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La araña negra, t. 4/9

CUARTA PARTE EL CAPITÁN ALVAREZ (CONTINUACIÓN) (continued 2)

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Enriqueta se asió a la falda de su hermana, y ésta fué avanzando con cierta seguridad, dando a entender que el terreno no le era del todo desconocido.

—A la derecha—murmuraba la baronesa—, en la penúltima capilla, está el confesonario. Allí vendrá.

Y acostumbrada a aquella oscuridad en la que se iban marcando los perfiles de los objetos, avanzó rectamente hacia el punto que indicaba, llevando siempre a remolque a su hermana.

Cuando llegaron a la capilla sentáronse en un banco de madera, que ceñía el fuste de una columna, y aguardaron pacientemente. La baronesa sacó de su manguito un elegante rosario de oro y perlas, y se puso a rezar. Enriqueta abismóse en sus pensamientos.

Iba a confesarse con el padre Claudio, accediendo a los ruegos de la baronesa, que ya no la maltrataba, como dos meses antes, contentándose ahora con rogarle con aire imperativo.

Doña Fernanda, que respetaba mucho a su padre, el conde, sólo porque le temía, se había abstenido de seguir educando a su modo a Enriqueta, y procuraba no hablar ni incidentalmente de aquella pasión, cuyo descubrimiento tan grave escándalo había producido.

La ausencia de Tomasa, su eterna rival, la tranquilizaba, comprendiendo que esto alejaba el peligro de que volvieran a reanudarse los amoríos de su hermana con aquel capitán Alvarez, contra el que ella sentía un odio mortal.

La afición que el conde de Baselga había adquirido recientemente a la vida de los salones, y a la que arrastraba a su hija, inquietaba un poco a la baronesa, que temía que la coquetería elegante borrase a Enriqueta las huellas de la educación mística que se había esforzado en darla.

Una cosa tranquilizaba a doña Fernanda, y era la seguridad de que su hermana, obedeciendo a su padre, había roto sus relaciones con el capitán Alvarez. Esto lo sabía por el padre Claudio, que la había manifestado algo de su conferencia con el militar, aunque cuidándose de ocultar ciertos detalles.

Enriqueta era para ella más fácil de dominar olvidando aquel amor que cambiaba completamente su carácter y convertía en altivez e independencia su habitual humildad.

Un día tuvo doña Fernanda un disgusto. Al pasar junto a una ventana de su salón, vió parado en la acera de enfrente al capitán Alvarez, que espiaba la casa como buscando una ocasión para comunicarse con su amada.

El militar estaba en una situación que juzgaba insostenible. Nada sabía de Enriqueta; había buscado al padre Claudio varias veces, sin lograr nunca encontrarlo, e ignoraba cómo marchaba la negociación amorosa que le había encargado, como también si la joven sentía por él algún cariño o había olvidado totalmente su pasión, siendo verdad cuanto le decía en la funesta carta.

Por esto, agitado por crueles dudas y deseoso de salir de ellas cuanto antes, el capitán rondaba la casa de Baselga con la esperanza de encontrar el medio de hacer que llegase una carta suya a Enriqueta. Por desgracia, tropezaba con obstáculos do quiera se dirigía. La servidumbre huía de él, haciéndose sorda a sus ruegos por temor a la ira del conde de Baselga, y Enriqueta no se asomaba nunca a los balcones, y si salía de casa, era acompañada siempre por su hermana o su padre.

La baronesa se alarmó ante aquella inesperada aparición. ¡Cómo! ¿El botarate todavía insistía en sus pretensiones amorosas? Habría que consultar el asunto con el sabio jesuíta.

Este no mostró extrañeza alguna al tener noticia de los actos de Alvarez. Limitóse a sonreir, como siempre, y con tono de omnipotencia aseguró que él tenía el medio para anular y hacer desaparecer a aquel hombre peligroso; y que si no lo hacía inmediatamente, era porque aún no había llegado la hora oportuna.

A pesar de esto, los dos compadres religiosos trataron con interés del porvenir de Enriqueta, asunto que les preocupaba. Había llegado, según la opinión del padre Claudio, el instante oportuno para trabajar. Enriqueta era probable que, deslumbrada por el brillo de la vida elegante, se hubiese olvidado de aquel amor romántico, obstáculo hasta entonces de gran importancia, y resultaba necesario reconquistar prontamente su voluntad, antes que echasen raíces en ellas las seducciones del gran mundo y se comprometiese amorosamente con algún joven que, por su nacimiento y su fortuna, admitiese el conde de Baselga como yerno.

Para desviar a Enriqueta del camino en que estaba y atraerla nuevamente a la senda de la devoción, disponía de un medio tan seguro y poderoso como es el confesonario, y quedó decidido que doña Fernanda, con su hermana, fuesen al día siguiente a la Colegiata de San Isidro, donde el buen padre tenía su cajón, en que depositaban sus extravíos todas las pecadoras de la aristocracia.

Por esto, a la caída de la tarde del día siguiente, las dos hijas del conde de Baselga entraban en la iglesia de la calle de Toledo.

El padre Claudio no había llegado aún, y mientras se retardaba el instante de la confesión, Enriqueta pensaba con terror en aquel acto en que tendría que revelar todos sus secretos a un sacerdote, que a pesar de sus amables sonrisas y pegajosas bondades, le inspiraba siempre un terror casi supersticioso.

Era la primera vez que se confesaba con el padre Claudio. Hasta entonces, el sagrado depositario de todas sus faltas había sido el mismo director espiritual de la baronesa, aquel padre Felipe, en quien ella reconocía instintivamente una imbecilidad inalterable, y que oía su confesión con la boca seca, brillantes los ojos, algo temblonas las manos, y complaciéndose en enviar a través de la mugrienta rejilla hasta aquel rostro aterciopelado, su caliente resuello cargado de los vapores grasientos de una digestión larga y difícil.

El padre Felipe era benévolo hasta la exageración. Todo lo encontraba bien, todo lo excusaba, y si la joven parecía reservarse algo en su confesión, él tampoco mostraba gran interés en descubrirlo.

Pero, ¡el padre Claudio!... Este nombre alarmaba a Enriqueta, quien, si en aquellos momentos de espera estaba pensativa, era porque rebuscaba en su imaginación el medio de salir del atolladero, evitando decir cosas que ella tenía gran interés en ocultar.

Resonó débilmente el pavimento con unos pasos menudos y ligeros, que parecían de mujer y en el oscuro arco que daba entrada a la capilla, dibujóse el contorno de un clérigo, al mismo tiempo que la mortecina luz de una lámpara hacía surgir de la sombra el rostro del padre Claudio, dándole un tinte rojo.

Las dos mujeres se levantaron respetuosamente, y el jesuíta pasó ante ellas grave, contra su costumbre, limitándose a saludarlas con una ceremoniosa inclinación de cabeza.

El acto comenzaba con la gravedad necesaria para que la joven comprendiese que no iba a confesarla el amigo de su familia, que iba con frecuencia a reir y decir bromitas en el salón de doña Fernanda, sino el ministro de Dios.

Oyóse el choque seco de la portezuela del confesonario al cerrarse, revolvióse la abultada sotana, para encontrar una posición cómoda en el asiento, y la baronesa dió un suave empujón a su hermana, diciendo con tono imperativo:

—¡Anda!

Se arrodilló Enriqueta a uno de los lados del confesonario, junto a la rejilla que servía para confesar mujeres, y con voz trémula y balbuciente comenzó a runrunear el "Yo, pecador, me confieso...".

Tan turbada estaba, que se equivocó por dos veces, y volvió a empezar, como si deseara que se retardase el para ella terrible momento.

Dentro del confesonario, con las manos juntas y la actitud estática de un brahmán indio, que, tras cuarenta días de ayuno absoluto contempla a Dios cara a cara, estaba el padre Claudio, esperando pacientemente.

Por fin terminó la joven su oración y acercó su rostro a la rejilla, pegajosa por la humedad y la grasa que en ella habían dejado toda clase de respiraciones.

Lo que pensaba Enriqueta al comenzar su confesión era que el padre Claudio se perfumaba demasiado, pues su olfato sentía la picazón del almizcle que exhalaba la sotana del elegante jesuíta. El perfume favorito de las modistillas y camareras comenzaba a marearla.

—¡Ave María Purísima!—dijo con voz débil.

—¡Sin pecado es concebida María Santísima!—contestó el jesuíta con su meliflua voz—. ¿Hace mucho tiempo que no te has confesado?

—Más de dos meses, padre mío. Antes iba muy a menudo con Fernanda a confesarme con el padre Felipe, pero ahora he tenido ocupaciones y no me ha sido posible venir hasta hoy. El papá me decía siempre que más adelante me confesaría...

—¡Vaya con las ocupaciones!—dijo el jesuíta con tono jovial—. Es preciso—añadió—que no te descuides tanto en limpiar tu alma, y que antes de obedecer a tu papá, pienses en obedecer a Dios. Vamos, adelante. ¿De qué pecados te acusas, hija mía?

Puesto el asunto en este terreno, Enriqueta cobró un poco de confianza. Ya llevaba ella preparado todo un bagaje de pecados veniales y sin importancia, que había estado rebuscando en su memoria la noche anterior. Para confesarse era preciso decir algo, tener actos de que acusarse, pues la Iglesia no puede creer que una persona honrada pase dos meses sin faltar a todas las leyes divinas y humanas, y por esto, la joven se echó a cazar pecados por el campo de la imaginación, y unos reales y otros inventados, formó con todos ellos un murallón diabólico, tras el cual quería ocultar el más gordo, o sea sus amores con Esteban Alvarez. Este pecado sí que no lo decía ella al padre Claudio, aunque los demonios la pellizcasen con tenazas de hierro ardiente.

La confesión comenzó, y Enriqueta fué desarrollando la espantosa serie de pecados horribles que la noche anterior había almacenado en su memoria. Ella se acusaba de que tenía mal corazón para los animales y de que martirizaba a los gatos de su casa; de que reñía muchas veces sin motivo alguno a los criados y tenía gusto en desobedecer a su hermana; de que cuando ésta rezaba el rosario ella se dormía o pensaba en las funciones de teatro a que le llevaba su padre; de que el demonio la martirizaba, haciéndola que le gustasen más las arias italianas del Teatro Real que los gozos que la enseñaba la baronesa; de que en el último baile de la Embajada alemana, en unión de algunas amiguitas, se había burlado de otra que llevaba un traje muy feo; de que en las noches frías prefería rezar sus oraciones entre las calientes sábanas a estar arrodillada al pie de la cama..., y así seguía a este tenor horripilante aquella confesión en que los hechos más inocentes se presentan con importancia afectada, queriendo hacerlos pasar por pecados terribles.

El padre Claudio escuchaba tranquilamente, aunque de vez en cuando se removía nerviosamente en su asiento, como si se impacientara, en vista de la marcha que seguía aquella confesión. La muchacha resultaba algo ladina, y así lo pensaba el jesuíta, quien quería comprometerla en otra clase de revelaciones.

Calló Enriqueta y entonces preguntó el sacerdote:

—¿Nada te queda por decir? ¿No tienes más pecados?

—No, padre.

—¿Estás segura de ello?

—Creo que sí, padre mío.

El padre Claudio se revolvió vivamente en su asiento. Decididamente, la muchacha se presentaba reservada, y habría que emplear algún trabajo para lograr que confesase sus secretos amorosos.

—Piensa, hija mía—dijo el cura—a lo mucho que te expones si ocultas un pecado. Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que viva y se arrepienta, es inexorable con los seres que ante el tribunal de la confesión ocultan intencionadamente algunas de sus faltas. Este lugar es la piscina espiritual donde se limpian las almas de toda mancha, y quien aquí oculta una parte de su ser por mezquinas pasiones, es un réprobo que se niega a recibir la gracia de Dios, y a quien éste castiga con mano fuerte. El que oculta algo a su confesor, engaña a Dios, y el Señor ha de indignarse forzosamente cuando se ve engañado por una miserable criatura.

