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La cruz en América (Arqueología Argentina)

CAPÍTULO VI EL SÍMBOLO CRUCIFORME

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EN CALCHAQUÍ LA CRUZ EN LA ALFARERÍA FUNERARIA

El símbolo cruciforme en Calchaquí—La Cruz en las urnas funerarias—Urnas ó cántaras ceremoniales—La Tormenta y su representación antropo-zoomorfa—Lenguaje escrito simbólico-atmosférico—Líneas zig-zag, guardas griegas, meandros, espirales y puntos—Inti-Illapa y la Serpiente-rayo—Urna ofídica de San José—Taus ofídicos—La Nube y el Ave-Suri—La fiesta del Chiqui y la cabeza del Avestruz—Serpientes emplumadas—Las varas emplumadas y las plumas en el culto al Trueno y al Rayo—Figuración del Iris—El Vaso del Trueno—Himno «Sumac Ñusta»—Suris con cruces—La Cruz y los símbolos atmosféricos—Los Pucos y sus figuras simbólicas—Puco de Fuerte Quemado.

En ninguna de las naciones continentales vecinas, sin excluir al Perú, hállase con tanta profusión el símbolo de la Cruz como en los valles de Calchaquí, desde Rioja á Jujuy, en la región montañosa del noroeste de la República Argentina, y especialmente en el Yocavil catamarqueño.

Si bien en la escritura ideográfica y simbológica de las telas peruanas el signo cruciforme aparece con bastante repetición, con distintos motivos y bajo diversas formas, como lo vimos en el capítulo II, bastará recorrer el material iconográfico que en seguida ofreceremos, para convencernos desde el primer momento de que la Cruz, en su carácter de símbolo acuático, desempeña en Calchaquí un papel mucho más importante y trascendental que en el Perú, reproducida aquella profusamente en nuestra rica cerámica, especialmente sobre la superficie externa de la alfarería funeraria, de cuyo interesantísimo estudio fuimos iniciadores el año de 1896, sin atrevernos en ese entonces á efectuar otra cosa que una tentativa de interpretación de lo que aparecía pintado con una repetición llamativa[224], fijando la atención en los signos cruciformes, respecto á los cuales aventuramos posteriormente con éxito algunas ya meditadas opiniones[225]; y, sea dicho en verdad: quedó desde entonces iluminado el obscuro é intrincado, cuanto misterioso asunto.

El emblema de la Cruz encuéntrase especialmente figurado en los pechos ó mamas de las representaciones funerarias acuáticas, ó más bien dicho, de las cántaras ó vasos antropomorfos; pero raro será dar,—al menos nosotros no lo sabemos,—con figuraciones cruciformes en los fetiches. Es sobre el cuerpo de la figura mítica viviente de las urnas funerarias que la Cruz aparece reiteradamente repetida, sirviéndonos este solo hecho para llegar á establecer definitivamente su valor como emblema sagrado.

Las cántaras ó grandes vasos votivos de dos ó tres tipos diversos, generalmente de unos setenta centímetros de alto, son clasificados como funerarios, no precisamente porque sirvan de depósito invulnerable de restos humanos, sinó porque son enterrados rodeando al cadáver, en muchos casos, como objetos sagrados que rememoran un anhelo, una demanda, un acto propiciatorio.

Nosotros, que hemos practicado numerosas excavaciones en los valles de Calchaquí; que hemos removido el suelo del gran panteón de la Apacheta, á media jornada de Amaycha, y que hemos abierto á picadas los allpataucas ó mounds de Tafí,—contrariamente á lo que se ha escrito, podemos asegurar que con poca generalidad estas urnas, de estrecha boca circular y reducida capacidad, guardan restos de párvulos, sacrificados en la conjuración al Chiqui ó en la propiciación á los dioses atmosféricos, pues la práctica de tales sacrificios de que nos dá concluyentes noticias el P. Las Casas[226], y de la que quedan rastros visibles en Calchaquí, era excepcional, colgándose hoy mismo el árbol en sustitución de humanas víctimas, niños amasados con cuajada de leche, ó huahuas de pan[227]. Dada la capacidad de las urnas, y examinados los restos humanos encontrados, vése que los sacrificados eran recién nacidos. En otras urnas descubrimos huesos de pequeños animales, sin duda de cuyes («conejos de la tierra»), con los que se efectuaba tal sustitución de las humanas víctimas, lo mismo que de liebres, llamas, etc., cuyos despojos repartíanse en las urnas, que se desentierran tapadas con esos platos semiesféricos que se llaman pucos, los que también son colocados en el suelo, al lado de las grandes cántaras. El hecho de que estas cántaras en la generalidad de los casos nada guardan ó encierran, y de encontrarse en su fondo semillas de algarroba ó fragmentos de maíz, es prueba de que se les enterraba conteniendo aloja ó chicha, los licores sagrados del culto, empleados en todas las ceremonias, y que el calchaquí bebía sin medida en sus grandes bacanales. Cuando se las entierra sin cadáveres, como sucede frecuentemente en Tafí, este acto indica que ya sirvieron para el acto propiciatorio, y que fueron entregadas á la guarda de la Madre Tierra. Es con tales tinajas ó vasos ceremoniales para implorar lluvias, que se conjura á Chiqui, levantándolas vacías al cielo. En tal caso tienen el valor de esos vasos ceremoniales de los Sias, que reprodujimos.

Las urnas funerarias con sus respectivos pucos pónense paradas en número indeterminado, desde una hasta diez, en el interior de las allpataucas de Tafí, sea que exista muerto ó no, y rodeándolo, si lo hay. Cuando son una sola ó dos, colócanse en su caso á la cabecera del sepulcro ó á ambos extremos del mismo, correspondientes á la cabeza y los pies, pues generalmente el cadáver está acostado, y excepcionalmente sentado, como en la huaca del Medanito, en Tinogasta, en la que dimos con varios cadáveres afirmados á las paredes laterales del sepulcro, rodeados de tinajas vacías[228].

Estas cántaras, cuando se encuentran llenas de chicha, de maíz y de algarroba, y á veces conteniendo carbón, que debe representar al fuego sagrado del hogar, que el indio no dejaría apagarse,—no son, pues, propiamente hablando, urnas cinerarias, sinó vasos votivos ó vasos ceremoniales, mediante los cuales se conjuraría la seca ó se propiciaría á los dioses benéficos de Calchaquí, para que hicieran llover sobre la tierra sedienta; de modo que la allpatauca[229], con sus formas como mamas, sería una especie de apacheta propiciatoria de tierra, dentro de la cual los vasos se guardarían para continuar implorando por medio de ellos en estos nativos altares.

Cántaras vacías, como dijimos, demandando ser llenadas de agua, levántanse encima de las cabezas por las personas que celebran la fiesta del Chiqui, la divinidad adversa y funesta que acarrea la seca con todo su cortejo de calamidades. Mientras estas cántaras son alzadas en alto, entónanse los cantos báquicos y propiciatorios, dándose vueltas en torno del árbol sagrado. Parte de la concurrencia, que no tiene tinajas, alza hacia arriba, bajándolas y subiéndolas, como si saltasen, las cabezas de los animales sacrificados, que generalmente son talcas ó huillas, huanacos ó llamas, porque á la divinidad funesta, que concluye con las especies de la tierra, es necesario anticiparle sacrificios sangrientos para que se aplaque, y permita á las divinidades del aire, del rayo, del trueno y de la tormenta que satisfagan, por el fenómeno meteorológico de la lluvia, los anhelos de las tribus, que sufren de sed cuando el sol está quemando.

