BUCÓLICA (continued 2)
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Tiré, pues, mis líneas, tendí mis redes, esperé y observé. Me convertí en espía, me oculté y me envilecí hasta atisbar... ¡atisbar en un establo, detrás de un pesebre, recogiendo el aliento grueso y húmedo de la vaca, que rumiaba tranquila sus puñados de florida hierba! ¡Cuán poco tiempo necesité para convencerme! ¡Y yo me corría de que el notario me disputase á Maripepa! Ahora mi rival era Manuel, aquel bárbaro al cual la falta de los dedos de la mano daba un aspecto tan repulsivo.
Salí de mi escondrijo deseoso de ocultarme, á ser posible, bajo siete estados de tierra; hice la maleta y dispuse que me ensillasen el jaco para la mañana siguiente. Al traerme algunos objetos que le pedí, observé que Maripepa lloraba, limpiándose con la manga de la camisa el llanto. No pude contener un impulso de ira; la cogí por los hombros, la sacudí y la increpé. Lo confesó todo, como la cosa más natural del mundo, llorando franca y apaciblemente. Manuel es su prometido hace dos ó tres años. Si no se han casado ya, es que no hay cuartos para el grosero ajuar y la comida de boda. He desempeñado papel más lucido de lo que pensaba, pues realmente aquí el engañado fué ese bestia de Manuel. Metí la mano en el bolsillo y saqué todo el dinero que tengo, menos el preciso para el viaje; saqué también el reloj y se lo eché en el regazo á Maripepa. Después la empujé suavemente hacia la puerta. Me parece que esperaba alguna caricia de despedida; pero ya no me sería posible ni tocarle amorosamente al pelo de la ropa. La ví salir, y me quedé abismado. ¡Quién sabe lo que hubiera sido para mí esta mujer, nacida en distinta condición, educada no diré de otro modo, sino de algún modo! Tal vez la más leal de las esposas—de seguro una de las más amantes.
Al día siguiente (hoy), monté temprano, fuí al Pazo de Limioso á apretar la mano del señorito bajo unas parras que entoldan su blasonada puerta, pasé por Naya y seguí á Cebre, despidiéndome con sendos abrazos del cura y del notario, y llegué á Pontevedra á las cinco de la tarde. Estoy escribiéndote porque ya no he cogido el coche que sale á Tuy. Lo cogeré mañana, me detendré un día en Oporto, y veinticuatro horas después de recibir ésta, repito que puedes ir á esperarme á la estación.
Silencio, nada de alusiones, nada de burlas, al menos por ahora, que aún sangra la herida. Sé para mí un juez indulgente. Yo sospecho que lo he de ser con todo el mundo.
