CUARTA PARTE EL CAPITÁN ALVAREZ (CONTINUACIÓN) (continued 4)
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El conde seguía no comprendiendo aquel extraño aparato; pero se tranquilizaba contemplando aquellos dos hombres.
No; aquella gente no podía ser mala. Tenía buen aspecto y no parecía que se propusieran causarle el menor daño. Esperaría, ya que tan cortésmente se lo suplicaban, y cuando llegara O’Conell, éste le explicaría la razón de tan extraña conducta.
El joven hizo una cortesía, disponiéndose a retirarse.
—Ya lo sabe usted, señor conde. Permanezca usted tranquilo, que así que llegue el que usted espera, entrará a verle inmediatamente. Mientras tanto, el ventanillo quedará abierto, y si algo se le ocurre, no tiene usted más que llamar a este señor, que acudirá inmediatamente.
Los dos hombres se retiraron, y el conde volvió a pasearse por la habitación.
En los primeros momentos estaba tranquilizado por la conferencia; pero así que estuvo solo un buen rato, comenzaron a renacer las antiguas sospechas. ¿No podían ser terribles enemigos aquellos hombres que tan amables se mostraban?
Todo inducía a esperar algo malo, porque un misterio tan absurdo, rara vez puede ser precursor de felices acontecimientos.
Y el conde, al pensar esto, se dirigía a sí mismo preguntas de imposible contestación.
—Vamos a ver, ¿dónde está O’Conell? ¿Por qué ordena estas precauciones irritantes? ¿Será acaso un traidor que nos habrá engañado al padre Claudio y a mí? ¿Y qué casa es ésta? Se me ha olvidado preguntarlo a ese joven, así como por qué chillaban tan desaforadamente hace poco rato.
Justamente cuando el conde se decía esto, volvió a estallar aquel extraño y espeluznante concierto de gritos, rugidos e incoherentes canciones.
Esta vez se oía mejor, y parecía más próximo el griterío, sin duda por estar abierto el ventanillo.
A Baselga le ponía nervioso aquel estruendo, que parecía arañarle los oídos. Además, creía que era una burla; el regocijo de ocultos enemigos, que celebraban con risotadas extravagantes verle a él encerrado, y por esto, dando en el suelo una furiosa patada, murmuró iracundo:
—¡Dios! Esto parece una casa de locos.
Después, como si tomara una resolución, se dirigió al ventanillo:
—¡Buen hombre!—gritó—. ¡Eh, buen hombre!
Sonaron las pisadas del criado, que a pesar de su robustez, andaba con una ligereza juvenil.
—¿Qué se le ofrece?—dijo apareciendo y con acento rudo, que pugnaba por dulcificar.
—¿Qué ruido es ése? ¿Por qué chilla esa gente de un modo tan extravagante? Diga usted que callen. Me incomoda esa música rara.
—No haga usted caso, señor. Son huéspedes que tenemos aquí hace algún tiempo, y que nos dan bastante trabajo.
—¿Y qué clase de casa es ésta? ¿Qué hacen aquí?
Por fin, la cara de palo del criado perdió su expresión estúpida para animarse con una sonrisa extrañamente irónica.
—¡Oh! Ya lo sabrá usted, ya se encargará de decírselo la persona a quien espera.
—¡Ya lo creo que me lo dirá! Tengo deseos de saber el por qué del aparato de esta cita, que me va resultando pesada. Alguna extravagancia tal vez. ¡Esos ingleses son tan excéntricos!
Baselga notó en la inanimada cara del criado cierta expresión de extrañeza. ¡Si él lograra hacerle hablar!
—Qué, ¿te extrañas de lo que digo? ¿No conoces tú al capitán O’Conell?
—Yo, no, señor. Es decir..., ese capitán, ¿no es la persona que usted espera?
—Sí, hombre. Al que espero, y por el que he venido aquí.
—Pues a ése sí que lo conozco; sólo que no sabía que usted lo llamaba por tal nombre, ni que era capitán.
—¿Pues, cómo llamáis aquí al que yo espero?
—Aquí se le llama el doctor Zarzoso, y todas las mañanas, a las once, viene a hacer su visita. Por lo regular, sólo inspecciona a algunos de los huéspedes y se pasa más de dos horas hablando con ellos. Hoy tendrá con usted una conferencia larga.
El conde quedó profundamente desconcertado por tales palabras. ¿Qué enredo era aquél? ¿Había otro que al capitán irlandés quería convertirlo en doctor? Baselga comprendía la necesidad de hacer hablar a aquel hombre, y recordando sus antiguas prácticas de hombre de mundo, que hace apreciar el dinero como el mejor medio de desatar lenguas, sacó del bolsillo del chaleco dos piezas de a duro, y sacó la mano por el ventanillo.
—Toma, esto para ti. Por la molestia que te tomas al entretenerme con tu conversación, hasta que llegue ese señor a quien espero.
—Gracias, señor conde—dijo el criado mirando con codicia las relucientes monedas—; pero me es imposible aceptar la “fineza”. El reglamento de la casa lo prohibe terminantemente.
—Tómalos sin cuidado. Guardaré el secreto, pues tengo el gusto de hacerte este regalo.
La manaza del criado no tardó en apoderarse de las dos monedas.
—Y dime—continuó el conde—; ¿ese señor doctor que tú nombras, es el mismo a quien yo espero?
—¡Vaya una pregunta! ¿Usted no espera al doctor Zarzoso? ¿No es él quien lo ha enviado aquí para su curación?
—¿Para mi curación?... ¡Ah!, sí. Por eso me encuentro en este sitio y le espero con tanta impaciencia. Mira lo que son las cosas. Conozco mucho a ese señor médico, y, sin embargo, en este momento no me acuerdo de su cara.
—No es extraño; a muchos les sucede igual aquí. Vea usted si recuerda. Es un señor gordo, de bigote cano, gasta gafas y mira muy fijamente cuando habla. Todo el mundo le conoce. Pues dicen que es un gran sabio.
Al conde no le cabía ya duda alguna. Se trataba de aquel caballero, que en la mañana del día anterior había ido a su casa a revolverle la bilis con sus objeciones. ¿Qué venganza era aquella?
Baselga sentía verdadera ansia de penetrar en lo más hondo ce aquel misterio, que comenzaba a asustarle. Sospechaba algo que le causaba escalofríos de terror, y al mismo tiempo, empezaba a hacer hervir su impetuoso carácter.
—Habla, querido, habla—dijo al criado—. ¿Y crees tú que el doctor me curará?
—Bien puede ser. Yo, por mi parte, lo creo segurísimo, si usted ayuda. Debe usted hacer esfuerzos, y, sobre todo, no atolondrarse y conservar su serenidad. Una desgracia a cualquiera le sucede, y nadie puede asegurar que está libre de vivir aquí o en presidio.
Aquel mocetón hablaba con tono de filósofo. Al conde le causaba cierto pavor su filosofía; pero a pesar de todo tuvo serenidad para preguntar con marcada impaciencia:
—¿Y qué enfermedad es la mía? ¿Lo sabes tú, acaso?
—No es gran cosa. Hace poco rato me la contaba don César, el médico de guardia, ese joven tan simpático que antes ha hablado con usted. Se halla usted tan bueno y sano como yo u otro cualquiera; sólo que en ciertos momentos le domina una manía, que le hace muy peligroso.
El conde temblaba de pavor. El, tan animoso, tan enérgico, se sentía dominado por el miedo ante el sesgo que tomaba la aventura, que momentos antes creía una broma de mal gusto, pero sin consecuencias.
Adivinaba ya dónde estaba, para qué servía el edificio, y qué clase de hombre era el que con él hablaba: ¡Horror! Convertido de pronto en un demente, y teniendo que hablar con fingida tranquilidad con un loquero.
La seguridad que tenía el conde de que su razón estaba sana, aún hacía más horrible su situación.
—Conque decías—continuó el conde esforzándose en sonreir—que mi manía es muy peligrosa.
—Así lo he oído. ¿Usted no piensa en algunos ratos ir a hacerle la guerra a los ingleses, y tenía preparados muchos hombres y armas para tal negocio?
Baselga aún experimentó mayor impresión de terror. ¡Cómo era aquello! ¿Su secreto era ya del dominio público? ¿Lo conocía hasta un criado de manicomio?...
Sentía el infeliz una creciente curiosidad, y por esto, a pesar de su terrible angustia, siguió preguntando:
—¿Cómo sabéis aquí lo que yo pienso?