Estas fiestas se han celebrado hasta hace poco en Machigasta, Pituil y Aminga (Rioja).

Ofrecemos á continuación cuatro de estas urnas funerarias, cántaras ceremoniales ó votivas (Figuras. 31 á 34).

Fig. 31. De San José Col. Max. Schmidt. Fig. 32. (Quilmes).

Illustration from La cruz en América (Arqueología Argentina)
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Fig. 33. Quilmes—Museo Nacional. Fig. 34. San José—Col. Max. Schmidt.

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Estas urnas están totalmente llenas de pinturas simbólicas, tanto en la parte reproducida de frente como en la posterior. Como salta á primera vista, la representación dominante en los ejemplares es una gran cara pintada al cuello de la urna, de fisonomía al parecer humana, lo que es corroborado por los brazos arqueados que figuran en la parte ventral, en las extremidades superiores de cuyos brazos aparecen manos de cuatro dedos, como se vé en las figuras 32 y 33. Estas manos suelen ser portadoras, en la generalidad de los casos, de un Vaso, como en la figura 31; no apareciendo en otras ocasiones ni brazos ni manos pintados, como en la 34, profusamente adornada de líneas simbólicas.

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Fig 35. Puco de Pucarilla—Oeste de Molinos.

Las figuras 35 y 36 son pucos, ó tapas de las urnas, el primero figurado de pie y de lado, siendo el segundo una reproducción diagramática del interior de otro del mismo género, con sus curiosas pinturas simbólicas.

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Fig 36. Interior de un puco Cafayate—Salta.

Volviendo á la figura antropomorfa de estas cuatro urnas funerarias, diremos que el cuello de cada una ha sido aprovechado para reproducir la cara, con sus extraños rasgos fisonómicos que le dan un aspecto típico, como de halcón ó de lechuza. Las cejas son grandes arcos de círculo, que se unen á uno de sus estremos para formar la nariz, generalmente desmesurada, como se vé en las Figs. 32 y 33, y á manera de largo pico de ave, como en la Fig. 34. Debajo de la nariz está la boca dentada (Figs. 31, 32 y 34), de grandes proporciones, formada por una figura rectangular ó una gruesa línea horizontal; á veces la boca queda suprimida, como en la Fig. 33. Estas caras siempre carecen de orejas. Los ojos, generalmente al sesgo, debajo de los arcos de las cejas, se presentan muy curiosos, y no suelen ser otra cosa que cabezas de serpientes (Fig. 31), cabezas de suri ó avestruz, con Imaymanas dobles (Fig. 34), ó Imaymanas estrellados (Figs. 32 y 33), notándose siempre la intención del artista en tal sentido, tanto que, á veces, como lo veremos en figuras posteriores, suris y serpientes enroscadas están pintados en el rostro, con sus cabezas respectivas correspondiendo á los ojos en la cara que nos ocupa. Las mejillas de esta cara, como en los cuatro casos propuestos, están cubiertas de símbolos ó de figuras simbólicas.

Fig. 37. Urna de Fuerte Quemado (Colección Quiroga). Fig. 38. Dibujo central anterior de una urna de Sta. María.—Museo Nacional.

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La parte ventral de las tinajas ha sido aprovechada para dar á la vez formas al vientre de la extraña figura de las mismas; y es en esta sección en la que aparecen los arcos de los brazos con las manos abiertas, levantadas hacia arriba, las que suelen portar un vaso, ó en su lugar un par de cabezas triangulares de serpientes, con sus ojos respectivos, como se verá en representaciones posteriores, hecho éste digno de llamar la atención. En los campos que dejan ambos brazos arqueados es muy común ver reproducido un Suri en cada uno de ellos, con las alas abiertas y desplegadas, las canillas quebradas y dobladas, en actitud de correr, y con la cabeza, con su pico abierto, en dirección á las manos levantadas, como puede verse en las Figs. 31, 32 y 33. Excepcionalmente, como en la Fig. 34, suelen aparecer suris en las mejillas de la cara de la figura antropomorfa. En la Fig. 37 presentase otro caso, viéndose en su parte ventral, de la propia manera que en el fragmento de urna de la Fig. 38, las dos cabezas triangulares con ojos, de los que salen espirales rectas, en el lugar en que las manos, esta vez no pintadas, suelen portar el vaso, reproducido en la Fig. 31. Como este vaso portado es tan interesante, conviene ofrecer tres láminas (Figs. 39, 40 y 41), en las que se distingue perfectamente, correspondiendo la última á una teja encontrada en Amaycha, interesante por verse la vasija de regulares proporciones, perfectamente destacada en relieve.

Fig. 39. Urna tipo Tolombón. Salta. Col. Inst. Geog. Arg. Fig. 40. 1⁄5 tam. nat. Colomé (Molinos). Col. Instituto Geog. Argentino.

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Fig 41. (Colec. Quiroga).

Anteriormente dijimos que los ojos del rostro del cuello de la cántara eran cabezas de suris y de serpientes: las Figs. 42 y 43 demuestran claramente la verdad de tal afirmación. En la Fig. 42, el rostro está encuadrado por una gruesa serpiente llena de pequeños puntos ó gotas de agua, la que, á la mitad de su cuerpo y en su parte inferior, dá lugar á la formación de tres lados del rectángulo de la boca de dicho rostro; dentro de esta serpiente vése otra, cuyas extremidades terminan en cabezas dobles triangulares: estas cabezas dobles corresponden á los ojos del rostro. En la Fig. 43 el ejemplo es aún más patente: unos suris, cuyas cabezas, cuellos y patas se distinguen perfectamente, combínanse con serpientes enroscadas, formando dobles,—prueba evidente de esa facilidad con que el suri se transforma en otro animal: las cabezas de estos suris-serpientes son los ojos del rostro, siempre formado por las cejas arqueadas. Estos detalles deben tenerse bien presentes.

Fig. 42. Urna de Amaicha. Col. Quiroga. Dibujos rojos y negros. Fig. 43. Urna funeraria de Fuerte Quemado (Col. Quiroga).

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Fig 44.

Respecto á estos suris-serpientes, en el puco de las Huayrapucas de Santa María, que reprodujimos en una monografía sobre la Diosa del Aire, tuvimos ocasión de dar con el primer ejemplar en cada una de esas figuras triformes, de cuerpo de suri y cola puntuada de serpiente. En un detalle de grabado en una urna (Fig. 44), se vé á la serpiente-rayo zig-zag de cabezas triangulares dobles, de cuyo cuerpo sale el cuello y la cabeza de suri, como un curiosísimo apéndice simbólico.

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Fig 45. Urna de Tafí. Colección Quiroga.

Los suris de la sección ventral de las tinajas suelen á veces ser dobles; es decir: de dobles cabezas, como en la urna de la Fig. 45 y en el caso del ave bicéfala de la Fig. 46, detalle de las pinturas de un puco de Pucará (Molinos).

Fig. 46. Detalle del interior de un puco. Fig. 47. Urna de Santa María Col. Museo Nacional.

