EL HIJO
Reading edition
I
A los treinta años, aburrido de vivir solo y sin afectos, Amadeo Zureda se casó. Era un hombre de mediana estatura y robustas espaldas, que tenía la color cetrina, el mirar reflexivo, el ademán lento y seguro. Toda el alma de su rostro, cortado por un bigote negro y bronco, más que en la reciedumbre de sus pómulos y de sus mandíbulas cuadradas ó en la dureza de su nariz, radicaba en la energía taciturna del entrecejo hirsuto, sombrío como un mal recuerdo. Borráranse uno tras otro los rasgos todos de aquel semblante, y mientras la línea peluda de las cejas subsistiera intacta, la expresión de Amadeo Zureda no habría cambiado; que entero su espíritu, reservado y ardiente, estaba allí.
A Rafaela, su mujer, el matrimonio la redimió de la esclavitud del obrador. Acababa de cumplir diez y ocho años, y era una morenucha de ojos negros, apicarados y muy grandes, y de labios fragantes y rojos; el talle flexible, las traviesas caderas turgentes y movedizas, el seno bien soplado, el caminar vivo, desembarazado y aventurero. A su donaire bravío, un poco canallesco, de hija del pueblo, iba unida cierta distinción de gestos y de aficiones que aderezaba su belleza y la mejoraba; tenía las manos menudas y pulidas, y gustaba de ir finamente calzada y con enaguas bien limpias y crujientes. Y como su cuerpo era su espíritu, ágil, inquieto, incapaz de guardar durante mucho tiempo la misma actitud; mientras hablaba, sus ojos pícaros rebrillaban de contento, y en su boca grande, de dientes blanquísimos, ardía perenne, como lámpara santa, la luz de una risa. Amadeo adoraba en ella; cuando por las tardes, al volver del trabajo, Rafaela acudía á recibirle con jubilosas alharacas y luego se instalaba zalamera sobre sus rodillas, Zureda, poseído de inefable contento, quedábase boquiabierto y como en éxtasis, y hasta aquella cicatriz pensativa de su entrecejo parecía dulzurarse en la grave serenidad de la frente cobriza.
El matrimonio se había instalado en el piso quinto de una casa vecina de la Estación del Norte. La finca era nueva, y el cuarto de los Zureda, muy alegre y soleado, con habitaciones espaciosas, claras, y dos balcones, que las manos hacendosas y artistas de Rafaela habían colmado de flores.
Amadeo era maquinista del ferrocarril; sus jefes estaban contentísimos de él; dos años hacía que trabajaba en la línea de Madrid á Bilbao, y nunca cometió faltas merecedoras de castigo; era inteligente, activo, duro en la faena; después de una jornada de quince horas, sus ojos negros dotados de extraordinario poder visual, miraban sin cansancio; dentro de su traje de pana, aquel hombre musculoso, impasible y cetrino, parecía de bronce.
Zureda amaba su oficio; lo aprendió en los Estados Unidos, el país donde corren más los trenes, y habiéndose quedado huérfano en edad temprana, á su profesión dedicó íntegra la abundante savia afectiva de sus años solteros. El camino de Madrid á Bilbao lo conocía en sus menores detalles, palmo á palmo, y hubiera sido capaz de andar por él á ciegas, y tan seguro como por su propia casa. Había grupos de árboles, barrancos, ríos, cerros y alquerías que tenían para él la elocuencia terminante de un plano topográfico ó de un reloj. «Al llegar á tal sitio—pensaba—hay que dar freno, porque inmediatamente después viene una cuesta abajo.» O bien: «Ahí está el puente; debe ser tal hora...» Y la apreciación de estas nociones de espacio y de tiempo era siempre precisa, infalible. Zureda sabía que aquellos objetos inanimados, escalonados á lo largo de la vía, eran á modo de amigos fieles, que no habían de engañarle.
Este amor fetichista al paisaje lo compartía el que le inspiraban sus máquinas. Generalmente trabajaba con las mismas: la número 187 y la número 1.082. A la primera Amadeo la llamaba «la Negra»; á la segunda, «la Dulce». Aquélla era indócil, violenta y se gobernaba mal; cuando iba venciendo alguna cuesta parecía trepidar de dolor, y en su panza de hierro había ululeos extraños de amenaza; en las pendientes patinaba, y era difícil contenerla; diríase que en su interior agitábase un espíritu díscolo, eternamente rebelde á todo mandato; estaba quieta y no quería andar; si andaba, costaba trabajo detenerla; al penetrar bajo el arco tenebroso de los túneles, su silbido de alarma vibraba desgarrador, semejante á un grito humano. «La Dulce», por el contrario, era mansa, obediente, recia y voluntariosa en los momentos de subida, prudente y reservona en las cuestas abajo, cuando convenía reprimir el descenso temerario del convoy.
Siempre que Amadeo iba de viaje, lo que ocurría dos veces por semana, su mujer le preguntaba:
—¿Qué máquina llevas hoy?
Y si era «la Dulce» se quedaba tranquila.
—Con ésa—decía—no hay cuidado. La otra, en cambio, me da miedo: tiene «mala sombra...»
A Zureda, sin embargo, le gustaba bregar con las dos, y hasta sentía inclinación por una ó por otra, según el estado de sus nervios. Cuando se hallaba de buen humor, prefería «la Dulce», que no le daba trabajo. Esto sucedía durante los días apacibles, bajo el enorme beso ardiente del sol. Pedro, el fogonero que acompañaba á Zureda, era andaluz y sabía canciones picantes y sabrosos cuentos. Amadeo le escuchaba complacido, mientras sus ojos vigilantes se abismaban en el horizonte, riente y azul; los rieles que iban devanándose ante los topes de la locomotora, brillaban á la luz y parecían de plata; el aire era tibio y cargado venía de fragancias campestres; bajo sus pies el maquinista sentía retemblar la máquina, diligente, sumisa, sin bruscos sacudimientos ni lamentos insólitos, y murmuraba, ufano y cariñoso, como animándola:
—Anda, cordera...
Pero otras veces su cuerpo sanguíneo padecía cóleras recónditas, irritaciones caprichosas, desequilibrios insanos de humor, que le quitaban las ganas de hablar y ahondaban la cicatriz torva de su entrecejo. Y entonces prefería llevar consigo á «la Negra», siempre amenazadora y arisca, que contradecía todas sus órdenes; y esta lucha, en la que palpitaba constantemente un peligro, servía de sedante á sus nervios y le pacificaba. Entonces Pedro, el andaluz de los cuentos atrevidos y de las canciones pícaras, enmudecía cohibido por el agrio humor del maquinista. A lo largo del camino, y como rimado por las ráfagas musicales del viento y el fragor trepidante de la locomotora, un largo diálogo de rencores se entablaba entre el hombre y la máquina. Apretando los dientes, Zureda murmuraba:
—Anda, perra... la pendiente es dura, pero has de subirla. ¡Anda con ella!...
Y abría la boca del horno, ardiente y roja como pozo infernal, y por su propia mano, sañudamente, arrojaba dentro del hogar ocho ó diez paletadas de carbón. Como respondiendo al castigo, la máquina se estremecía; bramidos iracundos restallaban en su interior, y por sus lomos humeantes parecía correr una ondulación de odio.
De estos viajes Amadeo Zureda siempre volvía trayendo para su mujer algún regalo: un corsé, un cuello de piel, una caja de medias... Rafaela, que sabía exactamente la hora de llegada del expreso, atisbaba su paso desde un balcón. Zureda, además, desde muy lejos la avisaba con un largo silbido.
Ella, si aún estaba acostada, saltaba del lecho, vestíase precipitadamente y corría al balcón; y sobre el verde alféizar de las macetas, su rostro cobrizo sonreía al paisaje. Un momento después, por entre las arboledas frondosas de la Moncloa, el tren aparecía crepitante, fragoroso, devanando su cuerpo negro y ondulante á lo largo de los rieles, bruñidos. Desde el tándem, el maquinista, alborozado, saludaba á la joven con un pañuelo; y solamente entonces su entrecejo, hasta donde jamás subía el regocijo de una risa, se desarrugaba y parecía contento.
Amadeo Zureda no deseaba nada. Su oficio era ingrato, pero aquellas dos noches que, entre viaje y viaje, pasaba en Madrid, bastaban á darle la felicidad. Toda su alma honrada y brusca se remozaba allí, bajo el techo del hogar tranquilo, en medio de los muebles modestos, comprados uno á uno. Aquel era su premio. Entre los brazos amantes de la compañera, el frío que recogieron sus huesos á la intemperie, en la extensión de los caminos, disipábase poco á poco, y su alma adormecíase en el calor de un dulce bienestar sensual.
II
Dos años de matrimonio bastan para envejecer á un hombre dócil; ó lo que es igual: para infundirle esas ideas trascendentes de previsión, quietud y economía, que siembra en las voluntades pacíficas el miedo al mañana.
Cierta noche, hallándose convaleciente todavía de un enfriamiento que le tuvo encamado varias semanas, Amadeo Zureda habló seriamente á Rafaela del porvenir. Sobre la limpieza de las almohadas reposaba su cabeza bronceña, de pómulos angulosos y enérgico perfil, y en la grave serenidad de la frente, el surco vertical de la reflexión parecía más hondo. Su mujer, sentada al borde del lecho, le escuchaba atenta, una pierna sobre otra, y sujetando la rodilla cabalgadora entre sus manos cruzadas. El discurso del maquinista iba devanándose lentamente: la vida vale muy poco, pues la desgracia nos cerca y sabe herirnos de infinitos modos; hoy es una ráfaga de aire frío, mañana una congestión, ó una angina, ó un cáncer, los que la muerte utiliza como vehículos para llegar á nosotros; la tierra en donde todos, tarde ó temprano, iremos á dar, se abre á nuestro alrededor como una enorme fauce, y en esta fiera y rapidísima hecatombe universal nadie puede asegurar que asistirá al orto y al ocaso del mismo día...
—A mí no me asusta el trabajo, ya lo sabes—prosiguió Zureda—; pero las máquinas son de hierro y al cabo se usan y fatigan de andar; así los hombres... y cuando eso me suceda á mí, que ha de sucederme, ¿qué será de nosotros?...
Rafaela movía la cabeza con sosiego; ella no participaba de los temores de su marido; á Amadeo, su enfermedad le volvía pesimista y medroso.
—Creo que exageras—dijo—; la vejez está muy lejos; además, lo probable es que no tengamos hijos.
Zureda hizo un gesto negativo.
—No importa—replicó—; los hijos podrán no venir, pero ¿y si viniesen?... En cuanto á que la vejez tarde en llegar, te equivocas; hoy mismo, ¿crees que yo tengo la agilidad, el vigor y aquella misma alegría con que á los veinticinco años iba al trabajo?... ¡Quia! La vejez se acerca, y aprisa. Por eso repito que es necesario ahorrar. Así, transcurrido algún tiempo, cuando yo no pueda gobernar las máquinas, abriré un taller de mecánica; y si muriese de pronto, pero dejándote quince ó veinte mil pesetillas, fácil te será establecer en sitio céntrico un buen obrador de lavado y planchado, que es de lo que entiendes.
