SEPTIMA PARTE MARUJITA QUIROS
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I
La baronesa y la revolución.
El día en que se esparció por Madrid la noticia de la batalla de Alcolea, la baronesa de Carrillo creyó morir de indignación y de miedo.
Indignación contra el destino, contra la Providencia Divina, si necesario era, pues existiendo un Señor Todopoderoso en el cielo, no podía ella comprender cómo consentía que el trono de los reyes fuese destruído por las turbas revolucionarios, enemigas de Dios y de los santos.
Miedo, porque bien debía sentirlo una dama de Palacio, aristócrata de nacimiento y bastarda real, viendo pasar por la calle aquellas bandas de hombres armados, terribles revolucionarios que comenzaban a jugar a la milicia nacional y daban a entender su ferocidad sin límites, destruyendo... las coronas grabadas en los escudos o en las puertas de ciertos establecimientos.
Aquel cataclismo era suficiente para aterrar a la más valiente baronesa. Pero ¡Dios mío! ¿Qué iba a ser de España sin reyes? ¿Qué sucedería cuando la revolución expulsase a los padres jesuítas? ¿Podría salirse a la calle cuando mandase Prim, al que aclamaban las masas, o cuando fuese un hecho la República, a la que daban vivas?
La revolución sumía a doña Fernanda en un mar de confusiones y no sabía si quedarse en su casa, tranquila, como si nada ocurriese, o huir para no ser víctima del canibalismo revolucionario, el día en que las trompetas de los descamisados tocasen a comerse curas y baronesas.
Ella había vivido hasta entonces muy tranquila, sin acordarse de que aquella gente, que no tenía un título, ni iba a los bailes de Palacio, podía aspirar a gobernarse por sí misma; pero ahora, en vista del resultado, se confesaba que forzosamente había de ocurrir aquello más tarde o más pronto.
Los intereses de la monarquía y de la religión habían sido mal cuidados, en, concepto suyo. ¡Ah! ¡Si hubiera vivido el padre Claudio!
Después de los dos años transcurridos desde la muerte del poderoso jesuíta, doña Fernanda era la única, admiradora que se conservaba fiel a su memoria.
Ella no era enemiga de su sucesor, el padre Tomás. Admiraba la sagacidad y la astucia, del italiano, pero no encontraba en él el encanto del padre Claudio, y se decía que, a no haber muerto éste y de seguir aconsejando a la reina y a los gobernantes, no hubiese triunfado la revolución, ni las personas decentes pasarían tan malos ratos como proporcionaba la vista del pueblo armado en las calles.
Tan grande era el susto de la baronesa, que de buen grado hubiese seguido en su emigración a la reina y a sus queridos padres jesuítas. No podía acostumbrarse a vivir sin su antiguo amigo, el padre Felipe, aquel confesor insustituíble, que continuaba siendo un modelo de brutalidades y fortaleza, y tampoco podía transigir con aquella vida de manifestaciones a diario y motines cada semana, propia de los periodos agitados.
Por desgracia, la situación de la baronesa no le permitía obrar con entera libertad ni cumplir sus gustos.
Ella que tanto había buscado el matrimonio en su juventud, viéndose condenada por su fealdad y su carácter a un forzoso celibato, encontrábase ahora convertida en verdadera madre de una niña de cinco años, que alegraba, con su presencia y sus juegas, aquella casa de la calle de Atocha sobre la cual parecía pesar una maldición desde el trágico fin del conde de Baselga.
Era su sobrina María, hija de Enriqueta, que llevaba el apellido de Quirós.
La baronesa, cuando ocurrió aquel cambio político que tanto pavor le produjo, llevaba todavía el luto por la muerte de su hermana.
¡Infeliz Enriqueta! Después de la terrible escena que presenció desde su balcón en las últimas horas del 22 de junio, todavía vivió más de un año, si es que podía llamarse vida a aquella existencia enfermiza de la que ella misma no se daba cuenta.
En un estado rayano en la idiotez, ciega y sin reconocer a su hija, a la que tanto adoraba antes, estuvo la pobre joven basta el instante de la muerte. Algunas veces surgían los recuerdos como fugaces chispazos en su memoria, y entonces decía cosas ignoradas por la baronesa y que a ésta le causaban gran impresión.
De este modo supo doña Fernanda que la enfermedad de su hermana, que ella creía a consecuencia de haber visto muerto a su esposo sobre la acera, provenía, en realidad, de que vió a su antiguo amante, a aquel pillete republicano detenido por las tropas del Gobierno y próximo a ser fusilado.
Aquella noticia causó gran alegría a la baronesa, que odiaba intensamente al capitán Alvarez, y para comprobar si el hecho era cierto o si resultaba un delirio de la infeliz enferma, encargó a varios amigos de influencia que se enterasen en los centros oficiales de si un insurrecto ex oficial del Ejército, llamado Alvarez, había sido fusilado en la calle de Atocha.
Tales gestiones no dieron resultado alguno, pues en ningún Centro constaba la ejecución de un insurrecto de tal nombre. Además, Alvarez era muy conocido como conspirador, y su nombre era imposible que pasase inadvertido para las autoridades.
Doña Fernanda se quedó dudando sobre la certeza de aquel suceso y no supo si creer muerto o vivo al revolucionario que tan antipático le era. En vista de la ignorancia de los Centros oficiales se inclinaba a creer que el tal fusilamiento era una visión de Enriqueta, delirante al ver el cadáver de su esposo; pero cuando hablaba con su hermana, en los rápidos momentos de lucidez que tenía ésta, asombrábase y se inclinaba a creerla, viendo la serenidad con que le relataba, con gran abundancia de detalles, la fuga de Alvarez y su asistente por la calle de Atocha abajo y el encuentro con la patrulla que los fusiló.
Lo del fusilamiento nunca llegó a creerlo doña Fernanda; pero tuvo por indudable que su antipático enemigo había estado en la barricada de la plaza de Antón Martín, y como no le dolía atribuir a Esteban Alvarez cuanto de malo podía imaginar, tuvo por indiscutible que él era quien había enviado el balazo mortal al infeliz Quirós.
Enriqueta, debilitándose lentamente y corroída por una enfermedad que era más moral que física, agonizó cerca de dos años, hasta que por fin murió a principios del sesenta y ocho.
La baronesa quedó como madre de aquella niña, a la cual, a pesar de su aversión a los niños, quiso un poco más que a Enriqueta en su infancia.
La fanática señora habíase creado en torno de su persona el vacío. Ricardo estaba en la Compañía de Jesús; exaltado cada vez más por sus aficiones místicas y aspirando al supremo grado de santidad, no quería sostener relación alguna con su familia. El padre Claudio, que era su más adorado ídolo, había muerto.
Quedábale el padre Felipe, aquel atleta que parecía insensible al curso de los años, pues se conservaba con su aspecto de eterna y zafia juventud; pero la vejez había apagado a doña Fernanda sus furores insaciables, y poseída ya del frío y de la indiferencia propia de su edad, comenzaba a sentirse molestada en presencia de su confesor, cuya rusticidad y grosería reconocía ahora en que sus ojos estaban libres del velo amoroso.
Aquella soledad extremóse al sobrevenir la revolución. Algunas de las damas con quienes estaba más en relaciones marcháronse a Francia para ponerse al lado de la destronada reina y comer con ella las trufas de la emigración dorando en París, con sus millones, las penas de un voluntario destierro; la mayor parte de las cofradías dejaron de funcionar momentáneamente, hasta ver en que paraba aquello; la juventud dorada de los salones, que se burlaba del pueblo y leía al padre Claret después de salir de los burdeles, se ocultó no se sabe donde, y la baronesa encontróse sin amigas, sin entretenimiento, sin contertulios, y lo que es peor, sin poder seguir a los que se iban, pues por el momento no se decidía, a causa de aquella niña, cuya salud era delicada y a la que se había propuesto cuidar por sí misma.
