amigo con ademán de maestro que va á echar una reprimenda, le dijo:
«Pero me hace gracia tu frescura... Siempre estás «cuenta, cuenta, cuenta,» y tú no me cuentas nada. Y no es porque falten en tu casa magníficos capítulos, y grandes dramas y hasta poemas, sino porque eres un guardador de secretos que no tiene igual. Ya sabes tú tragar, tragar amarguras sin que lo sepa nadie... pero yo estoy muy enterada de lo que pasa en tu familia: sé que María y tú no os veis más que en la mesa, y eso no todos los días. ¡Oh! si tú eres discreto, tu suegra no lo es; responde á todo lo que le preguntan... ¿Y Polito? Ese dice lo que hay y también lo que no hay.»
León suspiró. Conteniendo la risa, ó dicho más propiamente, ocultándola con su abanico, Pepa dijo á su amigo:
«Tienes una familia deliciosa.»
Después estuvieron los dos largo rato sin decir nada, contemplando las pintadas flores de la alfombra. En el palacio solitario y sin ruido alguno, había una atmósfera de tristeza y como de somnolencia que convidaba á la meditación. Pepa se levantó, dando algunos pasos por la estancia, como quien busca la fórmula de algo muy importante que en la mente bulle y hormiguea queriendo ser dicho. Ya sabe el lector que no era guapa; ¿para qué hemos de repetir esto, que por lo desagradable cae dentro de los dominios del silencio? Pero no hay cosa mala que no tenga algo bueno, ni mujer que no tenga algo bonito. Además, Pepa no carecía de encantos, y para algunos teníalos en grado eminente; sus ojos eran de buen efecto, resultando éste de la pequeñez combinada con la viveza y con cierta expresión sentimental y cariñosa. Lo más característico en ella era el pelo rojo y abundante y la tez blanca y clorótica, que la hacía parecer una imagen de alabastro y oro. Delgada y un poco huesuda, atenuábase este defecto con la buena proporción de miembros y con su encantadora ligereza de andares. Bajo su volubilidad de lenguaje se escondía la gravedad de su pensamiento. No parecía orgullosa, y sus maneras, algo rebeldes á la etiqueta, tenían no sé qué lenguaje de franqueza muy propicio á la amistad. En sus caprichos y excentricidades había variado tanto desde que la vimos en los baños de Iturburúa, que casi no parecía la misma. Ese gran domador que se llama la desgracia, había blandido mucho su látigo sobre ella, y de tantas fierezas apenas quedaban pasajeros resabios.
Después volvió á su asiento, y durante algunos instantes observó con atención respetuosa la fisonomía inteligente y melancólica del hombre que había sido su amigo de la infancia. León estaba profundamente abstraído, como un matemático que bucea en insondable mar de cálculos.
«¿En qué piensas?» le dijo Pepa interpelándole repentinamente.
Necesitaríamos tres capítulos para decir lo que pensaba León en aquel instante.
«En nada—repuso con afectada indiferencia:—en miserias y farsas del mundo.
—No puedes arrancar de la memoria á tu querida mamá política—dijo Pepa riendo.—¿No vas á sus reuniones? Las ha empezado con gran lujo al llegar la época de alivio por la muerte de Luis Gonzaga, ocurrida siete meses ha, si no me engaño. Tengo presentes las principales fechas de tu familia. No creas... van adquiriendo fama esas reuniones.
—Ya lo creo... adquirirán fama.
—Me dijo el Conde de Vera que anteanoche les dió de cenar admirablemente... ¿Qué pensabas tú, que tus suegros no habían de dejar bien puesto el pabellón de Tellería?... Ya ves... hay familias que no saben qué hacer del dinero...»
Los dos rompieron á reir. Pasando bruscamente de la risa á la pena, León dijo:
«Deja ese tema, que me hace daño.
—Tu suegra ha encontrado la piedra filosofal—añadió Pepa inexorable.—Debes estar orgulloso de tener en tu familia una doctora tan consumada en eso que Valera llama la Crematística... Por cierto que he sabido... por los criados se saben cosas muy saladas... ellos se cuentan todo unos á otros... ¡Oh! un detalle graciosísimo. ¿Te lo cuento?
—No, por favor.
—Vamos, que te lo cuento.
—Lo adivino... que el día de la gran cena no tenían qué comer... que hubo un escándalo en la casa porque llegó cualquier abastecedor ó confitero con una cuenta de veinte ó treinta duros... Todo eso me es conocido... es el entremés de todos los días.
—Pero no sabrás los escándalos de la de San Salomó con Gustavo en la misma casa de tus padres políticos. Me ha dicho Vera que se les ve siempre solos en un ángulo del salón, charla que charla con mimo y secreteo, con una impudencia, con un descaro... Así lo dicen... Quizás sea calumnia. ¡Se miente tanto!...
—¡Tanto!
—¿Y qué has oído del poeta?—añadió la de Fúcar con sagaz malicia.—¿El Marqués no te ha hablado de él? Este inspirado vate, cuyos versos no hablan más que de cándidas palomas, de iris de paz, de la familia cristiana, de la cumbre del Sinaí ó de Siná, de las vírgenes del Señor, de ansias pías, de azul empíreo, del querub tartáreo, de arroyos parleros, y de la... alma virtud; este egregio poeta cristiano tiene por Beatrice á tu adorada suegra...»
Pepa no podía contener la risa.
«Ella es la que le inspira esas cosas tan divinas, tan evangélicas, tan por lo metafísico que escribe... A mí me carga lo que no puedes figurarte. Es un tipo. Leer sus versos y después hablar con él, es como caer desde las nubes al fondo de un pozo de cieno. No hay sólo dramas en tu familia, hay también sainetes.
—Por Dios, Pepa, no me martirices—dijo León mostrando deseos de marcharse.—Ya sabes que no puedo acostumbrarme á ciertas cosas que otros ven con indiferencia cuando no pasan en su propia casa. No pasan en la mía, pero sí en la de personas que al nombrarme me llaman hijo. Esto me abruma... Yo no puedo vivir aquí. Decididamente me voy, me voy...
—¿A dónde?
—A cualquier parte. Sólo me falta un pretexto: lo buscaré. Ya sé que mi destino es vivir solo, sin familia... yo no puedo tener familia... Pues bien, viviré solo: no hay cosa mejor que la soledad...
—¿Te vas fuera de España?—preguntó Pepa, dominando su emoción.
—No sé aún...
—¿Nada te llama aquí?...
—No, no saldré de España. Parece que después de lo que ocurre en mi casa y de la soledad en que vivo, nada debiera interesarme, y sin embargo, basta que me considere ausente de Madrid para sentirme lastimado. Tengo amigos...
—Voy á proponerte un hermoso retiro—dijo Pepa con agitación.—¿Sabes que junto á Suertebella, casi tocando á Carabanchel Alto, se alquila una casa preciosa?
—Junto á Suertebella...—murmuró León gozando mentalmente con esta idea.—Lo pensaré; veré la casa.
—Allí puedes dedicarte al estudio. Nadie te molestará... Es tan bonito aquello... ahora que están crecidos y verdes los trigos... ¡Si vieras cuántas amapolas...! Se ve nuestro parque, el de Vista-Alegre, y después llanadas preciosas, por donde vienen á veces las ovejas... La casa está bañada de sol y luz... Si vieras qué alegre... y luego tan chiquitita, tan proporcionada para una sola persona... ¡Qué magnífica sala para estudiar, para andar á bofetadas con los libros y entretenerte con papeles, con apuntes, con números, y para clavar alfileres á los pobres insectos!... ¡qué bien estarás allí! Los amos de la casa son personas discretas, pacíficas, honradas... y luego hay un silencio, un silencio, una paz...»
Pepa cruzaba las manos y las apretaba mucho para expresar la intensidad de aquel silencio, de aquella paz.
«No te darán muy bien de comer; pero tú no eres gastrónomo. El día en que quieras comer bien, irás á casa. No tienes más que bajar á la corraliza, abrir una puerta... dos pasos...
—¡Dos pasos!—dijo León, algo extático con aquella acabada pintura.
—Dos pasos, y estarás en la vaquería y después en el jardinillo donde juega Monina.
—¿Donde juega Monina?»
Los dos estaban muy cerca uno de otro, y con la viveza de los ademanes, correspondiente á la animación del diálogo, sus manos daban á veces una con otra como los pájaros que revolotean enamorándose.
«Monina quizás te haga algún ruido mientras estudias; pero tú la perdonarás, ¿no es verdad?»
Al decir esto, Pepa pestañeaba mucho para evitar que se le saliese de los ojos una lágrima.
«Sí, se lo perdonaré... ¡Oh! Pepa, te juro que tengo unas ganas de comérmela á besos...
—Hace quince días que no la ves, bandido.
—Mañana voy á verla,—afirmó León, y de su semblante irradiaba el gozo, como antes la fúnebre tristeza.
—Mañana... ¿De modo que te espero?—dijo Pepa dejando que se inclinara suave y maquinalmente su cuerpo á medida que su codo se hundía en el cojín.
—Sí, espérame... ¿Dices que está delicada tu niña?» preguntó León algo inquieto.
Pepa iba á contestar, cuando entró apresuradamente un criado que acababa de llegar cansado y jadeante de Suertebella. Pepa le miró con terror. ¿Qué sucedía? Una cosa muy sencilla. Que la niña se había puesto repentinamente mala, muy malita.
«¡Dios mío!—exclamó la de Fúcar saltando de su asiento.—Y yo aquí tan descuidada... Corro al instante... el coche... Lola, mi abrigo... Lola... vamos... ¿Pero qué es?... ¿qué ha tenido?... ¿tos seca?... ¿ahogo?... ¿se ha caído?... ¿se ha enfriado?... ¿se ha mojado en el parque?... ¡Pobre alma mía! Un médico... Hay que avisar á Moreno sin tardanza.