Aún añadió Zureda á lo expuesto otras varias razones, todas bien aplomadas y discretas, con las cuales la joven se dió por convencida. Al hablar así el maquinista, ya tenía trazado un plan. Entre las personas que durante su enfermedad fueron á visitarle estaba Manolo Berlanga, unido á él por lazos de amistad fraternal. Berlanga trabajaba en una platería del Paseo de San Vicente; no tenía parientes y ganaba bastante. Reiteradas veces el platero había manifestado á Zureda sus deseos de hallar una casa honrada donde vivir recogidamente y en familia mediante un pupilaje de cuatro ó cinco pesetas.
—Supongamos—continuó Amadeo—que Manolo nos diese cinco pesetas; son treinta duros mensuales; es así que la casa cuesta ocho, pues nos quedan veintidós duros, con los cuales, y algunos más que yo ponga, podemos comer todos perfectamente.
Rafaela asintió, interesada por las emociones que aparejaría aquel nuevo vivir. El platero era un boquiverde joven y simpático, que charlaba mucho y tocaba la guitarra muy bien.
—Como haber sitio para él, sí que lo hay—repuso—; ¿qué habitación le daríamos?
—La alcobita del comedor.
—En ella pensaba yo ahora mismo; pero es muy pequeña y no tiene luz...
Zureda se encogió de hombros.
—¡Para dormir—exclamó—buena es!... Si se tratase de una mujer, el asunto varía, pero los hombres en cualquiera parte nos acomodamos.
Al día siguiente, y por encargo del maquinista, Rafaela escribió á Berlanga rogándole fuera á verle. El platero acudió á la cita puntual. Representaba veintiocho años: vestía limpio pantalón de pana muy ceñido de caderas y bien abotinado, y pelliza de color obscuro con cuello y bocamangas de astracán. Era de mediana estatura y sobrio de carnes; tenía el semblante pálido, el ademán inquieto, la conversación jacaresca y abundante. Rafaela buscó un pretexto para marcharse de la habitación, y los dos hombres pudieron charlar libremente y ponerse de acuerdo.
—Tratándose de vosotros—dijo Berlanga—, yo doy cinco pesetas muy á gusto por mi hospedaje, y más, si es preciso.
—Gracias—repuso Zureda—; no se trata de comerciar contigo; sí de que todos nos ayudemos mutuamente como buenos hermanos.
Aquella noche, después de cenar, Rafaela sacó de la alcobita del comedor los muebles inútiles que allí había, y la barrió y fregó cuidadosamente. Al día siguiente madrugó para comprar en una prendería vecina una cama de hierro con su somier y un colchón de lana, que luego armó y equipó esmeradamente, hasta dejarla muy mullida y pomposa. Completaron el mobiliario de la habitación dos sillas, un lavamanos de hierro y una mesita enmajada por un tapetillo de bayeta verde. Seguidamente la joven se vistió y peinó para recibir al huésped, quien llegó á media tarde con su equipaje: consistía éste en un maletín donde el platero guardaba las herramientas de su oficio, un baúl y un barrilito lleno de cierto vinillo añejo que, según declaró Berlanga después de cenar, entre el regocijo expansivo del café y del cigarro puro con que Zureda le obsequió, se lo había regalado una tabernera amiga suya...
Transcurrieron varios días, que fueron para el maquinista y su mujer de desusado regocijo, pues el platero era hombre de alegres iniciativas y muy aficionado á levantar su vaso, con lo cual su conversación, habitualmente fértil, adquiría colorido hiperbólico y andaluzas exuberancias. De sobremesa, todos los donaires chulescos de Berlanga suscitaban en Amadeo sonoras explosiones de hilaridad; al reir, Zureda apoyaba su dorso macizo contra el respaldo de su silla, y á intervalos, como para subrayar los borbollones de su risa, descargaba sobre la mesa recios puñetazos. Después emitía su opinión lentamente, y si necesitaba aconsejar á Berlanga lo hacía por estilo paternal, bonachón y paciente.
Ya completamente restablecido, Amadeo volvió al trabajo. Aquella mañana, al despedirse de su mujer, ésta le preguntó:
—¿Que máquina llevas?
—«La Negra».
—¡Qué casualidad!... Veremos si te sucede algo malo.
—¡Bah! ¿Por qué? La conozco bien.
Abrazó á Rafaela, oprimiéndola cariñosamente contra su pechazo bravo y noble. De pronto una ocurrencia insana, cruelmente grotesca, azotó su espíritu: aquella noche él la pasaría despierto y á la intemperie, sobre el tándem del tren, mientras allá en Madrid, bajo el mismo techo que su mujer, iba á dormir otro hombre. Pero esta desconfianza bastarda duró un segundo apenas; el maquinista pensó que Berlanga, aunque bullanguero y disipado, era, en el fondo, un amigo fraternal incapaz de acometer tan fea traición. Rafaela acompañó á su marido hasta la escalera y allí tornaron á enfervorizarse recíprocamente con los calientes besuqueos y apretujones de la despedida. Al recomendarle que se abrigara bien y se acordase de ella mucho, los ojos negros de la muchacha arrasáronse en lágrimas.
—¡Qué buena es!—murmuró Zureda.
Y en su ingenua nobleza, acordándose del venenoso pensamiento que momentos antes le acometiera, tuvo vergüenza de sí mismo.
La vida de Manuel Berlanga era harto desigual; le gustaban las mujeres y el vino, y muchas noches, allá de madrugada, volvía á su casa en estado de completa embriaguez. Esto ocurrió siempre durante las ausencias de Zureda. A la mañana siguiente el platero se despertaba despejado y acudía contrito á la cocina, donde Rafaela preparaba el desayuno.
—¿Está usted enfadada conmigo?
Ella le reconvenía maternalmente y le aconsejaba formalidad; él tomaba el lance á risa.
—¡Déjeme usted en paz!—decía—; no me gusta la formalidad; es una de tantas antipatías que echa sobre nosotros el matrimonio. ¿No tiene usted bastante seriedad con la de Amadeo?
En los hombres, el amor no es muchas veces más que la obsesión carnal que les produce la visión reiterada y constante de una misma mujer. En cada risa, en cada actitud de la mujer que anda á su alrededor, hay una gracia que al principio resbala inadvertida, y luego, en virtud de un fenómeno que pudiera denominarse de «acumulación», se acentúa y afirma hasta surgir inopinadamente envolvente y conquistadora.
Una mañana Manolo Berlanga se hallaba en el comedor desayunándose para marcharse á su taller; Rafaela, de espaldas á él, fregaba el suelo del pasillo.
—¡Cómo se trabaja, comadre!—exclamó el platero festivamente.
Ella respondió á la observación con una carcajada argentina y prosiguió su faena; unas veces recogida sobre sí misma, casi sentada sobre los talones, otras con el busto extendido hacia adelante, en una actitud violenta que deprimía la fragilidad anillada de la cintura y soplaba la turgencia de las posaderas movedizas. En aquella escena, muchas veces repetida, el platero no había reparado hasta entonces; pero apenas experimentó su poder sensual cuando alumbró en él la llama de un deseo.
—¡Es guapa!—pensó.
Y continuó mirándola, repasando en su viciosa imaginación las perfecciones de aquella flor de carne, vibrante y mollar. Su ensimismamiento se prolongaba. De pronto, con la brusquedad de un mal humor, se levantó.
—Hasta luego—dijo.
En la escalera saludó á un vecino y encendió un cigarro. Al llegar al portal ya no se acordaba de Rafaela. Pero su deseo reapareció más tarde, á la hora de almorzar, mientras observaba disimuladamente los antebrazos desnudos de la joven. Eran éstos robustos y bien torneados, y la carne se apelotonaba exuberante bajo la tela de las mangas recogidas sobre el codo.
—Hoy no se ha peinado usted—dijo Berlanga.
Ella repuso riendo con esa franqueza voluptuosa de las mujeres que poseen una dentadura bonita:
—Tiene usted razón; en todo ha de reparar usted; es que no he tenido tiempo.
—No la importe—contestó el platero galante—; así, despeinadas y al aire los brazos, es como las mujeres guapas están mejor.
—¿Habla usted con franqueza?
—Con absoluta franqueza.
—Entonces tiene usted temperamento ó madera de hombre casado.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
Volvió á reir, gozosa y coqueta.
—Porque ya sabe usted que, generalmente, y para descrédito del matrimonio, las mujeres casadas, tratándose de sus maridos, se preocupan poco de mostrarse bonitas.
Continuaron charlando, y á través de la conversación intencionada y picaresca asomaba la recíproca simpatía que sigilosamente iba arrobándoles la voluntad. Ella detuvo los ojos en el reloj, colocado sobre el aparador.
—Las ocho; ¿qué hará ahora Amadeo?
—Según—repuso Berlanga—; ¿cuándo llegó á Bilbao?
—Hoy, por la mañana.
—Entonces habrá pasado el día durmiendo, y ahora estará metido en algún café jugando al dominó. Nosotros, entretanto, aquí...
—¿Está usted mal?
—¿Yo?...
Y agregó lentamente y mirando á Rafaela con fijeza expresiva:
—¡Bastante mejor que él!
Después, mientras bebía su taza de café, el platero vació sobre la mesa su jornal de aquella semana.
Empezó á contar:
—Dos y dos, cuatro... nueve, once... ¡treinta y ocho pesetas! ¡Mala semana! Puedo decir que no he ganado ni para vino.
Reunió siete duros, que, apilados, formando una columna minúscula de plata, entregó á Rafaela.
—Tome usted.
Ella replicó ruborizándose, como ofendida por aquella distancia siempre un tantico hostil, como de deudor á acreedor, que parecía fijar entre ambos el dinero.
—¿Qué me da usted aquí?
—¡Anda!... ¿Qué ha de ser? ¿No pago por semanas? Pues, eso; mi semana:¡ siete días, á cinco pesetas, treinta y cinco pesetas cabales; ¡como éstas!...
Entre sus dedos ágiles, acostumbrados á manejar los naipes, las monedas resbalaban tintineantes. Agregó:
—Hoy es sábado, con que... la cuenta se arregla en seguida; me quedan tres pesetas para gastos extraordinarios: tabaco, tranvías... ¡Voy á divertirme!
Con gesto señoril, protector y amable, Rafaela devolvió á Berlanga su dinero.
—La semana próxima—dijo—me pagará usted. Yo, afortunadamente, si no me sobran ahora cinco duros tampoco me faltan.
El platero reiteró su ofrecimiento, aunque flojamente y sólo en aquella comedida proporción que juzgó necesaria para quedar bien. Levantóse después de la mesa, y mientras se pasaba las manos á lo largo de las piernas, para suavizar la fea convexidad de las rodilleras, y ante el espejo se estiraba el chaleco y ponía en su sitio el lazo de la corbata, exclamó jaquetón:
—¿Sabe usted lo que estoy pensando?
—Usted dirá.
—No me atrevo.
—¿Cómo?
—¿Y si se enfada usted?
—O no...
—¿Me lo promete usted?
—Palabra de honor; usted, diga lo que quiera, no puede molestarme.
—¿Y eso?
—Yo me entiendo.