El jesuíta hablaba con tono severo; vibraba su voz terriblemente, como si fuese la de la divina cólera, y Enriqueta temblaba atemorizada por las amenazas del confesor.

Este no quiso extremar el santo terror de la joven y añadió, haciendo su voz menos imponente:

—Hay ejemplos de los graves males que han sufrido muchos infelices que pretendieron ocultar a sus confesores algunos de sus pecados. Recuerdo justamente ahora lo que leí en un libro piadoso digno del mayor crédito, acerca de lo ocurrido a una joven y hermosa princesa en tiempos ya lejanos. Ocultó a su director espiritual varios pecados de amor, y el sacerdote, engañado por la que creía una joven candorosa e inocente, le dió la absolución. ¡Ojalá la princesa hubiese dicho todos sus pecados sin ocultar ninguno! Apenas volvió a su palacio, sintió su pecho oprimido por una gran angustia; un fuego infernal le abrasaba el corazón y por su garganta sentía subir algo que la ahogaba y la hacía estremecer con su contacto viscoso. Tuvo una espantosa convulsión y de su boca salieron disparadas esparciéndose por el aire e impregnándolo todo de un irresistible olor a azufre, las más infernales apariciones. Serpientes verdes y repugnantes que se enroscaban en complicados anillos, echando llamas por las temblonas bocas; diablejos que hacían espantosas contorsiones y obscenas cabriolas; sapos negros manchados de colorado, que hacían repicar las campanillas que llevaban pendientes del cuello y cuyo sonido ponía los pelos de punta; en fin, cuantas apariciones espantables y horripilantes pueden creerse en el infierno. ¿Sabes, hija mía, lo que era aquéllo?

El padre Claudio se detuvo para excitar mejor la temerosa curiosidad de Enriqueta y apreciar el efecto que en ésta causaba la relación. Después añadió con acento de religioso terror:

—Pues eran los pecados que aquella infeliz había ocultado a su confesor y que salían bajo tan horribles formas, por no poder estar más tiempo encerrados en un cuerpo que la absolución había santificado. Los pecados; al salir, ahogaron a la princesa, cuya alma indudablemente, está ahora ardiendo en el infierno. Piensa, hija mía, a cuan terribles castigos se expone la miserable criatura que intenta ocultar su conciencia a Dios.

El padre Claudio había logrado su objeto. Conocía el verdadero carácter de Enriqueta, el gran predominio que en ella tema la imaginación sobre las demas facultades, y, por tanto, obraba acertadamente para sus planes, relatando aquella leyenda estupida, sacada de uno de esos antiguos libros de devoción, que tanto utilizan los confesores para asustar a las mujeres y los niños.

Enriqueta estaba horrorizada por la terrible muerte de aquella princesa, y con los ojos de su viva imaginación, pronta siempre a dar cuerpo y vida a todos los pensamientos, veía el asqueroso coleo y las cabriolas incesantes de los pecados ocultados al confesor, y hasta por una aberración de los sentidos, las exhalaciones almizcladas del jesuíta le parecían oler a azufre.

¿Si iría a ahogarla a ella aquel pecado de amor, que tan cuidadosamente quería ocultar?

No necesitó el jesuíta de grandes esfuerzos para arrancar a la joven la revelación que ella tanto se había esforzado en evadir. Llorosa y suspirando, pero al mismo tiempo con la satisfacción del que, arrojando un peso comprometedor, se libra de un peligro, relató al confesor sus amores con Alvarez, aunque haciendo la salvedad de que ella creía siempre que aquello no podía ser pecado.

El padre Claudio mostraba indignación. ¿Cómo que no era pecado? Y no venial, sino grave, resultaba el comprometerse en amoríos una joven a quien su familia destinaba a Dios, convencida de que sentía una santa vocación por la vida monástica.

El jesuíta, oyendo el relato de aquellos amores, mostraba gran curiosidad, especialmente al tratarse de los paseos matutinos por el Retiro, únicos momentos en que los dos amantes se veían de cerca. Mostrabase el jesuíta ávido de detalles y varias veces interrumpió a la joven, dirigiéndola preguntas que en parte no comprendió, pero que la hicieron ruborizar.

Era la primera vez que Enriqueta oía hablar de aquellas tretas amorosas, pero obscenas, y, avergonzada, contestaba negativamente, extrañándose de que un sacerdote le hiciera tales preguntas, y de que creyera a ella y a Alvarez capaces de tales locuras, burlando la vigilancia de Tomasa, que los seguía.

El buen padre manifestó la misma expresión de desaliento del cazador que cree haber encontrado un rastro y al fin no halla nada, y siguió interrogando a la joven, hasta que se creyó bastante enterado de aquellos amores desde el principio al fin.

—Ese es, hija mía—dijo, cuando la joven terminó la revelación—, el más grave pecado, pues los demás que has confesado nada son al lado de tales amores. Afortunadamente has acudido a tiempo a lavar tu alma y a librarte del demonio de la voluptuosidad, que te posee.

—Pero, padre mío, ¡si ya no existen tales amores! ¡Si yo, por orden de papá, escribí una carta rompiendo mis relaciones con el capitán!

—No importa; tú le amas. Se conoce en tu modo de expresarte que no has olvidado aún a ese hombre, y es preciso, si quieres salvar tu alma, que de ella se borre la huella de un amor vergonzoso.

Enriqueta, que tanto había temido revelar sus amores al jesuíta, ahora que se veía ya descubierta había recobrado su serenidad y sentía renacer su carácter, que era doble, pues si en ciertas circunstancias se mostraba débil, y como propio de un ser automático, en otras daba a conocer una energía y una independencia verdaderamente inesperada.

—Pero padre—dijo con resolución—, ¡yo creía que un amor puro no era tan enorme pecado!

—Estás en un grave error, hija mía, y sin duda, el diablo te mantiene en él. La joven que no sienta temor al pensar en las penas del infierno, la que no quiera ir al cielo, esa puede entregarse a ese amor puramente terrenal, que no es, en el fondo, más que una torpe pasión; pero la que desee figurar después de su muerte entre las bienaventuradas y gozar las delicias celestes, debe huir de las falsas dichas terrenales dedicándose al único amor cierto, al que no engaña, a ese amor ardiente a Dios, que tan célebre hizo a Santa Teresa. En una palabra: dónde quieres ir tú después de la muerte, ¿al cielo o al infierno?

No había perdido el tiempo la baronesa educando a su hermana. La gran preponderancia que en ésta tenía la imaginación, convertíala en ciertos momentos en una visionaria; la continua lectura de leyendas piadosas, le había hecho formarse un horrible y exacto concepto del diablo y sus maléficas hazañas; cerrando los ojos, veía a Satanás, con su horrible catadura, y no podía oir hablar del infierno sin estremecerse de pies a cabeza.

—Al cielo; quiero ir al cielo—contestó con ansiedad, como si ya oyera en la sombra los pasos del demonio, que se acercaba para cargar con ella.

—Pues para ir al cielo es preciso, hija mía, estar en estado de santidad, y este estado los que más fácilmente pueden adquirirlo son los célibes o las vírgenes. Tú, indudablemente, procediendo como joven honrada, querrías contraer matrimonio con ese hombre que decía amarte. ¿No es esto?

—Sí, padre.

—Pues bien; el matrimonio, aunque muchos no lo crean así, es lo más opuesto al estado de santidad y el camino más recto para ir al infierno. No soy yo quien lo digo, sino la Santa Madre Iglesia, que no puede engañarse jamás.

—¿Y cómo es que la Iglesia casa a la gente?—preguntó Enriqueta con ingenuidad terrible.

—Es necesario el matrimonio, pues de lo contrario acabaría la procreación, y el mundo quedaría desierto. La Iglesia lo consiente, mas no por esto aconseja el matrimonio, pues sabe que para ganar el cielo sirviendo a Dios, no basta la virginidad del alma, pues es necesario también conservar la del cuerpo. ¿Has oído tú hablar del Santo Concilio de Trento?

—Sí, padre—contestó Enriqueta, que algunas veces había oído tal nombre en boca de los contertulios de su hermana aunque no estaba muy segura de lo que pudiera significar.

—Fué una santa reunión de todas las lumbreras de la Iglesia, sobre cuya augusta frente descendió el Espíritu Santo. Allí se distinguió por primera vez nuestra sagrada Compañía de Jesús, y se dictaron cánones sobre el matrimonio, que afirman esto que te digo. Oye lo que dice el Canon X, y recuérdalo siempre: "Si alguno dijese que el estado de matrimonio debe preferirse al estado de virginidad y de celibato, y que no es mejor y más venturoso permanecer en la virginidad o en el celibato que casarse, sea anatema." Anatematizados son, pues, por la Iglesia, los que no creen que la virginidad es el procedimiento más seguro para ir al cielo, como lo prueba el celibato de los sacerdotes, fieles representantes del Altísimo, y el de las religiosas, dulces esposas del Señor. Ahora, ya lo sabes; ya estás advertida por mí, que en estos momentos hablo por inspiración del cielo; cásate si ésta es tu voluntad y lo permite tu familia, pero está segura de que vas rectamente camino del infierno.

—No, padre mío; no me casaré. Además, he roto ya toda clase de relaciones con el hombre que amaba, y hoy mi corazón está vacío.

—No basta esto. Es preciso que ese corazón lo llenes con el santo amor a Jesús crucificado, divino Esposo de todas las jóvenes destinadas a gozar en el cielo una eterna dicha.

—¡Amaré a Dios, padre mío! Yo se lo aseguro. Hoy no le amo aún como debiera, pero con el tiempo...

—La oración y la humildad harán más que cuantos esfuerzos de ánimo intentes. Obedéceme a mí siempre; sigue los consejos de tu hermana, que es casi una santa, y no dudes que éste es el camino que te conduce a la eterna felicidad.

—Mi hermana desea hacerme monja.

—Es porque te quiere con verdadero cariño; porque se interesa por tu dicha. ¿Te sientes con fuerza para entrar en un convento?

—¡Yo!... No sé. En este instante creo que sí; pero después...

—Eso es, porque como muy bien has dicho antes, no amas aún a Dios verdaderamente. Cuando te sumas en la inmensa felicidad que produce entregarse en cuerpo y alma a la contemplación de la felicidad, cuando sigas fielmente mis consejos, entonces tú serás la más interesada en abandonar el mundo y pedir la vida religiosa. Serás monja y nos agradecerás a tu hermana y a mí el cuidado que nos hemos tomado por tu alma.

—¿Y mi papá?—preguntó Enriqueta, que al hablar del convento recordaba la oposición de su padre.

—¿Se opone acaso a tu vocación?

—Sí; un día me dijo que prefería verme muerta antes que monja.

—Eso es, sin duda, una obcecación lamentable del señor conde. Yo, que como sabes, le trato con asiduidad, estoy convencido de que las desgracias le han perturbado bastante, y que muchas veces no piensa bien lo que dice. Su oposición será fácil de vencer.

Enriqueta hizo un gesto, como indicando que no creía fácil disuadir al conde.

—Además—continuó el jesuíta—, los obstáculos que tu padre pueda oponer a tu vocación no deben torcer ésta. Los padres sólo tienen potestad sobre sus hijos cuando se trata de asuntos puramente terrenales; pero cuando un alma privilegiada quiere elevarse sobre las miserias mundanas y volar directamente a Dios, un padre es poca cosa para impedir tan sublime designio.

Enriqueta escuchaba con instintiva extrañeza tales palabras. El padre Claudio apercibióse del efecto que en su penitente producían sus afirmaciones y se apresuró a añadir, apelando al procedimiento casualista, propio de los jesuítas.

