SEXTA PARTE RICARDITO BASELGA (continued 2)
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—Tenéis razón, reverendo padre. Nuestra Orden es inmortal; pero esto no evita que la revolución sea hoy temible en toda Europa. En Francia, el trono imperial de Napoleón tercero se tambalea; en Italia, el impío Víctor Manuel hace del Papa un prisionero, y aquí, en España, el levantamiento de Prim y la última jornada de junio dan a entender que existe en el pueblo una amenaza latente, que no tardará en estallar bajo más terribles formas.
—¡Bah! No ocurrirá esto mientras yo vaya a Palacio todas las mañanas y la reina me oiga. Si estalla una revolución que eche abajo el trono, será porque yo no viviré o porque el Gobierno no seguirá mis consejos.
—Sin embargo, si ocurren pronunciamientos como el del día veintidós...
—No ocurrirán, padre Tomás, mientras en la casa grande me atiendan a mí. La sublevación del otro día fué por culpa de O’Donnell, ese cazurro sanguinario que sólo sabe fusilar cuando ya ha pasado todo, y que, en cambio, nunca supo prevenir el peligro con medidas enérgicas. Ahora con Narváez ya es otra cosa, y tanto él como el señor González Brabo encuentran muy razonable todo lo que les dice el padre Claudio. Mi sistema de gobernar es siempre el mismo. Más vale prevenir que reprimir. ¿Hay síntomas revolucionarios?..., pues gente a presidio. Mientras se hagan cuerdas y más cuerdas y se envíen todas las semanas a los presidios de Africa o a las Marianas a unos cuantos centenares de esos periodistas que tanto chillan y de esos obreros ilusos, que se acuestan abrazados al trabuco, no hay cuidado que sobrevenga la revolución. En países donde la gente piensa en libertad, el palo es la única salvación, y, además, también estamos nosotros aquí, para por medio de intrigas y sobornos esparcir la discordia y el desaliento en los partidos avanzados. Si el Gobierno sigue aconsejándose de mí unos cuantos años, no sólo se salvará la monarquía, sino que morirá el régimen constitucional y doña Isabel II volverá a gozar la realeza absoluta como su padre don Fernando, a quien le fué muy bien siguiendo mis instrucciones.
—Grandes cosas puede hacer la Compañía. Hay en nosotros un espíritu que nos hace indestructibles. Sin duda, es la protección de Dios.
El padre Claudio sonrió con expresión escéptica al oír las últimas palabras.
—Es otra cosa lo que nos salva y nos hace fuertes. Dejad a Dios quieto, padre Tomás, y tened el convencimiento de que si nuestros enemigos tuviesen la misma organización que nosotros, de seguro que nos derrotarían. Organización...: ésa es la palabra; eso es lo que nos salva y nos mantendrá incólumes y fuertes a través de todas las tempestades que la revolución desate contra nosotros.
El padre Tomás no se mostraba muy convencido de lo que afirmaba su superior.
—Buena es nuestra organización, reverendo padre, pero tan excelente como la nuestra la tienen otras órdenes religiosas, y, sin embargo, no han prosperado ni llegarán nunca a la misma altura que la Compañía de Jesús. Esto demuestra que nuestra prosperidad procede de Dios, que nos proteje como objeto predilecto de su excelente cariño.
El padre Claudio sonreía escépticamente.
—¡Bah! Le repito a usted que deje quieto a Dios. No ha entendido usted lo que yo quise expresar al decir organización. Hablaré más claro. La gran fuerza de la Compañía consiste en que sabe estudiar al hombre, adivina sus facultades, y sólo lo dedica para aquello que sirve. Además, nuestra Orden tiene la gran virtud de “barrer para adentro” y admitir a cuantos se presentan de buena voluntad, segura siempre de que no hay hombre que no sirva para algo.
El padre Tomás, bien fuera por espíritu de delación o porque realmente le chocara la explicación del padre Claudio, mostrábase sorprendido.
—No había yo pensado en eso, reverendo padre.
—El mayor mérito de la Compañía de Jesús ha consistido en proceder al revés que la sociedad, demostrando en esto gran sabiduría. La mitad de los males sociales provienen de que la mayoría de los humanos se dedican, por lo general, a las ocupaciones menos apropiadas a sus facultades, y de que el resto se pasa la vida sin hacer nada, por no haber quien se dedique a estudiarlos indicándoles para lo que sirven. ¿Qué se ve todos los días en el mundo? ¿No se ha reído usted nunca al ver a generales que rezan en latín y ayudan a misa como el mejor acólito, y curas que a la menor revuelta agarran el trabuco y marchan al punto para resultar grandes soldados? ¿No ha encontrado usted nunca ingenieros que no sirven para peones; obreros que estudiando podrían resultar grandes inventores y gentes que pasan la vida afanándose por ser artistas y que gastan en ello su vida y su fortuna, cuando podían resultar muy útiles a la sociedad siendo unos buenos zapateros o albañiles? No lo dude usted, el desbarajuste social consiste principalmente en que nadie se dedica a aquello para que sirve y en que no hay una inteligencia superior que sepa utilizar para un fin determinado las buenas o las malas cualidades de cada uno.
—Reconozco, reverendo padre, que mucho de eso existe en la sociedad.
—Pues bien; nada de esto ocurre en nuestra Compañía. Los santos fundadores diéronle un talismán para que su vida fuese eterna y su poder inextinguible, y este medio consiste únicamente en que la Orden procura estudiar para lo que sirve cada uno de sus individuos y para aquello lo dedica. Sobre todo, “barremos para adentro”, y en esto estriba nuestra salvación. Imbéciles y sabios, pecadores o virtuosos, todos sirven, todos hacen su papel y contribuyen a la grande obra para mayor gloria de Dios.
—Sin embargo, no todos son buenos para vestir nuestra sotana. La Compañía de Jesús ha sido siempre una asociación de grandes inteligencias, una aristocracia del talento que San Ignacio estableció dentro de la Iglesia.
El padre Claudio lanzó una alegre carcajada.
—Me hace gracia esa afirmación. Mucho hubiese medrado la Compañía a ser cierto lo que usted dice. Si todos los jesuítas fuesen hombres de gran talento, la Orden no hubiese llegado a vivir un siglo. ¿Ha visto usted algo tan ridículo e inestable como una asociación de grandes inteligencias? Donde hay sabios, la envidia no tarda en surgir; el interés individual se sobrepone siempre al colectivo, y con tal de aparecer algunos dedos por encima de los demás, se da al traste con todo lo que a los antecesores les ha costado mucho organizar. Si aquí, en esta casa, fuésemos todos sabios, tenga usted el convencimiento de que nadie obedecería, y cada uno echaría por donde le aconsejase su voluntad. Eso de la sabiduría de los jesuítas es una frase hecha por el vulgo y que explotamos en provecho de nuestro prestigio. A los esclavos les consuela siempre suponer grandes talentos en el señor que los explota y los castiga. Esto hace más tolerable la servidumbre y disminuye la propia degradación.
—Pues entonces—preguntó el italiano algo amostazado—,¿qué cree vuestra paternidad que es la Compañía de Jesús?
—Pues una asociación de hombres ni más sabios ni más ignorantes que todos los demás, pero admirablemente organizados, moviéndose todos al impulso de una voluntad única y universal, y dirigiendo sus esfuerzos siempre al mismo fin. Esta organización es admirable, como antes decía, porque descansa en la infinita variedad de las aptitudes humanas, y porque cada uno de sus individuos sabe para lo que sirve y únicamente a ello se dedica. De aquí que los jesuítas desempeñan siempre tan a la perfección cuantos papeles se les encargan. ¿Qué diría usted si para construir un palacio se contara únicamente con los arquitectos que piensan, despreciando a los albañiles que ejecutan? En el mundo es tan necesaria y preciosa la cabeza como el brazo, y es una estupidez despreciar a ningún hombre, pues repito que todos sirven para algo. No hay rueda inútil en la sociedad; si algunas están paradas y enmohecidas, es porque falta el artífice inteligente que las monte y las haga funcionar. Gran cosa es ser sabio, pero hay circunstancias en la vida de las que sale un imbécil más airoso, y siempre será vencedor el organismo que en su mano tenga gentes de todas clases; para unas ocasiones, un hombre de talento, y para otras, un estúpido hábil. Todo consiste en saber estudiar a los hombres y adivinar para lo que valen.
Y el padre Claudio, desarrollando su teoría, se animaba por grados y se erguía sobre el banco de piedra, lanzando omnipotentes miradas a aquellos grupos de subordinados que discurrían por el jardín.
—¿Ve usted toda esa gente?—continuó señalando a los novicios y padres que paseaban por las inmediatas alamedas—. Todos contribuirán a nuestra gran obra, todos aportarán su grano de arena al grandioso altar que en el porvenir levantaremos a Dios cuando por conducto de nuestra Orden reine sobre el universo entero; todos son buenos, todos sirven; ninguno dejará de ser un campeón aguerrido de la buena causa, y, sin embargo, los hay entre ellos que serían expulsados inmediatamente de otras órdenes religiosas, o que, de vivir en el mundo, serían unos parásitos inútiles incapaces de hacer la menor cosa. Nosotros sabemos adivinar el diamante a través de las capas petrificadas que lo convierten en un guijarro; por esto todo hombre sirve para algo en nuestra Orden, ya que no nos equivocamos acerca de sus facultades. Todo es cuestión de tener buen ojo, y en la Compañía, justo es decirlo, cuando se llega a desempeñar alguna autoridad, es porque ya se ha aprendido a conocer lo que cada uno vale.
Calló el padre Claudio, pero tan animado estaba que no tardó en seguir desarrollando su tema favorito.
—¿Ve usted aquel muchacho de sonrisa afectada, regordete, que ahora conversa tan atentamente con el padre prefecto?
—Sí; creo que es el hermano López, un joven que da muchos disgustos a los maestros y que raro es el día en que deja de ser castigado.
—Eso es. El tal López, a haber ingresado en otra orden religiosa, hace ya tiempo que estaría en la calle. Es enredador e intrigante como él solo; miente con una facilidad pasmosa, y tal es su don de convicción, que si se empeñase ahora en hacernos creer que es de noche, casi lo lograría. En esta casa nadie está tranquilo cuando él se lo propone; calumnia con la mayor frescura al más virtuoso; indispone entre sí a los padres más respetables con sus diabólicos chismes, y los más crueles castigos no logran modificar su carácter. ¿No es verdad que resulta difícil hacer un hombre de provecho de tal mozo?
—Así es, reverendo padre.
—Pues se engaña usted. El hermano López ha de ser una gloria de la Compañía y de seguro que será más útil a nuestros intereses que muchos de esos santos y futuros sabios que hoy educamos. Hace tiempo que estudio a ese diabólico muchacho, y me afirmo cada vez más en mi convicción de que será un magnífico confesor de personas reales. Cuando se ordene de sacerdote y haya adquirido un aspecto respetable, lo destinaremos a confesor de alguna reina o princesa, y le aseguro a usted que ya le ha caído la lotería a la corte donde él desempeñe sus sagradas funciones. Aconsejará de un modo sublime, haciendo que sus regios penitentes acojan como axiomas sus más leves palabras; intrigará en los salones, y con chismes por bajo cuerda, destrozará cuantas coaliciones formen contra él los cortesanos envidiosos de su poder. La nación a cuyos reyes confiese, cuente usted que ya es nuestra. Vea, pues, padre Tomás, cómo sirve para mucho ese individuo a quien otros hubieran arrojado por inútil.
Y el padre Claudio miraba con expresión triunfante a su compañero.
—Muy bien—dijo el italiano—. Reconozco que pueda sacarse algún provecho de ese muchacho enredador, pero ¿querrá decirme vuestra paternidad qué provecho dará a la Orden en el porvenir ese hermano Pezuela, el mismo que está allá abajo arrodillado y con los brazos en cruz castigado por sus picardías? Para algo debe de servir también, ya que vuestra paternidad se ha opuesto siempre a que lo arrojasen de la Orden y ha disculpado sus groserías.