—¡Bah! Aquí se sabe la historia y la manía de cada enfermo. Ese señor médico que le ha acompañado a usted aquí, ha estado examinándolo con detención durante mucho tiempo, hasta que se ha convencido de su enfermedad.
—¡El doctor Peláez!—exclamó con extrañeza el conde.
—Sí, ese creo que es su nombre. Hasta hace poco ha estado abajo en el gabinete de consultas explicando la enfermedad de usted a don César y recomendándole que lo trate muy atentamente.
Baselga no se pudo contener.
—¡Pero eso es una infame traición!...
El criado volvió a sonreir irónicamente.
—¡Bah! Todos dicen lo mismo cuando vienen aquí, y después, si es que salen completamente sanos, dan las gracias por haberlos tenido tanto tiempo en esta casa atendiendo a su curación.
Reinó un largo silencio. El conde, con la cabeza baja, reflexionaba sin llegar a creer completamente en su horrible situación. Tan absurdo le parecía.
Al fin, como quien pregunta una cosa que tiene por axiomática, dijo al criado:
—Pero mi familia no sabrá que yo estoy aquí; no tendrá noticia de este miserable secuestro.
—¡Toma! ¡Hermosa pregunta! ¿Le parece a usted, señor conde, que sin consentimiento de su familia le hubieran traído a usted aquí? ¿Tenemos acaso ganas de ir a presidio? A usted le han traído aquí después que ayer verificaron en su casa una consulta el doctor Zarzoso, el doctor Peláez y otros dos médicos. Así he oído que aquel señor se lo decía a don César. Qué, ¿no se acuerda usted ya? Pues dicen que usted estaba presente, y que hablaron largamente en su despacho. También estaba un cura que ha trabajado para que usted, a quien quiere mucho, quede aquí, en seguridad, sin emprender peligrosas aventuras. ¿No se acuerda usted de eso?
—Sí, lo recuerdo; lo recuerdo perfectamente—dijo el conde con voz desfallecida.
Y, efectivamente, recordaba con todos sus detalles la conferencia de la mañana anterior en su despacho, y ahora comprendía la significación de las miradas del sabio doctor y aquellas preguntas que tanto le habían irritado. Pero, ¡Dios mío!, ¡cuán infame era aquello!, ¡qué traición tan terrible! Había para volverse loco, pero de verdad; no con aquella demencia fingida, que él comenzaba a comprender de quién era obra.
Su mano crispada apretaba convulsamente el borde del ventanillo, y con la cabeza baja permanecía silencioso y meditando, sin comprender muchas de las palabras que le dirigía el criado.
—Debe usted tranquilizarse, señor conde, y tomar con calma lo que le sucede. Estos son percances de la vida, de los que nadie se halla libre. Si usted tiene serenidad y pone de su parte para ayudar a la ciencia es posible que pronto se encuentre bueno. Calma, mucha calma. Aquí no se pasa del todo mal. Le hemos alojado en esta pieza hasta que venga el doctor Zarzoso y hable con usted. Después, lo trasladaremos a una celda donde tendrá usted vecinos; gente divertida, que en los primeros días le incomodará; pero que al fin le hará reir. Son los que usted oía antes. Además, yo seré el encargado de cuidarle, y no tendrá queja alguna. Me es usted muy simpático, y más desde que veo que es persona razonable. Ratos de sobra tendremos para charlar de nuestras cosas, como ahora lo hacemos.
El conde seguía meditabundo, y de las palabras del criado sólo algunas lograban deslizarse hasta su cerebro, donde no eran del todo comprendidas.
Una sorda irritación comenzaba a bullir en el ánimo de Baselga, sustituyendo al miedo que momentos antes le dominaba.
Hubo un instante en que el conde se creía víctima de una lúgubre pesadilla; pero tocaba la pesada puerta, oía al criado, y la esperanza de ser todo un sueño se desvanecía inmediatamente.
La dignidad de clase, el orgullo viril, la rectitud de conciencia y el convencimiento de su sana inteligencia, todo se sublevaba enérgicamente contra aquella terrible situación, con tan imponente fuerza, con tan arrebatadora rabia, que Baselga se creía capaz de proceder como un loco furioso, ya que todos se empeñaban en hacerlo aparecer como tal.
En aquel momento, por un misterioso encadenamiento de ideas, recordaba la escena terrible en que sus manos de hierro estrangularon a Pepita Carrillo, la esposa infiel y cínica.
El rostro del conde palidecía, sus ojos adquirían el brillo extraño y el tinte sanguinolento que produce la indignación en ciertos hombres de carácter pronto para la violencia.
A pesar de esto, logró contenerse aún, y con voz ronca preguntó al criado:
—¿Pero tú me crees loco?
—¡Yo! ¡Jé, jé!
Y el criado, por toda contestación, reía maliciosamente.
—¿De qué te ríes? Quiero saberlo; lo exijo. No creo que esta situación sea cosa de risa.
—Me río, señor conde, de que todos cuantos vienen aquí hacen la misma pregunta.
—¡Pero contesta, con mil demonios! ¿Tú crees que estoy loco, sí o no?
—En este momento no lo está usted; pero si sigue así, no tardará en darle el acceso. Lo conozco en sus ojos, y le ruego que procure calmarse.
El conde se estremeció. ¿Si estaría realmente loco? Esto es difícil que pueda apreciarlo el mismo paciente, y, además, él se sentía en un estado anormal, a causa de la indignación. Debía tener en el rostro una expresión terrible, a juzgar por el aspecto alarmado del sirviente.
Baselga había comprendido todo el horrible carácter de aquella trama, que se había urdido en torno de su persona, para conducirlo a tan mísera situación. Sentía la necesidad imperiosa de salir de allí; ansiaba destrozar a aquellos miserables enemigos que tan rastreramente habían preparado su ruina. Anhelaba procurarse el divino gozo de despedazar entre sus manos de hierro al repugnante padre Claudio.
Por esto hizo un gesto de imponente autoridad, como si aun estuviese en el Norte, al frente de su regimiento de lanceros carlistas, y dirigiéndose al criado, dijo con voz breve e imperiosa:
—Abre la puerta. Necesito salir al momento.
El mocetón puso el mismo gesto del que oye una cosa ridículamente absurda.
—¿Quién, yo? Tiene gracia.
—Que abras, te digo, o si no, ¡por Cristo vivo!, que...
Y el conde comenzó a dar patadas en la puerta, vomitando por el ventanillo un tropel de juramentos y maldiciones.
El criado permanecía impasible ante aquella rociada de insultos. Veíase que estaba acostumbrado a tales desahogos de los huéspedes de la casa.
—¡Cobarde! Abre, u os echo la puerta abajo y le pego fuego a la casa. Abrid, canallas. ¡Es así como se procede con un hombre honrado! ¡Ah, miserables jesuítas! Abrid, esbirros del padre Claudio. Dejad salir a un padre infeliz. Dios sabe qué será a estas horas de mi hija. Quieren hacerla monja, para robarle su dinero; quieren meter fraile a mi hijo, para robarlo igualmente, y a mí me encierran para que no lo estorbe. Abrid, o lo rompo todo... Pero tú, cara de palo, ¿qué haces ahí tan quieto? Abre y no repares en pedirme gratificación. Te daré cuatro mil duros, diez mil..., ¡los que quieras! Pero abre en seguida. Abre esa puerta, o, ¡por Cristo!, que me como tus hígados y los de todos los doctores canallas.
Y el conde se destrozaba las rodillas y se quebrantaba los pies, golpeando aquella puerta, que permanecía tan inmóvil como el flemático criado.
Apuró Baselga en su balbuciente y furiosa indignación todas las maldiciones y blasfemias aprendidas en los campamentos, sin conseguir alterar aquella estatua de carne, que permanecía rígida e indiferente en el pasillo. Su calma le desesperaba. ¡Oh, cuánto hubiese dado él por poder salir y destrozar a puñetazos la "cara de palo"! Era el primer hombre que se burlaba impunemente de él, que era el terror de cuantos intentaban ofenderle.
La frialdad con que acogía sus palabras era lo que aumentaba su indignación. Hubiese preferido Baselga que el criado contestara a sus insultos, que se enfureciera, que le dirigiese injurias insufribles; pero verse acogido con un silencio compasivo, propio para seres irresponsables, para niños o para viejos, excitaba aún más su terrible rabia. Era ya un loco, no podía dudar. Sus palabras no tenían valor; le habían despojado de su condición viril, y, en adelante, a sus más injuriosas palabras contestarían todos con una sonrisa de conmiseración.
