Prólogo (continued 2)
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—Te he visto entrar... me ha parecido que venías de prisa, y he procurado despachar luégo á las que estaban...
Dolores tendió el manto para formar una especie de embudo que la protegiese contra toda indiscreción, y empezó el relato de los sucesos, los episodios de la víspera, la proposición de Gormaz, la actitud de su hermana, todo. Á medida que hablaba, su corazón se ablandaba como la esponja al humedecerla, y poco á poco las lágrimas, suaves como el flujo del mar, subieron á los ojos y resbalaron por las mejillas. La voz del confesor las detuvo.
—No hay que afligirse... ¡Pues apenas te apuras! Yo no veo ahí sino imprudencias tuyas y chiquilladas de ella. Bien te advertí que esas funciones y esos teatros eran peligrosos... hasta creo que te había aconsejado formalmente cortar de raíz todo eso... La mayor parte de culpa la tienes tú. Ya ves cómo existe el riesgo donde menos se piensa.
—Sí, sí señor, es muy cierto, pero qué quiere usted... Los malditos compromisos... ¡Quién había de pensar también que iban á buscar á mi hermana para cómica! El demonio sólo puede enredar una cosa así.
—¿Vamos, qué haces ahora con llorar? Cálmate, hija.
—Es que veo su perdición segura... La chica es bonita, y yo... en fin... es un mal pensamiento... Dios me perdone.
—Dí: ¿qué has pensado?
—Á mí nadie me quita de la cabeza que aquel maldito vejete del cómico lo que busca en mi hermana es una muchacha guapa, sana é inocente... Señor, en el teatro se la comía con los ojos... Yo no quiero, no quiero que mi hermana se pierda: para perdida,... basto yo.

—Eso que piensas—murmuró el confesor sonándose como si quisiese dejar expedita la nariz y el entendimiento—podrá ser un juicio temerario: lo cierto es que esa profesión es sumamente arriesgada, y sólo por favor especial de Dios... No, yo no diré que sea imposible vivir honestamente una actriz... Pero al cabo, el que anda con fuego...
—Se quema, sí señor, se quema: es mi matanza:—aseveró Dolores.
Transcurrieron breves minutos de silencio, durante los cuales sólo se oyó la respiración algo agitada de la modista. Por fin el confesor habló.
—Mándamela aquí—dijo.—Yo le haré ver...
—No quiere, señor, no quiere. Dice que la cartilla sólo manda confesarse una vez al año, y que ella se confiesa tres ó cuatro y que le basta bien... Que no peca tanto para tener que confesarse á cada hora... Que ni por tanta confesión es uno bueno... ¡Las muchachas de hoy en día tienen poca religión! Y como oyen mil disparates en los mismos talleres y los leen en los periódicos...
La punta de la nariz que Dolores veía al través de la reja se contrajo con severidad; pero dilatóse al punto, como si la llenase el aura de una idea bienhechora.
—¿Por qué no le encargas al novio que se lo quite de la cabeza? Á él de seguro le hará más caso que á ti.
—Señor, por desgracia, desde ayer están reñidos. Él se marchó del teatro furioso, porque ella salía escotada en el último acto.
—Bah... riñas de enamorados, y así por celillos, y niñerías, poco suelen durar. En fin... ¿Tú dices que ese chico es hombre de bien?
—¡Jesús! Pongo por él la mano en el fuego.
—¿Quiere á tu hermana mucho?
—Se le cae la baba con ella.
—¿Y... crees que se casará?
—Sólo aguarda por fondos con que poner establecimiento por su cuenta; y estos días le oí decir que le habían hablado de un comerciante que los facilitará, con no sé qué fianza ó qué garantía de una firma... Lo que es casarse,... no desea él otra cosa!
—¿Y... tu hermana... le profesa grande afecto...?
—Señor... yo qué sé... Estas chiquillas no conocen su bien... Quererle, sí, pero... no es allá una cosa extraordinaria.
—¿Ellos... se hablan así... con alguna libertad... eh?
—¡Quiá! En esa parte tengo la conciencia muy tranquila, señor... No me he desviado de ella un minuto nunca... Cuando él nos acompaña á la vuelta del taller, yo me coloco en medio, y ellos van como dos viejos, formalitos... no se han hablado bajo tres palabras.
—¡Mujer... bien hecho, bien hecho...! pero hasta en lo bien hecho cabe un poco de exageración... Se me figura que tú has exagerado algo, eh?... todo quiere su límite...
