EL COLLAR
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I
Había terminado el primer acto, y Enrique Darlés, llevado de su curiosidad provinciana, descendió al foyer. Quería asimilarse pronto el alma grande y abigarrada de la urbe, ver muchas cosas, afirmar su personalidad ante la renovación de tantas emociones nuevas, sentir cómo todo Madrid iba pasando bajo la suela de sus zapatos andariegos.
Momentos antes, desde su vulgar asiento de «paraíso», el teatro Real, con su amplio patio de butacas y sus palcos anegados en la llovizna fulgurante de centenares de lámparas eléctricas, habíasele ofrecido cual un raro jardín; especie de ramillete enorme donde los cintillos diamantinos que adornaban las femeniles gargantas, gotas de rocío parecían detenidas sobre pétalos monstruosos de sedas, de terciopelos joyantes y de epidermis desnudas. La intensidad de este espectáculo fué tan cautivadora, que apenas si logró percatarse de lo que la orquesta y los artistas iban diciendo. Las impresiones visuales derrotaban en su ánimo toda otra emoción, y miraba sin saciarse nunca. Aquel pensil humano exhalaba una fragancia extraña, un vaho adormecedor y sensual á esencias de heno, de jazmines, de musgo y de violetas parmesanas, á carnes bien lavadas, á finas ropas interiores. Y en el fondo del cuadro luminoso, resplandeciente como una apoteosis de opereta, las mujeres, con sus talles mimbreantes, sus hombros impúdicos expuestos á la voracidad analítica de los gemelos, sus semblantes risueños, embellecidos por esa placidez de expresiones que da la riqueza, sus cabecitas cuidadosamente peinadas, sus manos enjoyadas, que movían abanicos de plumas ante las gasas de los escotes...
Ganoso de examinar de cerca este mundo, Enrique Darlés descendió al foyer. Allí se detuvo, un poco avergonzado de sí mismo. Por primera vez hallaba ridículos su sombrero hongo pasado de moda, su trajecillo negro que le daba aspectos de seminarista, sus brodequines viejos y mal lustrados. Su corbata flotante, anudada con negligencia estudiantil, también era fea. A su alrededor pasaban hombres correctamente vestidos, con elegantes fracs de floridas solapas y levitas de impecable severidad, y damas que arrastraban majestuosamente la albura de sus faldas de moaré y de gro por la alfombra mullida y bermeja. Era aquella una sinfonía magistral de sedas, de brocados, de pieles fastuosas, de finos tarsos vislumbrados tras el misterio perverso de las medias caladas, de aderezos esplendorosos y de pulseras tintineantes, cuyos dijes repetían la canción de su oro sobre la morbidez armiñada de los antebrazos.
Aturdido, sin saber justificar su presencia allí, Darlés adelantóse á examinar un busto de Gayarre; busto broncíneo, de cabellos cortos y revueltos y enérgica actitud, que recuerda la figura de Otello. Una mano se apoyó familiarmente en su hombro. El joven volvió la cara.
—¡Don Manuel! ¡Qué sorpresa!
Era un caballero de mediana estatura, recio y un poco calvo. Representaba cincuenta años. Una crespa y abundante barba rubia cubría sus mejillas abultadas y felices, llenas de sangre. Vestía de levita. Sobre su nariz epicúrea, ancha y corta, temblaban unas gafas de oro.
—¡Muchacho!—exclamó—; ¿tú por aquí?
Muy colorado, sin saber por qué, Enrique repuso:
—He venido á ver esto...
Inconscientemente, con ese respeto que cuando niños aprendimos á tener á los amigos de nuestros padres, se había quitado el sombrero, que sujetaba con ambas manos á la altura del pecho. Además, don Manuel era diputado. Pero el prohombre le obligó á cubrirse.
—¿Y qué haces en Madrid?
—Estudiar.
—¿Derecho?
—No, señor: Medicina.
—¡Buena carrera! ¿Qué año cursas?
—El preparatorio.
Sonrió avergonzado. Comprendía que sus respuestas eran demasiado lacónicas y que no sabía hablar; y experimentó con más fuerza que antes la vejatoria sensación de hallarse mal vestido. Don Manuel miraba á su alrededor y había en su gesto impertinencia y desenfado. A cada momento murmuraba: «Estoy esperando á uno...» Luego reanudó su vaneo con el estudiante, interrogándole por su padre y por el cacique del pueblo. Invariablemente, á cada nueva interrogación, Enrique Darlés contestaba: «Todo está igual, todos siguen bien...» Y el diálogo volvía á interrumpirse.
Don Manuel preguntó:
—¿Vives en casa de huéspedes, verdad?
—No, señor.
—¿Cómo?
—He alquilado, en la calle de la Ballesta, un pisito tercero interior, que me renta trece pesetas mensuales, y como en una taberna de la misma calle.
—Veo que sabes vivir; así te ahorras el lidiar con patronas. Cuando conozcas bien Madrid, no habrá quien te haga volver al pueblo. Madrid es muy hermoso. Aquí, teniendo dinero, un hombre listo se divierte mucho.
Con ese tono confidencial que los necios y soplados adoptan para admirar á los individuos que estiman inferiores, don Manuel añadió:
—Mira: tú no eres un niño; yo, ¡qué diablos!... tampoco he llegado á viejo; por tanto, y ya que ese amigo á quien esperaba no viene, podemos hablar libremente. Yo... ¿comprendes?... tengo... un quebradero de cabeza...
Enrique hizo un signo afirmativo.
—Alicia Pardo, ¿la conoces?
—No, señor.
—Es muy popular entre la aristocracia de buen humor. Una hermosura espléndida. En el Casino la llamamos «Tacita de oro».
Repentinamente la expresión de sus facciones cambió: los ojos brillaron glotones y alegres; acentuóse el color congestivo de las mejillas y dió media vuelta sobre sí mismo, acariciándose la barba y ajustándose bien sobre la frente el sombrero de copa, con la petulancia del fatuo que se supone admirado.
El agudo y sostenido repiqueteo de unos timbres anunciaron que el segundo acto iba á empezar. Los espectadores refluían hacia el salón, y en la soledad del foyer, bajo la claridad blanca de los focos eléctricos, el busto de Gayarre parecía más alto. Don Manuel exclamó:
—Sígueme; te presentaré á mi amiga.
Y, refiriéndose á una mirada despavorida del estudiante, agregó:
—No importa que tu traje no sea de etiqueta. Te quedas en el antepalco.
Echó á andar con paso firme, preocupado en dar á sus movimientos soltura y flexibilidad juveniles. Sin responder palabra, Enrique Darlés le siguió, á un mismo tiempo gozoso y turbado.
Penetraron en una platea. Don Manuel murmuró:
—Bien, ¿eh?, hasta luego; desde aquí puedes oirlo todo.
Enrique no contestó; la representación había comenzado, y en el silencio hierático de la sala triunfaba el coro de una de esas dulces óperas italianas, cargadas, para todos nosotros, de recuerdos de infancia. Darlés levantó ligeramente uno de los pesados cortinajes que defendían el antepalco. De espaldas á él, y acodada sobre la barandilla de la platea, había una mujer joven, vestida de blanco. Las firmes caderas ondulaban lascivas bajo la brevedad pueril de la cintura; los hombros eran redondos y de armoniosa anatomía; sobre la nieve de la nuca desnuda, los cabellos rubios, casi rojos, fingían tonalidades leoninas; dos esmeraldas enormes temblaban, como gotas de ajenjo, en el rosado lóbulo de las orejas diminutas. Enrique Darlés advirtió que don Manuel y Alicia cambiaban algunas palabras. Seguidamente, ella volvió la cabeza con un movimiento curioso, lleno de gracia, y el estudiante recibió en los ojos el choque de dos pupilas grandes, verdes y luminosas, como animadas esmeraldas. Fué una mirada breve, pero inquisitiva y penetrante, que se resolvió en una expresión de desdén.
Tembloroso y con las mejillas abrasadas en rubor, Darlés dejó caer la cortina y fué á refugiarse al fondo del antepalco. Al principio quiso huir de allí, mas luego cambió de opinión, pareciéndole que marcharse sin despedirse era poco correcto. El creía que se fastidiaba, pero, en realidad, lo que tenía era miedo. No obstante, esperó. Lentamente el hechizo musical de la ópera fué invadiéndole, librándole de su propia conciencia. Desarrollábase uno de esos poemas románticos, completamente líricos, donde las figuras lo son todo: el ambiente, el marco que rodea á los personajes, lo objetivo, no existían allí. Temblaban sobre el suave y acordado plañir de los violoncelos gemidos de quebranto; apuntaban los violines agudos gritos de rebelión y arpegios de ufanía, y sobre el poema orquestal, rico, proteico, multiforme, como una alma, alzábase la voz del tenor, persuasiva y caliente, desgarrándose en un lamento inconsolable.
Enrique tornó á levantarse y á separar tímidamente los cortinones del antepalco. Su movimiento quedó inadvertido. Alicia estaba de espaldas á él, suspensa en el hechizo hadado de la representación, y su emoción fingía deslizar por entre sus omoplatos un estremecimiento de carne rosa. Alrededor de los cabellos, la intensa reverberación blanca de la sala prendía un nimbo tornasol. Repentinamente Enrique Darlés tembló; antes los ojos de la joven habíanle parecido dos esmeraldas, y ahora las esmeraldas que brillaban bajo la hoguera de sus cabellos creyó que le miraban como dos pupilas. Pero esta idea absurda duró poco; la orquesta languidecía en un «ritornelo» doloroso, y á lo largo del «motivo» capital las frases musicales se desgranaban abundantes, resbalando en escalas cromáticas, desde los tonos tiples á los más graves, alcanzándose, flagelándose, confundiéndose luego todas en un acorde de angustia inmensa. Y en aquel treno grandioso había abatimientos de desilusión y zozobras de esperanza, cansancios y anhelos, muecas y risas; la vida, en fin, trágica y filante, que se retorcía en la amargura de todo cuanto fué y ha de ser.
Enrique volvió á sentarse; una pena sin nombre oprimíale la garganta y sintió deseos punzantes de llorar. Su pasado y su presente desfilaron por su espíritu en velocísima visión cinematográfica. Su padre era viejo y tenía una botica que apenas le redituaba para mal vivir; y él, terminada su carrera de médico, debería regresar al pueblo, monótono y odioso. Allí, trabajando para devolver á sus progenitores cuanto de ellos recibió, marchitaría sus años mozos; ilusiones de amor, curiosidades de artista, lo más excelente de su alma allí quedaría enterrado. Luego se casaría y tendría hijos; después... su existencia trazaba un larguísimo camino recto, sin ondulaciones ni altibajos, perdido en la monotonía de un desierto. Saber lo que será de nosotros dentro de diez, de veinte, de treinta años, ¿hay algo más horrible?
El pobre estudiante se mesó los cabellos, y sus ojos se arrasaron en lágrimas. El hubiera querido ser rico, no tener familia y hallarse expuesto á los zarpazos, generosos en poesía, de lo imprevisto. Sin duda por sus venas corría sangre de conquistadores, de aventureros esforzados que realizaron hazañas preclaras y murieron en lejanos climas, y aquella estirpe belicosa dejó en él, con la afición al peligro, la melancolía infinita de acercarse á la vejez sin haber hecho nada diferente de lo que todos los hombres hacen todos los días. Terminar una carrera costosa, aburrida y difícil, para más tarde ganar un jornal, una mujer y un rincón: una casa pobre donde hay tantos palacios, un amor donde laten tantas pasiones, un jornal miserable al lado de tantas fortunas...
Y, excitado por la música, la pena absurda de Enrique Darlés estalló en sollozos.
Acabó el segundo acto y don Manuel y Alicia Pardo entraron en el antepalco. Al ver á Darlés, los habladores ojazos verdes de la joven llenáronse de sorpresa.
—¿Cómo? ¿Estaba usted llorando?
Antes de que el estudiante pudiera contestar, repitió, dirigiéndose á su amigo:
—¿No te parece? ¡Estaba llorando!
Enrique, avergonzadísimo, dijo:
—No sé... me hallaba distraído. Pero, sí... es posible...
Ella repuso sonriendo:
—Tiene usted novia, ¿verdad?
—No... no, señorita.
—¿Y entonces?