Los jesuítas huyeron. La baronesa vió al padre Tomás el mismo día de la revolución, y le pareció muy trastornado, a pesar de la serenidad que se esforzaba en fingir. Dijo que tras aquellos tiempos calamitosos no tardarían en sobrevenir otros mejores, pero al día siguiente, con toda la comunidad formada en grupos sueltos, tomó el camino de Francia, no parando hasta Bayona. A dicho punto fué también el novicio Ricardo Baselga, a quien la Compañía cada vez tenía más empeño en presentar como futuro santo.
Doña Fernanda quedó sola en Madrid, y tan aislada como si de golpe hubiese trasladado su casa a la capital de Rusia.
Parecía que la habían arrojado de un empujón en un mundo nuevo, y su vida era un continuo gesto de extrañeza.
Leía los periódicos reaccionarios, aquellos que antes la entusiasmaban con sus artículos en favor de la intolerancia religiosa y los privilegios, y los encontraba ahora partidarios incondicionales de la revolución victoriosa, encomendándose a cada paso a la trinidad del día: Prim, Serrano y Topete.
Los nombres, políticos nuevos que surgían con una fecundidad alarmante, no la extrañaban menos. ¿Quiénes eran aquellos señores que constituían la Junta revolucionaria, de Madrid? ¿De dónde salían aquellas gentes a las que ahora daban vivas y que ella nunca había oído nombrar? Dos o tres años antes, en su tertulia, hablábase de un tal Castelar, que hacía discursos en el Ateneo, y de otro tal Pi y Margall, que escribía en La Discusión artículos socialistas que espeluznaban a las personas decentes; pero ella siempre había tenido a estos hombres y a otros como míseros pelagatos, que el Gobierno debía enviar a Ceuta, y por esto no podía comprender las aclamaciones de que constantemente eran objeto en las calles de Madrid, y lo mucho que de ellos hablaban los periódicos.
Había que huir de un país en que tales absurdos ocurrían. De aquello a degollar una mañana a todas las personas que en Madrid llevaban camisa limpia, no había más que un paso.
Cada una de las manifestaciones que hacia el pueblo de Madrid costaba un susto a la baronesa.
Apenas oía vivas en la calle y rumor de gente que con banderas bajaban hacia la estación del Mediodía para recibir a algún personaje de la situación, la baronesa palidecía y temblaba, y si no corría a esconderse en el último rincón de la casa, era por la dignidad de clases, pues en su predisposición a imaginarse peligros y enemigos, creía que los criados eran terribles descamisados, que aunque la servían con el mismo respeto de siempre, fraguaban en su interior borrosos planes de venganza; si ella demostraba poca entereza y falta absoluta de valor, eran capaces de degollarla una noche en la cama y poner en práctica la liquidación social, repartiéndose su dinero y alhajas.
Doña Fernanda vivía en perpetua alarma; no salía a la calle ni aun para ir a la iglesia, y se estremecía de horror solo al oír los títulos que voceaban los vendedores de impresos y las canciones de los chiquillos.
Todos tenían en aquella época algo que escribir o que cantar contra la p... de Isabel y sus compinches, el padre Claret y sor Patrocinio; y cuando la baronesa pensaba que por sus venas corría algo de sangre de aquella, y que al mismo tiempo había sido gran amiga del cura palaciego y de la monja milagrera, estremecíase de horror creyendo que sus relaciones con aquellos caídos no podían conservarse en el secreto.
Para colmo de desdichas, el tabernero que vivía enfrente se tragaba todas las noches el contenido de las hojas y folletos que publicaba el ciudadano Roque Barcia y otros escritores de menos nombre, y, ansioso de hacer algo contra nobles y privilegiados que tan furibundos anatemas merecían a las plumas democráticas, había fijado sus ojos en la baronesa santurrona que tenía por vecina, y aunque el pobre hombre no era capaz de hacer daño a una mosca, poníase rojo de satisfacción cuando todas las mañanas detenía en la acera a la chismosa doncella de doña Fernanda para decirle, ahuecando la voz, que pronto se vería un 93, y que todas las algaradas presentes no eran más que preludios de la gran cuelga de los faroles que iba a hacerse de cuantos nobles y curas se encontrasen a mano.
Estas impresiones del sanguinario tabernero las transmitían textualmente la doncella y el portero a su atribulada señora, la cual se estremecía de horror cada vez que, atisbando tras los visillos del balcón, veía tras el mostrador el mofletudo y bondadoso rostro del tabernero, incapaz de otros crímenes que no fuesen el aguar el vino de sus toneles.
Por fortuna para la atribulada baronesa, a los dos meses de agitación comenzó a cansarse el pueblo de tanta bullanga sin objeto, y la revolución “entró en caja”, como decían los periódicos sensatos. Con esto, doña Fernanda gozó de una relativa tranquilidad.
La nación se pasaba sin reyes, y no temblaba la tierra ni se venía abajo el cielo; funcionaba ya un Gobierno presidido por Serrano, al que la baronesa conocía de la época en que, joven, gallardo y con el apodo de el General Bonito, disponía como dueño en Palacio y era el único que tenía imperio sobre la caprichosa Isabelita.
Doña Fernanda comenzó a encontrar más tolerable la situación, y hasta reanudó su vida de antes, consolándose, con frecuentes visitas a las iglesias, de la fuga de sus amados padres jesuítas. Las cofradías comenzaban a funcionar, y los antiguos compañeros de asociación volvían a encontrarse y a reunirse para echar sendos párrafos sobre la impiedad de los tiempos y las desgracias de España desde que en ella no reinaban los Borbones.
Ya comenzaba a encontrar la baronesa algo tolerable aquella vida en período revolucionario, cuando un suceso vino a sumirla nuevamente en la intranquilidad.
Desde que Paco Serrano remaba, con el título de jefe del Gobierno Provisional, se sentía más sosegada, confiando en su protección, y de aquí que ya no le importasen gran cosa las amenazas del descamisado tabernero, ni procurara atisbar tras los balcones las actitudes de aquel Nerón, enemigo irreconciliable... del vino puro. Pero una mañana en que levantó el cortinaje de una ventana para ver qué tiempo hacía y decidirse a salir a pie o en carruaje, inmutóse al ver un hombre parado en la acera de enfrente y mirando con fijeza la fachada de la casa.
Era un militar que en su bocamanga llevaba los galones de comandante y que, a pesar de ser joven, tenía en su bigote y en la cabeza algunas manchas de canas.
Doña Fernanda creyó reconocerlo más con el corazón que con los ojos, pero se detuvo, no queriendo admitir una idea absurda.
¡Dios mío! ¡Qué ilusión más completa! Parecía el mismo; pero no, no podía ser. Aquel otro había muerto fusilado casi en aquel mismo sitio, según el testimonio de la pobre Enriqueta.
La baronesa, embargada por la emoción del que ve levantarse un muerto de la tumba, intentaba convencerse de que era absurda su oposición, y buscaba en aquel militar algún rasero que la demostrase cómo no era el mismo que ella se imaginaba.
Pero resultaba inútil. Las canas y ciertas arrugas prematuras era lo único de nuevo que encontraba en aquel rostro; en lo demás, la misma expresión e idénticos ademanes.
Doña Fernanda iba ya creyendo que aquello era una aparición de ultratumba, una visión fantástica que surgía ante sus ojos en pleno sol y en medio de una calle grande y transitada, cuando el militar, que permanecía inmóvil y con la mirada fija enfrente, abandonó su actitud para alejarse calle arriba con lento paso.
Doña Fernanda, al verle moverse y codearse con los transeúntes que venían en dirección contraria, ya no dudó más.
No era una aparición. Aquel militar era Esteban Alvarez, el antiguo amante de Enriqueta, el verdadero padre de María.... el fusilado el día 22 de junio.
II
Lo que fué del revolucionario Alvarez.
Cuando el ex capitán Alvarez, sentado en el café de Madrid, sito en el boulevard Montmartre y punto el más frecuentado por los españoles residentes en París, contaba a sus compañeros de emigración sus hazañas del 22 de junio, lo que más excitaba la atención y torturaba la curiosidad de todos era la última parte de la jornada, o sea lo que le ocurrió después de disparar el último tiro en la barricada de la plaza de Antón Martín.