Al conde de Baselga le cegaba la rabia, como si para aliviarla y desahogarse necesitara algo más que proferir insultos, apretó su rostro cuanto más pudo contra el estrecho ventanillo, y escupió furiosamente al rostro del criado.
—Toma, cara de palo; esto, para ti. A ver si abres la puerta y entras a reñir conmigo.
Baselga recibió en el rostro un rudo golpe, que le hizo retroceder al centro de la habitación.
Era que el criado le había arrojado la hoja del ventanillo en las narices, y después de cerrarlo se retiraba con lentos pasos.
El golpe, a pesar de ser fuerte, apenas si causó efecto en Baselga. Pronto se repuso del aturdimiento que le produjo el choque de la recia madera contra su rostro, y dando un salto prodigioso que tenía algo de la ligereza flexible y elegante del tigre, cayó con todo el peso de su corpulento cuerpo sobre aquella puerta, a la que combatía e injuriaba lo mismo que si fuese un ser viviente.
Nada. Gimieron las maderas sordamente, pero ni una sola se movió. Eran previsores en aquella casa y la puerta estaba a prueba de locos, aun de los más furiosos y forzudos.
Varias veces repitió el conde aquel asalto, sin conseguir abrir brecha en la puerta.
Su rostro estaba congestionado; gruesas gotas de sudor surcaban sus facciones; respiraba fatigosamente, con la entonación del rugido; sus ojos estaban veteados de sangre; las venas de su cuello, hinchadas por furiosas contracciones, parecían querer estallar, y, a pesar de esto, no se sentía fatigado.
La rabiosa indignación centuplicaba su fuerza de Hércules, y él, al tropezar con aquel implacable obstáculo, inmóvil y firme, se creía un niño, y le faltaba poco para llorar su debilidad.
Excitado por su misma impotencia, y dominado por loca tenacidad, volvió varias veces a caer en prodigioso salto desde el centro de la estancia sobre la pesada puerta, y aquellos choques que le magullaban hacían crecer su furor sin límites.
Fuera de la estancia, la espeluznante gritería de los locos contestaba a cada uno de los quejidos de la madera, combatida por aquel ariete humano.
Los médicos y los criados del establecimiento, agrupados en el fondo del corredor, escuchaban el estrépito producido por Baselga, y se prometían tratarlo en adelante con grandes precauciones, pues sus violentos accesos le hacían temible.
El conde, después de golpear inútilmente la puerta, dirigióse a las rejas, y poseído de vertiginosa movilidad, iba de una a otra, agarrando los barrotes con sus nervudas manos y haciendo esfuerzos poderosos por romper el hierro.
Desollose sus manos, tirando de los robustos barrotes, y... nada; no consiguió que las rejas hicieran el menor movimiento.
Estaba vencido, le era imposible libertarse, y aquella casa había de ser el sepulcro de su razón calumniada.
El sol, que en oleadas de oro entraba en la habitación, marcando en el suelo dos cuadriláteros de luz; las verdes capas de los árboles del jardín, en las que piaban algunos gorriones; el cielo azul y esplendoroso que se veía a través de las rejas, todo constituía un sarcasmo para el infeliz prisionero. La naturaleza sonreía y mostraba a Baselga la inmensa libertad que en ella existe justamente cuando el desgraciado reconocía que había perdido ya para siempre la suya.
El conde se sentía poseído de tal furor, que en su cerebro surgió este pensamiento:
—¡Si estaré yo loco!
Y experimentó un tremendo dolor de cabeza. ¿Qué era aquello? Hizo un esfuerzo Baselga para volver en sí, y cuando adquirió cierta serenidad, encontróse que estaba golpeándose furiosamente la cabeza contra las paredes.
Otra vez volvió el mismo pensamiento a surgir en su cerebro, dándole razonables consejos.
—Si sigues entregándote a tu desesperación, si te golpeas, creerán fundadamente que estás loco. Modérate, ten calma.
Había en aquellos instantes en el interior de Baselga dos seres distintos. Uno, sensato, que aconsejaba y veía claramente la situación; otro, irascible, indignado, furioso, que ansiaba sangre y destrucción.
Los músculos, la sangre, los nervios, el organismo entero, se iba detrás del último, y obedecía todos sus mandatos.
—Detente, espera, no pierdas la calma—gritaba la eterna idea en el interior del cerebro del conde. Y, sin embargo, el desgraciado gritaba, aullaba de furor, daba puñetazos en las paredes, se arrojaba con la cabeza baja a embestir la puerta, se destrozaba la ropa, se arañaba la cara, se mordía las manos, y, al fin, se arrojó en el centro de la habitación, revolcándose, agitado por terribles convulsiones.
Su ronca voz no cesaba de gritar, alternando las palabras con aullidos de fiera. Pedía por centésima vez a los canallas de afuera que le abrieran la puerta, y en algunos momentos se creía estar luchando con el padre Claudio, y como si le asestara terribles puñetazos, se golpeaba el rostro, hasta hacerse sangre.
Su cuerpo rodaba sobre el pavimento, como una informe y gigantesca masa, derribando las sillas y dejando tras sí pedazos de su traje, rasgado por terribles zarpadas, y si alguna vez se incorporaba era para dejarse caer con mayor furia, golpeando con rabiosa saña su magullado rostro contra los fríos baldosines.
Esta terrible escena duró más de diez minutos, y al fin las fuerzas de Baselga, con ser tan grandes, se agotaron, y dejó caer su cuerpo inerte.
Una saludable reacción comenzó a operarse en él. Su respiración era semejante al estertor del moribundo, y así, tendido de espaldas, con la vaga mirada fija en el techo y agitándose de pies a cabeza por un nervioso estremecimiento, permaneció mucho tiempo.
Por fin movió la cabeza a uno y otro lado; su mirada, vaga hasta entonces, contempló fijamente cuanto le rodeaba con marcada expresión de extrañeza, y se incorporó, como si volviera en sí después de un terrible ensueño.
Sus ojos fueron fijándose en las desgarradas ropas y en las sillas caídas, y comenzó a sentir al mismo tiempo el punzante dolor que en todos sus miembros producían las contusiones y magullamientos.
Otra vez el buen sentido volvió a hablar bajo su cráneo, y una sonrisa contrajo los labios del conde.
—Bravo, Fernando—se dijo con terrible ironía—. Ya han logrado tus enemigos lo que querían. Te has entregado a la desesperación neciamente, has dejado libre de toda traba tu carácter violento, has hecho locuras, y ahora nadie dudará que eres un demente furioso. Ya no saldrás de aquí, y tal vez dentro de poco te pongan la camisa de fuerza.
Mientras que estas ideas se agitaban en su cerebro, el conde permanecía sentado en el suelo, con los codos sobre las rodillas, la cabeza entre las manos y mirando con estúpida fijeza su sombrero, que, pisoteado y roto, estaba en un rincón.
Cuando Baselga salió de su abstracción, se encontró derecho, paseando apresuradamente por la sala, de un extremo a otro.
El conde había experimentado una reacción. Sentía una calma absoluta; todo lo veía de diverso modo, sentía una tranquilidad sobrenatural y hasta le parecía que durante la anterior crisis había muerto, y ahora se encontraba en otra vida, libre de las miserias y de las desgracias de este mundo.
Había en el interior de su cerebro alguien que le seguía hablando, y cuyos consejos aceptaba sin protesta.
—Resignación, Fernando. Ya estás loco; ¿y qué? Piensa en permanecer tranquilo; tu salud es antes que nada. No te golpees, no te maltrates. ¿Qué vas ganando con desesperarte? Olvídate del mundo, de esos miserables, que te han engañado; de tu familia, que te ha traído aquí.
Las ideas del conde giraban invariablemente dentro del mismo círculo, y después de una vuelta vertiginosa, venían a parar al punto de partida: a la necesidad de permanecer tranquilo. Pero en una de las vueltas de su cerebro, salió al paso, y se introdujo en la incesante ronda de sus ideas, el recuerdo de sus hijos, de Enriqueta y de Ricardo, de aquellos seres inocentes y desgraciados, a quienes él veía ahora acechados por la negra traición, tímidos e incautos insectos, que iban a caer en la red de la sombría araña, en aquella red que había aprisionado a su razón, y que de un hombre fuerte e independiente había hecho un guiñapo humano, arrojándolo, sin compasión, al fondo de un manicomio.