—Yo me encargo de eso... Vete tú al instante—dijo León, no menos agitado que ella.—Será un aire, quizás el...»
Y luego añadió con severidad:
«Ya he dicho una y mil veces que hay que tener mucho cuidado... los criados dan á los niños cuanto se les antoja... Quién sabe si la habrán sacado sin abrigo al jardín... Vete pronto, corre, no te detengas... yo haré que vaya en seguida Moreno Rubio. Irá en mi coche... á escape... Quizás no sea nada...»
Pepa salió, y León corrió á casa del médico. No conviene pasar adelante sin declarar que entraba en el palacio de Fúcar como amigo del Marqués, como amigo también leal y verdadero y honesto de Pepa. No frecuentaba sólo aquella casa: frecuentaba otras muchas, llevado por su anhelo de buscar distracción en el ameno trato social y en las amistades honradas. Pero en aquel palacio eran más largas desde algún tiempo sus visitas. ¿Por qué? Alguien habrá que conteste torpe y soezmente á esta pregunta; pero no acertará el que tal responda. En León había nacido, sin que él le diera importancia, un sentimiento excelso, divino, de intachable pureza, cuya explicación se verá más adelante.
III María Egipciaca se viste de pardo y no se lava las manos.
Después de avisar á Moreno Rubio, que vivía en el hotel inmediato al suyo, y de rogarle encarecidamente que pasara sin pérdida de tiempo á Carabanchel, para lo cual le facilitó su coche, retiróse León á su casa resuelto á partir también para aquel sitio con la primera luz del día siguiente. Su casa estaba solitaria, triste, y en ella tomaban exagerado crecimiento las sombras de las figuras y el eco de los pasos. Soñoliento criado le abrió, y el ayuda de cámara siguióle medio dormido hasta su habitación.
«Déjame solo—dijo el amo al criado.—No me acuesto esta noche... Oye, ¿se ha recogido la señora?
—Hasta las once estaba en el oratorio... Voy á preguntarle á Rafaela.
—No... no preguntes nada. ¿Quién ha estado aquí esta noche?
—La señora Marquesa de San Joselito y Doña Perfecta.
—La señora Marquesa de San Joselito y Doña Perfecta,—repitió León como un estúpido.
—Ya se han ido, luego que acabaron de rezar.
—Bueno... retírate. No necesito de tí esta noche.»
El criado se retiró observando en su amo cierto desasosiego y la especial manera de mirar que indica el tormento de una idea fija. Pero un criado no puede consolar á su amo, ni arrancarle sus melancolías por medio del cariño ó de la persuasión, y se fué. León se quedó solo, y arrojado más que sentado en un sillón, con el codo en el velador y la barba entre los dedos, medio cerrados los ojos negros como la más negra noche, pensaba... sabe Dios en qué. Tal era su alejamiento de la vida exterior, que no sintió los tenues pasos de una figura parda que entró sin hacer ruido, y más parecida á fantasma que á mujer, avanzó hasta llegar á él. Al sentirse tocado en el hombro, al volver el rostro y verla, dió León un grito. Es que á veces el estado de nuestro ánimo hace que nos causen terror los hechos más sencillos y las caras más familiares.
«Me has asustado,—murmuró.
—¡Qué extraño! ¡asustarse de mí un hombre tan valiente, un hombre de carácter y de juicio!...» dijo María con el acento rutinario y quejumbroso que había adquirido desde algunos meses.
Vestía la señora una bata de color más bien tirando á ratón que á liebre, y de exagerada sencillez y tosquedad. Estaba algo pálida, con amarillez más propia de desaliño que de mortificación; sus bonitos pies desaparecían dentro de grosero calzado de fieltro, y su cuerpo carecía de contorno y gracia. Sus hermosos cabellos se ocultaban como avergonzados bajo los pliegues de una especie de escofieta de muy desgraciada forma.
Después de mirarle un rato, María dijo severamente: «¡Me tienes miedo!
—Sí: te tengo miedo,—replicó él apartando los ojos de su mujer y fijándolos en el suelo.
—Pues qué—dijo María sonriendo con expresión de desdén y superioridad,—¿tan fea me he vuelto? No creas, me gusta verte temblar delante de mí... Este es privilegio de la humildad, señor mío, de la pobre humildad que hace bajar los ojos á la soberbia.»
Al concluir esta frase, María tomó una silla para sentarse. Bien porque sorprendiera un mohín de disgusto en la cara de su esposo, bien porque creyera sorprenderlo, dijo así:
«¿Te enfada que venga á molestarte? Ya lo suponía. Por lo mismo me quedo. Mi deber es antes que nada. Mi conciencia me exige que te pida cuenta del largo tiempo que estás fuera de casa. ¡Ah! León, tu conducta no es buena. Antes no eras cristiano, pero sabías guardar las apariencias; hoy ni siquiera eso.
—Tú—replicó León fríamente,—haces todo lo posible para hacerme aborrecible mi casa. Tu enfado, siempre que entran en ella los amigos que más quiero, unido al prurito de llenarla con personas que no son de mi agrado; tus frecuentes ausencias... porque tú también te ausentas, y aún más que yo, para pasar el día en las iglesias; el giro que ha tomado tu carácter, pues de cariñosa y amable te has trocado en arisca y regañona, son otros tantos motivos para que yo esté aquí lo menos posible. Esta es una casa de hielo y tristeza que oprime el corazón desde que se entra en ella.
—¡Oh! ¡qué iniquidades dices!—exclamó María mirando con unción al cielo, juntando las manos y llevándoselas á la barba.
—Créelo, mujer; yo no sé ocultar la verdad: tú has hecho de mi casa un antro solitario, árido y obscuro, y yo quiero luz, luz.»
Ante la energía con que dijo esto, María se acobardó un tanto. Después, pestañeando con gran viveza como quien rompe á llorar, dijo:
«No creas que tus brutalidades apurarán mi paciencia. Hace tiempo que me hablas como si yo fuera uno de esos que discuten contigo en los clubs, en los ateneos... qué sé yo cómo llaman eso. ¡Luz, luz! ¿quieres luz?... Muy bien. ¡Pobre hombre! ¿Te cansa al fin la ceguera de tu ateísmo?... ¿Pues qué quiero yo darte sino luz?... ¡Y tú empeñado en que no, en que no, en que has de estar siempre ciego!... Bueno, hombre, no te apures. Muy consolador sería para mí que nos salváramos juntos; pero tú te empeñas en perderte... Por mi parte, hasta el último momento, hasta la hora de la muerte te diré: «León, León, mira que...» ¿Te ríes? También me he acostumbrado á tus risas. Dios me da paciencia, y sabré ser mártir de tus burlas como lo soy de tu desdén y de tu enojo. Ríete de mí todo lo que quieras... búrlate. Si no me importa, si lo deseo; si mi afán, mi anhelo constante es padecer, padecer.
—¡Padecer!—exclamó León con amargura.—No es ciertamente ese mi deseo; pero sí mi destino. Dios ha querido que allí donde creí encontrar paz y amor, encuentre una guerra constante, hastío y tedio. Yo esperé cargar una suave cruz, y cayó sobre mis hombros un madero horrible, que me fatiga, que me anonada, que me hunde.
—¡Y ese madero soy yo! Gracias—dijo María no pudiendo sofocar el mundano despecho que pugnaba por sobreponerse á su misticismo.—Ese madero es tu mujer, soy yo.
—Eres tú. No puedo menos de decirte las cosas claramente. Debo decírtelas.
—Pues arroja, arroja esa carga insoportable—clamó la esposa con nerviosa inquietud, colorado el semblante, animados los ojos.—¡Te peso y no me tiras al suelo... pues mátame, mátame de una vez... Tengo la vocación del martirio.»
León miró con desdén á su esposa y le dijo solemnemente: «Yo no mato... por eso.
—¿Pues por qué? Yo creo que matas por todo... No se mata sólo á puñaladas: se asesina también á disgustos.
—Si se matara á disgustos, María, ya estaría yo muerto y enterrado. Este infierno de fuego lento, este constante disputar, esta recriminación nuestra, motivada por la discordancia radical en nuestro modo de pensar sobre las cosas de la otra vida y aun de ésta, son golpes sucesivos que matan, sí, matan más que el hierro y el plomo. Y este dolor de la separación de dos seres; esto de sentir que dos almas ya casi soldadas se separan, se separan, tirando cada cual de su lado... porque duele, duele mucho, hija... y esto de sentir el hueco solitario y frío allí donde estaba la forma y el calor de la persona amada, y verse solo, solo...»
Profundamente conmovido, León dejó de hablar.
«De esa separación—dijo María,—tienes tú la culpa, tú, por tu carácter rebelde á todo convencimiento, por tu ceguera, por tu obstinación de ateo y materialista. ¿Pues qué he hecho yo sino ofrecerte paz y unión?
—¿Qué has de ofrecer tú, si toda eres espinas, toda sequedad y dureza? ¿Qué ofreces tú sino una paz parecida á la de los sepulcros, la paz de una devoción embrutecedora, rutinaria, absurda? ¡Si en tí no hay verdaderos sentimientos, sino afanes caprichosos, una terquedad horrible y un misticismo árido y quisquilloso que excluye el amor verdadero...! No hables de paz tú, que te has revuelto contra mí, azuzándome y destrozándome el corazón con las garras de un fanatismo feroz... porque me haces el efecto de una arpía que en vez de veneno tiene una cosa que llamas fe, y con esa fe verdaderamente diabólica me has emponzoñado.
—¡Oh!—gritó María dándose apariencia de mártir;—insúltame á mi todo lo que quieras, pero no insultes mi fe; no blasfemes.