—Es que siempre... ¡tonterías!... sin saber por qué, como á las mujeres histéricas, la música, aunque sea mala, me pone triste.
—¡Es raro!... A mí, no.
Don Manuel, sanguíneo y macizo, significó con un alzamiento de sus hombros cuadrados que aquello carecía de importancia, y les presentó; y Enrique sintió en su diestra ardorosa la mano fría y suave—nieve y terciopelo—de «Tacita de oro». Después los tres se instalaron sobre el mismo diván. Alicia quedó colocada entre los dos hombres. Don Manuel sacó su petaca.
—¿Quieres?—dijo.
—Muchas gracias.
—¡Buen chico!—exclamó el diputado—; no tiene vicios.
Alicia interrogó:
—¿Qué, no fuma usted?
—No, señorita...
—¡Sí que es usted raro!... Pues yo, fumo.
Enrique Darlés bajó los ojos, ruborizándose de nuevo. Comprendió que aquel detalle agravaba la ridiculez de su traje; las mujeres, generalmente, gustan de los hombres que fuman; para ellas el tabaco suele ser el perfume mejor. Tuvo hacia sí mismo un movimiento de rabia; de buena gana, para recobrarse ante Alicia, hubiese apurado, uno tras otro, cuantos cigarrillos, egipcios ó turcos, llevaba don Manuel en la petaca; pero ya era tarde; la oportunidad, esa gran hechicera que da mérito y gracia á todas las cosas, había pasado.
La joven, con desenfado perfectamente inglés, había cruzado una pierna sobre otra y fumaba tranquilamente, apoyada contra el respaldo obscuro del diván. Esta vez, alrededor de sus cabellos diabólicos, el humo del cigarrillo, subiendo parsimonioso en la quietud del ambiente, tejía un halo azulino. Darlés la observaba, aunque de reojo. Tenía aguileño el semblante, la nariz respingueña, la boquirrita sangrienta y cruel; bajo la frente pequeña, dura, llena de instintos egoístas, los largos ojos verdes miraban con imperio y fastidio: era una expresión fría, taladrante, sondeadora, que no revelaba piedad. Un hilo de menudas perlas ceñía su garganta mórbida y rosada; ardían sus dedos, de uñas puntiagudas, bajo el incendio de las sortijas. En la euritmia de su escultura, en el acordado ritmo de sus actitudes, en todos los pormenores y perfiles de aquella adorable muñeca, Enrique Darlés, á pesar de su inocencia provinciana, adivinó un alma ególatra, una de esas voluntades sin emoción, reconcentradas en sí mismas, que jamás sintieron la melancolía.
Don Manuel, con ese buen humor petulante de los hombres sanos y ricos, poseedores de una mujer bonita, exclamó:
—Conque, dí, Enrique: ¿qué te parece mi «Tacita de oro»? ¿A que no viste en nuestro pueblo cara igual?
Y agregó triunfante:
—Además, no me cuesta mucho. Cuando nos conocimos, la pregunté:—«¿Qué quieres de mí?» Y me contestó:—«Que me abones á una platea del Real» ¡Casi nada! Mil trescientas y pico de pesetas por catorce funciones. Y aquí nos tienes. La pobrecilla no es exigente.
A las palabras del diputado, Darles no contestó; se lo impedían la emoción, la novedad de aquel mundo, que ni aun de referencias conocía; mundo descarrilado y amoral en que, como en arte, sólo la belleza tiene precio, y donde hay mujeres calculadoras que se dan por un palco.
Alicia Pardo, entretanto, observaba á Enrique, y la franqueza rectilínea de su mirada tenía desenfado azorante. Habíanla interesado su mucha juventud, la ingenuidad de sus respuestas, la corrección apolina de sus facciones, las tonalidades obsidiánicas de su rizosa cabellera meridional, la bravura negra de los ojos ardientes y curiosos en la tersura efeba del rostro, fácil al rubor; y más que todo esto, la emotividad de aquel espíritu artista á quien la música arrancaba lágrimas. Alicia, que sólo vió á los hombres llorar por celos, ó por motivos aún más bajos y ruines, encontraba en el llanto de Enrique Darles algo exquisito y estupendo. Y por su cabecita, llena de curiosidades, pasó la idea de que sería muy raro y muy dulce dejarse amar por un muchacho así.
De repente exclamó:
—Y usted, ¿qué hace en Madrid?
—Estudiar...
—¡Ah, ya!... Estudiante... El protagonista de una novela que leí ha tiempo, y que me gustó mucho, era estudiante también. ¿Qué coincidencia, verdad?
Darlés, vencido por la sencillez pueril de la observación, hizo un ademán afirmativo. «Tacita de oro» continuó:
—¿Qué edad tiene usted?
—Veinte años.
—¿Sin mentir?
—Sin mentir. ¿Por qué?... ¿Acaso represento más?
—Al contrario. Representa usted menos. Yo voy á cumplir diez y nueve y parezco más vieja.
Don Manuel había desdoblado un periódico y leía la sección de Bolsa. Alicia Pardo quiso saber cómo se llamaba Darlés.
—¡Enrique!—repitió—; ¡es muy bonito nombre!...
Quedóse absorta, recordando que todos los Enriques que había conocido, y eran muchos, la fueron simpáticos. Y así, retrocediendo en su historia, llegó á los años de su infancia; años serenos, pasados en la quietud virgiliana de un pueblo, y creyó ver en Darlés, sano, inocente y tostado por el sol de la provincia, algo de lo que ella misma había sido. Fuera de sí, arrobado y boquiabierto, el estudiante la contemplaba también, como quien examina una muy excelente obra de arte.
En los pasillos resonaba un estrépito insólito de pisadas; vibraban varios timbres; una ola de espectadores invadía el patio de butacas. El tercer acto iba á empezar. Alicia y don Manuel se levantaron.
—¿Te quedas?—preguntó el diputado á Darlés.
—No; muchas gracias.
—¿Por qué?
—Porque... necesito acostarme temprano. Mañana he de madrugar.
Estaba tan cierto de que Alicia podía amarle, y era tal el empacho de ventura que esta certidumbre le producía, que necesitaba hallarse solo para disfrutarla mejor. Don Manuel añadió:
—Como gustes. Cuando quieras verme, mejor que á mi casa, donde no estoy nunca, ve á la de Alicia. Allí me encontrarás por las tardes, de seis á ocho.
Se despidieron. Al salir del palco Enrique Darlés volvió la cabeza, y sus ojos y los de Alicia Pardo se tropezaron, acariciándose mutuamente, como dándose un beso y una cita. Fué una de esas miradas terribles, trastornadoras de existencias, que los hombres suelen recibir en su juventud y luego les acompañan toda la vida.
II
Alicia pasó la tarde en su casa leyendo un libro ante el fuego de la chimenea. Don Manuel había ido á verla; disputaron y ella le despidió. Estaba nerviosísima; tenía ganas de llorar, de bostezar, de mesarse los cabellos y emprenderla á puntapiés con los jugueteros, desde cuyos frágiles entrepaños de cristal las muñecas, las figulinas de porcelana y los «bibelotes», de formas extravagantes, mostrábanle sus rostros picarescos.
Es indispensable haberse aburrido alguna vez para comprender toda la negrura, todo el silencio, todo el horror de abismo sin fondo ó de túnel sin salida, que guarda el hastío. Y, sin embargo, como la muerte es origen de vida, así el fastidio suele ser principio de acción. A veces un gran fastidio tiene el vigor de una gran voluntad. Por aburrimiento, muchos hombres de juventud libertina fueron en sus años maduros espejo de esposos, y aplicándose luego á los negocios murieron millonarios. El fastidio produce también obras de arte; Byron y Heine, de no aburrirse enormemente, no hubiesen llegado jamás á las excelsitudes de la poesía.
Aunque muy joven, Alicia Pardo sufría ya ese mal; mal de quietud que borra los linderos y apaga los contrastes. Nunca estuvo enamorada, y el egoísmo de sus amantes acabó de dar á su alma, poco inclinada á la ternura, durezas diamantinas. «Yo ya no puedo querer á nadie—decía—; me hice hombre...» Entonces, como el espíritu no sabe estar ocioso, amó el lujo; no era codiciosa ni ahorrativa, pero sí gustaba de los vestidos costosos, de los sombreros llamativos, de las piedras finas donde los rayos solares se hicieron cristal. Vivir, á su juicio, era comprar buenos muebles, estrenar trajes, exhibirse, gastar sin tasa; entre sus lindas manos, alternativamente pedigüeñas y dispendiosas, el dinero se deshacía. Tenía mucho y necesitaba más, y como pronto se aburría de lo adquirido, su caudal no aumentaba.
Aquella tarde la joven hallábase furiosa; no sabía qué hacer; tenía poco dinero y por la mañana había visto en un bazar muchas frivolidades bonitas. Había cogido un libro para distraerse, y no lo consiguió; su desasosiego persistía. ¿Por qué no ser infinitamente rica? Y hallaba clownesca esta pobre vida, donde los hombres se creen dichosos con poseer la diezmillonésima parte de lo que quieren.
Cuando Enrique Darlés llegó iban á dar las siete. Al ver al estudiante, Alicia lanzó un suspiro de satisfacción y tiró el volumen al fuego.
—¿Qué hace usted?—gritó Darlés, para quien cualquier libro era algo sagrado.
Ella repuso:
—Casi nada. Es una novela estúpida; con todo lo que nos aburre debíamos hacer otro tanto.
Enrique tomó asiento.
—¿Y don Manuel?
—Estuvo aquí un rato y se fué. O, mejor dicho, le despedí. Le aseguro á usted que estoy insoportable; quisiera reñir con todo el mundo; daría no sé qué por experimentar una emoción fuerte. Me desespero. Son los nervios, los nervios malditos, que revuelven cuanto de malo y de canallesco duerme en nosotros. Hoy es uno de esos días negros en que el bienestar de nuestros amigos nos hace desgraciados.
Interrumpióse para examinar á Darlés, quien, con su semblante barbilindo, sus ojos meridionales y sus rizados cabellos negros, mostrábase interesante y dulce como un paje.
—Soy rara—continuó—, voluble, ingrata, incapaz de poner pasión duradera en nada. Por eso, desde el primer momento llamó usted mi atención: por apasionado. Buenos ó malos, me gustan los caracteres radicales, las voluntades de hierro. En cuanto á esos temperamentos tibios y equilibrados que á todo saben amoldarse, comparados les tengo á los trajes de entretiempo, con los cuales siempre estamos mal, pues si en verano nos abrigan más de lo justo, en invierno nos resguardan bastante menos de lo necesario.
Tímidamente, Enrique Darlés se atrevió á decir:
—¿Y de dónde proviene su disgusto?
—No lo sé.
—¿Cómo?
—Lo que usted oye. A menos que...
Se detuvo, escudriñándose, y prosiguió:
—Mis palabras le sorprenden, porque es usted muy joven. Cuando tenga usted más años y con ellos más mundo, comprenderá que el origen de cualquiera de estas minúsculas contrariedades que amargan nuestra existencia no puede referirse á hechos concretos, sino que debemos reconocerlas como suma ó corolario de nuestra historia, de todo cuanto hemos vivido. Ahora, por ejemplo, nos sentimos tristes, porque antes estuvimos tristes ó estuvimos alegres. Hay, pues, en nuestras lágrimas presentes acíbares de lágrimas antiguas y también cansancio de risas pasadas. ¿Comprende usted?... No le extrañe, pues, que yo no sepa concretamente por qué me hallo hoy de tan pésimo humor.
Calló, abismándose en una reflexión que abrió sobre su gracioso entrecejo un pliegue vertical. Luego dijo:
—¿Suele usted pasar por la calle Mayor?
—Muchas veces.
—¿Recuerda usted una joyería que hay á la derecha, en la acera de los números pares, cerca de la Puerta del Sol?
El estudiante hizo un signo afirmativo.
—Pues si le gustan á usted las joyas—continuó Alicia—, fíjese en el collar de esmeraldas que ocupa el centro del escaparate. Hoy, casualmente, lo vi, y tan gran impresión me ha causado, que no puedo olvidarlo. Es magnífico, no sólo por el tamaño y clarísimo oriente de las piedras, sino por su engarce.
—Valdrá mucho...
—Quince mil pesetas.