—¡Ah, vamos!... Porque no me hace usted caso; ¿eh?... Me tiene usted en poco...
—Al contrario; le tengo á usted en mucho...
Mirábale provocativa y ufana, removida hasta en sus entrañas más hondas por un capricho tan porfiado, tan envolvente, que casi parecía un amor.
El platero repuso, orondo:
—Entonces, pues tenemos dinero y estamos solos, ¿por qué no nos vamos al baile esta noche?
Todo el cuerpo goyesco, genuinamente madrileño, de la joven, vibró de júbilo. Hacía mucho tiempo que no se divertía así; desde que se casó, Zureda, formalote y poco inclinado á fiestas, no había querido llevarla á ningún baile, ni aun á los de máscaras. Un recio tropel de visiones alegres invadió su memoria. ¡Ah, sus buenos domingos de soltera!... Los sábados por la noche, á la salida del taller, ella y sus compañeras de obrador se citaban para el día siguiente: unas veces, en los merenderos de la Bombilla; otras, en los de Cuatro Caminos, ó en las clásicas Ventas del Espíritu Santo... Y, una vez allí, qué risas, qué alegría, qué extraña emoción de curiosidad y de miedo sentían junto al deseo del hombre que se acercaba á bailarlas...
Agil, flexible, transfigurada, Rafaela se irguió.
—No sería usted tan capaz de llevarme como yo de ir.
—¿Que no?—replicó el platero—; ¡ahora mismo!... Vamos á la Bombilla y no salimos de allí hasta no gastarnos la última peseta.
De un brinco la joven huyó del comedor, se puso á la cabeza un pañuelo de seda, se echó garbosamente sobre los hombros un mantón alfombrado. Reapareció en seguida. Al andar, sobre sus botas de charol, levantadas de tacón y de agudísima punta, sus enaguas, reciamente almidonadas y muy blancas, revolaban crujientes. Se acercó á Berlanga y, cogiéndole familiarmente por un brazo, dijo:
—Le advierto á usted que la mitad del gasto lo pago yo.
El platero titubeó la cabeza de izquierda á derecha, negando. Ella agregó categórica:
—Con esa condición salgo de casa. ¿No vamos á divertirnos los dos? Pues justo es que la fiesta la paguemos los dos por igual.
Aceptó Berlanga aquel trato amistoso y, ya en la calle, subieron á un coche. En la Bombilla, donde cenaron abundantemente y bailaron mucho, estuvieron hasta la madrugada. El regreso lo emprendieron á pie, lentamente y cogidos del brazo. Con frecuencia, Rafaela, que había bebido más de lo justo, necesitaba detenerse y, aturdida, apoyaba su cabeza sobre el pecho del platero. Manuel Berlanga, fuera de sí y un poco borracho, se la comía con los ojos.
—¡Qué bonita es usted!—murmuraba.
—¿De veras?...
—Que me quede ciego si digo mentira. Bonita, no, que es poco; bonitísima, sí; preciosa... más preciosa que todas las mujeres juntas.
Y ella, astutamente, para demostrarle que no le había oído, balbuceaba:
—¡Qué mareada estoy!...
De súbito, Berlanga exclamó:
—Si no fuera porque Zureda y yo somos amigos...
Hubo un silencio. Animándose el platero, añadió:
—Rafaela... sea usted franca: ¿no es verdad que Amadeo nos estorba?
Ella le miró de hito en hito, y luego, por toda respuesta, se llevó su pañuelo á los ojos. No sucedió más.
Poco á poco, en el transcurso uniforme de varios días, fué cerciorándose Manuel Berlanga de que Rafaela tenía los ojos grandes y expresivos, y los pies menudos y de fino tarso, y el andar muy gracioso, y los senos bien sembrados y crecidos; y hasta creyó adivinar en ella el deseo, tentador con exceso, de parecerle bonita. El platero acabó por leer claro en su conciencia, lo que á un mismo tiempo hubo de producirle alegría y miedo.
—¡Me he lucido!—pensó—¡me he lucido! ¿Pues no estoy enamorado de esa mujer como una bestia?...
Al cabo, la pasión mal encadenada desbocóse arrolladora. Aquella noche llegaba Zureda. Apenas salió del taller Manolo Berlanga se dirigió presuroso á su casa. Desde el recibimiento, el platero, que no podía con la carga de sus malos pensamientos, preguntó:
—¿Y Amadeo, ha venido?
Rafaela repuso:
—No tardará ni quince minutos; son las nueve. El tren llegó ya; lo he oído silbar...
Berlanga entró en el comedor y vió que la joven estaba arreglándole su cama. Se acercó ella:
—¿Quiere usted ayuda?
—Muchas gracias...
Súbitamente, sin saber lo que hacía, la cogió por el talle. Ella trató de defenderse volviéndose de espaldas y empujándole con las caderas. El murmuró, besándola ansioso:
—Anda, pronto... anda... antes de que llegue..
Y luego, tras un breve momento de lucha silenciosa:
—Mi alma... ¿te convences?... ¡Si ello había de ser!...
Verdaderamente, la esposa de Zureda resistió muy poco.
Un año después Rafaela dió á luz un niño, á quien Manolo Berlanga apadrinó, y que por voluntad unánime de sus progenitores había de llamarse Manuel Amadeo Zureda. El bautizo fué espléndido; más de dos mil reales se gastaron en él. ¡Qué alegre, qué sonrosado, qué bonito estaba Manolín!... El maquinista, al que todos felicitaban, lloraba de gozo.
III
Manolín iba á cumplir tres años; era monísimo, charlador, simpático. En su carita carnosilla y blanca, más blanca por su contraste con el negro entero de los cabellos, fraternizaban rasgos fisonómicos de distintas personas: la traviesa nariz y la línea pícara de los labios pertenecían á su madre; de su padre, sin duda, heredó el frontal pensativo y la recia anatomía de los maxilares; y también recordaba á su padrino en la complexión ágil del cuerpo y en el modo que, al andar, tenía de echar los pies. Como si el astuto chiquillo, para granjearse en seguida el cariño de todos, hubiera puesto voluntad en parecerse á cuantas personas estuvieron más cerca de él en la pila bautismal.
Zureda adoraba en Manolín, reía todas sus gracias, pasaba horas echado sobre las losas del pasillo, jugando con él; Manolín le tiraba de la corbata y del bigote, le aporreaba, le rompía el cristal del reloj; el maquinista no se enfadada, al contrario, le quería más, cual si toda su alma ruda y noble se deshiciese en amor. Una tarde Rafaela fué á despedir á Amadeo, que salía en el expreso de las siete y cinco; llevaba al niño en brazos. Desde el tándem, Pedro, el fogonero, hacía reir á la madre y al niño con estrafalarios visajes.
—¡La cara del dolor de muelas!... ¡La cara del dolor de estómago!...—decía.
Vibraron una campana y el silbato tremolante del jefe de estación.
—¡Dame á Manolo!—gritó Zureda.
Quería besarle. El chiquillo extendió hacia su padre los bracitos.
—¡Llévame, llévame!...—tartamudeaba su lengüecilla débil, llena de mimo y de gracia.
¡Pobre Zureda! En aquel momento la idea de separarse del niño le partía el corazón; no podía dejarle, no podía... Inconscientemente, mientras con una mano apretujaba contra su pecho á Manolín, con la otra oprimió la manivela de marcha y partió el tren. Rafaela, asustada, corría por el andén, gritando:
—¡Dámele, dámele!...
Pero ya, aunque Zureda hubiese querido devolvérselo, no hubiera podido. Rafaela corrió hasta el límite del andén; allí se detuvo. Desde la negrura del coche-carbonera, Pedro reía y gesticulaba diciéndola adiós.
La joven volvió á su casa llorando. Manolo Berlanga acababa de llegar; había bebido y estaba de mal humor.
—¿Qué sucede?—dijo.
Hipando, sin consuelo, Rafaela refirió lo ocurrido.
—¿Y eso es todo?—interrumpió el platero—; ¡pareces idiota!... Si se han ido, tanto mejor; así nos dejarán en paz un poco; ¡mira si no volviesen!...
Pidió la cena imperativo.
—Bueno—dijo—, haz el favor de no moquear más y de darme de comer, que tengo prisa.
Rafaela se puso á encender el fuego; entretanto, no cesaba de llorar ni de hablar; su pena y su rabia se derretían en un monólogo interminable.
—Hijo de mi alma, ¿á usted le parece?... ¿Llevárle por ahí, para que el angelito coja una pulmonía?... ¡Pero qué hombre tan estúpido, pero qué estúpido, qué estúpido!... Luego dicen: si cuando las mujeres somos como somos no es sin motivo. ¡Hijo de mi alma! Si no quiero acordarme del frío que el pobrecito va á pasar esta noche... ¡Hijo mío, sangre mía, corazón de su madre, corazón chiquito de su madre!...
Sus manos coléricas tropezaron la botella del aceite, que cayó del fogón al suelo, saltando en pedazos; con lo cual la furia de Rafaela llegó al paroxismo.
—¡Maldita sea mi alma, que no sé lo que hago!... Ese tío, ese lechón de marido... el demonio quiera que no vuelva á verle... ¿Y ahora cómo voy á guisar?... Tendré que ir á la tienda. Mira si mi madre no me hubiese parido, qué bien estaríamos todos... ¡pero qué bien!...
Cansado de oirla, el platero entró en la cocina, el paso lento, los puños apretados dentro de los bolsillos de la pelliza, la cara fosca:
—¿Es que piensas pasarte la noche hablando?—dijo.
—La pasaré como me dé la gana; ¿qué te ha parecido?
—Que ya estás callando—gritó Berlanga—ó te rompo la boca.
No pudo reprimir su cólera, y uniendo la villana acción á la torpe amenaza, descargó varios puñetazos sobre la cabeza de su querida. Rafaela dejó de llorar y por entre sus dientes apretados los insultos más groseros pasaron sibilantes.
—¡Chulo... cabrón... con mujeres te atreverás tú!... ¡Cobarde... marica... si no tienes de hombre mas que la figura!
Y él barbotaba:
—Toma... toma, cochina...
La repugnante escena duró largo rato; Rafaela, acobardada y con la nariz y los labios bañados en sangre, cesó de hablar; en el silencio de la cocina resonaban confusamente los puntapiés desatentados con que el platero magullaba á su víctima contra un rincón. Realizada su triste hazaña, Manuel Berlanga se marchó y no volvió hasta la madrugada. Entró en su cuarto y se acostó á obscuras, pesaroso de su mala acción. Trató de consolarse: al cabo, la culpa de lo ocurrido no era completamente suya; las intemperancias de Rafaela y el vino hicieron más de la mitad; los hombres, cuando beben, se convierten en brutos...
La joven se había retirado á su dormitorio; á intervalos Berlanga la oía suspirar, con esos suspiros largos y entrecortados que tiene el sueño de los niños que se durmieron llorando.
El platero gritó:
—Rafaela...
A su voz respondió el silencio; transcurrieron algunos minutos. El platero repitió su llamamiento, y aquel nombre, entre sus labios, parecía un mandato:
—¡Rafaela!