La figura del padre Claudio apareció en la imaginación de Baselga, irónica, sonriente y como complaciéndose en burlarse de su desesperación.
¡Oh, rabia! Estar encerrado..., no poder vengarse... Y el conde se llevó la crispada mano a la frente. Necesitaba arañar algo.
Iba, sin duda, a reproducirse la crisis de furor. Pero la voz misteriosa debió hablar otra vez bajo el cráneo, y la mano cayó desmayada a lo largo del tronco, chocando con un objeto duro.
Baselga palpó instintivamente el objeto que había detenido su mano, y sacó del bolsillo derecho del chaleco la pequeña y brillante pistola que había tomado en su casa, a ruegos del padre Claudio.
Como si el brillo de los niquelados cañones le produjeran un principio de hipnotismo, estuvo mirándola fijamente bastante tiempo. Su frente se contraía como si en el interior le punzara algún terrible pensamiento; sonrió dos o tres veces con frialdad, y su voz murmuró muy quedamente:
—¿Y por qué no...?
Movió la pistola, levantó el gatillo, miró las dos negras bocas de sus cañones, siempre con la misma sonrisa de frialdad; pero de repente hizo un movimiento de sorpresa horrible, como el que despierta al borde de un precipicio, y se apresuró a dejar la terrible arma sobre la mesa.
Había hablado otra vez su buen sentido, y comprendía la terrible revelación que encerraba aquel hallazgo.
—Quieren mi muerte—pensaba—, por eso el padre Claudio mostraba tanto empeño en que me llevara la pistola. El sabía bien adónde me conducían.
Y el conde se prometía mentalmente no dar gusto a sus enemigos. ¿Querían su muerte? Pues bien, él viviría, él haría esfuerzos por conservarse sano y recobrar su libertad, él probaría que su razón no estaba enferma y que tenía derecho a salir de allí, y en cuanto saliera... El conde miraba otra vez fijamente la pistola; pero era apreciando lo bien alojadas que estarían sus dos balas en la cabeza del padre Claudio.
La esperanza de vengarse algún día de su miserable enemigo, tranquilizó al conde, devolviéndole su perdida calma; pero una mirada que lanzó a las robustas rejas y a la puerta, le hizo caer bruscamente en la terrible realidad.
¿Cuándo saldría él de allí? Los médicos serían tan duros e inexorables como aquel hierro y aquella madera; en vano pugnaría él por hacerles comprender que su razón estaba sana, y que era víctima de una maquinación infame; los médicos estaban prevenidos contra él, tenían el prejuicio de que él se hallaba privado de razón, y cuantos esfuerzos intentase para convencerlos de su verdadero estado, serían tan infructuosos como las tremendas acometidas que había dado a la robusta puerta. Además, ¿los encargados de aquel establecimiento, aquel doctor Zarzoso que tan antipático le resultaba, no podían ser agentes del terrible jesuíta, que despreciarían sus alardes de razón y eternamente le tendrían por loco?
—¡Dios mío!—seguía diciéndose el conde—, ¡qué infierno en el porvenir! Hay para volverse loco de veras.
No había salvación. Dentro de un momento llegaría el antipático sabio, ¿y qué? Le escucharía con atención, sonreiría, como lo había hecho el loquero al oír que le era necesario salir de allí, y después lo enviaría a una miserable celda, donde agonizaría años y años, acompañado siempre por aquel diabólico griterío de la locura, que le crispaba los nervios.
No; un hombre como él, un Baselga, no había nacido para morir de tal modo. Sabía salir del mundo más dignamente. Y dentro de su cráneo seguía bailoteando el mismo pensamiento:
—¡Y por qué no!... ¡Y por qué no!
El conde avanzó hacia la mesa, poniendo su mano sobre la pistola. El frío del brillante acero le produjo el efecto de una ducha.
El siniestro pensamiento se desvaneció, su inteligencia pareció despejarse y nuevas ideas vinieron a tocar su cerebro, con consoladora caricia.
El no podía morir. Tenía en el mundo dos seres que necesitaban de su apoyo, y estaba en el deber de luchar para recobrar la libertad y correr a su lado.
Además, un arranque de altivez le daba fuerza. Matarse era dar gusto a sus enemigos, a aquel diabólico padre Claudio, que casi había puesto la pistola en su mano, y él no quería pasar por un imbécil capaz de vivir o perecer a capricho de la voluntad ajena.
Viviría; así se lo exigía su altivez y su instinto de padre: tendría fuerzas para resistir el infortunio. Y halagado por estas decisiones que le fortalecían, permaneció derecho, inmóvil y con la mano puesta en la pistola, sin pensar en nada, invadido por una dulce somnolencia.
El silencio que le rodeaba quedó turbado repentinamente. Otra vez el griterío irritante de los locos, pero en esta ocasión había uno cuyos rugidos, que parecían imposibles para una garganta humana, sobresalían sobre las voces y las carcajadas de los demás.
Baselga sonrióse tristemente. Otro que estaba como él mismo momentos antes, y con curiosidad oía aquel rugido, tan atentamente como si se mirara a un espejo, para apreciar su rostro.
Aquello trastornaba al conde, le producía honda pena. ¡A cuán bajo nivel puede la desgracia hacer descender a un hombre! ¡Y pensar que él hacía poco rato había gritado así, y que tal vez, a la menor contrariedad, o apreciando todo su infortunio, volviera a caer en la brutal irracionalidad!
El conde sentía miedo, y como si la imaginación se complaciera en asustarle, le desarrollaba el porvenir con toda su horripilante lobreguez.
Pronto tendría él por vecinos a aquellos infelices. Como ellos, gritaría, golpearía su cuerpo, por más cuidadosos que con él fueran los guardianes, iría siempre cubierto de andrajos, como ahora estaba, pues su traje aparecía ya despedazado por varias partes, las plagas de una miseria irracional se cebarían en él, languidecería e iría muriendo lentamente, y la razón se anularía del mismo modo, gradualmente, extinguiéndose hasta en su última chispa.
No, aquello no llegaría a sucederle; él sabría evitar tanta degradación, tan horrible miseria.
Y aquella idea, persistente y diabólica, que parecía estar clavada en su cerebro, seguía gritando dentro del cráneo:
—¡Cobarde! Atrévete... ¡Y por qué no! ¿Por qué no?
¿Por qué? Porque no quería proporcionar a sus enemigos el placer de su muerte; porque tenía en el mundo dos seres inocentes por quienes velar... Pero, ¡Dios mío! ¡Qué lucha tan terrible!
Apenas pensaba esto, la funesta idea se revolvía indignada, echándose en cara su cobardía, y pintándole el porvenir con los más sombríos colores. ¡Y qué! Si vivía, ¿evitaría con esto el permanecer hasta el instante de su muerte encerrado en aquella casa, sumido en una horrible degradación, y convirtiéndose en loco lentamente, por el contagio moral con los otros enajenados? ¿Acaso conservando su vida podría acudir en auxilio de sus hijos?
Sus enemigos habían sido más hábiles que él, y le habían muerto moralmente. Ya que su razón había muerto, ¿por qué no anular aquella mísera envoltura, aquel cuerpo destinado a rugir, poseído de delirante indignación, y a agitarse con las más violentas convulsiones?
El diabólico pensamiento seguía aconsejándole, al par que le inspiraba tales reflexiones.
Había que apresurarse, si quería aprovechar la ocasión. No tardaría en llegar el doctor Zarzoso; le someterían entonces a un registro antes de llevarlo a la nueva celda; le quitarían su pistola, y con ella toda esperanza de eterna emancipación: si quería matarse, tendría que estrellar su cabeza contra la pared.
Baselga pensaba en la muerte con una calma sobrehumana. El mismo sentía asombro ante aquella tranquilidad absoluta que le poseía.
—Atrévete; éste es el momento. No vaciles, porque después, será tarde.
El conde se sorprendió, hablando en alta voz:
—Acabemos—murmuraba—, sufro mucho.
Y su imaginación se recreaba en considerar la calma absoluta, el descanso eterno que le aguardaba en la tumba. Un supremo egoísmo le embargaba, y el recuerdo de sus hijos era ya para él un grupo de pálidas figuras, sin contorno ni expresión, que no lograba conmoverle.
A morir; a sumirse para siempre en la densa sombra de la nada. Allí no había repugnantes traiciones, ni padre Claudio alguno.