Darlés no contestó, y sus cejas se arquearon con expresión admirativa. En su sencillez provinciana, esas cifras, enormes para la ruin poquedad de su bolsa, le inspiraban aturdimiento y pánico. «Tacita de oro» continuó:
—Se lo he dicho á Manolo...; pero Manolo es un zorro astuto, un miserablón, á quien no hay modo de comprometer en gastos extraordinarios. Ello contribuyó también á que riñésemos... Crea usted que los hombres tienen la culpa de que nosotras no seamos más fieles.
Aunque inocente en cuestiones de psicología femenina, Enrique comprendió que el torcido humor de Alicia debía de referirse á aquel tan admirado y querido collar de esmeraldas. Un deseo no satisfecho es como un alimento no digerido: al principio nos produce un vago malestar, que luego va en aumento, hasta que la indigestión estalla. Con arreglo á este símil, podría decirse que una pena es «la mala digestión» de un capricho. Ingenuamente, sin calcular que no es discreto prometer nada ni á las mujeres ni á los niños, Enrique exclamó:
—¡Si yo fuese rico!...
Hubo una pausa novelesca, uno de esos silencios durante los cuales las mujeres se deciden á todo. Bruscamente, con aquel mismo gesto de aburrimiento con que momentos antes arrojó el libro que leía á la lumbre, Alicia abandonó una de sus manecitas entre las manos huesudas, trémulas de emoción, del estudiante.
—¿Le gustan á usted mis manos?—preguntó.
—Extraordinariamente.
—Dicen que las tengo grandes.
—Al contrario, son pequeñísimas.
Examinó con arrobo la mórbida finura del carpo; las líneas caprichosas que las venas azules trazaban bajo la blancura de la piel; los hoyuelos que embellecían la primera falange de los dedos; dedos de bailarina, alhajados ostentosamente, y que concluían en uñas triangulares y rosadas. Alicia se miraba sus sortijas; en las lanzaderas los zafiros, los rubíes sanguinarios, los topacios, los diamantes hechos de luz, componían ramilletes de minúsculas florecillas inmarcesibles.
—Cuando pase usted por la calle Mayor—insistió la joven—examine bien el collar de que le he hablado. Dos collares hay en el escaparate: uno de perlas negras, y otro de esmeraldas. Me refiero al segundo; lo verá usted un poco á la izquierda, sobre un medio busto de terciopelo blanco.
La visión de las preciosas piedras verdes revivía en su memoria con tenacidad obsesionante y, al llenar su espíritu, ejercitaba sobre todas sus ideas una peligrosa tiranía centrípeta.
Eran las ocho, y Enrique Darlés se levantó.
—¿Se marcha usted?—preguntó Alicia.
—Sí; me voy á cenar.
Ella le miró de pies á cabeza y le halló esbelto, con hermosura casi infantil, dentro de su modesto trajecillo negro. Después pensó que aquella noche, en que no tenía nada que hacer, iba á fastidiarse horrorosamente.
—¿Por qué no cena usted conmigo?—dijo.
—¿Para qué?
—¡Vaya una pregunta! Para no separarnos tan pronto.
—Yo..., en fin, como usted quiera...; pero sentiría molestar...
—¡Qué tonto! Al contrario. Su conversación me distraerá. Verá usted qué pronto recobro el buen humor.
Levantóse con un movimiento rápido y elástico que hizo crujir sus faldas y extendió á su alrededor intenso olor á violetas. Apoyó un timbre. Una camarera se presentó.
—Díle á Leonor—exclamó Alicia—que tengo un convidado. El señorito Enrique cena conmigo.
Acercóse á un espejo para arreglarse los cabellos. Parecía contenta, transfigurada.
—¿Ha visto usted—dijo—el drama que estrenaron anoche en la Princesa?
—No.
—Me han asegurado que es muy hermoso. ¿Quiere usted que vayamos á verlo? Aún hay tiempo; cenaremos en seguida...
Un poco desconcertado, Enrique Darlés palpóse disimuladamente los bolsillos de su chaleco cerciorándose del dinero que llevaba, y contó mentalmente: «cinco pesetas, diez, quince...» Había lo necesario para comprar dos butacas y, á la salida del teatro, tomar un coche.
—Como usted guste—repuso, ya más tranquilo.
—Entonces, voy á mudarme de traje. Salgo al momento.
Desapareció tras el cortinaje carmesí que cubría la puerta de su dormitorio, y luego el estudiante oyó un alegre murmullo de ropas interiores que caían al suelo, de ballenas de corsé que crujían sobre un busto mimbreante, de lazos sedeños zafados apresuradamente, de armarios abiertos y cerrados con ímpetu.
Enrique Darlés hallábase sobresaltado y contento. Hacía más de un mes que conocía á Alicia. Durante este tiempo, y so pretexto siempre de ver á don Manuel, visitó á la joven varias veces y nunca, á despecho de la intimidad de estas entrevistas, se atrevió á dejar traslucir su amor; en su inocencia no acertaba á planear tan difícil conversión; y cuando Alicia, que adivinaba su inquietud, quería ayudarle dando al diálogo un rumbo confidencial, él esquivaba toda declaración, receloso de formularla torpemente y de parecer ridículo. Pero ahora sentíase más tranquilo, más dueño de sí. Sin saber por qué, sospechaba que el mal humor de Alicia le beneficiaba. Ella le retenía á su lado porque se fastidiaba, porque temía pasar la noche á solas con la imagen mordedora de aquel collar de esmeraldas que, probablemente, nunca sería suyo; y Enrique pensó que aquel collar, hecho para ceñir gargantas, podía ser el símbolo de un yugo de amor que empezaba. Después halló algo íntimo y dulce en la confianza con que Alicia se vestía á pocos pasos de él, y en la complacencia que la camarera demostró al saber que «el señorito Enrique» cenaba allí. Eran detalles nimios que alentaban su decaído ánimo y dábanle á comprender que todo aquello, si su torpeza no era mucha, podía trocarse para él en algo más recatado y exquisito que una casta y cordial amistad.
Perdido en estas amables imaginaciones, Enrique Darlés recordaba que la mayor parte de los jarifos y elocuentes protagonistas de las novelas que había leído, conocieron situaciones análogas á la que él, mísero provinciano, afrontaba en tales momentos. La luna biselada de un armario le devolvía la imágen de su cuerpo, alto y esbelto, vestido de negro, y su rostro de romántico perfil, pálido y lampiño. ¿Qué sorpresas tendría reservadas el Destino á su gran juventud?... Para distraerse comenzó á examinar los muñequillos de porcelana ó de bronce de que los jugueteros estaban abarrotados: gnomos encapuchados, perros, gatos que se miraban con una mueca de asombro en un espejo diminuto; y luego inspeccionó el reloj de mármol y los jarrones que decoraban la chimenea, y los retratos y los cuadritos de bazar, de escaso mérito pero de vistosos marcos, que cubrían hasta cerca del techo el papel verde claro de las paredes. Y Enrique pensó juiciosamente que aquellos retratos, aquellas tablitas al óleo, aquellos muebles bonitos y frívolos, eran la estela de todos los amores mercenarios que habían pasado por allí.
Llamó también su atención una rica colección de postales prendidas en un biombo japonés: representaban bailarinas, paisajes, escenas galantes; en casi todas ellas había una firma de hombre y una dedicatoria expresiva. Muchas estaban fechadas en París, la Ciudad-Sol, querida de los aventureros, otras en América, ó en El Cairo. Aquellas targetas eran como un incienso ofrecido á la belleza de la misma mujer; entre las añoranzas del destierro y bajo todos los climas, hubo para ella un recuerdo; diríase que el calor de su carne había dejado en aquellos hombres vagabundos una huella inmortal.
Alicia Pardo reapareció envuelta en una bocanada de esencia de violetas.
—¿Le he hecho esperar á usted mucho?... Creo que no. ¡Ea, pues; vamos al comedor!... Si queremos llegar al teatro á buena hora, no perdamos minuto.
La cena fué agradable y ligera: una sopa á las hierbas, dos perdices á la inglesa, unos langostinos; y de postre, tocino de cielo, mermelada de naranja y dorados plátanos.
En el teatro, Alicia y su acompañante ocuparon dos butacas de la segunda fila. Cuando llegaron, la función ya había comenzado. No obstante, la presencia de «Tacita de oro» excitó curiosidad entre el elemento masculino de los palcos. Varios gemelos convergieron hacia ella; desde el escenario, un actor aprovechó un mutis para dirigirla una sonrisa, casi imperceptible, á la que ella respondió con una inclinación de cabeza.
Estas muestras de simpatía, que suelen ser para los hombres mundanos motivo de satisfacción y vanidad, desasosiegan á los galanes jóvenes, produciéndoles, según su temperamento, emociones de vergüenza ó de celos. Por su parte, Enrique Darlés se sintió cohibido y desencentrado, y una gran ola de sangre caliente invadió sus mejillas. Ni un momento pensó en que aquellos graves caballeros, ricos y viejos, que jamás llegan á la intimidad de las cortesanas por el florido camino de la simpatía, pudiesen envidiarle viéndole bello y joven.
En el silencio del estudiante adivinó Alicia el empacho que le dominaba.
—¿Qué le sucede? ¿Tiene usted vergüenza de que le vean conmigo?
Enrique fingióse sorprendido.
—¿Vergüenza?—repitió—; ¿y de qué? Al contrario...
Y sus dedos oprimieron los de ella con ardor inefable.
Al terminar el acto el público comenzó á aplaudir; muchas voces entusiastas llamaban al autor. Alicia Pardo palmoteaba también.
—Quiero conocerle—decía.
Enrique, por complacerla, aplaudía ruidosamente. En medio de aquella crepitante tempestad de apoteosis volvió á levantarse el telón y apareció el autor. Era un hombre de aguileño perfil, á quien sus éxitos teatrales y sueltas costumbres ponían un nimbo prestigioso de talento y de escándalo. Representaba poco más de cuarenta años; pero su cuerpo flexible conservaba toda la movilidad traviesa de la juventud. Las luces de la batería le iluminaban muy bien; sonreía; tenía el gesto petulante de los vencedores. Sin dejar de aplaudir, Alicia Pardo exclamó dirigiéndose á Enrique:
—Es muy simpático, ¿verdad?... He de hacer que me le presenten. Mi amiga Candelas le conoce mucho...
Y sus largos ojos verdes se dilataban de emoción, y sobre su frente caprichosa sus cabello crespos y rojos temblequearon como una melena leonina. En aquel momento Enrique Darlés tornó á sentirse pequeño y obscuro. Nada significaba su amor en la vida voluble de Alicia. Minutos antes, mientras acariciaba sus dedos mimosos, la creyó rendida, enamorada de él; y de sopetón la veía transfigurada, fuera de sí, la loca cabeza echada hacia atrás en un gesto de donación que ofrecía al dramaturgo triunfador su garganta de nieve. Por razones étnicas, las mujeres adoran todo lo fuerte, lo que brilla, lo que arrastra...
«Si yo no estuviese aquí—pensó Darlés melancólico—, seguramente ella iría á buscarle...»
En el transcurso del acto segundo el estudiante recobró su alegría. Alicia se estrechaba contra él, soboncita y nerviosa, y sus alborotados rizos producíanle en las sienes cosquilleos eléctricos.
A la conclusión de la obra repitióse la ovación, y el autor reapareció. Enrique aplaudía tibiamente; hubo un instante en que creyó que las miradas del dramaturgo se detenían sobre Alicia con avidez. Bajo esta impresión penosa, el estudiante salió á la calle. La joven iba cogida de su brazo y temblaba de frío dentro de su elegante capa gris. La noche era desapacible; había llovido. Alicia preguntó:
—¿Dónde vamos?
Sorprendido, él repuso:
—A tu casa; tomaremos un coche...
—No, á mi casa no.
—¿Cómo?
—Vámonos por ahí. Te regalo esta noche.
Le miró sonriente, con una sonrisa prometedora y fascinante, que valía un paraíso. El recordó angustiado que apenas le quedaban diez pesetas. Para evitar los tropezones y miradas de los transeuntes, Alicia refugióse en el quicio de una puerta; tenía yertos los pies; la humedad del piso traspasaba la suela sutil de sus zapatos.
—Resuelve pronto—balbuceó—; me muero de frío.
Enrique, con una resolución que creyó muy de hombre de mundo, exclamó de pronto:
—Si quieres cenar, vámonos á Fornos.