—Yo no blasfemo; yo digo que tú, tú sola, has hecho de nuestro matrimonio un grillete de presidiarios. ¡Tú, María, tú! Parece que no es nada, y sin embargo, ¡qué horrible cosa! Cuando nos casamos, tú creías á tu modo, yo al mío; tú tenías tus ideas, yo las mías... Es tan grande mi respeto á la conciencia ajena, que no traté de arrancarte tu fe; te dí libertad completa; jamás me opuse á tus devociones, ni aun cuando empezaron á ser exageradas y á enturbiar la alegría de mi casa. Llegó un día en que te volviste loca, y lo digo así porque no hallo mejor palabra para expresar la espantosa recrudescencia de tu mojigatería desde que murió en tus brazos, hace siete meses, aquí, en mi jardín, tu desdichado hermano, y entonces ya no fuiste mujer: fuiste un basilisco de displicencia y acritud; fuiste una inquisición en forma de mujer; no sólo me martirizabas perdiendo toda amabilidad, haciéndote insoportable con tus pretensiones de santidad, sino que me perseguiste con la necia exigencia de hacer de mí un menguado beatón, un ente irrisorio. Yo procuraba apartarte de tu desvarío por medio de la persuasión; á veces hasta llegué á someterme un poco á tu ardiente capricho; pero tú pedías tanto que era imposible, imposible descender hasta esa santidad de sainete en que caíste. Llegó el momento de proceder con energía: hice esfuerzos sobrehumanos para librarte de tu propio fanatismo, y ya sabes que me fué imposible. He luchado tenazmente contigo; he empleado todos los medios, argumentos de razón, de sentimiento, hasta de fuerza: todo ha sido inútil. Tu espíritu está deplorablemente sometido á una atracción poderosa, irresistible, y vive sujeto á influencias obscuras que yo no puedo vencer. Hay en la sociedad redes subterráneas, alianzas invisibles, lazos que atan, y tijeras que rompen lazos sin que nadie lo vea. No se puede nada contra esto. Me declaro vencido, María. Mi única palabra no puede ser sino un adiós sincero, un adiós que te doy recordando que me has querido, que hemos sido felices algún tiempo. Este adiós es triste, muy triste: no hay esperanza.»
María estaba tan impaciente de hablar, que antes que él concluyera dijo:
«También yo tengo mi capítulo de cargos, y de cargos tremendos. Yo fuí criada en la religión divina y me enseñaron á practicar mi fe sinceramente y con verdad. Me casé contigo, te quise, te encontré bueno y honrado, sin comprender el horrible vacío de tu alma; pero te quise y te quiero, porque mi deber es quererte y respetarte. Pronto empecé á comprender que al enamorarme de tí había cedido á un afecto liviano; que mi elección había sido un desacierto; que tú eras incapaz de verdadera virtud; que mi alma corría grandísimo peligro de contaminarse; que no podíamos entendernos; que tus sabidurías eran muy sospechosas; que á tu lado y dejándome influir por tí y tus pestilentes ideas, podría llegar á ser muy desgraciada y á perder mis creencias... Me puse en guardia. Reconozco que fuiste tolerante conmigo, que nunca afeaste mi devoción ni te burlaste de la fe, como has hecho más tarde. ¡Ah! no puedes negarme que en la libertad que me dabas había cierto desprecio. ¡Sonreías de un modo cuando yo te hablaba de mis devociones...! Pero, en fin, así íbamos pasando. Un día me dije: «Soy una tonta si no le convierto. ¿Por qué no he de encender luz en esa alma apagada?» ¡Oh! entonces me diste á entender que yo era una loca, me diste á entender que éramos locos todos los que creíamos. Tú te sonreías, te sonreías, ¡cómo te sonreías!... y con aquella apariencia de bondad hacías burla de los dogmas sagrados. Tú me decías: «Deja las cosas como están, mujer, que cada cual se salvará como pueda.» Esto me enojaba y me hacía llorar, porque no hay, no hay, repito mil veces que no hay más que una manera de salvarse... Llegaron después aquellos días críticos, lo que yo llamo Semana Santa de mi hermano Luis, los días de la agonía de aquel serafín, á quien Dios permitió que viniese á mi lado por unos días para dirigirme por el camino del cielo... Veo que te irrita este recuerdo. Necio, no puedes olvidar tu humillación en aquellos días, cuando la presencia sola de mi hermano era para tí un motivo constante de remordimientos.»
León no contestó á su mujer ni con una mirada. Encontraba en ella un no sé qué de repulsivo que hacía retroceder sus ojos lo mismo que su cariño.
—Yo también sentí entonces remordimientos, ó mejor dicho, dolor muy vivo de mis culpas, y un afán ardiente de parecerme á aquel ángel, en cuya compañía quiso Dios que yo naciera. Me consideré destinada á un fin tan glorioso como el suyo. ¡Cómo se encendió entonces mi alma en un fuego celestial, puro, muy distinto por cierto de estos nuestros amores! ¡Qué placeres sentí, qué músicas del cielo oí, qué cosas imaginé, qué apariciones ví, qué ansiedades sufrí, qué afanes de ser miserable en la tierra para ser dichosa en el Cielo! ¡Qué ardiente deseo de morirme para gozar una parte siquiera de aquel gozo santo, santo, santo, en que está deleitándose mi hermano Luis! Yo rezaba y soñaba, y mi hermano se me parecía, no sé si en sueños ó despierta, resplandeciente de dicha y hermosura; llamábame á su lado y me repetía las exhortaciones del último instante de su vida... Después, no pasa noche sin que yo sienta su voz en mis oídos... No creerás en esta elevación ni en este ensueño de mi alma, porque estás ligado á la materia y no ves más que con los ojos del cuerpo. ¡Pobre hombre! ¡Pobre puñado de barro miserable! ¡Y es lo que llama el mundo un sabio, porque se ha enterado de cuatro cosas de la Naturaleza que nada le importan á nadie! ¡Pobre y desgraciado hombre! ¡Más desgraciado aún si no tuviera quien intercediese por él, quien pidiese á Dios misericordia para él, para él, que no la merece!
—Gracias,» dijo León secamente; y como su mujer se le acercara, apartó vivamente la mano para evitar el roce del vestido pardo.
El especial olor de aquella lana burda le atacaba los nervios.
«Tu ironía—declaró la esposa,—no me hará retroceder ni vacilar. Sé que tu rebeldía concluirá: me lo dice una voz secreta de mi corazón; me lo dice mi Dios cuando me quedo aletargada pensando en Él; me lo dice el bendito patriarca San José, que es mi amigo, mi abogado, mi patrón amantísimo, cariñosísimo y piadosísimo; me lo dice todo lo que ven mis ojos más allá, en ese cielo esplendorosísimo... Señor—añadió elevando los ojos y cruzando las manos, cuyas uñas no tenían la refinada pulcritud de otros tiempos,—sálvale, sácale de la pestilente secta atea en que ha caído, llévalo á tu gloria, hazle aborrecer sus condenadas doctrinas.»
Siguió rezando en voz baja. Tocándole luego en el hombro, le amenazó con la mano, y en voz muy baja silbó en su oído estas palabras:
«Has de venir á pedirme perdón; te arrojarás á mis pies; me has de rogar con lágrimas y suspiros que te enseñe á rezar; te arrastrarás como yo delante de los altares llenos de polvo, sin cuidarte de que se te ensucien las manos; vivirás como yo en perpetuos escrúpulos de conciencia; creerás que una sonrisa, una mirada, una idea fugitiva son pecados; querrás abandonar todos los bienes del mundo y te deleitarás con el culto constante, con el rezar sin fatiga, con el descuido de todo lo exterior, con despreciar el esmero del cuerpo, con la penitencia... Sí, tú has de salvarte; mis santos patronos no podrán menos de hacerme este favor; intercederán con Dios, y Dios te perdonará, te llamará á sí por mi conducto... ¡Oh! qué triunfo tan grande, qué victoria!»
Aquí alzó la voz, y poniéndose en medio de la estancia en actitud imponente, con la mano alzada, la mirada radiante, la cabeza erguida, exclamó:
«¡Miserable ateo, te salvarás aunque no quieras!»
Mirándola salir, León callaba. El largo padecer iba haciéndole estóico. Tanto se había martillado sobre su corazón, que éste parecía convertido en insensible yunque. Después dejó caer el puño sobre el brazo del sillón con tanta fuerza, que se estremeció ligeramente el piso. Parecía decir: «Ya no más, ya no más».
IV El mayor monstruo, el crup.
Por la mañana muy temprano, León se dirigió en su coche á Carabanchel. Era el aire fresco á causa de la lluvia que no había cesado de caer en toda la noche, y el fango del suelo, como un espejo turbio, reproducía suciamente todos los objetos. Trabajadores de varias clases y carreteros que blasfemaban como señoritos (valga la inversión de los términos de este símil), transitaban por el puente y el camino, cruzándose con arrieros de Fuenlabrada y hortelanos de Leganés ó Moraleja. Por allí arrojaba también Madrid, en aquel amanecer triste, algunos de sus muertos pobres, que eran llevados en hombros hacia San Justo ó Santa María.
Pasado el primer Carabanchel, León traspasó la verja de una magnífica finca, situada en el segundo Carabanchel ó Alto. La posesión de Suertebella es una de éstas que el capital abundante y la paciencia han hecho en las proximidades de Madrid, y sostiene digna rivalidad con las célebres Vista-Alegre, Montijo, Alameda de Osuna, Bedmar en Canillejas. Tenía extenso y frondoso arbolado de olmos, acacias, gleditchias, soforas, con su gran planicie de costoso césped, donde se veían gallardas sequoias, nísperos del Japón, magnolias y otras especies exóticas; magníficas estufas llenas de fucsias y gomeros, helechos arborescentes, cactus y araucarias; corrales poblados de castas diferentes de gallináceas; cuadras donde los caballos vivían como caballeros; establos y pajarera, sin que faltase un poco de ría para pasear en barquichuelo, un tiro de pichón, gruta, estanquillo de piscicultura, hasta algo de ruínas con su imprescindible pincelada de hiedra y musgo.
