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La familia de León Roch, Tomo 1

SEGUNDA PARTE (continued 2)

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—Tú estás en babia. ¿Desde cuándo necesito yo mayordomo en mi casa?

—Mayordomo. La señora lo dispuso así, y el de los faldones largos se reía y nos miraba con sus ojos de besugo como diciéndonos: «Ya os pondremos las peras á cuarto.» Después nos echó un sermoncillo, y poniendo cara de arrope pasado y cruzándose las manos sobre el pecho, nos llamó hermanos; aseguró que nos quería mucho.

—¿Está en el oratorio la señora?—preguntó León levantándose.

—Creo que está en su cuarto.»

Entró León en el cuarto de su mujer, y la halló conversando con Doña Perfecta, amiga de confianza que solía acompañarla por las noches. Sobrecogióse esta venerable dueña al ver entrar al marido de su amiga, comprendiendo con delicado instinto que se preparaba una escena, y se despidió. Cuando se quedaron solos, el marido habló á su mujer, sin enojo ni altanería, en estos términos:

«María, ¿es cierto que has despedido al pobre Felipe?

—Es cierto.

—Antes de echarle de casa, debiste considerar que he tomado cariño á ese muchacho por su aplicación, su deseo de instruirse y el fondo de bondad que se le descubre en medio de sus puerilidades y travesuras. Le traje de casa de tu madre, porque siempre que aquí venía se quedaba extasiado delante de mis libros.

—A pesar de esas bellas cualidades, me he visto obligada á despedirle,—dijo María secamente.

—Pues qué, ¿te ha faltado al respeto?

—De un modo horrible. Hace mucho tiempo que le obligo á confesar. Hoy le reprendía por no haberlo hecho el domingo pasado ni tampoco éste, y el muy tuno, en vez de llorar, volvióse á mí y me dijo con mucho descaro: «Señora, déjeme usted en paz; yo no quiero nada con cuervos.»

—¡Pobre Felipe! En cambio—añadió León sin dejar conocer su intento,—ha entrado en la casa un señor muy venerable...

—¡Ah! Sí... el señor Pomares. Estaba esperando á que llegaras esta noche para obtener tu consentimiento. Es un hombre de grandísima bondad y delicadeza, que de todo entiende...

—Lo creo.

—Que puede él solo trabajar más que dos ó tres de esos desalmados bergantes. Es persona de absoluta confianza, y á quien puede confiarse sin recelo casa, intereses, asuntos delicados.

—Quiero verle. Llámale.»

María llamó, y no pasaron cinco minutos sin que se presentase el personaje de los ojos dulzones y la carátula arrebolada, tal y como fielmente le pintó el ayuda de cámara. Contemplóle un rato León de pies á cabeza, y después le dijo reposadamente:

«Bien, señor Pomares. Voy á dar á usted mis primeras órdenes.

—¿Qué me manda el señor?—dijo el novel mayordomo con meliflua voz y arqueando las cejas.

—Que se plante inmediatamente en la calle.

—¡León!—exclamó María, leyendo el enojo en las facciones de su marido.

—¿Me ha oído usted? Tome usted su baúl, y sin pérdida de tiempo se va usted de mi casa.

—La señora me ha mandado venir y estar aquí,—repuso el venerable con acentuación algo firme, sintiéndose muy fuerte con el amparo de la señora.

—Yo soy el amo de mi casa y le mando á usted que se vaya—dijo León en un tono que no tenía réplica.—Advirtiéndole á usted que si vuelve á poner los pies aquí y le veo yo, no saldrá usted por la puerta, sino por la ventana.»

El hombre enfaldonado hizo una profunda reverencia, y desapareció.

«¡Dios mío!—murmuró María cruzando las manos.—¡Qué vergüenza! Tratar así á un hombre tan bueno, tan humilde, tan respetable...

—Desde este momento—dijo León encarándose enérgicamente con su mujer,—todo ha cambiado en esta casa. Ha llegado el caso de tener que intervenir en tus actos, para sacarte de grado ó por fuerza de esta vida ridícula y obscura en que has caído, y curarte como se cura á los locos, ausentándote de todo lo que ha constituído tu locura. Mi benignidad nos ha perjudicado á los dos; ahora mi energía, que llegará quizás hasta el despotismo (y no es culpa mía), enderezará un poco esta senda torcida por donde corres.

—Resignada á padecer—dijo María con unción postiza y mimosa,—acepto el cáliz que me ofreces. ¿Cuál es? ¿Qué quieres de mí? ¿Quieres matarme? ¿Quieres una crueldad mayor aún, que es apartarme de los hábitos de piedad que he contraído? ¿Quieres aún arrancarme mi fe?

—Yo no quiero arrancar tu fe; otras cosas son las que yo quiero arrancar, ¡ay de mí!...»

Se detuvo, como si realmente no supiese lo que deseaba. María estaba serena y hacía bien su papel de víctima, mientras que León parecía desasosegado y vacilante en su papel de verdugo.

«Esta noche no quiero discutir contigo—dijo.—Durante mucho tiempo hemos batallado sin conseguir nada. Ahora me ocurre que un poco de acción es conveniente para salir de este horrible estado. Perdóname si no te explico nada y te asusto mucho, si en vez de persuadir mando, si en vez de disputar contigo te niego toda réplica.

—¿Qué quieres? Dilo de una vez.

—Yo necesito ausentarme de Madrid.

—¿Por qué motivo? ¿Te has cansado de teatros, de toros, de casinos, de tertulias ateas? ¡Ah! Si deseas salir de aquí, no será para ir á un yermo, sino á París, á Londres, á Alemania.

—Tú me has abandonado—exclamó León con dolor;—tú has huído de mí, y encastillada en tu perfección chabacana, has destruído lo que debía ser el encanto y la paz de mi vida; me has hecho odiosa mi propia casa.»

María se estremeció.

«Pues bien—añadió León con extraordinaria energía:—ya me he cansado de no tener casa, y estoy resuelto á tenerla.

—¿Pues no estás en ella? Por mi parte, aquí estoy siempre,—dijo María tan glacial como si por su boca la misma nieve hablase.

—¡Aquí estás! Sí; ¿y quién eres tú? Un sér desapacible y erizado de púas. De aquí en adelante...

—Tú eres el que mandas, y estás más agitado que yo. Mi resignación me da serenidad, y á tí tu soberbia de tirano te hace vacilar y palidecer á cada instante. En una palabra, León, ¿qué quieres?

—Yo me voy de Madrid. Esto es para mí una necesidad imprescindible.

—¿Qué te pasa?

—Que no quiero, no debo seguir aquí. Carezco de todo arrimo y calor en mi propia casa; estoy sin familia, porque la compañera de mi vida, en vez de encadenarme con la piedad y el amor, se ha envuelto en un sudario de hielo. Ella en los delirios de su fe extravagante, y yo en la triste soledad de mis dudas, no formamos, no podemos formar una pareja honrada y feliz. Otro vegetaría en esta existencia árida; yo no puedo. Mi espíritu no se satisface con el estudio; pero no teniendo otro alimento que el estudio, preciso es que se harte de él.