Ella hizo una mueca de espanto.
—¡Qué horror! En Fornos me conoce todo el mundo.
—Entonces, vamos á casa de Morán.
—Menos; allí también puede haber algún amigo mío.
—A la Viña P.
—Tampoco; no me atrevo...
Y agregó, con ingenuidad cruel:
—No me atrevo porque... ¿sabes?... las mujeres nos desprestigiamos. Si mis amigos, que son hombres serios, me viesen contigo por ahí, dirían que tengo caprichos, me llamarían loca...
Enrique Darlés apenas comprendía, pero sospechaba vagamente que todo aquello envolvía una humillación para él. De repente, como quien se agarra á una idea salvadora, Alicia exclamó:
—¿Qué hora es?
—La una y cuarto.
—Pues, mira: vámonos á las Ventas ó á la Bombilla. El mismo coche que nos lleve puede traernos.
—Es... es que...
Vacilaba; no sabía cómo decir su ridiculez, la enorme, la imperdonable ridiculez, de ser pobre. Al fin decidióse á hablar, hostigado por las preguntas de Alicia, que no comprendía sus incertidumbres.
—Es que... perdóname... no traigo dinero bastante.
Ella repuso:
—¡Qué niño!... Pero si no hace falta casi nada... ¿No llevas siquiera... doscientas pesetas?
—¡Doscientas pesetas!—balbuceó Enrique Darlés aterrado—; no... no...
—¿Y cien?
—Tampoco.
—Bueno, acabemos: ¿cuánto tienes?
Enrique hubiese querido morir. Desesperado, mordiéndose los labios, replicó:
—Si apenas me quedan dos duros...
Ella lanzó una carcajada; una de aquellas grandes risas, leales y rudas, que quizá no había vuelto á tener desde que un hombre rico, al encumbrarla en el camino del pecado, la quitó la suave alegría de ser pobre.
—¿Y con diez pesetas—dijo—me proponías ir á Fornos?
Avergonzado, Enrique contestó:
—No te merezco, no soy digno de ti. Te llevaré á tu casa.
Alicia repuso, seducida por la novedad bohemia de la aventura:
—No importa; quiero que cenemos juntos; llévame á una taberna, á un cafetín económico. Me es igual...
El vacilaba; ella insistió. El temor de quedar mal contenía á Enrique.
—¿Y si la cena te disgusta?
—¡Tonto! Ahora yo no trato de «conocer», trato de «recordar». ¿Crees que siempre fuí rica?
—En tal caso...
—Sí, llévame... méteme en tu vida...
Cogidos del brazo siguieron calle abajo; sus pies caminaban al compás. El repetía febril:
—Alicia, mi Alicia...
Y al hundir sus labios blancos y trémulos entre los cabellos de la muy Deseada, parecíale que todo Madrid olía á violetas.
III
Después de aquella noche memorable transcurrieron varios días sin que Enrique Darlés hallase ocasión de ver á Alicia. Fué á su casa muchas tardes, de dos y media á tres, hora en que don Manuel nunca estaba allí. Pero Teodora no le permitía pasar del recibimiento. Unas veces «la señorita» había salido, otras estaba durmiendo ó enferma de jaqueca y no podía recibirle. El acento de la camarera era seco, desconcertante; porque si en algo conocemos el concepto malo ó bueno que una persona tiene de nosotros, es en el modo con que nos reciben sus criados. El estudiante tartamudeaba:
—¿No le ha dejado á usted ningún encargo para mí?
—No, señor; ninguno.
Y ante el semblante picaresco y reidero de la joven, Enrique sentía que su rostro se alargaba de melancolía y que sus ojos se anegaban en dolor y humildad, como los de un criado despedido. Después, como no quisiese renunciar completamente á la ilusión que allí le había llevado, murmuraba:
—Bueno; ¡cómo ha de ser! Dígale usted que he estado aquí y que vendré mañana.
Cuando bajaba las escaleras iba muy triste; aquella noción de su inferioridad que le hirió la noche en que fué presentado á Alicia Pardo, volvía á acometerle. Sí, era un vencido, un inepto, que no aportaba allí nada positivo: ni dinero, puesto que no era rico; ni gloria, pues que no era artista aplaudido; ni tampoco alegría, ya que la poca que hubo en su corazón reflexivo y sentimental se la robaban los desvíos de Alicia.
Muchos días, á la hora del crepúsculo, acudía á estacionarse en la calle Mayor delante de la vidriera donde centelleaba aquel soberbio collar de esmeraldas de que Alicia le había hablado; y unas veces iba y venía por la acera, embozado en su capa con cierto aplomo mundano, y otras parábase á contemplar la joyería, cuyos focos eléctricos envolvían á los transeuntes bajo un derramamiento gigante de luz. Allí permanecía largo rato, preso en el sortilegio de los rubíes sanguinarios, de los topacios ardientes como heridas, de las turquesas color de cielo, de las cadenas y de las sortijas, que trazaban vibraciones de oro sobre el terciopelo negro, artísticamente arrugado, que á modo de alcatifa cubría el amplio perímetro del escaparate; y en esta atracción vagarosa que las joyas le causaban, había como un presentimiento.
Entre tanto, su alma infantil pensaba:
—Si Alicia pasase, se holgaría de verme aquí.
Durante aquellos primeros días, el recuerdo de la adorada persistió en la memoria del estudiante bajo la rara sensación de un perfume á violetas. De los anchos ojos verdes de Alicia, de su boquirrita epigramática y cruel, de su cuerpo blanco y carnoso, ó no recordaba, ó creía no acordarse bien. En cambio, aquel olor á violetas invadía su espíritu, y de él parecían hallarse impregnados sus vestidos, sus manos, sus libros de texto, su lecho mezquino. Esta dulce ilusión, sin embargo, fué decayendo; el tiempo se la llevaba, borrándola, como había borrado su recuerdo en Alicia. Darlés lloró mucho. Aquella noche escribió á la joven una postal desesperada, un poco enigmática.
«Mañana iré á verte—decía—; si no me recibes, me muero. Sé compasiva. Mi cuartito ya no huele á ti.»
La misiva del estudiante enojó á Alicia. ¿A qué venían estos hiperbólicos alardes de pasión? ¿Acaso lo acaecido entre ambos no era algo baladí y perfectamente vulgar?... Y tan segura estaba de ello, que su emoción, más que de disgusto, fué de asombro. Al principio, su sorpresa la inspiró cierto regocijo.
—Sería interesante—pensaba—que ese muchacho se prendase de mí como un héroe de drama.
Pero la alegría de tal curiosidad duró un momento apenas. Inmediatamente la voluntad fría, el espíritu rectilíneo y ególatra, que no toleraban ser molestados, reaccionaron contra aquella posibilidad novelesca. Ella no quería amar ni ser amada; que por referencias de amigas íntimas sabía que el amor, con sus zozobras y sus celos, tan funesto y agrio es para el que lo siente como para quien lo inspira.
El capricho que la llevó á los brazos de Enrique carecía á sus ojos de importancia. La tarde que antecedió á su primera y única noche de intimidad, Darlés acertó á sorprenderla en una de esas horas de fastidio, de laxitud y de eclecticismo, que en la voluble moral femenina divagan equidistantes del bien y del mal. Fué liviana como pudo ser casta, arbitrariamente, sin razón ni motivo precisos. Quizá, á tener el estudiante los ojos más hermosos, le hubiera dicho que «sí»; acaso también, si aquel collar de esmeraldas, por el que momentos antes ella y Manolo riñeron, la hubiese gustado algo menos, le habría dicho que «no»... Lo único cierto es que aceptó la compañía de Darlés porque supuso, bondadosamente, que la conversación de un hombre, aunque éste sea muy pobre, vale y entretiene más que el recuerdo de un collar. Y cuando, á la mañana siguiente, regresó á su casa, hallóse un poquito sorprendida de su conducta. Aquello fué una genialidad, una humorada semejante á la que hubiese podido llevar á un crítico como Sarcey, después de cuarenta años de teatro serio, á una barraca de fantoches. El lance, por tanto, no volvería á repetirse; era absurdo.
Al otro día, Alicia supo por Teodora que Darlés había ido á visitarla hallándose ella ausente. En tardes sucesivas ocurrió lo mismo. La joven acabó por sentirse molestada ante la imagen deplorable y testaruda de aquel muchacho, mendigo de amor, que inopinadamente venía á turbar el fácil curso de su despreocupado vivir. Cada vez que Teodora la informaba de que el estudiante había vuelto, Alicia Pardo se revolvía colérica.
—Pero ¿qué quiere?—exclamaba—; porque yo no lo sé...
Y era sincera, no lo sabía; en la frivolidad egoísta de su carácter, no comprendía cómo un hombre que lo obtuvo todo de una mujer no se canse de ella. Su disgusto arreció con la postal, donde el estudiante dolíase de su abandono. Era indispensable desenlazar aquel enredo de una vez, y para conseguirlo nada mejor que recibir al importuno y hablarle impasible, cual si no mediase entre ellos nada secreto.
Al día siguiente, y á la hora de costumbre, Enrique Darlés llegó á casa de Alicia. Teodora le dejó pasar al comedor.
—Voy á informar á la señorita de que está usted aquí.
El estudiante quedóse de pie, en actitud meditabunda, un codo apoyado sobre el alféizar de la ventana. Antes, cuando no era allí mas que «el amigo de don Manuel», le recibían sin etiqueta, nadie le anunciaba. Ahora se hallaba aislado, oprimido por esa amabilidad hostil con que acogemos á los visitantes que nos son molestos.
Teodora reapareció.
—Dice la señorita que puede usted pasar.
Alicia Pardo se hallaba en su gabinete acompañada de una joven alta y pelinegra, vestida de gris. Completaban la elegante expresión masculina de su traje inglés el lacito de una corbata roja y la albura de su cuello y de sus puños almidonados. Al ver á Enrique, Alicia, sin moverse de su asiento ni alargarle la mano, exclamó:
—¡Hola! ¿Es usted?...
Y hubo en la cordialidad, un poco desdeñosa, de su saludo algo que humillaba infinitamente. El estudiante palideció. Hacia su corazón toda su sangre había refluído, hecha hielo. Siempre displicente, Alicia le presentó.
—El señor Darlés; mi amiga Candelas...
Esta fijó en el recién llegado sus ojos fulgurantes y astutos, y luego miró á Alicia, como preguntándola si aquella visita no ocultaba un secreto de amor. La joven comprendió, y para la ladina interrogación de su amiga tuvo una respuesta vertical:
—No—dijo—, te equivocas. Enrique viene aquí porque es amigo de Manolo.
El estudiante hizo un ademán de asentimiento, y por los labios de Candelas resbaló una sonrisa fría. Después las dos jóvenes reanudaron el diálogo que interrumpió la llegada del estudiante, con lo que Darlés se sintió repentinamente aislado y despedido. Transcurrieron cinco, diez, quince minutos... sin que aquel animado charloteo declinase; en la conversación citábanse nombres de amigos, y Candelas reía mucho al describir los pormenores de una cena, á la que ella y Alicia Pardo concurrieron. Quizás lo hacía con propósito dañino, para persuadirse de que Enrique no era allí, en efecto, mas que «un amigo de don Manuel».
Después llegó una visita. Era una jamona que comerciaba en ropas y alhajas. Traía un pesado envoltorio, que depositó en el suelo. Alicia preguntó:
—¿Qué novedades hay, Clotilde?
La interpelada pareció esponjarse de gozo dentro de su mantón alfombrado.
—Llevo—dijo—las mejores faldas de barro y las mejores medias del mundo.
—¿Muy caras?
—Y muy baratas. No sé por qué me figuro que hoy tiene usted ganas de gastar dinero.
En un momento los muebles del gabinete desaparecieron bajo una oleada multicolor de sedas joyantes, verdes, moradas y azules, que, al ser extendidas, esparcían un agradable olor á limpieza. Como por ensalmo, Alicia y Candelas mostráronse devoradas por ese prurito adquisitivo que atormenta á las mujeres ante el mostrador de las tiendas de modas. A porfía las dos se informaban del valor de cada prenda.
—¿Cuánto cuesta esta falda?
—Por ser para usted, cien pesetas.
—¿Y ésa, la heliotropo?
—Setenta y cinco. Fíjese usted bien. ¡Es magnífica!