—Le tiene usted ojeriza a ese pobre muchacho, y no hay para tanto. Sé que en varias ocasiones se ha burlado de usted graciosamente, remedándole cuando habla en italiano con sus compatriotas, pero más enojado debiera mostrarme yo contra quien escribió unos versos haciendo comparaciones poco gratas de mi figura y mi carácter. ¡Si viera usted qué salados eran los tales versos!...
Y el padre Claudio se reía bondadosamente recordando la sátira de aquel jesuíta joven.
—¿Le hacen a usted gracia tales descaros? Pues si yo fuese un superior tan poderoso como usted lo es, no permitiría tales desvergüenzas dentro de la Compañía. Eso sólo sirve para acabar con la disciplina de la Orden y nunca podrá usted demostrarme en qué puede ser útil a la Compañía un trasto así, como no sea para deshonrarnos.
—¿Conque no puede sernos útil el hermano Pezuela? ¡Ah, padre Tomás! ¡Cuan mal dirigiría usted los intereses de nuestra Orden! Es usted un hombre de talento, pero no entiende gran cosa de adivinar lo que valen los demás. Ese hermano Pezuela será a la Compañía tan útil como pueda serlo López. Es un bicho de mala baba, tiene verdadera manía por burlarse de todo y de todos; con tal de decir un chiste sangriento no le importa que lo castiguen ocho días; posee el valor de la desvergüenza, trata con la misma facilidad la prosa y el verso, y al hombre más respetable sabe encontrarle inmediatamente el punto flaco para convertir su figura en caricatura. ¿Que es un canalla? Conforme. ¿Que no tiene conciencia ni cree en nada? Muchos podría yo enseñar dentro de la Orden que son aún más escépticos. Pero, en cambio, ese muchacho, para ser un Voltaire del catolicismo, sólo necesita que le pongamos una pluma en la mano y le mandemos escribir. El día en que nuestra Compañía, cansada de sufrir los ataques de los escritores revolucionarios, quiera defenderse, Pezuela los abrumará a insultos y desvergüenzas, y de seguro que usted será el primero que se alegrará de tener entre los suyos uno que sepa tan acertadamente zurrarles la badana a los enemigos. Váyase usted convencido de que todos sirven y que a todos hay que conservarlos.
—Bueno; me conformo también con la utilidad de Pezuela, pero creo que la teoría de vuestra paternidad será como todas las reglas: que tienen sus excepciones.
—Aquí no las hay. Todos sirven, absolutamente todos. Señáleme usted uno sólo de los que por ahí se pasean, y a ver si no le demuestro a usted que la Compañía tiene interés en conservarlo por los servicios que puede prestar.
—Conozco poco a los que viven en esta casa, pero alguno encontraré, reverendo padre.
Y el jesuíta italiano, después de reflexionar por un breve rato, dijo señalando a uno de los castigados que desde aquel banco se distinguían:
—¿Y para qué puede servir aquel bestia de cara cerril qué está allá arrodillado y en cruz con una gran piedra en cada mano para que su castigo sea más cruel? Es un barbarote que sirve más para carretero que para jesuíta. Por la cosa más insignificante da de bofetadas a sus compañeros, y aunque es dócil con sus superiores come un perro, y les obedece sin chistar, algunas veces se ha rebelado contra sus maestros intentando golpearles. ¿Para qué puede servir un animal así? ¿Es que vuestra reverencia va a encargarle que confiese reinas, o quiere hacer de él un Voltaire católico?
—Hace usted mal en burlarse, querido colega—contestó el padre Claudio con aire de superioridad—. Ese muchachote dócil, pero brutal, puede servir para lo que nunca hemos servido usted ni yo, ni la mayoría de los padres de la Compañía. Si el día de mañana surge una revolución en sentido avanzado, convendría a los intereses de la Orden el deshonrarla con demasías y crímenes para que las clases conservadoras, asustadas, adquiriesen nuevo valor y acelerar de este modo la reacción. Para este encargo sólo sirven hombres como ése, pues la mayoría de los que estamos aquí no servimos para héroes de barricada ni tenemos serenidad en los difíciles momentos de una revolución. Si algún día el pueblo español derribara el trono, vestiríamos a ese muchacho con la blusa y la gorra del obrero; a fuerza de andar a golpes y de hacer heroicidades en las barricadas, conseguiría inmenso prestigio en el populacho y tendríamos un agente fiel y animoso a quien aconsejaríamos todas las barbaridades que fuesen necesarias para deshonrar la naciente revolución.
—¿Y si lo mataban antes de hacerse popular?
—Entonces, otro al puesto, y la Compañía no perdía gran cosa con su muerte. Lo que debe usted hacer es convencerse de que ese majadero es tan necesario como todos. No hay hombre inútil, y el que uno sea un héroe o un papanatas sólo depende de las circunstancias.
—Admito también la utilidad de ese valentón de sotana, pero por mucho que usted se esfuerce, no podrá hacerme ver para lo que sirve ese jovencillo melifluo y rubito a quien sorprenden muchas veces mirándose en una vidriera y recitando los parlamentos más amorosos que encuentra en las comedias de Calderón y Lope. Me han dicho que, fuera de la declamación, para la cual tiene facultades, manifiesta un entendimiento romo, y no creo que vuestra paternidad piense organizar con el tiempo una compañía dramática entre los padres jesuítas.
—Ese joven declamador tiene un gran porvenir. Da a su voz, cuando quiere, una dulzura celestial; las más vulgares palabras las emite con entonaciones angelicales, y luego, sus ademanes seducen por su majestad graciosa y sencilla. Mientras viva ha de gozar de tanta fama como Bossuet, y seguramente eclipsará a nuestro padre Luis, que tanta gloría alcanzó este año con sus sermones, escuchados por lo más selecto de Madrid.
—¡Cómo! ¿Quiere hacer vuestra paternidad un predicador de ese mequetrefe? ¿Y el talento? ¡Si dicen que no es capaz de encontrar una idea durante un año entero! ¿Cómo va a ser un orador?
—Le escribirán los sermones y los aprenderá con la misma facilidad con que ahora retiene en la memoria una comedia entera después de leerla dos veces. Podrá no improvisar y verse obligado a decir lo que otro le dicte; pero, en cambio, ¡cuan hermosamente recitará su sermón! Con voz de enamorado, de trovador que entona una serenata, dirigirá las más bellas frases a la Virgen, y su sermón parecerá una declaración de místico amor. Auguro un éxito completo. Desengáñese usted: han pasado los tiempos de la devoción sombría y horripilante; de los templos lóbregos, de las imagines sanguinolentas y de los predicadores apocalípticos, que hacían erizar el pelo a los oyentes. Hoy el catolicismo educado por nosotros gusta de la devoción dulce y sólo acude con placer a nuestras iglesias bonitas, que parecen un lindo juguete al lado de los templos góticos. Causan muy buena impresión nuestras capillas alumbradas con gas, nuestros órganos con su musiquita ligera y casi bailable, y, sobre todo, nuestros predicadores que hablan a un auditorio elegante con la delicadeza de un galán de comedia. Con este sistema de devoción, aristocrático y distinguido, se conquista a la mujer, y quien tiene hoy a las mujeres, querido padre, es dueño ya de todo el mundo. Le aseguro a usted que ese muchacho, el día que recite su primer sermón aprendidito de memoria causará una revolución entre las devotas elegantes, y más de una Magdalena aristocrática, conmovida por aquella cara de niño Jesús y aquella voz tan dulce, llorará sus pasados errores y vendrá a arrojarse a los pies de la Compañía.
En aquel momento, tres hermanos profesos con la cabeza inclinada, los ojos mirando al suelo y los brazos en una santa inercia pasaron por delante de los padres.
El jesuíta italiano los siguió con la vista, y volviéndose de pronto a su superior, dijo con expresión triunfante:
—Ahí va uno que de seguro, será la excepción, pues en el porvenir es difícil que preste a la Compañía ninguna utilidad.
—¿Quién dice usted?
—El que va en medio de los otros dos: el hermano Baselga.
—¡Ah! ¿Ricardo? Pues se engaña usted también.
—No lo creo. Ese joven podrá habernos sido útil al pronunciar sus votos, si es que ha renunciado sus bienes en favor de la Compañía, como es costumbre: pero, en adelante, no sé para qué puede servirnos. No está comprendido en esa utilidad práctica que vuestra reverencia tiene por norma, y apurado se verá usted para darle una ocupación en la que pueda servir.
—¡Oh! Pues ese joven ha de ser célebre y honrará mucho a la Compañía. Leo en su porvenir. Nos hará ganar mucho dinero y fama.
—¿Cómo será eso, reverendo padre?—dijo escandalizado el jesuíta italiano—. ¿Qué prestigio puede dar a la Compañía ese joven ignorante y perezoso que no muestra la menor afición? Mire vuestra reverencia que yo estoy enterado de las condiciones del hermano Baselga, por haber hablado de él con sus maestros. Por más que se esfuerza en estudiar, la ciencia no entra en él: es tardo en la palabra, dificultoso en la expresión y tan distraído se muestra siempre, que parece un cuerpo muerto, cuyo espíritu vuela lejos de este mundo. Sólo tiene afición a leer vidas de santos y a imitar sus ayunos y penitencias. ¿Qué piensa vuestra reverencia hacer de un mozo así?
Se detuvo el italiano, como si le asaltase un extraño pensamiento, y añadió, sonriendo con cinismo:
—A no ser que vuestra paternidad quiera hacer del tal muchacho un Sor Patrocinio con sus llagas y sus estupendos milagros...
—¡Bah! Eso es procedimiento anticuado que ya no da resultado en estos tiempos. El hermano Baselga no será un santo de mentirijillas; llegará a algo más y la Compañía ganará mucho con ello. Cuando sea mayor de edad, la Orden le permitirá que cumpla una de sus más vehementes aspiraciones, enviándolo al Japón a convertir infieles. Es indudable que su exagerada fe, y su afán de imitar a los primeros mártires del cristianismo, le impulsarán a cometer algún atentado contra la religión de aquellos indígenas, y ya podéis suponer lo demás.
—Sí; le cortarán la cabeza... Y ¿qué?
—Pues que tendremos un mártir más, y esto por su propia voluntad y sin que nadie le aconseje directamente tal sacrificio. Los periódicos y revistas que subvencionamos relatarán en todos los tonos la muerte sublime del joven jesuíta; los predicadores ensalzarán la memoria de este héroe de la fe y hasta nuestros mayores enemigos, que a veces son cándidos hasta la estupidez, reconocerán que aunque enredamos en Europa prestamos un gran servicio a la civilización, sacrificándonos por introducir la cultura en pueblos apartados. En resumen, ahí tenéis los resultados prácticos. Tendremos para más de diez años un nombre célebre que explotar, un mártir que será como el prospecto de nuestro heroísmo y abnegación, y de todas partes el entusiasmo católico hará llover raudales de dinero dentro de nuestras cajas para que fomentemos las misiones en Asia. Esto sin contar con que tal vez aumentemos el prestigio religioso de la Orden, haciendo que con el tiempo figure en los altares “San Ricardo Baselga, de la Compañía de Jesús”.
El italiano estaba aturdido por las demostraciones del padre Claudio, o al menos así lo fingía admirablemente.
Mostrábase poseído de entusiasmo, y abandonando su exterior frío y dulce, dijo con fogosidad:
—Es verdad cuanto dice vuestra reverencia. “Barrer para adentro” y admitir a todos para explotar a cada uno en aquello que valga; he ahí el gran secreto de la Compañía.
—Lo que la hará invencible e inmortal, padre Tomás.
El jesuíta italiano movió la cabeza con desaliento y murmuró, como si estuviera solo:
—¡Qué gran desgracia que el padre Claudio no sea el general de la Compañía! Hombres como él hacen falta al frente de la Orden.