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Fig. 48. Detalle de una urna de Amaicha. Col. Zavaleta.

En la parte ventral del nuevo tipo de urna de la Fig. 47, vése un suri muy particular, cuyo cuerpo está formado por cuatro círculos concéntricos, curiosísima manera, sin duda, de representar ese ojo Imaymana del que reiteradamente nos hemos ocupado, y el que parece indicar que el suri que lo porta lleva en su seno todos los gérmenes de la vida. Tan curioso como el anterior, es el suri de cuerpo triangular de la Fig. 48, pintado de rojo, sobre fondo bayo.

Ahora bien: ¿esta figura general, al parecer de rostro humano, de vientre abultado, de largos brazos, y cuyas manos portan el vaso, es en realidad una figura ó representación antropomorfa?

Contestaremos negativamente.

La figura ó representación en cuestión tiene á la vez caracteres humanos y animales.

Si bien su cara ó rostro es más humano que animal, y sus brazos y manos lo son igualmente, estudiadas sus facciones en detalle, resulta que se trata de un ser monstruoso deforme, humano y animal á la vez, lo que prueba que la figura en cuestión pertenece á la época de transición del fetiquismo al politeismo ó antropomorfismo, no habiendo llegado á alcanzar la primitiva figura animal todo su desarrollo humano, como sucede también con el dios del Aire de Squier de la Fig. 28, cuyo cuerpo aparece humano, pero cuya cara es excepcionalmente animal, arrastrando larga cola de serpiente. Tan extraña representación, nos hace sospechar que puede ser la misma reproducida en nuestras urnas.

Que las facciones del rostro de la figura de las urnas son humanas y animales, pruébanlo los ejemplares antes reproducidos. Humanos son el corte de la cara, los arcos de sus cejas, su boca dentada, aunque de forma rectangular; animales, sus ojos, cabezas de suris ó de serpientes; la nariz es la facción más curiosa, muy corta unas veces, y desmesuradamente alargada, otras; esta nariz, con las cejas arqueadas que convergen á formarla, dan al rostro un aspecto de ave, de lechuza, de halcón ó de loro, correspondiendo entonces á la nariz un pico de ave. Nosotros, adviértase, poseemos un ídolo muy interesante de Tinogasta, el que es un cuerpo humano, pero con cabeza redonda de loro, con cejas arqueadas en relieve, las que forman perfectamente el pico del ave, y con ojos grandes, vivos y salientes, exagerados con el relieve; y el hecho de carecer de boca, es una prueba más de que lo que se ha querido reproducir es un pájaro simplemente provisto de pico.

La cuestión que nos hemos planteado, no obstante estos datos, sería de dudosa solución, si no nos la diese la misma figura de las largas cejas, grabada en el barro del interesantísimo vaso que reprodujimos en el Cap. IV, Figs. 30 y 30 bis.

Como se vé en esta última lámina del desarrollo del vaso, la figura de las largas cejas, indicadas por serpientes, ocupa, en medio del grupo atmosférico, la cara anterior del vaso; su cuerpo está formado por un losange, y sus pies, sin dedos, ambos en sentido inverso, parecen ser animales. Este ser de rostro humano, sin embargo, es á la vez un animal; y demuéstralo elocuentemente la larga cola de dragón, que sale de su cuerpo, y que en la parte posterior del vaso aparece en relieve (Fig. 30), sirviendo de manija al mismo.

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Fig 49. Fragmento de cuello de una urna funeraria.

Si á este ejemplar se hiciese alguna objeción y no se le considerase como una prueba definitiva, presentaríamos á los ojos de quien lo dudara el fragmento de cuello de una urna funeraria de Tafí (Fig. 49), ejemplar mediante el cual la cuestión quedaría cerrada en sentido afirmativo[230].

En este fragmento de urna aparece el ser de las largas cejas, con sus facciones prominentes y en relieve; sus cejas al juntarse forman su nariz, realmente humana; pero del lugar correspondiente á la boca, sale su grande y largo hocico como de jabalí, provisto de sus formidables colmillos, hocico que está indicando que al artista no ocurrió en momento alguno figurar una boca humana.

Con estos elementos de prueba, tan decisivos á la investigación arqueológica, dejaremos sentado que la figura de las largas cejas arqueadas en la alfarería funeraria, es la representación de un ser viviente humano y animal á la vez, ó de un ser antropo-zoomorfo en la nomenclatura científica, como los que, por ejemplo, reprodujimos en las Figs. 26 y 29.

Esto sentado:—¿qué representa en la escritura simbólica de Calchaquí la figura antropo-zoomorfa?

Indiscutiblemente la gran divinidad atmosférica de la Tormenta, la diosa de la Tempestad con todos sus atributos meteorológicos; esa Sumac Ñusta de Garcilaso, portadora de la cántara.

Ello salta al primer golpe de vista, cuando miramos á la figura antropo-zoomorfa, á esa Huayrapuca mítica, en medio del grupo animado de la tormenta, que nos ofrece el vaso de la Fig. 30 bis; grupo viviente, de grandes nubes, con rayos salidos de su seno, en el que se vé que todo es movimiento y acción combinados.

En primer lugar, no debemos olvidar por un momento que la figura antropo-zoomorfa de que tratamos está reproducida en las urnas funerarias y cántaras ceremoniales para demandar la lluvia del cielo, propiciando á las supremas divinidades de la atmósfera, por lo cual estas cántaras se levantan vacías y en alto por las tribus sedientas.

En segundo lugar, todos los símbolos reproducidos en las urnas, tanto en su cuello como en su sección ventral, son acuáticos ó atmosféricos, figurando en primera línea las zig-zag de los relámpagos y los rayos-serpientes, ó Inti-Illapas, los que encuadran el rostro de la figura que nos ocupa ó aparecen reproducidos en sus mejillas, como en las Figs. 42 y 43 y en la siguiente (Fig. 50), en la que se vé una curiosa serpiente-rayo de dobles cabezas enroscada en la mejilla derecha de la figura. Esta serpiente está reproducida nuevamente en el campo ventral opuesto. Y es de notar que en tal urna vemos otra vez á las manos portando dobles cabezas de serpiente, con sus guardas espirales rectas, en lugar del vaso.

Fig. 50. Urna funeraria. Tafí. (Museo Nacional). Fig. 51. Teja de barro pintada.

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Las artísticas pinturas de líneas quebradas en la parte ventral de las citadas Figs. 42 y 43, no son sinó representaciones simbólicas más sencillas y simplificadas del relámpago y del rayo de la Tormenta, las que aparecen perfectamente figuradas en un interesantísimo grupo ofídico, en la sección ventral de un fragmento de urna (Fig. 51) perteneciente á la colección del Instituto Geográfico Argentino, como si fuesen los intestinos de la figura antropo-zoomorfa. En este curioso grupo son muy interesantes los Tau ofídicos que se desprenden de la línea horizontal del cuerpo de la serpiente-rayo.

Inti-Illapa para el calchaquí se vuelve un ser animado, lleno de acción y de vida; y es por ello que cobra muy curiosas formas zoomorfas, como aparece en el ejemplar único de la Fig. 52, ó en la urna ofídica de San José, que tomamos del original en nuestra expedición arqueológica de 1898.

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Fig 52. Urna funeraria de San José. (Colec. Quiroga).