Enrique observaba con asombro aquella evaporación de elegancia y de lujo. Jamás había soñado que la civilización rodease al amor de tantos refinamientos, y al hundir sus miradas candorosas en las faldas llenas de suaves murmurios y en los lazos y opulentos encajes de aquellas camisas de dormir, amplias y majestuosas como togas senatorias, recordaba tristemente las pobres camisitas blancas y los refajos groseros, sin voluptuosidad, que las mujeres de su pueblo ponían á secar sobre el alféizar de sus azoteas.
Un nuevo detalle acrecentó su angustia. La vendedora y Alicia discutían empeñadamente el precio de la falda heliotropo. Clotilde pedía setenta y cinco pesetas y la joven aseguraba que no podía dar más de diez duros. La vendedora insistía:
—Anímese usted, porque no hallará en ninguna parte otra más barata. La vendo en ese precio por complacerla á usted; pero no gano en el trato medio maravedí.
Y agregó, dirigiéndose á Enrique:
—Vamos, este caballero se la regalará á usted.
Darlés enrojeció y no supo contestar. Los hombres sin dinero son despreciables, y como Alicia ni siquiera levantase la cabeza para mirarle, el estudiante comprendió que la había perdido. ¡Oh! Si hubiera una banca diabólica donde los amantes pudiesen cambiar por dinero los años que han de vivir, su existencia, toda su existencia, la habría dado á cambio de aquellos quince duros malditos...
Cansada de discutir, la vendedora rehizo su paquete; la conversación cambió de rumbo; se habló de alhajas. Candelas enseñó una lanzadera que la habían regalado. Clotilde ofreció á las jóvenes un collar.
—Si quieren ustedes verlo, lo traeré; lo tengo en casa.
Alicia suspiró y aquel suspirón largo, entrecortado como los de los niños, fué de inmensa pena.
—Estoy enamorada de un collar que venden en la calle Mayor y no quiero ningún otro. Sueño con él. No he visto maravilla igual. Os aseguro que el hombre que me lo regale me conquista.
—¿Cuánto vale?
—Quince mil pesetas.
Y agregó, clavando en Darlés una mirada indefinible:
—Creo que aquí, este señor, piensa comprármelo... ¿Verdad, Enrique?...
Candelas iba á reir, pero se detuvo; en el rostro congestionado del estudiante, sus ojos zahorís acababan de sorprender un drama espantoso. Sin poder contenerse, Darlés se había levantado para marcharse, y sus ojos revelaban una vergüenza y una desesperación tales, que Alicia tuvo piedad de él.
—Le despediré á usted—dijo.
Salieron del gabinete. Al llegar al recibimiento, el estudiante, fuera de sí, empezó á cubrir de besos las manos de la joven; sus lágrimas se desataron.
—¡Alicia, Alicia!—balbuceaba—, ¿por qué eres tan cruel? Me muero por ti... Alicia... ¡oh!... ¿por qué no me quieres?...
Ella, ya repuesta de su pasajera emoción, procuró desasirse.
—Vaya, vaya... ¡qué tonto eres!...
—Te adoro... Alicia... ¡alma de mi alma!...
—Ea, sé juicioso... adiós. Esto me compromete.
—Necesito verte... verte... ¡verte!...
—Bueno... calla, y adiós... calla... Candela podría sospechar y no quiero que se ría de nosotros.
Hablaba en voz baja, al mismo tiempo que, suavemente, empujaba á Darlés hacia la puerta. Él murmuró:
—¿Me despides?
—No.
—¡Sí; me despides!
—No, no... anda...
—Sí; me echas... me echas porque soy pobre, porque no he sabido conquistarte... pero ¿cómo conquistarte, si no he tenido tiempo?...
Ella se impacientaba; su entrecejo se endurecía. Él prosiguió juntando las manos:
—Y haces mal en despedirme...
—Bueno.
—Haces mal, porque el hombre que ama mucho puede mucho, y yo, que soy pobre, sería rico; y yo, que soy obscuro, sería artista famoso si tú quisieses. Por ti yo mataría, yo robaría...
—Calla, calla... y vete...
—Sí, lo que tú me ordenases; eso,., héroe ó ladrón,., todo; pero á tu lado, contigo, para ti... Alicia, mi Alicia... lo que tú quieras... ¡Si tengo veinte años!...
Sin sospecharlo, el inocente había dicho una frase, una gran frase, al poner á los pies de la ingrata el tesoro de esa edad, por la que Fausto se condenó.
Alicia había abierto la puerta.
—Adiós—susurró—, márchate; Manolo puede venir...
—¿Cuándo nos veremos?
—Otro día.
—¿Cuándo?
—No sé... déjame...
—¿Mañana?...
—No.
—Díme, señálame una fecha... yo tendré paciencia... aguardaré... ¿Cuándo?
Ella vaciló. Él insistía, calenturiento.
—¿Cuándo?
—Me mareas.
—¡Oh! ¡Acaba de una vez!... ¿Cuándo?
Por los ojos verdes, verdes como esmeraldas, de la pecadora, pasó una mirada de perdición, de locura, que luego pareció resbalar por sus mejillas hasta trocarse en sonrisa sobre la línea tiránica de sus labios.
—¿Cuándo?—repitió.
Inconscientemente el estudiante tuvo miedo, pero se rehizo pronto.
—Sí, habla; ¿cuándo?
—No sé.
—Dílo, dílo.
—Es un disparate.
—No importa; dí, ¿cuándo?
Suavemente, ella repuso:
—Nunca. Cuando me traigas el collar que te he pedido.
Él la miró aterrado, pareciéndole que Alicia hablaba en serio. Ella repitió:
—Entonces...
Y cerró la puerta. Enrique Darlés bajó las escaleras llorando.
IV
A la mañana siguiente Darles salió á la calle muy temprano; estaba rendido; había pasado una noche de insomnio y de espanto, y al clarear el día y hallarse en su habitación pobrísima, sin otro mobiliario que una cómoda cargada de periódicos y de libros, una mala mesita de pino y algunas sillas de enea, todo mezquino y viejo, recibió con la violencia de un golpe la emoción de su soledad y experimentó esa inquietud que los psicólogos denominan claustrofobia ó «terror á los espacios cerrados».
Largo rato caminó absorto en vacilaciones sin nombre ni dibujo. No se reconocía. En pocas horas de dolor su conciencia habíase retorcido cruelmente, y de esta convulsión fiera emergían ahora desdoblamientos insólitos, panoramas morales enormes constelados de perplejidades aterradoras. Contra el baluarte de los principios éticos que le inculcaron cuando niño, su desesperación desencadenaba una recia avalancha de preguntas. Y cada interrogación constituía un enigma terrible. ¿Dónde termina el bien? ¿Dónde comienza el mal? ¿Por qué, si todos nuestros esfuerzos deben ir enderezados á procurar nuestra felicidad, hay deseos que la moral instituída juzga depravados y deshonestos? ¿Por qué no será lícito todo lo agradable?...
Al llegar á la calle de Atocha, Darlés tropezóse con un amigo suyo, estudiante de medicina también, llamado Pascual Cañamares. Los dos jóvenes se saludaron. Cañamares iba á San Carlos.
—¿Quieres venir?—dijo—. Te enseñaré la sala de disección.
Darlés siguió á su condiscípulo. A éste le impresionó la palidez de Enrique.
—Tienes muy mala cara.
—Es que no he dormido.
—¿Habrás pasado la noche de fiesta?
—Al contrario. La he pasado llorando.
Y hubo en su respuesta un dolor tan varonil, que su interlocutor no se atrevió á indagar.
La sala de disección, fría y blanca, emocionó á Darlés vivamente. Desde los altos ventanales el sol caía á raudales, pintando una ancha franja de oro sobre los zócalos de azulejos. En las mesas de mármol, y cubiertos por sábanas manchadas de sangre, había varios cadáveres, con las cabezas afeitadas y los labios abiertos. Sus pies desnudos y juntos daban una macabra sensación de quietud. Flotaba en el aire un olorcillo indefinible, nauseabundo, á carne muerta. Darlés experimentó un ligero vahido que le obligó á cerrar los ojos, y huyó de la sala. Más de una hora anduvo por los claustros espaciosos, siniestramente sonoros, de San Carlos. Una rara tristeza gravitaba sobre el edificio, caserón viejo y húmedo que antes de ser escuela fué convento, y donde á la honda melancolía de una religión que sólo piensa en la muerte, parece añadirse el gran desengaño de una ciencia que no sabe librar del dolor á la vida.
Cuando Pascual Cañamares salió de clase, quiso que Darlés le acompañase á almorzar. Enrique accedió. Eran las doce. Cañamares almorzaba en una taberna de la plaza de Antón Martín: era un establecimiento alegre, con altos zócalos de madera pintados de rojo. Los dos estudiantes se instalaron ante un velador, sobre el cual la tabernera había extendido un pequeño mantel. Cañamares exclamó:
—¿Qué quieres comer?
—Me es indiferente. Lo que tú comas.
—¿Sopa y cocido?
—Bueno...
Cañamares ordenó, campechano:
—¡Patrona! ¡Un cocido!
Era un muchachón de veinte años, sanguíneo y rollizo, lleno de esa jovialidad sana y turbulenta que se desprende, á modo de perfume, de las grandes energías vitales. Hablaba mucho, y había en su conversación pintoresca y frívola un buen humor contagioso. Enrique Darlés le respondía distraídamente y con monosílabos, atento sólo á lo que varios cocheros, instalados en una mesa próxima, referían de cierto crimen cometido aquella mañana. Dos hombres, enamorados de la misma mujer, habían reñido á navajazos y uno de ellos mató al otro. El vencedor estaba preso. Era un lance vulgar, pero intenso, de una belleza bárbara y, á su modo, caballeresca, ya que en la lucha no hubo traición. Y el estudiante admiró y aun envidió á aquellos dos bravos que, por amor, afrontaron la solemnidad de ese momento donde coinciden la herida que produce la muerte y la puñalada que lleva á presidio.
Al salir de la taberna, Pascual se despidió bruscamente.
—Me marcho, porque no me divierto contigo. No sé qué te sucede. ¡Ni siquiera escuchas!...
Y se fué. Enrique Darlés le vió alejarse impasible, y luego experimentó una dolorosa sensación de vacío. Estaba solo porque había tenido la franqueza de no disimular su negro humor, porque dejó que toda la melancolía de su alma se asomara libremente á sus ojos; y entonces comprendió que ser muy sincero equivale á ser muy generoso, ya que cualquiera sinceridad, aun la más inocente, siempre cuesta mucho.
Por la noche cenó frugalmente y se acostó temprano. Largo rato estuvo despierto, atormentado por una marea de recuerdos inconexos. Su padre, que era su pasado, y Alicia Pardo, que simbolizaba su presente, le solicitaban. Al cabo, la imagen de la joven prevaleció.
Poco á poco dióse á examinar el alma tornadiza y burlona de aquella mujer que, al despertarse de una noche de amor, le había mirado encogiéndose de hombros. ¿Qué había sucedido? ¿En cuál de los dos estuvo la falta? ¿Acaso ella era una ingrata incapaz de sentimientos levantados y duraderos, ó es que él, encogido y pacato, no había sabido corresponder á la ilusión de Alicia?...
Bajo la tiranía torturante de su voluntad, la memoria evocó momentos, recompuso frases, dió actualidad nueva á los pormenores de aquella noche hadada en que creyó que todo Madrid olía á violetas... Y como siempre tendemos al perdón del ser amado, tras mucho discurrir, Enrique Darlés llegó á convencerse de que Alicia Pardo era inocente. Ella, desde el primer momento, había sido buena; ella le animó á emprender su conquista, y después, llanamente, sin otro propósito que el de verle feliz, le abrió sus brazos; brazos venusinos que pusieron alrededor de su cuello un lazo de dulzura y misericordia. Y él, á cambio de tan subida ventura, ¿qué había dado?...
En la conciencia del estudiante alzábase acusadora una voz implacable.
Alicia, habituada al roce del gran mundo, era una mujer de gustos exigentes y refinados, que adoraba el lujo y entendía á Beethoven. Varios aristócratas la amaron, poniendo su belleza en boga, y más de un tenor de ópera cantó para ella sola y en la intimidad de su dormitorio, su racconto favorito.