Aún hubo de llamarla otras dos veces. Al fin, como en un gruñido, la joven respondió:
—¿Qué quieres?...
El platero sonrió ufano; aquella pregunta equivalía á un perdón; el momento dulce de la reconciliación estaba cerca.
—Ven—dijo.
Hubo otra pausa, durante la cual las voluntades de los dos amantes debieron de tropezarse y batallar, con extraños magnetismos, en la quietud de la casa obscura.
—¡Ven, niña!—repitió el platero suavizando la voz.
Y pasado un momento:
—¿No quieres venir?...
Transcurrió otro minuto; que todas las mujeres, aun las más indoctas y sencillas, poseen á la perfección el secreto hechicero de saber hacerse esperar. Después Berlanga oyó los pies desnudos de Rafaela deslizarse á lo largo del tránsito. La joven llegó á la alcoba del platero, y en las tinieblas sus manos exploradoras tropezaron con las que Manuel extendía para recibirla.
—¿Qué necesitas?—preguntó rencorosa y humilde.
—Acuéstate.
Ella obedeció. Sonaron muchos besos, dados por él, y luego la voz de Berlanga que preguntaba dominador y mimoso:
—¿Vas á ser buena?...
Amadeo Zureda regresó dos días después; venía satisfechísimo; Manolín, durante el viaje, habíase portado como un hombrecito; no lloró, comió cuanto le dieron y durmió con sueño de marmota sobre los carbones del tándem. Al besar á su mujer, el maquinista advirtió que ésta tenía en la frente una mancha violácea.
—Esto es un golpe—dijo—; ¿has reñido con alguien?
Ella vaciló.
—No, hombre; ¿con quién iba á reñir... y menos á pegarme?... Es que la misma noche en que te fuiste, la botella del aceite, que estaba en un vasar, se cayó al ir yo á cogerla y me dió aquí.
—¿Y este arañazo?
—¿Cuál?... ¡Ah, sí, el del labio!... Me lo hice con un alfiler.
—¡Qué atrocidad! ¡Chiquilla, ten cuidado!...
El maquinista no vió cómo Manolo Berlanga, allí presente, se mordía el bigote para disimular una risa infame; el pobre hombre no sospechó nada, estaba ciego; aunque no hubiese querido á Rafaela, su amor á Manolín bastaba á taparle los ojos.
IV
Pero la verdad tiene mucha fuerza. Amadeo Zureda llegó á notar que algo extraño ocurría en torno suyo; lentamente y sin saber por qué, hallábase un poco distanciado de sus compañeros, que le miraban y trataban como nunca lo hicieron; diríase que exigiesen de su rostro la confesión de un secreto cómico que él sin duda llevaba muy oculto y tapado, pero que todos conocían; era una compleja emoción de silencio y de curiosidad que le aislaba de ellos y parecía nimbarle de una inexplicable ridiculez. Concluyó por preocuparse de aquel fenómeno.
—¿Habré cambiado? ¿Estaré enfermo de gravedad... ó estaré muy feo y nadie se atreve á decírmelo?...
En las inmediaciones de la estación, y cerca del Manzanares, había un merendero donde acostumbraban á reunirse los mozos del andén y algunos maquinistas y fogoneros. El ventorro pertenecía al señor Tomás, que fué torero en sus mocedades y conservaba de aquel oficio de valor y gallardía el carácter aplomado y rudo y la nobleza de corazón. El señor Tomás hablaba poco, y para los que le conocían íntimamente, sus palabras tenían la autoridad de lo escrito. Era un viejo alto, de espaldas y manos atléticas, que vestía calzones de pana y chaquetillas andaluzas de paño negro, y llevaba sobre la faja, con que se abrigaba el crecido vientre, un ancho cinturón de cuero con hebilla de plata.
Aquella tarde el señor Tomás disfrutaba del sol á la puerta del ventorro, cuando pasó Zureda.
El tabernero llamó al maquinista con un gesto, y cuando éste se hubo acercado, exclamó mirándole fijamente á los ojos:
—Tenemos que hablar.
Zureda se inmutó; por sus entrañas, semejante á un viento frío, acababa de pasar la vibración helada, sigilosa, de un mal presentimiento. Recobrándose, contestó:
—Cuando usted quiera.
Subintraron en la taberna, donde á la sazón no había parroquianos. Un alto zócalo de madera pintado de rojo y coronado de botellas, rodeaba la sala; de la pared pendía la cabeza disecada del toro de quien el señor Tomás recibió la tremenda cornada que, desgarrándole una pierna, le obligó á desceñirse para siempre el traje de luces; al fondo, tras el mostrador bruñido, sobre el que cantaba perpetuamente un chorrillo de agua, el medidor se había dormido.
Los dos hombres se sentaron ante un velador: el tabernero batió palmas.
—¡Eh, tú, chico!—exclamó.
Acudió el medidor.
—¿Mandaban ustedes?
—Trae unas aceitunas y dos copas de vino.
Hubo una larga pausa. El señor Tomás atizó con voraces chupadas el fuego del cigarro puro que humeaba entre sus labios; una torva preocupación endurecía su rostro afeitado, cetrino y carnoso, bajo los cabellos blancos, peinados y rizados majamente sobre la frente.
—A mí—empezó diciendo el tabernero—no me gusta que dos hombres riñan, porque entre gentes de corazón no hay riña que no sea grave; pero tampoco puedo consentir que un hombre honrado y que lleva el valor en su sitio sirva á nadie de hazmerreir. ¿Tú me comprendes?...
Amadeo Zureda se puso lívido, rojo después. Sí, comprendía; habíanle llamado para comunicarle un misterio terrible; sintió que aquella emoción de vacío que desde algún tiempo atrás le acompañaba, iba á ser explicada y tembló; sobre su cabeza se cernía algo negro y enorme; una de esas verdades trágicas capaces de partir en dos una vida.
—Yo, ni sé hablar, ni me gusta hablar—prosiguió su interlocutor—; por eso no me meto en divagaciones, sino que llamo á las cosas por su nombre; porque todo en este mundo, Amadeo, fíjate bien, tiene su nombre.
—Así es, señor Tomás...
—Bueno; y yo soy de los que se van á la verdad como antes se iba al toro: por lo más derecho, que es lo mejor porque es lo más corto.
—Eso es...
—Bueno; yo te quiero bien; sé que eres trabajador, sé que eres de los buenos que para ganarse su pan no son capaces de echarse por ningún camino feo; sé también, porque eso se lleva escrito en la frente, cómo eres un hombre que sabe cerrar el puño para reñir y ponerse el alma á la bandolera cuando hace falta. Todo eso me consta. Por lo mismo, no permito que nadie se burle de ti.
—Gracias, señor Tomás...
—Bueno; aquí, en mi casa, óyelo bien, aquí en mi casa se ha dicho que tu mujer tiene relaciones con Manuel Berlanga.
Las miradas del tabernero y del maquinista se encontraron, y clavadas la una en la otra estuvieron un instante; después los ojos de Zureda se dilataron, desorbitándose. De repente se levantó y las uñas cuadradas de sus dedos se hincaron en la madera de la mesa. Sus labios blancos, cubiertos de saliva espumosa, murmuraron entrecortadamente, como en un espasmo de rencor:
—Eso es mentira, señor Tomás, mentira... y á usted... y á la madre de Dios que baje á decírmelo, le parto el corazón. ¡Eso es mentira!
Muy dueño de sí, sin una mueca en el rostro, el tabernero repuso:
—Bueno; tú entérate de lo que haya de cierto ó de falso en este asunto, pues ya sabes que tan importante es la verdad como la mentira que se cuenta. Y si te conviene decir que todo ello lo supiste por mí, dílo, que yo aquí y en todos terrenos sostengo mis palabras.
Calló el tabernero, y Amadeo Zureda, de codos sobre la mesa, permanecía inmóvil, idiotizado, la boca entreabierta.
Transcurridos algunos momentos sus ideas comenzaron á serenarse, y según se aquietaban y coordinaban, una irresistible curiosidad malsana de saber, de atormentarse inquiriendo detalles, le invadía.
—¿Y de eso—preguntó—se ha hablado aquí?
—Aquí mismo.
—¿Cuándo?
—Más de una vez y más de veinte; y han dicho algo peor: han dicho que Berlanga le pegaba á tu mujer, que tú lo sabías, que estabas enterado de todo desde el primer momento, y que si lo aguantabas era por conveniencia, porque ese Berlanga te ayudaba á pagar la casa.
La llegada de dos mozos de andén, interrumpió la conversación. El señor Tomás concluyó:
—Conque... ¡ya lo sabes todo!
El primer impulso de Zureda al salir del ventorro fué dirigirse á su casa, interrogar á Rafaela, y por buenas ó á golpes arrancarla la verdad de sus relaciones con Berlanga. Pero se arrepintió; asuntos como aquel no debían atropellarse; mejor era proceder cautamente, esperar, informarse despacio y por sí mismo. Cuando llegó á la estación eran las seis; en el andén encontró á Pedro.
—¿Qué máquina tenemos hoy?—preguntó Amadeo.
—«La Negra»—repuso el fogonero.
—¡Maldita!... ¡«La Negra» había de ser!
Fué aquel, efectivamente, un viaje terrible, erizado de combates interiores y de luchas con la locomotora rebelde; viaje diabólico del que Amadeo Zureda había de acordarse toda su vida.
Con arreglo al plan de prudencia que se había trazado, el maquinista aplicóse á observar el modo que Rafaela y Manolo Berlanga tenían de hablarse, y tras mucho torturarse la atención no halló en la franca cordialidad de sus relaciones nada que rebasara los límites de una buena amistad. Desde que Berlanga apadrinó á Manolín, el platero y Rafaela, cediendo á requerimientos del mismo Amadeo, habían acordado tutearse; pero aquel tuteo fraternal, justificado por los tres años que llevaban unidos, no parecía envolver ningún secreto pecaminoso. No obstante, los celos de Zureda iban en aumento, agarrándose á todos los pretextos, sirviéndose hasta de lo más nimio para medrar y embeber vampirescos todos los pensamientos del maquinista. Era un sentimiento que crecía en Zureda por la obsesión que le causaba la visión constante de la afrenta sospechada, como por obsesión nació en Manolo Berlanga su amor á Rafaela.
Convencióse al cabo Amadeo de que sus facultades de espía eran muy cortas; faltábanle la astucia, el disimulo, y ese instinto de adivinación, especie de doble vista, que permite llegar rápida y derechamente al fondo de las cosas. Dado su caracter rudo, refractario á toda suerte de taimerías diplomáticas, mejor era abordar la cuestión cara á cara. Una vez adoptada esta resolución, sintió encalmarse sus inquietudes y derramarse por su interior una emoción sedante de paz. El maquinista pasó el día leyendo tranquilamente, aguardando á que la noche llegase. Rafaela cosía en el comedor, con Manolín dormido sobre el regazo. Media hora antes de cenar, Zureda llegóse de puntillas á la alcoba, y de la mesita de noche sacó el recio cuchillo de monte, con mango de asta, que llevaba consigo en todos sus viajes. Después calóse una boina, enlazóse al cuello una bufanda porque hacía frío, y en la oquedad del corredor, sus recias pisadas, que en aquel momento parecían llevar consigo algo fatal, resonaron seguras.