Como puede verse en la lámina, cuatro grandes figuras ofídicas se reproducen en el centro de la urna, en cada una de las cuales se ha pintado su cara de dobles triángulos, con su nariz blanca, boca negra y su par de ojos Imaymanas de pupila circular; debajo de la cabeza viene el cuello, del que luego se desprende el cuerpo, aprovechando la zig-zag del rayo, cuyos pies son otra vez dos cabezas triangulares más pequeñas; un par de estas figuras está provista de brazos con manos de cuatro dedos, lo mismo que la que sigue más abajo, también con brazos, pero con pequeñas cabezas triangulares por manos. En esta urna se repite el número 4 de una manera llamativa.

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Fig 53.

Representación antropomorfa de la serpiente-rayo, es sin duda la figurilla humana 53, de rostro monstruoso, cubriendo su cabeza con un curioso tocado de dobles picos, los que no son sino las dobles cabezas triangulares de la serpiente. De la línea horizontal de sus hombros caen sus brazos, cuyas manos tienen tres y cuatro dedos; su traje está adornado por cuatro ojos Imaymanas, los mismos de las serpientes, y en su pecho, como figuras totémicas, luce dos aves-suris pintadas, con sus cuerpos también de triángulos dobles las cabezas de las serpientes,—dato éste precioso, que desde ya establece la íntima relación entre el suri y la serpiente, toda vez que aquel es la causa y ésta el efecto, como luego lo veremos.

Finalmente, los demás adornos de las urnas,—las guardas griegas, los meandros de fecundación ó la cópula, las espirales, que al parecer representan la detonación ó el eco del trueno[231], los puntos repetidos en las cejas de la figura de las urnas y sus guardas, que no son otra cosa que gotas de lluvia; estos adornos, decimos, son simples atributos figurados de los ofidios de la atmósfera, ó sean símbolos meteorológicos complementarios: de todo lo que resulta que el simbolismo de las urnas funerarias escrito sobre el rostro y cuerpo de la figura antropo-zoomorfa de las mismas, es una repetida alusión á la lluvia. Tal verdad quedará doblemente confirmada, cuando en seguida establezcamos el significado de ese vaso que porta en sus manos, y el valor simbólico de esa Ave-Suri, tantas veces repetida en las mejillas de la figura y en las secciones ventrales de la misma.

Por lo demás, muy llamativas son las orlas acuáticas onduladas de la urna de la Fig. 40.

Fig. 54. Urna funeraria de Santa María. (Colección Quiroga). Fig. 55. Museo Nacional.

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De este cúmulo de datos y consideraciones resulta, entonces, clara y definitivamente establecido, y es la primera vez que esto se afirma,—que la figura antropo-zoomorfa de las urnas funerarias es la representación simbólica de la Tormenta ó la Tempestad, con todos sus atributos; esa divinidad que llora agua por sus ojos, como el Aticci de Wiener, lágrimas que aparecen en esa figuración de líneas que caen de los mismos, como se vé en las Figs. 37, 40 y 49.

Después de la serpiente, es el Avestruz ó Ave-Suri la representación simbólica más repetida en las urnas funerarias, apareciendo también en los pucos. Son ejemplos: las Figs. 31 á 39, 43, 45, 47, 50 y 51, á las que agregaremos seis reproducciones más (Figs. 54 á 59).

Fig. 56. Col. Quiroga. Fig. 57. Detalle de una urna. (Colec. Quiroga).

Illustration from La cruz en América (Arqueología Argentina)
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Como se vé en varias de las láminas citadas, los suris suelen ocupar los dos campos ventrales que dejan los brazos de la figura antropo-zoomorfa, y se hallan reproducidos junto al curioso vaso que portan sus manos. Sin embargo, en algunas ocasiones, como en las Figs. 34, 37, 43 y detalle 57, suris aparecen pintados en una ó en ambas mejillas de la representación de la Tormenta. En las Figs. 58 y 59 el cuerpo de los suris está formado por meandros ó guardas simbólicas, cuyo valor conocemos de antemano, detalle significativo este último que demuestra de una manera concluyente que el suri es también un símbolo.

Ahora bien: ¿qué valor simbólico tiene el Ave-Suri en la escritura sagrada de la alfarería funeraria de Calchaquí?

Fig. 58. San José. Col. Max. Schmidt. Fig. 59. Loma Rica. Catamarca.

Illustration from La cruz en América (Arqueología Argentina)
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Ante todo, establezcamos que la mayor parte de los pueblos americanos han adorado á las aves ó á los volátiles, como seres que viven en el aire, en la atmósfera, y que cruzan el espacio, por lo que han formado algunos pájaros en la categoría de dioses atmosféricos. El ave, que tiene el poder de cortar los vientos y de ascender de un vuelo á las más altas cumbres, inaccesibles al hombre; que se desliza suavemente por las alturas, yendo vertiginosamente de un punto al otro; que cuando recoge sus alas se lanza como un rayo á la tierra,—natural es que fuese tomada por un mensagero del mundo de arriba, y perfectamente explicable que en el Perú una junta de augures ó aureolos indagase los misteriosos secretos de que los volátiles eran poseedores, y que quisieran iniciarse en el lenguaje de su canto.

Las analogías observadas entre el ave y la nube han sido para el indio hechos reales, y no simples semejanzas ó coincidencias. La nube toma muchas veces las formas de un pájaro gigantesco, de cuyo pico parece como que sale el rayo; los colores del iris suelen corresponder á los de las plumas del pájaro; la nube, como éste, vuela en el espacio y proyecta sombra sobre la tierra; la una truena y el otro canta y grazna; el rayo que cae se parece al vuelo rápido del pájaro que se clava al suelo para asir su presa; el viento que corre se supone alado, y de aquí las expresiones figuradas: «las alas del viento», «las nubes que vuelan», que para el indio son hechos reales, al decir de Brinton[232].

El pájaro es, entonces, un símbolo significativo de importancia, y nada más apropiado que un volátil para representar la nube, como el quetzal de los mejicanos, que se presenta como el señor de la atmósfera.

Entre los pieles rojas un pájaro gigante desempeña el papel más importante de su cosmogonía. Los dakotas aseguran que en el oeste viven «los voladores», y creen que el trueno es el ruido del pájaro, agitando las alas; el relámpago, el fuego que resulta en su camino, como el que produce el bisonte corriendo por praderas pedregosas. Cosas semejantes refieren los algonquines, para los cuales el viento sale del pico de las aves y las nubes se forman por el movimiento de sus alas. Los tupis é iroqueses creen en el pájaro tormenta, cuyos ojos centelleantes producen los relámpagos. Entre los Lení-lenapes, los cris, los mandans, los moenitarres, los assiniboines, el pájaro Manitu reside en lo más alto de los cielos, y el trueno ruge cuando él baja las alas, saliendo el rayo de sus ojos y la lluvia de su pico. Para los dakotas, antes citados, el trueno es un gran pájaro que posee una numerosa prole; es él el que produce el eco, cuya larga repercusión es el grito de sus pequeñuelos. Los natches y los arkansas adoran al águila, como al ave sagrada. La nube del trueno es un pájaro para los caribes. Los zuñis, indios de los Pueblos de Nuevo Méjico, con cuatro plumas de aves, que simbolizan los cuatro vientos, invocan á la lluvia. La lechuza es el viento de uno de los cuatro cuarteles, para los chipeways. Los navajos creen que un cisne está parado en cada uno de los puntos cardinales, espíritus de las corrientes que soplan. En la América Central, el pájaro Voc es el mensagero de Hurakán, el dios de la tempestad. En el Perú, Piguerao, el hermano de Catequil, el dios de la tormenta y del trueno, nace de un huevo. Cuntur, el ave venerada, lleva en la sílaba Cun la idea de lluvia, de la divinidad Con ó Cun[233].