Y la voz inexorable continuaba:
«¿Qué hiciste tú, pobre Darlés, para merecer ese tesoro? ¿Qué méritos son los tuyos? Las mujeres que son todo belleza quieren lo que brilla, la fuerza, belleza suprema del hombre: la fuerza, que es gloria en el artista, dinero en el millonario, elegancia y aplomo en el hombre de mundo, desesperación en el suicida, valor y rebeldía en el ladrón que, audazmente, se pone enfrente de la ley. Pero tú, que no eres nada, ¿de qué te dueles ni á qué aspiras?...»
El estudiante lanzó un gran suspiro y sus párpados se llenaron de lágrimas. Era un necio, un zagalón menguado y cobarde. De una mujer puede quejarse el hombre que se arruinó por ella, ó quien, por conservarla, mató y fué á presidio. El, en cambio...
De pronto Darlés se estremeció tan violentamente, que la descarga eléctrica de sus nervios le arrancó un grito. Incorporóse en el lecho; estaba lívido. Si no podía ofrecer á Alicia ni una gloria de artista, ni una fortuna, debía brindarla su honor: debía robar... Fué una revelación terrible que sonaba á infierno. Entonces comprendió aquella expresión enigmática que inflamó los ojos y resbaló luego por los labios de Alicia la última vez que hablaron. El la había dicho: «¿Cuándo te veré?» Y ella contestó: «Nunca. Cuando me traigas el collar que te he pedido». Ahora estas palabras cabalísticas resonaban en su espíritu claramente: ahora las entendía. Alicia estaba enamorada de una joya que no podía comprar, y más de una vez, pensando en ella, se puso triste; su dolor era sincero; él lo había visto. Acaso la joven, al despedirle y recordarle aquel collar, habló en broma; quizás habló en serio. ¡Quién sabe!... De todos modos, al afirmar que «nunca» se verían, expresó veladamente su convicción de que él era un cobarde que jamás llegaría á perderse por ella. Los ojos febriles de Enrique Darlés brillaban como carbunclos. ¿Y por qué no robar? ¿Por qué no mostrarse valiente y capaz de todo? Hay en el fondo de los grandes sacrificios algo superhumano que ofusca y arrastra. Si él fuese ladrón; si pagase con su audacia lo que no le era dable adquirir por dinero; si, por complacerla, perdiese su carrera, arrostrase la maldición de su padre y el rigor de las leyes, Alicia le amaría ciegamente, con aquel frenesí que Vautrin, el héroe balzaciano, inspiraba á las mujeres.
La voz que antes tronó acusadora en la borrascosa conciencia del estudiante, ahora musitaba lagotera y suave:
«Alicia, tu Alicia, sería feliz con las esmeraldas de ese collar. Si no tienes medios de comprarlo, róbalo. Eres un miserable si no robas para ella. ¿Qué te importa la opinión del vulgo? ¡Egoista! El hombre que no es capaz de ser ladrón por una mujer, puede quererla mucho, pero no la quiere ciegamente. Lo que tu Alicia desee, tú debes dárselo. No dudes, y roba; roba para ella ese collar y cíñeselo después á su cuello, cuya nieve tantas veces, en el espacio de una noche, dió frescura á tus labios...»
Estas ideas acudieron á corroborar sus impresiones más recientes: la de su visita á la sala de disección, donde vió otra vez que todo es nada, y la de aquel crimen por celos que oyó referir en la taberna. Y, repentinamente, Enrique Darlés se sintió calmado. Su porvenir acababa de decidirse: robaría. La Fatalidad, hecha carne en el cuerpo de Alicia Pardo, acababa de decretarle un camino.
Todas las tardes, al tramontar del sol, en esa hora de misterio en que los faroles comienzan á encenderse y las mujeres parecen más lindas, el estudiante salía de su casa y, por las calles de Mesonero Romanos y Carmen, dirigíase hacia la Puerta del Sol, siempre llena de una multitud desocupada y abúlica que no sabe andar. En la calle Mayor se detenía, hundiendo una mirada ávida y medrosa en la joyería, cuyo escaparate refulgente parecía una brasa.
La contemplación diaria y reposada de aquellos tesoros producía en Enrique Darlés un trastorno moral, cuya gravedad él no sospechaba. La idea de robar iba incubándose en su ánimo, obsesionándole, trocándose en resolución irreductible y desapoderada.
Para tormento suyo, aquel collar de esmeraldas que servía de reclamo á la tienda no hallaba comprador. Era demasiado caro.
Con la nariz aplastada sobre el cristal del escaparate, Enrique sufría largos minutos de angustia sin poder disuadir sus ojos de aquel abismo, precipicio de oro y terciopelo en cuyo fondo los brillantes, los topacios, las esmeraldas, las perlas, los rubíes, las amatistas, parecían las pupilas de una extraña multitud. Su imaginación, entretanto, devanaba una historia de locura. El, con su presa oculta en su bolsillo más secreto, iría á ver á Alicia, y la diría: «Toma, aquí tienes tu collar; el collar que ni don Manuel, ni esos aristócratas millonarios que conoces, han querido comprarte, te lo he ganado yo jugándome la vida. ¿Qué dices ahora?...» Y discurriendo así cerraba los ojos, creyendo que á su alrededor el aire olía á violetas. Después, cuando abría los párpados, las esmeraldas del collar, verdes y duras como las pupilas de Alicia, parecían decirle: «Todo eso, tan bonito, sucederá cuando tú quieras». Era la voz sigilosa de la tentación: voz hecha luz...
Una tarde, al recobrarse de uno de estos duraderos y profundos ensimismamientos, vió que Alicia Pardo y su amiga Candelas se acercaban. Ellas también le habían visto. Turbado, casi sin voz, el estudiante las saludó. Alicia le estrechó la mano afectuosamente, y él aspiró esta vez con más fuerza, aquel perfume á violetas que aromaba sus sueños de ladrón. La joven preguntó:
—¿Qué hace usted aquí?
—Nada... pasar el rato...
Alicia inspeccionó el escaparate.
—¡Ah, sí! ¿Miraba usted mi collar?
—Sí, precisamente...
Y al decir esto enrojeció, porque equivalía á confesar que estaba acordándose de ella. Candelas examinó al estudiante risueña. Alicia Pardo agregó cruel:
—Ya sabe usted que se lo he pedido.
—Lo sé, me acuerdo.
Habló tristemente y ella se echó á reir.
—Y bien, qué, ¿piensa usted regalármelo?
—¡Quién sabe!...
Una cólera repentina había dado á sus facciones tirantez viril y agresiva. Palidecieron su frente y sus labios. Candelas, que era bondadosa, trató de aliviar su tormento.
—Déjese usted de mujeres—exclamó—; somos muy malas. Créame usted á mí: la mejor, la más santa de nosotras, no vale un sacrificio.
Alicia interrumpió á su amiga.
—¡Qué bobita eres! Estamos hablando en broma. ¿Tú piensas que Enrique puede hacer una locura por mí?... ¡Qué disparate!
Fieramente el estudiante repitió:
—¡Quién sabe!
Y luego, tras una pausa:
—Ignoro por qué habla usted así. Usted no me ha tratado. Usted no sabe quién soy yo.
Dos meses antes, las frases un poco burlescas y las sonrisas de las dos jóvenes le hubiesen desconcertado. Pero ahora hallábase transfigurado y poseído de un nuevo y vigoroso ardimiento. Ya no dudaba; invadíale un extraordinario y avasallador concepto de sí mismo, y esta convicción de su juventud y de su audacia, de su fuerza, en fin le enajenaba como una ola de alcohol. Un instante había bastado para que el niño creciera y fuese hombre.
Alicia le observó de hito en hito; sus labios tornáronse graves; bajo la doble crencha de sus cabellos rojos, partidos simétricamente sobre la frente, los ojos tuvieron una expresión pensativa. Ella ignoraba cómo los hombres primitivos cazaban el reno, pero sabía de conocer caracteres y de atizar pasiones, y si ojeó pocos libros, leyó de corrido en muchas conciencias, lo que es mejor. Su instinto agudo, que no solía equivocarse, adivinó en el gesto y la voz del estudiante algo dominador y desesperado. Prefirió cortar la conversación.
—Adiós, Enrique. ¡Ah! Manolo ha preguntado por usted varias veces.
—Muchas gracias. Dele usted mis recuerdos.
—¿Cuándo irá usted por casa?
Siempre sombrío, Darlés repuso:
—No lo sé, Alicia; pero esté usted cierta de que iré tan pronto como deba ir.
Y hubo en esta alusión á lo que él llamaba «su deber» un trémolo indefinible de soberbia y de amargura.
Al quedarse solo el estudiante tuvo una explosión de cólera que, á falta de palabras, se deshizo en lágrimas. Tenía la convicción de que sus respuestas, un poco misteriosas, impresionaron á Alicia; habían sido bellas. Ahora, y para no perder lo ganado, necesitaba que su conducta corroborase lo dicho. Embozadamente habíase comprometido á algo muy grave. De no cumplir lo ofrecido, quedaría en ridículo. Era, pues, indispensable llegar al fin.
—Seré ladrón—pensó.
Después dirigióse á su taberna, donde cenó tranquilamente y se acostó temprano. Durmió bien, con esa paz profunda que dejan en los espíritus largo tiempo agitados las resoluciones irrevocables. Era mediodía cuando despertó. Inmediatamente se levantó, vistióse de limpio y escribió á su padre una carta tranquila, en la que sólo hablaba de sus estudios. Luego metió en un pañuelo todos sus libros de texto y salió á la calle. Iba á venderlos. «Si me prenden—reflexionaba—ese dinero puede hacerme falta; y si logro huir y todo queda en el misterio, tiempo tengo de recobrarlos.»
Realizada la venta se dirigió á un restaurant de lujo, donde almorzó con ciertos refinamientos. En todos estos detalles menudos, tan contrarios al orden y sencillez de su vida habitual, un observador hubiese descubierto cierta melancolía de despedida. Luego estuvo bebiendo café en la terrasse del Lyon d'Or, y reconoció que muchas de las mujeres que pasaban eran bonitas. Acerca de lo que iba á realizar no había pensado nada concreto. Prefería abandonarse á lo imprevisto. Los grandes conflictos se resuelven mejor sobre la marcha, de sopetón, ante la inminencia del peligro.
A las seis en punto se levantó, y cruzando la calle de Sevilla dirigióse por la carrera de San Jerónimo hacia la Puerta del Sol. Todavía las luces del alumbrado público y de los comercios estaban apagadas. Era una tarde de Abril; barría las calles un remusgo fresco y húmedo; en el espacio límpido, teñido de rosa, Venus vertía la serenidad de su luz milenaria. Darlés avanzaba tranquilamente, con un sosiego de movimientos que parecía responder á una ecuanimidad perfecta. Al llegar á la acera del Ministerio de la Gobernación detúvose á observar los tranvías, los coches, el gentío que pululaba á su alrededor. La idea de que pronto le prenderían, renació en su espíritu.
—Mañana—pensó—no veré nada de esto.
Y sus ojos tuvieron una melancolía de «adiós». Sin embargo, ya no podía torcer su resolución de robar.
El fondo de esta locura lo constituía, más que un anhelo carnal, un prurito romántico, casi coquetón, de «quedar bien». La concupiscencia de los primeros momentos había evolucionado hasta convertirse en el sentimiento elegante, puramente artístico, de un «bello gesto». En último término, adueñarse de Alicia era lo de menos: lo importante, por no decir lo único, era tener ante ella la hermosura de un heroísmo; que para los grandes criminales, como para los artistas ilustres, como para los multimillonarios que se arruinan en una noche, como para todos los que rompen los moldes vulgares, guarda el alma aventurera de la mujer una admiración. Y el estudiante, considerando que Alicia Pardo se acordaría siempre de que hubo un hombre honrado que fué á presidio por ella, se juzgaba pagado y feliz.
Absorto en estas quimeras, llegó Enrique Darlés á la joyería de la calle Mayor, cuyas luces, recién encendidas, volcaban sobre la acera un generoso resplandor. Detúvose el mozo ante el escaparate, lleno de refulgencias cegadoras. En el centro de la vidriera y ciñendo el cuello de un medio busto de terciopelo blanco, estaba el collar, el terrible collar de esmeraldas. Darlés lo contempló largamente, y al principio experimentó esa sensación de miedo y de frío que inspiran las armas de fuego. Después esta emoción desapareció; la luz verde de las esmeraldas le enajenaba; era una especie de atracción telúrica, invencible como el principio de gravedad. No obstante, todavía vacilaba, todavía comprendía que en aquel medio metro que le separaba del escaparate flotaba un abismo. De pronto, pensó:
—¿Y si Alicia me viese ahora aquí?...