El palacio, aunque construído de prisa con ladrillo y revoco, era suntuoso y elegante, sobre todo en su parte interior, donde una mano pródiga y muy ducha en elegir reunió cuanto de rico, raro y bonito producen las artes suntuarias de nuestros días. Era de planta baja, constituído por larga serie de grandes salones en fila, decorados primorosamente. Quien haya visto las viviendas de la aristocracia bancaria, comprenderá que no faltaba el salón árabe, obra delicada de Contreras, ni el japonés, ni el gótico-sajón, ni menos el obligado Luis XV. El Marqués de Fúcar se pirraba por todo lo que fuera carácter, y la cosa más bella del mundo no era de su devoción si no estaba absolutamente impregnada por todos los cuatro costados de aquella calidad, que hacía decir: «¡Oh! vean ustedes qué carácter.»
León atravesó uno tras otro aquellos salones anchos, solitarios, vacíos de gente, lúgubres, vestidos de seda como príncipes amortajados, y en su grandiosa capacidad parecía que alguna enorme boca bostezaba. Las alfombras, cuya blandura habrían envidiado los colchones de algunas casas, apagaban sus pasos; los ricos bronces cincelados, que todavía olían á embalaje, y el barniz de los cuadros de almoneda, reflejaban fugitivos rayos de luz, y algún reloj decía su monólogo impertinente, turbando el silencio de aquellos antros cubiertos de joyas. Vió retratos históricos que fruncían el ceño; figuras poussinescas de risueños colores que bailaban en los tapices con pastoril juego; Cristos de extremada amarillez cadavérica en brazos de la Madre Dolorosa; centenares de torerillos, mujerzuelas y chulos de los que crea la moderna escuela menuda de España, y que tanto gustan á los aficionados de hoy; barros graciosísimos y acuarelas representando escenas un tanto libres; gordinflonas ninfas de Rubens y flacos corceles de turf retratados con tanto esmero como se retrataría á Cavour ó á Lord Byron; preciosos gatitos de porcelana, que hacían mimos en el borde de un jarro, y jardineras sostenidas por horrendos hipopótamos, grifos ó cosa semejante.
Vió también criados en cuyo semblante se pintaba la consternación, y criadas que tenían los ojos encendidos de llorar. Algunas palabras rápidas y angustiosas le pusieron al corriente de la situación. Vió después que delante de muchos santos ardían velas primorosas, tan bonitas que parecían hechas por manos de ángeles, y oyó rezos y llantos. Por último, llegó á donde estaba el centro de tanta tristeza, una cámara silenciosa, fúnebre, medio á obscuras. Se acercó, cual si en ella estuviera pasando el hecho más transcendental de la historia humana. Lo que allí pasaba era un dramita, la muerte de un sér pequeño, una catástrofe menuda de esas que no tienen ningún eco en el mundo, porque no le arrebatan ni hombre grande ni mujer útil, pero que llenan de congoja y turbación á las familias. En pos de aquella muerte no vendría orfandad, ni viudez, ni ruínas, ni herencias, ni trastornos, ni siquiera luto; no habría sino un episodio más de la eterna hecatombe de chiquillos con que la Providencia, matándoles en la puerta de la vida, llena de aflicción á las madres. Creyérase que necesita recortar todos los días á la raza humana, codiciosa de crecer demasiado.
Pepa, vestida aún con el traje que llevó á los toros, habíase arrojado en una silla, las manos cruzadas, la mirada atónita. Su desesperación silenciosa causaba vivísima pena á cuantos estaban allí, y los que no podían contenerla se salían fuera á llorar. Junto á ella estaba el lecho, tan bonito, que las hadas no lo fabricaran mejor con sus dedos maravillosos. Era como una canastilla de cañas de oro destinada á ostentar las flores más delicadas: sus cortinas blancas con lacitos de rosa y encajes eran de tanta gracia y belleza, que no las desdeñarían los ángeles para jugar al escondite entre sus pliegues. León se acercó hasta ver la cabeza de la moribunda, que hundía suavemente con su peso la almohadita llena de rizos dorados y de lágrimas.
León sintió escalofríos de pavor y como un puñal partiéndole el corazón al ver á Monina con la cara lívida y descompuesta, los labios violados, los ojos muy abiertos, pestañeantes y lagrimosos, el cuello entumecido, tirante, hinchado por el infarto de los ganglios, y padeció más al oir aquel gemido estertoroso, que no era tos ni habla, sino algo semejante á voz de ventrílocuo, una nota aguda, desgarradora, agria como chirrido de un pito en boca de un demonio y parecida á la inflexión del canto de un gallo, de donde viene, según algunos, el nombre de crup (crow). La vió contraerse sofocada, llevándose los dedos al cuello para clavárselos, con ansia de agujerearse para dar paso al aire que faltaba á su garganta obstruída. ¡Espectáculo horrible! La muerte de un niño por estrangulación, sin que nadie lo pueda evitar, sin que la ciencia ni el cariño materno puedan distender la invisible garra que aprieta el cuello inocente antes blanco como lirio y ahora cárdeno como un pedazo de carne muerta; aquella vida pura, inofensiva, amorosa, angelical, que se extingue de manera trágica, con las convulsiones del criminal ahorcado y el espanto de la asfixia, es uno de los más crueles ejemplos del dolor inexorable que acompaña, como prueba ó castigo, á la vida humana.
En aquella agonía sin igual, Monina volvía sus ojos acá y allá y miraba á su madre y á los criados, como pidiéndoles que le quitasen aquella cosa apretadora, aquella pupa más terrible y dolorosa que todas las pupas posibles. ¡Bárbaro drama de la Naturaleza!
Inmensa era la desolación. Los corazones manaban sangre. Ya de tanto padecer, ni siquiera se lloraba. Por la mente de todos pasaba como relámpago infernal una idea sacrílega: la idea de que no hay, de que no puede haber Dios. León no sabía qué decir, y por un instante sus ojos, aturdidos como los de un insensato, vagaron de la hija á la madre y se fijaron en cosas insignificantes, en el velador lleno de medicinas, en los juguetes sembrados por el suelo, muñecas sucias y sin vestir, caballos sin patas y gatos sin cola. Todos parecían tener en sus caras de pasta tanta expresión de desconsuelo como los seres vivos.
El examen de Monina y el del semblante de Moreno Rubio, que no se apartaba de allí, indicaron á León un desenlace funesto. Pepa le miró llenos de lágrimas los ojos, y con dolor profundo, sin bulla, sin declamación, pudo tartamudear estas palabras:
«¡Se me muere!»
León, por decir algo, afirmó que no había motivo para tanto. Pepa añadió:
«No hay esperanza... Moreno Rubio ha dicho que no hay ya esperanza... que ya...»
No concluyó la frase, porque acometida de una congoja, derramó lágrimas sin fin.
La pena que sentía León era para él desconocida, pena grande y nueva que había estallado y caído sobre él como rayo del cielo. Había conocido á Monina algunos meses antes y encontrado en su angelical travesura placeres inefables. Esto solo no bastaba quizás á explicar que le hirieran tan en lo vivo el padecer físico de una niña que no era su hija, y el dolor de una madre que no era su mujer.
Para que el crup sea más cruel, tiene sus traidores descansos, precursores siempre de una crisis mayor. El infame afloja su dogal para que la víctima respire y vea cuán bueno es el aire, cuán dulce la vida. Después vuelve á apretar hasta que concluye todo. Cuando pasa un violento acceso de tos, suelen venir lo que los médicos llaman falsas mejoras. Bajo la acción del tártaro entibiado, Monina logró expulsar algo de las falsas membranas que se le habían formado en las amígdalas, en la epiglotis y en la laringe. Aliviada un tanto, respiró con holgura y movió con viveza y animación sus ojos. Movimiento general de esperanza y alegría. Pepa acudió á cubrirla y á arreglar su ropa, porque con la violencia de la tos se había desabrigado. Cuando Monina vió á León, gimió con ese lloro displicente y mimoso que emplean los chicos enfermos si ven alguna persona al lado de su madre ó de la enfermera que los cuida.
Es esto en ellos el lenguaje de la envidia, uno de los primeros sentimientos de la criatura en la tierra.
«Alma mía... es León... ¿no le quieres? Pues que se vaya. Vete de aquí, bribón.»
Se oyó un débil gemido que decía:
«Bibón.
—Vete, vete... Voy á castigarle. Hija mía, escupe.»
Pepa le puso la mano en la boca, y Monina, cerrados los ojos, movió los labios para escupir en la mano. Después parecía delirar y decía: «Más, más, más.»
Es la palabra que nunca sueltan de la boca los chicos cuando les están enseñando un libro de estampas, ó pintando muñecos, ó haciéndoles algo que les entretiene. Como nunca se satisfacen, no cesan de pedir más y más. Después, siguiendo en el delirio, hizo un movimiento cuya vista produjo en todos agudísimo dolor. Fué que extendió una mano fuera de las almohadas, cerrando y abriendo el puño como cuando se amasa algo. Así saludan ellos cuando se despiden. Era un ademán de gracia que en aquel momento era un gesto trágico. Transcurrido un minuto, reapareció con más fuerza la tos seca y metálica, la estrangulación, la desesperación convulsiva de la pobre niña y el alarido agudo, semejante el canto de un gallo. El que oye aquel son, cree que una aguja candente le traspasa el cerebro. La niña se ahogaba, se moría. Pepa dió un grito y cayó al suelo sin sentido.