—¿Por qué no estudias aquí?

—¿Aquí?—exclamó León asombrado de la propuesta.—Aquí no puede ser. Ya te he dicho que necesito emigrar.

—No te comprendo.

—Lo creo, sí; fácil es que no me comprendas... ¡Y quién me comprenderá, quién!»

Lanzando un gemido de desesperación, se oprimió con ambas manos la cabeza. María, respetando el incomprensible dolor de su esposo, no hizo las observaciones impertinentes que le eran propias en semejantes casos. Por último, se dejó decir:

«Aquí puedes estudiar todo lo que quieras. Vivamos juntos. Ni tú me molestarás á mí en mis devociones, ni yo á tí en tus sabidurías. Seremos dos cenobitas: yo cenobita de la fe, tú cenobita del ateísmo.

—¡Deliciosa vida me propones!... Yo no quiero claustro, sino familia; no me inclino al desprecio de la vida, sino al uso prudente, recto y juicioso de ella; no quiero una existencia de imaginación acalenturada, sino la existencia real, única donde caben los verdaderos méritos humanos, los deberes bien cumplidos, el régimen de la conciencia, la paz y el honor. Yo quiero lo que quise fundar cuando me casé contigo, ¿lo entiendes?

—Lo entiendo, sí; lo que no entiendo es que para que tú tengas familia te sea preciso salir de Madrid.

—Y salir contigo.

—¡Conmigo!

—Tu deber es seguirme.

—¡San Antonio! Si apelas á mi deber...—balbució María con resignación artificiosa.—¿Y á dónde me llevas?

—A donde quieras tú. Una vez establecidos en el sitio que elijamos para residencia, tu vida cambiará por completo.

—Veamos cómo.

—Estableceré un método que se cumplirá con escrupuloso rigor. Te prohibiré ir á la iglesia en días de trabajo; en mi casa no entrará una nube de clérigos y santurrones como los que aquí la han tomado por asalto; haré un expurgo en tus libros, separando de los que contienen verdadera piedad los que son un fárrago de insulseces y de farsas ridículas.

—Sigue, hombre, sigue... ¿y qué más?...—indicó María Egipciaca con sarcasmo.

—Sólo una cosa me resta que decir, y es que optes entre este plan y la separación absoluta y radical para toda la vida.»

María palideció.

«Eres atroz... eres terrible... déjame siquiera reflexionar un poco... ¿Y todo eso se ha de hacer fuera de Madrid?

—Sí; fuera. Elige tú el sitio.

—Vamos, no me vuelvas loca con tus majaderías—dijo de improviso, tomándolo á burla.—Yo no salgo de Madrid.

—Pues adiós—dijo León levantándose.—Desde hoy eres dueña de esta casa. Queda establecida nuestra separación, no por la ley, sino por mí. Mañana se te presentará mi apoderado y te dará á conocer la renta que te señalo. Adiós. En estos asuntos me gusta la concisión y la prontitud. Todo ha concluído.»

Dió algunos pasos hacia la puerta.

«Aguarda,» indicó María corriendo hacia él. Y después, arrepentida de aquel movimiento, cruzó las manos y elevó los verdes ojos traicioneros.

«Señor... Virgen Santa, hermano mío, inspiradme; decidme lo que debo hacer...»

León esperaba. Ambos se miraron sin decir nada. Como si obedeciera á una inspiración, él se acercó á ella y le tomó la mano con respetuoso afecto, diciéndole:

«María, ¿es posible que yo no represente nada en tu memoria, en tu espíritu, en tu corazón? Mi nombre, mi persona, ¿no te dicen nada? ¿No soy capaz de despertar en tí ni siquiera una idea, ni siquiera un eco? ¿El fanatismo religioso ha matado en tí hasta el último y más débil sentimiento? ¿ha secado hasta la compasión y la caridad? ¿ha apagado hasta la idea de la conveniencia, del deber?»

María se tapaba los ojos con la mano, como el que se goza en una visión interior.

«Respóndeme á la última pregunta. ¿Ya no me amas?»

María descubrió sus ojos ligeramente enrojecidos, pero secos, y dejando caer sobre su esposo una mirada fría, desapasionada, como limosna que se arroja para librarse de un pobre importuno, le dijo con despacioso y seco tono:

«Desgraciado ateo, mi Dios me manda contestarte que no.»

Bajó León los ojos sin decir nada y se retiró á su cuarto. Toda la noche estuvo en vela arreglando sus asuntos y empaquetando libros, ropa y papeles. Al día siguiente salió, después de echar sobre la casa la postrera mirada, no por cierto de indiferencia, sino de congoja. Su casa no era para él un simple asilo que le echaba de sí: era la esperanza desvaneciéndose, el ideal de la vida desplomándose como catedral desquiciada por el terremoto. Una fibra existía aún en su corazón, uniéndole con aquellos queridos escombros; pero despiadado se la arrancó y la tiró lejos.

VIII En que se ve pintada al vivo la invasión de los bárbaros. Resucitan Alarico, Atila, Omar.

«Date prisa, Facunda, que el Sr. D. León vendrá pronto de su paseo á caballo, y se incomodará si no encuentra arreglado el gabinete... ¡Pero quiá! si no se incomoda nunca... Hombre mejor no ha nacido de mujer. «¿Cómo va, Facunda; ha echado usted de comer á las gallinas? ¿Y el Sr. Trompeta, cómo está?»—«Pues vamos pasando, Sr. D. León.» Esto es lo único que hablamos... ¡Bah, bah!... Y Trompeta me porfiaba ayer que aquí hay al pie de doscientos libros. Y también dos mil... El Sr. D. León Roch (y repito que este apellido me parece mismamente un estornudo... apellido ordinario, como el nuestro)... pues sí, siempre que va á Madrid, trae el coche lleno de libros, y después hace estas láminas. «Pero, Sr. D. León, ¿usted me quiere decir para qué sirve esto?» Rayas encarnadas y verdes, manchas y fajas de todos colores... A bien que si yo supiera leer me enteraría de todo ello, pues se me alcanza que aquí al borde hay letras y hasta renglones... Pero date prisa, mujer... Facunda, ¿qué haces ahí como una boba? date prisa á barrer y quitar el polvo; que viene, que viene el señor... Ahora, Facundita, bájate á la cocina y cómete la magra que dejaste en la sartén. Luego tomarás un poco el sol.»

La que así hablaba era Facunda Trompeta, que tenía la costumbre de hablar consigo misma siempre que estaba sola, y de llamarse por su nombre y de reprenderse ó adularse. Siempre empleaba el gesto y los visajes para estas auto-conversaciones, y algunas veces la palabra. Era bienaventurada esposa de un honradísimo carbonero de Madrid llamado José Trompeta, que habiendo hecho modesta fortuna en tiempos en que aún se hacían fortunas con carbón, se retiró á Carabanchel á pasar tranquilamente el resto de sus días. Habían comprado una casa en cuya planta baja vivían, reservando la superior para alquilarla por buen dinero á alguna de las prolíficas familias madrileñas que van allí huyendo de la tos ferina ó del sarampión. A principios de Abril la arrendó un caballero que frecuentaba el palacio de Suertebella, y parecía muy bien educado, aunque se reía poco y hablaba lo menos posible.