Estas palabras fueron un rudo pinchazo para el poderoso superior. Entusiasmado en la exposición de sus ideas, había llegado a olvidarse de la clase de hombre con quien hablaba; la confianza llegó a dominarle, y cuando menos lo esperaba, aquellas palabras venían a recordarle que tenia a su lado al espía de Roma, al esbirro encargado de adivinar sus pensamientos y sondear su conciencia.
El padre Claudio reconoció que había sido sobradamente cándido y su astuto “socius”, con su fingido entusiasmo, había intentado adormecerlo y arrastrarle a amigables confidencias.
Todo el abandono a que se había entregado el poderoso jesuíta desapareció; púsose en guardia inmediatamente, y lanzando una mirada de indignación al padre Tomás, díjole con acento irritado:
—Le prohibo a usted que use de mi nombre para desearme cosas a las que yo nunca he aspirado. Sólo quiero estar bien con Dios, y los honores del mundo me importan poco.
Luego sonrió y dijo con una expresión de desaliento tan espontánea y natural, que hacía honor a su arte de fingir:
—Soy ya muy viejo. La tumba se abre bajo mis pies, y mal puedo pensar en subir más, yo que nunca he sido ambicioso y que, sin embargo, he llegado a mayor altura que mis merecimientos.
El padre Tomás se decía, mientras tanto, que aquel hombre era invulnerable y que resultaba imposible sorprenderlo.
IX
La tempestad se aproxima.
A pesar de que el padre Claudio sabía defenderse bien de cuantos avances intentaba el astuto jesuíta italiano, estaba cada vez más intranquilo.
Presentía que en torno de su persona se forjaba la tempestad que había de arruinarle y adivinaba las maquinaciones del padre Tomás, que, desesperado de arrancarle aquella confidencia por tantos medios solicitada, iba tejiendo la red que había de envolverle, arrastrándolo a una entera perdición.
Entre los dos jesuítas no existía ya la fría y recelosa separación, propia del espía y del que es vigilado. Aquellos dos atletas de la astucia, al tratarse, habían reconocido sus fuerzas y se odiaban ya con todo el terrible encono que existe entre rivales.
El padre Claudio no podía perdonar al italiano la tenacidad con que le asediaba para adivinar su pensamiento, y por su parte, el padre Tomás, estaba lejos de olvidar que aquel era el primer hombre que había sabido burlar su astucia y substraerse a sus pérfidas palabras.
El poderoso jesuíta español, tan hábil y pronto en adivinar lo que pensaban los demás, notaba en el italiano la expresión del sabueso que ha descubierto un rastro y lo sigue con cautela para no espantar la pieza.
Esto le hacía redoblar las precauciones y vivir en continua zozobra.
Hacía que sus novicios favoritos, en los que tenía una confianza ciega, vigilasen de cerca al padre Tomás, pero este sistema apenas si le daba resultado.
El italiano vivía bastante alejado de todos los jesuítas que residían en Madrid, y únicamente demostraba sentir algún afecto por el padre Antonio, el antiguo secretario de su reverencia, con el cual sostenía largas conferencias en el célebre despacho, siempre que el superior estaba ausente.
Esta noticia alarmó al padre Claudio.
Tenía motivos sobrados para esperar gratitud y adhesión de su secretario, que debía a su protección cuanto era en el mundo y en la Orden. Pero el padre Claudio no era muy inclinado a bellos optimismos. Sabía de lo que era capaz un jesuíta y estaba convencido de que no podía esperarse mucho de un ambicioso como el padre Antonio, que además era fanático por la disciplina y por la más extremada obediencia a la suprema autoridad de la Compañía.
El padre Claudio adivinó inmediatamente dónde estaba el peligro y de qué procedimientos se valía su enemigo para averiguar lo que él tan astutamente sabía ocultarle.
El italiano, convencido ya de que era imposible sondear el pensamiento de su colega, había puesto sus ojos en el secretario y le asediaba con sus preguntas, aprovechando todas las ausencias del padre Claudio.
Arrancar la verdad al padre Antonio era confesarle a él mismo, pues el secretario poseía todos sus secretos y no había asunto en que no lo hubiese hecho figurar como su “alter ego”.
Había que evitar que el padre Antonio se dejase sorprender por el astuto italiano, o cuando menos, saber a ciencia cierta si el ambicioso secretario estaba dispuesto a seguir siendo fiel a su superior.
Difícil fué para el padre Claudio el hablar a solas con su secretario, pues el maldito “socius”, como si adivinase su intención, no los dejaba nunca solos; pero por fin encontró un momento propicio para manifestar al padre Antonio las sospechas que abrigaba contra su fidelidad.
El secretario protestó; puso a Dios por testigo de sus sentimientos, recordó los motivos que tenía para ser eternamente fiel a su superior y habló con un lenguaje franco y conmovedor; pero a pesar de todo esto, el padre Claudio, que era muy ducho en el conocimiento de los hombres, no quedó satisfecho.
Cuando se separó de su dependiente, el padre Claudio se decía que allí había gato encerrado y que indudablemente el padre Antonio estaba en tratos con el italiano.
Desde aquel día, el célebre jesuíta, más receloso que nunca, acometió la pesada tarea de vigilar a su secretario y a su “socius”.
Nunca, en su larga vida de hábil intrigante, tuvo el padre Claudio tarea tan abrumadora como la de espiar a aquellos dos hombres astutos, cuyos rostros petrificados no dejaban adivinar la menor intención.
Todas las estratagemas del viejo jesuíta se estrellaban en aquel exterior, siempre frío e indiferente, a través del cual sólo un hombre como el padre Claudio podía adivinar ocultas inteligencias y terribles planes.
Aquel blindaje de hielo en que se envolvían el “socius” y el secretario exasperaba al padre Claudio, que llegó a perder la calma terrible, que antes era el principal motivo de todos sus triunfos.
Transcurrían los días sin que apenas saliese de su despacho por miedo a que el italiano quedase solo con el secretario, y si por algún asunto político de importancia era llamado a Palacio, procuraba abreviar la conferencia y volvía apresuradamente a su casa.
En una de estas breves excursiones, el padre Claudio, que obraba ya como el más vil espía, volvió a su casa a pie para que el padre Antonio no se apercibiese de su llegada por el ruido del carruaje, y andando de puntillas se acercó al despacho.
El “socius” estaba allí como siempre y hablaba en voz muy baja con el secretario.
Debían de tener muy finos los oídos aquellos dos sujetos, pues callaron apercibiéndose de que alguien se acercaba, pero el padre Claudio aún pudo oír estas palabras de su secretario:
—Inútil es que lo repita. Ya sabe usted que yo sólo obedezco al general, que es para mí la única autoridad de la Compañía.
Aquello demostraba al padre Claudio que estaba vendido, y que su secretario, aquel protegido que tanto agradecimiento le debía, haríale traición así que se le antojase al general.
Entró en el despacho el padre Claudio y encontró a los dos jesuítas con su eterno gesto de seres automáticos y sin voluntad. No cuidó en esta ocasión de ocultar sus pensamientos el padre Claudio; miró con ira a los dos compinches, y después instintivamente fijó sus ojos en las estanterías cargadas de carpetas.
Otro hombre hubiera encontrado aquel archivo enteramente igual a como lo había dejado, pero él, con su mirada experta, adivinó que durante su ausencia se había verificado un registro en aquellos papeles.
Aquel día fué, para el padre Claudio, el más cruel que tuvo en su existencia.
Cuando más exasperado estaba por la calma de aquellos dos miserables que, después de revolverle el archivo y conspirar indudablemente contra él, se estaban allí inmóviles y abstraídos como santos en oración; cuando se sentía con deseos de lanzarse sobre ellos para estrangularlos y lamentaba interiormente el ser tan viejo y no encontrarse, como en otros tiempos, capaz de dar de puñaladas a un enemigo, entró en el despacho un criado de confianza, que se limitó a hacer un signo misterioso, saliendo inmediatamente.
El padre Claudio le siguió, y en un pequeño gabinete, donde recibía a los visitantes en secreto, entrególe el criado una carta con sello de Italia, y que iba dirigida a un nombre desconocido.
Aparte del correo normal para todos los asuntos de la Compañía, el padre Claudio tenía en Madrid a un infeliz que protegía y a cuyo nombre iban dirigidas todas aquellas cartas que, por tratar de asuntos particulares, convenía al jesuíta que fuesen directamente a sus manos. Una crucecita trazada en un ángulo del sobre daba a entender a aquel pobre diablo que la carta era para su poderoso protector.
—Acaban de traerla ahora mismo, reverendo padre—dijo el criado—. El protegido de usted quería entrar, como otras veces, a depositarla en sus propias manos, pero he logrado que se fuera diciéndole que vuestra reverencia estaba muy ocupado.
Cuando el padre Claudio quedó solo en el gabinete, procedió a rasgar el sobre, sin poder dominar su creciente agitación.
Por fin, tenía noticias de Roma, y podría saber cómo iban sus asuntos en el “Gesú”, la residencia del poderoso general.
La carta constaba de tres pliegos, cubiertos de renglones apretados, de una letra pequeña y compacta.
Antes de leer miró la firma, y no pudo evitar un gesto de extrañeza. ¿Quién era aquel sacerdote “Dom” Vicenzo Novelli, que firmaba? No recordaba conocer persona alguna de tal nombre, y, aguijoneado por una curiosidad creciente, se apresuró a leer aquella carta, tan rápidamente como se lo permitía la letra microscópica y su conocimiento del idioma italiano.
Al concluir el primer párrafo exhaló un grito que expresaba terror y sorpresa.
El padre Corsi, su amigo íntimo, su agente en el “Gesú”, el que le preparaba la elección de general, procurando acortar la vida del que desempeñaba actualmente tan alta autoridad, había tenido un fin trágico y acababa de morir entre horribles dolores en casa de un pobre sacerdote romano, que era el mismo “Dom” Vicenzo Novelli, que escribía al padre Claudio.
La carta contenía una historia horrible, que el padre Claudio leyó varias veces como si no pudiera convencerse de su verosimilitud.
Era aquello el aviso que un moribundo, por conducto de un amigo fiel, enviaba a su colega para que se salvara si aún era tiempo.
X
La justicia jesuítica.
El padre Corsi dormía en su celda del “Gesú”, de Roma, cuando le despertó repentinamente una ruda impresión.
En el corredor inmediato sonaban los pasos recatados de varias personas, y por las rendijas de la puerta filtrábase dentro de la celda una luz rojiza y vacilante.
El jesuíta se incorporó, en el mismo instante que el reloj de la casa daba la una de la madrugada y se abría la puerta de la celda, que, según disponía la regla de la Orden, no podía cerrarse durante la noche.
Dos hermanos robustos y feroces, procedentes del fanático barrio de Transtevere, y que desempeñaban en la casa las funciones de ayudantes de cocina, entraron en la celda, y en la puerta se quedaron, inmóviles y como para cerrar la salida con sus cuerpos, otros dos de igual clase, que alumbraban con grandes cirios.
El padre Corsi se incorporó despavorido, presintiendo que aquella extraña visita tendría un resultado fatal.
Conocía los misterios de la Compañía, los golpes de Estado y las venganzas que ocurrían en su misterioso seno, sin transcender al exterior, y al ver todo aquel aparato, no dudó que se acercaba su fin.
Dispuesto a defender su vida con palabras y rotundas negativas, como buen jesuíta, saltó del lecho y se vistió la sotana, obedeciendo a uno de aquellos fornidos hermanos, que manifestaba, con la mayor cortesía, al reverendo padre cómo el general estaba aguardándole hacía rato.
El padre Corsi salió de su celda rodeado por aquellos cuatro esbirros del general.
Varias veces pensó en escapar, adivinando lo que iba a sucederle en la próxima entrevista; pero el aspecto de aquellos cuatro colosos, con sus puños descomunales, causaba gran pavor al intrigante padre, que era pequeño de cuerpo y de fuerzas débiles.