Un poco sorprendida, Rafaela preguntó:
—¿No cenas aquí?...
—Sí—repuso él—; voy á estirar un poco las piernas; vuelvo enseguida.
Besó á su mujer, besó á Manolín, despidiéndose de ellos mentalmente, y salió.
En la taberna del señor Tomás halló á Manolo Berlanga jugando al tute con varios amigos. El platero estaba borracho, y su voz, de timbre impertinente y desafiador, se imponía á las demás. Lentamente, con aire descuidado y taciturno, el maquinista se acercó al grupo.
—Señores, salud.
Al pronto nadie le contestó, que todos pendientes andaban del travieso ir y venir de los naipes. Acabada la partida, uno de los jugadores exclamó:
—¡Hola, Amadeo... no te había visto!... A los que vi ayer fueron á tu mujer y á tu chico; el muchacho muy hermoso está, y su madre muy guapa, ¡vaya!... No lo digo porque estés delante. ¡Bien se echa de ver que ganas mucho y que en tu mujer lo gastas!
—Y si no lo hiciera así—interrumpió Berlanga, ofreciendo á su compadre un vaso de vino—no faltaría quien lo hiciese; ¿verdad, tú, Amadeo...?
Zureda, impasible, apuró el vaso de un trago. Después pidió, para los allí reunidos, un frasco de vino.
—Te desafío—exclamó dirigiéndose á Berlanga—á una partida de mus. Antolín será mi compañero.
El platero aceptó.
—Vamos allá.
Los cuatro hombres se instalaron alrededor de la mesa, y la partida empezó.
—Envido.
—Paso...
—Tengo.
—No.
—Yo, sí.
—Envido también.
—No quiero...
De cuando en cuando los jugadores interrumpían su faena para beber, y algunas jugadas atrevidas eran festejadas con grandes risas.
—¿Quien da?...
—Yo.
De repente Amadeo Zureda, que buscaba un pretexto para reñir con su compadre, hizo una trampa que le permitía ganar un envite. Manolo Berlanga sorprendió la operación, y muy excitado tiró los naipes al suelo.
—¡Eso no se hace!—gritó—, y por muy parientes que seamos no te lo consiento.
Todos los jugadores apoyaron airados la actitud del platero.
—¡No, señor, no... eso no se hace!—repetían.
Tranquilamente, Amadeo Zureda repuso:
—¿Qué he hecho yo?
—Tirar esta carta, el cinco de bastos—repuso Berlanga—, y coger un rey, que necesitabas. Ni más ni menos... ¡Y eso es robar!...
Al furioso insulto del platero apresurose el maquinista á replicar con una bofetada; engarfiñáronse como gatos los dos hombres, y la mesa y las sillas rodaron por el suelo. Acudió diligente el señor Tomás, y entre él y los otros jugadores lograron separarles. Al salir á la calle, y aprovechando el tumulto de los curiosos que el fragor de la lucha había reunido como por ensalmo, delante de la taberna, Amadeo murmuró al oído de su compadre:
—Te espero frente á San Antonio de la Florida.
—Está bien.
Momentos después, y en el sitio indicado, volvieron á reunirse.
—Vámonos adonde nadie nos vea—dijo el maquinista.
—Vamos adonde gustes—repuso Berlanga—; tú guías.
Cruzaron el río y llegaron á los campillos de la Fuente de la Teja. Allí, bajo los árboles, las sombras del crepúsculo eran más densas. En un lugar que juzgaron propicio, los dos hombres se detuvieron. Zureda miró á su alrededor, y sus ojos, acostumbrados á registrar el horizonte de los caminos, parecieron tranquilizarse. Estaban solos.
—Te he traído tan lejos—empezó diciendo el maquinista—para matarte ó para que me mates tú.
Berlanga, que había bebido mucho y tenía el vino bravo, miraba á su interlocutor de hito en hito, las manos metidas en los bolsillos de su pelliza, fruncido el ceño, el mento levantado y retador. Acababa de adivinar lo que iban á preguntarle, y la idea de ser sometido á un interrogatorio sublevó su orgullo.
—Me parece—exclamó jaquetón—que vamos á tener que hablar poco.
Y seguidamente, cual si leyese en la frente de Zureda, agregó:
—A ti te han dicho que yo tengo relaciones con Rafaela... y quieres saber la verdad.
—Sí—repuso Amadeo.
—Pues no te han engañado; ¿á qué andar con mentiras?... Es verdad.
Calló y observó á Zureda, cuyos ojos en aquel momento, de grandes y negros que eran, habíanse tornado, por milagro de la ira, en pequeños y rojos. Ninguno de los dos hombres habló más, ni hacía falta, pues que las palabras que iban á precipitar al uno contra el otro estaban dichas. Zureda retrocedió algunos pasos y desnudó su cuchillo; el platero desdobló una navaja. Se acometieron; fué una lucha ancestral, un cuerpo á cuerpo bárbaro, silencioso, en el que Manuel Berlanga quedó muerto. Cayó de espaldas, lívido el rostro, la boca torcida por una mueca inolvidable de odio y de dolor.
El maquinista se alejó á buen paso, y ya repasaba el puente, cuando una mujer que iba siguiéndole á corta distancia empezó á gritar.
—¡Prender á ése, prender á ése, que ha matado á un hombre!
Una pareja de guardias civiles estacionada allí, á la puerta de un ventorro, detuvo á Zureda, que se dejó coger y atar sin resistencia.
Rafaela fué á verle á la cárcel, y el maquinista, por amor á ella y á su hijo, la recibió cariñosamente, asegurándola que había reñido con Berlanga por una cuestión de juego. Catorce ó quince meses después, ante el tribunal, declaró lo mismo: estaban jugando al mus y él, por embromar á sus amigos, tiró una de las cartas que tenía en la mano y cogió otra; reprochóle Berlanga la suciedad de su acción, trabáronse de palabras y quedaron desafiados para después...
Así habló Amadeo Zureda, en su caballeresco empeño de no echar sobre la reputación de la mujer que adoraba ni aún la más leve sombra. ¿Quién hubiera podido comportarse más noblemente que él lo hizo?... El fiscal pronunció un informe abrumador, implacable. El Jurado condenó á Amadeo Zureda á veinte años de presidio.
V
Empujada por la miseria, que llegó pronto, Rafaela hubo de trasladarse á un pueblecito de Castilla, donde tenía parientes. Eran gentes pobres, que laboraban la tierra y defendían la vida trabajosamente. La joven, para justificar su llegada, inventó una historia: dijo que Amadeo, á consecuencia de un disgusto que tuvo con sus jefes, fué despedido de la estación y había emigrado á la Argentina, porque le aseguraron que allí los maquinistas ganaban buenos sueldos. Ella, entonces, determinó salir de Madrid, donde las casas y los alimentos eran muy costosos. Concluyó juiciosamente:
—Cuando Amadeo me escriba diciéndome que está colocado, iré á reunirme con él.
Sus deudos la creyeron y apiadados la buscaron trabajo. Diariamente, con las primeras claridades mañaneras, Rafaela iba á lavar al río, distante medio kilómetro del pueblecito. Así, lavando y planchando, unas veces, y otras recogiendo en el campo leña que luego vendía, á fuerza de tesón llegó Rafaela á obtener un jornal de cuatro á cinco reales.
Transcurrieron dos años. Los vecinos del lugar habían sabido por el peatón, encargado de repartir la correspondencia, que los sobres de todas las cartas que Rafaela recibía iban escritos por la misma mano y llevaban el sello de la administración de Correos de Ceuta. Esta noticia alarmó al vecindario y suscitó habladurías, que la joven cortó discretamente confesando la verdad: Amadeo Zureda estaba en presidio, le había llevado allí una cuestión de juego. Y al hablar así adoptaba la actitud resignada, humilde, de la mujer modelo que, no obstante haber sufrido mucho, perdona al hombre adorado cuanto daño la hizo. Era una desventurada; el pueblo, chismoso y compasivo, la perdonó.
Combatida por el tiempo y los disgustos, la antigua belleza, picante y menuda, de Rafaela fué marchitándose rápidamente: el sol quemó su piel; el polvo de los caminos ensució sus cabellos, antes tan limpios y undosos; el trabajo deformó y endureció sus manos, en otro tiempo mejor ociosas y pulidas. Había perdido la costumbre de llevar corsé, y esto aceleró la ruina de su cuerpo. Lentamente los senos se desmayaban, el vientre crecía, el talle adquiría redondeces pesadas. También sus trajes, uno á uno, fueron rompiéndose; las enaguas, las medias, los majos zapatitos de charol, comprados en días de bonanza, desaparecieron en triste desfile; Rafaela, que había perdido el prurito de coquetear, se abandonaba á la miseria y llegó á ir por las calles del villorrio con los pies desnudos.
Esta desorientación de la voluntad coincidía con una grave flaqueza ó emborronamiento de memoria. La pobre mujer iba olvidándose de todo, y los recuerdos que aún guardaba hallábanse tan deshilvanados y sin relieve, que no bastaban á sugerirla ninguna emoción punzadora. Ella no había querido nunca á Berlanga; tuvo por él, al conocerle, un capricho, una pasioncilla irrazonada; pero esta divagación amorosa declinó en seguida, y si continuó en ella fué debido á ociosidad espiritual y por miedo al platero, que era celoso y la golpeaba mucho. Así, su trágica muerte, lejos de causarla dolor, la produjo una sorpresa agradable, sedante, de liberación y descanso. El calvario de Zureda y su reclusión entre paredes de presidio, si la hirió hondamente, no fué en su distraído amor al maquinista, sino en el ritmo confortable y orondo de su vida; porque el destierro de Amadeo representó para ella la miseria, el derrumbamiento irreparable del porvenir. Al otro lado de aquella crisis que deshizo su hogar, Rafaela, sin advertirlo, estaba vieja, desmemoriada, abúlica; los intensos sacudimientos dramáticos que sufrió en poco tiempo habían aniquilado su espíritu vulgar; no sufría remordimientos, no tenía noción exacta de si su conducta pretérita fué mala ó buena, cual si su conciencia se hubiese desleído en un estupor imbécil. Unicamente persistía en ella el instinto maternal de vivir y trabajar para que Manolín viviese también.
Algunos días, sin embargo, la infeliz experimentaba un hondo y aheleado revertimiento de recuerdos, una epifanía ponzoñosa de negras memorias, que trepaban sofocadoras á su garganta. Ello ocurría generalmente á orillas del río, mientras lavaba, en el recogimiento espiritual de un trabajo monótono, puramente mecánico. Sus ojos entonces llenábanse de lágrimas, que rodaban lentas por sus mejillas, y caían sobre sus manos, enrojecidas por el duro trajín de la faena y la caricia fría del agua. A su alrededor, otras lavanderas, que observaban su pena, cuchicheaban.
—¿Ves cómo llora?
—¡Pobre mujer!
—¿Pobre?... Sí, sí... Ella lo quiso... Y el destino, que es justo siempre, le da á cada cual lo que merece. ¿Por qué no miró mejor con quién se casaba?