La habitación de León era una gran pieza que parecía la celda de un prior, espaciosa, alta, ventilada, tal como no se hallan ya sino en las casas antiguas. Por las ventanas del Naciente veíase á lo lejos la pomposa arboleda de Vista-Alegre y más cerca el parque de Suertebella, cuya vaquería se comunicaba por medio de un portalón, casi siempre abierto, con la corraliza de la finca de Trompeta. Por el Poniente se dominaba el pintoresco camino de Carabanchel Alto, con la Montija, y los términos azulados y las verdes lomas de aquellos campos, que de Marzo á Junio no carecen de belleza.

Junto á la gran estancia, que era sala, despacho y gabinete de estudio, había una alcoba y dos cuartos pequeños. En uno de éstos habitaba el criado. Pocos y cómodos muebles traídos de Madrid, muchos libros, piedras, láminas, atlas, mesa de dibujo con adminículos de acuarela y lavado, un microscopio, algunas herramientas de geólogo y los más sencillos aparatos químicos para el análisis por la vía húmeda y por el soplete, llenaban la vasta celda.

«Ea, ya tiene usted su cuarto arreglado, señor D. León—dijo Facunda sentándose sin aliento en el sillón de estudio.—Ya puede usted venir cuando quiera. No se quejará de que le he revuelto estas baratijas.»

Como se ve, la excelente señora, cuando estaba sola, además de hablar consigo misma, hablaba con los demás.

«Y dígame usted, Sr. D. León, ¿es cierto que antes iba usted á comer muy á menudo á Suertebella? Aunque ahora va usted muy poco allá, me parece que le gusta más de la cuenta la señorita Marquesa... Como es tan rica, no importa que no sea guapa... Ahora no va usted al palacio por aquello de respetar el luto. Conozco yo bien á mi gente...»

Y Facunda, no sólo hablaba con los demás, sino que se figuraba oir á sus interlocutores. A más de discursos, había discusión.

«¿Con que digo disparates?... ¿Con que no es cierto que le gusta á usted la Marquesita?... Y esos mimos á la nena, ¿qué significan?... Ya; usted qué ha de decir... ¡San Blas! Si no fuera usted casado... Pero entre la gente grande no hay escrúpulos. Díganmelo á mí que he servido veinte años á una señora condesa, y he visto unas cosas... ¿Pero qué haces aquí, Facunda, hecha una boba? Despabílate... piernas al aire... No has puesto el puchero todavía... ¡Oh! ¿Qué ruido es ese? ¿Quién viene?»

«Oíanse risotadas infantiles y un delicioso traqueteo de piececitos en la escalera. Eran Monina, Tachana y Guru, que después de corretear por el parque, pasaron á la vaquería, de ésta á la corraliza de Trompeta, y una vez allí decidieron hacer una excursión en toda regla por los dominios altos de la casa. El aya de Monina les acompañaba. Sabemos quién era Monina; pero no conocemos á esos dos personajes que se nombran Tachana y Guru. La primera tenía tres años y era hija del administrador de Suertebella, Catalina de nombre, de rostro lindísimo, muy reservadita y poco traviesa. Acompañaba en sus juegos á Ramona, y aunque regañaban tres veces en cada hora, acometiéndose algunas con mujeril coraje, eran buenas amigas y cada cual lloraba siempre que se hacían demostraciones de castigar á la otra. Se comprenderá fácilmente cómo en las transformaciones lexicológicas que sufren los nombres en boca de los niños, pudo Catalina ó Catana llegar á llamarse Tachana; lo que no se comprenderá aunque pongan mano en ello todos los lingüistas del mundo, es cómo un chico nombrado Lorenzo llegó á llamarse Guru en boca de Monina; pero así era, y hemos visto casos más raros todavía de corrupción de vocablos. Guru rayaba en los seis años y era hermano de Tachana, formalito como aquélla, estudioso como pocos, apuesto y gallardo chico que ya tenía sus novias, su reloj, gabán ruso, bastón, y llamaba á las niñas chicas.

«Señora Facunda—dijo desde abajo la voz del aya,—ahí va la langosta. Cuidado no destrocen algo.»

Entraron en tropel, Monina saltando, Tachana pavoneándose con un pañuelo que se había puesto por cola, y el atildado Guru echándoselas de padre maestro con las otras dos y recomendándoles la compostura y formalidad.

«¡Ya está aquí el lucero!» exclamó Facunda tomando á Monina en sus brazos y besándola con estruendo.

Ramona movía colérica sus piernecillas en el aire y bramaba con esa ira infantil de que nadie hace caso, diciendo:

«No, no, vieja fea.

—¡Lucero de tu madre!... Y tú, Catana, no des vueltas, que te mareas... Lorenzo, no tires del brazo á Monina... ¡Bribón! ¿qué haces á la niña? déjala... pobrecita.»

Monina y Tachana dieron vueltas por la habitación corriendo una tras otra. Ya venían algo fatigadas de tanto correr por el jardín, y tenían el rostro encendido, los ojos chispeantes. Los graciosos hoyuelos que hacía Mona junto á su boquita cuando se reía, darían envidia á los ángeles; á Tachana se le caían sobre la frente las guedejas negras, obligándola á levantar las manos constantemente para apartarlas. Pestañeaba sin cesar, como si la ofendiera la luz del sol. Monina, por el contrario, abría sus ojos con atención investigadora, insaciable, señal de la curiosidad y ambición pueril que quiere enterarse de todas las cosas para apropiárselas después.

Ordenó Facunda que fueran juiciosas, y les habría mandado algo más si no hubiera sentido la voz del aya, que en lo bajo de la escalera charlaba con Casiana, mujer de uno de los guardas de Suertebella. Dentro de los límites de lo posible (si bien en una posibilidad casi infinitamente remota) está que nuestro planeta, desobedeciendo á la atracción del sol que lo gobierna, se salga de su órbita y perezca inflamado si con otro cuerpo choca; pero lo que no es de ningún modo posible, ni aun en teoría, es que Facunda, oyendo que el aya y Casiana hablaban, dejase de correr á enterarse de lo que decían. Así lo hizo, dirigiéndose con paso quedo y cauteloso á la meseta de la escalera.

En tanto, Monina y Tachana se habían detenido delante de la mesa donde estaban las láminas geológicas, los dibujos concluídos y por empezar. Sonrisa de triunfo, propia de todo mortal que descubre un mundo, se pintó en el semblante de una y otra. ¡Qué cosa tan bonita! ¡Qué colores tan vivos! ¡Qué rayas! Ellas no sabían lo que aquello era, y sin duda por lo mismo lo admiraban tanto. Se parecía verdaderamente á las obras de ellas, cuando la piedad materna les ponía un lápiz en las manos y un papel delante. Ciertamente, Guru, con su caja de colores, había hecho obras por el estilo. Allí no había nenes pintados, ni caballos, ni casas, y, sin embargo, parecíales algo como nacimiento, una obra magna, brillante, esplendorosa, sin igual.