La llevaron á su habitación. León se quedó junto á la niña. ¡Cuántas cosas pensó en un minuto, en un solo minuto! Él mismo se maravillaba de que la pena que sentía fuera bastante grande para llenar por entero su alma, como si la pobre Monina representara todo la que el mundo contiene de risueño é interesante. Después de la muerte de su padre no había notado él que su espíritu se aferrase tan fuertemente á un sér querido en el momento último. Ningún parentesco tenía con la madre ni con el padre de Monina, y sin embargo, sentía lo mismo que si aquel morir doloroso le arrebatara algo que era suyo, muy suyo, íntimamente suyo. Sin duda la madre y la hija se confundían en aquel sentimiento de compasión inmensa, entrañable, que ocupaba su alma, no dejándole hueco para ningún otro sentimiento.
Pocos meses antes del ataque de crup había intimado con Monina, entablando con ella esas amistades que jamás son desinteresadas por la parte menuda, pues exigen frecuentes visitas á la Mahonesa y á casa de Schropp[A]. Muchas veces le aconteció abandonar quehaceres graves sólo por ir al palacio de Fúcar á jugar con la chiquilla. ¡Era tan linda, tan alegre, tan vivaracha, tan sabedora; era tan elocuente y expresiva su media lengua sin gramática!... hacía observaciones tan agudas y mostraba tanto despejo y gracia, junto con tanta amabilidad y dulzura... De poco tiempo databa su amistad; pero en este corto período León había jugado con Monina en todos los juegos de que es capaz un hombre con barbas; habíala paseado en sus brazos; había intentado enseñarla á bien decir, á hacer limosnas, á perdonar las ofensas, á compadecer á los pobres, á no castigar á los animales, á obedecer á su mamá, á responder derechamente á las preguntas, á no llorar sin motivo. Por su parte, él se había acostumbrado á verla sonreir, y difícilmente podía pasarse ya sin aquella sonrisa. ¿Y cómo no adorar tan hermoso lucero, si él estaba rodeado de lobregueces? Monina tenía dos años y un mes; su nombre derecho era Ramona, por su abuela materna la difunta Marquesa de Fúcar. Poco á su madre se parecía porque era muy linda, rubia, con ojos y mirar de querubín, toda seducciones la boca parlera, de cuerpo esbelto y desarrollado, inquieta y saltona como un pájaro. Aquel picoteo suyo haciendo regulares todos los verbos (con lo cual reconstruyen los chicos el lenguaje), seducía. Y si le entraba la comezón de no estar quieta en ninguna parte, circulando como mariposilla y zumbando como abeja, los ojos mareados no podían apartarse de ella. El juego encendía auroras en sus mejillas; la vida parecía rebosar en ella de tal modo, que hablando reía, y andando volaba, y pidiendo castigaba, y enredando decía alguna frase pasmosa, de esas frases absolutamente lógicas con que los niños asustan á los sabios.
¡Qué espantosa transformación! El término de un día había bastado para hacer de aquel conjunto hechicero de inocencia y hermosura un miserable cuerpo enfermo. Bien pronto, de la pobre Monina no quedaría en la tierra más que un objeto marchito un envoltorio ajado y desagradable del que se apartarían los ojos con pena... Esta idea atormentaba á León de tal modo, que no podía resignarse á ella. No, Monina no debía morir: á él le hacía falta aquella preciosa vida. ¿Por qué? No sabía por qué; sólo sabía que en lo más íntimo de su sér había una fibra, un nervio, un hilo doloroso, fijo, clavado, del cual tiraba Ramona al quererse partir para el cielo. Días antes, el tal sentimiento le había parecido superficial, ligero y sin consecuencias; aquel día lo encontraba adherido con fuertes raíces, que si se rompían, ¡ay! arrancarían un pedazo muy grande de su alma.
Pasados unos minutos de meditación, habló con el médico. La invasión de la difteritis traqueal era tan violenta, que no había esperanzas de vida. La niña, según Moreno Rubio, no vería la luz del día siguiente. No había señales de que el tártaro determinase la acción sudorífica y detersiva; que si las hubiera, podría esperarse algo. Atento á cumplir con su deber, Moreno Rubio dispuso aplicar la disolución cáustica sobre la mucosa enferma. Un rato después se vió que el resultado era nulo.
«¿No hay otra cosa?—dijo León, que parecía un muerto.
—El mercurio en fricciones.»
Allí no se descansaba un segundo. El médico inventaba, León disponía con febril actividad, y todos, el aya, las doncellas, los criados, ejecutaban con presteza. Vuelta en sí del accidente que la privara de sentido, Pepa acudió al lado de su hija. No podía estar dignamente en otra parte, sino allí, junto al gran peligro, vigilando las últimas palpitaciones de aquella vida preciosa, y previniendo la sed, el desabrigo, la convulsión, y prodigando cuidados, cariños, agua, besos, auscultaciones, miradas. Se conocía en su semblante el heróico esfuerzo que necesitaba desarrollar para que su dolor de madre no entorpeciera su acción de enfermera. Atenta, cuidadosa, sin distraerse un momento, sin ocuparse de sí misma ni de cosa alguna, toda su alma estaba en el bracito que se descubría, en el golpe de tos, en el sofoco laríngeo, en el grito desgarrador, indefinible, más trágico que todos los gritos trágicos del mundo antiguo y moderno, que á veces se aguzaba como chirrido de metales rozándose sin aceite, á veces se apagaba como un murmullo de tenues notas, como una música, como un lenguaje, como un soliloquio en sueños.
Transcurrieron horas, ¡qué horas! El día pasó como pasa un instante. Llegó la noche. Nadie tenía allí noción del tiempo. Hubo un momento en que no se oía sino un sollozar apretado y suspiros contenidos. Los corazones mujían estrujados bajo una prensa horrible. La angustia habitaba el palacio llenándolo todo. Llenábalo también el olor de la cera ardiendo delante de los santos y de la Virgen. La nena de la casa se moría. Ya ni siquiera se llevaba las manos á la garganta para arrancarse aquello. Iba quedando fatigada, inerte, vencida en la desesperante lucha; su cabeza hacía un triste hoyo en la almohada, cual si fuese una piedra de enorme peso, y sus manecitas no empuñaban la sábana para hacerla trizas. ¡Si al menos el infame verdugo la dejara morir tranquila...! Pero no: aún aflojó la soga para concederle un instante de alivio. En su estado comático, Monina murmuró: «Más.
—Sueña que le estás dibujando muñecos,»—dijo Pepa, que oprimiendo el pañuelo contra su boca como quien se aplica una mordaza, dejaba sus lágrimas correr á chorros por entre los dedos.
Monina llamó á Tachana, una niña con quien jugaba diariamente. Después nombró á Guru, hijo, como Tachana, del administrador de Suertebella.
Vino un nuevo ataque diftérico, que parecía ser el último por su violencia. Pepa lanzó un grito desgarrador.
«¡Se muere, se muere!»
Y se arrojó sobre el cuerpo de la niña, rodeándolo con sus brazos. Presa de un delirio insensato, la madre se llevó las manos á su propia garganta y se apretó como si quisiera estrangularse. Era el movimiento natural, primario, instintivo de la abnegación, queriendo apropiarse el mal del sér amado. Quisieron retirarla de allí; pero no fué posible arrancarla de la cabecera del lecho.
Acercóse León al médico, y le dijo al oído:
«¿Por qué no intenta usted la operación de la traqueotomía?»
Moreno Rubio repuso con voz sepulcral:
«En esta edad es casi un asesinato.
—Conviene intentarlo todo, hasta el asesinato.»
Parecían dos espectros secreteando al borde de sus tumbas.
«¿Usted lo quiere?
—Lo quiero.
—Consultemos á la madre.
—No es preciso: yo lo mando.»
Moreno Rubio alzó los hombros. Después se retiró detrás de las cortinas del lecho, donde había una mesa.
«¡Hija de mi corazón!—exclamó Pepa.—¿Por qué te mueres?... ¿por qué me dejas sola, tan sola como estoy?... ¡Oh! Dios mío, Virgen de los Dolores, ¿por qué me quitáis á mi niña, lo único que tengo?... ¡Monina, Mona!...»
Diciendo esto, la madre no sospechaba lo que trataban León y el médico; no vió que tras de las cortinas brillaba un acero, una herramienta lúgubre, más siniestra que el hacha del verdugo.
«¡Monina, angelito mío, serafín mío!... ¡abre los ojitos, mírame!»
Su pena rayaba ya en fiereza, y el ascua siniestra de su mirada delirante, sus labios secos, pálidos y temblorosos, el nervioso arqueo de sus brazos, todo parecía indicar esa suprema crisis del dolor que da á la madre las convulsiones de la euménide.
«¡Monina, paloma, niña mía!—prosiguió.—Yo me muero contigo; yo no quiero que te separes de mí.»
Y al besarla parecía que quería devorarla.
«Pepa—le dijo León,—vamos á intentar lo último... no te asustes...
—¡Mi hija está muerta, muerta!»
Como si quisiera responderle, Monina dió un violento salto, y en un acceso de horrible tos expulsó un pedazo de falsas membranas. Después quedó otra vez inmóvil y reapareció el gemido estertoroso.
«¡Si se enfría, si está helada el alma mía...!—gritó Pepa.—Doctor, doctor.»
Moreno acudió prontamente.
«Helada no—dijo León tocando á la niña.—Al contrario, parece que suda.
—¡Suda!» murmuró Moreno después de una larga pausa.
Sus manos tentaban á la moribunda, y su mirada perspicaz, acostumbrada á leer las oscilaciones de la vida, se clavaba en aquélla, que después de oscilar se detenía, sin duda para extinguirse en calma.
«Suda,—volvió á decir León.