En nuestro Calchaquí, sin duda alguna, el Suri es el Pájaro de la Tormenta, ó la Nube, que lleva el agua en su seno, y cuyo pico lanza el rayo. Posiblemente también lo es el Cóndor, que en algunas ocasiones ocupa en la alfarería el lugar del avestruz, y que á veces se le reproduce semejante á éste.

En el mito preincáico de Catequil, Atachuchu crea á un ser humano, el hijo del cielo, personificación del cielo mismo, que se une á una divinidad de las nubes negras de la tempestad, la hija de los Guachemines. Este hijo del cielo, que baja á la tierra, es Guaman-suri ó Guaman-Suri, el ave doble, ó sea el Halcón y el Suri, hecho éste sobre el que ningún americanista ha fijado la atención, y en el que el Suri integra la personalidad mítica de una divinidad atmosférica, de este gran volátil biforme de la cosmogonía peruana, que pone dos huevos, correspondientes respectivamente, sin duda, al halcón y al suri, y de los cuales huevos salen Catequil y Piguerao, el rayo y el trueno.

En el Folk-lore calchaquí hasta hoy el Suri es el nunciador de la lluvia. Cuando el tiempo está para cambiar, esta gran ave nerviosa abre las alas, cuyas plumas desordenadas sacude, y corre al encuentro de la primera ráfaga húmeda de viento que llega. Cuando la descompostura atmosférica se anuncia con los primeros truenos lejanos, huye vertiginosamente de un lado al otro, describiendo grandes curvas, moviendo su cuello largo y flexible, abriendo su pico, y volteando curiosa y airosamente en el aire, doblando sus largas canillas; de manera que aparece como un ser fantástico, que cobra con la agitación de su plumage formas diversas, corriendo á medio vuelo sobre la llanura.

Ningún otro animal alado más aparente que el Suri para símbolo significativo y representativo de las nubes. Su gran tamaño; su color ceniciento, como el de los nublados cargados de agua; su profuso plumage, que agita y sacude á voluntad, cobrando las más caprichosas formas, como las nubes en el espacio; la velocidad con que corre sobre la llanura, que rememora la carrera del viento en el cielo; su largo cuello nervioso, que mueve de la manera sinuosa con que huye la serpiente, y que en sus formas recuerda de este ofidio, terminado el cuello en su cabeza provista de ojos grandes, de dobles círculos, como los Imaymanas; su pico siempre abierto, que podría dar asidero á la creencia do los algonquines de que por él sale el viento; el hecho mismo de asir rápidamente con el pico á la víbora, arrojándola con fuerza á los aires cuando se dá con este reptil que mata y devora, todo esto y mucho más debió impresionar la imaginación del indio y embargar su atención, hasta convertir al Ave-Suri en el símbolo sagrado de la Nube de la Tormenta[234].

Observemos que con la palabra Suri se denominaba á esa gran porción nómade ó alárabe del Tucumán que luchó al Inca y á la conquista española[235]. También con el diminutivo ita es apellido indio, como en Surita, en el caso citado por Lafone Quevedo, en el que un indio tenía este apodo con que era conocido, llamándose siempre Sura á su hija[236].

Un dato interesantísimo reproducido por este ilustre americanista en su libro Londres y Catamarca, y al cual no halló explicación satisfactoria cuando lo consignó, es una prueba elocuente del carácter atmosférico del Suri: nos referimos al hecho de no figurar la cabeza del suri en los sacrificios ofrecidos al Chiqui, la divinidad funesta de que habla Montesinos. «De la siguiente relación, escribe aquél, se deduce que el suri, xuri ó juri, avestruz, algo de sagrado contenía. Cuenta el indio Peralta, nacido en el ya abandonado Pueblo del Pantano, que para celebrar la fiesta del Chiqui hacían reunión de hombres y mujeres, que se juntaban bajo de un algarrobo con varias tinajas llenas de aloja; en anticipación de la tal función, dos días antes salían los hombres al campo á correr libres, huanacos, pumas y otras aves, menos suris ó avestruces, que respetaban,—y con las cabezas de los animales que cazaban daban vueltas al rededor del Arbol (el tacu ó algarrobo), entonando el canto ó vidala de los Indios y chupando aloja más y mejor». Consignados estos datos de la ceremonia, Lafone Quevedo se interroga:—«¿por qué no se colgaría también la cabeza del Suri ó Juri?»—y se contesta en seguida: que un indio le dió la explicación de que el motivo de la exclusión de la cabeza del Suri sería porque este tiene cabeza chica; «más yo me inclino á creer, añade el americanista, que la excepción hecha en favor ó contra del Suri tiene su causa de origen en la distinción que yo acabó de hacer entre Juríes y Diaguitas»[237].

El motivo no es ese, responderemos nosotros: la cabeza del Suri no debía figurar en la fiesta del Chiqui, porque el Suri no podía ser sacrificado, como la talca, la huilla ó la puma, en la bacanal indígena. El Chiqui, como hemos manifestado, es la divinidad funesta, el dios de los maleficios, ó la «adversa fortuna», al decir de Montesinos[238], al que solo se aplacaba con cruentos sacrificios animales y aún humanos: runa arpainyiguan. Las bacanales del Chiqui celebrábanse cuando sobrevenían las grandes secas, y cuando se evaporaba la humedad de la tierra, porque el sol estaba quemando. ¡Inti rupas tian!—en efecto, era el grito de la tribu sedienta, la cual levantaba en alto sus cántaras vacías en demanda de agua, y que enseñaba á los cielos, haciéndolas saltar, las cabezas sacrificadas de los animales, para aplacar á la divinidad funesta, llamando á la Huayrapuca á que corriese por la noche silvando, trayendo consigo las nubes bienhechoras de la lluvia:

Huairapuca corriti..... Arquituta silvas, silvas purinqui: Huilca, talca, saltas, saltas purinqui..... Huipe ¡huipe! Cot! cot![239].

Ahora bien: si la cruel bacanal del Chiqui se celebraba en el propósito de conjurarle, propiciando á las divinidades atmosféricas á la vez en la ceremonia de las cántaras vacías en torno del árbol,—¿cómo es posible que el indio sacrificase al Ave-Suri, ofreciendo sus cabezas cortadas y haciéndolas saltar lo mismo que á las de las talcas y las huillas, que perecían de sed?—¿cómo dar muerte al Suri, que es la Nube, la que lleva el agua anhelada en sus senos fecundos cuando la Huayrapuca la trae del sudoeste, entre relámpagos y truenos?

Es esta la explicación sencilla de lo que aparecía como un enigma para Lafone Quevedo, y después para Ambrosetti; pues como estos americanistas no habían determinado el valor simbólico del Suri, emblema de la Nube, debieron recurrir ó á consignar el hecho ó á darle otro género poco satisfactorio de explicaciones. Sacrificar el Suri, sería sacrificar la Lluvia. Lejos de eso, era el Suri, era la Nube, el objeto propiciado de los sacrificios: por eso jamás podía figurar su cabeza en la fiesta del Chiqui, como no puede figurar la cabeza de la divinidad misma á quien se ofrece el holocausto[240].