¡Oh! ¡Qué gran cosa resulta la amistad cuando es verdadera! ¡Cuán poco debe uno guiarse por las apariencias! Muchas veces, el amigo que se desprecia y que en menos se tiene es el que presta el servicio supremo que con más emoción se recuerda durante toda la vida.
Huían Alvarez y su asistente de la barricada que acababa de tomar la tropa, cuando al parar por frente a la casa de Enriqueta detúvose sorprendido viendo a ésta en un balcón. Hízola una señal de adiós, y apremiado por el peligro, volvió a emprender su precipitada carrera: pero ya era tarde para salvarse.
Al pasar frente a una bocacalle, los dos fugitivos vieron se envueltos por un grupo de guardias civiles, y les fué imposible resistir. Para escapar con más ligereza habían arrojado las armas y era inútil que intentasen resistir a aquella docena de guardias que les apuntaban con sus fusiles.
Dejáronse, pues, conducir por aquellos hombres que en lo ceñudo de sus rostros y en sus miradas iracundas daban a entender propósitos poco tranquilizadores.
Alvarez y su asistente, ennegrecidos por el humo del combate, con las ropas rotas y en desorden y sin sombreros, tenían un aspecto poco distinguido, y sin duda por esto, los guardias se abstenían de hacerles preguntas, tomándolos por dos revolucionarios, y únicamente les dirigieron la palabra para llamarlos bandidos y canallas, con otras lindezas por el mismo estilo.
Amo y criado habían sido arrojados contra una pared, y allí, cogidos de la mano, y erguidos con sublime jactancia, aguardaban la descarga con que les amenazaba una docena de fusiles apuntados a sus pechos.
Alvarez, próximo a recibir la fatal caricia del plomo, miró a aquel balcón, en el que había visto a Enriqueta como una aparición momentánea. Allí estaba ella aún, casi doblada sobre la balaustrada y próxima a desvanecerse, y Alvarez la vió caer, al fin, pesadamente y golpeando su cabeza en los hierros.
El amante apenas se impresionó, pues en aquel día los sucesos terribles se seguían con una rapidez tan asombrosa que abrumaban su pensamiento.
Iba a morir, y preocupado por esta idea, sólo atendió al presente. Por un rasgo de coquetería varonil, semejante al que sentía Murat, cuando al ser fusilado gritaba: ¡No tiréis a la cara! Alvarez se cubrió el rostro con un brazo y esperó la descarga.
Alvarez oyó los pasos de mucha gente, voces imperiosas, y quitando el brazo de sus ojos vió a un pelotón de soldados de Infantería que desembocaba por la misma bocacalle.
Un teniente joven, con el sable en la mano, cuestionaba con el sargento que mandaba el pelotón de guardias civiles:
—¡Se están ustedes deshonrando!—gritaba el joven militar—. No son ustedes nadie para fusilar a los prisioneros. Para eso están los consejos de guerra.
Los guardias estaban furiosos contra los revolucionarios. Muchos de los suyos habían caído atravesados por los certeros tiros de las barricadas y ansiaban vengarse con esa vehemencia rabiosa de los soldados viejos, entre los cuales el compañerismo es el mayor de los deberes.
El sargento intentó resistirse al mandato del oficial, pero éste se le impuso con el prestigio que la superioridad proporciona entre las gentes de armas.
La Guardia civil bajó sus fusiles, y los dos prisioneros pasaron a poder del teniente, que se comprometió a conducirlos al Principal, donde iban amontonándose los insurgentes cogidos con las armas en la mano.
Alvarez experimentó verdadera rabia al enterarse de aquel suceso. Sabía lo que significaba el ser conducido al Principal. La persona sería identificada, tendría que comparecer ante un consejo de guerra que le aburriría con sus preguntas y, al fin, sería fusilado, ni más ni menos, que como ya iba a serlo por las armas de aquellos guardias.
Ganaba algunas horas más de vida, pero también se prolongaba su agonía y tenía que luchar con sus negros recuerdos.
Irritado contra el oficial que le había arrancado de manos de los guardias, lanzó una mirada que demostraba su falta de agradecimiento. El militar no se fijaba en él; le volvía la espalda con ese desprecio que el vencedor siente hacia el caído.
Aquella rápida mirada sirvió a Esteban para hacer un descubrimiento. En el cuello de los soldados que le rodeaban ostentábase el mismo número del regimiento a que él había pertenecido. Una nueva desgracia que caía sobre él. Sus guardianos no tardarían en reconocerlo a él y a su antiguo asistente, y sería imposible el impedir la identificación de personalidad, que tan terrible había de serle.
A Alvarez le pareció adivinar en aquellos soldados ennegrecidos y transfigurados por el combate algunos de los individuos de su antiguo batallón, y aunque ahora se fijó más atentamente en el oficial que los mandaba, le fué imposible reconocerlo, pues marchando al frente del destacamento le presentaba la espalda.
Una gran parte de aquella compañía, de la que estaba encargado el teniente por haber muerto el capitán en aquella mañana, siguió por la calle de Atocha arriba, para reunirse con las demás fuerzas que ocupaban la barricada de la plaza de Antón Martín: la Guardia civil quedó detenida en la esquina, y el joven oficial, con unos veinte soldados, que llevaban entre sus bayonetas a los dos prisioneros, emprendieron la marcha por la calle del Fúcar.
Anochecía, y como en aquella zona de Madrid no era posible encender el alumbrado público hasta que se recompusieran los destrozos causados en las cañerías de gas por los insurrectos, al levantar las barricadas, en las calles estrechas reinaba una obscuridad que hacía caminar a los soldados con bastante precaución.
El oficial, que iba al frente, fué acortando poco a poco su paso, hasta quedar al nivel de los prisioneros y colocarse al lado de Alvarez.
Seguía en su actitud indiferente y desdeñosa y entonaba, entre dientes, los toques de corneta que había estado oyendo durante todo el día. Alvarez, a pesar de su triste situación, sentíase muy molestado por la petulancia de aquel oficialito, que, pegado a él, parecía hacerle fisga con su monótono canturreo.
De pronto se estremeció al oír, entre un toque a la bayoneta y otro de alto el fuego, una voz conocida que le hablaba muy bajo.
—Te he conocido en seguida, querido Séneca. Ya me figuraba yo que era muy posible el encontrarte metido en esta zambra... ¡Eh! ¡No te inmutes! No me hables: podían apercibirse estos muchachos y lo echaríamos todo a perder.
Alvarez no volvió la cabeza e hizo esfuerzos para que no se conociera la sorpresa que experimentaba. Había reconocido al oficial; era su antiguo amigo, el vizconde del Pinar, aquél a quien llamaban en el regimiento el alférez Lindero, y que durante la emigración de Alvarez había ascendido.
Perico, que marchaba a la derecha de su amo, casi pegado a él, oía perfectamente tales palabras, y más sereno que aquél no hizo el menor gesto de sorpresa. El había reconocido al teniente desde que se puso al lado de los prisioneros, pero se callaba aguardando algo bueno de aquel encuentro.
El vizconde seguía hablando, aunque miraba a otra parte, sin mover los labios y como si tal cosa no hiciera, habilidad que había adquirido en los salones para decir cuanto quería, sin que se apercibiera otra persona que la interesada y de la que él se mostraba siempre muy orgulloso.
—¡Buen día nos habéis dado con vuestra maldita revolución! Te digo que aquellos guardias tenían motivo de sobra para haberos fusilado. ¡Diablo! Y si no llego yo, de seguro que os despachan a ti y a tu asistente. Te he conocido en seguida, a pesar de que te tapabas la cara... ¡Bien!; y ahora, ¿qué...? La verdad es que no hemos adelantado gran cosa librándote yo de los fusiles de aquellos energúmenos. Vas a ser fusilado, querido Séneca, a pesar de toda tu filosofía, y lo mismo le ocurrirá a ese bruto de Perico, que comete la locura de seguirte a todas partes. Mi deber es conducirte al Principal: allí no faltará alguien que te reconozca, y no te digo si tendrán ganas de meterle plomo en el cuerpo a un conspirador como tú, que lleva revuelto el Ejército, arreglando pronunciamientos. Pero.... ¡con mil demonios!!, estate quieto. ¡Anda como si nada te dijera! No vuelvas la cara ni intentes hablarme... Ya veremos de arreglar esto en el camino.