—No es esto decir que se debe desconocer y despreciar la autoridad de los padres; pero todo tiene su límite en este mundo, y ante Dios deben enmudecer las jerarquías y los privilegios creados por la sociedad. Nuestra santa Compañía, que por ser la que más hombres eminentes ha contado en su seno, se ha ocupado de todos los problemas que pueden surgir en la vida cuando se trata de servir a Dios, tiene previsto el caso en que la voluntad del padre se oponga a los sentimientos religiosos del hijo. Ilustres escritores de la Compañía de Jesús han publicado libros en que se marca lo que deben hacer los hijos cuando por culpa de sus padres ven en peligro su piedad y su salvación eterna. El padre Estevan Facúndez, jesuíta portugués, en su "Tratado sobre los Mandamientos de la Iglesia", que publicó en 1626, dice que los hijos católicos pueden denunciar a sus padres, si son herejes y no creen en su religión, y hasta pueden, sin caer en pecado, asesinarlos, si intentan obligarlos a abandonar la fe. Otro jesuíta español, el padre Dicastille, en su libro "De la Justicia del Derecho", cree del mismo modo que un hijo puede hasta asesinar a su padre si éste le impide ser buen católico. Del mismo modo han hablado otros respetables escritores de la Compañía, que no creo necesario citarte, y ya ves que cuando la Iglesia, por boca de nosotros, que somos sus más legítimos representantes, autoriza a un hijo, en cuestión de religión, para que mate a su padre, bien puede aconsejar a una hija que desobedezca a su padre también, que desprecie sus mundanales consejos y que procure, ante todo, salvar su alma, haciéndose esposa del Señor.

Enriqueta parecía convencida.

Allá dentro, en lo más profundo de su cerebro, le escarabajeaba cierta duda sobre la bondad y la lógica de las doctrinas del padre Claudio; pero esto en una joven ignorante e impresionable, como era ella, no pasaba de ser un fugaz chispazo, y, arrastrada por su fe, atribuía la ligera duda a una pérfida sugestión del demonio, que todavía intentaba poseerla.

—No; tu padre no se opondrá—continuó el jesuíta—. Y si se opusiera, el cielo se encargaría de defenderte y de barrer tales obstáculos. ¡Quién sabe lo que Dios habrá dispuesto contra tu padre, en vista de su impía obstinación!

El jesuíta dijo estas palabras con tono tal, que Enriqueta se estremeció, presintiendo en ellas una amenaza.

Por algunos momentos permanecieron silenciosos confesor y penitente, y, al fin, el padre Claudio, como arrancándose de una grave meditación, dijo a Enriqueta:

—Es preciso, hija mía, que te decidas; que tomes una resolución y sepas sostenerla con energía. Ahora es tiempo para escoger el porvenir. Estás en el cruce de dos caminos: el del cielo y el del infierno. Si eres débil, si te sientes seducida por las míseras pompas terrenales, si ocultas tu escasa fe, diciendo que quieres obedecer a un padre que tiene tendencia a la impiedad, entonces toma el camino del infierno; pero si quieres ir al cielo, sacrifica el mísero cuerpo, renuncia para siempre a los goces de la materia, guarda un alma virgen en un cuerpo intacto, huye de la maldita sociedad y enciérrate en un convento, lugar seguro, donde se alcanza la vida eterna. ¿Por quién te decides? ¿Por Dios o por el demonio?

—Por Dios, padre mío; yo amo a Dios sobre todas las cosas, como manda el catecismo.

—Muy bien, hija mía. Ama al Señor, que él te recompensará con creces. ¿No olvidarás esta resolución? ¿No sentirás flaqueza de ánimo?

—No, padre mío. Estoy resuelta.

—Por si algún día te tienta el diablo con los esplendores del mundo, pretendiendo apartarte de la buena senda, piensa que esta existencia que arrastramos es cosa débil y efímera, que a los ojos de la eternidad tiene tanta duración como el fugaz relámpago ante nuestros ojos. ¿Qué es la vida? Unas cuantas docenas de años, que la criatura humana malgasta en satisfacer su ambición o en apagar su sed de placeres, sin pensar en ponerse bien con Dios, ni menos en que más allá de la tumba está la verdadera vida, la que no acaba nunca, la existencia eterna, y que lo que aquí hacemos sirve para estar por los siglos de los siglos nadando en un piélago de felicidad celeste o sumido en un infierno de horrores. Mira a esas mismas mujeres que te rodean en los salones y que se llaman tus amigas. Son honradas, no lo dudo: cumplen sus deberes de esposas, hermanas e hijas: no hacen mal, al menos con deliberada intención: pero viven totalmente olvidadas de Dios, y no piensan un solo instante en poner bien su alma para el día en que les sorprenda la muerte. No piensan más que en el presente, no lanzan una sola mirada al porvenir: su dios es la moda: su devoción, el amor: sus oraciones, estúpidos y dulzones galanteos, e ignoran, ¡oh, desgraciadas!, que llegará el día de la ira, el día de la desolación, en que el Señor juzgará a los buenos y a los malos, a los que le han amado y a los que le han desconocido, y entonces esas carnes, ahora tan cuidadas y frescas, chirriarán al contacto del infernal fuego: sus blondos cabellos se convertirán en ondulante corona de azuladas llamas: sentirán en el pecho una angustia enloquecedora, y para apagar su inmensa sed sólo tendrán sus amargas lágrimas. Ya los alegres violines del baile o del teatro no las arrullarán con sus gratos sonidos: gritos de agonía, espantosas maldiciones, rugidos de dolor, llegarán a sus oídos, como horrísono concierto de los desesperados réprobos; y danzarán sin tregua ni descanso, pero no será como ahora, por puro placer, sino para librar sus pies de las enrojecidas brasas, de los viscosos monstruos, de los agudos puñales que forman el pavimento del infierno. ¡Ah, infelices los que ahora se divierten unos cuantos años, para vivir agonizando durante una eternidad!

Conocía perfectamente el jesuíta el carácter de la joven, y sabía manejar a su placer aquella viva imaginación, por la que pasaban las ideas atropelladamente, aunque detallándose y tomando el relieve de los hechos reales.

Aquella peroración de tonos apocalípticos era para Enriqueta una especie de linterna mágica, cuyos cuadros la aterraban. Ella, con los ojos de la imaginación, veía a Dios iracundo, ofendido y deseoso de venganza, arrojando las almas en el infierno, y sobre el suelo, tapizado de monstruos y brasas, por entre las crepitantes y azules llamas, distinguía a todas sus compañeras, las flores de la aristocracia madrileña, desnudas y chamuscadas, apestando a grasa quemada y arrojando raudales de lágrimas por los ojos, implorando en vano la misericordia divina y lanzando lamentos de loca desesperación.

No, ella no quería verse así; no quería ir al infierno; deseaba ser esposa de Jesús, y llevada del religioso egoísmo, propio de las visionarias, se prometía no dejarse tentar más tiempo por las seducciones mundanas, renunciar al amor y desobedecer a su padre, si es que éste se oponía a que entrara en un convento, impidiéndola que salvara su alma.

Pero, ¿qué era aquello que con tono tan agradable resonaba en su oído? ¿De dónde procedía una armonía tan deliciosa? Era el padre Claudio, que seguía hablando; pero su acento enérgico y aterrador había tomado una entonación dulce y meliflua.

—¡Cuán distinta es la suerte de la mujer que dedica su existencia a Dios! Ella ve claramente lo que es el mundo, y con la vista fija en el porvenir sabe despreciar el presente por lo futuro. Renuncia a las pompas y las dulzuras humanas, pero, en cambio, goza la eterna felicidad, y cuando su alma queda libre de la terrena envoltura, paséase por las celestes salas, conversa con los bienaventurados, oye el arrobador concierto de los angelicales coros, y se sumerge en el esplendor de sublime luz que circunda la persona de Dios, estremeciéndose con los arrebatadores espasmos del más sublime placer. La lengua humana es pobre para describir la inmensidad de dichas que se gozan en la mansión de los justos, pero bástate, para imaginar cuán grande será la celestial felicidad, pensar que es Dios el que todo lo puede y todo lo sabe, quien dispone y prepara los goces de los bienaventurados. Cuando se considera lo poco que cuesta ganar tanta dicha, es cuando mejor se comprende la inmensa bondad del Señor. ¿Qué sacrificios exige? Nada. Renunciar a los engañosos placeres que proporciona el demonio durante el poco tiempo que dura la vida de la humana criatura. Y a más de esto, ¡cuán llena de dichas está la existencia de la feliz esposa de Jesucristo! Vive alejada de las miserias del mundo y los dolores sociales; las penas que engendra la familia, la maldad y la murmuración de los hombres, vienen a estrellarse contra los muros del convento. Dentro de él, la mística esposa es libre, independiente, se ha despojado del peso de las preocupaciones mundanales, no tiene que luchar ni que preocuparse en defender su honor, ni tiene marido que la aflija, ni hijos que la apenen con sus dolencias. Le basta con amar a Dios, su esposo, y vive en íntimo y dulce consorcio con sus compañeras, seres llenos de dulzura y de benignidad. Habla amorosamente con Jesús crucificado, que le sonríe amoroso y besa con estremecimientos de pasión sus abiertas llagas, sus raudales de sangre; aspira el místico y tranquilizador ambiente de los claustros, que elevan en el espacio su filigrana de piedra de un modo tan aéreo como la oración del creyente; no tiene que preocuparse ni aún de reflexionar; todo muere dulcemente dentro de su cerebro, y un poder superior y maternal se encarga de pensar por ella. De día, a la luz del sol, mira las florecillas que abren sus cálices salpicados de rocío, como mudas bocas que entonan su invisible himno a la divinidad; conversa con el sencillo pajarito; de noche, para ir al coro, atraviesa las silenciosas crujías bañadas por la misteriosa luz de la luna, y siente tras sus pasos los del invisible Angel de la Guarda, que con la ígnea espada desenvainada, la defiende del demonio; junta el oro con el terciopelo y la seda para hacer un traje a la Madre de Jesús, y se extasía a todas horas en la contemplación de su alma, pura y limpia de malos pensamientos, por lo mismo que no piensa, y hasta puede esperar que el Omnipotente la favorezca, haciéndola obrar milagros y destinándola a que por el tiempo figure en los altares. ¿No es esto la mayor de las felicidades?

¡Ah, padre Claudio! ¡Bendito padre Claudio! Buena mano derecha os había dado Dios para trastornar cabezas juveniles y para hacer hervir, hasta derramarse, a las imaginaciones fogosas. Por algo la Compañía le tenía, ya que no por uno de sus mejores predicadores, por el más eminente confesor de cuantos enloquecen cabezas juveniles de aristocráticas herederas, para arrojar sobre ellas las blancas tocas y limpiarlas después los bolsillos.

Enriqueta estaba trastornada. Aquella descripción de las dulzuras monásticas, que el jesuíta aún recargó con detalles más conmovedores, hizo más que todas las exhortaciones de la baronesa, dichas con lenguaje imperativo.

Al terminar el jesuíta su discurso, Enriqueta, con la impetuosidad de aquel carácter que tenía dos diversas fases, exclamó:

—¡Oh, padre Claudio! ¡Yo quiero ser monja! ¡Obedeceré cuanto usted me mande y entraré en un convento, aunque se oponga el mundo entero!

El jesuíta sonrió en la sombra, con la dulce expresión de un artista que se siente satisfecho ante su obra.

—¡Bien, muy bien!—dijo—. Serás monja, te lo asegura el padre Claudio, que te mira como una hija y te protegerá en todas ocasiones. Ahora di el "Señor mío, Jesucristo...", y acabemos, que tu hermana está impaciente.

Rezó la joven, con la cabeza baja, mientras dentro del confesonario sonaba un confuso masculleo de latín.

Acabó el rezo, y sobre la portezuela del sacro cajón apareció la blanca mano del jesuíta, que trazó en el espacio la bendición absolutoria.

Con aquello bajaba del cielo a la cabeza de Enriqueta la divina clemencia, y el padre Claudio comenzaba a tentar los millones de la familia de Baselga, tan apetecidos por la Orden.

Otro golpecito como aquella confesión, y el hermoso jesuíta andaba de un solo salto la mitad del camino que conducía al generalato.

XXII

De cómo el padre Claudio tendió la tela de araña.

El doctor don Pedro Peláez era el médico de Madrid más reputado entre la clase aristocrática.

Una fama, si no de excesiva brillantez, sólida e inalterable, acompañaba su nombre, y no se sentía enfermo un individuo de la alta sociedad sin que al momento parientes y amigos dijesen con la expresión propia del que ha encontrado una solución salvadora:

—¡Que busquen al doctor Peláez! ¡Que venga inmediatamente!