Acontece que cuando se presenta á los niños un objeto cualquiera que les sorprende por su belleza, jamás lo dan por concluído, y quieren ellos poner algo de su propia cosecha que complete y avalore la obra. Sin duda tienen en más alto grado que los hombres el ideal de la perfección artística, y no hay para ellos obra de arte que no necesite una pincelada más. Así lo comprendió Monina, que viendo no lejos de la lámina un tintero, metió bonitamente el dedo en él y trazó una gruesa raya de tinta sobre el dibujo. Radiante de gozo y satisfacción, se echó á reir mirando á Tachana y á Guru. Estos dos se echaron á reir también, y animada por el éxito, Monina metió en el tintero, no ya el dedo, sino toda la mano y la extendió sobre la lámina de un ángulo á otro. El efecto era grandioso y altamente estético. Parecía que sobre las tierras pintadas allí con delicadas tintas, se cernían enormes nubarrones preñados de rayos y lluvias.

Tachana era demasiado pulcra para meter su dedito en un tintero. Además, se creía maestra en el manejo del lápiz. ¡Feliz ocasión! sobre la mesa había lápices azules, y á dos pasos, en el atril, un magnífico atlas geológico, admirable obra cromolitográfica, honor de las prensas berlinesas. Sin embargo, en aquellas hermosas hojas estampadas de vivos colores faltaba algo. ¿Quién podía dudarlo? Era evidente que las tales láminas serían más bonitas si una mano solícita las adornaba con rayas de lápiz trazadas alrededor de todos los contornos. Así lo comprendió Tachana, que era el Rafael de las rayas, pues sabía trazarlas en todas direcciones con admirable pulso.

Guru comprendió que todo aquello iba á concluir en solfa. Dijo á sus amigas que se estuvieran quietas; pero al mismo tiempo ¡qué ocasión para lucirse él, que tenía caja de pinturas y sabía hacer cuadros, casi casi tan buenos como los de Velázquez! Lo que Monina había hecho era una chapucería indecente. ¿Qué significaban aquellas nubes negras y aquellas cruces de tinta con que la muy puerca había ido decorando el margen de la lámina? Efecto tan deplorable se remediaría si en un ángulo del dibujo aparecía una casita campestre con sus dos ventanas como los dos ojos de una cara, su chimenea en la punta y un perro en la puerta. Manos á la obra. Cogió un lápiz rojo, y para no colaborar en las desastrosas pinturas de Monina, apoderóse de otra lámina y empezó su casita. En poco más de cinco minutos, á la casita acompañaba un caballo, y en el caballo cabalgaba un hombre fumando en una pipa mayor que la casa.

No es posible que tres artistas trabajen en un mismo taller sin que estallen ruidosas tempestades de celos. Monina quiso dar un toque á la casa de Guru; éste la apartó con un codazo. Monina agarró la lámina, diciendo:

«Pa mí, pa mí.

—Pa mí,» replicó Tachana, que había arrojado el lápiz.

La lámina, grande de sesenta centímetros, resbaló de la mesa; Tachana y Monina la cogieron cada una por un lado, y... charrás... Al ver cómo se partía, ambas se echaron á reir, y Monina batía palmas con sus manos negras.

«Tontas, ahora sí que la habéis hecho buena,» dijo Guru palideciendo.

La contestación de Monina fué coger otra lámina y sacar de ella una tira en todo lo largo. Después agarró el lápiz de Tachana, y sobre las delicadas rayas que ésta había trazado con tanto esmero en el atlas, trazó ella una especie de tela de araña; tanta era la rapidez del lápiz empuñado por la mitad y movido con verdadero furor. Guru quiso al fin contener aquel vandálico desorden, y amenazó á Monina; pero ésta supo escaparse de un brinco, golpeando con sus manos, llenas de tinta, los muebles forrados de seda. En uno de sus locos giros, detúvose en la mesa donde estaba el microscopio, y se quedó absorta contemplándolo. Se alzaba sobre las puntas de los pies, apoyándose con las manos en el borde de la mesa, y estiraba los dos dedos índices hacia el aparato, diciendo: «Eto.»

Eto quería decir: ¿qué es esto? Supongo que será para mí. Veamos lo que es.

«Miren la tonta—dijo Guru.—¿Pues no quiere también el anteojo?»

Queriendo dar pruebas de suficiencia, Guru acercó el aparato al borde de la mesa y aplicó su ojo derecho para mirar por él.

«Por este vidrio se ve París.»

Tachana había traído una silla para subir á la mesa; pero antes se subió Monina, y andando á gatas sobre ella arrojó al suelo el microscopio y otros aparatos... En este momento vieron que entraba un hombre. Los tres vándalos se convirtieron en estatuas: Monina sobre la mesa, erguida la frente, la cara muy seria, los ojos muy atentos; Tachana en la silla, con el dedo en la boca y los ojos bajos; Guru mirando dónde había un rincón para esconderse.

«¿Qué han hecho estos pícaros?... ¡San Blas mío, qué destrozo!» gritó Facunda entrando con León.

Éste dirigió una mirada de dolor á los dibujos rotos, al atlas lleno de rayas, al microscopio en el suelo. Bastóle una ojeada para conocer las formidables proporciones del desastre.

«Bribonas, ¿qué habéis hecho?—exclamó dirigiéndose á la mesa.—¿Pero usted, Facunda, en qué piensa, que deja solos á estos niños?... ¿Qué hacía usted? Sin duda oyendo la conversación. Es usted más niña que estas dos...»

Hirió el suelo con el pie. Después oyó gemir á Tachana. Era un gemir que partía el corazón.

«¿Has sido tú, Monina?» dijo León mirándola con semblante adusto.

Monina contestó que no con fuertes cabezadas. Negando con la cabeza, parecía querer arrancársela de los hombros. Al mismo tiempo su conciencia debió argüirle terriblemente, y se miró las manos, como se las miraba lady Macbeth.

«Has sido tú... bien lo dicen tus manos, picarona.»

La niña le miró pidiendo misericordia. Dos gruesas lágrimas salieron de sus ojos. Empezaba Ramona á hacer pucheros, cuando ya los chillidos de Tachana llenaban la casa. Era una Magdalena. No había más remedio que creer en la sinceridad de su arrepentimiento.

«Vaya, vaya—dijo León besando á las dos y tomando en brazos á Monina.—No lloréis más. ¡Qué bonitas tienes las manos! Si tu mamá te viera... Ven á lavarte, asquerosa.

—El aya las dejó subir solas, por estarse abajo charla que charla—indicó Facunda trayendo la jofaina con agua.—Yo no puedo atender á todo. El aya tiene la culpa.»