Bien adivinaba el jesuíta lo que aquello podía significar. Toda su astucia y su recato habían resultado inútiles en aquel “Gesú”, donde hasta las paredes oyen y ven; el más fino espionaje había seguido todos sus pasos, y sin duda el general conocía perfectamente sus relaciones con el padre Claudio y las tramas que había preparado para acelerar la vida de aquella autoridad y proporcionarle pronto un sucesor.
Conforme avanzaba el extraño grupo por los solitarios y obscuros corredores, el padre Corsi convencíase más de que aquella conferencia con el general iba a ser terrible.
Había oído hablar de cierta sala subterránea donde se castigaba a los traidores a la Compañía y a los que intentaban perturbarla, y comprendía que a ella le conducían sus guardianes, en vista de que bajaron la gran escalera sin detenerse en el primer piso, donde estaban las habitaciones del general.
Llegó el grupo a los claustros del piso bajo y se encaminó hacia el extremo, donde estaban los almacenes destinados a guardar los muebles viejos.
Una puerta, en la que nunca se había fijado el padre Corsi, por creer que estaba condenada, aparecía abierta, y por ella penetraron los dos guardianes que le precedían y que eran los que llevaban los cirios.
El aterrorizado jesuíta se detuvo. Aún era tiempo de resistir. Podía gritar, y tal vez el escándalo que sus voces produjeran en el “Gesú” detendría a aquellos hombres que llevaban en sus rostros una expresión feroz.
Pero apenas se detuvo, formulando en su interior tal pensamiento, se sintió cogido por los brazos y empujado rudamente por los otros dos hermanos que le seguían.
—Adelante, reverendo padre—dijo con voz ronca uno de ellos, mientras el otro cerraba de golpe la puerta.
Atravesó el grupo varias habitaciones tenebrosas y desamuebladas, cuyo ambiente húmedo, polvoriento y obscuro apenas disipaban los cirios, que formaban en el espacio dos rojas manchas, y, de repente, el jesuíta notó que bajaban por una rápida pendiente, viscosa y resbaladiza, al final de la cual abríase una puerta de arco irregular, que en aquellas tinieblas se destacaba como una dentada mancha de luz.
Los cuatro esbirros agrupáronse en la puerta y el padre Corsi fué empujado al interior de una vasta sala, cuyos muros estaban formados por grandes piedras sillares, que tenían el tinte negruzco de la antigüedad.
Frente a la puerta, un Cristo, horripilante, de doble tamaño natural, extendía sus descarnados y gigantescos brazos sobre el muro, y al pie de esta figura, sentados tras una mesa con negro tapete, inmóviles, pálidos y fríos como cadáveres, estaban el general y seis jesuítas de los más ancianos de la Orden, que vivían en el “Gesú”, como en un cuartel de inválidos. Dos candelabros cargados de cirios y puestos sobre la mesa alumbraban aquel tribunal de ultratumba, que horrorizaba antes de hablar.
Transcurrieron algunos minutos sin que nada turbase aquel silencio absoluto, propio de una habitación situada doce metros más abajo del nivel del suelo.
El padre Corsi miró, con ojos extraviados por el terror, aquella sala horrible, aquel mudo tribunal, y se sintió próximo a desfallecer. La inmensidad de su miedo prodújole una idea consoladora. Aquello no podía ser real. Sin duda, estaba soñando y era víctima de una cruel pesadilla, de la que se reiría al día siguiente.
Tan horrible escena no podía ser cierta. El había oído hablar de una sala de tormentos dentro del “Gesú” y de horrorosos castigos; pero esto debían de ser invenciones de los enemigos de la Compañía, y lo que él estaba viendo era producto de una pesadilla que no tardaría en desvanecerse.
Pero a pesar de estas ilusiones que se hacía mentalmente, el silencio de aquel tribunal le helaba la sangre de espanto. Sentíase anonadado por aquella amenazante frialdad y deseaba que hablasen el general y los suyos cuanto antes. Así al menos podría él contestar, defenderse, y se convencería de si aquello era sueño o realidad.
El padre Corsi, que era tan cobarde físicamente como audaz y arrebatado en sus intrigas, estremecíase al pensar que pudiera resultar cierta aquella obscura leyenda que se relataba en el “Gesú” sobre la cámara del tormento.
¿Dónde estaban los instrumentos de tortura? Miraba a todas partes y no veía potros ni garruchas; pero en un extremo de la vasta cámara sonaba una sorda crepitación, y, fijándose bien, distinguió un gran brasero cargado de fuego, del cual saltaban algunas chispas y cuyas brasas iban inflamándose al contacto de la columna de aire fresco que entraba por la puerta.
Aquel fuego en pleno verano horrorizó al padre Corsi; pero pronto una voz vino a impedirle que pensase en lo que el brasero podía significar.
Era el general quien le hablaba, fijando en él sus ojos brillantes e irritados, que eran el único detalle de vida que se notaba en su rostro, inalterable como el de una momia.
—¿Sois el padre Luis Corsi, profeso de los cuatro votos de la Compañía de Jesús y residente en Roma por estar al servicio de la alta dirección de la Orden?
El interpelado, a quien el terror había anudado la garganta, hizo un signo afirmativo con la cabeza.
Estaba a un extremo de la mesa un jesuíta joven, de rostro repulsivo, que hacía las veces de secretario, y que comenzó a escribir encabezando el acta con el nombre y condiciones del procesado.
El jesuíta, mientras tanto, se dirigió a sus compañeros de tribunal, que permanecían impasibles:
—Reverendos padres: por pertenecer al alto grado de la Compañía, lo mismo que ese desventurado que ante vosotros se encuentra, conocéis el reglamento secreto por que se rigen los iniciados que dirigen la Orden, y que es un misterio hasta para aquellos hijos de Loyola que no han sido iniciados en el grado supremo. A pesar de esto, voy a leeros todos los artículos de nuestra Constitución secreta concernientes al caso, porque así me está prescrito.
Los seis jueces permanecieron inmóviles y el general tomó de encima de la mesa un viejo cuaderno manuscrito, que trataba del gobierno de la Compañía de Jesús. Estaba redactado en latín, como todos los documentos de la Orden. Lo hojeó el general, y al llegar al título IV, comenzó a leer, sin despojarse ni un solo instante de su impasibilidad.
“Artículo primero. Si quis superioris gradûs Pater fuerit traditor, at que sinu Societatis rebellis ac fautor discordiæ reperiatur, pereat.
Art. 2.º Secretior tribunal judicet illum, ubi sex sedeant Patres superiores gradûs á sorti designati, præsidente Præfecto.
Art. 3.º Sententia nisi sex Patrum judicum, Patrisque Præfecti Generalis unanimi suffragio, non pronuntietur.
Art. 4.º Reus in ergastulo apparitorum manu reclaudator.”[1]
El padre Corsi, en su calidad de jesuíta de alto grado, iniciado en los más importantes misterios de la Orden, conocía aquel terrible código en todas sus partes; pero a pesar de esto la lectura de tales artículos prodújole una recrudescencia en el horror que experimentaba desde que entró allí.
Reinó un largo silencio después de la lectura de los artículos.
El general parecía meditar, y por fin, levantando su cabeza, dijo a los otros jueces:
—Padres: el hombre que tenéis ahí está comprometido en el primero de los artículos citados, y debe morir. No ha perturbado directamente la organización de la Compañía, pero ha hecho algo más, pues ha intentado asesinar al que es legítimo y supremo representante de la Orden; a mí, que soy el general de la Sociedad de Jesús. No necesito explicaros la gran trascendencia de tales maquinaciones y el gran peligro que correría la Orden si un hecho tan criminal quedara sin castigo. ¿Creéis, reverendos padres, que quien atenta contra la vida del general de la Compañía merece la muerte?
Los seis jueces, que seguían inmóviles y mudos, contestaron quitándose los bonetes.
—Ya lo veis, padre Corsi. El supremo tribunal de la Compañía opina que quien atenta contra la vida del general debe perecer. Ahora, únicamente se trata de saber si vos, en combinación con otros padres de la Compañía que se hallan muy lejos, habéis intentado asesinarme. Contestad, padre Corsi. Se os acusa de haber maquinado mi muerte por envenenamiento. ¿Qué decís a esto?
El padre Corsi deseaba defenderse, y a pesar de aquel terror que anudaba da voz en su garganta, se apresuró a contestar:
—Niego.
Y fué a pronunciar una larga defensa, pero el general le interrumpió:
—Callaos, padre. Negáis y ya no es necesario que habléis más. Oíd al padre secretario que va a leeros la acusación.
El jovenzuelo antipático dejó de escribir y, tomando un papel de encima de la mesa, comenzó a leer con entonación monótona.
Aquella acusación terrible hizo llegar a su más alto grado el terror del padre Corsi.
Sabía que el espionaje había llegado en los jesuítas al mayor perfeccionamiento, pero nunca había llegado a imaginarse que pudieran vigilar dentro del “Gesú”, hasta el punto de conocer sus más insignificantes actos.
Cuanto había hecho el jesuíta desde muchos meses antes, constaba en aquella acta acusadora, confundiendo al infeliz reo. Sabíase que todas las semanas sostenía correspondencia con un sujeto de Madrid, recatándose para ello y llevando por sí mismo las cartas al correo para evitar que se extraviaran; suponíase que esta correspondencia, aunque con nombre supuesto, iba dirigida al padre Claudio, superior de la Orden en España; citábanse numerosos detalles que demostraban las subversivas y criminales intenciones del padre Corsi, y, al final del documento, como golpe de gracia para el infeliz acusado, figuraba una declaración del hermano encargado de la cocina, el cual juraba por Dios que el citado padre, después de dedicarse durante algunos meses a captarse su voluntad, le había propuesto envenenar al general, a lo que él accedió inmediatamente, sin perjuicio de ir acto seguido a revelar a su superior cuanto ocurría, descubriéndose de este modo la odiosa trama.
El padre Corsi estaba horrorizado. Su vida de mucho tiempo aparecía allí consignada día por día, y, aunque el acusador no presentaba pruebas, resultábale imposible al reo el justificarse.
Cuando el acusador terminó su lectura y se restableció el glacial silencio, el general, levantando su cabeza, que tenía inclinada sobre el pecho, preguntó al acusado:
—¿Tenéis que decir algo contra esa acusación?
—Toda ella es falsa—contestó con voz ahogada el infeliz—. Es sin duda obra de algún enemigo que quiere perderme. Yo nunca he intentado nada contra mi general.
Y luego, con la tenacidad de un náufrago que intenta alcanzar el madero que ha de salvarle, dijo con más energía:
—¡Pruebas!... ¡Vengan las pruebas de mi crimen! Seguramente que nada podrá presentarse contra mí.
—Se presentarán las pruebas a su debido tiempo—contestó el general con frialdad—. Mientras tanto, contestad breve y verídicamente a cuanto se os pregunte. ¿Acostumbráis a escribir mucho en vuestra celda?
—Algunas veces escribo a varios amigos que tengo en las ciudades de Italia, donde he residido; pero esto, con poca frecuencia.
—¿Cuando escribís secáis vuestras cartas con arenilla?
El padre Corsi reflexionó antes de contestar. Siempre había usado, al escribir, el papel secante; pero creyó mejor el negarlo, por ese instinto de falsedad que siente todo acusado de conciencia intranquila, y afirmó:
—Sí, reverendo padre; gasto arenilla.
—Y ¿no hacéis nunca uso del secante?
El general miró de un modo tan terrible al acusado, que éste balbuceó:
—Sí; creo recordar que también lo he usado algunas veces.
—Acercaos a la mesa, padre Corsi, y ved si reconocéis la hoja de secante que el padre secretario tiene en sus manos.
El acusado obedeció, fijando sus ojos con expresión estúpida en aquella hoja de secante que le enseñaba el jesuíta. Era blanca y estaba manchada por algunos borrones y garabatos ininteligibles. Eran, sin duda, las huellas que en la hoja habían dejado los renglones secados.
—Este papel—continuó el general—ha sido encontrado en vuestra celda.