El material iconográfico de este capítulo sirve de prueba irrefutable del valor simbólico que atribuimos al Suri. Como se enterará el lector, en la mayor parte de las representaciones de esta ave de la tormenta, el Suri aparece en las actitudes de que dá cuenta el Folk-lore, es decir: con las canillas dobladas, como lanzado á la carrera, suelto el plumaje de sus alas, con su cuello erguido y con su pico abierto.

Si fijamos la atención en las diversas reproducciones, notaremos muchas otras particularidades llamativas, que contribuyen á determinar más su significación simbólica, la que desde el primer instante salta á la vista, cuando se vé al Suri formando en primera línea en todo ese complicado conjunto escrito sobre la alfarería, que sirve para caracterizar á la gran figura mítica de la urna, ó sea á la representación antropo-zoomorfa de la Tormenta.

El Suri, ya lo vimos, está especialmente pintado en la sección ventral de la urna, en los dos campos que forman los arcos de los brazos; es decir: en los lugares correspondientes á las mamas de la figura principal, aunque no sabemos á qué sexo pertenece la divinidad atmosférica en cuestión, cosa que al indio ha sido indiferente indicar, por la razón sencilla, sin duda, de que ha de pertenecer al género epiceno, pues que en el acto propiciatorio el creyente nativo invoca á su dios como á tal, «ya sea varón, ya sea hembra»: cay huarmi cachun, cay cari cachun.

Los suris están además contiguos á ese Vaso ó cántara portada en las manos; y en los casos de las Figs. 31 y 39, las aves abren sus picos para derramar algo en aquellos: es claro que líquidos, por ser una vasija el continente.

Los suris encuéntranse rodeados de signos ó símbolos atmosféricos; y en la Fig. 51 hemos visto á una de estas aves, bastante bien reproducida, coronando un interesantísimo grupo artístico de serpientes.

Pero la más evidente indicación de que el Suri es la Nube, está en el hecho gráfico de que el ave aparece lanzando al rayo serpiente por su pico, de la propia manera que los nublados cargados de agua en el espacio producen las descargas eléctricas. Los dos suris de la Fig. 32 aparecen vomitando víboras, así como los suris gemelos de la Fig. 56; y para que no abriguemos sospecha alguna de que tales víboras no fueran la serpiente-rayo, ofrecemos en detalle el pequeño Suri de la Fig. 60, al cual se vé con algún esfuerzo lanzando al ofidio luminoso de dobles cabezas triangulares.

El Suri, lanzando por su pico á la víbora, es la Nube de la tormenta despidiendo de su seno el rayo. Ninguna otra interpretación cabría al respecto.

Fig. 60. Fig. 61.

Illustration from La cruz en América (Arqueología Argentina)
Illustration from La cruz en América (Arqueología Argentina)

La Nube preñada de relámpagos, es la serpiente confundiéndose con el Suri, ó la serpiente contribuyendo á dar sus formas características al ave, como en el caso de los suris ofídicos de la urna 43, en el cual tenemos perfectamente representada á la Serpiente Emplumada, ó á ese Quetzalcóatl que impera sobre los fenómenos atmosféricos de los que es, más que causa, su encarnación misma.

En la Fig. 44, en la que, del cuerpo de una gran serpiente sale una cabeza de Suri con su largo cuello, tenemos otra figuración ideográfica de la serpiente emplumada.

Un tercer ejemplo es el más interesante: el de la Fig. 61, en el cual vemos que líneas quebradas, paralelas, puntuadas (gotas de lluvia), dan formas á una serpiente-rayo: de cada uno de los vértices de la zig-zag luminosa salen tres largas plumas de Suri, las mismas tres plumas, en forma de tres arcos, con que el artista figura las alas del ave sagrada en todos los ejemplares ofrecidos.

Estas tres líneas curvas de las alas, en la Fig. 39 no aparecen juntarse á la raíz del cuello del ave, como en los demás casos, sinó que arrancan de la línea recta que forma la parte anterior del mismo, describiendo tres arcos concéntricos, paralelos al gran círculo de la caja del cuerpo del Suri: estos tres arcos son el Iris ó Arco Chuychu, pues es de la misma manera como el Yamqui Pachacuti en su Plancha antes citada, figura simbólicamente el arco del cielo, con su leyenda respectiva.

Illustration from La cruz en América (Arqueología Argentina)

Fig 62. Santa María. Museo Nacional.

Quién, finalmente, abrigare alguna duda respecto al valor simbólico del Suri, examine con espíritu arqueológico las pinturas de los pucos de las Figs. 35 y 36, y verá en ellas, de negro, sobre fondo amarillo, figuradas á las nubes, con sus caprichosas y onduladas guardas. Pues bien: de esas figuraciones artísticamente irregulares salen cabezas de Suri, de modo que ellas, en el grupo de la reproducción ideográfica, vienen á constituir los cuerpos de los pajarracos míticos.

Establecido el valor simbólico del Ave-Suri, nos explicamos perfectamente por qué la representación atmosférica b de la Fig. 29 bis, sobre la superficie de un mate ó calabaza (Fig. 29) (que según Brinton[241] es una figura conspicua en los mitos y en el arte de la América antigua y un símbolo de agua de igual valor que la cántara), porta en sus manos una cabeza de Suri y una flecha: la cabeza de Suri es la nube, y el dardo, el rayo. Debe también recordarse que el Dios del Aire de Squier (Fig. 28) porta un pájaro (la nube) en su diestra.

Fig. 63. La anterior vista de lado. Fig. 64. Interior de un puco Santa María. Museo Nacional.

Illustration from La cruz en América (Arqueología Argentina)
Illustration from La cruz en América (Arqueología Argentina)

Que el Ave-Suri que nos ocupa es un volátil que surca los altos cielos, como divinidad atmosférica y luminosa, pruébanlo los suris estrellados de las Figs. 62, 63 y 64, que reproducimos, lo que demuestra hasta donde alcanzaba la concepción india del pájaro de la Tormenta. En efecto: los dos suris de la urna 62 tienen en sus cuerpos respectivos figuradas cuatro y cinco estrellas; cinco, igualmente, los de la urna 63; y al centro del puco 64, destácase el gran pájaro de la tormenta, esta vez parecido al papagayo, con su cuerpo y cola cubiertos de ojos Imaymanas, yemas ó gérmenes, siendo estrelladas sus patas. Esta interesantísima y original representación, que por sí misma es una revelación, está rodeada por el pajarillo atmosférico de arriba, que corta el espacio con sus alas abiertas, y por dos serpientes laterales de dobles cabezas,—las serpientes del rayo,—de modo que en el puco en cuestión aparece totalmente reproducida la escena atmosférica de la tormenta, con sus rayos y con sus atributos fecundantes.

No nos resta ahora sinó explicar por qué los indios de Calchaquí empleaban varas emplumadas en las ceremonias del culto al Trueno y al Rayo, y por qué también en sus fiestas gentílicas adornaban con plumas á los árboles.