El conde, como si despertara de un sueño, se vió con la pistola en la mano, y el índice en el gatillo.
Experimentó una ligera sorpresa. ¡Qué iba a hacer!... ¡Ah, sí! Iba a matarse y no se arrepentía de su decisión.
Lanzó una mirada a su traje desgarrado, y le pareció contemplarse, demacrado, miserable y roto, tal como estaría al poco tiempo de permanecer en aquella casa. El pasado acudió a su memoria y recordó a aquel conde de Baselga, elegante y palaciego y adorado de las damas. ¿Podría tal hombre morir de un modo tan miserable? Seguramente que no. A librarse, pues, del peligro; a demostrar que en el trance supremo sabía salir del mundo con toda la maestría de un actor que conoce el medio de desaparecer dignamente de la escena.
Baselga miró a una de las rejas. Sufría ya alucinaciones, y le parecía que algo negro había cruzado volando por delante de ella. Tal vez la sotana del padre Claudio.
—¡Adiós, canalla! Hiciste bien en darme la pistola. Es el último favor que te debo.
El conde apoyó la pistola en el pecho, buscando el sitio del corazón. Oprimió el gatillo, y recibió un golpe violento que le hizo caer; aunque con gran extrañeza, no oyó detonación alguna.
Había quedado de rodillas, agarrado con una mano al borde de la mesa, y miraba a su alrededor, con ojos asombrados, pareciéndole que toda la habitación tenía otro aspecto.
La pistola había caído al suelo, y él murmuraba con rabia:
—¡Maldita pistola! ¡Ha fallado el tiro!
Pero su pecho y su mano derecha estaban cubiertos de sangre caliente, que, escurriéndose a lo largo del cuerpo, caía sobre el pavimento.
A sus oídos llegaban un tropel de apresurados pasos y el chirrido de una cerradura.
—¡Vienen, vienen!
Y Baselga, alarmado, buscó a tientas la pistola que estaba en el suelo, e hizo un esfuerzo supremo para montar el gatillo.
Apoyó el segundo cañón en la sien, en el mismo instante que la puerta se abría y entraban en la sala muchos hombres, alarmados por la detonación.
El conde apretó el gatillo, y le pareció reconocer entre los que avanzaban sobre él despavoridos al sabio, que tan antipático le era, el doctor Zarzoso, cuya visita esperaban en el manicomio.
Esta vez tampoco oyó el infeliz ruido alguno, pero recibió en la cabeza un golpe tan anonadador como si la casa entera hubiese caído sobre su cráneo.
Sintió lo mismo que si le arrebatasen, arrojándolo en una inmensidad de negrura vibrante, en la que danzaban como chispas de una colosal fragua, millones de millones de puntos luminosos.
Pero aún tuvo fuerzas para hacer subir a sus labios una sonrisa de amarga ironía y murmurar de modo que lo oyeran todos aquellos hombres consternados que le rodeaban:
—Ya tengo bastante.
XXVII
Revelación inesperada
Aquella tarde, la baronesa se había mostrado muy complaciente y amable con su hermana. La había dirigido alegres palabras, acariciando bondadosamente sus cabellos, y la había prometido concederle alguna libertad mientras el papá estuviera de viaje.
Ignoraba Enriqueta cuál era la suerte de su padre, y cuando a la hora de comer mostró extrañeza por su ausencia, la baronesa y el padre Claudio, que a la vuelta de su visita a Palacio había sido invitado por doña Fernanda a quedarse "a hacer penitencia", le dijeron que el conde había salido muy de mañana para un viaje en el que estaría algún tiempo.
Enriqueta se lamentó de la inesperada marcha de su padre, por cuanto le impedía la asistencia a algunas fiestas aristocráticas, que habían de verificarse en aquella semana, pero la amabilidad de la baronesa y la jocosidad del padre Claudio, y del padre Felipe, que llegó a la hora de los postres, la resarcieron algún tanto de la contrariedad sufrida.
—Hoy estás libre—la dijo la baronesa—; si no quieres dedicarte a la oración o al trabajo, puedes hacer lo que gustes. Ves, si quieres, a asomarte al balcón; te doy permiso. Mañana ya saldremos de paseo.
Enriqueta se apresuró a aprovecharse del permiso, y salió del comedor, sin ver cómo su hermana miraba con dramática tristeza a los dos jesuítas, y murmuraba:
—Pobrecilla; ¡si ella supiera lo que sucede!
De pie, tras los cristales del balcón, que daba luz al gabinete contiguo al salón de la baronesa, permaneció Enriqueta toda la tarde, entreteniéndose en contemplar la incesante circulación de los transeúntes y los coches que bajaban la calle al paso tardo de sus huesudos caballos, y llevando en el pescante, con toda la prosopopeya de un dios, al cochero, de nariz vinosa, envuelto en su capa remendada.
A la hora de permanecer en aquel sitio, Enriqueta oyó en el salón cercano las voces de su hermana y del padre Felipe.
El padre Claudio se había ido ya, llamado, sin duda, por sus apremiantes ocupaciones, y la baronesa y su director espiritual se entregaban a sus diarias conferencias.
La puerta que comunicaba con el gabinete estaba cerrada.
Enriqueta no era curiosa, y, además, presentía algo del significado de aquellas relaciones espirituales, y su delicadeza y pudor la alejaban de ellas.
La joven no era de carácter inocente: no sentía esa curiosidad maliciosa y malsana, que es patrimonio de ciertos temperamentos juveniles; pero no por esto ignoraba la existencia de ese sagrado misterio, productor de la vida, que las más de las veces degenera en vicio.
Sólo en ciertas novelas aparecen jóvenes de sublime candor, ignorantes del amor sexual; en la vida real, y más aún en las elevadas capas sociales, es imposible encontrar tan prodigiosa inocencia.
Enriqueta era una joven igual a todas. No experimentaba ninguna curiosidad, ni sentía deseos de hacer penetrar su pensamiento en las oscuridades del vicio, pero había visitado demasiado los salones, había tratado con cariñosa intimidad a jóvenes de su clase, educadas más libremente, y sabedoras de cuanto en el mundo pasa, y comprendía ahora cosas que hasta poco antes le resultaban indescifrables misterios.
Adivinaba el significado de aquella intimidad entre su hermana y el robusto jesuíta, presentía la forma de aquellas conferencias, que tanto daban que hablar a la servidumbre; pero no quería conocer de cerca tales suciedades.
Experimentaba náuseas al pensar en aquellas relaciones, que ya se habían hecho públicas y que eran comentadas en los corrillos de murmuración que las damas ya venerables formaban en los salones aristocráticos.
La curiosidad de Enriqueta permanecía alejada de tales relaciones, que presentía, sin sentir deseo de conocerlas de cerca, al igual de ciertas damas, que al saber las miserias del pobre se compadecen de ellas, pero no van a buscarlo a su vivienda, por miedo a mancharse el vestido de seda.
La joven tenía el egoísmo de la castidad, y no quería ponerla en peligro, atisbando cosas de las que le habían enseñado a huir.
Por esto hacía caso omiso de aquella escena que, indudablemente, se estaba desarrollando en el salón, y seguía de pie tras los cristales, contemplando el movimiento de transeúntes en la gran calle.
Aquello constituía para ella una gran distracción. Contemplaba con simpatía a las personas de porte franco y atrayente; reíase de otras de aspecto ridículo, entreteniéndose en buscar en su imaginación apodos que les cuadrasen, y seguía con mirada cariñosa a los niños, que, cogidos de las faldas de sus madres, andaban con paso vacilante, contoneándose con la timidez graciosa del polluelo al romper el cascarón.
Enriqueta, fijando sus ojos en la acera de enfrente, recordaba a Esteban Alvarez, que tantos días había invertido en pasear por ella, esperando siempre una mirada furtiva, promesa futura de felicidad.
La joven se sentía invadida por una dulce tristeza. ¿Qué sería ahora de Esteban?
Hacía ya mucho tiempo que nada sabía de él. Desde el día en que su padre le hizo prometer que olvidaría para siempre su amor, no había recibido ya ninguna carta del capitán, ni cruzado con él la menor palabra.
Su padre y su hermana habían formado en torno de ella una muralla infranqueable, sobre la que se estrellaban todos los esfuerzos que hacía el capitán por protestar amorosamente contra aquel inesperado rompimiento.