—Suda,» repitió Pepa con un rugido.
Los tres callaron. Parecía que un débil rayo de esperanza había estallado en medio de aquel grupo, hiriendo al mismo tiempo los tres corazones. Pero no era posible, no.
«Abrigarla bien,» dijo Moreno brusca, imperiosamente, con voz de piloto que manda una maniobra salvadora; y sin poderse contener, soltó un terno terrible.
Seis manos arreglaron la cama de Monina con febril presteza.
León y Pepa miraban á Moreno; pero no se atrevían á preguntarle nada. Más valía dudar, que es algo parecido á esperar. El semblante del médico no indicaba nada claramente, á no ser un vago dudar también.
«¿Sigue sudando?
—¡Oh! Sí.
—¡Sí!
—¡Sigue!
—¡Ahora más!»
Se observaba la ligera humedad de aquella fina piel como si de ella dependiera la continuación ó la ruína del universo existente.
«¿Pero esto no es un síntoma favorable?—dijo al fin León.
—Favorable es; pero aún...
—Ayudemos á la Naturaleza,—dijo Pepa.
—Ella no necesita de nuestra ayuda en el caso presente...
—Pero...
—¿Será posible que...?
—¿Doctor...?
—Todavía nada, nada.
—¡Suda más!
—¡Más!
—¡Hija de mi alma!... ¡Oh! Si vivieras...»
Detrás de la silla en que estaba Pepa, había una imagen de la Virgen Dolorosa con dos velas encendidas. Pepa dió un salto, se arrodilló, se postró, besó el suelo. Durante un rato se oyeron sus gemidos sofocados contra la alfombra. Seguro de que la madre no podía oírle, Moreno acercó sus labios al oído de León y le dijo:
«Si la acción detersiva sigue y llega á tomar importancia, es posible que se salve... Pero sólo hay cuatro probabilidades favorables contra noventa y seis adversas... No digamos nada á Pepa.
—¡Cuatro probabilidades!...—pensó Roch.—Ya es algo... El corazón me dice...»
Y todo su interior se sacudía con un palpitar loco, frenético. Toda la vida humana estaba allí delante de sus ojos, pendiente de un hilo, de un soplo.
Pasó un rato. Pepa volvió junto al lecho. Saltaba de una parte á otra como leona herida. No necesitaba preguntar: bastábale ver las miradas, las actitudes. Había allí algo de extraordinario y novísimo, un como giro total en los inmensos círculos del Universo. Los dos hombres estaban ansiosos, no abatidos.
«¿Qué hay?—dijo la madre.
—Esperanza,—replicó León sin poderse contener.
—Poca,» balbució Moreno.
Pepa cruzó las manos, elevando al cielo una mirada de ferviente gratitud.
«No, señora, no tenga usted grandes esperanzas—dijo el médico.—Esta reacción no es todavía suficiente ni mucho menos. Puede ser una falsa mejoría como antes... Retírese usted á descansar un momento.
—¡Yo descansar!... descansar... ¡cuando mi hija se salva!
—Todavía...
—Suda más,—murmuró Pepa con los ojos tan abiertos, que más parecía aterrada que alegre.
—Sí: suda, y mucho.
—¡Muchísimo!—exclamó la madre, cuya imaginación sobrexcitada agrandaba el fenómeno sudorífico de tal modo, que la humedad de la piel de Monina le parecía un río.—¡Si Dios quisiera, si Dios quisiera conservarme mi tesoro!...
Y se arrodilló junto á la cama. Extendía sobre la niña sus manos sin atreverse á tocarla. Apenas respiraba, temiendo que su aliento turbase aquella bendita reacción. Monina reposaba tranquila, y su respiración empezaba á suavizarse.
«¿Será posible?... Doctor...
—Nada, nada—declaró el inflexible Moreno.—La esperanza es muy exigua todavía. Veremos si sigue...
—¡Oh!... ¡Si la Virgen Santísima se apiadara de esta pobre madre sola! León, ¿qué opinas tú?
—¡Yo!... no sé—replicó León con ansia.—No sé... parece que me dice el corazón... Pero no me atrevo, no me atrevo. Tengo una corazonada... Quién sabe... quién sabe... es posible...»
Pepa se comprimió la boca para no gritar de alegría.
«¡Oh! ¡qué turbación!... ¿Vivirá?... Y si nos engañáramos... y si nos equivocáramos... ¡Dios mío, Virgen mía! ¿por qué me dais esperanza, si luego me habréis de dejar sin mi único tesoro, sin lo mejor de mi vida, de mi casa, de mi alma?»
Dió varias vueltas como persona inquieta, desasosegada, demente, que no sabe qué hacer.
«Recemos, recemos—dijo al fin.—La Virgen me ha oído... Le rogaré más, más y más, hasta que me quede sin sentido. Recemos, León; ¿por qué no rezas tú también?
—También rezo,—replicó León inclinando la frente.
—¿También tú, tú?... Todo el que llama con fervor y humildad será oído. ¿De qué modo rezas tú?»
Y tomándole el brazo le impulsó con energía hacia la imagen iluminada. En aquellos momentos de frenesí, la fuerza muscular de Pepa era prodigiosa.
«Como tú quieras,» dijo León, que no era dueño de sí mismo.
Él no se dió cuenta de cómo se dejó llevar, de cómo puso una rodilla en tierra, de cómo alzó los ojos exclamando con voz conmovida: «Señor, que no se muera Monina. ¡Es lo único que amo en el mundo!»
¡Una niña que se muere, una madre que se desespera, un hombre que cae de rodillas y reza á su modo!... Voy creyendo que es tontería contar estas cosas que nada tienen de particular.
V La madre.
¡Qué horas las de aquella noche! En ellas no pasaba nada, y, sin embargo, transcurrían llenas de interés, como los años de la historia preñados de pasmosos acontecimientos. La excitación nerviosa de Pepa era tan grande, que parecía tocada de locura; llorando reía, y sus palabras entrecortadas, sueltas, incoherentes, anunciaban el extraordinario desvarío de su alma, vacilante entre la desesperación y la esperanza. A veces temblaba como una vieja decrépita; á veces iba de aquí para allí como una niña que no sabe lo que hace.
Y Monina, después de expeler mayor cantidad de falsas membranas, seguía sudando copiosamente. Aquel sudor semejaba un rocío del cielo. El color amoratado de su rostro iba desapareciendo, y en sus mejillas alboreó ligero tinte rosado. Daba alegría ver cómo apuntaban las flores de la vida en aquello que había sido yermo de muerte. Su respiración era blanda, y en sus labios mudos, ligeramente dilatados, apuntaba también el capullo de la más hermosa flor de la infancia, que es la risa. No se podía verla sin esperanza: no era posible desechar aquella esperanza que se apoderaba del alma como una inspiración del cielo. Aclaraba el día cuando Moreno se volvió hacia Pepa y le habló así:
«Ya es hora de poder decir algo positivo.
—¿Sí?
—Mi hija...
—Pues la niña—añadió el médico estrechando la mano de Pepa,—está fuera de peligro. Una reacción sudorífica, precedida de la expulsión de las membranas, nos la ha salvado. León quería intentar la traqueotomía... La disolución cáustica, obrando sobre la mucosa, nos ha devuelto la joya que creíamos perdida.»
Pepa le besaba las manos, llenándoselas de lágrimas.
«No he sido yo, señora: ha sido la Naturaleza, y el tártaro y la disolución cáustica... en una palabra, la Naturaleza sola, ó mejor dicho, Dios solo. Ahora es tiempo de que yo descanse un poco.»
Después de dar breves instrucciones, se retiró. Pepa se había quedado muda. La alegría no le permitía decir nada. Se puso á rezar, estuvo en oración más de media hora. León estaba junto al lecho, apoyada la frente en las manos. De pronto sintió una voz que le llamaba. Miró y vió á Pepa junto á él.
«¡Qué día y qué noche has pasado!—le dijo ésta.—Horas de ansiedad, de muerte, y después de alegría. Tú no eres padre; si lo fueras, ¡bienaventurados tus hijos!... El interés que has mostrado por esta niña de una familia amiga, pero extraña, de una familia que no es la tuya...
—Ese interés es un cariño irresistible, que aun aquí no puedo explicarme. Paréceme una aberración, una locura.
—¡Locura!... eso no. Yo quiero que ames á mi hija. Mira, León: si vivo mil años no olvidaré estas horas en que tanto ha padecido y trabajado mi pobre alma, y lo que menos olvidaré será aquel momento, que fué el más solemne y crítico de esta noche, y aquellas palabras que oí y que están en mi memoria como si las hubieras estampado con fuego.
—No sé qué dices.
—Ni yo tampoco—replicó la de Fúcar inclinándose hacia León.—Creo que la alegría me ha vuelto demente... Noto en mi cerebro no sé qué aberración ó desquiciamiento... ¿Pero es verdad que tengo á mi hija?... ¿es verdad que conservo á este ángel para que me acompañe en mi soledad?»
Miró á la niña, y acercándose despacio la besó en la frente con mucho cuidado para no turbar su tranquilo sueño. Cuando se volvió hacia el amigo, éste pudo observar una extraña iluminación en los ojos de Pepa.
«Estás muy excitada—le dijo.—Debes acostarte y dormir un poco. ¡Pobre madre! Has padecido mucho desde anteanoche.
—Mucho—repitió Pepa.—He padecido mucho; pero no ha sido sólo ahora, sino antes, antes... Estoy familiarizada con el padecer.
—Cálmate... tienes calentura.
—Pues como te decía—indicó la dama pasando bruscamente de una indecisión sombría á una claridad sonriente,—no olvidaré jamás aquellas palabras... «Señor, que no se muera Monina. Es lo que más amo en el mundo.» ¡Lo que más amas en el mundo!»