De cuando en cuando, al fondo del valle, que cerraba por aquella parte una línea ondulante de montañas azules, pasaba un tren y su silbido estridente, agrandado y repetido aquí y allá por los ecos, rompía el silencio de la llanura. Algunas lavanderas, las más jóvenes, se incorporaban y sentadas sobre sus talones seguían con los ojos la marcha rauda del convoy, y en sus pupilas había una melancolía de ensueño, una visión de ciudades lejanas no vistas. Pero Rafaela nunca levantó la cabeza para mirar aquellos trenes, cuyo grito desgarraba sus oídos con el timbre de una voz familiar, y proseguía lavando, mientras sus ojos, bañados en lágrimas, devoraban el misterio de olvido de las aguas filantes.
A pesar de la gran postración física y moral de la pobre mujer, no faltó quien pusiera en ella su pensamiento. Se atrevió á tanto un individuo, de oficio zapatero, llamado Benjamín. Pasaba ya de los cincuenta años, era viudo y tenía dos hijos al servicio del rey.
Los negocios del señor Benjamín marchaban medianamente; que ni todos los vecinos del pueblo iban calzados, ni los que usaban zapatos sentían mucha necesidad de llevarlos nuevos y bonitos. Rafaela le lavaba y repasaba la ropa, y le planchaba una camisa para los días disantos. De estos pequeños servicios, modestamente, pero también puntualmente pagados, nació la amistad de entrambos. Y este afecto, apacible y desinteresado al principio, fué creciendo hasta quemar el corazón del zapatero con fuego de amor.
—Si usted quisiera—solía decir á Rafaela el señor Benjamín—podíamos llegar á un acuerdo. Usted está sola, yo también... ¿por qué no unirnos?
Ella sonreía, con ese desencanto de las almas que la vida, poco á poco, desnudó de ilusiones.
—Usted está loco, señor Benjamín.
—¿Por qué?
—Porque sí...
—A ver, explíquese usted: ¿por qué estoy yo loco?...
Rafaela, que no quería enojarle, porque de hacerlo era un parroquiano que perdía, contestaba evasivamente:
—Yo estoy ya muy vieja.
—Para mí, no.
—Soy fea.
—Eso es cuestión de gustos. A mí, por ejemplo, me agrada usted mucho.
—Gracias. Además, ¿qué diría el pueblo cuando lo supiese? ¿Y nuestros hijos, señor Benjamín, qué pensarían de nosotros?...
—Es que hay mil medios de cubrir las apariencias; usted quiérame, que yo me ocupo de lo demás.
Rafaela prometió meditar el asunto, y todas las tardes, cuando volvía del trabajo, el señor Benjamín la preguntaba chancero, desde su portal.
—¿Y eso, vecina?
—Con ello estoy—contestaba riendo.
—Parece que la cuestión es dificililla...
—¡Y tanto!
—Pero ¿se arregla?
—¡Qué sé yo, señor Benjamín! Unas veces parece que sí... otras parece que no... ¡Al tiempo!...
Pero el alma de Rafaela estaba muerta; nada reverdecería sus ilusiones. El zapatero, tras muchos esfuerzos, hubo de renunciar á ella, y cuando la veía pasar suspiraba, grotesco y romántico.
Todos los días primeros de mes, Rafaela escribía á Zureda una carta de cuatro carillas, donde le refería los pequeños incidentes de su vivir manso y aburrido. Por estas cartas, escritas en hojas de papel comercial, conocía el presidiario los rápidos progresos físicos de Manolín, que á la sazón contaba doce años: era pendenciero, rebelde, desaplicado, hasta el extremo de andar todavía en palotes. De su afición á las pedreas no había que hablar; un día, por haber descalabrado gravemente á otro muchacho de su edad, la guardia civil puso mano en él, y á faltar la diligente y paternal intervención del cura, duerme en la cárcel. La madre terminaba siempre los párrafos en que describía las ariscas bisoñadas de Manolín con esta frase: «Te aseguro que no puedo domarle...» Era una afirmación de cansancio que parecía embozar una amenaza y una profecía.
En una carta decía el presidiario:
«El último indulto, del que no sé si tendrás noticia por los periódicos, ha liberado á muchos compañeros. Yo no he tenido tanta suerte. De todos modos, me han perdonado cinco años. Así, pues, ya no son más que seis los años que nos separan.»
Periódicamente las cartas de Rafaela y las del prisionero en Ceuta iban y venían. Finaron otros dos años.
Pero la fatalidad aún no se había cansado de patear sobre los hombros honrados de Amadeo Zureda.
«Perdona, Rafaela querida—escribía el recluso—, el nuevo disgusto que voy á causarte; mas por la vida de nuestro hijo te juro que no he podido evitar la desgracia que, inopinadamente, y nadie sabe por cuánto tiempo, va á prolongar nuestra separación.
»Como supondrás, entre la gentuza que, procedente de todas las cárceles de España, llega aquí, vienen pocos santos. Yo, aunque obligado á vivir entre ellos, comprendo que no son mis iguales, y por lo mismo procuro mantenerme aislado y no intervenir ni en sus chacotas ni en sus pendencias. Es el caso que, á fines de la pasada semana, vino aquí un guapo de oficio, andaluz, condenado á doce años de trena por haber matado á un hombre y herido malamente á otro. El tal, apenas me vió, pensó que yo era un manso con quien podía lucirse, y no perdía ocasión de embromarme. Yo callaba y, para no chocar con él, le volvía la espalda.
»Ayer, á la hora del rancho, empezó á buscarme camorra; otros reclusos, le animaban con sus risas.
—»Oye, Amadeo—me dijo—, ¿por qué te han traído aquí?
»Yo repuse, mirándole bien á los ojos:
—»Por haber matado á un hombre.
—»¿Y por qué le mataste?—insistió.
»No le contesté, y él entonces agregó algo muy feo, muy grosero, que no quiero repetir. Bástete saber que en lo que dijo iba envuelto tu nombre. Y, por ser así, fué lo último que sus labios dijeron. Saqué mi cuchillo—ya sabes que, á pesar de lo mucho que nos vigilan y registran, todos vamos armados—y le grité:
—»Defiéndete, porque voy á matarte.
»Reñimos, en efecto, y reñimos bien, porque el mozo era bravo; pero de nada le sirvió su bravura, y allí dejó la vida.
»Perdóname, Rafaela de mi alma, y haz que nuestro hijo me perdone también. Esto empeora mi situación, pues ahora volverán á juzgarme é ignoro el castigo que me impondrán. Reconozco que matando á ese hombre hice mal, pero de no hacerlo me hubiese matado él á mí, lo que habría sido para todos nosotros mucho peor.»
Meses después escribía Zureda:
«En estos días se ha visto mi causa. Afortunadamente, todos los testigos declararon en favor mío, lo que, unido al buen concepto que mis jefes tienen de mí, ha mejorado mucho mi situación. El informe fiscal fué terrible, pero de eso no hay que hacer caso. Mañana conoceré la sentencia.»
Todas las cartas de Amadeo Zureda eran así: nobles, tranquilas, como dictadas por la más estoica resignación. Nunca deslizó en ellas nada que recordase á Rafaela su delito; en aquellas páginas, repletas de una escritura igual y vigorosa, no había reproches, ni abatimientos, ni impaciencias desesperadas. Eran el reflejo admirable de una voluntad férrea á quien la desgracia, madre excelentísima de todo saber, enseñó el difícil secreto de esperar.
VI
El mismo día en que Amadeo Zureda salió del penal, el correo le trajo una carta de Rafaela, que empezaba así:
«Ayer Manolín cumplió veinte años...»
El antiguo maquinista desembarcó en Valencia, pasó la noche en una posada inmediata á la estación del ferrocarril, y al otro día temprano subió al tren que había de llevarle á Equis. Tras tantos años de reclusión, el viejo presidiario sentía el desasosiego nervioso, la desconfianza en sí mismo, el miedo cruel á la suerte, que suelen experimentar los inadaptados siempre que la vida les ofrece una fase nueva. La derrota les acobarda y vuelve pesimistas. Rememoran lo que sufrieron y la inutilidad de sus luchas, y piensan: «Esto, que ahora empieza, será malo también para mí...»
Amadeo Zureda había cambiado mucho; sobre el rostro, curtido por el sol de Africa, el bigote blanco resaltaba tristemente; agrandaba el sereno mirar de sus ojos negros la expresión de un inmenso dolor; el pliegue vertical de su entrecejo se había ahondado tanto, que parecía una cicatriz; su cuerpo cenceño, antes engallado y carnoso, se encorvaba un poco al andar.
El traqueteo sonante del vagón y la sucesión de panoramas trajeron á la memoria de Zureda las alegrías, harto emborronadas en la distancia de los años pretéritos, de sus buenos tiempos de maquinista. Se acordó de Pedro, el fogonero andaluz, y de aquellas dos locomotoras, «la Dulce» y «la Negra», sobre las cuales tanto había trabajado. Y una voz interior le preguntaba: «¿Que habrá sido de todo eso?»
También pensó en su casa, y al recomponer la fachada y ver los balcones, evocó el aspecto de cada habitación. Jamás su memoria, enturbiada por la vida torva y embrutecedora del penal, había buceado tan hondo en el pasado, ni desempolvado y reconstituído tan limpiamente los viejos recuerdos. Pensó en su hijo, en Rafaela y en Manolo Berlanga, viéndoles con sus caras y sus trajes de entonces, y se sorprendió de que la figura del platero no le produjese ningún dolor: en aquellos momentos, y á despecho del daño irreparable que le hizo, no sentía animosidad contra él: todos los rencores que hasta allí le agitaron se apaciguaban en una desconocida é inefable emoción de olvido y misericordia. El pobre presidiario tornó á registrarse la conciencia y volvió á maravillarse de no descubrir en ella ningún odio. Y es que, sin duda, la libertad moraliza á los hombres.
En Játiva subió al vagón un individuo, ya viejo, en cuya fisonomía el exmaquinista creyó hallar rasgos de un semblante amigo. Por su parte, el recién llegado también miraba á Zureda, como recordando. De este modo los dos, poco á poco iban acercándose en silencio. Concluyeron por examinarse afectuosamente, seguros ya de conocerse. Amadeo Zureda fué quien primero habló:
—Yo creo—dijo—que nos hemos visto en alguna parte... hace años...
—En eso—repuso el interpelado—vengo yo cavilando.
—El caso es—prosiguió el maquinista—que yo estoy cierto de que hemos hablado muchas veces.
—Sí, sí...
—De que hemos sido amigos.
—Probablemente...
Continuaron mirándose, atados al mismo pensamiento.
—¿Usted ha vivido en Madrid?
—Sí; diez ó doce años.
—¿Dónde?
—Cerca de la Estación del Norte, donde estaba empleado.
—Pues no diga usted más—exclamó Zureda—, porque yo he pertenecido también á esa Compañía. Era maquinista...
—¿En qué línea?
—Últimamente, en la de Bilbao.