Varias veces, al ir con el conde al teatro o a una fiesta del gran mundo, bajando de su coche, había visto a Esteban entre la gente, lanzándola una mirada interrogante, mezcla de amor y de reproche; pero la joven, herida por la vergüenza y escudándose en su padre, huyó ligera.
Después, la vigilancia de la baronesa y la promesa hecha al padre Claudio, al pie del confesonario, y en un momento de exaltación mística, la habían alejado moralmente más aún de su antiguo amor.
Pero en aquella tarde, por un fenómeno de su alma, sentía renacer con fuerza su antigua pasión, y gozaba recordando todas las dulzuras experimentadas en las gratas mañanas del Retiro, cuando en vez de encontrarse bajo la irritante vigilancia de la baronesa, estaba bajo la protección de la cariñosa y condescendiente Tomasa.
Enriqueta estaba arrepentida de su debilidad, y se lamentaba de haber cedido por cariño a las indicaciones de su padre y por terror a las del padre Claudio, perdiendo para siempre aquella pasión, que tan feliz la hacía.
¿Quién sabe lo que a aquellas horas haría el capitán Alvarez? Tal vez la hubiese olvidado, en vista de aquella carta cruel que ella le envió, y hasta bien pudiera ser que ahora amase a otra joven más fiel, y que supiera defender mejor su cariño.
Enriqueta, pensando en esto, ya no miraba a la calle, y, de espaldas a los vidrios, mirando al oscuro fondo del gabinete, lloraba silenciosamente.
Ya no se oía ningún rumor en el salón inmediato. El padre Felipe acababa de irse, y la baronesa no tardaría en llamarla para decirle que se vistiera, con objeto de ir, como todas las tardes, a las Cuarenta Horas.
Esperando la joven que, de un momento a otro, se presentase su hermana en el gabinete, secábase ya apresuradamente las lágrimas, y hacía esfuerzos para recobrar su serenidad, cuando un carruaje, que apresuradamente bajaba la calle, produciendo gran estrépito, paró repentinamente en el centro de la vía, frente a la misma puerta de la casa.
Enriqueta miró y vió bajar de una berlina de alquiler al padre Claudio, que, entregando una moneda al cochero, atravesó con gran prisa la calle y entró en la casa. La joven respiró con satisfacción. Aquella visita era muy oportuna, pues la libraba a ella del pesado tormento de fingir una completa tranquilidad ante los sagaces ojos de su hermana.
Comenzaba la caída de la tarde. En las calles, los últimos rayos de sol doraban las puntas de las chimeneas de los tejados fronterizos, pero en las habitaciones se iba extendiendo esa penumbra de los rápidos crepúsculos del invierno.
Oyó Enriqueta cómo entraba en el salón el poderoso jesuíta, y casi al mismo tiempo, en la barnizada madera de la puerta, cubierta en parte por los cortinajes, surgió un punto de luz. Era que acababan de encender la lámpara del salón, cuyas ventanas, cargadas de pesadas cortinas, apenas si a mediodía dejaban pasar una semiluz, que envolvía la vasta pieza en una claridad mística.
A los oídos de la joven llegó el eco de la voz del jesuíta, aunque sus palabras no podían determinarse, y prefiriendo volver a abismarse en sus recuerdos, apoyó su rostro contra los cristales, que producían una grata sensación de frescura en sus mejillas, abrasadas por el llanto.
Un grito estridente, agudo, que punzaba los oídos, vino a sacarla de su abstracción.
Era Fernanda quien había gritado. ¿Qué sería aquello?
Y Enriqueta, conmovida por aquel grito, que parecía haberla arañado en lo más hondo del pecho, se retiró del balcón y quedó indecisa en el centro del gabinete, no sabiendo si ir a buscar la otra puerta, para entrar en el salón, o escuchar tras la que tenía más cerca, y que estaba cerrada.
Al fin se decidió por último, y aplicó un ojo en la luminosa cerradura.
Desde allí no se veía al jesuíta, pero distinguía bien a su hermana, que, sentada en una butaca y con la cara hacia la puerta que ocultaba a Enriqueta, parecía víctima de un terrible espasmo.
Tenía impresa en el rostro una expresión de inmenso terror; sus ojos miraban con el mismo espanto que si contemplaran una visión horrible, y todo su cuerpo estaba agitado por una nerviosa conmoción.
Enriqueta sintió miedo, y tal vez por esto se apresuró a retirarse del ojo de la cerradura; pero apenas se vió en el centro del gabinete, volvió a dominarla la curiosidad, y entonces aplicó una oreja al luminoso agujero.
Estaba hablando el padre Claudio, y el timbre de su voz, siempre tan seguro, demostraba ahora gran agitación.
—Pero, ¡Dios mío!, cálmate, Fernanda; no te entregues de tal modo a la desesperación. Piensa que si no sabes dominarte te va a dar algún accidente, y entonces el efecto será fatal, pues tu hermana, esa pobre niña, sabrá lo que por caridad debemos ocultarle. Yo te creía más fuerte, y a saber que carecías de serenidad, no te hubiese dado tan pronto la noticia. Vamos, llora, llora, que tal vez las lágrimas desahoguen tu pecho. ¡No te detengas, hija mía; sobre todo, que Enriqueta no se entere de lo que pasa!
Enriqueta sentía tanto temor como curiosidad.
¿Qué noticia tan siniestra era aquélla?
—¡Ay, padre mío!—dijo, por fin, la baronesa, dando un suspiro ruidoso, que tenía mucho del estampido del tapón al saltar con el empuje de los oprimidos gases, e inmediatamente comenzó a llorar, acompañando su llanto con un hipo doloroso.
El padre Claudio nada decía. Esperaba, sin duda, para hablar, que pasara el primer ímpetu de dolor en la baronesa.
Transcurrieron algunos minutos, que fueron para Enriqueta verdaderos siglos de angustia. Su curiosidad, tan vivamente despertada, agitábala con el ansia de conocer aquel misterio.
Por fin, la baronesa pareció calmarse, y preguntó al jesuíta, con acento quejumbroso:
—¿Cuándo ocurrió la desgracia?
—Esta mañana, a las once. El conde, según dicen los empleados, al comprender que había sido encerrado en un manicomio, se entregó a un acceso de violenta locura, golpeándose e intentando derribar la puerta.
—¡Ay, pobre padre mío!—gritó la baronesa.
—¡Chist! Más bajo, hija mía. No grites tanto; piensa que puede oírte tu hermana.
Doña Fernanda reanudó su llanto silenciosamente, y el jesuíta, después de una larga pausa, siguió hablando:
—Los empleados del manicomio oían desde fuera el estrépito que el conde producía, derribando los muebles, golpeando la puerta y revolcándose en el suelo. Cuando se restableció el silencio, creyeron que el conde descansaba de su fatigosa lucha; pero el estampido de un tiro vino a hacerles conocer la terrible verdad.
Se detuvo el padre Claudio, como si se gozara en apreciar el efecto que producían sus palabras.
—Entraron inmediatamente en la habitación y vieron al conde de rodillas, con el pecho cubierto de sangre y una pistola en la mano. Por pronto que acudieron a quitarle el arma de la mano, ya tu padre se había disparado un segundo tiro en la sien, y moría con la sonrisa en los labios, diciendo que ya tenía bastante. Ha sido una catástrofe horrible. Mira si el personal del manicomio quedaría impresionado, que hasta algunas horas después no ha pensado en noticiar el hecho. El doctor Zarzoso está aturdido por la desgracia, y cuando vino con Peláez a mi casa, a participarme la fatal noticia, dijo que se consideraba falto de fuerzas para venir a relatarte lo ocurrido.
El padre Claudio cesó de hablar, y lanzó en derredor una mirada de alarma. La baronesa notó aquella impresión.
—¡Eh! ¿Qué es eso, reverendo padre?
—Creía haber oído algo así como un suspiro o un lamento lejano.
La baronesa puso igualmente atención, y los dos quedaron por algunos instantes silenciosos y aguzando el oído.
—No ha sido nada, reverendo padre. Alguna ilusión de sus sentidos. Estas catástrofes conmueven de tal modo, que hasta hacen ver visiones.
Enriqueta había oído perfectamente la terrible relación. Nunca se había imaginado que fuese ella capaz de tanto valor.
Era un verdadero golpe mortal saber de repente que aquel padre al que amaba con toda la fuerza de una pasión reciente, y al que creía de viaje, acababa de morir en el fondo de un manicomio, habiendo sido despojado antes de su razón; pero, a pesar de lo abrumadora que era la noticia, la recibió con valor, y ella, que se conmovía profundamente con la más pequeña desgracia, resistió con hercúlea firmeza la inmensa pesadumbre que caía sobre su corazón.