El padre Corsi pensó que negar empeoraría su situación. Miró el papel, en el que nada sospechoso se leía, y dijo después:
—Aunque no recuerdo si este papel ha sido mío, bien pudiera haberme pertenecido. Ni niego ni afirmo.
—Está bien; padre secretario, haced delante del acusado la prueba que antes habéis mostrado al tribunal.
El joven secretario sacó de debajo del montón de papeles un pequeño espejo y colocó ante el cristal el pedazo de secante.
—Padre Corsi—continuó el general—, mirad ese espejo y ved si podéis leer algo.
El acusado comprendió inmediatamente lo que significaba aquella orden y se estremeció de espanto. Estaba ya cogido en la red.
Las huellas que en aquel papel había dejado el escrito secado parecían garabatos ininteligibles miradas directamente, pues el orden de las letras en las palabras estaba invertido; pero puestas ante el espejo, recobraban su primitiva posición, ya no estaban al revés, y se reflejaban en el cristal de modo que la lectura era fácil.
Todo el contenido de la página secada surgía en el espejo, y aunque algunas palabras donde la pluma no había apretado mucho aparecían borrosas, el conjunto era perfectamente legible.
El padre Corsi, ante aquel descubrimiento inesperado, se sintió desfallecer y sus rodillas se doblaron, cayendo de hinojos el infeliz.
—¡Perdón, padre mío! ¡Misericordia! Ha sido una tentación del diablo. Perdonadme, que nunca más me sentiré acometido por tan malos pensamientos.
Las quejas y sollozos de aquel desventurado no causaron efecto en el tribunal.
—Padres—dijo el presidente—: la prueba es completa. Antes de sentenciar invoquemos, según costumbre, a la gracia divina para que nos ilumine.
Todos los jueces, con la cabeza descubierta, se arrodillaron y los cuatro legos que obstruían la puerta hicieron lo mismo.
Durante algunos minutos aquel augusto silencio sólo fué turbado por el murmullo que producía el “Veni Sancte Spíritus” que rezaban y los sollozos del reo que, con la cabeza sobre las baldosas, lloraba como un niño.
El tribunal terminó su rezo y volvió a ocupar sus asientos.
—Padres, ya conocéis la fórmula de sentenciar; pero la costumbre me ordena que os la advierta. Si creéis que basta con expulsar de la Orden al reo, contestad a mi pregunta: “¡Expelleator!”; si le creéis digno de absolución, decid “¡Insons!”; pero si le consideráis merecedor de la muerte, contestad “¡Pereat!” ¿Estáis prontos a sentenciar?
Los seis jueces inclinaron sus cabezas.
Comenzó el terrible acto, y el infeliz reo, que seguía con el rostro sobre el suelo, oyó seis veces la palabra “¡Pereat!”, dicha por diversas voces, pero siempre con igual energía.
Su muerte estaba ya acordada.
—¡Levantad al padre Corsi!—gritó el general.
Inmediatamente los mocetones que ocupaban la puerta se abalanzaron sobre el reo, lo pusieron en pie y siguieron sujetándolo, pues el desdichado no podía sostenerse.
—¿No hay misericordia para mí?—decía suspirando, y el tribunal seguía siempre mostrando su fría serenidad.
El padre Corsi, en un rapto de desesperación, cambio por completo de aspecto. La proximidad de la muerte le dió una repentina serenidad y no quiso seguir mostrándose débil.
Ya que iba a morir, quería al menos no proporcionar al general, a quien odiaba por causas particulares desde mucho tiempo antes, una satisfacción, cual era el espectáculo que él ofrecía llorando y gimiendo como una mujer.
—¡Soltadme, hermanos!—dijo a los que le sujetaban—. Puedo aún sostenerme y no se dirá de mí que no sé morir con dignidad. ¿Dónde está el calabozo donde seré enterrado vivo? Deseo entrar en él cuanto antes, para librarme de vuestra odiosa presencia, padre general.
Y aquel hombrecillo antes tan débil, enloquecido ahora por el terror, mostraba una serenidad heroica y erguía su cuerpo mirando con desprecio al tribunal.
—No tengáis prisa, padre Corsi—contestó el general, sonriendo por primera vez de un modo que daba miedo—: tiempo os quedará para aburriros de estar solo en vuestro calabozo. Nuestras leyes os conceden que antes de encerraros os pongáis a bien con Dios. Podéis confesaros vuestras culpas con el padre que os dignéis escoger de cuantos están aquí.
El reo prorrumpió en una carcajada estridente.
—¿Con vosotros?... ¿Confesarme con vosotros?... Muchas gracias, padre general. Conozco demasiado a todos cuantos están aquí, para ir a revelarles secretos que sólo a mí me importan. Además, estoy próximo a la muerte y ante la tumba el hombre no miente. Basta ya de farsa. Yo no creo en muchas cosas que vosotros, al salir de aquí, fingiréis tenerlas como ciertas. No me confieso. A nadie le importan mis secretos. Ya que muero quiero que ciertas cosas me acompañen a la tumba... Se acabaron los fingimientos y las comedias de fe.
El tribunal había salido de su impasibilidad para interrumpir varias veces al sentenciado:
—¡Impío!... ¡Blasfemo!...
El padre Corsi era el que ahora permanecía impasible, gozándose interiormente con la irritación que sus palabras producían en sus jueces.
El general fué el primero en serenarse.
—Padres míos, os recomiendo la calma. El sentenciado quiere llevarse a la tumba secretos de gran importancia para la Compañía. Tenía cómplices de su crimen y esto es lo que importa averiguar. Escribía con frecuencia a Madrid, y aunque presumimos quién podía ser la persona con quien se comunicaba, no tenemos de ello certeza absoluta. Los renglones impresos en este secante y que habéis leído antes por medio del espejo, son fragmentos de una carta en la que él habla de sus preparativos para dar fin a mi vida. Se dirige en ella a una persona de su confianza, a un amigo a quien promete un gran porvenir cuando yo muera; pero su nombre no figura allí y esto es lo que nos importa saber. ¿Creéis, padres, que tenemos derecho a que el sentenciado nos revele ese nombre antes de ser encerrado en el calabozo?
—Ya lo oís, padre Corsi; estáis en el deber de revelarnos ese nombre. Hablad, pues.
—No quiero, general asesino; no hablaré. Se trata de un amigo, de un buen compañero, que ha sido bondadoso para mí y me ha dispensado siempre tantos favores como tú perjuicios. No diré su nombre; puede hacer el tribunal lo que guste.
—¡Oh! Hablaréis, padre Corsi—dijo el general, reproduciendo su horripilante sonrisa—. Algo que no esperáis os hará decir la verdad. Creed, desgraciado padre, que sentimos en el alma amargar con crueles tormentos el poco tiempo que os queda de vida.
—¡Miserable!—dijo el sentenciado por toda contestación—. En ti está la crueldad hermanada con la más dulce hipocresía. Mereces ser el general de la Compañía.
—Por última vez: ¿declaráis el nombre de vuestro cómplice? ¿Es el padre Claudio? Reparad que estamos convencidos de ello. Y únicamente queremos vuestra declaración para ratificarnos.
—No—dijo con energía el sentenciado—. No es el padre Claudio, al que apenas conozco. Es otro; pero nunca diré su nombre.
—Hermanos, cumplid vuestra misión.
A esta orden, dada con indiferencia, dos de los robustos legos dejaron de sujetar al padre Corsi y se dirigieron al rincón donde estaba el descomunal brasero.
Cogieron del suelo un gran fuelle, avivaron el montón de rojos carbones y después, valiéndose de su fuerza hercúlea, arrastraron el brasero al centro de la sala.
El padre Corsi no había presenciado esta operación por verificarse a sus espaldas; pero de pronto sintió una impresión de calor y volviéndose vió aquel montón de fuego que lucía de un modo horrible en le penumbra.
Aquello desvaneció la serenidad que había mostrado momentos antes.
Al ver el fuego dió un salto atrás e intentó librarse de aquellos dos legos que le sujetaban con sus robustos brazos; pero, repuestos los guardianes de la sorpresa que en el primer instante les produjo el repentino movimiento, lo aprisionaron con más fuerza.
El padre Corsi, como un mísero ratoncillo entre las zarpas de dos gatazos, se revolvía furioso y desesperado; pero a los pocos instantes fué derribado al suelo y allí, con la sotana desgarrada y el rostro arañado, permaneció inmóvil.
Sintió cómo bruscamente y a tirones le arrancaban los zapatos y las medias, y así que quedó descalzo, la voz del general volvió a sonar, aunque con tono marcadamente sardónico.
—Nuevamente os lo ruego, querido padre Corsi. Decidnos quién era vuestro cómplice y no nos deis el disgusto de obligarnos a atormentaros.
El desgraciado, indignado por aquel ruego hipócrita, contestó con un juramento indecente, y acto seguido sintióse levantado del suelo, en posición horizontal, por ocho robustos brazos.
Un rugido horrible, espeluznante, retumbó en la sala.
Los pies del padre Corsi acababan de descansar sobre aquel montón de fuego. Intentó el infeliz contraer las piernas para escapar de aquel tormento, pero uno de los cuatro sayones se las sujetaba con hercúlea fuerza, haciendo que los pies quedasen inertes sobre el brasero.
Rugía el infeliz con voz que no parecía humana y se agitaba en agónicas convulsiones entre aquellos brazos que le tenían agarrotado.
El fúnebre silencio que reinaba en aquella sala era turbado por los mugidos de dolor que exhalaba el sentenciado, víctima de los más horribles dolores.
Chisporroteaba el fuego con más fuerza que antes, y un humo espeso, de olor grasiento y nauseabundo, esparcíase por la sala.
Los pies del padre Corsi se carbonizaban envueltos en las ardientes brasas. Era imposible resistir más y el jesuíta iba a desmayarse.
—¡Misericordia, asesinos!—dijo con vez débil—. ¡Tened piedad de mí!
—Hablad—contestó el general, que seguía tan frío como de costumbre ante aquel horrible espectáculo—. Decid lo que os preguntamos.
El reo hizo una señal afirmativa, y los cuatro hermanos le retiraron del tormento y lo pusieron en posición horizontal, aunque sosteniéndole para que no tocase el suelo, pues sus pies eran dos informes muñones, chamuscados y sangrientos, que esparcían un hedor insoportable.
—Padre secretario, escribid—dijo el general—, que el padre Corsi va a revelaros quién era su cómplice. ¿Era el padre Claudio?
El infeliz mutilado, en medio de su cruel situación, aún intentó resistir; pera la vista del brasero, la terrible mirada del general y aquel dolor horrible que le producía espeluznantes convulsiones, dieron al traste con su valor que renacía, y en voz baja, como si se avergonzara de su debilidad, contestó:
—Sí; era el padre Claudio.
Aun le hizo el general numerosas preguntas sobre el fin que perseguían con sus maquinaciones, contestando el padre Corsi con desmayados monosílabos.
Cuando quedó claro y palpable que el padre Claudio, por medio de su amigo Corsi, había intentado escalar la suprema autoridad de la Compañía envenenando al general, éste se dió por satisfecho.
—Terminado el juicio, padres míos—dijo a los demás jueces—, el acta en que se consigna cuanto aquí ha ocurrido, una vez escrita con arreglo a nuestra clave secreta, quedará en el archivo secreto de la Compañía. Ahora sólo falta que se cumpla la sentencia.
—Hermanos—continuó, dirigiéndose a los cuatro legos—, conducid al padre Corsi a su última morada.
El infeliz, desalentado y poseído ya del vértigo que le producían su horrible situación y sus heridas, apenas se sintió conducido por los brazos de aquellos hombres.
Abrióse una pequeña puerta en un extremo de la subterránea sala y el fúnebre grupo bajó unos cuantos escalones, dejando al sentenciado sobre el húmedo suelo.
La impresión de frescura que aquellas losas produjeron en los abrasados pies del padre Corsi, le reanimaron momentáneamente haciéndole abrir los ojos.
Una densa obscuridad le envolvía. La puerta del calabozo acababa de cerrarse con gran ruido de hierros, y allá arriba sonaban los pasos de los jueces al retirarse.