Esta idea derrotó sus últimos temores y abrió la puerta del establecimiento con mano segura. En seguida avanzó hacia el mostrador; su paso era firme y suelto. Un dependiente alto y elegante, con largos bigotes rubios, salió á recibirle.
—¿Qué deseaba usted?
Con un aplomo del que segundos antes no se hubiese creído capaz, Enrique contestó:
—Quisiera ver ese collar de esmeraldas que hay en la vidriera.
—Sí, señor.
Darlés miró á su alrededor y notó que, al fondo de la tienda, un caballero barbiblanco, el dueño sin duda, le observaba atento. El tenía ya un plan: se apoderaría de la joya y huiría hacia la puerta que, para este fin, dejó entornada.
El dependiente volvía con el collar, que depositó sobre el pañete verde musgo del mostrador. Enrique Darlés apenas se atrevía á tocarlo.
—¿Cuánto vale?
—Quince mil pesetas.
El estudiante chasqueó la lengua, como hacen los bebedores para celebrar el buen gusto y calidad de un vino. Su interlocutor agregó:
—Tengo la seguridad de que habrá usted visto pocas esmeraldas como éstas.
El caballero peliblanco se había acercado sin hablar, las manos metidas en los bolsillos del pantalón, y su continente era grave y perplejo. Diríase que su espíritu desconfiado de comerciante venteaba un peligro. Darlés le miró de reojo: aún era honrado, aún podía arrepentirse...
El dependiente había traído varios estuches, de los que fué sacando collares diferentes. En el modo de cogerlos, de acariciarlos entre sus dedos de uñas cuidadas y de extenderlos sobre el pañete del mostrador, ponía aquel hombre un cariño. Los había de brillantes, de turquesas, de zafiros, de topacios...
El estudiante vacilaba; latía en aquella proximidad del crimen una voluptuosidad mareante y terrible, á la vez dulce y acre. Siguió preguntando:
—¿Qué vale este collar?
—Muy poco: dos mil doscientas pesetas.
—¿Y éste de rubíes?
—Cuatro mil quinientas.
Darlés los cogía, los miraba detenidamente, volvía á dejarlos. De pronto experimentó la sensación de que por sus mejillas acababa de extenderse una gran palidez. Para reponerse dijo:
—Este de perlas negras es muy hermoso.
—También es más caro: diez mil pesetas.
Bruscamente el señor barbiblanco, que hasta entonces no había desplegado los labios, exclamó con acritud:
—Bien; creo que ya han hablado ustedes bastante.
Y, dirigiéndose al dependiente:
—Guarde usted esos estuches.
Enrique Darlés levantó la cabeza y le miró á los ojos fieramente, con la altivez del hombre que todavía no ha delinquido.
—¿A qué viene eso?—gritó.
—No me gusta perder el tiempo—repuso el joyero—; á usted no debe sobrarle el dinero; yo no me equivoco.
Y volviéndose á su empleado, que presenciaba la escena atónito, repitió secamente:
—Le he dicho que recoja esos estuches.
Tal vez el estudiante no estaba aún totalmente decidido á robar; todavía, quizás, quedaba en su conciencia algo bueno, sano, que, en el momento supremo, se hubiese impuesto á la fatal tentación. Pero las palabras destempladas del comerciante, exasperándole, le obligaron á delinquir; buscó un desquite y pecó. El caso no es nuevo; muchas, muchísimas veces, un crimen sólo es la represalia lógica de una injusticia.
Fuera de sí, Enrique alargó rápidamente un brazo hacia el sitio donde estaba el collar de esmeraldas; sus dedos se crisparon, convulsos; giró sobre sí mismo y, de un salto, ganó la puerta.
En aquel momento, uno tras otro, sonaron dos tiros.
Darlés emprendió una carrera vertiginosa, delirante, hacia el Viaducto. Al principio oyó una voz que gritaba á su espalda:
—¡A ése, á ése! ¡Al ladrón!...
Una voz terrible, de pesadilla, y luego percibió el estrépito, semejante á un trueno, de la gente que le perseguía. Ante él los transeuntes se apartaban, y había en sus rostros miedo y asombro. Al llegar á la calle de Bordadores, un hombre que esgrimía un bastón, trató de cerrarle el paso y, entonces, Darlés torció á la izquierda, venciendo con velocidad de liebre la cuesta de la calle Siete de Julio. De un portal le tiraron una silla, que apenas le rozó, y donde acaso tropezaron los que de más cerca le acosaban. Cuando la humana jauría, jadeante y furiosa, pasaba bajo los arcos de la Plaza Mayor, su griterío amenazador retumbó con más fuerza:
—¡A ése!... ¡A ése!...
El estudiante, alocado, corriendo siempre en línea recta, llegó á la barandilla que cierra el jardín y la franqueó de un salto. Esto le salvó. La poca luz que allí había y las sombras de los árboles desdibujaron su figura. El, sin embargo, continuó corriendo y, al encontrarse de nuevo con la barandilla, volvió á saltar. Al caer, sus rodillas, fatigadas, se doblaron y á poco da de bruces contra el suelo. Pero en el acto se levantó y siguió corriendo. Ahora las voces de sus acosadores retumbaban lejos, bajo las bóvedas sonantes de la plaza.
Darlés continuó huyendo por la calle de Toledo, y advirtió que muchos transeuntes le miraban con inquietud. Una mujer exclamó:
—¡Va herido!...
Al llegar á Puerta Cerrada, el estudiante se acercó á la famosa cruz que da nombre á la plaza. No podía más; las piernas se le rompían de cansancio; su corazón estallaba; la lengua se le escapaba de la boca. Varias mujeres le rodearon asustadas.
—¡Está usted herido!—decían—. ¿Qué es eso?... ¡Le han herido á usted!
Pero en sus exclamaciones no había rencor, sino piedad ingénua. El estudiante se sintió más tranquilo. Una de aquellas mujeres llevaba un cántaro.
—¡Un buche de agua!—balbuceó Enrique—. Agua... ¡Me muero de sed!...
Acercó sus labios á la boca de la vasija y bebió á largos sorbos.
Ellas repetían:
—Está usted herido... ¡Pobre hombre!... ¡Vaya usted en seguida á la Casa de Socorro!...
Para no suscitar sospechas, Darlés repuso:
—Sí, ahora voy...
Después trasegó algunas buchadas más, y siguió huyendo hacia la calle de Segovia. Corrió mucho, mucho, hasta que sus fuerzas se agotaron totalmente. Detúvose y se reconoció; sus ropas mojadas se adherían á su carne, produciéndole una desagradable sensación de frío; tenía las manos rojas: lo que él creyó sudor, era sangre.
—¡Estoy herido!—murmuró.
Y entonces comprendió lo que las mujeres de Puerta Cerrada le habían dicho. En aquel momento acometióle un ligero mareo y necesitó apoyarse contra la pared. Después abrió los ojos y examinó el sitio donde se hallaba. Era un callejón pendiente y solitario, abierto entre casas modestas. Muy cerca, sobre la inmensidad negra del cielo, aparecía la mole imponente del Viaducto, esa atalaya siniestra y magnífica desde la cual tantos tristes se despidieron de la vida en una reverencia mortal.
Enrique Darlés volvió á pensar:
—Estoy herido...
Sus ideas iban coordinándose: Alicia, su cuartito de la calle de la Ballesta... Palpóse los bolsillos, y sus dedos hallaron el collar, «¡su collar!...»
El estudiante sonrió; una alegría inefable esponjaba su cuitado corazón. Suspiró; se enjugó dos lágrimas. Alicia sería suya. La novela de su vida acababa de ser escrita.
V
Candelas y Alicia Pardo regresaban en landó de las carreras. La tarde había pecado de frescachona, pero el sol no se ocultó ni un momento, y los jockeys lucharon bien. Alicia sonreía; estaba contenta; había ganado ochocientas pesetas, y en sus ojos persistía aún la visión de los jinetes huyendo con rapidez fantasmagórica sobre el fondo del paisaje abrileño. Y, de pronto, en el segundo tercio de la carrera, de aquel grupo multicolor, compuesto de blusas rojas, azules y amarillas, y de calzones blancos, un caballo se destacó para tomar la cuerda, y ella había ganado...
En esta victoria hallaba algo personal, que mimaba su orgullo.
—Ese jockey que ahora tiene tu conde—exclamó—monta como un centauro. ¿Es inglés?
Candelas contestó:
—No, belga.
A Alicia, que no recordaba con exactitud hacia dónde quedaban los Países Bajos, no le satisfizo la respuesta. Pero era igual; bastábala con saber que el jockey triunfador venía de uno de esos pueblos septentrionales donde todos los hombres son correctos y rubios.
Candelas comenzó á explicar la ciega confianza que el conde, su amigo, tenía en aquel caballista extraordinario. En pocas palabras trazó un brillante programa de diversiones y de viajes. A primeros de Mayo irían á Londres, y en Junio, á París, donde el conde pensaba llevarse el «Gran Premio», de Longchamps. La otoñada la pasarían en Niza.
Alicia Pardo repuso:
—En Septiembre el marquesito y yo vamos á Monte-Carlo. Es preciso que nos veamos; con los hombres, ¿verdad?..., nos divertimos poco. No saben hacernos reir.
Cuando el landó llegaba á la plaza de Castelar, Alicia preguntó á su amiga:
—¿Tienes algo que hacer esta noche?
—No.
—Pues vente al Real conmigo. La noche pertenece á Bizet, el divino. Representan Carmen, y trabajan la Nasí y Pacteschi. ¡Sin comentarios!
Candelas accedió.
—Ahora—dijo Alicia—quiero ir á mi casa, por si he recibido algún recado urgente. Luego te llevo á la tuya, cambias de traje y buscamos á Manolo para que nos invite á comer.
El coche se detuvo ante el portal de Alicia, y Teodora, que estaba en el balcón, bajó á la calle en seguida. Traía una carta.
—Esto ha venido para usted.
—¿De parte de quién?
—De parte del señorito Enrique.
Alicia repitió, sorprendida:
—¡De Enrique!
Rasgó el sobre con gesto febril, y leyó:
«Ven á mi casa, te lo ruego. Necesito verte hoy mismo.»
Y firmaba: «E. D.»
Alicia pareció reflexionar. Luego miró á su amiga.
—¿Tú entiendes esto?... Es de Enrique Darlés... ¿Te acuerdas?... Un muchacho, amigo de Manolo...
Y, dirigiéndose á Teodora:
—¿Quién trajo esta carta?
—Una vieja.
—¿Qué facha tenía?
—No sé... así..., parecía portera...
Alicia permanecía indecisa; la concisión autoritaria de aquellos renglones impresionaba. Era una carta de hombre; los niños no saben hablar así. En el sobre una mano impaciente, acaso desesperada, había escrito, con letras de trazos vigorosos, la palabra «urgente».
—¿Qué hacemos?—preguntó.
—Creo—repuso Candelas—que debemos ir á verle.
—¿Para qué?
—Cuando él te llama, algo muy grave debe ocurrirle. Ve...
Alicia consultó su reloj: eran las seis; aun podía, sin turbar el programa de aquella noche, otorgarse el lujo de una condescendencia. Y ordenó al cochero:
—¡Ballesta, número...! ¡A escape!...
Un momento las dos jóvenes estuvieron calladas. Candelas, de repente, exclamó:
—¿Has leído lo que dicen los periódicos del robo que hubo anoche en la calle Mayor?
—No... ¿Qué dicen?
—Que han robado una joyería.
—¡Una joyería!—repitió Alicia.
Su rostro tuvo una expresión inenarrable de ansiedad y de espanto. Se acordó de aquel collar de esmeraldas, en el que tantas veces había pensado, y de la tarde en que ella y Candelas sorprendieron á Enrique Darlés inmóvil ante el escaparate de la tienda. Inopinadamente, la dolorida figura del estudiante parecía ponerse de pie en su memoria. Escuchaba sus últimas palabras: «Usted no me ha tratado. Usted no sabe quién soy yo». Y estas frases, á las que nunca concedió valor, ahora repercutían en sus oídos con un «tic» profético.