Aquella noticia, tal vez por su misma inmensidad dolorosa, no la conmovió tanto como era de esperar. Parecía que su inteligencia se negaba a creer aquella catástrofe tan inesperada como terrible.
Un rudo golpe en el corazón y una rápida y creciente debilidad en las piernas fueron todos los efectos físicos que en ella produjo la noticia en el primer momento. Pero después, sus pulmones parecieron contraerse, agarrotados por una mano de hierro. Le faltó aire que respirar, y un gemido sordo fué subiendo y subiendo lentamente a lo largo de su garganta, saliendo, al fin, amortiguado de sus labios, con la triste entonación del balido del inocente cordero cuando se ve próximo al sacrificio.
Aquello fué lo que oyó el padre Claudio.
Los oídos de la joven zumbaban, su cráneo parecía comprimido por un aro de hierro, y sintió que el suelo la atraía y que sus piernas negábanse a sostenerla. Pero la alarma del jesuíta y de la baronesa, que habían quedado silenciosos y en acecho, y un arranque propio de su carácter, que tenía en ciertos momentos toda la inflexible energía del de su padre, la hizo sostenerse con un valor impropio de su edad y su sexo.
¡Qué! ¿Iba ella a desmayarse como una necia? ¿Iba a imitar a las damas del teatro, que siempre caen desvanecidas al suelo en las circunstancias más críticas, y en que más necesaria es su presencia de ánimo? No; ella escucharía ahora, y después daría rienda suelta a su dolor, llorando al conde cuanto quisiera. Ahora, lo importante era enterarse de aquella conversación que le revelaba desgracias inesperadas. ¿Su padre en un manicomio? ¿Cómo podía ser aquello?
Y sostenida por tal decisión, siguió con el oído aplicado a la cerradura, haciendo esfuerzos por contener sus suspiros y librarse de aquella dolorosa angustia, que hacía temblar sus piernas.
Resultaba sublime la energía de aquella joven hermosa y delicada. El carácter de Baselga estaba en ella, así como en su hermanastra, la baronesa, sobrevivía el espíritu de Pepita Carrillo.
Cuando doña Fernanda y el jesuíta se hubieron convencido de que no les espiaba nadie, continuaron su conversación.
La baronesa, repuesta ya de la emoción que le había producido el suicidio de Baselga, parecía más consolada. Su dolor era más bien hijo de la sorpresa que de un verdadero sentimiento. El padre Claudio sabía bien hasta dónde llegaba el afecto que dona Fernanda profesaba a su padre.
La baronesa sentía ya más curiosidad que dolor. Por esto se apresuró a continuar la conversación.
—Pero, padre mío, me resulta muy extraño el triste fin de mi padre. ¿Cómo pudo proporcionarse la pistola con que se dió muerte?
—Esto es lo que yo mismo me pregunto y lo que produce gran extrañeza en los empleados del manicomio. Nadie sabe cómo llegó a sus manos dicha arma, y lo más natural es creer que él la llevaba en el bolsillo siempre, y que al hallarla, después de su acceso de furor, pensó utilizarla, suicidándose. Era una pistola pequeña.
—Me parece haberla visto varias veces en la mesa de su despacho.
—Ha sido una gran desgracia que la llevara al ir al manicomio. ¡Si yo hubiera podido pensar esta mañana que la tenía en sus bolsillos, me hubiera apresurado a quitársela, con cualquier pretexto! ¡Oh, Dios mío! ¡Qué desgracia tan terrible! ¡Cómo nos aflige el Señor cuando menos lo esperamos!
La baronesa creyó del caso volver a sus gimoteos, aunque esta vez no fueron tan naturales y espontáneos como antes.
Enriqueta seguía escuchando.
La emoción que aquellas palabras le producían no podía compararse a la que le hizo experimentar la primera noticia, que fué la más fatal; pero servían para exacerbar su dolor, detallando el trágico fin de su padre.
El curso que tomó la conversación entre el jesuíta y la baronesa, aún excitó más su curiosidad.
—Ha sido muy grande esta desgracia, hija mía—continuaba el padre Claudio—; pero no por esto debemos rebelarnos contra Dios, que todo lo dispone y lo dirige; cuando da a una de sus criaturas tan triste destino, sabe bien por qué lo hace. Llora la muerte de tu padre, ya que para un dolor tan justo y natural no son útiles los humanos consuelos; pero no olvides que Dios saca siempre el bien del mal, la felicidad de la desgracia, y que tal vez ha dispuesto esta catástrofe para facilitar los planes que tú ya conoces, y que son, para mayor gloria del Señor.
—¡Ah! ¡Nuestros planes!...—dijo la baronesa con aire de distracción.
—Sí, nuestros planes, hija mía, nuestros planes, que tú, sumida en tu dolor, pareces haber olvidado. ¿Acaso ya no piensas en que tu hermana abrace la vida religiosa?
—Nunca he desistido de ello.
—Pues por esto digo que tal vez esa desgracia que hoy nos aflige, sea para nuestro bien. ¿No recuerdas de qué modo tan terco se oponía tu padre a que Enriqueta fuese monja?
—Sí; era inflexible en este punto, y con tal de que mi hermana no entrase en un convento, prefería lanzarla al gran mundo y pasearla por esos salones, donde sólo se aprenden pecados.
—Debemos llorar la muerte del conde; mas no por esto hemos de dejar olvidado nuestro asunto, que tanto interesa a Dios. Es preciso que aprovechemos los momentos y que decidamos a Enriqueta a que entre en el convento. Tal vez la reciente desgracia contribuya a alejarla del mundo para siempre; además, tenemos la promesa que me hizo en confesión, y de la que ya te hablaré.
—Sí, padre mío. Es preciso que aprovechemos la ocasión y decidamos a Enriqueta a que abrace el estado religioso. Yo me comprometo a alcanzar su definitivo consentimiento dentro de pocos días.
—No creo que ella presente gran resistencia.
—Creo que así será. Pero aunque se resistiera... ¿Acaso no mando yo en ella? ¿No soy su segunda madre?
Y la baronesa decía estas palabras en son de amenaza, dando a entender de lo que era capaz para domar una voluntad rebelde.
—Seguramente—dijo el jesuíta—lograremos ver realizados nuestros planes. Ya no tenemos obstáculos. Convéncete, hija mía, de que aún tendremos que dar gracias a Dios por haber dispuesto de un modo tan trágico de la vida del conde.
Enriqueta ya no oyó más.
Adivinaba en aquella conversación algo que le causaba un inmenso terror. El extraño e inesperado fin de su padre hacíala pensar si éste sería obra de una traición premeditada. En su cerebro surgía y se agrandaba la sospecha de que el padre Claudio podía tener su parte en aquella catástrofe.
Las palabras amenazantes y proféticas que había pronunciado al confesarla en la Colegiata de San Isidro, renacían en su memoria como pruebas acusadoras contra el poderoso jesuíta. Recordaba aquella afirmación de que los poderes celestiales anulaban a todos cuantos se oponían a su voluntad, asegurando que el conde sería castigado si se negaba a permitir que su hija entrara en un convento.
Enriqueta, envuelta en las sombras crepusculares que habían invadido el gabinete, sentía miedo. No creía que el padre Claudio hubiera influido directamente en el triste fin del conde, pero se imaginaba ya al jesuíta como un ser terriblemente poderoso y sobrenatural, que sólo necesitaba mirar con indignación a una persona y desearla la muerte, para que inmediatamente la fatalidad acudiese en su auxilio, exterminando al ser odiado.
La oscuridad que rodeaba a la joven, el lúgubre silencio de aquel gabinete, solamente interrumpido por el rodar de algún carruaje, que con su estrépito conmovía sordamente las paredes, las lúgubres imágenes que en su cerebro evocaba aquella terrible revelación y el desfallecimiento creciente que de su cuerpo se apoderaba, y que aún hacía mayor el miedo, obligaron a Enriqueta a salir de allí.
Temblorosa, con paso vacilante y casi sin darse cuenta de lo que hacía, salió del gabinete la joven, con dirección a su cuarto, evitando el tropezar con los muebles.
El jesuíta y la baronesa seguían hablando de la vocación religiosa de Enriqueta y del entusiasmo místico de su hermano Ricardo, que prometía ser un excelente soldado de la Compañía de Jesús.