Y aquel buen muchacho inclinó la cabeza, ocupado en pensar cuál sería el medio más seguro y acertado para salvar a su amigo.
Reflexionó largamente, y la única consecuencia que pudo sacar es que se había metido en un lío terrible, y que no le quedaba otro remedio que comprometerse gravemente o llevar a su amigo al degolladero.
El vizconde sentía que algo que dormía en el fondo de su vano cerebro se sublevaba ante la idea de que Alvarez fuera entregado por él mismo en el Principal, de donde saldría para ser fusilado con otros muchos prisioneros. No; esto no ocurriría, pues sería para él un eterno remordimiento.
—Yo creo en la Providencial—pensaba—. Y ¡qué diablo!..., cuando las cosas han venado de modo que siendo tan grande Madrid he sido yo el destinado á hacer a Alvarez prisionero, es que la suerte me designa para que sea su salvador. Y le salvaré..., ¡sí, señor!, le salvaré.
El teniente, convencido por esta lógica de que estaba en el deber de salvar a su amigo, aunque faltara a la disciplina y expusiera su vida, ocupábase en imaginar los medios de evasión, y de vez en cuando miraba con ojos recelosos a todos los soldados, que, con el fusil al brazo y la bayoneta calada, marchaban detrás de los prisioneros. Aquel examen le tranquilizaba poco.
—Mira, Esteban—siguió diciendo a su amigo del mismo modo que antes—. Veo muy difícil que tú te puedas escapar. Si fueras un desconocido, aún podría yo intentar algo con esos muchachos, diciéndoles que eres un honrado padre de familia y que resultaría un crimen el fusilarte. Pero te conocen, Séneca, te conocen. Muchos de ellos son quintos del año pasado; pero vienen aquí dos gastadores de la época en que tú estabas en el regimiento, y hace rato que no te quitan la mirada de encima. Esos saben quién eres y las ganas que el Gobierno tiene de echarte la mano. Si te escapas de seguro que te disparan, y lo peor es que no errarán, pues son buenos tiradores. Pero..., ¡con mil demonios!, ¿qué es lo que voy a hacer?
Alvarez no pudo contenerse esta vez, y a pesar de la oposición del teniente, habló con voz apenas perceptible.
—Llévame al Principal; es lo más fácil. Me importa poco vivir después de lo ocurrido.
—Por fin has hablado para decir una barbaridad. ¿Te parece, alma de cántaro, que yo, sin remordimiento de conciencia, puedo entregarte en manos de los que te han de dar muerte?... Y el caso es—continuó con visible vacilación—que no es cosa fácil salvarte. Es fácil que un preso se escape, pero aquí sois dos, y la cosa no resulta ya tan sencilla. ¿Qué haremos?
Y el teniente, que caminaba cada vez más lentamente, volvió a sumirse en una profunda meditación.
La obscuridad era cada vez mayor en las calles; la mayor parte de las casas tenían cerradas sus puertas y no se veía un transeúnte por parte alguna. Parecían las calles de una ciudad abandonada. El vecindario, aterrorizado por los combates que durante toda la tarde se habían sostenido en aquella zona de Madrid, sentía aún en los oídos el zumbido de las últimas descargas y no se atrevía a dejar libre la más pequeña rendija de su domicilio. La llegada de la noche y la carencia de alumbrado aumentaba aún más el terror.
La escolta y sus prisioneros estaban ya en la calle de Jesús, próximos a la plaza del mismo nombre, cuando el vizconde tocó con el codo a su amigo Alvarez.
—Oye, Esteban: he pensado bien lo que te va a ocurrir y veo que no te queda más recurso que la fuga. Puede ser que alguno de éstos, al verte correr, te acierte y te meta una bala en el cuerpo; pero si llegas al Principal tu ruina es cierta, y muerte por muerte, más vale que tientes fortuna. Tal vez logres escapar sano. De dos hombres que huyen en distinta dirección, por lo menos uno puede salvarse. ¿Nos oyes tú, muchacho?
Perico dió con el codo un suave golpe a su señor para indicarle que escuchaba las palabras del teniente, y Alvarez, por su parte, contestó afirmativamente a su amigo con idéntica señal.
—Está bien. Pues así lleguemos a la entrada de la plaza, tú huyes por un lado de la calle de Lope de Vega, y Perico, por el otro. El lado de la derecha, es el malo, pues conduce al Prado, donde es muy difícil sustraerse a la persecución; el de la izquierda es el mejor, pues por él puedes encontrar en las calles vecinas alguna casa abierta donde esconderte. Los dos lados son igualmente malos, si estos chicos que nos siguen tienen buen ojo y os aciertan en la obscuridad. Es inútil que os dé consejos, pues los dos sois veteranos. No hagáis caso de los tiros; la cabeza baja y a correr. Ya estamos cerca de la plaza, Séneca; dame la mano sin que nadie se aperciba; así, aprieta fuerte, y si te salvas, no seas tonto y no te metas en otro fandango como éste. Yo ya veré cómo salvo mi responsabilidad... ¡Créeme, Esteban! El horno no está para tortas, y como esto no cambie perderéis siempre los revolucionarios.
La escolta estaba ya a la entrada de la plaza de Jesús, cortando la calle de Lope de Vega. No había allí nadie, la obscuridad era densa, la soledad repercutía con eco, agigantando las pisadas, y en las negras líneas que formaban las fachadas de las casas, no brillaba luz alguna.
Perico caminaba cada vez más unido a su amo, y al llegar a tal punto, díjole al oído con acento imperioso:
—Usted, por la izquierda.
Esteban se sintió violentamente empujado, y en el mismo momento vió arremolinarse toda la escolta, echándose los fusiles a la cara.
Era que el fiel muchacho, después de empujar a su amo hacia la izquierda, se había arrojado con velocidad aplastante sobre el soldado que iba a la derecha, y arrojándolo al suelo huía por la calle de Lope de Vega, con dirección al Prado.
Prodújose en la obscuridad un desorden espantoso. El teniente gritó con indignación tan espontánea, que hacía honor a su disimulo, y los soldados apuntaron sus fusiles e hicieron una descarga cerrada sobre aquella parte de la calle.
—Creo que va herido—gritó uno de los soldados que pasaba por tener una vista portentosa, e inmediatamente, más de la mitad de la escolta se lanzó en la obscura calle en persecución de Perico.
Todo esto había pasado como una exhalación a los ojos, de Alvarez. El estampido de la descarga le sacó de la estupefacción producida por la rápida fuga de su asistente; vió a los soldados de espaldas a él haciendo fuego, y al mismo tiempo, el vizconde, mientras gritaba animando a sus soldados a la persecución, le largó un sablado de plano, como indicándole que huyera en seguida, antes que la escolta volviera de su sorpresa.
El revolucionario escapó por la izquierda de la calle, corriendo junto a la pared, con la cabeza baja y el cuerpo encogido, para presentar escaso blanco, por si le hacían una descarga.
Estaba ya cerca, de la calle de San Agustín, cuando un soldado bisoño se apercibió de la fuga de Alvarez.
—¡Que se escapa el otro!—gritó; y a esta voz, los pocos soldados que quedaban al lado del teniente volvieron la cabeza hacia la izquierda de la calle. Parecíales distinguir la sombra que proyectaba en la obscuridad el fugitivo, pero ninguno pudo hacerle fuego, por haber disparado poco antes sus fusiles.
Dos gastadores, los mismos que habían reconocido a Alvarez, según aseguraba el vizconde, fueron los que salieron en su persecución.
—¡No es necesario que carguéis!—dijo uno de ellos a los compañeros—. Nosotros tenemos buenas piernas y lo traemos aquí.
Y los dos muchachotes, con el fusil colgado del hombro, salieron al escape de sus veloces alpargatas, y en la sombra se perdió el retintín que producían sus armas al agitarse con la violencia de la carrera.
Al teniente le disgustó que fueran aquellos dos hombres los que salieran en persecución de Alvarez. Sabían seguramente quién era, y por el afán de ser premiados no dejarían de hacer los más grandes esfuerzos para apresarle.