Pausados, silenciosos, los recuerdos iban surgiendo y asociándose en la enorme negrura de olvido de aquellos veinte años. Amadeo Zureda sacó su petaca y brindó tabaco á su interlocutor; y lo que hasta entonces no lograron ni el aspecto ni la voz del desconocido, lo realizó instantáneamente y como por ensalmo su modo de coger la picadura, de preparar el cigarrillo, de encenderlo y colocárselo después en la comisura izquierda de los labios. La memoria del ex presidiario se llenó de luz.
—¡Acabáramos!—exclamó—,¡usted es don Adolfo Moreno!...
—Yo mismo; eso es...
—Usted era ambulante de la línea de Asturias cuando yo trabajaba en la de Bilbao. ¿No se acuerda usted? Zureda... Amadeo Zureda,..
—¡Ah, sí!...
Los dos hombres se abrazaron.
—¡Si yo te tuteaba!—gritó don Adolfo.
—Sí, señor; y puede usted seguir haciéndolo. ¡No faltaba más!... Que por algo el tiempo ha corrido igualmente para ambos.
Apagado el regocijo de los primeros instantes, el antiguo ambulante y el anciano maquinista se entristecieron recordando las muchas amarguras que les trajo la vida.
—Ya supe tu desgracia—dijo don Adolfo—y la sentí. Son locuras de juventud que duran un instante y cuestan luego todo el porvenir. ¿Por qué fué?...
Aplomadamente, Zureda repuso:
—Una cuestión de juego.
—¡Es verdad!... Me lo dijeron.
Amadeo respiró; el ambulante no sabía nada y era verosímil que todos estuviesen tan ignorantes como él acerca del verdadero motivo que ocasionó la muerte de Manuel Berlanga. Don Adolfo preguntó:
—¿Dónde has estado?
—En Ceuta.
—¿Mucho tiempo?
—Veinte años y meses.
—¡Caramba!... ¿Vienes ahora de allí?
—Sí, señor.
—Tú, evidentemente—continuó don Adolfo—, has sufrido más que yo; pero no creas que yo he sido muy afortunado. La vida es una fiera que para cuantos se acercan á ella... ¡y cuidado si nace gente!... tiene un zarpazo. Soy viudo; pronto hará quince años que mi pobrecita mujer pudre tierra; de mis tres hijas, la mayor se casó, las otras dos murieron. Ahora estoy jubilado, y vivo en Equis, con una cuñada, viuda de mi hermano Juan, de quien no sé si recordarás...
Poco á poco, y á vuelta de muchos circunloquios, porque la confianza es una virtud tímida que emigra pronto de las almas muy castigadas por la desgracia, Amadeo Zureda expuso sus proyectos. El pensaba establecerse en Equis, con su mujer; del presidio traía ahorradas cerca de dos mil pesetas, con las cuales esperaba poder comprar una casita y media fanega de buena tierra.
—Yo, de agricultura no entiendo palote—agregó—; pero eso es como todo; en queriendo aprender, se aprende. Además, mi hijo, que es mozo y se ha criado en el pueblo, puede ayudarme mucho.
Don Adolfo había arrugado el entrecejo con un gesto reflexivo y grave, de hombre que recuerda.
—Por lo que dices—exclamó—caigo en quien sea tu mujer.
Un poco avergonzado, porque la imagen siempre ensangrentada de su desgracia no se borraba un punto de su memoria, el antiguo maquinista repuso:
—Sin duda; el pueblo será pequeño...
—Muy pequeño. ¿Cómo se llama tu mujer?
—Rafaela.
—¡Sí, hombre!...—replicó don Adolfo—; Rafaela, la lavandera...
—Eso es.
—La conozco mucho; y á Manolo, su hijo, también le conozco. ¡Valiente mocito!...
Amadeo Zureda se estremeció; tuvo miedo, frío; unos instantes permaneció callado, sin saber qué decir. Don Adolfo prosiguió, con ruda franqueza:
—Mala cabeza tiene el tal Manolo, y buenos disgustos le da á su pobre madre, que es una santa. ¡Yo creo que hasta la pega!... ¡No te digo más!...
Lívido, tembloroso, reprimiendo unos grandes deseos de llorar que acababan de asaltarle, Amadeo preguntó:
—¿Es posible?... ¿Tan malo es?
—De oro es el mozo—repuso don Adolfo—; había de morirse, y el Diablo, para cargar con él, necesitaría pensarlo mucho: borracho, jugador, mujeriego, camorrista... ¡de todo es el indino!
Y afirmó:
—No parece hijo tuyo.
Amadeo Zureda no respondió, y acercando la cabeza á la ventanilla fingió distraerse con el paisaje. Las declaraciones del antiguo ambulante le aterraron; él se hallaba ignorante de todo; Rafaela, en sus cartas, nada le había dicho; y se admiró de ver cómo la fatalidad le asediaba y negaba ese descanso á que todos los hombres trabajadores, aún los más miserables, tienen derecho. Retrocediendo por el odioso camino de sus recuerdos, llegó al origen de su desgracia. Veinte años antes, el señor Tomás, al notificarle las relaciones de Rafaela con Manuel Berlanga, había declarado:
«Dicen que la pega.»
Y ahora, don Adolfo, refiriéndose á Manolín, repetía las mismas palabras:
«Yo creo que la pega.»
¿Qué misteriosa conexión habría entre estas afirmaciones que parecían poner un nexo de oprobio entre el hijo y el amante muerto?... Y las palabras del viejo ambulante volvieron á sonar en los oídos de Zureda y se agarraron fatídicas á su alma:
«Manolo no parece hijo tuyo.»
Sin haber leído á Darwin, Amadeo Zureda, instintivamente, buscaba en las leyes de la herencia una explicación y un consuelo al tósigo que le mordía. El nunca, ni aun de mozo, fué aficionado á beber, ni á los naipes, ni faldero, ni menos entrometido y bravucón. ¿Quién, por tanto, pudo deslizar en la sangre de su hijo tantas depravaciones?...
Don Adolfo y Zureda descendieron en la estación de Equis. Declinaba la tarde; en el andén sólo había seis ó siete personas. El anciano ambulante exclamó, designando con la mano á una mujer y á un mozalbete que se acercaban:
—Ahí tienes á tu gente.
Esta vez, al ver á Rafaela, Amadeo no vaciló: era ella, á pesar de su vientre abultado, de su semblante carnoso y triste, de sus cabellos blancos... ¡era ella!...
—¡Rafaela!
La hubiese reconocido entre mil mujeres más. Se abrazaron estrechamente, llorando, con la inmensa emoción de alegría y dolor que experimentan los que se separaron jóvenes y vuelven á reunirse en la vejez, al otro lado de la vida. Después el maquinista abrazó á Manolo.
—¡Qué guapo estás!—balbuceó, cuando las palpitaciones de su corazón, encalmándose un poco, le permitieron hablar.
Don Adolfo se despidió.
—Yo llevo prisa—dijo—; ya nos veremos mañana.
Saludó y se fué.
Amadeo Zureda, llevando á Rafaela á la derecha y á su izquierda á Manolo, salió de la estación.
—¿Está muy distante el pueblo?—preguntó.
—Dos kilómetros apenas—repuso ella.
—Entonces, vámonos á pie.
Avanzaron lentamente por el camino que se alejaba, serpeando, entre dos vastas extensiones de terreno laborado y rojizo. Al fondo, iluminado por el sol muriente, aparecía el pueblecito; aquel villorrio miserable en el que Zureda había pensado tantas veces, como en un bello refugio de paz, olvido y redención.
VII
Desde que Amadeo Zureda llegó á Equis, Rafaela no volvió al río. El anciano maquinista no quería que su mujer trabajase; con lo que él ganó como herrero allá en presidio, tenían bastante los dos para vivir. Del pasado no hablaron; creeríase que no se acordaban de él; ni ¿para qué acordarse?... Zureda lo había perdonado todo; su Rafaela, además, ya no era la misma: apagáronse la alegría pajarera de sus ojos, la negrura ondulante de sus cabellos, la agilidad moza de su cuerpo; ogaño, en el semblante fofo y triste, en lo humildoso del mirar, en la flacidez de los senos, en las torpes redondeces adiposas del talle, había un abandono doloroso, apesgador de remordimiento.
Siguiendo los consejos de don Adolfo, el ex presidiario renunció á su idea de dedicarse á la agricultura, y en la calle mejor del pueblo, cerca de la iglesia, puso un taller mixto, de carpintería y cerrajería, donde así herraba una mula como recomponía un carro ó echaba á un arado reja nueva. A poco de establecerse Zureda, su modesto negocio comenzó á encarrilarse por caminos de bonanza; muy pronto el número de sus relaciones creció; su historia inquietante de presidiario parecía olvidada; todos le querían; era un hombre bueno, afable, de una melancolía simpática, que pagaba sus pequeñas cuentas exactamente y trabajaba bien.
Amadeo Zureda sentía pacificarse su vida, y que lentamente su porvenir, hasta entonces borrascoso, comenzaba á ofrecérsele como un país hospitalario, claro y fácil. El mañana amenazador, que desvela á los hombres, dejaba de ser un problema para él; su futuro ya estaba cimentado, reglamentado, previsto; los quince ó veinte años que aun le restasen de vida los pasaría redondeando amorosamente la fortunita que deseaba legar á su Rafaela.
Animado por este propósito, levantábase con el sol y trabajaba reciamente todo el día. Por las tardes, acompañado de un perro, regalo de don Adolfo, salía á vagar por los alrededores del pueblo. Uno de sus paseos favoritos era el cementerio. Zureda empujaba el viejo portón, siempre abierto, del camposanto, se instalaba sobre una piedra rota de molino que allí había, y encendía un cigarro. Entre la crecida hierba que tapizaba el suelo negreaban muchas cruces; el anciano evocaba sus recuerdos de antiguo maquinista y de recluso, y su voluntad fatigada se estremecía. Miraba á su alrededor complacido; allí estaba su cama; ¡qué paz, qué silencio!... Y suspiraba largamente, poseído de la rara y sedante alegría de morir. Entre los viejos tapiales, dorados por el sol poniente, que rodeaban aquel huerto de olvido, se debía de dormir muy bien...
Lo único que amargaba el ocaso pacífico de Amadeo Zureda, era su hijo: aquel Manolo, á quien por un exceso, imprudente quizá, de amor paternal, había redimido el año antes del servicio militar, y cuyo carácter vicioso y díscolo era fanáticamente refractario á toda disciplina. Inútilmente procuró Zureda enseñarle un oficio; súplicas, amenazas, reflexiones discretas, se estrellaron ante la voluntad irreductible y vagabunda del mozo.
—Si no quiere usted mantenerme—decía Manuel—, despídame; yo sabré buscármelas.
Con frecuencia Manolo desaparecía del pueblo y, ausente y metido en misteriosas aventuras, pasaba los días. Individuos llegados de otros pueblos comarcanos decían que se dedicaba al juego. Cierta noche reapareció herido de gravedad en una ingle; la puñalada era profunda.
—¿Quién te ha herido?—preguntó Zureda.
El mozo repuso:
—Eso á nadie le importa; á quien sea, yo me encargo, tarde ó temprano, de darle lo suyo.