Lavaron los pinceles de Monina. Después se sentó León, y poniendo una dama sobre cada rodilla, les dijo:

«¡Qué destrozo me habéis hecho! ¿Y Guru? ¿Dónde está Guru?»

Lorenzo había desaparecido.

«Ese es el malo; estas pobrecitas no harían nada si él no las echara á perder,—dijo Facunda.

—Guru, Guru—gruñeron las dos á un tiempo, descargando sobre su ínclito amigo la responsabilidad del espantoso crimen.

—Ese pícaro Guru... Como le coja aquí...»

Monina, perdido ya el miedo y sustituído por el descaro, tiraba de las barbas á León.

«¡Eh, eh!... que duele, señorita.

—Lice Tachana—tartamudeó Monina,—lice Tachana...

—¿Qué dice Tachana?

—Que tú é mi papá.

—No—dijo León mirando á Tachana, que se comía una mano.—Yo no soy su papá... Quítate la mano de la boca y contéstame. ¿Por qué dices que yo soy tu papá?

Lentamente y muy por lo bajo repuso Tachana: «Poque lo ició mi mamá.»

Monina, cuyo carácter era en extremo jovial, y que cuando cogía un tema no lo dejaba hasta marear con él á Cristo Padre, prorrumpió en risas, y batiendo palmas y agitando los pies como si también con los pies quisiera expresar su pensamiento, repitió unas veinticinco ó treinta veces:

«Que tú é mi papá... que tú é mi papá.»

Facunda se retiraba gruñendo:

«Eso bien claro se ve. No necesito yo que la nena me lo cuente.

—Señora Facunda—dijo León.—Al aya que puede retirarse. Monina y Tachana se quedan aquí. Yo las llevaré á Suertebella.»

IX La crisis.

Una hora después, Monina y Tachana jugaban en la alfombra con cucuruchos y gallitos de papel que León les había hecho, y éste ponía orden en la mesa, apartando lo que pudo salvarse de la invasión. El ruido de la puerta hízole alzar la vista, y vió delante de sí á su suegro, el señor Marqués de Tellería. Parecía envejecido, y su cara, más rugosa y amojamada que de ordinario, anunciaba una perturbación nerviosa, ó tal vez la ausencia de algún menjurje con que acostumbraba rejuvenecerse. Como lamparillas que por falta de aceite pestañean, esforzándose en arder con humeante llama, así brillaban sus mustios ojos, revelando lágrimas ó insomnio. Su vestir únicamente no había variado nada, y era siempre correcto y pulcro; pero su voz, antes tan resuelta como la de todo aquel que cree decir cosas de substancia, era ya tímida, sofocada, hiposa, mendicante. León sintió en grado máximo lo que siempre había sentido por su suegro: lástima. Le señaló un sillón.

«Tengo calentura—dijo el Marqués alargando la mano para que León le tomara el pulso.—Hace tres noches que no duermo nada, y anoche... creí morir de susto y vergüenza.»

León pidió informes para juzgar las causas de tanta desventura y el no dormir.

«Te lo contaré todo. Para tí no puede haber secretos—dijo Tellería dando un gran suspiro.—A pesar de lo que ha pasado con María, y que deploro con toda mi alma... ¡Oh! todavía espero reconciliaros... pues á pesar de eso siempre serás para mí un hijo querido.»

Tanta melifluidad puso en guardia á León.

«¡Ah! nos pasan cosas horribles... Se te erizarán los cabellos cuando te cuente, querido hijo... ¿Pero no es verdad que tengo calentura? Mi temperamento delicado y nervioso no resiste á estas emociones. ¡Ojalá no conozcas nunca en tu casa lo que ha pasado estos días en la de tus padres! He venido á contártelo, y ya ves, no sé cómo empezar: tengo miedo, no me atrevo.

—Yo lo comprendo bien—dijo León deseando poner fin al largo preámbulo telleriano.—Ha llegado el momento en que el sistema de trampa adelante se ha hecho insostenible. Todo acababa en el mundo, hasta la mentirosa comedia de los que viven gastando lo que no tienen; llega un día en que los acreedores se cansan, en que los industriales diariamente engañados, los tapiceros, los sastres, los abastecedores al pormenor ponen el grito en el cielo, y ya no piden, sino que toman; ya no murmuran, sino que vociferan.

—Sí, sí—dijo el Marqués cerrando los ojos:—ese día ha llegado. No se quiso hacer caso de mis saludables consejos, y ahí tienes la catástrofe; catástrofe horrible, cuyas consecuencias no puedes figurarte por más que tu imaginación... En una palabra, querido hijo, el embargo está pendiente sobre nuestras cabezas... No siento yo que se lleven los cachivaches que hay en casa y que Milagros ha ido tomando de las tiendas sin pagarlos; lo que siento es el escándalo. Anteayer, un tendero de comestibles que ha ido á casa unas doscientas veces, armó en la escalera un jaleo espantoso. Yo oí desde mi despacho sus horribles denuestos; salí furioso; pero él había bajado ya y continuaba su arenga en medio de la calle. Ayer el dueño del coche se ha negado á servirnos, y no es esto lo peor, sino que me envió una carta insolente... Te la voy á enseñar...

—No, no es preciso—dijo León deteniendo la mano trémula del Marqués, que rebuscaba en los bolsillos.—Ya supongo lo que dirá ese mártir.

—Ayer me citó el juez... Esos impíos tenderos, leñeros, alfombristas, tapiceros y mercachifles de todas clases, han presentado lo menos veinticinco demandas contra mí... ¡Qué horrible es referir estas miserias! Parece que me arden en la boca las palabras con que te lo cuento, y el sonrojo me quema la cara. Dime, ¿no tienes compasión de mí?

—Mucha,—replicó León, realmente lleno de lástima.

—No me defiendo, no—dijo el Marqués con voz melodramática y cerrando los ojos.—Ya se han agotado todos los recursos y se han cerrado todas las puertas. En alhajas no queda ya nada, ni las papeletas del Monte. Un prestamista á quien me dirigí ayer, el único en quien tenía alguna esperanza, porque con los demás no hay que contar ya, me recibió ásperamente, díjome palabras que no quiero recordar, y me despidió de su casa. ¡Oh! ¡Qué horribles confidencias, León! Estoy revolviendo este muladar de miseria y deshonor en que he caído, y me parece mentira que sea yo el que cuente estas cosas, que sea yo, Agustín Luciano de Sudre, Marqués de Tellería, hijo del mejor caballero que vió Extremadura, y heredero de un nombre que atravesó siglos y siglos rodeado de consideración y respeto.

—Es verdad—dijo León con severidad:—parece mentira, y más inverosímil aún es que habiendo sido sacado usted otras veces por manos generosas de ese muladar de vergüenza y miseria, se haya arrojado de nuevo en él.

—Tienes razón... he sido débil; pero yo solo no tengo la culpa—dijo el prócer, humilde como un escolar.—Mis hijos, mi mujer, me han empujado para que caiga más pronto. Y si te contara lo más negro, lo más deshonroso... ¡Ah! León de mi alma, necesito contártelo, aunque estas cosas son de las que sólo se dicen á la almohada sobre que dormimos, y aun diciéndoselo á la almohada se ruboriza uno. A tí no se te puede ocultar nada... Pero es tan duro de decir... Todo lo que hay en mí de esta hidalguía castellana heredada de mis padres, se subleva en mi alma y siento como si una mano me tapara la boca.