Los dos gastadores, con su excelente vista de labriegos acostumbrados a ver en la obscuridad, distinguieron cómo el fugitivo doblaba la esquina de la calle de San Agustín.
Cuando ellos entraron en dicha calle la abarcaron en una mirada, y desde su entrada a la plaza de las Cortes no vieron persona alguna.
Por mucho que corriera el fugitivo, y con la escasa ventaja que les llevaba, era imposible que hubiese atravesado toda la calle. En ella, pues, debía estar, y los dos la recorrieron despacio, fijándose en todas las puertas.
Una sola encontraron abierta perteneciente a una casa antigua, de modesta apariencia, y cuyo portal era tan reducido, que la escalera comenzaba muy cerca del umbral.
Los dos muchachos se miraron sonriendo.
—Aquí está—dijo con acento de certeza uno de ellos.
—No es difícil adivinarlo; es el único refugio que ha podido encontrar. Tal vez nos estará oyendo metido entre la puerta y la pared. ¿Qué hacemos, Juanico?
—¡Bah! A éste lo fusilan si nosotros lo llevamos allá. ¿Te parece bien que maten como a un cualquiera a un hombre de que contaban tantas proezas en el regimiento? ¡Sí, allá en Africa dicen que le llamaban Matamoros! Además, era el más fino de todos los oficiales cuando estaba en el regimiento, y yo le oí decir al sargento de la escuadra que sabía más que un cura. Mira, chiquio, lo que a él le pasa son desgracias que le pueden ocurrir a cualquier hombre, y esto son cosas de política en que no debemos mezclarnos. Dejémoslo en paz; para eso nos hemos encargado de seguirlo.
El llamado Juanico tenía gran ascendiente sobre su compañero, pues éste se limitó a levantar los hombros en señal de conformidad.
—Vámonos...; pero, no, aguárdate un poco. Que conste esto que hacemos, pues ese señor de seguro que está ahí.
Y Juanico se acercó a la entreabierta puerta y la golpeé con la culata de su fusil.
—Mi capitán—dijo con voz leve acercando su cabeza al espacio que la puerta dejaba libre—. Sabemos que está usted ahí, pero no pase cuidado. Comprendemos lo que son estas cosas, y para nosotros, un hombre es un hombre.
El gastador iba a retirarse después de este rasgo de elocuencia, en que condensaba todos sus sentimientos, cuando creyó prudente añadir para que el servicio no quedase en el misterio.
—Yo soy Juan Cuesta, y mi compañero, Pablo García, de la escuadra del segundo batallón, la que mandaba el cabo Ravianco. Somos de Belchite. Usted, de seguro, no tendrá el honor de conocernos, pero nosotros nos acordamos de cuando usted mandó, por una temporada, nuestra compañía. Aún me acuerdo de las dos guantadas que le atizó usted al cabo Solimán, aquel que tantas panzas les largaba a los reclutas. Parece que lo estoy viendo... ¡Qué buenos puños tiene usted!
Y el muchachote, como si temiera enfrascarse en aquellos recuerdos que le hacían sonreír, se apartó un poco, disponiéndose a retirarse.
—Vaya, ¡adiós, mi capitán!... Ese que iba con usted no sé qué suerte habrá tenido. Creo que alguna de las chinas le habrá alcanzado. Que tenga usted mejor fortuna, capitán; procure que no le coja la Policía o la Guardia civil, que ahora mismo irán a la husma de los fugitivos.
Y el soldado aragonés se retiró, pero cuando ya estaba al lado de su compañero volvió, sobre sus pasos, como si hubiese olvidado algo importante.
Le repugnaba retirarse sin tener una muestra de agradecimiento del perseguido, y acercando su cabeza a la entreabierta puerta, volvió a hablar:
—Mi capitán, ya que tal vez no nos veamos más, haga el favor de darme la mano. Soy un buen muchacho y tengo gusto en estrechar la mano de un valiente.
El gastador vió asomar por el borde de la puerta una mano varonil que apretó con toda la rudeza de un vehemente sentimiento.
—Bien, mi capitán; es usted todo un hombre. Da gusto hacer bien a valientes como usted. No se mueva; ahora mismo me voy.
Y volviéndose a su camarada le llamó con un ligero siseo.
—¡Eh, tú! ¡Pablico! Ven aquí, que el capitán quiere darte la mano.
El otro aragonés acudió solícito a estrechar aquella mano que surgía de la obscuridad como la de una aparición fantástica, y los dos soldados, después de sonreír estúpidamente por aquel honor, se retiraron, no sin antes decir el más avispado:
—Guárdese bien, mi capitán, que no lo cojan. Y si algún día cambian los tiempos y usted es algo, acuérdese de estos pobres. No lo olvide; somos de Belchite.
Los dos gastadores se alejaron, y en su apostura notábase la interna satisfacción que experimentaban.
—¿Ves?—decía Juanico—. Da gusto hacer favores a hombres que son hombres. Te digo que el dar la mano al capitán me ha puesto más contento que cuando la Pepa me regala un real para vino. ¿No piensas tu así?
El compañero afirmó con una cabezada.
—Ahora—continuó el gastador aragonés—mucho mutis. Hemos hecho lo suficiente para ir al Fijo de Ceuta. Aunque Dios baje del cielo a preguntarte, cuidado con mover la lengua.
Cuando los dos llegaron a la entrada de la plaza de Jesús vieron reunida ya a toda la escolta y sentado sobre un fusil que sostenían por ambos extremos dos soldados al desgraciado Perico, que había sido herido en una pierna al escapar hacia el Prado.
Los soldados, al recogerle del suelo bañado en sangre, aplacaron su furor, y perdonándole la carrera y la alarma que les había proporcionado le trataban con bastante consideración.
La escolta púsose en marcha, y los dos gastadores, en el silencio con que el teniente acogió su declaración de no haber alcanzado al fugitivo, comprendieron que no habían obrado del todo mal.
Cuando Alvarez, oculto en aquel portal obscuro, oyó alejarse a los soldados empujó la puerta tras la cual se guarecía, y cerró suavemente.
Ya estaba en salvo, aunque sólo fuera momentáneamente. Sentado en los primeros peldaños de la escalera, envuelto en aquella densa oscuridad y oyendo de vez en cuando sordos ruidos que provenían de los habitantes de los pisos superiores, pasó Alvarez gran parte de la noche, considerando aquel refugio incómodo y peligroso como un lugar de delicioso descanso, después de las terribles aventuras de aquel día.
De vez en cuando sonaba a los lejos el galopar de algún pelotón de caballería, y en la misma calle, se oyeron varios veces los pasos de patrullas que marchaban lentamente recorriendo la ciudad para efectuar registros en las casas sospechosas y detener a cuantos transeúntes de aspecto equívoco encontraban.
Alvarez, sumido en aquella oscuridad, presa de cruel incertidumbre sobre su porvenir, y a merced del primero que llamase a la puerta o bajase la escalera, sentía desvanecerse por momentos su presencia de ánimo.
La situación no podía ser más crítica. Mientras había durado en el la excitación del combate, los peligros le habían parecido sin importancia; no había sentido la menor conmoción en las barricadas, ni al ver cerca de la cara de Enriqueta los fusiles de la guardia civil apuntados a su pecho: estos sucesos, así como la reciente fuga, recordábalos con toda la vaguedad de un sueño, pero ahora, al considerar fríamente su situación, sentía miedo y deseaba salir cuanto antes de tan angustioso estado.
Permaneciendo allí, estaba a merced del primero que lo encontrase en la escalera, y esta consideración le impulsó varias veces a subir para pedir a los vecinos de las habitaciones superiores que le auxiliasen; pero siempre se detuvo. Los habitantes de aquella casa, a juzgar por el portal reducido, mísero y sin portería, debían ser gentes pobres; pero aunque esto alentaba al fugitivo, por otra parte, atemorizábale la idea de encontrar arriba alguna mujer que asustada por su presencia, diese voces que pusieran en alarma a toda la calle.
Alvarez prefirió permanecer quieto, y allí, estuvo muchas horas sentado en el duro peldaño y martirizado por la carencia de tabaco y fósforos.