El padre Corsi lloró en aquel supremo instante como un niño.
¡Ya había muerto! Los hombres le abandonaban para siempre, y aquel resto de vida que le dejaban, era para que gustase todas las amarguras horripilantes de la tumba.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El sacerdote “Dom” Vicenzo Novelli decía en su carta al padre Claudio que no sabía ciertamente del modo como su amigo Corsi había salido de aquel “im pace”.
En las primeras horas de la madrugada, un hombre desconocido y de atlética figura había llamado a la puerta de su casa y apenas entró en ella, dejó sobre una silla al padre Corsi, que estaba en un estado deplorable.
El desdichado jesuíta, a fuerza de cuidados, aún vivió dos días, y aprovechando los momentos en que sus dolores no le privaban del conocimiento, relató a su amigo el sacerdote romano cuanto le había ocurrido en el subterráneo del “Gesù”, encargándole encarecidamente que pusiera todo el suceso en conocimiento del padre Claudio, para que éste, una vez advertido, pudiera librarse de la venganza del General, que iba a caer sobre él.
En cuanto a su evasión del “im pace”, el padre Corsi guardó un profundo silencio. Había jurado al que le salvó sacándole de allí, guardar el secreto, pues de lo contrario podía ser víctima de la venganza jesuítica.
Nada cierto sabía “Dom” Vicenzo, pero por algunas palabras que se le escaparon a su amigo, tenía la sospecha de que el misterioso salvador que en la misma noche del suplicio le había sacado del calabozo, era el cocinero, que después de delatarlo al General se había arrepentido de su vileza y había procurado borrarla, librando a su víctima de la muerte. Cuando el padre Corsi mostraba tanto empeño en ocultar el nombre de su salvador, era porque éste dependía del General y podría ser víctima de una venganza.
El sacerdote romano terminaba su carta, manifestando que nunca más volvería a relatar a nadie la historia de aquel infeliz amigo que había muerto en su casa, víctima de espantosas quemaduras.
No quería que el General de los jesuítas supiera que él era depositario de su secreto y que había recibido en casa a su mutilado enemigo.
“Conozco demasiado—decía—el poder de la Compañía y la facilidad y prontitud con que sabe librarse de aquellos que le estorban. A pesar de que no os conozco, reverendo padre, siento hacia vos una viva lástima. Sé quién es el padre General y hasta dónde llega su carácter iracundo y vengativo. Si queréis seguir el consejo de un hombre anciano y experimentado, creedme; apenas leáis esta carta salid de la Compañía y poneos en salvo. El rayo de Roma no tardará en caer sobre vuestra cabeza.”
XI
Humillación.
El padre Claudio, después de leer la carta varias veces, cayó en un estado de profundo desaliento.
Era tan terrible aquella noticia y llegaba tan inesperadamente que al audaz jesuíta le faltaba el valor indomable que había demostrado en otras ocasiones.
Su situación acababa de ser despejada de un modo terrible. Los altos poderes de la Compañía tenían ya certeza de su traición y no tardaría en sufrir él una muerte igual a la del padre Corsi.
No había que esperar misericordia. El, que conocía como nadie de lo que era capaz el Gobierno de la Orden, comprendía la certeza de aquellos consejos que le daba el sacerdote Novelli en su carta, y pensaba que lo más acertado era huir y substraerse a la venganza de la Compañía, ya que todavía era tiempo.
¡Huir!... conforme con ello; pero ¿dónde dirigirse? ¿Qué hacer, viejo ya y abandonado de todos?
Y mientras pensaba en lo difícil e incierto de su situación, el padre Claudio murmuraba con estúpida terquedad:
—¡Estoy perdido! ¡Estoy perdido!
Así permaneció más de una hora, hasta que por fin una sonrisa iluminó su rostro, y levantó la frente, antes abatida, con expresión de triunfo.
Tenía adoptada su resolución. No huiría, pues huir era para un hombre como él, cien veces peor que la más horrible muerte. El campeón de la Compañía que se había distinguido siempre por su valor moral a toda prueba, no podía escapar como un cobarde al saber que su perdición estaba decretada en Roma. Combatiría, ya que éste parecía ser su destino, y a pie firme, sin salirse de la Orden, esperaría los ataques de sus enemigos, seguro de que éstos tendrían que bregar mucho antes de derribarle.
Además había reflexionado mucho sobre su situación y no la encontraba desesperada. Era amigo de la reina y de los principales políticos, poseía secretos que le hacían muy respetable para el Gobierno, y cuando se viera perdido dentro de la Compañía, con salirse de ella ya estaba libre, pues la venganza de Roma no iría a buscarle en el seno de la sociedad civil, donde contaba con buenos amigos.
Tenía, pues, la retirada cubierta y mientras tanto podía desesperar a sus enemigos, desafiándolos con su insolente permanencia en la Compañía, sin negar las maquinaciones que había organizado en combinación con el padre Corsi.
Aquella resolución audaz, hizo recobrar al padre Claudio su antiguo valor, y sintió impaciencia por demostrar a sus enemigos de Roma que no los temía y que tampoco ignoraba sus intenciones respecto a él.
El padre Tomás, aquel jesuíta solapado que sobornaba a su secretario e iba poco a poco labrando su perdición, era el representante de sus enemigos, y contra él se propuso romper las hostilidades.
Quería ser el primero en atacar, para que en Roma se convencieran una vez más de su valor.
Tan seguro estaba el padre Claudio de su poder, que se permitía risueñas ilusiones.
No; sus enemigos no se atreverían a intentar nada contra él. El General había osado acabar con el padre Corsi, porque éste era un jesuíta de escasa importancia, y además lo tenía en el “Gesù” al alcance de su mano; pero tratándose de todo un padre Claudio, consejero privado de personas reales, sostenedor de gobiernos, y además residente en España lejos del Gobierno central de la Compañía, sus enemigos de Roma ya se cuidarían de intentar hostilidad alguna y lo respetarían, aunque en adelante lo tratasen con frialdad.
El era inviolable; para esto había trabajado tantos años en favor de los intereses de la Orden.
Animado por tales ideas, el padre Claudio, después de ocultar cuidadosamente la fúnebre carta en un bolsillo interior de su sotana, salió del gabinete y se dirigió a su despacho.
El padre Antonio escribía como siempre en su gran mesa, y el italiano seguía inmóvil en su asiento mostrando su rostro impasible, cuyos ojos de buho triste parecían no fijarse en nada, y lo veían todo.
La presencia de aquel espía de Roma, indignó al padre Claudio. Hasta poco antes había podido sufrir, aunque con bastante impaciencia, la intimidad de aquel hombre que tan descaradamente le vigilaba; pero ahora al verle, el recuerdo del padre Corsi, martirizado y muerto por ser amigo suyo, surgía en su imaginación y sentíase acometido de furor contra aquel espía que representaba a los sacrificadores.
El padre Claudio era poco susceptible de impresionarse por la suerte de ningún amigo, pero el suplicio de Corsi le hería de un modo más íntimo, pues sublevaba su orgullo. El hubiera deseado que por el hecho de ser el reo amigo suyo, el General no se hubiese atrevido a llevar tan lejos su venganza, y al pensar en el martirio de Corsi le parecía que era él mismo quien había sido chamuscado en el brasero del subterráneo del “Gesù”.
No se sentó el padre Claudio, al entrar en su despacho, y sin cuidarse de ocultar su sorda irritación, paseó varias veces por entre aquellos dos hombres silenciosos que seguían indiferentes y con los ojos bajos, como si nadie hubiese entrado en la habitación.
El enfurecido jesuíta dió algunos bufidos como para desahogar su pecho oprimido por la rabia, y al fin, plantándose frente al padre Tomás, le dijo con acento reconcentrado:
—Oiga usted. ¿Sabe usted bien quién soy yo?
Levantó el rostro el italiano sin que en él se mostrase la menor emoción por tan extraña pregunta.
—Creo que sí, reverendo padre—contestó con su eterna calma—. El nombre del padre Claudio es conocido allá donde se encuentre a un hijo de San Ignacio, pues todos saben los grandes servicios que ha prestado a la Compañía.
—Así es, señor italiano. Todos saben lo que yo valgo y merezco, todos menos esa gente de Roma que le ha enviado a usted aquí.
Se coloró la desmayada faz del padre Tomás, pero no pasó de aquí la emoción ni intentó contestar, pues la regla de la Compañía le impedía toda respuesta si su superior no le preguntaba.
—Oiga usted bien, padre Tomás, oiga lo que soy, para que me conozca perfectamente y pueda decir a esos que le envían el respeto que merezco. Cuando yo ingresé en la Compañía, en Roma, tenía quince años y su situación no podía ser más deplorable. Las ideas revolucionarias del pasado siglo habían barrido al jesuitismo de todas las naciones. La Orden estaba casi en la agonía por culpa de toda esa cáfia de filósofos que tanto escribieron en el siglo XVIII contra nosotros. Nos habían arrojado de España, Portugal, Francia, de casi toda América; en una palabra, de todos los sitios donde nos convenía estar. La Compañía estaba reducida a Roma, donde vivía a la sombra del papado como un arbolillo mustio y enfermizo. Al morir la revolución con su último propagandista, el tirano Bonaparte y al restablecerse en España el absolutismo, Fernando VII nos abrió las puertas de esta nación y yo vine aquí con unos cuantos viejos imbéciles que procedían de la expulsión verificada en el siglo anterior por Carlos III. ¡Bien hubiese marchado la Compañía a estar encargados los tales vejetes de su dirección! Por fortuna se me hizo justicia, y aunque yo era entonces un mozuelo, fuí puesto al frente de la Compañía de Jesús, en España. Soy modesto y no quiero entonar mis propias alabanzas, que por más que parezcan exageradas, serán siempre merecidas. Pero tengo que hacer constar que fuí el peor enemigo que la revolución podía haber encontrado. Fomenté como nadie los sentimientos realistas y fanáticos del pueblo español; organicé las terribles persecuciones que sufrieron los realistas, en el trienio constitucional del 20; la revolución pacífica y progresiva no pudo desarrollarse porque yo lo impedí fomentando algaradas y motines a diario; yo dí el primer impulso a la guerra carlista, y cuando comprendí que el pretendiente no podía triunfar salvé a tiempo los intereses de la Compañía volviendo al lado de la reina Isabel, para evitar que ésta fuese dirigida por los progresistas; nuestra Orden ha crecido y sido omnipotente en España más que en otra nación; hoy manda en este país como pueda mandar en el “Gesù” de Roma, y todo gracias a mí, que no he descansado nunca ni sé lo que es gozar de la vida; que he expuesto mil veces mi existencia en los períodos de agitación; que formando la asociación de “El Angel Exterminador”, atraje sobre mi cabeza las venganzas de numerosas familias afligidas por nuestras persecuciones, y que con tal de mantener el prestigio de la Orden he desempeñado el más vil de los papeles, el de alcahuete regio, ofreciendo mujeres a Fernando VII y presentando hombres a su augusta hija. Ahora bien, padre Tomás, ¿qué le parece a usted todo esto? El que ha arraigado de nuevo la Orden en España, de un modo que la revolución tendrá que bregar mucho para derribarla, ¿no merece que le respeten esas gentes de Roma que están allá muy tranquilas gozando de ese poderío que nosotros les conquistamos aquí a costa de grandes esfuerzos?
El padre Tomás hizo un gesto de ambigua adhesión; pero el padre Claudio estaba demasiado exaltado para fijarse en la frialdad del italiano.
—Y no quedan reducidos sólo a esto mis trabajos—continuó—: ahí está mi secretario y eterno compañero, el padre Antonio, y allá en Roma está el registro central de la Compañía, para atestiguar lo que yo he trabajado con el objeto de arraigar el poderío de nuestra Orden en todas las conciencias. Gracias a mí, se han fundado numerosos colegios donde la juventud más distinguida se educa tal como queremos; la aristocracia española está por completo a la voluntad de cuanto se piensa en este despacho, y a las arcas de Roma he enviado yo cuarenta millones de pesetas; esto sin contar ocho más que acabo de conquistar. Grande es nuestra asociación; no hay punto del globo donde no tengamos representantes; pero a pesar de ser tantos los jesuítas, de seguro que no saldrá uno solo que pueda alegar más méritos que yo. ¿Es verdad o no esto que digo, padre Tomás?