Su reputación científica estaba al abrigo de todo ataque, y a pesar de que era un médico vulgar que no se distinguía en ninguna especialidad, nadie se atrevía a dudar de su sabiduría, que entre las gentes del gran mundo era casi artículo de fe.

En los salones hubiera sido considerado de mal tono hablar de dolencias sufridas, sin unir a ellas el nombre del doctor de moda, que parecía protegido por un oculto poder, encargado de acrecentar su fama.

La consigna era general. Enfermaba alguna aristocrática señora, y no faltaba un amigo oficioso que dijera inmediatamente:

—Eso no es nada. Llame usted a Peláez, y en cuatro días, buena. Le gustará a usted mucho el doctor. Es un hombre de mundo, un carácter franco y agradable.

Se sentía indispuesta alguna beata opulenta, y entonces su mismo director espiritual era el encargado de decirla:

—Llame usted al señor Peláez. Es un gran médico, y, además, un buen católico; un hombre virtuoso que fía más en Dios que en su ciencia, y que no incurre en las herejías de esos doctores materialistas que hoy tanto abundan.

Podía dormir tranquilo el doctor Peláez, pues su fama no corría peligro. Se le morían los enfermos con aterradora frecuencia; los compañeros de Facultad sonreían desdeñosamente al hablar de él, y le aplicaban, como saetas de desprecio, los más denigrantes calificativos; pero allí estaba, para defenderle, toda la alta sociedad, los pollos tísicos, las niñas cloróticas, los padres martirizados por la gota, y, sobre todo, la gente de Iglesia, y más especialmente los individuos de la Compañía de Jesús, que hablaban de la piedad y las virtudes del médico con preferencia a sus conocimientos científicos.

El padre Claudio era la más sólida base de aquella reputación médica, y no visitaba una sola casa en la que no introdujera a su buen amigo don Pedro Peláez, asombroso portento, que era capaz de obrar milagros, como los antiguos santos.

Nada tenía el doctor en su aspecto que justificase tan buena y general aceptación. Conocíase su origen campesino por cierta rudeza en sus maneras y aun en su lenguaje, que él pugnaba por ocultar; su rostro, curtido y cetrino, era vulgarote, teniendo, como detalles distintivos, unos ojos verdosos, que rebosaban malicia, unas patillejas recortadas con poco arte y una gran boca que sonreía con graciosa bondad, y a esto había que añadir que vestía con cierta afectación, procurando ostentar un lujo recargado y ridículo.

Pero, en cambio, tenía una conversación entretenida, era francote e ingenuo, hasta el punto de que, según la expresión de sus bellas clientas, llevaba el corazón en la mano, y tanta facilidad tenía para la narración, que se sentía capaz de pasar un día entero sin repetirse ni cansar a su aristocrático auditorio.

Cuando entraba en una casa, aunque el enfermo estuviera muriéndose, todos desarrugaban el ceño, y hasta algunos sonreían acariciados por la confianza que el médico infundía con su presencia. Pulsaba a los enfermos diciendo un chiste, entretenía a la familia con un alegre cuento, y cuando se le moría el infeliz que él cuidaba (lo que ocurría las más de las veces), aun llegaba a alcanzar con sus palabras que se mitigara bastante el dolor de parientes y allegados.

No se llegaba a determinar en él quién alcanzaba tal éxito y era motivo de tan gran fama, si el médico o el elegante bufón. Joaquinito Quirós, gran aficionado a las imágenes clásicas, aun cuando las sacase por los cabellos, decía de él que era Momo embozado en el manto de Esculapio.

Este don Pedro Peláez era el patriota de quien el padre Claudio habló a Baselga en su conferencia con O’Conell, y pocos días después de que ésta se verificase, lo presentó al conde en aquel despacho, estancia misteriosa donde se incubaba, al calor de una exaltada imaginación, la gran empresa de Gibraltar.

El jesuíta debía ya haber puesto a Peláez al corriente de lo que se trataba, pues el médico habló al conde de la importante conquista con gran entusiasmo, jurando repetidas veces hacer los mayores sacrificios para devolver Gibraltar a la patria española.

A Baselga no le fué muy simpático el doctor Peláez al primer golpe de vista. Conocía de nombre a aquel médico, del que se hacía lenguas la buena sociedad, y al verlo lo encontró un tipo de rústico, malicioso y vulgar, incapaz de acometer ninguna empresa grande.

Pero aquél, exaltado por el patriotismo, tenía la condición de apreciar a sus amigos con arreglo al grado de entusiasmo que mostraban por su grandiosa empresa, y como el famoso Peláez no anduvo parco en punto a elogios y exageraciones, tratándose de la idea concebida por Baselga, éste le reputó inmediatamente por hombre de gran valía, que bajo un exterior vulgar encerraba un corazón de oro.

Tratándose de un carácter tan franco y amigo de entrometerse en todo, como era el del reputado médico, fácil es adivinar lo poco que le costaría captarse la confianza de aquel Don Quijote del patriotismo, nombre que el padre Claudio daba a Baselga en sus conversaciones con su secretario.

Peláez visitó todos los días a su amigo, y con él permanecía horas enteras, discutiendo calurosamente los últimos detalles del famoso plan y lo que debía hacerse después del triunfo.

El conde estaba contento y satisfecho del carácter de su auxiliar, y, sobre todo, lo que más le agradaba en él, es que nunca le hacía la oposición y acataba siempre todas sus órdenes.

Aquello marchaba, según la expresión del conde, que muchas veces no podía contener su alegría, y en la mesa hablaba a sus hijas con fruición y chispeándole los ojos, del gran plan que él cuidaba de no revelar, pero que las honraría a ellas como hijas del más grande hombre de España.

A Enriqueta producíale alguna inquietud la exaltación que notaba en su padre, y que aumentaba de un modo poco tranquilizador.

Fernanda, por el contrario, permanecía tranquila, y únicamente examinaba a su padre con curiosidad. Sabía que el padre Claudio tenía algo que ver con aquella exaltación, y no se inquietaba, pues tenía absoluta confianza en aquel grande hombre, del que era ferviente admiradora.

Además, en ella existía un gran fondo de odio contra el hombre que sabía no era su padre, y que la trataba siempre con desdeñosa indiferencia, haciéndola sentir muchas veces el peso de su autoridad. El conde era un obstáculo para los planes del padre Claudio, y ella, por su amor a éste, deseaba que le hiciera desaparecer.

Un día comenzó a alarmarse, no sólo la familia, sino toda la servidumbre de casa de Baselga.

Eran las ocho de la mañana, y en el patio sonaron voces coléricas, disputando con gran furor, y se vió subir precipitadamente al obeso portero con una mejilla enrojecida por la marca que deja un tremendo bofetón.

El ayuda de cámara del conde, que acababa de ponerse en actitud de servir, pues su señor se levantaba siempre a dicha hora, acudió presuroso al encuentro del atribulado portero, que con aire azorado exclamó:

—Yo no sé lo que es eso; pero abajo hay muchos hombres, una tropa de palurdos, que parecen del Norte, y que son salvajes como unos indios. No les quería dejar pasar, y mira cómo me han puesto. Ese viejo que va al frente me ha dado dos bofetadas.

Y el gordo sirviente se llevaba la mano a la mejilla con una expresión de dolor que resultaba grotesca.

—Pero, ¿qué quieren esos bárbaros?—preguntó el ayuda de cámara.

—Buscan al señor conde, y dicen que son amigos de él, y que si vienen es porque él los ha llamado. Véase si esto puede ser. ¡Como si el señor conde fuera a buscar sus amigos en los corrales de ganado!

En esto ya sonaba en la anchurosa escalera el pesado trote de muchos pies torpes, pero seguros en el pisar, y poco después desembocaba en la antesala un rebaño de hombres vestidos de lana parda, la boina azul sobre la oreja y en la mano groseros y robustos bastones.

Eran como unos veinte, y los había de todas clases. Unos membrudos, de estatura gigantesca y rostro ingenuo como el del niño; otros pequeños, angulosos e inquietos, con cara de rusticidad maliciosa; algunos, viejos y curtidos; las más, jóvenes, con la tez respirando esa frescura que presta la vida de las montañas, y todos de gesto enérgico y apostura resuelta, como hombres seguros de su fuerza, que ni buscan ni rehuyen el peligro.

Al frente de ellos iba un viejo enjuto y pequeño, de airecillo socarrón y ojos menudos, azules y penetrantes, el cual tenía sobre sus compañeros cierto aire de superioridad y miraba a todas partes con confianza, como hombre que no se cree capaz de que le asombre cosa alguna.

Al ver al ayuda de cámara, le dijo con tono imperativo:

—¡Eh, muchacho! Tú sabrás darnos mejor razón que ese gordote. Dile a tu amo, el señor conde, que aquí está el tío Fermín, el de Zumárraga. ¡Anda vivo!, que él ya nos estará esperando hace días.

Luego continuó dirigiéndose a los suyos, que le miraban con satisfecho amor propio al verle mandar en aquella casa:

—¡Vaya, chiquillos! Sentaos sin vergüenza. El conde es muy campechano, y aquí estáis como en vuestra propia casa.

El rebaño, obedeciendo la orden del pastor, se esparció por la antecámara, moviendo gran estruendo con sus fuertes patadas y colocándose ruidosamente en las sillas de madera tallada, algunas de las cuales chocaron violentamente contra la pared.

Aquella horda, con su ruidosa invasión, su vocerío en el patio y los gritos del tío Fermín, puso en conmoción toda la casa, y a los pocos instantes, el resto de la servidumbre asomaba sus curiosas caras tras los portiers del recibidor, asombrándose ante aquellas feroces cataduras y la rusticidad de trajes que desentonaban del lujo de la habitación.

Doña Fernanda, avisada por su curiosa doncella, supo inmediatamente la irrupción bárbara de que era objeto la casa, y vistiéndose apresuradamente, fué a asomar sus ojos por las rendijas de un cortinaje de la antecámara.

Su instinto aristocrático se sublevó al ver aquella manada de hombres toscos que miraban con asombro los detalles lujosos de la habitación, al mismo tiempo que dejaban impresas en la alfombra las sucias huellas de sus zapatos cubiertos de barro. Iba la baronesa ya a salir para arrojar a la calle a la plebeya turba, cuando vió entrar por la puerta de enfrente, envuelto en su bata, al conde de Baselga, erguido y sonriente, como si experimentase inmensa satisfacción.

Todos se levantaron, moviendo tanto estrépito como al sentarse.

—¡A sus órdenes, mi coronel!—gritó el tío Fermín, llevándose una mano a la boina para saludar militarmente, al mismo tiempo que con la otra estrechaba con gran respeto la que le tendía el conde.

—¡Aquí están los chicos!—continuó con expresión gozosa—. Usted, mi coronel, de seguro que habrá dicho en vista de mi tardanza: "Ese Fermín no se acuerda ya de mí ni me quiere obedecer"; pero el tío Fermín no es ingrato, ¡qué ha de ser! Lo único que le ha sucedido es que le ha sido difícil buscar y reunir la gente; pero lo importante es que ya está aquí dispuesta a obedecerle como en otros tiempos; ¡je, je! ¡Qué tiempos aquéllos, mi coronel!

Y el fuerte viejo se reía abriendo su boca desdentada, y oprimiendo con entusiasmo la mano del conde.

—¿Y es ésta la gente, tío Fermín?—dijo Baselga, paseando su penetrante mirada por el confuso grupo que le contemplaba con respetuosa admiración.

—Esta es; sí, señor. Es decir, quedan aún treinta más, que vendrán dentro de dos días. Les quedaba algo que hacer por allá, y además no convenía que viniéramos todos juntos. Algunos sirvieron en las filas cuando la guerra, y todos estos jovenzuelos son hijos de antiguos soldados de nuestro regimiento y le conocen a usted por lo mucho que hablaban sus padres del valiente coronel Baselga. ¿Verdad, hijos míos?