De poder fumar, se hubiera distraído y alejado de sí aquella idea cruel y obsesionante de comparar su situación a la de un muerto y creerse en el fondo de una tumba, a causa de la oscuridad y del absoluto silencio.
Desesperado por la seguridad de que allí permanecería toda la noche y que al día siguiente sería descubierto y preso, entreteníase en contar las horas que iban sonando en todos los relojes del barrio. Así oyó desde las nueve hasta la una de la madrugada.
Daban aún tal hora los relojes más atrasados del barrio, cuando en la calle, por la que hacía mucho tiempo ya no transitaba nadie, sonaron las pisadas de una persona que se detuvo ante la puerta. Aquello hizo levantar de un salto a Alvarez, y su alarma, aun subió de punto, al oír que introducían una llave en la cerradura.
Escondióse en el espacio que quedaba entre la pared y la puerta al abrirse ésta y oprimiéndose contra el muro, esperó.
Abrióse la puerta lentamente y un hombre entró en el oscuro portal, cerrándola tras sí. Después, en la oscuridad, sonó el chasquido de un fósforo al ser raspado y encenderse, y una claridad rojiza se esparció por aquel reducido espacio.
Alvarez, al cerrarse la puerta, había quedado al descubierto, así es que vió inmediatamente al recién llegado y fué visto por éste.
Era un hombrecillo de enteca y mísera figura, que tenía como rasgos más salientes en su aspecto, una nariz más que regular y una chistera mugrienta, cuyas alas daban sombra a una melena, lacia y canosa, que bajaba a cubrir de mugre el cuello de la camisa. La levita raída a fuerza de cepillo, pregonaba una pobreza extremada pero digna, y todo en aquel vejete delataba al desgraciado que sabe llevar con nobleza su miseria y que aun la anima con algo de esa alegría serena y dulce, patrimonio de los hombres bondadosos.
Al ver a Alvarez, que sin sombrero, con las ropas rotas y el rostro ahumado, nada tenía de tranquilizador, el viejo experimentó gran sorpresa y se hizo atrás instintivamente, pero pronto se repuso y con ademán que pugnaba por ser imponente, se acercó al desconocido y empinándose sobre las puntas de los pies, al mismo tiempo que se afirmaba las gafas sobre el extremado caballete de su nariz, preguntó con voz hueca:
—¿Qué hace usted aquí, caballero?
El fugitivo contestó con voz trémula y con una dignidad que no pasó inadvertida para el viejo. Pedíale auxilio, que lo ocultase en su casa para librarse de una muerte cierta.
—¡Ah! Todo lo comprendo, caballero. Usted es sin duda de los comprometidos en esa jarana que ha aterrado a Madrid durante todo el día. Muy bien, caballero; está muy bien.
Y se quedó pensativo por algunos instantes. Alvarez no esperaba nada bueno de aquellas reflexiones y aguardaba el momento en que el vejete le ordenase salir de allí, insultándole por meterse en las casas y comprometer a las personas honradas.
Por esto su sorpresa fué grande cuando aquel hombrecillo señaló la escalera y con entonación propia de un personaje de drama, le dijo:
—Sígame usted, caballero. Arriba hablaremos.
Procurando hacer el menor ruido al subir los peldaños, iba el vejete delante encendiendo fósforos y casi pegado a su levita seguíale el fugitivo Alvarez, a quien después de lo ocurrido, le parecía aquel hombre la figura más simpática que había encontrado en su vida.
Vivía en el cuarto piso, en una habitación que tenía el aspecto de un desván y que ofrecía un golpe de vista raro. Había en ella más libros que muebles y más papeles que libros. El único adorno de la pared, era un gran retrato al óleo de una mujer bastante fea, con soberbio marco dorado, que estaba pregonando su procedencia de la época en que el dueño de la casa había gozado de mejor posición social.
El viejo, después de enterarse de quién era Alvarez, sentía verdadero afán por corresponderle relatándole su propia vida. Aquel retrato, era el de su difunta Ramona, el único ser que en este mundo le había comprendido, y había hecho justicia a sus méritos, desconocidos por el vulgo.
El también había sido revolucionario... ¡je! ¡je!... y miliciano nacional; aun debía tener en la cómoda, como recuerdo, los botones del uniforme. Las prendas las había gastado para ir por casa. ¡Jo! ¡jo!... Y el viejo reía recordando el año 54, cuando él, en su evolución mil y tantas acerca de la utilidad de sus facultades, había pensado dedicarse a político. En el bienio progresista había perorado en los clubs, y hasta llegó a sargento furriel de una compañía del batallón de Ligeros que mandaba Sixto Cámara; pero no le llamaba Dios por el camino de la política, y la dejó para dedicarse a inventar el movimiento continuo.
Aquel Don Pedro Corrales—éste era su nombre—resultaba un ejemplar precioso de ese tipo que tanto abunda en nuestra sociedad, de hombre listo que sirve para todo, que no encuentra asunto que no crea profundizar y dominar, y que, al fin, muere en la miseria sin haber hecho nada, ni servir en lo más mínimo a la sociedad.
A la muerte de sus padres era rico, y ahora estaba en la miseria. No era vicioso, ignoraba lo que eran locuras, y a pesar de esto, el dinero se le fué de entre las manos como si fuera azogue. No siguió carrera alguna porque se sentía poeta, y el genio no puede encadenarse a la monotonía universitaria. Amigo de todos los grandes hombres del período romántico, para revolucionar el teatro se metió a empresario, y perdió media fortuna; fué después editor, y su bolsa experimentó una segunda derrota; metióse en empresas industriales y acabó con su fortuna, sin que las desgracias lograsen quitarle aquella manía de hombre extraordinario llamado a transformar cuanto tocaba.
La miseria y el olvido no habían desvanecido ninguna de sus ilusiones, y oyéndole hablar se esperaba de un momento a otro que se golpease la frente, y como Andrés Chenier, exclamara:
—¡Aquí hay algo!
En medio de la lástima que inspiraba a Alvarez oyéndole contar su vida tan llena de ilusiones, el revolucionario sentía por el viejo una viva simpatía cada vez que éste cortaba su relación, y mirando aquella cara fea del retrato decía con visible ternura:
—¡Oh! ¡Si viviera mi Ramona! Esa me comprendía, y sabía animarme. Sin ella me siento incapaz para todo.
El presente del buen viejo era bastante triste, pero a pesar de esto, aun hacía sonreír a aquel niño de cabellos blancos, destinado a bajar a la tumba con la virginal corona de sus primeras ilusiones. Ganábase la vida con un puesto de memorialista que tenía en la plaza de Isabel II, y según él aseguraba, sonriendo irónicamente, no podía quejarse de su suerte; los del oficio le tenían envidia en secreto por su gran clientela, y muchas criadas iban a buscarle desde el otro extremo de Madrid, conociendo su buena mano para inventarse cartas amorosas en verso. Además, en los ratos desocupados escribía piececitas para el teatro Infantil, único coliseo donde había logrado ver admitidas sus producciones. Le quedaba aún mucho de su antigua afición.
Y el vejete enumeraba las ventajas de su vida, con la misma entonación que un galán de comedia recita un parlamento.
—En fin, caballero; que lo paso ricamente, y sería un crimen quejarme de mi fortuna. Otros lo pasan peor y han tenido principios superiores a los míos. Hoy, a pesar de que la sarracina comenzó muy de mañana; he querido ir a mi cajón de memorialista, porque la puntualidad en el ejercicio de la profesión, es la base del crédito. Como hasta allí llegaban las balas, me he metido en el bodegón donde me dan de comer, y he estado en él hasta el anochecer en que he ido al café donde todas las noches me reuno con algunos amigos. No he encontrado a ninguno de ellos, el café estaba casi vacío, pero yo he pasado la noche hablando con el camarero, y no me he retirado hasta la hora de costumbre. La puntualidad; siempre verá usted en mí lo mismo, caballero.