Y esta vez se plantó ante el italiano y le miró fijamente con expresión iracunda, esperando su contestación.
—Así es, reverendo padre—dijo con su calma que contrastaba con el furor reconcentrado del padre Claudio—. Ya he dicho antes a vuestra reverencia que en todas partes donde hay jesuítas se le respeta en lo que vale.
—En todas partes menos en Roma; y si no vamos a cuentas. ¿A qué ha venido usted a Madrid?
—Yo no he venido por mi propia voluntad. He cumplido un voto que hice al entrar en la Compañía; el voto de obediencia. Me han ordenado mis superiores que viniese aquí y he obedecido.
El italiano dijo estas palabras con tanta modestia y sencillez, que el padre Claudio quedó desconcertado. No podía seguir atacando en tal terreno al italiano, pues éste le opondría sus votos.
Mudó de táctica y dijo al padre Tomás, como si olvidara lo anteriormente expuesto:
—No quiero investigar los motivos que le han traído a usted a Madrid. Lo que le digo a usted es que no conviene a los intereses de la Orden que permanezca aquí inactivo y ocioso, dando un mal ejemplo a los demás padres, que se afanan y trabajan en bien de la Compañía de Jesús.
—Reverendo padre; si no hago nada aquí, es porque vuestra reverencia no me da ocupación.
—Trabajará usted y muy pronto. No se quejará usted en adelante de que lo olvido. Mañana mismo saldrá usted para nuestra casa de Valencia.
—Eso es imposible, reverendo padre.
—¡Imposible!... Quisiera saber por qué. Usted ha prestado voto de obediencia y debe acatar las órdenes de los superiores.
El padre Claudio, movido por la indignación, hablaba con una expresión furiosa que contrastaba con la frialdad del italiano.
—Yo siempre obedezco a mis superiores—dijo el padre Tomás—, y por esto mismo permanezco aquí, cumpliendo las órdenes del padre General, que es el único que me puede mandar. Vuestra reverencia olvida sin duda que yo soy padre de alto grado y que no estando inscrito entre los individuos de la Compañía que prestan sus servicios en España, sólo a la autoridad de Roma debo obedecer y seguir las órdenes que me dicte el padre General. Vuestra reverencia no tiene en esta ocasión ningún poder sobre mi humilde persona. El General me ha enviado aquí y aquí me quedo.
El padre Claudio quedó aturdido ante la fría firmeza con que el jesuíta decía estas palabras.
Pero pronto se repuso de su sorpresa. Hacía cuarenta años que estaba acostumbrado a que la Compañía en España se pusiera en movimiento al más leve de sus gestos; nunca hombre alguno vestido con la sotana jesuítica había intentado desobedecerle y el ejemplo de aquel italiano, que osaba rebelársele, le produjo una irritación sin límites.
Su abotargado rostro cubrióse de mortal palidez, chispearon sus ojos, sus labios temblaron con el “tic” nervioso del furor y se sintió próximo a enloquecer por la afrenta que intentaban hacerle, ante aquel secretario que en su juventud consideraba a su maestro como un semidiós.
¡Poder de la indignación! Hasta le pareció al jesuíta que el padre Antonio, sin levantar la cabeza de los papeles, sonreía maliciosamente, gozando mucho en presencia de aquella humillación que sufría su soberbio superior.
Había que confundir al insolente italiano, y encarándose con él, le dijo sordamente:
—¡Basta ya de farsas y de fingimientos, señor italiano! Su presencia aquí me es odiosa... ¿Lo quiere usted más claro? Mañana mismo saldrá usted de Madrid, pues me estorba y me irrita ese espionaje de que continuamente soy objeto. Cuando yo era joven, fingía tan bien como cualquiera otro, pero ahora que soy viejo y célebre, y tengo, por tanto, derecho a que me respeten, no quiero mentir y doy a las cosas su verdadero nombre. Sé que usted es un espía del General y conozco tan bien como usted lo que ha ocurrido en Roma y cuál ha sido la suerte del padre Corsi, pobre amigo mío, sacrificado por el espíritu de venganza que allá sienten contra mí. No quiero tener a mi lado a uno de los asesinos de mi amigo Corsi. ¿Está usted enterado? Márchese cuanto antes y dé gracias porque yo soy ahora un viejo, que de lo contrario, no guardaría usted buenos recuerdos de su espionaje.
Y el viejo jesuíta, tembloroso por el furor, pálido, rugiente y magnífico en su indignación, señalaba la puerta con ademán imperativo, indicando al italiano que saliera cuanto antes.
El padre Tomás permanecía en su actitud impasible, con la mirada fija en el superior, y gozando internamente al ver su extremada irritación.
—¡Márchese usted!—gritaba el padre Claudio—. ¡Que no le vea a usted más!
—Me iré cuando me lo mande el General.
—Aquí no hay más General ni más voluntad que la mía. Le arrojo a usted de aquí y puede marcharse al infierno si quiere. Hoy mismo daré órdenes para que no le admitan en la casa residencia, y que pongan en medio del arroyo todo su equipaje. Y ahora salga usted inmediatamente de este despacho o de lo contrario llamaré a los criados para que le arrojen.
El italiano no se inmutaba con aquellas amenazas. Continuaba impasible, y se limitó a decir con su eterna frialdad:
—Eso que hace vuestra reverencia es un verdadero golpe de Estado. Es desconocer la autoridad del General, es rebelarse contra la autoridad suprema de la Compañía, y caer de lleno en el artículo primero del título IV de nuestro reglamento secreto. ¿Conoce usted el artículo?
—Sí; le conozco. Valiéndose de él dieron muerte a mi amigo Corsi. ¿Aún te atreves a recordarlo, esbirro del demonio?... Yo soy el padre Claudio, el restaurador de la Compañía en España, y cuando se me falta al respeto y a la obediencia que merezco, paso por encima del General, del reglamento secreto y de cuanto se me ponga por delante. ¡A la calle, italiano! ¡A la calle!
—Piense vuestra reverencia en lo que hace.
—¡Qué pesadez! ¡Y que no tenga yo puños suficientes para poner en la puerta a este miserable espía!
Y se abalanzó al cordón de la campanilla para llamar a los criados.
—Un momento—dijo el padre Tomás levantándose de su silla, mientras que el iracundo jesuíta se detenía al ver este movimiento de su enemigo—. Puesto que usted, padre Claudio, se empeña en expulsarme y falta a las reglas de la Compañía, despreciando al General y pronunciando frases ofensivas al espíritu de la Orden, ha llegado el momento de que se aclare la situación. Lea usted.
Y el italiano, hasta entonces humilde y rastrero, se irguió con altanera friadad, e introduciendo su diestra en el bolsillo de la sotana, sacó un papel doblado que entregó al padre Claudio.
Apenas éste pasó sus ojos por él, sintió un escalofrío de terror. Estaba escrito el papel en la misteriosa taquigrafía que los jesuítas emplean en sus comunicaciones secretas y que sólo conocen los padres iniciados en el alto grado, y al pie del documento figuraba el garabato que era la firma simbólica del General.
El documento no podía ser más auténtico, y el padre Claudio, habituado a leer durante muchos años tal clase de comunicaciones, la descifró de corrido. Su contenido no podía ser más fatal.
La autoridad suprema le ordenaba, bajo la pena de pasar como traidor a la Compañía, en caso de desobediencia, que inmediatamente que leyese aquella comunicación se pusiera bajo las órdenes del padre Tomás Ferrari, que en adelante sería el vicario general de la sociedad de Jesús en España.
El viejo jesuíta se estremeció desde la cabeza a los pies, parecióle que la habitación entera se desplomaba sobre él, y hubo de apoyarse en la mesa para no caer.
Verse despojado en la vejez de la autoridad que había ejercido toda su vida; contemplarse súbdito de un desconocido, él, que estaba habituado, desde su juventud, al mando absoluto, era un golpe tan terrible, que le faltó poco para llorar.
Encontró, sin embargo, en su debilidad fuerza para reponerse, y ya que se consideraba caído, quiso al menos acabar con dignidad y que sus enemigos no se gozaran en su dolor.
Serenóse y se dispuso a contestar. La resistencia era inútil, pues conocía la especial organización de la Orden en que la autoridad lo es todo, y el afecto nada, y sabía que sus mayores protegidos se revolverían contra él a la menor indicación del General, estando, como estaba, despojado del poder.
Inclinóse ante su nuevo amo, y devolviéndole el papel, dijo al padre Tomás con acento humilde:
—Espero las órdenes de vuestra reverencia.
El padre Antonio, mudo espectador de aquella escena, había dejado de escribir, pero seguía con la cabeza baja, muy atento a todo cuanto ocurría. No se notaba en él la menor señal de extrañeza. Sin duda el secretario sabía con anticipación cuanto iba a ocurrir, y conocía antes que el padre Claudio aquella orden del General.
No se impresionaba gran cosa por aquel cambio de situación tan rápido. Cambiaba de amo en apariencia, pero siempre seguía unido a aquella Compañía, a la que amaba con el fiero cariño del lobezno a la loba. Además no dejaba de hacerle gracia la caída estrepitosa de su antiguo amo, que tan soberbio y déspota se mostraba. Aquello le hacía admirar aún más a la igualitaria Compañía que encumbra o arruina a los individuos con igual indiferencia, sin consideración de ninguna clase y como si se tratara de autómatas y no de hombres. Acariciaba la esperanza de que si el padre Claudio bajaba ahora, algún día le tocaría a él el turno de subir.
El jesuíta italiano contempló algunos instantes a su rival humillado, y después dijo con lentitud majestuosa:
—Padre Claudio, mis órdenes son que usted, de esa puerta para afuera, siga figurando como director de la Orden en España. Conviene por ahora a nuestros intereses que aparentemente continúe la misma situación. Pero aquí, dentro de este despacho, se restablecerá la verdad, y usted será sencillamente mi amanuense, estando para todos los asuntos de oficina a las órdenes del padre Antonio, que seguirá desempeñando el cargo de secretario. Ya conoce usted mis órdenes.
El padre Claudio temblaba y hacía esfuerzos para no llorar de rabia. ¡Oh! Aquello era demasiado fuerte para sufrirlo con calma. La humillación iba más allá de lo que él había podido imaginarse.
Si después de su caída le hubiesen castigado colocándolo de portero en la casa residencia, obligándole a barrer la cocina o a desempeñar los más bajos servicios, al menos su ruina hubiese tenido cierta grandeza. A los que le habían conocido poderoso y omnipotente, les hubiera inspirado una respetuosa y tierna simpatía, semejante a la que se siente ante Napoleón, hambriento y enfermizo, remendándose su uniforme en Santa Elena; pero obligarle a fingir en público una autoridad que no tenía, y dentro de aquel despacho ser el escribiente de su antiguo secretario, era privarle del amargo placer de una caída estrepitosa y envolverle en la humillación de una ruina secreta sin grandeza alguna.
En su porvenir había algo del suplicio de Tántalo. Viviría en adelante allí, corroído por la envidia, contemplando de cerca y a todas horas el poder que había perdido y que jamás volvería a recobrar.
La voz del nuevo superior le sacó de sus negras reflexiones:
—Padre Claudio, comience a ejercer sus nuevas funciones. Siéntese usted, y prepárese a escribir.
El viejo obedeció con la pasividad de un autómata. Su obesidad no le permitía estar inclinado mucho tiempo y sufría al doblarse sobre el borde de aquella antigua mesa, frente al secretario, que seguía papeleando, impasible, como si realmente fuese un escribiente obscuro su nuevo compañero de trabajo.
Tomó la pluma el padre Claudio y esperó.