Para ahorrarse complicaciones judiciales, Amadeo Zureda calló lo ocurrido. Semanas después Manolo estaba bueno. Una madrugada, á orillas del río, la pareja de la guardia civil encontró el cadáver de un hombre; el cuerpo ofrecía varias heridas de arma blanca. Cuantas pesquisas se practicaron para descubrir al matador fueron baldías; el crimen quedó impune. Únicamente Amadeo Zureda, que, á raíz del suceso, había sorprendido á Manuel lavando en una jofaina un pañuelo manchado de sangre, estaba cierto de que el autor de aquella muerte era su hijo.
Y las palabras siniestras de don Adolfo volvían á su espíritu, machacantes, enloquecedoras, oradándole el cráneo:
—«No parece hijo mío...»—meditaba.
No paró en esto el desaforado vivir del mozo. Abusando del cariño de su madre y de la mansedumbre de Amadeo, raros eran los días en que no manifestaba hallarse necesitadísimo de dinero.
—Me hacen falta cien pesetas—decía—, pero mucha falta. Si vosotros no me las dais... bueno, en paz; yo las buscaré. Pero acaso os arrepintáis entonces de no habérmelas dado.
Dominábale un furor de placeres. Cuando su madre le aconsejaba:
—¿Por qué no trabajas, maldito? ¿No ves á tu padre?
El mozo replicaba:
—Vivir no es trabajar; para vivir como padre vive, más vale ahorcarse.
A Rafaela tratábala despectivamente y como á esclava; apenas si, al interpelarla, se dignaba poner en ella los ojos; á su padre también le hablaba poco y desabridamente. El peor de los hijos no hubiese procedido con más despego. Diríase que su alma arisca, sedienta de goces, alimentaba contra sus progenitores la llama de un rencor instintivo.
Una noche, al volver del Casino en donde don Adolfo, el boticario y otros vecinos de cierto viso, solían reunirse todos los sábados, Amadeo Zureda encontró la puerta de su taller entornada. Aquello le sorprendió, y levantando la voz empezó á llamar:
—¡Manolo!... ¡Manolo!...
Rafaela le contestó desde muy adentro:
—No está.
—¿Sabes si volverá pronto?... Lo digo para no cerrar—exclamó Zureda.
Hubo un breve silencio. Al cabo, Rafaela repuso:
—Más vale que cierres.
En la voz de la pobre mujer había como un hipo de dolor. Alarmado por el presentimiento de algo terrible, el viejo maquinista atravesó el taller y llegó á la trastienda. En la cocina, sentada delante del fogón, estaba Rafaela, las manos cruzadas humildemente sobre el regazo, los ojos llenos de lágrimas, los blancos cabellos en desorden, cual si una mano parricida se hubiese crispado sañudamente en ellos. Zureda arremetió á su mujer y cogiéndola por los hombros, la obligó á levantarse.
—¿Qué ha sucedido?—masculló.
Rafaela tenía la nariz ensangrentada, magullada la frente, las manos cubiertas de arañazos.
—¿Qué tienes?—repitió el maquinista.
Sus ojos, aunque viejos y mortecinos, ardieron otra vez con aquella luz roja, relámpago de muerte, que veinte años antes le llevó á Ceuta. Rafaela, asustada, trató de disimular.
—No es nada, Amadeo—balbuceó—, no es nada... yo te lo explicaré. Es... verás... es que me he caído...
Pero Zureda la arrancó amenazándola, casi á viva fuerza, la verdad.
—Es que Manolo te ha pegado, ¿eh?...
Ella sollozaba, defendiéndose aún, no queriendo acusar al hijo de su alma. Vibrante de ira, el maquinista repitió:
—¿Te ha pegado?
Tardó Rafaela en responder; tenía miedo de hablar; al fin confesó:
—Sí... me ha pegado... ¡oh, qué horrible!
—¿Y por qué?
—Porque necesitaba dinero.
—¡Ah, el canalla!...
Y la cólera y el dolor del viejo expresidiario estallaron en un rugido de león, que llenó la cocina.
—¿Y se lo diste?—agregó.
—Sí.
—¿Cuánto?
—Veinticinco pesetas. Me resistí cuanto pude, pero... ¿qué iba á hacer?... ¡Oh, si llegas á verle, no le conoces!... Daba miedo; yo creí que me mataba...
Hablando así se tapó los ojos con las manos, como apartando de ellos, con la sucia visión de lo que acababa de ocurrir, la imagen de algo semejante, antiguo y terrible.
Zureda no contestó, temeroso de descubrir la agitación avendavalada de su alma. Los recuerdos más ominosos se atropellaban en su memoria. Mucho tiempo atrás, antes de que él fuese á presidio, el señor Tomás le había dicho en el curso de una conversación inolvidable, que Manuel Berlanga maltrataba á Rafaela. Y años después, al salir del penal, don Adolfo Moreno le expuso algo igual, refiriendose á su hijo. Recordando esta extraña conjunción de opiniones, Amadeo Zureda experimentaba un rencor acerbo, inextinguible, contra la raza del platero; raza maldita, nacida, al parecer, para ofenderle y herirle en lo que más amaba.
A la mañana siguiente Zureda, que apenas había conseguido dormir una ó dos horas, despertó temprano.
—¿Qué hora es?—dijo.
Rafaela, que ya se había levantado, repuso:
—Van á dar las seis.
—¿Ha vuelto Manolo?
—No.
El maquinista saltó del lecho, vistióse como de costumbre, y bajó al taller. Rafaela le espiaba; la aparente tranquilidad del anciano era sospechosa. Llegó la tarde y Manuel no fué á almorzar. Pasó la noche y el mozo no fué á dormir. El matrimonio se acostó temprano. Transcurrieron varios días.
Un domingo se hallaba Zureda sentado á la puerta de su taller; iban á dar las doce y las mujeres, unas enmantilladas, otras con pañuelo á la cabeza, acudían á misa. En lo alto de la torre gótica, las campanas voltijeaban ensordecedoras y alegres. Un vecino, al pasar, dijo al maquinista.
—Ya apareció Manolo.
Flemáticamente, Zureda repuso:
—¿Cuándo?
—Anoche.
—¿Dónde le vió usted?
—En la posada de Honorio.
—¡Vaya con el niño! Buen pez está hecho; por aquí no ha venido...
El día declinó sin incidentes. El maquinista, cautamente, se abstuvo de decir á Rafaela que su hijo había vuelto. Poco antes de cenar, y so pretexto de ver á don Adolfo que le esperaba en el Casino, Amadeo Zureda salió de su casa y se encaminó á la taberna donde Manolo acostumbraba á reunirse con sus amigachos. Allí, en efecto, le halló, jugando á las cartas.
—Tengo que hablarte—dijo.
El interpelado tiró los naipes sobre la mesa y se levantó. Era alto, esbelto, simpático, y en la línea delgada de sus labios y en el mirar taladrante de sus ojos verdes había algo impertinente y retador.
Los dos hombres salieron á la calle y, sin hablar, caminaron hacia las afueras del pueblo. Cuando lo juzgó oportuno Amadeo Zureda se detuvo y mirando á Manuel cara á cara:
—Te he buscado—dijo—para decirte que no vuelvas á mi casa, ¿entiendes?...
Manuel afirmó con la cabeza.
—Soy yo quien te echa de allí, ¿comprendes?... Soy yo; porque no me gusta tratar con miserables, y tú eres un miserable. Y esto no te lo digo de padre á hijo, sino de hombre á hombre... ¿sabes?... por si mis palabras te ofendiesen y quisieras vengarte. Por eso, nada más, te he traído hasta aquí.
Lentamente, según hablaba, su fiera voluntad iba enardeciéndose, palidecían sus mejillas, y dentro de los bolsillos de su pelliza los puños se crispaban. A su vez, la sangre levantisca de Manuel, iba alborotándose.
—No me haga usted hablar—dijo.
Hizo ademán de marcharse. Su voz, su gesto, el desdeñoso encogimiento de hombros con que subrayó sus palabras, fueron los de un perdonavidas. Diríase que en él resucitaba el platero matasiete y procaz. Conteniendo su ira, Zureda repuso:
—Si tienes ganas de reñir, tonto serás si las aplazas para luego. Yo, á eso he venido.
—¿Está usted loco?
—No.
—Lo parece.
—Te equivocas. Es que he sabido que acostumbras á pegarle á tu madre... y eso, el pegar á tu madre, no lo pagas con toda la sangre, con toda la cochina sangre, que tienes en el cuerpo...
Amadeo Zureda tuvo miedo de sí mismo. Temblaba. Todos los celos que años antes le precipitaron contra Berlanga, retoñaban ahora frescos, pujantes, trastornadores. Su corazón, una caldera de odios infernales parecía. Bruscamente Manuel se acercó á su padre, y agarrándole por las solapas:
—¿Va usted á callarse?—murmuró corajoso—¿ó quiere usted perderme?
La respuesta de Zureda fué una bofetada. Entonces los dos hombres se acometieron, primero á golpes, luego á cuchilladas. En tal momento el anciano vió aparecer sobre el rostro del que creía su hijo la misma expresión de odio que veinte años atrás contrajo la cara de Manuel Berlanga. Aquellos ojos, aquella boca desfigurada por una mueca de ferocidad, aquel cuerpo delgado y felino vibrante de cólera, eran los del platero; el gesto del padre lo repetía exactamente la cara del hijo, cual si ambos semblantes hubiesen sido vaciados en el mismo troquel. Y por primera vez, después de tanto tiempo, el antiguo maquinista vió claro...
Anonadado por la certidumbre de aquel nuevo infortunio, sin ánimos ya para defenderse, el infeliz dejó caer los brazos, á la vez que Manolo, fuera de sí, le asestaba en el pecho una puñalada mortal.
Cumplida su venganza, el parricida huyó.
Amadeo Zureda fué conducido, moribundo, al hospital. Allí, aquella misma noche, don Adolfo acudió á verle.
Su pena era enorme; tan gran era, que inspiraba risa.
—¿Es verdad lo que me han dicho?—repetía llorando—, ¿es verdad?...
El herido apenas tuvo fuerzas para apretarle un poco la mano.
—Adiós, don Adolfo—balbuceó—, ya he sabido lo que necesitaba saber; usted me lo dijo y yo no quise creerle; pero ahora reconozco que usted tenía razón: Manuel no era hijo mío...
Madrid,—Enero, 1910.
La lista de los errores corregidos:
una vieja cómoda que de noche=> una vieja cómoda que noche {pg 12}
Ricardo Villarrolla pasaba muchas tardes=> Ricardo Villarroya pasaba muchas tardes {pg 13}
Levantóse precipitamente=> Levantóse precipitadamente {pg 20}
cráneo dodicocéfalo=> cráneo dolicocéfalo {pg 74}
que llena el lama de los jockeys de raza=> que llena el alma de los jockeys de raza {pg 77}
que nubaban su ánimo=> que nublaban su ánimo {pg 86}
propia concien ciencia=> propia conciencia {pg 99}
las líneas capichosas=> las líneas caprichosas {pg 154}
efervorizarse recíprocamente=> enfervorizarse recíprocamente {pg 226}
su dormitario=> su dormitorio {pg 241}
á los honmbres=> á los hombres {pg 278}