Aquellos mocetones contestaron muda y afirmativamente con tal energía, que parecía iba a salírseles la cabeza de los hombros.

—Ya veo que es gente que promete—dijo el conde—, y de seguro que con ellos pueden hacerse muy buenas cosas.

Veinte sonrisas estúpidas acogieron agradecidas el cumplido.

—Póngalos usted a prueba y verá. Son fieras, y más cuando se trata de reñir por el rey legítimo. Conque, señor conde, ¿cuándo daremos el grito? Porque yo supongo que no nos habrá usted llamado, gastando tanto dinero, por el solo placer de vernos.

—Ya hablaremos de eso. Ven solo esta tarde y te diré lo que hemos de hacer. ¿Necesitas dinero?

—¡Quiá!, no, señor. Con los tres mil duros que usted envió he tenido de sobra para dejar algo a las familias y traer esta gente y la que ha de venir, y aún queda para mantenerse muchos días aquí.

—Así que necesites más dinero, avísamelo. Ahora marchaos y procurad ir por Madrid en pequeños grupos, sin llamar la atención. Hasta la vista, muchachos; y tú, Fermín, te espero esta tarde.

Salió la horda con el mismo estrépito, saludando con sus boinas al conde y llevando al frente, como cuidadoso pastor, al tío Fermín, que había tomado ojeriza al portero, pues al verle en la escalera blandía su garrote de un modo poco tranquilizador.

Perdiéronse escalera abajo los trotes de aquella tribu, arrancada de lo más abrupto de las montañas navarras y llevada a Madrid por la voluntad del conde. En la antecámara no quedaron como recuerdos de la invasión más que las manchas de barro en la alfombra y un nauseabundo olor a salud.

La baronesa experimentó gran alarma con aquel acontecimiento inesperado.

Por más que esforzaba su imaginación no podía adivinar cuáles eran aquellos propósitos que su padre ocultaba con tanto misterio, y por qué había hecho venir tanta gente desde Navarra.

Comprendía que el padre Claudio sabía más que ella en aquel asunto; pero por no merecer de él una reprimenda, ni oir que su curiosidad se mezclaba en todo, no avisó al jesuíta de lo ocurrido, como en el primer momento lo pensó.

Quiso aquella tarde sorprender algo de la conversación del conde con el viejo navarro, pero no pudo lograr su intento, pues Baselga, como de costumbre, cuando tenía que tratar algo en secreto, había cerrado la puerta de una habitación anterior a su despacho.

La baronesa hubo de contener forzosamente su curiosidad, que se excitó dos días después con motivo de otra visita que hizo el tío Fermín, con más numeroso acompañamiento y con el mismo estruendo, aunque sin tener choques con el obeso portero.

Eran treinta mozos los que el viejo navarro presentaba al conde, diciéndole que acababan de llegar en el tren de la mañana, y que estaban tan deseosos de ver a su noble jefe, que no había podido disuadirlos de tal visita.

La baronesa, que oculta tras el mismo cortinaje de la antesala presenciaba la escena, se alarmó más aún y pensó con terror si su padre haría desfilar por aquella casa a todo su antiguo regimiento.

No creía ya que en aquello pudiera tomar parte el padre Claudio, y se propuso revelarle lo que ocurría aunque el jesuíta le reprochara su curiosidad.

Envió al portero a la casa residencia de los jesuítas, con una esquela en que rogaba al padre Claudio pasase a verla cuanto antes, y a su director espiritual, el padre Felipe, le comunicó cuanto ocurría en aquella misma tarde, pues no podía contener más tiempo la extrañeza producida por tan inesperados sucesos.

Estaba la baronesa muy ocupada en comentar con su director espiritual aquellas misteriosas maquinaciones de su padre, cuando entró la doncella, a quien doña Fernanda había encargado que espiara todos los actos del conde.

—¡Señora, señora!—dijo apresuradamente la joven—. El señor ha bajado hace un rato a las cuadras y ha hecho desocupar el cuarto del forraje.

—¡Bien! ¿Y qué?—contestó la baronesa, no comprendiendo que tal noticia pudiera causar tanto azoramiento.

—Que acaban de llegar dos carros con unos cajones muy pesados, y a fuerza de muchos brazos acaban de colocarlos en el depósito del forraje.

—¿Y qué contienen los cajones?

—Agustín el cochero, que ha ayudado a colocarlos y ha hablado con los mozos, acaba de decirme que tienen dentro carabinas.

—Será una broma—dijo la baronesa palideciendo.

—No, señora. Yo he oído el ruido de los cajones al descargarlos, y aseguro a la señora que contienen objetos de hierro. Indudablemente son armas.

La baronesa y su amigo se miraron asombrados, haciéndose mudamente la misma pregunta. ¿Para qué serían aquellas armas?

—¿Y dónde está el señor?—preguntó doña Fernanda.

—Vigilando y dirigiendo la colocación de los cajones. Uno de éstos, dice Agustín que lo han descargado con precaución, pues contiene cartuchos que pueden dispararse con facilidad.

A la baronesa le pareció que ya se bamboleaba la casa, movida por una explosión, y con acento algo angustiado, dijo a la doncella:

—Vuelve a ver lo que hace el señor, y Dios quiera que no nos suceda una desgracia.

Doña Fernanda y su director espiritual se entregaron a los más aventurados comentarios, creyendo, cuando menos, que el conde trataba de verificar un alzamiento carlista en el mismo Madrid.

Era preciso poner aquello en conocimiento del padre Claudio, y su subordinado, el robusto y potente confesor, se comprometía a manifestarle la urgencia con que la baronesa solicitaba su presencia.

A la mañana siguiente, el padre Claudio, antes de la hora en que acostumbraba a ir a Palacio, entró en el salón de doña Fernanda.

Esta, que le aguardaba hacía ya mucho tiempo y que, como de costumbre, se había vestido y acicalado con elegancia para recibir dignamente al poderoso jesuíta, se abalanzó a él, exclamando con doloroso acento:

—¡Oh, padre mío! ¿Qué va a suceder aquí? ¡Con qué impaciencia le aguardaba! Creo que ya sabrá usted lo que ha hecho mi padre.

—Sí, hija mía. Este suceso lo aguardaba yo hace algún tiempo; pero siéntate y hablemos con calma, pues el asunto lo merece.

Sentáronse los dos en un sofá, y el jesuíta dijo, adoptando un aire paternal:

—Vamos, hija mía. Cuéntame todo lo sucedido ayer. El padre Felipe me ha dicho algo, pero deseo que seas tú quien me diga lo ocurrido, con todos los detalles.

La baronesa hizo la relación de todo lo sucedido. La llegada de los navarros, el almacenaje de las armas, el gran susto de los criados, que sabían todo lo que ocurría, y el no menor que experimentaba ella, pues comprendía que de todo aquello nada bueno podía salir.

—Y tú—dijo el jesuíta—, ¿qué intenciones le supones a tu padre? ¿Por qué crees que hace todas esas cosas que resultan extrañas?

—Yo, padre mío, la verdad, no sé cuál pueden ser sus ideas. Ahora, afortunadamente, estamos en una época tranquila, el partido carlista no piensa en conspiraciones, y al ver yo estos preparativos guerreros de mi padre, casi llego a sospechar si estará loco.

El padre Claudio sonrió, como halagado por estas últimas palabras, y dijo a su admiradora:

—¿Recuerdas que un día vine aquí con un sabio irlandés, el doctor O’Conell? Tú estabas en una Junta de Cofradía, y encargué al ayuda de cámara de tu padre que te participase la visita. ¿Lo recuerdas?

—¡Oh, sí, perfectamente! Vino vuestra paternidad con un sabio que estaba de paso en Madrid y que se marchaba aquella misma noche. El doctor O’Conell, según usted me dijo después, es un sabio de gran reputación, y, además, un buen católico y amigo de la Orden. Ya ve usted que me acuerdo.

—Pues bien; aquella visita, que parecía insignificante, tenía gran importancia. Yo traje aquí a O’Conell con toda intención.

—También ha traído usted al famoso doctor Peláez, con el que ha simpatizado mucho mi padre.

—También ha sido intencionadamente. Necesitaba que la ciencia viniese a ratificar una sospecha que hace tiempo abrigaba yo.

—¡Cómo! ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que usted cree, padre Claudio? ¡Oh, dígamelo, por Dios!

La baronesa demostraba gran excitación. Pero ésta era producida más por la curiosidad que por la zozobra dolorosa que en toda hija produce un riesgo que amenaza a su padre.

—¡Calma, hija mía, calma! No te inmutes y conserva la serenidad, que en estas circunstancias es más necesaria que nunca. Comprendo que mis palabras te impresionarán desagradablemente, pero debes tener valor.

Y luego añadió, bajando la voz y mirando a todas partes, como si temiera ser oído:

—Tu padre está loco.

Y doña Fernanda, por toda contestación, murmuró:

—Me lo temía.

Quedaron en silencio los dos, y pasados algunos minutos de reflexión, la baronesa preguntó a su ídolo:

—Pero dígame vuestra paternidad: ¿qué ha sucedido? ¿Cómo ha venido usted a convencerse de la locura de mi padre?

—¡Oh! Es muy largo de contar. Procuraré decírtelo brevemente. Tu padre ha caído en la extraña monomanía de querer arrebatar Gibraltar a los ingleses, y hace ya muchos meses que no se ocupa de otro asunto. La idea, siempre fija, de alcanzar gran renombre, como sus antiguos compañeros de armas, le ha hecho incurrir en tal manía, y él que, como sabes, no ha sido nunca gran aficionado a los libros, estudia ahora con tenacidad las obras militares, y ha conseguido hacerse un sabio. Las fortificaciones de Gibraltar las conoce perfectamente, y hace poco tiempo aquel viaje que emprendió, y del que tan malhumorado vino, no fué a sus posesiones de Castilla la Vieja...

La baronesa, que oía la relación con extrañeza y curiosidad, no se pudo contener.

—Pues, ¿adonde fué?—exclamó.

—A Gibraltar, de donde le arrojó la policía inglesa, sin duda porque con sus imprudencias excitó sus sospechas. El mismo me lo ha contado, pues por una extraña casualidad le inspiro gran confianza. Su manía le induce principalmente a considerar a todos sus amigos como cómplices de la conspiración y les comunica sus planes. Yo, que conozco su carácter y sé que es terrible cuando se irrita, procuro no contradecirle, y consiento que me trate como compañero de conspiración. Lo mismo le ocurre a Joaquinito Quirós, que hace tiempo se apercibió de las manías del conde. Al principio eran éstas inofensivas, y se limitaban a risueñas esperanzas y planes, que no se habían de realizar; pero, poco después, tomaron un carácter alarmante, hasta tal punto, que hoy puedo asegurarte, hija mía, que si tú, en representación de toda la familia, no tomas medidas enérgicas, este loco puede perturbar, no solamente esta casa, sino España entera, creando un conflicto internacional, en el que, indudablemente, perderá la vida. Figúrate que ha comprado armas y ha llamado esa gente que tú ya conoces, con el descabellado propósito de apoderarse de Gibraltar por sorpresa, y habla de esta empresa imposible con la misma naturalidad que Don Quijote hablaba de las más tremendas aventuras. Tan parecido está al loco hidalgo manchego, que toma ya por gigantes los molinos de viento, pues a un doctor lo convierte en capitán, metiéndolo imaginariamente en su conspiración.

—¿Cómo es eso?

—Se ha empeñado en que el sabio doctor O’Conell es un capitán irlandés de guarnición en Gibraltar, y que se ha comprometido a ayudarle en su aventurada empresa.

—Pero, ¿puede haberse forjado tal idea? Eso es un disparate.

—¿Qué te extraña, hija mía? Si no pensase tan absurdamente no sería un loco. Indudablemente, lo que sueña en su desordenada imaginación lo cree una realidad, y por esto afirma tan seriamente que el doctor es un militar comprometido en la patriótica conspiración.

—Pero en algo se fundará para hacer tales afirmaciones.