León bajó los ojos.
«Yo agradezco mucho que quieras á mi hija de ese modo—dijo Pepa pronta á llorar.—Al fin no soy yo sola quien la quiere... Eres un buen amigo, amigo mío desde la infancia... Siempre te he apreciado, y ahora más que nunca... En fin, al ver el interés que has tomado por mi niña, interés verdadero, profundo; al ver esto, siento un deseo irresistible de romper un silencio que me ahoga, de quebrantar un secreto que no cabe en mí, y decirte que...»
Dejó caer desplomada su cabeza sobre el hombro de León, y lo regó con abundantes lágrimas. El no decía nada. Sentía el peso de aquella cabeza y el calor de aquel aliento y la humedad de aquellas lágrimas, y callaba torvo y reconcentrado en sí mismo. Parecía que la dama lloraba sobre una piedra.
Un sentimiento de dignidad ó de pudor estalló súbito en el alma de Pepa. Incorporándose ruborizada, lanzó una exclamación que parecía significar: «¿Qué estoy haciendo?... ¡Esto es un escándalo!»
«Pepa—dijo León estrechándole cariñosamente una mano.—Tu niña se ha salvado. Yo me retiro.»
En aquel momento sorprendióles una voz fresca, argentina, angelical, una voz del cielo que gritaba: «Mama, mama...»
Pepa se la comió á besos. Monina resucitaba, pedía chicha (carne), melutita (merluza), bichichi (roast-beef), cayamelo (caramelos), panimiteca (pan y manteca), todo junto, todo á un tiempo, todo en gran cantidad, y después de esto, no sabiendo más nombres, pedía cosas. Con esta palabra compendian los niños su insaciable deseo de posesión. Es el vocablo sintético de su codicia y de su gula.
VI El Marqués de Fúcar recibe nuevos favores del Cielo.
Desde entonces la enfermedad de Ramona no ofreció cuidado, y conocido en Madrid el buen término de ella, llenóse el palacio de amigos que corrían á felicitar como antes habían ido á compadecer. Hay gentes que viven así, felicitando y compadeciendo todo el año, y que se morirían de tedio si no hubiera muertes y bautizos, carruajes y tarjetas.
León partió á Madrid cuando los blasonados coches empezaban á entrar en el parque de Suertebella. A medio camino volvió para advertir que no olvidara de dar á la convaleciente una medicina que ordenó el médico. Esto le inquietaba tanto, que en todo el día no cesaba de decir para sí: «¡Si la levantarán antes de tiempo... si no la abrigarán... si echarán demasiado cloral en el jarabe... si le darán golosinas...» Aquella tarde despachó en su casa varios asuntos, hizo luego algunas visitas indispensables, y por la noche se retiró temprano. No vió á su mujer, ni su mujer hizo por verle á él. A la mañana siguiente tomó el camino de Suertebella, donde una grata sorpresa le esperaba. El Marqués de Fúcar acababa de llegar, acompañado de un ilustre extranjero, el Barón de Soligny, el gran Fúcar de la nación vecina; hombre que andaba olfateando las naciones en busca de esos negocios enormes, fáciles, que nacen más espontánea y frondosamente en el seno de los pueblos desgraciados. Del mismo modo crecen ciertos árboles en los terrenos muy cargados de basura. No tardaría en venir de Madrid el Sr. D. Joaquín Onésimo, ya Marqués de Onésimo, llamado á toda prisa por Fúcar para conferenciar sobre el proyectado empréstito nacional.
León encontró al Marqués muy pensativo y un si es no es preocupado, vacilando entre la tristeza y la alegría, cosa difícil de explicar, porque los negocios más arduos no alteraban jamás la pasta dulce y blanda de aquel carácter enteramente mundano. Al hablarle de la enfermedad de Monina y de su milagrosa curación, D. Pedro, que amaba entrañablemente á su nieta, se mostró muy gozoso; después miró al suelo, frunciendo ligeramente el ceño, se sonrió un poco, volvió á ponerse grave, y tomando á León del brazo y llevándole á otro aposento, le dijo:
«Hay que preparar á Pepilla para una mala noticia.
—¿Mala noticia?
—Sí; y digo mala por... qué sé yo por qué. Realmente, la noticia de una muerte, quienquiera que el difunto sea, es una noticia deplorable.»
Y el Marqués revolvió sus bolsillos llenos de papeles, sobres de cartas, tarjetas, todo cubierto de números trazados rápidamente con lápiz en el vagón, en el hotel, en el coche.
—Aquí está el parte... Es un acontecimiento terrible: el naufragio de un vapor americano entre Puerto Cabello y Savanilla... Los periódicos de aquí no han dicho nada todavía; pero mi corresponsal de la Habana... ¿Ves el telegrama?... vapor City of Tampico.»
León palideció al leer.
«De modo que Pepa...
—Pst... silencio... Puede oir, y no está preparada. Efectivamente, mi hija se ha quedado viuda.»
León Roch estaba perplejo.
«Aquí, en confianza de amigos—dijo Don Pedro acercando sus labios al oído del joven para hablarle secretamente,—aparte de lo lamentable de la catástrofe, es una suerte, para mi hija y para mí. Si Federico vuelve á Europa, acaba con ella y conmigo. Parece que Dios ha querido resolver de un modo trágico y brusco la situación comprometida en que mi querida hija se puso y me puso á mí casándose con ese perdido, jugador, falsario. Aquí tienes un capricho de la niña que á todos nos salió muy caro. Mira, León, hazme el favor de cerrar esa puerta para que podamos hablar con libertad: me carga el secreteo.»
León cerró la puerta.
«Usted—dijo éste,—es el más á propósito para darle la noticia.
—No habrá más remedio... Entre paréntesis, no creo que el dolor de Pepa sea muy grande, ni aun creo que sea un dolor pequeño... será más bien una sorpresa dolorosa... menos tal vez. Aquí entre los dos (y diciendo esto bajó mucho la voz, á pesar de estar la puerta cerrada), yo creo que Pepa quiere á su marido lo menos que se puede querer á un marido: ¿me entiendes tú? Puede ser que sus sentimientos hacia ese chalán de alto vuelo corran parejas con los míos, y yo no oculto á nadie que le aborrezco, que le aborrecía con todo mi corazón... Pepitinilla no derramará muchas lágrimas... ¡qué demonio! es muy posible que no derrame ninguna...»
El Marqués se frotó las manos una contra otra, como hacía siempre que remataba un gran negocio. ¡Ah! la Hacienda pública temblaba en lo profundo de sus arcas hueras cuando sentía aquel fregoteo de manos.
«Ha sido una suerte, una verdadera suerte para ella y para mí—repitió cual si hablara consigo mismo.—La Providencia nos ha salvado... ¡Ah! ¡vampiro! No te contentaste con saquearme en Madrid, sino que levantaste todos los fondos de mi corresponsal de la Habana. No te contentaste con falsificar aquellas letras para sacarme los treinta mil duros que tenía en Londres en casa de Fergusson Brothers, sino que cuando te enviamos á Cuba aún abusaste de mi nombre... ¡Maldito, execrable juego! Pero Dios castiga... Dios no consiente que los pillos...»
Con un puño cerrado machacaba en la otra mano abierta. Después, como si volviera en sí, recordando el deber que imponían la dignidad humana y la caridad, dijo:
«Pero ha llegado el momento de perdonar. Yo perdono de todo corazón. Su castigo ha sido terrible. ¡Qué espantosos son los incendios de esos buques americanos! Después que los hacen de madera, tienen la poca aprensión de cargarlos de petróleo... Ya se ve... En el incendio y naufragio del City of Tampico no se salvaron más que dos grumetes y un cuákero loco. Federico se había embarcado en él para ir á Colón con objeto de pasar á California, tierra propicia á los aventureros; había sacado de la Habana todos los fondos que tengo allí... ¡Qué sabiamente atajó la Providencia sus criminales pasos! Luego diréis los librepensadores que Dios es demasiado grande para mezclarse en nuestras miserias. Yo digo que se mezcla, yo digo que se mezcla, ea... Conviene no exagerar: no sostendré yo que Dios esté siempre atento á tanta cosilla como se le pide. Ya ves, mi hija llenó de velas de cera la casa cuando Moninilla estaba enferma... Se expidieron memoriales á todos los santos. Ya tendrían faena los de arriba si hicieran caso de las madres siempre que un chico tose ó tiene calentura. Pero los grandes crímenes, las grandes estafas... ¡oh!...»
León no quiso decir nada sobre aquella donosa interpretación de los trabajos de la Providencia.
«En fin—añadió Fúcar,—bastante ha deshonrado mi nombre, bastante ha mortificado á la tontuela de mi hija... Séale la tierra ligera, séale el agua ligera... Hay una cosa que nunca he podido comprender, que siempre, siempre, siempre será un misterio para mí.
—Lo adivino—indicó León prontamente.—El por qué se casó Pepa con Cimarra. Ella es bondadosa, tiene ingenio, sensibilidad. Federico fué siempre un perdido sin corazón, y bastaba hablar con él media hora para comprender la podredumbre y el vacío horrible de su alma.
—Exactamente... ¡Ah! Yo reconozco que eduqué mal á mi hija. Pepa ha variado mucho: lo que yo no supe hacer, lo ha hecho la desgracia. Pero hace cuatro años era tan caprichosa... en fin, tú bien la recuerdas... Verdaderamente, sin su buen corazón, sin aquel corazón de oro, mi hija hubiera sido una calamidad, lo reconozco... ¡Pero qué alma la suya, qué sentimientos tan elevados, qué manantial de ternura bajo las apariencias de versatilidad y mimitos que no eran más que las burbujas, las burbujas, no encuentro otra palabra, de su espíritu rico en dones morales! Te digo una cosa que es para mí como el Evangelio. Mi hija casada con un hombre de bien, discreto, agradable, á quien ella hubiera amado de veras, habría sido la mujer por excelencia, habría sido modelo de esposas, de madres...