—Como Vd. me encargó tanto que la guardase...
La nariz se aguzó, y su fina punta pareció recalcar una suave ironía.
—Guárdala, sí, muy bien; sólo que ya tanto rigor... Para que el corazón se apegue, hay que consentir cierta honrada y lícita franqueza... Si ella estuviese más encariñada con su novio, ahora no la tentaría Satanás por el lado de las tablas.
Dolores miraba atónita aquella nariz severa por costumbre, y la desconocía viéndola tan tolerante, tan benignamente entreabierta. Sin embargo, no dudó: no había recibido allí jamás consejo alguno que no le probase bien seguir.
—Mi parecer es este, hija... No contraríes de frente á la muchacha... Si puedes, gana tiempo... Y que el novio procure disuadirla... hablándola... á... solas... es decir,... ¿con cierta libertad, eh? Y no te apures... ánimo.
Dolores se alzó como suele alzarse quien se postra al pié de un confesonario, confiada y serena. Aunque le extrañaba algo el consejo, fuerza es decirlo, su espíritu acostumbrado á ser allí dócil como el de un niño, reposaba en la opinión agena. Tomó en derechura el camino del taller, porque ya anochecía y el farolero, dejando un rastro de luz, corría por las calles enlodadas con la lluvia menuda. Acercóse á la puerta, y tropezó en ella con un bulto que interceptaba el paso, en las tinieblas del portal. Retrocedió asustada, mas la voz la tranquilizó.
—Soy yo, no hay miedo—dijo con alegre entonación el que era.
—¡Calla! ¡Ramón! ¿Está Vd. aguardando por Concha?
—Justamente... y por Vd. también... Porque tengo una noticia, una gran noticia que darles.
—¡Alabado sea Dios! ¿Con que ya le pasó á Vd. la ventolera de ayer? ¡Qué hombres! ¡Parecen locos, así Dios me salve!
Ramón bajaba la cabeza confuso, según pudo ver Dolores á la luz del farol que encendían enfrente.
—Y qué quiere Vd... No, yo conozco que tiene usted razón; hice bastante mal y estuve un poco acalorado y un poco imprudente. No tiene uno en su mano ciertos prontos, y Vd. bien conoce que cuando se harta uno de oir alrededor disparates, parece que le dan ganas de romperse, si pudiese, la cabeza contra la pared.
—Vaya, vaya, pues esas furias hay que moderarlas... Concha se disgustó bastante. Y luégo la gente, las envidiosas que están rabiando por coger tanto así donde clavar el diente...
—Pues, gracias á Dios—exclamó radiante de júbilo el mozo—ya no habrá por qué mordernos y se acabarán todos esos disgustos. Aquí donde Vd. me ve, ya tengo los cuartos para el establecimiento, y nos podemos casar, si Concha quiere, en Carnavales, y sino en Pascua... Por mí, cuanto más pronto...
Dolores, entre contenta y recelosa, le miraba fijamente. Un trabajo de reflexión muy activo se verificaba en su cerebro, estrecho y femenino, pero tenaz y aferrado á las pocas ideas que, nacidas allí, ó sugeridas, se aposentaban en él. Las palabras del confesor no se borraban de su memoria. Ganar tiempo... no contrariar de frente á la muchacha... que el novio procure disuadirla... Si ahora ella daba la fatal noticia al enamorado Ramón; si cuando venía á hablar de proyectos matrimoniales le participaba que se había perdido toda esperanza y que su novia se disponía á levantar el vuelo hacia regiones muy distintas de aquellas en que el humilde ebanista moraba, era fácil que éste, de desesperado ó de indignado, armase á Concha un escándalo tal, que el carácter vivo y entero de la niña se manifestase con nueva energía, afirmándose en su resolución. Dolores temía á la poca habilidad del novio. Además, era difícil decirle aquello al pobre hombre, cuando se mostraba tan contento con sus fondos y su próxima boda.
—Que se lo diga ella como pueda—pensó.—Quizás por no decírselo...
Y con determinación repentina, poniendo familiarmente la mano en el hombro del ebanista, exclamó:
—Bueno, pues me viene de perillas encontrarle, porque tenía justamente que hacer unas compras bastante lejos, y como Concha no vendrá de buena gana, voy yo sola, y Vd. la lleva á casa ¿eh?