Alvarez oía al viejo, ocupado en roer una libreta de pan bastante dura, que el viejo había encontrado registrando toda su habitación, y la mojaba en un vaso de vino rancio. El único sibaritismo de don Pedro, al hacerse viejo, había consistido en tener siempre en su casa algunas botellas del añejo que compraba en el bodegón.
El revolucionario, después de aquel día de terribles emociones, en el que apenas había comido, sentía un hambre nerviosa, y procuraba aplacarla con aquellas sopas con vino.
De buena gana se hubiese tendido en la cama, que estaba en un extremo de la habitación, pues el cansancio propio de una jornada tan agitada, entumecía sus miembros; pero el viejo, desde que sabía que su protegido era un antiguo capitán, y por añadidura ayudante de Prim, no quería que le tomase a él por un cualquiera y hablaba sin descanso, relatando todos los incidentes de su vida. El mutismo a que le obligaba habitualmente la soledad de su vivienda, hacíale en la presente ocasión ser charlatán hasta el aburrimiento.
El, aunque ahora era un pobre memorialista, había sido el amigo y el protector de todos los grandes hombres. ¡Cuánto le quería Pepe Espronceda! ¿Pues y Marianito Larra? Mayores favores le debía Pepe Zorrilla, el autor del Tenorio, y no es que él se quejase de ingratitud; pero como el otro estaba ya tan alto y él tan bajo, siempre que lo veía de lejos, don Pedro se avergonzaba y escurría el bulto, pues su timidez sublevábase con la más leve suposición de ser molesto a un amigo que podía sentir repugnancia ante su miseria.
Y el anciano seguía enumerando todos los amigos, grandes y medianos, que había tenido en su juventud y alcanzado alguna notoriedad.
—¡Y pensar que yo que he sido dueño del teatro Español, que he tenido en la calle de la Montera la más hermosa casa editorial que se ha conocido, y que en Chamberí levanté una fábrica que asombró a cuantos la vieron, vivo en esta casa pobre y abandonado, sufriendo las impertinencias de soeces vecinos! ¡Qué vueltas da el mundo! ¿eh, caballero capitán?
Alvarez, rendido de cansancio, y arrullado por la voz dulce de don Pedro, estaba próximo a dormirse; y si aun conservaba los ojos abiertos y contestaba con signos a las palabras del viejo, era porque tenía empeño en acabar de ablandar con vino el último pedazo de aquella libreta que tan rebelde se mostraba entre sus dientes.
Lo que mejor comprendió el capitán, es que hubiera corrido un gran peligro, si en vez de permanecer inmóvil en el patio, hubiese llamado en los pisos superiores demandando protección. ¡De buena se había salvado! En el primer piso vivía una vieja prestamista, de conciencia intranquila, gruñona, y que le bastaba oír el ruido de un ratón, para imaginarse que los ladrones forzaban su puerta y pedir socorro a los vecinos. Si Alvarez hubiese llamado a su puerta, de seguro que la vieja usurera hubiera contestado con chillidos suficientes para poner en alarma toda la calle.
En el segundo vivía una buena moza, querida de un cabo de Policía, sujeto de malas entrañas, del que había que guardarse en adelante, pues era dedicado en especial a la persecución de delincuentes políticos. La moza no era de mejores sentimientos que su amante, y de haber llamado Alvarez a su puerta, diciendo quién era, de seguro que la policía no hubiese tardado en echarle mano.
—De todos modos, señor Alvarez—decía el viejo con su entonación dramática y caballeresca—, más vale que tengamos vecinos de tal clase. Usted estará aquí muy seguro solamente con que tenga prudencia y no se deje ver, pues a nadie se le ocurrirá venir a registrar una casa donde vive el sabueso más listo de la policía. ¡Vaya por Dios! Alguna vez debía servir para algo esa vecindad soez.
Y el pobre anciano, por el modo de decir estas palabras, daba a entender la repugnancia que le producía el trato con esas gentes incultas, que guardan todos sus sarcasmos y desprecios para los pobres de levita que se ven obligados a vivir entre ellas, y a los que odian por su superioridad de educación.
La sencillez con que don Pedro se comprometía a tenerle en su casa por un plazo indeterminado, hasta que pudiera salvarse, conmovió a Alvarez hasta el punto de desvanecer la somnolencia en que estaba.
Dióle las gracias con un vigoroso apretón de manos, y después sacó del bolsillo interior de su levita una abultada cartera. Tenía allí más de tres mil pesetas que era el sobrante de los fondos que la Junta revolucionaria le había entregado para la preparación de una parte del levantamiento.
Quiso que don Pedro tomase la cantidad que juzgase necesaria para atender a los gastos que pudiera proporcionarle, pero el viejo rehusó con un gesto imponente que recordaba a los héroes de tragedia, rechazando la cicuta mortal.
—No; sería la primera vez que tomaría dinero a cambio de un favor. Guárdese sus billetes, señor de Alvarez. Aunque soy pobre, aún tengo algunos duros en esa cómoda y puedo hacer mi santa voluntad sin que nadie me ayude.
Alvarez no insistió, pues había conocido el verdadero carácter de aquel hombre.
Eran ya las tres de la madrugada, y don Pedro, excitado por aquella charla extraordinaria, no pensaba en dormir. Fumaba cigarrillo tras cigarrillo y hacía que el capitán bebiera copitas del añejo, según él decía, para que se le pasasen los muchos sustos que había experimentado durante el día anterior.
A las cuatro, cuando ya comenzaba a romper el día, se decidió a dormir, pero antes, aun quiso mostrar a su huésped lo que él llamaba museo retrospectivo, y de dentro de un cofre viejo sacó un grueso manojo de anuncios de teatro y algunas docenas de pequeños volúmenes, encuadernados en pasta.
Los primeros, eran los prospectos teatrales de cuando él era empresario y estrenaba dramas propios que vivían en el cartel una sola noche. Los libros constituían una biblioteca que él había publicado en pleno furor romántico, con el título de Galería de espectros trágicos y sombras ensangrentadas, colección de novelas con más prodigios que una comedia de magia y en las cuales las protagonistas ostentaban puñales y botes de veneno como quien lleva el abanico, y todos los héroes eran melenudos, de ojos satánicos y con palidez verdosa, como si todas las mañanas se desayunasen con vinagre.
La excitación de la charla y un par de copitas habían puesto a don Pedro en una situación tal que, al contemplar aquellos recuerdos de gloria, se enterneció hasta el punto de que le saltaron las lágrimas por bajo de las gafas.
—¡Ah, caballero!—gimoteaba el viejo—; aquélla fué mi grande época. Tenía dinero en abundancia, era respetado y querido por todos, se me consideraba como hombre llamado a hacer grandes cosas, y, sobre todo, tenía a ésa—señalando al retrato—, a mi Ramona, que era un dechado de perfecciones. Yo la maté, señor Alvarez: no quiero ocultarlo, yo fuí quien la maté, con mi afán de actividad y de especulaciones atrevidas. La pobrecita no pudo sufrir la ruina ni familiarizarse con la miseria. Había nacido en la opulencia y murió en el hospital. El primer día en que ella me vió en el cajón de memorialista, esperando a criadas y aguadores que entonces no venían, la infeliz cayó enferma. Era demasiado señora para sufrir aquello. Crea usted que estos recuerdos son lo único que en esta vida me pone triste.
El anciano encerró los libros y papeles en el cofre y se dirigió a la cama, no sin beber antes otra copita, para olvidar aquello que tanto le afligía.
Los dos iban a acostarse en la misma cama, y cuando estaban ya en ropas menores, y don Pedro, dejando las gafas sobre la mesa, iba a apagar el hermoso quinqué, dijo al militar:
—Antes de dormir arreglemos nuestra vida, señor de Alvarez. Mientras yo esté, como de costumbre, en el cajón, usted permanecerá quietecito aquí, cuidando de no cometer imprudencia alguna para que no se aperciban las gentes de abajo. Puede usted entretenerse leyendo los libros que hay desparramados por ahí; además, le dejaré mi Galería de espectros trágicos y sombras ensangrentadas: se la recomiendo, hay en ella cosas muy buenas. El orden de las comidas lo arreglaremos en la siguiente forma: yo almorzaré a las doce, en el cajón, según costumbre; usted hará lo mismo con fiambres que ya le traeré a usted mañana. A las seis volveré a casa, y como es la hora más a propósito para que ningún vecino curiosee, subiré yo mismo un pucherete con algo más que nos guisarán en una taberna de esta misma calle. ¿Está usted conforme?