—¿Qué han robado?—preguntó.
—No puedo decírtelo, porque leí el periódico muy á la ligera.
—¿Y quién es el ladrón?
—No se sabe.
—¿No le prendieron?
—No. Fué más listo que los que le perseguían...
—¿Y escapó?
—Sí.
El misterio que envolvía al delincuente aumentó la inquietud de Alicia. Era una emoción bonita, novelesca, que la producía cierto engreimiento. «¡Si hubiese robado por mí!», pensaba. Emoción orgullosa y malsana, semejante á la que experimenta ante sus amigos el hombre por quien una mujer se ha suicidado.
Candelas, que seguía los pensamientos de Alicia, exclamó:
—¡Sería notable que el autor del atentado fuese Enrique Darlés!
—No lo creo.
—Pues mira, yo dudo...
—Hubiera hecho muy mal.
—Evidentemente.
—Y si lo hizo, me tiene sin cuidado. Que se fastidie, por imbécil. Yo, nada le he pedido; y, en último término, ¡qué diablos!, más delito tiene el que otorga que el que pide...
El coche se detuvo, y Alicia y Candelas echaron pie á tierra y penetraron en un portal de apariencia mezquina. Candelas llamó.
—¡Portera, portera!
A sus voces nadie contestó.
—Sígueme—dijo Alicia—, conozco el camino.
Echó á andar, recogiéndose pulcramente su falda color perla é imprimiendo á la larga amazona roja de su sombrero un gracioso vaivén. Atravesaron un patio sórdido y húmedo, luego otro, y comenzaron á subir una empinada escalera. El fru-frú sedeño de sus enaguas y el tintineo de sus pulseras llenaba el silencio. Llegaron al tercer piso y detuviéronse ante una puerta entornada. Alicia llamó con los nudillos. Nadie contestó. Volvió á llamar. Desde dentro, una voz, la voz de Enrique, repuso débilmente:
—Adelante...
La joven y Candelas se hallaron en una habitación obscura que apestaba á sangre. Alicia Pardo no pudo reprimir una exclamación grosera de disgusto:
—¡Qué asco! ¡Puf!... ¿A qué huele aquí?
Desde el fondo de la estancia, donde se insinuaba la silueta de un lecho, Enrique Darlés balbuceó:
—Ahí, sobre esa mesita, hay fósforos... Enciende el quinqué...
Candelas se mantuvo inmóvil, junto á la puerta, temerosa de tropezar. Cuando hubo luz, las dos amigas lanzaron á su alrededor una mirada rápida. Componían el moblaje una mesa de escribir, una cómoda sobre la que había un espejo, y á la hila de las paredes encaladas media docena de sillas de enea. El estudiante estaba acostado y vestido en su lecho; sobre la albura de la almohada, su cabeza, de crespos y negrísimos cabellos, yacía inerte. Un momento abrió los ojos, y luego, pausadamente, tornó á cerrarlos. Por su rostro lampiño, que la lividez de los labios entristecía, divagaba la blancura etérea y luminosa del último dolor.
Las dos jóvenes se aproximaron al estudiante. Alicia exclamó:
—¡Enrique!... ¡Enrique!...
El entreabrió los párpados, y sus pupilas turbias fijaron en «Tacita de oro» una mirada de gratitud. Ella repitió:
—Enrique... ¿Me oyes?
—Sí.
—Te han herido, ¿verdad?
—Sí.
—¿Tú fuiste quien cometió anoche el robo de la calle Mayor?
—Sí...
Alicia Pardo miró ufanamente á Candelas, como invitándola á fijarse bien en su hazaña y poniendo en su ademán aquella petulancia con que se exhibe una obra de arte. Acababa de obtener un gran triunfo, porque únicamente por las mujeres capaces de inspirar pasiones locas se atreven los hombres á tanto. Después adelantó la cabeza para ver de más cerca las ropas del estudiante, y al encontrarlas tintas en sangre, experimentó un nuevo acceso de asco. El contraste del aire cálido y nauseabundo de aquella habitación, largo tiempo cerrada, con el ambiente saludable de la calle, era demasiado brusco.
—¿Abro la ventana?—dijo.
—No... no—murmuró Enrique—; estoy muy débil; el frío me mataría.
Alicia, sentada sobre el lecho, aquel pobre lecho que su cuerpo una noche perfumó á violetas, le observaba en silencio. Un ancho sombrero carmesí, adornado por una magnífica amazona blanca, cubría su semblante pálido, donde los ojos verdes brillaban lascivos en el gran nimbo cárdeno de las ojeras; y la gracia libertina de los ademanes, la brevedad pueril del talle, el entono robusto de las caderas y del seno, y aquel desasosiego con que los piececitos impacientes y bailarines herían el suelo cual si deseasen escapar, contrastaban fuertemente con la fealdad del aposento desamueblado, oliendo á agonía.
Candelas parecía conmovida. Pero Alicia se ahogaba; una sensación terrible de asco iba dominándola. Repetidas veces llevóse á su nariz gozadora, bañada aquella tarde en la brisa suelta y oxigenada del Hipódromo, su pañuelo de encajes. El invasor malestar se sobreponía á su aflicción. No podía llorar. Además, ¿para qué?... Y con tal de escapar pronto de allí, no la hubiese importado que Enrique viviese algunas horas menos. En su ingratitud, Alicia Pardo llegó á maravillarse de que hubiese mujeres amantes capaces de besar un cadáver...
De súbito, deseosa de concluir, preguntó:
—Pero... ¿cómo te hirieron?
Nuevamente Enrique abrió los ojos, luego los labios.
—Vas á saberlo.
A pesar de la enorme hemorragia que había sufrido, aún le restaban algunas fuerzas, las últimas, y pudo hablar.
—He robado por ti, porque la tarde en que me echaste de tu casa me dijiste: Nos veremos... «cuando me traigas el collar que te he pedido».
Alicia exclamó:
—No me acuerdo.
—Yo, sí; me lo dijiste. Yo me acuerdo de todo.
La joven encogióse de hombros y sus ojos sádicos, de color de ajenjo, permanecieron secos. Candelas, en cambio, más humana, más mujer que su amiga, tenía anegados en llanto los suyos. Enrique siguió hablando. Su gesto era grave. Repentinamente, el niño se había hecho hombre.
—Decidido a recobrarte, quise ofrecerte lo que tanto deseabas. Anoche, cuando penetré en la joyería, aún no estaba seguro de lo que iba á hacer. Me acerqué, sin embargo, al mostrador, y dije que deseaba examinar el collar de esmeraldas que había en el escaparate. Cuando me lo trajeron, juntamente con otros, apoderóse de mí un vértigo que echó sobre mis ojos una tiniebla inmensa y terrible. Rápidamente extendí una mano, cogí uno de los collares, no sé cuál, porque todos me parecían verdes... y escapé. Pero el dueño, que sin duda había ido espiando todos mis movimientos, sacó un revólver y disparó. Su puntería fué certera. Yo, en aquel minuto trágico, nada sentí y continué corriendo. A mi espalda, voces acusadoras repetían: «¡Á ése, á ése!...» Y me parecía ver manos vengativas que, con el ansia de cogerme, se abrían y cerraban como garras detrás de mí. Cuando volví de mi terror me hallé en un callejón solitario; mis perseguidores no habían podido alcanzarme. Entonces advertí que mis ropas estaban empapadas en sangre y que mis piernas flaqueaban. ¿Qué hacer? Poco á poco, amparado por las sombras de la noche, regresé aquí... y te mandé llamar...
Los deditos ensortijados de Alicia se cruzaron con un doble gesto de interés y de horror.
—¿Y no te has curado?—gritó—, ¿no llamaste á ningún médico?
—No; no quise... porque si alguien me hubiese visto así hubiera sospechado... Y he preferido morir á que me quitasen el collar que robé para ti...
Y como sintiese que sus energías se agotaban, añadió con un gesto:
—Ahí está, sobre la cómoda. Levanta esos libros.
Era una escena tristísima, de un romanticismo punzante y melodramático. Al fin, los párpados de la pecadora se humedecieron.
—¡Niño, niño!...—sollozó—, ¿qué has hecho?
Darlés repitió:
—Búscalo... sobre la cómoda...
No quería morir sin ver su regalo entre las manos, nácar y nieve, de la Deseada.
Ella hizo lo que el estudiante ordenaba, y bajo unos periódicos, sus dedos hallaron un collar de perlas negras.
—¡Qué hermoso!—exclamó absorta.
Sin abrir los ojos, como quien habla en sueños, Darlés repuso:
—No es el que tú querías... ya lo sé... Luego lo he visto... Pero en aquel momento, todas las piedras me parecían verdes...
Era éste un episodio más, un capricho más de la amarga y eternal ironía de las cosas. ¡Dar la vida por un collar de esmeraldas, y equivocarse de collar!... El estudiante balbuceó:
—Adiós...
Por sus miembros corrió un largo estremecimiento, y bruscamente la agonía dió á sus facciones varonil severidad. Torcióse la línea de sus labios. Candelas, puesta de hinojos, lloraba y rezaba. Alicia Pardo, más violenta, cogió al estudiante por los hombros.
—¡Enrique... Enrique!...
Y le miraba con una de esas expresiones trágicas, todo pasión, que explican el sacrificio de una vida.
El estudiante aún pudo murmurar:
—Acuérdate...
No dijo más. Cerró los párpados. Moría tranquilamente, sin sangre. Por su rostro deslizóse una sombra blanca. Alicia exclamó:
—Enrique... ¿me oyes?... ¡Enrique!
Le palpó la frente y las manos. Estaba frío.
—Ha muerto—dijo.
Aquello, á su modo, era bonito. Hubo una pausa. Candelas se había levantado y las dos amigas se consultaron con los ojos. Acababa de herirlas la misma idea, el mismo temor. La muerte de Enrique las comprometía; la justicia realizaría pesquisas y no era difícil que las llamasen á declarar. El instinto de conservación alejaba de ellas el recuerdo del muerto.
—Estamos perdidas—dijo Alicia—; tú tienes la culpa, yo no quería venir.
Candelas repuso colérica:
—La culpa es tuya.
—¿Mía?
—¡Claro es! ¿Quién, sino tú, le obligó á robar?
—¡Yo... yo!...
—Tú, sí, estúpida...
Y en su voz ardía ese rencor envidioso que sienten todas las mujeres hacia la manceba por quien un hombre se ha perdido. Luego, para tranquilizarse, agregó:
—Afortunadamente, la portera no nos ha visto subir.
Alicia Pardo examinaba el collar; su alma ególatra prendada del lujo, su almita «de presa», tornó á olvidarse del estudiante para sólo pensar en la belleza de la joya. De pie, ante el espejo, se ciñó el collar y comenzó á mover la cabeza á uno y otro lado, complaciéndose en el contraste que formaba la negrura de las perlas sobre el armiño de la garganta. Y un momento sus ojos ardieron con el vigor insolente de la dicha. Lo sucedido no la inspiraba remordimientos. ¿Por qué? ¿Tenía ella la culpa de que Enrique hubiese tomado en serio lo que ella pidió en broma? Y pensó filosóficamente que en la historia de todas las grandes cortesanas siempre hay, por lo menos, un capítulo trágico. Después su espíritu experimentó un matiz de ironía. ¡Pobre Enrique! El infeliz fué uno de esos desdichados que, ni aun cuando se sacrifican, aciertan del todo... Al fin, obedeciendo más que á un sentimiento de ternura á una delicadeza de artista, se acercó al cadáver para despedirse de él en una mirada. Desde la puerta, Candelas la llamó.
—Vámonos...
Alicia Pardo dió media vuelta: nada, en efecto, tenía que hacer allí. El ambiente de aquel cuarto, con su aire denso y su suelo de ladrillo salpicado de manchas bermejas, tornó á sofocarla. En la calle respiraría bien, y recordó que aquella noche, en la platea del Real, las perlas de su collar llamarían la atención. No estaba triste. Al pasar por delante del espejo se miró de reojo.
—Es bonito—pensó.
Y luego, con cierta melancolía:
—Sin embargo, el collar de esmeraldas me gustaba más...
Madrid.—Enero, 1908.