—Si no es absolutamente preciso para el objeto de su visita, puede usted callarlo.

—Te lo he de decir, aunque me amarga mucho. Ya sabes que Gustavo tiene relaciones con la San Salomó, relaciones que no quiero calificar. Pues bien: Gustavo... No creo que la idea partiera de Gustavo: creo más bien en sugestiones y astucias de Milagros... No sé cómo decírtelo, no sé qué palabras emplear tratándose de personas de mi familia. En resumen, Pilar San Salomó dió á Gustavo una cantidad, no sé con qué fin; cantidad que se apropió mi bendita mujer, no sé con qué pretexto. Ellos hicieron allá sus arreglos... no sé si hubo promesa de pago, algún documentillo... Mi hijo, que es caballero y se vió comprometido, tuvo una violenta escena con su madre anoche á propósito de ese dinero, y... no puedes figurarte la que se armó en casa. Gustavo y Polito vinieron á las manos; tuve que hacer esfuerzos locos para ponerles en paz... Poco después Gustavo se retiró á su cuarto; corrí tras él sospechando una cosa lamentable, y le sorprendí acercándose una pistola á la sien... Nueva escena, nuevos gritos, con la añadidura de un desmayo de Milagros... ¡Qué noche, hijo mío, qué noche tan horrible! Para colmo de fiesta, los criados, desesperanzados de cobrar, se han ido después de insultarnos en coro llamándonos... no, no lo digo; hay palabras que se resisten á salir de mi boca.»

Detúvose el Marqués desfallecido y jadeante. Gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente, y su pecho se inflamaba y se deprimía como el de quien acaba de soltar un peso enorme. Hubo una pausa que León no quiso de modo alguno cortar. El mismo D. Agustín fué quien evocando el resto de sus gastadas fuerzas, y poniendo la cara más afligida, más dramática, más luctuosa que cabe imaginar, exclamó:

—León, hijo mío, sálvame, sálvame de este conflicto. Si tú no me salvas, moriré, moriremos todos. Salva mi honrado nombre.

—¿De qué modo?—preguntó León fríamente.

—¿No ves mi deshonra?

—Sí; pero veo difícil que pueda evitarla.

—Dime, ¿tendrás valor para ver á tus padres pidiendo limosna?—dijo el suegro apelando á un recurso que creía de efecto.

—Estoy dispuesto á impedir que los padres y los hermanos de mi mujer pidan limosna. Pero si pretende usted que aplaque á sus acreedores, en una palabra, si pretende usted que pague las deudas contraídas por el despilfarro, el desorden y la vanidad, para que luego que estén libres vuelvan la vanidad y el desorden á seguir viviendo y escandalizando, me veré en el caso sensible de responder negativamente. No una, sino varias veces he sacado á usted de atolladeros como éste. Mucho propósito de enmienda, muchos planes de reformas; pero al cabo la enmienda ha sido gastar más. Usted, Milagros y Polito han consumido la cuarta parte de mi fortuna. Basta ya: no puedo más.»

La energía de León abrumó al pobre Marqués, que estaba anonadado. La rudeza de la negativa quitóle por algún tiempo el uso de la palabra. Al fin, balbuciendo y rebuscando las frases aquí y allá, como el que recoge las cuentas de un rosario que se rompe en medio de la calle, pudo hablar así:

«No te pido limosna... No está en mi carácter... Siempre que he apelado á tu generosidad ha sido... con garantía é intereses.

—Garantía de pura fórmula, intereses ilusorios que he admitido por delicadeza, para cubrir la donación con la vestidura de un préstamo hipotecario. ¿Qué garantía ha de dar quien ya no tiene ni tierras, ni casas, ni una hilacha que no esté en manos de los acreedores? Lo que yo he hecho no es generosidad, señor Marqués: es un verdadero crimen. No he amparado á menesterosos, sino que he protegido el vicio.

—¡Por Dios!—dijo Tellería tembloroso y aturdido;—recuerda... Tus larguezas con mis hijos y con mi mujer han sido la correspondencia natural del amor que te tenemos... Acabemos, León: ha llegado el momento crítico de mi vida. Se trata de salvar la honra de mi casa.

—Su casa de usted ya no tiene honra, hace tiempo que no la tiene.»

Irguió el Marqués su afeminada cabecilla; tiñéronse de una púrpura sanguinolenta sus apergaminados carrillos, y sus ojos brillaron como si hubiera pasado rápidamente por delante de ellos una luz. Creeríase que aquel hombre, tan debilitado moral como físicamente, buscaba en el fondo de su alma un resto de dignidad, y lo tomaba y lo esgrimía como el soldado cobarde que, no habiendo hecho nada durante la batalla, quiere en el último instante de pelea contestar con una muerte gloriosa á los denuestos de sus compañeros. Pero León tenía sobre él tan gran ascendiente, que el desgraciado prócer no halló fuerzas para alzar la voz, y sólo pudo echar de sí un gemido. Dejando caer después su abatida cabeza sobre el pecho, oyó como un estúpido. Era el árbol carcomido y seco que esperaba el último hachazo.

«Su casa de usted no tiene ya honra—repitió León,—á no ser que demos á las palabras un valor convencional y ficticio. La honra verdadera no consiste en formulillas que se dicen á cada paso para escudar debilidades y miserias; se funda en las acciones nobles, en la conducta juiciosa y prudente, en el orden doméstico, en la veracidad de las palabras. Donde esto no existe, ¿cómo ha de haber honra? Donde todo es engaño, insolvencia, vicios y vanidad, ¿cómo ha de haber honra? Puesto que estamos aquí en familia, podemos pasar una revista á la conducta de Milagros, á la de Polito, á la de usted mismo.»

El Marqués extendió la mano, queriendo rogar á su yerno con gesto suplicante que no pasara ninguna revista. León, no obstante, creyó necesario decir algo.

«Te ruego—repuso Tellería con afligido tono,—que no me recuerdes eso que amargamente deploro. Cierto que he tenido devaneos... ¿quién no los tiene? El mundo es así... ¿Eso qué significa?... Ahora que me ahogo, León, dame la mano ó déjame morir; pero no me inculpes, no me crucifiques más de lo que estoy. Es verdad que no debo apelar tantas veces á tu generosidad; pero las circunstancias en que yo y tú nos hallamos son muy distintas. Yo tengo hijos, tú no los tienes.

—Pero...» murmuró León.

Sin duda quiso decir: «Pero puedo tenerlos.» El Marqués contempló un rato á las dos niñas que jugaban en medio del cuarto.

«Para concluir—dijo León Roch.—Cuente usted con una pensión suficiente para vivir con modestia y decencia. Es todo lo que puedo hacer. Ni yo tengo minas de oro, ni si las tuviera bastarían á llenar una vez y otra esos hoyos que abren ustedes cada poco tiempo.»