—En nada absolutamente, querida hija. El doctor O’Conell tuvo con él una larga conferencia, de la que yo fuí testigo, y en ella no se trató nada que pudiera servir de base a tales ilusiones. Es verdad que el conde habló de Gibraltar con esa exaltación que siempre le acomete cuando trata de ese plan tan funesto para su razón; pero el doctor, ocupado en observarlo, apenas si le contestó, fijándose únicamente en las muestras que daba de enajenación mental. Salimos mi amigo y yo de la visita, sin que pudiera imaginar el efecto que ésta había de producirle, y al día siguiente, al volver aquí, mi sorpresa no tuvo límites cuando el conde me preguntó por el capitán O’Conell, y si éste tardaría mucho en indicarle, por conducto mío, el momento oportuno para dar el golpe sobre Gibraltar. Pero mi asombro se trocó en miedo cuando me habló de traer de Navarra hombres de confianza y comprar armas. Temblé, pensando en los terribles compromisos que su locura iba a traer sobre esta casa, para mí tan querida, y busqué inmediatamente al amigo Peláez, encargándole que estudiase atentamente la enfermedad del conde.

Doña Fernanda estudiaba fijamente a su poderoso amigo, como si intentase adivinar en su frente pensamientos muy opuestos a su palabra.

La aristocrática devota se había rozado demasiado con gentes cuya facultad predominante era la astucia, para no presentir que allí debía haber algo extraño e importante, que el buen padre le ocultaba.

Sentíase inclinada a la desconfianza, pero, al mismo tiempo, era tan pura la mirada del jesuíta, tenía su rostro tal expresión de inocencia, que la devota se sentía arrepentida de sus sospechas.

El padre Claudio podía jactarse de ser dueño absoluto de su voluntad y tener en la baronesa una sierva sumisa.

No; ella, a pesar de todos sus presentimientos, no quería recelar nada; no se sentía capaz de pensar mal de su poderoso amigo, y estaba dispuesta a creer a ojos cerrados cuanto el jesuíta le dijera.

Además, no le desagradaba aquello de que el conde fuese declarado loco, y pensaba con fruición en que por tal procedimiento se realizarían sin obstáculo alguno los planes que sobre el porvenir de Enriqueta se había forjado ella y el jesuíta.

Pensando en tan halagüeña idea, se le escapó una sonrisa de complacencia, y como llama de atalaya que hace una señal en la oscuridad de la noche, en el fondo de la mirada del padre Claudio brilló una luz fugaz y extraña. Aquel chispazo contestaba a la sonrisa. Se daban ya por entendidos el maestro y la discípula.

Doña Fernanda se había decidido ya a creer en la locura de su padre. Ella sabía lo que significaba tal locura sobreviniendo poco después de negarse el conde a las demandas del jesuíta; pero sentía tranquila su conciencia, más que todo por la naturalidad simple y terrible que presentaba el asunto, y que hacía honor a la preparación jesuítica.

La cosa era sencilla y no daba lugar a dudas. Baselga ya no era el mismo de un año antes. Se había fijado tenazmente en su cerebro un plan imposible, y el que antes era un ser misantrópico y silencioso, mostrábase ahora exaltado y locuaz. Esto no era suficiente para declarar a un hombre loco; pero allí estaban, como acusaciones poderosas e indestructibles, el empeño en convertir a un sabio doctor en capitán del ejército inglés, la llamada de aquella turba de feroces navarros, la compra de armas y, sobre todo, el testimonio del doctor Peláez, aquella lumbrera científica del mundo elegante, que golpeándose el pecho con sus rudas manazas, manifestábase dispuesto a jurar ante Dios, si era preciso, que Baselga estaba más loco que muchos reclusos en los manicomios.

Ella volvía a repetirse que no sentía intranquilidad en la conciencia. Tenía la obligación, como buena católica, de creer a un santo varón tan respetable como el padre Claudio, y desechaba, como inspiraciones del demonio, las sospechas que la acometían. Ella no pecaba creyendo a su padre loco, aunque la razón le aseguraba todo lo contrario. Se lo decía el respetable jesuíta, y ella, con creerlo, quedaba libre de toda responsabilidad. ¡Oh! ¡Cuán cómoda era aquella fe!

El padre Claudio adivinó, con su natural perspicacia, lo que pensaba aquel ser tan supeditado a su voluntad, y seguro ya de su obediencia siguió adelante.

Habló a la baronesa de la necesidad en que estaba de prevenir los peligros que pudiera ocasionar la locura de su padre, y le pintó con sombríos colores cuál iba a ser la suerte de éste, si permanecía libre, como hasta el presente.

—Tú no llegas a imaginarte lo peligroso que es para su familia, y hasta para su propia persona, un loco dominado por tan extraña manía como la del conde. Hasta la paz de la nación peligra, si tu padre permanece, como hasta el día, dueño por completo de sus acciones. Figúrate que mañana mismo, tenaz en su idea de que el doctor O’Conell es un capitán que le ayuda dentro de la plaza de Gibraltar, se le ocurre valerse de sus armas y de esos hombres que ha reunido, y se dirige a la posesión inglesa, intentando entrar en ella en son de guerra. Las autoridades británicas, que no reparan gran cosa en apreciar locuras, lo ahorcarán, indudablemente, en tal caso, y todo el mundo te señalaría a ti como responsable de tan afrentosa muerte, pues, conociendo a tiempo su locura, no habías evitado sus consecuencias.

—¡Jesús!—exclamó la baronesa con afectado horror, tapándose el rostro con las manos.

—Vamos, hija mía; hay que tener presencia de ánimo y no entregarse al dolor. Hoy aún estamos a tiempo para evitar tales horrores, si es que tú tienes la suficiente firmeza para adoptar una resolución que ponga en seguro la existencia de tu padre y la paz de esta casa.

—¡Oh, diga usted, reverendo padre! ¿Qué debo hacer?

—Ante todo hay que buscar a varios doctores de reconocida capacidad, para que celebren una consulta sobre la salud del conde, y enterados suficientemente de sus nuevas costumbres y extrañas ideas, digan si está loco o no.

—Estoy dispuesto a ello, y llamaré a los doctores que usted me indique.

—Basta con que llames a uno; los otros los convocará el doctor Peláez, que puede apreciar mejor que nosotros el mérito de sus compañeros de Facultad.

—¿A quién tengo que llamar yo?

—Al doctor Zarzoso, ese célebre catedrático de la Escuela de Medicina, que tanto ruido mueve con sus conferencias públicas sobre enfermedades mentales. ¿A quién mejor podemos confiar el diagnóstico de la enfermedad de tu padre? ¡Oh! Estáte segura de que si don Antonio Zarzoso nos declarase locos a nosotros dos, no habría nadie en el mundo que dudase de sus palabras. Puedes escribirle hoy mismo, rogándole que te diga a qué hora podrá venir mañana a examinar al conde. El tal doctor es un hombre de perversas ideas políticas, un revolucionario recalcitrante, que, aunque valiéndose de rodeos, aprovecha todas las ocasiones que se le presentan para atacar nuestra santa fe; pero sabe mucho, es un portento de ciencia, y en ocasiones como ésta, resulta necesario valerse de sus superiores conocimientos.

—Le llamaré, reverendo padre. Un criado le llevará inmediatamente mi carta, en que le rogaré venga mañana mismo.

—El doctor Peláez vendrá con los dos compañeros que elija, y la consulta se llevará a cabo. Yo, en interés tuyo y de esta casa, me resignaré a asistir a la consulta, pues tal vez el doctor Zarzoso quiera interrogarme sobre las costumbres y el carácter del conde.

—¡Oh, gracias, padre mío! ¡Cómo agradecer tantas bondades!

Hablaron aún mucho rato el jesuíta y la baronesa sobre la locura del conde, y cuando el primero hubo determinado bien hasta en sus últimos detalles lo que su aristocrática subordinada debía decir en la consulta del día siguiente, se despidió de ella, alegando sus muchas ocupaciones.

Al atravesar la antecámara el padre Claudio habló con el ayuda de cámara del conde:

—¿Está el doctor Peláez con tu señor?

—Sí, reverendo padre. ¿Quiere usted que le dé algún recado?

—Ahora, no; sería interrumpir su conversación con el conde y estorbarlos en importantes ocupaciones. Si tarda en marcharse, puedes entrar de aquí a una hora, y decirle que le aguardo en mi casa.

El padre Claudio se fué.

Cuando una hora después el doctor Peláez entró en el despacho del poderoso jesuíta, estaba éste completamente sólo y papeleando con la misma suprema atención que cuando era joven. Aquel hombre se sentía en su elemento y experimentaba un inmenso placer cuando hojeaba aquellos legajos, inmenso registro de las vidas de muchos miles de seres, que encerraba secretos importantes y era como un cementerio moral, donde dormían los hombres más conocidos, mostrando el esqueleto descarnado de su vida, el carácter secreto, sin convencionalismos sociales que encubren los defectos, ni excusas engañosas que desfiguran los crímenes. Revolviendo aquella necrópolis de papel emborronado, el padre Claudio se agigantaba, apreciando en toda su magnitud su poderosa omnipotencia, y al tomar en sus manos uno de los legajos, su peso le parecía el del mundo entero, que podía estrujar a su placer.

El doctor Peláez entró en el despacho transfigurado. A sus elegantes clientes les hubiese costado algún trabajo reconocer en aquel hombre grave, cabizbajo y con aire de siervo rastrero que se humilla, su doctor alegre, chismoso y bromista, que tanto alegraba a los enfermos.

El padre Claudio le miró de un modo muy distinto que cuando lo encontraba en los salones de la alta sociedad.

Ahora ya no eran dos amigos, sino que el subordinado comparecía ante el superior omnipotente y absoluto.

—Siéntese usted, doctor—dijo el padre Claudio—¿Cómo está el conde?

—Lo mismo que siempre. Esta tarde, como de costumbre, hemos hablado de Gibraltar. Dice que sólo espera el aviso de O’Conell, y que todo lo tiene preparado para ponerse en camino y dar el golpe.

—¿A qué altura se encuentra su demencia?

—Reverendo padre, el conde está tan loco como vuestra paternidad y como yo. Es cierto que en él hay algún desarreglo de las facultades mentales, que esa idea de conquista le obsesiona, hasta el punto de excitar demasiado su imaginación; pero de esto a la locura hay mucha distancia.

El padre Claudio hizo un gesto terrible, y el médico tembló.

—Doctor Peláez, es usted un imbécil, que no sabe una palabra de medicina. Yo le digo a usted que Baselga está loco.

Y al decir esto miraba con tal aire de autoridad avasalladora a Peláez, que este, como si fuese el eco de las palabras del jesuíta, dijo rotundamente:

—Está loco, efectivamente.

—Muy bien; veo que ya va sabiendo usted algo más de medicina. El conde de Baselga está loco, y en la consulta que usted, como médico de la casa, tendrá mañana con el célebre alienista Zarzoso, es preciso que sepa relatar perfectamente la historia de la enfermedad y que cuente todos los detalles justificativos, de modo que nadie pueda dudar que el conde es víctima de una enajenación mental. Resulta esto necesario para que la familia pueda conducirlo a un manicomio.

—Difícil es eso, reverendo padre.

—Claro, es más fácil contar chascarrillos en las tertulias y alborotar a las pollas con cuentecillos de color de rosa; pero aquí no lo hemos encumbrado a usted por el gusto de que la aristocracia tenga un bufón más, sino para que nos sirva siempre que lo necesitemos. Usted no está autorizado para decir si una cosa es fácil o difícil; usted lo que debe hacer es cumplirla a ojos cerrados, y... en paz.

—La cumpliré, reverendo padre. Sólo temo no saber hablar de un modo que convenza a mis colegas.

—Yo estaré allí.

—De ese modo ya estoy más tranquilo.