Abrió el novio la boca, asombrado de tanta magnanimidad en la rígida cuñada que, cosida á las enaguas de Concha, había sido hasta entonces un perro de presa; y Dolores, que advirtió su asombro, se dió prisa á añadir en són de broma:
—Ya que trae tan buenas noticias, déselas Vd. mismo; no le quiero quitar ese gusto. Hágame el favor de llevarla... y espérenme los dos en casa, un momentito.
Aquí la sorpresa de Ramón se convirtió en pasmo. ¡Dolores encargaba que le esperasen los dos en casa! ¡Le permitía subir al cuarto de Concha, ella que jamás le consintió pasar del primer tramo de la escalera! Como el permiso era grato y cuadraba de todo en todo con los deseos de Ramón, guardóse bien de protestar, y murmuró haciéndose el resignado:
—Corriente.
Dolores se remangó el traje, apretó el manto y salió del portal. Al poner el pié en la calle, sintió un escrúpulo de devota, y medio volviendo la cabeza, dijo al novio:
—¡Que haya juicio! Vuelvo en seguida.
Echó á correr, lo mismo que si alguien la apremiase. Tomó por una calle retirada, la estrecha de San Efrén, y para entretener el tiempo y divertir la impaciencia, metióse en una tienda de zarazas y pañolería, é hizo que le enseñasen todas las variedades de madapolán, llagostera y grano de oro, distintas encarnaciones de un solo algodón verdadero. Frotó las telas á ver si tenían poca ó mucha cal; revolvió también las percalinas para forros, y escogió entre varias docenas de carretes, de hilo, todos del mismo número, uno que era idéntico á los restantes. Molió á la tendera pidiéndole agujas de las más finas, y retractándose después, eligió unas medianas. Se quejó del lodo y del agua, y acarició á un chiquillo sucio y mocoso que criaba la tendera. En todas estas ocupaciones no pudo invertir más de un cuarto de hora á lo sumo, y le parecía poco tiempo. ¿Para qué? Ni ella misma lo sabía. Otras veces se le figuraba, al contrario, que había transcurrido mucho. ¿Mucho? ¿Y porqué? No se lo explicaba tampoco. Sin embargo, esta última idea prevaleció, y envolviendo en un papel sus compras, tomó hacia su casa. Para llegar á ella tenía que cruzar por delante de la iglesia de San Efrén: allá en lo alto del pórtico, vió vagamente la figura de piedra del santo: recordó los consejos del confesor, y, tranquilizada, anduvo más despacio, y aun se paró en otro tenducho á comprar cera para la plancha y no sé qué otras fruslerías. Cuando llegó á su lóbrego portal habría pasado cosa de una hora.
Al empezar á apechugar con la escalera, que ya por costumbre recorría á oscuras, oyó, un tramo más arriba, el restallido de un fósforo, y le pareció que delante de ella subían dos personas. Aceleró el paso á fin de aprovechar la luz, y un ejemm! muy caracterizado le reveló inmediatamente la presencia de Gormaz, que solícito y quemándose los dedos, alumbraba aquellas tenebrosidades para que los setenta y pico de años del insigne Estrella no se estrellasen contra un escalón.
En seguida conoció Gormaz á Dolores, mas no había olvidado el episodio de la mañana. Dirigióse á la modista con dignidad, y procurando sostener la cerilla quieta un momento, le preguntó si estaba su hermana, como dándole á entender que sólo á Concha correspondía el honor de aquella visita. Fiel á su sistema de diplomacia, Dolores contestó que ya debía Concha estar de vuelta, porque era muy hora de que hubiese regresado del taller; y añadió unas cuantas frases de sentimiento por lo oscuro de la escalera, la molestia que se tomaban, y lo cansado que era subir tanto. Añadió por vía de consuelo:
—Ya faltan sólo dos pisos.
Subiéronlos como pudieron, á puñados, á fuerza de cerillas y de ejemm! cada vez más fatigosos por parte de Gormaz: Estrella no revelaba el peso de la vejez, sino en la resonancia del pié, tardo en volver á alzarse después de que se sentaba en un peldaño. Á la puerta de las modistas, Dolores dijo á Gormaz que buscaba la campanilla á tientas:
—No hay necesidad... Aún está puesto el llavín.