—Va usted a escribir—dijo el superior—una comunicación a Roma, anunciando al General que el hermano Ricardo Baselga ha cedido a la Compañía toda su fortuna. Ponga usted la comunicación de modo que sea yo quien lo firme.
Luego continuó, dirigiéndose al secretario:
—Padre Antonio, saque usted la escritura de cesión de bienes que firmó el hermano Baselga. La enviaremos a Roma junto con la comunicación, para que la guarden en el archivo central. Allí estará más seguro el documento.
El padre Claudio creía soñar, y cuando vió que el secretario sacaba el citado documento de un cajón de la mesa, no pudo reprimir una exclamación.
Todo lo comprendía. Días antes había entregado al padre Antonio aquel documento para que lo enviase a Roma, con una comunicación en que se marcaran los grandes trabajos que había tenido que hacer el padre Claudio para alcanzar tal triunfo. El secretario le había hecho traición, guardándose el documento para no darle curso. Estaba, sin duda, en combinación con el italiano desde mucho antes, y ahora, al remitir la escritura a Roma, el padre Tomás se atribuía un servicio de gran importancia para la Orden, y aparecía como autor del negocio, que él había preparado tan cuidadosamente a costa de mucho tiempo y no menos paciencia.
Aquello fué el golpe de gracia para el humillado viejo.
No podía ya con el peso de tanto infortunio, y aquel hombre para quien la debilidad había sido siempre desconocida, al pensar que había estado trabajando tantos años en el interior de la familia Baselga para que un advenedizo gozase el fruto de sus fatigas y se cubriera de gloria en Roma, sintió que una oleada ardiente subía de su pecho a la cabeza oprimiéndole la garganta.
Sollozó con fuerza el viejo, y sus lágrimas cayeron sobre el papel sin que cuidara ya de ocultarlas.
El padre Tomás, de pie junto a la mesa, sonreía diabólicamente, y hasta el secretario esta vez creyó del caso el levantar la cabeza y hacer un gesto de admiración.
¡Lloraba el terrible jesuíta! Bien valía la pena aquel espectáculo.
XII
La última misa.
Nadie se apercibió de aquel golpe de Estado, perpetrado en el mayor secreto, como todos los actos que se llevan a cabo en el seno de la Compañía.
Los padres jesuítas residentes en Madrid, siguieron considerando al padre Claudio como el vicario general de la Orden en España, en vista de que éste desempeñaba, como de costumbre, sus altas funciones.
El exterior macilento y el aire desalentado del padre Claudio no llamaban la atención de nadie.
Se presentaba, como siempre, en público acompañado de su “socius”, el padre Tomás, y nadie, a la vista del aspecto encogido y humilde de éste, hubiese sospechado que era el verdadero amo, y que cuando los dos se encerraban en el despacho, el padre Claudio le servía de escribiente y tenía que sufrir rudas reprimendas por su forma de letra, su lentitud en escribir y aquel cansancio que a causa de la edad le acometía, entorpeciendo su cabeza y sus miembros.
En la Compañía de Jesús no han sido nunca raros espectáculos de esta clase. El padre Claudio sabía que muchísimas veces el que había aparecido como director no era más que el criado del más humilde jesuíta; pero esto no le hacía sufrir con paciencia tales humillaciones y juzgaba insoportable por más tiempo la comedia que venía representando.
No transcurría día sin que sufriera los más agudos tormentos morales. Cada vez que algún inferior venía a consultarle, o que recibía las muestras de cariño y respeto propias de su cargo, no podía evitar el volverse con movimiento instintivo a su terrible “socius”, que contemplaba impasible aquella farsa por él ordenada.
El pensamiento del padre Claudio siempre era el mismo. ¡Cómo se reiría el maldito al considerar la irrisoria autoridad de aquel que momentos después le servía de amanuense! ¡Qué carcajadas sonarían en el interior del padre Tomás al ver a su amanuense dar órdenes y amonestar a los inferiores, fingiendo una autoridad que ya había huido de él para siempre!
La eterna presencia del italiano, que ahora no le dejaba solo ni un momento, era para el padre Claudio el peor de los tormentos, por lo mismo que equivalía a una burla perpetua. Aquello era querer que hiciese reír a sabiendas el mismo hombre cuyo fruncimiento de cejas aterrorizaba algunos días antes.
Si iban por la calle, importantes personajes saludaban al padre Claudio con todo el respeto rastrero que los políticos de oficio demuestran a los que tienen el favor real. A veces, al ocurrir esto, el padre Claudio, a pesar de su dolor, no podía evitar una sonrisa de amarga ironía. El había derribado ministerios, creado personajes de la nada; el mundo le tenía aún por muy poderoso y, sin embargo, la víspera, por ejemplo, el padre Tomás, en su despacho, le había llamado canalla y miserable por haber empezado tres veces la misma comunicación a causa de su falta de pulso.
Si sus enemigos se habían propuesto castigarlo sometiéndolo a un martirio lento e inacabable, sabían bien lo que se hacían, pues era imposible tortura mayor que la que sufría.
Su punto vulnerable era el orgullo y éste era el sentimiento que más sufría en aquella extraña situación.
Tan intensa era su tortura, que varias veces estuvo próximo a humillarse a su verdugo, suplicándole que le castigara con mayor rudeza, pero que le librara de aquella parodia de autoridad; mas un resto de orgullo le contuvo y siguió sufriendo en silencio, procurando conservar en su caída la mayor dignidad posible.
Una certidumbre cruel le agitaba en sus instantes de desaliento.
A pesar del desprecio con que le trataba el padre Tomás, obedeciendo sin duda las órdenes que de Roma le llegaban, él no podía creer que parase ahí la venganza del general.
Grande era la humillación que le hacían sufrir; pero un hombre como él, a pesar de su mísero estado, todavía era temible y el general no debía contentarse con saber que su rival había sido convertido en escribiente.
Aquella humillación la consideraba el padre Claudio como un refinamiento de crueldad del verdugo antes de decidirse a sacrificar su víctima.
La misma mano que había aniquilado al padre Corsi no tardaría en caer sobre él, inexorable y aplastante, acabando con su existencia.
Conocía él los procedimientos a que más afición mostraba la Compañía para acabar con sus enemigos, y, seguro de que el puñal no lo esgrimían los jesuítas en este siglo, procuraba guardarse de los venenos; de aquella “aqua toffana” que la Compañía había hecho célebre.
Su apariencia de autoridad le hacía ser respetado por todos los individuos de la Orden, y de aquí que pudiera vivir con relativa tranquilidad, confiando en la adhesión del hermano cocinero, que preparaba la comida de su reverencia por sus propias manos.
Por esta parte estaba seguro el padre Claudio de no ser víctima de un envenenamiento; pero la actitud siempre reservada y fría del padre Tomás le causaba verdadero miedo. Algo ideaba en silencio aquel terrible enemigo, y el padre Claudio le acechaba, intentando adivinar sus secretas ideas.
Así transcurrió algún tiempo, hasta que llegó el día en que la Compañía acostumbraba a celebrar su fiesta anual en honor de la fundación de la Sociedad de Jesús.
Revestía tal acto gran solemnidad. En dicho día la casa residencia, siempre tan tétrica, animábase con una alegría reposada y meliflua, y una de las fiestas más notables era la gran misa que se celebraba en la iglesia perteneciente a la Compañía.
Era el superior de la Orden el encargado de oficiar en dicho acto, y el padre Claudio, que por espacio de cuarenta años dijo la misa en tal día, gozaba mucho en esto, pues podía apreciar cuán inmenso era su poder, viendo reunidos en la iglesia todos los padres y novicios que estaban por completo a sus órdenes.
Temía que el padre Tomás escogiese dicho día para humillarlo, prohibiéndole que dijese la misa y demostrando de este modo que era fingida la autoridad que aún ostentaba. Por eso su alegría fué grande cuando el italiano le dijo en el despacho, la víspera de la fiesta, que al día siguiente se encargase de celebrar la solemnidad acostumbrada.
A las nueve de la mañana estaba ya el padre Claudio en la sacristía de la iglesia dejándose despojar, con sonrisa bonachona, de su hopalanda y su bonete, por dos acólitos serviciales que se mostraban impresionados ante aquel hombre que creían terriblemente poderoso.
Llegaban hasta allí, amortiguados por puertas y cortinajes, el sonido del órgano y los cantos de los tiples en la cercana iglesia; y dentro de la sacristía, el sacristán y sus ayudantes corrían de un lado a otro y se afanaban por arreglar todos los preparativos de la misa.
Dos padres jesuítas charlaban sentados en un rincón, el uno vestido de sotana y el otro con dalmática, mientras que un tercero, de pie junto a la gran mesa de la sacristía, revestíase y se disponía a cubrirse con otra capa de igual clase, extremadamente pesada por la calidad de la tela y el grueso de los deslumbrantes bordados.
Eran los dos diáconos que habían de ayudar al padre Claudio en la misa mayor.
El viejo jesuíta, instintivamente e impulsado por la fuerza de la costumbre, miró a todos lados para ver si los preparativos estaban corrientes.
Encima de la mesa y junto al grande y antiguo espejo con marco de oro, ensuciado por las moscas y estrecho y largo hasta llegar al techo, estaba en cuidadoso montón toda la ropa sagrada de la misa. El cáliz, de oro fino, estaba a poca distancia, con su purificador, su patena y su hostia, cubierto todo por el cuadrado de tela igual a la casulla, y ésta acababa de ser tendida por el sacristán sobre la misma mesa, deslumbrando con sus bordados que representaban varios atributos de la Pasión de Cristo.
El padre Claudio, satisfecho de aquella inspección, se encaminó a una fuentecilla que estaba junto a la puerta de entrada de la sacristía y comenzó a lavarse las manos en aquel sonoro hilillo de agua. Estaba aquel día de buen humor, pues la fiesta, que tan buenos recuerdos le había dejado siempre, conseguía disipar por primera vez aquella terrible tristeza que le había acometido desde su ruina.
Un jesuíta entró en la sacristía.
Era el padre Felipe, aquel robusto confesor de la baronesa de Carrillo, que cada vez estaba más fornido y más imbécil.
—¡Hola, padre Felipe!—dijo el padre Claudio con la benevolencia que desde su caída demostraba a todos los humildes—. ¿Cómo está la iglesia?
—¡Ah, reverendo padre! Presenta un golpe de vista encantador. Está en ella lo más selecto de Madrid. Yo he conocido entre las señoras varias damas de Palacio y más de treinta condesas y marquesas. Es una fiesta que dará que hablar y demostrará que todo el mundo está con nosotros.
—¿Está también doña Fernanda, la baronesa?
—Sí; en primera fila la he visto; junto al presbiterio. Su hermana Enriqueta no ha podido venir; la pobrecita cada vez se halla peor.
El padre Claudio había acabado mientras tanto de secarse las manos, y mascullando una oración se dirigió a la mesa donde estaban las sagradas vestiduras para comenzar a revestirse. Los dos acólitos pusiéronse a su lado para ayudarle y el sacristán mayor, algo apartado, vigilaba con mirada atenta aquella operación.
El padre Felipe fué a conversar con los otros dos jesuítas que estaban sentados a un extremo de la sacristía, y el celebrante comenzó a vestirse.
Cogió el amito, y después de besar la cruz bordada en su centro, púsose el lienzo sobre la cabeza, y deslizándolo por la espalda hasta rodear el cuello de su sotana, se ató sus cordones a la cintura, después de lo cual vistióse el alba, signo de pureza, teniendo buen cuidado de introducírsela por el brazo derecho.
Los acólitos daban vueltas en torno del sacerdote, agachándose, tirando del alba para que cayese en pliegues naturales y procurando que no estuviera en unos puntos más alta que en otros.
Iba a ceñirse el cordón que le presentaba el sacristán y que era el recuerdo de la cuerda con que Jesús fué torturado en su Pasión, cuando, fijando sus ojos en el gran espejo que delante tenía, vió cómo entraba con su habitual cautela el padre Tomás.