Lozano[242], hablando de los ídolos Caylles, ó imágenes labradas en las láminas de cobre, dice que á estos, como á las varitas emplumadas, colocaban los naturales con grandes supersticiones en las labranzas, como protectoras de las mismas. El P. Guevara[243], refiérenos que en los templos del Trueno y del Rayo, rociadas con sangre de carnero de la tierra, figuraban en las ceremonias estas varitas emplumadas, que «las llevaban á sus casas y sembradíos, prometiéndose de su virtud, contraída á presencia del numen, toda felicidad y abundancia».

El P. Techo[244], escribe que al igual de los hebreos, los calchaquíes eran gentes muy supersticiosas, y que «adoraban árboles adornados con plumas ...»

Este empleo de plumas de ave en todas estas ceremonias y prácticas religiosas, es perfectamente explicable después de lo que dejamos apuntado. Observemos que las plumas figuran en los templos dedicados al Trueno y al Rayo; en las ceremonias propiciatorias de la abundancia en las sementeras; en la fiesta del Arbol, en la que, como sabemos, se propiciaba á los dioses de la lluvia para que la vegetación no se secase. Entonces, tenemos constatado el empleo de plumas de ave en todas las ocasiones en que demandábase el Agua, el elemento fecundador por excelencia, objeto de la religión calchaquí, sintéticamente considerada. Las plumas simbolizan el ave de la Tormenta. Luego varas emplumadas, emblemas de las serpientes emplumadas ó del rayo emplumado, han de figurar forzosamente en el culto acuático: ellas son, entonces, las protectoras de las mieses, y á las labranzas han de llevarse como objetos eficaces contra las seca, la piedra y el granizo, junto con los Caylles, á la manera de preciados amuletos[245].

Réstanos ahora resolver el último problema simbólico propuesto:—¿qué significación tiene ese Vaso ó cántara que levantan en alto las manos de la figura mítica de las urnas?

Fácil nos parece responder á esta pregunta.

Ese vaso portado por la divinidad atmoférica de la Tormenta, no puede ser otra cosa que el depósito sagrado del agua de la lluvia: el Ticcu ó Vaso del Trueno, tantas veces recordado en la mitología de los pueblos americanos[246].

Ese vaso, perfectamente reproducido en alto relieve, con su profunda concavidad, en la Fig. 41, es portado por la divinidad de la Tormenta en las Figs. 31, 39 y 54, llevándolo á su boca misma, para beber, en el curioso ejemplar de la urna de la Fig. 40, á fin de que se disipe toda duda al respecto. Cuando ese vaso falta, como en el caso de las Figs. 37, 38 y 50, dos cabezas triangulares de serpientes, con sus repectivos apéndices espirales, aparecen en su reemplazo, diciéndonos claramente esta sustitución del contenido por el continente, que rayos de la tormenta ó agua de lluvia es lo que suele guardar la rebosante cántara sagrada. En el caso de la Fig. 51, en el lugar en que las manos se juntan con los brazos figurados por dos curvas que hacen el ángulo, tenemos ese grupo mítico de los relámpagos y los rayos en acción, inmediatamente después del Suri, ó emblema de la Nube de la tormenta, que los produce.

Fijemos igualmente la atención en que las nubes ó los suris, encamínanse con sus picos abiertos á depositar el agua ó los rayos de la tormenta en los vasos simbólicos, como en los ya citados casos de las Figs. 31, 32, 33, 39, 50, etc.

«El cántaro ó la calabaza, escribe Brinton[247], tratando de los Mitos del Agua y de la Tormenta, como símbolo de agua, fuente y preservador de la vida, es una figura conspicua en los mitos y en el arte de la América antigua. Bajo el nombre de Akbal ó Huecomitl, el vaso grande ó primitivo ocupa lugar importante en las leyendas aztecas y mayas sobre el drama de la creación; con el nombre de Tici (Ticcu) en el Perú, es símbolo de las lluvias, y en forma de calabaza entre los caribes y tupis, se menciona con frecuencia como padre ó madre (parent) de las aguas atmosféricas. Figuras colosales se han desenterrado en el valle de Méjico, en Tlascala, en Yucatán y otras partes. Representan al dios de la lluvia, el portador del agua, el patrono de la agricultura.»

Observemos que Illa-Ticci, nombre del dios acuático Viracocha, recortadas que llevan cántaros, compónese de dos palabras, que pueden traducirse así: Illa-brillar—alusión al relámpago—y Ticci ó ticcu—cántaro; ó, en otros términos:—Vaso del Trueno.

Este Vaso del Trueno y la función que desempeña en una leyenda mítica del Perú, aparecen en una hermosa poesía cuyo texto quichua nos ofrece Garcilaso de la Vega[248], la que más abajo reproducimos, con la traducción castellana que hemos hecho, lo más ajustada á su original, en cuanto posible nos ha sido.

Y antes de transcribir el himno textual y su traducción, conviene una brevísima explicación del mismo.

En el Perú, al lado de Viracocha, existía una Diosa de la Lluvia, hija de este Dios de las aguas, cuyo nombre ignoramos, pero que incontestablemente forma parte del politeismo peruano, anterior á la heliolatría incásica. La diosa era portadora de un vaso que contenía la lluvia y la nieve, el cual volcaba sobre la tierra. Cuando su hermano (Catequil, sin duda) rompía el vaso, entonces con el golpe producíase el trueno, entre relámpagos, y llovía, nevaba ó granizaba sobre el mundo[249]. He aquí el himno:

Çumac Ñusta Bella Infanta:

Taralláyquim El tu hermanito

Puyñuy quita El tu cántaro

Paquir cayan Lo está quebrando,

Hina Mántara I por esto

Cunuñunun Truena, relampaguéa,

Illac pántac También caen rayos.

Camri Ñusta I tu, Infanta,

Unuy quita La tu Agua

Para munqui Irás á llover,

Muy ñinpiri I á veces

Chichi munquim Irás á granizar,

Riti munqui Irás á nevar.

Pacha rúrac El Hacedor del mundo,

Pachacámac El Creador del mundo,

Viracocha Viracocha,

Cay hinápac Para esto mismo

Churasunqui Te ha colocado,

Camasunqui Te ha creado.

Este himno, tan interesante, es en sí mismo una verdadera revelación en el sentido de establecer el valor simbólico del vaso que en nuestras urnas porta la Diosa de la Lluvia ó la Tormenta, y que lleno de agua acerca á sus labios en la citada Fig. 40, cuya sección ventral, con adornos ondulados acuáticos, contribuye á dar mayor importancia á la interesantísima representación que estudiamos.

Brinton y Rialle, respectivamente en inglés y francés, traducen el Sumac Ñusta[250].

Establecida le importancia de las urnas funerarias en el culto á la Lluvia, y fijado el valor simbólico de las diversas figuraciones emblemáticas que cubren y adornan su superficie externa, el papel que en la alfarería funeraria desempeña el símbolo de la Cruz, determínase por sí mismo, sin necesidad de extremar la observación arqueológica.

Desde el primer momento hay que dar por sentado que, siendo acuático ó atmosférico el simbolismo de tales urnas, la Cruz, trazada por dos líneas de iguales dimensiones, que entre sí se cortan, formando parte de una figura de tal equivalencia, es también un signo acuático y atmosférico.