D. Agustín palideció, y mirando al suelo movió las mandíbulas, como quien revuelve en la boca el hueso de una fruta.

«Una pensión...» murmuró.

En efecto: la pensioncilla se le atragantaba, y aunque la gratitud impedíale protestar de palabra contra ella, bien claro decía su demudado rostro que aquella limosna vitalicia, arrojada por la compasión, sublevaba su orgullo y enardecía su sangre. Tal era su relajación moral, que no se creía rebajado implorando un préstamo con garantías ilusorias, equivalentes á una reserva mental de no pagar nunca, y se sentía herido en lo más doliente de su sér al recibir una pensión que llamaba él una bofetada de pan.

Además, su propio egoísmo le hacía rechazar una solución que no le sacaba de los apuros del momento. ¿Qué le importaba el porvenir ni aquella vida modesta y decorosa de que León le hablaba? ¿Qué entiende el tramposo de porvenir? Su afán es salvarse en las grandes crisis de escándalo, para seguir después, alta la frente, seguro el paso, por el mismo camino de la dilapidación y del fraude, cuyos recodos y atajos conoce á maravilla. Pero el respeto del Marqués á las conveniencias y su refinada cortesanía, obligábanle á velar su pensamiento y aun á mostrarse agradecido por aquel potaje de San Bernardino que su yerno le ofrecía.

«Una pensión...—dijo revolviendo en la boca lo que parecía hueso de fruta.—Eres muy generoso... yo te agradezco tu previsión. Verdad es que no resolvemos nada con eso. El naufragio subsiste, y tu pensión es una playa que está á cien leguas de distancia...»

No supo decir otra cosa; pero palideció más, y sus ojos miraban con más fijeza al suelo. Determinábanse en él la ira y la contrariedad por una desfiguración facial que parecía envejecimiento rápido, instantáneo, milagroso. Su boca se fruncía entre dos pliegues hondos, y los pelos de su bigote desengomado tomaban direcciones distintas, cual si quisieran amenazar á todo el género humano. Sus mejillas de tez ajada y vinosa se le llenaban de arrugas, y bajo sus apagados ojos colgaban dos bolsas de carne blanducha. Hasta se podría creer que su cuello se hacía más delgado, sus orejas más largas y cartilaginosas; que sus sienes, oprimidas y surcadas de venas verdes, tomaban el color amarillento de la cera de velas mortuorias. Cuando el inflexible yerno dijo con su tono decisivo é inapelable: «la pensión y nada más que la pensión,» D. Agustín de Sudre marchaba con veloz descenso á la decrepitud. Después de meditar un rato sobre su desastrosa suerte, alzó la cabeza, y poniendo en sus labios una de esas contracciones en que se confunde la sonrisa del disimulo con el espumarajo de la rabia, dijo á su yerno:

«Eres muy complaciente y benévolo con nosotros; pero si mucho tenemos que agradecerte, también tú tienes motivos para guardarnos consideraciones. Ni siquiera nos hemos quejado al ver que has hecho desgraciada á nuestra querida hija.

—¡Que yo la hago desgraciada!—exclamó León con flema.

—Sí: muy desgraciada... y nosotros tan callados, por consideración á tí, por excesiva consideración... Pero al fin los sentimientos paternales se despiertan vivamente en nosotros, y no podemos callar viendo el dolor de ese ángel... Pues qué, ¿crees tú que la pena ocasionada por tu separación no la llevará al sepulcro?»

Todos los seres, por diminutos que sean, tratan de morder ó picar cuando se sienten aplastados. Herido en su orgullo y burlado en sus locas esperanzas, el Marqués sacaba su aguijoncillo.

«Esa cuestión es harto complicada para tratarla de paso. ¿Quiere usted como padre recibir explicaciones? Si es así, preciso es confesar que ha tardado usted mucho en pedírmelas. Hace casi un mes que me separé resueltamente de María.

—Pero no por tardar dejo de hacerlo—dijo D. Agustín reanimándose al ver en sus manos una de las armas que ponen al cobarde en mejor situación que el valiente.—Soy padre, y padre amantísimo. Lo que has hecho con María, con aquel ángel de bondad, no tiene nombre. Primero la has atormentado con tu ateísmo y has martirizado cruelmente su corazón, haciendo gala de tus ideas materialistas... Pues qué, ¿no merece ya ni siquiera respeto la piedad de una mujer, que educada en la verdadera religión, quiere practicarla con fervor? Pues qué, ¿ya no hay creencias, ya no hay fe; hemos de gobernar el mundo y la familia con las utopias de los ateos?

—¿Qué sabe usted cómo se gobiernan el mundo y la familia?—dijo León tomando á burlas la severidad de su suegro.—¿Ni cuándo ha sabido usted lo que es religión, ni cuándo ha tenido creencias, ni fe, ni nada?...

—Es verdad: yo no soy sabio, no puedo hablar de esto—replicó Tellería, reconociéndose incompetente.—No sé nada; pero hay en mí sentimientos tradicionales que están grabados en mi corazón desde la niñez; hay ciertas ideas que no se me han olvidado á pesar de mis errores, y con esas ideas afirmo que al separarte de María, has conculcado las leyes morales que rigen á la sociedad, todo lo que hay de más venerando en la conciencia humana.»

Este trozo de artículo de periódico exasperó á León tal vez más de lo que la calidad de su interlocutor merecía. Pálido de ira, le dijo:

«Buenas están vuestras leyes morales, buenas están vuestras interpretaciones de la conciencia humana... Tienen gracia vuestras cosas venerandas. ¡Ah, y yo he sido tan necio que he sufrido por espacio de cuatro años una vida de opresión y asfixia dentro de una esfera social en que todo es fórmula: fórmula la moral y la religión, fórmula el honor, fórmula la riqueza misma, fórmulas las leyes, hechas de mogollón, jamás cumplidas, todo farsa y teatro, en que nadie se cansa de engañar al mundo con mentirosos papeles de virtud, de religiosidad, de hidalguía! ¡Bonito modelo de sociedad, digna de conservarse perpetuamente sin que nadie la toque, sin que nadie ose poner la mano en ella, ni siquiera para acusarla! ¡Y yo, según usted, he faltado al respeto que merece este rebaño de hipócritas, bastante hábiles para ocultar al vulgo sus corrupciones y hacerse pasar por seres con alma y conciencia! ¡Y yo que he sido un sér pasivo, yo que he visto y callado y sufrido, y ni siquiera me opuse á las aberraciones de mi mujer, más fanática, pero menos criminal que los demás, he faltado á las leyes morales! ¿En qué ni de qué modo? ¡Pero sí, sí: he sido cómplice callado y ocultador criminal del desorden, ayudando con mi dinero á los padres pródigos, á los hijos libertinos y á las madres gastadoras! He sido el Mecenas de la disolución, he dado alas á todos los vicios, al crimen mismo. Esta es mi falta, la reconozco.»