Cuando la joven llegó a tientas a su cuarto, sin darse cuenta exacta de lo que hacía, encendió una bujía y cerró con llave la puerta.
Después, desalentada, inerte, y como si la vida se escapara su cuerpo, dejóse caer como un cadáver sobre su blanco lecho.
Un suspiro angustioso levantó su pecho, y rompió por fin a llorar. Necesidad tenía su espantoso dolor, tan firmemente detenido, de tal desahogo físico, y por esto Enriqueta permaneció más de una hora inerte, sin pensar en nada, ni dar otras muestras de vida que aquel llanto incesante y sin término, que parecía una verdadera fuente de lágrimas.
Pasó mucho tiempo antes de que Enriqueta, algo aliviada de aquel dolor que le producía una angustia asfixiante, se diera cuenta de dónde estaba.
Cuando pudo reflexionar, y su razón, ya fría y despejada, recordó cuál era la desgracia que la había sumido en tal postración, su dolor volvió a renacer, aunque más punzante y vivo.
Se sentía anonadada por aquella desgracia inmensa, y pensaba en su padre con la misma viveza de pasión que si se tratara de un amante. Había conocido demasiado tarde el verdadero carácter de aquel hombre tan adusto exteriormente como cariñoso y tierno en la intimidad, y esto contribuía a aumentar su desesperación. ¡Morir cuando ella casi acababa de encontrar en un ser misantrópico y terrible, un verdadero padre!...
Enriqueta, con la mirada fija en la pared, y siguiendo la inquieta danza de sombras que arrojaba sobre ella la vacilante luz de la bujía, permaneció mucho tiempo con todo el aspecto de una sonámbula.
Un ruido que resonó en todo el cuarto la sacó de su ensimismamiento.
Llamaban a la cerrada puerta, y la voz de la baronesa preguntaba:
—¡Enriqueta, niña mía! ¿Qué haces? ¿Estás enferma?
La joven dudó en contestar; pero, por fin, siguiendo instintivamente el hábito de disimular y mentir que le había inspirado aquella educación monjil, contestó:
—Me encuentro bien. Déjame tranquila, Fernanda. Estoy rezando.
—Bueno, pues reza. Ya nos veremos a la hora de cenar.
Alejóse la baronesa, y Enriqueta continuó en la misma posición y con la mirada fija en la pared.
La presencia de su hermana había cambiado repentinamente el curso de sus pensamientos, y ahora, su actual situación se le aparecía con terrible claridad.
Sin el poderoso apoyo que encontraba en su padre, sometida por completo a la voluntad de su irascible hermana, iban a obligarla a que entrase en un convento, y serían infructuosos cuantos esfuerzos hiciese por resistirse.
Ella no quería ser monja. La elocuencia artificiosa del padre Claudio la había arrastrado en un momento a prometer que entraría en el claustro; pero ahora no estaba dispuesta a tal suicidio.
Además, sin que ella pudiera explicarse el porqué, sentía gran repugnancia al pensar en la baronesa y su director, el jesuíta. Parecíanle dos miserables de la peor especie, y aun cuando no tenía ninguna prueba, empeñábase en considerarlos como los autores del trágico fin de su padre, como los que le habían empujado a acabar de un modo tan horrible con su vida.
El hallarse su padre encerrado en un manicomio en el instante de morir, producíala grandes reflexiones. ¿Qué locura era la suya? ¿Cómo ella, que vivía al lado de su padre, no se había apercibido de nada? ¿No podía ser todo el resultado de una diabólica maquinación de Fernanda, que nunca había querido a su padre? ¿Y por qué aquel empeño tan tenaz de procurar su salvación eterna metiéndola en un convento?
Enriqueta, atropelladamente, y sin la menor ilación, hacíase todas estas preguntas, y aunque a ninguna de ellas sabía responderse satisfactoriamente, en el fondo de su pensamiento siempre quedaba latente la sospecha de que allí mismo, en aquella casa, estaba la verdadera causa de todas las desventuras que caían sobre su familia.
El porvenir aparecíase a la joven sombrío y execrable. Ella podría resistirse a los mandatos de su hermana, podría negarse tenazmente a obedecerla y a entrar en un convento, pero su vida sería un verdadero infierno, y tendría que sufrir toda clase de castigos. Recordaba aquella escena violenta ocurrida el día en que la baronesa descubrió su correspondencia amorosa con el capitán Alvarez, y aún le parecía sentir en su rostro el escozor de los golpes de su fiera hermana.
Aquella beata era capaz de todo cuando su voluntad encontraba obstáculos.
Estremecíase de terror al pensar en su porvenir de huérfana, sometida a la autoridad de una hermanastra que siempre la había odiado.
Lo futuro se le aparecía como un mar de sombrías ondas poblado de horribles monstruos; pero sobre aquellas aguas oscuras, infectas y mugientes, su imaginación le hacía ver una isla de luz en la cual erguíase la figura de un ser amado, del único protector que le quedaba y que estaba aguardándola con los brazos abiertos.
Ella podía llegar allí. Todo consistía en un esfuerzo supremo. Bastaba un momento de decisión para salir del lóbrego mar de su existencia futura y poner el pie en aquella isla de esperanza.
Permaneció Enriqueta mucho tiempo sentada en su lecho y con la cabeza inclinada, entregándose a una lucha interna y tempestuosa, que agitaba su pensamiento de un modo horrible.
Varias veces se levantó con la expresión del que adopta una solución desesperada, y otras tantas volvió a arrojarse en el lecho, pálida, desalentada y mirando con terror a todas partes como asustada de sus propios pensamientos y de algún poder oculto que la retenía prisionera en aquella habitación.
Por fin, levantó su cabeza con arrogancia, como si desafiara a ocultos escrúpulos que la martirizaban, y plantándose en el centro de la habitación, miró en derredor como si fuera a hablar con las sombras de los rincones.
—Me iré; sí, me iré—murmuró—;¿por qué he de quedarme aquí? ¿Tengo a alguien que me quiera?
Y lentamente, sin precipitación ni alarma, sacó de su ropero un vestido negro y se lo puso. Echóse a la cabeza una mantilla de tupido velo, colocó éste sobre su rostro y abrió con precaución la puerta, evitando el chirrido de la cerradura.
Deslizóse por las oscuras habitaciones tan silenciosamente como una sombra, y al pasar cerca de su gabinete escuchó la voz de la baronesa que hablaba con toda la servidumbre, dándola instrucciones sobre el modo como debían observar el luto por la muerte del dueño de la casa, recomendándoles que por aquella noche nada dijeran a la señorita, pues ya se encargaría ella de hacerla saber al día siguiente la fatal noticia.
En la antecámara no encontró Enriqueta a nadie, y bajando rápidamente la escalera, pasó con no menor celeridad por ante la portería, en cuyo interior el obeso conserje estaba muy ensimismado, leyendo un folletín de "Las Novedades".
Cuando la joven puso sus pies en la acera lanzó un suspiro de satisfacción, y bajando más aún su velo sobre el rostro, se alejó calle arriba con rápido paso, confundiéndose entre los transeúntes.
Dos mozalbetes, que caminaban en dirección contraria, al ver a la joven enlutada detuviéronse indecisos, y riendo la siguieron por fin, marchando junto a ella y hablándola con aire de calaveras.
Poco después dieron las ocho, y una berlina de alquiler que bajaba la calle con paso tardo, paró frente a la casa de Baselga.
El portero abandonó su folletín y asomó la cabeza por la puerta de su habitación, viendo cómo sobre la acera discutía, por cuestión de la propina, con una mujerona que llevaba agarrado con ambas manos un gran saco de noche.
Cuando la mujer entró en el portal y la luz del lujoso farol la dió en el rostro, el portero la reconoció inmediatamente.
Era Tomasa, la antigua ama de llaves.
FIN DEL TOMO CUARTO
Los errores corregidos por el transcriptor:
decirla=> decirle {pg 5}
Gibraltal=> Gibraltar {pg 36}
No tiene más=> No tienes más {pg 49}
devocion=> devoción {pg 51}
por orden de papa=> por orden de papá {pg 52}
rudas amenazas=> rudas manazas {pg 71}
Estate=> Estáte {pg 72}
Quién ese caballero=> Quién es ese caballero {pg 90}
el medico=> el médico {pg 61}
el medico=> el médico {pg 95}
extemporáneamnte=> extemporáneamente {pg 124}