Ahora, determinemos la colocación y ubicación del símbolo de la Cruz en las pinturas de las urnas, para fijar con precisión su valor como emblema meteorológico, indiscutiblemente distinto, no en el sentido específico, sinó genérico, de los otros signos ó emblemas, cuyas equivalencias ideográficas hemos de antemano establecido.

La Cruz, en primer lugar, aparece reproducida en el centro del cuerpo de los suris; y ejemplo de ello son: las Figs. 32, 33, 34, 37, 38, 39, 50, 51, 54, 55, 57 y 60; es decir: que los casos se repiten de una manera verdaderamente llamativa en las láminas ofrecidas, que no son sinó una mínima cantidad en relación á los numerosos ejemplares de las colecciones.

Si el Suri es la Nube de la tormenta, claro es que la Cruz, que lleva pintada al centro de su cuerpo, no es otra cosa que el Agua de que la Nube es portadora en su seno, ó sea la Lluvia. Los cuatro palos de la Cruz representarán claramente á los cuatro vientos que producen el fenómeno, al reunirse en su punto de intersección.

En otros casos, como en el de la Fig. 40, dos cruces se han trazado en los campos ventrales que los suris suelen ocupar: los símbolos, entonces, equivalen á las nubes portadoras de la lluvia, ó á la lluvia misma.

En la Fig. 45, la Cruz aparece reproducida entre las dobles cabezas de la Nube.

Como símbolo de la lluvia, la Cruz igualmente figura al lado del vaso del trueno, que contiene el agua de la tormenta, como en las Figs. 37, 39 y 40 citadas.

Illustration from La cruz en América (Arqueología Argentina)

Fig 65. Detalle de una urna.

En tal carácter, es reproducida también á manera de embijamiento en el rostro del ídolo de la Tormenta, como en algunas de las urnas ofrecidas, y especialmente en el siguiente caso de la Fig. 65, detalle de una urna de Santa María, en el que vénse dos hermosas cruces dobles pintadas en el rostro de la figura antropo-zoomorfa de la Tormenta[251].

La Cruz aparece en los pucos como símbolo de lluvia, de la misma manera que en las urnas, como puede constatarse en las reproducciones que ofrecemos en el subsiguiente capítulo, y en la que va á continuación (Fig. 66), en la que se vé á la Cruz alternando con los suris simbólicos, meandros y escalones pata-pata[252]. Con este curioso puco dimos en Fuerte Quemado, formando entre las piezas de una colección particular.

Fig. 66. Interior de un puco de Fuerte Quemado. Fig. 67. Gran cruz de la sección ventral de una urna de Sta. María.

Illustration from La cruz en América (Arqueología Argentina)
Illustration from La cruz en América (Arqueología Argentina)

Cerraremos el presente capítulo reproduciendo la gran Cruz collcampata, pintada al centro de tres círculos concéntricos puntuados (gotas de lluvia) que ocupa toda la sección ventral de una urna de Santa María (Fig. 67), en la que se han eliminado las representaciones de los relámpagos, de los rayos, de los suris y del vaso del trueno, en prueba de que la Cruz es un emblema sintético, el símbolo figurativo de los fenómenos atmosféricos que producen la Lluvia[253], tal cual vimos que apareció en la lámina desarrollada del vaso ceremonial de los indios de Sia, en nota del capítulo anterior; repitiéndose el mismo hecho y principio arqueológico en ambas extremidades del Continente.

Notes in this chapter

Note 1 · Adán Quiroga, Antigüedades Calchaquíes—La Colección Zavaleta, nos. II y III (Bolet. del Institut. Geográf. Argent., tom. XVII, cuads. 4 á 6)Note 2 · Adán Quiroga, El Simbolismo de la Cruz—1899 (Bolet. del Inst cit., tom. XIX, cuads. 7 á 12).Note 3 · De las Antiguas Gentes del Perú, pág. 91.Note 4 · Sobre estas huahuas de pan, véase á John Lubbock, Orígenes de la Civilización, pág. 314 (Ed. Madrid, 1888).Note 5 · Adán Quiroga, Excursiones por Pomán y Tinogasta, § II (Bolet. del Instit. Geográf. Argentino, tom. XVII, 1897).Note 6 · Techo (Hist. de la Provincia del Paraguay, tom. V, cap. XI, pág. 41), parece aludir á esta clase de enterratorios, cuando, á propósito de loNote 7 · Este fragmento de urna forma parte en la actualidad de la colección del Instituto Geográfico.Note 8 · Rialle (Myth. Comparée, cap. VI, pág. 98), escribiendo sobre el fetiquismo en la naturaleza animada, manifiesta que «los Shawnis decían que Note 9 · Myths of the New World, cap. IV, pág. 125.Note 10 · Véanse sobre estos temas á Brinton cit., cap. IV, págs. 120 y sigtes, y á Rialle, Mith. Comp. que le sigue, cap. VI, págs. 75 y sigtes.Note 11 · Los interesantísimos datos de Folk-lore que el Señor Daniel Granada consigna sobre el Avestruz en el Río de la Plata, y especialmente sobre Note 12 · Juríes, quiere decir xuríes ó suris, avestruces. Fernández de Oviedo y Valdés dá esta interpretación (Historia de Indias, lib. XLVII, cap. INote 13 · Londres y Catamarca, cap. XXIX, pág. 257.Note 14 · Londres y Catamarca, cap. XXVIII, págs. 249 á 251.Note 15 · Memorias, cap. XIV (Ed. Madrid, 1882),—Chi, es «cosa parada»; qui, partícula que significa ambigüedad; luego chiqui, dice: cosa doble, llenaNote 16 · Fragmento del canto al Chiqui, tal como hoy se repite, mezcla de castellano y quichua.Note 17 · Cábenos la satisfacción de manifestar que, consultada á Lafone Quevedo esta interpretación nuestra, después que fijamos el valor simbólico dNote 18 · Briton, op. cit., cap. V, pág. 152.Note 19 · Hist. de los Jesuitas del Paraguay, etc.Note 20 · Hist. del Tuc. etc., pág. 33.Note 21 · Hist. de la Prov. del Paraguay, tom. II, cap. XXIII, pág. 397.Note 22 · En numerosos petroglyfos aparecen grabadas patas de suri, cuya significación hasta hoy no se ha explicado (Véase cap. VIII). Después de lo eNote 23 · Un ejemplo interesantísimo es el de los 4 Bacabs, antes citados, 4 dioses mayores, representados por los 4 Canobos, ó vasijas de arriba, llaNote 24 · Op. cit., cap. V, pág. 152.Note 25 · Comentarios Reales, lib. II, cap. XXVIII.Note 26 · Según Lucien Biart (Les Aztéques, pág. 70) «Tláloc creó muchos pequeños ministros, encargados de ejecutar sus órdenes. Munidos de un ánfora Note 27 · Brinton, cap. V, págs. 186 y 187 y Rialle, cap. VI, pág. 259. He aquí las respectivas traducciones: DE BRINTON DE RIALLE Beauteous princess,Note 28 · Compárense estas cruces con las peruanas de la Fig. 9, cap. III.Note 29 · Pata, andén agrícola (Véase la lámina del Yamqui Pachacuti).Note 30 · Otro ejemplar precioso con cruces, que sintetizan en estos emblemas los demás símbolos de la alfarería funeraria, es la urna de San Fernando
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