—Ya puede usted apreciar el modo más adecuado de hacer la historia de la locura de Baselga. He aquí la síntesis: primero, un hombre ensimismado, malhumorado, misántropo; después, se le ve dedicarse con ahinco a los estudios militares, habla de gloria a todas horas, cambia de carácter rápidamente, se irrita con frecuencia, al mismo tiempo que siente retoñar en él los apetitos juveniles, y se lanza al mundo elegante de que antes huía bailando como un muchacho y adoptando el aspecto de un viejo verde. La idea absurda y estupenda de conquistar a Gibraltar la acaricia en secreto, y al fin acaba por revelarla a varios amigos de confianza. Yo, que soy uno de éstos, y a quien empiezan a inspirarle cuidado las ideas estrambóticas del conde, aprovecho el rápido paso por Madrid de un amigo mío, renombrado médico irlandés, llamado O’Conell, y lo llevo a casa de Baselga. La conferencia es tranquila. El conde habla, como siempre, de su plan sobre Gibraltar; el médico le contesta cuatro generalidades, con el único fin de hacerle hablar más y estudiar mejor su pensamiento, y termina la visita, sin que ocurra ningún incidente y sin que O’Conell dé motivo alguno para que el pobre loco crea que él es un capitán del ejército inglés que se propone ayudarle en la conquista del Peñón. Al día siguiente, yo veo con el mayor asombro que el conde tergiversa las cosas del modo más lamentable, y que tiene por militar al que sólo es doctor, y supone que dentro de la posesión inglesa hay quien secunda sus planes. Esto me produce una inmensa alarma, y entonces yo le busco a usted para que estudie la enfermedad del conde, y usted, por datos que tendrá recogidos, probará claramente a sus colegas que Baselga está loco de remate, añadiendo que tan tenaz es su manía patriótica y conquistadora, que también lo considera a usted como uno de los conjurados y le expone sus planes. Además, puede usted asegurar al doctor Zarzoso, que a él, en el momento que visite al conde, también éste lo considerará como auxiliar para la conquista.

—Pero..., reverendo padre. ¿Cómo vamos a conseguir esto último? ¿Y si el conde recibe a mis colegas como simples médicos y no quiere hablar de su famoso proyecto? ¿Cómo nos arreglaremos entonces para probar su locura?

—No se ocupe usted de eso, señor Peláez. Es cuenta mía, y ya sabré yo arreglar las cosas para que el éxito sea a nuestro gusto.

—Procuraré, reverendo padre, cumplir sus órdenes y proceder de modo que la Orden no quede descontenta de mí.

—Hará usted perfectamente. Esta es la primera vez que necesitamos de sus servicios para un asunto serio. Hasta ahora no ha hecho usted más que vigilar por nuestra cuenta a ciertas familias y darnos relación exacta de sus acciones. Servicios de poca importancia, menudencias que no merecen mucho agradecimiento. Ya empieza usted a devolver lo mucho que nos debe, y es preciso que en este asunto se extreme y aguce el ingenio para que no podamos tacharle de ingrato. Piense usted, ante todo, que si hoy se ve bien recibido en la alta sociedad y vive en la opulencia, a nosotros nos lo debe, y que así como lo hemos elevado, podemos hacerle caer en la ruina de un solo golpe. Procure, pues, no dejar descontenta a la Orden.

—Reverendo padre: soy de la Compañía en cuerpo y alma.

—Pues a eliminar al conde de Baselga del mundo de los cuerdos.

—O el doctor Peláez no sirve para nada, o mañana el conde es declarado loco.

—Así sea, querido doctor. Con ello libraremos a una familia católica del yugo de una obstinación impía, y la Orden recibirá un refuerzo de importancia para continuar su obra sublime de conquistar el mundo en nombre de Cristo. Considere usted si el servicio que yo le exijo es meritorio y digno de santa alabanza.

XXIII

Baselga convertido en mosca.

La baronesa de Carrillo vivía en el palacio de su padre con completa independencia.

Ocupaban sus habitaciones una gran parte del primer piso, y sólo dos o tres piezas, las más sombrías, por tener sus vistas al patio, eran las reservadas al jefe de la familia, que vivía en completo aislamiento, y únicamente iba en busca de su hija Enriqueta cuando tenía que acompañarla a una fiesta de sociedad.

Entre las habitaciones de la baronesa y las del conde, aunque sólo estaban separadas por la antecámara, padecía mediar un abismo.

El odio de la falsa hija y la indiferencia del padre, que sabía bien a qué atenerse acerca de la sangre que circulaba por las venas de la baronesa, impedían toda relación entre los dos, y de aquí que sólo se viesen en el comedor, donde cambiaban algunas frías palabras.

Esta falta de comunicación en que ambos vivían creaba en aquella casa dos mundos distintos que seguían sus rumbos, sin rozarse ni aparentemente el uno con el otro.

Baselga no ponía nunca los pies en las habitaciones de su hija mayor ni se preocupaba de las visitas que ésta recibía y de sus rústicas tertulias.

En cuanto a la baronesa, ésta no se preocupaba aparentemente de la vida que hacía su padre, ni hacía preguntas a sus enviados; pero era porque su chismosa doncella, mediante generosas recompensas, se encargaba de averiguar lo que el conde hacía desde la mañana hasta la noche, y qué gentes entraban a visitarle en su despacho.

A esta separación era debido que Baselga no se enterase de lo que contra él se tramaba en el salón de su hija, ni se apercibiera de las personas a quienes ésta recibía.

De este modo, nada supo de la reunión que se verificaba en dicha pieza a las once de la mañana, o sea a la hora en que él, con los codos apoyados en su mesa de trabajo y la cabeza entre las manos, reflexionaba sobre su célebre plan, que nunca se cansaba de acariciar.

Media hora antes había estado con él su íntimo amigo, el padre Claudio, para anunciarle de allí a poco rato la visita de tres individuos del Comité patriótico que dirigía Peláez, las cuales se mostraban ansiosos de conocer al gran hombre encargado de dar el golpe sobre Gibraltar.

El jesuíta había salido poco después, anunciando que iba a visitar a la baronesa en sus habitaciones, y, efectivamente, allí estaba hablando con ella, en un rincón, explicándola con cierta vehemencia el modo como debía recibir al doctor Zarzoso.

De pie, junto a una ventana, estaba Peláez mirando atentamente a la calle, y sentados en grandes sillones, con la expresión de hombres que se encuentran en un sitio que no les inspira confianza, figuraban los dos médicos que el doctor de la aristocracia había buscado para que sirviesen como de coro a la consulta médica que se preparaba.

Eran dos facultativos insignificantes, dos médicos vulgares, a quienes protegía Peláez, dándoles las migajas de su clientela, y de los que disponía a su antojo como verdaderos autómatas.

A pesar de su título académico, consideraban a Peláez como un oráculo; su falta de ciencia les hacía creer, como a toda la alta sociedad, que el aristocrático médico era un portento de sabiduría, y bastaba que éste abriese la boca para que los dos acólitos comenzasen a mover la cabeza para apoyar con signos de aprobación todas sus palabras.

Paró en la calle un carruaje, y Peláez se retiró de la ventana, diciendo con precipitación:

—Ya está ahí. Su berlina ha parado en la puerta.

El rato que transcurrió hasta la presentación del famoso catedrático, lo empleó la gente que estaba en el salón en colocarse convenientemente.

Los dos médicos limitáronse a incorporarse un poco en sus sillones; pero la baronesa y el jesuíta levantáronse de sus asientos para colocarse en el sofá, donde doña Fernanda, estrujando nerviosamente su pañuelo y ladeando dolorosamente su cabeza, tomó una actitud trágica.

El padre Claudio estaba a su lado como esforzándose en inspirarla valor, y Peláez colocóse modestamente en un ángulo del salón con toda la actitud de un hombre eminente, que, en obsequio a un sabio que le sobrepuja, quiere hacerse pequeño e insignificante.

Un criado anunció al doctor Zarzoso, y éste entró inmediatamente en el salón.

Era un hombre de cincuenta años, de estatura regular, que disminuía una excesiva obesidad; de rostro cetrino, cano bigote cortado a cepillo, cráneo algo despoblado y reluciente, y frente anchurosa, cruzada por una arruga vertical que nacía entre las dos cejas y que se marcaba de un modo alarmante apenas estallaba en él el mal humor.

Todo en él denotaba a un hombre testarudo e inflexible, capaz de reñir a puñetazo limpio con la ciencia, si ésta, después de hacerle entrever alguno de sus misterios, se empeñaba en ocultárselo.

Llevaba un gabán azul abrochado hasta el cuello y muy estrecho, por lo que marcaba demasiado su prominente abdomen, y sus ojuelos brillaban tras los cristales de sus gafas de oro, con la expresión de un hombre desconfiado y tosco, que en su franqueza llega, sin notarlo, hasta la grosería.

Era el verdadero tipo de sabio que aparece en comedias y novelas, y que ha llegado a hacerse popular. Su despreocupación era ya legendaria en la escuela de Medicina; sus frecuentes distracciones, muchas veces de carácter cómico, daban mucho que reir a alumnos y practicante, y resultaba típico en él su odio a esas ridículas conveniencias sociales creadas por la aristocracia.

Aborrecía el “confort”, se burlaba de modas y recordaba con fruición la feliz edad en que no había encontrado aún un inteligente protector que le dedicase a la ciencia costeándole la carrera, y era él todavía un aprendiz de carpintero, travieso como un diablo, que con el saquillo al hombro iba al taller peleándose de paso con todos los chiquillos de la calle. Empeñado en recordar su primera edad, el doctor Zarzoso, el profesor insigne a cuyas conferencias sobre enfermedades mentales acudía todo el mundo científico y literario de Madrid, y de cuya sabiduría se hacían lenguas todas las revistas profesionales de Europa, hacía la vida de un obrero: comía tan “vulgarmente” como un albañil, y con una tiranía que resultaba chusca, dirigía las más atroces censuras a aquellos de sus jóvenes discípulos que, deseosos de deslumbrar a elegantes hermosuras, vestían con arreglo a la última moda.

Sus opiniones políticas y religiosas eran el perpetuo motivo de entusiasmo de sus alumnos, y la conversación obligada en los salones de esa clase social que, inspirada por el fanatismo, arrastraba a su casa un pedazo de Iglesia.

Aquel hijo del pueblo, elevado a las sublimes alturas de la ciencia por sus propios esfuerzos y por la característica terquedad que le hacía pasar por encima de toda clase de obstáculos, inspiraba un terror casi supersticioso a las buenas gentes devotas.

Sus explicaciones materialistas, aquel ateísmo de que hacía gala con cierta afectación, sin duda porque le divertían los aspavientos de los fanáticos escandalizados, formaban alrededor de su nombre una terrible leyenda.

A pesar del horror que sentía hacia su persona la gente devota y esa inmensa masa indiferente que no cree en nada, pero que se muestra profundamente religiosa mientras esto le produce algún resultado material, nadie ponía en duda sus conocimientos científicos, y era general la opinión de que nadie como él podía dedicarse con gran éxito a la curación de las enfermedades.

Era un hombre terrible, un réprobo, un monstruo, un insensato que no creía en Dios ni en los reyes, que se mostraba partidario de la República y hablaba pestes contra el Papa, pero a pesar de esto, no había familia aristocrática ni príncipe de la Iglesia que vacilase en llamarle apenas tenía necesidad de sus servicios.

En sus relaciones con los clientes, tenía el doctor Zarzoso grandes extravagancias, según afirmaban sus compañeros de Facultad.

Una vez se hizo pagar dos mil duros por haber curado a un opulento canónigo de una enfermedad mental casi insignificante. Esto nada tenía de particular, según sus compañeros; pero lo que en su concepto resultaba absurdo es que al mismo tiempo dedicase gran parte de su tiempo e hiciese nuevos estudios para la curación de un cerrajero, al que apenas conocía, y a quien el doctor tuvo que conducir por fin a un manicomio, entregando antes a su mujer los dos mil duros del canónigo para que se dedicara a una pequeña industria y mantuviera a sus cuatro hijos.

El doctor Zarzoso se indignó de un modo terrible un día que se atrevieron a preguntarle por qué procedió de aquel modo.

—Déjenme ustedes en paz—gritó dirigiéndose a los otros catedráticos—. Si yo tuviese el poder que se le supone a ese tal Dios a quien nadie ha visto, irían las cosas de otra manera, pues sería un terrible nivelador. Entretanto, procuro quitar lo que puedo a los favorecidos por el reparto social para dárselo a los despojados que mueren de miseria.