En efecto, la llave olvidada en la cerradura probaba una distracción notoria en la persona que había entrado primero. Bastó con hacer girar el picaporte para que pudieran entrar los visitantes, y encontrarse al punto en el único salón de aquel palacio modistil.
El quinqué, bien despabilado, ardía con clara luz sobre la mesilla de la máquina: la habitación arregladita, con sus dos camas limpias, revelaba cierto bienestar humilde; y en el sofá, libre á la sazón de todo estorbo de trajes, una pareja se hablaba muy de cerca, casi al oído, en esa estrecha proximidad que sólo origina un estado del alma; actitud elocuente, que con ninguna otra se confunde. Separáronse y levantáronse de pronto al ver entrar gente, ella confusa, encendida y casi sin habla, él serio y sorprendido. No era Gormaz hombre de pararse en tales fruslerías, ni menos Estrella; y ambos, en su agitada vida de comediantes, habían visto hartas cosas, para que les asustase un coloquio amoroso, así es que Gormaz, haciendo caso omiso de Ramón, se adelantó hacia la chica, y sin preámbulos.
—Conchita—dijo—aquí está el señor Estrella en persona, y viene á saber la respuesta de lo que hablamos esta mañana.
No sabía Concha qué cara poner, y se desvivía ofreciendo á los dos actores sitio en el sofá, y balbuciendo mil disculpas por recibirlos de aquel modo, como si ella pudiese recibirlos de otro. Gormaz cortó el hilo de sus cumplimientos, repitiendo:
—No se moleste Vd., hija... Estamos perfectamente... Sólo queremos saber la contestación, nada más.
—Eso es—añadió Estrella con su campechana cortesía...—Hable Vd., hija, porque sentiríamos mucho molestarla.
Concha lanzó á Dolores una mirada oblicua, implorando socorro: pero Dolores, firme en la senda emprendida, no pestañeó.
—Qué sé yo...—murmuró la niña.—Lo que quiera mi hermana.
Ramón, de pié, presenciaba la escena sin comprenderla.
—Tome Vd. asiento, joven—indicó Gormaz.
—Mil gracias, estoy bien.
Dolores, haciéndose la desentendida, contestó apaciblemente:
—No, hija, quien debe decidir eres tú... Yo no tengo vela en este entierro. Al fin se trata de una cosa para toda la vida... Me lavo las manos.
—Su hermanita de Vd. piensa muy acertadamente—afirmó Gormaz...—Con que Vd., Conchita, Vd. ha de resolver... Sea Vd. franca.
Concha miró al suelo, retorció la mano izquierda con la derecha, exhaló un leve suspiro, y al fin declaró:
—Pues yo... á la verdad... confieso que... que no me gusta, vamos, que no pienso... trabajar... para el teatro. No señor, he reflexionado, y no me resuelvo á eso.
Estrella y Gormaz se levantaron, á un tiempo, algo mohínos. Los dos comprendían que era ocioso y desairado insistir. Pidieron mil disculpas, como gente cortés que eran, y no tardaron en bajar la escalera que tan trabajosamente habían subido, alumbrándoles esta vez, con un encendido cabo de vela, Dolores, que no los soltó hasta verlos en el portal. Cuando ambos actores salieron á la calle, la hermana mayor, que acababa de murmurar un «vayan Vds. con Dios» muy melifluo, alzó la mano y les hizo enérgicamente la cruz, diciendo entre dientes:
—Y que nunca más parezcáis por aquí, amén.
Gormaz y Estrella caminaron silenciosos breves instantes: de pronto, volviéndose, se encararon el uno con el otro, seguros de expresar un mismo pensamiento. Gormaz meneó la cabeza:
—Con el novio hemos tropezado, Juanillo.
—No hay peor tropiezo—afirmó Estrella sacando la petaca...—¡Y qué lástima de chica! Decir que tiene la voz de Concepción Rodríguez! Voto á sanes! no se vería dentro de un año otra dama joven como ella! Juraría que se le pasaban ganas de venirse... Ahí se queda para siempre, sepultada, oscurecida...
—Bah!—murmuró Gormaz.—¡Y quién sabe si la acierta, hijo! Á veces en la oscuridad se vive más sosegado... Acaso ese novio, que parece un buen muchacho, le dará una felicidad que la gloria no le daría.
—Ese?—exclamó Estrella cortando con los dientes la punta del puro.—Lo que le dará ese bárbaro será un chiquillo por año... y si se descuida, un pié de paliza.