—Lo creo,—dijo León poniéndose sombrío.
—Y al considerar esto—añadió Fúcar cruzando los brazos sobre el pecho,—me explico menos su preferencia por Cimarra, y digo preferencia, porque no encuentro otra palabra; ni se justifica su casamiento por el efecto que hace siempre en las mujeres una buena figura; y aunque Cimarra era lo que se llama un hombre hermoso...
—Seguramente.
—Pues á pesar de eso no me explico... En Pepilla no hubo esa ilusión, esa fascinación... ¿cómo decirlo?... A mí me pareció muy mal su preferencia; pero no quise oponerme, no tuve valor para oponerme. Siempre he tenido esa debilidad... Cuando Pepa era niña, me daba latigazos y yo me reía. Ya siendo mujer, me gastaba un millón en cacharros, y yo... me reía también. Cuando Federico me pidió su mano, cuando la consulté sobre esto y me dijo que aceptaba... no tuve gana de reir; pero consentí, ¡qué había de hacer! La verdad es que Pepa no me pareció muy enamorada; pero... En fin, que se casaron en un día infausto. Me gasté más de cien mil duros en la boda. ¡Qué día! Por las calamidades que cayeron después sobre mi, paréceme que en aquel día negro se casó todo el género humano. Mi pobre hijita fué desgraciada desde entonces. Diríase que la infeliz estaba devorada interiormente por un mal muy agudo, un mal moral, un mal físico, un mal de no sé qué clase. Entróle un delirio espantoso por las fiestas, por el lujo... ¡qué desvarío! ¡qué muchachas las del día! Se casan para divertirse más, para gastar más, para aturdirse más. Lo particular es que ni aun en los días de la luna de miel ví á Pepa cariñosa con su marido. «Eso es casarse con un maniquí,» decía yo. A veces estaba mi hija taciturna, á veces borracha... no encuentro otra palabra, borracha de fiestas, de bailes, de novedades, de vestidos. Todos los días necesitaba algo nuevo; pero ni las maravillas de Las mil y una noches hubieran vencido su tristeza. ¡Pobre niña loca!... Por supuesto, de Federico no hacía más caso que de una silla. Le trataba como se trataría á un idiota. Amigo León, éste es un mundo muy raro. Debiéramos decir de él que es un valle de equivocaciones.
—Lo cual no niega, sino antes bien afirma, que sea un valle de lágrimas.
—Exactamente. Pues como decía, llegué á preocuparme seriamente de la salud y aun de la razón de mi Pepilla. Felizmente fué madre, y de la maternidad data su regeneración. Dejó de ser casquivana y gastadora... Se consagró al cuidado de su hija y adquirió aquel aplomo, aquella noble majestad... no hallo otra palabra mejor... aquella noble majestad que ves en ella. Precisamente cuando mi hija fué madre, empezó Cimarra á ser el más canalla de los hombres. Tú sabes, como lo sabe todo Madrid, sus infamias, sus estafas, sus escándalos. Ese gandul me ha quitado diez años de vida. ¡Cuántas lágrimas ha derramado mi pobre niña aquí, en este mismo despacho! Cuántas veces me ha dicho: «¡Perdón, perdón, papaito, por haberte dado por hijo á ese bandido! Yo estaba loca, yo no sabía lo que hacía.» Mi yerno me arruinaba; pero mi hija me daba besos y me pedía perdón. «Váyase lo uno por lo otro,» decía yo... En fin, todo ha concluído... Dios... la Providencia... Es preciso que tú la prepares para recibir la noticia.
—¿Yo?
—Sí: tú tienes arte... Yo no sabría sino llegar y decirle: «Pepa, tu marido se murió...» Tú vas, coges un periódico y haces como que lees y dices: «¡Qué espantoso naufragio!»
—Yo no, yo no. Permítame usted que no hable de naufragios. Eso corresponde á usted ó á otra persona de la familia.
—Hombre, hazme el favor... Tú eres amigo antiguo.»
Abrióse la puerta bruscamente y entró Pepa con alborozado semblante y fresca sonrisa. León Roch tembló al verla, creyendo hallar en su persona una hermosura superior, que instantáneamente se le revelaba, causándole alegría. Era un fenómeno de júbilo y sorpresa, como los que causa el recuerdo feliz cuando viene á la memoria, ó la idea inspirada cuando aparece en el entendimiento, llenándolo de claridad. La miró un rato sin hablar, y... no podía dudarlo... aparecía rodeada de una aureola; no era la misma para él: sus insignificantes facciones, sin cambio alguno visible, se acomodaban por arte milagroso al tipo indeciso de la mujer ideal.
«A tiempo vienes, Pepitinilla.
—Papá—dijo la Marquesita,—Monina se ha despertado. Ven á verla. Buenos días, León.
—Mira, chica, León tiene que hablarte... quiere leerte no sé qué periódico donde ha visto...
—Es broma de D. Pedro. Yo no he leído nada...
—¡Qué día tan hermoso!—dijo Pepa acercándose á la ventana, por donde entraba un sol espléndido.—Mira, León: ¿ves allí entre los árboles un techo?... Es la casilla de que te hablé. No sabes, papá: este ladrón anda buscando un lugar solitario para retirarse de las vanidades del mundo. Yo le he recomendado la casa de Trompeta, ¿sabes? allí donde vivió el cura de Polvoranca.
—Es hermosa, sí... á dos pasos de casa... ¿De veras te vienes á estos barrios?... Realmente, chico, si buscas un escondrijo para dedicarte á roer libros...
—No sé aún, no he decidido—dijo León mirando con estupor el techo que allá á lo lejos, entre los árboles, se veía.—Pero vamos á ver á Mona.
—Vamos.»
Pepa salió delante.
«¿Con que está mi hombre aburridito?—dijo Fúcar al joven en tono de confianza jovial, poniéndole la mano en el hombro.—Ya sé que tu mujer... ¡Deplorables resultados de la exageración! Y si no, ahí tienes: la piedad es una virtud; pero exagérala, ¿y qué resulta? el horror de los horrores.»
Y más adelante, apoyado en su brazo, le dijo al oído:
«Lo mismo que tu mujer era mi pobre Ramona... No se la podía aguantar... Pero, hijo, la infidelidad con Dios hay que tolerarla, hay que perdonarla. Yo pregunto: ¿qué puede hacer un hombre en este tremendo, irresoluble caso? Cuando una esposa es honrada y fiel, no hay motivo, ni siquiera pretexto razonable en nuestra sociedad, para la separación... Te compadezco. Acuérdate de lo dicho: esto es un vallecito de equivocaciones.»
Poco después salió León de la casa. Iba tan metido en sí, que no saludó á D. Joaquín Onésimo que paseaba por el parque con el Barón de Soligny, hablando del próximo empréstito con la grave atención que ciertas personas ponen en las calamidades públicas. En Madrid dejó su coche para andar á pie por las calles, y recorrió varias como un sonámbulo, sin ver ni oir nada más que aquella sonora voz interior que le decía: «¡Viuda!»
VII Erunt duo in carne una.
Pasaron algunos días, durante los cuales no fué á Suertebella sino una sola vez, á dejar la tarjeta de pésame. En aquella breve temporada vivía la mayor parte de las horas fuera de su casa, y dando completamente de mano á los estudios, no se ocupaba de sus libros más que para empaquetarlos en grandes baúles. Iba con frecuencia á círculos y reuniones, donde sus amigos le hallaban taciturno, insensible al interés de la charla, de la noticia, del comentario. Hablaba tan sólo de un viaje sin decir á dónde, de una ausencia larga, y si otro tema á su boca venía, tratábalo con cruel sarcasmo y amargura, modos bien distintos de aquélla su antigua manera grave y elevada de ver las cosas de la vida, los hechos y las personas. Una noche (empezaba ya el mes de Abril) entró en su casa después de las once. Abrióle la puerta el ayuda de cámara.
«¿Por qué no me abrió la puerta Felipe, como de costumbre?—preguntó León.
—Felipe ya no está en casa, señor.
—¿Pues dónde está?
—La señora lo ha despedido.
—¿Por qué? ¿Ha hecho alguna travesura?
—La señora se enfadó porque no quiso ir á confesar.
—¿Y tú te has confesado?
—Yo sí, señor; todos los meses. La señora no se descuida en esto. Como no le traigamos la papeleta, nos planta en la calle. Para eso, Ventura el cochero tiene un amigo sacristán, que le da todas las papeletas que quiere, y así contenta á la señora, y haciéndole creer que va al confesonario, se va por ahí de jolgorio... Si no fuera por el señor, yo y mi mujer nos habríamos marchado ya de esta casa, donde hay tantas obligaciones y ni un momento de descanso. Eso de que esté un hombre trabajando toda la semana, y cuando llega el domingo por la tarde, en vez de dejarle salir á paseo le manden á la doctrina... Mi mujer dice que no aguanta más... Pues digo, con el espantajo que la señora nos ha metido ahora en casa... Esta mañana, cuando despidió á Felipe, determinó dar á otro su plaza. Yo creí que colocaría á mi hermano Ramón. Pero no: la señora escribió una carta á los de San Prudencio, y un rato después vimos entrar uno como sacristán, gordo, colorado, sin barba, con faldones hasta el suelo, un sombrero chato y negro, carilla de santurrón con malicia, y unos modaletes así como entre hombre y mujer. La señora dice que yo pasaré á hacer el servicio que hacía Felipe; que el portero ocupará mi puesto, y que el Sr. Pomares, así se llama el recomendado de allá, será desde hoy portero, vigilante de los demás criados y mayordomo.