Eran horribles las teorías de aquel sabio endemoniado. Con ellas, ¿a dónde iría a parar el mundo?

Las gentes indiferentes sólo reconocían en el doctor un gran defecto, y éste tan arraigado, que difícilmente podría nunca despojarse de él.

Era tan apasionado por sus ideas políticas y religiosas, y tan rudamente se encastillaba en ellas, que miraba con odio a todos los que no pensasen del mismo modo que él, y si buscaban los auxilios de su ciencia, los trataba con tantos escrúpulos como un brahmán que se viera obligado a poner sus manos sobre un paria de la India.

Toda la inmensa paciencia y los cuidados maternales que dedicaba a cuantos enfermos no le inspiraban ninguna preocupación, lo trocaba en mal humor y aspereza cuando tenía que curar a algún ser que en su época de sana razón se había distinguido como ardiente defensor de rancias y tradicionales ideas.

En él estaba arraigada la creencia de que todo fanático es un loco; pero no quería comprenderse en esta regla general, porque nunca llegó a pensar que él fuese otro fanático, aunque de las ideas más opuestas.

Al entrar el doctor en el salón de la baronesa, todos los hombres se levantaron, haciéndole un respetuoso saludo.

El señor Zarzoso, al ver a doña Fernanda, que suponía sería la señora que le había llamado, avanzó hacia donde ella estaba, dirigiendo al mismo tiempo una escudriñadora mirada a las otras personas que ocupaban el salón.

Tanto el padre Claudio como los dos médicos le eran desconocidos personalmente; pero al mirar al doctor Peláez hizo un gesto de desagrado, como si se encontrara en presencia de una persona molesta y antipática.

El sabio, cuya rudeza casi era legendaria, odiaba con todo su apasionamiento característico a aquel médico aristocrático, bufón científico, que cifraba todo su renombre en hacer reir a los enfermos de alta categoría.

El tal Peláez venía a ser la continua preocupación del doctor Zarzoso. Por esto le agobiaba con burlas crueles y sarcasmos terribles; pero el aristocrático doctor, ducho en el arte de doblar reverentemente el espinazo, contestaba siempre con lisonjas y adulaciones, lo que aumentaba todavía más el mal humor en el rudo sabio, puesto que odiaba aún más los procedimientos rastreros que el charlatanismo científico.

Peláez no ignoraba la poca simpatía que le tenía el célebre profesor, y de aquí que, a pesar de toda su serenidad, se inmutase un poco al verse en su presencia.

—Querido maestro—dijo, inclinándose servilmente y con acento propio del que experimenta una gran satisfacción—. ¡Cuán inmensa es mi alegría al tener la honra de...!

El médico de la alta sociedad no pudo continuar. El doctor Zarzoso le había mirado despreciativamente con sus ojillos grises, que en ciertos momentos parecían reir chuscamente bajo sus tapaderas de cristal y fué a estrechar la mano que le tendía la baronesa, siempre en actitud trágica y como próxima a desmayarse.

—Señora, he acudido a su llamamiento tan pronto como me ha sido posible. Ahora espero que me diga usted lo que ocurre y deseo que mis servicios puedan ser de gran utilidad.

—Doctor, se trata de una consulta. Mi padre, el conde de Baselga, está gravemente enfermo, y como la fama de usted como especialista en dolencias mentales es universal, me he tomado la libertad de llamarle, deseando que tenga a bien celebrar una consulta con estos señores.

—¿Con quiénes?—dijo con extrañeza el doctor Zarzoso, que estaba mirando fijamente al padre Claudio con la insolencia propia de un clerófobo rudo y empedernido.

No podía explicarse la presencia de un cura en aquella reunión que iba a convertirse en consulta científica, y por esto siguió diciendo con cierta ironía al mismo tiempo que señalaba al jesuíta:

—¿Acaso el señor es también de la Facultad?

—No, señor doctor. El señor, es el padre Claudio, de la Compañía de Jesús, un amigo de mi niñez, un protector de mi infancia, a quien considero como mi segundo padre. Como íntimo amigo de mi familia, ha tratado a mi padre con intimidad y puede suministrar a la consulta datos de alguna importancia.

El jesuíta se inclinó modestamente como ratificando las palabras de la baronesa, y el sabio doctor aún miró con más fijeza al sacerdote.

Había oído hablar mucho de aquel jesuíta que visitaba a la Reina con asiduidad; tenía gran prestigio en los centros oficiales e influía algunas veces en la vida de los Gobiernos, cuando éstos no tenían al frente algún general testarudo.

Siempre había sentido deseos de conocer qué "clase de pajarraco" era aquel jesuíta que tan poderoso se mostraba, y ahora que podía examinarlo a su sabor, esforzábase en adivinar en aquel exterior que afectaba humildad algún gesto, algún detalle que revelase el genio de intriga que poseía en tan alto grado.

Pronto le sacó de su contemplación escudriñadora la voz de la baronesa.

—En cuanto a estos otros señores, ilustre doctor, son colegas de usted, con los que podrá verificar la consulta. Permítame usted que los presente. El doctor don Pedro Peláez.

El aludido se inclinó con afectación, y después dijo con énfasis:

—Tenía ya el honor de que el sabio catedrático me conociese, pues ya he logrado varias ocasiones en que he podido manifestarle que tiene en mí uno de sus mayores admiradores.

Peláez se quedó muy satisfecho de sus palabras; pero el sabio las acogió con gruñidos poco tranquilizadores y dijo después con sorna:

—Efectivamente, conozco al señor... ¿Y quién no conoce a esta lumbrera de la ciencia elegante, a este portento capaz de hacer reir a un moribundo con sus habilidades? Es todo un sabio que irá muy lejos; lástima que la muerte se empeñe en impedir siempre sus triunfos científicos.

Y el doctor Peláez se reía al lanzar su colega aquellas burlas crueles y ver cómo hacía esfuerzos por conservar su serenidad.

—¡Oh! Mi ilustre maestro—murmuró como si estuviese muy agradecido—, siempre me distingue con su alegre benevolencia. Permítame ahora que le presente a mis compañeros.

Y Peláez hizo la presentación de sus dos compañeros, aquellos médicos vulgares que con su expresión de zozobra al verse frente a aquella eminencia daban mucho que reir al doctor Zarzoso.

—He aquí—murmuró éste—dos excelentes acólitos que dirán “amén” a todo.

Después de la presentación era necesario entrar en materia, y la baronesa fué quien abordó la cuestión.

—Señor doctor—dijo con acento quejumbroso—. En esta casa, después de mi padre, soy yo quien, por mi edad, debo encargarme de la dirección de ella, y por esto, hoy, que con profundo dolor veo en peligro la razón del conde, me he apresurado a impetrar los auxilios de la ciencia para impedir mayores males. Mi padre está loco o, al menos, esta es la opinión de todos estos señores. A mí, como hija cariñosa, me repugna creer en tal desgracia, y para convencerme o animarme en mis esperanzas, sólo espero lo que diga el sabio que goza de tan justo renombre en esta clase de enfermedades.

El doctor Zarzoso inclinó la cabeza, agradeció la lisonja, sin dejar de mirar aquella mujer madura y fea que se expresaba con acentos tan dramáticos y que parecía ser lista en demasía.

—Yo, señor doctor—continuo doña Fernanda—, sólo le pido, ¡por Dios y por todos los santos!, que piense bien antes de dar su dictamen, que de sus palabras pende la tranquilidad de mi pobre hermana, joven inocente que no sabe nada de la dolencia de su padre, y la mía propia; pero también le pido que no nos oculte la verdad, pues de seguir mi padre como hasta hoy, libre por completo, teniendo la razón perturbada, podrían originarse terribles sucesos y de sus consecuencias todos me culparían a mí por no haberlos evitado a tiempo.

Peláez, los dos médicos y el jesuíta hicieron signos de aprobación, y el doctor Zarzoso creyó del caso hablar:

—Efectivamente, señora; en estos asuntos hay que decir siempre la verdad, y si yo valgo algo es porque jamás la he ocultado, aun a riesgo de destrozar los sentimientos más naturales de las familias. No tema usted que yo la oculte lo que piense. Mi rudeza es bien conocida de todos cuantos me tratan, y si su padre está loco o si está cuerdo, con la misma claridad se lo manifestaré. Vamos, pues, al asunto. ¿Hay algún inconveniente en que veamos al enfermo?

—No, señor doctor. Mi padre está en su despacho y pueden ustedes entrar a verlo cuando quieran.

—Eso se hará después. Ahora oigamos al médico de la casa. ¿Es el señor...?

—Peláez, para servirle, querido maestro—dijo el aludido fingiendo no comprender la malignidad de aquel olvido.

—¡Oh! Sí; dispense usted. Conoce uno a tantos... Pero esto no impide que sea un pecado imperdonable olvidar un nombre tan conocido como el de usted lo es en la clase más selecta de la sociedad.

Peláez se mordía los labios al sentir aquellas incesantes punzadas que le dirigía el irónico maestro, y todos los presentes, a pesar de la gravedad de la situación, comenzaban a regocijarse algo en su interior, al ver el apuro del médico aristócrata, tan chusco y atrevido en sus conversaciones como tímido y rastrero con el célebre profesor.

—Vamos adelante—dijo éste, que se gozaba en el martirio de su víctima—. A ver la historia de la enfermedad.

Peláez recitó hábilmente la lección aprendida. Todo cuanto en el día anterior le había dicho el padre Claudio en su despacho, lo fué repitiendo con una expresión tal, que en sus palabras no se notaba preparación ajena y parecía el resultado de largas meditaciones científicas.

El aristocrático médico se explicó con claridad y probó la locura del conde, después de afirmar que sólo se decidía a hacer tal declaración tras meditar largamente sobre el asunto.

La historia de la enfermedad fué breve, pero precisa. Primeramente, el paciente, poseído de una manía heroica que le hacía ansiar la gloria, habíase decidido a realizar un plan tan absurdo como la conquista de Gibraltar, por un golpe de mano hijo de su iniciativa, y sin confiar en ningún auxilio extraño. Después, dominado por esta manía, había caído en otra más peligrosa, cual era considerar a todos sus amigos comprometidos voluntariamente en tan loca empresa. La visita de un médico extranjero le había hecho concebir la absurda esperanza de que dentro de la plaza inglesa había gente que secundaría sus planes, y desde este momento su locura se extremó, llegando a hacer preparativos materiales, tales como la compra de armas y reclutamiento de hombres; medidas que podían perturbar el orden, que tenían en perpetua alarma a las familias, y que hacían necesaria una resolución pronta y enérgica en la persona de aquel desgraciado, que constituía un continuo peligro.

El doctor Zarzoso escuchaba silenciosamente la larga y detallada relación de Peláez, y comenzaba a interesarse por el conde de Baselga, diciéndose interiormente que aquel enfermo era un caso raro y digno de estudio.

Al terminar, su compañero le interrogó con una mirada que tenía la misma expresión del cortesano que aguarda anhelosamente una expresión de su señor para celebrarla, y el doctor Zarzoso, que, cuando entraba en el ejercicio de su profesión adquiría la gravedad sagrada de un augur, dijo con expresión pensativa:

—Rara es, señores, la locura del conde. En estos tiempos son más frecuentes que nunca los desarreglos mentales por el exceso de vicios y la imbecilidad producida por la degeneración progresiva de las familias; pero una manía heroica como esa que acaban de explicar, resulta cada vez más rara. Lo que más me pasma es que unida a la locura vaya tal dosis de actividad y de raciocinio, como suponen esos preparativos bélicos que, según dice el señor Peláez y afirman ustedes, ha verificado el enfermo, pero..., bien considerado, de nada de esto debemos pasmarnos. El genio no es más que el hermano mayor de la locura. Si se hubiera aumentado un poco la exaltación de carácter del gran Napoleón; si en su cerebro se hubiese extremado aquel afán a lo grandioso hasta el absurdo, a lo inesperado hasta lo fantástico, es seguro que el conde de Baselga hubiese tenido un digno compañero.

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