Al principio enojado, después iracundo y al fin furioso, León daba golpes sobre la mesa, increpando con enérgica mano á su suegro, el cual se fué empequeñeciendo, reduciéndose á la mínima expresión. El pobre señor tenía los ojos fijos, durante la filípica, en un vaso puesto sobre la mesa, y consideraba que cabría muy bien dentro de aquel vaso. Monina y Tachana, muertas de miedo, recogieron sus cucuruchos y sus gallos de papel, y calladitas, sin atreverse á reir ni á llorar, se retiraron á un rincón de la pieza.

«Yo hablaba como padre,—dijo el Marqués con voz tan tenue que parecía salir del fondo del vaso.

—Y yo hablo como hombre herido en lo más delicado de su alma, como marido expatriado de su hogar por una Inquisición de hielo, y lanzado á las soledades del celibato de hecho por un fanatismo brutal y una fe sin entrañas. Esas leyes morales de que usted me hablaba me condenarán á mí, lo sé, y me condenarán por lo que llaman ridículamente mi ateísmo, cuando los verdaderos ateos, los materialistas empedernidos son ellos, son esos que se visten toga de juez para acusarme, lo mismo que se vestirían el saco de Pierrot para bailar en un sarao. Aunque no les creo dignos de recibir una explicación mía, sepan que soy víctima, no el verdugo, y que estoy decidido á no respetar, como hasta aquí, los dictámenes de los hipócritas, ni las sentencias de los corrompidos. Yo obraré por cuenta mía, yo sé dónde están las verdaderas, las inmutables leyes: no haré caso de formulillas ni de recetas. ¡Qué placer tan grande despreciar, no ya secreta, sino públicamente, lo que no merece ningún respeto: ese tribunal, esa sentencia fabricada con el voto y con los pareceres de todos los despojados de sentido moral, de los concusionarios, de los hipócritas, de los pródigos, de los holgazanes, de los mojigatos viciosos, de los viejos amancebados, de las mujeres locas, de los jóvenes decrépitos, de los negociantes en fondos públicos y en conciencias privadas, de los que quieren ser personajes y sólo son jimias, de los que todo lo venden, hasta el honor, y de los que no se venden porque no hay quien los quiera comprar, de los que se dan aires de gravedad sacerdotal, siendo seglares, y son un verdadero saco de podredumbre con figura humana!... Allá se queden esos... yo me aparto, me retiro solo dejando á mi desgraciada esposa lejos de mí, por su voluntad, no por la mía. Miraré desde fuera ese espectáculo edificante. Allá se entiendan... Vivan al día; gasten lo que no tienen; hagan novenas; reciban coronas y alabanzas los adúlteros; repártase el dinero de la riqueza territorial entre los sacristanes y las bailarinas; púdranse las familias y acaben en generaciones de engendros raquíticos; hagan de las cosas más serias de la vida un juego frívolo, y conservando en sus almas un desdén absoluto á la virtud, á la verdadera piedad, invoquen con su lenguaje campanudo una moral que desconocen y un Dios que niegan con sus actos. ¡Ateos ellos, á menos que Dios no sea un vocablo cómodo! ¡Ateos ellos mil veces, que miden la grandeza de los fines divinos por la pequeñez y la impureza de sus corazones de cieno!»

El ardor de sus palabras había secado su boca. Tomó el vaso que estaba sobre la mesa, aquel mismo vaso en que el Marqués hubiera querido meterse, y bebió un sorbo de agua. El infeliz acusado se había empequeñecido tanto, que ya no miraba al vaso, sino á una cajilla de cartón, y parecía decir: «¡Qué bien estaría yo ahora dentro de esa caja de fósforos!»

Como buen cortesano y dueño absoluto de una multitud de conceptos comunes para todas las ocasiones, aun las más críticas, Tellería halló el modo de decir alguna palabra que le sirviese para disimular la gran confusión en que estaba.

«No te seguiré por ese camino—dijo estirando el cuerpo y ahuecando la voz.—No imitaré tu lenguaje violento. Yo he invocado las leyes morales y las invocaré siempre en este asunto... Insisto en lo inexplicable del desaire que has hecho á María, esposa fiel y honrada; insisto en lo misterioso de tu separación. Yo no puedo ver en eso un hecho ocasionado simplemente por el fanatismo de María; yo sospecho que tú...»

El Marqués se detuvo. Oyóse la voz de Tachana llorando. Ella y Monina se habían metido en un rincón detrás de una silla, al través de cuyos palos contemplaban llenas de susto á los dos hombres que tan acerbamente discutían. Cansadas al fin del escondite, empezaron á reñir una con otra. Ramona dió un bofetón á su compañera.

«¿Qué niñas son éstas?—dijo el Marqués vivamente.—¿No es aquella rubia la nietecilla del Marqués de Fúcar, la hija de Pepa?...

—Sí. Monina, ven acá.

—¿No está aquí Suertebella?

—Aquí cerca.

—Ya...»

El Marqués se levantó. Tenía su idea. Aquel hombre, tardo en el juicio, y que rara vez podía gloriarse de ser propietario de un pensamiento, pues pensaba con la lógica ajena, así como hablaba con las frases hechas, sintió su lóbrego cerebro invadido por una luz extraña. ¡Oh! Sí: él, él también tenía su idea, y no la cambiara por otra alguna.

«Adiós,—dijo secamente á su yerno, poniendo una cara muy seria, tan exageradamente seria que parecía cómica.

—Pues adiós,—replicó León con calma.

—Nos volveremos á ver y hablaremos de las leyes morales—añadió D. Agustín.—Hablaremos también de la desgracia de mi hija, del abandono de mi hija, del honor de mi hija. Esto es muy serio.»

Y se crecía, se crecía de tal modo, que ya no cabía en la cajilla, ni en el vaso, ni en el sillón, y hasta el cuarto parecíale pequeño para contener su gigantesca talla.

«Hablaremos ahora.

—No... necesito calma, mucha calma. Mi hija debe ponerse al amparo de las leyes. Voy á comunicar mi pensamiento á la familia... El asunto es gravísimo. ¡Mi honor!...

—¡Ah! Su honor de usted—dijo León riendo.—Bien: le buscaremos, y cuando parezca, hablaremos de él... Adiós.»

Tellería se retiró. Aunque apenadísimo por el mal éxito de su tentativa pecuniaria, se sentía orgulloso, hinchado. Algo muy grande sentía dentro de sí que dilatándose le hacía crecer de tal modo, que ya no cabía en la escalera, ni en el portal, casi no cabía en la calle, ni en el campo, ni en el universo. Era su idea, que entró casi invisible y crecía dentro, sugiriéndole con fecundidad asombrosa otras mil ideas subordinadas, las cuales le halagaban, poniéndole á él muy alto y á los demás muy bajos. Qué bueno es tener una idea, sobre todo cuando esa idea nos consuela de nuestra infamia con la infamia de los demás, haciéndonos exclamar con orgullo:

«¡Todos somos lo mismo, lo mismo!»

FIN DEL TOMO PRIMERO

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