Alvarez sonreía enternecido por la bondad de aquel viejo, que socorriendo a un desgraciado, parecía poseído de un gozo infantil.
Don Pedro apagó el quinqué, y buscando a tientas la cama, fué a acostarse al lado del revolucionario.
—Ahora, a dormir—dijo con voz queda—. Estará usted mucho tiempo aquí como prisionero. Esto le será molesto, pero, ¡qué diablo!, lo importante es librar la piel y aguardar que vengan tiempos mejores. Ya veremos de salir de este paso.
Calló el viejo, pero al poco rato sonó en la obscuridad su risita infantil.
—¿Sabe usted por qué río, señor de Alvarez? Me hace mucha gracia el engañar al Gobierno teniéndole a usted aquí. ¡Ji, ji! ¡Cuánto me reiré cada vez que vea a ese groserote policía que vive abajo!
Al capitán le causaba cierto remordimiento la alegría del sencillo anciano.
—Piense usted bien lo que hace, don Pedro, socorriendo a un revolucionario. Estos Gobiernos son capaces de fusilar a un viejo por haber ocultado a un desgraciado.
Reinó el silencio, pero al poco rato contestó el anciano, con voz grave:
—Me importa poco lo que pueda sucederme por hacer bien a un semejante. Aunque soy viejo, no me asusta la muerte. ¿Cree usted que si yo tuviera valor no hubiese ido hace ya tiempo a reunirme con Ramona?
Alvarez se estremeció escuchando aquellas palabras sencillas, que delataban una desesperación tranquila y un amor póstumo a toda prueba.
Los dos no tardaron en rendirse al sueño, y aquella noche Alvarez soñó que era pequeño, muy pequeño y que dormía abrazado a su padre, del cual apenas si se había acordado en mucho tiempo.
Más de un mes permaneció Alvarez en aquel escondite, haciendo la vida ordenada por don Pedro.
Este no sólo le llevaba la comida a su huésped, sino que abandonaba su cajón y corría todo Madrid para cumplir los encargos que le hacía Alvarez.
A pesar de las precauciones que tomaban los vencidos, ocultos en Madrid, don Pedro, siguiendo las indicaciones del capitán, pudo ir enterándose de cuál había sido la suerte de cada uno.
Alvarez, seguro de su escondite, no tenía prisa en huir, convencido de que cuanto más tardase en salir de Madrid, menos obstáculos tendría que salvar en su fuga.
El embajador de Inglaterra, que había ya arreglado la escapatoria a los principales comprometidos en la revolución, era el encargado de facilitarle los medios de huída.
La Policía andaba muy escamada, según decía don Pedro, que ahora hablaba más frecuentemente con el vecino polizonte, y había que esperar a que se presentase una ocasión oportuna.
Una dama inglesa, que había venido a España muy recomendada al embajador, con el sólo objeto de ver corridas de toros y pintar en su cuaderno de acuarelas algunas cabezas de gitanos, fué la que se encargó de salvar al revolucionario.
Propúsole el embajador a la romántica miss que al regresar a Inglaterra llevara hasta la frontera de Francia, en calidad de criado, a un capitán español condenado a muerte, y la descendiente de Ofelia aceptó, encontrando la aventura muy novelesca y propia para causar sensación en los salones de Londres.
Don Pedro, que servía para todo, afeitó a su protegido concienzudamente, le ayudó a vestirse un traje que había comprado el día antes, y Alvarez quedó convertido en el tipo perfecto de esos criados elegantes y respetables que constituyen la aristocracia de la domesticidad.
Aquella misma noche, a fines del mes de agosto, el revolucionario, llevando el saco de noche en la enjuta y huesuda miss, que le precedía, atravesó el salón de espera y el andén de la estación del Norte, pasando por entre la Policía que vigilaba atentamente a los viajeros.
Don Pedro, sonriendo como un angel, contemplaba la escena desde un extremo de la estación, y cuando el tren partió, lanzó un suspiro de satisfacción acompañado de unas cuantas carcajadas.
¡Je, je! ¡Cómo se la habían pegado al Gobierno y a su vecino el cabo de Policía!
De este modo salió Esteban Alvarez de aquel levantamiento tan heroico como infortunado.
Al llegar a París se despidió de su protectora inglesa, que en todo el viaje no le había dirigido media docena de palabras, limitándose a mirarle descaradamente a través de su monóculo, con la misma insistencia que si fuese un bicho raro.
Los primeros días de estancia en París fueron insoportables para el emigrado. Se hallaba completamente solo y todo traía a su memoria el recuerdo de su asistente, de su fiel Perico, que había sido en aquellos lugares su inseparable compañero.
Ignoraba cuál había sido su suerte desde que el pobre muchacho le abandonó en la calle de Lope de Vega para hacer más fácil la huída de su amo.
Creía unas veces que estaría sano y salvo en Francia y hacía pesquisas para encontrarlo, pero ningún compañero de emigración había oído hablar de él y se ignoraba cuál había sido su suerte.
Al mes de emigración la ansiedad experimentada por el capitán era tan grande, que resolvió escribir a su amigo el vizconde preguntándole por Perico. Envió la carta al Casino donde pasaba la vida el vizconde y no puso su firma, pues sabía que el Gobierno era maestro en el arte de leer la correspondencia sospechosa, sin detenerla, y él no quería comprometer a su amigo. Limitábase a preguntar qué era de Perico, y consignaba la dirección que debía dar a su repuesta.
El vizconde reconoció la forma de letra de su amigo y contestó a vuelta de correo lacónicamente para evitarse compromisos.
Perico estaba actualmente en Melilla. Una bala le había roto una pierna en su huída. Después había sido conducido al Hospital Militar, y si no le habían fusilado lo debía a estar herido, a las influencias que el vizconde puso en juego, y, más que todo, a la serenidad que demostró negando su personalidad.
El valiente muchacho dijo en todas sus declaraciones que era francés y que tan sólo arrastrado por una curiosidad imprudente había ido a las barricadas, mezclándose en la lucha. Un certificado del Consulado francés que le encontraron en un bolsillo del traje, fué lo único que le salvó de ser pasado por las armas; pero esto no le evitó al supuesto francés el ser condenado a veinte años de cadena en los presidios de Africa, y apenas estuvo convaleciente de su herida, salió para su destino formando parte de una de aquellas famosas cuerdas en que iban a la deportación mezclados con los más abyectos criminales algunos centenares de ciudadanos honrados, arrancados a sus familias por el delito de amar mucho a su patria.
Aquella carta conmovió al revolucionario y le hizo odiar aún con más fuerza el régimen político contra el cual conspiraba.
FIN DEL TOMO SEXTO
Los errores corregidos por el transcriptor:
aumetar=> aumentar {pg 7}
comparrase=> compararase {pg 7}
arogonesa=> argonesa {pg 9}
entaño=> antaño {pg 10}
útimo=> último {pg 12}
circunstancisa=> circunstancias {pg 15}
aspiracion=> aspiración {pg 19}
Prontó=> Pronto {pg 22}
qu contrariaban=> que contrariaban {pg 22}
su scompañeros=> sus compañeros {pg 25}
Compñía=> Compañía {pg 29}
Orlen=> Orden {pg 32}
esa fortuna la renuncio=> esa fortuna la renunció {pg 35}
paternidd=> paternidad {pg 36}
arrrojar=> arrojar {pg 40}
estar palabras=> estas palabras {pg 60}
pudo vitar=> pudo evitar {pg 61}
eleccción=> elección {pg 62}
severendo=> reverendo {pg 68}
interumpir=> interrumpir {pg 71}
friadad=> frialdad {pg 82}
se se llevan=> se llevan {pg 86}
oracioens=> oraciones {pg 91}
Ite, misa tes=> Ite, misa est {pg 97}
envovliéndolo=> envolviéndolo {pg 103}
rijo=> dijo {pg 134}